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LA DEIDAD DEL ESPÍRITU SANTO.

La deidad del Espíritu Santo debe


fundarse en la Escritura, mediante una serie de pruebas muy parecida
a la que empleamos con respecto al Hijo:
a. Se le dan nombres divinos, Ex 17: 7 (compárese Heb. 3: 7 9); Hech.
5: 3 y 4; 1 Cor. 3: 16; II Tim. 3: 16 (compárese II Pedro 1: 21).
b. Se le adjudican perfecciones divinas, como la omnipresencia, Sal
139: 7 10, omnisciencia, Is. 40: 13 y 14 (compárese Rom. 11: 34); 1 Cor.
2: 10 y 11 omnipotencia, 1 Coro 12: 11; Rom. 15: 19, y eternidad, Heb.
9: 14.
c. El hace obras divinas, como la creación, Gen 1: 2; Job 26: 13; 33: 4,
renovación providencial, Sal 104: 30, regeneración, Juan 3: 5 y 6; Tito
3: 5, y la resurrección de los muertos, Rom. 8: 11.
d. Se le tributan también honores divinos, Mateo 28: 19; Rom. 9: 1; II
Cor. 13:13

LOS ÁNGELES

TANTO es lo que se dice en las Escrituras de ángeles buenos y maIos, y

se les adscriben unas funciones de tanta importancia a ambas clases en

la providencia de Dios sobre el mundo, y especialmente en la experiencia

de su pueblo y de su Iglesia, que la doctrina de la Biblia acerca de ellos

no debiera ser pasada por alto.

Ha sido general la creencia de que hay criaturas inteligentes más

elevadas que el hombre. Ello es tan consonante con la analogía de la


naturaleza como para ser sumamente probable incluso en ausencia de

cualquier revelación directa acerca del

tema. En todos los departamentos de la naturaleza hay una gradación

regular desde las formas inferiores a las superiores de vida; desde los

hongos vegetales casi invisibles, en las planas, hasta el cedro del Líbano;

desde el microbio más diminuto hasta el gigantesco mamut. En el

hombre nos encontramos con la primera, y con toda apariencia con la

más inferior, de las criaturas racionales. Que él sea la única criatura de su

orden es, a priori, tan improbable como que los Insectos sean la única

clase de animales irracionales. Hay multitud de razones para la

presunción de que la escala de ser entre las criaturas racionales es tan

extensa como la del mundo animal. La moderna filosoffa que deifica al

hornbre no deja lugar para ningún orden de seres por encima de él. Pero

si la distancia entre Dios y el hombre es

infinita, toda la analogía demostraría que los órdenes de criaturas

racionales entre nosotros y Dios deben ser inconcebiblemente

numerosos. Así como esto es probable por sí mismo, también está

claramente revelado en la Biblia como cierto.


§ 1. Su naturaleza.

En cuanto a la naturaleza de los ángeles, son descritos

(1) Como espíritus puros, esto es, seres inmateriales e incorpóreos.

Las Escrituras no les atribuyen ninguna clase de cuerpo.

Suponiendo que el espíritu no conectado con materia no puede

actuar por sí mismo, que tampoco puede comunicarse con

otros espíritus ni operar en el mundo externo, fue mantenido

por muchos, y así decidido en el concilio celebrado en Niza el

784 d.C., que los ángeles tenían que estar formados por éter o

luz, opinión ésta que se consideraba apoyada por pasajes como

Mt 28:3; Lc 2:9 y otros pasajes en los que se habla de su

apariencia luminosa y de La gloria que les acompaña. El Concilio

Laterano del 1215 d.C. decidió que eran incorpóreos, y ésta ha

sido la opinión común en la Iglesia. ... Por ello, como tales, son

invisibles, incorruptibles e inmortales. Su relación con el espacio

es
descrita como una illocalitas; no ubicuidad u omnipresencia, por cuanto

están

siempre en algún lugar, y no en todas partes en ningún momento

determinado, pero

no están confirmados al espacio de una manera limitativa como lo están

los

cuerpos, y pueden pasar de una porción de espacio a otra. Como

espíritus, poseen

inteligencia, voluntad y poder. Con respecto a su conocimiento, sea con

respecto a

sus modos u objetos, no se revela nada en especial. Todo lo que está

claro es que

en sus facultades intelectivas y en la extensión de su conocimiento son

muy

superiores a los hombres. También su poder es muy grande, y se

extiende sobre la

mente y la materia. Tienen poder para comunicarse entre sí y con otras

mentes, y
para producir efectos en el mundo natural. La grandeza de su poder se

manifiesta,

(a) Por los hombres y títulos que se les da, como principados, potestades,

dominios

y gobernadores del mundo. (b) Por la aserción directa de la Escritura, por

cuando

se dice que son «poderosos en fortaleza»; y (c) Por los efectos atribuidos

a su

acción. Por grande que pueda ser su poder, está sin embargo sujeto a

todas las

limitaciones que pertenecen a las criaturas. Los ángeles, por tanto, no

pueden crear,

no pueden cambiar sustancias, no pueden alterar las leyes de la

naturaleza, no

pueden ejecutar milagros, no pueden actuar sin medios, y no pueden

escudriñar el

corazón, por cuanto estas prerrogativas, según la Escritura, son

peculiares de Dios.
Por ello, el poder de los ángeles es (1) Dependiente y derivado. (2) Tiene

que ser

ejercitado en conformidad a las leyes del mundo material y espiritual. (3)

Su

intervención no es optativa, sino permitida u ordenada por Dios, y según

su

voluntad, y, por lo que al mundo externo concierne, parece que es sólo

ocasional y

excepcional. Estas limitaciones son de la mayor importancia práctica. No

debemos

considerar a los ángeles como interpuestos entre nosotros y Dios, ni

atribuirles a

ellos los efectos que la Biblia en todo lugar atribuye a la acción

providencial de

Dios.

Errores acerca de esta cuestión.

Esta doctrina Escritural, universalmente recibida en la Iglesia, se opone

(1) A la
teoría de que eran emanaciones efímeras de la Deidad. (2) A la teoría

gnóstica de

que eran emanaciones permanentes o eones; y (3) A la postura

CAPÍTULO XIII - LOS ÁNGELES 445

racionalista, que les niega ninguna existencia real, y que atribuye las

declaraciones

Escriturales bien a supersticiones populares adoptadas por los escritores

sagrados

en su acomodación a las opiniones de la época, o a personificaciones

poéticas de

los poderes de la naturaleza. Las bases sobre las que la moderna filosofía

niega la

existencia de los ángeles no tiene fuerza alguna en oposición a las

explícitas

declaraciones de la Biblia, que no se pueden rechazar sin rechazar del

todo la

autoridad de las Escrituras, o sin adoptar unos principios de

interpretación
destructores de su valor como norma de fe.

§2. Su Estado.

En cuanto al estado de los ángeles, se enseña claramente que todos eran

originalmente santos. También se debe inferir llanamente en base de las

declaraciones de la Biblia que fueron sometidos a un período de

probación, y que

algunos guardaron su primer estado, y que otros no. Los que

mantuvieron su

integridad son descritos como confirmados en un estado de santidad y

gloria. Esta

condición, aunque de una seguridad completa, es de perfecta libertad;

porque la

más absoluta libertad de acción es, según la biblia, coherente con una

absoluta

certidumbre en cuanto al carácter de tal acción. Estos santos ángeles,

évidentemente, no son todos del mismo rango. Esto se evidencia por los

términos
con que son designados; términos que mplican diversidad de orden y

autoridad.

Unos son príncipes, otros son potentados, otros gobernadores del

mundo. Más allá

de esto, las Escrituras nada revelan, y las especulaciones de los

escolásticos y

teólogos acerca de la jerarquia de las huestes angélicas no tienen ni

autoridad ni

valor.

§3. Sus misiones.

Las Escrituras enseñan que los santos angeles son empleados, (1) En el

culto de

Dios. (2) En la ejecución de la voluntad de Dios. (3) Y especialmente en

la

ministración a los herederos de salvación. Están descritos como

rodeando a Cristo,

y como siempre dispuestos a desempeñar cualquier servicio que se les

pueda
asignar en el avance de su reino. Bajo el Antiguo Testamento aparecieron

en

repetidas ocasiones a los siervos de Dios, para revelarles Su voluntad.

Ellos

hirieron a los egipcios; fueron empleados en la promulgación de la ley

en el Monte

Sinaí; ayudaron a los israelitas durante su peregrinación; destruyeron a

sus

enemigos; y acamparon alrededor del pueblo de Dios como defensa en

horas de

peligro. Predijeron y celebraron el nacimiento de Cristo (Mt 1:20; Lc 1:11);

le

sirvieron a Él en su tentación y padecimientos (Mt 4:11; Lc 22:43); ellos

anunciaron Su resurrección y ascensión (Mt 28:2; Jn 20:12). Siguen siendo

espíritus ministradores para los creyentes (He 1:14); ellos sacaron a Pedro

de la

cárcel; ellos velan sobre los niños (Mt 18:10); ellos conducen las almas de

los que
446 PARTE I - TEOLOGÍA PROPIA

mueren al seno de Abraham (Lc 16:22); ellos acompañarán a Cristo en su

segunda

venida, y recogerán a su pueblo en su reino (Mt 13:39; 16:27; 24:31). Tales

son las

declaraciones generales de las Escrituras acerca de esta cuestión, y con

ellas

deberíamos contentamos. Sabemos que son los mensajeros de Dios; que

ellos son

ahora, como siempre lo han sido, empleados en la ejecución de Sus

mandatos, pero

más que esto no se revela positivamente. Que cada creyente individual

tenga un

ángel guardián no es algo que se declare con ninguna claridad en la

Biblia. La

expresión empleada en Mt 18:10, con referencia a los niños pequeños,

«cuyos
ángeles» se dice que ven el rostro de Dios en el cielo, es entendida por

muchos

como favorecedora de esta suposición. Lo mismo sucede con el pasaje

en Hch

12:7, donde se menciona el ángel de Pedro (v. 15). Pero este último

pasaje no

demuestra que Pedro tuviera un ángel guardián como tampoco si la

criada hubiera

dicho que era el fantasma de Pedro demostraría la superstición popular

acerca de

esta cuestión. El lenguaje registrado no es el de una persona inspirada,

sino el de

una sierva no instruida, y no puede ser tomado como de autoridad

didáctica. Sólo

demuestra que los judíos de aquellos tiempos creian en apariciones

espirituales. El

pasaje en Mateo tiene más relevancia, enseñando que los niños tienen

ángeles
guardianes; esto es, que hay ángeles encomendados a cuidar de su

bienestar. Pero

no demuestra que cada niño, ni que cada creyente, tenga su propio

ángel de la

guarda. En Daniel 10 se hace mención del Príncipe de Persia, del Príncipe

de

Grecia, y, hablando a los hebreos, de Miguel vuestro Príncipe, en tal

sentido que ha

llevado a la gran mayoría de los comentaristas y teólogos de todas las

eras de la

Iglesia a adoptar la opinión de que se ha encomendado a ciertos ángeles

la especial

supervisión de unos reinos en particular. Por cuanto Miguel, que es

llamado

Príncipe de los Hebreos, no era el increado Angel del Pacto, ni un

príncipe

humano, sino un arcángel, parece natural la inferencia de que el Príncipe

de Persia
y el Príncipe de Grecia eran también ángeles. Pero esta opinión ha sido

controvertida por varias razones. (1) Por el silencio de la Escritura acerca

de esta

cuestión en otros pasajes. Ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento

encontramos

indicación alguna de que las naciones paganas tengan o tuvieran un

ángel guardián

o un mal espiritu puesto sobre ellas. (2) En el v. 13 del décimo capítulo

de Daniel

los poderes enfrentados contra el ángel Miguel que se apareció al

profeta son

llamados «los reyes de Persia», al menos según una interpretación de

aquel pasaje.

(3) En el capítulo siguiente se introducen soberanos terrenales de tal

manera que se

hace patente que son ellos, y no los ángeles, buenos o malos, los

poderes

contendientes indicados por el profeta.l Es desde luego desaconsejable


1. Véase Hävenick acerca de Daniel 10:13.

CAPÍTULO XIII - LOS ÁNGELES 447

adoptar en base de la autoridad de un pasaje dudoso en un solo libro

de la Escritura

una doctrina no sustentada por otras partes de la Palabra de Dios. En

tanto que todo

esto debe ser admitido, es sin embargo cierto que la interpretación

ordinaria del

lenguaje del profeta es la más natural,y que nada hay en la doctrina asi

enseñada

que quede fuera de analogia con las claras enseñanzas de las Escrituras.

Está claro,

por lo que se enseña en otros lugares, que existen unos seres espirituales

más

excelsos que el hombre, buenos como malos; que son sumamente

numerosos; que

son muy poderosos; que tienen acceso a nuestro mundo y que están

ocupados en
sus assuntos; que tienen diferentes rangos y órdenes; y que sus nombres

y títulos

indican que ejercen dominio y que actúan como gobemantes. Esto es

cierto de los

ángeles malos asi como de los buenos; y, siendo cierto, nada hay en la

opinión de

que un ángel en particular tenga el control especial sobre una nación, y

otro sobre

otra nación, que entre en conflicto con la analogía de la escritura.

Pero por lo que respecta a los ángeles buenos, está claro:

1. Que pueden producir y producen efectos en el mundo natural o

externo. Las

Escrituras presuponen en todo lugar que la materia y la mente son dos

sustancias

distintas, y que la una puede actuar sobre la otra. Sabemos que nuestras

mentes

actúan sobre nuestros cuerpos, y que nuestras mentes reciben la acción

de causas
materiales. Por ello, nada hay en contra, incluso más allá de la enseñanza

de la

experiencia, en la doctrina de que los espíritus puedan actuar sobre el

mundo

material. La extensión de su acción queda limitada por los principios

anteriormente

enunciados; y sin embargo, en base de su naturaleza exaltada los efectos

que

pueden producir pueden exceder con mucho nuestra comprensión. Un

ángel dio

muerte a todos los primogénitos de los egipcios en una sola noche; los

truenos y

rayos que acompañaron a la promulgación de la ley en el Monte Sinaí

fueron

producidos por acción angélica. Los antiguos teólogos, en numerosas

ocasiones,

llegaron, por el hecho admitido de que los ángeles actúan de esta forma

en el
mundo externo, a la conclusión de que todos los efectos naturales son

producidos

por acción de ellos, y que las estrellas eran llevadas en sus órbitas por el

poder de

los ángeles. Pero esto viola dos evidentes e importantes principios:

Primero, que no

se debería asumir una causa por un efecto sin una evidencia; y segundo,

que no se

deberían suponer más causas que las necesarias para dar explicación a

los efectos.

Por ello, no estamos autorizados para atribuir ningún acontecimiento a

la

interferencia angélica excepto sobre la autoridad de las Escrituras, ni

cuando otras

causas sean adecuadas para explicarlo.

2. Los ángeles no sólo ejecutan la voluntad de Dios en el mundo natural,

sino

que también actúan sobre las mentes de los hombres. Tienen acceso a
448 PARTE I - TEOLOGÍA PROPIA

nuestras mentes, y pueden influenciarlas para bien en conformidad a las

leyes de

nuestra naturaleza y en el empleo de medios apropiados. No actúan

mediante

aquella operación directa que es la peculiar prerrogativa de Dios y su

Espíritu, sino

por la sugestión de la verdad y la conducción del pensamiento y del

sentimiento, de

una manera muy similar a como un hombre puede actuar sobre otro. Si

los ángeles

se pueden comunicar entre sí, no hay razón alguna por la que no puedan,

de manera

similar, comunicarse con nuestros espíritus. Así, en las Escrituras se

presentan los

ángeles no sólo como proveyendo una conducción y protección

generales, sino
también como dando fuerza y consolación interiores. Si un ángel

fortaleció a

nuestro mismo Señor tras Su agonía en el huerto, su pueblo puede

también

experimentar el apoyo de ángeles; y si ángeles malos tientan al pecado,

buenos

ángeles pueden atraer hacia la santidad. Es cosa cierta que se les atribuye

en las

Escrituras una amplia influencia y operación en promover el bienestar de

los hijos

de Dios, y en la protección de los mismos del mal y en la defensa de ellos

de sus

enemigos. El uso que nuestro Señor hace de la promesa: «A sus ángeles

dará orden

acerca de ti, de que te guarden en todos tus caminos. En las manos te

llevarán, para

que tu pie no tropiece en piedra» (Sal 91: 11,12), muestra que no se debe

tomar
como una mera forma poética de promisión de protección divina. Ellos

velan sobre

los pequeños (Mt 18:10); ayudan a los de edad madura (Sal 34:7), y están

presentes

junto a los moribundos (Lc 16:22).

3. También se les atribuye una acción especial como siervos de Cristo en

el

avance de su Iglesia. Como la ley fue dada por medio del ministerio de

ellos, como

estuvieron encargados del pueblo bajo la antigua economía, también

son tratados

como presentes en la asamblea de los santos (1 Co 11:10), Y como

constantemente

guerreando contra el dragón y sus ángeles.

Esta doctrina Escritural del ministerio de los ángeles está llena de

consolación

para el pueblo de Dios. Los miembros de este pueblo pueden regocijarse

en la
certidumbre de que estos santos seres acampan junto a ellos;

defendiéndoles día y

noche de enemigos invisibles y de peligros inopinados. Al mismo tiempo

no deben

interponerse entre nosotros y Dios. No debemos esperar en ellos ni

invocar la

ayuda de ellos. Ellos están en manos de Dios y cumplen Su voluntad.

Ellos usa

como usa los vientos y los rayos (He 1:7), y no debemos mirar a los

instrumentos

en el primer caso más que en el otro.

§4. Los ángeles malos.

La Escritura nos infonna de que ciertos de los ángeles no guardaron su

primer

estado. Son designados como los ángeles que pecaron. Son llamados

espíritus

malos, o inmundos; principados, potestades; gobernadores de este

mundo; y
maldades espirituales (esto es, espíritus malvados) en lugares

CAPÍTULO XIII - LOS ÁNGELES 449

celestiales. La designación más común que se les da es daimones, o más

comunmente daimonia. ... En el mundo espiritual hay sólo un diabolos

(diablo),

pero hay muchos daimonia (demonios). Estos malos espíritus son

descritos como

pertenecientes al mismo orden de ser que los ángeles buenos. Todos los

nombres y

títulos descriptivos de su naturaleza y poder que se dan los unos se dan

también a

los otros. La condición original de los mismos era de santidad. Cuando

cayeron o

cuál fuera la naturaleza de su pecado no se revela. La opinión general es

que fue

por soberbia, en base de 1 Ti 3:6. Un obispo, dice el Apóstol, no debe ser

«un
neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo»,

lo que es

generalmente entendido como significando la condenación en que

incurrió el diablo

por el mismo pecado. Algunos han conjeturado que Satanás fue llevado

a rebelarse

contra Dios y a seducir a nuestra raza a negarle el acatamiento debido,

por el deseo

de regir sobre nuestro globo y sobre la raza de los hombres. Pero de

esto no hay

indicaciones en la Escritura. Su primera aparición en la historia sagrada

es en el

carácter de un ángel apóstata. El hecho de que haya un ángel caído

exaltado en

rango y poder sobre todos sus asociados es algo que se enseña

claramente en la

Biblia. Es llamado Satanás (el adversario), diabolos, el acusador, ho

poneros, el
maligno; el príncipe de la potestad del aire; el príncipe de las tinieblas; el

dios de

este mundo; Beelzebub; Belial; el tentador; la serpiente antigua, y el

Dragón. Estos

y otros títulos similares lo designan como el gran enemigo de Dios y del

hombre, el

opositor de todo lo bueno, y el propulsor de todo lo malo. Es tan

constantemente

presentado como un ser personal que el concepto racionalista de que se

trata sólo

de una personificación del mal es irreconciliable con la autoridad de las

Escrituras

e inconsistente con la fe de la Iglesia. La opinión de que la doctrina de

Satanás

fuente introducida entre los hebreos después del Exilio, y procedente de

una fuente

pagana, no es menos contraria a las claras enseñanzas de la Biblia. Es

designado
como el tentador de nuestros primeros padres, y es claramente

mencionado en el

libro de Job, escrito mucho antes del cautiverio babilónico. Además de

esta

descripción en términos generales de Satanás como enemigo de Dios, es

especialmente descrito en las Escrituras como la cabeza del reino de las

tinieblas,

que abarca a todos los seres malvados. El hombre, por su apostasía, cayó

bajo el

dominio de Satanás, y su salvación consiste en ser trasladado del reino

de Satanás

al reino del amado Hijo de Dios. Está claro el hecho de que los daimonia,

presentados como sujetos a Satanás, no son los espíritus de los que han

dejado esta

vida, a pesar de lo que algunos han sostenido: (1) Porque son

distinguidos de los

ángeles elegidos. (2) Porque se dice que no guardaron su primer estado

(Jud 6). (3)


Por el lenguaje de 2 P 2:4, donde se dice que Dios no perdonó a los

ángeles que

pecaron. (4) Por la aplicación a ellos de los títulos «principados» y

«potestades»,

que son apropiados sólo a seres que pertenecen al orden de los ángeles.

450 PARTE I - TEOLOGIA PROPIA

El poder y la actividad de los malos espíritus.

En cuanto al poder y a la actividad de estos malos espíritus, son descritos

como

muy numerosos, como en todas partes eficientes, como teniendo acceso

a nuestro

mundo, y como operando en la naturaleza y en las mentes de los

hombres.

Naturalmente, les pertenecen las mismas limitaciones en cuanto a su

actividad que

a la de los santos ángeles. (1) Dependen de Dios, y sólo pueden actuar

bajo su
control y permiso. (2) Sus operaciones tienen que tener lugar en base de

las leyes

de la naturaleza, y (3) No pueden interferir con la libertad y

responsabilidad de los

hombres. ... No obstante, el poder de los mismos es muy grande. Se dice

de los

hombres que son llevados cautivos por él, y de los malos espíritus se

dice que

obran en los corazones de los desobedientes. Los cristianos son

advertidos en

contra de sus, maquinaciones, y son llamados a resistirlos, no con la

propia fuerza

de ellos, sino en el poder del Señor, y armados con toda la armadura de

Dios. ...

Debemos estar agradecidos a Dios por el invisible y desconocido

ministerio de

los ángeles de luz, y estar en guardia y buscar la protección divina frente

a las
maquinaciones de los espíritus del mal. Pero de ninguna de ambas clases

estamos

conscientes de manera directa, y no podemos atribuir a Ia acción de

ninguno de

ambos con certidumbre, si su acaecimiento admite cualquier otra

explicación.

Posesiones demoníacas.

La exhibición más marcada del poder de los malos espíritus sobre los

cuerpos y

mentes de los hombres la dan los endemoniados tan frecuentemente

mencionados

en la narración evangélica. Estas posesiones demoníacas eran de dos

clases.

primero, aquellas en las que sólo el alma era objeto de la influencia

diabólica,

como en el caso de la «muchacha poseída de un espíritu de adivinación»,

que se
menciona en Hch 16:16. Quizá en algunos casos los falsos profetas y

magos fueron

ejemplo del mismo tipo de posesión. En segundo lugar, aquellas en las

que sólo el

cuerpo, o, más frecuentemente tanto el cuerpo como la mente, estaban

sometidos a

esta influencia espiritual. Por posesión se significa la residencia de un

espíritu malo

en tal relación con el cuerpo y el alma como para ejercer una influencia

controladora, produciendo violentas agitaciones e intensos sufrimientos,

tanto

mentales como físicos. Está claro que los endemoniados mencionados

en el Nuevo

Testamento no eran meros lunáticos o epilépticos u otras dolencias

análogas, sino

casos de verdadera posesión: Primero, porque ésta era la creencia

prevalente de los
judíos en aquel tiempo; y segundo, porque Cristo y sus Apóstoles

evidentemente

adoptaron y sancionamn esta creencia.

CAPÍTULO XIII - LOS ÁNGELES 451

No sólo llamaron endemoniados a los así afectados, sino que se dirigían

a los

espíritus como personas, dándoles órdenes, echándolos, y hablaron y

actuaron en

todo momento como hubieran hecho si la creencia popular hubiera

estado bien

fundamentada. Es cosa cierta que todos los que oyeron hablar a Cristo

de esta

manera llegarían a la conclusión de que Él consideraba a los

endemoniados como

realmente poseídos por malos espíritus. Esta conclusión no la contradice

Él en

ningún lugar, sino que al contrario, en sus conversaciones más privadas

con los
discípulos la confirmó abundantemente. Él prometió darles poder para

echar fuera

demonios; y se refirió a la posesión que Él tenía de este poder, y a su

capacidad

para delegar su ejercicio a sus discípulos, como una de las más

convincentes

pruebas de su mesianismo y divinidad. Él vino para destruir las obras del

diablo; y

el hecho de que Él triunfó así sobre él y sus ángeles demostraba que Él

era quien

afirmaba ser, el prometido omnipotente rey y vencedor, que debía

fundar aqueI

reino de Dios que no tendrá fin. Explicar todo esto en base del principio

de la

acomodación destruiria la autoridad de las Escrituras. En base de este

mismo

principio se han desvirtuado las doctrinas de la expiación, de la

inspiración, de la
influencia divina, y todas las otras doctrinas distintivas de la Escritura.

Tenemos

que tomar las Escrituras en su sentido histórico llano - en aquel sentido

en que

estaba dispuesto que fueran entendidas por aquellos a los que se

dirigían -, o en

caso contrario las rechazamos como forma de fe.

No hay ninguna improbabilidad especial en la doctrina de las posesiones

demoníacas. Los espíritus malos existen. Tienen acceso a las mentes y a

los

cuerpos de los hombres. ¿Por qué deberiamos rehusar creer, en base de

la autoridad

de Cristo, que se les permitía tener un poder especial sobre algunos

hombres? El

mundo, desde la apostasía, pertenece al reino de Satanás; y el objeto

especial de la

misión deI Hijo de Dios fue redimirlo de su dominio. Por ello, no es

sorprendente
que el tiempo de su venida fue la hora de Satanás, el tiempo en que, en

un mayor

grado que nunca antes o después, manifestó su poder, haciendo con ello

más

patente y glorioso el hecho de su derrota.

Las objeciones a la doctrina común acerca de este tema son:

1. Que llamar a ciertas personas endemoniadas no demuestra que

estuvieran

poseídas por espíritus malos más que el hecho de llamarlas lunáticas

demuestra que

estuvieran bajo la influencia de la luna. Esto es verdad; y si el argumento

reposara

solamente sobre el uso de la palabra endemoniado, seria totalmente

insuficiente

para establecer la doctrina. Pero este es sólo un argumento colateral y

subordinado,

sin fuerza por sí mismo, pero derivando su fuerza de otras fuentes. Si los

escritores
sagrados, además

452 PARTE I - TEOLOGÍA PROPIA

de designar a los locos como lunáticos, hubieran hablado de la luna

como la fuente

de su locura, y se hubieran referido a sus diferentes fases como

aumentando o

disminuyendo la fuerza de su desorden mental, habría alguna analogia

entre ambos

casos. Se admite abiertamente que el uso de una palabra es a menudo

muy diferente

de su sentido primario, y por ello que su significado no siempre puede

ser

determinado por su etimologia. Pero cuando su significado es el mismo

que el uso

que se le da; cuando se dice de los llamados endemoniados que están

poseidos por

malos espiritus; cuando estos espiritus son interpelados como personas,

y se les
manda que salgan; y cuando este poder sobre ellos es presentado como

prueba del

poder de Cristo sobre Satanás, el principe de estos ángeles caídos,

entonces es

irrazonable negar que la palabra se tiene que entender en su sentido

literal y propio.

2. Una segunda objeción es que los fenómenos exhibidos por estos

llamados

endemoniados son los de dolencias corporales o mentales conocidas, y

por eIlo que

no se puede asumir racionalmente ninguna otra causa para dar cuenta

de ellas. Sin

embargo, no es verdad que todos los fenómenos en cuestión puedan ser

explicados

asi. Algunos de los sintomas son los de insania lunática y de epilepsia,

pero otros

son de carácter diferente. Estos endemoniados exhibían a menudo un

poder o
conocimiento sobrenaturales. Además de esto, la Escritura enseña que

los malos

espíritus tienen poder para producir enfermedades corporales. Y por ello

la

presencia de tales dolencias no es prueba de que no estuviera en acción

la actividad

de malos espiritus en su producción y en sus consecuencias.

3. Se objeta también que tales casos no tienen lugar hoy en día. Esto no

es en

absoluto cierto. Los espíritus malignos obran hoy en día en los hijos de

desobediencia, y por lo que sabemos pueden ahora obrar en algunas

personas con

tanta eficacia como en los antiguos endemoniados. Pero admitiendo que

el hecho

sea como se supone, no demostran nada con respecto a este punto.

Puede que hayan

existido unas razones especiales para permitir aquella exhibición de

poder satánico
cuando Cristo estaba en la tierra que ya no exista. El hecho de que no se

den

milagros en la Iglesia en la actualidad no es prueba de que no tuvieran

lugar

durante la era apostólica.

No debemos negar lo que se registra llanamente en las Escrituras como

hechos

en esta cuestión; no tenemos derecho a afirmar que Satanás y sus

ángeles no

producen ahora en ningun caso unos efectos similares; pero deberíamos

abstenemos de afirmar el hecho de influencia o posesión satânica en

cualquier caso

en que los fenómenos puedan recibir otra explicación. La diferencia entre

creer

todo lo posible y creer sólo lo que es cierto queda notablemente

ilustrada en el caso

de Lutero y Calvino. El primero estaba dispuesto a atribuir todo mal a los

espíritus
de las tinieblas; el segundo no atribuía nada a la acción de los mismos

que no

pudiera demostrarse que fuera

CAPÍTULO XIII - LOS ÁNGELES 453

realmente obra de ellos. Lutero dice:2 «Los paganos no saben de dónde

viene el

mal tan repentinamente. Pero nosotros lo sabemos. Es la pura obra del

diablo; que

tiene dardos encendidos, balas, antorchas, lanzas y espadas, con las que

dispara,

arroja o traspasa, cuando Dios lo permite. Por ello, que nadie dude,

cuando se

desencadena un fuego que consume un pueblo o una casa, que hay un

diablejo allí

sentado soplando el fuego para hacerlo más grande». Y también: «Que

el cristiano

sepa que se sienta entre demonios; que el diablo está más cerca de él

que su capa o
camisa, o incluso que su piel; que él está totalmente a nuestro alrededor,

y que

nosotros siempre tenemos que enfrentarnos y contender contra él». La

postura de

Calvino acerca de esta cuestión es:3 «Todo cuanto la Escritura nos enseña

de los

diablos [esto es, demonios] viene a parar a esto: que tengamos cuidado

para

guardamos de sus astucias y maquinaciones, y para que nos armemos

con armas

tales que basten para hacer huir enemigos tan poderosísimos». Y

pregunta:4 «Y ¿de

qué nos serviria saber más sobre los diablos [esto es, demonios]?»

2. Werke, edición Walch, VoI. XIII, pág. 2850.

3. Institutio, I. XIV, 13.

4. Ibid., 16.
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