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El prototipo de lo que hoy es la guitarra española, tal como la conocemos ahora, apareció en el siglo XIV.

El instrumento era utilizado en España por el pueblo para acompañar canciones y bailes populares.
Mientras la vihuela se convertía en el instrumento de cuerda preferido por los músicos cortesanos, a
diferencia de las cortes europeas donde se imponía el laúd.

El hecho fundamental para que la guitarra progresara musicalmente fue la incorporación de una quinta
cuerda en el siglo XVI.

Las guitarras de cuatro y cinco órdenes convivieron durante gran parte del siglo XVI. Y, vihuelistas como
Mudarra y Fuenllana compusieron obras para ambas guitarras.

Finalmente la guitarra de 5 órdenes se impuso como modelo en toda Europa gracias a la obra “Guitarra
española de cinco órdenes, la cual enseña de templar y tañer rasgado” publicada en 1596 por el catalán
Joan Carles Amat (1572/1642) que obtuvo un éxito extraordinario en toda Europa y generalizó su
denominación.

El apogeo de la vihuela en la música instrumental española fue tan intenso como fugaz. Desde finales
del siglo XVI, cuando la cultura renacentista da paso al Barroco la selecta vihuela fue sustituida en los
salones por la popular guitarra en apenas dos décadas

Durante el siglo XVII la nueva guitarra española se convierte en un instrumento habitual en los círculos
musicales de toda Europa. Y será a partir de entonces cuando comienza a progresar realmente.

A principio las composiciones estaban vinculadas a las danzas y al uso rítmico del instrumento pero las
técnicas heredadas de la vihuela, sobre todo el uso del punteado favorece la aparición de obras más
complejas y produce su explosión artística.

La obra más brillante del barroco español fue la de Gaspar Sanz (1640/1710), titulada Instrucción de
música sobre la guitarra española que significó la introducción de la guitarra en los ambientes cultos.

Pero aunque en España existían grandes artistas del instrumento como Luis de Briceño, Lucas Ruiz de
Ribayaz y Francisco Guerau la mayor actividad guitarrística en el siglo XVII tuvo lugar en países como
Francia donde era el instrumento favorito de Luis XIV con compositores como Jean-Baptiste Lully
(1632/1687) y sobre todo en Italia con figuras como Francesco Corbetta (1615/1685) considerado el
mejor guitarrista de la época.

Durante la primera mitad del siglo XIX, en el periodo Pre-romántico, la guitarra conseguirá al fin su
aceptación como instrumento de concierto en toda Europa.

En España sobresalieron a principio de siglo, dos guitarristas fundamentales en la historia del


instrumento Fernando Sor y Dionisio Aguado. Cada uno tenía posturas contrarias en lo que constituía la
gran polémica guitarrística de la época: atacar las cuerdas de la guitarra con las uñas (Aguado) o con las
yemas de los dedos (Sor)
De todos modos ambos fueron grandes guitarristas, aunque Aguado destacó sobre todo en el plano
didáctico con la publicación de “Colección de estudios para guitarra” (1820), "Escuela de guitarra”
(1825) y “Nuevo método para guitarra” (1843) que constituyen el tratado más importante sobre el
instrumento del siglo XIX

Junto a estos nombres no se puede olvidar a Antonio de Torres (1817/1892). Nacido en Almería su
aportación como constructor de guitarras fue tal que los guitarreros de España y Europa adoptaron sus
reglas convirtiendo su modelo a partir de entonces en el canon de la guitarra clásica contemporánea.

Su mayor logro fue el sistema de refuerzo con varas de madera en abanico en el interior que conseguía
aumentar el tono y el volumen de sonido para los conciertos en grandes auditorios al tiempo que
aumentaba el tamaño de la guitarra y reducía el grosor de la tapa.

Torres Jurado no sólo diseñó las líneas maestras de la guitarra clásica española, sino también de la
flamenca.

El siglo XIX termina con una figura clave en la guitarra española Francisco Tárrega (1852/1909) Nacido
en Villarreal es considerado el padre de la guitarra clásica contemporánea. No sólo compuso obras de
extraordinaria belleza como “Capricho Árabe” o “Recuerdos de la Alhambra”, sino que adaptó obras de
compositores como Beethoven, Mozart, Bach, o Haendel.

Pero además su dedicación a la guitarra le llevó a desarrollar una ingente labor estudiando los más
mínimos detalles: perfeccionó las reglas académicas de la guitarra clásica, la forma de sujetar el
instrumento, el modo de pulsar las cuerdas, la postura ideal del intérprete, etc. Introduciendo el uso de
una pequeña banqueta para apoyar la pierna sobre la que reposa la guitarra, alcanzando la altura ideal
para la ejecución. Creando una escuela guitarrística que siguieron todos los grandes intérpretes del siglo
XX.