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EL LEGADO DEL SIGLO XX

En este trabajo me limito a relacionar entre sí los puntos salientes de algunas


lecturas que creo nos ayudarían a comprender el sentido profundo de nuestro curso
general de este año en el Instituto Hannah Arendt, titulado “Tiempo, dominio y
libertad”.

Me guía la aspiración de reflexionar sobre el legado que el siglo XX nos deja


en términos de valores, la evolución de los mismos, y a partir de ello rastrear algunos
elementos para comprender mejor la dimensión de los interrogantes que se nos
presentan de cara al siglo XXI.

Como sostiene Alain Badiou, el nazismo —y también el stalinismo, como


“síntoma” del capitalismo— son una política, un pensamiento, y no sólo figuras del
Mal. Al identificarlos como pensamientos, como políticas, nos damos los instrumentos
para juzgarlos. Al contrario, al hipostasiar el juicio, terminaríamos por proteger su
repetición. Lo mismo le cabe al nuevo “enemigo de la Humanidad”, la nueva
“encarnación del Mal”: el terrorismo.

¿Cómo llamar los últimos veinte años del siglo XX sino segunda Restauración?
Y aquí está la cuestión: toda restauración se horroriza ante el pensamiento.

Por eso, Slavoj Zizek intenta en “La suspensión política de la ética” hacer
visible el fracaso de todos los intentos de redención. Reivindica el derecho a no
participar en cuanto debate surja, a evitar la pseudo-actividad académica. Hoy la
amenaza no es la pasividad, sino la pseudo-actividad, la urgencia de “estar activo”,
de enmascarar la vacuidad de lo que ocurre.

Hay que “hacer” a toda costa, en lugar de “pensar” en qué es lo que se debe
hacer.

La restauración se apoya en la creencia de que hay una violencia esencial. La


mala violencia debe ser sucedida por la buena, legitimada por la primera. Es la
fundación bélica de la paz: pondremos fin a la guerra mala por medio de la guerra
buena.

Nadie creía en la paz entre 1918 y 1939. Hacía falta otra guerra, que sería
verdaderamente la última. Mao Tsé Tung es, inclusive, una figura típica de esa
convicción. Para obtener la “paz perpetua” es preciso inventar una nueva guerra, la
“guerra revolucionaria”.

Badiou ve en el siglo XX un frente a frente de la destrucción y la fundación. Y


en ese doble semblante, considera a Bertolt Brecht un personaje emblemático del
siglo. Brecht es alemán, director de teatro, aliado del comunismo y contemporáneo
del nazismo; pero desciende más directamente de Nietzsche que de Marx.

En sus tiempos, el siglo XX es el siglo del teatro como arte y el director, como
pensador de la representación, sostiene una meditación muy compleja sobre las
relaciones entre el texto, la actuación, el espacio y el público. Brecht se pregunta
sobre la teatralidad de la política, cuál es, en la conciencia política, el lugar de la
representación, de la puesta en escena. Y opone, a la estatización fascista de la
política, la politización revolucionaria del arte.

Alude al nuevo papel asignado a las masas desde la revolución de 1917, a la


“irrupción de las masas en la escena de la historia”. El siglo XX retoma la cuestión
del coro y el protagonista, y su teatro es más griego que romántico. En respuesta al
“desventurado romanticismo decimonónico” el siglo XX dice ¡Se terminaron los
fracasos, ha llegado la hora de las victorias! Revolución es su nombre: octubre, China,
Cuba, Argelia, Vietnam, reparan las masacres de junio de 1848 o de la Comuna de
París.

Cualquiera sea la obra, Brecht trata de plantear la cuestión de la relación entre


el personaje y el destino histórico. Un arte didáctico, un arte al servicio de la lucidez
popular, un arte proletario.

“Sólo la violencia puede cambiar este mundo asesino.

Todavía no nos está permitido no matar.

No era fácil hacer lo que debía hacerse.

No han sido ustedes quienes lo condenaron, sino la realidad.”

“El hombre solo tiene su hora,

pero el Partido tiene muchas.

El hombre solo puede ser aniquilado,

pero el Partido no puede serlo

porque es la vanguardia de las masas


y libra su combate

con los métodos de los clásicos, tomados

del conocimiento de la realidad”.

Líneas pertenecientes a la escena 6 de “La medida”, una de las llamadas


“piezas didácticas” de Bertolt Brecht, 1930. El romanticismo demanda a los otros. En
Bretch, el nosotros demanda al yo.

Al final de El ser y la nada, Sartre dice en sustancia que la pasión del hombre
invierte la pasión de Cristo: el hombre se pierde para salvar a Dios. Sin embargo,
añade, la idea de Dios es contradictoria, de modo que el hombre se pierde en vano.
De allí la famosa fórmula con que concluye el libro: “El hombre es una pasión inútil”.

Bretch se convertirá en un enorme hombre de teatro, porque este es el arte


por excelencia de la simplificación, del poder estilizado. Brecht se pregunta qué nueva
poética teatral tendrá la capacidad directa de educar al público sobre el problemático
porvenir de la época. Finalmente lo hizo el cine.

Para crear algo indestructible hay que destruir mucho, como los escultores,
que destruyen la piedra para que a través de sus vacíos se eternice una idea. Siglo
XX, de las resistencias y las epopeyas, destructor sin remordimientos.

Para Brecht, uno de los síntomas de la descomposición es la ruina de la lengua


(y uno de los síntomas de la ruina de la lengua es la descomposición), y habla de “el
reino de la lengua fácil y corrompida, la del periodismo”. El asesinato es una
suerte de ícono central. El final sólo está presente cuando enfrenta la alternativa de
matar o ser matados. La tesis de la conjunción entre el asesinato y el desfallecimiento
de la lengua es muy fuerte. En todo caso, es un emblema espectacular del siglo. Y el
final llega cuando las figuras de la opresión “ya no necesitan máscaras, pues se ha
instaurado la cosa misma”.

La mentira adquiere una importancia simbólica en el siglo, que se traduce en


la relación entre la pasión de lo real y la necesidad del semblante, y que se debe
desenmascarar.

Otro legado principal es el de Freud. Trátese de la histeria con Dora, de la


obsesión con el Hombre de las Ratas, de la fobia con el pequeño Hans, de la paranoia
con el presidente Schreber o de las fronteras de la neurosis y la psicosis con el
Hombre de los Lobos, esos cinco estudios de Freíd son inexplicables “logros para
siempre”.
El siglo XX es también el siglo del psicoanálisis, por su aporte al debilitamiento
de las normas explícitas a través de las cuales se organizaba el saber de la
sexualidad. La mujer discute con el hombre la autonomía de su sexualidad.

El siglo dio por tierra, en verdad, con una de las tesis clásicas sobre la infancia,
por ejemplo la de Descartes, según la cual el niño no era sino una suerte de
intermedio entre el perro y el adulto, y que, para que llegara a la jerarquía de hombre,
era preciso adiestrarlo y castigarlo sin la menor vacilación. Fue Freud quien destacó
que la infancia, muy lejos de cualquier “inocencia”, es una edad de oro de la
experimentación sexual en todas sus formas.

1. La comunidad como tensión —y síntesis— entre seguridad y libertad

Los siguientes son conceptos del ensayo “Comunidad”, de Zygmunt Bauman.


Para él, las palabras tienen significados, pero algunas palabras producen además una
, y este es el caso de la palabra .

En una comunidad podemos discutir, pero son discusiones amables. Aunque


nos guíe el mismo deseo de mejorar nuestra vida en común, puede que no estemos
de acuerdo en cuál es la mejor forma de hacerlo. Pero nunca nos desearemos mala
suerte y podemos estar seguros de que todos los que nos rodean nos desean lo
mejor.

Contradicción entre seguridad y libertad. El privilegio de “estar en comunidad”


tiene un precio: y sólo es inofensivo, incluso invisible, en tanto que la comunidad siga
siendo un sueño. El precio se paga en la moneda de la libertad, denominada de
formas diversas como “autonomía”, “derecho a la autoafirmación” o “derecho a ser
uno mismo”. Elija uno lo que elija, algo se gana y algo se pierde. Perder la comunidad
significa perder la seguridad; ganar comunidad, si es que se gana, pronto significaría
perder libertad. La seguridad y la libertad son dos valores igualmente preciosos y
codiciados que podrían estar mejor o peor equilibrados, pero que difícilmente se
reconciliarán nunca de forma plena y sin fricción.

No podemos ser humanos sin seguridad y libertad; pero no podemos tener


ambas a la vez, y ambas en cantidades que consideremos plenamente satisfactorias.
Esa no es razón para dejar de intentarlo (ni de todos modos dejaríamos de hacerlo
aunque lo fuera).

Ambas cualidades son, simultáneamente, complementarias e incompatibles;


la probabilidad de que entren en conflicto siempre ha sido y siempre será tan alta
como la necesidad de que se reconcilien. Aunque se han intentado múltiples formas
de convivencia humana en el curso de la historia, ninguna ha logrado encontrar una
solución impecable a esta tarea, que equivale a una auténtica “cuadratura del
círculo”.

Promover la seguridad siempre exige el sacrificio de la libertad, en tanto que


la libertad sólo puede ampliarse a expensas de la seguridad. Pero seguridad sin
libertad equivale a esclavitud (y, además, sin una inyección de libertad, a fin de
cuentas demuestra ser un tipo de seguridad sumamente inseguro); mientras que la
libertad sin seguridad equivale a estar abandonado y perdido (y, a fin de cuentas, sin
una inyección de seguridad, demuestra ser un tipo de libertad sumamente esclava).
Esta circunstancia ha procurado a los filósofos una jaqueca sin cura conocida.
También determina que convivir sea tan conflictivo, puesto que la seguridad
sacrificada en aras de la libertad tiende a ser la seguridad de otra gente; y la libertad
sacrificada en aras de la seguridad tiende a ser la libertad de otra gente.

La libertad y la comunidad pueden chocar y entrar en conflicto, pero un


compuesto que carezca de uno de ambos elementos no constituirá una vida
satisfactoria.

Hobsbawm: “hombres y mujeres buscan grupos a los que puedan pertenecer,


de forma cierta y para siempre, en un mundo en que todo lo demás cambia y se
desplaza, en el que nada más es seguro”.

Jonathan Friedman: en nuestro mundo en rápido proceso de globalización, “lo


que no está ocurriendo es que las fronteras estén desapareciendo. Antes bien,
parecen levantarse en cada nueva esquina de cada barrio en decadencia de nuestro
mundo”.