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APORTES DE LOS EMPRESARIOS AL PROCESO DE MODERNIZACIÓN EN BOGOTÁ: 1870-1930. EL CASO DE LA FAMILIA SAMPER.

Elber Berdugo Cotera

Introducción

El primer acercamiento desde la historia empresarial a la Familia Samper lo hizo Carlos Dávila Ladrón de Guevara en su libro “El empresariado colombiano. Una perspectiva regional”. El presente escrito es una ampliación de lo expuesto por el autor y tiene como propósito mostrar los principales aportes que la familia Samper hizo al proceso de modernización durante el periodo de estudio. Para ello se parte del concepto de modernización acuñado por Bergman (1991: 2) quien lo entiende en el siglo XX como los procesos sociales que dan origen a la vorágine de la vida moderna (manteniéndola en un estado de perpetuo devenir) que ha sido alimentada por distintas fuentes:

(…) los grandes descubrimientos en las ciencias físicas, que han cambiado nuestras imágenes del universo y nuestro lugar en él; la industrialización de la producción, que transforma el conocimiento científico en tecnología, crea nuevos entornos humanos y destruye los antiguos, acelera el ritmo general de la vida, genera nuevas formas de poder colectivo y de lucha de clases; las inmensas alteraciones demográficas, que han separado a millones de personas de sus hábitat ancestral, lanzándolas a nuevas vidas a través de medio mundo; el crecimiento urbano, rápido y a menudo caótico; los sistemas de comunicación de masas, de desarrollo dinámico, que envuelven y unen a las sociedades y pueblos más diversos; los Estados cada vez más poderosos, estructurados y dirigidos burocráticamente, que se esfuerzan constantemente por ampliar sus poderes; los movimientos sociales masivos de personas y pueblos, que desafían a sus dirigentes políticos y económicos y se esfuerzan por conseguir cierto control sobre sus

vidas; y finalmente, conduciendo y manteniendo a todas estas personas e instituciones un mercado capitalista mundial siempre en expansión y drásticamente fluctuante.

También se sustenta el escrito en la definición de procesos de modernización que Melo utiliza para el caso colombiano entendida como:

(…) los que conducen al establecimiento de una estructura económica con capacidad de acumulación constante, y en el caso de Colombia, capitalista; un Estado con poder para intervenir en el manejo y orientación de la economía; a una estructura social relativamente móvil, con posibilidades de ascenso social, de iniciativa ocupacional y de desplazamientos geográficos; a un sistema político participatorio y a un sistema cultural en el que las decisiones individuales estén orientadas por valores laicos. En general este proceso modernizador incluye el dominio creciente de una educación formal basada en la transmisión de tecnologías y conocimientos fundamentados en la ciencia. (Melo, 1992, pp. 109-110).

Igualmente, se emplea el concepto de modernización de Corredor (1997: 51) como el “…proceso de mutación inducido por las transformaciones derivadas del desarrollo de la ciencia y de la técnica”. En síntesis, se podría afirmar que la modernización alude principalmente a los cambios que ocurren en la vida material (apropiación de la naturaleza por el hombre) de un pueblo, una región o una ciudad, los cuales llevan al surgimiento y desarrollo de una sociedad capitalista. A las mutaciones que tienen lugar en la vida económica (industrialización), desarrollo de los sistemas de transportes, urbanización creciente e inserción cada vez mayor

a un mercado mundial. Esto fue lo que ocurrió de forma lenta en Colombia, especialmente desde comienzos del siglo XX.

El proceso de modernización en Bogotá

En América Latina al finalizar el siglo XIX se inicia una serie de transformaciones en las principales ciudades, las cuales, guardan relación con las conceptualizaciones previas enunciadas. Según Romero (1984: 247):

Desde 1880 muchas ciudades latinoamericanas comenzaron a experimentar nuevos cambios, esta vez no solo en su estructura social sino también en su fisonomía. Creció y se diversificó su población, se multiplicó su actividad, se modificó el paisaje urbano y se alteraron las tradicionales costumbres y las maneras de pensar de los distintos grupos de las sociedades urbanas. Ellas mismas tuvieron la sensación de la magnitud del cambio que promovían, embriagadas por el vértigo de lo que se llamaba el progreso, y los viajeros europeos se sorprendían de esas transformaciones que hacían irreconciliable una ciudad en veinte años. Fue eso, precisamente, lo que, al comenzar el nuevo siglo, prestó a la imagen de Latinoamérica un aire de irreprimible e ilimitada aventura.

Afirma Romero que un examen más atento hubiera permitido constatar que ese juicio no era del todo exacto, pues era mucho lo que en la región no cambiaba, especialmente en las zonas rurales y hasta en las urbanas. Puntualiza que fueron las ciudades y sobre todo las grandes las que cambiaron debido a que estaban ligadas a cierta transformación sustancial que tuvo lugar por entonces en la estructura económica de casi todos los países latinoamericanos influyendo:

(…) particularmente sobre las capitales, sobre los puertos, sobre las ciudades que concentraron y orientaron la producción de algunos productos solicitados en el mercado mundial. Fue, ciertamente, la preferencia del mercado mundial por los países productores de materias primas y consumidores virtuales de productos manufacturados lo que estimuló la concentración, en diversas ciudades, de una crecida y variada población, lo que creó en ellas nuevas fuentes de trabajo y suscitó nuevas formas de

vida, lo que desencadenó una actividad desusada hasta entonces y lo que aceleró las tendencias que procurarían desvanecer el pasado colonial para instaurar las formas de la vida moderna (Romero, 1984: pp. 247-248).

Paralelamente a ese proceso que experimentaron los países de América Latina, los países industrializados de Europa y los Estados Unidos vivían una época de expansión económica acumulando grandes capitales, ampliando la actividad empresarial que exigía ingentes cantidades de materias primas; experimentaban un crecimiento considerable de las ciudades cuyas poblaciones demandaban muchos bienes de consumo. Como no estaban en condiciones de abastecerse plenamente de ellos, promovieron (con el apoyo casi siempre de las clases dirigentes) unas acciones directas e indirectas en los países subdesarrollados con el fin de atender sus requerimientos. En algunos casos, a través del uso de la fuerza, apoderándose de sus territorios, ejerciendo un control total en todos los ámbitos. En otros, mediante la inversión de capitales en sectores claves (transporte, minería, bancos manufacturas) y en la constitución de grandes firmas comerciales o el apoyo a la producción de ciertos bienes (café, caña de azúcar, metales, cereales, lanas o carne).

En Colombia, las primeras manifestaciones de un proceso de modernización en ciernes tuvieron lugar en Medellín como se aprecia en los libros de Fernando Botero, “La industrialización en Antioquia: 1900-1930”; Mariano Arango, “Café e industria”; Milton Zambrano, “El desarrollo del empresariado en Barranquilla: 1880- 1945”; Luis Aurelio Ordóñez, “Industrias y Empresarios Pioneros: Cali 1910-1945”; Edgar Vásquez, “Historia de Cali en el siglo 20”. Sociedad, economía, cultura y espacio; en el artículo de Piere Paolo Solano “Acumulación de capital e industria. Limitaciones en el desarrollo fabril de Barranquilla: 1900-1934”.

Algunas expresiones, aun cuando tímidamente y de manera aislada e incompleta de modernización en la capital de la República, se pueden ubicar a partir de la década de los setenta del siglo XIX con la aplicación de uno de los símbolos más

importantes de la revolución industrial como fue el empleo del vapor a los procesos productivos. Ya en 1868 el señor E. Sayer lo había utilizado para mover el primer molino con el fin de producir harina de trigo. En 1870 la Casa de la Moneda siguiendo el ejemplo instaló motores de vapor en sus talleres, y en 1877 la compañía de Chocolates Chaves inició sus operaciones con maquinaria moderna importada de Suiza accionada también a vapor. Otro elemento que ayudó a crear condiciones favorables para la gestación de un proceso de modernización en Bogotá fue la construcción de vías férreas al romper con el aislamiento parcial comunicándola con poblaciones aledañas y el río Magdalena, facilitando el acceso más rápido y a menores costos, de maquinaria, equipo y materias primas necesarios para cualquier intento de industrialización de la capital. Así desde 1881 diferentes gobiernos adelantaron iniciativas en esa dirección: en este año se contrató el primer tramo de ferrocarril de 33 kilómetros entre Girardot y Tocaima. En 1887 unió a esta población con Apulo. En 1898 la línea llegó a Anapoima y finalmente, en 1908 se conectó con Facatativá.

En 1889 se puso en marcha el proyecto de construcción del Ferrocarril del Norte que buscó unir a Bogotá con Zipaquirá, logrando comunicar la sabana desde Facatativá hasta Zipaquirá en 1898. Posteriormente, en 1896, se adelantó el proyecto del Ferrocarril del Sur, que unió a Bogotá con Soacha. En 1903 arribó a Sibaté, contando la sabana finalizado el siglo XIX con algo más de cien kilómetros de vías férreas, que aun cuando no eran de gran extensión, sí significaron un avance (Goueset, 1998, p. 36).

Entre los efectos que produjo el ferrocarril, Miguel Ángel Urrego destaca el cambio en la noción de vacaciones de veraneo de los bogotanos, al permitir el acceso rápido a los pueblos de “tierra caliente”, sustituyendo los paseos a Chapinero y la pesca y el baño en el río Bogotá por el paseo en tren, la instalación en un hotel, el acceso a piscinas y juegos de mesas, entre otros (Urrego, 1997, p. 82).

Y agrega:

Paralelo a este cambio, se consolidaron actividades comerciales que sostenían los desplazamientos y un tipo de ‘cultura de veraneo’; en la ciudad, comienzan a venderse las prendas para tierra caliente, ropa de texturas y colores apropiados, y sus accesorios (sombreros, trajes de baño, etc), así como otros productos: repelentes de insectos y cremas contra el sol y las picaduras de insectos. Por último, las vacaciones fueron asociadas a la afirmación de un estatus social, pues muchos lugares se constituyeron en centro de reunión de los adinerados de la ciudad (Urrego, 1997, p. 82).

Un factor que igualmente, en alguna medida afectó el ritmo de vida tradicional en Bogotá, fue la llegada del tranvía. En 1882 el gobierno de Cundinamarca celebró un contrato con el señor W.W. Ranval para establecer ferrocarriles urbanos otorgándole a su empresa privilegio por veinte años para explotar el negocio. A finales de 1884 se inauguró la línea entre el puente de San Francisco y el caserío de Chapinero. La carrilera era de una sola vía, los carros tirados por mulas.

El tranvía que vino a unir a Bogotá con Chapinero, lugar considerado a finales del siglo diecinueve y comienzos del veinte como lejano y a donde mucha gente llegaba a veranear, fue motivo de diversión, y en muchas oportunidades de protestas como consecuencia de los continuos descarrilamientos que obligaron a los pasajeros a bajarse del incómodo vehículo, con el fin de facilitar el reencaje, labor en la cual participaban algunos de ellos.

Este primer tranvía prestó el servicio de forma ineficiente. La congestión, el incumplimiento en los horarios, el sobrecupo y el desaseo que fueron el pan de cada día de los bogotanos, más el incidente ocasionado por el postillón del vehículo a un niño que intentó subir a uno de los carros del tranvía, condujeron al

público y algunos empresarios (entre ellos los Samper Brush) a decretar el boicoteo desde el 8 de marzo hasta principios de octubre de 1910, y al municipio a su adquisición hacia finales de este año.

Al lado del tranvía, se encontraban por las calles de Bogotá a finales del siglo XIX y comienzos del XX, uno que otro coche elegantes de los particulares con magníficos caballos, y en un lamentable estado, los de alquiler. Había pocos jinetes, entre los cuales se contaban varios de los médicos, quienes se servían del caballo para realizar sus visitas profesionales.

Miguel Ángel Urrego refiriéndose al impacto que tuvo el tranvía en la población afirma:

Estas rutas transformaron la relación con el, en esa época, caserío de Chapinero, pues lo colocó al alcance de los bogotanos, al igual que otros puntos extremos de la ciudad. De la misma manera, las rutas alteraron el modo como las personas vivían en la ciudad. Es evidente que la periferia, a

la cual sólo podía llegarse a pie o pagando una alta tarifa en coche, cambia de significado. A partir de la instalación del tranvía, la ciudad misma se percibe de otra manera; los bogotanos pueden, por ejemplo, desplazarse

los horarios pusieron a vivir a las personas en función del

llegar o no llegar a tiempo se convirtió en un regulador del ritmo

de la vida cotidiana (Urrego, 1997, p. 79).

tranvía

masivamente

El

Otros adelantos materiales en Bogotá se empezaron a percibir con el abastecimiento de agua, la recolección de basuras e instalación del teléfono. Aunque el aprovisionamiento de agua en la ciudad seguía dependiendo en su mayoría del sistema imperante desde la Colonia, consistente en acequias por donde se transportaba, (en 1887 el servicio domiciliario cubría 0.37% de los habitantes; en 1897 apenas había aumentado al 3%) en la segunda mitad de los ochenta del siglo XIX, se pusieron en marcha importantes medidas

gubernamentales, tendientes a dotar a la ciudad de un servicio moderno de suministro de agua. Así, en 1886 mediante el Acuerdo 23 el Concejo Municipal concedió un privilegio a la Compañía de Acueducto de Bogotá, constituida por Ramón Jimeno y Antonio Martínez para que prestaran el servicio a la Capital y a Chapinero durante sesenta años. En el contrato se estableció una cláusula consistente en que al cabo de diez años de haberse instalado 5.000 plumas de agua o terminada las obras, podría negociarse la municipalización del servicio.

En cuanto al manejo de las basuras, en Bogotá no se logró avanzar mucho. En el transcurso de las dos últimas décadas del siglo XIX y la primera del siglo XX, a pesar de los intentos por mejorar el tratamiento de estas, los resultados fueron muy pobres “La recolección y manejo de desechos en la ciudad, dadas las limitaciones económicas de la empresa y la costumbre de los bogotanos de arrojar desechos en cualquier calle y principalmente en las riberas de los ríos, no logró constituirse en un servicio público como tal”, (Urrego, 1997, pp. 95-96) a pesar de la nacionalización del servicio en 1888 y del castigo con cárcel a las personas que botaran basuras. La fragilidad del servicio y las costumbres de los habitantes de la capital facilitaron las epidemias, el alto porcentaje de enfermedades gastrointestinales y la pérdida y canalización de los principales ríos de la ciudad.

En relación con el servicio telefónico, se inauguró en Bogotá el 21 de septiembre de 1881, con una línea que comunicó al Palacio Nacional con la oficina de correos. Luego en 1884 el Concejo Municipal le otorgó un privilegio por diez años a José Raimundo Martínez, para que prestara el servicio en la ciudad, limitándose en un primer momento a comunicar a las dependencias del Estado y la municipalidad. Al final de éste año se instaló la primera línea particular que puso en contacto la oficina de los señores González Benito con otra en Chapinero; en 1885 ya Bogotá contaba con 47 aparatos. En 1887, la empresa fue adquirida por Carlos Tanco, Nepomuceno Álvarez y Camilo Carrizosa. En 1892 se puso en servicio el primer directorio telefónico.

Al empezar el siglo XX la empresa, que había sido parcialmente arrasada por un incendió, la compró George O. Odell, quien obtuvo un privilegio por cincuenta años para la empresa conocida como The Bogotá Telephone Company. A partir de 1906 cuando se restableció el servicio, éste aumentó rápidamente.

El 2 de julio de 1888 la empresa inauguró el servicio de acueducto por tubería de hierro, con la entrega de dos cañerías que cruzaban de oriente a occidente las calles 9 y 11 de la ciudad. Este sistema permitió a los bogotanos consumir agua de mejor calidad, ya que la tubería aislaba el líquido puro de otros contaminantes o de basuras y desechos. En 1897 se habían instalad 2.763 plumas de agua en la ciudad y 30 en Chapinero; en 1910 casi 4.000.

Santana, et. al. (1988, p. 41) afirman que:

La compañía privada a pesar de sus nuevos métodos, no fue una solución global al problema del agua. Se mantuvo el esquema de los acueductos de barrio que databan de la Colonia, pequeños sistemas aislados que no se integraban en una gran red madre. Poco a poco la compañía de Jimeno se convirtió en tema de intensa controversia, y a la vez ejemplo elocuente de los problemas derivados del sistema de concesión privada de servicios públicos. En su primera época la administración municipal no tuvo la voluntad ni los recursos jurídicos y administrativos para establecer una interventoría efectiva. Además los términos del contrato no establecían garantía, ni condiciones estrictas al concesionario del servicio.

El mal servicio prestado por el señor Jimeno y los continuos reclamos de la ciudadanía trajeron como consecuencia la municipalización del acueducto en 1914, después de un largo proceso de negociación con los dueños de la empresa. Un fiel retrato de la situación lo hace un periódico en 1913:

La ley 80 de 1912 expedida por el actual Senado facultó al gobierno para comprar

las aguas potables y los predios que sirven para abastecer a Bogotá

ha impuesto como necesidad la atroz organización del monopolio que, como es de notoriedad pública, no se recuerda un mal servicio tan pésimo como el actual. El agua impotable, impura, infecta y nociva tiene el aspecto turbio y el sabor nauseabundo que lo diga cualquiera de los habitantes de Bogotá. Ya no existe depósito de decantación, hoy convertido en inmundo germen con que se satura el agua que distribuye la empresa.

También se

El crédito, ha sido considerado por diversos economistas como un factor importantísimo en el proceso del cambio. Joseph Schumpeter le atribuyó un papel decisivo en el desenvolvimiento económico:

En todo libro de texto encontramos recalcada la importancia del crédito. Ni aun la ortodoxia más conservadora de los teóricos puede negar que no se hubiera erigido la estructura de la industria moderna sin él, que hace independiente al individuo de las posesiones heredadas, y que el talento en la vida económica ‘cabalga sobre el corcel de sus deudas’. Ni debe ofenderse nadie por la conexión establecida entre el crédito y la realización de innovaciones (Schumpeter, 1977, p. 80).

Frank Safford pone de presente cómo la escasez de capitales y la ausencia de un sistema financiero, frenaron el crecimiento económico en Bogotá durante los primeros sesenta años del siglo XIX:

Las exiguas fuentes de capital de las clases altas hacían realmente difícil el establecimiento de grandes empresas de cualquier tipo. Esto era particularmente cierto por la falta de instituciones bancarias que hubieran podido ayudar a aumentar los limitados capitales de la época. (Safford, 1977, p. 32).

Antonio Álvarez Restrepo, un estudioso de la realidad colombiana resaltó las

bondades del crédito con motivo de la publicación de un libro sobre la historia del Banco de Bogotá:

Uno de los distintivos más acentuados del subdesarrollo es el de carecer de medios expeditos para realizar las operaciones del comercio, para agilizar el intercambio de bienes, para facilitar las transacciones de todo género que

La apertura de cuentas corrientes, los

préstamos a interés de sumas importantes, la aceptación de depósitos a la

orden, la compra y venta de documentos de deuda pública, el descuento de pagarés, de letras de cambio o de hipotecas, todo esto puesto en marcha en un medio limitado que carecía de tales herramientas para su progreso debió constituir una revolución auténtica, un paso audaz, algo que

apertura de un banco, con amplio

programa, fue un paso inmenso en el avance de todo el país, porque a imagen y semejanza suya se crearon en otras partes Institutos de la misma especie que habrían de tener influencia decisiva en la vida de Colombia (Eslava, 1984, pp. 15-16).

cambiaba la faz de la ciudad

se realizan en los mercados

La

El Banco de Bogotá se fundó en noviembre de 1870 por iniciativa del Presidente de la República Eustorgio Salgar y de su Secretario de Hacienda Salvador Camacho Roldán, quienes dirigieron una nota a Ricardo Santamaría comunicándole el deseo que tenía el Poder Ejecutivo de ver establecido en Bogotá un banco privado. El 2 de enero de 1871 abrió sus puertas y dio comienzos a sus operaciones. Sus accionistas más destacados fueron los Koppel, Valenzuela, Child, Holguín y los Restrepo. También fueron accionistas los Samper. Una segunda institución bancaria establecida en Bogotá fue el Banco de Colombia creado el 14 de diciembre de 1874. Entre los accionistas principales del Banco figuraron las familias Samper, Michelsen, De La Torre, Camacho Roldán y Tamayo.

El objeto de estos bancos consistió

(…) en emitir billetes pagaderos al portador, conceder créditos a interés, efectuar giros y descuentos mediante el manejo de letras de cambio y títulos de crédito, así como recibir y hacer adelantos sobre cuentas corrientes, recibir otros depósitos a término y tener agencias, sucursales o casas comisionistas en cualquier parte del país (Romero, 1994, p. 276).

Otras instituciones bancarias que contribuyeron al desarrollo material del país y como parte de él al de Bogotá, fueron el Banco Nacional creado por el Presidente Rafael Núñez y el Banco Central que se fundó por iniciativa del Gobierno del General Rafael Reyes. El Banco Nacional se creó a través de la Ley 39 de julio de 1880, como banco de emisión y para atender los gastos del gobierno. El Banco Central se constituyó en 1905 como una sociedad anónima de capital mixto, con el poder del monopolio de emisión por 30 años, ser agente del gobierno para el cambio de billetes y amortización de papel moneda y administrador de las rentas nacionales. Jugó un papel destacado en el financiamiento de la construcción de ferrocarriles.

Como una señal de progreso ha sido considerada donde quiera se ha establecido, el servicio de alumbrado eléctrico y su uso, tanto en el hogar como a nivel empresarial. En Bogotá, la Sociedad Colombiana de Ingenieros en 1887, a través de una serie de artículos, empezó a reportar las ventajas y dificultades de la electricidad, pero sobre todo a dar cuenta de los adelantos que traería para el transporte, la industria y el comercio.

Respecto de los efectos que estos escritos tuvieron sobre la opinión pública, Rodríguez, Acosta, Ramírez y Villamizar (1993, p. 76) anotan:

No puede afirmarse qué incidencia tuvieron estos artículos entre sus lectores, como tampoco se sabe si quienes trabajaban a favor de la ciudad en esa época se ocuparon de ellos; lo que sí es cierto es que hasta ese

momento la electricidad era para los bogotanos una remota manifestación del desarrollo de algunos países europeos, de algunas ciudades de América y, en el mejor de los casos, un referente obligado al comentar los recientes viajes que habían realizado algunos afortunados a París, Nueva York o Londres. La mayoría, sin embargo, tuvo que esperar a que el 1º de enero de 1890, a las 7 de la noche, se encendieran algunas luces eléctricas en el centro de la ciudad.

Efectivamente, por iniciativa de los empresarios Pedro Nel y Tulio Ospina, Camilo y Gonzalo Carrizosa y Rafael Espinosa Guzmán, quienes en 1889 habían firmado un contrato con el gobierno nacional y con recursos de la banca y el capital de la familia Carrizosa, se constituyó en Bogotá, en 1891 The Bogotá Electric Light Co en un edificio de la carrera 13, al lado del puente Núñez, el servicio de alumbrado eléctrico. Pedro María Ibáñez describe este magno acontecimiento en los siguientes términos:

se montaron cuatro máquinas dinamoeléctricas, del sistema Thomson-

Houston, cada una de ellas productora de electricidad suficiente para alimentar hasta 27 focos de arco de 2.000 bujías de intensidad cada uno. Bogotá estaba hasta entonces deficientemente alumbrada con lámparas de petróleo colocadas en sus vías principales, y por algunos picos de gas, que a ellos llegaba por tubos de madera, hoy reemplazados en gran parte por caños de hierro. Al presente el alumbrado público es suficiente y hace olvidar a los viejos santafereños que en las noches oscuras y tenebrosas de los meses lluviosos tenían que proveerse de un farol y de una vela de cebo para transitar por las desiertas y mal pavimentadas calles de la capital de la Gran Colombia (Ibáñez, 1999, pp. 613-614).

) (

Una revista de la época anotó:

Una de las mejores maravillas del progreso moderno es el alumbrado por

medio de la electricidad; hay en él algo que parece incomprensible y atrae forzosamente la admiración de cuantos se proponen conocer, siquiera en compendio, su producción y desarrollo. Es muy distinto juzgar la luz por el relampagueo desagradable de los focos en noche de mal servicio, a meditar en el esfuerzo necesario para producirla, aun cuando sea con resultados todavía defectuosos (Colombia Ilustrada, 891. p. 359).

Empero, el entusiasmo duró poco. Si bien se avanzó al introducir la electricidad como fuente de energía para el alumbrado utilizando el calor, sin embargo la dependencia de las turbinas del carbón que resultó escaso y de mala calidad, lo cual llevó a la empresa a reemplazarlo parcialmente por leña, la que a su vez debido al aumento de la demanda subió de precio y cuyo abastecimiento también resultó insuficiente, agregando a lo anterior que el uso de ésta no solucionó los problemas de baja presión de las turbinas encargadas de mover los dínamos, trajo como resultado la prestación del servicio con permanentes oscilaciones y de manera intermitente. Así pues:

The Bogotá Electric Light Co. se enfrentó con un público que exigió mucho de la empresa, con altos costos de las soluciones previstas para responder al problema de la presión y con la poca rentabilidad del negocio. Estos factores, además de hacer tambalear la existencia de la Compañía, hicieron prever un primer gran apagón de la ciudad (Rodríguez, Acosta, Ramírez y Villamizar, 1993, p. 108).

Es en este contexto en que los hermanos Samper Brush, con Santiago a la cabeza empiezan a pensar en instalar un nuevo sistema de alumbrado eléctrico, sustentado en la fuerza hidráulica del río Bogotá la que sería transportada hasta la ciudad, idea que finalmente se cristalizó con el Acuerdo 21 de 1895 mediante el cual el Concejo Municipal les aprobó un contrato para la provisión de energía eléctrica por cincuenta años a locales de los consumidores o sitios de consumo, donde sería aplicada por los empresarios o por los consumidores, a aparatos de

acumulación, a motores fijos o de tracción, al caldeo o aparatos de calefacción y a las industrias electro-químicas.

Después de sortear muchas dificultades tanto de índole económica como políticas, militares y físicas debidas a la precariedad de las vías férreas y del transporte que ocasionaron retrasos para la traída y montaje de la maquinaria y la instalación del equipo, gracias al empeño de estos empresarios el 7 de agosto de 1900 a las 6 p.m. se inició en Bogotá el servicio de alumbrado domiciliario y transmisión de fuerza para motores. Esa tarde, los habitantes de la ciudad encendieron los 6.000 bombillos para uso doméstico que contrataron con la firma Samper Brush.

La prestación del servicio por esta empresa según Rodríguez y otros:

(…) se constituyó en un importante factor para el desarrollo de la ciudad, primero, porque ella misma era muestra del progreso alcanzado, y segundo, porque ella, al ofrecer servicios que favorecieron a otras industrias, dinamizó el sector industrial e hizo a la ciudad más atractiva, no sólo porque sus habitantes progresaban, sino porque se convirtió en punto de llegada de migrantes que además de elevar los índices de población, hicieron aparecer nuevos sectores sociales vinculados a la industria, bien como obreros que vendieron su fuerza de trabajo, bien como socios que invirtieron sus capitales en el crecimiento y la expansión de esas industrias (Rodríguez, Acosta, Ramírez y Villamizar, 1993, p. 127).

No se puede negar que el surgimiento de la energía eléctrica en Bogotá, se convirtió en un factor que contribuyó a impulsar a otro de los elementos indicadores de la modernización, como es el grado de industrialización. Si bien esta se inició de manera incipiente y con altibajos aun cuando exitosamente en la Capital sin su apoyo a partir de 1877 con la constitución de la fábrica de Chocolates Chaves, más tarde La Equitatitiva y la Cervecería Alemana Bavaria en 1889, al igual que las empresas de pastas El Gallo y El Papagayo en 1892 y la

empresa Vidriera Alemana Fenicia en 1897 y de otras compañías menores, a partir de 1900 con la creación de la Sociedad de Energía Eléctrica Samper Brush & Cía., muchas de estas empresas y otras que se fundaron utilizaron de forma cada vez mayor esta fuerza de energía en sus actividades productivas.

En Bogotá, en la década de los ochenta se adelantaron algunas iniciativas empresariales: Indalecio Uribe, por ejemplo, inventor e industrial antioqueño, montó un taller con telares de su propio diseño en el Hospicio de Bogotá e instaló en este año una pequeña fábrica de tejidos ubicada en el barrio Las Aguas.

En 1888 con apoyo oficial se organizó la Sociedad Industrial de Bogotá en el barrio Las aguas al lado de una fundición de estearina y velas con el fin de revivir la idea de fabricar ácido sulfúrico, tropezando con los mismos problemas técnicos y financieros que tuvo que afrontar la extinguida hacía diez años.

En ese periodo surgió la empresa más importante de Bogotá: la sociedad Cervecería Alemana Bavaria, fundada en 1889 y dirigida por Leo Kopp, fecha que señala el verdadero origen de la industria cervecera colombiana. En 1891 entra en funcionamiento la fábrica con un equipo alemán que para la época fue considerado de lo más moderno y adelantado que existió:

la fábrica constituía la primera cervecería en escala apreciable con

equipo y técnica modernos que se instalaba en el país. Al iniciar sus operaciones, ocupaba 80 obreros y producía 6.000 litros diarios, pero al año siguiente hubo de ensanchar su instalación. Con el fin de asegurar el abastecimiento de las 10.000 o 14.000 cargas de cebada que requería anualmente, desde el primer momento implantó medidas de apoyo a los cultivadores, ofreciendo precios fijos, suministrándoles semillas mejoradas y garantizando la compra oportuna de sus cosechas (Consorcio de Cervecería Bavaria, 1996, p. 3).

) (

Así pues, con ejemplos como el de Bavaria, Chocolate Chaves y La Equitativa en la última década del siglo XIX, comienza el proceso de industrialización en el país y en Bogotá, de forma lenta pero irreversible. Este proceso se adelantó con base en el establecimiento de talleres mecanizados que utilizaron trabajadores asalariados e ingenieros y técnicos traídos del exterior o nacionales que se prepararon en la Escuela Nacional de Minas de Medellín, o se formaron en la experiencia productiva. Las empresas tuvieron acceso, al principio, a la energía hidráulica y luego al vapor y finalmente a la eléctrica ya fuera con plantas propias o administradas por los municipios.

Salomón Kalmanovitz anota que este proceso de asentamiento industrial fue largo, penoso y sujeto a muchos riesgos que solamente después de 1910 se empiezan a superar:

Al principio, las nuevas fábricas realizaron su producción en los mercados regionales, pero irían teniendo cobertura nacional a medida que se construían las vías para empalmar las más importantes ciudades, sobre todo entre 1921 y 1929. Mercados pequeños, se transformaron en grandes y dinámicos, justificando la operación en gran escala de las plantas manufactureras y ampliando el rango de los procesos y actividades industriales (Kalmanovitz, 1994, p. 235).

Poveda Ramos se refiere al entusiasmo reinante nuevamente en Bogotá a principios de los noventa a través de un estudioso de este periodo:

En sus notas a la Geografía de Colombia de Eliseo Reclus, Vergara y Velasco asegura que anualmente se estaba importando hacia 1893, unas 2.500 toneladas de máquinas y de herramientas, así como las siguientes cantidades de metales industriales: 58 toneladas de cobre; 31 toneladas de acero; 194 toneladas de plomo y 658 toneladas de hierro en bruto. De ser

ciertas, estas cifras indicarían una actividad manufacturera ya nada despreciables, incluyendo la del sector metalmecánico (Poveda, 1970, p.

28).

Aportes de la Familia Samper al proceso de modernización en Bogotá

Es indudable que al tratar el tema del proceso de modernización en Colombia y en Bogotá, hay unos apellidos que no se pueden soslayar. Uno de ellos es el de los Samper, que tanto influjo tuvo en este. A continuación se hará alusión al papel que jugaron sus miembros.

Los hermanos Miguel y Silvestre Samper Agudelo

El primer nombre de la familia Samper que nos viene a la mente es el de Miguel Samper Agudelo, quien no sólo transformó el pensamiento de mucho nacionales con sus ideas sobre el progreso, sino que también con su quehacer, con su praxis, coadyuvó a impulsar el desarrollo material del país. En el campo intelectual, sus primeras batallas las dio contra las ataduras coloniales, oponiéndose al monopolio del tabaco y abogando por la abolición de los estancos. Como liberal que fue, se opuso a un excesivo intervencionismo estatal, al proteccionismo, convirtiendo el librecambio en uno de los ejes centrales de su pensamiento económico. Gerardo Molina lo definió como un individualista de la mejor clase, un partidario de la no intervención o de la prescindencia del Estado, uno de los forjadores del capitalismo colombiano.

Admirador de Inglaterra, país al cual visitó tres veces y de otros países europeos como Francia y de algunos de sus pensadores económicos, en el último viaje que realizó al viejo continente en 1873, llevó consigo a cuatro de sus hijos, no solamente para que prosiguieran sus estudios y para alejarlos del ambiente de fanatismo político que se respiraba en Colombia en esa época, sino para que se familiarizaran con el progresos de esos países y con el fin de que palparan los

cambios que la revolución industrial que en ese momento se iniciaba como producto de la máquina de vapor y posteriormente de la electricidad, traía consigo. Santiago y Manuel se quedaron en Inglaterra; Antonio en Alemania y José María en Francia.

Jaime Samper aludiendo a las características de Miguel Samper afirmó:

Fue el forjador y el principal educador de sus hijos. Preocupado siempre por el porvenir y el progreso de su país en lo político, en su desarrollo industrial, en la educación del pueblo y en el mejoramiento del nivel de vida de las clases desvalidas, inculcó en sus hijos el sentido del deber para su patria, la honradez, el espíritu de trabajo y de empresa y el sentido de responsabilidad para con sus semejantes menos favorecidos por la fortuna. Fue don Miguel Samper quien sembró la semilla que fructificó en ese siglo a través de sus hijos y para bien de Colombia (Samper, J., 1994, p. 162).

En uno de sus escritos sobre la capital de la República relativo a su estado y porvenir, Samper Agudelo anotó:

Bogotá debe aspirar a destinos más honrosos y fecundos que el de aprovecharse de gran parte del presupuesto nacional de gastos. El relativo aislamiento en que la orografía coloca a las altas mesas de Cundinamarca y Boyacá; los ricos depósitos de sal gema, hierro, carbón, piedra de cal, azufre y otras materias de gran fecundidad para la industria, y la aglomeración de capitales y brazos en la ciudad, la invitan a ser un

Si la política llegare a dejar paso libre a la

poderoso centro de fabricación

industria Bogotá podrá transformarse de parásita en industrial (Citado por Samper, J., 1994, p. 163).

Preocupado por la situación de la Capital, procuró participar en distintos proyectos conducentes a su mejoramiento material. Entre las realizaciones en el campo económico que se llevaron a cabo en Bogotá y de las cuales hizo parte, se podrían mencionar, la actividad que como empresario desarrolló en su casa de comercio de importación y exportación, la fundación de los bancos de Bogotá y Colombia; la creación junto con otros comerciantes como Salomón Koppel, y Jorge Holguín, de la Cámara de Comercio de Bogotá en 1878, de la que fue miembro de la primera junta directiva, y segundo director que reemplazaba eventualmente al gerente Salomón Koppel; participación en el intento de instalación formal de la Cámara de Comercio de Bogotá en 1898; precursor de la Empresa de Energía Eléctrica de Bogotá, que sus hijos van a inaugurar en 1900 y de la cual dijo que sin el uso de este servicio no había revolución industrial, ni país moderno, ni urbanización; que ella era el antídoto contra el atraso y motor del desarrollo.

El segundo nombre importante por ser uno de los pioneros en el campo de la actividad empresarial, es el de Silvestre Samper Agudelo, quien al igual que su hermano Miguel se dedicó al comercio. Aun cuando no fue exitoso en la actividad manufacturera como sí lo fue en la comercial, se le abona su espíritu emprendedor, su afán de sacar el país del atraso. Junto con otro hermano, Antonio, Guillermo Uribe y Libordio Zerda, creó la fábrica de licores y perfumes De los Tres Puentes, cuyo propósito según sus fundadores era el de:

sustituir la importación de la mayor parte de licores, perfumes, aguas

aromática espirituosas y otras producciones de esta naturaleza que nos

vienen del extranjero confeccionadas con elementos de la América Tropical, de donde se llevan a Europa y a Estados Unidos del Norte en la forma de

alcohol desinfectado

de diferentes grados, aguardiente anisado común y fino, aguardiente de

materias primas

) (

empezando a producir en Bogotá

España, ginebra, Kirsch, mistelas o ratafías de diferentes sabores, ron viejo de Jamaica, brandy pálido, vinos de diversas frutas, cremas finas y otros licores opuse-café, perfumes finos y baratos, agua florida, agua de mil flores, vinagre aromático y blanco, tintura de árnica, barnices, alcohol aromático, gotas amargas (Fundación Misión Colombia, 1988, p. 29).

Esta empresa al poco tiempo fracasó como consecuencia de la competencia de las 406 destilerías familiares de aguardiente existentes en Cundinamarca y de la presión tributaria del Estado que por esa época se alistaba a establecer el estanco oficial del aguardiente.

A pesar de este traspié, en el año de 1874 trató de poner nuevamente en marcha una fábrica de vidrio, cuyo propósito fue el de producir objetos de ese material a precios más bajos que los traídos del exterior. Para esto solicitó en compañía de sus antiguos socios, al Congreso, una serie de exenciones tributarias, obteniendo una respuesta negativa debido a la presión ejercida por el gremio de los boticarios quienes adujeron que la libre importación de materias primas encubrirían el contrabando de productos químicos que se empleaban en la preparación de gran variedad de medicamentos. En 1895, dando muestra de su perseverancia y tenacidad y aun cuando las condiciones del país en este años no eran muy propicias desde el punto de vista económico debido a los problemas políticos, estableció la empresa productora de vidrio, de un tamaño considerable y con muy buena técnica; sin embargo, los problemas económicos la llevaron a su cierre en

1898.

Los Samper Brush

Los otros miembros de la familia Samper dignos de mencionar por su legado al desarrollo del país y de Bogotá durante el periodo de este escrito, son Santiago, Manuel, Antonio y Joaquín, hijos de Miguel Samper Agudelo quienes fundaron las

sociedades Samper Brush & Cía en 1896 y Cementos Samper en 1909 con el fin de dotar a Bogotá de energía eléctrica y cemento.

Conscientes de las necesidades energéticas de la ciudad en materia de alumbrado hacia finales del siglo XIX, Santiago y Antonio quienes tuvieron la oportunidad de observar el sistema de generación de energía eléctrica en Londres basado en la caída de agua, consideraron la posibilidad de traerlo al país. Jaime Samper relata esta experiencia:

En 1891 don Santiago y don Antonio, quienes se encontraban en Inglaterra, visitaron una exposición en Londres, en la cual se transmitió por primera vez energía eléctrica, desde una planta cercana, en esa ciudad. La industria de generación y distribución de energía eléctrica estaba en ese entonces en su infancia. La primera central de generación de electricidad había sido instalada en Nueva York pocos años antes bajo la dirección de Thomas Alva Edison (Samper, J., 1994, p. 164).

Ya estando en Bogotá le propusieron a su padre y a sus hermanos la idea de aprovechar las aguas del río Bogotá para instalar una planta hidroeléctrica, cerca de la Capital, contando con el respaldo del primero quien les manifestó que tenía plena confianza en la inteligencia, en la capacidad y en la consagración al trabajo de todos sus hijos y que estaba seguro que la empresa que emprendían, tan novedosa y arriesgada tendría éxito. Que podrían retirar de la casa de comercio Miguel Samper e Hijos, que habían organizado desde 1887, parte o el total de sus aportes para la inversión en el proyecto, reservándose su parte para el caso en que la empresa fracasara.

Así, el 13 de agosto de 1896, los seis hermanos Samper Brush, Santiago, Manuel, Antonio, José María, Joaquín y Tomás, constituyeron la sociedad regular colectiva Samper Brush y Cía. Como objeto social se fijó establecer en El Charquito una o más instalaciones de energía eléctrica; ofrecer el servicio de energía eléctrica y

sus aplicaciones a la industria y a los usos domésticos y el comercio de objetos a que da lugar la aplicación de la energía eléctrica, etc.

¿Qué se puede resaltar de esta aventura? En primer lugar, el riesgo en que incurrieron, en un país con tantos problemas económicos e inestable políticamente. En segundo lugar, su visión para los negocios y el sentido de la oportunidad en una ciudad en donde todo estaba por hacerse y en continuo crecimiento. En tercer lugar, la tenacidad para sobreponerse a las distintas dificultades y complejidad que tuvieron que afrontar durante el periodo de

instalación y desarrollo de la empresa. Juan Camilo Rodríguez et. al. las ilustran al respecto:

El viaje de la maquinaria y los técnicos desde Europa hasta Bogotá demoraba alrededor de cinco meses ocupando un trasatlántico, un vapor, un tren y finalmente unas mulas o unas yuntas de bueyes. A pesar de la ampliación de la red ferroviaria, que contribuía en el proceso de industrialización y en la ampliación de los mercados, es claro que esta aún presentaba grandes demoras en el transporte de la maquinaria y es eso, en parte, lo que hizo que sólo en agosto de 1900 comenzara a funcionar la planta hidroeléctrica. A las dificultades de las vías férreas y del transporte en general se debieron sumar los inconvenientes propios de la Guerra de los Mil Días. En cualquier caso, la importación de maquinaria movida sobre una red férrea, en crecimiento a pesar de la guerra, como lo hicieron los Samper, puso de manifiesto el temperamento de unos empresarios que ya no sólo aspiraban a suministrar bienes de consumo a través del comercio, sino bienes de producción demandados por el proceso de industrialización, uno de los más importantes la energía, indispensable además en la modernización tardía de la ciudad que exigió una mejor calidad de vida para sus habitantes y en la que la iluminación y luego los usos domésticos de la

electricidad jugaron un importante papel

En la instalación de equipos se

trabajó diariamente, incluso los domingos -gracias a un permiso del Arzobispo- y feriados, a fin de culminar las obras lo antes posible, lo que

requería de la construcción de barracas para obreros, edificios para máquinas y administración, talleres mecánicos de ornamentación y eléctricos, murallas que dividieran el cauce del río Bogotá y espacios adecuados para la instalación de turbinas, así como un trazado apropiado para la red subterránea del cableado desde ‘El Charquito’ hasta Bogotá. (Rodríguez, Acosta, Ramírez y Villamizar, 1993, p. 117).

En cuarto lugar, habría que destacar el conocimiento del negocio y el sentido moderno de la organización en su parte técnica, como lo refleja esta cita y en su parte administrativa y contable: proyecto de simplificación y reglamentación de la contabilidad, contratación de revisor fiscal, seguros, etc.

La otra empresa importante para el desarrollo del país y de Bogotá, fue Cementos Samper, fundada por los Samper Brush en 1909. Al comenzar el siglo XX el cemento, necesario para el desarrollo de los países, era poco utilizado y conocido en Colombia. Los comerciantes que lo trajeron del exterior lo hacían en cantidades pequeñas casi siempre de Dinamarca o de otras partes de Europa. Carlos Sanz de Santamaría atribuye a lo difícil que era importarlo la razón principal de su consumo limitado:

Era transportado en barriles de madera revestidos por dentro con materiales que impedían el deterioro por la humedad. Los toneles tenían - como los dedicados al almacenamiento de los vinos- cinchas de alambre y bandas de acero, para evitar cualquier daño ocasionado por el transporte. Eran prácticamente herméticos y la labor de su fabricación bastante costosa (Sanz de Santamaría, 1993, p. 45).

A raíz de la experiencia que tuvieron los hermanos Samper Brush, consistente en que para construir la primera planta hidroeléctrica, se vieron obligados a importar la totalidad del cemento requerido en la obra y ante la perspectiva de futuras ampliaciones, junto con el deseo de impulsar la industria nacional, tomaron la

decisión de montar la primera fábrica de cementos, la cual inició producción en julio de 1910:

Como el costo del cemento era especialmente alto al traerlo de Europa, los hijos de don Miguel Samper Agudelo, con su probado espíritu progresista, iniciaron gestiones para fundar una fábrica de cemento en las vecindades de la capital. Consideraron oportuno y conveniente para las necesidades de la nación montar dicha fábrica, en la que tenían especial interés todos aquellos que veían en el cemento un material necesarísimo para el desarrollo futuro del territorio colombiano. (Sanz de Santamaría, 1993, p.

46).

Varias fueron las dificultades que tuvieron que sortear los hermanos Samper Brush para el establecimiento de la empresa. La primera se relacionó con la compra de los terrenos en el municipio de La Calera, que contenía una mina de caliza, la cual después de arduas negociaciones con sus dueños lograron adquirir por la cuantiosa suma de diez mil libras esterlinas en 1909. La segunda dificultad radicó en la falta de vías y medios de transporte adecuados para el traslado de la piedra caliza de las minas hasta las instalaciones de la fábrica que funcionaba en la Carrera 17 con la Calle 15, cerca de la Estación de la Sabana, donde trabajaba una pequeña planta con un horno vertical, que producía en promedio cuatro toneladas de Clinker en cada operación, la cual se había comenzado a construir desde 1905, culminándose en 1908. La materia prima se traía a Bogotá a lomo de mula, a través de un sendero muy estrecho que conducía hasta el camino de Gachetá y por este a la Carretera Central del Norte.

Una descripción más detallada de la forma cómo se transportaba el material para la producción de cemento y del proceso mismo la realiza Alfredo Camelo, la cual nos permite apreciar en sus verdaderas dimensiones lo titánico que era montar empresa en Bogotá:

Con picos, azadones y palas, los jornaleros laboraban a cielo abierto el filón de la piedra caliza, en las estribaciones de La Siberia. Con sus lazadas y zurriagos, los arrieros llevaban las cargas de piedra caliza a lomo de mula y burro hasta Usaquén. Con sus carros de yunta, tirados por bueyes o caballos, los fleteros transportaban la piedra caliza hasta la planta de Bogotá. Con su alquimia de colmena, los obreros transmutaban en los molinos y los hornos noventa y una partes de caliza, tres partes de yeso, cinco partes de arcilla y una parte de mineral de hierro, y entonces aparecían cien partes de ese polvillo gris destinado a levantar murallas de ladrillo y a cambiar la tonalidad de la vida cotidiana (Camelo, 1994, pp. 75-

76).

Sobre el impacto que produjo en la construcción en Colombia la producción de cemento, Alfredo Camelo afirma:

) (

la Compañía de Cemento Samper contribuyó decisivamente a poner en marcha la más profunda y prolongada revolución arquitectónica y urbana que desde entonces experimentó el país. Ya nada sería como antes. Hasta las viejas casonas que continuaban en pie, desafiando estoicas la Vorágine de los siglos, comenzaron a exhibir un aire mustio en sus fachadas, sus tejares y sus portalones, cual si remembraran la desolación de los seres y las cosas de los cantos agónicos de José Asunción Silva. ‘Si aprisionaros pudiera el verso,/Fantasmas grises cuando pasáis,/ Móviles formas del Universo,/Sueños confusos, seres que os vais (Camelo, 1994, p. 75).

con la fabricación de la primera tonelada de cemento gris tipo Portland,

Como parte de un proceso de integración vertical y horizontal en marcha, los Samper Brush & Co. realizaron el 4 de diciembre de 1916, la reorganización de la fábrica de cementos conformando una nueva sociedad comercial anónima con la denominación Compañía de Cemento Samper que además de ocuparse de su objeto social consistente en la elaboración y venta de cemento portland, cemento

blanco y cales, buscó reforzar su fábrica de baldosines para pisos o pavimento, tubos para desagües de cañerías, alcantarillados y acueductos, bloques y demás productos de cemento y fortalecer la actividad constructora incipiente VER P. 49 CARRASCO con la creación de dos departamentos: El Departamento de Manufacturas de Cemento para la producción de sus prefabricados y el Departamento de Construcciones con el que formalizó su actividad como empresa de diseño arquitectónico, edificadora y de urbanización. Esta Compañía fue accionista de la Urbanizadora Samper y Cía. Y de la Compañía Colombiana de Obras Públicas, especializada en construir alcantarillados, acueductos y pavimento. (Carrasco, 2006, p. 48).

Con el fin de garantizar el aprovisionamiento de materias primas para la producción, la Compañía adquirió de la Sociedad Hijos de Miguel Samper 81 hectáreas de la hacienda La Siberia, que incluía otra mina de cal. También, compró en Bogotá dos terrenos adyacentes a la planta de producción situada en la calle 16 con el fin de afrontar futuras ampliaciones de la fábrica como de sus oficinas. Igualmente, con el fin de hacer más expedita la distribución, abrió dos almacenes o agencias en la carrera 7ª y uno en Chapinero. Carrasco, afirma al respecto:

La compañía resultante de esta reorganización, con la constante ampliación de sus instalaciones, la adquisición de otros yacimientos de materias primas -los de piedra de río para triturar en Usaquén y Bramaderos, de piedra caliza en la estación La Uribe, una mina calera en Zipaquirá y el arenal de La Peña- y la conformación de la Compañía Explotadora de Carbón con las minas de carbón de San Juanito y El Consuelo en Zipaquirá -con las que reemplazaron las carboneras de Nemocón y Monserrate para producir cisco y coke para sus hornos-, consolidó la producción de sus materiales para la construcción (Carrasco, 2006, p. 48).

La nueva actividad edificadora que comenzó la empresa en 1917 fue exitosa hasta el advenimiento de la crisis económica mundial que la afectó de manera ostensible. Así, entre 1917 y 1927, la Compañía Cemento Samper llevó a cabo muchos proyectos y construcciones entre los que se cuentan:

(….) edificios fabriles e industriales, bancarios, de beneficencia y hospitalarios, religiosos, de vivienda urbana y suburbana, comerciales, de diversión y de renta; casas de comercio, pasajes, teatros y ornato e infraestructura urbana para alcantarillado y acueductos, incluidos diseños de fuentes comunitarias (Carrasco, 2006, p. 56).

Igualmente, realizaron proyectos en las afueras de Bogotá como Chapinero, Quinta Camacho, Rosales y Granada, que luego dieron origen a barrios con esos nombres. Pero su actividad no se limitó al ámbito de la Capital, también se extendió a municipios cercanos como Fontibón, Usaquén, Engativá, Facatativá, Zipaquirá, y Girardot (Carrasco, 2006, p. 56).

La Gran Depresión, obligó a sus propietarios a constituir en abril de 1929 una nueva sociedad anónima con el nombre de Fábrica de Cemento Samper que funcionó en las instalaciones de San Facons hasta 1933 cuando se cerraron sus hornos verticales. En este último periodo la empresa se concentró únicamente en la producción industrial del cemento y prefabricados, dejando a un lado la actividad constructora. En 1934 sus dueños la trasladaron a La Siberia, fusionándola con el antiguo Departamento de Manufacturas dando lugar a la empresa Manufacturas Cemento S.A.

Otras de las realizaciones de los hermanos Samper Brush, que incidieron en el proceso de modernización en la capital de la República, a nivel de la superestructura, fue el Gimnasio Moderno ideado por la élite de la capital de la República para formar futuros cuadros que dirigieran al país en los campos

económico, político y cultural. En su constitución desempeñaron un rol trascendental, sobre todo desde el punto de vista económico y administrativo, la familia Samper Brush en cabeza de José María, Tomás y a principios de los cuarenta, de Daniel Samper Ortega.

El Gimnasio Moderno se creó como sociedad anónima por acciones en Bogotá, el 25 de abril de 1914 por Tomás, José María y Manuel Samper en representación propia y de Antonio, Joaquín y Pedro Samper; Alberto Corradine en representación propia y de Ferdinand Focke; Agustín Nieto Caballero, en representación propia y de Ernesto Duperly, Isidro Nieto y Luis Calderón; Luis E. Nieto Caballero en representación propia y de Alfredo y Luis Caballero; y José Joaquín Serrano y Frederick Jacobsen. Entre los socios principales en 1915 estaban: José María Samper Brush con 10 acciones, Manuel Samper con 4, Antonio, Joaquín, Tomás y Pedro Samper con 1 cada uno, Agustín Nieto Caballero con 5, Laureano García con 2, Joaquín Camacho con 2, Antonio Ángel con 2, Wenceslao Paredes con 2, Gabriel Camacho con 2, José Serrano con 2 y Francisco Pineda con 2. Como se observa en la composición accionaria, los Samper tenían un paquete bastante significativo que muestra el respaldo a dicha iniciativa.

El apoyo económico al Gimnasio Moderno se manifestó también mediante la donación que realizó José María Samper Brush de diez fanegadas de terrenos situados en la actual sede y a donde se trasladó en 1920 y el dinero entregado junto con su hermano Joaquín y otras personas para la construcción de unas instalaciones propias, la compra del mueblaje de la capilla, de los dormitorios, de la sala de juegos, etc.

En cuanto al nombre que le pusieron, Nieto Caballero sostiene que Gimnasio pensando en la actividad del cuerpo y del espíritu, y Moderno, con el fin de sentirse obligados a mantenerse en continua renovación. Todo el nombre según él era un compromiso con la sociedad.

El precursor intelectual del Gimnasio Moderno fue Agustín Nieto Caballero quien a

la edad de 20 años asistió en Europa como estudiante de leyes en París en 1910, a los vientos de renovación en la educación. En sus palabras:

A los muchachos a quienes hacia 1910 sorprendía la mayor edad en una

universidad europea o norteamericana, les había tocado en suerte presenciar una intensa e inusitada efervescencia ideológica en el vasto campo de la educación. Filósofos y sociólogos descendían de sus altas cátedras para analizar los problemas de la escuela; en revistas y en libros se urgía con insistencia el cambio de los métodos ya caducos por otros más en consonancia con la salud del niño, con el libre desarrollo de su personalidad y con el sentido de cooperación social que había de servir de norma a la sociedad contemporánea; y, lo que era más significativo, media docena de planteles del nuevo tipo habían levantado sus tiendas de campaña en Europa, en los Estados Unidos y en la India, y comenzaban a mostrarle al mundo los resultados audaces de su audaz experimento (Nieto, 1993, p. 29).

Deslumbrado por ese descubrimiento se preguntó si sería infecunda esta semilla en las tierras de América, si podría Colombia, de cuyo amor por las cosas del espíritu se hablaba siempre en el extranjero, tomar la iniciativa de la primera siembra:

Hacer el experimento era tentador para quien llevaba en la sangre el fuego de los veinte años, y en el espíritu un terco propósito de acción. Oír a los grandes maestros; leer sus obras; observar de cerca el funcionamiento de aquellas escuelas que se anunciaban como una redención; atesorar ideas: tal era el programa inicial impuesto por el espejismo de esa escuela nueva, que sería un fermento de renovación escolar dentro del territorio patrio, y que algún día -¿por qué no?- haría hablar bien de Colombia, y contribuiría al progreso colectivo con

iniciativas generosas y fecundas (Nieto, 1993, p. 29).

Atraído por lo que había percibido, Agustín Nieto inició su periplo por Europa Central, América del Norte y algunos países de Suramérica para cristalizar ese sueño de crear en el país una escuela nueva. Visitó la Sorbona, el Teacher’s College de la Universidad de Columbia, el Instituto de Ciencias de la Educación de Ginebra, la Escuela de L’Hermitage de Bruselas, la Institución Libre de Enseñanza de Madrid, centros de inspiración y sus maestros a quienes escuchó, leyó o con los cuales conversó y que admiró, fueron William James, Dewey y Tohordinke; Durkheim, Binet, Bergson y Boutroux; Decroly, Ferriere, Bovet y Claparede, Giner, De los Ríos, Altamira y Cossio, entre otros.

Después de su permanencia en Europa, Agustín Nieto regresó a Colombia cargado de muchos libros, varias cajas de material didáctico empleado en los jardines de niños y en las escuelas primarias del nuevo tipo y abundante material concerniente a la educación secundaria y superior y dispuesto a emprender el proyecto de constitución de una escuela modelo en donde pudieran experimentarse los nuevos sistemas en beneficio del país y se orientara al magisterio. Lo primero que hizo fue hablar con el presidente de la República quien le sugirió lo desarrollara por su propia cuenta, con el respaldo de amigos y lejos de las trabas oficiales. Ante esta negativa acudió entonces a otras personas y casi todas, se mostraron escépticas, salvo dos: José María y Tomás Samper Brush. Ellos capaces de entender el valor de la educación en la sociedad, apoyaron de forma irrestricta a Agustín Nieto Caballero.

Éste, al referirse al origen de la idea sostiene que se les ocurrió que así como en el campo material en el país se empleaban todos los progresos alcanzados en las naciones más civilizadas, lo mismo podría hacerse en lo relacionado con la educación:

Nuestro intento era modernizar sin extranjerizar, infundir a la colectividad

una vida nueva, pero que fuera vida nuestra también. Teníamos intención firme de destruir lo que considerábamos inactual, pero sabíamos que hay dos maneras de destruir muy distintas: Por violencia, echando a tierra lo que nos desagrada; o bien por medio de la acción creadora, levantando cosas mejores frente a aquellas que deseamos hacer desaparecer. En la violencia no teníamos fe, y por otra parte parecíamos convencidos de la ley no escrita que afirma que no se destruye completamente sino lo que se reemplaza (Nieto, 1993, p. 57).

Sin embargo, pese a que luchaban por reformar el sistema de enseñanza, su interés primordial no era el de democratizarlo, no tenía un sentido de inclusión, sino el de acomodarlo a sus intereses; lo primordial era darle a los miembros de su familia una buena educación acorde con los nuevos tiempos, distinta a la tradicional, que los preparara para asumir la dirección de los negocios y del Estado y uno de los medios para concretar ese ideal era el Gimnasio. Así lo deja en claro Nieto Caballero:

No se trata únicamente, en el caso que contemplamos, de la educación popular. El hijo de quien disfruta de comodidades, necesita en nuestros días, más que nadie, una alta educación. De la manera como su espíritu se forme dependerá que los bienes puestos en sus manos sean un instrumento de progreso y de bienestar social o de explotación despiadada y ostentosa. Son los poseedores de independencia económica los que mayor influencia pueden ejercer, quienes tienen las más vastas posibilidades de ayudar al avance o al retroceso colectivo. Es, pues, de importancia trascendental el género de educación que se les dé (Nieto, 1993, p. 59).

De que su intención era ocuparse de la educación de la élite se reafirma en el párrafo siguiente: “La escuela nuestra no ha sido, ciertamente, una escuela de ricos, pero, como toda institución privada, no es tampoco la de los desheredados

de la fortuna que se ven obligados a buscar la enseñanza gratuita” (Nieto, 1993, p.

59).

No perseguían los fundadores del Gimnasio enriquecerse económicamente. Por eso, para evitar malos entendidos, en 1920 lo convirtieron en corporación sin ánimo de lucro como lo expresa Tomás Rueda Vargas, uno de sus cofundadores:

Como acontecimiento principal en la vida del Gimnasio hay que señalar la transformación de la compañía anónima en corporación. Comprendimos nosotros que mientras las palabras accionistas, acciones, fueran la señal de convocatoria a nuestras reuniones, la institución estaba expuesta a ser invadida por el mercantilismo, y como no estaba allí el sitio de éste, y como el Código de Comercio nos obligaba a repartir dividendos, y éstos no se producían, y en caso de haberlos no estábamos dispuestos a repartirlos, sino a aplicarlos al avance de la obra misma, quemamos las naves que pudieran habernos llevado a la ribera de un dorado distinto del que habíamos soñado, que no tiene forma de traducirse en monedas (Rueda, 1945, p. 22).

Otro integrante de la familia Samper al que se le deben importantes aportes al desarrollo de la medicina en el país es Bernardo Samper Sordo, otro hijo de los Samper Brush. Sus iniciativas empresariales coadyuvaron a salvar muchas vidas en una época en que no existían unas políticas públicas, ni una infraestructura física, científica y humana, capaces de combatir diferentes enfermedades que para ese entonces, por no contar con los recursos suficientes, eran mortales.

Su gran realización fue el Laboratorio Nacional de Higiene o Samper-Martínez, que, en compañía de Jorge Martínez Santamaría fundó el 24 de enero de 1917, como una institución de carácter privado para la producción de vacuna antirrábica y suero antidiftérico y diagnóstico de enfermedades parasitarias y microbianas. El capital para establecerlo salió de sus bolsillos, pues no contaron con la ayuda del

gobierno. Su creación fue motivada por circunstancias personales y familiares de Bernardo Samper Sordo y fruto de las inquietudes científicas de su socio.

Los antecedentes se remontan al año 1895 cuando una de las hermanas de Bernardo murió de difteria en Bogotá por no habérsele suministrado el suero que se producía en Europa y los Estados Unidos y que no alcanzó a llegar a tiempo. A raíz de ese suceso la familia Samper mostró un interés especial por la atención adecuada de los casos de difteria importando el suero antidiftérico que conservaban en unas neveras sencillas (cajas de madera con trozos de hielo) y que suministraban sin costo alguno a quienes lo necesitaban. La ocurrencia de un nuevo episodio en 1903 -cuando Jorge Martínez adelantaba sus estudios médicos y ejercía como practicante en el hogar de Antonio Samper Brush-, consistente en que un gato con rabia mordió a una hermana de Bernardo y a una empleada de la casa de ella teniendo que trasladarlas a los Estados Unidos en donde las vacunaron, impresionó tanto a éste que decidió estudiar medicina en la Universidad Nacional graduándose en 1914. En los años siguientes continuó sus estudios de postgrado en la Escuela de Salud Pública anexa a la Universidad de Harvard y al Instituto Tecnológico de Massachusetts en Boston. Estando aquí se encontró con Jorge Martínez nuevamente, el cual también estudiaba en la misma Escuela, estrechando su amistad y a quien le propuso establecer el laboratorio. Así se relata en una monografía del Instituto Nacional de Salud la iniciativa de creación del laboratorio:

Científicos, pero a la vez soñadores y patriotas, desde entonces resolvieron consagrar su vida a la fundación de un laboratorio que preparara en Colombia las vacunas y sueros que necesitaba desesperadamente el país. Al terminar sus estudios en Boston, los doctores Samper y Martínez visitaron la Escuela de Medicina Tropical de Londres y el Instituto Real de Salud Pública de Inglaterra para familiarizarse aún más con las técnicas modernas sobre producción de productos biológicos. En los primeros días del año de 1917 regresaron a Colombia y el 24 de enero fundaron el

Laboratorio (Instituto Nacional de Salud, 1982, pp. 3-4).

Al decir de Wasserman:

Los científicos eran personajes excéntricos, altruistas llenos de deseos de servir a su sociedad y de aumentar sus conocimientos personales. Eran verdaderos “sabios” que por su afortunada posición social habían contado con la oportunidad de estudiar en centros de importancia mundial y podían dedicar sus vidas a una actividad exótica con pocas posibilidades de lucro (Wasserman, 1982, p. 22).

La creación del laboratorio, la sitúa Wasserman en un contexto en el cual la ciencia poco se diferenciaba de la tecnología:

Se esperaban y se producían todavía muchas más invenciones que teorías explicativas. La aplicación era inseparable e inmediata a la investigación; prácticamente se constituía en indicador único de éxito. Ese carácter eminentemente tecnológico de la ciencia hacía que ésta se pudiera adquirir e importar sin mayores problemas, que fue lo que hicieron los fundadores Samper y Martínez. Por otro lado, la atención a la salud era asistencial e individual (Wasserman, 1982, p. 22).

Para el funcionamiento del laboratorio se contrató a personal administrativo y a algunos médicos, entre los que se destacó Antonio María Barriga Villalba quien con los fundadores contribuyó a que a principios de 1922 ya produjera vacuna contra la fiebre tifoidea, vacunas antirrábicas y autovacunas e iniciara la producción de ciertos sueros inmunes. En el departamento de Diagnóstico se hacían exámenes bacteriológicos y parasitológicos completos, así como los relacionados con el análisis del agua y la leche. Igualmente, se constituyó un

laboratorio de anatomía patológica y uno dedicado a distintas investigaciones científicas. En palabras de F. Rusell, Director de la Fundación Rockefeller, “el Laboratorio Samper-Martínez era un modelo en América Latina”. Otros conceptos autorizados decían de él “que fuera de Buenos Aires y de Río de Janeiro, en todo el continente latinoamericano no había un laboratorio ni tan completo ni tan bien organizado como el de Bogotá” (Instituto Nacional de Salud, 1982, p. 4).

La función del Laboratorio de realizar un diagnóstico especializado, era compleja a tal punto que superaba la capacidad de los rudimentarios de ese tiempo. En este sentido, se puede afirmar que sus promotores fueron innovadores. Al establecerlo, los propietarios lo concibieron como un proyecto de largo aliento. Una muestra de ello se aprecia por la inversión considerable (calculada en 150.000 dólares, cifra nada despreciable para la época) que hicieron en compra de terrenos para la construcción de las instalaciones físicas, en los equipos de laboratorios, los muebles y enseres que adquirieron, la mano de obra contratada (50 personas) y en la organización en general.

Rico hace una descripción detallada del laboratorio indicando que estaba ubicado en Chapinero en un edificio de cemento y ladrillo de dos plantas en la vistosa vegetación de un parque de algo más de una fanegada con ocho pabellones y siete departamentos en donde se localizaban la portería, el consultorio, la biblioteca, las oficinas, la secretaría, el cuarto de estufa, el salón de maquinaria, el laboratorio Central dedicado a los trabajos de microscopio, de bacteriología, de análisis y de parasitología, el laboratorio oriental destinado a los trabajos de veterinaria relacionados con lo quirúrgico y lo clínico, los laboratorios de serología, de química y de anatomía patológica, el laboratorio de preparación y envases, provisto de un filtro para antitoxinas, con tubería de aire comprimido y un soplete para sellar ampollas, el zarzo, para guardar los archivos y otros enseres, un departamento de esterilizaciones y preparación de medios de cultivo y un almacén de vidriería, repleto de elementos, de materias primas, el almacén de productos con sus lotes y remesas terminadas y listas para venderlos. Espacios para los

animales de experimentación y para sus crías: centenares de conejillos de India, de ratones blancos, de ratas y de conejos, constituyéndose en una incubadora permanente de fecundidad, la cual se aprovecha para la experimentación e inoculación en pro de redentoras terapéuticas, para albergue de animales enfermos y despensa de grano (trigo, avena, maíz, cebada y forraje), un salón de empaques donde se alistan los productos del establecimiento que son enviados al interior y exterior del país. Contaba la edificación con otros espacios dedicados a la preparación del suero contra el carbón bacteridiano, preparación de las inyecciones, sueros terapéuticos como el de la disentería, el de tétanos, etc., inoculaciones de animales (caballos), sangrías y pesebreras, alojamiento de pacientes pobres que acuden al Laboratorio en busca de tratamiento profiláctico contra la rabia (Rico,1924, pp.131-134).

El laboratorio, por la descripción que hace Rico, prestó un gran servicio al sector empresarial (industrias, comercio, ganadería) y a la población, mediante las materias primas elaboradas y los productos que ofrecía, entre los cuales resalta:

La preparación del tratamiento antirrábico de Pasteur que permitió salvar con la aplicación de la vacuna a 236 personas; los tratamientos preventivos para combatir la fiebre tifoidea, las infecciones eberthianas, que disminuyeron en Bogotá y en otras partes del país donde se aplicaron; el suministro del virus vacuna glicerinado contra la viruela a todo el territorio nacional; la preparación y venta de la vacuna Pertussio, profiláctica y curativa de la tos ferina; de las vacunas autógenas de estreptococos, la estafilococos, de cocilbacilos, de gonococos, de bacilos erógenos, etc, la tuberculina para la reacción de yon Pirquet y la toxina diftérica para la reacción de Shick; la variedad de suero terapéutico que ofrecía el laboratorio al comercio como el hipertónico, el de Hayen, el glucosado y bicarbonato, los húmedo y seco normales de caballo, suero normal de conejo para las hemorragias, el lactosado, el antitífico, el antitetánico, etc.; las preparaciones que se elaboraban en la sección química del laboratorio

como las de gelatina esterilizada, de aceites alcanforado, gomenolado, alcanforado etéreo y esterilizado. Soluciones de azúcar de caña, agua destilada y esterilizada, inyecciones de clorhidrato de emetina, de cianuro, de benzoato y de biyoduro de mercurio; la preparación del laboratorio de esteres etílicos, de los ácidos grasso del aceite de chaulmoogra, el único tratamiento efectivo contra la lepra y del cual se benefician los lazaretos; las vacunas en gránulos y vacuna líquida o agresina contra el carbón sintomático, suero-vacuna, esporo-vacuna, suero anticarbuncoso contra el carbón bacteridiano o ántrax. Suero antidiarreico, preventivo y curativo para la diarrea de los terneros, etc, todas ellas, elaboradas en la sección de veterinaria. Finalmente, los exámenes de laboratorio que practicaba el Laboratorio en la sección de investigación y de análisis: parasitológicos, bacteriológicos de sangre, de linfa, de orina, de esputos y de líquido espinal. Las inoculaciones experimentales y verificación de exámenes completos de coprología. Las serologías realizadas. Los estudios de neoplasmas, derrames, de exudados y transudados. Examen químico y bacteriológico de las aguas, de la leche, alcoholes y bebidas fermentadas (Rico, 1924, pp. 135-137).

Una muestra fehaciente que reafirma lo dicho sobre el papel desempeñado por el laboratorio durante su corta existencia (7 años) y sus dueños, fueron los premios recibidos y los elogios hechos por connotados científicos internacionales, médicos, periodistas, políticos del país, funcionarios del gobierno y legisladores. Así, en el año 1923, en la Gran Exposición Nacional organizada por la Sociedad de Agricultores de Colombia, SAC, sus productos fueron exaltados con las más altas distinciones: “Fuera de concurso, medalla de oro y diploma de primera clase”. Esta Asociación, además les concedió una mención “Por sus méritos extraordinarios en favor del país”. En la Exposición Industrial, Agrícola y Pecuaria realizada en Medellín se les otorgó medalla de oro y diploma de primera clase. En Ecuador, en una exposición que tuvo lugar en Guayaquil, obtuvieron otro premio.

Los científicos extranjeros que visitaron al laboratorio ensalzaron el progreso y logros alcanzados. Por ejemplo, Lecomte Du Nouy, sabio francés, compañero del profesor Carrel en el Instituto Rockefeller y autor de investigaciones de alta calidad, dijo de él en un reportaje a El Tiempo:

No puedo menos de expresar mi asombro por la soberbia organización del Laboratorio de Higiene de los señores Samper y Martínez. No existe en Francia uno de estas dimensiones, que pueda superarle, y muchas otras ciudades norteamericanas no tienen laboratorios tan notablemente aperados. Es un establecimiento modelo que hace honor a la ciudad de Bogotá (citado por Rico, 1924, p. 139).

El profesor Fülleborn, personalidad médica preclara de Alemania se expresó en los siguientes términos: Declaro que el Laboratorio de Higiene de Chapinero es sin disputa, después del de Ancón, el más completo y el más bello de cuantos existen en la América del Sur (Rico, 1924, p. 139).

Por su parte, el Director de la campaña contra la fiebre amarilla en Colombia y miembro distinguido de la Fundación Rockefeller dijo: “El Laboratorio de Higiene de Samper y Martínez, es algo muy digno de admirarse”.

En Colombia, además de los reconocimientos del sector productivo, otras personalidades emitieron concepto sobre él. Por ejemplo, Pablo García Medina en el informe que rindió a la Junta Central de Higiene el 27 de noviembre de 1918 expresó:

Con el establecimiento del Laboratorio de Higiene de Bogotá, en las magníficas condiciones en que esto se ha hecho; con los elementos con que cuenta; con su magnífica organización y la competente y científica dirección que tiene, los doctores Martínez S. y Samper han prestado a la Nación y a la Ciencia un servicio de gran trascendencia. Ellos han

realizado, con su propio esfuerzo e inspirados por el patriotismo, una obra que reclamaba imperiosamente la Higiene y que nuestros gobiernos, a pesar de leyes y decretos, no pudieron fundar. Bien merecen un voto de aplauso estos inteligentes y laboriosos profesores, que han consagrado sus mejores días a esta benéfica obra (citado por Rico, 1924, p. 139).

La dirección del laboratorio estuvo a cargo de Bernardo Samper desde 1922 luego de la muerte de su socio Jorge Martínez el 11 de septiembre de este año, envenenado por las toxinas del bacilo diftérico mediante un ataque aleve que no fue posible descubrir sino cuando ya su organismo fallaba para siempre, hasta su venta al gobierno nacional, debido en parte al vacío que dejó dicho fallecimiento, pero también porque el crecimiento del laboratorio demandaban grandes esfuerzos colectivos y gastos cuantiosos que una persona en solitario no estaba en capacidad de afrontar.

El traspaso del laboratorio al Estado comenzó con la expedición de las leyes 15 y 78 de 1925 las cuales le dieron vía libre al gobierno nacional para la adquisición y apropiación de las partidas presupuestales, operación que se protocolizó el 13 de febrero de 1926. Por medio de la ley 27 de 1926 se organizó como una dependencia oficial (Instituto Nacional de Salud, 1982, p. 5).

Luego de la compra del laboratorio, en 1926, Bernardo Samper con el fin de continuar sus estudios sobre funcionamiento de laboratorios de salud pública viajó a Europa de donde regresó en 1937 para asumir la dirección del creado por el Estado permaneciendo en ella hasta 1946.

El laboratorio que se fusionó con otros laboratorios estatales, pasó a conformar en 1965 el Instituto Nacional para Programas Especiales en Salud -INPES- el cual empezó a funcionar en 1970 en la sede de la Avenida El Dorado. El decreto 671 del 11 de abril de 1975 determinó su naturaleza jurídica y dispuso que fuera un establecimiento público, con personería jurídica, autonomía administrativa y

patrimonio independiente, adscrito al Ministerio de Salud. En este año cambió su nombre por el de Instituto Nacional de Salud -INS-. El decreto 1049 de 1995 determinó la estructura orgánica y funcional (Mora, 1998, p. 32). En este año se creó el Museo Bernardo Samper Sordo en homenaje al fundador del laboratorio. Allí se conservan manuscritos, libros, utensilios y equipos de laboratorio.

El otro miembro importante de la familia es Daniel Samper Ortega el cual hizo aportes importantes al país, en ámbitos, en algunos casos distintos al de sus predecesores quienes estuvieron vinculados más estrechamente al empresarial. Si bien podría decirse que algunas de sus iniciativas de manera implícita tenían un componente lucrativo, el fin último no era enriquecerse con ellas (excepto las primeras incursiones fallidas) sino contribuir a la divulgación de la producción literaria nacional, preservar el patrimonio cultural nacional, facilitar el acceso a los libros y estimular la lectura de ellos, elevar el nivel cultural y mejorar la educación de la elite y de la población en general. Por lo anterior, se podría decir de él que fue un verdadero humanista, un cultor de la nacionalidad, en el sentido amplio de la palabra y a la vez, exaltador de la herencia española, defensor de la tradición, pero al mismo tiempo de mente abierta, dispuesto a apropiarse de lo nuevo proveniente de otros países europeos y de los Estados Unidos. Una persona que le preocupaba la condición humana, lo cual reflejó en sus escritos y plasmó en los proyectos que desarrolló. Comprendió él, citando a Morin que:

El aprendizaje de la vida debe dar a la vez la conciencia de que la “vida verdadera”, para adoptar la expresión de Rimbaud, no se halla tanto en las necesidades utilitaristas de las cuales nadie puede escapar, sino en el cumplimiento de uno mismo y la calidad poética de la existencia, que vivir requiere de cada uno a la vez lucidez y comprensión, y de manera general la movilización de todas las aptitudes humanas (Morin, 2001, p. 68).

Entre sus proyectos más importantes que se podrían incluir en lo que hoy se denomina “industrias culturales” están:

Los editoriales: Selección Samper Ortega, creación de las revistas, Santa Fe y Bogotá, Repertorio Selecto y Senderos; el del impulso de la construcción del edificio de la Biblioteca Nacional y reestructuración de ésta; y los relacionados con la educación a través de su gestión académica como profesor, directivo y cofundador de instituciones escolares como el Gimnasio Moderno y la Escuela de Administración Industrial y Comercial del Gimnasio Moderno.

Sin embargo, las realizaciones de Samper Ortega no se agotaron en lo descrito; a lo anterior hay que agregar sus escritos sobre distintos géneros literarios (novelas, biografías, ensayos, artículos) y otros relacionados con el teatro; y por último, el papel que jugó como asesor del Ministerio de Educación Nacional o consejero del gobierno en la embajada en Washington como agregado cultural, cargos desde donde elaboró propuestas que fueron acogidas e implementadas por el Estado.

Daniel Samper Ortega nació en Bogotá el 18 de noviembre de 1895, en un año en que tuvo lugar una de las tantas guerras civiles propiciadas por los partidos tradicionales con miras a controlar el poder económico y político y que dejaron una estela de muerte y desolación en el país. Su padre fue Tomás Samper Brush, empresario al cual se hizo referencia. Su madre, Belén Ortega, nieta del General José María Ortega y de Nariño.

A pesar de no obtener un título en una disciplina perteneciente a las ciencias naturales o profesiones liberales y sólo haberse graduado a los 18 años como subteniente en la Escuela Militar en donde alcanzó el rango de oficial de artillería; fue una persona poseedora de amplios conocimientos y un nivel cultural elevado fruto de sus lecturas, inquietudes intelectuales, sus viajes y observación de la realidad en que vivió.

Sus primeros pasos en el mundo empresarial

Después de permanecer en la Escuela Militar cuatro años como profesor de varias materias, en 1917 se retiró para vincularse al Gimnasio Moderno en donde regentó la cátedra de gimnasia. Su padre quiso enviarlo a los Estados Unidos con el fin de complementar su formación de militar a lo cual se rehusó por estar enamorado y tener pretensiones de casarse. Debido a que necesitaba dinero para tal propósito, decidió dedicarse a los negocios por su cuenta con socios ajenos a la familia sin éxito alguno. Samper Gnecco da cuenta del fracaso rotundo de esa primera incursión:

(…) Con uno de ellos fundó la “Casa Necesario” -precursora de almacenes como el Tía y el Ley, con su injerto de Montgomery Ward, que pretendía despachar a los pueblos cualquier cosa que les solicitaran-. Al fracasar el almacén, ingresó a la oficina de ingeniería de Alberto Manrique Martín; con él estableció un chircal, negocio en el cual tampoco tuvo éxito. Como tampoco lo tuvo, con otros socios, en un almacén de rancho y licores que importaba “ultramarinos” (Samper, 1995, p. 3).

Como consecuencia de esos fracasos estrepitosos, su padre, con el fin de encontrarle el derrotero preciso resolvió que estudiara química a ver si salía de ahí un buen técnico para la fábrica de cemento. Resultado: se asoció con Ricardo Lleras Codazzi con quien abrió un laboratorio, dedicándose a realizar excursiones y exploraciones, hacer análisis de los carbones de La Calera.

Ese nuevo intento fallido de labrarse un futuro de forma independiente, lo condujo en 1916 a aceptar la propuesta de su padre de trabajar en las empresas de su familia como Superintendente y Gerente en la Fábrica Cementos Samper y más adelante en la Empresa de Energía Eléctrica de la cual llegó a ser Secretario General. Sin embargo, pese a haber alcanzado posiciones importantes en éstas

que le garantizaban un porvenir económico promisorio, pronto comprendió que no llenaban su vida, no lo hacían feliz, que su verdadera vocación, lo que le atraía era la escritura. Así describe esta etapa de su vida trabajando en asuntos técnicos y administrativos:

Había allí una rueda zambiloca, que no giraba sobre un eje central, sino en una forma que me recordaba las iras de la señorita Amanda Mendoza… Una rueda contrahecha, que hería mi sensibilidad estética… Empezaba a despertar en mí, a través de la pena por el buen éxito, una cosa nueva, muy íntima, muy vaga a la vez pero que reaccionaba contra las cifras y contra esa rueda fea, terrible, que no pude soportar…Presenté renuncia (Osorio, 1944, p. 5).

Decidido a alejarse de los negocios de la familia, su papá lo hizo desistir mostrándole que la vida era difícil:

Me llevó a la Energía Eléctrica, pero imponiéndome la obligación de empezar por el principio, como cualquier peón…Anduve por las calles con la escalera de Trino Orbegozo; subí con espuelas de hierro a los postes; tuve que atrapar contrabandos en casas de amigos donde había bailado la noche anterior; instalé la luz del Teatro Caldas…. Luego fui subiendo con gran rapidez, debida, hay que reconocerlo, tanto a mi actividad como a mi apellido, y llegué a Secretario….Iba en camino de la gerencia cuando vino a inquietarme Luis Enrique Osorio, que llegaba de la Argentina con más ímpetu que un caballo de carreras, resuelto a que todo el mundo le escribiera obras para “La Novela Semanal”… Quería hacer arte propio… A mí me había gustado mucho escribir versos en broma, y hasta comedias, y en cierto modo comprendí por qué me fastidiaba tanto la rueda contrahecha, en la Fábrica de Cemento. Revisando cuentas de clientes, empecé a preguntarme si no habría nacido para escritor (Osorio, 1944, p. 5).

El año de 1923 fue definitivo para su iniciación como escritor pues aceptó la invitación de su amigo Luis Enrique Osorio para colaborar en la revista La novela semanal. Escribió entonces en ésta sus dos primeras novelas: Entre la niebla, un relato romántico en un ambiente campestre y La Marquesa de Alfandoque, un relato sobre los gamines bogotanos.

En 1924 publicó la novela En el cerezal, un relato de amor con acuarelas literarias sobre la sabana de Bogotá, de corte costumbrista. En 1925, la compañía teatral española de Ricardo Calvo representó en el Teatro Colón, el controvertido drama El escollo, de crítica social y en 1926 publicó la novela campesina La obsesión, también de crítica social.

Paralelamente, escribió artículos en periódicos y revistas como El Diario Nacional, El Tiempo y Cromos y fundó con otros intelectuales dos revistas: Santa Fe y Bogotá y Repertorio Selecto.

En 1927, aprovechando la liquidación de la mortuoria de su padre que falleció en California en 1925, Samper Ortega se sintió libre de las ataduras con las empresas de la familia, decidiéndose a consagrarse de lleno al oficio de escritor, emprendiendo un viaje en solitario a España, decidido a consolidarse en el campo de las letras. Aquí impartió conferencias relacionadas con el movimiento artístico e intelectual de Colombia y sobre Fray Luis de León.

Debido a la muerte de su suegro en 1927, retornó al país en donde continuó con el oficio de escritor publicando la novela La vida de Bochica y emprendió el ambicioso proyecto editorial la Selección Samper Ortega de Literatura Colombiana consistente en la publicación de 100 obras, para el cual contó con el respaldo de la Editorial Minerva y del gobierno nacional a última hora, quien consideró que esos libros podían hacer parte de la iniciativa de crear las Bibliotecas Aldeanas. Ese proyecto le llevó nueve años de trabajo en solitario a Samper Ortega (1928-

1937):

Después de haber tanteado el terreno y comprendido que ninguno querría acompañarme, dada la circunstancia de que el empeño puesto en la obra podría ser inútil si, una vez hecha la selección, no se encontraba capitalista que quisiera publicarla, resolví emprenderla por mi cuenta, recordando el viejo refrán de que no hay peor diligencia que la que no se hace; y tras de muchas lecturas, comparaciones, preguntas, y labores perdidas logré someter a la consideración de una casa editorial de Bogotá un conjunto que ella encuentre suficientemente llamativo para embarcarse en la aventura de publicarlo (Samper, 1937, p. 10).

¿Cuál fue el contexto en donde surgió la Selección Samper Ortega y el papel que jugó? En cuanto al contexto, en Colombia se asistió durante la década de los veinte y los treinta del siglo XX a cambios materiales. Respecto al primero, se suscitan transformaciones en la vida económica, en las condiciones sociales y en el ámbito cultural expresados en: impulso al desarrollo de obras públicas y privadas, advenimiento del capitalismo, proceso de industrialización, crecimiento del comercio interior y exterior, variación en los hábitos de consumo, aumento de la inversión extranjera, creación y reformas de instituciones estatales, migraciones del campo a los centros urbanos, formación de la clase obrera, luchas sociales.

En lo concerniente a las transformaciones culturales, se perciben deseos de renovación de un medio caracterizado por la existencia precaria de librerías y bibliotecas, de pocas editoriales, y por ende, de una baja producción y circulación de libros, la mayoría provenientes del extranjero (sobre todo de España) y traducciones del francés y en donde el acceso a ellos era difícil, dado el alto nivel de analfabetismo y su alto precio para adquirirlos.

Precisamente, la iniciativa mencionada apunta en la dirección de divulgar la producción literaria nacional, impulsar la lectura de escritores nacionales en un público masivo, con una clara orientación literaria y apuesta ideológica, contrarias

a la tradición literaria de fines del siglo XIX y a las iniciativas editoriales del periodo (Gómez, 2008, p., 173).

En forma paralela al desarrollo de sus actividades literarias desplegó una intensa labor educativa y cultural. Fue así como en 1929 se incorporó al Gimnasio Moderno como Vicerrector y profesor de literatura española y colombiana e impartió estas mismas materias en la Facultad de Ciencias de la Educación. En la Escuela de Bellas Artes fue profesor de historia del arte. En el Gimnasio Moderno hizo el montaje de varias obras de teatro del cual decía que era su verdadera vocación.

A finales de 1941 el Consejo Superior del Gimnasio Moderno lo designó como

Rector. Durante su gestión se ocupó de la mejora del nivel académico, del desempeño y la remuneración de los profesores; creó la banda, la orquesta y los coros mixtos con las alumnas del Gimnasio Femenino, aumentó los cupos y emitió una edición de bonos para disminuir el déficit del colegio y construir el edificio del

bloque norte y el de la Escuela de Administración Industrial y Comercial fundada por él.

Al mismo tiempo que ejercía su función como Rector, se dedicó a poner en marcha el último proyecto editorial: Las Ediciones Samper Ortega que imprimía por su cuenta y distribuía la Librería Colombiana, logrando publicar nueve títulos:

Historia de la Gran Colombia, de A. Quintero Peña; Panorama de la literatura universal, de Nicolás Bayona Posada; Hacia el éxito social; Fábulas de Pombo; Nuestro lindo país colombiano (tercera edición); Manual de instrucción cívica, de Juan Quiñonez Neira; y El arte de los indios colombianos, de Luis Alberto Acuña.

A mediados de 1943 pidió licencia al Consejo Superior del Gimnasio Moderno

para impartir unas conferencias sobre literatura latinoamericana en Middlebury College, situado en Vermont, Estados Unidos. Estando en Boston, le descubrieron

un cáncer. Luego de cumplir con sus compromisos académicos regresó a Bogotá en donde falleció el 2 de noviembre de 1943.

La Biblioteca Nacional

El proyecto más importante de Samper Ortega fue el de la Biblioteca Nacional con el cual se ganó un sitio de honor en la historia cultural del país. Al respecto, Hernández de Alba y Carrasquilla anotan lo siguiente:

Si Moreno y Escandón ostenta el título de fundador de la Biblioteca Nacional y Manuel del Socorro Rodríguez el de organizador, a Daniel Samper Ortega se le debe llamar el restaurador. Su fe, su valor, su patriotismo, su constancia y perseverancia logran la construcción del magnífico edificio hoy sede de la Biblioteca, y le imprimen a ésta su fisonomía moderna y su función social, hasta ser convertida en un faro que irradia sobre la faz de la Nación entera, y aún más allá (Hernández de Alba y Carrasquilla,1977, p. 245).

La idea inicial de fundar una biblioteca pública en Santafé nació de Francisco Antonio Moreno y Escandón, fiscal de la Real Audiencia del Nuevo Reino de Granada quien presentó un plan a la Junta Superior de Aplicaciones el 22 de noviembre de 1771. El capítulo XIII de ese Plan recogió el interés del Estado español por mejorar la instrucción y organizar la educación, para lo cual el establecimiento de una biblioteca pública contribuía a ese logro en tanto serviría a los estudiosos de todas facultades adquirir “noticias sólidas y verdaderas” a las cuales no tenían acceso por ausencia de buenos libros en estos dominios distantes en donde escaseaban y eran costosos (Hernández de Alba y Carrasquilla, 1977, p. 4). Atendida la solicitud de Moreno y Escandón, la Real Audiencia dictó el reglamento de la biblioteca el 22 de septiembre de 1774, fijando el sueldo del bibliotecario y señalando el edificio a ocupar. Debido a la complejidad de la administración

colonial, sólo hasta el 9 de enero de 1777 se abrieron las puertas de la Real Biblioteca Pública de Santafé de Bogotá. La base de la biblioteca fueron las librerías de los colegios de Bogotá, Honda, Pamplona y Tunja perteneciente a la Compañía de Jesús a quien se expropió sus propiedades y expulsó en 1767 durante el reinado de Carlos III, rey de España y de las Indias, de los territorios que dominaba. El total de volúmenes con que inició fue de 13.800, la mayor parte relacionados con temas eclesiásticos, con los clásicos griegos, latinos y españoles, y otros atinentes a materias como física, filosofía, matemáticas, medicina e historia. En 1823 se le dio el nombre de Biblioteca Nacional.

Al momento de ser nombrado director Daniel Samper Ortega, el 1 de febrero de 1931, la Biblioteca Nacional contaba con 85.355 volúmenes que no cabían en el Edificio de las Aulas del Colegio de San Bartolomé, hoy sede del Museo de Arte Colonial. Por esta razón, una de sus prioridades fue la de formular una propuesta para construir un edificio confortable que permitiera ordenar todos los libros y demás documentos. En mayo de 1933, aceptada su solicitud, el gobierno nacional comenzó la construcción de la nueva sede que se terminó en 1938 y se inauguró el 20 de julio de 1938.

Al llegar a la dirección de la biblioteca, el estado con que se encontró no fue el mejor: Ésta no prestaba un servicio eficaz sino a unos pocos investigadores, especialmente, en historia y a unas cuantas personas desocupadas que allí leían la prensa. La Biblioteca se hallaba en un estado lamentable de hacinamiento de libros, periódicos y revistas en desorden, que no cumplían con el propósito fundamental en cuanto servir para el estudio, la consulta y la investigación con miras al progreso cultural y espiritual. En nota dirigida al Ministerio de Educación Nacional fechada el 4 de febrero de 1931, Samper Ortega hizo una radiografía de la situación:

(…) nadie me hizo entrega de la biblioteca, que encontré sin llaves, con todos los archivos revueltos, miles de tarjetas fuera de los índices, y las

restantes, empasteladas y en la mayoría de los casos equivocadas en la numeración; las salas de los libros revueltas, algunas de ellas con libros amontonados en el piso, según fotografías que se publicaron entonces; la prensa de todo el país formando un montón de varios metros cúbicos y todavía con las fajas con que había sido introducida al correo; y los libros que con admirable constancia remitían (de cuando en cuando) desinteresadas entidades del exterior, en las mismas cajas en que habían llegado a Bogotá, todas las cuales se encontraban sin abrir, aunque algunas habían llegado aquí desde 1898 (Hernández de Alba y Carrasquilla,1977, p. 266).

En el informe con fecha del 28 de mayo del mismo año describió el caos encontrado en los archivos de la oficina, en la llamada Oficina de Canjes, en las salas altas, en la sala cuarta en donde están los pergaminos, en la sala denominada quinta, en el archivo histórico, en la sala quinta en los cuales había libros sin abrir, volúmenes empastelados, libros sin catalogar u otros que figuraban pero que no existían (Hernández de Alba y Carrasquilla, 1977, pp. 247-248).

De lo anterior concluye Samper Ortega:

De manera, pues, que sin exageración se puede afirmar que hasta la fecha no existe Biblioteca Nacional, y que este hacinamiento de libros que afecta al país, requiere con la mayor urgencia una enérgica dirección, respaldada con el dinero suficiente, para que pueda entrar a prestar el servicio que le corresponde (Hernández de Alba y Carrasquilla,1977, p. 248).

Como solución al desorden imperante, Samper Ortega propuso e implementó un plan de reorganización consistente en la elaboración de un inventario, indización del Archivo histórico, creación del departamento de encuadernación, constitución de una oficina de estadística, propaganda, canjes y publicaciones, mejorar el

sueldo de los empleados y contratar a otros idóneos (Hernández de Alba y Carrasquilla, 1977, pp. 250-252). A continuación se describe la labor que realizó como director.

La gestión al frente de la Biblioteca Nacional

Durante la gestión como director de la biblioteca, logró su reorganización plena como se colige de los informes que presentó en 1932 y 1938. Por ejemplo, en el de 1932 se anota que la oficina de canjes se puso en funcionamiento; se realizó la catalogación de 26.958 volúmenes. En lo concerniente a los índices, a julio, se catalogaron 80.000 referencias; las salas bajas, al finalizar el año1931 quedaron arregladas totalmente. Se usó la radiodifusión para la biblioteca mediante la estación H.J.N. de propiedad del gobierno nacional con el fin de expandir la cultura por medio de programas musicales, literarios, noticias oficiales, indicaciones prácticas a los agricultores y conferencias sobre educación y las llevadas a cabo por la Academia de Historia y la Sociedad Colombiana de Ingenieros. También se daban noticias relacionadas con actos culturales e indicaciones prácticas a los lectores de la Biblioteca. Igualmente, utilizó el cine como un medio educativo y establece los servicios ambulantes para que la biblioteca tuviera cobertura nacional.

Del informe de 1938, que resume la labor adelantada entre 1934 y ese año, se resaltan:

A 7 de agosto de 1934, estaba en funcionamiento el departamento de canjes, con un reparto anual de 5.898 obras; se habían incrementado las referencias en sus índices a 197.919; arreglado en el archivo histórico 290.000 documentos; adquirido un taller modesto de encuadernación; iniciado la construcción del edificio de la biblioteca; se alistaba la biblioteca para dar al servicio la naciente sección de cinematografía educativa; tenía listos para la imprenta los catálogos de la donación Pineda y había logrado

aumentar a 9.362 el número de lectores mensualmente, lo que representaba una variación del 358% respecto de la cifra de los que concurrían al momento de comenzar la reorganización (Hernández de Alba y Carrasquilla,1977, p. 265).

El resto del informe que comprende la primera administración de Alfonso López Pumarejo (1934-1938), se refiere a la terminación de la construcción de la Biblioteca; la impresión de los catálogos de las donaciones Pineda y Quijano Otero y los atinentes a la Prensa; la apertura de una Sala Española, obsequio del gobierno de España; incremento de los canjes con otros países; entrada en funcionamiento de las bibliotecas aldeanas; incorporación de los archivos nacionales a la Biblioteca; inauguración en el Parque Nacional de una nueva biblioteca infantil con un teatro anexo; culminación de la catalogación de los antiguos fondos de libros; impresión de una serie de cartillas de divulgación sobre botánica, cultivos, puericultura, higiene, dibujo, alimentos y otras materias, las cuales, junto con las obras maestras de la humanidad adaptadas a la mentalidad campesina, con una biblioteca de cien autores colombianos y una serie de manuales referentes a distintas industrias, constituyen la base de las bibliotecas aldeanas (Hernández de Alba y Carrasquilla,1977, pp. 265-266).

El estatuto, el edificio y la revista Senderos de la Biblioteca Nacional

Además de la gestión mencionada, se deben destacar otros proyectos adelantados en su administración a los que alude el título:

En primer lugar, el estatuto de la Biblioteca Nacional, de su autoría, el cual fue sancionado el 11 de septiembre de 1934 y lleva las firmas del Ministro de Educación Luis López de Mesa y la suya. Desde un principio, entendió Samper Ortega la urgencia de dotar a la biblioteca de una estructura formal soportada en bases jurídicas que le permitieran acometer la reorganización y fijar su norte. En el texto se da cuenta de sus propósitos:

En los planes del Ministerio de Educación Nacional sobre impulso de la cultura en todos sus ramos, la Biblioteca Nacional debería servir de sistema circulatorio al libro dentro del país y al pensamiento colombiano en el exterior, suplir las deficiencias de la escuela ante aquellos que no puedan concurrir a ella, levantar el nivel mental de las clases inferiores y cooperar al buen resultado de los esfuerzos individuales, ayudando a los colombianos a orientarse en el estudio como medio para perfeccionar la personalidad y, en consecuencia, a capacitarse mejor para la acción, creadora de la riqueza pública y de la nacionalidad (Hernández de Alba y Carrasquilla,1977, pp.

257-258).

Para el cumplimiento de tales propósitos, el estatuto creó: el departamento de librería, el editorial, el de cinematografía educativa, el de radiodifusión y el de información y propaganda.

En segundo lugar, la construcción del edificio de la biblioteca sin el cual la reorganización hubiera quedado a mitad de camino. En 1932 Samper Ortega exhortó al Ministro de Educación Nacional y a los congresista a visitar el edificio que había en el cual no cabía un volumen más, manifestando la urgencia de erigir un nuevo edificio que proporcionara seguridad contra derrumbe, incendio y tuviera capacidad suficiente y comodidades acorde con la exigencia de toda biblioteca moderna.

El edificio que se ubicó en la esquina suroriental del antiguo Parque de la Independencia, entre las calles 24 y 25 y las carreras 5ª y 6ª, se empezó a construir en 1932 y se terminó en 1938. Para su diseñó, Samper Ortega se apoyó en información acerca de las bibliotecas más importantes del mundo y contó con el apoyo de arquitectos colombianos quienes elaboraron los planos de acuerdo con sus indicaciones. Para la época fue considerado uno de los mejores de Suramérica.

En tercer lugar, la revista Senderos, editada por la Biblioteca Nacional, que se constituyó en el medio de difusión de ideas y conocimientos, de tesoros manuscritos, de libros raros y curiosos y de aumento del acervo bibliográfico mediante el sistema de canjes. La revista se publicó entre febrero de 1934 y diciembre de 1935, pasando posteriormente al Ministerio de Educación Nacional.

Otro proyecto: Escuela de Administración Industrial y Comercial.

Mención especial merece la fundación de la Escuela de Administración Industrial y Comercial, considerada por Armando Samper Gnecco, como el mayor logro de Daniel Samper Ortega -hijo de Tomás Samper Brush- al frente de la rectoría del Gimnasio Moderno. Sin duda alguna, su creación fue la culminación del ideal de los creadores de éste de preparar a sus familiares para que asumieran las riendas del país desde altas posiciones en el Estado y en las empresas privadas como efectivamente lo hicieron y consolidaron con la constitución de la Universidad de los Andes, obra también de exalumnos de las anteriores instituciones educativas.

La primera Facultad de Administración se inauguró el 4 de febrero de 1943 en Bogotá y empezó a funcionar en marzo del mismo año con el nombre de Escuela de Administración Industrial y Comercial en el Gimnasio Moderno. Esta Escuela surgió por iniciativa de Agustín Nieto Caballero, Daniel Samper Ortega y del Consejo Superior. El acto inaugural fue un gran acontecimiento, en el cual se escucharon diferentes discursos provenientes de Alfonso López Pumarejo, Presidente de Colombia; Arthur Bliss Lane, Embajador de Estados Unidos; Daniel Samper Ortega, Rector del Gimnasio y Carlos Lleras Restrepo, su Decano, entre otros, en los que se resaltaba la importancia de la Escuela.

Agustín Nieto Caballero, fundador y Rector del Gimnasio Moderno, se refiere así en sus comienzos:

[

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El admirable dinamismo de Daniel Samper Ortega concibió la creación

de la Escuela de Administración Industrial y Comercial. Veinte años habían pasado desde el día de la fundación del Gimnasio cuando nuestro compañero, preocupado, con un hondo sentido patriótico del progreso del país y de la necesidad de preparar técnicamente hombres capaces de encauzarlo, lanzó la idea de coronar nuestro esfuerzo educativo con la fundación de esta Facultad de Ciencias Económicas que tan brillantes exponentes habría de dar, en días no lejanos, a la ciudadanía. (Nieto, 1993,

p. 303).

La Escuela, desde sus inicios, contó con asesoría de la Universidad de Harvard, lo cual es entendible, pues el país tenía fuertes vínculos con Estados Unidos; por ejemplo, su decano, James David, participó activamente en su conformación e introducción del análisis de casos; el profesor J. Anton de Haas, catedrático de relaciones internacionales de la Escuela de Administración Comercial de Harvard University y enviado especial del Coordinador de Asuntos Interamericanos, prestó su ayuda de experto como director en la elaboración del pensum y los programas de estudio y en el primer impulso al conjunto de las diversas enseñanzas. Esa Universidad obsequió, al mismo tiempo, un centenar de modernos textos de estudios económicos con los que se inició la nueva biblioteca. En el ámbito nacional tuvo a conocidos colaboradores y profesores, entre los que se destacaron Carlos Lleras Restrepo, quien fue su primer Decano y estuvo al frente durante 1943, 1944 y 1945; Gonzalo Restrepo quien lo remplazó; Carlos Sanz de Santamaría, su tercer decano y otros directores como Roberto García Paredes, Armando Samper, Gilberto Estrada y Jorge Méndez.

En el discurso, correspondiente a la inauguración, Lleras Restrepo justificó su creación al decir:

Moderno abre sus tareas con singular oportunidad. La economía colombiana comienza por fin a entrar en una etapa de desarrollo progresivo, a perder sus características elementales de antaño para tornarse a un mismo tiempo, más compleja y más extensa. El trabajo nacional se abre paso a nuevas zonas de producción y se ensanchan al mismo tiempo las industrias ya establecidas, con lo cual surgen inevitablemente los problemas inherentes a la gran empresa. La necesidad de una técnica adecuada para el manejo de esas nuevas situaciones es cada vez más notoria, y nuestros capitanes de industria saben muy bien cuán escaso es el número de personas verdaderamente preparadas a las cuales pueden entregar con plena confianza la dirección de sus fábricas o la administración de sus intereses comerciales. El país necesita que se forme en el campo de los negocios una clase dirigente, numerosa y sólidamente preparada, y del éxito que consigan los intentos emprendidos con tal objeto dependen en buena parte la rapidez y la eficiencia con que haya de desarrollarse la economía colombiana en el inmediato futuro. (Lleras, 1943, p. 61).

En este discurso hace énfasis en que la Escuela es una organización distinta de las existentes en el país:

Sus métodos y la naturaleza de las enseñanzas que comprende su

pensum, la diferencian grandemente de nuestras restantes instituciones de

enseñanza. Aun podemos llegar a afirmar que los sistemas en que se funda difieren casi radicalmente de nuestra tradicional orientación universitaria.

una escuela de comercio semejante a las que funcionan ya

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No es esta [

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en el campo de la segunda enseñanza. Estas últimas están destinadas, por principio, a la formación de un personal experto en campos relativamente

rutinarios de la actividad comercial; allí se forman buenos contadores,

buenos oficiales de estadística, expeditos corresponsales; nuestra Escuela abarca un panorama más amplio y general y, naturalmente, requiere una preparación superior; por eso se ha exigido acertadamente el título de bachiller para quienes hayan de ingresar a ella. (Lleras, 1943: 61-62).

Lleras Restrepo en un escrito hace una reseña de sus inicios y la justifica en los siguientes términos:

La Facultad de Administración Industrial y Comercial vino a sumarse, como un esfuerzo más, a la gran tarea colectiva de la educación y la cultura nacionales. Daniel Samper encontró certeramente lo que había que hacer para llenar uno de esos vacíos que en el conjunto de los programas educativos de un país empiezan a ponerse de presente cuando nuevas formas de la vida exterior reclaman para su manejo eficaz nuevos conocimientos y nuevos hábitos de análisis y examen de los hechos. (Lleras, 1993, f. 718).

Desde su perspectiva, la creación obedeció a que:

A la naciente industria, al desarrollo de la manufactura y de las finanzas, tenía que corresponder lógicamente una preparación educativa de peculiar carácter, especialísima por su programa y también, principalmente, por sus métodos orientados en ese camino, hemos recorrido los primeros pasos con halagador éxito, fieles a las ideas que hace un año exponíamos aquí sobre la necesidad de poner al alumno en contacto directo con los hechos, para que aprenda a apreciarlos en toda su complejidad y a emplear en su interpretación y en su manejo las normas científicas de la economía, las finanzas, la contabilidad, la estadística, la geografía económica, la economía de la agricultura y de los transportes, el conocimiento de los productos comerciales, etc., que recibe en las clases de esta Facultad. (Lleras, 1993, ff. 718-719).

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