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EN EL PRINCIPIO FUE EL PRI

S oledad Loaeza ( )

2015 - Nexos - www.nexos.com.mx

EL PRI S oledad Loaeza ( ) 2015 - Nexos - www.nexos.com.mx Luis Javier Garrido: El

Luis Javier Garrido: El partido de la revolución institucionalizada. La formación del nuevo Estado en México (1928-1945). Ed. Siglo XXI, México, 1982.

El Partido de la Revolución Institucionalizada llena un vacío inexplicable en la historia política de

México. Es el resultado de una investigación histórica minuciosa y original sobre los primeros dieciséis años del partido dominante en México, una reconstrucción detallada del proceso de gestación y configuración de esta pieza central de la estructura política contemporánea. Como bien lo apunta Garrido en su introducción, son raros los estudios que se dedican exclusivamente al PRI en cuanto tal, como una organización partidista comparable a otras. Las obras de autores extranjeros o mexicanos sobre el partido oficial lo han estudiado como una variable dependiente del ejecutivo o del estado. Garrido en cambio funda su trabajo en el supuesto de que el partido dominante mexicano puede ser estudiado en sí mismo como un factor independiente de poder, y rescata por ello una gran cantidad de información y de material novedoso que otra óptica hubiera desechado. En consecuencia, el libro plantea casi tantas preguntas como las que responde, sugiere nuevas perspectivas de análisis y abre la puerta a un muy deseable revisionismo histórico.

Para escapar a los lugares comunes y a las ideas preconcebidas Luis Javier Garrido parte de una pregunta muy simple: ¿qué es realmente el PRI? La respuesta es una investigación histórica, cuyo hilo conductor es el principio de organización que ha guiado el comportamiento del poder frente a la sociedad en México.

A lo largo de seis apretados capítulos Garrido hace una descripción coherente, ordenada y en sí

misma esclarecedora del proceso histórico que condujo a que la vida política del México posrevolucionario se organizara primero en torno a un partido dominante, luego dentro de ese

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partido y por último al margen del mismo. Estos tres momentos de la primera edad del PRI giran en torno a dos figuras dominantes: Plutarco Elías Calles y Lázaro Cárdenas. La mitad del libro está dedicado a los antecedentes y al desarrollo del proyecto político callista y la mitad restante al del

populista de Jiquilpan. Contrariamente a lo que en 1947 afirmaba Daniel Cosío Villegas (“sin exceptuar

a ninguno, todos sus hombres han resultado inferiores a las exigencias de la Revolución”), los lectores de El Partido de la revolución institucionalizada encontrarán en Calles y en Cárdenas personajes que supieron proyectar sus ambiciones personales sobre el estado para hacer de ellas una alternativa política original.

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San Isidro Labrador 2

EN EL PRINCIPIO FUE EL PRI | Nexos San Isidro Labrador 2 El libro de Garrido

El libro de Garrido está cargado de sugerencias que invitan a la reflexión y, más que reseñarlo, se impone la tentación de comentar algunas de las ideas que suscita su lectura en tres direcciones: 1) el partido oficial como auténtico producto de la experiencia política mexicana, 2) la relación entre el estado y el partido, 3) el significado de la estructura interna de este último y su naturaleza profunda.

El éxito del partido oficial ha sido motivo de la curiosidad de propios y extraños. Garrido responde que el secreto está en su vinculación con la historia política del país. Aunque hace referencias -más obligadas que necesarias- a posibles modelos extranjeros, se impone la visión de que el partido dominante tiene en México raíces históricas profundas, así haya seguido en los primeros años de su evolución el ritmo que marcaba la oportunidad política. El PNR/PRM (Partido Nacional Revolucionario = Calles/Partido de la Revolución Mexicana = Cárdenas) surge como prolongación de

una de las continuidades más sobresalientes de nuestro desarrollo político, esa que permite identificar

a todos los hombres que en México han accedido al poder como miembros de un mismo linaje. La

afinidad esencial de esta casta reside en que entienden el ejercicio de la autoridad como el desempeño de una misión tutelar del estado sobre la sociedad. En este sentido el partido dominante no ha venido a ser en México sino el instrumento para que un estado modernizado ejerza esa tutela, mientras la sociedad llega a la mayoría de edad que le dará derecho a la democracia.

Garrido refiere cómo hasta en tres ocasiones diferentes, José Yves Limantour propuso al viejo dictador Porfirio Díaz la creación de un partido gobiernista “grande y homogéneo” que fuera el sustento de la política oficial y que encaminara poco a poco al país por la vía de las prácticas democráticas. Después

de la revolución aparece este proyecto: que el Estado afiance su poder apoyándose en un partido con el que mantiene una relación privilegiada. Fue la tentación del Partido Nacional Agrarista durante el período presidencia de Alvaro Obregón y, después, del Partido Laborista Mexicano que le brindó su apoyo al presidente Calles. Este fenómeno subraya el efecto que la precedencia del estado tuvo sobre el desarrollo potencial de una sociedad civil vigorosa ya que, según Garrido, la intención de las organizaciones sociales de la época era asentar su presencia ante el Estado: “La mayor parte de los dirigentes políticos y sindicales mexicanos de los años veinte concebían a los partidos políticos como organizaciones de masas, frecuentemente dotados de grupos armados, que debían tener como visión esencial la de apoyar a sus líderes para llegar a los cargos públicos” (p. 85). No parecían prever los riesgos de dependencia que acarreaba su vinculación con el Estado, en parte porque su debilidad como organizaciones sociales autónomas no parecía dejarles otro camino que esa alianza.

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La identificación de una continuidad autoritaria no significa, sin embargo, que Garrido establezca comparaciones equívocas. Entre el estado del porfiriato y el posrevolucionario existen diferencias esenciales y una de ellas se refiere precisamente a los partidos políticos. Díaz fincaba la estabilidad del aparato estatal en la inexistencia de este tipo de organismos; los líderes revolucionarios, por el contrario, los veían como agentes imprescindibles de estabilización política; en términos de desarrollo político, el porfiriato es una estructura de poder arcaica, el sistema posrevolucionario no. Las divergencias derivan entre otras cosas de los procesos que condujeron a Díaz y a los constitucionalistas al poder. La agitada vida política del siglo XIX giró en torno al enfrentamiento de partidos y camarillas políticas cuya eliminación podía ser vista como una condición de estabilidad. En cambio, para los dirigentes revolucionarios la ausencia de mecanismos que identificaran a los gobernados con sus gobernantes fue una de las causas del levantamiento. Al menos así lo planteó el maderismo. Garrido retoma esa idea cuando establece una relación causal entre la represión de que fueron objeto los partidos de oposición a Porfirio Díaz y la movilización de las masas populares. Si lo anterior fuera cierto, significaría que en 1910 las reivindicaciones populares eran de índole fundamentalmente política, y que un proceso de reformas hubiera podido desmontar el detonador económico que condujo a la explosión social (nada de lo cual es una afirmación de Garrido sino una idea sugerida por el tema mismo de su libro: la explicación histórica de un partido político dominante que es antes que nada un instrumento de control político y social).

Cuando Garrido escribe -aunque sin mucha convicción- que en el México de los años veinte la idea de un partido dominante traducía la influencia del Partido Radical francés o de la socialdemocracia alemana de la entreguerra (pp. 51-52), no sólo desvirtúa la naturaleza auténticamente partidista y parlamentaria de esas organizaciones, sino que contradice el pragmatismo de la élite revolucionaria mexicana para centralizar el poder y el proceso político. Este pragmatismo característico distingue también al Partido de la Revolución Mexicana, en 1938, de los partidos en que presuntamente se

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inspiró la incorporación de las clases populares al sistema político durante el cardenismo. A pesar de la radicalización del discurso político de los años treinta, ni siquiera entonces el partido dominante fue comparable al partido fascista Italiano y menos todavía al partido comunista de la Unión Soviética, cuya estructuración en torno a una ideología explícita y precisa, sustentaba un comportamiento y un significado social totalmente distintos a los que tenía en México el partido dominante. Para señalar apenas un rasgo distintivo: aquí las clases populares fueron incorporadas masivamente al partido oficial, en los otros dos casos sólo pertenecía al partido de la élite del combate político.

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La relación entre el estado y el partido oficial es el segundo gran tema de reflexión sobre la especificidad del partido oficial mexicano a que conduce el libro de Garrido. Los radicales en Francia, los socialdemócratas en Alemania, los fascistas en Italia y los bolcheviques en Rusia, llegaron al poder con el apoyo de una estructura partidista en unos casos más acabada que en otros. Esta particularidad determinó en los últimos casos la subordinación del estado al partido. En México, el partido de la revolución no existía cuando ésta se inició, nació cuando la revolución era para muchos un recuerdo y en algunos de sus aspectos un mito. En buena medida, la dinámica revolucionaria estuvo condicionada por la ausencia de una estructura partidista que ordenara previamente las opciones ideológicas y políticas de los líderes revolucionarios. En este caso, la facción revolucionaria triunfante promovió desde el Estado la creación de un partido que se volvió un instrumento y no viceversa, porque ni siquiera durante el Maximato, el período de mayor debilidad del estado frente al partido, actuó éste de manera totalmente autónoma. Incluso en ese período, nos recuerda Garrido, cuando las crisis en el interior de la élite política eran demasiado graves, “la fuerza del partido no parecía residir más que en el aparato estatal controlado por Calles” (p. 121).

Esta génesis condicionó profundamente la relación del partido con el estado. Cuando el 1 de septiembre de 1928 Calles anunció el fin de la era de los caudillos y el principio de la era de las instituciones, el estado posrevolucionrio era ya una realidad. El partido que se creó entonces serviría para sustentar y profundizar su naturaleza autoritaria, pero no la definió ni la precipitó. Este fenómeno aparece tan claramente en el libro de Garrido que resulta sorprendente que él mismo lo subtitule “La formación del nuevo estado en México. (1928-1945)”. El partido dominante, como lo demuestra su biógrafo, es una expresión del estado autoritario, resultado también del hecho de que ese estado fuera producto no de un pacto social sino del triunfo de una facción política que se impuso al resto de la sociedad. Posiblemente sea ésta una de las explicaciones de la obsesión del partido oficial por la unanimidad, obsesión que está detrás del fraude electoral y que empuja al PRI a rechazar los modestos triunfos democráticos que posiblemente le asegurarían una mayoría de la mitad más uno.

A

proyecto de su organización no fue obra de los grupos sociales movilizados por la dinámica

revolucionaria, ni siquiera fue resultado de la coordinación de diferentes grupos políticos. El Partido Nacional Revolucionario nació, como Minerva, de la cabeza de su padre, en este caso Plutarco Elías. En su origen reaparece de nueva cuenta la tradición autoritaria mexicana que hace del poderoso el centro del consenso político. El segundo momento de inflexión en la historia del partido dominante (cuando en 1938 deja de ser un partido de cuadros para volverse una organización de masas), también es la realización de un proyecto personal, el del presidente Lázaro Cárdenas, quien no discute

la transformación del partido sino con un pequeño círculo de allegados (p. 234).

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la relación subordinada del partido oficial con el estado, la determina también un hecho: el

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En el mismo asunto, los capítulos tercero y cuarto del libro de Garrido son particularmente sugerentes. La vida política en 1929 a 1936 aparece regida por lo que Lorenzo Meyer ha llamado una

“diarquía”. El trabajo de Garrido descubre con gran claridad la relación tensa que existía entre el estado

– léase, el jefe del ejecutivo-, y el partido oficial que se había vuelto el instrumento de Calles para

seguir ejerciendo su poder personal. Desde esta perspectiva, el conflicto del Jefe Máximo con Pascual Ortiz Rubio, las fricciones con Emilio Portes Gil e incluso con Abelardo L. Rodríguez, presidentes entre 1929 y 1934, plantean un problema más profundo que el de las meras rencillas personales. Siendo cada uno en su momento jefe del ejecutivo, la autoridad que mantenía calles ponía en tela de juicio la del estado y su autonomía frente a la más poderosa y coherente fuerza política de la época. Lo anterior supone que, contrariamente a las creencias más generalizadas, había márgenes de diferenciación entre el estado y el partido oficial, y que algunos de los conflictos políticos más importantes de la época fueron producto del impulso hacia la desaparición de esas fronteras. Según Garrido, la fusión del partido oficial con el estado no sería una realidad sino años después, como parte de la estrategia cardenista.

La narración que hace Garrido del funcionamiento del partido dominante durante el Maximato (1929-1934) es un poderoso argumento contra su idea inicial de que esta organización puede ser

analizada como factor político independiente. Tal vez el dato más significativo de ese período es que

la persona de Calles era el factor político decisivo. Así aparece cuando en el punto culminante de su

omnipotencia, el Jefe Máximo -más poderoso como tal que como presidente de la República- empuja a Ortiz Rubio a renunciar y logra que el Congreso acepte de manera unánime la dimisión,

para inmediatamente elegir, también unánimemente, a Abelardo L. Rodríguez para sucederlo. ¿Cuál es

el significado en ese momento de la institucionalización, del “fin de los caudillos” anunciado por el

mismo Calles en 1928 a la muerte de Obregón? Al caer Ortiz Rubio, un individuo, Calles, goza de total autonomía para ejercer un poder absoluto que, para colmo, no se sustenta en ninguna posición formal.

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Entierro en Yalalag

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La reconstrucción del clima de tensión que existía en la primera mitad de los años treinta entre el estado y el partido enriquece la visión del conflicto entre Calles, el Jefe Máximo y Lázaro Cárdenas, presidente de la República, de tal manera que la derrota del callismo aparece como la derrota del partido frente al estado. Visto así, este conflicto es más que una pugna caudillista y subraya la posición subordinada que desde entonces le corresponde al partido oficial dentro de la estructura política mexicana. Muy otra hubiera sido la historia de este país de haber prevalecido Calles por encima de Cárdenas y el partido por encima del Estado.

Cuando Garrido describe el conflicto entre Calles y Cárdenas revela la estrategia que siguió este último para enfrentarse al Jefe Máximo. Cárdenas rebasó las fronteras de la élite revolucionaria y buscó el apoyo de las organizaciones sociales de obreros y de campesinos que se habían creado en los años anteriores en oposición a Calles y al partido oficial. Cárdenas, cuya candidatura a la presidencia de la República había sido defendida por el propio Jefe Máximo según lo demuestra Garrido (p. 151), se vuelve contra su hacedor, y recibe el respaldo de sectores importantes del anticallismo para destruir el Maximato y llevar adelante el proyecto de institucionalización de Calles… a pesar del propio Calles. Paradoja extraña que parecerá repetirse años después cuando los partidarios de la candidatura presidencial del general Múgica pretendan defender la continuidad del proyecto cardenista contra la mejor opinión del propio Cárdenas, quien como presidente desde un primer momento se muestra favorable a Manuel Avila Camacho (p. 267).

Uno de los aspectos más intrigantes de esta historia es el carácter complementario con que el proyecto cardenista se acoge a la herencia callista. “A pesar de que (se) daba una nueva estructura”, escribe Garrido, “el Partido de la Revolución Mexicana, PRM, heredaba sin embargo no solamente el aparato del PNR sino también las prácticas del período callista, sin que hubiera una plena conciencia de ello” (p. 251). En 1938 se daban las condiciones necesarias para que los grupos anticallistas, que para esas fechas ya se autodefinían como cardenistas, formaran un partido distinto del PNR que seguía identificándose plenamente con Calles. La ofensiva anticallista se hubiera completado entonces con la fundación de un nuevo partido que recuperara las verdaderas esencias de la revolución mexicana. Sin embargo, Cárdenas no renunció a la infraestructura que el PNR le ofrecía, una de cuyas principales ventajas era su alcance nacional.

Desde su fundación el partido oficial se ha sustentado en una doble estructura: la directa y la indirecta. Esta última ha sido el instrumento más eficaz para llevar a cabo el proyecto de centralización política del cual el partido oficial fue la expresión más acabada. En el Partido Nacional Revolucionario la estructura indirecta abarcaba a los partidos locales que concurrieron a la formación

de la alianza caciquil que era entonces el partido; en 1938, el Partido de la Revolución Mexicana mantuvo el principio de la doble estructura para acoger a las organizaciones de obreros y campesinos que habían apoyado a Cárdenas. El PNR era entonces una confederación de múltiples partidos locales que logró comprometer a los caciques políticos regionales con el estado, pero sería importante analizar cómo esta fórmula callista le aseguró al partido oficial una presencia nacional sólo comparable a la de la Iglesia católica y, además, sin grades costos.

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La estructura confederada fue un vehículo ideal de penetración del poder político central en las localidades; al mismo tiempo, permitía que se mantuviera el equilibrio local de fuerzas y aseguraba en consecuencia un grado importante de representatividad. Escribe Garrido: “La acción de todas estas organizaciones (los partidos locales) era completamente autónoma en algunos aspectos como la agitación y la propaganda o la designación de los candidatos a los cargos municipales, pero en los asuntos de importancia debía someterse a la autoridad estatal o nacional” (p. 100). Tal estructura dejaba entonces a los caciques un margen apreciable de autonomía; a cambio, obtenían el apoyo del Estado y éste, por su parte, centralizaba sin sangre y sin fuego. En diciembre de 1933, durante la II Convención Nacional Ordinaria del PNR, se votó una propuesta del grupo callista cuya trascendencia es comparable a la de algunas políticas del Plan Sexenal que se adoptaron en esa misma reunión:

disolver a las múltiples organizaciones (salvo unas cuantas) de constituían el PNR, decisión que profundizó la esencia antidemocrática del partido, sobre todo en su funcionamiento interno:

“significaba en efecto que en lo sucesivo los dirigentes políticos locales se someterían a las decisiones del CEN y que dispondrían de un margen menor para hacer presión sobre el aparato partidario” (p.

157).

Del trabajo de Garrido se desprende una imagen del partido oficial como instrumento del estado para acrecentar su autoridad y su poder. A la luz de esta tendencia histórica, la complementariedad de los proyectos de Calles y de Cárdenas se revela con una nitidez sorprendente. Después de cuarenta años de retórica oficial que insiste en la continuidad de la dinastía revolucionaria, esa complementariedad puede sonar obvia, pero para poner las cosas en su justa medida no debiera perderse de vista que Cárdenas se hizo popular en la medida en que se fue distanciando de Calles y definiéndose en oposición al callismo. Los únicos que en 1936 veían y afirmaban en Cárdenas al continuador de Calles eran los antiguos vasconcelistas y los futuros panistas. La ruptura completa entre Calles y Cárdenas condujo a las purgas de callistas que se realizaron en el seno del partido oficial en los primeros meses de 1936; algunos diputados y senadores fueron desaforados en razón de su filiación con el Jefe Máximo, que fue acusado de “traidor”, y él mismo -para quienes se maravillan hoy de ver a Jorge Díaz Serrano tras las rejas- tuvo que presentarse ante el ministerio público para declarar a propósito de un supuesto contrabando de armas (p. 199). Como dijimos antes, la consagración de la ruptura entre Calles y Cárdenas hubiera sido la creación de un nuevo partido y el repudio del

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poderoso tentáculo callista que era el PNR. Sin embargo, Cárdenas no renunció a la infraestructura que le brindaba el partido oficial y, al parecer, la decisión de mantener al PNR -aún transformado- obedeció a razones de legitimidad histórica, pero también a consideraciones de eficacia y realismo político.

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Calendarios

La CTM fue desde un principio el eje de la ofensiva cardenista; pero el valor simbólico que suponía para Cárdenas contar con el apoyo de los trabajadores sindicalizados, no podía en sí mismo sustituir el alcance nacional que el arreglo caciquil anterior le había asegurado al PNR, sobre todo si consideramos que México era entonces un país eminentemente rural. Es cierto que la creación de la Confederación Nacional Campesina -y, en términos generales, la reestructuración del partido- prometieron ser más representativos que la fórmula anterior; sin embargo, se trataba otra vez de extender la red de control al menor costo posible, y dado que aún existía el tendido fundamental que sirvió para llevar a cabo la centralización política callista, podía servir para el proyecto cardenista, que también perseguía la centralización aunque a otro nivel. No se trataba sino de sumar esfuerzos.

La minuciosa descripción de Garrido lleva ineludiblemente a la conclusión de que el período más democrático que ha vivido la sociedad posrevolucionaria coincide con el proyecto presidencial más antidemocrático. En su afán de proteger a los débiles frente a los fuertes y con el fin de comprometer estructuralmente al estado con la liberación de las masas populares, Cárdenas sentó las bases de la antidemocracia que priva dentro y fuera del partido. La estructura directa que a partir de 1938 se concibió como sectorial (obreros, campesinos, clases medias y militares) tenía por objeto que “en los ayuntamientos y demás puestos de elección, estuviesen elementos verdaderamente identificados con las necesidades de las clases obreras y campesinas” (p. 193). No obstante, esta estructura ha sido la base del imposicionismo del PRI y de la antidemocracia interna del partido oficial.

Según lo sugiere Garrido, sin hacerlo explícito, al promover la fusión del partido con el estado, el cardenismo también profundizó los rasgos antidemocráticos de las estructuras políticas y consagró el carácter piramidal de la autoridad en México. “El poder ejecutivo se fortaleció luego de los acontecimientos de 1935-1936 como la institución preponderante de la política nacional”, dice Garrido (p. 200). Lo que reaparece en 1937 es un estado que se recupera de los embates del Maximato y surge espléndido y fortalecido con la legitimidad autoritaria que le asegura el populismo cardenista.

En realidad el rasgo sobresaliente de esta historia es la tendencia a que el funcionamiento de las instituciones gire en torno al ejercicio de un poder personalizado y tutelar. Garrido cita a Lázaro Cárdenas, el padre del populismo mexicano, diciendo que “en el gobierno, ‘una sola fuerza política’ (debe) sobresalir: ‘la del presidente de la República’ quien, según él (Lázaro Cárdenas) debía ser ‘el único representante de los sentimientos democráticos del pueblo’.” (p. 296). Aunque la intención de Garrido es examinar al partido dominante como factor político independiente, la lectura de su libro produce un efecto sorprendente a este respecto. El PRI, tantas veces husmeado y erigido en pieza clave del sistema político mexicano, ha sido un organismo débil, subordinado al estado o a la autoridad del Jefe Máximo, un subsistema sin vida interna; el partido oficial resulta ser el actor más sobrevaluado de la escena política mexicana. Esta impresión plantea la posibilidad de que el engrandecimiento artificial del partido oficial sea una “argucia” del propio estado mexicano, que prefiere simular que deriva su autoridad de un partido político que incorpora a grupos populares, antes de aceptar que la ejerce con una autonomía casi absoluta. El libro de Garrido demuestra que la fuerza del partido oficial depende del estado y de la debilidad de la oposición; pero cuando ésta se fortalece, como sucedió entre 1932 y 1934 como reacción contra Calles y en 1940 en torno a la candidatura de Almazán, al partido no le queda más que la transfiguración, cardenista primero y avilacamachista después. Tal vez esta sea una de las pruebas más contundentes de la debilidad interna del partido dominante mexicano.

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Descansando

Con Cárdenas, el presidencialismo adquiere sus más épicos acentos, para que luego el presidente Manuel Avila Camacho pueda gobernar prescindiendo del partido, que después de 1940 habría de “estar presente lo menos posible en la vida nacional fuera de los períodos electorales” (p. 307). 1940 es entonces el principio del fin del partido oficial como un organismo vivo; su marginamiento de la vida política se reflejó en un poder legislativo inerme y en el desplazamiento de la arena política hacia otros terrenos. A partir de entonces la lucha sindical o la competencia por el poder transcurrirán en otra parte.

En la introducción del libro, Garrido cita a Gramsci para afirmar que la historia de un partido es también “un cuadro complejo de todo el conjunto de la sociedad y del estado”. Sin embargo, su investigación demuestra cómo la historia política en México está todavía lejos de ser historia social, y no es éste un problema de método sino más bien efecto y manifestación del autoritarismo. A lo largo de los dieciséis años de vida del partido oficial que describe Garrido, aquél parece irremisiblemente condenado a la impopularidad e incapaz de superar la desconfianza de obreros y campesinos, salvo cuando en prenda de la incorporación al PNR-PRM va el compromiso personal del presidente Lázaro Cárdenas.

El Partido de la revolución institucionalizada sufre, a pesar de su escrúpulo histórico, de una debilidad interpretativa. El énfasis puesto en la descripción de los hechos le resta fuerza explicativa al trabajo, sobre todo cuando se trata de identificar a los grupos sociales que actúan frente al partido, fuera o dentro de él. En este sentido, tal vez lo menos afortunado sea el uso de la noción del “bloque social dominante” que aparece desde las primeras páginas y que se repite con cierta obstinación a lo largo del trabajo sin referencia clara ni al texto mismo ni al sentido en el que Garrido pretende utilizarlo.

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La lectura de este libro permite suponer que los resultados de la investigación sorprendieron incluso a su autor. A veces se adivina en la obra un jaloneo entre sus hallazgos y el peso de la versión tradicional de la historia política del México contemporáneo; por ejemplo, Garrido se aferra al axioma de que el general Calles estaba comprometido con la institucionalización política, pero como la evidencia desafía esta interpretación tradicional, el autor resuelve el dilema que plantean las intenciones profundas de Calles frente al poder, afirmando que “no resistió a la presión de sus amigos para hacer del partido un instrumento suyo” (p. 102). Sin embargo, la narración misma sugiere que la debilidad de Calles como presidente de la República y como líder político en 1928, no le dejaba más recurso que la creación de una “institución” meramente formal (p. 102) para mantenerse en el poder. Este sello original definió desde un principio la naturaleza instrumental del partido oficial en un sistema que funda su esencia en el ejercicio personalizado del poder.

Es ésta una historia de instituciones pero también y sobre todo, de hombres necesarios. Como afirmaba Jean Monnet: “Nada es posible sin los hombres, nada es durable sin las instituciones”.

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