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El gato con botas

Érase una vez un viejo molinero que tenía tres hijos. Acercándose la
hora de su muerte hizo llamar a sus tres hijos. "Mirad, quiero repartiros
lo poco que tengo antes de morirme". Al mayor le dejó el molino, al
mediano le dejó el burro y al más pequeñito le dejó lo último que le
quedaba, el gato. Dicho esto, el padre murió.

Mientras los dos hermanos mayores se dedicaron a


explotar su herencia, el más pequeño cogió unas de
las botas que tenía su padre, se las puso al gato y
ambos se fueron a recorrer el mundo. En el camino
se sentaron a descansar bajo la sombra de un árbol.
Mientras el amo dormía, el gato le quitó una de las
bolsas que tenía el amo, la llenó de hierba y dejó la
bolsa abierta. En ese momento se acercó un conejo
impresionado por el color verde de esa hierba y se
metió dentro de la bolsa. El gato tiró de la cuerda que
le rodeaba y el conejo quedó atrapado en la bolsa. Se
hecho la bolsa a cuestas y se dirigió hacia palacio
para entregársela al rey. Vengo de parte de mi amo, el marqués
Carrabás, que le manda este obsequio. El rey muy agradecido aceptó la
ofrenda.

Pasaron los días y el gato seguía mandándole


regalos al rey de parte de su amo. Un día, el rey
decidió hacer una fiesta en palacio y el gato con
botas se enteró de ella y pronto se le ocurrió una
idea. "¡Amo, Amo! Sé cómo podemos mejorar
nuestras vidas. Tú solo sigue mis instrucciones."
El amo no entendía muy bien lo que el gato le
pedía, pero no tenía nada que perder, así que
aceptó. "¡Rápido, Amo! Quítese la ropa y métase
en el río." Se acercaban carruajes reales, era el
rey y su hija. En el momento que se acercaban el gato chilló: "¡Socorro!
¡Socorro! ¡El marqués Carrabás se ahoga! ¡Ayuda!". El rey atraído por
los chillidos del gato se acercó a ver lo que pasaba. La princesa se
quedó asombrada de la belleza del marqués. Se vistió el marqués y se
subió a la carroza.
El gato con botas, adelantándose
siempre a las cosas, corrió a los campos
del pueblo y pidió a los del pueblo que
dijeran al rey que las campos eran del
marqués y así ocurrió. Lo único que le
falta a mi amo -dijo el gato- es un
castillo, así que se acordó del castillo
del ogro y decidió acercarse a hablar
con él. "¡Señor Ogro!, me he enterado
de los poderes que usted tiene, pero yo
no me lo creo así que he venido a ver si
es verdad."

El ogro enfurecido de la incredulidad del


gato, cogió aire y ¡zás! se convirtió en
un feroz león. "Muy bien, -dijo el gato-
pero eso era fácil, porque tú eres un
ogro, casi tan grande como un león.
Pero, ¿a que no puedes convertirte en
algo pequeño? En una mosca, no, mejor en un ratón, ¿puedes? El ogro
sopló y se convirtió en un pequeño ratón y antes de que se diera cuenta
¡zás! el gato se abalanzó sobre él y se lo comió.

En ese instante sintió pasar las carrozas y salió a la


puerta chillando: "¡Amo, Amo! Vamos, entrad." El rey
quedó maravillado de todas las posesiones del marqués y
le propuso que se casara con su hija y compartieran
reinos. Él aceptó y desde entonces tanto el gato como el
marqués vivieron felices y comieron perdices.
Los tres cerditos

En el corazón del bosque vivían tres cerditos


que eran hermanos. El lobo siempre andaba
persiguiéndoles para comérselos. Para
escapar del lobo, los cerditos decidieron
hacerse una casa. El pequeño la hizo de paja,
para acabar antes y poder irse a jugar. El
mediano construyó una casita de madera. Al
ver que su hermano pequeño había
terminado ya, se dio prisa para irse a jugar
con él. El mayor trabajaba en su casa de
ladrillo. - Ya veréis lo que hace el lobo con
vuestras casas- riñó a sus hermanos mientras éstos se lo pasaban en grande.

El lobo salió detrás del cerdito pequeño y él


corrió hasta su casita de paja, pero el lobo
sopló y sopló y la casita de paja derrumbó. El
lobo persiguió también al cerdito por el
bosque, que corrió a refugiarse en casa de su
hermano mediano. Pero el lobo sopló y sopló
y la casita de madera derribó. Los dos
cerditos salieron pitando de allí. Casi sin
aliento, con el lobo pegado a sus talones,
llegaron a la casa del hermano mayor. Los
tres se metieron dentro y cerraron bien todas las puertas y ventanas.

El lobo se puso a dar vueltas a la casa, buscando algún


sitio por el que entrar. Con una escalera larguísima
trepó hasta el tejado, para colarse por la chimenea. Pero
el cerdito mayor puso al fuego una olla con agua. El
lobo comilón descendió por el interior de la chimenea,
pero cayó sobre el agua hirviendo y se escaldó. Escapó
de allí dando unos terribles aullidos que se oyeron en
todo el bosque. Se cuenta que nunca jamás quiso comer cerdito.
El flautista de Hamelin

Hace mucho, muchísimo tiempo, en la


próspera ciudad de Hamelín, sucedió
algo muy extraño: una mañana,
cuando sus gordos y satisfechos
habitantes salieron de sus casas,
encontraron las calles invadidas por
miles de ratones que merodeaban por
todas partes, devorando, insaciables,
el grano de sus repletos graneros y la comida de sus bien provistas despensas.
Nadie acertaba a comprender la causa de tal invasión, y lo que era aún peor, nadie
sabía qué hacer para acabar con tan inquietante plaga. Por más que pretendían
exterminarlos o, al menos, ahuyentarlos, tal parecía que cada vez acudían más y
más ratones a la ciudad. Tal era la cantidad de ratones que, día tras día, se
enseñoreaba de las calles y de las casas, que hasta los mismos gatos huían
asustados.

Ante la gravedad de la situación, los


prohombres de la ciudad, que veían peligrar
sus riquezas por la voracidad de los ratones,
convocaron al Consejo y dijeron: "Daremos
cien monedas de oro a quien nos libre de los
ratones". Al poco se presentó ante ellos un
flautista taciturno, alto y desgarbado, a quien
nadie había visto antes, y les dijo: "La
recompensa será mía. Esta noche no quedará
ni un sólo ratón en Hamelín". Dicho esto,
comenzó a pasear por las calles y, mientras paseaba, tocaba con su flauta una
maravillosa melodía que encantaba a los ratones, quienes saliendo de sus
escondrijos seguían embelesados los pasos del flautista que tocaba incansable su
flauta.

Y así, caminando y tocando, los llevó a un


lugar muy lejano, tanto que desde allí ni
siquiera se veían las murallas de la ciudad. Por
aquel lugar pasaba un caudaloso río donde, al
intentar cruzarlo para seguir al flautista, todos
los ratones perecieron ahogados. Los
hamelineses, al verse al fin libres de las voraces
tropas de ratones, respiraron aliviados. Ya
tranquilos y satisfechos, volvieron a sus
prósperos negocios, y tan contentos estaban
que organizaron una gran fiesta para celebrar
el feliz desenlace, comiendo excelentes viandas y bailando hasta muy entrada la
noche.

A la mañana siguiente, el flautista se presentó ante el Consejo y reclamó a los


prohombres de la ciudad las cien monedas de oro prometidas como recompensa.
Pero éstos, liberados ya de su problema y cegados por su avaricia, le contestaron:
"¡Vete de nuestra ciudad!, ¿o acaso crees que te pagaremos tanto oro por tan poca
cosa como tocar la flauta?". Y dicho esto, los orondos prohombres del Consejo de
Hamelín le volvieron la espalda profiriendo grandes carcajadas.

Furioso por la avaricia y la ingratitud de los


hamelineses, el flautista, al igual que hiciera
el día anterior, tocó una dulcísima melodía
una y otra vez, insistentemente. Pero esta
vez no eran los ratones quienes le seguían,
sino los niños de la ciudad quienes,
arrebatados por aquel sonido maravilloso,
iban tras los pasos del extraño músico.
Cogidos de la mano y sonrientes, formaban
una gran hilera, sorda a los ruegos y gritos
de sus padres que en vano, entre sollozos de desesperación, intentaban impedir
que siguieran al flautista. Nada lograron y el flautista se los llevó lejos, muy lejos,
tan lejos que nadie supo adónde, y los niños, al igual que los ratones, nunca jamás
volvieron. En la ciudad sólo quedaron sus opulentos habitantes y sus bien repletos
graneros y bien provistas despensas, protegidas por sus sólidas murallas y un
inmenso manto de silencio y tristeza.
Y esto fue lo que sucedió hace muchos, muchos años, en esta desierta y vacía
ciudad de Hamelín, donde, por más que busquéis, nunca encontraréis ni un ratón
ni un niño.

Hansel y Gretel

llá a lo lejos, en una choza próxima al bosque vivía un leñador con su


esposa y sus dos hijos: Hansel y Gretel. El hombre era muy pobre. Tanto, que aún
en las épocas en que ganaba más dinero apenas si alcanzaba para comer. Pero un
buen día no les quedó ni una moneda para comprar comida ni un poquito de
harina para hacer pan. "Nuestros hijos morirán de hambre", se lamentó el pobre
esa noche. "Solo hay un remedio -dijo la mamá llorando-. Tenemos que dejarlos en
el bosque, cerca del palacio del rey. Alguna persona de la corte los recogerá y
cuidará". Hansel y Gretel, que no se habían podido dormir de hambre, oyeron la
conversación. Gretel se echó a llorar, pero Hansel la consoló así: "No temas. Tengo
un plan para encontrar el camino de regreso. Prefiero pasar hambre aquí a vivir con
lujos entre desconocidos".

Al día siguiente la mamá los despertó temprano. "Tenemos


que ir al bosque a buscar frutas y huevos -les dijo-; de lo
contrario, no tendremos que comer". Hansel, que había
encontrado un trozo de pan duro en un rincón, se quedó un
poco atrás para ir sembrando trocitos por el camino.
Cuando llegaron a un claro próximo al palacio, la mamá les pidió a los niños que
descansaran mientras ella y su esposo buscaban algo para comer. Los muchachitos
no tardaron en quedarse dormidos, pues habían madrugado y caminado mucho, y
aprovechando eso, sus padres los dejaron.

Los pobres niños estaban tan cansados y débiles que durmieron


sin parar hasta el día siguiente, mientras los ángeles de la guarda
velaban su sueño. Al despertar, lo primero que hizo Hansel fue
buscar los trozos de pan para recorrer el camino de regreso; pero
no pudo encontrar ni uno: los pájaros se los habían comido. Tanto
buscar y buscar se fueron alejando del claro, y por fin
comprendieron que estaban perdidos del todo.
Anduvieron y anduvieron hasta que llegaron a otro claro. A que no saben que
vieron allí? Pues una casita toda hecha de galletitas y caramelos. Los pobres chicos,
que estaban muertos de hambre, corrieron a arrancar trozos de cerca y de
persianas, pero en ese momento apareció una anciana. Con una sonrisa muy
amable los invitó a pasar y les ofreció una espléndida comida. Hansel y Gretel
comieron hasta hartarse. Luego la viejecita les preparó la cama y los arropó
cariñosamente.

Pero esa anciana que parecía tan buena era una bruja que quería hacerlos trabajar.
Gretel tenía que cocinar y hacer toda la limpieza. Para Hansel la bruja tenía otros
planes: quería que tirara de su carro!. Pero el niño estaba demasiado flaco y
debilucho para semejante tarea, así que decidió encerrarlo en una jaula hasta que
engordara. Se imaginan que Gretel no podía escapar y dejar a su hermanito
encerrado!. Entretanto, el niño recibía tanta comida que, aunque había pasado
siempre mucha hambre, no podía terminar todo lo que le llevaba.

Como la bruja no veía más allá de su nariz, cuando se acercaba a la jaula de Hansel
le pedía que sacara un dedo para saber si estaba engordando. Hansel ya se había
dado cuenta de que la mujer estaba casi ciega, así que todos los días le extendía un
huesito de pollo. "Todavía estás muy flaco -decía entonces la vieja-. Esperaré unos
días más!".
Por fin, cansada de aguardar a que Hansel engordara, decidió atarlo al carro de
cualquier manera. Los niños comprendieron que había llegado el momento de
escapar.

Como era día de amasar pan, la bruja había ordenado a


Gretel que calentara bien el horno. Pero la niña había oído
en su casa que las brujas se convierten en polvo cuando
aspiran humo de tilo, de modo que preparó un gran fuego
con esa madera. "Yo nunca he calentado un horno -dijo
entonces a la bruja-. Por que no mira el fuego y me dice si
esta bien?". "Sal de ahí, pedazo de tonta! -chilló la mujer-.
Yo misma lo vigilaré!". Y abrió la puerta de hierro para
mirar. En ese instante salió una bocanada de humo y la
bruja se deshizo. Solo quedaron un puñado de polvo y un
manojo de llaves. Gretel recogió las llaves y corrió a liberar
a su hermanito.

Antes de huir de la casa, los dos niños buscaron comida para el viaje. Pero, cual
sería su sorpresa cuando encontraron montones de cofres con oro y piedras
preciosas!. Recogieron todo lo que pudieron y huyeron rápidamente.

Tras mucho andar llegaron a un enorme lago y


se sentaron tristes junto al agua, mirando la otra
orilla. Estaba tan lejos!. “Quieren que los cruce?”,
preguntó de pronto una voz entre los juncos. Era
un enorme cisne blanco, que en un santiamén los
dejó en la otra orilla. Y adivinen quien estaba
cortando leña justamente en ese lugar?. El papá
de los chicos!. Sí, el papá que lloró de alegría al
verlos sanos y salvos. Después de los abrazos y
los besos, Hansel y Gretel le mostraron las
riquezas que traían, y tras agradecer al cisne su
oportuna ayuda, corrieron todos a reunirse con la mamá.
Juan sin miedo

Érase una vez un matrimonio de leñadores que tenía dos hijos. Pedro, el mayor, era
un chico muy miedoso. Cualquier ruido le sobresaltaba y las noches eran para él
terroríficas. Juan, el pequeño, era todo lo contrario. No tenía miedo de nada. Por
esa razón, la gente lo llamaba Juan sin miedo. Un día, Juan decidió salir de su casa
en busca de aventuras. De nada sirvió que sus padres intentaron convencerlo de
que no lo hiciera. El quería conocer el miedo. Saber que se sentía.

Estuvo andando sin parar varios días sin que nada especial le sucediese. Llegó un
bosque y decidió cruzarlo. Bastante aburrido, se sentó a descansar un rato. De
repente, una bruja de terrible aspecto, rodeada de humo maloliente y haciendo
grandes aspavientos, apareció junto a él.

¿Que ahí abuela? -saludo Juan con toda tranquilidad.

¡Desvergonzado! ¡Soy una bruja!

Pero Juan nos impresionó. La bruja intentó todo lo que sabía para asustar a aquel
muchacho. Nada dio resultado. Así que se dio media vuelta y se fue de allí
cabizbaja, pensando que era su primer fracaso como bruja.

Tras su descanso, Juan echó a andar de nuevo. En un claro del bosque encontró
una casa. Llamo a la puerta y le abrió un espantoso ogro que, al ver al muchacho,
comenzó a lanzar unas terribles carcajadas. Juan no soportó que se riera de él. Se
quitó el cinturón y empezó a darle unos terribles golpes hasta que el ogro le rogó
que parase.

El muchacho pasó la noche en la casa del ogro. Por la mañana siguió su camino y
llegó a una ciudad. En la plaza un pregonero leía un mensaje del rey. Y a quien se
atreva a pasar tres noches seguidas en este castillo, el rey le concederá a la mano
de la princesa.

Juan sin miedo se dirigió al palacio real, donde fue recibido por el soberano.

Majestad, estoy dispuesto a ir a ese castillo dijo el muchacho.

Sin duda has de ser muy valiente contestó el monarca. Pero creo que deberías
pensarlo mejor.

Está decidido respondió Juan con gran seguridad.

Juan llegó al castillo. Llevaba años


deshabitado. Había polvo y telarañas por
todas partes. Como tenía frío, encendió
una hoguera. Con el calor se quedó
dormido.

Al rato, unos ruidos de cadenas lo


despertaron. Al abrir los ojos, el muchacho
vio ante él un fantasma.

Juan, muy enfadado por qué lo hubieran despertado, cogió un palo ardiendo y se
lo tiró al fantasma.

Este, con su sábana en llamas, huyó de allí y el muchacho siguió durmiendo tan
tranquilo.

Por la mañana, siguió recorriendo el castillo. Encontró una habitación con una
cama y decidió pasar allí su segunda noche. Al poco rato de haberse acostado, o yo
lo que parecían maullidos de gatos. Y ante él aparecieron tres grandes tigres que lo
miraban con ojos amenazadores. Juan cogió la barra de hierro y empezó a repartir
golpes. Con cada golpe, los tigres se iban haciendo más pequeños. Tanto
redujeron su tamaño que, al final, quedaron convertidos en unos juguetones que a
gatitos a los que Juan estuvo acariciando.

Llegó la tercera noche y Juan se echó a dormir. Al cabo de unos minutos escuchó
unos impresionantes rugidos. Un enorme león estaba a punto de atacarlo. El
muchacho cogió la barra de hierro y empezó a golpear al pobre animal, quien
empezó a decir con voz suplicante: ¡Basta! ¡basta! ¡no me es más! ¡eres un bruto!
¿no te das cuenta de que me vas a matar?

A la mañana siguiente, Juan sin miedo apareció el palacio real. El rey, que no daba
crédito a sus ojos, le concedió la mano de su hija y, a los pocos días se celebraron
las bodas. Juan estaba encantado con su esposa y se sentía muy feliz. La princesa
también lo estaba. Pero decidió que haría conocer el miedo a su marido.

Una noche, mientras Juan dormía, ella cogió una jarra de agua fría y se la derramó
encima. El pobre Juan creyó morir del susto. Temblaba de terror. Sus pelos estaban
rizados y ¡conoció el miedo, por fin! Juan una vez recuperado, agradeció su esposa
haberle hecho sentir miedo, algo que todo el mundo conoce.

La casita de chocolate

Dos hermanitos salieron de su casa y fueron al bosque a


coger leña. Pero cuando llegó el momento de regresar
no encontraron el camino de vuelta. Se asustaron
mucho y se pusieron a llorar al verse solos en el bosque.
Sin embargo, allá a lo lejos vieron brillar la luz de una
casita y hacia ella se dirigieron. Era una casita
extraordinaria. Tenía las paredes de caramelo y
chocolate. Y como los dos hermanos tenían hambre se
pusieron a chupar en tan sabrosa golosina. Entonces se
abrió la puerta y apareció la viejecita que vivía allí,
diciendo:
Hermosos niños, ya veo que tenéis mucho apetito. Entrad, entrad y comed cuanto
queráis.

Los dos hermanitos obedecieron confiados. Pero en cuanto estuvieron dentro, la


anciana cerró la puerta con llave y la guardó en el bolsillo, echándose luego a reír.
Era una perversa bruja que se servía de su casita de chocolate para atraer a los
niños que andaban solos por el bosque.
Los infelices niños se pusieron a llorar, pero la bruja encerró al niño en una jaula y
le dijo:
- No te voy a comer hasta que engordes, porque estas muy delgado- Primero te
cebaré bien.
Y todos los días le preparaba platos de sabrosa
comida. Mientras tanto a la niña la obligaba a
trabajar sin descanso. Y cada mañana iba la bruja
a comprobar si engordaba su hermanito,
mandándole que le enseñara un dedo. Pero como
tenía muy mala vista, el niño, que era muy astuto,
le enseñaba un huesecillo de pollo que había
guardado de una de las comidas. Y así la bruja
quedaba engañada, pues creía que el niño no
engordaba.
- Sigues muy delgado decía -. Te daré mejor comida.

Y preparaba nuevos y abundantes platos y era la niña la que se encargaba de


llevarlos a la jaula llorando amargamente porque sabía lo que la bruja quería hacer
con su hermano. Escapar de la casa era imposible, porque la vieja nunca sacaba la
llave del bolsillo y no se podía abrir la puerta. ¿Cómo harían para escapar?

Un día llamó la bruja a la niña y le dijo:

- Mira, ya me he cansado de esperar porque tu hermano no engorda a pesar de


que come mejor que un rey. Le preparo las mejores cosas y tiene los dedos tan
flacos que parecen huesos de pollo. Así que vas a encender el fuego enseguida.

La niña se acercó a su querido hermanito y le contó los propósitos de la malvada


bruja. Había llegado el momento tan temido. La bruja andaba de un lado para otro
haciendo sus preparativos. Como veía que pasaba el tiempo y la niña no había
cumplido lo que le había mandado, gritó:
¿A qué esperas para encender el fuego?
La hermana tuvo entonces una buena idea:

- Señora bruja - dijo -, yo no sé encenderlo.


- Pareces tonta - contestó la bruja -; tendré que enseñarte. Fíjate, se echa mucha
leña, así. Ahora enciendes y soplas para que salgan muchas llamas. ¿Lo ves?

Como estaba la bruja en la boca del horno, la niña


le arrancó de un tirón las llaves que llevaba atadas a
la cintura y, dando a la bruja un tremendo empujón,
la hizo caer dentro del horno. Libre ya de la bruja, y
usando las laves, abrió con gran alegría la puerta de
la jaula y salieron los dos corriendo hacia el bosque.
Se alejaron a todo correr de la casita de chocolate y
cuando encontraron el camino de regreso a su casa
lo siguieron y llegaron muy felices.

El patito feo

ierra adentro, en la parte baja de la pradera, escondido entre los altos


juncos que crecían en el borde de la laguna, había un nido lleno de huevos. Mamá
Pata estaba suavemente sentada sobre ellos, para darles calor. Esperaba con
paciencia el nacimiento de sus patitos.

Crac! Crac! Uno tras otro comenzaron a abrirse los huevos, y los
patitos asomaban por ellos sus cabecitas. Pero... que será esa
horrible ave gris que aparecía? Mamá Pata no salía de su asombro.
"Ninguno de los otros patitos es como este!", exclamó.

Algunos días después, Mamá Pata fue caminando hasta la laguna


seguida de sus patitos. Plafff! Se lanzó al agua... y uno tras otro saltaron
los patitos. Flotaban espléndidamente. Y hasta el patito feo nadó junto
a ellos. Pero después fueron al corral de los patos. Los otros patos. Los
otros patos los miraron con impertinencia y dijeron:

"Miren, aquí viene otra cría, como si ya no fuéramos bastantes! Y qué feo es ese
patito! Sáquenlo de este corral! No lo queremos!".

Uno por uno, los patos se lanzaron sobre el patito feo y lo


picotearon en el cuello, y lo empujaron de un lado a otro.
Vinieron después algunos pollitos y ellos también
picotearon al pobrecito. Mamá Pata trató de proteger al
patito feo. "Déjenlo tranquilo", pidió a las malignas aves, "él
no hace daño a nadie". Pero de nada sirvió. Y hasta sus propios hermanitos
empezaron a tratarlo mal. Todos los días era lo mismo. El patito feo no podía
escapar al maltrato.

"Creo que será mejor que me vaya lejos, muy lejos", se dijo por fin.
Así es que, saltando el cerco, salió a viajar tan rápido como pudo.

Llegó el otoño. Las hojas se pusieron amarillentas y rojizas en el bosque. Una tarde,
a la puesta del sol, aparecieron unos cisnes por entre los arbustos. "Ah! Qué lindo
ser tan hermoso como ellos!", suspiró el patito feo. Vino después el invierno. Los
días eran cada vez más fríos y el pobre patito feo tuvo que nadar en el agua helada
que empezaba a congelarse a su alrededor. Nadie le traía alimentos y apenas tenía
qué comer. Todo era muy triste!.
En la primavera, cuando el sol volvió a calentar la tierra y las
plantas a florecer, el patito feo notó que sus alas se habían
agrandado y eran muy fuertes. Las batió contra su cuerpo, una y
dos veces, hasta que por fin se elevó en el aire. No pasó mucho
tiempo antes de que se encontrara en un gran jardín. Tres
hermosos cisnes nadaban en un estanque.

"Me gustaría ir con ellos", se dijo el patito. Quizá ni siquiera me hagan caso, por ser
tan feo. Pero, sin embargo, no importa, lo intentaré".

Voló hasta el agua y nadó rápidamente hacia ellos. Pero cuando


miró hacia abajo y vio su propio reflejo en el agua clara, que
sorpresa! Ya no era un ave oscura y fea, como le había parecido
siempre. Él también era ahora un hermoso cisne blanco. Unos
niños entraron al jardín, gritando:

Un cisne nuevo! Mírenlo, aquí!" Y después añadieron: "Es el más lindo de todos los
cisnes!".

El cisne nuevo volvió tímidamente la cabeza. Pero se sentía feliz. Aleteó, curvó el
grácil cuello y dijo:

"Jamás soñé con tanta dicha cuando era el patito feo".


Simbad el marino

Hace muchos, muchísimos años, en la ciudad de Bagdag


vivía un joven llamado Simbad. Era muy pobre y, para
ganarse la vida, se veía obligado a transportar pesados
fardos, por lo que se le conocía como Simbad el
Cargador. - ¡Pobre de mí! -se lamentaba- ¡qué triste
suerte la mía! Quiso el destino que sus quejas fueran
oídas por el dueño de una hermosa casa, el cual ordenó
a un criado que hiciera entrar al joven. A través de
maravillosos patios llenos de flores, Simbad el Cargador fue conducido hasta una
sala de grandes dimensiones. En la sala estaba dispuesta una mesa llena de las más
exóticas viandas y los más deliciosos vinos. En torno a ella había sentadas varias
personas, entre las que destacaba un anciano, que habló de la siguiente manera: -
Me llamo Simbad el Marino. No creas que mi vida ha sido fácil. Para que lo
comprendas, te voy a contar mis aventuras... " Aunque mi padre me dejó al morir
una fortuna considerable; fue tanto lo que derroché que, al fin, me vi pobre y
miserable. Entonces vendí lo poco que me quedaba y me embarqué con unos
mercaderes.

Navegamos durante semanas, hasta llegar a una isla. Al


bajar a tierra el suelo tembló de repente y salimos
todos proyectados: en realidad, la isla era una enorme
ballena. Como no pude subir hasta el barco, me dejé
arrastrar por las corrientes agarrado a una tabla hasta
llegar a una playa plagada de palmeras. Una vez en
tierra firme, tomé el primer barco que zarpó de vuelta a Bagdag..." Llegado a este
punto, Simbad el Marino interrumpió su relato. Le dio al muchacho 100 monedas
de oro y le rogó que volviera al día siguiente. Así lo hizo Simbad y el anciano
prosiguió con sus andanzas... " Volví a zarpar. Un día que habíamos desembarcado
me quedé dormido y, cuando desperté, el barco se había marchado sin mí. L legué
hasta un profundo valle sembrado de diamantes.
Llené un saco con todos
los que pude coger, me
até un trozo de carne a la
espalda y aguardé hasta
que un águila me eligió
como alimento para llevar
a su nido, sacándome así
de aquel lugar."
Terminado el relato,
Simbad el Marino volvió a
darle al joven 100
monedas de oro, con el
ruego de que volviera al
día siguiente... "Hubiera
podido quedarme en
Bagdag disfrutando de la fortuna conseguida, pero me aburría y volví a
embarcarme. Todo fue bien hasta que nos sorprendió una gran tormenta y el barco
naufragó. Fuimos arrojados a una isla habitada por unos enanos terribles, que nos
cogieron prisioneros. Los enanos nos condujeron hasta un gigante que tenía un
solo ojo y que comía carne humana. Al llegar la noche, aprovechando la oscuridad,
le clavamos una estaca ardiente en su único ojo y escapamos de aquel espantoso
lugar. De vuelta a Bagdag, el aburrimiento volvió a hacer presa en mí. Pero esto te
lo contaré mañana..." Y con estas palabras Simbad el Marino entregó al joven 100
piezas de oro.

"Inicié un nuevo viaje, pero por obra del destino mi barco volvió a naufragar. Esta
vez fuimos a dar a una isla llena de antropófagos. Me ofrecieron a la hija del rey,
con quien me casé, pero al poco tiempo ésta murió. Había una costumbre en el
reino: que el marido debía ser enterrado con la esposa. Por suerte, en el último
momento, logré escaparme y regresé a Bagdag cargado de joyas..."

Y así, día tras día, Simbad el Marino fue narrando las fantásticas aventuras de sus
viajes, tras lo cual ofrecía siempre 100 monedas de oro a Simbad el Cargador. De
este modo el muchacho supo de cómo el afán de aventuras de Simbad el Marino le
había llevado muchas veces a enriquecerse, para luego perder de nuevo su fortuna.
El anciano Simbad le contó que, en el último de sus viajes, había sido vendido
como esclavo a un traficante de marfil. Su misión consistía en cazar elefantes. Un
día, huyendo de un elefante furioso, Simbad se subió a un árbol. El elefante agarró
el tronco con su poderosa trompa y sacudió el árbol de tal modo que Simbad fue a
caer sobre el lomo del animal. Éste le condujo entonces hasta un cementerio de
elefantes; allí había marfil suficiente como para no tener que matar más elefantes.

Simbad así lo comprendió y, presentándose ante su


amo, le explicó dónde podría encontrar gran número
de colmillos. En agradecimiento, el mercader le
concedió la libertad y le hizo muchos y valiosos
regalos. "Regresé a Bagdag y ya no he vuelto a
embarcarme -continuó hablando el anciano-. Como
verás, han sido muchos los avatares de mi vida. Y si
ahora gozo de todos los placeres, también antes he
conocido todos los padecimientos." Cuando terminó
de hablar, el anciano le pidió a Simbad el Cargador que aceptara quedarse a vivir
con él. El joven Simbad aceptó encantado, y ya nunca más, tuvo que soportar el
peso de ningún fardo.

El soldadito de plomo

Érase una vez... un niño que tenía muchísimos juguetes.


Los guardaba todos en su habitación y, durante el día,
pasaba horas y horas felices jugando con ellos. Uno de sus
juegos preferidos era el de hacer la guerra con sus
soldaditos de plomo. Los ponía enfrente unos de otros, y
daba comienzo a la batalla. Cuando se los regalaron, se dio
cuenta de que a uno de ellos le faltaba una pierna a causa
de un defecto de fundición. No obstante, mientras jugaba,
colocaba siempre al soldado mutilado en primera línea, delante de todos,
incitándole a ser el más aguerrido. Pero el niño no sabía que sus juguetes durante
la noche cobraban vida y hablaban entre ellos, y a veces, al colocar ordenadamente
a los soldados, metía por descuido el soldadito mutilado entre los otros juguetes.

Y así fue como un día el soldadito pudo conocer a una gentil bailarina, también de
plomo. Entre los dos se estableció una corriente de simpatía y, poco a poco, casi
sin darse cuenta, el soldadito se enamoró de ella. Las noches se sucedían deprisa,
una tras otra, y el soldadito enamorado no encontraba nunca el momento
oportuno para declararle su amor. Cuando el niño lo dejaba en medio de los otros
soldados durante una batalla, anhelaba que la bailarina se diera cuenta de su valor
y por la noche , cuando ella le decía si había pasado miedo, él le respondía con
vehemencia que no. Pero las miradas insistentes y los suspiros del soldadito no
pasaron inadvertidos por el diablejo que estaba encerrado en una caja de
sorpresas.
Cada vez que, por arte de magia, la caja se abría a medianoche, un dedo
admonitorio señalaba al pobre soldadito. Finalmente, una noche, el diablo estalló.
"¡Eh, tú!, ¡Deja de mirar a la bailarina!" El pobre soldadito se ruborizó, pero la
bailarina, muy gentil, lo consoló: " No le hagas caso, es un envidioso. Yo estoy muy
contenta de hablar contigo." Y lo dijo ruborizándose. ¡Pobres estatuillas de plomo,
tan tímidas, que no se atrevían a confesarse su mutuo amor! Pero un día fueron
separados, cuando el niño colocó al soldadito en el alféizar de una ventana.
"¡Quedate aquí y vigila que no entre ningún enemigo, porque aunque seas cojo
bien puedes hacer de centinela!" El niño colocó luego a los demás soldaditos
encima de una mesa para jugar. Pasaban los días y el soldadito de plomo no era
relevado de su puesto de guardia. Una tarde estalló de improviso una tormenta, y
un fuerte viento sacudió la ventana, golpeando la figurita de plomo que se
precipitó en el vacío. Al caer desde el alféizar con la cabeza hacia abajo, la
bayoneta del fusil se clavó en el suelo.

El viento y la lluvia persistían. ¡Una borrasca de verdad! El agua, que caía a cántaros,
pronto formó amplios charcos y pequeños riachuelos que se escapaban por las
alcantarillas. Una nube de muchachos aguardaba a que la lluvia amainara,
cobijados en la puerta de una escuela cercana. Cuando la lluvia cesó, se lanzaron
corriendo en dirección a sus casas, evitando meter los pies en los charcos más
grandes. Dos muchachos se refugiaron de las últimas gotas que se escurrían de los
tejados, caminando muy pegados a las paredes de los edificios. Fue así como
vieron al soldadito de plomo clavado en tierra, chorreando agua. "¡Qué lástima que
tenga una sola pierna! Si no, me lo hubiera llevado a casa.", dijo uno . "Cojámoslo
igualmente, para algo servirá", dijo el otro, y se lo metió en un bolsillo. Al otro lado
de la calle descendía un riachuelo, el cual transportaba una barquita de papel que
llegó hasta allí no se sabe cómo. "¡Pongámoslo encima y parecerá marinero!" Dijo
el pequeño que lo había recogido. Así fue como el soldadito de plomo se convirtió
en un navegante. El agua vertiginosa del riachuelo era engullida por la alcantarilla
que se tragó también a la barquita.

En el canal subterráneo el nivel de las aguas turbias era


alto. Enormes ratas, cuyos dientes rechinaban, vieron
como pasaba por delante de ellas el insólito marinero
encima de la barquita zozobrante. ¡Pero hacía falta más
que unas míseras ratas para asustarlo, a él que había
arrastrado tantos y tantos peligros en sus batallas! La
alcantarilla desembocaba en el río, y hasta él llegó la
barquita que al final zozobró sin remedio empujada por
remolinos turbulentos. Después del naufragio, el
soldadito de plomo creyó que su fin estaba próximo al
hundirse en las profundidades del agua. Miles de pensamientos cruzaron entonces
por su mente, pero sobre todo, había uno que le angustiaba más que ningún otro:
era el de no volver a ver jamás a su bailarina... De pronto, una boca inmensa se lo
tragó para cambiar su destino. El soldadito se encontró en el oscuro estómago de
un enorme pez, que se abalanzó vorazmente sobre él atraído por los brillantes
colores de su uniforme.

Sin embargo, el pez no tuvo tiempo de indigestarse con tan pesada comida, ya que
quedó prendido al poco rato en la red que un pescador había tendido en el rió.
Poco después acabó agonizando en una cesta de la compra junto con otros peces
tan desafortunados como él. Resulta que la cocinera de la casa en la cual había
estado el soldadito, se acercó al mercado para comprar pescado. "Este ejemplar
parece apropiado para los invitados de esta noche.", dijo la mujer contemplando el
pescado expuesto encima de un mostrador. El pez acabó en la cocina y, cuando la
cocinera la abrió para limpiarlo, se encontró sorprendida con el soldadito en sus
manos. "¡Pero si es uno de los soldaditos de...!", gritó, y fue en busca del niño para
contarle dónde y cómo había encontrado a su soldadito de plomo al que le faltaba
una pierna. "¡Sí, es el mío!", exclamó jubiloso el niño al reconocer al soldadito
mutilado que había perdido. "¡Quién sabe cómo llegó hasta la barriga de este pez!
¡Pobrecito, cuantas aventuras habrá pasado desde que cayó de la ventana!" Y lo
colocó en la repisa de la chimenea donde su hermanita había colocado a la
bailarina. Un milagro había reunido de nuevo a los dos enamorados.
Felices de estar otra vez juntos, durante la noche se contaban lo que había
sucedido desde su separación. Pero el destino les reservaba otra malévola sorpresa:
un vendaval levantó la cortina de la ventana y, golpeando a la bailarina, la hizo caer
en el hogar. El soldadito de plomo, asustado, vio como su compañera caía. Sabía
que el fuego estaba encendido porque notaba su calor. Desesperado, se sentía
impotente para salvarla. ¡Qué gran enemigo es el fuego que puede fundir a unas
estatuillas de plomo como nosotros! Balanceándose con su única pierna, trató de
mover el pedestal que lo sostenía. Tras ímprobos esfuerzos, por fin también cayó al
fuego. Unidos esta vez por la desgracia, volvieron a estar cerca el uno del otro, tan
cerca que el plomo de sus pequeñas peanas, lamido por las llamas, empezó a
fundirse. El plomo de la peana de uno se mezcló con el del otro, y el metal adquirió
sorprendentemente la forma de corazón. A punto estaban sus cuerpecitos de
fundirse, cuando acertó a pasar por allí el niño. Al ver a las dos estatuillas entre las
llamas, las empujó con el pie lejos del fuego. Desde entonces, el soldadito y la
bailarina estuvieron siempre juntos, tal y como el destino los había unido: sobre
una sola peana en forma de corazón.

Erase un principito curioso que quiso un día salir a pasear sin escolta.
Caminando por un barrio miserable de su ciudad, descubrió a un muchacho de su
estatura que era en todo exacto a él.

-¡Sí que es casualidad! - dijo el príncipe-. Nos parecemos como dos gotas de
agua.

-Es cierto - reconoció el mendigo-. Pero yo voy vestido de andrajos y tú te cubres


de sedas y terciopelo. Sería feliz si pudiera vestir durante un instante la ropa que
llevas tú.

Entonces el príncipe, avergonzado de su riqueza, se despojó de su traje,


calzado y el collar de la Orden de la Serpiente, cuajado de piedras preciosas.

-Eres exacto a mi - repitió el príncipe, que se había vestido, en tanto, las ropas
del mendigo.
Pero en aquel momento llegó la guardia buscando al personaje y se llevaron al
mendigo vestido en aquellos momentos con los ropajes de principe.
El príncipe corría detrás queriendo convencerles de su error, pero fue inútil.

Contó en la ciudad quién era y le tomaron por loco. Cansado de proclamar


inútilmente su identidad, recorrió la ciudad en busca de trabajo. Realizó las
faenas más duras, por un miserable jornal. Era ya mayor, cuando estalló la guerra
con el país vecino. El príncipe, llevado del amor a su patria, se alistó en el
ejército, mientras el mendigo que ocupaba el trono continuaba entregado a los
placeres.

Un día, en lo más arduo de la batalla, el soldadito fue en busca del general.


Con increíble audacia le hizo saber que había dispuesto mal sus tropas y que el
difunto rey, con su gran estrategia, hubiera planeado de otro modo la batalla.

- ¿Cómo sabes tú que nuestro llorado monarca lo hubiera hecho así?

- Porque se ocupó de enseñarme cuanto sabía. Era mi padre.

Aquella noche moría el anciano rey y el mendigo ocupó el trono. Lleno su


corazón de rencor por la miseria en que su vida había transcurrido, empezó a
oprimir al pueblo, ansioso de riquezas.

Y mientras tanto, el verdadero príncipe, tras las verjas del palacio, esperaba
que le arrojasen un pedazo de pan.

El general, desorientado, siguió no obstante los consejos del soldadito y pudo


poner en fuga al enemigo. Luego fue en busca del muchacho, que curaba junto al
arroyo una herida que había recibido en el hombro. Junto al cuello se destacaban
tres rayitas rojas.

-Es la señal que vi en el príncipe recién nacido! -exclamó el general.

Comprendió entonces que la persona que ocupaba el trono no era el


verdadero rey y, con su autoridad, ciñó la corona en las sienes de su autentico
dueño.

El príncipe había sufrido demasiado y sabía perdonar. El usurpador no recibió


mas castigo que el de trabajar a diario.
Cuando el pueblo alababa el arte de su rey para gobernar y su gran
generosidad él respondía: Es gracias a haber vivido y sufrido con el pueblo por lo
que hoy puedo ser un buen rey.

Érase una vez un príncipe que quería casarse, pero tenía


que ser con una princesa de verdad. De modo que dio la
vuelta al mundo para encontrar una que lo fuera; pero
aunque en todas partes encontró no pocas princesas, que lo
fueran de verdad era imposible de saber, porque siempre
había algo en ellas que no terminaba de convencerle. Así es
que regresó muy desconsolado, por su gran deseo de
casarse con una princesa auténtica.
Una noche estalló una tempestad horrible, con rayos y
truenos y lluvia a cántaros; era una noche, en verdad,
espantosa. De pronto golpearon a la puerta del castillo, y el
viejo rey fue a abrir.
Afuera había una princesa. Pero, Dios mío, ¡qué aspecto presentaba con la lluvia
y el mal tiempo! El agua le goteaba del pelo y de las ropas, le corría por la punta
de los zapatos y le salía por el tacón y, sin embargo, decía que era una princesa
auténtica.
«Bueno, eso ya lo veremos», pensó la vieja reina. Y sin decir
palabra, fue a la alcoba, apartó toda la ropa de la cama y
puso un guisante en el fondo. Después cogió veinte
colchones y los puso sobre el guisante, y además colocó
veinte edredones sobre los colchones. La que decía ser
princesa dormiría allí aquella noche.
A la mañana siguiente le preguntaron
qué tal había dormido.
-¡Oh, terriblemente mal! -dijo la princesa-
. Apenas si he pegado ojo en toda la noche. ¡Sabe Dios lo que
habría en la cama! He dormido sobre algo tan duro que tengo
todo el cuerpo lleno de magulladuras. ¡Ha sido horrible!
Así pudieron ver que era una princesa de verdad, porque a
través de veinte colchones y de veinte edredones había
notado el guisante. Sólo una auténtica princesa podía haber
tenido una piel tan delicada.
El príncipe la tomó por esposa, porque ahora pudo estar
seguro de que se casaba con una princesa auténtica, y el guisante entró a formar
parte de las joyas de la corona, donde todavía puede verse, a no ser que alguien se
lo haya comido.
¡Como veréis, éste sí que fue un auténtico cuento!

En una bonita casa del bosque vivía mamá cabra con sus siete
cabritillos. Una mañana mamá cabra le dijo a sus hijos que tenía que ir a la ciudad
a comprar y de forma insistente les dijo:

"Queridos hijitos, ya sabéis que no tenéis que abrirle la puerta a nadie. Vosotros
jugad y no le abráis a nadie". "¡Sí mamá. No le abriremos a nadie la puerta."
La mamá de los cabritillos temía que el lobo la viera salir y fuera a casa a
comerse a sus hijitos. Ella, preocupada, al salir por la puerta volvió a decir: "Hijitos,
cerrar la puerta con llave y no le abráis la puerta a nadie, puede venir el lobo." El
mayor de los cabritillos cerró la puerta con llave.

Al ratito llaman a la puerta. "¿Quién es?", dijo un cabritillo. "Soy yo, vuestra
mamá", dijo el lobo, que intentaba imitar la voz de la mamá cabra.

"No, no, tú no eres nuestra mamá, nuestra mamá tiene la voz fina y tú la tienes
ronca."

El lobo se marchó y fue en busca del huevero y le dijo: "Dame cinco huevos para
que mi voz se aclare." El lobo tras comerse los huevos tuvo una voz más clara.

De nuevo llaman a la puerta de las casa de los cabritillos. "¿Quién es?". "Soy yo,
vuestra mamá." "Asoma la patita por debajo de la puerta." Entonces el lobo metió
su oscura y peluda pata por debajo de la puerta y los cabritillos dijeron: "¡No, no! tú
no eres nuestra mamá, nuestra mamá tiene la pata blanquita.

" El lobo enfadado pensó: "Qué listos son estos cabritillos, pero se van a enterar,
voy a ir al molino a pedirle al molinero harina para poner mi para muy blanquita."

Así lo hizo el lobo y de nuevo fue a casa de los cabritillos. "¿Quién es?", dice un
cabritillo. "Soy yo, vuestra mamá." "Enseña la patita por debajo de la puerta." El
lobo metió su pata, ahora blanquita, por debajo de la puerta y todos los cabritillos
dijeron: "¡Sí, sí! Es nuestra mamá, abrid la puerta." Entonces el lobo entró en la
casa y se comió a seis de los cabritillos, menos a uno, el más pequeño, que se
había escondido en la cajita del reloj.

El lobo con una barriga muy gorda salió de la casa hacia el río, bebió agua y se
quedó dormido al lado del río.

Mientras tanto mamá cabra llegó a casa. Al ver la puerta abierta entró muy
nerviosa gritando: "¡Hijitos, dónde estáis! ¡ Hijitos, dónde estáis!". Una voz muy
lejana decía: "¡Mamá, mamá!". "¿Dónde estás, hijo mío?". "Estoy aquí, en la cajita
del reloj."

La mamá cabra sacó al menor de sus hijos de la cajita del reloj, y el cabritillo le
contó que el lobo había venido y se había comido a sus seis hermanitos. La mamá
cabra le dijo a su hijito que cogiera hilo y una aguja, y juntos salieron a buscar al
lobo. Le encontraron durmiendo profundamente.

La mamá cabra abrió la barriga del lobo, sacó a sus hijitos, la llenó de piedras,
luego la cosió y todos se fueron contentos.

Al rato el lobo se despertó: "¡Oh¡ ¡Qué sed me ha dado comerme a estos


cabritillos!". Se arrastró por la tierra para acercarse al río a beber agua, pero al
intentar beber, cayó al río y se ahogó, pues no podía moverse, ya que su barriga
estaba llena de muchas y pesadas piedras.

Al llegar a casa, la mamá regañó a los cabritillos diciéndoles que no debieron


desobedecerla, pues mira lo que había pasado.

LA OCA DE ORO
Un hombre tenía tres hijos, al tercero de los cuales llamaban «El zoquete», que
era menospreciado y blanco de las burlas de todos. Un día quiso el mayor ir al
bosque a cortar leña; su madre le dio una torta de huevos muy buena y sabrosa y
una botella de vino, para que no pasara hambre ni sed.

Al llegar al bosque se encontró con un hombrecillo de pelo gris y muy viejo, que
lo saludó cortésmente y le dijo: - Dame un pedacito de tu torta y un sorbo de tu
vino. Tengo hambre y sed. El listo mozo respondió - Si te doy de mi torta y de mi
vino apenas me quedará para mí; sigue tu camino y déjame -y el viejo quedó
plantado y siguió adelante.
Se puso a cortar un árbol, y al poco rato pegó un hachazo en falso y el hacha se
le clavó en el brazo, por lo que tuvo que regresar a su casa a que lo vendasen. Con
esta herida pagó su conducta con el hombrecillo. Partió luego el segundo para el
bosque, y, como al mayor, su madre lo proveyó de una torta y una botella de vino.
También le salió al paso el viejecito gris, y le pidió un pedazo de torta y un trago de
vino. Pero también el hijo segundo le replicó con displicencia:
- Lo que te diese me lo quitaría a mí; ¡sigue tu camino! y dejando plantado al
anciano, se alejó.
No se hizo esperar el castigo. Apenas había asestado un par de hachazos a un
tronco cuando se hirió en una pierna, y hubo que conducirlo a su casa. Dijo
entonces «El zoquete»:
- Padre, déjame ir al bosque a buscar leña. - Tus hermanos se han lastimado -le
contestó el padre-
- No te metas tú en esto, pues no entiendes nada. Pero el chico insistió tanto, que,
al fin, le dijo su padre: -Vete, pues, si te empeñas; a fuerza de golpes ganarás
experiencia.
Le dio la madre una torta amasada con agua y cocida en las cenizas. y una
botella de cerveza agria. Cuando llegó al bosque se encontró igualmente con el
hombrecillo gris, el cual lo saludó y dijo:
- Dame un poco de tu torta, y un trago de lo que llevas en la botella, pues tengo
hambre y sed.
- No llevo sino una torta cocida en la ceniza y cerveza agria -le respondió «El
zoquete»-; si te conformas, sentémonos y comeremos.
Y se sentaron. Y he aquí que cuando el mozo sacó la torta, resultó ser un
magnífico pastel de huevos, y la cerveza agria se había convertido en un vino
excelente.
- Puesto que tienes buen corazón y eres generoso, te daré suerte. ¿Ves aquel viejo
árbol de allí? Pues córtalo; encontrarás algo en la raíz. Y con estas palabras, el
hombrecillo se despidió.

«El zoquete» se encaminó al árbol y lo derribó a hachazos, y al caer apareció en la


raíz una oca de plumas de oro puro. Se la llevó consigo y entró en una posada para
pasar la noche. El dueño tenía tres hijas, que, al ver la oca, sintieron por ella una
gran curiosidad, y el deseo de poseer una de sus plumas de oro. La mayor pensó:
«Será mucho que no encuentre una oportunidad para arrancarle una pluma», y, un
momento en que el muchacho salió de su cuarto, sujetó la oca por un ala; pero los
dedos y la mano se le quedaron pegados a ella. Pronto acudió la segunda, con la
idea de llevarse también una pluma de oro; pero no bien tocó a su hermana quedó
pegada a ella. Finalmente, fue la tercera con idéntico propósito, y las otras le
gritaron: - ¡Apártate, por Dios Santo, apártate! Pero ella, no comprendiendo por
qué debía apartarse y pensando que si sus hermanas estaban allí, también ella
podía estar, se acercó y, apenas hubo tocado a la segunda, quedó asimismo
aprisionada sin poder soltarse.

Y así tuvieron que pasarse la noche pegadas a la oca. A la mañana, «El zoquete»,
tomando el animal bajo el brazo, emprendió el camino de su casa, sin preocuparse
de las tres muchachas, que lo seguían quieras o no, haciendo eses, según le
llevaban a él las piernas. En medio del campo se encontraron con el señor cura,
quien, al ver la comitiva, dijo: - ¿No les da vergüenza, descaradas, correr de este
modo tras este joven en despoblado? ¿Les parece decente? Y sujetó a la menor por
la mano con intención de separarla; pero no bien la tocó, quedó a su vez
enganchado y tubo que participar también en la carrera. Al poco rato acertó a
pasar el sacristán, y, al ver al señor cura que seguía a las muchachas, sorprendido
dijo: - ¿Y pues, señor cura, adónde va tan de prisa? ¿Se ha olvidado de que hoy
tenemos un bautizo? -y corriendo hacia él, lo tomó de la manga, quedando
asimismo sujeto.

Trotando así los cinco, topáronse con dos labradores que, con sus azadones al
hombro, regresaban del campo. Los llamó el cura, pidiéndoles que lo
desenganchasen, a él y al sacristán; pero no bien hubieron tocado los hombres a
este último, ¡helos también aprisionados! Y ya eran siete los que corrían en pos de
«El zoquete» y su oca.

Poco después llegaron a una ciudad, cuyo rey era padre de una hija tan seria,
que nadie, había logrado hacerla reír. Por eso el Rey había hecho pregonar que
daría la mano de la princesa al hombre
que fuese capaz de provocar su risa.

Al enterarse de ello, «El zoquete»,


arrastrando todo su séquito, se presentó
a la hija del Rey, y al ver ella aquella
hilera de siete personas corriendo sin
parar una tras otra, se echó a reír tan
fuerte y tan a gusto, que no podía cesar
en sus carcajadas. Entonces «El zoquete»
la pidió por esposa.

Pero el Rey, al que no gustaba aquel


yerno, opuso toda clase de objeciones, y,
al fin, le dijo que antes debía traerle a un hombre capaz de beberse todo el vino
que cabía en la bodega de palacio.

Pensó el joven en su hombrecillo del


bosque y fue a pedirle ayuda. Y he aquí
que en el mismo lugar donde cortara el
árbol vio sentado a un individuo en cuyo
rostro se pintaba la pena. Le preguntó «El
zoquete» el motivo de su pesar, y el otro
le contestó:
- Sufro de una sed terrible, que no puedo
calmar de ningún modo. No puedo con
el agua fría, y aunque me he bebido todo
un tonel de vino, ¿qué es una gota sobre
una piedra ardiente? - Yo puedo
remediar esto -díjo el joven-. Vente
conmigo y te prometo que beberás hasta
reventar.
Y así diciendo, lo condujo a la bodega real, donde el hombre la emprendió,
bebe que te bebe, con las voluminosas cubas, hasta que ya le dolían las caderas, y
antes de que se hubiese terminado el día, había vaciado toda la bodega. «El
zoquete» acudió nuevamente a reclamar su novia; pero el Rey, irritado al pensar
que un mozo que todo el mundo tenía por tonto se hubiese de llevar a su hija, le
puso una nueva condición. Antes debía encontrar a un hombre capaz de comerse
una montaña de pan. No se lo pensó mucho el mozo, sino que se dirigió
inmediatamente al bosque, y en el mismo lugar que antes, encontró a un hombre
ocupado en apretarse el cinturón y que, con cara compungida, le dijo:
- Me he comido toda una hornada de pan. Pero, ¿qué es esto para un hambre
como la que yo tengo? Mi estómago sigue vacío, y no me queda más recurso que
apretarme el cinturón para no morirme de hambre. Dijo «El zoquete» muy
contento: - Vente conmigo y te vas a hartar.

Y lo llevó a la corte del Rey, el cual había mandado reunir toda la harina del
reino y cocer con ella una enorme montaña de pan. El hombre del bosque se situó
enfrente de ella, empezó a comer, y, al ponerse el sol, aquella enorme mole había
desaparecido.

Por tercera vez reclamó «El zoquete» a la princesa; pero el Rey, buscando
todavía excusas, le exigió que le trajera un barco capaz de ir por tierra y por agua. -
En cuanto llegues navegando en él -díjo-, mi hija será tu esposa.
Nuevamente se encaminó el muchacho al bosque, donde lo aguardaba el viejo
hombrecillo gris con quien repartiera su torta, y que le dijo:
- Para ti he comido y bebido, y ahora te daré el barco. Todo eso lo hago porque
fuiste compasivo conmigo.
Y le dio el barco que iba por tierra y por agua; y cuando el Rey lo vio, ya no
pudo seguir negándose a entregarle a su hija. Se celebró la boda; a la muerte del
Rey, «El zoquete» heredó la corona, y durante largos años vivió feliz con su esposa.
Érase una vez un molinero muy pobre que no tenía en el mundo más que a su hija.
Ella era una muchacha muy hermosa. Cierto día, el rey mandó llamar al molinero,
pues hacía mucho tiempo no le pagaba impuestos. El pobre hombre no tenía
dinero, así es que se le ocurrió decirle al rey:
-Tengo una hija que puede hacer hilos de oro con la paja.
-¡Tráela! -ordenó el rey.
Esa noche, el rey llevó a la hija del molinero a una habitación llena de paja y le dijo:
-Cuando amanezca, debes haber terminado de fabricar hilos de oro con toda esta
paja. De lo contrario, castigaré a tu padre y también a tí. La pobre muchacha ni
sabía hilar, ni tenía la menor idea de cómo hacer hilos de oro con la paja. Sin
embargo, se sentó frente a la rueca a intentarlo. Como su esfuerzo fue en vano,
desconsolada, se echó a llorar.
De repente, la puerta se abrió y entró un hombrecillo extraño.
-Buenas noches, dulce niña. ¿Por qué lloras?
-Tengo que fabricar hilos de oro con esta paja -dijo sollozando-, y no sé cómo
hacerlo.
-¿Qué me das a cambio si la hilo yo? -preguntó el hombrecillo.
-Podría darte mi collar -dijo la muchacha.
-Bueno, creo que eso bastará -dijo el hombrecillo, y se sentó frente a la rueca.
Al otro día, toda la paja se había transformado en hilos de oro. Cuando el rey vio la
habitación llena de oro, se dejó llevar por la codicia y quiso tener todavía más.
Entonces condujo a la muchacha a una habitación aún más grande, llena de paja, y
le ordenó convertirla en hilos de oro. La muchacha estaba desconsolada.
"¿Qué voy a hacer ahora?" se dijo.
Esa noche, el hombrecillo volvió a encontrar a la joven hecha un mar de lágrimas.
Esta vez, aceptó su anillo de oro a cambio de hilar toda la paja.Al ver tal cantidad
de oro, la avaricia del rey se desbordó. Encerró a la muchacha en una torre llena de
paja.
-Si mañana por la mañana ya has convertido toda esta paja en hilos de oro, me
casaré contigo y serás la reina.
El hombrecillo regresó por la noche, pero la pobre muchacha ya no tenía nada más
para darle.
-Cuando te cases -propuso el hombrecillo- tendrás que darme tu primer hijo.
Como la muchacha no encontró una solución mejor, tuvo que aceptar el trato.
Al día siguiente, el rey vio con gran satisfacción que la torre estaba llena de hilos de
oro. Tal como lo había prometido, se casó con la hija del molinero.
Un año después de la boda, la nueva reina tuvo una hija.
La reina había olvidado por completo el trato que había hecho con el hombrecillo,
hasta que un día apareció.
-Debes darme lo que me prometiste -dijo el hombrecillo.
La reina le ofreció toda clase de tesoros para poder quedarse con su hija, pero el
hombrecillo no los aceptó.
-Un ser vivo es más precioso que todas las riquezas del mundo -dijo.
Desesperada al escuchar estas palabras, la reina rompió a llorar. Entonces el
hombrecillo dijo:
-Te doy tres días para adivinar mi nombre. Si no lo logras, me quedo con la niña.
La reina pasó la noche en vela haciendo una lista de todos los nombres que había
escuchado en su vida. Al día siguiente, la reina le leyó la lista al hombrecillo, pero la
respuesta de éste a cada uno de ellos fue siempre igual:

-No, así no me llamo yo.


La reina resolvió entonces mandar a sus emisarios por toda la ciudad a buscar todo
tipo de nombres.
Los emisarios regresaron con unos nombres muy extraños como Piedrablanda y
Aguadura, pero ninguno sirvió. El hombrecillo repetía siempre:
-No, así no me llamo yo.
Al tercer día, la desesperada reina envió a sus emisarios a los rincones más alejados
del reino.
Ya entrada la noche, el último emisario en llegar relató una historia muy particular.
-Iba caminando por el bosque cuando de repente vi a un hombrecillo extraño
bailando en torno a una hoguera. Al tiempo que bailaba iba cantando: "¡La reina
perderá, pues mi nombre nunca sabrá. Soy el gran Rumpelstiltskin!"
Esa misma noche, la reina le preguntó al hombrecillo:
-¿Te llamas Alfalfa?
-No, así no me llamo yo.
-¿Te llamas Zebulón?
-No, así no me llamo yo.
-¿Será posible, entonces, que te llames Rumpelstilstkin? -preguntó por fin la reina.
Al escuchar esto, el hombrecillo sintió tanta rabia que la cara se le puso azul y
después marrón. Luego pateó tan fuerte el suelo que le abrió un gran hueco.
Rumpelstiltskin desapareció por el hueco que abrió en el suelo y nadie lo volvió a
ver jamás. La reina, por su parte, vivió feliz para siempre con el rey y su preciosa
hijita.
Había una vez un pobre campesino. Una noche se encontraba sentado, atizando
el fuego, y su esposa hilaba sentada junto a él, a la vez que lamentaban el
hallarse en un hogar sin niños.
—¡Qué triste es que no tengamos hijos! —dijo él—. En esta casa siempre hay
silencio, mientras que en los demás hogares todo es alegría y bullicio de
criaturas.
—¡Es verdad! —contestó la mujer suspirando—.Si por lo menos tuviéramos uno,
aunque fuera muy pequeño y no mayor que el pulgar, seríamos felices y lo
amaríamos con todo el corazón.
Y ocurrió que el deseo se cumplió.
Resultó que al poco tiempo la mujer se sintió enferma y, después de siete meses,
trajo al mundo un niño bien proporcionado en todo, pero no más grande que un
dedo pulgar.
—Es tal como lo habíamos deseado —dijo—. Va a ser nuestro querido hijo,
nuestro pequeño.
Y debido a su tamaño lo llamaron Pulgarcito. No le escatimaban la comida, pero
el niño no crecía y se quedó tal como era cuando nació. Sin embargo, tenía ojos
muy vivos y pronto dio muestras de ser muy inteligente, logrando todo lo que se
proponía.
Un día, el campesino se aprestaba a ir al bosque a cortar leña.
—Ojalá tuviera a alguien para conducir la carreta —dijo en voz baja.
—¡Oh, padre! —exclamó Pulgarcito— ¡yo me haré cargo! ¡Cuenta conmigo! La
carreta llegará a tiempo al bosque.
El hombre se echó a reír y dijo:
—¿Cómo podría ser eso? Eres muy pequeño para conducir el caballo con las
riendas.
—¡Eso no importa, padre! Tan pronto como mi madre lo enganche, yo me pondré
en la oreja del caballo y le gritaré por dónde debe ir.
—¡Está bien! —contestó el padre, probaremos una vez.
Cuando llegó la hora, la madre enganchó la carreta y colocó a Pulgarcito en la
oreja del caballo, donde el pequeño se puso a gritarle por dónde debía ir, tan
pronto con “¡Hejjj!”, como un “¡Arre!”. Todo fue tan bien como con un conductor y
la carreta fue derecho hasta el bosque. Sucedió que, justo en el momento que
rodeaba un matorral y que el pequeño iba gritando “¡Arre! ¡Arre!” , dos extraños
pasaban por ahí.
—¡Cómo es eso! —dijo uno— ¿Qué es lo que pasa? La carreta rueda, alguien
conduce el caballo y sin embargo no se ve a nadie.
—Todo es muy extraño —asintió el otro—. Seguiremos la carreta para ver en
dónde se para.
La carreta se internó en pleno bosque y llegó justo al sitio sonde estaba la leña
cortada. Cuando Pulgarcito divisó a su padre, le gritó:
—Ya ves, padre, ya llegué con la carreta. Ahora, bájame del caballo.
El padre tomó las riendas con la mano izquierda y con la derecha sacó a su hijo
de la oreja del caballo, quien feliz se sentó sobre una brizna de hierba. Cuando
los dos extraños divisaron a Pulgarcito quedaron tan sorprendidos que no
supieron qué decir. Uno y otro se escondieron y se dijeron entre ellos:
—Oye, ese pequeño valiente bien podría hacer nuestra fortuna si lo exhibimos en
la ciudad a cambio de dinero. Debemos comprarlo.
Se dirigieron al campesino y le dijeron:
—Véndenos ese hombrecito; estará muy bien con nosotros.
—No —respondió el padre— es mi hijo querido y no lo vendería por todo el oro
del mundo.
Pero al oír esta propuesta, Pulgarcito se trepó por los pliegues de las ropas de su
padre, se colocó sobre su hombro y le dijo al oído:
—Padre, véndeme; sabré cómo regresar a casa.
Entonces, el padre lo entregó a los dos hombres a cambio de una buena cantidad
de dinero.
—¿En dónde quieres sentarte? —le preguntaron.
—¡Ah!, pónganme sobre el ala de su sombrero; ahí podré pasearme a lo largo y a
lo ancho, disfrutando del paisaje y no me caeré.
Cumplieron su deseo, y cuando Pulgarcito se hubo despedido de su padre se
pusieron todos en camino. Viajaron hasta que anocheció y Pulgarcito dijo
entonces:
—Bájenme al suelo, tengo necesidad.
—No, quédate ahí arriba —le contestó el que lo llevaba en su cabeza—. No me
importa. Las aves también me dejan caer a menudo algo encima.
—No —respondió Pulgarcito—, sé lo que les conviene. Bájenme rápido.
El hombre tomó de su sombrero a Pulgarcito y lo posó en un campo al borde del
camino. Por un momento dio saltitos entre los terrones de tierra y, de repente,
enfiló hacia un agujero de ratón que había localizado.
—¡Buenas noches, señores, sigan sin mí! —les gritó en tono burlón.
Acudieron prontamente y rebuscaron con sus bastones en la madriguera del
ratón, pero su esfuerzo fue inútil. Pulgarcito se introducía cada vez más profundo
y como la oscuridad no tardó en hacerse total, se vieron obligados a regresar,
burlados y con la bolsa vacía. Cuando Pulgarcito se dio cuenta de que se habían
marchado, salió de su escondite.
“Es peligroso atravesar estos campos de noche, cuando más peligros acechan”,
pensó, “se puede uno fácilmente caer o lastimar”.
Felizmente, encontró una concha vacía de caracol.
—¡Gracias a Dios! —exclamó—, ahí dentro podré pasar la noche con
tranquilidad; y ahí se introdujo. Un momento después, cuando estaba a punto de
dormirse, oyó pasar a dos hombres, uno de ellos decía:
—¿Cómo haremos para robarle al cura adinerado todo su oro y su dinero?
—¡Yo bien podría decírtelo! —se puso a gritar Pulgarcito.
—¿Qué es esto? —dijo uno de los espantados ladrones, he oído hablar a alguien.
Pararon para escuchar y Pulgarcito insistió:
—Llévenme con ustedes, yo los ayudaré.
—¿En dónde estás?
—Busquen aquí, en el piso; fíjense de dónde viene la voz —contestó.
Por fin los ladrones lo encontraron y lo alzaron.
—A ver, pequeño valiente, ¿cómo pretendes ayudarnos?
—¡Eh!, yo me deslizaré entre los barrotes de la ventana de la habitación del cura
y les iré pasando todo cuanto quieran.
—¡Está bien! Veremos qué sabes hacer.
Cuando llegaron a la casa, Pulgarcito se deslizó en la habitación y se puso a
gritar con todas sus fuerzas.
—¿Quieren todo lo que hay aquí?
Los ladrones se estremecieron y le dijeron:
—Baja la voz para no despertar a nadie.
Pero Pulgarcito hizo como si no entendiera y continuó gritando:
—¿Qué quieren? ¿Les hace falta todo lo que aquí?
La cocinera, quien dormía en la habitación de al lado, oyó estos gritos, se irguió
en su cama y escuchó, pero los ladrones asustados se habían alejado un poco.
Por fin recobraron el valor diciéndose:
—Ese hombrecito quiere burlarse de nosotros.
Regresaron y le cuchichearon:
—Vamos, nada de bromas y pásanos alguna cosa.
Entonces, Pulgarcito se puso a gritar con todas sus fuerzas:
—Sí, quiero darles todo: introduzcan sus manos.
La cocinera, que ahora sí oyó perfectamente, saltó de su cama y se acercó
ruidosamente a la puerta. Los ladrones, atemorizados, huyeron como si llevasen
el diablo tras de sí, y la criada, que no distinguía nada, fue a encender una vela.
Cuando volvió, Pulgarcito, sin ser descubierto, se había escondido en el granero.
La sirvienta, después de haber inspeccionado en todos los rincones y no
encontrar nada, acabó por volver a su cama y supuso que había soñado con ojos
y orejas abiertos. Pulgarcito había trepado por la paja y en ella encontró un buen
lugarcito para dormir. Quería descansar ahí hasta que amaneciera y después
volver con sus padres, pero aún le faltaba ver otras cosas, antes de poder estar
feliz en su hogar.
Como de costumbre, la criada se levantó al despuntar el día para darles de comer
a los animales. Fue primero al granero, y de ahí tomó una brazada de paja,
justamente de la pila en donde Pulgarcito estaba dormido. Dormía tan
profundamente que no se dio cuenta de nada y no despertó hasta que estuvo en
la boca de la vaca que había tragado la paja.
—¡Dios mío! —exclamó—. ¿Cómo pude caer en este molino triturador?
Pronto comprendió en dónde se encontraba. Tuvo buen cuidado de no
aventurarse entre los dientes, que lo hubieran aplastado; mas no pudo evitar
resbalar hasta el estómago.
—He aquí una pequeña habitación a la que se omitió ponerle ventanas —se
dijo—Y no entra el sol y tampoco es fácil procurarse una luz.
Esta morada no le gustaba nada, y lo peor era que continuamente entraba más
paja por la puerta y que el espacio iba reduciéndose más y más. Entonces,
angustiado, decidió gritar con todas sus fuerzas:
—¡Ya no me envíen más paja! ¡Ya no me envíen más paja!
La criada estaba ordeñando a la vaca y cuando oyó hablar sin ver a nadie,
reconoció que era la misma voz que había escuchado por la noche, y se
sobresaltó tanto que resbaló de su taburete y derramó toda la leche.
Corrió a toda prisa donde se encontraba el amo y él gritó:
—¡Ay, Dios mío! ¡Señor cura, la vaca ha hablado!
—¡Está loca! —respondió el cura, quien se dirigió al establo a ver de qué se
trataba.
Apenas cruzó el umbral cuando Pulgarcito se puso a gritar de nuevo:
—¡Ya no me enviéis más paja! ¡Ya no me enviéis más paja!
Ante esto, el mismo cura tuvo miedo, suponiendo que era obra del diablo y
ordenó que se matara a la vaca. Entonces se sacrificó a la vaca; solamente el
estómago, donde estaba encerrado Pulgarcito, fue arrojado al estercolero.
Pulgarcito intentó por todos los medios salir de ahí, pero en el instante en que
empezaba a sacar la cabeza, le aconteció una nueva desgracia.
Un lobo hambriento, que acertó a pasar por ahí, se tragó el estómago de un solo
bocado. Pulgarcito no perdió ánimo. “Quizá encuentre un medio de ponerme de
acuerdo con el lobo”, pensaba. Y, desde el fondo de su panza, su puso a gritarle:
—¡Querido lobo, yo sé de un festín que te vendría mucho mejor!
—¿Dónde hay que ir a buscarlo? —contestó el lobo.
—En tal y tal casa. No tienes más que entrar por la trampilla de la cocina y ahí
encontrarás pastel, tocino, salchichas, tanto como tú desees comer.
Y le describió minuciosamente la casa de sus padres.
El lobo no necesitó que se lo dijeran dos veces. Por la noche entró por la trampilla
de la cocina y, en la despensa, disfrutó todo con enorme placer. Cuando estuvo
harto, quiso salir, pero había engordado tanto que ya no podía usar el mismo
camino. Pulgarcito, que ya contaba con que eso pasaría, comenzó a hacer un
enorme escándalo dentro del vientre del lobo.
—¡Te quieres estar quieto! —le dijo el lobo—. Vas a despertar a todo el mundo.
—¡Tanto peor para ti! —contestó el pequeño—. ¿No has disfrutado ya? Yo
también quiero divertirme.
Y se puso de nuevo a gritar con todas sus fuerzas. A fuerza de gritar, despertó a
su padre y a su madre, quienes corrieron hacia la habitación y miraron por las
rendijas de la puerta. Cuando vieron al lobo, el hombre corrió a buscar el hacha y
la mujer la hoz.
—Quédate detrás de mí —dijo el hombre cuando entraron en el cuarto—. Cuando
le haya dado un golpe, si acaso no ha muerto, le pegarás con la hoz y le
desgarrarás el cuerpo.
Cuando Pulgarcito oyó la voz de su padre, gritó:
—¡Querido padre, estoy aquí; aquí, en la barriga del lobo!
—¡Al fin! —dijo el padre—.¡Ya ha aparecido nuestro querido hijo!
Le indicó a su mujer que soltara la hoz, por temor a lastimar a Pulgarcito.
Entonces, se adelantó y le dio al lobo un golpe tan violento en la cabeza que éste
cayó muerto. Después fueron a buscar un cuchillo y unas tijeras, le abrieron el
vientre y sacaron al pequeño.
—¡Qué suerte! —dijo el padre—. ¡Qué preocupados estábamos por ti!
—¡Si, padre, he vivido mil desventuras. ¡Por fin, puedo respirar el aire libre!
—Pues, ¿dónde te metiste?
—¡Ay, padre!, he estado en la madriguera de un ratón, en el vientre de una vaca
y dentro de la panza de un lobo. Ahora, me quedaré a vuestro lado.
—Y nosotros no te volveríamos a vender, aunque nos diesen todos los tesoros
del mundo.
Abrazaron y besaron con mucha ternura a su querido Pulgarcito, le sirvieron de
comer y de beber, y lo bañaron y le pusieron ropas nuevas, pues las que llevaba
mostraban los rastros de las peripecias de su accidentado viaje.
Érase una vez, una ratita que era muy presumida. Un día la ratita estaba
barriendo su casita, cuando de repente en el suelo ve algo que brilla... una
moneda de oro. La ratita la recogió del suelo y se puso a pensar qué se
compraría con la moneda.“Ya sé me compraré caramelos... uy no que me dolerán
los dientes. Pues me comprare pasteles... uy no que me dolerá la
barriguita. Ya lo sé me compraré un lacito de color rojo para mi
rabito.”

La ratita se guardó su moneda en el bolsillo y se fue al mercado.


Una vez en el mercado le pidió al tendero un trozo de su mejor cinta
roja. La compró y volvió a su casita. Al día siguiente cuando la ratita
presumida se levantó se puso su lacito en la colita y salió al balcón de su casa.
En eso que aparece un gallo y le dice:

“Ratita, ratita tú que eres tan bonita, ¿te quieres casar conmigo?”. Y la ratita le
respondió: “No sé, no sé, ¿tú por las noches qué ruido haces?” Y el gallo le dice:
“quiquiriquí”. “Ay no, contigo no me casaré que no me gusta el ruido que haces”.

Se fue el gallo y apareció un perro. “Ratita, ratita tú que eres tan bonita, ¿te
quieres casar conmigo?”. Y la ratita le dijo: “No sé, no sé, ¿tú por las noches qué
ruido haces?”. “Guau, guau”. “Ay no, contigo no me casaré que ese ruido me
asusta”. Se fue el perro y apareció un cerdo. “Ratita, ratita tú que eres tan bonita,
¿te quieres casar conmigo?”. Y la ratita le dijo: “No sé, no sé, ¿y tú por las noches
qué ruido haces?”. “Oink, oink”. “Ay no, contigo no me casaré que ese ruido es
muy ordinario”. El cerdo desaparece por donde vino y llega un gato blanco, y le
dice a la ratita: “Ratita, ratita tú que eres tan bonita ¿te quieres casar conmigo?”.
Y la ratita le dijo “No sé, no sé, ¿y tú qué ruido haces por las noches?”. Y el gatito
con voz suave y dulce le dice: “Miau, miau”. “Ay sí contigo me casaré que tu voz
es muy dulce.” Y así se casaron la ratita presumida y el gato blanco de dulce
voz. Los dos juntos fueron felices y comieron perdices y colorín colorado este
cuento se ha acabado.

EL BOSQUE ENCANTADO
Había una vez, un bosque bellísimo, con muchos
árboles y flores de todos colores que alegraban la
vista a todos los chicos que pasaban por ahí. Todas
las tardes, los animalitos del bosque se reunían para
jugar.
Los conejos, hacían una carrera entre ellos para
ver quién llegaba a la meta. Las hormiguitas hacían
una enorme fila para ir a su hormiguero. Los
coloridos pájaros y las brillantes mariposas se
posaban en los arbustos. Todo era paz y
tranquilidad.
Hasta que... Un día, los animalitos escucharon ruidos, pasos extraños y se
asustaron muchísimo, porque la tierra empezaba a temblar. De pronto, en el
bosque apareció un brujo muy feo y malo, encorvado y viejo, que vivía en una casa
abandonada, era muy solitario, por eso no tenía ni familiares ni amigos, tenía la
cara triste y angustiada, no quería que nadie fuera felíz, por eso... Cuando escuchó
la risa de los niños y el canto de los pájaros, se enfureció de tal manera que grito
muy fuerte y fue corriendo en busca de ellos.

Rápidamente, tocó con su varita mágica al árbol, y este, después de varios


minutos, empezó a dejar caer sus hojas y luego a perder su color verde pino. Lo
mismo hizo con las flores, el césped, los animales y los niños. Después de hacer su
gran y terrible maldad, se fue riendo, y mientras lo hacía repetía:
- ¡Nadie tendrá vida mientras yo viva!

Pasaron varios años desde que nadie pisaba ese oscuro y espantoso lugar, hasta
que una paloma llegó volando y cantando alegremente, pero se asombró
muchísimo al ver ese bosque, que alguna vez había sido hermoso, lleno de niños
que iban y venían, convertido en un espeluznante bosque.

- ¿Qué pasó aqui?... Todos perdieron su color y movimiento... Está muy tenebroso
¡Cómo si fuera de noche!... Tengo que hacer algo para que éste bosque vuelva a
hacer el de antes, con su color, brillo y vida... A ver, ¿Qué puedo hacer? y despues
de meditar un rato dijo: ¡Ya sé!

La paloma se posó en la rama seca de un árbol, que como por arte de magia,
empezó a recobrar su color natural y a moverse muy lentamente. Después se
apoyó en el lomo del conejo y empezaron a levantarse sus suaves orejas y, poco a
poco, pudo notarse su brillante color gris claro. Y así fue como a todos los
habitantes del bosque les fue devolviendo la vida.

Los chicos volvieron a jugar y a reir otra vez, ellos junto a los animalitos les
dieron las gracias a la paloma, pues, fue por ella que volvieron a la vida. La
palomita, estaba muy feliz y se fue cantando.
¡Y vino el viento y se llevó al brujo y al cuento!

La Rosa mas Bella


Érase una reina muy poderosa, en cuyo jardín lucían las flores más hermosas
de cada estación del año. Ella prefería las rosas por encima de todas; por eso las
tenía de todas las variedades, desde el escaramujo de hojas verdes y olor de
manzana hasta la más magnífica rosa de Provenza. Crecían pegadas al muro del
palacio, se enroscaban en las columnas y los marcos de las ventanas y,
penetrando en las galerías, se extendían por los techos de los salones, con gran
variedad de colores, formas y perfumes.
Pero en el palacio moraban la tristeza y la aflicción. La Reina yacía enferma en
su lecho, y los médicos decían que iba a morir.
-Hay un medio de salvarla, sin embargo -afirmó el más sabio de ellos-. Tráiganle la
rosa más espléndida del mundo, la que sea expresión del amor puro y más
sublime. Si puede verla antes de que sus ojos se cierren, no morirá.
Y ya tienen a viejos y jóvenes acudiendo, de cerca y de lejos, con rosas, las
más bellas que crecían en todos los jardines; pero ninguna era la requerida. La flor
milagrosa tenía que proceder del jardín del amor; pero incluso en él, ¿qué rosa era
expresión del amor más puro y sublime?
Los poetas cantaron las rosas más hermosas del mundo, y cada uno celebraba
la suya. Y el mensaje corrió por todo el país, a cada corazón en que el amor
palpitaba; corrió el mensaje y llegó a gentes de todas las edades y clases sociales.
-Nadie ha mencionado aún la flor -afirmaba el sabio.

Nadie ha designado el lugar donde florece en toda su magnificencia. No son las


rosas de la tumba de Romeo y Julieta o de la Walburg, a pesar de que su aroma
se exhalará siempre en leyendas y canciones; ni son las rosas que brotaron de las
lanzas ensangrentadas de Winkelried, de la sangre sagrada que mana del pecho
del héroe que muere por la patria, aunque no hay muerte más dulce ni rosa más
roja que aquella sangre. Ni es tampoco aquella flor maravillosa para cuidar la cual
el hombre sacrifica su vida velando de día y de noche en la sencilla habitación: la
rosa mágica de la Ciencia.
-Yo sé dónde florece -dijo una madre feliz, que se presentó con su hijito a la
cabecera de la Reina-. Sé dónde se encuentra la rosa más preciosa del mundo, la
que es expresión del amor más puro y sublime. Florece en las rojas mejillas de mi
dulce hijito cuando, restaurado por el sueño, abre los ojos y me sonríe con todo su
amor.
Bella es esa rosa -contestó el sabio- pero hay otra más bella todavía.
-¡Sí, otra mucho más bella! -dijo una de las mujeres-. La he visto; no existe
ninguna que sea más noble y más santa. Pero era pálida como los pétalos de la
rosa de té. En las mejillas de la Reina la vi. La Reina se había quitado la real
corona, y en las largas y dolorosas noches sostenía a su hijo enfermo, llorando,
besándolo y rogando a Dios por él, como sólo una madre ruega a la hora de la
angustia.
-Santa y maravillosa es la rosa blanca de la tristeza en su poder, pero tampoco es
la requerida.

-No; la rosa más incomparable la vi ante el altar del Señor -afirmó el anciano y
piadoso obispo-. La vi brillar como si reflejara el rostro de un ángel. Las doncellas
se acercaban a la sagrada mesa, renovaban el pacto de alianza de su bautismo, y
en sus rostros lozanos se encendían unas
rosas y palidecían otras. Había entre ellas
una muchachita que, henchida de amor y
pureza, elevaba su alma a Dios: era la
expresión del amor más puro y más
sublime.

-¡Bendita sea! -exclamó el sabio-, mas


ninguno ha nombrado aún la rosa más bella
del mundo.

En esto entró en la habitación un niño, el


hijito de la Reina; había lágrimas en sus
ojos y en sus mejillas, y traía un gran libro
abierto, encuadernado en terciopelo, con grandes broches de plata.

-¡Madre! -dijo el niño-. ¡Oye lo que acabo de leer!-. Y, sentándose junto a la cama,
se puso a leer acerca de Aquél que se había sacrificado en la cruz para salvar a
los hombres y a las generaciones que no habían nacido.

-¡Amor más sublime no existe!

Se encendió un brillo rosado en las mejillas de la Reina, sus ojos se agrandaron


y resplandecieron, pues vio que de las hojas de aquel libro salía la rosa más
espléndida del mundo, la imagen de la rosa que, de la sangre de Cristo, brotó del
árbol de la Cruz.

-¡Ya la veo! -exclamó-. Jamás morirá quien contemple esta rosa, la más bella del
mundo.
EL ABETO PEQUEÑO
Había una vez un pequeño abeto en un gran bosque que estaba muy triste. Y
lloraba. ¿Sabéis por qué? Por que no le gustaban sus hojas.
- Snif, Snif – lloraba – no me gusta estas hojas tan puntiagudas. Todos los árboles
tienen hojas más bonitas que las mías.
Estuvo llorando todo el día, hasta que de noche, se durmió. Al día siguiente, el
abeto se despertó y vio que sus hojas eran grandes hojas de oro.
- ¡Oh! ¡Qué contento estoy! ¡Qué hojas más preciosas! Son todas tan doradas ...
Pero tan bonitas eran que pasó un ladrón y se las llevó todas. Y el pequeño abeto
volvió a llorar:
- Snif, snif – lloraba – Ya no quiero hojas de oro. Ahora quiero hojas de cristal, ¡que
son igual de brillantes pero incluso más bonitas!
Esa noche volvió a dormirse pensando en tener hojas
de cristal. Y otra vez al despertarse vió su deseo
cumplido. Hojas y hojas de cristal coronaban su copa.
- ¡Oh! ¡Qué contento estoy! ¡Qué hojas más
preciosas! Son todas tan brillantes ...
Pero ese día sopló un viento huracanado que tiró
todas las hojas, rompiéndolas en pedacitos. Y el
abeto volvió a llorar.
- Snif, Snif – lloraba – Ya no quiero hojas de cristal.
¡Ahora quiero hojas verdes!
Y con ese deseo se durmió otra vez. Y una vez más, al
despertarse, vio su deseo hecho realidad
- ¡Oh! ¡Qué contento estoy! ¡Qué hojas más
preciosas! Son todas tan verdes ...
Pero ese día pasó un rebaño de cabras y vieron sus hojas verdes tan apetecibles
que se las comieron todas. Y el pequeño abeto volvió a llorar.
- Snif, Snif – lloraba – Ya no quiero hojas verdes. Ni de cristal. Ni de oro. ¡Quiero
mis hojas puntiagudas!
Y esa noche, triste, se volvió a dormir. A la mañana, al despertar, vio que volvía a
tener sus hojas puntiagudas. Y sin nadie que las robara, las rompiese o las comiese,
creció hasta hacerse un gran abeto y dar cobijo a los animales del bosque.
ALI BABA Y LOS CUARENTA LADRONES
Alí Babá era un pobre leñador que vivía con su esposa en un pequeño pueblecito
dentro de las montañas, allí trabajaba muy duro cortando gigantescos árboles para
vender la leña en el mercado del pueblo.

Un día que Alí Babá se disponía a adentrarse en el bosque escuchó a lo lejos el


relinchar de unos caballos, y temiendo que fueran leñadores de otro poblado que
se introducían en el bosque para cortar la leña, cruzó la arboleda hasta llegar a la
parte más alta de la colina.

Una vez allí Alí Babá dejó de escuchar a los caballos y cuando vio como el sol se
estaba ocultando ya bajo las montañas, se acordó de que tenía que cortar
suficientes árboles para llevarlos al centro del poblado. Así que afiló su enorme
hacha y se dispuso a cortar el árbol más grande que había, cuando este empezó a
tambalearse por el viento, el leñador se apartó para que no le cayera encima,
descuidando que estaba al borde de un precipicio dio un traspiés y resbaló
ochenta metros colina abajo hasta que fue a golpearse con unas rocas y perdió el
conocimiento.

Cuando se despertó estaba amaneciendo, Alí Babá estaba tan mareado que no
sabía ni donde estaba, se levantó como pudo y vio el enorme tronco del árbol
hecho pedazos entre unas rocas, justo donde terminaba el sendero que atravesaba
toda la colina, así que buscó su cesto y se fue a recoger los trozos de leña.

Cuando tenía el fardo casi lleno, escuchó como una multitud de caballos
galopaban justo hacia donde él se encontraba ¡Los leñadores! - pensó y se
escondió entre las rocas.

Al cabo de unos minutos, cuarenta hombres


a caballo pasaron a galope frente a Alí
Babá, pero no le vieron, pues este se había
asegurado de esconderse muy bien, para
poder observarlos. Oculto entre las piedras
y los restos del tronco del árbol, pudo ver
como a unos solos pies de distancia, uno de
los hombres se bajaba del caballo y gritaba:
¡Ábrete, Sésamo!- acto seguido, la colina
empezaba a temblar y entre los grandes bloques de piedra que se encontraban
bordeando el acantilado, uno de ellos era absorbido por la colina, dejando un
hueco oscuro y de grandes dimensiones por el que se introducían los demás
hombres, con el primero a la cabeza.
Al cabo de un rato, Alí Babá se acercó al hueco en la montaña pero cuando se
disponía a entrar escuchó voces en el interior y tuvo que esconderse de nuevo
entre las ramas de unos arbustos. Los cuarenta hombres salieron del interior de la
colina y empezaron a descargar los sacos que llevaban a los lomos de sus caballos,
uno a uno fueron entrando de nuevo en la colina, mientras Alí Babá observaba
extrañado.

El hombre que entraba el último, era el más alto de todos y llevaba un saco gigante
atado con cuerdas a los hombros, al pasar junto a las piedras que se encontraban
en la entrada, una de ellas hizo tropezar al misterioso hombre que resbaló y su
fardo se abrió en el suelo, pudiendo Alí Babá descubrir su contenido: Miles de
monedas de oro que relucían como estrellas, joyas de todos los colores, estatuas
de plata y algún que otro collar... ¡Era un botín de ladrón! Ni más ni menos que
¡Cuarenta ladrones!.

El hombre recogió todo lo que se había desperdigado por el suelo y entró


apresurado a la cueva, pasado el tiempo, todos habían salido, y uno de ellos dijo
¡Ciérrate Sésamo!

Alí Babá no lo pensó dos veces, aún se respiraba el polvo que habían levantado los
caballos de los ladrones al galopar cuando este se encontraba frente a la entrada
oculta de la guarida de los ladrones. ¡Ábrete Sésamo! Dijo impaciente, una y otra
vez hasta que la grieta se vio ante los ojos del leñador, que tenía el cesto de la leña
en la mano y se imaginaba ya tocando el oro del interior con sus manos

Una vez dentro, Alí Babá tanteó como pudo el interior de la cueva, pues a medida
que se adentraba en el orificio, la luz del exterior disminuía y avanzar suponía un
gran esfuerzo.

Tras un buen rato caminando a oscuras, con mucha calma pues al andar sus
piernas se enterraban hasta las rodillas entre la grava del suelo, de pronto Alí Babá
llegó al final de la cueva, tocando las paredes, se dio cuenta que había perdido la
orientación y no sabía escapar de allí.

Se sentó en una de las piedras decidido a esperar a los ladrones, para poder
conocer el camino de regreso, decepcionado porque no había encontrado nada de
oro, se acomodó tras las rocas y se quedó adormilado.

Mientras tanto, uno de los ladrones entraba a la cueva refunfuñando y


malhumorado, pues cuando había partido a robar un nuevo botín se dio cuenta de
que había olvidando su saco y tuvo que galopar de vuelta para recuperarlo, en
poco tiempo se encontró al final de la sala, pues además de conocer al dedillo el
terreno, el ladón llevaba una antorcha que iluminaba toda la cueva.

Cuando llegó al lugar en el que Alí Babá dormía, el ladrón se puso a rebuscar entre
las montañas de oro algún saco para llevarse, y con el ruido Alí Babá se despertó.

Tuvo que restregarse varias veces los ojos ya


que no cabía en el asombro al ver las grandes
montañas de oro que allí se encontraban, no era
gravilla lo que había estado pisando sino piezas
de oro, rubíes, diamantes y otros tipos de
piedras de gran valor. Se mantuvo escondido un
rato mientras el ladrón rebuscaba su saco y
cuando lo encontró, con mucho cuidado de no
hacer ruido se pegó a este para salir detrás de él
sin que se enterase, dejando una buena
distancia para que no fuera descubierto, pudiendo así aprovechar la luz de la
antorcha del bandido.

Cuando se aproximaban a la salida, el ladrón se detuvo, escuchó nervioso el jaleo


que venía de la parte exterior de la cueva y apagó la antorcha. Entonces Alí Babá se
quedó inmóvil sin saber qué hacer, quería ir a su casa a por cestos para llenarlos de
oro antes de que los ladrones volvieran, pero no se atrevía a salir de la cueva ya
que fuera se escuchaba una enorme discusión, así que se escondió y esperó a que
se hiciera de noche. No habían pasado ni unas horas cuando escuchó unas voces
que venían desde fuera "¡Aquí la guardia!" - ¡Era la guardia del reino! Estaban fuera
arrestando a los ladrones, y al parecer lo habían conseguido, porque se escucharon
los galopes de los caballos que se alejaban en dirección a la ciudad.

Pero Alí babá se preguntaba si el ladrón que estaba con él había sido también
arrestado ya que aunque la entrada de la cueva había permanecido cerrada, no
había escuchado moverse al bandido en ningún momento. Con mucha calma, fue
caminando hacia la salida y susurró ¡Ábrete Sésamo! Y escapó de allí.

Cuando se encontró en su casa, su mujer estaba muy preocupada, Alí Babá llevaba
dos días sin aparecer por casa y en todo el poblado corría el rumor de una banda
de ladrones muy peligrosos que asaltaban los pueblos de la zona, temiendo por Alí
Babá, su mujer había ido a buscar al hermano de Alí Babá, un hombre poderoso,
muy rico y malvado que vivía en las afueras del poblado en una granja que
ocupaba el doble que el poblado de Alí Babá. El hermano, que se llamaba Semes,
estaba enamorado de la mujer de Alí Babá y había visto la oportunidad de llevarla
a su granja ya que este aunque rico, era muy antipático y no había encontrado en
el reino mujer que le quisiera.

Cuando Alí Babá apareció, el hermano, viendo en peligro su oportunidad de


casarse con la mujer de este, agarró a su hermano del chaleco y lo encerró en el
almacén que tenían en la entrada de la vivienda, donde guardaban la leña. Allí Alí
Babá le contó lo que había sucedido, y el hermano, aunque ya era rico, no podía
perder la oportunidad de aumentar su fortuna, así que partió en su calesa a la
montaña que Alí Babá le había indicado, sin saber, que la guardia real estaba al
acecho en esa colina, pues les faltaba un ladrón aún por arrestar y esperaban que
saliese de la cueva para capturarlo.

Sin detenerse un instante, Semes se colocó frente a la cueva y dijo las palabras que
Alí Babá le había contado, al instante, mientras la puerta se abría, la guardia se
abalanzó sobre Semes gritando "¡Al ladrón!" y lo capturó sin contemplaciones,
aunque Semes intentó explicarles porque estaba allí, estos no le creyeron porque
estaban convencidos de que el último ladrón sabiendo que sus compañeros
estaban presos, inventaría cualquier cosa para poder disfrutar él solo del botín, así
que se lo llevaron al reino para meterle en la celda con el resto de ladrones.

Al día siguiente Alí Babá consiguió salir de su encierro, y fue en busca de su mujer,
le contó toda la historia y esta entusiasmada por el oro pero a la vez asustada
acompañó a Alí Babá a la cueva, cogieron un buen puñado de oro, con el que
compraron un centenar de caballos, y los llevaron a la casa de su hermano, allí
durante varios días se dedicaron a trasladar el oro de la cueva al interior de la casa,
y una vez habían vaciado casi por completo el contenido de la cueva, teniendo en
cuenta que su hermano estaba preso y que uno de los ladrones estaba aún libre se
pusieron a buscarlo. Tardaron varios días en dar con él, ya que se había escondido
en el bosque para que no le encontraran los guardias, pero Alí Babá conocía muy
bien el bosque, y le tendió una trampa para cogerle. Así que lo ató al caballo y lo
llevo al reino, donde lo entregó a cambio de que soltaran a su hermano, este,
enfadado con Alí Babá por haberle vencido cogió un caballo y se marchó del reino.

Alí Babá ahora estaba en una casa con cien caballos, que le servirán para vivir
felizmente con su mujer, y decidió asegurarse de que los ladrones jamás intentasen
robarle su tesoro, así que repartió su fortuna en muchos sacos pequeños y le dio
un saquito a cada uno de los habitantes del pueblo, que se lo agradecieron
enormemente porque así iban a poder mejorar sus casas, comprar animales y
comer en abundancia.

Así fue como Alí Babá le robó el oro a un grupo de ladrones que atemorizaban su
poblado, repartió sus riquezas con el resto de habitantes y echó a su malvado
hermano del pueblo, pudiendo dedicarse por entero a sus caballos y no teniendo
que trabajar más vendiendo leña.

Se dice hoy que cuando Alí Babá sacó todo el oro de la cueva, esta se cerró y no se
pudo volver a abrir.
El bosque de las golosinas

EL BOSQUE DE LAS GOLOSINAS


Había una vez una preciosa princesa llamada Sina, que tenía un osito suave y
blandito que se llamaba Golo.
Un espléndido día en que el sol brillaba y les apetecía muchísimo ir de paseo,
decidieron hacer juntos una excursión al campo. Una vez allí, caminaron y
caminaron y llegaron muy, muy lejos… exactamente, llegaron a un bosque
precioso que se llamaba el Bosque de las golosinas.
Si echabas un vistazo al bosque, no era muy difícil saber por qué se llamaba así.
En ese lugar todos los arboles tenían, en vez de hojas verdes, golosinas de todos
los colores, de todos los sabores y de todos los tamaños. Y en vez de frutas
normales tenían frutas de chocolate, vainilla, fresa y turrón. ¡Era como el paraíso
de las golosinas!
Sina pensó que seguramente los niños de aquel lugar serían muy felices por tener
tantas cosas ricas a mano para comer. Pero la triste y cruda realidad es que no era
así. Los niños vivían desconsolados y llorando porque, como eran pequeños, no
podían alcanzar las golosinas de los árboles. Por mucho que saltaban e intentaban
trepar por los troncos, no conseguían nada.
Pero la princesa Sina halló una solución para el problema y les enseñó que había
una forma de poder disfrutar de las golosinas, pero que debían colaborar todos
para poder cogerlas. Lo que se le ocurrió a la
princesa fue construir una gran escalera con
unos trozos de madera que había por el
bosque. Todos se pusieron en marcha para
hacerlo: unos buscaron la madera, otros la
cortaron, otro la unieron…y todos juntos
terminaron la escalera en un periquete.
Ahora ya solo quedaba ponerla junto a uno de
los árboles, y mientras unos sujetaban
fuertemente la escalera para que no hubiera
accidentes, los otros subían y bajaban con sus
manitas llenas de todo tipo de golosinas. Y así fue como lo hicieron y cogieron
muchos caramelos, gominolas, chocolates, chicles, regalices…y un montón de
golosinas más que, por supuesto, eran para todos, porque como todos habían
colaborado todos tenían derecho a participar de las golosinas también.
Sina y Golo también comieron, pero tuvieron que despedirse ya de sus amiguitos
porque debían regresar a casa. Pero aquellos niños les agradecieron mucho la
lección que les habían dado: si nos ayudamos unos a otros podremos participar de
cosas buenas que a veces solos no podríamos alcanzar.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Nasha y el dragoncito

Érase una vez…


En el reino de las 5 princesas vivía Nasha, que era
la más aventurera de todas ellas y le encantaba
viajar. Era una chica de 18 años y tenía un
hermano mayor que siempre estaba de viaje con
sus padres. Entonces ella era la que se ocupaba
siempre de sus hermanos: la más pequeña, María,
y su hermanito bebé, Julito.
Sus abuelos, que también vivían con ellos y les
cuidaban, se llamaban Luisa y Fernando. Todo el
reino les quería muchísimo porque habían reinado
con mucha bondad y justicia.
Una tarde de invierno en la que lucía el sol, Nasha, que odiaba pasar el día entero
sin salir, decidió dar una vuelta por el jardín con su hermana María mientras Julio
dormía.
Nasha le enseñó a María una parte del jardín que la pequeña nunca había visto y a
la que ella misma llevaba años sin ir. Allí se encontraron algo fascinante. Durante
los años que Nasha llevaba sin ir, un pequeño dragoncito se había instalado en
una pequeña cueva oculta entre la maleza, al que encontraron cuando intentaba
coger frutos de un árbol al que no llegaba por ser muy pequeño.
La primera en reaccionar fue María, que le ayudó a cogerlos. El dragón se puso
muy contento, parecía que María le caía muy bien. María también estaba muy
contenta y le dijo a Nasha, que todavía estaba un poco petrificada, si lo podían
adoptar. Nasha, que desde siempre había querido tener una mascota, le dijo que sí
pero aún tenían que ponerle un nombre. Pensaron durante un largo rato mientras
jugaban con el dragoncito hasta que se hizo muy tarde, y decidieron volver a casa
y llevarlo con ellas, así sus abuelos les ayudarían a elegir un nombre para el
pequeño dragón.
Llegaron al castillo y a Luisa el pequeño dragoncito le pareció encantador pero… a
Fernando no le terminaba de convencer: “¿y si se hacía grande y no cabía en el
castillo? ¿Y si echaba fuego y lo incendiaba todo?”. Y más preguntas por el estilo.
Al final, Fernando terminó aceptando que podría ser divertido.
De repente, se escuchó un golpe seguido de un llanto procedente de arriba. Nasha
corrió a ver qué ocurría y era el pequeño Julio que se había caído de la cuna.
Cuando Julio vio al dragoncito dejó de llorar, empezó a reír y se puso a jugar con
él en el salón donde se encontraba la chimenea. María recordó que el dragón no
tenía nombre aún y Luisa, Fernando, Nasha y María, se pusieron a pensar en uno:
Blacky, Duna, Eli, Jerry, Katy, Eby, Joe, Canela, Codi, Audrey…
Entonces Julio, que estaba jugando junto a la chimenea, al ver las llamas y las
chipas que procedían de los troncos al arder dijo: ¡chispi! y el dragoncito se puso a
saltar. Parecía que le había gustado, así que finalmente se llamaría…Chispi.
Carmela y los niños de clase

Carmela era una niña muy inteligente, más que los demás. Esto hacía que cada día, en su
escuela, observase muchas cosas que no le gustaban y que a ella le parecía que estaban
mal. Aquellas cosas nunca le afectaban a ella directamente, pero lo cierto es que eso no
hacía que le importasen menos.
Sabía reconocer con facilidad a todos aquellos compañeros que durante la hora del recreo
se disfrazaban de abusones. Y Carmela sabía muy bien lo que pensaba en cuanto a que se
disfrazasen de abusones, porque estos mismos chicos cuando llegaban a casa se
convertían en seres blanditos y mimados por mamá. Lo cierto es que no había visto nunca
que esto fuese así, pero Carmela no podía evitar imaginarse a aquellos compañeros
refunfuñando en sus casas por unas tortitas, por ver más y más horas la televisión o por
jugar a los videojuegos.
Al igual que muchos niños se disfrazaban de abusones, había otros que se vestían de
cobardes, de tímidos o de personas débiles. Estos compañeros y compañeras del cole
siempre estaban en el punto de mira de los abusones, y a menudo eran el blanco de sus
bromas y de sus grandes hazañas. Aquellas hazañas consistían, para los abusones, en
perseguir hasta el cansancio a los cobardes para buscarles siempre su punto débil y reírse
de ello. En realidad no existía ningún punto débil, porque estos compañeros en teoría
cobardes, llegaban a casa y ayudaban en todo a sus padres, visitaban a sus abuelitos,
hacían siempre sus deberes, eran amigos de sus amigos…un montón de cosas y
responsabilidades sobre sus espaldas que no les hacían flaquear ni abandonar. Y a pesar
de tener que aguantar a diario a los abusones, seguían levantándose cada mañana para ir
al cole con la cabeza bien alta y con una buena sonrisa para sus padres.
La inteligencia de Carmela hacía que pudiese observar y analizar todo aquello que veía a
su alrededor como si se tratase de un puzle. Las piezas encajaban y unos personajes
parecían ser necesarios para que hubiese otros, y así, como cuando analizaban poemas en
clase y hablaban del bien y del mal.
Sin embargo, aunque Carmela no lo sabía, ella también tenía un papel y formaba parte del
grupo que denominada “de los cobardes”. Observaba todas aquellas cosas que la
removían por dentro, y era incapaz de pronunciar una sola palabra de disgusto o de
rechazo. Tenía miedo de los abusones, al igual que muchos otros de sus compañeros, y
eso que sabía muy bien que aquellos niños se convertían en un ovillo de lana cuando eran
regañados en casa por sus padres y por la razón que fuese. El miedo engullía toda la
confianza de Carmela, esa confianza tan gran que demostraba a la hora de plantear sus
ideas en su interior, casi como una adulta.
Y así sería el paso de Carmela por la
escuela, hasta casi el final. Un paso
inadvertido por asignaturas y
compañeros que terminarían
desapareciendo de su vida para
siempre. Lo que no sabía Carmela
entonces es que aquellos abusones se terminarían convirtiendo en cobardes y los
cobardes en fuertes y seguros de sí mismo. Y es que la escuela definía el camino de los
niños y niñas con mucha frecuencia. El suyo también había sido definido y Carmela, con
los años, se convirtió en una excelente abogada de las causas injustas.

La niña y la princesa
Samanta era una pequeña y humilde niña que vivía en las afueras de un hermoso
reino. Su familia tenía pocos recursos y era una de las
más pobres del pueblo.
Sin embargo, Samanta estudiaba en uno de los
mejores colegios del reino, pues su padre se
esforzaba trabajando para el Rey y, en lugar de recibir
monedas de oro como pago, le pedía que su hija
pudiera estudiar en la mejor escuela, ya que era una
niña muy estudiosa.
En el colegio, Samanta era el blanco perfecto para las
bromas pesadas debido a sus orígenes. Diariamente
merendaba sola y alejada de sus compañeros de clase
para no levantar ningún alboroto.
Un frío día, Samanta se encontraba en una de las
pequeñas mesas del patio a la hora de la merienda.
Tenía frío y hambre, puesto que sus padres pasaban
por una terrible crisis. Su vestimenta era pobre y
escasa, aunque poseía un pequeño y ligero abrigo que
la protegía un poco del terrible frío. Pasó unos
minutos observando a los demás niños comer y algo
llamó su atención inmediatamente: Johana, una de las niñas más populares, había
discutido con sus amigos y estos le habían destrozado su abrigo en pequeñas e
inservibles partes. Samanta, en lugar de sentirse bien por lo que había sucedido,
se sentía preocupada por ello. Corrió hasta Johana, y sin pensarlo demasiado, se
quitó su fino abrigo cubriendo sus hombros. Después, como la directora había
salido para avisar a todos de que la hora de la merienda había
terminado, Samanta se fue corriendo sin despedirse de Johana.
Esa misma tarde, a la hora de la salida, Samanta recorrió la ruta de costumbre
directa a casa, sin darse cuenta de que la compañera a la que acababa de ayudar,
Johanna, la seguía. A la mañana siguiente un gran alboroto hizo que Samanta
saltara de su cama y corriera hasta la salida de su casa. Allí vio a su madre
llorando de rodillas y a su padre hablando con el mismo Rey en persona. Detrás
del hombre, había una carretilla llena de comida, semillas para sembrar y ganado.
Tras aquel gesto la familia de Samanta era más rica que nunca.
La verdad era que aquella niña a quien Samanta había ayudado con tanta
humildad era la hija del Rey, quién quedó agradecida profundamente por aquella
acción y decidió recompensar a la familia de Samanta por ello. Desde ese mismo
día, Samanta y su familia ya no volvieron a tener una vida difícil y la pequeña
se pasaba los días en el reino jugando con su nueva mejor amiga, Johana.

La princesa y su sonrisa mágica

Había una vez una hermosa princesa que tenía el don de sanar y de que todo
fuera perfecto con solo sonreír. Pero un día, una malvada bruja aprovechó una
oportunidad para llevársela y encerrarla en lo más alto de su castillo, siendo
custodiada por un enorme dragón que era lo único que amaba.
Los soldados enviados por su padre hicieron todo lo posible por rescatarla, pero sin
éxito. A la princesa se le había borrado la sonrisa del rostro; estaba muy triste y,
por esto, la gente de su castillo también. A los niños no se les veía jugar; las flores
iban muriendo; los arboles no daban frutos; ya no salía ningún arcoíris y todo se
tornó gris. La malvada bruja había logrado lo que quería.
Al pasar los días todo empeoraba, hasta el punto de que enfermara incluso el
enorme dragón. Sí, aunque pertenecía a la bruja, a dragón le gustaba la alegría
que reinaba en el castillo de la princesa.
La bruja, al ver a su dragón tan enfermo, tomó la decisión de dejar en libertad a la
princesa. Ésta se puso tan, pero tan feliz, que su sonrisa volvió y con ella asomó
un bello arcoíris que hizo desaparecer todo lo gris. Florecieron las rosas, los
árboles se llenaron de los mejores frutos, las personas y los niños se veían
alegres….
Y la princesa, acercándose al dragón casi moribundo, sonrió y le dijo:
 ¡Mejoraras hermoso dragón!
El dragón comenzó a abrir los ojos y a tener fuerzas nuevamente. La bruja
también se puso muy contenta y esto hizo que se volviera hermosa. Se dirigió a la
princesa y dijo:
 ¡Gracias princesa! Prometo nunca más hacerte daño. Mi dragón y yo vamos a
cuidarte siempre para que nadie lo intente.
Y la princesa y sus padres se mostraron agradecidos y vivieron muy felices.
Anabel y su plantita

Anabel era una niña muy tierna y despierta.


Tenía los ojos muy grandes y del color del
café, las mejillas rosadas y el cabello rubio y
largo. La mamá de Anabel adoraba su
cabello y pasaba muchos minutos
peinándolo con cariño y haciéndole
trencitas, que adornaba después con
florecillas de colores. A Anabel le gustaba
mucho usar bolsos de colores que tejía su
abuela, y los combinaba con zapatos de
charol brillante.
Anabel siempre se esforzaba en ser buena
con todos y nunca hacía llorar a otros niños
por nada. Sus padres estaban muy orgullosos de su hija, y por ello, cuando el
cumpleaños de Anabel comenzaba a acercarse, se preocuparon por no poder
regalarla lo que ella quería, un perrito al cual dar mimos y poder sacar a pasear.
Anabel era alérgica a los animales y no podía tener mascotas. A Anabel esto la
ponía muy triste, y para superarlo se encerraba en su habitación a pasar el tiempo
con sus muñecas. Papá y mamá hablaban mucho sobre este tema pensando cual
podía ser la solución para acabar con la tristeza de su hija.
Llegado el día de su cumpleaños, el papá de Anabel creyó haber encontrado el
regalo perfecto y lo guardó envuelto en una bonita cajita con agujeros. ¡Qué
emocionado iba con su regalo! Cuando papá llegó por fin al anochecer,
encendieron el fuego y cantaron alegres la canción de cumpleaños. Anabel estaba
emocionada con su regalo, así que cuando llegó por fin el momento, lo abrió
rápidamente:
 Es una plantita papá- Dijo Anabel confundida mirando el regalo.
 Así es – Sonrió su papá.
Anabel se quedó mirando la maceta con la planta un rato, sin decir ninguna
palabra. Fue entonces cuando su padre se sentó junto a ella y dándole un beso en
la frente le explicó:
 Esa planta está tan viva como lo estamos tú y yo. Necesita amor como cualquier
ser vivo. Debes alimentarla con agua y sacarla a tomar sol por las mañanas y
hablarle con cariño para que crezca y de flores – Dijo papá mirando a su hija –
Conviértela en tu mejor amiga y verás cómo te hará enormemente feliz.
Anabel abrazó a su papá con fuerza y le agradeció el regalo dando saltitos de
emoción.
Al fin había encontrado a una amiga a la que cuidar y dar mimos.

El caracol triste

Érase una vez un pequeño caracol que vivía en un huerto. Siempre estaba muy
triste porque los demás caracoles tenían hermosas casas y la de él era vieja y
aburrida.
Cada mañana los caracoles felices se paseaban por el huerto con sus hermosas
casitas y él se queda en un rincón muy triste, mirando como los caracoles felices
triunfaban enseñando sus hermosas casas.
El caracolito se sentía muy desolado y se escondió tras una lechuga, allí pensaba
en cómo podría conseguir una casita similar a la de sus compañeros.
De repente, el caracol triste vio pasar a otro caracol con una velocidad
impresionante. Se quedó mirándolo un rato, era fantástico correr tanto, pensaba el
triste caracol. Yo con una casa vieja y tan lento, no impresiono a nadie.
El caracol, aún más triste, fue a esconderse tras una fresa. Decidió que nunca más
saldría. Cuando más triste estaba nuestro pequeño amigo, un caracol más viejo y
sabio pasó delante de él, iba preparado como para irse de viaje. El caracol triste se
quedó muy sorprendido, era el primer caracol que salía del huerto. El caracol viejo
se dio cuenta de su tristeza y se acercó a él, proponiéndole irse de viaje los dos
juntos. Nuestro pequeño amigo, al oír esas palabras sonrió tanto que su alegría
fue la envidia de todos los caracoles. Corrió para preparar sus maletas y su
velocidad también fue la envidia de todos, y en menos de un segundo el caracol,
ahora alegre, estaba allí preparado para irse de aventura. Todos le envidiaban.
Así salió el caracol de aquel huerto, alegre y bien reconocido por los demás. Esto
sirvió para que aprendiera que la envidia es mala y que cada uno tiene lo que tiene
porque se lo ha ganado.