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HUELLAS

REVISTA DE LA UNIVERSIDAD DEL NORTE

No. 69 y 70 (vol. doble)

CONSEJO DE DIRECCIÓN

JESÚS FERRO BAYONA - Director VILMA GUTIERREZ DE PIÑERES – Editora ALFREDO MARCOS MARÍA - Editor

CONSEJO EDITORIAL

RAMÓN ILLÁN BACCA PAMEIA FLORES PRIETO RUBÉN MALDONADO ORTEGA AMALIA BOYER ZOILA SOTOMAYOR OLIVEROS MARJORIE ELJACH MARÍA MERCEDES DE LA ESPRIELLA

Asistente editorial GUSTAVO J. GARCÍA

HUELLAS es miembro de la Asociación de Revistas Culturales Colombianas, ARCCA.

la Asociación de Revistas Culturales Colombianas, ARCCA. Ilustración de la portada Crepúsculo de MAR ÍA ELVIRA

Ilustración de la portada Crepúsculo de MARÍA ELVIRA DIEPPA (óleo sobre lienzo. 80 cm. x 2 m. 2003, colección privada). María Elvira Dieppa nació en Barranquilla en 1961. Estudió en Parsons School of Design, Nueva York, 1987, donde obtuvo el Bachelor of Fine Arts en el área de Environmental Design and Architectural Studies. En el Bauder Fashion College de Miami, 1981. obtiene el “AA” Interior Design, En Nueva York, en 1986 y 1997, realizó cursos en el Manhattan Studio. En la Universidad del Norte, asistió al curso de Literatura latinoamericana a través del cuento. Realizó su exposición individual “ Húmedo ” en la Galería France en Barranquilla (2002). Ha participado en exposiciones colectivas en Nueva York, Johnson (Vermont, USA), La Habana, Hanover (Alemania), Bogotá, Cartagena y Barranquilla. Ha sido directora de arte de varios cortometrajes exhibidos en Nueva York y Barranquilla. Ha recibido diferentes distinciones y reconocimientos en los Estados Unidos y en Colombia.

CONTENIDO

2. MARVEL MORENO: LAS TRAMPAS DE LA RAZÓN. Pamela Flores

10. CANTOS DE HOY EN EL CARIBE COLOMBIANO.

REELABORACIÓN DE LOS VERSOS TRADICIONALES.

Consuelo Posada

18. FENÓMENOS ARTISTICOS DISCURSIVOS EN LA

NOVELA LA TEJEDORA DE CORONAS. Adriana Lozano

27. LA DESAPARICIÓN DE ISLA VERDE UN DESASTRE

ECOLÓGICO DEL SIGLO XX EN EL CARIBE COLOMBIANO. Helkin Alberto Núñez Cabarcas

34. EL CARMEN DE BOLÍVAR Y SU COMARCA EN LA

HISTORIA. A PROPÓSITO DE SU FUNDACIÓN.

Wilson Blanco Romero

40. APROXIMACIÓN CRÍTICA AL CONCEPTO DE BACAN

Rubén Maldonado Ortega

44. CONTRIBUCIÓN DE HUELLAS EN LA DEFINICIÓN

DE LA IDENTIDAD CARIBE EN COLOMBIA.

Alfredo Marcos María y Vilma Gutiérrez de Piñeres Abello

50. LA ACREDITACIÓN DE LA UNIVERSIDAD

DEL NORTE. Cecilia María Vélez

52. LA ACREDITACIÓN INSTITUCIONAL DE LA

UNIVERSIDAD DEL NORTE. UN COMPROMISO

CON EL FUTURO. Jesús Ferro Bayona

58. 20 AÑOS DE UNINORTE F.M. ESTÉREO

Vilma Gutiérrez de Piñeres Abello

60.

VOCES DE BARRANQUILLA. Ramón Illán Bacca

69.

VOCES: LA REVISTA DE RAMÓN VINYES.

Graciela Gliemmo

71. RAMÓN VINYES Y VOCES: UNA PERSPECTIVA

CATALANA DE DIÁLOGO ENTRE EUROPA Y AMÉRICA. Jordi Lladó

76. VOCES Y LA MITOMANÍA SOBRE “EL SABIO CATALÁN”.

Eduardo Bermúdez Barrera

80. SOBRE RAMÓN VINYES Y “LA MITOMANÍA”

Rodolfo Insignares del Castillo

85.

ENTRE RÁFAGAS DE VIENTO. Claudine Bancelin

90.

POESÍAS. OIga Gómez

95.

TEXTOS Y POESÍAS. Silvia Reyes

99.

SUSPIRO. Carolina Duncan

100.

TEXTOS Y POEMAS. Martín Tesis

105.

HUEVOS REVUELTOS PARA EL DESAYUNO.

Gerardo Ferro Rojas.

112. NOTICIAS SOBRE UNO QUE VA POR AHÍ LUCIENDO

UN IMPECABLE VESTIDO BLANCO. Henry Stein

116. COLOMBIA, UNA TIERRA QUE NO RESISTE MÁS

VIOLENCIA. Henry Díaz

118. RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS

Ramón Illán Bacca, Adolfo González Henríquez

HUELLAS es una publicación de la Universidad del Norte que pone al alcance de la comunidad nuevas perspectivas y potencialidades de la Costa Atlántica. Se autoriza la reproducción total o parcial de su contenido citando la fuente. La Universidad no se hace responsable por los conceptos emitidos por los colaboradores. Licencia del Ministerio de Gobierno No. 001464. ISSN 01202537. Apartado Aéreo 1569, Barranquilla. Colombia. E. Mail: huellas@uninorte.edu.co

Impresión: Gráficas Lourdes Ltda., Barranquilla. Meses de aparición: Abril (04) - Agosto (08) - Diciembre (12).

Huellas 69 y 70

Uninorte. Barranquilla

pp. 1 – 120. 08, 12 / MMIII / 04 / MMIV. ISSN 0120-2537

1

MÁRVEL MORENO

Las trampas de la razón*

Pamela Flores**

Hace ya 20 años, Plinio Apuleyo Mendoza me re- galó un cuadernillo publicado en París con uno de los cuentos que después conformarían el libro Algo

tan feo en la vida de una señora bien: “La sala del niño Jesús”. Dichos cuentos, escritos entre 1968 y 1978, irían apareciendo con excesiva discreción en suplementos literarios y revistas, y, con igual discreción, aparecería el libro en 1980, sin que ningún público en Colombia se lanzara a las libre- rías, acostumbrados como es-

tamos a esperar los dictáme- nes de fuera o a admirar a los escritores más desde la pu- blicidad que desde la litera- tura.

después, la traducción realizada por Jacques Gilard. Hoy, sobra decir que ninguno de los dos hechos afectó mucho a Márvel. Su pasión fue la

literatura y nunca la atrajeron las actividades pu- blicitarias que nuestro siglo ha construido alrede- dor del hecho de escribir. Como escritora, siem- pre me recordó a Emily Dickinson, ardiente y si- lenciosa a la vez, encontrando en la literatura un mundo donde refugiarse de las agresiones de éste, inventando una realidad no

para que le sirviera de puen- te hacia ésta, sino para rom- per definitivamente con un mundo que siempre se le antojó demasiado estrecho.

con un mundo que siempre se le antojó demasiado estrecho. Por el contrario, el público francés

Por el contrario, el público francés agotaría, dos años

*Este ensayo fue leído en el VI Encuentro de Escritores del Cari- be, Instituto Distrital de Cultura, Banco de la República, Barranqui- lla, sept., 1996, y en el IV Encuen- tro de Escritores Colombianos, Nueva York, oct., 1998. Cedido por su autora especialmente para Hue- llas, el texto había permanecido inédito. **Candidata a Doctora en Es- tudios Culturales: Literatura y Co- municación de la Universidad de Sevilla, España. Docente e inves- tigadora de la Universidad del Norte.

Iª Parte

YO, EL LECTOR

Todo novelista altera y re- construye la realidad en fun- ción de sus deseos. Igual- mente, todo lector elige ha- bitar (transitoriamente, co- mo nos es dado habitar el mundo de lo ficticio) aquel universo en donde sus de- seos de alguna manera son resueltos. Uno ama las obras que ama porque se estable- ce una secreta complicidad

Huellas 69 y 70. Uninorte. Barranquilla

2 pp. 2-9. 12/MMIII-04/MMIV. ISSN 0120-2537

entre ese universo ficticio y ese mundo, no me- nos ficticio, que lleva dentro cada uno: el mundo de lo que no fue, o, por lo menos, no ha sido. Enton- ces, el primer interrogante que debí resolver en torno a mi relación con la obra de Márvel fue: ¿qué pulsaciones secretas, qué corriente oculta o qué dictamen, qué razones o qué preferencias hicie- ron que, desde aquella lectura de La sala del niño Jesús, hasta el último de los cuentos de El encuen- tro, pasando por infinitas relecturas de pasajes ais- lados, sintiera la imperiosa necesidad de desen- trañar los móviles, la materialidad de los persona- jes, de penetrar la estructura del relato, de transi- tar por ese universo cerra- do que es toda obra de arte, antes de que encontremos la manera de ingresar en ella?

Una de las primeras con- tradicciones que percibí siendo niña entre el mun- do de fuera y el de mi casa, tiene que ver con la situa- ción de la mujer. Con sor- presa e incredulidad descu- brí, hacia los ocho años, que solamente unos años atrás las mujeres no votaban, que las madres de los demás niños no trabajaban y que las mujeres se sometían a sus padres y hermanos es- perando, en silencio, la bue- na suerte de encontrar un buen hombre. En casa, no sólo las mujeres éramos mayoría, sino que mi padre

se esforzaba por develarnos los secretos del universo con la misma pasión que si hubiéramos sido hom- bres; y mi abuela y mi madre imponían sus reglas con una naturalidad y una decisión que nos hacía creer a mis hermanas y a mí que ser mujer era tan fácil como ser hombre.

Sólo muchos años después, comprendería yo que habíamos sido herederas de una felicidad gestada en la desdicha de las mujeres que nos precedie- ron: de mi bisabuela judía, que hastiada de los vai- venes de fortuna de un marido que con igual pa- sión se perdía en los laberintos de las matemáti- cas que en los del alcohol, había creado un nego- cio tan próspero que sostendría a la familia por tres

generaciones. De mis abuelas, de mis tías y de aquellas mujeres que, sin ninguna teoría que las sustentara, habían creado para mí, sin saberlo, un ámbito en donde la libertad no era producto de la rebeldía, sino una serena certeza.

Otro recuerdo de aquellos años: una tarde mi- rando algún volumen de la Enciclopedia Estudian- til que mi padre me había regalado para Navidad, descubro un nombre que ya nunca olvidaré: sor Juana Inés de la Cruz. Leí una y mil veces el poe- ma aquel que empieza: Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón… y aunque algunas líneas se mantuvieron herméticas, el sentido del texto quedó indeleble en el tiempo, así como el horror que me pro- dujo saber que a sor Juana la habían matado los hom- bres que la despojaron de sus libros. De ahí en ade- lante, mi pasión por la lite- ratura y la indignación que me producía la indefensión de estas mujeres confluye- ron muchas veces.

la indefensión de estas mujeres confluye- ron muchas veces. Márvel Moreno A los catorce años, amé

Márvel Moreno

A los catorce años, amé a Antígona y odié a Creon- te. Adoré la altivez y la so- berbia de aquella adoles- cente que, desafiando las leyes humanas, encontra- ba en el cielo la fuerza para imponer su voluntad. Me interné en la selva con Do- ña Bárbara, absolutamente indignada con el final de la

novela, y devoré las 600 pá- ginas de Lo que el viento se llevó no tanto por la historia de amor, sino arras- trada por la férrea voluntad de Scarlett O’Hara de dirigir su destino.

Años después, la mayor de estas felicidades me vendría de Emma Bovary, de la frívola y voluble cam- pesina de Ruán, que prefirió que sus sueños y deli- rios la aniquilaran violentamente, antes que re- signarse a la rutina de una cotidianidad inútil. En esta inmensa galería de mujeres hechas de pala- bras, de mujeres que se levantan como una ver- güenza o como una esperanza ante sus congéne- res de carne y hueso, están los personajes de Márvel. Sumisas, resignadas o soberbias, pero con

una gran ventaja sobre las mujeres de este lado: sus vidas, por la magia del lenguaje, adquieren una be- lleza que, en la vida real, no habrían tenido nunca.

IIª Parte

LA CONSTRUCCIÓN DE UN UNIVERSO

1. El narrador cómplice

Hemos dicho que todo escritor moldea y reedifica la realidad en función de sus deseos. La tragedia de todo escritor, del gran escritor, aclararía Nabo- kov, es que el mundo se le presenta como una ca- rencia, como un universo inconcluso e imperfec- to en el cual, difícilmente, puede sentirse cómodo. La obra literaria es, entonces, el mundo que cons- truye para instalarse a sus anchas, el universo autónomo en el cual se refugia e impone sus re- glas. Para poblar ese espacio y darle vida, el escri- tor construye al narrador, el personaje desde el cual se despliega el universo en el cual ingresa el lec- tor. ¿Desde dónde, entonces, se narran estos rela- tos? ¿Cómo está construido este narrador?

Empecemos con los relatos de Algo tan feo en la vida de una señora bien. “A María la asombró la casa de Tía Oriane […]” es la frase inicial del primer texto. Aparentemente, se trata de un narrador om- nisciente que nos irá describiendo la presencia de María en casa de su tía. Mas continúa: “pero sólo empezó a inquietarla cuando escuchó los pri- meros ruidos”. A medida que el relato avanza, el lector va descubriendo que es María quien impo- ne reglas, que es siguiendo a la niña como ingre- samos a ese mundo en donde al principio nada nos es revelado, y que penetramos lenta y culpable- mente, contagiados por la ansiedad de María al hacer suya una historia que no le pertenece.

Tanto en La sala del niño Jesús como en Algo tan feo en la vida de una señora bien, el narrador va incluso más lejos: paralelo al mundo de lo narrado que fue, construye el mundo de lo que no fue, des- de el cual justifica las opciones de los personajes.

Toda opción formal supone también una visión de lo narrado. El narrador omnisciente puro se hace invisible para no inmiscuirse en el relato; por el contrario, este narrador omnisciente, cuya omnis- ciencia, paradójicamente, se agota casi por com- pleto en uno de los personajes, se hace invisible al fundirse con el protagonista, al hacer creer muchas veces al lector que es el propio personaje quien

narra la historia. El propósito de este juego es cla- ro: conferir a estos textos el carácter de secreto revelado, ya que el narrador está para descubrir lo que el personaje por miedo, cobardía o sumisión preferiría esconder. Puesto que los personajes son mujeres sometidas por unos padres, unos mari- dos, una educación, o, incluso, por una presencia inasible y destructiva como en El muñeco, sólo po- drían ser develados por este narrador, único ser capaz de ingresar en su intimidad, de comprender sus silencios y de conjurar el miedo con la magia del lenguaje.

De ahí, que la construcción de este narrador sea un acierto, ya que el carácter intimista de

estos textos hubiera hecho superflua la ubicuidad

y sapiencia del narrador omnisciente, así como su

carácter sumiso les hubiera impedido revelarse sin la mediación del narrador.

Una versión distinta del narrador omniscien- te que se sitúa en la mente del personaje, se da en La noche feliz de Madame Ivonne. La prostituta- pitonisa domina la escena porque conoce los se- cretos de todos, pero puede revelarlos sólo porque la transitoria ruptura que implica el carnaval en la moral cotidiana la ha colocado en un ámbito que no es el suyo, le ha hecho posible convertirse en la máscara que el carnaval desenmascara, en el llamado a la cordura presente en esa transgresión que es la fiesta, entendida como comunión, pero que el poder, representado en el relato por el Go- bernador, silencia con el mismo silencio que com- parten las otras mujeres de ese mundo, ricas o pobres, prostitutas o castas, todas condenadas al mutismo sólo interrumpido por ese narrador que las revela y las redime en ese ámbito distinto que es el mundo de la ficción.

Una opción diferente se asume en Ciruelas para Tomasa en donde un colectivo de voces femeninas

se yuxtapone en el tiempo para narrar desde todas,

y desde cada una de sí mismas, la historia de un

desacato, de una liberación que, como en Oriane

y en La muerte de la acacia, se consigue mediante

el asesinato al padre, encarnación de la opresión.

Ahora bien, si ese narrador es uno de los gran- des aciertos de los relatos, el narrador es también,

a mi juicio, una de las grandes fallas de En diciem-

bre llegaban las brisas. Quien narra la novela es Lina, una mujer que, desde París recuerda las his- torias vividas cuando niña en una Barranquilla ya lejana, historias situadas todas alrededor de las

Márvel a los seis meses y medio (abril 1940), el día de su primer cumpleaños

Márvel a los seis meses y medio (abril 1940), el día de su primer cumpleaños (23 sept. 1940), y en su tercer y cuarto

mujeres que amó: su abuela, sus tías, las madres de sus amigas. Una novela es, antes o después de cualquier teoría, una narración; y un narrador que relata desde la memoria, como es el caso de Lina, tendría que recurrir más a los sentidos, a las sen- saciones, sentimientos y nostalgias que a vastas e inútiles disquisiciones para explicar las motiva- ciones de los personajes. Lo que debería ser, en- tonces, una recuperación del pasado, se convier- te, por la torpeza del narrador, en una inmensa galería de personajes muertos, de figuras de cera paralizadas por el peso de unas teorías que sirven más para juzgar que para explicar, más para acu- sar que para comprender, creando personajes con destinos asumidos de antemano como equivoca- dos y, por tanto, impidiendo que vivan.

Por el contrario, en los relatos de El encuentro, el dominio de los recursos narrativos se concreta en una yuxtaposición de conciencias, en persona- jes que se despliegan en el relato y en un ámbito que ya no es físico (poco importa que los hechos ocurran en Augsburgo, París, Barranquilla o Bar- lovento), sino ese espacio confuso, ambiguo, a menudo intransitable, que es la mente femenina.

Trátese de un narrador omnisciente (siete de los cuentos presentan este tipo de narrador) o del narrador testigo de El hombre de las gardenias, El día del censo y El espejo, o de la sombra-protago- nista que narra el relato La sombra, ya no hay en este narrador, impasible, compasivo y discreto la indignación frente a la sociedad presente en las obras anteriores de la escritora, sino una sereni-

cumpleaños (1942, 1943), respectivamente. (Tomadas de La obra de Márvel Moreno, LOMM.)

dad más total y patética surgida de la certeza de que la autocondena es la peor de las condenas.

2. Los personajes:

encuentros y desencuentros

Es sabido que tres son los recursos para caracteri- zar un personaje. Las descripciones del narrador, lo que se dice mediante diálogos y monólogos, y las acciones que el personaje elige o evita.

En el universo ficticio que estamos intentando aprehender, hay una marcada oposición entre hombres y mujeres. Una primera diferenciación se hace evidente. Los hombres son personajes arquetípicos, representan valores, formas de con- ducta, encarnaciones de poder; siempre, ideas generales. Las mujeres, por el contrario, son se- res particulares, con sueños, frustraciones y dra- mas propios. Su lucha en este universo, es extre- madamente desigual porque no están en conflicto con seres concretos sino con entidades que, por la fuerza de la costumbre y del poder físico, imponen su voluntad. Los personajes femeninos muestran una lograda caracterización basada más en insi- nuaciones que en afirmaciones, y se definen más por lo que no dicen y no hacen, por lo que ocultan e imaginan. Es decir: se definen en el ámbito de lo posible.

Oriana es descubierta a través de los objetos que la rodean y de los silencios que la envuelven, y una descripción más precisa la hubiera despojado de la misteriosa belleza que la envuelve. A Tomasa, la reconstruimos, sobre todo, a partir de los monólo-

Márvel Moreno en el Instituto de Altos Estudios de América Latina en la presentación de

Márvel Moreno en el Instituto de Altos Estudios de América Latina en la presentación de la edición francesa de Algo tan feo en la vida de una señora bien. París, 1983.

(Tomada de LOMM.)

gos confusos, yuxtapuestos; y la fortaleza de Doña Genoveva en La muerte de la acacia, la adivinamos por el silencio de los habi- tantes de la ciudad, por los comentarios en voz baja, por los rumores; y en La eterna virgen a Margoth, ¡pobre Margoth!, la perci- bimos por aquellas historias que tejía en su mente mientras movía sus dedos ágiles, eficientes, pun- tuales, por las teclas de la máquina de escribir.

En contraste, la endeble construcción del na- rrador en la novela En diciembre llegaban las bri- sas, hace que los personajes sean menos convin- centes. Hay demasiadas aclaraciones y explicacio- nes y los personajes hablan, sienten y piensan, no por ellos mismos, sino en razón de las teorías, un tanto confusas, que Lina ha construido, años después, para explicar sus desconciertos y temo- res de adolescente:

En vano Lina trataba de explicarle que el verdade- ro problema se reducía a la opinión que ella, Dora, se estaba formando de sí misma. No porque Lina advir- tiera entonces el proceso que asocia el sentimiento de falta a la necesidad de castigo, ni por haber com- prendido las reflexiones de su abuela cuando habla- ba de la insensatez de convertir la mirada de los otros en espejo. Pero aquel le parecía el mejor argumento a su alcance, convencer a Dora que no merecía humi- llación, el vejamen, el desprecio, que no estaba per- dida, como lo afirmaba llorando en un rincón del co- medor, y bien podía devolverle a Andrés Larosca sus anillos de pacotilla y su empleo de secretaria dejan- do en aquella historia unas cuantas plumas, cierto, pero no necesariamente su dignidad.”

En las narraciones anteriores a El encuentro, Márvel nos enfrentó a personajes que luchaban por

romper el cerco: sumisión y desacato eran las coor- denadas entre las cuales se debatían esos seres que gritaban para no callar, que morían para no rendirse, que se oponían, desespe- rados e inermes, a princi- pios tan abstractos como implacables. En El encuen- tro, la sumisión se resuelve en perversidad; la re- beldía, en resignación; el encuentro (como sucede en el cuento del mismo título) en desencuentro. Desencuentro con los otros, consigo mismo, disper- sión del yo ante una diversidad de visiones con las cuales los personajes no logran crearse una iden- tidad coherente, sino una conciencia disgregada que, como en La sombra, sólo se resuelve en la muerte.

De En diciembre llegaban las brisas a estos rela- tos, el universo de Márvel se enriqueció. Se vol- vió, también, más plácido, más lúcido, menos unívoco. El dualismo se transformó en multiplici- dad —de voces, de ámbitos, de culturas— y los per- sonajes se encuentran atrapados entre lo que los fascina, atemoriza, seduce, libera, condena o re- dime, pero sin fórmulas hechas, en una búsqueda propia que conduce no ya a la rebelión sino a la libertad. Libertad conseguida en la lucha con el propio yo; con esa diversidad de sueños, caprichos, deseos y hasta razones que es cada uno. O no con- seguida, y, por eso, la autocondena; o la condena al otro yo, al opuesto que lo revela.

Una taza de té en Augsburgo es un relato duro narrado con una imperturbable serenidad. Miran- da Castro se autocondena al desamor, a la sole- dad, porque no pudo vencer ni la desolación del orfelinato ni la angustia y el miedo que la acom- pañan desde su llegada a Caracas. Pero también condena a su madre, su yo opuesto (desvalido, in-

significante, inocuo), porque contarle la verdad equivaldría a transformar el desdén en amor, a suspender el miedo: a la libertad.

El encuentro es un cuento cortazariano de un realismo inquietante y con una construcción per- fecta. ¿Cómo no recordar los encuentros y desencuentros de Manuscrito hallado en un bolsillo al ver el tablero de damas en el que Lucía convier- te su existencia? Lucía pierde porque decidió ju- gar sola; los otros jugadores ni participaron en el juego ni jamás conocieron las reglas.

la sociedad la que la condena, pues ésta ya lo ha- bía hecho al obligarla a un amor secreto; el asesi- nato tiene el signo de la libertad, de la paz que ninguna condena podría ya quitarle.

Dos visiones irreconciliables del amor y de la vida, encarnadas por Matilde y Eliana, se dan cita en El día del censo. El choque se produce cuando Eliana, al pretender insertar a Matilde en su pro- pia lógica, la despoja del sufrimiento y, por lo tan- to, la destruye, sin percatarse jamás de ello.

Literariamente, La sombra es uno de los cuen- tos más logrados del libro. Ese fantasma que se instala lentamente en la muerte, accede a ella sin temor ni desconfianza, porque la muerte ha estado siempre en su vida. Muerte que le arrebató a su hija; muerte-vida de una existencia sin otra justificación que reemplazar para su nieta la vida de una madre que ya no estaba; vida-tumba por resignarse a ser el fantasma de un muerto; muer- te-identidad al convertirse, por fin, en su propio fantasma.

El perrito, el único cuento con protagonista mas- culino, es el menos logrado. La historia de Este- ban Henríquez, un hombre que ha ido eliminando deliberadamente de su vida la emoción y la luci- dez, conmueve menos que la de Isabel, presencia borrosa que pasa por el relato dejando una estela de soledad y desamparo que alcanza al lector.

Finalmente, los personajes felices de los relatos Sortilegios, La peregrina y Barlovento. Adelaida, en Sortilegios, al asu- mir su atracción por Frank se libera de su miedo, como si Frank fuera más una proyec- ción de su propio temor que una presencia real. En La pe- regrina, Ana Victoria acosada por una moral que arremete contra ella, opta por su deseo, se elige a sí misma, mientras que en Barlovento, una hermo- sa narración que, por su at- mósfera, recuerda a Carpen- tier, el lector se encuentra ante la explosión final del persona- je, la tibia y discreta liberación de una condena antigua me-

Tanto en El violín como en El hombre de las gardenias, los personajes están próximos a diluirse en la muerte. Para Alice, el último vínculo con su vida, su hija Nicole, se ha perdido cuando ésta de- cide casarse con un mediocre australiano y visi- tarla sólo cada tres años. Es el fin de su muerte, de esa condena que se había infligido a sí misma, desde el día en que decidió abandonar el violín. Martine, su amiga, menos dotada, pero más per- sistente en su vocación a la música y a sí misma le refleja la imagen de lo que hubiera podido ser y no fue, como el estanque del lago le devuelve a Nicole, premonitoriamente, una imagen de liber- tad que tampoco alcanzará porque, como su ma- dre, no supo optar por sí misma.

El hombre de las gardenias se inicia con una de las figu- ras más hermosas del libro:

“Renata murió como mueren los pájaros, replegándose sobre su cuerpo frágil.” Renata, mu- jer-pájaro que no fue capaz de volar, Renata-mujer-pájaro-en- cautiverio a quien mató la re- nuncia, la estrechez de un mundo para ella asfixiante.

En El espejo, la narradora/ protagonista escribe una car- ta en la que informa al aboga- do de su sobrino, Mario, la “ver- dad” sobre los hechos que cul- minaron en la muerte de Ce- cilia, la esposa de éste. El in- cesto (ya insinuado en Oriane, tía Oriane) aparece aquí develado, sin ambigüedades y, después del asesinato, sin re- mordimientos. Marina se auto- condena para liberarse; no es

mordimientos. Marina se auto- condena para liberarse; no es El día de su presentación en sociedad,

El día de su presentación en sociedad, 31 de diciembre de 1956.

diante un pacto también antiguo, comunión de pa- sado y de futuro, transgresión silenciosa, inver- sión-conversión: la felicidad.

3. El diálogo con los objetos

Pero si las mujeres son cuidadosamente desple- gadas y la presencia de los hombres tiene más de arquetipo que de hombres, los objetos también al- canzan en estos relatos un carácter específico: se constituyen en prolongación de sus dueñas que, impedidas para hablar con las personas, dialogan con las cosas y las humanizan, haciendo que esos objetos inmóviles y, en apariencia, inocuos, se con- viertan en depositarios de la verdad que ellas no pueden revelar. Piénsese en los objetos que guar- dó celosamente Oriana; en la acacia que esconde el crimen de Doña Genoveva o en el violín del re- lato El violín.

Igualmente, la casa como objeto y como ámbito adquiere una dimensión simbólica al constituir- se en el espacio que estas mujeres conquistan y colonizan desterrando de allí a los hombres. Oriana y Genoveva se encierran en sus casas después de haber eliminado a su padre y marido, respectiva- mente, e imponen allí las reglas que no hubieran podido imponer en el mundo de fuera. Tomasa re- gresa a morir en su casa, y la tía Irene de En di- ciembre llegaban las brisas se instala en la torre del italiano como hecho culminante de una histo- ria de desacatos.

IIIª Parte

LA FUNDACIÓN DE UN UNIVERSO

Casi como por inercia, insisten los críticos en mencionar dos nombres al intentar enmarcar la obra de Márvel Moreno: Gabriel García Márquez y Álvaro Cepeda Samudio. Sin embargo, si ignora- mos el hecho de que se trata de escritores proce- dentes de la misma región de Colombia, poco vin- cula a la escritora barranquillera con los narrado- res mencionados.

Márvel Moreno nos invita a mundos poco tran- sitados por los escritores costeños. Su ámbito es urbano. Sus personajes están insertos en una pro- blemática que presupone, necesariamente, la ciu- dad. Una ciudad pequeña y parroquial, es cierto, pero en donde la magia de lo rural, el asombro pri- mitivo sólo está representado por la servidumbre, seres marginales en un mundo en donde los fan- tasmas de los personajes protagónicos son otros seres como ellos, no fuerzas venidas de otra ins- tancia o de otro orden.

De ahí, que la narrativa de Márvel sea de carác- ter intimista. El intento un tanto fallido de En di- ciembre llegaban las brisas de escribir una novela no sobre sucesos sino sobre el transcurrir de la con- ciencia de los personajes, alcanzó su plenitud en los cuentos de El encuentro. Allí, lo que importa no es tanto lo que ocurre sino lo que se despliega en la mente de los personajes; y ello está más determi- nado por lo que no se da, por lo que no es, que por los hechos y acciones que ocurren a su alrededor.

Márvel Moreno nos inscribe también dentro de la tradición de la literatura fantástica. Relatos como Oriane, tía Oriane, El muñeco y Sortilegios pro- vienen de una tradición que arranca con Edgar Allan Poe, pasando por Henry James y Maupassant, y que, en América Latina, evoluciona magistral- mente sobre todo en la narrativa argentina desde los casos célebres, Borges y Cortázar, hasta los más discretamente conocidos, Bioy Casares, H.A. Murena o Mujica Láinez.

Más inusual es la conjunción entre lo fantásti-

co y lo maravilloso presente en varios de sus tex- tos. Lo maravilloso, representado por esos seres marginales en un mundo patriarcal que son los

sirvientes (piénsese en Fidelia en Oriane

que son los depositarios discretos de las más pro- fundas verdades de sus señores, y cuyo poder resi- de precisamente en la capacidad de comprender sus vidas y las de sus amos desde una racionali- dad distinta.

pero

)

Por último, inaugura Márvel la perspectiva fe- menina ya que en estos relatos la realidad se du- plica, interroga o modifica desde la perspectiva de la mujer, creando un ámbito ficticio en el cual los per- sonajes enfrentan sus ca- rencias y, tal vez, desde allí, nos miran agradeci- dos por pertenecer a un mundo en donde más que juzgados son comprendi- dos; y en donde, por la magia del lenguaje, sus vidas han adquirido una belleza que no tenían de este lado.

Márvel Moreno, como todo gran escritor, fue consciente de que la labor del narrador implica una lucha con la materialidad de las palabras. Una lucha ardua y paciente que li- braría en la soledad y en

lucha ardua y paciente que li- braría en la soledad y en Márvel Moreno, entre 1979

Márvel Moreno, entre 1979 y 1981, fotografiada por Fina Torres (LOMM).

ámbito hecho no de pala- bras sino de cosas en el que nos correspondió vivir.

Sartre afirmaba que a un escritor sólo podía juzgársele por lo que había escrito, no por lo que hu- biera podido escribir. Yo me arriesgo a afirmar, no sin tristeza, que si la vida le hubiera dado a Márvel más tiempo hubiéramos podido comprobar, aún más, la expansión de su mundo, la serenidad y el decantamiento de su len- guaje, la explosión de esa belleza llena de nostalgia que encontramos en los cuentos de El encuentro y que ya prefiguraban rela- tos tan impecables como Oriane, tía Oriana… y Algo tan feo en la vida de una se- ñora bien.

Márvel Moreno nos legó

un universo que era suyo y que ahora es uno de los grandes mundos que conforman la literatura colombiana. Un mundo que nos inscribe en la contemporaneidad con algo dis- tinto de nuestros sueños malogrados, de nuestra desbordada y desbordante mitología, y que nos in- vita a recorrer nuestra intimidad en busca de una felicidad que sabemos que no es de este mundo. Pero a la cual accedemos en el ámbito de lo ficti- cio, en ese mundo de palabras que a algunos de nosotros nos ha deparado los mejores momentos de nuestras vidas.

el silencio, único espacio en donde el escritor puede encontrarse consigo mismo y dar forma a su mundo. La gran habilidad que despliega como narradora en los cuentos de El encuentro fue el resultado de un trabajo persisten- te que no admitió concesiones; porque si es cierto que en la novela hay palabras que sobran, secuen- cias gratuitas y personajes desdibujados, El encuen- tro es un libro perfecto, una estructura magistral- mente construida en donde el lector puede transi- tar sin resquicios, y en donde la poesía del lengua- je reivindica las carencias de este lado, de este

Cantos de hoy en el Caribe colombiano

Reelaboración de los versos tradicionales

Consuelo Posada*

Yo vide el tigre yo no lo vi ese tigre está encerrado y lo tienen que sacar (Versos de tradición oral, en una composición reciente de música popular)

1. COPLAS Y CANCIONES

El estudio de las letras de las canciones populares puede comprobar los préstamos recibidos por la poe- sía oral tradicional. El conjunto de los versos que pasaron a las colonias españolas se conserva reelaborado en textos completos, en estrofas ais- ladas, en frases sueltas o en fórmulas y estructu- ras que hoy nutren la canción folklórica y popular en la América hispánica (Linares, 1980 y Posada,

1986.)

La copla tradicional, recogida en Cuba por Samuel Feijóo:

Que te parece Cholito que me van a desterrar como si la ausencia fuera remedio para olvidar. (Feijóo, 1977: 119)

se encuentra en Antioquia, con pocas variaciones:

*Profesora de la Universidad de Antioquia. Este artículo fue cedido por su autora especialmente para Huellas.

Huellas 69 y 70. Uninorte. Barranquilla

10 pp. 10-17. 12/MMIII-04/MMIV. ISSN 0120-2537

Que te parece, mi vida, que nos quieren apartar, como si la ausencia fuera remedio para olvidar. (Restrepo, 1971: 236).

Y con la misma estructura y los versos finales idénticos, se repiten en la canción El mejoral de Rafael Escalona:

Yo me voy de por aquí, decepcionado de Valledupar, como si la ausencia fuera remedio para olvidar.

Particularmente, en la Costa Atlántica, donde existe una estimulante producción de cantos po- pulares, se muestra la abundancia de versos y estrofas completas, tomados de la tradición versificada. Las coplas del “amor, amor”, por ejem- plo, considerado como un himno básico de la mú- sica vallenata, se pueden reencontrar como parte de los versos populares de la región y aparecen, con texto idéntico, en el cancionero antioqueño de Antonio José Restrepo.

Este es el amor amor, el amor que me divierte; cuando estoy en la parranda no me acuerdo de la muerte. (Restrepo, 1971:119).

Las investigaciones han mostrado que las co- plas tradicionales, presentes en la memoria re-

Fuentes, 1985, archivo Bassi
Fuentes, 1985, archivo Bassi

Joe Arroyo

gional, se activan en el proceso de reelaboración de las canciones populares. Así, una copla de la oralidad tradicional en diferentes regiones de Co- lombia y que se encuentra, entre otros, en el can- cionero antioqueño de Antonio José Restrepo, co- incide, verso a verso, con la estrofa de una can- ción de la Costa Atlántica, popularizada por el com- positor Diomedes Díaz:

Por el ruedo de tus naguas Yo vide correr un piojo, Y si te las vuelvo a ver Te las alzo y te lo cojo. (Restrepo, 1971: 203).

Este uso difundido de los versos de tradición, en los cantos populares, permite entender la con- troversia entre algunos cantautores que se dispu- tan, como propios, versos que consideran “suyos”, porque han tenido de ellos un conocimiento “des- de siempre”. En la base de esta polémica está la pertenencia de estos versos a un colectivo, que los ha usado y repetido, durante varias generacio- nes. Como parte del éxito de estas canciones, puede decirse que siempre que una copla tradicional es musicalizada, sus ecos resuenan en la memoria colectiva, y aquí puede estar la clave del éxito de

estos cantos que parecerían tener asegurada la garantía de su recepción.

Los versos de algunas de las grabaciones popu- larizadas por Joe Arroyo, hacen parte de las coplas tradicionales de la Costa Atlántica:

Tamarindo seco

se le caen las hojas,

agua derramada

no hay quien la recoja.

Estaba la tortuga abajo del agua abajo del agua abajo del agua haciendo su nido como cosa rara.

Mi

papa y mi mama,

mi

hermanito y yo

comimos de un huevo

y la yema sobró.

Cuatro garigaris

y un garrapatero

bajaron de un palo

a comer del huevo.

Esta fue la garrapata

la

que a Félix le picó

y

una roncha le dejó,

y

este es un rasca que rasca

y

es la garrapata.

2. ORALIDAD Y CANCIONES POPULARES

En este balance de textos españoles conservados en América, los romances aparecen como una fuente importante de muchas de las formas musi- cales reelaboradas en las colonias y que nutrie- ron con su estructura, sus temas y sus notas, nuestra poesía popular. Los estudiosos han mos- trado el parentesco de los romances encontrados en América con los viejos romances andaluces. Estos versos, oídos en plena ciudad de La Habana a unas niñas que bailaban una ronda, y consigna- dos por Alejo Carpentier:

En Galicia hay una niña / en Galicia hay una niña

/ que Catalina se llama, sí, sí, / que Catalina se

llama. Todos los días de fiesta/ su madre la cas- tigaba, sí, sí, / su madre la castigaba. Porque no

quería hacer / porque no quería hacer / lo que su padre mandaba.- (Carpentier, 1946: 33-34)

hacen parte de un canto que supervive, en Cuba, desprendido de un viejo romance andaluz:

Por la baranda del cielo, / se pasea una zagala, / vestida de azul y blanco / que Catalina se llama. Su padre era un perro moro, / su madre una rene- gada / Todos los días del mundo / el padre la castigaba. (Carpentier, 1946: 34)

En esta misma búsqueda de líneas de unión entre nuestras canciones populares y la tradición hispánica, Carpentier encuentra una conexión entre algunos ritmos musicales y el romance. Para él, todas las guarachas que hablan de gatos en Cuba, serían reminiscencias del difundido roman- ce Don Gato, que se encuentra por toda América hispánica (Carpentier, 1946: 30).

El romance español, transmitido oralmente, se acomodó a los lugares conocidos, a los nombres familiares de cada región, y se mantuvo vivo en coplas, villancicos, poesías y canciones populares. Aunque los ejemplos más abundantes de su per- manencia se centran en el corri- do mejicano, también en nuestro medio tenemos estudios de su pre- sencia en el galerón llanero y en las rondas infantiles.

En Colombia, los diferentes cancioneros, recogidos desde los años 40, del pasado siglo 20, pre- sentan diferentes fragmentos que corresponden a romances origina- les españoles. Consigno un peque- ño ejemplo, que reaparece en mu- chas regiones y que Antonio José Restrepo incluye en el cancione- ro antioqueño.

Estando el señor don Gato en silla de oro sentado, le vinieron a decir que si quería ser casado, con una gata morisca, hija del gato romano. (Restrepo, 1971: 318-319).

toda la América hispánica, y menciona entre los títulos a Gerineldo, Delgadina, Blanca Niña, La es- posa infiel, Las señas del marido, Hilo de oro, La flor del olivar, la canción de la Pájara pinta y la de Seño- ra Santa Ana (Henríquez Ureña, 1989: 423). Y Gisela Beutler, autora de la más completa recolección de romances en territorio colombiano, explica los dis- tintos nombres que se usan para llamarlos: “his- torias”, “cuentos”, “canciones viejas”, “corridos”, “versos”, “ensaladillas”, “chistes”, “tragedias” o “tristes”. Agrega que, en el departamento de Bolí- var (Malagana y Palenque), a los romances de pa- sión se les llama “oraciones” (Beutler, 1977: 227 y

246).

Los versos del romance, cultos y populares, com- pletos o fragmentarios, literales o modificados, acompañan o sirven de modelo a muchas de nues- tras canciones populares. Como ejemplo, podemos citar el llamado “romance a eco”, en cuyo esque-

ma se utiliza la palabra final de cada verso para iniciar el siguiente, y que no sólo se conservó en sus contenidos, sino que su estructura formal sir- vió para adecuar nuevas composiciones. Un ejem- plo de los Llanos colombianos, ofrece una versión que se conserva bastante cercana al original es- pañol: De la uva sale el buen vino / vino el que a mí me consuela / sue- la le da un buen zapato / el zapato es cosa buena / bueno la buena memoria / y aquel que de ella se acuerda / cuerda le da un San Francisco / Francisco el que no es Esteban / Esteban es mártir santo

/ Santo aquel a quien se reza / re-

zan los frailes maitines / maitines no son completos / un completo tie- ne mañas (Fabo 1911:225).

son completos / un completo tie- ne mañas (Fabo 1911:225). Ilustración de Lucho Vásquez (especial para

Ilustración de Lucho Vásquez (especial para Huellas, lapiz/computador, 2004)

El siguiente es un fragmento del texto español, que permite comprobar las semejanzas: De la

uva sale er bino, / y er vino a mi me consuela; / suela, la de mi sapato,

/ er sapato es de baqueta; / la ba-

queta no es badana, / lo qu’es es suela y de la buena; / buena, la buena memoria: / memoria, aquer

que s’acuerda; / cuerda, la de San Francisco; / San Francisco, no es Esteban; / Esteban, no es Martes Santo;/ a los san- tos ses les reza, / rezan los frailes maitines, / maiti- nes, no son completas; / completas no son tus ma- ñas; / mañas, tienes de hechisera;/ hechisera, te la

Para el caso de Colombia, Pedro Henríquez Ureña anota que los romances que aquí sobrevi- vieron coinciden con los cantos conservados en

urdes; (sic) / urde er tejedor su tela, / tela, la de los sedasos; / er sedaso, harina cuela; / cuela, la mujer que laba / y la que no laba, es puerca; / las puer- cas, paren cochinos; / los cochinos, comen yerba, / la yerba nace’n er trigo, / y er trigo luego se siega, / siega, la que no ve nada; / nada, la qu’ner mar en- tra, / entra en la ilesia er cristiano, / y er que no entra, reniega; / reniega er qu’está entre moros; / los moros’tan en la Meca; / la Meca es puerto de mar; / er mar es donde se pesca. (Mendoza, 1939:

705)

Pero más allá de la similitud en el texto de es- tas dos versiones del mismo romance, quiero se- ñalar, con un ejemplo de la Costa Atlántica, la con- servación de un modelo estructural. Me refiero a la organización interna de este “romance a eco” que, recordemos, une la última palabra de un ver- so a la primera del siguiente, y que comprobamos en una canción popular en la que el compositor Juan Piña retomó un tema de la tradición oral:

Ay Dios hizo al herrero / herrero que hizo al cu- chillo / cuchillo que mata buey / ay buey que bebe agua / agua que apaga candela / candela que quema garrote / garrote que mata perro / perro que corretea gato / gato que come ratón / ratón que ruñe pared / pared que ataja viento / ay vien- to que riega nube

Sobre la idea de la conservación, es importan- te aceptar el proceso de variación de los materia- les orales, como una demostración de su condi- ción de vida. El desarrollo de las tradiciones ha mostrado que los textos que cambian se enrique- cen y garantizan su permanencia. Los estudiosos reconocen el enriquecimiento de las produccio- nes folklóricas que se logra con los cambios, y con- cluyen que una forma que esté continuamente reapareciendo bajo otras formas, se puede consi- derar en plena vigencia y dotada de una incues- tionable vitalidad.

Arr.: La agrupación de la Universidad del Norte Tambores del Norte en el Coliseo Cultural y Deportivo de la Universidad, 2004. I. a D.: Harry Barrios, Jassir Barceló, Rodney Gómez, Alvaro Cabrera, Irma Pabón, Erick Márquez, Dairo Meneses y Robin Quintero.

C.: Tomás Teherán, director de Tambores del Norte.

Ab.: Los profesor Carlos Insignares, clarinete, y Eduardo Valencia, saxofón.

Fotos de Julio Gil Zubiría

Para Díaz Roig (1986: 165), los recreadores retoman un texto tradicional, lo aceptan, lo hacen suyo y lo transmiten reelaborado. Y este senti- miento de pertenencia los lleva a variar aquello que no les gusta, no entienden bien, les es ajeno, o los lleva a introducir cambios que les dicta su propio entorno. Lo importante es reconocer aquí

bien, les es ajeno, o los lleva a introducir cambios que les dicta su propio entorno.

no el empobrecimiento de una forma, sino el enri- quecimiento total de las producciones folclóricas.

En el proceso de adecuación regional de los can- tos, se cambian los nombres propios y se alteran puntos del texto original para acomodarlo a la nueva geografía, con nombres que resultan más familia- res para el usuario. Los alimentos europeos, como el vino y el pan, fueron reemplazados por el choco- late y los productos nuestros. En el romance El piojo y la pulga, un “romance de relación” muy popular en Hispanoamérica, en las versiones colombianas se introducen animales del Trópico que estable- cen variación sobre las especies originales:

El piojo y la pulga se quieren casar pero no se casan por falta de pan

En Aratoca, Santander:

Contestó el sinsonte desde el matorral.

En Cocorná, Antioquia:

Contesta la chucha allá en el platanal.

Cúcuta, N. Santander:

Contesta el zamuero allá en su Zamural.

En Ciénaga, Magdalena:

Contesta el golero allá en las alturas.

En el romance Hilito, hilito de oro, la versión re- cogida en la ciudad de Barranquilla incluye jocosamente la afición de fumar tabaco que tie- nen las mujeres.

El texto de Santa Marta, Magdalena:

De tanta hija que tengo escoja la que queréis

—Escojo esta por bonita, por bella y por querer que parece un capullito acabado de nacer. —Lo único que te pido es que me la trate bien;

lo único que le encargo,

Sentada en silla de oro, tejiendo el pañal del rey.

que me la trate bien.

El informante de Barranquilla, la directora de escuela Sra. Carmen Rosa Altamar, de 45 años, dijo haber oído el romance de boca de su señora madre (Beutler, 1977: 237), de esta manera:

Yo te encargo, escudero, que me la trates muy bien:

un pastel por la mañana

y un tabaco al encender.

Otro ejemplo de estos cambios, en el Caribe colombiano, lo comprobamos en el romance La re- cién casada. Allí la viuda protagonista camina ha- cia la Zona Bananera, cerca de Santa Marta:

—Mi marido es alto y rubio, tira tipo de francés. En el puño de la espada, lleva el nombre de Isabel. —Sí, señora, sí señora, hace años que murió;

lo mataron en la guerra,

—Siete años lo he esperado, siete más le esperaré, si no vuelve a los quatorce, como viuda quedaré.

y me voy para la Zona,

a mirar en el espejo:

lo mató un Francisco Arón.

a hacer compra de café,

¡qué linda viuda quedé!

(Versión recogida por Beutler, 1977: 389 y confrontada por Posada. Trabajo de campo, 2001)

Para los efectos de este trabajo, es necesario subrayar, entonces, que se descartó la búsqueda purista que pudiera pretender el encuentro de ro- mances incontaminados.

Para entender el papel de las transformaciones, como muestra de la vitalidad renovadora de los materiales, quienes trabajamos con textos orales debemos percibir la esencia en las aparentes va- riaciones. Descubrir, por ejemplo, que la historia, los diálogos y la estructura de la canción popular Martina, son tomados de las preguntas y respues- tas del Romance de Blanca Niña, que data del siglo XVI. En los dos casos se cuenta la historia de una esposa adúltera: Blanca Niña o Martina, sorpren- didas en adulterio, por el esposo. El romance dice:

Ellos, en aquel estando, su marido que llegó:

—¿Qué hacéis la Blanca niña, hija de padre traidor?

—Señor, peino mis cabellos, péinolos con gran dolor, que me dejáis a mi sola,

y a los montes os vais vos.

Y la canción popular:

Estaban en la contienda cuando el marido llegó:

—¿Qué estás haciendo Martina que no estás en tu color?

Todo el esquema posterior de preguntas y respues- tas conserva el orden de las acciones y la forma dialogada:

Dime, dime, doña María, dime, dime, mi blanca flor, ¿cuyo, cuyo es ese caballo, que con el mío igualó? Tuyo, tuyo, don Alonso, tu padre te lo mandó. Dímele a mi padre, que caballo tengo yo. Que, cuando no lo tenía, ¿por qué no me lo mandó?

Dime, dime, doña María, ¿cuya, cuya es esa pistola,

Tuya, tuya, don Alonso, tu padre te la mandó.

Dímele a mi padre, que pistola tengo

que, cuando no la tenía, ¿por qué no me la mandó?

dime, dime, mi blanca flor, que con la mía igualó?

yo.

(Beutler, 1977: 363)

(Aquí es Importante aclarar que estas versio- nes de los romances son tomadas de muestras re- cogidas en tierras negras del Caribe colombiano. Esto permitiría entender que el texto de la can- ción esté alimentado con una historia que se con- servó viva en la América hispánica. Fue agregada la pistola que, por cuestión de época, no podría apa- recer en el romance original).

—¿De quién ese sombrero? ¿De quién es ese reloj? ¿De quién es ese caballo que en el corral relinchó? —Ese caballo es muy tuyo, tu papá te lo mandó pa’que fueras a la boda de tu hermana la menor.

—Yo pa’qué quiero caballo si caballo tengo yo, lo que quiero es que me digas quién en mi cama durmió.

—En tu cama nadie duerme cuando tú no estás aquí, si me tienes desconfianza no te separes de mí.

3. ROMANCES EN LA COSTA CARIBE COLOMBIANA

En la Costa Atlántica se registró la presencia re- petida de los romances: Gerineldo, Gerineldo, Blancaflor-Filomena, El corderillo (Conde Lirio), El marinero y casi la totalidad de los romances reli- giosos. Además, La recién casada se encuentra profusamente divulgado, con variantes especiales (Beutler, 1977: 227).

Codiscos, archivo Bassi
Codiscos, archivo Bassi

Juan Piña

Como punto importante para nuestro trabajo so- bre la oralidad en el Caribe colombiano, la investi- gación de Beutler demostró que las poblaciones negras conservaron, de una mejor manera, los textos y melodías de los romances españoles. En su investigación, estas zonas corresponden a los departamentos de Nariño, Chocó y toda la Costa Atlántica (Beutler, 1977: 227- 258).

Pero, más allá de estas razones históricas, los romances se siguieron usando en la Costa Atlán- tica, articulados a diversas tradiciones. Hasta muy entrado el siglo XX, hicieron parte de los actos ri- tuales escolares, y sus textos “se representan en los pueblos, con ocasión de veladas o fiestas de colegio, generalmente con el objeto de recoger fon- dos, sirviéndose de sencillos requisitos o de pri- mitivas decoraciones de escenarios” (Beutler, 1977: 232). Para la Costa Atlántica Beutler cita una dramatización de “La recién casada”, en Barran- quilla (no precisa el año), en la Escuela Anexa de la Normal de Señoritas, representada por dos ni- ñas que se disfrazan y actúan con gestos determi- nados (Beutler, 1977: 232).

Otra parte importante de esta huella de los ro- mances entre las poblaciones negras, está dada por los romances religiosos, cuya influencia pare- cería sobrepasar la de los romances plebeyos o po- pulares. Los romances religiosos que se cantan entre la población negra, con ocasión del “velorio”, todavía superviven entre los habitantes de Nariño, Chocó y algunas zonas de la Costa Atlántica. En las comunidades negras, los velorios intercalan

oraciones y cánticos religiosos con entretenimien- tos profanos como las “historias de animales” y los

cuentos del “Tigre y el Conejo” (Beutler, 1977: 239). En el Chocó, entre los temas profanos que sirven de entretenimiento durante el velorio, se cuenta

el romance Gerineldo, Gerineldo, que es conside-

rado como “cuento”. Allí un informante manifestó que: “El cuento de Gerineldo se dice en la novena” (Beutler, 1977: 239).

Susana Friedmann se pregunta por qué sobre- viven los romances religiosos, precisamente en comunidades negras y cuál es el vínculo musical entre estos cantos y los romances del siglo XVI.

Los estudios de Carolina Poncet muestran que, en

la América hispánica, las procesiones del viernes

santo le impartieron una permanente actualidad

a los romances mediante la representación

alegórica de los personajes que figuran en ellos. También Beutler piensa que, aunque no haya tex- tos ni documentos probatorios, en Colombia como

en España, Cuba y otras antiguas colonias espa- ñolas en América, se cantaron romances de pa- sión en las procesiones religiosas de la semana santa.

sos cancioneros y que se cantaban con guitarra en alguna ceremonia familiar dentro de las fiestas del carnaval:

Yo soy Catalino Llanos un hombre de mucha fe soy el que pinta la huella antes de poner el pie. (Fuenmayor, 1985: 18)

Y menciona los versos del romance Los doce pa- res de Francia, utilizados como parte de una cere- monia de carnaval:

Soy la puente de Mantible,

y los brazos de Monroy,

los siete infantes de Lara

y lo que te digo soy.

¡De un San Agustín la pluma, de un Carlos Quinto el poder, de un rey David la fortuna, de un Salomón el saber! (Restrepo, 1971: 26)

En trabajos previos he analizado la presencia de versos en los diferentes festejos, que sirven para realzar su colorido y se nutren de la tradición his-

pánica, de uso colectivo en la región (Posada, 1999:

187-200). Igualmente, se ha mostrado el apoyo cru- zado de fiestas y versos porque los rituales festivos ayudan a la preserva- ción de los textos de la oralidad y, a su vez, los versos son parte im- portante de la fuerza

de las fiestas. Por esto,

puede decirse que no hay fiestas sin versos

y tampoco versos por

fuera de las festivida- des (Posada, 1999).

Este rápido balance sobre la presencia re- elaborada de las tradiciones en verso en el Caribe colombiano, puede ser alentador. A pesar de la cons- tancia de los rituales que se pierden, todavía pode- mos hablar de una poesía oral que sigue viva y pre- sente para el grupo. El carnaval de Barranquilla, por ejemplo, ha man- tenido vigentes los textos que nutren la fiesta. Aquí se conser- van los versos, los can- tos y las letanías que cada año reelaboran la tradición y ayudan a fortalecerla.

Pero, en el punto referido a la huella de los romances, casi todo está por hacer. Existen estudios vas- tos y rigurosos sobre el romance español y su

permanencia en Co- lombia, pero hace falta mostrar su presencia trans-

formada en el mundo de hoy. Los estudios de G. Beutler se detuvieron en la riqueza de las varian- tes encontradas en Ciénaga, Santa Marta, Barran-

varian- tes encontradas en Ciénaga, Santa Marta, Barran- Ilustración de Lucho Vásquez (especial para Huellas ,

Ilustración de Lucho Vásquez (especial para Huellas, lapiz/computador, 2004)

La fiesta del carna- val de Barranquilla, como las celebracio- nes de otros carnava- les de los poblados ribereños, anteriores

a ésta, incluyeron versos de la tradición popular en

los diferentes rituales. José Félix Fuenmayor trae, para el caso de Barranquilla, algunos versos que se reencuentran como versos de tradición en diver-

quilla y algunas zonas del viejo departamento de Bolívar, pero será necesario confrontar muchas partes de esta colección realizada en 1962, con el estado actual de estas tradiciones.

De manera que esta reflexión es una invitación a los académicos para emprender organizadamente la etapa que falta. En el sur de Colombia, en las zonas negras de la Costa Pacífica, se realizaron tra- bajos de campo, apoyados por el Instituto Caro y Cuervo, entre 1984 y 1986. Pero en la Costa Atlán- tica no se ha cumplido esta segunda etapa que dé cuenta del estado actual de las versiones, recogi- das cuarenta años atrás. Los cambios sociales, eco- nómicos y políticos de esta región, en el transcurso de estas cuatro décadas, ameritan la confrontación.

¿Desaparece la tradición? ¿O los viejos textos de antaño se quedan viviendo, transformados en la canción y en los versos de hoy? Ésta podría ser la conclusión que nos llega cuando escuchamos la reciente versión de un canto de carnaval, popula- rizada por el Checo Acosta, que tiene, hasta en la forma del lenguaje, la vieja factura de los textos del pasado:

Yo vide el tigre yo no lo vi. Yo vide el tigre yo no lo vi. Ese tigre está encerrado y lo tienen que soltar.

BIBLIOGRAFÍA

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Fenómenos artísticos discursivos en la novela La tejedora de coronas

Adriana Lozano Z.*

Para iniciar con el análisis de cómo funcionan las relaciones estructurales discursivas a partir de la palabra ajena 1 o lo que es lo mismo cómo y con qué intencionalidad u orientación dialógica inter- actúan los discursos en la novela La tejedora de coronas de Germán Espinosa, se establecerán, en un primer momento, algunas precisiones teórico- metodológicas en forma general.

El punto de partida para el análisis sobre la intencionalidad u orientación dialógica que aso- man tras los enunciados y las formas del lenguaje en la novela La tejedora de coronas, serán las teo- rías de Mijaíl Bajtín, y en la parte final de este en- sayo se retomarán algunas reflexiones que desa- rrolla Michel Foucault desde Nietzsche sobre el co- nocimiento. Partiendo de estos dos autores (Bajtín- Foucault), se intentará señalar posibles analogías entre las diferentes orientaciones del discurso in- ternamente dialogizado con la manera como se lle- ga al conocimiento sobre algo.

Desde el corpus teórico batjiniano, la palabra (no en un sentido lingüístico estricto) constitutiva del lenguaje, debe percibirse en una doble orien- tación: palabra bivocal “que se origina inelu- diblemente en las condiciones de la comunicación dialógica.” 2 Toda forma de comunicación humana, sea ésta cotidiana, oficial, literaria, científica, vie- ne a estar determinada por las posibles relacio-

*Licenciada en Literatura e Idiomas, Universidad Santiago de Cali; magíster en Literatura Latinoamericana y Colom- biana, Universidad del Valle. Docente de la Universidad del Norte.

Huellas 69 y 70. Uninorte. Barranquilla

18 pp. 18-26. 12/MMIII-04/MMIV. ISSN 0120-2537

nes dialógicas que se establecen en los enuncia- dos de varios o de un solo sujeto desde el cual cada uno encarna posiciones ideológicas dialécticas de “confrontación-asentimiento, afirmación-comple- mento, pregunta - respuestas establecidas, desde luego, no entre palabras, oraciones u otro elemen- tos de un solo enunciado, sino entre enunciados enteros.” 3

Es por ello que, inevitablemente, en todo enun- ciado o discurso se expresan netamente relacio- nes dialógicas en cuanto que al interior de cada uno encontramos posiciones de sentido respecto a otro enunciado o discurso ajeno. De esta mane- ra se logra configurar un diálogo que está siendo penetrado por “la realidad dialógica” que sólo es po- sible dentro del enunciado que se reconoce y a la vez reacciona frente al otro, ya sea para asentir, criticar, reflexionar o entrar en oposición. En este diálogo de voces propio de la prosa artística —nos dice Bajtín— se introduce el plurilingüismo. Al res- pecto, Luis Beltrán —apoyado en la concepción dialógica de la novela de Bajtín y de Voloshinov— enmarca sus reflexiones sobre el discurso narra- tivo (la novela) como el género en el que el escri- tor se apropia ya sea explicita e implícitamente del conjunto de palabras ajenas, y “la esencia del discurso narrativo apunta a presentar un entra- mado de voces.” 4

Dentro de las relaciones dialógicas existen o se manifiestan especificidades concretas en las diferentes formas discursivas, constituyéndose lo

que Bajtín denomi- na como fenóme- nos artísticos dis- cursivos que —co- mo se enunció des- de un comienzo— asoman tras los enunciados y las formas del lengua-

asoman tras los enunciados y las formas del lengua- Óleo de Anne Sexton (tomado de Quimera

Óleo de Anne Sexton

(tomado de Quimera N° 137).

ciones posibles con respecto al enun- ciado. 6 Estos fenó- menos discursivos son: estilizaciones, parodia, diálogo, po- lémica y relato oral (skaz).

je, refractando la pluralidad de voces en actos comunicativos espe- cíficos.

Hecha algunas aproximaciones someras sobre las relaciones dialógicas presentes en los discur- sos narrativos, se propone, entonces, pasar al aná- lisis de cómo operan o se registran los fenómenos artísticos discursivos en la novela de Germán Es- pinosa. Se debe considerar de gran importancia abordar el estudio de los discursos o enunciados desde la perspectiva del análisis del discurso de Mijaíl Bajtín para la comprensión de la prosa lite- raria en tanto que ilumina y examina la plurali- dad esencial de las conciencias enfrentadas como plenas construcciones ideológicas en el imago mundi (construcción de un mundo ficcional en la novela). Este estudio, que exige una lectura cui- dadosa y aplicada sobre el discurso, establecido me- diante relaciones dialógicas como elemento es- tructurante del corpus narrativo-ficcional, se ale- ja irremediablemente del contexto reduccionista de la lingüística y, por ende, del enfoque imperso- nal del material lingüístico y de criterios comu- nes donde se indaga el contenido de la novela como una totalidad sistemática y monológica, menos- preciando la pluralidad de conciencias autónomas claramente diferenciadas.

Bajtín crea una clasificación de los discursos en donde establece tres tipologías discursivas con sus variantes co- rrespondientes. Cada una de estas formas discur- sivas será trabajada en su clasificación, ejempli- ficando pasajes de La tejedora de coronas que se adecuan a cada una de las tipologías enumeradas. Los fenómenos artísticos discursivos son varian- tes discursivas que se insertan en los discursos del tercer tipo. Por supuesto que esta clasificación de los discursos que propone Bajtín y —como el propio autor lo dice— está lejos “de agotar las posi- bles manifestaciones de la palabra bivocal y, en general, de todas las orientaciones probables con respecto a la palabra ajena.” 7

El análisis, por tanto, se realizará sobre la base de la clasificación de los tres tipos de discursos, y de manera más detenida sobre el tercer discurso, el cual viene a contener las variantes discursivas propias de los fenómenos artísticos discursivos: es- tilización, parodia y polémica. Se deja por fuera, en- tonces, dos fenómenos artísticos: el skaz y el diálo- go oculto. Este último se descarta inicialmente por- que puede presentar grandes analogías con la po- lémica, y en la mayoría de los casos citados los enunciados pueden sonar como polémica oculta o como un diálogo oculto. 8

Los llamados fenómenos artísticos discursivos vienen a representar cada uno niveles y direccio- nes de intencionalidad que se encuentran poten- cialmente en la palabra bivocal —“palabra que se origina ineludiblemente en las condiciones de la comunicación dialógica” 5 confrontando ideologías contrarias y que, por tanto, en ese encuentro de voces, en definitiva, se logran expresar orienta-

Primer discurso:

DISCURSO DIRECTO E INMEDIATO

[El discurso directo e inmediato es el],“Discurso orientado directamente hacia su objeto en tanto que expresión de la última instancia interpretativa del hablante.” Bajtín 9

Este discurso, según Mijaíl Bajtín, se orienta hacia una comprensión temática que comunica o representa en forma objetiva e inmediata un re- ferente. Aquí aparece la palabra del autor que vie- ne a configurarse como “última instancia de sen- tido”. La última instancia de sentido alude a “una comprensión puramente temática”, y en el campo literario el autor de una novela sustituye o muda su voz en las voces de los personajes de la novela, de ahí que Bajtín afirme que: “la ultima instancia de sentido —la intención del autor— no se realiza en su palabra directa sino mediante las palabras ajenas, creadas y distribuidas de una manera de- terminada”. 10

Ya entrando propiamente al análisis respecto a los discursos en la novela La tejedora de coronas, encontramos a lo largo del discurso narrativo un trenzado simultáneo de dos discursos —dos esti- los discursivos superpuestos— en la voz de la na- rradora-protagonista, Genoveva Alcocer, en donde, por una parte, se anima una conciencia de enso- ñación recreada en un discurso de lirismo que co- bra vuelo cuando se abandona a ensoñaciones lí- ricas, a la intimidad de sus sueños y a la fuerza de sus premoniciones. Y, por otro lado, animado por una conciencia lógica-analítica un discurso his- tórico filosófico, científico, literario, imbricados todos dentro de una amplia y detallada documen- tación. Estas construcciones discursivas de gran movilidad temática en el relato de la narradora, permiten que la voz de Genoveva Alcocer se des- place desde un asunto interno de su conciencia (creencias, vigilias, sueños, anhelos) a otro objeto narrativo de temáticas o categorías científicas, fi- losóficas o históricas. El desplazamiento a un tópi- co temático determinado, hace que se logre iden- tificar un enunciado directo-objetivo orientado te- máticamente en tanto última instancia del senti- do del autor. A través de los diecinueve capítulos que componen la novela de Germán Espinosa, se logran estructurar discursos directos e inmedia- tos que aluden a ricas referencias en las áreas de literatura, astronomía, teología, filosofía e histo- ria. Sin embargo, se puede decir que los discursos directos e inmediatos llegan en algunos momen- tos a sobrepasar su límite de orientación puramen- te temática, confiriéndole otro matiz al enunciado y disminuyendo su orientación original. A su vez, se puede observar que en la medida en que dismi- nuye respectivamente la orientación inicial de un enunciado, aparece o se manifiesta otra nueva orientación. Veamos el siguiente registro:

En nuestra América Española, el colonizador ha- bía llegado a mezclarse con el aborigen, para dar nacimiento a una raza mestiza que, en el futuro, unificaría seguramente los ideales de ambas ver- tientes. 11

En la cita anterior se puede decir que el enun- ciado se elabora desde una orientación objetual directa (orientación temática), pero esa orienta- ción objetual directa existe hasta donde se encuen- tra la palabra mestiza; a partir de ese momento el enunciado empieza a ubicarse en otro tipo de dis- curso. El enunciado subordinado “que, en el futuro, ”

ya no se orienta hacia

una comprensión meramente objetiva, sino que en el enunciado se expresa una concepción indi- vidualmente caracterizada, de una personaje que se va definiendo ideológicamente en su modo par- ticular y crítico de ver y representar el mundo. En la voz narradora de Genoveva empieza ya a percibirse un indicio intencional de la palabra aje- na, palabra en tanto que expresión de un peculiar punto de vista.

unificaría seguramente

En este primer tipo de discurso la palabra o enunciado posee una única orientación: palabra que se orienta hacia el objeto del discurso. Como alegato se puede decir que aunque en la novela La tejedora de coronas existen enunciados temáticos que se expresan ampliamente en la voz de Geno- veva, se percibe una fuerte movilidad semántica en el interior de estos enunciados que hace que penetren otras orientaciones (con claros indicios de intencionalidad de la palabra ajena), y que, ine- vitablemente, se incursione en el tercer tipo de discurso que permite dilucidar los fenómenos ar-

y que, ine- vitablemente, se incursione en el tercer tipo de discurso que permite dilucidar los

Escher

tísticos discursivos. Al respecto de estos fenómenos Mijaíl Bajtín dice:

La palabra orientada hacia su objeto entra en ese medio agitado y tenso desde el punto de vista dialógico de las palabras, de las valoraciones y de los acentos ajenos: se entrelaza en complejas relaciones, se une a algunos, rechaza a otros o se entrecruza con los demás: todo esto modela sustancialmente la palabra. 12

La realidad de la palabra es entrar en ese intercambio plural de voces, ha- ciéndose imprescindible, en el inter- cambio de diálogos, una práctica viva de comunicación entre los participantes:

Un real proceso de escucha y respues- ta. Un verdadero descubrimiento de la conciencia de la palabra.

semántica del discursivo del personaje Genoveva, caracterizando lo particular de ese discurso (la pa- labra en sí) por considerarlo enormemente limita- do, no se procederá a estudiar registros que tipifiquen este ángulo de estudio, sino más bien, como se ha expresado antes, penetrar las posibles relaciones dialógicas que se establecen con los otros discursos (la palabra ajena).

Se trata, entonces, de comprender y explicar las orientaciones posibles de los enun- ciados en la novela La tejedora de coro- nas, dentro del tercer tipo específico de discurso, ya que en esta tipología dis- cursiva está comprometida la categoría conceptual de lo dialógico. En este ter- cer tipo de discurso el lenguaje es, esen- cialmente, bivocal. En el espacio de lo dialógico —nos dice Iris M. Zavala— es donde el “yo” se comunica en una amalgama de voces que provienen de contextos sociales y orí- genes diversos y —agrega— que somos “nosotros”, nunca el “yo” individual autónomo. 14

nunca el “yo” individual autónomo. 1 4 Segundo discurso : D ISCURSO OBJETIVADO DE LOS PERSONAJES

Segundo discurso:

DISCURSO OBJETIVADO DE LOS PERSONAJES

Este tipo de discurso —según Bajtín— tiene, al igual que el primero, un significado temático in- mediato, y relaciona, además, tanto el punto de vista de su objeto como el personaje objeto de una orientación. Va surgiendo la palabra del personaje como palabra ajena, en tanto percibida como dis- curso elaborado del objeto de la intención del au- tor, y no desde el punto de vista de su propia orien- tación temática. 13 Se trata pues, en este segundo tipo de discurso, de caracterizar, por un lado, una unidad discursiva que esté orientada hacia una comprensión temática y, por otro lado, caracteri- zar otra unidad discursiva que permita definir ras- gos tipificados del personaje, y que empiece a exis- tir, en esta última unidad, la presencia de inten- cionalidad del autor para ir configurando la pala- bra ajena del personaje.

Lo anterior significa que si se logra hallar re- gistros de este segundo tipo de discursos en la no- vela de Germán Espinosa, la palabra del personaje Genoveva se construye como objeto de la inten- ción del autor que permite ir caracterizando o tipificando al personaje, a través de la estructura discursiva y semántica del enunciado, donde se evidencian rasgos y tendencias principales al in- terior del discurso, y no como orientación hacia el otro (palabra ajena).

Por tanto, como no es tarea ni propósito de este análisis adentrarse en la estructura discursiva y

Tercer discurso:

DISCURSO ORIENTADO HACIA EL DISCURSO AJENO. PALABRA BIVOCAL DE UNA SOLA ORIENTACIÓN

1. Estilización

El relato del narrador es análogo a la estilización en tanto que sustitución estructural dela palabra del autor

15

La estilización incluida en los discursos de tercer tipo, logra fusionar dos voces (autor-personaje) ha- cia un mismo objeto en una suerte de “correspon- dencia de sentidos como puntos de vista que se encuentran reafirmándose recíprocamente”. La presencia del autor dentro de su obra —según Bajtín— es detectada ya sea en la visión de mun- do, en una opinión, en una atmósfera, en una pers- pectiva.

En La tejedora de coronas, Genoveva Alcocer ex- presa abiertamente, en un soliloquio largo y pro- fundo, un discurso autorreflexivo que domina todo el relato, imprimiéndole a éste un fuerte conteni- do expresivo. Dentro de ese macrodiscurso del per- sonaje-narradora, se puede decir que se desarro- lla en una doble vía, constituido por dos fuerzas en pugna: por un lado, un discurso que se orienta te- mática y axiológicamente a la libertad de pensa- miento del ser humano (simbolizado por la maso-

nería), al saber como representación del en- torno cultural francés (la Ilustración), a la ex-

nería), al saber como representación del en- torno cultural francés (la Ilustración), a la ex- periencia del cuerpo placentero. Y por el otro, la orientación de enunciados que reac- cionan entrañable- mente hacia el irracio- nal saqueo de las colo- nias americanas, a las fuerzas opresoras de la inquisición —discurso clerical culpabilizador de los placeres, de las fuerzas liberadoras de la vida— cuyo símbolo está representado por la bestia negra que deviene en ignorancia, oscuri- dad, corrupción, esclavitud. Al respecto, se citan los siguientes registros:

sería mejor llevar camisola al meterme en la bañe-

ra, pues ir desnuda era un reto al Señor y un rayo

podía muy bien partir en dos la casa”. (p. 9)

su único sueño era hacerse hombre de ciencia

a cualquier costa, ambición casi imposible en esta

ciudad iletrada pero jactanciosa, donde su padre había tenido que hacerse comerciante y donde la inquisición campeaba como una inmensa sombra

y donde el diablo parecía retozar en cada rincón. (p. 13)

] [

El discurso que tematiza sobre asuntos relacio- nados con la masonería (orientado a acabar con el oscurantismo y destruir las tinieblas), la ilustra- ción, el amor cósmico y el placer erótico, se orien- tan en sentido positivo. En el discurso de Genoveva se percibe “el otro discurso” —el del autor— con- frontándose internamente y obligándose a una re- lación semántica nueva (valoración de juicios po- sitivos). “Al penetrar en la palabra ajena (voz de Genoveva) y al alojarse en ella, el pensamiento del autor —nos dice Bajtín— no entra en conflicto con dicha palabra, sino que la sigue en su misma dirección y tan sólo la hace convencional.” 16

] [

pero que paulatinamente se fue imponiendo a

mi inteligencia, porque tenía la virtud, rara aún en

los más avanzados sistemas filosóficos o científi- cos, de no dejar nada sin explicación y de suponer

a la postre no sólo un absoluto equilibrio cósmico,

a la postre no sólo un absoluto equilibrio cósmico, Cess. Tomada de Metáfora N° 11, 1997.

Cess. Tomada de Metáfora N° 11, 1997.

sino un altísimo senti- do de la justicia [ ] pues su divulgación no traería, a estas alturas de la historia humana beneficio alguno a la sociedad, no prepara- da para asimilarla [ ] (p. 141)

Se observa que el autor le confiere a la voz de Genoveva (pala- bra ajena) una nueva orientación semánti- ca en tanto que sirve a propósitos e inten-

cionalidades distintas del significado inicial directo (discurso directo e inmediato). En este dis- curso de estilización se destruye el contexto mo- nológico, en la medida en que la identificación apreciativa de los dos discursos (el discurso del autor y el de Genoveva) aporta un sentido radical- mente opuesto a la mayoría de discursos que pro- liferan en la novela en forma de discurso referido, lo que significa que es a través de Genoveva que el autor presenta los registros enunciativos de los demás personajes.

En este discurso (de una sola orientación) no aparecen voces opositoras y, por tanto, todo enun- ciado con orientaciones opuestas queda reducido al silencio. Pero en principio, empieza a percibirse “una mirada de reojo lanzada hacia el otro.”

2. Parodia. Palabra bivocal de orientación múltiple

En ambos fenómenos artísticos discursivos (estili- zación y parodia), empieza a desenmascararse la voz hegemónica —y a recobrarse otras voces des- de lugares ideológicos diferentes. Indudablemen- te, hay en el fondo de estos dos fenómenos artísti- cos entrecruzamientos de conciencias —o dicho de otro modo— huellas verbales de voces oposito- ras, relaciones dialógicas que orientan los enun- ciados hacia dos núcleos: hacia el destinatario — oyente o receptor— y hacia el tema del enunciado subvirtiendo la solemnidad del discurso monológico (unidireccional).

En el discurso parodiado, Germán Espinosa ha- bla a través de Genoveva, pero a diferencia del dis-

curso estilizado, se introduce, en forma más evi- dente, una orientación dialógica interna hacia el otro. Según Bajtín, en el discurso de la parodia no existe lo que se podría llamar réplica profunda de la palabra ajena. No hay dialogismo intenso, por lo que se evidencia, en esa confrontación de dos vo- ces, una subestimación de la orientación hacia la palabra ajena. Sin embargo, como se sabe, prima “una orientación de sentido opuesto a la orienta- ción ajena. Presupone, entonces, lo anterior la existencia de puntos de vista y valoraciones que se contraponen con hostilidad.

En la novela La tejedora de coronas son muchos los pasajes donde existe una orientación paródica hacia ideologías contrarias, representadas la ma- yoría de veces por el discurso monológico clerical de la santa inquisición. Encontramos, frecuentemen- te, en la voz de Genoveva, un tono burlesco cuan- do sugiere ver a personajes como fray Juan Félix de Villegas, fray Miguel Echarry, fray Tomás de la Anunciación, Julio César de Ayala y todo posible in- terlocutor ausente o presente que aparece bajo la nominación genérica de inquisidores. Estos perso- najes, que entronizan la palabra ajena como pala- bra sancionadora, punitiva, son mostrados en una especie de escenario de comedia, tipificando sus rasgos y actitudes con tintes grotescos y revelan- do sus intereses en decadencia.

] [

así que déjese de preguntar más pachotadas,

ya sé que la anónima denunciante, a quien bien me conozco, informó que mi casa atraía los rayos y centellas del cielo, y que ustedes han encontra-

do allí, sobre el tejado, un artefacto diabólico [ ] pero no diré más, métanse ese artilugio de satanklin por sus fondillos sacrosantos, si eso les

complace, y sanseacabó [

] (p. 560)

El discurso de Genoveva al momento de tipifi- car los rasgos de los representantes de toda la cáfila de la inquisición, cuya conciencia está invadida de los dictámenes de la ideología religiosa cristia- na, llega también a desenmascarar lo absurdo y anacrónico de sus acciones a través de diferentes tipos de acentos: mofa, risa, ironía e indignación.

¿Cómo se construyen en últimas esos perso- najes a los que Genoveva dirige su discurso paro- diado? Se puede decir que las voces de estos interlocutores aparecen subordinadas al discurso de Genoveva. El discurso del destinatario de la san- ta inquisición es subsumido paródicamente por el discurso del personaje central. En ese sentido, la

construcción de personajes como fray Félix, se posiciona dentro de la trama novelada como per- sonajes de cierta intrascendencia, en tanto que siempre estarán colocados en un segundo plano (juicios valorativos negativos) con respecto a la mi- rada y a la voz de Genoveva.

Genoveva señala su miseria moral, sometien- do a estos personajes a un proceso de acercamiento y alejamiento simultáneo. Acercamiento en tanto que se logra observar su lucha interior, las viven- cias que tratan de ocultar al exterior y alejamien- to, porque se sirve de este fenómeno para degra- dar a los personajes, para exponer sus íntimas miserias salpicadas de ironía, deploración y risa.

3. Polémica interna oculta

En la polémica oculta, la palabra del autor está orientada hacia su objeto, como cualquier otra pa- labra, pero cada aserción acerca de su objeto se estructura de la manera que permite, aparte de su significado temático, acometer polémicamente en contra de la palabra ajena con un mismo tema, en contra de una aserción ajena acerca de un mismo objeto. 17

En el estilo novelesco que Germán Espinosa pro- pone en La tejedora de coronas, la orientación de enunciados se reviste de la palabra polemizada. A partir del encuentro de voces —el yo y el otro— se confrontan ideologías contrarias. Como ya se ha explicado —al interior del discurso parodiado— la voz ajena o, lo que es lo mismo, la voz contraria o la contrapalabra que deviene del santo oficio es rechazada por la voz de Genoveva, quien se procu- ra una visión más libre de dos temas prohibitorios del santo oficio: la sexualidad y el conocimiento.

A lo largo de toda la obra se pueden delimitar estos dos referentes temáticos: la sexualidad y el conocimiento. Y es, precisamente, a partir de es- tas dos orientaciones temáticas que Genoveva inicia sus reflexiones y cuestionamientos, entran- do en diálogo crítico con la ideología del santo ofi- cio que representa la esclavitud física y mental de los pueblos y, en particular, del pueblo cartagenero, que está sumido en una sarta de superchería y presagios extravagantes con afectaciones santurronas.

Genoveva se introduce en el mundo de la cien- cia; las barreras América-Europa se rompen y en- tran en diálogo, inicialmente con subordinación

de lo “indiano” frente a lo “euro- peo”. En este diálogo de cultu- ras, Genoveva va construyendo una conciencia crítica con res- pecto a otros discursos. Discur- sos que hablan desde ideologías antagónicas: el santo tribunal del santo oficio de la inquisición de Cartagena.

Tomada de Nueva Metáfora N° 1, 1999.
Tomada de Nueva Metáfora N° 1, 1999.

personaje narrador central, de tal manera que el fenómeno co- municativo se escucha, en la hilvanación de su relato y desde una celda condenada a muerte por el santo tribunal, como for- ma dialógica de polémica interna.

] [

pero a ti, Bernabé te debo la

verdad, y es que en mi logia de la plaza de los jagüeyes jamás se in- vocó a Satanás, ni cabalgamos, como creen el fiscal fray Juan Félix de Villegas y el torturado don Ju-

lio César de Ayala, sobre diablitos encarnados en cerdos, sino que tratamos de di- fundir la luz de la ilustración, la luz que la gran logia me ha ordenado irradiar sobre América [ ] (p. 481)

En el macrodiscurso autobio- gráfico de Genoveva Alcocer, la manera como se desarrolla el diálogo con los representantes

del santo oficio se da a través de la polémica interna. Genoveva se enfrenta con la palabra ajena del clero a través de un discur- so en el que predomina el pensamiento de la ilus- tración.

El discurso autobiográfico de Genoveva Alcocer (una anciana cartagenera que comparece ante el tribunal del santo oficio de la inquisición de Cartagena acusada de brujería), se estructura como forma discursiva confesional: en la confe- sión se configuran dos conciencias que se super- ponen: la del yo y el ideal represivo. Se puede decir que, si bien en el discurso confesionario se busca que el condenado se autocondene reproduciendo en sus enunciados la imagen que de sí mismo se le ha ofrecido, aceptando la expiación o castigo que se le ha impuesto, como condición para su supuesta redención, en el caso de Genoveva se subvierte en su totalidad la orientación inicial de la forma canónica del discurso confesional. Por tanto, la confesión de Genoveva está muy lejos de darle la razón a ese yo ideal represivo encarnado en el su- jeto represor (inquisidor).

El discurso de Genoveva está lleno de réplicas desautorizantes contra ese destinatario genérico de la santa inquisición que entroniza un poder cri- minal y excluyente. La voz de Genoveva reacciona entrañablemente hacia las otras voces o palabras ajenas, de forma que contesta atacándolas direc- tamente. Esta voz de Genoveva surge cuando el destinatario de su discurso regenta el discurso monológico de la iglesia.

Pero también, al interior del discurso de Genoveva, se formula la valoración de su persona por los otros. Genoveva interrumpe sus palabras con las replicas ajenas imaginadas. Todas las vo- ces opositoras aparecen subordinadas a la voz del

LENGUAJE-PENSAMIENTO

Quiza Foucault en la lectura que hace de Nietzsche sobre el conocimiento (en La verdad y las formas jurídicas sobre el conocimiento), ayude a Iluminar la relación entre discurso y conocimiento. Se sabe que el corpus bajtinano se inscribe dentro de la relación de enunciado y sociedad. Enunciado en tanto características discursivas propias de un sujeto (en la narrativa esos sujetos enunciadores son los personajes). En una cita que da a conocer Foucault de Nietzsche, el filósofo alemán dice: “Sólo comprendemos porque hay como fondo del compren- der el juego y la lucha de tres instintos o pasiones:

reír, deplorar y detestar”. 18 Se impone, entonces la tarea de dialogar a partir de la cita anterior desde dos presupuestos teóricos: Bajtín-Nietzsche.

Regresando a La tejedora de coronas, la protago- nista Genoveva es un personaje de ficción cuyas motivaciones profundas son el saber y la constitu- ción de un mundo mejor.

no pensó ni por un instante que iba a

dejar sola en el mundo a una hermana que debe- ría enfrentar la vida sin otras armas que un vago

Ciprano [

]

ideal altruista o intelectualista inculcado por Fe-

derico [

]

(p. 331)

] [

Quizá los más capaces de amar seamos los

más débiles, pero yo al cabo de tanto tiempo, he desistido de juzgarme débil, porque al fin y al cabo trascendí mi condición de huérfana solitaria y me jugué la vida junto a los mejores del mundo, creo

 

que nadie podrá reprocharme una sola deslealtad, pues por amor a mis principios estoy ahora donde estoy, que no es propiamente en el seno de Abrahán. (p. 160)

se desea comprender y aprehender no hay distan- ciamiento. Significa lo anterior que debe haber una voluntad de alejamiento de la persona que per- mita destruir toda relación, de acercamiento, de

Genoveva propende —desde temprana edad— por una relación dialógica con el conocimiento. La forma como se realiza ese intercambio de saberes

adecuación y de aprobación per se. “El conocimento sólo puede ser una violación de las cosas a cono- cer y no percepción, reconocimiento, identifica- ción de o con ellas.” 19

y

ese acercamiento hacia nuevas maneras de ver

y

representar el mundo la obligan a renunciar y a

El estudio que realiza Bajtín sobre las relacio-

revaluar valores canónicos, discursos legiti- madores (se burla de ellos, los agrede, los parodia) no sólo desde el campo religioso sino, incluso, des- de el discurso de la ciencia (la ciencias positivas).

nes dialógicas del discurso narrativo entra en opo- sición con el lenguaje monológico, que a su vez, se menoscaba por las voces y acentos polifónicos que surgen en el relato a través de las importan-

pues según él el universo guardaba muchos

secretos que la sola razón humana no podría tan fácilmente esclarecer, y para cuyo futuro discerni- miento sería necesaria otra guerra entre la Razón

y la Intuición, es decir, entre la ciencia y la filoso-

fía [

presentes circunstancias, a comienzos del siglo XVIII, así fuera transitoriamente, el partido de la Diosa Razón, y respondió que sólo en una forma exterior y convencional, pues en lo más íntimo de su ser, el hombre de pensamiento debería siem- pre preservar su independencia de las corrientes de la hora y remitirse muy exclusivamente a sus impulsos profundos, o sea, a su ética individual, única que podía salvarlo y abrirle los caminos de

un fidedigno conocimiento [

ante lo cual decidí preguntarle si, en las

] [

]

] p. 303

tes orientaciones que toma la palabra ajena: la iro- nía, la parodia y la polémica. Estas orientaciones de la palabra en el discurso literario revelan —al interior del acto comunicativo— un sistema de evaluaciones en lo social que nutre el pensamiento

y la palabra de los personajes, en tanto pensamien-

to y palabra se orientan desmitificados y contestatariamente hacia el lenguaje canónico. Obviamente, esta clase de personajes llegan a es- tar bien distantes de la manipulación grosera de un horizonte monológico y unitario. Se compren- de entonces, que las orientaciones señaladas de la palabra ajena, tienen una fundamental impor-

tancia en tanto discursos que polemizan, ironizan

y parodian las valoraciones y los puntos de vista

de las otras palabras ajenas. En conclusión, estas

orientaciones ponen de manifiesto una lucha o en- cuentro hostil de voces.

Es precisamente en el acto dialógico que el per- sonaje Genoveva se abre a nuevos saberes, de ahí que se pueda decir, en palabras de Iris M. Zavala, que la “dialogía es una forma cognoscitiva integradora que interroga las verdades únicas, la violencia, las totalizaciones, los autoritarismos. No rompen simplemente con las interpretaciones tra- dicionales y canónicas sino que las alteran total- mente.” Por tanto, el conocimiento deviene como resultado de la lucha y del combate visceral y racional. La palabra de Genoveva es palabra hostil sin concesiones de ningu- na clase, aun a sabiendas del peligro de muerte que corre regresando, después de muchos años a su tierra natal: Cartagena.

Para Nietzsche es, precisamente, en las rela- ciones de lucha y de poder —resultado del juego de estos tres instintos y pasiones: reír, deplorar y de- testar— que se asegura acercarse y aprehender la verdad. No puede, nos dice el filósofo alemán, ha- ber conocimiento si con respecto a ese objeto que

En el discurso autobiográfico de Genoveva, su voz acerca de la cultura, acerca de las institucio- nes religiosas, acerca, incluso de sí misma, es, profundamente, dialógica. El discurso esotérico, el de las ciencias ocultas, el de la ciencia, la litera- tura, la historia, la astronomía, el saber del pue- blo, articulados todos en la voz de Genoveva, se reestructuran en una tensa orientación po- lémica librada por la protagonista, revelando un tono de voz indignado, despectivo y obsti- nadamente desafiante. Genoveva Alcocer realiza su proceso de conocimiento distan- ciándose enérgicamente del discurso oficial y cuestionando con tonos de burla (risa), paródicos (deplora) y polémicos (detesta) la autori- dad eclesial.

Queda todavía mucha reflexión para compren- der la relación analógica —si la hubiese— entre el discurso dialógico narrativo y el conocimiento desde las concepciones (Bajtín, Nietzsche); de to-

hubiese— entre el discurso dialógico narrativo y el conocimiento desde las concepciones (Bajtín, Nietzsche); de to-

das formas, parece necesario seguir establecien- do ciertas analogías entre el discurso dialógico que Bajtín estudia, con el conocimiento a que se llega a partir del juego entre reír, deplorar y detestar pro- puesto en el corpus nietzschiano.

Finalmente, parece evidente, dentro de la línea de pensamiento apenas si esbozada en la parte fi- nal de este ensayo, que el acto comunicativo res- ponde a una búsqueda responsable con la Verdad, una “búsqueda responsable de conocimiento, en- tendida como responsabilidad ética de la praxis co- lectiva.”

Llegado a este punto, se puede decir que toda- vía queda mucho ejercicio de semiosis fina y aten- ta para continuar dilucidando posibles relaciones analógicas entre el discurso dialógico y la formas de cómo se llega a construir saber.

NOTAS

1 Se puede decir que la palabra ajena en Bajtín es una noción dinámica, en la cual se establecen relaciones entre enunciados; es decir, todo enunciado implica la posibili- dad de ser contestado desde algún lugar ideológico. Todo enunciado, en últimas, se encuentra en una situación comunicativa específica con otros enunciados ajenos o pa- labras ajenas, donde, a partir de ese fluir comunicativo que se genera, la palabra entra en relación con la ajena, ya sea para asentir, reformular, falsear o refractarse. De ahí que podamos decir que la palabra al estar en interrelación con otras palabras ajenas, siempre tendrá en cuenta las posibles apreciaciones y orientaciones de los enunciados ajenos. En palabras de Iris M. Zavala, la palabra ajena está llena de ecos de los enunciados de otros. 2 Sobre las relaciones dialógicas (escritas o habladas,) Bajtin expresa que pueden existir relaciones dialógicas no sólo entre enunciados ajenos, sino también al interior de un solo enunciado. (Un enunciado puede estar constituido en su estructura interna por varias voces. Remítase al aná- lisis que hace Bajtin en varios de los discursos de los per- sonajes de Dostoievski. En: Problemas de la poética de Dostoievski. Fondo de Cultura Económica: Bogotá, 1993.

3 Bajtin, Mijail M. Problemas de la poética de Dostoievski. Bogotá: Fondo de Cultura Económica, 1993, p. 263.

4 Según Luis Beltrán Almería (Palabras transparentes, 1992) el análisis de los enunciados en la novela debe orien- tarse en la misma perspectiva teórica de los trabajos desa- rrollados por Mijail Bajtin y Voloshinov, ya que aportan sólidas reflexiones sobre el lenguaje, propugnando por una verdadera interpretación dialéctica de los enunciados como prácticas efectivas de interacción social que dista enorme- mente de la concepción estructuralista actual de la novela.

5 Bajtin, op. cit. p. 258.

6 Para Bajtin existe, al interior de todo enunciado o discurso, una confrontación entre la palabra propia y la palabra ajena. Sin embargo, intentar diferenciar con sufi- ciente claridad conceptos como el de discurso y enunciado en Bajtín es casi imposible. Cito a Bajtín: “Las relaciones

lógicas y temático-semánticas, para ser dialógicas, [

de formar parte de otra esfera del ser, llegar a ser discurso, esto es enunciado.” Para Foulcault, la distinción entre dis- curso y enunciado queda bien establecida: el discurso como totalidad de sentido lo constituyen enunciados, que vie- nen a configurarse como eslabón-unidad en la cadena discursiva.

han

]

7 Cfr. op. cit. p. 277.

8 Según Luis Beltrán, siendo de gran importancia el diálogo en el discurso narrativo, como unidad compositiva, no ha merecido especial atención entre los estudios reali- zados en estas disciplinas.

9 Bajtin, op. cit. p. 262.

10 Ídem.

11 Espinosa, Germán. La tejedora de coronas. Bogotá: Al- faguara, 1982, p. 308.

12 Bajtin, Mijail M. Teoría y estética de la novela. Trad. Helena Kriukova y Vicente Cazcarra. Madrid: Taurus, 1989, p. 94.

13 Bajtin. Problemas de la poética de Dostoievski, p. 261.

14 Zavala, Iris M. La posmodernidad y Mijail Bajtin. Una poética dialógica. España: Espasa-Calpe, 1991, p. 58.

15 Ibíd., p. 265.

16 Para Bajtin la palabra se hace convencional cuando sirve a otros propósitos del significado inicial directo (univocal), confiriéndole a la palabra inicial una nueva orien- tación semántica. La palabra convencional es bivocal en tanto que en la palabra aparecen dos orientaciones de sen- tido: hacia el discurso temático y hacia la palabra ajena.

17 Ibíd., p. 273.

18 Foucault, Michel. La verdad y las formas jurídicas. Bar- celona: Gedisa, 1991, p. 26.

19 Ibíd., p. 24.

La desaparición de Isla Verde

UN DESASTRE ECOLÓGICO DEL SIGLO XX EN EL CARIBE COLOMBIANO

Helkin Alberto Núñez Cabarcas*

La protección de la bahía está en los depósitos de sedimentos entre Sabanilla e Isla Verde, los cua- les pueden ser considerados como un rompeolas hecho por la naturaleza con taludes de muy suave inclinación y que se apoya en la costa con una base de más de cinco kilóme-

tros entre Sabanilla y Punta Nisperal. J. Berger.

La condición natural que ofrecían estas costas de aluviones, ayudó a fortalecer el calado y buen funcionamiento de un puerto marítimo que tenía como escenario el legendario muelle de Puerto Co-

lombia, a través del cual, a partir de 1888, el mun- do logró entrar a este país

sin ninguna restricción, siendo puerto obligado de grandes transacciones co- merciales y marítimas.

de grandes transacciones co- merciales y marítimas. Isla Verde en la bahía de Sabanilla. Dentro del

Isla Verde en la bahía de Sabanilla.

Dentro del proceso degenerativo al que se ve sometido constan- temente nuestro entorno natu- ral y geográfico, debido a las mo- dificaciones que efectúa el in- dividuo en su interacción con la naturaleza, existen algunas cir- cunstancias que justifican las diversas transformaciones que el ecosistema ha soportado por la acción del mismo hombre.

¿QUÉ ERA ISLA VERDE?

Isla Verde era un brazo pe- ninsular que protegió por muchos años la bahía de Sabanilla, cuyas orillas costeras localizadas entre Salgar y Puerto Colombia eran las más plácidas y tranquilas de la Costa Nor- te colombiana. Esta faja costera era reforzada perió- dicamente por las conti- nuas corrientes marinas que depositaban gran par- te de la sedimentación del

río Magdalena, pero por tra- bajos ejecutados a mediados de 1923 en adelanto de los intentos de apertura de Bocas de Ceniza, se recomendó para su habilitación la ejecución de unos tajamares a lado y lado del cauce del impor- tante río. De esta manera, la isla fue desapare- ciendo lentamente del litoral Caribe. Su desinte- gración definitiva fue precipitada por perforacio- nes petrolíferas realizadas entre los años 1947-48.

Uno de los episodios más fe- hacientes relacionado con di- chas modificaciones en Colom- bia, que tuvo como marco una parte de nuestra Costa Caribe, entre 1945-1960, fue la desapa-

rición paulatina de una porción o faja de tierra que, en forma de tajamar natural, se encontraba localizada en la denominada bahía de Sabanilla, muy próxima a Barranquilla, capital del

departamento del Atlántico.

*Nacido en Puerto Colombia, 1964. Licenciado en Edu- cación con énfasis en Ciencias Sociales y Económicas, y Técnico en conservación preventiva de documentos, actual- mente es funcionario del Archivo Histórico del Atlántico.

Huellas 69 y 70. Uninorte. Barranquilla pp. 27-33. 12/MMIII-04/MMIV. ISSN 0120-2537

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Arr.: Plano del canal de la Piña. Ab.: Sedimentación en la bahía de Puerto Colombia.
Arr.: Plano del canal de la Piña. Ab.: Sedimentación en la bahía de Puerto Colombia.

Arr.: Plano del canal de la Piña. Ab.: Sedimentación en la bahía de Puerto Colombia.

Esta faja de tierra denominada Isla Verde, es- taba acompañada de varias porciones de tierra anexas y comunicadas entre sí por una serie de canales y bancos areniscos, los cuales sirvieron por muchos lustros como medios de comunicación con el río Magdalena. Entre éstas encontramos Isla Sabanilla, Punta Belillo, Isla del Medio e Isla Car- pintero; estas formaciones aluviales conformarían con el transcurrir del tiempo un rompeolas natural que serviría más tarde para mantener un calado estable en el puerto marítimo de Puerto Colombia, localizado en la bahía de Sabanilla, y habilitar tam- bién una de las mejores playas de este litoral.

Esta parte occidental déltica del río Magdalena tenía una serie de brazos y bocas que servían de comunicación obligada, por ser éstos unos canales o brazos muy caudalosos en diversas épocas del año. Se destacaban los brazos de la Culebra y Mayor del Río, y bocas tales como Grande (1780), de Ceniza (1827), y de Salan (1870). El canal de mayor impor- tancia era el de la Piña, que en época de creciente navegabilidad era esencial para el río y la ciudad de Barranquilla. Este canal fue tan importante que se consolidó una empresa para su administración denominada “Compañía del Canal de la Piña”. 1

GÉNESIS, FORMACIÓN Y ESTRUCTURA

Con el transcurrir de los años y dada la enorme cantidad de sedimento que acarreaba periódica- mente el río Magdalena, una vez depositado en el mar, este detritus era conducido a todo lo largo del litoral por acción de las corrientes marinas y la ayuda de los vientos de N-NE, durante algunos pe- ríodos del año.

Esta condición ayudó mucho a la acumulación periódica de tales sedimentos, que se consolida- ron con la ayuda de troncos y ramas de árboles desprendidos de las márgenes del río. Esto dio ori- gen a la formación de fajas angostas que, unidas entre sí, en forma sucesiva contribuyeron a la apa- rición de Isla Verde y otras estrechas lenguas de tierra en la parte occidental de Bocas de Ceniza.

Los indicios cartográficos de la zona descrita an- teriormente, fueron consignados en los primeros estudios de levantamiento que aparecieron a me- diados de 1595 en el mapa elaborado por Cornelius Wyttlet, donde identifica la zona en formación con el nombre de Ys d’Arenas. Este mapa fue trazado sin líneas de rumbo ni rosa de los vientos, por tra- tarse de una carta terrestre.

Para el año de 1633, el cartógrafo oficial holan- dés Hessel Gerritsz demarca en su muestra carto- gráfica una isla dentro de la desembocadura del río Magdalena, y la registra con el nombre de Ver- de. También ratifica las Ys d’Arenas. Caso contra- rio ocurrió en el año de 1701 con Herman Moll, cartógrafo británico que hizo por primera vez una impresión en Londres, e identificó esta zona con el nombre de I. Verte.

En 1787, Juan López en su mapa de la provin- cia de Cartagena, muestra que el río desaguaba en cuatro bocas, evidenciando que la formación

déltica se definía y establecía con características de asentamiento de tierras de aluviones.

En la Carta de Humbolt 2 se aprecia la forma- ción déltica y también el cegamiento de algunos canales de comunicación, lo que comprueba que las aguas del río Magdalena van al mar por dos canales, divididos por la Isla de los Gómez.

Finalmente, en el año de 1811 el sabio Fran- cisco José de Caldas, capitán de ingenieros cos- mógrafos del Estado y director del Observatorio As- tronómico de Santafé de Bogotá, elabora un mapa sobre la región déltica del río Magdalena y ratifica Isla Verde con sus anexidades.

Con la presencia, el 17 de enero de 1824, en la bahía de Sabanilla del derrotero “Fidelidad”, se lo- gra registrar su desplazamiento sobre las barras de la desembocadura del río Magdalena. Se levan- tó un mapa que muestra algunas islas en forma- ción y parte del litoral. Es importante resaltar las anotaciones hechas ahí relacionadas con Isla Ver- de, destacando que en su parte sudoeste existe un buen anclaje de siete brazas de agua llamado Puer- to Bella Isla, y además se afirma que hay pescados y ostras en abundancia; todo esta parte en el mapa está identificada como banco de ostras. 3

Por último, el ingeniero civil John May levanta un plano particular del canal de la Piña, que es copiado en Bogotá por Manuel Peña en 1853; allí se representa el área de la desembocadura del río Magdalena, las diversas ciénagas, pantanos, bra- zos, islas, zona de manglares, y los centros pobla- dos de Sabanilla, Barranquilla, La Playa y Camacho. 4

Es aquí, en este entorno, donde se intenta ha- bilitar un puerto alterno, denominado de Belillo, en el que los mismos efectos de las corrientes marinas levantan los primeros tramos de una lí- nea férrea que comunicaba con tierra firme, jus- tificando el argumento de Cisneros en cuanto a que el puerto en dicha zona no reunía las condi- ciones de perpetuidad para su explotación.

De ahí sigue un capítulo muy interesante refe- renciado en cumplirle al gobierno nacional, ya que desde la convención constituyente del Estado So- berano de Bolívar, con su ley 4 de mayo de 1865, nadie aseguraba un ferrocarril y mucho menos lí- neas férrea con muelle y puerto marítimo. El resto es de Cisneros.

con muelle y puerto marítimo. El resto es de Cisneros. Mapa de Tomás Cipriano de Mosquera

Mapa de Tomás Cipriano de Mosquera

TENENCIA DE LA TIERRA

Esta parte de la ribera occidental formaba “unos grandes playones que con el tiempo fueron identi- ficados con el nombre de Villalón y San Nicolás, y eran bañados por las aguas del río y abonados en grande escala por crecientes periódicas, se habían llenado de abundantísimos pastos naturales”. 5 Es- tas partes de tierras fueron adjudicadas por el rey de España para el uso común del vecindario y para el pasto y abrevadero del ganado, por intervención de don Juan Bautista Barimonde y Taboada. 6

El primer propietario del que se tiene noticia, fue don Lorenzo Téllez, quien era residente de la ciudad y vecino del sitio de San Nicolás de las Ba- rranquilla. 7 El terreno adjudicado a este señor com- prendía aproximadamente dos leguas de longitud, y de latitud aproximada de 16 a 20 varas.

Para esta época, tales islas eran manglares anegadizos con una grande ciénaga o laguna. 8 Este señor, en su petición entregada en Cartagena el día 16 de febrero de 1744, 9 aseguraba al auditor pagarle a su majestad la cuota requerida, ya que estas tierras eran las óptimas para el pastoreo de su ganado. 10 Años más tarde, esta posesión llega a manos de la señora Ana Güell de Núñez, y en el año de 1886 pasa a poder de su esposo el señor Joaquín Núñez García. 11

Ya para la primera década del siglo XX, se logra establecer la Estación Sanitaria del Puerto Marí- timo de Puerto Colombia sobre un terreno cuya área total era de 50.000 metros cuadrados. Las edi- ficaciones, que ocupaban solamente 15.320 me- tros cuadrados, cumplían con lo pactado en los es-

tudios de planos y edificaciones realizados por la Junta Central de Higiene y la Junta de Higiene del Atlántico.

En dicha área, donde se logró construir ocho edi- ficaciones, se instaló un semáforo para las comu- nicaciones con los buques que llegaban a la bahía, línea telefónica al resguardo de Puerto Colombia y un depósito de agua con sus filtros y bombas; tam- bién disponían de una buena planta eléctrica para el alumbrado de todas las dependencias. 12

Gaspard Theodore Mollien en su viaje por la República de Colombia en 1823, registró en sus escritos lo siguiente: “Los grandes bosques, en los que solo algunas flores rompen de vez en cuando la monótona uniformidad, no tiene nada de pinto- resco. Con la proximidad del Magdalena, las pers- pectivas son más rientes; el terreno no está cons- tituido por el árido gris, que hace tan triste el ca- mino de Cartagena a Barranco” 13 , describe además que “las tierras de aluvión parecen invitar a los habi- tantes a cultivarlas con más esmero; la vegetación, con la humedad, se muestra más lozana y el ganado está más gordo y se multiplica más y mejor.

Toda esta zona déltica, para tales años, se co- municaba entre sí, formando islas y lagunas laberínticas. Además, la principal causa de cesamientos de estos caños era los grandes taruyales, o denominadas masas flotantes de ve- getación, las cuales provocaban sedimentación en los canales de comunicación.

Este proceso era definitivo al bajar la crecien- te. Desde el mismo momento de su formación, los desagües cambiaban constantemente y se cega- ban, generando confusión entre los navegantes y cartógrafos.

VEGETACIÓN

Esta zona, por estar próxima a las Bocas de Ceniza, estaba cubierta de vastos y tupidos manglares que cubrían varios kilómetros, y bordeaban varios ca- ños laterales, como el Brazo de la Culebra y el Caño de la Piña; se destacaban varias especies de man- glares como el mangle colorado (Rhizophorz mangle) el mangle salado (Aviccenia nitida), Laguncularia racemosa; en la parte de formación arenosa exis- tían especies tales como el manzanillo (Hippomane mancinella) el cual era muy tóxico. Su extensa ve- getación la complementaban montes espinosos que

alcanzaban una altura promedio de 3 a 5 m, ade- más vegetación de plantas halófilas, como Batís maritima y Sesuvium portulacastrum.

Este tipo de formación vegetal propia de las en- senadas y lagunas tropicales, estaba además cons- tituido por matorrales que se dispersaban de una manera extensiva. Esta vegetación también sufrió los embates que modificaron la permanencia de la isla: “Los manglares hoy han desaparecido casi por completo y solo quedan en esos parajes millares de troncos escuetos, con vestigios de la vegetación pri- mitiva. La causa de esta alteración ecológica es, al parecer, atribuible a la obra indirecta del hombre; en efecto, la construcción del dique de piedra, que se extiende por toda la orilla del río Magdalena des- de muy cerca de Las Flores hasta rematar en el malecón o tajamar occidental de las Bocas, cerró por completo el paso de las aguas hacia los esteros.” 14

PAULATINO DETERIORO

Los constantes desplazamientos de arena en la bahía de Sabanilla ocurridos en la década de los 50s, han sido la única causa que explica por si sola la desaparición de esta porción de tierra que, por espacio de muchos años, conformaba la zona déltica occidental del río Magdalena. Prueba de ello es que existen algunas dunas frente a Puerto Co- lombia que son hasta el momento los testigos per- petuos del desplazamiento de la barra de arena como se la conoció últimamente.

Muchas fueron las causas que obligaron des- aparecer, en una forma lenta pero contundente, esta faja de arena localizada al occidente de Bocas de Ceniza. Los primeros acontecimientos, que da- tan de los años 1922-23, justifican que por prime- ra vez Isla Verde sufre los embates de las corrien- tes marinas y los fuertes vientos: “El faro situado en Isla Verde, que en 1922 estaba casi en el centro de la isla, está hoy ya entre el agua.” 15 Fue así como se removió una faja de terreno sedimentario de aproximadamente 400 metros; como consecuen- cia de lo anterior, apareció una nueva faja angos- ta de tierra que se denominó Isla Nueva.

Pero lo más paradójico es que el gobierno cele- bró un contrato con la Casa Julius Berger Tf de Ber- lín en mayo de 1914, para que estudiara las obras necesarias en Bocas de Ceniza y Barranquilla y al mismo tiempo elaborara un estudio referente a la defensa de la bahía de Puerto Colombia en 1923.

La principal causa de todo lo ocurrido, según el Informe Berger, fue el período de

La principal causa de todo lo ocurrido, según el Informe Berger, fue el período de sequía que imperó ese año; asimismo, las escasas lluvias y el incre- mento de los vientos del N-NE, hicieron que el río Magdalena acarreara menos sedimentos hacia su zona déltica.

Es indudable que estas modificaciones naturales no alteraron su desaparición. Inclusive, aparecie- ron otros bancos de arena que ayudaron a afianzar esta parte del litoral por espacio de muchos años, hasta que las obras de Bocas de Ceniza justificaran nuevos cambios en esta parte del Litoral Caribe.

LAS OBRAS DE BOCAS DE CENIZA

Fueron muy sabias aquellas palabras: “A veces me provoca no decir una palabra sobre el puerto, pues en Barranquilla se han dado a la tarea de acabar con este puerto, antes de que realmente lo sea, sin considerar el mal que hacen, porque el gobier- no si creyera tales exageraciones, no haría los gas- tos que son de rigor para el servicio del puerto. No falta en Barranquilla quien me considere enemi- go de Bocas de Ceniza; para ello, no me obligará decir mentiras.” 16

Los trabajos realizados por la firma Ulen y Cía. para el encauzamiento del río, comenzaron a me-

I.: Bocas de Ceniza. D.:Plano general de la desembocadura del río Magdalena.

D.:Plano general de la desembocadura del río Magdalena. diados de 1925. Estas modificaciones en su des-

diados de 1925. Estas modificaciones en su des- embocadura, afectaron directamente la existen- cia de las islas en mención.

Estos enrocamientos fueron decisivos para que las corrientes marinas sufrieran una serie de cam- bios. De esta manera, el acarreo de arena que pro- gresivamente era usual, se alejaba de los bancos de arena existentes; de ahí el debilitamiento en las bases de Isla Verde y su paulatino deterioro.

Evidentemente, los trabajos iniciados en agos- to de 1925, por la firma Black McKeney and Stewart, los cuales serían suspendidos a media- dos de 1930, afectaron la zona costera en forma tan directa que ocasionaron en esta parte del lito- ral fuertes arremetidas del mar devastadoras para la población de Salgar. En especial, se recuerda aquella noche de septiembre, en la década de los veintes, bautizada por los abuelos como “la catás- trofe de Salgar”. 17

Fue enorme el aporte sedimentario, que obs- truyó lo poco que quedaba del tramo de la vía fé- rrea, y derribó cercas y varios ranchos.

En una segunda oportunidad, esta población sufrió otra arremetida del mar el 11 de junio de 1951. Dado que la flecha litoral de Isla Verde era

“En esta magnífica gráfica se puede observar el estado en que se encuentra el balneario de Puerto Colombia, a pesar de las mil promesas oficiales. Los ingenieros, los funcionarios oficiales, anuncian planes maravillosos; el esfuerzo de los habitantes del Puerto se ahogan en medio de la falta de ayuda oficial. Y, mientras tanto, Puerto Colombia sigue converti- do en un banco de arena. ¿Hasta cuándo?” Nota periodística de Diario del Caribe, marzo 15 de 1970.

Nota periodística de Diario del Caribe , marzo 15 de 1970. muy angosta en ese sector,

muy angosta en ese sector, el fuerte mar de leva de aquel día arrasó por completo la flecha litoral, que quedó muy debilitada, y ayudó a que quedara aún más cerca de la población de Salgar, parte de Pradomar y Puerto Colombia. La magnitud de di- cho fenómeno fue registrada de la siguiente ma- nera: “Salgar, el floreciente corregimiento de Puer- to Colombia, fue ayer teatro de un fenómeno de la naturaleza, muy común en las regiones costane- ras del Caribe; el mar embravecido, rebelde y ru- giente, desencadenó con furia sus olas contra las planas arenas de un puerto sin defensa.” 18

Paulatinamente, la faja de tierra se establece

y modifica su recorrido. Es a mediados de 1954

cuando las sucesivas arremetida del mar contra

el litoral se hacen más notorias. Y con la ruptura

casi total de lo que quedaba de la isla en su parte angosta, acompañada de sucesivas perforaciones que la compañía Ulen hizo en dicha faja litoral, se ocasiona el acercamiento lento de la isla, perpe- tuada por espacio de muchos años alrededor del viejo muelle de Puerto Colombia, formando unas extensas dunas y creando suficiente playa entre población y mar.

“La bahía de Puerto Colombia estuvo durante muchos años protegida por la Isla Verde, que se mantenía, no obstante el arrastre de arena hacía el occidente, por la adición de arena proveniente del

oriente, arrastrada también por los vientos alisios,

a lo largo de la costa [

rinos frente a Bocas de Ceniza dieron lugar a una enorme garganta, donde hasta 1953 se depositaron las arenas arrastradas por el Río Magdalena y las provenientes del oriente por arrastre a lo largo de la costa. Esto restó el suministro de arena a Isla Verde la cual fue paulatinamente erosionada.” 19

]

Los deslizamientos subma-

El desespero por las arremetidas del mar en esta zona del Litoral Caribe, obliga a establecer en Puer- to Colombia una Junta Pro-Defensa de Puerto Co- lombia, la que acordó como única solución espolo- nes de piedra y materiales fuertes. 20

Fuentes gubernamentales eran testigos del pro- ceso degenerativo de aquel brazo peninsular pro- tector de la bahía de Sabanilla. Aquella barrera reforzada periódicamente por los sedimentos del Magdalena desaparecía lentamente; pero era una realidad, el cambio de la prolongación de la des- embocadura del río kilómetro y medio ayudó en la desaparición de esta isla denominada Verde.

“El refuerzo de la isla no se hacía ya que las co- rrientes habían cambiado y la sedimentación en- tonces pasaba por arriba, todo este fenómeno fue lo que debilitó esta faja de tierra y fue acompañada de perforaciones petrolíferas por los años de 1947-48, fue esto lo más aceptado para la desintegración pau- latina de esta faja de tierra, determinada por las corrientes marinas, hoy en día esta isla se encuen- tra en la parte intermedia del muelle tornándose muy sólida y debilitada por la parte de Pradomar.” 21

Por recomendaciones del ingeniero hidráulico Joseph Caldwel, 22 hechas a mediados del mes de octubre de 1953, se habilitan varios rompeolas o tajamares con el fin de contrarrestar las fuertes corrientes y proteger la costa afectada.

Nuestra costa no volvió a ser la misma. Las en- vidiables playas con que gozaba este balneario y puerto marítimo nunca fueron estabilizadas. Pro- yectos de rehabilitación de playas y costas hay por montones, pero ninguno ha logrado el efecto de- seado. Esta faja costanera hoy en día tiene a su

alrededor y en línea recta demostrar sus espigas de arena que logran desprenderse de Pradomar. Sigue acompañada de acantilados en donde lo pre- dominante es el borde rocoso, seguido de playas y espigas a todo lo largo de la zona litoral, predomi- nando las barras de arena y lagunas elongadas. 23 Estas playas actualmente siguen sin habilitarse por el hecho mismo de estar a merced de fuertes corrientes marinas, y por ello, todo el efecto del arrastre que hace el caudaloso río Magdalena du- rante su recorrido, queda depositado en estos ki- lometrajes de playa.

Por sus características geomorfológicas, estas costas se ubican como erosivas en un alto porcen- taje, y dada la amenaza cíclica y sus cambios tan nocivos la degradación en la costa es irreversible y de futuro incierto.

Por ello, el desastre ecológico mayor registrado en esta isla, desaparecida en un 90%, marca la reflexión para que en futuras obras de gran expec- tativa, se logre diseñar estrategias de contingen- cias sólidas, y de una vez no modificar algo natu- ral por algo peor.

NOTAS

1 Archivo Histórico del Atlántico, Escritura Pública # 117 de 1869 de la Notaría Primera del Circuito de Barran- quilla. Aquí se registra la “venta que se le hace al Señor Alejandro Díaz Granados, con poder especial del señor Ni- colás Pereira Gamboa, para adquirir los derechos y accio- nes que le correspondían en la Compañía del Canal de la Piña a favor de los señores Santo Domingo y Jimeno por la cantidad de $1.000.”

2 Mapa del río Magdalena referenciado, de la latitud 4°N hasta la desembocadura. Año de 1801-1814.

3 Mapa elaborado en 1824 por el piloto cartógrafo de la

fragata “Fidelidad”, que representa el sector comprendido entre el río Magdalena y la población de Sabanilla, con las diferentes bocas, brazos, islas, caseríos, caminos, profun- didades del mar, cauce de la costa, rosa de los vientos, toponimia e información cartográfica, áreas de abasteci- miento y recursos pesqueros.

4 Este trabajo fue ordenado por el gobierno de la Nueva Granada al ingeniero May con el fin de adecuar la navega- ción en el sector de la desembocadura del río Magdalena en el mar Caribe y adaptar a Sabanilla como puerto fluvial

y marítimo, preocupación que luego se trasladó a Barran-

quilla con las obras de Bocas de Ceniza.

5 VERGARA, José Ramón, BAENA, Fernando, Barranquilla:

su pasado y su presente, 2ª ed. Barranquilla, p. 7.

6 Era el electo oidor de la Real Audiencia de Panamá,

que era, además, Juez Privativo y particulares para poner cobros a todas las cantidades que se estuvieran debiendo a su majestad.

7 Don Lorenzo Téllez, presentó petición de dichas islas

el día 20 de noviembre de 1736, aduciendo que “Respecto a

hallarse en las Bocas del río de la Magdalena en la costa de la mar haciendo frente con la guardia de la Savanilla de esta jurisdicción, una isla nombrada La Berde, que está circumbalada de mar”. Esta petición fue dirigida a la Au- diencia de Panamá, al teniente del Gobernador y Auditor General de Guerra de esta plaza y provincia (era un Juez privativo de composiciones y ventas de tierras y de condonaciones, multas de penas regentado por su majes- tad).

8 Por esta razón, Lorenzo Téllez argumentaba la impor- tancia de la isla, útil para pastos de ganado.

9 Su posesión fue entregada formalmente el día 16 de junio de 1746 en manos del capitán de milicias españolas en este partido, alcalde pedáneo y juez ordinario del sitio, don Miguel Téllez Camacho.

10 Se le ajustó en dar y pagar a su majestad diez y seis pesos por dicha isla y al acto el título de posesionario.

11 Archivo Histórico del Atlántico. Escritura Pública # 3 de enero 10 de 1886. Notaría Primera del Circuito de Ba- rranquilla.

12 Considerada como la mejor del Mar de las Antillas, por dos médicos, uno americano y otro alemán que además la avaluaron en 200.000 Dólares.

13 Barranco: Así denominó a Barranquilla Gaspard Theodore Mollien.

14 DUGAND, Armando, “Aves del departamento del Atlán- tico”, Revista Caldasia, vol. IV, Bogotá 1947, p. 504

15 Estudio hecho por Julius Berger Consortium, refe- rente a la defensa de la bahía de Puerto Colombia, 1923.

16 Carta de Eduardo B. Gerlein, jefe del Resguardo Na- cional de Puerto Colombia, al administrador de la aduana, oficio N° 579, Puerto Colombia, diciembre 1 de 1922.

17 Rescate y difusión del testimonio oral como fuente para la historia del municipio de Puerto Colombia, trabajo de investi- gación financiado por el Fondo Mixto de Promoción de la Cultura y las Artes del Atlántico, 1999.

18 El Heraldo, junio 13 de 1951.

19 BARCO VARGAS, Virgilio, Memorias, Ministerio de Obras Públicas, Bogotá, 1959.

20 El Nacional, jueves 21 de mayo de 1953.

21 El Espectador, julio 11 de 1953.

22 Norteamericano traído especialmente para hacer re- comendaciones referente a los trabajos de Bocas de Ceni- zas y la defensa de la bahía de Sabanilla.

23 Ejemplo, la laguna que está frente a la población lla- mada comúnmente “La Charca” o ciénaga de Balboa.

BIBLIOGRAFÍA

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El Carmen de Bolívar y su comarca en la historia

A propósito de su fundación

Wilson Blanco Romero*

Entre el relieve de llanura, ampliamente predomi- nante en la costa Caribe de lo que hoy es Colombia, se destacan por su importancia dos unidades mon- tañosas. La una, es la elevada mole de la Sierra Nevada de Santa Marta. Que le cierra el paso hacia el extremo norte del país a la gruesa corriente del río Magdalena, haciendo que vire al occidente, para desparramar sus amarillentas aguas en el mar Ca- ribe, en un amplio delta entre Santa Marta, Barran- quilla y Cartagena, con un sinnúmero de caños, canales, arroyos y ciénegas. La otra, de mucho me- nor elevación y al sur-occidente de la anterior, es la subregión en la que se ubica El Carmen de Bolí- var, espacio objeto de nuestro estudio. Conocida con los nombres de Montes o Montaña de María, o se- rranía de San Jacinto, aquí preferimos utilizar el de Montes de María, por ser un nombre más preci- so geográficamente hablando, y por su evocación histórica; u otro de sabor provinciano, como lo es el de “comarca monte-mariana”.

Dichos montes son una cadena de relieve eri- zado, formada por colinas y cerros de moderada al- tura que se alargan de sur a norte, 1 entre la línea litoral del mar Caribe, al occidente, y el curso del bajo Magdalena, al oriente. Con una longitud aproximada de 120 km y una anchura máxima de 40 km, cubren una superficie de más de 3.000 km cuadrados. Su mayor altura la registra el cerro de Maco, con 800 metros sobre el nivel del mar. Orográficamente se les considera una prolonga- ción de la Serranía de San Jerónimo, 2 uno de los tres ramales en que termina, al norte, el despren-

*Profesor asociado de Historia de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad de Cartagena.

Huellas 69 y 70. Uninorte. Barranquilla

34 pp. 34-39. 12/MMIII-04/MMIV. ISSN 0120-2537

dimiento andino conocido como Cordillera Occiden- tal en la actual Colombia.

Constituye, la comarca en cuestión, una de las cuatro regiones naturales en que está dividido el territorio del actual departamento de Bolívar; las otras tres son: la región deltaica magdalenense, al norte de la nuestra; la depresión momposina, al sur, y, finalmente, la región selvática al sur del depar- tamento, 3 bordeando las prolongaciones andinas.

Las serranías o montes propiamente dichos, acogen, de norte a sur, los actuales municipios de San Cayetano, San Juan Nepomuceno, San Ja- cinto, El Carmen de Bolívar y Ovejas. Este último quedó dentro de la jurisdicción del departamento de Sucre, el más joven de la Costa.

El Carmen de Bolívar, municipio de nuestro particular interés, se halla enclavado en un her- moso valle, ubicado exactamente en la mitad del eje longitudinal del conjunto serrano, sobre la ver- tiente oriental, mirando hacia la gran arteria del río Magdalena, del cual dista 47 kilómetros sobre terreno llano y suavemente ondulado, hasta el puerto de Zambrano; y algo menos de 40 kilóme- tros hasta el otrora importante puerto de Jesús del Río. 4 El propio casco urbano del municipio re- posa sobre el estribo oriental de la serranía, bor- deando el valle del Magdalena en dirección al men- cionado puerto de Zambrano, mejor dicho, entre la montaña y el valle.

Durante todo el tiempo pertenecieron comple- tamente, lo mencionados montes, a la jurisdic- ción del gran departamento de Bolívar, antes Es-

Foto de Óscar Díaz Acosta miras al fomento de la expansión agrícola y gana- dera,

Foto de Óscar Díaz Acosta

miras al fomento de la expansión agrícola y gana-

dera, unida a una política eficaz de recaudo fiscal, particularmente en sus colonias americanas. De ello da testimonio el propio de la Torre y Miranda en su relación de servicios titulada Noticia indivi- dual de las poblaciones nuevamente fundadas en la

Provincia de Cartagena

documento de gran valor

, histórico. 9 Así, al informar al monarca sobre sus ejecutorias, empieza diciendo:

Generalmente está admitida como una de las máxi- mas interesantes al Estado, el aumentar la pobla- ción, el facilitar la comunicación, correspondencia, tráfico interior y exterior por agua y tierra con las demás Provincias o Reinos; el fomentar la agricul- tura, la industria y la mineralogía, que son verda- deramente los principios sobre que se establece la riqueza, la opulencia y la felicidad de los Reinos

10

Dicha política, en el otrora Nuevo Reino de Gra- nada, se tradujo en un movimiento de expansión poblacional y agro-ganadera que comprendió cua- tro grandes expediciones. Las cuales dieron lugar en la Costa a la fundación o refundación de nume- rosas poblaciones, así: la del maestre de campo José Fernando de Mier y Guerra, iniciada en la ribera del río Magdalena y desarrollada desde el año de 1744 hasta 1770; la de Francisco Pérez de Vargas en Tierradentro (hoy departamento del Atlántico) en 1745; “la tercera a cargo del Teniente Coronel

en las sabanas

Antonio de la Torre y Miranda

, de la Provincia de Cartagena, durante cinco años de 1774 a 1779”, y por último la de Joseph Palacio de la Vega, entre 1787 y 1788. 11 Se trata del proce-

Iglesia Parroquial de Nuestra Señora del Carmen en el Parque Central de la población.

tado Soberano de Bolívar, hasta la fundación del departamento de Sucre, cuando algo menos de su mitad meridional quedó com- prendida en el nuevo departa- mento, incluido el hoy munici- pio de Ovejas. Bajo el régimen de provincias, entre los siglos XlX y XX, estuvieron divididos, de manera al parecer similar, entre las provincias de El Car- men de Bolívar, capital El Car- men de Bolívar, y la Provincia de Sabanas, capi- tal Corozal. Pertenecientes ambas provincias al antiguo Estado de Bolívar, llamado, a partir de la Constitución de 1886, Departamento de Bolívar 5 .

Digamos, finalmente, que lo que acá llamamos comarca montemariana es parte de uno de los paisajes culturales, culturas o maneras de ser de la Costa, más característicos: el de “las sabanas”, o “el sabanero”. Ligado históricamente a la hacien- da ganadera, o ganadería extensiva en inmensos latifundios tropicales, al peonaje y a la pequeña producción campesina costeña. Con su secuela de modos de vida, costumbres, tradiciones y folclor, que involucran expresiones y prácticas como la fies- tas de toro en corraleja, los fandangos, el porro, el sancocho y el llamado vallenato sabanero 6 (todo lo cual merece un gran estudio especializado apar- te). Es la gente de lo que se conoció en la época colonial como sabanas de Tolú, en el siglo XlX, sa- banas de Corozal, y del XX hacia acá, sabanas de Bolívar. Lo que incluye territorios de tres departa- mentos costeños: Bolívar, Córdoba y Sucre. 7

El Carmen de Bolívar y su comarca, los Montes de María, nacen a la historia de la mano y la plu- ma de un hombre de armas de excepcionales con- diciones y de muchas ejecutorias, Antonio de la Torre Miranda, puesto al servicio de la política modernizadora de los Borbón españoles. 8 Política que buscaba la revitalización de la Corona y el Im- perio, con el adelanto de grandes campañas de poblamiento y reordenamiento poblacional en los espacios vacíos o mediocremente colonizados, con

so de colonización tardía de la Costa Caribe, en donde por diversas circunstancias van a quedar grandes espacios vacíos hasta la segunda mitad del s. XVlll, e incluso más allá. 12 Es así como, en- tre una lista de un total de 43 poblaciones, funda- das por el teniente coronel Antonio de la Torre y Miranda en la Provincia de Cartagena a fines del siglo XVlll, distinguimos el nombre de Nuestra Se- ñora del Carmen [el hoy Carmen de Bolívar] ense- guida de San Cayetano, San Juan Nepomuceno, y San Jacinto (ver cuadro con la lista de poblaciones al final.)

Copiemos las palabras con que el propio funda- dor de la Torre da cuenta del hecho en su extenso memorial presentado a las autoridades virreinales de entonces:

Se fundaron en la montaña de María las poblacio- nes de San Cayetano con ochenta (80) vecinos que componían trescientas (300) almas, la de San Juan Nepomuceno con ciento veinte (120) familias, Se- tecientos cincuenta y ocho (758) almas, la de San Jacinto, de ochenta y dos (82) familias, con cua- trocientas cuarenta y seis (447) almas, la de Nues- tra Señora del Carmen, de Noventa (90) familias, con seiscientos noventa y cuatro (694) almas [ ]

13

Sobre la fundación de El Carmen de Bolívar (o Nuestra Señora del Carmen) digamos que, si bien la fuente primaria de la cual disponemos nos per- mite establecer en forma confiable y exacta quién fue su fundador, como queda dicho arriba, no ocu- rre lo mismo en cuanto a la precisión, ni del día, y ni siquiera del año exacto de dicha funda- ción. Al respecto, en dicha fuente, que no es otra que la rela- ción, informe o memo- rial del propio de la To- rre y Miranda, que ve- nimos citando, lo que se puede inferir es que esa fundación de- bió ocurrir entre los años 1774 y 1777 en que debieron haberse realizado las 43 funda- ciones que don Anto- nio de la Torre Miran- da relaciona, ya que

como escribe él mis- mo en su informe, la

orden que le dio el gobernador, de entonces, de la Provincia de Cartagena para iniciar su gran em- presa de congregación de almas dispersas en la Isla de Barú, que cumplido el encargo inicial se le extendió a toda la Provincia, rezaba: “Cartagena 12 de agosto de 177414 ; eso por una parte. Y por la otra encontramos que, una vez concluye su vasta misión fundadora y repobladora en lo que Alfonso Múnera totaliza como Sabanas de Bolívar (inclu- yendo los Montes de María) hace un mapa (o plan) 15 de la Provincia de Cartagena que fecha en el año 1777 16 . Sin embargo, Fals Borda ubica la campaña de fundación y refundación de pueblos de “don An- tonio de La Torre y (sic) Miranda” es entre 1774 y 1776 17 , año este último que ni lo referencia el fun- dador en su informe ni es la fecha del Mapa; al parecer es algo que Fals simplemente supone. Mientras que Múnera, en la cita de arriba, quizás desconociendo el dato del mapa o plano de De la Torre, sitúa los hechos es entre 1774 y 1779, año este último en que De la Torre manifiesta en su memorial haber pasado al reconocimiento del río Atrato en la región del Darién.

Para mayor ilustración, conviene aquí analizar la versión que sobre la fundación de El Carmen de

Bolívar nos trae Dimas Badel en su Diccionario Historiográfico de Bolívar, en donde afirma que Ma- ría la Alta, abandonada por su pobladores en 1616 para trasladarse a Marialabaja, fue fundada en 1771 por don Pedro de la Torre y posteriormente en 1775 por de la Torre y Miranda, debido a que sus morado- res habían abandonado la población de nuevo. Pero sin dar cuenta de cuáles fueron las fuentes de don- de obtuvo, o en las que fundamenta, su ver- sión, la que recogen, de la misma manera, casi todos los textos que se refieren a la fundación de El Carmen 18 . Señala el mencionado autor lo siguiente:

María la Alta aban- donado por sus ha- bitantes en 1616 para trasladarse a poblar la denomina- da hoy Marialabaja, situada muy cerca de la orilla de la cié- naga de esa misma denominación

de la orilla de la cié- naga de esa misma denominación 36 Tomado de Meisel Roca,

36

Tomado de Meisel Roca, A. (ed.), Historia económica y social del Caribe colombiano, Barranquilla, Ed. Uninorte, 1994.

[añadiendo en-

En

Foto de Óscar Díaz Acosta
Foto de Óscar Díaz Acosta

Calle comercial de El Carmen de Bolívar, 2003

Lo cierto es que hecha una atenta revisión del memorial o in- forme de don An- tonio de la Torre, la versión de Di- mas Badel de la repoblación y re- fundación de El Carmen precedi- da por lo que él y otros llaman Ma- ría la Alta, no hay lugar a confir- marla en lo más mínimo. Al con- trario, queda cla-

ro que ni Nuestra Señora del Carmen (hoy El Carmen de Bolívar) ni las demás poblaciones fundadas en la Montaña de María, tuvieron que ver con un acto de refundación o repoblamiento por haber sido abandonadas, como podemos ver, según los siguientes pasajes del mi- nucioso relato que hace su fundador:

seguida]

el año 1771 fue

fundada la ciu- dad del Car- men por Don Pedro de la To- rre, según comi- sión que le en-

comendó Don Francisco de Torregal Díaz Pimienta, ha- biendo sido re- poblado y fun- dado en 1775 por Don Anto-

nio de la Torre

y Miranda, a

causa de que sus moradores habían vuelto a abandonar la primitiva fundación. 19

Pero hasta donde podemos suponer, el nombre de María la Alta, que según la versión de Dimas Badel corresponde al de una población previa a la fundación de El Carmen por don Antonio de la To-

rre, se le aplicó a la región montañosa de los Mon- tes de María o a la parte más alta de ésta, y no a una población fundada antes de la de Nuestra Se- ñora del Carmen, allí mismo. Como se puede ver leyendo un pasaje de la Geografía histórica-econó-

de Juan José

Nieto, donde éste, tras describir a la Parroquia de María la Baja (sin dar a conocer la fuente), agrega:

“Se llama María la Alta la parte de terreno que que- da en la cima de montaña” 20 , pasaje que es repeti- do, palabra por palabra y de manera exacta, por el geógrafo decimonónico Felipe Pérez (aunque tam- poco identifica la fuente) en su Jeografía Física i Política del Estado de Bolívar. 21 Por su puesto que “la montaña”, a la que se refieren los menciona- dos autores decimonónicos no debe ser otra que la región montañosa de los Montes de María, o sea la Montaña de María, también conocida como serra- nía de San Jacinto, hoy en día; o como la llama el geógrafo norteamericano citado, LeRoy Gordon, “se- rranía de María”. Denominación que como quedó dicho atrás utiliza don Antonio en su memorial para referirse a los Montes de María y no a pobla- ción alguna. En lo cual coincide con la versión de Juan José Nieto y Felipe Pérez y no con la de Dimas Badel y quienes la repiten, al parecer, sin fundamento.

mica de la Provincia de Cartagena

“[

señalados para fundar las poblaciones de la mon-

taña de María, las familias que me pareció se- rían más convenientes y útiles, poblando aque- llos desiertos antes abandonados y sólo habita- dos de muchas manadas de puercos, zainos, morrocoys, monos de varias especies y diversi- dad de animales silvestres, [ ]”

destiné a cada uno de los parajes que dejé

];

22

Y una página más adelante:

“Las familias para fundar estas poblaciones [se refiere a las poblaciones de la montaña de Ma- ría], se sacaron de los infinitos dispersos de la ju- risdicción de San Benito Abad, los que después de congregados y desembarazados de sus quehace- res y sementeras, y recogidos sus abundantes cosechas, acudieron a fabricar y ornamentar sus iglesias, [ ]”

23

Esperamos que el examen crítico que hemos intentado hacer, contribuya a situar la cuestión de la fundación, o repoblamiento y refundación de Nuestra Señora del Carmen 24 en la dimensión historiográfica que le corresponde y a la altura aca- démica que merece, tratándose de la cuna del más grande director de orquesta de la música popular y bailable de la Costa, como lo es el Maestro Lucho

Foto de Óscar Díaz Acosta la Torre y Miranda, y lo han hecho tradicionalmente los

Foto de Óscar Díaz Acosta

la Torre y Miranda, y lo han hecho tradicionalmente los lugareños, con alturas que, como se ha dicho, alcanzan un máximo de 800 metros sobre el nivel del mar y tienen mayor presencia de vegetación boscosa. El propio Antonio de la Torre y Miranda reconocía expresamente la diferen-

cia entre lo que él llamaba “la Montaña” (Montes de María)

y las sabanas de Tolú, entonces. A estas últimas se refiere

como “[

mientras que en otro pasaje refiriéndose a

las labores de los vecinos que siguieron a las fundaciones

por él realizadas en los Montes de María, a fines del siglo

atender a que concluyesen sus casas, y

que acabasen de desarraigar los troncos de los infinitos ár-

boles que se derribaron (en particular en la Montaña de María)”, aclara enseguida entre paréntesis; las cursivas son nues- tras: ver Antonio de la Torre y Miranda, “Noticia indivi- dual de las poblaciones nuevamente fundadas en la pro-

vincia de Cartagena

tos tomados de José P. URUETA, Documentos para la Historia de Cartagena, 1890, pp. 16 y 17, respectivamente. Y tam-

bién LeRoy GORDON, op. cit., cap. 5, “Monte y desmonte”, y especialmente “Selva y sabana”, pp. 96-97. 8 “Don Antonio de la Torre y Miranda, Teniente Coro- nel de Infantería, agregado al Estado Mayor del Puerto de Santa María. Consta es hijo Legítimo, Natural de Villada, Obispado de León, con goce de nobleza, de edad de 59 años. Tiene cuarenta y uno de servicio de la Real Armada

y Ejército: los diez y seis estuvo encargado en el Reino de

Santa Fe en las más interesantes comisiones a la Religión,

al Rey y al Estado (

cias de la Provincia de Cartagena de Indias. Abrió muchos

caminos por varias montañas hasta entonces intransita-

bles, e hizo navegables muchos caños, ciénagas y ríos, para facilitar el recíproco comercio, con considerables ahorros

y aumentos de la Real Hacienda y del Estado. Reunió cua-

renta y tres poblaciones que fundó, con el aumento de 22 parroquias, 41.133 almas que sacó de los montes, donde vivían sin ley ni rey, a las que instruyó en las manufactu- ras de algodón, varias producciones de hebra, crías de ga- nado y obrajes, sin el más leve costo de la Real Hacienda, ni gratificación alguna. Es el primer europeo que recono- ció y navegó el río Atrato, facilitando la comunicación a las

XVlll, dice: “

nas de Tolú

]

las praderías [o sea praderas] que llaman Saba- ”

en

”,

en Proa, Bogotá, enero 1972, tex-

)

[etc., etc.] Asistió a formar las mili-

Iglesia Parroquial de Nuestra Señora del Carmen.

Bermúdez. Y del gran emporio de la producción y exportación de ta- baco en la historia de Colombia, vigente desde mediados del s. XlX y a lo largo de más de 150 años. 25

NOTAS

1 “Una serranía baja

” como le llama

el historiador norteamericano John PARKER HARRISON en su inédita tesis de doc- torado.

2 En Alfonso ROMERO AGUIRRE. Geografía Económica de Co-

lombia. Tomo V, Bolívar, Contraloría de la República, Bogo- tá, Ed. El Gráfico, 1942, p. 54, encontramos: “La serranía de San Jerónimo, que divide las hoyas hidrográficas de los ríos Sinú y San Jorge, prolongándose hasta El Carmen”, las cursivas son nuestras. Cfr. LeRoy GORDON, El Sinú: Geogra- fía Humana y Ecología, Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1983, p. 13, donde leemos: “La cordillera Occidental es

uno de los tres ramales de los Andes colombianos

El ramal central es el más largo

de todos y separa entre sí las cuencas de los ríos San Jorge y Sinú. Se extiende a lo largo del [antiguo] departamento de Bolívar, elevándose en cadenas montañosas para luego descender hasta convertirse en amplias ondulaciones de terreno. Su parte meridional se conoce con el nombre de serra- nía de San Jerónimo y su parte septentrional como serranía de María.” Las cursivas y el resaltado son nuestros. Ver mapa tomado del mismo documento, p. 13.

divide en tres ramales (

y se

)

3 Ver la entrada “Departamento de Bolívar” en Instituto Geográfico de Colombia Agustín Codazzi. Diccionario Geo- gráfico de Colombia, 2ª ed., Bogotá, 1984, tomo I.

4 ROMERO AGUIRRE, op. cit., p. 704.

5 Cf. Alberto CANDELO MENDOZA. Provincia de Cartagena. Estado Soberano de Bolívar. Poblamiento y División Política, Sincelejo, 1996.

6 Para una comprensión crítica de la controvertida no- ción de “vallenato sabanero”, ver el hermoso libro de Numas Armando GIL OLIVERA, Mochuelos cantores de los Montes de María la Alta. Adofo Pacheco y el Compadre Ramón, Instituto de Filosofía Julio Enrique Blanco, Universidad del Atlán- tico, Barranquilla, 2002 pp.91-96.

7 Precisemos que, si bien la gente de la comarca montemariana participa de la amplia cultura sabanera de la Costa, el paisaje natural de la subregión, en sí, no se identifica totalmente con el paisaje de sabanas, a menos que lo asumamos simplemente como formación herbácea en donde pueden aparecer algunos árboles aislados; sin tener en cuenta las marcadas diferencias fisiográficas exis- tentes, principalmente en la forma del relieve, lo que obli- garía a distinguir entre la sabana herbácea con un relieve de suaves colinas con alturas entre 25 y 300 metros sobre el nivel del mar, y “la montaña”, como le llamó Antonio de

abundantes minas de oro de aquel Reyno y al mar del Sur, con más de un 75 por 100 de beneficio al comercio ( [etc., etc.], ver “Noticia Biográfica”, en id. supra, p. 6.

9 Para una revisión crítica del informe de Antonio de la Torre, ver Manuel LUCENA GIRALDO. “Las nuevas poblaciones de Cartagena de Indias, 1774-1794”, en Revista de Indias, Madrid, 1993, vol. Llll, núm. 199, pp. 761-781.

)

10 Antonio DE LA TORRE Y MIRANDA, id. supra, p. 7.

11 MÚNERA, Alfonso. “Ilegalidad y Frontera 1770-1800”,

en MEISEL ROCA, Adolfo (ed.) Historia económica y social del Caribe colombiano, Uninorte, Barranquilla, 1994, p. 117; cf. Orlando FALS BORDA. Capitalismo, hacienda y poblamiento:

su desarrollo en la Costa Atlántica, Ed. Punta de Lanza, Bo- gotá, 1976, p. 27, nota 7.

12 Ver Germán COLMENARES. ”La economía y la sociedad coloniales, 1550-1800”, en Nueva Historia de Colombia, Pla- neta, Bogotá, 1989, p. 135-136; y en Alfonso MÚNERA CAVADÍA.

El Fracaso de la nación Bogotá, 1998, p. 56.

13 URUETA, José P. Documentos para la historia de Cartagena, Tomo IV, p. 53. Cf. MÚNERA, Alfonso. Id. supra, p. 118, quien fundamentándose en el mismo Urueta trae un cuadro con la relación completa de las 43 poblaciones fundadas o refundadas por el congregador de pueblos de la Torre y Miranda. Entre ellas ocupan los Montes de María, de norte a sur: San Cayetano, San Juan Nepomuceno, San Jacinto, Nuestra Señora del Carmen [hoy llamada oficialmente El Carmen de Bolívar] y San Francisco de Asís [conocida hoy con el nombre de Ovejas].

,

Banco de la República - El Áncora,

14 Ver José P. URUETA, op. cit., p. 41.

15 “Después de concluida la colección de las siete mil trescientas ochenta y tres familias que componían enton- ces cuarenta y un mil ciento treinta y tres almas, y esta- blecidas las cuarenta y tres poblaciones que fundé, ínterin hacían sus cementeras y casas y desmontaban los terrenos en donde se debían fabricar las iglesias de las veintidós

parroquias que se aumentaron [

en obsequio de ambas

Majestades y del Estado, formé un plan, con la mayor exacti-

tud, de todo lo que comprende dicha Provincia y parte de las

inmediatas; [

]

]”

ver Antonio DE LA TORRE Y MIRANDA, op. cit., p.

17, las cursivas son nuestras.

16 Orlando FALS BORDA. Capitalismo, hacienda y poblamiento:

su desarrollo en la Costa Atlántica, Ed. Punta de Lanza, Bo- gotá, 1976, p. 20; con este ensayo se publica dicho mapa o plano, cuyo original dice Fals Borda que se encuentra en el Archivo de Indias en Sevilla, sección Panamá, N° 339.

17 Orlando FALS BORDA. Id. pp. 18 y 20.

18 Ver Instituto Geográfico Agustín Codazzi. Diccionario Geográfico de Colombia, 3ª ed. revisada, 1996, donde se

fue la Villa María la Alta, abandonada

lee: “

inicialmente

por sus pobladores. El 6 de agosto de 1776 fue refundada

por Antonio de la Torre y Miranda con el nombre de Nues- tra Señora del Carmen”, eso sin identificar o sugerir nin- guna fundamentación bibliográfica o documental y total- mente despistado de la principal fuente documental para

el caso, cual es el Informe de Antonio de la Torre que aquí

citamos. Ver así mismo las monografías publicadas sobre El Carmen y diversos artículos de prensa, de diccionarios

y enciclopedias que recogen esta peregrina versión del

repoblamiento y la refundación de El Carmen en reempla- zo de una supuesta María la Alta fundada y abandonada por sus pobladores años antes.

19 Ver BADEL, Dimas. Diccionario histórico-geográfico de Bolívar, Corozal, 1943, 1ª ed. p. 105.

20 Ver NIETO, Juan José, op. cit., pp. 44-45 y Manuel LUCENA GIRALDO, op. cit., quien, al referirse a la ubicación, a fines de la segunda mitad del S.XVlll, del palenque de San

Basilio, escribe taxativamente: “[

]”, [

una población.

21 Ver PÉREZ, Felipe. Jeografía Física i Política del Estado de Bolívar, escrita de la orden del gobierno general, Bogotá, Imprenta de la Nación, 1863, pp. 33-34. 22 Ver Antonio de la Torre y Miranda, op. cit., p. 13. Cursivas y resaltado nuestro.

expresión que no tiene nada que ver con la idea de

],

en la sierra de María,

23 Ver id., p. 14. Cursivas y resaltado nuestro.

24 En cuanto a la población de Corozal, sí parece haber sido objeto de refundación y repoblamiento, por lo que se

puede leer: “[

dé legua y media distante de donde estuvo sesenta años la

iglesia antigua [

25 Sobre la historia del tabaco de El Carmen de Bolívar se puede ver: Luis F. SIERRA. El tabaco en la economía colom- biana del siglo XIX, Bogotá. U.N., 1971; OCAMPO, José Anto- nio, Colombia y la economía mundial 1830-1910, Bogotá, Si- glo XXI: 1984; Wilson BLANCO ROMERO. “Tabaco y comercio en El Carmen de Bolívar a mediados del siglo XlX”, en Huellas, Revista de la Universidad del Norte, Barranquilla, 1998, N° 54; Wilson BLANCO ROMERO. “La exportación tabaca- lera de El Carmen de Bolívar en los albores del siglo XX:

Guerra y tabaco”, en El Taller de la Historia (Revista del Pro- grama de Historia de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad de Cartagena), N° 1, Cartagena, 2001; Wilson BLANCO ROMERO. “Comercio e inmigración en la provincia cos- teña. Los italianos de El Carmen de Bolívar: el caso de los Volpe”, en Id. N° 2, Cartagena, 2002; y Joaquín VILORIA DE LA HOZ. “El tabaco de El Carmen. Producción y exportación de tabaco de los Montes de María (1848-1893)”, en Aguaita, Revista del Observatorio del Caribe Colombiano, Cartagena de Indias, junio de 2000, N° 3.

]

San José de Pileta, alias Corozal, que fun-

]”,

op. cit. p.14, un poco más adelante.

Aproximación crítica al concepto de bacán

Rubén Maldonado Ortega*

Y cuando nadie escuche

mis canciones ya viejas detendré mi camino en un pueblo lejano,

y allí moriré. Cuates Castilla

A MODO DE INTRODUCCIÓN

mismo dio testimonio en el tema que compuso para referirse a dicho incidente:

Preso estoy, ya estoy cumpliendo mi condena la condena que me da la sociedad me acongojo, me avergüenzo y me da pena pero tengo que cumplirla en soledad.

De manera que el propio Daniel Santos experi- mentó que se había alejado momentáneamente del modo de ser bacán, y por lo menos en ese mo- mento no se le podría señalar con el objeto de ex- plicar lo que es un bacán; esta situación permite ver claramente la insuficien- cia de la comprensión del ser bacán por vía del señalamiento.

Lo anterior pone al descubierto la ne- cesidad de contar con el concepto de ba- cán, trabajo que, por supuesto, le corres- ponde adelantar al filósofo; pero antes convendrían algunas precisiones preli- minares.

En mi condición de filósofo quiero contribuir al es- clarecimiento del concepto de bacán. Es compren- sible que utilice el modo específico de conocer en filosofía, es decir, el modo de conocer trascendental, en el estudio del fenóme- no cultural mencionado con la palabra bacán.

Conocer trascendentalmente quiere decir conocer desde el concepto y no des- de la experiencia; me explico: Aceptemos que en Daniel Santos tenemos, como bien lo sustentó Nelson Pinedo en una entrevista televisada concedida al pro- fesor Hugo González, al arquetipo del ba- cán. Esta manera de explicar lo que es un bacán, señalando uno de ellos, el más representativo, es bien didáctica, pero es insuficiente, porque podría ocurrir que en determinado momento Daniel Santos no esté encarnando al bacán, ver-

bigracia, cuando padeció el encarcela- miento, situación que lo abochornó, y de lo cual él

*Barranquillero, 1952. Filósofo de la Universidad Na- cional de Colombia, Bogotá. Estudios de doctorado en Filo- sofía, Universidad Javeriana, Bogotá. Profesor de la Uni- versidad del Norte.

Javeriana, Bogotá. Profesor de la Uni- versidad del Norte. Soren Kierkegaard Un concepto no se descubre

Soren Kierkegaard

Un concepto no se descubre sino que se funda. Es esta la diferencia entre la física, por ejemplo, y la filosofía. Se pue- de afirmar que Newton no fundó la gra- vedad sino que la descubrió, porque an- tes de la existencia del propio Newton los

cuerpos caían respondiendo a una ley inmodificable, si bien nadie se había ocupado de estudiarla y explicarla. La justicia, en cambio, no existe, como tampoco existe la subjetividad; lo que existe es una idea que alguien propone para com-

prender, lo más satisfactoriamente posible, un de-

Huellas 69 y 70. Uninorte. Barranquilla

40 pp. 40-43. 12/MMIII-04/MMIV. ISSN 0120-2537

Daniel

Santos

terminado fenó- meno de la cultu- ra. Así, pues, de lo que se trata aquí es de proponer una idea que ayude a comprender lo me-

aquí es de proponer una idea que ayude a comprender lo me- Odessa, archivo de Oskar

Odessa, archivo de Oskar Pájaro

jor posible lo rela- tivo al bacán y a la bacanería, entendida ésta como el modo de ser y de vivir bacán. Por tanto, la prime- ra precisión que se impone es que la pregunta a

responder no es quién es bacán, sino qué es un bacán, ya que lo primero sólo lo sabremos si llega- mos a tener claro lo segundo. Manos, pues, a la obra.

ANTECEDENTES

La voz bacán menciona uno de los fenómenos cul- turales más interesantes de nuestra Costa Cari- be. Sin que haya un significado preciso sobre lo que hay que entender por bacán, lo cierto es que existe una callada aspiración a ser tenido por tal.

Inicialmente el vocablo adquirió significado al interior de un lenguaje particular, esquinero, sur- gido del comercio lingüístico de los sectores popu- lares, pero fue ganando espacio hasta adquirir car- ta de ciudadanía dentro del léxico costeño. Sin em- bargo, lo único que está claro dentro de la semánti- ca costeña es el sitial del bacán, mas no su signifi- cación; esto, debido a que no se ha acometido la tarea de elaborar el concepto, quedando así su sig- nificado preso de los vaivenes de su uso empírico.

En esos términos sólo es posible dar cuenta de la existencia de un vocablo, y no de una realidad, lo cual se puede verificar haciendo la pregunta:

¿Qué es un bacán? Con seguridad obtendremos como respuesta que bacán es un montón de cosas, lo que viene a significar que es nada, con lo cual adquiere la función de comodín, y eso repugna al concepto.

Por tanto, la manifestación empírica de bacán, el vocablo, induce a sospechar que bacán es un

bacán, el vocablo, induce a sospechar que bacán es un Albert Camus mero soplo de voz,

Albert

Camus

mero soplo de voz, usado para recrear un ‘encaramado’ de cosas, tangibles e intangibles. Si este fuera el caso, la fundación del con- cepto sería imposi- ble, bien porque no es identificable la realidad in- vocada, lo que la haría inexistente, o porque men- ciona demasiadas realidades, lo cual haría auto- contradictorio el concepto, dado que concepto quie- re decir unidad, en contraste con diversidad, o mul- tiplicidad.

Frente a la manifestación empírica de bacán, o mera existencia de un vocablo con la condición de soplo de voz, se sugiere aquí la hipótesis de que bacán es una realidad, pero tan abstracta que sólo se deja percibir mediante la actitud reflexiva, o filosófica. ¿Cuál es esta realidad?

La realidad que dicho vocablo invoca es un es- tado del espíritu, el de estar exento de culpa, pero no por vía de la expiación religiosa sino mediante el goce sensorial. Pero, ¿qué lleva al bacán a sen- tirse exento de culpa?

Indudablemente que su irresponsabilidad, la cual es, por demás, bien desafiante. El bacán no asume ninguna responsabilidad, por ejemplo, fren- te a la condición de pecador registrada por el libro de los libros, la Biblia, y por ende, promocionada por el cristianismo. Sabemos que la consecuen- cia del pecado original es la imposición de traba- jar, en detrimento del goce que imperaba en el Edén. Y como el liberalismo y el comunismo com- parten la idea del trabajo como imperativo en la creación y conservación de la cultura (para el li- beralismo la fuente de toda riqueza; para el comu- nismo, o al menos para Marx, la esencia misma de la condición humana), tampoco asume el ba- cán responsabilidades frente a las obligaciones derivadas del modelo liberal y del comunista. Para el bacán, el trabajo es una anormalidad, una per-

archivo de Oskar Pájaro Gramsa, archivo BassiSeeco,

versión de la cual hay que sus- traerse a tiempo, tal como lo testimonia Alberto Beltrán en el tema que lo hizo mundialmen- te famoso:

A mí me llaman el negrito del /Batey

porque el trabajo para mí es /un enemigo

el trabajar yo se lo dejo todo

/al buey porque el trabajo lo hizo Dios /como castigo.

Como puede apreciarse, el de- safío no es aquí contra Rousseau y Marx solamente, lo cual ya es bastante, sino contra el propio Dios. En la medida en que no se siente culpable, el negrito del Batey le deja el trabajo al buey, siendo que Dios lo ha considera- do pecador, y por ello, merecedor del castigo de trabajar.

Por vía de la reflexión hemos sido, pues, conducidos hasta la realidad medular que define al bacán: la irresponsabilidad. Al respecto cabe hacer algunas pre- cisiones.

Al respecto cabe hacer algunas pre- cisiones. Arr.: Nelson Pinedo. Ab.: Alberto Beltrán. biar una
Al respecto cabe hacer algunas pre- cisiones. Arr.: Nelson Pinedo. Ab.: Alberto Beltrán. biar una

Arr.: Nelson Pinedo. Ab.: Alberto Beltrán.

biar una estructura económica

o política, o ambas cosas, son

apenas rebeliones parciales, las cuales, en algunos casos,

pueden incluso atentar contra

la auténtica rebeldía, sobre todo

cuando la conquista de una de- terminada forma de gobierno o de un determinado modelo eco-

nómico, o aspiración racial, vie- ne a significar la implantación del terror. De otra parte, para

la filosofía de lo absurdo la con-

dición humana es una condi- ción absurda, ya que el hombre

es una lucha perpetua contra

el sufrimiento y la muerte, lu- cha de antemano perdida, pero

a la cual el hombre no va a re- nunciar nunca, constituyendo esto un absurdo.

El Hombre lucha contra la muerte y el sufrimiento a tra-

vés de la ciencia y del arte, y la filosofía de lo absurdo se esfor- zará por mostrar que la rebeldía,

y por tanto el ser esencial del

hombre, se expresan de mejor modo a través del arte que de la ciencia. A propósito de esto, con-

signa Albert Camus en El mito de Sísifo: “La creación es el tes- timonio trastornador de la úni- ca dignidad del hombre: la rebe- lión tenaz contra su condición”. De cara a todo esto debo confe- sar que cuando me he visto en aprietos para explicar la filoso- fía de lo absurdo desde los textos

La primera de ellas es que la afirmación de que el bacán es un irresponsable no es un reproche. No se trata aquí de un juicio de valor, sino de la descripción de una sensibilidad, y para ir abriéndole campo a herejías ma-

yores, me atrevo a asegurar que el modo de ser bacán es asimi- lable, por lo menos en gran medida, a las conclu- siones arrojadas por la filosofía de lo absurdo res- pecto de la condición humana, y la fidelidad que le debemos.

de Sartre, Camus y Kierkegaard, he acudido a Daniel Santos, quien me ha rescatado siempre del atolladero.

Antes de mostrar cómo he sido rescatado por Daniel Santos del atolladero, debo precisar que des- de la filosofía de lo absurdo el único deber que se impone al hombre es el de jugar. Camus cita en El mito de Sísifo a Nietzsche: “Tenemos el arte para no morir de la verdad”. Porque jugar es lo más con- trario a la ciencia. Todo el que busca la verdad tie- ne que renunciar a jugar. En la ciencia no puede haber juego porque no hay libertad. La predicción es la clave de éxito científico, y predecir es esta-

La filosofía de lo absurdo nos dice que el hom- bre es esencialmente un rebelde. Pero, ¿contra qué se rebela el hombre? Nada más y nada menos que contra su propia condición, lo que quiere decir que la rebelión del hombre, para que sea auténtica, tiene que ser total, y no parcial. Así las cosas, los movimientos que han sido emprendidos para cam-

blecer una rígi- da cadena que enlaza dos esla- bones sin posi- bilidad de con- tingencia: la causa y el efec- to. En el juego no hay predic- ción porque el juego es goce, libertad, riesgo.

Kierkegaard

ción porque el juego es goce, libertad, riesgo. Kierkegaard Adán y Eva expulsados del paraiso de

Adán y Eva expulsados del paraiso de Miguel Ángel, Capilla Sixtina.

responsable de la muerte de Isaac. No ten- drá, pues, esca- patoria. Ten- drá que apostar. Otra vez la idea de juego, ahora en Sartre.

Pero, ¿cómo explico en mis clases de Ética y de Filosofía todo esto?

creía que de lo que se trataba era de vivir y no de comprender, y concebía la vida como un juego, como una apuesta donde la razón era sobrepasada por el gol- pe seco de la decisión. Pero la decisión en Kierke- gaard estaba dirigida a enfrentar el problema de la culpa; se trataba de un drama religioso, resumido así por Kierkegaard: ¿Cómo fue que me hice cul- pable?

Es entonces cuando acudo a Daniel Santos, al “Jefe”, al “inquieto anacobero”, quien con su tema El juego de la vida, me lo resuelve todo:

En el juego de la vida juega el pobre y juega el rico juega el blanco y juega el negro juega el grande y juega el chico.

En Camus, el juego consiste en imaginar a Sísifo dichoso, es decir, en ahuyentar la tristeza de saber que en la vida nos esperan la muerte y el sufrimiento mediante la rebelión contra nuestra condición absurda. Pero en Camus rebelión signi- fica mantener la tensión originaria yo-mundo, cuestión que se sostiene sobre todo en el arte. Se podría afirmar que la rebelión en Camus consiste en devenir artista, en hacer de la vida una obra de arte. Esa obra de arte se llama la autenticidad. Se trata de ser auténticos, y de saber hasta dónde lle- gar cuando el propósito de ser auténticos compro- mete la propia existencia. A pesar de la diferencia con Kierkegaard se sostiene la idea de que la vida es un juego, el juego de la transparencia y de la creación. Estética y moral conforman en Camus una unidad temática, pero ante todo, vital.

Es fácil constatar aquí la visión de la vida como juego.

En el juego de la vida de nada vale la suerte porque al fin de la partida gana el albur de la muerte.

Aparece expresada aquí la idea central de la fi- losofía de lo absurdo: la muerte como una condi- ción insuperable dentro de la existencia.

Juega con tus cartas limpias en el juego de la vida, al final nada te llevas, vive y deja que otros vivan.

En Sartre, la única realidad del hombre es la li- bertad, que se manifiesta como la angustia de sa- bernos responsables de nuestros actos, pues los hemos elegidos, así se trate del acatamiento a una ley, ya que siempre se podrá demostrar que contá- bamos con la libertad de elegir otra cosa, la insu- rrección, por ejemplo; otros la eligieron. No impor- ta si Dios pidió a Abraham que sacrificara a Isaac como prueba de su fe. De todos modos, según Sartre, Abraham tendrá que decidir que ése que le habló es Dios y no un demonio camuflado, y eso lo hará

Aquí, la transparencia y la autenticidad camusianas.

Cuatro puertas hay abiertas al que no tiene dinero, el hospital y la cárcel, la iglesia y el cementerio.

Finalmente, la fatalidad impregnada de humor negro. ¿Era acaso Daniel Santos kafkiano? Tal vez nunca lo sepamos.

Contribución de Huellas en la definición de la identidad Caribe en Colombia *

Alfredo Marcos María Vilma Gutiérrez de Piñeres Abello

Editores de Huellas

BREVE CONCEPCIÓN

El maestro Germán Vargas, que fue un colaborador solidario de Huellas, solía decir: “¿Para qué volver a escribir lo que ya está escrito, y más todavía si está bien escrito?” Y Huellas ha encontrado en su direc- tor un excelente cronista de su génesis, su desa- rrollo y su filosofía. Con motivo de celebrarse los 20 años de vida de la revista, Jesús Ferro Bayona ano- taba:

«Dicen que lo difícil, después de publicar el pri- mer número, es mantener la salida periódica de una revista. La sentencia se refiere, sobre todo, a las revistas culturales y universitarias. La excep- ción a la regla se aplica a Huellas, la revista cultu- ral de la Universidad del Norte, que llega a sus 20 años de ininterrumpida publicación [ ]

«En el editorial del número 17, agosto de 1986, se afirma que “Huellas seguirá sien- do una revista univer- sitaria con vocación cultural, ámbito en el

*Una versión más ex- tensa de este ensayo, en cuanto a la trascripción de textos de Jesús Ferro sobre la historia de Huellas, fue leída en forma dialogada por sus autores en el Congreso de Colombianistas “Colom- bia y el Caribe”, Universi- dad del Norte, ago., 2003.

bia y el Caribe”, Universi- dad del Norte, ago., 2003. Alfonso Fuenmayor Huellas 69 y 70.

Alfonso Fuenmayor

Huellas 69 y 70. Uninorte. Barranquilla

44 pp. 44-49. 12/MMIII-04/MMIV. ISSN 0120-2537

cual transitan las ideas políticas, los fenómenos

políticos y sociales, el pensamiento filosófico, la ”

creación poética y narrativa

riablemente, dándose momentos de acentuación en lo histórico regional. Ramón I. Bacca señala que

“la nueva historia de la Costa” tuvo como primer vehículo de expresión a la revista Huellas [ ]

Así ha sido, inva-

«En otros momentos se ha resaltado el debate académico que se inició en octubre de 1980, en tor- no al “Modo de ser costeño”, en un foro que tuvo lugar en la Cámara de Comercio, de la calle cua- renta, antesala de los sucesivos foros de la Costa, que se iniciaron en marzo de 1981 en Santa Marta [ ]

«En el número de marzo citado, salieron publi- cados el ensayo de Carlos Angulo Valdés Visión sinóptica de la prehisto- ria regional, cargado del rigor antropológico que ha caracterizado la obra investigativa del insigne profesor, y el de Jesús Ferro Bayona Esbozo de una etnología sobre el modo de ser cos- teño, inspirado este úl- timo en la concepción etnológica de Claude Lévi-Strauss, aplicada al caso costeño [ ]

este úl- timo en la concepción etnológica de Claude Lévi-Strauss, aplicada al caso costeño [ ]

Álvaro Cepeda Samudio

Foto de Claudia Acosta-Madiedo Henao «Se encuentra ahí la génesis, poco estudiada, del debate sobre

Foto de Claudia Acosta-Madiedo Henao

«Se encuentra ahí la génesis, poco estudiada, del debate sobre la identidad costeña que ha ido te- niendo eco en las páginas de la revista (recuérdese el Primer encuentro Caribe, en agosto de 1986, si-

Esa línea de reflexión

guiendo el mismo tema) [

sería, a mi modo de ver, la consonante académica de la preocupación política costeña por encontrar la fórmula de su autonomía regional [ ]

]

«En cierta forma, y dadas las circunstancias de la divulgación, el pensamiento omnipresente y úni-

co de Julio E. Blanco, empezó a ser equilibrado con los ensayos filosóficos publicados en Huellas. De esa manera, la revista ha jugado un papel de renova- ción del pensamiento filosófico en la Costa en los

últimos veinte años [

N° 25, en abril de 1989, la Dirección señalaba en el editorial: “La revista Huellas, plantada en el Cari- be, es una plataforma marítima adonde llegan y de donde parten los efluvios intelectuales y culturales del mundo; por eso mismo, no nos contentamos con ser una expresión de nuestro acontecer, sino que vamos más lejos, buscamos ser un mirador desde donde la reflexión sobre el hombre y su destino, nos hermane con las ubicuas inquietudes de las cultu-

cuando la revista llegó a su

]

Gabriel García Márquez en su residencia de México,

2004.

ras de ayer, de hoy y de mañana” [

esa aura, de esos rituales de la lectura y de la apre- ciación, por la vía del gusto crítico y reflexivo, está en la base de la perseverante labor de la cultura

que por veinte años nos ha mantenido unidos a todo el grupo de dirección, de redacción y de colaborado- res de la revista Huellas.» Hasta aquí los apartes del texto de Jesús Ferro Bayona.

] El rescate de

HUELLAS EN MIT

En los Estados Unidos, un lector de Huellas desde 1990, Douglas Morgenstern, que es Senior Lecturer in Spanish del Department of Foreign Languages and Literatures del Instituto Tecnológico de Massachusetts, por su parte, sobre nuestra revis- ta, en comunicación personal, anota la siguiente apreciación.

«Toda universidad anhela ser el centro del mun- do, aproximarse al famoso Aleph de Borges para con- tener el universo entero. La revista Huellas es tes- timonio de que ya se ubica en ese lugar céntrico la Universidad del Norte. Huellas abarca la historia, el arte, las letras, la filosofía y la ciencia. La revista sigue las grandes tradiciones occidentales y orien- tales, del norte y del sur, de estimular el pensa- miento y, de igual importancia, retar las conven- ciones y promover una actitud de curiosidad y re- flexión, sin temer la iconoclasia. No es una revista fácil, por eso recordemos las palabras de otra voz del Caribe: “Sólo lo difícil es estimulante”, escribió Lezama Lima.

«Cuando apareció por primera vez Cien años de soledad, se dijo que la novela era un elogio al lec- tor. Es justo que Huellas, que proviene de la tierra de Macondo, continúe esa alabanza. Huellas es para los lectores que piensan, y los universitarios que sueñan. Con su crítica y su invención, nos ayuda a recordar, a valorizar la memoria y la autenticidad. Es como si nos dijera: hay que luchar contra la pes- te del olvido de la que nos advirtió García Márquez,

G. Vizcaíno Mane Arrieta (E. García) Carnaval José Félix Fuenmayor Luis F. Jaramillo B. Luis

G. Vizcaíno

G. Vizcaíno Mane Arrieta (E. García) Carnaval José Félix Fuenmayor Luis F. Jaramillo B. Luis F.

Mane Arrieta (E. García)

G. Vizcaíno Mane Arrieta (E. García) Carnaval José Félix Fuenmayor Luis F. Jaramillo B. Luis F.

Carnaval

G. Vizcaíno Mane Arrieta (E. García) Carnaval José Félix Fuenmayor Luis F. Jaramillo B. Luis F.

José Félix Fuenmayor

Mane Arrieta (E. García) Carnaval José Félix Fuenmayor Luis F. Jaramillo B. Luis F. Jaramillo B.

Luis F. Jaramillo B.

Carnaval José Félix Fuenmayor Luis F. Jaramillo B. Luis F. Jaramillo B. una plaga que en

Luis F. Jaramillo B.

una plaga que en nuestra época, nace en los me- dios de comunicación masivos, cuyos lemas reali- zan las terribles pesadillas de Orwell.

«En su elocuencia de palabra y elegancia de ima- gen —concluye el profesor Morgenstern—, Huellas revela los torbellinos humanísticos de un pueblo que sigue indagando sin tregua y creando sin cesar.»

HUELLAS EN EL CARIBE

Retomemos entonces una de las ideas del editorial que hemos transcrito de Jesús Ferro. Cuando se refiere a los foros del Caribe, y a la publicación que Huellas hace de las ponencias, anota: «Se encuen- tra ahí la génesis, poco estudiada, del debate sobre la identidad costeña que ha ido teniendo eco en las páginas de la revista (recuérdese el Primer encuen- tro Caribe, en agosto de 1986, siguiendo el mismo tema). Esa línea de reflexión sería, a mi modo de ver, la consonante académica de la preocupación política costeña por encontrar la fórmula de su au- tonomía regional.»

Esa idea —sintetizada en el título de este ensa- yo, Contribución de Huellas, Revista de la Universi- dad del Norte, en la definición de la identidad Caribe en Colombia—, se tratará de desarrollar de aquí en adelante.

hol carburante, y un segundo artículo ostenta el tí- tulo de Al rescate del mar colombiano, donde, en las 17 páginas que lo conforman, la palabra Caribe ape- nas si sale en el mapa que lo ilustra.

En el segundo número, la bandera de la revista dice ahora explícitamente: «Huellas es una publi- cación que pone al alcance de la comunidad nue- vas perspectivas y potencialidades de la Costa At- lántica.» Y en la parte final del editorial, se anota:

“De ahí que un propósito esencial de la Universi- dad sea el de imprimir un dinamismo mayor a sus funciones de investigación y extensión en favor de la Costa. Nuestra presencia en la organización del Primer foro de la Costa Atlántica confirma la res- ponsabilidad que Uninorte tiene contraída con el futuro de esta región colombiana.»

Y agrega el editorialista, insistiendo y definien- do el carácter de la revista, que agradece «la positi- va acogida que ha recibido esta revista, Huellas, cuyo carácter inicial hemos replanteado a partir de esta segunda entrega, para dar cabida a una acepción más amplia del término “cultural regio- nal”, en la cual ciencia y tecnología, valores, arte y pensamiento, se articulan en un conjunto armóni- co para entregar a nuestros lectores una visión ac- tual y prospectiva de la Costa Atlántica.»

Hasta aquí, destaca Costa Atlántica. Sin em- bargo, en su artículo Esbozo de una etnología sobre el modo de ser costeño, controvirtiendo

la afirmación de Enrique Caballero de que el Brasil «no ha implantado la civi- lización de la clámide griega sino de la tanga mulata», Jesús Ferro Bayona, ya adentrado en el noveno párrafo, afirma que no discutirá «lo propio y lo impropio de tal afirmación en cuanto desconoce la realidad tropical de la región Caribe colombiana, y en cuanto confirma la fra- se irónica de Borges de que “la realidad no es continuamente criolla”, gracias a Dios.

Resulta bastante notoria la forma avasalladora y casi contundente como las denomina-

ciones “Costa Caribe” o “el Caribe colom- biano”, han venido desplazando a las vo- ces “Costa Atlántica” o “Litoral Atlánti- co”. Si revisamos aún someramente la literatura existente sobre esta región tro- pical, que las geografías de Colombia que estudiábamos en la escuela primaria describían como “una extensa llanura de clima ardiente y malsano”, encontramos que el artículo que abre la primera edi- ción de Huellas se denomina La Costa Atlántica y el programa nacional de alco-

artículo que abre la primera edi- ción de Huellas se denomina La Costa Atlántica y el

«Pero dejemos constancias —continúa Jesús Fe- rro— de que la conciencia de un andino, por no de- cir sus hábitos y expresiones culturales, está si- tuada a la otra orilla del trópico, en las mesetas frías en donde se suspira todavía, entre balandranes y edredones, por los antiguos virreinatos de solem- nidades emperifolladas, contrariamente al furor del Caribe, sensual, violento y exuberante, tierra don- de se cumple la definición que Hegel daba de Amé- rica como tierra del porvenir: “Es un país de nostal- gia para todos los que están hastiados del museo histórico de la vieja Europa.”»

Colombiana de la Lengua, en 1975, no la registra, pasando olímpicamente de la palabra “cariduro” a la “carimañola”, que es un manjar de nuestra re- gión Caribe.

Por su parte, publicado en 1983 por el Banco de la República y la Biblioteca Luis Ángel Arango, el Lexicón de Colombianismos, del prestigioso filólogo colombiano Mario Alario Di Filippo, oriundo él mis- mo de la Costa Caribe, sólo registra esta voz en la acepción que tiene de “algunos peces de los ríos de América.”

¿Es ésta la primera mención que se hace en Hue- llas de la palabra Caribe? Desde luego que lo que pretendemos decir es que, en este momento que nos ocupa, “lo Caribe” se encontraba virtualmente en desuso frente a “lo Atlántico”, si bien en Carta- gena se erguía ensoñador entre olas y palmeras el hermoso Hotel Caribe, y desde Aracataca se en- viaban niños a estudiar en Santa Marta en el Li- ceo Caribe, y en Barranquilla se editaba un perió- dico denominado Diario del Caribe, cuyo nombre, ¿por qué no?, coadyuvó a inspirar y motivar el uso de la voz Caribe, ya que en sus páginas colabora- ban gran parte de los intelectuales que hoy lideran la cultura en esta región de Colombia. Citemos al- gunos nombres: Eduardo Posada Carbó, Gustavo Bell Lemus, Adolfo Meisel Roca, Jesús Ferro Bayona, Ramiro de la Espriella, Tito de Zubiría, Ramón Illán Bacca, Carlos J. María, Ariel Castillo Mier, Julio Tovar de Andréis, Adolfo González Henríquez, y mu- chos más, que no mencionamos para no hacer pro- lija esta lista, y cuyos nombres se hallan vincula- dos a Huellas.

EL CARIBE EN LOS DICCIONARIOS DE COLOMBIA

Para una verificación de que la palabra “Caribe” no gozaba del uso y el prestigio de hoy, digamos que el Breve Diccionario de Colombianismos de la Academia

“Y luego para colmo / de peras en el olmo”, como diría el Tuerto López, en el Nuevo Diccionario de Colombianismos del Instituto Caro y Cuervo, aún en 1993, la palabra Caribe se asocia única y exclusi- vamente al significado zoológico que acabamos de mencionar de estos tales peces, que son más cono- cidos con el nombre de “pirañas”.

Cerremos, pues, los diccionarios, y continuemos escrutando en las páginas de nuestra revista.

En el número 19, en el editorial, Gustavo Bell Lemus anota: “Con motivo de la celebración de los 20 años de haberse fundado nuestra Universidad, tuvo lugar el Primer encuentro cultural del Cari- be”, y más adelante agrega que Huellas publica al- gunas de las conferencias “con la plena convicción de que con ello estamos impulsando la formación de un foro permanente sobre el Caribe.”

La conferencia inaugural de este evento, que co- rrespondió a Jesús Ferro Bayona, se tituló El Cari- be, nuestro padre mediterráneo, y de allí en adelan- te, se podría decir con propiedad: el Caribe reina.

EL CARIBE REINA

La consolidación de la palabra Caribe hallaría su epítome en el título de la antología realizada por Gus-

Haime Correa

el título de la antología realizada por Gus- Haime Correa Enrique Grau Alejandro Obregón Roberto Angulo

Enrique Grau

el título de la antología realizada por Gus- Haime Correa Enrique Grau Alejandro Obregón Roberto Angulo

Alejandro Obregón

el título de la antología realizada por Gus- Haime Correa Enrique Grau Alejandro Obregón Roberto Angulo

Roberto Angulo

el título de la antología realizada por Gus- Haime Correa Enrique Grau Alejandro Obregón Roberto Angulo

Noé León

el título de la antología realizada por Gus- Haime Correa Enrique Grau Alejandro Obregón Roberto Angulo
Foto de Julio Gil tro con aquellos otros pueblos que viven en sus ori- llas

Foto de Julio Gil

tro con aquellos otros pueblos que viven en sus ori- llas y de dónde nos llegó con toda su carga de dra- matismo el mundo moderno; pero también esas mismas páginas han sido las piraguas y canoas que nos han llevado a recorrer el Magdalena arriba en un viaje de rescate de nuestras raíces.

«Huellas ha sido el mascarón de proa de la aven- tura de volver a ser, orgullosa e integralmente, Ca- ribes» —concluye Gustavo Bell.

Alfredo Marcos y Vilma Piñeres leen esta ponencia en el Congreso de Colombianistas, acompañados por Ramón I. Bacca, José Luis Garcés y Jordi Lladó.

tavo Bell El Caribe colombiano; selec- ción de textos históricos, publicada por Ediciones Uninorte en 1988. Se re- afirmaría luego en la Bibliografía his- tórica del Caribe colombiano, recogi- da por Sergio Solano, y publicada, también por Ediciones Uninorte, en 1990. Más tarde, en 1994, en la Historia económica y social del Caribe colombiano, otra selección de tex- tos, realizada por Adolfo Meisel Roca, y publicada por Ediciones Uninorte, se corroboraría el uso de la voz Caribe, que ahora seguiría orgullosa y campan- te en nuestras letras, y en nuestros corazones, para resplandecer luminosa y vehemente, como, espe- cialmente para este ensayo, escribió Gustavo Bell Lemus:

«Aunque parezca sorprendente, el hecho de que hasta hace escasos tres lustros los mismos coste- ños continuaran denominando su propia región como la Costa Atlántica, denotaba no solamente el dominio cultural que sobre nuestra propia identi- dad se tenía desde el interior del país, sino tam- bién una especie de vergüenza colectiva por perte- necer a esa región geográfica y natural que se lla- ma el Caribe. Detrás de aquella falsa denomina- ción se hallaba también la ignorancia de lo que ese mar había significado en la formación histórica de nuestra sociedad. Hasta que apareció Huellas.

CARIBE FELIZ

A ese broche de oro, ensartemos una perla que es-

tuvo a punto de naufragar para siempre en las procelosas mareas editoriales, cuando un impre- sor en Medellín extravió la última página del ensa- yo de Eduardo Posada Carbó Estado, región y nación

en la historia de la Costa Atlántica colombiana: Notas sobre la Alianza Regional de 1919, que aparece en

el libro El Caribe colombiano, y que en el último pá-

rrafo dice:

«Huellas —continúa— ha significado nuevamen- te la apertura al mar, y por ende al océano de la civilización. Las páginas de Huellas han sido las na- ves que nos han permitido viajar hacia el encuen-

«Estas aspiraciones comunes —“las reivindica- ciones costeñas”, como las llamó El Tiempo— fueron menospreciadas en el Interior. “La canalización del Magdalena es una palabra que carece de sentido”,

Guillermo Ardila

es una palabra que carece de sentido”, Guillermo Ardila Mario Rebolledo Marco Mojica Zarita Abello Óscar

Mario Rebolledo

es una palabra que carece de sentido”, Guillermo Ardila Mario Rebolledo Marco Mojica Zarita Abello Óscar

Marco Mojica

es una palabra que carece de sentido”, Guillermo Ardila Mario Rebolledo Marco Mojica Zarita Abello Óscar

Zarita Abello

es una palabra que carece de sentido”, Guillermo Ardila Mario Rebolledo Marco Mojica Zarita Abello Óscar

Óscar Tapia

es una palabra que carece de sentido”, Guillermo Ardila Mario Rebolledo Marco Mojica Zarita Abello Óscar
Jesús Ferro, director de Huellas , acompañado de sus editores, Vilma Piñeres y Alfredo Marcos,

Jesús Ferro, director de Huellas, acompañado de sus editores, Vilma Piñeres y Alfredo Marcos, revisa el machote de este número.

Fotos de Giselle Massard Lozano

el machote de este número. Fotos de Giselle Massard Lozano Vilma Piñeres y Alfredo Marcos, con

Vilma Piñeres y Alfredo Marcos, con Munir Kharfan, diseñan Huellas en Gráficas Lourdes, donde desde hace muchos años se imprime la revista.

expresó el diario capitalino; una carretera entre Ba- rranquilla y Cartagena, según el mismo editorialis- ta, sería “una vía de sport”, y “para satisfacer la mi- tad siquiera de las exigencias de nuestros compa- triotas aledaños al Caribe, sería insuficiente todo el presupuesto nacional.” Más aún, “quizá ninguna sección del país” había merecido de parte del gobier- no “una tan preferente atención como los departa- mentos de la Costa”, que eran “indudablemente los más privilegiados de la República.”

«Las aspiraciones de la Liga Costeña —continúa Eduardo Posada— fueron calificadas de “suntuarias en relación con las necesidades urgentísimas de los

pueblos del interior”. Para quienes opinaban como El Tiempo, “una varada en el río Magdalena es un agradable esparcimiento”, y los pueblos de la Costa eran los “menos necesitados y los más felices.”»

De 1919 hasta nuestros días, ha corrido, Magda- lena abajo hasta las turbulentas Bocas de Ceniza, mucha agua y mucho detritus y mucho olvido. Los índices de analfabetismo y pobreza del Caribe colom- biano son escandalosos, y de ninguna manera so- mos hoy “los menos necesitados.” Pero conservamos intacta nuestra irrenunciable vocación de seguir siendo los “más felices”.

DOSSIER ACREDITACIÓN

La acreditación de la Universidad del Norte*

Cecilia María Vélez

Ministra de Educación

Es muy grato para mí estar hoy aquí con ustedes y unirme a la celebración por la Acreditación Insti- tucional otorgada por siete años a la Universidad del Norte de Barranquilla.

Éste es un mérito más que debe destacarse en la labor diaria que, de manera seria y comprome- tida, cumple la Universidad. El esfuerzo de sus di- rectivos y de sus profesores ha sido justamente reconocido por un equipo internacional de pares académicos y por el Consejo Nacional de Acredita- ción.

a través de la búsqueda de la excelencia de los pro- gramas que ofrecen.

En Colombia, el Ministerio de Educación Nacio- nal ha asumido en forma directa la responsabili- dad de la inspección y vigilancia de la educación superior. Esta responsabilidad incluye el poder dar garantía pública de un nivel de calidad en todos los programas de educación superior ofrecidos en el país. Para esto, el Ministerio ha diseñado un sistema de aseguramiento y gestión de la calidad con varios componentes:

Precisamente, uno de los mayores retos que te- nemos, el Gobierno y el Ministerio de Educación Nacional en cuanto a la educación superior, es lograr una ampliación significativa de la cobertu- ra y, en forma simultánea, mejorar la calidad de sus programas.

La verificación de las condiciones mínimas de calidad para el registro calificado, establecidas en el Decreto 2566 del 10 de septiembre de 2003, condiciones obligatorias para todas las institucio- nes y que, por lo tanto, garantizan el nivel mínimo requerido para programas de calidad.

el nivel mínimo requerido para programas de calidad. La única forma de obtener este ob- jetivo

La única forma de obtener este ob- jetivo es a través de un esfuerzo con- junto entre todos los actores que in- tervienen en el sistema:

Los estudiantes, por medio de su

participación, curiosidad, inquietud, ganas de investigar e interés por los temas.

Los profesores, a través de su alto nivel de for- mación y actualización permanente.

Y las instituciones, concientes de la altísima

Y la acreditación voluntaria y de alta calidad que otorga el Consejo Na- cional de Acreditación, y la acredita- ción institucional otorgada por el mis- mo Consejo, máximo reconocimiento a la calidad otorgado en Colombia.

Otros componentes importantes del sistema son los exámenes de calidad de la educación superior (ECAES) y el Ob- servatorio del Mercado Laboral, que ofrecerán in- formación acerca del resultado final del proceso de formación en cuanto a competencias, conoci- mientos, y facilidad y calidad de empleo.

responsabilidad social que conlleva este proceso,

*Texto leído en la ceremonia de acreditación, Barran- quilla, nov. 20, 2003.

La acreditación de alta calidad permite garan- tizar a la sociedad que las Instituciones de Educa- ción Superior cumplen con los más altos requisi- tos de calidad y que realizan sus propósitos y obje-

Huellas 69 y 70. Uninorte. Barranquilla

50 pp. 50-51. 12/MMIII-04/MMIV. ISSN 0120-2537

tivos. Pretende, además, ser un mecanismo para que las instituciones rindan cuentas ante la so- ciedad y el Estado sobre el servicio educativo que prestan.

Hoy, la Universidad del Norte está dando cuen- ta, a la región Caribe colombiana y al país, de su liderazgo, compromiso y disciplina. Y está demos- trando lo que pueden hacer los caribeños cuando conjugan estos factores para lograr metas altas de desarrollo. Estamos seguros de que la acreditación que obtuvo la Universidad del Norte es un recono- cimiento a su desarrollo en 37 años de historia.

Este reto, ineludible para las universidades del país y, en particular, para las de la región Caribe, fue asumido por esta institución, y como tal debe motivar e inspirar para continuar en el proceso de ser mejores con el firme propósito de entregarle a la Costa una formación de alta calidad de su ta-

lento que contribuya significativamente al desa- rrollo humano y sostenible que tanto necesita esta zona del norte de Colombia.

Estamos seguros de que la prioridad de Colom- bia para el siglo XXI debe ser consolidar un pro- yecto educativo capaz de desarrollar las herra- mientas necesarias para que pueda asegurar el bienestar de todos sus ciudadanos. Es cierto que en el mediano plazo el reto es devolver la tranqui- lidad a los colombianos mediante una política de seguridad ciudadana, pero, en el largo plazo, sólo la educación podrá brindarnos la garantía de la con- vivencia.

No quiero terminar, sin antes expresarles a los miembros de la comunidad uninorteña que, hoy, ustedes asumen un gran compromiso con Barran- quilla, con el Atlántico, con la región Caribe y con Colombia.

con el Atlántico, con la región Caribe y con Colombia. Este sello de calidad es un

Este sello de calidad es un paso más en una política de mejoramiento continuo propio de las ins- tituciones conscientes de su papel preponderante en el desarrollo del país, y comprometidas con la formación de capital humano de alta calidad que permita la competitividad de Colombia en un mer- cado global. La historia los pone en una posición donde no pueden ser ajenos a estos retos, sino que, por el contrario, ustedes deben ejercer un liderazgo que contribuya con estos propósitos. En este ca- mino siempre los acompañaremos.

propósitos. En este ca- mino siempre los acompañaremos. Arr.: La ministra de educación, Cecilia María Vélez,

Arr.: La ministra de educación, Cecilia María Vélez, recibe del rector Jesús Ferro la medalla conmemorativa de la Universidad del Norte.

Ab. I. a D.: Cap. de navío Gabriel Arango Bacci; Dieb Maloof, senador; Humberto Caiaffa, alcalde de Barranquilla; Cecilia María Vélez; Jesús Ferro Bayona; Alejandro Char, gobernador del Atlántico; Álvaro Jaramillo Vengoechea, presidente del Consejo Directivo de la Universidad del Norte; Jaime Amín y Jorge Ceballos, represen- tantes a la Cámara.

DOSSIER ACREDITACIÓN

La acreditación institucional de la Universidad del Norte

UN COMPROMISO CON EL FUTURO

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Jesús Ferro Bayona

Rector de la Universidad del Norte

EL PROCESO HISTÓRICO DE LA ACREDITACIÓN EN COLOMBIA

La evaluación de las universidades, a través de unas reglas claras que les permitan ser reconoci- das y tener legitimidad pública, surgió hace más de cien años, cuando en Estados Unidos la educa- ción empezó a desarrollarse con propósitos masi-

vos, claramente dirigidos a sustentar los procesos económicos y sociales, en un marco de autonomía

y libertad. La acreditación evolucionó allá respon-