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Evangelio de Lucas, capítulo 8 vers.

40 al 56
En esta reflexión basada en Lc 8:40-56, se analizan algunas relaciones injustas en
la sociedad del siglo primero a partir de la comparación entre Jairo, el principal
de la sinagoga, y la mujer que toca el manto de Jesús. La intervención de Jesús
evidencia las relaciones justas en las que deben direccionarse sus seguidores y así
anunciar que el Reino de Dios se ha acercado. Las implicancias del actuar de
Jesús, y el sonido de sus palabras, son un fuerte llamado de atención a nuestras
comunidades de fe.

Acercarse a Jesús

Jairo, principal (jefe, líder) de la sinagoga, se presenta delante de Jesús y se


postra a sus pies rogándole por su única hija de doce años que estaba muriendo.
Esta escena se desarrolla frente a la multitud que estaba esperando que Jesús
volviera del otro lado del lago (v.40). Jairo ocupaba un lugar importante en su
comunidad, seguramente respetado y admirado por muchos de los presentes en
ese momento. Tenía esposa, una hija, una casa y un oficio. Podría considerarse
una persona bendecida por Dios (según los parámetros religiosos de su tiempo y
en ciertos casos los de hoy también). La enfermedad de su hija desestabilizó su
estado de bienestar.

De camino a casa de Jairo, otra persona se acerca a Jesús: una mujer. No se


registra su nombre, es anónima al igual que muchas otras mujeres que siguen a
Jesús. Ella también está cumpliendo doce años, pero de padecimientos a causa de
sus hemorragias que ningún médico pudo curar. Tantos años de sufrimiento y sin
ninguna solución: por algo será. Dios se había olvidado de ella. Tal vez algún
pecado oculto que nunca confesó la llevó a vivir bajo esta interminable
maldición. A esto hay que sumarle que todo lo que tocaba se volvía impuro, y en
una época en donde las leyes de pureza e impureza dividían a la sociedad (según
los parámetros religiosos de su tiempo y en ciertos casos los de hoy también).
En situaciones así muchas familias se desentendían de su familiar enfermo, pues
no querían que se los identifique con alguien impuro, maldito, olvidado de Dios y
pecador. Ella, debido a su situación, tenía prohibido participar de reuniones
sociales y religiosas. Probablemente esta mujer estaba alejada de su familia
(esposo, hijos, si es que tenía), ya no poseía dinero y nadie la iba a emplear por
su condición.
Ella también se acerca a Jesús que está rodeado por la multitud, pero lo hace sin
llamar la atención. No se postra delante de Jesús para contarle su problema.
Simplemente toca el borde de su manto y se va. Ninguno de la multitud notó su
presencia, paso desapercibida.
Pero no para Jesús: ¿Quién es el que me ha tocado?
La mujer ya tenía lo que fue a buscar: estaba sana. Pero Jesús quiso completar la
obra que había comenzado en ella.
Si todos escucharon el dolor y el clamor del respetado Jairo, líder de la sinagoga,
cuando se presenta delante de Jesús, ¿por qué no escuchar a la mujer que, con fe,
se acercó y tocó el manto de Jesús?
Al igual que Jairo la mujer se postra a los pies de Jesús y se produce otro
milagro: su voz vuelve a ser oída. En ese momento deja de ser una mujer
invisible, la multitud pone sus ojos sobre ella. Sus palabras y las de Jesús no sólo
manifiestan la restauración de la salud física, sino también la emocional,
psicológica, espiritual. Recupera su lugar dentro del ámbito familiar, social y
religioso (lugares de los que nunca debió ser excluida). Jesús, al dejarla hablar
ante la multitud, devuelve la voz a la mujer que por doce años la sociedad y la
religión había silenciado, haciendo que recupere su dignidad como mujer y
como hija de Dios.
La primer palabra de Jesús hacia ella es “hija”. Luego de doce años vuelve a
escuchar una palabra de relación, afecto y protección familiar.

“Tu fe te ha salvado; ve en paz”. Con estas palabras Jesús despide a la mujer.


Cuando Jesús vuelve a hablar se dirige a Jairo, al enterarse de la muerte de su
hija, diciéndole: “No temas, cree solamente, y será salva”.
La mujer tiene paz. Jairo tiene miedo.
La mujer tuvo fe. Jesús le pide a Jairo que crea.
Como si Jesús le dijera: Jairo, principal de la sinagoga, respetado y admirado por
muchos, tienes que ser como esa mujer. Ella es el ejemplo a seguir. Sí, ella. La
mujer silenciada, excluida, marginada, señalada, abandonada. Sí ella, que con
humildad y con fe se acerca a Jesús a escondidas, sin necesidad de que todos la
vean.

Jesús devuelve la vida a la hija de Jairo, pero pide que no cuenten lo sucedido
(¿habrán dicho que sólo dormía?), a diferencia de la mujer a la que Jesús hizo
que cuente todo lo sucedido ante toda la multitud.

¿Nuestros sistemas religiosos son un obstáculo para que las personas se acerquen
a Dios?
¿En nuestra comunidad de fe, todos somos oídos con la misma atención?
En el afán del crecimiento numérico de la comunidad, ¿cuántas personas que se
encuentran con Jesús pasan totalmente desapercibidas ante nuestros ojos?
Jesús vio a la mujer de manera integral, ¿Cómo vemos a aquellos que están
marginados y excluidos en nuestra sociedad?