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HERMENÉUTICA EN PERSPECTIVA DE GÉNERO

TEXTO: 1Timoteo 3:4-5

La epístola a Timoteo corresponde a una de las últimas escritas por Pablo. En este texto menciona
las condiciones que deben reunir los aspirantes a la función de obispos.

En particular, en estos versículos refiere que “debe gobernar (presidir) bien su casa” y sus hijos
deben ser respetuosos y obedientes.

En el contexto cultural de dicha época, se reconocía que los hombres debían ser honorables, esto
significaba que debían ser capaces de gobernar bien a otros, comenzando por los de su propia
casa.

El mandato cultural, tanto griego como hebreo, imponía a los hijos el deber de honrar, imitar y
obedecer a su progenitor. Por otro lado, ¿podría tener Pablo un ansia especial de preservar a
Timoteo de conflictos dado que muchas veces se lo consideraba “tímido”?

Ahora, ¿qué significado sería el que tienen esas palabras para Pablo? ¿Qué se podría decir que
simboliza para Pablo esa relación padre-hijos-casa? ¿Qué podemos reflexionar de su idea de
masculinidad en estos contextos? Para responder a estas preguntas deberíamos analizar de qué
comunidad provenía, qué niveles de poder había en ella, a qué tipo de líder correspondían sus
capacidades, en servicio de qué intereses ejercía ese liderazgo.

Hechos de los Apóstoles muestra a Pablo involucrado en la muerte de Esteban, no solamente en


el cuidado de sus ropas sino también ideológicamente con un proyecto de muerte. Vemos una
masculinidad dominante vinculada con el éxito. Él participaba en un proyecto exitoso. También
podemos decir que es una masculinidad asoladora, programada, fuerte y violenta, que arrastraba
a las cárceles a hombres y mujeres y amenazaba de muerte a los discípulos del Señor, los azotaba
y torturaba. Esta forma de manifestarse como hombre estaba seguramente enraizada en su
cultura y en su ambiente de judío y ciudadano romano.

Pero en Damasco sufre una crisis, lo que le obliga a replantearse sus características y su posición.
Pablo “cae” del caballo, se encuentra ciego, no puede caminar sin ser conducido, ayudado de la
mano. Todos estos son signos de la crisis que Jesús ha desatado en su interioridad masculina. A
partir de este momento hay un nuevo camino en cuanto a su entendimiento de “ser hombre”.
Cuando se dirige a los hermanos de la iglesia en Corinto les dice que él no fue a ellos en base de
elocuencia o de sabiduría (masculinidad competitiva que la análoga con la de los poderes que
gobiernan a este mundo) sino que lo había hecho a base de la sabiduría divina, misteriosa,
escondida. En Filemón 10 expresa Pablo: “te ruego por mi hijo Onésimo al que engendré en mis
prisiones” (RV95). Esta expresión “engendré” rechaza toda masculinidad dominante, opresiva,
competitiva. Pablo está usando un lenguaje maternal.

En Colosenses y Efesios, el escritor exhorta a los padres: “no provoquéis a ira a vuestros hijos”

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Por otro lado, si bien cuando escribe a la iglesia en Corinto, se expresa en forma dura al retrucar a
los cuestionamientos (considerando también que se consideraba el padre de las iglesias que había
fundado), finaliza expresando en 2da. Corintios 1:24 que no es que intenta imponerles la fe sino
que desea contribuir a la alegría de ellos.

Por todo esto podemos percibir una evolución en su entendimiento de “ser hombre”. Tal vez ya no
deberíamos caer en el error del ejemplo de “padre dominante” como paradigma para las
características de los responsables eclesiales.