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La misión integral
en el entramado
de gracia, mundo e iglesia
Pedro Arana Quiroz

Es mi convicción que lo que no sucede en la iglesia local,


no sucede en ninguna parte. El propósito de este trabajo es,
precisamente, compartir algunas reflexiones sobre la misión
integral de la iglesia, tal como las he vivido en la congregación
local. A esta última le compete el desafío de cooperar para
lograr una práctica misionera más integral, más decidida, más
eficaz y más bíblica.
En primer lugar, presentaré brevemente tanto el contexto
de redescubrimiento de la misión integral de las últimas
décadas como mi propio proceso de descubrimiento personal
al respecto. Luego, articularé la cuestión de la misión integral
en tres “momentos” de tonalidad teológica, dando cierta
prioridad a la eclesiología de la misión integral. En efecto, es
mi convicción que la misión integral emerge de la misma
gracia de Dios, nos desafía a abordar nuestro mundo actual
en términos de una determinada “situación teológica”, e
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implica una eclesiología integral, de base trinitaria, donde la


comunidad de fe experimenta la tensión de ser separada a la
vez que enviada, y la exigencia de reunir de manera creativa
las imágenes y funciones bíblicas de la iglesia.

1. Redescubrimiento
de la misión integral

Desde la década de 1950 hasta nuestros días, la vida y


misión de la iglesia ha sido tema obligado en las reuniones
eclesiásticas internacionales. En los últimos tres decenios, la
misionología —ciencia de la misión— ha tomado gran auge en
los predios protestantes y evangélicos. Ésta y sus materias
conexas están presentes en el currículo de un muy alto
porcentaje de seminarios cristianos en los seis continentes. Es
impresionante el impulso que han tenido y tienen en el mundo
las organizaciones que persiguen fines misionológicos. Y,
desde el Concilio Vaticano II, la misionología se encuentra
también instalada en la Iglesia Católica Romana.
La iglesia cristiana necesitó muchas veces recordar su
condición de ser Iglesia; que la verdadera esencia de su
naturaleza e identidad es la misión; que “la Iglesia existe para
la misión como el fuego existe para quemar”,1 y que “la iglesia
existe en cuanto vive esa misión”.2 Ella no existe como un fin
en sí mismo, pero tampoco existe si no vive esa misión. Y con
ese recuerdo se agudizó una dolorosa controversia sobre cuál

1
Emil Brunner, citado por Martin Conway, The Undivided Vision, SCM
Press Ltd., Londres, 1966, p. 65.
2
Karl Barth, “El mensaje de la libre gracia de Dios”, en Ensayos
Teológicos, Herder, Barcelona, 1978, p. 158.
LA MISIÓN INTEGRAL EN EL ENTRAMADO DE GRACIA, MUNDO E IGLESIA 133

es la misión de la Iglesia, especialmente en la segunda mitad


del siglo pasado.
Poco a poco vamos superando el malentendido de la
iglesia, muy en boga en los años setenta del siglo 20. A la
pregunta: ¿cuál es la misión de la iglesia?, las confesiones
evangélicas más conservadoras respondían: “¡La
evangelización! ¡Misión es evangelizar, sólo evangelizar y
nada más que evangelizar!” Otras iglesias de sectores
liberales respondían: “¡Servicio social! ¡Misión es servicio
social!” Algunos grupos de avanzada, al interior de la Iglesia
Católica Romana y de las iglesias protestantes, contestaban:
“¡Liberar! ¡Misión es liberar!” Y, en consecuencia, animaban la
acción política de sus feligreses. Mientras, otros grupos
cristianos reconocieron el poder de la alabanza, y ésta pasó al
centro de la vida y misión de la Iglesia: “¡Misión es alabar!”
Afirmando su descubrimiento, repetían (y aún repiten): “¡La
letra mata pero el Espíritu vivifica!” Luego, no se lee la Biblia
en el culto y tampoco se la expone. Abundan los testimonios
personales del poder de Dios en la vida de los creyentes —
algo muy importante y digno de escucharse—, pero en este
contexto dichos testimonios usurpan el lugar de la Palabra. En
nuestros días, para algunas comunidades cristianas, la misión
de la iglesia consiste en promover la prosperidad entre sus
miembros: “¡Misión es prosperar materialmente!”
Creemos que en cada una de estas concepciones de la
misión de la iglesia hay elementos de la verdad, a la vez que
existe una reducción que no hace justicia a “todo el consejo de
Dios” presente en la revelación bíblica. Sin embargo, en los
últimos veinte años hemos visto cómo el liderazgo evangélico
y los creyentes en general se han ido abriendo a una
comprensión de la misión de la iglesia más bíblica —y por
ende más amplia—, a la cual muchos sectores de la iglesia en
el mundo han bautizado integral. Este entendimiento más
134 LA IGLESIA LOCAL COMO AGENTE DE TRANSFORMACIÓN

amplio trajo frutos benéficos por la presencia y participación


de los cristianos de América Latina y de otras partes del
mundo, quienes se movilizaron en tesitura de misión en el
inmenso campo misionero de las necesidades humanas —
espirituales y emocionales, físicas y materiales— de nuestro
prójimo en el subcontinente y el mundo.

2. Descubrimiento personal
de la misión integral

Yo mismo suscribí a la misión integral de la iglesia desde


mis tiempos de estudiante gracias a la docencia intelectual y
práctica de mis maestros James Mackintosh, Sam Will y
Donald Mitchell. El primero me hizo entender el valor del ser
humano, amado de Dios, que no tiene otra carta de
presentación que su humanidad necesitada. Sucedió que una
vez me encontré, de buenas a primeras, con un hombre de la
selva peruana, envuelto en trapos sucios y mal olientes,
producto, aparentemente, de un cáncer en el tracto excretor
de su aparato digestivo. Y yo, estudiante, ¡sin medios y sin
saber qué hacer! En el colegio, mi rostro denotaba el
problema. El señor Mackintosh me preguntó qué me pasaba, y
yo le relaté la historia. Inmediatamente, sin pensarlo dos
veces, me dijo: “Tráigalo a mi casa”. También sin pensarlo,
respondí: “Está infectado y mal oliente”. Su respuesta amable,
firme y sorprendida fue: “¡Pedro, es un ser humano!” Acto
seguido, cuidó de él en su hogar.
Sam Will fue el primero que llevó a nuestro grupo de
jóvenes, que denominamos “Adelante Juventud Cristiana”, a
visitar y servir en las nacientes “barriadas” que comenzaban a
cercar la ciudad de Lima: “El Agustino”, “San Cosme”, “El
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Ermitaño”. En estos lugares comenzamos a conocer a los


pobres, que no eran pobres por ser ociosos sino porque una
estructura política centralista les impedía desarrollarse en sus
lugares de origen, y porque una oligarquía codiciosa y usurera
manejaba la política y la economía del país.
Donald Mitchell, de Nueva Zelanda, fue el primero en poner
un comentario bíblico en mis manos: Epístola a los Romanos,
de Clifton J. Allen. Aún conservo la copia. El libro era parte de
un Curso Unificado de Estudios para todos los miembros de
las iglesias bautistas. Sin embargo, quien me lo entregó era
presbiteriano. Con él disfrutamos de los campamentos
vacacionales a orillas del Pacífico, en las playas de Mala,
exponiendo la Palabra y haciendo amistades. En 1957, al ver
mi interés en la lectura, Mitchell abrió una cuenta a mi favor en
la librería evangélica “El Inca” para que yo comprase libros por
valor de hasta cien soles mensuales. Cuando le dije: “Donald,
¿cómo puedo pagar tu generosidad?”, él me respondió:
“Cuando trabajes, haz lo mismo por otro estudiante”.
El ser humano, la iglesia, los pobres, la situación del país,
una actitud positiva hacia otras denominaciones, los disfrutes
legítimos de la vida, la formación del liderazgo y la práctica de
la generosidad fueron los primeros componentes que
acompañaron mi entendimiento de la misión integral de la
iglesia, gracias a personas que vivían en la gracia y por la
gracia, y compartían su vida y dones de gracia.
Durante mi vida universitaria, la teoría y práctica de la
misión integral se hicieron presentes por medio de los libros
de Juan A. Mackay y Martín Luther King, y luego se
expresaron a través de mi participación en el grupo de estudio
bíblico evangelizador y de mi acción como delegado del tercio
estudiantil en el Consejo de la Facultad de Química de la
Universidad de San Marcos. Más tarde, siendo asesor de la
Comunidad Internacional de Estudiantes Evangélicos,
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coincidimos con Samuel Escobar y René Padilla en que


nuestros cursos de capacitación de líderes evangélicos para
las universidades en América Latina debían tener un énfasis
sobre la realidad latinoamericana y universitaria que
acompañara el estudio bíblico, la reflexión teológica y las
metodologías de acción. Consideramos de gran importancia el
contexto de nuestra misión.
Más tarde, como presbítero, laico —al servicio de mi
congregación— y ciudadano, fui elegido miembro de la
Asamblea Constituyente del Perú 1978-1979. De esa manera
incorporaba al testimonio cristiano los desafíos de la
participación política y la función profética de la iglesia. Luego,
serví como pastor en una congregación presbiteriana que
acompañó la evangelización y el discipulado con una
presencia servicial entre nuestros hermanos del asentamiento
humano marginal “Luis Pardo”. En 1983, un grupo de
cristianos organizamos la Comisión “Paz y Esperanza”, bajo el
auspicio del Concilio Nacional Evangélico del Perú (CONEP),
con el fin de ayudar a los damnificados por la violencia
terrorista iniciada por Sendero Luminoso.
En 1987, otro grupo de cristianos, en su mayoría
presbiterianos, organizamos la Misión Integral Urbano-Rural
(MISIUR) para servir a las familias y comunidades pobres a
las cuales teníamos acceso con el pan espiritual y material.
Poco después, en ese mismo contexto, vio la luz el Instituto
Cristiano de Estudios Sociales “Juan A. Mackay” (ICES), cuya
finalidad era ver, sentir y participar en la realidad peruana con
la luz de Dios. Desde hace seis años dicho Instituto tiene a su
cargo el Curso “Cosmovisión cristiana y realidad peruana”, en
dos seminarios teológicos de la ciudad de Lima. En 1991
iniciamos los primeros proyectos integrales de la Sociedad
Bíblica Peruana, los cuales luego fueron asumidos por las
Sociedades Bíblicas Unidas —en su Asamblea General,
LA MISIÓN INTEGRAL EN EL ENTRAMADO DE GRACIA, MUNDO E IGLESIA 137

realizada en Sudáfrica, en 2001— como parte de su ministerio


mundial.

3. Gracia y misión

La afirmación que hago a continuación es fundamental


desde un punto de vista bíblico, teológico y misional: La misión
de la Iglesia consiste en dar testimonio, en el mundo, del Dios
de gracia y de la gracia de Dios.
El himno con el cual comienza la Sagrada Escritura es la
confesión del pueblo creyente acerca de ese Ser eternamente
viviente y libre, al que llama Dios, que toma la portentosa
iniciativa de dar a conocer su poder y bondad soberanos, que
de la nada crea todo lo que existe y del caos produce el
cosmos (Gn 1). La creación, en todas sus dimensiones y
manifestaciones, es obra del Dios de la gracia. La realidad
espiritual y material, el universo conocido y desconocido, lo
macro y lo micro, el mundo y los seres que lo habitan, y
especialmente el ser humano, todo es obra del Dios de gracia
y expresión de la gracia de Dios.
El sujeto de las obras poderosas, de las que la misma
Sagrada Escritura da un testimonio directo, auténtico y pleno,
es Aquel que en su libertad soberana elige a “Abraham y a
ningún otro, a Isaac y no a Ismael, a Jacob y no a Esaú, a
David y no a Saúl”,3 para ser, en su gracia inconmensurable,
el Dios de todo Israel. Finalmente, en cumplimiento de su
promesa y de su pacto con Abraham, derriba en Jesucristo la
pared de separación entre judíos y no judíos, y ofrece su
bendición a todas las naciones. Él es bueno y todopoderoso;

3
Ibid., p. 146.
138 LA IGLESIA LOCAL COMO AGENTE DE TRANSFORMACIÓN

actuó en el éxodo (salida) y en el éisodo (entrada); en el


nacimiento virginal de Jesús, en su vida y sus milagros, en su
muerte vicaria y su resurrección gloriosa; en su ascensión
visible y en la celebración del día onomástico de su Iglesia en
Pentecostés. Él es el Dios de gracia, y la historia de la
salvación no es más que jalones elocuentes de su gracia.
El Dios de gracia es el único Dios viviente, libre y soberano,
quien habló a los profetas y apóstoles y, a través de ellos, dio
su mensaje a la Iglesia, el evangelio, del cual ella misma es
parte. La noticia jubilosa es que, en Jesús de Nazaret, el
Increado “habitó entre nosotros. Y hemos contemplado su
gloria, la gloria que corresponde al Hijo unigénito del Padre,
lleno de gracia y de verdad” (Jn 1.14). Y no sólo convivió con
los pecadores sino que los salvó. El comisionó a la Iglesia a
invitar al mundo a recibir “en abundancia la gracia y el don de
la justicia” (Ro 5.17). Es el Dios cuya voluntad, plan y designio
—es decir, misión— es “reunir en él [en Cristo] todas las
cosas” (Ef 1.10). La suprema realización final de esa misión es
el establecimiento del Reino de Dios, cuando el ser humano y
la creación entera cumplirán con la razón de su esencia y de
su existencia, y participarán de la gloria de Aquel cuya gloria
ya hemos empezado a ver en Jesucristo. Desde la eternidad y
hasta la eternidad, incluido este paréntesis que es la historia
humana, tenemos el despliegue portentoso de la gracia, que
se llama Emanuel: “Dios con nosotros”.
Vistos así, tanto el mundo como la Iglesia tienen su origen
en la gracia de Dios y son, constantemente, objetos de ella:
“Tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo...” (Jn 3.16);
“Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella” (Ef 5.25). La
Iglesia es una obra del Dios de gracia, y sus miembros
administran “la gracia de Dios en sus diversas formas” (1P
4.10). La diferencia esencial entre el mundo y la Iglesia la
establece la gracia, en función de la misión. El Dios de gracia
LA MISIÓN INTEGRAL EN EL ENTRAMADO DE GRACIA, MUNDO E IGLESIA 139

ha dado a la iglesia la misión de testificar de su gracia en su


mundo.

4. El mundo vivido como


“situación teológica”

El mundo actual, por su parte, nos sale al encuentro en


términos de una “situación teológica” determinada.
Parafraseando el título de una obra de José Míguez Bonino,
Hacer teología en una situación revolucionaria,4 hoy
necesitamos un ensayo que podría denominarse: “Hacer
historia en una situación teológica”.
Efectivamente, en la década de 1970 había quienes
hablábamos, sin un ápice de duda respecto al sustento
bíblico, del Dios liberador, pero también había quienes
hablaban de “la muerte de Dios” y de “lo absurdo de la vida y
del universo”. Mientras unos afirmábamos la acción de Dios
en la historia, otros querían desterrarlo de su creación. Se dice
que Newton desterró a Dios de la naturaleza, al desentrañar
las leyes que la regían; que Darwin desterró a Dios de la vida,

4
José Míguez Bonino, Doing Theology in a Revolutionary Situation,
Fortress Press , Filadelfia, 1975; traducción castellana: La fe en busca de
eficacia, Sígueme, Salamanca, 1977.
140 LA IGLESIA LOCAL COMO AGENTE DE TRANSFORMACIÓN

al reducir todo el proceso biológico a la lucha por la


supervivencia del más fuerte; que Freud lo desterró del alma
humana, al explicar la conducta de los seres humanos en
función de la libido y de los complejos ideo-afectivos, y que
Marx lo desterró del gobierno de la historia, al postular que el
verdadero motor de la misma era la lucha de clases.
En la década de 1980, teólogos protestantes y católicos
tendían a desterrar a Dios de la iglesia, pues no entendían la
adoración a Dios como acto de homenaje auténtico sino como
actos litúrgicos que cumplían una función terapéutica, útil para
aliviar las tensiones de la agitada vida de las grandes urbes.
Los teólogos de avanzada concedían al culto cristiano una
función política, como celebración de los pobres y oprimidos
de la tierra en su larga y dolorosa lucha por la libertad.
En 1992, el japonés norteamericano Francis Fukuyama
publica su libro El fin de la historia y el último hombre. El autor
afirma que ha encontrado otra clave para interpretar la vida y
la historia humanas: el deseo de reconocimiento. Escribe:

La comprensión de la importancia del deseo de


reconocimiento como motor de la historia nos permite
reinterpretar muchos fenómenos que nos parecen
familiares como la cultura, la religión, el trabajo, el
nacionalismo y la guerra. Un creyente, por ejemplo, busca
el reconocimiento de sus dioses y sus ritos sagrados,
mientras que un nacionalista pide reconocimiento para su
particular grupo lingüístico o étnico. Estas dos formas de
reconocimiento son menos racionales que el
reconocimiento universal del Estado liberal, porque se
basan en distinciones arbitrarias entre lo sagrado y lo
profano, o entre grupos sociales humanos. Por esta razón,
la religión, el nacionalismo y el complejo de hábitos éticos y
costumbres de un pueblo o, dicho de modo más amplio, ‘la
cultura’, se han interpretado tradicionalmente como
LA MISIÓN INTEGRAL EN EL ENTRAMADO DE GRACIA, MUNDO E IGLESIA 141

obstáculos al establecimiento de instituciones políticas


democráticas eficaces y de economías de mercado libre.5

Parece que Fukuyama ignora la historia de su patria


adoptiva. Es sabido que los protestantes que escaparon de la
persecución en Europa, por razón de su fe, se instalaron en
Estados Unidos. El presbiterianismo prevaleció con tal vigor
allí, que algunos británicos llamaron a la Revolución
Norteamericana la “Revolución Presbiteriana”. Por lo menos,
catorce firmantes de la Declaración de la Independencia eran
presbiterianos, incluyendo al pastor John Witherspoon.
Según Fukuyama, la religión y Dios serán desterrados de la
sociedad del futuro, en la cual se establecerán un estado
democrático y una economía de mercado libre. Según
Fukuyama, esta ideología no es perfectible y representa,
consecuentemente, el fin de la historia: el estado liberal
universal.
Ahora bien, más allá de los hitos mencionados, en los
cuales parece que “el hombre es Dios”, el marxismo ha
pasado, el muro de Berlín ha caído y la Unión Soviética se ha
desmembrado; la economía de mercado se ha afirmado, pero
los pobres se han empobrecido aún más, y la vida de la
mayoría de la población mundial ha empeorado.

5
Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre, Planeta,
Buenos Aires, 1994.
142 LA IGLESIA LOCAL COMO AGENTE DE TRANSFORMACIÓN

Los efectos de todos estos intentos de desterrar lo divino y


lo espiritual de la vida humana se pueden apreciar en nuestro
mundo. Junto con el progreso científico y tecnológico crecen,
paralelamente, la angustia y el temor. El hombre es incapaz
de controlar sus conocimientos y de dirigirlos únicamente a la
conquista de fines justos y nobles. El vacío existencial en la
vida humana “tiene la forma de Dios”. Hay un poder irracional
que entra en juego en nuestro peregrinaje histórico. El apóstol
Pablo lo llamó “el misterio de la iniquidad” (2Ts 2.7 RVR).
Por eso podemos decir que en este primer siglo del nuevo
milenio la globalización de la economía se da en una situación
teológica, y que la Iglesia debe hacer su teología
reflexionando sobre la revelación especial en medio de su
verdadero escenario histórico: un mundo globalizado
económicamente. Es de suma importancia que los cristianos y
la Iglesia tengamos siempre presente que los logros y
descalabros que los seres humanos realizamos en nuestra
construcción cultural histórica están signados por nuestro
pecado y los realizamos en una situación teológica. Asimismo,
la clave de la vida humana es teológica.
Frente a la especulación humana —que supone el esfuerzo
por erradicar a Dios de los procesos históricos, presentar al
ser humano como la medida de todas las cosas y buscar el
sentido de la vida en el conocimiento—, Dios ofrece su
revelación especial en la persona y obra de Jesús de Nazaret,
de quien el Espíritu Santo y las Sagradas Escrituras dan
testimonio. La revelación progresiva es una expresión
histórica del Dios de gracia, pero también podemos hablar de
una iluminación progresiva, por medio de la cual el Espíritu
ilumina la revelación especial en Jesucristo en función de
capacitar a la iglesia para responder a los problemas
contemporáneos. Así sucedió con los ejemplos de la lucha
LA MISIÓN INTEGRAL EN EL ENTRAMADO DE GRACIA, MUNDO E IGLESIA 143

contra la esclavitud y la discriminación racial, y, actualmente,


con el debate en torno al lugar de la mujer en la iglesia.

5. Eclesiología de la misión integral

Su origen en la Palabra
La Palabra del Dios de gracia —clave para hacer una
lectura del mundo como contexto teológico de la misión—
funda la iglesia y la misión integral. Palabra e iglesia están
unidas inseparablemente. La Palabra de Dios que llamó al
mundo a su existencia es la misma que llama a los creyentes
a la fe en Jesucristo (2Co 4.6). La Palabra que llamó a Abram
“de su tierra y de su parentela” para ser Abraham, “padre de
muchas naciones”, es la misma que llama a los creyentes de
todas las naciones a formar la iglesia por medio de su fe en
Cristo, haciéndolos descendientes de Abraham (Gá 3.25-29).
La Palabra creadora del cosmos y de la comunidad humana
es también la creadora de la comunidad de fe, la iglesia. La
Palabra que procede del Dios de gracia es ella misma
expresión de esa gracia.
La iglesia reconoce la Biblia como la Palabra de Dios, pero
la Palabra de Dios funda y da origen a la iglesia. La Palabra
de Dios convoca, nutre, dirige, establece y anima a la iglesia
para que cumpla cabalmente su misión. Sin la Palabra y el
Espíritu no habría un solo creyente en el Dios y Padre de
nuestro Señor Jesucristo. No habría iglesia ni misión.
Respecto a la importancia de la Palabra, los reformadores
del siglo 16 afirmaron el principio de sola Scriptura. Hoy, en la
144 LA IGLESIA LOCAL COMO AGENTE DE TRANSFORMACIÓN

perspectiva de la misión integral, debemos añadir: y de toda la


Escritura. Ambos Testamentos son Palabra de Dios y nuestra
lectura debe ser fiel a ambos, entendiendo, desde luego, que
el Dios trino es su personaje conspicuo y que su tema central
es la salvación que Dios Padre ha traído al mundo en Jesús,
el Cristo, su único Hijo, quien fue prometido, engendrado,
sustentado y resucitado por Dios, el Espíritu Santo.
La misión integral sintetiza un modo de leer la Biblia.
Leemos la Biblia como la Palabra de Dios y, por lo tanto, como
autoridad suprema en todos los asuntos que atañen a la fe,
vida y misión de los cristianos en este mundo. Tanto la
tradición como el magisterio —y los credos, confesiones,
catecismos o pactos—, deben estar bajo la autoridad final y
suprema de la Palabra.
Es de singular importancia que la Iglesia que lee la Biblia
conozca cuál es la misión de esa Biblia. En el relato bíblico de
la historia de la salvación se destacan las claves
interpretativas del pacto y el Reino de Dios, los cuales marcan
el inicio y la realización final de la comunidad de fe, esperanza
y amor, bajo la acción soberana de un Dios que la bendice y la
hace bendición para todas las familias de la tierra durante su
peregrinaje histórico. En el tiempo de la “paciencia de Dios”
que media entre la resurrección y la venida gloriosa de Cristo,
la comunidad del Viviente está llamada a dar testimonio
integral del que vive y reina, vivificada por el Espíritu de vida,
en medio de un mundo marcado por la muerte. La iglesia debe
evidenciar que el amor es la ley de la vida.
La misión de la Biblia es salvífica y práctica (2Ti 3.14-17).
¿Qué sabiduría contienen las Sagradas Escrituras? La
sabiduría de la salvación. La Biblia es un texto soteriológico.
No es un libro científico ni filosófico, sino salvífico. Esto no
significa que sea acientífico o anticientífico, sino que fue
escrito antes de que comenzara la revolución científica
LA MISIÓN INTEGRAL EN EL ENTRAMADO DE GRACIA, MUNDO E IGLESIA 145

moderna. Su tema es la acción histórica del Dios de gracia,


quien toma la iniciativa y viene en busca de nosotros, seres
humanos pecadores, para ofrecernos su salvación. Y esa
salvación no se encuentra ni en una religión ni en una iglesia
ni en algún sistema filosófico sino en Jesús de Nazaret. La
salvación de Dios siempre fue, es y será por Cristo.
¿Cómo recibimos esa salvación que está en Cristo? La
respuesta de todos los autores del Nuevo Testamento es
inequívoca: por la fe en Cristo. Por esta fe trajinamos por los
predios soteriológicos de la evangelización: invitar a la gente a
hacerse cristiana. En seguida, el texto nos conduce a los
predios soteriológicos del discipulado. El propósito de las
Escrituras es útil y práctico, y consiste en hacernos buenas
personas, preparadas para toda buena obra. La finalidad
soteriológica de la Biblia es hacer a las personas cristianas,
santas. Y su finalidad práctica, hacerlas serviciales.
La Iglesia conoce y reconoce su misión en la Biblia. De allí
que el conocimiento y comprensión de la misión en la Biblia
sea el paso previo para responder con el mensaje eterno a las
demandas históricas. El peregrinaje del pueblo de Dios a
través de los siglos significa la búsqueda de la voluntad de
Dios para servir a cada generación de acuerdo con el
propósito divino. La política general de la misión de la Iglesia
está consignada en la Biblia. La iglesia es agente del Reino de
Dios,6 y su fin histórico y escatológico es glorificar a Dios. Sin

6
Un excelente trabajo sobre la misión de la iglesia a la luz del Reino de
Dios se encuentra en C. René Padilla, Misión integral, Nueva Creación– Wm.
146 LA IGLESIA LOCAL COMO AGENTE DE TRANSFORMACIÓN

embargo, ella debe reconocer los tiempos de la misión por el


impulso del Espíritu, la escucha de la Palabra y la
consideración de “las señales de los tiempos”.
La misión de la iglesia se realiza siempre en un
determinado espacio-tiempo-cultura-pecado, contexto en el
cual la iglesia participa y al cual debe “dar razón de su
esperanza”. Este contexto cuestiona a la iglesia y le demanda
Palabra de Dios, es decir, Palabra con autoridad, el texto que
dé luz y liberación, que eche fuera las tinieblas y los
demonios. Esta Palabra de Dios y no de hombre es la que
permite a la iglesia discernir y “someterlo todo a prueba y
aferrarse a lo bueno” de las palabras humanas (antropología,
sociología, sicología, economía, política, administración u
otras). Esta Palabra de Dios permite a la iglesia iluminar y dar
dirección a la situación humana.
En ese encuentro entre el contexto y el texto, la iglesia es
conducida a su acción misionera. De modo que ella comienza
su misión axiológicamente con la revelación —con el texto,
con la Palabra—, pero cronológicamente con la situación —
con el contexto, con la necesidad humana. Y de esta
aproximación entre el Dios de gracia —mediado por su
Palabra— y los seres humanos en su desgracia —evidente en

B. Eerdmans, Grand Rapids–Buenos Aires, 1986 (cuya segunda edición se


publicará próximamente bajo el sello de Ediciones Kairós, con una guía de
estudio).
LA MISIÓN INTEGRAL EN EL ENTRAMADO DE GRACIA, MUNDO E IGLESIA 147

sus múltiples y complejas necesidades— emerge la


oportunidad misionera para la Iglesia. De allí la importancia de
considerar el papel de la Biblia en la misión integral de la
iglesia.

Comunidad separada, pero enviada


En las Escrituras, la Iglesia es una fraternidad creada por el
Dios de gracia, integrada por todos los que han sido llamados
del mundo para pertenecer a Jesucristo, y enviada al mundo a
dar testimonio de esa gracia. La Iglesia tiene que descubrir
una y otra vez su vocación corporativa como comunidad
testificante tomada del mundo y separada por Dios para la
misión. La iglesia vive en la tensión que implica el “ser
separada” para “ser enviada”. Precisamente, la gracia de Dios
crea esa tensión. Separación y envío son dos aspectos de su
llamado para ser comunidad testificante, lo cual implica dos
movimientos: uno centrípeto y otro centrífugo. El primero es el
de la comunidad adoradora, reunida en comunión con el Dios
trino para participar de los medios de gracia: la Palabra, la
oración, los sacramentos, el dar y recibir enseñanza para
crecer en la gracia de Jesucristo y saber cómo enfrentar los
desafíos de su situación particular. El segundo es el de la
iglesia dispersa en misión evangelizadora, profética y servicial.
No obstante, separación y envío implican, a su vez, dos
amenazas. La primera de ellas consiste en considerar la
separación como un fin en sí mismo, lo cual produce una
“mentalidad de capilla”, dolorosa expresión de un
denominacionalismo enfermizo, una religión de gueto que
pierde todo contacto con el mundo pecador, una actitud
farisaica de autojustificación y de pertenencia exclusiva al
grupo de los “salvados”. La otra amenaza es sucumbir al lento
y pernicioso proceso de asimilación, por el cual el pueblo de
148 LA IGLESIA LOCAL COMO AGENTE DE TRANSFORMACIÓN

Dios pierde su identidad y adopta el estilo de vida de la cultura


pagana o secular dentro de la cual vive y participa. “Israel
conquista Canaán, pero los Baales conquistan Israel; la Iglesia
conquista el Imperio Romano, pero se convierte en una Iglesia
secularizada, sal que ha perdido su sabor”.7 Este proceso de
la iglesia de ser conquistadora y conquistada parece repetirse
en la historia de la iglesia, pero siempre entra en acción el
Dios de gracia, quien poda su viña y corta las ramas muertas
para salvar el vástago, sin el cual su propósito redentor
quedaría frustrado.
Misión trinitaria, eclesiología trinitaria

7
Suzanne de Dietrich, The Witnessing Community, The Westminster Press,
Filadelfia, 1956, p. 17.
LA MISIÓN INTEGRAL EN EL ENTRAMADO DE GRACIA, MUNDO E IGLESIA 149

La Biblia no define la iglesia, pero la presenta de diferentes


formas, unas relacionales —como pueblo de Dios, familia de
Dios, comunidad del Espíritu—, otras pictóricas y metafóricas
—como cuerpo de Cristo, novia de Cristo, templo del Espíritu
Santo, “sal de la tierra”, “carta de Cristo”, “pescadores de
hombres”, “ramas de la vid”.8 Sólo tomándolas en conjunto y
en su vinculación mutua pueden estas imágenes poner de
manifiesto la naturaleza y el carácter de la Iglesia de Cristo.
Puesto que la misión integral se funda en la misión del Dios
trino, proponemos considerar la eclesiología de la misión
integral desde una perspectiva trinitaria, esto es, como pueblo
de Dios, cuerpo de Cristo y comunidad del Espíritu.
Pueblo de Dios: El pueblo de Israel fue testigo de los
grandes hechos de Dios, especialmente del éxodo (cf. Is
43.10, Lv 26.12). Los discípulos de Cristo, el nuevo Israel de
Dios, fueron testigos del más grande acto de Dios: la
resurrección de Jesús de entre los muertos (cf. Hch 1.8).
Ambos grupos representan la unidad histórica y continuidad
misionera del pueblo de Dios en la tarea de ser testigos del
único Dios viviente, libre y soberano. La iglesia es un pueblo
testigo y un pueblo de testigos.

8
Paul Minear presenta una lista de unas noventa y seis diferentes imágenes
y analogías de la iglesia presentes en el Nuevo Testamento, en Images of the
Church in the New Testament, Westminster Press, Filadelfia, 1960.
150 LA IGLESIA LOCAL COMO AGENTE DE TRANSFORMACIÓN

La relación de pacto entre Dios y su pueblo elegido se


encuentra enraizada profundamente en ambos Testamentos
(cf. Ex 19.4-6; Lv 26.12; 1P 2.9). La nota predominante en las
figuras del testigo y del pacto es la construcción de
comunidad.
El pueblo de Dios está llamado también a ser un pueblo
siervo y un pueblo de siervos. La liberación de Egipto es para
servir a Yavé (Ex 8.1; 9.1; 10.3). En el Nuevo Testamento se
mantiene el mismo énfasis: de la misma manera que Jesús es
el Señor-Siervo, así su comunidad debe ser sierva e integrada
por siervos (Mr 10.45; 2Co 4.5). La iglesia-sierva está llamada
a servir a Dios y al mundo de Dios (Mt 20.25-26).
Cuerpo de Cristo: Esta imagen del cuerpo pone el énfasis
en el carácter orgánico de la relación de Cristo con la Iglesia, y
de los miembros de la Iglesia unos con otros. El cuerpo es un
medio de comunicación con el mundo exterior. Para revelar la
voluntad de Dios en la tierra, Cristo tomó un cuerpo (Heb 10.5-
9). Decir que somos cuerpo de Cristo implica que la iglesia es
el lugar donde se revela la voluntad de Dios, donde se
manifiesta la vida de Cristo en palabras y acciones, donde se
evidencia la presencia del Espíritu y sus obras poderosas. La
imagen del cuerpo de Cristo significa que la iglesia debe
portar la voz de Cristo, sus manos sanadoras, sus pies
diligentes, pero también su carácter marcado por el amor.
Cristo ha escogido trabajar a través de ella, y le ha delegado
el mensaje, el poder y el estilo de misión que recibió de su
Padre (Jn 20.21; Lc 10.16; Mt 18.18).
El cuerpo es una unidad orgánica, y cualquier división a
que se lo someta lo daña completamente. Cristo es la cabeza
del cuerpo, y la vida fluye de la cabeza a los miembros. Un
miembro cortado de ese cuerpo deja de existir. Por lo tanto,
pertenecer a Cristo significa pertenecer a la Iglesia. En el
LA MISIÓN INTEGRAL EN EL ENTRAMADO DE GRACIA, MUNDO E IGLESIA 151

Nuevo Testamento, un cristiano solitario o aislado es


impensable.
Además, la vida del cuerpo encierra la diversidad en una
unidad (Ro l2 y 1Co l2–14). Dios es el dador de los dones de
los diferentes miembros del cuerpo. Hay muchos dones y sus
correspondientes funciones, y nadie debe sentirse orgulloso
de los dones que ha recibido, ni despreciar o envidiar los
dones que otra persona tiene. Los dirigentes deben
considerarse a sí mismos como quienes sirven con humildad y
amor (cf. 1Pe 5.1-4; 1Co 12.4-31; Lc 22.26). Los creyentes
deben tener siempre presente que el más grande de todos los
dones, cuya ausencia envilece los demás, es el amor. Este
énfasis se encuentra en Jesús y en los apóstoles (Jn 13.34;
1Co 13; Flp 2.1-8; 1Jn 3.14-18; 4.7-12). La vida cristiana es
una vida en la cual aprendemos a amar, aprendizaje
extremadamente difícil. La insistencia de las cartas
apostólicas en exhortaciones respecto al amor y la buena
convivencia muestra de manera inequívoca que las
comunidades cristianas primitivas tuvieron un éxito esquivo al
tratar de cumplir la ley del amor. Sin embargo, al mismo
tiempo, muestra que la vida en amor era una prueba de su
discipulado. La vida plena del cuerpo se logra sólo cuando
todos los miembros del cuerpo están saludables y contribuyen
con sus dones a edificar en amor la vida de la comunidad.
Esta imagen orgánica de la iglesia significa una dependencia
mutua de todos los miembros de la comunidad.
En Efesios 4.1-16, la unidad de la iglesia es vista al mismo
tiempo como algo dado y como algo que debe alcanzarse. La
unidad pertenece a la esencia de la Iglesia. Cristo tiene un
solo cuerpo. Su unidad proviene del Espíritu Santo y debe ser
guardada por los miembros de la comunidad mediante la
práctica del amor (Ef 4.1-3). Al mismo tiempo, la iglesia
continúa siendo edificada: “Todos llegaremos a la unidad de la
152 LA IGLESIA LOCAL COMO AGENTE DE TRANSFORMACIÓN

fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a una humanidad


perfecta que se conforme a la plena estatura de Cristo” (Ef
4.13). La iglesia debe manifestar su unidad en términos
reales, si anhela que su misión en el mundo sea fructífera (Jn
17.21, 23). Sólo así alcanza la edad adulta, la madurez.
¿Somos conscientes del gran obstáculo que representan
nuestras divisiones para el avance del evangelio y de la
misión? La unidad tiene un propósito misionero (Jn 17.21, 23),
¿cómo expresarla adecuadamente?
Comunidad del Espíritu: Para que la unidad se cumpla
con nosotros, el Dios de gracia ha sellado a los creyentes con
su Espíritu (Ef 1.13). Y en nuestros descuidos, temores,
conocimiento que envanece y falta del amor que edifica, “en
nuestra debilidad el Espíritu acude a ayudarnos. No sabemos
qué pedir, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con
gemidos que no pueden expresarse con palabras”. Sólo ayuda
a quienes sienten su debilidad. ¿Es la falta de unidad cristiana
una de nuestras tantas debilidades? ¿Escuchamos la
intercesión del Espíritu? Es “conforme a la voluntad de Dios”:
“Que todos sean uno... para que el mundo crea” (Ro 8.26-27;
Jn 17.21). Esto muestra la otridad y unidad de la iglesia como
comunidad gobernada por el Espíritu, el cual marca la calidad
de su compañerismo y convence a un mundo escéptico de la
realidad de la gracia de Dios.
La Iglesia es la morada de Dios en el Espíritu. Es cristófora,
portadora de Cristo; y sus miembros también lo son. Esta
realidad apunta a su carácter y al carácter de sus miembros:
ser parecidos a Jesús. La Iglesia sellada, “empoderada” y
guiada por el Espíritu es la “nueva creación” de Dios, la
primera señal de la “nueva humanidad” que Dios está creando
en Cristo Jesús. Constituye los “primeros frutos” de la nueva
edad. Testifica y sirve no sólo con sus palabras y obras, sino
también con su propia vida.
LA MISIÓN INTEGRAL EN EL ENTRAMADO DE GRACIA, MUNDO E IGLESIA 153

La Iglesia es la “comunidad alternativa” al odio étnico, de


género, de clase y de religión, porque es llamada a vivir la
libertad con que Cristo la hizo libre (Gá 3.28). La Iglesia es la
comunidad donde tanto los extraños como los extranjeros son
bienvenidos, donde el poder se utiliza para servir y no para
servirse, porque la vida en el Espíritu no significa dominación
ni acumulación sino autoentrega por el bien común.
Como comunidad del Espíritu, la iglesia celebra y aguarda
con esperanza. Aquí y ahora —en el compañerismo del
Espíritu— experimenta el sabor del gozo de su vida nueva. La
iglesia es así una señal del Reino de Dios.

Eclesiología integral
en un mundo globalizado
Actualmente se va abriendo paso una visión más bíblica de
la misión integral, que atribuye a la iglesia funciones
ecuménicas, litúrgicas, soteriológicas, diaconales, proféticas y
de mayordomía y koinonia, cada una de las cuales tiene una
dimensión evangelizadora. Todas las funciones fluyen de la
Palabra de Dios y están sujetas a ella, y representan
dimensiones permanentes de la misión de la iglesia en el
devenir histórico.
Sin embargo, en la historia de la iglesia, diferentes
corrientes eclesiales pusieron énfasis en algunas funciones en
detrimento de otras. Hay confesiones cristianas con una
notable fuerza litúrgica, como la Iglesia Católica Romana y las
iglesias ortodoxas, episcopal o luterana. Otras, como casi la
totalidad de las iglesias evangélicas, han hecho vibrar la
evangelización como su nota dominante y, a veces,
monocorde. La comunión cristiana (koinonia) es la impronta
de los cuáqueros, menonitas y algunas comunidades
carismáticas. Las iglesias reformadas y presbiterianas son
154 LA IGLESIA LOCAL COMO AGENTE DE TRANSFORMACIÓN

reconocidas por el lugar predominante que se le ha dado al


ministerio docente. Históricamente, solamente dentro de las
iglesias evangélicas se ha percibido antagonismo hacia el
servicio social, o se lo ha visto con suspicacia, ante el peligro
de caer en el “evangelio social”. Sin embargo, en nuestros
días, estas iglesias están entendiendo con mayor claridad que
el servicio concreto de amor es parte de su responsabilidad.
Necesitamos trascender esta parcialidad en el tratamiento
de las funciones de la iglesia. En realidad, todas ellas
deberían articularse y complementarse en el proceso concreto
de búsqueda de una eclesiología integral. Hay funciones que
han sido francamente relegadas, que representan desafíos
ineludibles para la construcción de dicha eclesiología. A
continuación, presentaremos tres funciones cuya pertinencia
busca su debida encarnación en el contexto globalizado
actual.
Función de koinonia: La comunidad cristiana primitiva fue
una fraternidad antes de ser una asamblea. Fue una koinonia
(comunión/comunidad) antes de ser ecclesia (asamblea). ¡La
iglesia es una fraternidad local, mundial y transnacional,
formada por personas que tienen un mismo Padre, un mismo
Señor y Salvador, y en quienes habita un mismo Espíritu!
La existencia de una comunidad semejante abre
posibilidades inéditas de servicio en el contexto de
globalización actual. Tener koinonia es participar de la vida del
Dios trino y uno, base de la comunidad cristiana, y despertar la
conciencia por la importancia de mis hermanos. Requiere
purificar el corazón de todo egoísmo, amargura y afán de
competencia, y abrir nuestra existencia a la libertad para
conocer y ser conocido, sin máscaras, sin autosuficiencia, sin
formalismos y sin una espontaneidad superficial. La koinonia
implica practicar la ayuda mutua, la confesión de nuestros
pecados, la restauración de los débiles, la exhortación cara a
LA MISIÓN INTEGRAL EN EL ENTRAMADO DE GRACIA, MUNDO E IGLESIA 155

cara, la hospitalidad, la colaboración financiera con los


necesitados. La koinonia significa afirmar la comunidad por
encima del individualismo, su negación; del colectivismo, su
degeneración; y del elitismo, su tentación. ¿Cómo podrían las
iglesias locales practicar la koinonia, y sus implicancias, a
nivel global?
Función ecuménica: la palabra “ecuménico” proviene de
oikoumene, que significa “tierra habitada”. El organismo más
ecuménico, más global en lenguaje geográfico, es la iglesia de
Cristo, en tanto y en cuanto tenga representación de toda la
tierra habitada. Cuando digo “función ecuménica” no me
refiero a uniones eclesiásticas en el plano institucional, sino a
la visión misionera de toda comunidad de fe. Desde su
pequeño rincón, la comunidad de fe local sabe y siente que
pertenece a una familia mundial. Al mismo tiempo, ora y se
siente responsable por el bienestar integral de todo el mundo
habitado. Este tipo de unidad de los cristianos tiene una
finalidad misionera y evangelizadora y debe ser procurada por
todas las confesiones cristianas y por cada cristiano en
particular.
Una de las tragedias de las comunidades cristianas
evangélicas en el mundo actual es que, contrariando las
posibilidades abiertas a la misión integral en beneficio de los
pueblos, se convierten en un archipiélago de pequeños feudos
de intereses domésticos, de alcances sectarios y esperanzas
inalcanzables. La proclamación del evangelio y el servicio de
amor deben convocarnos a la unidad, pero no a una unidad
institucional sino a una que se exprese en formas nuevas de
cooperación, una unidad esencial.
“Que sean uno... para que el mundo crea” (Jn 17.21), es
uno de los desafíos del mundo globalizado actual. Es el mayor
reclamo que los cristianos escuchan, y que viene de todos los
países, de todas las etnias, de todas las lenguas y de todas
156 LA IGLESIA LOCAL COMO AGENTE DE TRANSFORMACIÓN

las culturas. Toda la tierra habitada demanda una presencia


unida de los cristianos para llevarles salvación y no
separación; sentido de comunidad y no confusión; dignidad y
no distracción.
Función profética: la Iglesia debe cumplir su función
profética, convirtiéndose en la conciencia moral y espiritual de
las naciones y de sus gobiernos. La iglesia debe interpelar con
la Palabra de Dios su situación, sus gobiernos, los gobiernos
extranjeros que actúan sobre otras naciones, directa o
indirectamente, y a todos sus ciudadanos. En los países ricos,
la iglesia debe evaluar si los gobiernos tienen una estrategia
para la reducción de la pobreza, tanto dentro de sus fronteras
como en los países pobres. Y si lo único que tienen es una
estrategia para su propio crecimiento económico, debe
denunciarlo. En los países pobres, la iglesia y los cristianos no
sólo deben saber dónde están los pobres, sino conocer por
qué son pobres, desenmascarando por igual las ideologías y
las utopías.
En su función profética, la iglesia debe ser la defensora de
la vida y los derechos de todos los seres humanos,
especialmente de los pobres, los desvalidos, los marginados y
los excluidos de su sociedad. En tal sentido, debe instar a los
gobiernos a invertir en programas de compensación social,
poniendo énfasis enérgico en la capacidad de la solidaridad
local —tanto eclesial como de la sociedad civil— para ayudar
a los pobres. Amor, servicio y cruz constituyen la tríada
permanente para que los cristianos y la iglesia articulen con
excelencia su función profética con la función diaconal. Esto
lleva a buscar superar la dependencia total de la solidaridad
internacional. La defensa de los pobres debe comenzar por la
afirmación de su dignidad y por un desarrollo de sus
potencialidades que les posibilite la consecución de trabajo
remunerado justamente, es decir, la superación de la actitud
LA MISIÓN INTEGRAL EN EL ENTRAMADO DE GRACIA, MUNDO E IGLESIA 157

mendicante. En fin, la iglesia debe cultivar una relación con los


pobres que los movilice a realizar acciones adecuadas para
transformar su situación. Los gobiernos deben sentirse
moralmente apremiados por la iglesia y los cristianos a no
eludir sus responsabilidad de procurar y mantener un orden
económico más justo en sus respectivas sociedades. La
función profética de la iglesia debe anunciar un nuevo orden
más justo, más solidario y más humano.
La iglesia debe proponer un nuevo estilo de vida, capaz de
contestar al estilo de vida que propone la sociedad de
consumo, dispendio, codicia y desperdicio. La iglesia debe ser
la conciencia moral sobre la forma en que los seres humanos
usan los recursos de la creación (función de mayordomía). El
estilo de vida sencillo ha dejado de ser un desafío sólo para
los cristianos del mundo rico; es una necesidad ineludible para
hacer creíble el buen testimonio de los cristianos en el mundo
pobre. Como los profetas bíblicos, la iglesia debe dar su
mensaje con acciones y gestos que sean portadores de su
mensaje de juicio y esperanza.

Conclusión

Hoy, como en cada época histórica, debemos ejercer el


discernimiento necesario para que la misión integral, que
surge de la gracia de Dios, se concrete de manera específica
en nuestro mundo globalizado, abordado como “situación
teológica”, por medio de una eclesiología integral que le sirva
de vehículo. De esta manera la eclesiología redundará en
doxología por su continuidad misionera con el Dios hecho
carne. Soli Deo Gloria.