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J K G J

BOHi-

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B68
1907
•.1
biblioteca ambos mondos LA B O H È M E
§ e han publicado Sas obras siguientes: ESCENAS D E LA VIDA BOHEMIA

I.a B o h e m e . por Murger (-2 tomos).-2." edición.


E l Crepúsculo, por Jorge O h n e t . - 2 . a edición.
I n d i a n a , por J o r g e Sand.
ENRIQUE MURGER
5 i m i P i n s o u , por Alfredo de Musset. TRADUCCIÓN
K,a Wujer de t r e i n t a años, por H. de Balzae. DE
I < 0 s Mineros de P ó l i £ ni es, por Elias Berthet.
U n i e r e s de Kaplfta; La S e ñ o r i t a Cachemi-
peaneiseo Casanovas
ra. por Julio Claretie
ILUSTRADA CON 17 MAGNÍFICAS LÁMINAS EN COLORES
El C a p i t á n Richard, por A. Damas (padre),
Y V I Ñ E T A S E N N E G R O
liorna bajo S e r ó n , por T. J . K r a s z e w s k i . - ( a .
POR
edición).
l>osia. por Enrique Gréville. GASPAR CA
- I t e í i a t a M a u p e r i n , por E. y J . de Goncourt
El U l t i m o A¡te iliense. por Víctor Iiydberg. Tercera edici
El l ibro de l o s Snobs, por W. M. Thackeray.
E a s L á g r i m a s de J nana, por A. Houssaye.
Margot, por A. de Mnsset.-(Agotada),
l i n a E n t r e t e n i d a , por A. Houssaye.
C u e n t o s -al oído, por A. Silvestre,
f a Modelo, por E. y J . de G o n c o u r t . - ( 2 tomos).
E a Pecadora, por Arsenio Houssaye.

E N P R E P A R A C I Ó N
" <\.ri
E l Cura de E o n g n e v a l , por F. Halévv.
Colomba, por Próspero Merimée. 8 5 6 0 «
E s p í r i t u , por Teófilo Gautier. 25 M0MÍÉ«EY,MEX!C«
BARCELONA

F. G R A N A D A Y C.% EDITORES
CALLE D E LA DIPUTACIÓN, 3 4 4
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Págs.

v. I AL vil
PREFACIO. «
I . — C o r n o f u é i n s t i t u i d o e l C e n á c u l o ile la Bo-
hemia 27
II.—Un enviado de la Providencia 71 ,
III.—Los amores en Cuaresma 81
IV.—Ali-Rodolfo, ó el t u r c o por f u e r z a . . . . 93
V.—El escudo de Carloinagno 105
VT.—Musette 117
V I I . — L a c o r r i e n t e del P a e t o l o 127
VIII.—Lo q u e cuestan cinco francos 143
IX.—Las violetas del Polo. . . . . . . 157
X.—El Cabo de las T o r m e n t a s 169
X I . — U n c a f ó d e la B o h e m i a 1S1
X I I . — U n a r e c e p c i ó n e n la B o h e m i a 195

Tip EL AxtMBio DE LA EXPORTACIÓN. P a s e o D E S. J u a n , J4


/•GIRA compuesta con máquina* LINOTVPE)
AL L E C T O R

El éxito alcanzado por la ópera LA BOHÈME,


éxito que ha repercutido en todas las naciones
de ambos mundos, nos ha impelido á dar al
público la preciosa novela de Enrique Mür-
ger, de la cual extrajeron los principales ele-
mentos, los compiladores del libreto italiano,
Giacosa é lllica.
Más de medio siglo cuenta la interesante
novela que con tanta fidelidad retrata las cos-
tumbres de una parte de la sociedad, quizás
la más intelectual, en la que, con apariencias
de humorismo frivolo y alegre, palpitan las
más dramáticas sensaciones de amargura y
dolor. Por esto, como todas las obras que
contienen un hondo sentimiento de humani-
dad, su pintura es eterna, como eternas son
las pasiones humanas que reproduce; y, se-
mejante á los buenos vinos, cuanto más se
amontona sobre ella el polvo de los años, más
excelente parece á la opinión de la posteridad.
Por nuestra parte, no hemos reparado en
sacrificios para presentarla con el debido es-
plendor, ya bajo el punto de vista material y
artístico, ya cuidando con fidelidad la traduc-
ción que sigue íntegramente el original.
Esperamos que el público sabrá apreciar
nuestros propósitos, que no son de lucro, da-
das las condiciones económicas de la obra,
bastándonos, para nuestra satisfacción, el ha-
ber contribuido á enaltecer la memoria del
gran novelista Enrique Mürger. PREFACIO

EL EDITOR.
Los bohemios de quienes vamos á tratar en
este libro, no tienen punto de contacto con los
bohemios que los dramaturgos de arrabal han
confundido con los ladrones y asesinos. No se re-
cluían tampoco entre los domadores de osos, los
tragadores de sables, los vendedores de cadenas
de seguridad, los maestros fulleros, los agiotistas
de la pequeña banca, y otros mil industriales mis-
teriosos y vagos cuya principal industria consiste
precisamente en no tener ninguna , hallándose
siempre dispuestos á hacerlo todo, menos el bien.
La Bohemia objeto de este libro no es una raza
nacida hoy, sino que ha existido en todos tiempos
y en todas partes, y puede reivindicar ilustres orí-
genes. En la antigüedad griega, sin remontarnos
más allá en esta genealogía, existió un bohemio
célebre que vivía al día, recorriendo las campiñas
de la floreciente Jonia, comiendo el pan de la li-
mosna y deteniéndose por la noche para suspender
en el hogar de la hospitalidad, la lira armoniosa
que había cantado los Amores de Elena y la Caida jado; maese Francisco Villón, el amante de la
de Troya. Descendiendo la escala de las edades, hermosa que fué comadre. Era el poeta v a g a -
la Bohemia moderna encuentra antepasados en bundo por excelencia, y en su poesía, pomposa-
en todas las épocas artísticas y literarias. Durante mente imaginada, á causa sin duda de ciertos pre-
la edad media continúa la tradición homérica con sentimientos que los antiguos atribuían á sus va-
los músicos y trovadores ambulantes, los hijos de tes, asomaba una constante y singular preocu-
la gaya ciencia, todos los vagabundos melodiosos pación, la de la horca, cuya corbata de cáñamo
de las campiñas de la T u r e n a ; todas las musas estuvo á punto de ceñir el cuello de Villón, una
errantes que, llevando á la espalda el zurrón del vez que quiso ver más de cerca de- lo que era lí-
pordiosero y el harpa del trovador, atravesaban, cito el color de los escudos del rey. Aquel anciano
cantando, las llanuras del hermoso país donde de- Villón, que más de una vez hizo echar los bofes á
bía florecer la eglantina de Clemencia Isaura. los esbirros lanzados tras de sus trapacerías, aquel
Durante la época que sirve de transición entre huésped bullanguero de las zahúrdas de la calle de
los tiempos caballerescos y la aurora del renaci- Pedro Lescot, aquel parásito de la corte del duque
miento, la Bohemia continúa recorriendo todos los de Egipto, aquel Salvador Rosa de la poesía, rimó
caminos del reino, y empieza á mostrarse ya por elegías cuyo hondo sentimiento y acento sincero,
las calles de París. Allí aparece maese Pedro conmueven á los más empedernidos y hacen olvi-
Gringoire, el amigo de los pordioseros y el enemi- dar al malandrín, al vagabundo y al licencioso,
g o del ayuno; flaco y hambriento cuanto puede ante aquella musa que vierte el raudal de sus pro-
estarlo un hombre cuya existencia se resuelve en pias lágrimas.
una larga cuaresma, cruza las calles de la ciudad, Por lo demás, entre los escritores poco conoci-
con las narices al aire, semejante á un perro que dos cuyas obras han sido estudiadas por los que
husmea, oliendo los perfumes de los figones y de creen que la literatura francesa no empieza sólo
las cocinas; sus ojos, ávidamente glotones, hacen desde el día en que «vino Malherbe», Francisco
adelgazar, con sólo mirarlos, los jamones colga- Villón ha tenido el honor de ser uno de los más
dos en los garfios de las choricerías, mientras que desbalijados, hasta por las eminencias del Parnaso
en su imaginación, ya que no en sus bolsillos, hace moderno. ¡ Cuántos y cuántos han caído sobre el
sonar ¡ a y ! los diez escudos que le han prometido campo del pobre y han acuñado moneda de gloria
los señores magistrados municipales, en pago de con su humilde tesoro! Más de una balada escrita
la muy piadosa y muy devota farsa que ha com- en el guardacantón de la esquina, debajo del alero,
puesto para el teatro de la sala del Palacio de jus- en una fría mañana de invierno, por el rapsoda
ticia. Al lado de esta silueta doliente y melancó- bohemio; más de cuatro estrofas amorosas im-
lica del enamorado de Esmeralda, las crónicas de provisadas en el tugurio en donde la hermosa que
la Bohemia pueden evocar á un compañero de un fué comadre desabrochaba su dorado ceñidor ante
humor menos ascético y de aspecto más regoci- cualquiera que la solicitara, aparecen hoy, meta-
había sido acariciada por los besos de una Musa
morfoseadas en galanterías de salón, oliendo á
épica, en las playas de Sorrento, el Tasso, en-
almizcle y ámbar, en el álbum blasonado de algu-
traba en la corte del duque de Ferrara como Ma-
na aristocrática Cloris.
rot en la de Francisco I ; pero menos afortunado
Pero he aquí que llega el gran siglo del renaci-
que el amante de Diana y de Margarita, el autor
miento. Miguel Angel sube los andamios de la
de la Jerusalén pagaba con la pérdida de su razón
Sixtina y mira con inquietud al joven Rafael que
y de su genio, la audacia de amar á una hija de
asciende la escalera del Vaticano, con los cartones
la casa de Este.
de las Logias bajo el brazo. Benvenuto medita su
Las guerras religiosas y las tempestades políti-
Perseo, Ghiberti cincela las puertas del Baptiste-
cas que señalaron en Francia la llegada de los Mé-
rio al mismo tiempo que Donatello engasta sus
dicis, no detuvieron un punto el vuelo del arte. E n
mármoles en los puentes del A m o ; y entre tanto
el momento en que una bala hería, en el andamio
que la ciudad de los Médicis lucha en obras maes-
de los Inocentes (i), á Juan Goujon, que acababa
tras con la ciudad de León X y de Julio II, Ticiano
de encontrar el cincel pagano de Fidias, Ronsard
y Veronés ilustran la ciudad de los Dux ; San
encontraba á su vez la lira de Píndaro, y funda-
Marcos lucha con San Pedro.
ba, ayudado por su pléyade, la grande escuela
Aquella fiebre de genio, que acaba de estallar
lírica francesa. A esta escuela de la primavera,
de pronto en la península italiana con una violen-
sucedió la reacción de Malherbe y de los suyos,
cia epidémica, extiende su glorioso contagio por
que desterraron de la lengua todas las gracias
toda Europa. El arte, rival de Dios, marcha al
exóticas que sus predecesores trataron de nacio-
par de los reyes. Carlos V se baja á recoger el
nalizar en el Parnaso. Un bohemio, Maturino
pincel de Ticiano, y Francisco I hace antesala en
Regnier, fué el que defendió uno de los últimos
la imprenta donde Esteban Dolet corrige tal vez
baluartes de la poesía lírica, atacada por la falan-
las pruebas de Pantagruel.
ge de los retóricos y dramáticos que declaraban
En medio de esa resurrección de la inteligen-
bárbaro á Rabelais y obscuro á Montaigne. El
cia, la Bohemia continúa buscando, como hizo
mismo cínico Maturino Regnier fué quien, aña-
anteriormente, su alimento y su madriguera, se-
diendo nuevos nudos al látigo satírico de Hora-
gún la expresión de Balzac. Clemente Marot, que
cio, gritaba indignado al ver las costumbres de
llega á ser familiar en las antesalas del Louvre,
su época:
alcanza, aun antes de que llegue á ser la favo-
El h o n o r es s a n t o viejo
rita de un rey, los favores de aquella hermosa al q u e ya no se venera.
Diana cuya sonrisa iluminó tres reinados. Del ga-
binete de Diana de Poitiers, la Musa inconstante (1) Se ha c o m p r o b a d o q u e J u a n G o u j o n había m u e r t o en Italia
del poeta pasa al de Margarita de Valois, peli- m u c h o a n t e s que o c u r r i e r a la m a t a n z a de S a o Bartolomé, y p o r
consiguiente n o p u d o ser m u e r t o d u r a n t e la n o c h e fatal del 24 de
groso favor que Marot pagó con la prisión. Casi Agosto d e 1572. ( T o d a s las n o t a s de este l i b r o son del t r a d u c t o r ) .
en la misma época, otro bohemio, cuya infancia
En el siglo XVII, la lista de la Bohemia contiene reputaciones inmerecidas: pues la inspiración del
algunos de los nombres que figuraron en la litera- uno no era más que el pálido reflejo del pálido
tura de Luis X I I I y Luis X I V ; cuenta varios lirismo de Juan Bautista Rousseau, y la inspira-
miembros entre los ingenios que frecuentan el ción del otro, la mezcla de una impotencia orgu-
hôtel Rambouillet, donde aquella colabora en la llosa unida á un odio que no tenia siquiera la ex-
Guirnalda de Julia; tiene acceso en el palacio del cusa de la iniciativa y de la sinceridad, puesto
Cardenal, colaborando con el poeta ministro, que que sólo era el instrumento pagado de los renco-
fué el Robespierre de i,i monarquía, en la trage- res y las cóleras de un partido.
dia Mariana. Cubre de madrigales la calleja de Con esta época cerramos este rápido resumen
Marión Delorme y corteja á N inori bajo los ár- de la Bohemia en sus diferentes edades; prolegó-
boles de la Plaza Real; almuerza por la mañana menos sembrados de nombres ilustres que hemos
en la taberna de los Glotones ó de la Espada Real, colocado con toda intención á la cabecera de este
y cena por la noche en la mesa del duque de Joyeu- libro, para poner en guardia al lector contra toda
se ; y se bate en duelo bajo los faroles, en pro del falsa aplicación que podría hacer preventivamente
soneto de Urania contra el soneto de Job. La Bo- al fijarse en el nombre de bohemios, atribuido por
hemia se dedica al amor, á la guerra y hasta á tanto tiempo á ciertas clases, con las cuales tienen
la diplomacia; y en su vejez, cansada de aventu- el honor de diferenciarse aquellas cuyas costum-
ras, pone en verso el Antiguo y Nuevo Testa- bres y lenguaje hemos tratado de describir.
mento, escribe al margen de todas las hojas de Hoy, como en otro tiempo, todo aquel que de-
beneficios, y, bien nutrida por pingües preben- see cultivar las artes sin otro medio de existencia
das, se sienta en una silla episcopal ó en un sillón que el arte mismo, tendrá que pasar imprescindi-
de la Academia, fundada por uno de los suyos. blemente por los senderos de la Bohemia. La
Durante la transición entre los siglos déci- mayor parte de los contemporáneos que ostentan
mosexto y décimoctavo, fué cuando aparecieron los más hermosos blasones del arte han sido bo-
aquellos dos grandes genios que oponen entre sí hemios ; y, en su gloria tranquila y próspera, re-
las naciones donde vivieron en sus luchas de ri- cuerdan con frecuencia, tal vez con amargura,
validad literaria, Molière y Shakespeare: esos el tiempo en que, mientras subían la verde colina
ilustres bohemios cuyo destino ofrece tantas seme- de la juventud, no poseían otra fortuna, bajo el
janzas. sol de los veinte años, que el valor, que es la vir-
Los nombres más célebres de la literatura del tud de los jóvenes, y la esperanza, que es el millón
siglo X V I I I se encuentran también en los archivos de los pobres.
de la Bohemia, que puede citar, entre los más glo- Para el lector intranquilo, para el ciudadano
riosos de aquella época, á Juan Jacobo y á d' Alem- timorato, para todos aquellos que no encuentran
bert, el expósito del atrio de Nuestra Señora, y, nunca bastantes puntos s«Are la i de una defini-
entre los más obscuros, Malfilâtre y Gilbert; dos ción, repetiremos en forma de axioma:
«La Bohemia es el examen de aptitud de la vida suadidos de que irradian luz en la sombra, esperan
artística; es el prefacio de la Academia, del Hos- que vayan á buscarlos. Tiempo atrás conocimos
pital ó de la Morgue.» una pequeña escuela compuesta de esos tipos, tan
Añadiremos, por nuestra parte, que la Bohemia extraños, que hay que esforzarse para creer en su
sólo existe en París y no puede existir más que existencia; llamábanse los discípulos del arte por
en París. el arte. Según esos inocentes, el arte por el arte
Como todo estado social, la Bohemia admite consistía en divinizarse entre sí, en no ayudar al
diferentes gradaciones, diversos géneros que se azar que ni siquiera conocía su casa, y á esperar
subdividen por sí mismos y cuya clasificación no que los pedestales fueran á colocarse bajo sus
será inútil que establezcamos. plantas.
Empezaremos por la Bohemia ignorada, la más Como se ve, esto es el estoicismo del ridículo.
numerosa. Compónese de la g r a n familia de los Pues bien, lo afirmamos una vez más para que se
artistas pobres, fatalmente condenados á la ley nos c r e a ; existen en el seno de la Bohemia ignora-
de lo incógnito, puesto que no saben ó no pueden da seres parecidos, cuya miseria excita una pie-
hallar la más ínfima publicidad para atestiguar su dad simpática, hacia la cual os impele el buen sen-
existencia en el arte, y probar con lo que son lo tido; pues si les hacéis observar tranquilamente
que podrían llegar á ser mañana. Estos forman que nos hallamos en el siglo xix, que la moneda
la raza de los obstinados soñadores, para quienes de cinco francos es la Emperatriz de la humani-
el arte es más bien una fe que un oficio; hombres dad, y que las botas no caen del cielo charoladas,
entusiastas, convencidos, á quienes basta la vista os vuelven las espaldas y os llaman burgués.
de una obra maestra para causarles la fiebre, y No obstante, son lógicos en su heroísmo insen-
cuyo leal corazón late con violencia ante todo lo sato ; no claman ni se lamentan, y soportan pasi-
bello, sin averiguar el nombre del maestro y de vamente el destino obscuro y riguroso que se fa-
la escuela. Esta bohemia se recluta entre los jóve- brican ellos mismos. La mayor parte mueren,
nes de quienes se dice que prometen, y entre los diezmados por la enfermedad á la que la ciencia
que realizan lo prometido, pero que, por negligen- no se atreve á dar su verdadero nombre, la mise-
cia, timidez ó ignorancia de la vida práctica, se ria. Sin embargo, si lo quisieran, serían muchos
imaginan que lo han dicho todo cuando han termi- los que podrían escapar á ese desenlace fatal, que
nado la obra, y esperan que la admiración pública viene á cerrar su vida á una edad en que la vida
y la fortuna entre por su casa con escalo y con suele empezarse. Les bastaría para ello hacer al-
fractura. Viven, por decirlo así, al margen de la gunas concesiones á las duras leyes de la necesi-
sociedad, en el aislamiento y la inercia. Petrifica- dad, esto es, saber desdoblar la" naturaleza, po-
dos en el arte, toman al pie de la letra los símbo- seer dentro de sí dos seres djferentes; el poeta,
los del ditirambo académico que forman una au- soñando siempre en las altas cima's en donde canta
reola alrededor de la frente de los poetas, y per- el coro de las voces inspiradas; y el hombre, obre-
TOMO I.—2
ro de su vida que sabe amasar su pan cotidia- de peligros, á pesar de los obstáculos y de los pe-
no. Mas este dualismo, que existe casi siempre en ligros, son de día en día más y más frecuentados,
las naturalezas bien organizadas y de las que es y por consiguiente nunca la Bohemia llegó á ser
uno de los caracteres distintivos, no se encuentra tan numerosa.
en la mayor parte de esos jóvenes á quienes el or- Si se investigasen las causas que han podido
gullo, un orgullo bastardo, ha hecho invulnerables determinar esa afluencia, podría hallarse tal vez
á los consejos de la razón. Y mueren jóvenes, la siguiente:
dejando alguna vez detrás de si una obra que el .Muchos jóvenes han tomado en serio las decla-
mundo admira más tarde, y que hubiera aplau- maciones hechas á propósito de los artistas y de
dido antes si no hubiera permanecido invisible. los poetas desgraciados. Los nombres de Gilbert,
Sucede en las luchas del arte algo parecido á de Malfilátre, de Chatterton, de Moreau, han sido
las de la g u e r r a ; toda la gloria conquistada se con demasiada frecuencia, demasiado impruden-
concentra en el nombre de los jefes; el ejército temente, y sobre todo demasiado inútilmente lan-
se reparte como á recompensa las breves líneas de zados á los vientos. Se ha hecho de la tumba de
un orden del día. En cuanto á los soldados muer- esos infortunados un pùlpito, desde el que se pre-
tos en el combate, se les entierra en el sitio donde dicaba el martirio del arte y de la poesía.
cayeron, y un solo epitafio es suficiente para vein-
te mil muertos. ¡Adiós, adiós, suelo i n f e c u n d o
helado sol, r u d o Calvario!
Así también la multitud, que fija constantemen- C o m o f a n t a s m a solitario
te los ojos en el que se eleva, no baja jamas su pasé i g n o r a d o p o r el m u n d o .
mirada hacia el mundo subterráneo en donde lu-
chan los obscuros obreros; su existencia acabase Ese canto desesperado de Víctor Escousse, as-
desconocida, y sin tener siquiera la satisfacción fixiado por el orgullo que le había inoculado un
de sonreír á una obra terminada, dejan esta v.da triunfo ficticio, se convirtió por algún tiempo en
envuelta en un sudario de indiferencia. la Marsellesa de los voluntarios del arte, que acu-
En la Bohemia ignorada existe otra fracc.on; dían á inscribirse en el martirologio de la me-
compónese de jóvenes que han sido engañados ó dianía.
se han engañado á sí mismos. Toman su c a n c h o Porque todas esas fúnebres apoteosis, ese Re-
por vocación, é impelidos por una fatalidad homi- quiem lisonjero, que tenía la atracción del abismo
cida, mueren, víctimas los unos de un acceso per- para los espíritus débiles y las vanidades ambicio-
petuo de orgullo, y los otros idolatrando una qui- sas, han hecho que muchos, sucumbiendo á aque-
lla atracción, pensaran en que la fatalidad era la
me
permítasenos al llegar aquí, una ligera digre- mitad del genio; y que otros muchos soñaran en
aquella cama de hospital donde murió Gilbert, es-
S
'°Los caminos del arte, tan llenos de obstáculos y perando que llegarían á ser poetas, como él lo fué
un cuarto de hora antes de morir, y creyendo que AXIOMA
aquella era una etapa indispensable para alcanzar
«La Bohemia ignorada no es un camino, es un
^ 5 o serán nunca bastante condenadas esas men- callejón sin salida.»
tiras inmorales, esas paradojas h o r n a d a s , que
alejan de su camino, en el que hubieran podido Efectivamente, aquella vida es una quisicosa
triunfar, d tantos .óvei.es, que acaban miserable- que no conduce á ninguna parte. E s una miseria
mente en una carrera en la que estorban á los que embrutecida, en medio de la cual, la inteligencia
p o T s u real vocación tienen derecho á entrar en se extingue como una lámpara en un sitio sin aire;
donde el corazón se petrifica en una misantropía
' " L a s predicaciones peligrosas, esas inútiles exal- feroz, y donde las mejores naturalezas se convier-
t a d o « « P - t u m a s , son las que han creado la raza ten en las peores. Si se tiene la desgracia de per-
ridicula d'e los no comprendidos, de los poetasCo- manecer en ella por largo tiempo y de internarse
rones cuva Musa tiene constantemente los o os demasiado en esa calle sin salida, no hay medio
enrojecidos y las greñas despeinadas y todas J a s de arrancarse de ella, ó se sale por entre peligro-
medianías de la impotencia que recluios, en-el sas brechas, para caer en una bohemia cercana,
registro de lo inédito, llaman madrastra á la Musa cuyas costumbres pertenecen á otra jurisdicción
distinta de la fisiología literaria.
verdaderamente p = Debemos citar, además, una singular variedad
tienen que decir su palabra y la dicen, en efecto de bohemios que podríamos llamar aficionados.
No son estos los menos curiosos. La vida de bo-
hemio es para ellos una existencia l'.ena de seduc-
ciones: no comer todos los días, acostarse al raso
bajo las lágrimas de los días lluviosos y vestirse
de verano en el mes de diciembre les parece el pa-
raíso de la felicidad humana, y para introducirse
lo ve. El talento es el diamante que puede perma en él dejan, éste, el hogar de la familia, aquél,
necer por mucho tiempo perdido entre a sombra el estudio que habría de proporcionarle resultados
pe o que siempre es percibido por a . g u , e n ^ positivos. Vuelven francamente la espalda á un
porvenir honroso para correr las aventuras de
aquella existencia azarosa. Mas como los más ro-
bustos no podrían resistir á un régimen que vol-
vería tísico á Hércules, no tardan en abandonar
la partida, y comiendo á dos carrillos la pitanza
paternal, acaban por casarse con su primita y por . ámente su existencia, señalando su presencia en
establecerse de notarios en una ciudad de treinta la vida por otros medios que los que da el regis-
mil a l m a s ; y por la noche, al amor de la lumbre, tro civil; porque, en fin, para emplear un término
tienen la satisfacción de relatar sus miserias de de su lenguaje, sus nombres están en el cartel,
artista, con el mismo énfasis con que un viajero son conocidos en el mercado literario y artístico,'
explicaría la caza del tigre. Otros se obstinan por y sus productos, que llevan su marca, tienen cur-
so en él, aunque á decir verdad, á precios mode-
exceso de amor propio; pero una vez han apurado
rados.
los recursos del crédito que hallan siempre los
hijos de familia, son más desdichados que los mis- Para llegar á su objeto, que está perfectamente
mos bohemios, los cuales no habiendo poseído ja- determinado, todos los caminos son buenos, y los
más otros recursos, poseen por lo menos los que bohemios saben sacar partido hasta de los acci-
les presta su inteligencia. Nosotros conocimos á dentes del camino. Lluvia ó polvo, sombra ó sol,
uno de esos bohemios aficionados, que después de nada detiene á los animosos aventureros, cuyos
haber permanecido tres años en la Bohemia y de vicios están forrados de virtud. Con el espíritu
haber reñido con su familia, murió de la noche á mantenido constantemente despierto por su am-
la mañana, y fué conducido á la fosa común en el bición, que toca paso de ataque y les lanza al
carro de los pobres: ¡poseía diez mil francos de asalto del porvenir, luchando sin descanso con la
renta! necesidad, su inventiva, que anda siempre con la
Es inútil decir que esos bohemios no tienen, bajo mecha encendida, hace saltar los obstáculos que
ningún aspecto, nada de común con el arte, y que estorban su paso. Su existencia diaria es una
son los más obscuros entre los más desconocidos obra genial, un problema cotidiano que logran
de la Bohemia ignorada. resolver siempre con el concurso de audaces ma-
Llegamos ahora á la verdadera Bohemia, á la temáticas. Esos tipos se harían prestar dinero por
que, en parte, proporciona asunto á este libro. Harpagón, el Avaro de Molière, y hubieran halla-
Los que la componen son verdaderamente los lla- do trufas en la balsa de la Medusa (i). Cuando
mados del arte, y tienen además la suerte de ser conviene saben practicar también la abstinencia
los escogidos. E s t a Bohemia está, como las otras, con toda la virtud de un anacoreta ; pero apenas
erizada de peligros; dos abismos la limitan por se les va á las manos la más insignificante fortu-
ambos lados: la miseria y la duda. Pero entre esos na, les veis lanzarse á las más ruinosas fantasías,
dos abismos hay por lo menos un camino que con- buscando el amor de las más bellas y las más jó-
duce á un término que los bohemios pueden alcan- venes, bebiendo los vinos mejores y más viejos, y
zar con la mirada, mientras esperan alcanzarlo no hallando nunca suficientes ventanas por donde
con la mano.
E s la Bohemia oficial, llamada as!, porque los (I) F a m o s o n a u f r a g i o que t u v o l u e a r en la cosía occidental del
Africa el 2 de J u l i o de 1818.
que de ella forman parte han hecho constar púbh-
tirar su dinero. Luego, cuando el ultimo escudo mió es el infierno de la retórica, y el paraíso del
está muerto y enterrado, vuelven á comer á a neologismo.
mesa redonda del azar, donde su cubierto está Tal es, en resumen, esta vida de bohemio, mal
puesto siempre, y precedidos por una jauría de conocida de los puritanos del mundo, desacre-
astucias, entrando furtivamente en todas las in- ditada per los puritanos del arte, insultada por
dustrias que se relacionan con el arte, van sin todas las medianías pusilánimes y celosas que
descanso á caza de ese animal feroz que se llama no encuentran bastantes clamores, mentiras y ca-
lumnias para ahogar las voces y los nombres
moneda de cinco francos. de los que triunfan, pasando por este vestíbulo
Los bohemios lo saben todo, y van á todas par-
de la fama, unciendo la audacia á su talento.
tes según disponen de botas nuevas ó de botas
Vida de paciencia y de valor, en la que sólo
rotas Un día se les encuentra apoyados en la chi-
se puede luchar revestido con una fuerte coraza
menea de un salón del gran mundo, y al día si-
de indiferencia á prueba de tontos y de envidio-
m i e n t e les veis comiendo bajo el cobertizo de una
sos, en la que ni por un solo momento se debe
taberna de las afueras. No dan diez pasos en el
abandonar, so pena de caer en el camino, el or-
boulevard sin encontrar á un amigo, ni treinta
gullo de sí mismo, que sirve de báculo; vida
pasos en cualquier parte sin topar con un acreedor.
encantadora y terrible que tiene sus vencedores
La Bohemia habla entre sí un lenguaje particu-
y sus mártires, y en la que no se debe ingresar
lar sacado de las conversaciones de taller, de la
sin resignarse de antemano á la implacable ley
erga de entre bastidores, y de las discusiones
del vce victis.
de las redacciones de los periódicos. Todos los
H. M.
eclecticismos de estilo se dan - t a en ese id,orna
inaudito, en el que el modo a p o o a h p t . c o de decir
se codea con los más extraños despropósitos, en
el que la rusticidad de la sátira popular se alia
con los periodos extravagantes salidos de mismo
molde de donde sacaba Cyrano sus fanfarrona-
Tas; en el que la paradoja, este mño mimado
de la literatura moderna, trata á la — como
tratan á Casandra en las pantomimas; en el que KBUO _
(«ítt
la ironía adquiere la violencia de los ácados más
activos y la puntería de esos tiradores que dan
en el Manco con los ojos vendados; jerigonza
inteligente aunque ininteligible para cuantos no
posean la clave, y cuya audacia excede á la de
las lenguas más libres, el vocabulario del bohe-
CÓMO FUÉ INST1TUÍDO EL.
CENÁCULO DE I.A BO-
HEMIA.

He aquí como el azar,


que los escépticos llaman
I; i. el agente de negocios de
Dios, puso un día en con-
tacto á los individuos
cuya fraternal asociación
debía constituir más tar-
de el cenáculo formado
por esa pequeña fracción
de la Bohemia, que el au-
tor de este libro ha trata-
do de dar á conocer al
público.
Una mañana, el 8 de
Abril, Alejandro Schau-
nard, que cultivaba las artes liberales de la pin-
luz, penetró bruscamente en el cuarto y le obligó
tura y la música, fué despertado bruscamente
á entornar los ojos todavía velados por las bru-
por el cacareo de un gallo de la vecindad que le mas del sueño; al mismo tiempo dieron las cinco
servía de reloj. en un campanario de las cercanías.
¡Vive Dios! — gritó Schaunard, — mi reloj —Amanece ya—murmuró Schaunard ;—es ma-
de plumas anda adelantado, pues no es posible ravilloso. Empero,—anadió consultando su calen-
que estemos ya en el día de hoy. dario colgado en la pared,—aquí debe haber un
Y diciendo estas palabras, saltó precipitada- error. Las indicaciones de la ciencia afirman que
mente de un mueble producto de su inventiva, y á esta época del año el sol se levanta á las cinco
que haciendo oficio de cama durante la noche y media; no son más que las cinco y está ya
(por cierto que lo hacía mal, no hay que decirlo) arriba. ¡ Celo indiscreto! Este astro se equivoca
desempeñaba durante el día el oficio de los de- y tendré que quejarme á la oficina de las Longi-
más muebles, ausentes á consecuencia del frío tudes. Sin embargo,—añadió,—será conveniente
riguroso con que se había señalado el invierno que empiece á pensar en mis asuntos; no hay
precedente: como se ve, una especie de mueble duda que hoy es el mañana de ayer, y, como
maese Jaime (i). ayer estábamos á 7, á menos que Saturno ande
P a r a precaverse de los achaques del fresco ma- hacia atrás, hoy debe ser el ocho de Abril, y si
tutino, Schaunard se puso á toda prisa una falda he de dar crédito á lo que me dice este papel,—
de raso rosa bordada de estrellas de lentejuelas, dijo Schaunard volviendo á leer una orden de
que le servía de bata. Aquellos oropeles se los deshaucio fijada en la pared por un ujier,—hoy,
había dejado olvidados en el taller del artista, á las doce en punto, debo haber desalojado este
una noche de baile de máscaras, una locura que sitio y puesto en manos del señor Bernard, mi
había cometido la de dejarse sorprender por las propietario, la suma de setenta y cinco francos
ialaces promesas de Schaunard, el cual, disfra- por tres meses vencidos que me reclama haciendo
zado de marqués de Mondor, hacía sonar en sus malísima letra. Como siempre, había esperado
bolsillos las seductoras sonoridades de una doce- que la casualidad se encargaría de liquidar esta
na de escudos, moneda de fantasía recortada por cuenta, pero parece que no ha tenido tiempo. En
el cortador en una plancha de metal, y sacada de fin, tengo aún seis horas por delante; empleán-
la guardarropía de algún teatro. dolas bien, podría ser que... ¡ Ea, pues! En mar-
Cuando estuvo vestido con su traje de casa, cha,—añadió Schaunard.
el artista se dirigió á abrir los postigos de la ven- Disponíase á ponerse el gabán, cuyo paño,
tana. Un rayo de sol semejante á una flecha de felpudo en otro tiempo, estaba atacado de una
intensa calvicie, cuando de pronto, como si le
(i) Personaje del Avaro de Molière, que desempeña varios ofi- hubiese mordido una tarántula, empezó á ejecu-
cios á la vez. tar en su cuarto una danza de su composición
lace no aparece claro,—murmuró Schaunard,—
que, en los bailes públicos le había procurado
pero es interesante. Aquí convendría un motivo
con frecuencia los honores de la gendarmería. tierno, melancólico; ya va saliendo, va va salien-
—¡ Magnífico! ¡ Soberbio!—gritó.—Es particu- do; aquí van doce compases que lloran como
lar como despierta las ideas el aire de la m a ñ a n a ; Magdalenas. ¡ Esto parte los corazones! ¡ Brr!
me parece que he encontrado la pista de mi can- ¡ brr!—exclamó Schaunard, estremeciéndose den-
ción. Veamos... tro de su falda bordada de estrellas. ¡ Si esto
Y Schaunard, vestido á medias, fué á sentarse pudiera partir la madera! Hay en mi alcoba
ante su piano, y después de haber despertado al una viga que me estorba bastante cuando viene
instrumento dormido, con unr. serie tempestuosa gente... á comer; encendería lumbre con ella...
de acordes, empezó, tarareando, á perseguir la la, la..., re, mi, pues siento que la inspiración
frase melódica que buscaba tanto tiempo hacía. se me desarrolla envuelta en un constipado de
—Do, sol, mi, do, la, si, do, re, bum, bum. Fa, cabeza. ¡ Bah! ¡ t a n t o peor! Sigamos ahogando
re, mi, re. ¡Ay! ¡ Ay! Este re es más falso que á la muchacha.
Judas,—exclamó Schaunard golpeando con fuer-
Y mientras que sus dedos atormentaban el pal-
za la nota de dudoso sonido.—Veamos el me-
pitante teclado, Schaunard, con los ojos brillan-
nor... Hay que describir con precisión el dolor tes y el oído atento, perseguía su melodía, que,
de una joven que deshoja una margarita blanca semejante á una vaporosa sílfide, revoloteaba en-
en un lago azul. No es una idea muy moderna tre la niebla sonora que llenaba la habitación con
que digamos. Pero puesto que está de moda y las vibraciones del instrumento.
que difícilmente se encontraría un editor que se
-Veamos ahora,— repitió S c h a u n a r d , - - si mi
atreviera á publicar una romanza en la que no
música se enlaza bien con las palabras de mi
hubiera un lago azul, hay que conformarse... Do,
poeta.
sol, mi, do, la, si, do, re; esto no me disgusta,
Y canturreó con voz desagradable este frag-
expresa bien la idea de una margarita de los mento de poesía, usado especialmente en las ópe-
prados, sobre todo á las personas fuertes en bo- ras cómicas y en las coplas de ciego:
tánica. La, si, do, re, ¡ picaro re, al diablo! Ahora,
para que se comprenda bien el lago azul, seria Y la joven sin consuclo.
conveniente alguna cosa húmeda, azulada, con echando hacia a t r á s el m a n t o ,
alza al estrellado cielo
claridades de luna (porque la luna tampoco puede los ojos que arrasa el llanto,'
faltar); toma, ya va saliendo, pero no olvidemos y en el cristal aculado
al cisne... Fa, mi, la, sol,—prosiguió Schaunard del h o n d o lago argentado...

haciendo chillar las notas cristalinas de la octa-


va alta.—Falta el adiós de la joven que se de-
- ¡ Cómo, cómo!—dijo Schaunard, poseído de
cide á arrojarse al lago azul, para reunirse con
justa indignación.—¡ El cristal azulado de un la-
su amado hundido entre las nieves. Este desen-
—¡ Demonio!—dijo Schaunard al terminar su
g o argentado! No ine había fijado aún en e s t o ;
composición,—dueño y supremo son un par de
es demasiado romántico. Este poeta es un idiota,
rimas que no pecan de millonarias, pero no me
que jamás ha visto ni plata ni lagos. Su balada
queda tiempo para enriquecerlas. Probemos aho-
es estúpida; además, el corte de los versos no
ra cómo encajan las notas con las sílabas.
encaja con mi hiúsica; en lo sucesivo compondré
Y con aquel antipático órgano nasal que le
las poesías yo mismo, y esto va á ser en seguida;
era peculiar, volvió á ejecutar su romanza. Satis-
ya quf: me siento inspirado, voy á escribir el bo-
fecho sin duda del resultado que acababa de ob-
rrador de unas coplas que se adapten á mi me-
tener, Schaunard se felicitó con una mueca de
lodía.
júbilo que, semejante á un acento circunflejo, se
Y Schaunard, apoyando la cabeza entre am-
dibujaba en su narii. cada vez que se sentía con-
bas manos, tomó la grave actitud de un mortal
tento de sí mismo. Pero aquella alegría orgullosa
que mantenga relaciones con las Musas.
fué de corta duración.
Al cabo de algunos minutos de aquel concubi-
Tocaron las once en un campanario próximo;
nato sagrado, dió á luz una de esas deformida-
cada campanada entraba en el cuarto repercu-
des que los autores de libretos llaman con razón
tiendo con sonido socarrón que parecía decir al
monstruos, y que inprovisan con facilidad para
desdichado Schaunard:—¿Estás listo?
que sirvan de cañamazo provisional á la inspira-
El artista saltó de la silla.
ción del compositor.
—El tiempo corre como un gamo,—dijo,—no
Unicamente que, el monstruo de Schaunard te-
me quedan más que tres cuartos de hora para
nía sentido común, y expresaba con bastante cla-
buscar mis setenta y cinco francos y mi nuevo
ridad la inquietud despertada e a su espíritu por
alojamiento. No lo conseguiré nunca, porque la
la llegada brutal de aquella fecha: ¡ el 8 de Abril!
cosa entra de lleno en los dominios de la magia.
He aquí la copla:
V e a m o s ; me concedo cinco minutos para pensar
Ocho y ocho diez y seis, lo que debo hacer.—Y hundiendo la cabeza entre
po igo seis y lie o uno. las rodillas, descendió á los abismos de la re-
¡ íh! cuán feliz >»e veiéis flexión.
si en el morpen-o opo tuno
hallo á un ser p' bre y honrado, Pasaron los cinco minutos, y Schaunard levan-
que me d* cuarenta luises tó la cabeza sin haber encontrado nada que se
pagaderos al con adt.
cuando cobre mis monises. pareciera á sus setenta y cinco francos.
—Decididamente no me queda otro partido que
ESTRIBILLO tomar para salir de aqui, que marcharme con la
Y cuando suene en el reír j s-ipremo mayor naturalidad; hace buen tiempo y tal vez
las doce menos cuarto, mi amiga la casualidad se pasea tomando el sol.
yo paga. é al señor Berna d, el dueño,
el alquiler d.l cuarto. Será preciso que me conceda hospitalidad, hasta
TOMO I.—3.
que encuentre medio de liquidar mis cuentas con
- Pero, ¿por qué no en seguida? dijo el por-
el señor Bernard.
tero insistiendo.
Schaunard, después de atiborrar con todos los
Tengo que cambiar... No llevo sueltos.
objetos que pudieron contener los bolsillos de su
—¡ Ah! ¡ a h ! — repitió aquel con inquietud.—
gabán, profundos como cuevas, ató en un pañuelo
¿Tiene usted que cambiar? Entonces, para evi-
algunas piezas de ropa blanca y abandonó su ha-
tarle molestias, guardaré mientras tanto el pe-
bitación, no sin despedirse, con algunas palabras,
queño envoltorio que lleva bajo el brazo y que
de su domicilio.
podría cansarle.
Cuando atravesaba el patio, el portero de la
- Señor portero, dijo Schaunard con digni-
casa, que parecía atisbarle, le detuvo de pronto.
dad,—¿desconfía usted de mí? ¿Sospecha acaso
—i Eh, señor Schaunard!—gritó cerrando el que me llevo los muebles envueltos en un pa-
murmuró Schaunard no pienso en otra cosa. ñuelo?
—Ocho y ocho diez y seis, —Perdone usted, señor Schaunard,—replicó el
pongo seis y llevo uno,— portero bajando el tono de la voz,—esta es mi
murmuró Schaunard;—no pienso más que en consigna. El señor Bernard me ha encargado ex-
esto. presamente, que no le dejara sacar ni un cabello
— E l caso es que, parece que no se da usted antes de que le haya satisfecho usted.
til mucha prisa en cambiar de casa,—dijo el por- —Pues mire,—dijo Schaunard abriendo su en-
tero;—son las once y media, y el nuevo inqui- voltorio;—no se trata <Je cabellos, sino de cami-
lino á quien ha sido alquilado el cuarto de usted, sas que llevo á la planchadora que vive al lado
tái puede llegar de un momento á otro. ¡ Conviene del cambista, á veinte pasos de aquí.

i
que despache usted! —Esto es otra c o s a , - -exclamó el portero des-
—Si es así, — respondió S c h a u n a r d , — d é j e m e pués de haber examinado el contenido del envol-
p a s a r ; voy á buscar un carro de mudanzas. torio. -Si no es indiscreción, señor Schaunard,
—Sí, pero antes de que se lleve los muebles ¿podría saber las señas de su nueva casa?
queda por cumplir una pequeña formalidad. Ten- - -Vivo en la calle de Rívoli, — respondió fría-
g o orden de no dejarle sacar ni un cabello, sin mente el artista, quien, saliendo á la calle, se
que haya pagado los tres meses vencidos. ¿ T r a e - alejó más que deprisa.
rá el dinero, probablemente? — E n la calle de Rívoli, — murmuró el portero
•M. metiéndose los dedos en la nariz,—es curioso que
—¡ Diantre!—dijo Schaunard adelantando un
paso. le hayan alquilado una habitación en la calle de
Rívoli sin venir á tomar informes aquí; es muy
—Entonces,—dijo el portero,—si quiere usted
curioso. En fin, él no se ha de llevar los muebles
entrar en mi cuarto, le daré los recibos.
sin haber pagado antes. ¡ Con tal de que el nuevo
:—Ya los tomaré á la vuelta. inquilino no venga con sus muebles, en el preciso
momento en que el señor Schaunard se lleve los espejo de Venecia; sea más cauto en su segundo
suyos! No seria mala molestia. ¿ N o lo decía yo? viaje, y tenga usted cuidado sobre todo con la
—exclamó de pronto, pasando la cabeza á través biblioteca.
del ventanillo.—Aquí está precisamente mi nuevo — ¿ Q u é querrá decir con su espejo de Venecia?
inquilino. —murmuró el portero, examinando con curiosi-
Seguido por un faquín que no parecía muy dad los bastidores apoyados en la pared.—Yo no
fatigado bajo el peso de su carga, acababa de veo ningún espejo; sin duda será una broma,
entrar, en efecto, un joven que llevaba un som- porque no veo más que un biombo; en fin, ya
brero blanco á lo Luis XIII. veremos lo que trae en su segundo viaje.
— D i g a usted,—preguntó al portero que había — ¿ T a r d a r á mucho ese inquilino en dejarme
salido á su encuentro,—¿está libre mi cuarto? libre el sitio? Son ya las doce y media y quisiera
— N o , señor; pero no tardará en estarlo. La instalarme,—dijo el joven.
persona que lo ocupa ha ido á buscar el carro de —Me figuro que no puede tardar ya,—respon-
mudanzas. Entre tanto, para esperar, podría us- dió el portero;—además, la cosa no corre prisa,
ted mandar que depositaran sus muebles en el puesto que aún no han venido los muebles de us-
patio. ted,—añadió subrayando estas palabras.
—Temo que llueva,—respondió el joven, mas- El joven iba á contestar, cuando un dragón en
cando tranquilamente un ramo de violetas que funciones de servicio entró en el patio.
tenía entre los dientes;—mi ajuar podría echarse — ¿ E l señor Bernard?—preguntó sacando una
á perder. Oiga usted,—añadió dirigiéndose al carta de una g r a n cartera de cuero que llevaba
faquín que había permanecido detrás de él, car- colgada al hombro.
gado con un lío de objetos cuya naturaleza no —Aquí es,—respondió el portero.
alcanzaba á explicarse el portero;—deje esto en — T r a i g o esta carta para él,—dijo el dragón,
el vestíbulo y vuelva á mi anterior alojamiento —extiéndame el recibo;—y entregó al portero un
á tomar los muebles preciosos y objetos de arte boletín de despacho que fué á firmar en su habi-
que han quedado allí. tación.
El mozo de cuerda colocó á lo largo de la pa- —Dispénseme usted si le dejo solo,—dijo el
red varios bastidores de unos seis ó siete pies portero al joven que se paseaba en el patio con
de alto y cuyas hojas, plegadas en aquel momen- impaciencia;—pero he recibido esta carta del mi-
to unas sobre otras, podían, al parecer, desple- nisterio para el señor Bernard, el casero, y voy
garse á voluntad. á subírsela.
— ¿ V e usted?—dijo el joven al mozo de cuerda En el momento en que entraba el portero, el
entreabriendo uno de los bastidores, y mostrán- señor Bernard estaba haciéndose la barba.
dole un desgarrón que había en la tela.—Mire — ¿ Q u é quiere usted, señor Durand?
usted que desgracia, me ha roto usted mi grande —Señor,—respondió éste quitándose el gorro,
—un ordenanza acaba de traer esto para usted, rra, llevada por un dragón correo, y de la cual el
de parte del ministerio. señor Durand había dado recibo al gobierno.
Y tendió al señor Bernard, la carta cuyo sobre
ostentaba un sello del departamento de la guerra. «Muy señor mío y casero:
—¡ Oh, Dios mío!—exclamó el señor Bernard, »La cortesía, que á creer á la mitología, es la
con tanta emoción, que faltó poco para que se abuela de la buena educación, me obliga á hacer-
cortara con la navaja.- ¡ Del ministerio de la le saber que me encuentro en la cruel necesidad
guerra! Estoy seguro que se t r a t a de mi promo- de no poder satisfacer la costumbre de p a g a r el
ción al grado de caballero de la Legión de Honor, alquiler, sobre todo debiéndolo. H a s t a esta ma-
que hace tanto tiempo solicito; al fin se hace ñana, me había lisonjeado la esperanza de poder
justicia á mis méritos. Tome usted, Durand,— celebrar este fausto día, satisfaciendo los tres
dijo buscando en el bolsillo de su chaleco,—ahí meses atrasados de mi locación. ¡ Quimera, ilu-
van cinco francos para que beba á mi salud. sión, ideal! Mientras me adormecía en los ensue-
¡ Toma! No tengo el portamonedas, ya se los ños de aquella seguridad, el infortunio, ananké
daré luego, espere usted. en griego, el infortunio, repito, desvanecía mis
El portero se sintió tan conmovido por este esperanzas. Los beneficios con que contaba,
acceso de generosidad fulminante, tan poco usual ¡ ¡ ¡ J e s ú s , como está el comercio!!! no se han
en su amo, que se encasquetó el gorro otra vez. realizado, y á pesar de las crecidas sumas que
El señor Bernard, que en otras circunstancias debía percibir, sólo he cobrado tres francos, en
hubiera corregido severamente aquella infracción calidad de préstamo, y no me atrevo á ofrecér-
de la jerarquía social, hizo como si no lo viera. selos á usted. Vendrán días mejores para nuestra
Se puso los anteojos, rompió el sobre con la emo- hermosa Francia y para mí, no lo dude usted,
señor Bernard. Así que brillen, volaré á adver-
ción respetuosa de un visir que recibe un firmán
tírselo y á retirar de su inmueble los objetos pre-
del sultán, y empezó á leer el despacho. A las
ciosos que he dejado en él, y que pongo bajo su
primeras líneas, una mueca espantosa llenó de
protección y la de la ley, que le prohibe vender-
a r r u g a s amoratadas la grasa de sus mejillas mo-
los antes de un año, en el caso que lo intentara
nacales, y sus diminutos ojos lanzaron chispas con objeto de reintegrarse de las sumas de que
capaces de incendiar los mechones de su enma- es acreedor en el registro de mi probidad. Le
rañada peluca. recomiendo especialmente mi piano, y el gran
En una palabra, sus facciones estaban tan marco que contiene sesenta rizos de pelo, cuyos
descompuestas, que hubiérase dicho que acaba- diferentes colores recorren toda la escala de los
ban de sufrir un terremoto. matices capilares, y que han sido arrebatados
H e aquí el contenido de la misiva escrita en de la frente de las Gracias por el escalpelo del
papel con el membrete del ministerio de la gue- amor.
»Puede usted disponer, pues, señor casero, alejarle de su portería y dar el golpe. Es usted
de las cuatro paredes en que he vivido. Yo le un imbécil.
otorgo mi permiso y lo ratifico con mi firma. — ¡ A h ! ¡ D i o s mío, qué imbécil soy! — gritó
»ALEJANDRO SCHAUNARD. » Durand, tembloroso ante la cólera olímpica de su
superior que lo arrastraba hacia la escalera.
Apenas hubo acabado la epístola, que el artista Cuando llegaron al patio, el portero fué apos-
había escrito cri la oficina de uno de sus amigos, trofado por el joven del sombrero blanco.
empleado en el ministerio de la guerra, el señor —¡ Oiga usted, señor portero! — gritó.—¿ No
Bernard la arrugó con indignación; y como su me da usted posesión de mi domicilio? ¿ E s t a m o s
mirada tropezara con el portero Durand, que ó no á 8 de Abril? ¿ N o es en esta casa donde
esperaba la prometida gratificación, le preguntó he alquilado un cuarto, y no le he entregado la
brutalmente qué es lo que hacía allí. señal en prenda? ¿Si ó no?
—¡ Espero, señor! —Perdone usted, perdone usted,—dijo el ca-
—¿Qué? sero, — soy con usted. Durand, — añadió vol-
— ¡ P u e s . . . la generosidad del señor... por la viéndose hacia el portero,—voy á contestar yo
buena noticia!—balbuceó el portero. mismo al señor. Corra usted arriba, ese pillo de
— ¡ S a l g a usted! ¡Cómo, bellaco! ¿ E s t á usted Schaunard habrá vuelto sin duda para hacer sus
cubierto delante de mí? líos; si le sorprende, deténgale usted, y vuelva á
-—Pero, señor... bajar para ir á llamar á los guardias.
—Cállese usted, salga de aquí, ó más bien, Durand desapareció escalera arriba.
espéreme usted. Vamos á subir al cuarto de este —Perdone u s t e d , — d i j o el propietario, incli-
canalla de artista, que se marcha sin pagarme. nándose ante el joven así que quedaron solos,—
—¿Cómo,—dijo el portero,—el señor Schau- ¿á quién tengo el honor de hablar?
nard? —Soy su nuevo inquilino; he alquilado un
—Sí,—prosiguió el propietario, cuyo furor au-
cuarto en el sexto piso de esta casa, y empiezo á
mentaba progresivamente.—Y si se ha llevado
impacientarme porque el cuarto no está vacante
el más mínimo objeto, le echo á usted, ¿lo oye?
todavía.
¡ Le echo á usteeed!
—Crea usted que lo siento mucho,—respondió
— E s t o es imposible,—murmuró el pobre por-
tero,—el señor Schaunard no se ha llevado nada el señor Bernard,—pero se han suscitado algu-
a u n ; ha ido á cambiar para p a g a r á usted, y á nas dificultades con el inquilino á quien debe us-
buscar un carro para llevarse sus muebles. ted reemplazar. j
—¡ Llevarse sus muebles!—exclamó el señor —¡ Señor, señor!—gritó Durand desde una'vqfi-
Bernard.—Corramos, estoy seguro que ya lo está tana situada en el último piso de la casa¿~^e^
haciendo; le han tendido á usted un lazo para señor Schaunard no está... pero su xjuartó sí...
Que imbécil soy, quiero decir que no se ha lle- —¡Caracoles! ¿ N o le basta á usted un palacio
vado nada, ni un cabello, señor. para responder del alquiler de una buhardilla?
— E s t á bien, baje usted,—contestó el señor — N o señor; quiero muebles, verdaderos mue-
Bernard.—¡ Dios mío!—prosiguió dirigiéndose al bles de caoba.
joven,—un poco de paciencia, yo se lo ruego. —¡ Ah, señor mío! Ni el oro ni la caoba nos
Mi portero llevará á los sótanos los objetos que hacen dichosos, ha dicho un filósofo antiguo. Y
ocupan el cuarto de mi insolvente inquilino, y además, yo no la puedo sufrir, es una madera
dentro de media hora podrá usted tomar pose- demasiado común, todo el mundo la tiene.
sión ; por otra parte, los muebles de usted no En resumen, ¿tiene usted algunos muebles,
están aún aquí. sean de la clase que fueren?
—Usted dispense, respondió tranquilamente — N o : ocupan demasiado espacio en las habita-
el joven. ciones y así que hay algunas sillas no sabe uno
El señor Bernard miró á su alrededor y no donde sentarse.
vió más que los grandes biombos que antes habían — N o obstante ¿ tendrá usted una cama? ¿ En
despertado la curiosidad del portero. dónde descansa usted?
— ¿ Q u é quiere usted decir con su «dispense»?... —¡Descanso en la Providencia!
Yo aquí no veo nada. — Perdone usted otra pregunta,—dijo el señor
- Mire usted,—respondió el joven desplegando Bernard,—¿qué profesión es la suya?
los bastidores y ofreciendo á la vista del estu- En este mismo momento el mandadero del jo-
pefacto propietario un magnífico interior de pala- ven, de vuelta de su segundo viaje, entraba en
cio con columnas de jaspe, bajorrelieves y cua- el patio. Entre los objetos que llevaba atados,
dros de grandes maestros. sobresalía un caballete.
- Pero, ¿y los muebles?- preguntó el señor —¡ Ah, señor!—exclamó Durand con terror; y
Bernard. mostraba el caballete al propietario. — ¡ Es un
— E s t á n aquí, contestó el joven indicando el pintor!
suntuoso mueblaje pintado en el palacio que aca-
baba de comprar en el hótel Bullion, donde for- —-Un artista, ¡ lo había sospechado!- exclamó
maba parte de una venta de decoraciones perte- á su vez el señor Hernard, y los pelos de su pe-
necientes á un teatro de sociedad. luca se le erizaron de espanto.—¡ ¡ ¡ Un pintor!!!
—Señor mío,—repitió el propietario.—supongo Pero ¿no ha tomado usted informes del señor?- -
que tendrá usted muebles más serios que éstos... prosiguió dirigiéndose al portero.—¿ No se había
— ¡ C ó m o ! ¡Legítimas tallas de Boule! (i) enterado aún de su oficio?
—Usted comprenderá que necesito garantías
para mis alquileres. - -¡ Demontre!- -respondió el pobre hombre,
me había entregado cinco francos de señal; cómo
it A n d r é s Boule. escultor tallista, n a t u r a l d e l'aris (1642-1732). podía dudar..
44 ENRIQUE MÜRCER
LA BOHEME 45
—Cuando usted guste,—manifestó á su vez el
joven. —Pues, la mitad de mil, ¡ qué tiene de particu-
lar! ¿ N o ha visto usted ninguno?—añadió el ar-
— Verá usted, — prosiguió el señor Bernard
tista, pasando el billete por delante de los ojos
afianzando las g a f a s en su nariz,—puesto que no
del propietario y del portero, quienes, á aquella
tiene muebles, no podrá tomar posesión del cuar-
vista, pareció que perdían el equilibrio.
to. La ley autoriza á rechazar al inquilino que no
—Voy á darle el cambio,—dijo respetuosamen-
ofrezca garantías:
te el señor Bernard;—no tomaré más que veinte
— ¿ Y mi palabra, pues?—dijo con dignidad el
artista. francos, pues Durand le devolverá los cinco ade-
lantados.
— N o vale lo que los muebles... Busque usted
—Yo se los regalo,—dijo el artista,—á condi-
piso en otra parte. Durand le devolverá á usted
ción de que suba todas las mañanas á decirme el
el dinero adelantado.
día de la semana y la fecha del mes, las fases de
—¡ Hum!—exclamó con estupor el portero.— la luna, el tiempo que haga y la forma de gobier-
Ya está en la caja de ahorros. no bajo la cual vivamos.
—Pero, señor mío,—replicó el joven,—yo no
—¡ Ah! señorito,—exclamó Durand, describien-
puedo encontrar alojamiento en un minuto. De-
do una curva de noventa grados.
me usted al menos hospitalidad por un día.
—Perfectamente, buen hombre, usted me ser-
—Vaya usted á una posada,—respondió el se-
virá de almanaque.
ñor Bernard.—A propósito,—añadió vivamente,
—Voy á extender á usted el recibo,—dijo el
asaltado por una súbita reflexión,—si usted quie-
re le alquilaré amueblado el cuarto que debía ocu- casero.
par, en el que se encuentran los muebles de mi Aquella misma noche, el nuevo inquilino del
inquilino insolvente. Sólo que no ignorará usted señor Bernard, el pintor Marcelo, estaba insta-
que en este género de contratos, se paga el al- lado en el cuarto del fugitivo Schaunard, trans-
qulier por adelantado. formado en palacio.
Durante aquellas horas, el referido Schaunard
~ ¿ Y c " á n t o querrá usted por ese tabuco? iba desempedrando las calles de París, tocando
dijo el artista obligado á pasar por todo. llamada y tropa al dinero.
—El cuarto es muy conveniente, el alquiler
Schaunard había elevado el préstamo á la al-
será de veinticinco francos al mes, en atención á
tura de un arte. Previendo el caso en que tendría
las circunstancias. P a g o adelantado.
que oprimir á los extranjeros, había aprendido
—Ya lo había dicho usted, y la frase no mere-
la manera de pedir cinco francos en todas las
cía los honores de la repetición,—dijo el joven
lenguas del globo. Había estudiado á fondo el
buscando en su bolsillo.—¿ Tiene usted cambio
repertorio de las astucias que emplea el metal
de quinientos francos?
para escapar de los que lo persiguen; y conocedor
—¡Hum!—exclamó el casero.—Dice usted..
de las mareas mejor que un piloto, sabía las
en que había salido de su casa para procurar reu-
épocas en que las aguas estaban en baja ó en
nir los setenta y cinco francos necesarios, no
alza, esto es, los días en que un amigo ó conocido
había podido recoger más que un solo escudo,
acostumbraban á recibir dinero. Esto hacía que
debido á la colaboración de las letras M, V y R de
en algunas casas, al verle entrar, no dijeran:
su famosa lista: el resto del alfabeto, teniendo,
«Aquí está el señor Schaunard»; sino: «Aquí está
como él, deudas que satisfacer, le había despedi-
el primero ó el quince de cada mes». Para faci-
do con buenas palabras.
litar y al propio tiempo igualar esa especie de
diezmo que sacaba provisionalmente, cuando la A las seis de la tarde, un apetito violento em-
necesidad le apretaba, de las personas que po- pezó á tocar la campana de la hora de comer en
seían medios para pagarlo, Schaunard había com- su estómago; estaba entonces en la barrera del
pilado un cuadro alfabético por barrios y distri- Maine, en donde vivía la letra U. Schaunard su-
tos, en donde estaban anotados los nombres de bió á casa de la letra U, donde se le ponía cu-
todos sus amigos y conocidos. Al lado de cada bierto, cuando había cubiertos.
nombre estaba inscrito el máximun de la suma — ¿ D ó n d e va Usted?—le preguntó el portero,
que podía pedirles prestado en relación con el saliéndole al paso.
-A casa del señor U...,—respondió el artista.
estado de su fortuna, las épocas en que estaban
en fondos, y las horas de comida con la minuta — N o está.
ordinaria de la casa. Además de este cuadro, — ¿ Y la señora?
Schaunard había organizado una pequeña cuenta —Tampoco: me han encargado que dijera á
corriente perfectamente ordenada, en la que ins- uno de sus amigos que debía venir esta tarde,
cribía escrupulosamente las sumas que le habían que habían ido á comer á la ciudad: y en el caso
prestado sin descuidar las más mínimas fraccio- de que sea usted á quien esperaban,—añadió el
nes, pues no quería gravar su deuda más allá de portero,—me han dejado esta dirección,—y alar-
cierta cifra que tal vez debería heredar de cierto gó á Schaunard un trozo de papel en el que su
tío normando. Cuando debía veinte francos á un amigo U... había escrito:
individuo, Schaunard cerraba su cuenta y la sal- «Hemos ido á comer á casa del señor Schau-
daba íntegramente de una sola vez, aunque para nard, calle... número...; ven á buscarnos.»
ello necesitara empeñarse con otros acreedores — E s t á bien,—dijo éste marchándose,—cuando
á quienes debía menos. De esta manera, mante- la casualidad quiere, ocurren cosas muy gra-
nía en la plaza un cierto crédito que él llamaba ciosas.
su deuda flotante; y como se sabía que tenía la Schaunard se acordó entonces de que se encon-
costumbre de p a g a r apenas sus recursos perso- traba á dos pasos de un bodegón en el que había
nales se lo permitían, todos le servían con gusto, comido dos ó tres veces por poco precio, y se
si les era posible. dirigió hacia aquel establecimiento, situado en la
Ahora bien, desde las once de la mañana, hora calzada del Maine, y conocido entre la baja Bo-
hernia con el nombre de la Madre Cadct. E r a un dia taza de café, una comida compuesta de una
figón cuya ordinaria clientela se componía de los alcachofa en aceite y vinagre.
cocheros de la línea de Orleans, de cantarínas —I Dos fricasés! ¡ Qué lobo!—dijo en voz baja
del Monte Parnaso y de galanes jóvenes de Bo- á la camarera.—Se da buena vida, el mozo. A
bino. Durante la buena estación, los discípulos ver mi cuenta, Adela.
de pintura de los numerosos estudios que rodean —Cuatro de la alcachofa, cuatro de la media
el Luxemburgo, los literatos inéditos, los perio- taza y uno de pan. Total, nueve sueldos (i).
distas de gacetas desconocidas, van en tropel á —Ahí van—dijo la cantarina, y salió cantu-
comer al bodegón de la Madre Cadet, célebre por rriando:
sus fricasés de liebre, por sus coles en vinagre, ¡Este a m o r q u e Dios me da¡
y por un vinillo claro que sabe á pedernal.
Schaunard f u é á sentarse bajo el bosquecillo: —Toma, da el la,—dijo entonces un personaje
así llaman en casa de la Madre Cadet al escaso misterioso sentado á la misma mesa de Schau-
follaje de dos ó tres árboles raqu ; ticos, cuyas ra- nard, medio oculto detrás de un montón de libros
de lance.
mas de enfermiza verdura, han sido dispuestas
en forma de emparrado. — ¿ L o da?—dijo Schaunard.—Creo más bien
que lo guarda. No hay más que ver eso—añadió
—A fe mía, mejor así,—dijo Schaunard inte-
mostrando con el dedo el plato que había servido
riormente,—voy á darme un atracón y á cele-
á Lucia de Lammermoor para comer su alcacho-
brar un festín de Baltasar íntimo.
fa.—¡ Escabechar su falsete en vinagre!
Y sin encomendarse á Dios ni al diablo, pidió
— E s un ácido violento, no hay duda,—añadió
una sopa, medio plato de coles en vinagre y dos
el personaje que hablara antes.—La ciudad de
medios de fricasé de liebre: había observado que
Orleans produce algunos que gozan, á justo tí-
fraccionando la ración se ganaba por lo menos tulo, de una gran reputación.
una cuarta parte más que pidiéndola entera.
Schaunard examinó atentamente aquel indivi-
La petición de aquella lista de platos atrajo ha- duo, que tanta insistencia mostraba por trabar
cia él las miradas de una joven vestida de blanco, conservación con él. La mirada penetrante de sus
adornada con flores de azahar y calzada con za- grandes ojos azules, que parecían buscar algo con
patos de baile; un velo imitación de imitación asiduidad, daban á su fisonomía el carácter de
flotaba sobre sus hombros que hubieran debido placidez beata que se observa en los seminaris-
guardar el incógnito. Era una cantarina del tea- tas. Su rostro tenía el color del marfil viejo, salvo
tro Monte Parnaso, cuyo escenario daba, por las mejillas que parecían espolvoreadas de polvo
decirlo así, en la cocina de la Madre Cadet. Ha- de ladrillo molido.
bía aprovechado un entreacto de la Lucia para Ir
á comer, y en aquel momento terminaba con me- (1) Para los que lo i g n o r e n , el s u e l d o vale c i n c o céntimos.
T O M O I . — 4
Su boca parecía dibujada por un alumno prin- —-¿Se dignará usted compartir conmigo este
cipiante á quien se hubiera dado en el codo. Los plato?
labios, algo abultados y salientes, á la manera —¡ Oh! de ninguna manera—dijo Schaunard,
de los de la raza negra, dejaban entrever unos —no puedo permitir que usted se prive por mí.
dientes de perro de caza, y su barba rasa dejaba — ¿ M e negará usted el placer de serle agra-
caer dos pliegues sobre una corbata blanca, una dable?
de cuyas p u n t a s amenazaba á los astros, mientras —Si es así, caballero...—Y Schaunard avanzó
que la otra se dirigía á agujerear la tierra. 1 or su plato.
debajo del sombrero de fieltro, de alas prodigiosa- —Me permitirá que no le ofrezca la cabeza,—
mente anchas, se desbordaban sus cabellos en dijo el desconocido.
rubias cascadas. Vestía un gabán con esclavina, — ¡ A h ! caballero — exclamó Schaunard, — no
de color de avellana, cuyo paño, reduc.do á la puedo permitirlo.
trama, tenía las asperezas de un rallo. De los Pero al retirar el plato se apercibió que el des-
anchos bolsillos de aquel gabán se escapaban .e- conocido le había servido precisamente la parte
gajos de papeles y libros en rústica. Sin preocu- que decía iba á guardar para sí.
parse del examen de que era objeto, saboreaba su —Si la cabeza es la parte más noble del hom-
ración de coles en vinagre, dando frecuentes y bre,—dijo el desconocido—es la más desagrada-
expansivas señales de satisfacción. Mientras co- ble del conejo. Por esto son muchas las personas
mia iba leyendo un librajo abierto ante si y en que no la pueden sufrir. Yo, por el contrario, la
el que de vez en cuando escribía algunas notas prefiero á todo.
—Entonces—dijo Schaunard,—siento vivamen-
con un lápiz que tenía en la oreja. .f ¿
. jjh'—gritó de pronto Schaunard haciendo te que se haya usted privado de ella por mí.
sonar su vaso con el c u c h i l l o . - ¿ Y mi fncasé? —¿Cómo?... Usted perdone—exclamó el hom-
—Caballero, -respondió la muchacha, que lle- bre de los libros viejos.—Soy yo quien se ha que-
dado con la cabeza. Con toda consideración he
gaba con un plato en la m a n o , - s e ha acabado;
de hacerle observar que...
este es el último, y es para el señor que o ha pe-
—Permítame usted—dijo Schaunard poniéndole
dido a n t e s , - a ñ a d i ó dejando el plato frente al
el plato debajo de la nariz.—¿Sabría decirme que
hombre de los libros de lance.
pedazo es éste?
—¿ Por Cristo vivo!—gritó Schaunard.
— ¡ S a n t o cielo! ¿Qué veo? ¡ O h dioses! ¡ O t r a
Y ' h a b í a tan melancólica decepción en aquel
cabeza! ¡ E r a un conejo bicéfalo!—gritó el des-
grito, que el hombre de los libros se conmovió
interiormente. Separó la muralla de hbro^ que conocido.
se interponía entre él y Schaunard; y —Bicé...—dijo Schaunard.
el U t o - t r e los dos, dijo con los más dulces —...falo. Es una palabra que viene del griego.
El caso es que Buffon, que sabía donde tenía la
acentos de su voz:
mano derecha, cita varios ejemplos esta sin- estilos, los terribles equívocos con que esmaltaba
gularidad. ¡ P o r vida mía! No me disgusta haber su conversación, habían seducido á Schaunard,
comido parte de un fenómeno de esta clase. quien pidió desde aquel momento permiso á Co-
Gracias á este incidente, la conversación quedó lline para añadir su nombre á los de los que com-
definitivamente entablada. Schaunard, que no ponían la famosa lista de que hemos hecho men-
quería ser menos cortés que su compañero, pidió ción.
un litro más. El hombre de los libros de lance Salieron del figón de la Madre Cadet á las nue-
mandó traer otro. Schaunard ofreció ensalada. ve de la noche, pasablemente achispados ambos,
El hombre de los libros ofreció los postres. A las y con aire de personas que acababan de estar en
ocho de la noche había seis litros vacíos encima íntima conversación con las botellas.
de la mesa. Con la conversación, la franqueza, Colline invitó á tomar café á Schaunard, y éste
rociada con las libaciones del vinillo, les había aceptó á condición de que se encargaría de los
impelido á referirse mutuamente su biografía, y licores; y entraron en un café situado en la calle
se conocían ya como si siempre hubiesen estado de San Germán l'Auxerrois, cuya muestra estaba
juntos. El hombre de los libros, después de haber dedicada á Momo, dios de los Juegos y de la
oído las confidencias de Schaunard, le había ex- Risa (i).
plicado que se llamaba Gustavo Colline; ejercía En el momento en que entraban en el saloncito,
la profesión de filósofo, y vivía dando lecciones acababa de entablarse una acalorada discusión
de matemáticas, de botánica y otras varias cien- entre dos clientes del cafetín. Uno de ellos era un
cias terminadas en ica. joven cuya cara se perdía en el fondo del mato-
El escaso dinero que ganaba corriendo de un rral de una barba multicolor. Como antítesis á la
lado á otro, Colline lo gastaba comprando libros abundancia de su barba, una calvicie precoz había
de lance. Su gabán color de avellana era conocido despoblado su frente, que parecía una rodilla, y
por todos los libreros de lance del muelle, desde cuya desnudez trataba de disimular un mechón
el puente de la Concordia hasta el puente de San de cabellos tan escasos que se hubieran podido
Miguel. Lo que se hacía de todos aquellos libros, contar uno por uno. Vestía levita negra tonsura-
tan numerosos que la vida de un hombre no hu- da en los codos, y dejaba ver, cuando levantaba
biera bastado para leerlos, nadie lo sabía, y el lo los brazos, unos ventiladores practicados á lo
sabía menos que nadie. Pero aquella manía había largo de las mangas. Su pantalón pudo haber
sido negro, pero sus botas, que nunca habían si-
tomado en él las proporciones de una pasión; y
do nuevas, parecía que hubiesen dado varias ve-
cuando por la noche regresaba á su casa sin ha-
ces la vuelta al mundo en los pies del Judío
ber comprado un libro, parodiando para su uso
Errante.
particular la sentencia de Tito, exclamaba: «Hoy
he perdido el día.» Sus modales educados y su
lenguaje, que ofrecía un mosaico de todos los ") Vcase las Confessioni de Sylvius, d e C h a m p f l e u r y . ! N. de A.)
LA BOHEME 55
ENRIQUE MURGER
54
—Su partida de dominó—dijo Rodolfo.
Schaunard observó que su amigo Colline y el
—Todas las noches—continuó el señor Mouton.
joven de copiosa barba se saludaron. —Pues bien, es una suposición: ¿está usted?...
_ ¿ Conoce usted á ese c a b a l l e r o ? - p r e g u n t ó al
—¡ Perfectamente!—dijo Rodolfo.
filósofo. —Leo un artículo que no es de mi opinión. Es-
—No—respondió éste;—pero le encuentro al-
to me incomoda y me irrita la sangre, porque,
guna vez en la Biblioteca. Creo que es un literato. ¿ve usted, señor Rodolfo? Todos los diarios sólo
" —El traje lo es, por lo menos—replicó Schau- dicen mentiras. ¡ Sí, mentiras!—aulló con la nota
nard. más aguda de su falsete. —Y los periodistas son
El personaje con quien discutía el joven era un unos tunos, unos folicularios.
individuo de unos cuarenta años, amenazado de — N o obstante, señor Mouton...
apoplegía fulminante, según dejaba colegir su - -Sí, unos tunos—continuó el empleado.- Ellos
enorme cabeza hundida inmediatamente entre sus son la causa de las desgracias de todo el m u n d o ;
hombros, sin la transición del cuello. Leíase ellos hicieron la revolución y los asignados ( i ) ;
el idiotismo en letras mayúsculas en su frente prueba de ello Murat.
deprimida, cubierta con un pequeño casquete ne- - Usted dispense - replicó Rodolfo, querrá
gro. Llamábase el señor Mouton, y estaba em- decir Marat. f
pleado en la alcaldía del distrito IV, en donde No, no — prosiguió Mouton ; — Murat, de
llevaba el registro de defunciones. quien vi el entierro cuando era niño...
—¡ Señor Rodolfo!—gritaba con voz de eunu- - Le aseguro á usted...
co, sacudiendo al joven á quien tenía agarrado El protagonista de un drama representado
por la solapa de la levita.—¿ Quiere usted que le en el Circo... ¡ V a y a !
diga mi opinión? Pues bien, todos los periódicos, —Justo, precisamente—dijo Rodolfo;—es Mu-
no sirven para nada. H a g a m o s una suposición: rat.
yo soy un padre de familia ¿no es cierto?... Pues —Pero ¿qué es lo que le digo á usted desde
bien... Yo vengo al café á hacer mi partida de hace una hora?—exclamó el testarudo Mouton.—
dominó. ¿ V a usted comprendiendo? Murat, que trabajaba en unos sótanos, ¡ vaya!
—Siga usted, siga usted—dijo Rodolfo. Pues bien, es una suposición. ¿ N o han hecho bien
—Pues bien—continuó Mouton, acompañando los Borbones en guillotinarlo por su traición?
sus frases con un puñetazo que hacía temblar las ¿A quién han guillotinado? ¿Quién hizo trai-
copas y vasos que había sobre la mesa.—1 ues ción?—gritó Rodolfo sujetando á su vez al señor
bien, recorro todos los periódicos, y - ¿qué es lo Mouton por la se ¡apa.
que veo? Veo que el uno dice blanco y el otro Pues, Marat.
dice negro, y que patatrís y que patatras. ¿ Q u é
me importa á mí de todo eso? Yo soy un buen (I) Papel m o n e d a d e la p r i m e r a R e p ú b l i c a .
padre de familia que viene á jugar...
— N o , no, señor Mouton, Murat. ¡ Entendámo- —¡ Qué estúpido!—dijo éste á los dos jóvenes,
nos, vive Dios! designándoles al empleado.
—Ciertamente, Marat, un canalla. Hizo trai- —Tiene una gran cabeza, con sus párpados que
ción al emperador en 1815. Por esto digo que parecen el fuelle de un coche, y sus ojos á guisa
todos los periódicos son lo mismo;—continuó el de bolas de lotería—dijo Schaunard, sacando una
pipa maravillosamente culotada.
señor Mouton volviendo á la tesis de lo que lla-
maba una explicación.—¿Sabe usted lo que yo que- —¡ Pardiez! caballero, — dijo Rodolfo — posee
rría, señor Rodolfo? Pues bien, es una suposi- usted una hermosa pipa.
ción... Yo querría un buen diario... ¡ Oh! No muy —¡ Oh! tengo otra mucho mejor para las gran-
grande... ¿ E s t á usted? Y que no hiciera frases... des ocasiones—replicó Schaunard con indiferen-
¿Me explico? cia.—Saque usted el tabaco Colline.
—¡ Qué exigente es usted!—interrumpió Rodol- —¡ Demontre!—exclamó el filósofo.—Se me ha
fo.—j Un diario sin frases! acabado.
—Sí, señor, s í ; entiéndame usted. —Permítame que se lo ofrezca—dijo Rodolfo
—Así lo deseo. sacando de su bolsillo un paquete de tabaco que
dejó encima de la mesa.
—Un diario que se ocupara simplemente de la
salud del rey y de los bienes de la tierra. Porque, En vista de su galantería, Colline creyó nece-
seamos justos ¿de qué sirven vuestras gacetas, sario ofrecer unas copas.
que nadie entiende? Una suposición: Yo estoy en Rodolfo aceptó. La conversación recayó en la
la alcaldía ¿ n o es cierto? Yo atiendo á mi regis- literatura. Interrogado respecto á su profesión,
tro ¡perfectamente! Pues bien, es como si me denunciada por su traje, Rodolfo confesó sus re-
laciones con las Musas, y mandó traer otras co-
vinieran á decir: «Señor Mouton, usted inscribe
pas. Cuando el mozo iba á llevarse la botella,
las defunciones, pues bien, hágalo así, hágalo
Schaunard le rogó que la dejara. Había oído so-
asado. Pues bien, ¿y qué? ¿y qué? ¿y qué? Pues
nar en uno de los bolsillos de Colline el dúo ar-
bien, con los periódicos ocurre lo mismo—dijo
gentino de dos monedas de cinco francos. Rodol-
por conclusión.
fo alcanzó bien pronto el nivel de expansión en
— E s evidente — afirmó un vecino que había que se hallaban los dos amigos, y les comunicó,
comprendido. á su vez, sus confidencias.
Y el señor Mouton, después de recibir las feli-
Así habrían pasado la noche en el café, sin
citaciones de algunos concurrentes que partici-
duda, si no les hubieran suplicado que se retira-
paban de su opinión, se fué á proseguir su par-
ran. No habían dado aún diez pasos por la calle,
tida de dominó. y en ello emplearon un cuarto de hora, cuando
— L e he dado una lección—dijo indicando á Ro- les sorprendió una lluvia torrencial. Colline y Ro-
dolfo, que había vuelto á sentarse en ¡a misma dolfo vivían en dos extremidades de París, el uno
mesa donde se hallaban Schaunard y Colline.
en la Isla de San Luis y el otro en Montmartre. —¡ Es cosa de magia!
Schaunard que había olvidado completamente —De fantasmagoría—dijo Colline.
que carecía de domicilio, les ofreció hospitalidad. —Fantástica—añadió Rodolfo.
Venid á mi casa,—dijo—vivo aquí cerca ; pa- —Pero—prosiguió Schaunard cuya voz empe-
saremos la noche hablando de literatura y bellas zaba á impregnarse de terror—¿no oís?
artes. -¿Qué?
—Tú tocarás y Rodolfo nos recitará sus ver- —¿Qué?
sos—dijo Colime. —Mi piano, que toca solo do la mi re do, la si
—Sí, á fe mía,—añadió Schaunard—divirtámo- sol, re. ¡ Infame re, te reconozco! desentonado
nos, no se vive más que una vez. siempre.
Al llegar delante de su casa, que Schaunard — N o estará usted en su casa, sin duda—le
reconoció con dificultad, se sentó un instante en dijo Rodolfo, que añadió por lo bajo á Colline
un guardacantón esperando á Rodolfo y á Co- sobre quien se apoyó con pesadez:- Está bo-
lline que habían entrado en una taberna que es- rracho.
taba abierta todavía, para adquirir los primeros —Así lo creo. Porque ante todo, no es un pia-
elementos de una cena. Cuando estuvieron de no lo que suena, sino una flauta.
vuelta, Schaunard llamó repetidas veces á la puer- —Usted también está borracho, amigo—res-
ta, porque recordaba vagamente que el portero pondió el poeta al filósofo, que se había sentado
tenía la costumbre de hacerle aguardar. La puer- en la meseta. Es un violin.
ta se abrió, por fin, y el tío Durand, hundido en — U n vio... ¡ J a , ja, ja! Oye, Schaunard,—bal-
las dulzuras del primer sueño y sin acordarse buceó Colline, tirando de las piernas á su amigo
de que Schaunard no era ya inquilino suyo, no —¡ qué ocurrencia! Pues no pretende este señor
mostró sorpresa ninguna cuando éste dió su nom- que es un vio...
bre por el ventanillo. ¡ Por Cristo vivo!—gritó Schaunard en el col-
Cuando los tres llegaron á lo alto de la esca- mo del espanto;- mi piano sigue tocando; ¡ e s
lera, cuya ascensión había sido tan larga como cosa de magia!
difícil, Schaunard, que era el que iba delante, —Fantasma...goría—aulló Colline dejando caer
lanzó un grito de sorpresa al ver la llave en la
una de las botellas que llevaba en la mano.
puerta de su cuarto.
—Fantástica—chilló á su vez Rodolfo.
- ¿ Q u é sucede? - p r e g u n t ó Rodolfo.
E n medio de aquel galimatías, se abrió de pron-
—No lo comprendo,— murmuró aquél—encuen-
tro en la cerradura la llave que me he llevado to la puerta del cuarto, y se vió aparecer en el
esta mañana. ¡ Ah! ahora veremos. La metí en umbral á un personaje que llevaba en la mano
mi bolsillo. ¿ N o lo decía yo? ¡ Aquí la tengo toda- un candelabro de tres brazos en el que ardían
vía!—exclamó mostrando la llave. velas de color de rosa.
-—¿Q u é desean ustedes, caballeros?—preguntó,
saludando cortesmente á los tres amigos.
—¡ Cielos, qué he hecho! Me he equivocado;
esta no es mi casa—exclamó Schaunard.
—Caballero—añadieron en coro Colime y Ro-
dolfo, dirigiéndose al personaje que había abier-
to,—dispénsenos usted; está borracho hasta la
punta de los pelos.
De pronto un relámpago de lucidez iluminó la
borrachera de Schaunard; acababa de leer en la
puerta esta línea escrita con yeso:

«He venido tres veces á buscar mis regalos.


EUFEMIA.»

—¡ Sí, sí, decididamente, estoy en mi casa!—


prorrumpió;—esta es la tarjeta de visita que Eu-
femia me dejó el día de año nuevo: es mi puerta
sin duda alguna.
— P o r mi vida, caballero,—dijo Rodolfo,—que
estoy verdaderamente avergonzado.
—Crea usted, caballero,—añadió Colline,—que
por mi parte participo altamente de la vergüenza
de mi amigo.
El joven no podía casi contener la risa.
—Si quieren entrar ustedes un instante en mi
casa,—respondió,—no dudo que su amigo, ape-
nas se haga cargo del sitio, reconocerá su error.
—Con mucho gusto.
Y el poeta y el filósofo, tomando á Schaunard
por un brazo cada uno, lo introdujeron en el cuar-
to, ó más bien en el palacio de Marcelo, que los
lectores habrán reconocido seguramente.
Schaunard paseó lentamente la mirada á su al-
rededor, murmurando:
— E s sorprendente de la manera cómo se ha
embellecido mi estancia.
¿ Q u é tal? ¿ t e has convencido ahora?—le pre-
guntó Colline.
Pero al ver el piano, Schaunard se había acerca-
do al instrumento y ejecutaba algunas escalas.
-—¡ Eh, vosotros! escuchad,—dijo tocando algu-
nos acordes...—¡Gracias á Dios! El animal ha re-
conocido á su amo: ¡si la sol, ja mi re! ¡ Ah! ¡ pi-
caro re! ¡ siempre serás el mismo! Bien decía yo
que este era mi instrumento.
—Insiste,—dijo Colline á Rodolfo.
—Insiste,—repitió Rodolfo á Marcelo.
— ¿ Y esto?—añadió Schaunard mostrando la
í;
falda bordada de estrellas, que estaba tirada so-
bre una silla.—¿Esto no es mi bata, acaso? ¡ Eh!
Y miraba á Marcelo cara á cara.
— ¿ Y esto?—continuó, arrancando de la pared
el auto de desahucio de que hemos hecho mención
antes.
Y empezó á leer:
—«En consecuencia, el señor Schaunard viene
obligado á desalojar el cuarto y á restituirlo en
buen estado de conservación, el día ocho de Abril
antes de medio día. A cuyo efecto le he hecho
la debida notificación, cuyo coste es de cinco fran-
cos». ¡ Hela! ¡ hola! ¿Con qué no soy yo el señor
Schaunard, á quien se desahucia judicialmente,
en papel sellado, que cuesta cinco francos? ¿Y es-
to además,—prosiguió reconociendo sus babuchas
que Marcelo llevaba puestas,—no son estas mis
babuchas, regalo de una mano querida? Ahora
toca á usted, caballero,—dijo á Marcelo;—ex-
plique su presencia en mis lares.
—Señores,—respondió Marcelo dirigiéndose e s » .
. hecho cambiar aquella mañana por el señor Ber-
pecialmente á Colline y á Rodolfo,—el señor,—y
nard.
designaba á Schaunard,—el señor está en su ca-
¡Ah! estaba seguro de que la casualidad no
sa, lo confieso.
me abandonaría. Ahora recuerdo... que sal! esta
_ _ j A h ! — exclamó Schaunard.—¡ Qué fortuna!
Pero,—continuó Marcelo,—yo también estoy mañana en su persecución. E s cierto que por cul-
pa del alquiler, habrá venido durante mi ausencia.
en la mía.
Nos hemos cruzado en el camino, y esto basta.
—Sin embargo, caballero,—interrumpió Rodol-
¡ He hecho bien en dejar la llave en el cajón!
fo,—si nuestro amigo reconoce...
_ ¡ Agradable locura!—murmuró Rodolfo vien-
—Sí,—continuó Colline,—si nuestro amigo...
do á Schaunard que iba apilando las diferentes
.—Y si por su parte usted recuerda que...—aña-
especies de moneda en columnas iguales.
dió Rodolfo.—¿Cómo es que...?
Sí,—repitió Colline como un eco.—¿Cómo —Sueño, mentira, tal es la vida,—sentenció el
es que?... filósofo.
Marcelo se reía.
Tomen ustedes asiento, señores, — repitió
Una hora más tarde dormían los cuatro.
Marcelo, voy á explicarles este misterio.
Al día siguiente, á medio día, se despertaron y
¿ Y si remojáramos la explicación?—propuso
de momento parecieron muy sorprendidos de ha-
Colline.
llarse juntos: Schaunard, Colline y Rodolfo casi
—Comiendo un bocado,—añadió Rodolfo.
no se reconocían y se daban tratamiento. Fué ne-
Los cuatro jóvenes se sentaron á la mesa y
cesário que Marcelo les recordase que la noche
dieron una acometida á u n . pedazo de ternera
antes habían entrado juntos.
fiambre que les había cedido el tabernero.
En este momento el tío Durand entró en la ha-
Marcelo explicó entonces lo que había ocurrido
por la mañana entre él y el propietario, cuando bitación :
fué á tomar posesión del cuarto. —Señorito,- -dijo á Marcelo,—hoy es el nueve
— E n este caso,—dijo Rodolfo,—el señor tiene de Abril de mil ochocientos cuarenta... hay lodo
en las calles, y S. M. Luis Felipe es todavía rey
toda la razón, nosotros estamos en su casa.
de Francia y de Navarra. ¡ Toma!—exclamó el
—Ustedes están en la suya,—dijo cortesmente tío Durand apercibiendo á su ex-inquilino,—¡ el
Marcelo. señor Schaunard! ¿ P o r dónde ha entrado usted?
F u é menester un trabajo enorme para hacer —Por el telégrafo,- respondió Schaunard.
entender á Schaunard cómo habían pasado las —Pero, oiga u s t e d , — p r o s i g u i ó el portero.—
cosas. Un incidente cómico acabó de complicar la ¿Continúa usted tan bromista?
' — D u r a n d , - d i j o M a r c e l o , - n o me gusta que la
situación. Estaba Schaunard buscando algo en
librea se mezcle en mi conversación; vaya usted
una alacena, cuando descubrió el cambio del bi-
al restaurant cercano, y haga subir almuerzo para
llete de quinientos francos que Marcelo se había
c u a t r o personas. Aqui tiene la lista,—añadió dán-
dole un pedazo de papel en el que e s t a b a escrito adormecerme en el dolce farniente, f u e r a en bus-
el menú.—Salga usted. ca de dinero p a r a satisfacer la avaricia del señor
— S e ñ o r e s , — d i j o Marcelo á los tres jóvenes,— Bernard?
ustedes me ofrecieron anoche u n a cena, permítan- — O i g a — d i j o Marcelo con inquietud:—¿persiste
m e que esta m a ñ a n a les ofrezca un almuerzo, no usted en desalojar la casa?
en mi casa, sino en la de ustedes,—añadió ten- —¡ Diantre!—respondió Schaunard,—es necesa-
diendo la m a n o á Schaunard. rio, puesto que m e lo impone un auto judicial,
Al final del almuerzo, Rodolfo pidió la palabra. que me cuesta cinco francos.
— S e ñ o r e s , — d i j o , — p e r m í t a n m e que me separe —Pero—continuó Marcelo—¿si usted se m u d a
de ustedes... se llevará sus muebles?
—¡ Oh, no!—dijo sentimentalmente S c h a u n a r d , — E s a es mi intención; no d e j a r é ni un cabello,
—ya no debemos s e p a r a r n o s j a m á s . como dice el señor Bernard.
— E s verdad, aquí se está muy bien,—añadió —¡ Demonio! esto me contraria—exclamó M a r -
Colline. celo—porque la habitación la alquilé amueblada.
— Q u e me separe de ustedes un m o m e n t o — p r o - — T o m a , es cierto, tiene usted razón—repitió
siguió Rodolfo: — m a ñ a n a aparece La gasa de Schaunard. P e r o ¡ bab!—añadió con tristeza,—
Iris, un periódico de m o d a s del que soy redactor ninguna seguridad t e n g o de encontrar mis se-
tenta y cinco francos ni hoy, ni m a ñ a n a , ni
en j e f e ; y es necesario que vaya á corregir las
nunca.
pruebas. Volveré dentro de una hora.
— ¡ D i a b l o ! — dijo Colline — esto me recuerda — O i g a usted, — prorrumpió Marcelo — se me
que he de d a r lección á un príncipe indio que ha ocurre u n a idea.
venido á París para aprender el árabe. —Expliqúese usted,—dijo Schaunard.
— I r á usted m a ñ a n a — d i j o Marcelo. La situación es é s t a : legalmente, este c u a r t o
—¡ O h , no!—respondió el filósofo,—el príncipe es mío, puesto que he p a g a d o un mes por ade-
me ha de p a g a r hoy. Y además, he de confesaros lantado.
que daría por perdido este hermosa día, si no fue- — E l c u a r t o s í ; pero los muebles, si pago, me
ra á d a r un paseíto por la feria de los libros de los llevo legalmente; y si f u e r a posible, también
lance. me los llevaría extralegalmente—dijo Schaunard.
— ¿ P e r o volverás?—preguntó S c h a u n a r d . - -De m a n e r a — continuó Marcelo — que usted
— C o n la rapidez de una flecha lanzada por m a - tiene muebles y n o tiene habitación, y que yo ten-
no segura—respondió el filósofo, á quien g u s t a - go habitación poro no t e n g o muebles.
ban las imágenes excéntricas.
— Justo—observó Schaunard.
Y salió con Rodolfo.
—A mi, me g u s t a este cuarto.
— P o r mi parte—dijo Schaunard al quedarse
solo con M a r c e l o — ¿ n o seria mejor que en vez de — Y á mí, á decir v e r d a d , — a ñ a d i ó S c h a u n a r d
nunca me ha g u s t a d o t a n t o .
TOMO I.—5 —
66

— P u e s bien, entre los dos podremos arreglar —Pues bien—dijo Rodolfo—vamos á jugar á
este a s u n t o - p r o s i g u i ó Marcelo;—quédese usted cara y cruz quién pagará la cuenta.
conmigo, yo pondré habitación y usted pondrá —No,—gritó Schaunard—tengo una solución
los muebles. mejor, infinitamente mejor, para sacaros del
—¿Y. los alquileres?—dijo Schaunard. apuro.
—Puesto que ahora tengo dinero, corren de mi —¡ Veamos!
c u e n t a ; otra vez le tocará á usted. Reflexione. •—Rodolfo pagará la comida, y Colline la cena.
—Yo no reflexiono jamás, sobre todo para acep- —Yo llamaría á esto justicia de Salomón—ex-
tar una proposición que me g u s t a ; acepto desde clamó el filósofo.
luego: no en vano la pintura y la música son her- — | Ni las bodas de Camacho!—añadió Marcelo.
manas. La comida tuvo lugar en un restaurant proven-
—Cuñadas—dijo Marcelo. zal de la calle Dauphin, célebre por sus mozos
E n este momento entraban Colline y Rodolfo literatos y su alioli. Como convenía dejar sitio
que se habían encontrado. para la cena, bebieron y comieron con modera-
ción. La amistad iniciada la víspera entre Colline
Marcelo y Schaunard les participaron su aso- y Schaunard, y más tarde con Marcelo, se hizo
ciación. más íntima; cada uno de los cuatro jóvenes enar-
—Señores — gritó Rodolfo haciendo sonar el boló el estandarte de su opinión en el a r t e ; los
bolsillo del chaleco—convido á comer á la com- cuatro reconocieron que tenían el mismo valor y
las mismas esperanzas. Hablando y discutiendo,
pañía.
se apercibieron de que sus simpatías eran comu-
—Ni más ni menos de lo que iba á tener el
nes, que esgrimían con igual habilidad la agu-
honor de proponerles—dijo Colline sacando de su
deza cómica, que alegra sin mortificar; y que
bolsillo una moneda de oro que se puso en el ojo
todas las hermosas virtudes de la juventud no
á guisa de monóculo.—Mi príncipe me ha dado
habían dejado ni un vacío en su corazón, fácil
esto para comprar una gramática indo-árabe, que
de emocionar por la vista ó el relato de la belleza.
acabo de comprar por seis sueldos á toca teja. Como los cuatro partían de un mismo punto en
Y yo—dijo Rodolfo—me he hecho adelantar dirección al mismo fin, pensaron que en su reu-
30 francos por el cajero de La gasa de Iris, á pre- nión había algo más que el quid pro quo trivial
texto de que los necesitaba para hacerme va- de la casualidad, y que podía muy bien ser la
cunar. Providencia, protectora de los abandonados, quien
—Hoy es día de ingresos—exclamó Schaunard; les unía tan estrechamente, y les susurraba en el
—yo soy el único que no he percibido n a d a ; ¡ esto oído la evangélica parábola que debería ser la
es —vergonzoso!
E n t r e tatito—replicó Rodolfo—mantengo mi única ley de la humanidad: «Ayudaos y amaos
convite. los unos á los otros.»
Y yo también—dijo Colline.
al café Momo, en el que se dieron cita para la
Al final del almuerzo, que acabó con cierta gra- noche, y donde se les vió, por espacio de mucho
vedad, Rodolfo se levantó para dedicar un brin- tiempo, asistir asiduamente todos los dras.
dis al porvenir, y Colline le contestó con un corto Tales son los principales personajes que irán
discurso que no estaba sacado de ningún libro apareciendo en los episodios de que se compone
viejo, ni pertenecía bajo ningún aspecto al buen este libro que no es una novela, ni tiene más pre-
estilo, sino que hablaba simplemente el bonachón tensiones que las que indica su título; porque las
lenguaje de ingenuidad qüe tan bien hace com- Escenas de la Vida Bohemia no son en realidad
prender lo que tan mal dice. más que estudios de costumbres cuyos protago-
— ¡ Q u é bruto es este filósofo! — murmuró nistas pertenecen á una clase mal juzgada hasta
ahora, y cuyo defecto mayor es el desorden; y
Schaunard, que estaba con las narices en el vaso.
aun pueden dar por excusa que este mismo des-
—Que manera de obligarme á echar agua en el
orden es una necesidad de su vida.
vino.
Cuando hubieron comido se fueron á tomar
café en el de Momo, donde habían pasado la ve-
lada anterior. A partir de aquel día, el estableci-
miento se hizo inaguantable para los demás pa-
rroquianos.
Después del café y los licores, el grupo bohe-
mio, definitivamente fundado, volvió á casa de
Marcelo, que fué bautizada con el nombre de
Elíseo Schaunard. Mientras Colline iba á encar-
g a r la cena que había prometido, los otros com-
praron petardos, cohetes y otros juegos pirotéc-
nicos; y antes de ponerse á la mesa, dispararon
por la ventana un hermoso ramillete de fuegos
artificiales que puso en alarma toda la casa, y
durante el cual los cuatro amigos cantaban á
grito pelado:
¡Celebremos, celebremos, celebremos este h e r m o s o dial

A la mañana siguiente, volvieron á encontrarse


reunidos, pero esta vez no mostraron ninguna
sorpresa. Antes de dirigirse cada cual á sus asun-
tos, se fueron los cuatro á almorzar frugalmente
UN E N V I A D O D E LA PROVIDENCIA

Schaunard y Marcelo, que


desde muy temprano habían
puesto manos á la obra con
ardor, suspendieron de pronto
su trabajo.

I — ¡ Jesucristo, qué hambre


tengo!—dijo Schaunard; y aña-
dió con displicencia. — ¿ No se
almuerza hoy aquí?
Marcelo mostróse muy sor-
prendido por la pregunta, más
importuna que nunca.
Desde cuándo almorzamos
dos días seguidos?—dijo.—Ayer era jueves.
Y completó su respuesta designando con su
tiento este mandamiento de la Iglesia escrito en
la pared:
l.os viernes n o c o m a s carne
ni o t r a c o s a s e m e j a n t e .

Schaunard no encontró nada que objetar y vol-


vió á su cuadro, que representaba una llanura po-
blada por un árbol E r a n c u a t r o m u c h a c h o s del b a r r i o ,
encarnado y un ár- Y l o s c u a t r o se hallaban e n f e r m o s ;
C o n d u j é r o n l o s al Hospital
bol azul que se abra- ¡Mal! ¡mal! ¡mal!
zaban con las ra-
m a s . Transparente Perfectamente, -dijo Schaunard continuando:
alusión á las dulzu-
ras de la amistad, y t a s p u s i e r o n en una g r a n c a m a
que no dejaba de Dos en la a l m o h a d a y d o s en los pies.
ser, en r e a l i d a d ,
muy filosófica. Ya la sabía.
En aquel momen- Marcelo prosiguió:
to el portero llamó
Una h e r m a n a se les presentó.
á la puerta. Traía ¡Oh! ¡oh! ¡oh!
una carta para Mar-
celo. - Si no te callas—dijo Schaunard, que sentía
•—Vale tres suel- ya síntomas de enajenación mental—voy á ejecu-
dos—dijo. tar el allegro de mi sinfonía sobre la influencia
— ¿ E s t á usted se- del azul en las artes.
guro? — replicó el Y se dirigió al piano.
artista.—Está bien, Esta amenaza produjo el efecto de una gota de
nos los deberá usted. agua fría en un líquido en ebullición.
Y le dió con la Marcelo se calmó como por encanto.
puerta en las n!fri- —¡ Toma!—dijo entregando la carta á su ami-
ces. go.—Lee.
Marcelo había to- Era una invitación á comer de un diputado,
mado la carta y ro- protector inteligente de las bellas artes, y en par-
to el sello. Desde ticular de Marcelo, quien le había pintado una
las primeras líneas
vista de su casa de campo.
empezó á dar saltos
de acróbata por el — E s para hoy — dijo Schaunard ;—es lástima
taller y entonó á gri- que este billete no sirva para dos personas. Pero
to pelado la célebre ahora recuerdo que tu diputado es ministerial; tu
c a n c i ó n siguiente, no puedes, no debes aceptar; tus principios te
que representaba en prohiben ir á comer el pan amasado con los su-
él, el apogeo del jú- dores del pueblo.
bilo: —¡ Bah!—dijo Marcelo—mi diputado pertenece
ca cosa- respondió Schaunard;—aquí hay papel
al centro izquierdo; el otro día votó contra el
con que cortar una docena.
gobierno, por otra parte, debe hacerme un encar-
—Pero—dijo Marcelo mesándose los cabellos,—
go, y me ha prometido lanzarme en el gran mun-
nosotros debemos poseer algunos efectos ¡ qué
d o ; y además ¿querrás creerlo? aunque estamos
diablo!
en viernes, siento una voracidad de conde Ugo-
Y emprendió una minuciosa revista por todos
lino, y quiero comer á toda costa. ¿ M e entiendes?
los rincones de la casa.
—Quedan aún otros obstáculos—replicó Schau-
Después de haber buscado durante una hora,
nard, que en el fondo estaba algo celoso de la
reunió un traje compuesto de lo siguiente:
buena fortuna de su amigo.—Tú no puedes asis-
Un pantalón escocés.
tir á un convite con blusa encarnada y gorra de
Un sombrero gris.
descargador de leña.
Una corbata encarnada.
— I r é á que me presten el traje Rodolfo y Co-
Un g u a n t e que fué blanco.
lime.
Un g u a n t e negro.
—¡Joven insensato! ¿Olvidas que hemos pasa-
—Esto puede convertirse en un par de guantes
do del veinte del mes, y que en esta fecha los
negros, si ocurre—dijo Schaunard.—Pero cuando
trajes de aquellos caballeros están empeñados y
estés vestido, parecerás el espectro solar. Des-
reempeñados?
pués de todo ¡cuándo se es colorista!...
—Encontraré al menos un frac negro de aquí
Mientras tanto Marcelo se probaba las botas.
á cinco horas—insistió Marcelo.
¡ Fatalidad! las dos eran del mismo pie.
— Y o tardé tres semanas en encontrar uno para
El artista, desesperado, divisó entonces en un
la boda de mi primo; y esto que estábamos á
rincón una bota vieja en la que metían las vejigas
principios de Enero.
vacías ( i ) ; y se apoderó de ella.
— P u e s bien, iré así—contestó Marcelo paseán-
— T a n bueno es Pedro como su compañero—
dose á grandes pasos.—No podrá decirse que una
dijo irónicamente su amigo:—ésta es puntiaguda
miserable cuestión de etiqueta me impida dar mi
y la otra es roma.
primer paso en la sociedad.
—A propósito—interrumpió Schaunard, que to- — E s t o no se verá cuando tengan lustre.
maba gusto en apesadumbrar á su amigo—¿y —¡ Algo es algo! ya no te falta más que ei traje
las botas? negro de rigor.
Marcelo salió en un estado de agitación impo- —¡ Oh!—exclamó Marcelo mordiéndose los pu-
sible de describir. Al cabo de dos horas volvía á ños ;—por tener uno, daría diez años de mi vida
entrar c a r g a d o con un cuello postizo. y mi mano derecha ¡ mira tú!
— E s t o es todo lo que he podido encontrar—dijo
con acento lastimero. (i) Hasta a l g ú n t i e m p o d e s p u é s n o se e m p l e a r o n t u b o s de p l o m o
en l u g a r de las vejigas, p a r a c o n t e n e r la p i n t u r a .
— N o valía la pena de correr tanto por tan po-
En aquel momento volvieron á llamar á la puer- seaba que su retrato estuviera pintado con colores
ta. Marcelo abrió. finos.
¿El señor Schaunard?—preguntó un foraste- — N o empleo nunca otros — d i j o Schaunard.—
ro desde el umbral de la puerta. ¿ De qué tamaño quiere usted el retrato?
Soy yo—respondió el pintor rogándole que —Grande como éste—respondió el señor Blan-
entrara. cheron, señalando una tela de veinte pulgadas.—
Caballero—dijo el desconocido, poseedor de Pero ¿cuánto puede costar?
una de aquellas honradas fisonomías que son el — D e cincuenta á sesenta f r a n c o s ; cincuenta sin
tipo del provinciano;—mi primo me ha hablado con las manos, y sesenta con ellas.
elogio de su talento de usted para los r e t r a t o s ; y
—¡ Diablo! Mi primo me había hablado de trein-
hallándome en vísperas de realizar un viaje á las
colonias, á donde voy delegado por los refinado- ta francos.
res de azúcar de Nantes, desearía dejar un recuer- —Según las estaciones — dijo el pintor; — los
do mío á mi famiüa. Este es el motivo de mi vi- colores son mucho más caros en determinadas
sita. épocas. ,
— ¡ T o m a ! ¿Sucede, pues, como con el azúcar.
¡ O h santa Providencia!...—murmuró Schau- —Exactamente.
nard.—Marcelo, acerca una silla al señor... Vaya por los cincuenta francos—dijo el señor
—Blancheron—añadió el forastero;—Blandie- Blancheron.
ron de Nantes, delegado de la industria azucare- — H a c e usted mal; por diez francos más ten-
ra, ex-alcalde de V..., capitán de la guardia na- dría las manos, entre las cuales colocaría su libro
cional, y autor de un libro sobre la cuestión de sobre la cuestión azucarera, lo cual le favorecería
los azúcares. mucho.
— L a predilección que muestra por mí, me hoi»- A fe mía que tiene usted razón.
ra en extremo—dijo el artista inclinándose ante —¡ Pardiez!—dijo entre sí Schaunard—si con-
el delegado de los refinadores.—¿Cómo desea us- tinúa, reviento y le hiero con uno de mis pedazos.
_ , T e has fijado?—le deslizó al oído Marcelo.
ted el retrato?
— ¿ E n qué?
— E n miniatura, como éste—respondió el señor
—Lleva t r a j e negro.
Blancheron señalando un retrato al óleo; porque
—Comprendo y estoy al tanto de lo que pien-
lo mismo para el delegado que para muchos otros,
todo lo que no es pintura decorativa es miniatu- sas. Déjame hacer.
—Y bien, señor Schaunard—dijo el delegado—
ra, no hay término medio.
¿cuándo empezaremos? Será conveniente no re-
Aquel candor dió á Schaunard la medida del
tardarlo, porque debo marchar pronto.
talento del buen hombre con quién tenía que ha-
—Yo también tengo que hacer un pequeño via-
bérselas, y aun más cuando éste añadió que de-
je ; salgo de París pasado mañana. Así, pues, si
usted quiere, vamos á empezar en seguida. Una — ¡ L o intentaré! pero no se trata de e s t o ; vís-
buena sesión anticipará el resultado. tete pronto y lárgate. Vuelve á las diez, yo lo
—Pero pronto va á ser de noche y no se puede guardaré hasta aquella hora. Sobre todo, tráeme
pintar con luz artificial—dijo el señor Blancheron. algo en los bolsillos.
—Mi estudio está dispuesto para que se pueda — T e traeré una banana—dijo Marcelo esca-
trabajar á todas horas...—replicó el pintor.—Si pando.
se quiere quitar el frac y' tomar la posición, va- Se vistió en un momento. El frac le estaba
mos á empezar. como un g u a n t e ; luego salió por la puerta falsa
— ¡ Q u i t a r m e el frac! ¿ P o r qué? del taller.
— ¿ N o me ha dicho usted que destinaba su re- Schaunard se había puesto á trabajar. Cuando
trato á la familia? ya había cerrado la noche por completo, el señor
—Sin duda. Blancheron oyó que daban las seis y acordándose
— P u e s bien, así debe usted estar representado de que no había comido, se lo manifestó al pintor.
en traje de casa, de bata. Esta es la costumbre. -—Yo estoy en el mismo caso; pero, por com-
— P e r o es que aquí no tengo bata. placerle, esta noche no comeré. Por cierto que es-
—Pero la tengo yo. El caso está previsto—dijo taba convidado en una casa del arrabal de San
Schaunard ofreciendo á su modelo un harapo lle- Germán—dijo Schaunard.—Pero no podemos de-
no de manchas de pintura que de momento hizo jarlo, porque esto comprometería la semejanza.
vacilar al honrado provinciano. Y continuó trabajando.
— E s t a prenda es muy original—dijo. —Después de todo—dijo de pronto—podemos
—Muy notable—respondió el pintor.—Un visir comer sin salir de casa. Hay abajo un excelente
turco la regaló á Horacio Vernet y éste me la restaurant del que nos pueden subir cuanto que-
dió á mí. Yo soy discípulo suyo. ramos.
— ¿ U s t e d es discípulo de Vernet?—dijo Blan- Y Schaunard esperó el efecto de sus plurales.
cheron. —Soy de su misma opinión—dijo el señor Blan-
—Sí, señor; y me vanaglorio de ello. ¡ Horror! cheron—y en desquite, espero que me hará usted
—murmuró entre sí—reniego de mis dioses.
el honor de acompañarme á la mesa.
—Se comprende, joven—respondió el delegado
Schaunard se inclinó.
poniéndose la bata que contaba tan noble origen.
—Vamos—se dijo—es un buen hombre, un ver-
—Cuelga el frac de este caballero en la per-
cha,—dijo Schaunard á su amigo con un expre- dadero enviado de la Providencia.—¿Quiere us-
sivo guiño. ted hacer la lista?—preguntó á su anfitrión.
—Oye—murmuró Marcelo echándose sobre su —Me hará usted un favor encargándose de ese
presa y designando á Blancheron.—¡ Qué bueno cuidado—respondió éste cortesmente.
es! ¿Si pudieras quedarte con un pedazo? — T ú te arrepentirás, Nicolás—cantaba el pin-
tor mientras bajaba las escaleras de cuatro en
cuatro.
E n t r ó en el restaurant y se dirigió al mostrador
compilando una lista cuya lectura hizo palidecer
al Vatel de tienda.
—Burdeos á todo pasto.
—¿ Quién pagará?
— N o seré yo probablemente—dijo Schaunard
—sino un tío mío que verá usted arriba, un buen
gastrónomo. Por lo tanto, procure distinguirse y
que nos sirvan dentro media hora, y en porce-
lana sobre todo.

A las ocho, el señor Blandieron sentía ya la


necesidad de derramar en el seno de un amigo
sus ideas sobre la industria azucarera, y recitó á
Schaunard el libro que había escrito.
Este le acompañó al piano.
A las diez el señor Blandieron y su amigo bai-
laban el galop y se tuteaban. A las once juraron
no separarse jamás y redactaron sus testamentos
legándose recíprocamente su fortuna.
A media noche regresó Marcelo y Ies encontró
en brazos uno de otro, llorando á lágrima viva.
En el estudio había ya media pulgada de agua.
Marcelo tropezó con la mesa y vió los espléndi-
dos restos del soberbio festín. Miró las botellas y
las vió completamente vacías.
Quiso despertar á Schaunard, pero éste le ame-
nazó con matarle si trataba de arrebatarle al se-
ñor Blandieron, que le servía de almohada.
- —¡ Ingratoí-^-dijo Marcelo sacando del bolsillo
de la levita un puñado de avellanas.—¡ Y yo que
le traía de comer!
jn\m XS USO DE NUEVO S FON |

BIBLIOTLC^U'TI S " * ? M

"ALfUfo*,
A t f s . 1625 MONTWREY.l

L O S AMORES EN CUARESMA

Una noche de cuaresma, Rodolfo


volvió á su casa temprano con in-
tención de trabajar. Pero apenas se
hubo sentado ante la mesa y mo-
jado la pluma en el tintero, cuando
un rumor especial le distrajo; y,
aplicando el oído al indiscreto ta-
bique que le separaba del cuarto
inmediato, oyó y distinguió perfec-
tamente un diálogo alternado con
besos y otras amorosas onomato-
peyas.
—¡ Diablo!—pensó Rodolfo miran-
do su reloj.—No es tarde todavía...
Y mi vecina es una Julieta que re-
tiene ordinariamente á su Romeo hasta mucho
después del canto de la alondra. Esta noche me
sería imposible t r a b a j a r ; — y tomando su sombre-
ro, salió.
Al dejar la llave en la portería, sorprendió íTIa
mujer del portero medio aprisionada entre los
brazos de un galán. La pobre mujer se asustó
TOMO I . -
tanto, que estuvo más de cinco minutos sin po- — ¿ E r e s tú, Rodolfo? ¿ D ó n d e vas?
der tirar del cordón. —A tu casa.
— E s t á visto,—pensó Rodolfo;—hay momentos —No me encontrarás.
en que las porteras vuelven á ser mujeres. — ¿ Q u é haces aquí?
& —Espero.
Al abrir la puerta, halló en el rincón un zapa-
dor-bombero y una cocinera libre de servicio, que — ¿ Y qué es lo que esperas?
se daban las manos y trocaban entre sí algunos —¡ Ah!—exclamó Colline con énfasis irónico:—
¿Qué es lo que puede esperarse cuanÚo se tienen
anticipos amorosos.
veinte años, y hay estrellas en el cielo y cancio-
—¡ Pardiez!—dijo Rodolfo aludiendo al guerre- nes en el aire?
ro y á su robusta compañera.—Estos herejes no —Habla en prosa.
se acuerdan de que estamos en cuaresma. —Espero á una mujer.
Y se puso en Camino para dirigirse á casa de —Buenas noches,—dijo Rodolfo que continuó
uno de sus amigos que vivía en la vecindad. su camino hablando consigo mismo.—¡Cáspita!—
—Si Marcelo está en su casa,—iba diciéndose, decía.—¿Es hoy acaso San Cupido, y no he de
—pasaremos la velada hablando mal de Colline. poder dar un paso sin tropezar con amantes? E s t o
Hay que ocuparse en algo... es inmoral y escandaloso. ¿ Q u é hace la policía?
Después de llamar vigorosamente, se entreabrió Como el Luxemburgo estaba abierto todavía,
la puerta, y apareció un joven vestido sencilla- Rodolfo entró para abreviar su camino. Por los
mente con un monóculo y con la camisa. desiertos senderos veía desaparecer ante sí, como
No puedo recibirte,—dijo á Rodolfo. asustadas por el ruido de sus pasos, algunas pa-
-—¿Por qué? rejas misteriosamente enlazadas que buscaban,
—¡ Toma!—dijo Marcelo, señalando á una ca- según dice un poeta: «la doble voluptuosidad del
beza femenina que acababa de aparecer detrás de silencio y de la sombra».
una cortina;—ahí tienes mi respuesta. —Esta noche parece copiada de una novela,—
— N o es muy guapa, que digamos,—contestó dijo Rodolfo. No obstante, embargado á pesar
Rodolfo á quien habían dado con la puerta en las suyo por una encantadora languidez, se sentó en
narices.—¿Y ahora, qué hacemos?—dijo cuando un banco y miró sentimentalmente la luna.
se vió en la calle.—¿Si fuera á ver á Colline? Pa- Al cabo de un rato, estaba por completo b a j o
saríamos el tiempo hablando mal de Marcelo. el yugo de una febril alucinación. Le parecía que
Mientras atravesaba la calle del Oeste, ordina- los dioses y los héroes de mármol que pueblan el
riamente obscura y poco frecuentada, Rodolfo dis- jardín, bajaban de sus pedestales para ir á cor-
tejar á las diosas y heroínas cercanas ; y oía distin-
tinguió una sombra que se paseaba melancólica-
tamente al corpulento Hércules dedicar un madri-
mente, mascullando rimas entre dientes.
gal á Veleda, cuya túnica le pareció singularmen-
— ¡ H o l a , hola! — d i j o Rodolfo. — ¿Quién será te encojida.
ese soneto que está esperando? ¡ Toma, si es Co- Desde el banco donde estaba sentado, percibió
lline!
al cisne del surtidor que se diri- de un punch y hablando con un mocetón, célebre
gía hacia u n a ninfa de las in- por su nariz, que por especial privilegio, es agui-
mediaciones. leña de perfil y roma de frente; una señora nariz
que no carece de gracia, y que ha tenido bastan-
— ¡ E s t á bien!—r pensó Rodol-
tes aventuras amorosas, para poder dar, en casos
fo, que aceptaba toda aquella
semejantes, un buen consejo y ser útil á un amigo.
mitología.—Allá va Júpiter que
se d i r i g e á la cita de Leda. ¡ Con —Así, p u e s , — d e c í a Alejandro Schaunard, el
hombre de la nariz,—¡ está usted enamorado!
tal de que no les sorprenda el
— S í , amigo mío... desde hace un momento,
guarda!
de pronto; como un intenso dolor de muelas en
D e s p u é s apoyó la f r e n t e en-
el corazón.
tre las manos y se hundió m á s
— D e m e tabaco,—dijo Alejandro.
y m á s las espinas del sentimien-
—Figúrese usted,—continuó Rodolfo,—que des-
to. Pero, en aquel hermoso ins-
de hace dos horas no encuentro más que aman-
tante de su sueño, Rodolfo fué
tes, hombres y mujeres, por parejas. H e tenido la
despertado b r u s c a m e n t e por un
idea de entrar en el Luxemburgo, donde he visto
g u a r d a que se acercó á él y le
toda suerte de fantasmagorías, y esto me ha re-
golpeó en el hombro.
movido extraordinariamente el corazón ; me ins-
—Caballero, es hora de salir, pira elegías; balo y arrullo; me siento metamor-
—dijo. fosear parte en cordero y parte en palomo. Fíjese
¡ Q u é fortuna!—pensó Rodol- usted bien ; debo tener lana y plumas.
fo.—Si llego á e s t a r cinco minu- —¡ Usted habrá bebido!—dijo con impaciencia
tos más, tendría en mi corazón Alejandro. Me está usted embromando.
m á s vírgenes encantadas que —Le aseguro que conservo mi sangre f r í a , -
las que hay en Tas orillas del dijo Rodolfo.—Es decir, no. Pero he de comuni-
Rhin ó en las novelas de Alfon- carle que tengo necesidad de abrazar algo. ¿ V e
so K a r r . usted, amigo Alejandro? El hombre no debe vivir
Y siguiendo su camino, salió solo: en una palabra, es preciso que usted me
á toda prisa del L u x e m b u r g o , ayude á encontrar una mujer... Vamos á dar una
t a r a r e a n d o en voz b a j a u n a vuelta por el baile, y la primera que le designe,
canción sentimental, que va usted y le dice que la amo.
era p a r a él La MarseUesa —¿ l ' o r qué no va usted mismo á decírselo?—
del a m o r . respondió Alejandro con su soberbio tono nasal.
Media hora después, sin —¡ Ah! amigo—dijo Rodolfo,—le aseguro á us-
saber cómo, se hallaba en ted que he olvidado completamente cómo se arre-
el Prado, s e n t a d o delante
asiento á su lado.—¡ Qué gracioso es su amigo
gla uno para decir estas cosas. E n todas mis no-
de usted! Habla como un cuerno de caza.
velas amorosas, mis amigos han escrito siempre
— E s que es músico,—respondió Rodolfo.
el prefacio y algunos hasta el desenlace. Yo no
Dos horas después, Rodolfo y su compañera se
he sabido empezar nunca.
detenían ante una casa de la calle de San Dionisio.
— L o que conviene es saber acabar,—dijo Ale-
—Vivo aquí,—<lijo la joven.
jandro ;—pero le comprendo. He visto una mu-
—Y bien, querida Luisa, ¿cuándo podré vol-
chacha muy aficionada al óboe á quien podría
verla á ver y dónde?
usted, tal vez, convenir.
- - E n su casa de usted mañana á las ocho de la
—-¡ Ah!—replicó Rodolfo.^—Yo quisiera que tu-
noche.
viese "guantes blancos y ojos azules.
— ¿ D e veras?
—¡ Demonio! Ojos azules no digo que no... pe-
— E s t a es mi promesa,—respondió Luisa pre-
ro los guantes... ya sabe usted que no se puede
sentando sus frescas mejillas á Rodolfo, quien
tener todo á la vez... Sin embargo, vamos al ba-
hasta mordió en aquellos hermosos y sazonados
rrio de la aristocracia.
frutos de juventud y lozanía.
—Mire usted, ; —dijo Rodolfo al entrar en el sa-
Rodolfo entró en su casa ebrio, loco.
lón donde acuden las elegantes del lugar:—aquí
—¡Ah!—dijo, mientras paseaba por su cuarto
hay una de aspecto muy dulce...—y le señalaba
á grandes pasos.—Esto no puede quedar a s í ; es
una joven puesta con mucha elegancia que perma-
preciso que escriba algunos versos.
necía en un rincón.
Al día siguiente, por la mañana, su portero en-
— ¡ E s t á bien!—respondió Alejandro — Quédese
contró en el suelo unas treinta cuartillas en cuya
usted algo a t r á s ; voy ¿ lanzarle por su cuenta
cabecera se destacaba con majestad este alejan-
el brulote de la pasión. Cuando tenga que venir...
drino solitario:
le llamaré.
Durante diez minutos Alejandro conversó con
¡Oh, A m o r ! ¡oh. Amor! tu reinas cri la edad juvenil.
la joven, que, de vez en cuando, soltaba alegres
risotadas y acabó por lanzar á Rodolfo una sonri-
Aquel día, contra su costumbre, Rodolfo se des-
sa que quería decir claramente:—Venga usted, su
pertó muy temprano, y aunque había dormido
abogado ha g a n a d o íá causa.
poco, se levantó en seguida.
—Vaya u s t e d , ^ d i j o Alejandro,—la victoria es
—¡ Ah!—exclamó.—¿Con que es hoy el gran
n u e s t r a ; la muchacha no se ha mostrado cruel,
día?... Péro tener que esperar doce'horas... ¿Có-
pero adopte una actitud ingenua para comenzar.
mo podré colmar esas doce eternidades?
— N o tiene necesidad de recomendármelo.
Y tropezando su mirada con el bufete, le pare-
—Entonces, deme un poco de t a b a c o , — d i j o
ció que su pluma se estremecía, como diciéndole:
Alejandro,—y vaya usted á sentarse á su lado.
—¡ T r a b a j a !
¡ Jesús!—dijo la joven, cuando Rodolfo tomó
— ¡ A h ! sí, trabaja, ¡despreciable prosa!... No
quiero quedarme; la tinta apesta.
Y se marchó á un café en que estaba seguro no
encontraría amigos.
—Conocerían que estoy enamorado,—pensó,—
y se burlarían de antemano de mi ideal.
Después de un almuerzo muy frugal, corrió al
ferrocarril y subió á un vagón.
Al cabo de media hora estaba en el bosque de
Ville d'Avray.
RodolTo se paseó durante todo el día, embria-
g a d o por la naturaleza rejuvenecida, y no regresó
á París hasta la caída de la tarde.
Después de poner en orden el templo que iba
á recibir á su ídolo, Rodolfo se vistió según exi-
gían las circunstancias, lamentando no poderse
vestir de blanco.
De siete á ocho fué presa de la aguda fiebre
del que espera, suplicio lento que le recordó sus
pasados días y los amores antiguos que habían
sido su encanto. Después, según costumbre, soñó
en una gran pasíc5n, un amor en diez tomos, un
verdadero poema lírico con sus noches de luna,
sus puestas de sol, sus citas bajo los sauces, sus
celos, suspiros y todo lo demás. Y esto le pasaba
cada vez que el azar conducía una mujer á su
puerta, y ni una sola se había marchado sin lle-
varse una aureola en la frente y en el cuello un
collar de lágrimas.
—Ellas preferirían un sombrero ó un par de
botas—le decían sus amigos.
Pero Rodolfo se obstinaba, y no habían podido
curarle hasta entonces las numerosas inocentadas
que había cometido. Y continuaba esperando á
una mujer que deseara ser su ídolo, un ángel en
traje de terciopelo á quien pudiera dedicar con
entera confianza los sonetos escritos en una hoja
de sauce.
Por fin, Rodolfo oyó tocar la «hora s a n t a » ; y
cuando el último golpe sonó en el timbre de me-
tal, creyó ver que el Amor y la Psiquis que coro-
naban su reloj, enlazaban sus cuerpos de alabas-
tro. En el mismo instante sonaron dos golpecltos
en la puerta.
Rodolfo corrió á a b r i r ; era Luisa.
—Mantengo mi palabra—dijo—¡ ya lo ve usted!
Rodolfo corrió las cortinas y encendió una bujía
nueva.
Durante este tiempo la muchacha se había qui-
tado su chai y sombrero, que colocó sobre la ca-
ma. La deslumbrante blancura de las sábanas la
hizo sonreír, y casi ruborizar.
Luisa era más graciosa que linda; su fresco
rostro ofrecía una curiosa mezcla de ingenuidad
y de malicia. E r a algo así como un motivo de
Greuze retocado por Gavarní. Toda la atractiva
juventud de la joven estaba cuidadosamente pues-
ta de relieve por un traje que, aunque muy sen-
cillo, atestiguaba en ella esa innata ciencia de la
coquetería que todas las mujeres poseen, desde
que balbucean sus primeras palabras, hasta que
visten su traje de boda. Luisa, además, parecía
que hubiese estudiado la teoría de las actitudes,
y delante de Rodolfo, que la examinaba como un
artista, tomaba una multitud de posiciones seduc-
toras, cuyo amaneramiento tenía muchas veces
más gracia que el natural: sus pies, delicadamente
calzados, eran de una pequeñez satisfactoria...
hasta para un romántico enamorado de las minia-
turas andaluzas ó chinas. En cuanto á sus manos,
su delicadeza atestiguaba su ociosidad. E n efecto, El desdichado decía la verdad. Había pedido á
desde hacía seis meses, no habían tenido que te- Luisa más de lo que la muchacha podía darle.
mer las picaduras de la a g u j a . En una palabra, Musette no daba los sonidos de una lira. Habla-
Luisa era una de esas aves inconstantes y pasa- ba, por decirlo así, la jerigonza del amor, y Ro-
jeras que, por capricho y con frecuencia por ne- dolfo estaba empeñado en hablar en estilo eleva-
cesidad, hacen por un día, ó más bien por una do. Así es que no se entendían g r a n cosa.
noche, su nido en las buhardillas del barrio la- Ocho días después, en el mismo baile donde ha-
tino, en el qüe se detienen de buena gana algunos bía encontrado á Rodolfo... Luisa topó con un
días, si se las sabe retener por su capricho ó con joven rubio, que la invitó á bailar varias veces, y
cuatro cintajos. al terminar la velada la condujo á su casa.
Después de haber conversado una hora con E r a un estudiante de segundo año, hablaba per-
Luisa, Rodolfo le mostró como á ejemplo el grupo fectamente la prosa del placer, tenía bonitos ojos
de Amor y Psiquis. y el bolsillo sonoro.
— ¿ N o son Pablo y Virginia?—dijo. Luisa le pidió papel y pluma, y escribió á Ro-
—Sí—respondió Rodolfo, que no quiso por en- dolfo una carta concebida así:
tonces Contrariarla con una contradicción.
—¡ Qué bien imitados!—respondió Lúisa. «No cuentes más con migo, te abrazo por últi-
—¡ Ah! — pensó Rodolfo mirándola — la pobre ma vec. A Dios.—Luisa.»
muchacha no está muy fuérte en literatura. Estoy
seguro de que se limita á lh ortografía del cora- Mientras Rodolfo leía este billete, al volver
zón, la que prescinde de las haches y las comas. aquella noche á su casa, la luz se apagó de re-
Será preciso que le compre una gramática. pente.
Sin embargo, cuando oyó q^e Luisa se quejaba - ¡ Toma!—dijo Rodolfo á modo de reflexión ;
de que la molestaba el calzado, la ayudó galante- es la bujía que encendí la noche en que vino Lui-
mente á desatar las botitás. s a : debía acabarse al par de nuestra unión. Si lo
De pronto se a p a g ó la luz. hubiera sabido, la hubiera comprado más larga—
—-¡ Toma !—gritó Rodolfo—¿quién ha soplado añadió con acento que participaba de despecho y
la bujía? de tristeza, y depositó el billete en un cajón que
Una alegre risotada le contestó. solía llamar las catacumbas de sus amores.
Algunos días después, Rodolfo encontró en la Un día, hallándose en casa de Marcelo, Rodolfo
calle á uno de sus amigos. recogió del suelo, para encender su pipa, un pe-
— ¿ Q u é haces?—le preguntó éste.—No se te ve
dazo de papel en el que reconoció el carácter de
nunca.
—Compongo poesía íntima — respondió Ro- letra y la ortografía de Luisa.
Yo tengo—dijo á su a m i g o un autógrafo de
dolfo.
la misma persona; únicamente que hay dos faltas
menos que en el tuyo. ¿ N o prueba esto que me
quería más que á ti?
— E s t o prueba que tú eres un imbécil—le res-
pondió Marcelo:—los hombros blancos y los blan-
cos brazos no necesitan saber gramática.

A L I - R O D O I . F O Ó EL T U R C O POR FUERZA

Lanzado al ostracismo por un propietario


sin entrañas, Rodolfo vivía desde hacía al-
gún tiempo más errante que las nubes, y perfec-
cionaba lo mejor que sabía el arte de acostarse
sin cenar, ó de cenar sin acostarse; su cocinero
se llamaba Azar, y se albergaba con frecuencia
en la posada de la Intemperie.
Dos cosas, sin embargo, no abandonaban á Ro-
dolfo en medio de sus penosos reveses; su buen
humor y el manuscrito de El Vengador, drama
que había recorrido las administraciones de todos
los teatros de París.
Un día que Rodolfo fué conducido al cuartelillo
á causa de ciertos excesos coreográficos, se en-
contró de manos á boca con un tío suyo, el señor
Monetti, constructor de estufas, sargento de la
guardia nacional, á quien Rodolfo no había visto
desde tiempo inmemorial.
Conmovido por las desdichas de su sobrino, el
tío Monetti prometióle mejorar su posición, y aho-
la misma persona; únicamente que hay dos faltas
menos que en el tuyo. ¿ N o prueba esto que me
quería más que á ti?
— E s t o prueba que tú eres un imbécil—le res-
pondió Marcelo:—los hombros blancos y los blan-
cos brazos no necesitan saber gramática.

A L I - R O D O I . F O Ó EL T U R C O P O R FUERZA

Lanzado al ostracismo por un propietario


sin entrañas, Rodolfo vivía desde hacía al-
gún tiempo más errante que las nubes, y perfec-
cionaba lo mejor que sabía el arte de acostarse
sin cenar, ó de cenar sin acostarse; su cocinero
se llamaba Azar, y se albergaba con frecuencia
en la posada de la Intemperie.
Dos cosas, sin embargo, no abandonaban á Ro-
dolfo en medio de sus penosos reveses; su buen
humor y el manuscrito de El Vengador, drama
que había recorrido las administraciones de todos
los teatros de París.
Un día que Rodolfo fué conducido al cuartelillo
á causa de ciertos excesos coreográficos, se en-
contró de manos á boca con un tío suyo, el señor
Monetti, constructor de estufas, sargento de la
guardia nacional, á quien Rodolfo no había visto
desde tiempo inmemorial.
Conmovido por las desdichas de su sobrino, el
tío Monetti prometióle mejorar su posición, y aho-
ra vamos á ver de qué manera, si el lector no se De pronto se oyeron pasos en el corredor, y la
asusta de tener que subir seis pisos. puerta del cuarto se abrió, dando paso ¿ un per-
Apoyémonos, pues, en la baranda, y subamos. sonaje que, sin decir palabra, se dirigió en dere-
¡ Uf! ciento veinte escalones. Y a hemos llegado. chura á uno de los caloríferos que servía de secre-
Un paso más y estamos en el cuarto, en el que no taire, abrió la portezuela del hornillo y sacó un
cabríamos si fuéramos uno más. Es reducido, pe- rollo de papeles que repasó con atención.
ro es a l t o ; por lo demás, buen aire y hermosa —¡ Cómo!—gritó el recién llegado con marcado
vista. acento piamontés,—¿todavía no has acabado el
El mueblaje se compone de varias chimeneas á capítulo de los Ventiladores?
la prusiana, de dos estufas, de hornillos econó- —Permítame, tío, que le diga—respondió el
micos, sobre todo si no se enciende lumbre en turco—que el capítulo de los Ventiladores es uno
ellos, de una docena de tubos de tierra cocida ó de los más interesantes de su obra, y requiere
de plancha de hierro y multitud de aparatos de que se estudie con cuidado. Lo estoy estudiando.
calefacción; citemos todavía, para completar el —Pero, desgraciado, siempre me dices lo mis-
inventario, una hamaca suspendida de dos clavos mo. ¿ Y mi capítulo de los Caloríferos, dónde
fijos en la pared, una silla de jardín con una pier- está?
na amputada, un candelero adornado con su aran- —El calorífero va bien. Mas, á propósito, tío,
dela y otros varios objetos de arte y de fantasía. si me mandara usted un poco de leña, no me ven-
En cuanto á la segunda estancia, el balcón, dría mal. Esto es una pequeña Siberia. Tengo
dos cipreses enanos, colocados en macetas, la tanto frío, que haría descender el termómetro más
transforman ep parque de verano. abajo del cero, con sólo mirarlo.
En el momento en que entramos, el huésped de —¡Cómo! ¿ h a s consumido ya un haz?
la casa, un joven vestido de turco de ópera bufa, —Perdone usted, tío, hay haces y haces (i), y
está terminando un almuerzo en el que viola des- el suyo era bastante pequeño.
caradamente la ley del Profeta, según se despren- — T e enviaré un tronco económico (2). Conser-
de por la presencia de desperdicios de jamón y va más el calor.
de una botella que estuvo llena de vino. Termi- —Lo cbnserva precisamente porque no lo da.
nada su comida, el joven turco se tendió á la —Pues bien—dijo el piamontés marchándose—
oriental en el suelo, y se puso á fumar con indo- mandaré que te suban un haz pequeño. Pero quie-
lencia una pipa turca marcada con las iniciales
J. G. Mientras se abandonaba á aquella asiática
felicidad, pasaba de vez en cuando la mano por el (1) El calembour «Tí y a fagots et fagots» es intraducibie en el
presente caso, pues la palabra fagot tiene en francés la aceptación
lomo de un magnífico perro de Terranova, que de necio además de la de Aaf.
hubiera correspondido sin duda á sus caricias á (2) En el mismo caso se encuentra la palabra boche, q u e significa
no ser de barro cocido. tronco y tonto.
ro que para mañana esté listo el capítulo de los fondo de sus ideas en una forma que las hiciera
Caloríferos. comprensibles. Rodolfo tenía comida, cama, ca-
—Cuando tenga calor, tendré inspiración—dijo sa, etc... y debía percibir, á la terminación del
el turco á quien acababan de encerrar bajo llave. Manual, una gratificación de cien escudos.
Si escribiéramos una tragedia, éste sería el mo- Al principio, para animar á su sobrino, Monetti
mento de que apareciera el confidente. Se llama- le había adelantado generosamente cincuenta
ría Nureddin ú Osmán, y, con aire á la vez dis- francos. Pero Rodolfo, que no había visto una
creto y protector, se adelantaría hasta nuestro suma igual hacía más de un año, salió enloque-
héroe y le soltaría los siguientes versos- cido en compañía de sus escudos, y permaneció
tres días fuera de casa: ¡ al cuarto día volvió solo!
S e ñ o r ¿ q u é h o r r e n d a p e n a — a f l i g e v u e s t r a vida? Monetti, que tenía prisa por acabar su Manual,
¿ P o r q u é la a u g u s t a f r e n t c = m o s t r á i s o b s c u r e c i d a ? con el que esperaba obtener un privilegio, temió
¿Acaso vuestros planes—Alah cruel rechaza? que su sobrino hiciera otras escapatorias; y para
¿O el s a n g u i n a r i o A l i — s e v e r o o s a m e n a z a .
Los votos conociendo—de vuestro corazón, obligarle á trabajar, impidiéndole salir, le quitó
C o n d e s t e r r a r la b e l l a — q u e f u é v u e s t r a i l u s i ó n ? sus vestidos y le dejó en su lugar, el disfraz bajo
el cual le acabamos de ver.
Pero nosotros no escribimos ninguna tragedia, Empero, el famoso Manual, 110 por esto adelan-
y á pesar de que necesitamos un confidente, ten- taba menos piano, piano, pues Rodolfo carecía de
dremos que prescindir de él. las cuerdas necesarias para aquel género de lite-
Nuestro héroe no es lo que parece: el turbante ratura. Su tío se vengaba de su indiferencia hol-
no hace al turco. El joven es nuestro amigo Ro- gazana en materia de chimeneas, haciendo sufrir
dolfo recogido por su tío, para quien está redac- á su sobrino una "sarta interminable de miserias.
tando un Manual del Perfecto Fumista, Efectiva- Ora le acortaba la ración, ora le privaba de ta-
mente, el señor Monetti, apasionado por su arte, baco.
había consagrado sus días á la fumistería. El Un domingo, después de haber sudado s a n g r e y
digno piamontés había arreglado para su uso par- tinta sobre el famoso capítulo de los ventiladores,
ticular, una máxima poco más ó menos igual á la Rodolfo rompió la pluma que le quemaba los de-
de Cicerón, y en sus momentos de entusiasmo dos, y se fué á pasearse por el parque.
exclamaba: Nascuntur poé... liers. (i). Un día, Como para burlarse de él y excitar más su de-
pensando en ser útil á las razas futuras, se le ocu- seo, no podía lanzar una mirada en torno suyo sin
rrió formular un código teórico de los principios apercibir en todas las ventanas una cara de fu-
del arte en el que tanto sobresalía, y, según he- mador.
mos visto, escogió á su sobrino para encuadrar el En el dorado balcón de una casa nueva, un ele-
g a n t e vestido de bata, mascullaba entre sus dien-
(1) Poélier. fumista. tes el aristocrático habano. Un piso más arriba,
TOMO I.—7
un artista echaba á grandes bocanadas las nubes ñorita Sidonia, como si hablara consigo misma.
olorosas de un tabaco levantino que ardía en una —¡ Pues no me encuentro sin fósforos!
pipa con boquilla de ámbar. En la ventana de una —Señorita ¿me hará el obsequio de aceptar los
cervecería un rubicundo alemán soplaba la espu- que le ofrezco?—dijo Rodolfo dejando caer desde
ma de su cerveza y despedía con precisión mecá- el balcón dos ó tres fósforos químicos envueltos
nica las nubes opacas que se escapaban de una en un papel.
pipa de Cudmer. Al otro lado pasaban cantando —Muchas gracias - respondió Sidonia encen-
grupos de obreros que se dirigían á las barreras, diendo su cigarrillo.
con la pipa corta entre los dientes. Todos los —Oiga usted, señorita...—prosiguió Rodolfo-
demás transeúntes, en fin, que pasaban por la á cambio del pequeño servicio que mi buena estre-
calle, fumaban. lla me ha permitido hacerle, ¿podría atreverme á
—¡ Ah!—dijo Rodolfo con envidia,—á excep- pedirle?...
ción de mí y de las chimeneas de mi tío, todo él —¡ Cómo! ¿ y a pide?—pensó Sidonia examinan-
mundo fuma en la creación, á estas horas. do á Rodolfo con más atención.—¡Ah!—dijo—
Y Rodolfo, con la frente apoyada en la baranda ¡esos turcos! tienen fama de volubles, pero son
del balcón, consideró cuán a m a r g a es la vida. muy simpáticos: Hable usted, caballero—dijo lue-
go levantando la cabeza hacia Rodolfo:—¿qué
De pronto oyó debajo de él una larga y rui-
desea usted?
dosa carcajada. Rodolfo se asomó un poco para
f' ver de donde salía aquel cohete de loca alegría, y —¡ Oh! señorita, deseo pedirle la limosna de un
poco de tabaco; hace dos días que no fumo. Tan
se apercibió de que había sido apercibido por la
sólo una pipa...
inquilina del piso inferior: la señorita Sidonia,
—Con mucho gusto, caballero... Pero ¿cómo lo
dama joven del teatro del Luxemburgo.
vamos á hacer? Tómese usted la molestia de ba-
La señorita Sidonia salió al terrado liando entre
jar un piso...
sus dedos, con habilidad española, un papel re-
— ¡ A y ! esto no es posible. Estoy encerrado;
lleno con tabaco amarillo que sacaba de una bolsa
pero me queda el recurso de emplear un medio
de terciopelo bordado.
muy simple—dijo Rodolfo.
—¡ Oh, qué hermosa tabaquera!—murmuró Ro-
Y ató su pipa á un bramante y la deslizó hasta
dolfo en contemplativa adoración.
—¿Quién será este Ali-Baba?—pensó por su la azotea, donde la señorita Sidonia la llenó abun-
parte la señorita Sidonia. dantemente con sus propias manos. Rodolfo pro-
E imaginó un pretexto para entablar conversa- cedió en seguida, con gran lentitud y cuidado,
ción con Rodolfo; quien á su vez deseaba lo á la ascensión de la pipa, que llegó á él sin con-
II tratiempos.
mismo.
I* —¡ Ah, señorita!—dijo á Sidonia—¡cuánto me-
—¡ Diantre! ¡ qué contrariedad!—exclamó la se-
—¡ Ah!—dijo Rodolfo—el agujero es pequeñito,
jor me sabría este tabaco si pudiera encenderlo en pero siempre quedará espacio suficiente para en-
la lumbre de sus ojos de usted! viarle á usted mi corazón.
La señorita Sidonia oía este piropo al menos --Ahora—dijo Sidonia—vamos á comer... Pre-
por la centésima vez; no obstante, no dejó de en- pare su cubierto, que voy á pasarle los platos.
contrarlo soberbio. Rodolfo deslizó su turbante atado á un cordel,
—¡ Usted me lisonjea!—le pareció conveniente al cuarto de debajo, y lo volvió á subir c a r g a d o
contestar. de comestibles; y el poeta y la artista, cada cual
—¡ Ah! señorita, le aseguro que me parece us- desde su sitio, se pusieron á comer á la vez. Ro-
ted hermosa como las tres Gracias. dolfo iba devorando con los dientes el pastel, y
—Decididamente, Ali Baba es muy galante— con los ojos á Sidonia.
pensó Sidonia...—¿Pero es usted verdaderamente —¡ Ay! señorita,—dijo Rodolfo cuando hubieron
turco?—preguntó á Rodolfo. terminado de comer,—gracias á usted, mi estó-
N o por vocación—respondió aquél—sino por m a g o está satisfecho. ¿ N o podría usted satisfa-
necesidad; soy autor dramático, señorita. cer también el hambre de mi corazón, que hace
Y yo, artista—respondió Sidonia. mucho tiempo que está en ayunas?
Luego añadió: —¡ Pobre muchacho!—dijo Sidonia.
Señor vecino, ¿quiere usted hacerme el ho- Y, subiéndose á un mueble, acercó su mano á
nor de comer y pasar la velada conmigo? los labios de Rodolfo, que se la enguantó de be-
¡ Ah! señorita, aunque esta proposición me sos.
entreabre el cielo, me es imposible aceptar. Se- —¡ Ah!—exclamó el joven.—Que lástima que
gún he tenido el honor de decirle, estoy encerrado no pueda usted hacer como San Dionisio, que te-
por mi tío, el señor Monetti, fumista, de quien nía la facultad de llevar su cabeza en las manos.
soy secretario actualmente. Después de comer se entabló una conversaciór
— N o por esto dejará de comer usted conmigo amorosa-literaria. Rodolfo habló de El Vengador
—replicó Sidonia;—óigame con atención: voy á y la señorita Sidonia le pidió que se lo leyera.
entrar en mi cuarto y golpearé el techo. Fíjese Asomado en el agujero, Rodolfo empezó á de-
en la dirección de los golpes y verá usted las clamar su drama á la actriz, quien, para oir me-
huellas de una trampilla que hubo hace tiempo jor, se había sentado en una butaca encaramada
y condenaron después: procure usted quitar la sobre una cómoda. La señorita Sidonia declaró
pieza de madera que tapa el agujero, y, aunque que El Vengador era una obra maestra; y como
cada cual esté en su casa, permaneceremos casi ella gozaba de alguna influencia en el teatro, pro-
juntos... metió á Rodolfo que le haría admitir su drama.
Rodolfo puso inmediatamente manos á la obra. En el momento más tierno de la conversación,
Al cabo de cinco minutos de trabajo, quedaba es- el tío Monetti hizo oir en el pasillo su paso ligero
tablecida la comunicación entre ambos cuartos.
—Oiga, S i d o n i a . . . — p r o s i g u i ó Rodolfo ense-
como el del Comendador. Rodolfo sólo tuvo tiem-
ñándole la carta que acababa de recibir.—Ya ve
po para cerrar la trampilla.
usted, la fortuna y la gloria me sonríen... ¡ Q u é
— T o m a , - - d i j o Monetti á su sobrino,—aquí tie- haga el amor lo mismo!...
nes una carta que te persigue desde hace un mes.
—Veremos, — dijo Rodolfo. — ¡ Ah! tío mío,
Al día siguiente, merced á un traje masculino
gritó,—tío mío ¡ soy rico! E s t a carta me anuncia
que le proporcionó Sidonia, Rodolfo pudo esca-
que he ganado un premio de trescientos francos parse de casa de su tío... Corrió á casa del corres-
en un certamen de Juegos Florales. ¡ Pronto! mi ponsal del certamen de los Juegos Florales, de
levita y demás adminículos, para que pueda ir á quien recibió una rosa de oro de cien escudos de
recoger mis laureles. Me esperan en el Capitolio. fuerza, que vivieron poco más ó menos lo que vi-
— ¿ Y mi capítulo de los Ventiladores? — dijo ven las rosas.
friamente Monetti.
Un mes después, el señor Monetti estaba con-
—¡ E h ! tío, la cosa ha cambiado de aspecto. De-
vidado, por su sobrino, á asistir á la primera re-
vuélvame mis adminículos. No quiero salir con
presentación de El Vengador. Gracias al talento
este equipo. de la señorita Sidonia, la obra obtuvo diez y siete
— T ú no saldrás hasta que esté terminado mi representaciones y produjo cuarenta francos á su
Manual,—dijo el tío á Rodolfo mientras lo ence- autor.
rraba dando dos vueltas á la llave.
Algún tiempo después, ya en la buena estación,
Así que se quedó solo, Rodolfo no vaciló por Rodolfo vivía en la avenida de Saint-Cloud, en el
mucho tiempo respecto al partido que debía to- tercer árbol á la izquierda saliendo del bosque de
mar... Ató sólidamente á su balcón una sábana Bolonia, en la quinta rama.
transformada en cuerda de n u d o s ; y á pesar del
peligro de su empresa, bajó, por medio de aquella
escalera improvisada, al terradillo de la señorita
Sidonia. . _ , 1t
—¿Quién hay?—gritó ésta al oír que Rodolto
llamaba á los cristales de su balcón.
—Silencio,—respondió,—abra usted
— ¿ O u é quiere usted? ¿Quién es?
— ¿ Y lo pregunta usted? Soy el autor de El
Vengador, y vengo en busca de mi corazón que he
dejado caer en vuestro cuarto por el agujero de
la trampilla.
—¡ Desgraciado!-<lijo la actriz.—¡ Se hubiera
podido matar usted!
EL ESCUDO DE CARLOMAGNO

A fines del mes de Diciembre, los carteros de


la administración Bidault, recibieron el encargo
de distribuir unos cien ejemplares de un billete de
participación, cuya copia incluimos respondiendo
sinceramente de su veracidad:

«Señor...

«Los señores Rodolfo y Marcelo ruegan á us-


ted se sirva dispensarles el honor de pasar la no-
che del sábado, víspera de Navidad, en esta su
casa. ¡ Habrá bulla!
»P. D. ¡ ¡ No se vive más que una vez!!
desnudo modestamente, imitará los juegos atlé-
PROGRAMA D E LA FIESTA ticos de la cuarta olimpiada.
»A la una de la madrugada, tercera lectura de
»A las 7, apertura de los salones; conversación la Memoria sobre la abolición de la pena de la
alegre y animada. tragedia, y colecta á beneficio de los autores trá-
»A las 8, entrada y paseo por los salones de los gicos que puedan hallarse un día sin recursos.
espirituales autores de El Parto de los Montes, »A las 2, apertura de los juegos y organización
comedia rehusada en el teatro del Odeón. de las cuadrillas de danza, que se prolongarán
»A las 8 y media, el señor Alejandro Schaunard, hasta el amanecer.
distinguido artista, ejecutará al piano la Influen- »A las 6, salida del sol y coro final.
cia del azul en las artes, sinfonía imitativa. »Mientras dure la fiesta funcionarán los venti-
»A las g, primera lectura de la Memoria sobre ladores.
la abolición de la pena de la tragedia. »Nota.—Toda persona que intentare leer ó re-
»A las 9 y media, el señor Gustavo Colline, filó- citar versos, será echada inmediatamente de los
sofo hiperfísico, y el señor Schaunard, entablarán salones y entregada á la policía; se ruega además
una discusión de filosofía y de metapolítica com- á los invitados que no se lleven los cabos de vela».
paradas. Con objeto de evitar toda colisión entre
ambos antagonistas, serán atados uno con otro. Dos días después, circulaban algunos ejempla-
»A las io, el señor Tristán, literato, relatará res de esa invitación entre el estado bajo de la
sus primeros amores. El señor Alejandro Schau- literatura y de las artes, siendo objeto de infini-
nard le acompañará al piano. tos comentarios.
»A las i o y media, segunda lectura de la Me- No obstante, entre los invitados, había algunos
moria sobre la abolición de la pena de la tragedia. que ponían en duda las esplendideces prometidas
»A las i i , relación de una cacería de casoares, por los dos amigos.
por un príncipe extranjero. —Yo no me fío,—decía uno de aquellos escép-
ticos;—ya otras veces he estado en los Miércoles
SEGUNDA PARTE
de Rodolfo, en la calle de la Tour-d'-Auvegne,
donde sólo podíamos sentarnos moralmente, y
»A media noche, el señor Marcelo, pintor de
historia, con los ojos vendados, improvisará con donde se bebía agua sucia en vasos eclécticos.
el yeso la entrevista de Napoleón y de Voltaire — E s t a vez,—dijo otro,—la cosa será más seria.
en los Campos Elíseos. El señor Rodolfo improvi- Marcelo me ha enseñado el plan de la fiesta, y
sará á- su vez un paralelo entre el autor de Zaira promete ser de un aspecto mágico.
y el autor de J-a batalla de Austerlitz. — ¿ H a b r á mujeres?
»A las 12 y media el señor Gustavo Colline, —Sí. Eufemia la Tintorera ha solicitado ser
reina de la fiesta, y Schaunard llevará señoras del llegara la hora de encender las arañas. Para faci-
gran mundo. litar sus propósitos, los dos amigos modificaron
He aquí, en pocas palabras, el origen de esa progresivamente las suntuosidades del programa
fiesta que tan grande estupefacción causaba en- que se habían impuesto.
tre el mundo bohemio que vive al otro lado de Y de modificación en modificación, después de
los puentes. Hacía próximamente un año que haber hecho sufrir importantes mutilaciones al ca-
Marcelo y Rodolfo habían anunciado aquel sun- pítulo de Pasteles, después de haber revisado y
tuoso recibimiento de gala, que debía tener lugar disminuido cuidadosamente el capítulo de Refres-
siempre el sábado próximo; pero por lamentables cos, el total de los gastos quedó reducido á quince
circunstancias, viéronse obligados á suspender su francos.
promesa durante cincuenta y dos semanas, de tal La cuestión quedaba simplificada, mas no re-
suerte que no podían dar un paso sin tropezar suelta todavía.
con las chanzas de sus amigos, entre ros cuales —Veamos, veamos—dijo Rodolfo;—ahora es
los había suficientemente indiscretos hasta para preciso recurrir á los grandes medios ; en primer
formular enérgicas reclamaciones. La cosa em- lugar, no podemos aplazar la fiesta para otro día.
pezaba á tomar el carácter de una burla, por lo —Imposible—afirmó Marcelo.
que los dos amigos resolvieron terminarla liqui- — ¿ C u á n t o tiempo hace que no he oído el relato
dando su compromiso. En su consecuencia repar- de la batalla de Studzianka?
tieron las invitaciones cuyo texto hemos copiado —Unos dos meses.
más arriba. — ¿ D o s meses? Está bien, es un plazo decente,
—Ahora,—decía Rodolfo,—no podemos ya re- mí tío no podrá quejarse. Mañana iré á que me
troceder, hemos quemado nuestras naves; nos cuente la batalla de Studzianka, lo que me val-
quedan ocho días para encontrar los cien francos drá cinco francos,* con toda seguridad.
indispensables para realizar las cosas debida- — Y yo—dijo Marcelo—iré á vender mi Castillo
mente. abandonado al viejo Médicis. Serán otros cinco
—Puesto que los necesitamos, los tendremos— francos. Si tengo tiempo para añadir algunas to-
respondió Marcelo. Y con la insolente confianza rrecillas y un molino, tal vez cobre diez francos, y
que tenían en la casualidad, ambos amigos se así completaremos nuestro presupuesto.
adormecieron convencidos de que sus cien francos Y los dos amigos se durmieron, soñando que la
estaban ya en camino; por el camino de lo impo- princesa de Belgioioso les rogaba que cambiaran
sible. sus días de recepción, para que no le quitaran sus
Así llegaron á la víspera del día señalado para contertulios.
la fiesta, y como el dinero no venia, Rodolfo pen- Marcelo se despertó muy temprano, y tomando
só que sería tal vez más seguro ayudar á la ca- una gran tela, procedió á toda prisa á la cons-
sualidad, si querían evitar un bochorno cuando trucción de un Castillo abandonado, artículo es-
pecial que le pedía un prendero de la plaza del —Ni aquí ni en otra parte. ¿ D e dónde nos ha-
Carrousel. Por su parte Rodolfo fué á visitar á bía de venir?
su tío Monetti, que se distinguía por el relato de —¿Si buscáramos en los muebles... en los sillo-
la retirada de Rusia, y á quien Rudolfo propor- nes? Dícese que los emigrados escondían sus te-
cionaba, cinco ó seis veces al año, en circunstan- soros, en tiempo de Robespierre. ¡Quién sabe!...
cias. graves, la satisfacción de explicar sus cam- Nuestro sillón perteneció tal vez á algún emigra-
pañas, mediante el préstamo de algunos francos d o ; y además, es tan duro, que muchas veces se
que el veterano fumista no regateaba con exceso me ha ocurrido que podía esconder algunos meta-
si se oían con mucho entusiasmo sus descripcio- les... ¿Quieres que hagamos la autopsia?
nes. — E s t o es cosa de saínete—replicó Rodolfo con
A las dos, Marcelo, que iba con la irente obs- acento en que la severidad se mezclaba con la
curecida y una tela bajo el brazo, encontró en la indulgencia.
plaza del Carrousel á Rodolfo que volvía de casa De pronto, Marcelo, que había continuado sus
de su tío; su aspecto anunciaba una mala noticia. pesquisas por todos los rincones del estudio, dió
—¿ Qué tal?—dijo Marcelo — ¿ has conseguido un grito de triunfo.
algo? — ¡ E s t a m o s salvados!—gritó, — estaba seguro
—No, mi tío ha ido á ver el museo de Versalles, de que debía haber valores aquí... ¡ Toma... mira!
¿Y tú? —y enseñaba á Rodolfo una moneda grande como
—Aquel animal de Médicis no quiere más Cas- un escudo y medio roída por el orín y el carde-
tillos abandonados; ahora me ha pedido un Bom- nillo.
bardeo de Tánger. E r a una moneda carlovingia de algún valor ar-
—Nuestra reputación está perdida si no damos tístico. En la leyenda, que estaba conservada por
la fiesta — murmuró R o d o l f o . — ¿ Q u é pensará fortuna, se podía leer la fecha del reinado de
nuestro amigo el crítico influyente, si le h a g o po- Carlomagno.
ner la corbata blanca y los guantes amarillos por —Esto... esto vale franco y medio—dijo Rodol-
nada? fo echando una ojeada desdeñosa sobre el hallaz-
Y ambos volvieron al taller presa de hondas g o de su amigo.
inquietudes. —Un franco y medio bien empleado produce
En aquel momento daban las cuatro en el reloj mucho efecto—respondió Marcelo.—Con mil dos-
de un vecino. cientos hombres, Bonaparte hizo rendir las a r m a s
— N o nos quedan más que tres horas—dijo Ro- á diez mil austríacos. La astucia iguala al núme-
dolfo. ro. Voy á vender el escudo de Carlomagno al tío
—Pero — exclamó Marcelo acercándose á su Médicis. ¿ H a y por aquí alguna cosa más que
amigo—¿estás seguro, perfectamente seguro de pudiera venderse? Mira, si te parece, me llevaré
que no nos queda dinero aquí?... ¿Oyes?
también el vaciado de la tibia de Jaconowski, el Y como en aquel entonces era el único de la par-
tambor mayor ruso, para que haga bulto. tida que poseía frac, sus amigos habían adqui-
rido también la costumbre de decir, hablando de
—Llévate la tibia. Pero esto es lamentable, no
la vestimenta oficial del filósofo: el frac negro
va á quedar aquí ni un solo objeto de arte.
de Colline. En segundo lugar, esa prenda célebre
Durante la ausencia de Marcelo, Rodolfo, com-
tenía una forma particular, la más extraña que
pletamente decidido á dar la velada á toda costa,
pueda verse: los faldones, muy largos, pendientes
se fué á ver á su amigo Colline, el filósofo hiper-
de un*cuerpo muy corto, tenían dos bolsillos, dos
físico que vivía á dos pasos de allí.
verdaderos abismos, en los que Colline tenía la
— V e n g o para pedirte un favor—dijo.—En mi costumbre de alojar una treintena de volúmenes
calidad de dueño de casa, necesito absolutamente que llevaba constantemente encima, lo que hacía
un frac negro, y yo... no tengo. Préstame el tuyo. decir á sus amigos que, durante las vacaciones de
Pero—dijo Colline vacilando—en mi calidad las bibliotecas, los sabios y los literatos podían ir
de invitado, tengo también necesidad de traje á buscar noticias en los bolsillos del frac de
negro. Colline, biblioteca abierta constantemente á los
— T e permito que vengas de levitón. lectores.
— N u n c a he tenido levitón, ya lo sabes. Aquel día, por caso extraordinario, el frac de
Pues bien, escucha, lo podemos arreglar de Colline no contenía más que un volumen en cuarto
otro modo. En caso necesario, puedes prescindir de Bayle, un tratado de las facultades hiperfisicas
de asistir á mi velada, y me prestas el frac. en tres volúmenes, un tomo de Condillac, dos vo-
— N a d a de lo que propones me gusta ; y puesto lúmenes de Swedenborg y el Ensayo sobre el
que figuro en el programa, no debo faltar. hombre, de Pope. Cuando hubo aligerado su frac-
—Faltarán muchas otras cosas—dijo Rodolfo. biblioteca, permitió á Rodolfo que se lo pusiera.
—Préstame tu frac negro, y si quieres venir, —Mira—dijo éste,—el bolsillo izquierdo pesa
ven como quieras... en mangas de camisa... Pa- mucho todavía; algo habrás dejado en él.
sarás por un doméstico fiel. —¡ Ah!—dijo Colline—es verdad, me he olvi-
—¡ Oh! no—dijo Colline ruborizándose. — Me dado de vaciar el bolsillo de las lenguas extran-
pondré mi gabán avellana. Pero, la verdad, todo jeras.—Y sacó de él dos gramáticas árabes, un
esto me disgusta mucho. diccionario malasio y un Perfecto bebedor en chi-
Y apercibiéndose de que Rodolfo se había apo- no, su lectura favorita.
derado ya del famoso frac negro, le gritó: Cuando Rodolfo volvió á su casa, encontró á
— ¡ H o m b r e , espera!... Hay algunas cositas en Marcelo que jugaba al tejo con monedas de cinco
los bolsillos.
francos, en número de tres. En el primer momen-
El frac de Colline merece especial mención.
to, Rodolfo rechazó la mano que le tendía su ami-
En primer lugar era perfectamente azul, y sólo
go, pues creyó que se trataba de un crimen.
por costumbre Colline lo llamaba su frac negro.
TOMO I.—8
Despachémonos, despachémonos,- dijo Mar- estudio en cuatro compartimentos, en cuyos res-
celo... Tenemos ya los quince francos que nece- pectivos ingresos se leía, en inscripciones hechas
sitábamos... T e explicaré cómo: en casa de Mé- á toda prisa:
dicis he encontrado un anticuario. Cuando ha vis-
to mi moneda, casi le ha dado un accidente: era POETAS ROMANTICOS
la única que le faltaba para su monetario. Había PROSISTAS CLASICOS
escrito á todos los países para llenar aquel hueco,
y había ya perdido toda esperanza. Así es que, Las damas debían ocupar un espacio reservado
apenas hubo examinado cuidadosamente mi es- en el centro.
cudo de Carlomagno, no ha vacilado un instante — ¡ C a r a m b a ! ahora nos faltan sillas—-dijo Ro-
en ofrecerme cinco francos. Médicas me ha dado dolfo.
con el codo, y con una mirada ha completado su —¡Oh!—respondió Marcelo;—en la meseta de
idea. Quería decir: partamos los beneficios de la la escalera hay algunas colgadas en la pared. ¿ Si
venta y yo p u j a r é ; así hemos llegado hasta trein- las tomáramos?
ta francos. He dado quince al judío y aquí tienes —¡ Vaya que sí!—dijo Rodolfo corriendo á apo-
lo restante. Ahora ya pueden venir nuestros invi- derarse de las sillas, que pertenecían á algún ve-
tados, porque estamos en condiciones de deslum- cino.
hrarles. ¡ Hola! ¿ t e has puesto frac negro? Dieron las seis; los amigos se fueron á comer á
_ S Í — dijo R o d o l f o , — el frac de Colline. Y toda prisa volviendo en seguida para proceder á
buscando en el bolsillo para sacar su pañuelo, la iluminación de los salones, de la que quedaron
Rodolfo dejó caer un pequeño volumen en lengua deslumhrados ellos mismos. A las siete llegó
maiichú, olvidado en el bolsillo de las literaturas Schaunard acompañando á tres señoras que se
extranjeras. habían olvidado de ponerse sus diamantes y sus
Ambos amigos procedieron inmediatamente á sombreros. Una de ellas llevaba un chai encarna-
hacer los preparativos. Arreglaron el taller; en- do, con motas negras. Schaunard la recomendó
cendieron la e s t u f a ; suspendieron del techo un especialmente á Rodolfo.
bastidor con bujías á guisa de araña, y en el cen- — E s una mujer muy distinguida,—dijo—una
tro del estudio colocaron una mesa para que sir- inglesa que la caída de los Estuardos ha condu-
viera de tribuna á los oradores; colocaron enfren- cido al destierro; vive modestamente dando lec-
te el único sillón que había reservado al crítico ciones de inglés. Su padre fué canciller en tiempo
influyente, y dispusieron sobre una mesa todos de Cromwell, según me ha dicho; hay que tra-
los volúmenes: novelas, poemas y folletines, cuyos tarla con consideración; no la tutees demasiado.
autores debían honrar con su presencia aquella Oyéronse ruidosos pasos en la escalera; eran
velada. Con objeto de evitar cualquiera colisión los invitados que llegaban. Todos mostrábanse
entre los varios cuerpos literarios, dividieron el admirados de ver que en la estufa había fuego.
El frac negro de Rodolfo iba al encuentro de
las damas para besarles las manos con una ele-
gancia digna de la regencia; cuando se hubieron
reunido unas veinte personas, Schaunard pregun-
tó si se tomaría algo.
_Eii seguida — dijo Marcelo; — estamos espe-
rando que venga el crítico influyente para encen-
der el ponche.
A las ocho, estaban ya todos los invitados, y se
empezó á ejecutar el programa. Cada número de
éste se alternaba con refrescos de a l g o ; nunca se
ha sabido de qué.
Hacia las diez, apareció el chaleco blanco del
crítico influente; permaneció una hora solamente
en la reunión, y fué muy sobrio en la bebida.
A las doce, viendo que se había acabado la leña
y que se acentuaba el frío, los invitados que te-
nían asiento echaron suertes para ver quién tira-
ría su silla al fuego.
A la una todo el mundo estaba de pie.
Ni por un momento dejó de reinar la más cor-
dial alegría entre los convidados. No hubo que
lamentar ningún incidente, salvo un desgarrón en
el bolsillo de las lenguas extranjeras del frac
de Colline, y una bofetada que Schaunard aplicó
á la hija del canciller de Cromwell.
Aquella memorable velada fué objeto de la cró-
nica del barrio durante ocho d í a s ; y Eufemia la
Tintorera, que había sido reina de la fiesta, acos-
tumbraba decir hablando con sus amigas:
Fué extremadamente espléndida; hubo mu-
chas bujías, pero caras.
VI yi; R3!DAD DE NUETOÍB»
BIBLIOTECA
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MUSETTE ¡EY UFXSTB

La señorita Musette era una linda muchacha de


veinte afios, que, poco tiempo después de su lle-
g a d a á París, f u é lo que son las muchachas lindas
cuando tienen figura elegante, mucha coquetería,
alguna ambición y poca ortografía. Después de
haber sido por mucho tiempo la alegría de las
cenas del barrio Latino, donde cantaba con voz
siempre fresca, si no afinada,, una multitud de
cantos campestres que le valieron el nombre (i)
con que la celebraron m á s tarde los más hábiles
confeccionadores de rimas, la señorita Musette
abandonó bruscamente la calle de la H a r p e para
ir á vivir en las alturas citéreas del barrio de
Breda.

•I Sfustfte quiere decir gaita•


N o tardó mucho en ser uno de los astros ma- neos, nunca duraban lo suficiente para merecer
yores de la aristocracia del placer, encaminándose los honores de una pasión. Y la inestabilidad ex-
lentamente hacia aquella celebridad que consiste cesiva de sus caprichos, su poca atención en fijar-
en ser citada por las revistas de París, ó litogra- se en la bolsa y las botas de los que la pretendían,
fiada en los establecimientos de estampas. prestaban una gran movilidad á su existencia,
Sin embargo, la señorita Musette era una ex- que se deslizaba en una perpetua alternativa de
cepción entre las mujeres del medio en que vivía. coches de lujo y ómnibus, de entresuelos y quin-
Naturaleza instintivamente elegante y poética, co- tos pisos, de telas de seda y de indiana. ¡ Oh
mo todas las mujeres verdaderamente tales, era encantadora muchacha! ¡poema viviente de ju-
amante del lujo y de todos los placeres que pro- ventud, de sonoras risas y de alegres cantos!
porciona; su coquetería la impelía con ardor ha- ¡ Corazón piadoso, que palpita para todo el mundo
cia todo lo que es bello y distinguido; hija del debajo la pechera de la camisa! ¡ oh Musette! ¡ tú
pueblo, no hubiera estado fuera de su centro en que eres la hermana de Bernerette y de Mimí
medio de las más regias suntuosidades. Pero la Pinson! Se necesitaría la pluma de Alfredo de
señorita Musette, que era joven y bella, no hu- Musset para relatar dignamente tu despreocupada
biera consentido jamás en ser la amante de un y vagabunda carrera por los floridos senderos de
hombre que, como ella, no hubiese sido joven y la juventud; y te hubiera celebrado, con toda
guapo. Una vez rechazó valientemente las ofertas seguridad, si, como yo, te hubiese oído cantar
de un viejo tan rico que le llamaban el Perú de la con tu linda voz de falsete esta copla rústica de
Calzada de Antín, y que había puesto una esca- uno de tus cantos favoritos:
lera de oro á los caprichos de Musette. Inteligente
U n dia de p r i m a v e r a
y espiritual, sentía también repugnancia por los Declaré p o r vez p r i m e r a
tontos y estúpidos, cualquiera que fuesen su edad, Mi a m o r p u r o y a c e n d r a d o
A una morenita hermosa
sus títulos y su nombre. Q u e llevaba su t o c a d o
Musette era, pues, una buena y hermosa mu- E n f o r m a de m a r i p o s a .

chacha que, en cuestiones de amor, había adop-


tado la mitad del célebre aforismo de Champfort: La anécdota que vamos á relatar es uno de los
«El amor es la reciprocidad entre dos caprichos»». episodios más chispeantes de la vida de esa en-
Por eso sus relaciones nunca fueron precedidas cantadora aventurera, que tantos amantes ha co-
por uno de esos vergonzosos contratos que des- nocido.
honran á la galantería moderna. Según ella mis- Amiga, por algún tiempo, de un joven conse-
ma decía, Musette jugaba limpio, y exigía que la jero de Estado que tuvo la galantería de poner
correspondieran con sinceridad en la misma mo- entre sus manos la llave de su patrimonio, la
neda. señorita Musette adquirió la costumbre de dar
Pero si sus caprichos eran intensos y esponta-
veladas semanales en su lucido saloncito de la
calle de la Bruyère. Aquellas veladas se parecían
á la mayor parte de las reuniones parisienses, con
la diferencia de que eran más divertidas; cuando
escaseaba el sitio, los asistentes se sentaban unos
encima de otros, y ocurría á veces que una misma
copa servía para una pareja.
Rodolfo, que era amigo de Musette, y que no
pasó de ser su amigo (sin que ni uno ni otro
hayan sabido nunca por qué) ; Rodolfo, repeti-
mos, pidió permiso á Musette para conducir á su
amigo el pintor Marcelo; un muchacho de talen-
to, añadió, á quien el porvenir está bordando un
casacón de académico.
¡ Tráigalo!—dijo Musette.
La noche en que debían ir juntos á casa de Mu-
sette, Rodolfo subió á buscar á Marcelo á su casa.
El artista estaba vistiéndose.
—¡Cómo!- dijo Rodolfo;—¿te vas á presentar
en sociedad con camisa de color?
¿ O f e n d e acaso las costumbres eso? — dijo
tranquilamente Marcelo.
¿ Q u é si las ofende? h a s t a los tuétanos, des-
dichado.
—¡ Demonio!—exclamó Marcelo mirando su ca-
misa de fondo azul, con viñetas que representa-
ban un jabalí perseguido por una jauría ;—es que
aquí no tengo otra. ¡ Bah, bah! ¡ no importa! to-
maré un cuello postizo ; y como Matusalén se abo-
tona hasta el cuello, no se verá el color de mi
ropa interior.
—¡ Cómo!—dijo Rodolfo con inquietud—¿vas á
ponerte tu Matusalén?
__¡ Ay!—respondió Marcelo—por f u e r z a ; Dios
y mi sastre lo quieren ; por lo demás, le he puesto
botones nuevos, y hace un momento lo he remen-
dado con negro de humo.
Matusalén era sencillamente el fraque de Mar-
celo; lo llamaba así, porque era el decano de su
guardarropa. Matusalén estaba cortado á la úl-
tima moda de cuatro años atrás, y tenía, además,
un tono verde asqueroso; pero visto con luz arti-
ficial, Marcelo afirmaba que parecía negro.
Al cabo de algunos minutos, Marcelo estaba
vestido, por cierto con el más perfecto mal g u s t o :
parecía un aprendiz pintor en traje de sociedad.
Casimiro Bonjour (i) no quedará tan sorpren-
dido el día que le notifiquen su elección al Insti-
tuto, como lo quedaron Marcelo y Rodolfo al
llegar á casa de la señorita Musette. He aquí el
motivo de su sorpresa: la señorita Musette, que
hacía algún tiempo había reñido con el consejero
de Estado, fué abandonada por éste en un mo-
mento muy crítico. Perseguida por sus acreedo-
res y por el casero, le fueron embargados sus
muebles y bajados al patio, para llevárselos y
venderlos al día siguiente. A pesar de este in-
cidente, á la señorita Musette no se le ocurrió
siquiera la idea de prescindir de la compañía de
sus invitados, y no aplazó la velada. Convirtió
gravemente el patio en salón, cubrió el pavimien-
to con un tapiz, lo dispuso todo como de costum-
bre, se vistió con traje de recibimiento, é invitó á
todos los inquilinos á su sencilla fiesta, á cuyo es-
plendor quiso Dios contribuir con sus ilumina-
ciones.

Esta broma tuvo un éxito enorme; nunca las

1) E s c r i t o r francés, a u t o r d e a l g u n a s c o m e d i a s bastante a p r e -
ciadas (179S-1S56).
veladas de Musette habían despertado tanto en- che, condujo á Musette y á Marcelo á un restau-
tusiasmo y alegría; duraban los bailes y los can- rant que acababa de abrir sus puertas.
tos aún cuando los mozos de la agencia de trans- Después del desayuno, los tres comensales, que
portes vinieron á llevarse los muebles, tapices y no sentían necesidad 1 alguna de dormir, hablaron
divanes, disolviéndose por fuerza la reunión. de ir á terminar el día en el campo, y hallándose
Musette iba despidiéndose de sus invitados can- cerca del ferrocarril, subieron al primer tren que
marchaba, que los condujo á San Germán.
tando:
Durante todo el día corrieron por los bosques,
y no regresaron á París h*sta las siete de la
M u c h o t i e m p o se hablará,
la ri r a .
noche, contra la voluntad de Marcelo, empeñado
De la velada que os di; en que sólo eran las doce y media de la tarde, y
M u c h o t i e m p o se hablará, que si estaba obscuro, era porque el cielo estaba
la ri ri.
cubierto.
Marcelo, cuyo corazón era un polvorín que se
Marcelo y Rodolfo quedáronse solos con Mu- inflamaba con una sola mirada, durante la noche
sette, que había subido á su cuarto, donde no de la fiesta y el siguiente día se enamoró de la
quedaba más que la cama. señorita Musette, á la que había galanteado coa
—¡ Diantre!—dijo Musette—ya me va parecien- mucho color, según decía á Rodolfo. Había lle-
do menos divertida mi a v e n t u r a ; tendré que alo- gado hasta prometer á la hermosa niña la adqui-
jarme en el hôtel de la Intemperie. Y lo conozco sición de un mueblaje más rico que el anterior,
ese hôtel ; abundan en él las corrientes de aire. con el producto de la venta de su famoso cuadro
¡ Ah! señorita—dijo Marcelo—si yo tuviera El paso del mar Rojo. Así es que el artista veía
con tristeza como se acercaba el momento en que
las riquezas de Plutón, le ofrecería un templo más
debería separarse de Musette, la cual, de paso
hermoso que el de Salomón, pero...
que le permitía besarle las manos, el cuello y al-
N o es usted Plutón, amigo mío. Da lo mis-
gunos otros accesorios, se limitaba á rechazarle
mo, le agradezco la intención... ¡ B a h ! — a ñ a d i ó
dulcemente cada vez que aquél quería penetrar
paseando su mirada por la habitación—me abu-
con fractura en su corazón.
rría aquí ; además, el mueblaje era viejo. ¡ Hacía
Al llegar á París, Rodolfo dejó á su amigo con
seis meses que lo tenía! Pero esto no debe ter-
la joven, que suplicó al artista la acompañara
minar así ; después del baile se cena, supongo yo.
Supongámoslo, pues,--dijo Marcelo, que tc- hasta su casa.
n U la manía de los contrasentidos, especialmente —¿Me permitirá usted que la visite?--preguntó
p.,«- la mañana, en que estaba terrible. Marcelo; le haré su retrato.
Como Rodolfo había ganado algún dinero ... Amigo mío, dijo la linda muchacha 110
lansquenete que se había jugado mirante !a PO- puedo darle las señas de mi casa, porque tal vez
mañana esté sin ella; pero iré yo á verle á usted, ted; además, hay dos cuartos; yo podré acomo-
y le remendaré su fraque, que tiene un agujero darme en el sofá.
tan grande que p o r . él pasaría un inquilino sin —Mi sofá está demasiado duro para dormir en
pagar. • él, está relleno de guijarros. Yo doy á usted hos-
—La esperaré como el Mesías—dijo Marcelo. pitalidad en mi casa y me voy á pedirla para mí
— N o por mucho tiempo—dijo Musette riendo. á un amigo que vive en el mismo rellano; es lo
—¡ Qué deliciosa niña!—decía Marcelo aleján- más prudente—añadió.—Por lo general sé man-
dose lentamente; es la diosa de la alegría. Haré tener mi p a l a b r a ; pero tengo veintidós años y us-
dos agujeros á mi fraque. ted diez y ocho, Musette... Nada, que me mar-
N o había andado aún treinta pasos cuando sin- cho. Buenas noches.
tió un golpecito en el hombro; era la señorita Al día siguiente á las ocho, Marcelo entró en
Musette. su casa con un tiesto de flores que acababa de
—Querido señor Marcelo—le dijo—¿sois buen comprar en el mercado. Encontró á Musette que
caballero? se había echado vestida en la cama, y dormía aún.
—Lo soy: Rubens y mi dama, esta es mi divisa. El ruido que hizo al entrar despertó á la mucha-
—Pues bien, entonces, oid mis cuitas y doleos cha, que tendió la mano á Marcelo.
de mí, noble señor,—prosiguió Musette, que te- —¡ Buen muchacho!—le dijo.
nía un ligero tinte literario, aunque se entregara —¡ Buen muchacho! — repitió M a r c e l o ; - ¿ " 0
con frecuencia á horribles matanzas contra la será un sinómino de ridículo?
g r a m á t i c a ; — mi casero se ha llevado la llave .__. Oh!—prorrumpió Musette—¿por qué dice
del piso, y son las once de la noche: ¿comprende usted esto? Sea usted más amable; en vez de de-
usted? cirme cosas desagradables, ofrézcame este hermo-
—Comprendo—dijo Marcelo ofreciendo el bra- so tiesto de flores.
zo á Musette. Y la condujo á su estudio, situado P a r a usted lo he comprado precisamente—
en el muelle de las Flores. dijo Marcelo.—Tómelo usted, y en pago de mi
Musette estaba rendida de sueño; pero tuvo hospitalidad, cánteme una de sus lindas cancio-
aún fuerzas bastantes para decir á Marcelo, es- nes: el eco de mi guardilla guardará acaso algo
trechándole la mano:
de su voz, y yo la oiré todavía cuando usted se
— T e n d r á usted presente su promesa.
marche.
—¡ Oh Musette! encantadora niña—dijo el ar-
_ ¡ Hola! con que ¿quiere usted echarme?—dijo
tista con voz en que se traslucía cierta emoción,—
Musette.—¿Y si yo no quisiera marcharme? Oi-
está usted bajo un techo hospitalario; ¡ duerma en
ga, Marcelo, yo no subo treinta y seis tramos de
paz y buenas noches! Yo me marcho.
escalera para decir mi manera de pensar. Usted
— ¿ P o r qué?—dijo Musette con los ojos casi me gusta y yo le gusto. E s t o no será amor, pero
cerrados;—no tengo miedo, se lo aseguro á us- puede ser su simiente. Pues bien, no me marcho;
«j
¡
me quedo y me quedaré mientras no se marchiten
las flores que acaba de traerme.
— ¡ Ah!-—exclamó Marcelo—¡el caso es que se
marchitarán dentro de dos días! Si lo hubiera sa-
bido hubiera tomado siemprevivas.
VII
Quince días después, Musette y Marcelo vivían
juntos, y aunque con frecuencia se hallaban sin
dinero, llevaban la vida más agradable del mun-
LA CORRIENTE DEL PACTOLO
do. Musette sentía por el artista una ternura que
nada tenía de común con sus pasiones anteriores,
y Marcelo empezó á temer que estaba seriamente
E r a el 19
enamorado de su amante. Ignorando que ella ItÉwaliiiíii Marzo... V
también temía estar hondamente enamorada de ÉgggPilSÍsl aunque llegue á alcanzar la
él, observaba todas las mañanas el estado en que U^Rfs»0^5^ avanzada edad de Raoul Ro-
se hallaban las flores, cuya muerte debía ser cau- chette (1), que presenció la
sa de la ruptura de sus relaciones, y le costaba ^ipij^Sgrc construcción de Nínive, Ro-
mucho comprender la renaciente frescura en que dolfo no olvidará jamás aque-
¡ ¿ ^ 5¡¡|l: lia fecha, pues en aquel mis-
se mantenían. No tardó mucho en poseer la clave
iHlSíl mo día, fiesta de San José, á
de aquel misterio: una noche se despertó y no
las tres de la tarde, nuestro
halló á su lado á Musette. Se levantó, corrió al
amigo salía de casa de un
estudio, y sorprendió á su amante que se apro-
i^l banquero, después de haber
vechaba cada noche de su sueño para ir á regar
cobrado la suma de quinien-
las flores y evitar que se marchitaran. tos francos en m n e d a s con
° "
L——- - — t a n t e s y sonantes.
El primer uso que Rodolfo hizo de aquella taja-
da de Perú que acababa de entrar en su bolsillo,
fué el de no p a g a r sus deudas, atendido á que se
había jurado á sí mismo dedicarse á la economía
y no hacer ningún gasto extraordinario. Por lo
demás, tenía rsepecto á esto ideas extremadamen-
te concretas, y decía que antes de pensar en lo
«j
¡
me quedo y me quedaré mientras no se marchiten
las flores que acaba de traerme.
— ¡ Ah!-—exclamó Marcelo—¡el caso es que se
marchitarán dentro de dos días! Si lo hubiera sa-
bido hubiera tomado siemprevivas.
VII
Quince días después, Musette y Marcelo vivían
juntos, y aunque con frecuencia se hallaban sin
dinero, llevaban la vida más agradable del mun-
LA CORRIENTE DEL PACTOLO
do. Musette sentía por el artista una ternura que
nada tenía de común con sus pasiones anteriores,
y Marcelo empezó á temer que estaba seriamente
E r a el 19
enamorado de su amante. Ignorando que ella ItÉwaliiiíii Marzo... V
también temía estar hondamente enamorada de ÉgggPilSÍsl aunque llegue á alcanzar la
él, observaba todas las mañanas el estado en que U^Rfs»0^5^ avanzada edad de Raoul Ro-
se hallaban las flores, cuya muerte debía ser cau- chette (1), que presenció la
sa de la ruptura de sus relaciones, y le costaba ^ipij^Sgrc construcción de Nlnive, Ro-
mucho comprender la renaciente frescura en que dolfo no olvidará jamás aque-
¡ ¿ ^ 5¡¡|l: lia fecha, pues en aquel mis-
se mantenían. No tardó mucho en poseer la clave
iHlSíl mo día, fiesta de San José, á
de aquel misterio: una noche se despertó y no
las tres de la tarde, nuestro
halló á su lado á Musette. Se levantó, corrió al
amigo salía de casa de un
estudio, y sorprendió á su amante que se apro-
i^l banquero, después de haber
vechaba cada noche de su sueño para ir á regar
cobrado la suma de quinien-
las flores y evitar que se marchitaran. tos francos en m n e d a s con
° "
L——- - — t a n t e s y sonantes.
El primer uso que Rodolfo hizo de aquella taja-
da de Perú que acababa de entrar en su bolsillo,
fué el de no p a g a r sus deudas, atendido á que se
había jurado á sí mismo dedicarse á la economía
y no hacer ningún gasto extraordinario. Por lo
demás, tenía rsepecto á esto ideas extremadamen-
te concretas, y decía que antes de pensar en lo
superfluo, era indispensable proveer á lo necesa-
rio; merced á estas ideas no pagó á sus acreedo-
res y compró una pipa turca, tras la cual andaba
desde hacía mucho tiempo.
Cargado con su compra, se dirigió á casa de su
amigo Marcelo, que le daba albergue de algunos
meses á esta parte. Al entrar en el estudio del ar-
tista, los bolsillos de Rodolfo sonaban como un
campanario de aldea en día de fiesta mayor. Al
oir aquel ruido insólito, Marcelo pensó que era
uno de sus vecinos, gran jugador á la baja, que
contaba los beneficios de la última jugada, y
murmuró:
— Y a vuelve ese intrigante con sus epigramas.
Si esto dura, dejo este piso. No hay medio de
trabajar con este alboroto. Esto da g a n a s de
abandonar el oficio de artista pobre para dedi-
carse al de ladrón.—Y sin ocurrírsele por un mo-
mento que su amigo Rodolfo estaba metamor-
foseado en un Creso, Marcelo volvió á su cuadro
de El paso del mar Rojo, que hacía tres años es-
taba en el caballete.
Rodolfo, que aún no había pronunciado una pa-
labra, meditando por lo bajo un experimento que
iba á hacer en su amigo, se decía:
—¡ Cómo nos vamos á reir! La cosa no dejará
de ser divertida,—y dejó caer una moneda de
cinco francos al suelo.
Marcelo levantó los ojos y miró á Rodolfo, que
estaba serio como un artículo de la Revista de
Ambos Mundos.
El artista recogió la moneda con aire de satis-
facción y la acogió con gran cortesía, pues, aun-
que pintorzuelo, sabía vivir y era muy atento con
los extraños. Sabiendo, además, que Rodolfo ha-
I?9

—Ni usted se divertiría—opuso Musette,—ni


nos dejaría divertir á nosotros. Reflexione usted
que, con toda seguridad, ese muchacho me besará.
—Musette—dijo Mauricio,—¿ha visto alguna
vez personas tan acomodaticias como yo?
—Señor vizconde—replicó Musette,—un día que
me paseaba en coche por los Campos Eliseos en
compañía de lord ***, encontré á Marcelo y su
amigo Rodolfo que iban muy mal vestidos, sucios
como perro de pastor y fumando su pipa. Hacía
tres meses que no veía á Marcelo, y me pareció
que se me saltaba el corazón por la portezuela.
Hice detener el coche, y durante media hora es-
tuve conversando con Marcelo delante todo París
que pasaba por allí en carruaje. Marcelo me ofre-
ció pastelillos de Naritérre y un ramo de violetas
de un sueldo, que puse en mi cintura. Cuando se
despidió, lord *** quería llamarle para invitarle
á comer con nosotros. Le di un beso por la moles-
t i a . Y aquí tiene explicado mi carácter, mi que-
rido señor Mauricio; si no le gusta, dígalo en
seguida, y me llevo mis zapatillas y mi g o r r o de
dormir.
—¡ Alguna vez es una dicha el ser pobre!—ex-
clamó el vizconde Mauricio con acento de envi-
diosa tristeza.
—¡ Ah, no!—dijo Musette.—Si Marcelo hubiese
sido rico, yo no le hubiera abandonado nunca.
—Vaya usted—dijo el joven estrechándole la
mano.—Hoy se ha puesto el vestido nuevo—aña-
dió,— que le sienta á maravilla.
— E s verdad, tiene usted razón—confirmó Mu-
sette ;—tal vez lo he presentido esta mañana. Mar-
celo gozará de las primicias. ¡ Adiós!—exclamó—
me voy á comer un poco de pan bendito por la
alegría.
TOMO II.—9
mas se adornan los sombreros. Si algunas veces,
Musette llevaba aquel d¡a un espléndido ves-
por casualidad, logran sentir, no precisamente
tido; jamás encuademación tan seductora había
amor, ni siquiera capricho, sino deseo vulgar, es
encerrado el poema de su juventud y de su belleza.
á beneficio de algún insípido danzante que la ab-
Además, Musette poseía instintivamente el genio
surda multitud rodea y aclama en los bailes públi-
de la elegancia. Al venir al mundo la primera cosa
cos, y que los diarios, cortesanos de todos los
que debió buscar con la mirada, fué un espejo para
entes ridículos, celebran con sus elogios. Aunque
arreglarse los pañales; y antes de ir á las fuentes
se vió obligada á vivir en ese mundo, Musette no
bautismales, había cometido ya el pecado de co-
adquirió ni sus costumbres ni su p o r t e ; no tenía el
quetería. En la época en que su posición era de
servilismo avaro, común á esas criaturas que no
las más humildes, cuando estaba reduc.da á las
saben leer más que á Baréme y no escriben más
telas de indiana estampada, á las cofias con lazos
que números. E r a una muchacha inteligente y es-
v zapatos de piel de cabra, había logrado entusias-
piritual, por cuyas venas corrían algunas gotas de
mar con aquel pobre y simple uniforme de las cos-
sangre de Mansu ; y rebelde á toda imposición,
turerillas. Esas lindas muchachas, m e d i o abejas,
no pudo jamás resistir un capricho, fuesen las que
medio cigarras, que trabajan cantando toda la se-
fuesen las consecuencias.
mana, sólo pedían á Dios un rayo de sol los do-
mingos, amaban con todo su corazón y á veces se Marcelo fué en realidad el único hombre á quien
echaban de una ventana. Raza desaparecida ya, amó. E r a por lo menos el único por quien había
gracias á la actual generación de jóvenes: genera sufrido realmente, y fué menester toda la volubili-
ción corrompida y corruptora, pero más que todo dad de sus instintos que la impelían hacia «todo
vanidosa, tonta y brutal. Por el gusto de hacer cuanto resplandece y todo cuanto suena», para
malignas paradojas, se han burlado de esas pobres que se separara de él. Tenía veinte años, y para
niñas por sus manos mutiladas por las santas cica- ella el lujo era casi una cuestión de salud. Podía
t r i c e s ' d e l trabajo, y ellas han acabado por ^ prescindir de éste por algún tiempo, pero no
ganar lo suficiente con que comprarse pomada de renunciar á él completamente. Conociendo su
ahnendras. Poco á poco han logrado inocularlas inconstancia, no quiso jamás poner en su corazón
su vanidad y su estupidez, y desde entonces ha el cerrojo de un juramento de fidelidad. F u é ama-
desaparecido la griseta. Nació entonces ,a , o r * a da ardientemente por muchos jóvenes para quie-
Casta híbrida, criaturas impertinentes bellezas nes había sentido también irresistible inclinación ;
mediocres, mitad carne, mitad cosméticos, cuyo y siempre procedía con ellos con una probidad pre-
gabinete es un mostrador en el que v e n d e n peda- vidente ; las relaciones que aceptaba eran simples,
f o s de su corazón, como pudiera hacerse de taja- francas y rústicas como las declaraciones de amor
das de rosbif. La mayor parte de esas muchacha de los campesinos de Molière. Usted me quiere y
que deshonran el placer y son la vergüenza de la yo le quiero á usted ; choque, y hagamos la boda.
galantería moderna, no llegan á tener frecuen tó- Diez veces, si lo hubiera querido, Musette hubiera
mente la inteligencia de las bestias con cuyas plu- hallado una posición estable, lo que se llama un
porvenir; pero ella no creía gran cosa en el porve- porta! Hay que ir educando á la juventud.—Lue-
nir, y profesaba respecto á él el excepticismo de go, lanzando su imaginación á otros ejercicios,
Fígaro. pensó en Marcelo, á quien iba á v e r ; y mientras
—El mañana—decía á veces,—es una fatuidad pasaba revista á los recuerdos que despertaba
del calendario; un pretexto cuotidiano que los en ella el nombre de su antiguo adorador, se pre-
hombres han inventado para no hacer lo que les guntaba á qué milagro se debería el que hubiera
conviene hoy. El mañana es quizás un terremoto. un banquete en su casa. Volvió á leer, por el
Sea lo que quiera, el hoy es la tierra firme. camino, la carta que el artista le había escrito,
Un día, un caballero galante con quien había y no pudo evitar una impresión de tristeza. Pero
estado unos seis meses, y que se había enamorado duró solo breves instantes. Musette pensó, con
razón, que menos que nunca era aquella ocasión
perdidamente de ella, la propuso seriamente el
de desconsolarse, y como en aquel momento
matrimonio. Musette se le rió á las barbas al oír la
soplara una fuerte ráfaga, exclamó:
proposición.
—¿ Poner mi libertad en prisión con un contra- Es curioso, si yo no quisiera ir á casa de
to de matrimonio? ¡ Jamás!—dijo ella. Marcelo, el viento me llevaría.
— E s que me paso la vida temblando por el Y prosiguió su camino apretando el paso, ale-
temor de perderte. . gre como un pájaro que vuela hacia su primer
—Aún me perderías más pronto si fuera tu nido.
mujer, — respondió Musette. — No hablemos de De pronto empezó á nevar con abundancia. Mu-
esto. Además, yo no soy libre—añadió, pensando sette buscó con los ojos un coche. No vió nin-
sin duda en Marcelo. guno. Y como se encontraba precisamente en la
Así atravesó su juventud, con el espíritu flotan- calle donde vivía su amiga la señora Sidonia, la
do á todos los vientos de lo imprevisto, haciendo que le mandó llevar la carta de Marcelo, Musette
dichosos á muchos y haciéndose casi dichosa á si tuvo la idea de entrar un momento en casa de
misma. El vizconde Mauricio, con quien estaba aquella mujer, para esperar que el tiempo le deja-
por entonces, se acostumbraba difícilmente á ra proseguir su camino.
aquel carácter indomable, ébrio de libertad; y no
Cuando Musette entró en casa de la señora Si-
sin sentirse aguijoneado por cierta impaciencia
donia, encontró allí una numerosa tertulia. Esta-
mezclada con celos, esperó la vuelta de Musette
después que la vió partir para ir á casa de Mar- ban continuando una partida de lansquenete que
celo hacía tres días que duraba.
— ¿ S e quedará allí?—se preguntó durante toda — N o se incomoden ustedes—dijo Musette,—no
hago más que entrar y salir.
la noche el joven clavándose ese interrogante en
—¿ Has recibido la carta de Marcelo?—le susu-
el corazón.
rró al oído la señora Sidonia.
—¡ Ese pobre Mauricio—se decía Musette por
Sí—respondió Musette;—voy á su c a s a ; me
su parte,—halla todo eso algo violento! ¡ Qué JUI-
LA BOHEME 135
ENRIQUE MÜRGER
134
Aquí faltan mujeres—dijo de pronto Schau-
ha invitado á comer. ¿Quieres venir conmigo? T e
nard.
divertirás. . . — ¡ V i v e Dios! — aulló Colline. — ¿ T e callarás
—¡ Ah, no, no p u e d o ! — e x c l a m ó Sidoma, desig-
con tus observaciones libertinas? Hemos conve-
nando la mesa de j u e g o . — ¿ Y mi alquiler? nido en que no se hablaría de amor, porque agria
— H a y seis luises—dijo en alta voz el banquero
las salsas.
que mezclaba la b a r a j a . Y los amigos volvieron á beber á g r a n d e s sor-
—¡ Yo p o n g o dos!—gritó la señora Sidoma. bos, mientras que por fuera la nieve caía siempre,
— N o soy intransigente, tallo por dos—respon- y en el h o g a r ardía con resplandor la leña man-
dió el banquero que había ya pasado v a n a s veces. dando cohetes de chispas.
—Rey y as. Estoy p e r d i d o - p r o s i g u i ó dejando E n el momento en que Rodolfo cantaba á toda
caer las cartas,—todos los reyes están muertos. voz la estrofa de una canción que acababa de leer
—Aquí no se habla de política—observó un pe- en el fondo de su copa, llamaron repetidamente á
la puerta.
riodista.
Al oir aquel ruido, como un buzo que tocando
Y el as es el enemigo de mi familia,—con-
con el pie el fondo del mar, vuelve á la superficie,
cluyó el banquero que dió vuelta todavía á un rey.
Marcelo, perturbado por un principio de borra-
— ¡ V i v a el rey!—gritó. Pero, señora Sidoma,
chera, se levantó presurosamente de su silla y
rftándeme usted dos luises. .
corrió á abrir.
—Teñios en la memoria,—exclamó Sidoma, fu- N o era Musette.
riosa por haber perdido. Un caballero apareció en el umbral, llevando en
— M e debe ya quinientos francos, h e r m o s a , — la mano un papelito.. Su aspecto parecía amable,
dijo el banquero.—Llegará usted á mil. L a paso pero su bata estaba muy mal confeccionada.
de mano. . , — P a r e c e que les encuentro á ustedes en buena
Sidoniacontinuó.
partida y Musette conversaban en voz b a j a . La
disposición—dijo al ver la mesa, en cuyo centro
A la misma hora próximamente se sentaban á aparecían los restos de una colosal pierna de car-
la mesa los bohemios. D u r a n t e toda la comida nero.
Marcelo estuvo inquieto. Cada vez que o,a rumor —¡ El casero!—exclamó Rodolfo:—que se le
de pasos en la escalera, se le veía P a l l d e c e r p rindan los debidos honores.
—J Qué tienes?—preguntaba R o d o l f o . - l arece Y se puso á tocar generala en su plato con el
que esperas á alguien. ¿ N o estamos todos acaso. cuchillo y el tenedor.
Pero por una mirada que le lanzó el artista, Colline le ofreció su silla, y Marcelo gritó:
comprendió cuál era la preocupación de su — V a m o s , Schaunard, una copa de lo claro para
a n el señor. Llega usted á tiempo—dijo el artista al
- E s v e r d a d - s e d i j o , - n o estamos todos
propietario.—Estábamos brindando á la salud de
L a mirada de Marcelo quiso decir M u s e t t e ; la
la propiedad. E s t e amigo, el señor Colline, estaba
mirada de Rodolfo quería decir Mimi.
— U n a orden de desahucio, precisamente—asin-
diciendo cosas conmovedoras. Y puesto que ha ve- tió Marcelo.—Yo deseaba verle para que tuviéra-
nido usted, volverá á empezar en su obsequio. mos una conferencia á propósito de aquella acta,
Empieza otra vez, Colline. que quisiera convertir en escritura de arrenda-
miento. Esta casa me gusta, la escalera es de-
Dispensen ustedes, señores—dijo el propieta-
cente, la calle muy alegre, y además, varias razo-
rio,—no quisiera estorbar. nes de familia, mil cosas me unen á esos muros.
Y desplegó el papelito que llevaba en la mano.
-—Pero—dijo el casero presentando otra vez el
— ¿ Q u é impreso es ese?—preguntó Marcelo.
recibo,—queda por liquidar el último trimestre.
El casero, después de pasear por la habitación
Ya lo liquidaremos, caballero, tal es precisa-
una mirada inquisitorial, vió el oro y la plata que
mente mi intención más íntima.
hablan quedado encima de la chimenea.
Mientras tanto el casero no quitaba los ojos de
— E s el recibo—dijo rápidamente,—que he teni-
la chimenea donde se hallaba el dinero, y la atrac-
do ya el honor de hacerle presentar otra vez. tiva fijeza de sus miradas llenas de avaricia era
E s verdad—dijo Marcelo,—mi fiel memoria tal, que las monedas parecía que danzaban y se
me recuerda perfectamente ese detalle; era un iban hacia él.
viernes, el ocho de octubre, á las doce y c u a r t o ; — T e n g o la fortuna de llegar en un momento en
está muy bien. que, sin serle gravoso, podremos saldar esta pe-
—Tiene ya mi firma—observó el propietario;— queña cuenta—dijo presentando el recibo á Mar-
y si no le fuese á usted molesto... celo, quien, sin tiempo para parar la estocada, se
—Caballero—dijo Marcelo,—deseaba verle. He desentendió una vez más y volvió á reanudar con
de hablar extensamente con usted. su acreedor la escena de don Juan con el señor
—Estoy á sus órdenes. Domingo (i).
H á g a m e usted el obsequio, antes, de tomar —-¿No tiene usted propiedades en provincias?—
un sorbo—prosiguió Marcelo obligándole á beber preguntó.
un vaso de vino.—Caballero—repitió el artista,— —¡Oh!—respondió el casero.—Poca c o s a ; una
usted me remitió ha poco un papelito... con una casita en Borgoña, una alquería, poca cosa, que
imagen que representa una señora sosteniendo no produce nada... los colonos no pagan... Así es
unas balanzas. El mensaje llevaba la firma de que—añadió volviendo á presentar el recibo,—
Godard. este pequeño cobro me viene de perilla... Son
— E s mi hujier—dijo el casero. sesenta francos, según ya sabe usted.
Por cierto que hace muy mala letra—observó
—Sesenta, sí — repitió Marcelo dirigiéndose
Marcelo.—Mi amigo, que sabe todas las lenguas
hacia la chimenea, de donde tomó tres monedas
—continuó designando á Colline—mi amigo trató
de oro.—Digamos sesenta—y puso los tres luises
de descifrar aquel despacho, cuyo porte cuesta
encima la mesa, á alguna distancia del casero.
cinco francos...
— E r a una orden de desahucio—dijo el casero,—
(i) De la comedia d e Molière.
como medida de precaución... es la costumbre.
—J Por fin!—murmuró éste, cuyo rostro se ani- adelantado. Es simpático este inquilino—pensó
mó súbitamente, y puso también su recibo sobre para sí mientras acariciaba los ciento veinte fran-
la mesa. cos con los ojos.
Schaunard, Colline y Rodolfo contemplaban la Al oir aquella proposición, los tres bohemios,
que no comprendían una palabra de la diplomacia
escena con inquietud.
de Marcelo, se quedaron estupefactos.
¡ Pardiez! caballero — exclamó Marcelo,—
— E s t a chimenea echa humo, y esto es muy mo-
puesto que es usted borgoñón, no se negará á
lesto.
decir dos palabras á un compatriota.
— ¿ P o r qué no me lo avisaba usted? Habría lla-
Y haciendo saltar el tapón de una botella de
mado al fumista—dijo el propietario, que no que-
Macón viejo, llenó un vaso para el casero.
ría ser inferior en deferencias.—Mañana mandaré
—¡ Delicioso!—dijo éste...—Nunca lo he bebido
los operarios.—Y habiendo terminado de llenar el
mejor. segundo recibo, lo unió al primero, los colocó
— E s de un tio mío que vive allí, y que me man- entrambos ante Marcelo, y aproximó de nuevo la
da algunas cestas de vez en cuando. mano al montón de dinero.—No sabe usted cuan
El casero se había levantado, y ya iba á exten- á tiempo me llega este dinero—dijo.—Tengo que
der la mano hacia el dinero que tenía ante sí, pagar algunas cuentas por reparaciones á mi in-
cuando Marcelo le detuvo otra vez. mueble... y me encontraba con dificultades.
— N o me rehusará usted otro vasito—dijo escan- —Siento haberle hecho esperar tanto—observó
ciando de nuevo y obligando al acreedor á chocar
Marcelo.
el vaso con el suyo y con el de los demás bohe-
— ¡ O h ! no me daba ningún cuidado... Seño-
mios.
res... T e n g o el honor...—y volvió á alargar la
El casero no se atrevió á rehusar. Bebió otra
mano.
vez, dejó su copa, y se disponía también á recoger
el dinero, cuando Marcelo exclamó: —¡ Oh! ¡ oh! permítame usted—exclamó Mar-
—A propósito, caballero, se me ocurre una idea. celo,—no hemos terminado aún. Y a sabe usted el
E n este momento estoy bastante bien de dinero. proverbio: cuando el vino está destapado...
Mi tio de Borgoña me ha enviado un suplemento Y volvió á llenar el vaso del propietario.
de pensión y temo disipar ese dinero. La juventud — H a y que beberlo...
no calcula, ya lo sabe usted... Si no le contrariara, —Tiene usted razón—dijo éste sentándose otra
le pagaría otro trimestre por adelantado. vez por cortesía.
Y tomando otros sesenta francos en escudos los E s t a vez, á una ojeada que les lanzó Marcelo,
reunió á los luises que estaban sobre la mesa. los bohemios comprendieron cual era su objeto.
—Entonces voy á extender un recibo del trimes-
Mientras tanto el casero, empezaba á mover las
tre que corre—dijo el propietario.—Traigo algu-
pupilas de un modo desusado. Se columpiaba en
nos en blanco en mi bolsillo—añadió sacando la
la silla, profería palabras licenciosas, y prometía
--artera.—Voy á llenarlo y á poner la fecha por
—Soy yo su angelito—dijo el casero tratando
á Marcelo, que le pedía algunas reparaciones en
la casa, fabulosas reformas para embellecerla. en vano de levantarse de la silla.
—¡ Perfectamente!—dijo Marcelo que le obser-
¡ Adelante la gruesa artillería!—dijo el artista
vaba,—ya ha echado anclas.
en voz baja á Rodolfo, indicándole una botella
—¡ Eufemia! ¡ Eufemia!—murmuraba Schau-
de ron. nard,—me has dado un gran disgusto.
Cuando hubo apurado la primera copa, el casero —Le he amueblado un pequeño entresuelo, en
entonó una canción licenciosa que hizo ruborizar la calle de Coquenard, número 12,—dijo el propie-
á Schaunard.
tario.—Está muy bonito... muy bonito... y me ha
Después de la segunda copa, relató sus infortu-
costado mucho dinero... Pero el amor sincero no
nios conyugales; y como su esposa se llamaba
tiene precio, y además tengo veinte mil francos
Elena, él se comparó á Menelao.
de renta... Ella me pide dinero,—prosiguió reco-
Después de la tercera copita, tuvo un acceso de
brando la carta.—¡ Pobre niña!... Voy á regalarle
filosofía y emitió algunos aforismos como los que
éste, y estará contenta...—y alargó la mano hacia
siguen:
el dinero preparado por Marcelo.- ¡ Hola, hola!—
«La vida es un rio.
exclamó con sorpresa mientras palpaba la mesa—
»La fortuna no da la felicidad.
¿dónde se ha metido?...
»El hombre es efímero.
»¡Qué agradable es el amor!» El dinero había desaparecido.
Y tomando á Schaunard por confidente, le — E s imposible que un hombre honrado se
contó sus relaciones clandestinas con una mucha- preste á tan culpables manejos—se dijo Marcelo.
cha á quien puso casa, y que se llamaba Eufemia. —Mi conciencia, la moral me prohiben dejar en
E hizo un retrato tan detallado de aquella joven, manos de este viejo libertino el dinero de los
de ingenua ternura, que Schaunard empezó á sen- alquileres. No p a g a r é ya el trimestre. Pero mi
tirse poseído de extrañas sospechas, que se convir- alma se quedará al menos sin remordimientos.
tieron en certidumbre cuando el casero le enseñó ¡ Qué costumbres! ¡ L'n hombre tan calvo!
una carta que sacó de su cartera. Mientras tanto el casero se había ido á pique y
—¡Cielos!—exclamó Schaunard al observar la pronunciaba en alta voz discursos insensatos á las
letra.—¡ Mujer cruel! Me hundes un puñal en el botellas.
corazón. Como hacía ya dos horas que estaba ausente,
¿ Q u é tienes?—exclamaron los bohemios, sor- su esposa, inquieta por él, envió la sirvienta á
prendidos por aquel lenguaje. buscarle, la cual, al verle, empezó á dar grandes
Mirad — dijo Schaunard, — esta carta es de voces.
E u f e m i a ; mirad este garabato que sirve de firma. —¿ Qué le han hecho á mi amo?—preguntó á los
—E hizo circular la carta de su ex-amante, que bohemios.
empezaba con estas palabras: —Nada—dijo Marcelo;—hace poco subió para
«Angelito mió.»
cobrar el alquiler; y como no teníamos dinero ble que no venga. Vamos, hasta mañana.—Y se
para pagarle, le hemos pedido una prórroga. durmió en un rincón del hogar.
En el momento en que Marcelo se dormía so-
— P e r o si está borracho—dijo la doméstica.
ñando en ella, la señorita Musette salía de casa de
—Lo principal ya estaba h e c h o — r e s p o n d i ó Ro-
su amiga, la señora Sidonia, donde había perma-
dolfo ;—cuando ha subido nos ha dicho que había
necido hasta entonces. Musette no iba sola, la
estado arreglando la bodega.
acompañaba un joven. Un coche esperaba á la
—Y había perdido de tal modo la cabeza—pro-
puerta; subieron ambos y marchó al galope.
siguió Colime,—que quería dejarnos los recibos
La partida de lansquenete continuaba en casa
sin cobrar. .
—Los devolverá usted á su esposa—anadió el de la señora Sidonia.
pintor entregándole los r e c i b o s ' - n o s o t r o s somos — ¿ P e r o dónde está Musette? — preguntó de
personas honradas, y no queremos aprovecharnos pronto uno.
— ¿ D ó n d e está el joven Serafín?—dijo otro.
de su estado. . ,
- ¡ Ah, señor! ¿ Q u é dirá la señor»ta?-exclamó La señora Sidonia se echó á reir.
la sirvienta arrastrando al casero, que no podía —Acaban de escaparse juntos,—dijo.—¡ Ja, ja!
tenerse en pie. Es un cuento muy gracioso. ¡ Qué original es esa
— j Por fin!—exclamó Marcelo. Musette! Fugúrense ustedes...
—Volverá m a ñ a n a - d i j o Rodolfo;—ha visto el Y explicó á la sociedad como Musette, después
dinero. , , „„ de haber casi reñido con el vizconde Mauricio,
—Cuando vuelva le amenazaré con revelar a su después de ponerse en camino para ir á casa de
mujer sus relaciones con la joven Eufemia, y nos Marcelo, había subido un instante, por casualidad,
concederá un plazo. y como allí se había encontrado con el joven
Cuando el casero hubo salido, los cuatro ami- Serafín.
gos se pusieron á beber y á fumar otra vez. Mar- —Yo ya sospechaba algo—dijo Sidonia inte-
celo, únicamente, conservó un sentimiento de rrumpiendo su relación;—les he estado observan-
lucidez en su embriaguez. A cada instante, al me- do toda la noche; no es tonto ese muchacho. En
nor ruido de pasos que oía en la escalera, corría una palabra—prosiguió,—se han marchado sin
á abrir la puerta. Pero los que subían, deteníanse decir oste ni moste y échenles ustedes un galgo
siempre en los pisos inferiores; entonces el artista Lo curioso del caso es que Musette está loca por
volvía lentamente á sentarse al lado de la lumbre. su Marcelo.
Tocaron las doce de la noche y Musette no había —Si es verdad que está tan loca, ¿por qué se
comparecido aún.
encapricha con Serafín, un niño casi? No ha tenido
- S e g u r a m e n t e — pensó Marcelo, — no estaba
aún ninguna querida,—dijo un joven.
en casa cuando le llevaron mi carta. La encon-
—Le querrá enseñar á leer—objetó el perio-
trará esta noche cuando vuelva, y vendrá manana
por la m a ñ a n a ; aun encontrará fuego. E s imposi- dista que se ponía muy tonto cuando perdía.
Cuando volvió á su casa, se acostó á toda prisa
— L o mismo da—prosiguió Sidonia—pero ya
y tuvo los más agradables sueños. Se veía llevan-
que ama á Marcelo, ¿por qué escapar con Serafin? do del brazo por los bailes, los teatros y los pa-
Esto es lo que me choca. seos á la señorita Laura, vistiendo trajes más ri-
—¡ Ay! si. ¿ P o r qué? cos que los que ambicionaba la coquetería de Piel
de Asno (i).
Durante cinco días, y sin salir de casa, los A las once del día siguiente, Rodolfo se levan-
bohemios estuvieron entregados á la vida más tó, según su costumbre. Su primer pensamiento
alegre de este mundo. Permanecían sentados á la fué p a r a la señorita Laura.
mesa desde la mañana hasta la noche. Un admi-
— E s una mujer distinguida,—murmuró;—es-
rable desorden reinaba en la habitación, cuya
toy seguro que ha sido educada en San Dionisio.
atmósfera estaba cargada de pantagruélicos va- Al fin voy á conocer la dicha de tener una amante
pores. Sobre un entero banco de conchas de que no sea vulgar. Decididamente haré muchos
ostras estaba acostado un ejército de botellas de sacrificios por ella; me voy á buscar dinero á La
varias formas. La mesa estaba cubierta de restos- gasa de Iris, me compraré un par de guantes y
de todas clases, y en la chimenea ardía un conduciré á Laura á comer en un restaurant en
bosque. donde den servilletas. Mi t r a j e no está en muy
El sexto día, Collide, que era el maestro de buen estado, que digamos,—dijo mientras se ves-
ceremonias, compiló, según hacía cada mañana, tía:—pero ¡ bah! el negro viste mucho.
la lista del almuerzo, de la comida, de la merienda
Y salió para dirigirse á las oficinas de La gasa
y de la cena, y la expuso á la apreciación de sus
de Iris.
compañeros, rubricándola cada uno en señal de
Mientras atravesaba la calle, halló un ómnibus
asentimiento.
á cuyos lados se habían fijado carteles que de-
Pero cuando Colline abrió el cajón que servia
cían:
de caja, para tomar el dinero necesario para p a g a r
el gasto del día, retrocedió dos pasos y se puso
amarillo como el cetro de Banquo. Hoy, domingo, manarán las fuentes de
— ¿ Q u é hay?—preguntaron con indiferencia los Versalles

demás. ,
— H a y que sólo hay treinta sueldos—respondió Un rayo que hubiera caído á los pies de Rodol-
el filósofo. fo no le hubiera causado tan intensa impresión
—¡ Demonio! J demonio!—exclamaron aquéllos. como la lectura de aquel anuncio.
— E s t o nos obligará á modificar nuestra lista. —¡ Hoy, domingo! Lo había olvidado,—excla-
Serán treinta sueldos bien empleados... ¡Cierto
que no comeremos trufas! '11 Protagonista de u n o de los c u e n t o s más bonitos de Perrault.
Unos instantes después, la mesa estaba servida.
tomo i. io
m ó — m e será imposible hallar dinero. ¡ ¡ ¡ H o y — E s verdad,—dijo el crítico;—usted es una de
domingo!!! Todo el dinero de París está camino las cariátides de ese teatro. Hasta corre voz de
que es usted el que lo subvenciona. Pues bien,
de Vcrsalles. el favor que le pido es la revista de la obra nueva.
Sin embargo, impelido por una de esas fabulo-
-Es cosa fácil; tengo una memoria de acree-
sas esperanzas á las que se a g a r r a siempre el
dor.
hombre, Rodolfo corrió á su pcnodico, contando
—¿ De quién es esa obra?—preguntó el crítico á
con que una feliz casualidad pudiera haber lle- . Rodolfo, mientras éste escribía.
vado allí al cajero. — E s de un tal.
El señor Bonifacio había estado un instante,
-No debe estar muy fuerte.
en efecto, marchándose en seguida.
—Menos que un turco, seguramente.
P a r a ir á V e r s a l l e s , - d i j o á Rodolfo el mozo
- -Entonces n o será muy robusto. Los turcos,
de redacción. créalo usted, han usurpado su reputación de fuer-
- V a m o s , - d i j o R o d o l f o , - n o hay remedio.. tes, porque no podrían ser saboyanos.
Pero m e d i t e m o s , - p e n s ó . - M i cita no es hasta
—¿ Y qué es lo que puede impedírselo?
la noche. Son las doce; me quedan cinco horas
- - Q u e todos los saboyanos son auverneses y
para encontrar cinco francos, á v e i n t e sueldos la
todos los auverneses son mozos de cuerda. Ade-
hora, como los caballos del bosque de Bolonia.
más, no hay más turcos que los que se ven en los
¡ En marcha! . bailes de máscara de extramuros y los que venden
Y como se hallaba en un barrio donde vivía un
dátiles en los Campos Elíseos. El turco es un pre-
periodista á quien llamaba el crítico influyente, juicio. Tengo un amigo que conoce el Oriente, y
Rodolfo se propuso tantearle. me ha asegurado que todos los hijos de aquella
- E s t o y seguro que á ese le e n c u e n t r o , - d i j o nación han visto la luz en la calle de Coquenard.
mientras'subía las escaleras ; - e s su d.a de re — E s curioso lo que usted dice,—observó Ro-
vista, no hay cuidado de que salga. Le pediré dolfo.
cinco francos. , ¿ L e parece á usted?—dijo el crítico.—Lo voy
- ¡ H o l a ! ¿ E s usted?—dijo el literato al ver á
á poner en mi revista.
Rodolfo.—Llega usted á tiempo; he de pedirle
:—Ahí va mi crítica; está hecha con franqueza,
Un prosiguió Rodolfo.
--Qué será e l l o ? - p e n s ó el redactor de La
—Sí, pero es corta.
gasa de Iris. —Poniendo algunos guiones y desarrollando
— ¿ E s t u v o ayer en el Odeón? sus opiniones criticas, ocupará más espacio.
Yo voy siempre al Odeón. — N o tengo tiempo, amigo mío, y además mis
— H a b r á visto, pues, la nueva obra. opiniones críticas ocupan poco espacio.
¿ Cómo no? Yo soy el público del Odeón.
—¡Ah!—dijo Rodolfo poniéndose á escribir de
P o n g a usted un adjetivo á cada tres palabras.
nuevo,—no se escapa de que le pida diez francos;
- ¿ N o podría usted hilvanar á su análisis una
en estos tiempos las paradojas van tan caras como
corta ó más bien larga apreciación de la obra?
las perdices.—Y escribió unas treinta líneas de fri-
preguntó el crítico.
volidades sobre los pianos, los peces encarnados,
—¡ Demontre!—dijo R o d o l f o sin duda que ten-
la escuela del sentido común y el vino del Rhin, al
g o mis ideas respecto á la tragedia, pero he de
que llamaba vino de tocador.
advertirle que las he publicado tres veces en El
Muy bonito,—dijo el crítico;—tenga usted la
Castor y en La gasa de Iris. complacencia de añadir que el presidio es el sitio
— E s igüal ¿cuántas líneas harán sus ideas? del mundo en donde se encuentran más personas
—Cuarenta. honradas.
— ¡ C a r a m b a ! ¡usted tiene grandes ideas! Fues :—¿ Y eso, por qué?

bien, présteme esas cuarenta líneas. Porque hará dos líneas más. Bueno, ya está
_ • Bueno!—pensó R o d o l f o -si escribo por valor hecho,—dijo el crítico influyente, llamando á su
de veinte francos de original, no podrá rehusarme domésticd para que llevara su revista á la im-
cinco francos. Debo p r e v e n i r l e - d i j o al critico— prenta.
que mis ideas no son enteramente nuevas. \ an ya —Y ahora,—dijo Rodolfo,—démosle el sablazo.
enseñando los codos. Antes de imprimirlas, las he Y formuló gravemente su demanda.
vociferado por todos los cafés de París, y no queda ¡ Ay, amigo!—dijo el crítico.—No tengo un
ni un muchacho que no se las sepa de memoria. céntimo en casa. Lolotte me arruina á fuerza de
— ¡ Y á mi qué me importa!... ¿ N o me conoce pomadas, y en este momento acaba de desbaldar-
me llevándose hasta el último sueldo para ir á
usted? ¿ H a y acaso nada nuevo en el mundo, ex-
Yersalles á ver las Nereidas y los monstruos de
ceptuando
—Aquí lo la virtud?
tiene u s t e d - d i j o Rodolfo, cuando bronce vomitar chorros de agua.
hubo terminado.
—¡A Versalles! ¡Caramba!—dijo Rodolfo—
— j Rayos y centellas! Faltan todavía dos colum-
¡ pero esto es una epidemia!
nas... ¡Cómo colmaré este abismo ¡ - e x c l a m ó el
— ¿ Y para qué necesita usted dinero?
crítico.—Ya que está usted puesto, añada algunas — H e aquí el poema—prosiguió Rodolfo.—A las
paradojas. cinco de esta tarde tengo una cita con una mujer
— N o traigo e n c i m a - d i j o Rodolfo;—pero puedo de la buena sociedad, una persona distinguida,
prestarle algunas; únicamente que no son mías; que no sale más que en ómnibus. Quisiera unir
las compré por cincuenta céntimos á uno de mis mi destino al suyo por algunos días, y me parece
amigos que nadaba en la miseria. No han servido decoroso hacerle gozar de las dulzuras de la vida.
mucho aún. Comidas, bailes, paseos, etc., etc.: para ello nece-
— ¡ P e r f e c t a m e n t e ! — d i j o e l c r í t i c o .
sito imprescindiblemente cinco f r a n c o s ; si no los Rodolfo, ayudado por una elocuencia especial cuyo
encuentro, la literatura francesa quedará deshom secreto poseía en las grandes ocasiones, consiguió
rada en mi persona. que su planchadora le prestase dos francos, bajo
—¿ Por qué no pide usted esa suma á esa misma la garantía de dos tomos de poesías, de las roman-
señora?—observó el crítico. zas y del retrato de Barrot.
—Por la primera vez, la cosa no es posible. Sólo —¡ Vamos!—dijo mientras repasaba los puentes
usted puede sacarme del compromiso. va tenemos la salsa, ahora hay que encontrar
-Por todas las momias de Egipto le doy á usted las tajadas. ¡ Si fuera á ver á mi tío!
mi palabra de honor que no hay con qué comprar Media hora después estaba en casa de su tio
una pipa de un sueldo ni un cigarro de Virginia. Monetti, quién leyó en seguida en la cara de su
Sin embargo, tengo allí unos- libros viejos que se sobrino el objeto de su visita. Así es que se puso
podría usted pulir. en guardia y se adelantó á toda petición con una
-—Hoy domingo, imposible; la tía Mansut, Le- serie de recriminaciones por el estilo:
bigre y todas las piscinas de los muelles y de la Los tiempos están malos, el pan es caro, los
calle de San Jaime, están cerradas. ¿ Q u é son esos deudores no pagan, los alquileres corren, el co-
libros? ¿ T o m o s de poesía con el retrato del autor mercio se paraliza, etc., etc., todas las hipócritas
con anteojos? Esto ya no se compra. letanías de los tenderos.
A menos de que á ello le condene el tribunal ¿Creerás—dijo el tío—que me he visto obli-
de justicia—dijo el crítico.—Espere usted, aquí gado á pedir dinero á mi mozo para pagar una
tiene algunas romanzas y billetes para conciertos. letra?
Si se diera usted buena maña, podría sacar algún
—Debía habérmelo dicho—dijo Rodolfo.—Yo
dinero.
le hubiera prestado ese dinero; hace tres días re-
—Preferiría otra cosa: un pantalón, por ejemplo.
cibí doscientos francos.
j Vamos!—dijo el crítico—tome usted además
—Gracias, hijo—dijo su tío,—pero tú necesitas
este Bossuet y el busto de Odilón Barrot ( i ) ; pala-
lo tuyo... ¡ Ah! mientras estás aquí ya que tienes
bra de honor, esto es como tener ya el dinero en
buena mano, deberías copiarme algunas facturas
el bolsillo.
que he de enviar para el cobro.
V e o que pone usted toda su buena voluntad—
dijo Rodolfo.—Me llevo estos tesoros; pero si de - He aquí cinco francos que me saldrán caros-
todos juntos saco treinta sueldos, lo consideraré dijo Rodolfo poniendo manos á la obra, con pres-
como el décimotercio trabajo de Hércules. teza.
Después de haber corrido unas cuatro leguas, -—Querido tío—dijo á Monetti—sabiendo lo afi-
cionado que es usted á la música, le he traído
billetes para un concierto.
tt Célebre a b o g a d o y político f r a n c é s (1791-1873).
—Así me gusta, hijo mío. ¿Quieres quedarte á todo. Rodolfo fué á ponerse de acecho en las gra-
comer conmigo?... das del Palacio Real. E s t a vez la Providencia
—Gracias, tío, me. esperan á comer en el arrabal tardó mucho en presentarse; pero al fin Rodolfo
de San G e r m á n ; por cierto que estoy contrariado, pudo divisarla. Llevaba sombrero blanco, gabán
porque no he tenido tiempo de ir á casa á buscar verde y bastón con puño de oro... una Providencia
muy bien vestida.
dinero para comprarme unos guantes.
— ¿ N o tienes guantes? ¿quieres que te preste, E r a un joven muy servicial y rico, aunque
falansteriano.
los ijiíos?—dijo el tío.
—Gracias, nuestras manos no son iguales; si —¡ Cuánto me alegro de verle!—dijo á Rodolfo;
acompáñeme usted un rato, hablaremos.
usted quisiera prestarme...
—Vamos, voy á sufrir el tormento del falans-
—¿Veintinueve sueldos para comprarlos? Vaya
terio—murmuró Rodolfo dejándose llevar por el
que sí, hijo mío, aquí los tienes. Cuando se fre-
sombrero blanco, quien, efectivamente, le falans-
cuenta el gran mundo hay que presentarse bien.
teriano á más y mejor.
Vale más envidia que caridad, decía tu tía. Va-
Cuando estuvieron próximos al puente de las
mos, veo con gusto que te lanzas... T e hubiera
Artes, Rodolfo dijo á su compañero:
dado más—prosiguió—pero es lo único que tenía
—Le dejo á usted pues no tengo con qué pagar
en el m o s t r a d o r ; tendría que subir arriba y no el peaje.
puedo dejar la tienda sola: á cada momento vienen — N o importa—dijo el otro deteniendo á Ro-
compradores. dolfo y dando dos sueldos al inválido.
— ¿ N o decía usted que el comercio se parali- — H a llegado la hora—pensaba el redactor de
zaba? La gasa de Iris mientras atravesaban el puente; y
El tío Monetti hizo como que no oyera, y dijo al llegar al extremo, delante del reloj del Instituto,
á su sobrino, que se metía los veintinueve sueldos Rodolfo se detuvo de repente, señaló la esfera del
en el bolsillo: reloj con actitud desesperada y exclamó:
- No te apures por devolvérmelos. —¡Jesucristo! ¡las cinco menos cuarto! ¡estoy
— ¡ Q u é sanguijuela!—dijo Rodolfo escapando. perdido!
¡ Me he lucido! — exclamó — me faltan todavía — ¿ Q u é pasa?—dijo sorprendido el otro.
treinta y un sueldos. ¿ D ó n d e encontrarlos? Ahora - Pasa—respondió Rodolfo—que gracias á us-
se me ocurre. Vamos á la encrucijada de la Pro- ted, que me ha traído á pesar mío hasta aquí, he
videncia. faltado á una cita.
Rodolfo daba este nombre al punto más céntrico —¿ Importante?
de París, esto es, el Palacio Real. Un sitio donde —¡ Ya lo creo! una cuenta que debía ir á cobrar
es casi imposible permanecer diez minutos sin en- á las cinco... en Batignolles... Ya no podré lle-
contrar diez personas conocidas, acreedores sobre gar... ¡Jesucristo! ¿qué hacer?
¡ Pardiez! dijo el falansteriano—es muy sen- usted que deba arrepentirme por un acto de ingra-
cillo, venga á mi casa y le prestaré lo que necesite. titud, que es el pago de su sexo.
—¡ Imposible! Usted vive en Montrouge, y yo Señorita dijo Rodolfo—soy conocido por mi
tengo un asunto á las seis en la Calzada de Antin... constancia. Hasta tal punto que todos mis amigos
se admiran de mi fidelidad y me han puesto el
¡ Jesucristo!...
swbrenombre de general Bertrand (z) del amor.
—Podría ofrecerle unos sueldos que me quedan
—dijo tímidamente la Providencia...—muy pocos.
—Si tuviera lo bastante para tomar un coche, C¡ Persona c célebre p o r su fidelidad á N a p o l e ó n I quien
siguí > á l.i- islas d - Elba y de Sania Flcna «1773-tíH i».
tal vez podría llegar aún á Batignolles.
- E s t o es todo cuanto tengo, amigo, treinta y
un sueldos.
—¡ Démelos en seguida y voy corriendo!—dijo
Rodolfo que acababa de oír las cinco, y se apre-
suró á acudir á la cita.
— D u r o de roer ha sido el hueso—dijo contando
el dinero.—Cinco francos, como cinco soles. En
fin, estoy decente, y Laura verá que tiene que
habérselas con un hombre que sabe vivir. Esta
noche quiero volver á casa sin un céntimo. Hay
que rehabilitar las letras y probar que sólo les
falta dinero para ser ricas.
Rodolfo encontró á la señorita Laura en el lugar
de la cita.
—¡ Menos mal!—dijo entre sí.—Respecto á pun-
tualidad, es una mujer Bréguet (i).
P a s ó la noche con ella, y fundió espléndida-
mente sus cinco francos en el crisol de la prodiga-
lidad. La señorita Laura estaba prendada de sus
maneras, y aparentó no advertir que no era á su
casa donde la acompañaba Rodolfo, hasta que se
vió ante la puerta del cuarto de éste.
KSíDAÍ Dp- MS* 0
—Cometo una ligereza—dijo aquélla.—No haga
; re i* nmwrnmb
(1, Alodeá los relojes Bréguel. n o t a b l e s p o r su p r e c i s i ó n . Bré-
guet nació en NeuchStel (Suiza en 1747 y m u ñ ó en 18.3.
En aquel tiempo, Rodolfo estaba pérdidamente
enamorado de su prima Angela, que no le podía
sufrir, y el termómetro del ingeniero Chevalier
marcaba doce grados bajo cero.
La señorita Angela era la hija de Monetti, el fa-
bricante de estufas de quien hemos tenido ocasión
de hablar. La señorita Angela tenía diez y ocho
años, y acababa de llegar de la Borgoña, donde
había estado cinco años al lado de una parienta
que debía legarle su hacienda después de su muer-
te. Aquella parienta era una mujer vieja que nunca
había sido joven ni g u a p a , pero que había sido
siempre mala, á pesar de ser devota, ó precisa-
mente por eso. Angela, que al marcharse era una
niña encantadora, regresó al cabo de cinco años
transformada en una hermosa, pero fría, seca é in-
diferente joven. La vida retirada de provincia, las
prácticas de una devoción excesiva y la educación
fundada en mezquinos principios que había recibí-
do, habían llenado su espíritu de prejuicios vulga- Esta aventura ocurría en tiempo del génesis li-
res y absurdos, embotado su imaginación, y hecho terario de Rodolfo. Entonces no poseía otra renta
de su corazón una especie de órgano que se limi- que una pensión de quince francos al mes, que le
taba á llenar su función de péndulo. Angela tenía, pasaba uno de sus amigos, un g r a n poeta que,
por decirlo así, agua bendita en las venas en lugar después de una larga permanencia en París, había
de sangre. A su regreso, acogió á su primo con llegado á ser, merced á algunas protecciones,
una reserva glacial, y él no hizo más que perder maestro de escuela en provincia. Rodolfo, que te-
el tiempo ^-ada vez que probó de hacer vibrar en nía por madrina á la prodigalidad, gastaba siem-
ella la cuerda sensible de los recuerdos, memorias pre su pensión en cuatro d í a s ; y como no quería
del tiempo en que ambos habían esbozado aquella abandonar la santa y poco productiva profesión
pasioncilla á lo Pablo y Virginia, que es tradicio- de poeta elegiaco, vivía el resto del tiempo del
nal entre primitos. Esto no obstaba para que Ro- maná casual que cae lentamente de las cestas de
dolfo estuviera muy enamorado de su prima la Providencia. Aquella cuaresma no le espantaba ;
Angela, que no podía sufrirle; y habiendo sabido atravesábala alegremente, gracias á una sobrie-
un día que la joven debía asistir dentro de poco dad estoica, y á los tesoros de imaginación que de-
á un baile de bodas de una de sus amigas, se rrochaba cada día para llegar al primero del mes,
había entusiasmado hasta el punto de prometer á aquel día de Pascua que ponía término á su ayu-
Angela un ramo de violetas para ir al baile. Y An- no. En aquella época, Rodolfo vivía en la calle de
gela, después de haber pedido permiso á su padre, la Contraescarpa de San Miguel, en un g r a n case-
aceptó la galante oferta de su primo, insistiendo rón que se llamaba antiguamente el palacio de la
además porque las violetas fuesen blancas. Eminencia gris, porque el padre José, el alma con-
Rodolfo, completamente feliz por la amabilidad denada de Richelieu, había vivido en ella, según
de su prima, saltaba y cantaba mientras subía á se decía. Rodolfo ocupaba el sitio más alto de la
su Monte de San Bernardo. Así llamaba á su do- casa, uno de los más elevados con que cuenta
micilio. Pronto se verá por qué. Cuando atrave- París. Su cuarto, dispuesto en forma de mirador,
saba el Palacio Real, al pasar por delante la tienda era, dorante el verano, una deliciosa habitación;
de la señora Prevost, la célebre florista, Rodolfo pero de octubre á abril era un pequeño Kamt-
vió expuestas violetas blancas, y por curiosidad chatka. Los cuatro vientos cardinales, que pene-
entró para preguntar su precio. Un ramillete pre- traban por las cuatro ventanas que se abrían en
sentable no costaba menos de diez francos, pero los cuatro muros, acudían á ejecutar feroces cuar-
los había que costaban mucho más. tetos durante todo el invierno. Como por ironía,
—¡ Demonio!—dijo Rodolfo,—diez francos, y veíase además una chimenea cuya inmensa aber-
sólo dispongo de ocho días para buscar ese millón. tura parecía un arco de triunfo reservado á Bó-
Diíicilillo s e r á ; pero me es igual, mi prima tendrá reas y á todo su séquito. A los primeros ataques
su ramillete. Ya sé cómo. del frío, Rodolfo recurrió á un sistema especial de
Una mañana, Rodolfo se dirigió, salga lo que
calefacción; fué echando al fuego los pocos mue-
saliere, á pedir almuerzo á su amigo el pintor
bles que tenía, y al cabo de ocho días su mueblaje
Marcelo, á quien halló hablando con una mujer
quedó sensiblemente disminuido: no le quedaba
vestida de luto. E r a una viuda del barrio; había
más que la cama y dos sillas; hay que advert.r
perdido á su esposo recientemente, y fué á pre-
que estos muebles eran de hierro, y por lo tanto, guntar cuánto le llevaría por pintar en la tumba
asegurados contra incendios. Rodolfo llamaba á que había hecho levantar al difunto, una mano de
esta manera de calentarse, mudar de casa por la hombre, encima la cual había de escribirse:
chimenea.
Corría, pues, el mes de enero, y el termómetro, TE ESPERO, QUERIDA ESPOSA.
que marcaba doce grados en el muelle de las T r o -
neras, hubiera señalado dos ó tres más si hubiese Para obtener el trabajo más barato, la señora
sido llevado al mirador que Rodolfo había bauti- hizo observar al artista que cuando Dios la llama-
zado con los nombres de Monte de San Bernardo, ra á reunirse con su marido, debería pintar otra
Spitzberg y Siberia.
mano, su propia mano, adornada con un braza-
La noche en que prometió violetas blancas á su
lete, y con otra leyenda que debía estar concebida
prima, Rodolfo experimentó un ataque de ira al
así:
volver á su casa: los cuatro vientos cardinales ha-
bían roto otro cristal jugando por los cuatro rinco- YA ESTAMOS REUNIDOS...
nes del cuarto. Era el tercer destrozo de aquel gé-
nero en los últimos quince días. Rodolfo prorrum- —Yo pondré esta cláusula en mi testamento,—
pió en furibundas imprecaciones contra Eolo y decía la viuda,—y exigiré que el trabajo sea con-
toda su traviesa familia. Después de tapar aquella fiado á usted.
nueva brecha con el retrato de uno de sus amigos, —Siendo así, señora,—respondió el artista,—
Rodolfo se acostó vestido entre las dos tablas de acepto el precio que usted me ofrece... pero es con
borra dura que llamaba sus colchones, y toda la la esperanza del apretón de manos. No me olvide
noche soñó violetas blancas. ' en su testamento.
—Yo desearía que me entregara eso lo más
Al cabo de cinco días, Rodolfo no había hallado
pronto posible,—dijo la viuda;—no obstante, tó-
aún ningún medio que pudiera ayudarle á realizar
mese usted el tiempo que necesite y no olvide la
su ensueño y era ya la antevíspera del día en que
cicatriz en el pulgar. Quiero una mano viva.
debía regalar el ramillete á su p r i m a Durante
—Hablará, señora, esté usted tranquila,—dijo
aquellos días, el termómetro había bajado aun, y
Marcelo acompañando á la viuda hacia la puerta.
el desdichado poeta se desesperaba temiendo que
Pero, cuando estaba para salir, ésta volvió sobre
las violetas se habrían puesto más caras. Por hn,
sus pasos.
la Providencia tuvo piedad de él, y ahora veremos —Olvidaba preguntarle una cosa, señor pintor;
cómo acudió en su auxilio.
TOMO I.—II
yo quisiera hacer escribir para la tumba de mi ma- _ — ¡ O h ! ¡mucho más! Diríjase usted á él, se-
rido una composición en verso, en la que se rela- ñ o r a ; no tendrá por qué arrepentirse.
taran la buena conducta y las últimas palabras Después de haber explicado al poeta el sentido
que pronunció en su lecho de muerte. ¿Le parece de la inscripción que deseaba poner en la tumba
si es de buen tono? de su marido, la viuda convino con Rodolfo en
- _ ¡ Muy de buen tono! A eso le llaman un epita- darle diez francos, si quedaba contenta; la única
fio y es cosa de muy buen tono. condición era que quería los versos pronto. El
—¿ No conocería usted á alguien que hiciera eso poeta le prometió enviárselos al día siguiente sin
barato? Conozco á un vecino mío, el señor Gue- falta, por medio de su amigo.
rin, escritor, pero me ha pedido un ojo de la cara. ¡ Oh, mi buena hada Artemisa!—exclamó Ro-
Aquí Rodolfo lanzó una ojeada á Marcelo, que dolfo cuando se hubo marchado la viuda—yo te
comprendió en seguida. prometo que quedarás contenta; yo te saciaré de
—Señora,- dijo el artista señalando á Rodolfo, lirismo fúnebre, y la ortografía estará mejor que
—una feliz casualidad ha traído aquí la persona una duquesa. ¡ O h buena vieja, que el cielo te
qué puede serle útil en estas dolorosas circunstan- recompense dándote ciento siete años de vida,
cias. Él señor es un poeta distinguido, y difícil- como el buen aguardiente!
mente podría usted hallar quien le aventajara. —¡ Me opongo!—gritó Marcelo.
—Yo desearía especialmente que fuese t r i s t e , - Es verdad—dijo Rodolfo—olvidaba que has
dijo la viuda;—y que estuviese bien de ortografía. de pintar todavía otra mano después de su muerte,
—Señora,- dijo Marcelo—mi amigo se sabe la y que semejante longevidad te haría perder dine-
ortografía por la punta de los dedos: en el colegio ro.- Y levantó las manos al ciclo diciendo:—¡Se-
ganaba todos los premios. ñor! ¡ n o escuches mi plegaria! ¡Ah! ¡ q u é suerte
Toma—dijo la viuda—mi sobrino también ha he tenido en venir!
ganado un premio; y sin embargo, no tiene aún • -Y á propósito ¿qué querías de mí?—dijo Mar-
siete' años. celo.
—Muy precoz es ese niño—respondió Marcelo. —Voy.á decírtelo, pues con mayor motivo desde
—Pero—dijo la viuda insistiendo—¿ el señor que me veo obligado á perder la noche para escri-
sabe hacer versos tristes? bir esa poesía, no puedo prescindir de lo que ve-
;—Mejor que nadie, señora, porque ha sufrido nía á pedirte: Primero, de comer; segundo, tabaco
muchos disgustos en la vida. Mi amigo se distin- y una vela; y tercero, tu traje de oso blanco.
gue por los versos tristes, lo que le critican cons- —¿Acaso quieres ir al baile de máscaras? Tie-
tantemente los periódicos. nes razón, esta noche es el primero.
—¡ Cómo!—exclamó la viuda ¡ hablan de él en — N o ; pero tal como me ves, estoy .más helado
los periódicos! Entonces tiene mucho más talento que el gran ejército durante la retirada de Rusia.
que el señor Gucrin, el escritor. Mi gabán de lana verde y mi pantalón de merino
tra los elementos—dijo Rodolfo cayendo aniquila-
escocés son muy bonitos, no hay que decirlo; pero do en su silla. César pasó el Rubicón, pero no
son demasiado primaverales, y propios para vivir habría pasado el Beresina.
en el ecuador ; pero cuando se vive en el polo,
De pronto el poeta dió un grito de alegría desde
como yo, es mas conveniente un traje de oso blan-
el fondo de su pecho de oso, y se levantó tan brus-
co, diré más, es indispensable. camente que vertió parte de la tinta sobre la blan-
Toma el abrigo de pieles,- dijo Marcelo;— cura de su abrigo de pieles: acababa de ocurrírsele
has tenido una buena idea, porque es caliente una idea, tomada de Chatterton (i).
como una brasa, y estarás en él como pan en el Rodolfo sacó de debajo su cama un montón con-
horno. , . , siderable de papeles, entre los cuales había unos
•Rodolfo habitaba ya en la piel del an.mal ve- diez manuscritos enormes de su famoso drama
El Vengador. Ese drama, en el que había traba-
U
°—Ahora—di j o - e l termómetro se verá terrible- jado diez años, había sido hecho, modificado y re-
mente contrariado. hecho tantas veces, que las copias reunidas alcan-
— Pero vas á salir así?—dijo Marcelo a su zaban el peso de siete kilogramos. Rodolfo apartó
amigo, cuando hubieron terminado una comida el manucrito más reciente y arrastró los demás
frugal servida en vajilla marcada á cinco cént.mos frente á la chimenea
—¡ Estaba tan seguro de encontrarle aplicación
l a
R o d o l f o - f i g ú r a t e lo que se
- j T a r d i e z t - d i j o
—exclamó...—con paciencia! ¡ Q u é rico haz de
me da á mí del qué d i r á n ; además, hoy es princi- prosa! ¡ Ah! si hubiere previsto este caso, habría
pio de c a r n a v a l — Y atravesó todo P a r í s con la escrito un prólogo, y ahora tendría más combus-
gravedad del cuadrúpedo en cuya piel estaba em- tible... j Pero... bah! No se puede pensar en todo.
butido. Al pasar por delante del termómetro del Y pegó fuego en la chimenea á varias hojas del
ingeniero Cheválier, Rodolfo se detuvo á hacerle manuscrito, á cuya llama se desentumeció las ma-
una mueca. nos. Al cabo de cinco minutos, el primer acto de
Al entrar en su cuarto, no sin haber dado antes .El Vengador estaba ejecutado y Rodolfo había
un gran susto á su portero, el poeta encendió la escrito tres versos de su epitafio.
vela! rodeándola con gran cuidado con un cucuru- Nadie sería capaz de describir la sorpresa de los
cho de papel transparente, para imped.r las tretas cuatro vientos cardinales cuando advirtieron que
de los aquilones; y se puso á trabajar en segu.da. había lumbre en la chimenea.
Pero no tardó en apercibirse de que, si su cuerpo — E s una ilusión—sopló el viento del norte que
estaba casi preservado del frío, sus manos no o se divirtió en levantar el pelo de Rodolfo.
e s t a b a n ; y aún no había escrito dos versos de su
epitafio, cuando un dolor intenso inmovilizó sus (1) Poeta i n g l é s q u e se s u i c i d ó e n v e n e n á n d o s e i l o s l « a ñ o s ( 1 7 5 8 -
dedos, que soltaron la pluma. 1*:0).
- E l hombre más valiente no puede luchar con-
—Si sopláramos en el tubo repuso otro—la representación—dijo colocando debajo la cama los
chimenea echaría humo.—Pero cuando iban á em- manuscritos sobrantes.
pezar á importunar á Rodolfo, el viento del sur
Al día siguiente, á las ocho de la noche, la seño-
apercibió á Arago (i) en una ventana del Observa-
rita Angela entraba en el baile, llevando en la ma-
torio, desde donde amenazaba con el dedo á los
no un soberbio ramo de violetas blancas, en medio
cuatro aquilones.
de las cuales se entreabrían dos rosas, blancas
Al verlo, el viento del sur gritó á sus hermanos:
también. Toda la noche, el ramillete valió á la jo-
«Huyamos, el almanaque señala tiempo tranquilo
ven las felicitaciones de las mujeres y los requie-
para esta noche; estamos en contradicción con el bros de los hombres. Esto hizo que Angela que-
Observatorio, y si no nos acostamos antes de la dara un poquito agradecida á su primo, que le
media noche, el señor Arago nos hará arrestar.» había proporcionado todas aquellas pequeñas sa-
Mientras esto ocurría, el segundo acto de El tisfacciones de amor propio, y hubiera pensado
Vengador ardía con éxito completo. Y Rodolfo aún más en él sin las galantes persecuciones de un
había escrito seis versos. Pero sólo pudo escribir pariente de la novia que bailó varias veces con
dos mientras duró el tercer acto. ella. E r a un joven rubio, poseedor de unos Sober-
—Siempre había dicho que este acto era dema- bios bigotes retorcidos, que son los ganchos donde
siado corto—murmuró Rodolfo;—únicamente en se prenden los corazones novatos. El joven llegó
la representación se reconocen los defectos. Por hasta á pedir á Angela las dos rosas blancas que
fortuna, éste durará más: tiene veintitrés escenas, quedaban de su ramillete, deshojado por todo el
una de ellas la del trono que debía coronarme de mundo... Pero Angela había rehusado, para olvi-
gloria...—La última tirada de versos de la escena dar al terminar el baile las dos flores en una silla,
del trono desaparecía lanzando chispas, y á Ro- de donde el joven corrió á tomarlas.
dolfo le faltaba todavía escribir una estrofa de En aquel momento, había catorce grados de frío
seis versos. en el mirador de Rodolfo, quien, apoyado en su
—Pasemos al cuarto acto—dijo, aficionándose ventana, miraba hacia la barrera del Maine las lu-
al fuego.—Durará cinco minutos, todo él es mo- ces del salón de baile donde bailaba su prima
nólogo.—Luego echó el desenlace, que no hizo Angela, que no le podía sufrir.
más que arder y apagarse. Al mismo tiempo Ro-
dolfo encajaba en un magnífico período de lirismo
las últimas palabras del difunto en cuyo honor
acababa de trabajar.—Quedará para una segunda

•(1) .Célebre fisico v a s t r ó n o m o f r a n c é s , d i r e c t o r del O b s e r v a t o r i o


a s t r o n ó m i c o (178&-1853).
E I . CABO DE LAS TORMENTAS

En los meses que dan principio á cada nueva


estación, hay épocas terribles: el i.° y el 15 ordi-
nariamente. Rodolfo, que no podía ver sin espan-
to la aproximación de una ú otra de aquellas fe-
chas, las llamaba El Cabo de las Tormentas. Aquel
día no es la aurora la que abre sus puertas de
Oriente, sino los acreedores, los caseros, los hujie-
res y demás gente de letras... de cambio. Aquel
día empieza con un diluvio de avisos, de recibos
y de pagarés, y termina con una granizada de
protestas ¡ Dies irce!
Ahora bien, por la mañana de un 15 de abril,
Rodolfo estaba durmiendo muy tranquilamente...
y soñaba que uno de sus tíos le dejaba por testa- A la invitación de Rodolfo, respondió poniéndole
debajo los ojos un pequeño papel garabateado de
m e n t o toda una provincia del Perú, peruanas in-
signos y cifras de varios colores.
rlusive.
¿Quiere usted el recibo? Nada más justo.
Mientras estaba nadando en pleno Pactolo ima-
Traiga usted la pluma y el tintero. Allí, sobre la
ginario, el ruido de una llave que daba vuelta en
mesa.
la cerradura vino á interrumpir al presunto here-
—No, vengo á cobrar respondió el mozo co-
dero-en el momento más esplendoroso de su sueño
brador—un efecto de cincuenta francos. Estamos
dorado. á 15 de abril.
Rodolfo se incorporó ert la cama, con los ojos
- ¡ A h ! repuso Rodolfo examinando el paga-
\ el espíritu soñolientos aun, y miró á su alre- ré...—De orden de Birmann. Es mi sastre... ¡ Ay!
dedor. —añadió con tristeza dirigiendo alternativamente
Entonces divisó vagamente, de pie en medio de la mirada a una levita tirada encima de la cama
su cuarto, un hombre que acababa de entrar, ¡ y y al pagaré- las causas se van, pero los efectos
qué hombre! vuelven. ¡Como! ¿Hoy es el 15 de abril? ¡ Es ex-
Aquel forastero matutino llevaba un sombrero traordinario! ¡ Aun no he comido fresas!
de tres picos, un talego á la espalda y en la mano El mozo cobrador, cansado de tantas dilaciones,
una gran c a r t e r á ; vestía traje á la francesa de se marchó diciendo á Rodolfo:
lino gris, y parecía que estaba muy sofocado por —Tiene usted tiempo hasta las cuatro de la tar-
haber subido los cinco pisos. Sus maneras eran de para pagar.
muy afables, y su andar sonoro, como lo sería - N o hay hora para los hombres honrados,—
el de una casa de cambio á ser posible que cami- respondió Rodolfo. ¡ I n t r i g a n t e ! — añadió con
nara. pesar siguiendo con los ojos al banquero de tri-
Rodolfo se quedó asustado, pues cuando vió el cornio.—Se lleva su talego.
sombrero de tres picos y el uniforme, se figuró Rodolfo cerró las cortinas de su cama y trató de
que era un agente de orden público. reanudar el camino de su herencia; pero se equi-
vocó de dirección, y entró orgullosamente en un
Pero la vista del talego, bastante repleto, le
sueño, en que el director del Teatro Francés, ve-
persuadió de su error. nía, sombrero en mano, á pedirle un drama para
— ¡ A h , ya comprendo!—pensó—es un anticipo su teatro, y Rodolfo, que conocía las costumbres,
sobre mi herencia, este hombre viene de las Islas... exigía una buena prima. Pero en el momento en
Pero entonces ¿por qué no es negro?—Y haciendo que el director parecía que iba á resolverse, el
una seña al hombre, le dijo designándole el durmiente fué despertado á medias, otra vez por
la aparición de un nuevo personaje, criatura tam-
talego:
Ya sé lo que es. Déjelo allí. Gracias. bién del 15 de abril
El hombre era un mozo del Banco de Francia.
Era el señor Benoit, por mal nombre dueño del — ¿ Q u é es lo que debo á usted?—preguntó Ro-
cuarto amueblado en que vivía Rodolfo; el señor dolfo.
Benoit era á la vez casero, zapatero y usurero —En primer lugar, hay tres meses de alquiler á
de sus inquilinos; aquella mañana, el señor Be- veinticinco francos; total setenta y cinco francos.
noit exhalaba un repugnante olor de aguardiente —Salvo error,—dijo Rodolfo.—¿ Después?
malo y de recibos vencidos. Llevaba en la mano - D e s p u é s , tres pares de botas á veinte francos.
una bolsa vacía. —Un momento, un momento, señor Benoit, no
—¡ Diablo!—pensó Rodolfo...—Este no es el confundamos; aquí nada tengo que ver con el
director del Teatro Francés... ¡Llevaría corbata casero, sino con el zapatero... Quiero una cuen-
blanca... y la bolsa estaría llena! ta aparte. Los números son cosa seria, y no hay
—¡ Buenos días, señor Rodolfo! -exclamó el se- que confundirse.
ñor Benoit, acercándose á la cama. —Sea,—dijo el señor Benoit, suavizado por la
—¡ Señor Benoit... buenos días! ¿A qué debo el esperanza de poner, por fin, el saldo al pie de sus
honor de su visita? cuentas.—Aquí tiene usted una cuenta especial
—Venía á decirle que estamos á 15 de abril. para sus calzados. T r e s pares de botas, á veinte
— ¿ Y a ? ¡Cómo corre el tiempo! E s pasmoso, francos; son, sesenta francos.
tendré que comprarme unos pantalones de nan- Rodolfo lanzó una mirada de piedad á un par de
kin. ¡ E l 15 de abril! ¡ Alabado sea Dios! No se me botas destrozadas.
hubiera ocurrido á no ser por usted, señor Be- —¡ Ay!—pensó—si hubiesen servido al Judío
noit. ¡ Cuánta gratitud le debo! Errante, no estarían en peor estado. El caso es
—Me debe también ciento setenta y dos francos, que se han puesto así corriendo tras de María...
—contestó el señor Benoit,—y es tiempo ya de Continúe usted, señor Benoit...
que arreglemos esta pequeña cuenta. —Hemos dicho sesenta francos—prosiguió éste.
Por mi parte, no tengo prisa... No es necesa- - Además, dinero prestado, veintisiete francos.
rio que se moleste usted, señor Benoit. Le daré á —Alto ahí, señor Benoit. Hemos convenido en
usted tiempo... Así la cuentecita crecerá... que cada santo tendría su peana. Usted me prestó
.—Es que,—dijo el casero,—usted la ha apla- ese dinero á título de amigo. Así, pues, separe-
zado ya varias veces. mos el dominio del calzado y entremos en los do-
— E n este caso, arreglémosla, arreglémosla, se-
minios de la confianza y de la amistad, que
ñor Benoit; me eé completamente igual que sea
exigen cuenta aparte. ¿ A cuánto asciende su amis-
hoy ó mañana... Y después, todos somos morta-
tad conmigo?
les... Arreglémosla.
Una amable sonrisa iluminó las a r r u g a s del —A veintisiete francos.
propietario; y hasta pareció que la bolsa vacía se —Veintisiete francos. Muy barato le sale el ami-
hinchaba de esperanza. go, señor Benoit. En fin, decíamos: setenta y cin-
co, sesenta y veintisiete. . ¿ C u á n t o suma todo hubiera roto sin duda los miembros de algún
sillón.
esto?
—Ciento sesenta y dos francos—dijo el señor Sin embargo, salió profiriendo algunas ame- '
nazas.
Benoit presentando las tres cuentas.
—¡ Ciento sesenta y dos francos!—exclamó Ro- —¡ Olvida usted la bolsa!—le gritó Rodolfo lla-
mándole.
dolfo... ¡ E s extraordinario! ¡ Q u é cosa más her-
mosa es el sumar! Pues, bien, señor Benoit, ahora —¡ Qué oficio!—murmuró el desdichado mucha-
que está arreglada la cuenta, podemos ambos es- cho cuando estuvo solo.—Preferiría ser domador
tar tranquilos, sabemos así á qué atenernos. El de leones. Pero—prosiguió Rodolfo saltando de la
mes que viene le pediré el recibo, y como durante cama y vistiéndose apresuradamente,—no puedo
este tiempo la confianza y la amistad que nos te- permanecer aquí. La invasión de los aliados con-
nemos no dejará de aumentar, en caso que con- tinuará.. Es preciso escapar, y además almorzar.
¡ T o m a ! ¿si fuera á ver á Schaunard? Le pediría
venga, podrá usted concederme un nuevo plazo.
que me pusiera cubierto en la mesa y además
No obstante, si el casero y el zapatero tuvie-
algunos sueldos. Cien francos me bastarán... Va-
ran mucha prisa, rogaría al amigo que les hiciera
mos á casa Schaunard.
entrar en razón. Es curioso, señor Benoit; pero
cada vez que recuerdo su triple carácter de propie- Y mientras bajaba la escalera, Rodolfo encon-
tario, de zapatero y de amigo, estoy tentado de tró al señor Benoit que acababa de sufrir nuevos
creer en la Santísima Trinidad. descalabros de los demás inquilinos, según atesti-
Mientras escuchaba á Rodolfo el amo de casa se guaba su bolsa vacía, un objeto de arte.
había puesto encarnado, verde, amarillo y blanco; —Si alguien pregunta por mf, diga usted que
y á cada nueva broma de su inquilino, aquel arco me he marchado al campo... á los Alpes...—dijo
iris de la ira iba obscureciéndose más y más en su Rodolfo. O bien, no, diga que ya no vivo aquí.
rostro. - Y diré la verdad,—murmuró el señor Benoit,
dando á sus palabras un acento muy significativo.
—Caballero—dijo,—no me gusta que nadie se
burle de mí. He esperado excesivamente. Queda Schaunard vivía en Montmartre. Había que
usted despedido, y si esta noche no me da usted atravesar todo París. Aquella peregrinación era
dinero... yo sé lo que tengo que hacer. de las más peligrosas para Rodolfo.
— Hoy—decía entre sí—las calles están empe-
-¡Dinero! ¡dinero! ¿Acaso se lo pido yo?— dradas de acreedores.
dijo Rodolfo;—y además, si lo tuviera tampoco Sin embargo, no tomó por los bulevares exte-
se lo daría... Es viernes, y esto me traería des- riores, según deseaba. Una fantástica esperanza,
gracia. por el contrario, le dió valor para seguir el itinera-
La cólera del señor Benoit se cambiaba en hu- rio peligroso del centro parisiense. Rodolfo ima-
racán ; y si no le hubiese pertenecido él mueblaje, ginaba que, en uri día en que los millones se pa-
seaban en público en hombros de los mozos cobra- goría,—hace quince días que estoy en semana
dores, podría muy bien suceder que un billete de santa.
mil francos, abandonado en su camino, encontrara Para Rodolfo, esta respuesta era transparente
á su Vicente de Paul. Con esta ilusión iba Rodolfo como cristal de roca.
andando, con los ojos clavados al suelo. Pero no - ¡Arenques salados y rábanos! ¡ L o recuerdo
encontró más que dos alfileres. perfectamente!
Al cabo de dos horas llegó á casa de Schaunard. En efecto, Rodolfo conservaba aún salada la
—¡ Hola! ¿eres tú?—dijo éste. memoria de cierto tiempo en que estuvo reducido
Sí, vengo á convidarme á comer. al consumo exclusivo de aquél pescado.
—¡ Ay, amigo mío! en mal punto llegas; acaba —¡Caramba! ¡ caramba!—exclamó—¡ esto es
de venir mi amante, á la que no había visto desde grave! Yo que venía á pedirte cien francos...
hace quince d í a s ; si hubieses llegado tan sólo diez - ¡ Cien francos!—prorrumpió Marcelo.—¡ H a s
minutos antes... de vivir siempre de ilusiones! ¡ Venirme á pedir
— ¿ Y no podrás prestarme un centenar de fran- esta suma mitológica en una época en que se está
cos?—replicó Rodolfo. siempre por debajo del ecuador de la necesidad!
Iú has tomado opio...
— ¡ C ó m o ! ¿ t ú también?—respondió Schaunard
en el colmo de la sorpresa...—¿Tú también vienes —¡ Ay!—dijo Rodolfo—no he tomado nada.
Y dejó á su amigo á orillas del Mar Rojo.
á pedirme dinero? ¿ t e confabulas con mis ene-
De las doce á las cuatro, fué metiendo la nariz
migos?
— T e los devolveré el lunes. en casa de todos sus conocidos, siguiéndolas una
— O por la Trinidad. Querido, ¿olvidas á qué por u n a ; recorrió los cuarenta y ocho barrios y
día estamos? Hoy no puedo hacer nada por ti. anduvo cerca de ocho leguas, sin resultado algu-
Pero no hay que desesperar por eso, aun no se ha no. La influencia del 15 de abril se hacía sentir en
acabado el día. Puedes esperar todavía en la todas partes con idéntico rigor; y mientras tanto
la hora de comer se aproximaba. Pero no parecía
Providencia, que no se levanta nunca antes de
que la comida se aproximara al propio tiempo que
mediodía.
la hora, y Rodolfo se creyó en la balsa de La
¡Ah!—repuso Rodolfo—la Providencia está Medusa.
demasiado ocupada en cuidar á los pajarillos. Voy
Cuando estaba atravesando el puente nuevo, se
á ver á Marcelo.
le ocurrió de pronto una idea:
Marcelo vivía entonces en la calle de Breda. Ro-
—¡Ahora que me acuerdo!—dijo volviéndose
dolfo le encontró muy triste ante su gran cuadro
atrás—el 15 de abril... el 15 de abril... y o estov
que debía representar el paso del Mar Rojo. convidado para hoy.
— ¿ Q u é tienes?-—preguntó Rodolfo al e n t r a r . - Y registrando su bolsillo, sacó un billete impre-
¿ E s t á¡Ay!—exclamó
s preocupado? el pintor valiéndose de la ale- so concebido así:
TOMO I.—12
— ¡ O h ! -dijo Rodolfo, saliendo con todo el
BARRERA D E LA VILLETTE
mundo.—¡ La fatalidad acaba de tirar por tierra
mi sopa!
A L G R A N V E N C E D O R Y tomó tristemente el camino de su domicilio,
donde llegó hacia las once de la noche
Salón -para 300 cubiertos
El señor Benoit le esperaba.
BANQUETE ANIVERSARIO — ¡ A h ! ¿es u s t e d ? — d i j o el c a s e r o . — ¿ H a
tenido presente lo que le he dicho esta mañana?
E N H O N O R D E L N A C I M I E N T O
¿ T r a e usted el dinero?
del —Debo recibir esta noche; le p a g a r é mañana á
primera hora,—respondió Rodolfo buscando su
MESÍAS HUMANITARIO llave y su candelero en la portería.
el 15 de abril de 184... No encontró nada.
—Señor Rodolfo,—dijo el señor Benoit,—me
B O N O P A R A U N A P E R S O N A sabe mal., pero he alquilado su cuarto, y no tengo
disponible ningún o t r o ; tendrá que dirigirse á
N o t a . — S ó l o h a y d e r e c h o á m e d i a botella d e v i n o . otra parte.
Rodolfo tenía un alma muy grande, y una noche
— N o divido las opiniones de los discípulos del toledana no le asustaba. Además, en caso de mal
Mesías,—dijo para sí Rodolfo...—pero dividiría tiempo, podía dormir en un palco de proscenio del
sus alimentos.—Y con velocidad de ave, devoró la Odeón, lo que alguna vez había ya ocurrido. Así
distancia que le separaba de la barrera. es que reclamó tan sólo sus efectos al señor Be-
noit, cuyos efectos consistían en un lío de pa-
Cuando llegó á los salones del Gran Vencedor,
peles.
la multitud era inmensa...El salón de los tres-
cientos cubiertos contenía quinientas personas. Un — E s justo,—dijo el propietario;—no tengo de-
vasto horizonte de ternera con zanahorias se des- recho de retener aquéllo; han quedado en el escri-
arrollaba á la vista de Rodolfo. torio. Suba usted conmigo; si la persona que ha
Por fin se empezó á servir la sopa. tomado su cuarto no se ha acostado aún, podre-
Cuando los convidados iban á llevar la cuchara mos entrar.
á la boca, cinco ó seis personas vestidas de paisa- La habitación había sido alquilada durante el
no y varios guardias municipales, con un comisa- día á una joVen que se llamaba Mimí, con quien
rio al frente, hicieron irrupción en la sala. Rodolfo había empezado tiempo atrás un dúo de
—Señores,—dijo el comisario,—de orden de la amor.
autoridad superior, el banquete no puede tener
lugar. Ordeno á ustedes que se retiren. Se reconocieron en seguida. Rodolfo dijo algo
en voz baja al oído de Mimí y le estrechó suave-
mente la mano.
¿Oye usted cómo l l u e v e ? - d i j o el poeta lla-
mando su atención hacia la ruidosa tempestad que
acababa de estallar.
La señorita Mimí se dirigió directamente al se-
ñor Benoit, que esperaba en un rincón del cuarto.
Oiga usted,—le dijo la joven señalando á Ro-
dolfo...—El señor es la persona que esperaba esta
noche... Queda prohibida la entrada.
—¡ Ah!~ -exclamó el señor Benoit haciendo una
mueca.—-, Está bien!
Mientras la señorita Mimí preparaba á toda pri- XI

sa una cena improvisada, tocaron las doce.


Ah! - d i j o para sí Rodolfo,—ya ha terminado
el 15 de abril, he doblado por fin el cabo de las UN CAFÉ DE J.A BOHEMIA
Tormentas. Querida Mimí,—prosiguió luego le-
vantando la voz, estrechando entre sus brazos á la
hermosa joven y besándola en la nuca,—no le Vamos á explicar por qué serie de circunstancias
habría sido posible darme con la puerta en las Carlos Barbemuche, literato y filósofo plátonico,
narices. Tiene usted muy desarrollado el órgano llegó á ser miembro de la bohemia á los veinti-
de la hospitalidad. cuatro años de su edad.
En aquel tiempo, Gustavo Colline, el gran filó-
s o f o ; Marcelo, el gran pintor; Schaunard, el gran
músico, y Rodolfo, el g r a n poeta, según se llama-
ban entre sí, frecuentaban con regularidad el café
Momo, donde les habían dado el sobrenombre de
los cuatro mosqueteros, á causa de que les veían
siempre juntos. En efecto, llegaban y se marcha-
ban juntos, jugaban juntos, y algunas veces deja-
ban de pagar el gasto que hacían, como una
unidad digna de la orquesta del Conservatorio.
Habían escogido para reunirse, una sala donde
hubieran estado «ómodamente cuarenta personas;
en voz baja al oído de Mimí y le estrechó suave-
mente la mano.
¿Oye usted cómo l l u e v e ? - d i j o el poeta lla-
mando su atención hacia la ruidosa tempestad que
acababa de estallar.
La señorita Mimí se dirigió directamente al se-
ñor Benoit, que esperaba en un rincón del cuarto.
Oiga usted,—le dijo la joven señalando á Ro-
dolfo...—El señor es la persona que esperaba esta
noche... Queda prohibida la entrada.
—¡ Ah!~ -exclamó el señor Benoit haciendo una
mueca.—-, Está bien!
Mientras la señorita Mimí preparaba á toda pri- XI

sa una cena improvisada, tocaron las doce.


_ ¡ Ah! - d i j o para sí Rodolfo,—ya ha terminado
el 15 de abril, he doblado por fin el cabo de las UN CAFÉ DE J.A BOHEMIA
Tormentas. Querida Mimí,—prosiguió luego le-
vantando la voz, estrechando entre sus brazos á la
hermosa joven y besándola en la nuca,—no le Vamos á explicar por qué serie de circunstancias
habría sido posible darme con la puerta en las Carlos Barbemuche, literato y filósofo plátonico,
narices. Tiene usted muy desarrollado el órgano llegó á ser miembro de la bohemia á los veinti-
de la hospitalidad. cuatro años de su edad.
En aquel tiempo, Gustavo Colline, el gran filó-
s o f o ; Marcelo, el gran pintor; Schaunard, el gran
músico, y Rodolfo, el g r a n poeta, según se llama-
ban entre sí, frecuentaban con regularidad el café
Momo, donde les habían dado el sobrenombre de
los cuatro mosqueteros, á causa de que les veían
siempre juntos. En efecto, llegaban y se marcha-
ban juntos, jugaban juntos, y algunas veces deja-
ban de pagar el gasto que hacían, como una
unidad digna de la orquesta del Conservatorio.
Habían escogido para reunirse, una sala donde
hubieran estado cómodamente cuarenta personas;
peticiones, pidieron también El Castor. Se tomó,
pero se les veía siempre solos, pues habían acaba-
pues, una suscripción á El Castor, especial para
do por hacer inasequible el sitio á los habituales
los sombreros, que aparecía cada mes, adornado
concurrentes.
con una viñeta y un artículo de filosofía ó Varie-
El consumidor de paso que se aventuraba en
dades por Gustavo Colline.
aquel antro, era, desde que entraba, la víctima del
»2. 0 Dicho señor Colline y su amigo el señor
feroz cuarteto, y la mayor parte de las veces, esca-
Rodolfo se distraían de los trabajos de inteligencia
paba sin acabar de leer su gaceta y de tomar su
jugando al chaquete desde las diez de la mañana á
taza, cuyo sabor amargaban los inauditos aforis-
las doce de la noche; y como el establecimiento no
mos sobre el arte, el sentimiento y la economía
poseía más que un tablero de chaquete, las demás
política. Las conversaciones de los cuatro compa-
personas quedaban lesionadas en su afición á aquel
ñeros eran de tal naturaleza, que el mozo que
juego, gracias á acapararlo dichos señores, que
les servía se había vuelto idiota á la flor de su
cada vez que se les pedía, se limitaban á respon-
edad.
der: «—El chaquete se está leyendo; vuelvan ma-
No obstante, las cosas llegaron á tal punto de
ñana. » •,
arbitrariedad, que el dueño del café acabó por per-
»La sociedad Bosquet se hallaba, pues, reducida
der la paciencia, y una noche subió á exponer gra-
á relatarse sus primeros amores ó á jugar á las
vemente sus quejas:
cartas.
« i E l señor Rodolfo iba por la mañana á des-
»3. 0 El señor Marcelo, olvidando que un café
ayunarse y se llevaba á su salón todos los periódi-
es un sitio público, se ha permitido trasladar á él
cos del establecimiento; llegando su exigencia
su caballete, su caja de colores y todos los ins-
hasta incomodarse si encontraba las fajas rotas, lo
trumentos de su a r t e ; lleva, además, su incon-
que hacía que los demás concurrentes, privados
veniencia hasta hacer venir modelos de ambos
de los órganos de la opinión, se quedaran hasta la
sexos.
hora de comer, ignorantes como carpas, en mate-
»Lo cual puede ofender las costumbres de la so-
rias políticas. La sociedad Bosquet apenas si sa-
ciedad Bosquet.
bía los nombres de los miembros del último gabi-
»4. 0 Siguiendo el ejemplo de su amigo, el
nete.
señor Schaunard habla de traer su piano al café,
»El señor Rodolfo, había obligado además al café
y no tiene empacho de que se cante á coro un mo-
á suscribirse al Castor, del que era redactor en
tivo sacado de su sinfonía: Influencia del azul en
jefe. El dueño del establecimiento se había opuesto
las artes. El señor Schaunard ha ido aún más
al principio; pero como el señor "Rodolfo y compa-
lejos, pues ha deslizado en el farol que sirve de
ñía llamaban al mozo cada cuarto de hora, y le
muestra al establecimiento, un transparente en
pedían á voz en grito: « / E l Castor! ¡ tráenos El
el que se lee:
Castor!» algunos otros parroquianos, cuya curio-
sidad estaba excitada por aquellas furibundas
ve en la necesidad de rogar á la sociedad Colline
»CURSO GRATUITO DE MÚSICA VOCAL É INSTRU-
que busque otro sitio para establecer sus confe-
»MENTAL, PARA USO DE AMBOS SEXOS
rencias revolucionarias.»
»Dirigirse al mostrador. Gustavo Colline, que era el Cicerón de la banda,
tomó la palabra, y, á priori, probó al dueño del
»Lo que hace que dicho mostrador se vea inva- café que sus lamentaciones eran ridiculas y mal
dido por personas mal vestidas, que vienen á fundadas; que le hacían un gran honor escogiendo
informarse por dónde se pasa. su establecimiento para hacer de él un hogar de la
»Además, el señor Schaunard da citas en él á inteligencia; que su apartamiento y el de sus ami-
una señora que se llama Eufemia Tintorera, y que gos causarían la ruina de la casa, elevada, merced
se deja olvidadas sus ligas. á su presencia, á la altura de café artístico y lite-
»En su consecuencia el señor Bosquet, hijo, ha rario.
declarado que no volvería á poner los pies en un —El caso es—dijo el dueño del café—que uste-
establecimiento donde as! se ultraja la naturaleza. des y los que vienen á verles, consumen muy poco.
»5. 0 No contentos con hacer un consumo muy - E s t a sobriedad de que se queja usted, es un
moderado, esos señores han tratado de moderarlo argumento en favor de nuestras costumbres—re-
más aún. So pretexto de que han sorprendido en plicó Colline.—Por lo demás, depende de usted el
flagrante adulterio al moka del establecimiento que hagamos un gasto más considerable; bastaría
con la achicoria, han traído una maquinilla de es- para ello tenernos cuenta abierta.
píritu de vino, y se hacen ellos mismos el café, —Nosotros le proporcionaremos el libro de re-
que endulzan con el azúcar adquirido fuera á bajo gistro—dijo Marcelo.
precio, lo que constituye un insulto hecho al labo- El cafetero no se dió por entendido, y pidió al-
ratorio. gunas aclaraciones á propósito de la carta incen-
»6.° Corrompido por los discursos de esos se- diaria que Bergami había dirigido á su señora.
ñores, el mozo Bergami (llamado así con motivo Rodolfo, acusado de haber servido de secretario
de sus patillas), olvidando su humilde nacimiento á aquella pasión ilícita, protestó con vivacidad de
y despreciando todo recato, se ha permitido dirigir su inocencia.
á la señora del mostrador una composición en —Además—añadió—la virtud de su señora era
verso, en la que la excita á olvidar sus deberes de u:ia segura barrera que.
madre y de esposa; por el desorden de su estilo -¡ Oh!—dijo el cafetero con una sonrisa de or-
se ha podido reconocer que dicha carta ha sido gullo—mi señora ha sido educada en San Dio-
escrita bajo la influencia perniciosa del señor Ro- nisio.
dolfo y de su literatura. En una palabra, Colline acabó por envolverle
»En su consecuencia, y á pesar del sentimiento completamente entre los repliegues de su elocuen-
que le produce, el director del establecimiento se cia insidiosa, y todo se arregló con la promesa de
que los cuatro amigos no se harían el café por sí desconocido, sentado á una mesa solitaria en el
mismos, que el establecimiento recibiría en lo su- fondo de la sala, observaba el animado espec-
cesivo el Castor gratis, que Eufemia Tintorera no táculo que se ofrecía ante sus ojos, que tenían un
volvería á olvidar sus ligas; que el chaquete que- no sé qué de extraño.
daría á disposición de la sociedad Bosquet, todos Hacía cosa de quince días que se presentaba en
los domingos de las doce á las dos de la tarde, y la sala cada noche: era el único de los concurren-
sobre todo, que no se abrirían nuevos créditos. tes que había podido resistir el tremendo alboroto
Todo siguió sin incidentes durante algunos días. que hacían los bohemios. Los más feroces epigra-
La víspera de Navidad, los cuatro amigos llega- mas le habían dejado impasible; permanecía toda
ron al café acompañados de sus mujeres. la noche, fumando su pipa con una regularidad
Había la señorita M u s e t t e ; la señorita Mimí, la matemática, con la vista fija como si vigilara un
nueva amante de Rodolfo, una encantadora m a t u - tesoro, y el oído atento á cuanto decían á su alre-
ra cuya sonora voz tenía el timbre de una campa- dedor. En suma, su aspecto era afable y acomo-
na, v Eufemia Tintorera, el ídolo de Schaunard. dado, á juzgar por el reloj de bolsillo que llevaba
Aquélla noche Eufemia Tintorera llevaba las ligas sujeto con una cadena de oro. Y un día que Mar-
celo se había encontrado con él en el mostrador,
puestas. En cuanto á la señorita Colime, que nun-
le había sorprendido cambiando un luis para pa-
ca se dejaba ver, se había quedado como siempre
g a r el gasto. Desde entonces, los cuatro amigos le
en su casa, ocupada en poner comas á los manus-
designaron con el apodo de el capitalista.
critos de su esposo. Después del café, que, como
cosa extraordinaria, fué escoltado por un batallón De pronto Schaunard, que tenía la vista exce-
de copitas, pidieron el ponche. Poco acostumbra- lente, hizo notar que las copas estaban vacías.
do á tales esplendideces, el mozo se hizo repetir —¡ Pardiez!—dijo Rodolfo—hoy es noche bue-
por dos veces la orden. Eufemia, que no había es- na ; todos somos buenos cristianos, así es que pre-
tado nunca en el café, se mostraba extasiada y cisa hacer algún extraordinario.
sorprendida por beber en vasos con pie. Marcelo —A fe mía, que tienes razón,—prorrumpió
disputaba con Musette á propósito de su sombre- Marcelo;—pidamos cosas sobrenaturales.
ro nuevo cuyo origen le parecía sospechoso. Mimí —Colline,—añadió Rodolfo,—llama al mozo.
y Rodolfo, en plena luna de miel todavía, soste- Colline agitó la campanilla con frenesí.
nían una tácita conversación alternada de extra- - ¿Qué vamos á tomar?—dijo Marcelo.
ñas sonoridades. En cuanto á Colline, iba de mu- Colline se inclinó profundamente como un arco,
jer á mujer desplegando con galanura todas las y dijo, mostrando á las señoras:
delicadezas de estilo aprendidas en la colección —A las damas corresponde establecer el orden
del Almanaque de las Musas. y la marca de los vinos.
Mientras la alegre compañía se entregaba de Y o , - dijo Musette haciendo chasquear la len-
éste modo á las chanzas y á las risas, un personaje gua,-—no le temería al champagne.
j E s t á s loca?—exclamó Marcelo.—El cham-
pagne empieza por no ser vino.
— Mejor, á mi me gusta porque estalla.
_ Y o , — d i j o Mimi lanzando á Rodolfo una dulce
mirada,—prefiero vino de Beaune, en botellas de
mimbre.
— ¿ H a s perdido la cabeza?—exclamó Rodolfo.
No, pero la quiero perder,—respondió Mimi,
en quien el vino de Beaune ejercía una particular
influencia.
Su amante quedó fulminado por aquella frase.
—Y yo,—dijo Eufemia Tintorera, haciendo re-
botar su cuerpo á impulsos del elástico diván,—yo
quisiera Perfecto amor, porque es bueno para el
estómago.
Schaunard articuló con voz nasal algunas pala-
bras que hicieron estremecer á Eufemia d e los
pies á la cabeza.
- ¡ Ea! ¡ea!—gritó Marcelo.—Gastemos por va-
lor de cien mil francos, una vez en la vida.
V además,—añadió Rodolfo,—en el mostra-
dor se quejan de que no consumimos bastante.
Hay que dejarlos asombrados.
—Sí,—dijo Colline,-- entreguémonos á un es-
pléndido festín: por otra parte, debemos á estas
damas la obediencia más absoluta, el amor vive
de sumisión, el vino es el yugo del placer, el pla-
cer es el deber de la juventud, las mujeres son
flores y hay que regarlas. ¡ Reguémoslas! ¡ Mozo!
¡ Mozo!
Y Colline se colgó del cordón de la campanilla
con agitación febril.
El mozo llegó con la rapidez del viento.
Cuando oyó que hablaban de champagne, y de
beaune, y de diversos licores, su fisonomía reco-
rrió todas las gradaciones de la sorpresa.
Siento el estómago vacío,—dijo Mimí,—de
buena gana tomaría jamón.
—Y yo sardinas y manteca—añadió Musette.
Y yo rábanos, dijo á su vez Eufemia,—con
un poco de carne alrecfedor.
—Decid, pues, de una vez que queréis cenar,—
repuso Marcelo.
—Nos vendría muy bien, replicaron las mu-
jeres.
—¡ Mozo! suba usted lo necesario para c e n a r , -
dijo Colline gravemente.
El mozo se había puesto tricolor á fuerza de sor-
presas.
Bajó lentamente al mostrador, y dió parte al
dueño del café de las cosas extraordinarias que
acababan de pedirle.
El cafetero creyó que se trataba de una broma,
pero como sonara otra vez la campanilla, subió él
mismo y se dirigió á Colline, á quien tenía en
cierta estima. Colline le explicó que deseaban ce-
lebrar en su casa la solemnidad de la cena de no-
che buena, y que les sirviera lo que se le había
pedido.
El cafetero no respondió, y se marchó andando
hacia atrás haciendo nudos en la servilleta. Con-
sultó el caso, durante un cuarto de hora, con su
w mujer, y, gracias á la educación liberal que había
recibido en San Dionisio, la señora, que tenía una
debilidad por las bellas artes y las bellas letras,
comprometió á su esposo á que mandara servir la
cena.
—Tienes razón,—dijo el cafetero,—puede ser
muy bien que tengan dinero, aunque sólo sea una excelente pianista, pero un mal diplomático. Lle-
vez por casualidad. g ó al mostrador precisamente cuando el cafetero
Y dió orden al mozo de subir todo lo que se le acababa de perder la partida con su antiguo parro-
había pedido. Después se abismó en una partida quiano. Humillado por la vergüenza de tres capo-
de piquet con un antiguo parroquiano. ¡ Fatal im- tes, Momo estaba de un humor terrible, y á las
prudencia! primeras negociaciones de Schaunard, fué presa
Desde las diez á las doce de la noche el mozo de violento furor. Schaunard era buen músico,
no hizo más que subir y bajar las escaleras. A pero tenía un carácter deplorable, así es que res-
cada momento le pedían platos extraordinarios. pondió con algunas insolencias á doble presión. La
Musette se hacía servir á la inglesa y cambiaba de disputa se envenenó, y el cafetero subió á partici-
cubierto á cada bocado; Mimí bebía toda clase de par á la compañía que si no se le pagaba; no sal-
vinos de todas las copas; Schaunard tenía en el drían de allí. Colline trató de intervenir con su
gaznate un Sahara inalterable; Colline lanzaba elocuencia persuasiva, pero al notar la servilleta
ojeadas de fuego en todas direcciones, y mientras que Colline había convertido en hilachas, el cafe-
rompía con los dientes la servilleta, pisaba el pie tero redobló su cólera, y para resarcirse, se atre-
de la mesa, tomándolo por el de Eufemia. En vió hasta á poner su profana mano en el gabán
cuando á Marcelo y Rodolfo, no perdían los estri- avellana del filósofo y en los abrigos de pieles de
bos de la serenidad, y veían, no sin inquietud, las damas.
acercarse la hora del desenlace. Entre los bohemios y el dueño del estable-
El personaje desconocido consideraba aque- cimiento se entabló un fuego graneado de inju-
lla escena con cierta grave curiosidad; sus labios rias.
se entreabrían de vez en cuando como para son- Las tres mujeres echaban por sus bocas sapos y
reír; luego se oía un sonido semejante al de una culebras.
ventana de goznes enmohecidos al cerrarse. Era El personaje desconocido salió de su impasibili-
el desconocido que se reía por dentro. dad ; se levantó poco á poco, dió un paso, luego
A las doce menos cuarto, la señora del mostra- dos, adelantando con naturalidad; se acercó al
dor envió la cuenta. Esta alcanzaba alturas incon- cafetero, le llevó aparte y le habló en voz baja.
cebibles ; 25 francos y 75 céntimos. Rodolfo y Marcelo le seguían con la mirada. El
—Veamos — dijo Marcelo, — echemos suertes cafetero se marchó, por fin, diciendo al descono-
para ver quién irá á parlamentar con el cafetero. cido:
Esto va á ser muy serio. —Vaya si lo consiento, señor Barbemuche ;
Tomaron un juego de dominó y se jugó á la arréglese usted con ellos.
ficha más alta. El señor Barbemuche volvió hasta su mesa para
La suerte, desgraciadamente, designó á Schau- tomar el sombrero, se lo puso en la cabeza, hizo
nard como á plenipotenciario. Schaunard era un una conversión á la derecha, y en tres pasos llegó
al lado de Rodolfo y de Marcelo, se quitó el som- —El señor especula con nuestra situación,—
brero, se inclinó ante los hombres, saludó á las dijo,—y no debemos aceptar. Ha pagado nuestra
damas, se sacó su pañuelo, se sonó, y tomó la pa- cuenta; pero yo voy á jugar con él los veinti-
labra con acento tímido: cinco francos al billar, y todavía le daré algunos
—Perdónenme ustedes, señores, por la indis- tantos.
creción que voy á cometer,—dijo.—Hace mucho Barbemuche aceptó la proposición y tuvo el
tiempo que ardo en deseos de trabar conocimien- talento de perder; pero este hermoso rasgo le
to con ustedes, pero hasta ahora no había encon- granjeó la estimación de la Bohemia.
trado ocasión favorable para ponerme en relación Se separaron dándose cita para el día si-
directa. ¿ M e autorizan á aprovecharme de ésta guiente.
que se me ofrece? —Así,—decía Schaunard á Marcelo,—no le
—Sin duda alguna,—dijo Colline que compren- debemos n a d a ; nuestra dignidad está á cu-
dió á dónde iba á parar el desconocido. bierto.
Rodolfo y Marcelo saludaron sin pronunciar Y casi podríamos exigirle otra cena,—añadió
palabra. Colline.
La delicadeza excesiva de Schaunard, estuvo á
punto de dar el traste con todo.
—Oiga usted, caballero,—dijo con viveza,—us-
ted no tiene aún el honor de conocernos y las con-
veniencias se oponen á que... ¿Me haría usted el
favor de darme una pipa de tabaco? Por lo demás, W* ¿EfíglOAS DE NUtVO í€C/>

soy de la opinión de mis amigos BIBLIOTECA Ufamt7*r


Señores,—prosiguió Barbemuche,—soy como
ustedes, un discípulo de las bellas artes. Según lo "nLfÜKdO ñ t ' f t y
,
odo. 1625 MOrtTEftR£Yi MEXICO
que he podido comprender oyéndoles hablar, nues-
tros gustos son los mismos, y tengo el ferviente
deseo de ser uno de sus amigos y de reunirme aquí
con ustedes cada noche... El propietario de este
establecimiento es un bruto, pero yo le he dicho
dos palabritas, y ustedes son libres de retirarse..
Me atrevo á esperar que no me negarán los medios
de reunirme aquí con ustedes, aceptando el ligero
servicio que..
El rostro de Schaunard se coloreó con el rubor
de la indignación.
TOMO L — 13
XII

UNA RECEPCIÓN EN LA BOHEMIA

Aquella misma noche en que


había saldado de su bolsillo par-
ticular, en el café, la cuenta de
una cena consumida por los bo-
hemios, Carlos se había arregla-
do de manera que le acompa-
ñara Gustavo Colline. Desde que
asistía á las reuniones de los
CUatr
i j l l é ü s ^ ° a m i g " ° s e n e l saloncito
ñ M í l ^ donde Ies había sacado de su
apuro, Carlos se había fijado es-
pecialmente en Colline, y sentía
. y a u n a simpática atracción por
aquel Sócrates, del que más tarde había de ser el
I latón. Por esta razón le había escogido desde
h.ego para que fuera su introductor en el cenáculo.
I or el camino, Barbemuche ofreció á Colline que
entraran á tomar algo en un café que estaba abier-
T u i / T ° C ° I , Í n e 0 0 s o ' a m e n t e rehusó, sino
Z Y l Í¿I*50*1 P3sar
P°r deJante del
^tado
ca é, hundiéndose hasta los ojos su sombrero de
n el tro hiperfísico.
—¿ Por qué no quiere usted entrar?—dijo Bar-
bemuche, insistiendo con verdadera cortesía.
— T e n g o mis razones—replicó Colline:—hay en cristales de la puerta. Tomadas estas precaucio-
ese establecimiento una señora de mostrador que nes, pareció menos inquieto y mandó traer un bol
se ocupa mucho en ciencias exactas, y no podría de ponche. Algo excitado por el calor del brebaje,
evitar el sostener con ella una larga discusión, lo Barbemuche se hizo más comunicativo; y después
que trato de evitar no pasando jamás por esta de haber dado algunos detalles relativos á sí mis-
mo, se atrevía á manifestar la esperanza que había
calle á mediodía, ni durante las demás horas de
concebido de formar oficialmente parte de lo so-
sol. ¡ Oh! la cosa es muy sencilla—prosiguió Co-
ciedad de los bohemios, y solicitó el apoyo de Co-
lime—he vivido en este barrio con Marcelo.
lime para que le ayudara á realizar con éxito su
—Pues yo hubiera querido ofrecerle un vaso de
ambicioso proyecto.
ponche y conversar un momento con usted. ¿ N o
Colline respondió que por su parte estaba á la
habría por estos alrededores algún sitio donde pu-
completa disposición de Barbemuche, pero que
diese usted entrar sin que le detuvieran ciertas no obstante, nada podía asegurar en términos
dificultades... matemáticas?—añadió Barbemuche, absolutos.
que juzgó propio de la ocasión el mantenerse en
una esfera altamente espiritual. - Y o le prometo mi v o t o - d e c í a — p e r o no puedo
arrogarme la responsabilidad de disponer del de
Colline reflexionó un instante. mis compañeros.
-Aquí hay un pequeño local donde mi situación
M a s - d i j o Barbemuche—¿por qué motivos
es más clara—dijo. habrían de oponerse á mi admisión?
Y señaló una taberna. Colline depuso sobre la mesa el vaso que iba á
Barbemuche hizo una mueca y se quedó vaci- llevar á los labios, y con aire muy serio habló poco
lante. más ó menos así al audaz Carlos:
—¿ Es sitio decente?—preguntó: —¿ Usted cultiva las bellas artes?
Viendo su actitud glacial y reservada, su corte- - Y o laboro modestamente esos nobles campos
dad de palabra, su sonrisa discreta, y sobre todo de la inteligencia—respondió Carlos, que deseaba
viendo la cadena con dijes y su reloj. Colime esta- hacer gala de su pintoresco estilo.
ba persuadido de que Barbemuche era algún em- Colline halló bien dicha la f r a s e y se inclinó.
pleado de embajada, y pensó que temía compro- —¿Conoce usted la música?—prosiguió.
meterse entrando en una taberna. — H e tocado el contrabajo.
- E s un instrumento filosófico, porque produce
No tema usted que nos vea nadie—dijo ;—á
sonidos graves. Entonces, si conoce usted la mú-
estas horas todo el mundo diplomático está acos-
sica, ya comprenderá que no es posible, sin rom-
tado. per las leyes de la harmonía, introducir el quinto
Barbemuche se decidió á e n t r a r : pero en el fon- ejecutante en un cuarteto, porque dejaría así de
do de su alma, hubiera querido tener una nariz ser cuarteto.
postiza. Para mayor seguridad, pidió un gabinete
y tuvo buen cuidado de colgar una servilleta en los
Entonces sería un q u i n t e t o - respondió Carlos. — N o obstante, cuando hay cuatro, bien puede
haber cinco—aventuró Carlos.
-„-Cómo dice?—preguntó Colline.
C —Sí, pero ya no son cuatro.
-Quinteto. . .
—El pretexto es fútil.
Perfectamente, lo mismo que, s. a la I m u -
—Nada hay fútil en este mundo, todo está en
dad, ese divino triángulo, añade usted otra perso-
todo, los arroyuelos hacen los grandes ríos, las
na, ya no será la Trinidad, sino que será un cua-
sílabas hacen los alejandrinos, y las montañas
drado ¡y aquí tiene usted una religión quebran-
están compuestas de granos de a r e n a ; lo dice la
tada desde sus fundamentos!
Sabiduría de las naciones; en el muelle hay un
-Permítame u s t e d - d i j o Carlos, cuya inteli-
ejemplar.
gencia empezaba á sucumbir entre los zarzales
—¿Entonces usted cree que aquellos caballeros
del razonamiento de Colline; - no comprendo
opondrán algunas dificultades para hacerme el
bien... . . honor de admitirme en su íntima compañía?
Oiga bien y siga lo que d i g o - —prosiguió
— Y o así lo pienso, de caballo—dijo Colline, que
C o l l i n e . — ¿ C o n o c e usted la astronomía?
110 olvidaba nunca este chiste.
Un poco; sov bachiller.
- -Hay una canción de este título—exclamó Co- — ¿ Q u é dice usted?...—preguntó Carlos sor-
prendido.
lline.—Bachiller de Luisita... No recuerdo ya la
—¡Dispense... es una ocurrencia!—y Colline
música... Entonces debe usted saber que existen
añadió:—Dígame usted, señor mío, ¿cuál es el
cuatro p u n t o s cardinales. Pues bien, si aparecía
surco que cultiva usted con preferencia en los
un quinto punto cardinal, quedaría trastornada nobles campos de la inteligencia?
toda la harmonía de la naturaleza. Sena lo que
—Los grandes filósofos y los buenos autores
llaman un cataclismo. ¿Comprende usted.'
clásicos son mis modelos; yo me alimento con su
—Espero la conclusión.
estudio. Telémaco es el primero que me ha inspi-
—Efectivamente, la conclusión es el término del rado la pasión que me devora.
discurso, así como la muerte es el término de la
- -Telémaco se encuentra mucho entre los libros
vida, y el matrimonio es el término del amor. 1 ues
de lance del muelle—dijo Colline.—Se le encuen-
bien, querido señor, yo y mis amigos estamos tra á todas horas, yo lo compré por cinco sueldos,
acostumbrados á vivir juntos, y tememos que se porque se trataba de una g a n g a ; no obstante, con-
rompa, con la ingerencia de otra persona, la sentiría en deshacerme de él para servir á usted.
harmonía que reina en nuestro concierto de cos- Por lo demás, es una buena obra, bien escrita,
tumbres, opiniones, gustos y caracteres. Nosotros para su tiempo.
debemos llegar á ser un día los cuatro puntos car-
—Sí, señor,—prosiguió Carlos—la alta filosofía
dinales del arte contemporáneo; yo se lo digo 4
y la sana literatura, esa es mi aspiración. Según
usted sin ambajes, y acostumbrados á esta idea,
mi parecer, el arte es un sacerdocio.
nos molestaría ver un quinto punto cardinal.
—Sí, sí, sí...—dijo Colline, hay también una Así lo haré—dijo Carlos.
Al día siguiente, Colline cayó en medio del fa-
canción sobre este tema.
Iansterio bohemio; era la hora del almuerzo, y
V se puso á cantar:.
el almuerzo había llegado con la hora. Las tres
—Si, el a r l e es u n s a c e r d o c i o familias estaban sentadas á la mesa y se entrega-
S e p a m o s s e r v i r n o s de él. ban á una orgía de alcachofas con salsa de pi-
mienta.
Creo que lo cantan en el Roberto el Diablo—
—¡ Caracoles!—dijo Colline—os tratáis á cuer-
añadió. po de rey, y esto no puede durar. Vengo,—añadió
-Decía, pues, que siendo el arte una función en seguida,- en calidad de embajador del mortal
solemne, los escritores deben incesantemente... generoso que encontramos ayer noche en el café.
Perdone usted, c a b a l l e r o — i n t e r r u m p i ó Colli- ¿ T e envía acaso á pedir que le restituyamos
ne, que oyó que tocaba una hora muy a v a n z a d a - el dinero que nos adelantó ayer?—preguntó Mar-
va'á ser de día, y temo que esté inquieta una per- celo.
sona que me interesa; además, - s e murmuró á sí —¡Oh!—dijo la señorita Mimí,—¡nunca hubie-
mismo—le había prometido volver pronto á casa... ra creído tal cosa de él, porque tiene unos modales
¡ hoy es su día! tan distinguidos!
—Efectivamente, es tarde—dijo Carlos;—vá- —No se trata de esto,—respondió Colline;—ese
monos. joven desea ser de los nuestros, quiere tomar ac-
—¿ Vive usted lejos?—preguntó Colline.
ciones de nuestra sociedad, y participar de los
En la calle Real de San Honorato, núme- beneficios, se sobrentiende.
ro 10... Los tres bohemios levantaron la cabeza y se mi-
Colline había tenido en otro tiempo ocasión de raron recíprocamente.
frecuentar aquella casa, y recordó que era un — H e dicho—terminó Colline;—queda abierta la
magnífico palacio. discusión.
—Hablaré de usted á aquellos señores,—dijo á —¿ Cuál es la posición social de tu protegido?
Carlos al separarse—y esté seguro de que em- preguntó Rodolfo.
plearé toda mi influencia para que le sean favora- —No es mi protegido—replicó Colline:—ayer
bles... ¡ Ah! permítame que le dé un consejo. noche, al dejaros, me rogasteis que le siguiera;
— D i g a usted—-respondió Carlos. por su parte, me invitó á que le acompañara, por-
Sea usted amable con las señoritas Mimí, Mu- que se hallaba bien conmigo. Yo, pues, le seguí;
sette y E u f e m i a ; esas señoras ejercen mucha auto- una buena parte de la noche me ha colmado de
ridad sobre mis amigos, y sabiendo colocarles bajo atenciones y de licores escogidos, pero yo me he
la presión de sus amantes, llegará usted fácil- reservado, no obstante, mi independencia.
mente á obtener lo que se propone de Marcelo, - Muy bien—dijo Schaunard.
Schaunard y Rodolfo.
— Descríbenos algunos de los rasgos principales —Su condición es honrosa, es profesor de mu-
chas cosas en el seno de una familia rica. Se
de su carácter—añadió Marcelo.
llama Carlos Barbemuche, se come sus rentas
Grandeza de alma, .costumbres austeras, tiene
entre los refinamientos del lujo y vive en la calle
miedo de entrar en las tabernas, bachiller en
Real, en un buen cuarto.
letras, hostia de candor, toca el contrabajo,
naturaleza que cambia de vez en cuando cinco ¿ Un cuarto amueblado?
—No, los muebles son suyos.
francos.
—Pido la palabra, dijo Marcelo.—Es evidente
—Muv bien—dijo Schaunard.
para mí que Colline se ha dejado corromper; ha
—¿ Cuáles son sus esperanzas?
vendido de antemano su voto por una cantidad
Ya os lo he dicho, su ambición no tiene lími- mayor ó menor de copitas. No me interrumpas—
tes; aspira á tutearnos. dijo Marcelo, viendo que el filósofo se levantaba
¿ E s decir que nos quiere explotar?— replicó para protestar, responderás cuanto te toque. Co-
Marcelo. Quiere ser visto en nuestros carruajes. lline, alma venal, os ha presentado á ese extraño
— ¿ Q u é arte ejerce?—preguntó Rodolfo. bajo un aspecto excesivamente favorable, para que
Sí—prosiguió Marcelo,—¿en qué se ocupa? pueda ser el reflejo de la verdad. Ya os lo he di-
— ¿ S u arte?—dijo Colline.—¿En qué se ocupa? cho, yo vislumbro los propósitos de ese descono-
En literatura y filosofía á un tiempo. cido. Quiere especular sobre nosotros. Se habrá
—¿Cuáles son sus conocimientos filosóficos? dicho: Estos jóvenes atrevidos llegarán á abrirse
- Practica una filosofía provincial. Llama sacer- camino, si me uno á ellos, llegaré al mismo tiempo
al puerto de la fama.
docio al arte.
¡ L o llama sacerdocio!—dijo Rodolfo con es- —Muy bien—dijo Schaunard ;—¿ no hay más
panto. salsa?
Así dice.
— ¿ Y en literatura, cuál es su camino? —No—respondió Rodolfo,—la edición está ago-
—Frecuenta el T E L É M A C O . tada.
—Por otra parte—prosiguió Marcelo,—ese mor-
Muy bien—dijo Schaunard mascando los es-
tal envidioso que Colline patrocina, no aspira tal
tambres de las alcachofas. vez al honor de nuestra intimidad, sino impelido
¡Cómo! ¿muy bien, imbécil? — interrumpió por sus culpables pensamientos. Nosotros no esta-
Marcelo ¡—guárdate de repetir esto en la calle. mos solos aquí, señores,—continuó el orador lan-
Schaunard, contrariado por esta reprimenda, zando sobre las mujeres una mirada elocuente;—y
dió por debajo de la mesa una patada á Eufemia, el protegido de Colline, introduciéndose en nues-
que acababa de sorprender invadiendo su salsa. tro hogar bajo el manto de la literatura, podría
—Una vez más—dijo Rodolfo ;—¿ qué condición bien ser que resultara un falaz seductor. ¡ Reflexio-
ocupa en este mundo? ¿de qué vive? ¿su nombre, nad! Por mi parte, voto contra la admisión.
su casa?
- Pido la palabra para una rectificación—dijo —Veamos si logras desvanecerlos—dijo Mar-
Rodolfo. En su notable improvisación, Marcelo celo chanceándose.
ha dicho que el llamado Carlos quería introducirse — N o será más difícil que esto-—respondió Colli-
en nuestra casa, con objeto de deshonrarnos, bajo ne, apagando de un soplo la cerilla con que acaba-
el M A N T O D E L A L I T E R A T U R A .
ba de encender su pipa.
_ - E r a una figura retórica—dijo Marcelo. —¡ Qué hable! ¡ Qué hable!—gritaron en masa
- Protesto de esa figura; está mal dicha. La li- Rodolfo, Schaunard y las mujeres, para quienes el
teratura no tiene manto. debate ofrecía un g r a n interés.
Puesto que ejerzo aquí las funciones de rela- —Señores—dijo Colline,—aunque haya sido ata-
t o r — dijo Colline levantándose,—sostendré las cado con violencia y personalmente en este re-
condiciones de mi informe. Los celos que le devo- cinto, aunque se me haya acusado de haber ven-
ran perturban las facultades de nuestro amigo dido la influencia que puedo ejercer sobre vosotros
Marcelo; el grande artista es un insensato... por unas copas de alcohol, fuerte con mi concien-
—¡ Orden! gritó Marcelo. cia, no responderé á los ataques que se han diri-
—...un insensato hasta tal punto, que él, tan gido á mi probidad, á mi lealtad, á mi moralidad
buen dibujante, acaba de introducir en su discurso (Emoción). Pero hay una cosa que debo hacer res-
una figura cuya incorrección ha puesto de relieve petar. (El orador se da dos puñetazos en la barri-
el ilustrado orador que me ha precedido en esta ga). Es mi prudencia tan conocida por vosotros,
tribuna. y que acabáis de poner en duda. Se me acusa de
—¡ Colline es un idiota!—gritó Marcelo, dan- querer introducir entre vosotros á un mortal que
do tan fuerte puñetazo en la mesa, que determinó abriga propósitos hostiles contra vuestra dicha...
una profunda sensación entre la vajilla.—¡ Colline sentimental. Esta suposición es un insulto á la vir-
no sabe nada en materia de sentimiento, es incom- tud de estas damas, y además, un insulto á su
petente en la cuestión, porque tiene un libro de buen gusto. Carlos Barbemuche es muy feo. (Sig-
lance en lugar de corazón! (Risas prolongadas de nos negativos visibles en el rostro de Eufemia Tin-
Schaunard). torem. Ruido debajo la mesa. Es Schaunard que
Durante todo este tumulto, Colline sacudía con corrije á puntapiés la franqueza comprometedora
gravedad los torrentes de elocuencia contenidos en de su joven amiga).
los pliegues de su corbata blanca. Cuando se hubo —Pero—prosiguió Colline,—lo que va á redu-
restablecido el silencio, continuó su discurso de cir á polvo el miserable argumento de que mi ad-
esta manera: versario se ha hecho arma contra Carlos, con
—Señores, con una sola palabra voy á desvane- objeto de explotar vuestros temores, es que dicho
cer de vuestros espíritus los temores quiméricos Carlos es filósofo platónico. (Sensación en el ban-
que las sospechas de Marcelo hayan podido infun- co de los hombres, tumulto en el banco de las mu-
diros con respecto á Carlos. jeres).
¿ Q u é quiere decir platónico?—greguntó Eu- que debía abrir á Carlos la intimidad de la bohe-
femia. mia, Marcelo hizo poner á votación esta en-
— E s la enfermedad de los hombres que no se mienda:
atreven á buscar á las mujeres,—dijo Mimí;—yo «Como la introducción de un nuevo miembro en
tuve un amante así y lo abandoné á las dos horas. el cenáculo era cosa grave, y como un extraño po-
—¡ Qué tonterías!—exclamó la señorita Mu- día aportar en él elementos de discordia, igno-
sette. rando las costumbres, los carácteres y las opinio-
—Tienes razón, querida—le dijo Marcelo,—el nes de sus camaradas, cada uno de los miembros
platonismo en amor, es como echar agua al vino, pasaría un día con el citado Carlos, y se dedicaría
¿entiendes? Bebamos nuestro vino puro. á investigar su vida, sus gustos, su capacidad lite-
—¡ Y viva la juventud!—añadió Musette. raria y su guardarropa. Los bohemios se comuni-
La declaración de Colline había determinado carían enseguida sus impresiones particulares,
una reacción favorable á Carlos. El filósofo quiso resolviéndose después acerca la denegación ó la
aprovecharse del éxito del movimiento operado admisión: además, antes de ser admitido, Carlos
por su elocuente y hábil defensa. debía sujetarse á un noviciado de un mes, es decir,
—Ahora—prosiguió,—no veo la justicia de las que antes de este plazo no tendría derecho á tu-
tearles y de ir con ellos del brazo por la calle.
prevenciones que podrían elevarse contra ese jo-
Cuando llegara el día de la recepción, el recipien-
ven mortal, quien, al fin y al cabo, nos ha hecho
dario daría á su costa una fiesta espléndida. El
un g r a n favor. E n cuanto á mí, á quien se acusa
presupuesto de esos regocijos no podía elevarse á
de haber obrado irreflexivamente queriendo intro-
menos de doce francos».
ducirle entre nosotros, considero esta opinión
como atentatoria á mi dignidad. He obrado en Esta enmienda fué aceptada por mayoría de tres
este asunto con la prudencia de la serpiente; y si votos contra uno, el de Colline, que encontraba
un voto motivado no me concede esa prudencia, que no había suficiente confianza en él, y que la
presento mi dimisión. enmienda atentaba de nuevo á su prudencia.
¿Quieres hacerlo cuestión de gabinete?--dijo Aquella misma noche, Colline llegó expresa-
Marcelo. mente temprano al café, con objeto de ser el pri-
Sí—contestó Colline. mero en ver á Carlos.
Los tres bohemios consultaron entre sí, y de Xo tuvo que esperar mucho rato. Carlos llegó
común acuerdo acabaron por restituir al filósofo casi en seguida, llevando en la mano tres enormes
el carácter de alta prudencia que reclamaba. ramilletes de rosas.
Colline concedió en seguida la palabra á Marcelo, ¡ Hola! - dijo Colline sorprendido. — ¿Qué
quien, algo curado de sus prevenciones, declaró piensa usted hacer de este jardín?
que tal vez votaría por las conclusiones del rela- -Me he acordado del consejo que me dió a y e r ;
tor. Pero antes de pasar á la votación definitiva sus amigos vendrán sin duda con las señoras, y
para ellas he traído estas flores; ¿verdad que son
bonitas?
—Cierto, lo menos cuestan quince sueldos.
— ¿ L o cree usted así?—repuso Carlos:—en el*
mes de diciembre, podía usted decir quince fran-
cos.
—¡ Cielos!—exclamó Colline,—un terceto de es-
cudos por estos sencillos dones de Flora, ¡ qué
locura! ¿ E s acaso pariente de los Cordilliéres?
Pues bien, querido señor mío, ahí tiene quince
francos que nos veremos precisados á tirar por la
ventana.
— ¡ C ó m o ! ¿ Q u é quiere usted decir?
Colline contó entonces las sospechas celosas que
Marcelo había hecho concebir á sus amigos, y dió
conocimiento á Carlos de la violenta discusión que
tuvo lugar entre los bohemios á propósito de su
admisión en el cenáculo.
—Yo he protestado de que sus intenciones de
usted eran inmaculadas—añadió Colline,—pero no
por ello la oposición ha sido menos violenta.
Guárdese usted, pues, de renovar las celosas sos-
pechas que han podido concebir respecto de usted,
no mostrándose excesivamente galante con las
damas, y para empezar, hagamos desaparecer
estos ramilletes.
Y Colline tomó las rosas y las ocultó en un
armario que servía de depósito de objetos inútiles.
— P e r o aun no lo he dicho todo—prosiguió:—
esos señores desean, antes de ligarse íntimamente
con usted, dedicarse, cada uno en particular, á
una información sobre su carácter de usted, sus
gustos, etc.—Después, para que Barbemuche no
chocara con sus amigos, Colline le trazó rápida-
mente un retrato moral de cada uno de ios bohe-
mios.
—Procure usted hallarse de acuerdo con ellos
separadamente,—añadió el filósofo, y al fin todos
serán suyos.
Carlos se sometió á todo.
Los tres amigos llegaron poco después, acom-
pañados por sus mujeres.
Rodolfo se mostró cortés con Carlos, Schaunard
estuvo familiar, Marcelo permaneció frío. En
cuanto á Carlos, se esforzó en mostrarse alegre
y afectuoso con los hombres, manteniéndose indi-
ferente hacia las mujeres.
Al separarse por la noche, Barbemuche invitó á
Rodolfo á comer para el día siguiente. Unicamente
le rogó que fuera á su casa á medio día.
El poeta aceptó.
—Bueno—se dijo,—yo empezaré la información.
Al día siguiente, á la hora convenida, Rodolfo
se presentó en casa de Carlos. Barbemuche vivía
efectivamente en un hermoso palacio de la calle
Real, donde ocupaba un cuarto en que reinaba
un cierto confort. Pero lo que admiró á Rodolfo,
fué ver, en pleno día, las ventanas con los posti-
gos herméticamente cerrados, las cortinas corri-
das y dos bujías encendidas sobre la mesa, por lo
que pidió explicaciones á Barbemuche.
—El estudio es hijo del misterio y del silencio
—respondió éste.
Sentáronse y hablaron. Al cabo de una hora de
conversación, Carlos, con una paciencia y una
habilidad oratoria infinitas, supo formular una fra-
se que, á pesar de su humilde forma, era nada
menos que una amenaza á Rodolfo para que oyera
TOMO I . 14
un pequeño opúsculo que era el fruto de las vigi- ledad peligrosa de los desiertos de Sierra Mo-
lias del sobredicho Carlos. rena...»
Rodolfo comprendió que habia caído en el lazo. — ¿ D ó n d e estoy?—pensó Rodolfo aterrado por
Teniendo curiosidad, no obstante, de conocer el este principio. Carlos prosiguió leyendo el primer
color del estilo de Barbemuche, se inclinó cor- capítulo, todo él escrito por el mismo estilo.
tesmente, asegurando que estaba complacido de Rodolfo escuchaba sin fijarse é iba discurriendo
lo que... un medio de evadirse.
Carlos no entendió el resto de la frase. Se apre- —Me queda la ventana,—decía entre sí;—pero
suró á correr el pestillo de la puerta del cuarto, aparte de que está cerrada, nos hallamos en el
cuarto piso. ¡ A h ! Ahora comprendo todas sus
la cerró por dentro con llave, y volvió al lado de
precauciones.
Rodolfo. Luego tomó un pequeño cuaderno, cuyo
t a m a ñ o prolongado y escaso volumen hicieron — ¿ Q u é le parece á usted mi primer capítulo?
asomar una sonrisa de satisfacción á los labios del preguntó Carlos;—yo se lo ruego, no me oculte
sus censuras.
poeta.
Rodolfo creyó recordar que había oído algunos
— ¿ E s el manuscrito de su o b r a ? — p r e g u n t ó .
párrafos de filosofía declamatoria sobre el suici-
No—respondió C a r l o s , - e s el catálogo de mis
dio, proferidos por el llamado Lope, héroe de la
manuscritos, y busco el número del que usted me
novela, y respondió á todo evento:
permite leer... Aquí está: Don Lope, ó la fataU
—La gran figura de Don Lope está estudiada
dad, número 14. Está en el tercer e s t a n t e , - d i j o
con conciencia; me recuerda la Profesión de fe del
Carlos, y se dirigió á abrir un pequeño armario
vicario saboyano; la descripción de la muía de don
en el que Rodolfo divisó con espanto una gran
Alvaro me gusta infinitamente; diríase que está
cantidad de manuscritos. Carlos tomó uno, cerró
dibujada por Géricault. El paisaje presenta hermo-
el armario y fué á sentarse frente por frente del
sas líneas; en cuanto á las ideas, se ve la simiente
poeta. de Juan Jacobo Rousseau sembrada en el terreno
Rodolfo echó una ojeada sobre uno de los cua- de Lesage. Permítame una sola observación. Pone
tro cuadernos de que se componía la obra, escri- usted demasiadas comas, y abusa de la palabra en
ta en un papel grande como el Campo de Marte. adelante; es una bonita palabra que produce buen
_ ¡ Vamos—se dijo,—no está en verso, pero se efecto de vez en cuando, porque da cierto color,
titula D O N L O P E !
Carlos tomó el primer cuaderno y empezó su pero no conviene abusar de ella.
lectura así: Carlos tomó su segundo cuaderno y leyó otra
«En una fría noche de invierno, dos caballeros, vez el título de D O N L O P E , ó LA F A T A L I D A D .
envueltos en los pliegues de sus capas y monta- — H a c e tiempo conocí á un Lope—dijo Rodolfo;
dos en perezosas muías, caminaban uno al lado de -vendía cigarrillos y chocolate de Bayona; sería
otro por uno de los caminos que atraviesan la so- tal vez pariente del de usted...Siga, siga ...
Al terminar el segundo capítulo, el poeta inte- vida es vuestra, y os seguiré, lo mismo al cielo,
rrumpió á Carlos. que al infierno.»
¿Qué? ¿ n o siente usted la g a r g a n t a fat.gada? E n aquel momento llamaron á la puerta y una
N o—respondió Carlos ¡—ahora va usted á oír voz llamó á Carlos desde fuera.
la historia de Inesilla. — E s mi portero—dijo yendo á entreabrir la
- - M e g u s t a r á mucho... No obstante, si está us- puerta.
ted c a n s a d o - d i j o el poeta— no convendría... Era efectivamente el portero; llevaba una carta,
— ¡ C A P Í T U L O III!—leyó Carlos con voz clara. Carlos la abrió con precipitación.—Maldito con-
Rodolfo examinó atentamente á Carlos y obser- tratiempo,—dijo;—tenemos que dejar la lectura
para otra vez; acabo de recibir una noticia que me
vó que tenía el cuello muy corto y la tez san-
obliga á salir sin tardanza.
guínea.
—¡ Oh!—pensó Rodolfo—es una carta llovida
—Me queda aún una esperanza—pensó el poeta
del cielo; reconozco en ella el sello de la Provi-
cuando hubo hecho aquel descubrimiento.—La dencia.
apoplegía. —Si quiere usted—prosiguió Carlos,—podemos
—Pasemos al capítulo IV. Me hará usted el ir juntos al asunto que me indica el mensaje, >
favor de decirme qué le parece la escena de amor. después iremos á comer.
Y Carlos reanudó su lectura. —Estoy á sus órdenes—dijo Rodolfo.
En cierto momento en que miró á Rodolfo para Por la noche, cuando volvió al cenáculo, el poe-
leer en su rostro el efecto que le producía su diá- ta fué interrogado por sus amigos respecto á
logo, Carlos apercibió al poeta que, inclinado en Barbemuche.
la silla, tendía la cabeza en actitud de un hombre — ¿ E s t á s contento de él? ¿ T e ha tratado bien?
que escucha lejanos sonidos. —preguntaron Marcelo y Schaunard.
— ¿ Q u é tiene usted?—le preguntó. —Sí, pero me ha costado caro—respondió Ro-
—¡ Silencio! — dijo Rodolfo: — ¿no oye usted? dolfo.
¡ M e parece que tocan á fuego! ¿Si fuéramos á — j Cómo! ¿Acaso te ha hecho pagar, Carlos?—
verlo? preguntó Schaunard con creciente indignación.
Carlos escuchó un instante, pero no oyó nada. —Me ha leído una novela en cuyo interior se
nombra á don Lope y á don Alvaro, y en donde
—Me habrán zumbado los oídos—dijo Rodolfo
los galanes llaman á su amante Angel ó Demonio.
—continúe: Don Alvaro me interesa prodigiosa-
—i Qué horror!—dijeron todos los bohemios á
mente ; es un noble joven. coro.
Carlos prosiguió leyendo y puso toda la harmo- —Pero visto bajo otro aspecto—dijo Colline—
nía de su órgano en esta frase del joven Alvaro: dejando aparte la literatura, ¿cuál es tu parecer
«Oh, Inesilla, quien quiera que seáis, ángel ó sobre Carlos?
demonio, y sea la que quiera vuestra patria, mi
— E s un buen joven. Por lo demás, vosotros po- Carlos sabía que Marcelo era, entre los bohe-
dréis hacer personalmente vuestras observaciones. mios, el que ponía más obstáculos á su recepción
Carlos desea tratarnos á todos, uno después de en el cenáculo: así es que le trató con un cuidado
otro. Schaunard está invitado á comer para ma- especial; pero cuando se g a n ó por completo la vo-
ñana. Debo advertiros únicamente—añadió Rodol- luntad del artista, fué haciéndole concebir le espe-
fo,—que cuando vayáis á casa de Barbemuche, ranza de que le proporcionaría retratos entre la
desconfiéis del armario de los manuscritos, porque familia de su discípulo.
es un mueble peligroso. Cuando llegó el turno á Marcelo de emitir su in-
Schaunard fué exacto á la cita, y se entregó á forme, sus amigos no encontraron ya en él aque-
una investigación de perito subastador y de hujier lla hostilidad que de propósito había mostrado
que operen un secuestro. Así es que, cuando se contra Carlos.
reunió con sus compañeros por la noche, llevaba El cuarto día, Colline informó á Barbemuche
el espíritu lleno de n o t a s ; había estudiado á Carlos que quedaba admitido.
bajo el punto de vista de los objetos mobiliarios. —i Qué! ¿ M e han admitido?—dijo Carlos en el
- ¿ Q u é tal?—le preguntaron—¿cuál es tu opi- colmo de la alegría.
nión? —Sí—respondió Colline,—mas con correccio-
—Pues- repuso Schaunard,—que ese Barbemu- nes.
che está repleto de buenas cualidades; sabe los —¿ Qué quiere usted decir?
nombres de todos los vinos, y me ha dado á comer —Quiero decir que usted tiene todavía un cú-
platos delicados, como no saben hacerlos en casa mulo de pequeñas y vulgares costumbres de las
de mi tía el día de su santo. Me ha parecido que que deberá corregirse.
está íntimamente relacionado con los sastres de la —Haré cuanto pueda por imitarles—respondió
calle Vivienne y con los zapateros de los Panora- Carlos.
mas. He notado, además, que tiene aproximada- Durante todo el tiempo que duró su noviciado,
mente nuestra estatura, lo que hará que podamos el filósofo platónico frecuentó asiduamente á los
prestarle nuestra ropa si la necesita. Sus costum- bohemios; y puesto en condiciones de estudiar con
bres son menos severas de lo que Colline quería más profundidad sus costumbres, no dejaba algu-
dar á entender; se ha dejado llevar por todas par- nas veces de experimentar grandes sorpresas.
tes donde he querido, y me ha p a g a d o un almuer- l ' n a mañana, Colline entró en casa de Barbe-
zo en dos actos, el segundo de los cuales ha tenido muche con el rostro radiante.
lugar en una taberna del mercado donde soy cono- —¡ Hola, amigo!—le dijo,—es usted definitiva-
cido por haber celebrado algunas orgías durante mente de los nuestros, ya está resuelto. Falta de-
el carnaval. Carlos entró allí como hombre acos- signar únicamente el día de la gran fiesta y el sitio
tumbrado. ¡ He dicho! Marcelo está invitado para en que deba verificarse; vengo para ponerme de
Mañana, acuerdo con usted.
— E s t o marcha perfectamente,—respondió Car- —j Oh, querido maestro, cuánto se lo agra-
los:—los padres de mi discípulo están ahora en el dezco! Ciertamente, daremos la fiesta a q u í ; haré
c a m p o ; el joven vizconde, de quien soy el mentor, encender las arañas y quitar las fundas de los
me cederá por una noche las habitaciones: así es- muebles.
taremos con más comodidad; pero será preciso Por la noche, en el café, Barbemuche anunció
invitar al joven vizconde. que la fiesta tendría lugar el sábado siguiente.
— E s t o sería una cosa muy bonita,—respondió Los bohemios encargaron á sus amantes que
Colline;—asi le abriríamos los horizontes litera- pensaran en sus tocados.
rios; pero ¿cree usted que consentirá? No olvidéis—les dijeron,—que vamos á asis-
—Estoy seguro de antemano. tir á verdaderos salones. Así, pues, preparaos;
—Entonces, sólo nos falta fijar el día. trajes simples, pero ricos.
— Y a arreglaremos esto en el café esta noche— A contar desde aquel día, toda la calle quedó
dijo Barbemuche. enterada de que Mimí, Eufemia y Musette iban á
Carlos se fué inmediatamente á ver á su discí- frecuentar la alta sociedad.
pulo y le participó que acababa de ser recibido Por la mañana del día de la solemnidad, ocurrió
miembro de una alta sociedad literaria y artística, lo siguiente: Colline, Schaunard, Marcelo y Ro-
y que, para celebrar su recepción, pensaba dar un dolfo se dirigieron en corporación á casa de Bar-
banquete seguido de una pequeña fiesta; y al pro- bemuche, quien se sorprendió al verles tan tem-
pio tiempo le invitaba para formar parte de los prano.
comensales. — ¿ H a ocurrido algún inconveniente que obli-
— Y como usted no puede retirar tarde y la gue á aplazar la fiesta?—preguntó con cierta in-
fiesta se prolongará hasta la media noche, para quietud.
comodidad suya — añadió Carlos, — la daremos —Sí y no,—respondió Colline.—He aquí lo que
aquí, en estos salones. Francisco, el doméstico, •ocurre. Entre nosotros nunca hacemos cumpli-
es discreto, sus padres de usted nada sabrán, y mientos ; pero cuando debemos hallarnos con ex-
usted habrá contraído relaciones con las personas traños, queremos conservar cierto decoro.
de más talento de París, artistas, autores. — ¿ Y qué?—preguntó Barbemuche.
—¿ Conocidos? —Que—prosiguió Colline,—como nosotros he-
—Conocidos, ciertamente; uno de ellos es re- mos de encontrarnos esta noche con el noble
dactor en jefe de La gasa de Iris que recibe su joven que nos abre sus salones; por respeto hacia
madre de u s t e d ; son personas distinguidas, casi él y por respeto hacia nosotros mismos, que
célebres; yo soy amigo íntimo suyo; tienen buenas podría comprometer el aspecto casi desaliñado de
mujeres. nuestros trajes, venimos simplemente á pedirle si
— ¿ H a b r á mujeres?—dijo el vizconde Pablo. podría prestarnos, por esta noche, algunas pren-
—Enloquecedoras—repuso Carlos. das de corte más elegante. Nos es casi imposible,
ya lo comprende usted, entrar de blusa y de joven vizconde Pablo se acercó presurosamente á
gabán bajo los artesones de esta suntuosa resi- las damas y las condujo á los mejores sitios. Mimí
dencia. vestía un traje de alta fantasía. Musette iba com-
—Mas yo no poseo—dijo Carlos,—cuatro trajes puesta con un g u s t o provocativo. Eufemia parecía
negros. una ventana de vidrios de colores, y no se atrevía
— ¡ A h ! - dijo Colline—nos arreglaremos con lo á sentarse á la mesa. La comida duró dos horas y
que haya. reinó en ella la más cordial alegría.
—Vean ustedes, pues—repuso Carlos abriendo El joven vizconde Pablo pisaba con entusiasmo
un armario bastante bien provisto. el pie de Mimí, que estaba á su lado, y Eufemia
—Pero si aquí tiene usted un arsenal completo repetía de todos los platos. Schaunard se desliza-
de elegancias. ba entre pámpanos. Rodolfo improvisaba sone-
— ¡ T r e s sombreros!—dijo Schaunard extasiado; tos y rompía las copas marcando el ritmo.
— ¿ s e pueden poseer tres sombreros cuando no se Colline hablaba con Marcelo, que seguía malhu-
tiene más que una cabeza? morado.
— Y las botas—dijo Rodolfo.—¡ Mirad! -—¿Qué tienes?- le decía.
—¡ Qué si hay botas!—gritó Colline. -—Sufro horriblemente de los pies y esto me
E n un abrir y cerrar de ojos había escogido cohibe. Este Carlos tiene un pie de mujer.
cada uno un equipo completo. Entonces—dijo Colline,—bastará que se le dé
— H a s t a esta noche—dijeron despidiéndose de a entender que estr no puede continuar así, y que
Barbemuche;—las damas se han propuesto estar en lo sucesivo se ha de hacer el calzado algunos
deslumbrantes. puntos más ancho; traquilízr.te, ya arreglaré yo
—Pero—dijo Barbemuche echando una ojeada esto. Pero pasemos al salón, á donde nos aguar-
á la percha completamente desguarnecida,—no me dan los licores de las islas.
dejan nada para mí. ¿Cómo voy á recibirles? La fiesta volvió á reanudarse con mayor brillan-
—¡ Ah! en cuanto á usted—dijo Rodolfo,—es tez aun. Sch: unard se puso al piano y ejecutó, con
indiferente, usted es el dueño de c a s a ; puede una prodigiosa inspiración su nueva sinfonía: LA
dejar á un lado la etiqueta M U E R T E D E LA N I Ñ A . La hermosa M A R C H A DEL
—No obstante—dijo Carlos,—sólo queda una A C R E E D O R obtuvo los honores de la triple repeti-
bata, un pantalón con pie, un chaieco de franela y ción. Quedaron rotas dos cuerdas del piano.
unas zapatillas; todo se lo llevan ustedes. Marcelo seguía siempre de mal talante, y como
— ¿ Q u é importa? Queda usted excusado de an- Carlos se le acercara para quejarse de su compor-
temano-- respondieron los bohemios. tamiento, el artista le contestó:
A las seis, estaba dispuesto un espléndido ban- Señor mío, nosotros no seremos jamás ami-
quete en el comedor. Llegaron los bohemios. Mar- gos, por la siguiente razón. Las diferencias físicas
celo cojeaba un poco y estaba de mal humor. El son casi siempre seguro indicio de diferencia mo-
ral; la medicina y la física están de acuerdo sobre
este punto.
—¿Así, pues?—dijo Carlos.
—Así, pues, prosiguió Marcelo mostrando los
pies, su calzado, excesivamente estrecho para mí,
me indica que no tenemos el mismo carácter; por
lo demás, su fiestecita ha estado agradabilísima.
A la una de la madrugada, los bohemios se reti-
raron á sus casas, dando largos rodeos. Barbemu-
che se sintió indispuesto y pronunció discursos
insensatos á su discípulo, que, por su parte, soña-
ba en los azules ojos de la señorita Mimí.

FIN DEL TOMO PRIMERO

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