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LOS SILENCIOS MÓVILES

DE LA MIRADA POÉTICA

SOBRE LA ESCUCHA PSICOANALÍTICA

(BREVE COMPILACIÓN)

Abraham Pérez Aragón


LOS SILENCIOS MÓVILES

Del silencio a la palabra: paralelos, como breves destellos de nosotros; aparecen


nombres estirados como cuerdas infinitas: caminos que se bifurcan y multifurcan,
trazos a letra destinados, listos para ser devorados por un ojo silencioso que los ha
destinado.

Toda palabra que busca un decir originario se desborda de sí misma, nombra


lo que falta y lo toca.

El silencio es un agua que reposa, es noche que refleja nuestro pensamiento y


lo devuelve amplificado; de una tranquilidad tan frágil que con cualquier rumor se
turba, la superficie del silencio nos devuelve una imagen en movimiento, una
instantánea del sujeto que en la no-palabra se pregunta por lo que ha de ser dicho.

Es allí donde aparece el pensamiento bien estructurado (o sea estructurado


para transmitir sus propias leyes y estirarse hasta con-vertirse en un instante).

Pensamiento:

¿En qué espacios, en qué noches, en qué baños de sol podrá refrescarse una
palabra estancada! El silencio, como una semilla, necesita una tierra que lo acoja y
nutra para que haya un primer brote de sus palabras florescientes.

Como partículas, las palabras interactúan, intercambian cargas, se imprimen


fuerzas, se expresan en órdenes ondulatorios. Las más densas palabras son capaces
de provocar dramáticas curvaturas en nuestro tiempo y nuestro espacio.

Del silencio a la palabra no es un discurso psicoanalítico, sino la pluralidad


de discursos inspirados así en el psicoanálisis como en la poesía, la filosofía, la
música, la pintura, el teatro, la astronomía, la narrativa, la gente, la vida; ¡en lo que
se quiera!, en tanto el discurso se renueve y no se quede empantanado en la
rigurosidad teórica.
Palabras que evocan, palabras que se imaginan cuando nos recorren como
cargas que movilizan. Cuando de lo real no captamos sino una imagen de lo real, la
imagen no puede ser prisión, sino movimiento.

Con este silencio convivimos todos los días, pero no hemos sabido escucharlo.
Es que el silencio coexiste con el decir enajenante, con el discurso masticado y vuelto
a decir en una rumiadera desbocada. El poder de los discursos publicitarios, la
expresión al servicio del capital, políticas de poética sin sabor y ley de menor
esfuerzo en el pensamiento, son ejemplos claros. Nos encontraremos siempre con
diques, con canales que orientan nuestras palabras por derroteros demasiado
esperados, alienados.

Vivimos en un tiempo en el que los silencios quietos, petrificados, son la


mejor arma del amo: del de allá afuera, el que dicta leyes, el que secuestra los
discursos y maneja los hilos; del de acá adentro, el de las corduras endiosadas que
amarran el decir pleno, el señor del miedo y la apatía; del que hace de todos un
ustedes y un nosotros, afuera y adentro, arriba y abajo.

Transitar del silencio a la palabra es ruptura, irrupción de lo que tanto busca


ser dicho, súbito arrojo de los hilos y ramajes del discurso.

Del silencio a la palabra busca ofrecer tierra fecunda para la movilización de


los silencios. Hay que romper el huevo primigenio, irrumpir en la realidad con
nuevas formas de decir.

En los primeros balbuceos del infante, en esas primeras urgencias de


expresión, hay un aliento que aviva las llamas del mundo. La voz es nuestro aire
vivificante, la amplitud de nuestro espacio, la posibilidad de decir algo.

La luz es alimento, fuego, visión; no vemos en el mundo sino el reflejo de la


luz en los cuerpos. Sacar la palabra a la luz de una imagen que aun en la virtualidad
de una pantalla se desborda de lo continente, ese es nuestro propósito.
Del silencio a la palabra que no es vehículo de la imposición de un saber, sino
palabra que se busca nutricia y diciente. Palabroseo de la letra danzante y letroso
palabrero de la danza discursiva. Silencio que se dilata hasta su brote palabrizo.

Es por eso que tomamos el riesgo de decir e invitamos a esos otros a formar
un nosotros, a leer y formular también su manera de decir en este espacio que es de
todos. Y si están en la búsqueda, buscar juntos; y si ya encontraron, maestrar
dialogantes.

Del silencio callado al silencio meditabundo, y de la meditación del mundo al


decir florecido. Palabras flores del jardín de los discursos, jardines distintos en los
que la diferencia permite el intercambio. Palabra-riesgo de ser dicha que al
estremecimiento de un viento bravo esparce sus decires...

Porque no hay vida sino al otro lado del riesgo; porque el fruto de la visión
no madura sino en su dichura. Hagamos que el silencio se agite.

Hagamos discurso; hagamos-lo distinto.


FARFULLENCIAS: SOBRE EL PALABRAR

Camino por el mundo, lo recorro a través de los huecos de las cosas, de los que las
cosas hacen en mí. Busco morar el más allá en un más acá que se desborda desde el
centro de mi pecho. El pecho es una plaza y en la plaza hay un palabrar del que sólo
soy la boca. Es la angustia de la nada, la angustia de la falta de la nada que me
arranca de las apariencias. Transcurro el sendero de mi lengua y miro: el palabrar es
un árbol de signos. Discurriendo el subterráneo curso multiverjo en su espesura.

A veces me detengo en una palabra, se reúne con otras y escucho su


conversación, observo su disfraz de letras y me devoro con los ojos su emperifollaje
de signos. Son seres que deambulan por su bosque, que abisman las penurias hasta
dejarse atravesar por lo innombrado. Árboles cuyas raíces son ramas de otros
árboles; caótico arbolar de signos que persigue la gigantesca sombra sin cuerpo del
origen.

Es por el caos que la verdad se renuncia, que reniega su ilusoria posesión para
desplegar en otra imposibilidad: la de entregarse a la Verdad. La verdad sostenida
por el Otro, avatar del Ser. Otro que nos deja sin saber si hay un centro de la
arboladura, al que se encuentra en el arrojo, por el simple gusto de entregarse al
raizal que en su redil inscribe, por escurrir como hilos hechos de hilos y emerger
como verdadera trama: el mundo y la vida.

Lenguaje caótico, lenguaje fortuito, lenguaje legal; lenguaje dinámico,


canónico, cosmogónico. El lenguaje mole significante, materia que en la forma busca
su naturaleza material, erotizada urgencia. En el acto de nombrar se da a luz a la
palabra que busca su destino. Mares de palabras que hacen lenguaje, aguas que son
así de aguas por la razón de su entramaje. Surge la palabra a la luz por ser brote del
abismo.
¿Y cuál es el destino de la palabra?, ¿cuál si suponemos que la palabra tiene
ser? La palabra quiere devenir ella misma. El amor es el deseo de entrega de la madre
y el de ser recibida por el hijo, el deseo del padre es su simiente; se conforma una
imagen del amor: un entramado de faltas que nos enredan en su nada. La palabra
que se ama y se elige, la que no dice nada. Las palabras buscan a la Razón y le
preguntan su sentido. Hallan su naturaleza. Nombrar es un acto de amor y la
palabra que se pasea por el pensamiento es la palabra que se quiere a sí misma, aún
soñando en su palabrimorfo tiempo mítico; se quiere es decir que busca
conquistarse; la palabra quiere ser deseada por el poeta para darse una existencia
plena. La inspiración es la madre y la razón el padre: el poeta encarnación de ambos,
tan carne como falta que imprime su falta. La palabra en falta: la palabra indigente
no posee su esencia, su esencia es otra, quizás oculta en su forma.

La palabra que se ama se urge a sí misma, el poeta es el instrumento para su


satisfacción. La palabra, componente del lenguaje, unidad de significado;
plurilabrería, nacisión, coopulación, coexistencia de tejidos significantes,
enredadura de raíces hundidas en la terrazón silábica, palabrecimiento.

El lenguaje busca su propia transgresión, busca devorarse como la famosa


serpiente, nulificarse a través de su propio despliegue; cuando no construye
edificios su aspiración es nombrar el silencio, buscar el más silencio entre todos los
rugidos de enredadera. Y para ello requiere darse a luz. La poesía es un imposible y
sin embargo existe. Las ciencias buscan lo imposible. La palabra parece no querer
nada más que sus propias leyes: no las convenciones del lenguaje, sino los efectos
de su estallido, el ordenado caos de su escritura, discordante coordinación de
singularidades que se enhebran hasta conformar un tejido presente, espontáneo acto
de dichura que culmina siempre que se reconfigura en su particularidad de
representación para quien despliega su propio universo al recorrer la letra.

Expresura, prolongación, destino del tajazo sobre la nada del espacio.


Ninguna novedad, pero siempre singularidad que no se desnuda: misterio, enigma,
deseo, ¡la vida del lenguaje que en su testaruda negación se afirma! Permitir el
hilvanaje, dejar que la lengua se derrame como el rescoldo de un néctar fugitivo,
cauce gozoso para el espasmo indeterminado que pende de los labios, anhelo de un
devenir como siendo, rebosante de sí: desbordamiento, alumbramiento,
amplificación, grito de la mismidad desde su yoico tránsito. La eternalidad, negada
casa de la razón; pródiga razón, herrumbrosa estructura de la negación de la nada.

Un día en que la palabra busca salir de su silencio y se encuentra con un alma


dispuesta a expresarla, ella se regocija en sí misma retirando una veladura de su
mutable intimidad. La palabra se redescubre con una nueva corporeidad, retoña en
ella una plástica del pensamiento.
SOBRE EL INCÓMODO SILENCIO

Se abre el silencio como un espacio para el despliegue de las formas. Allí, yacientes
en la materia de la blancura, de la abismal blancura del silencio que ofrece el analista,
los gérmenes de la palabra se estremecen. Algunas veces vacilan y tiemblan; otras
surgen como monstruos de la tierra, como sombras inauditas, esas palabras
inmensas que amenazan con abarcar todo el decir del analizante.

Más de una vez se ha escuchado en los consultorios algo como "tengo ansiedad", y
pareciera que esa palabra, presumiblemente autorizada por los psicólogos, dice algo,
alivia, etiqueta, define. Se pide algo para curar esa sensación, para desaparecer ese
síntoma de la manera más rápida posible. Se recurre entonces a las técnicas de
relajación, a la canalización de esa energía sobrante hacia actividades constructivas.
Eso en algunos casos. En otros, es preferible entregarse al entretenimiento gocero,
ese que no requiere esfuerzo desalienante.

Entonces se comprende por qué se tiende más a generar deuda en la adquisición


de gadgets que a pagar una sesión con el analista. El catálogo de instrumentos
diseñados para el entretenimiento, palpables o virtuales, crece día con día. No
pretendo acá una crítica dirigida a estos instrumentos, inabarcable en sus
especificidades, ni mucho menos una satanización por lo demás estúpida desde que
comparto esta reflexión por este medio. No. Acá el tema es el silencio.

Hay, en efecto, algo en ese no hacer, en esa ausencia del ruido instrumental que
provoca ansiedad, que recorre el cuerpo como desagradable relámpago de quién
sabe qué tormenta de la que nada se quiere saber. Ansiedad, miedo, angustia. Algo
que incomoda, algo de lo que es mejor distraerse y que, sin embargo, hay que
sostener en un no preguntarse. En casos excepcionales, habrá quien recurra a la
meditación, cuando no se rechaza precisamente por el silencio mental que exige a
sus practicantes.

Preferible, sí, el diagnóstico del catálogo de enfermedades estadísticas sin la


pregunta por la etiología. Sí, preferible el nombre importado del discurso del saber
(supuesto) que se coloca en el lugar del saber a secas. Y, sobre todo, preferible la
pastilla verbal del Otro al cuestionamiento dirigido a la historia y su compulsivo y
repetitivo acontecer.

Ansiedad, miedo, angustia. Sí: respuestas, afirmaciones, antes que preguntas. Mas,
¿no siente ansiedad el pintor ante el lienzo en blanco?, ¿no experimenta miedo el
escritor al contemplar la hoja?, ¿no es la angustia lo que se vive ante el abismo de la
posibilidad de crear?, ¿será el incómodo silencio aquello que enfrenta el analizante
en el umbral de la palabra?
EL DIVÁN DESDE EL DIVÁN

Dos momentos en análisis: en el primero, después de dos sesiones pasé al diván.


Entonces, tras un par de meses, bajo la influencia de determinadas circunstancias
que me invitaban a gozar de un modo peculiar, dejé el análisis. Una impresión, sin
embargo, me quedó: viví aquel pasaje del cara a cara al recostarme ante el vacío
como algo violento.

Segundo momento: después de algunos años decido retomar el análisis; lleno de


preguntas, de agresión y con el propósito de establecer un análisis didáctico, es decir,
un análisis con miras en la formación de un analista. Entonces la cuestión fue
diferente. Pasó un número considerable de sesiones antes de hacer el pasaje al diván.
Hubo alguna expectativa en torno a este tema, ¿por qué entonces no se me invitaba
a recostarme y hablar hasta que el habla me hablara? Un día, después de un par de
meses de hablar cara a cara, en mitad de una sesión:
–¿Qué te parece si ahora pasas al diván?–, dijo el analista.

–¿En este momento?–, pregunté algo titubeante, con unos nervios que juzgué
ridículos en aquel momento.

–Sí–, respondió con parsimonia, con esa extraña paz que deja en vilo algo incierto,
algo apenas esbozado en el cuerpo, en el sudor de las manos y el difuso rictus que
adivinaba dibujado en mi rostro.

Pese a la constante afirmación de los psicoanalistas de que el psicoanálisis no es una


escuela iniciática, en aquel momento me sentí como en un rito de iniciación. ¿No es
el rito, después de todo, un dispositivo (es decir que se dispone de las palabras, de
los espacios, los objetos y los actos) por medio del cual se pone en acto un pasaje
simbólico emparentado con el orden del saber? Allí estaba yo de nuevo frente a
aquella pared blanca apenas adornada por dos cuadros: en uno, un paisaje, una
llanura poblada de vegetación y en el fondo tres montañas, la sierra, los pinos, el
óleo desvanecido de las nubes que eran ahora las que me devolvían la mirada; en el
otro, un llano seco, duro, espinoso, un llano invadido por los ocres y un hombre con
sombrero y jorongo sobre un jamelgo, que me recordaba aquellos pasajes de los
libros en que el protagonista es el México sangriento y ciego de la Revolución. Me
sentía, pues, iniciado en mí, dispuesto a sumergirme en las aguas de un saber
indeterminado, un saber mío, sobre mi historia; un saber agujerado por cuyo hueco
podría atisbar otras historias, otros huecos en busca de forma para su contorno: la
escucha, a final de cuentas.

Había descubierto una nueva forma de decirme, de escucharme. El testimonio iba


dirigido a otro cuya presencia se adivinaba, mas no se hacía patente en el espacio
visual. El enigma: ¿cómo fue que en aquella primera ocasión la experiencia del
pasaje de la mirada al vertiginoso vacío, al divánico vacío, la había tomado como
violenta? La respuesta, por lo menos la respuesta que he llegado a articular, se
hallaba en aquel cuadro de las montañas: el mismo espacio, el mismo analista, el
mismo cuadro en ambas ocasiones, pero algo radicalmente distinto había acontecido
en mí. Si algo me hace sentir en paz, me transporta a una experiencia poética de la
vida, es la contemplación de la naturaleza y, particularmente, una contemplación
más bien activa en que se recorren con una curiosidad casi infantil los caminos de la
sierra.

Una mañana recorrí en una camioneta los caminos de la Sierra Mixe en dirección a
uno de los destinos más populares entre los amantes de la naturaleza: las cascadas
petrificadas de Hierve el Agua. Una vez allí, caminé maravillado hasta alcanzar las
pozas naturales en que se congregan los bañistas. Una vista imponente de tan
maravillosa: al borde de una de las pozas, la roca calcárea hacía una curva abrupta
hacia abajo. En el primer momento, me acerqué con timidez hasta la orilla. El agua
se deslizaba por la roca como una seda que nunca termina de caer por la piel de la
montaña. Había allí algo incitante, algo erótico en aquel caer cristalino, un
sentimiento confuso que, a la vez que maravillaba, imponía un miedo inmenso a
caer.
Recordé entonces una de las ideas poderosas que se suelen encontrar en los libros
que marcan nuestras vidas. En La insoportable levedad del ser, Milan Kundera dice
sobre el vértigo que no se trata del temor a caer, sino del deseo de hacerlo. Precisaría
que se trata del temor al deseo de caer. Mirando desde esa orilla, mis pies temblaban,
y estaba seguro de que no caería, a menos que mis piernas fallaran, lo que parecía
suceder justo en ese momento en que me engarrotaba. Encontré una lectura similar
en las descripciones de Karen Horney enLa personalidad neurótica de nuestro tiempo: la
angustia, en este caso, era una defensa bastante comprensible ante el deseo
inconsciente de arrojarse al abismo. Y, como suele suceder en la neurosis, una
defensa en la que insiste la fuente del miedo primero.

Con el paso del tiempo y con la progresiva exploración de los terrenos de la sierra,
fui, hasta cierto punto, familiarizándome con la tierra, con las sensaciones que me
provocaba. Hacia el final de mi estancia, logré mantenerme en pie frente al abismo,
observando las caricias entre el agua y la roca, con la clara idea de que el vacío seguía
allí imponente frente a mí, pero ahora más como algo que me permitía descubrirme
en nuevas posibilidades, que me invitaba a hacer un nuevo trazo sobre la nubosa
blancura de mi angustia. Sin embargo, si en la primera vista que tuve de aquella
inmensidad alguien me hubiera hecho la mala pasada de darme un empujón para
asustarme, lo más probable es que no habría vuelto a poner un pie cerca de esa poza,
o quizás habría esperado un largo rato (quizás un par de años), para volver a intentar
mirar desde aquel lugar.

La mirada sostiene, ofrece un lugar seguro y constituye un asidero frente a la


angustia. ¿Cómo fue que viví la primera experiencia del diván como algo violento?
Sí: la respuesta estaba en el mismo cuadro que contemplé después, en el recuerdo
de la sierra y del vértigo. Sentí que había sido empujado frente al vacío –si bien esta
no parecía ser la intención de mi analista– y que no había sido capaz de enfrentar
aquella angustia, aquel soltarme de la mirada del otro para apreciar la inmensidad
del habla que me hablaba. Requería hacer una aproximación más lenta, darle la
vuelta al terreno para reconocerlo antes de enfrentarme nuevamente a la imponente
imagen, pues hay niveles de angustia soportables y otros que nos llevan a huir sin
más remedio. La pérdida de este primer sostén, que es la mirada del analista, nos
lleva ante la vastedad del abismo. Lo cierto es que, parafraseando la tan recurrida
frase nietzscheana, después de mucho mirar, el abismo también devuelve la mirada.