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SOMBRAS

ARDIENTES
Romance, Erótica y Acción en la Mafia Rusa

Por Alena Garcia



© Alena Garcia 2016.
Todos los derechos reservados.
Publicado en España por Alena Garcia.
Primera Edición.
Dedicado a Samira,
el primer choque de culturas en mi mundo.
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Era sábado por la tarde en Barcelona; estábamos en los últimos días de un verano sofocante y
muy húmedo. Me hallaba sentado en la terraza de un conocido café de moda del barrio de la
Barceloneta. No suelo sentarme a descansar en terrazas.
Reconozco que mirar a la gente pasar puede tener su encanto y ser incluso el pasatiempo favorito
de conocidos escritores españoles, mas a mí no me va. Pero aquella tarde me dolían los pies y
necesitaba sentarme.
Me había pasado la mañana corriendo por la playa y después tuve que atender un montón de
asuntos, lo que incluía tratar con imbéciles de baba y otras nauseabundas especies de seres que
se asemejan a los humanos, pero que no pueden serlo; siempre me pregunto qué coño son
entonces.
La respuesta no acierta a aterrizar en mi mente por más que me estruje las neuronas.
Como decía, estaba sentado, con la cabeza echada hacia atrás y respirando a pleno pulmón el
aroma marino que nos traía una benéfica brisilla que soplaba desde el mar. Entonces apareció
aquel ser. Aquello no era un cuerpo, era un holograma formado a partir de los sueños húmedos de
todos los hombres del planeta.
Primero escuché un taconeo que, aunque me gustó por el sonido, encendió mis sensibles alarmas,
que nunca se equivocan. Los zapatos, el contoneo, las caderas, la belleza de un cuerpo
escandaloso hicieron volver las cabezas a todos los clientes que abarrotaban la terraza a aquellas
horas del fin de semana.
Yo no tuve que volverla porque la poseedora de esa anatomía poco común venía de frente.
Incluso llegué a pensar que se dirigía precisamente a mi mesa. Pero no, pasó justo a mi lado. Al
hacerlo, retiró una silla que se interponía en su divino y provocador caminar. Sin cortarme un
pelo, la desnudé con la mirada.
Mis ojos, provistos de rayos X automáticos, traspasaron el vaporoso vestido verde turquesa que
era más bien como una segunda piel. Desnuda habría mostrado menos.
Las tetas destacaban desde lejos. Dos firmes baluartes delanteros que la precedían allá donde
fuera; su ligero bamboleo, pues no llevaba sujetador aquel día, estaba consiguiendo que la baba
de todos cayera al ardiente asfalto barcelonés.
Ni siquiera pudieron evitarlo todos aquellos que estaban acompañados de sus mujeres. Ellas no
se enfadaron porque no había ser que pudiera resistirse a mirarla.
El cabello era de un rubio natural, oscuro, justo el rubio ceniza que tratan de conseguir aquellas
mujeres bellas que no son rubias, pero que no terminan nunca de lograr. Era largo en su exacta
medida, le llegaba a media espalda. Lo tenía limpísimo, resplandeciente.
Los rayos del sol le sacaban destellos de oro puro. Para observar en su totalidad sus piernas
había que mirarla durante un buen rato; eran kilométricas, con tono muscular, pero con forma
femenina, un poco redondeada.
Me gustó ver sus fuertes gemelos, los tenía muy marcados. Nada más verla entendí que entrenaba
a diario. Soy sincero cuando digo que apenas miré su culo. Era todo tan impresionante que no se
podía mirar a un sitio concreto.
La chica llegó al local sola. Antes de actuar e ir a presentarme - pues no hay mujer que no esté
acompañada que se libre de una de mis “entradas” triunfales que tanto les gusta a mis colegas y
conocidos; incluso algún enemigo me ha llegado a confesar que me respeta por la manera de
entrar a las tías -, quise observar si la esperaban o estaba de caza.
Mi primera impresión fue que sería la zorrita de algún magnate nuestro, ruso o ucraniano. Me
impuse aguardar un poco. Paciencia, Guena.
En efecto, un nutrido grupo esperaba su llegada. En la mesa había seis mujeres y tres hombres.
Los hombres se levantaron a besarla y a tratar de toquetearla un poco en los brazos y hombros.
Panolis.
Eso era lo máximo a lo que aspiraban. Después soñar con ella y hacerse una paja o follarse a su
chavala mientras pensaban, en realidad, en ella.
La gachí había captado perfectamente mi radiográfica mirada cuando apartaba la silla en mi
mesa. A los cinco minutos me miró durante medio segundo. La mirada parecía neutra, pero mis
sensores pitaron a todo volumen.
Esa tía sabía que yo estaba allí. A veces la consciencia de mi propio y subido ego me molesta a
la hora de analizar ciertas situaciones, pero me pareció que no era casualidad que ella llegase
solo unos minutos después de mi decisión de sentarme allí, algo que no estaba previsto, como he
dicho.
Cuando miró por segunda vez y nuestras miradas chocaron – no se puede decir que se
encontraran pues ambas son fuego – despidiendo chispas, me levanté, no pude evitarlo, y me
acerqué a su mesa.
—Buenas tardes, señorita – dije en mi decentemente correcto español con acento eslavo.
—Buenas tardes – dijo ella.
—¿Nos conocemos? Siento interrumpir su conversación, pero he notado que me mira y quizá la
conozco y he olvidado su nombre.
—No lo creo, perdona – dijo –, te has equivocado, me temo.
—De acuerdo. No nos conocemos. Pero no niegas que me hayas mirado varias veces – agregué.
Su respuesta fue mirarme con intensidad para después reírse con un bufido despectivo que me
tocó los cojones mucho.
—Me miras y, luego, si tengo los huevos de acercarme y decírtelo, te ríes. Dime dónde está la
gracia, nena, porque no se la veo por ninguna parte – dije serio, tratando de que mis pupilas
destilasen acero.
—No te he mirado a ti especialmente, no te des por aludido. Aquí hay mucha gente. A veces giro
la cabeza y miro a la gente, en general, echo un vistazo al personal, sin más.
—Asunto zanjado, entonces. Gracias – dije sin dejar de mirarla. Mis alarmas echaban humo,
pero mi cuerpo me pedía guerra. Quería ese cuerpo. El objetivo era cabalgarla antes de que
amaneciese.
Volví a mi mesa y terminé mi jarra de dos litros de cerveza de un solo trago, de la cual aún
quedaba más de un litro. Los españoles y los turistas de las mesas de al lado se quedaron
estupefactos. Tenía sed y además yo bebo como me sale de la polla, a veces deprisa, otras
lentamente y otras a pequeños sorbos. Según.
No dejé de mirar a la escultural echadora de azarosas miradas. Empecé a ponerla nerviosa.
Entonces, hizo algo que, en verdad, me sorprendió un poco. No me gusta que me descoloquen.
Amo dominar la situación y ser yo el que sorprenda siempre, si es necesario hacerlo. Pero esa
muchacha se levantó de la mesa, imitando mi acción anterior, se sentó enfrente de mí y dijo,
altanera:
—Ahora eres tú el que no para de mirarme, tío. ¿Qué ocurre? ¿Qué pretendes?
—No ocurre nada, monada. Solo miro al personal. Miro hacia acá, hacia allí, después acullá...
Tienes mucha autoestima, por lo que veo – dije.
—Me estás mirando a mí y solo a mí. Reconócelo. Me ha gustado tu pequeña visita de antes,
debo admitirlo. Por eso mismo vengo ahora yo aquí. Jamás había encontrado un hombre que
hiciera eso, sobre todo estando solo, como estás, y estando yo acompañada de bastantes
personas. Faltan hombres con... ya sabes.
—¿Con pelotas, quieres decir?
—Sí, eso mismo – dijo.
—Si reconoces que faltan ese tipo de hombres, me pregunto, y es solo una pregunta, no
comiences a fantasear todavía, ¿te apetecería conocer a uno que sí las tiene, las tiene muy bien
puestas y además muy grandes?
Elisa rió entonces. Su risa era para mí un bosque fragante, una pradera llena de pájaros, con
hierba fresca y limpia. Era también un campo de trigo barrido por fuertes rachas de viento en un
atardecer de verano.
Sus carcajadas me excitaron. Jamás pensé que una risa de mujer pudiera ser más atractiva que su
propio cuerpo, que en este caso era como para servir de molde a Miguel Ángel y que la pusiera
al lado de su David.
—Tienes un poco de acento, pero hablas muy bien, con fluidez, muy rápido. Es sorprendente. Los
extranjeros suelen trabarse mucho con nuestro idioma. Y dices unas cosas tan divertidas...
>>Pero dime, ¿no eres un poco fantasma? - preguntó, volviendo a reír sonora y
escandalosamente. Todas las cabezas se giraban hacia ella cada vez que prorrumpía en uno de
sus carcajeantes arranques.
—Los fantasmas son espíritus, en el caso de que existan. No se ven, no se tocan. Soy de carne y
hueso, niña.
—No me gusta que me llamen niña, mira tú – saltó cambiando el rictus risueño a uno serio en
cuestión de centésimas de segundo. Todos mis sentidos se pusieron alerta. Esa hembra mentía
mucho y actuaba bien.
>>Cuidado. Muchísimo ojo con ella. Era una actora nata. Todo aquello me parecía una actuación
que yo aún no entendía.
—Soy de carne y hueso, señora – añadí entonces.
Volvió a reír como una cría. Iba a decir como una cría “inocente”, pero este adjetivo no se le
puede aplicar a Eli. A ella no.
—Bueno, ahora debo irme. Encantada de conocerte, en serio, lo digo de verdad. Me llamo Elisa,
aunque todo el mundo me llama Eli – dijo, mientras se levantaba. Sus amigos la esperaban.
—Yo soy Guennády, pero sé que para los españoles es difícil. Llámame Guena y estará bien. Me
gustaría invitarte a cenar – dije.
—Lo siento, hoy no puede ser. Ahora vamos a una cena. Es el cumpleaños de un amigo. Nos
esperan.
—Ese hoy significa que mañana u otro día cercano sí puede ser. Si no, no habrías dicho “hoy” -
indiqué, seguro de mí aunque no hablase en mi idioma materno.
—Muy bueno tu análisis gramatical. Estás en todo, ¿eh?
—Sí, muy bueno mi análisis, pero no me contestas. Lo que me interesa es quedar contigo, verte
más, conocerte. Es lo que siento ahora mismo: que quiero estar contigo.
—No sé aún de dónde eres, pero ¡qué directos sois en tu país! - exclamó ella.
—Y qué buenos sois los españoles dando rodeos y largas de forma amable. Unos verdaderos
artistas para esquivar. Pero conmigo no sirve. Soy como una maza, golpeo y golpeo hasta que el
muro cae. Soy ruso, señora.
—Ja-ja, ahora me vas a llamar señora todo el tiempo para evitar decir niña o nena, ¿no es así?
—Así es justamente – aclaré.
—Aquí está mi número. Llámame mañana, a partir de las once, y te digo cómo voy de tiempo, ¿de
acuerdo?
—Estoy de acuerdo, señora.
Así fue como discurrió el primer encontronazo con Eli. Al día siguiente, como acordamos, la
llamé por teléfono. No quise llamar a las once.
En primer lugar, para no parecer un desesperado, que no lo estaba, y en segundo lugar porque sé
que los españoles, en general, después de una fiesta o una cena que se alarga hasta altas horas de
la madrugada, no están para sutiles exquisiteces al día siguiente. Llamé a las cuatro. Pregunté por
la señora Elisa.
Su risa respondió por ella. Estaba de muy buen humor. Eso facilitó mi tarea. Le dije que había
reservado mesa en un bonito restaurante junto al mar. Quiso saber si la mesa era para dos y le
dije que no, que era para tres.
—¿Quién es la tercera persona? - inquirió.
—Mi novia, que quería venir a conocerte – repliqué.
—Un tío con pelotas con dos señoras. Ignoro el tamaño de semejantes atributos, pero ¿no es un
poco excesivo?
—Venga, mesa para dos. ¿Tan difícil es decir solo SÍ para vosotros?
—Bueno, voy a intentarlo. Sí. ¿Está satisfecho el señor?
—Mi más sincera enhorabuena, señorita – dije.
—Hmm, ya hemos pasado al señorita. Esto avanza. ¿Cuándo dejé de ser señora?
—Al decirme que sí, en ese instante – respondí.
—Bien, ¿dónde podríamos quedar?
—Yo voy a buscarte. Dime una dirección y, a las siete, estaré ahí.
—¿A las siete? Pero si acabo de terminar de comer. A las siete no tendré nada de hambre. A las
siete no solemos cenar nosotros.
—No pasa nada – tercié –. Tomamos algo antes, o damos un paseo para abrir el apetito. La mesa
está reservada para las nueve, que os conozco, ibéricos.
—Estaba todo previsto, entonces; vaya, vaya, con el ruso. Bien, a las siete te espero. Apunta la
dirección – dijo, dictándome una calle y un número.
—A las siete como un clavo estaré ahí. Hasta luego, señora.
—Vuelta la burra al trigo. Otra vez señora – dijo entre carcajadas aún más musicales debido al
toque metálico que otorga el teléfono.
A las seis y cincuenta aparqué justo a la altura de la casa número 43, en una urbanización de
chalés de lujo. Bajé del coche, con mi descomunal ramo de ciento una rosas rojas y me dispuse a
esperarla.
Como me ocurre siempre, la gente empezó a mirarme. Un tío gigantesco como yo, tatuado,
musculoso y con un ramo de flores. En España parece que se es menos hombre si agarras unas
flores para halagar a una dama.
Devolví las miradas con furia y nadie sostuvo la mía. De todas formas, mi mirada no es fácil de
sostener, según me dicen los más cercanos.
Elisa bajó vestida con pantalones de lino blanco ajustados y una camiseta tan ceñida que no sé
cómo consiguió encasquetársela en el cuerpo sin reventarla por las costuras. Como le he dicho a
ella más de una vez, es como un circuito de competición. Le gusta marcar las curvas.
La primera vez que se lo dije rió con ganas. Yo no le veo la gracia. Es una verdad más grande
que mis tríceps, que ya es ser grande. Se sorprendió mucho con las flores. Por el número, por su
belleza y por el detalle también, qué joder.
Españoles, cuánto más follaríais si os pasarais con más frecuencia por las floristerías. Las flores
no son solo para los muertos o las bodas, hombre. Que no. Haced la prueba. De momento, Eli me
llamó galante y detallista.
El coche también le gustó, pero no pareció demasiado impresionada por él. Es un Ferrari rojo.
Para llevar a una mujer así de llamativa no podía coger otro. Tengo muchos para elegir, pero me
pareció, aquel día, el más elegante y adecuado para la cita.
El cuadro era como para ir de incógnito: Eli, una tía de bandera que va rompiendo la pana allá
por donde pasa; un ramo de flores más grande que el coche; un Ferrari reluciente y descapotable.
Es posible que también mi cuerpo llame la atención, pero intento no lucirlo en público. Voy
siempre con camisas de manga larga y pantalones de vestir. Si no hace mucho calor, suelo llevar
traje.
Aparqué el coche en una plaza privada que tengo en el centro y paseamos sin rumbo fijo. Hacía
una tarde espléndida. Había bajado el bochorno y la brisa era más fuerte que el día anterior.
A Eli le dio pena desprenderse de sus flores. Le recomendé que las dejara en el Ferrari. Estaba
entusiasmada con ellas. Me miraba de arriba abajo. Estaba estudiándome.
Como no me corto un pelo, yo la miraba de la misma manera intensa. Y así, luchando con las
pupilas, fueron pasando los minutos y, sin darnos ni cuenta, dieron las nueve de la noche y
estábamos un poco lejos del restaurante.
—Es la hora y no vamos a llegar a tiempo. Cojamos un taxi – propuse.
—No te preocupes, Guena. Estamos en España. Nadie llega puntual a ninguna parte, y menos a un
restaurante. Por cinco minutos no pasa nada. Vamos paseando, se está muy bien por la calle.
Eli mantenía las distancias. Es muy educada y maneja a la perfección los silencios entre
conversaciones con la mirada. Tan pronto la fija en uno como la deja vagar en el infinito,
yéndose del lugar sin remisión.
Supe que no sería fácil calzármela, como era mi intención. Esa chica requería conquista. Tendría
que sitiar y acosar la fortaleza hasta la rendición total, sin tregua. Desde el principio le quise
dejar claras las cosas.
Me preguntó por mi profesión. Y se la dije. Controlo el narcotráfico de la ciudad condal. Así, tal
cual, fue la frase que le solté de sopetón. Una carcajada quería abrirse paso en su boca, pero ella
misma la censuró, entendiendo que no faroleaba ni bromeaba.
—Controlas el narcotráfico de Barcelona... Bueno, no puedo negar que no parece una profesión
lo que diríamos, ehhh... aburrida – consiguió decir, bastante turbada por vez primera, lo que
consideré mi primer triunfo.
—Sí, pongo orden en este putiferio sin ley ni reglas. Digamos que vigilo que la droga sea mierda
auténtica, sin adulterar. Demasiadas bandas estaban haciendo su agosto con farlopa falsa, heroína
mala, pastillas que eran de todo menos estimulantes y un largo etcétera.
>>En Barcelona se han acabado los puferos. Trabajo en el servicio de limpieza. Una especie de
barrendero. Pero lo que hay que barrer es jodido y no se suelen dejar convencer. Esa es la lucha.
—O sea, controlas que la droga siga, siempre que sea verdadera – dijo ella.
—Más o menos. Es más complicado, pero es un resumen que se aproxima un poco, sí – concedí
–. Realmente esto lo puedo hacer porque todo viene de muy arriba. No te imaginarías de cuán
arriba.
>>Ellos no es que lo consientan, es que lo promueven. Tienen órdenes de que el flujo no pare
nunca. Ese es el mundo en el que vivimos.
—Vale, vale, entiendo. Creo que es mejor para mí no saber más, de momento.
—Hablemos de otra cosa, tienes razón – dije –. ¿En qué trabajas tú?
—Vivo la vida, sin más – contestó Eli.
—Vives la vida. Acojonante respuesta. Eres la primera mujer que se atreve a pronunciar una
frase como esa. Quizá la haya dicho alguna otra, pero no es frecuente – expuse.
—Mis padres son millonarios y, con sinceridad, si tengo la vida resuelta desde niña, no me
apetece intentar coger trabajos que no quiero hacer para demostrar no sé qué a no sé quién,
¿entiendes? O para decir la pijada esa de “realizarse”. ¡Menudo camelo engañabobas!
>>Tengo estudios, soy arquitecto en realidad, pero no ejerzo. Me gustan los planos. Mejor dicho,
me gustaron durante un tiempo. Cuando terminé la carrera, entendí que nunca trabajaría como
arquitecto. Así que no trabajo, sino que vivo, que no es poco.
—Interesante – fue lo único que acerté a comentar.
—Por tu respuesta, creo que has malinterpretado lo de vivir la vida. No se trata de ir de fiesta en
fiesta o de pendonear por ahí como una frívola de película. Entre otras cosas, pinto.
>>Lo que más me gusta en el mundo es pintar, y a esta actividad, pues es más que una afición,
dedico gran parte del día. Mira, cuando has llamado estaba limpiando los pinceles. Observa mis
dedos; siempre tienen restos de pintura.
—¡Una pintora! Y ¿qué motivos te gusta pintar? - inquirí, francamente interesado.
—Menos abstracto, lo que sea. Abstracto en el sentido de lo que se entiende por el término en la
mayoría de las galerías actuales. Me gustan los bodegones extraños, aunque también pinto
motivos clásicos y todo tipo de paisajes. También hago retratos al óleo y al carboncillo.
Como bien me avisaron mis alarmas detectoras de peligro, esa mujer era mucho más de lo que
parecía. Muy inteligente, divertida, segura de sí misma...
Lo de pintora estaba muy bien, seguro que tenía talento, me decía yo, pero había más, mucho más
en esa chica acaparadora de tantas miradas como personas hubiera alrededor.
—Entre otras cosas... - dije.
—Sí, entre otras cosas – zanjó ella.
—¿Son secretas? - pregunté.
—De momento, ya ves que sí – dijo riéndose.
Utilizaba la risa siempre que quería cambiar de tema o no se sentía cómoda con la deriva que
tomaba determinada conversación. Su risa es bellísima. Su voz también lo es, pero las cantarinas
y variadas notas de su risa lo transportan a uno al séptimo cielo.
Tras la cena, la acompañé hasta casa. Le abrí la puerta del coche y allí se despidió de mí. No
pude hacer más aquel día.
Me dijo que gracias por todo y que lo había pasado bien. Intenté una aproximación rápida para
que no pudiera pasar, pero se fajó del movimiento; estaba esperándolo. ¿A qué jugaba la
muñequita?
—Estoy cansada, Guena, de verdad. No es una excusa. Pensaba que me llamarías antes. He
dormido muy poco, en serio.
—No he llamado antes para que descansaras tras la fiesta de cumpleaños. En fin, no voy a insistir
porque no sirve de nada y no me gusta perder el tiempo. Si te apetece verme otro día, tienes mi
número.
>>Gracias por esta noche, estar contigo ha sido magnífico. Me gustaría verte más, aunque solo
sea para poder hacerte reír un poco.
—De tus palabras deduzco que lo más te gusta de mí es la risa.
—Correcta deducción – contesté.
—Bueno, veremos qué ocurre – dijo ella coqueta, yendo hacia la verja de la entrada –. Intentaré
reír menos, a ver si te fijas en otros detalles.
—¿Está celosa, acaso, de tu propia risa? - pregunté.
—Es ridículo, pero sí, lo estoy un poco, la verdad.
—No lo estés, Eli, esa risa es aire fresco en medio del sofocante desierto, es un islote cercano
para un náufrago sediento en medio del océano.
—Me están dando ganas de quedarme un poco más, si voy a escuchar palabras tan bonitas –
susurró, para ponerme aún más cachondo.
—Se acabaron las palabras por hoy. Estás cansada, de verdad, has dormido poco – dije
repitiendo sus palabras.
Indefectiblemente, la risa, con un toque especial que me pareció de sinceridad, de menos cálculo
y fingimiento, resonó en el aire de aquella noche mediterránea.
Entré en el coche y salí de allí sin escandalizar demasiado, porque era tarde y no me gusta
macarrear con mis máquinas a esas horas como un poligonero mascachapas.
Por el espejo pude ver que se quedó allí, de pie, mirando cómo me alejaba. Ella esperaba otra
cosa, sin duda. A estas tías tan buenas, tan creídas (con motivo) y tan seguras de sí mismas, hay
que tratarlas así. Esperaría su llamada.


* * * *

El número de Eli tardó dos semanas en aparecer en mi pantalla. Hasta entonces, hice mi trabajo.
Hemos conseguido aniquilar por completo a una banda que se me había subido un poco a las
barbas. Era un grupo de colombianos que trabajaba con jojlí (palabra despectiva que los rusos
usan contra los ucranianos).
Gente dura y con cojones. Tuvimos que aplicarnos a fondo. Sus cuerpos duermen ahora en el
fondo de ese mar antiguo y precioso, ese mar que me tiene enloquecido con su luz y color, el
Mediterráneo.
Un socio es capitán de navío mercante y, sustanciosos sobres mediante, me ayuda a deshacerme
de los cuerpos de todos aquellos que no se atienen a razones. Los lanza desde el barco de noche,
con pesos atados a sus cuerpos. Los peces, de manera gratuita, me acaban el trabajo.
Es por ello que, cuando como pescado en cualquiera de los restaurantes adonde me gusta ir,
pienso si no me estaré tragando parte de esos cuerpos a los que yo, o uno de mis muchachos,
hemos quitado la vida.
Soy un insurgente. Me cogí la baja voluntaria en una organización mafiosa rusa porque las cosas
no se hacían bien.
Había demasiados chanchullos con polis corruptos, chivatos que trabajan para todos a la vez y
demás fauna indeseable. Yo trabajo solo. No hay tratos con nadie. Aquí se cumplen mis reglas.
Mientras la patata me siga haciendo pum-pum, en Barcelona entra o sale la droga que yo diga y
como yo ordene.
Con los políticos me llevo como hay que llevarse: de puta madre. Para llevarse de puta madre
con ellos solo hay que llenar algunos sobres y, de vez en cuando, entregar algún que otro maletín.
Eso sí, si alguno de ellos se vuelve más ambicioso de la cuenta, se le da un aviso, solo uno.
Su casa arde, su coche explota por la noche, sus hijos o su mujer son seguidos, informándosele
del asunto. Es raro que haya que utilizar dos de ellos, con uno basta. Mano de santo.
Alguno incluso ha devuelto el maletín, diciendo que el trato sigue firme, para dejar clara su
buena voluntad y mostrar que su error había sido monumental. Son como críos. Son la parte más
sencilla del trabajo.
Como en el resto del mundo, los políticos son las personas más manejables, miedosas y
egocéntricas de todas. Es muy sencillo mantenerlos a raya. Si alguna vez me excedo, solo tengo
que excederme, a su vez, en el tamaño del sobre y todo arreglado.
Ni que decir tiene que me tuve que ocupar de mi antigua banda. No es que yo quisiera. Al irme,
les propuse repartirme la ciudad. Les di buenas condiciones: unas cuantas calles marginales
donde podrían actuar sin ser molestados, pero sin salir de ahí, y el resto de Barcelona, para el
menda.
Al parecer no les gustó la oferta. Ellos, por su parte, me trasladaron la suya: largarme de España
ese mismo día si quería volver a ver la luz del sol. No me gustó el tono ni la simplona ironía
metafórica. La respuesta fue rápida y fulminante. Ese mismo día matamos a nueve miembros. Al
día siguiente a trece.
A los tres días los que quedaban desaparecieron. Sé que volverán por mí. Aquí los espero, sin
excesivos temblores ni sudores fríos. No me preocupa. No conozco el día de mi muerte, pero sé
que ha de llegar. Estoy preparado.
No voy a negar que, para lograr todo esto, he tenido la inestimable ayuda de un hombre, que era
enemigo acérrimo del jefe de mi ex banda. Este hombre, un tío con el que casi no me puedo
comparar en cuanto a cojones, es Román Urálov.
Él tiene siempre información privilegiada que no sé de dónde se saca. Me informó de que se
estaba preparando una gran operación contra mí, para destruirme totalmente. Al principio pensé
que era una trampa, pero me equivoqué.
Era todo cierto. Me fié de él porque me gustó su mirada. Hice todo como me dijo y salió bien.
No trabajo para él, pero colaboramos. Me salvó la vida y estoy en deuda moral con él, para
siempre. Él se centra en Madrid y en otras ciudades.
Ha decidido que le conviene tenerme a mí aquí, en Barcelona, como encargado total del
narcotráfico. Cuando me pide algún favor, que suele ser darle información, la tiene al instante. Es
un tío de los de antes. Sigue la ley de los delincuentes leales.
En mi país natal, Rusia, fui un vor v zakone. Si lo traducimos del ruso, sería “ladrón en la ley”,
pero no se utiliza solo para ladrones. Prefiero traducirla como delincuente de ley, delincuente
leal a las normas, a los códigos de los vóry (ladrones, delincuentes). Mientras estuve allí,
siempre cumplí los códigos.
Pero entendí que, entre la gente joven que actúa fuera de nuestras fronteras, esos códigos no se
cumplen ya. Y, con todos aquellos que no respetan nuestros códigos, yo me salto las normas
también para destruirlos. Así de sencillo.
Pero Román es un auténtico y puro vor v zakone (aunque él no se considere así), pues cumple
todos los códigos. Es leal, es directo, sincero, generoso y comprensivo con los débiles y brutal
hasta un punto casi inconcebible con los poderosos que abusan de su poder, con los cobardes y,
sobre todo, con los traidores.
No me gusta trabajar para nadie, pero si algún día me veo obligado, para él trabajaría sin
dudarlo. Sin condiciones.


* * * *

Eli llamó una radiante mañana de octubre. Cómo me gusta el otoño en Barcelona. Es el clima
perfecto. Hace sol, pero ya no quema, aunque todavía calienta. El termómetro no pasa de los 24 o
25 grados. Adoro vivir aquí.
Ya no esperaba que llamase, para ser sincero. Pero si mis alarmas se habían activado aquella
tarde en la terraza, era por algo. Ellas no se equivocan, pese a que no siempre las comprendo.
—Buenos días, ruso – dijo. Como yo la llamaba señora para picarla un poco, ella decidió probar
con este término, a ver cuál era mi reacción.
—Buenos días, señora española.
—Seguro que pensabas que ya no te llamaría – dijo, con tono provocador y juguetón.
—Si te soy sincero, solo ayer esa idea empezó a barruntar por mi cerebro ruso.
—Ayer... ya – dijo no muy satisfecha de la respuesta.
—Y he dicho que solo empezó a barruntarme.
—O sea, que estabas plenamente convencido de que la llamada se produciría.
—Más o menos. ¿Cómo te va?
—Bien. He estado fuera unos días. Me fui a pintar al sur de Francia. Me gusta mucho pintar al
natural en esta época en la zona de Coiullure. Está muy cerca, nada más pasar la frontera.
—Sé dónde está ese pueblo, Eli. Allí murió vuestro poeta Antonio Machado, si no me equivoco –
expliqué.
—Bueno, bueno, con el narcotraficante... - se sorprendió.
—Es una villa muy bonita. De vez en cuando hago escapadas por ahí – añadí.
—Mis pequeñas dálmatas rosas ya se han secado, por desgracia – dijo.
—No se puede consentir que una señora como tú esté sin flores. Si me lo permites, puedo
resolverlo enseguida – repliqué.
—No lo decía por eso, tonto. Solo quería decir que me gustó tanto el detalle, eran tan bonitas...
Casi no he podido disfrutar de ellas porque me fui. Quería invitarte a comer hoy, si tus
importantes ocupaciones te lo permiten, por supuesto.
—Hoy tengo algunos asuntos, pero como soy el jefe, los aplazo para la noche. A una mujer no se
la deja plantada – dije.
—He reservado mesa, ya sabes, para tres, en un pequeño mesón, no muy conocido, que está en
Casteldefels. Me lo recomendó un conocido. La cocinera tiene unas manos de ángel. Fui solo una
vez y creo que no he comido tan bien nunca. El local está junto al mar. ¿Te apetece ir allí?
—Sin duda. Son las diez. Tengo que hablar con un par de tíos. A las doce estaré donde me digas.
¿A qué hora has reservado?
—A las tres. Ya sabes, los españoles... - dijo riendo.
—Me viene muy bien que sea a esa hora. Entonces, mejor a las doce y media, por si acaso. ¿Te
recojo en casa?
—No, estoy en el centro ahora. No creo que me dé tiempo de ir a casa, estoy haciendo unas
compras. Hacia las doce te llamo y te digo dónde estoy, mejor.
—Joroshó – dije sin darme cuenta.
—¿Jarra so? - dijo ella sin entender.
—Perdona, se me ha escapado en ruso. Es vuestro vale español – dije entre risas.
—Es la primera vez que te oigo reír. Tampoco está mal tu risa. Te deschuliza un poco, si
entiendes el término.
—Señora, ¿me estás llamando chulo?
—Sí, sin duda. Pero, para mí, no es un insulto. Al revés. Me gustan los hombres así – estableció.
—Jarra so – dije imitando su forma de decir joroshó, divertidísima para un ruso.
Su respuesta fue una carcajada. Había que hacer algo con aquella risa. Desactivaba mis alarmas
y me transportaba a otro mundo. Eli es peligrosa en todos los sentidos, pero la risa es su arma
fundamental.
Ella me esperaba en un cruce de la Diagonal. Aparecí con mi discreto, en comparación con el
Ferrari, Audi S5 Coupé.
Es un coche muy cómodo y agradable de conducir y, además, cuando salgo de la ciudad, aunque
nunca estoy solo pues mis hombres conocen siempre mi ubicación, no me gusta llamar la atención
más de lo necesario.
Llegué a las doce y media en punto. Me bajé, le abrí la puerta y, en su asiento, le esperaba un
espectacular ramo de rosas rojas, rosas y blancas.
—Gracias, Guena. De estas voy a disfrutar más. No tengo previsto salir de momento, al menos
esta semana.
Llegamos a Casteldefels un poco antes de la una. El pequeño restaurante está a las afueras de la
localidad. Decidimos pasear por la orilla del mar. El día era espléndido. La temperatura del agua
estaba a la par que la del aire y, sin pensarlo mucho, decidí darme un baño. La playa estaba
desierta.
—Guena, ¿qué haces? - dijo ella desconcertada cuando vio que me quitaba mi camisa blanca de
seda.
—Me apetece mucho darme un baño rápido. El agua está caliente, Eli. Voy a bañarme. ¿Te
animas?
—Huy, no, no. Qué frío – dijo.
—¿Frío? Pero si hace veinticinco grados hoy. Es mediodía. En verano, cuando hace mucho calor,
parece que el agua está fría, pero ahora están a la misma temperatura. A mí me gusta más
bañarme en otoño que en verano. Los españoles, en general, no sabéis disfrutar de vuestro cálido
otoño en el mar.
Me quité la camisa, los zapatos, los calcetines y los pantalones. Y así, con solo mi calzoncillo
deportivo negro, parecido a un bañador, me dispuse a meterme en el agua.
Eli miraba mi cuerpo. Lo tengo lleno de tatuajes. Mi cuerpo cuenta, a través de ellos, la historia
de mi vida. No sé si miraba los tatuajes o mis músculos. Conseguí dejarla estupefacta con la
repentina decisión de bañarme. Con una rápida carrera, me introduje en el mar y me lancé de
cabeza a las olas.
—¡¡Eli!! - grité –, ven, está buenísima, está caliente, lo prometo. Te arrepentirás si no te bañas.
Lo digo en serio.
—Noo, gracias – gritó desde la orilla –. Disfruta tú.
—Enseguida salgo. Voy a nadar un poco y vuelvo.
Estuve cinco minutos nadando mar adentro. Después, volví braceando a un ritmo mayor. Ese baño
me refrescó cuerpo y mente. Salí revitalizado y feliz de la vida. Una mujer majestuosa me
esperaba en la orilla.
—Y ahora, ¿cómo vas a secarte? Te vas a helar, ruso.
—Uy, sí, brrr, qué frío hace en España. Hoy tenemos menos de treinta grados – dije burlándome.
Utilicé la camisa para secarme todo el cuerpo, volví al coche y me cambié de ropa. Siempre
llevo camisas limpias en el maletero, bien dobladas, por lo que pueda pasar. Volví al mismo
punto de la arena, donde me esperaba Eli.
—Llevabas ropa de repuesto. ¿Tenías pensado bañarte?
—Siempre llevo alguna camisa, en todos los coches. Hay que ser precavido – contesté
sonriendo.
—Te he visto nadar. Estás en muy buena forma y tienes mucho estilo. ¿Has sido nadador
profesional?
—No, pero de niño me gustaba mucho nadar y un amigo de mi padre, que fue campeón olímpico
de la URSS, me enseñó a respirar y a moverme bien en el agua. Cuando sabes respirar, apenas te
cansas.
—¿Esta maniobra inesperada ha sido para mostrarme tu cuerpecito serrano? - inquirió ella, con
sorna.
—Ha sido algo natural. Ya te digo que me gusta mucho bañarme en otoño. En noviembre me sigo
bañando y, a veces, en diciembre. Serrano, como el jamón...
—Tus tatuajes no son los típicos que llevan muchos niñatos de hoy – dijo ella seria.
—No, no son de esos, en efecto – respondí.
—¿No vas a contármelo? - preguntó tras entender que yo no iba a explicar su origen.
—No, esa es otra historia, como tu “entre otras cosas”. De momento, se queda así – zanjé.
—Son las dos y media. La verdad es que tengo hambre. Podemos comer ya, si te parece bien –
dijo ella, algo disgustada por el hecho de que yo utilizase su misma táctica ante preguntas
comprometidas.
—Me parece perfecto porque tengo hambre de lobo.
—¿De lobo feroz? - dijo ella acompañando la pregunta de su ya clásica risa que utilizaba para
martirizarme y volverme loco de excitación.
—Te ríes mucho tú, española, de cada una de mis frases; voy a tener que medir más mis palabras.
—Creo recordar, en algún pasillo del gran almacén del cerebro, que dijiste que te gustaría volver
a verme aunque solo fuera para hacerme reír.
—Dije eso, sí. Y no lo retiro, pero a veces no sé si te ríes o te burlas de mí a cada paso – alegué.
—Eso lo dejo a tu consideración. Eres lo bastante inteligente como para darte cuenta tú solito.
—En ti se da una curiosa combinación. Tienes risa de ángel pero, por otro lado, tu lengua es
viperina y malvada, provocadora. Es una dicotomía digna de estudiarse. Y lo hago, créeme que
lo intento. De momento, ha habido poco tiempo para sacar más conclusiones.
—Puedo reírme sin hablar, como un lorito suramericano, de esos tan bonitos, rojos, azules y
amarillos – propuso ella.
—Tú no aguantas sin hablar ni medio minuto, bonita – dije entre risas.
—Sería aburrido si no hablara. Bueno, durante la comida estaré bastante callada y podrás
descansar un poco de los viles y malignos mensajes que salen de esta boquita.
La miré, con unos deseos locos de besarla y rasgarle la ropa allí mismo, sobre la arena de la
playa. Ella interpretó muy bien mi mirada y, por vez primera, bajó la vista a la arena. No fue
capaz de mantenerme la mirada.
No creo que se sintiera apabullada porque esta mujer ha sido mirada así por hombres millones de
veces. Está acostumbrada. Cuando el ambiente se sexualizaba, ponía una barrera e intentaba
cortar todo camino que pudiera llevar a sus labios.
El restaurante era muy pequeño. Solo tenía diez mesas y estaban todas ocupadas. Como la
reserva era para las tres, aún no teníamos mesa libre, pero nos dijeron que en una de las mesas ya
habían pedido la cuenta y que se marcharían en pocos minutos.
La comida estaba deliciosa. No podía recomendarlo a mi gente porque la dueña se asustaría de
los elementos que podían empezar a aparecer por su local, pero sí era un buen sitio para comer
con una mujer.
Durante todo el almuerzo, Eli estuvo callada. Su silencio me escamó. Cuando terminamos los
primeros platos, le dije que podía hablar un poco hasta que llegase el segundo, si quería. Ni
siquiera rió. Silencio total. Era un juego.
De acuerdo, me dije, jugaríamos a su juego, por el momento. Permanecimos en silencio,
paladeando aquellos manjares y disfrutando de la vista del mar y de la gran playa de
Casteldefels.
No hablamos apenas, pero no dejé de mirarla. Elisa es una rubia de ojos oscuros y cejas negras
muy finas. La forma de los ojos es almendrada y sabe decir muchas cosas con ellos. No necesita
hablar; su risa y su mirada lo hacen por ella.
Tiene una boca pequeña, de labios algo gruesos, con forma de corazón. Los dientes son muy
blancos y grandes. Tiene una pequeña separación entre los dos incisivos superiores que me
vuelve loco. La nariz es lo más bello del rostro.
Es corta, recta y con una terminación en punta que le da un toque pícaro a toda la cara; cuando se
excita o asombra, se le dilatan mucho las aletas y se hace más niña.
Su cuello es largo y estilizado, musculoso. Ese prolongado silencio me permitió observar al
detalle su rostro. Me apetecía verla desnuda, pero ella aún mantenía bajadas todas las barreras.
El paso estaba prohibido.
—Eli – dije de repente, cuando estábamos en los postres -, si te dijera que soy escultor,
¿posarías para mí?
—Dímelo y veremos – contestó.
—Soy escultor. Te quiero como modelo.
—¿Desde cuándo lo eres? - inquirió.
—Desde que vi tu cuerpo aquel sábado por la tarde. Me hice escultor de tu cuerpo.
—No está mal el intento. ¿Cómo se supone que debo posar? No será desnuda, espero.
—Puedes ponerte una túnica, si eres mojigata o vergonzosa – dije.
—De acuerdo. Posaré con una túnica entonces. ¿Cuándo empezamos? ¿Tienes taller, gubias,
piedra?
—Nadie ha dicho que vaya a esculpir en piedra – respondí.
—Vas a esculpirme con aire, pues.
—Voy a esculpirte en mi mente, con deseos y sueños. Así lo voy a hacer. Tú posarás y yo te
miraré durante horas, esculpiendo tu cuerpo en mi imaginación.
—Voy a pedir la cuenta – dijo.
—Ni se te ocurra – le corté.
—Perdona, recuerda que te he invitado yo.
—Sí, tú has propuesto el sitio, lo sé. ¿Qué tiene que ver? - pregunté.
—Si digo que invito, tengo que pagar yo, que soy la que invita, ¿no?
—No. Pago yo, señora.
—Como quieras. No voy a discutir por ese detalle. Si te hace ilusión...
—No es ilusión, pero nunca me ha invitado una mujer a nada. Sería extraño para mí. No estoy
acostumbrado.
—Habrá que cambiar eso – dijo ella.
—Podemos intentarlo, pero hoy no. Es muy pronto aún – establecí, sacando presto la cartera.


* * * *

Al salir, me dirigía al coche cuando Eli me paró, agarrándome de la muñeca.
—Espera un poco – dijo con tono indeciso –. Me has dado envidia. Me apetece bañarme. Pero no
he traído bañador. Por eso, quiero pedirte que me esperes aquí, en el coche, o en otro sitio, pero
que no mires. Voy a bañarme desnuda, no me queda otro remedio.
—Vamos a ver si me he enterado bien, nena. Me dices que te vas a desnudar en esa playa, que te
vas a meter al mar en bolas y pides que no te mire durante el proceso.
—Te has enterado a la perfección, ruso – dijo, rescatando su risa.
—Pues bien, no pienso cumplirlo. Voy a mirar porque quiero verte bien. Y no voy a mirar desde
aquí, me niego. Voy contigo, para estar cerca. Este espectáculo no me lo pierdo yo. Si te
desnudas, lo siento, pero yo estaré ahí, para verlo.
—De verdad, me apetece bañarme. Te lo pido por favor. Espérame solo cinco minutos. ¿Lo
harás?
—No podré. Ya es difícil resistirme a no romperte la ropa aquí mismo, así que imagina si tú
misma te la quitas.
—Me has excitado mucho con lo de la escultura y toda esa historia. Me has puesto muy cachonda
– susurró.
—Bueno, mírame si quieres, pero desde aquí – añadió –. Me voy a ir lejos y no podrás verme
bien.
—Adelante, señora – dije.
Eli se alejó de mí, caminando hacia el mar. Anduvo unos quinientos metros y allí, una figura
pequeña para mi vista, se desnudó deprisa y se metió en el agua despacio. No pude apreciar nada
de nada.
En cuanto se metió entera, calculé la distancia y fui hacia allá. Si me veía y salía, tendría tiempo
de llegar antes de que se vistiera. Empecé a andar por la arena, pero ella nadaba mar adentro. Sin
duda me estaba esperando. Ahora sé que me esperaba, aunque entonces pensé que la iba a
sorprender.
Llegué hasta donde estaban sus vaqueros y su blusa azul celeste. Me quité la ropa y me metí al
agua. Cuando me vio cerca de ella, nadando, chilló.
—Mentiroso, me has engañado. Has dicho que me esperarías allí.
—De ninguna manera he dicho eso. Te he dicho, con sinceridad, que no podría. Y ya ves que no
he podido resistir tu jueguecito – dije, acercándome mucho a ella.
Estábamos a varios metros de la orilla y no hacíamos pie. Ella empezó a nadar hacia fuera,
simulando estar rabiosa. La seguí, la alcancé y la cogí por la cintura, acercándola a mí. No dijo
nada. Ella miraba hacia la orilla y yo miraba su pelo mojado, oscurecido por el agua.
—¿Vas a esculpirme con la imaginación, señor ruso? - preguntó susurrando.
—Con la imaginación y con las manos también. Tengo que palpar este cuerpo para entender cómo
es. Recuerda que aún no lo he visto.
>>No te he visto desnuda aún. Estabas muy lejos. He venido aquí cuando ya estabas dentro. Es la
primera vez que voy a tocar un cuerpo sin haberlo visto antes. Y eso me excita como no te
imaginas. Mis manos van a adelantarse a mis ojos.
—Das por hecho que voy a dejar tocarme. Me has agarrado por la cintura, por si no lo has
notado.
Ya hacíamos pie; el agua me llegaba al pecho, pero a Eli, pese a ser alta, casi le cubría la boca.
Mido un metro noventa y siete.
—Ahora mismo no te toco, estás libre. Puedes salir – dije.
—Se está muy bien en el agua. Tenías razón, está perfecta. No me apetece salir ahora.
Entonces, Eli, alargando su dedo, empezó a pasarlo por mi cuello, tatuado, y por mis hombros,
asimismo llenos de relatos en clave de mi vida pasada. Adivinar su cuerpo sumergido, allí, sin
haberlo visto aún, me hizo querer alargar el goce.
Me moría por tocarla y poseerla bajo el agua, pero era un juego divertido y apasionante que no
pensaba terminar tan rápido. Mientras ella recorría mi torso con su dedo índice, yo acaricié su
pelo y su cara, única parte de su cuerpo que no estaba sumergida.
Con el pulgar de mi mano derecha, toqué sus labios y los recorrí enteros, varias veces, hasta que
abrió la boca y me lo chupó con la lengua. Después me lo mordió, sin soltarlo.
Con la otra mano acaricié sus orejas y su mandíbula. Ella incrementó la presión del mordisco; lo
interpreté como luz verde. Entonces bajé la mano, la metí en el agua, que estaba cristalina, y
empecé a tocarle la espalda y fui bajando hasta el culo. Palpando, mis dedos me informaron de la
forma de ese culito.
Era duro, muy redondo y más pequeño de lo que imaginaba. Me encantó la sensación. Lo acaricié
primero y después lo amasé bien, como si fuera a hacer un pan con ese par de glúteos firmes y
suaves. Ella dejó mi dedo y se puso de puntillas para susurrarme algo al oído que no entendí,
pero me dio igual.
Me mordió el lóbulo de la oreja y metió la punta de la lengua en mi oído, muy suave y
delicadamente. Yo acariciaba sus caderas, de una forma y textura, imaginé, perfectas. Subí un
poco hasta el hoyo del ombligo y de ahí maniobré hacia abajo.
Las tetas, de momento, estaban aplastadas contra mi estómago y era mejor tocarlas cuando
estuviesen más libres. Acaricié su vientre y fui bajando poco a poco hasta que los primeros
pelos, muy suaves, me guiaron en la ruta correcta. Toqué su clítoris y Eli se estremeció de placer.
Con unos gemidos me animó a seguir allí por un tiempo. Entonces, me mordió el hombro y
empezó a besarme el cuello. Poco a poco dimos unos pasos hacia la orilla, para que no tuviera
que estar de puntillas. La playa seguía desierta.
Acaricié, con movimientos circulares, el clítoris y los labios vaginales. Metí un dedo en su
vagina. Entró con mucha facilidad debido al agua marina. Eli más que gemir ya gritaba.
Necesitaba mambo, pensé, pero quise que fuera ella la que lo pidiera.
Me estaba encantando lo excitada que iba. Me besó en la boca. Pensé que me mordería, como
había hecho con mi dedo, mis hombros y mis orejas, pero no utilizó los dientes. Solo los labios.
Me gustó muchísimo ese beso sin lengua. La lengua está muy bien, pero que muy bien para
muchos asuntos, pero no considero que sea necesaria en cada beso en la boca. Ella estaba de
acuerdo. Y nos besamos solo con los labios.
Me agarró por la nuca con las dos manos y, de un rápido salto, se encaramó a mi cuerpo,
enlazando sus piernas en mis riñones. Las tetas salieron de mi estómago y se colocaron más a mi
alcance, sobre mi pecho. Las había notado, apretadas contra mi estómago, pero estaba deseando
contemplarlas.
Y allí las tenía, mojadas, turgentes, desnudas para mí, como el regalo de una diosa a un mortal. El
pezón que estaba a la vista me atrajo como un imán. Era rosado y estaba duro y erecto, pidiendo
lengua. La subí un poco más a base de brazos y, agachando la cabeza, fui hacia el pezón y lo
chupé frenéticamente.
Lo mordí, lo absorbí haciendo ruido y besé el resto del pecho. Eli había echado la cabeza hacia
atrás y me dejaba hacer. Pero no permanecía inactiva, la cabrona. Introdujo su mano en el agua y
buscó mi polla, que encontró al instante.
La agarró fuerte con una mano, por la base, y, con la otra, me rodeó el glande con los dedos,
acariciándolo con suavidad y, así me pareció, mucha pericia. Esa niña sabía latín y griego.
No tuve más remedio que acercar su cuerpo al mío, pegarlo más, para que su coño sustituyera a
sus sabios dedos. Esos dedos no solo sabían pintar lienzos.


* * * *

Salí del agua con Eli en brazos. La sequé con mi camisa como pude y fui a por otra camisa limpia
al coche. Se había levantado una brisa fuerte y Elisa temblaba. No hacía frío, pero permanecimos
demasiado tiempo en el agua. Eran casi las cinco y era octubre. El sol estaba muy bajo, no
calentaba ya.
Elisa me llamó por teléfono esa misma noche. Yo estaba cenando en casa del asesor principal de
un político catalán muy conocido.
Necesitaba estrechar lazos con la oligarquía local, que supieran que estaba ahí para ellos, pero
pasando por caja siempre y limpiando la ciudad de indeseables y delincuentes de poca monta que
no suponían un gran negocio para los políticos y asustaban a la ciudadanía.
—Guena, Guenita, te necesito. Estoy aquí, sola, y echo de menos tus brazos, tus fuertes manos y
tus caricias.
—Eli – dije saliendo a la terraza para que nadie pudiera escuchar nada –, ahora estoy en una
reunión importante pero a mí también me apetece mucho verte. Si no te duermes pronto,
espérame. No puedo decirte la hora. En cuanto salga de aquí, voy raudo para allá.
—Vamos a hacer una cosa. Si me quedo en casa, voy a dormirme. Iré a tomar algo por el centro y
así hago tiempo. Si acabas pronto, quedamos por aquí. Si no, nos vemos mañana. No te molesto
más.
—Perfecto, Eli. Te aviso luego.
Parece que disfrutó lo suyo allá en el mar esa tarde. No me esperaba esa llamada, como de niña
caprichosa que necesita a su macho. Halagó mi ego, por supuesto, pero no me terminaba de
cuadrar. De cualquier manera, me moría por volver a follarme ese cuerpo y acariciar su piel de
seda.
Además, ese asesor era el tipo más pesado, pedante y altanero que me había echado a la cara
desde que vivía en Barcelona. Insufrible de verdad, pero tenía mucha mano en el gobierno
regional de Cataluña.
Para mi sorpresa y alegría, a las once estaba fuera. Una fuerte jaqueca que le empezó al dichoso
asesor nos salvó de seguir escuchando más estupideces y delirios de grandeza.
Llamé a Eli y recibió las nuevas con muchísima alegría. Me esperaba en la Coctelería Le Noire,
un local que estaba muy de moda por entonces. Había estado un par de veces. No está mal,
aunque abusan de los tonos lilas, morados y malvas...
Llegué a las once y cuarto y allí estaba Eli, sentada en un puf blanco y bebiendo un cóctel junto a
un tío que no me gustó desde que lo vi, y no porque estuviera hablando con ella, ya que no soy de
esos que no dejan a su chica hablar con otros.
Más bien por la pinta que tenía, con ese pelo de boñiga de vaca aplastada, las patillas y la pinta
de niño rico al que aún no han metido nunca un buen par de hostias. Mi olfato en ese sentido no
falla nunca.
—Buenas noches, Eli – le dije dándole un buen besazo en la boca y acercándola a mí, enviando
una señal precisa al pelele, para que se largara cuanto antes.
—Hola, Guena. Qué rápido has venido. Mira, mientras te esperaba se ha acercado Toni, un
conocido.
Iba a saludarlo con la mano a mi pesar, pero él me puso las cosas sencillas y me alegré por ello.
—¿Guena? - dijo con una voz de pito de cacatúa afónica que me crispó los nervios. Creo que
hasta se me difuminó un tatuaje. Hay tíos con los que no puedo, son superiores a mí.
—¿Toni? - dije intentando, sin conseguirlo, imitar su tono, sus gestos y su capullez.
—Muy bueno, tío. Toni es de Antonio, pero Guena no sé de dónde viene – dijo intentando
aparentar una calma que estaba lejos de sentir bajo mi mirada antártica.
—No te pasará nada por que sigas sin saberlo – contesté.
Eli, viendo que Toni estaba en claro peligro, terció con rapidez.
—Bueno, Toni, ya nos vamos, tenemos bastante prisa. Hasta otro día, ¿vale?
—Vale, guapísima. A ver si otro día me presentas a otro menos borde que este – dijo el ridículo
aquel, bajando mucho el tono, sin saber que yo oigo conversaciones a varios metros de distancia.
—¿A quién llamas borde, perrita? - pregunté sin subir la voz, pero intensificando aún más mi
mirada.
—Bueno, no has estado lo que se dice muy amable conmigo – acertó a decir, obligado ante mi
mirada insistente.
—Solo he reaccionado a tu falta de respeto ante mi nombre. ¿Te parece divertido? No eres más
que un niñato que no ha salido de su guardería mental. Venga, desaparece de mi vista y que no
vuelva a verte nunca. Si alguna vez me ves venir, te cambias de acera o te mudas de ciudad.
Espero que te haya quedado claro.
—Bueno, bueno, menos lobos, caperucita – dijo él, creciéndose ante mis humillantes y
prepotentes palabras.
Entonces, le cogí de la mejilla con los dedos índice y pulgar y se la retorcí con bastante fuerza.
Eso le hizo dar un chillido de dolor y se dejó caer hacia abajo, como si fuera a desmayarse de un
momento a otro.
—Guennády, por favor, déjalo – me rogó Eli, muy preocupada.
—La próxima vez, suka, hablaremos solos. No te preocupes, que te encontraré yo a ti –
sentencié, soltándolo.
—Lo siento, tío, perdona, no quería ofender a nadie. Creo que ha sido un malentendido. Te ruego
que me disculpes – dijo el cobarde.
—Esa frase habría sido mejor oírla antes, en lugar de la de caperucita y los lobos. Bueno,
dejémoslo así. Ten más cuidado, chaval. No todos soportamos imbecilidades, ¿entiendes?
Salí porque no quería arruinar mi cita con Eli, pero me quedé con las ganas de meterle un buen
par de puños a ese meapilas.
Eli, cuando ya habíamos salido, me dijo, entre risas, que era un pesado insoportable, una lapa,
pero que no era malo en el fondo. Era hijo de un famoso empresario catalán y le gustaba
acercarse a charlar con todas las mujeres. Solía meter la pata, pero, hasta ahora, se había ido
siempre de rositas.
—Conmigo, y con la gente como yo, con dignidad, estos monicacos no se van de rositas jamás.
Verás como la próxima vez, si coincidimos en algún sitio, está justo en la otra esquina, o sale del
bar. No falla.
—¡Cómo te esperaba, mi ruso! Llevo toda la tarde rememorando todas las escenas del mar. Ha
sido genial, he disfrutado como una cría. Cómo sabes tocarme, Guena, es increíble.
>>Es como si conocieras cada poro de mi piel, cada punto preferido. No sé cómo lo haces, pero
sé que es innato, lo intuyes. Perdona si te he interrumpido en tu reunión. Me apetecía besarte,
agarrarte, morderte, besarte todo el cuerpo.
—¿Ya no? - interrumpí.
—Ahora más aún – me dijo al oído.
Fuimos a su casa. Eli vive en una lujosa urbanización, la preferida de la alta burguesía
barcelonesa. La casa es nueva. Las paredes son cada una de un color, pintadas por ella misma.
Cuadros suyos y de otros pintores llenan cada hueco de las paredes. Me gustó mucho lo que vi,
pero no estábamos, en especial Eli, para sutilezas de decoración. Sin casi darme tiempo a
quitarme la americana, se me abalanzó y me empujó al sofá, un precioso diván blanco de cuero,
comodísimo y muy amplio.
Estaba como loca, me mordía a mí, a la camisa, e incluso al sofá una vez. Era una fierecilla
salvaje. Me dio risa y cariño al mismo tiempo. Una mujer como esa, totalmente entregada y fuera
de control... El sueño de todos nosotros, señores, reconozcámoslo ahora que no nos oye nadie.
—Quiero follarte hasta que caigas desmayado, ¿me oyes? Vamos a comprobar qué tipo de duro
hombretón eres tú. Esta tarde has estado muy cariñoso y respetuoso y me ha encantado, pero
ahora quiero salvajismo, brutalidad, pasión desenfrenada, locura, imaginación, sexo puro.
—Yo te sigo, señora – fueron mis únicas palabras. Después, pasé a la acción.
Me levanté con Eli colgada de mi cuello y la senté sobre la mesa del inmenso salón. La mesa era
de cristal, pero repito que no estábamos para ningún tipo de miramiento. De un manotazo aparté
dos floreros y unas cuantas revistas.
La senté, agarré su camiseta blanca de tirantes y la rasgué de un tirón repentino, dejando a la
vista, sobre el sujetador, una buena parte de sus perfectas y grandes tetas. No quise quitárselo
todavía.
La besé con mucha fuerza, mordiéndola los labios hasta que salió sangre, apreté sus tetas con las
dos manos y las estrujé sin piedad. Eli se estaba volviendo loca, gritaba y me animaba a
incrementar más la presión con sus síes continuos y sus “vamos, no pares, cabrón”.
Me estaba enardeciendo. Sentí que podía perder el control, pero ella así lo quiso aquella noche.
El sujetador cayó también destrozado entre mis, entonces, garras. Le bajé el pantalón sin
miramientos ni ternuras y con él cayeron también las bragas que no llegué ni a ver.
Me la follé sin preliminares, metiéndola a la fuerza, muy bruscamente, como no había hecho
nunca a ninguna mujer. Gritó, no sé si de dolor, de placer o de ambas cosas a la vez, que es lo
más probable. Mi polla es normal de longitud pero tiene una anchura desmedida.
Por la tarde, en el mar, no hubo problemas gracias al agua. Aquello estaba más que lubricado.
Pensaba que me iba a costar, pero fue fácil. Cada dos minutos, agarraba a Elisa y la cambiaba de
posición, ora la ponía boca abajo y la embestía por detrás, ora la subía sobre mi polla ayudado
por mis brazos.
Así estuve todo el tiempo que pude, que no fue poco. No se calmaba. Estaba poseída por algún
delirio sexual que yo desconocía.
—¡¡Sigue, sigue, dale, mi ruso, dale, me está encantando, me estás llevando a la gloria hoy!!
Síiiii, así, más, más, más...
La puse en el suelo, como a una perrita, y la cabalgué así, a cuatro patas. Parece que ahí se corrió
por vez primera. Yo aún aguantaba, pero estaba al límite. Sus chillidos y ánimos iban a hacer que
me fuera pronto. Me concentré y traté de no escucharla. No podía fallar a una hembra como ella
en un momento así.
Más joven que aquella noche no lo sería más, aunque me acercaba a los cuarenta tacos. Volví a
sentarla sobre la mesa porque noté que en esa postura aguantaría mucho más. A cuatro patas
estuve a un tris de correrme. Le gustó el cambio. Ella prefería esa postura, lo notaba por cómo
me arañaba los brazos y la espalda.
Decidí aprovecharlo y allí me quedé hasta el final. Cual toro desbocado, embestí como un
salvaje, con todas mis fuerzas. Se cayó todo lo que había en la mesa, rompiéndose algunos
objetos de cristal al caer sobre el suelo de baldosas ajedrezadas.
Para que no me distrajeran esos sonidos, en cuanto caía algo, ella me apretaba con más fuerza
para que me diera cuenta de que eso no importaba lo más mínimo en esos momentos. Se corrió
dos veces más hasta que me fui yo, finalmente.
Cuando me corrí, le tiré de la rubia y preciosa melena con tal fuerza que temí haberla hecho un
esguince cervical, pero Eli estaba en forma y tiene un cuello muy fuerte que soportó el brutal
tirón. Es más, le encantó.
Cuando recuperó un poco el aliento, alcanzó a decir, agotada:
—Así folla un hombre de verdad, así.
Y entonces me miró de otra forma. Esa mirada me pareció la más auténtica de ella. No estaba
calculada, era de sincera admiración y agradecimiento.
—Pues solo estaba calentando, niña – dije, con una sonrisa.
Eli abrió mucho los ojos y aceptó con un gesto. Y volví a empezar, probando todas las posturas
que recordaba e inventando otras nuevas.
Dos horas más estuvimos así, en un asalto continuo, en un combate sexual donde parecía que nos
fuera la vida. Acabamos tirados en el sofá, agotados y hastiados de placer. Allí mismo nos
dormimos, abrazados, entre besos, pegajosas nuestras pieles de fluidos y sudor.
Un rayo de sol me despertó a las ocho de la mañana. Suelo despertarme siempre a las siete, pero
aquella noche había sido especial y me dormí. Eli estaba encima de mí, con sus manos sobre mi
pecho, velludo y tatuado.
Intentando turbar su sueño lo menos posible, tras múltiples y complicadas maniobras, conseguí
levantarme de allí y buscar un lavabo donde asearme un poco. La casa tenía muchos, así que no
me fue difícil.
Me di una ducha rápida que me despejó del todo y me dispuse a buscar la cocina para prepararle
a Eli un buen desayuno.
No tenía gran cosa. Se notaba que a esa chica no le gustaba mucho entrar allí. Solo pude preparar
tres huevos duros y seis tostadas con unas líneas finas de la poca mermelada de fresa que le
quedaba en un tarro.
No era gran cosa, pero no pude hacer más. Encontré una bandeja y lo llevé al salón. Eli estaba
desperezándose en ese momento.
—Ohh, has preparado un desayuno. Pobre, si no tengo nada. Nunca desayuno en casa. Estoy
muerta de hambre. Eres un caballero de los que ya no quedan, ¿sabes?
—Bueno, no tanto. De momento, solo estás viendo lo bueno, pero es mejor así – dije – . Ahora
come. Esta noche te he llevado hasta la extenuación física, niña.
—Ha sido grandioso. Siempre he tenido el sueño de que un tiarrón así, un cachazas, como
decimos entre nosotras, me pusiera así, de lado a lado, sin dejarme ni respirar, manejada como
una marioneta. Lo necesitaba, lo he anhelado siempre. Has cumplido mi sueño, señor hiperbóreo.
—Estoy encantando de que, con tan poco, estés tan satisfecha.
Cinco días después, volví a casa de Elisa. Por asuntos de negocios, tuve que ausentarme de la
ciudad condal. Elisa estuvo muy nerviosa esos días. Me enviaba continuos mensajes y decía que
no podría aguantar sin mí tantas horas.
Le dije que, en cuanto llegara a Barcelona, iría a su casa para continuar nuestra batalla sexual,
que no había hecho sino empezar. Eli ha sido la única mujer que me ha hecho bajar las defensas.
Me hacía perder la cabeza.
Yo también pensaba en ese cuerpo de pecado a todas las horas del día. Mientras comía, mientras
volaba en avión, durante jodidas reuniones con políticos y aduaneros. En todo momento sus tetas
altaneras y levantadas asaltaban mi mente. Pero sobre todo echaba de menos mirarla y escucharla
reír. Ante todo su risa.
Llegué a Barcelona a media tarde. Me duché y, cuando estaba afeitándome para no irritar la cara
de Eli con mi barba de dos días, sonó el teléfono. Había surgido un imprevisto de último hora.
Mis hombres tenían, en uno de nuestros pisos francos, a un famoso chivato de la policía que
traicionaba hasta a su madre por coca.
Le teníamos muchas ganas, y al fin le habíamos atrapado. La cita con Eli estaba cancelada. Solo
yo podía encargarme del correspondiente interrogatorio. Y podía durar mucho tiempo.
Llamé a Eli y le dije la verdad, que había surgido un asunto que exigía mi presencia urgente.
Tendríamos que aplazar la batalla, le dije.
Muy enfadada, se puso a la defensiva, como niña rica y caprichosa que era en el fondo, y colgó a
los pocos segundos. Quería sexo y lo quería ya. Eli me tenía loco, pero no hasta el punto de
poner en peligro mi vida y la de mi gente. Si se enfadaba, que se jodiera. Y punto.
El chivato, finalmente, me decepcionó. Cantó en menos de una hora. Y es que una simple cuchilla
de afeitar oxidada acariciando los cojones hace a uno recordar hasta los ingredientes de la
primera papilla de la infancia. Conservó los huevos pegados al cuerpo, pero ahora está en el
fondo del Mare Nostrum.
A las once estaba libre. Mis hombres se encargaron de llevar el cadáver al puerto y aproveché
para llamar a Eli.
—Elisa, he terminado antes de lo previsto. Estoy listo para ti. ¿Me oyes? Hay mucho ruido,
¿dónde estás?
—Guena, ahora estoy en una disco, bailando, hay poca cobertura. Te llamo mañana, ¿vale?
—Ya no se te ve tan ansiosa como estos días pasados. Como quieras. Buenas noches – dije,
colgando de inmediato.
Antes de diez minutos el teléfono ya sonaba. No necesité mirar la pantalla para saber que era
Elisa. Sin reducir el régimen de mi Lamborghini Huracán Spyder, de color amarillo, sin duda mi
coche favorito, contesté al teléfono.
El Lamborghini, a altas revoluciones, como me gusta llevarlo, suena como el mar enfurecido
durante una tormenta de invierno. Como su propio nombre indica, es un auténtico huracán.
—Guena, mi Guena, soy yo, perdona lo de antes. Me he ido a bailar para desfogarme un poco.
Me he cabreado mucho conmigo misma por tratarte así. Tenía tantas ganas de verte. No llevo
bien la frustración, como ves.
>>Sí, no hace falta que lo digas, soy una niña mimada, lo sé. Te llamo para disculparme y para, si
aún te apetece, venir a verme. Estoy yendo a casa en taxi. En cuanto has colgado he salido de la
disco. A veces me comporto como una cría.
—Ya no estoy de humor para esto, Eli. Te agradezco la llamada y acepto las disculpas. Pero
mira, ahora estoy en mi Lamborghini y me voy con él a hacer curvas por la montaña.
>>Me apetece conducir y escuchar mi música rusa mientras me relajo cambiando marchas y
acelerando a tope. Nos vemos otro día. Que descanses y tengas buenas noches.
—Espera, Guena, por favor, solo te pido que no me cuelgues. No cuelgues.
—No cuelgo, te escucho.
—Cómo suena esa máquina, qué barbaridad, casi no te entiendo. ¿A qué velocidad vas?
—Me gusta escuchar este motor. Tranquila, voy bien, un poco ligero pero controlando. He tenido
un asunto desagradable esta tarde y entre eso y tus respuestas por teléfono, me he puesto de mala
hostia. Es mejor que ahora lo dejemos así, Eli, hazme caso. Mañana estará todo bien.
—Me gustaría ver cómo conduces. ¿Algún día me llevarás en tu querido Huracán?
—Hasta ahora es mi coche. Aquí no sube nadie más que yo. El asiento del copiloto sigue virgen.
Veremos si contigo hago una excepción algún día. Como estoy cabreado contigo, ahora te digo
que no, pero quizá cambie de idea.
—Anda, no te enfades, me he disculpado. Tienes razón en estar mosqueado. Sabes qué ocurre,
que estoy acostumbrada a que los hombres babeen por mí y a manejarlos como perritos.
>>Cualquier otro no solo habría venido corriendo, sino que encima me habría pedido perdón él a
mí. Contigo todo es diferente. Me estás dando buenas lecciones, y te lo agradezco. Lo de hoy se
me está bien, por niñata.
—Te lo dices tú todo – dije.
—Una cosa es ser mimada y otra mimada y tonta. De lo segundo tengo poco – contestó.
—Bueno, Eli, ahora te dejo, que llega un tramo que necesita de toda mi concentración. Un beso,
hasta luego – dije.
—Vale, adiós – dijo con una tristeza que me pareció auténtica.
Conduje una hora y no pude seguir. Estaba loco por ir a su casa y superar el maratón sexual que
tuvimos. Tendría que tragar un poco de orgullo. A veces la polla puede más que nuestro ego, qué
le vamos a hacer. Paré en el arcén y llamé.
—Guena, has llamado. No lo esperaba. Gracias.
—¿Te he despertado?
—No, estaba viendo una película tonta. No tengo sueño – contestó.
—Me apetece ir a verte. Me he calmado un poco. He dejado el mal humor en el asfalto. He
fundido la mitad de los neumáticos.
—Dime, ¿qué música escuchas cuando estás así? Me interesa, parece que te ha cambiado el
humor, aunque tú lo achaques más al coche.
—Grupos típicos nuestros, algunos de mis tiempos de adolescente: Kinó, Splín, Bi-2, Nautilus
Pompilus, Mashina Vrémeni y algún otro. Pero sobre todo Kinó, me gusta mucho la voz del
fallecido Víktor Tsoy.
—Si vienes, salgo de casa y voy a dar un beso en las ruedas de ese querido Huracán, y me vas a
apuntar esos grupos en un papel. Quiero escucharlos a solas, sabiendo que es la música que te
gusta – dijo Eli.
—Voy a ir y vamos a continuar un trabajito que quedó a medias, señora.
—Interesante propuesta. Voy a ponerme algo sexy.
—Tranquila, tienes tiempo. Me queda no menos de una hora, estoy lejos – dije.
—Te espero, Guena. No sabes cómo te he añorado estos días. Ya no puedo vivir sin tu cuerpo,
sin tu acento ruso, sin tus manos sobre mi cuerpo. Es que no puedo. Soy una gata celosa y
caprichosa, pero soy tuya, solo tuya.
—A ver si le pongo el cascabel a este peligroso gato, entonces – dije.
Su risa espontánea y musical llenó el interior del Huracán. Arranqué y salí a escape, impaciente
por volver a ver el cuerpo de mujer más bello que había contemplado nunca.
Puse la canción Kukushka, de Kinó, a todo volumen y la fui cantando mientras volanteaba mi
querido bólido. Hice el mismo recorrido en siete minutos menos. Llevé al canario salvaje casi al
límite. Solté adrenalina por un tubo. Necesitaría una ducha en casa de Eli.
Llegué hacia la una y media de la noche. Por teléfono avisé a Eli de que necesitaría una buena
ducha. Me dijo que quería ducharse conmigo. Lo que faltaba, otra vez en el agua. ¡De putísima
madre!
Eli dejó las puertas abiertas. Me esperaba en ropa interior con liguero y medias negras, de pie,
en el salón. Con zapatos de tacón alto casi llegaba a mi altura. Apenas tengo adjetivos para
describir la impresión que me produjo su cuerpo con esa ropa hecha para parecer atractiva a la
bruja más fea del planeta.
Pensé que no podría ni ducharme. Y así fue. De todas formas, me había duchado muy pocas horas
antes. Aunque estaba un poco sudado de la conducción, no era grave, no olía mal.
Me acerqué a ella, pero sus piernas se fueron alejando de mí. Subió las escaleras, mirando hacia
atrás, para comprobar que la seguía. Entramos en su habitación, que aún no conocía, y se sentó en
una silla. Me hizo indicaciones doblando su dedo índice y allá fui. Antes de comenzar nada, me
soltó esto:
—Quiero que me ates y amordaces, Guena. Llevo soñando con esto toda la semana, cariño – dijo,
utilizando por vez primera ese adjetivo. Si hubiera hecho caso a mis sensores, habría salido de la
casa inmediatamente. Atarla y amordazarla, pero ¿qué era esto? En pocos días llegarían los
látigos y las máscaras, pensé.
—Como quieras. Estás preciosa con estos trapitos. Me vuelves loco, Eli – dije mientras la ataba
de pies y manos.
—¿Te esperabas algo así?
—La verdad es que no. Me has engañado bien con lo de la ducha. Pensé que me esperarías en el
jacuzzi o en la piscina... - contesté.
—Bueno, si quieres decir tus últimas palabras, estás a tiempo – le avisé.
—Sí, mi última voluntad es morir de placer, si eso fuera posible – masculló.
—Sea.
La amordacé con un trapo que ella había puesto para la ocasión. Entonces, besé todo su cuerpo,
le comí las tetas con fruición, como un poseso. Me excitaba verla así, atada y sin poder hablar.
Al principio me miraba, pero después cerró los ojos y decidió disfrutar sin verme.
Quise comerle el coño, pero como le había atado los pies a la altura de los tobillos con las
piernas bastante juntas, me fue muy difícil, aunque algo pude lograr. Movía los dedos con
insistencia.
Tras unos segundos de desconcierto, entendí que quería agarrármela. Me quité los pantalones y la
ropa interior y me la toqueteó. Se empezó a mover mucho, trataba de decirme algo. Finalmente, le
quité el trapo para ver qué ocurría. Quizá estuviese incómoda o le doliera la piel por las
ataduras.
—¡Quiero chupártela, por favor! No voy a hablar, solo chupar – me rogó.
—Por favor... - dije acercando mi miembro todo lo que pude a su boca, mientras ella bajaba la
cabeza. La posición era muy incómoda para ella, pero estaba loca por hacerlo.
Me apetecía tanto follarla... después de una hora de juegos, besos, mordiscos e incluso fingir que
me iba abandonándola allí, para ver su reacción, decidí desatarla.
—Guena, cómo he disfrutado, esto es increíble, mi vida, tienes que probarlo, en serio. Es otro
nivel. Es un deleite continuo, ya lo comprobarás.
—Bien, puede ser, pero ahora necesito follarte, niña. Luego me atas y me haces lo que quieras,
pero no puedo aguantar más – dije.
—Sí, yo también lo deseo.
Follamos sobre la cama. Me dolían un poco los riñones de tanto avión y la brusca conducción
deportiva que había realizado. Me tumbé boca arriba y ella se puso encima. Esa vez le dejé la
iniciativa a ella. Cabalgó como la mejor de las amazonas. Buena chica.
Y llegó mi turno. Le dije que prefería que me atase a la cama. Estaba muy cansado como para
estar mucho rato en aquella silla. Además, conociendo a Eli, era capaz de torturarme más tiempo
del debido. Aceptó gustosa. Parece que lo importante era atarme. Estaba loca por hacerlo, se lo
leía en los ojos.
Llevó a cabo la operación con calma, disfrutando del asunto como una perra en celo. A mí no me
hizo mucha gracia. La primera mano ya estaba atada. Cuando iba a atarme la otra, me arrepentí:
—Eli, sabes, yo no quiero que me ates. Esto no me gusta. Sé que parece muy sexy y todo eso,
pero no me apetece. Desátame esa mano.
—Tranquilo – me dijo besándome todo el cuerpo, poniéndose encima de mí, desnuda, con su
cuerpo venido del Olimpo, mirándome como una sacerdotisa en un ritual. Estaba como poseída
aquella noche. Me fue atando la mano y consentí.
Como soy bastante alto, los pies me quedaban muy cerca de las barras que tenía atrás la cama y a
ellas me los ató. Estaba listo, pensé. Me sentí un poco ridículo, pero esperaba que las
compensaciones fueran mayores que mis reticencias. Iba a ponerme el trapo en la boca, pero no
se lo permití.
—No, Eli, esto sí que no. Hazme caso. Hay cosas que no, por nada del mundo. Si quieres,
empieza a torturarme sexualmente, pero no me vas a amordazar.
Mi mirada ayudó a que lo entendiera bien. Y lo comprendió.
—Vale, como quieras. Tú sin mordaza entonces. Pero no hables, has de permanecer calladito, por
favor. ¿Lo prometes?
—Lo intentaré – susurré.
Con solo ponerse encima de mí, consiguió provocarme una erección de caballo. Me empezó a
acariciar con una pluma las piernas y el vientre. No tengo cosquillas, así que eso no iba a
suponer ninguna tortura, pero no pensaba confesárselo. Bajó a las plantas de los pies, pero fue
inútil.
Me gustaba el tacto de la pluma y contemplar su cuerpo arrodillado sobre la cama. Sus tetas eran
aún más bellas cuando se agachaba, apenas caían, simplemente se separaban un poco del cuerpo;
las tiene tan firmes que la gravedad aún no puede con ellas. Me pasó la pluma por los testículos y
por la verga.
Después, acercó sus tetas a mi polla y me hizo una especie de cubana, colocando los pezones
sobre el glande y, con ellos erectos, estuvo un rato divirtiéndose.
De repente, se levantó y me dijo, con un gesto, que esperase. Esperé, pero no se oía nada.
Silencio total. Habría ido al baño, pensé. Como tardaba, empecé a impacientarme y grité que no
me gustaba nada ese juego. Había tenido bastante.
—¡¡Eli, Eli!! - vociferé enfadado –, suéltame, desátame ya. ¿Por qué no vienes?
Silencio.
Entonces, lo entendí todo. Me cagué en la puta madre que parió a todas las zorras hijas de puta de
la tierra, del pasado, del presente y de las que fueran a nacer. Joder, ¡¡era una puta trampa!! Me
había cazado como a un gilipollas, como a un palurdo, como a un novato de mierda.
—Tvoyú mat, suka, bliad!!! Juyóvaya suka, govñusha, jítraya zhopa, poshlá v zhopu!!!! Na
kázhduyu jítruyu zhopu yest jui vintom...
Tenía que salir de ahí cuanto antes. Enemigos no me faltan, así que era inútil pensar quién había
podido organizar aquello. Podría haber sido cualquiera. Había que escapar.
Por suerte, tengo una fuerza animal en los brazos y, tras múltiples tirones, que me desgarraron las
muñeca hasta hacerme sangrar, pude arrancar uno de los pivotes delanteros de la cama y así, con
los dientes, poco a poco, conseguí quitarme la primera atadura.
Con esa mano libre, pude desatarme en poco tiempo. Maldita puta de los cojones, ¡¡hay que ser
zorra para hacerme esto!! Joder, pero en quién se puede confiar en este mundo vil y miserable.
Un nombre me vino a la cabeza. Román. Solo en Román. Pero yo estaba jodido. Estarían en la
casa ya. Tardé más de tres minutos en liberar la primera mano. Por suerte, la zorra no cogió mi
ropa, donde llevo tres pistolas y algunos cuchillos de lanzamiento automático. Podrían salvarme,
aunque el asunto estaba jodido.
Miré por la ventana. La noche era oscura y quedaba aún bastante hasta que amaneciera, muchas
horas. Era una ventaja para mí, pero también para ellos, si me estaban acechando.
La ventaja era que sería más difícil alcanzarme con las balas en aquella noche sin luna. mientras
me ponía a toda hostia la ropa, oí ruidos de coches que aparcaban junto a la casa. Ya no había
tiempo de escapar.
Y me di cuenta entonces de que el puto móvil se me había olvidado en el Lamborghini.
Enchochado por una traidora miserable y desgraciada... Si es que no se puede pensar con la
polla, me lo tengo dicho muchas veces, pero nada, yo a lo mío.
Ya no podía apagar la luz de la habitación. Sería como gritar: ey, idiotas, estoy aquí.
Desde la ventana, con mi Taurus 838 en la mano, vi cómo los coches de mis hombres aparcaban.
Eran ellos. El BMW 530 de Tima, el Mercedes GL negro de Andrusha y, lo que me acabó de
matar definitivamente, el Nissan GT-R naranja del que creí leal amigo Volia. Venían a matarme
mis propios hombres.
Me dieron ganas de pegarme un tiro de la puta desesperación de verme traicionado de esa forma
por todos. Mi chica, mis hombres... Ya solo faltaba allí mi pobre madre, anciana, con un cuchillo
en la mano. ¿Estaría soñando? Había que pensar algo, y rápido.
Salen de los coches, pienso, pienso, y todas las opciones son similares. Hacerme fuerte en alguna
esquina y reventar a cuantos pueda. Así acabaré cayendo. A situaciones límite, soluciones límite.
No entran en la casa, esperan fuera.
¿Qué ocurre? Llegan otros coches que no conozco. Al fin sabré la verdad. Dos Mercedes negros;
un Aston Martin, ¡no te jode!, viene Jaime Bond en persona a decirme dos veces su nombre y una
el apellido. Reunión en la verja. ¿Tanto miedo me tienen? Si se supone que sigo atado a la cama,
¿verdad, Elizorra?
Tres metros hasta el suelo desde aquella ventana. No hay otra opción. Salto. Me duelen mucho
las plantas de los pies, pero no me rompo nada. La hierba ha amortiguado el ruido de mi cuerpo.
Corro hacia los árboles que están detrás de la casa. Intento volar como un guepardo de la sabana
keniata.
Me arden los pulmones. Salgo a una carretera de la urbanización. No es seguro. Tengo el corazón
en la garganta debido a la carrera. Una luz, una casa. Allá voy. Una valla. La salto ágilmente.
Viene un perro. Me ladra.
Le apunto con la pistola. Entiende y calla, gañendo. Me cuelo dentro a través de una ventana
entornada. Una pareja duerme. Vaya, son dos tías. Mejor que mejor. Me meto con ellas en la
cama.
Una de ellas se medio despierta e intenta abrazarme. Le permito que lo haga. La otra se revuelve
inquieta y hace ruidos con la boca. Espero. Escucho. Miro a la que me abraza. Está muy buena.
Ambas están desnudas. Nada, que no me libro yo de los culos y las tetas ni cuando mi vida pende
de un hilo.
Es mi sino. Y sin buscarlo. Tengo la pistola en la mano, para cuando despierten. De repente, la
abrazadora abre un ojo y me ve. Antes de que chille tiene mi mano puesta sobre su boca. Ve la
pistola. Digo, en voz baja:
—Tranquila, no vengo a haceros daño, créeme. Estoy escapando. Quieren matarme. Si me
ayudáis y todo sale bien os recompensaré muy generosamente. Por la casa no parece que
necesitéis mucho dinero, pero os daré lo que queráis.
>>Si me traicionáis, os mato a ambas. Vuestro perro, muy listo, lo ha entendido. No espero
menos de vosotras. ¿Puedo quitar la mano? ¿No gritarás?
Negó con la cabeza. Retiré la mano de sus labios.
—Buena chica – dije.
La otra lesbiana se despertó. Estaba muy delgada, pero era preciosa.
—Ana, ¿qué ocurre? - dijo volviéndose.
De inmediato, le tapé la boca. Era fundamental que no se oyera ni un puto ruido. Ana le explicó
la situación. Le rogó que no gritara, que este hombre no quería hacernos daño y bla bla bla. Quité
la mano de su boca.
—Señoritas, así está la situación. Soy un capo de la mafia rusa. Esta noche me han traicionado
todos. La mujer a la que amo me ha atado a la cama y se ha ido, dejando que mis enemigos
vengan a ajustarme todas las cuentas que tienen pendientes conmigo. Lo peor no es eso, con ser
malo.
>>La mayoría de mis hombres están ahora en esa casa. Iban a matarme. He saltado por una
ventana y he escapado. He visto vuestra ventana abierta y he entrado – expuse con rapidez y
claridad.
—Si hay ideas, las escucho – añadí, mirándolas.
Las chicas, por el choque emocional, no eran conscientes de que estaban desnudas. Me miraban
ambas con la boca abierta. Yo estaba en camisa, con solo tres botones abrochados, sin
americana, que no me dio tiempo a coger. Me miraban el pecho y los tatuajes.
—Esto es como un sueño, ¿verdad, Inma? - dijo Ana, que tenía unas tetas enormes y un culito
minúsculo.
—Es nuestro sueño, Ana, jaja, nuestro sueño. Es increíble – dijo la preciosa Inma, con sus
pequeñas tetitas en punta, abriendo mucho la boca.
—Un momento, chicas. ¿Quiénes sois? ¿Estáis en el ajo también? ¿Qué ocurre aquí?
—Tranquilo, hombre, tranquilo. Voy a explicártelo – dijo Ana –. Tú has sido sincero y nos gustan
las personas así. Vamos a ayudarte. Esto es una aventura que sucede una vez en la vida.
>>Lo del sueño es una historia larga, pero resumiendo te diré que no somos lesbianas, aunque,
bueno, sí, dormimos juntas desde hace un tiempo. Somos amigas. Nuestros maridos nos
engañaban con muchas zorras, hasta que un día, hartas de todo, decidimos contarnos nuestras
penas.
>>Acabamos llorando y abrazándonos y, sin saber cómo, terminamos así, desnudas, besándonos
y amándonos. Nos hemos divorciado al mismo tiempo. Nos gustamos físicamente, pero siguen
atrayéndonos los hombres. Esto sucedió solo hace tres semanas. Ni siquiera entendemos aún bien
qué ocurre.
>>Pero mira, tiarrón, si me permites llamarte así, es que estás tremendo, la semana pasada
empezamos a hacer fantasías y dijimos que sería una gozada que un macho enorme, de dos
metros, cachotas a mazo y tatuado perdido, entrara por la ventana, nos cogiera a las dos, y nos
diera candela de la buena.
>>Echamos de menos ser folladas, así de claro te lo digo. Lo increíble es que ha sucedido esto.
Al principio creí que estaba soñando porque habíamos hablado de esto. ¿No es increíble?
—La madre que me parió, chicas. Jodeeer. Esto es tremendo. Sin duda, es una señal de que estoy
en el sitio correcto. Soy un vor, soy lo que soy y no lo niego, he matado a tipos indeseables, pero
soy ortodoxo, creo en Dios y en nuestro señor Jesucristo y sé que esto es una señal. Él me ha
traído hasta vosotras, mis ángeles.
>>Os he dicho que os daría lo que quisierais. Dinero, pues dinero. Si preferís mi cuerpo, será
vuestro. Sois preciosas, la verdad. Eso sí, no ahora. Tengo que entender qué ocurre, vigilar bien.
Rodearán la zona. En cuanto pase el peligro, tendréis vuestra ración de eso que necesitáis. ¿Hay
trato?
—Uuhhhh, - empezó a gritar Inma, pero le tapé la boca.
—En silencio hoy, por favor. Sigamos aquí, tumbados – dije.
—Eres nuestro macho. Vamos a hacerte lo que quieras. Dos tías cachondas que te van a hacer
locuras.
—Se me ocurre una idea – dije –. Para terminar antes y poder llevar a cabo nuestro trato, una de
vosotras puede ir con el perro, simulando que lo saca a mear, y vigilar la casa de la puta que ha
hecho esto. Quizá fuera una de las que se follaban vuestros ex, casi seguro. Tiene un cuerpo
explosivo, se llama Elisa.
—¿Elisa? ¿La de la casa 43?
—Joder, esa misma, no me digas que la conocéis.
—Algunas veces nos ha invitado a su casa. Da unas fiestas increíbles. No sabemos en qué trabaja
ni de dónde saca la pasta. Es la mejor casa de toda la urbanización – explicó Inma.
—Esto es muchísimo mejor entonces. Olvidad lo del perro, es muy tarde, y sería extraño. Vamos
a esperar a mañana. Iréis a invitarla a una fiesta o a lo que se os ocurra. Me contaréis qué pasa en
la casa y cuántos coches hay cerca.
>>El Lamborghini amarillo es mío, si es que no me lo levantan. Ahora vamos a descansar. No
encendáis ninguna luz.
Dejé mi pistola en la mesilla y me dejé querer. Las chavalas, unas tías de unos treinta años, me
desabrocharon la camisa lentamente. Inma me quitaba los botones, Ana me besó en la boca y me
puso sus preciosas y grandísimas tetas casi en la cara. No pude resistir tocarlas.
Ese trato iba a ser mi venganza personal contra Eli. En unos pocos minutos estaba con dos
mujeres muy atractivas en la cama, tras escaparme de tus traidoras garras. ¿Qué te parece, cerda?
—Chicas, un segundo. He venido corriendo como un loco. Mi chica me traicionó mientras
hacíamos el amor. No estoy muy... limpio. Dejadme dos minutos, solo dos. Una ducha rápida y a
lo nuestro.
—De acuerdo, campeón. En este mismo cuarto está nuestra ducha. Puedes usarla. Hay toallas
limpias en el armario. No tardes – dijo Inma con una sonrisa, guiñándome un ojo.
En cuanto me dirigí al baño rieron como crías. No podían creer en su suerte. Salí en calzoncillos
de la cama. Admiraron mi cuerpo.
—Hostia, tío, cómo estás, cabrón... - dijo Ana – No he visto una espalda más bonita en mi vida.
¡Y qué piernas! Esto es un hombre, y no los nuestros, dos tíos que no llegan a los treinta y cinco,
tienen unas barrigas de embarazada que dan pena, medio calvos, fofos, débiles... En fin, para qué
seguir.
>>Te esperamos, león. No nos falles. Estás muy fuerte, pero no hinchado como un globo, no
pareces culturista. Es un cuerpo fuerte, sano, natural. Me gusta mucho ese cuerpazo que me voy a
comer enterito.
—Perdona, que nos VAMOS a comer, tía – terció Inma –. Coincido con Ana, en nuestros sueños
eróticos lo imaginábamos bueno, pero no tanto.
Me aguardaba una buena noche. Habría que cumplir. Soy hombre de palabra. Les dije que, por
esconderme, les daría lo que fuera. No podía echarme atrás.
Salí de la ducha desnudo, muy excitado ante la idea de dos hembras esperándome. No puedo
decir que no tenga experiencia en estos lances. A veces he estado con cuatro y hasta con cinco
nenas al mismo tiempo. Pero eran lo que eran, putas de lujo o interesadas. Esto era diferente.
Había que cumplir y quedar bien.
Me planté delante de ellas, tensando todos los músculos del cuerpo, con la polla dura, limpia,
roja y brillante. Se les caía la baba. Y a mí también al verlas. Eran dos mujeres preciosas, y
parecían divertidas y buenas personas. Me acosté entre ellas y las abracé a ambas. Me besaron al
mismo tiempo.
No tenían experiencia y eso me encantó. Se molestaban, se chocaban a veces, pero pronto
aprendieron a turnarse bien. Mientras Ana me chupaba la polla, Inma me acariciaba el pecho y
me ofrecía su chochito, que le comí gustoso. Estaba muy rico.
Como conseguí que se corriera, me pareció justo que Ana fuera la primera en ser penetrada. No
me corrí de la mamada porque tuve mucho trote con Eli y tardaría en irme. Me follé a Ana a
cuatro patas e Inma se me subió encima como si fuera su caballo y me besaba el cuello, me
mordía las orejas y bajando, llegó al culo.
Me hizo un beso negro que fue una delicia. Gracias a él, me corrí con muchísimo placer dentro de
Ana. La cabalgada había sido buena, lo hice con toda mi potencia. Sentí que Ana necesitaba más,
pero podría después seguir con ella. Le tocaba el turno a Inma, que se moría por que la penetrase.
A Inma me la follé de pie.
La cogí en brazos y me la puse encima. Pesaba muy poco y fue facilísimo. Mis fortísimos bíceps
pudieron con esa carga, subiéndola y bajándola a buen ritmo y durante un tiempo que me pareció
aceptable. Mientras, Ana me besaba, se ponía detrás de Inma, la besaba a ella también, estaban
locas de excitación.
Cuando acabé con Inma, me tumbé un rato, tras tumbarlas a ambas en la cama y me dediqué a
masturbarlas para recuperarme un poco. Ana tuvo más suerte pues le tocó la mano derecha, soy
diestro. Pero Inma gozó lo suyo.
A continuación me follé a Inma por el culo, era una de sus fantasías aún no realizada. Tuvimos
que utilizar abundante vaselina. Nos costó un poco y temí lastimarla. Lo hice muy suave, con gran
cuidado. Le encantó.
Después, fui de nuevo a la ducha y empecé con Ana. Estaban admiradas. Ya les parecía más que
de sobra, pero le dije a Ana que quedaba su ración, y que por la mañana, si me dejaban dormir un
poco, habría más.
A Ana me la follé esa segunda vez de pie, pero por detrás. Ella apoyada en el armario con las
manos y yo detrás, agarrándola de esas tetas tan buenas que tiene. Inma, muy excitada, me volvió
a cubrir el cuerpo de besos: las piernas, el culo, la parte baja de la espalda, el cuello y otra vez
los glúteos.
Me hizo otro beso negro. Parece que le gustó esa parte de mi anatomía. Pero como llevaba tanto
trote, ni siquiera ese beso pudo acelerar mi eyaculación. Estuve casi media hora embistiendo a
Ana. Quería chillar, y yo le cubría la boca con la mano. Necesitaba el silencio de la noche.
Al mismo tiempo que follaba escuchaba todo. Estaba atento. Follé mecánicamente, aunque no
puedo decir que sin placer. Ana tenía un chochito estrecho que me producía un gran goce.
Y al fin, total y absolutamente agotado, me tumbé dispuesto a descansar un poco. Tenía un hambre
de lobo. Mis bisexuales amantes se adelantaron a mis deseos y me propusieron comer algo.
—Os lo agradezco en el alma. Desfallezco de hambre. No puedo más.
—Esa traidora no te cuidaba bien. A un hombre así hay que alimentarlo sin cesar, para que esté
fuerte y contento – dijo la simpática Inma.
—Gracias, querida. Es cierto. Al menos hoy, lo necesito. Estoy agotado. Ha sido un día
complicadillo.
Entre las dos me prepararon una suculenta cena que devoré más que comí. Me llevaron todo a la
cama, en varias bandejas. Se quedaron allí sentadas, como dos buenas madres o hermanas,
viéndome comer todo.
No se atrevían, aunque lo deseaban, a tocarme. Cuando terminé, cerré los ojos y ellas se
apresuraron a tumbarse una a cada lado y me abrazaron, acariciándome el cuerpo. Así me dormí
aquella intensa noche.

* * * *

Tras despedirme de mis salvadoras, hacia las diez de la mañana, tras habérmelas follado otras
dos veces a ambas, prometiéndoles volver pronto a seguir con sus fantasías, me pidieron un taxi
con el que llegué hasta el centro.
Allí, desde el teléfono público de un bar al que nunca había entrado, llamé a Román, el único
hombre del que me fío y me fiaré siempre, incluso después de la muerte.
Le expliqué la situación. Se preocupó mucho. Nadie le había alertado de nada. El complot estaba
bien preparado. Dos hombres de su confianza, que trabajan en Barcelona, me recogerían por la
tarde y me llevarían a Valencia, donde Román tiene casas y varios negocios. Allí decidiríamos
qué hacer.
A las ocho de la tarde estaba en la capital del Turia.
Me llevaron a la mansión de Román, una preciosa villa con vistas al mar, piscinas, gimnasio,
jacuzzi y muchos árboles de todas las clases.
—Me alegra mucho de que estés vivo, Guena – dijo Román, en ruso. Entre nosotros no utilizamos
el español.
—Gracias, Román. Me alegro mucho de verte otra vez. No he hecho ninguna averiguación, no he
tratado de llamar a uno solo de mis hombres. Me tenían atrapado. Como te he dicho y bien
conoces, solo me fío de ti. De mi madre y de ti, en realidad.
—Tranquilo, Guena. Durante estas horas he conseguido averiguar varias cosillas. No tengo aún
toda la información, pero con las piezas que tenemos se puede construir el puzzle. Todos los
miembros de tu ex banda, los que escaparon de tus garras, se han unido a grupos dispersos por
toda Europa.
>>Han venido a recuperar Barcelona, pero su plan es extenderse por toda la Costa Brava y bajar
después a Valencia. Quieren llegar hasta Huelva. El Mediterráneo entero. Algo imposible a todas
luces, pero lo van a intentar. Son muchos y tienen fuerza, pero ni están unidos ni se conocen casi,
esa es nuestra fuerza.
>>A mí me interesa mucho que vuelvas a reinar ahí como lo hacías. Indirectamente me beneficia
y voy a devolverte tu sitio. No habrá ninguna batalla de película. Voy a ir eliminando miembro a
miembro, poco a poco. Uno a uno.
>>Como ocurre siempre, cuando la cifra se acerca a diez, se producen llamadas que yo espero. Y
se negocia. Esperaremos la llamada, Guennády. Tres ya descansan en paz. Veremos de qué están
hechos esos traidores. No espero gran cosa de los cobardes ni de mercenarios sin talento.
—Roma, ¿cómo podré pagarte todo esto? No tengo palabras para expresar todo mi
agradecimiento. Te he llamado solo para salvar mi vida y tú no lo has dudado un segundo.
—Tu confianza en mí y tu lealtad es lo único que te pido. Nada más. Lo sabes. Y siempre tendrás
un amigo en quien confiar. Jamás dejo tirados a los míos. Nunca. Sobre la niña... No soy quien
para decir lo que debes hacer con ella, pero si de mí dependiera iba a pasarlo mal, muy mal.
>>Por supuesto hay que eliminarla, de eso no hay duda. De momento, te lo dejo a ti, pero si ves
que no puedes, lo entenderé, lo hará uno de los míos o yo mismo, si hace falta.
—¿Sabes algo de ella? - pregunté.
—Sé que salió en coche hacia el norte, estará en Francia, quizá en la Costa Azul, no lo sé, pero
vamos a enterarnos. Lo bueno es que llama tanto la atención que es muy fácilmente localizable.
—Me dijo que le gustaba pintar en Coiullure, pero será una mentira más. La conozco muy poco.
Me enchoché con ella.
—La he visto en alguna fiesta, Guena. La he visto. No es para menos. Es una de las mujeres más
espectaculares que hay ahora en todo el sur de Europa, no hay duda. Es inteligente, pero parece
que usaba su cerebro para el mal.
>>Viendo los hechos, es ambiciosa y nunca tendrá suficiente. Por este trabajito le habrán dado
muchísima pasta, gran parte en joyas y en villas por todo el Mediterráneo. La operación ha
estado a punto de salirles a pedir de boca – explicó él.
—Bien – continuó Román -, esto es lo que vas a hacer. Te vas a quedar aquí un par de días y, en
cuanto Barcelona esté más segura para ti volverás y conseguirás encontrarte con Elisa. Si le
puedes sacar información, de puta madre.
>>Si no, puerta y a lo nuestro. Está tremenda, Guena, no te lo niego, pero si ha sido capaza de
esto, imagina de qué será capaz en el futuro. Hay pocas mujeres así, pero no es la única. Hay
más, y tú encontrarás a otra. Hazme caso. Sé que es tu única debilidad, me lo has reconocido tú y
lo sé por otras fuentes.
>>Cada uno tenemos nuestras cosillas, como humanos que somos. Esto te ha venido bien porque
no creo que otra jaca vuelva a sorprenderte así. Tenemos que aprender de las lecciones que la
vida nos ofrece. Muchos no solo no aprenden, sino que piensan que son casualidades o mala
suerte.
—La casa de esta parejilla de españolas es perfecta. Me instalaré con ellas y vigilaré la casa de
Elisa – propuse.
—No es mala idea, pero ten cuidado al salir y al entrar. Vigila bien.
—Por cierto, el Lamborghini sigue ahí, pero tiene una sorpresita en los bajos. No he querido
hacerlo estallar aún. Lo mejor sería que reventarse ahí. Así la policía iría para allá. Pero lo
haremos en cuanto la niña vuelva a casa, como bienvenida para la fiesta que le espera – me
explicó Román.
—Un grandísimo motor. Compraré el mismo. Otro igual, amarillo. Me gusta mucho – dije.
—Sí, Lamborghini construye motores de un sonido precioso. Te gustan las líneas espectaculares,
Guena. En los coches y en las tías. Tienes buen ojo, cabrón – me dijo palmeándome un hombro.
Lo hacía por primera vez. Me gustó mucho.
Eso significaba que ya era, de verdad, uno de los suyos. A pesar de que el movimiento pareció
suave, el deltoides estuvo cosquilleándome más de media hora. ¿Qué tenía ese hombre en los
dedos? Es como si me hubiera dado un robot gigantesco.


* * * *

A los tres días, cuando me disponía a volver a Barcelona en un taxi, me llamó Román desde
Lisboa.
—Guena, ya está. Se rinden. ¿Qué opinas? Parece que no quedan hombres de verdad en el
mundo. Han caído solo once y ya suplican, de rodillas.
—Joder, Román, cómo tienes todo organizado, es increíble – dije, sin saber qué más añadir.
—Han entendido y no volverán por España. Les he restringido todo el sur de Europa. No pueden
acercarse por debajo de Alemania. Pero su vida tiene un precio alto. Todos ellos me darán una
información constante a la que yo sabré sacar buen jugo. Como siempre, todo es para bien.
>>Al final, vas a ser más fuerte y vas a estar mejor que antes. Eso sí, me darás cuenta, siempre,
de todos los movimientos. El equipo para Barcelona lo estoy preparando. De momento, sigue
como puedas.
>>Por cierto, te fueron fieles tres hombres. Por eso están muertos, evidentemente. No les dejaron
avisarte. ¿Quieres saber los nombres o no hace falta?
—Yo juraría que son Yuri, Vova y Vania Lázerev, pero ya no sé.
—Has fallado uno. Vania Lázerev era un traidor y cayó ayer. Le sentó mal un plato de spaghetti
carbonara. Qué mala suerte.
—Es triste saber que no hay lealtad hoy en día, Roma. Es un tema que no deja de sorprenderme,
aunque lo acepto, es la vida. Así está hecho el ser humano.
—De eso vivo yo precisamente, Guena. De aprender a distinguir, a primera vista, quién va a
estar conmigo y quién no. Acierto mucho, pero también me llevo mis desilusiones. Como dices,
es penoso. Somos lo que somos y esto nos acompañará siempre. Tenemos que vivir con este
riesgo y estar siempre preparados.
—El taxi ya viene a por mí. Vuelvo a Barcelona.
—Perfecto – dijo Román –. Suerte con ella. Aparecerá pronto, cuando todo se calme.
—Te informaré de todo. Poká, Rom, spasibo za vsio.
Llamé a mis ángeles y les anuncié que iba para allá, que estaríamos unos días juntos. Recibieron
la noticia con chillidos. ¡Qué pareja! Me esperaban unos días de sexo, comilonas y placeres sin
fin... Me lo merecía, qué coño, después de tanta traición e hijoputismo por parte de casi todos.
Me contaron también que al día siguiente de irme se acercaron a casa de Elisa, pero que estaba
vacía. El conejito aún no quería volver a su madriguera. Tiempo era lo que me sobraba en ese
momento. Cuanto más tardara mejor para mí y para Ana e Inma.
Llegué hacia las diez de la noche. Las chavalas me esperaban con ropa muy ajustada y sexy. Ana
lucía un escote descomunal, quizá para recordarme, cómo iba a olvidarlo, las señoras tetas que
tenía. Inma, en cambio, llevaba un pantalón blanco ceñido, mostrando sus largas piernas y su
exquisito culo.
Cada una luciendo sus virtudes, sin celos ni malos rollos. Si para ellas yo era un sueño cumplido,
imaginad lo que era para mí tener a mi disposición a dos mujeres, en la flor de la vida, ansiando
amarme y cuidarme como a un dios.
Durante un momento pensé en llamar a Román y decirle que me olvidaba de Eli, que lo hiciera
uno de sus hombres. Pero ese pensamiento duró poco. De inmediato lo deseché. Necesitaba
vengarme y tenía curiosidad por escuchar su relato.
Es inteligente y siempre tiene respuestas irónicas para todo. Veríamos qué tenía pensado la
muñeca.
Les hice entrega de un bonito ramo de flores a cada una. El detalle las mató. Casi se me caen de
espaldas. Me dijeron que era la primera vez que un hombre les regalaba flores tan preciosas. Me
aniquilaron a besos, literalmente.
Tras los efusivos ósculos, me senté a la mesa para cenar con mis amigas. El banquete era digno
de Pantagruel, el gigante del gran escritor Rabelais. Había ensaladas de todo tipo y color, pasta,
marisco en abundancia, del mejor.
Cordero asado, pescados... Previendo las calorías que iba a gastar con ellas aquella noche, comí
hasta casi reventar. Adoraban, además de contemplarme el cuerpo, verme tragar manjares. Ellas
comían también, pero poco, picoteando aquí y allá.
Les propuse ducharse conmigo. Acogieron la propuesta con sendos chillidos de alegría. Joder,
qué vidorra me esperaba. Gracias, Eli, porque gracias a tu traición, ahora tengo dos mujerones de
impresión para mí solo.
En la ducha gozamos todos, reímos, nos frotamos los cuerpos, jugamos con el teléfono de la
ducha como críos y empezamos los asuntos serios. Primero me follé a Inma, era su turno. La
arrinconé contra la pared de terraza de la gran ducha y me la follé como había hecho con Ana
contra el armario.
Ana estaba impaciente esta vez. Me ofrecía sus tetas para que las tocase y me besaba con pasión,
casi con rabia. Follar a una mientras tocas y besas a otra, las dos calientes y follando de verdad,
no por dinero ni por espurios intereses, es un placer de la vida que solo puedo recomendar con
fervor a todos.
Ana quería ser follada también allí, en el mismo sitio. Eran como dos niñas pequeñas. Le di su
ración de verga gorda. Con ella estaba aguantando más, pero Inma ya me tenía el truco cogido y
me besaba los huevos y el culo con tal pericia y dulzura que me corría siempre. Y así, bien
limpios, nos fuimos a la cama.
Cuando ya pensé que se abalanzarían sobre mí como pumas en celo, para mi sorpresa vi que se
embadurnaban las tetas con aceite de masaje. Iban a darme un gran masaje con sus cuatro tetas.
Asumí mi suerte, sonreí, cerré los ojos y disfruté como un perro con unos huesos de cordero.
Cuando el aceite de los pechos hubo pasado íntegro a todas las partes de mi cuerpo, aunque en
especial a una, me incorporé y comencé el matarile.
Las niñas tenían más ideas. Me dieron un consolador de un tamaño bastante aproximado a mi
polla (qué astutas) y me dijeron que querían ser folladas a la vez. Acepté gustoso, cómo no. A las
órdenes de las señoras estaba yo.
Se pusieron a cuatro patas en la cama, cogí ese aparatejo con un poco de recelo al principio, y se
lo apliqué a Ana. Entraba y salía con facilidad, estaba bien lubricado.
De inmediato, muy cachondo, se la metí a Inma y traté de llevar el mismo ritmo con mano y
pelvis. Era la primera vez que hacía algo así. Me encantó. Se pusieron muy locas. A veces se
reían entre gemidos, al verse la una a la otra.
Empezaron a besarse y ya fue el acabose para mí. Verlas así, besándose porque se gustaban y,
supongo, para excitarme aún más a mí, me hizo correrme antes de lo previsto.
El festival duró hasta las cuatro de la mañana. Exhaustos y satisfechos, nos dormimos los tres y
no me desperté hasta casi el mediodía. Inma se acercó y me despertó agarrándome del hombro.
—Guena, despierta, Guena. Tenemos novedades para ti – dijo.
—Qué... ¿qué ocurre, Inma?
—Es Eli. Ha vuelto. La he visto llegar en un Mercedes. Un tío afeitado y enorme le ha abierto la
puerta. El coche sigue ahí. Parece que tiene guardaespaldas ahora. Es todo lo que he visto.
>>Después ha ido Ana con el perro y me ha dicho que hay unos tíos raros por el barrio,
recorriéndolo todo con un coche de lujo con las lunas tintadas. El Mercedes negro sigue
aparcado.
—Qué cojonudísima noticia, niña. ¡Gracias! Ahora mismo voy a ir para allá.
Me vestí, llamé a Román y le conté las novedades. Me dijo que en media hora el coche
explosionaría. Yo tendría un rato libre, entre la confusión y la llegada de la policía, si llegaba,
para entrar en la casa y actuar. Lo dejó de mi cuenta.
Me preparé para ello. Permanecí en la casa de mis amigas y cuando una terrible detonación nos
sobresaltó a los tres, salí de casa. Hasta la mansión de Eli habría diez minutos andando despacio.
Cuando llegué, ya había dos coches de policía, más el automóvil de la agencia de seguridad que
vigila permanentemente esa urbanización de ricachones. El Mercedes había desaparecido. No
sabía si Elisa tendría gente dentro, pero no era probable.
Entré por la parte de atrás, saltando una valla, rodeando la piscina y forzando una puerta de
madera que estaba cerrada y se comunicaba con la cocina. Cerraduras a mí. En la cárcel, en
plena Siberia, en Novosibirsk, conocí al mejor forzador de cerraduras, puertas y cajas fuertes de
Rusia.
Me enseñó muchísimo a cambio de protección. Era un tío delgado y bastante guapo, ideal para
los que buscan nenita que se las chupe y les ponga el culo. No lo tocaron y, a cambio, durante
muchos meses, me contó todos sus secretos y una vez fuera, dimos un curso intensivo para poner
en práctica la teoría.
Ya dentro, en la cocina, me detuve a escuchar. Silencio. Se oían pasos en el piso de arriba, un
taconeo inconfundible. Era Eli. Solo Eli, sin el posesivo “mi”. No la consideraba mía. No lo era,
no la tenía ningún cariño aunque su cuerpo aún se me apareciese por la noche, acosándome con
sus formas.
El cerebro también, por su cuenta, me torturaba con la melodía de su especial risa. Pocas
carcajadas le quedaban por echarse.
Estaba bajando las escaleras. Perfecto. Esperé a que bajara y observé todos sus movimientos. Se
la veía muy preocupada. Tenía el rostro tenso y se movía de otra forma, menos segura y nada
coqueta.
Estaba aterrorizada por la explosión de mi pobre Huracán. Llevaba el móvil en la mano y le
dirigía esporádicas miradas de preocupación.
Sin que me oyera, me acerqué por detrás como un gato al acecho. Le arrebaté el móvil de un
rápido y suave tirón y lo deposité en la mesa del comedor. Verme y echarse a temblar fue todo
uno. Eso sí que no lo esperaba, la puta traidora, esa zorra desleal.
Me quedé mirándola el bellísimo rostro, esperando a que ella dijese algo. No pensaba colaborar
ni ponérselo fácil. Intentó que fuese yo el que dijera algo. Era buena contestando, haciendo
rápidas e ingeniosas réplicas, pero necesitaba una base, una materia prima de frases sobre las
que luego discutir.
No era capaz de inventar nada. Otra desilusión. Yo esperaba una historia que pudiera después
proponer a los guionistas de Hollywood, pero no hubo nada.
Tengo mucha paciencia para estas cosas. Podíamos estar así todo el día.
—Has venido a matarme, lo sé – dijo al fin.
—He venido más bien a escucharte. Me dejaste ahí, atado, y te fuiste.
—Me he equivocado contigo. Pensé que no podrías escapar. Sé hacer nudos bien. Me parece
imposible que pudieras soltarte.
—Las obviedades se te dan bien. Creí que tenías más talento e imaginación. Espero la historia de
tu vida. De ella depende que tu corazón siga latiendo – avisé con la mirada que pongo cuando
tengo delante a alguien que sabe que va a morir en mis manos.
—No hay nada original que contar. Es poco interesante. La historia de siempre. Puro dinero.
Nada más. Mucho. No solo dinero...
—Lo sé, villas, joyas, coches, yates en dos o tres puertos del Mediterráneo, etc – le corté.
—Sí, ya lo sabes todo, entonces. La ambición me puede, como ves. No tengo excusa, no hay más.
—Bueno, me apetece dar un paseo contigo en coche. Querías que alguna vez te llevara en mi
Lamborghini amarillo. Eso no va a ser posible porque acaban de volármelo. Pero no importa.
Vamos a ir al concesionario, donde soy el mejor cliente, y me van a dejar uno exactamente igual
que tienen para pruebas.
—¿Vas a tirarme al mar? - preguntó, muy nerviosa.
—No, vamos a conducir mientras cavilamos sobre conceptos de la vida que son clave – contesté.
—Como la traición, supongo.
—Supones muy bien, Elisa – dije.
Salimos por atrás. No se resistió en ningún momento. Tenía la esperanza de que le perdonase la
vida. Pensó que así ganaba tiempo. Su móvil se quedó allí, sobre la mesa. Salimos de la
urbanización atravesando un pequeño bosquecillo de pinos mediterráneos.
Allí llamé a un taxi que nos llevó hasta el concesionario de Lamborghini. Después de pelotearme
a modo, sin ninguna pregunta, me dieron las llaves del Huracán amarillo que tienen en la
exposición y que probé yo antes de comprarlo.
Les dije que lo iba a comprar al día siguiente porque había tenido un pequeño percance con el
otro. Tras esas palabras, me dijeron que no hacía falta que lo devolviera. Cuando me fuera
cómodo, haríamos los papeles. Lo podía considerar mío.
—Me alegro de que tu precioso culo no tocara el asiento del otro. Fue virgen hasta el final – dije
sin mirarla.
—Cómo ha cambiado todo. Antes me traías flores extraordinarias y ahora, en cambio, me tratas
como a una golfa cualquiera.
—Ya te gustaría a ti tener la clase y la valentía de muchas golfas. No les llegas a la altura del
tobillo. No las insultes. No estás en condiciones de faltar a los demás, cobarde de mierda,
traidora.
No hubo respuesta. No se atrevía. En cuanto salí de la ciudad, tras llenar el depósito, enfilé al
Huracán hacia la Costa Brava. No sabía si llegar hasta Couillure, para que me pintase un cuadro
junto al mar, o seguir hasta Italia. Me dejaría llevar por las sensaciones.
Eli no estaba acostumbrada a viajar a esos regímenes. La fuerza de la gravedad la estaba
matando. Lo hice a propósito. Estaba sufriendo, pero seguía viva. En Rosas paré para echar una
meada y estirar un poco las piernas. La dejé dentro, con el coche cerrado y bloqueado. No podía
salir.
Estuve allí, contemplando el infinito mar que tanto me atrae. Aún no sabía cómo acabar con ella.
Román me lo dejó muy claro. Si no me atrevía, debía llevársela para que lo hiciera otro. Era
mejor que lo hiciese yo mismo.
Estas cosas son personales. Quedaría como un meapilas delante de mi salvador. Estaba guapa,
muy guapa. Ese toque de preocupación y miedo le daba un aire de mujer dura, un poco mayor,
que me encantó.
Esa mujer me gustaba en cualquier circunstancia. Era inevitable. Con eso no había nada que
hacer. Pretender que ya no me atraía sería una estupidez grande. Pero me apetecía follármela por
última vez. Un polvo que la matara de placer. Sí, eso es. Matarla de placer.
Pasé por Cadaqués, mi pueblo favorito de la magnífica Costa Brava catalana. Allí la dejé bajar.
Necesitaba ir al servicio, me dijo con humildad. Entré con ella al lavabo de mujeres de un bar.
—Al menos, ¿podrías volverte? - rogó.
—De eso nada, zorra. Voy a verte cómo te bajas las bragas y haces pis como una niñita. Me
apetece. Y si encima te jode, me apetece aún más.
Le costó mucho hacerlo, pero al final salió el chorrito. Ahí empezó a llorar.
—¿Quieres que te limpie yo tu aromático chochito?
—Por favor, Guena, no me humilles más. Matarme está bien, y lo entiendo, yo te dejé allí para
que te mataran. Seguramente te habrían torturado primero, lo sé, pero te pido que acabes cuanto
antes.
>>Pégame un tiro aquí, ahora mismo. Empiezo a no poder soportar ni la tensión ni esa mirada tan
cruel que tienes. No he visto nunca nada igual. Tus ojos me están castigando con el infierno en la
tierra. Mátame, pero ten piedad de mí.
—La niña se pone caprichosa – dije mientras cogía un trozo de papel higiénico y se lo pasaba
bruscamente por la vagina, tirándolo después al inodoro –. La nena va a ser buena y se va a
callar, o tendré que darle algunos azotes en su culete.
Crucé la frontera francesa y paré, sí, en Coiullure. Es un pueblo encantador. En otoño, con menos
turistas que en verano, se está mucho mejor. Entramos al mejor restaurante a comer. El dueño me
conocía.
Es un cocainómano empedernido y le suministro la farla más pura que puedo encontrar. En
agradecimiento, me invita siempre y a cualquier amigo que venga por mi recomendación.
Durante la comida, Elisa siguió llorando. Los comensales de las mesas vecinas empezaron a
mirar, curiosos, pero mis pupilas se encargaron de poner orden y ni los camareros se atrevieron a
acercarse. Me acerqué por detrás y le di de comer.
—Venga, mi niña, abre la boquitaaa... así, esta por mamá – decía yo haciendo el avión como a los
bebés que necesitan estímulos para ir tragando la papillita.
—No tienes límite, ¿verdad? ¿Qué más me tienes preparado? - preguntó, entre lágrimas.
—Lo irás viendo, niña zorra, todo a su debido tiempo. Calma, tranquila. Ahora come y bebe. Sé
buena.
Continuamos camino, siempre a velocidad de circuito, descapotados y algunos más felices que
otros. Así es la vida.
Ella estuvo a punto de vencer y vivir toda su vida aún mejor de lo que estaba acostumbrada, pero
la potencia de unos músculos me salvaron la vida y ahora era yo el que gozaba con el aire puro
del mar, con el sol magnífico de otoño y con la velocidad de ese cacharro italiano acojonante.
A Elisa se le terminaron las lágrimas. Se le secaron los ojos. Había envejecido unos diez años.
Parecía otra. Crucé la Costa Azul sin casi detenernos. Solo para repostar y repetir el ritual de la
orina y el papel.
Se me estaban pasando las ganas de follarla. Ni siquiera la humillaría. Al revés, pensaría que eso
me ablandaría. En ello residía su última esperanza, en mi deseo brutal por ese cuerpo voluptuoso.
Crucé Niza y Mónaco a velocidad de misil. Entré en Italia y paré en la bellísima ciudad de
Imperia, justo después de San Remo. La otrora grandiosa y divina Eli era un muñeco roto.
Deprimida, con los ojos hinchados y rojos por el llanto y la cara desfigurada por la pena y el
miedo, se cayó del coche al bajar.
Le habían abandonado las fuerzas. Pero a mí no me engañaba esa astuta zorra. Era su último
truco. No estaba tan mal, pero así consiguió hacerlo ver. Llegamos justo al atardecer. La puesta
de sol era grandiosa.
Desde la plaza de la iglesia, con el pequeño puerto y el mar abajo, disfruté de estar vivo y de la
congelada venganza que estaba llevando a cabo.
Ese era el lugar. Sería allí. En un paraje incomparable por la belleza, justo cuando el sol se pone,
con un nombre como ese, Imperia... Se acabó el imperio de Elisa. Se acabaron sus
manipulaciones, engaños, burlas y traiciones.
Le quedaban unos minutos de vida. Ella lo sentía también. Entonces, cuando iba a empezar a
gritar, porque la estaba controlando, un fuerte puñetazo en el estómago le cortó todo sonido. La
metí en el coche con facilidad y bajé con él hasta el mar.
Nada más salir del pueblo, de la carretera salía un caminito de grava que conducía hasta una
cala, que estaba desierta. Conduje hasta casi tocar las olas con las ruedas.
—¡¡¡¡Noooooo!!!! ¿Qué vas a hacer, Guena? Por Dios, perdóname, te lo suplico. He tardado
mucho en suplicar, lo sé, pero ahora me pondré de rodillas, me humillaré siempre. Seré tu
esclava. Lo que sea. No, por favor, no.
—Estabas mejor callada, mucho más digna. Qué pena estropearlo así al final. Todos vamos a
morir pronto, Eli, todos nosotros. A ti te tocó hoy. A mí no me tocaba aquella noche, ya ves.
—Hagamos el amor, ruso. Ahora, aquí, en el mar. Me has traído al mar. Está precioso, con esta
luz. Metámonos y hagámoslo. Puedes matarme luego. Permite que disfrute de ti por última vez.
Vas a matarme, a qué mentir ya. Jamás he gozado con nadie como contigo, eso te lo aseguro.
>>Hay hombres más inteligentes que tú, más fuertes también, más buenos, más divertidos, pero en
el sexo no hay otro. No hay nadie como tú. Me tuviste loca muchos días, sinceramente. Me
ofrecieron el trato solo dos días antes de tu llegada de Italia. Mis mensajes de los tres primeros
días eran sinceros.
>>Lo juro. Qué puedo perder ya. Te he querido de verdad. Te amaba. Y te traicioné, sí, pero
amándote. Te amaba. Y te amo. Te amo. Perdóname, solo te pido eso. No me tortures, no podré
soportarlo, soy una pijita consentida que apenas sabe lo que es el dolor, pero hoy lo estoy
experimentando como nunca.
—No entiendo bien lo del dinero. ¿Para qué querías más?
No quise escuchar la respuesta. Saqué mi Taurus y, apuntándola, iba a disparar. Quise apartar la
vista, pero no pude. El dedo no obedecía. Me costaba.
Entonces sonó el teléfono.
—Salvada por la campana. De momento, niña – dije contestando.
—¿Sí?
—Guena, Guena, escucha, y no hagas nada... Joder, Guena... Soy Román. ¿Está muerta?
—A punto estoy. Tu llamada ha detenido al gatillo.
—¡Bendito sea Dios! ¡¡No lo hagas!! ¡Quieto, escúchame! - gritó Román –. Tenían a sus padres
secuestrados. El jefe de las operaciones me ha confesado todo a cambio de perdonar la vida a un
hijo suyo que tenemos retenido. Acabo de enterarme hace escasos segundos. Será un intercambio.
>>Los padres de Eli por el cerdo este. He aceptado, por supuesto. Lo hizo obligada, imagínate la
decisión, Guena. No la mates. Tengo experiencia con esto. ¿Qué podía hacer? No es culpable,
Guena, ella no.
>>Quizá incluso te ame. Pero eso ya es asunto vuestro, personal. Un abrazo, amigo. Ya no tienes
que hacer algo que te iba a ser difícil. ¿No te lo ha contado?
—En ningún momento – dije.
—Nos hemos equivocado con esta mujer, Guena. Es fuerte, es valiente. Cuídala mucho.
Pobrecilla, joder...
Colgué y se me vino el mundo encima. Una lágrima, una sola, resbaló por mi mejilla. Mi pobre
Eli. Me bajé del coche. Eli temblaba, muerta de miedo. Abrí la puerta, la saqué y la abracé allí,
delante de ese milenario mar que tantas tragedias ha visto.
—Tus padres están libres. Están bien – le dije.
Eli se derrumbó, cayó a la arena, abrazando mis rodillas, llorando con espasmos incontrolables.
La amé esa noche, dentro de ese mar, como nuestra primera vez.
NOTA DE LA AUTORA

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La Mujer Trofeo
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“Bonus Track”
— Preview de “La Mujer Trofeo” —

Capítulo 1
Cuando era adolescente no me imaginé que mi vida sería así, eso por descontado.
Mi madre, que es una crack, me metió en la cabeza desde niña que tenía que ser
independiente y hacer lo que yo quisiera. “Estudia lo que quieras, aprende a valerte por ti
misma y nunca mires atrás, Belén”, me decía.
Mis abuelos, a los que no llegué a conocer hasta que eran muy viejitos, fueron siempre muy
estrictos con ella. En estos casos, lo más normal es que la chavala salga por donde menos te lo
esperas, así que siguiendo esa lógica mi madre apareció a los dieciocho con un bombo de padre
desconocido y la echaron de casa.
Del bombo, por si no te lo imaginabas, salí yo. Y así, durante la mayor parte de mi vida
seguí el consejo de mi madre para vivir igual que ella había vivido: libre, independiente… y
pobre como una rata.
Aceleramos la película, nos saltamos unas cuantas escenas y aparezco en una tumbona
blanca junto a una piscina más grande que la casa en la que me crie. Llevo puestas gafas de sol
de Dolce & Gabana, un bikini exclusivo de Carolina Herrera y, a pesar de que no han sonado
todavía las doce del mediodía, me estoy tomando el medio gin-tonic que me ha preparado el
servicio.
Pese al ligero regusto amargo que me deja en la boca, cada sorbo me sabe a triunfo. Un
triunfo que no he alcanzado gracias a mi trabajo (a ver cómo se hace una rica siendo psicóloga
cuando el empleo mejor pagado que he tenido ha sido en el Mercadona), pero que no por ello es
menos meritorio.
Sí, he pegado un braguetazo.
Sí, soy una esposa trofeo.
Y no, no me arrepiento de ello. Ni lo más mínimo.
Mi madre no está demasiado orgullosa de mí. Supongo que habría preferido que siguiera
escaldándome las manos de lavaplatos en un restaurante, o las rodillas como fregona en una
empresa de limpieza que hacía malabarismos con mi contrato para pagarme lo menos posible y
tener la capacidad de echarme sin que pudiese decir esta boca es mía.
Si habéis escuchado lo primero que he dicho, sabréis por qué. Mi madre cree que una
mujer no debería buscar un esposo (o esposa, que es muy moderna) que la mantenga. A pesar de
todo, mi infancia y adolescencia fueron estupendas, y ella se dejó los cuernos para que yo fuese a
la universidad. “¿Por qué has tenido que optar por el camino fácil, Belén?”, me dijo desolada
cuando le expliqué el arreglo.
Pues porque estaba hasta el moño, por eso. Hasta el moño de esforzarme y que no diera
frutos, de pelearme con el mundo para encontrar el pequeño espacio en el que se me permitiera
ser feliz. Hasta el moño de seguir convenciones sociales, buscar el amor, creer en el mérito del
trabajo, ser una mujer diez y actuar siempre como si la siguiente generación de chicas jóvenes
fuese a tenerme a mí como ejemplo.
Porque la vida está para vivirla, y si encuentras un atajo… Bueno, pues habrá que ver a
dónde conduce, ¿no? Con todo, mi madre debería estar orgullosa de una cosa. Aunque el arreglo
haya sido más bien decimonónico, he llegado hasta aquí de la manera más racional, práctica y
moderna posible.
Estoy bebiendo un trago del gin-tonic cuando veo aparecer a Vanessa Schumacher al otro
lado de la piscina. Los hielos tintinean cuando los dejo a la sombra de la tumbona. Viene con un
vestido de noche largo y con los zapatos de tacón en la mano. Al menos se ha dado una ducha y el
pelo largo y rubio le gotea sobre los hombros. Parece como si no se esperase encontrarme aquí.
Tímida, levanta la mirada y sonríe. Hace un gesto de saludo con la mano libre y yo la
imito. No hemos hablado mucho, pero me cae bien, así que le indico que se acerque. Si se acaba
de despertar, seguro que tiene hambre.
Vanessa cruza el espacio que nos separa franqueando la piscina. Deja los zapatos en el
suelo antes de sentarse en la tumbona que le señalo. Está algo inquieta, pero siempre he sido
cordial con ella, así que no tarda en obedecer y relajarse.
—¿Quieres desayunar algo? —pregunto mientras se sienta en la tumbona con un crujido.
—Vale —dice con un leve acento alemán. Tiene unos ojos grises muy bonitos que hacen
que su rostro resplandezca. Es joven; debe de rondar los veintipocos y le ha sabido sacar todo el
jugo a su tipazo germánico. La he visto posando en portadas de revistas de moda y corazón desde
antes de que yo misma apareciera. De cerca, sorprende su aparente candidez. Cualquiera diría
que es una mujer casada y curtida en este mundo de apariencias.
Le pido a una de las mujeres del servicio que le traiga el desayuno a Vanessa. Aparece con
una bandeja de platos variados mientras Vanessa y yo hablamos del tiempo, de la playa y de la
fiesta en la que estuvo anoche. Cuando le da el primer mordisco a una tostada con mantequilla
light y mermelada de naranja amarga, aparece mi marido por la misma puerta de la que ha salido
ella.
¿Veis? Os había dicho que, pese a lo anticuado del planteamiento, lo habíamos llevado a
cabo con estilo y practicidad.
Javier ronda los treinta y cinco y lleva un año retirado, pero conserva la buena forma de un
futbolista. Alto y fibroso, con la piel bronceada por las horas de entrenamiento al aire libre, tiene
unos pectorales bien formados y una tableta de chocolate con sus ocho onzas y todo.
Aunque tiene el pecho y el abdomen cubiertos por una ligera mata de vello, parece suave al
tacto y no se extiende, como en otros hombres, por los hombros y la espalda. En este caso, mi
maridito se ha encargado de decorárselos con tatuajes tribales y nombres de gente que le importa.
Ninguno es el mío. Y digo que su vello debe de ser suave porque nunca se lo he tocado. A decir
verdad, nuestro contacto se ha limitado a ponernos las alianzas, a darnos algún que otro casto
beso y a tomarnos de la mano frente a las cámaras.
El resto se lo dejo a Vanessa y a las decenas de chicas que se debe de tirar aquí y allá.
Nuestro acuerdo no precisaba ningún contacto más íntimo que ese, después de todo.
Así descrito suena de lo más atractivo, ¿verdad? Un macho alfa en todo su esplendor, de
los que te ponen mirando a Cuenca antes de que se te pase por la cabeza que no te ha dado ni los
buenos días. Eso es porque todavía no os he dicho cómo habla.
Pero esperad, que se nos acerca. Trae una sonrisa de suficiencia en los labios bajo la barba
de varios días. Ni se ha puesto pantalones, el tío, pero supongo que ni Vanessa, ni el servicio, ni
yo nos vamos a escandalizar por verle en calzoncillos.
Se aproxima a Vanessa, gruñe un saludo, le roba una tostada y le pega un mordisco. Y
después de mirarnos a las dos, que hasta hace un segundo estábamos charlando tan ricamente,
dice con la boca llena:
—Qué bien que seáis amigas, qué bien. El próximo día te llamo y nos hacemos un trío, ¿eh,
Belén?
Le falta una sobada de paquete para ganar el premio a machote bocazas del año, pero
parece que está demasiado ocupado echando mano del desayuno de Vanessa como para
regalarnos un gesto tan español.
Vanessa sonríe con nerviosismo, como si no supiera qué decir. Yo le doy un trago al gin-
tonic para ahorrarme una lindeza. No es que el comentario me escandalice (después de todo, he
tenido mi ración de desenfreno sexual y los tríos no me disgustan precisamente), pero siempre me
ha parecido curioso que haya hombres que crean que esa es la mejor manera de proponer uno.
Como conozco a Javier, sé que está bastante seguro de que el universo gira en torno a su
pene y que tanto Vanessa como yo tenemos que usar toda nuestra voluntad para evitar arrojarnos
sobre su cuerpo semidesnudo y adorar su miembro como el motivo y fin de nuestra existencia.
A veces no puedo evitar dejarle caer que no es así, pero no quiero ridiculizarle delante de
su amante. Ya lo hace él solito.
—Qué cosas dices, Javier —responde ella, y le da un manotazo cuando trata de cogerle el
vaso de zumo—. ¡Vale ya, que es mi desayuno!
—¿Por qué no pides tú algo de comer? —pregunto mirándole por encima de las gafas de
sol.
—Porque en la cocina no hay de lo que yo quiero —dice Javier.
Me guiña el ojo y se quita los calzoncillos sin ningún pudor. No tiene marca de bronceado;
en el sótano tenemos una cama de rayos UVA a la que suele darle uso semanal. Nos deleita con
una muestra rápida de su culo esculpido en piedra antes de saltar de cabeza a la piscina. Unas
gotas me salpican en el tobillo y me obligan a encoger los pies.
Suspiro y me vuelvo hacia Vanessa. Ella aún le mira con cierta lujuria, pero niega con la
cabeza con una sonrisa secreta. A veces me pregunto por qué, de entre todos los tíos a los que
podría tirarse, ha elegido al idiota de Javier.
—Debería irme ya —dice dejando a un lado la bandeja—. Gracias por el desayuno, Belén.
—No hay de qué, mujer. Ya que eres una invitada y este zopenco no se porta como un
verdadero anfitrión, algo tengo que hacer yo.
Vanessa se levanta y recoge sus zapatos.
—No seas mala. Tienes suerte de tenerle, ¿sabes?
Bufo una carcajada.
—Sí, no lo dudo.
—Lo digo en serio. Al menos le gustas. A veces me gustaría que Michel se sintiera atraído
por mí.
No hay verdadera tristeza en su voz, sino quizá cierta curiosidad. Michel St. Dennis,
jugador del Deportivo Chamartín y antiguo compañero de Javier, es su marido. Al igual que
Javier y yo, Vanessa y Michel tienen un arreglo matrimonial muy moderno.
Vanessa, que es modelo profesional, cuenta con el apoyo económico y publicitario que
necesita para continuar con su carrera. Michel, que está dentro del armario, necesitaba una
fachada heterosexual que le permita seguir jugando en un equipo de Primera sin que los rumores
le fastidien los contratos publicitarios ni los directivos del club se le echen encima.
Como dicen los ingleses: una situación win-win.
—Michel es un cielo —le respondo. Alguna vez hemos quedado los cuatro a cenar en algún
restaurante para que nos saquen fotos juntos, y me cae bien—. Javier sólo me pretende porque
sabe que no me interesa. Es así de narcisista. No se puede creer que no haya caído rendida a sus
encantos.
Vanessa sonríe y se encoge de hombros.
—No es tan malo como crees. Además, es sincero.
—Mira, en eso te doy la razón. Es raro encontrar hombres así. —Doy un sorbo a mi cubata
—. ¿Quieres que le diga a Pedro que te lleve a casa?
—No, gracias. Prefiero pedirme un taxi.
—Vale, pues hasta la próxima.
—Adiós, guapa.
Vanessa se va y me deja sola con mis gafas, mi bikini y mi gin-tonic. Y mi maridito, que
está haciendo largos en la piscina en modo Michael Phelps mientras bufa y ruge como un dragón.
No tengo muy claro de si se está pavoneando o sólo ejercitando, pero corta el agua con sus
brazadas de nadador como si quisiera desbordarla.
A veces me pregunto si sería tan entusiasta en la cama, y me imagino debajo de él en medio
de una follada vikinga. ¿Vanessa grita tan alto por darle emoción, o porque Javier es así de
bueno?
Y en todo caso, ¿qué más me da? Esto es un arreglo moderno y práctico, y yo tengo una
varita Hitachi que vale por cien machos ibéricos de medio pelo.
Una mujer con la cabeza bien amueblada no necesita mucho más que eso.

Javier
Disfruto de la atención de Belén durante unos largos. Después se levanta como si nada,
recoge el gin-tonic y la revista insulsa que debe de haber estado leyendo y se larga.
Se larga.
Me detengo en mitad de la piscina y me paso la mano por la cara para enjuagarme el agua.
Apenas puedo creer lo que veo. Estoy a cien, con el pulso como un tambor y los músculos
hinchados por el ejercicio, y ella se va. ¡Se va!
A veces me pregunto si no me he casado con una lesbiana. O con una frígida. Pues anda que
sería buena puntería. Yo, que he ganado todos los títulos que se puedan ganar en un club europeo
(la Liga, la Copa, la Súper Copa, la Champions… Ya me entiendes) y que marqué el gol que nos
dio la victoria en aquella final en Milán (bueno, en realidad fue de penalti y Jáuregui ya había
marcado uno antes, pero ese fue el que nos aseguró que ganábamos).

La Mujer Trofeo
Romance Amor Libre y Sexo con el Futbolista Millonario
— Comedia Erótica y Humor —

Ah, y…
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Gracias.