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Dicen que las crisis son oportunidades. Puede ser cierto.

La crisis reciente de
Colciencias puede lograr el milagro de que en esta época electoral, la ciencia y la
tecnología se vuelvan temas de campaña. El peligro es que se resuelvan con
lemas vacíos y promesas repetidas que, como no se cumplieron en el pasado, se
asuman con dispensa de cumplimiento.

Para evitarlo, el presidente de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas,


Físicas y Naturales convocó a miembros de su institución y de otras academias y
organizaciones educativas y científicas a un serio ejercicio de reflexión. Sus
instrucciones fueron precisas: no producir un tratado pesado, sino reunir en pocas
páginas unas ideas que puedan ayudar a los políticos a configurar sus propuestas.

No voy a chiviar a la Academia. El texto estará disponible en la web y será


entregado a los candidatos. Pero quisiera explicar en pocas palabras algo de lo
que significa, para algunos de nosotros, la institucionalidad de la ciencia, y por qué
en una columna pasada la declaré fracturada. Decía entonces que la
institucionalidad, además del organismo rector, incluye leyes, normas y
costumbres que regulan las interacciones dentro del sistema y de él con la
sociedad.

Tenemos un observatorio (OC y T) que produce excelentes informes, pero,

infortunadamente, estos no se ven muy atendidos ni incorporados en la rendición

de cuentas formal de Colciencias.

Tenemos en verdad una ley, pero no se ha cumplido en su espíritu. Adscribió a


Colciencias a la Presidencia y señaló que debería ser invitada a los consejos de
ministros que traten temas relacionados (que debían ser casi todos). Pero
adscripción no significó cercanía, y las invitaciones no se dieron. Colciencias
recibió al tiempo carácter de organismo político rector y de ejecutor de programas
y administrador de fondos (que resultaron bastante vacíos). Pero, a pesar del
carácter teórico de rector, en su conformación no se le dio la capacidad para
generar políticas de alto nivel. Su máximo cuerpo colegiado es apenas un comité
asesor del director.

Muchos pensamos que la institucionalidad debería contar con dos entidades: un


consejo de muy alto nivel (ejemplos hay en la administración pública) que genere
políticas de impacto y pueda entender el panorama general, con transversalidad a
los diversos sectores que pueden beneficiarse de la ciencia, y otro organismo que
ejecute y coordine las acciones.

Lo de costumbres puede sonar raro, pero es muy importante. Al fin y al cabo, la


Ocde es un club exclusivo de países con buenas prácticas, yo diría con buenas
costumbres. Podría dar un par de ejemplos de costumbres deseables. El
Presidente no va a delegar su capacidad nominadora, pero una buena
costumbre era nombrar personas reconocidas por la comunidad y sin
adscripción política. Tal vez, un mecanismo de nombramiento a partir de ternas
podría afianzarla. Otra buena costumbre sería abstenerse de derogar, con un acto
legal pero inconsulto, estructuras que fueron creadas en procesos de reflexión
colectiva; como cuando en la escritura de la ley de Plan Nacional de Desarrollo, en
un escritorio, se derogó el Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación,
que fue tan ampliamente discutido.

Para que la institucionalidad funcione debe haber mecanismos de financiamiento


estables y adecuados al tamaño de las necesidades del país. También, medios
independientes de seguimiento y evaluación de impacto. Tenemos un observatorio
(OC y T) que produce excelentes informes, pero, infortunadamente, estos no se
ven muy atendidos ni incorporados en la rendición de cuentas formal de
Colciencias.

La fortaleza institucional no es un pereque que ponen viejos anacrónicos. Es la


forma que tenemos para mantener procesos públicos estables y morales y
asegurar políticas de Estado que no cambien con los gustos de cada gobernante.
Es uno de los pilares del progreso.

TEXTO 2
El reciente escándalo de Colciencias merece un debate tranquilo. Los ocho
directores de los últimos ocho años son el síntoma, no la enfermedad. Si hacemos
un mal diagnóstico, podemos matar al paciente. Hay posiblemente una pelea de
egos por un pequeño poder, y seguramente hay fallas administrativas. Pero los
reclamos de corrupción no están sustentados, por lo menos no con la información
difundida. El problema real que enfrentamos es la fractura de la
institucionalidad de la ciencia, que incluye, además del organismo rector, las
leyes normas y costumbres que regulan las interacciones en el sistema y de él
con la sociedad.

La historia de esa institucionalidad empieza en 1968 con la fundación de


Colciencias como organismo adscrito al Ministerio de Educación Nacional. Hubo
ciencia antes de eso, iniciativas individuales casi anecdóticas, que confluyeron, en
Colombia y los países de la región, en la creación de organismos nacionales de
ciencia y tecnología. En Colombia, el modelo fue el de un “fondo inteligente” que,
además de financiar proyectos, empezó a organizar a la comunidad científica.

De 1969 a 1986 hubo solo tres directores. No había una norma formal para su
escogencia, pero se adoptó la costumbre (que continuó por muchos años) de que
el nombramiento recaía, sin consideraciones partidistas, en una persona muy
capaz y con prestigio en la comunidad científica.

Es una tragedia que la institucionalidad se construya lentamente, con mucha

reflexión y debate, y se destruya rápido con decisiones descuidadas.


El gran salto institucional se dio con la expedición de la Ley 29 de 1990 y los
decretos reglamentarios que definieron el sistema de ciencia y tecnología y
convirtieron a Colciencias en un instituto adscrito al Departamento Nacional de
Planeación. Eso le dio un rango alto en el Estado y una mayor transversalidad
social. La dirección de entonces organizó foros de reflexión, con amplísima
participación de academia, Gobierno y empresa, que llevaron a la consolidación
del sistema de C y T. Este se manejó siempre con decisiones colegiadas, tomadas
por el Consejo Nacional (de muy alto nivel) y por los consejos de programas. Dos
créditos del BID permitieron, además, fomentar en forma eficiente la actividad
científica y el crecimiento de una comunidad que ya estaba adquiriendo capacidad
y tamaño significativos.

En 2009 se expidió otra ley que elevó a Colciencias a departamento administrativo


adscrito a la Presidencia. Inicialmente se propuso un ministerio, pero el Gobierno
no estuvo dispuesto a crearlo. De todas formas, esa figura parecía asegurar mayor
transversalidad e influencia. No todo fue un jardín de rosas, pero, con avances y
retrocesos, el país fue construyendo una institucionalidad estable.

La desinstitucionalización empezó a darse con algunos hechos, más irreflexivos –


por ignorancia y falta de interés– que malvados. Entre otros, mencionaré el papel,
muy secundario, de Colciencias en la adjudicación y administración de los
recursos de regalías, que pasó mayormente a ámbitos políticos. El deterioro serio
del presupuesto para la ciencia. La derogatoria de hecho del sistema de C y T (tan
sesudamente construido), para configurar un sistema de competitividad que,
sabemos, depende de múltiples factores sociales y económicos ajenos a la
ciencia. La promesa incumplida de un Conpes para definir la política de ciencia y,
finalmente, el nombramiento –sin el rigor inicial– de directores, que en un
momento reciente se convirtió en cuota de partido.

Es una tragedia que la institucionalidad se construya lentamente, con mucha


reflexión y debate, y se destruya rápido con decisiones descuidadas. La tarea del
próximo gobierno será fortalecer esa institucionalidad, hoy disminuida. No es
posible dudar que la ciencia, la tecnología y la innovación serán factores claves
para nuestro desarrollo económico, cultural y social.