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BENEDICTO

XVI

Discursos, homilías, mensajes

2009
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LA POBREZA DE JESÚS ES ESCUELA DE VIDA


20090101. Homilía. Santa María, Madre de Dios
Así se realiza la antigua tradición judía de la bendición (cf. Nm 6, 22-
27): los sacerdotes de Israel bendecían al pueblo "invocando sobre él el
nombre" del Señor. Con una fórmula ternaria —presente en la primera
lectura— el Nombre sagrado se invocaba tres veces sobre los fieles, como
auspicio de gracia y de paz. Esta antigua costumbre nos lleva a una
realidad esencial: para poder avanzar por el camino de la paz, los hombres
y los pueblos necesitan ser iluminados por el "rostro" de Dios y ser
bendecidos por su "nombre". Precisamente esto se realizó de forma
definitiva con la Encarnación: la venida del Hijo de Dios en nuestra carne
y en la historia ha traído una bendición irrevocable, una luz que ya no se
apaga nunca y ofrece a los creyentes y a los hombres de buena voluntad la
posibilidad de construir la civilización del amor y de la paz.
El concilio Vaticano II dijo, a este respecto, que "el Hijo de Dios, con
su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre" (Gaudium
et spes, 22). Esta unión ha confirmado el plan original de una humanidad
creada a "imagen y semejanza" de Dios. En realidad, el Verbo encarnado
es la única imagen perfecta y consustancial del Dios invisible. Jesucristo
es el hombre perfecto. "En él —afirma asimismo el Concilio— la
naturaleza humana ha sido asumida (...); por eso mismo, también en
nosotros ha sido elevada a una dignidad sublime" (ib.). Por esto, la historia
terrena de Jesús, que culminó en el misterio pascual, es el inicio de un
mundo nuevo, porque inauguró realmente una nueva humanidad, capaz de
llevar a cabo una "revolución" pacífica, siempre y sólo con la gracia de
Cristo. Esta revolución no es ideológica, sino espiritual; no es utópica,
sino real; y por eso requiere infinita paciencia, tiempos quizás muy largos,
evitando todo atajo y recorriendo el camino más difícil: el de la
maduración de la responsabilidad en las conciencias.
"Combatir la pobreza, construir la paz". Un tema que se presta a un
doble orden de consideraciones, que ahora sólo puedo señalar brevemente.
Por una parte, la pobreza elegida y propuesta por Jesús; y, por otra, la
pobreza que hay que combatir para que el mundo sea más justo y solidario.
El primer aspecto encuentra su contexto ideal en estos días, en el
tiempo de Navidad. El nacimiento de Jesús en Belén nos revela que Dios,
cuando vino a nosotros, eligió la pobreza para sí mismo. La escena que
vieron en primer lugar los pastores y que confirmó el anuncio que les
había hecho el ángel, era: un establo donde María y José habían buscado
refugio, y un pesebre en el que la Virgen había recostado al recién nacido
envuelto en pañales (cf. Lc 2, 7.12.16). Esta pobreza fue elegida por Dios.
Quiso nacer así, pero podríamos añadir en seguida: quiso vivir y también
morir así. ¿Por qué? Lo explica con palabras sencillas san Alfonso María
de Ligorio, en un villancico conocido por todos en Italia: "A ti, que eres el
Creador del mundo, te faltan vestidos y fuego, oh Señor mío. Querido
niño predilecto, esta pobreza me enamora mucho más porque el amor te
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hizo pobre". Esta es la respuesta: el amor a nosotros no sólo impulsó a
Jesús a hacerse hombre, sino también a hacerse pobre.
En esta misma línea podemos citar la expresión de san Pablo en la
segunda carta a los Corintios: "Conocéis la generosidad de nuestro Señor
Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os
enriquecierais con su pobreza" (2 Co 8, 9). Testigo ejemplar de esta
pobreza elegida por amor es san Francisco de Asís. En la historia de la
Iglesia y de la civilización cristiana el franciscanismo constituye una
amplia corriente de pobreza evangélica, que tanto bien ha hecho y sigue
haciendo a la Iglesia y a la familia humana.
Volviendo a la estupenda síntesis de san Pablo sobre Jesús, es
significativo —también para nuestra reflexión de hoy— que haya sido
inspirada al Apóstol precisamente mientras estaba exhortando a los
cristianos de Corinto a ser generosos en la colecta para los pobres.
Explica: "No se trata de que paséis apuros para que otros tengan
abundancia, sino de que haya igualdad" (2 Co 8, 13).
Este es un punto decisivo, que nos hace pasar al segundo aspecto: hay
una pobreza, una indigencia, que Dios no quiere y que es preciso
"combatir", como dice el tema de la Jornada mundial de la paz de hoy; una
pobreza que impide a las personas y a las familias vivir según su dignidad;
una pobreza que ofende la justicia y la igualdad, y que como tal amenaza
la convivencia pacífica. En esta acepción negativa entran también las
formas de pobreza no material que se encuentran incluso en las sociedades
ricas o desarrolladas: marginación, pobreza relacional, moral y espiritual
(cf. Mensaje para la Jornada mundial de la paz de 2009, n. 2).
En mi Mensaje, siguiendo la línea de mis predecesores, quise
considerar atentamente una vez más el complejo fenómeno de la
globalización, para valorar sus relaciones con la pobreza a gran escala. Por
desgracia, frente a plagas difundidas como las enfermedades pandémicas
(cf. n. 4), la pobreza de los niños (cf. n. 5) y la crisis alimentaria (cf. n. 7),
tuve que volver a denunciar la inaceptable carrera de armamentos, que va
en aumento. Por una parte se celebra la Declaración universal de
derechos humanos; y, por otra, se aumentan los gastos militares, violando
la misma Carta de las Naciones Unidas que compromete a reducirlos al
mínimo (cf. art. 26).
Además, la globalización elimina algunas barreras, pero puede
construir otras nuevas (cf. Mensaje citado, n. 8); por eso, es necesario que
la comunidad internacional y cada uno de los Estados estén siempre
vigilando; es necesario que no bajen nunca la guardia con respecto a los
peligros de conflicto; más aún, que se esfuercen por mantener alto el nivel
de la solidaridad. La actual crisis económica global debe verse, en este
sentido, como un banco de pruebas: ¿Estamos dispuestos a leerla, en su
complejidad, como desafío para el futuro y no sólo como una emergencia
a la que hay que dar respuestas de corto alcance? ¿Estamos dispuestos a
hacer juntos una revisión profunda del modelo de desarrollo dominante,
para corregirlo de forma concertada y clarividente? En realidad, más aún
que las dificultades financieras inmediatas, lo exigen el estado de salud
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ecológica del planeta y, sobre todo, la crisis cultural y moral, cuyos
síntomas son evidentes desde hace tiempo en todo el mundo.
Así pues, hay que tratar de establecer un "círculo virtuoso" entre la
pobreza "que conviene elegir" y la pobreza "que es preciso combatir".
Aquí se abre un camino fecundo de frutos para el presente y para el futuro
de la humanidad, que se podría resumir así: para combatir la pobreza
inicua, que oprime a tantos hombres y mujeres y amenaza la paz de todos,
es necesario redescubrir la sobriedad y la solidaridad, como valores
evangélicos y al mismo tiempo universales. Más concretamente, no se
puede combatir eficazmente la miseria si no se hace lo que escribe san
Pablo a los Corintios, es decir, si no se promueve "la igualdad",
reduciendo el desnivel entre quien derrocha lo superfluo y quien no tiene
ni siquiera lo necesario. Esto implica hacer opciones de justicia y de
sobriedad, opciones por otra parte obligadas por la exigencia de
administrar sabiamente los recursos limitados de la tierra.
San Pablo, cuando afirma que Jesucristo nos ha enriquecido "con su
pobreza", nos ofrece una indicación importante no sólo desde el punto de
vista teológico, sino también en el ámbito sociológico. No en el sentido de
que la pobreza sea un valor en sí mismo, sino porque es condición para
realizar la solidaridad. Cuando san Francisco de Asís se despoja de sus
bienes, hace una opción de testimonio inspirada directamente por Dios,
pero al mismo tiempo muestra a todos el camino de la confianza en la
Providencia. Así, en la Iglesia, el voto de pobreza es el compromiso de
algunos, pero nos recuerda a todos la exigencia de no apegarse a los
bienes materiales y el primado de las riquezas del espíritu. He aquí el
mensaje que se nos transmite hoy: la pobreza del nacimiento de Cristo en
Belén, además de ser objeto de adoración para los cristianos, también es
escuela de vida para cada hombre. Esa pobreza nos enseña que para
combatir la miseria, tanto material como espiritual, es preciso recorrer el
camino de la solidaridad, que impulsó a Jesús a compartir nuestra
condición humana.
Queridos hermanos y hermanas, yo creo que la Virgen María se
planteó más de una vez esta pregunta: ¿Por qué Jesús quiso nacer de una
joven sencilla y humilde como yo? Y también, ¿por qué quiso venir al
mundo en un establo y tener como primera visita la de los pastores de
Belén? María recibió la respuesta plenamente al final, tras haber puesto en
el sepulcro el cuerpo de Jesús, muerto y envuelto en una sábana (cf. Lc 23,
53). Entonces comprendió plenamente el misterio de la pobreza de Dios.
Comprendió que Dios se había hecho pobre por nosotros, para
enriquecernos con su pobreza llena de amor, para exhortarnos a frenar la
avaricia insaciable que suscita luchas y divisiones, para invitarnos a frenar
el afán de poseer, estando así disponibles a compartir y a acogernos
recíprocamente.
A María, Madre del Hijo de Dios que se hizo hermano nuestro,
dirijamos confiados nuestra oración, para que nos ayude a seguir sus
huellas, a combatir y vencer la pobreza, a construir la verdadera paz, que
es opus iustitiae.
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JESÚS ES LA SABIDURÍA DE DIOS ENCARNADA


20090104. Ángelus
La liturgia nos propone volver a meditar en el mismo Evangelio
proclamado en el día de Navidad, es decir, el Prólogo de san Juan.
Después del bullicio de los días pasados con el afán de comprar regalos, la
Iglesia nos invita a contemplar de nuevo el misterio del Nacimiento de
Cristo para comprender mejor su profundo significado y su importancia
para nuestra vida. Se trata de un texto admirable que ofrece una síntesis
vertiginosa de toda la fe cristiana.
Comienza por lo alto: "En el principio existía el Verbo y el Verbo
estaba con Dios, y el Verbo era Dios" (Jn 1, 1); he aquí la novedad
inaudita y humanamente inconcebible: "El Verbo se hizo carne y puso su
morada entre nosotros" (Jn 1, 14 a). No es una figura retórica, sino una
experiencia vivida. La refiere san Juan, testigo ocular: "Hemos
contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno
de gracia y de verdad" (Jn 1, 14 b). No es la palabra erudita de un rabino o
de un doctor de la ley, sino el testimonio apasionado de un humilde
pescador que, atraído en su juventud por Jesús de Nazaret, en los tres años
de vida común con él y con los demás Apóstoles, experimentó su amor —
hasta el punto de definirse a sí mismo "el discípulo al que Jesús amaba"—,
lo vio morir en la cruz y aparecerse resucitado, y junto con los demás
recibió su Espíritu. De toda esta experiencia, meditada en su corazón, san
Juan sacó una certeza íntima: Jesús es la Sabiduría de Dios encarnada, es
su Palabra eterna, que se hizo hombre mortal.
Para un verdadero israelita, que conoce las Sagradas Escrituras, esto
no es una contradicción; al contrario, es el cumplimiento de toda la
antigua Alianza: en Jesucristo llega a su plenitud el misterio de un Dios
que habla a los hombres como a amigos, que se revela a Moisés en la Ley,
a los sabios y a los profetas. Conociendo a Jesús, estando con él,
escuchando su predicación y viendo los signos que realizaba, los
discípulos reconocieron que en él se cumplían todas las Escrituras. Como
afirmará después un autor cristiano: "Toda la divina Escritura constituye
un único libro y este libro único es Cristo, habla de Cristo y encuentra en
Cristo su cumplimiento" (Hugo de San Víctor, De arca Noe, 2, 8).
Cada hombre y cada mujer necesita encontrar un sentido profundo
para su propia existencia. Y para esto no bastan los libros, ni siquiera las
Sagradas Escrituras. El Niño de Belén nos revela y nos comunica el
verdadero "rostro" de Dios, bueno y fiel, que nos ama y no nos abandona
ni siquiera en la muerte. "A Dios nadie lo ha visto jamás —concluye el
Prólogo de san Juan—: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo
ha contado" (Jn 1, 18).
La primera que abrió el corazón y contempló "al Verbo que se hizo
carne" fue María, la Madre de Jesús. Una humilde muchacha de Galilea se
convirtió así en la "sede de la Sabiduría". Al igual que el apóstol san Juan,
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cada uno de nosotros está invitado a "acogerla en su casa" (cf. Jn 19, 27),
para conocer profundamente a Jesús y experimentar el amor fiel e
inagotable. Este es mi deseo para cada uno de vosotros, queridos
hermanos y hermanas, al inicio de este año nuevo.

LA EPIFANÍA: EL SÍMBOLO DE LA ESTRELLA


20090106. Homilía. Epifanía

La Epifanía, la "manifestación" de nuestro Señor Jesucristo, es un


misterio multiforme. La tradición latina lo identifica con la visita de los
Magos al Niño Jesús en Belén y, por tanto, lo interpreta sobre todo como
revelación del Mesías de Israel a los pueblos paganos. En cambio, la
tradición oriental privilegia el momento del bautismo de Jesús en el río
Jordán, cuando se manifestó como Hijo unigénito del Padre celestial,
consagrado por el Espíritu Santo. Pero el evangelio de san Juan invita a
considerar "epifanía" también las bodas de Caná, donde Jesús,
transformando el agua en vino, "manifestó su gloria y creyeron en él sus
discípulos" (Jn 2, 11).
Y ¿qué deberíamos decir nosotros, queridos hermanos, especialmente
los sacerdotes de la nueva Alianza, que cada día somos testigos y
ministros de la "epifanía" de Jesucristo en la santa Eucaristía? La Iglesia
celebra todos los misterios del Señor en este santísimo y humildísimo
sacramento, en el que él revela y al mismo tiempo oculta su gloria. "Adoro
te devote, latens Deitas". Así, adorando, oramos con santo Tomás de
Aquino.
En este año 2009, que, en el IV centenario de las primeras
observaciones de Galileo Galilei con el telescopio, está dedicado de modo
especial a la astronomía, no podemos menos de prestar atención particular
al símbolo de la estrella, tan importante en el relato evangélico de los
Magos (cf. Mt 2, 1-12). Muy probablemente eran astrónomos. Desde su
punto de observación, situado al oriente con respecto a Palestina, tal vez
en Mesopotamia, habían notado la aparición de un nuevo astro y habían
interpretado este fenómeno celestial como anuncio del nacimiento de un
rey, precisamente, según las Sagradas Escrituras, del rey de los judíos (cf.
Nm 24, 17).
En este singular episodio, narrado por san Mateo, los Padres de la
Iglesia vieron también una especie de "revolución" cosmológica, causada
por el ingreso del Hijo de Dios en el mundo. Por ejemplo, san Juan
Crisóstomo escribe: "Cuando la estrella se situó sobre el Niño, se detuvo;
y sólo una potencia que los astros no tienen podía hacer esto, es decir,
primero ocultarse, luego aparecer de nuevo y, por último, detenerse"
(Homilías sobre el evangelio de san Mateo, 7, 3). San
Gregorio Nacianceno afirma que el nacimiento de Cristo imprimió
nuevas órbitas a los astros (cf. Poemas dogmáticos, v, 53-64: PG 37, 428-
429). Eso claramente se ha de entender en sentido simbólico y teológico.
En efecto, mientras la teología pagana divinizaba los elementos y las
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fuerzas del cosmos, la fe cristiana, llevando a cumplimiento la revelación
bíblica, contempla a un único Dios, Creador y Señor de todo el universo.
El amor divino, encarnado en Cristo, es la ley fundamental y universal
de la creación. Esto, en cambio, no se entiende en sentido poético, sino
real. Por lo demás, así lo entendía Dante, cuando, en el verso sublime que
concluye el Paraíso y toda la Divina Comedia, define a Dios "el amor que
mueve el sol y las demás estrellas" (Paraíso, XXIII, 145). Esto significa
que las estrellas, los planetas y todo el universo no están gobernados por
una fuerza ciega, no obedecen únicamente a las dinámicas de la materia.
Por consiguiente, no son los elementos cósmicos los que se han de
divinizar, sino, al contrario, en todo y por encima de todo hay una
voluntad personal, el Espíritu de Dios, que en Cristo se reveló como Amor
(cf. Spe salvi, 5). Si es así, entonces los hombres, como escribe san Pablo
a los Colosenses, no son esclavos de los "elementos del cosmos" (cf. Col
2, 8), sino que son libres, es decir, capaces de relacionarse con la libertad
creadora de Dios.
Dios está en el origen de todo y lo gobierna todo, no a la manera de un
motor frío y anónimo, sino como Padre, Esposo, Amigo, Hermano, como
Logos, "Palabra-Razón", que se unió a nuestra carne mortal una vez para
siempre y compartió plenamente nuestra condición, manifestando el
sobreabundante poder de su gracia.
Así pues, en el cristianismo hay una concepción cosmológica peculiar,
que encontró elevadísimas expresiones en la filosofía y en la teología
medievales. También en nuestra época da signos interesantes de un nuevo
florecimiento, gracias a la pasión y a la fe de numerosos científicos, los
cuales, siguiendo las huellas de Galileo, no renuncian ni a la razón ni a la
fe, más aún, valoran ambas a fondo, en su recíproca fecundidad.
El pensamiento cristiano compara el cosmos con un "libro" —así decía
también Galileo— considerándolo como la obra de un Autor que se
expresa mediante la "sinfonía" de la creación. Dentro de esta sinfonía se
encuentra, en cierto momento, lo que en lenguaje musical se llamaría un
"solo", un tema encomendado a un solo instrumento o a una sola voz, y es
tan importante que de él depende el significado de toda la ópera. Este
"solo" es Jesús, al que precisamente corresponde un signo regio: la
aparición de una nueva estrella en el firmamento.
Los escritores cristianos antiguos comparan a Jesús con un nuevo sol.
Según los conocimientos astrofísicos actuales, lo deberíamos comparar
con una estrella aún más central, no sólo para el sistema solar, sino incluso
para todo el universo conocido. En este misterioso designio, al mismo
tiempo físico y metafísico, que llevó a la aparición del ser humano como
coronación de los elementos de la creación, vino al mundo Jesús, "nacido
de mujer" (Ga 4, 4), como escribe san Pablo. El Hijo del hombre resume
en sí la tierra y el cielo, la creación y el Creador, la carne y el Espíritu. Es
el centro del cosmos y de la historia, porque en él se unen sin confundirse
el Autor y su obra.
En el Jesús terreno se encuentra el culmen de la creación y de la
historia, pero en el Cristo resucitado se va más allá: el paso, a través de la
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muerte, a la vida eterna anticipa el punto de la "recapitulación" de todo en
Cristo (cf. Ef 1, 10). En efecto, "todo fue creado por él y para él", escribe
el Apóstol (Col 1, 16). Y, precisamente con la resurrección de entre los
muertos, él obtuvo "el primado sobre todas las cosas" (Col 1, 18). Lo
afirma Jesús mismo al aparecerse a los discípulos después de la
resurrección: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra" (Mt
28, 18).
Esta conciencia sostiene el camino de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, a lo
largo de las sendas de la historia. No hay sombra, por más densa que sea,
que pueda oscurecer la luz de Cristo. Por eso, los que creen en Cristo
mantienen siempre la esperanza, también hoy, ante la gran crisis social y
económica que aflige a la humanidad; ante el odio y la violencia
destructora que no dejan de ensangrentar a muchas regiones de la tierra;
ante el egoísmo y la pretensión del hombre de erigirse como dios de sí
mismo, que a veces lleva a peligrosas alteraciones del plan divino sobre la
vida y la dignidad del ser humano, sobre la familia y la armonía de la
creación.
Como advertí ya en la citada encíclica Spe salvi, nuestro esfuerzo por
liberar la vida humana y el mundo de los envenenamientos y de las
contaminaciones que podrían destruir el presente y el futuro, conserva su
valor y su sentido aunque aparentemente no tengamos éxito o parezcamos
impotentes ante el empuje de fuerzas hostiles, porque "lo que nos da
ánimos y orienta nuestra actividad, tanto en los momentos buenos como
en los malos, es la gran esperanza fundada en las promesas de Dios" (n.
35).
El señorío universal de Cristo se ejerce de modo especial sobre la
Iglesia. "Bajo sus pies —se lee en la carta a los Efesios— (Dios) sometió
todas las cosas y lo constituyó Cabeza suprema de la Iglesia, que es su
Cuerpo, la plenitud del que lo llena todo en todo" (Ef 1, 22-23). La
Epifanía es la manifestación del Señor y, como reflejo, es la manifestación
de la Iglesia, porque el Cuerpo no se puede separar de la Cabeza.
La primera lectura de la liturgia de hoy, tomada del llamado "tercer
Isaías", nos ofrece la perspectiva precisa para comprender la realidad de la
Iglesia, como misterio de luz refleja: "Levántate, brilla, —dice el profeta
dirigiéndose a Jerusalén— porque llega tu luz; la gloria del Señor
amanece sobre ti" (Is 60, 1). La Iglesia es humanidad iluminada,
"bautizada" en la gloria de Dios, es decir, en su amor, en su belleza, en su
señorío.
La Iglesia sabe que su humanidad, con sus límites y sus miserias, pone
más de relieve la obra del Espíritu Santo. Ella no puede jactarse de nada,
excepto en su Señor: no proviene de ella la luz, no es suya la gloria. Pero
su alegría, que nadie le podrá arrebatar, es precisamente ser "signo e
instrumento" de Aquel que es "lumen gentium", luz de los pueblos (cf.
Lumen gentium, 1).
Queridos amigos, en este año paulino, la fiesta de la Epifanía invita a
la Iglesia, y en ella a cada comunidad y a cada fiel, a imitar, como hizo el
Apóstol de los gentiles, el servicio que la estrella prestó a los Magos de
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Oriente guiándolos hasta Jesús (cf. san León Magno, Discurso 3 en la
Epifanía, 5: PL 54, 244). ¿Qué fue la vida de san Pablo, después de su
conversión, sino una "carrera" para llevar a los pueblos la luz de Cristo y,
viceversa, llevar a los pueblos a Cristo? La gracia de Dios convirtió a san
Pablo en una "estrella" para los gentiles. Su ministerio es ejemplo y
estímulo para la Iglesia a redescubrir que es esencialmente misionera y a
renovar el compromiso de anunciar el Evangelio, especialmente a quienes
aún no lo conocen.
Pero, al mirar a san Pablo, no podemos olvidar que toda su predicación
se alimentaba de las Sagradas Escrituras. Por eso, en la perspectiva de la
reciente Asamblea del Sínodo de los obispos, es preciso reafirmar con
fuerza que la Iglesia y cada uno de los cristianos sólo pueden ser luz, que
guía a Cristo, si se alimentan asidua e íntimamente de la Palabra de Dios.
La Palabra, y ciertamente no nosotros, es la que ilumina, purifica y
convierte. Nosotros somos servidores de la Palabra de vida. San Pablo se
concebía a sí mismo y su ministerio como un servicio al Evangelio. "Todo
lo hago por el Evangelio", escribe (1 Co 9, 23). Lo mismo debería poder
decir también la Iglesia, cada comunidad eclesial, cada obispo y cada
presbítero: todo lo hago por el Evangelio.
Queridos hermanos y hermanas, orad por nosotros, los pastores de la
Iglesia, a fin de que, asimilando diariamente la Palabra de Dios, podamos
transmitirla con fidelidad a los hermanos. Pero también nosotros oramos
por todos vosotros, los fieles, porque cada cristiano, por el Bautismo y la
Confirmación, está llamado a anunciar a Cristo, luz del mundo, con la
palabra y el testimonio de su vida.
Que la Virgen María, Estrella de la evangelización, nos ayude a llevar
a cabo juntos esta misión; e interceda por nosotros desde el cielo san
Pablo, Apóstol de los gentiles. Amén.

EPIFANÍA: ¿POR QUÉ SE SOBRESALTA JERUSALÉN?


20090106. Ángelus
Celebramos hoy la solemnidad de la Epifanía, la "manifestación" del
Señor. El Evangelio cuenta cómo Jesús vino al mundo con gran humildad
y ocultamiento. Sin embargo, san Mateo refiere el episodio de los Magos,
que llegaron de oriente, guiados por una estrella, para rendir homenaje al
recién nacido rey de los judíos. Cada vez que escuchamos esta narración,
nos impresiona el claro contraste que se aprecia entre la actitud de los
Magos, por una parte, y la de Herodes y los judíos, por otra. En efecto, el
Evangelio dice que, al escuchar las palabras de los Magos, "el rey Herodes
se sobresaltó y con él toda Jerusalén" (Mt 2, 3). Esta reacción se puede
comprender de diferentes maneras: Herodes se alarma porque ve en aquel
a quien buscan los Magos a un competidor para él y para sus hijos. Los
jefes y los habitantes de Jerusalén, por el contrario, parecen más bien
atónitos, como si despertaran de una especie de sopor y necesitaran
reflexionar. Isaías, en realidad, había anunciado: "Un niño nos ha nacido,
un hijo se nos ha dado. Lleva al hombro el principado, y su nombre es:
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Maravilla de Consejero, Dios fuerte, Padre perpetuo, Príncipe de la paz"
(Is 9, 5).
Entonces, ¿por qué se sobresalta Jerusalén? Parece que el evangelista
quiere anticipar, en cierto modo, la actitud que tomarán después los sumos
sacerdotes y el sanedrín, así como parte del pueblo, ante Jesús durante su
vida pública. Ciertamente, resalta el hecho de que el conocimiento de las
Escrituras y de las profecías mesiánicas no lleva a todos a abrirse a él y a
su palabra. Esto lleva a pensar que, poco antes de la pasión, Jesús lloró
sobre Jerusalén porque no había reconocido el tiempo de su visita (cf. Lc
19, 44).
Tocamos aquí uno de los puntos cruciales de la teología de la historia:
el drama del amor fiel de Dios en la persona de Jesús, que "vino a los
suyos y los suyos no lo recibieron" (Jn 1,11). A la luz de toda la Biblia,
esta actitud de hostilidad, de ambigüedad o de superficialidad representa
la de todo hombre y del "mundo" —en sentido espiritual—, cuando se
cierra al misterio del Dios verdadero, que sale a nuestro encuentro con la
desarmante mansedumbre del amor. Jesús, el "rey de los judíos" (cf. Jn 18,
37), es el Dios de la misericordia y de la fidelidad; quiere reinar con el
amor y la verdad, y nos pide que nos convirtamos, que abandonemos las
obras malas y que recorramos con decisión el camino del bien.
Por tanto, en este sentido, "Jerusalén" somos todos nosotros. Que la
Virgen María, que acogió con fe a Jesús, nos ayude a no cerrar nuestro
corazón a su Evangelio de salvación. Más bien, dejémonos conquistar y
transformar por él, el "Emmanuel", el Dios que vino a nosotros para
darnos su paz y su amor.

PARA COMBATIR LA POBREZA, EDUCAR LA JUVENTUD


20090108. Discurso. Al Cuerpo Diplomático

Me alegro que, desde la reciente Conferencia de Doha sobre la


financiación para el desarrollo, hayan sido establecidos criterios útiles
para orientar la dirección del sistema económico y poder ayudar a los más
débiles. Yendo más al fondo de la cuestión, para resanar la economía, es
necesario crear una nueva confianza. Este objetivo sólo se podrá alcanzar
a través de una ética fundada en la dignidad innata de la persona humana.
Sé bien que esto es exigente, pero no es una utopía. Hoy más que nunca,
nuestro porvenir está en juego, al igual que el destino de nuestro planeta y
sus habitantes, en primer lugar de las generaciones jóvenes que heredan un
sistema económico y un tejido social duramente cuestionado.
Señoras y Señores, si queremos combatir la pobreza, debemos invertir
ante todo en la juventud, educándola en un ideal de auténtica fraternidad.
Mi discurso en la Sede de la Organización de las Naciones Unidas se sitúa
en este contexto: sesenta años después de la adopción de la Declaración
universal de los derechos humanos, quise poner de relieve que este
documento se basa en la dignidad de la persona humana, y ésta a su vez en
la naturaleza común a todos que trasciende las diversas culturas. Algunos
10
meses más tarde, en mi peregrinación a Lourdes con ocasión del ciento
cincuenta aniversario de las apariciones de la Virgen María a Santa
Bernadette, quise subrayar que el mensaje de conversión y de amor que se
irradia desde la gruta de Massabielle sigue teniendo gran actualidad, como
una invitación constante a construir nuestra existencia y las relaciones
entre los pueblos sobre unas bases de respeto y de fraternidad auténticas,
conscientes de que esta fraternidad presupone un Padre común a todos los
hombres, el Dios Creador. Por otra parte, una sociedad sanamente laica no
ignora la dimensión espiritual y sus valores, porque la religión, y me
pareció útil repetirlo durante mi viaje pastoral a Francia, no es un
obstáculo, sino más bien al contrario un fundamento sólido para la
construcción de una sociedad más justa y libre.
Las discriminaciones y los graves ataques de los que han sido
víctimas, el año pasado, millares de cristianos, muestran cómo la que
socava la paz no es sólo la pobreza material, sino también la pobreza
moral. De hecho, es en la pobreza moral, donde dichas atrocidades hunden
sus raíces. Al reafirmar la valiosa contribución que las religiones pueden
dar a la lucha contra la pobreza y a la construcción de la paz, quisiera
repetir ante esta asamblea que representa idealmente a todas las naciones
del mundo: el cristianismo es una religión de libertad y de paz y está al
servicio del auténtico bien de la humanidad. Renuevo el testimonio de mi
afecto paternal a nuestros hermanos y hermanas víctimas de la violencia,
especialmente en Irak y en la India; pido incesantemente a las autoridades
civiles y políticas que se dediquen con energía a poner fin a la intolerancia
y a las vejaciones contra los cristianos, que intervengan para reparar los
daños causados, en particular en los lugares de culto y en las propiedades;
que alienten por todos los medios el justo respeto hacia todas las
religiones, proscribiendo todas las formas de odio y de desprecio. Deseo
también que en el mundo occidental no se cultiven prejuicios u
hostilidades contra los cristianos, simplemente porque, en ciertas
cuestiones, su voz perturba. Por su parte, que los discípulos de Cristo, ante
tales pruebas, no pierdan el ánimo: el testimonio del Evangelio es siempre
un “signo de contradicción” con respecto al “espíritu del mundo”. Si las
tribulaciones son duras, la constante presencia de Cristo es un consuelo
eficaz. Su Evangelio es un mensaje de salvación para todos y por esto no
puede ser confinado en la esfera privada, sino que debe ser proclamado
desde las azoteas, hasta los confines de la tierra.
Vuelvo al Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la paz
de este año. En ese documento, he recordado que los seres humanos más
pobres son los niños no nacidos (n. 3). No puedo dejar de mencionar, al
concluir, a otros pobres, como los enfermos y las personas ancianas
abandonadas, las familias divididas y sin puntos de referencia. La pobreza
se combate si la humanidad se vuelve más fraterna compartiendo los
valores y las ideas, fundados en la dignidad de la persona, en la libertad
vinculada a la responsabilidad, en el reconocimiento efectivo del puesto
de Dios en la vida del hombre. En esta perspectiva, dirijamos nuestra
mirada a Jesús, el Niño humilde recostado en el pesebre. Porque Él es el
11
Hijo de Dios, Él nos indica que la solidaridad fraterna entre todos los
hombres es la vía maestra para combatir la pobreza y construir la paz. Que
la luz de su amor ilumine a todos los gobernantes de la humanidad.

BAUTISMO DEL SEÑOR


20090111. Homilía. Bautismo del Señor

Las palabras que el evangelista san Marcos menciona al inicio de su


evangelio: "Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco" (Mc 1, 11), nos
introducen en el corazón de la fiesta de hoy del Bautismo del Señor, con la
que se concluye el tiempo de Navidad. El ciclo de las solemnidades
navideñas nos permite meditar en el nacimiento de Jesús anunciado por
los ángeles, envueltos en el esplendor luminoso de Dios. El tiempo
navideño nos habla de la estrella que guía a los Magos de Oriente hasta la
casa de Belén, y nos invita a mirar al cielo que se abre sobre el Jordán,
mientras resuena la voz de Dios. Son signos a través de los cuales el Señor
no se cansa de repetirnos: "Sí, estoy aquí. Os conozco. Os amo. Hay un
camino que desde mí va hasta vosotros. Hay un camino que desde
vosotros sube hacia mí". El Creador, para poder dejarse ver y tocar,
asumió en Jesús las dimensiones de un niño, de un ser humano como
nosotros. Al mismo tiempo, Dios, al hacerse pequeño, hizo resplandecer la
luz de su grandeza, porque, precisamente abajándose hasta la impotencia
inerme del amor, demuestra cuál es la verdadera grandeza, más aún, qué
quiere decir ser Dios.
El significado de la Navidad, y más en general el sentido del año
litúrgico, es precisamente el de acercarnos a estos signos divinos, para
reconocerlos presentes en los acontecimientos de todos los días, a fin de
que nuestro corazón se abra al amor de Dios. Y si la Navidad y la Epifanía
sirven sobre todo para hacernos capaces de ver, para abrirnos los ojos y el
corazón al misterio de un Dios que viene a estar con nosotros, la fiesta del
Bautismo de Jesús nos introduce, podríamos decir, en la cotidianidad de
una relación personal con él. En efecto, Jesús se ha unido a nosotros,
mediante la inmersión en las aguas del Jordán. El Bautismo es, por decirlo
así, el puente que Jesús ha construido entre él y nosotros, el camino por el
que se hace accesible a nosotros; es el arco iris divino sobre nuestra vida,
la promesa del gran sí de Dios, la puerta de la esperanza y, al mismo
tiempo, la señal que nos indica el camino por recorrer de modo activo y
gozoso para encontrarlo y sentirnos amados por él.
Queridos amigos, estoy verdaderamente feliz porque también este año,
en este día de fiesta, tengo la oportunidad de bautizar a algunos niños.
Sobre ellos se posa hoy la "complacencia" de Dios. Desde que el Hijo
12
unigénito del Padre se hizo bautizar, el cielo realmente se abrió y sigue
abriéndose, y podemos encomendar toda nueva vida que nace en manos de
Aquel que es más poderoso que los poderes ocultos del mal. En efecto,
esto es lo que implica el Bautismo: restituimos a Dios lo que de él ha
venido. El niño no es propiedad de los padres, sino que el Creador lo
confía a su responsabilidad, libremente y de modo siempre nuevo, para
que ellos le ayuden a ser un hijo libre de Dios. Sólo si los padres maduran
esta certeza lograrán encontrar el equilibrio justo entre la pretensión de
poder disponer de sus hijos como si fueran una posesión privada,
plasmándolos según sus propias ideas y deseos, y la actitud libertaria que
se expresa dejándolos crecer con plena autonomía, satisfaciendo todos sus
deseos y aspiraciones, considerando esto un modo justo de cultivar su
personalidad.
Si con este sacramento el recién bautizado se convierte en hijo
adoptivo de Dios, objeto de su amor infinito que lo tutela y defiende de las
fuerzas oscuras del maligno, es preciso enseñarle a reconocer a Dios como
su Padre y a relacionarse con él con actitud de hijo. Por tanto, según la
tradición cristiana, tal como hacemos hoy, cuando se bautiza a los niños
introduciéndolos en la luz de Dios y de sus enseñanzas, no se los fuerza,
sino que se les da la riqueza de la vida divina en la que reside la verdadera
libertad, que es propia de los hijos de Dios; una libertad que deberá
educarse y formarse con la maduración de los años, para que llegue a ser
capaz de opciones personales responsables.
Queridos padres, queridos padrinos y madrinas, os saludo a todos con
afecto y me uno a vuestra alegría por estos niños que hoy renacen a la vida
eterna. Sed conscientes del don recibido y no ceséis de dar gracias al
Señor que, con el sacramento que hoy reciben, introduce a vuestros hijos
en una nueva familia, más grande y estable, más abierta y numerosa que la
vuestra: me refiero a la familia de los creyentes, a la Iglesia, una familia
que tiene a Dios por Padre y en la que todos se reconocen hermanos en
Jesucristo. Así pues, hoy vosotros encomendáis a vuestros hijos a la
bondad de Dios, que es fuerza de luz y de amor; y ellos, aun en medio de
las dificultades de la vida, no se sentirán jamás abandonados si
permanecen unidos a él. Por tanto, preocupaos por educarlos en la fe, por
enseñarles a rezar y a crecer como hacía Jesús, y con su ayuda, "en
sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres" (Lc 2, 52).
Volviendo ahora al pasaje evangélico, tratemos de comprender aún
más lo que sucede hoy aquí. San Marcos narra que, mientras Juan Bautista
predica a orillas del río Jordán, proclamando la urgencia de la conversión
con vistas a la venida ya próxima del Mesías, he aquí que Jesús, mezclado
entre la gente, se presenta para ser bautizado. Ciertamente, el bautismo de
Juan es un bautismo de penitencia, muy distinto del sacramento que
instituirá Jesús. Sin embargo, en aquel momento ya se vislumbra la misión
del Redentor, puesto que, cuando sale del agua, resuena una voz desde
cielo y baja sobre él el Espíritu Santo (cf. Mc 1, 10): el Padre celestial lo
proclama como su hijo predilecto y testimonia públicamente su misión
salvífica universal, que se cumplirá plenamente con su muerte en la cruz y
13
su resurrección. Sólo entonces, con el sacrificio pascual, el perdón de los
pecados será universal y total. Con el Bautismo, no nos sumergimos
simplemente en las aguas del Jordán para proclamar nuestro compromiso
de conversión, sino que se efunde en nosotros la sangre redentora de
Cristo, que nos purifica y nos salva. Es el Hijo amado del Padre, en el que
él se complace, quien adquiere de nuevo para nosotros la dignidad y la
alegría de llamarnos y ser realmente "hijos" de Dios.
Dentro de poco reviviremos este misterio evocado por la solemnidad
que hoy celebramos; los signos y símbolos del sacramento del Bautismo
nos ayudarán a comprender lo que el Señor realiza en el corazón de estos
niños, haciéndolos "suyos" para siempre, morada elegida de su Espíritu y
"piedras vivas" para la construcción del edificio espiritual que es la
Iglesia. La Virgen María, Madre de Jesús, el Hijo amado de Dios, vele
sobre ellos y sobre sus familias y los acompañe siempre, para que puedan
realizar plenamente el proyecto de salvación que, con el Bautismo, se
realiza en su vida. Y nosotros, queridos hermanos y hermanas,
acompañémoslos con nuestra oración; oremos por los padres, los padrinos
y las madrinas y por sus parientes, para que les ayuden a crecer en la fe;
oremos por todos nosotros aquí presentes para que, participando
devotamente en esta celebración, renovemos las promesas de nuestro
Bautismo y demos gracias al Señor por su constante asistencia. Amén.

LA FAMILIA, VERDADERA ESCUELA DE HUMANIDAD


20090118. Discurso. Clausura Encuentro Mundial Familias. México

3. La familia es un fundamento indispensable para la sociedad y los


pueblos, así como un bien insustituible para los hijos, dignos de venir a la
vida como fruto del amor, de la donación total y generosa de los padres.
Como puso de manifiesto Jesús honrando a la Virgen María y a San José,
la familia ocupa un lugar primario en la educación de la persona. Es una
verdadera escuela de humanidad y de valores perennes. Nadie se ha dado
el ser a sí mismo. Hemos recibido de otros la vida, que se desarrolla y
madura con las verdades y valores que aprendemos en la relación y
comunión con los demás. En este sentido, la familia fundada en el
matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer expresa esta
dimensión relacional, filial y comunitaria, y es el ámbito donde el hombre
puede nacer con dignidad, crecer y desarrollarse de un modo integral. (Cf.
Homilía en la Santa Misa del V Encuentro Mundial de las Familias,
Valencia, 9 de julio de 2006).
Sin embargo, esta labor educativa se ve dificultada por un engañoso
concepto de libertad, en el que el capricho y los impulsos subjetivos del
individuo se exaltan hasta el punto de dejar encerrado a cada uno en la
prisión del propio yo. La verdadera libertad del ser humano proviene de
haber sido creado a imagen y semejanza de Dios, y por ello debe ejercerse
con responsabilidad, optando siempre por el bien verdadero para que se
convierta en amor, en don de sí mismo. Para eso, más que teorías, se
14
necesita la cercanía y el amor característicos de la comunidad familiar. En
el hogar es donde se aprende a vivir verdaderamente, a valorar la vida y la
salud, la libertad y la paz, la justicia y la verdad, el trabajo, la concordia y
el respeto.
4. Hoy más que nunca se necesita el testimonio y el compromiso
público de todos los bautizados para reafirmar la dignidad y el valor único
e insustituible de la familia fundada en el matrimonio de un hombre con
una mujer y abierto a la vida, así como el de la vida humana en todas sus
etapas. Se han de promover también medidas legislativas y administrativas
que sostengan a las familias en sus derechos inalienables, necesarios para
llevar adelante su extraordinaria misión. Los testimonios presentados en la
celebración de ayer muestran que también hoy la familia puede
mantenerse firme en el amor de Dios y renovar la humanidad en el nuevo
milenio.

LA CONVERSIÓN ES EL CAMINO DE LA UNIDAD PLENA


20090125. Homilía. Segundas Vísperas Conversión de san Pablo

La conversión de san Pablo nos ofrece el modelo y nos indica el


camino para ir hacia la unidad plena. En efecto, la unidad requiere una
conversión: de la división a la comunión, de la unidad herida a la unidad
restablecida y plena. Esta conversión es don de Cristo resucitado, como
sucedió en el caso de san Pablo. Lo hemos escuchado de las mismas
palabras del Apóstol en la lectura que se acaba de proclamar: "Por gracia
de Dios soy lo que soy" (1 Co 15, 10). El mismo Señor que llamó a Saulo
en el camino de Damasco se dirige a los miembros de su Iglesia, que es
una y santa, y llamando a cada uno por su nombre pregunta: ¿Por qué me
has dividido? ¿Por qué has desgarrado la unidad de mi cuerpo?
La conversión implica dos dimensiones. En el primer paso se conocen
y reconocen a la luz de Cristo las culpas, y este reconocimiento se
transforma en dolor y arrepentimiento, en deseo de volver a empezar. En
el segundo paso se reconoce que este nuevo camino no puede venir de
nosotros mismos. Consiste en dejarse conquistar por Cristo. Como dice
san Pablo: "Me esfuerzo por correr para conquistarlo, habiendo sido yo
también conquistado por Cristo Jesús" (Flp 3, 12). La conversión exige
nuestro sí, mi "correr"; no es en última instancia una actividad mía, sino
un don; es dejarse formar por Cristo; es muerte y resurrección. Por eso san
Pablo no dice: "Me he convertido", sino "he muerto" (Ga 2, 19), soy una
criatura nueva.
En realidad, la conversión de san Pablo no fue un paso de la
inmoralidad a la moralidad —su moralidad era elevada—, de una fe
equivocada a una fe correcta —su fe era verdadera, aunque incompleta—,
sino que fue ser conquistado por el amor de Cristo: la renuncia a la propia
perfección; fue la humildad de quien se pone sin reserva al servicio de
Cristo en favor de los hermanos. Y sólo en esta renuncia a nosotros
mismos, en esta conformidad con Cristo podemos estar unidos también
15
entre nosotros, podemos llegar a ser "uno" en Cristo. La comunión con
Cristo resucitado es lo que nos da la unidad.
También podemos observar una interesante analogía con la dinámica
de la conversión de san Pablo meditando en el texto bíblico del profeta
Ezequiel (Ez 37, 15-28) elegido este año como base de nuestra oración. En
él se presenta el gesto simbólico de los dos leños unidos en la mano del
profeta, que con este gesto representa la acción futura de Dios. Es la
segunda parte del capítulo 37, que en la primera parte contiene la célebre
visión de los huesos secos y de la resurrección de Israel, realizada por el
Espíritu de Dios.
¿Cómo no constatar que el signo profético de la reunificación del
pueblo de Israel se pone después del gran símbolo de los huesos secos
vivificados por el Espíritu? De ahí deriva un esquema teológico análogo al
de la conversión de san Pablo: en primer lugar está el poder de Dios, que
con su Espíritu realiza la resurrección como una nueva creación. Este
Dios, que es el Creador y es capaz de resucitar a los muertos, también es
capaz de volver a conducir a la unidad al pueblo dividido en dos.
San Pablo, como Ezequiel y más que él, se convierte en instrumento
elegido de la predicación de la unidad conquistada por Jesús mediante la
cruz y la resurrección: la unidad entre los judíos y los paganos, para
formar un solo pueblo nuevo. La resurrección de Cristo extiende el
perímetro de la unidad: no sólo unidad de las tribus de Israel, sino también
unidad entre judíos y paganos (cf. Ef 2; Jn 10, 16); unificación de la
humanidad dispersa por el pecado y aún más unidad de todos los creyentes
en Cristo.
La elección de este pasaje del profeta Ezequiel la debemos a los
hermanos de Corea, que se han sentido fuertemente interpelados por esta
página bíblica, como coreanos y como cristianos. En la división del
pueblo judío en dos reinos se han visto reflejados como hijos de una única
tierra, que las vicisitudes políticas han separado, una parte al norte y otra
al sur. Y esta experiencia humana les ha ayudado a comprender mejor el
drama de la división entre los cristianos.
Ahora, a la luz de esta Palabra de Dios que nuestros hermanos
coreanos han elegido y propuesto a todos, emerge una verdad llena de
esperanza: Dios promete a su pueblo una nueva unidad, que debe ser signo
e instrumento de reconciliación y de paz también en el plano histórico,
para todas las naciones. La unidad que Dios da a su Iglesia, y por la cual
rezamos, es naturalmente la comunión en sentido espiritual, en la fe y en
la caridad; pero nosotros sabemos que esta unidad en Cristo es fermento
de fraternidad también en el plano social, en las relaciones entre las
naciones y para toda la familia humana. Es la levadura del reino de Dios
que hace crecer toda la masa (cf. Mt 13, 33).
En este sentido, la oración que elevamos en estos días, refiriéndonos a
la profecía de Ezequiel, se ha hecho también intercesión por las diversas
situaciones de conflicto que afligen actualmente a la humanidad. Donde
las palabras humanas son impotentes, porque prevalece el trágico estrépito
de la violencia y de las armas, la fuerza profética de la Palabra de Dios
16
actúa y nos repite que la paz es posible y que debemos ser instrumentos de
reconciliación y de paz. Por eso nuestra oración por la unidad y por la paz
exige siempre ser confirmada con gestos valientes de reconciliación entre
los cristianos.
Pienso también en Tierra Santa: es muy importante que los fieles que
viven en ella, al igual que los peregrinos que la visitan, den a todos el
testimonio de que la diversidad de los ritos y de las tradiciones no debería
constituir un obstáculo al respeto mutuo y a la caridad fraterna. En la
legítima diversidad de las diferentes tradiciones debemos buscar la unidad
en la fe, en nuestro "sí" fundamental a Cristo y a su única Iglesia. Así las
diferencias ya no serán un obstáculo que nos separe, sino riqueza en la
multiplicidad de las expresiones de la fe común.
Quiero concluir esta reflexión haciendo referencia a un acontecimiento
que los de más edad ciertamente no olvidamos. El 25 de enero de 1959,
hace exactamente 50 años, el beato Papa Juan XXIII manifestó por
primera vez en este lugar su voluntad de convocar "un Concilio
ecuménico para la Iglesia universal" (AAS li [1959], p. 68). Hizo este
anuncio a los padres cardenales, en la sala Capitular del monasterio de San
Pablo, después de celebrar la misa solemne en la basílica. De aquella
providencial decisión, sugerida a mi venerado predecesor, según su firme
convicción, por el Espíritu Santo, derivó también una contribución
fundamental al ecumenismo, condensado en el decreto Unitatis
redintegratio. En él, entre otras cosas, se lee: "El auténtico ecumenismo
no se da sin la conversión interior (cf. Ef 4, 23). Porque los deseos de
unidad brotan y maduran como fruto de la renovación de la mente, de la
negación de sí mismo y de una efusión libérrima de la caridad" (n. 7).

JESUCRISTO HARÁ FECUNDO VUESTRO MINISTERIO


20090129. Discurso. A los obispos de Rusia
Os exhorto a no desanimaros si a veces os parecen modestas las
realidades eclesiales y si los resultados pastorales que obtenéis no parecen
corresponder a los esfuerzos realizados. Más bien, alimentad en vosotros y
en vuestros colaboradores un auténtico espíritu de fe, con la conciencia
plenamente evangélica de que Jesucristo hará fecundo, con la gracia de su
Espíritu, vuestro ministerio para gloria del Padre, según tiempos y modos
que sólo él conoce.
Seguid promoviendo y cuidando, con esfuerzo y atención constantes,
las vocaciones sacerdotales y religiosas. La pastoral de las vocaciones es
particularmente necesaria en nuestro tiempo. Procurad formar presbíteros
con el mismo esmero con que san Pablo formó a su discípulo Timoteo,
para que sean auténticos "hombres de Dios" (cf.1 Tm 6, 11). Sed para ellos
padres y modelos en el servicio a los hermanos; animad su fraternidad,
amistad y colaboración; sostenedlos en la formación doctrinal y espiritual
permanente. Rezad por los sacerdotes y junto con ellos, conscientes de
que sólo quien vive de Cristo y en Cristo puede ser su fiel ministro y
testigo. Asimismo, cuidad con esmero la formación de las personas
17
consagradas y el crecimiento espiritual de los fieles laicos, para que
sientan su vida como una respuesta a la llamada universal a la santidad,
que debe expresarse en un testimonio evangélico coherente en todas las
circunstancias de la vida diaria.

LA INCAPACIDAD DE CONTRAER MATRIMONIO


20090129. Discurso. A la Rota Romana

Vosotros esperáis del Papa, al inicio de vuestro año de trabajo, unas


palabras que os sirvan de luz y orientación en el cumplimiento de vuestras
delicadas tareas. Son muchos los temas que podríamos tratar en esta
circunstancia, pero a veinte años de distancia de los discursos de Juan
Pablo II sobre la incapacidad psíquica en las causas de nulidad
matrimonial, del 5 de febrero de 1987 (AAS 79 [1987] 1453-1459) y del
25 de enero de 1988 (AAS 80 [1988] 1178-1185), parece oportuno
preguntarse en qué medida esas intervenciones han tenido una recepción
adecuada en los tribunales eclesiásticos. No es este el momento de hacer
un balance, pero está a la vista de todos el dato de hecho de un problema
que sigue siendo de gran actualidad. En algunos casos, por desgracia, se
puede advertir aún viva la exigencia de la que hablaba mi venerado
predecesor: la de preservar a la comunidad eclesial "del escándalo de ver
destruido en la práctica el valor del matrimonio cristiano por la
multiplicación exagerada y casi automática de las declaraciones de
nulidad, en caso de fracaso del matrimonio, con el pretexto de cierta
inmadurez o debilidad psíquica de los contrayentes" (Discurso a la Rota
romana, 5 de febrero de 1987, n. 9: L'Osservatore Romano, edición en
lengua española, 22 de marzo de 1987, p. 20).
En nuestro encuentro de hoy me urge llamar la atención de los
operadores del derecho sobre la exigencia de tratar las causas con la
debida profundidad que exige el ministerio de verdad y de caridad que es
propio de la Rota romana. En efecto, a la exigencia del rigor de
procedimiento, los discursos mencionados, basándose en los principios de
la antropología cristiana, proporcionan los criterios de fondo, no sólo para
el análisis de los informes periciales psiquiátricos y psicológicos, sino
también para la misma definición judicial de las causas. Al respecto,
conviene recordar una vez más algunas distinciones que trazan la línea de
demarcación ante todo entre "una madurez psíquica, que sería el punto de
llegada del desarrollo humano", y la "madurez canónica, que es en cambio
el punto mínimo de partida para la validez del matrimonio" (ib., n. 6); en
segundo lugar, entre incapacidad y dificultad, en cuanto que "sólo la
incapacidad, y no simplemente la dificultad para prestar el consentimiento
y para realizar una verdadera comunidad de vida y de amor, hace nulo el
matrimonio" (ib., n. 7); en tercer lugar, entre la dimensión canónica de la
normalidad, que inspirándose en la visión integral de la persona humana,
"comprende también moderadas formas de dificultad psicológica", y la
dimensión clínica que excluye del concepto de la misma toda limitación
18
de madurez y "toda forma de psicopatología" (Discurso a la Rota romana,
25 de enero de 1988, n. 5: L'Osservatore Romano, edición en lengua
española, 7 de febrero de 1988, p. 21); por último, entre la "capacidad
mínima, suficiente para un consentimiento válido", y la capacidad
idealizada "de una plena madurez en orden a una vida conyugal feliz" (ib.,
n. 9).
Por lo que atañe a la implicación de las facultades intelectivas y
volitivas en la formación del consentimiento matrimonial, el Papa Juan
Pablo II, en la mencionada intervención del 5 de febrero de 1987, reafirmó
el principio según el cual una verdadera incapacidad "puede considerarse
como hipótesis sólo en presencia de una seria forma de anomalía que, de
cualquier modo que se quiera definir, ha de afectar sustancialmente a la
capacidad de entender y/o de querer" (Discurso a la Rota romana, n. 7).
Al respecto parece oportuno recordar que la norma jurídica sobre la
incapacidad psíquica en su aspecto aplicativo ha sido enriquecida e
integrada también por la reciente instrucción Dignitas connubii del 25 de
enero de 2005. En efecto, esta instrucción, para comprobar dicha
incapacidad, requiere, ya en el tiempo del matrimonio, la presencia de una
particular anomalía psíquica (art. 209, 1) que perturbe gravemente el uso
de la razón (art. 209, 2, n. 1; can. 1095, n. 1), o la facultad crítica y
electiva en relación con decisiones graves, particularmente por cuanto se
refiere a la libre elección del estado de vida (art. 209, 2, n. 2; can. 1095, n.
2), o que provoque en el contrayente no sólo una dificultad grave, sino
también la imposibilidad de afrontar los deberes inherentes a las
obligaciones esenciales del matrimonio (art. 209, 2, n. 3; can. 1095, n. 3).
Con todo, en esta ocasión quiero volver a tratar el tema de la
incapacidad de contraer matrimonio, de la que habla el canon 1095, a la
luz de la relación entre la persona humana y el matrimonio, y recordar
algunos principios fundamentales que deben iluminar a los especialistas
en derecho. Es necesario ante todo redescubrir en positivo la capacidad
que en principio toda persona humana tiene de casarse en virtud de su
misma naturaleza de hombre o de mujer. En efecto, corremos el peligro de
caer en un pesimismo antropológico que, a la luz de la situación cultural
actual, considera casi imposible casarse. Aparte del hecho de que esa
situación no es uniforme en las diferentes regiones del mundo, no se
pueden confundir con la verdadera incapacidad consensual las dificultades
reales en que se encuentran muchos, en especial los jóvenes, llegando a
considerar que la unión matrimonial normalmente es impensable e
impracticable. Más aún, la reafirmación de la capacidad innata humana
para el matrimonio es precisamente el punto de partida para ayudar a las
parejas a descubrir la realidad natural del matrimonio y la relevancia que
tiene en el plano de la salvación. Lo que en definitiva está en juego es la
verdad misma sobre el matrimonio y sobre su intrínseca naturaleza
jurídica (cf. Benedicto XVI, Discurso a la Rota romana, 27 de enero de
2007, AAS 99 [2007] 86-91), presupuesto imprescindible para poder
captar y valorar la capacidad requerida para casarse.
19
En este sentido, la capacidad debe ser puesta en relación con lo que es
esencialmente el matrimonio, es decir, "la comunión íntima de vida y
amor conyugal, fundada por el Creador y estructurada con leyes propias"
(Gaudium et spes, 48), y, de modo particular, con las obligaciones
esenciales inherentes a ella, que deben asumir los esposos (cf. can. 1095,
n. 3). Esta capacidad no se mide en relación a un determinado grado de
realización existencial o efectiva de la unión conyugal mediante el
cumplimiento de las obligaciones esenciales, sino en relación al querer
eficaz de cada uno de los contrayentes, que hace posible y operante esa
realización ya desde el momento del pacto nupcial.
Así pues, el discurso sobre la capacidad o incapacidad tiene sentido en
la medida en que atañe al acto mismo de contraer matrimonio, ya que el
vínculo creado por la voluntad de los esposos constituye la realidad
jurídica de la una caro bíblica (cf. Gn 2, 24; Mc 10, 8; Ef 5, 31; can. 1061,
1), cuya subsistencia válida no depende del comportamiento sucesivo de
los cónyuges a lo largo de la vida matrimonial. De forma diversa, en la
visión reduccionista que desconoce la verdad sobre el matrimonio, la
realización efectiva de una verdadera comunión de vida y de amor,
idealizada en el plano del bienestar puramente humano, resulta
esencialmente dependiente sólo de factores accidentales, y no del ejercicio
de la libertad humana sostenida por la gracia.
Es verdad que esta libertad de la naturaleza humana, "herida en sus
propias fuerzas naturales" e "inclinada al pecado" (Catecismo de la Iglesia
católica, n. 405), es limitada e imperfecta, pero no por ello es inauténtica e
insuficiente para realizar el acto de autodeterminación de los contrayentes
que es el pacto conyugal, que da vida al matrimonio y a la familia fundada
en él.
Obviamente, algunas corrientes antropológicas "humanistas",
orientadas a la autorrealización y a la autotrascendencia egocéntrica,
idealizan de tal forma a la persona humana y el matrimonio, que acaban
por negar la capacidad psíquica de muchas personas, fundándola en
elementos que no corresponden a las exigencias esenciales del vínculo
conyugal. Ante estas concepciones, los estudiosos del derecho eclesial no
pueden menos de tener en cuenta el sano realismo al que hacía referencia
mi venerado predecesor (cf. Juan Pablo II, Discurso a la Rota romana, 27
de enero de 1997, n. 4: AAS 89 [1997] 488), porque la capacidad hace
referencia a lo mínimo necesario para que los novios puedan entregar su
ser de persona masculina y femenina para fundar ese vínculo al que está
llamada la gran mayoría de los seres humanos. De ahí se sigue que las
causas de nulidad por incapacidad psíquica exigen, en línea de principio,
que el juez se sirva de la ayuda de peritos para certificar la existencia de
una verdadera incapacidad (can. 1680; art. 203, 1, DC), que es siempre
una excepción al principio natural de la capacidad necesaria para
comprender, decidir y realizar la donación de sí mismos de la que nace el
vínculo conyugal.
20
EL SECRETO MESIÁNICO EN MARCOS
20090201. Ángelus

Este año, en las celebraciones dominicales, la liturgia propone a


nuestra meditación el evangelio de san Marcos, una de cuyas
características es el así llamado "secreto mesiánico", es decir, el hecho de
que Jesús no quiere que por el momento se sepa, fuera del grupo
restringido de sus discípulos, que él es el Cristo, el Hijo de Dios. Por eso,
en varias ocasiones, tanto a los Apóstoles como a los enfermos que cura,
les advierte de que no revelen a nadie su identidad.
Por ejemplo, el pasaje evangélico de este domingo (Mc 1, 21-28) habla
de un hombre poseído por el demonio, que repentinamente se pone a
gritar: "¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar
con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios". Y Jesús le ordena: "Cállate
y sal de él". E inmediatamente —constata el evangelista— el espíritu
maligno, con gritos desgarradores, salió de aquel hombre.
Jesús no sólo expulsa los demonios de las personas, liberándolas de la
peor esclavitud, sino que también impide a los demonios mismos que
revelen su identidad. E insiste en este "secreto", porque está en juego el
éxito de su misma misión, de la que depende nuestra salvación. En efecto,
sabe que para liberar a la humanidad del dominio del pecado deberá ser
sacrificado en la cruz como verdadero Cordero pascual. El diablo, por su
parte, trata de distraerlo para desviarlo, en cambio, hacia la lógica humana
de un Mesías poderoso y lleno de éxito. La cruz de Cristo será la ruina del
demonio; y por eso Jesús no deja de enseñar a sus discípulos que, para
entrar en su gloria, debe padecer mucho, ser rechazado, condenado y
crucificado (cf. Lc 24, 26), pues el sufrimiento forma parte integrante de
su misión.

LA EUTANASIA ES FALSA SOLUCIÓN AL SUFRIMIENTO


20090201. Ángelus

Jesús sufre y muere en la cruz por amor. De este modo, bien


considerado, ha dado sentido a nuestro sufrimiento, un sentido que
muchos hombres y mujeres de todas las épocas han comprendido y hecho
suyo, experimentando profunda serenidad incluso en la amargura de duras
pruebas físicas y morales. Y precisamente "la fuerza de la vida en el
sufrimiento" es el tema que los obispos italianos han elegido para su
tradicional Mensaje con ocasión de esta Jornada por la vida. Me uno de
corazón a sus palabras, en las que se percibe el amor de los pastores por la
gente y la valentía de anunciar la verdad, la valentía de decir con claridad,
por ejemplo, que la eutanasia es una falsa solución para el drama del
sufrimiento, una solución que no es digna del hombre. En efecto, la
verdadera respuesta no puede ser provocar la muerte, por "dulce" que sea,
sino testimoniar el amor que ayuda a afrontar de modo humano el dolor y
21
la agonía. Estemos seguros de que ninguna lágrima, ni de quien sufre ni de
quien está a su lado, se pierde delante de Dios.
La Virgen María guardó en su corazón de madre el secreto de su Hijo y
compartió con él la hora dolorosa de la pasión y la crucifixión, sostenida
por la esperanza de la resurrección.

LA PRESENTACIÓN EXPRESA LA CONSAGRACIÓN DE JESÚS


20090201. Ángelus

Mañana celebraremos la fiesta litúrgica de la Presentación de Jesús en


el templo. Cuarenta días después del nacimiento de Jesús, María y José lo
llevaron a Jerusalén, siguiendo las prescripciones de la Ley de Moisés. En
efecto, todo primogénito, según las Escrituras, pertenecía al Señor y, por
tanto, había que rescatarlo con un sacrificio. En este acontecimiento se
manifiesta la consagración de Jesús a Dios Padre y, unida a ella, la de
María Virgen. Por eso, mi amado predecesor Juan Pablo II quiso que esta
fiesta, durante la cual muchas personas consagradas emiten o renuevan sus
votos, se convirtiera en la Jornada de la vida consagrada.

SAN PABLO, PADRE Y MAESTRO DE LOS CONSAGRADOS


20090202. Homilía. Presentación del Señor. Vida consagrada

En la tradición de la Iglesia, san Pablo siempre ha sido reconocido


como padre y maestro de quienes, llamados por el Señor, han hecho la
opción de una entrega incondicional a él y a su Evangelio. Diversos
institutos religiosos toman de san Pablo el nombre y también una
inspiración carismática específica. Se puede decir que a todos los
consagrados y las consagradas él repite una invitación clara y afectuosa:
"Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo" (1 Co 11, 1). En efecto,
¿qué es la vida consagrada sino una imitación radical de Jesús, un
"seguimiento" total de él? (cf. Mt 19, 27-28). Pues bien, en todo ello san
Pablo representa una mediación pedagógica segura: imitarlo siguiendo a
Jesús, amadísimos hermanos, es el camino privilegiado para corresponder
a fondo a vuestra vocación de especial consagración en la Iglesia.
Más aún, de su misma voz podemos conocer un estilo de vida que
expresa lo esencial de la vida consagrada inspirada en los consejos
evangélicos de pobreza, castidad y obediencia. En la vida de pobreza él ve
la garantía de un anuncio del Evangelio realizado con total gratuidad (cf. 1
Co 9, 1-23), mientras expresa, al mismo tiempo, la solidaridad concreta
con los hermanos necesitados.
Al respecto, todos conocemos la decisión de san Pablo de mantenerse
con el trabajo de sus manos y su compromiso por la colecta en favor de
22
los pobres de Jerusalén (cf. 1 Ts 2, 9; 2 Co 8-9). San Pablo es también un
apóstol que, acogiendo la llamada de Dios a la castidad, entregó su
corazón al Señor de manera indivisa, para poder servir con una libertad y
una dedicación aún mayores a sus hermanos (cf. 1 Co 7, 7; 2 Co 11, 1-2).
Además, en un mundo en el que se apreciaban poco los valores de la
castidad cristiana (cf. 1 Co 6, 12-20), ofrece una referencia de conducta
segura.
Y, por lo que se refiere a la obediencia, baste notar que el
cumplimiento de la voluntad de Dios y la "responsabilidad diaria: la
preocupación por todas las Iglesias" (2 Co 11, 28) animaron, plasmaron y
consumaron su existencia, convertida en sacrificio agradable a Dios. Todo
esto lo lleva a proclamar, como escribe a los Filipenses: "Para mí la vida
es Cristo, y la muerte, una ganancia" (Flp 1, 21).
Otro aspecto fundamental de la vida consagrada de san Pablo es la
misión. Él es todo de Jesús a fin de ser, como Jesús, de todos; más aún, a
fin de ser Jesús para todos: "Me he hecho todo a todos para salvar a toda
costa a algunos" (1 Co 9, 22). A él, tan estrechamente unido a la persona
de Cristo, le reconocemos una profunda capacidad de conjugar vida
espiritual y actividad misionera; en él esas dos dimensiones van juntas.
Así, podemos decir que pertenece a la legión de "místicos constructores",
cuya existencia es a la vez contemplativa y activa, abierta a Dios y a los
hermanos, para prestar un servicio eficaz al Evangelio.
En esta tensión místico-apostólica me complace destacar la valentía
del Apóstol ante el sacrificio al afrontar pruebas terribles, hasta el martirio
(cf. 2 Co 11, 16-33), la confianza inquebrantable basada en las palabras de
su Señor: "Te basta mi gracia, pues mi fuerza se muestra perfecta en la
flaqueza" (2 Co 12, 9). Así, su experiencia espiritual se nos muestra como
una traducción viva del misterio pascual, que investigó intensamente y
anunció como forma de vida del cristiano. San Pablo vive para, con y en
Cristo. "Estoy crucificado con Cristo, y no vivo yo, sino que es Cristo
quien vive en mí" (Ga 2, 19-20); y también: "Para mí la vida es Cristo, y
la muerte, una ganancia" (Flp 1, 21).
Esto explica por qué no se cansa de exhortar a hacer que la palabra de
Cristo habite en nosotros con toda su riqueza (cf. Col 3, 16). Esto hace
pensar en la invitación que os dirigió recientemente la instrucción sobre
"El servicio de la autoridad y la obediencia" a buscar "cada mañana el
contacto vivo y constante con la Palabra que se proclama ese día,
meditándola y guardándola en el corazón como un tesoro, convirtiéndola
en la raíz de todos sus actos y el primer criterio de sus elecciones" (n. 7:
L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 13 de junio de 2008,
p. 10).
Por tanto, espero que el Año paulino alimente aún más en vosotros el
propósito de acoger el testimonio de san Pablo, meditando cada día la
Palabra de Dios con la práctica fiel de la lectio divina, orando "con
salmos, himnos y cánticos inspirados, con gratitud" (Col 3, 16). Que él os
ayude, además, a realizar vuestro servicio apostólico en la Iglesia y con la
Iglesia con un espíritu de comunión sin reservas, comunicando a los
23
demás vuestros carismas (cf. 1 Co 14, 12) y testimoniando en primer lugar
el carisma mayor, que es la caridad (cf. 1 Co 13).
Queridos hermanos y hermanas, la liturgia de hoy nos exhorta a mirar
a la Virgen María, la "consagrada" por excelencia. San Pablo habla de ella
con una fórmula concisa pero eficaz, que pondera su grandeza y su
misión: es la "mujer", de la que, en la plenitud de los tiempos, nació el
Hijo de Dios (cf. Ga 4, 4). María es la madre que hoy en el templo
presenta el Hijo al Padre, dando continuación, también con este acto, al
"sí" pronunciado en el momento de la Anunciación. Que ella sea también
la madre que nos acompañe y sostenga a nosotros, hijos de Dios e hijos
suyos, en el cumplimiento de un servicio generoso a Dios y a los
hermanos.

JESÚS CURÓ MUCHOS ENFERMOS


20090208. Ángelus

Hoy el Evangelio (cf. Mc 1, 29-39) —en estrecha continuidad con el


domingo precedente— nos presenta a Jesús que, después de haber
predicado el sábado en la sinagoga de Cafarnaúm, curó a muchos
enfermos, comenzando por la suegra de Simón. Al entrar en su casa, la
encontró en la cama con fiebre e, inmediatamente, tomándola de la mano,
la curó e hizo que se levantara. Después de la puesta del sol, curó a una
multitud de personas afectadas por todo tipo de enfermedades. La
experiencia de la curación de los enfermos ocupó gran parte de la misión
pública de Cristo, y nos invita una vez más a reflexionar sobre el sentido y
el valor de la enfermedad en todas las situaciones en las que el ser humano
pueda encontrarse.
Aunque la enfermedad forma parte de la experiencia humana, no
logramos habituarnos a ella, no sólo porque a veces resulta
verdaderamente pesada y grave, sino fundamentalmente porque hemos
sido creados para la vida, para la vida plena. Justamente nuestro "instinto
interior" nos hace pensar en Dios como plenitud de vida, más aún, como
Vida eterna y perfecta. Cuando somos probados por el mal y nuestras
oraciones parecen vanas, surge en nosotros la duda y, angustiados, nos
preguntamos: ¿cuál es la voluntad de Dios? El Evangelio nos ofrece una
respuesta precisamente a este interrogante. Por ejemplo, en el pasaje de
hoy leemos que "Jesús curó a muchos enfermos de diversos males y
expulsó muchos demonios" (Mc 1, 34); en otro pasaje de san Mateo se
dice que "Jesús recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas,
proclamando la buena nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda
dolencia en el pueblo" (Mt 4, 23).
Jesús no deja lugar a dudas: Dios —cuyo rostro él mismo nos ha
revelado— es el Dios de la vida, que nos libra de todo mal. Los signos de
este poder suyo de amor son las curaciones que realiza: así demuestra que
el reino de Dios está cerca, devolviendo a hombres y mujeres la plena
integridad de espíritu y cuerpo. Digo que estas curaciones son signos: no
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se quedan en sí mismas, sino que guían hacia el mensaje de Cristo, nos
guían hacia Dios y nos dan a entender que la verdadera y más profunda
enfermedad del hombre es la ausencia de Dios, de la fuente de verdad y de
amor. Y sólo la reconciliación con Dios puede darnos la verdadera
curación, la verdadera vida, porque una vida sin amor y sin verdad no
sería vida. El reino de Dios es precisamente la presencia de la verdad y del
amor; y así es curación en la profundidad de nuestro ser. Por tanto, se
comprende por qué su predicación y las curaciones que realiza siempre
están unidas. En efecto, forman un único mensaje de esperanza y de
salvación.
Gracias a la acción del Espíritu Santo, la obra de Jesús se prolonga en
la misión de la Iglesia. Mediante los sacramentos es Cristo quien
comunica su vida a multitud de hermanos y hermanas, mientras cura y
conforta a innumerables enfermos a través de las numerosas actividades
de asistencia sanitaria que las comunidades cristianas promueven con
caridad fraterna, mostrando así el verdadero rostro de Dios, su amor. Es
verdad: ¡cuántos cristianos —sacerdotes, religiosos y laicos— han
prestado y siguen prestando en todas las partes del mundo sus manos, sus
ojos y su corazón a Cristo, verdadero médico de los cuerpos y de las
almas!

JESÚS CURA A UN LEPROSO


20090215. Ángelus

En estos domingos, el evangelista san Marcos ha ofrecido a nuestra


reflexión una secuencia de varias curaciones milagrosas. Hoy nos presenta
una muy singular, la de un leproso sanado (cf. Mc 1, 40-45), que se acercó
a Jesús y, de rodillas, le suplicó: "Si quieres, puedes limpiarme". Él,
compadecido, extendió la mano, lo tocó y le dijo: "Quiero: queda limpio".
Al instante se verificó la curación de aquel hombre, al que Jesús pidió que
no revelara lo sucedido y se presentara a los sacerdotes para ofrecer el
sacrificio prescrito por la ley de Moisés. Aquel leproso curado, en cambio,
no logró guardar silencio; más aún, proclamó a todos lo que le había
sucedido, de modo que, como refiere el evangelista, era cada vez mayor el
número de enfermos que acudían a Jesús de todas partes, hasta el punto de
obligarlo a quedarse fuera de las ciudades para que la gente no lo asediara.
Jesús le dijo al leproso: "Queda limpio". Según la antigua ley judía (cf.
Lv 13-14), la lepra no sólo era considerada una enfermedad, sino la más
grave forma de "impureza" ritual. Correspondía a los sacerdotes
diagnosticarla y declarar impuro al enfermo, el cual debía ser alejado de la
comunidad y estar fuera de los poblados, hasta su posible curación bien
certificada. Por eso, la lepra constituía una suerte de muerte religiosa y
civil, y su curación una especie de resurrección.
25
En la lepra se puede vislumbrar un símbolo del pecado, que es la
verdadera impureza del corazón, capaz de alejarnos de Dios. En efecto, no
es la enfermedad física de la lepra lo que nos separa de él, como preveían
las antiguas normas, sino la culpa, el mal espiritual y moral. Por eso el
salmista exclama: "Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le
han sepultado su pecado". Y después, dirigiéndose a Dios, añade: "Había
pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: "Confesaré al Señor
mi culpa", y tú perdonaste mi culpa y mi pecado" (Sal 32, 1.5).
Los pecados que cometemos nos alejan de Dios y, si no se confiesan
humildemente, confiando en la misericordia divina, llegan incluso a
producir la muerte del alma. Así pues, este milagro reviste un fuerte valor
simbólico. Como había profetizado Isaías, Jesús es el Siervo del Señor que
"cargó con nuestros sufrimientos y soportó nuestros dolores" (Is 53, 4). En
su pasión llegó a ser como un leproso, hecho impuro por nuestros pecados,
separado de Dios: todo esto lo hizo por amor, para obtenernos la
reconciliación, el perdón y la salvación.
En el sacramento de la Penitencia Cristo crucificado y resucitado,
mediante sus ministros, nos purifica con su misericordia infinita, nos
restituye la comunión con el Padre celestial y con los hermanos, y nos da
su amor, su alegría y su paz.
Queridos hermanos y hermanas, invoquemos a la Virgen María, a
quien Dios preservó de toda mancha de pecado, para que nos ayude a
evitar el pecado y a acudir con frecuencia al sacramento de la Confesión,
el sacramento del perdón, cuyo valor e importancia para nuestra vida
cristiana hoy debemos redescubrir aún más.

LA FORMACIÓN SACERDOTAL EN AMÉRICA LATINA


20090220. Discurso. Pontificia Comisión para América Latina

Cuando presenté un balance de mi viaje apostólico a Brasil ante los


miembros de la Curia Romana, me preguntaba: «¿Hizo bien Aparecida,
buscando la vida para el mundo, en dar prioridad al discipulado de
Jesucristo y a la evangelización? ¿Era una retirada equivocada hacia la
interioridad?» A ello respondía con toda certeza: «No. Aparecida decidió
lo correcto, precisamente porque mediante el nuevo encuentro con
Jesucristo y su Evangelio, y sólo así, se suscitan las fuerzas que nos
capacitan para dar la respuesta adecuada a los desafíos de nuestro tiempo»
(Discurso a la Curia romana, 21 diciembre 2007). Sigue siendo
fundamental ese encuentro personal con el Señor, alimentado por la
escucha de su Palabra y la participación en la Eucaristía, así como la
necesidad de transmitir con gran entusiasmo nuestra propia experiencia de
Cristo.
Para todos nosotros, el seminario fue un tiempo decisivo de
discernimiento y preparación. Allí, en diálogo profundo con Cristo, se fue
fortaleciendo nuestro deseo de enraizarnos hondamente en Él. En aquellos
años, aprendimos a sentirnos en la Iglesia como en nuestra propia casa,
26
acompañados de María, la Madre de Jesús y amantísima Madre nuestra,
obediente siempre a la voluntad de Dios. Por eso me complace que esta
Asamblea Plenaria haya dedicado su atención a la situación actual de los
Seminarios en Latinoamérica.
Para lograr presbíteros según el corazón de Cristo, se ha de poner la
confianza en la acción del Espíritu Santo, más que en estrategias y
cálculos humanos, y pedir con gran fe al Señor, «Dueño de la mies», que
envíe numerosas y santas vocaciones al sacerdocio (cf. Lc 10,2), uniendo
siempre a esta súplica el afecto y la cercanía a quienes están en el
seminario con vistas a las sagradas órdenes. Por otro lado, la necesidad de
sacerdotes para afrontar los retos del mundo de hoy, no debe inducir al
abandono de un esmerado discernimiento de los candidatos, ni a descuidar
las exigencias necesarias, incluso rigurosas, para que su proceso formativo
ayude a hacer de ellos sacerdotes ejemplares.
Hoy más que nunca, es preciso que los seminaristas, con recta
intención y al margen de cualquier otro interés, aspiren al sacerdocio
movidos únicamente por la voluntad de ser auténticos discípulos y
misioneros de Jesucristo que, en comunión con sus Obispos, lo hagan
presente con su ministerio y su testimonio de vida. Para ello es de suma
importancia que se cuide atentamente su formación humana, espiritual,
intelectual y pastoral, así como la adecuada elección de sus formadores y
profesores, que han de distinguirse por su capacitación académica, su
espíritu sacerdotal y su fidelidad a la Iglesia, de modo que sepan inculcar
en los jóvenes lo que el Pueblo de Dios necesita y espera de sus pastores.

LECTIO DIVINA: HABÉIS SIDO LLAMADOS A LA LIBERTAD


20090220. Discurso. Encuentro con el Seminario Romano Mayor

Para mí siempre es una gran alegría estar en mi Seminario, ver a los


futuros sacerdotes de mi diócesis, estar con vosotros en el signo de
Nuestra Señora de la Confianza. Con ella, que nos ayuda, nos acompaña y
nos da realmente la certeza de contar siempre con la ayuda de la gracia
divina, seguimos adelante.
Veamos ahora qué nos dice san Pablo con este texto: "Habéis sido
llamados a la libertad" (Ga 5, 13). En todas las épocas, desde los
comienzos pero de modo especial en la época moderna, la libertad ha sido
el gran sueño de la humanidad. Sabemos que Lutero se inspiró en este
texto de la carta a los Gálatas; y la conclusión fue que la Regla
monástica, la jerarquía, el magisterio le parecieron un yugo de esclavitud
del que era necesario librarse. Sucesivamente, el período de la Ilustración
estuvo totalmente dominado, penetrado por este deseo de libertad, que se
pensaba haber alcanzado ya. Y también el marxismo se presentó como
camino hacia la libertad.
27
Esta tarde nos preguntamos: ¿Qué es la libertad? ¿Cómo podemos ser
libres? San Pablo nos ayuda a entender esta realidad complicada que es la
libertad insertando este concepto en un contexto de concepciones
antropológicas y teológicas fundamentales. Dice: "No toméis de esa
libertad pretexto para la carne; antes al contrario, servíos por caridad los
unos a los otros" (Ga 5, 13). El rector nos ha dicho ya que "carne" no es el
cuerpo, sino que "carne", en el lenguaje de san Pablo, es expresión de la
absolutización del yo, del yo que quiere serlo todo y tomarlo todo para sí.
El yo absoluto, que no depende de nada ni de nadie, parece poseer
realmente, en definitiva, la libertad. Soy libre si no dependo de nadie, si
puedo hacer todo lo que quiero. Y precisamente esta absolutización del yo
es "carne", es decir, degradación del hombre; no es conquista de la
libertad. El libertinaje no es libertad, sino más bien el fracaso de la
libertad.
Y san Pablo se atreve a proponer una fuerte paradoja: "Servíos por
caridad los unos a los otros" (en griego douléuete); es decir, la libertad se
realiza paradójicamente mediante el servicio; llegamos a ser libres si nos
convertimos en siervos unos de otros. Así san Pablo pone todo el
problema de la libertad a la luz de la verdad del hombre. Reducirse a la
carne, aparentemente elevándose al rango de divinidad -"Sólo yo soy el
hombre"- introduce en la mentira. Porque en realidad no es así: el hombre
no es un absoluto, como si el yo pudiera aislarse y comportarse sólo según
su propia voluntad. Esto va contra la verdad de nuestro ser. Nuestra verdad
es que, ante todo, somos criaturas, criaturas de Dios y vivimos en relación
con el Creador. Somos seres relacionales, y sólo entramos en la verdad
aceptando nuestra relacionalidad; de lo contrario, caemos en la mentira y
en ella, al final, nos destruimos.
Somos criaturas y, por tanto, dependemos del Creador. En la época de
la Ilustración, sobre todo al ateísmo esto le parecía una dependencia de la
que era necesario liberarse. Sin embargo, en realidad, esta dependencia
sólo sería fatal si este Dios Creador fuera un tirano, no un Ser bueno; sólo
si fuera como los tiranos humanos. En cambio, si este Creador nos ama y
nuestra dependencia es estar en el espacio de su amor, en este caso la
dependencia es precisamente libertad. En efecto, de este modo nos
encontramos en la caridad del Creador, estamos unidos a él, a toda su
realidad, a todo su poder. Por tanto este es el primer punto: ser criatura
quiere decir ser amados por el Creador, estar en esta relación de amor que
él nos da, con la que nos previene. De ahí deriva ante todo nuestra verdad,
que es al mismo tiempo una llamada a la caridad.
Por eso, ver a Dios, orientarse a Dios, conocer a Dios, conocer la
voluntad de Dios, insertarse en la voluntad, es decir, en el amor de Dios es
entrar cada vez más en el espacio de la verdad. Y este camino del
conocimiento de Dios, de la relación de amor con Dios, es la aventura
extraordinaria de nuestra vida cristiana: porque en Cristo conocemos el
rostro de Dios, el rostro de Dios que nos ama hasta la cruz, hasta el don
de sí mismo.
28
Pero la relacionalidad propia de las criaturas implica también un
segundo tipo de relación: estamos en relación con Dios, pero al mismo
tiempo, como familia humana, también estamos en relación unos con
otros. En otras palabras, libertad humana es, por una parte, estar en la
alegría y en el espacio amplio del amor de Dios, pero implica también ser
uno con el otro y para el otro. No hay libertad contra el otro. Si yo me
absolutizo, me convierto en enemigo del otro; ya no podemos convivir y
toda la vida se transforma en crueldad, en fracaso. Sólo una libertad
compartida es una libertad humana; sólo estando juntos podemos entrar en
la sinfonía de la libertad.
Así pues, este es otro punto de gran importancia: sólo aceptando al
otro, sólo aceptando también la aparente limitación que supone para mi
libertad respetar la libertad del otro, sólo insertándome en la red de
dependencias que nos convierte, en definitiva, en una sola familia
humana, estoy en camino hacia la liberación común.
Aquí aparece un elemento muy importante: ¿Cuál es la medida de
compartir la libertad? Vemos que el hombre necesita orden, derecho, para
que se pueda realizar su libertad, que es una libertad vivida en común. ¿Y
cómo podemos encontrar este orden justo, en el que nadie sea oprimido,
sino que cada uno pueda dar su propia contribución para formar esta
especie de concierto de las libertades? Si no hay una verdad común del
hombre como aparece en la visión de Dios, queda sólo el positivismo y se
tiene la impresión de algo impuesto, incluso de manera violenta. De ahí
esta rebelión contra el orden y el derecho, como si se tratara de una
esclavitud.
Pero si podemos encontrar en nuestra naturaleza el orden del Creador,
el orden de la verdad, que da a cada uno su sitio, precisamente el orden y
el derecho pueden ser instrumentos de libertad contra la esclavitud del
egoísmo. Servirnos unos a otros se convierte en instrumento de la libertad;
y aquí podemos insertar toda una filosofía de la política según la doctrina
social de la Iglesia, la cual nos ayuda a encontrar este orden común que da
a cada uno su lugar en la vida común de la humanidad. La primera
realidad que hay que respetar es, por tanto, la verdad: la libertad contra la
verdad no es libertad. Servirnos unos a otros crea el espacio común de la
libertad.
Y luego san Pablo prosigue diciendo: "Toda la ley alcanza su plenitud
en este solo precepto: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo"" (Ga 5,
14). En esta afirmación aparece el misterio del Dios encarnado, aparece el
misterio de Cristo que en su vida, en su muerte, en su resurrección se
convierte en la ley viviente. Inmediatamente, las primeras palabras de
nuestra lectura -"Habéis sido llamados a la libertad"- aluden a este
misterio. Hemos sido llamados por el Evangelio, hemos sido llamados
realmente en el Bautismo, en la participación en la muerte y la
resurrección de Cristo, y de esta forma hemos pasado de la "carne", del
egoísmo, a la comunión con Cristo. Así estamos en la plenitud de la ley.
Probablemente todos conocéis las hermosas palabras de san Agustín:
"Dilige et fac quod vis", "Ama y haz lo que quieras". Lo que dice san
29
Agustín es verdad, si entendemos bien la palabra "amor". "Ama y haz lo
que quieras", pero debemos estar realmente penetrados de la comunión
con Cristo, debemos estar identificados con su muerte y su resurrección,
debemos estar unidos a él en la comunión de su Cuerpo. En la
participación de los sacramentos, en la escucha de la Palabra de Dios, la
voluntad divina, la ley divina entra realmente en nuestra voluntad; nuestra
voluntad se identifica con la suya; se convierten en una sola voluntad;
así realmente somos libres, así en realidad podemos hacer lo que
queramos, porque queremos con Cristo, queremos en la verdad y con la
verdad.
Por tanto, pidamos al Señor que nos ayude en este camino que
comenzó con el Bautismo, un camino de identificación con Cristo que se
realiza siempre, continuamente, en la Eucaristía. En la Plegaria eucarística
III decimos: "Para que (...) formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo
espíritu". Es un momento en el cual, a través de la Eucaristía y a través de
nuestra verdadera participación en el misterio de la muerte y de la
resurrección de Cristo, formamos un solo espíritu con él, nos
identificamos con su voluntad, y así llegamos realmente a la libertad.
Detrás de las palabras "La ley está cumplida", detrás de estas palabras
que se hacen realidad en la comunión con Cristo, aparecen juntamente con
el Señor todas las figuras de los santos que han entrado en esta comunión
con Cristo, en esta unidad del ser, en esta unidad con su voluntad.
Aparece, sobre todo, la Virgen, en su humildad, en su bondad, en su amor.
La Virgen nos da esta confianza, nos toma de la mano, nos guía, nos
ayuda en el camino para unirnos a la voluntad de Dios, como ella lo hizo
desde el primer momento, expresando esta unión en su "fiat".
Y, por último, después de estas cosas hermosas, una vez más en la
carta se alude a la situación un poco triste de la comunidad de los Gálatas,
cuando san Pablo dice: "Si os mordéis y os devoráis mutuamente, al
menos no os destruyáis del todo unos a otros... Caminad según el Espíritu"
(Ga 5, 15-16). Me parece que en esta comunidad, que ya no estaba en el
camino de la comunión con Cristo, sino en el de la ley exterior de la
"carne", emergen naturalmente también las polémicas y san Pablo dice:
"Os convertís en fieras; uno muerde al otro". Así alude a las polémicas que
nacen donde la fe degenera en intelectualismo y la humildad se sustituye
con la arrogancia de creerse mejores que los demás.
Vemos cómo también hoy suceden cosas parecidas donde, en lugar de
insertarse en la comunión con Cristo, en el Cuerpo de Cristo que es la
Iglesia, cada uno quiere ser superior al otro y con arrogancia intelectual
quiere hacer creer que él es mejor. Así nacen las polémicas, que son
destructivas; así nace una caricatura de la Iglesia, que
debería ser una sola alma y un solo corazón. En esta advertencia de san
Pablo debemos encontrar también hoy un motivo de examen de
conciencia: no debemos creernos superiores a los demás; debemos tener
la humildad de Cristo, la humildad de la Virgen; debemos entrar en la
obediencia de la fe. Precisamente así se abre realmente, también para
nosotros, el gran espacio de la verdad y de la libertad en el amor.
30
Por último, demos gracias a Dios porque nos ha mostrado su rostro en
Cristo, nos ha dado a la Virgen, nos ha dado a los santos, nos ha llamado a
ser un solo cuerpo, un solo espíritu con él. Y pidámosle que nos ayude a
insertarnos cada vez más en esta comunión con su voluntad, para
encontrar así, con la libertad, el amor y la alegría.

EL HOMBRE SIEMPRE SERÁ MUCHO MÁS


20090221. Discurso. Academia Pontificia para la Vida

Desde que, a mediados del siglo XIX, el abad agustino Gregor


Mendel, descubrió las leyes de la herencia de los caracteres, hasta el punto
de que se le ha considerado el fundador de la genética, esta ciencia ha
dado pasos gigantescos en la comprensión del lenguaje que está en la base
de la información biológica y que determina el desarrollo de un ser vivo.
Por este motivo, la genética moderna desempeña un papel de particular
importancia dentro de las disciplinas biológicas que han contribuido al
prodigioso desarrollo de los conocimientos sobre la arquitectura invisible
del cuerpo humano y los procesos celulares y moleculares que presiden
sus múltiples actividades.
Hoy la ciencia ha llegado a desvelar tanto los diferentes mecanismos
recónditos de la fisiología humana, como los procesos que están
vinculados a la aparición de algunos defectos heredables de los padres, así
como procesos que hacen que algunas personas queden más expuestas al
riesgo de contraer una enfermedad. Estos conocimientos, fruto del ingenio
y del esfuerzo de innumerables estudiosos, permiten llegar más fácilmente
no sólo a un diagnóstico más eficaz y precoz de las enfermedades
genéticas, sino también a producir terapias destinadas a aliviar los
sufrimientos de los enfermos y, en algunos casos, incluso a devolverles la
esperanza de recobrar la salud. Además, desde que se dispone de la
secuencia de todo el genoma humano, también las diferencias entre un
sujeto y otro, y entre las diversas poblaciones humanas, se han convertido
en objeto de investigaciones genéticas que permiten vislumbrar la
posibilidad de nuevas conquistas.
El ámbito de la investigación sigue estando hoy muy abierto y cada día
se descubren nuevos horizontes, que en gran parte están inexplorados. El
esfuerzo del investigador en estos ámbitos tan enigmáticos y valiosos
exige un apoyo particular; por eso, la colaboración entre las diferentes
ciencias es un apoyo que no puede faltar nunca para llegar a resultados
que sean eficaces y al mismo tiempo produzcan un auténtico progreso
para toda la humanidad. Esta complementariedad permite evitar el riesgo
de un reduccionismo genético generalizado, que tiende a identificar a la
persona exclusivamente con la referencia a la información genética y a su
interacción con el ambiente.
Es necesario reafirmar que el hombre siempre será más grande que
todo lo que forma su cuerpo, pues posee la fuerza del pensamiento, que
siempre tiende a la verdad sobre sí mismo y sobre el mundo. Se
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demuestran llenas de significado las palabras de un gran pensador que fue
también un buen científico, Blas Pascal: "El hombre no es más que una
caña, la más débil de la naturaleza, pero es una caña pensante. No hace
falta que el universo entero se arme para aplastarlo: un vapor, una gota de
agua bastan para matarlo. Pero, aun cuando el universo lo aplastara, el
hombre sería todavía más noble que lo que lo mata, porque sabe que
muere y lo que el universo tiene de ventaja sobre él; el universo no sabe
nada de esto" (Pensamientos, 347).
Así pues, cada ser humano es mucho más que una singular
combinación de informaciones genéticas que le transmiten sus padres. La
procreación de un hombre no podrá reducirse nunca a una mera
reproducción de un nuevo individuo de la especie humana, como sucede
con un animal cualquiera. Cada vez que aparece en el mundo una persona,
se trata siempre de una nueva creación. Lo recuerdan con profunda
sabiduría las palabras del Salmo: "Tú has creado mis entrañas, me has
tejido en el seno materno. (...) No desconocías mis huesos cuando, en lo
oculto, me iba formando" (Sal 139, 13.15). Por tanto, si se quiere entrar en
el misterio de la vida humana, es necesario que ninguna ciencia se aísle,
pretendiendo que posee la última palabra. Por el contrario, hay que
compartir la vocación común para llegar a la verdad, aun con la diferencia
de las metodologías y de los contenidos propios de cada ciencia.
En cualquier caso, vuestro congreso no sólo analiza los grandes
desafíos que la genética debe afrontar; también estudia los riesgos de la
eugenesia, práctica que ciertamente no es nueva y que en el pasado ha
llevado a aplicar formas inauditas de auténtica discriminación y violencia.
La desaprobación de la eugenesia utilizada con la violencia por un
régimen estatal, o fruto del odio hacia una estirpe o una población, está tan
profundamente arraigada en las conciencias que quedó registrada
formalmente en la Declaración universal de derechos humanos. A pesar
de ello, en nuestros días siguen apareciendo manifestaciones preocupantes
de esta odiosa práctica, que se presenta con rasgos diversos. Es verdad que
no se vuelven a proponer ideologías eugenésicas y raciales que en el
pasado humillaron al hombre y provocaron enormes sufrimientos, pero se
insinúa una nueva mentalidad que tiende a justificar una consideración
diferente de la vida y de la dignidad de la persona fundada en el propio
deseo y en el derecho individual. De este modo, se tiende a privilegiar las
capacidades operativas, la eficiencia, la perfección y la belleza física, en
detrimento de otras dimensiones de la existencia que no se consideran
dignas. Así se debilita el respeto que se debe a todo ser humano, incluso
en presencia de un defecto en su desarrollo o de una enfermedad genética,
que podrá manifestarse en el transcurso de su vida, y se penaliza desde la
concepción a aquellos hijos cuya vida no se considera digna de vivirse.
Es necesario reafirmar que toda discriminación ejercida por cualquier
poder con respecto a personas, pueblos o etnias basándose en diferencias
debidas a reales o presuntos factores genéticos, es un atentado contra la
humanidad entera. Hay que reafirmar con fuerza que todo ser humano
tiene igual dignidad por el hecho mismo de haber llegado a la vida. El
32
desarrollo biológico, psíquico y cultural, o el estado de salud, no pueden
convertirse nunca en un elemento de discriminación. Por el contrario, es
preciso consolidar la cultura de la acogida y del amor, que testimonian
concretamente la solidaridad con quien sufre, derribando las barreras que
la sociedad levanta con frecuencia discriminando a quien tiene una
discapacidad o sufre patologías, o peor aún, llegando a la selección y al
rechazo de la vida en nombre de un ideal abstracto de salud y de
perfección física. Si se reduce al hombre a objeto de manipulación
experimental desde las primeras fases de su desarrollo, eso significa que
las biotecnologías médicas se rinden al arbitrio del más fuerte. La
confianza en la ciencia no puede hacer olvidar el primado de la ética
cuando está en juego la vida humana.

JÓVENES: LA GRAN ESPERANZA ESTÁ EN CRISTO


20090222. Mensaje. XXIV JMJ

La juventud, tiempo de esperanza


En Sydney, nuestra atención se centró en lo que el Espíritu Santo dice
hoy a los creyentes y, concretamente a vosotros, queridos jóvenes. Durante
la Santa Misa final os exhorté a dejaros plasmar por Él para ser
mensajeros del amor divino, capaces de construir un futuro de esperanza
para toda la humanidad. Verdaderamente, la cuestión de la esperanza está
en el centro de nuestra vida de seres humanos y de nuestra misión de
cristianos, sobre todo en la época contemporánea. Todos advertimos la
necesidad de esperanza, pero no de cualquier esperanza, sino de una
esperanza firme y creíble, como he subrayado en la Encíclica Spe salvi. La
juventud, en particular, es tiempo de esperanzas, porque mira hacia el
futuro con diversas expectativas. Cuando se es joven se alimentan ideales,
sueños y proyectos; la juventud es el tiempo en el que maduran opciones
decisivas para el resto de la vida. Y tal vez por esto es la etapa de la
existencia en la que afloran con fuerza las preguntas de fondo: ¿Por qué
estoy en el mundo? ¿Qué sentido tiene vivir? ¿Qué será de mi vida? Y
también, ¿cómo alcanzar la felicidad? ¿Por qué el sufrimiento, la
enfermedad y la muerte? ¿Qué hay más allá de la muerte? Preguntas que
son apremiantes cuando nos tenemos que medir con obstáculos que a
veces parecen insuperables: dificultades en los estudios, falta de trabajo,
incomprensiones en la familia, crisis en las relaciones de amistad y en la
construcción de un proyecto de pareja, enfermedades o incapacidades,
carencia de recursos adecuados a causa de la actual y generalizada crisis
económica y social. Nos preguntamos entonces: ¿Dónde encontrar y cómo
mantener viva en el corazón la llama de la esperanza?
En búsqueda de la «gran esperanza»
La experiencia demuestra que las cualidades personales y los bienes
materiales no son suficientes para asegurar esa esperanza que el ánimo
humano busca constantemente. Como he escrito en la citada Encíclica Spe
salvi, la política, la ciencia, la técnica, la economía o cualquier otro
33
recurso material por sí solos no son suficientes para ofrecer la gran
esperanza a la que todos aspiramos. Esta esperanza «sólo puede ser Dios,
que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por
sí solos no podemos alcanzar» (n. 31). Por eso, una de las consecuencias
principales del olvido de Dios es la desorientación que caracteriza nuestras
sociedades, que se manifiesta en la soledad y la violencia, en la
insatisfacción y en la pérdida de confianza, llegando incluso a la
desesperación. Fuerte y clara es la llamada que nos llega de la Palabra de
Dios: «Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza,
apartando su corazón del Señor. Será como un cardo en la estepa, no verá
llegar el bien» (Jr 17,5-6).
La crisis de esperanza afecta más fácilmente a las nuevas generaciones
que, en contextos socio-culturales faltos de certezas, de valores y puntos
de referencia sólidos, tienen que afrontar dificultades que parecen
superiores a sus fuerzas. Pienso, queridos jóvenes amigos, en tantos
coetáneos vuestros heridos por la vida, condicionados por una inmadurez
personal que es frecuentemente consecuencia de un vacío familiar, de
opciones educativas permisivas y libertarias, y de experiencias negativas y
traumáticas. Para algunos –y desgraciadamente no pocos–, la única salida
posible es una huída alienante hacia comportamientos peligrosos y
violentos, hacia la dependencia de drogas y alcohol, y hacia tantas otras
formas de malestar juvenil. A pesar de todo, incluso en aquellos que se
encuentran en situaciones penosas por haber seguido los consejos de
«malos maestros», no se apaga el deseo del verdadero amor y de la
auténtica felicidad. Pero ¿cómo anunciar la esperanza a estos jóvenes?
Sabemos que el ser humano encuentra su verdadera realización sólo en
Dios. Por tanto, el primer compromiso que nos atañe a todos es el de una
nueva evangelización, que ayude a las nuevas generaciones a descubrir el
rostro auténtico de Dios, que es Amor. A vosotros, queridos jóvenes, que
buscáis una esperanza firme, os digo las mismas palabras que san Pablo
dirigía a los cristianos perseguidos en la Roma de entonces: «El Dios de la
esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra fe, hasta rebosar de
esperanza por la fuerza del Espíritu Santo» (Rm 15,13). Durante este año
jubilar dedicado al Apóstol de las gentes, con ocasión del segundo milenio
de su nacimiento, aprendamos de él a ser testigos creíbles de la esperanza
cristiana.
San Pablo, testigo de la esperanza
Cuando se encontraba en medio de dificultades y pruebas de distinto
tipo, Pablo escribía a su fiel discípulo Timoteo: «Hemos puesto nuestra
esperanza en el Dios vivo» (1 Tm 4,10). ¿Cómo había nacido en él esta
esperanza? Para responder a esta pregunta hemos de partir de su encuentro
con Jesús resucitado en el camino de Damasco. En aquel momento, Pablo
era un joven como vosotros, de unos veinte o veinticinco años, observante
de la ley de Moisés y decidido a combatir con todas sus fuerzas, incluso
con el homicidio, contra quienes él consideraba enemigos de Dios (cf.
Hch 9,1). Mientras iba a Damasco para arrestar a los seguidores de Cristo,
una luz misteriosa lo deslumbró y sintió que alguien lo llamaba por su
34
nombre: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». Cayendo a tierra,
preguntó: «¿Quién eres, Señor?». Y aquella voz respondió: «Yo soy Jesús,
a quien tú persigues» (cf. Hch 9,3-5). Después de aquel encuentro, la vida
de Pablo cambió radicalmente: recibió el bautismo y se convirtió en
apóstol del Evangelio. En el camino de Damasco fue transformado
interiormente por el Amor divino que había encontrado en la persona de
Jesucristo. Un día llegará a escribir: «Mientras vivo en esta carne, vivo de
la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí» (Ga 2,20).
De perseguidor se transformó en testigo y misionero; fundó comunidades
cristianas en Asia Menor y en Grecia, recorriendo miles de kilómetros y
afrontando todo tipo de vicisitudes, hasta el martirio en Roma. Todo por
amor a Cristo.
La gran esperanza está en Cristo
Para Pablo, la esperanza no es sólo un ideal o un sentimiento, sino una
persona viva: Jesucristo, el Hijo de Dios. Impregnado en lo más profundo
por esta certeza, podrá decir a Timoteo: «Hemos puesto nuestra esperanza
en el Dios vivo» (1 Tm 4,10). El «Dios vivo» es Cristo resucitado y
presente en el mundo. Él es la verdadera esperanza: Cristo que vive con
nosotros y en nosotros y que nos llama a participar de su misma vida
eterna. Si no estamos solos, si Él está con nosotros, es más, si Él es
nuestro presente y nuestro futuro, ¿por qué temer? La esperanza del
cristiano consiste por tanto en aspirar «al Reino de los cielos y a la vida
eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas
de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la
gracia del Espíritu Santo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1817).
El camino hacia la gran esperanza
Jesús, del mismo modo que un día encontró al joven Pablo, quiere
encontrarse con cada uno de vosotros, queridos jóvenes. Sí, antes que un
deseo nuestro, este encuentro es un deseo ardiente de Cristo. Pero alguno
de vosotros me podría preguntar: ¿Cómo puedo encontrarlo yo, hoy? O
más bien, ¿de qué forma Él viene hacia mí? La Iglesia nos enseña que el
deseo de encontrar al Señor es ya fruto de su gracia. Cuando en la oración
expresamos nuestra fe, incluso en la oscuridad lo encontramos, porque Él
se nos ofrece. La oración perseverante abre el corazón para acogerlo,
como explica san Agustín: «Nuestro Dios y Señor […] pretende ejercitar
con la oración nuestros deseos, y así prepara la capacidad para recibir lo
que nos ha de dar» (Carta 130,8,17). La oración es don del Espíritu que
nos hace hombres y mujeres de esperanza, y rezar mantiene el mundo
abierto a Dios (cf. Enc. Spe salvi, 34).
Dad espacio en vuestra vida a la oración. Está bien rezar solos, pero es
más hermoso y fructuoso rezar juntos, porque el Señor nos ha asegurado
su presencia cuando dos o tres se reúnen en su nombre (cf. Mt 18,20). Hay
muchas formas para familiarizarse con Él; hay experiencias, grupos y
movimientos, encuentros e itinerarios para aprender a rezar y de esta
forma crecer en la experiencia de fe. Participad en la liturgia en vuestras
parroquias y alimentaos abundantemente de la Palabra de Dios y de la
participación activa en los sacramentos. Como sabéis, culmen y centro de
35
la existencia y de la misión de todo creyente y de cada comunidad
cristiana es la Eucaristía, sacramento de salvación en el que Cristo se hace
presente y ofrece como alimento espiritual su mismo Cuerpo y Sangre
para la vida eterna. ¡Misterio realmente inefable! Alrededor de la
Eucaristía nace y crece la Iglesia, la gran familia de los cristianos, en la
que se entra con el Bautismo y en la que nos renovamos constantemente
por al sacramento de la Reconciliación. Los bautizados, además, reciben
mediante la Confirmación la fuerza del Espíritu Santo para vivir como
auténticos amigos y testigos de Cristo, mientras que los sacramentos del
Orden y del Matrimonio los hacen aptos para realizar sus tareas
apostólicas en la Iglesia y en el mundo. La Unción de los enfermos, por
último, nos hace experimentar el consuelo divino en la enfermedad y en el
sufrimiento.
Actuar según la esperanza cristiana
Si os alimentáis de Cristo, queridos jóvenes, y vivís inmersos en Él
como el apóstol Pablo, no podréis por menos que hablar de Él, y haréis lo
posible para que vuestros amigos y coetáneos lo conozcan y lo amen.
Convertidos en sus fieles discípulos, estaréis preparados para contribuir a
formar comunidades cristianas impregnadas de amor como aquellas de las
que habla el libro de los Hechos de los Apóstoles. La Iglesia cuenta con
vosotros para esta misión exigente. Que no os hagan retroceder las
dificultades y las pruebas que encontréis. Sed pacientes y perseverantes,
venciendo la natural tendencia de los jóvenes a la prisa, a querer obtener
todo y de inmediato.
Queridos amigos, como Pablo, sed testigos del Resucitado. Dadlo a
conocer a quienes, jóvenes o adultos, están en busca de la «gran
esperanza» que dé sentido a su existencia. Si Jesús se ha convertido en
vuestra esperanza, comunicadlo con vuestro gozo y vuestro compromiso
espiritual, apostólico y social. Alcanzados por Cristo, después de haber
puesto en Él vuestra fe y de haberle dado vuestra confianza, difundid esta
esperanza a vuestro alrededor. Tomad opciones que manifiesten vuestra fe;
haced ver que habéis entendido las insidias de la idolatría del dinero, de
los bienes materiales, de la carrera y el éxito, y no os dejéis atraer por
estas falsas ilusiones. No cedáis a la lógica del interés egoísta; por el
contrario, cultivad el amor al prójimo y haced el esfuerzo de poneros
vosotros mismos, con vuestras capacidades humanas y profesionales al
servicio del bien común y de la verdad, siempre dispuestos a dar respuesta
«a todo el que os pida razón de vuestra esperanza» (1 P 3,15). El auténtico
cristiano nunca está triste, aun cuando tenga que afrontar pruebas de
distinto tipo, porque la presencia de Jesús es el secreto de su gozo y de su
paz.
María, Madre de la esperanza
San Pablo es para vosotros un modelo de este itinerario de vida
apostólica. Él alimentó su vida de fe y esperanza constantes, siguiendo el
ejemplo de Abraham, del cual escribió en la Carta a los Romanos:
«Creyó, contra toda esperanza, que llegaría a ser padre de muchas
naciones» (4,18). Sobre estas mismas huellas del pueblo de la esperanza –
36
formado por los profetas y por los santos de todos los tiempos– nosotros
continuamos avanzando hacia la realización del Reino, y en nuestro
camino espiritual nos acompaña la Virgen María, Madre de la Esperanza.
Ella, que encarnó la esperanza de Israel, que donó al mundo el Salvador y
permaneció, firme en la esperanza, al pie de la cruz, es para nosotros
modelo y apoyo. Sobre todo, María intercede por nosotros y nos guía en la
oscuridad de nuestras dificultades hacia el alba radiante del encuentro con
el Resucitado. Quisiera concluir este mensaje, queridos jóvenes amigos,
haciendo mía una bella y conocida exhortación de San Bernardo inspirada
en el título de María Stella maris, Estrella del mar: «Cualquiera que seas
el que en la impetuosa corriente de este siglo te miras, fluctuando entre
borrascas y tempestades más que andando por tierra, ¡no apartes los ojos
del resplandor de esta estrella, si quieres no ser oprimido de las borrascas!
Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas con los escollos
de las tribulaciones, mira a la estrella, llama a María... En los peligros, en
las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María... Siguiéndola,
no te desviarás; rogándole, no desesperarás; pensando en ella, no te
perderás. Si ella te tiene de la mano no caerás; si te protege, nada tendrás
que temer; no te fatigarás si es tu guía; llegarás felizmente al puerto si ella
te es propicia» (Homilías en alabanza de la Virgen Madre, 2,17).
María, Estrella del mar, guía a los jóvenes de todo el mundo al
encuentro con tu divino Hijo Jesús, y sé tú la celeste guardiana de su
fidelidad al Evangelio y de su esperanza.

LA FIESTA DE LA CÁTEDRA DE SAN PEDRO


20090222. Ángelus

Este domingo se celebra también la fiesta de la Cátedra de san Pedro,


importante conmemoración litúrgica que pone de relieve el ministerio del
Sucesor del Príncipe de los Apóstoles. La Cátedra de Pedro simboliza la
autoridad del Obispo de Roma, llamado a desempeñar un servicio peculiar
a todo el pueblo de Dios. En efecto, inmediatamente después del martirio
de san Pedro y san Pablo, a la Iglesia de Roma se le reconoció el papel de
primacía en toda la comunidad católica, papel ya atestiguado al inicio del
siglo II por san Ignacio de Antioquía (A los Romanos, pref.: Funk I, 252)
y por san Ireneo de Lyon (Contra las herejías, III, 3, 2-3). Este ministerio
singular y específico del Obispo de Roma fue reafirmado por el concilio
Vaticano II. "Dentro de la comunión eclesial —leemos en la constitución
dogmática sobre la Iglesia—, existen legítimamente las Iglesias
particulares con sus propias tradiciones, sin quitar nada al primado de la
Sede de Pedro. Esta preside toda la comunidad de amor (cf. san Ignacio de
Antioquía, Ad Rom., pref.), defiende las diferencias legítimas y al mismo
tiempo se preocupa de que las particularidades no sólo no perjudiquen a la
unidad, sino que más bien la favorezcan" (Lumen gentium, 13).

EL SENTIDO DEL AYUNO


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20081211. Mensaje para la cuaresma 2009

"Jesús, después de hacer un ayuno durante cuarenta días


y cuarenta noches, al fin sintió hambre" (Mt 4,2)

Al comenzar la Cuaresma, un tiempo que constituye un camino de


preparación espiritual más intenso, la Liturgia nos vuelve a proponer tres
prácticas penitenciales a las que la tradición bíblica cristiana confiere un
gran valor —la oración, el ayuno y la limosna— para disponernos a
celebrar mejor la Pascua y, de este modo, hacer experiencia del poder de
Dios que, como escucharemos en la Vigilia pascual, “ahuyenta los
pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los
tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos”
(Pregón pascual). En mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, este año deseo
detenerme a reflexionar especialmente sobre el valor y el sentido del
ayuno. En efecto, la Cuaresma nos recuerda los cuarenta días de ayuno
que el Señor vivió en el desierto antes de emprender su misión pública.
Leemos en el Evangelio: “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para
ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno durante cuarenta
días y cuarenta noches, al fin sintió hambre” (Mt 4,1-2). Al igual que
Moisés antes de recibir las Tablas de la Ley (cfr. Ex 34, 8), o que Elías
antes de encontrar al Señor en el monte Horeb (cfr. 1R 19,8), Jesús orando
y ayunando se preparó a su misión, cuyo inicio fue un duro
enfrentamiento con el tentador.
Podemos preguntarnos qué valor y qué sentido tiene para nosotros, los
cristianos, privarnos de algo que en sí mismo sería bueno y útil para
nuestro sustento. Las Sagradas Escrituras y toda la tradición cristiana
enseñan que el ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y todo lo
que induce a él. Por esto, en la historia de la salvación encontramos en
más de una ocasión la invitación a ayunar. Ya en las primeras páginas de la
Sagrada Escritura el Señor impone al hombre que se abstenga de consumir
el fruto prohibido: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del
árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que
comieres de él, morirás sin remedio” (Gn 2, 16-17). Comentando la orden
divina, San Basilio observa que “el ayuno ya existía en el paraíso”, y “la
primera orden en este sentido fue dada a Adán”. Por lo tanto, concluye:
“El ‘no debes comer’ es, pues, la ley del ayuno y de la abstinencia” (cfr.
Sermo de jejunio: PG 31, 163, 98). Puesto que el pecado y sus
consecuencias nos oprimen a todos, el ayuno se nos ofrece como un medio
para recuperar la amistad con el Señor. Es lo que hizo Esdras antes de su
viaje de vuelta desde el exilio a la Tierra Prometida, invitando al pueblo
reunido a ayunar “para humillarnos —dijo— delante de nuestro Dios”
(8,21). El Todopoderoso escuchó su oración y aseguró su favor y su
protección. Lo mismo hicieron los habitantes de Nínive que, sensibles al
llamamiento de Jonás a que se arrepintieran, proclamaron, como
testimonio de su sinceridad, un ayuno diciendo: “A ver si Dios se
38
arrepiente y se compadece, se aplaca el ardor de su ira y no perecemos”
(3,9). También en esa ocasión Dios vio sus obras y les perdonó.
En el Nuevo Testamento, Jesús indica la razón profunda del ayuno,
estigmatizando la actitud de los fariseos, que observaban
escrupulosamente las prescripciones que imponía la ley, pero su corazón
estaba lejos de Dios. El verdadero ayuno, repite en otra ocasión el divino
Maestro, consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre celestial, que
“ve en lo secreto y te recompensará” (Mt 6,18). Él mismo nos da ejemplo
al responder a Satanás, al término de los 40 días pasados en el desierto,
que “no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la
boca de Dios” (Mt 4,4). El verdadero ayuno, por consiguiente, tiene como
finalidad comer el “alimento verdadero”, que es hacer la voluntad del
Padre (cfr. Jn 4,34). Si, por lo tanto, Adán desobedeció la orden del Señor
de “no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal”, con el ayuno el
creyente desea someterse humildemente a Dios, confiando en su bondad y
misericordia.
La práctica del ayuno está muy presente en la primera comunidad
cristiana (cfr. Hch 13,3; 14,22; 27,21; 2Co 6,5). También los Padres de la
Iglesia hablan de la fuerza del ayuno, capaz de frenar el pecado, reprimir
los deseos del “viejo Adán” y abrir en el corazón del creyente el camino
hacia Dios. El ayuno es, además, una práctica recurrente y recomendada
por los santos de todas las épocas. Escribe San Pedro Crisólogo: “El
ayuno es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Por
tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste
oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues
Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le súplica” (Sermo 43:
PL 52, 320, 332).
En nuestros días, parece que la práctica del ayuno ha perdido un poco
su valor espiritual y ha adquirido más bien, en una cultura marcada por la
búsqueda del bienestar material, el valor de una medida terapéutica para el
cuidado del propio cuerpo. Está claro que ayunar es bueno para el
bienestar físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una “terapia”
para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios. En la
Constitución apostólica Pænitemini de 1966, el Siervo de Dios Pablo VI
identificaba la necesidad de colocar el ayuno en el contexto de la llamada
a todo cristiano a no “vivir para sí mismo, sino para aquél que lo amó y se
entregó por él y a vivir también para los hermanos” (cfr. Cap. I). La
Cuaresma podría ser una buena ocasión para retomar las normas
contenidas en la citada Constitución apostólica, valorizando el significado
auténtico y perenne de esta antigua práctica penitencial, que puede
ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el corazón al amor de
Dios y del prójimo, primer y sumo mandamiento de la nueva ley y
compendio de todo el Evangelio (cfr. Mt 22,34-40).
La práctica fiel del ayuno contribuye, además, a dar unidad a la
persona, cuerpo y alma, ayudándola a evitar el pecado y a acrecer la
intimidad con el Señor. San Agustín, que conocía bien sus propias
inclinaciones negativas y las definía “retorcidísima y enredadísima
39
complicación de nudos” (Confesiones, II, 10.18), en su tratado La utilidad
del ayuno, escribía: “Yo sufro, es verdad, para que Él me perdone; yo
me castigo para que Él me socorra, para que yo sea agradable a sus
ojos, para gustar su dulzura” (Sermo 400, 3, 3: PL 40, 708). Privarse del
alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposición interior a
escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno y la
oración Le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que
experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de
Dios.
Al mismo tiempo, el ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la
situación en la que viven muchos de nuestros hermanos. En su Primera
carta San Juan nos pone en guardia: “Si alguno que posee bienes del
mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas,
¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (3,17). Ayunar por
voluntad propia nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano, que se
inclina y socorre al hermano que sufre (cfr. Enc. Deus caritas est, 15). Al
escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás,
demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos
es extraño. Precisamente para mantener viva esta actitud de acogida y
atención hacia los hermanos, animo a las parroquias y demás comunidades
a intensificar durante la Cuaresma la práctica del ayuno personal y
comunitario, cuidando asimismo la escucha de la Palabra de Dios, la
oración y la limosna. Este fue, desde el principio, el estilo de la
comunidad cristiana, en la que se hacían colectas especiales (cfr. 2Co 8-9;
Rm 15, 25-27), y se invitaba a los fieles a dar a los pobres lo que, gracias
al ayuno, se había recogido (cfr. Didascalia Ap., V, 20,18). También hoy
hay que redescubrir esta práctica y promoverla, especialmente durante el
tiempo litúrgico cuaresmal.
Lo que he dicho muestra con gran claridad que el ayuno representa una
práctica ascética importante, un arma espiritual para luchar contra
cualquier posible apego desordenado a nosotros mismos. Privarnos por
voluntad propia del placer del alimento y de otros bienes materiales, ayuda
al discípulo de Cristo a controlar los apetitos de la naturaleza debilitada
por el pecado original, cuyos efectos negativos afectan a toda la
personalidad humana. Oportunamente, un antiguo himno litúrgico
cuaresmal exhorta: “Utamur ergo parcius, / verbis, cibis et potibus, /
somno, iocis et arctius / perstemus in custodia – Usemos de manera más
sobria las palabras, los alimentos y bebidas, el sueño y los juegos, y
permanezcamos vigilantes, con mayor atención”.
Queridos hermanos y hermanas, bien mirado el ayuno tiene como
último fin ayudarnos a cada uno de nosotros, como escribía el Siervo de
Dios el Papa Juan Pablo II, a hacer don total de uno mismo a Dios (cfr.
Enc. Veritatis Splendor, 21). Por lo tanto, que en cada familia y
comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae
el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de
Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en la
oración, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliación y en la
40
activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa
dominical. Con esta disposición interior entremos en el clima penitencial
de la Cuaresma. Que nos acompañe la Beata Virgen María, Causa nostræ
laetitiæ, y nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la
esclavitud del pecado para que se convierta cada vez más en “tabernáculo
viviente de Dios”.

MIÉRCOLES DE CENIZA: TOMAR EN SERIO LA CONVERSIÓN


20090225. Homilía.
Hoy, miércoles de Ceniza, puerta litúrgica que introduce en la
Cuaresma, los textos establecidos para la celebración trazan, de forma
sumaria, toda la fisonomía del tiempo cuaresmal. La Iglesia se preocupa
de mostrarnos cuál debe ser la orientación de nuestro espíritu, y nos
proporciona los subsidios divinos para recorrer con decisión y valentía,
iluminados ya por el esplendor del Misterio pascual, el singular
itinerario espiritual que estamos comenzando.
"Convertíos a mí de todo corazón". El llamamiento a la conversión
aflora como tema dominante en todos los componentes de la liturgia de
hoy. Ya en la antífona de entrada se dice que el Señor olvida y perdona los
pecados de quienes se convierten; y en la oración colecta se invita al
pueblo cristiano a orar par que cada uno emprenda "un camino de
verdadera conversión".
En la primera lectura, el profeta Joel exhorta a volver al Padre "de todo
corazón: con ayuno, con llanto, con luto (...), porque es compasivo y
misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad, y se arrepiente de las
amenazas" (Jl 2, 12-13). La promesa de Dios es clara: si el pueblo
escucha la invitación a convertirse, Dios mostrará su misericordia y
colmará a sus amigos de innumerables favores. Con el salmo responsorial
la asamblea litúrgica hace suyas las invocaciones del Salmo 50, pidiendo
al Señor que cree en nosotros "un corazón puro", que nos renueve por
dentro "con espíritu firme".
Luego, en el pasaje evangélico, Jesús, poniéndonos en guardia contra
la carcoma de la vanidad que lleva a la ostentación y a la hipocresía, a la
superficialidad y a la auto-complacencia, reafirma la necesidad de
alimentar la rectitud del corazón. Al mismo tiempo, muestra el medio para
crecer en esta pureza de intención: cultivar la intimidad con el Padre
celestial.
En este Año jubilar, para conmemorar el bimilenario del nacimiento de
san Pablo, resultan especialmente significativas las palabras de la segunda
carta a los Corintios: "En nombre de Cristo os pedimos que os
reconciliéis con Dios" (2 Co 5, 20). Esta invitación del Apóstol resuena
como un estímulo más a tomar en serio la exhortación cuaresmal a la
conversión. San Pablo experimentó de modo extraordinario el poder de la
gracia de Dios, la gracia del Misterio pascual, de la que vive la Cuaresma
misma. Se nos presenta como "embajador" del Señor. Así pues, ¿quién
41
mejor que él puede ayudarnos a recorrer de modo fructuoso este itinerario
interior de conversión?
En la primera carta a Timoteo escribe: "Cristo Jesús vino al mundo a
salvar a los pecadores; y el primero de ellos soy yo"; y añade: "Por eso se
compadeció de mí: para que en mí, el primero, mostrara Cristo toda su
paciencia, y pudiera ser modelo de todos los que habían de creer en él para
obtener la vida eterna" (1 Tm 1, 15-16). Por tanto, el Apóstol es consciente
de haber sido elegido como ejemplo, y esta ejemplaridad se refiere
precisamente a la conversión, a la transformación de su vida que se
produjo gracias al amor misericordioso de Dios. "Yo antes era un
blasfemo, un perseguidor y un violento —reconoce—, pero Dios tuvo
compasión de mí (...). Y la gracia de nuestro Señor sobreabundó en mí"
(1 Tm 1, 13-14).
Toda su predicación y, antes aún, toda su existencia misionera
estuvieron sostenidas por un impulso interior que se podría explicar como
la experiencia fundamental de la "gracia". "Por la gracia de Dios soy lo
que soy —escribe a los Corintios— (...). He trabajado más que todos ellos
(los apóstoles). Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo" (1
Co 15, 10). Se trata de una conciencia que aflora en todos sus escritos y
que fue como una "palanca" interior con la que Dios pudo actuar para
impulsarlo hacia adelante, siempre hacia nuevos confines, no sólo
geográficos, sino también espirituales.
San Pablo reconoce que todo en él es obra de la gracia divina, pero no
olvida que es necesario aceptar libremente el don de la vida nueva recibida
en el Bautismo. En el texto del capítulo 6 de la carta a los Romanos, que
se proclamará durante la Vigilia pascual, escribe: "Que el pecado no siga
dominando vuestro cuerpo mortal, ni seáis súbditos de los deseos del
cuerpo. No pongáis vuestros miembros al servicio del pecado como
instrumentos del mal; ofreceos a Dios como hombres que de la muerte han
vuelto a la vida, y poned a su servicio vuestros miembros, como
instrumentos del bien" (Rm 6, 12-13). En estas palabras se contiene
todo el programa de la Cuaresma según su perspectiva bautismal
intrínseca.
Por una parte, se afirma la victoria de Cristo sobre el pecado, obtenida
una vez para siempre con su muerte y su resurrección; por otra, se nos
exhorta a no poner nuestros miembros al servicio del pecado, o sea, por
decirlo así, a no conceder espacio de revancha al pecado. El discípulo de
Cristo debe hacer suya la victoria de Cristo y esto se realiza ante todo con
el Bautismo, mediante el cual, unidos a Jesús, "de la muerte volvemos a la
vida". Ahora bien, el bautizado, para que Cristo pueda reinar plenamente
en él, debe seguir fielmente sus enseñanzas; nunca debe bajar la guardia,
para no permitir que el adversario de algún modo recupere terreno.
Pero, ¿cómo realizar la vocación bautismal?, ¿cómo vencer en la lucha
entre la carne y el espíritu, entre el bien y el mal, una lucha que marca
nuestra existencia? En el pasaje evangélico de hoy, el Señor nos indica tres
medios útiles: la oración, la limosna y el ayuno. Al respecto, en la
42
experiencia y en los escritos de san Pablo encontramos también
referencias útiles.
Con respecto a la oración, exhorta a "perseverar" y a "velar en ella,
dando gracias" (Rm 12, 12, Col 4, 2), a "orar sin interrupción" (1 Ts 5, 17).
Jesús está en el fondo de nuestro corazón. La relación con Dios está
presente, permanece presente aunque estemos hablando, aunque estemos
realizando nuestros deberes profesionales. Por eso, en la oración, está
presente en nuestro corazón la relación con Dios, que se convierte siempre
también en oración explícita.
Por lo que atañe a la limosna, ciertamente son importantes las páginas
dedicadas a la gran colecta en favor de los hermanos pobres (cf. 2 Co 8-9),
pero conviene subrayar que para él la caridad es la cumbre de la vida del
creyente, el "vínculo de la perfección": "Por encima de todo esto —
escribe a los Colosenses— revestíos del amor, que
es el vínculo de la perfección" (Col 3, 14).
Del ayuno no habla expresamente, pero a menudo exhorta a la
sobriedad, como característica de quienes están llamados a vivir en espera
vigilante del Señor (cf. 1 Ts 5, 6-8; Tt 2, 12). También es interesante su
alusión a la "carrera" espiritual, que requiere templanza: "Los atletas se
privan de todo —escribe a los Corintios—; y eso por una corona
corruptible; nosotros, en cambio, por una incorruptible" (1 Co 9, 25). El
cristiano debe ser disciplinado para encontrar el camino y llegar realmente
al Señor.
Así pues, esta es la vocación de los cristianos: resucitados con Cristo,
han pasado por la muerte, y su vida ya está escondida con Cristo en Dios
(cf. Col 3, 1-2). Para vivir esta "nueva" existencia en Dios es
indispensable alimentarse de la Palabra de Dios. Para estar realmente
unidos a Dios, debemos vivir en su presencia, estar en diálogo con él.
Jesús lo dice claramente cuando responde a la primera de las tres
tentaciones en el desierto, citando el Deuteronomio: "No sólo de pan vive
el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4, 4; cf.
Dt 8, 3).
San Pablo recomienda: "La palabra de Cristo habite en vosotros con
toda su riqueza; instruíos y amonestaos con toda sabiduría; cantad
agradecidos a Dios en vuestro corazón con salmos, himnos y cánticos
inspirados" (Col 3, 16). También en esto el Apóstol es, ante todo, testigo:
sus cartas son la prueba elocuente de que vivía en diálogo permanente con
la Palabra de Dios: pensamiento, acción, oración, teología, predicación,
exhortación, todo en él era fruto de la Palabra, recibida desde su juventud
en la fe judía, plenamente revelada a sus ojos por el encuentro con Cristo
muerto y resucitado, predicada el resto de su vida durante su "carrera"
misionera".
A él le fue revelado que Dios pronunció en Jesucristo su Palabra
definitiva, él mismo, Palabra de salvación que coincide con el misterio
pascual, el don de sí en la cruz que luego se transforma en resurrección,
porque el amor es más fuerte que la muerte. Así san Pablo pudo concluir:
"En cuanto a mí ¡Dios me libre gloriarme si no es en la cruz de nuestro
43
Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un
crucificado para el mundo!" (Ga 6, 14). En san Pablo la Palabra se hizo
vida, y su único motivo de gloria era Cristo crucificado y resucitado.
Queridos hermanos y hermanas, mientras nos disponemos a recibir la
ceniza en nuestra cabeza como signo de conversión y penitencia, abramos
nuestro corazón a la acción vivificadora de la Palabra de Dios. La
Cuaresma, que se caracteriza por una escucha más frecuente de esta
Palabra, por una oración más intensa, por un estilo de vida austero y
penitencial, ha de ser estímulo a la conversión y al amor sincero a los
hermanos, especialmente a los más pobres y necesitados. Que nos
acompañe el apóstol san Pablo y nos guíe María, atenta Virgen de la
escucha y humilde esclava del Señor. Así renovados en el espíritu,
podremos llegar a celebrar con alegría la Pascua. Amén.

EL TRABAJO HUMILDE DE CONVERTIR LOS CORAZONES


20090226. Discurso. Encuentro con el clero romano

Santo Padre, soy don Gianpiero Palmieri, párroco de la parroquia de


San Frumencio en los Prati Fiscali. Quiero hacerle una pregunta sobre la
misión evangelizadora de la comunidad cristiana, y en particular sobre el
papel y la formación de los presbíteros dentro de esta misión
evangelizadora.
Para explicarme, parto de un episodio personal. Cuando, joven
presbítero, comencé mi servicio pastoral en la parroquia y en la escuela,
me sentía fuerte por el bagaje de los estudios y por la formación recibida,
bien afirmado en el mundo de mis convicciones de los sistemas de
pensamiento. Una mujer creyente y sabia, al verme en acción, meneó la
cabeza sonriendo y me dijo: "Don Gianpiero, ¿cuándo te vas a poner los
pantalones largos?, ¿cuándo vas a llegar a ser hombre?". Es un episodio
que se me grabó en el corazón. Aquella mujer sabia intentaba explicarme
que la vida, el mundo real, Dios mismo, son más grandes y sorprendentes
que los conceptos que nosotros elaboramos. Me invitaba a ponerme a la
escucha de lo humano para intentar entender, para comprender, sin tener
prisa en juzgar. Me pedía que aprendiera a entrar en relación con la
realidad, sin temores, porque en la realidad se encuentra Cristo mismo,
que actúa misteriosamente en su Espíritu.
Hoy los presbíteros no nos sentimos preparados o adecuados para la
misión evangelizadora, andamos todavía con los pantalones cortos, tanto
en el aspecto cultural —no conocemos las grandes directrices del
pensamiento contemporáneo, en sus características positivas y en sus
límites— como, sobre todo, en el aspecto humano. Siempre corremos el
riesgo de ser demasiado esquemáticos, incapaces de comprender de modo
adecuado el corazón de los hombres de hoy. El anuncio de la salvación en
Jesús ¿no es también el anuncio del hombre nuevo Jesús, el Hijo de Dios,
en el que nuestra pobre humanidad es redimida, hecha auténtica,
transformada por Dios? Entonces mi pregunta es esta: ¿Comparte usted
44
estos pensamientos? A nuestras comunidades cristianas viene mucha
gente herida por la vida. ¿Qué lugares y formas podemos inventar para
ayudar a los demás al encuentro con Jesús? ¿Y cómo construir en
nosotros, sacerdotes, una humanidad hermosa y fecunda? Gracias,
Santidad.

Benedicto XVI:
Gracias. Queridos hermanos, ante todo quiero expresar mi gran alegría
de estar con vosotros, párrocos de Roma, mis párrocos; estamos en
familia. El cardenal vicario nos ha dicho bien que es un momento de
descanso espiritual. Y en este sentido también agradezco el hecho de
poder comenzar la Cuaresma con un momento de descanso espiritual, de
respiro espiritual, en contacto con vosotros. Asimismo, ha dicho: estamos
juntos para que vosotros podáis contarme vuestras experiencias, vuestros
sufrimientos y también vuestros éxitos y alegrías. Por tanto, yo no diría
que aquí habla un oráculo, al que vosotros preguntáis. Estamos, más bien,
en un intercambio familiar, en el que para mí es muy importante conocer,
a través de vosotros, la vida en las parroquias, vuestras experiencias con
la Palabra de Dios en el contexto del mundo actual.
Yo también quiero aprender, acercarme a la realidad de la que aquí, en
el palacio apostólico, se está un poco alejado. Y este es también el límite
de mis respuestas. Vosotros vivís en contacto directo, día a día, con el
mundo de hoy; yo vivo en contactos esporádicos, que son muy útiles. Por
ejemplo, ahora he tenido la visita "ad limina" de los obispos de Nigeria.
Así he podido ver, a través de las personas, la vida de la Iglesia en un país
importante de África, el más grande, con 140 millones de habitantes, gran
número de católicos, y tocar las alegrías y también los sufrimientos de la
Iglesia.
Pero para mí, obviamente, este es un descanso espiritual, porque es
una Iglesia como la vemos en los Hechos de los Apóstoles. Una Iglesia
donde reina la alegría lozana de haber encontrado a Cristo, de haber
encontrado al Mesías de Dios. Una Iglesia que vive y crece cada día. La
gente está contenta de encontrar a Cristo. Tienen vocaciones, y así pueden
dar sacerdotes fidei donum a los distintos países del mundo. Y,
ciertamente, ver que no es una Iglesia cansada, como se encuentra a
menudo en Europa, sino una Iglesia joven, llena de alegría del Espíritu
Santo, es un refresco espiritual. Pero, con todas estas experiencias
universales, para mí también es importante ver mi diócesis, los problemas
y todas las realidades que viven en esta diócesis.
En este sentido, estoy de acuerdo con usted en lo fundamental: no
basta predicar o hacer pastoral con el valioso bagaje adquirido en los
estudios de teología. Esto es importante y fundamental, pero se debe
personalizar: de conocimiento académico, que hemos aprendido y
también reflexionado, debe convertirse en visión personal de mi vida, para
llegar a otras personas. En este sentido, quiero decir que en el encuentro
con nuestros parroquianos es importante, por una parte, concretar con
45
nuestra experiencia personal de fe la gran palabra de la fe, pero también
no perder su sencillez. Naturalmente, palabras grandes de la tradición —
como sacrificio de expiación, redención del sacrificio de Cristo, pecado
original— hoy son incomprensibles como tales. No podemos trabajar sólo
con grandes fórmulas, verdaderas, pero que ya no se entienden en el
contexto del mundo de hoy. A través del estudio, de lo que nos dicen los
maestros de teología, y de nuestra experiencia personal con Dios, debemos
concretar, traducir esas grandes palabras, de forma que entren en el
anuncio de Dios al hombre de hoy.
Y, por otra parte, yo diría que no debemos cubrir la sencillez de la
Palabra de Dios en valoraciones demasiado pesadas de consideraciones
humanas. Recuerdo que un amigo, tras haber escuchado predicaciones con
largas reflexiones antropológicas para llegar juntos al Evangelio, decía: A
mí no me interesan estas consideraciones; yo quiero entender lo que dice
el Evangelio. Y me parece que, a menudo, en lugar de largas reflexiones,
sería mejor decir —yo lo hice cuando estaba aún en mi vida normal—:
este Evangelio no nos gusta, somos contrarios a lo que dice el Señor.
¿Pero qué quiere decir? Si yo digo sinceramente que a primera vista no
estoy de acuerdo, ya hemos puesto atención: se ve que yo quisiera, como
hombre de hoy, entender lo que dice el Señor. Así podemos entrar de lleno
en el núcleo de la Palabra, sin largos rodeos.
También debemos tener presente, sin falsas simplificaciones, que los
doce apóstoles eran pescadores, artesanos, de una provincia, Galilea, sin
preparación particular, sin conocimiento del gran mundo griego o latino. Y
sin embargo fueron a todos los lugares del Imperio, incluso fuera de él,
hasta la India, y anunciaron a Cristo con sencillez y con la fuerza de la
sencillez de lo que es verdadero. Y también esto me parece importante: no
perdamos la sencillez de la verdad. Dios existe y no es un ser hipotético,
lejano, sino cercano; ha hablado con nosotros, ha hablado conmigo. Así
digamos sencillamente qué es y cómo se puede y se debe explicar y
desarrollar naturalmente. Pero no perdamos el hecho de que no
proponemos reflexiones, no proponemos una filosofía, sino el anuncio
sencillo del Dios que ha actuado. Y que ha actuado también conmigo.
Y, después, para la contextualización cultural, romana —que es
absolutamente necesaria—, yo diría que la primera ayuda es nuestra
experiencia personal. No vivimos en la luna. Soy un hombre de este
tiempo si vivo sinceramente mi fe en la cultura de hoy, siendo uno que
vive con los medios de comunicación de hoy, con los diálogos, con las
realidades de la economía, con todo, si yo mismo tomo en serio mi propia
experiencia e intento personalizar en mí esta realidad. Así estamos en el
camino de hacer que también los demás nos entiendan. San Bernardo de
Claraval, en su libro de reflexiones a su discípulo el Papa Eugenio, dijo:
intenta beber de tu propia fuente, es decir, de tu propia humanidad. Si eres
sincero contigo mismo y empiezas a ver en ti qué es la fe, con tu
experiencia humana en este tiempo, bebiendo de tu propio pozo, como
dice san Bernardo, también puedes decir a los demás lo que hay que decir.
En este sentido, me parece importante estar realmente atentos al mundo de
46
hoy, pero también al Señor presente en mí mismo: ser un hombre de este
tiempo y a la vez un creyente de Cristo, que en sí transforma el mensaje
eterno en mensaje actual.
¿Y quién conoce a los hombres de hoy mejor que el párroco? La casa
parroquial no está en el mundo, sino en la parroquia. Y allí a menudo los
hombres acuden normalmente al párroco sin máscara, sin otros pretextos,
sino en situación de sufrimiento, de enfermedad, de muerte, de cuestiones
familiares. Vienen al confesonario sin máscara, con su propio ser. Ninguna
otra profesión —me parece— da esta posibilidad de conocer al hombre
como es en su humanidad y no en el papel que desempeña en la sociedad.
En este sentido, podemos estudiar realmente al hombre tal como es en su
profundidad, cuando no desempeña papeles; podemos conocer también
nosotros mismos al ser humano, al hombre siempre en la escuela de
Cristo. En este sentido, yo diría que es absolutamente importante conocer
al hombre, al hombre de hoy, en nosotros y con los demás, pero siempre
en la escucha atenta al Señor y aceptando en mí la semilla de la Palabra,
porque en mí se transforma en trigo y se hace comunicable a los demás.

Soy don Fabio Rosini, párroco de Santa Francisca Romana en el


Ardeatino. Ante el actual proceso de secularización y sus evidentes
consecuencias sociales y existenciales, muy oportunamente, en muchas
ocasiones, hemos recibido de su magisterio, en admirable continuidad
con el de su venerado predecesor, la exhortación a la urgencia del primer
anuncio, al celo pastoral por la evangelización o nueva evangelización, a
tener una mentalidad misionera. Hemos comprendido que es muy
importante la conversión de la acción pastoral ordinaria, sin presuponer
ya la fe de la masa y sin contentarnos con atender a la porción de
creyentes que persevera, gracias a Dios, en la vida cristiana, sino
interesándonos más decidida y orgánicamente por las muchas ovejas
perdidas o, al menos, desorientadas. Muchos presbíteros romanos, con
diversos enfoques, hemos intentado responder a esta urgencia objetiva de
refundar o con frecuencia incluso de fundar la fe. Se están multiplicando
las experiencias de primer anuncio y no faltan resultados muy
esperanzadores. Personalmente puedo constatar que el Evangelio,
anunciado con alegría y franqueza, no tarda en ganarse el corazón de los
hombres y mujeres de esta ciudad, precisamente porque es la verdad y
corresponde a la necesidad más íntima de la persona humana.
En efecto, la belleza del Evangelio y de la fe, si se presenta con
amorosa autenticidad, es evidente por sí misma. Pero los números, a
veces sorprendentemente altos, no garantizan por sí mismos la bondad de
una iniciativa. En la historia de la Iglesia, incluso la reciente, no faltan
ejemplos. Un éxito pastoral, paradójicamente, puede esconder un error,
un defecto en su planteamiento, que quizás no se vea inmediatamente. Por
eso quiero preguntarle: ¿Cuáles deben ser los criterios imprescindibles
de esta urgente acción de evangelización? ¿Cuáles son, según usted, los
elementos que garantizan que no se corre en vano en la labor pastoral del
anuncio a esta generación contemporánea a nosotros? Le pido
47
humildemente que nos señale, en su prudente discernimiento, los
parámetros que hay que respetar y valorar para poder decir que
realizamos una obra evangelizadora que sea genuinamente católica y que
produzca frutos para la Iglesia. Le agradezco de corazón su iluminado
magisterio. Bendíganos.
Benedicto XVI:
Me alegra oír que se hace realmente este primer anuncio, que se va
más allá de los límites de la comunidad fiel, de la parroquia, buscando las
ovejas perdidas; que se intenta ir hacia el hombre de hoy que vive sin
Cristo, que ha olvidado a Cristo, para anunciarle el Evangelio. Y me alegra
oír que no sólo se hace esto, sino que de ahí se consiguen incluso éxitos
numéricamente confortantes. Así pues, veo que vosotros sois capaces de
hablar a aquellas personas en las que se debe refundar, o incluso fundar, la
fe.
Para este trabajo concreto yo no puedo dar recetas, porque se pueden
seguir distintos caminos, según las personas, según sus profesiones, según
las diversas situaciones. El catecismo indica la esencia de lo que hay que
anunciar. Pero quien conoce las situaciones es quien debe aplicar las
indicaciones, encontrar un método para abrir los corazones e invitar a
ponerse en camino con el Señor y con la Iglesia.
Usted habla de los criterios de discernimiento para no correr en vano.
Ante todo quiero decir que las dos partes son importantes. La comunidad
de los fieles es muy importante y no debemos subestimar —incluso
mirando a las numerosas personas que están alejadas— la realidad
positiva y hermosa que constituyen estos fieles, los cuales dicen sí al
Señor en la Iglesia, intentando vivir la fe, intentando seguir las huellas del
Señor. Como he dicho hace un momento al responder a la primera
pregunta, debemos ayudar a estos fieles a ver la presencia de la fe, a
entender que no es algo del pasado, sino que hoy muestra el camino,
enseña a vivir como hombre. Es muy importante que en su párroco
encuentren realmente al pastor que los ama y les ayuda a escuchar hoy la
Palabra de Dios; a entender que es una Palabra para ellos y no sólo para
las personas del pasado o del futuro; que les ayuda también en la vida
sacramental, en la experiencia de la oración, en la escucha de la Palabra de
Dios y en la vida de la justicia y de la caridad, porque los cristianos
deberían ser fermento en nuestra sociedad, en la que existen tantos
problemas, tantos peligros y tanta corrupción.
Así, creo que pueden desempeñar también un papel misionero "sin
palabras", ya que se trata de personas que viven realmente una vida recta.
Dan testimonio de que es posible vivir bien en los caminos indicados por
el Señor. Nuestra sociedad necesita precisamente estas comunidades
capaces de vivir hoy la justicia no sólo para sí mismas sino también para
los demás. Personas que, como hemos oído en la primera lectura, sepan
vivir la vida. Esta lectura al principio dice: "Elige la vida": es fácil decir
sí. Pero luego prosigue: "Tu vida es Dios". Por tanto, elegir la vida es
elegir la opción por la vida, porque es la opción por Dios. Si hay personas
o comunidades que hacen esta opción completa por la vida y hacen visible
48
el hecho de que la vida que han escogido es realmente vida, dan un
testimonio de grandísimo valor.
Y paso a una segunda reflexión. Para el anuncio necesitamos dos
elementos: la Palabra y el testimonio. Como nos dice el Señor mismo, es
necesaria la Palabra que dice lo que él nos ha dicho, que hace aparecer la
verdad de Dios, la presencia de Dios en Cristo, el camino que se abre
delante de nosotros. Por tanto, como usted ha dicho, se trata de un anuncio
en el presente, que traduce las palabras del pasado al mundo de nuestra
experiencia. Es absolutamente indispensable, fundamental, dar
credibilidad a esta Palabra con el testimonio, para que no aparezca sólo
como una filosofía bonita, o como una utopía bonita, sino más bien como
una realidad. Una realidad con la que se puede vivir; y no sólo eso: una
realidad que también hace vivir. En este sentido me parece que el
testimonio de la comunidad creyente, como telón de fondo de la Palabra,
del anuncio, es sumamente importante. Con la Palabra debemos abrir
lugares de experiencia de la fe a aquellos que buscan a Dios. Así lo hizo la
Iglesia antigua con el catecumenado, que no era simplemente una
catequesis, algo doctrinal, sino un lugar de experiencia progresiva de la
vida de la fe, en la cual se revela también la Palabra, que sólo se hace
comprensible si se interpreta con la vida, si se realiza con la vida.
Por tanto, junto con la Palabra, me parece importante la presencia de
un lugar de hospitalidad de la fe, un lugar en el que se hace una
experiencia progresiva de la fe. Y aquí veo también una de las tareas de la
parroquia: ofrecer hospitalidad a quienes no conocen esta vida típica de la
comunidad parroquial. No debemos ser un círculo cerrado en nosotros
mismos. Tenemos nuestras costumbres, pero de cualquier modo debemos
abrirnos e intentar crear también vestíbulos, es decir, espacios de
acercamiento. Uno que estaba alejado no puede entrar inmediatamente en
la vida formada de una parroquia, que ya tiene sus costumbres. Para él, de
momento, todo es muy sorprendente, lejano de su vida. Por tanto,
debemos tratar de crear, con ayuda de la Palabra, lo que la Iglesia antigua
creó con los catecumenados: espacios donde se pueda empezar a vivir la
Palabra, a seguir la Palabra, a hacerla comprensible y realista,
correspondiendo a formas de experiencia real. En este sentido me parece
muy importante lo que usted ha señalado, es decir, la necesidad de unir la
Palabra con el testimonio de una vida recta, de ser para los demás, de
abrirse a los pobres, a los necesitados, pero también a los ricos, que
necesitan abrir su corazón, necesitan que alguien llame a su corazón. Así
pues, se trata de espacios diversos, según la situación.
Me parece que en teoría se puede decir poco, pero la experiencia
concreta mostrará los caminos que conviene seguir. Y naturalmente —un
criterio que siempre es importante seguir— es necesario estar en la gran
comunión de la Iglesia, aunque quizás en un espacio aún algo lejano, es
decir, en comunión con el obispo, con el Papa, y así en comunión con el
gran pasado y con el gran futuro de la Iglesia. En efecto, estar en la Iglesia
católica no implica sólo estar en un gran camino que nos precede;
significa también estar en la perspectiva de una gran apertura al futuro. Un
49
futuro que se abre sólo de esta forma. Quizás podría proseguir hablando
de los contenidos, pero podemos encontrar otra ocasión para hacerlo.

Santo Padre, soy don Giuseppe Forlai, vicario parroquial en la


parroquia de San Juan Crisóstomo, en el sector norte de nuestra diócesis.
La emergencia educativa, de la que usted, Santidad, ha hablado
autorizadamente, también es, como todos sabemos, una emergencia de
educadores, de modo especial en dos aspectos. Ante todo, es necesario
prestar más atención a la continuidad de la presencia del educador-
sacerdote. Un joven no hace un pacto de crecimiento con quien se va
después de dos o tres años, entre otras razones porque ya está
comprometido emotivamente a gestionar sus relaciones con unos padres
que abandonan la casa, con nuevos compañeros de la madre o del padre,
con profesores precarios que cada año cambian. Para educar hace falta
estabilidad. La primera necesidad que siento es, por tanto, la de cierta
estabilidad del educador-sacerdote en el lugar.
Segundo aspecto: creo que el segundo campo donde está en juego la
pastoral juvenil es el de la cultura. La cultura entendida como
competencia emotivo-relacional y como dominio de las palabras que
contienen los conceptos. Un joven sin esta cultura, el día de mañana
puede ser un pobre hombre, corre el peligro de fracasar afectivamente y
de naufragar en el mundo del trabajo. Un joven sin esta cultura corre el
peligro de ser un no creyente o, peor aún, un practicante sin fe, porque la
incompetencia en las relaciones deforma la relación con Dios, y la
ignorancia de las palabras bloquea la comprensión de la excelencia de la
palabra del Evangelio.
No basta que los jóvenes llenen físicamente los locales de nuestros
oratorios para pasar un rato de su tiempo libre. Yo quisiera que el
oratorio fuera un lugar donde se aprenda a desarrollar competencias
relacionales y donde a uno se le escucha y se le apoya en sus estudios. Un
lugar que no sea el refugio constante de quienes no tienen ganas de
estudiar o de comprometerse, sino una comunidad de personas que
planteen los interrogantes adecuados para abrir al sentido religioso y
donde se haga la gran caridad de ayudar a pensar.
Y aquí se debería abrir también una reflexión seria sobre la
colaboración entre oratorios y profesores de religión. Santidad, diríjanos
de nuevo una palabra autorizada sobre estos dos aspectos de la
emergencia educativa: la necesaria estabilidad de los agentes y la
urgencia de tener educadores-sacerdotes culturalmente capaces. Muchas
gracias.
Benedicto XVI:
Bien, comencemos por el segundo punto, que es más amplio y, en
cierto sentido, también más fácil. Ciertamente, un oratorio en el que sólo
se realizan juegos y se toman bebidas sería completamente superfluo. En
realidad, el sentido de un oratorio debe ser una formación cultural,
humana y cristiana de la personalidad, que debe llegar a ser una
personalidad madura. En esto estamos totalmente de acuerdo y, a mi
50
parecer, precisamente hoy existe una pobreza cultural, pues se saben
muchas cosas, pero sin corazón, sin una conexión interior, ya que falta una
visión común del mundo.
Por eso, una solución cultural inspirada por la fe de la Iglesia, por el
conocimiento de Dios que nos ha dado, es absolutamente necesaria. Yo
diría que la función de un oratorio es precisamente que uno no sólo
encuentre posibilidades para su tiempo libre, sino sobre todo que
encuentre formación humana integral que le lleve a forjarse una
personalidad completa.
Desde luego, el mismo sacerdote como educador debe estar bien
formado y debe estar inmerso en la cultura actual, debe tener una gran
cultura, para ayudar también a los jóvenes a entrar en una cultura
inspirada por la fe. Yo añadiría, naturalmente, que al final el punto de
orientación de toda cultura es Dios, el Dios presente en Cristo. Hoy vemos
cómo hay personas con muchos conocimientos, pero sin orientación
interior. Así la ciencia puede ser incluso peligrosa para el hombre, porque
sin orientaciones éticas más profundas, deja al hombre a merced de la
arbitrariedad y, por tanto, sin las orientaciones necesarias para llegar a ser
realmente hombre.
En este sentido, el corazón de toda formación cultural, tan necesaria,
debe ser sin duda la fe: conocer el rostro de Dios que se manifestó en
Cristo y así tener el punto de orientación para toda la otra cultura, que de
lo contrario queda desorientada y desorienta. Una cultura sin
conocimiento personal de Dios y sin conocimiento del rostro de Dios en
Cristo, es una cultura que podría ser incluso destructiva, porque no conoce
las orientaciones éticas necesarias. En este sentido, a mi parecer, tenemos
realmente una misión de formación cultural y humana profunda, que se
abre a todas las riquezas de la cultura de nuestro tiempo, pero también da
el criterio, el discernimiento para probar hasta qué punto es cultura
verdadera y hasta qué punto podría ser una anti-cultura.
Para mí es mucho más difícil la primera pregunta —esta pregunta se
dirige también a su eminencia—, es decir, la permanencia del joven
sacerdote para dar orientación a los jóvenes. Sin duda, una relación
personal con el educador es importante y debe tener
también la posibilidad de cierto período para orientarse juntos. Y, en este
sentido, estoy de acuerdo en que el sacerdote, punto de orientación para
los jóvenes, no puede cambiar cada día, pues así pierde precisamente esta
orientación.
Por otra parte, el sacerdote joven también debe hacer experiencias
diversas en contextos culturales diferentes, precisamente para llegar a
adquirir, al final, el bagaje cultural necesario para ser, como párroco,
punto de referencia durante largo tiempo en la parroquia. Y yo diría que en
la vida del joven las dimensiones del tiempo son diferentes de las de la
vida de un adulto. Los tres años que van desde los 16 hasta los 19, son al
menos tan largos e importantes como los que van de los 40 a los 50. En
efecto, precisamente en ellos se forja la personalidad; es un camino
interior de gran importancia, de gran alcance existencial.
51
En este sentido, yo diría que tres años para un vicario parroquial es
tiempo suficiente para formar a una generación de jóvenes. Por otra parte,
así también puede conocer otros contextos, aprender en otras parroquias
situaciones diferentes y enriquecer su bagaje humano. Este tiempo
siempre basta para mantener cierta continuidad, un camino educativo de
experiencia común, para aprender a ser hombre. Por lo demás, como ya he
dicho, en la juventud tres años son un tiempo decisivo y muy largo,
porque en ellos se forja realmente la personalidad futura.
Así pues, me parece que se podrían conciliar las dos exigencias: por
una parte, que el sacerdote joven tenga la posibilidad de hacer
experiencias diferentes a fin de enriquecer su bagaje de experiencia
humana; y, por otra, la necesidad de estar un tiempo determinado con los
jóvenes para introducirlos realmente en la vida, para enseñarles a ser
personas humanas. En este sentido, creo que se pueden conciliar estos dos
aspectos: experiencias diversas para un sacerdote joven, y continuidad en
el acompañamiento de los jóvenes para guiarlos en la vida.

Santidad, soy don Giampiero Ialongo, uno de los muchos párrocos que
desempeñamos nuestro ministerio en la periferia de Roma, concretamente
en Torre Angela, en el confín con Torbellamonaca, Borghesiana, Borgata
Finocchio y Colle Prenestino. Estas periferias, como muchas otras, a
menudo están olvidadas y descuidadas por parte de las instituciones. Me
alegra que nos haya convocado esta tarde el presidente del municipio.
Veremos qué sale de este encuentro con las autoridades municipales.
En nuestras periferias, quizá más que en otras zonas de nuestra
ciudad, existe un fuerte malestar como consecuencia de la crisis
económica internacional que comienza a gravar sobre las condiciones
concretas de vida de numerosas familias. Como Cáritas parroquial, y
sobre todo como Cáritas diocesana, hemos puesto en marcha muchas
iniciativas encaminadas ante todo a la escucha, pero también a una
ayuda material, concreta, a todas las personas que se dirigen a nosotros,
sin distinción de raza, cultura o religión.
A pesar de ello, somos conscientes de que cada vez más se trata de
una auténtica emergencia. Me parece que muchas, demasiadas personas
—no sólo jubilados, sino también personas que tienen un empleo regular,
un contrato a tiempo indeterminado— encuentran grandes dificultades
para cuadrar las cuentas familiares. Regalamos paquetes de víveres o
ropa; a veces damos ayuda económica concreta para pagar los recibos o
el alquiler. Eso puede constituir una ayuda, pero creo que no es la
solución. Estoy convencido de que como Iglesia deberíamos preguntarnos
qué más podemos hacer, y sobre todo qué motivos han llevado a esta
situación generalizada de crisis.
Deberíamos tener la valentía de denunciar un sistema económico y
financiero injusto en sus raíces. Yo creo que, ante los desequilibrios
introducidos por este sistema, no basta un poco de optimismo. Hace falta
una palabra autorizada, una palabra libre, que ayude a los cristianos,
como la que usted ya ha pronunciado, Santo Padre, para administrar con
52
sabiduría evangélica y con responsabilidad los bienes que Dios ha dado
para todos y no sólo para unos pocos. Aunque ya en otras ocasiones
hemos escuchado su palabra sobre esto, me gustaría escucharla una vez
más, en este contexto. Gracias, Santidad.
Benedicto XVI:
Ahora afrontemos esta cuestión, que toca el nervio de los problemas de
nuestro tiempo. Yo distinguiría dos niveles. El primero, es el de la
macroeconomía, que luego se realiza y afecta incluso al último ciudadano,
el cual siente las consecuencias de una construcción equivocada.
Naturalmente, denunciar esto es un deber de la Iglesia. Como sabéis,
desde hace mucho tiempo estoy preparando una encíclica sobre estos
puntos. Y, en este largo camino, veo que es difícil hablar con competencia,
porque, si no se afrontan con competencia ciertas cuestiones económicas,
no podemos ser creíbles. Por otra parte, también es preciso hablar con
razonamientos éticos, fundados y suscitados por una conciencia formada
según el Evangelio.
Así pues, hay que denunciar esos errores fundamentales que ahora se
manifiestan en el hundimiento de los grandes bancos estadounidenses; son
errores en el fondo. En definitiva, se trata de la avaricia humana como
pecado o, como dice la carta a los Colosenses, la avaricia como idolatría.
Debemos denunciar esta idolatría que va contra el verdadero Dios, que es
la falsificación de la imagen de Dios, suplantándola con otro dios,
"mammona". Debemos hacerlo con valentía, pero también de forma
concreta, porque los grandes moralismos no ayudan si no se apoyan en
conocimientos de las realidades, los cuales ayudan también a comprender
qué se puede hacer en concreto para cambiar poco a poco la situación. Y,
para poder hacerlo, naturalmente es necesario el conocimiento de esta
verdad y la buena voluntad de todos.
Aquí llegamos al punto principal: ¿existe realmente el pecado
original? Si no existiera, podríamos apelar a la razón lúcida, con
argumentos accesibles a cada uno e irrefutables, y a la buena voluntad que
existiría en todos. Sólo de este modo podríamos seguir adelante y reformar
la humanidad. Pero no es así. La razón, incluida la nuestra, está
oscurecida, como constatamos cada día, puesto que el egoísmo, la raíz de
la avaricia, consiste en quererme a mí mismo por encima de todo y en
considerar que el mundo existe para mí. Este egoísmo lo llevamos todos.
Este es el oscurecimiento de la razón: puede ser muy docta, con
argumentos científicos estupendos, y a pesar de ello sigue oscurecida por
falsas premisas. De este modo, avanza con gran inteligencia, a grandes
pasos, pero por un camino equivocado.
También la voluntad, como dicen los santos Padres, está inclinada. El
hombre sencillamente no está dispuesto a hacer el bien, sino que se busca
sobre todo a sí mismo, o busca el bien de su propio grupo. Por eso,
encontrar realmente el camino de la razón, de la razón verdadera, ya no
resulta fácil, y en el diálogo se desarrolla con dificultad. Sin la luz de la fe,
que entra en las tinieblas del pecado original, la razón no puede salir
adelante. Y la fe luego encuentra precisamente la resistencia de nuestra
53
voluntad. Esta no quiere ver el camino, que también sería un camino de
renuncia a sí mismo y de corrección de la propia voluntad en favor de los
demás y no de sí mismo.
Por eso, hay que hacer una denuncia razonable y razonada de los
errores, no con grandes moralismos, sino con razones concretas, que
resulten comprensibles en el mundo de la economía de hoy. Esta denuncia
es importante; para la Iglesia es un mandato desde siempre. Sabemos que
en la nueva situación que se ha creado en el mundo industrial, la doctrina
social de la Iglesia, comenzando por León XIII trata de hacer estas
denuncias —y no sólo las denuncias, que resultan insuficientes—, sino
también de mostrar los caminos difíciles donde, paso a paso, se exige el
asentimiento de la razón y el asentimiento de la voluntad, juntamente con
la corrección de mi conciencia, con la voluntad de renunciar en cierto
sentido a mí mismo para colaborar en lo que es la verdadera finalidad de
la vida humana, de la humanidad.
Dicho esto, la Iglesia tiene siempre la misión de estar vigilante, de
hacer todo lo posible por conocer las razones del mundo económico, de
entrar en ese razonamiento y de iluminar ese razonamiento con la fe que
nos libra del egoísmo del pecado original. La Iglesia tiene la misión de
entrar en este discernimiento, en este razonamiento; de hacerse escuchar,
incluso en los diversos niveles nacionales e internacionales, para ayudar a
corregir. Y esto no resulta fácil, porque muchos intereses personales y de
grupos nacionales se oponen a una corrección radical. Quizá sea
pesimismo, pero a mí me parece realismo, pues mientras exista el pecado
original no llegaremos nunca a una corrección radical y total. Sin
embargo, debemos hacer todo lo posible para lograr al menos correcciones
provisionales, suficientes para ayudar a la humanidad a vivir y para poner
freno al dominio del egoísmo, que se presenta bajo pretextos de ciencia y
de economía nacional e internacional.
Este es el primer nivel. El segundo es ser realistas y ver que estas
grandes finalidades de la macro-ciencia no se realizan en la micro-ciencia,
la macroeconomía en la microeconomía, sin la conversión de los
corazones. Si no hay justos, tampoco hay justicia. Debemos aceptar esto.
Por eso, la educación en orden a la justicia es un objetivo prioritario;
podríamos decir también que es la prioridad. San Pablo dice que la
justificación es efecto de la obra de Cristo. No es un concepto abstracto,
que se refiera a pecados que hoy no nos interesan, sino que se refiere
precisamente a la justicia integral. Sólo Dios puede dárnosla, pero nos la
da con nuestra cooperación en diversos niveles, en todos los niveles
posibles.
No se puede crear la justicia en el mundo sólo con modelos
económicos buenos, aunque son necesarios. La justicia sólo se realiza si
hay justos. Y no hay justos si no existe el trabajo humilde, diario, de
convertir los corazones, y de crear justicia en los corazones. Sólo así se
extiende también la justicia correctiva. Por eso, el trabajo del párroco es
tan fundamental, no sólo para la parroquia, sino también para toda la
humanidad. Porque, como he dicho, si no hay justos, la justicia sería sólo
54
abstracta. Y las estructuras buenas no se realizan si se opone el egoísmo
incluso de personas competentes.
Nuestro trabajo humilde, diario, es fundamental para conseguir las
grandes finalidades de la humanidad. Y debemos trabajar juntos en todos
los niveles. La Iglesia universal debe denunciar, pero también anunciar
qué se puede hacer y cómo se puede hacer. Las Conferencias episcopales
y los obispos deben actuar. Pero todos debemos educar en orden a la
justicia. Me parece que sigue siendo verdadero y realista el diálogo de
Abraham con Dios (cf. Gn 18, 22-23), cuando el primero dice: ¿En
verdad vas a destruir la ciudad? Tal vez haya cincuenta justos, o tal vez
diez. Y diez justos bastan para que la ciudad sobreviva. Ahora bien, si no
hay diez justos, la ciudad no sobrevivirá, a pesar de toda la doctrina
económica. Por eso, debemos hacer lo necesario para educar y garantizar
al menos diez justos y, si es posible, muchos más. Con nuestro anuncio
hacemos precisamente que haya muchos justos, que esté realmente
presente la justicia en el mundo.
Como efecto, los dos niveles son inseparables. Por una parte, si no
anunciamos la macro-justicia, no crecerá la micro-justicia. Pero, por otra,
si no hacemos el trabajo muy humilde de la micro-justicia, tampoco
crecerá la macro-justicia. Y, como dije ya en mi primera encíclica,
siempre, con todos los sistemas que puedan existir en el mundo, además
de la justicia que buscamos, es necesaria la caridad. Abrir los corazones a
la justicia y a la caridad es educar en la fe, es llevar a Dios.

Santo Padre, soy don Marco Valentini, vicario en la parroquia de San


Ambrosio. Durante mi etapa de formación no veía tan claramente como
ahora la importancia de la liturgia. Ciertamente, no faltaban las
celebraciones, pero no comprendía bien que "la liturgia es la cumbre a la
que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde
mana toda su fuerza" (Sacrosanctum Concilium, 10). Más bien, la
consideraba un hecho técnico para el éxito de una celebración, o una
práctica piadosa, y no un contacto con el misterio que salva, un dejarse
conformar a Cristo para ser luz del mundo, una fuente de teología, un
medio para realizar la tan anhelada integración entre lo que se estudia y
la vida espiritual.
Por otra parte, yo creía que la liturgia no era estrictamente necesaria
para ser cristiano, o para la salvación, sino que bastaba esforzarse por
cumplir las Bienaventuranzas. Ahora me pregunto qué sería la caridad
sin la liturgia. Pienso que sin la liturgia nuestra fe se reduciría a una
moral, a una idea, a una doctrina, a un hecho del pasado, y los sacerdotes
pareceríamos profesores o consejeros, más que mistagogos que
introducen a las personas en el misterio. La Palabra de Dios es un
anuncio que se realiza en la liturgia y que mantiene una relación
sorprendente con ella: Sacrosanctum Concilium, 6; y Prefacio del
Leccionario, 4 y 10.
Pienso también en el pasaje de los discípulos de Emaús o en el del
funcionario etíope (cf. Hch 8). Por eso, pregunto: sin quitar nada de la
55
formación humana, filosófica, psicológica, en las universidades y en los
seminarios, ¿nuestra misión específica no requiere una formación
litúrgica más profunda? En el actual ordenamiento y estructura de los
estudios, ¿se está aplicando suficientemente la constitución Sacrosanctum
Concilium, n. 16, cuando dice que la liturgia se debe considerar una de
las materias necesarias, de las más importantes, de las principales; que
se ha de enseñar bajo los aspectos teológico, histórico, espiritual,
pastoral y jurídico; y que los profesores de las demás materias deben
cuidar de que se vea claro su nexo con la liturgia?
Hago esta pregunta porque, tomando como punto de partida el
prefacio del decreto Optatam totius, me parece que las múltiples acciones
de la Iglesia en el mundo e incluso nuestra eficacia pastoral dependen en
gran parte de la autoconciencia que tengamos del inagotable misterio de
ser bautizados, confirmados y sacerdotes.
Benedicto XVI:
Si he entendido bien, se trata de la cuestión: ¿cuál es, en el conjunto
de nuestro trabajo pastoral, múltiple y con muchas dimensiones, el espacio
y el lugar de la educación litúrgica y de la realidad de la celebración del
misterio? En este sentido, me parece que también es una cuestión sobre la
unidad de nuestro anuncio y de nuestro trabajo pastoral, que tiene muchas
dimensiones. Debemos tratar de encontrar un punto de unificación, para
que nuestras diversas ocupaciones sean todas juntas un trabajo de pastor.
Si entendí bien, usted está convencido de que el punto de unificación, el
que crea la síntesis de todas las dimensiones de nuestro trabajo y de
nuestra fe, podría ser precisamente la celebración de los misterios. Y, por
consiguiente, la mistagogia, que nos enseña a celebrar.
Para mí realmente es importante que los sacramentos, la celebración
eucarística, no sean algo extraño al lado de trabajos más contemporáneos,
como la educación moral, económica, o todas las cosas que ya hemos
dicho. Puede suceder fácilmente que el sacramento quede un poco aislado
en un contexto más pragmático y se convierta en una realidad no
totalmente insertada en la totalidad de nuestro ser humano.
Gracias por la pregunta, porque realmente nosotros debemos enseñar a
las personas a ser hombres. Debemos enseñar este gran arte: cómo ser
hombre. Como hemos visto, esto exige muchas cosas: desde denunciar el
pecado original que está en las raíces de nuestra economía y en las
numerosas ramas de nuestra vida, hasta guiar concretamente a la justicia y
anunciar el Evangelio a los no creyentes. Pero los misterios no son algo
exótico en el universo de las realidades más prácticas. El misterio es el
corazón del que procede nuestra fuerza y al que volvemos para encontrar
este centro. Por eso, yo creo que la catequesis que llamamos mistagógica
es realmente importante. Mistagógica quiere decir también realista,
referida a nuestra vida de hombres de hoy. Si es verdad que el hombre no
tiene en sí su medida —lo que es justo y lo que no lo es—, sino que
encuentra su medida fuera de sí mismo, en Dios, es importante que este
Dios no sea lejano, sino que sea reconocible, que sea concreto, que entre
56
en nuestra vida y sea realmente un amigo con el que
podamos hablar y que habla con nosotros.
Debemos aprender a celebrar la Eucaristía, aprender a conocer de
cerca a Jesucristo, el Dios con rostro humano; entrar realmente en
contacto con él, aprender a escucharlo; aprender a dejarlo entrar en
nosotros. Porque la comunión sacramental es precisamente esta inter-
penetración entre dos personas. No tomo un pedazo de pan o de carne;
tomo o abro mi corazón para que entre el Resucitado en el contexto de mi
ser, para que esté dentro de mí y no sólo fuera de mí; para que así hable
dentro de mí y transforme mi ser; para que me dé el sentido de la justicia,
el dinamismo de la justicia, el celo por el Evangelio.
Esta celebración, en la que Dios no sólo se acerca a nosotros, sino que
entra en el tejido de nuestra existencia, es fundamental para poder vivir
realmente con Dios y para Dios, y llevar la luz de Dios a este mundo. No
podemos entrar ahora en demasiados detalles. Pero siempre es importante
que la catequesis sacramental sea una catequesis existencial.
Naturalmente, aun aceptando y aprendiendo cada vez más el aspecto
mistérico —donde acaban las palabras y los razonamientos—, la
catequesis es totalmente realista, porque me lleva a Dios y Dios a mí. Me
lleva al otro porque el otro recibe al mismo Cristo, igual que yo. Así pues,
si en él y en mí está el mismo Cristo, nosotros dos ya no somos individuos
separados. Aquí nace la doctrina del Cuerpo de Cristo, porque todos
estamos incorporados si recibimos bien la Eucaristía en el mismo Cristo.
Por tanto, el prójimo es realmente próximo: ya no somos dos "yo"
separados, sino que estamos unidos en el "yo" mismo de Cristo. Con otras
palabras, la catequesis eucarística y sacramental debe llegar realmente a lo
más vivo de mi existencia, me debe llevar precisamente a abrirme a la voz
de Dios, a dejarme abrir para que rompa este pecado original del egoísmo
y sea una apertura de mi existencia en profundidad, de modo que pueda
llegar a ser un hombre justo. En este sentido, me parece que todos
debemos aprender cada vez mejor la liturgia, no como algo exótico, sino
como el corazón de nuestro ser cristianos, que no se abre fácilmente a un
hombre distante, sino que, por otra parte, es precisamente la apertura al
otro, al mundo.
Todos debemos colaborar para celebrar cada vez más profundamente
la Eucaristía: no sólo como rito, sino también como proceso existencial
que me afecta en lo más íntimo, más que cualquier otra cosa, y me
cambia, me transforma. Y, transformándome, también da inicio a la
transformación del mundo que el Señor desea y para la cual quiere que
seamos sus instrumentos.

Santo Padre, soy el padre Lucio Maria Zappatore, carmelita, párroco


de la parroquia de Santa María, Regina Mundi, en Torrespaccata.
Para justificar mi intervención, me remito a lo que dijo usted el
domingo pasado, en la alocución antes del rezo del Ángelus, a propósito
del ministerio petrino. Habló usted del ministerio singular y específico del
Obispo de Roma, el cual preside en la comunión universal de la caridad.
57
Le pido que prosiga esta reflexión, ampliándola a la Iglesia universal:
¿Cuál es el carisma singular de la Iglesia de Roma y cuáles son las
características que la hacen única en el mundo, por un don misterioso de
la Providencia? Tener como obispo al Pastor de la Iglesia universal, ¿qué
implica en su misión, en particular hoy? No queremos conocer nuestros
privilegios. Antes se decía: "parochus in urbe, episcopus in orbe". Lo que
queremos saber es cómo vivir este carisma, este don de vivir como
sacerdotes en Roma y qué es lo que usted espera de nosotros, los párrocos
romanos.
Dentro de pocos días usted irá al Capitolio para encontrarse con las
autoridades civiles de Roma y hablará de los problemas materiales de
nuestra ciudad. Hoy le pedimos que nos hable a nosotros de los
problemas espirituales de Roma y de su Iglesia.
Benedicto XVI:
Gracias. Su pregunta, si entendí bien, tiene dos partes. Ante todo, cuál
es la responsabilidad concreta del Obispo de Roma hoy. Aunque luego
usted extiende, con razón, el privilegio petrino a toda la Iglesia de Roma
—así era considerado en la Iglesia antigua— y pregunta cuáles son las
obligaciones de la Iglesia de Roma para responder a esta vocación suya.
No es necesario desarrollar aquí la doctrina del primado; todos la
conocéis muy bien. Es importante destacar el hecho de que realmente el
Sucesor de Pedro, el ministerio de Pedro, garantiza la universalidad de la
Iglesia; así se superan los nacionalismos y otras fronteras que existen en la
humanidad de hoy, para ser realmente una Iglesia en la diversidad y en la
riqueza de las numerosas culturas.
Vemos cómo también las demás comunidades eclesiales, las demás
Iglesias, sienten la necesidad de un punto de unificación para no caer en el
nacionalismo, en la identificación con una cultura determinada, para estar
realmente abiertos, todos para todos, y para sentirse casi obligados a
abrirse siempre a todos los demás. Me parece que el ministerio
fundamental del Sucesor de Pedro consiste en garantizar esta catolicidad,
que implica multiplicidad, diversidad, riqueza de culturas, respeto de las
diferencias; y que, al mismo tiempo, excluye la absolutización y une a
todos, les obliga a abrirse, a salir de la absolutización de lo propio para
encontrarse en la unidad de la familia de Dios, que el Señor ha querido y
por la que garantiza el Sucesor de Pedro, como unidad en la diversidad.
Naturalmente, la Iglesia del Sucesor de Pedro debe llevar juntamente
con su obispo este peso, esta alegría del don de su responsabilidad. En el
Apocalipsis el obispo aparece como ángel de su Iglesia, es decir, en cierto
sentido como la incorporación de su Iglesia, a la que debe responder el ser
de la Iglesia misma. Por tanto, la Iglesia de Roma, juntamente con el
Sucesor de Pedro y como su Iglesia particular, debe garantizar
precisamente esta universalidad, esta apertura, esta responsabilidad por la
trascendencia del amor, este presidir en el amor que excluye los
particularismos.
También debe garantizar la fidelidad a la Palabra del Señor, al don de
la fe, que no hemos inventado nosotros, sino que es realmente un don que
58
sólo podía venir de Dios mismo. Este es y será siempre el deber, pero
también el privilegio, de la Iglesia de Roma, contra las modas, contra los
particularismos, contra la absolutización de algunos aspectos, contra las
herejías, que siempre son absolutizaciones de un aspecto. Asimismo, es el
deber de garantizar la universalidad y la fidelidad a la integridad, a la
riqueza de su fe, de su camino en la historia que siempre se abre al futuro.
Y, juntamente con este testimonio de fe y de universalidad, naturalmente
debe dar el ejemplo de la caridad.
Así nos dice san Ignacio, identificando en esta palabra un poco
enigmática, el sacramento de la Eucaristía, la acción de amar a los demás.
Y, volviendo al punto anterior, es muy importante esta identificación con
la Eucaristía, que es ágape, es caridad, es la presencia de la caridad, que
nos ha sido donada en Cristo. Debe ser siempre caridad, signo y causa de
caridad al abrirse a los demás, de este darse a los demás, de esta
responsabilidad con respecto a los necesitados, a los pobres, a los
olvidados. Esta es una gran responsabilidad.
Al presidir en la Eucaristía sigue el presidir en la caridad, que sólo
puede testimoniar la comunidad misma. Esta es la gran tarea, el gran deber
de la Iglesia de Roma: ser realmente ejemplo y punto de partida de la
caridad. En este sentido es baluarte de la caridad.
En el presbiterio de Roma somos de todos los continentes, de todas las
razas, de todas la filosofías y de todas las culturas. Me alegra que
precisamente el presbiterio de Roma manifieste la universalidad, que en la
unidad de la pequeña Iglesia local manifieste la presencia de la Iglesia
universal. Es más difícil y exigente ser también y realmente portadores del
testimonio, de la caridad, de estar entre los demás con nuestro Señor. Sólo
nos queda orar al Señor para que nos ayude en cada una de las parroquias,
en cada una de las comunidades, a fin de que todos juntos podamos ser
realmente fieles a este don, a este mandato: presidir la caridad.

Santo Padre, soy el padre Guillermo M. Cassone, de la comunidad de


los padres de Schönstatt en Roma, vicario parroquial en la parroquia de
los santos patronos de Italia, San Francisco y Santa Catalina, en el
Trastévere.
Después del Sínodo sobre la Palabra de Dios, reflexionando sobre la
proposición 55: "María Mater Dei et Mater fidei", me pregunté cómo
mejorar la relación entre la Palabra de Dios y la piedad mariana, tanto
en la vida espiritual sacerdotal como en la acción pastoral. Me ayudan
dos imágenes: la Anunciación, para la escucha; y la Visitación, para el
anuncio. Santidad, le pido que nos ilumine con su enseñanza sobre este
tema. Gracias por este don.
Benedicto XVI:
Me parece que usted mismo ha dado también la respuesta a su
pregunta. En realidad, María es la mujer de la escucha. Lo vemos en el
encuentro con el ángel y lo volvemos a ver en todas las escenas de su vida,
desde las bodas de Caná hasta la cruz y hasta el día de Pentecostés,
cuando estaba en medio de los Apóstoles precisamente para acoger al
59
Espíritu Santo. Es el símbolo de la apertura, de la Iglesia que espera la
venida del Espíritu Santo.
En el momento del anuncio del ángel podemos ver ya la actitud de
escucha, una escucha verdadera, una escucha dispuesta a interiorizar: no
dice simplemente "sí", sino que asimila la Palabra, acoge en sí la Palabra.
Y después sigue la verdadera obediencia, como una Palabra ya
interiorizada, es decir, transformada en Palabra en mí y para mí, como
forma de mi vida. Es algo muy hermoso ver esta escucha activa, o sea, una
escucha que atrae la Palabra de modo que entre y se transformé en Palabra
en mí, reflexionándola y aceptándola hasta lo más íntimo del corazón. Así
la Palabra se convierte en encarnación.
Lo mismo vemos en el Magníficat. Sabemos que es un texto
entretejido con palabras del Antiguo Testamento. Vemos que María es
realmente una mujer de escucha, que en el corazón conocía la Escritura.
No sólo conocía algunos textos; estaba tan identificada con la Palabra, que
en su corazón y en sus labios las palabras del Antiguo Testamento se
transforman, sintetizadas, en un canto. Vemos que su vida estaba
realmente penetrada por la Palabra; había entrado en la Palabra, la había
asimilado; así en ella se había convertido en vida, transformándose luego
de nuevo en Palabra de alabanza y de anuncio de la grandeza de Dios.
Me parece que san Lucas, refiriéndose a María, dice al menos tres
veces, o tal vez cuatro, que asimiló y conservó las Palabras en su corazón.
Para los Padres, era el modelo de la Iglesia, el modelo del creyente que
conserva la Palabra, que lleva en sí la Palabra, y no sólo la ley; que la
interpreta con la inteligencia, para saber qué significaba en aquel tiempo,
cuáles son los problemas filológicos. Todo esto es interesante, importante,
pero más importante aún es escuchar la Palabra que se ha de conservar y
que se hace Palabra en mí, vida en mí y presencia del Señor. Por eso me
parece importante el nexo entre mariología y teología de la Palabra, del
que hablaron también los padres sinodales y del que hablaremos en el
documento postsinodal.
Es evidente que la Virgen es palabra de la escucha, palabra silenciosa,
pero también palabra de alabanza, de anuncio, porque en la escucha la
Palabra se hace de nuevo carne, y así se transforma en presencia de la
grandeza de Dios.

Santo Padre, soy Pietro Riggi, salesiano, y trabajo en el "Borgo


ragazzi don Bosco". Mi pregunta es la siguiente: el concilio Vaticano II
aportó muchas novedades importantísimas a la Iglesia, pero no abolió las
cosas que ya existían. Me parece que algunos sacerdotes o teólogos
quisieran hacer creer que es espíritu del Concilio algo que en realidad no
tiene nada que ver con el Concilio mismo. Por ejemplo, las indulgencias.
Tenemos el Manual de las indulgencias de la Penitenciaría apostólica. A
través de las indulgencias se acude al tesoro de la Iglesia y se puede
ayudar con sufragios a las almas del Purgatorio. Tenemos un calendario
litúrgico en el que se dice cuándo y cómo se pueden lucrar las
indulgencias plenarias, pero muchos sacerdotes ya no hablan de ellas,
60
impidiendo que lleguen sufragios importantísimos a las almas del
Purgatorio. Y luego están las bendiciones. Tenemos el Manual de las
bendiciones, en el que se prevé la bendición de personas, locales, objetos
e incluso alimentos. Pero muchos sacerdotes las ignoran; otros las
consideran preconciliares. De esta forma rechazan a los fieles que piden
lo que por derecho deberían tener.
Y lo mismo sucede con algunas prácticas de piedad muy conocidas.
Los primeros viernes de mes no fueron abolidos por el concilio Vaticano
II, pero muchos sacerdotes ya no hablan o incluso hablan mal de esta
práctica. Hoy existe una especie de aversión a estas prácticas, porque las
ven como cosas antiguas o perjudiciales, como cosas viejas y
preconciliares, y a mí me parece que todas estas oraciones y prácticas
cristianas son muy actuales y muy importantes. Creo que se deberían
promover, explicándolas de modo adecuado al pueblo de Dios, con sano
equilibrio y con verdad, para respetar la doctrina completa del Vaticano
II.
También quiero preguntarle lo siguiente: en cierta ocasión, usted,
hablando de Fátima, dijo que existe un nexo entre Fátima y Akita, la
Virgen que lloró sangre en Japón. Tanto Pablo VI como Juan Pablo II
celebraron en Fátima una misa solemne y utilizaron el mismo pasaje de la
Sagrada Escritura, Apocalipsis 12, la mujer vestida de sol que libra un
combate decisivo contra la serpiente antigua, el diablo, satanás. ¿Hay
afinidad entre Fátima y Apocalipsis 12?
Benedicto XVI:
Son realidades de las que el Concilio no habló, pero que supone como
realidades en la Iglesia. Viven en la Iglesia y se desarrollan. Ahora no es el
momento de entrar en el gran tema de las indulgencias. Pablo VI
reorganizó este tema y nos indicó las líneas para comprenderlo. Yo diría
que se trata sencillamente de un intercambio de dones, es decir: los bienes
que hay en la Iglesia son para todos. Con esta clave de la indulgencia
podemos entrar en esta comunión de los bienes en la Iglesia.
Los protestantes se oponen, afirmando que el único tesoro es Cristo.
Pero para mí lo maravilloso es que Cristo —el cual realmente es más que
suficiente en su amor infinito, en su divinidad y su humanidad— quiso
añadir a lo que él hizo también nuestra pobreza. No nos considera sólo
como objetos de su misericordia, sino que nos hace sujetos de la
misericordia y del amor, juntamente con él, como si nos quisiera añadir —
si bien no cuantitativamente, al menos en sentido mistérico— al gran
tesoro del Cuerpo de Cristo. Quería ser la Cabeza con el cuerpo. Y quería
que con el cuerpo se completara el misterio de su redención. Jesús quería
tener a la Iglesia como su cuerpo, en el que se realiza toda la riqueza de lo
que él hizo. Este misterio nos muestra precisamente que existe un
thesaurus Ecclesiae; que el cuerpo, al igual que la Cabeza, da mucho; que
nosotros podemos recibir unos de otros, y podemos dar unos a otros.
Esto mismo vale para las demás cosas. Por ejemplo, los viernes del
Sagrado Corazón constituyen una práctica muy hermosa en la Iglesia. No
son cosas necesarias, pero se han desarrollado en la riqueza de la
61
meditación del misterio. Así el Señor nos ofrece en la Iglesia estas
posibilidades. Creo que ahora no es el momento de entrar en todos los
detalles. Cada uno puede comprender, más o menos, qué cosa es menos
importante que otra, pero nadie debería despreciar esta riqueza, que ha
crecido a lo largo de los siglos como ofrecimiento y como multiplicación
de las luces en la Iglesia. La luz de Cristo es única. Se manifiesta en todos
sus colores y ofrece el conocimiento de la riqueza de su don, la interacción
entre Cabeza y cuerpo, la interacción entre los miembros, a fin de que
todos juntos podamos ser de verdad un organismo vivo, en el que cada
uno da a todos, y todos dan al Señor, el cual se nos ha dado totalmente a
nosotros.

TENTACIONES: LOS ÁNGELES SERVÍAN A JESÚS


20090301. Ángelus
Hoy es el primer domingo de Cuaresma, y el Evangelio, con el estilo
sobrio y conciso de san Marcos, nos introduce en el clima de este tiempo
litúrgico: "El Espíritu impulsó a Jesús al desierto y permaneció en el
desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás" (Mc 1, 12-13). En
Tierra Santa, al oeste del río Jordán y del oasis de Jericó, se encuentra el
desierto de Judea, que, por valles pedregosos, superando un desnivel de
cerca de mil metros, sube hasta Jerusalén. Después de recibir el bautismo
de Juan, Jesús se adentró en aquella soledad conducido por el mismo
Espíritu Santo que se había posado sobre él consagrándolo y revelándolo
como Hijo de Dios.
En el desierto, lugar de la prueba, como muestra la experiencia del
pueblo de Israel, aparece con intenso dramatismo la realidad de la kénosis,
del vaciamiento de Cristo, que se despojó de la forma de Dios (cf. Flp 2,
6-7). Él, que no ha pecado y no puede pecar, se somete a la prueba y por
eso puede compadecerse de nuestras flaquezas (cf. Hb 4, 15). Se deja
tentar por Satanás, el adversario, que desde el principio se opuso al
designio salvífico de Dios en favor de los hombres.
Casi de pasada, en la brevedad del relato, ante esta figura oscura y
tenebrosa que tiene la osadía de tentar al Señor, aparecen los ángeles,
figuras luminosas y misteriosas. Los ángeles, dice el evangelio, "servían"
a Jesús (Mc 1, 13); son el contrapunto de Satanás. "Ángel" quiere decir
"enviado". En todo el Antiguo Testamento encontramos estas figuras que,
en nombre de Dios, ayudan y guían a los hombres. Basta recordar el libro
de Tobías, en el que aparece la figura del ángel Rafael, que ayuda al
protagonista en numerosas vicisitudes. La presencia tranquilizadora del
ángel del Señor acompaña al pueblo de Israel en todas las circunstancias,
tanto en las buenas como en las malas.
En el umbral del Nuevo Testamento, Gabriel es enviado a anunciar a
Zacarías y a María los acontecimientos felices que constituyen el inicio de
nuestra salvación; y un ángel, cuyo nombre no se dice, advierte a José,
62
orientándolo en aquel momento de incertidumbre. Un coro de ángeles
lleva a los pastores la buena nueva del nacimiento del Salvador; y, del
mismo modo, son también los ángeles quienes anuncian a las mujeres la
feliz noticia de su resurrección. Al final de los tiempos, los ángeles
acompañarán a Jesús en su venida en la gloria (cf. Mt 25, 31). Los ángeles
sirven a Jesús, que es ciertamente superior a ellos, y su dignidad se
proclama aquí, en el evangelio, de modo claro aunque discreto. En efecto,
incluso en la situación de extrema pobreza y humildad, cuando es tentado
por Satanás, sigue siendo el Hijo de Dios, el Mesías, el Señor.
Queridos hermanos y hermanas, quitaríamos una parte notable del
Evangelio, si dejáramos de lado a estos seres enviados por Dios, que
anuncian su presencia en medio de nosotros y son un signo de ella.
Invoquémoslos a menudo, para que nos sostengan en el compromiso de
seguir a Jesús hasta identificarnos con él.

LA TRANSFIGURACIÓN ES EXPERIENCIA DE ORACIÓN


20090308. Ángelus
Durante los días pasados, como sabéis, hice los ejercicios espirituales
juntamente con mis colaboradores de la Curia romana. Fue una semana de
silencio y de oración: la mente y el corazón pudieron dedicarse totalmente
a Dios, a la escucha de su Palabra y a la meditación de los misterios de
Cristo. Con las debidas proporciones, es algo así como lo que les sucedió
a los apóstoles Pedro, Santiago y Juan, cuando Jesús los llevó a ellos solos
a un monte alto, en un lugar apartado, y mientras oraba se "transfiguró":
su rostro y su persona se volvieron luminosos, resplandecientes.
La liturgia vuelve a proponer este célebre episodio precisamente hoy,
segundo domingo de Cuaresma (cf. Mc 9, 2-10). Jesús quería que sus
discípulos, de modo especial los que tendrían la responsabilidad de guiar a
la Iglesia naciente, experimentaran directamente su gloria divina, para
afrontar el escándalo de la cruz. En efecto, cuando llegue la hora de la
traición y Jesús se retire a rezar a Getsemaní, tomará consigo a los mismos
Pedro, Santiago y Juan, pidiéndoles que velen y oren con él (cf. Mt 26,
38). Ellos no lo lograrán, pero la gracia de Cristo los sostendrá y les
ayudará a creer en la resurrección.
Quiero subrayar que la Transfiguración de Jesús fue esencialmente una
experiencia de oración (cf. Lc 9, 28-29). En efecto, la oración alcanza su
culmen, y por tanto se convierte en fuente de luz interior, cuando el
espíritu del hombre se adhiere al de Dios y sus voluntades se funden como
formando una sola cosa. Cuando Jesús subió al monte, se sumergió en la
contemplación del designio de amor del Padre, que lo había mandado al
mundo para salvar a la humanidad. Junto a Jesús aparecieron Elías y
Moisés, para significar que las Sagradas Escrituras concordaban en
anunciar el misterio de su Pascua, es decir, que Cristo debía sufrir y morir
para entrar en su gloria (cf. Lc 24, 26. 46). En aquel momento Jesús vio
perfilarse ante él la cruz, el extremo sacrificio necesario para liberarnos
del dominio del pecado y de la muerte. Y en su corazón, una vez más,
63
repitió su "Amén". Dijo "sí", "heme aquí", "hágase, oh Padre, tu voluntad
de amor". Y, como había sucedido después del bautismo en el Jordán,
llegaron del cielo los signos de la complacencia de Dios Padre: la luz, que
transfiguró a Cristo, y la voz que lo proclamó "Hijo amado" (Mc 9, 7).
Juntamente con el ayuno y las obras de misericordia, la oración forma
la estructura fundamental de nuestra vida espiritual. Queridos hermanos y
hermanas, os exhorto a encontrar en este tiempo de Cuaresma momentos
prolongados de silencio, posiblemente de retiro, para revisar vuestra vida a
la luz del designio de amor del Padre celestial. En esta escucha más
intensa de Dios dejaos guiar por la Virgen María, maestra y modelo de
oración. Ella, incluso en la densa oscuridad de la pasión de Cristo, no
perdió la luz de su Hijo divino, sino que la custodió en su alma. Por eso, la
invocamos como Madre de la confianza y de la esperanza.

UN HECHO DEL QUE DEBEMOS TOMAR NOTA


20090310. Carta. A los obispos sobre la remisión de excomunión
La remisión de la excomunión a los cuatro Obispos consagrados en el
año 1988 por el Arzobispo Lefebvre sin mandato de la Santa Sede, ha
suscitado por múltiples razones dentro y fuera de la Iglesia católica una
discusión de una vehemencia como no se había visto desde hace mucho
tiempo. Muchos Obispos se han sentido perplejos ante un acontecimiento
sucedido inesperadamente y difícil de encuadrar positivamente en las
cuestiones y tareas de la Iglesia de hoy. A pesar de que muchos Obispos y
fieles estaban dispuestos en principio a considerar favorablemente la
disposición del Papa a la reconciliación, a ello se contraponía sin embargo
la cuestión sobre la conveniencia de dicho gesto ante las verdaderas
urgencias de una vida de fe en nuestro tiempo. Algunos grupos, en
cambio, acusaban abiertamente al Papa de querer volver atrás, hasta antes
del Concilio. Se desencadenó así una avalancha de protestas, cuya
amargura mostraba heridas que se remontaban más allá de este momento.
Por eso, me siento impulsado a dirigiros a vosotros, queridos Hermanos,
una palabra clarificadora, que debe ayudar a comprender las intenciones
que me han guiado en esta iniciativa, a mí y a los organismos competentes
de la Santa Sede. Espero contribuir de este modo a la paz en la Iglesia.
Una contrariedad para mí imprevisible fue el hecho de que el caso
Williamson se sobrepusiera a la remisión de la excomunión. El gesto
discreto de misericordia hacia los cuatro Obispos, ordenados válidamente
pero no legítimamente, apareció de manera inesperada como algo
totalmente diverso: como la negación de la reconciliación entre cristianos
y judíos y, por tanto, como la revocación de lo que en esta materia el
Concilio había aclarado para el camino de la Iglesia. Una invitación a la
reconciliación con un grupo eclesial implicado en un proceso de
separación, se transformó así en su contrario: un aparente volver atrás
respecto a todos los pasos de reconciliación entre los cristianos y judíos
64
que se han dado a partir del Concilio, pasos compartidos y promovidos
desde el inicio como un objetivo de mi trabajo personal teológico. Que
esta superposición de dos procesos contrapuestos haya sucedido y, durante
un tiempo haya enturbiado la paz entre cristianos y judíos, así como
también la paz dentro de la Iglesia, es algo que sólo puedo lamentar
profundamente. Me han dicho que seguir con atención las noticias
accesibles por Internet habría dado la posibilidad de conocer
tempestivamente el problema. De ello saco la lección de que, en el futuro,
en la Santa Sede deberemos prestar más atención a esta fuente de noticias.
Me ha entristecido el hecho de que también los católicos, que en el fondo
hubieran podido saber mejor cómo están las cosas, hayan pensado
deberme herir con una hostilidad dispuesta al ataque. Justamente por esto
doy gracias a los amigos judíos que han ayudado a deshacer rápidamente
el malentendido y a restablecer la atmósfera de amistad y confianza que,
como en el tiempo del Papa Juan Pablo II, también ha habido durante todo
el período de mi Pontificado y, gracias a Dios, sigue habiendo.
Otro desacierto, del cual me lamento sinceramente, consiste en el
hecho de que el alcance y los límites de la iniciativa del 21 de enero de
2009 no se hayan ilustrado de modo suficientemente claro en el momento
de su publicación. La excomunión afecta a las personas, no a las
instituciones. Una ordenación episcopal sin el mandato pontificio significa
el peligro de un cisma, porque cuestiona la unidad del colegio episcopal
con el Papa. Por esto, la Iglesia debe reaccionar con la sanción más dura,
la excomunión, con el fin de llamar a las personas sancionadas de este
modo al arrepentimiento y a la vuelta a la unidad. Por desgracia, veinte
años después de la ordenación, este objetivo no se ha alcanzado todavía.
La remisión de la excomunión tiende al mismo fin al que sirve la sanción:
invitar una vez más a los cuatro Obispos al retorno. Este gesto era posible
después de que los interesados reconocieran en línea de principio al Papa
y su potestad de Pastor, a pesar de las reservas sobre la obediencia a su
autoridad doctrinal y a la del Concilio.
Con esto vuelvo a la distinción entre persona e institución. La remisión
de la excomunión ha sido un procedimiento en el ámbito de la disciplina
eclesiástica: las personas venían liberadas del peso de conciencia
provocado por la sanción eclesiástica más grave. Hay que distinguir este
ámbito disciplinar del ámbito doctrinal. El hecho de que la Fraternidad
San Pío X no posea una posición canónica en la Iglesia, no se basa al fin y
al cabo en razones disciplinares sino doctrinales. Hasta que la Fraternidad
no tenga una posición canónica en la Iglesia, tampoco sus ministros
ejercen ministerios legítimos en la Iglesia. Por tanto, es preciso distinguir
entre el plano disciplinar, que concierne a las personas en cuanto tales, y el
plano doctrinal, en el que entran en juego el ministerio y la institución.
Para precisarlo una vez más: hasta que las cuestiones relativas a la
doctrina no se aclaren, la Fraternidad no tiene ningún estado canónico en
la Iglesia, y sus ministros, no obstante hayan sido liberados de la sanción
eclesiástica, no ejercen legítimamente ministerio alguno en la Iglesia.
65
A la luz de esta situación, tengo la intención de asociar próximamente
la Pontificia Comisión "Ecclesia Dei", institución competente desde 1988
para esas comunidades y personas que, proviniendo de la Fraternidad San
Pío X o de agrupaciones similares, quieren regresar a la plena comunión
con el Papa, con la Congregación para la Doctrina de la Fe. Con esto se
aclara que los problemas que deben ser tratados ahora son de naturaleza
esencialmente doctrinal, y se refieren sobre todo a la aceptación del
Concilio Vaticano II y del magisterio postconciliar de los Papas. Los
organismos colegiales con los cuales la Congregación estudia las
cuestiones que se presentan (especialmente la habitual reunión de los
Cardenales el miércoles y la Plenaria anual o bienal) garantizan la
implicación de los Prefectos de varias Congregaciones romanas y de los
representantes del Episcopado mundial en las decisiones que se hayan de
tomar. No se puede congelar la autoridad magisterial de la Iglesia al año
1962, lo cual debe quedar bien claro a la Fraternidad. Pero a algunos de
los que se muestran como grandes defensores del Concilio se les debe
recordar también que el Vaticano II lleva consigo toda la historia doctrinal
de la Iglesia. Quien quiere ser obediente al Concilio, debe aceptar la fe
profesada en el curso de los siglos y no puede cortar las raíces de las que
el árbol vive.
Espero, queridos Hermanos, que con esto quede claro el significado
positivo, como también sus límites, de la iniciativa del 21 de enero de
2009. Sin embargo, queda ahora la cuestión: ¿Era necesaria tal iniciativa?
¿Constituía realmente una prioridad? ¿No hay cosas mucho más
importantes? Ciertamente hay cosas más importantes y urgentes. Creo
haber señalado las prioridades de mi Pontificado en los discursos que
pronuncié en sus comienzos. Lo que dije entonces sigue siendo de manera
inalterable mi línea directiva. La primera prioridad para el Sucesor de
Pedro fue fijada por el Señor en el Cenáculo de manera inequívoca: "Tú…
confirma a tus hermanos" (Lc 22,32). El mismo Pedro formuló de modo
nuevo esta prioridad en su primera Carta: "Estad siempre prontos para dar
razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere" (1 Pe 3,15). En
nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro
de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento, la prioridad
que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y
abrir a los hombres el acceso a Dios. No a un dios cualquiera, sino al Dios
que habló en el Sinaí; al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor llevado
hasta el extremo (cf. Jn 13,1), en Jesucristo crucificado y resucitado. El
auténtico problema en este momento actual de la historia es que Dios
desaparece del horizonte de los hombres y, con el apagarse de la luz que
proviene de Dios, la humanidad se ve afectada por la falta de orientación,
cuyos efectos destructivos se ponen cada vez más de manifiesto.
Conducir a los hombres hacia Dios, hacia el Dios que habla en la
Biblia: Ésta es la prioridad suprema y fundamental de la Iglesia y del
Sucesor de Pedro en este tiempo. De esto se deriva, como consecuencia
lógica, que debemos tener muy presente la unidad de los creyentes. En
efecto, su discordia, su contraposición interna, pone en duda la
66
credibilidad de su hablar de Dios. Por eso, el esfuerzo con miras al
testimonio común de fe de los cristianos –al ecumenismo– está incluido en
la prioridad suprema. A esto se añade la necesidad de que todos los que
creen en Dios busquen juntos la paz, intenten acercarse unos a otros, para
caminar juntos, incluso en la diversidad de su imagen de Dios, hacia la
fuente de la Luz. En esto consiste el diálogo interreligioso. Quien anuncia
a Dios como Amor "hasta el extremo" debe dar testimonio del amor.
Dedicarse con amor a los que sufren, rechazar el odio y la enemistad, es la
dimensión social de la fe cristiana, de la que hablé en la Encíclica Deus
caritas est.
Por tanto, si el compromiso laborioso por la fe, por la esperanza y el
amor en el mundo es en estos momentos (y, de modos diversos, siempre)
la auténtica prioridad para la Iglesia, entonces también forman parte de
ella las reconciliaciones pequeñas y medianas. Que el humilde gesto de
una mano tendida haya dado lugar a un revuelo tan grande, convirtiéndose
precisamente así en lo contrario de una reconciliación, es un hecho del que
debemos tomar nota. Pero ahora me pregunto: ¿Era y es realmente una
equivocación, también en este caso, salir al encuentro del hermano que
"tiene quejas contra ti" (cf. Mt 5,23s) y buscar la reconciliación? ¿Acaso la
sociedad civil no debe intentar también prevenir las radicalizaciones y
reintegrar a sus eventuales partidarios –en la medida de lo posible- en las
grandes fuerzas que plasman la vida social, para evitar su segregación con
todas sus consecuencias? ¿Puede ser totalmente desacertado el
comprometerse en la disolución de las rigideces y restricciones, para dar
espacio a lo que haya de positivo y recuperable para el conjunto? Yo
mismo he visto en los años posteriores a 1988 cómo, mediante el regreso
de comunidades separadas anteriormente de Roma, ha cambiado su clima
interior; cómo el regreso a la gran y amplia Iglesia común ha hecho
superar posiciones unilaterales y ablandado rigideces, de modo que luego
han surgido fuerzas positivas para el conjunto. ¿Puede dejarnos totalmente
indiferentes una comunidad en la cual hay 491 sacerdotes, 215
seminaristas, 6 seminarios, 88 escuelas, 2 institutos universitarios, 117
hermanos, 164 hermanas y millares de fieles? ¿Debemos realmente
dejarlos tranquilamente ir a la deriva lejos de la Iglesia? Pienso por
ejemplo en los 491 sacerdotes. No podemos conocer la trama de sus
motivaciones. Sin embargo, creo que no se hubieran decidido por el
sacerdocio si, junto a varios elementos distorsionados y enfermos, no
existiera el amor por Cristo y la voluntad de anunciarlo y, con Él, al Dios
vivo. ¿Podemos simplemente excluirlos, como representantes de un grupo
marginal radical, de la búsqueda de la reconciliación y de la unidad? ¿Qué
será de ellos luego?
Ciertamente, desde hace mucho tiempo y, después, de nuevo en esta
ocasión concreta hemos escuchado de representantes de esa comunidad
muchas cosas fuera de tono: soberbia y presunción, obcecaciones sobre
unilateralismos, etc. Por amor a la verdad, debo añadir que he recibido
también una serie de impresionantes testimonios de gratitud, en los cuales
se percibía una apertura de los corazones. ¿Acaso no debe la gran Iglesia
67
permitirse ser también generosa, siendo consciente de la envergadura que
posee; en la certeza de la promesa que le ha sido confiada? ¿No debemos
como buenos educadores ser capaces también de dejar de fijarnos en
diversas cosas no buenas y apresurarnos a salir fuera de las estrecheces?
¿Y acaso no debemos admitir que también en el ámbito eclesial se ha dado
alguna salida de tono? A veces se tiene la impresión de que nuestra
sociedad tenga necesidad de un grupo al menos con el cual no tener
tolerancia alguna; contra el cual pueda tranquilamente arremeter con odio.
Y si alguno intenta acercársele –en este caso el Papa– también él pierde el
derecho a la tolerancia y puede también ser tratado con odio, sin temor ni
reservas.
Queridos Hermanos, por circunstancias fortuitas, en los días en que me
vino a la mente escribir esta carta, tuve que interpretar y comentar en el
Seminario Romano el texto de Ga 5,13-15. Percibí con sorpresa la
inmediatez con que estas frases nos hablan del momento actual: «No una
libertad para que se aproveche el egoísmo; al contrario, sed esclavos unos
de otros por amor. Porque toda la ley se concentra en esta frase: "Amarás
al prójimo como a ti mismo". Pero, atención: que si os mordéis y devoráis
unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente». Siempre fui
propenso a considerar esta frase como una de las exageraciones retóricas
que a menudo se encuentran en San Pablo. Bajo ciertos aspectos puede ser
también así. Pero desgraciadamente este "morder y devorar" existe
también hoy en la Iglesia como expresión de una libertad mal interpretada.
¿Sorprende acaso que tampoco nosotros seamos mejores que los Gálatas?
Que ¿quizás estemos amenazados por las mismas tentaciones? ¿Que
debamos aprender nuevamente el justo uso de la libertad? ¿Y que una y
otra vez debamos aprender la prioridad suprema: el amor? El día en que
hablé de esto en el Seminario Mayor, en Roma se celebraba la fiesta de la
Virgen de la Confianza. En efecto, María nos enseña la confianza. Ella nos
conduce al Hijo, del cual todos nosotros podemos fiarnos. Él nos guiará,
incluso en tiempos turbulentos. De este modo, quisiera dar las gracias de
corazón a todos los numerosos Obispos que en este tiempo me han dado
pruebas conmovedoras de confianza y de afecto y, sobre todo, me han
asegurado sus oraciones. Este agradecimiento sirve también para todos los
fieles que en este tiempo me han dado prueba de su fidelidad intacta al
Sucesor de San Pedro. El Señor nos proteja a todos nosotros y nos
conduzca por la vía de la paz. Es un deseo que me brota espontáneo del
corazón al comienzo de esta Cuaresma, que es un tiempo litúrgico
particularmente favorable a la purificación interior y que nos invita a
todos a mirar con esperanza renovada al horizonte luminoso de la Pascua.

LA POBREZA ESPIRITUAL DEL HOMBRE ACTUAL


20090309. Discurso. Visita al Capitolio de Roma. Ayuntamiento
Los episodios de violencia, deplorados por todos, manifiestan un
malestar más profundo; yo diría que son signo de una verdadera pobreza
espiritual que aflige al corazón del hombre contemporáneo.
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Efectivamente, la eliminación de Dios y de su ley, como condición de la
realización de la felicidad del hombre, no ha alcanzado su objetivo; al
contrario, priva al hombre de las certezas espirituales y de la esperanza
necesarias para afrontar las dificultades y los desafíos diarios. Por
ejemplo, una rueda, cuando le falta el eje central, pierde su función motriz.
Así la moral no cumple su fin último si no tiene como perno la inspiración
y la sumisión a Dios, fuente y juez de todo bien.
Ante el preocupante debilitamiento de los ideales humanos y
espirituales que han convertido a Roma en "modelo" de civilización para
el mundo entero, la Iglesia, a través de las comunidades parroquiales y de
las demás realidades eclesiales, está comprometida en una obra educativa
capilar, orientada a ayudar, en particular a las nuevas generaciones, a
redescubrir esos valores perennes. En la época posmoderna, Roma debe
volver a apropiarse de su alma más profunda, de sus raíces civiles y
cristianas, si quiere hacerse promotora de un nuevo humanismo que ponga
en el centro la cuestión del hombre reconocido en su realidad plena. El
hombre, desvinculado de Dios, quedaría privado de su vocación
trascendente. El cristianismo es portador de un mensaje luminoso sobre la
verdad del hombre, y la Iglesia, depositaria de este mensaje, es consciente
de su propia responsabilidad con respecto a la cultura contemporánea.

FORMAR RECTAMENTE LA CONCIENCIA


20090312. Mensaje. Curso sobre Fuero interno. Penitenciaría Ap.
En nuestro tiempo una de las prioridades pastorales es sin duda formar
rectamente la conciencia de los creyentes porque por desgracia, como he
reafirmado en otras ocasiones, en la medida en que se pierde el sentido del
pecado, aumentan los sentimientos de culpa, que se quisiera eliminar con
remedios paliativos insuficientes. A la formación de las conciencias
contribuyen múltiples y valiosos instrumentos espirituales y pastorales que
es preciso valorar cada vez más; entre ellos hoy me limito a señalar
brevemente la catequesis, la predicación, la homilía, la dirección
espiritual, el sacramento de la Reconciliación y la celebración de la
Eucaristía.
Ante todo, la catequesis. Como todos los sacramentos, también el de la
Penitencia requiere una catequesis previa y una catequesis mistagógica
para profundizar el sacramento "per ritus et preces", como lo subraya bien
la constitución sobre la liturgia Sacrosanctum Concilium del Vaticano II
(cf. n. 48). Una catequesis adecuada da una contribución concreta a la
educación de las conciencias estimulándolas a percibir cada vez mejor el
sentido del pecado, hoy en parte empañado o, peor, oscurecido por un
modo de pensar y de vivir "etsi Deus non daretur", según la conocida
expresión de Grocio, que ha vuelto a tener gran actualidad y que denota un
relativismo cerrado al verdadero sentido de la vida.
Además de la catequesis hace falta un sabio uso de la predicación, que
en la historia de la Iglesia ha asumido formas diversas según la mentalidad
69
y las necesidades pastorales de los fieles. También hoy, en nuestras
comunidades se practican estilos diversos de comunicación que utilizan
cada vez más los medios telemáticos modernos que están a nuestra
disposición. En efecto, los actuales medios de comunicación, aunque por
una parte constituyen un desafío que se ha de afrontar, por otra brindan
oportunidades providenciales para anunciar de modo nuevo y más cercano
a las sensibilidades contemporáneas la perenne e inmutable Palabra de
verdad que el divino Maestro ha confiado a su Iglesia.
La homilía, que con la reforma promovida por el concilio Vaticano II
ha recuperado su papel "sacramental" dentro del único acto de culto
constituido por la liturgia de la Palabra y la de la Eucaristía (cf.
Sacrosanctum Concilium, 56), es sin duda la forma de predicación más
generalizada, con la que cada domingo se educa la conciencia de millones
de fieles. En el reciente Sínodo de los obispos, dedicado precisamente a la
Palabra de Dios en la Iglesia, varios padres sinodales insistieron
oportunamente en el valor y la importancia de la homilía, que es preciso
adaptar a la mentalidad contemporánea.
También la "dirección espiritual" contribuye a formar las conciencias.
Hoy más que nunca se necesitan "maestros de espíritu" sabios y santos:
un importante servicio eclesial, para el que sin duda hace falta una
vitalidad interior que debe implorarse como don del Espíritu Santo
mediante una oración intensa y prolongada y una preparación específica
que es necesario adquirir con esmero. Además, todo sacerdote está
llamado a administrar la misericordia divina en el sacramento de la
Penitencia, mediante el cual perdona los pecados en nombre de Cristo y
ayuda al penitente a recorrer el camino exigente de la santidad con
conciencia recta e informada. Para poder desempeñar ese ministerio
indispensable, todo presbítero debe alimentar su propia vida espiritual y
cuidar la actualización teológica y pastoral permanente.
Por último, la conciencia del creyente se afina cada vez más gracias a
una devota y consciente participación en la santa misa, que es el sacrificio
de Cristo para el perdón de los pecados. Cada vez que el sacerdote celebra
la Eucaristía, en la Plegaria eucarística recuerda que la Sangre de Cristo
fue derramada para el perdón de nuestros pecados, por lo cual, en la
participación sacramental en el memorial del sacrificio de la cruz, se
realiza el encuentro pleno de la misericordia del Padre con cada uno de
nosotros.
Exhorto a los participantes en el curso a atesorar lo que han aprendido
sobre el sacramento de la Penitencia. En los diversos ámbitos donde les
toque vivir y trabajar, han de procurar mantener siempre viva en sí
mismos la conciencia de que deben ser "ministros" dignos de la
misericordia divina y educadores responsables de las conciencias. Han de
inspirarse en el ejemplo de los santos confesores y maestros espirituales,
entre los cuales quiero recordar en particular al cura de Ars, san Juan
María Vianney, de cuya muerte precisamente este año recordamos el 150°
aniversario. De él se ha escrito que "durante más de cuarenta años gobernó
de modo admirable la parroquia a él confiada... con la predicación asidua,
70
la oración y una vida de penitencia. Cada día, en la catequesis que
impartía a niños y adultos, en la Reconciliación que administraba a los
penitentes y en las obras impregnadas de la caridad ardiente que extraía de
la sagrada Eucaristía como de una fuente, avanzó hasta tal punto que
difundió en todas partes su consejo y acercó sabiamente a muchos a Dios"
(Martirologio, 4 de agosto). He aquí un modelo al que mirar y un
protector al que invocar cada día.
Por último, que vele sobre el ministerio sacerdotal de cada uno la
Virgen María, a la que en el tiempo de Cuaresma invocamos y honramos
como "discípula del Señor" y "Madre de reconciliación".

LA ADORACIÓN EUCARÍSTICA: SUMISIÓN Y AMOR


20090313. Discurso. Congregación Culto Divino y Sacramentos
En la plenaria habéis reflexionado sobre el misterio eucarístico y, de
modo particular, sobre el tema de la adoración eucarística. Sé bien que,
después de la publicación de la instrucción Eucharisticum mysterium del
25 de mayo de 1967 y de la promulgación, el 21 de junio de 1973, del
documento De sacra communione et cultu mysterii eucharistici extra
missam, la insistencia sobre el tema de la Eucaristía como fuente
inagotable de santidad ha sido una urgencia de primer orden del dicasterio.
Por eso, acepté con agrado la propuesta de que la plenaria se ocupara
del tema de la adoración eucarística, confiando en que una renovada
reflexión colegial sobre esta práctica podría contribuir a poner en claro, en
los límites de competencia del dicasterio, los medios litúrgicos y
pastorales con los que la Iglesia de nuestro tiempo puede promover la fe
en la presencia real del Señor en la sagrada Eucaristía y asegurar a la
celebración de la santa misa toda la dimensión de la adoración.
Ya subrayé este aspecto en la exhortación apostólica Sacramentum
caritatis, en la que recogí los frutos de la XI Asamblea general ordinaria
del Sínodo, que tuvo lugar en octubre de 2005. En ella, poniendo de
relieve la importancia de la relación intrínseca entre celebración de la
Eucaristía y adoración (cf. n. 66), cité la enseñanza de san Agustín:
"Nemo autem illam carnem manducat, nisi prius adoraverit; peccemus
non adorando" (Enarrationes in Psalmos, 98, 9: CCL 39, 1385). Los
Padres sinodales habían manifestado su preocupación por cierta confusión
generada, después del concilio Vaticano II, sobre la relación entre la misa
y la adoración del Santísimo Sacramento (cf. Sacramentum caritatis, 66).
Así me hacía eco de lo que mi predecesor el Papa Juan Pablo II ya había
dicho sobre las desviaciones que en ocasiones han contaminado la
renovación litúrgica posconciliar, revelando "una comprensión muy
limitada del Misterio eucarístico" (Ecclesia de Eucharistia, 10).
El concilio Vaticano II puso de manifiesto el papel singular que el
misterio eucarístico desempeña en la vida de los fieles (Sacrosanctum
Concilium, 48-54, 56). Del mismo modo, el Papa Pablo VI reafirmó
muchas veces: "La Eucaristía es un altísimo misterio; más aún, hablando
con propiedad, como dice la sagrada liturgia, es el misterio de fe"
71
(Mysterium fidei, 15). En efecto, la Eucaristía está en el origen mismo
de la Iglesia (cf. Ecclesia de Eucharistia, 21) y es la fuente de la gracia,
constituyendo una incomparable ocasión tanto para la santificación de la
humanidad en Cristo como para la glorificación de Dios.
En este sentido, por una parte, todas las actividades de la Iglesia están
ordenadas al misterio de la Eucaristía (cf. Sacrosanctum Concilium, 10;
Lumen gentium, 11; Presbyterorum ordinis, 5; Sacramentum caritatis, 17);
y, por otra, en virtud de la Eucaristía "la Iglesia vive y crece
continuamente" también hoy (Lumen gentium, 26). Nuestro deber es
percibir el preciosísimo tesoro de este inefable misterio de fe "tanto en la
celebración misma de la misa como en el culto de las sagradas especies
que se reservan después de la misa para prolongar la gracia del sacrificio"
(Eucharisticum mysterium, 3, g).
La doctrina de la transubstanciación del pan y del vino y de la
presencia real son verdades de fe evidentes ya en la misma Sagrada
Escritura y confirmadas después por los Padres de la Iglesia. El Papa
Pablo VI, al respecto, recordaba que "la Iglesia católica no sólo ha
enseñado siempre la fe sobre la presencia del cuerpo y la sangre de Cristo
en la Eucaristía, sino que la ha vivido también, adorando en todos los
tiempos sacramento tan grande con el culto latréutico, que tan sólo a Dios
es debido" (Mysterium fidei, 56; cf. Catecismo de la Iglesia católica, n.
1378).
Conviene recordar, al respecto, las diversas acepciones que tiene el
vocablo "adoración" en la lengua griega y en la latina. La palabra griega
proskýnesis indica el gesto de sumisión, el reconocimiento de Dios como
nuestra verdadera medida, cuya norma aceptamos seguir. La palabra latina
ad-oratio, en cambio, denota el contacto físico, el beso, el abrazo, que está
implícito en la idea de amor. El aspecto de la sumisión prevé una relación
de unión, porque aquel a quien nos sometemos es Amor. En efecto, en la
Eucaristía la adoración debe convertirse en unión: unión con el Señor
vivo y después con su Cuerpo místico.
Como dije a los jóvenes en la explanada de Marienfeld, en Colonia,
durante la XX Jornada mundial de la juventud, el 21 de agosto de 2005:
"Dios no solamente está frente a nosotros, como el totalmente Otro. Está
dentro de nosotros, y nosotros estamos en él. Su dinámica nos penetra y
desde nosotros quiere propagarse a los demás y extenderse a todo el
mundo, para que su amor sea realmente la medida dominante del mundo"
(L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 26 de agosto de
2005, p. 13). Desde esta perspectiva recordé a los jóvenes que en la
Eucaristía se vive la "transformación fundamental de la violencia en amor,
de la muerte en vida, la cual lleva consigo las demás transformaciones.
Pan y vino se convierten en su Cuerpo y su Sangre. Llegados a este punto
la transformación no puede detenerse; antes bien, es aquí donde debe
comenzar plenamente. El Cuerpo y la Sangre de Cristo se nos dan para
que también nosotros mismos seamos transformados" (ib.).
Mi predecesor el Papa Juan Pablo II en la carta apostólica Spiritus et
Sponsa, con ocasión del 40° aniversario de la constitución Sacrosanctum
72
Concilium sobre la sagrada liturgia, exhortó a emprender los pasos
necesarios para profundizar la experiencia de la renovación. Esto es
importante también con respecto al tema de la adoración eucarística. Esa
profundización sólo será posible mediante un conocimiento mayor del
misterio en plena fidelidad a la sagrada Tradición e incrementando la vida
litúrgica dentro de nuestras comunidades (cf. Spiritus et Sponsa, 6-7). Al
respecto, aprecio de modo particular que la plenaria haya reflexionado
también sobre el tema de la formación de todo el pueblo de Dios en la fe,
con una atención especial a los seminaristas, para favorecer su crecimiento
en un espíritu de auténtica adoración eucarística. En efecto, santo Tomás
explica: "La presencia del verdadero Cuerpo de Cristo y de la verdadera
Sangre de Cristo en este sacramento no se conoce por los sentidos, sino
sólo por la fe, la cual se apoya en la autoridad de Dios" (Summa
theologiae III, 75, 1; cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1381).

NO TENGO NADA QUE DAR SI NO ES CRISTO


20090315. Ángelus
Mientras me preparo para este viaje misionero, resuenan en mi alma
las palabras del apóstol san Pablo que la liturgia propone a nuestra
meditación en este tercer domingo de Cuaresma: "Nosotros predicamos a
Cristo crucificado —escribe el Apóstol a los cristianos de Corinto—,
escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los
llamados, lo mismo judíos que griegos, Cristo es fuerza de Dios y
sabiduría de Dios" (1 Co 1, 23-24). Sí, queridos hermanos y hermanas,
viajo a África con la convicción de que no tengo nada que proponer o dar
a aquellos con los que me encuentre si no es Cristo y la buena nueva de su
cruz, misterio de amor supremo, de amor divino que vence toda
resistencia humana y hace posible incluso el perdón y el amor a los
enemigos.
Esta es la gracia del Evangelio, capaz de transformar el mundo; esta es
la gracia que puede renovar también a África, porque genera una fuerza
irresistible de paz y de reconciliación profunda y radical. Por tanto, la
Iglesia no persigue objetivos económicos, sociales o políticos; la Iglesia
anuncia a Cristo, convencida de que el Evangelio puede tocar el corazón
de todos y transformarlo, renovando de este modo desde dentro a las
personas y las sociedades.

LA IDENTIDAD MISIONERA DEL PRESBÍTERO


20090316. Discurso. Congregación para el Clero
El tema que habéis elegido para esta plenaria —"La identidad
misionera del presbítero en la Iglesia, como dimensión intrínseca del
ejercicio de los tria munera"— permite algunas reflexiones para el trabajo
de estos días y para los abundantes frutos que ciertamente traerá. Si toda la
Iglesia es misionera y si todo cristiano, en virtud del Bautismo y de la
Confirmación, quasi ex officio (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n.
73
1305) recibe el mandato de profesar públicamente la fe, el sacerdocio
ministerial, también desde este punto de vista, se distingue
ontológicamente, y no sólo en grado, del sacerdocio bautismal, llamado
también sacerdocio común. En efecto, del primero es constitutivo el
mandato apostólico: "Id a todo el mundo y predicad el Evangelio a toda
criatura" (Mc 16, 15). Como sabemos, este mandato no es un simple
encargo encomendado a colaboradores; sus raíces son más profundas y
deben buscarse mucho más lejos.
La dimensión misionera del presbítero nace de su configuración
sacramental con Cristo Cabeza, la cual conlleva, como consecuencia, una
adhesión cordial y total a lo que la tradición eclesial ha reconocido como
la apostolica vivendi forma. Esta consiste en la participación en una "vida
nueva" entendida espiritualmente, en el "nuevo estilo de vida" que
inauguró el Señor Jesús y que hicieron suyo los Apóstoles.
Por la imposición de las manos del obispo y la oración consagratoria
de la Iglesia, los candidatos se convierten en hombres nuevos, llegan a ser
"presbíteros". A esta luz, es evidente que los tria munera son en primer
lugar un don y sólo como consecuencia un oficio; son ante todo
participación en una vida, y por ello una potestas. Ciertamente, la gran
tradición eclesial con razón ha desvinculado la eficacia sacramental de la
situación existencial concreta del sacerdote; así se salvaguardan
adecuadamente las legítimas expectativas de los fieles. Pero esta correcta
precisión doctrinal no quita nada a la necesaria, más aún, indispensable
tensión hacia la perfección moral, que debe existir en todo corazón
auténticamente sacerdotal.
Precisamente para favorecer esta tensión de los sacerdotes hacia la
perfección espiritual, de la cual depende sobre todo la eficacia de su
ministerio, he decidido convocar un "Año sacerdotal" especial, que tendrá
lugar desde el próximo 19 de junio hasta el 19 de junio de 2010. En
efecto, se conmemora el 150° aniversario de la muerte del santo cura de
Ars, Juan María Vianney, verdadero ejemplo de pastor al servicio del
rebaño de Cristo. Corresponderá a vuestra Congregación, de acuerdo con
los Ordinarios diocesanos y con los superiores de los institutos religiosos,
promover y coordinar las diversas iniciativas espirituales y pastorales que
parezcan útiles para hacer que se perciba cada vez más la importancia del
papel y de la misión del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad
contemporánea.
La misión del presbítero, como muestra el tema de la plenaria, se lleva
a cabo "en la Iglesia". Esta dimensión eclesial de comunión jerárquica y
doctrinal es absolutamente indispensable para toda auténtica misión y sólo
ella garantiza su eficacia espiritual. Se debe reconocer siempre que los
cuatro aspectos mencionados están íntimamente relacionados: la misión es
"eclesial" porque nadie anuncia o se lleva a sí mismo, sino que, dentro y a
través de su propia humanidad, todo sacerdote debe ser muy consciente de
que lleva a Otro, a Dios mismo, al mundo. Dios es la única riqueza que, en
definitiva, los hombres desean encontrar en un sacerdote.
74
La misión es "de comunión" porque se lleva a cabo en una unidad y
comunión que sólo de forma secundaria tiene también aspectos relevantes
de visibilidad social. Estos, por otra parte, derivan esencialmente de la
intimidad divina, de la cual el sacerdote está llamado a ser experto, para
poder llevar, con humildad y confianza, las almas a él confiadas al mismo
encuentro con el Señor.
Por último, las dimensiones "jerárquica" y "doctrinal" sugieren
reafirmar la importancia de la disciplina (el término guarda relación con
"discípulo") eclesiástica y de la formación doctrinal, y no sólo teológica,
inicial y permanente.
La conciencia de los cambios sociales radicales de las últimas décadas
debe mover las mejores energías eclesiales a cuidar la formación de los
candidatos al ministerio. En particular, debe estimular la constante
solicitud de los pastores hacia sus primeros colaboradores, tanto
cultivando relaciones humanas verdaderamente paternas, como
preocupándose por su formación permanente, sobre todo en el ámbito
doctrinal y espiritual.
La misión tiene sus raíces de modo especial en una buena formación,
llevada a cabo en comunión con la Tradición eclesial ininterrumpida, sin
rupturas ni tentaciones de discontinuidad. En este sentido, es importante
fomentar en los sacerdotes, sobre todo en las generaciones jóvenes, una
correcta recepción de los textos del concilio ecuménico Vaticano II,
interpretados a la luz de todo el patrimonio doctrinal de la Iglesia.
También parece urgente la recuperación de la convicción que impulsa a
los sacerdotes a estar presentes, identificables y reconocibles tanto por el
juicio de fe como por las virtudes personales, e incluso por el vestido, en
los ámbitos de la cultura y de la caridad, desde siempre en el corazón de la
misión de la Iglesia.
Como Iglesia y como sacerdotes anunciamos a Jesús de Nazaret, Señor
y Cristo, crucificado y resucitado, Soberano del tiempo y de la historia,
con la alegre certeza de que esta verdad coincide con las expectativas más
profundas del corazón humano. En el misterio de la encarnación del
Verbo, es decir, en el hecho de que Dios se hizo hombre como nosotros,
está tanto el contenido como el método del anuncio cristiano. La misión
tiene su verdadero centro propulsor precisamente en Jesucristo.
La centralidad de Cristo trae consigo la valoración correcta del
sacerdocio ministerial, sin el cual no existiría la Eucaristía ni, por tanto, la
misión y la Iglesia misma. En este sentido, es necesario vigilar para que
las "nuevas estructuras" u organizaciones pastorales no estén pensadas
para un tiempo en el que se debería "prescindir" del ministerio ordenado,
partiendo de una interpretación errónea de la debida promoción de los
laicos, porque en tal caso se pondrían los presupuestos para la ulterior
disolución del sacerdocio ministerial y las presuntas "soluciones"
coincidirían dramáticamente con las causas reales de los problemas
actuales relacionados con el ministerio.
75
ENTREVISTA DURANTE EL VUELO A ÁFRICA
20090317. Discurso
Durante el vuelo de Roma a Yaundé, el martes 17 de marzo por la
mañana, el Santo Padre respondió a varias preguntas de los periodistas.
Ofrecemos seguidamente el texto íntegro de la conferencia de prensa.
Santidad, bienvenido entre el grupo de colegas: somos cerca de setenta
los que vamos a vivir este viaje con usted. Le expresamos nuestros
mejores deseos y esperamos poder acompañarle con nuestro servicio,
haciendo que también muchas otras personas participen en esta aventura.
Como es habitual, le estamos muy agradecidos por la conversación que
ahora nos concede; la hemos preparado recogiendo en días pasados
diversas preguntas de los colegas —he recibido unas treinta— y luego
hemos elegido algunas que pudieran abarcar un panorama completo de
este viaje y que pudieran interesar a todos. Le agradecemos mucho las
respuestas que nos dé. (Padre Federico Lombardi, director de la Sala de
prensa de la Santa Sede).
Pregunta. Santidad, desde hace tiempo —especialmente después de su
última carta a los obispos del mundo— muchos periódicos hablan de
«soledad del Papa». Usted, ¿qué piensa al respecto? ¿Se siente realmente
solo? Y, tras las recientes vicisitudes, ¿con qué sentimientos vuela ahora a
África con nosotros? (Lucio Brunelli, de la televisión italiana).
Respuesta. A decir verdad, este mito de mi soledad me da ganas de
reír: de ningún modo me siento solo. Cada día, en las visitas de trabajo,
recibo a mis más estrechos colaboradores, desde el Secretario de Estado
hasta la Congregación de Propaganda Fide, etc.; me reúno además
regularmente con todos los responsables de los Dicasterios; cada día
recibo a obispos en visita ad limina, últimamente a todos los obispos de
Nigeria, uno tras otro, y luego a los obispos de Argentina... Hemos tenido
dos plenarias en estos días, la de la Congregación para el Culto Divino y
la de la Congregación para el Clero; tengo conversaciones amistosas; es
una red de amistad. Incluso mis compañeros de ordenación han venido
recientemente de Alemania para estar un día conmigo, para charlar
conmigo...
Por tanto, la soledad no es un problema; realmente estoy rodeado de
amigos en una colaboración espléndida con obispos, con colaboradores,
con laicos, y estoy agradecido por esto. A África voy con gran alegría: yo
amo a África, tengo muchos amigos africanos, ya desde los tiempos en
que era profesor y hasta hoy; amo la alegría de la fe, la fe gozosa que se
encuentra en África. Como sabéis, el Señor dio al Sucesor de Pedro el
mandato de «confirmar a los hermanos en la fe»: yo trato de hacerlo. Pero
estoy seguro de que volveré yo mismo confirmado por los hermanos,
contagiado, por decirlo así, de su fe gozosa.
P. Santidad, usted viaja a África mientras se está viviendo una crisis
económica mundial que tiene sus repercusiones también en los países
pobres. Por otro lado, África debe afrontar en este momento una crisis
alimentaria. Quisiera preguntarle tres cosas: Esta situación ¿encontrará
76
eco en su viaje? ¿Se dirigirá usted a la comunidad internacional para que
se haga cargo de los problemas de África? ¿Se hablará también de estos
problemas en la encíclica que está preparando? (John Thavis,
responsable de la sección romana de la agencia de noticias católica de
Estados Unidos).
R. Gracias por la pregunta. Naturalmente, yo no voy a África con un
programa político-económico, porque me falta competencia en este
campo. Voy con un programa religioso, de fe, de moral, pero precisamente
esto es también una contribución esencial al problema de la crisis
económica que vivimos en este momento. Todos sabemos que un
elemento fundamental de la crisis es precisamente un déficit de ética en
las estructuras económicas; se ha comprendido que la ética no es algo que
está «fuera» de la economía, sino «dentro», y que la economía no funciona
si no lleva consigo el elemento ético. Por ello, hablando de Dios y
hablando de los grandes valores espirituales que constituyen la vida
cristiana, trataré de contribuir también a superar esta crisis, para renovar el
sistema económico desde dentro, donde está el verdadero núcleo de la
crisis.
Naturalmente, haré un llamamiento a la solidaridad internacional: la
Iglesia es católica, es decir, universal, abierta a todas las culturas, a todos
los continentes; está presente en todos los sistemas políticos, de modo que
la solidaridad es un principio interno, fundamental para el catolicismo.
Desde luego, quisiera hacer un llamamiento ante todo a la solidaridad
católica, pero extendiéndolo también a la solidaridad de todos los que
reconocen su responsabilidad en la sociedad humana de hoy.
Obviamente, también hablaré de esto en la encíclica: éste es uno de los
motivos del retraso. Ya casi estábamos a punto de publicarla, cuando se
desencadenó esta crisis y hemos retomado el texto para responder de
modo más adecuado, en el ámbito de nuestra competencia, en el ámbito de
la doctrina social de la Iglesia, pero haciendo referencia a los elementos
reales de la crisis actual. De este modo, espero que la encíclica pueda ser
también un elemento, una fuerza para superar la difícil situación actual.
P. El Consejo especial para África del Sínodo de los obispos ha
pedido que el fuerte crecimiento cuantitativo de la Iglesia africana se
transforme también en un crecimiento cualitativo. A veces, los
responsables de la Iglesia son considerados un grupo de ricos y
privilegiados, y sus comportamientos no son coherentes con el anuncio
del Evangelio. ¿Invitará usted a la Iglesia en África a comprometerse en
un examen de conciencia y de purificación de sus estructuras? (Isabelle
de Gaulmyn, de «La Croix»).
R. Tengo una visión muy positiva de la Iglesia en África: es una
Iglesia muy cercana a los pobres, una Iglesia cercana a los que sufren, a
las personas que necesitan ayuda; por tanto, me parece que la Iglesia es
realmente una institución que aún funciona, mientras que otras
instituciones ya no funcionan; con su sistema de educación, de hospitales,
de ayuda, en todas estas situaciones está presente en el mundo de los
pobres y de los que sufren. Naturalmente, el pecado original también está
77
presente en la Iglesia; no existe una sociedad perfecta y, por tanto, hay
pecados y deficiencias en la Iglesia en África. En este sentido, siempre
hace falta un examen de conciencia, una purificación interior, y yo
recordaría este sentido en la liturgia eucarística: se inicia siempre con una
purificación de la conciencia y un comienzo en la presencia del Señor. Y
más que una purificación de las estructuras, que siempre resulta necesaria,
hace falta una purificación de los corazones, porque las estructuras son un
reflejo de los corazones, y hacemos todo lo posible para dar una nueva
fuerza a la espiritualidad, a la presencia de Dios en nuestro corazón, tanto
para purificar las estructuras de la Iglesia como para contribuir a la
purificación de las estructuras de la sociedad.
P. Santo Padre, ¡buen viaje! Cuando usted se dirige a Europa, habla a
menudo de un horizonte del que Dios parece estar desapareciendo. En
África no es así, pero se da una presencia agresiva de las sectas; y
también están las religiones tradicionales africanas. ¿Cuál es, por tanto,
lo específico del mensaje de la Iglesia católica que usted quiere presentar
en este contexto? (Christa Kramer, del Sankt Ulrich Verlag).
R. En primer lugar, todos reconocemos que en África el problema del
ateísmo casi no se plantea, porque la realidad de Dios está tan presente, es
tan real en el corazón de los africanos, que no creer en Dios, vivir sin
Dios, no constituye una tentación. Es verdad que existe el problema de las
sectas: nosotros no anunciamos, como hacen algunos, un Evangelio de
prosperidad, sino un realismo cristiano; no anunciamos milagros, como
hacen otros, sino la sobriedad de la vida cristiana. Estamos convencidos
de que esta sobriedad, este realismo que anuncia un Dios que se ha hecho
hombre —un Dios, por tanto, profundamente humano, un Dios que
también sufre con nosotros, que da un sentido a nuestro sufrimiento— es
un anuncio con un horizonte más amplio, que tiene más futuro.
Sabemos que estas sectas no son muy estables en su consistencia: de
momento puede funcionar el anuncio de la prosperidad, de curaciones
milagrosas, etc., pero después de poco tiempo se ve que la vida es difícil,
que un Dios humano, un Dios que sufre con nosotros es más convincente,
más verdadero, y brinda una ayuda más grande para la vida. También es
importante el hecho de que nosotros tenemos la estructura de la Iglesia
católica. No representamos a un pequeño grupo que, después de cierto
tiempo, se aísla y se pierde, sino que entramos en la gran red universal de
la catolicidad, no sólo trans-temporal, sino presente sobre todo como una
gran red de amistad que nos une y nos ayuda también a superar el
individualismo para llegar a la unidad en la diversidad, que es la verdadera
promesa.
P. Santidad, entre los muchos males que afligen a África, destaca el de
la difusión del sida. La postura de la Iglesia católica sobre el modo de
luchar contra él a menudo no se considera realista ni eficaz. ¿Afrontará
este tema durante el viaje? (Philippe Visseyrias de France 2).
R. Yo diría lo contrario: pienso que la realidad más eficiente, más
presente en el frente de la lucha contra el sida es precisamente la Iglesia
católica, con sus movimientos, con sus diversas realidades. Pienso en la
78
Comunidad de San Egidio que hace mucho, visible e invisiblemente, en la
lucha contra el sida, en los Camilos, en tantas otras cosas, en todas las
religiosas que están al servicio de los enfermos... Diría que no se puede
superar este problema del sida sólo con dinero, aunque éste sea necesario;
pero si no hay alma, si los africanos no ayudan (comprometiendo la
responsabilidad personal), no se puede solucionar este flagelo
distribuyendo preservativos; al contrario, aumentan el problema. La
solución sólo puede ser doble: la primera, una humanización de la
sexualidad, es decir, una renovación espiritual y humana que conlleve una
nueva forma de comportarse el uno con el otro; y la segunda, una
verdadera amistad también y sobre todo con las personas que sufren; una
disponibilidad, aun a costa de sacrificios, con renuncias personales, a estar
con los que sufren. Éstos son los factores que ayudan y que traen
progresos visibles.
Por tanto, yo diría que nuestras dos fuerzas son éstas: renovar al
hombre interiormente, darle fuerza espiritual y humana para un
comportamiento correcto con respecto a su propio cuerpo y al de los
demás, y esa capacidad de sufrir con los que sufren, de permanecer
presente en las situaciones de prueba. Me parece que ésta es la respuesta
correcta, y la Iglesia hace esto; así da una contribución muy grande e
importante. Damos las gracias a todos los que lo hacen.
P. Santidad, ¿qué signos de esperanza ve la Iglesia en el continente
africano? ¿Cree que podrá dirigir a África un mensaje de esperanza?
(María Burgos, corresponsal de la televisión católica chilena).
R. Nuestra fe es esperanza por definición: lo dice la Sagrada Escritura.
Por eso, quien lleva la fe está convencido de que también lleva la
esperanza. Me parece que, a pesar de todos los problemas que conocemos
bien, hay grandes signos de esperanza. Nuevos gobiernos, nueva
disponibilidad a colaborar, lucha contra la corrupción —un gran mal que
es preciso superar— y también la apertura de las religiones tradicionales a
la fe cristiana, porque en las religiones tradicionales todos conocen a Dios,
al Dios único, aunque les parece un poco lejano. Esperan que se acerque.
Y en el anuncio del Dios que se hizo hombre reconocen que Dios
realmente se nos ha acercado.
Además, la Iglesia católica tiene mucho en común con ellos: el culto
de los antepasados encuentra su respuesta en la comunión de los santos, en
el purgatorio. Los santos no son sólo los canonizados, son todos nuestros
difuntos. De este modo, en el Cuerpo de Cristo, se realiza precisamente
también lo que intuía el culto a los antepasados. Y así sucesivamente. De
esta manera, se produce un encuentro profundo que realmente da
esperanza. Y también crece el diálogo interreligioso: he hablado ahora con
más de la mitad de los obispos africanos, y las relaciones con los
musulmanes, a pesar de los problemas que pueda haber, son muy
prometedoras, según me han dicho; el diálogo crece en el respeto mutuo y
la colaboración en las responsabilidades éticas comunes.
Por lo demás, crece también ese sentido de catolicidad que ayuda a
superar el tribalismo, uno de los grandes problemas, y de allí brota la
79
alegría de ser cristianos. Un problema de las religiones tradicionales es el
miedo a los espíritus. Uno de los obispos africanos me ha dicho: uno se
convierte realmente al cristianismo, se ha hecho plenamente cristiano,
cuando sabe que Cristo es verdaderamente más fuerte. Ya no hay temor.
También éste es un fenómeno cada vez más frecuente. Así, yo diría que, a
pesar de muchos elementos y problemas, que no pueden faltar, crecen las
fuerzas espirituales, económicas y humanas que nos dan esperanza, y yo
quisiera precisamente poner de relieve los elementos de esperanza.

ACLARACIÓN A LAS PALABRAS DEL PAPA ACERCA DEL SIDA


20090319. Comunicado. Sala de Prensa de la Santa Sede
"A propósito del eco suscitado por algunas palabras del Papa sobre el
problema del SIDA durante su viaje apostólico en África, el director de la
Oficina de Prensa de la Santa Sede, padre Federico Lombardi, S.I., precisa
que el Santo Padre ha confirmado las posiciones de la Iglesia católica y las
líneas esenciales sobre su compromiso por combatir el terrible flagelo del
SIDA: primero, con la educación en la responsabilidad de las personas en
el uso de la sexualidad y con la reafirmación del papel esencial del
matrimonio y la familia; segundo, con la investigación y la aplicación de
tratamientos eficaces para el SIDA y en ponerlos a disposición del mayor
número de enfermos a través de muchas iniciativas e instituciones
sanitarias; tercero, con la asistencia humana y espiritual de los enfermos
de SIDA, así como de todos los que sufren, que desde siempre están en el
corazón de la Iglesia.
"Estas son las direcciones en las que la Iglesia concentra su
compromiso, considerando que dirigir los esfuerzos esencialmente hacia
una más amplia difusión de preservativos no constituye en realidad el
mejor camino, el de más amplias miras, ni el más eficaz para contrarrestar
el flagelo del SIDA y tutelar la vida humana".

LOS RASGOS CARACTERÍSTICOS DE SAN JOSÉ


20090318. Discurso. Vísperas. Yaundé, Camerún
Os propongo contemplar los rasgos característicos de San José a través
de las palabras de la Sagrada Escritura que nos ofrece esta liturgia
vespertina.
Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos: «Uno solo es vuestro Padre»
(Mt 23,9). En efecto, no hay más paternidad que la de Dios Padre, el único
Creador «de todo lo visible y lo invisible». Pero al hombre, creado a
imagen y semejanza de Dios, se le ha hecho partícipe de la única
paternidad de Dios (cf. Ef 3,15). San José muestra esto de manera
sorprendente, él que es padre sin ejercer una paternidad carnal. No es el
padre biológico de Jesús, del cual sólo Dios es el Padre, y sin embargo,
desempeña una plena y completa paternidad. Ser padre es ante todo ser
servidor de la vida y del crecimiento. En este sentido, San José ha
80
demostrado una gran dedicación. Por Cristo, ha sufrido la persecución, el
exilio y la pobreza que de ello se deriva. Tuvo que establecerse en un
lugar distinto de su aldea. Su única recompensa fue la de estar con Cristo.
Esta disponibilidad explica las palabras de San Pablo: «Servid a Cristo
Señor» (Col 3,24).
No se trata de ser un servidor mediocre, sino un siervo «fiel y
juicioso». La unión de estos dos adjetivos no es casual: sugiere que tanto
la inteligencia sin lealtad como la fidelidad sin sabiduría son cualidades
insuficientes. La una sin la otra no permiten asumir plenamente la
responsabilidad que Dios nos confía.
Queridos hermanos sacerdotes, debéis vivir en vuestro ministerio
cotidiano esta paternidad. En efecto, la Constitución Conciliar Lumen
Gentium subraya: los sacerdotes «han de preocuparse de los fieles que
engendraron espiritualmente con el bautismo y la doctrina» (n. 28).
Entonces, ¿cómo no volver sin cesar a la raíz de nuestro sacerdocio, el
Señor Jesucristo? La relación personal con Él es constitutiva de lo que
queremos vivir, la relación con Él, que nos llama sus amigos, pues todo lo
que ha aprendido de su Padre, nos lo ha dado a conocer (cf. Jn 15,15).
Viviendo esta profunda amistad con Cristo, encontraréis la verdadera
libertad y la alegría de vuestro corazón. El sacerdocio ministerial conlleva
una honda relación con Cristo que se nos da en la Eucaristía. Que la
celebración de la Eucaristía sea verdaderamente el centro de vuestra vida
sacerdotal, y así será también el centro de vuestra misión eclesial. En
efecto, Cristo nos llama a participar en su misión durante toda nuestra
vida, a ser sus testigos, para que se anuncie a todos su Palabra. Al celebrar
este sacramento en nombre y en la persona del Señor, no es la persona del
sacerdote la que ha de ponerse en primer plano: él es un servidor, un
humilde instrumento que señala a Cristo, porque Cristo mismo se ofrece
en sacrificio para la salvación del mundo. «El que gobierne, pórtese como
el que sirve» (Lc 22,26), dijo Jesús. Y Orígenes ha escrito: «José entiende
que Jesús era superior a él mientras le era sumiso, y a sabiendas de la
superioridad de su menor, José le mandaba con temor y mesura. Que todos
reflexionen: a menudo, una persona de menor valía es colocada por
encima de gente mejor que él, y a veces ocurre que el inferior vale más
que aquel que parece mandar sobre él. Cuando alguien que ha sido
elevado en dignidad comprenda esto, ya no se hinchará de orgullo por su
rango más alto, sino que sabrá que su inferior puede ser mejor que él, al
igual que Jesús estaba sujeto a José» (Homilía sobre San Lucas, XX, 5,
SC p. 287).
Queridos hermanos en el sacerdocio, vuestro ministerio pastoral exige
muchas renuncias, pero también es una fuente de alegría. En una relación
de confianza con vuestros obispos, fraternamente unidos a todo el
presbiterio, y con el apoyo del Pueblo de Dios que se os ha confiado,
sabréis responder con fidelidad a la llamada que el Señor os hizo un día,
como llamó a José para que cuidara de María y del Niño Jesús. Queridos
sacerdotes, que seáis fieles a las promesas que habéis hecho a Dios ante
vuestro Obispo y ante la asamblea. El Sucesor de Pedro os agradece
81
vuestro generoso compromiso al servicio de la Iglesia y os alienta a no
dejaros turbar por las dificultades del camino. A los jóvenes que se
preparan para unirse a vosotros, así a como los que aún tienen inquietudes,
quisiera reiterarles esta tarde la alegría que comporta el entregarse
totalmente al servicio de Dios y de la Iglesia. Tened la valentía de ofrecer
un «sí» generoso a Cristo.
También a vosotros, hermanos y hermanas comprometidos en la vida
consagrada o en los movimientos eclesiales, os invito a dirigir la mirada a
San José. Cuando María recibió la visita del Ángel en la Anunciación, ella
ya estaba prometida con José. Puesto que se dirige personalmente a María,
el Señor asocia ya íntimamente a José al misterio de la Encarnación. Él
aceptó unirse a esta historia que Dios había comenzado a escribir en el
seno de su esposa. Por tanto, tomó consigo a María. Acogió el misterio
que había en ella y el misterio que era ella misma. La amó con ese gran
respeto que es el sello del amor auténtico. San José nos enseña que se
puede amar sin poseer. Al contemplarle, cualquier hombre o mujer, con la
gracia de Dios, puede ser llevado a la superación de sus dificultades
afectivas, a condición de que entre en el proyecto que Dios ha comenzado
a realizar ya en los que están cerca de Él, como José entró en la obra de la
redención a través de la figura de María y gracias a lo que Dios ya había
hecho en ella. Que vosotros, queridos hermanas y hermanos
comprometidos en los movimientos eclesiales estéis atentos a los que os
circundan y mostréis el rostro amoroso de Dios a los más humildes,
especialmente mediante la práctica de las obras de misericordia, la
educación humana y cristiana de la juventud, el servicio de promoción de
la mujer y de tantos otros modos.
También es muy significativa e indispensable para la vida de la Iglesia
la contribución espiritual de las personas consagradas. Esta llamada a
seguir a Cristo es un don para todo el Pueblo de Dios. Con la adhesión a
vuestra vocación, imitando a Cristo casto, pobre y obediente, totalmente
consagrado a la gloria de su Padre y al amor de sus hermanos y hermanas,
tenéis como misión dar testimonio ante nuestro mundo, tan necesitado de
ello, de la primacía de Dios y de los bienes futuros (cf. Vita consecrata, n.
85). Con vuestra fidelidad incondicional a vuestros compromisos, sois en
la Iglesia un germen de vida que crece al servicio del Reino de Dios. En
todo momento, pero de modo particular cuando la fidelidad es sometida a
prueba, San José os recuerda el sentido y el valor de vuestros
compromisos. La vida consagrada es una imitación radical de Cristo. Por
tanto, es necesario que vuestro estilo de vida manifieste con toda claridad
lo que os hace vivir y que vuestra actividad no oculte vuestra identidad
profunda. No tengáis miedo de vivir plenamente la consagración de
vosotros mismos que habéis hecho a Dios, y de testimoniarlo con
autenticidad en vuestro entorno. Un ejemplo que impulsa de manera
particular a buscar esta santidad de vida es el del Padre Simon Mpeke,
llamado Baba Simon. Sabéis cómo «el misionero descalzo» empleó todas
las fuerzas de su ser en una humildad desinteresada, con la preocupación
82
de salvar las almas, sin escatimar los desvelos y los esfuerzos del servicio
material a sus hermanos.
Queridos hermanos y hermanas, la meditación sobre el itinerario
humano y espiritual de San José nos invita a apreciar la magnitud de la
riqueza de su vocación y del modelo que él representa para todos los que
han querido consagrar su vida a Cristo, tanto en el sacerdocio como en la
vida consagrada o en diversas formas de compromiso en el laicado. En
efecto, José ha vivido a la luz del misterio de la Encarnación. No sólo con
una cercanía física, sino también con la atención del corazón. José nos
desvela el secreto de una humanidad que vive en presencia del misterio,
abierta a él mediante los detalles más concretos de la existencia. En él no
hay separación entre fe y acción. Su fe orienta de manera decisiva su
acción. Paradójicamente, es actuando, asumiendo por tanto las propias
responsabilidades, como mejor se aparta él, para dejar a Dios la libertad de
llevar a cabo su obra, sin interponer obstáculos. José es un «hombre justo»
(Mt 1,19), porque su vida está «ajustada» a la Palabra de Dios.
La vida de San José, transcurrida en la obediencia a la Palabra, es un
signo elocuente para todos los discípulos de Jesús que aspiran a la unidad
de la Iglesia. Su ejemplo nos impulsa a entender que es abandonándose
totalmente a la voluntad de Dios como el hombre se convierte en
cumplidor eficaz del designio de Dios, que quiere reunir a los hombres en
una sola familia, una sola asamblea, una sola ecclesia. Queridos amigos
miembros de otras Confesiones cristianas, esta búsqueda de la unidad de
los discípulos de Cristo es un gran reto para nosotros. Nos lleva ante todo
a convertirnos a la persona de Cristo, a dejarnos atraer por Él. En Él es
donde estamos llamados a reconocernos como hermanos, hijos de un
mismo Padre. En este año dedicado al Apóstol Pablo, el gran predicador
de Jesucristo, el Apóstol de las Naciones, dirijámonos juntos a él para
escuchar y aprender «la fe y la verdad», en las que están enraizadas las
razones de la unidad entre los discípulos de Cristo.

IMITAR LA FIDELIDAD AMOROSA DE SAN JOSÉ


20090319. Homilía. Yaundé, Camerún
¿Cómo podemos adentrarnos en la gracia específica de este día?
Dentro de poco, al final de la misa, la liturgia nos mostrará el punto
culminante de nuestra meditación, cuando diremos: «Señor, protege sin
cesar a esta familia tuya, que ha celebrado con gozo la festividad de san
José participando en la eucaristía; y conserva en ella los dones que con
tanta bondad le concedes». Como veis, pedimos al Señor que proteja sin
cesar a la Iglesia –y lo hace– exactamente como José protegió a su familia
y veló durante los primeros años sobre el Niño Jesús.
Nos lo acaba de recordar el Evangelio. El Ángel le había dicho: «No
tengas reparo en llevarte a María, tu mujer» (Mt 1,20); y es exactamente lo
que hizo: «hizo lo que le había mandado el Ángel del Señor» (Mt 1,24).
¿Por qué motivo señala San Mateo la fidelidad a las palabras recibidas del
83
mensajero de Dios, sino es para invitarnos a imitar esa fidelidad llena de
amor?
La primera lectura que acabamos de escuchar no habla explícitamente
de san José, pero nos enseña muchas cosas de él. El profeta Natán se
acerca a David, por orden del Señor mismo, para decirle: «Estableceré
después de ti a un descendiente tuyo» (2 S 7,12). David tiene que aceptar
morir sin ver la realización de la promesa que se cumplirá «cuando haya
llegado al término de su vida» y descanse «con sus padres». Así, vemos
cómo uno de los deseos más queridos del hombre, el de ser testigo de la
fecundidad de su actuación, no siempre es escuchado por Dios. Pienso en
aquellos de vosotros que son padres y madres de familia: tienen muy
legítimamente el deseo de dar lo mejor de sí mismos a sus hijos y quieren
verles triunfar verdaderamente. Sin embargo, no hay que equivocarse en
ese triunfo: lo que Dios pide a David, es que confíe en Él. David no verá a
su sucesor, «cuyo trono durará por siempre» (2 S 7,16), porque este
sucesor anunciado veladamente en la profecía es Jesús. David confía en
Dios. Igualmente, José confía en Dios cuando escucha al mensajero, al
Ángel, que le dice: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a
María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu
Santo» (Mt 1,20). En la historia, José es el hombre que ha dado a Dios la
mayor prueba de confianza, incluso ante un anuncio tan sorprendente.
Y vosotros, queridos padres y queridas madres de familia que me
escucháis, ¿confiáis en que Dios os hace padres y madres de sus hijos de
adopción? ¿Aceptáis que Él cuente con vosotros para transmitir a vuestros
hijos los valores humanos y espirituales que habéis recibido y que les
harán vivir en el amor y el respeto de su santo nombre? Hoy, cuando
tantas personas sin escrúpulos tratan de imponer el reino del dinero,
despreciando a los más necesitados, debéis estar muy atentos. África en
general, y Camerún en particular, corren peligro si no reconocen al
verdadero Autor de la Vida. Hermanos y hermanas de Camerún y de
África, que habéis recibido de Dios tantas cualidades humanas, tened
cuidado de vuestras almas. No os dejéis fascinar por falsas glorias y falsos
ideales. Creed, sí, seguid creyendo que Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo,
es el único que os ama como esperáis, que es el único que puede llenaros,
que puede dar la estabilidad a vuestras vidas. Cristo es el único camino de
Vida.
Sólo Dios podía dar a José la fuerza para confiar en el Ángel. Sólo
Dios os dará, queridos hermanos y hermanas que estáis casados, la fuerza
para educar a vuestra familia como Él quiere. Pedídselo. A Dios le gusta
que se le pida lo que quiere dar. Pedidle la gracia de un amor verdadero y
cada vez más fiel, a imagen de su propio amor. Como dice
maravillosamente el salmo: «Tu misericordia es un edificio eterno, más
que el cielo has afianzado tu fidelidad» (Sal 88,3).
Igual que en otros continentes, la familia pasa efectivamente, en
vuestro país y en el resto de África, un período difícil, que superará
gracias a su fidelidad a Dios. Algunos valores de la vida tradicional se han
trastocado. Las relaciones entre generaciones han evolucionado de tal
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manera que ya no favorecen como antes la transmisión de los
conocimientos antiguos y de la sabiduría heredada de los antepasados.
Con demasiada frecuencia, se asiste a un éxodo rural comparable al de
otros muchos períodos humanos. La calidad de los vínculos familiares
queda profundamente afectada. Desarraigados y frágiles, y
frecuentemente, por desgracia, sin un verdadero trabajo, los miembros de
las jóvenes generaciones buscan remedios a su malvivir refugiándose en
paraísos efímeros y artificiales importados, que sabemos no consiguen
nunca asegurar al hombre una felicidad profunda y duradera. A veces,
también el hombre africano se ve obligado a huir de sí mismo y a
abandonar todo lo que era su riqueza interior. Enfrentado al fenómeno de
una urbanización galopante, deja su tierra, física y moralmente, no como
Abrahán para responder a la llamada del Señor, sino por una especie de
exilio interior que le aparta de su mismo ser, de sus hermanos y hermanas
de sangre y de Dios mismo.
¿Se trata de un fatalismo, de una evolución inevitable? Ciertamente no.
Más que nunca hemos de «esperar contra toda esperanza» (Rm 4,18).
La principal prioridad será volver a dar sentido a la acogida de la vida
como don de Dios. Para la Sagrada Escritura, así como para la mejor
sabiduría de vuestro continente, la llegada de un niño es una gracia, una
bendición de Dios. La humanidad está hoy invitada a modificar su mirada:
en efecto, todo ser humano, por pequeño y pobre que sea, es creado «a
imagen y semejanza de Dios» (Gn 1,27). Tiene que vivir. La muerte no ha
de prevalecer sobre la vida. Nunca la muerte tendrá la última palabra.
Hijas e hijos de África, no tengáis miedo de creer, de esperar y de
amar, no tengáis miedo de decir a Jesús que es el Camino, la Verdad y la
Vida, y que sólo por Él podemos ser salvados. San Pablo es el autor
inspirado que el Espíritu Santo ha dado a la Iglesia para ser el «maestro de
todas las naciones» (1 Tm 2,7), cuando nos dice que Abrahán «esperando
contra toda esperanza creyó que sería padre de muchos pueblos, según le
había sido prometido: Así será tu descendencia» (Rm 4,18).
«Esperando contra toda esperanza» ¿no es una magnífica definición
del cristiano? África está llamada a la esperanza a través de vosotros y en
vosotros. Con Jesucristo, que ha pisado la tierra africana, África puede
llegar a ser el continente de la esperanza. Todos nosotros somos miembros
de los pueblos que Dios ha dado como descendencia a Abrahán. Cada una
y cada uno de nosotros ha sido pensado, querido y amado por Dios. Todos
y cada uno de nosotros tiene su papel en el plan de Dios, Padre, Hijo y
Espíritu Santo. Si os asalta el desánimo, pensad en la fe de José; si os
invade la inquietud, pensad en la esperanza de José, descendiente de
Abrahán, que esperaba contra toda esperanza; si la desgana o el odio os
embarga, pensad en el amor de José, que fue el primer hombre que
descubrió el rostro humano de Dios en la persona del Niño, concebido por
obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María. Bendigamos a
Cristo por haberse hecho tan cercano a nosotros y démosle gracias por
habernos dado a José como ejemplo y modelo de amor a Él.
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Queridos hermanos y hermanas, de nuevo os digo de corazón: como
José, no tengáis reparo en llevaros a María con vosotros, es decir no
tengáis reparo en amar a la Iglesia. María, madre de la Iglesia, os enseñará
a seguir a sus pastores, a amar a vuestros obispos, a vuestros sacerdotes, a
vuestros diáconos y vuestros catequistas, a cumplir lo que os enseñan y a
rezar por sus intenciones. Los que estáis casados, mirad el amor de José a
María y a Jesús; los que os preparáis al matrimonio, respetad a vuestro
futuro cónyuge como hizo José; los que os habéis consagrado a Dios en el
celibato, pensad en la enseñanza de la Iglesia nuestra Madre: «La
virginidad y el celibato por el Reino de Dios no sólo no contradicen la
dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y la confirman. El
matrimonio y la virginidad son dos modos de expresar y vivir el único
misterio de la Alianza de Dios con su pueblo» (Redemptoris custos, 20).
Quisiera dirigir una exhortación particular a los padres de familia,
puesto que san José es su modelo. San José revela el misterio de la
paternidad de Dios sobre Cristo y sobre cada uno de nosotros. Él puede
enseñarles el secreto de su propia paternidad, él, que custodió al Hijo del
Hombre. También cada padre recibe de Dios a sus hijos, creados a imagen
y a semejanza de Él. San José fue el esposo de María. A cada padre de
familia se le confía igualmente, mediante su propia esposa, el misterio de
la mujer. Como San José, queridos padres de familia, respetad y amad a
vuestra esposa, y guiad a vuestros hijos hacia Dios, hacia donde deben ir
(cf. Lc 2,49), con amor y con vuestra presencia responsable.
Finalmente, a todos los jóvenes que estáis aquí, os dirijo palabras de
amistad y de ánimo: ante las dificultades de la vida, sed valientes. Vuestra
vida tiene un valor infinito a los ojos de Dios. Dejaos cautivar por Cristo,
entregadle gustosamente vuestro amor y, ¿por qué no?, ofrecedle vuestra
propia vida en el sacerdocio o la vida consagrada. Es el servicio más
grande. A los hijos huérfanos de padre o que viven abandonados en la
miseria de la calle, a los que han sido separados violentamente de sus
padres, maltratados y sometidos a abusos, y reclutados por la fuerza en
ciertos grupos militares que asolan algunos países, quisiera decirles: Dios
os ama, no os olvida y san José os protege. Invocadle con confianza.

RELIGIÓN Y RAZÓN
20090319. Discurso. Musulmanes. Yaundé, Camerún
Amigos, creo que una tarea particularmente urgente de la religión en el
momento actual es desvelar el gran potencial que tiene la razón humana,
la cual es en sí misma un don de Dios, y que es elevada por la revelación y
por la fe. Creer en Dios, en vez de limitar nuestra capacidad de
conocernos a nosotros mismos y al mundo, la amplía. En vez de
enemistarnos con el mundo, nos compromete con él. Estamos llamados a
ayudar a los demás a que reconozcan las huellas discretas y la presencia
misteriosa de Dios en el mundo, que ha sido maravillosamente creado por
Él y continua sosteniéndolo con su amor inefable, que todo lo abarca.
Aunque su gloria infinita nunca puede ser percibida directamente en esta
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vida por nuestra mente finita, podemos descubrir, sin embargo, sus
reflejos en la hermosura que nos rodea. Cuando los hombres y las mujeres
dejan que el orden admirable del mundo y el esplendor de la dignidad
humana iluminen su mente, descubren que aquello que es «razonable» va
más allá de lo que las matemáticas pueden calcular, lo que la lógica puede
deducir, o lo que la experimentación científica puede demostrar; lo
«razonable» incluye también la bondad y la intrínseca atracción de una
vida honesta y de acuerdo con la ética, que se nos manifiesta a través del
lenguaje mismo de la creación.
Esta visión nos mueve a buscar todo lo que es recto y justo, a salir de
lo que es el reducido ámbito de nuestro interés egoísta y a actuar buscando
el bien de los demás. De este modo, una religión genuina alarga el
horizonte de la comprensión humana y está en la base de toda verdadera
cultura. Ésta, basada no sólo en principios de fe, sino también en la recta
razón, rechaza toda forma de violencia o totalitarismo. En realidad,
religión y razón se refuerzan mutuamente, porque la religión se purifica y
estructura por la razón, y el pleno potencial de la razón se despliega por la
revelación y la fe.

SUFRIMIENTO, ORACIÓN Y SAN JOSÉ


20090319. Discurso. Enfermos. Centro Léger. Yaundé, Camerún
Ante el sufrimiento, la enfermedad y la muerte, el hombre tiene la
tentación de gritar a causa del dolor, como hizo Job, cuyo nombre
significa «el que sufre» (cf. Gregorio Magno, Moralia in Job, I, 1,15).
Jesús mismo gritó poco antes de morir (cf. Mc 15,37; Hb 5,7). Cuando
nuestra condición se deteriora, aumenta la ansiedad; a algunos les viene la
tentación de dudar de la presencia de Dios en su vida. Por el contrario, Job
es consciente de que Dios está presente en su existencia; su grito no es de
rebelión, sino que, desde lo más hondo de su desventura, hace asomar su
confianza (cf. Jb 19; 42,2-6). Sus amigos, como todos nosotros ante el
sufrimiento de un ser querido, tratan de consolarlo, pero utilizan palabras
vanas.
Ante la presencia de sufrimientos atroces, nos sentimos desarmados y
no encontramos las palabras adecuadas. Ante un hermano o hermana
sumido en el misterio de la Cruz, el silencio respetuoso y compasivo,
nuestra presencia apoyada por la oración, una mirada, una sonrisa, pueden
valer más que tantos razonamientos. Un pequeño grupo de hombres y
mujeres vivió esta experiencia, entre ellos la Virgen María y el Apóstol
Juan, que siguieron a Jesús hasta el culmen de su sufrimiento en su pasión
y muerte en la cruz. Entre ellos, nos dice el Evangelio, había un africano,
Simón de Cirene. A él le encargaron ayudar a Jesús a llevar su cruz en el
camino del Gólgota. Este hombre, aunque involuntariamente, ha ayudado
al Hombre de dolores, abandonado por todos y entregado a una violencia
ciega. La historia, pues, nos recuerda que un africano, un hijo de vuestro
Continente, participó con su propio sufrimiento en la pena infinita de
Aquel que ha redimido a todos los hombres, incluidos sus perseguidores.
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Simón de Cirene no podía saber que tenía ante sí a su Salvador. Fue
«reclutado» para ayudar (cf. Mc 15,21); se vio obligado, forzado a
hacerlo. Es difícil aceptar llevar la cruz de otro. Sólo después de la
resurrección pudo entender lo que había hecho. Así sucede con cada uno
de nosotros, hermanos y hermanas: en la cúspide de la desesperación, de
la rebelión, Cristo nos propone su presencia amorosa, aunque cueste
entender que Él está a nuestro lado. Sólo la victoria final del Señor nos
revelará el sentido definitivo de nuestras pruebas.
¿Acaso no puede decirse que todo africano es de algún modo miembro
de la familia de Simón de Cirene? Cada africano y cada uno que sufre,
ayudan a Cristo a llevar su Cruz y ascienden con Él al Gólgota para
resucitar un día con Él. Al ver la infamia que se le hace a Jesús,
contemplando su rostro en la Cruz y reconociendo la atrocidad de su
dolor, podemos vislumbrar, por la fe, el rostro radiante del Resucitado que
nos dice que el sufrimiento y la enfermedad no tendrán la última palabra
en nuestra vida humana. Rezo, queridos hermanos y hermanas, para que
os sepáis reconocer en este «Simón de Cirene». Pido, queridos hermanas y
hermanos enfermos, que se acerquen también a vuestra cabecera muchos
«Simón de Cirene».
Después de la resurrección, y hasta hoy, hay muchos testigos que se
han dirigido, con fe y esperanza, al Salvador de los hombres,
reconociendo su presencia en medio de su prueba. El Padre de toda
misericordia acoge siempre con benevolencia la oración de quien se dirige
a Él. Responde a nuestra invocación y nuestra plegaria como quiere y
cuando quiere, para nuestro bien y no según nuestros deseos. A nosotros
nos toca discernir su respuesta y acoger como una gracia los dones que
nos ofrece. Fijemos nuestros ojos en el Crucificado, con fe y valor, pues
de Él proviene la Vida, el consuelo, la sanación. Miremos a Aquel que
desea nuestro bien y sabe enjugar las lágrimas de nuestros ojos;
aprendamos a abandonarnos en sus brazos como un niño pequeño en los
brazos de su madre.
Los santos nos han dado un buen ejemplo con su vida totalmente
entregada a Dios, nuestro Padre. Santa Teresa de Ávila, que había puesto a
su nuevo monasterio bajo el patrocinio de San José, fue curada de una
enfermedad el mismo día de su fiesta. Decía que nunca le había implorado
en vano, y recomendaba a todos los que pensaban que no sabían rezar:
«No sé, escribía, cómo se puede pensar en la Reina de los ángeles en el
tiempo que tanto pasó con el Niño Jesús, que no le den gracias a San José
por lo bien que les ayudó en ellos. Quien no hallare maestro que le enseñe
oración, tome este glorioso santo por maestro y no errará en el camino»
(Vida, 6). Como intercesor por la salud del cuerpo, la santa veía en san
José un intercesor para la salud del alma, un maestro de oración, de
plegaria.
Escojámoslo, también nosotros, como maestro de oración. No sólo
quienes estamos sanos, sino también vosotros, queridos enfermos, y todas
las familias. Pienso sobre todo en los que formáis parte del personal
hospitalario, y en todos los que trabajan en el mundo de la sanidad. Al
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acompañar a los que sufren con vuestra atención y las curas que les
dispensáis, practicáis una obra de caridad y amor, que Dios tiene en
cuenta: «Estuve enfermo y me visitasteis» (Mt 25,40). Corresponde a
vosotros, médicos e investigadores, llevar a cabo todo lo que sea legítimo
para aliviar el dolor; os compete, en primer lugar, proteger la vida
humana, ser defensores de la vida desde su concepción hasta su término
natural. Para toda persona, el respeto de la vida es un derecho y, al mismo
tiempo, un deber, porque cada vida es un don de Dios.

ORIENTACIONES A LA IGLESIA EN ÁFRICA


20090319. Discurso. Al Consejo del Sínodo para África
Quisiera sugerir ahora algunas reflexiones sobre el tema específico de
la Segunda Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos,
sobre la reconciliación, la justicia y la paz.
Según el Concilio Ecuménico Vaticano II, «la Iglesia es en Cristo
como un sacramento o signo e instrumento de la íntima unión con Dios y
de la unidad de todo el género humano» (Lumen gentium, 1). Para llevar a
cabo adecuadamente su misión, la Iglesia debe ser una comunidad de
personas reconciliadas con Dios y entre ellas. Así, puede anunciar la
Buena Nueva de la reconciliación a la sociedad actual, que
lamentablemente padece en muchos sitios conflictos, violencias, guerras y
odio. Vuestro Continente no se ha librado, y ha sido triste escenario de
graves tragedias que reclaman una verdadera reconciliación entre los
pueblos, las etnias y los hombres. Para nosotros los cristianos, esta
reconciliación radica en el amor misericordioso de Dios Padre y se realiza
a través de la persona de Jesucristo, que, en el Espíritu Santo, ha ofrecido
a todos la gracia de la reconciliación. Las consecuencias se manifestarán a
través de la justicia y la paz, indispensables para construir un mundo
mejor.
En realidad, en el contexto sociopolítico y económico actual del
continente africano, ¿qué puede haber más dramático que las luchas,
frecuentemente sangrientas, entre grupos étnicos o pueblos hermanos? Y,
puesto que el Sínodo de 1994 insistió en la Iglesia-Familia de Dios, ¿cuál
puede ser la aportación del de este año para la construcción de África,
sedienta de reconciliación y en busca de justicia y paz? Las guerras locales
o regionales, las masacres y los genocidios que tienen lugar en el
Continente han de interpelarnos de manera muy especial: si es verdad que
en Jesucristo formamos parte de la misma familia y compartimos la
misma vida, puesto que por nuestras venas circula la misma Sangre de
Cristo, que nos convierte en hijos de Dios, miembros de la Familia de
Dios, no deberían existir más odios, injusticias y guerras entre hermanos.
Al constatar el aumento de la violencia y el auge del egoísmo en
África, el Cardenal Bernardin Gantin, de venerada memoria, proponía en
1988 una teología de la Fraternidad, como respuesta al clamor apremiante
de los pobres y de los más pequeños (L’Osservatore Romano, ed.
francesa, 12 abril 1988, pp. 4-5). Quizá pensaba en lo que escribió el
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africano Lactancio a comienzos del siglo IV: «El primer deber de la
justicia es reconocer al hombre como hermano. En efecto, si el mismo
Dios nos ha hecho y nos ha engendrado a todos de la misma condición,
con vistas a la justicia y a la vida eterna, estamos unidos ciertamente por
vínculos de fraternidad: quien no los reconozca es injusto» (Epitome,
54,4-5). La Iglesia-Familia de Dios que vive en África, ha hecho una
opción preferencial por los pobres desde la Primera Asamblea Especial del
Sínodo de los Obispos. Manifiesta así que la situación de
deshumanización y de opresión que aflige a los pueblos africanos no es
irreversible; por el contrario, pone a cada uno ante a un desafío, el de la
conversión, la santidad y la integridad.
El Hijo, por el que Dios nos habla, es Él mismo Palabra encarnada.
Esto ha sido objeto de las reflexiones de la reciente XII Asamblea General
Ordinaria del Sínodo de los Obispos. Hecha carne, esta Palabra está al
origen de lo que somos y hacemos; es el fundamento de toda vida. Así
pues, se han de valorar las tradiciones africanas a partir de esa Palabra,
corrigiendo y perfeccionando su concepto de la vida, del hombre y de la
familia. Jesucristo, Palabra de vida, es fuente y plenitud de todas nuestras
vidas, porque el Señor Jesús es el único mediador y redentor.
Es urgente que las comunidades cristianas sean, cada vez más, lugares
de escucha profunda de la Palabra de Dios y de lectura meditativa de la
Sagrada Escritura. Por medio de esa lectura meditativa y comunitaria en la
Iglesia, el cristiano encuentra a Cristo resucitado que le habla y le
devuelve la esperanza en la plenitud de vida que Él da al mundo.
Por lo que se refiere a la Eucaristía, ésta hace realmente presente en la
historia al Señor. Por su Cuerpo y su Sangre, Cristo entero se hace
sustancialmente presente en nuestras vidas. Está con nosotros todos los
días hasta el fin de los tiempos (cf. Mt 28,20) y nos envía de nuevo a las
realidades cotidianas, para que podamos llenarlas con su presencia. En la
Eucaristía se manifiesta claramente que la vida es una relación de
comunión con Dios, con nuestros hermanos y nuestras hermanas, y con
toda la creación. La Eucaristía es fuente de unidad reconciliada en la paz.
La Palabra y el Pan de vida ofrecen luz y alimento, como antídoto y
viático en la fidelidad al Maestro y Pastor de nuestras almas, para que la
Iglesia en África cumpla el servicio de reconciliación, de justicia y de paz,
según el programa de vida dado por el Señor mismo: «Vosotros sois la sal
de la tierra… Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,13.14). Para serlo de
verdad, los fieles han de convertirse y seguir a Jesucristo, ser sus
discípulos, para ser testigos de su poder salvador. Durante su vida terrena,
Jesús era «poderoso en obras y palabras» (Lc 24,19). Por su resurrección,
ha sometido a principados y potestades (cf. Col 2,15), a todo poder del
mal, para liberar a los que han sido bautizados en su nombre. «Para vivir
en libertad, Cristo nos ha liberado» (Ga 5,1). La vocación cristiana
consiste en dejarse liberar por Jesucristo. Él ha vencido el pecado y la
muerte y ofrece a todos la plenitud de la vida. En el Señor Jesús, ya no hay
judíos ni gentiles, ni hombres y mujeres (cf. Ga 3,28). En su carne, ha
reconciliado a todos los pueblos. Con la fuerza del Espíritu Santo, dirijo a
90
todos este llamamiento: «Dejaos reconciliar» (2 Co 5,20). Ninguna
diferencia étnica o cultural, de raza, sexo o religión, ha de ser para
vosotros motivo de enfrentamiento. Todos sois hijos del único Dios,
nuestro Padre, que está en los cielos. Con esta convicción será posible
construir una África más justa y pacífica, a la altura de las esperanzas
legítimas de todos sus hijos.

JESUCRISTO ES LA MEDIDA DEL VERDADERO HUMANISMO


20090320. Discurso. Obispos de Angola. Luanda.
Frente a un relativismo difuso que no reconoce nada como definitivo,
y tiende más bien a tomar como criterio último el yo personal y los
propios caprichos, nosotros proponemos otra medida: el Hijo de Dios, que
es también verdadero hombre. Él es la medida del verdadero humanismo.
El cristiano de fe adulta y madura no es alguien que sigue la ola de la
moda y las últimas novedades, sino quien vive profundamente arraigado
en la amistad de Cristo. Esta amistad nos abre a todo lo que es bueno, y
nos da el criterio para discernir entre la verdad y el error.
Os invito a seguir de cerca a vuestros presbíteros, preocupándoos de su
formación permanente, tanto teológica como espiritual, estando atentos a
sus condiciones de vida y del ejercicio de su misión propia, con el fin de
que sean auténticos testigos de la Palabra que anuncian y de los
Sacramentos que celebran. Que permanezcan fieles, con la entrega de sí
mismos a Cristo y al pueblo del que son pastores, a las exigencias de su
estado, y vivan su ministerio presbiteral como un verdadero camino de
santidad, tratando de ser santos para suscitar nuevos santos en torno a
ellos.

JÓVENES: EL FUTURO ES DIOS


20090321. Discurso. Jóvenes. Luanda, Angola
Encontrarse con los jóvenes hace bien a todos. Tal vez tengan muchos
problemas, pero llevan consigo mucha esperanza, mucho entusiasmo y
deseos de volver a empezar. Jóvenes amigos, lleváis dentro de vosotros
mismos la dinámica del futuro. Os invito a mirarlo con los ojos del
Apóstol Juan: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva… y también la ciudad
santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios,
arreglada como una novia que se adorna para su esposo. Y escuché una
voz potente que decía desde el trono: “Ésta es la morada de Dios con los
hombres”» (Ap 21,1-3). Queridísimos amigos, Dios marca la diferencia.
Así ha sido desde la intimidad serena entre Dios y la pareja humana en el
jardín del Edén, pasando por la gloria divina que irradiaba en la Tienda del
Encuentro en medio del pueblo de Israel durante la travesía del desierto,
hasta la encarnación del Hijo de Dios, que se unió indisolublemente al
hombre en Jesucristo. Este mismo Jesús retoma la travesía del desierto
humano pasando por la muerte para llegar a la resurrección, llevando
consigo a toda la humanidad a Dios. Ahora, Jesús ya no está encerrado en
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un espacio y tiempo determinado, sino que su Espíritu, el Espíritu Santo,
brota de Él y entra en nuestros corazones, uniéndonos así a Jesús mismo y,
con Él, al Padre, al Dios uno y trino.
Queridos amigos, Dios ciertamente marca la diferencia… Más aún,
Dios nos hace diferentes, nos renueva. Ésta es la promesa que nos hizo Él
mismo: «Ahora hago el universo nuevo» (Ap 21,5). Y es verdad. Lo
afirma el Apóstol San Pablo: «El que es de Cristo es una creatura nueva:
lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. Todo esto viene de Dios,
que por medio de Cristo nos reconcilió consigo» (2 Co 5,17-18). Al subir
al cielo y entrar en la eternidad, Jesucristo ha sido constituido Señor de
todos los tiempos. Por eso, Él se hace nuestro compañero en el presente y
lleva el libro de nuestros días en su mano: con ella asegura firmemente el
pasado, con el origen y los fundamentos de nuestro ser; en ella custodia
con esmero el futuro, dejándonos vislumbrar el alba más bella de toda
nuestra vida que de Él irradia, es decir, la resurrección en Dios. El futuro
de la humanidad nueva es Dios; una primera anticipación de ello es
precisamente su Iglesia. Cuando os sea posible, leed atentamente la
historia: os podréis dar cuenta de que la Iglesia, con el pasar de los años,
no envejece; antes bien, se hace cada vez más joven, porque camina al
encuentro del Señor, acercándose más cada día a la única y verdadera
fuente de la que mana la juventud, la regeneración y la fuerza de la vida.
Amigos que me escucháis, el futuro es Dios. Como hemos oído hace
poco, Él «enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni
llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado» (Ap 21,4). Pero,
mientras tanto, veo ahora aquí algunos jóvenes angoleños –pero son
miles– mutilados a consecuencia de la guerra y de las minas, pienso en
tantas lágrimas que muchos de vosotros habéis derramado por la pérdida
de vuestros familiares, y no es difícil imaginar las sombrías nubes que aún
cubren el cielo de vuestros mejores sueños... Leo en vuestro corazón una
duda que me planteáis: «Esto es lo que tenemos. Lo que nos dices, no lo
vemos. La promesa tiene la garantía divina –y nosotros creemos en ella–
pero ¿cuándo se alzará Dios para renovar todas las cosas?». Jesús
responde lo mismo que a sus discípulos: «No perdáis la calma: creed en
Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias,
y me voy a prepararos sitio» (Jn 14,1-2). Pero, vosotros, queridos jóvenes,
insistís: «De acuerdo. Pero, ¿cuándo sucederá esto?». A una pregunta
parecida de los Apóstoles, Jesús respondió: «No os toca a vosotros
conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su
autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis
fuerza para ser mis testigos... hasta los confines del mundo» (Hch 1,7-8).
Fijaos que Jesús no nos deja sin respuesta; nos dice claramente una cosa:
la renovación comienza dentro; se os dará una fuerza de lo Alto. La fuerza
dinámica del futuro está dentro de vosotros.
Está dentro..., pero ¿cómo? Como la vida está oculta en la semilla: así
lo explicó Jesús en un momento crítico de su ministerio. Éste comenzó
con gran entusiasmo, pues la gente veía que se curaba a los enfermos, se
expulsaba a los demonios y se proclamaba el Evangelio; pero, por lo
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demás, el mundo seguía como antes: los romanos dominaban todavía, la
vida era difícil en el día a día, a pesar de estos signos y de estas bellas
palabras. El entusiasmo se fue apagando, hasta el punto de que muchos
discípulos abandonaron al Maestro (cf. Jn 6,66), que predicaba, pero no
transformaba el mundo. Y todos se preguntaban: En fondo, ¿qué valor
tiene este mensaje? ¿Qué aporta este Profeta de Dios? Entonces, Jesús
habló de un sembrador, que esparce su semilla en el campo del mundo,
explicando después que la semilla es su Palabra (cf. Mc 4,3-20) y son sus
curaciones: ciertamente poco, si se compara con las enormes carencias y
dificultades de la realidad cotidiana. Y, sin embargo, en la semilla está
presente el futuro, porque la semilla lleva consigo el pan del mañana, la
vida del mañana. La semilla parece que no es casi nada, pero es la
presencia del futuro, es la promesa que ya hoy está presente; cuando cae
en tierra buena da una cosecha del treinta, el sesenta y hasta el ciento por
uno.
Amigos míos, vosotros sois una semilla que Dios ha sembrado en la
tierra, que encierra en su interior una fuerza de lo Alto, la fuerza del
Espíritu Santo. No obstante, para que la promesa de vida se convierta en
fruto, el único camino posible es dar la vida por amor, es morir por amor.
Lo dijo Jesús mismo: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda
infecundo; pero, si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se
pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la
vida eterna» (Jn 12,24-25). Así habló y así hizo Jesús: su crucifixión
parece un fracaso total, pero no lo es. Jesús, en virtud «del Espíritu eterno,
se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha» (Hb 9,14). De este
modo, cayendo en tierra, pudo dar fruto en todo tiempo y a lo largo de
todos los tiempos. En medio de vosotros tenéis el nuevo Pan, el Pan de la
vida futura, la Santa Eucaristía que nos alimenta y hace brotar la vida
trinitaria en el corazón de los hombres.
Jóvenes amigos, semillas con la fuerza del mismo Espíritu Eterno, que
han germinado al calor de la Eucaristía, en la que se realiza el testamento
del Señor. Él se nos entrega y nosotros respondemos entregándonos a los
otros por amor suyo. Éste es el camino de la vida; pero se podrá recorrer
sólo con un diálogo constante con el Señor y en auténtico diálogo entre
vosotros. La cultura social predominante no os ayuda a vivir la Palabra de
Jesús, ni tampoco el don de vosotros mismos, al que Él os invita según el
designio del Padre. Queridísimos amigos, la fuerza se encuentra dentro de
vosotros, como estaba en Jesús, que decía: «El Padre, que permanece en
mí, Él mismo hace las obras... El que cree en mí, también él hará las obras
que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre» (Jn 14,10.12).
Por eso, no tengáis miedo de tomar decisiones definitivas. Generosidad no
os falta, lo sé. Pero frente al riesgo de comprometerse de por vida, tanto en
el matrimonio como en una vida de especial consagración, sentís miedo:
«El mundo vive en continuo movimiento y la vida está llena de
posibilidades. ¿Podré disponer en este momento por completo de mi vida
sin saber los imprevistos que me esperan? ¿No será que yo, con una
decisión definitiva, me juego mi libertad y me ato con mis propias
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manos?» Éstas son las dudas que os asaltan y que la actual cultura
individualista y hedonista exaspera. Pero cuando el joven no se decide,
corre el riesgo de seguir siendo eternamente niño.
Yo os digo: ¡Ánimo! Atreveos a tomar decisiones definitivas, porque,
en verdad, éstas son las únicas que no destruyen la libertad, sino que crean
su correcta orientación, permitiendo avanzar y alcanzar algo grande en la
vida. Sin duda, la vida tiene un valor sólo si tenéis el arrojo de la aventura,
la confianza de que el Señor nunca os dejará solos. Juventud angoleña,
deja libre dentro de ti al Espíritu Santo, a la fuerza de lo Alto. Confiando
en esta fuerza, como Jesús, arriésgate a dar este salto, por decirlo así,
hacia lo definitivo y, con él, da una posibilidad a la vida. Así se crearán
entre vosotros islas, oasis y después grandes espacios de cultura cristiana,
donde se hará visible esa «ciudad santa, que descendía del cielo, enviada
por Dios, arreglada como una novia». Ésta es la vida que merece la pena
vivir y que de corazón os deseo. Viva la juventud de Angola.

ESFORCÉMONOS POR CONOCER AL SEÑOR


20090321. Homilía. Luanda, Angola
Como hemos escuchado, los hijos de Israel se decían unos a otros:
«Esforcémonos por conocer al Señor». Con estas palabras se animaban
mientras se veían llenos de tribulaciones. Según el profeta, éstas caían
sobre ellos porque vivían en la ignorancia de Dios; su corazón tenía poco
amor. Y el único médico capaz de curarlo era el Señor. Es más, como buen
médico, él mismo había abierto la herida para que así se curase la llaga. Y
el pueblo se decide: «Volvamos al Señor: él nos desgarró, él nos curará»
(Os 6,1). De este modo, se han encontrado la miseria humana y la
Misericordia divina, que no desea sino acoger a los desventurados.
Lo podemos ver en el pasaje del Evangelio que se ha proclamado:
«Dos hombres subieron al templo a orar»; de allí, uno «bajó a su casa
justificado» y el otro no (Lc 18, 10.14). Este último presentó todos sus
méritos ante Dios, casi como convirtiéndolo en un deudor suyo. En el
fondo, no sentía la necesidad de Dios, aunque le daba gracias por haberlo
hecho tan perfecto y no «como ese publicano». Y, sin embargo, es
precisamente el publicano quien bajará a su casa justificado. Consciente
de sus pecados, que le hacen agachar la cabeza, aunque, en realidad, está
totalmente dirigido hacia el Cielo, él espera todo del Señor: «¡Oh Dios!,
ten compasión de este pecador» (Lc 18,13). Llama a la puerta de la
Misericordia, que se abre y lo justifica, «porque – concluye Jesús – todo el
que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (Lc
18,14).
San Pablo, patrón de la ciudad de Luanda y de esta estupenda Iglesia,
construida hace casi cincuenta años, nos habla por experiencia propia de
este Dios rico en Misericordia. Con el Jubileo paulino que se está
celebrando, he querido resaltar el bimilenario del nacimiento de San
Pablo, con el objetivo de aprender de él a conocer mejor a Jesucristo. Éste
es el testimonio que nos ha dejado: «Podéis fiaros y aceptar sin reserva lo
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que os digo: Que Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo
soy el primero. Y por eso se compadeció de mí: para que en mí, el
primero, mostrara Cristo toda su paciencia, y pudiera ser modelo de todos
los que creerán en él y tendrán vida eterna» (1 Tm 1,15-16). Con el pasar
de los siglos, el número de los que han recibido la gracia no ha dejado de
aumentar. Tú y yo somos uno de ellos. Demos gracias a Dios porque nos
ha llamado a entrar en esta muchedumbre de todos los tiempos para
hacerla avanzar hacia el futuro. Imitando a los que han ido en pos de
Jesús, seguimos al mismo Cristo y así entramos en la Luz.
En la vida de Pablo, su encuentro con Jesús cuando iba de camino
hacia Damasco ha sido fundamental: Cristo se le aparece como luz
deslumbrante, le habla, lo conquista. El apóstol vio a Jesús resucitado, es
decir, al hombre en su estado perfecto. Así, pues, se produce en él un
cambio de perspectiva, pasando a verlo todo partiendo de este estado final
del hombre en Jesús: lo que antes le parecía esencial y fundamental, ahora
es para él como «basura»; ya no es «ganancia» sino pérdida, porque ahora
lo único que cuenta es la vida en Cristo (cf. Flp 3,7-8). No se trata de un
simple madurar del «yo» de Pablo, sino de un morir a sí mismo y de
resucitar en Cristo: ha muerto en él una forma de existencia, y una forma
nueva nace en él con Jesús resucitado.
Hermanos y amigos, «esforcémonos por conocer al Señor» resucitado.
Como sabéis, Jesús, hombre perfecto, es también nuestro Dios verdadero.
En Él Dios se hizo visible para hacernos partícipes de su vida divina. De
esta manera, se inaugura con Él una nueva dimensión del ser, de la vida,
en la que también la materia está integrada, y mediante la cual surge un
nuevo mundo. Pero este salto cualitativo de la historia universal que Jesús
ha realizado por nosotros y para nosotros, ¿cómo llega concretamente al
ser humano, impregnando su vida y arrebatándola hacia lo alto? Llega a
cada uno de nosotros a través de la fe y el bautismo. En efecto, este
sacramento es muerte y resurrección, transformación en una nueva vida,
de tal manera que la persona bautizada puede decir con Pablo: «Vivo yo,
pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20). Vivo, pero no soy
yo. En cierta manera, se me quita mi yo, para quedar integrado en un Yo
más grande; conservo todavía mi yo, pero transformado y abierto a los
otros mediante mi inserción en el Otro: en Cristo alcanzo mi nuevo
espacio de vida. ¿Qué es lo que ha sucedido en nosotros? Responde Pablo:
que todos habéis sido hechos uno en Cristo Jesús (cf. Ga 3,28).
La gestación del Cuerpo de Cristo en la historia se va completando
paulatinamente mediante este nuestro ser cristificados por obra y gracia
del Espíritu de Dios.
Hoy os toca a vosotros, hermanos y hermanas, siguiendo la estela de
aquellos heroicos y santos mensajeros de Dios, llevar a Cristo resucitado a
vuestros compatriotas. Muchos de ellos viven temerosos de los espíritus,
de los poderes nefastos de los que creen estar amenazados; desorientados,
llegan a condenar a niños de la calle y también a los más ancianos, porque,
según dicen, son brujos. ¿Quién puede ir a anunciarles que Cristo ha
vencido a la muerte y a todos esos poderes oscuros? (cf. Ef 1,19-23; 6,10-
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12). Algunos objetan: «¿Porqué no los dejamos en paz? Ellos tienen su
verdad; nosotros, la nuestra. Intentemos convivir pacíficamente, dejando a
cada uno como es, para que realice del mejor modo su autenticidad». Pero,
si nosotros estamos convencidos y tenemos la experiencia de que sin
Cristo la vida es incompleta, le falta una realidad, que es la realidad
fundamental, debemos también estar convencidos de que no hacemos
ninguna injusticia a nadie si les mostramos a Cristo y le ofrecemos la
posibilidad de encontrar también, de este modo, su verdadera autenticidad,
la alegría de haber encontrado la vida. Es más, debemos hacerlo, es
nuestra obligación ofrecer a todos esta posibilidad de alcanzar la vida
eterna.
Muy queridos hermanos y hermanas, digámosles como el pueblo
israelita: «Volvamos al Señor: él nos desgarró, él nos curará». Ayudemos a
que la miseria humana se encuentre con la Misericordia divina. El Señor
nos hace sus amigos, se nos entrega, nos entrega su Cuerpo en la
Eucaristía, nos confía su Iglesia. Hemos de ser, pues, verdaderamente sus
amigos, tener un mismo sentir con Él, querer lo que Él quiere y no querer
lo que Él no quiere. Jesús mismo dijo: «Vosotros sois mis amigos, si
hacéis lo que yo os mando» (Jn 15,14). Que éste sea nuestro propósito
común: cumplir todos juntos su voluntad: «Id al mundo entero y predicad
el Evangelio a toda la creación» (Mc 16,15). Como hizo san Pablo,
abracemos su voluntad: «No tengo más remedio que predicar el
Evangelio, y ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (cf. 1 Co 9, 16).

DIGNIDAD Y MISIÓN DE LA MUJER


20090322. Discurso. Mov. Promotores de la mujer. Luanda, Angola
«No les queda vino», dijo María a Jesús, suplicando para que la boda
pudiera continuar en fiesta, como siempre debe ser: «Los invitados a la
boda no pueden ayunar mientras tienen al novio con ellos» (cf. Mc 2,19).
La Madre de Jesús fue después a los sirvientes recomendándoles: «Haced
lo que él os diga» (cf. Jn 2,1-5). Y aquella mediación materna hizo posible
el «vino bueno», premonitor de una nueva alianza entre la omnipotencia
divina y el corazón humano pobre pero bien dispuesto. Por lo demás, esto
es lo que ya había sucedido en el pasado cuando –como hemos oído en la
primera lectura– «todo el pueblo, a una, respondió: “haremos todo cuanto
ha dicho el Señor”» (Ex 19,8).
Que estas mismas palabras broten del corazón de todos los que
estamos aquí reunidos.
Exhorto a todos a ser realmente conscientes de las condiciones
desfavorables a las que han estado sometidas –y lo siguen estando–
muchas mujeres, examinando en qué medida esto puede ser causado por la
conducta y la actitud de los hombres, a veces por su falta de sensibilidad o
responsabilidad. Los designios de Dios son diferentes. Hemos escuchado
en la lectura que todo el pueblo contestó al unísono: «Haremos todo
cuanto ha dicho el Señor». Dice la Sagrada Escritura que el Creador
divino, al ver la obra que había realizado, vio que faltaba algo: todo habría
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sido bueno si el hombre no hubiera estado solo. ¿Cómo podía el hombre
solo ser imagen y semejanza de Dios, que es uno y trino, de Dios que es
comunión? «No está bien que el hombre esté solo; voy a hacer alguien
como él que le ayude» (cf. Gn 2,18-20). Dios se puso de nuevo manos a la
obra para crear la ayuda que faltaba, y se la proporcionó de forma
privilegiada, introduciendo el orden del amor, que no veía suficientemente
representado en la creación.
Como sabéis, hermanos y hermanas, este orden del amor pertenece a la
vida íntima de Dios mismo, a la vida trinitaria, siendo el Espíritu Santo la
hipóstasis personal del amor. Ahora bien, «sobre el designio eterno de
Dios –como dijo el recordado Papa Juan Pablo II–, la mujer es aquella en
quien el orden del amor en el mundo creado de las personas halla un
terreno para su primera raíz»(Carta ap., Mulieris dignitatem, 29). En
efecto, al ver el encanto fascinante que irradia de la mujer a causa de la
íntima gracia que Dios le ha dado, el corazón del hombre se ilumina y se
ve a sí mismo en ella: «Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi
carne» (Gn 2,23). La mujer es otro «yo» en la común humanidad. Hay que
reconocer, afirmar y defender la misma dignidad del hombre y la mujer:
ambos son personas, diferentes de cualquier otro ser viviente del mundo
que les rodea.
Los dos están llamados a vivir en profunda comunión, en un recíproco
reconocimiento y entrega de sí mismos, trabajando juntos por el bien
común con las características complementarias de lo que es masculino y
de lo que es femenino. ¿A quién se le oculta hoy la necesidad de dar más
espacio a las «razones» del corazón? En un mundo como el actual,
dominado por la técnica, se siente la exigencia de esta complementariedad
de la mujer, para que el ser humano pueda vivir sin deshumanizarse del
todo. Puede pensarse en las tierras donde hay más pobreza, en las regiones
devastadas por la guerra, en muchas situaciones trágicas causadas por las
migraciones, forzadas o no... En esos casos, casi siempre son las mujeres
las que mantienen intacta la dignidad humana, defienden la familia y
tutelan los valores culturales y religiosos.
Queridos hermanos y hermanas, la historia habla casi exclusivamente
de las conquistas de los hombres, cuando, en realidad, una parte
importantísima se debe a la acción determinante, perseverante y
beneficiosa de las mujeres. Permitidme que, entre muchas mujeres
extraordinarias, os hable de dos: Teresa Gomes y Maria Bonino. Angoleña
la primera, fallecida el año 2004 en la ciudad de Sumbe, después de una
vida conyugal feliz de la que nacieron 7 hijos; su fe cristiana fue
inquebrantable y su celo apostólico admirable, sobre todo en los años
1975 y 1976, cuando una feroz propaganda ideológica y política se abatió
sobre la parroquia de Nuestra Señora de las Gracias de Porto Amboim,
consiguiendo casi que se cerraran las puertas de la iglesia. Teresa se
convirtió entonces en la líder de los fieles que no se rindieron ante dicha
situación, animándolos, protegiendo valerosamente las estructuras
parroquiales y buscando cualquier modo posible para tener de nuevo la
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santa Misa. Su amor a la Iglesia la hizo incansable en la obra de la
evangelización, bajo la guía de los sacerdotes.
Maria Bonino fue una pediatra italiana, que se ofreció voluntaria para
diversas misiones en esta querida África, y llegó a ser en los últimos años
de su vida responsable del departamento pediátrico del hospital provincial
de Uíje. Dedicada la cura de miles de niños allí hospitalizados, María pagó
con el mayor sacrificio el servicio prestado durante una terrible epidemia
de fiebre hemorrágica de Marburg, acabando contagiada ella misma;
aunque se la trajo a Luanda, aquí murió y reposa desde el 24 de marzo de
2005. Pasado mañana se cumple el cuarto aniversario. La Iglesia y la
sociedad humana se han enriquecido enormemente –y lo siguen siendo–
por la presencia y las virtudes de las mujeres, particularmente por las que
se han consagrado al Señor y, apoyándose en Él, se han puesto al servicio
de los otros.
Queridos angoleños, hoy nadie debería dudar que las mujeres, sobre la
base de su igual dignidad con los hombres, «tienen pleno derecho a
insertarse activamente en todos los ámbitos públicos y su derecho debe ser
afirmado y protegido incluso por medio de instrumentos legales donde se
considere necesario. Sin embargo, este reconocimiento del papel público
de las mujeres no debe disminuir su función insustituible dentro de la
familia: aquí su aportación al bien y al progreso social, aunque esté poco
considerada, tiene un valor verdaderamente inestimable» (Mensaje para
la Jornada Mundial de la Paz, 1995, n. 9). Por lo demás, en el ámbito
personal, la mujer siente la propia dignidad no tanto como el resultado de
una afirmación de los derechos en el plano jurídico, sino más bien como el
resultado directo de las atenciones materiales y espirituales que se reciben
en la familia. La presencia materna dentro de la familia es tan importante
para la estabilidad y el desarrollo de esta célula fundamental de la
sociedad, que debería ser reconocida, alabada y apoyada de todos los
modos posibles. Y, por el mismo motivo, la sociedad ha de llamar la
atención a los maridos y a los padres sobre sus responsabilidades respecto
a su propia familia.
Queridas familias, sin duda os habéis dado cuenta de que ninguna
pareja humana puede por sí sola, únicamente con las propias fuerzas,
ofrecer a los hijos de manera adecuada el amor y el sentido de la vida. En
efecto, para poder decir a alguien: «Tu vida es buena, aunque no se sepa
su futuro», hace falta una autoridad y una credibilidad mayor de la que
pueden dar los padres por sí solos. Los cristianos saben que esta autoridad
mayor se ha dado a esa familia más grande, que Dios, por su Hijo
Jesucristo y el don del Espíritu Santo, ha creado en la historia humana, es
decir, la Iglesia. Vemos en ello la obra de ese Amor eterno e indestructible
que asegura a la vida de cada uno de nosotros un sentido permanente,
aunque no conozcamos su futuro. Por este motivo, la edificación de toda
familia cristiana se realiza dentro de esa familia más grande que es la
Iglesia, la cual la sostiene y la estrecha en su pecho, garantizando que
sobre ella, ahora y en el futuro, se pose el «sí» del Creador.
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«No les queda vino», dice María a Jesús. Queridas mujeres angoleñas,
tenedla como vuestra abogada ante el Señor. Así la conocemos desde
aquellas bodas de Caná: como la mujer bondadosa, llena de solicitud
maternal y de valor, la mujer que se da cuenta de las necesidades ajenas y,
queriendo poner remedio, las lleva ante el Señor. Junto a Ella, todos,
hombres y mujeres, podemos recobrar esa serenidad e íntima confianza
que nos hace sentirnos bienaventurados en Dios e incansables en la lucha
por la vida. Que la Virgen de Muxima sea la estrella de vuestra vida; que
Ella os guarde unidos en la gran familia de Dios. Amén.

TANTO AMÓ DIOS AL MUNDO QUE LE DIO A SU HIJO


20090322. Homilía. Luanda, Angola
«Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no
perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna» (Jn
3,16). Estas palabras nos colman de gozo y esperanza, pues anhelamos el
cumplimiento de las promesas de Dios.
La primera lectura de hoy tiene una resonancia particular para el
Pueblo de Dios en Angola. Es un mensaje de esperanza para el Pueblo
elegido en la lejanía de su destierro, una invitación a volver a Jerusalén
para reconstruir el Templo del Señor. La descripción vibrante de la
destrucción y la ruina causada por la guerra refleja la experiencia personal
de muchos en este País durante las terribles devastaciones de la guerra
civil. Qué verdad es el que la guerra puede destruir «todo lo que tiene
valor» (cf. 2 Cr 36,19): familias, comunidades enteras, el fruto de la fatiga
de los hombres, las esperanzas que guían y alientan sus vidas y su trabajo.
Esta experiencia es demasiado familiar en el conjunto de África: el poder
destructivo de la guerra civil, el caer en el torbellino del odio y la
venganza, el despilfarro de los esfuerzos de generaciones de gente de bien.
Cuando se descuida la Palabra del Señor –una Palabra que tiende a la
edificación de las personas, de las comunidades y de toda la familia
humana–, y la Ley de Dios es objeto de «burla, desprecio y escarnio» (cf.
ibíd., v. 16), el resultado sólo puede ser destrucción e injusticia, deshonra
de nuestra común humanidad y traición de nuestra vocación a ser hijos e
hijas del Padre misericordioso, hermanos y hermanas de su Hijo
predilecto.
Nos confortan, pues, las palabras consoladoras que hemos escuchado
en la primera lectura. La llamada a volver y a reconstruir el Templo de
Dios tiene un significado particular para todos nosotros. San Pablo, de
cuyo nacimiento celebramos este año el bimilenario, nos dice que «somos
santuario del Dios vivo» (2 Co 6,16). Como sabemos, Dios habita en el
corazón de los que ponen su confianza en Cristo, han renacido en el
Bautismo y se han convertido en templo del Espíritu Santo. También
ahora, en la unidad del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, Dios nos llama
a reconocer en nosotros la fuerza de su presencia, a acoger de nuevo el
don de su amor y su perdón, y a convertirnos en mensajeros de este amor
99
misericordioso en nuestras familias y comunidades, en la escuela, el
trabajo y en cada sector de la vida social y política.
El Evangelio nos enseña que la reconciliación –una verdadera
reconciliación– sólo puede ser fruto de una conversión, de una
transformación del corazón, de un nuevo modo de pensar. Nos enseña que
sólo la fuerza del amor de Dios puede cambiar nuestros corazones y
hacernos triunfar sobre el poder del pecado y la división. Cuando
estábamos «muertos por nuestros pecados» (cf. Ef 2,5), su amor y su
misericordia nos han ofrecido la reconciliación y la vida nueva en Cristo.
Éste es el núcleo de la enseñanza del apóstol Pablo, y es importante para
nosotros volver a traer a la memoria que sólo la gracia de Dios puede crear
en nosotros un corazón nuevo. Sólo su amor puede cambiar nuestro
«corazón de piedra» (Ez 11,19) y hacernos capaces de construir, en lugar
de demoler. Sólo Dios puede hacer nuevas todas las cosas.
Queridos amigos, éste es el mensaje que el Papa os dirige a vosotros y
a vuestros hijos. Habéis recibido del Espíritu Santo la fuerza de ser los
constructores de un porvenir mejor para vuestro querido País. En el
Bautismo se os ha dado el Espíritu para ser heraldos del Reino de Dios,
reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, el
amor y la paz (cf. Misal Romano, Jesucristo, Rey del universo, Prefacio).
El día de vuestro Bautismo habéis recibido la luz de Cristo. Sed fieles a
este don, con la certeza de que el Evangelio puede confirmar, purificar y
ennoblecer los profundos valores humanos que hay en vuestra cultura
nativa y en vuestras tradiciones: familias unidas, profundo sentido
religioso, alegre celebración del don de la vida, estima por la sabiduría de
los ancianos y por las aspiraciones de los jóvenes. Y agradeced también la
luz de Cristo.
En el Evangelio de hoy hay palabras de Jesús que suscitan una cierta
impresión: Él nos dice que ya se ha dictado la sentencia de Dios sobre el
mundo (cf. Jn 3,19ss). La luz ha venido al mundo. Pero los hombres han
preferido las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Cuántas
tinieblas hay en tantas partes del mundo. Las nubes del mal han
oscurecido trágicamente también África, incluida esta amada Nación de
Angola. Pensemos en el drama de la guerra, en las feroces consecuencias
del tribalismo y las rivalidades étnicas, en la codicia que corrompe el
corazón del hombre, esclaviza a los pobres y priva a las generaciones
futuras de los recursos que necesitan para crear una sociedad más solidaria
y más justa, una sociedad real y auténticamente africana en su genio y en
sus valores. Y ¿qué decir de ese insidioso espíritu de egoísmo que encierra
a las personas en sí mismas, divide las familias y, suplantando los grandes
ideales de generosidad y abnegación, lleva inevitablemente al hedonismo,
a la evasión en falsas utopías mediante el uso de la droga, a la
irresponsabilidad sexual, al debilitamiento de la unión matrimonial, a la
destrucción de las familias y la eliminación de vidas humanas inocentes
por el aborto?
Sin embargo, la palabra de Dios es una palabra de esperanza sin
límites. En efecto, «tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo
100
único... para que el mundo se salve por él» (Jn 3,16-17). Dios nunca nos
considera desahuciados. Él sigue invitándonos a levantar los ojos hacia un
futuro de esperanza y nos promete la fuerza para conseguirlo. Como dice
San Pablo en la segunda lectura de hoy, Dios nos ha creado en Cristo Jesús
para vivir una vida justa, una vida en que hagamos buenas obras según su
voluntad (cf. Ef 2,10). Nos ha dado sus mandamientos, no como una
rémora, sino como un manantial de libertad: libertad para ser hombres y
mujeres llenos de sabiduría, maestros de justicia y paz, gente que tiene
confianza en los otros y busca su auténtico bien. Dios nos ha creado para
vivir en la luz y para ser luz del mundo que nos rodea. Esto es lo que Jesús
nos dice en el Evangelio de hoy: «El que realiza la verdad, se acerca a la
luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios» (Jn 3,21).
«Vivid, pues, conforme a la verdad». Irradiad la luz de la fe, la
esperanza y el amor en vuestras familias y comunidades. Sed testigos de la
santa verdad que hace libres a los hombres y las mujeres. Sabéis por una
amarga experiencia que, tras la repentina furia destructora del mal, el
trabajo de reconstrucción es penosamente lento y duro. Requiere tiempo,
esfuerzo y perseverancia: debe comenzar en nuestros corazones, en los
pequeños sacrificios cotidianos necesarios para ser fieles a la ley de Dios,
en los pequeños gestos mediante los cuales demostramos amar a nuestros
prójimos –todos ellos, sin distinción de raza, etnia o lengua– con la
disponibilidad de colaborar con ellos para construir juntos sobre
fundamentos duraderos. Haced que vuestras parroquias se conviertan en
comunidades donde la luz de la verdad de Dios y el poder del amor
reconciliador de Cristo no solamente se celebren, sino que también se
manifiesten en obras concretas de caridad. No tengáis miedo. Aunque esto
signifique ser un «signo de contradicción» (Lc 2,34) frente a actitudes
duras y una mentalidad que considera a los otros como instrumentos para
usar, en vez de como hermanos y hermanas a los que amar, respetar y
ayudar a lo largo del camino de la libertad, la vida y la esperanza.
Permitidme concluir con una palabra dirigida particularmente a los
jóvenes de Angola y a todos los jóvenes de África. Queridos jóvenes
amigos, vosotros sois la esperanza del futuro de vuestro País, la promesa
de un mañana mejor. Comenzad a crecer desde hoy en vuestra amistad con
Jesús, que es «el camino, y la verdad, y la vida» (Jn 14,6): una amistad
alimentada y profundizada por la oración humilde y perseverante. Buscad
su voluntad sobre vosotros, escuchando cotidianamente su palabra y
dejando que su ley modele vuestra vida y vuestras relaciones. De este
modo os convertiréis en profetas sabios y generosos del amor salvador de
Dios; llegaréis a ser evangelizadores de vuestros propios compañeros,
llevándolos con vuestro ejemplo personal a que aprecien la belleza y la
verdad del Evangelio, y a encaminarse por la esperanza de un futuro
plasmado por los valores del Reino de Dios. La Iglesia necesita vuestro
testimonio. No tengáis miedo de responder generosamente a la llamada de
Dios para servirlo, bien como sacerdotes, religiosas o religiosos, bien
como padres cristianos o en tantas otras formas de servicio que la Iglesia
os propone.
101
Queridos hermanos y hermanas, al final de la primera lectura de hoy,
Ciro, rey de Persia, inspirado por Dios, ordena al Pueblo elegido que
vuelva a su querida Patria y reconstruya el Templo del Señor. Que estas
palabras del Señor sean una llamada para todo el Pueblo de Dios en
Angola y en toda África del Sur: Levantaos, poneos en camino (cf. 2 Cr
36,23). Mirad al futuro con esperanza, confiad en las promesas de Dios y
vivid en su verdad. De este modo construiréis algo destinado a
permanecer, y dejaréis a las generaciones futuras una herencia duradera de
reconciliación, de justicia y de paz. Amén.

QUEREMOS VER A JESÚS


20090329. Homilía. Paroquia Santo Rostro de Jesús. Roma
En el pasaje evangélico de hoy, san Juan refiere un episodio que
aconteció en la última fase de la vida pública de Cristo, en la inminencia
de la Pascua judía, que sería su Pascua de muerte y resurrección. Narra el
evangelista que, mientras se encontraba en Jerusalén, algunos griegos,
prosélitos del judaísmo, por curiosidad y atraídos por lo que Jesús estaba
haciendo, se acercaron a Felipe, uno de los Doce, que tenía un nombre
griego y procedía de Galilea. "Señor —le dijeron—, queremos ver a
Jesús" (Jn 12, 21). Felipe, a su vez, llamó a Andrés, uno de los primeros
apóstoles, muy cercano al Señor, y que también tenía un nombre griego; y
ambos "fueron a decírselo a Jesús" (Jn 12, 22).
En la petición de estos griegos anónimos podemos descubrir la sed de
ver y conocer a Cristo que experimenta el corazón de todo hombre. Y la
respuesta de Jesús nos orienta al misterio de la Pascua, manifestación
gloriosa de su misión salvífica. "Ha llegado la hora de que sea glorificado
el Hijo del hombre" (Jn 12, 23). Sí, está a punto de llegar la hora de la
glorificación del Hijo del hombre, pero esto conllevará el paso doloroso
por la pasión y la muerte en cruz. De hecho, sólo así se realizará el plan
divino de la salvación, que es para todos, judíos y paganos, pues todos
están invitados a formar parte del único pueblo de la alianza nueva y
definitiva.
A esta luz comprendemos también la solemne proclamación con la que
se concluye el pasaje evangélico: "Yo, cuando sea levantado de la tierra,
atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32), así como el comentario del
Evangelista: "Decía esto para significar de qué muerte iba a morir" (Jn 12,
33). La cruz: la altura del amor es la altura de Jesús, y a esta altura nos
atrae a todos.
Muy oportunamente la liturgia nos hace meditar este texto del
evangelio de san Juan en este quinto domingo de Cuaresma, mientras se
acercan los días de la Pasión del Señor, en la que nos sumergiremos
espiritualmente desde el próximo domingo, llamado precisamente
domingo de Ramos y de la Pasión del Señor. Es como si la Iglesia nos
estimulara a compartir el estado de ánimo de Jesús, queriéndonos preparar
102
para revivir el misterio de su crucifixión, muerte y resurrección, no como
espectadores extraños, sino como protagonistas juntamente con él,
implicados en su misterio de cruz y resurrección. De hecho, donde está
Cristo, allí deben encontrarse también sus discípulos, que están llamados a
seguirlo, a solidarizarse con él en el momento del combate, para ser
asimismo partícipes de su victoria.
El Señor mismo nos explica cómo podemos asociarnos a su misión.
Hablando de su muerte gloriosa ya cercana, utiliza una imagen sencilla y a
la vez sugestiva: "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él
solo; pero si muere, da mucho fruto" (Jn 12, 24). Se compara a sí mismo
con un "grano de trigo deshecho, para dar a todos mucho fruto", como
dice de forma eficaz san Atanasio. Y sólo mediante la muerte, mediante la
cruz, Cristo da mucho fruto para todos los siglos. De hecho, no bastaba
que el Hijo de Dios se hubiera encarnado. Para llevar a cabo el plan divino
de la salvación universal era necesario que muriera y fuera sepultado: sólo
así toda la realidad humana sería aceptada y, mediante su muerte y
resurrección, se haría manifiesto el triunfo de la Vida, el triunfo del Amor;
así se demostraría que el amor es más fuerte que la muerte.
Con todo, el hombre Jesús, que era un hombre verdadero, con nuestros
mismos sentimientos, sentía el peso de la prueba y la amarga tristeza por
el trágico fin que le esperaba. Precisamente por ser hombre-Dios,
experimentaba con mayor fuerza el terror frente al abismo del pecado
humano y a cuanto hay de sucio en la humanidad, que él debía llevar
consigo y consumar en el fuego de su amor. Todo esto él lo debía llevar
consigo y transformar en su amor. "Ahora —confiesa— mi alma está
turbada. Y ¿que voy a decir? ¿Padre, líbrame de esta hora?" (Jn 12, 27).
Le asalta la tentación de pedir: "Sálvame, no permitas la cruz, dame la
vida". En esta apremiante invocación percibimos una anticipación de la
conmovedora oración de Getsemaní, cuando, al experimentar el drama de
la soledad y el miedo, implorará al Padre que aleje de él el cáliz de la
pasión.
Sin embargo, al mismo tiempo, mantiene su adhesión filial al plan
divino, porque sabe que precisamente para eso ha llegado a esta hora, y
con confianza ora: "Padre, glorifica tu nombre" (Jn 12, 28). Con esto
quiere decir: "Acepto la cruz", en la que se glorifica el nombre de Dios, es
decir, la grandeza de su amor. También aquí Jesús anticipa las palabras del
Monte de los Olivos: "No se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lc 22, 42).
Transforma su voluntad humana y la identifica con la de Dios. Este es el
gran acontecimiento del Monte de los Olivos, el itinerario que deberíamos
seguir fundamentalmente en todas nuestras oraciones: transformar, dejar
que la gracia transforme nuestra voluntad egoísta y la impulse a
uniformarse a la voluntad divina.
Los mismos sentimientos afloran en el pasaje de la carta a los
Hebreos que se ha proclamado en la segunda lectura. Postrado por una
angustia extrema a causa de la muerte que se cierne sobre él, Jesús ofrece
a Dios ruegos y súplicas "con poderoso clamor y lágrimas" (Hb 5, 7).
Invoca ayuda de Aquel que puede liberarlo, pero abandonándose siempre
103
en las manos del Padre. Y precisamente por esta filial confianza en Dios
—nota el autor— fue escuchado, en el sentido de que resucitó, recibió la
vida nueva y definitiva. La carta a los Hebreos nos da a entender que
estas insistentes oraciones de Jesús, con clamor y lágrimas, eran el
verdadero acto del sumo sacerdote, con el que se ofrecía a sí mismo y a la
humanidad al Padre, transformando así el mundo.
Queridos hermanos y hermanas, este es el camino exigente de la cruz
que Jesús indica a todos sus discípulos. En diversas ocasiones dijo: "Si
alguno me quiere servir, sígame". No hay alternativa para el cristiano que
quiera realizar su vocación. Es la "ley" de la cruz descrita con la imagen
del grano de trigo que muere para germinar a una nueva vida; es la
"lógica" de la cruz de la que nos habla también el pasaje evangélico de
hoy: "El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo,
la guardará para la vida eterna" (Jn 12, 25). "Odiar" la propia vida es una
expresión semítica fuerte y encierra una paradoja; subraya muy bien la
totalidad radical que debe caracterizar a quien sigue a Cristo y, por su
amor, se pone al servicio de los hermanos: pierde la vida y así la
encuentra. No existe otro camino para experimentar la alegría y la
verdadera fecundidad del Amor: el camino de darse, entregarse, perderse
para encontrarse.
Queridos amigos, la invitación de Jesús resuena de forma muy
elocuente en la celebración de hoy en vuestra parroquia, pues está
dedicada al Santo Rostro de Jesús: el Rostro que "algunos griegos", de los
que habla el evangelio, deseaban ver; el Rostro que en los próximos días
de la Pasión contemplaremos desfigurado a causa de los pecados, la
indiferencia y la ingratitud de los hombres; el Rostro radiante de luz y
resplandeciente de gloria, que brillará en el alba del día de Pascua.
Mantengamos fijos el corazón y la mente en el Rostro de Cristo.
A vosotros, queridos jóvenes, quiero dirigiros en particular unas
palabras de aliento: dejaos atraer por la fascinación de Cristo.
Contemplando su Rostro con los ojos de la fe, pedidle: "Jesús, ¿qué
quieres que haga yo contigo y por ti?". Luego, permaneced a la escucha y,
guiados por su Espíritu, cumplid el plan que él tiene para cada uno de
vosotros. Preparaos seriamente para construir familias unidas y fieles al
Evangelio, y para ser sus testigos en la sociedad. Y si él os llama, estad
dispuestos a dedicar totalmente vuestra vida a su servicio en la Iglesia
como sacerdotes o como religiosos y religiosas.
Queridos hermanos y hermanas de esta comunidad parroquial, el amor
infinito de Cristo que brilla en su Rostro resplandezca en todas vuestras
actitudes, y se convierta en vuestra "cotidianidad". Como exhortaba san
Agustín en una homilía pascual, "Cristo padeció; muramos al pecado.
Cristo resucitó; vivamos para Dios. Cristo pasó de este mundo al Padre;
que no se apegue aquí nuestro corazón, sino que lo siga en las cosas de
arriba. Nuestro jefe fue colgado de un madero; crucifiquemos la
concupiscencia de la carne. Yació en el sepulcro; sepultados con él,
olvidemos las cosas pasadas. Está sentado en el cielo; traslademos
nuestros deseos a las cosas supremas" (Discurso 229, D, 1).
104
SI EL GRANO DE TRIGO MUERE, DA MUCHO FRUTO
20090329. Ángelus
Pensando precisamente en los desafíos que marcan el camino de la
Iglesia en el continente africano, y en cualquier otra parte del mundo,
constatamos cuán actuales son las palabras del Evangelio de este quinto
domingo de Cuaresma. Jesús, en la inminencia de su pasión, declara: "Si
el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da
mucho fruto" (Jn 12, 24). Ya no es hora de palabras y discursos; ha
llegado la hora decisiva, para la cual ha venido al mundo el Hijo de Dios
y, a pesar de que su alma está turbada, se muestra dispuesto a cumplir
hasta el fondo la voluntad del Padre. Y la voluntad de Dios es darnos la
vida eterna que hemos perdido. Pero para que esto se realice es necesario
que Jesús muera, como un grano de trigo que Dios Padre ha sembrado en
el mundo, pues sólo así podrá germinar y crecer una nueva humanidad,
libre del dominio del pecado y capaz de vivir en fraternidad, como hijos e
hijas del único Padre que está en los cielos.
En la gran fiesta de la fe que vivimos juntos en África,
experimentamos que esta nueva humanidad está viva, a pesar de sus
límites humanos. Donde los misioneros, como Jesús, han dado y siguen
dando su vida por el Evangelio, se recogen abundantes frutos.

CONFIANZA EN DIOS Y RESPUESTA HUMANA


20090120. Mensaje. Jornada Mundial Vocaciones. 3 mayo 2009
La confianza en la iniciativa de Dios y la respuesta humana. Resuena
constantemente en la Iglesia la exhortación de Jesús a sus discípulos:
«Rogad al dueño de la mies, que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 38).
¡Rogad! La apremiante invitación del Señor subraya cómo la oración por
las vocaciones ha de ser ininterrumpida y confiada. De hecho, la
comunidad cristiana, sólo si efectivamente está animada por la oración,
puede «tener mayor fe y esperanza en la iniciativa divina» (Exhort. ap.
postsinodal Sacramentum caritatis, 26).
La vocación al sacerdocio y a la vida consagrada constituye un
especial don divino, que se sitúa en el amplio proyecto de amor y de
salvación que Dios tiene para cada hombre y la humanidad entera. El
apóstol Pablo, al que recordamos especialmente durante este Año Paulino
en el segundo milenio de su nacimiento, escribiendo a los efesios afirma:
«Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, nos ha bendecido en la persona
de Cristo, con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió
en la persona de Cristo antes de crear el mundo, para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor» (Ef 1, 3-4). En la llamada universal a
la santidad destaca la peculiar iniciativa de Dios, escogiendo a algunos
para que sigan más de cerca a su Hijo Jesucristo, y sean sus ministros y
testigos privilegiados. El divino Maestro llamó personalmente a los
Apóstoles «para que lo acompañaran y para enviarlos a predicar, con
poder para expulsar demonios» (Mc 3,14-15); ellos, a su vez, se asociaron
105
con otros discípulos, fieles colaboradores en el ministerio misionero. Y
así, respondiendo a la llamada del Señor y dóciles a la acción del Espíritu
Santo, una multitud innumerable de presbíteros y de personas
consagradas, a lo largo de los siglos, se ha entregado completamente en la
Iglesia al servicio del Evangelio. Damos gracias al Señor porque también
hoy sigue llamando a obreros para su viña. Aunque es verdad que en
algunas regiones de la tierra se registra una escasez preocupante de
presbíteros, y que dificultades y obstáculos acompañan el camino de la
Iglesia, nos sostiene la certeza inquebrantable de que el Señor, que
libremente escoge e invita a su seguimiento a personas de todas las
culturas y de todas las edades, según los designios inescrutables de su
amor misericordioso, la guía firmemente por los senderos del tiempo hacia
el cumplimiento definitivo del Reino.
Nuestro primer deber ha de ser por tanto mantener viva, con oración
incesante, esa invocación de la iniciativa divina en las familias y en las
parroquias, en los movimientos y en las asociaciones entregadas al
apostolado, en las comunidades religiosas y en todas las estructuras de la
vida diocesana. Tenemos que rezar para que en todo el pueblo cristiano
crezca la confianza en Dios, convencido de que el «dueño de la mies» no
deja de pedir a algunos que entreguen libremente su existencia para
colaborar más estrechamente con Él en la obra de la salvación. Y por parte
de cuantos están llamados, se requiere escucha atenta y prudente
discernimiento, adhesión generosa y dócil al designio divino,
profundización seria en lo que es propio de la vocación sacerdotal y
religiosa para corresponder a ella de manera responsable y convencida. El
Catecismo de la Iglesia Católica recuerda oportunamente que la iniciativa
libre de Dios requiere la respuesta libre del hombre. Una respuesta
positiva que presupone siempre la aceptación y la participación en el
proyecto que Dios tiene sobre cada uno; una respuesta que acoja la
iniciativa amorosa del Señor y llegue a ser para todo el que es llamado una
exigencia moral vinculante, una ofrenda agradecida a Dios y una total
cooperación en el plan que Él persigue en la historia (cf. n. 2062).
Contemplando el misterio eucarístico, que expresa de manera sublime
el don que libremente ha hecho el Padre en la Persona del Hijo Unigénito
para la salvación de los hombres, y la plena y dócil disponibilidad de
Cristo hasta beber plenamente el «cáliz» de la voluntad de Dios (cf. Mt 26,
39), comprendemos mejor cómo «la confianza en la iniciativa de Dios»
modela y da valor a la «respuesta humana». En la Eucaristía, don perfecto
que realiza el proyecto de amor para la redención del mundo, Jesús se
inmola libremente para la salvación de la humanidad. «La Iglesia –
escribió mi amado predecesor Juan Pablo II– ha recibido la Eucaristía de
Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros muchos, aunque sea
muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don de sí mismo,
de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra de salvación»
(Enc. Ecclesia de Eucharistia, 11).
Los presbíteros, que precisamente en Cristo eucarístico pueden
contemplar el modelo eximio de un «diálogo vocacional» entre la libre
106
iniciativa del Padre y la respuesta confiada de Cristo, están destinados a
perpetuar ese misterio salvífico a lo largo de los siglos, hasta el retorno
glorioso del Señor. En la celebración eucarística es el mismo Cristo el que
actúa en quienes Él ha escogido como ministros suyos; los sostiene para
que su respuesta se desarrolle en una dimensión de confianza y de gratitud
que despeje todos los temores, incluso cuando aparece más fuerte la
experiencia de la propia flaqueza (cf. Rm 8, 26-30), o se hace más duro el
contexto de incomprensión o incluso de persecución (cf. Rm 8, 35-39).
El convencimiento de estar salvados por el amor de Cristo, que cada
Santa Misa alimenta a los creyentes y especialmente a los sacerdotes, no
puede dejar de suscitar en ellos un confiado abandono en Cristo que ha
dado la vida por nosotros. Por tanto, creer en el Señor y aceptar su don,
comporta fiarse de Él con agradecimiento adhiriéndose a su proyecto
salvífico. Si esto sucede, «la persona llamada» lo abandona todo
gustosamente y acude a la escuela del divino Maestro; comienza entonces
un fecundo diálogo entre Dios y el hombre, un misterioso encuentro entre
el amor del Señor que llama y la libertad del hombre que le responde en el
amor, sintiendo resonar en su alma las palabras de Jesús: «No sois
vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido, y os he
destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure» (Jn 15, 16).
Ese engarce de amor entre la iniciativa divina y la respuesta humana se
presenta también, de manera admirable, en la vocación a la vida
consagrada. El Concilio Vaticano II recuerda: «Los consejos evangélicos
de castidad consagrada a Dios, pobreza y obediencia tienen su fundamento
en las palabras y el ejemplo del Señor. Recomendados por los Apóstoles,
por los Padres de la Iglesia, los doctores y pastores, son un don de Dios,
que la Iglesia recibió de su Señor y que con su gracia conserva siempre»
(Lumen gentium, 43). Una vez más, Jesús es el modelo ejemplar de
adhesión total y confiada a la voluntad del Padre, al que toda persona
consagrada ha de mirar. Atraídos por Él, desde los primeros siglos del
cristianismo, muchos hombres y mujeres han abandonado familia,
posesiones, riquezas materiales y todo lo que es humanamente deseable,
para seguir generosamente a Cristo y vivir sin ataduras su Evangelio, que
se ha convertido para ellos en escuela de santidad radical. Todavía hoy
muchos avanzan por ese mismo camino exigente de perfección
evangélica, y realizan su vocación con la profesión de los consejos
evangélicos. El testimonio de esos hermanos y hermanas nuestros, tanto
en monasterios de vida contemplativa como en los institutos y
congregaciones de vida apostólica, le recuerda al pueblo de Dios «el
misterio del Reino de Dios que ya actúa en la historia, pero que espera su
plena realización en el cielo» (Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita
consecrata, 1).
¿Quién puede considerarse digno de acceder al ministerio sacerdotal?
¿Quién puede abrazar la vida consagrada contando sólo con sus fuerzas
humanas? Una vez más conviene recordar que la respuesta del hombre a
la llamada divina, cuando se tiene conciencia de que es Dios quien toma la
iniciativa y a Él le corresponde llevar a término su proyecto de salvación,
107
nunca se parece al cálculo miedoso del siervo perezoso que por temor
esconde el talento recibido en la tierra (cf. Mt 25, 14-30), sino que se
manifiesta en una rápida adhesión a la invitación del Señor, como hizo
Pedro, que no dudó en echar nuevamente las redes pese a haber estado
toda la noche faenando sin pescar nada, confiando en su palabra (cf. Lc 5,
5). Sin abdicar en ningún momento de la responsabi-lidad personal, la
respuesta libre del hombre a Dios se transforma así en
«corresponsabilidad», en responsabilidad en y con Cristo, en virtud de la
acción de su Espíritu Santo; se convierte en comunión con quien nos hace
capaces de dar fruto abundante (cf. Jn 15, 5).
Emblemática respuesta humana, llena de confianza en la iniciativa de
Dios, es el «Amén» generoso y total de la Virgen de Nazaret, pronunciado
con humilde y decidida adhesión a los designios del Altísimo, que le
fueron comunicados por un mensajero celestial (cf. Lc 1, 38). Su «sí»
inmediato le permitió convertirse en la Madre de Dios, la Madre de
nuestro Salvador. María, después de aquel primer «fiat», que tantas otras
veces tuvo que repetir, hasta el momento culminante de la crucifixión de
Jesús, cuando «estaba junto a la cruz», como señala el evangelista Juan,
siendo copartícipe del dolor atroz de su Hijo inocente. Y precisamente
desde la cruz, Jesús moribundo nos la dio como Madre y a Ella fuimos
confiados como hijos (cf. Jn 19, 26-27), Madre especialmente de los
sacerdotes y de las personas consagradas. Quisiera encomendar a Ella a
cuantos descubren la llamada de Dios para encaminarse por la senda del
sacerdocio ministerial o de la vida consagrada.
Queridos amigos, no os desaniméis ante las dificultades y las dudas;
confiad en Dios y seguid fielmente a Jesús y seréis los testigos de la
alegría que brota de la unión íntima con Él. A imitación de la Virgen
María, a la que llaman dichosa todas las generaciones porque ha creído
(cf. Lc 1, 48), esforzaos con toda energía espiritual en llevar a cabo el
proyecto salvífico del Padre celestial, cultivando en vuestro corazón,
como Ella, la capacidad de asombro y de adoración a quien tiene el poder
de hacer «grandes cosas» porque su Nombre es santo (Cf. Lc 1, 49).

LA OBEDIENCIA QUE NACE DE LA COMUNIÓN CON DIOS


20090423. Homilía. Misa con comisión Encuentro Mundial Familias
En la lectura de los Hechos de los Apóstoles hemos escuchado de
labios de san Pedro: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres»
(Hch 5,29). Esto concuerda plenamente con lo que nos dice el Evangelio
de Juan: «El que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al
Hijo, no verá la vida» (Jn 3,36). Así, pues, la Palabra de Dios nos habla de
una obediencia que no es simple sujeción, ni un simple cumplimiento de
mandatos, sino que nace de una íntima comunión con Dios y consiste en
una mirada interior que sabe discernir aquello que «viene de lo alto» y
«está por encima de todo». Es fruto del Espíritu Santo que Dios concede
«sin medida».
108
Queridos amigos, nuestros contemporáneos necesitan descubrir esta
obediencia, que no es teórica sino vital; que es un optar por unas
conductas concretas, basadas en la obediencia al querer de Dios, que nos
hacen ser plenamente libres. Las familias cristianas con su vida doméstica,
sencilla y alegre, compartiendo día a día las alegrías, esperanzas y
preocupaciones, vividas a la luz de la fe, son escuelas de obediencia y
ámbito de verdadera libertad. Lo saben bien los que han vivido su
matrimonio según los planes de Dios durante largos años, como alguno de
los presentes, comprobando la bondad del Señor que nos ayuda y alienta.
En la Eucaristía Cristo está realmente presente; es el pan que baja de lo
alto para reparar nuestras fuerzas y afrontar el esfuerzo y la fatiga del
camino. Él está a nuestro lado. Que Él sea el mejor amigo también de
quien hoy recibe la primera comunión, trasformando su interior para que
sea testigo entusiasta de Él ante los demás.
Prosigamos ahora nuestra celebración eucarística invocando la
amorosa intercesión de nuestra Madre del cielo, Nuestra Señora de
Guadalupe, para que recibamos a Jesús y tengamos vida y, fortalecidos
con el pan Eucarístico, seamos servidores de la verdadera alegría para el
mundo. Amén.

JÓVENES: LA CONVERSIÓN ES EL ÚNICO CAMINO A LA PAZ


20090328. Discurso. Jóvenes voluntarios
Para mí siempre es una alegría encontrarme con los jóvenes; en este
caso me siento aún más contento porque sois voluntarios del servicio civil,
característica que aumenta mi estima por vosotros y me invita a
proponeros algunas reflexiones vinculadas a vuestra actividad específica.
Queridos amigos, ¿qué puede decir el Papa a jóvenes comprometidos
en el servicio civil nacional? Ante todo, puede congratularse por el
entusiasmo que os anima y por la generosidad con que lleváis a cabo esta
misión de paz. Permitid también que os proponga una reflexión que,
podría decir, os atañe de modo más directo, una reflexión tomada de la
constitución del concilio Vaticano II Gaudium et spes —"alegría y
esperanza"— sobre la Iglesia en el mundo actual. En la parte final de ese
documento conciliar, donde se afronta también el tema de la paz entre los
pueblos, se encuentra una expresión fundamental sobre la que conviene
detenerse: "La paz nunca se obtiene de modo definitivo, sino que debe
construirse continuamente" (n. 78). Es muy real esta observación.
Por desgracia, las guerras y violencias no acaban nunca, y la búsqueda
de la paz siempre es ardua. En años marcados por el peligro de posibles
conflictos mundiales, el concilio Vaticano II denunció con fuerza —en
este texto— la carrera de armamentos. "La carrera de armamentos, a la
que recurren bastantes naciones, no es un camino seguro para conservar
firmemente la paz", y añadía inmediatamente que la carrera de
armamentos "es una plaga gravísima de la humanidad y perjudica a los
pobres de modo intolerable" (ib., 81). Tras esa constatación, que mostraba
su preocupación, los padres conciliares expresaron un deseo: "Habrá que
109
elegir —afirmaron— nuevos caminos que partan de un espíritu renovado
para que este escándalo sea eliminado y, una vez liberado el mundo de la
ansiedad que lo oprime, pueda restablecerse una verdadera paz" (ib.).
"Nuevos caminos", por tanto, "que partan de un espíritu renovado", de
la renovación de los corazones y de las conciencias. Hoy como entonces la
auténtica conversión de los corazones constituye el único camino que nos
puede conducir a cada uno de nosotros y a la humanidad entera a la paz
deseada. Es el camino indicado por Jesús: él, que es el Rey del universo,
no vino a traer la paz al mundo con un ejército, sino mediante el rechazo
de la violencia. Lo dijo explícitamente a Pedro, en el huerto de los Olivos:
"Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que empuñen la espada, a
espada perecerán" (Mt 26, 52); y después a Poncio Pilato: "Si mi reino
fuera de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuera
entregado a los judíos: pero mi reino no es de aquí" (Jn 18, 36).
Es el camino que han seguido y siguen no sólo los discípulos de
Cristo, sino muchos hombres y mujeres de buena voluntad, testigos
valientes de la fuerza de la no violencia. También en la Gaudium et spes,
el Concilio afirma: "No podemos menos de alabar a aquellos que,
renunciando a la acción violenta para reivindicar sus derechos, recurren a
los medios de defensa que están incluso al alcance de los más débiles,
siempre que esto pueda hacerse sin perjudicar los derechos y los deberes
de los demás o de la comunidad" (n. 78). A esta clase de agentes de paz
pertenecéis también vosotros, queridos jóvenes amigos. Así pues, sed
siempre y en todas partes instrumentos de paz, rechazando con decisión el
egoísmo y la injusticia, la indiferencia y el odio, para construir y difundir
con paciencia y perseverancia la justicia, la igualdad, la libertad, la
reconciliación, la acogida y el perdón en cada comunidad.
Quiero dirigiros aquí, queridos jóvenes, la invitación con la que
concluí el mensaje anual del 1 de enero pasado para la Jornada mundial de
la paz, exhortándoos a "ensanchar el corazón hacia las necesidades de los
pobres, haciendo cuanto sea concretamente posible para salir a su
encuentro. En efecto, sigue siendo incontestablemente verdadero el
axioma según el cual "combatir la pobreza es construir la paz""
(L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 12 de diciembre de
2008, p. 9). Muchos de vosotros —pienso por ejemplo en quienes trabajan
con Cáritas y en otras instituciones sociales— estáis diariamente
comprometidos en el servicio a personas con dificultades. Pero siempre,
en la variedad de los ámbitos de vuestras actividades, cada uno, a través
de esta experiencia de voluntariado, puede reforzar su propia sensibilidad
social, conocer más de cerca los problemas de la gente y hacerse promotor
activo de una solidaridad concreta. Este es, ciertamente, el principal
objetivo del servicio civil nacional, un objetivo formativo: educar a las
generaciones jóvenes a cultivar un sentido de atención responsable hacia
las personas necesitadas y hacia el bien común.
Queridos chicos y chicas, un día Jesús dijo a la gente que le seguía:
"Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su propia vida
por mi causa y por la del Evangelio, la salvará" (Mc 8, 35). En estas
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palabras hay una verdad no sólo cristiana, sino universalmente humana: la
vida es un misterio de amor, que nos pertenece tanto más cuanto más la
entregamos, o mejor, cuanto más nos entregamos, es decir, cuanto más
hacemos el don de nosotros mismos, de nuestro tiempo, de nuestros
recursos y cualidades por el bien de los demás.
Lo dice una célebre oración atribuida a san Francisco de Asís, que
empieza así: "Oh, Señor, haz de mí un instrumento de tu paz"; y termina
con estas palabras: "Porque dando se recibe, perdonando se es perdonado,
muriendo se resucita para la vida eterna".
Queridos amigos, que esta sea siempre la lógica de vuestra vida, no
sólo ahora que sois jóvenes, sino también mañana, cuando desempeñéis —
os lo deseo— funciones significativas en la sociedad y forméis una
familia. Sed personas dispuestas a gastarse por los demás, dispuestas
incluso a sufrir por el bien y la justicia.

LOS CONSEJOS PARROQUIALES


20090429. Discurso. Parroquia Santo Rostro de Jesús. Roma
En este momento quiero daros las gracias por todo lo que hacéis con
vistas a la construcción de la Iglesia viva en este barrio de Roma. Me
parece que uno de los dones del concilio Vaticano II es la existencia de
estos consejos pastorales, donde laicos representantes de toda la
comunidad afrontan, juntamente con el párroco y con los sacerdotes, los
problemas de la Iglesia viva de un barrio, ayudan a construir la Iglesia, a
hacer presente la Palabra de Dios y a sensibilizar a la gente con respecto a
la presencia de Jesucristo en los sacramentos. En este tiempo, en el que el
laicismo es fuerte y todas las impresiones que se recogen en el entorno se
ponen en cierto modo contra la presencia de Dios, contra la capacidad de
percibir esta presencia, es mucho más importante que el sacerdote no esté
solo, sino que se vea rodeado de creyentes que con él lleven esta semilla
de la Palabra de Dios y ayuden a que sea viva y crezca también en nuestro
tiempo. Por eso, gracias por vuestras iniciativas. Es importante consolar,
ayudar, apoyar a la gente en el momento del sufrimiento, hacer que
experimenten la cercanía de los creyentes que se sienten particularmente
cerca de todos los que sufren.
Esto lo he visto en África. En Yaundé, Camerún, hay un gran Centro,
fundado por el cardenal Léger, canadiense, gran padre del Concilio, donde
yo lo conocí. Después del Concilio, en 1968, sintió la necesidad, no sólo
de predicar y gobernar, sino también de ser un simple sacerdote para
ayudar a los que sufren. Se fue a Camerún y allí fundó ese Centro, que
hoy pertenece al Estado, pero en el que trabajan sobre todo eclesiásticos,
donde se ve toda la gama de sufrimientos: sida, lepra, todo. Pero también
se ve la fuerza de la fe; se ve gente que, motivada por la fuerza de la fe y
por el amor que suscita la fe, se pone totalmente a disposición. Así el
sufrimiento se transforma y las personas que ayudan quedan
transformadas, se hacen más humanas, más cristianas: se experimenta algo
del amor de Dios. Por eso, en nuestras dimensiones, también nosotros
111
queremos ser siempre sensibles ante el sufrimiento, ante los que sufren,
ante los pobres, ante las personas necesitadas por diversas formas de
pobreza, incluso espiritual, que nos esperan, en las que nos espera el
Señor. Gracias por todo lo que hacéis.
Según la tradición, el consejo es un don del Espíritu Santo; y un
párroco, mucho más un Papa, necesita consejo, necesita que le ayuden a
encontrar las decisiones. Por eso, estos consejos pastorales realizan
también una obra del Espíritu Santo y atestiguan su presencia en la Iglesia.

DOMINGO DE RAMOS: LA LEY FUNDAMENTAL DE LA VIDA


20090405. Homilía. Domingo de Ramos
Junto con una creciente muchedumbre de peregrinos, Jesús había
subido a Jerusalén para la Pascua. En la última etapa del camino, cerca de
Jericó, había curado al ciego Bartimeo, que lo había invocado como Hijo
de David y suplicado piedad. Ahora que ya podía ver, se había sumado
con gratitud al grupo de los peregrinos. Cuando a las puertas de Jerusalén
Jesús montó en un borrico, que simbolizaba el reinado de David, entre los
peregrinos explotó espontáneamente la alegre certeza: Es él, el Hijo de
David. Y saludan a Jesús con la aclamación mesiánica: «¡Bendito el que
viene en nombre del Señor!»; y añaden: «¡Bendito el reino que llega, el de
nuestro padre David! ¡Hosanna en el cielo!», (Mc 11,9s). No sabemos
cómo se imaginaban exactamente los peregrinos entusiastas el reino de
David que llega. Pero nosotros, ¿hemos entendido realmente el mensaje de
Jesús, Hijo de David? ¿Hemos entendido lo que es el Reino del que habló
al ser interrogado por Pilato? ¿Comprendemos lo que quiere decir que su
Reino no es de este mundo? ¿O acaso quisiéramos más bien que fuera de
este mundo?
San Juan, en su Evangelio, después de narrar la entrada en Jerusalén,
añade una serie de dichos de Jesús, en los que Él explica lo esencial de
este nuevo género de reino. A simple vista podemos distinguir en estos
textos tres imágenes diversas del reino en las que, aunque de modo
diferente, se refleja el mismo misterio. Ante todo, Juan relata que, entre
los peregrinos que querían «adorar a Dios» durante la fiesta, había
también algunos griegos (cf. 12,20). Fijémonos en que el verdadero
objetivo de estos peregrinos era adorar a Dios. Esto concuerda
perfectamente con lo que Jesús dice en la purificación del Templo: «Mi
casa será llamada casa de oración para todos los pueblos» (Mc 11,17). La
verdadera meta de la peregrinación ha de ser encontrar a Dios, adorarlo, y
así poner en el justo orden la relación de fondo de nuestra vida. Los
griegos están en busca de Dios, con su vida están en camino hacia Dios.
Ahora, mediante dos Apóstoles de lengua griega, Felipe y Andrés, hacen
llegar al Señor esta petición: «Quisiéramos ver a Jesús» (Jn 12,21). Son
palabras mayores. Queridos amigos, por eso nos hemos reunido aquí:
Queremos ver a Jesús. Para eso han ido a Sydney el año pasado miles de
jóvenes. Ciertamente, habrán puesto muchas ilusiones en esta
peregrinación. Pero el objetivo esencial era éste: Queremos ver a Jesús.
112
¿Qué dijo, qué hizo Jesús en aquel momento ante esta petición? En el
Evangelio no aparece claramente que hubiera un encuentro entre aquellos
griegos y Jesús. La vista de Jesús va mucho más allá. El núcleo de su
respuesta a la solicitud de aquellas personas es: «Si el grano de trigo no
cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto»
(Jn 12,24). Y esto quiere decir: ahora no tiene importancia un coloquio
más o menos breve con algunas personas, que después vuelven a casa.
Vendré al encuentro del mundo de los griegos como grano de trigo muerto
y resucitado, de manera totalmente nueva y por encima de los límites del
momento. Por su resurrección, Jesús supera los límites del espacio y del
tiempo. Como Resucitado, recorre la inmensidad del mundo y de la
historia. Sí, como Resucitado, va a los griegos y habla con ellos, se les
manifiesta, de modo que ellos, los lejanos, se convierten en cercanos y,
precisamente en su lengua, en su cultura, la palabra de Jesús irá avanzando
y será entendida de un modo nuevo: así viene su Reino. Por tanto,
podemos reconocer dos características esenciales de este Reino. La
primera es que este Reino pasa por la cruz. Puesto que Jesús se entrega
totalmente, como Resucitado puede pertenecer a todos y hacerse presente
a todos. En la sagrada Eucaristía recibimos el fruto del grano de trigo que
muere, la multiplicación de los panes que continúa hasta el fin del mundo
y en todos los tiempos. La segunda característica dice: su Reino es
universal. Se cumple la antigua esperanza de Israel: esta realeza de David
ya no conoce fronteras. Se extiende «de mar a mar», como dice el profeta
Zacarías (9,10), es decir, abarca todo el mundo. Pero esto es posible sólo
porque no es la soberanía de un poder político, sino que se basa
únicamente en la libre adhesión del amor; un amor que responde al amor
de Jesucristo, que se ha entregado por todos. Pienso que siempre hemos de
aprender de nuevo ambas cosas. Ante todo, la universalidad, la
catolicidad. Ésta significa que nadie puede considerarse a sí mismo, a su
cultura a su tiempo y su mundo como absoluto. Y eso requiere que todos
nos acojamos recíprocamente, renunciando a algo nuestro. La
universalidad incluye el misterio de la cruz, la superación de sí mismos, la
obediencia a la palabra de Jesucristo, que es común, en la común Iglesia.
La universalidad es siempre una superación de sí mismos, renunciar a algo
personal. La universalidad y la cruz van juntas. Sólo así se crea la paz.
La palabra sobre el grano de trigo que muere sigue formando parte de
la respuesta de Jesús a los griegos, es su respuesta. Pero, a continuación,
Él formula una vez más la ley fundamental de la existencia humana: «El
que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este
mundo, se guardará para la vida eterna» (Jn 12,25). Es decir, quien quiere
tener su vida para sí, vivir sólo para él mismo, tener todo en puño y
explotar todas sus posibilidades, éste es precisamente quien pierde la vida.
Ésta se vuelve tediosa y vacía. Solamente en el abandono de sí mismo, en
la entrega desinteresada del yo en favor del tú, en el «sí» a la vida más
grande, la vida de Dios, nuestra vida se ensancha y engrandece. Así, este
principio fundamental que el Señor establece es, en último término,
simplemente idéntico al principio del amor. En efecto, el amor significa
113
dejarse a sí mismo, entregarse, no querer poseerse a sí mismo, sino
liberarse de sí: no replegarse sobre sí mismo —¡qué será de mí!— sino
mirar adelante, hacia el otro, hacia Dios y hacia los hombres que Él pone a
mi lado. Y este principio del amor, que define el camino del hombre, es
una vez más idéntico al misterio de la cruz, al misterio de muerte y
resurrección que encontramos en Cristo. Queridos amigos, tal vez sea
relativamente fácil aceptar esto como gran visión fundamental de la vida.
Pero, en la realidad concreta, no se trata simplemente de reconocer un
principio, sino de vivir su verdad, la verdad de la cruz y la resurrección. Y
por ello, una vez más, no basta una única gran decisión. Indudablemente,
es importante, esencial, lanzarse a la gran decisión fundamental, al gran
«sí» que el Señor nos pide en un determinado momento de nuestra vida.
Pero el gran «sí» del momento decisivo en nuestra vida —el «sí» a la
verdad que el Señor nos pone delante— ha de ser después reconquistado
cotidianamente en las situaciones de todos los días en las que, una y otra
vez, hemos de abandonar nuestro yo, ponernos a disposición, aun cuando
en el fondo quisiéramos más bien aferrarnos a nuestro yo. También el
sacrificio, la renuncia, son parte de una vida recta. Quien promete una
vida sin este continuo y renovado don de sí mismo, engaña a la gente. Sin
sacrificio, no existe una vida lograda. Si echo una mirada retrospectiva
sobre mi vida personal, tengo que decir que precisamente los momentos
en que he dicho «sí» a una renuncia han sido los momentos grandes e
importantes de mi vida.
Finalmente, san Juan ha recogido también en su relato de los dichos
del Señor para el «Domingo de Ramos» una forma modificada de la
oración de Jesús en el Huerto de los Olivos. Ante todo una afirmación:
«Mi alma está agitada» (12,27). Aquí aparece el pavor de Jesús,
ampliamente descrito por los otros tres evangelistas: su terror ante el
poder de la muerte, ante todo el abismo de mal que ve, y al cual debe
bajar. El Señor sufre nuestras angustias junto con nosotros, nos acompaña
a través de la última angustia hasta la luz. En Juan, siguen después dos
súplicas de Jesús. La primera formulada sólo de manera condicional:
«¿Qué diré? Padre, líbrame de esta hora» (12,27). Como ser humano,
también Jesús se siente impulsado a rogar que se le libre del terror de la
pasión. También nosotros podemos orar de este modo. También nosotros
podemos lamentarnos ante el Señor, como Job, presentarle todas las
nuestras peticiones que surgen en nosotros frente a la injusticia en el
mundo y las trabas de nuestro propio yo. Ante Él, no hemos de refugiarnos
en frases piadosas, en un mundo ficticio. Orar siempre significa luchar
también con Dios y, como Jacob, podemos decirle: «no te soltaré hasta
que me bendigas» (Gn 32,27). Pero luego viene la segunda petición de
Jesús: «Glorifica tu nombre» (Jn 12,28). En los sinópticos, este ruego se
expresa así: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42). Al final, la
gloria de Dios, su señoría, su voluntad, es siempre más importante y más
verdadera que mi pensamiento y mi voluntad. Y esto es lo esencial en
nuestra oración y en nuestra vida: aprender este orden justo de la realidad,
aceptarlo íntimamente; confiar en Dios y creer que Él está haciendo lo que
114
es justo; que su voluntad es la verdad y el amor; que mi vida se hace
buena si aprendo a ajustarme a este orden. Vida, muerte y resurrección de
Jesús, son para nosotros la garantía de que verdaderamente podemos
fiarnos de Dios. De este modo se realiza su Reino.
Queridos amigos. Al término de esta liturgia, los jóvenes de Australia
entregarán la Cruz de la Jornada Mundial de la Juventud a sus coetáneos
de España. La Cruz está en camino de una a otra parte del mundo, de mar
a mar. Y nosotros la acompañamos. Avancemos con ella por su camino y
así encontraremos nuestro camino. Cuando tocamos la Cruz, más aún,
cuando la llevamos, tocamos el misterio de Dios, el misterio de Jesucristo:
el misterio de que Dios ha tanto amado al mundo, a nosotros, que entregó
a su Hijo único por nosotros (cf. Jn 3,16). Toquemos el misterio
maravilloso del amor de Dios, la única verdad realmente redentora. Pero
hagamos nuestra también la ley fundamental, la norma constitutiva de
nuestra vida, es decir, el hecho que sin el «sí» a la Cruz, sin caminar día
tras día en comunión con Cristo, no se puede lograr la vida. Cuanto más
renunciemos a algo por amor de la gran verdad y el gran amor — por
amor de la verdad y el amor de Dios —, tanto más grande y rica se hace la
vida. Quien quiere guardar su vida para sí mismo, la pierde. Quien da su
vida — cotidianamente, en los pequeños gestos que forman parte de la
gran decisión —, la encuentra. Esta es la verdad exigente, pero también
profundamente bella y liberadora, en la que queremos entrar paso a paso
durante el camino de la Cruz por los continentes. Que el Señor bendiga
este camino. Amén.

JÓVENES: CRISTO OS AMA DE MODO ÚNICO Y PERSONAL


20090406. Discurso. Jóvenes que recogen la cruz de la JMJ
Os animo, por tanto, a descubrir en la Cruz la medida infinita del amor
de Cristo, y poder decir así, como san Pablo: «vivo en la fe del Hijo de
Dios, que me amó hasta entregarse por mí» (Ga 2,20). Sí, queridos
jóvenes, Cristo se ha entregado por cada uno de vosotros y os ama de
modo único y personal. Responded vosotros al amor de Cristo
ofreciéndole vuestra vida con amor. De este modo, la preparación de la
Jornada Mundial de la Juventud, cuyos trabajos habéis comenzado con
mucha ilusión y entrega, serán recompensados con el fruto que pretenden
estas Jornadas: renovar y fortalecer la experiencia del encuentro con
Cristo muerto y resucitado por nosotros.
Id tras las huellas de Cristo. Él es vuestra meta, vuestro camino y
también vuestro premio. En el lema que he escogido para la Jornada de
Madrid, el apóstol Pablo invita a caminar, «arraigados y edificados en
Cristo, firmes en la fe» (Col 2,7). La vida es un camino, ciertamente. Pero
no es un camino incierto y sin destino fijo, sino que conduce a Cristo,
meta de la vida humana y de la historia. Por este camino llegaréis a
encontraros con Aquel que, entregando su vida por amor, os abre las
puertas de la vida eterna. Os invito, pues, a formaros en la fe que da
sentido a vuestra vida y a fortalecer vuestras convicciones, para poder así
115
permanecer firmes en las dificultades de cada día. Os exhorto, además, a
que, en el camino hacia Cristo, sepáis atraer a vuestros jóvenes amigos,
compañeros de estudio y de trabajo, para que también ellos lo conozcan y
lo confiesen como Señor de sus vidas. Para ello, dejad que la fuerza de lo
Alto que está dentro de vosotros, el Espíritu Santo, se manifieste con su
inmenso atractivo. Los jóvenes de hoy necesitan descubrir la vida nueva
que viene de Dios, saciarse de la verdad que tiene su fuente en Cristo
muerto y resucitado y que la Iglesia ha recibido como un tesoro para todos
los hombres.
Queridos jóvenes, este tiempo de preparación a la Jornada de Madrid
es una ocasión extraordinaria para experimentar además la gracia de
pertenecer a la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Las Jornadas de la Juventud
manifiestan el dinamismo de la Iglesia y su eterna juventud. Quien ama a
Cristo, ama a la Iglesia con una misma pasión, pues ella nos permite vivir
en una relación estrecha con el Señor. Por ello, cultivad las iniciativas que
permitan a los jóvenes sentirse miembros de la Iglesia, en plena comunión
con sus pastores y con el Sucesor de Pedro. Orad en común, abriendo las
puertas de vuestras parroquias, asociaciones y movimientos para que todos
puedan sentirse en la Iglesia como en su propia casa, en la que son amados
con el mismo amor de Dios. Celebrad y vivid vuestra fe con inmensa
alegría, que es el don del Espíritu. Así, vuestros corazones y los de
vuestros amigos se prepararán para celebrar la gran fiesta que es la
Jornada de la Juventud y todos experimentaremos una nueva epifanía de la
juventud de la Iglesia.
En estos días tan hermosos de la Semana Santa, que ayer iniciamos, os
aliento a contemplar a Cristo en los misterios de su pasión, muerte y
resurrección. En ellos hallaréis lo que supera toda sabiduría y
conocimiento, es decir, el amor de Dios manifestado en Cristo. Aprended
de Él, que no vino «a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate
por muchos» (Mc 10,45). Éste es el estilo del amor de Cristo, marcado con
el signo de la cruz gloriosa, en la que Cristo es exaltado, a la vista de
todos, con el corazón abierto, para que el mundo pueda mirar y ver, a
través de su perfecta humanidad, el amor que nos salva. La cruz se
convierte así en el signo mismo de la vida, pues en ella Cristo vence el
pecado y la muerte mediante la total entrega de sí mismo. Por eso, hemos
de abrazar y adorar la cruz del Señor, hacerla nuestra, aceptar su peso
como el Cireneo para participar en lo único que puede redimir a toda la
humanidad (cf. Col 1,24). En el bautismo habéis sido marcados con la
cruz de Cristo y le pertenecéis totalmente. Haceos cada vez más dignos
ella y jamás os avergoncéis de este signo supremo del amor.

SANTIFÍCALOS EN LA VERDAD. YO ME CONSAGRO


20090409. Homilía. Misa crismal
En el Cenáculo, la tarde antes de su pasión, el Señor oró por sus
discípulos reunidos en torno a Él, pero con la vista puesta al mismo
tiempo en la comunidad de los discípulos de todos los siglos, «los que
116
crean en mí por la palabra de ellos» (Jn 17,20). En la plegaria por los
discípulos de todos los tiempos, Él nos ha visto también a nosotros y ha
rezado por nosotros. Escuchemos lo que pide para los Doce y para los que
estamos aquí reunidos: «Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad.
Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo. Y por
ellos me consagro yo, para que también se consagren ellos en la verdad»
(17,17ss). El Señor pide nuestra santificación, nuestra consagración en la
verdad. Y nos envía para continuar su misma misión. Pero hay en esta
súplica una palabra que nos llama la atención, que nos parece poco
comprensible. Dice Jesús: «Por ellos me consagro yo». ¿Qué quiere decir?
¿Acaso Jesús no es de por sí «el Santo de Dios», como confesó Pedro en
la hora decisiva en Cafarnaún (cf. Jn 6,69)? ¿Cómo puede ahora
consagrarse, es decir, santificarse a sí mismo?
Para entender esto, hemos de aclarar antes de nada lo que quieren decir
en la Biblia las palabras «santo» y «santificar/consagrar». Con el término
«santo» se describe en primer lugar la naturaleza de Dios mismo, su modo
de ser del todo singular, divino, que corresponde sólo a Él. Sólo Él es el
auténtico y verdadero Santo en el sentido originario. Cualquier otra
santidad deriva de Él, es participación en su modo de ser. Él es la Luz
purísima, la Verdad y el Bien sin mancha. Por tanto, consagrar algo o
alguno significa dar en propiedad a Dios algo o alguien, sacarlo del
ámbito de lo que es nuestro e introducirlo en su ambiente, de modo que ya
no pertenezca a lo nuestro, sino enteramente a Dios. Consagración es,
pues, un sacar del mundo y un entregar al Dios vivo. La cosa o la persona
ya no nos pertenece, ni pertenece a sí misma, sino que está inmersa en
Dios. Un privarse así de algo para entregarlo a Dios, lo llamamos también
sacrificio: ya no será propiedad mía, sino suya. En el Antiguo Testamento,
la entrega de una persona a Dios, es decir, su «santificación», se identifica
con la Ordenación sacerdotal y, de este modo, se define también en qué
consiste el sacerdocio: es un paso de propiedad, un ser sacado del mundo
y entregado a Dios. Con ello se subrayan ahora las dos direcciones que
forman parte del proceso de la santificación/consagración. Es un salir del
contexto de la vida mundana, un «ser puestos a parte» para Dios. Pero
precisamente por eso no es una segregación. Ser entregados a Dios
significa más bien ser puestos para representar a los otros. El sacerdote es
sustraído a los lazos mundanos y entregado a Dios, y precisamente así, a
partir de Dios, debe quedar disponible para los otros, para todos. Cuando
Jesús dice «Yo me consagro», Él se hace a la vez sacerdote y víctima. Por
tanto, Bultmann tiene razón traduciendo la afirmación «Yo me consagro»
por «Yo me sacrifico». ¿Comprendemos ahora lo que sucede cuando Jesús
dice: «Por ellos me consagro yo»? Éste es el acto sacerdotal en el que
Jesús —el hombre Jesús, que es una cosa sola con el Hijo de Dios— se
entrega al Padre por nosotros. Es la expresión de que Él es al mismo
tiempo sacerdote y víctima. Me consagro, me sacrifico: esta palabra
abismal, que nos permite asomarnos a lo íntimo del corazón de Jesucristo,
debería ser una y otra vez objeto de nuestra reflexión. En ella se encierra
117
todo el misterio de nuestra redención. Y ella contiene también el origen
del sacerdocio de la Iglesia, de nuestro sacerdocio.
Sólo ahora podemos comprender a fondo la súplica que el Señor ha
presentado al Padre por los discípulos, por nosotros. «Conságralos en la
verdad»: ésta es la inserción de los apóstoles en el sacerdocio de
Jesucristo, la institución de su sacerdocio nuevo para la comunidad de los
fieles de todos los tiempos. «Conságralos en la verdad»: ésta es la
verdadera oración de consagración para los apóstoles. El Señor pide que
Dios mismo los atraiga hacia sí, al seno de su santidad. Pide que los
sustraiga de sí mismos y los tome como propiedad suya, para que, desde
Él, puedan desarrollar el servicio sacerdotal para el mundo. Esta oración
de Jesús aparece dos veces en forma ligeramente modificada. En ambos
casos debemos escuchar con mucha atención para empezar a entender, al
menos vagamente, la sublime realidad que se está operando aquí.
«Conságralos en la verdad». Y Jesús añade: «Tu palabra es verdad». Por
tanto, los discípulos son sumidos en lo íntimo de Dios mediante su
inmersión en la palabra de Dios. La palabra de Dios es, por decirlo así, el
baño que los purifica, el poder creador que los transforma en el ser de
Dios. Y entonces, ¿cómo están las cosas en nuestra vida? ¿Estamos
realmente impregnados por la palabra de Dios? ¿Es ella en verdad el
alimento del que vivimos, más que lo que pueda ser el pan y las cosas de
este mundo? ¿La conocemos verdaderamente? ¿La amamos? ¿Nos
ocupamos interiormente de esta palabra hasta el punto de que realmente
deja una impronta en nuestra vida y forma nuestro pensamiento? ¿O no es
más bien nuestro pensamiento el que se amolda una y otra vez a todo lo
que se dice y se hace? ¿Acaso no son con frecuencia las opiniones
predominantes los criterios que marcan nuestros pasos? ¿Acaso no nos
quedamos, a fin de cuentas, en la superficialidad de todo lo que
frecuentemente se impone al hombre de hoy? ¿Nos dejamos realmente
purificar en nuestro interior por la palabra de Dios? Nietzsche se ha
burlado de la humildad y la obediencia como virtudes serviles, por las
cuales se habría reprimido a los hombres. En su lugar, ha puesto el orgullo
y la libertad absoluta del hombre. Ahora bien, hay caricaturas de una
humildad equivocada y una falsa sumisión que no queremos imitar. Pero
existe también la soberbia destructiva y la presunción, que disgregan toda
comunidad y acaban en la violencia. ¿Sabemos aprender de Cristo la recta
humildad, que corresponde a la verdad de nuestro ser, y esa obediencia
que se somete a la verdad, a la voluntad de Dios? «Santifícalos en la
verdad: tu palabra es verdad»: esta palabra de la incorporación en el
sacerdocio ilumina nuestra vida y nos llama a ser siempre nuevamente
discípulos de esa verdad que se desvela en la palabra de Dios.
En la interpretación de esta frase podemos dar un paso más todavía.
¿Acaso no ha dicho Cristo de sí mismo: «Yo soy la verdad» (cf. Jn 14,6)?
¿Y acaso no es Él mismo la Palabra viva de Dios, a la que se refieren
todas las otras palabras? Conságralos en la verdad, quiere decir, pues, en
lo más hondo: hazlos una sola cosa conmigo, Cristo. Sujétalos a mí.
Ponlos dentro de mí. Y, en efecto, en último término hay un único
118
sacerdote de la Nueva Alianza, Jesucristo mismo. Por tanto, el sacerdocio
de los discípulos sólo puede ser participación en el sacerdocio de Jesús.
Así, pues, nuestro ser sacerdotes no es más que un nuevo y radical modo
de unión con Cristo. Ésta se nos ha dado sustancialmente para siempre en
el Sacramento. Pero este nuevo sello del ser puede convertirse para
nosotros en un juicio de condena, si nuestra vida no se desarrolla entrando
en la verdad del Sacramento. A este propósito, las promesas que hoy
renovamos dicen que nuestra voluntad ha de ser orientada así: «Domino
Iesu arctius coniungi et conformari, vobismetipsis abrenuntiantes». Unirse
a Cristo supone la renuncia. Comporta que no queremos imponer nuestro
rumbo y nuestra voluntad; que no deseamos llegar a ser esto o lo otro, sino
que nos abandonamos a Él, donde sea y del modo que Él quiera servirse
de nosotros. San Pablo decía a este respecto: «Vivo yo, pero no soy yo, es
Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20). En el «sí» de la Ordenación sacerdotal
hemos hecho esta renuncia fundamental al deseo de ser autónomos, a la
«autorrealización». Pero hace falta cumplir día tras día este gran «sí» en
los muchos pequeños «sí» y en las pequeñas renuncias. Este «sí» de los
pequeños pasos, que en su conjunto constituyen el gran «sí», sólo se podrá
realizar sin amargura y autocompasión si Cristo es verdaderamente el
centro de nuestra vida. Si entramos en una verdadera familiaridad con Él.
En efecto, entonces experimentamos en medio de las renuncias, que en un
primer momento pueden causar dolor, la alegría creciente de la amistad
con Él; todos los pequeños, y a veces también grandes signos de su amor,
que continuamente nos da. «Quien se pierde a sí mismo, se guarda». Si
nos arriesgamos a perdernos a nosotros mismos por el Señor,
experimentamos lo verdadera que es su palabra.
Estar inmersos en la Verdad, en Cristo, es un proceso que forma parte
de la oración en la que nos ejercitamos en la amistad con Él y también
aprendemos a conocerlo: en su modo de ser, pensar, actuar. Orar es un
caminar en comunión personal con Cristo, exponiendo ante Él nuestra
vida cotidiana, nuestros logros y fracasos, nuestras dificultades y alegrías:
es un sencillo presentarnos a nosotros mismos delante de Él. Pero para que
eso no se convierta en una autocontemplación, es importante aprender
continuamente a orar rezando con la Iglesia. Celebrar la Eucaristía quiere
decir orar. Celebramos correctamente la Eucaristía cuando entramos con
nuestro pensamiento y nuestro ser en las palabras que la Iglesia nos
propone. En ellas está presente la oración de todas las generaciones, que
nos llevan consigo por el camino hacia el Señor. Y, como sacerdotes, en la
celebración eucarística somos aquellos que, con su oración, abren paso a
la plegaria de los fieles de hoy. Si estamos unidos interiormente a las
palabras de la oración, si nos dejamos guiar y transformar por ellas,
también los fieles tienen al alcance esas palabras. Y, entonces, todos nos
hacemos realmente «un cuerpo solo y una sola alma» con Cristo.
Estar inmersos en la verdad y, así, en la santidad de Dios, también
significa para nosotros aceptar el carácter exigente de la verdad;
contraponerse tanto en las cosas grandes como en las pequeñas a la
mentira que hay en el mundo en tantas formas diferentes; aceptar la fatiga
119
de la verdad, para que su alegría más profunda esté presente en nosotros.
Cuando hablamos del ser consagrados en la verdad, tampoco hemos de
olvidar que, en Jesucristo, verdad y amor son una misma cosa. Estar
inmersos en Él significa afondar en su bondad, en el amor verdadero. El
amor verdadero no cuesta poco, puede ser también muy exigente. Opone
resistencia al mal, para llevar el verdadero bien al hombre. Si nos hacemos
uno con Cristo, aprendemos a reconocerlo precisamente en los que sufren,
en los pobres, en los pequeños de este mundo; entonces nos convertimos
en personas que sirven, que reconocen a sus hermanos y hermanas, y en
ellos encuentran a Él mismo.
«Conságralos en la verdad». Ésta es la primera parte de aquel dicho de
Jesús. Pero luego añade: «Y por ellos me consagro yo, para que también
se consagren ellos en la verdad» (Jn 17,19), es decir, verdaderamente.
Pienso que esta segunda parte tiene un propio significado específico. En
las religiones del mundo hay múltiples modos rituales de «santificación»,
de consagración de una persona humana. Pero todos estos ritos pueden
quedarse en simples formalidades. Cristo pide para los discípulos la
verdadera santificación, que transforma su ser, a ellos mismos; que no se
quede en una forma ritual, sino que sea un verdadero convertirse en
propiedad del mismo Dios. También podríamos decir: Cristo ha pedido
para nosotros el Sacramento que nos toca en la profundidad de nuestro ser.
Pero también ha rogado para que esta transformación en nosotros, día tras
día, se haga vida; para que en lo ordinario, en lo concreto de cada día,
estemos verdaderamente inundados de la luz de Dios.
La víspera de mi Ordenación sacerdotal, hace 58 años, abrí la Sagrada
Escritura porque todavía quería recibir una palabra del Señor para aquel
día y mi camino futuro de sacerdote. Mis ojos se detuvieron en este
pasaje: «Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad». Entonces me dí
cuenta: el Señor está hablando de mí, y está hablándome a mí. Y lo mismo
me ocurrirá mañana. No somos consagrados en último término por ritos,
aunque haya necesidad de ellos. El baño en el que nos sumerge el Señor
es Él mismo, la Verdad en persona. La Ordenación sacerdotal significa ser
injertados en Él, en la Verdad. Pertenezco de un modo nuevo a Él y, por
tanto, a los otros, «para que venga su Reino». Queridos amigos, en esta
hora de la renovación de las promesas queremos pedir al Señor que nos
haga hombres de verdad, hombres de amor, hombres de Dios. Roguémosle
que nos atraiga cada vez más dentro de sí, para que nos convirtamos
verdaderamente en sacerdotes de la Nueva Alianza. Amén.

EL RELATO DE LA INSTITUCIÓN DE LA EUCARISTÍA


20090409. Homilía. Misa de la Cena del Señor
Qui, pridie quam pro nostra omniumque salute pateretur, hoc est
hodie, accepit panem. Así diremos hoy en el Canon de la Santa Misa.
«Hoc est hodie». La Liturgia del Jueves Santo incluye la palabra «hoy» en
el texto de la plegaria, subrayando con ello la dignidad particular de este
día. Ha sido «hoy» cuando Él lo ha hecho: se nos ha entregado para
120
siempre en el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. Este «hoy» es
sobre todo el memorial de la Pascua de entonces. Pero es más aún. Con el
Canon entramos en este «hoy». Nuestro hoy se encuentra con su hoy. Él
hace esto ahora. Con la palabra «hoy», la Liturgia de la Iglesia quiere
inducirnos a que prestemos gran atención interior al misterio de este día, a
las palabras con que se expresa. Tratemos, pues, de escuchar de modo
nuevo el relato de la institución, tal y como la Iglesia lo ha formulado
basándose en la Escritura y contemplando al Señor mismo.
Lo primero que nos sorprende es que el relato de la institución no es
una frase suelta, sino que empieza con un pronombre relativo: qui pridie.
Este «qui» enlaza todo el relato con la palabra precedente de la oración,
«…de manera que sea para nosotros Cuerpo y Sangre de tu Hijo amado,
Jesucristo, nuestro Señor». De este modo, el relato está unido a la oración
anterior, a todo el Canon, y se hace él mismo oración. En efecto, en modo
alguno se trata de un relato sencillamente insertado aquí; tampoco se trata
de palabras aisladas de autoridad, que quizás interrumpirían la oración. Es
oración. Y solamente en la oración se cumple el acto sacerdotal de la
consagración que se convierte en transformación, transustanciación de
nuestros dones de pan y vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Rezando
en este momento central, la Iglesia concuerda totalmente con el
acontecimiento del Cenáculo, ya que el actuar de Jesús se describe con las
palabras: «gratias agens benedixit», «te dio gracias con la plegaria de
bendición». Con esta expresión, la Liturgia romana ha dividido en dos
palabras, lo que en hebreo es una sola, berakha, que en griego, en cambio,
aparece en los dos términos de eucharistía y eulogía. El Señor agradece.
Al agradecer, reconocemos que una cosa determinada es un don de otro.
El Señor agradece, y de este modo restituye a Dios el pan, «fruto de la
tierra y del trabajo del hombre», para poder recibirlo nuevamente de Él.
Agradecer se transforma en bendecir. Lo que ha sido puesto en las manos
de Dios, vuelve de Él bendecido y transformado. Por tanto, la Liturgia
romana tiene razón al interpretar nuestro orar en este momento sagrado
con las palabras: «ofrecemos», «pedimos», «acepta», «bendice esta
ofrenda». Todo esto se oculta en la palabra eucharistia.
Hay otra particularidad en el relato de la institución del Canon
Romano que queremos meditar en esta hora. La Iglesia orante se fija en
las manos y los ojos del Señor. Quiere casi observarlo, desea percibir el
gesto de su orar y actuar en aquella hora singular, encontrar la figura de
Jesús, por decirlo así, también a través de los sentidos. «Tomó pan en sus
santas y venerables manos». Nos fijamos en las manos con las que Él ha
curado a los hombres; en las manos con las que ha bendecido a los niños;
en las manos que ha impuesto sobre los hombres; en las manos clavadas
en la Cruz y que llevarán siempre los estigmas como signos de su amor
dispuesto a morir. Ahora tenemos el encargo de hacer lo que Él ha hecho:
tomar en las manos el pan para que sea convertido mediante la plegaria
eucarística. En la Ordenación sacerdotal, nuestras manos fueron ungidas,
para que fuesen manos de bendición. Pidamos al Señor ahora que nuestras
121
manos sirvan cada vez más para llevar la salvación, para llevar la
bendición, para hacer presente su bondad.
De la introducción a la Oración sacerdotal de Jesús (cf. Jn 17, 1), el
Canon usa luego las palabras: “elevando los ojos al cielo, hacia ti, Dios,
Padre suyo todopoderoso”. El Señor nos enseña a levantar los ojos y sobre
todo el corazón. A levantar la mirada, apartándola de las cosas del mundo,
a orientarnos hacia Dios en la oración y así elevar nuestro ánimo. En un
himno de la Liturgia de las Horas pedimos al Señor que custodie nuestros
ojos, para que no acojan ni dejen que en nosotros entren las “vanitates”,
las vanidades, la banalidad, lo que sólo es apariencia. Pidamos que a
través de los ojos no entre el mal en nosotros, falsificando y ensuciando
así nuestro ser. Pero queremos pedir sobre todo que tengamos ojos que
vean todo lo que es verdadero, luminoso y bueno, para que seamos
capaces de ver la presencia de Dios en el mundo. Pidamos, para que
miremos el mundo con ojos de amor, con los ojos de Jesús, reconociendo
así a los hermanos y las hermanas que nos necesitan, que están esperando
nuestra palabra y nuestra acción.
Después de bendecir, el Señor parte el pan y lo da a los discípulos.
Partir el pan es el gesto del padre de familia que se preocupa de los suyos
y les da lo que necesitan para la vida. Pero es también el gesto de la
hospitalidad con que se acoge al extranjero, al huésped, y se le permite
participar en la propia vida. Dividir, com-partir, es unir. A través del
compartir se crea comunión. En el pan partido, el Señor se reparte a sí
mismo. El gesto del partir alude misteriosamente también a su muerte, al
amor hasta la muerte. Él se da a sí mismo, que es el verdadero «pan para
la vida del mundo» (cf. Jn 6, 51). El alimento que el hombre necesita en lo
más hondo es la comunión con Dios mismo. Al agradecer y bendecir,
Jesús transforma el pan, y ya no es pan terrenal lo que da, sino la
comunión consigo mismo. Esta transformación, sin embargo, quiere ser el
comienzo de la transformación del mundo. Para que llegue a ser un mundo
de resurrección, un mundo de Dios. Sí, se trata de transformación. Del
hombre nuevo y del mundo nuevo que comienzan en el pan consagrado,
transformado, transustanciado.
Hemos dicho que partir el pan es un gesto de comunión, de unir
mediante el compartir. Así, en el gesto mismo se alude ya a la naturaleza
íntima de la Eucaristía: ésta es agape, es amor hecho corpóreo. En la
palabra «agape», se compenetran los significados de Eucaristía y amor. En
el gesto de Jesús que parte el pan, el amor que se comparte ha alcanzado
su extrema radicalidad: Jesús se deja partir como pan vivo. En el pan
distribuido reconocemos el misterio del grano de trigo que muere y así da
fruto. Reconocemos la nueva multiplicación de los panes, que deriva del
morir del grano de trigo y continuará hasta el fin del mundo. Al mismo
tiempo vemos que la Eucaristía nunca puede ser sólo una acción litúrgica.
Sólo es completa, si el agape litúrgico se convierte en amor cotidiano. En
el culto cristiano, las dos cosas se transforman en una, el ser agraciados
por el Señor en el acto cultual y el cultivo del amor respecto al prójimo.
Pidamos en esta hora al Señor la gracia de aprender a vivir cada vez mejor
122
el misterio de la Eucaristía, de manera que comience así la transformación
del mundo.
Después del pan, Jesús toma el cáliz de vino. El Canon Romano
designa el cáliz que el Señor da a los discípulos, como «praeclarus calix»,
cáliz glorioso, aludiendo con ello al Salmo 23 [22], el Salmo que habla de
Dios como del Pastor poderoso y bueno. En él se lee: «preparas una mesa
ante mí, enfrente de mis enemigos; …y mi copa rebosa» (v. 5), calix
praeclarus. El Canon Romano interpreta esta palabra del Salmo como una
profecía que se cumple en la Eucaristía. Sí, el Señor nos prepara la mesa
en medio de las amenazas de este mundo, y nos da el cáliz glorioso, el
cáliz de la gran alegría, de la fiesta verdadera que todos anhelamos, el
cáliz rebosante del vino de su amor. El cáliz significa la boda: ahora ha
llegado «la hora» a la que en las bodas de Caná se aludía de forma
misteriosa. Sí, la Eucaristía es más que un banquete, es una fiesta de boda.
Y esta boda se funda en la autodonación de Dios hasta la muerte. En las
palabras de la última Cena de Jesús y en el Canon de la Iglesia, el misterio
solemne de la boda se esconde bajo la expresión «novum Testamentum».
Este cáliz es el nuevo Testamento, «la nueva Alianza sellada con mi
sangre», según la palabra de Jesús sobre el cáliz, que Pablo transmite en la
segunda lectura de hoy (cf. 1 Co 11, 25). El Canon Romano añade: «de la
alianza nueva y eterna», para expresar la indisolubilidad del vínculo
nupcial de Dios con la humanidad. El motivo por el cual las traducciones
antiguas de la Biblia no hablan de Alianza, sino de Testamento, es que no
se trata de dos contrayentes iguales quienes la establecen, sino que entra
en juego la infinita distancia entre Dios y el hombre. Lo que nosotros
llamamos nueva y antigua Alianza no es un acuerdo entre dos partes
iguales, sino un mero don de Dios, que nos deja como herencia su amor, a
sí mismo. Y ciertamente, a través de este don de su amor Él, superando
cualquier distancia, nos convierte verdaderamente en partner y se realiza
el misterio nupcial del amor.
Para poder comprender lo que allí ocurre en profundidad, hemos de
escuchar más cuidadosamente aún las palabras de la Biblia y su sentido
originario. Los estudiosos nos dicen que, en los tiempos remotos de que
hablan las historias de los Patriarcas de Israel, «ratificar una alianza»
significaba «entrar con otros en una unión fundada en la sangre, o bien
acoger a alguien en la propia federación y entrar así en una comunión de
derechos recíprocos». De este modo se crea una consanguinidad real,
aunque no material. Los aliados se convierten en cierto modo en
«hermanos de la misma carne y la misma sangre». La alianza realiza un
conjunto que significa paz (cf. ThWNT II 105-137). ¿Podemos ahora
hacernos al menos una idea de lo que ocurrió en la hora de la última Cena
y que, desde entonces, se renueva cada vez que celebramos la Eucaristía?
Dios, el Dios vivo establece con nosotros una comunión de paz, más aún,
Él crea una “consanguinidad” entre Él y nosotros. Por la encarnación de
Jesús, por su sangre derramada, hemos sido injertados en una
consanguinidad muy real con Jesús y, por tanto, con Dios mismo. La
sangre de Jesús es su amor, en el que la vida divina y la humana se han
123
hecho una cosa sola. Pidamos al Señor que comprendamos cada vez más
la grandeza de este misterio. Que Él despliegue su fuerza trasformadora en
nuestro interior, de modo que lleguemos a ser realmente consanguíneos de
Jesús, llenos de su paz y, así, también en comunión unos con otros.
Sin embargo, ahora surge aún otra pregunta. En el Cenáculo, Cristo
entrega a los discípulos su Cuerpo y su Sangre, es decir, Él mismo en la
totalidad de su persona. Pero, ¿puede hacerlo? Todavía está físicamente
presente entre ellos, está ante ellos. La respuesta es que, en aquella hora,
Jesús cumple lo que previamente había anunciado en el discurso sobre el
Buen Pastor: «Nadie me quita la vida, sino que yo la entrego libremente.
Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla» (cf. Jn
10,18). Nadie puede quitarle la vida: la da por libre decisión. En aquella
hora anticipa la crucifixión y la resurrección. Lo que, por decirlo así, se
cumplirá físicamente en Él, Él ya lo lleva a cabo anticipadamente en la
libertad de su amor. Él entrega su vida y la recupera en la resurrección
para poderla compartir para siempre.
Señor, Tú nos entregas hoy tu vida, Tú mismo te nos das. Llénanos de
tu amor. Haznos vivir en tu «hoy». Haznos instrumentos de tu paz. Amén.

VIERNES SANTO: ¿QUÉ SERÍA DEL HOMBRE SIN CRISTO?


20090410. Discurso. Vía Crucis en el Coliseo
Al terminar el relato dramático de la Pasión, anota el evangelista San
Marcos: «El centurión que estaba enfrente, al ver cómo había expirado,
dijo: “Realmente este hombre era Hijo de Dios”» (Mc 15,39). No deja de
sorprendernos la profesión de fe de este soldado romano, que había
asistido al desarrollo de las diferentes fases de la crucifixión. Cuando la
oscuridad de la noche estaba por caer sobre aquel Viernes único de la
historia, cuando el sacrificio de la cruz ya se había consumado y los que
estaban allí se apresuraban para poder celebrar la Pascua judía a tenor de
lo prescrito, las breves palabras oídas de labios de un comandante
anónimo de la tropa romana resuenan en el silencio ante aquella muerte
tan singular. Este oficial de la tropa romana, que había asistido a la
ejecución de uno de tantos condenados a la pena capital, supo reconocer
en aquel Hombre crucificado al Hijo de Dios, que expiraba en el más
humillante abandono. Su fin ignominioso habría debido marcar el triunfo
definitivo del odio y de la muerte sobre el amor y la vida. Pero no fue así.
En el Gólgota se erguía la Cruz, de la que colgaba un hombre ya muerto,
pero aquel Hombre era el «Hijo de Dios», como confesó el centurión «al
ver cómo había expirado», en palabras del evangelista.
La profesión de fe de este soldado se repite cada vez que volvemos a
escuchar el relato de la pasión según san Marcos. También nosotros esta
noche, como él, nos detenemos a contemplar el rostro exánime del
Crucificado, al final de este tradicional Vía Crucis, que ha congregado,
gracias a la transmisión radiotelevisiva, a mucha gente de todas partes el
124
mundo. Hemos revivido el episodio trágico de un Hombre único en la
historia de todos los tiempos, que ha cambiado el mundo no abatiendo a
otros, sino dejando que lo mataran clavado en una cruz. Este Hombre, uno
de nosotros, que mientras lo están asesinando perdona a sus verdugos, es
el «Hijo de Dios» que, como nos recuerda el apóstol Pablo, «no hizo
alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y
tomó la condición de esclavo… se rebajó hasta someterse incluso a la
muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,6-8).
La pasión dolorosa del Señor Jesús suscita necesariamente piedad
hasta en los corazones más duros, ya que es el culmen de la revelación del
amor de Dios por cada uno de nosotros. Observa san Juan: «Tanto amó
Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno
de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna» (Jn 3,16). Cristo
murió en la cruz por amor. A lo largo de los milenios, muchedumbres de
hombres y mujeres han quedado seducidos por este misterio y le han
seguido, haciendo al mismo tiempo de su vida un don a los hermanos,
como Él y gracias a su ayuda. Son los santos y los mártires, muchos de los
cuales nos son desconocidos. También en nuestro tiempo, cuántas
personas, en el silencio de su existencia cotidiana, unen sus padecimientos
a los del Crucificado y se convierten en apóstoles de una auténtica
renovación espiritual y social. ¿Qué sería del hombre sin Cristo? San
Agustín señala: «Una inacabable miseria se hubiera apoderado de ti, si no
se hubiera llevado a cabo esta misericordia. Nunca hubieras vuelto a la
vida, si Él no hubiera venido al encuentro de tu muerte. Te hubieras
derrumbado, si Él no te hubiera ayudado. Hubieras perecido, si Él no
hubiera venido» (Sermón, 185,1). Entonces, ¿por qué no acogerlo en
nuestra vida?
Detengámonos esta noche contemplando su rostro desfigurado: es el
rostro del Varón de dolores, que ha cargado sobre sí todas nuestras
angustias mortales. Su rostro se refleja en el de cada persona humillada y
ofendida, enferma o que sufre, sola, abandonada y despreciada. Al
derramar su sangre, Él nos ha rescatado de la esclavitud de la muerte, roto
la soledad de nuestras lágrimas, y entrado en todas nuestras penas y en
todas nuestras inquietudes.
Hermanos y hermanas, mientras se yergue la Cruz sobre el Gólgota, la
mirada de nuestra fe se proyecta hacia el amanecer del Día nuevo y
gustamos ya el gozo y el fulgor de la Pascua. «Si hemos muerto con Cristo
–escribe san Pablo–, creemos que también viviremos con Él» (Rm 6,8).
Con esta certeza, continuamos nuestro camino.

VIGILIA PASCUAL: LA LUZ, EL AGUA Y EL ALELUYA


20090411. Homilía. Vigilia pascual
San Marcos nos relata en su Evangelio que los discípulos, bajando del
monte de la Transfiguración, discutían entre ellos sobre lo quería decir
«resucitar de entre los muertos» (cf. Mc 9,10). Antes, el Señor les había
anunciado su pasión y su resurrección a los tres días. Pedro había
125
protestado ante el anuncio de la muerte. Pero ahora se preguntaban qué
podía entenderse con el término «resurrección». ¿Acaso no nos sucede lo
mismo a nosotros? La Navidad, el nacimiento del Niño divino, nos resulta
enseguida hasta cierto punto comprensible. Podemos amar al Niño,
podemos imaginar la noche de Belén, la alegría de María, de san José y de
los pastores, el júbilo de los ángeles. Pero resurrección, ¿qué es? No entra
en el ámbito de nuestra experiencia y, así, el mensaje muchas veces nos
parece en cierto modo incomprensible, como una cosa del pasado. La
Iglesia trata de hacérnoslo comprender traduciendo este acontecimiento
misterioso al lenguaje de los símbolos, en los que podemos contemplar de
alguna manera este acontecimiento sobrecogedor. En la Vigilia Pascual
nos indica el sentido de este día especialmente mediante tres símbolos: la
luz, el agua y el canto nuevo, el Aleluya.
Primero la luz. La creación de Dios —lo acabamos de escuchar en el
relato bíblico— comienza con la expresión: «Que exista la luz» (Gn 1,3).
Donde hay luz, nace la vida, el caos puede transformarse en cosmos. En el
mensaje bíblico, la luz es la imagen más inmediata de Dios: Él es todo
Luminosidad, Vida, Verdad, Luz. En la Vigilia Pascual, la Iglesia lee la
narración de la creación como profecía. En la resurrección se realiza del
modo más sublime lo que este texto describe como el principio de todas
las cosas. Dios dice de nuevo: «Que exista la luz». La resurrección de
Jesús es un estallido de luz. Se supera la muerte, el sepulcro se abre de par
en par. El Resucitado mismo es Luz, la luz del mundo. Con la
resurrección, el día de Dios entra en la noche de la historia. A partir de la
resurrección, la luz de Dios se difunde en el mundo y en la historia. Se
hace de día. Sólo esta Luz, Jesucristo, es la luz verdadera, más que el
fenómeno físico de luz. Él es la pura Luz: Dios mismo, que hace surgir
una nueva creación en aquella antigua, y transforma el caos en cosmos.
Tratemos de entender esto aún mejor. ¿Por qué Cristo es Luz? En el
Antiguo Testamento, se consideraba a la Torah como la luz que procede de
Dios para el mundo y la humanidad. Separa en la creación la luz de las
tinieblas, es decir, el bien del mal. Indica al hombre la vía justa para vivir
verdaderamente. Le indica el bien, le muestra la verdad y lo lleva hacia el
amor, que es su contenido más profundo. Ella es «lámpara para mis pasos»
y «luz en el sendero» (cf. Sal 119,105). Además, los cristianos sabían que
en Cristo está presente la Torah, que la Palabra de Dios está presente en Él
como Persona. La Palabra de Dios es la verdadera Luz que el hombre
necesita. Esta Palabra está presente en Él, en el Hijo. El Salmo 19
compara la Torah con el sol que, al surgir, manifiesta visiblemente la
gloria de Dios en todo el mundo. Los cristianos entienden: sí, en la
resurrección, el Hijo de Dios ha surgido como Luz del mundo. Cristo es la
gran Luz de la que proviene toda vida. Él nos hace reconocer la gloria de
Dios de un confín al otro de la tierra. Él nos indica la senda. Él es el día de
Dios que ahora, avanzando, se difunde por toda la tierra. Ahora, viviendo
con Él y por Él, podemos vivir en la luz.
En la Vigilia Pascual, la Iglesia representa el misterio de luz de Cristo
con el signo del cirio pascual, cuya llama es a la vez luz y calor. El
126
simbolismo de la luz se relaciona con el del fuego: luminosidad y calor,
luminosidad y energía transformadora del fuego: verdad y amor van
unidos. El cirio pascual arde y, al arder, se consume: cruz y resurrección
son inseparables. De la cruz, de la autoentrega del Hijo, nace la luz, viene
la verdadera luminosidad al mundo. Todos nosotros encendemos nuestras
velas del cirio pascual, sobre todo las de los recién bautizados, a los que,
en este Sacramento, se les pone la luz de Cristo en lo más profundo de su
corazón. La Iglesia antigua ha calificado el Bautismo como fotismos,
como Sacramento de la iluminación, como una comunicación de luz, y lo
ha relacionado inseparablemente con la resurrección de Cristo. En el
Bautismo, Dios dice al bautizando: «Recibe la luz». El bautizando es
introducido en la luz de Cristo. Ahora, Cristo separa la luz de las tinieblas.
En Él reconocemos lo verdadero y lo falso, lo que es la luminosidad y lo
que es la oscuridad. Con Él surge en nosotros la luz de la verdad y
empezamos a entender. Una vez, cuando Cristo vio a la gente que había
venido para escucharlo y esperaba de Él una orientación, sintió lástima de
ellos, porque andaban como ovejas sin pastor (cf. Mc 6,34). Entre las
corrientes contrastantes de su tiempo, no sabían dónde ir. Cuánta
compasión debe sentir Cristo también en nuestro tiempo por tantas
grandilocuencias, tras las cuales se esconde en realidad una gran
desorientación. ¿Dónde hemos de ir? ¿Cuáles son los valores sobre los
cuales regularnos? ¿Los valores en que podemos educar a los jóvenes, sin
darles normas que tal vez no aguantan o exigirles algo que quizás no se les
debe imponer? Él es la Luz. El cirio bautismal es el símbolo de la
iluminación que recibimos en el Bautismo. Así, en esta hora, también san
Pablo nos habla muy directamente. En la Carta a los Filipenses, dice que,
en medio de una generación tortuosa y convulsa, los cristianos han de
brillar como lumbreras del mundo (cf. 2,15). Pidamos al Señor que la
llamita de la vela, que Él ha encendido en nosotros, la delicada luz de su
palabra y su amor, no se apague entre las confusiones de estos tiempos,
sino que sea cada vez más grande y luminosa, con el fin de que seamos
con Él personas amanecidas, astros para nuestro tiempo.
El segundo símbolo de la Vigilia Pascual — la noche del Bautismo —
es el agua. Aparece en la Sagrada Escritura y, por tanto, también en la
estructura interna del Sacramento del Bautismo en dos sentidos opuestos.
Por un lado está el mar, que se manifiesta como el poder antagonista de la
vida sobre la tierra, como su amenaza constante, pero al que Dios ha
puesto un límite. Por eso, el Apocalipsis dice que en el mundo nuevo de
Dios ya no habrá mar (cf. 21,1). Es el elemento de la muerte. Y por eso se
convierte en la representación simbólica de la muerte en cruz de Jesús:
Cristo ha descendido en el mar, en las aguas de la muerte, como Israel en
el Mar Rojo. Resucitado de la muerte, Él nos da la vida. Esto significa que
el Bautismo no es sólo un lavado, sino un nuevo nacimiento: con Cristo es
como si descendiéramos en el mar de la muerte, para resurgir como
criaturas nuevas.
El otro modo en que aparece el agua es como un manantial fresco, que
da la vida, o también como el gran río del que proviene la vida. Según el
127
primitivo ordenamiento de la Iglesia, se debía administrar el Bautismo con
agua fresca de manantial. Sin agua no hay vida. Impresiona la importancia
que tienen los pozos en la Sagrada Escritura. Son lugares de donde brota
la vida. Junto al pozo de Jacob, Cristo anuncia a la Samaritana el pozo
nuevo, el agua de la vida verdadera. Él se manifiesta como el nuevo Jacob,
el definitivo, que abre a la humanidad el pozo que ella espera: ese agua
que da la vida y que nunca se agota (cf. Jn 4,5.15). San Juan nos dice que
un soldado golpeó con una lanza el costado de Jesús, y que del costado
abierto, del corazón traspasado, salió sangre y agua (cf. Jn 19,34). La
Iglesia antigua ha visto aquí un símbolo del Bautismo y la Eucaristía, que
provienen del corazón traspasado de Jesús. En la muerte, Jesús se ha
convertido Él mismo en el manantial. El profeta Ezequiel percibió en una
visión el Templo nuevo del que brota un manantial que se transforma en
un gran río que da la vida (cf. 47,1-12): en una Tierra que siempre sufría la
sequía y la falta de agua, ésta era una gran visión de esperanza. El
cristianismo de los comienzos entendió que esta visión se ha cumplido en
Cristo. Él es el Templo auténtico y vivo de Dios. Y es la fuente de agua
viva. De Él brota el gran río que fructifica y renueva el mundo en el
Bautismo, el gran río de agua viva, su Evangelio que fecunda la tierra.
Pero Jesús ha profetizado en un discurso durante la Fiesta de las Tiendas
algo más grande aún. Dice: «El que cree en mí ... de sus entrañas manarán
torrentes de agua viva» (Jn 7,38). En el Bautismo, el Señor no sólo nos
convierte en personas de luz, sino también en fuentes de las que brota
agua viva. Todos nosotros conocemos personas de este tipo, que nos dejan
en cierto modo sosegados y renovados; personas que son como el agua
fresca de un manantial. No hemos de pensar sólo en los grandes
personajes, como Agustín, Francisco de Asís, Teresa de Ávila, Madre
Teresa de Calcuta, y así sucesivamente; personas por las que han entrado
en la historia realmente ríos de agua viva. Gracias a Dios, las encontramos
continuamente también en nuestra vida cotidiana: personas que son una
fuente. Ciertamente, conocemos también lo opuesto: gente de la que mana
un vaho como el de un charco de agua putrefacta, o incluso envenenada.
Pidamos al Señor, que nos ha dado la gracia del Bautismo, que seamos
siempre fuentes de agua pura, fresca, saltarina del manantial de su verdad
y de su amor.
El tercer gran símbolo de la Vigilia Pascual es de naturaleza singular, y
concierne al hombre mismo. Es el cantar el canto nuevo, el aleluya.
Cuando un hombre experimenta una gran alegría, no puede guardársela
para sí mismo. Tiene que expresarla, transmitirla. Pero, ¿qué sucede
cuando el hombre se ve alcanzado por la luz de la resurrección y, de este
modo, entra en contacto con la Vida misma, con la Verdad y con el Amor?
Simplemente, que no basta hablar de ello. Hablar no es suficiente. Tiene
que cantar. En la Biblia, la primera mención de este cantar se encuentra
después de la travesía del Mar Rojo. Israel se ha liberado de la esclavitud.
Ha salido de las profundidades amenazadoras del mar. Es como si hubiera
renacido. Está vivo y libre. La Biblia describe la reacción del pueblo a este
gran acontecimiento de salvación con la expresión: «El pueblo creyó en el
128
Señor y en Moisés, su siervo» (cf. Ex 14,31). Sigue a continuación la
segunda reacción, que se desprende de la primera como una especie de
necesidad interior: «Entonces Moisés y los hijos de Israel cantaron un
cántico al Señor». En la Vigilia Pascual, año tras año, los cristianos
entonamos después de la tercera lectura este canto, lo entonamos como
nuestro cántico, porque también nosotros, por el poder de Dios, hemos
sido rescatados del agua y liberados para la vida verdadera.
La historia del canto de Moisés tras la liberación de Israel de Egipto y
el paso del Mar Rojo, tiene un paralelismo sorprendente en el Apocalipsis
de san Juan. Antes del comienzo de las últimas siete plagas a las que fue
sometida la tierra, al vidente se le aparece «una especie de mar de vidrio
veteado de fuego; en la orilla estaban de pie los que habían vencido a la
bestia, a su imagen y al número que es cifra de su nombre: tenían en sus
manos las arpas que Dios les había dado. Cantaban el cántico de Moisés,
el siervo de Dios, y el cántico del Cordero» (Ap 15,2s). Con esta imagen
se describe la situación de los discípulos de Jesucristo en todos los
tiempos, la situación de la Iglesia en la historia de este mundo.
Humanamente hablando, es una situación contradictoria en sí misma. Por
un lado, se encuentra en el éxodo, en medio del Mar Rojo. En un mar que,
paradójicamente, es a la vez hielo y fuego. Y ¿no debe quizás la Iglesia,
por decirlo así, caminar siempre sobre el mar, a través del fuego y del frío?
Considerándolo humanamente, debería hundirse. Pero mientras aún
camina por este Mar Rojo, canta, entona el canto de alabanza de los
justos: el canto de Moisés y del Cordero, en el cual se armonizan la
Antigua y la Nueva Alianza. Mientras que a fin de cuentas debería
hundirse, la Iglesia entona el canto de acción de gracias de los salvados.
Está sobre las aguas de muerte de la historia y, no obstante, ya ha
resucitado. Cantando, se agarra a la mano del Señor, que la mantiene sobre
las aguas. Y sabe que, con eso, está sujeta, fuera del alcance de la fuerza
de gravedad de la muerte y del mal —una fuerza de la cual, de otro modo,
no podría escapar—, sostenida y atraída por la nueva fuerza de gravedad
de Dios, de la verdad y del amor. Por el momento, la Iglesia y todos
nosotros nos encontramos entre los dos campos de gravitación. Pero desde
que Cristo ha resucitado, la gravitación del amor es más fuerte que la del
odio; la fuerza de gravedad de la vida es más fuerte que la de la muerte.
¿Acaso no es ésta realmente la situación de la Iglesia de todos los tiempos,
nuestra propia situación? Siempre se tiene la impresión de que ha de
hundirse, y siempre está ya salvada. San Pablo ha descrito así esta
situación: «Somos... los moribundos que están bien vivos» (2 Co 6,9). La
mano salvadora del Señor nos sujeta, y así podemos cantar ya ahora el
canto de los salvados, el canto nuevo de los resucitados: ¡aleluya! Amén.

HA SIDO INMOLADO CRISTO, NUESTRA PASCUA


20090412. Homilía. Domingo de resurrección
«Ha sido inmolado Cristo, nuestra Pascua» (1 Co 5,7). Resuena en
este día la exclamación de san Pablo que hemos escuchado en la segunda
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lectura, tomada de la primera Carta a los Corintios. Un texto que se
remonta a veinte años apenas después de la muerte y resurrección de Jesús
y que, no obstante, contiene en una síntesis impresionante —como es
típico de algunas expresiones paulinas— la plena conciencia de la
novedad cristiana. El símbolo central de la historia de la salvación — el
cordero pascual — se identifica aquí con Jesús, llamado precisamente
«nuestra Pascua». La Pascua judía, memorial de la liberación de la
esclavitud de Egipto, prescribía el rito de la inmolación del cordero, un
cordero por familia, según la ley mosaica. En su pasión y muerte, Jesús se
revela como el Cordero de Dios «inmolado» en la cruz para quitar los
pecados del mundo; fue muerto justamente en la hora en que se
acostumbraba a inmolar los corderos en el Templo de Jerusalén. El sentido
de este sacrificio suyo, lo había anticipado Él mismo durante la Última
Cena, poniéndose en el lugar —bajo las especies del pan y el vino— de
los elementos rituales de la cena de la Pascua. Así, podemos decir que
Jesús, realmente, ha llevado a cumplimiento la tradición de la antigua
Pascua y la ha transformado en su Pascua.
A partir de este nuevo sentido de la fiesta pascual, se comprende
también la interpretación de san Pablo sobre los «ázimos». El Apóstol se
refiere a una antigua costumbre judía, según la cual en la Pascua había que
limpiar la casa hasta de las migajas de pan fermentado. Eso formaba parte
del recuerdo de lo que había pasado con los antepasados en el momento de
su huída de Egipto: teniendo que salir a toda prisa del país, llevaron
consigo solamente panes sin levadura. Pero, al mismo tiempo, «los
ázimos» eran un símbolo de purificación: eliminar lo viejo para dejar
espacio a lo nuevo. Ahora, como explica san Pablo, también esta antigua
tradición adquiere un nuevo sentido, precisamente a partir del nuevo
«éxodo» que es el paso de Jesús de la muerte a la vida eterna. Y puesto
que Cristo, como el verdadero Cordero, se ha sacrificado a sí mismo por
nosotros, también nosotros, sus discípulos —gracias a Él y por medio de
Él— podemos y debemos ser «masa nueva», «ázimos», liberados de todo
residuo del viejo fermento del pecado: ya no más malicia y perversidad en
nuestro corazón.
«Así, pues, celebremos la Pascua... con los panes ázimos de la
sinceridad y la verdad». Esta exhortación de san Pablo con que termina la
breve lectura que se ha proclamado hace poco, resuena aún más
intensamente en el contexto del Año Paulino. Queridos hermanos y
hermanas, acojamos la invitación del Apóstol; abramos el corazón a Cristo
muerto y resucitado para que nos renueve, para que nos limpie del veneno
del pecado y de la muerte y nos infunda la savia vital del Espíritu Santo: la
vida divina y eterna. En la secuencia pascual, como haciendo eco a las
palabras del Apóstol, hemos cantado: «Scimus Christum surrexisse / a
mortuis vere» —sabemos que estás resucitado, la muerte en ti no manda.
Sí, éste es precisamente el núcleo fundamental de nuestra profesión de fe;
éste es hoy el grito de victoria que nos une a todos. Y si Jesús ha
resucitado, y por tanto está vivo, ¿quién podrá jamás separarnos de Él?
¿Quién podrá privarnos de su amor que ha vencido al odio y ha derrotado
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la muerte? Que el anuncio de la Pascua se propague por el mundo con el
jubiloso canto del aleluya. Cantémoslo con la boca, cantémoslo sobre todo
con el corazón y con la vida, con un estilo de vida «ázimo», simple,
humilde, y fecundo de buenas obras. «Surrexit Christus spes mea: /
precedet vos in Galileam» — ¡Resucitó de veras mi esperanza! Venid a
Galilea, el Señor allí aguarda. El Resucitado nos precede y nos acompaña
por las vías del mundo. Él es nuestra esperanza, Él es la verdadera paz del
mundo. Amén.

LA RESURRECCIÓN DE CRISTO ES NUESTRA ESPERANZA


20090412. Mensaje Urbi et Orbi
A todos vosotros dirijo de corazón la felicitación pascual con las
palabras de san Agustín: «Resurrectio Domini, spes nostra», «la
resurrección del Señor es nuestra esperanza» (Sermón 261,1). Con esta
afirmación, el gran Obispo explicaba a sus fieles que Jesús resucitó para
que nosotros, aunque destinados a la muerte, no desesperáramos,
pensando que con la muerte se acaba totalmente la vida; Cristo ha
resucitado para darnos la esperanza (cf. ibíd.).
En efecto, una de las preguntas que más angustian la existencia del
hombre es precisamente ésta: ¿qué hay después de la muerte? Esta
solemnidad nos permite responder a este enigma afirmando que la muerte
no tiene la última palabra, porque al final es la Vida la que triunfa. Nuestra
certeza no se basa en simples razonamientos humanos, sino en un dato
histórico de fe: Jesucristo, crucificado y sepultado, ha resucitado con su
cuerpo glorioso. Jesús ha resucitado para que también nosotros, creyendo
en Él, podamos tener la vida eterna. Este anuncio está en el corazón del
mensaje evangélico. San Pablo lo afirma con fuerza: «Si Cristo no ha
resucitado, nuestra predicación carece de sentido y vuestra fe lo mismo».
Y añade: «Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los
hombres más desgraciados» (1 Co 15,14.19). Desde la aurora de Pascua
una nueva primavera de esperanza llena el mundo; desde aquel día nuestra
resurrección ya ha comenzado, porque la Pascua no marca simplemente
un momento de la historia, sino el inicio de una condición nueva: Jesús ha
resucitado no porque su recuerdo permanezca vivo en el corazón de sus
discípulos, sino porque Él mismo vive en nosotros y en Él ya podemos
gustar la alegría de la vida eterna.
Por tanto, la resurrección no es una teoría, sino una realidad histórica
revelada por el Hombre Jesucristo mediante su «pascua», su «paso», que
ha abierto una «nueva vía» entre la tierra y el Cielo (cf. Hb 10,20). No es
un mito ni un sueño, no es una visión ni una utopía, no es una fábula, sino
un acontecimiento único e irrepetible: Jesús de Nazaret, hijo de María, que
en el crepúsculo del Viernes fue bajado de la cruz y sepultado, ha salido
vencedor de la tumba. En efecto, al amanecer del primer día después del
sábado, Pedro y Juan hallaron la tumba vacía. Magdalena y las otras
mujeres encontraron a Jesús resucitado; lo reconocieron también los dos
discípulos de Emaús en la fracción del pan; el Resucitado se apareció a los
131
Apóstoles aquella tarde en el Cenáculo y luego a otros muchos discípulos
en Galilea.
El anuncio de la resurrección del Señor ilumina las zonas oscuras del
mundo en que vivimos. Me refiero particularmente al materialismo y al
nihilismo, a esa visión del mundo que no logra transcender lo que es
constatable experimentalmente, y se abate desconsolada en un sentimiento
de la nada, que sería la meta definitiva de la existencia humana. En efecto,
si Cristo no hubiera resucitado, el «vacío» acabaría ganando. Si quitamos
a Cristo y su resurrección, no hay salida para el hombre, y toda su
esperanza sería ilusoria. Pero, precisamente hoy, irrumpe con fuerza el
anuncio de la resurrección del Señor, que responde a la pregunta
recurrente de los escépticos, referida también por el libro del Eclesiastés:
«¿Acaso hay algo de lo que se pueda decir: “Mira, esto es nuevo?”» (Qo
1,10). Sí, contestamos: todo se ha renovado en la mañana de Pascua.
“Lucharon vida y muerte en singular batalla y, muerto el que es Vida,
triunfante se levanta” (Secuencia Pascual). Ésta es la novedad. Una
novedad que cambia la existencia de quien la acoge, como sucedió a lo
santos. Así, por ejemplo, le ocurrió a san Pablo.
En el contexto del Año Paulino, hemos tenido ocasión muchas veces
de meditar sobre la experiencia del gran Apóstol. Saulo de Tarso, el
perseguidor encarnizado de los cristianos, encontró a Cristo resucitado en
el camino de Damasco y fue «conquistado» por Él. El resto lo sabemos. A
Pablo le sucedió lo que más tarde él escribirá a los cristianos de Corinto:
«El que vive con Cristo, es una criatura nueva; lo viejo ha pasado, ha
llegado lo nuevo» (2 Co 5,17). Fijémonos en este gran evangelizador, que
con el entusiasmo audaz de su acción apostólica, llevó el Evangelio a
muchos pueblos del mundo de entonces. Su enseñanza y su ejemplo nos
impulsan a buscar al Señor Jesús. Nos animan a confiar en Él, porque
ahora el sentido de la nada, que tiende a intoxicar la humanidad, ha sido
vencido por la luz y la esperanza que surgen de la resurrección. Ahora son
verdaderas y reales las palabras del Salmo: «Ni la tiniebla es oscura para ti
/ la noche es clara como el día» (139[138],12). Ya no es la nada la que
envuelve todo, sino la presencia amorosa de Dios. Más aún, hasta el reino
mismo de la muerte ha sido liberado, porque también al «abismo» ha
llegado el Verbo de la vida, aventado por el soplo del Espíritu (v. 8).
Aunque es verdad que la muerte ya no tiene poder sobre el hombre y el
mundo, quedan todavía muchos, demasiados signos de su antiguo
dominio. Aunque Cristo, por la Pascua, ha extirpado la raíz del mal,
necesita hombres y mujeres que lo ayuden siempre y en todo lugar a
afianzar su victoria con sus mismas armas: las armas de la justicia y de la
verdad, de la misericordia, del perdón y del amor (…) En un tiempo de
carestía global de alimentos, de desbarajuste financiero, de pobrezas
antiguas y nuevas, de cambios climáticos preocupantes, de violencias y
miserias que obligan a muchos a abandonar su tierra buscando una
supervivencia menos incierta, de terrorismo siempre amenazante, de
miedos crecientes ante un porvenir problemático, es urgente descubrir
nuevamente perspectivas capaces de devolver la esperanza. Que nadie se
132
arredre en esta batalla pacífica comenzada con la Pascua de Cristo, el cual,
lo repito, busca hombres y mujeres que lo ayuden a afianzar su victoria
con sus mismas armas, las de la justicia y la verdad, la misericordia, el
perdón y el amor.
«Resurrectio Domini, spes nostra». La resurrección de Cristo es
nuestra esperanza. La Iglesia proclama hoy esto con alegría: anuncia la
esperanza, que Dios ha hecho firme e invencible resucitando a Jesucristo
de entre los muertos; comunica la esperanza, que lleva en el corazón y
quiere compartir con todos, en cualquier lugar, especialmente allí donde
los cristianos sufren persecución a causa de su fe y su compromiso por la
justicia y la paz; invoca la esperanza capaz de avivar el deseo del bien,
también y sobre todo cuando cuesta. Hoy la Iglesia canta «el día en que
actuó el Señor» e invita al gozo. Hoy la Iglesia ora, invoca a María,
Estrella de la Esperanza, para que conduzca a la humanidad hacia el
puerto seguro de la salvación, que es el corazón de Cristo, la Víctima
pascual, el Cordero que «ha redimido al mundo», el Inocente que nos «ha
reconciliado a nosotros, pecadores, con el Padre». A Él, Rey victorioso, a
Él, crucificado y resucitado, gritamos con alegría nuestro Alleluia.

HE RESUCITADO Y ESTOY SIEMPRE CONTIGO


20090413. Regina coeli
En estos días pascuales oiremos resonar a menudo las palabras de
Jesús: "He resucitado y estoy siempre contigo". La Iglesia, haciéndose eco
de este anuncio, proclama con júbilo: "Era verdad, ha resucitado el Señor,
aleluya. A él la gloria y el poder por toda la eternidad". Toda la Iglesia en
fiesta manifiesta sus sentimientos cantando: "Este es el día en que actuó el
Señor". En efecto, al resucitar de entre los muertos, Jesús inauguró su día
eterno y también abrió la puerta de nuestra alegría. "No he de morir —dice
—, viviré". El Hijo del hombre crucificado, piedra desechada por los
arquitectos, es ahora el sólido cimiento del nuevo edificio espiritual, que
es la Iglesia, su Cuerpo místico. El pueblo de Dios, cuya Cabeza invisible
es Cristo, está destinado a crecer a lo largo de los siglos, hasta el pleno
cumplimiento del plan de la salvación. Entonces toda la humanidad se
incorporará a él y toda realidad existente participará en su victoria
definitiva. Entonces —escribe san Pablo—, él será "la plenitud de todas
las cosas" (Ef 1, 23) y "Dios será todo en todos" (1 Co 15, 28).
Por tanto, la comunidad cristiana se alegra porque la resurrección del
Señor nos garantiza que el plan divino de la salvación se cumplirá con
seguridad, no obstante toda la oscuridad de la historia. Precisamente por
eso su Pascua es en verdad nuestra esperanza. Y nosotros, resucitados con
Cristo mediante el Bautismo, debemos seguirlo ahora fielmente con una
vida santa, caminando hacia la Pascua eterna, sostenidos por la certeza de
que las dificultades, las luchas, las pruebas y los sufrimientos de nuestra
existencia, incluida la muerte, ya no podrán separarnos de él y de su amor.
Su resurrección ha creado un puente entre el mundo y la vida eterna, por
133
el que todo hombre y toda mujer pueden pasar para llegar a la verdadera
meta de nuestra peregrinación terrena.
"He resucitado y estoy siempre contigo". Esta afirmación de Jesús se
realiza sobre todo en la Eucaristía; en toda celebración eucarística la
Iglesia, y cada uno de sus miembros, experimentan su presencia viva y se
benefician de toda la riqueza de su amor. En el sacramento de la Eucaristía
está presente el Señor resucitado y, lleno de misericordia, nos purifica de
nuestras culpas; nos alimenta espiritualmente y nos infunde vigor para
afrontar las duras pruebas de la existencia y para luchar contra el pecado y
el mal. Él es el apoyo seguro de nuestra peregrinación hacia la morada
eterna del cielo.
La Virgen María, que vivió junto a su divino Hijo cada fase de su
misión en la tierra, nos ayude a acoger con fe el don de la Pascua y nos
convierta en testigos felices, fieles y gozosos del Señor resucitado.

HISTORICIDAD Y SIGNIFICADO DE LA RESURRECCIÓN


20090415. Audiencia general
La tradicional audiencia general de los miércoles hoy está impregnada
de gozo espiritual, el gozo que ningún sufrimiento ni pena pueden borrar,
porque es un gozo que brota de la certeza de que Cristo, con su muerte y
su resurrección, ha triunfado definitivamente sobre el mal y sobre la
muerte. "¡Cristo ha resucitado, aleluya!", canta la Iglesia en fiesta. Y este
clima festivo, estos sentimientos típicos de la Pascua, no sólo se prolongan
durante esta semana, la octava de Pascua, sino que se extienden también a
lo largo de los cincuenta días que van hasta Pentecostés. Más aún,
podemos decir que el misterio de la Pascua abarca todo el arco de nuestra
existencia.
En este tiempo litúrgico son realmente numerosas las referencias
bíblicas y los estímulos a la meditación que se nos ofrecen para
profundizar el significado y el valor de la Pascua. El via crucis, que en el
Triduo sacro recorrimos con Jesús hasta el Calvario reviviendo su
dolorosa pasión, en la solemne Vigilia pascual se transformó en el
consolador via lucis. Podemos decir que todo este camino de sufrimiento,
visto desde la resurrección, es camino de luz y de renacimiento espiritual,
de paz interior y de firme esperanza. Después del llanto, después del
desconcierto del Viernes santo, al que siguió el silencio lleno de espera del
Sábado santo, al alba del "primer día después del sábado" resonó con
vigor el anuncio de la Vida que ha derrotado a la muerte: "Dux vitae
mortuus regnat vivus", "El Señor de la vida había muerto, pero ahora,
vivo, triunfa".
La novedad conmovedora de la resurrección es tan importante que la
Iglesia no cesa de proclamarla, prolongando su recuerdo especialmente
cada domingo. En efecto, cada domingo es "día del Señor" y Pascua
semanal del pueblo de Dios. Nuestros hermanos orientales, con el fin de
evidenciar este misterio de salvación que afecta a nuestra vida diaria, en
lengua rusa llaman al domingo "día de la resurrección" (voskrescénje).
134
Así pues, para nuestra fe y para nuestro testimonio cristiano es
fundamental proclamar la resurrección de Jesús de Nazaret como
acontecimiento real, histórico, atestiguado por muchos y autorizados
testigos. Lo afirmamos con fuerza porque, también en nuestro tiempo, no
falta quien trata de negar su historicidad reduciendo el relato evangélico a
un mito, a una "visión" de los Apóstoles, retomando o presentando
antiguas teorías, ya desgastadas, como nuevas y científicas.
Ciertamente, la resurrección no fue para Jesús un simple retorno a la
vida anterior, pues en ese caso se trataría de algo del pasado: hace dos mil
años uno resucitó, volvió a su vida anterior, como por ejemplo Lázaro. La
Resurrección se sitúa en otra dimensión: es el paso a una dimensión de
vida profundamente nueva, que nos toca también a nosotros, que afecta a
toda la familia humana, a la historia y al universo.
Este acontecimiento, que introdujo una nueva dimensión de vida, una
apertura de nuestro mundo hacia la vida eterna, cambió la existencia de
los testigos oculares, como lo demuestran los relatos evangélicos y los
demás escritos del Nuevo Testamento. Es un anuncio que generaciones
enteras de hombres y mujeres a lo largo de los siglos han acogido con fe y
han testimoniado a menudo al precio de su sangre, sabiendo que
precisamente así entraban en esta nueva dimensión de la vida.
También este año, en Pascua resuena inmutable y siempre nueva, en
todos los rincones de la tierra, esta buena nueva: Jesús, muerto en la cruz,
ha resucitado y vive glorioso, porque ha derrotado el poder de la muerte,
ha introducido al ser humano en una nueva comunión de vida con Dios y
en Dios. Esta es la victoria de la Pascua, nuestra salvación. Así pues,
podemos cantar con san Agustín: "La resurrección de Cristo es nuestra
esperanza", porque nos introduce en un nuevo futuro.
Es verdad: la resurrección de Jesús funda nuestra firme esperanza e
ilumina toda nuestra peregrinación terrena, incluido el enigma humano del
dolor y de la muerte. La fe en Cristo crucificado y resucitado es el corazón
de todo el mensaje evangélico, el núcleo central de nuestro "Credo". En un
conocido pasaje paulino, contenido en la primera carta a los Corintios (1
Co 15, 3-8), podemos encontrar una expresión autorizada de ese "Credo"
esencial. En él, el Apóstol, para responder a algunos miembros de la
comunidad de Corinto que paradójicamente proclamaban la resurrección
de Jesús pero negaban la de los muertos —nuestra esperanza—, transmite
fielmente lo que él, Pablo, había recibido de la primera comunidad
apostólica sobre la muerte y la resurrección del Señor.
Comienza con una afirmación casi perentoria: "Os recuerdo,
hermanos, el Evangelio que os prediqué, que habéis recibido y en el cual
permanecéis firmes, por el cual también sois salvados, si lo guardáis tal
como os lo prediqué. Si no, habríais creído en vano" (vv. 1-2).
Inmediatamente añade que ha transmitido lo que él mismo había recibido.
Y a continuación viene el pasaje que hemos escuchado al inicio de nuestro
encuentro. San Pablo presenta ante todo la muerte de Jesús y, en un texto
tan escueto, pone dos añadiduras a la noticia de que "Cristo murió": la
primera: murió "por nuestros pecados"; la segunda: "según las Escrituras"
135
(v. 3). La expresión "según las Escrituras" pone el acontecimiento de la
muerte del Señor en relación con la historia de la alianza
veterotestamentaria de Dios con su pueblo, y nos hace comprender que la
muerte del Hijo de Dios pertenece al entramado de la historia de la
salvación; más aún, nos hace comprender que esa historia recibe de ella su
lógica y su verdadero significado.
Hasta ese momento la muerte de Cristo había permanecido casi como
un enigma, cuyo éxito era aún incierto. En el misterio pascual se cumplen
las palabras de la Escritura, o sea, esta muerte realizada "según las
Escrituras" es un acontecimiento que contiene en sí un logos, una lógica:
la muerte de Cristo atestigua que la Palabra de Dios se hizo "carne",
"historia" humana, hasta el fondo. Cómo y por qué sucedió eso se
comprende gracias a la otra añadidura que san Pablo hace: Cristo murió
"por nuestros pecados". Con estas palabras el texto paulino parece retomar
la profecía de Isaías contenida en el cuarto canto del Siervo de Dios (cf. Is
53, 12). El Siervo de Dios —así dice el canto— "indefenso se entregó a la
muerte", llevó "el pecado de muchos", e intercediendo por los "rebeldes"
pudo obtener el don de la reconciliación de los hombres entre sí y de los
hombres con Dios: su muerte es, por tanto, una muerte que pone fin a la
muerte; el camino de la cruz lleva a la Resurrección.
En los versículos que siguen el Apóstol se refiere a la resurrección del
Señor. Dice que Cristo "resucitó al tercer día según las Escrituras". ¡De
nuevo "según las Escrituras"! No pocos exegetas ven en la expresión
"resucitó al tercer día según las Escrituras" una alusión significativa a lo
que se lee en el Salmo 16, donde el Salmista proclama: "No me entregarás
a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción" (v. 10). Este es uno
de los textos del Antiguo Testamento que, en el cristianismo primitivo, se
solía citar a menudo para probar el carácter mesiánico de Jesús. Dado que
según la interpretación judía la corrupción comenzaba después del tercer
día, las palabras de la Escritura se cumplen en Jesús, que resucita al tercer
día, es decir, antes de que comience la corrupción.
San Pablo, transmitiendo fielmente la enseñanza de los Apóstoles,
subraya que la victoria de Cristo sobre la muerte se produce por el poder
creador de la Palabra de Dios. Este poder divino trae esperanza y alegría:
este es, en definitiva, el contenido liberador de la revelación pascual. En la
Pascua Dios se revela a sí mismo y revela el poder del amor trinitario que
aniquila las fuerzas destructoras del mal y de la muerte.
Queridos hermanos y hermanas, dejémonos iluminar por el esplendor
del Señor resucitado. Acojámoslo con fe y adhirámonos generosamente a
su Evangelio, como hicieron los testigos privilegiados de su resurrección;
como hizo, algunos años después, san Pablo, que se encontró con el divino
Maestro de un modo extraordinario en el camino de Damasco. No
podemos tener sólo para nosotros el anuncio de esta Verdad que cambia la
vida de todos. Con humilde confianza oremos: "Oh Jesús, que resucitando
de entre los muertos has anticipado nuestra resurrección, nosotros creemos
en ti".
136
Me complace concluir con una exclamación que solía repetir Silvano
del Monte Athos: "Alégrate, alma mía. Siempre es Pascua, porque Cristo
resucitado es nuestra resurrección". Que la Virgen María nos ayude a
cultivar en nosotros, y en nuestro entorno, este clima de alegría pascual,
para ser testigos del Amor divino en todas las situaciones de nuestra vida.

SAN ANSELMO: FIGURA LUMINOSA DE LA IGLESIA


20090415. Carta. Card. Biffi. IX Centenario muerte de san Anselmo
Con ocasión de las celebraciones en las que usted, venerado hermano,
participará como mi legado en la ilustre ciudad de Aosta para el IX
centenario de la muerte de san Anselmo, que tuvo lugar en Canterbury el
21 de abril de 1109, me complace encomendarle un mensaje especial, en
el que deseo subrayar los aspectos destacados de este gran monje, teólogo
y pastor de almas, cuya obra ha dejado una huella profunda en la historia
de la Iglesia.
Este aniversario constituye una oportunidad, que no se debe
desaprovechar, para renovar el recuerdo de una de las figuras más
luminosas de la tradición de la Iglesia e incluso de la historia del
pensamiento occidental europeo. La ejemplar experiencia monástica de
san Anselmo, su método original al considerar el misterio cristiano, su
sutil doctrina teológica y filosófica, su enseñanza sobre el valor inviolable
de la conciencia y sobre la libertad como adhesión responsable a la verdad
y al bien, su apasionada obra de pastor de almas, dedicado con todas sus
fuerzas a la promoción de la "libertad de la Iglesia", nunca han dejado de
suscitar en el pasado el más vivo interés, que el recuerdo de su muerte está
felizmente volviendo a encender y favoreciendo de diversos modos y en
muchos lugares.
En esta memoria del "Doctor magnífico" —como se suele llamar a san
Anselmo— no puede menos de destacar de modo particular la Iglesia de
Aosta, en la que nació y que con razón se complace en considerarlo su
hijo más ilustre. Aunque salió de Aosta en su juventud, siguió llevando en
su memoria y en su corazón un conjunto de recuerdos que afloraron
siempre en su conciencia en los momentos más importantes de su vida.
Entre estos recuerdos, ciertamente ocupaban un lugar particular la imagen
dulcísima de su madre y la majestuosa de los montes de su valle, con sus
cumbres altísimas y perennemente cubiertas de nieve, en las que veía
reflejada, como un símbolo fascinante y sugestivo, la sublimidad de Dios.
Anselmo —"un muchacho que creció entre las montañas", como lo
define su biógrafo Eadmero (Vita Sancti Anselmi, I, 2)— considera que
Dios es aquello de lo cual no es posible pensar en algo más grande: quizás
en esta intuición influyó la mirada que dirigía desde su infancia a aquellas
cumbres inaccesibles. Ya de niño creía que para encontrar a Dios era
necesario "subir a la cumbre de la montaña" (ib.). De hecho, cada vez
tomaba mayor conciencia de que Dios se encuentra a una altura
inaccesible, situada más allá de las metas que el hombre puede alcanzar,
puesto que Dios está más allá de lo que se puede pensar. Por eso el viaje
137
en busca de Dios, al menos en esta tierra, no terminará nunca; será
siempre pensamiento y anhelo, procedimiento riguroso del intelecto y
petición implorante del corazón.
El intenso afán de saber y la innata propensión a la claridad y al rigor
lógico impulsaron a san Anselmo a las scholae de su tiempo. Por eso se
dirigió al monasterio de Bec, donde pudo satisfacer su inclinación a la
dialéctica, y sobre todo se despertó en él la vocación claustral. Detenerse
en los años de la vida monástica de san Anselmo significa encontrar a un
religioso fiel, "constantemente ocupado sólo en Dios y en las disciplinas
celestes" —como escribe su biógrafo— hasta el punto de que alcanzó "tal
altura en la especulación divina, que fue capaz de penetrar por la senda
abierta por Dios y, después de haber penetrado por ella, de explicar las
cuestiones más oscuras, antes insolubles, sobre la divinidad de Dios y
nuestra fe, y de probar con razones claras que lo que afirmaba pertenecía a
la doctrina católica segura" (ib., I, 7).
Con estas palabras su biógrafo explica el método teológico de san
Anselmo, cuyo pensamiento se encendía e iluminaba en la oración. Él
mismo, en una de sus obras más famosas, confesó que la inteligencia de la
fe es acercarse a la visión, a la que todos anhelamos y de la que esperamos
gozar al final de nuestra peregrinación terrena: "Quoniam inter fidem et
speciem intellectum quem in hac vita capimus esse medium intelligo:
quanto aliquis ad illum proficit, tanto eum propinquare speciei, ad quam
omnes anhelamus, existimo" (Cur Deus homo, Commendatio).
El Santo aspiraba a alcanzar la visión de los nexos lógicos que existían
en el interior del misterio, a percibir la "claridad de la verdad" y, por ello,
a captar la evidencia de las "razones necesarias", que subyacen en lo más
profundo del misterio. Un intento ciertamente audaz, cuyo éxito siguen
analizando los que estudian a san Anselmo. En realidad, su búsqueda del
"intelecto" (intellectus) situado entre la "fe" (fides) y la "visión" (species)
proviene, como fuente, de la misma fe y está sostenida por la confianza en
la razón, mediante la cual la fe en cierta medida se ilumina.
El propósito de san Anselmo es claro:"elevar la mente a la
contemplación de Dios" (Proslogion, Proemio). En cualquier caso, siguen
siendo programáticas para toda investigación teológica sus palabras: "No
intento, Señor, penetrar en tu profundidad, porque de ninguna manera
puedo comparar con ella mi intelecto; pero deseo comprender, aunque sea
imperfectamente, tu verdad, que mi corazón cree y ama. Porque no busco
comprender para creer, sino que creo para comprender —Non quaero
intelligere ut credam, sed credo ut intelligam—" (Proslogion, 1).
En san Anselmo, prior y abad de Bec, descubrimos algunas
características que definen ulteriormente su perfil personal. En él
impresiona, ante todo, el carisma de maestro experto de vida espiritual,
que conoce y explica sabiamente las sendas de la perfección monástica. Al
mismo tiempo, fascina su genialidad educativa, que se manifiesta en el
método del discernimiento —él lo llamaba via discretionis (Ep. 61)— que
en cierto modo es el estilo de toda su vida, un estilo en que se aúnan la
misericordia y la firmeza. Por último, es peculiar la capacidad que
138
demuestra al iniciar a los discípulos en la experiencia de la auténtica
oración: en particular, sus Orationes sive Meditationes, muy solicitadas y
utilizadas, contribuyeron a convertir a numerosas personas de su tiempo
en "almas orantes"; del mismo modo, sus demás obras se han revelado
como un precioso coeficiente para hacer de la Edad Media una época
"pensante" y, podemos añadir, "concienzuda".
Se diría que el Anselmo más auténtico se encuentra en Bec, donde
vivió treinta y tres años, y donde fue muy apreciado. Gracias a la
maduración adquirida en ese ambiente de reflexión y oración, pudo
declarar, incluso en medio de las sucesivas tribulaciones episcopales: "No
conservaré en el corazón rencor alguno contra nadie" (Ep. 321).
La nostalgia del monasterio lo acompañó durante el resto de su vida.
Lo confesó él mismo cuando se vio obligado a dejar el monasterio, con
vivísimo dolor suyo y de sus monjes, para asumir el ministerio episcopal
para el que no se sentía adecuado: "Es notorio a muchos —escribió al
Papa Urbano II— que cuando fui nombrado obispo en Inglaterra, me vi
obligado a aceptar, pues yo era reacio y contrario, y que expuse las
razones de naturaleza, edad, debilidad e ignorancia que se oponían a este
cargo y que rechazan y detestan absolutamente los compromisos
seculares, que no puedo desempeñar sin poner en peligro la salvación de
mi alma" (Ep. 206).
A sus monjes les dijo en confianza: "He vivido durante treinta y tres
años como monje —tres años sin cargos, quince como prior y otros tantos
como abad— de manera que todos los buenos que me han conocido me
querían, ciertamente no por mérito mío sino por la gracia de Dios, y me
querían más los que me conocían mas íntimamente y con mayor
familiaridad" (Ep. 156). Y añadía: "Habéis venido muchos a Bec... Por
muchos de vosotros sentía un afecto tan tierno y delicado que cada uno
podía tener la impresión de que a nadie amaba de igual modo" (ib.).
Al ser nombrado arzobispo de Canterbury y comenzar así su camino
más doloroso, se manifestaron muy claramente su "amor a la verdad" (Ep.
327), su rectitud, su rigurosa fidelidad a la conciencia, su "libertad
episcopal" (Ep. 206), su "honradez episcopal" (Ep. 314), su trabajo
incansable por librar a la Iglesia de los condicionantes temporales y de las
servidumbres de cálculos incompatibles con su naturaleza espiritual.
Al respecto, son ejemplares sus palabras al rey Enrique: "Respondo
que ni en el bautismo ni en ninguna otra ordenación mía he prometido
observar la ley o la costumbre de vuestro padre o del arzobispo Lanfranco,
sino la ley de Dios y de todas las órdenes recibidas" (Ep. 319). Para san
Anselmo, primado de la Iglesia de Inglaterra, vale el principio: "Soy
cristiano, soy monje, soy obispo; por tanto, quiero ser fiel a todos, según
la deuda que tengo con cada uno" (Ep. 314). Desde este punto de vista no
duda en afirmar: "Prefiero estar en desacuerdo con los hombres, antes que,
por estar de acuerdo con ellos, estar en desacuerdo con Dios" (Ep. 314).
Precisamente por eso se siente dispuesto incluso al sacrificio supremo:
"No tengo miedo de derramar mi sangre; no temo ninguna herida en el
cuerpo ni la pérdida de los bienes" (Ep. 311).
139
Por todas estas razones se comprende por qué san Anselmo conserva
aún una gran actualidad y una fuerte fascinación, y cuán provechoso es
volver a leer y publicar sus escritos, así como meditar sobre su vida. Por
eso, me ha alegrado saber que Aosta, con motivo del IX centenario de su
muerte, se está distinguiendo por un conjunto de oportunas e inteligentes
iniciativas —especialmente con la esmerada edición de sus obras—
intentando hacer que se conozcan y amen las enseñanzas y los ejemplos de
este ilustre hijo suyo.
Le encomiendo a usted, venerado hermano, la tarea de llevar a los
fieles de esa antigua y querida ciudad de Aosta la exhortación a mirar con
admiración y afecto a este gran conciudadano suyo, cuya luz sigue
brillando en toda la Iglesia, de modo especial donde se han cultivado el
amor a las verdades de la fe y el gusto por su profundización mediante la
razón. De hecho, la fe y la razón —fides et ratio— se encuentran
admirablemente unidas en san Anselmo.

SAN FRANCISCO: EL EVANGELIO COMO REGLA DE VIDA


20090418. Discurso. A la familia franciscana en Capítulo
Con gran alegría os doy la bienvenida a todos vosotros, en este feliz e
histórico aniversario que os ha reunido: el octavo centenario de la
aprobación de la "primera regla" de san Francisco por parte del Papa
Inocencio III. Han pasado ochocientos años, y esa docena de frailes se ha
convertido en una multitud, esparcida por todas las partes del mundo y
hoy dignamente representada aquí por vosotros. En los días pasados os
habéis dado cita en Asís en lo que habéis querido llamar el "Capítulo de
las Esteras", para evocar vuestros orígenes. Y al concluir esa
extraordinaria experiencia habéis venido todos juntos al "Señor Papa",
como diría vuestro seráfico fundador.
Os saludo a todos con afecto. Sabemos cuán importante fue para san
Francisco el vínculo con el obispo de Asís de entonces, Guido, que
reconoció su carisma y lo apoyó. Fue Guido quien presentó a san
Francisco al cardenal Giovanni di San Paolo, el cual después lo llevó a la
presencia del Papa favoreciendo la aprobación de la Regla. El carisma y la
institución siempre son complementarios para la edificación de la Iglesia.
¿Qué deciros, queridos amigos? Ante todo deseo unirme a vosotros en
la acción de gracias a Dios por todo el camino que os ha hecho realizar,
colmándoos de sus beneficios. Y, como Pastor de toda la Iglesia, quiero
darle gracias por el precioso don que vosotros mismos sois para todo el
pueblo cristiano. Desde el pequeño arroyo que brotó a los pies del monte
Subasio, se formó un gran río, que ha dado una contribución notable a la
difusión universal del Evangelio. Todo comenzó con la conversión de san
Francisco, el cual, a ejemplo de Jesús, "se despojó" (cf. Flp 2, 7) y,
desposándose con la Señora Pobreza, se convirtió en testigo y heraldo del
Padre que está en los cielos.
Al Poverello se le pueden aplicar literalmente algunas expresiones que
el apóstol san Pablo refiere a sí mismo y que me complace recordar en
140
este Año paulino: "Estoy crucificado con Cristo y ya no vivo yo, sino que
es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo
en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por
mí"(Ga2,19-20). Y también: "En adelante nadie me moleste, pues llevo
sobre mi cuerpo las señales de Jesús" (Ga 6, 17). Estos textos de la carta a
los Gálatas se aplican literalmente a la figura de san Francisco.
San Francisco siguió perfectamente estas huellas de san Pablo, y en
verdad puede decir con él: "Para mí vivir es Cristo" (Flp 1, 21).
Experimenta el poder de la gracia divina y está como muerto y resucitado.
Todas las riquezas anteriores, todo motivo de orgullo y seguridad, todo se
convierte en una "pérdida" desde el momento del encuentro con Jesús
crucificado y resucitado (cf. Flp 3, 7-11). Entonces dejarlo todo se
convierte en algo casi necesario para expresar la sobreabundancia del don
recibido. Este don es tan grande, que requiere un despojamiento total, que
en todo caso no basta; merece una vida entera vivida "según la forma del
santo Evangelio" (2 Test., 14: Fuentes Franciscanas, 116).
Y aquí llegamos al punto que ocupa seguramente el centro de nuestro
encuentro. Yo lo resumiría así: el Evangelio como regla de vida. "La Regla
y vida de los frailes menores es esta, a saber, guardar el santo Evangelio
de nuestro Señor Jesucristo": así escribe san Francisco al principio de la
Regla bulada (Rb I, 1: FF, 75). Él se comprendió totalmente a sí mismo a
la luz del Evangelio. Esto es lo que fascina de él. Esta es su perenne
actualidad. Tomás de Celano refiere que el Poverello "llevaba siempre a
Jesús en el corazón. Jesús en los labios, Jesús en los oídos, Jesús en los
ojos, Jesús en las manos. Jesús presente siempre en todos sus miembros...
Es más: si, estando de viaje, cantaba a Jesús o meditaba en él, muchas
veces olvidaba que estaba de camino y se ponía a invitar a todas las
criaturas a loar a Jesús" (1 Cel., II, 9, 115: FF, 115). Así el Poverello se
convirtió en un Evangelio viviente, capaz de atraer a Cristo a hombres y
mujeres de todo tiempo, especialmente a los jóvenes, que prefieren la
radicalidad a las medias tintas. El obispo de Asís, Guido, y después el
Papa Inocencio III reconocieron en el propósito de san Francisco y de sus
compañeros la autenticidad evangélica, y supieron estimular su
compromiso también con vistas al bien de la Iglesia universal.
Surge espontáneamente aquí una reflexión. San Francisco habría
podido no ir al Papa. En aquella época se estaban formando muchos
grupos y movimientos religiosos, y algunos de ellos se contraponían a la
Iglesia como institución, o por lo menos no buscaban su aprobación.
Seguramente una actitud polémica hacia la jerarquía habría procurado a
san Francisco no pocos seguidores. En cambio, él pensó en seguida en
poner su camino y el de sus compañeros en las manos del Obispo de
Roma, el Sucesor de Pedro. Este hecho revela su auténtico espíritu
eclesial. El pequeño "nosotros" que había comenzado con sus primeros
frailes lo concibió desde el inicio dentro del gran "nosotros" de la Iglesia
una y universal. Y el Papa reconoció esto y lo apreció.
De hecho, también el Papa, por su parte, habría podido no aprobar el
proyecto de vida de san Francisco. Más aún, podemos imaginar que
141
alguno de los colaboradores de Inocencio III le aconsejó en este sentido,
quizás precisamente temiendo que aquel grupito de frailes se pareciera a
otras asociaciones heréticas y pauperistas de ese tiempo. En cambio, el
Romano Pontífice, bien informado por el obispo de Asís y por el cardenal
Giovanni di San Paolo, supo discernir la iniciativa del Espíritu Santo y
acogió, bendijo y estimuló a la naciente comunidad de los "frailes
menores".
Queridos hermanos y hermanas, han pasado ocho siglos y hoy habéis
querido renovar el gesto de vuestro fundador. Todos vosotros sois hijos y
herederos de aquellos orígenes; de aquella "buena semilla" que fue san
Francisco, conformado a su vez al "grano de trigo" que es el Señor Jesús,
muerto y resucitado para dar mucho fruto (cf. Jn 12, 24). Los santos
vuelven a proponer la fecundidad de Cristo. Como san Francisco y santa
Clara de Asís, también vosotros esforzaos por seguir siempre esta misma
lógica: perder la propia vida a causa de Jesús y del Evangelio, para
salvarla y hacerla fecunda en frutos abundantes.
Mientras alabáis y dais gracias al Señor, que os ha llamado a formar
parte de una "familia" tan grande y hermosa, permaneced en escucha de lo
que el Espíritu le dice hoy, en cada uno de sus componentes, para seguir
anunciando con pasión el reino de Dios, tras las huellas del seráfico padre.
Que todo hermano y toda hermana conserve siempre un alma
contemplativa, sencilla y alegre: volved a partir siempre de Cristo, como
san Francisco partió de la mirada del Crucifijo de San Damián y del
encuentro con el leproso, para ver el rostro de Cristo en los hermanos que
sufren y llevar a todos su paz. Sed testigos de la "belleza" de Dios, que san
Francisco supo cantar contemplando las maravillas de la creación, y que le
hizo exclamar dirigiéndose al Altísimo: "¡Tú eres belleza!" (Alabanzas de
Dios altísimo, 4.6: FF, 261).
Queridos hermanos y hermanas, la última palabra que quiero dejaros
es la misma que Jesús resucitado entregó a sus discípulos: "¡Id!" (cf. Mt
28, 19; Mc 16, 15). Id y seguid "reparando la casa" del Señor Jesucristo,
su Iglesia. En los días pasados, el terremoto que asoló los Abruzos dañó
gravemente muchas iglesias, y vosotros, los de Asís, sabéis muy bien lo
que esto significa. Pero hay otra "ruina" mucho más grave: la de las
personas y las comunidades. Como san Francisco, comenzad siempre por
vosotros mismos. Nosotros somos la primera casa que Dios quiere
restaurar. Si sois siempre capaces de renovaros en el espíritu del
Evangelio, seguiréis ayudando a los pastores de la Iglesia a hacer cada vez
más hermoso su rostro de esposa de Cristo. Esto es lo que el Papa, hoy
como en los orígenes, espera de vosotros.
¡Gracias por haber venido! Ahora id y llevad a todos la paz y el amor
de Cristo Jesús Salvador. Que María Inmaculada, "Virgen hecha Iglesia"
(cf. Saludo a la Bienaventurada Virgen María, 1: FF, 259), os acompañe
siempre.
En esta significativa conmemoración, os animo a enamoraros cada vez
más de Cristo para que, siguiendo el ejemplo de san Francisco de Asís,
conforméis vuestra vida al Evangelio del Señor y deis ante el mundo un
142
testimonio generoso de caridad, pobreza y humildad. Que Dios os
bendiga.

MISERICORDIA DIVINA Y COMUNIÓN ECLESIAL


20090419. Regina coeli
Como afirmé recientemente, nunca me siento solo. Durante esta
semana singular, que para la liturgia constituye un solo día, he
experimentado aún más la comunión que me rodea y me sostiene: una
solidaridad espiritual, alimentada esencialmente por la oración, que se
manifiesta de mil maneras. Desde mis colaboradores de la Curia romana
hasta las parroquias más lejanas geográficamente, los católicos formamos
y debemos sentirnos una sola familia, animada por los mismos
sentimientos de la primera comunidad cristiana, de la cual el texto de los
Hechos de los Apóstoles que se lee este domingo afirma: "La multitud de
los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma" (Hch 4, 32).
La comunión de los primeros cristianos tenía como verdadero centro y
fundamento a Cristo resucitado. En efecto, el Evangelio narra que, en el
momento de la Pasión, cuando el Maestro divino fue arrestado y
condenado a muerte, los discípulos se dispersaron. Sólo María y las
mujeres, con el apóstol san Juan, permanecieron juntos y lo siguieron
hasta el Calvario. Una vez resucitado, Jesús dio a los suyos una nueva
unidad, más fuerte que antes, invencible, porque no se fundaba en los
recursos humanos sino en la misericordia divina, gracias a la cual todos se
sentían amados y perdonados por él.
Por tanto, es el amor misericordioso de Dios el que une firmemente,
hoy como ayer, a la Iglesia y hace de la humanidad una sola familia; el
amor divino, que mediante Jesús crucificado y resucitado nos perdona los
pecados y nos renueva interiormente. Animado por esta íntima convicción,
mi amado predecesor Juan Pablo II quiso dedicar este domingo, el
segundo de Pascua, a la Misericordia divina, e indicó a todos a Cristo
resucitado como fuente de confianza y de esperanza, acogiendo el mensaje
espiritual que el Señor transmitió a Faustina Kowalska, sintetizado en la
invocación: "Jesús, en ti confío".
Como sucedió con la primera comunidad, María nos acompaña en la
vida de cada día. Nosotros la invocamos como "Reina del cielo", sabiendo
que su realeza es como la de su Hijo: toda amor, y amor misericordioso.
Os pido que le encomendéis nuevamente a ella mi servicio a la Iglesia, a
la vez que con confianza le decimos: Mater misericordiae, ora pro nobis.

EL CRISTIANISMO NO ES UN CONJUNTO DE PROHIBICIONES


20090420. Mensaje. Conferencia sobre el papel de la mujer
Cada día percibimos nuevas amenazas contra la vida, especialmente en
sus fases más vulnerables. Aunque la justicia exige que sean denunciadas
como violación de los derechos humanos, también deben suscitar una
respuesta positiva y concreta. El reconocimiento y el aprecio del plan de
143
Dios para las mujeres en la transmisión de la vida y en la educación de los
hijos es un paso constructivo en esa dirección. Además, dada la notable
influencia de las mujeres en la sociedad, es necesario animarlas a
aprovechar la oportunidad de defender la dignidad de la vida mediante su
compromiso en la educación y su participación en la vida política y civil.
En efecto, al haber sido dotadas por el Creador con una "capacidad única
de acogida del otro", las mujeres desempeñan un papel crucial en la
promoción de los derechos humanos, porque sin su voz se vería debilitado
el tejido social (cf. Congregación para la doctrina de la fe, Carta a los
obispos de la Iglesia católica sobre la colaboración del hombre y la mujer
en la Iglesia y en el mundo, n. 13).
Al reflexionar sobre el papel de la mujer en la promoción de los
derechos humanos, os invito a recordar una tarea sobre la que he llamado
la atención en muchas ocasiones, a saber, la de corregir la idea errónea
según la cual el cristianismo sería solamente un conjunto de
mandamientos y prohibiciones. El Evangelio es un mensaje de alegría que
anima a hombres y mujeres a gozar del amor conyugal; lejos de
reprimirlo, la fe y la moral cristianas lo hacen sano, fuerte y
verdaderamente libre. Este es el significado exacto de los diez
Mandamientos: no son una serie de "no", sino un gran "sí" al amor y a la
vida (cf. Discurso a los participantes en la Asamblea eclesial de la
diócesis de Roma, 5 de junio de 2006).
144

LA INSPIRACIÓN Y LA VERDAD DE LA BIBLIA


20090423. Discurso. Pontificia Comisión Bíblica
Os habéis reunido nuevamente para profundizar un tema muy
importante: la inspiración y la verdad de la Biblia. Se trata de un tema que
no sólo concierne a la teología, sino también a la Iglesia misma, pues la
vida y la misión de la Iglesia se fundan necesariamente en la Palabra de
Dios, la cual es alma de la teología y, al mismo tiempo, inspiradora de
toda la vida cristiana. Además, el tema que habéis afrontado responde a
una preocupación que llevo dentro de mi corazón, ya que la interpretación
de la Sagrada Escritura es de importancia capital para la fe cristiana y para
la vida de la Iglesia.
Como usted, señor presidente, ya ha recordado, en la encíclica
Providentissimus Deus el Papa León XIII ofrecía a los exegetas católicos
nuevos estímulos y nuevas directrices en el tema de la inspiración, la
verdad y la hermenéutica bíblica. Más tarde Pío XII en su encíclica Divino
afflante Spiritu recogía y completaba las enseñanzas anteriores,
exhortando a los exegetas católicos a llegar a soluciones que estuvieran en
pleno acuerdo con la doctrina de la Iglesia, teniendo debidamente en
cuenta las aportaciones positivas de los nuevos métodos de interpretación
desarrollados hasta entonces.
El vivo impulso que dieron estos dos Pontífices a los estudios bíblicos,
como usted ha dicho también, encontró plena confirmación y fue
ulteriormente desarrollado en el concilio Vaticano II, de modo que toda la
Iglesia se ha beneficiado y sigue beneficiándose. En particular, la
constitución conciliar Dei Verbum sigue iluminando hoy la obra de los
exegetas católicos, invitando a pastores y fieles a alimentarse más
asiduamente en la mesa de la Palabra de Dios. Al respecto, el Concilio
recuerda ante todo que Dios es el Autor de la Sagrada Escritura: "La
revelación que la Sagrada Escritura contiene y ofrece fue puesta por
escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo. La santa madre Iglesia, fiel a
la fe de los Apóstoles, reconoce que todos los libros del Antiguo y del
Nuevo Testamento, con todas sus partes, son sagrados y canónicos, en
cuanto que, escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como
autor, y como tales han sido confiados a la Iglesia" (Dei Verbum, 11).
Dado que todo lo que afirman los autores inspirados o hagiógrafos debe
considerarse afirmado por el Espíritu Santo, Autor invisible y
trascendente, en consecuencia se debe declarar que "los libros sagrados
enseñan sólidamente, fielmente y sin error la verdad que Dios hizo
consignar en dichos libros para nuestra salvación" (ib.).
Del planteamiento correcto del concepto de inspiración divina y
verdad de la Sagrada Escritura derivan algunas normas que atañen
directamente a su interpretación. La misma constitución Dei Verbum, tras
haber afirmado que Dios es el autor de la Biblia, nos recuerda que en la
Sagrada Escritura Dios habla al hombre a la manera humana. Y esta
sinergia divino-humana es muy importante. Dios habla realmente para los
145
hombres de modo humano. Por tanto, para una recta interpretación de la
Sagrada Escritura es necesario investigar con atención qué quisieron
afirmar verdaderamente los hagiógrafos y qué quiso manifestar Dios
mediante palabras humanas. "La Palabra de Dios, expresada en lenguas
humanas, se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del
eterno Padre, asumiendo nuestra débil condición humana, se hizo
semejante a los hombres" (ib., 13).
Estas indicaciones, muy necesarias para una correcta interpretación de
carácter histórico-literario como primera dimensión de toda exégesis,
requieren además un nexo con las premisas de la doctrina sobre la
inspiración y la verdad de la Sagrada Escritura. En efecto, dado que la
Escritura está inspirada, hay un principio supremo de recta interpretación
sin el cual los escritos sagrados quedarían como letra muerta, sólo del
pasado: "La Escritura se ha de leer e interpretar con el mismo Espíritu con
que fue escrita" (ib., 12).
Al respecto, el concilio Vaticano II indica tres criterios siempre válidos
para una interpretación de la Sagrada Escritura conforme al Espíritu que la
inspiró. Ante todo es necesario prestar gran atención al contenido y a la
unidad de toda la Escritura: sólo en su unidad es Escritura. En efecto,
aunque los libros que la componen sean diferentes, la Sagrada Escritura es
una en virtud de la unidad del plan de Dios, cuyo centro y corazón es
Cristo Jesús (cf. Lc 24, 25-27, 44-46). En segundo lugar es preciso leer la
Escritura en el contexto de la tradición viva de toda la Iglesia. Según un
dicho de Orígenes, "Sacra Scriptura principalius est in corde Ecclesiae
quam in materialibus instrumentis scripta", es decir, "la Sagrada Escritura
está escrita en el corazón de la Iglesia antes que en instrumentos
materiales". En efecto, la Iglesia lleva en su Tradición la memoria viva de
la Palabra de Dios y es el Espíritu Santo quien le da la interpretación de
ella según su sentido espiritual (cf. Orígenes, Homiliae in Leviticum, 5, 5).
Como tercer criterio es necesario prestar atención a la analogía de la fe, es
decir, a la cohesión de las verdades de fe entre sí y con el plan conjunto de
la Revelación y la plenitud de la economía divina contenida en ella.
Los investigadores que estudian con diferentes métodos la Sagrada
Escritura tienen la tarea de contribuir, según los principios mencionados, a
la comprensión más profunda y a la exposición del sentido de la Sagrada
Escritura. El estudio científico de los textos sagrados es importante, pero
por sí sólo no es suficiente, pues sólo respetaría la dimensión humana.
Para respetar la coherencia de la fe de la Iglesia, el exegeta católico debe
estar atento a percibir la Palabra de Dios en esos textos, dentro de la
misma fe de la Iglesia. Si falta este imprescindible punto de referencia, la
investigación exegética quedaría incompleta, perdiendo de vista su
finalidad principal, con el peligro de reducirse a una lectura meramente
literaria, en la que el verdadero Autor, Dios, ya no aparece. Además, la
interpretación de las Sagradas Escrituras no puede ser sólo un esfuerzo
científico individual, sino que siempre debe confrontarse, integrarse y
autenticarse por la tradición viva de la Iglesia. Esta norma es decisiva para
146
precisar la relación correcta y recíproca entre exégesis y magisterio de la
Iglesia.
El exegeta católico no se siente sólo miembro de la comunidad
científica, sino también y sobre todo miembro de la comunidad de los
creyentes de todos los tiempos. En realidad, estos textos no han sido
entregados sólo a los investigadores o a la comunidad científica "para
satisfacer su curiosidad y o para ofrecerles temas de estudio y de
investigación" (Divino afflante Spiritu: Enchiridion Biblicum 566). Los
textos inspirados por Dios han sido encomendados en primer lugar a la
comunidad de los creyentes, a la Iglesia de Cristo, para alimentar la vida
de fe y para guiar la vida de caridad. El respeto de esta finalidad
condiciona la validez y la eficacia de la hermenéutica bíblica. La encíclica
Providentissimus Deus recordó esta verdad fundamental y observó que, en
vez de obstaculizar la investigación científica, el respeto de este dato
favorece su auténtico progreso. Una hermenéutica de la fe corresponde
más a la realidad de este texto que una hermenéutica racionalista, que no
conoce a Dios.
Ser fieles a la Iglesia significa, de hecho, insertarse en la corriente de
la gran Tradición que, bajo la guía del Magisterio, ha reconocido los
escritos canónicos como Palabra dirigida por Dios a su pueblo y nunca ha
dejado de meditarlos y de descubrir sus inagotables riquezas. El concilio
Vaticano II lo reafirmó con gran claridad: "Todo lo que concierne a la
interpretación de la Escritura queda sometido al juicio definitivo de la
Iglesia, que recibió de Dios el encargo y el oficio de conservar e
interpretar la Palabra de Dios" (Dei Verbum, 12). Como nos recuerda la
citada constitución dogmática, existe una unidad inseparable entre
Sagrada Escritura y Tradición, pues ambas proceden de una misma fuente:
"La Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura están estrechamente unidas y
compenetradas; manan de la misma fuente, se unen en un mismo caudal,
corren hacia el mismo fin. La Sagrada Escritura es la Palabra de Dios, en
cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo. La Sagrada Tradición
recibe la Palabra de Dios, encomendada por Cristo Señor y por el Espíritu
Santo a los Apóstoles, y la transmite íntegra a los sucesores, para que
estos, iluminados por el Espíritu de la verdad, la conserven, la expongan y
la difundan fielmente en su predicación. Por eso la Iglesia no saca
exclusivamente de la Escritura la certeza de todo lo revelado. Por eso se
han de recibir y respetar con el mismo espíritu de devoción y reverencia"
(Dei Verbum, 9).
Como sabemos, la frase "con el mismo espíritu de devoción y
reverencia" —pari pietatis affectu ac reverentia— fue creada por san
Basilio, y después fue recogida por el Decreto de Graciano, a través del
cual entró en el concilio de Trento y después en el Vaticano II. Expresa
precisamente esta inter-penetración entre Escritura y Tradición. Sólo el
contexto eclesial permite que la Sagrada Escritura se entienda como
auténtica Palabra de Dios, que se convierte en guía, norma y regla para la
vida de la Iglesia y el crecimiento espiritual de los creyentes. Esto, como
ya he dicho, de ninguna manera impide una interpretación seria, científica,
147
pero además abre el acceso a las dimensiones ulteriores de Cristo,
inaccesibles a un análisis sólo literario, que es incapaz de acoger en sí el
sentido global que a lo largo de los siglos ha guiado a la Tradición de todo
el pueblo de Dios.
En un mundo en el que la investigación científica asume una
importancia cada vez mayor en numerosos campos, es indispensable que
la ciencia exegética se sitúe en un nivel adecuado. Es uno de los aspectos
de la inculturación de la fe que forma parte de la misión de la Iglesia, en
sintonía con la acogida del misterio de la Encarnación.

JUAN PABLO II: AUDAZ DEFENSOR DE CRISTO


20090402. Homilía. Cuarto aniversario de fallecimiento
El pasaje evangélico de este jueves de la quinta semana de Cuaresma
propone a nuestra meditación la última parte del capítulo 8 de san Juan,
que, como hemos escuchado, contiene una larga disputa sobre la identidad
de Jesús. Poco antes él se había presentado como "la luz del mundo" (v.
12), usando tres veces (vv. 24.28.58) la expresión "Yo soy", que en sentido
fuerte alude al nombre de Dios revelado a Moisés (cf. Ex 3, 14). Y añade:
"Si alguno guarda mi Palabra, no verá la muerte jamás" (v. 51), declarando
así que había sido enviado por Dios, que es su Padre, a traer a los hombres
la libertad radical del pecado y de la muerte, indispensable para entrar en
la vida eterna.
Sin embargo, sus palabras hieren el orgullo de sus interlocutores;
también la referencia al gran patriarca Abraham se convierte en motivo de
conflicto. "En verdad, en verdad os digo —afirma el Señor—: antes de
que Abraham existiera, Yo soy" (Jn 8, 58). Sin medios términos, declara
su preexistencia y, por tanto, su superioridad con respecto a Abraham,
suscitando —comprensiblemente— la reacción escandalizada de los
judíos. Pero Jesús no puede callar su propia identidad; sabe que, al final,
será el Padre mismo quien le dará la razón, glorificándolo con la muerte y
la resurrección, porque, precisamente cuando sea elevado en la cruz, se
revelará como el Hijo unigénito de Dios (cf. Jn 8, 28; Mc 15, 39).
Queridos amigos, al meditar en esta página del Evangelio de san Juan,
surge de forma espontánea la consideración de que realmente es muy
difícil dar testimonio de Cristo. Y el pensamiento se dirige al amado siervo
de Dios Karol Wojtyla, Juan Pablo II, que desde joven se mostró intrépido
y audaz defensor de Cristo: no dudó en gastar todas sus energías por él
con el fin de difundir por todas partes su luz; no aceptó ceder a
componendas cuando se trataba de proclamar y defender su Verdad; no se
cansó nunca de difundir su amor. Desde el inicio de su pontificado hasta el
2 de abril de 2005, no tuvo miedo de proclamar, a todos y siempre, que
sólo Jesús es el Salvador y el verdadero Liberador del hombre y de todo el
hombre.
En la primera lectura escuchamos las palabras dirigidas a Abraham:
"Te haré muy fecundo" (Gn 17, 6). Si testimoniar la propia adhesión al
Evangelio nunca es fácil, ciertamente conforta la certeza de que Dios hace
148
fecundo nuestro empeño, cuando es sincero y generoso. También desde
este punto de vista nos parece significativa la experiencia espiritual del
siervo de Dios Juan Pablo II. Contemplando su existencia, vemos
realizada en ella la promesa de fecundidad hecha por Dios a Abraham, de
la que se hace eco la primera lectura, tomada del libro del Génesis.
Se podría decir que, especialmente en los años de su largo pontificado,
él engendró para la fe a muchos hijos e hijas. ¡Cuántas vocaciones al
sacerdocio y a la vida consagrada, cuántas jóvenes familias decididas a
vivir el ideal evangélico y a tender a la santidad están vinculadas al
testimonio y a la predicación de mi venerado predecesor! ¡Cuántos chicos
y chicas se han convertido o han perseverado en su camino cristiano
gracias a su oración, a su ánimo, a su apoyo y a su ejemplo!
Es verdad. Juan Pablo II lograba comunicar una fuerte carga de
esperanza, fundada en la fe en Jesucristo, que "es el mismo ayer, hoy y
siempre" (Hb 13, 8), como rezaba el lema del gran jubileo del año 2000.
Como padre afectuoso y atento educador, indicaba puntos de referencia
seguros y firmes, indispensables para todos, de modo especial para la
juventud. Y en la hora de la agonía y de la muerte, esta nueva generación
quiso manifestarle que había comprendido sus enseñanzas, recogiéndose
silenciosamente en oración en la plaza de San Pedro y en muchos otros
lugares del mundo. Los jóvenes sentían que su muerte constituía una
pérdida: moría "su" Papa, al que consideraban "su padre" en la fe. Al
mismo tiempo, advertían que les dejaba en herencia su valor y la
coherencia de su testimonio.
¿No había subrayado muchas veces la necesidad de una adhesión
radical al Evangelio, exhortando a adultos y jóvenes a tomar en serio esta
responsabilidad educativa común? Como sabéis, yo también he querido
retomar este anhelo suyo, hablando en diversas ocasiones de la
emergencia educativa que concierne hoy a las familias, a la Iglesia, a la
sociedad y especialmente a las nuevas generaciones. En la edad del
crecimiento, los muchachos necesitan adultos capaces de proponerles
principios y valores; sienten la necesidad de personas que sepan enseñar
con la vida, antes que con las palabras, a gastarse por altos ideales.
¿Pero de dónde sacar la luz y la sabiduría para llevar a cabo esta
misión, que implica a todos en la Iglesia y en la sociedad? Ciertamente, no
basta aprovechar los recursos humanos; es necesario fiarse también y en
primer lugar de la ayuda divina. "El Señor es fiel por siempre": así hemos
rezado hace poco en el Salmo responsorial, seguros de que Dios nunca
abandona a quienes permanecen fieles a él. Esto nos recuerda el tema de la
24ª Jornada mundial de la juventud, que se celebrará a nivel diocesano el
domingo próximo. Está tomado de la primera carta de san Pablo a
Timoteo: "Hemos puesto nuestra esperanza en el Dios vivo" (1 Tm 4, 10).
El Apóstol habla en nombre de la comunidad cristiana, en nombre de
cuantos han creído en Cristo y son diversos de "los demás que no tienen
esperanza" (1 Ts 4, 13), precisamente porque esperan, es decir, tienen
confianza en el futuro, una confianza que no se basa sólo en ideas o
previsiones humanas, sino en Dios, en el "Dios vivo".
149
Queridos jóvenes, no se puede vivir sin esperar. La experiencia
muestra que todo, incluida nuestra vida misma, corre peligro, puede
derrumbarse por cualquier motivo interno o externo a nosotros, en
cualquier momento. Es normal: todo lo humano, y por tanto también la
esperanza, no tiene fundamento en sí mismo, sino que necesita una "roca"
en la cual apoyarse. Por eso, san Pablo escribe que los cristianos están
llamados a fundar la esperanza humana en el "Dios vivo". Sólo en él es
segura y fiable. Más aún, sólo Dios, que en Jesucristo nos ha revelado la
plenitud de su amor, puede ser nuestra esperanza firme, pues en él, nuestra
esperanza, hemos sido salvados (cf. Rm 8, 24).
Pero, prestad atención: en momentos como este, dado el contexto
cultural y social en que vivimos, podría ser más fuerte el riesgo de reducir
la esperanza cristiana a una ideología, a un eslogan de grupo, a un
revestimiento exterior. Nada más contrario al mensaje de Jesús. Él no
quiere que sus discípulos "representen un papel", quizás el de la
esperanza. Quiere que "sean" esperanza, y sólo pueden serlo si
permanecen unidos a él. Quiere que cada uno de vosotros, queridos
jóvenes amigos, sea una pequeña fuente de esperanza para su prójimo, y
que todos juntos seáis un oasis de esperanza para la sociedad dentro de la
cual estáis insertados.
Ahora bien, esto es posible con una condición: que viváis de él y en él,
mediante la oración y los sacramentos, como os he escrito en el Mensaje
de este año. Si las palabras de Cristo permanecen en nosotros, podemos
propagar la llama del amor que él ha encendido en la tierra; podemos
enarbolar la antorcha de la fe y de la esperanza, con la que avanzamos
hacia él, mientras esperamos su vuelta gloriosa al final de los tiempos. Es
la antorcha que el Papa Juan Pablo II nos ha dejado en herencia. Me la
entregó a mí, como sucesor suyo; y yo esta tarde la entrego idealmente,
una vez más, de un modo especial a vosotros, jóvenes de Roma, para que
sigáis siendo centinelas de la mañana, vigilantes y gozosos en esta alba del
tercer milenio. Responded generosamente al llamamiento de Cristo. En
particular, durante el Año sacerdotal que comenzará el 19 de junio
próximo, si Jesús os llama, estad prontos y dispuestos a seguirlo en el
camino del sacerdocio y de la vida consagrada.
"Este es el momento favorable, este es el día de la salvación". En la
aclamación antes del Evangelio, la liturgia nos ha exhortado a renovar
ahora —y en cada instante es "momento favorable"— nuestra decidida
voluntad de seguir a Cristo, seguros de que él es nuestra salvación.

LA ENSEÑANZA DE LA RELIGIÓN EN LAS ESCUELAS


20090425. Discurso. A un grupo de profesores de religión
Para mí es un verdadero placer encontrarme con vosotros y compartir
algunas reflexiones sobre vuestra importante presencia en el panorama
escolar y cultural italiano, así como en el seno de la comunidad cristiana.
La enseñanza de la religión católica forma parte de la historia de la
escuela en Italia, y el profesor de religión constituye una figura muy
150
importante en el claustro de profesores. Es significativo que numerosos
muchachos se mantengan en contacto con él también después de los
cursos. Además, el elevadísimo número de quienes escogen esta materia
es signo del valor insustituible que reviste en el itinerario de formación y
un índice de los altos niveles de calidad que ha alcanzado.
En un mensaje reciente, la presidencia de la Conferencia episcopal
italiana ha afirmado que "la enseñanza de la religión católica favorece la
reflexión sobre el sentido profundo de la existencia, ayudando a encontrar,
más allá de los múltiples conocimientos, un sentido unitario y una
intuición global. Esto es posible porque esa enseñanza pone en el centro a
la persona humana y su inviolable dignidad, dejándose iluminar por la
experiencia única de Jesús de Nazaret, cuya identidad trata de investigar,
pues desde hace dos mil años no deja de interrogar a los hombres".
Poner en el centro al hombre creado a imagen de Dios (cf. Gn 1, 27)
es, de hecho, lo que caracteriza diariamente vuestro trabajo, en unidad de
objetivos con los demás educadores y profesores. Con motivo de la
Asamblea eclesial de Verona, en octubre de 2006, yo mismo abordé la
"cuestión fundamental y decisiva" de la educación, indicando la exigencia
de "ensanchar los espacios de nuestra racionalidad, volver a abrirla a las
grandes cuestiones de la verdad y del bien, conjugar entre sí la teología, la
filosofía y las ciencias, respetando plenamente sus métodos propios y su
recíproca autonomía, pero siendo también conscientes de su unidad
intrínseca" (Discurso del 19 de octubre de 2006: L'Osservatore Romano,
edición en lengua española, 27 de octubre de 2006, p. 9). En efecto, la
dimensión religiosa, es intrínseca al hecho cultural, contribuye a la
formación global de la persona y permite transformar el conocimiento en
sabiduría de vida.
Vuestro servicio, queridos amigos, se sitúa precisamente en este
fundamental cruce de caminos, en el que —sin invasiones impropias y sin
confusión de papeles— se encuentran la búsqueda universal de la verdad y
el testimonio bimilenario que dan los creyentes a la luz de la fe, así como
las extraordinarias cumbres del conocimiento y del arte, conquistadas por
el espíritu humano y la fecundidad del mensaje cristiano, tan arraigado en
la cultura y la vida del pueblo italiano.
Con la plena y reconocida dignidad escolar de vuestra enseñanza,
contribuís, por una parte, a dar un alma a la escuela y, por otra, a asegurar
a la fe cristiana plena ciudadanía en los lugares de la educación y de la
cultura en general. Así pues, gracias a la enseñanza de la religión católica,
la escuela y la sociedad se enriquecen con verdaderos laboratorios de
cultura y de humanidad, en los cuales, descifrando la aportación
significativa del cristianismo, se capacita a la persona para descubrir el
bien y para crecer en la responsabilidad; para buscar el intercambio, afinar
el sentido crítico y aprovechar los dones del pasado a fin de comprender
mejor el presente y proyectarse conscientemente hacia el futuro.
La cita de hoy se enmarca también en el contexto del Año paulino. El
Apóstol de los gentiles sigue ejerciendo una gran fascinación en todos
nosotros: en él reconocemos al discípulo humilde y fiel, al valiente
151
heraldo, al genial mediador de la Revelación. Os invito a aspirar a estas
características para alimentar vuestra identidad de educadores y de
testigos en el mundo de la escuela. San Pablo, en la primera carta a los
Tesalonicenses (1 Ts 4, 9), define a los creyentes con la hermosa expresión
qeod|daktoi, es decir, "instruidos por Dios", que tienen a Dios por maestro.
En esta palabra encontramos el secreto de la educación, como recuerda
también san Agustín: "Nosotros, los que hablamos, y vosotros, los que
escucháis, reconozcámonos como fieles discípulos de un único Maestro"
(Serm. 23, 2).
Además, en la enseñanza paulina, la formación religiosa no está
separada de la formación humana. Las últimas cartas de su epistolario, las
que se llaman "pastorales", están llenas de significativas referencias a la
vida social y civil que los discípulos de Cristo deben tener muy en cuenta.
San Pablo es un verdadero "maestro" que se preocupa tanto de la
salvación de la persona educada en una mentalidad de fe, como de su
formación humana y civil, para que el discípulo de Cristo pueda
desarrollar plenamente una personalidad libre, una vivencia humana
"completa y bien preparada", que se manifiesta también en una atención
por la cultura, la profesionalidad y la competencia en los diferentes
campos del saber para beneficio de todos.
Por tanto, la dimensión religiosa no es una superestructura, sino que
forma parte de la persona, ya desde la infancia; es apertura fundamental a
los demás y al misterio que preside toda relación y todo encuentro entre
los seres humanos. La dimensión religiosa hace al hombre más hombre.
Que vuestra enseñanza, sea siempre capaz, como la de san Pablo, de abrir
a vuestros alumnos a esta dimensión de libertad y de pleno aprecio del
hombre redimido por Cristo tal como está en el proyecto de Dios,
poniendo así en práctica una verdadera caridad intelectual con numerosos
muchachos y con sus familias.
Ciertamente uno de los aspectos principales de vuestra labor de
enseñanza es la comunicación de la verdad y de la belleza de la Palabra de
Dios, y el conocimiento de la Biblia es un elemento esencial del programa
de enseñanza de la religión católica. Hay un vínculo que une la enseñanza
de la religión en la escuela y la profundización existencial de la fe, como
sucede en las parroquias y en las diferentes realidades eclesiales. Ese
vínculo está constituido por la persona misma del profesor de religión
católica; además de vuestro deber de contar con la competencia humana,
cultural y pedagógica propia de todo maestro, tenéis la vocación de dejar
traslucir que el Dios del que habláis en las aulas de clase constituye la
referencia esencial de vuestra vida. Vuestra presencia, lejos de ser una
interferencia o una limitación de la libertad, es un valioso ejemplo del
espíritu positivo de laicidad que permite promover una convivencia civil
constructiva, fundada en el respeto recíproco y en el diálogo leal, valores
que un país siempre necesita.
Como sugieren las palabras del apóstol san Pablo, que conforman el
título de vuestra cita, os deseo a todos que el Señor os dé la alegría de no
152
avergonzaros nunca de su Evangelio, la gracia de vivirlo y el anhelo de
compartir y cultivar la novedad que brota de él para la vida del mundo.

¿QUÉ SERÍA DE NUESTRA VIDA SIN LA EUCARISTÍA?


20090426. Homilía. Canonizaciones
En este tercer domingo del tiempo pascual, la liturgia pone una vez
más en el centro de nuestra atención el misterio de Cristo resucitado.
Victorioso sobre el mal y sobre la muerte, el Autor de la vida, que se
inmoló como víctima de expiación por nuestros pecados, "no cesa de
ofrecerse por nosotros, de interceder por todos; inmolado, ya no vuelve a
morir; sacrificado, vive para siempre" (Prefacio pascual,III). Dejemos que
nos inunde interiormente el resplandor pascual que irradia este gran
misterio y, con el salmo responsorial, imploremos: "Haz brillar sobre
nosotros el resplandor de tu rostro".
La luz del rostro de Cristo resucitado resplandece hoy sobre nosotros
particularmente a través de los rasgos evangélicos de los cincos beatos que
en esta celebración son inscritos en el catálogo de los santos: Arcángel
Tadini, Bernardo Tolomei, Nuno de Santa María Álvares Pereira,
Gertrudis Comensoli y Catalina Volpicelli. Las diversas vicisitudes
humanas y espirituales de estos nuevos santos nos muestran la renovación
profunda que realiza en el corazón del hombre el misterio de la
resurrección de Cristo; misterio fundamental que orienta y guía toda la
historia de la salvación. Por tanto, con razón, la Iglesia nos invita siempre,
y de modo especial en este tiempo pascual, a dirigir nuestra mirada a
Cristo resucitado, realmente presente en el sacramento de la Eucaristía.
En la página evangélica, san Lucas refiere una de las apariciones de
Jesús resucitado (cf. Lc 24, 35-48). Precisamente al inicio del pasaje, el
evangelista comenta que los dos discípulos de Emaús, habiendo vuelto de
prisa a Jerusalén, contaron a los Once cómo lo habían reconocido "al
partir el pan" (Lc 24, 35). Y, mientras estaban contando la extraordinaria
experiencia de su encuentro con el Señor, él "se presentó en medio de
ellos" (v. 36). A causa de esta repentina aparición, los Apóstoles se
atemorizaron y asustaron hasta tal punto que Jesús, para tranquilizarlos y
vencer cualquier titubeo y duda, les pidió que lo tocaran —no era una
fantasma, sino un hombre de carne y hueso—, y después les pidió algo
para comer.
Una vez más, como había sucedido con los dos discípulos de Emaús,
Cristo resucitado se manifiesta a los discípulos en la mesa, mientras come
con los suyos, ayudándoles a comprender las Escrituras y a releer los
acontecimientos de la salvación a la luz de la Pascua. Les dice: "Es
necesario que se cumpla todo lo escrito en la ley de Moisés y en los
profetas y salmos acerca de mí" (v. 44). Y los invita a mirar al futuro: "En
su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos
los pueblos" (v. 47).
153
Toda comunidad revive esta misma experiencia en la celebración
eucarística, especialmente en la dominical. La Eucaristía, lugar
privilegiado en el que la Iglesia reconoce "al autor de la vida" (cf. Hch 3,
15), es "la fracción del pan", como se llama en los Hechos de los
Apóstoles. En ella, mediante la fe, entramos en comunión con Cristo, que
es "sacerdote, víctima y altar" (cf. Prefacio pascual v) y está en medio de
nosotros. En torno a él nos reunimos para recordar sus palabras y los
acontecimientos contenidos en la Escritura; revivimos su pasión, muerte y
resurrección. Al celebrar la Eucaristía, comulgamos a Cristo, víctima de
expiación, y de él recibimos perdón y vida.
¿Qué sería de nuestra vida de cristianos sin la Eucaristía? La Eucaristía
es la herencia perpetua y viva que nos dejó el Señor en el sacramento de
su Cuerpo y su Sangre, en el que debemos reflexionar y profundizar
constantemente para que, como afirmó el venerado Papa Pablo VI, pueda
"imprimir su inagotable eficacia en todos los días de nuestra vida mortal"
(Insegnamenti, V, 1967, p. 779). Los santos a los que hoy veneramos,
alimentados con el Pan eucarístico, cumplieron su misión de amor
evangélico en los diversos campos en los que actuaron con sus carismas
peculiares.

EL SACERDOTE RECIBE SU IDENTIDAD DE CRISTO


20090503. Homilía. Ordenaciones sacerdotales Roma
Según una hermosa tradición, el domingo "del Buen Pastor" el Obispo
de Roma se reúne con su presbiterio para la ordenación de nuevos
sacerdotes de la diócesis. Cada vez es un gran don de Dios; es su gracia.
Por tanto, despertemos en nosotros un profundo sentimiento de fe y
agradecimiento al vivir esta celebración.
La Palabra de Dios que hemos escuchado nos ofrece abundantes
sugerencias para la meditación: consideraré algunas, para que pueda
proyectar una luz indeleble sobre el camino de vuestra vida y sobre
vuestro ministerio.
"Jesús es la piedra; (...) no se nos ha dado otro nombre que pueda
salvarnos" (Hch 4, 11-12). En el pasaje de los Hechos de los Apóstoles —
la primera lectura—, impresiona y hace reflexionar esta singular
"homonimia" entre Pedro y Jesús: Pedro, que recibió su nuevo nombre de
Jesús mismo, afirma que él, Jesús, es "la piedra". En efecto, la única roca
verdadera es Jesús. El único nombre que salva es el suyo. El apóstol, y por
tanto el sacerdote, recibe su propio "nombre", es decir, su propia
identidad, de Cristo. Todo lo que hace, lo hace en su nombre. Su "yo" es
totalmente relativo al "yo" de Jesús. En nombre de Cristo, y desde luego
no en su propio nombre, el apóstol puede realizar gestos de curación de
los hermanos, puede ayudar a los "enfermos" a levantarse y volver a
caminar (cf. Hch 4, 10).
En el caso de Pedro, el milagro que acaba de realizar manifiesta esto
de modo evidente. Y también la referencia a lo que dice el Salmo es
esencial: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra
154
angular" (Sal 117, 22). Jesús fue "desechado", pero el Padre lo prefirió y
lo puso como cimiento del templo de la Nueva Alianza. Así, el apóstol,
como el sacerdote, experimenta a su vez la cruz, y sólo a través de ella
llega a ser verdaderamente útil para la construcción de la Iglesia. Dios
quiere construir su Iglesia con personas que, siguiendo a Jesús, ponen toda
su confianza en Dios, como dice el mismo Salmo: "Mejor es refugiarse en
el Señor que fiarse de los hombres; mejor es refugiarse en el Señor que
fiarse de los jefes" (Sal 117, 8-9).
Al discípulo le toca la misma suerte del Maestro, que, en última
instancia, es la suerte inscrita en la voluntad misma de Dios Padre. Jesús
lo confesó al final de su vida, en la gran oración llamada "sacerdotal":
"Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido" (Jn 17,
25). También lo había afirmado antes: "Nadie conoce al Padre sino el
Hijo" (Mt 11, 27). Jesús experimentó sobre sí el rechazo de Dios por parte
del mundo, la incomprensión, la indiferencia, la desfiguración del rostro
de Dios. Y Jesús pasó el "testigo" a los discípulos: "Yo —dice también en
su oración al Padre— les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré
dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos
y yo en ellos" (Jn 17, 26).
Por eso el discípulo, y especialmente el apóstol, experimenta la misma
alegría de Jesús al conocer el nombre y el rostro del Padre; y comparte
también su mismo dolor al ver que Dios no es conocido, que su amor no
es correspondido. Por una parte exclamamos con alegría, como san Juan
en su primera carta: "Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para
llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!"; y, por otra, constatamos con
amargura: "El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él" (1 Jn 3,
1). Es verdad, y nosotros, los sacerdotes, lo experimentamos: el "mundo"
—en la acepción que tiene este término en san Juan— no comprende al
cristiano, no comprende a los ministros del Evangelio. En parte porque de
hecho no conoce a Dios, y en parte porque no quiere conocerlo. El mundo
no quiere conocer a Dios, para que no lo perturbe su voluntad, y por eso
no quiere escuchar a sus ministros; eso podría ponerlo en crisis.
Aquí es necesario prestar atención a una realidad de hecho: este
"mundo", interpretado en sentido evangélico, asecha también a la Iglesia,
contagiando a sus miembros e incluso a los ministros ordenados. Bajo la
palabra "mundo" san Juan indica y quiere aclarar una mentalidad, una
manera de pensar y de vivir que puede contaminar incluso a la Iglesia, y
de hecho la contamina; por eso requiere vigilancia y purificación
constantes. Hasta que Dios no se manifieste plenamente, sus hijos no
serán plenamente "semejantes a él" (1 Jn 3, 2). Estamos "en" el mundo y
corremos el riesgo de ser también "del" mundo, mundo en el sentido de
esta mentalidad. Y, de hecho, a veces lo somos.
Por eso Jesús, al final, no rogó por el mundo —también aquí en ese
sentido—, sino por sus discípulos, para que el Padre los protegiera del
maligno y fueran libres y diferentes del mundo, aun viviendo en el mundo
(cf. Jn 17, 9.15). En aquel momento, al final de la última Cena, Jesús
elevó al Padre la oración de consagración por los Apóstoles y por todos
155
los sacerdotes de todos los tiempos, cuando dijo: "Conságralos en la
verdad" (Jn 17, 17). Y añadió: "Por ellos me consagro yo, para que ellos
también sean consagrados en la verdad" (Jn 17, 19).
Ya comenté estas palabras de Jesús en la homilía de la Misa Crismal,
el pasado Jueves santo. Hoy me remito a esa reflexión, haciendo
referencia al evangelio del buen pastor, donde Jesús declara: "Yo doy mi
vida por las ovejas" (Jn 10, 15.17.18).
Ser sacerdote en la Iglesia significa entrar en esta entrega de Cristo,
mediante el sacramento del Orden, y entrar con todo su ser. Jesús dio la
vida por todos, pero de modo particular se consagró por aquellos que el
Padre le había dado, para que fueran consagrados en la verdad, es decir, en
él, y pudieran hablar y actuar en su nombre, representarlo, prolongar sus
gestos salvíficos: partir el Pan de la vida y perdonar los pecados. Así, el
buen Pastor dio su vida por todas las ovejas, pero la dio y la da de modo
especial a aquellas que él mismo, "con afecto de predilección", ha llamado
y llama a seguirlo por el camino del servicio pastoral.
Además, Jesús rogó de manera singular por Simón Pedro, y se
sacrificó por él, porque un día, a orillas del lago Tiberíades, debía decirle:
"Apacienta mis ovejas" (Jn 21, 16-17). De modo análogo, todo sacerdote
es destinatario de una oración personal de Cristo, y de su mismo sacrificio,
y sólo en cuanto tal está habilitado para colaborar con él en el
apacentamiento de la grey, que compete de modo total y exclusivo al
Señor.
Aquí quiero tocar un punto que me interesa de manera particular: la
oración y su relación con el servicio. Hemos visto que ser ordenado
sacerdote significa entrar de modo sacramental y existencial en la oración
de Cristo por los "suyos". De ahí deriva para nosotros, los presbíteros, una
vocación particular a la oración, en sentido fuertemente cristocéntrico:
estamos llamados a "permanecer" en Cristo —como suele repetir el
evangelista san Juan (cf. Jn 1, 35-39; 15, 4-10)—, y este permanecer en
Cristo se realiza de modo especial en la oración. Nuestro ministerio está
totalmente vinculado a este "permanecer" que equivale a orar, y de él
deriva su eficacia.
Desde esta perspectiva debemos pensar en las diversas formas de
oración de un sacerdote, ante todo en la santa misa diaria. La celebración
eucarística es el acto de oración más grande y más elevado, y constituye el
centro y la fuente de la que reciben su "savia" también las otras formas: la
liturgia de las Horas, la adoración eucarística, la lectio divina, el santo
rosario y la meditación. Todas estas formas de oración, que tienen su
centro en la Eucaristía, hacen que en la jornada del sacerdote, y en toda su
vida, se realicen las palabras de Jesús: "Yo soy el buen pastor; y conozco
mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo
conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas" (Jn 10, 14-15).
En efecto, este "conocer" y "ser conocido" en Cristo, y mediante él en
la santísima Trinidad, es la realidad más verdadera y más profunda de la
oración. El sacerdote que ora mucho, y que ora bien, se va desprendiendo
progresivamente de sí mismo y se une cada vez más a Jesús, buen Pastor y
156
Servidor de los hermanos. Al igual que él, también el sacerdote "da su
vida" por las ovejas que le han sido encomendadas. Nadie se la quita: él
mismo la da, en unión con Cristo Señor, que tiene el poder de dar su vida
y el poder de recuperarla no sólo para sí, sino también para sus amigos,
unidos a él por el sacramento del Orden. Así, la misma vida de Cristo,
Cordero y Pastor, se comunica a toda la grey mediante los ministros
consagrados.
Queridos diáconos, que el Espíritu Santo grabe esta divina Palabra,
que he comentado brevemente, en vuestro corazón, para que dé frutos
abundantes y duraderos. Lo pedimos por intercesión de los apóstoles san
Pedro y san Pablo, así como de san Juan María Vianney, el cura de Ars,
bajo cuyo patrocinio he puesto el próximo Año sacerdotal. Os lo obtenga
la Madre del buen Pastor, María santísima. En todas las circunstancias de
vuestra vida contempladla a ella, estrella de vuestro sacerdocio. Como a
los sirvientes en las bodas de Caná, también a vosotros María os repite:
"Haced lo que él os diga" (Jn 2, 5). Siguiendo el ejemplo de la Virgen, sed
siempre hombres de oración y de servicio, para llegar a ser, en el ejercicio
fiel de vuestro ministerio, sacerdotes santos según el corazón de Dios.

DIGNIDAD DE LA PERSONA Y DERECHOS HUMANOS


20090504. Discurso. Academia Pontificia de Ciencias Sociales
Después de estudiar el trabajo, la democracia, la globalización, la
solidaridad y la subsidiariedad en relación con la doctrina social de la
Iglesia, vuestra Academia ha decidido volver a la cuestión central de la
dignidad de la persona humana y de los derechos humanos, un punto de
encuentro entre la doctrina de la Iglesia y la sociedad contemporánea.
Las grandes religiones y filosofías del mundo han iluminado diversos
aspectos de estos derechos humanos, que están expresados concisamente
en "la regla de oro" que encontramos en el Evangelio: "Lo que queráis que
os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos" (Lc 6, 31; cf.
Mt 7, 12). La Iglesia ha afirmado siempre que los derechos fundamentales,
más allá de las diferentes formas en que han sido formulados y de los
diferentes grados de importancia que hayan tenido en los diversos
contextos culturales, deben ser sostenidos y reconocidos universalmente
porque son inherentes a la naturaleza misma del hombre, que ha sido
creado a imagen y semejanza de Dios.
Si todos los seres humanos han sido creados a imagen y semejanza de
Dios, en consecuencia comparten una naturaleza común que los une y que
exige respeto universal. La Iglesia, asimilando la doctrina de Cristo,
considera a la persona "lo más digno de la naturaleza" (santo Tomás de
Aquino, De potentia, 9, 3) y enseña que el orden ético y político que
regula las relaciones entre las personas tiene su origen en la estructura
misma del ser humano. El descubrimiento de América y el consiguiente
debate antropológico en la Europa de los siglos XVI y XVII llevaron a
una mayor conciencia de los derechos humanos en cuanto tales y de su
universalidad (ius gentium).
157
La época moderna ayudó a forjar la idea de que el mensaje de Cristo,
al proclamar que Dios ama a todo hombre y a toda mujer, y que todo ser
humano está llamado a amar a Dios libremente, demuestra que cada uno,
independientemente de su condición social y cultural, por naturaleza
merece libertad. Al mismo tiempo, debemos recordar siempre que "la
libertad necesita ser liberada. Cristo es su libertador" (Veritatis splendor,
86).
A mediados del siglo pasado, tras el gran sufrimiento causado por las
dos terribles guerras mundiales y por los indecibles crímenes perpetrados
por las ideologías totalitarias, la comunidad internacional adoptó un nuevo
sistema de derecho internacional basado en los derechos humanos. En
esto, parece haber actuado en conformidad con el mensaje de mi
predecesor Benedicto XV que invitó a los beligerantes de la primera
guerra mundial a "transformar la fuerza material de las armas en la fuerza
moral de la ley" ("Exhortación a los gobernantes de las naciones en
guerra", 1 de agosto de 1917).
Los derechos humanos se han convertido en punto de referencia de un
ethos universal compartido, al menos a nivel de aspiración, por la mayor
parte de la humanidad. Estos derechos han sido ratificados prácticamente
por todos los Estados del mundo. El concilio Vaticano II, en la declaración
Dignitatis humanae, así como mis predecesores Pablo VI y Juan Pablo II,
reafirmaron con vigor que el derecho a la vida y el derecho a la libertad de
conciencia y de religión han de ocupar el centro de los derechos que
brotan de la naturaleza humana misma.
Estrictamente hablando, estos derechos humanos no son verdades de
fe, aunque pueden descubrirse, y de hecho adquieren plena luz, en el
mensaje de Cristo que "manifiesta plenamente el hombre al propio
hombre" (Gaudium et spes, 22). Estos derechos reciben una confirmación
ulterior desde la fe. Con todo, es evidente que los hombres y las mujeres,
viviendo y actuando en el mundo físico como seres espirituales, perciben
la presencia penetrante de un logos que les permite distinguir no sólo entre
lo verdadero y lo falso, sino también entre el bien y el mal, entre lo mejor
y lo peor, entre la justicia y la injusticia.
Esta capacidad de discernir, esta actuación radical, permite a toda
persona descubrir la "ley natural", que no es sino una participación en la
ley eterna: "unde... lex naturalis nihil aliud est quam participatio legis
aeternae in rationali creatura" (santo Tomás de Aquino, Summa
Theologiae I-II, 91, 2). La ley natural es una guía universal que todos
pueden reconocer y sobre esta base todos pueden comprenderse y amarse
recíprocamente. Por tanto, los derechos humanos, en última instancia,
están enraizados en una participación de Dios, que ha creado a toda
persona humana con inteligencia y libertad. Si se ignora esta sólida base
ética y política, los derechos humanos se debilitan, pues quedan privados
de su fundamento.
La acción de la Iglesia en la promoción de los derechos humanos se
apoya, por consiguiente, en la reflexión racional, de modo que estos
derechos se pueden presentar a toda persona de buena voluntad,
158
independientemente de su afiliación religiosa. Sin embargo, como he
observado en mis encíclicas, por una parte, la razón humana debe ser
constantemente purificada por la fe, porque corre siempre el peligro de
cierta ceguera ética causada por las pasiones desordenadas y por el
pecado; y, por otra, dado que cada generación y cada persona debe volver
a apropiarse de los derechos humanos y la libertad humana —que procede
por elecciones libres— siempre es frágil, la persona humana necesita la
esperanza incondicional y el amor, que sólo pueden encontrarse en Dios y
que llevan a participar en la justicia y la generosidad de Dios a los demás
(cf. Deus caritas est, 18, y Spe salvi, 24).
Esta perspectiva dirige la atención hacia uno de los problemas sociales
más graves de las últimas décadas, como es la conciencia creciente —que
ha surgido en parte con la globalización y con la actual crisis económica—
de un flagrante contraste entre la atribución equitativa de derechos y el
acceso desigual a los medios para lograr esos derechos. Para los cristianos
que pedimos regularmente a Dios: "Danos hoy nuestro pan de cada día",
es una tragedia vergonzosa que la quinta parte de la humanidad pase aún
hambre. Para garantizar un adecuado abastecimiento de alimentos y la
protección de recursos vitales como el agua y la energía, todos los líderes
internacionales deben colaborar, mostrándose disponibles a trabajar de
buena fe, respetando la ley natural y promoviendo la solidaridad y la
subsidiariedad con las regiones y los pueblos más necesitados del planeta,
como la estrategia más eficaz para eliminar las desigualdades sociales
entre países y sociedades, y para aumentar la seguridad global.

LA CONTRIBUCIÓN A LA PAZ DE ORIENTE MEDIO


20090508. Discurso. Entrevista en el viaje a Tierra Santa
P. Santidad, este viaje se realiza en un período muy delicado para
Oriente Medio: hay fuertes tensiones; con ocasión de la crisis de Gaza,
incluso se había pensado que usted renunciaría a realizarlo. Al mismo
tiempo, pocos días después de su viaje, los principales responsables
políticos de Israel y de la Autoridad palestina se encontrarán con el
presidente Obama. ¿Piensa usted que podrá dar una contribución al
proceso de paz que ahora parece encallado?

R. ¡Buenos días! Ante todo quiero agradeceros el trabajo que lleváis a


cabo y desear a todos un buen viaje, una buena peregrinación, un buen
regreso. Con respecto a la pregunta, ciertamente trato de contribuir a la
paz no como individuo, sino en nombre de la Iglesia católica, de la Santa
Sede. Nosotros no somos un poder político, sino una fuerza espiritual; y
esta fuerza espiritual es una realidad que puede contribuir al progreso del
proceso de paz. Veo tres niveles. El primero: como creyentes, estamos
convencidos de que la oración es una verdadera fuerza, pues abre el
mundo a Dios. Estamos convencidos de que Dios escucha y de que puede
actuar en la historia. Creo que si millones de personas, de creyentes, rezan,
es realmente una fuerza que influye y puede contribuir a que se
159
restablezca la paz. El segundo nivel: tratamos de ayudar en la formación
de las conciencias. La conciencia es la capacidad del hombre de percibir la
verdad, pero esta capacidad a menudo está obstaculizada por intereses
particulares. Y liberar de estos intereses, abrir más a la verdad, a los
verdaderos valores, es una gran tarea; la Iglesia tiene el deber de ayudar a
conocer los verdaderos criterios, los verdaderos valores, y liberarnos de
intereses particulares. Y de este modo —tercer nivel— hablamos también
—es así— a la razón: precisamente porque no somos parte política, quizá
podemos ver más fácilmente, también a la luz de la fe, los verdaderos
criterios, ayudar a entender lo que contribuye a la paz y hablar a la razón,
apoyar las posturas realmente razonables. Y esto lo hemos hecho ya y
queremos hacerlo ahora y en el futuro.

MEDITACIÓN SOBRE MOISÉS EN EL MONTE NEBO


20090509. Discurso. Basílica del Memorial de Moisés
Es apropiado que mi peregrinación comience en este monte, donde
Moisés contempló desde lejos la Tierra prometida. El magnífico escenario
que se abre desde la explanada de este santuario nos invita a considerar
cómo la visión profética abarcaba misteriosamente el gran plan de la
salvación que Dios había preparado para su pueblo. Por eso, en el valle del
Jordán, que se extiende bajo nosotros, en la plenitud de los tiempos Juan
Bautista vino a preparar el camino del Señor. En las aguas del río Jordán
Jesús, después de ser bautizado por Juan, fue revelado como Hijo
predilecto del Padre y, ungido por el Espíritu Santo, inauguró su ministerio
público. También desde el Jordán se difundió el Evangelio, primero
mediante la predicación y los milagros de Cristo, y luego, después de su
resurrección y de la venida del Espíritu en Pentecostés, fue llevado por sus
discípulos hasta los confines de la tierra.
Aquí, en las alturas del monte Nebo, la memoria de Moisés nos invita
a "elevar los ojos" para abrazar con gratitud no sólo las grandes hazañas
realizadas por Dios en el pasado, sino también para mirar con fe y
esperanza al futuro que él nos tiene reservado a nosotros y al mundo
entero. Como Moisés, también nosotros hemos sido llamados por nuestro
nombre, invitados a emprender un éxodo diario desde el pecado y la
esclavitud hacia la vida y la libertad, y se nos da una promesa
inquebrantable para orientar nuestro camino.
En las aguas del Bautismo hemos pasado de la esclavitud del pecado a
una nueva vida y a una nueva esperanza. En la comunión de la Iglesia,
Cuerpo de Cristo, gozamos anticipadamente de la visión de la ciudad
celestial, la nueva Jerusalén, en la que Dios será todo en todos. Desde este
santo monte Moisés orienta nuestra mirada hacia lo alto, hacia el
cumplimiento de todas las promesas de Dios en Cristo.
Moisés contempló desde lejos la Tierra prometida, al final de su
peregrinación terrena. Su ejemplo nos recuerda que también nosotros
formamos parte de la peregrinación sin tiempo del pueblo de Dios a lo
largo de la historia. Siguiendo las huellas de los profetas, de los Apóstoles
160
y de los santos, estamos llamados a caminar con el Señor, a proseguir su
misión, a dar testimonio del Evangelio del amor y de la misericordia
universales de Dios.
Estamos llamados a acoger la venida del reino de Cristo mediante
nuestra caridad, nuestro servicio a los pobres y nuestros esfuerzos por ser
levadura de reconciliación, de perdón y de paz en el mundo que nos rodea.
Sabemos que, como Moisés, en el arco de nuestra vida no veremos el
pleno cumplimiento del plan de Dios; y, sin embargo, confiamos en que,
haciendo lo poco que está de nuestra parte, con la fidelidad a la vocación
que cada uno ha recibido, contribuiremos a preparar los caminos del Señor
y acoger el alba de su Reino. Sabemos que el Dios que reveló su nombre a
Moisés como prenda de que estaría siempre con nosotros (cf.Ex 3, 14) nos
dará la fuerza para perseverar en gozosa esperanza incluso entre
sufrimientos, pruebas y tribulaciones.
Ya desde los primeros tiempos, los cristianos han venido en
peregrinación a los lugares vinculados a la historia del pueblo elegido, a
los acontecimientos de la vida de Cristo y de la Iglesia naciente. Esta gran
tradición, que mi peregrinación quiere continuar y confirmar, se basa en el
deseo de ver, tocar y gustar en oración y en contemplación los lugares
bendecidos por la presencia física de nuestro Salvador, de su Madre
bendita, de los Apóstoles y de los primeros discípulos, que lo vieron
resucitado de entre los muertos.
Aquí, siguiendo las huellas de los innumerables peregrinos que nos
han precedido a lo largo de los siglos, nos sentimos impulsados a apreciar
más plenamente el don de nuestra fe y a crecer en la comunión que
trasciende todo límite de lengua, raza y cultura.

LA CIENCIA NECESITA DE LA SABIDURÍA


20090509. Discurso. Bendición Universidad de Madaba
Para mí es una gran alegría bendecir la primera piedra de la
Universidad de Madaba. (…) Felicito a los promotores de esta nueva
institución por confiar con valentía en la buena educación como primer
paso para el desarrollo personal y para la paz y el progreso en la región.
En este contexto la Universidad de Madaba seguramente tendrá presentes
tres objetivos importantes. Al desarrollar los talentos y las nobles aptitudes
de las sucesivas generaciones de alumnos, los preparará para servir a la
comunidad más amplia y elevar su nivel de vida. Transmitiendo el
conocimiento e infundiendo en los alumnos el amor a la verdad,
promoverá en gran medida su adhesión a los valores sólidos y su libertad
personal. Por último, esta misma formación intelectual afinará su espíritu
crítico, disipará su ignorancia y sus prejuicios, y les ayudará a romper los
hechizos creados por ideologías antiguas y nuevas.
Este proceso tendrá como resultado una universidad que no sólo sea
tribuna para consolidar la adhesión a la verdad y a los valores de una
cultura determinada, sino también un lugar de entendimiento y de diálogo.
Mientras asimilan su herencia cultural, los jóvenes de Jordania y los
161
demás estudiantes de la región podrán adquirir un conocimiento más
profundo de las conquistas culturales de la humanidad, se enriquecerán
con otros puntos de vista y se formarán en la comprensión, la tolerancia y
la paz.
Este tipo de educación "más amplia" es lo que se espera de las
instituciones de educación superior y de su contexto cultural, tanto secular
como religioso. En realidad, la fe en Dios no suprime la búsqueda de la
verdad; al contrario, la estimula. San Pablo exhortaba a los primeros
cristianos a abrir su mente a "todo cuanto hay de verdadero, de noble, de
justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa
digna de elogio" (Flp 4, 8).
Desde luego, la religión, como la ciencia y la tecnología, la filosofía y
cualquier otra expresión de nuestra búsqueda de la verdad, puede
corromperse. La religión se desfigura cuando se la obliga a ponerse al
servicio de la ignorancia o del prejuicio, del desprecio, la violencia y el
abuso. En este caso no sólo se da una perversión de la religión, sino
también una corrupción de la libertad humana, un estrechamiento y
oscurecimiento de la mente.
Evidentemente, ese desenlace no es inevitable. No cabe duda de que,
cuando promovemos la educación, proclamamos nuestra confianza en el
don de la libertad. El corazón humano se puede endurecer por los límites
de su ambiente, por intereses y pasiones. Pero toda persona también está
llamada a la sabiduría y a la integridad, a la elección más importante y
fundamental de todas: la del bien sobre el mal, de la verdad sobre la
injusticia, y se la puede ayudar en esa tarea.
La persona genuinamente religiosa percibe la llamada a la integridad
moral, dado que al Dios de la verdad, del amor y de la belleza no se le
puede servir de ninguna otra manera. La fe madura en Dios sirve en gran
medida para guiar la adquisición y la correcta aplicación del
conocimiento. La ciencia y la tecnología brindan beneficios
extraordinarios a la sociedad y han mejorado mucho la calidad de vida de
muchos seres humanos. No cabe duda de que esta es una de las esperanzas
de cuantos promueven esta Universidad, cuyo lema es Sapientia et
Scientia.
Al mismo tiempo, la ciencia tiene sus límites. No puede dar respuesta
a todos los interrogantes que atañen al hombre y su existencia. En
realidad, la persona humana, su lugar y su finalidad en el universo, no
puede contenerse dentro de los confines de la ciencia. «La naturaleza
intelectual de la persona humana se perfecciona y debe perfeccionarse por
medio de la sabiduría, que atrae con suavidad la mente del hombre a la
búsqueda y al amor de la verdad y el bien» (Gaudium et spes, 15).
El uso del conocimiento científico necesita la luz orientadora de la
sabiduría ética. Esa es la sabiduría que ha inspirado el juramento de
Hipócrates, la Declaración universal de derechos humanos de 1948, la
Convención de Ginebra y otros laudables códigos internacionales de
conducta. Por tanto, la sabiduría religiosa y ética, al responder a los
interrogantes sobre el sentido y el valor, desempeñan un papel central en
162
la formación profesional. En consecuencia, las universidades donde la
búsqueda de la verdad va unida a la búsqueda de lo que hay de bueno y
noble prestan un servicio indispensable a la sociedad.
Con estos pensamientos en la mente, animo de modo especial a los
estudiantes cristianos de Jordania y de las regiones vecinas a dedicarse
con responsabilidad a una adecuada formación profesional y moral. Estáis
llamados a ser constructores de una sociedad justa y pacífica, compuesta
de personas de diversas tradiciones religiosas y étnicas. Esas realidades —
deseo subrayarlo una vez más— no deben llevar a la división, sino a un
enriquecimiento mutuo. La misión y la vocación de la Universidad de
Madaba es precisamente ayudaros a participar más plenamente en esta
noble tarea.

LA RELIGIÓN NO SE OPONE A LA RAZÓN: LA REFUERZA


20090509. Discurso. Encuentro con líderes musulmanes
Lugares de culto, como esta estupenda mezquita de Al-Hussein bin
Talal, dedicada al venerado rey difunto, destacan como joyas sobre la
superficie de la tierra. Todas, tanto las antiguas como las modernas, tanto
las espléndidas como las humildes, hacen referencia a lo divino, al Único
Trascendente, al Omnipotente. Y, a través de los siglos, estos santuarios
han atraído a hombres y mujeres dentro de su espacio sagrado para hacer
una pausa, para rezar, para ponerse en la presencia del Omnipotente, así
como para reconocer que todos somos criaturas suyas.
Por este motivo no podemos menos de preocuparnos por el hecho de
que hoy, cada vez con mayor insistencia, algunos creen que la religión ha
fracasado en su aspiración a ser, por su misma naturaleza, constructora de
unidad y de armonía, expresión de comunión entre personas y con Dios.
De hecho, algunos afirman que la religión es necesariamente una causa de
división en el mundo; y por eso afirman que cuanta menor atención se
preste a la religión en la esfera pública, tanto mejor. Por desgracia, no se
puede negar la contradicción de las tensiones y divisiones entre seguidores
de diferentes tradiciones religiosas. Sin embargo, ¿no sucede con
frecuencia que la manipulación ideológica de la religión, en ocasiones con
fines políticos, es el auténtico catalizador de las tensiones y divisiones y
con frecuencia también de la violencia en la sociedad?
Ante esta situación, en la que los opositores de la religión no sólo
tratan de acallar su voz sino de sustituirla con la suya, se experimenta de
una manera más aguda la necesidad de que los creyentes sean fieles a sus
principios y creencias. Musulmanes y cristianos, precisamente a causa del
peso de nuestra historia común a menudo marcada por incomprensiones,
tienen que esforzarse hoy por ser conocidos y reconocidos como
adoradores de Dios, fieles a la oración, deseosos de comportarse y vivir
según las disposiciones del Omnipotente, misericordiosos y compasivos,
coherentes para dar testimonio de todo lo que es verdadero y bueno,
recordando siempre el origen común y la dignidad de toda persona
163
humana, que constituye la cumbre del designio creador de Dios para el
mundo y para la historia.
(…) Estas iniciativas llevan claramente a un mayor conocimiento
recíproco y promueven un respeto cada vez mayor tanto por lo que
tenemos en común como por lo que comprendemos de manera diferente.
Por tanto, deberían llevar a cristianos y musulmanes a sondear aún más
profundamente la relación esencial entre Dios y su mundo, de manera que
juntos podamos movilizarnos para que la sociedad esté en armonía con el
orden divino.
Hoy deseo mencionar una tarea que he presentado en varias ocasiones
y que creo firmemente que los cristianos y los musulmanes pueden asumir,
en particular a través de su contribución a la enseñanza y la investigación
científica, así como al servicio de la sociedad. Esta tarea es el desafío de
cultivar para el bien, en el contexto de la fe y de la verdad, el gran
potencial de la razón humana. De hecho, los cristianos describen a Dios,
entre otras maneras, como Razón creativa, que ordena y guía al mundo. Y
Dios nos da la capacidad de participar en esta Razón y así actuar según el
bien. Los musulmanes adoran a Dios, Creador del cielo y de la tierra, que
ha hablado a la humanidad. Y como creyentes en el único Dios, sabemos
que la razón humana es en sí misma don de Dios, y se eleva al nivel más
elevado cuando es iluminada por la luz de la verdad de Dios.
En realidad, cuando la razón humana permite humildemente ser
purificada por la fe, no se debilita; al contrario, se refuerza al resistir a la
presunción de ir más allá de sus propios límites. De esta manera, la razón
humana se refuerza en el empeño de perseguir su noble objetivo de servir
a la humanidad, manifestando nuestras aspiraciones comunes más íntimas,
ampliando el debate público, en vez de manipularlo o restringirlo. Por
tanto, la adhesión genuina a la religión, en vez de restringir nuestra mente,
amplía el horizonte de la comprensión humana. Protege a la sociedad civil
de los excesos de un ego incontrolable, que tiende a hacer absoluto lo
finito y a eclipsar lo infinito; asegura que la libertad se ejerza en
consonancia con la verdad; y enriquece la cultura con el conocimiento de
lo que concierne a todo lo que es verdadero, bueno y bello.
Esta comprensión de la razón, que lleva continuamente a la mente
humana más allá de sí misma en la búsqueda de lo Absoluto, plantea un
desafío: implica un sentido tanto de esperanza como de prudencia.
Cristianos y musulmanes, juntos, están llamados a buscar todo lo que es
justo y recto. Estamos comprometidos a superar nuestros intereses
particulares y alentar a los demás, en particular a los administradores y
líderes sociales, a hacer lo mismo para experimentar la profunda
satisfacción de servir al bien común, incluso en detrimento del bien
personal. Se nos recuerda que precisamente porque nuestra dignidad
humana constituye el origen de los derechos humanos universales, estos
valen para todo hombre y mujer, sin distinción de grupos religiosos,
sociales o étnicos. A este respecto, debemos subrayar que el derecho a la
libertad religiosa va más allá de la cuestión del culto e incluye el derecho,
164
especialmente de las minorías, a un justo acceso al mercado del empleo y
a las demás esferas de la vida civil.
Distinguidos amigos, confío en que los sentimientos que he expresado
hoy nos dejen con una renovada esperanza en el futuro. El amor y el deber
ante el Omnipotente no se manifiestan sólo en el culto, sino también en el
amor y en la preocupación por los niños y los jóvenes -vuestras familias- y
por todos los ciudadanos de Jordania. Por ellos trabajáis y por ellos ponéis
en el centro de las instituciones, de las leyes y de las funciones de la
sociedad el bien de toda persona humana. Que la razón, ennoblecida y
hecha humilde por la grandeza de la verdad de Dios, siga plasmando la
vida y las instituciones de esta nación, a fin de que las familias florezcan y
que todos vivan en paz, contribuyendo y al mismo tiempo recurriendo a la
cultura que unifica a este gran reino.

LA PRIMERA PIEDRA ES SÍMBOLO DE CRISTO


20090510. Discurso. Bendición primeras piedras de iglesias
Con gran alegría espiritual vengo a bendecir las primeras piedras de las
dos iglesias católicas que se construirán al lado del río Jordán, un lugar
marcado por muchos acontecimientos memorables en la historia bíblica.
El profeta Elías, tesbita, procedía de esta región, que no está lejos del
norte de Galaad. Aquí cerca, frente a Jericó, las aguas del Jordán se
abrieron ante Elías, a quien el Señor se llevó en un carro de fuego (cf. 2 R
2, 9-12). Aquí el Espíritu del Señor llamó a Juan, hijo de Zacarías, a
predicar la conversión de los corazones. Juan Evangelista enmarcó
también en esta zona el encuentro entre el Bautista y Jesús, que en su
bautismo fue "ungido" por el Espíritu de Dios, el cual bajó en forma de
paloma, y fue proclamado Hijo predilecto del Padre (cf. Jn 1, 28; Mc 1, 9-
11).
La primera piedra de una iglesia es símbolo de Cristo. La Iglesia se
apoya en Cristo, está sostenida por él y no se puede separar de él. Él es el
único cimiento de toda comunidad cristiana, la piedra viva, rechazada por
los constructores pero preciosa a los ojos de Dios y elegida por él como
piedra angular (cf. 1 P 2, 4-5.7). Con él también nosotros somos piedras
vivas para la construcción del edificio espiritual, morada de Dios (cf Ef 2,
20-22; 1 P 2, 5). San Agustín solía hacer referencia al misterio de la
Iglesia como Christus totus, el Cristo total, el Cuerpo de Cristo pleno y
completo, Cabeza y miembros. Esta es la realidad de la Iglesia: es Cristo y
nosotros, Cristo con nosotros. Él es con nosotros como la vid con sus
sarmientos (cf. Jn 15, 1-8). La Iglesia es en Cristo una comunidad de vida
nueva, una realidad dinámica de gracia que brota de él. A través de la
Iglesia, Cristo purifica nuestro corazón, ilumina nuestra mente, nos une
con el Padre y, en el único Espíritu, nos impulsa a la práctica diaria del
amor cristiano. Confesamos esta gozosa realidad como Iglesia una, santa,
católica, y apostólica.
Entramos en la Iglesia por el bautismo. La memoria del bautismo de
Cristo está muy presente ante nosotros en este lugar. Jesús se puso en la
165
fila con los pecadores y aceptó el bautismo de penitencia de Juan como un
signo profético de su pasión, muerte y resurrección para el perdón de los
pecados. A lo largo de los siglos, numerosos peregrinos han venido al
Jordán buscando la purificación, renovar su fe y estar más cerca del Señor.
Así lo hizo la peregrina Egeria, que dejó un escrito sobre su visita al final
del siglo IV. El sacramento del Bautismo, que saca su poder de la muerte y
resurrección de Cristo, será apreciado particularmente por las
comunidades cristianas que se reunirán en las iglesias que se van a
construir. Que el Jordán os recuerde siempre que habéis sido lavados en
las aguas del Bautismo y que os habéis convertido en miembros de la
familia de Jesús. Vuestra vida, por obediencia a su Palabra, se transforma
en su imagen y semejanza. Al esforzaros por ser fieles a vuestro
compromiso bautismal de conversión, testimonio y misión, sabed que
contáis con la fuerza del don del Espíritu Santo.
Queridos hermanos y hermanas, que la contemplación orante de estos
misterios os llene de alegría espiritual y de valentía moral. Con el apóstol
san Pablo, os exhorto a crecer en toda la gama de nobles actitudes que se
conocen con el nombre bendito de agape, amor cristiano (cf. 1 Co 13, 1-
13).

NUNCA SE PUEDE BORRAR EL NOMBRE DE UN SER HUMANO


20090511. Discurso. Jerusalén. Memorial de Yad Vashem
«Yo he de darles en mi casa y en mis muros un memorial y un
nombre... Les daré un nombre indeleble» (Is 56, 5).
Este pasaje del libro del profeta Isaías presenta dos frases sencillas que
expresan de manera solemne el significado profundo de este lugar
venerado: yad, "memorial"; shem, "nombre". He venido aquí para
detenerme en silencio ante este monumento, erigido para honrar la
memoria de los millones de judíos asesinados en la horrenda tragedia del
Holocausto. Perdieron la vida, pero no perderán nunca sus nombres: están
indeleblemente grabados en el corazón de sus seres queridos, de sus
compañeros de prisión que sobrevivieron, y de quienes están decididos a
no permitir nunca que un horror semejante vuelva a deshonrar a la
humanidad. Sus nombres están grabados para siempre, sobre todo, en la
memoria de Dios omnipotente.
Se puede despojar al vecino de sus posesiones, sus oportunidades o su
libertad; se puede tejer una insidiosa red de mentiras para convencer a
otros de que ciertos grupos no merecen respeto; y, sin embargo, por más
que se esfuerce, nunca se puede borrar el nombre de otro ser humano.
La Sagrada Escritura nos enseña la importancia del nombre cuando se
le confía a una persona una misión única o un don especial. A Abram Dios
lo llamó "Abraham", porque debía convertirse en "el padre de muchos
pueblos" (Gn 17, 5). Jacob fue llamado "Israel", porque había "luchado
contra Dios y contra los hombres y había vencido" (cf. Gn 32, 29). Los
nombres conservados en este venerado monumento tendrán para siempre
un lugar sagrado entre los innumerables descendientes de Abraham. Como
166
le sucedió a él, también la fe de ellos fue probada. Como sucedió a Jacob,
también ellos quedaron involucrados en la lucha por discernir los
designios del Omnipotente. Que los nombres de estas víctimas no se
borren nunca. Que nunca se niegue, disminuya u olvide sus sufrimientos.
Y que toda persona de buena voluntad vigile para desarraigar del corazón
del hombre todo lo que pueda llevar a tragedias semejantes.
La Iglesia católica, comprometida en las enseñanzas de Jesús y
decidida a imitar su amor a toda persona, siente profunda compasión por
las víctimas aquí recordadas. Del mismo modo, está cerca de quienes hoy
sufren persecución a causa de la raza, el color, la condición de vida o la
religión. Siente como propios sus sufrimientos y hace suyo su anhelo de
justicia. Como Obispo de Roma y Sucesor del apóstol Pedro reafirmo,
como mis predecesores, el compromiso de la Iglesia de orar y actuar sin
descanso para asegurar que nunca vuelva a reinar el odio en el corazón de
los hombres. El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob es el Dios de la paz
(cf. Sal 85, 9).
Las Escrituras enseñan que tenemos el deber de recordar al mundo que
este Dios vive, aunque en ocasiones nos resulte difícil comprender sus
caminos misteriosos e inescrutables. Él se reveló a sí mismo y sigue
actuando en la historia humana. Sólo él gobierna el mundo con justicia y
juzga las naciones con rectitud (cf. Sal 9, 9).
Al contemplar los rostros reflejados en el estanque silencioso de este
memorial, no podemos menos de recordar que cada uno de ellos tiene un
nombre. Sólo puedo imaginar la alegre expectativa de sus padres, mientras
esperaban con ansia el nacimiento de sus hijos. ¿Qué nombre le
pondremos a este hijo? ¿Qué será de él o de ella? ¿Quién hubiera podido
imaginar que serían condenados a un destino tan deplorable?
Mientras estamos aquí, en silencio, su grito sigue resonando en nuestro
corazón. Es un grito que se eleva contra todo acto de injusticia y de
violencia. Es una condena perenne de todo derramamiento de sangre
inocente. Es el grito de Abel, que se eleva desde la tierra hacia el
Omnipotente. Al profesar nuestra inquebrantable confianza en Dios,
damos voz a ese grito con las palabras del libro de las Lamentaciones,
lleno de significado tanto para judíos como para cristianos.
«El amor del Señor no se ha acabado, ni se ha agotado su ternura; cada
mañana se renuevan: grande es tu lealtad. Mi porción es el Señor, dice mi
alma, por eso en él espero. Bueno es el Señor con el que en él espera, con
el alma que le busca. Bueno es esperar en silencio la salvación del Señor»
(Lm 3, 22-26).
Queridos amigos, estoy profundamente agradecido tanto a Dios como
a vosotros por la oportunidad de estar aquí, en silencio: un silencio para
recordar, un silencio para orar, un silencio para esperar.

LA CONTRIBUCIÓN DE LA RELIGIÓN A LAS CULTURAS


20090511. Discurso. Jerusalén. Auditorio Nuestra Señora
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"El Señor dijo a Abram: "Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu
padre, y ve a la tierra que yo te mostraré". Marchó, pues, Abram (...),
tomando a Sara, su mujer" (cf. Gn 12, 1-5). La irrupción de la llamada de
Dios, que marca el inicio de la historia de nuestras tradiciones religiosas,
se escuchó en medio de la vida ordinaria de un hombre. Y la historia que
de ahí derivó no se plasmó en el aislamiento, sino a través del encuentro
con las culturas egipcia, hitita, sumeria, babilónica, persa y griega.
La fe siempre se vive dentro de una cultura. La historia de la religión
nos muestra que una comunidad de creyentes avanza por grados de
fidelidad a Dios, tomando de la cultura que encuentra y plasmándola. Esta
misma dinámica se realiza en cada uno de los creyentes de las tres grandes
tradiciones monoteístas: en sintonía con la voz de Dios, como Abraham,
respondemos a su llamada y partimos buscando el cumplimiento de sus
promesas, esforzándonos por obedecer su voluntad, trazando un sendero
en nuestra cultura particular.
Hoy, alrededor de cuatro mil años después de Abraham, el encuentro
de religiones con la cultura no se realiza meramente en un plano
geográfico. Algunos aspectos de la globalización, y en particular el mundo
de internet, han creado una amplia cultura virtual, cuyo valor es tan
variado como sus innumerables manifestaciones. No cabe duda de que es
mucho lo que se ha logrado para crear un sentido de cercanía y de unidad
dentro de la familia humana universal. Sin embargo, al mismo tiempo, la
cantidad ilimitada de portales a través de los cuales las personas tienen
fácil acceso a fuentes indiscriminadas de información puede convertirse
fácilmente en instrumento de creciente fragmentación: la unidad del
conocimiento se fragmenta y a veces no se aplican o se descuidan las
complejas habilidades de crítica, discernimiento y discriminación
aprendidas de las tradiciones académicas y éticas.
La pregunta que surge entonces espontáneamente es: ¿qué
contribución da la religión a las culturas del mundo para contrarrestar los
efectos negativos de una globalización tan rápida? Mientras muchos se
dedican a señalar las diferencias notorias que existen entre las religiones,
nosotros, como creyentes o personas religiosas, tenemos el desafío de
proclamar con claridad lo que tenemos en común.
El primer paso de Abraham en la fe, y nuestros pasos hacia —o desde
— la sinagoga, la iglesia, la mezquita o el templo, recorren el sendero de
nuestra historia humana avanzando —podríamos decir— hacia la
Jerusalén eterna (cf. Ap 21, 23). Asimismo, cada cultura, con su capacidad
propia de dar y recibir, da expresión a la única naturaleza humana. Sin
embargo, lo que es propio del individuo nunca se expresa plenamente a
través de su cultura, sino que lo trasciende en la búsqueda constante de
algo que está más allá.
Desde esta perspectiva, queridos amigos, vemos la posibilidad de una
unidad que no depende de la uniformidad. Aunque las diferencias que
analizamos en el diálogo interreligioso a veces pueden parecer barreras,
no deben oscurecer el sentido común de temor reverencial y de respeto por
lo universal, por lo absoluto y por la verdad, que impulsa a las personas
168
religiosas ante todo a entablar relaciones unas con otras. En efecto, es
común la convicción de que estas realidades trascendentes tienen su fuente
—y llevan sus huellas— en el Omnipotente, que los creyentes ponen ante
los demás, ante nuestras organizaciones, nuestra sociedad y nuestro
mundo. De este modo, no sólo enriquecemos la cultura, sino también la
modelamos: las vidas de fidelidad religiosa reflejan la irruptora presencia
de Dios y así forman una cultura no definida por límites del tiempo o de
lugar, sino fundamentalmente plasmada por los principios y las acciones
que provienen de la fe.
La fe religiosa presupone la verdad. El que cree busca la verdad y vive
según ella. Aunque el medio por el cual comprendemos el descubrimiento
y la comunicación de la verdad en parte es diferente de religión a religión,
no debemos desalentarnos en nuestros esfuerzos por dar testimonio de la
fuerza de la verdad. Juntos podemos proclamar que Dios existe y puede
ser conocido, que la tierra es creación suya, que nosotros somos sus
criaturas, y que él llama a cada hombre y a cada mujer a un estilo de vida
que respete su plan para el mundo.
Amigos, si creemos tener un criterio de juicio y de discernimiento
divino en su origen y destinado a toda la humanidad, entonces no
podemos cansarnos de procurar que ese conocimiento influya en la vida
civil. La verdad debe ser ofrecida a todos; está destinada a todos los
miembros de la sociedad. Arroja luz sobre los fundamentos de la
moralidad y de la ética, e infunde en la razón la fuerza para superar sus
propios límites a fin de dar expresión a nuestras aspiraciones comunes
más profundas. Lejos de amenazar la tolerancia de las diferencias o la
pluralidad cultural, la verdad posibilita el consenso, hace que el debate
público se mantenga razonable, honrado y justificable, y abre el camino a
la paz. Promoviendo el deseo de obedecer a la verdad, de hecho ensancha
nuestro concepto de razón y su ámbito de aplicación, y hace posible el
diálogo genuino de las culturas y las religiones, tan urgentemente
necesario hoy.
Cada uno de los que estamos aquí presentes sabe también que hoy la
voz de Dios se escucha menos claramente, y que la razón misma se ha
hecho sorda a lo divino en numerosas situaciones. Con todo, ese "vacío"
no es un vacío de silencio; es el ruido de pretensiones egoístas, de
promesas vacías y de falsas esperanzas, que con tanta frecuencia invaden
el espacio mismo en el que Dios nos busca. Entonces ¿podemos crear
espacios, oasis de paz y de reflexión profunda, en los que se pueda volver
a escuchar la voz de Dios, en los que su verdad se pueda descubrir dentro
de la universalidad de la razón, en los que cada individuo,
independientemente del lugar donde habita, de su grupo étnico, de su
afiliación política o de su fe religiosa, pueda ser respetado como persona,
como ser humano, como un semejante?
En una época de acceso inmediato a la información y de tendencias
sociales que generan una especie de cultura uniforme, una reflexión
profunda que contraste el alejamiento de la presencia de Dios fortalecerá
169
la razón, estimulará el genio creativo, facilitará la valoración crítica de las
costumbres culturales y sostendrá el valor universal de la fe religiosa.
Estimados amigos, las instituciones y grupos que representáis están
comprometidos en el diálogo interreligioso y en la promoción de
iniciativas culturales en una vasta gama de niveles. Desde instituciones
académicas —y aquí quiero mencionar en particular las excepcionales
conquistas de la Universidad de Belén— hasta grupos de padres con
dificultades, desde iniciativas de música y artes hasta el ejemplo valiente
de madres y padres ordinarios, desde grupos de diálogo formal hasta
organizaciones caritativas, demostráis diariamente vuestra convicción de
que nuestro deber ante Dios no sólo se expresa en el culto, sino también
en el amor y en la solicitud por la sociedad, por la cultura, por nuestro
mundo y por todos los que viven en esta tierra.
Algunos quisieran hacernos creer que nuestras diferencias son
necesariamente causa de división y que, por tanto, al máximo habría que
tolerarlas. Otros, incluso, sostienen que nuestras voces simplemente deben
silenciarse. Pero nosotros sabemos que nuestras diferencias nunca deben
presentarse indebidamente como una fuente inevitable de fricción o de
tensión sea entre nosotros sea, en un ámbito más amplio, en la sociedad.
Por el contrario, ofrecen a personas de diversas religiones una
espléndida oportunidad para convivir en profundo respeto, estima y
aprecio, animándose unos a otros por los caminos de Dios. Ojalá que,
impulsados por el Omnipotente e iluminados por su verdad, sigáis
caminando con valentía, respetando todo lo que nos diferencia y
promoviendo todo lo que nos une como criaturas bendecidas con el deseo
de llevar esperanza a nuestras comunidades y al mundo.
Que Dios nos guíe por este camino.

VIDA CRISTIANA: ACEPTACIÓN DEL AMOR TRANSFORMADOR


20090512. Regina Coeli. Ordinarios Tierra Santa. En el Cenáculo
"Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al
Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó
hasta el extremo" (Jn 13, 1). El Cenáculo recuerda la última Cena de
nuestro Señor con Pedro y los demás Apóstoles e invita a la Iglesia a una
contemplación orante. Con estos sentimientos nos encontramos juntos, el
Sucesor de Pedro con los sucesores de los Apóstoles, en el mismo lugar
donde Jesús con la ofrenda de su cuerpo y de su sangre reveló las nuevas
profundidades de la alianza de amor establecida entre Dios y su pueblo.
En el Cenáculo el misterio de gracia y salvación, del que somos
destinatarios y también heraldos y ministros, sólo se puede expresar en
términos de amor. Dado que él nos ha amado primero y sigue amándonos,
podemos responder con amor (cf. Deus caritas est, 2). Nuestra vida
cristiana no es simplemente un esfuerzo humano por vivir las exigencias
del Evangelio que se nos imponen como deberes. La Eucaristía nos
introduce en el misterio del amor divino. Nuestra vida se convierte en una
aceptación agradecida, dócil y activa de la fuerza de un amor que se nos
170
ha dado. Este amor transformador, que es gracia y verdad (cf. Jn 1, 17),
nos invita a superar, individualmente y como comunidad, la tentación de
replegarnos sobre nosotros mismos en el egoísmo, la indolencia, el
aislamiento, el prejuicio o el miedo, y a entregarnos generosamente al
Señor y a los demás. Nos lleva como comunidad cristiana a ser fieles a
nuestra misión con franqueza y valentía (cf. Hch 4, 13). En el buen Pastor,
que da su vida por su rebaño, en el Maestro que lava los pies a sus
discípulos, mis queridos hermanos, encontráis el modelo de vuestro
ministerio al servicio de nuestro Dios que promueve el amor y la
comunión.

TODOS NECESITAMOS VOLVER A NAZARET


20090514. Homilía. Nazaret, Monte del Precipicio
Como dijo aquí el Papa Pablo VI, todos necesitamos volver a Nazaret
para contemplar de nuevo el silencio y el amor de la Sagrada Familia,
modelo de toda vida familiar cristiana. Aquí, a ejemplo de María, José y
Jesús, podemos apreciar aún más plenamente el carácter sagrado de la
familia que, en el plan de Dios, se basa en la fidelidad de un hombre y una
mujer, para toda la vida, consagrada por la alianza conyugal y abierta al
don divino de nuevas vidas. ¡Cuánta necesidad tienen los hombres y
mujeres de nuestro tiempo de volver a apropiarse de esta verdad
fundamental, que constituye la base de la sociedad! y ¡cuán importante es
el testimonio de los matrimonios para la formación de conciencias
maduras y la construcción de la civilización del amor!
En la primera lectura de hoy, tomada del libro del Sirácida (Si 3, 3-
7.14-17), la Palabra de Dios presenta a la familia como la primera escuela
de sabiduría, una escuela que educa a sus miembros en la práctica de las
virtudes que llevan a una felicidad auténtica y duradera. En el plan de
Dios para la familia, el amor de los cónyuges produce el fruto de nuevas
vidas, y se manifiesta cada día en los esfuerzos amorosos de los padres
para impartir a sus hijos una formación integral, humana y espiritual. En la
familia a cada persona —tanto al niño más pequeño como al familiar más
anciano— se la valora por sí misma, y no se la ve meramente como un
medio para otros fines. Aquí empezamos a vislumbrar algo del papel
esencial de la familia como primera piedra de la construcción de una
sociedad bien ordenada y acogedora. Además logramos apreciar, dentro de
la sociedad en general, el deber del Estado de apoyar a las familias en su
misión educadora, de proteger la institución de la familia y sus derechos
naturales, y de asegurar que todas las familias puedan vivir y florecer en
condiciones de dignidad.
El apóstol san Pablo, escribiendo a los Colosenses, habla
instintivamente de la familia cuando quiere ilustrar las virtudes que
edifican "el único cuerpo", que es la Iglesia. Como "elegidos de Dios,
santos y amados", estamos llamados a vivir en armonía y en paz los unos
con los otros, mostrando sobre todo magnanimidad y perdón, con el amor
como el vínculo mayor de perfección (cf. Col 3, 12-14). Como en la
171
alianza conyugal el amor del hombre y de la mujer es elevado por la
gracia hasta convertirse en participación y expresión del amor de Cristo y
de la Iglesia (cf. Ef 5, 32), así también la familia, fundada en el amor, está
llamada a ser una "iglesia doméstica", un lugar de fe, de oración y de
solicitud amorosa por el bien verdadero y duradero de cada uno de sus
miembros.
Al reflexionar sobre estas realidades aquí, en la ciudad de la
Anunciación, nuestro pensamiento se dirige naturalmente a María, "llena
de gracia", la Madre de la Sagrada Familia y nuestra Madre. Nazaret nos
recuerda el deber de reconocer y respetar la dignidad y la misión
otorgadas por Dios a las mujeres, como también sus carismas y talentos
particulares. Sea como madres de familia, como presencia vital en las
fuerzas laborales y en las instituciones de la sociedad, o en la vocación
especial a seguir al Señor mediante los consejos evangélicos de castidad,
pobreza y obediencia, las mujeres desempeñan un papel indispensable en
la creación de la "ecología humana" (cf. Centesimus annus, 39) de la que
nuestro mundo y también esta tierra tienen necesidad urgente: un ambiente
en el que los niños aprendan a amar y querer a los demás, a ser honrados y
respetuosos con todos, a practicar las virtudes de la misericordia y el
perdón.
Aquí pensamos también en san José, el hombre justo que Dios quiso
poner al frente de su casa. Del ejemplo fuerte y paterno de san José Jesús
aprendió las virtudes de la piedad varonil, la fidelidad a la palabra dada, la
integridad y el trabajo duro. En el carpintero de Nazaret vio cómo la
autoridad puesta al servicio del amor es infinitamente más fecunda que el
poder que busca dominar. ¡Cuánta necesidad tiene nuestro mundo del
ejemplo, de la guía y de la fuerza serena de hombres como san José!
Por último, al contemplar a la Sagrada Familia de Nazaret, dirigimos
ahora la mirada al niño Jesús, que en el hogar de María y de José creció en
sabiduría y conocimiento, hasta el día en que comenzó su ministerio
público. Aquí quiero compartir un pensamiento particular con los jóvenes
presentes. El concilio Vaticano ii enseña que los niños desempeñan un
papel especial para hacer crecer a sus padres en la santidad (cf. Gaudium
et spes, 48). Os pido que reflexionéis en esto y dejéis que el ejemplo de
Jesús os guíe, no sólo para respetar a vuestros padres, sino también para
ayudarles a descubrir más plenamente el amor, que da a nuestra vida su
sentido más profundo. En la Sagrada Familia de Nazaret Jesús enseñó a
María y a José algo de la grandeza del amor de Dios, su Padre celestial,
fuente última de todo amor, el Padre de quien toma su nombre toda familia
en el cielo y en la tierra (cf. Ef 3, 14-15).
Queridos amigos, en la oración Colecta de la misa de hoy hemos
pedido al Padre que "nos ayude a vivir como la Sagrada Familia, unidos
en el respeto y en el amor". Renovemos aquí nuestro compromiso de ser
levadura de respeto y de amor en el mundo que nos rodea.
"Hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38). Que la Virgen de la
Anunciación, que con valentía abrió su corazón al plan misterioso de
Dios, y se convirtió en Madre de todos los creyentes, nos guíe y sostenga
172
con sus oraciones. Que ella obtenga para nosotros y nuestras familias la
gracia de abrir los oídos a la Palabra del Señor, que tiene el poder de
construirnos (cf. Hch 20, 32), que nos inspire decisiones valientes, y que
guíe nuestros pasos por el camino de la paz.

EL PRODIGIO DE LA ENCARNACIÓN EN NAZARET


20090514. Homilía. Basílica de la Anunciación de Nazaret
Lo que sucedió aquí en Nazaret, lejos de la mirada del mundo, fue un
acto singular de Dios, una poderosa intervención en la historia, a través de
la cual un niño fue concebido para traer la salvación al mundo entero. El
prodigio de la Encarnación continúa desafiándonos a abrir nuestra
inteligencia a las ilimitadas posibilidades del poder transformador de Dios,
de su amor a nosotros, de su deseo de estar unido a nosotros. Aquí el Hijo
eterno de Dios se hizo hombre, permitiéndonos a nosotros, sus hermanos y
hermanas, compartir su filiación divina. Ese movimiento de abajamiento
de un amor que se vació a sí mismo, hizo posible el movimiento inverso
de exaltación, en el cual también nosotros fuimos elevados para compartir
la misma vida de Dios (cf. Flp 2, 6-11).
El Espíritu que "vino sobre María" (cf. Lc 1, 35) es el mismo Espíritu
que aleteó sobre las aguas en los albores de la creación (cf. Gn 1, 2). Esto
nos recuerda que la Encarnación fue un nuevo acto creador. Cuando
nuestro Señor Jesucristo fue concebido por obra del Espíritu Santo en el
seno virginal de María, Dios se unió con nuestra humanidad creada,
entrando en una nueva relación permanente con nosotros e inaugurando la
nueva creación. El relato de la Anunciación ilustra la extraordinaria
cortesía de Dios (cf. Madre Juliana de Norwich, Revelaciones 77-79). Él
no impone su voluntad, no predetermina sencillamente el papel que María
desempeñará en su plan para nuestra salvación: él busca primero su
consentimiento. Obviamente, en la creación original Dios no podía pedir
el consentimiento de sus criaturas, pero en esta nueva creación lo pide.
María representa a toda la humanidad. Ella habla por todos nosotros
cuando responde a la invitación del ángel.
San Bernardo describe cómo toda la corte celestial estuvo esperando
con ansiosa impaciencia su palabra de consentimiento gracias a la cual se
consumó la unión nupcial entre Dios y la humanidad. La atención de todos
los coros de los ángeles se redobló en ese momento, en el que tuvo lugar
un diálogo que daría inicio a un nuevo y definitivo capítulo de la historia
del mundo. María dijo: "Hágase en mí según tu palabra". Y la Palabra de
Dios se hizo carne.
Reflexionar sobre este misterio gozoso nos da esperanza, la esperanza
segura de que Dios continuará penetrando en nuestra historia, actuando
con poder creativo para realizar objetivos que serían imposibles para el
cálculo humano. Esto nos impulsa a abrirnos a la acción transformadora
del Espíritu Creador que nos renueva, que nos hace uno con él y nos llena
de su vida. Nos invita, con exquisita cortesía, a consentir que él habite en
173
nosotros, a acoger la Palabra de Dios en nuestro corazón, capacitándonos
para responderle con amor y para amarnos los unos a los otros.
En el Estado de Israel y en los Territorios palestinos los cristianos son
una minoría de la población. Quizá a veces os parezca que vuestra voz
cuenta poco. Muchos de vuestros hermanos cristianos han emigrado, con
la esperanza de encontrar en otros lugares mayor seguridad y mejores
perspectivas. Vuestra situación nos recuerda la de la joven virgen María,
que llevó una vida oculta en Nazaret, con poca riqueza e influencia
mundana. Para citar las palabras de María en su gran himno de alabanza,
el Magníficat, Dios miró la humillación de su esclava, y a los hambrientos
los colmó de bienes.
Saquemos fuerza del cántico de María, que dentro de poco cantaremos
en unión con la Iglesia de todo el mundo. Tened el valor de ser fieles a
Cristo y permaneced aquí en la tierra que él santificó con su presencia.
Como María, tenéis un papel que desempeñar en el plan divino de la
salvación, llevando a Cristo al mundo, dando testimonio de él y
difundiendo su mensaje de paz y unidad. Por eso, es esencial que estéis
unidos entre vosotros, de modo que a la Iglesia en Tierra Santa se la pueda
reconocer claramente como "signo e instrumento de la unión íntima con
Dios y de la unidad de todo el género humano" (Lumen gentium, 1).
Vuestra unidad en la fe, en la esperanza y en el amor es un fruto del
Espíritu Santo que habita en vosotros y os capacita para ser instrumentos
eficaces de la paz de Dios, ayudándoos a construir una genuina
reconciliación entre los diversos pueblos que reconocen a Abraham como
su padre en la fe. Porque, como María proclamó gozosamente en su
Magníficat, Dios siempre "se acuerda de su misericordia —como lo había
prometido a nuestros padres— en favor de Abraham y su descendencia
por siempre" (Lc 1, 54-55).

LA SANTIDAD DE LOS FIELES, ORIGEN Y FIN DE LA MISIÓN


20090518. Discurso. Obispos Perú
La unidad auténtica en la Iglesia es siempre fuente inagotable de
espíritu evangelizador. En este sentido, sé que estáis acogiendo, en
vuestros programas pastorales, el impulso misionero promovido por la V
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe,
celebrada en Aparecida, y especialmente la “Misión continental”, con
vistas a que cada fiel aspire a la santidad tratando personalmente con el
Señor Jesús, amándolo con perseverancia y conformando la propia vida
con los criterios evangélicos, de modo que se creen comunidades
eclesiales de intensa vida cristiana. Ciertamente, una Iglesia en misión
relativiza sus problemas internos y mira con esperanza e ilusión al
porvenir. Se trata de relanzar el espíritu misionero, no por temor al futuro,
sino porque la Iglesia es una realidad dinámica y el verdadero discípulo de
Jesucristo goza transmitiendo gratuitamente a otros su divina Palabra y
compartiendo con ellos el amor que brota de su costado abierto en la cruz
(cf. Mt 10,8; Jn 13,34-35; 19,33-34; 1 Co 9,16). En efecto, cuando la
174
belleza y la verdad de Cristo conquistan nuestros corazones,
experimentamos la alegría de ser sus discípulos y asumimos de modo
convencido la misión de proclamar su mensaje redentor. A este respecto,
os exhorto a convocar a todas las fuerzas vivas de vuestras Diócesis, para
que caminen desde Cristo irradiando siempre la luz de su rostro, en
particular a los hermanos que, tal vez por sentirse poco valorados o no
suficientemente atendidos en sus necesidades espirituales y materiales,
buscan en otras experiencias religiosas respuestas a sus inquietudes.

HACER REFERENCIA SIEMPRE Y SOBRE TODO AL SEÑOR


20090523. Discurso. Pontificia Academia Eclesiástica
El servicio en las nunciaturas apostólicas se puede considerar, de
alguna manera, como una vocación sacerdotal específica, un ministerio
pastoral que conlleva una inserción particular en el mundo y en sus
problemáticas a menudo demasiado complejas, de carácter social y
político. Por eso, es importante que aprendáis a descifrarlas, sabiendo que
el "código", por decirlo así, de análisis y de comprensión de estas
dinámicas no puede menos de ser el Evangelio y el Magisterio perenne de
la Iglesia.
Es necesario que os forméis en la lectura atenta de las realidades
humanas y sociales, a partir de cierta sensibilidad personal, que todo
servidor de la Santa Sede debe poseer, y contando con una experiencia
específica que es preciso adquirir durante estos años. Además, la
capacidad de diálogo con la modernidad que se os pide, así como el
contacto con las personas y las instituciones que representan, exigen una
robusta estructura interior y una solidez espiritual que permitan
salvaguardar, más aún, poner cada vez más de manifiesto vuestra
identidad cristiana y sacerdotal. Sólo así podréis evitar que os afecten los
efectos negativos de la mentalidad mundana, y no os dejaréis atraer ni
contaminar por lógicas demasiado terrenas.
Dado que es el Señor mismo quien os pide que llevéis a cabo en la
Iglesia esa misión, a través de la llamada de vuestro obispo que os señala
y os pone a disposición de la Santa Sede, es al Señor mismo a quien
debéis hacer referencia siempre y sobre todo. En los momentos de
oscuridad y de dificultad interior, dirigid vuestra mirada hacia Cristo, que
un día os miró con amor y os llamó a estar con él y a ocuparos de su reino,
siguiéndolo a él.
Recordad siempre que para el ministerio sacerdotal, cualquiera que sea
el modo como se ejerza, es esencial y fundamental mantener una relación
personal con Jesús. Él quiere que seamos sus "amigos", amigos que
busquen su intimidad, que sigan sus enseñanzas y se comprometan a hacer
que todos lo conozcan y lo amen. El Señor quiere que seamos santos, es
decir, totalmente "suyos", sin preocuparnos de construirnos una carrera
humanamente interesante o cómoda, sin buscar el aplauso y la aprobación
de la gente, sino completamente entregados al bien de las almas,
dispuestos a cumplir a fondo nuestro deber, conscientes de que somos
175
"siervos inútiles", y alegres de poder dar nuestra pobre aportación a la
difusión del Evangelio.
Queridos sacerdotes, sed, en primer lugar, hombres de intensa oración,
cultivando una comunión de amor y de vida con el Señor. Sin esta sólida
base espiritual, ¿cómo podríais perseverar en vuestro ministerio? Quien
trabaja así en la viña del Señor, sabe que lo que se realiza con esmero, con
sacrificio y con amor, nunca se pierde. Y si a veces nos toca saborear el
cáliz de la soledad, la incomprensión y el sufrimiento; si el servicio en
ocasiones nos resulta pesado y la cruz a veces dura de llevar, nos ha de
sostener y confortar la certeza de que Dios sabe hacer fecundo todo.
Sabemos que la dimensión de la cruz, bien simbolizada en la parábola
del grano de trigo que, sepultado en la tierra, muere para dar fruto —
imagen que usó Jesús poco antes de su pasión—, es parte esencial de la
vida de todo hombre y de toda misión apostólica. En cualquier situación
debemos dar el testimonio gozoso de nuestra adhesión al Evangelio,
aceptando la invitación del apóstol san Pablo a gloriarnos únicamente de
la cruz de Cristo, con la única ambición de completar en nosotros mismos
lo que falta a la pasión del Señor, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia
(cf. Col 1, 24).

ASCENSIÓN: SIGNIFICADO. ORA ET LABORA ET LEGE


20090524. Homilía. Cassino
"Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y
seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los
confines de la tierra" (Hch 1, 8). Con estas palabras, Jesús se despide de
los Apóstoles, como acabamos de escuchar en la primera lectura.
Inmediatamente después, el autor sagrado añade que "fue elevado en
presencia de ellos, y una nube le ocultó a sus ojos" (Hch 1, 9). Es el
misterio de la Ascensión, que hoy celebramos solemnemente. Pero ¿qué
nos quieren comunicar la Biblia y la liturgia diciendo que Jesús "fue
elevado"? El sentido de esta expresión no se comprende a partir de un solo
texto, ni siquiera de un solo libro del Nuevo Testamento, sino en la
escucha atenta de toda la Sagrada Escritura. En efecto, el uso del verbo
"elevar" tiene su origen en el Antiguo Testamento, y se refiere a la toma de
posesión de la realeza. Por tanto, la Ascensión de Cristo significa, en
primer lugar, la toma de posesión del Hijo del hombre crucificado y
resucitado de la realeza de Dios sobre el mundo.
Pero hay un sentido más profundo, que no se percibe en un primer
momento. En la página de los Hechos de los Apóstoles se dice ante todo
que Jesús "fue elevado" (Hch 1, 9), y luego se añade que "ha sido llevado"
(Hch 1, 11). El acontecimiento no se describe como un viaje hacia lo alto,
sino como una acción del poder de Dios, que introduce a Jesús en el
espacio de la proximidad divina. La presencia de la nube que "lo ocultó a
sus ojos" (Hch 1, 9) hace referencia a una antiquísima imagen de la
teología del Antiguo Testamento, e inserta el relato de la Ascensión en la
historia de Dios con Israel, desde la nube del Sinaí y sobre la tienda de la
176
Alianza en el desierto, hasta la nube luminosa sobre el monte de la
Transfiguración. Presentar al Señor envuelto en la nube evoca, en
definitiva, el mismo misterio expresado por el simbolismo de "sentarse a
la derecha de Dios".
En el Cristo elevado al cielo el ser humano ha entrado de modo
inaudito y nuevo en la intimidad de Dios; el hombre encuentra, ya para
siempre, espacio en Dios. El "cielo", la palabra cielo no indica un lugar
sobre las estrellas, sino algo mucho más osado y sublime: indica a Cristo
mismo, la Persona divina que acoge plenamente y para siempre a la
humanidad, Aquel en quien Dios y el hombre están inseparablemente
unidos para siempre. El estar el hombre en Dios es el cielo. Y nosotros nos
acercamos al cielo, más aún, entramos en el cielo en la medida en que nos
acercamos a Jesús y entramos en comunión con él. Por tanto, la
solemnidad de la Ascensión nos invita a una comunión profunda con Jesús
muerto y resucitado, invisiblemente presente en la vida de cada uno de
nosotros.
Desde esta perspectiva comprendemos por qué el evangelista san
Lucas afirma que, después de la Ascensión, los discípulos volvieron a
Jerusalén "con gran gozo" (Lc 24, 52). La causa de su gozo radica en que
lo que había acontecido no había sido en realidad una separación, una
ausencia permanente del Señor; más aún, en ese momento tenían la
certeza de que el Crucificado-Resucitado estaba vivo, y en él se habían
abierto para siempre a la humanidad las puertas de Dios, las puertas de la
vida eterna. En otras palabras, su Ascensión no implicaba la ausencia
temporal del mundo, sino que más bien inauguraba la forma nueva,
definitiva y perenne de su presencia, en virtud de su participación en el
poder regio de Dios.
Precisamente a sus discípulos, llenos de intrepidez por la fuerza del
Espíritu Santo, corresponderá hacer perceptible su presencia con el
testimonio, el anuncio y el compromiso misionero. También a nosotros la
solemnidad de la Ascensión del Señor debería colmarnos de serenidad y
entusiasmo, como sucedió a los Apóstoles, que del Monte de los Olivos se
marcharon "con gran gozo". Al igual que ellos, también nosotros,
aceptando la invitación de los "dos hombres vestidos de blanco", no
debemos quedarnos mirando al cielo, sino que, bajo la guía del Espíritu
Santo, debemos ir por doquier y proclamar el anuncio salvífico de la
muerte y resurrección de Cristo. Nos acompañan y consuelan sus mismas
palabras, con las que concluye el Evangelio según san Mateo: "Y he aquí
que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,
20).
Queridos hermanos y hermanas, el carácter histórico del misterio de la
resurrección y de la ascensión de Cristo nos ayuda a reconocer y
comprender la condición trascendente de la Iglesia, la cual no ha nacido ni
vive para suplir la ausencia de su Señor "desaparecido", sino que, por el
contrario, encuentra la razón de su ser y de su misión en la presencia
permanente, aunque invisible, de Jesús, una presencia que actúa con la
fuerza de su Espíritu. En otras palabras, podríamos decir que la Iglesia no
177
desempeña la función de preparar la vuelta de un Jesús "ausente", sino
que, por el contrario, vive y actúa para proclamar su "presencia gloriosa"
de manera histórica y existencial. Desde el día de la Ascensión, toda
comunidad cristiana avanza en su camino terreno hacia el cumplimiento
de las promesas mesiánicas, alimentándose con la Palabra de Dios y con el
Cuerpo y la Sangre de su Señor. Esta es la condición de la Iglesia —nos lo
recuerda el concilio Vaticano II—, mientras "prosigue su peregrinación en
medio de las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios,
anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva" (Lumen
gentium,8).
Hermanos y hermanas de esta querida comunidad diocesana, la
solemnidad de este día nos exhorta a fortalecer nuestra fe en la presencia
real de Jesús en la historia; sin él, no podemos realizar nada eficaz en
nuestra vida y en nuestro apostolado. Como recuerda el apóstol san Pablo
en la segunda lectura, es él quien "dio a unos el ser apóstoles; a otros,
profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, (...) en
orden a las funciones del ministerio, para edificación del Cuerpo de
Cristo" (Ef 4, 11-12), es decir, la Iglesia. Y esto para llegar "a la unidad de
la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios" (Ef 4, 13), teniendo todos
la vocación común a formar "un solo cuerpo y un solo espíritu, como una
sola es la esperanza a la que estamos llamados" (Ef 4, 4). En este marco se
coloca mi visita que, como ha recordado vuestro pastor, tiene como fin
animaros a "construir, fundar y reedificar" constantemente vuestra
comunidad diocesana en Cristo. ¿Cómo? Nos lo indica el mismo san
Benito, que en su Regla recomienda no anteponer nada a Cristo: "Christo
nihil omnino praeponere" (LXII, 11).
Queridos hermanos y hermanas, en esta celebración resuena el eco de
la exhortación de san Benito a mantener el corazón fijo en Cristo, a no
anteponer nada a él. Esto no nos distrae; al contrario, nos impulsa aún más
a comprometernos en la construcción de una sociedad donde la solidaridad
se exprese mediante signos concretos. Pero ¿cómo? La espiritualidad
benedictina, que conocéis bien, propone un programa evangélico
sintetizado en el lema: ora et labora et lege, la oración, el trabajo y la
cultura.
Ante todo, la oración, que es el legado más hermoso de san Benito a
los monjes, pero también a vuestra Iglesia particular: a vuestro clero,
formado en gran parte en el seminario diocesano, alojado durante siglos en
la misma abadía de Montecassino; a los seminaristas; a las numerosas
personas educadas en las escuelas, en los centros recreativos benedictinos
y en vuestras parroquias; y a todos vosotros, que vivís en esta tierra.
Elevando la mirada desde cada pueblo y aldea de la diócesis, podéis
admirar esa referencia constante al cielo que es el monasterio de
Montecassino, al que subís todos los años en procesión la víspera de
Pentecostés.
La oración, a la que cada mañana la campana de san Benito invita a los
monjes con sus toques graves es el sendero silencioso que nos conduce
directamente al corazón de Dios; es la respiración del alma, que nos
178
devuelve la paz en medio de las tormentas de la vida. Además, en la
escuela de san Benito, los monjes han cultivado siempre un amor especial
a la Palabra de Dios en la lectio divina, que hoy es patrimonio común de
muchos. Que la escucha atenta de la Palabra divina alimente vuestra
oración y os convierta en profetas de verdad y de amor, a través de un
compromiso común de evangelización y promoción humana.
Otro eje de la espiritualidad benedictina es el trabajo. Humanizar el
mundo laboral es típico del alma del monaquismo, y este es también el
esfuerzo de vuestra comunidad, que procura estar al lado de los numerosos
trabajadores de la gran industria presente en Cassino y de las empresas
vinculadas a ella. Sé cuán crítica es la situación de gran número de
obreros. Expreso mi solidaridad a cuantos viven en una situación de
precariedad preocupante, a los trabajadores con seguro de desempleo o
incluso despedidos. La herida del desempleo, que aflige a este territorio,
debe inducir a los responsables de la administración pública, a los
empresarios y a cuantos tienen posibilidad de hacerlo, a buscar, con la
contribución de todos, soluciones válidas para la crisis del empleo,
creando nuevos puestos de trabajo para salvaguardar a las familias.
Por último, también forma parte de vuestra tradición la atención al
mundo de la cultura y de la educación. El célebre archivo y la biblioteca
de Montecassino recogen innumerables testimonios del compromiso de
hombres y mujeres que han meditado y buscado cómo mejorar la vida
espiritual y material del hombre. En vuestra abadía se palpa el "quaerere
Deum", es decir, el hecho de que la cultura europea ha sido la búsqueda de
Dios y la disponibilidad a escucharlo. Y esto vale también en nuestro
tiempo.
En el actual esfuerzo cultural orientado a crear un nuevo humanismo,
vosotros, fieles a la tradición benedictina, con razón también queréis
subrayar la atención al hombre frágil, débil, a las personas discapacitadas
y a los inmigrantes.
Queridos hermanos y hermanas, no es difícil percibir que vuestra
comunidad, esta porción de Iglesia que vive en torno a Montecassino, es
heredera y depositaria de la misión, impregnada del espíritu de san Benito,
de proclamar que en nuestra vida nadie ni nada debe quitar a Jesús el
primer lugar; la misión de construir, en nombre de Cristo, una nueva
humanidad caracterizada por la acogida y la ayuda a los más débiles.

NO HAY PAZ NI PROGRESO SIN VENCIMIENTO DE SÍ MISMO


20090524. Regina Coeli. Montecassino
Cada vez que celebramos la santa misa, resuenan en nuestro corazón
las palabras que Jesús confió a sus discípulos en la última Cena como un
don valioso: "Os dejo la paz, mi paz os doy" (Jn 14, 27). ¡Cuánta
necesidad tiene la comunidad cristiana, y toda la humanidad, de gustar
plenamente la riqueza y la fuerza de la paz de Cristo! San Benito fue su
gran testigo, porque la acogió en su vida y la hizo fructificar en obras de
auténtica renovación cultural y espiritual. Precisamente por eso, a la
179
entrada de la abadía de Montecassino y de todos los monasterios
benedictinos, figura como lema la palabra "Pax". De hecho, la comunidad
monástica está llamada a vivir según esta paz, que es el don pascual por
excelencia. Como sabéis, en mi reciente viaje a Tierra Santa fui como
peregrino de paz, y hoy —en esta tierra marcada por el carisma
benedictino— tengo la ocasión de subrayar, una vez más, que la paz es en
primer lugar don de Dios y, por tanto, su fuerza reside en la oración.
Sin embargo, es un don encomendado al esfuerzo humano. La fuerza
necesaria para actuarlo también se puede sacar de la oración. Por tanto, es
fundamental cultivar una auténtica vida de oración para garantizar el
progreso social en la paz. La historia del monaquismo nos enseña una vez
más que un gran avance de civilización se prepara con la escucha diaria de
la Palabra de Dios, que impulsa a los creyentes a un esfuerzo personal y
comunitario de lucha contra toda forma de egoísmo e injusticia. Sólo
aprendiendo, con la gracia de Cristo, a combatir y vencer el mal dentro de
uno mismo y en las relaciones con los demás, se llega a ser auténticos
constructores de paz y progreso civil. Que la Virgen María, Reina de la
paz, ayude a todos los cristianos, en las diversas vocaciones y situaciones
de vida, a ser testigos de la paz que Cristo nos ha dado y nos ha dejado
como misión ardua para realizar por doquier.

VIVIR PARA CRISTO ES LO QUE DA SENTIDO PLENO A LA


VIDA
20090524. Homilía. Vísperas en la Basílica de Montecassino
Esta tarde hemos entrado cantando las Laudes regiae para celebrar
juntos las Vísperas de la solemnidad de la Ascensión de Jesús.
Hoy la liturgia nos invita a contemplar el misterio de la Ascensión del
Señor. La lectura breve, tomada de la primera carta de san Pedro, nos ha
exhortado a fijar la mirada en nuestro Redentor, que murió "una sola vez
para siempre por los pecados" para llevarnos nuevamente a Dios, a cuya
diestra se encuentra, "tras haber ascendido al cielo y haber recibido la
soberanía sobre los ángeles, los principados y las potestades" (cf. 1 P 3,
18.22). Jesús, "elevado al cielo" e invisible a los ojos de los discípulos, no
los abandonó, pues, "muerto en la carne, pero vivificado en el espíritu" (1
P 3, 18), ahora está presente de una manera nueva, interior, en los
creyentes, y en él la salvación se ofrece a todo ser humano, sin distinción
de pueblo, lengua y cultura.
La primera carta de san Pedro contiene referencias precisas a los
acontecimientos cristológicos fundamentales de la fe cristiana. El Apóstol
quiere poner de relieve el alcance universal de la salvación en Cristo. Lo
mismo pretende san Pablo, de cuyo nacimiento estamos celebrando el
180
bimilenario, el cual escribe a la comunidad de Corinto: Cristo "murió por
todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que
murió y resucitó por ellos" (2 Co 5, 15).
Ya no vivir para sí mismos, sino para Cristo: esto es lo que da pleno
sentido a la vida de quien se deja conquistar por él. Lo manifiesta
claramente la historia humana y espiritual de san Benito que, tras
abandonarlo todo, siguió fielmente a Jesucristo. Encarnando en su propia
existencia el Evangelio, se convirtió en el iniciador de un amplio
movimiento de renacimiento espiritual y cultural en Occidente. Quiero
mencionar aquí un acontecimiento extraordinario de su vida, referido por
su biógrafo san Gregorio Magno, que vosotros conocéis muy bien.
Se podría decir que también el santo patriarca fue "elevado al cielo" en
una indescriptible experiencia mística. La noche del 29 de octubre del año
540 —se lee en la biografía—, mientras estaba asomado a la ventana, "con
los ojos fijos en las estrellas para penetrar en la divina contemplación, el
santo sentía que el corazón le ardía... Para él el firmamento cuajado de
estrellas era como la cortina bordada que desvelaba al Santo de los Santos.
En un momento determinado, su alma se sintió transportada a la otra parte
del velo para contemplar sin estorbos el rostro de Aquel que habita en una
luz inaccesible" (cf. A.I. Schuster, Storia di san Benedetto e dei suoi
tempi, ed. Abadía de Viboldone, Milán 1965, p. 11 y ss). Desde luego,
como le sucedió a san Pablo tras ser arrebatado al cielo, también san
Benito, después de esa experiencia espiritual extraordinaria, tuvo que
comenzar una nueva vida. Aunque la visión fue pasajera, los efectos
permanecieron; su fisonomía misma —refieren los biógrafos— cambió, su
aspecto fue siempre sereno y su porte angélico; y, aun viviendo en la
tierra, se comprendía que con el corazón ya estaba en el paraíso.
San Benito no recibió este don divino para satisfacer su curiosidad
intelectual, sino más bien para que el carisma que Dios le había dado
tuviera la capacidad de reproducir en el monasterio la misma vida del
cielo y restablecer en él la armonía de la creación a través de la
contemplación y el trabajo. Por eso, con razón, la Iglesia lo venera como
"eminente maestro de vida monástica" y "doctor de sabiduría espiritual en
el amor a la oración y al trabajo"; "guía resplandeciente de pueblos a la luz
del Evangelio" que, "elevado al cielo por una senda luminosa", enseña a
los hombres de todos los tiempos a buscar a Dios y las riquezas eternas
por él preparadas (cf. Prefacio del santo en el suplemento monástico al
Misal Romano, 1980).
Sí, san Benito fue ejemplo luminoso de santidad e indicó a los monjes
como único gran ideal a Cristo; fue maestro de civilización que,
proponiendo una equilibrada y adecuada visión de las exigencias divinas y
de las finalidades últimas del hombre, tuvo siempre muy presentes
también las necesidades y las razones del corazón, para enseñar y suscitar
una fraternidad auténtica y constante, a fin de que en el conjunto de las
relaciones sociales no se perdiera una unidad de espíritu capaz de
construir y alimentar siempre la paz.
181
No es casualidad que la palabra Pax acoja a los peregrinos y los
visitantes a las puertas de esta abadía, reconstruida después del enorme
desastre de la segunda guerra mundial: se eleva como una silenciosa
advertencia a rechazar cualquier forma de violencia para construir la paz:
en las familias, en las comunidades, entre los pueblos y en toda la
humanidad. San Benito invita a toda persona que sube a este monte a
buscar la paz y a seguirla: "Inquire pacem et sequere eam (Sal 33, 14-15)"
(Regla, Prólogo, 17).
Siguiendo la escuela de san Benito, con el paso de los siglos, los
monasterios se han convertido en centros fervientes de diálogo, de
encuentro y de benéfica fusión entre personas diversas, unificadas por la
cultura evangélica de la paz. Los monjes han sabido enseñar con la
palabra y con el ejemplo el arte de la paz, sirviéndose de los tres
"vínculos" que san Benito consideraba necesarios para conservar la unidad
del Espíritu entre los hombres: la cruz, que es la ley misma de Cristo; el
libro, es decir, la cultura; y el arado, que indica el trabajo, el señorío sobre
la materia y sobre el tiempo.
Gracias a la actividad de los monasterios, articulada en el triple
compromiso cotidiano de la oración, el estudio y el trabajo, pueblos
enteros del continente europeo han experimentado un auténtico rescate y
un beneficioso desarrollo moral, espiritual y cultural, educándose en el
sentido de la continuidad con el pasado, en la acción concreta con vistas al
bien común, en la apertura hacia Dios y la dimensión trascendente.
Oremos para que Europa valore siempre este patrimonio de principios e
ideales cristianos que constituye una inmensa riqueza cultural y espiritual.
Pero esto sólo es posible cuando se acoge la enseñanza constante de
san Benito, es decir, el "quaerere Deum", buscar a Dios, como
compromiso fundamental del hombre. Sin Dios el ser humano no se
realiza plenamente ni puede ser verdaderamente feliz. De manera especial,
vosotros, queridos monjes, debéis ser ejemplos vivos de esta relación
interior y profunda con él, actuando sin compromisos el programa que
vuestro fundador sintetizó en el "nihil amori Christi praeponere", "no
anteponer nada al amor de Cristo" (Regla 4, 21). En esto consiste la
santidad, propuesta válida para todo cristiano, más que nunca en nuestra
época, en la que se experimenta la necesidad de anclar la vida y la historia
en firmes puntos de referencia espirituales. Por eso, queridos hermanos y
hermanas, es muy actual vuestra vocación y es indispensable vuestra
misión de monjes.
Desde este lugar, en el que descansan sus restos mortales, el santo
patrono de Europa sigue invitando a todos a proseguir su obra de
evangelización y promoción humana. Os alienta en primer lugar a
vosotros, queridos monjes, a permanecer fieles al espíritu de los orígenes
y a ser intérpretes auténticos de su programa de renacimiento espiritual y
social.
Que os conceda este don el Señor, por intercesión de vuestro santo
fundador, de su hermana santa Escolástica y de los santos y santas de la
Orden. Y que la Madre celestial del Señor, a la que hoy invocamos como
182
"Auxilio de los cristianos", vele sobre vosotros y proteja a esta abadía y a
todos vuestros monasterios, así como a la comunidad diocesana que vive
en torno a Montecassino. Amén.

CONCIENCIA DE NUESTRO SER IGLESIA


20090526. Discurso. Asamblea eclesial Roma
Nos acaban de recordar que, a lo largo del decenio pasado, la atención
de la diócesis se concentró inicialmente, durante tres años, en la familia;
después, durante el trienio sucesivo, en la educación de las nuevas
generaciones en la fe, tratando de responder a la "emergencia educativa",
que para todos es un desafío difícil; y, por último, también con referencia a
la educación, estimulados por la carta encíclica Spe salvi, habéis tomado
en consideración el tema de educar en la esperanza. A la vez que doy
gracias con vosotros al Señor por el gran bien que nos ha concedido
realizar —pienso, en particular, en los párrocos y en los sacerdotes que no
escatiman esfuerzos en la guía de las comunidades que les han sido
encomendadas— deseo expresar mi aprecio por la opción pastoral de
dedicar tiempo a una verificación del camino recorrido, con la finalidad de
examinar, a la luz de la experiencia vivida, algunos ámbitos fundamentales
de la pastoral ordinaria, para precisarlos mejor y permitir una mayor
participación.
El fundamento de este compromiso, al que ya os estáis dedicando
desde hace algunos meses en todas las parroquias y en las demás
realidades eclesiales, debe ser una renovada toma de conciencia de nuestro
ser Iglesia y de la corresponsabilidad pastoral que, en nombre de Cristo,
todos estamos llamados a asumir. Y precisamente de este aspecto quisiera
tratar ahora.
El concilio Vaticano II, queriendo transmitir pura e íntegra la doctrina
sobre la Iglesia desarrollada a lo largo de dos mil años, dio de ella una
"definición más meditada", ilustrando, ante todo, su naturaleza mistérica,
es decir, su "realidad penetrada por la presencia divina y, por esto, siempre
capaz de nuevas y más profundas investigaciones" (Pablo VI, Discurso de
inauguración de la segunda sesión, 29 de septiembre de 1963). Ahora
bien, la Iglesia, que tiene su origen en el Dios trinitario, es un misterio de
comunión. En cuanto comunión, la Iglesia no es una realidad solamente
espiritual, sino que vive en la historia, por decirlo así, en carne y hueso. El
concilio Vaticano II la describe "como un sacramento o signo e
instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género
humano" (Lumen gentium, 1). Y la esencia del sacramento es precisamente
que en lo visible se palpa lo invisible, que lo visible palpable abre la
puerta a Dios mismo.
Hemos dicho que la Iglesia es una comunión, una comunión de
personas que, por la acción del Espíritu Santo, forman el pueblo de Dios,
que es al mismo tiempo el Cuerpo de Cristo. Reflexionemos un poco
sobre estas dos palabras clave. El concepto de "pueblo de Dios" nació y se
desarrolló en el Antiguo Testamento: para entrar en la realidad de la
183
historia humana, Dios eligió a un pueblo determinado, el pueblo de Israel,
para que fuera su pueblo. La intención de esta elección particular es llegar
a muchos a través de pocos, y desde muchos a todos. Con otras palabras,
la intención de la elección particular es la universalidad. A través de este
pueblo Dios entra realmente, de modo concreto, en la historia. Y esta
apertura a la universalidad se realizó en la cruz y en la resurrección de
Cristo. En la cruz —así dice san Pablo—, Cristo derribó el muro de
separación. Dándonos su Cuerpo, nos reúne en su Cuerpo para hacer de
nosotros uno. En la comunión del "Cuerpo de Cristo" todos llegamos a ser
un solo pueblo, el pueblo de Dios, donde —por citar de nuevo a san Pablo
— todos somos uno y ya no hay distinción, diferencia, entre griego y
judío, circunciso e incircunciso, bárbaro, escita, esclavo y hebreo, sino que
Cristo es todo en todos. Él derribó el muro de separación entre los
pueblos, las razas y las culturas: todos estamos unidos en Cristo.
Así, vemos que los dos conceptos —"pueblo de Dios" y "Cuerpo de
Cristo"— se completan y forman juntos el concepto neotestamentario de
Iglesia. Y mientras "pueblo de Dios" expresa la continuidad de la historia
de la Iglesia, "Cuerpo de Cristo" manifiesta la universalidad inaugurada en
la cruz y en la resurrección del Señor. Por tanto, para nosotros, los
cristianos, "Cuerpo de Cristo" no sólo es una imagen, sino también un
verdadero concepto, porque Cristo nos entrega su Cuerpo real, no sólo una
imagen. Resucitado, Cristo nos une a todos en el Sacramento para
convertirnos en un único cuerpo. Por eso los conceptos de "pueblo de
Dios" y "Cuerpo de Cristo" se completan: en Cristo llegamos a ser
realmente el pueblo de Dios. Y en consecuencia "pueblo de Dios" significa
"todos": desde el Papa hasta el último niño bautizado. La primera plegaria
eucarística, el llamado Canon romano, escrito en el siglo IV, distingue
entre "tus siervos" y "plebs tua sancta"; por tanto, si se quiere distinguir,
se habla de "siervos" y plebs sancta, mientras que el término "pueblo de
Dios" expresa a todos juntos en su ser común la Iglesia.
Después del concilio Vaticano II esta doctrina eclesiológica ha tenido
amplia acogida y, gracias a Dios, en la comunidad cristiana han madurado
muchos frutos buenos. Sin embargo, debemos recordar también que la
recepción de esta doctrina en la práctica y su consiguiente asimilación en
el entramado de la conciencia eclesial, no se han realizado siempre y en
todas partes sin dificultad y según una correcta interpretación. Como
aclaré en el discurso a la Curia romana del 22 de diciembre de 2005, una
corriente de interpretación, apelando a un presunto "espíritu del Concilio",
ha intentado establecer una discontinuidad, e incluso una contraposición,
entre la Iglesia anterior y la Iglesia posterior al Concilio, superando a
veces los mismos confines que existen objetivamente entre el ministerio
jerárquico y las responsabilidades de los laicos en la Iglesia.
La noción de "pueblo de Dios", en particular, fue interpretada por
algunos según una visión puramente sociológica, desde una perspectiva
casi exclusivamente horizontal, que excluía la referencia vertical a Dios.
Esta posición contrasta totalmente con la letra y el espíritu del Concilio,
que no quiso una ruptura, otra Iglesia, sino una verdadera y profunda
184
renovación, en la continuidad del único sujeto Iglesia, que crece en el
tiempo y se desarrolla, pero permaneciendo siempre idéntico, único sujeto
del pueblo de Dios en peregrinación.
En segundo lugar, es preciso reconocer que el despertar de energías
espirituales y pastorales durante estos años no ha producido siempre el
incremento y el desarrollo deseados. Debemos constatar que en algunas
comunidades eclesiales, después de un período de fervor e iniciativas, se
ha sucedido un tiempo de debilitamiento del compromiso, una situación
de cansancio, a veces casi de estancamiento, incluso de resistencia y
contradicción entre la doctrina conciliar y diversos conceptos formulados
en nombre del Concilio, pero en realidad opuestos a su espíritu y a su
letra. También por esta razón, al tema de la vocación y misión de los laicos
en la Iglesia y en el mundo se dedicó la Asamblea ordinaria del Sínodo de
los obispos de 1987.
Este hecho nos dice que las luminosas páginas que el Concilio dedicó
al laicado aún no habían sido traducidas y realizadas suficientemente en la
conciencia de los católicos y en la práctica pastoral. Por una parte, existe
todavía la tendencia a identificar unilateralmente la Iglesia con la jerar-
quía, olvidando la responsabilidad común, la misión común del pueblo de
Dios, que somos todos nosotros en Cristo. Por otra, persiste también la
tendencia a concebir el pueblo de Dios, como ya he dicho, según una idea
puramente sociológica o política, olvidando la novedad y la especificidad
de ese pueblo, que sólo se convierte en pueblo en la comunión con Cristo.
Queridos hermanos y hermanas, ahora tenemos que preguntarnos: ¿En
qué situación se encuentra nuestra diócesis de Roma? ¿En qué medida se
reconoce y favorece la responsabilidad pastoral de todos, en particular la
de los laicos? Durante los siglos pasados, gracias al generoso testimonio
de muchos bautizados que han dedicado su vida a educar en la fe a las
nuevas generaciones, a cuidar a los enfermos y socorrer a los pobres, la
comunidad cristiana ha anunciado el Evangelio a los habitantes de Roma.
Esta misma misión se nos confía a nosotros hoy, en situaciones
diversas, en una ciudad donde muchos bautizados han perdido el camino
de la Iglesia, y los que no son cristianos no conocen la belleza de nuestra
fe. El Sínodo diocesano, promovido por mi amado predecesor Juan Pablo
II, fue una receptio efectiva de la doctrina conciliar, y el Libro del Sínodo
comprometió a la diócesis a ser cada vez más Iglesia viva y activa en el
corazón de la ciudad, a través de la acción coordinada y responsable de
todos sus componentes.
La Misión ciudadana, que siguió en preparación al gran jubileo del
año 2000, permitió a nuestra comunidad eclesial tomar conciencia de que
el mandato de evangelizar no implica sólo a algunos bautizados, sino a
todos. Fue una experiencia positiva que contribuyó a hacer madurar en las
parroquias, en las comunidades religiosas, en las asociaciones y en los
movimientos, la conciencia de pertenecer al único pueblo de Dios que,
según las palabras del apóstol san Pedro, "Dios se ha adquirido para
anunciar sus maravillas" (cf. 1 P 2, 9). Por eso queremos dar gracias esta
tarde.
185
Aún queda mucho camino por recorrer. Demasiados bautizados no se
sienten parte de la comunidad eclesial y viven al margen de ella,
dirigiéndose a las parroquias sólo en algunas circunstancias para recibir
servicios religiosos. En proporción al número de habitantes de cada
parroquia, todavía son pocos los laicos que, aun declarándose católicos,
están dispuestos a trabajar en los diversos campos apostólicos.
Ciertamente, no faltan dificultades de orden cultural y social, pero, fieles
al mandato del Señor, no podemos resignarnos a conservar lo que
tenemos. Confiando en la gracia del Espíritu, que Cristo resucitado nos ha
garantizado, debemos reanudar el camino con renovado impulso.
¿Qué caminos podemos recorrer? En primer lugar, es preciso renovar
el esfuerzo en favor de una formación más atenta y conforme a la visión
de Iglesia de la que he hablado, tanto por parte de los sacerdotes como de
los religiosos y laicos. Comprender cada vez mejor qué es esta Iglesia,
este pueblo de Dios en el Cuerpo de Cristo. Al mismo tiempo, es necesario
mejorar los planes pastorales para que, respetando las vocaciones y las
funciones de los consagrados y de los laicos, se promueva gradualmente la
corresponsabilidad de todos los miembros del pueblo de Dios. Esto exige
un cambio de mentalidad, en particular por lo que respecta a los laicos,
pasando de considerarlos "colaboradores" del clero a reconocerlos
realmente como "corresponsables" del ser y actuar de la Iglesia,
favoreciendo la consolidación de un laicado maduro y comprometido.
Esta conciencia de ser Iglesia, común a todos los bautizados, no
disminuye la responsabilidad de los párrocos. Precisamente a vosotros,
queridos párrocos, os corresponde promover el crecimiento espiritual y
apostólico de quienes ya son asiduos y están comprometidos en las
parroquias: ellos son el núcleo de la comunidad que se convertirá en
fermento para los demás. Para que dichas comunidades, aunque a veces
sean pequeñas numéricamente, no pierdan su identidad y su vigor, es
necesario educarlas en la escucha orante de la Palabra de Dios, a través de
la práctica de la lectio divina, recomendada fervientemente por el reciente
Sínodo de los obispos.
Alimentémonos realmente de la escucha, de la meditación de la
Palabra de Dios. Nuestras comunidades deben tener siempre clara
conciencia de que son "Iglesia", porque Cristo, Palabra eterna del Padre,
las convoca y las convierte en su pueblo. La fe, por una parte, es una
relación profundamente personal con Dios, pero, por otra, posee un
componente comunitario esencial, y ambas dimensiones son inseparables.
Así, también los jóvenes, que están más expuestos al creciente
individualismo de la cultura contemporánea, la cual conlleva como
consecuencias inevitables el debilitamiento de los vínculos interpersonales
y la disminución del sentido de pertenencia, podrán experimentar la
belleza y la alegría de ser y sentirse Iglesia. Por la fe en Dios estamos
unidos en el Cuerpo de Cristo; todos somos uno en el mismo Cuerpo; así,
precisamente creyendo de modo profundo, podemos vivir también la
comunión entre nosotros y superar la soledad del individualismo.
186
Si la Palabra convoca a la comunidad, la Eucaristía la transforma en un
cuerpo: "Porque aun siendo muchos —escribe san Pablo—, somos un solo
pan y un solo cuerpo, pues todos participamos de un solo pan" (1 Co 10,
17). Por tanto, la Iglesia no es el resultado de una suma de individuos, sino
una unidad entre quienes se alimentan de la única Palabra de Dios y del
único Pan de vida. La comunión y la unidad de la Iglesia, que nacen de la
Eucaristía, son una realidad de la que debemos tener cada vez mayor
conciencia, también cuando recibimos la sagrada Comunión; debemos ser
cada vez más conscientes de que entramos en unidad con Cristo, y así
llegamos a ser uno entre nosotros. Debemos aprender siempre de nuevo a
conservar esta unidad y defenderla de rivalidades, controversias y celos,
que pueden nacer dentro de las comunidades eclesiales y entre ellas.
En particular, quiero pedir a los movimientos y a las comunidades
surgidos después del Vaticano II, que también en nuestra diócesis son un
don valioso que debemos agradecer siempre al Señor, quiero pedir a estos
movimientos que, repito, son un don, que se preocupen siempre de que sus
itinerarios formativos lleven a sus miembros a madurar un verdadero
sentido de pertenencia a la comunidad parroquial. El centro de la vida de
la parroquia, como he dicho, es la Eucaristía, y en particular la celebración
dominical. Si la unidad de la Iglesia nace del encuentro con el Señor, no es
secundario que se cuide mucho la adoración y la celebración de la
Eucaristía, permitiendo que los que participan en ellas experimenten la
belleza del misterio de Cristo. Dado que la belleza de la liturgia "no es
mero esteticismo sino el modo en que nos llega, nos fascina y nos cautiva
la verdad del amor de Dios en Cristo" (Sacramentum caritatis, 35), es
importante que la celebración eucarística manifieste, comunique, a través
de los signos sacramentales, la vida divina y revele a los hombres y a las
mujeres de esta ciudad el verdadero rostro de la Iglesia.
El crecimiento espiritual y apostólico de la comunidad lleva, además, a
promover su ampliación mediante una convencida acción misionera. Por
tanto, esforzaos por revitalizar en todas las parroquias, como en el tiempo
de la Misión ciudadana, los pequeños grupos o centros de escucha de
fieles que anuncian a Cristo y su Palabra, lugares donde sea posible
experimentar la fe, practicar la caridad y organizar la esperanza. Esta
articulación de las grandes parroquias urbanas a través de la
multiplicación de pequeñas comunidades permite una actividad misionera
más vasta, que tiene en cuenta la densidad de la población, su fisonomía
social y cultural, a menudo notablemente diversa. Sería importante que
este método pastoral tuviera una aplicación eficaz también en los lugares
de trabajo, que hoy se deben evangelizar con una pastoral de ambiente
bien pensada, pues por la notable movilidad social la población pasa en
ellos gran parte de su jornada.
Por último, no hay que olvidar el testimonio de la caridad, que une los
corazones y abre a la pertenencia eclesial. A la pregunta de cómo se
explica el éxito del cristianismo de los primeros siglos, la elevación de una
presunta secta judía al rango de religión del Imperio, los historiadores
responden que fue sobre todo la experiencia de la caridad de los cristianos
187
lo que convenció al mundo. Vivir la caridad es la forma primaria de la
actividad misionera. La Palabra anunciada y vivida resulta creíble si se
encarna en comportamientos de solidaridad, de compartir, en gestos que
muestran a Cristo como verdadero Amigo del hombre.
Ojalá que el testimonio silencioso y diario de caridad que dan las
parroquias gracias al compromiso de numerosos fieles laicos siga
extendiéndose cada vez más, para que quienes viven en el sufrimiento
sientan cercana a la Iglesia y experimenten el amor del Padre, rico en
misericordia. Por tanto, sed "buenos samaritanos", dispuestos a curar las
heridas materiales y espirituales de vuestros hermanos. Los diáconos,
conformados mediante la ordenación a Cristo siervo, podrán prestar un
servicio útil en la promoción de una renovada atención a las antiguas y
nuevas formas de pobreza. Pienso, además, en los jóvenes. Queridos
jóvenes, os invito a poner al servicio de Cristo y del Evangelio vuestro
entusiasmo y vuestra creatividad, convirtiéndoos en apóstoles de vuestros
coetáneos, dispuestos a responder generosamente al Señor si os llama a
seguirlo más de cerca en el sacerdocio o en la vida consagrada.
Queridos hermanos y hermanas, el futuro del cristianismo y de la
Iglesia en Roma también depende del compromiso y del testimonio de
cada uno de nosotros. Por esto invoco la intercesión materna de la Virgen
María, venerada desde hace siglos en la basílica de Santa María la Mayor
como Salus populi romani. Que, como hizo con los Apóstoles en el
Cenáculo en espera de Pentecostés, nos acompañe también a nosotros y
nos impulse a mirar con confianza al futuro.

LA TAREA FUNDAMENTAL DE LA EDUCACIÓN


20090528. Discurso. Conferencia episcopal italiana
No ignoramos las dificultades que las parroquias encuentran al llevar a
sus miembros a una plena adhesión a la fe cristiana en nuestro tiempo. No
es casualidad que muchos pidan una renovación marcada por una
colaboración cada vez mayor de los laicos y de su corresponsabilidad
misionera.
Por estas razones, en la acción pastoral oportunamente habéis querido
profundizar el compromiso misionero que ha caracterizado el camino de la
Iglesia en Italia después del Concilio, poniendo en el centro de la reflexión
de vuestra asamblea la tarea fundamental de la educación. Como he rea-
firmado en varias ocasiones, se trata de una exigencia constitutiva y
permanente de la vida de la Iglesia, que hoy tiende a asumir carácter de
urgencia e incluso de emergencia.
Durante estos días habéis tenido ocasión de escuchar, reflexionar y
debatir sobre la necesidad de preparar una especie de proyecto educativo,
que brote de una visión coherente y completa del hombre, como puede
surgir únicamente de la imagen y realización perfecta que tenemos en
Jesucristo. Él es el Maestro en cuya escuela se ha de redescubrir la tarea
educativa como una altísima vocación a la que, con diversas modalidades,
están llamados todos los fieles. En este tiempo, en el que es fuerte la
188
fascinación de concepciones relativistas y nihilistas de la vida y en el que
se pone en tela de juicio la legitimidad misma de la educación, la primera
contribución que podemos dar es la de testimoniar nuestra confianza en la
vida y en el hombre, en su razón y en su capacidad de amar.
Esta confianza no es fruto de un optimismo ingenuo, sino que nos
viene de la "esperanza fiable" (Spe salvi, 1) que se nos da mediante la fe
en la redención realizada por Jesucristo. Con referencia a este fundado
acto de amor al hombre, puede surgir una alianza educativa entre todos los
que tienen responsabilidades en este delicado ámbito de la vida social y
eclesial.
La conclusión, el domingo próximo, del trienio del Ágora de los
jóvenes italianos, en el que vuestra Conferencia ha llevado a cabo un
itinerario articulado de animación de la pastoral juvenil, constituye una
invitación a verificar el camino educativo que se está realizando y a
emprender nuevos proyectos destinados a una franja de destinatarios, la de
las nuevas generaciones, sumamente amplia y significativa para las
responsabilidades educativas de nuestras comunidades eclesiales y de toda
la sociedad.
Por último, la obra formativa se extiende también a la edad adulta, que
no queda excluida de una verdadera responsabilidad de educación
permanente. Nadie queda excluido de la tarea de ocuparse del crecimiento
propio y del ajeno hasta "la medida de la plenitud de Cristo" (Ef 4, 13).
La dificultad de formar cristianos auténticos se mezcla, hasta
confundirse, con la dificultad de hacer que crezcan hombres y mujeres
responsables y maduros, en los que la conciencia de la verdad y del bien, y
la adhesión libre a ellos, estén en el centro del proyecto educativo, capaz
de dar forma a un itinerario de crecimiento global debidamente preparado
y acompañado. Por esto, junto con un adecuado proyecto que indique la
finalidad de la educación a la luz del modelo acabado que se quiere seguir,
hacen falta educadores autorizados a los que las nuevas generaciones
puedan mirar con confianza.
En este Año paulino, que hemos vivido con la profundización de la
palabra y del ejemplo del gran Apóstol de los gentiles, y que de diversos
modos habéis celebrado en vuestras diócesis y precisamente ayer todos
juntos en la basílica de San Pablo extramuros, resuena con singular
eficacia su invitación: "Sed imitadores míos" (1 Co 11, 1). Son palabras
valientes, pero un verdadero educador pone en juego en primer lugar su
persona y sabe unir autoridad y ejemplaridad en la tarea de educar a los
que le han sido encomendados. De ello somos conscientes nosotros
mismos, que hemos sido constituidos guías en medio del pueblo de Dios, a
los que el apóstol san Pedro dirige, a su vez, la invitación a apacentar la
grey de Dios "siendo modelos de la grey" (1 P 5, 3). También sobre estas
palabras nos conviene meditar.
Así pues, resulta singularmente feliz esta circunstancia: después del
año dedicado al Apóstol de los gentiles, nos disponemos a celebrar un Año
sacerdotal. Juntamente con nuestros sacerdotes, estamos llamados a
redescubrir la gracia y la tarea del ministerio presbiteral. Este ministerio es
189
un servicio a la Iglesia y al pueblo cristiano, que exige una espiritualidad
profunda. En respuesta a la vocación divina, esa espiritualidad debe
alimentarse de la oración y de una intensa unión personal con el Señor,
para poder servirle en los hermanos mediante la predicación, los
sacramentos, una vida de comunidad ordenada y la ayuda a los pobres. En
todo el ministerio sacerdotal resalta, de este modo, la importancia de la
tarea educativa, para que crezcan personas libres, verdaderamente libres,
es decir, responsables, cristianos maduros y conscientes.

¿CÓMO SER MISIONEROS EN LA IGLESIA?


20090530. Discurso. Niños de la Infancia Misionera
Me llamo Anna Filippone, tengo doce años, soy monaguilla, vengo de
Calabria, de la diócesis de Oppido Mamertina-Palmi. Papa Benedicto, el
papá de mi amigo Giovanni es italiano y su mamá, ecuatoriana; y él es
muy feliz. ¿Crees que las diferentes culturas podrán vivir un día sin pe-
learse en el nombre de Jesús?
Entiendo que queréis saber cómo nosotros nos ayudábamos unos a
otros cuando éramos niños. Os puedo decir que viví los años de la escuela
primaria en un pequeño pueblo de 400 habitantes, muy lejos de los
grandes centros. Por tanto, éramos algo ingenuos; en ese pueblo, había
unos agricultores muy ricos y otros menos ricos pero acomodados; y
también había empleados pobres, artesanos. Poco antes de que yo
comenzara la escuela primaria, nuestra familia había llegado a ese pueblo
procedente de otro; por eso, éramos casi extranjeros para ellos; incluso el
dialecto era diferente. Por tanto, en esa escuela se reflejaban situaciones
sociales muy diversas. Sin embargo, reinaba gran comunión entre
nosotros. Me enseñaron su dialecto, pues yo todavía no lo conocía. La
colaboración era buena, y debo reconocer que, como es natural, en alguna
ocasión también nos peleábamos, pero después nos reconciliábamos y
olvidábamos lo que había sucedido.
Esto me parece importante. A veces, en la vida humana parece
inevitable pelearse; pero, en cualquier caso, lo importante es el arte de
reconciliarse, el perdón, volver a comenzar de nuevo y no dejar amargura
en el alma. Recuerdo con gratitud cómo colaborábamos todos: uno
ayudaba al otro y seguíamos juntos nuestro camino. Todos éramos
católicos, y naturalmente esto era una gran ayuda. Así aprendimos juntos a
conocer la Biblia, desde la creación hasta el sacrificio de Jesús en la cruz y
los inicios de la Iglesia. Juntos aprendimos el catecismo, aprendimos a
rezar juntos, nos preparamos juntos para la primera confesión, para la
primera Comunión, que fue un día espléndido. Comprendimos que Jesús
mismo viene a nosotros y que no es un Dios lejano: entra en nuestra vida,
en nuestra alma. Y, si Jesús mismo entra en cada uno de nosotros, nosotros
somos hermanos, hermanas, amigos y, por tanto, debemos comportarnos
como tales.
Para nosotros esta preparación para la primera confesión como
purificación de nuestra conciencia, de nuestra vida, y después también
190
para la primera Comunión como encuentro concreto con Jesús, que viene
a mí, que viene a todos nosotros, fueron factores que contribuyeron a
formar nuestra comunidad. Nos ayudaron a avanzar juntos, a aprender
juntos a reconciliarnos, cuando era necesario. Hacíamos también pequeños
espectáculos: es importante también colaborar, prestar atención a los
demás.
A los ocho o nueve años me hice monaguillo. En aquel tiempo no ha-
bía todavía monaguillas, pero las muchachas leían mejor que nosotros. Por
eso, ellas leían las lecturas de la liturgia, mientras que nosotros éramos
monaguillos. En aquel tiempo, todavía había muchos textos en latín que
había que aprender; así, cada uno tenía que hacer su parte de esfuerzo.
Como he dicho, no éramos santos: nos peleábamos, pero había gran
comunión, en la que no contaban las distinciones entre ricos y pobres,
inteligentes y menos inteligentes. Contaba la comunión con Jesús en el
camino de la fe común y en la responsabilidad común, en los juegos, en el
trabajo común. Éramos capaces de vivir juntos, de ser amigos; y aunque
desde 1937, es decir, desde hace más de setenta años, no he vuelto a ese
pueblo, seguimos siendo amigos. Aprendimos a aceptarnos unos a otros, a
soportarnos unos a otros.
Esto me parece importante: a pesar de nuestras debilidades, nos
aceptamos; y con Jesucristo, con la Iglesia, encontramos juntos el camino
de la paz y aprendemos a vivir bien.

Me llamo Letizia y te quería hacer una pregunta. Querido Papa


Benedicto XVI, cuando eras pequeño, ¿qué quería decir para ti el lema:
"Los niños ayudan a los niños"? ¿Pensaste alguna vez que llegarías a ser
Papa?
A decir verdad, nunca pensé que llegaría a ser Papa, pues, como ya he
dicho, era un muchacho bastante ingenuo, en un pequeño pueblo muy
alejado de las ciudades, en una provincia olvidada. Éramos felices de vivir
en esa provincia y no pensábamos en otras cosas. Naturalmente
conocíamos, venerábamos y amábamos al Papa —era Pío XI—, pero para
nosotros estaba a una altura inalcanzable, casi otro mundo; era nuestro
padre, pero una realidad muy superior a todos nosotros. Y tengo que decir
que todavía hoy me cuesta comprender cómo el Señor pudo pensar en mí,
destinándome a este ministerio. Pero lo acepto de sus manos, aunque es
algo sorprendente y me parece que supera con mucho mis fuerzas. Sin
embargo, el Señor me ayuda.

Querido Papa Benedicto, soy Alessandro. Quiero preguntarte a ti que


eres el primer misionero: nosotros, los muchachos, ¿cómo podemos
ayudarte a anunciar el Evangelio?
Una primera manera es colaborar con la Obra pontificia de la Infancia
Misionera. Así formáis parte de una gran familia, que lleva el Evangelio al
mundo. Así pertenecéis a una gran red. Aquí se ve representada la familia
de los diferentes pueblos. Vosotros estáis en esta gran familia: cada uno
hace lo que está de su parte y juntos sois misioneros, promotores de la
191
obra misionera de la Iglesia. Tenéis un hermoso programa, indicado por
vuestra portavoz: escuchar, rezar, conocer, compartir, ser solidarios. Estos
son los elementos esenciales que constituyen realmente una forma de ser
misionero, de hacer que crezca la Iglesia y la presencia del Evangelio en el
mundo. Quiero subrayar algunos de estos puntos.
Ante todo, rezar. La oración es una realidad: Dios nos escucha y,
cuando rezamos, Dios entra en nuestra vida, se hace presente entre
nosotros, y actúa. Rezar es algo muy importante, que puede cambiar el
mundo, pues hace presente la fuerza de Dios. Y es importante ayudarse
para rezar: rezamos juntos en la liturgia, rezamos juntos en la familia. Es
importante comenzar el día con una pequeña oración y también acabar el
día con una pequeña oración: recordar a vuestros padres en la oración.
Rezar antes de la comida, antes de la cena, y con motivo de la celebración
común del domingo. Un domingo sin misa, la gran oración común de la
Iglesia, no es un verdadero domingo: le falta el corazón del domingo, y la
luz para la semana. Podéis también ayudar a los demás, especialmente
cuando no se reza en casa, cuando no se conoce la oración, enseñándoles a
rezar: al rezar con ellos se introduce a los demás en la comunión con Dios.
Luego hay que escuchar, es decir, aprender realmente lo que nos dice
Jesús. Además, hay que conocer la Sagrada Escritura, la Biblia. En la
historia de Jesús —como ha dicho el cardenal— descubrimos el rostro de
Dios, aprendemos cómo es Dios. Es importante conocer a Jesús de forma
profunda y personal. Así entra en nuestra vida y, a través de nuestra vida,
entra en el mundo.
También hay que compartir, no querer las cosas sólo para uno mismo,
sino para todos; compartir con los demás. Y si vemos que otro tiene
necesidad, que tiene menos cualidades, debemos ayudarle, para hacer
presente el amor de Dios sin grandes palabras en nuestro pequeño mundo
personal, que forma parte del gran mundo. Así, juntos nos convertimos en
una familia, en la que uno respeta al otro: soporta al otro en su alteridad,
acepta incluso a los antipáticos, no deja que uno quede marginado, sino
que lo ayuda a integrarse en la comunidad.
Todo esto quiere decir simplemente vivir en esta gran familia de la
Iglesia, en esta gran familia misionera. Vivir los puntos esenciales como el
compartir, el conocimiento de Jesús, la oración, la escucha recíproca y la
solidaridad es una obra misionera, pues ayuda a que el Evangelio se haga
realidad en nuestro mundo.

PENTECOSTÉS: EL FUEGO QUE CRISTO VINO A TRAER


20090531. Homilía.
Cada vez que celebramos la eucaristía vivimos en la fe el misterio que
se realiza en el altar; es decir, participamos en el acto supremo de amor
que Cristo realizó con su muerte y su resurrección. El único y mismo
centro de la liturgia y de la vida cristiana —el misterio pascual—, en las
diversas solemnidades y fiestas asume "formas" específicas, con nuevos
192
significados y con dones particulares de gracia. Entre todas las
solemnidades Pentecostés destaca por su importancia, pues en ella se
realiza lo que Jesús mismo anunció como finalidad de toda su misión en la
tierra. En efecto, mientras subía a Jerusalén, declaró a los discípulos: "He
venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya
estuviera encendido!" (Lc 12, 49). Estas palabras se cumplieron de la
forma más evidente cincuenta días después de la resurrección, en
Pentecostés, antigua fiesta judía que en la Iglesia ha llegado a ser la fiesta
por excelencia del Espíritu Santo: "Se les aparecieron unas lenguas como
de fuego (...) y quedaron todos llenos del Espíritu Santo" (Hch 2, 3-4).
Cristo trajo a la tierra el fuego verdadero, el Espíritu Santo. No se lo
arrebató a los dioses, como hizo Prometeo, según el mito griego, sino que
se hizo mediador del "don de Dios" obteniéndolo para nosotros con el
mayor acto de amor de la historia: su muerte en la cruz.
Dios quiere seguir dando este "fuego" a toda generación humana y,
naturalmente, es libre de hacerlo como quiera y cuando quiera. Él es
espíritu, y el espíritu "sopla donde quiere" (cf. Jn 3, 8). Sin embargo, hay
un "camino normal" que Dios mismo ha elegido para "arrojar el fuego
sobre la tierra": este camino es Jesús, su Hijo unigénito encarnado, muerto
y resucitado. A su vez, Jesucristo constituyó la Iglesia como su Cuerpo
místico, para que prolongue su misión en la historia. "Recibid el Espíritu
Santo", dijo el Señor a los Apóstoles la tarde de la Resurrección,
acompañando estas palabras con un gesto expresivo: "sopló" sobre ellos
(cf. Jn 20, 22). Así manifestó que les transmitía su Espíritu, el Espíritu del
Padre y del Hijo.
Ahora, queridos hermanos y hermanas, en esta solemnidad, la
Escritura nos dice una vez más cómo debe ser la comunidad, cómo
debemos ser nosotros, para recibir el don del Espíritu Santo. En el relato
que describe el acontecimiento de Pentecostés, el autor sagrado recuerda
que los discípulos "estaban todos reunidos en un mismo lugar". Este
"lugar" es el Cenáculo, la "sala grande en el piso superior" (cf. Mc 14, 15)
donde Jesús había celebrado con sus discípulos la última Cena, donde se
les había aparecido después de su resurrección; esa sala se había
convertido, por decirlo así, en la "sede" de la Iglesia naciente (cf. Hch 1,
13). Sin embargo, los
Hechos de los Apóstoles, más que insistir en el lugar físico, quieren poner
de relieve la actitud interior de los discípulos: "Todos ellos perseveraban
en la oración con un mismo espíritu" (Hch 1, 14). Por consiguiente, la
concordia de los discípulos es la condición para que venga el Espíritu
Santo; y la concordia presupone la oración.
Esto, queridos hermanos y hermanas, vale también para la Iglesia hoy;
vale para nosotros, que estamos aquí reunidos. Si queremos que
Pentecostés no se reduzca a un simple rito o a una conmemoración,
aunque sea sugestiva, sino que sea un acontecimiento actual de salvación,
debemos disponernos con religiosa espera a recibir el don de Dios
mediante la humilde y silenciosa escucha de su Palabra. Para que
Pentecostés se renueve en nuestro tiempo, tal vez es necesario —sin quitar
193
nada a la libertad de Dios— que la Iglesia esté menos "ajetreada" en
actividades y más dedicada a la oración.
Nos lo enseña la Madre de la Iglesia, María santísima, Esposa del
Espíritu Santo. Este año Pentecostés cae precisamente el último día de
mayo, en el que de ordinario se celebra la fiesta de la Visitación. También
la Visitación fue una especie de pequeño "pentecostés", que hizo brotar el
gozo y la alabanza en el corazón de Isabel y en el de María, una estéril y la
otra virgen, ambas convertidas en madres por una intervención divina
extraordinaria (cf.Lc 1, 41-45).
Los Hechos de los Apóstoles, para indicar al Espíritu Santo, utilizan
dos grandes imágenes: la de la tempestad y la del fuego. Claramente, san
Lucas tiene en su mente la teofanía del Sinaí, narrada en los libros del
Éxodo (Ex 19, 16-19) y el Deuteronomio (Dt 4, 10-12.36). En el mundo
antiguo la tempestad se veía como signo del poder divino, ante el cual el
hombre se sentía subyugado y aterrorizado. Pero quiero subrayar también
otro aspecto: la tempestad se describe como "viento impetuoso", y esto
hace pensar en el aire, que distingue a nuestro planeta de los demás astros
y nos permite vivir en él. Lo que el aire es para la vida biológica, lo es el
Espíritu Santo para la vida espiritual; y, como existe una contaminación
atmosférica que envenena el ambiente y a los seres vivos, también existe
una contaminación del corazón y del espíritu, que daña y envenena la
existencia espiritual. Así como no conviene acostumbrarse a los venenos
del aire —y por eso el compromiso ecológico constituye hoy una
prioridad—, se debería actuar del mismo modo con respecto a lo que
corrompe el espíritu. En cambio, parece que nos estamos acostumbrando
sin dificultad a muchos productos que circulan en nuestras sociedades
contaminando la mente y el corazón, por ejemplo imágenes que enfatizan
el placer, la violencia o el desprecio del hombre y de la mujer. También
esto es libertad, se dice, sin reconocer que todo eso contamina, intoxica el
alma, sobre todo de las nuevas generaciones, y acaba por condicionar su
libertad misma. En cambio, la metáfora del viento impetuoso de
Pentecostés hace pensar en la necesidad de respirar aire limpio, tanto con
los pulmones, el aire físico, como con el corazón, el aire espiritual, el aire
saludable del espíritu, que es el amor.
La otra imagen del Espíritu Santo que encontramos en los Hechos de
los Apóstoles es el fuego. Al inicio aludí a la comparación entre Jesús y la
figura mitológica de Prometeo, que recuerda un aspecto característico del
hombre moderno. Al apoderarse de las energías del cosmos —el
"fuego"—, parece que el ser humano hoy se afirma a sí mismo como dios
y quiere transformar el mundo, excluyendo, dejando a un lado o incluso
rechazando al Creador del universo. El hombre ya no quiere ser imagen de
Dios, sino de sí mismo; se declara autónomo, libre, adulto.
Evidentemente, esta actitud revela una relación no auténtica con Dios,
consecuencia de una falsa imagen que se ha construido de él, como el hijo
pródigo de la parábola evangélica, que cree realizarse a sí mismo
alejándose de la casa del padre. En las manos de un hombre que piensa
así, el "fuego" y sus enormes potencialidades resultan peligrosas: pueden
194
volverse contra la vida y contra la humanidad misma, como por desgracia
lo demuestra la historia. Como advertencia perenne quedan las tragedias
de Hiroshima y Nagasaki, donde la energía atómica, utilizada con fines
bélicos, acabó sembrando la muerte en proporciones inauditas.
En verdad, se podrían encontrar muchos ejemplos menos graves, pero
igualmente sintomáticos, en la realidad de cada día. La Sagrada Escritura
nos revela que la energía capaz de mover el mundo no es una fuerza
anónima y ciega, sino la acción del "espíritu de Dios que aleteaba por
encima de las aguas" (Gn 1, 2) al inicio de la creación. Y Jesucristo no
"trajo a la tierra" la fuerza vital, que ya estaba en ella, sino el Espíritu
Santo, es decir, el amor de Dios que "renueva la faz de la tierra"
purificándola del mal y liberándola del dominio de la muerte (cf. Sal 104,
29-30). Este "fuego" puro, esencial y personal, el fuego del amor, vino
sobre los Apóstoles, reunidos en oración con María en el Cenáculo, para
hacer de la Iglesia la prolongación de la obra renovadora de Cristo.
Los Hechos de los Apóstoles nos sugieren, por último, otro
pensamiento: el Espíritu Santo vence el miedo. Sabemos que los
discípulos se habían refugiado en el Cenáculo después del arresto de su
Maestro y allí habían permanecido segregados por temor a padecer su
misma suerte. Después de la resurrección de Jesús, su miedo no
desapareció de repente. Pero en Pentecostés, cuando el Espíritu Santo se
posó sobre ellos, esos hombres salieron del Cenáculo sin miedo y
comenzaron a anunciar a todos la buena nueva de Cristo crucificado y
resucitado. Ya no tenían miedo alguno, porque se sentían en las manos del
más fuerte.
Sí, queridos hermanos y hermanas, el Espíritu de Dios, donde entra,
expulsa el miedo; nos hace conocer y sentir que estamos en las manos de
una Omnipotencia de amor: suceda lo que suceda, su amor infinito no nos
abandona. Lo demuestra el testimonio de los mártires, la valentía de los
confesores de la fe, el ímpetu intrépido de los misioneros, la franqueza de
los predicadores, el ejemplo de todos los santos, algunos incluso
adolescentes y niños. Lo demuestra la existencia misma de la Iglesia que,
a pesar de los límites y las culpas de los hombres, sigue cruzando el
océano de la historia, impulsada por el soplo de Dios y animada por su
fuego purificador.
Con esta fe y esta gozosa esperanza repitamos hoy, por intercesión de
María: "Envía tu Espíritu, Señor, para que renueve la faz de la tierra".

EL ESPÍRITU SANTO ES EL ALMA DE LA IGLESIA


20090531. Regina coeli.
La Iglesia esparcida por el mundo entero revive hoy, solemnidad de
Pentecostés, el misterio de su nacimiento, de su "bautismo" en el Espíritu
Santo (cf. Hch 1, 5), que tuvo lugar en Jerusalén cincuenta días después de
la Pascua, precisamente en la fiesta judía de Pentecostés. Jesús resucitado
había dicho a sus discípulos: "Permaneced en la ciudad hasta que seáis
revestidos de poder desde lo alto" (Lc 24, 49). Esto aconteció de forma
195
sensible en el Cenáculo, mientras se encontraban todos reunidos en
oración junto con María, la Virgen Madre.
Como leemos en los Hechos de los Apóstoles, de repente aquel lugar
se vio invadido por un viento impetuoso, y unas lenguas como de fuego se
posaron sobre cada uno de los presentes. Los Apóstoles salieron entonces
y comenzaron a proclamar en diversas lenguas que Jesús es el Cristo, el
Hijo de Dios, que murió y resucitó (cf. Hch 2, 1-4). El Espíritu Santo, que
con el Padre y el Hijo creó el universo, que guió la historia del pueblo de
Israel y habló por los profetas, que en la plenitud de los tiempos cooperó a
nuestra redención, en Pentecostés bajó sobre la Iglesia naciente y la hizo
misionera, enviándola a anunciar a todos los pueblos la victoria del amor
divino sobre el pecado y sobre la muerte.
El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia. Sin él, ¿a qué se reduciría?
Ciertamente, sería un gran movimiento histórico, una institución social
compleja y sólida, tal vez una especie de agencia humanitaria. Y en verdad
es así como la consideran quienes la ven desde fuera de la perspectiva de
la fe. Pero, en realidad, en su verdadera naturaleza y también en su
presencia histórica más auténtica, la Iglesia es plasmada y guiada sin cesar
por el Espíritu de su Señor. Es un cuerpo vivo, cuya vitalidad es
precisamente fruto del Espíritu divino invisible.
Queridos amigos, este año la solemnidad de Pentecostés cae en el
último día del mes de mayo, en el que habitualmente se celebra la hermosa
fiesta mariana de la Visitación. Este hecho nos invita a dejarnos inspirar y,
en cierto modo, instruir por la Virgen María, la cual fue protagonista de
ambos acontecimientos. En Nazaret ella recibió el anuncio de su singular
maternidad e, inmediatamente después de haber concebido a Jesús por
obra del Espíritu Santo, fue impulsada por el mismo Espíritu de amor a
acudir en ayuda de su anciana prima Isabel, que ya se encontraba en el
sexto mes de una gestación también prodigiosa. La joven María, que,
llevando en su seno a Jesús y olvidándose de sí misma, acude en ayuda del
prójimo, es icono estupendo de la Iglesia en la perenne juventud del
Espíritu, de la Iglesia misionera del Verbo encarnado, llamada a llevarlo al
mundo y a testimoniarlo especialmente en el servicio de la caridad.
Invoquemos, por tanto, la intercesión de María santísima, para que
obtenga a la Iglesia de nuestro tiempo la gracia de ser poderosamente
fortalecida por el Espíritu Santo. Que sientan la presencia consoladora del
Paráclito en especial las comunidades eclesiales que sufren persecución
por el nombre de Cristo, para que, participando en sus sufrimientos,
reciban en abundancia el Espíritu de la gloria (cf. 1 P 4, 13-14).

NUEVAS TECNOLOGÍAS, NUEVAS RELACIONES


20090524. Mensaje. Jornada mundial comunicaciones sociales.
Ante la proximidad de la Jornada Mundial de las Comunicaciones
Sociales, me es grato dirigirme a vosotros para exponeros algunas de mis
reflexiones sobre el tema elegido este año: Nuevas tecnologías, nuevas
relaciones. Promover una cultura de respeto, de diálogo y amistad. En
196
efecto, las nuevas tecnologías digitales están provocando hondas
transformaciones en los modelos de comunicación y en las relaciones
humanas. Estos cambios resaltan más aún entre los jóvenes que han
crecido en estrecho contacto con estas nuevas técnicas de comunicación y
que, por tanto, se sienten a gusto en el mundo digital, que resulta sin
embargo menos familiar a muchos de nosotros, adultos, que hemos debido
empezar a entenderlo y apreciar las oportunidades que ofrece para la
comunicación. En el mensaje de este año, pienso particularmente en
quienes forman parte de la llamada generación digital. Quisiera compartir
con ellos algunas ideas sobre el extraordinario potencial de las nuevas
tecnologías, cuando se usan para favorecer la comprensión y la solidaridad
humana. Estas tecnologías son un verdadero don para la humanidad y por
ello debemos hacer que sus ventajas se pongan al servicio de todos los
seres humanos y de todas las comunidades, sobre todo de los más
necesitados y vulnerables.
El fácil acceso a teléfonos móviles y computadoras, unido a la
dimensión global y a la presencia capilar de Internet, han multiplicado los
medios para enviar instantáneamente palabras e imágenes a grandes
distancias y hasta los lugares más remotos del mundo. Esta posibilidad era
impensable para las precedentes generaciones. Los jóvenes especialmente
se han dado cuenta del enorme potencial de los nuevos medios para
facilitar la conexión, la comunicación y la comprensión entre las personas
y las comunidades, y los utilizan para estar en contacto con sus amigos,
para encontrar nuevas amistades, para crear comunidades y redes, para
buscar información y noticias, para compartir sus ideas y opiniones. De
esta nueva cultura de comunicación se derivan muchos beneficios: las
familias pueden permanecer en contacto aunque sus miembros estén muy
lejos unos de otros; los estudiantes e investigadores tienen acceso más
fácil e inmediato a documentos, fuentes y descubrimientos científicos, y
pueden así trabajar en equipo desde diversos lugares; además, la
naturaleza interactiva de los nuevos medios facilita formas más dinámicas
de aprendizaje y de comunicación que contribuyen al progreso social.
Aunque nos asombra la velocidad con que han evolucionado las
nuevas tecnologías en cuanto a su fiabilidad y eficiencia, no debería de
sorprendernos su popularidad entre los usuarios, pues ésta responde al
deseo fundamental de las personas de entrar en relación unas con otras.
Este anhelo de comunicación y amistad tiene su raíz en nuestra propia
naturaleza humana y no puede comprenderse adecuadamente sólo como
una respuesta a las innovaciones tecnológicas. A la luz del mensaje
bíblico, ha de entenderse como reflejo de nuestra participación en el amor
comunicativo y unificador de Dios, que quiere hacer de toda la humanidad
una sola familia. Cuando sentimos la necesidad de acercarnos a otras
personas, cuando deseamos conocerlas mejor y darnos a conocer, estamos
respondiendo a la llamada divina, una llamada que está grabada en nuestra
naturaleza de seres creados a imagen y semejanza de Dios, el Dios de la
comunicación y de la comunión.
197
El deseo de estar en contacto y el instinto de comunicación, que
parecen darse por descontados en la cultura contemporánea, son en el
fondo manifestaciones modernas de la tendencia fundamental y constante
del ser humano a ir más allá de sí mismo para entrar en relación con los
demás. En realidad, cuando nos abrimos a los demás, realizamos una de
nuestras más profundas aspiraciones y nos hacemos más plenamente
humanos. En efecto, amar es aquello para lo que hemos sido concebidos
por el Creador. Naturalmente, no hablo de relaciones pasajeras y
superficiales; hablo del verdadero amor, que es el centro de la enseñanza
moral de Jesús: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu
alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”, y “amarás a tu prójimo
como a ti mismo” (cf. Mc 12, 30-31). Con esta luz, al reflexionar sobre el
significado de las nuevas tecnologías, es importante considerar no sólo su
indudable capacidad de favorecer el contacto entre las personas, sino
también la calidad de los contenidos que se deben poner en circulación.
Deseo animar a todas las personas de buena voluntad, y que trabajan en el
mundo emergente de la comunicación digital, para que se comprometan a
promover una cultura de respeto, diálogo y amistad.
Por lo tanto, quienes se ocupan del sector de la producción y difusión
de contenidos de los nuevos medios, han de comprometerse a respetar la
dignidad y el valor de la persona humana. Si las nuevas tecnologías deben
servir para el bien de los individuos y de la sociedad, quienes las usan
deben evitar compartir palabras e imágenes degradantes para el ser
humano, y excluir por tanto lo que alimenta el odio y la intolerancia,
envilece la belleza y la intimidad de la sexualidad humana, o lo que
explota a los débiles e indefensos.
Las nuevas tecnologías han abierto también caminos para el diálogo
entre personas de diversos países, culturas y religiones. El nuevo espacio
digital, llamado ciberespacio, permite encontrarse y conocer los valores y
tradiciones de otros. Sin embargo, para que esos encuentros den fruto, se
requieren formas honestas y correctas de expresión, además de una
escucha atenta y respetuosa. El diálogo debe estar basado en una búsqueda
sincera y recíproca de la verdad, para potenciar el desarrollo en la
comprensión y la tolerancia. La vida no es una simple sucesión de hechos
y experiencias; es más bien la búsqueda de la verdad, del bien, de la
belleza. A dichos fines se encaminan nuestras decisiones y el ejercicio de
nuestra libertad, y en ellos —la verdad, el bien y la belleza— encontramos
felicidad y alegría. No hay que dejarse engañar por quienes tan sólo van
en busca de consumidores en un mercado de posibilidades indiferenciadas,
donde la elección misma se presenta como el bien, la novedad se confunde
con la belleza y la experiencia subjetiva suplanta a la verdad.
El concepto de amistad ha tenido un nuevo auge en el vocabulario de
las redes sociales digitales que han surgido en los últimos años. Este
concepto es una de las más nobles conquistas de la cultura humana. En
nuestras amistades, y a través de ellas, crecemos y nos desarrollamos
como seres humanos. Precisamente por eso, siempre se ha considerado la
verdadera amistad como una de las riquezas más grandes que puede tener
198
el ser humano. Por tanto, se ha de tener cuidado de no banalizar el
concepto y la experiencia de la amistad. Sería una pena que nuestro deseo
de establecer y desarrollar las amistades on line fuera en deterioro de
nuestra disponibilidad para la familia, los vecinos y quienes encontramos
en nuestra realidad cotidiana, en el lugar de trabajo, en la escuela o en el
tiempo libre. En efecto, cuando el deseo de conexión virtual se convierte
en obsesivo, la consecuencia es que la persona se aísla, interrumpiendo su
interacción social real. Esto termina por alterar también los ritmos de
reposo, de silencio y de reflexión necesarios para un sano desarrollo
humano.
La amistad es un gran bien para las personas, pero se vaciaría de
sentido si fuese considerado como un fin en sí mismo. Los amigos deben
sostenerse y animarse mutuamente para desarrollar sus capacidades y
talentos, y para poner éstos al servicio de la comunidad humana. En este
contexto es alentador ver surgir nuevas redes digitales que tratan de
promover la solidaridad humana, la paz y la justicia, los derechos
humanos, el respeto por la vida y el bien de la creación. Estas redes
pueden facilitar formas de cooperación entre pueblos de diversos
contextos geográficos y culturales, permitiéndoles profundizar en la
humanidad común y en el sentido de corresponsabilidad para el bien de
todos. Pero se ha de procurar que el mundo digital en el que se crean esas
redes sea realmente accesible a todos. Sería un grave daño para el futuro
de la humanidad si los nuevos instrumentos de comunicación, que
permiten compartir saber e información de modo más veloz y eficaz, no
fueran accesibles a quienes ya están social y económicamente marginados,
o si contribuyeran tan sólo a acrecentar la distancia que separa a los
pobres de las nuevas redes que se desarrollan al servicio de la información
y la socialización humana.
Quisiera concluir este mensaje dirigiéndome de manera especial a los
jóvenes católicos, para exhortarlos a llevar al mundo digital el testimonio
de su fe. Amigos, sentíos comprometidos a sembrar en la cultura de este
nuevo ambiente comunicativo e informativo los valores sobre los que se
apoya vuestra vida. En los primeros tiempos de la Iglesia, los Apóstoles y
sus discípulos llevaron la Buena Noticia de Jesús al mundo grecorromano.
Así como entonces la evangelización, para dar fruto, tuvo necesidad de
una atenta comprensión de la cultura y de las costumbres de aquellos
pueblos paganos, con el fin de tocar su mente y su corazón, así también
ahora el anuncio de Cristo en el mundo de las nuevas tecnologías requiere
conocer éstas en profundidad para usarlas después de manera adecuada. A
vosotros, jóvenes, que casi espontáneamente os sentís en sintonía con
estos nuevos medios de comunicación, os corresponde de manera
particular la tarea de evangelizar este “continente digital”. Haceos cargo
con entusiasmo del anuncio del Evangelio a vuestros coetáneos. Vosotros
conocéis sus temores y sus esperanzas, sus entusiasmos y sus desilusiones.
El don más valioso que les podéis ofrecer es compartir con ellos la “buena
noticia” de un Dios que se hizo hombre, padeció, murió y resucitó para
salvar a la humanidad. El corazón humano anhela un mundo en el que
199
reine el amor, donde los bienes sean compartidos, donde se edifique la
unidad, donde la libertad encuentre su propio sentido en la verdad y donde
la identidad de cada uno se logre en una comunión respetuosa. La fe puede
dar respuesta a estas aspiraciones: ¡sed sus mensajeros! El Papa está junto
a vosotros con su oración y con su bendición.

LA AMISTAD ERA EL ESTILO DE SU APOSTOLADO


20090506. Mensaje. IV centenario de la muerte del P. Matteo Ricci.
El jesuita Matteo Ricci, que nació en Macerata el 6 de octubre de
1552, dotado de profunda fe y de extraordinario ingenio cultural y
científico, dedicó muchos años de su vida a tejer un provechoso diálogo
entre Occidente y Oriente, realizando al mismo tiempo una acción eficaz
de arraigo del Evangelio en la cultura del gran pueblo de China. Su
ejemplo sigue siendo también hoy un modelo de encuentro beneficioso
entre la civilización europea y la china.
Por tanto, me uno de buen grado a cuantos recuerdan a este generoso
hijo de vuestra tierra, ministro obediente de la Iglesia e intrépido e
inteligente mensajero del Evangelio de Cristo. Considerando su intensa
actividad científica y espiritual, no se puede menos de quedar
favorablemente impresionados por la innovadora y peculiar capacidad que
tuvo de acercarse, con pleno respeto, a las tradiciones culturales y
espirituales chinas en su conjunto.
Efectivamente, esa actitud caracterizó su misión, orientada a buscar la
posible armonía entre la noble y milenaria civilización china y la novedad
cristiana, que es fermento de liberación y de auténtica renovación dentro
de toda sociedad, dado que el Evangelio, mensaje universal de salvación,
está destinado a todos los hombres, cualquiera que sea el contexto cultural
y religioso al que pertenezcan.
Además, lo que ha hecho original y —podríamos decir— profético su
apostolado, fue seguramente la profunda simpatía que sentía por los
chinos, por su historia, por sus culturas y tradiciones religiosas. Baste
recordar su Tratado sobre la amistad (De amicitia Jiaoyoulun), que
obtuvo gran éxito desde su primera edición en Nankín en 1595. Este
paisano vuestro, modelo de diálogo y de respeto por las creencias de los
demás, hizo de la amistad el estilo de su apostolado durante los veintiocho
años que permaneció en China. La amistad que ofrecía era correspondida
por las poblaciones locales precisamente gracias al clima de respeto y
estima que trataba de cultivar, preocupándose por conocer cada vez mejor
las tradiciones de la China de ese tiempo.
A pesar de las dificultades y las incomprensiones que afrontó, el padre
Ricci quiso mantenerse fiel hasta la muerte a ese estilo de evangelización,
aplicando —se podría decir— una metodología científica y una estrategia
pastoral basadas, por una parte, en el respeto de las sanas costumbres del
lugar, que los neófitos chinos no debían abandonar cuando abrazaban la fe
cristiana; y, por otra, en la convicción de que la Revelación podía
valorarlas y completarlas aún más. Y precisamente de acuerdo con estas
200
convicciones, el padre Ricci, como habían hecho los Padres de la Iglesia
en el encuentro del Evangelio con la cultura grecorromana, planteó su
clarividente labor de inculturación del cristianismo en China, buscando un
entendimiento constante con los doctos de ese país.

FORMAR SACERDOTES ES UNA MISIÓN DELICADA


20090606. Discurso. Pontificio Seminario Francés de Roma.
La tarea de formar sacerdotes es una misión delicada. La formación
propuesta en el seminario es exigente, pues a la solicitud pastoral de los
futuros sacerdotes se encomendará una porción del pueblo de Dios, que
Cristo salvó y por el que dio su vida. Conviene que los seminaristas
recuerden que si la Iglesia se muestra exigente con ellos es porque deberán
cuidar de quienes Cristo adquirió a un precio tan elevado.
Son muchas las aptitudes que se exigen a los futuros sacerdotes: la
madurez humana, las cualidades espirituales, el celo apostólico, el rigor
intelectual... Para conseguir estas virtudes, los candidatos al sacerdocio no
sólo deben poder ser sus testigos entre sus formadores; más aún, deben
poder ser los primeros beneficiarios de estas cualidades vividas y
dispensadas por quienes tienen la tarea de hacerlos crecer. Es ley de
nuestra humanidad y de nuestra fe que, con mucha frecuencia, sólo somos
capaces de dar lo que hemos recibido antes de Dios a través de las
mediaciones eclesiales y humanas que él ha instituido. Quien recibe la
tarea del discernimiento y de la formación debe recordar que la esperanza
que tiene para los demás es en primer lugar un deber para sí mismo.
Me complace citar aquí al cardenal Suhard, personalidad eminente, el
cual dijo a propósito de los ministros de Cristo: «Eterna paradoja del
sacerdote. Lleva en sí realidades contrarias. Concilia, al precio de su vida,
la fidelidad a Dios y la fidelidad al hombre. Parece pobre y sin fuerza...
No cuenta con medios políticos, ni con recursos financieros, ni con la
fuerza de las armas, de los que otros se valen para conquistar la tierra. Su
fuerza consiste en estar desarmado y en que “todo lo puede en Aquel que
lo conforta”» (Ecclesia n. 141, p. 21, diciembre de 1960).
201

SANTÍSIMA TRINIDAD: SÓLO EL AMOR NOS HACE FELICES


20090607. Angelus. Solemnidad Santísima Trinidad.
Después del tiempo pascual, que culmina en la fiesta de Pentecostés, la
liturgia prevé estas tres solemnidades del Señor: hoy, la Santísima
Trinidad; el jueves próximo, el Corpus Christi, que en muchos países,
entre ellos Italia, se celebrará el domingo próximo; y, por último, el
viernes sucesivo, la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Cada una de
estas celebraciones litúrgicas subraya una perspectiva desde la que se
abarca todo el misterio de la fe cristiana; es decir, respectivamente, la
realidad de Dios uno y trino, el sacramento de la Eucaristía y el centro
divino-humano de la Persona de Cristo. En verdad, son aspectos del único
misterio de salvación, que en cierto sentido resumen todo el itinerario de
la revelación de Jesús, desde la encarnación, la muerte y la resurrección
hasta la ascensión y el don del Espíritu Santo.
Hoy contemplamos la Santísima Trinidad tal como nos la dio a conocer
Jesús. Él nos reveló que Dios es amor “no en la unidad de una sola persona,
sino en la trinidad de una sola sustancia” (Prefacio): es Creador y Padre
misericordioso; es Hijo unigénito, eterna Sabiduría encarnada, muerto y
resucitado por nosotros; y, por último, es Espíritu Santo, que lo mueve todo,
el cosmos y la historia, hacia la plena recapitulación final. Tres Personas que
son un solo Dios, porque el Padre es amor, el Hijo es amor y el Espíritu es
amor. Dios es todo amor y sólo amor, amor purísimo, infinito y eterno. No
vive en una espléndida soledad, sino que más bien es fuente inagotable de
vida que se entrega y comunica incesantemente.
Lo podemos intuir, en cierto modo, observando tanto el macro-
universo —nuestra tierra, los planetas, las estrellas, las galaxias— como el
micro-universo —las células, los átomos, las partículas elementales—. En
todo lo que existe está grabado, en cierto sentido, el “nombre” de la
Santísima Trinidad, porque todo el ser, hasta sus últimas partículas, es ser
en relación, y así se trasluce el Dios-relación, se trasluce en última
instancia el Amor creador. Todo proviene del amor, tiende al amor y se
mueve impulsado por el amor, naturalmente con grados diversos de
conciencia y libertad.
“¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!”
(Sal 8, 2), exclama el salmista. Hablando del “nombre”, la Biblia indica a
Dios mismo, su identidad más verdadera, identidad que resplandece en
toda la creación, donde cada ser, por el mismo hecho de existir y por el
“tejido” del que está hecho, hace referencia a un Principio trascendente, a
la Vida eterna e infinita que se entrega; en una palabra, al Amor. “En él —
dijo san Pablo en el Areópago de Atenas— vivimos, nos movemos y
existimos” (Hch 17, 28). La prueba más fuerte de que hemos sido creados
a imagen de la Trinidad es esta: sólo el amor nos hace felices, porque
vivimos en relación, y vivimos para amar y ser amados. Utilizando una
analogía sugerida por la biología, diríamos que el ser humano lleva en su
“genoma” la huella profunda de la Trinidad, de Dios-Amor.
202
La Virgen María, con su dócil humildad, se convirtió en esclava del
Amor divino: aceptó la voluntad del Padre y concibió al Hijo por obra del
Espíritu Santo. En ella el Omnipotente se construyó un templo digno de él,
e hizo de ella el modelo y la imagen de la Iglesia, misterio y casa de
comunión para todos los hombres. Que María, espejo de la Santísima
Trinidad, nos ayude a crecer en la fe en el misterio trinitario.

CORPUS CHRISTI: SER EUCARISTÍA


20090611. Homilía. Solemnidad del Corpus Christi.
“Esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre”. Estas palabras, que pronunció
Jesús en la última Cena, se repiten cada vez que se renueva el sacrificio
eucarístico. Las acabamos de escuchar en el evangelio de san Marcos, y
resuenan con singular fuerza evocadora hoy, solemnidad del Corpus
Christi. Nos llevan espiritualmente al Cenáculo, nos hacen revivir el clima
espiritual de aquella noche cuando, al celebrar la Pascua con los suyos, el
Señor anticipó, en el misterio, el sacrificio que se consumaría al día
siguiente en la cruz. De este modo, la institución de la Eucaristía se nos
presenta como anticipación y aceptación por parte de Jesús de su muerte.
Al respecto escribe san Efrén Sirio: Durante la cena Jesús se inmoló a sí
mismo; en la cruz fue inmolado por los demás (cf. Himno sobre la
crucifixión 3, 1).
“Esta es mi sangre”. Aquí es clara la referencia al lenguaje que se
empleaba en Israel para los sacrificios. Jesús se presenta a sí mismo como
el sacrificio verdadero y definitivo, en el cual se realiza la expiación de los
pecados que, en los ritos del Antiguo Testamento, no se había cumplido
nunca totalmente. A esta expresión le siguen otras dos muy significativas.
Ante todo, Jesucristo dice que su sangre “es derramada por muchos” con
una comprensible referencia a los cantos del Siervo de Dios, que se
encuentran en el libro de Isaías (cf. Is 53). Al añadir “sangre de la
alianza”, Jesús manifiesta además que, gracias a su muerte, se cumple la
profecía de la nueva alianza fundada en la fidelidad y en el amor infinito
del Hijo hecho hombre; una alianza, por tanto, más fuerte que todos los
pecados de la humanidad. La antigua alianza había sido sancionada en el
Sinaí con un rito de sacrificio de animales, como hemos escuchado en la
primera lectura, y el pueblo elegido, librado de la esclavitud de Egipto,
había prometido cumplir todos los mandamientos dados por el Señor
(cf.Ex 24, 3).
En verdad, desde el comienzo, con la construcción del becerro de oro,
Israel fue incapaz de mantenerse fiel a esa promesa y así al pacto sellado,
que de hecho transgredió muy a menudo, adaptando a su corazón de
piedra la Ley que debería haberle enseñado el camino de la vida. Sin
embargo, el Señor no faltó a su promesa y, por medio de los profetas, se
preocupó de recordar la dimensión interior de la alianza y anunció que iba
a escribir una nueva en el corazón de sus fieles (cf.Jr 31, 33),
transformándolos con el don del Espíritu (cf. Ez 36, 25-27). Y fue durante
la última Cena cuando estableció con los discípulos esta nueva alianza,
203
confirmándola no con sacrificios de animales, como ocurría en el pasado,
sino con su sangre, que se convirtió en “sangre de la nueva alianza”. Así
pues, la fundó sobre su propia obediencia, más fuerte, como dije, que
todos nuestros pecados.
Esto se pone muy bien de manifiesto en la segunda lectura, tomada de
la carta a los Hebreos, donde el autor sagrado declara que Jesús es
“mediador de una nueva alianza” (Hb 9, 15). Lo es gracias a su sangre o,
con mayor exactitud, gracias a su inmolación, que da pleno valor al
derramamiento de su sangre. En la cruz Jesús es al mismo tiempo víctima
y sacerdote: víctima digna de Dios, porque no tiene mancha, y sumo
sacerdote que se ofrece a sí mismo, bajo el impulso del Espíritu Santo, e
intercede por toda la humanidad. Así pues, la cruz es misterio de amor y
de salvación que —como dice la carta a los Hebreos— nos purifica de las
“obras muertas”, es decir, de los pecados, y nos santifica esculpiendo la
alianza nueva en nuestro corazón; la Eucaristía, renovando el sacrificio de
la cruz, nos hace capaces de vivir fielmente la comunión con Dios.
Como el pueblo elegido, reunido en la asamblea del Sinaí, también
nosotros esta tarde queremos renovar nuestra fidelidad al Señor. Hace
algunos días, al inaugurar la asamblea diocesana anual, recordé la
importancia de permanecer, como Iglesia, a la escucha de la Palabra de
Dios en la oración y escrutando las Escrituras, especialmente con la
práctica de la lectio divina, es decir, de la lectura meditada y adorante de
la Biblia.
Vuestra presencia tan numerosa en esta celebración, queridos amigos,
muestra que Dios plasma nuestra comunidad, caracterizada por una
pluralidad de culturas y de experiencias diversas, como “su” pueblo, como
el único Cuerpo de Cristo, gracias a nuestra sincera participación en la
doble mesa de la Palabra y de la Eucaristía. Alimentados con Cristo,
nosotros, sus discípulos, recibimos la misión de ser “el alma” de nuestra
ciudad (cf. Carta a Diogneto, 6: ed. Funk, I, p. 400; ver también Lumen
gentium, 38), fermento de renovación, pan “partido” para todos,
especialmente para quienes se hallan en situaciones de dificultad, de
pobreza y de sufrimiento físico y espiritual. Somos testigos de su amor.
Me dirijo en particular a vosotros, queridos sacerdotes, que Cristo ha
elegido para que junto con él viváis vuestra vida como sacrificio de
alabanza por la salvación del mundo. Sólo de la unión con Jesús podéis
obtener la fecundidad espiritual que genera esperanza en vuestro
ministerio pastoral. San León Magno recuerda que “nuestra participación
en el cuerpo y la sangre de Cristo sólo tiende a convertirnos en aquello
que recibimos” (Sermón 12, De Passione 3, 7: PL 54). Si esto es verdad
para cada cristiano, con mayor razón lo es para nosotros, los sacerdotes.
Ser Eucaristía. Que este sea, precisamente, nuestro constante anhelo y
compromiso, para que el ofrecimiento del cuerpo y la sangre del Señor
que hacemos en el altar vaya acompañado del sacrificio de nuestra
existencia. Cada día el Cuerpo y la Sangre del Señor nos comunica el
amor libre y puro que nos hace ministros dignos de Cristo y testigos de su
alegría. Es lo que los fieles esperan del sacerdote: el ejemplo de una
204
auténtica devoción a la Eucaristía; quieren verlo pasando largos ratos de
silencio y adoración ante Jesús, como hacía el santo cura de Ars, al que
vamos a recordar de forma particular durante el ya inminente Año
sacerdotal.
San Juan María Vianney solía decir a sus parroquianos: “Venid a la
Comunión... Es verdad que no sois dignos, pero la necesitáis” (Bernad
Nodet, Le curé d'Ars. Sa pensée - Son coeur, ed. Xavier Mappus, París
1995, p. 119). Conscientes de ser indignos a causa de los pecados, pero
necesitados de alimentarnos con el amor que el Señor nos ofrece en el
sacramento eucarístico, renovemos esta tarde nuestra fe en la presencia
real de Cristo en la Eucaristía. No hay que dar por descontada nuestra fe.
Hoy existe el peligro de una secularización que se infiltra incluso dentro
de la Iglesia y que puede traducirse en un culto eucarístico formal y vacío,
en celebraciones sin la participación del corazón que se expresa en la
veneración y respeto de la liturgia.
Siempre es fuerte la tentación de reducir la oración a momentos
superficiales y apresurados, dejándose arrastrar por las actividades y por
las preocupaciones terrenales. Cuando, dentro de poco, recemos el
Padrenuestro, la oración por excelencia, diremos: “Danos hoy nuestro pan
de cada día”, pensando naturalmente en el pan de cada día para nosotros y
para todos los hombres. Sin embargo, esta petición contiene algo más
profundo. El término griego epioúsios, que traducimos como “diario”,
podría aludir también al pan “super-sustancial”, al pan “del mundo
futuro”. Algunos Padres de la Iglesia vieron aquí una referencia a la
Eucaristía, el pan de la vida eterna, del nuevo mundo, que ya se nos da
hoy en la santa misa, para que desde ahora el mundo futuro comience en
nosotros. Por tanto, con la Eucaristía el cielo viene a la tierra, el mañana
de Dios desciende al presente, y en cierto modo el tiempo es abrazado por
la eternidad divina.
Queridos hermanos y hermanas, como cada año, al final de la santa
misa se realizará la tradicional procesión eucarística y, con las oraciones y
los cantos, elevaremos una imploración común al Señor presente en la
Hostia consagrada. Le diremos en nombre de toda la ciudad: “Quédate con
nosotros, Jesús; entrégate a nosotros y danos el pan que nos alimenta para
la vida eterna. Libra a este mundo del veneno del mal, de la violencia y
del odio que contamina las conciencias; purifícalo con el poder de tu amor
misericordioso”.
Y tú, María, que fuiste mujer “eucarística” durante toda tu vida,
ayúdanos a caminar unidos hacia la meta celestial, alimentados por el
Cuerpo y la Sangre de Cristo, pan de vida eterna y medicina de la
inmortalidad divina. Amén.

LA ECONOMÍA DEBE ORIENTARSE AL BIEN COMÚN


20090613. Discurso. Fundación Centesimus Annus, Pro Pontifice.
La crisis financiera y económica que ha afectado a los países
industrializados, a los emergentes y a los que están en vías de desarrollo,
205
demuestra de modo evidente que es necesario revisar ciertos paradigmas
económico-financieros que han prevalecido durante los últimos años. Por
eso, vuestra Fundación ha hecho bien en tratar de descubrir, durante la
asamblea internacional que se celebró ayer, cuáles son los valores y las
reglas a las que debería atenerse el mundo económico para dar vida a un
nuevo modelo de desarrollo más atento a las exigencias de la solidaridad y
más respetuoso de la dignidad humana.
Me alegra saber que habéis examinado, en particular, las
interdependencias entre instituciones, sociedades y mercado, partiendo, de
acuerdo con la encíclica Centesimus annus de mi venerado predecesor
Juan Pablo II, de la reflexión según la cual la economía de mercado,
entendida como “sistema económico que reconoce el papel fundamental y
positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la
consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la
libre creatividad humana en el sector de la economía” (n. 42), sólo puede
reconocerse como camino de progreso económico y civil si está orientada
al bien común (cf. n. 43).
Con todo, ese enfoque también debe ir acompañado de otra reflexión
según la cual la libertad en el sector de la economía debe encuadrarse “en
un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana
integral”, una libertad responsable “cuyo centro es ético y religioso” (n.
42). Oportunamente la encíclica mencionada afirma: “Así como la persona
se realiza plenamente en la libre donación de sí misma, así también la
propiedad se justifica moralmente cuando crea, en los debidos modos y
circunstancias, oportunidades de trabajo y crecimiento humano para
todos” (n. 43).

CORPUS CHRISTI: MANIFESTACIÓN DE DIOS AMOR


20090614. Angelus. Solemnidad del Corpus Christi.
Se celebra hoy en varios países, entre los cuales Italia, el Corpus
Christi, la fiesta de la Eucaristía, en la que el sacramento del Cuerpo del
Señor se lleva solemnemente en procesión. ¿Qué significa para nosotros
esta fiesta? No sólo hace pensar en el aspecto litúrgico; en realidad,
el Corpus Christi es un día que implica la dimensión cósmica, el cielo y la
tierra. Evoca ante todo —al menos en nuestro hemisferio— esta estación
tan hermosa y perfumada en la que la primavera se transforma ya en
verano, el sol brilla con fuerza en el cielo y en los campos madura el trigo.
Las fiestas de la Iglesia, como las judías, siguen el ritmo del año solar, de
la siembra y la cosecha. En particular, esto destaca en la solemnidad de
hoy, en cuyo centro está el signo del pan, fruto de la tierra y del cielo. Por
eso, el Pan eucarístico es el signo visible de Aquel en el que el cielo y la
tierra, Dios y el hombre, han llegado a ser uno. Y esto muestra que la
relación con las estaciones no es para el año litúrgico algo meramente
exterior.
La solemnidad del Corpus Christi está íntimamente relacionada con la
Pascua y con Pentecostés: la muerte y la resurrección de Jesús y la efusión
206
del Espíritu Santo son sus presupuestos. Además, está inmediatamente
unida a la fiesta de la Trinidad, celebrada el domingo pasado. Sólo porque
Dios mismo es relación, puede existir relación con él; y sólo porque es
amor, puede amar y ser amado. Así, el Corpus Christi es una
manifestación de Dios, un testimonio de que Dios es amor.
De un modo único y peculiar, esta fiesta nos habla del amor divino, de
lo que es y de lo que hace. Nos dice, por ejemplo, que se regenera al
entregarse, se recibe al darse, no disminuye y no se consuma, como canta
un himno de santo Tomás de Aquino: ”nec sumptus consumitur”. El amor
lo transforma todo y, por tanto, se comprende que en el centro de esta
fiesta del Corpus Christi está el misterio de la transubstanciación, signo de
Jesucristo que transforma el mundo. Al contemplarlo y adorarlo, decimos:
sí, el amor existe, y, puesto que existe, las cosas pueden mejorar y
nosotros podemos esperar. La esperanza que brota del amor de Cristo nos
da la fuerza para vivir y afrontar las dificultades. Por eso cantamos
mientras llevamos en procesión el Santísimo Sacramento; cantamos y
alabamos a Dios, que se ha revelado escondiéndose en el signo del pan
partido. Todos tenemos necesidad de este Pan, porque es largo y fatigoso
el camino hacia la libertad, la justicia y la paz.
Podemos imaginar con cuánta fe y amor la Virgen habrá recibido y
adorado en su corazón la santa Eucaristía. Cada vez era para ella como
revivir todo el misterio de su Hijo Jesús: desde la concepción hasta la
resurrección. “Mujer eucarística” la llamó mi venerado y amado
predecesor Juan Pablo II. Aprendamos de ella a renovar continuamente
nuestra comunión con el Cuerpo de Cristo, para amarnos unos a otros
como él nos amó.

EL SACERDOCIO ES EL AMOR DEL CORAZÓN DE JESÚS


20090619. Homilía. Inauguración del Año Sacerdotal.
En la antífona del Magníficat dentro de poco cantaremos: “Nos acogió
el Señor en su seno y en su corazón”, “Suscepit nos Dominus in sinum et
cor suum”. En el Antiguo Testamento se habla veintiséis veces del corazón
de Dios, considerado como el órgano de su voluntad: el hombre es
juzgado en referencia al corazón de Dios. A causa del dolor que su
corazón siente por los pecados del hombre, Dios decide el diluvio, pero
después se conmueve ante la debilidad humana y perdona. Luego hay un
pasaje del Antiguo Testamento en el que el tema del corazón de Dios se
expresa de manera muy clara: se encuentra en el capítulo 11 del libro del
profeta Oseas, donde los primeros versículos describen la dimensión del
amor con el que el Señor se dirigió a Israel en el alba de su historia:
“Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo” (v. 1). En
realidad, a la incansable predilección divina Israel responde con
indiferencia e incluso con ingratitud. “Cuanto más los llamaba —se ve
obligado a constatar el Señor—, más se alejaban de mí” (v. 2). Sin
embargo, no abandona a Israel en manos de sus enemigos, pues “mi
207
corazón —dice el Creador del universo— se conmueve en mi interior, y a
la vez se estremecen mis entrañas” (v. 8).
¡El corazón de Dios se estremece de compasión! En esta solemnidad
del Sagrado Corazón de Jesús la Iglesia presenta a nuestra contemplación
este misterio, el misterio del corazón de un Dios que se conmueve y
derrama todo su amor sobre la humanidad. Un amor misterioso, que en los
textos del Nuevo Testamento se nos revela como inconmensurable pasión
de Dios por el hombre. No se rinde ante la ingratitud, ni siquiera ante el
rechazo del pueblo que se ha escogido; más aún, con infinita misericordia
envía al mundo a su Hijo unigénito para que cargue sobre sí el destino del
amor destruido; para que, derrotando el poder del mal y de la muerte,
restituya la dignidad de hijos a los seres humanos esclavizados por el
pecado. Todo esto a caro precio: el Hijo unigénito del Padre se inmola en
la cruz: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó
hasta el extremo” (Jn 13, 1). Símbolo de este amor que va más allá de la
muerte es su costado atravesado por una lanza. A este respecto, un testigo
ocular, el apóstol san Juan, afirma: “Uno de los soldados le atravesó el
costado con una lanza y al instante salió sangre y agua” (Jn 19, 34).
Queridos hermanos y hermanas, detengámonos a contemplar juntos el
Corazón traspasado del Crucificado. En la lectura breve, tomada de la
carta de san Pablo a los Efesios, acabamos de escuchar una vez más que
“Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando
muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo
(...) y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús”
(Ef 2, 4-6). Estar en Cristo Jesús significa ya sentarse en los cielos. En el
Corazón de Jesús se expresa el núcleo esencial del cristianismo; en Cristo
se nos revela y entrega toda la novedad revolucionaria del Evangelio: el
Amor que nos salva y nos hace vivir ya en la eternidad de Dios. El
evangelista san Juan escribe: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo
único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida
eterna” (Jn 3, 16). Su Corazón divino llama entonces a nuestro corazón;
nos invita a salir de nosotros mismos y a abandonar nuestras seguridades
humanas para fiarnos de él y, siguiendo su ejemplo, a hacer de nosotros
mismos un don de amor sin reservas.
Aunque es verdad que la invitación de Jesús a “permanecer en su
amor” (cf. Jn 15, 9) se dirige a todo bautizado, en la fiesta del Sagrado
Corazón de Jesús, Jornada de santificación sacerdotal, esa invitación
resuena con mayor fuerza para nosotros, los sacerdotes, de modo
particular esta tarde,solemne inicio del Año sacerdotal, que he convocado
con ocasión del 150° aniversario de la muerte del santo cura de Ars. Me
viene inmediatamente a la mente una hermosa y conmovedora afirmación
suya, recogida en el Catecismo de la Iglesia católica: ”El sacerdocio es el
amor del Corazón de Jesús” (n.1589).
¿Cómo no recordar con conmoción que de este Corazón ha brotado
directamente el don de nuestro ministerio sacerdotal? ¿Cómo olvidar que
los presbíteros hemos sido consagrados para servir, humilde y
autorizadamente, al sacerdocio común de los fieles? Nuestra misión es
208
indispensable para la Iglesia y para el mundo, que exige fidelidad plena a
Cristo y unión incesante con él, o sea, permanecer en su amor; esto exige
que busquemos constantemente la santidad, el permanecer en su amor,
como hizo san Juan María Vianney.
En la carta que os he dirigido con motivo de este Año jubilar especial,
queridos hermanos sacerdotes, he puesto de relieve algunos aspectos que
caracterizan nuestro ministerio, haciendo referencia al ejemplo y a la
enseñanza del santo cura de Ars, modelo y protector de todos nosotros los
sacerdotes, y en particular de los párrocos. Espero que esta carta os ayude
e impulse a hacer de este año una ocasión propicia para crecer en la
intimidad con Jesús, que cuenta con nosotros, sus ministros, para difundir
y consolidar su reino, para difundir su amor, su verdad. Y, por tanto, “a
ejemplo del santo cura de Ars —así concluía mi carta—, dejaos conquistar
por Él y seréis también vosotros, en el mundo de hoy, mensajeros de
esperanza, reconciliación y paz”.
Dejarse conquistar totalmente por Cristo. Este fue el objetivo de toda
la vida de san Pablo, al que hemos dirigido nuestra atención durante el
Año paulino, que ya está a punto de concluir; y esta fue la meta de todo el
ministerio del santo cura de Ars, a quien invocaremos de modo especial
durante el Año sacerdotal. Que este sea también el objetivo principal de
cada uno de nosotros. Para ser ministros al servicio del Evangelio es
ciertamente útil y necesario el estudio, con una esmerada y permanente
formación teológica y pastoral, pero más necesaria aún es la “ciencia del
amor”, que sólo se aprende de “corazón a corazón” con Cristo. Él nos
llama a partir el pan de su amor, a perdonar los pecados y a guiar al rebaño
en su nombre. Precisamente por este motivo no debemos alejarnos nunca
del manantial del Amor que es su Corazón traspasado en la cruz.
Sólo así podremos cooperar eficazmente al misterioso “designio del
Padre”, que consiste en “hacer de Cristo el corazón del mundo”. Designio
que se realiza en la historia en la medida en que Jesús se convierte en el
Corazón de los corazones humanos, comenzando por aquellos que están
llamados a estar más cerca de él, precisamente los sacerdotes. Las
“promesas sacerdotales”, que pronunciamos el día de nuestra ordenación y
que renovamos cada año, el Jueves santo, en la Misa Crismal, nos vuelven
a recordar este constante compromiso.
Incluso nuestras carencias, nuestros límites y debilidades deben
volvernos a conducir al Corazón de Jesús. Si es verdad que los pecadores,
al contemplarlo, deben sentirse impulsados por él al necesario “dolor de
los pecados” que los vuelva a conducir al Padre, esto vale aún más para
los ministros sagrados. A este respecto, ¿cómo olvidar que nada hace
sufrir más a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, que los pecados de sus pastores,
sobre todo de aquellos que se convierten en “ladrones de las ovejas”
(cf. Jn 10, 1 ss), ya sea porque las desvían con sus doctrinas privadas, ya
sea porque las atan con lazos de pecado y de muerte? También se dirige a
nosotros, queridos sacerdotes, el llamamiento a la conversión y a recurrir a
la Misericordia divina; asimismo, debemos dirigir con humildad una
209
súplica apremiante e incesante al Corazón de Jesús para que nos preserve
del terrible peligro de dañar a aquellos a quienes debemos salvar.
Hace poco he podido venerar, en la capilla del Coro, la reliquia del
santo cura de Ars: su corazón. Un corazón inflamado de amor divino, que
se conmovía al pensar en la dignidad del sacerdote y hablaba a los fieles
con un tono conmovedor y sublime, afirmando que “después de Dios, el
sacerdote lo es todo... Él mismo no se entenderá bien sino en el cielo”
(cf. Carta para el Año sacerdotal). Cultivemos queridos hermanos, esta
misma conmoción, ya sea para cumplir nuestro ministerio con generosidad
y entrega, ya sea para conservar en el alma un verdadero “temor de Dios”:
el temor de poder privar de tanto bien, por nuestra negligencia o culpa, a
las almas que nos han sido encomendadas, o —¡Dios no lo quiera!— de
poderlas dañar.
La Iglesia necesita sacerdotes santos; ministros que ayuden a los fieles
a experimentar el amor misericordioso del Señor y sean sus testigos
convencidos. En la adoración eucarística, que seguirá a la celebración de
las Vísperas, pediremos al Señor que inflame el corazón de cada
presbítero con la “caridad pastoral” capaz de configurar su “yo” personal
al de Jesús sacerdote, para poderlo imitar en la entrega más completa.
Que nos obtenga esta gracia la Virgen María, cuyo Inmaculado
Corazón contemplaremos mañana con viva fe. El santo cura de Ars sentía
una filial devoción hacia ella, hasta el punto de que en 1836, antes de la
proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción, ya había
consagrado su parroquia a María “concebida sin pecado”. Y mantuvo la
costumbre de renovar a menudo esta ofrenda de la parroquia a la santísima
Virgen, enseñando a los fieles que “basta con dirigirse a ella para ser
escuchados”, por el simple motivo de que ella “desea sobre todo vernos
felices”.
Que nos acompañe la Virgen santísima, nuestra Madre, en el Año
sacerdotal que hoy iniciamos, a fin de que podamos ser guías firmes e
iluminados para los fieles que el Señor encomienda a nuestro cuidado
pastoral. ¡Amén!

ESPIRITUALIDAD Y POLÍTICA EN ALCIDE DE GASPERI


20090620. Discurso. Fundación Alcide de Gasperi.
De Gasperi, formado en la escuela del Evangelio, fue capaz de traducir
en actos concretos y coherentes la fe que profesaba. Espiritualidad y
política fueron dos dimensiones que convivieron en su persona y
caracterizaron su compromiso social y espiritual. Con prudente
clarividencia guió la reconstrucción de la Italia salida del fascismo y de la
segunda guerra mundial, y le trazó con valor el camino hacia el futuro;
defendió su libertad y su democracia; relanzó su imagen en ámbito
internacional; y promovió su recuperación económica abriéndose a la
colaboración de todas las personas de buena voluntad.
En él espiritualidad y política se integraron tan bien que, si se quiere
comprender a fondo a este estimado hombre de gobierno, no hay que
210
limitarse a registrar los resultados políticos que consiguió, sino que es
necesario tener en cuenta también su fina sensibilidad religiosa y la fe
firme que constantemente animó su pensamiento y su acción. En 1981, a
cien años de su nacimiento, mi venerado predecesor Juan Pablo II le
rindió homenaje, afirmando que “en él la fe fue centro inspirador, fuerza
cohesiva, criterio de valores, razón de opción” (L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 12 de abril de 1981, p. 9).
Las raíces de tan sólido testimonio evangélico deben buscarse en la
formación humana y espiritual que recibió en su región, Trentino, en una
familia en la que el amor a Cristo constituía el pan de cada día y la
referencia de toda opción. Tenía poco más de veinte años cuando, en 1902,
participando en el primer Congreso católico de Trento, trazó las líneas de
acción apostólica que constituirían el programa de toda su vida: “No basta
conservar el cristianismo en sí mismos —afirmó—; conviene combatir
con todo el grueso del ejército católico a fin de reconquistar para la fe los
campos perdidos” (cf. A. De Gasperi, I cattolici trentini sotto l'Austria, ed.
di storia e letteratura, Roma 1964, p. 24). Permaneció fiel a esta
orientación hasta la muerte, incluso a costa de sacrificios personales,
fascinado por la figura de Cristo. “No soy un beato —escribió a su futura
esposa Francesca— y tal vez ni siquiera tan religioso como debería ser;
pero la personalidad del Cristo vivo me arrastra, me subyuga, me fascina
como a un muchacho. Ven, quiero que estés conmigo y me sigas en esta
misma atracción, como hacia un abismo de luz” (A. De Gasperi, Cara
Francesca, Lettere, a cargo de M.R. De Gasperi, ed. Morcelliana, Brescia
1999, pp. 40-41).
Por eso, no sorprende saber que en su jornada, llena de compromisos
institucionales, ocupaban siempre un amplio espacio la oración y la
relación con Dios, comenzando cada día, cuando le era posible, con la
participación en la santa misa. Más aún, los momentos más caóticos y
movidos marcaron el culmen de su espiritualidad. Por ejemplo, cuando
sufrió la experiencia de la cárcel, llevó consigo como primer libro la
Biblia y desde ese momento conservó la costumbre de anotar las
referencias bíblicas en hojitas para alimentar constantemente su espíritu.
Hacia el final de su actividad de gobierno, tras un duro debate
parlamentario, a un colega del gobierno que le preguntó cuál era el secreto
de su acción política le respondió: “¿Qué crees? Es el Señor!”.
Queridos amigos, me gustaría hablar un poco más de este personaje
que honró a la Iglesia y a Italia, pero me limito a poner de relieve su
reconocida rectitud moral, basada en una indiscutible fidelidad a los
valores humanos y cristianos, así como la serena conciencia moral que le
guió en las decisiones políticas. “En el sistema democrático —afirmó en
una de sus intervenciones— se confiere un mandato político
administrativo con una responsabilidad específica..., pero al mismo tiempo
hay una responsabilidad moral ante la propia conciencia y, para decidir, la
conciencia debe estar siempre iluminada por la doctrina y la enseñanza de
la Iglesia” (cf. A. De Gasperi, Discorsi politici 1923-1954, ed. Cinque
Lune, Roma 1990, p. 243). Ciertamente, en algunos momentos no faltaron
211
dificultades, y quizás también incomprensiones, por parte del mundo
eclesiástico, pero De Gasperi no vaciló en su adhesión a la Iglesia, que —
como atestigua él mismo en un discurso pronunciado en Nápoles en junio
de 1954— fue “plena y sincera..., también en las directrices morales y
sociales contenidas en los documentos pontificios, que casi diariamente
han alimentado y forman nuestra vocación a la vida pública”.
En esa misma ocasión aseguraba que “para actuar en el campo social y
político no basta la fe ni la virtud; conviene crear y alimentar un
instrumento adecuado a los tiempos... que tenga un programa, un método
propio, una responsabilidad autónoma, una índole y una gestión
democrática”. Dócil y obediente a la Iglesia, fue por tanto autónomo y
responsable en sus decisiones políticas, sin servirse de la Iglesia para fines
políticos y sin descender nunca a componendas con su conciencia recta.
En el ocaso de sus días, poco antes de morir, confortado por el apoyo de
sus familiares, el 19 de agosto de 1954, tras haber susurrado por tres veces
el nombre de Jesús, pudo decir: “He hecho todo lo que he podido; mi
conciencia está en paz”.
Queridos amigos, mientras rezamos por el alma de este estadista de
fama internacional, que con su acción política sirvió a la Iglesia, a Italia y
a Europa, pidamos al Señor que el recuerdo de su experiencia de gobierno
y de su testimonio cristiano animen y estimulen a los que hoy gobiernan el
destino de Italia y de los demás pueblos, especialmente a quienes se
inspiran en el Evangelio.

SER RESERVAS DE AMOR ANTE EL SUFRIMIENTO


20090621. Discurso. Hospital de San Giovanni Rotondo.
Cada vez que se entra en un hospital, el pensamiento va naturalmente
al misterio de la enfermedad y del dolor, a la esperanza de curación y al
valor inestimable de la salud, de la que a menudo sólo nos damos cuenta
cuando falta. En los hospitales se constata el gran valor de nuestra
existencia, pero también su fragilidad. Siguiendo el ejemplo de Jesús, que
recorría toda la Galilea “curando toda enfermedad y toda dolencia en el
pueblo” (Mt 4, 23), la Iglesia, desde sus inicios, impulsada por el Espíritu
Santo, ha considerado como un deber y un privilegio el estar al lado de
quienes sufren, prestando atención preferencial a los enfermos.
La enfermedad, que se manifiesta de muchas formas y ataca de
diversas maneras, suscita preguntas inquietantes: ¿Por qué sufrimos? ¿Se
puede considerar positiva la experiencia del dolor? ¿Quién nos puede
librar del sufrimiento y de la muerte? Interrogantes existenciales, que en la
mayoría de los casos quedan humanamente sin respuesta, dado que sufrir
constituye un enigma inescrutable para la razón.
El sufrimiento forma parte del misterio mismo de la persona humana.
Lo puse de relieve en la encíclica Spe salvi, afirmando que “se deriva, por
una parte, de nuestra finitud y, por otra, de la gran cantidad de culpas
acumuladas a lo largo de la historia, y que crece de modo incesante
también en el presente”. Y añadí: “Ciertamente, conviene hacer todo lo
212
posible para disminuir el sufrimiento (...), pero extirparlo del mundo por
completo no está en nuestras manos, simplemente porque (...) ninguno de
nosotros es capaz de eliminar el poder del mal (...), fuente continua de
sufrimiento” (n. 36).
El único que puede eliminar el poder del mal es Dios. Precisamente
por el hecho de que Jesucristo vino al mundo para revelarnos el designio
divino de nuestra salvación, la fe nos ayuda a penetrar el sentido de todo
lo humano y, por consiguiente, también del sufrir. Así pues, existe una
íntima relación entre la cruz de Jesús —símbolo del dolor supremo y
precio de nuestra verdadera libertad— y nuestro dolor, que se transforma y
se sublima cuando se vive con la conciencia de la cercanía y de la
solidaridad de Dios.
El padre Pío había intuido esa profunda verdad y, en el primer
aniversario de la inauguración de esta Obra, dijo que en ella “el que sufre
debe vivir el amor de Dios por medio de la sabia aceptación de sus
dolores, meditando serenamente que está destinado a él” (Discurso del 5
de mayo de 1957). También afirmó que en la Casa Alivio del Sufrimiento
“enfermos, médicos y sacerdotes serán reservas de amor, que cuanto más
abundante sea en uno, tanto más se comunicará a los demás” (ib.).
Ser “reservas de amor”: esta es, queridos hermanos y hermanas, la
misión que esta tarde nuestro santo os recuerda a vosotros, que con
diferentes funciones formáis la gran familia de esta Casa Alivio del
Sufrimiento. Sin olvidar los Grupos de oración que, “vinculados a la Casa
Alivio, son las vanguardias de esta ciudadela de la caridad, viveros de fe,
hogueras de amor” (Discurso del padre Pío, 5 de mayo de 1966).

LA SANTIDAD DE LOS SACERDOTES


20090621. Discurso. Sacerdotes, religiosos, jóvenes.
Queridos sacerdotes, precisamente anteayer, solemnidad del Sagrado
Corazón de Jesús y Jornada de santidad sacerdotal, iniciamos el Año
sacerdotal, durante el cual recordaremos con veneración y afecto el 150°
aniversario de la muerte de san Juan María Vianney, el santo cura de Ars.
En la carta que escribí para esta ocasión quise subrayar cuán importante es
la santidad de los sacerdotes para la vida y la misión de la Iglesia.
Al igual que el cura de Ars, también el padre Pío nos recuerda la
dignidad y la responsabilidad del ministerio sacerdotal. ¿Quién no quedaba
impresionado por el fervor con que revivía la Pasión de Cristo en cada
celebración eucarística? De su amor a la Eucaristía brotaba en él, como en el
cura de Ars, una disponibilidad total a acoger a los fieles, sobre todo a los
pecadores. Además, si san Juan María Vianney, en una época atormentada y
difícil, trató de hacer, de todas las maneras posibles, que sus parroquianos
descubrieran de nuevo el significado y la belleza de la penitencia
sacramental, para el santo fraile del Gargano la solicitud por las almas y la
conversión de los pecadores fueron un anhelo que lo consumó hasta la
muerte.
213
¡Cuántas personas cambiaron de vida gracias a su paciente ministerio
sacerdotal! ¡Cuántas largas horas pasaba en el confesonario! Al igual que
para el cura de Ars, precisamente el ministerio de confesor constituyó el
mayor título de gloria y el rasgo distintivo de este santo capuchino. Por
eso, ¿cómo no darnos cuenta de la importancia de participar devotamente
en la celebración eucarística y acudir con frecuencia al sacramento de la
Confesión? En particular, el sacramento de la Penitencia se ha de valorar
aún más, y los sacerdotes nunca deberían resignarse a ver sus
confesonarios desiertos ni limitarse a constatar el desinterés de los fieles
ante esta extraordinaria fuente de serenidad y de paz.
Hay otra gran lección que podemos sacar de la vida del padre Pío: el
valor y la necesidad de la oración. A quien le preguntaba qué pensaba de sí
mismo solía responder: “No soy más que un pobre fraile que ora”. Y,
efectivamente, oraba siempre y por doquier con humildad, confianza y
perseverancia. Este es un punto fundamental, no sólo para la espiritualidad
del sacerdote, sino también para la de todo cristiano, y mucho más para la
vuestra, queridos religiosos y religiosas, escogidos para seguir más de cerca
a Cristo mediante la práctica de los votos de pobreza, castidad y obediencia.
A veces nos puede asaltar cierto desaliento ante el debilitamiento e
incluso ante el abandono de la fe, que se produce en nuestras sociedades
secularizadas. Seguramente hace falta encontrar nuevos canales para
comunicar la verdad evangélica a los hombres y mujeres de nuestro
tiempo, pero dado que el contenido esencial del anuncio cristiano sigue
siendo siempre el mismo, es necesario volver a su manantial originario, a
Jesucristo, que es “el mismo ayer, hoy y siempre” (Hb 13, 8). La historia
humana y espiritual del padre Pío enseña que sólo un alma íntimamente
unida al Crucificado logra transmitir también a los lejanos la alegría y la
riqueza del Evangelio.
Al amor a Cristo está inevitablemente unido el amor a su Iglesia,
guiada y animada por la fuerza del Espíritu Santo, en la cual cada uno de
nosotros tiene un papel y una misión que desempeñar. Queridos
sacerdotes, queridos religiosos y religiosas, son diversas las misiones que
os han sido encomendadas y los carismas de los que sois intérpretes, pero
debéis realizarlos siempre con el mismo espíritu, para que vuestra
presencia y vuestra acción en medio del pueblo cristiano sea testimonio
elocuente de la primacía de Dios en vuestra vida. ¿No era esto
precisamente lo que todos percibían en san Pío de Pietrelcina?

LA TEMPESTAD CALMADA Y SAN PÍO DE PIETRELCINA


20090621. Homilía. Visita pastoral San Giovanni Rotondo.
En el corazón de mi peregrinación a este lugar, donde todo habla de la
vida y de la santidad del padre Pío de Pietrelcina, tengo la alegría de
celebrar para vosotros y con vosotros la Eucaristía, misterio que
constituyó el centro de toda su existencia: el origen de su vocación, la
fuerza de su testimonio, la consagración de su sacrificio.
214
Acabamos de escuchar el pasaje evangélico de la tempestad calmada,
que ha ido acompañado por un breve pero incisivo texto del libro de Job,
en el que Dios se revela como el Señor del mar. Jesús increpa al viento y
ordena al mar que se calme, lo interpela como si se identificara con el
poder diabólico. En la Biblia, según lo que nos dicen la primera lectura y
el Salmo 107, el mar se considera como un elemento amenazador, caótico,
potencialmente destructivo, que sólo Dios, el Creador, puede dominar,
gobernar y silenciar.
Sin embargo, hay otra fuerza, una fuerza positiva, que mueve al
mundo, capaz de transformar y renovar a las criaturas: la fuerza del “amor
de Cristo” (2 Co 5, 14), como la llama san Pablo en la segunda carta a los
Corintios; por tanto, esencialmente no es una fuerza cósmica, sino divina,
trascendente. Actúa también sobre el cosmos, pero, en sí mismo, el amor
de Cristo es “otro” tipo de poder, y el Señor manifestó esta alteridad
trascendente en su Pascua, en la “santidad” del “camino” que eligió para
liberarnos del dominio del mal, como había sucedido con el éxodo de
Egipto, cuando hizo salir a los judíos atravesando las aguas del mar Rojo.
“Dios mío —exclama el salmista—, tus caminos son santos (...). Te abriste
camino por las aguas, un vado por las aguas caudalosas” (Sal 77, 14.20).
En el misterio pascual, Jesús pasó a través del abismo de la muerte,
porque Dios quiso renovar así el universo: mediante la muerte y
resurrección de su Hijo, “muerto por todos”, para que todos puedan vivir
“por aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Co 5, 15), y para que no
vivan sólo para sí mismos.
El gesto solemne de calmar el mar tempestuoso es claramente un signo
del señorío de Cristo sobre las potencias negativas e induce a pensar en su
divinidad: “¿Quién es este —se preguntan asombrados y atemorizados los
discípulos—, que hasta el viento y las aguas le obedecen?” (Mc 4, 41). Su
fe aún no es firme; se está formando; es una mezcla de miedo y confianza;
por el contrario, el abandono confiado de Jesús al Padre es total y puro.
Por eso, por este poder del amor, puede dormir durante la tempestad,
totalmente seguro en los brazos de Dios. Pero llegará el momento en el
que también Jesús experimentará miedo y angustia: cuando llegue su hora,
sentirá sobre sí todo el peso de los pecados de la humanidad, como una
gran ola que está punto de abatirse sobre él. Esa sí que será una tempestad
terrible, no cósmica, sino espiritual. Será el último asalto, el asalto
extremo del mal contra el Hijo de Dios.
Sin embargo, en esa hora Jesús no dudó del poder de Dios Padre y de
su cercanía, aunque tuvo que experimentar plenamente la distancia que
existe entre el odio y el amor, entre la mentira y la verdad, entre el pecado
y la gracia. Experimentó en sí mismo de modo desgarrador este drama,
especialmente en Getsemaní, antes de ser arrestado y, después, durante
toda la Pasión, hasta su muerte en la cruz. En esa hora Jesús, por una
parte, estaba totalmente unido al Padre, plenamente abandonado en él; y,
por otra, al ser solidario con los pecadores, estaba como separado y se
sintió como abandonado por él.
215
Algunos santos han vivido personalmente de modo intenso esta
experiencia de Jesús. El padre Pío de Pietrelcina es uno de ellos. Un
hombre sencillo, de orígenes humildes, “conquistado por Cristo” (Flp 3,
12) —como escribe de sí el apóstol san Pablo— para convertirlo en un
instrumento elegido del poder perenne de su cruz: poder de amor a las
almas, de perdón y reconciliación, de paternidad espiritual y de
solidaridad activa con los que sufren. Los estigmas que marcaron su
cuerpo lo unieron íntimamente al Crucificado resucitado. Auténtico
seguidor de san Francisco de Asís, hizo suya, como el Poverello, la
experiencia del apóstol san Pablo, tal como la describe en sus cartas:
“Estoy crucificado con Cristo: y ya no vivo yo, sino que es Cristo quien
vive en mí” (Ga 2, 19-20); o también: “La muerte está actuando en
nosotros, y la vida en vosotros” (2 Co 4, 12).
Esto no significa alienación, pérdida de la personalidad: Dios no anula
nunca lo humano, sino que lo transforma con su Espíritu y lo orienta al
servicio de su designio de salvación. El padre Pío conservó sus dones
naturales, y también su temperamento, pero ofreció todo a Dios, que pudo
servirse libremente de él para prolongar la obra de Cristo: anunciar el
Evangelio, perdonar los pecados y curar a los enfermos en el cuerpo y en
el alma.
Como sucedió con Jesús, el padre Pío tuvo que librar la verdadera
lucha, el combate radical, no contra enemigos terrenos, sino contra el
espíritu del mal (cf. Ef 6, 12). Las “tempestades” más fuertes que lo
amenazaban eran los asaltos del diablo, de los cuales se defendió con “la
armadura de Dios”, con “el escudo de la fe” y “la espada del Espíritu, que
es la Palabra de Dios” (Ef 6, 11. 16. 17). Permaneciendo unido a Jesús,
siempre tuvo ante sí la profundidad del drama humano; por eso se entregó
a sí mismo y ofreció sus numerosos sufrimientos, y se gastó por el cuidado
y el alivio de los enfermos, signo privilegiado de la misericordia de Dios,
de su reino que viene, más aún, que ya está en el mundo, de la victoria del
amor y de la vida sobre el pecado y la muerte. Guiar a las almas y aliviar
el sufrimiento: así se puede resumir la misión de san Pío de Pietrelcina,
como dijo de él también el siervo de Dios Papa Pablo VI: “Era un hombre
de oración y de sufrimiento” (Discurso a los padres capitulares
capuchinos, 20 de febrero de 1971).
Queridos amigos, frailes menores capuchinos, miembros de los grupos
de oración y fieles todos de San Giovanni Rotondo, vosotros sois los
herederos del padre Pío, y la herencia que os ha dejado es la santidad. En
una de sus cartas escribió: “Parece que Jesús no tiene otra curación para mis
manos sino la de santificar vuestra alma” (Epist. II, p.155). Su primera
preocupación, su anhelo sacerdotal y paterno, fue siempre que las personas
volvieran a Dios, que experimentaran su misericordia y, renovadas
interiormente, redescubrieran la belleza y la alegría de ser cristianas, de vivir
en comunión con Jesús, de pertenecer a su Iglesia y practicar el Evangelio.
El padre Pío atraía hacia el camino de la santidad con su testimonio,
indicando con su ejemplo el “binario” que lleva a ella: la oración y la
caridad.
216
Ante todo, la oración. Como todos los grandes hombres de Dios, el
padre Pío se convirtió él mismo en oración, en cuerpo y alma. Sus
jornadas eran un rosario vivido, es decir, una continua meditación y
asimilación de los misterios de Cristo en unión espiritual con la Virgen
María. Así se explica la singular presencia en él de dones sobrenaturales y
de sentido práctico humano. Y todo tenía su culmen en la celebración de la
santa misa: en ella se unía plenamente al Señor muerto y resucitado.
De la oración, como de una fuente siempre viva, brotaba la caridad. El
amor que llevaba en su corazón y transmitía a los demás rebosaba ternura,
siempre atento a las situaciones reales de las personas y de las familias.
Sentía la predilección del Corazón de Jesús especialmente por los
enfermos y los que sufrían, y precisamente de esa predilección surgió y
tomó forma el proyecto de una gran obra dedicada al “alivio del
sufrimiento”. No se puede entender ni interpretar adecuadamente esa
institución si se la separa de su fuente inspiradora, que es la caridad
evangélica, animada a su vez por la oración.
Queridos hermanos, hoy el padre Pío vuelve a proponer todo esto a
nuestra atención. Los peligros del activismo y la secularización están
siempre presentes; por eso, mi visita también tiene la finalidad de
confirmaros en la fidelidad a la misión heredada de vuestro amadísimo
padre. Muchos de vosotros, religiosos, religiosas y laicos, estáis tan
absorbidos por las miles de tareas que conlleva el servicio a los peregrinos
o a los enfermos del hospital, que corréis el riesgo de descuidar lo único
verdaderamente necesario: escuchar a Cristo para cumplir la voluntad de
Dios. Cuando os deis cuenta de que corréis este riesgo, mirad al padre Pío:
su ejemplo, sus sufrimientos; e invocad su intercesión, para que os
obtenga del Señor la luz y la fuerza que necesitáis para proseguir su
misma misión impregnada de amor a Dios y de caridad fraterna. Y que
desde el cielo siga ejerciendo la exquisita paternidad espiritual que lo
caracterizó durante su existencia terrena; que siga acompañando a sus
hermanos, a sus hijos espirituales y toda la obra que inició.
Que, juntamente con san Francisco y la Virgen, a la que tanto amó e
hizo amar en este mundo, vele sobre todos vosotros y os proteja siempre.
Y entonces, incluso en medio de las tempestades que puedan levantarse
repentinamente, podréis experimentar el soplo del Espíritu Santo, que es
más fuerte que cualquier viento contrario e impulsa la barca de la Iglesia y
a cada uno de nosotros. Por eso debemos vivir siempre con serenidad y
cultivar en el corazón la alegría, dando gracias al Señor. “Es eterna su
misericordia” (Salmo responsorial). Amén.

AMAD A LA VIRGEN
20090621. Angelus. Visita pastoral San Giovanni Rotondo.
Al final de esta solemne celebración, os invito a rezar conmigo, como
todos los domingos, la oración mariana del Ángelus. Pero aquí, en el
santuario de San Pío de Pietrelcina, nos parece oír su misma voz, que nos
exhorta a dirigirnos con corazón de hijos a la santísima Virgen: “Amad a
217
la Virgen y haced que la amen”. Es lo que repetía a todos, pero más que
las palabras valía el testimonio ejemplar de su profunda devoción a la
Madre celestial.
Bautizado en la iglesia de Santa María de los Ángeles de Pietrelcina
con el nombre de Francisco, como el Poverello de Asís, cultivó siempre un
amor muy tierno a la Virgen. La Providencia lo trajo después aquí, a San
Giovanni Rotondo, al santuario de Santa María de las Gracias, donde
permaneció hasta su muerte y donde descansan sus restos mortales. Por
tanto, toda su vida y su apostolado se desarrollaron bajo la mirada
maternal de la Virgen y con la fuerza de su intercesión. También
consideraba la Casa Alivio del Sufrimiento como obra de María, “Salud de
los enfermos”.
Os repito a todos: caminad por la senda que el padre Pío os indicó, la
senda de la santidad según el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo. En
esta senda os precederá siempre la Virgen María, y con mano materna os
guiará a la patria celestial.

¿POR QUÉ UN AÑO SACERDOTAL?


20090624. Audiencia general.
El pasado viernes 19 de junio, solemnidad del Sagrado Corazón de
Jesús y Jornada tradicionalmente dedicada a la oración por la santificación
de los sacerdotes, tuve la alegría de inaugurar el Año sacerdotal,
convocado con ocasión del 150° aniversario del “nacimiento para el cielo”
del cura de Ars, san Juan Bautista María Vianney. Y al entrar en la basílica
vaticana para la celebración de las Vísperas, casi como primer gesto
simbólico, visité la capilla del Coro para venerar la reliquia de este santo
pastor de almas: su corazón. ¿Por qué un Año sacerdotal? ¿Por qué
precisamente en recuerdo del santo cura de Ars, que aparentemente no
hizo nada extraordinario?
La divina Providencia ha hecho que su figura se uniera a la de san
Pablo. De hecho, mientras está concluyendo el Año paulino, dedicado al
Apóstol de los gentiles, modelo de extraordinario evangelizador que
realizó diversos viajes misioneros para difundir el Evangelio, este nuevo
año jubilar nos invita a mirar a un pobre campesino que llegó a ser un
humilde párroco y desempeñó su servicio pastoral en una pequeña aldea.
Aunque los dos santos se diferencian mucho por las trayectorias de vida
que los caracterizaron —el primero pasó de región en región para anunciar
el Evangelio; el segundo acogió a miles y miles de fieles permaneciendo
siempre en su pequeña parroquia—, hay algo fundamental que los une: su
identificación total con su propio ministerio, su comunión con Cristo que
hacía decir a san Pablo: “Estoy crucificado con Cristo. Ya no vivo yo, sino
que es Cristo quien vive en mí” (Ga 2, 19-20). Y san Juan María Vianney
solía repetir: “Si tuviésemos fe, veríamos a Dios escondido en el sacerdote
como una luz tras el cristal, como el vino mezclado con agua”.
Por tanto, como escribí en la carta enviada a los sacerdotes para esta
ocasión, este Año sacerdotal tiene como finalidad favorecer la tensión de
218
todo presbítero hacia la perfección espiritual de la cual depende sobre todo
la eficacia de su ministerio, y ayudar ante todo a los sacerdotes, y con
ellos a todo el pueblo de Dios, a redescubrir y fortalecer más la conciencia
del extraordinario e indispensable don de gracia que el ministerio
ordenado representa para quien lo ha recibido, para la Iglesia entera y para
el mundo, que sin la presencia real de Cristo estaría perdido.
No cabe duda de que han cambiado las condiciones históricas y
sociales en las cuales se encontró el cura de Ars y es justo preguntarse
cómo pueden los sacerdotes imitarlo en la identificación con su ministerio
en las actuales sociedades globalizadas. En un mundo en el que la visión
común de la vida comprende cada vez menos lo sagrado, en cuyo lugar lo
“funcional” se convierte en la única categoría decisiva, la concepción
católica del sacerdocio podría correr el riesgo de perder su consideración
natural, a veces incluso dentro de la conciencia eclesial. Con frecuencia,
tanto en los ambientes teológicos como también en la práctica pastoral
concreta y de formación del clero, se confrontan, y a veces se oponen, dos
concepciones distintas del sacerdocio.
A este respecto, hace algunos años subrayé que existen, “por una parte,
una concepción social-funcional que define la esencia del sacerdocio con
el concepto de “servicio”: el servicio a la comunidad, en la realización de
una función... Por otra parte, está la concepción sacramental-ontológica,
que naturalmente no niega el carácter de servicio del sacerdocio, pero lo
ve anclado en el ser del ministro y considera que este ser está determinado
por un don concedido por el Señor a través de la mediación de la Iglesia,
cuyo nombre es sacramento” (J. Ratzinger, Ministerio y vida del
sacerdote, en Elementi di Teologia fondamentale. Saggio su fede e
ministero, Brescia 2005, p. 165). También la derivación terminológica de
la palabra “sacerdocio” hacia el sentido de “servicio, ministerio, encargo”,
es signo de esa diversa concepción. A la primera, es decir, a la ontológico-
sacramental está vinculado el primado de la Eucaristía, en el binomio
“sacerdocio-sacrificio”, mientras que a la segunda correspondería el
primado de la Palabra y del servicio del anuncio.
Bien mirado, no se trata de dos concepciones contrapuestas, y la
tensión que existe entre ellas debe resolverse desde dentro. Así el decreto
Presbyterorum ordinis del concilio Vaticano II afirma: “Por la predicación
apostólica del Evangelio se convoca y se reúne el pueblo de Dios, de
manera que todos (...) se ofrezcan a sí mismos como “sacrificio vivo,
santo, agradable a Dios” (Rm 12, 1). Por medio del ministerio de los
presbíteros se realiza a la perfección el sacrificio espiritual de los fieles en
unión con el sacrificio de Cristo, único mediador. Este se ofrece incruenta
y sacramentalmente en la Eucaristía, en nombre de toda la Iglesia, por
manos de los presbíteros, hasta que el Señor venga” (n. 2).
Entonces nos preguntamos: “¿Qué significa propiamente para los
sacerdotes evangelizar? ¿En qué consiste el así llamado primado del
anuncio?”. Jesús habla del anuncio del reino de Dios como de la verdadera
finalidad de su venida al mundo y su anuncio no es sólo un “discurso”.
Incluye, al mismo tiempo, su mismo actuar: los signos y los milagros que
219
realiza indican que el Reino viene al mundo como realidad presente, que
coincide en último término con su misma persona. En este sentido, es
preciso recordar que, también en el primado del anuncio, la palabra y el
signo son inseparables. La predicación cristiana no proclama “palabras”,
sino la Palabra, y el anuncio coincide con la persona misma de Cristo,
ontológicamente abierta a la relación con el Padre y obediente a su voluntad.
Por tanto, un auténtico servicio a la Palabra requiere por parte del
sacerdote que tienda a una profunda abnegación de sí mismo, hasta decir
con el Apóstol: “Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí”. El
presbítero no puede considerarse “dueño” de la palabra, sino servidor. Él
no es la palabra, sino que, como proclamaba san Juan Bautista, cuya
Natividad celebramos precisamente hoy, es “voz” de la Palabra: “Voz del
que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus
sendas” (Mc 1, 3).
Ahora bien, para el sacerdote ser “voz” de la Palabra no constituye
únicamente un aspecto funcional. Al contrario, supone un sustancial
“perderse” en Cristo, participando en su misterio de muerte y de
resurrección con todo su ser: inteligencia, libertad, voluntad y
ofrecimiento de su cuerpo, como sacrificio vivo (cf. Rm 12, 1-2). Sólo la
participación en el sacrificio de Cristo, en su kénosis, hace auténtico el
anuncio. Y este es el camino que debe recorrer con Cristo para llegar a
decir al Padre juntamente con él: “No se haga lo que yo quiero, sino lo que
quieres tú” (Mc 14, 36). Por tanto, el anuncio conlleva siempre también el
sacrificio de sí, condición para que el anuncio sea auténtico y eficaz.
Alter Christus, el sacerdote está profundamente unido al Verbo del
Padre, que al encarnarse tomó la forma de siervo, se convirtió en siervo
(cf. Flp 2, 5-11). El sacerdote es siervo de Cristo, en el sentido de que su
existencia, configurada ontológicamente con Cristo, asume un carácter
esencialmente relacional: está al servicio de los hombres en Cristo, por
Cristo y con Cristo. Precisamente porque pertenece a Cristo, el sacerdote
está radicalmente al servicio de los hombres: es ministro de su salvación,
de su felicidad, de su auténtica liberación, madurando, en esta aceptación
progresiva de la voluntad de Cristo, en la oración, en el “estar unido de
corazón” a él. Por tanto, esta es la condición imprescindible de todo
anuncio, que conlleva la participación en el ofrecimiento sacramental de la
Eucaristía y la obediencia dócil a la Iglesia.
El santo cura de Ars repetía a menudo con lágrimas en los ojos: “¡Da
miedo ser sacerdote!”. Y añadía: “¡Es digno de compasión un sacerdote
que celebra la misa de forma rutinaria! ¡Qué desgraciado es un sacerdote
sin vida interior!”. Que el Año sacerdotal impulse a todos los sacerdotes a
identificarse totalmente con Jesús crucificado y resucitado, para que,
imitando a san Juan Bautista, estemos dispuestos a “disminuir” para que él
crezca; para que, siguiendo el ejemplo del cura de Ars, sientan de forma
constante y profunda la responsabilidad de su misión, que es signo y
presencia de la misericordia infinita de Dios. Encomendemos a la Virgen,
Madre de la Iglesia, el Año sacerdotal recién comenzado y a todos los
sacerdotes del mundo.
220
SÓLO SI HAY HOMBRES NUEVOS HABRÁ MUNDO NUEVO
20090628. Homilía. Clausura del Año Paulino. I Visperas.
El Año paulino se concluye, pero estar en camino juntamente con san
Pablo, alcanzar con él y gracias a él el conocimiento de Jesús, y ser
iluminados y transformados por el Evangelio como él, siempre formará
parte de la existencia cristiana. Y, superando el ámbito de los creyentes,
san Pablo seguirá siendo siempre “maestro de los gentiles”, que quiere
llevar el mensaje del Resucitado a todos los hombres, porque Cristo los
conoce y ama a todos, pues murió y resucitó por todos ellos. Por eso,
queremos escucharlo también en este momento en que iniciamos
solemnemente la fiesta de los dos Apóstoles unidos entre sí por un vínculo
muy estrecho.
Forma parte de la estructura de las cartas de san Pablo el hecho de que,
siempre con referencia al lugar y a la situación particular, explican ante
todo el misterio de Cristo, nos enseñan la fe. En una segunda parte sigue la
aplicación a nuestra vida: ¿Qué consecuencias derivan de esta fe? ¿Cómo
modela nuestra existencia cada día? En la carta a los Romanos, esta
segunda parte comienza con el capítulo doce, en los primeros dos
versículos del cual el Apóstol resume inmediatamente el núcleo esencial
de la existencia cristiana. ¿Qué nos dice san Pablo a nosotros en ese
pasaje?
Ante todo afirma, como dato fundamental, que con Cristo ha
comenzado un nuevo modo de venerar a Dios, un nuevo culto. Este culto
consiste en que el hombre vivo se convierte él mismo en adoración, en
“sacrificio” incluso en su propio cuerpo. Ya no ofrecemos a Dios cosas; es
nuestra misma existencia la que debe transformarse en alabanza de Dios.
Pero, ¿cómo se realiza esto? En el versículo segundo encontramos la
respuesta: “No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos
mediante la renovación de vuestro modo de pensar, de forma que podáis
distinguir cuál es la voluntad de Dios” (Rm 12, 2).
Las dos palabras decisivas de este versículo son: “transformar” y
“renovar”. Debemos llegar a ser hombres nuevos, transformados en un
modo nuevo de existencia. El mundo siempre anda buscando novedades,
porque con razón nunca se siente satisfecho de la realidad concreta. San
Pablo nos dice: el mundo no puede renovarse sin hombres nuevos. Sólo si
hay hombres nuevos habrá también un mundo nuevo, un mundo renovado
y mejor. Lo primero es la renovación del hombre. Esto vale para cada
persona. El mundo sólo será nuevo si nosotros mismos llegamos a ser
nuevos. Esto significa también que no basta adaptarse a la situación
actual.
El Apóstol nos exhorta a un inconformismo. En esta misma carta dice
que no hay que someterse al esquema de la época actual. Volveremos a
abordar este punto al reflexionar sobre el segundo texto que quiero
meditar con vosotros esta tarde. El “no” del Apóstol es claro y también
convincente para cualquiera que observe el “esquema” de nuestro mundo.
Pero ¿cómo podemos llegar a ser nuevos? ¿Somos realmente capaces de
221
lograrlo? Con las palabras “llegar a ser nuevo” san Pablo alude a su propia
conversión, a su encuentro con Cristo resucitado, del cual dice en
la segunda carta a los Corintios: “El que está en Cristo, es una nueva
creación; pasó lo viejo, todo es nuevo” (2 Co 5, 17).
Ese encuentro con Cristo lo transformó hasta tal punto que dice al
respecto: “He muerto” (Ga 2, 19; cf. Rm 6). Ha llegado a ser nuevo, otro,
porque ya no vive para sí mismo y en virtud de sí mismo, sino para Cristo
y en él. Sin embargo, con el paso de los años, vio que también este
proceso de renovación y transformación continúa durante toda la vida.
Llegamos a ser nuevos si nos dejamos aferrar y modelar por el Hombre
nuevo: Jesucristo. Él es el Hombre nuevo por excelencia. En él se ha
hecho realidad la nueva existencia humana, y nosotros de verdad podemos
llegar a ser nuevos si nos ponemos en sus manos y nos dejamos modelar
por él.
San Pablo aclara más aún este proceso de “renovación” diciendo que
llegamos a ser nuevos si transformamos nuestro modo de pensar. Lo que
aquí se traduce por “modo de pensar” es la palabra griega “nous”. Es una
palabra compleja. Se puede traducir con “espíritu”, “sentimientos”, “razón”
y precisamente con “modo de pensar”. Nuestra razón debe llegar a ser
nueva. Esto nos sorprende. Tal vez podíamos esperar que se refiriera más
bien a alguna actitud: lo que deberíamos cambiar en nuestro obrar. Pero no.
La renovación debe llegar hasta el fondo. Debe cambiar desde sus cimientos
nuestro modo de ver el mundo, de comprender la realidad, todo nuestro
modo de pensar. El pensamiento del hombre viejo, el modo de pensar
común se orienta por lo general hacia la posesión, el bienestar, la influencia,
el éxito, la fama, etc., pero de este modo tiene un alcance muy limitado. Así,
el propio “yo” sigue estando, en definitiva, en el centro del mundo.
Debemos aprender a pensar de manera más profunda. En la segunda
parte de la frase, san Pablo nos explica lo que significa eso: es preciso
aprender a comprender la voluntad de Dios, de modo que sea ella la que
modele nuestra voluntad, para que también nosotros queramos lo que
quiere Dios, para que reconozcamos que Dios quiere lo bello y lo bueno.
Por tanto, se trata de un viraje en nuestra orientación espiritual de fondo.
Dios debe entrar en el horizonte de nuestro pensamiento: lo que él quiere
y el modo según el cual ha ideado el mundo y me ha ideado a mí.
Debemos aprender a compartir el pensar y el querer de Jesucristo. Así
seremos hombres nuevos en los que emerge un mundo nuevo.
En dos pasajes de la carta a los Efesios san Pablo ilustra ulteriormente
el mismo pensamiento de una renovación necesaria de nuestro ser persona
humana. Por eso quiero reflexionar brevemente en ellos. En el capítulo
cuarto de esa carta el Apóstol nos dice que con Cristo debemos alcanzar la
edad adulta, una fe madura. Ya no podemos seguir siendo “niños llevados
a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina” (Ef 4, 14). San
Pablo desea que los cristianos tengan una fe madura, una “fe adulta”.
En los últimos decenios la palabra “fe adulta” se ha convertido en un
eslogan generalizado. A menudo se entiende como la actitud de quien ya
no escucha a la Iglesia y a sus pastores, sino que elige autónomamente lo
222
que quiere creer y no creer, o sea, una fe fabricada por cada uno. Y se la
presenta como “valentía” de expresarse contra el Magisterio de la Iglesia.
Sin embargo, en realidad, para eso no hace falta valentía, porque siempre
se puede estar seguro de obtener el aplauso público. Para lo que de verdad
se requiere valentía es para adherirse a la fe de la Iglesia, aunque esta fe
esté en contraposición con el “esquema” del mundo contemporáneo. Este
es el inconformismo de la fe que san Pablo llama una “fe adulta”. Esta es
la fe que él quiere. En cambio, considera infantil el correr tras los vientos
y las corrientes de la época.
Así, por ejemplo, forma parte de la fe adulta comprometerse en favor
de la inviolabilidad de la vida humana desde su primer momento,
oponiéndose radicalmente al principio de la violencia, de modo especial
en defensa de las criaturas humanas más indefensas. Forma parte de la fe
adulta reconocer el matrimonio entre un hombre y una mujer para toda la
vida como ordenamiento del Creador, restablecido de nuevo por Cristo. La
fe adulta no se deja zarandear de un lado a otro por cualquier corriente. Se
opone a los vientos de la moda. Sabe que esos vientos no son el soplo del
Espíritu Santo; sabe que el Espíritu de Dios se expresa y se manifiesta en
la comunión con Jesucristo.
Con todo, tampoco aquí san Pablo se detiene en la negación, sino que
nos lleva al gran “sí”. Describe la fe madura, verdaderamente adulta, de
un modo positivo con la expresión: “Obrar según la verdad en la caridad”
(Ef 4, 15). El nuevo modo de pensar, que nos da la fe, se dirige ante todo
hacia la verdad. El poder del mal es la mentira. El poder de la fe, el poder
de Dios, es la verdad. La verdad sobre el mundo y sobre nosotros mismos
se hace visible cuando miramos a Dios. Y Dios se nos hace visible en el
rostro de Jesucristo. Contemplando a Cristo reconocemos algo más: la
verdad y la caridad son inseparables. En Dios ambas son inseparablemente
una sola cosa: esta es precisamente la esencia de Dios. Por eso, para los
cristianos, la verdad y la caridad van juntas. La caridad es la prueba de la
verdad. Siempre deberíamos regularnos según este criterio: que la verdad
se transforme en caridad y la caridad nos lleve a la verdad.
En el versículo de san Pablo encontramos otro pensamiento
importante. El Apóstol nos dice que, obrando según la verdad en la
caridad, contribuimos a hacer que el todo —ta panta—, el universo,
crezca tendiendo hacia Cristo. San Pablo, basándose en su fe, no sólo se
interesa por nuestra rectitud personal y por el crecimiento de la Iglesia. Se
interesa por el universo: ta panta. La finalidad última de la obra de Cristo
es el universo, la transformación del universo, de todo el mundo humano,
de toda la creación. Quien, juntamente con Cristo, sirve a la verdad en la
caridad, contribuye al verdadero progreso del mundo. Sí; aquí se ve
claramente que san Pablo conoce la idea de progreso. Para la humanidad,
para el mundo, Cristo, su vivir, sufrir y resucitar fue el verdadero gran
salto del progreso. Pero ahora el universo deber crecer con vistas a él. El
verdadero progreso del mundo se da donde aumenta la presencia de
Cristo. Allí el hombre llega a ser nuevo y así también el mundo se hace
nuevo.
223
San Pablo nos pone de manifiesto eso mismo desde otra perspectiva.
En el capítulo tercero de la carta a los Efesios nos habla de la necesidad
de ser “fortalecidos en el hombre interior” (Ef 3, 16). Así retoma un tema
que antes, en una situación de tribulación, había tratado en la segunda
carta a los Corintios: “Aun cuando nuestro hombre exterior se va
desmoronando, el hombre interior se va renovando de día en día” (2 Co 4,
16). El hombre interior debe fortalecerse; es un imperativo muy apropiado
para nuestro tiempo, en el que con mucha frecuencia los hombres se
quedan interiormente vacíos y, por tanto, deben recurrir a promesas y
narcóticos, que luego tienen como consecuencia un aumento ulterior del
sentido de vacío en su interior. El vacío interior, la debilidad del hombre
interior, es uno de los grandes problemas de nuestro tiempo.
Es preciso fortalecer la interioridad, la “perceptividad” del corazón, la
capacidad de ver y comprender el mundo y al hombre desde dentro, con el
corazón. Necesitamos una razón iluminada por el corazón, para aprender a
obrar según la verdad en la caridad. Ahora bien, esto no se realiza sin una
relación íntima con Dios, sin la vida de oración. Necesitamos el encuentro
con Dios, que se nos da en los sacramentos. Y no podemos hablar a Dios
en la oración si no dejamos que hable antes él mismo, si no lo escuchamos
en la Palabra que nos ha dado.
San Pablo, al respecto, nos dice: “Que Cristo habite por la fe en vuestros
corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis
comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y
la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo
conocimiento” (Ef 3, 17-19). El amor ve más lejos que la sola razón; es lo
que san Pablo nos dice con esas palabras. Y nos dice también que sólo
podemos conocer la amplitud del misterio de Cristo en la comunión con
todos los santos, o sea, en la gran comunidad de todos los creyentes, y no
contra ella o sin ella. Esta amplitud la define con palabras que quieren
expresar las dimensiones del cosmos: la anchura y la longitud, la altura y la
profundidad.
El misterio de Cristo tiene una amplitud cósmica: no pertenece sólo a
un grupo determinado. Cristo crucificado abraza el universo entero en
todas sus dimensiones. Toma el mundo en sus manos y lo eleva hacia
Dios. Comenzando por san Ireneo de Lyon —por tanto, desde el siglo II,
los santos Padres vieron en las palabras “anchura, longitud, altura y
profundidad” del amor de Cristo una alusión a la cruz. El amor de Cristo
alcanzó en la cruz la profundidad más honda —la noche de la muerte— y
la altura suprema —la altura de Dios mismo—. Y tomó entre sus brazos la
anchura y la longitud de la humanidad y del mundo en todas sus
distancias. Él siempre abraza el universo, nos abraza a todos nosotros.
Pidamos al Señor que nos ayude a reconocer algo de la inmensidad de
su amor. Pidámosle que su amor y su verdad toquen nuestro corazón.
Pidamos que Cristo habite en nuestro corazón y nos haga hombres nuevos,
para que obremos según la verdad en la caridad. Amén.
224
SAN PABLO, EJEMPLO DE SACERDOTE
20090628. Angelus. Plaza de San Pedro.
¿Cuál es la finalidad del Año sacerdotal? Como escribí en la carta que
envié con ese motivo a los sacerdotes, quiere contribuir a promover el
compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que den
en el mundo de hoy un testimonio evangélico más fuerte y eficaz. A este
propósito, el apóstol san Pablo constituye un espléndido modelo para
imitar, no tanto en su vida concreta, que fue realmente extraordinaria,
cuanto en su amor a Cristo, en su celo por el anuncio del Evangelio, en su
entrega a las comunidades y en su elaboración de síntesis eficaces de
teología pastoral.
San Pablo es un ejemplo de sacerdote totalmente identificado con su
ministerio, como lo será también el santo cura de Ars, consciente de llevar
un tesoro inestimable, es decir, el mensaje de la salvación, pero de llevarlo
en “un recipiente de barro” (cf. 2 Co 4, 7); por eso él es fuerte y humilde
al mismo tiempo, íntimamente persuadido de que todo es mérito de Dios,
todo es gracia suya. “El amor de Cristo nos apremia”, escribe el Apóstol, y
este podría ser muy bien el lema de todo sacerdote, al que el Espíritu
“cautiva” (cf. Hch 20, 22) para hacer de él un fiel administrador de los
misterios de Dios (cf. 1 Co 4, 1-2): el presbítero debe ser todo de Cristo y
todo de la Iglesia, a la que está llamado a dedicarse con amor indiviso,
como un esposo fiel a su esposa.
Queridos amigos, juntamente con la intercesión de los apóstoles san
Pedro y san Pablo, invoquemos ahora la de la Virgen María, para que
obtenga del Señor abundantes bendiciones para los sacerdotes durante este
Año sacerdotal recién iniciado. Que la Virgen, a quien san Juan María
Vianney tanto amó e hizo amar a sus parroquianos, ayude a cada sacerdote
a reavivar el don de Dios que está en él en virtud de la santa ordenación,
para que crezca en la santidad y esté dispuesto a testimoniar, si fuera
necesario hasta el martirio, la belleza de su consagración total y definitiva
a Cristo y a la Iglesia.

¿QUÉ NOS DICE PEDRO SOBRE LA MISIÓN DEL


SACERDOTE?
20090629. Homilía. Imposición del palio.
En la oración colecta de esta solemnidad hemos pedido al Señor “que
su Iglesia se mantenga siempre fiel a las enseñanzas de aquellos que
fueron fundamento de nuestra fe cristiana”. Esta petición que dirigimos a
Dios nos interpela también a nosotros: ¿Seguimos la enseñanza de los
grandes Apóstoles fundadores? ¿Los conocemos de verdad?
En el Año paulino que se concluyó ayer tratamos de escucharlo de
modo nuevo a él, el “maestro de los gentiles”, y de aprender así
nuevamente el alfabeto de la fe. Tratamos de reconocer a Cristo con san
Pablo y mediante san Pablo, y de encontrar así el camino para la vida
cristiana recta. En el canon del Nuevo Testamento, además de las cartas de
225
san Pablo, se encuentran también dos cartas bajo el nombre de san Pedro.
La primera de ellas se concluye explícitamente con un saludo desde
Roma, pero a la que se presenta con el nombre apocalíptico de Babilonia:
“Os saluda la que está en Babilonia, elegida como vosotros...” (1P 5, 13).
Al llamar a la Iglesia de Roma “elegida como vosotros”, la sitúa en la gran
comunidad de todas las Iglesias locales, en la comunidad de todos los que
Dios ha congregado, para que en la “Babilonia” del tiempo de este mundo
construyan su pueblo y hagan que Dios entre en la historia. La primera
carta de san Pedro es un saludo dirigido desde Roma a la cristiandad
entera de todos los tiempos. Nos invita a escuchar “la enseñanza de los
Apóstoles”, que nos señala el camino hacia la vida.
Esta carta es un texto muy rico, que brota del corazón y toca el
corazón. Su centro es —no podía ser de otra manera— la figura de Cristo,
presentado como Aquel que sufre y ama, como crucificado y resucitado:
“El que, al ser insultado, no respondía con insultos; al padecer, no
amenazaba; (...) con cuyas heridas habéis sido curados” (1 P 2, 23-24).
Partiendo del centro, que es Cristo, la carta constituye también una
introducción a los sacramentos cristianos fundamentales del Bautismo y la
Eucaristía, y un discurso dirigido a los sacerdotes, en el que san Pedro se
califica como co-presbítero juntamente con ellos. Habla a los pastores de
todas las generaciones como aquel a quien el Señor encargó
personalmente que apacentara a sus ovejas y así recibió de modo
particular un mandato sacerdotal.
Así pues, ¿qué nos dice san Pedro, precisamente en el Año sacerdotal,
acerca de la misión del sacerdote? Ante todo, comprende el ministerio
sacerdotal totalmente a partir de Cristo. Llama a Cristo el “pastor y
guardián de las almas” (1 P 2, 25). En el texto griego la palabra
“guardián” se expresa con el término epíscopos (obispo). Un poco más
adelante a Cristo se le califica como el Pastor supremo, archipoimen (1
P 5, 4). Sorprende que san Pedro llame a Cristo mismo “obispo”, “obispo
de las almas”. ¿Qué quiere decir con esa expresión? En la raíz de la
palabra griega “episcopos” se encuentra el verbo “ver”; por eso, se suele
traducir por “guardián”, es decir, “vigilante”. Pero ciertamente no se
refiere a una vigilancia externa, como podría ser la del guardián de una
cárcel. Más bien, se entiende como un “ver desde lo alto”, un ver desde la
altura de Dios. Ver desde la perspectiva de Dios es ver con un amor que
quiere servir al otro, que quiere ayudarle a llegar a ser lo que debe ser.
Cristo es el “obispo de las almas”, nos dice san Pedro. Eso significa que
nos ve desde la perspectiva de Dios. Contemplando desde Dios, se tiene una
visión de conjunto, se ven los peligros al igual que las esperanzas y las
posibilidades. Desde la perspectiva de Dios se ve la esencia, se ve al hombre
interior. Si Cristo es el obispo de las almas, el objetivo es evitar que en el
hombre el alma se empobrezca; hacer que el hombre no pierda su esencia, la
capacidad para la verdad y para el amor; hacer que el hombre llegue a
conocer a Dios, que no se pierda en callejones sin salida, que no se pierda en
el aislamiento, sino que permanezca abierto al conjunto.
226
Jesús, el “obispo de las almas”, es el prototipo de todo ministerio
episcopal y sacerdotal. Desde esta perspectiva, ser obispo, ser sacerdote,
significa asumir la posición de Cristo. Pensar, ver y obrar desde su
posición elevada. A partir de él estar a disposición de los hombres, para
que encuentren la vida.
Así, la palabra “obispo” se acerca mucho al término “pastor”; más aún,
los dos conceptos se pueden intercambiar. La tarea del pastor consiste en
apacentar, en cuidar la grey y llevarla a buenos pastos. Apacentar la grey
quiere decir encargarse de que las ovejas encuentren el alimento necesario,
de que sacien su hambre y apaguen su sed. Sin metáfora, esto significa: la
Palabra de Dios es el alimento que el hombre necesita. Hacer continuamente
presente la Palabra de Dios y dar así alimento a los hombres es tarea del
buen pastor. Y este también debe saber resistir a los enemigos, a los lobos.
Debe preceder, indicar el camino, conservar la unidad de la grey.
San Pedro, en su discurso a los presbíteros, pone de relieve también
otra cosa muy importante. No basta hablar. Los pastores deben ser
“modelos de la grey” (1 P 5, 3). La Palabra de Dios, cuando se vive, es
trasladada del pasado al presente. Es admirable ver cómo en los santos la
Palabra de Dios se transforma en una palabra dirigida a nuestro tiempo.
En santos como Francisco, como el padre Pío y muchos otros, Cristo se
hace verdaderamente contemporáneo de su generación, sale del pasado y
entra en el presente. Ser pastor, modelo de la grey, significa vivir la
Palabra ahora, en la gran comunidad de la Iglesia santa.
Ahora quiero llamar brevemente vuestra atención sobre otras dos
afirmaciones de la primera carta de san Pedro que se refieren de modo
especial a nosotros, en nuestro tiempo. Ante todo, la frase, hoy
redescubierta, sobre cuya base los teólogos medievales comprendieron su
tarea, la tarea del teólogo: “Adorad al Señor, Cristo, en vuestro corazón,
siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra
esperanza” (1 P 3, 15). La fe cristiana es esperanza. Abre el camino hacia
el futuro. Y es una esperanza que posee racionalidad; una esperanza cuya
razón podemos y debemos exponer. La fe procede de la Razón eterna que
entró en nuestro mundo y nos mostró al verdadero Dios. Supera la
capacidad propia de nuestra razón, del mismo modo que el amor ve más
que la simple inteligencia. Pero la fe habla a la razón y, en la
confrontación dialéctica, puede resistir a la razón. No la contradice, sino
que avanza juntamente con ella y, al mismo tiempo, conduce más allá de
ella: introduce en la Razón más grande de Dios.
Como pastores de nuestro tiempo tenemos la tarea de ser los primeros
en comprender la razón de la fe. La tarea de no dejar que quede
simplemente como una tradición, sino de reconocerla como respuesta a
nuestros interrogantes. La fe exige nuestra participación racional, que se
profundiza y se purifica en una comunión de amor. Forma parte de
nuestros deberes de pastores penetrar la fe con el pensamiento para ser
capaces de mostrar la razón de nuestra esperanza en el debate de nuestro
tiempo.
227
Con todo, pensar —aunque es muy necesario—, por sí solo, no basta;
del mismo modo que hablar, por sí solo, no basta. En su catequesis
bautismal y eucarística en el capítulo segundo de su carta, san Pedro alude
al Salmo que se usaba en la Iglesia primitiva en el contexto de la
comunión, es decir, en el versículo que dice: “Gustad y ved cuán bueno es
el Señor” (Sal 34, 9; cf. 1 P 2, 3). Sólo gustar lleva a ver. Pensemos en los
discípulos de Emaús: sus ojos sólo se abren a la hora de la comunión
durante la cena con Jesús, en la fracción del pan. Sólo en la comunión con
el Señor, verdaderamente experimentada, logran ver. Eso vale para todos
nosotros: más que pensar y hablar, necesitamos la experiencia de la fe, de
la relación vital con Jesucristo.
La fe no debe quedarse en teoría: debe convertirse en vida. Si en el
sacramento encontramos al Señor; si en la oración hablamos con él; si en
las decisiones de la vida diaria nos adherimos a Cristo, entonces “vemos”
cada vez más claramente cuán bueno es. Entonces experimentamos cuán
bueno es estar con él. De esa certeza vivida deriva luego la capacidad de
comunicar la fe a los demás de modo creíble. El cura de Ars no era un
gran pensador, pero “gustaba” al Señor. Vivía con él hasta en los detalles
más insignificantes de su vida diaria, además de en las grandes exigencias
del ministerio pastoral. De este modo llegó a ser una “persona que veía”.
Había gustado, y por eso sabía que el Señor es bueno. Pidamos al Señor
que nos conceda este gustar, a fin de que así seamos testigos creíbles de la
esperanza que está en nosotros.
Por último, quiero destacar otra palabra pequeña, pero importante, de
san Pedro. Al inicio de la carta nos dice que la meta de nuestra fe es la
salvación de las almas (cf. 1 P 1, 9). En el ámbito del lenguaje y del
pensamiento de la cristiandad actual parece una afirmación extraña, para
algunos tal vez incluso escandalosa. La palabra “alma” ha caído en
descrédito. Se dice que esto llevaría a una división del hombre en espíritu
y físico, en alma y cuerpo, mientras que en realidad él sería una unidad
indivisible. Además, “la salvación de las almas” como meta de la fe parece
indicar un cristianismo individualista, una pérdida de responsabilidad con
respecto al mundo en su conjunto, en su corporeidad y en su materialidad.
Pero nada de todo esto se encuentra en la carta de san Pedro. El celo por el
testimonio en favor de la esperanza, la responsabilidad por los demás
caracterizan todo el texto.
Para comprender la palabra sobre la salvación de las almas como meta
de la fe debemos partir de otro lado. Sigue siendo verdad que el desinterés
por las almas, el empobrecerse del hombre interior, no sólo destruye a la
persona misma, sino que además amenaza el destino de la humanidad en
su conjunto. Sin la curación de las almas, sin la curación del hombre desde
dentro, no puede haber salvación para la humanidad. Para san Pedro,
aunque nos sorprenda, la verdadera enfermedad de las almas es la
ignorancia, es decir, no conocer a Dios. Quien no conoce a Dios, quien al
menos no lo busca sinceramente, queda fuera de la verdadera vida (cf. 1
P 1, 14).
228
Hay otra palabra de la carta que puede ayudarnos a comprender mejor
la fórmula “salvación de las almas”: “Purificad vuestras almas con la
obediencia a la verdad” (cf. 1 P 1, 22). La obediencia a la verdad es lo que
purifica el alma. Y convivir con la mentira es lo que la contamina. La
obediencia a la verdad comienza con las pequeñas verdades de la vida
diaria, que a menudo pueden ser costosas y dolorosas. Esta obediencia se
extiende después hasta la obediencia sin reservas ante la Verdad misma,
que es Cristo. Esta obediencia no sólo nos hace puros, sino sobre todo
libres para el servicio a Cristo, y así para la salvación del mundo, que
siempre comienza con la purificación obediente de la propia alma
mediante la verdad. Sólo podemos indicar el camino hacia la verdad si
nosotros mismos, con obediencia y paciencia, nos dejamos purificar por la
verdad.
Y ahora me dirijo a vosotros, queridos hermanos en el episcopado, que
en esta hora recibiréis de mi mano el palio. Ha sido tejido con la lana de
los corderos que el Papa bendice en la fiesta de santa Inés. De este modo,
recuerda los corderos y las ovejas de Cristo, que el Señor resucitado
encomendó a Pedro con la tarea de apacentarlos (cf. Jn 21, 15-18).
Recuerda la grey de Jesucristo, que vosotros, queridos hermanos, debéis
apacentar en comunión con Pedro. Nos recuerda a Cristo mismo, que
como buen Pastor tomó sobre sus hombros a la oveja perdida, a la
humanidad, para llevarla de nuevo a casa. Nos recuerda el hecho de que
él, el Pastor supremo, quiso hacerse él mismo Cordero, para hacerse cargo
desde dentro del destino de todos nosotros; para llevarnos y curarnos
desde dentro.
Pidamos al Señor que nos conceda ser, siguiendo sus huellas, buenos
pastores, “no forzados, sino voluntariamente, según Dios (...), con
prontitud de ánimo (...), modelos de la grey” (1P 5, 2-3). Amén.

LAS NACIONES CAMINARÁN EN SU LUZ


20090629. Mensaje para la jornada mundial de las misiones.
“Las naciones caminarán en su luz” (Ap 21, 24). En este domingo,
dedicado a las misiones, me dirijo ante todo a vosotros, Hermanos en el
ministerio episcopal y sacerdotal, y también a vosotros, hermanos y
hermanas de todo el Pueblo de Dios, para exhortar a cada uno a reavivar
en sí mismo la conciencia del mandato misionero de Cristo de hacer
“discípulos a todos los pueblos” (Mt 28,19), siguiendo los pasos de san
Pablo, el Apóstol de las Gentes.
“Las naciones caminarán en su luz” (Ap 21,24). Objetivo de la misión
de la Iglesia es en efecto iluminar con la luz del Evangelio a todos los
pueblos en su camino histórico hacia Dios, para que en Él tengan su
realización plena y su cumplimiento. Debemos sentir el ansia y la pasión
por iluminar a todos los pueblos, con la luz de Cristo, que brilla en el
rostro de la Iglesia, para que todos se reúnan en la única familia humana,
bajo la paternidad amorosa de Dios.
229
Es en esta perspectiva que los discípulos de Cristo dispersos por todo
el mundo trabajan, se esfuerzan, gimen bajo el peso de los sufrimientos y
donan la vida. Reafirmo con fuerza lo que ha sido varias veces dicho por
mis venerados Predecesores: la Iglesia no actúa para extender su poder o
afirmar su dominio, sino para llevar a todos a Cristo, salvación del mundo.
Nosotros no pedimos sino el ponernos al servicio de la humanidad,
especialmente de aquella más sufriente y marginada, porque creemos que
“el esfuerzo orientado al anuncio del Evangelio a los hombres de nuestro
tiempo... es sin duda alguna un servicio que se presenta a la comunidad
cristiana e incluso a toda la humanidad” (Evangelii nuntiandi, 1), la cual
“está conociendo grandes conquistas, pero parece haber perdido el sentido
de las realidades últimas y de la misma existencia” (Redemptoris missio,
2).
1. Todos los Pueblos llamados a la salvación
La humanidad entera tiene la vocación radical de regresar a su fuente,
que es Dios, el único en Quien encontrará su realización final mediante la
restauración de todas las cosas en Cristo. La dispersión, la multiplicidad,
el conflicto, la enemistad serán repacificadas y reconciliadas mediante la
sangre de la Cruz, y reconducidas a la unidad.
El nuevo inicio ya comenzó con la resurrección y exaltación de Cristo,
que atrae a sí todas las cosas, las renueva, las hace partícipes del eterno
gozo de Dios. El futuro de la nueva creación brilla ya en nuestro mundo y
enciende, aunque en medio de contradicciones y sufrimientos, la
esperanza de una vida nueva. La misión de la Iglesia es la de “contagiar”
de esperanza a todos los pueblos. Para esto Cristo llama, justifica, santifica
y envía a sus discípulos a anunciar el Reino de Dios, para que todas las
naciones lleguen a ser Pueblo de Dios. Es sólo al interno de dicha misión
que se comprende y autentifica el verdadero camino histórico de la
humanidad. La misión universal debe convertirse en una constante
fundamental de la vida de la Iglesia. Anunciar el Evangelio debe ser para
nosotros, como lo fue para el apóstol Pablo, un compromiso
impostergable y primario.
2. Iglesia peregrina
La Iglesia universal, sin confines y sin fronteras, se siente responsable
del anuncio del Evangelio a pueblos enteros (cf. Evangelii nuntiandi, 53).
Ella, germen de esperanza por vocación, debe continuar el servicio de
Cristo al mundo. Su misión y su servicio no son a la medida de las
necesidades materiales o incluso espirituales que se agotan en el marco de
la existencia temporal, sino de una salvación trascendente, que se actúa en
el Reino de Dios (cf. Evangelii nuntiandi, 27). Este Reino, aun siendo en
su plenitud escatológico y no de este mundo (cf. Jn 18,36), es también en
este mundo y en su historia fuerza de justicia, de paz, de verdadera
libertad y de respeto de la dignidad de cada hombre. La Iglesia busca
transformar el mundo con la proclamación del Evangelio del amor, “que
ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y
actuar... y así llevar la luz de Dios al mundo” (Deus caritas est, 39). Es a
230
esta misión y servicio que, con este Mensaje, llamo a participar a todos los
miembros e instituciones de la Iglesia.
3. Missio ad gentes
De este modo, la misión de la Iglesia es la de llamar a todos los
pueblos a la salvación operada por Dios a través de su Hijo encarnado. Es
necesario por lo tanto renovar el compromiso de anunciar el Evangelio,
que es fermento de libertad y de progreso, de fraternidad, de unidad y de
paz (cf. Ad gentes, 8). Deseo “confirmar una vez más que la tarea de la
evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la
Iglesia” (Evangelii nuntiandi, 14), tarea y misión que los amplios y
profundos cambios de la sociedad actual hacen cada vez más urgentes.
Está en cuestión la salvación eterna de las personas, el fin y la realización
misma de la historia humana y del universo. Animados e inspirados por el
Apóstol de las gentes, debemos ser conscientes de que Dios tiene un
pueblo numeroso en todas las ciudades recorridas también por los
apóstoles de hoy (cf. Hch 18,10). En efecto “la promesa vale para vosotros
y para vuestros hijos y, además, para todos los que llame el Señor nuestro
Dios, aunque estén lejos” (Hch 2,39).
La Iglesia entera debe comprometerse en la missio ad gentes, hasta que
la soberanía salvadora de Cristo se realice plenamente: “Pero ahora no
vemos todavía que todo le esté sometido” (Hb 2,8).

4. Llamados a evangelizar también mediante el martirio


En esta Jornada dedicada a las misiones, recuerdo en la oración a
quienes han hecho de su vida una exclusiva consagración al trabajo de
evangelización. Una mención particular es para aquellas Iglesias locales, y
para aquellos misioneros y misioneras que se encuentran testimoniando y
difundiendo el Reino de Dios en situaciones de persecución, con formas
de opresión que van desde la discriminación social hasta la cárcel, la
tortura y la muerte. No son pocos quienes actualmente son llevados a la
muerte por causa de su “Nombre”. Es aún de una actualidad tremenda lo
que escribía mi venerado Predecesor, el Papa Juan Pablo II: “La memoria
jubilar nos ha abierto un panorama sorprendente, mostrándonos nuestro
tiempo particularmente rico en testigos que, de una manera u otra, han
sabido vivir el Evangelio en situaciones de hostilidad y persecución, a
menudo hasta dar su propia sangre como prueba suprema” (Novo
millennio ineunte, 41).
La participación en la misión de Cristo, en efecto, marca también la
vida de los anunciadores del Evangelio, para quienes está reservado el
mismo destino de su Maestro. “Recordad lo que os dije: No es el siervo
más que su amo. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os
perseguirán” (Jn 15,20). La Iglesia sigue el mismo camino y sufre la
misma suerte de Cristo, porque no actúa según una lógica humana o
contando con las razones de la fuerza, sino siguiendo la vía de la Cruz y
haciéndose, en obediencia filial al Padre, testigo y compañera de viaje de
esta humanidad.
231
A las Iglesias antiguas como a las de reciente fundación les recuerdo
que han sido colocadas por el Señor como sal de la tierra y luz del mundo,
llamadas a difundir a Cristo, Luz de las gentes, hasta los extremos
confines de la tierra. La missio ad gentes debe constituir la prioridad de
sus planes pastorales.
A las Obras Misionales Pontificias dirijo mi agradecimiento y mi
aliento por el indispensable trabajo de animación, formación misionera y
ayuda económica que aseguran a las jóvenes Iglesias. A través de estas
Instituciones pontificias se realiza en modo admirable la comunión entre
las Iglesias, con el intercambio de dones, en la solicitud mutua y en la
común proyección misionera.
5. Conclusión
El empuje misionero ha sido siempre signo de vitalidad de nuestras
Iglesias (cf. Redemptoris missio, 2). Es necesario, sin embargo, reafirmar
que la evangelización es obra del Espíritu y que incluso antes de ser
acción es testimonio e irradiación de la luz de Cristo (cf. Redemptoris
missio, 26) por parte de la Iglesia local, que envía sus misioneros y
misioneras para ir más allá de sus fronteras. Pido por lo tanto a todos los
católicos que recen al Espíritu Santo para que aumente en la Iglesia la
pasión por la misión de difundir el Reino de Dios, y que sostengan a los
misioneros, las misioneras y las comunidades cristianas comprometidas en
primera línea en esta misión, a veces en ambientes hostiles de
persecución.
Al mismo tiempo invito a todos a dar un signo creíble de comunión
entre las Iglesias, con una ayuda económica, especialmente en la fase de
crisis que está atravesando la humanidad, para colocar a las Iglesias
locales en condición de iluminar a las gentes con el Evangelio de la
caridad.
Nos guíe en nuestra acción misionera la Virgen María, estrella de la
Nueva Evangelización, que ha dado al mundo a Cristo, puesto como luz
de las gentes, para que lleve la salvación “hasta el extremo de la tierra”
(Hch 13,47).

PALABRA Y SACRAMENTO, COLUMNAS DEL SACERDOCIO


20090701. Audiencia general.
Con la celebración de las primeras Vísperas de la solemnidad de los
apóstoles San Pedro y San Pablo en la basílica de San Pablo extramuros se
clausuró, como sabéis, el 28 de junio, el Año paulino, en recuerdo del
segundo milenio del nacimiento del Apóstol de los gentiles. Damos
gracias al Señor por los frutos espirituales que esta importante iniciativa
ha aportado a tantas comunidades cristianas. Como preciosa herencia del
Año paulino, podemos recoger la invitación del Apóstol a profundizar en
el conocimiento del misterio de Cristo, para que sea él el corazón y el
centro de nuestra existencia personal y comunitaria. Esta es, de hecho, la
condición indispensable para una verdadera renovación espiritual y
eclesial.
232
Como subrayé ya durante la primera celebración eucarística en la
Capilla Sixtina después de mi elección como sucesor del apóstol san
Pedro, es precisamente de la plena comunión con Cristo de donde "brota
cada uno de los elementos de la vida de la Iglesia, en primer lugar la
comunión entre todos los fieles, el compromiso de anuncio y de
testimonio del Evangelio, y el ardor de la caridad hacia todos,
especialmente hacia los pobres y los pequeños" (Homilía, 20 de abril de
2005, n. 4:L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 22 de abril
de 2005, p. 7). Esto vale en primer lugar para los sacerdotes. Por eso
demos gracias a la Providencia de Dios que nos ofrece ahora la posibilidad
de celebrar el Año sacerdotal. Deseo de corazón que constituya para cada
sacerdote una oportunidad de renovación interior y, en consecuencia, de
firme revigorización en el compromiso de su misión.
Como durante el Año paulino nuestra referencia constante ha sido san
Pablo, así en los próximos meses contemplaremos en primer lugar a san
Juan María Vianney, el santo cura de Ars, recordando el 150° aniversario
de su muerte. En la carta que escribí para esta ocasión a los sacerdotes,
quise subrayar lo que más resplandece en la existencia de este humilde
ministro del altar: "su total identificación con el propio ministerio". Solía
decir que "un buen pastor, un pastor según el corazón de Dios, es el tesoro
más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia y uno de los
dones más preciosos de la misericordia divina". Y casi sin poder percibir
la grandeza del don y de la tarea confiados a una pobre criatura humana,
suspiraba: "¡Oh, qué grande es el sacerdote!... Si se diese cuenta, moriría...
Dios le obedece: pronuncia dos palabras y nuestro Señor baja del cielo al
oír su voz y se encierra en una pequeña hostia".
En verdad, precisamente considerando el binomio "identidad-misión",
cada sacerdote puede advertir mejor la necesidad de la progresiva
identificación con Cristo, que le garantiza la fidelidad y la fecundidad del
testimonio evangélico. El título mismo del Año sacerdotal —"Fidelidad de
Cristo, fidelidad del sacerdote"— pone de manifiesto que el don de la
gracia divina precede a toda posible respuesta humana y realización
pastoral, y así, en la vida del sacerdote, el anuncio misionero y el culto no
se pueden separar nunca, como tampoco se deben separar la identidad
ontológico-sacramental y la misión evangelizadora.
Por lo demás, podríamos decir que el fin de la misión de todo
presbítero es "cultual": para que todos los hombres puedan ofrecerse a
Dios como hostia viva, santa, agradable a él (cf. Rm 12, 1), que en la
creación misma, en los hombres, se transforma en culto, en alabanza al
Creador, recibiendo la caridad que están llamados a dispensarse
abundantemente unos a otros. Lo constatamos claramente en los inicios
del cristianismo. Por ejemplo, san Juan Crisóstomo decía que el
sacramento del altar y el "sacramento del hermano" o, como dice, el
"sacramento del pobre" constituyen dos aspectos del mismo misterio. El
amor al prójimo, la atención a la justicia y a los pobres, no son solamente
temas de una moral social, sino más bien expresión de una concepción
sacramental de la moralidad cristiana, porque a través del ministerio de los
233
presbíteros se realiza el sacrificio espiritual de todos los fieles, en unión
con el de Cristo, único Mediador: sacrificio que los presbíteros ofrecen de
forma incruenta y sacramental en espera de la nueva venida del Señor.
Esta es la principal dimensión, esencialmente misionera y dinámica, de la
identidad y del ministerio sacerdotal: a través del anuncio del Evangelio
engendran en la fe a aquellos que aún no creen, para que puedan unir al
sacrificio de Cristo su propio sacrificio, que se traduce en amor a Dios y al
prójimo.
Queridos hermanos y hermanas, frente a tantas incertidumbres y
cansancios también en el ejercicio del ministerio sacerdotal, es urgente
recuperar un juicio claro e inequívoco sobre el primado absoluto de la
gracia divina, recordando lo que escribe santo Tomás de Aquino: "El más
pequeño don de la gracia supera el bien natural de todo el universo"
(Summa Theologiae, I-II, q. 113, a. 9, ad 2). Por tanto, la misión de cada
presbítero dependerá, también y sobre todo, de la conciencia de la realidad
sacramental de su "nuevo ser". De la certeza de su propia identidad, no
construida artificialmente sino dada y acogida gratuita y divinamente,
depende el siempre renovado entusiasmo del sacerdote por su misión.
También para los presbíteros vale lo que escribí en la encíclica Deus
caritas est: "No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una
gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona,
que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva"
(n. 1).
Habiendo recibido con su "consagración" un don de gracia tan
extraordinario, los presbíteros se convierten en testigos permanentes de su
encuentro con Cristo. Partiendo precisamente de esta conciencia interior,
pueden realizar plenamente su "misión" mediante el anuncio de la Palabra
y la administración de los sacramentos. Después del concilio Vaticano II,
en muchas partes se tuvo la impresión de que en la misión de los
sacerdotes en nuestro tiempo había algo más urgente; algunos creían que
en primer lugar se debía construir una sociedad diversa. En cambio, la
página evangélica que hemos escuchado al inicio llama la atención sobre
los dos elementos esenciales del ministerio sacerdotal. Jesús envía, en
aquel tiempo y hoy, a los Apóstoles a anunciar el Evangelio y les da el
poder de expulsar a los espíritus malignos. Por tanto, "anuncio" y "poder",
es decir, "Palabra" y "sacramento", son las dos columnas fundamentales
del servicio sacerdotal, más allá de sus posibles múltiples configuraciones.
Cuando no se tiene en cuenta el "díptico" consagración-misión, resulta
verdaderamente difícil comprender la identidad del presbítero y de su
ministerio en la Iglesia. El presbítero no es sino un hombre convertido y
renovado por el Espíritu, que vive de la relación personal con Cristo,
haciendo constantemente suyos los criterios evangélicos. El presbítero no
es sino un hombre de unidad y de verdad, consciente de sus propios
límites y, al mismo tiempo, de la extraordinaria grandeza de la vocación
recibida: ayudar a extender el reino de Dios hasta los últimos confines de
la tierra.
234
¡Sí! El sacerdote es un hombre todo del Señor, puesto que es Dios
mismo quien lo llama y lo constituye en su servicio apostólico. Y
precisamente por ser todo del Señor, es todo de los hombres, para los
hombres. Durante este Año sacerdotal, que se prolongará hasta la próxima
solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, oremos por todos los
sacerdotes. Es preciso que en las diócesis, en las parroquias, en las
comunidades religiosas —especialmente en las monásticas—, en las
asociaciones y en los movimientos, en las diversas organizaciones
pastorales presentes en todo el mundo, se multipliquen iniciativas de
oración, en particular de adoración eucarística, por la santificación del
clero y por las vocaciones sacerdotales, respondiendo a la invitación de
Jesús a pedir "al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9,
38).
La oración es el primer compromiso, el verdadero camino de
santificación de los sacerdotes y el alma de la auténtica "pastoral
vocacional". El escaso número de ordenaciones sacerdotales en algunos
países no sólo no debe desanimar, sino que debe impulsar a multiplicar los
espacios de silencio y de escucha de la Palabra, a cuidar mejor la dirección
espiritual y el sacramento de la Confesión, para que muchos jóvenes
puedan escuchar y seguir con prontitud la voz de Dios, que siempre sigue
llamando y confirmando. Quien ora no tiene miedo; quien ora nunca está
solo; quien ora se salva. Sin duda, san Juan María Vianney es modelo de
una existencia hecha oración. Que María, la Madre de la Iglesia, ayude a
todos los sacerdotes a seguir su ejemplo para ser, como él, testigos de
Cristo y apóstoles del Evangelio.

EL SACERDOTE DEBE SER GRANO DE TRIGO COMO JESÚS


20090704. Discurso. Congreso europeo de pastoral vocacional.
Habéis venido a Roma para participar en un congreso de reflexión,
confrontación e intercambio entre las Iglesias de Europa, que tiene por
tema “Sembradores del Evangelio de la vocación: una Palabra que llama y
envía” y cuya finalidad es dar nuevo impulso a vuestro compromiso en
favor de las vocaciones.
En el centro de vuestros trabajos habéis puesto la parábola evangélica
del sembrador. El Señor arroja con abundancia y gratuidad la semilla de la
Palabra de Dios, aun sabiendo que podrá encontrar una tierra inadecuada,
que no le permitirá madurar a causa de la aridez, y que apagará su fuerza
vital ahogándola entre zarzas. Con todo, el sembrador no se desalienta
porque sabe que parte de esta semilla está destinada a caer en “tierra
buena”, es decir, en corazones ardientes y capaces de acoger la Palabra
con disponibilidad, para hacerla madurar en la perseverancia, de modo que
dé fruto con generosidad para bien de muchos.
235
La imagen de la tierra puede evocar la realidad más o menos buena de
la familia; el ambiente con frecuencia árido y duro del trabajo; los días de
sufrimiento y de lágrimas. La tierra es, sobre todo, el corazón de cada
hombre, en particular de los jóvenes, a los que os dirigís en vuestro
servicio de escucha y acompañamiento: un corazón a menudo confundido
y desorientado, pero capaz de contener en sí energías inimaginables de
entrega; dispuesto a abrirse en las yemas de una vida entregada por amor a
Jesús, capaz de seguirlo con la totalidad y la certeza que brota de haber
encontrado el mayor tesoro de la existencia. Quien siembra en el corazón
del hombre es siempre y sólo el Señor. Únicamente después de la siembra
abundante y generosa de la Palabra de Dios podemos adentrarnos en los
senderos de acompañar y educar, de formar y discernir. Todo ello va unido
a esa pequeña semilla, don misterioso de la Providencia celestial, que
irradia una fuerza extraordinaria, pues la Palabra de Dios es la que realiza
eficazmente por sí misma lo que dice y desea.
Hay otra palabra de Jesús que utiliza la imagen de la semilla, y que se
puede relacionar con la parábola del sembrador: “Si el grano de trigo no
cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn
12, 24). Aquí el Señor insiste en la correlación entre la muerte de la
semilla y el “mucho fruto” que dará. El grano de trigo es él, Jesús. El fruto
es la “vida en abundancia” (Jn 10, 10), que nos ha adquirido mediante su
cruz. Esta es también la lógica y la verdadera fecundidad de toda pastoral
vocacional en la Iglesia: como Cristo, el sacerdote y el animador deben ser
un “grano de trigo”, que renuncia a sí mismo para hacer la voluntad del
Padre; que sabe vivir oculto, alejado del clamor y del ruido; que renuncia
a buscar la visibilidad y la grandeza de imagen que hoy a menudo se
convierten en criterios e incluso en finalidades de la vida en buena parte
de nuestra cultura y fascinan a muchos jóvenes.
Queridos amigos, sed sembradores de confianza y de esperanza, pues
la juventud de hoy vive inmersa en un profundo sentido de extravío. Con
frecuencia las palabras humanas carecen de futuro y de perspectiva;
carecen incluso de sentido y de sabiduría. Se difunde una actitud de
impaciencia frenética y una incapacidad de vivir el tiempo de la espera.
Sin embargo, esta puede ser la hora de Dios: su llamada, mediante la
fuerza y la eficacia de la Palabra, genera un camino de esperanza hacia la
plenitud de la vida. La Palabra de Dios puede ser de verdad luz y fuerza,
manantial de esperanza; puede trazar una senda que pasa por Jesús,
“camino” y “puerta”, a través de su cruz, que es plenitud de amor.
Este es el mensaje que nos deja el Año paulino recién concluido. San
Pablo, conquistado por Cristo, fue un promotor y formador de vocaciones,
como bien se desprende de los saludos de sus cartas, donde aparecen
decenas de nombres propios, es decir, rostros de hombres y mujeres que
colaboraron con él al servicio del Evangelio. Este es también el mensaje
del Año sacerdotal recién iniciado: el santo cura de Ars, Juan María
Vianney —que constituye el “faro” de este nuevo itinerario espiritual—
fue un sacerdote que dedicó su vida a la guía espiritual de las personas,
con humildad y sencillez, “gustando y viendo” la bondad de Dios en las
236
situaciones ordinarias. Así, fue un verdadero maestro en el ministerio de la
consolación y del acompañamiento vocacional.
Por tanto, el Año sacerdotal brinda una magnífica oportunidad para
volver a encontrar el sentido profundo de la pastoral vocacional, así como
sus opciones fundamentales de método: el testimonio, sencillo y creíble; la
comunión, con itinerarios concertados y compartidos en la Iglesia
particular; la cotidianidad, que educa a seguir al Señor en la vida de todos
los días; la escucha, guiada por el Espíritu Santo, para orientar a los
jóvenes en la búsqueda de Dios y de la verdadera felicidad; y, por último,
la verdad, que es lo único que puede generar libertad interior.
Que la Palabra de Dios, queridos hermanos y hermanas, sea en cada
uno de vosotros fuente de bendición, de consuelo y de confianza
renovada, para que podáis ayudar a muchos a “ver” y “tocar” al Jesús que
ya han acogido como Maestro. Que la Palabra del Señor habite siempre en
vosotros, renueve en vuestro corazón la luz, el amor y la paz que sólo Dios
puede dar, y os capacite para testimoniar y anunciar el Evangelio, fuente
de comunión y de amor.

MEDITACIÓN SOBRE PEDRO Y PABLO


20090704. Homilia. Reapertura de la capilla paulina.
Se realiza hoy, a pocos días de la solemnidad de San Pedro y San
Pablo y de la clausura del Año paulino, mi deseo de poder reabrir al culto
la Capilla Paulina. En las basílicas papales de San Pablo y de San Pedro
hemos vivido las celebraciones solemnes en honor de los dos Apóstoles;
esta tarde, casi como culminación, nos reunimos en el corazón del palacio
apostólico, en la capilla construida por voluntad del Papa Pablo III y
realizada por Antonio de Sangallo el joven, precisamente como lugar de
oración reservado para el Papa y para la Familia pontificia. Ayudan a
meditar y a orar de manera muy eficaz las pinturas y las decoraciones que
la embellecen, en particular los dos grandes frescos de Miguel Ángel
Buonarroti, que son los últimos de su larga existencia. Representan la
conversión de san Pablo y la crucifixión de san Pedro.
Ante todo atrae nuestra mirada el rostro de los dos Apóstoles. Ya por
su posición, es evidente que estos dos rostros desempeñan una función
central en el mensaje iconográfico de la capilla. Pero, independientemente
de su ubicación, de inmediato nos llevan “más allá” de la imagen: nos
interrogan y nos inducen a reflexionar. Consideremos en primer lugar a
san Pablo: ¿por qué está representado con un rostro tan anciano? Es el
rostro de un hombre mayor, mientras que sabemos —y lo sabía bien
Miguel Ángel— que la llamada de Saulo en el camino de Damasco se
produjo cuando tenía unos treinta años. La elección del artista nos sitúa
fuera del puro realismo, nos hace ir más allá de la simple narración de los
hechos para introducirnos en un nivel más profundo. El rostro de Saulo-
Pablo —el del propio artista ya envejecido, inquieto y en busca de la luz
de la verdad— representa el ser humano necesitado de una luz superior. Es
la luz de la gracia divina, indispensable para adquirir una nueva mirada,
237
con la cual percibir la realidad orientada a la “esperanza que os está
reservada en los cielos”, como escribe el Apóstol en el saludo inicial de la
carta a los Colosenses, que acabamos de escuchar (Col 1,5).
El rostro de Saulo caído en tierra está iluminado desde lo alto por la
luz del Resucitado y, a pesar de su dramatismo, la representación inspira
paz e infunde seguridad. Expresa la madurez del hombre interiormente
iluminado por Cristo Señor, mientras a su alrededor gira un torbellino de
acontecimientos en el que todas las figuras se reencuentran como en un
remolino. La gracia y la paz de Dios han envuelto a Saulo, lo han
conquistado y transformado interiormente. Esa misma “gracia” y esa
misma “paz” son las que él anunciará a todas sus comunidades en sus
viajes apostólicos, con una madurez de anciano, no biológica, sino
espiritual, que le dio el Señor mismo. Por eso, aquí, en el rostro de Pablo,
ya podemos percibir el corazón del mensaje espiritual de esta capilla: el
prodigio de la gracia de Cristo, que transforma y renueva al hombre
mediante la luz de su verdad y de su amor. En esto consiste la novedad de
la conversión, de la llamada a la fe, que tiene su cumplimiento en el
misterio de la cruz.
Del rostro de Pablo pasamos así al de Pedro, representado en el
momento en el que su cruz, invertida, es alzada y él vuelve su mirada
hacia quien lo observa. También este rostro nos sorprende. La edad que
representa es la exacta, pero lo que nos maravilla e interroga es su
expresión. ¿Por qué esta expresión? No es una imagen de dolor, y la figura
de Pedro transmite un sorprendente vigor físico. El rostro, en especial la
frente y los ojos, parecen expresar el estado de ánimo del hombre frente a
la muerte y el mal: existe como un desconcierto, una mirada penetrante,
tendida, como si buscara algo o a alguien en la hora final. Asimismo, en
los rostros de las personas que están a su alrededor destacan los ojos:
reflejan miradas inquietas, algunas incluso atemorizadas o perdidas. ¿Qué
significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo:
“Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras”; y el Señor
había añadido: “Sígueme” (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el
culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora
experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado
que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. Si a
esta capilla se viene a meditar, no se puede huir del radicalismo del
interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia,
y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra.
Los dos rostros en los que se ha detenido nuestra mirada están uno
frente al otro. Se podría pensar incluso que Pedro tiene su rostro vuelto
hacia el de Pablo, el cual, a su vez, no ve, pero lleva en sí la luz de Cristo
resucitado. Es como si Pedro, en la hora de la prueba suprema, buscara la
luz que había dado la verdadera fe a Pablo. Y en este sentido, las dos
imágenes pueden convertirse en dos actos de un único drama: el drama del
misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.
Tal vez los acontecimientos están representados en un orden
cronológico inverso, pero emerge el plan de la salvación, el plan que
238
Cristo realizó en sí mismo llevándolo a plenitud, como acabamos de
cantar en el himno de la carta a los Filipenses. Para quienes vienen a rezar
en esta capilla, y en primer lugar para el Papa, san Pedro y san Pablo se
convierten en maestros de fe. Con su testimonio, invitan a entrar en
profundidad, a meditar en silencio el misterio de la cruz, que acompaña a
la Iglesia hasta el fin de los tiempos, y a acoger la luz de la fe, gracias a la
cual la comunidad apostólica puede extender hasta los confines de la tierra
la acción misionera y evangelizadora que le encomendó Cristo resucitado.
Aquí no se realizan celebraciones solemnes con el pueblo. Aquí el Sucesor
de Pedro y sus colaboradores meditan en silencio y adoran al Cristo vivo,
presente especialmente en el santísimo sacramento de la Eucaristía.
La Eucaristía es el sacramento en el que se concentra toda la obra de la
Redención: en Jesús Eucaristía podemos contemplar la transformación de
la muerte en vida, de la violencia en amor. Con los ojos de la fe
reconocemos oculta bajo el velo del pan y del vino la misma gloria que se
manifestó a los Apóstoles tras la Resurrección, y que Pedro, Santiago y
Juan contemplaron anticipadamente en el monte, cuando Jesús se
transfiguró ante ellos: acontecimiento misterioso, la Transfiguración, que
el gran cuadro de Simone Cantarini representa también en esta capilla con
fuerza singular. Sin embargo, en realidad, toda la capilla —los frescos de
Lorenzo Sabatini y Federico Zuccari, las decoraciones de los numerosos
artistas convocados aquí en un segundo momento por el Papa Gregorio
XIII—, todo, podríamos decir, converge aquí en un mismo y único himno
a la victoria de la vida y de la gracia sobre la muerte y sobre el pecado, en
una sinfonía de alabanza y de amor a Cristo redentor que resulta muy
sugestiva.

LA DEVOCIÓN A LA PRECIOSÍSIMA SANGRE DE CRISTO


20090705. Angelus. Plaza de San Pedro.
En el pasado el primer domingo de julio se caracterizaba por la
devoción a la Preciosísima Sangre de Cristo. Algunos de mis venerados
predecesores del siglo pasado la confirmaron, y el beato Juan XXIII, con
la carta apostólica Inde a primis (30 de junio de 1960), explicó su
significado y aprobó sus letanías. El tema de la sangre, unido al del
Cordero pascual, es de primaria importancia en la Sagrada Escritura. En el
Antiguo Testamento, la aspersión con la sangre de los animales
sacrificados representaba y establecía la alianza entre Dios y el pueblo,
como se lee en el libro del Éxodo: “Entonces tomó Moisés la sangre, roció
con ella al pueblo y dijo: “Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha
hecho con vosotros, según todas estas palabras” (Ex 24, 8).
A esta fórmula se remite explícitamente Jesús en la última Cena
cuando, ofreciendo el cáliz a los discípulos, dice: “Esta es mi sangre de la
239
alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados” (Mt
26, 28). Y efectivamente, desde la flagelación hasta que le traspasaron el
costado después de su muerte en la cruz, Cristo derramó toda su sangre,
como verdadero Cordero inmolado para la redención universal. El valor
salvífico de su sangre se afirma expresamente en muchos pasajes del
Nuevo Testamento. Basta citar, en este Año sacerdotal, la bella expresión
de la carta a los Hebreos: “Cristo... penetró en el santuario una vez para
siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su
propia sangre, consiguiendo una redención eterna. Pues si la sangre de
machos cabríos y de novillos y la ceniza de vaca santifica con su aspersión
a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la
sangre de Cristo, que por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin tacha
a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto
a Dios vivo!” (Hb 9, 11-14).
Queridos hermanos, está escrito en el Génesis que la sangre de Abel,
asesinado por su hermano Caín, clama a Dios desde la tierra (cf. Gn 4,
10). Y lamentablemente, hoy como ayer, este grito no cesa, porque sigue
corriendo sangre humana a causa de la violencia, de la injusticia y del
odio. ¿Cuándo aprenderán los hombres que la vida es sagrada y pertenece
sólo a Dios? ¿Cuándo entenderán que todos somos hermanos? Al grito por
la sangre derramada, que se eleva desde tantas partes de la tierra, Dios
responde con la sangre de su Hijo, que entregó su vida por nosotros.
Cristo no respondió al mal con el mal, sino con el bien, con su amor
infinito. La sangre de Cristo es prenda del amor fiel de Dios a la
humanidad. Contemplando las llagas del Crucificado, cada hombre,
incluso en condiciones de extrema miseria moral, puede decir: Dios no me
ha abandonado, me ama, ha dado la vida por mí; y así volver a tener
esperanza. Que la Virgen María, quien al pie de la cruz, junto al apóstol
san Juan, recogió el testamento de la sangre de Jesús, nos ayude a
redescubrir la inestimable riqueza de esta gracia y a sentir por ella gratitud
íntima y perenne.

CARITAS IN VERITATE
20090708. Audiencia general
Mi nueva encíclica, Caritas in veritate, que ayer fue presentada
oficialmente, en su visión fundamental se inspira en un pasaje de la carta
de san Pablo a los Efesios, en el que el Apóstol habla de obrar según la
verdad en la caridad: "Obrando según la verdad en la caridad —lo
acabamos de escuchar—, crezcamos en todo hasta aquel que es la cabeza,
Cristo" (Ef 4, 15). La caridad en la verdad es, por tanto, la principal fuerza
propulsora para el verdadero desarrollo de toda persona y de la humanidad
entera. Por eso, en torno al principio caritas in veritate, gira toda la
doctrina social de la Iglesia. Sólo con la caridad, iluminada por la razón y
por la fe, es posible conseguir objetivos de desarrollo con un valor
humano y humanizador. La caridad en la verdad "es el principio sobre el
240
que gira la doctrina social de la Iglesia, un principio que adquiere forma
operativa en criterios orientadores" (n. 6).
Ya en la introducción, la encíclica alude a dos criterios fundamentales:
la justicia y el bien común. La justicia es parte integrante del amor "con
obras y según la verdad" (1 Jn 3, 18) al que exhorta el apóstol san Juan
(cf. n. 6). Y "amar a alguien es querer su bien y obrar eficazmente por él.
Junto al bien individual, hay un bien vinculado a la vida social de las
personas... Se ama al prójimo tanto más eficazmente cuanto más se
trabaja" por el bien común. Por tanto, son dos los criterios operativos, la
justicia y el bien común; gracias a este último, la caridad adquiere una
dimensión social. Todo cristiano —dice la encíclica— está llamado a esta
caridad, y añade: "Este es el camino institucional... de la caridad" (cf. n.
7).
Como otros documentos del Magisterio, también esta encíclica retoma,
continúa y profundiza el análisis y la reflexión de la Iglesia sobre temas
sociales de vital interés para la humanidad de nuestro siglo. De modo
especial, enlaza con lo que escribió Pablo VI, hace más de cuarenta años,
en la Populorum progressio, piedra miliar de la enseñanza social de la
Iglesia, en la que el gran Pontífice traza algunas líneas decisivas, y
siempre actuales, para el desarrollo integral del hombre y del mundo
moderno. La situación mundial, como lo demuestra ampliamente la
crónica de los últimos meses, sigue presentando problemas considerables
y el "escándalo" de desigualdades clamorosas, que persisten a pesar de los
compromisos asumidos en el pasado. Por una parte, se registran signos de
graves desequilibrios sociales y económicos; por otra, desde muchas
partes se piden reformas, que no pueden demorarse más tiempo, para
colmar la brecha en el desarrollo de los pueblos. Con ese fin, el fenómeno
de la globalización puede constituir una oportunidad real, pero para esto es
importante que se emprenda una profunda renovación moral y cultural y
un discernimiento responsable sobre las decisiones que es preciso tomar
con vistas al bien común. Es posible un futuro mejor para todos si se
funda en el redescubrimiento de los valores éticos fundamentales. Es
decir, hace falta un nuevo proyecto económico que vuelva a planear el
desarrollo de forma global, basándose en el fundamento ético de la
responsabilidad ante Dios y ante el ser humano como criatura de Dios.
Ciertamente, la encíclica no pretende ofrecer soluciones técnicas a las
amplios problemas sociales del mundo actual, pues esto no es
competencia del Magisterio de la Iglesia (cf. n. 9). Sin embargo, recuerda
los grandes principios que resultan indispensables para construir el
desarrollo humano de los próximos años. Entre estos, en primer lugar, la
atención a la vida del hombre, considerada como centro de todo verdadero
progreso; el respeto del derecho a la libertad religiosa, siempre unido
íntimamente al desarrollo del hombre; el rechazo de una visión prometeica
del ser humano, que lo considere artífice absoluto de su propio destino.
Una confianza ilimitada en las potencialidades de la tecnología resultaría
al final ilusoria. Tanto en la política como en la economía hacen falta
hombres rectos, que estén sinceramente atentos al bien común. En
241
particular, teniendo presentes las emergencias mundiales, es urgente
llamar la atención de la opinión pública hacia el drama del hambre y de la
seguridad alimentaria, que afecta a una parte considerable de la
humanidad. Un drama de tales dimensiones interpela a nuestra conciencia:
es necesario afrontarlo con decisión, eliminando las causas estructurales
que lo provocan y promoviendo el desarrollo agrícola de los países más
pobres.
Estoy seguro de que este camino solidario que lleva al desarrollo de
los países más pobres ayudará ciertamente a elaborar un proyecto de
solución de la crisis global actual. No cabe duda de que se debe volver a
valorar atentamente el papel y el poder político de los Estados, en una
época en la que existen de hecho limitaciones a su soberanía a causa del
nuevo contexto económico-comercial y financiero internacional.
Por otro lado, no debe faltar la participación responsable de los
ciudadanos en la política nacional e internacional, también gracias a un
compromiso renovado de las asociaciones de trabajadores llamados a
instaurar nuevas sinergias a nivel local e internacional. Los medios de
comunicación social desempeñan, también en este campo, un papel
destacado para el fortalecimiento del diálogo entre culturas y tradiciones
diversas.
Así pues, si se quiere programar un desarrollo no viciado por las
disfunciones y distorsiones hoy ampliamente presentes, se impone por
parte de todos una seria reflexión sobre el sentido mismo de la economía y
sobre sus finalidades. Lo exige el estado de salud ecológica del planeta; lo
pide la crisis cultural y moral del hombre que emerge con evidencia en
todas las partes del mundo. La economía necesita la ética para su correcto
funcionamiento; necesita recuperar la importante contribución del
principio de gratuidad y de la "lógica del don" en la economía de mercado,
que no puede tener como única regla el lucro. Pero esto sólo es posible
gracias al compromiso de todos, economistas y políticos, productores y
consumidores, y presupone una formación de las conciencias que dé
fuerza a los criterios morales en la elaboración de los proyectos políticos y
económicos.
Con razón, desde muchas partes se apela al hecho de que los derechos
presuponen deberes correspondientes, sin los cuales los derechos corren el
riesgo de transformarse en arbitrariedad. Se repite cada vez más que toda
la humanidad debe adoptar un estilo de vida diferente, en el que los
deberes de cada uno respecto al medio ambiente vayan unidos a los
deberes relativos a la persona considerada en sí misma y en relación con
los demás. La humanidad es una sola familia y el diálogo fecundo entre fe
y razón no puede menos de enriquecerla, haciendo más eficaz la obra de la
caridad en lo social y constituyendo el marco apropiado para incentivar la
colaboración entre creyentes y no creyentes, en la perspectiva compartida
de trabajar por la justicia y la paz en el mundo. Como criterios-guía para
esta interacción fraterna, en la encíclica indico los principios de
subsidiariedad y solidaridad, en estrecha conexión entre sí.
242
Por último, ante los problemas tan vastos y profundos del mundo de
hoy, he señalado la necesidad de una Autoridad política mundial regulada
por el derecho, que se atenga a los mencionados principios de
subsidiariedad y solidaridad y que esté firmemente orientada a la
realización del bien común, en el respeto de las grandes tradiciones
morales y religiosas de la humanidad.
El Evangelio nos recuerda que no sólo de pan vive el hombre: no sólo
con bienes materiales se puede satisfacer la profunda sed de su corazón. El
horizonte del hombre es indudablemente más alto y más vasto; por eso
todo programa de desarrollo debe tener presente, junto al crecimiento
material, el crecimiento espiritual de la persona humana, dotada
precisamente de alma y cuerpo. Este es el desarrollo integral al que se
refiere constantemente la doctrina social de la Iglesia, un desarrollo cuyo
criterio orientador es la fuerza propulsora de la "caridad en la verdad".
Queridos hermanos y hermanas, oremos para que también esta
encíclica ayude a la humanidad a sentirse una única familia comprometida
en la realización de un mundo de justicia y de paz. Oremos para que los
creyentes que actúan en los sectores de la economía y de la política
descubran cuán importante es su testimonio evangélico coherente en el
servicio que prestan a la sociedad. En particular, os invito a rezar por los
jefes de Estado y de Gobierno del G8 que se reúnen estos días en
L'Aquila. Que de esta importante cumbre mundial surjan decisiones y
orientaciones útiles para el verdadero progreso de todos los pueblos,
especialmente de los más pobres. Encomendemos estas intenciones a la
intercesión materna de María, Madre de la Iglesia y de la humanidad.

CRISTIANOS EN LA UNIVERSIDAD
20090711. Discurso. Encuentro europeo estudiantes universitarios.
¡Bienvenidos a la casa de Pedro! Pertenecéis a treinta y una naciones,
y os estáis preparando para asumir, en la Europa del tercer milenio,
importantes funciones y tareas. Sed siempre conscientes de vuestras
potencialidades y, al mismo tiempo, de vuestras responsabilidades.
¿Qué espera la Iglesia de vosotros? El tema mismo sobre el que estáis
reflexionando sugiere la respuesta oportuna: “Nuevos discípulos de
Emaús. Como cristianos en la Universidad”. Tras el encuentro europeo de
profesores celebrado hace dos años, también vosotros, los estudiantes, os
reunís ahora para ofrecer a las Conferencias episcopales de Europa vuestra
disponibilidad para proseguir en el camino de elaboración cultural que san
Benito intuyó necesario para la maduración humana y cristiana de los
pueblos de Europa. Esto puede realizarse si vosotros, como los discípulos
de Emaús, os encontráis con el Señor resucitado en la experiencia eclesial
concreta y, de modo particular, en la celebración eucarística. “En cada
misa —recordé a vuestros coetáneos hace un año durante la Jornada
mundial de la juventud en Sydney— desciende nuevamente el Espíritu
Santo, invocado en la plegaria solemne de la Iglesia, no sólo para
transformar nuestros dones del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre del
243
Señor, sino también para transformar nuestra vida, para hacer de nosotros,
con su fuerza, “un solo cuerpo y un solo espíritu en Cristo”“ (Homilía en
la misa de clausura, 20 de julio de 2008: L'Osservatore Romano, edición
en lengua española, 25 de julio de 2008, p.12).
Vuestro compromiso misionero en el ámbito universitario consiste, por
tanto, en testimoniar el encuentro personal que habéis tenido con
Jesucristo, Verdad que ilumina el camino de todo hombre. Del encuentro
con él es de donde brota la “novedad del corazón” capaz de dar una nueva
orientación a la existencia personal; y sólo así se convierte en fermento y
levadura de una sociedad vivificada por el amor evangélico.
Como es fácil comprender, también la acción pastoral universitaria
debe expresarse entonces en todo su valor teológico y espiritual, ayudando
a los jóvenes a que la comunión con Cristo los lleve a percibir el misterio
más profundo del hombre y de la historia. Y precisamente por su
específica acción evangelizadora, las comunidades eclesiales
comprometidas en esa acción misionera, como por ejemplo las capellanías
universitarias, pueden ser el lugar de la formación de creyentes maduros,
hombres y mujeres conscientes de ser amados por Dios y estar llamados,
en Cristo, a convertirse en animadores de la pastoral universitaria.
En la Universidad la presencia cristiana es cada vez más exigente y al
mismo tiempo fascinante, porque la fe está llamada, como en los siglos
pasados, a prestar su servicio insustituible al conocimiento, que en la
sociedad contemporánea es el verdadero motor del desarrollo. Del
conocimiento, enriquecido con la aportación de la fe, depende la
capacidad de un pueblo de saber mirar al futuro con esperanza, superando
las tentaciones de una visión puramente materialista de nuestra esencia y
de la historia.
Queridos jóvenes, vosotros sois el futuro de Europa. Inmersos en estos
años de estudio en el mundo del conocimiento, estáis llamados a invertir
vuestros mejores recursos, no sólo intelectuales, para consolidar vuestra
personalidad y para contribuir al bien común. Trabajar por el desarrollo
del conocimiento es la vocación específica de la Universidad, y requiere
cualidades morales y espirituales cada vez más elevadas frente a la
vastedad y la complejidad del saber que la humanidad tiene a su
disposición. La nueva síntesis cultural, que en este tiempo se está
elaborando en Europa y en el mundo globalizado, necesita la aportación
de intelectuales capaces de volver a proponer en las aulas académicas el
mensaje sobre Dios, o mejor, de hacer que renazca el deseo del hombre de
buscar a Dios —”quaerere Deum”— al que me he referido en otras
ocasiones.
Amad vuestras universidades, que son gimnasios de virtud y de
servicio. La Iglesia en Europa confía mucho en el generoso compromiso
apostólico de todos vosotros, consciente de los desafíos y de las
dificultades, pero también de las grandes potencialidades de la acción
pastoral en el ámbito universitario.
244
CRISTO, PRINCIPAL FACTOR DEL DESARROLLO
20090712. Angelus. Plaza de San Pedro.
Estos últimos días la atención de todos se ha dirigido al G8 que se
celebró en L'Aquila, ciudad tan probada por el terremoto. Las
problemáticas en agenda eran en ocasiones dramáticamente urgentes.
Existen en el mundo desigualdades sociales e injusticias estructurales que
ya no son tolerables y exigen, además de las debidas intervenciones
inmediatas, una estrategia coordinada para buscar soluciones globales
duraderas. Durante la cumbre los jefes de Estado y de Gobierno del G8
subrayaron la necesidad de llegar a acuerdos comunes a fin de asegurar a
la humanidad un futuro mejor. La Iglesia no posee soluciones técnicas que
presentar, pero, experta en humanidad, ofrece a todos la enseñanza de la
Sagrada Escritura sobre la verdad del hombre y anuncia el Evangelio del
amor y de la justicia.
El miércoles pasado, comentando en la audiencia general la encíclica
Caritas in veritate publicada precisamente la víspera del G8, dije que
“hace falta un nuevo proyecto económico que vuelva a planear el
desarrollo de forma global, basándose en el fundamento ético de la
responsabilidad ante Dios y ante el ser humano como criatura de Dios”.
Ello porque, como escribí en la encíclica, “en una sociedad en vías de
globalización, el bien común y el compromiso por él han de abarcar
necesariamente a toda la familia humana” (n. 7).
Ya el gran Pontífice Pablo VI, en la encíclica Populorum progressio,
había reconocido e indicado el horizonte mundial de la cuestión social.
Continuando por el mismo camino, también yo sentí la necesidad de
dedicar la Caritas in veritate a esa cuestión, que en nuestro tiempo se ha
convertido “radicalmente en una cuestión antropológica”, en el sentido de
que implica el modo mismo de concebir al ser humano, puesto cada vez
más en las manos del propio hombre por las modernas biotecnologías (cf.
ib., 75).
Las soluciones a los problemas actuales de la humanidad no pueden
ser sólo técnicas, sino que deben tener en cuenta todas las exigencias de la
persona, que está dotada de alma y cuerpo, y así deben tener en cuenta al
Creador, a Dios. De hecho, podría dibujar escenarios oscuros para el
futuro de la humanidad “el absolutismo de la técnica”, que encuentra su
máxima expresión en algunas prácticas contrarias a la vida. Los actos que
no respetan la verdadera dignidad de la persona, aun cuando parezcan
motivados por una “elección de amor”, en realidad son fruto de una
“concepción materialista y mecanicista de la vida humana” que reduce el
amor sin verdad a “un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente” (cf.
n. 3) y así puede conllevar efectos negativos para el desarrollo humano
integral.
Por compleja que sea la situación actual en el mundo, la Iglesia
contempla el futuro con esperanza y recuerda a los cristianos que “el
anuncio de Cristo es el primer y principal factor de desarrollo”.
Precisamente hoy, en la oración colecta de la misa, la liturgia nos invita a
245
orar: “Concédenos, oh Padre, no tener nada más querido que tu Hijo,
quien revela al mundo el misterio de tu amor y la verdadera dignidad del
hombre”. Que la Virgen María nos obtenga caminar por la senda del
desarrollo con todo nuestro corazón y nuestra inteligencia, “es decir, con
el ardor de la caridad y la sabiduría de la verdad” (cf. n. 8).

LA RELACIÓN FUNDAMENTAL CON DIOS


20090724. Homilia. Vísperas Catedral de Aosta.
En esta breve homilía deseo decir algunas palabras sobre la oración
con la que se concluyen estas Vísperas, porque me parece que en esta
oración se interpreta y se transforma en plegaria el pasaje leído de la carta
a los Romanos.
La oración se compone de dos partes: un mensaje —un
encabezamiento, por así decirlo— y después la plegaria formada por dos
súplicas.
Comenzamos con el mensaje, que también tiene dos partes: aquí hay
que concretar un poco el “tú” a quien hablamos para poder llamar con
mayor fuerza al corazón de Dios.
En el texto italiano leemos sencillamente: “Padre misericordioso”. El
texto original en latín es algo más amplio; dice: “Dios omnipotente,
misericordioso”. En mi reciente encíclica he intentado mostrar la prioridad
de Dios tanto en la vida personal como en la vida de la historia, de la
sociedad, del mundo.
Ciertamente la relación con Dios es algo profundamente personal, y la
persona es un ser en relación, y si la relación fundamental —la relación
con Dios— no está viva, si no se vive, tampoco las demás relaciones
pueden encontrar su justa forma. Pero esto vale también para la sociedad,
para la humanidad como tal. También aquí, si falta Dios, si se prescinde de
Dios, si Dios está ausente, falta la brújula para mostrar el conjunto de
todas las relaciones a fin de hallar el camino, la orientación que conviene
seguir.
¡Dios! Debemos llevar de nuevo a este mundo nuestro la realidad de
Dios, darlo a conocer y hacerlo presente. Pero, ¿cómo conocer a Dios? En
las visitas “ad limina” hablo siempre con los obispos, sobre todo africanos,
pero también los de Asia y América Latina, donde existen todavía religiones
tradicionales, precisamente de estas religiones. Hay muchos detalles,
naturalmente bastante distintos, pero existen también elementos comunes.
Todos saben que existe Dios, un solo Dios, que Dios es una palabra en
singular, que los dioses no son Dios, que hay Dios, un solo Dios. Sin
embargo, al mismo tiempo, este Dios parece ausente, muy lejano; no parece
entrar en nuestra vida cotidiana, se esconde, no conocemos su rostro. Y así
la religión en gran parte se ocupa de las cosas, de los poderes más próximos,
los espíritus, los antepasados, etcétera, dado que Dios mismo está
demasiado lejos y entonces se debe tratar con estos poderes cercanos. Y el
acto de la evangelización consiste precisamente en el hecho de que el Dios
lejano se acerca, que Dios ya no está lejos, sino que está cerca; que este
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“conocido-desconocido” ahora se da a conocer realmente, muestra su rostro,
se revela: cae el velo de su rostro y lo muestra de verdad. Por ello, dado que
Dios mismo ahora está cerca, lo conocemos, nos muestra su rostro, entra en
nuestro mundo. Ya no hay necesidad de arreglárselas con estos otros
poderes, porque él es el poder verdadero, el Omnipotente.
Desconozco por qué se ha omitido en el texto italiano la palabra
“omnipotente”, pero es cierto que casi nos sentimos un poco amenazados
por la omnipotencia: parece limitar nuestra libertad, parece un peso
demasiado fuerte. Pero debemos aprender que la omnipotencia de Dios no
es un poder arbitrario, porque Dios es el Bien, es la Verdad, y por ello
Dios lo puede todo; sin embargo, no puede actuar contra el bien, no puede
actuar contra la verdad, no puede actuar contra el amor ni contra la
libertad, porque él mismo es el bien, es el amor, es la verdadera libertad.
Por ello, todo cuanto hace jamás puede estar en contradicción con la
verdad, el amor y la libertad. Es cierto lo contrario. Él, Dios, es el custodio
de nuestra libertad, del amor, de la verdad. Este ojo que nos mira no es un
ojo malvado que nos vigila, sino que es la presencia de un amor que jamás
nos a