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EL 23-F Y EL REY DE CRISTAL

El general de división Alfonso Armada envió, en octubre de 1980,


un informe a la Zarzuela, firmado por un prestigioso
constitucionalista, donde se ofrecía una salida al difícil momento
político que vivía España: moción de censura contra Suárez para
sustituir su gobierno por un ejecutivo de concentración, compuesto
por los principales partidos del arco parlamentario. La presidencia
de ese gobierno correspondería a “un historiador de prestigio, un
catedrático o un militar”. Aceptando la recepción de aquél
informe, el que fue secretario de la Casa Real en aquellos convulsos
años, general Sabino Fernández Campo, declaró en El País el 8 de
noviembre de 2009 que “sería un gobierno con personas de todos
los partidos, de todos, porque el propio Felipe iba a ser
vicepresidente, pero luego el presidente era una persona neutral,
no política. Podía ser, decía, un general, un catedrático, un
historiador. Realmente estaba previsto para el propio Armada”.

En un artículo titulado “Dos barajas para un golpe”, publicado por


El Mundo el 23 de febrero de 2006, Victoria Prego había
adelantado ya información sobre este episodio, que demostraba
hasta qué punto La Zarzuela conocía los planes que en el ámbito
político y militar se estaban trazando para salir del marasmo en que
España se encontraba. En esta línea, El CESID había elaborado un
informe en noviembre de 1980 donde se sistematizaban y
describían los planes forjados contra el gobierno Suárez.
“Panorámica de las operaciones en marcha”, se tituló ese
documento, conocido tanto por La Zarzuela como por Moncloa, y
donde se recogía también ese posible gobierno de concentración
presidido por “un independiente”.

El 24 de febrero de 2001, el profesor Francesc de Carreras publicó


en La Vanguardia el artículo “Un grano de arena al 23-F”. En él
recordaba una conversación que mantuvo con su padre a finales de
enero de 1981, donde éste le trasladó lo que Josep Tarradellas le
había dicho sobre la posibilidad de crear un gobierno de
concentración como alternativa al de Suárez, a partir de una

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moción de censura plenamente constitucional, que tendría a
Alfonso Armada como candidato para presidir ese ejecutivo.

Un “golpe de timón”, expresión acuñada por Tarradellas en aquél


contexto, para salvar la democracia; una operación constitucional
que sirviera de revulsivo para estabilizar la situación política hasta
las próximas elecciones generales, previstas para 1983. El acoso a
Suárez es inmisericorde y llega incluso desde su propio partido,
como lo había puesto de manifiesto la famosa reunión de “la casa
de la Pradera”, en julio de 1980, donde los barones de UCD
barajaron, ante el propio presidente, la posibilidad de sustituirlo.

Dos elementos propiciaron que Suárez, finalmente, arrojara la


toalla el 29 de enero de 1981: en primer lugar, el presidente
constata que el Rey no le apoya; en segundo lugar, sabe que la
operación Armada cobra fuerza y decide dimitir para desactivarla.
Del primer elemento hay numerosos indicios, el más claro de ellos
es la decisión que el Rey toma de nombrar segundo jefe del Estado
Mayor del Ejército al general Armada, en contra del criterio de
Suárez, decisión que se hace efectiva el 3 de febrero de 1981. El
segundo elemento es una hipótesis verosímil, pues resulta probable
que el presidente conociera –como lo conocía Sabino– tanto el
informe de octubre (de un prestigioso constitucionalista) como el
de noviembre (del propio CESID) donde se citaba la moción de
censura que empezaba a fraguarse contra él. Sin embargo, no hay
fehacientes pruebas de que este conocimiento previo, por parte de
Suárez, de la “operación Armada” precipitara su dimisión para
impedir que “el sistema democrático de convivencia fuera, una vez
más, un paréntesis en la historia de España”.

El mes que transcurre entre la dimisión de Suárez y el 23-F es muy


tenso: el ingeniero de la Central Nuclear de Lemonyz, José María
Ryan, es asesinado por ETA; los Reyes son abucheados por el
nacionalismo radical vasco en Guernica; las torturas confirmadas
al etarra Joseba Arregui acarrean la detención de los agentes
involucrados, así como la dimisión de tres altos cargos policiales.

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Después de casi dos semanas de incertidumbre desde que dimitió
Suárez, el Rey acepta el 10 de febrero la candidatura de Leopoldo
Calvo Sotelo como nuevo presidente. Se presentará a la Cámara
como jefe de un gobierno monocolor de UCD. Calvo Sotelo era el
mínimo común denominador que el partido centrista consensuó
para sustituir a Suárez, lo cual disolvía la operación Armada que
estaba pergeñándose desde, al menos, octubre de 1980. Nada más
conocerse la candidatura de Calvo Sotelo, líderes del PSOE, AP y
PCE declaran públicamente su rechazo al sucesor de Suárez,
insistiendo que un gobierno de UCD nada solucionará. El 20 de
febrero, durante la primera sesión de investidura de Calvo Sotelo,
Carrillo afirma desde la tribuna de oradores del Congreso que “hay
otro Gobierno posible en esta Cámara, y el eje de ese Gobierno
sería la izquierda de esta Cámara y los elementos progresistas que
hay en UCD”. La solución pasa por un ejecutivo de salvación
nacional, de concentración, y tanto el PSOE, como PCE y AP, no
ven con malos ojos ese camino.

El 13 de febrero de 1981, Alfonso Armada había mantenido una


reunión con el Rey donde informó al monarca de que “va a haber
algo porque hay muchas conversaciones y la gente está muy
inquieta”. Le advirtió de que “hay una masa muy grande del
Ejército que no está contenta”, aunque nunca le dijo “van a asaltar
el Congreso o va a sublevarse una Capitanía” porque –insiste el
general Armada– yo no lo sabía. El historiador José Manuel
Cuenca Toribio, en su libro “23-F. Conversaciones con Alfonso
Armada” (Actas Editorial, 2001), recoge estas palabras del antiguo
secretario del monarca.

Poco más se puede decir con solvencia de esta crucial reunión


porque no hay pruebas que reflejen, con exactitud, qué pasó. Pero
las Sentencias del Consejo Supremo de Justicia Militar y del
Tribunal Supremo sí nos exponen, con claridad, el plan del 23-F,
que constaba de cuatro puntos esenciales: el asalto al Congreso del
teniente coronel Tejero como desencadenante de la operación, la
toma de Valencia por los tanques de Milans, el control de Madrid
por la División Acorazada Brunete y el traslado de Armada a la
Zarzuela para, desde allí, presionar directamente al Rey con el fin

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de que accediera a un gobierno de concentración presidido por su
antiguo secretario. De estos cuatro puntos, sólo los dos primeros se
cumplieron. El objetivo del golpe era crear un “S.A.M.”, un
Supuesto Anticonstitucional Máximo sin disparar un solo tiro, pero
que escenificara el profundo malestar del Ejército para justificar (y
obligar) a un acuerdo entre la clase política que arrojaría, como
resultado, el gobierno de salvación nacional presidido por Armada,
el “De Gaulle” español. Se trataba, como afirma el profesor
Roberto Muñoz Bolaños en su tesis doctoral, de la versión
“pseudo-constitucional” de la operación Armada.

Fracasada la primera sesión de investidura de Calvo Sotelo, que se


celebraría el viernes 20 de febrero, comenzaba un fin de semana
donde se desencadenará la red de impulsos que desembocará en el
golpe. El profesor Muñoz Bolaños ha estudiado exhaustivamente
el sumario y el acta de celebración del juicio llevado a cabo en
Campamento, y nos recuerda en su obra “23-F. Los golpes de
Estado” (Última Línea, 2015) que, según Tejero, el sábado 21 de
febrero, Armada se reúne con él para darle las últimas consignas
antes del asalto al Congreso: “Tú entras en nombre del Rey, por la
Corona y la democracia, la democracia es muy importante”. Y,
ante las dudas de un Tejero que quiere atar todos los cabos, habida
cuenta de la importante misión que se le encarga, el general
Armada contesta dónde estará localizable: “bueno, como el Rey es
voluble, aunque respalda esto, yo prefiero estar a su lado en la
Zarzuela. Desde las 18 horas estaré en la Zarzuela sujetándole”.
Los tribunales no consideraron como hecho probado esta reunión,
pero tanto Milans como Tejero insistieron ante sede judicial que
ellos fueron al golpe porque no dudaron del impulso regio que
Armada, una y otra vez, les aseguró.

Los disparos en el Congreso y las zafias formas de los guardias


civiles, zarandeando a Gutiérrez Mellado, desautorizaron el
pretendido revulsivo previsto por Armada. Aquél “golpe de
gobierno” –en acertada expresión de Pilar Urbano– había derivado
en un golpe de Estado que ponía en peligro la democracia recién
conseguida. A las doce de la noche de aquél 23-F, y después de seis
largas horas cargadas de tensión (el Congreso fue asaltado a las

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18,20), Armada logra la autorización del Jefe del Estado Mayor del
Ejército (Gabeiras) y el visto bueno de la Zarzuela para acceder al
hemiciclo, donde quiere proponer ese gobierno de concentración
tejido entre bambalinas desde octubre de 1980, una vez el
Congreso haya quedado libre de las fuerzas asaltantes. Y digo el
visto bueno de la Zarzuela porque el propio Sabino Fernández
Campo describió en un libro de Francisco Medina, titulado “23-F.
La verdad” (Plaza y Janés, 2006), la postura de la Corona ante este
episodio crucial: “Bueno, pues vete –dice Sabino al general
Armada–. Si tú crees que lo puedes solucionar, vete tú, pero no
digas que vas en nombre del Rey. El Rey no te puede decir que
vayas en nombre suyo porque no tiene facultades para eso. Ahora,
si tú dentro de este barullo que hay, dentro de este golpe que se ha
producido, tienes capacidad para llegar allí y obtener la libertad
a los que están, ofreciéndote como presidente o lo que sea... Luego
ya veremos lo que pasa. Pero que quede claro que todo esto lo
haces por tu cuenta...”

Como el rayo de sol cuando atraviesa el cristal de una ventana, la


operación Armada había pasado por la Corona sin romperla, sin
mancharla. La habilidad del general Sabino Fernández Campo
podría salvar al Rey de cualquier contaminación,
independientemente del desenlace que tuviera aquél “último
cartucho”.

Cuando Armada cometió el error de enseñar a Tejero su lista de


gobierno, donde figuraban socialistas, miembros de UCD, de AP y
hasta del PCE, el indignado teniente coronel prohibió el paso del
general Armada al hemiciclo y lo expulsó del Palacio de las Cortes.
Quien inició el golpe de timón lo hizo descarrilar, tornando
imposible la reconducción prevista por Armada.

La recién nacida democracia española había pasado su prueba de


fuego, su crisis más profunda, aquella que a punto había estado de
sepultarla. Y la institución que más se fortaleció tras aquella
intentona golpista fue la Corona. Pero con el irónico bisturí de su
prosa, Umbral advirtió bajo el ferviente aplauso al Rey un
antidemocrático caudillismo: “Él nos ha salvado, él ha salvado la

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democracia, él se ha salvado a sí mismo. Ya tenemos un padre, un
César, esa cosa freudiana que los españoles buscamos siempre
para que piense por nosotros. Caer masivamente en los brazos del
Rey, más que gratitud, sería, digamos, una forma democrática de
franquismo, entendido esto más allá de Franco, como proclividad
niñoide de este país a los padres providenciales”.

Treinta y ocho años después de aquél 23-F seguimos investigando


sus aristas, buscando las huellas del sol a través de un cristal.

Alfonso Pinilla García


Profesor de Historia Contemporánea
Universidad de Extremadura