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Zanetti, Susana: “Algunas propuestas para el estudio de la literatura latinoamericana”. Mimeo.


(Transcripción para uso interno de la cátedra de Literatura Iberoamericana I – Facultad de
Humanidades y Artes, Escuela de Letras – Universidad Nacional de Rosario, 2016).

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Algunas propuestas para el estudio de la literatura latinoamericana

Susana Emilce Zanetti

La consideración de la literatura latinoamericana desde la perspectiva de la


“búsqueda de nuestra expresión” asume para nosotros carácter rector. El problema
de la identidad de “este pequeño género humano”, al decir de Bolívar, sustenta la
obra de Pedro Henríquez Ureña –casi fundador de nuestra historiografía– y sigue
siendo hoy un eje insoslayable de investigación de la literatura latinoamericana.
Aún en el presente la frase plantea la peculiaridad de un objeto a la vez
incierto y utópico –la búsqueda lo instala en el futuro–, cuya constitución solicita la
revisión de un proceso a partir del acuerdo sobre pautas metodológicas adecuadas
y abarcadoras, de las cuales surja con nitidez.
La literatura latinoamericana sigue siendo un objeto problemático y su
definición depende, en cierta medida, de la reflexión apoyada en investigaciones
totalizadoras, a nivel continental, todavía incompletas. Podemos señalar entre ellas
el estudio de los vínculos entre las literaturas nacionales, la producción de las
distintas áreas culturales (área caribe, andina, rioplatense, etc.) y la literatura
latinoamericana; o bien el estudio de los rasgos comunes de constitución y
autonomía de los diversos campos intelectuales, la función y la imagen del escritor;
la peculiar inserción del discurso literario en los diferentes discursos sociales, los
modos de simbolización, la presencia de un imaginario propio –más allá de los
límites regionales y nacionales–, así como los cambios en la formación, ampliación
y diversificación del público. Son estas algunas de las cuestiones cuya respuesta
permitirá ordenar, seguramente primero, sistemas de coincidencias entre los
distintos centros (Buenos Aires, México, San Pablo, etc.) y luego modos de
religación entre las literaturas de las diferentes áreas y países, que posibiliten hablar
de interrelaciones y recurrencias. Primero, entonces, modos de coincidencias más
o menos generalizadas y luego sistemas de interrelaciones. Ellos son
imprescindibles para afirmar la integración y la unidad de la literatura
latinoamericana, ellos pondrán de manifiesto, también, las modulaciones, las
variables en nuestra literatura, dado que su articulación no supone, por supuesto,
homogeneidad ni uniformidad de propuestas.
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En este sentido parece provechoso insistir en el estudio de ejes significativos


en cuanto al modo en que se conforman y desarrollan en nuestro continente; ejes
que pongan de relevancia el tramado particular de nuestra literatura. Pienso, por
ejemplo, en el estudio ejemplar de Ángel Rama a partir de los conceptos vertebrales
de independencia, originalidad y representatividad, que le sirven para revisar el
conflicto entre regionalismo y vanguardias, incorporando la idea de transculturación
de la antropología. 1
Uno de estos ejes puede ser también el de producción literaria, lectura y
relectura en la historia de la literatura latinoamericana. Y sobre él espero
proporcionar algunas observaciones útiles.
Evidentemente, la literatura latinoamericana entraña una cierta suma de
textos. Pero ¿cuáles? ¿“Como una pintura nos iremos borrando”, de
Nezahualcóyotl, las Cartas de relación, de Hernán Cortés, Gran señor y rajadiablos,
Ojerosa y pintada, Macunaíma, los corridos mexicanos y la literatura de cordel
brasileña, Los ríos profundos? Es esta una enumeración más o menos al azar y más
o menos azarosa.
Las Cartas de relación de Cortés implican decidir un criterio sobre la
constitución y la función de los géneros y los textos en América Latina. Los corridos
y la literatura de cordel plantean las relaciones entre la literatura culta y la literatura
popular, entre formas orales, tradición y escritura, que presentan una envergadura
propia de nuestro desarrollo literario.
Pero el poema de Nezahualcóyotl nos sumerge en el turbulento mar de la
unidad lingüística, y junto con él puede zozobrar el despreocupado Macunaíma,
quien arrastra, si atendemos a la peculiar intertextualidad de la novela de Mario de
Andrade, a la formidable empresa de compenetración que significa Los ríos
profundos de José María Arguedas. La lengua, pareciera, la lengua española, la
lengua española americana, no es el único material que soporta el complejo edificio
de la literatura latinoamericana.
Quizás estemos más o menos de acuerdo en postular la pluralidad lingüística
porque ella se cuela ideológicamente en nuestra concepción de América Latina,
porque se cuela en nuestra ideología estética, pero sobre todo porque se cuela en
las obras mismas pertenecientes al ámbito hispanoparlante. El ejemplo de
Arguedas no es el único, por cierto, podríamos recordar Las leyendas de Guatemala
y otros textos de Asturias como indicadores de la necesidad de admitir la pluralidad
lingüística, ciertos textos que actúan mediante la traducción, y de la necesidad de
aceptar la centralidad de la cultura como base material. “La obra literaria entonces
–dice Ángel Rama– no se sitúa simplemente entre la serie social y la lingüística
(Tinianov), sino que aparece a su vez como una estructura global de significación,
como un modelo reducido de la cultura que la informa, irrigada por las diversas

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En Transculturación narrativa en América Latina.
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corrientes que operan en la sociedad, pero funcionando como una producción


autónoma, no meramente especular”. 2
Ojerosa y pintada de Agustín Wáñez crea una tensión significativa particular,
evidentemente, al valerse en su título del verso de “La suave patria”, de López
Velarde, del mismo modo lo hace José Bianco con Rubén Darío para La pérdida del
reino. Estas citas nos hablan de un tramado de lecturas americanas. Pero Arguedas,
tanto en Los ríos profundos como en El zorro de arriba y el zorro de abajo, así como
Macunaíma, Asturias y tantos otros, producen una intertextualidad peculiar no solo
por las relaciones interlingüísticas con lenguas específicas americanas sino también
por el texto aludido y el universo cultural que entraña. Este universo cultural no se
puede pensar aisladamente, por el contrario, revelaría una pasmosa ingenuidad no
volver naturales los procesos de transculturación, de contacto y mezcla, presentes
con muy diversos grados de permeabilidad en nuestras sociedades.
Si estamos de acuerdo, también en que una literatura para existir necesita,
por una parte, una lectura ampliada y diversificada, es decir, la presencia de
públicos diferentes coincidiendo en el tiempo, y por otra, necesita de un tramado de
relecturas a lo largo de su historia, que organice una tradición viva, debemos
convenir en la importancia que tiene aquí el escritor, el investigador y los
intelectuales de las ciencias humanas en general. Me explico. Es problemático ya
el afirmar una lectura ampliada y diversificada, relecturas y actualizaciones a nivel
continental, es decir, si atendemos a un despliegue horizontal de este tramado de
lecturas. La situación se vuelve más ardua si atendemos a un corte vertical en la
entera sociedad americana; y no quiero detenerme en la dificultad de la circulación
de la literatura escrita culta en sectores no alfabetizados, escasamente
alfabetizados o no hispanoparlantes, ni en la presencia de un público que no puede
definirse como público lector solo, en América Latina. Me interesa más bien el
carácter escindido entre una literatura oral, tradicional y una literatura culta, y la
función que cumplen y han cumplido a lo largo de los siglos los artistas e
intelectuales aludidos.

Qué arco iris es este negro arco iris


que se alza?

Mi corazón presentía
a cada instante,
aún en mis sueños,
en el letargo,
a la mosca azul anunciadora de la muerte;
dolor inabarcable…

2
En Transculturación…(s/d).
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La breve cita alcanza para percibir la belleza de la “Elegía al poderoso inca


Atahualpa”, anónima, de circulación tradicional oral en Perú y recogida a comienzos
de este siglo por Cosme Ticona. La traducción es de José María Arguedas. Y su
presencia es firme hoy en el campo intelectual peruano a poco que recordemos que
la más importante y moderna revista de literatura Hueso húmero, dirigida por
Abelardo Oquendo y Mirko Lauer, al amparo de la dolorosa humanidad de Vallejo
si atendemos al nombre, cita también al poema mencionado, cuando reparamos en
el nombre de la editorial, Mosca azul, una de las más relevantes de este país en la
actualidad.
Creo que conviene recuperar el rasgo utópico de la búsqueda de Henríquez
Ureña, en el sentido de que la aceptación de la base cultural y de la pluralidad
lingüística son indispensables para sistematizar la especificidad de la literatura
latinoamericana. Pero este trabajo requiere una integración dinámica de todos los
tipos de texto, aún por cumplirse. Y también en el sentido que tanto la base cultural
como la pluralidad lingüística parecieran ser una tendencia, un camino sujeto
todavía a barreras de incomunicación en ambos planos.
Desearía hacer otras breves observaciones sobre los textos mencionados al
comienzo desde otro ángulo.
¿Cuál es su ordenamiento temporal? ¿Por dónde empezamos? Y aquí, en la
“caja negra” de que habla Roland Barthes, este discurso narrativo que es toda
historia de la literatura, no tenemos claro el inicio del relato; es más, a menudo
hemos naturalizado las sucesivas secuencias de producción literaria y lectura,
suprimiendo, salteando largos años entre una y otra.
Nezahualcóyotl vive entre 1402 y 1472. El conocimiento de sus cantos
ingresa a la literatura tardíamente y a través de paráfrasis más o menos fantasiosas.
“en estas sucesivas variaciones –dice José Luis Martínez– las melancólicas
reflexiones morales que inicialmente tuvieron alguna relación con el pensamiento
poético de Nezahualcóyotl se van tiñendo del estilo de los Siglos de Oro, del
barroquismo, del academicismo y del romanticismo, según vaya siendo la índoles
del parafraseador de turno. La traducción directa del náhuatl de sus poemas se
inicia en 1936, pero el acceso seguro a su obra nos lleva unos años más adelante,
gracias a la labor de Ángel María Garibay y José León Portilla. Digamos, entonces,
que hacia la mitad del siglo XX encuentra el señor de Tezcoco su público lector, un
público que se amplía en parte en razón de la significación y prestigio del personaje
en sí, y en parte por la difusión a través de universidades y otras instituciones
educativas, difusión que encuentra un eco interesante porque, en cierta medida,
estos textos poseen muchos puntos de contacto con la sensibilidad estética actual.
Los textos de Nezahualcóyotl, y otros similares pertenecientes a diferentes
ámbitos culturales, marcan su presencia en obras importantes, como ocurre en
poemas de Ernesto Cardenal y de Pablo Antonio Cuadra. Es cierto que el caso de
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Nezahualcóyotl es ejemplo de una situación extrema, que atañe, en el problema de


los orígenes de la literatura latinoamericana, a la particular colocación de los textos
denominados precolombinos. Conviene no olvidar, sin embargo, que tales
problemas son también indicios de la especificidad literaria americana. Otras
literaturas, por supuesto, presentan cuestiones de este tipo, pero fueron planteadas
en situaciones históricas de diferente ideología literaria o en culturas bastante
distintas a la nuestra.
De todos modos, la obra de Nezahualcóyotl relativiza su condición límite
cuando reparamos en Luis de Tejeda, en Mariano Melgar y en muchos otros
escritores de circulación muy circunscripta –o nula- en el momento de escritura de
sus obras. Recién en este siglo accedemos a una lectura medianamente
totalizadora de muchos de ellos, sea a través de recopilaciones o de reediciones en
un número aceptable de ejemplares.
La nueva corónica y buen gobierno de Guamán Poma de Ayala fue escrita
en 1614 y se publicó en 1936, aunque en realidad la posibilidad de lectura
deberíamos traerla hasta estos últimos años en que las ediciones facsimilares –el
texto de Guamán crea además relaciones particulares con sus dibujos– de
importantes editoriales la ponen verdaderamente en circulación. Por una parte,
entonces, podemos pensar en Guamán Poma desde la historia de la literatura, como
en cierto tipo de intelectual del siglo XVII. Esta consideración es no sólo válida sino
indispensable, y son iluminadores al respecto, los trabajos de Wachtel y Lienhard.
Pero su lectura solo existe en el siglo XX, y casi en su segunda mitad.
Estos desplazamientos entre escritura y lectura no son excepcionales. De un
modo menos tajante, pero sí significativo, atraviesan la poesía de José Martí, por
ejemplo. Ismaelillo (1882) y Versos sencillos (1891) son obras claves de la poesía
modernista. En ellos quiebra Martí los procedimientos convencionalizados de su
época cruzando su frecuentación de un vasto campo de la poesía en lengua
extranjera con una nueva puesta en valor de la literatura española, especialmente
de los Siglos de Oro. De ambas obras se imprimieron pocos ejemplares y circularon
entre unos pocos amigos y entre otros pocos amigos escritores. Entre 1900 y 1919
se coleccionan los 15 volúmenes de las Obras del maestro, y más tarde, dos
ediciones de sus Obras completas hasta la de editorial Trópico, en 74 vols., entre
1936 y 1953. Podemos hablar entonces de una lectura muy restringida hasta
principios de siglo, pero es difícil referirse a una relectura con esa edición escogida
de sus obras; creo más bien que entre la primera y la segunda década de este siglo,
y sobre todo en las siguientes, se lee la poesía de Martí. Y este desplazamiento
coloca a uno de los principales modernistas en el marco de la recepción de las
vanguardias americanas de las décadas del veinte y treinta.
Exagerando un poco, nos encontramos con que, desde el punto de vista de
la lectura, Martí poeta es anterior a Guamán Poma y a Nezahualcóyotl, y preferiría
no avanzar con estas relaciones porque pueden parecer escandalosas, y también
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porque no tenemos datos suficientes, ni historias que se ocupen específicamente


de la circulación de nuestra literatura en las revistas, los magazines, etc., así como
de la recepción crítica de muchas obras publicadas en los primeros treinta años de
este siglo.
Se ha dicho que una de las peculiaridades, y una de las bases de la
originalidad de la literatura latinoamericana, es la recepción asincrónica, mezclada,
de algún modo ecléctica, de obras escuelas, movimientos o líneas de la literatura
europea o norteamericana. El afán de modernidad nos llevaba a una suerte de
displicente glotonería, impensable o quizás solo asombrosa, para esas literaturas
centrales. Era una de las marcas del “retraso”, se decía. Este hecho, y algunos otros,
complicaba la historia principal en el relato de la historia de la literatura
latinoamericana, no sólo de puertas afuera sino hacia dentro, produciendo la
diversificación en varias historias secundarias. Prevalecía el racconto: “pero
dejemos por un momento a César Vallejo publicando Los heraldos negros (1919),
quien resignifica la lección de Darío y Herrera y Reissig torciéndole realmente “el
cuello al cisne”, para viajar muy cerca, al Ecuador, donde el poeta Humberto Fierro,
perteneciente a la generación modernista de 1910, ha reunido en este año de 1919
sus poemas en El laúd en el valle; su compañero Arturo Borja deberá esperar
todavía un año para editar La flauta de ónix (1920), mientras que el excelente poeta
Ernesto Noboa Caamaño sacará a luz en libro su Romanza de las horas en 1922,
cuando Vallejo asesta el rotundo golpe de Trilce, que rompe sin miramientos
romanzas, laúdes y flautas”. Es cierto, Vallejo ha generado uno de esos “grandes
momentos de tensión” de este relato.
Discontinuidades y asincronías, aún en uno de los movimientos más
generalizados a nivel continental, –como es el modernismo– complicaron el
desarrollo lineal de la historia de nuestra literatura. Entrampan los cortes sincrónicos
totalizadores así como la aplicación de esquemas generacionales este ritmo diverso
de las literaturas nacionales y de las diversas áreas y centros. Una perspectiva más
productiva pareciera ser insistir en el estudio de las redes que van tramando los
centros rectores de México, Buenos Aires, San Pablo. Los cambios y ampliación de
estos centros, y también establecer la movilidad de sus áreas de dependencia.
Analizar las modulaciones entre dependencia e interdependencia de centros y áreas
de influencia en la misma América Latina. Pienso, para seguir con Ecuador, en la
significación interdependiente del grupo de Guayaquil, por ejemplo.
Me parece que el análisis de las relaciones entre producción literaria,
lecturas, relecturas, resignificaciones y actualizaciones es un eje que debemos
abordar. Por supuesto que contamos en América con una rica red de
resemantizaciones de las obras de sor Juana, Bernal Díaz, el Inca Garcilaso,
Sarmiento, la María de Isaacs, el Martín Fierro, Azuela, Vallejo, Borges, Machado
de Assis y muchos otros. Es cierto también que en muchísimos casos la distancia
entre escritura y lectura provoca sobre todo en este siglo un “aplanamiento” o si
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quieren una particular contemporaneidad de los textos: Melgar, Fuentes, Guamán


Poma, la misma sor Juana y tantos más. Estas tensiones de lecturas, con sus
meandros y su azar –si pensamos en la totalidad continental– generan redes muy
propias, que nos llevan a leer, por primera vez, a descubrir Los sertones de Euclides
da Cunha, luego de concluir la lectura de La guerra del fin del mundo; y también a
apoyar un cierto azoramiento cuando leemos esa indudable cumbre de la poesía
americana que es “Muerte sin fin” de José Gorostiza, acudiendo a la vez, a la
relectura del Primero sueño y de algunos sonetos de sor Juana, y al reciente
descubrimiento de “Como una pintura nos iremos borrando” de Nezahualcóyotl. Así
entonces estamos dejando de golpear esos muros de adobe de nuestra ansiedad,
rearticulando esa herencia de una red de agujeros, de que nos habla el Manuscrito
anónimo de Tlatelolco.