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Phyllis Deane

LA
PRIM ERA
REVOLUCION
INDUSTRIAL
P livllis D ean o. lecturcr de eco n o m ía en La profesora Phyllis Deanc nos ofrece,
la U n iv e r sid a d d e C a m b rid g e y fellow en en la presente obra, un completo análisis
el N evvnham C o lle g e . ha p u b lic a d o va­ del desarrollo de la economía británica
r io s tr a b a jo s so b r e p ro b lem a s r e la c io n a ­ durante el periodo 1750-1850. en el mo­
d o s c o n la é p o c a d e la R e v o lu c ió n In d u s­ mento de la primera revolución indus­
tria l, te m a al (pie s e ha c o n s a g r a d o e n t e ­ trial y del comienzo efectivo del moder­
r a m e n te . l i a r e c o p ila d o , c o n la c o la b o ­ no desarrollo económico. La autora no
r a c ió n d el p r o fe so r V lilc h e ll. el Abstrae! se ha limitado, como ocurre en las Insto
of British llistorical Slatistics, ob ra im ­ rias clásicas de la revolución industrial
p r e s c in d ib le para lo s e s tu d io s d e la é p o c a británica, a describir el proceso del pro
d e la s g r a n d e s tr a n s fo r m a c io n e s e c o n ó ­ greso tecnológico o los cambios socio­
m ic a s. económicos, sino que analiza también,
entre otros, los cambios que motivaron
el d e s p e g u e de la industria británica en
la segunda mitad del siglo XVIII y el
papel jugado en su desarrollo por los
diferentes estamentos sociales y los dis­
tintos organismos y entidades (gobierno,
bancos, etc.). En definitiva, un análisis
nuevo, completo y «comprensible» del
terna, que tiene presentes los progresos
recientes de la historia económica.
Phyllis Deane
LA PRIMERA
REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

Traducción de J. Solé-Tura

ediciones península ®
La ed ició n o rigin al in glesa fue p u b licad a por C am b rid ge U n iversity P ress,
d e L o n d res, co n el títu lo The First Industrial Revolution. © C am b rid ge U n i­
versity P ress, 1965.

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right», bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de
esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluyendo la reprografla y el tratamiento
informático y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públi­
cos, asi como la exportación e importación de esos ejemplares para su distribución en
venta fuera del ámbito de la Comunidad Económica Europea.

Cubierta de Jordi F om as.

Primera edición: febrero de 1968.


Octava edición: abril de 1991.
© de esta edición: Edicions 62 s|a ., Provenga 278, 08008-Barcelona.

Impreso en H urope s / a ., Recared 2, 08005-Barcelona.


D epósito legal: B. 1 0 .4 2 0 - 1991.
ISBN: 84-297-0605-4.
Prefacio

tíltimamente, los economistas y los políticos han expe­


rimentado un interés cada vez mayor por los problemas del
desarrollo económico y, particularmente, por el de descu­
brir el camino que permitirá a los países pobres alcanzar
los elevados niveles de vida de que gozan las sociedades in­
dustriales. Esta urgente problemática ha impelido también
a los historiadores a analizar sus materiales de un modo nue­
vo, a aplicar los conceptos forjados por los teóricos del desa­
rrollo económico y a buscar las razones profundas en los
casos —relativamente reducidos— de industrialización con­
seguida.
Este libro, que tiene su origen en una serie de confe­
rencias dadas a los estudiantes del curso Tripos de econo­
mía, en Cambridge, es un producto del citado interés por
las cuestiones del desarrollo económico. Constituye un estu­
dio del desarrollo de la economía durante el período 1750-
1850, en el momento de la primera revolución industrial y
del comienzo efectivo del moderno desarrollo económico. El
hecho de que la ruptura crucial se produjese espontánea­
mente, sin las ventajas de la planificación o de la previsión,
parece darle una relevancia especial para los países que en­
cuentran dificultades para empezar o mantener un proceso
de industrialización. Es un intento de aplicar los conceptos
y las técnicas de la economía del desarrollo a un sector vital
de la trayectoria histórica.
No se trata de una investigación original. Mejor dicho,
lo es sólo parcialmente, pues he incluido los resultados de
una encuesta sobre el desarrollo eco'nómico británico que
el doctor W. A. Colé y yo misma llevamos a cabo, hace algunos
años, en el Departamento de Economía Aplicada. El libro
se basa esencialmente en las obras de numerosos historia­
dores de la economía y de la sociedad que han observado el
pasado con lentes desarrollistas; se basa también en las his­
torias clásicas de la revolución industrial. De hecho, he re­
currido tanto a estos trabajos que mi libro es poco más que

5
una síntesis de sus ideas e investigaciones. La deuda que
tengo con ellos no se refleja suficientemente en las nume­
rosas citas directas y en las referencias a pie de página.
Hay, sin embargo, cuatro personas a las que quiero expre­
sar mi profunda gratitud. El profesor Simón Kuznets, el pri­
mero que suscitó mi interés por el análisis histórico del de­
sarrollo económico; el profesor T. S. Ashton, cuya visión de
este periodo de la historia británica ha influido en un grado
extraordinario en mis propias ideas; el profesor David Jos-
lin, que leyó y comentó una primera redacción del libro y
miss Edith Whetham, que me aclaró algunas cuestiones de
la historia de la agricultura. Ni que decir tiene que ninguno
de ellos es responsable de los errores de hecho, de interpre­
tación o de análisis que yo haya podido cometer.
P. M. D.
Cambridge, junio 1965

6
I. El punto de partida

Hoy es casi un axioma de la teoría del desarrollo eco­


nómico afirmar que el camino de la opulencia pasa por una
revolución industrial. Un proceso continuo —algunos dirían
«autosostenido»— de desarrollo económico, que permita a
cada generación confiar (aparte de las guerras y las catás­
trofes naturales) en la posibilidad de gozar de niveles de pro­
ducción y de consumo superiores a los precedentes, un
proceso continuo de este tipo sólo es posible para las naciones
que se lanzan por el camino de la industrialización. La enor­
me disparidad entre los niveles de vida de los habitantes
del siglo xx y los niveles de vida de los actuales países sub­
desarrollados o atrasados se debe esencialmente a que los
primeros se han industrializado y los segundos no.
Esto no quiere decir que exista un proceso o un aconte­
cimiento llamado revolución industrial que adopte la misma
forma en todos los países en que ocurre. Sí quiere decir, en
cambio, que existen transformaciones determinadas e iden-
tificables en los métodos y en las características de la or­
ganización económica que, tomadas conjuntamente, constitu­
yen un proceso del tipo que designaremos con el nombre
de revolución industrial. Entre dichos cambios —relaciona­
dos entre sí— cabe incluir los siguientes: 1) aplicación am­
plia y sistemática de la ciencia moderna y del conocimien­
to empírico al proceso de producción para el mercado; 2) es-
pecialización de la actividad económica en la producción
para los mercados nacionales e internacionales más que para
el uso familiar o local; 3) movimiento de la población de las
comunidades rurales hacia las urbanas; 4) ampliación y des­
personalización de una unidad típica de producción: pasa a
fundarse más en la empresa privada o pública y menos en la
íamilia o la tribu; 5) movimiento de la mano de obra de las
actividades relacionadas con la producción de bienes prima­
rios a la producción de bienes manufacturados y servicios;
6) uso intensivo y extensivo de los recursos de capital como
substitutivo y complemento del esfuerzo humano, y 7) apari­

7
ción de nuevas clases sociales y profesionales determinadas
por la propiedad de (o por la relación con) medios de pro­
ducción que no sean la tierra, es decir, el capital.
Si estos cambios, relacionados entre sí, se producen con­
juntamente y alcanzan un grado suficiente, constituyen una
revolución industrial. Siempre se han asociado con un incre­
mento de la población y con un aumento del volumen anual
de bienes y servicios producidos.
La primera revolución industrial se produjo en Gran Bre­
taña y tuvo una característica particularmente interesante:
surgió espontáneamente, sin la ayuda del Gobierno (ayuda
que ha constituido, por el contrario, la característica de la
mayoría de las revoluciones industriales triunfantes). La fe­
cha exacta de su aparición está todavía en discusión. El pri­
mer historiador de la economía que analizó la experiencia bri­
tánica de la industrialización en función de este concepto de
revolución específica fue Amold Toynbee, quien pronunció
una serie de conferencias sobre el tema en la Universidad de
Oxford en 1880.* Señaló en el año 1760 como punto de par­
tida y durante medio siglo su enfoque del problema se con­
sideró indiscutible, hasta que el profesor Nef, historiador
norteamericano, puso en duda la significación del límite his­
tórico que implicaba. Insistió en la continuidad esencial de
la historia y situó los comienzos de la gran industria y del
cambio tecnológico en el siglo xvi y principios del xvn. Se­
gún Nef: «La aparición del industrialismo en Gran Bretaña
se puede considerar como un largo proceso iniciado a media­
dos del siglo xvi y culminado victoriosamente con el estable­
cimiento del estado industrial a finales del siglo xix, más
que como un fenómeno manifestado súbitamente a finales
del siglo xviii y comienzos del xix.» 2
Diversos historiadores de la economía, que han empezado
a explorar y a utilizar masivamente los datos estadísticos so­
bre el ritmo del desarrollo económico, han propuesto recien­
temente nuevas interpretaciones. Las mejores series estadís­
ticas, las más completas, las que abarcan todo el siglo xviii
son las del comercio con ultramar; por ello la interpretación
estadística de la revolución industrial se ha visto muy con­
dicionada por los movimientos del comercio exterior. En
1920, Paul Mantoux señaló ya que las curvas de las impor­
taciones y exportaciones y del tonelaje entrado y salido en
los puertos británicos «suben casi verticalmente hacia el fi­

8
nal» del siglo xvm, es decir, inmediatamente después de la
baja provocada por la guerra norteamericana.3 El profesor
Ashton ha desarrollado este tema:

«Después de 1782, en todas las series estadísticas de que


se dispone sobre la producción industrial se observa una
fuerte elevación. Más de la mitad del aumento de los embar­
ques de carbón y de mineral de cobre, más de las tres cuar­
tas partes del aumento de la producción de paños finos, las
cuatro quintas partes de la producción de estampados y las
nueve décimas partes de la exportación de tejidos de algodón
se concentraron en los últimos dieciocho años del siglo.»4
El profesor Hoffman, el economista alemán que recogió
un índice de la producción industrial de Gran Bretaña, llegó
a la conclusión de que «el año 1780 es la fecha aproximada
en que el porcentaje anual de crecimiento industrial fue, por
primera vez, superior a dos, nivel que conservó durante
un siglo».9
Se tiende pues a fijar la fecha de la primera revolución
industrial en 1780, cuando las estadísticas del comercio in­
ternacional británico indican un importante movimiento de
alza. Aplicando este esquema, el profesor W. Rostow ha su­
gerido un límite histórico más preciso todavía y ha desarro­
llado la teoría de que el período 1783-1802 fue la gran línea
divisoria en la vida de las sociedades modernas». Es el pe­
ríodo que él define como «despegue hacia el desarrollo sos­
tenido» de la economía británica, el intervalo en que las fuer­
zas de la modernización irrumpieron de modo decisivo y pu­
sieron en marcha un proceso automático e irreversible de
desarrollo económico.6
Tenemos, pues, en un extremo el profesor Nef, que sitúa
el comienzo de la revolución industrial a mediados del si­
glo xvi, con las nuevas industrias capitalistas del período isa-
belino; en el otro extremo tenemos la dramática compre­
sión por parte del profesor Rostow, de la transformación
esencial en un par de décadas, a finales del siglo xvm. El de­
bate continúa. Pero las diferencias entre sus protagonistas
son, fundamentalmente, de acento más que de sustancia. Na­
die niega que en él período iniciado a mediados del siglo xvm
ocurrieron cambios importantes y de profundas consecuen­
cias en el ritmo característico de la vida económica de Gran

9
Bretaña. Nadie niega tampoco que estos cambios constitu­
yeron una transformación que era, en cierto sentido, el pro­
totipo de la transición de las formas preindustriales a las
formas industriales de organización económica que constitu­
yen en todas partes una condición necesaria para el moder­
no desarrollo económico. Los que, como Nef, quieren poner
de relieve la continuidad profunda de la historia, fijarán los
orígenes del proceso de industrialización en siglos anterio­
res. Los que, como Rostow, prefieren centrar la atención en
las discontinuidades más importantes de la historia insisti­
rán en el carácter revolucionario de los cambios ocurridos
en períodos relativamente breves y buscarán líneas divisorias
cruciales, giros irreversibles en las series estadísticas. Son
diferencias de método en el análisis y en la interpretación his­
tóricos, más que disputas sobre lo que ocurrió efectivamen­
te en la historia. Para comprender el proceso del cambio
económico deben tenerse en cuenta ambos enfoques y reco­
nocer las discontinuidades importantes en el «manto incon­
sútil» de la historia.
Si partimos de mediados del siglo xvtii, partiremos de la
Gran Bretaña preindustrial, aunque es evidente que el pro­
ceso de industrialización ya había comenzado. En el siglo
siguiente se produjo una revolución en la vida social y eco­
nómica de Gran Bretaña que transformó la apariencia físi­
ca del país y estableció un modo de vida y de trabajo total­
mente distinto para la mayoría de sus habitantes. Esta pri­
mera revolución industrial tiene un interés especial no sólo
para los historiadores sino también para los estudiosos del
desarrollo económico moderno. Representa el comienzo es­
pontáneo del proceso creador de las sociedades opulentas de
hoy, un camino para escapar a la miseria, es decir, lo que
están intentando descubrir por sí mismos, desesperadamen­
te, las dos terceras partes, poco más o menos, de los habi­
tantes del mundo actual, los pueblos de los países subdesa­
rrollados.
¿Qué tipo de economía era, pues, la economía preindus­
trial de Inglaterra a mediados del siglo xvm? ¿Hasta qué
punto se parecía a la de los actuales países preindustriales
de Asia, África y Sudamérica? ¿Podemos establecer con cer­
teza las características que la distinguían de su propia for­
ma desarollada o de los países industrializados de mediados
del siglo xix? Una lista de las características de las econo­

10
mías preindustriales del siglo xx contendría las siguientes:
miseria extrema, lentitud del ritmo de desarrollo económico,
fuerza de trabajo no especializada, disparidades regionales,
es decir, grandes diferencias en los niveles de vida o de de­
sarrollo económico entre una región y otra. ¿Hasta qué pun­
to existían estas características —miseria, estancamiento, de­
pendencia de la agricultura, falta de especialización y de in­
tegración regional— en la Inglaterra del siglo xvm?

1. La pobreza
En primer lugar, ¿cuál era el grado de pobreza del pue­
blo inglés en el siglo xvm?
Una manera de medir la pobreza a escala nacional con­
siste en recurrir a los datos de la renta nacional. La renta
nacional de un país representa la suma total de bienes y ser­
vicios comprados o producidos por sus habitantes durante un
año. Puesto que la renta de una comunidad depende del va­
lor de lo que produce y su poder de compra depende de su
renta, tenemos, en realidad, tres maneras de calcular la ren­
ta nacional: 1) sumando las rentas de todos los habitantes;
2) valorando los bienes y servicios producidos por éstos; 3)
sumando sus gastos. En principio, después de los ajustes ne­
cesarios para eliminar el doble cálculo (es decir, contan­
do sólo una vez los bienes incorporados en la producción de
otros bienes dentro del mismo año), estas tres maneras
de calcular la renta nacional deben dar el mismo resultado, el
cual constituye una medida adecuada del valor total de la
actividad económica de una nación. Si dividimos la renta
nacional calculada de este modo por la cifra de la pobla­
ción, obtendremos un promedio que se puede considerar
como un índice del nivel general de productividad o de vida.
Todo cálculo de esta índole que se base en las estadís­
ticas del siglo xvm será, naturalmente, aproximado. Pero si
confiamos en los cálculos de la renta nacional realizados por
reputados observadores que vivían en los períodos que nos
interesan, obtendremos algunos puntos de referencia que pue­
den indicar los órdenes de magnitud implicados. Una de las
primeras estimaciones de la renta nacional de Inglaterra y
el País de Gales es la de Gregory King a finales del siglo xvn,
compilada para ilustrar la solidez de la economía en la épo-

11
C uadro 1. Esquema de los Ingresos y Gastos de las diversas familias de Inglaterra ont^,qa(¡(fS para e¡ año 1688

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40.000 Propietarios (Freeholders) , 7 280.000 84 0 3.360.000 12 0 1 1 0 0 1 0 0 280.000
140.000 Propietarios (Fw tkotders) . • 5 700.000 50 0 7.000.000 10 0 9 10 0 10 0 350.000
150.000 Labradores (Farmers) • • 5 750.000 44 0 6.600,000 8 15 8 10 0 5 0 187.000
16.000 Miembro* de profesiones libérale*
(Perjoiu m Scianca and Libara!
a r t a ) ........................................... S 80.000 60 0 960.000 12 0 11 10 0 1 10 0 40.000
40.000 Tenderas y comerciantes , . 4'5 180.000 45 0 1.800.000 10 0 9 10 0 10 0 90.000
60.000 Artesanos 4 240.000 40 0 2.400.000 10 0 9 10 0 10 0 120.000

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F uente: Gregory K inc. Natural and Political Obstrvations and Conclusión* upan tke State and Condition o f EngUmd, reeditado
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Crogory K m ç, ed. Gcorge E. Barnett (Baltimore, 1936).


ca de la Gloriosa Revolución: ? se reproduce en el cuadro 1.
El siguiente intento sistemático de este tipo es, que noso­
tros sepamos, la lista establecida por Joseph Massie sobre
las dimensiones y los ingresos de las diferentes clases de la
comunidad, con un propósito más limitado: el de demostrar
cómo se repartía en la nación la carga del impuesto sobre el
azúcar.8 A finales del siglo xvm y comienzos del xix, el im­
puesto sobre la renta de Pitt estimuló muchos cálculos simi­
lares de la renta nacional, con la intención de saber a cien­
cia cierta cuál era la capacidad fiscal del país.0
Si tomamos como datos estas estimaciones de los con­
temporáneos y los ajustamos a los conceptos modernos so­
bre el contenido de la renta nacional, podremos llegar a la
conclusión de que la renta nacional en Inglaterra y el País de
Gales a finales del siglo x v t i alcanzaba una cifra total que
sugiere un promedio de 8 a 9 libras esterlinas anuales per
capita; en 1750, el promedio se situaba probablemente entre
las 12 y las 13 libras per capita; a finales del siglo xvm el
promedio correspondiente era de unas 22 libras. Desde lue­
go resulta difícil saber lo que significaban los ingresos mo­
netarios en términos reales sin saber lo que se podía com­
prar con ellos. Los precios cambian y el valor de la moneda
se altera. Para ver los ingresos del siglo xvm en la perspec­
tiva de los precios del siglo xx se debe medir la extensión de
los cambios en el valor de la moneda. Lo que podemos ha­
cer, como primera aproximación, es intentar calibrar las va­
riaciones de precios entre entonces y ahora y convertir las
cifras de la renta de 1750 en algo que podamos interpretar
en términos de los precios actuales. Si examinamos, por
ejemplo, los índices de precios de que disponemos para el
período 1754-1954 llegaremos a la conclusión de que los pre­
cios de 1954 eran por lo menos seis veces superiores a los
de dos siglos antes. Es un orden de magnitud muy tosco y
elemental pero nos aa una base para formular un juicio su­
mario; basándonos en él podemos decir que una renta de 12
libras anuales en 1750 equivale aproximadamente a más de
70 libras anuales en la década de 1950. Ahora bien, 70 libras
anuales es una cifra de renta bastante elevada en compara­
ción con los niveles actuales de algunos países subdesarro­
llados —en Nigeria, por ejemplo, a principios de la década
de 1960, el promedio se calculaba en unas 30 libras per capita
y en la India en unas 25. Es probable que la renta per ca-

14
pita en algunos países de la América central y meridional de
mediados del siglo actual se acerque más a este nivel de
unas 70 libras per capita. En el Brasil, por ejemplo, el pro­
medio se calculó, en 1961, en unas 95 libras y en México
en 105.10
Estos cálculos implican una serie de comparaciones im­
precisas a distancia de tiempo y de espacio muy grandes;
son, pues, toscos e impresionistas. No podemos utilizarlos
como medidas seguras de los niveles de vida relativos. Sin
embargo, para nuestro propósito es interesante observar que
los cálculos indican con fuerza que los niveles de vida de
que gozaban los ingleses en el umbral mismo de la prime­
ra revolución industrial, eran claramente superiores a los
que prevalecen hoy en el Asia meridional o en Africa. Otras
fuentes confirman esta impresión de que la Inglaterra pre­
industrial era un país más rico que la mayoría de los países
subdesarrollados actuales. Sabemos, por ejemplo, que la eco­
nomía inglesa producía un excedente sustancial de los prin­
cipales alimentos. En 1750 las exportaciones de cereales equi­
valían a las necesidades de subsistencia de una cuarta parte,
aproximadamente, de la población total de Inglaterra. Si la
India dispusiera de unos excedentes alimenticios de esta
magnitud relativa, todos sus problemas de intercambio ex­
terior desaparecerían. Otro ejemplo: en 1751 más de siete
millones de galones de alcohol británico se sometieron a im­
posición fiscal en Inglaterra: en el momento culminante del
boom del consumo de ginebra en Inglaterra la cifra superó
los ocho millones de galones y el promedio de consumo su­
bió a casi un galón y medio por persona (promedio sacado
en relación con el total de la población, es decir, hombres,
mujeres y niños), lo cual indica un nivel de consumo fantás­
ticamente elevado de alcohol, mídase con el patrón que se
quiera. Estas estadísticas no sugieren un nivel de bienestar
muy elevado, pero si indican la existencia de un excedente
económico, aunque se distribuyese por canales socialmente
indeseables.
La elevación anual del índice de mortalidad en invierno,
las revueltas periódicas contra la carencia de alimentos y
la inmundicia y las enfermedades que asolaban las ciudades
superpobladas demuestran que el nivel de vida de la mayoría
del pueblo era extremadamente vulnerable a las dificultades
temporales. Pero, en circunstancias normales y en las condi-

15
clones locales medias en que vivían la mayoría de la pobla­
ción, los pobres podían librarse de la miseria completa en
la infancia, la enfermedad y la vejez gracias a la Ley de Po­
bres. Se ha dicho, incluso, que el pobre que trabajaba goza­
ba, en el período inmediatamente anterior a la revolución in­
dustrial, de un nivel de vida superior al de los años siguien­
tes, de revolución económica y social. Los Hammond, por
ejemplo, afirmaron que «en comparación con el desgreñado
siglo que le siguió, el siglo xvm era limpio, bien vestido y
arreglado».11 Volveremos a tocar este punto cuando examine­
mos la famosa controversia sobre el nivel de vida de los
obreros en la revolución industrial. Pero, podemos señalar
ya que aunque el nivel de vida era simple y a veces desas­
trosamente vulnerable a las extremosidades climáticas de
mediados del siglo xvm, existía un cierto excedente econó­
mico, un cierto aflojamiento de la tensión en la economía.
Puede observarse que los ingleses se hallaban en mejores
condiciones que la mayoría de sus contemporáneos de otros
países. En el siglo xvm, era evidente para todos que los tres
países más ricos del mundo eran Holanda, Inglaterra y Fran­
cia. Así lo decía Gregory King en 1690 y lo mismo opinaba
Adam Smith en 1770. Existían probablemente pocas diferen­
cias entre los niveles de vida de los ingleses y los holande­
ses a mediados del siglo xvm, pero, en cambio, parece indu­
dable que el inglés medio vivía mucho mejor que el francés
medio de la época. Los observadores extranjeros que viaja­
ron por Inglaterra observaron que «el trabajador inglés va
mejor vestido, está mejor alimentado y mejor alojado que
el francés».12 Arthur Young, que viajó por Francia en víspe­
ras de la Revolución francesa (en 1780) calculó que las clases
trabajadoras francesas «viven en condiciones inferiores en
un 76 por ciento: están peor alimentadas, peor vestidas y
cuentan con muchos menos recursos que las mismas clases
en Inglaterra ».13 Al contrario de los millones de seres mise­
rables de hoy en día, cuya suerte empeora ante la visible
opulencia de los países vecinos, los ingleses del siglo xvm go­
zaban de un bienestar superior al de la mayoría de los ex­
tranjeros. Quizá es por esto que un historiador, observando
la condición del pueblo inglés en el siglo xvm encontró «po­
cas pruebas de que el individuo medio de la clase trabajado­
ra pobre sintiese un amargo resentimiento o una gran de­
sesperación económica».14

16
2. La estagnación
Otra característica de una comunidad preindustrial, que
la distingue de la industrializada, es que el nivel de vida y
de productividad está relativamente estancado. Esto no quie­
re decir que no haya cambio económico ni desarrollo eco­
nómico en una economía preindustrial; quiere decir, única­
mente, que este desarrollo ocurre en forma pecosamente
lenta o espasmódica o que es fácilmente reversible.
Se puede decir que hasta la segunda mitad del siglo xvm
los hombres no tenían razón alguna para esperar el desarro­
llo. Los panfletistas que escribían en 1740, por ejemplo, uti­
lizaban las estimaciones de sir William Petty o de Gregory
King —hechas medio siglo antes o más— para ilustrar sus
afirmaciones sobre la situación económica. Tan pocos signos
veían de desarrollo económico que no tenían reparo alguno en
utilizar los cálculos de 1670 o de 1690 para hablar de las con­
diciones de 1740. Consideraban que la población, los precios
y la productividad podían fluctuar tanto hacia arriba como
hacia abajo y que no había razón alguna para esperar que
irían en una dirección y no en otra.
Los datos de que disponemos nos permiten pensar que
tenían razón, en líneas generales. La población, por ejem­
plo, fluctuó entre los 5’8 millones y los 6 millones en las pri­
meras cuatro o cinco décadas del siglo xvin y en 1741 se si­
tuaba cerca de los 5,9 millones únicamente .13 Los intentos
recientes de medir el ritmo de crecimiento de la producción
per capita parecen indicar que hubo una cierta mejora en la
primera mitad del siglo, pero tan lenta que se necesitó un
siglo y medio para doblar el nivel de vida.16 El hombre me­
dio no veía signo alguno de desarrollo económico en el cur­
so de su propia vida ni mejora alguna que no pudiese ser
destruida en un solo año por una mala cosecha, una guerra
o una epidemia. Así, en la Inglaterra preindustrial —como
en muchas de las sociedades preindustriales actuales 17— el
ritmo de aumento normal a largo plazo de la renta real per
capita era inferior ai medio o al uno por ciento anual y era
tan normal que la economía decayese como que se desarro­
llase. Existen, de hecho, elementos para creer que el nivel
de renta del inglés del siglo xvm era inferior al del inglés
de finales del siglo xv. El profesor Phelps Brown, por ejem­
plo, ha examinado las cifras de los salarios de los artesanos

H CS 22 2 17
de la construcción y de los precios de las mercancías que
podían comprar y ha llegado a la conclusión de que hubo
«un progreso de la productividad que merece el título de re­
volución y que casi multiplicó por dos el equivalente en mer­
cancías (de los salarios de los trabajadores de la construc­
ción) entre la Peste Negra (1349) y Agincourt (1415)». Este
nivel de prosperidad se mantuvo, al parecer, durante casi un
siglo y fue seguida por una fuerte baja— tan fuerte que en
1630 el salario real del trabajador de la construcción era
quizá «las dos quintas partes de lo que había sido en el si­
glo xv».18
En efecto, los niveles de vida de las comunidades prein­
dustriales no son estáticos —en el sentido de que no cambian
nunca sino que están estancados— en el sentido de que las
fuerzas que impulsan la mejora de la producción o de la pro­
ductividad no son más poderosas a la larga que las fuerzas
que laboran por la decadencia. Una economía de este tipo
tiende a caracterizarse por largas oscilaciones seculares de
la renta per capita; en ellas, la variable significativa no es
tanto el ritmo de crecimiento de la producción como el rit­
mo de aumento de la población. Cuando la población aumen­
tó en la Inglaterra preindustrial, el producto per capita dis­
minuyó; y si, por alguna razón (una nueva técnica de pro­
ducción o el descubrimiento de un nuevo recurso, por ejem­
plo, o la apertura de un nuevo mercado) la producción au­
mentaba, la población no tardaba en seguir y en muchos ca­
sos en nivelar el aumento de la renta per capita. Alternati­
vamente aumentada por la prosperidad y disminuida por la
enfermedad, la población era contenida dentro de límites
relativamente estrechos por el carácter estático o por el len­
to desarrollo de los recursos alimenticios.
Este carácter esencialmente estancado de la comunidad
preindustrial se reflejaba en su marco social e institucional.
La estructura social y el lugar ocupado en la jerarquía de los
ingresos iban estrechamente unidos a los derechos sobre la
tierra: la densidad de la población estaba determinada, en
gran parte, por la fertilidad del suelo y su distribución tra­
bada por la rigidez institucional. La movilidad de la mano de
obra, por ejemplo, fue limitada por la Law of Settlement de
1662, que hizo recaer en la parroquia la carga de la ayuda a
los pobres. Las familias que vivían en un nivel próximo al
de la pura subsistencia —y la mayoría se encontraban en

18
esta situación— se veían obligadas a encerrarse en los lími­
tes de sus propias parroquias porque sabían que sólo en
ellas podrían obtener ayuda cuando les afectase el infor­
tunio económico. La agricultura era el medio fundamental de
vida y muy pocas familias conseguían librarse de la amenaza
constante de un desastre climatológico.

3. La dependencia de la agricultura
Ni que decir tiene que en una economía preindustrial la
principal actividad económica es la producción agrícola. Un
autor moderno, especialista en los problemas del desarro­
llo económico, ha dicho: «Puede definirse un país subdesa­
rrollado como un país en que el 80 por ciento de su pobla­
ción se dedica a la agricultura; un país desarrollado es el
que tiene sólo el 15 por ciento de su población ocupada en la
agricultura. En ambos casos, con ciertas variaciones en más
o en menos por razón del comercio exterior.» 19 Aplicando
este criterio, ¿hasta qué punto se puede decir que Inglate­
rra era un país subdesarrollado a mediados del siglo xvin?
No podemos saber con precisión cuántas personas se de­
dicaban a la agricultura porque no existe ningún censo la­
boral digno de confianza en Inglaterra, hasta 1841 (es de­
cir, cuando ya la revolución industrial contaba con más de
medio siglo de antigüedad). Por otro lado, podemos formar­
nos una cierta idea de la situación de finales del siglo xvii,
por ejemplo, estudiando el famoso Scheme of the income
and expence of the several families of England» (Cuadro I)
de Gregory King. Si examinamos la parte de la lista en que
se refiere a las familias que «aumentaban la riqueza de la
nación», es decir, las familias que tomaban las decisiones
económicas más importantes (lo cual excluye a los traba­
jadores, a los labradores, a los pobres, a los soldados y a los
marineros) y si deducimos los individuos que no dependían
principalmente de la agricultura (funcionarios, oficiales de
las fuerzas armadas, mercaderes, tenderos, miembros de las
profesiones liberales, artesanos) tendremos un grupo de fa­
milias primariamente agrícolas que corresponden al 68 por
ciento, aproximadamente, del total. En- 1750 la proporción
había disminuido algo, seguramente, aunque sólo fuese por
el mayor grado de urbanización y por una cierta expansión

19
de la industria y del comercio de ultramar. Pero, probable­
mente, se situaba todavía entre el 60 y el 70 por ciento.
Es evidente que la economía era predominantemente agrí­
cola, que la población era predominantemente rural y que
la unidad de producción característica era la familia. Las
industrias principales —la textil, en particular— estaban or­
ganizadas sobre una base doméstica, subordinada a la agri­
cultura. La mayoría de los que se dedicaban a tejer lana o
algodón lo hacían en su propia casa. En la industria algo­
donera, por ejemplo, las mujeres y los niños recogían, lim­
piaban y ligaban el algodón en bruto y los hombres lo tejían.
Los fabricantes de clavos y otros trabajadores metalúrgicos
laboraban generalmente en cobertizos adyacentes a sus ca­
sas. Cuando un escritor de principios del siglo xvm calcu­
laba que casi un millón de personas trabajaban en la indus­
tria lanera británica seguramente no exageraba tanto como
a veces se supone. Si en esta cifra se incluían todos los hom­
bres que aumentaban sus ingresos agrícolas tejiendo duran­
te los períodos de disminución de las labores agrícolas, to­
das las mujeres que tomaban ocasionalmente lana para hilar
y todos los niños que ayudaban a sus padres a cardar la lana,
no es difícil aceptar la posibilidad de que uno de cada diez
miembros de la población trabajase en la industria lanera.
En 1841, todavía, las cifras del censo oficial de Irlanda (que
por entonces se encontraba todavía en una fase preindus­
trial) señalaban que casi una de cada ocho personas ocupa­
das trabajaban en la industria textil.
La mayoría de los habitantes de Inglaterra en el si­
glo xvin vivían en zonas rurales, aunque las ciudades co­
menzaban ya a crecer. En 1695, también según Gregory King,
casi una cuarta parte de la población de Inglaterra y Gales vi­
vía en ciudades y centros comerciales (mercados), pero la ma­
yoría de estos centros eran poco más que pueblos grandes.
Fuera de Londres (con casi medio millón de habitantes) sólo
había en Inglaterra tres ciudades con más de diez mil habi­
tantes: Norwich (con unos 29.000), Bristol (con unos 25.000 y
Birmingham (con unos 12.000). A mediados del siglo xvm la
proporción de la población que vivía en concentraciones de
5.000 o más habitantes no excedía, probablemente, del 16 por
ciento. La mayoría vivían en Londres, pero Liverpool y Bir­
mingham se habían unido a Norwich y Bristol como ciuda­
des con más de 25.000 habitantes y Manchester se aproxima­

20
ba rápidamente a esta dimensión. Sólo uno de cada cinco
ingleses vivía en una gran ciudad.

4. La falta de especialización profesional


Una economia preindustrial se puede distinguir de una
economía industrializada por un cuarto aspecto: que la se­
gunda está relativamente especializada. Es raro que un traba­
jador industrial fabrique un artículo completo. Generalmen­
te, participa en el proceso productivo realizando una tarea
particular (a veces una sola operación) en la larga cadena
de operaciones con que se convierte una materia prima en
una mercancía a disposición del consumidor. En cambio, en
una economía preindustrial el trabajador se dedica general­
mente a diversas ocupaciones y trabaja incluso en diversas
industrias. Es el típico «hombre para todo».
Tenemos muchos testimonios sobre el carácter no espe­
cializado de la fuerza de trabajo en la Inglaterra del si­
glo xvii i. Las principales industrias eran industrias domésti­
cas subordinadas a I9 agricultura; la mayoría de los traba­
jadores, incluso en industrias capitalistas como la minería,
la construcción o la metalurgia, pasaban de las labores in­
dustriales a las agrícolas en las épocas de cosecha o de siem­
bra y generalmente, los servidores domésticos se ocupaban
tanto de la industria o el oficio del dueño como de las ta­
reas de la casa. Peter Stubs, cuya carrera industrial en la
segunda mitad del siglo xviu ha sido descrita por Asthon, era
posadero, preparador de malta, cervecero y fabricante de li­
mas al mismo tiempo.20
Por otro lado, la Inglaterra del siglo xvni no era tan poco
especializada como algunos países subdeSarrollados actuales
de Asia o Africa, donde la mayor parte de la actividad eco­
nómica es una pura actividad de subsistencia... es decir, de­
dicada a la producción de bienes y servicios que nunca se
incorporan al proceso de intercambio sino que son consumi­
dos por el propio productor y su familia. El sector de sub­
sistencia parece que pasó a ocupar una posición secundaria
en Inglaterra ya en el siglo xvu. Todavía existían muchos
productores que obtenían la mayoría de sus ingresos de la
producción no mercantil, pero debían entrar en la categoría
de «labradores y pobres» cuando Gregory King elaboró su

21
cuadro de las familias a finales del siglo xvu. Sin embargo,
no llegaban ni al seis por ciento de la renta nacional ni a la
cuarta parte de la población total. Un siglo más tarde, cuan­
do Patrick Colquhoun elaboró una lista comparable de las
familias y de los ingresos en Inglaterra y Gales (en 1803)
los productores del sector de pura subsistencia parecían ha­
berse reducido a una cantidad insignificante, porque Colqu­
houn no distingue ninguna clase de labradores como tal.21
En efecto, el grado de especial ización de la fuerza de tra­
bajo es un índice del grado de desarrollo económico alcan­
zado por una comunidad y a finales del siglo xviti en Gran
Bretaña se había desarrollado ya una economía de mercado
bastante compleja. Los ingresos del productor típico depen­
dían en gran parte de la producción de bienes y servicios
para el intercambio en el mercado, a menudo para el inter­
cambio en un mercado internacional. En la Inglaterra del
siglo xviii empezaba ya a formarse un proletariado, es de­
cir, una clase obrera sin propiedad alguna que dependía en­
teramente de su trabajo para un grupo de propietarios o de
capitalistas. En la época en que Adam Smith pronunciaba
sus lecciones (1770) existían ya fábricas que habían desarro­
llado considerablemente la división del trabajo. Su descrip­
ción de una fábrica de agujas en la que la fabricación de una
aguja requería dieciocho operaciones distintas, cada una de
las cuales podía realizarla un hombre diferente, es la ilus­
tración clásica de las ventajas de la división del trabajo .22
Pero el productor típico no era todavía el empleado por cuen­
ta ajena. En una economía industrializada moderna la parte
de la renta nacional de que disponen los empleados por cuen­
ta ajena es normalmente superior a las dos terceras partes
—en todo caso, superior a la mitad. En cambio, en las ac­
tuales zonas subdesarrolladas (como en Nigeria) la propor­
ción puede ser inferior al diez por ciento. A principios del
siglo xviii, en Inglaterra —si hemos de juzgar por las tablas
de Gregory King— una tercera parte de la renta nacional,
poco más o menos, se distribuía en forma de salarios y suel­
dos. Si tenemos en cuenta la creciente urbanización y la re­
ducción del sector de pura subsistencia (procesos induda­
bles en 1750) podemos deducir razonablemente que a me­
diados de siglo la proporción era superior a la mitad.
Más significativas, sin embargo, que la desaparición del
sector de subsistencia o que la aparición de una fuerza de

22
trabajo proletaria eran las instituciones económicas espe­
cializadas que habían surgido en Inglaterra a lo largo del
siglo xviii. El comercio con América del Norte, con África,
con la India y con los países de Levante estaba en manos de
compañías fletadoras cuyo capital procedía en gran parte
de accionistas no participantes. Los riesgos del comercio ul­
tramarino los cubrían agentes y corredores de seguros es­
pecializados. En 1694 se había fundado el Banco de Ingla­
terra y a mediados del siglo xvm el sisiema bancario britá­
nico suministraba extensos y complejos servicios al Gobierno
británico y a los comerciantes nacionales y extranjeros. El
sistema bancario tenía que desarrollarse mucho todavía an­
tes de alcanzar la eficacia en el suministro de numerario y
de crédito que llegó a tener en el siglo xix. Pero era un sis­
tema y como tal era muy superior al marco monetario indí­
gena de la mayoría de los países subdesarrollados actuales.

5. El escaso grado de integración geográfica


Finalmente, una quinta característica de la economía pre­
industrial —que se debe, en parte, a su dependencia de la
agricultura y, en parte también, a su escaso nivel de especia-
lización— es la falta de integración entre sus regiones. Es
el resultado de un sistema de comunicaciones pobre. La con­
secuencia es que para la Inglaterra de mediados del si­
glo xvm no siempre es la economía nacional la unidad de
análisis económico más conveniente. La mayoría de las de­
cisiones se tomaban en relación con las condiciones del mer­
cado regional y entre una región y otra la cualidad y los ni­
veles de la actividad económica y el carácter y la dirección
del cambio económico variaban sustancialmente. Las dife­
rencias regionales en las condiciones del suelo y de clima,
por ejemplo, unidas a las diferencias en el poder de com­
pra y en los gustos locales dan lugar a distintos patrones de
consumo local. El alimento básico puede ser el trigo, la ave­
na, la cebada o el centeno. Los salarios nominales variaban
mucho de nivel y de tendencia. En su investigación sobre los
salarios del siglo xvm, la señora Gilboy no encontró una ten­
dencia común en las tres regiones examinadas (Londres, Lan-
cashire y el Sudoeste): «No sólo divergía el movimiento
sino también los niveles de los salarios».23 Encontramos di­

23
lerendas regionales similares en los precios de las mercan­
cías y en las cifras de producción. Cuando la producción de
hierro bajaba en la mayoría de las regiones, aumentaba en
Shropshire y en Staffordshire. El desarrollo de la industria
lanera de Yorkshire coincidió con la decadencia de la indus­
tria en East Anglia.
A causa de estas diferencias regionales en las condicio­
nes económicas, las estadísticas relativas a una zona par­
ticular pueden no dar indicación alguna sobre los movimien­
tos comparables en toda la nación y los agregados nacio­
nales pueden ocultar las tendencias de aquellas regiones en
que tienen lugar los cambios significativos. El intento de fi­
jar la cualidad y el ritmo del cambio económico a nivel na­
cional puede no dar ningún resultado significativo, tanto si
buscamos las continuidades importantes de la historia como
si lo que nos interesa son las discontinuidades importantes.
En resumen, es evidente que en la economía británica de
mediados del siglo xvm se observan (aunque en grado limi­
tado) algunos de los rasgos que consideramos típicos de una
economía preindustrial. Era una economía pobre, aunque
disponía de un cierto excedente; estaba relativamente es­
tancada, aunque no era completamente estática; se basaba
esencialmente en la agricultura, aunque el comercio y la in­
dustria eran sectores importantes —había incluso alguna fac­
toría—. La mayoría de la población vivía al borde del desas­
tre económico y si no tenía una suerte excepcional o no
trabajaba con una intensidad extraordinaria tenía pocas pers­
pectivas de poder gozar de un nivel de vida netamente su­
perior en el curso de su propia vida. La mayoría de las deci­
siones económicas de la comunidad las tomaban las unida­
des de producción de base familiar, cuya producción por
miembro dependía esencialmente de la extensión de sus po­
sesiones en tierra, barcos o bienes de consumo. Se puede
calificar de «sociedad tradicional» en el sentido que le da
Rostow, como la primera de las etapas del desarrollo eco­
nómico. Es decir, era una economía en la que existía un
cierto «tope al nivel de la producción posible per capita».2*
Al contrario de la economía industrializada, en la que la
aplicación regular y sistemática de la ciencia y la tecnología
modernas asegura una mejor continua de los métodos de
producción, sus posibilidades productivas no superaban lí­

24
mites estrechos y relativamente previsibles, aunque en el si­
glo xvtti estos límites empezaban ya a ampliarse.
Los comienzos de la industrialización, del desarrollo y del
cambio estructural eran ya aparentes a mediados del si­
glo xvii i. La población había iniciado en 1740 un proceso de
crecimiento continuo. Los panfletistas que escribían a prin­
cipios de la década de 1740 consideraban que la población,
los precios y los ingresos eran poco más o menos de medio
siglo antes. Adam Smith y Arthur Young escribieron en 1770
antes de la introducción de las innovaciones en la indus­
trial textil, el vapor y las construcciones metálicas que sim­
bolizaron los comienzos de la revolución industrial, y pu­
dieron hablar de una expansión de los ingresos reales, lo
bastante importante como para que los contemporáneos tuvie­
sen conciencia de ella. En 1774, por ejemplo, Young es­
cribió:
«Cualquier persona puede considerar el progreso de to­
das las cosas en Gran Bretaña durante los últimos veinte
años. Las grandes mejoras que hemos visto en este período,
superiores a las de cualquier otro, no se deben a la Consti­
tución, a la modernización de los impuestos o a otras cir­
cunstancias de igual eficacia desde la Revolución, pues la
existencia de dichas circunstancias no produjo antes estos
efectos: la superioridad se debe a la cantidad de riqueza
en la nación, que ha facilitado en un grado prodigioso la
ejecución de todas las grandes obras de mejora.» 25
Adam Smith hablaba por la misma época del «progreso
natural de Inglaterra hacia la riqueza y la mejora» y afir­
maba que «el producto anual de su tierra y de su trabajo
es, indudablemente, inuy superior actualmente a lo que era
en el momento de la restauración o en el de la revolución».-4*
Si aquella evidente expansión económica era o no en sus
fí.ses iniciales más importante que las variaciones ocurri­
das a menudo en la historia de la Inglaterra preindustrial
—variaciones invertidas de signo, subsiguientemente es
una cuestión discutible. En cambio, es indudable que la de­
mografía, los precios, la producción y los ingresos tendían
ya en 1750 al alza.

25
II. La revolución dem ográfica

Aunque pueden existir considerables diferencias de opi­


nión sobre las fechas exactas de los puntos cruciales en el
desarrollo económico británico, los historiadores están de
acuerdo en que el desarrollo sostenido —o el desarrollo eco­
nómico moderno, como dirían algunos— se inició a media­
dos del siglo xviu. Con anterioridad, el cambio económico
era generalmente lento (cuando no precipitado por catás­
trofes no económicas); los niveles de vida tendían a fluc­
tuar violentamente a largo plazo. Después del período cita­
do, el cambio se hizo continuo, evidente y sistemático —era
una parte de un proceso de industrialización tan evidente
para los contemporáneos como lo es hoy para nosotros en
retrospectiva. La producción nacional, la población y la ren­
ta per capita empezaron a aumentar, con ritmos variables es
cierto, pero sólo con interrupciones breves. El desarrollo
económico —sostenido y perceptible— se convirtió en una
parte del orden normal de las cosas.
Acompañando a la revolución industrial en el tiempo, y
en compleja relación de causa y efecto con ella, se regis­
tró una revolución demográfica, cuya mecánica no se ha
comprendido todavía plenamente. Hay una cosa clara, sin em­
bargo. Uno de los rasgos distintivos de la moderna econo­
mía industrial (o industrializadora) en relación con las fa­
ses precedentes de la cadena del desarrollo económico es
que implica un crecimiento sostenido y a largo plazo de la
población y de la producción.
El ritmo de aumento de la población depende básicamen­
te, como es natural, del ritmo de crecimiento natural, es de­
cir, de la diferencia entre los índices de natalidad y de mor­
talidad. Y existen ciertos límites biológicos y físicos a la
posible variación de estos índices. En una economía preindus­
trial, es decir, en una comunidad esencialmente agrícola, los
índices de natalidad brutos (es decir, los nacimientos vivos
por año y por cada mil habitantes) se sitúan generalmente
entre 35 y 50. Dentro de estos límites, el índice efectivo varia­

27
rá según las características específicas de la comunidad; por
ejemplo, según factores demográficos como la composición
de la población por sexo y grupos de edad, los factores socio-
-culturales (como edad de matrimonio y actitudes ante las
dimensiones de la familia), factores económicos (como la de­
manda de trabajo infantil o lo que cuesta tener hijos) y acon­
tecimientos como las guerras, las epidemias y el hambre.
Los índices de mortalidad tienden también a ser elevados,
pero normalmente son inferiores a los de natalidad —los lí­
mites se sitúan generalmente entre el 30 y el 40 anuales. La
población de una comunidad agrícola que no sufra pertur­
baciones en forma de epidemias, guerras y conmociones cul­
turales se caracteriza generalmente por un índice de au­
mento natural del 5 al 10 por mil; es decir, la población
tiende a aumentar a un ritmo anual del medio al uno por
ciento. Algunas comunidades industriales del siglo xx han
conseguido índices de aumento natural superiores (entre el
dos y el tres por ciento) porque el índice de mortalidad se
ha reducido fuertemente con la introducción de técnicas mé­
dicas avanzadas. Pero, en las economías preindustriales de
los siglos xviii y xix, y de antes, se puede considerar que el
índice normal de aumento natural se situaba en los límites
bastante estrechos, del 0’5 por ciento y del uno por ciento
anuales.
Sin embargo, el índice normal de aumento natural se in­
terrumpía una y otra vez por una elevación súbita y dra­
mática del índice de mortalidad debida a epidemias viru­
lentas, a guerras o a una sucesión de malas cosechas. Una
mala cosecha podía doblar o triplicar el índice normal de
mortalidad en la zona más afectada, y una ciudad atacada
por una epidemia podía perder una tercera parte o la mi­
tad de sus habitantes. El hambre y las epidemias se influían
recíprocamente, aumentando sus respectivos efectos. Las
enfermedades endémicas en comunidades agrícolas estanca­
das, muy localizadas, podían convertirse rápidamente en epi­
demias de vastas proporciones cuando las malas cosechas
(que tendían inevitablemente a afectar más a unos distritos
que a otros) provocaban movimientos de población de aque­
llas zonas en que los alimentos se habían agotado virtual-
mente hacia las zonas en que todavía se podían obtener por
el precio del trabajo humano.
Pero en el siglo xvm, en varios países de Europa occiden­

28
tal —entre ellos Gran Bretaña— los «puntos negros» del ín­
dice de mortalidad se hicieron menos frecuentes o menos
violentos (probablemente, ambas cosas a la vez) y pudo afir­
marse la tendencia natural al crecimiento —lento pero real—
de la población.1 Existen también testimonios de que, en al­
gunos distritos por lo menos, se produjo un aumento del ín­
dice de natalidad. Esto podía deberse, naturalmente, a las
mismas razones que explican la reducción de los «puntos
negros» en el índice de mortalidad. El mismo tipo de cri­
sis que provocaba un salto hacia arriba en el índice de mor­
talidad provocaba también una disminución en el número de
embarazos y un aumento del de abortos. Todo lo que redu­
cía la violencia o la frecuencia de estas catástrofes cíclicas
tendía a incrementar el número de nacimientos vivos. Sabe­
mos con cierto grado de certidumbre que la población de
Inglaterra y País de Gales, que había fluctuado en torno a
un nivel inferior a los seis millones de habitantes en las
primeras tres o cuatro décadas del siglo xvni, empezó a au­
mentar, probablemente a partir de la década de 1740, y no
ha cesado de crecer desde entonces. Tanto para la pobla­
ción —como para la producción— no es cierto en modo al­
guno que el cambio crucial en la tendencia del índice de cre­
cimiento se produjese en la década de 1740, pero es evidente
que a finales del siglo xviti los cambios en los índices de na­
talidad y de mortalidad eran ya tan profundos que podemos
calificarlos de verdadera revolución demográfica.
Permítaseme decir algo sobre el carácter de las pruebas
en que nos basamos para analizar el aumento de la pobla­
ción en Inglaterra durante el siglo xvin. ¿Por qué vacilamos
en afirmar con exactitud cuándo y por qué la población in­
glesa empezó a aumentar?
La respuesta es, esencialmente, que nuestras estadísticas
sobre la población son incompletas. No existe ningún censo
de la población de Inglaterra y País de Gales completo has­
ta 1801; no existe tampoco ningún registro oficial de los na­
cimientos y las muertes hasta 1839. Es cierto que ya se ha­
bía realizado, en relación con un impuesto, un cómputo a
finales del siglo xvii sobre los nacimientos, las muertes y
los matrimonios. Pero no parece que los datos fuesen reco­
gidos o sumados a escala nacional. Cuando Gregory King
realizó sus cálculos sobre la población, por ejemplo, tomó
como punto de partida los ingresos por la contribución so­

29
bre los hogares y utilizó algunas de las estimaciones de la
población de las parroquias de 1695 para calcular el pro­
medio de personas por hogar.2 En todo caso, cabe decir que
las estadísticas recogidas específicamente a efectos fiscales
no son de fiar porque existe un incentivo positivo a no dar
los datos completos. Quizá el hecho de que el cómputo de
1695 se utilizase como instrumento para el cobro de impues­
tos fue una de las razones de la oposición con que chocaron
todas las propuestas de realización de un censo durante el
siglo xviii. En 1753, por ejemplo, se presentó al Parlamentq
un proyecto de ley para contar el número de personas y re­
gistrar el de matrimonios, nacimientos y fallecimientos, así
como el de individuos acogidos a la beneficencia. En la Cá­
mara de los Comunes la oposición fue muy violenta y el re­
presentante de York insistió en que «un registro anual de
nuestro pueblo dará a conocer a nuestros enemigos del ex­
terior nuestros puntos débiles, y la cifra de los pobres dará
a conocer a nuestros enemigos del interior las dimensiones
reales de nuestra riqueza» ;3 pero el proyecto fue totalmente
rechazado por la Cámara de los Lores. De modo que en 1801,
al realizarse el primer censo, los observadores informados
discutían todavía si la población de Inglaterra y Gales au­
mentaba o disminuía, cuando, en realidad, la población es­
taba creciendo ya a un ritmo sin precedentes.
Las cifras que utilizamos actualmente para calcular las
tendencias de la demografía inglesa entre 1700 y 1800 son,
sin excepción estimaciones basadas, en gran parte, en datos
sobre bautismos, entierros y matrimonios que el clero pa­
rroquial facilitó a John Rickman, el primer director del Cen­
so, extrayéndolos de los registros eclesiásticos con interva­
los de diez años a lo largo del siglo xvm. Al ser extraídos con
estos intervalos pueden reflejar las circunstancias anorma­
les de algunos años concretos; por ello, sin una serie anual
de estimaciones no podemos decir exactamente cuándo em­
pezó la tendencia al alza. Al basarse en los registros del cle­
ro anglicano omiten las cifras sobre los inconformistas, cuya
proporción desconocemos. Además, no podemos suponer que
esta proporción permaneció constante a través del tiempo
o entre los diversos distritos. Un descenso en el número de
bautismos, de matrimonios y de entierros en las cifras pa­
rroquiales, por ejemplo, puede reflejar un aumento del in­
conformismo, o una tendencia a no someterse a los proce­

30
dimientos del registro, más que un descenso propiamente
dicho de los nacimientos, los matrimonios o los fallecimien­
tos. Por lo demás, los registros parroquiales no siempre eran
completos —en algunas historias se dice que se utilizaban
para embalar paquetes o para encender el fuego. No siem­
pre eran legibles, además. Sin embargo, no disponemos de
otros datos; dependemos de ellos y hemos de convertirlos
en estimaciones de la población sacando las mejores deduc­
ciones que podamos sobre la relación entre los bautismos,
los matrimonios y los nacimientos registrados y los naci­
mientos, las bodas y los fallecimientos reales. Rickman, por
ejemplo, hizo sus cálculos sobre la población del siglo xvm
aplicando un coeficiente standard (basado en los resultados
del censo del siglo xix) a una media de los datos anuales so­
bre los bautismos, los entierros y los matrimonios. Otros in­
vestigadores, en cambio, se han basado en una sola serie,
con preferencia a las otras dos; existe además una gran va­
riedad de coeficientes posibles, según cuál sea el censo que
se tome como base de cálculo v los ajustes realizados para
ponerlos en correspondencia con las condiciones del siglo
X V III.
Por tanto, nos encontramos ante diversas series posibles
para la población de Inglaterra en el siglo xvm. Algunas son
más sutiles y complejas que otras en sus presuposiciones,
pero ninguna es definitiva ni goza de autoridad indiscutida.4
La mayoría indican que la tendencia al crecimiento de la po­
blación inglesa puede fecharse en la década de 1740, pero
existe un acuerdo general en que este crecimiento inicial era
más bien modesto —no superior, en todo caso, a otros au­
mentos anteriores de la población, rápidamente anulados por
un aumento del índice de mortalidad. La diferencia radica
en que el aumento que fechamos en la década de 1740 no se
invirtió de signo; al contrario: se aceleró hasta llegar a ni­
veles sin precedentes en la década de 1780 y siguió acelerán­
dose hasta llegar al máximo en la década 1811-1821.
La explicación tradicional del fenómeno consiste en que
descendió el índice de mortalidad, a partir de 1740, especial­
mente en los grupos de edad infantiles. Cuando los niños
sobrevivientes hicieron aumentar las dimensiones de los gru­
pos de edad infantiles, se produjo una elevación continua en
el ritmo de crecimiento natural. £1 proceso fue reforzado
—sigue diciendo esta explicación tradicional— por el des­

31
censo continuo del índice de mortalidad debido a la mejora
de los conocimientos y de las técnicas médicas y por un mo­
vimiento de alza del índice de natalidad, debido al aumento
del nivel de vida y a la vigorosa demanda de mano de obra
en las primeras fases de la revolución industrial —digamos,
desde 1760 o 1770 en adelante. En las cifras de defunciones
se observa, indudablemente, una mortalidad espectacular­
mente elevada en la década de 1730 —que se relaciona ge­
neralmente con la época en que se bebía ginebra en grandes
cantidades, especialmente en Londres—, mortalidad que des­
ciende a niveles mucho más bajos en la década de 1750. Tam­
bién es indudable que cuando el índice de mortalidad es ele­
vado, como ocurría en el siglo xvm, un descenso, aunque
sea ligero, puede poner en marcha, si se sostiene, un proce­
so acumulativo de cambio demográfico.
Esta explicación ha dado lugar a muchas controversias.
La idea de que el proceso de crecimiento demográfico fue
puesto en marcha por un descenso del índice de mortalidad
ha sido puesta en duda por algunos historiadores de la eco­
nomía, los cuales arguyen que existen testimonios tan váli­
dos como los anteriores para hablar de un comienzo de au­
mento del índice de natalidad. Por otro lado, el argumento
de que la mejora de las condiciones médicas explica el apre­
ciable descenso del índice de mortalidad ha sido puesto en
duda por los historiadores de la medicina. En tercer lugar,
los estadísticos han expresado dudas sobre la afirmación de
que los niveles de vida de la clase obrera aumentaban du­
rante las primeras fases de la revolución industrial: aducen,
al respecto, que los salarios reales bajaron a medida que los
precios aumentaban en el último cuarto del siglo xvm. Se
ha argüido, finalmente, que el súbito crecimiento de 1740 se
puede explicar, simplemente, como una reacción, como un
ajuste compensatorio, ante los índices de mortalidad de 1730,
excepcionalmente elevados, y que lo realmente revoluciona­
rio en las tendencias demográficas del siglo xvm fue que
los índices de natalidad y de mortalidad no volviesen a los
niveles preindustriales «normales» después de completar la
compensación.
La primera cuestión es saber si lo que puso en marcha
el aumento después de 1740 fue el índice de mortalidad o el
de natalidad. Tras un cuidadoso estudio de los datos existen­
tes, el profesor Habakkuk ha demostrado 5 que caben otras

32
explicaciones que las propuestas tradicionalmente por los his­
toriadores de la economía. Por ejemplo, se puede explicar
postulando un descenso en la edad de matrimonio a causa
de la mejora de las condiciones económicas y de la amplia­
ción de las oportunidades económicas (con su correspondien­
te traducción en un aumento del índice de natalidad). Pa­
rece que existen pruebas de una mejora de las condiciones
económicas en las décadas cruciales. Los documentos de la
época redactados por observadores bien informados sugie­
ren con fuerza: 1) que los niveles de vida de los trabajado­
res pobres mejoraban en las décadas inmediatamente ante­
riores al comienzo de la revolución industrial; 2 ) que en
aquella época había carencia de mano de obra. Malthus, por
ejemplo, escribió:
«Durante los últimos cuarenta años del siglo xvn y los
veinte primeros del siglo xvm, el precio medio del trigo era
tal que comparado con los salarios del trabajo sólo permitía
al trabajador comprar, con el salario de un día, dos tercios
de peck de trigo. De 1720 a 1750 el precio del trigo bajó, al
tiempo que aumentaban los salarios, de modo que en vez
de dos tercios el trabajador podía adquirir todo un peck de
trigo con el salario de un día de trabajo .» 6
Adam Smith sostenía un punto de vista similar. El comer­
cio ultramarino estaba en plena expansión y lo mismo ocu­
rría con la industria textil —la principal industria manufac­
turera británica de la época. El período 1730-1755 se carac­
terizó por una sorprendente serie de buenas cosechas, sin
precedentes hasta entonces y que apenas se han vuelto a re­
petir. Por otro lado, las pruebas de que el descenso de la
mortalidad afectó especialmente a los grupos de edad in­
fantiles están lejos de ser concluyentes, y sin esta presupo­
sición es difícil pretender que la aceleración posterior del ín­
dice de natalidad se articuló en torno al descenso del índice
de mortalidad.
En efecto, el argumento consiste en decir que el descenso
del índice de mortalidad que ocurrió indudablemente entre
1730 y 1760 fue una reacción frente a un período de fuerte
mortalidad; que el descenso —mayor todavía— que sugieren
las estadísticas funerarias de 1780 a 1820 fue exagerado por
serias deficiencias en el sistema de registro de fallecimien-

HCS 22. 3 33
tos; 7 y que la causa a largo plazo del aumento de la pobla­
ción fue el aumento sostenido del índice de natalidad. Esto
puede atribuirse, a su vez, a la eliminación de los dos frenos
económicos, sobre todo a la serie anormalmente prolonga­
da de buenas cosechas durante el período 1730-1755. Las bue­
nas cosechas significaron cereales más baratos y una mayor
demanda de mano de obra para recoger el grano: permitie­
ron, pues, que la gente se casase más joven y procrease fa­
milias más numerosas. Más adelante, en el curso del mismo
siglo esta tendencia al aumento de las familias fue reforzada
por un nuevo elemento de presión: la posibilidad de colocar
a los niños en ocupaciones industriales y el sistema de pres­
taciones familiares llamado Speenhamland (véase más ade­
lante).
Hasta que no se disponga de nuevos datos (está toda­
vía por emprender la investigación directa de muchos regis­
tros parroquiales), debe dejarse abierta la cuestión de si la
causa del aumento demográfico iniciado a mediados del si­
glo xviii fue una elevación del índice de natalidad o un des­
censo del de mortalidad. Nadie niega que actuaron ambos
factores. La discutible es cuál de los dos inició el primero la
marcha —a largo plazo— hacia una nueva posición. El estu­
dio de los registros de Nottingham llevado a cabo por el pro­
fesor Chambers parece dar la razón al profesor Habakkuk
cuando sostiene que el descenso del índice de mortalidad no
fue tanto un descenso radical debido a la mejora de las con­
diciones médicas, sociales y económicas, como una reacción,
fuerte y temporal, a un período de elevada mortalidad. Este
argumento se basa, en parte, en el razonamiento de que los
que sobreviven a un período de alta mortalidad tienden a
ser, por lo general, más resistentes; sus índices de mortal'-
dad serán pues, probablemente, anormalmente bajos. El pro­
fesor Chambers escribe sobre el índice de mortalidad de Not­
tingham:
«No se trata... de un descenso radical bajo la influencia
de los factores de una mejor dieta y un mejor medio cir­
cundante, sino de una baja súbita y temporal debida a la au­
sencia de un factor que había convertido el período anterior
en un período de mortalidad excepcionalmente alta, seguido
por un retorno casi a los mismos índices de mortalidad del
período preepidémico.»

34
Dicho de otra manera: «En lo que a Nottingham se re­
fiere, la época de las grandes catástrofes demográficas debi­
das a epidemias había terminado.» 8
Contra la concepción que da la primacía al índice de na­
talidad como causa del aumento de la población en el si­
glo xvm, se ha argüido 9 que cuando los índices de natali­
dad y de mortalidad son altos —como ocurría en Inglaterra
durante el siglo x v iii — un descenso en el índice de la mortali­
dad es una explicación más plausible de un crecimiento sos­
tenido de la población que un aumento del índice de natali­
dad. Esto se debe a que un elevado índice de mortalidad de­
bido a una enfermedad infecciosa produce efectos desiguales
en los distintos grupos de edad: se lleva con más rapidez
a los niños que a los adultos. Cuando la incidencia de la en­
fermedad es alta, es razonable esperar que la mayor parte
de los efectos de un aumento del índice de natalidad sean
inmediatamente anulados por un aumento del índice de mor­
talidad debido a la expansión de aquellos grupos de edad en
que el índice de mortalidad es más elevado. Se ha señalado,
también, que no existen pruebas directas de un aumento sus­
tancial de la frecuencia de matrimonios en el siglo x v iii o
de una reducción de la edad de matrimonio. Tampoco sabe­
mos a ciencia cierta si una reducción de la edad de matri­
monio pudo influir o no de manera apreciable en el período
de crianza y formación de los hijos (y por consiguiente en
el índice de natalidad a largo plazo). Por ejemplo, puede que
fuese compensado en parte por una reducción de la edad
en que cesa la fertilidad: los datos demográficos recogidos
en Irlanda, por ejemplo, indican que un cambio de pocos
años en la edad de matrimonio no tiene más que un peque­
ño efecto sobre la fertilidad del matrimonio.10 Finalmente, el
argumento de que el aumento de la demanda de mano de
obra lleva directamente a un aumento del índice de nata­
lidad y no indirectamente, a través de un cambio en el ín­
dice o en la edad de matrimonio, implica un cierto grado de
planificación familiar y, por consiguiente, de control de na­
talidad: pero en la Inglaterra del siglo x v iii no existe rasgo
alguno de esto.
Lo que sí parece deducirse sin lugar a dudas de las prue­
bas y los análisis aportados hasta ahora por los historiado­
res de la economía, de la sociedad y de la medicina es que
a partir de la década inmediatamente anterior a 1750 hubo

35
una fuerte reducción del índice de mortalidad (debida, casi
con toda certeza, a una reducción de la incidencia de las epi­
demias) y un aumento del índice de natalidad en el período
posterior a 1750 (debido, en parte por lo menos, a los efectos
secundarios de una reducción anterior de la mortalidad in­
fantil). Existen también algunos testimonios de un aumento
anterior a 1750 del índice de natalidad; pero, dado que se ba­
san en datos sobre los bautismos, también pueden deberse
a un descenso del inconformismo religioso; se han de ver
pues, con desconfianza.
No está del todo claro por qué disminuyeron las epide­
mias. En lo que a la peste se refiere, las causas parecen ra­
dicar en una «oscura revolución ecológica entre los roedo­
res». Era, esencialmente, una enfermedad de las ratas inocu­
lada por las pulgas; por esto tenía que reducirse forzosa­
mente a medida que aumentaban los niveles de vida y los
muros de zarzales y de argamasa eran reemplazados por los
de ladrillo, los tejados de bálago por los de tejas, las este­
ras de juncos por alfombras, y a medida que la recogida
sistemática de los desperdicios eliminaba los montones de
basura que constituían los principales criaderos de ratas. Es
probable que el gran incendio de Londres y su subsiguiente
reconstrucción fuesen también una protección para la ciu­
dad, al reducir de modo permanente las colonias de ratas.
Pero se ha argüido que lo que liberó a Europa occidental de
su vulnerabilidad a la peste fue el desplazamiento de la pe­
queña rata negra doméstica con su predilección por las ha­
bitaciones humanas y su carga de pulgas que pasaban fácil­
mente de ella al hombre, por la rata parda, que habita fue­
ra de las casas, tiene hábitos de vagabundaje y cuyas pul­
gas no se transmiten al hombre.11 Se dice que la nueva es­
pecie se introdujo en Inglaterra hacia 1728 y que pronto des­
plazó a su rival, más pequeña.
La peste no era más que uno de los factores de la ele­
vada mortalidad de la época preindustrial. Quizá debamos
buscar otros cambios ecológicos similares para explicar la
disminución de otras formas de enfermedad endémica o epi­
démica. La disminución de la malaria, por ejemplo —cuyo
tratamiento constituía todavía una de las funciones más im­
portantes de los médicos del siglo xvil— puede atribuirse a
la reducción del número de los mosquitos portadores, gra­
cias a una mejor higiene doméstica, al drenaje de los pan-

36
lanos y, quizá, a los cambios climáticos. Otras investigacio­
nes han relacionado la reducción de los «puntos negros» del
indice de mortalidad con la serie de buenas cosechas, las
cuales hicieron disminuir los movimientos migratorios de
grandes masas miserables y mejoraron las condiciones bási­
cas de vida de la mayoría de la población. Es, desde luego,
difícil sobreestimar la contribución de las buenas cosechas
al nivel de vida y a la productividad en una comunidad agrí­
cola. Otros autores han señalado que la gente adquiría cada
vez más conciencia de la importancia de la sanidad y la hi­
giene; si era así, realmente, este desarrollo gradual habría
llevado consigo una mejora continua, aunque poco percep­
tible, en las expectativas de vida.
Una concepción que gozó en otro tiempo de gran predica­
mento y que hoy parece plenamente desacreditada es la de
que la mejora del índice de mortalidad era una consecuen­
cia de los progresos de los conocimientos médicos.12 Parece
al contrario, que ningún progreso específico de las técnicas
o de los conocimientos médicos contribuyó sustancialmente
a una reducción del índice de mortalidad en el siglo xvut.
La vacuna no se generalizó hasta el siglo xix, en todo caso,
sabemos positivamente que la producción de muertes debi­
das a la viruela no varió a lo largo del siglo xvm. «La cirugía
tuvo efectos casi inapreciables en las estadísticas de vida
hasta la aparición de la anestesia y de la antisepsia en el
siglo xtx.» 13 Los hospitales y dispensarios estaban organi­
zados de tal modo que más que cortar la enfermedad con­
tribuían a propagarla. La gente que ingresaba en un hospi­
tal en el siglo xvm moría generalmente en él, en general por
alguna enfermedad distinta a la que había dado lugar a su
admisión. Todavía en 1870, el cirujano principal del Univer-
sity College Hospital decía a sus estudiantes que «una mu­
jer tiene más posibilidades de recuperarse si da a luz en la
choza más miserable que si lo hace en el hospital mejor
equipado y mejor atendido de la ciudad».14 Parece indudable
que los médicos aprendieron mucho sobre las causas de la
enfermedad en el siglo xvm; esto se refleja en la adopción
gradual de métodos de tratamiento más higiénicos. Se cree
que el resultado fue una reducción sustancial de la mortali­
dad materna y efectivamente puede haber ocurrido así, aun­
que es muy difícil demostrar la hipótesis. Es, por lo demás,
muy dudoso que la mayoría de la población pudiese disponer

37
de médicos más sabios y preparados que sus predecesores
medievales.
Los historiadores de la medicina han devuelto a los his­
toriadores de la economía la tarea de explicar la conexión
entre la revolución demográfica y la revolución industrial.
Los últimos atribuían tradicionalmente el descenso del índi­
ce de mortalidad o el aumento del de natalidad o ambos a
la vez al progreso de la medicina. Los primeros no encontra­
ron prueba alguna de un progreso médico capaz de justificar
esta explicación y llegaron, por el contrario, a la conclusión
de que la mejora del nivel de vida debió aumentar la resis­
tencia de la gente a las enfermedades infecciosas y reducir,
por consiguiente, la incidencia de las epidemias.
También ha sido objeto de controversia la cuestión de
si el nivel de vida se elevó y hasta qué punto. En el capítu­
lo XV examinaré con cierto detalle los datos sobre el cam­
bio en el nivel de vida durante las primeras fases de la re­
volución industrial británica. De momento, me propongo en­
focar el problema con una perspectiva más amplia para dejar
claramente sentado que al relacionar el nivel de vida con
el alza demográfica importa mucho el período o el subperío­
do en que estemos pensando.
Ya me he referido a los documentos y testimonios de la
época que hablan de un nivel de vida del trabajador relati­
vamente alto a mediados del siglo xvnr, es decir, entre las
décadas de 1730 y 1760.*s Las buenas cosechas hicieron bajar
los precios de la carne y los cereales; esto quería decir alimen­
tos baratos y bajos costes para numerosas industrias dedica­
das a la elaboración de los productos agrícolas, característi­
cas de un tipo de economía preindustrial. En 1750, Inglate­
rra exportaba cereales y la mayoría de sus materias primas
industriales —excepción hecha de las industrias del metal—
eran productos agrícolas de producción interior. Si estos
productos eran baratos, el beneficio por unidad de esfuer­
zo humano era alto. Las pruebas de que el nivel de vida de
la masa de la población entre 1730 y 1760 era alto —es decir,
más alto que en períodos anteriores— son bastante con­
vincentes.
Pero en los períodos posteriores estas pruebas pierden
una gran parte de su fuerza de convicción. La larga serie de
buenas cosechas se rompió y, de hecho, puede decirse que en
las tres o cuatro últimas décadas del siglo xvm hubo una se-

38
lie anormalmente elevada de malas cosechas. La Guerra de
los Siete Años, la Guerra de la Independencia norteamerica­
na y las guerras con Francia perturbaron totalmente el co­
mercio ultramarino y provocaron serias dificultades y paro
forzoso en la industria y el comercio. El crecimiento de la
población empezó a presionar sobre los suministros de ali­
mentos y los precios empezaron a subir. A finales de siglo
una fuerte elevación de precios se convirtió, a causa de la
guerra general, en una rápida inflación. El índice de precios
de los artículos de consumo diario establecido por el profesor
Phelps Brown no señala ninguna elevación de precios entre
1730 y 1760; en cambio, hay una elevación de casi el 40 por
ciento entre 1760 y 1792 (en vísperas de las guerras con Fran­
cia) y una multiplicación por dos entre 1793 y 1813, cuando
la inflación del período de guerra alcanzó su punto culmi-
nante.,fi
Algunos salarios nominales, los de los tejedores, por ejem­
plo, categoría laboral que empezó a escasear al introducirse
avances tecnológicos en la hilatura del algodón, se elevaron
más que los precios de los artículos. Pero, en la mayoría
de los casos, la elevación de los salarios nominales quedó
muy por debajo de la de los precios; la pobreza se convir­
tió, pues, en un problema agudo, y empezaron a menudear
las revueltas en demanda de alimentos. Resulta, pues, muy
difícil justificar la afirmación de que el nivel de vida de la
gran masa de la población se elevó durante el período 1780-
1815. Además, en la medida en que la industrialización llevó
a la urbanización pudo empeorar las condiciones de vida de
mucha gente y elevar el índice de mortalidad, pues dicho ín­
dice era, en general, más elevado en las zonas urbanas
que en las rurales. En Londres —«el gran tumor*— durante
todo el siglo xvm hubo muchos más entierros que bau­
tismos.
Por otro lado es probable que cuando la presión sobre
las existencias de alimentos empezó a manifestarse en el
último cuarto del siglo xvm, la mejora general de la orga­
nización económica hiciese sus efectos menos desastrosos
que lo que habrían sido en la economía no integrada, alta­
mente localizada de principios del mismo siglo. Había habido
mejoras en las comunicaciones (mejores carreteras, mejor
navegación fluvial, canales) en el sistema bancario (con el
aumento de la liberación de las facilidades crediticias) y en
39
la administración de la ley de pobres; todo ello pudo tener
importantes efectos sobre la distribución de los ingresos, en
el tiempo y el espacio, incluso en los casos de estancamien­
to o baja de los ingresos reales medios. En dichas circuns­
tancias, las malas cosechas y las crisis comerciales fueron,
posiblemente, menos desastrosas en las zonas más afectadas
que lo que habrían sido en épocas anteriores, cuando la mala
cosecha significaba hambre total o casi total para la ma­
yoría.
¿Qué podemos decir, pues, para resumir, sobre la rela­
ción entre la revolución demográfica y la revolución indus­
trial, sobre estas dos importantes rupturas en la tendencia
general del desarrollo económico británico en el siglo xvm
—la ruptura en la tendencia secular de la población y la rup­
tura en la tendencia secular de la producción? Podemos em­
pezar resumiendo la evolución del crecimiento de la pobla­
ción y de la producción inglesas en el siglo xvm y a co­
mienzos del xix.
Entre 1700 y 1741, la población de Inglaterra y el País de
Gales parece que se mantuvo virtualmente estacionaria en­
tre los 5’8 millones y los 6 millones. Entre 1741 y 1751, au­
mentó posiblemente en un 3*5 %; entre 1751 y 1761 el ritmo
de aumento se aceleró —probablemente fue un 7 % en los
diez años, ritmo que mantuvo, más o menos durante diez
años más. Continuó luego la aceleración hasta alcanzar un
10% aproximadamente en la década de 1780 y un 11 % en
la de 1790. En la segunda década del siglo xrx alcanzó un
punto culminante: 16 %, aproximadamente.
No podemos describir con precisión la evolución de los
índices de mortalidad y de natalidad porque no disponemos
de cifras anuales de entierros y bautismos para la mayor
parte del siglo xvm. Se está generalmente de acuerdo, sin
embargo, en que el índice de mortalidad alcanzó sus niveles
más elevados en la primera mitad del siglo xvm y que el ín­
dice de la natalidad llegó a su punto más alto en el período
1780-1820. Ahora bien, es difícil fijar con exactitud los mo­
mentos en que esto se produjo porque los cambios anuales
en las cifras de entierros y bautismos reflejaban de manera
incierta los cambios anuales efectivos en las cifras de de­
funciones y nacimientos. Los cálculos realizados por Farr,
director del Censo en el siglo xix, y reimpresos en el Infor­
me General del Censo de 1871, parecen indicar que los índi­

40
ces de natalidad por cada mil habitantes en Inglaterra lle­
garon probablemente a su punto más alto —el 377 aproxi­
madamente— en la década de 1780. Expresados en términos
del porcentaje de mujeres entre los 20 y los 40 años, esto re­
presenta aproximadamente un 25’9 % y parece que permane­
ció entre el 25 y el 26 % hasta las décadas de 1820 y 1830.
cuando inició un rápido descenso, hasta situarse en el 21’6
por ciento en 1851.1:7 Dando por supuesto que los índices de
natalidad y de mortalidad tienden a ajustarse mutuamente,
de modo que el índice de incremento natural no resulte ex­
plosivamente alto, podemos decir que un índice de mortali­
dad elevado tiende a ser biológicamente compensado por un
elevado índice de natalidad y que un índice de mortalidad
bajo tiende a generar un descenso en el índice de natalidad.
Naturalmente, el ajuste —la «transición demográfica», como
se la acostumbra a llamar— raramente se produce de ma­
nera inmediata. El índice de natalidad reaccionó contra el
elevado índice de mortalidad anterior a 1750 subiendo des­
pués de esta fecha, y reaccionó contra el descenso del índice
de mortalidad de 1780-1820 bajando rápidamente después
de 1820.
Los intentos de fijar el módulo del crecimiento de la
producción sugieren que en la década de 1740, cuando pa­
rece que se inició el aumento continuado de la población,
hubo también aumento igualmente claro de la producción
total. Se calcula que durante veinte años el crecimiento de
la producción total real fue en un uno por ciento anual (com­
parado con el menos de 0'5 por ciento de los treinta años
precedentes); parece también que aunque este ritmo aflojó
un poco en las dos décadas siguientes, fue siempre el doble
del ritmo de crecimiento de la primera parte del siglo. En
la década de 1780, el ritmo volvió a acelerarse, y al finalizar
el siglo se situaba, probablemente, alrededor del 1’8 por cien­
to anual.18 Estos cálculos se refieren, nótese bien, al ritmo
de crecimiento de la producción nacional total. En lo que
atañe al aumento súbito de la década de 1740, los testimo­
nios sobre un incremento de la producción per capita se re­
ducen, esencialmente, a los informes de los contemporáneos.
No puede comprobarse en las estimaciones de la renta nacio­
nal. Pero lo cierto es que no hay prueba alguna de descen­
so y que la presunción en favor del incremento es muy
fuerte. Durante el segundo gran aumento de la población.
41
que podemos fechar en la década de 1780, los datos sobre
la renta nacional indican un tendencia al aumento de los
ingresos per capita, aunque los informes de los contempo­
ráneos y los datos de que disponemos sobre los salarios de­
muestren claramente que importantes sectores de la pobla­
ción viven, si no peor, por lo menos igual que antes. Es el
período que Rostow ha designado con el nombre de «despe­
gue». Era, ciertamente, un período de grandes cambios e in­
novaciones. Aunque el nivel de vida de los asalariados no
aumentase apreciablemente, los beneficios se elevaron (en
esto casi no hay duda posible) y hubo importantes cambios
en la organización, en la estructura y en la productividad eco­
nómicas.
Es evidente que existía una compleja y recíproca rela­
ción de causa y efecto que daba forma a estas dos tenden­
cias —la población por un lado, la producción por otro—,
aunque no sepamos con exactitud qué forma tomó esta re­
lación en todas las épocas. Es cierto que ambas tendencias
estaban determinadas en parte por factores que se pueden
considerar independientes: en el caso de la población, por
ejemplo, por factores esencialmente no económicos, que con­
tribuyeron a reducir el índice de mortalidad secular o a ele­
var el índice de natalidad; en el caso de la producción, por
factores como el crecimiento de los mercados exteriores y
la ampliación del horizonte tecnológico. Pero lo que ofrece
un interés especial es la interacción entre estas dos ten­
dencias. Parece razonable suponer que sin el aumento de
la producción a partir de 1740, el aumento correspondiente
de la población habría sido frenado por el aumento del ín­
dice de mortalidad, provocado por la baja de los niveles de
vida. Parece igualmente probable que sin el crecimiento de
, 1a población, que adquirió importancia en la segunda mitad
del siglo xvi ii, la revolución industrial británica se habría
retrasado por falta de mano de obra. Parece, también, que
sin el aumento de la demanda de los precios —que refleja­
ba, ínter alia, el crecimiento de la población— los produc­
tores británicos habrían tenido menos incentivos para ex­
pansionarse e innovar y que, por consiguiente, se habría per­
dido una parte del dinamismo que impulsó la revolución
industrial. Parece, asimismo, que el aumento de las posibi­
lidades de empleo provocado por la revolución industrial
impulsó a la gente a casarse y a formar familias a una edad

42
más temprana que en el pasado y que incrementó las expec­
tativas medias de vida.
Es importante, sin embargo, no simplificar con exceso la
cuestión. «Para los que desean un módulo general de inter­
pretación —ha señalado el profesor Habakkuk— existen, evi­
dentemente, todos los elementos para forjar una versión he­
roicamente simplificada de la historia de Inglaterra anterior
al siglo xix, una versión en la que los movimientos a largo
plazo de los precios, de la distribución de los ingresos, de las
inversiones, de los salarios reales y de la migración son do­
minados por los cambios en las dimensiones de la pobla­
ción.» 19 Pero junto con el aumento de la fuerza de trabajo
hay que tener en cuenta otros factores. El hecho es que la
nueva tecnología se introdujo en un país que disponía de re­
servas de mano de obra, de tierra y de capital. Existía toda­
vía tierra sin cultivar y tierra comunal que podía cultivarse
con mayor intensidad; existía capital adquirido en el co­
mercio ultramarino del siglo xvm. Los industriales podían
contar con amplias reservas de mano de obra no calificada.
Los agricultores podían adoptar métodos de cultivo inten­
sivo en gran escala, en el mismo momento en que aumenta­
ba la población tanto en la ciudad como en el campo: este
aumento les permitía disponer de mercados en expansión y
de una gran fuerza de trabajo. Pero sin una cierta dispo­
nibilidad de los demás recursos —tierra y capital— el cre­
cimiento de la población habría chocado rápidamente con
un techo en la producción. Con esta disponibilidad adicional,
constituyó un incentivo positivo para el cambio y el desarro­
llo económicos.

43
III. La revolución agrícola

Los estudiosos del desarrollo económico en los actuales


países subdesarrollados saben muy bien que la ruta hacia el
desarrollo económico sostenido pasa por la revolución in­
dustrial. Lo que está sujeto todavía a controversia en rela­
ción con la estrategia de la industrialización es el papel de
la agricultura en este proceso. Hay quien, en un extremo,
opina que todo lo que debe hacer la agricultura es reducir su
ámbito, aumentar su eficiencia y liberar mano de obra y re­
cursos para la industria moderna; y hay quien, en el extre­
mo opuesto, afirma que la revolución en las técnicas y en los
métodos de organización agrícolas es una premisa esencial
para la modernización de las industrias manufactureras y del
transporte. Al elaborar su teoría de las fases del desarrollo
económico, el profesor Rostow, por ejemplo, sostiene que
«los cambios revolucionarios en la productividad agrícola
son una condición esencial para un despegue con éxito».1 Se­
gún este punto de vista, la economía preindustrial debe apo­
yarse en la agricultura para disponer de los alimentos adi­
cionales de las materias primas, de los mercados y de los
capitales que permiten la industrialización. En esta contro­
versia, tiene un interés especial la experiencia histórica del
primer país que emprendió una revolución industrial.
Sabido es que la revolución industrial británica anduvo
ligada a una revolución agrícola. ¿Qué carácter tuvo esta aso­
ciación? ¿Hasta qué punto precedió o reforzó el proceso de
la industrialización británica o surgió de él?
En la revolución agraria británica sobresalen cuatro ras­
gos. En primer lugar, las unidades consolidadas de cultivo
en gran escala sustituyeron a los campos abiertos cultiva­
dos, en franjas discontinuas, por los campesinos con derechos
de pasto, de combustible y de caza sobre las tierras comu­
nales. En segundo lugar, el cultivo se extendió a los eriales
y a las tierras comunales y se adoptó la ganadería intensiva.
En tercer lugar, se transformó la aldea de campesinos auto-
suficientes en una comunidad de trabajadores agrícolas cuyo

45
nivel de vida básico dependía de las condiciones de los mer­
cados nacionales e internacionales que de las circunstancias
climáticas. En cuarto lugar, aumentó grandemente la pro­
ductividad de la agricultura, es decir, el volumen de produc­
ción por unidad de fuerza de trabajo en plena dedicación
(full-time).
Estas características se manifestaron gradualmente a lo
largo de un extenso período y aparecieron en fases distintas
en las diferentes regiones. Para relacionarlas con la revolu­
ción industrial hemos de identificar el período crucial de
transformación, hemos de poder decir cuándo ocurrieron los
cambios importantes en la práctica, en la organización y en
las actitudes agrícolas. ¿Podemos especificar realmente es­
tos cambios importantes, podemos fecharlos con la suficien­
tes exactitud para establecer cuándo ocurrió efectivamente
la revolución agrícola en Gran Bretaña? ¿Podemos decir si
precedió, acompañó o siguió a los acontecimientos que cons­
tituyeron el núcleo de la revolución industrial propiamente
dicha y que, en principio, podemos situar en el período 1780-
1850? Las respuestas a estas preguntas son difíciles a nivel
nacional, debido a que la experiencia regional fue muy va­
riada. Podemos, sin embargo, arrojar un poco de luz sobre
la cuestión de cuándo ocurrió la revolución agrícola ingle­
sa examinando tres procesos, relacionados entre sí, de los
que dependió en gran parte: 1) la adopción de nuevas téc­
nicas de producción; 2) el cercamiento (enclosure); 3) los
cambios en las actitudes de los empresarios.1

1. Las nuevas técnicas de producción


Los rasgos esenciales de las nuevas técnicas de produc­
ción que caracterizaron la revolución agraria en los terre­
nos ligeros de Inglaterra fueron el cultivo continuo, las nue­
vas rotaciones de los cultivos y una asociación más estrecha
entre la labranza y la ganadería. El método de Jethro Tull
de plantar el trigo .y las raíces en líneas rectas lo bastante
alejadas como para permitir el paso entre ellas de un arado
arrastrado por un caballo constituyó la base de las nuevas
técnicas de cultivo constante. La siembra en surcos se em­
pezó a practicar en 1700 y el método se dio a conocer amplia­
mente a principios de la década de 1730. La facilitó la utili>

46
/.ación del arado triangular de Rotherham (patentado en
1730), que permitía remover la tierra con rapidez y efectivi­
dad con un equipo de dos caballos y un hombre, en vez del
lento y tradicional arado rectangular movido por cuatro, seis
u ocho bueyes y atendido por el conductor de los bueyes y
un encargado de manejar el arado. En la década de 1780 se
experimentaron máquinas trilladoras. Fueron los primeros
pasos importantes hacia la reducción del trabajo manual
en las operaciones agrícolas en Gran Bretaña.
El abandono de las antiguas formas de rotación de los
cultivos basadas en frecuentes períodos de barbecho (dos de
cada tres años en algunas zonas), en favor de la rotación de
legumbres y de cultivos herbáceos amplió la zona de cultivo
efectivo y permitió disponer de forraje para el ganado du­
rante el invierno. Las semillas herbáceas eran cultivos recu­
perativos; los nabos y las patatas eran cultivos de escarda;
permitían cultivar continuamente el suelo sin temor de ago­
tamiento; permitían, también, alimentar el ganado durante
el invierno. Ya no era necesario dejar la tierra sin cultivar
para conservar su fertilidad y se podían hacer inversiones
en ganadería para mejorar las crías. Además, el ganado no
tenía que apacentar exclusivamente en los pastos natura­
les sino que podía contribuir a las nuevas técnicas de rota­
ción y beneficiarse de ellas. El ganado comía el forraje y las
raíces y aumentaba la fertilidad del suelo con sus residuos.
Es indudable que estas inversiones aumentaron grande­
mente la producción total de una determinada unidad de tie­
rra o de trabajo en todos los puntos en donde fueron intro­
ducidas. El problema consiste en decidir cuándo constituye­
ron una contribución efectiva a la producción agrícola na­
cional total. ¿Cuándo se generalizaron los nuevos cultivos,
las nuevas rotaciones, las nuevas máquinas y las nuevas ra­
zas de ganado?
Sobre ésta, como sobre muchas otras cuestiones, los his­
toriadores de la economía acostumbraban a pronunciarse con
más seguridad y confianza en el pasado que en la actuali­
dad. Se decía que los agricultores innovadores acumularon
iortunas fabulosas. Se atribuía —y aún se atribuye algu­
nas veces— una importancia formidable, por ejemplo, al cul­
tivo del nabo y a los esfuerzos de su más famoso propugna-
dor «Turnip» (Nabo) Townshend. El profesor Ragnar Nurkse,
por ejemplo, ha escrito:

47
«Sabido es que la espectacular revolución industrial ha­
bría sido imposible sin la revolución agrícola que la prece­
dió. Ahora bien, ¿qué fue la revolución agrícola? Se basó
esencialmente en la introducción del nabo. El humilde nabo
hizo posible un cambio en la rotación de los cultivos que no
requería mucho capital y que, en cambio, dio lugar a un
enorme aumento de la productividad agrícola. El resultado
fue que se pudieron producir más alimentos con menos mano
de obra, la cual se liberó para la constitución de capital.» 2
En realidad, no existe prueba alguna de que el cultivo
del nabo (que es un cultivo que exige un trabajo intensivo)
diese lugar a ningún ahorro de trabajo ni de que las raíces o
el trébol fuesen cultivos generalizados antes de comienzos
del siglo xix. Existen dudas sobre la extensión de las me­
joras conseguidas por los innovadores más famosos, bien en
cuanto al aumento de la producción en sus propias haciendas
bien en cuanto a la aparición de imitadores inmediatos.3 La
mayoría de los nuevos métodos no se podían introducir con
eficacia en los campos abiertos —eliminados de la escena
agrícola inglesa a finales del siglo xvm y principios del xix
por el movimiento de enclosure— y tuvieron que adaptarse
a las condiciones locales del suelo. Hasta 1820, el arado Rho-
terham —calificado de «el mayor perfeccionamiento en el
arado desde finales de la Edad del Hierro y desde los tiem­
pos romano-británicos»— no empezó a dar en la mayoría de
los distritos mejores resultados que los tipos tradicionales.4
El hecho es que la mayoría de los campesinos arrendatarios,
que cultivaban el 80 por ciento o más de las tierras labra­
das del país no tenían ni el incentivo ni el capital necesario
para librarse a experimentos; incluso los propietarios más
ricos y eficaces vacilaban, por razones políticas y sociales, en
introducir máquinas ahorradoras de mano de obra en las
zonas rurales que sufrían de subempleo crónico. En todo
caso, la presión de la mano de obra se hacía sentir en las
épocas de cosecha y no se ganaba mucho con economizar
mano de obra en los demás meses del año. Además, pese al
auténtico entusiasmo que se sentía por el progreso agrícola
y pese a la abundancia de publicaciones en la segunda mitad
del siglo xvm, es dudoso que la mayoría de los agricultores
conociesen la nueva tecnología, hasta que veían aplicarla en
la granja del vecino. Se ha calculado que el ritmo de progre­

48
so de los nuevos métodos era únicamente de una milla anual
a partir del punto de origen.s
Hay que recordar, por encima de todo, que la agricultura,
más que cualquier otro ramo de la actividad económica, pre­
sentaba grandes diferencias de carácter y de trayectoria his­
tórica de región a región. No podemos dar por supuesto que
las técnicas que resultaban efectivas en una región se adap­
taban fácilmente a las distintas condiciones de otras. Tam­
poco es fácil establecer con certeza que el ejemplo de los in­
novadores fuese seguido por todos, ni siquiera en sus pro­
pias regiones. Algunos observadores coetáneos, como Arthur
Young, describieron muchas figuras de agricultores innova­
dores, pero no sabemos hasta qué punto su conducta puede
considerarse típica y representativa. En muchos casos, hay
razones para creer que lo que los coetáneos consideraban
digno de registrar por su interés era, precisamente, el caso
atípico. Éstas son algunas de las razones de las dudas que se
experimentan en torno a esta cuestión. Muchas de las nuevas
técnicas del siglo xvm sólo servían para los suelos ligeros y
arenosos y no pudieron adaptarse en las zonas de suelo pe­
sado hasta que la utilización del tubo de desecación cilindri­
co y la aplicación del vapor a las bombas permitió drenar
los suelos arcillosos y los terrenos pantanosos a mediados
del siglo xix. Se necesitarán muchos trabajos de investiga­
ción a nivel regional antes de poder llegar a conclusiones ge­
nerales y ciertas sobre el impacto de las nuevas técnicas
agrícolas en la productividad agrícola nacional durante la
segunda mitad del siglo x v iii y la primera del xix.2

2. El sistema de cercamientos (enclosures)


Hasta cierto punto, podemos calibrar el ritmo de pro­
greso del movimiento de cercamiento de terrenos a base de
los registros parlamentarios: pero también en este caso he­
mos de hacer dos reservas sobre los datos. La primera es
que .el cercamiento privado se practicaba ya desde la época
de los Tudor, y antes incluso. La enclosure parlamentaria no
se convirtió en el método usual de consolidar las propieda­
des territoriales hasta mediados del siglo x v iii . La segunda
es que aunque la enclosure puede haber sido una condición
necesaria del progreso agrícola no fue una condición suficien-

HOS 4 49
.. Destruyó las restricciones que el sistema de campo abier­
to hacía pesar sobre el cambio tecnológico, pero no aseguró
por sí misma la adopción de las nuevas técnicas de produc­
ción para el mercado y de la superior productividad que
implicaban. Algunos de los pequeños agricultores que reci­
bieron una parcela en términos de una Enclosure Act se em­
pobrecieron hasta tal punto al tener que cargar con los gas­
tos de legalización y con los de construcción de la cerca, que
no pudieron invertir gran cosa en la mejora de la tierra y de
la propiedad o en la compra de maquinaria o de ganado. Al­
gunos grandes propietarios hicieron un uso menos intensivo
de las nuevas tierras adquiridas (baldíos y tierras comuna­
les) que el que de ellas hacían los campesinos (cottagers y
squatters) para el sostenimiento de sus familias. Hay prue­
bas de que el consumo de alimentos bajó entre los campe­
sinos pobres en la segunda mitad del siglo xvin, hasta redu­
cirse a una dieta compuesta básicamente de pan y queso,
porque «el sistema de enclosures les había arrebatado sus
pastos y la tierra donde recogían la leña para cocer sus co­
midas calientes».6 Al mismo tiempo, se redujeron sus posi­
bilidades de cazar con trampas o de pescar, porque en las
tierras cercadas los propietarios invocaban terribles leyes de
caza y protegían sus cotos con trampas contra seres huma­
nos y pistolas disparadas con resortes. La carne desapareció
virtualmente de la mesa de los campesinos pobres.
Con estas salvedades, pues, ¿podemos decir cuándo el
movimiento de enclosure adquirió un empuje revoluciona­
rio? Es difícil hacer afirmaciones concluyentes al respecto.
Se ha calculado que en 1700 la mitad de la tierra arable del
país, aproximadamente, se cultivaba todavía con el sistema
de campo abierto. En 1820, sólo en media docena de conda­
dos ingleses más del 3 por ciento de sus tierras estaban sin
cercar, y en ellas una gran parte del cercamiento por ley del
Parlamento se completó antes de 1830.7 Se puede considerar
que la enclosure privada (es decir, la realizada mediante ne­
gociaciones privadas para comprar los derechos de los due­
ños y los arrendatarios) continuó a lo largo de este período,
como había continuado a lo largo de siglos. Pero, en las al­
deas donde el número de propietarios era importante, el te­
rrateniente que quería consolidar su propiedad tenía que
llegar a acuerdos con una gran cantidad de individuos y sus
posibilidades de hacerlo en privado disminuyeron a lo largo

50
del siglo xviii por dos razones: primero, porque los casos
que sobrevivieron a los primeros siglos de negociación y de
presión privadas eran los más difíciles; segundo, porque los
ni tos precios de los cereales en la segunda mitad del si­
glo xvm hacían remunerador el cultivo de cualquier trozo
ilc campo abierto, por pequeño que fuese.
El precio de los cereales fue el factor crucial que impul­
só al terrateniente a consolidar sus tierras y al campesino
a aferrarse a las suyas. En la primera mitad del siglo xvm,
los precios del grano fueron generalmente bajos; por ello,
la presión para acelerar los cercamientos fue generalmente
débil. El ritmo de la enclosure parlamentaria fue lento y con­
tinuo, generalmente, durante este período (1700-1760), y es
significativo que «los únicos años en que se nota una clara
uctividad del Parlamento son los de 1729-1730 y 1742-1743, es
decir, períodos, ambos, inmediatamente posteriores a cose­
chas deficientes y con precios de los alimentos relativamen­
te altos».8 Se puede presumir que la enclosure privada siguió
practicándose también de manera continua a medida que la
tierra agotada por el sistema de campo abierto era llevada
al mercado. A menudo, las tierras arables abiertas eran cer­
cadas porque se habían agotado demasiado para dar cose­
chas de cereales mínimamente aceptables, al nivel de subsis­
tencia de los cultivadores; por ello se convertían en pastos.
Pero en la segunda mitad del siglo xvm, a medida que
la población aumentaba y que las ciudades crecían, el precio
del grano se elevó y el panorama cambió. Existen razones
para creer que las enclosures privadas prosiguieron a un rit­
mo más lento que en el período anterior a 1760, porque los
incentivos para resistir a la desposesión eran fuertes cuan­
do el precio de los artículos alimenticios era alto. Los aspiran­
tes a enclosers tenían que encontrar la manera de imponer
el cercamiento. El ritmo de las enclosures parlamentarias,
en cambio, se aceleró claramente. Vale la pena distinguir las
Acts relativas al cercamiento de las tierras arables y los te­
rrenos cultivados según el sistema de campo abierto (junto
con los terrenos comunales asociados) y las Acts relativas
simplemente al cercamiento de los pastos comunales y de
las tierras yermas. Las primeras permitían (aunque no ase­
guraban) la introducción de las nuevas técnicas de cultivo en
gran escala, de mecanización, de crianza del ganado, de dre­
naje y de experimentación científica. Las segundas no hacían

51
más —en la mayoría de los casos— que extender el margen
de los cultivos a tierras que no tienen valor alguno cuando
el precio del grano era bajo. «Antes de 1760, el número de
Acts que se referían específicamente al sistema de campo
abierto (es decir, que se referían esencialmente a las tierras
arables y a las praderas) no excedió de 130. Entre 1760 y
1815 su número se elevó a más de 1.800.»9 A finales del si­
glo xv'tii, los especialistas agrícolas ingleses estaban conven­
cidos de que el único medio de aumentar la producción del
área cultivada, para responder a la creciente demanda, con­
sistía en eliminar las explotaciones de campo abierto y dar
a los terrenos comunes una utilización comercial provecho­
sa. En 1801, la primera General Enclosure Act estableció un
procedimiento más directo para la endosare impuesta por
decreto, simplificando el mecanismo parlamentario para la
endosure de los terrenos comunes y reduciendo sus gastos.
El resultado fue una verdadera explosión de inversiones en
terrenos pequeños que hasta entonces no se consideraban lo
bastante rentables como para soportar los precios del cer-
camiento.
Es imposible decir exactamente hasta qué punto la endo­
sure de los campos abiertos contribuyó a la revolución en
las técnicas agrícolas. «Es significativo —escribe Ashton—
que casi todos los perfeccionamientos de la técnica agríco­
la de que se tiene noticia se realizasen en terrenos ya cerca­
dos o en proceso de cercamiento.» 10 Es indudable que la
endosure amplió el área de la tierra productiva en Inglate­
rra, aunque esa ampliación no se mantuvo plenamente des­
pués de la crisis agrícola que siguió a Waterloo. Cuando la
presión en demanda de alimentos alcanzó su punto culminan­
te, sobre todo en los períodos de hambre de las guerras na­
poleónicas, hubo una tendencia a poner en cultivo las tierras
yermas y las comunes y se sembró trigo en tierras margi­
nales que nunca habrían producido grano de regir los pre­
cios normales de tiempo de paz. Se ha calculado que entre
1727 y 1760, cuando los precios de los cereales eran general­
mente bajos, se cercaron por disposiciones del Parlamento
menos de 75.000 acres de pastos y de yermos comunales;
entre 1761 y 1792, la cifra se acercó al medio millón de acres
(unos 478.000); después de las guerras francesas y napoleó­
nicas, se elevó a más de un millón; y en el período 1816-1845
volvió a caer por debajo de los 200.000 acres.11 Esta sustan­

52
cial contribución a los recursos agrarios del país fue uno
ile los elementos más importantes para explicar su capacidad
de alimentar una población en rápido crecimiento (aunque
con una dieta media inferior) y unos centros industriales en
plena expansión y, asimismo, su capacidad de resistir una
anormal serie de malas cosechas y una dura guerra. No hay
que olvidar, sin embargo, que las nuevas técnicas agrícolas,
al sacar altos rendimientos de suelos pobres y arenosos que
antes eran relativamente improductivos, convirtieron tierras
otrora marginales en valiosas zonas cerealistas. En térmi­
nos monetarios, tuvieron mucho más valor para el granjero
innovador que para el campesino que llevaba a su ganado
a pastar en ellos.
Se acostumbra a decir que las enclosures crearon una
reserva de mano de obra barata sin la cual la revolución in­
dustrial habría sido imposible. Se ha dicho que causaron
la ruina y provocaron la expulsión de los yeomen, empobre­
cieron a los cottagers y despoblaron las aldeas. Pero han
surgido muchas dudas sobre la validez de estas hipótesis al
intentar confrontarlas con los datos de que se dispone para
determinadas regiones y comunidades en los períodos cul­
minantes de la endosare parlamentaria (es decir, en la se­
gunda mitad del siglo xvm y a principios del xix).
Los datos sobre la población, por ejemplo, indican que
el número de habitantes de las zonas rurales aumentó con
tanta rapidez como el de los centros industriales. Las opera­
ciones de vallado y de excavación de zanjas exigidas por el
cercamiento de los terrenos comunes aumentaban la necesi­
dad de mano de obra y no al revés. Quizá en algunos casos
la tierra en vez de dedicarse al sembrado se convertía en
pasto permanente y, por consiguiente, exigía menos mano
de obra, pero a medida que aumentaba la población y que
el precio del grano subía estos casos eran cada vez más raros.
La transformación de los terrenos comunes y yermos en tie­
rras de labor también exigió más mano de obra y no al re­
vés. La misma consecuencia tuvieron las nuevas técnicas agrí­
colas permitidas por la endosare —la eliminación del bar­
becho, los prados artificiales, la creación de grandes rebaños
de ganado vacuno y de animales de raza. La endosare no
parlamentaria pudo dar lugar a la absorción y a la consoli­
dación de grandes haciendas, pero las investigaciones de ám­
bito regional relativas a los períodos posteriores a 1780 pa­
53
recen' indicar que la enclosure impuesta por Acts del Parla­
mento produjo un aumento en todas las categorías de pro­
pietarios que cultivan su tierra .12 Con las Enclosure Acts mu­
chos cottagers de derecho común recibieron una compensa­
ción por sus derechos que les permitió comprar, por prime­
ra vez, pequeños terrenos. Mientras subsistieron los precios
artificialmente elevados del período de guerra pudieron vi­
vir bastante bien con estos terrenos marginales.
En efecto, la enclosure, estimulada por la elevación de los
precios del grano, tendió a favorecer los intereses de todos
los que podían establecerse o comprar una parcela de tie­
rra, e hizo rentables muchas pequeñas propiedades. La re­
ducción radical de los pequeños propietarios-cultivadores se
produjo después de Waterloo, cuando los precios bajaron y
creció el número de pobres; sólo los grandes propietarios
pudieron sobrevivir. Aunque indudablemente, una tendencia
a largo plazo al aumento de las dimensiones de las hacien­
das (que se ha relacionado, con razón, con las enclosures),
no era un resultado directo del período revolucionario de
las enclosures a únales del siglo xvm y comienzos del xix.
Hay que recordar, además, que Inglaterra es todavía un
país de explotaciones agrícolas de tamaño medio y pequeño
y que el número de personas dedicadas a la agricultura si­
guió aumentando durante el período de las enclosures. Has­
ta pasada la mitad del siglo xix la población agrícola no em­
pezó a descender en cifras absolutas. En resumen, no se debe
exagerar el impacto de la explosión de enclosures parlamen­
tarias, que coincidió con las primeras fases de la revolución
industrial en Inglaterra.

3. Cambios en las actitudes empresariales

Más importantes quizá que las nuevas técnicas indrodu-


cidas en la segunda mitad del siglo xvm o que los cam­
bios en las dimensiones y en la organización de las explota
ciones agrícolas ocurridos en los periodos culminantes de
la enclosure parlamentaría, fueron los cambios —relaciona­
dos con éstos— de actitud de los granjeros en relación con
sus actividades agrícolas. En esto, las causas y los efectos se
mezclan inextricablemente. El aumento de la población, la
urbanización y la expansión industrial —procesos que trans­

54
curren en largos períodos de tiempo— ampliaron gradual­
mente el mercado de los productos agrícolas y crearon un
clima favorable para la innovación y la consolidación de las
haciendas. La respuesta de la agricultura a esta ampliación
de las posibilidades eliminó algunas de las barreras que fre­
naban el crecimiento ulterior de la población, de las ciuda­
des y de la industria: éstas, a su vez, crearon nuevas opor­
tunidades para la agricultura. El factor crucial en este pro­
ceso fue, sin embargo, el desarrollo y los cambios del factor
humano. Los hombres que tomaban las decisiones en la agri­
cultura pudieron transformar la industria porque estaban
dispuestos a revisar sus métodos de cultivo y de organiza­
ción en una escala suficiente.
Al considerar la relación de la revolución agraria con el
proceso de industrialización en Inglaterra vale la pena recor­
dar que una y otro eran parte de un proceso más amplio de
transformación económica que hemos dado en llamar re­
volución industrial. En esencia, los cambios que se estaban
produciendo en la agricultura eran del mismo tipo que los
que ocurrían en la manufactura y el comercio. Había en ellos
tres rasgos importantes: 1) una ampliación de los horizontes
económicos, tanto en el espacio como en el tiempo: en ge­
neral, los agricultores tuvieron que dedicarse más a produ­
cir para un mercado nacional o internacional que para el
consumo doméstico o regional; algunos de ellos emprendie­
ron grandes planes de drenaje o de cría de ganado, cuyos be­
neficios se iban a percibir no en la próxima cosecha sino en
fecha mucho más distante; 2 ) un aumento de la especiali-
zación económica, ejemplificado por la aparición del gran­
jero profesional o del jornalero sin tierra sustituto del cam­
pesino autosuficiente que sólo trabajaba por cuenta ajena
en las épocas de cosecha y de siembra, y 3) la aplicación de los
conocimientos científicos y de los métodos experimentales
a actividades rígidamente reguladas, con anterioridad, por
la tradición, la práctica comunal y el azar.
Estos procesos constituyen la esencia de una revolución
industrial en el sentido amplio del término. En la agricul­
tura tuvieron lugar lenta pero acumulativamente. Ninguno
de ellos apareció de modo súbito ni pudo atribuirse su im­
pacto a un momento concreto de la historia. Pero todos ellos
fueron estimulados hasta un punto que resulta difícil medir
con precisión o exagerar por el alto precio de los cereales.

55
característico de la segunda mitad del siglo xvm y cuyo mo­
mento culminante se alcanzó durante las guerras con Fran­
cia terminadas en Watcrloo.
La nueva actitud ante la agricultura se propagó por to­
das las clases de la sociedad, pero .empezó a tomar fuerza
en los estratos superiores de la escala social. «Jorge III se
entusiasmaba con el título de “Granjero Jorge”, considera­
ba que la persona a quien más debía era a Arthur Young,
llevaba siempre consigo en su carroza el último volumen de
los Anales [de Agricultura], cuidaba de su granja modelo
en Windsor, y constituyó un rebaño de ovejas merinas y reá-
lizó experimentos en la cría de ganado.» 13 La aristocracia,
el clero e incluso los terratenientes-políticos y los terrate­
nientes-industriales como John Wilkinson se apasionaban por
las cuestiones del perfeccionamiento de la agricultura. A to­
dos les interesaba el progreso tecnológico en la agricultura,
y cabe decir que el siglo xvm fue fructífero al respecto. Se
crearon una gran cantidad de sociedades y asociaciones agrí­
colas para el intercambio de conocimientos e ideas. En 1793
se creó el Board of Agriculture para propagar el nuevo evan­
gelio.
Quizá los pequeños propietarios, los arrendatarios y los
aldeanos estaban menos interesados por estos cambios, pero
es indudable que en la segunda mitad del siglo xvm los cam­
bios eran ya evidentes, aunque hasta mediados del siglo xix
no llegasen a ser generales. Gradualmente, a medida que la
enclosure fue transformando el marco institucional, las nue­
vas actitudes se extendieron hasta los más pequeños pro­
ductores agrícolas. Las investigaciones a nivel regional reve­
lan el alcance de las transformaciones, una zona tras otra.
Estudiando el proceso de cambio rural en los Midlands, el
doctor Moskins ha descrito los revolucionarios efectos de la
enclosure en dicha región: «El campesino autosuficiente se
convirtió en un hombre que gastaba dinero. La economía co­
mercial reemplazó la economía campesina. Cada hora de tra­
bajo tenía un valor monetario: el paro se convirtió en un
verdadero desastre, porque no había ningún trozo de tierra
a que el asalariado pudiese recurrir.»14 Los estudios de la
señorita Thirsk sobre Lincolnshire son igualmente revela­
dores al respecto.
En las aldeas de las zonas pantanosas, por ejemplo, los
hijos y los nietos de los que se habían especializado en la

56
cría de gansos y en la pesca y la caza de aves se ganaban la
vida en la nueva agricultura como labradores y jornaleros en
la rica tierra cerealista. En las aldeas de Lincolnshire:
«... es indudable que la endosare y las mejoras que ésta
hizo posibles elevaron, por primera vez, las ambiciones del
agricultor ordinario, y que las nuevas oportunidades, súbita­
mente aparecidas, pusieron en acción grandes reservas de
energía humana, hasta entonces inutilizadas. El efecto psico­
lógico del cambio duplicó y triplicó la fuerza del estímulo
original, y la gente estaba dispuesta a ir más allá de los lí­
mites económicos en las inversiones de dinero y esfuerzos
en sus granjas.» 15
En resumen, ¿qué podemos decir sobre la contribución
de la revolución agrícola al proceso de industrialización en
Inglaterra? ¿Qué papel desempeñó la agricultura en la pri­
mera revolución industrial? Por definición, el papel de la
agricultura en una economía preindustrial ha de ser impor­
tante. Una elevación general de las rentas agrícolas repre­
senta una elevación de los ingresos de la mayoría de la po­
blación; el cambio tecnológico en la agricultura afecta a la
mayoría de los productores; un descenso de los precios agrí­
colas hace bajar el coste de las materias primas en los sec­
tores no agrícolas y el de los alimentos que consumen los
asalariados, en general.
Es razonable suponer, pues, que la serie de buenas co­
sechas que caracterizó el período 1715-1750 redujo los cos­
tes de la industria británica (la mayoría de la cual dependía
de las materias primas agrícolas), aumentó los ingresos de
los campesinos pobres y de los ciudadanos pobres, éstos pu­
dieron ahorrar, no tuvieron que gastar todos sus ingresos en
artículos de primera necesidad y pudieron adquirir bienes
manufacturados. La época de la ginebra fue una manifesta­
ción de este proceso Otro reflejo —más sano— de lo mismo
fue el desarrollo continuo de las industrias textiles. Los co­
mienzos de la expansión de la población y de la industria
británicas, que pueden situarse en la década de 1740, pueden
haber sido condicionados en grado importante, y posible­
mente puestos en marcha, por el preludio agrícola. Aunque
ios ingresos de los terratenientes y de los grandes granjeros
descendieron a comienzos del siglo xvm a causa de las bue­

57
ñas cosechas, los cottagers y los jornaleros agrícolas (que
constituían, sin duda, la mayoría) se beneficiaron de ellas,
lo mismo que los consumidores y los productores de los sec­
tores no agrícolas.
En la segunda mitad del siglo xvin, la interacción entre
la industria y la agricultura tomó una forma diferente. La
elevación del precio de los cereales, estimulada por la urba­
nización y por el desarrollo industrial, impulsó la extensión
de las tierras cultivadas, la adopción de mejoras técnicas
que reducían los costes, y la profesionalización de las labo­
res agrícolas en todos los niveles. El aumento de los ingre­
sos de los propietarios y de los arrendatarios constituyó un
incentivo y una fuente de financiación del progreso agrícola.
Si la agricultura no llegó a suministrar toda la mano de obra
que las técnicas de laboreo intensivas exigían, alimentó, por
lo menos, la creciente población de donde salió la fuerza de
trabajo industrial. Entre 1751 y 1821, la población de Ingla­
terra y el País de Gales aumentó más del doble, pero la im­
portación de granos seguía siendo insignificante, excepto en
los años de desastre agrícola. Si la agricultura no hubiese
sido capaz de responder al desafío, es difícil ver cómo po­
dría haberse producido la primera revolución industrial tal
como efectivamente se produjo, es decir, es un país peque­
ño, con una base de recursos naturales muy estrecha; de
otro modo, el comercio exterior, en vez de permitir la im­
portación de materias primas industriales (algodón, hierro,
lana) habría tenido que centrarse en la compra de artículos
alimenticios. La revolución industrial inglesa pudo adquirir
una fuerza irreversible con la ayuda de una industria de
punta —la algodonera— cuya materia prima básica tenía que
importarse enteramente de otras latitudes. En muchos de
los actuales países subdesarrollados es, precisamente, su in­
capacidad de aumentar la producción agrícola doméstica a
un ritmo suficiente para alimentar una población creciente
lo que constituye el principal obstáculo para una industria­
lización sostenida.
Al responder plenamente al desafío, la agricultura britá­
nica mantuvo dentro de la economía doméstica un poder de
compra que, de otro modo, se habría dirigido hacia los mer­
cados exteriores. El aumento de las rentas agrícolas significó
un aumento del poder de compra para los productos de la
industria británica y creó el sólido mercado interior que jus-

58
lilicaba la producción en gran escala y hacia rentables las
factorías. Siempre es difícil y arriesgado crear una industria
sobre la base de la demanda exterior. Pero esto era par­
ticularmente difícil en las inestables condiciones internacio­
nales de un medio siglo que vio acontecimientos como la
Guerra de los Siete Años, la Guerra de la Independencia nor­
teamericana, la Revolución francesa y la conflagración euro­
pea que terminó en Waterloo. Sin embargo, éste fue, preci­
samente, el período en que el proceso de industrialización
británico adquirió una fuerza sin precedentes. Si hubiese de­
pendido esencialmente de la demanda de los mercados exte­
riores es muy improbable que los industriales británicos, y
los apoyos con que contaban en el comercio y las finanzas,
hubiesen aventurado su capital con tanta confianza. La exis­
tencia de un mercado interior en plena expansión redujo el
demento de incertidumbre hasta proporciones calculables y
constituyó el más fuerte incentivo para la innovación.
Finalmente, la agricultura suministró una parte sustan­
cial del capital requerido para el éxito de la industrializa­
ción. Es imposible analizar con exactitud el origen de los
fondos que financiaron la primera revolución industrial, pero
es evidente que la primera actividad económica británica —la
agricultura— hizo una importante contribución. La mayoría
de los talleres metalúrgicos, por ejemplo, fueron construidos
por terratenientes. Los granjeros eran partidarios de los pla­
nes de mejora de las comunicaciones locales por carretera,
río o canal. Muchos de los primeros industriales provenían
del campo y pudieron pedir prestados sus capitales con la
garantía de sus propias tierras o bien recurriendo a sus ami­
gos y convecinos agricultores. Era, desde luego, una corrien­
te de doble dirección, porque la revolución en la industria
y la revolución en la agricultura eran una parte de un mis­
mo proceso. Para los industriales que triunfaban era algo
natural consolidar su prestigio social y su crédito —tan ne­
cesarios para financiación de sus empresas industriales— in­
virtiendo una parte de sus ganancias en propiedades territo­
riales. Para los más emprendedores era también natural or­
ganizar sus haciendas agrícolas con el mismo espíritu inno­
vador con que llevaban sus factorías. John Wilkinson, por
ejemplo, el famoso metalúrgico, dedicó una parte de sus be­
neficios industriales y mineros a financiar mejoras agríco­
las. Emprendió la realización de grandes planes de recupe­

59
ración de tierras y de repoblación forestal y fue un verda­
dero pionero en la utilización de la maquinaria agrícola: en
1798 utilizó una máquina trilladora movida a vapor.16
Además, sobre la agricultura pesaba la mayor parte de
la carga del Estado. El impuesto territorial fue la base tradi­
cional de los ingresos del Estado durante todo el siglo xvm.
Incluso cuando las necesidades de la guerra obligaron a Pitt
a establecer un impuesto sobre la renta, el sector agrícola
suministró la mayor parte de los nuevos ingresos, en parte
por sus dimensiones y en parte porque era más fácil calcu­
lar y cobrar el tributo en una comunidad agrícola estable
que en un grupo urbano. Entre 1803-1804 y 1814-1815 las gran­
des rentas calculadas para la tributación bajo el epígrafe D
(el sector comercial e industrial) aumentaron en menos del
10 %, pese a la inflación galopante; en cambio en los epígra­
fes A y B (las rentas agrícolas y territoriales) el aumento
fue casi del 60 %. Si el comercio y la industria hubiesen pa­
gado la «debida parte» del creciente costo de las guerras
con Francia, es muy probable que la revolución industrial
hubiese sufrido en sus primeras fases un considerable re­
troceso.
Podemos decir, pues, brevemente, que la revolución agrí­
cola en Inglaterra contribuyó a la efectividad de la primera
revolución industrial de tres formas principales: 1) alimen­
tando la creciente población y, sobre todo, la población de
los centros industriales; 2 ) aumentando el poder de compra
de la población para la adquisición de los productos de la
industria británica; 3) suministrando una parte sustancial
del capital requerido para financiar la industrialización y
para mantenerla en marcha incluso durante el período de
guerra. Aunque los avances de la agricultura pudieron ser
importantes en las condiciones ambientales que estimularon
el aumento inicial de la población y de la producción de la
década de 1740 y que facilitaron su aceleración en la de 1780
y con posterioridad, aunque estos avances fuesen importan­
tes, decimos, es ei roneo creer que la revolución agraria fue
muy anterior a la revolución industrial. La transformación
de la agricultura fue contemporánea de la de la industria, el
comercio y el transporte; es más exacto verlas como partes
de un mismo y único proceso.

60
IV. La revolución comercial

Una de las formas —quizá la más común— de que una


economía puede pasar de un estado preindustrial al estado
industrial consiste en la explotación de las oportunidades
que le ofrece el comercio internacional. Vendiendo en el ex­
tranjero los bienes excedentes en el interior y adquiriendo
a cambio bienes escasos en el país se puede, a la vez, am­
pliar la gama de bienes y servicios ofrecidos en el mercado
interior y aumentar el valor de la producción doméstica,
mejorando así el nivel de vida nacional, tanto desde el punto
de vista cualitativo como del cuantitativo. Al ampliar el mer­
cado potencial para los productores domésticos, el comer­
cio exterior les impulsa a especializarse, a desarrollar apti­
tudes y técnicas de organización económica y a avanzar ha­
cia una ecomía basada en la producción en gran escala. Esta
ampliación de sus horizontes económicos constituye un in­
centivo para una mayor actividad productiva y les ayuda a
romper con la inercia económica que tan a menudo impide
el progreso material.
Los límites del desarrollo económico basado en el co­
mercio internacional son los mismos para todos los países:
consisten en la gama de productos con que puedan persuadir
a los demás a comprar y en la intensidad con que sus habi­
tantes deseen los bienes que los extranjeros venden. En el
mundo del siglo xvm, un mundo de economías preindustria­
les en que cada país —cada región, en algunos casos—, pro­
ducía la mayoría si no la totalidad de sus propias necesidades
básicas, el comercio internacional se limitaba en gran parte
a los artículos de lujo y a bienes estrictamente localizados
desde el punto de vista geográfico: vinos, tabaco, azúcar, te­
jidos de alta calidad, frutas, pescado y minerales. Para los
países situados en las mismas latitudes geográficas, las po­
sibilidades de comerciar se veían limitadas, además, por las
similitudes básicas de la producción de las dos partes así
como por el hecho —de significación universal— de que la
demanda de toda mercancía (especialmente si era de lujo)

61
se aproxima rápidamente al punto de saturación en todo
mercado particular. Dado que muchos países preindustria­
les dependen básicamente de una sola mercancía de expor­
tación —el producto o la aptitud de que disponen en abun­
dancia inhabitual—, la demanda exterior de esta mercan­
cía es difícil que apmente, a menos que se puedan encon­
trar nuevos compradores y abrir nuevos mercados. Para la
Europa preindustrial, el camino más claro hacia el dcsa-
i rollo económico consistía en aumentar sus relaciones co­
merciales y abrir mercados en otros continentes. Por ello,
la historia económica de los siglos xv, xvi y x v t i está llena de
intentos de ampliar el horizonte comercial europeo. Pero la
tarea era difícil. El mundo subdesarrollado de entonces
—como el de ahora— tenía un bajo poder adquisitivo. A me­
nudo era indiferente —más que el mundo moderno— a los
bienes que Europa podía vender, especialmente si tenemos
en cuenta que los largos y peligrosos viajes por el mar y
tierra obligaban a fijar precios muy altos.
En esta carrera para ampliar el horizonte económico de
la región del mundo que más rápidamente de desarrollaba
—Europa occidental— Gran Bretaña se encontraba en una
posición estratégicamente favorable. Gran Bretaña tenía tam­
bién un fuerte incentivo para triunfar, porque sus propios
recursos naturales eran relativamente reducidos y en modo
alguno exclusivos. No era más fértil que el resto de Europa
occidental: sus recursos en madera y en minerales eran limi­
tados y agotables; su acceso a las pesquerías del norte no
era más fácil que el de los holandeses o los franceses. Era,
pues, muy sensible —como hoy— a la competencia extran­
jera. Había conseguido edificar una floreciente industria de
exportación elaborando la lana de que disponía en canti­
dad abundante y de buena calidad y desarrollando las ap­
titudes técnicas y las técnicas comerciales que le permitían
vender tejidos de lana de calidad más barato que la mayoría
de sus vecinos. Durante la mayor parte de su historia co­
mercial preindustrial, Inglaterra se aproximó a la condición
de la economía monoexportadora: «Desde la época de los
reyes angevinos hasta la del Protectorado cromwelliano la lana
o los tejidos de lana constituyeron casi la totalidad de las
exportaciones inglesas.» 1 A mediados del siglo xvm, los teji­
dos de lana constituían todavía más de la mitad del valor de
las exportaciones inglesas.

62
En dicha época, se había abierto ya el comercio por el
Atlántico y las plantaciones inglesas en las Indias Occidenta­
les habían ampliado grandemente la gama de mercancías que
los comerciantes ingleses podían vender en Europa. Como las
especies y el té del Lejano Oriente, los productos de las In­
dias Occidentales —azúcar, tabaco, algodón, índigo, tintu­
ras— eran mercancías valiosas e imposibles de conseguir en
Europa; además, se estaban convirtiendo rápidamente en
artículos de primera necesidad. En la primera mitad del si­
glo xvni, el volumen de las reexportaciones inglesas se ha­
bía incrementado en un 90 %•, en el medio siglo siguiente,
el comercio de reexportación aumentó en más de dos veces.
Las mercancías tropicales tuvieron una inmensa impor­
tancia porque aumentaron el poder de compra británico en
el continente europeo. Gran Bretaña necesitaba sus impor­
taciones europeas para objetivos de producción vitales y no
sólo para satisfacer la demanda de vino y de coñac de la
clase superior. Necesitaba maderas, brea y cáñamo para
sus barcos, hierro en lingotes de alta calidad para su
industria metalúrgica, seda cruda e hilada para su indus­
tria textil. Su expansión industrial por las vías tradiciona­
les resultó severamente limitada por el hecho de que la de­
manda de productos de lana era inelástica y estaba acer­
cándose al punto de saturación en los mercados tradiciona­
les. De no haber sido por los productos tropicales, de de­
manda elástica y con un mercado en pleno desarrollo en
las regiones templadas, al comercio británico le habría sido
muy difícil extenderse por Europa.
Naturalmente, había que pagar los productos tropicales
y no era fácil comprarlos con manufacturas de lana. La de­
manda tropical de artículos de lana era limitada por razo­
nes climáticas y no existían otras mercancías británicas que
gozasen de una ventaja especial en la mayoría de los merca­
dos. En Africa, por ejemplo, la demanda de artículos manu­
facturados británicos resultó limitada además por el bajo
nivel de los ingresos y en China porque las manufacturas lo­
cales eran a menudo tan buenas como las inglesas y siempre
mucho más baratas. En último término, la solución a los nu­
merosos problemas que planteaba el equilibrio de la oferta
y la demanda en el mercado internacional se encontró desa­
rrollando una compleja red mundial de transacciones co­
merciales centrada en Londres. Las islas de las Indias Occi­

63
dentales, administradas por una élite de plantadores sobre
la base de una sociedad esclavista, constituían el eslabón
más valioso de esta red. Las armas, la quincallería y el al­
cohol británicos y los percales de la India se enviaban al
Africa occidental a cambio de esclavos, marfil y oro. Los
esclavos se vendían en las Indias Occidentales, a cambio de
azúcar, productos tintóreos, ébano, tabaco y algodón en
rama. El oro y el marfil se enviaban al Próximo y Lejano
Oriente a cambio de té, sedas, percales, café y especias. Las
mercancías tropicales se vendían en Europa a cambio de ma­
dera del Báltico, cáñamo, brea y alquitrán (artículos esen­
cialmente navales), de hierro sueco y ruso; a finales de siglo,
sirvieron para pagar los cereales extranjeros, vitalesien años
de mala cosecha y siempre necesarios, incluso cuando la co­
secha era buena.
Los mercaderes y armadores británicos obtuvieron be­
neficios con todas estas transacciones: los funcionarios de
aduanas acostumbraban a cifrarlos en el 15 %, aproxima­
damente, del valor de las mercancías importadas para la re­
exportación; el resultado neto fue que los productores y los
consumidores británicos pudieron disponer de materias pri­
mas y de productos de lujo de todos los confines de la tie­
rra. Los recursos domésticos que permitían a los británicos
tamaña extensión a su comercio ultramarino eran fundamen­
talmente cuatro: su capital humano en marinos y navegan­
tes; su ventaja comercial en forma de una clase mercantil
con fondos y olfato suficientes para asumir riesgos; su or­
ganización de base, en forma de centro crediticio dotado de
una aptitud y de una experiencia financieras inmensas; su
herencia constitucional, en forma de un gobierno que sim­
patizaba plenamente con los fines adquisitivos de la clase
mercantil. Estas ventajas les dieron libertad para experimen­
tar y para lanzarse por las vías mercantiles más promete­
doras, llevasen donde llevasen. A principios del siglo xvni,
las mayores innovaciones se produjeron en la esfera co­
mercial.
A mediados del siglo xvxií, los monopolios comerciales
que en el siglo anterior habían permitido hacer frente a las
dificultades y peligros del comercio ultramarino a grandes
distancias eran reemplazados por el mercader individual, por
el librecambista incipiente. En aquellos años se relajó con­
siderablemente el sistema de compañías que había servido de
64
cauce normal al comercio exterior inglés. El éxito del sis­
tema hizo inevitable su disolución. Había muchos más capi­
talistas con recursos suficientes para financiar individual­
mente los viajes que en el siglo anterior. Los riesgos del co­
mercio exterior eran todavía considerables pero se habían
reducido gracias a la extensión de las representaciones di­
plomáticas, a la eficiencia y al poderío de la Armada Real
y al desarrollo del seguro marítimo. Todo esto redujo la ne­
cesidad de la compañía chartered en zonas comerciales cada
vez más extensas. De entre las grandes sociedades por ac­
ciones, sobrevivieron la East India y la Hudson's Bay Com-
pany, porque parecía que sus actividades mercantiles espe­
cíficas todavía exigían la protección que sólo una compañía
dotada de recursos financieros permanentes y colectivos po­
día suministrar. La tercera, la African Company, estaba he­
rida de muerte y en 1750 se terminó su monopolio exclusivo
cuando se la reconstituyó como compañía regulada, en la
que estaban integrados todos los mercaderes que comercia­
ban con África. En 1753, se aprobó una ley que abrió de la
misma manera la Levant Company y la «puso en línea con
el nuevo estilo».2
A mediados del siglo xvm el comercio británico se hacía
esencialmente con Europa; las tres cuartas partes de las ex­
portaciones que salían de los puertos ingleses se dirigían al
continente europeo. Era un proceso natural. Europa era re­
lativamente accesible a los comerciantes británicos. Sus ha­
bitantes tenían los mismos gustos que prevalecían en el
mercado interior y disfrutaban de ingresos que, aunque fue­
sen menores que los ingresos británicos medios, eran neta­
mente más elevados que los de la mayoría de los países no
europeos. Las ciudades de Europa figuraban entre los mer­
cados más ricos del mundo. Pero Europa sólo absorbía la
mitad de las exportaciones británicas domésticas (es decir,
bienes producidos en las Islas Británicas) y la proporción
estaba en franco descenso. A finales de siglo no llegaba más
que a la tercera parte. Para ampliar los mercados de las
exportaciones domésticas fue cada vez más necesario, duran­
te la segunda mitad del siglo xvm, buscar mercados fuera
de Europa. Por otro lado, la demanda europea de mercan­
cías que no se podían producir en climas templados aumen­
taba rápidamente. La supremacía naval británica, que fue
virtualmente completa cuando los franceses se vieron obsta-

HCS 22. 5 65
culizados por sus guerras revolucionarias en la última dé­
cada del siglo, le permitió satisfacer ia creciente deman­
da con sus plantaciones de las Indias Occidentales y sus
enclaves comerciales en la India y otros países. En 1790, Eu­
ropa absorbía del 80 al 90 % de las reexportaciones britá­
nicas y las Indias Occidentales y el Lejano Oriente sumi­
nistraban cerca de la mitad de las importaciones británicas.
Estos cambios en la orientación geográfica del comercio se
pueden ver en el cuadro núm. 2.
Cuadro 2. La distribución geográfica del comercio inglés en el
siglo XVIII

porcentajes del
porcentajes del total para total para
Inglaterra y País de Gales Gran Bretaña
1700/1 1750/1 1772/3 1797/8
Importaciones totales
de:
Europa . . . . 66 55 45 43
América del Norte . 6 11 12 7
Indias Occidentales. 14 19 25 25
Indias Orientales y
Africa 14 15 18 25
Reexportaciones a:
Europa . . . . 85 79 82 88
América del Norte . 5 11 9 3
Indias Occidentales. 6 4 3 4
Indias Orientales y
Africa 4 5 6 4
Exportaciones domés­
ticas a:
Europa . . . . 85 77 49 30
América del Norte . 6 11 25 32
Indias Occidentales. 5 5 12 25
Indias Orientales y
Africa 4 7 14 13
Fuente: Compilado a partir de los registros de aduanas; P. R. O.
Customs, 3 y 17. Para un análisis más detallado véase Deane y Colé,
British Economic Growth, cuadro 22.

66
Uno de los rasgos más interesantes y significativos del
cambio en la red comercial británica en la segunda mitad
del siglo xvin fue, sin embargo, el aumento de la importan­
cia del nuevo mercado surgido en una latitud templada:
América del Norte. Las colonias norteamericanas no esta­
ban muy pobladas durante la primera mitad de la centuria.
En 1750, el número de residentes blancos no llegaba al millón.
Cuando la Guerra de Independencia norteamericana terminó
con la creación de los Estados Unidos de América, el núme­
ro de habitantes del nuevo país era aproximadamente de tres
millones, de los cuales más de dos millones y cuarto eran
blancos y gozaban de una relativa prosperidad. «Los sala­
rios del trabajo —observó Adam Smith en su Weaíth of Na-
tions, publicada en 1776— son más altos en América del Nor­
te que en cualquier parte de Inglaterra.» 3 No dudaba de que
se trataba de una economía en pleno desarrollo, porque se­
guía diciendo: «Aunque América del Norte no es todavía tan
rica como Inglaterra es más próspera y avanza con más ra­
pidez hacia el aumento de la riqueza.» Las cifras del comer­
cio confirman plenamente la interpretación de Adam Smith.
En 1750-1751, América del Norte absorbía el 11 % de las expor­
taciones domésticas británicas, cifra que hay que comparar
con la de las exportaciones a Europa: el 77 %. En 1797-1798
había pasado al 32 % —y hay que recordar que la actividad
comercial había duplicado el volumen de 1750— y la parte
de Europa había descendido al 30 %.
El hecho de que los norteamericanos prefiriesen las ma­
nufacturas británicas se debe en gran parte, sin duda, a que
la mayoría eran emigrantes británicos. Incluso cuando ob­
tuvieron la independencia y se liberaron de la presión de las
Navigation Laws siguieron comprando en Gran Bretaña. En
1787-1790, por ejemplo, el 87 % de sus importaciones de artícu­
los manufacturados procedían de Gran Bretaña.4 El comer­
cio se equilibra también multilateralmente, más que bilate­
ralmente. Una tercera parte, aproximadamente, de las expor­
taciones de los Estados Unidos iban a Gran Bretaña y se
pagaban, esencialmente, permitiendo a los mercaderes bri­
tánicos el acceso a los créditos acumulados por los Estados
Unidos con sus exportaciones a Irlanda y a la Europa con­
tinental.
Londres era el centro de esta extensa, intrincada y multi­
lateral red de comercio mundial construida a lo largo del

67
siglo xviii. Londres, con sus amplios y seguros muelles, sus
vastos desembarcaderos y almacenes, sus ricos establecimien­
tos bancarios, sus especialistas en seguros marítimos y sus
contactos mercantiles de alcance mundial tenía una califi­
cación única para desempeñar este papel. Pudo acumular,
con ello, una concentración cosmopolita de riqueza y de ex­
periencia comercial. Según el profesor Ashton: «De los 810
mercaderes que besaron la mano de Jorge III, 250 por lo me­
nos debían ser de origen extranjero. Uno de los méritos de
los ingleses en aquella época era que abría sus puertas al
capital y al espíritu emprendedor, viniesen de donde vinie­
sen.» 5 El mercado monetario de Londres era el centro del
sistema de crédito nacional para el país más rico del mundo
y gracias, sobre todo, a su inmenso comercio de redistribu­
ción se convirtió en un centro de crédito para todo el mun­
do, desplazando finalmente a Amsterdam y París cuando una
y otra ciudad se vieron sumergidas por las guerras fran­
cesas. En la segunda mitad del siglo xvm era el mejor lu­
gar del mundo para encontrar crédito en términos razona­
bles o para invertir capital con buenos beneficios. Esta com­
binación única de circunstancias fue la que le convirtió en el
centro financiero del mundo durante más de un siglo.
Toda esta evolución tenía una gran importancia interna­
cional y nacional. No sólo facilitó la revolución industrial
británica sino que contribuyó a extenderla a toda una serie
de zonas subdesarrolladas dentro y fuera de Europa. Para el
progreso económico nacional era esencial disponer de medios
para canalizar los fondos disponibles en las zonas ahorra­
doras del país hacia instituciones capaces de satisfacer las
necesidades de las regiones de inversión. Era también esen­
cial que las zonas subdesarrolladas del mundo tuviesen ac­
ceso al capital acumulado en el viejo mundo para conver­
tirse en partes efectivas de una relación comercial interna­
cional y poder explotar sus recursos en tierra y mano de
obra. Se ha dicho, por ejemplo, que «sólo los mercaderes de
Gran Bretaña, con los recursos movilizados especialmente
en Londres en el siglo xvm, podían haber financiado la rá­
pida expansión de las colonias de habla inglesa de América
del Norte».6 Y es indudable que el imperio colonial británi­
co fue un medio importante para propagar rápidamente los
beneficios del progreso técnico más allá de Europa.
La expansión del comercio de redistribución, el lucrati­

68
vo negocio de adquirir productos extranjeros y redistribuir­
los a clientes extranjeros, contribuyó a convertir Londres en
el centro financiero del mundo, significó una considerable
adición directa a los ingresos de los mercaderes, armadores y
marinos británicos y dio a los mercados acceso a una vasta
red de mercados en los que se podía comprar materias pri­
mas para la industria británica o se podía vender la pro­
ducción de esta misma industria. Entre la década de 1750 y
la de 1790 el valor de las reexportaciones inglesas, medida en
valores oficiales (constantes) pasó de tres millones y medio
de libras esterlinas a casi nueve millones y medio.7 En 1800,
cuando los mercaderes británicos aprovecharon las oportu­
nidades creadas por las guerras francesas (que agarrotaron
a los dos principales rivales comerciales de Gran Bretaña:
Holanda y Francia), el valor de las reexportaciones en valo­
res oficiales se elevó a más de dieciocho millones y medio de
libras esterlinas.
La importancia de la contribución del comercio de reex­
portación al desarrollo económico y a la industrialización
británicos radica sobre todo en sus efectos indirectos en la
organización y en las oportunidades económicas. Sólo fue
una fuente directa de ingresos para un limitado grupo de
mercaderes y marinos. El impacto directo del comercio in­
ternacional sobre las rentas y la industria británicas fue, ob­
viamente, más efectivo cuando se ejerció a través del co­
mercio de exportaciones domésticas y de importaciones re­
tenidas. es decir, a través de bienes y servicios producidos
por la industria británica o totalmente pagados con rentas
británicas. Una parte sustancial del valor final de las reex­
portaciones —entre la mitad y las tres cuartas partes, pro­
bablemente—, iba a parar a manos de productores origina­
les en sus países de origen. Los residentes británicos sólo se
beneficiaban directamente en la medida del valor de la dis­
tribución y de los servicios realizados por el sector comer­
cial. Por otro lado, la exportación de una yarda de paño, in­
glés, por ejemplo, generaba beneficios para el granjero pro­
ductor de la lana, para el capitalista industrial, para el trans­
portista que recogía y distribuía la materia prima, para el
hilador y el tejedor que la elaboraban, y para el mercader,
el corredor de seguros, el armador y el marino que la lleva­
ban al mercado extranjero. O, para decirlo de otra manera,
al determinar la contribución a la renta nacional de una libra
69
esterlina de exportaciones domésticas tomamos en conside­
ración todo su valor; en cambio al hacer el mismo cálculo
en relación con una libra esterlina de reexportaciones he­
mos de sustraer previamente el valor básico de la mercancía
en su país de origen, porque éste representaba ingresos para
los productores extranjeros.
En efecto, el aumento de las exportaciones de manufac­
turas de lana a finales del siglo xviu significaba la existen­
cia de un mejor mercado para la lana, de un empleo más
regular para los hiladores y tejedores y unos mayores bene­
ficios para el capital invertido en el país. Del mismo modo,
el aumento de las exportaciones de otras manufacturas bri­
tánicas impulsó las nuevas inversiones industriales y la in­
novación y aumentó el poder de compra interior. En estas
circunstancias, las estadísticas de las exportaciones domés­
ticas son particularmente significativas para intentar estable­
cer el índice de desarrollo económico nacional. Son especial­
mente importantes para Gran Bretaña en el siglo xvm por­
que las estadísticas del comercio de ultramar son las únicas
cifras anuales globales dignas de confianza de que dispone­
mos. No tenemos estadísticas anuales sobre la renta nacional
en este período ni contamos con ningún otro medio para sa­
ber con certeza cuál fue el progreso global de la economía.
Las estadísticas comerciales han sido, pues, el principal pun­
to de apoyo para las teorías inglesas del desarrollo econó­
mico —por ejemplo, para la tesis del profesor Rostow de
que la economía británica inició en el período 1783-1802 su
«despegue» hacia el desarrollo autosostenido. Sin embargo,
antes de entrar a discutir estas implicaciones, diré algo sobre
las estadísticas en sí, sobre la confianza que merecen y so­
bre su significado.
Las cifras regulares, centralizadas del comercio inglés de
ultramar datan de 1696. Para Escocia (y por consiguiente,
para toda Gran Bretaña) datan de 1755. La fuente básica de
estos datos son los Ledgers of Imports and Exports del Ins­
pector General (manuscritos) para el período 1697-1780 y los
Reports on the State of the Navigation Commerce and Reve-
núes of Great Britain (impresos) de 1772 en adelante. Hasta
hace muy poco, los estudiosos que querían utilizar estas ci­
fras tenían que acudir a las fuentes manuscritas o a los in­
formes parlamentarios o confiar en alguna de las numero­
sas transcripciones de estas fuentes realizadas por coetáneos,

70
llenas de errores de copia y de discrepancias inexplicadas. Hoy,
en cambio, las cifras sobre el comercio son muchos más acce­
sibles. La fuente más detallada de las estadísticas del comercio
exterior del siglo xvm se encuentran hoy en una compilación
tealizada por la señora Schumpeter, editada a título póstu-
mo por el profesor T. S. Ashton.8 Esta fuente tiene además
otra ventaja: la de llevar como prefacio el ensayo introduc­
torio del profesor Asthon sobre las estadísticas comerciales.
Hay en el volumen algunas omisiones extrañas —falta, por
ejemplo, la serie de las exportaciones de grano o la de im­
portaciones de algodón en rama pero contiene, en cambio,
todas las demás cifras importantes sobre el comercio de ul­
tramar durante el siglo xvm.
Es necesario recordar, sin embargo,- que no aparecen exac­
tamente en la misma forma que las modernas estadísticas
comerciales. Las cifras indicativas del valor, especialmente,
no reflejan las cantidades efectivamente pagadas o las can­
tidades recibidas por las exportaciones. Los funcionarios del
siglo xvm transcribían la cantidad efectiva de mercancías
tal como les era comunicada por los importadores y expor­
tadores y las valoraban en función de una escala de precios
constantes oficialmente establecida; la mayoría de estos pre­
cios habían sido fijados a finales del siglo xvn. Eran los fa­
mosos «valores oficiales», los únicos valores aplicados a las
estadísticas de exportación hasta finales del siglo xvm y a
las de importación hasta mediados del xix. En realidad, los
precios utilizados por los funcionarios de la Inspección Ge­
neral no fueron totalmente fijos durante todo el período de
valoración oficial del comercio exterior inglés, pero en la
segunda mitad del siglo xvm la mayoría de ellos estaban uni­
formados; naturalmente, cuando se introducían unas mercan­
cías tenía que hacerse a los precios vigentes. Sin embargo, la
señora Schumpeter ha eliminado una de las causas de con­
fusión —los cambios en las valoraciones oficiales— al reva­
lorizar deliberadamente las cantidades de importaciones y
exportaciones de acuerdo con una serie uniforme de valores
oficiales a lo largo del siglo. Los totales que encuentra difie­
ren algo de los del inspector general, pero constituyen una
auténtica serie de precios constantes.
En principio, la valoración de las importaciones y expor­
taciones a precios constantes tiene ciertas ventajas. Estas
series no permiten una valorización de la verdadera balanza
71
de pagos internacionales porque no indican qué residentes
cobran de los extranjeros o pagan a éstos. Para la mayor
parte del siglo xvm no disponemos de medio alguno para
juzgar cuándo la balanza de pagos era «favorable» o «desfa­
vorable». Pero la serie de precios constantes elimina los efec­
tos de los cambios en el valor de la moneda y nos permite
así una mayor aproximación a lo que podríamos denominar
los cambios «reales» en el volumen del comercio. Hoy, cuan­
do el comercio se registra según los valores corrientes, una
de las primeras tareas del analista que estudia la producti­
vidad a los problemas del desarrollo consiste, a menudo, en
apartar el «velo monetario» que cubre las estadísticas cons­
truyendo un índice de volumen. En esencia, esto consiste en
valorar todas las cantidades según los precios constantes de
algún año particular. Permite evaluar el cambio en el volu­
men del comercio como si no hubiesen habido cambios en
los precios relativos o en el valor del dinero a lo largo del
período considerado. Por consiguiente, en la medida en que
lo que nos interesa es la cantidad de bienes que entran en
el comercio internacional y no el valor que tenían para los
contemporáneos, hemos de estar agradecidos a los escribien­
tes del siglo x v i i i por habernos dado un índice elemental del
volumen del comercio inglés de ultramar y a la señora
Schumpeter por habernos dado la plena seguridad de que
la medida es realmente una medida uniforme con la utiliza­
ción de precios constantes. Si los precios no son uniformes,
el intento de utilizar las series con medida del cambio en el
volumen del comercio es tan insatisfactorio como el inten­
to de medir la longitud con una regla cuya propia longitud
y cuyas dimensiones cambian a lo largo del proceso.9
Sin embargo, ni siquiera los cálculos de la señora Schum­
peter nos dan una medida enteramente satisfactoria del cam­
bio ocurrido en el volumen del comercio en el siglo xvm.
Cuando se intenta eliminar los efectos de los cambios en el
valor de la moneda durante un cierto período de tiempo va­
lorando las cantidades a precios constantes, partimos de la
presuposición de que los cambios en el nivel de precios han
sido más importantes que los cambios en la relación de pre­
cios y de que la estructura de los precios ha sido poco más
o menos la misma al final y al principio del período en cues­
tión. De otro modo sería realmente difícil decidir qué serie
de precios se utiliza. En efecto, si hay una variación impor-

72
tante en los valores relativos de las diferentes mercancías a
lo largo del período considerado, tendremos una medida bas­
tante diferente del aumento del volumen del comercio según
que aceptemos los precios del último año como constantes
o utilicemos los precios del primer año o del año que mar­
que la mitad del período. Dicho de otra manera: la medida
es indeterminada. Nuestra regla da una respuesta diferente
según que empecemos a medir de derecha a izquierda o de
izquierda a derecha. Si el período es breve, los efectos de los
. cambios en los gustos o en las técnicas se limitarán a una
minoría de artículos. En este caso, la estructura de los pre­
cios habrá cambiado demasiado poco para influir decisiva­
mente en la respuesta. Pues la estructura de los precios re­
fleja un conjunto de circunstancias que cambian lentamente
en.el panorama total —costos de producción y patrones ge­
nerales de valor o de gusto, por ejemplo—; en cambio, el ni­
vel de precios fluctúa según la cantidad de dinero en circu­
lación o la velocidad con que circula; es, pues, mucho más
variable. Pero si el período en cuestión es lo bastante largo
como para permitir importantes modificaciones en las con­
diciones de la producción y en los gustos de los consumido­
res, se puede esperar razonablemente que la estructura de
los precios haya cambiado en proporción importante y los
diferentes puntos de referencia sugerirán volúmenes de co­
mercio muy distintos en un mismo año.
Teniendo en cuenta todos estos problemas, los historia­
dores de la economía han utilizado con muchas precaucio­
nes las estadísticas comerciales del siglo xvm, porque en el
curso de un siglo pueden ocurrir muchas cosas en relación
con los costes, los gustos y los métodos de organización eco­
nómica. Ahora bien, la investigación reciente ha arrojado una
luz más definida sobre los márgenes de error existentes y
no parece que sean tan grandes como a veces se ha su­
puesto. Se ha intentado comprobar la eficiencia de las es­
tadísticas oficiales sobre el valor como medida del aumento
del volumen del comercio haciendo el cálculo en dirección
inversa, es decir, aplicando los precios del período 1796-1798
a los datos cuantitativos y comparando los índices de cam­
bio sugeridos por estos resultados con los índices de cambio
que resultaban de los cálculos totales según el valor ofi­
cial, basados esencialmente en los precios de finales del si­
glo xvii. Con gran sorpresa, la diferencia entre las dos medidas

73
no es muy grande, excepto en el caso de las reexportaciones,
donde parece existir una considerable desviación a causa del
fuerte descenso ds los precios y de la fuerte subida del consu­
mo de algunos artículos tropicales. El café y -el té fueron los
casos más importantes, pero no los únicos. Concretamente:
para las exportaciones domésticas los valores oficiales indi­
can un aumento de volumen del 398 % entre 1702-1703 y 1797-
1798; en cambio, las evaluaciones de 1796-1798 dan un aumento
del 421 %. Para las importaciones (incluyendo las impor­
taciones destinadas a la reexportación) los valores oficiales
indican un aumento de cerca del 423 % y los valores de 1796-
1798 un aumento del 328 %. s
Las conclusiones que podemos sacar de esta comparación
son que los valores oficiales no nos dicen nada sobre el au­
mento del valor.de las exportaciones domésticas y dan una in­
dicación exagerada del aumento de las importaciones, particu­
larmente de ciertas importaciones tropicales. Sin embargo,
podemos decir con fundamento que el volumen de las ex­
portaciones domésticas se multiplicó por una cifra entre dos
y dos veces y media durante la segunda mitad del siglo xvm;
que las importaciones retenidas aumentaron probablemente
en la misma proporción y que las reexportaciones, que casi
se cuadruplicaron según los valores oficiales, se triplicaron
probablemente según los precios de 1796-1798. Es indudable
que las exportaciones domésticas aumentaron más rápida­
mente que la población en la segunda mitad del siglo xvill.
Medido con los precios de 1796-1798, el valor de las exporta­
ciones domésticas inglesas se elevó de unas dos libras ester­
linas por cabeza en 1752-1753 a unas dos libras y quince
chelines por cabeza, con la población de 1797-1798. Esto debió
representar una adición sustancial a las rentas medias, espe­
cialmente en los sectores que producían para el comercio de
exportación.
Más importante que el cambio en el volumen de las ex­
portaciones domésticas fue el cambio en su composición —el
paso de los productos primarios a los bienes manufacturados
y de los productos de la vieja industria doméstica a los de
la nueva industria capitalista. En 1750, los cereales consti­
tuían una quinta parte de las exportaciones inglesas; en 1800,
Inglaterra se había convertido en un país importador de
granos. En 1750, el azúcar refinado constituía menos del
uno por ciento de las exportaciones inglesas; en 1800 se ele-

74
vaba ya al 4'5 por ciento. En 1750, los tejidos de lana cons­
tituían el 46 por ciento de las exportaciones; en 1800 habían
descendido al 28’5 por ciento; en cambio los hilados y teji­
dos de algodón habían pasado de una cantidad insignificante
al 24 por ciento. Antes de terminar la primera década del
siglo xix el algodón —industria esencialmente nueva— había
superado a la antigua industria de la lana en el valor añadi­
do a las exportaciones británicas.
La industria algodonera dependía más que ninguna otra
industria británica del comercio internacional. La produc­
ción en masa de una mercancía depende de las posibilidades
de acceso a un gran mercado popular —mayor que el de los
siete a diez millones de personas que vivían en Gran Bretaña
durante el último cuarto del siglo xvm. Sin embargo, el al­
godón era la única mercancía que se vendía inmediatamente
en todo el mundo conocido. El nuevo artículo industrial era
lo bastante barato como para poder entrar en el presupues­
to de los grupos de renta inferiores; a la vez, era de bastan­
te calidad como para ser deseado por ricos y pobres; tanto
se podía vender en zonas de clima tropical como en zonas de
clima templado; además, encontró un mercado ya disponi­
ble en las regiones donde Gran Bretaña llevaba vendiendo
percales indios desde hacía un siglo. No había problema de
ventas, de creación de una demanda, de hacer adoptar al
público nuevos gustos. Todo lo que debía hacerse era trans­
portar la mercancía a los mercados ya abiertos por los co­
merciantes británicos y venderla a los que tuviesen dinero
suficiente para comprarla.
El algodón dependía de la red comercial internacional
ya creada por los mercaderes británicos no sólo para su.»
mercados sino también para sus suministros de materia pri­
ma. Por primera vez en la historia, se había creado una gran
industria de consumo sobre la base de un recurso natural
que no se podía producir en el mismo país. Es el ejemplo
clásico de la forma en que el desarrollo económico puede ba­
sarse en el comercio internacional y en que los beneficios
del progreso técnico pueden transmitirse de nación a na­
ción en un proceso de intercambio mutuamente beneficioso.
Las compras británicas de algodón en rama aumentaron los
ingresos de las mismas personas que querían comprar el
producto acabado. Constituyeron un incentivo para la inno­
vación técnica ulterior no sólo en las fábricas que producían

75
el producto acabado sino también en las regiones que sumi­
nistraban la materia prima. Por ejemplo, la máquina desmo­
tadora de Eli Whitney y la dedicación de nuevas tierras al
cultivo del algodón en el sur de los Estados Unidos provoca­
ron un descenso en el coste de la materia prima, un abara­
tamiento del tejido acabado y una ampliación consiguiente
de su demanda. El producto de la industria algodonera tenía
una importante característica económica, que le hacía par­
ticularmente apto para desempeñar un papel dominante en
la revolución industrial. Era una mercancía que gozaba de
demanda elástica, es decir: cuando los precios bajaban o
cuando los ingresos de los compradores subían, su demanda
aumentaba más que proporcionalmente. La baja de los cos­
tes y de los precios debida a apertura de nuevos cultivos de
algodón y a la invención de la máquina desmotadora en
los Estados Unidos y al sistema fabril y a las invenciones
textiles en Gran Bretaña dio lugar a un aumento despropor­
cionado de la demanda en todo el mundo. La manufactura
del algodón resultó ser la primera «industria de desarrollo»,
en el sentido moderno del término, porque estimuló una se­
rie acumulativa de invenciones y expansiones que se propagó
en el tieihpo y en el espacio y tuvo repercusiones muy gran­
des en la creación de rentas. De no haber sido por la explo­
sión de innovaciones en la industria algodonera británica de
finales del siglo xvni, quizá los Estados Unidos habrían tar­
dado una generación más en obtener la independencia econó­
mica completa. «De no haber sido por la productividad del
suelo virgen de las mesetas de Estados Unidos, la primera
revolución industrial habría tardado, seguramente, mucho
más.» 10 En general, los grandes beneficios de las innovacio­
nes van a parar a manos de los primeros que las adoptan.
La red de comercio mundial creada por los mercaderes bri­
tánicos en el siglo xvm permitió a Gran Bretaña tomar la
dirección en la exploración de las posibilidades abiertas por
las innovaciones en ambos lados del Atlántico.
Si las estadísticas oficiales sobre el comercio no nos per­
miten medir con precisión el ritmo de crecimiento del co­
mercio británico en diferentes períodos del siglo xvm, nos
suministran, en cambio —dado que son anuales— una ima­
gen bastante clara de la evolución a largo plazo de este cre­
cimiento. Desde luego, tomado año por año, el curso parece
muy errático. En aquella época de marina a vela, la fre­

76
cuente incidencia de las tempestades o de las guerras en las
diversas regiones del mundo producía a menudo violentas
fluctuaciones en el valor del comercio entre un año y otro.
Algunos de los efectos más efímeros de estas fluctuaciones
entre año y año pueden eliminarse con el recurso estadístico
de tomar promedios móviles de las cifras en cuestión; pese
a ello el curso sigue siendo errático. Si dispusiésemos de una
serie anual de estadísticas de la renta nacional en el si­
glo xviii, es probable que también presenten un movimien­
to errático, pues las variaciones climáticas desempeñan un
papel muy importante en la determinación del flujo de los
ingresos en la mayoría de las economías agrícolas.
El ritmo de crecimiento del comercio exterior inglés se
puede ver con el gráfico siguiente, que traza su curso en
términos de un promedio móvil de tres años de las exporta­
ciones domésticas totales, más las importaciones detenidas
totales —ambas series calculadas según los valores oficiales.
El gráfico se centra, pues, en el volumen del comercio que
ejerció probablemente un impacto más directo en la econo­
mía británica, pues excluye el valor de las reexportaciones
tanto en el punto de entrada en el país como en el de salida.
Un rasgo interesante de la pauta sugerida por el gráfico
es la existencia de dos claras discontinuidades en la década
de 1740 y en la de 1780 respectivamente. Reflejan las ruptu­
ras que ya hemos detectado en las cifras de producción y de
población. No es de extrañar que en las estadísticas comer­
ciales se encuentren discontinuidades similares a las de los
indicadores de la producción, pues éstos son cálculos basados
en gran parte en las mercancías que entran en el comercio in­
ternacional. Pero el gráfico comercial se basa directamente
en cifras anuales e ilustra la tendencia general de manera
más efectiva que las estadísticas de producción o de pobla­
ción, de las que sólo se dispone en relación con fechas de re­
ferencia concretas. En pocas palabras la curva del comercio
internacional es errática pero se eleva lentamente en las pri­
meras cuatro décadas del siglo xviu, sube abruptamente en
la década de 1740, vuelve a caer en un curso errático pero
en lenta elevación marcado por una serie de guerras, que
termina con el desastroso hundimiento ligado a la Guerra
de la Independencia norteamericana; en la década de 1780
vuelve a subir y sigue subiendo a lo largo de casi toda la dé­
cada de 1790 y comienzos de la de 1800. La segunda gran su­

77
bida, a partir de 1780, tiene una significación realmente enor­
me, aunque sea porque fue continua y sostenida. Pero si te­
nemos en cuenta que esta subida fue en parte una especie
de rebote a partir del nivel artificialmente bajo impuesto a
la economía por la guerra norteamericana, llegaremos a la
conclusión de que la discontinuidad de 1780 fue un poco me­
nos abrupta que la de 1740.

E l aumento del comercio exterior (im portaciones netas y expor­


taciones dom ésticas: m edias móviles de tres años).

En resumen, y a manera de conclusión, diremos que el


comercio exterior contribuyó a precipitar la primera revo­
lución industrial de seis formas principales:
1) En primer lugar, creó una demanda para los pro­
ductos de la industria británica. Uno de los problemas con
que se encuentran la mayoría de las economías preindustria­
les es que el nivel del poder adquisitivo interior es dema­
siado bajo para justificar la especialización industrial. Como
vio Adam Smith hacia 1770, la especialización depende de la
extensión del mercado; sin especialización es imposible po­
ner en pie una economía de dimensiones y experiencia sufi­
cientes para reducir los costes y Jos precios y poner el pro­
ducto al alcance de la gran masa de la población. Es el círcu­
lo vicioso de una economía cerrada. Para elevar la producción
ha de elevar primero los ingresos en el mercado interior que
suministra la demanda para esta producción. Debe avanzar
tirando de las correas de sus propias botas. Un país grande
y bien poblado puede disponer de los recursos naturales y
del mercado potencial para este tipo de desarrollo autoge-

78
nerado. Un país pequeño, con población escasa, tiene muy
pocas posibilidades de acelerar de modo apreciable el ritmo
de aumento de su producción si no tiene acceso a un merca­
do más amplio y a unos recursos más extensos que los exis­
tentes dentro de sus fronteras. Gran Bretaña rompió el
círculo vicioso al tener acceso a un mercado mundial.
2) El comercio internacional dio acceso a unas materias
primas que ampliaron la gama de los productos de la indus­
tria británica y los abarataron. Sin el acceso al algodón en
rama Gran Bretaña no habría podido pasar Je una industria
ton una demanda relativamente inelástica (la lanera) a una
industria tecnológicamente similar con una demanda rela­
tivamente elástica (la algodonera). De no haber podido im­
portar lingotes de hierro de Suecia, los fabricantes de cu­
chillería de Sheffield nunca habrían podido crear su comer­
cio en aceros de calidad y esperar a que el hierrro en lingo­
tes británico fuese lo bastante bueno como para adoptarlo.
3) El comercio internacional dio a los países pobres,
subdesarrollados, un poder de compra suficiente para adqui­
rir las mercancías británicas. El comercio es un proceso de
efectos recíprocos. Al comprar a los extranjeros, los impor­
tadores británicos les daban crédito y recursos suficientes
para comprar los productos de la industria británica. Al com­
prar el algodón norteamericano, por ejemplo, Gran Bretaña
dio a las ex colonias un poder de compra que aumentó su
demanda de artículos británicos de exportación.
4) Creó un excedente económico que contribuyó a fi­
nanciar la expansión industrial y la mejora de la agricultura.
Los beneficios del comercio se invirtieron en la agricultura,
la minería y la manufactura. Sin ellos, los innnovadores ha­
brían tenido dificultades para convertir las nuevas ideas, las
nuevas rotaciones de cultivos, y las nuevas máquinas en em­
presas productivas. No basta con tener conocimientos sobre
los nuevos métodos productivos o los compradores poten­
ciales. Se necesita, también, disponer de capital para finan­
ciar la instalación, el utillaje, los stocks de mercancías y
los barcos para transportar y distribuir los bienes manufac­
turados. Más de un siglo de practicar el comercio en los mer­
cados de ultramar había permitido a los mercaderes britá­
nicos crear un fondo sustancial de beneficios acumulados,
apto para la inversión al surgir nuevas posibilidades de be­
neficio en el comercio o en la manufactura de las mercancías.
79
5) Contribuyó a crear una estructura institucional y una
ética de los negocios que habían de resultar casi tan efec­
tivas en la promoción del comercio interior como lo habían
sido en la del exterior. La complicada red de instituciones
comerciales de la ciudad, con sus numerosos contactos pro­
vinciales, ayudó a canalizar los capitales de las regiones don­
de se habían acumulado hacia las regiones donde existía una
demanda activa de capital. Los sistemas de ordenación de los
mercados, de seguros, de control de las calidades y de estan­
dardización de los productos, impuestos por las necesidades
del comercio exterior, fueron importantes factores para la
mejora de la productividad interior. Las firmes normas de
honestidad en los negocios, la iniciativa comercial y la acep­
tación de riesgos, cualidades esenciales para un desarrollo
económico sostenido en cualquier esfera, se propagaron con
relativa rapidez a la esfera del comercio internacional, pues
sin ellas el comercio exterior habría sido imposible. Otro im­
portante factor que facilitó el progreso económico británi­
co fue la mayor matización de las ideas sobre cuál había de
ser el papel de la política gubernamental en la promoción de
la prosperidad económica —ideas y actitudes que encontra­
ron su mejor reflejo en el movimiento librecambista.
6) Finalmente, vale la pena señalar que la expansión del
comercio internacional en el siglo xvm fue una causa pri­
maria del crecimiento de las grandes ciudades y de los cen­
tros industriales. La esencia de una revolución industrial con­
siste en que el equilibrio de la economía se desplaza de una
base primariamente agrícola a una base industrial-comercial.
El proceso empieza generalmente con el crecimiento de las
grandes ciudades y con las perspectivas que esta ofrece para
la especialización en las actividades económicas. El creci­
miento de grandes ciudades como Londres, Liverpool, Man-
chester, Birmingham y Glasgow estimuló directamente las
grandes inversiones en el transporte, que tanta importancia
tuvieron en las primeras fases de la revolución industrial bri­
tánica. Todas estas ciudades debían una parte de su cre­
cimiento al comercio de ultramar; la expansión de Liverpool
y Glasgow se debió casi únicamente al comercio exterior.

80
V. La revolución en los transportes

Una de las mayores diferencias entre una economía pre­


industrial y una economía industrializada es que la última
dispone de una mayor acumulación de capital; dicho de otra
manera: que cada miembro de la fuerza de trabajo industrial
dispone de una mayor cantidad de capital físico en el proceso
de producción. Ésta es una de las razones del superior nivel de
productividad que caracteriza la economía que ha pasado
por una revolución industrial. En la medida en que el capital
adicional es adquirido por los empresarios privados al inno­
var y aumentar el radio de sus actividades, puede decirse que
la acumulación de un mayor capital nacional se consigue ele­
vando la proporción de los beneficios que el empresario me­
dio reinvierte en su negocio.
Existen, sin embargo, algunas formas de capital que no se
pueden acumular de esta manera automática porque requie­
ren unos gastos totalmente desproporcionados a los niveles
de beneficio corrientes o inmediatamente previsibles. Éste
es uno de los mayores obstáculos para el desarrollo econó­
mico en algunos de los actuales países subdesarrollados. Mu­
cho se ha escrito en estos últimos años sobre el «capital so­
cial» de que debe disponer un país .subdesarrollado antes de
poder aumentar su producción de bienes y de servicios a un
ritmo que repercuta en un crecimiento sensible de las ren­
tas per capita. Si empezamos definiendo este «capital social»
en términos concretos, veremos que la mayor parte de él
consiste en capital encarnado en facilidades básicas de trans­
porte —puertos, carreteras, puentes, canales y, hoy en día,
ferrocarriles. Sin este tipo de capital los recursos naturales
más ricos de que disponga una economía pueden permanecer
sin explotar, subdesarrollados.
Ahora bien, estas inversiones tienen las siguientes carac­
terísticas: 1) requieren unos gastos de capital muy superio­
res a los que puede permitirse normalmente el empresario
individual; 2) su construcción dura mucho tiempo y más
tiempo todavía se requiere para que den beneficios sustein-

HCS 22 6
81
dales; 3) los principales beneficios de la inversión van a pa­
rar indirectamente a la comunidad más que, de manera di­
recta, a los empresarios iniciadores. La consecuencia es que
el capital de uso social se ha de suministrar, en general, por
vía colectiva (los gobiernos o las instituciones financieras in­
ternacionales más que los individuos) y que la movilización
de los grandes bloques de capital que se requieren se con­
sigue más fácilmente a través de la imposición fiscal o los
préstamos en el extranjero. Lo interesante de la experiencia
británica, sin embargo, es que la iniciativa y el capital necesa­
rios para crear el sistema de comunicaciones que requería
la revolución industrial británica fueron aportados entera­
mente por la empresa capitalista nativa.
Es cierto que las carreteras se habían construido con re­
cursos colectivos, sobre todo porque se relacionaban íntima­
mente con la seguridad militar. Las carreteras romanas fue­
ron construidas casi enteramente por soldados, con fondos
públicos. En los tiempos de las haciendas feudales, todos los
terratenientes eran teóricamente responsables de las rutas
generales que pasaban junto a sus tierras, pero sólo cuando
estaba en juego el mantenimiento de la ley y el orden el Es­
tado medieval intervenía para exigir dicha responsabilidad
y hacer pagar tributos a los que no reparaban debidamente
las rutas. Con excepción de algunas rutas de importancia es­
tratégica, la construcción y reparación de las carreteras era
una tarea puramente local y los terratenientes hacían cum­
plir a los colonos sus obligaciones al respecto, en interés
de sus propias haciendas. En las ciudades y en algunos puen­
tes se hacía pagar peaje a los usuarios de las carreteras para
cubrir los gastos de la reparación. En el siglo xvi, sin em­
bargo, las reglas implícitas en el common law se hicieron
más estrictas, se nombraron inspectores parroquiales y a
cada habitante de la parroquia se le impuso la obligación de
dedicar un número determinado de días cada año a la repa­
ración de las rutas generales. Era el sistema de trabajo obli­
gatorio que siguió siendo hasta 1835, cuando fue abolido, el
método normal de reparación y cuidado de las carreteras in­
glesas. No era muy eficiente, pero mientras predominó la in­
dustria doméstica y el tráfico pesado fue limitado y locali­
zado, funcionó bastante bien para el transporte de tracción
animal. Sin embargo, en el siglo x v iii las carreteras inglesas
se consideraban de las peores de Europa. Las descripciones

82
de los viajeros de la época, por un lado y, por otro, la cre­
ciente cantidad de disposiciones legales sobre el peso de los
carruajes, el número de caballos y la longitud del eje de las
ruedas demuestran claramente que el tráfico era muy supe­
rior a la capacidad de las carreteras. El creciente número de
leyes de peaje, que atribuían a la empresa privada la repa­
ración de las carreteras, a cambio del derecho de cobrar una
tasa de peaje a los usuarios, demuestra que el sistema de
trabajo obligatorio era inadecuado para mantener una red
de carreteras económica. En resumen, todos los datos pare­
cen confirmar que antes de terminar la primera mitad del
siglo xvin el sistema de carreteras británico era inadecuado
para las necesidades de la economía.
La insuficiencia de las carreteras en relación con lo que
de ellas se requería se refleja en el creciente interés del pú­
blico por la cuestión, interés que data de mediados del si­
glo xviii. En la primera mitad del siglo, el Parlamento apro­
bó un promedio anual de ocho autorizaciones de carreteras,
generalmente con derecho de peaje. En el curso de los veinte
años que van de 1750 a 1770, el ritmo de dichas disposiciones
se multiplicó por cinco, descendió ligeramente a unas treinta
y siete autorizaciones anuales en los veinte años siguientes y
subió a una cifra record —cincuenta y cinco anuales— en los
veinte años que van de 1791 a 1810. No hay que creer que
todas las carreteras de peaje eran buenas. Los viajeros de la
época cuentan hechos realmente horripilantes sobre los peli­
gros que ofrecían. Pero se puede decir que, en general, eran
más efectivas que el sistema de trabajo obligatorio para ase­
gurar un sistema de rutas adecuado al constante tráfico pe­
sado. En la mayoría de las aldeas, los días dedicados al tra­
bajo obligatorio en las carreteras eran más una ocasión de
fiesta que de trabajo. Muchos de los constructores de ru­
tas de peaje eran también ineficientes, irresponsables y co­
rrompidos, pero el hecho de que sus beneficios dependiesen
directamente de que sus carreteras fuesen o no transitables
era un incentivo más fuerte que el que movía a las autori­
dades parroquiales. Era, también, un incentivo superior para
utilizar ingenieros de caminos especializados y nuevas técni­
cas. Además, la existencia de los puestos de percepción del
peaje permitía hacer cumplir mejor la legislación contra los
carruajes pesados y las ruedas estrechas que destruían el
revestimiento de las carreteras.
83
Las nuevas técnicas de construcción de carreteras pro­
dujeron un tipo de ruta capaz de soportar e¡ tráfico pesado
durante mucho tiempo y utilizable durante todo el invierno
británico (el invierno normal). En realidad, las técnicas no
eran tan nuevas como parecía. El sistema de John Metcalf
era, esencialmente, el mismo que utilizaban los romanos:
partía de una sólida base de bloques de piedra y la cubría
con varias capas de grava fuertemente apisonadas y a las
que daba cierta convexidad para facilitar el desagüe. Los
otros métodos no eran más que variaciones de éste. Telford,
por ejemplo, empezaba con dos capas de piedras de tres pul­
gadas, colocaba sobre ellas siete pulgadas de piedra picada
y terminaba con una pulgada de arena gruesa. Macadam
construyó una superficie menos cara pero menos duradera
utilizando varias capas de piedra picada en vez de grandes
bloques y colocando encima de ellas varias capas de grava
que apisonaba hasta formar una superficie dura y lisa. Las
nuevas rutas eran transitables en tiempo húmedo, eran du­
raderas y sirvieron bien los fines para que habían sido cons­
truidas. Con la excepción de la introducción de la apisona­
dora a vapor en la década de 1860, la técnica de construcción
de carreteras evolucionó poco hasta la aparición del automó­
vil a finales del siglo xix.
Pero hasta bien entrado el siglo xix los métodos cientí­
ficos de construcción de carreteras ideados por los nuevos
ingenieros de caminos del tipo de Metcalf, Macadam y Tel­
ford, no se aplicaron de modo general. Es dudoso que en fe­
cha tan avanzada como 1815 existiesen más de mil millas
de carreteras construidas según los nuevos principios y que
fuesen, en consecuencia, duraderas. Sin embargo, aunque las
buenas carreteras fuesen raras, los datos existentes parecen
indicar que, en líneas generales, la conservación de las ca­
rreteras mejoró claramente en el período 1750-1830 y que las
mejoras aportadas a algunas carreteras cruciales tuvieron
efectos notables en la rapidez, la regularidad y la comodidad
de los viajes. Era la época de las diligencias. En 1754 se ne­
cesitaban cuatro días para ir de Londres a York. En cambio,
en 1785 se podía ir de Londres a Newcastle en tres días so­
lamente. En 1740, el viaje de Londres a Birmingham se hacía
en dos días; en 1780, en cambio, en diecinueve horas. En 1754,
la diligencia de Londres a Bristol tardaba dos días; en 1784
algunas diligencias realizaban el recorrido en dieciséis ho­

84
ras. Al ser los viajes más rápidos y cómodos, el tráfico au­
mentó. En 1756, sólo había una diligencia diaria entre Lon­
dres y Brighton; en 1811 había veintiocho cada día. En 1820,
un periódico calculó que «una persona tiene mil quinientas
oportunidades de salir de Londres en diligencia en el cur­
so de veinticuatro horas».1
El tráfico de mercancías era, naturalmente, más lento que
el de viajeros. Los «rápidos» carromatos que traqueteaban
por algunas rutas principales podían llegar a alcanzar las
cinco millas por hora en la bien conservada carretera de
Londres a Birmingham, pero la mayoría de las mercancías
transportadas por carretera lo eran con furgones más lentos;
y si la zona era un poco accidentada la marcha era realmente
lentísima. Para cubrir las cuarenta y cinco millas que van
de Manchester a Leeds, los furgones necesitaban veinticua­
tro horas; y para recorrer una distancia similar —Sheffield-
Manchester-— necesitaban cuarenta. En 1829, todavía, la ve­
locidad normal de los furgones entre Newcastle y Carlisle era
de diecinueve a veinte millas diarias.
Algunas de las mejoras realizadas en las carreteras da­
tan de la década de 1750, antes de que Ja revolución indus­
trial tuviese vigor suficiente como para aumentar considera­
blemente el tráfico interno de mercancías. Era, en gran parte,
una consecuencia del desarrollo de las ciudades, con su cre­
ciente demanda de alimentos básicos y de combustible, que
sólo podían encontrarse en un traspaís agrícola cada vez más
extenso. La principal fuerza impulsora del mejoramiento de
las carreteras en todo el país fue Londres. La mayoría de las
nuevas carreteras y las mejor conservadas llevaban a Lon­
dres. Sin embargo, la influencia de otras ciudades —Liver­
pool, Birmingham y Manchester, por ejemplo— empezó tam­
bién a hacerse sentir en la calidad de las rutas que a ellas
llevaban, a medida que fue avanzando el siglo. Las ciudades,
en pleno desarrollo, requerían un transporte rápido y re­
gular de artículos alimenticios y de combustible desde dis­
tancias superiores a las treinta y a las cuarenta millas; re­
querían también un transporte cómodo, seguro y rápido de
viajeros y de correo entre las principales urbes. Este trá­
fico localizado y ligero fue el que más directa y espectacular­
mente se perfeccionó. La amplitud de estas mejoras se puede
deducir de la deposición de un clérigo ante el Highways Com-
mitte en 1808: dijo que tres caballos podían hacer entonces

85
lo mismo que cinco treinta años antes. Se puede deducir,
también, del cálculo de Jackman\—explícitamente conserva­
dor— de que «en las rutas comerciales más largas el tiem­
po consumido en un viaje era en 1830 entre una tercera y
una quinta parte del tiempo que se requería en 1750».2
Si Gran Bretaña hubiese tenido que depender exclusiva­
mente de sus carreteras para el tráfico pesado de mercancías,
el impacto efectivo de la revolución industrial podría ha­
berse retrasado bastantes años, hasta la época del ferroca­
rril. Pero contaba, desde el principio, con unas ventajas al
respecto que ningún otro de sus rivales podía igualar. La
vía más barata de transporte de mercancías pesadas y volu­
minosas era por agua y en este sentido Gran Bretaña con­
taba con grandes ventajas por ser su territorio estrecho e
insular —ningún punto de las Islas Británicas dista más de
setenta millas del mar— y por tener una considerable lon­
gitud de vías fluviales que si no eran todas naturalmente
navegables se podían convertir fácilmente en tales. La ruta
marítima fue la principal carretera de las Islas Británicas
durante el siglo xvm; era una ruta que requería muy pocos
gastos de conservación, con excepción de las instalaciones
portuarias. Quizás exagerando un poco, Adam Smith declaró
que «con la ayuda del transporte marítimo, seis u ocho hom­
bres pueden llevar y traer entre Londres y Edimburgo la
misma cantidad de mercancías en el mismo tiempo que cin­
cuenta vagones de eje ancho atendidos por cien hombres
y arrastrados por cuatrocientos caballos».3 De hecho, Lon­
dres se creó gracias a-sus rutas marítimas y el crecimiento
de aquella vasta ciudad —tenía más de medio millón de ha­
bitantes a finales del siglo xvn y más de un millón a finales
del xvm— fue un factor importante en la transición de In­
glaterra de una economía de subsistencia de base regional a
una economía de intercambio integrada. Una gran flota de
barcos de menos de doscientas toneladas —por término me­
dio— recorría la costa oriental entre los puertos escoceses
y Newcastle, Hull, Yarmouth y Londres, transportando car­
bón, piedras, pizarra, arcilla y cereales, mercancías cuyo
transporte por las fangosas carreteras de la Inglaterra del
siglo xvm habría costado una fortuna. Según Clapham, el
comercio de cabotaje se dedicaba, esencialmente, a satisfacer
las necesidades de vivienda, de calefacción y de alimentación
de los habitantes de Londres.4

86
Naturalmente, el mar tiene sus inconvenientes, sus aza­
res y sus retrasos. Los barcos podían permancer anclados
en el Tyne y en el Támesis durante semanas cuando arrecia­
ba la tempestad. Cuando estallaba la guerra, los marinos po­
dían ser incorporados por orden de la autoridad a la marina
de guerra y los corsarios extranjeros amenazaban las rutas
marítimas inglesas. Sobre la navegación de cabotaje pesa­
ban fuertes impuestos y en algunos informes se hablan de
las enormes pérdidas debidas a los robos de los trabajadores
portuarios de Londres. Sin embargo, pese a todas las vici­
situdes, la navegación fue el medio principal para el trans­
porte de las mercancías pesadas y voluminosas durante el
siglo xviii y sin ella habrían sido imposibles la industria pe­
sada en gran escala y las grandes ciudades.
En la navegación de cabotaje no hubo mejoras revolucio­
narias a finales del siglo xvm y comienzos del xix; las inno­
vaciones más espectaculares y típicas de este período deben
buscarse en la transformación del sistema de navegación
fluvial. La revolución industrial requería un sistema de trans­
porte seguro, de gran capacidad y de bajo coste: esto, es pre­
cisamente, lo que le dieron los canales. Además, constituían
una parte esencial de la propia revolución industrial, pues
eran construidos por la mano del hombre, representaban una
aplicación del conocimiento científico a los problemas prác­
ticos de la ingeniería, abastecían un mercado masivo (aun­
que fuese un mercado de productores) y requerían grandes
inversiones de capital con rendimientos a largo plazo.
La construcción de los canales tuvo lugar en dos perío­
dos claramente separados: el primero, en la década de 1760
y comienzos de la de 1770, fue inspirada por el éxito del ca­
nal del duque de Bridgewater entre la mina de carbón de
Worsley y Manchester; terminó con la crisis de la Guerra
de la Independencia norteamericana; el segundo se inició en
plena década de 1780, después de terminada la guerra, y se
convirtió en una verdadera manía nacional en la década de
1790. Iba precedida por un siglo y medio de progreso con­
tinuo en la navegación fluvial, financiado también con pro­
cedimientos capitalistas por los terratenientes y los hombres
de negocios locales.
«Se ha afirmado que a finales del siglo xvm existían en
Inglaterra unas dos mil millas de vías de agua navegables;

87
de ellas, una tercera parte aproximadamente eran canales
construidos entre 1760 y 1800; una tercera parte eran ríos
"abiertos’’, naturalmente navegables, y la tercera parte res­
tante era obra de los ingenieros, especialmente entre 1600
y 1760.» *
Puede parecer sorprendente que unos centenares de mi­
llas de canales pudiesen haber constituido una adición im­
portante al sistema básico de comunicaciones de una econo­
mía con las dimensiones y la complejidad de la inglesa. Pero
los canales no se trazaron en un mapa vacío. A menudo, un
canal corto era el último eslabón estratégico en una red de
ríos navegables y su construcción hacía rendir las inversio­
nes en la mejora de los ríos hechas un siglo antes.
El principal motivo impulsor del primer desarrollo de los
canales fue el mismo que explica la mejora gradual de
las carreteras: el crecimiento de las ciudades. Posteriormen­
te, las perspectivas y las necesidades de la gran industria
convirtieron la construcción de canales en una gran manía
nacional. Pero, al principio, la fuerza motora eran las ciuda­
des, con su insaciable demanda de carbón para las necesi­
dades' domésticas y para la inmensa cohorte de pequeñas
industrias que requiere incluso la comunidad preindustrial:
panaderías, herrerías, tenerías, refinerías de azúcar, cerve­
cerías. Debe recordarse que en siglo xvm no se disponía en
Inglaterra de otro combustible —aparte del carbón— que
la madera y ésta era ya un recurso prácticamente agotado
en la mayoría de los centros de población y de industria.
«La escasez de combustible en el siglo xvm habría interrum­
pido el crecimiento no sólo de la industria sino también de
la población en muchos distritos de no haberse encontrado
los medios de superarla.»6 Estos medios fueron los cana­
les. Más de la mitad de las Navigation Acts aprobadas entre
1758 y 1802 para la creación de compañías dedicadas a la
construcción de canales o a la mejora de los ríos tenían
como objetivo básico el transporte del carbón. Era uno de
los puntos de estrangulación cruciales que había que romper
para que la revolución industrial pudiese extenderse por In­
glaterra. Era crucial, en primer lugar, porque significaba des­
truir el principal obstáculo a la urbanización, asociada gene­
ralmente a la industrialización como causa y efecto; en se­
gundo lugar, lo era porque la primera revolución industrial

88
surgió sobre la base del carbón y del hierro y era necesario
poder transportar estas voluminosas y pesadas materias pri­
mas y sus productos acabados de modo rápido y barato a lo
largo y ancho del país.
La primera vía de navegación artificial interior fue el San-
key Brook, motivado por las necesidades de carbón de Li­
verpool, que más tarde se convirtió en el segundo puerto
de Gran Bretaña, después del de Londres. Pero, en general,
se acostumbra a considerar como primera gran realización
de la era de los canales el canal del duque de Bridgewater
que iba de Worsley a Manchester. Lo construyó James Brind-
ley y estaba destinado a transportar el carbón de la mina
del duque, en Worsley, a la naciente ciudad industrial de
Manchester. Fue un éxito social y comercial inmediato. Su
túnel en Worsley y su acueducto en Barton eran realizaciones
técnicas que excitaron la imaginación de un público que creía
apasionadamente en las mejoras hechas por mano del hom­
bre. El hecho de que redujese a la mitad el precio del car­
bón en Manchester impresionó aún más a los hombres de
negocios y a los terratenientes ricos y les impulsó a arries­
gar sus ahorros, a hipotecar sus tierras y a pedir préstamos
a los parientes para financiar otros planes, igualmente ca­
ros, de acumulación de capital. Ocho años más tarde, los
hombres de negocios de Birmingham conseguían un éxito
similar con la apertura del primer sector del canal de Bir-
iningham y a finales de siglo el canal Hereford-Gloucester re­
dujo el precio del carbón en Ledbury de 24 chelines a 13 che­
lines y 6 peniques.7
Tan enormes éxitos habían de fomentar forzosamente la
imitación. Es sorprendente, sin embargo, que se reuniese en
Inglaterra tanto capital privado para financiar la construc­
ción de costosas instalaciones que hasta varios años después
no empezaban a rendir beneficios y que, desde luego, no po­
dían rendirlos con rapidez. El canal del duque de Bridgewa­
ter costó casi 250.000 libras, cantidad realmente enorme en
una época en que el trabajador medio ganaba, con suerte,
veinte libras anuales; se necesitaron cinco años para hacerlo
llegar a Runcom y otros nueve años para unirlo al Mersey,
de modo que los barcos pudiesen llegar hasta Liverpool. La
construcción del canal de Leeds y Liverpool duró cuarenta
y seis años y la de muchos otros duró diez años y más. Sin
embargo, en 1790 se habían gastado en la construcción de

89
canales entre dos y tres millones de libras y en el transcurso
de los nueve años de la manía de los canales (1788-1796) el
Parlamento autorizó la inversión de casi diez millones en la
navegación fluvial y en canales. El trabajo emprendido con
tanto entusiasmo continuó firmemente en el primer cuarto
del siglo xix, y al principio de la era del ferrocarril (hacia
1830) se habían invertido unos 20.000.000 de libras en la cons­
trucción y mejora de la navegación fluvial británica. En su
momento culminante —1858— las vías de navegación interio­
res alcanzaron en Gran Bretaña unas 4.250 millas.
¿De dónde procedía todo aquel capital? En su mayor
parte de las propias regiones donde se había de construir el
canal. «El dinero para unos canales cuya construcción po­
día durar muchos años sólo podía proceder de hombres que
veían en ellos la promesa de sólidas ventajas.» 8 A veces era
un terrateniente o un industrial local quien tomaba la ini­
ciativa y utilizaba sus tierras y su capital como garantía para
pedir préstamos; los propietarios de minas de carbón, como
el duque de Bridgewaler, o los industriales que utilizaban
materias primas pesadas, como Josiah Wedgewood, el fabri­
cante de cerámica, eran los que más beneficios podían espe­
rar. A veces, un comerciante local podía reunir los fondos
necesarios para abrir un pequeño canal. En la mayoría de
los casos, las nuevas vías de navegación eran producto de
una empresa colectiva iniciada por los hombres de negocios
y los terratenientes locales y apoyada por accionistas tam­
bién locales, por empresas y bancos de la ciudad y a veces
incluso por universidades. Durante la manía nacional, la base
geográfica del capital de las compañías constructoras de ca­
nales empezó a extenderse más allá del nivel regional y mu­
chos individuos con capitales pequeños y sin ningún interés
directo en la ampliación de las facilidades de transporte se
sintieron tentados por las posibilidades de una buena remu­
neración y adquirieron acciones de los canales.
Es indudable que algunas de estas empresas dieron be­
neficios extremadamente altos. «Se pagaron a veces dividen­
dos fantásticos —el canal de Oxford, por ejemplo, pagó el
30 % durante más de treinta años—, pero el dividendo me­
dio fue de menos de un 8 %.» 9 Las acciones del viejo canal
de Birmingham, que costaban originariamente 140 libras
cada una, se vendían por 900 libras en 1792, en el momento
culminante de la fiebre constructora; en 1825, un octavo de

90
acción de este canal, que valía originariamente 17 libras y
10 chelines, se vendía por 355 libras. Un autor que estudió
las cifras de los diez canales más rentables en 1825 calculó
que pagaban un dividendo medio del 27'6 %.iQ Sin embargo,
no todas las compañías constructoras de canales hicieron rea­
lidad las esperanzas de los inversores. Algunos de los pro­
yectos chocaron con dificultades técnicas inesperadas, otros
desaparecieron con la crisis de posguerra y otros por la in­
capacidad de sus dirigentes. Jackman ha calculado, por ejem­
plo, que «la mitad de los canales y, probablemente mucho
más de la mitad de las inversiones de capital dieron rendi­
mientos insuficientes para mantener los canales en estado de
realizar la tarea para la que habían sido concebidos».11
Sin embargo, es incorrecto, en última instancia, juzgar la
contribución de los canales al desarrollo económico britá­
nico en función de los beneficios que dieron a los accionistas.
Lo importante fue que el carbón llegó a los consumidores
a precios razonables, que las fundiciones de hierro y las al­
farerías pudieron reducir los costes, que el obrero industrial
pudo calentar su hogar en invierno y ahorrar todavía algún
dinero para comprar los productos de la industria británica
y que los jornaleros del sur de Inglaterra, que se alimenta­
ban de pan y queso, pudieron cocer de vez en cuando sus
comidas. Por ello, la época de los canales constituyó una
gran contribución a la primera revolución industrial.
«Piedra para la construcción, para la pavimentación y la
construcción de carreteras; ladrillos, baldosas y madera; ca­
liza para el constructor, el agricultor o el propietario de altos
hornos; ganado; cereales, heno y paja; abonos de las cuadras
de Londres y de los grandes montones de escombros de la
ciudad; pesadas piezas de fundición para la construcción de
puentes y otras finalidades del mismo tipo estructural; todas
estas mercancías pesadas y muchas otras se transportaban
por vía fluvial a lo largo de lo que, medio siglo antes, habrían
sido rutas o distancias imposibles.» 12
En efecto, los canales permitieron un enorme ahorro de
mano de obra y de fuerza de tracción. Un solo caballo podía
arrastrar por un camino de sirga bien arreglado un prome­
dio de cincuenta toneladas; por la orilla de un río navegable,
el promedio bajaba a treinta toneladas; sobre raíles de hie­
rro arrastraba ocho toneladas y sobre una carretera de ma­

91
cadam, dos toneladas. El transporte de mercancías típico
de principios del siglo xvm, el tiro de caballos, llevaba una
carga media de un octavo de tonelada, aproximadamente.
El resultado era lo que un teórico del desarrollo económico
llamaría una «transformación radical de las funciones pro­
ductivas», pues revolucionó las contribuciones respectivas de
los principales factores de la producción —el trabajo, el ca­
pital, los recursos naturales— a la actividad de transporte y
permitió importantes ahorros de materias primas y del capi­
tal que quedaba inmovilizado en las existencias de mercan­
cías cuando las fechas de entrega son inciertas.
Además, vale la pena señalar que los canales produjeron
un nuevo tipo de inversor, el accionista de las compañías de
los canales, un inversor que no intervenía directamente en
el negocio, que se transformó fácilmente en accionista de los
ferrocarriles cuando surgió la demanda, infinitamente ma­
yor, de capital para éstos en las décadas de 1830 y 1840. Fue
un hecho nuevo e importante. En las primeras fases de la in­
dustrialización, la mayoría de las economías cuentan con al­
gún excedente económico; el problema consiste en canalizar­
lo hacia las inversiones en gran escala que no garantizan be­
neficios inmediatos y que son más valiosos para la comuni­
dad en general que para los principales inversores. Incluso
cuando las rentas se distribuyen desigualmente, es raro en­
contrar muchos individuos con el espíritu emprendedor, la
sagacidad y las posibilidades de acceso al capital que se re­
quieren para lanzarse a estas aventuras. El duque de Brid-
gewater era un caso raro en la Inglaterra del siglo xvm. Por
consiguiente la aparición del sistema de compañías por ac­
ciones que permitía a un gran grupo de individuos, imperso­
nalmente asociados, reunir sus capitales en una empresa co­
lectiva fue un paso importantísimo para que la iniciativa
privada pudiese emprender proyectos en gran escala que re-'
querían costosas inversiones de capital. La compañía por ac­
ciones creada por una ley del Parlamenta no era una insti­
tución nueva a mediados del siglo xvm, pero la época de los
canales familiarizó al modesto ahorrador con este tipo de
inversión.
Una de las consecuencias de esta creación del capital so­
cial requerido para la red de canales por medio de la empre­
sa privada fue que dicha red no resultó del todo eficiente.
La diversidad de anchuras, de profundidades y de derechos

92
de transporte hizo que la red fuese menos integrada de lo
que podía haber sido. La posibilidad con que se encontra­
ban algunos transportistas de imponer precios de monopolio
limitó los beneficios sociales y redujo el tráfico potencial,
el hecho de que una gran parte del capital invertido no rin­
diese beneficio alguno y la fantástica elevación de los pre­
cios de las acciones durante la época de la manía construc­
tora dieron lugar a algunas malversaciones de capital, mu­
chas de las cuales se hubiesen podido evitar de haber exis­
tido una planificación centralizada y efectiva de la red de
canales. Sin embargo, la tarea se cumplió y antes de que la
época del ferrocarril revolucionase por segunda vez la si­
tuación de los transportes, Inglaterra pudo contar con una
sólida y valiosa acumulación de capital en forma de más de
2.000 millas de vías de tráfico pesado, muchas de las cuales
todavía se siguen utilizando actualmente.
Los canales no fueron los únicos ejemplos de inversio­
nes privadas fuertes en el capital social a finales del si­
glo xviii y comienzos del xix, aunque, desde luego, fueron
los más espectaculares. Mientras estaba en pleno desarrollo
la construcción de canales, se había construido ya una gran
parte de la capacidad portuaria británica. Había comenzado
efectivamente con el boom del comercio exterior en el último
cuarto del siglo xvm. Durante las tres primeras cuartas par­
tes del siglo x v i i i se habían construido menos de ciento cin­
cuenta acres de muelles y puertos en toda Inglaterra; en
cambio, durante el último cuarto del siglo esta construcción
se duplicó y en las tres primeras décadas del siglo xix el
área total de puertos y muelles se extendió a 4.700 acres, es
decir, más de diez veces el área existente en 1799.
En Londres, donde el comercio se había duplicado duran­
te el siglo xvm, nada se hizo para ampliar los muelles hasta
que la guerra con Francia hizo la tarea desesperadamente
urgente y precipitó el primer boom *del puerto londinense.
Entre 1799 y 1815 el capital autorizado por el Parlamento
para los muelles de Londres superó los cinco millones y me­
dio de libras esterlinas. Y antes de 1820, Liverpool y Bristol
en el oeste y Hull y Grimsby en el este habían gastado casi
dos millones de libras en construcciones portuarias. Esto no
fue más que el comienzo. «Apenas hubo un puerto, fuese
cual fuese su tamaño, o un lugar amenazado de la costa don­
de no se hubiesen realizado recientemente mejoras o estu­

93
viesen realizándose hacia los años veinte.» 13 Además, en esta
esfera de formación de capital no actuaba únicamente la ini­
ciativa privada. £1 Gobierno (central y local) desempeñaba
también una parte directa, aunque poco espectacular. Las in­
versiones públicas en los muelles y puertos se elevaron a un
promedio de más de un millón de libras por década en la se­
gunda y la tercera décadas del siglo xix.
Los nuevos tipos de formación de capital (los canales, por
ejemplo, las carreteras macadamizadas y los puertos y mue­
lles mejorados) eran caras en términos de un factor de pro­
ducción que acostumbra a escasear en las economías prein­
dustriales: el capital. Requerían inversiones iniciales masi­
vas en proyectos que a menudo no daban beneficios duran­
te un período de cinco a diez años a partir de la inversión.
Para empezar, parece que las innovaciones ocurridas en el
transporte durante el período 1750-1830 exigían una elevada
proporción de capital; requerían una aportación de capital
relativamente alta por unidad de ganancia producida.
Esto es verdad hasta cierto punto, pero sólo hasta cier­
to punto. En primer lugar, cabe recordar que cuando se dice
que una economía preindustrial carece de capital lo que se
quiere decir, generalmente, es que tiene poco capital produc­
tivo. Midiéndolo con los patrones de la mayoría del mundo
de entonces y de muchos de los actuales países subdesarro­
llados de Asia y África, veremos que Inglaterra era un país
relativamente opulento en el siglo xvm y que no carecía de
capital, en sentido amplio. Había mucho capital invertido en
valores públicos, en tierra, en cotos de caza y en residen­
cias campestres durante la segunda mitad del siglo xvm, un
capital de muy escaso rendimiento en dinero o en bienes y
servicios, en comparación con el que podía dar de invertirse
en los canales o en las carreteras de peaje. En la medida en
que los canales se llevaron una parte de los fondos que fi­
nanciaban la deuda pública o la construcción de residen­
cias campestres, por ejemplo, permitieron utilizar de mane­
ra más productiva los recursos de capital existentes; ei^este
sentido puede decirse que ahorraron capital.
En segundo lugar —y esto es más importante— los ca­
nales bien organizados y las carreteras de peaje bien admi­
nistradas permitieron economizar directamente recursos de
capital de muchas y significativas maneras. Una gran parte
del capital de una economía preindustrial permanece inmo­

94
vilizado en forma de stocks de mercancías. Al transportar
las mercancías con rapidez y regularidad a lo largo y ancho
del país, los canales permitieron reducir el volumen de los
bienes en tránsito en un momento determinado y evitar las
incalculables pérdidas debidas al deterioro, al robo en los
caminos o al pequeño hurto, pues cuanto más tiempo perma­
necía un cargamento en ruta menos probable es que llega­
se a su destino intacto y en buenas condiciones. Las nuevas
carreteras y los nuevos canales hicieron posible, también,
una espectacular reducción en los costes de las materias pri­
mas pesadas. Todos estos factores permitieron que los co­
merciantes y los industriales economizasen gastos de alma­
cenamiento. Los comerciantes que podían confiar en que los
pedidos de artículos vitales les serían servidos en cuestión
de días y no de semanas podían tener stocks más reducidos
en sus almacenes. Los propietarios de fábricas que dependían
del suministro de carbón por mar estaban obligados a tener
grandes stocks para asegurar el funcionamiento continuo de
la fábrica durante las tempestades invernales que impedían
la salida de los barcos del puerto; cuando pudieron contar
con un suministro regular a través de los canales, pudieron
prescindir de una gran parte de estos stocks de emergencia.
El abaratamiento del carbón en las zonas industriales servi­
das por canales también redujo la cantidad de capital dedi­
cado al almacenamiento. Para algunos artículos —los alimen­
ticios, sobre todo— los gastos de un almacenamiento eficien­
te eran elevados y la reducción de los stocks permitió redu­
cir considerablemente el despilfarro.
También se consiguieron economías de capital con el tras­
lado rápido y regular de personas en diligencias. Los ban­
queros londinenses podían enviar sus agentes con regularidad
a las ciudades de provincias. La información comercial —so­
bre el exceso o la insuficiencia de determinadas mercancías,
por ejemplo, o sobre el estado de la futura cosecha— podían
circular rápidamente de una región a otra. El crédito y los
seguros se podían concertar más fácilmente con los contac­
tos personales. El dinero se podía transportar con más fa­
cilidad y seguridad a las zonas donde faltaba. El hecho es
que un mercado eficiente, de bienes, de capital, de hombres
o de ideas, depende en gran parte de una circulación rápida
y libre de informaciones y de obstáculos. Es esta libertad de
comunicación lo que mantiene los precios bajos, aumenta las

.95
posibilidades de éxito de las decisiones empresariales y fa­
cilita la rápida propagación de las innovaciones que reducen
los costos. Siempre es difícil fijar con exactitud el valor de
un contacto personal rápido y sin obstáculos para la facili­
tación de las relaciones comerciales, pero parece indudable
que ha sido un importante factor en la creación de una cla­
se mercantil e industrial más integrada en Gran Bretaña.
Es dudoso, pues, que la evolución del transporte durante
el período 1760-1830 inmovilizase una elevada proporción de
capital, considerándola a largo plazo y a escala de la econo­
mía nacional. Puede que elevase el nivel del ahorro nacio­
nal al atraer hacia la formación de capital recursos que de
otro modo el Gobierno o los individuos habrían gastado en
el consumo corriente. Si realmente fue así, los datos de que
disponemos no indican que hubiese un aumento sustancial
de la tasa de ahorro por esta causa. Lo que sí permitió fue
una utilización más económica y productiva de los recursos
de capital existentes; no existe prueba alguna de que, excep­
to en el momento culminante de la fiebre constructora de
canales, compitiese con otras industrias para el suministro
de capital. Al contrario, liberó capital de muchas maneras
y para diversos usos —por ejemplo, economizando los gas­
tos de almacenamiento de comerciantes e industriales, libe­
rando caballos de otras tareas y permitiendo que se pudie­
sen dedicar a las labores agrícolas, facilitando a los empre­
sarios el ahorro de tiempo y las negociaciones crediticias.
La revolución del transporte no terminó, desde luego, en
1830; al contrario, de todas las industrias que, con su trans­
formación, contribuyeron a dar vida a la revolución indus­
trial, la del transporte parecía la más dotada para innovarse
sin cesar. Ferrocarril, navegación a vapor, tranvía, automóvil,
avión...: la lista parace infinita y las consecuencias econó­
micas de cada nuevo invento han sido complejas y de largo
alcance. De momento, sin embargo, parece suficiente subra-"
yar que la revolución del transporte había empezado efecti­
vamente e influía en la productividad de toda la economía
antes de que se pudiese percibir el impacto concreto de la
transformación de las demás industrias; también hay que
subrayar que fue un factor absolutamente crucial para faci­
litar las innovaciones reductoras de costes, tan característi­
cas de los demás sectores en transformación de la primera
revolución industrial.

96
VI. La industria algodonera

Es conveniente ver la primera revolución industrial no


como un solo proceso, sino como una galaxia de revoluciones
en el sistema tradicional de la actividad económica, cada una
de ellas surgida en parte de una serie de causas indepen­
diente, cada una en inleracción con las demás para producir
efectos acumulativos, con causas siempre difíciles de descu­
brir. De cada una de las cuatro revoluciones asociadas que
hemos examinado en los cuatro capítulos precedentes puede
decirse que ha contribuido a precipitar y a condicionar la
revolución industrial propiamente dicha. Mientras no caiga­
mos en el peligro de suponer que la revolución agrícola, la
revolución comercial y la revolución de los transportes fue­
ron las premisas más importantes de la industrialización y
del desarrollo económico sostenido que la acompaña.
Hora es ya de que entremos a estudiar el proceso que se
acostumbra a considerar el centro mismo de la primera re­
volución industrial, es decir, el desarrollo de la moderna in­
dustria manufacturera y todo lo que lleva consigo —unida­
des de operación en gran escala, maquinaria ahorradora de
mano de obra, regimentación del trabajo, por ejemplo. Los
primeros cambios revolucionarios en la tecnología y en la
organización económica que convirtieron a Gran Bretaña en
«taller del mundo» se registraron sobre todo en dos ramas
industriales: la del algodón y la del hierro. Todo el mundo
parece estar de acuerdo en que el primer motor fue la in­
dustria algodonera. Es la industria que el profesor Rostow
nos ha descrito como el «sector piloto original en el pri­
mer despegue»;1 es también la industria a que se refería
Schumpeter al decir que «la historia industrial de Inglaterra
(1787-1842) puede resumirse casi en la historia de una sola
rama industrial».2 Parece indudable que la industria algodo­
nera tuvo una importancia inmensa en la revolución indus­
trial británica. La cuestión es por qué fue la algodonera y no
cualquier otra la industria que inició la marcha y señaló el
camino, y por qué una sola industria llegó a tener un papel

HCS 22. 7 97
tan importante en la transformación de la economía nacional.
Las manufacturas textiles constituían desde hacía siglos
una parte importante del producto nacional inglés. Pero en
vísperas de la revolución industrial Inglaterra destacaba es­
pecialmente en la manufactura de la lana. Había razones muy
clara para ello. En los pastos ingleses había grandes rebaños
de ovejas que daban una lana de alta calidad. El producto
acabado era particularmente apreciado en las latitudes frías
y los fabricantes ingleses habían desarrollado ciertas especia­
lidades que les permitían producir un tejido de lana excep­
cional.
En cambio, la industria algodonera estaba atrasada, era
pequeña y no podía competir con los percales o con las mu­
selinas de la India, ni en calidad ni en precio, a menos de
contar con una fuerte protección. El producto acabado era
una mezcla de urdimbre de lienzo y de trama de algodón;
su expansión era limitada, tanto desde el punto de vista de
la demanda —por el limitado mercado de que disponían tan
bastos tejidos— como desde el de la oferta —por la escasa
productividad de los hiladores, que trabajaban con el antiguo
torno de mano. Era, al igual que la lanera, una industria
doméstica, en la que participaban todos los miembros de la
casa. Los niños realizaban una gran parte de las operacio­
nes preliminares como las de limpiar y cardar el algodón en
bruto, y ayudaban al tejedor. Las mujeres hilaban y los hom­
bres tejían. Muchas familias la ejercían como actividad se
cundaria —la principal era la agrícola—; servía para dar
trabajo en las épocas del año en que la demanda de mano
de obra descendía. Fuera de la ciudad de Manchester, la ma­
yoría de los tejedores eran agricultores. El algodón proce­
día sobre todo de Levante, de los estados del sur de Estados
Unidos y de las Indias Occidentales y salía más caro, por
libra de peso, que la mejor lana inglesa. El producto final era
basto, difícil de coser y de lavar. El valor global de los teji­
dos de algodón era escaso: un autor contemporáneo calculó
el valor de sus ventas anuales en 600.000 libras, únicamente,
hacia 1760. Por aquella misma época, sus exportaciones al­
canzaban un promedio anual de poco más de 200.000 libras
a precios oficiales; el valor de exportación de los tejidos de
lana era, por la misma época, de unos cinco millones y me­
dio de libras esterlinas.
Las primeras innovaciones textiles de importancia se apli-

98
carón tanto a la lana como al algodón, pero se desarrollaron
con lentitud en ambos sectores. Fueron: 1) la lanzadera de
Kay, que se introdujo por primera vez en la década de 1730
y empezó a ser adoptada por la mayoría de los tejedores de
algodón hacia 1750 y 1760; 2) la máquina cardadora de Paul,
patentada en 1748, que empezó a imponerse en Lancashire
hacia 1760. Estos dos inventos hicieron más tangible y agu­
do el cuello de botella que ya se notaba en el sector de hila­
tura de la industria algodonera. Se necesitaban tres o cuatro
hiladores para suministrar material a un tejedor con los mé­
todos tradicionales; cuando la lanzadera aceleró las opera­
ciones del tejedor, la insuficiencia de hilo se hizo sentir de
manera muy aguda. Era prácticamente imposible disponer
de hilo para las tramas en las épocas de cosecha, cuando las
mujeres podían ganar un salario equivalente por un traba­
jo menos duro en los campos.
Al mismo tiempo, aumentó la presión por el lado de la
demanda. El mercado exterior de manufacturas de algodón
mejoró claramente hacia 1750 (en gran parte, a causa de las
dificultades con que chocaba la East Indian Company para
mantener la oferta de tejidos indios); la mejora continuó
en la década siguiente, al desarrollarse los mercados del
continente europeo. Al mismo tiempo, aumentó la población
británica y aumentaron también los ingresos domésticos;
todo ello permite suponer que la demanda interior debió
aumentar también. No es, pues, sorprendente que hacia 1760
se ofreciesen premios para fomentar inventos que incremen­
tasen la productividad de los hiladores y la calidad del hilo.
La spinning-jenny de Hargreaves, inventada probablemen­
te hacia 1764 y patentada en 1770, no fue la primera máqui­
na hiladora —el inventor Paul había hilado algodón a máqui­
na en 1740 y hubo otros intentos al respecto— pero fue la
primera mejora aportada al viejo tomo de hilar que dio un
resultado plenamente satisfactorio. En su primera forma,
tenía ocho husos. La patente de 1770 menciona ya dieciséis.
En 1784 el número de husos había aumentado a ochenta y a
finales de siglo las grandes máquinas podían contener de
cien a ciento veinte husos. El invento tuvo, pues, el efecto
inmediato de multiplicar muchas veces la cantidad de hilo
que podía producir un solo operario. Permitió ahorrar mano
de obra en el preciso momento en que ésta andaba escasa.
El éxito de la jenny fue inmediato. No era perfecta, pero pro­

99
ducía un hilo satisfactorio; en sus formas más pequeñas
era relativamente barata y fácil de acomodar e instalar; su
mecanismo era tan simple que incluso los niños la podían
hacer funcionar (hablamos, claro está, de sus formatos más
pequeños). Las grandes jennies instaladas en las factorías
eran movidas, en general, por un hombre, ayudado de varios
niños. Se adoptó rápidamente y se perfeccionó con no me­
nos rapidez. Los tornos familiares se arrinconaron pronto
y fueron sustituidos por las nuevas jennies. Para decirlo con
las palabras de un fabricante que vivió en aquella época: «De
1770 a 1788 se produjo gradualmente uñ cambio completo en
la hilatura. La de la lana desapareció completamente y casi
lo mismo puede decirse de la del lino: el algodón y sólo
el algodón se convirtió en el material de uso casi univer­
sal.» *
Pero el invento que más contribuyó a sentar las bases
de la revolución algodonera fue la máquina hiladora con­
tinua (water-frame) patentada por Arkwright en 1769. Esta
máquina producía, por primera vez, un hilo lo bastante fuer­
te como para servir, al mismo tiempo, para la urdimbre y la
trama; es decir, creó un nuevo producto: una tela de algodón
que no estaba mezclada con lino. Al contrario de la jenny, la
water-frame fue desde el primer momento una máquina sólo
utilizable en las fábricas; estaba concebida para que la mo­
viese un caballo, pero se utilizó desde el primer momento
la fuerza hidráulica y más tarde la de vapor. Este fue el ver­
dadero comienzo de la industria no doméstica. Unos años
más tarde, la máquina de hilar intermitente (mulé) de
Crompton (patentada en 1779) combinó los principios de la
jenny y de la water-frame y produjo un hilo más fino y con­
tinuo. El productor británico pudo así superar por primera
vez al productor indio por la calidad del tejido y cabe decir
que los perfeccionamientos ulteriores aumentaron todavía
más la finura y la solidez del producto acabado. En 1785 se
canceló la patente de Arkwright y todo el mundo pudo dis­
poner de su máquina; aquel mismo año se utilizó por pri­
mera vez una máquina de vapor de Boulton y Watt para
mover una hilatura. Así, en cosa de pocos años se eliminaron
las limitaciones que más agarrotaban la producción de la
industria; se vio la posibilidad concreta de un nuevo siste­
ma de producción, de una industria en gran escala; el ca­
mino estaba abierto para el pleno desarrollo de lo que cons­

100
tituía para la industria británica una serie enteramente nue­
va de productos que se podían lanzar a un mercado de
masas.
Los efectos de la water-frame y de la jenny se pueden
comprobar ya en las estadísticas de importación de algodón
en bruto en 1770, pero hasta después de terminada la gue­
rra norteamericana, en las décadas de 1780 y de 1790 no
empezaron a multiplicarse. Entre 1780 y 1800 las importa­
ciones de algodón en bruto se multiplicaron casi por ocho, y si
tenemos en cuenta que los hilados eran en general más finos
y más sólidos llegaremos a la conclusión de que las importa­
ciones de materia prima no reflejan toda la amplitud del au­
mento de la hilatura y del valor real. Las máquinas se per­
feccionaron y complicaron. En 1812, «un hilador podía pro­
ducir en un tiempo determinado tanto como lo que produ­
cían doscientos hiladores antes de la invención de la jenny
de Hargreaves». Esta evolución modificó radicalmente el ca­
rácter de la industria. La hilatura empezó a concentrarse
en las factorías. Los tejedores podían contar con un sumi­
nistro ininterrumpido de hilo y, por consiguiente, podían
abandonar sus actividades agrícolas —fuente principal, con
anterioridad, de sus ingresos— para dedicarse totalmente
a la manufactura. Su número aumentó rápidamente. Em­
pezaron a hacinarse en las ciudades. Los perfeccionamien­
tos introducidos en otros procedimientos técnicos contribu­
yeron a acelerar el ritmo de crecimiento de la industria al­
godonera y a alejarla más y más del sistema doméstico.
Hubo perfeccionamientos de este tipo en el blanqueo y la
tintura; se introdujeron máquinas de cardar, de agramar y
de torcer; la fuerza de vapor hizo posible la construcción de
factorías lejos de los ríos; la introducción de la máquina
desmotadora de Whitney en los Estados Unidos durante
la última década del siglo dio un impulso fundamental al
reducir grandemente el precio de la materia prima.
Curiosamente, el sector del tisaje quedó retrasado en
este proceso de modernización de la manufactura algodone­
ra. Entre los tejedores de telas gruesas de algodón hubo ma­
lestar incluso antes de acabar el siglo, pues sus mercados
nunca habían sido ilimitados y se saturaban fácilmente. El
telar mecánico se adoptó con gran lentitud. Cartwright inven­
tó una máquina imperfecta en 1787 y construyó una facto­
ría en Doncaster que tuvo que cerrar dos años más tarde.

101
por bancarrota del inventor. Una empresa de Manchester
que introdujo la máquina a modo experimental en 1791 chocó
con la hostilidad de los obreros y éstos llegaron a incendiar
la fábrica. En los años siguientes se probaron muchas má­
quinas perfeccionadas, pero el telar mecánico no pasó de la
fase experimental hasta después de las guerras napoleóni­
cas. Cuando, finalmente, se empezó a introducir en gran es­
cala en los años 1820, 1830 y 1840, los tejedores manuales,
aferrados todavía a su independencia pese a la incesante dis­
minución de sus salarios, fueron desplazados a costa de un
gran malestar social.
En menos de un cuarto de siglo la industria algodonera
pasó de ser una de las industrias más insignificantes (en su
Wealth of Nations, publicada en 1776, Adam Smith no hace
más que una leve referencia a ella) a ser una de las más
importantes. En 1802 producía, probablemente, entre el cua­
tro y el cinco por ciento de la renta nacional de Gran Bre­
taña; en 1812 el porcentaje se calculaba entre el siete y el
ocho por ciento y había superado ya a la industria lanera
en importancia nacional. En aquella etapa existían unos
100.000 obreros en las fábricas de hilaturas de algodón y,
probablemente, unos 250.000 tejedores, con sus auxiliares.
En 1815, los tejidos de algodón constituyeron el 40 % del va­
lor de las exportaciones de productos elaborados en la Gran
Bretaña y los tejidos de lana sólo el 18 %. En 1830, más de
la mitad del valor de las exportaciones de artículos de pro­
ducción británica consistía en tejidos de algodón. En térmi­
nos reales (es decir, en yardas de tejido producido) el cre­
cimiento de la industria algodonera fue todavía más impre­
sionante, pues los precios bajaron a una velocidad sin pre­
cedentes en la historia de la industria manufacturera, al
tiempo que mejoraba la calidad. Dado que las innovaciones
se concentraron sobre todo en la rama de la hilatura, los
precios bajaron sobre todo en la fase del hilado, especial­
mente cuando a la reducción de los costos de la operación
se añadió la del precio de la materia prima a causa de la
introducción de la desmotadora en el sur de los Estados
Unidos. Los precios del hilo de algodón bajaron de treinta
y ocho chelines la libra en 1786 y 1787 a menos de diez che­
lines en 1800 y a seis chelines y seis peniques en 1807. La
demanda demostró ser elástica y al bajar los precios las
cantidades vendidas aumentaron más que proporcionalmen-

102
le. Pese a ello, el mercado se habría saturado rápidamente
por la inmensa capacidad productiva del sistema de factoría
de no haberse podido explotar los contactos internacionales
que los comerciantes británicos habían establecido en el si­
glo anterior y de no haberse podido abrir una serie de nue­
vos mercados exteriores. Hacia 1780, el volumen de las ex­
portaciones (es decir, de las exportaciones valoradas a los
precios constantes oficiales) era de tres a cuatro veces su­
perior al de 1760, antes de que entrase en escena la jenny de
Hargreaves. En la primera década del siglo xix, dicho volu­
men era diez veces superior al de 1780 y al final de las gue­
rras napoleónicas se había vuelto a triplicar. Era algo total­
mente nuevo en la experiencia industrial. Excitó la imagina­
ción de los hombres de la época y constituyó una dramática
lección sobre la rentabilidad de la mecanización.
Se han intentado varias explicaciones de este espectacu­
lar salto de la industria algodonera. Una de las más comu­
nes es que la relativa insignificancia de la industria al ini­
ciarse la transformación era un factor favorable para ella.
En la industria lanera, por ejemplo, la transformación eco­
nómica resultó imposible por la oposición o la inercia de los
poderosos intereses creados. La industria de la seda, para
citar otro ejemplo, era una excelente fuente de ingresos para
el Estado y estaba cargada de impuestos; lo mismo que la
industria del lino, se veía frenada por la escasa elasticidad
de la oferta de su materia prima.
Pero si la industria algodonera era nueva, no difería tan­
to de las demás industrias textiles como para ser desde el
punto de vista tecnológico un caso aparte. La mayoría de
las familias inglesas aumentaban sus ingresos dedicándose a
algún tipo de manufactura textil. La especialización, las téc­
nicas, las instituciones y los procedimientos que se utiliza­
ban en las demás ramas podían servir igualmente en la nue­
va. El nuevo sistema de factoría no desplazó inmediatamen­
te la vieja industria doméstica: por un momento, incluso
la complementó y la fortaleció. Los millares de hombres que
hacían funcionar jennies y telares en los cobertizos de sus
casas aportaban a la industria unas instalaciones y una ma­
quinaria que habría requerido el concurso de centenares de
ricos capitalistas para funcionar a base de factorías. Este
fue, más que ningún otro, el factor que permitió la expan­
sión inmediata de la capacidad productiva al surgir las nue­

103
vas oportunidades tecnológicas y al aumentar la demanda
del mercado. Los costes y los riesgos de la nueva industria
estaban más repartidos que lo que habrían estado en otras
condiciones; por esta razón, se podían asumir más fácilmen­
te. «No se puede evitar la conclusión —escribe una autoridad
en la materia—4 de que la nueva maquinaria se propagó
rápidamente por Inglaterra porque toda la sociedad tenía in­
terés en ello.»
Otra manera de enfocar la cuestión es la de decir que
el éxito de la industria algodonera dependió en gran parte
de que la economía británica estaba en condiciones de satis­
facer sus demandas de factores de producción. Había en
ella, por ejemplo, más intensidad de trabajo que de capi­
tal. La nueva industria necesitaba mano de obra especiali­
zada —tejedores, por ejemplo— y existía con relativa abun­
dancia: en la Inglaterra del siglo xvm había un verdadero
ejército de tejedores subempleados. También utilizó el tra­
bajo de las mujeres y los niños; y en un país preindustrial
con un aumento rápido de la población, la industria que uti­
liza el trabajo de las mujeres y de los niños pobres es una
industria que cuenta con abundante oferta de mano de obra.
Requería un capital no muy grande en relación con los be­
neficios que de él se esperaban —para decirlo en términos
de la moderna teoría del desarrollo: era una industria con
una proporción capital-producción relativamente baja— y la
tarea de suministrar y mantener el capital-equipo podía re­
caer —como así ocurrió— en un gran número de individuos.
Una parte del mismo existía ya. Muchos telares que nunca
habían funcionado más de un día por semana se encontra­
ron con material para funcionar continuamente cuando las
jennies empezaron a marchar.
Además, el producto final no era del todo nuevo y, por
consiguiente, no tenía que crear su propia demanda con el
cambio de los gustos. En los mercados servidos por los co­
merciantes británicos existía desde hacía tiempo una activa
demanda de percales y muselinas de la India; entre estos
mercados, debe incluirse el interior de Gran Bretaña donde
se habían realizado infructuosamente varios intentos para
desplazar el artículo indio. Cuando los fabricantes británi­
cos pudieron elaborar una mercancía tan buena como aque­
llas —y con el tiempo mejor— se encontraron con un mer­
cado ya existente, disponible. Cuando su precio bajó hasta

104
ponerse al alcance de los más pobres y su calidad mejoró
hasta permitirle competir con otros tejidos como el lino y
la seda, el mercado se amplió hasta adquirir proporciones
masivas. Esto le dio una fuerza que muy pocas otras indus­
trias podrían haber alcanzado. El argumento del profesor
Rostow de que el algodón fue el sector dominante de la re­
volución industrial británica, por ejemplo, se basa en su
impacto masivo en la economía nacional y en las repercusio­
nes secundarias que tan masivo impacto pudo producir en
los sectores próximos. «La empresa industrial de estas di­
mensiones provocó reacciones secundarias en el desarrollo
de las zonas urbanas, en la demanda de carbón, hierro y ma­
quinaria, en la demanda de capital activo y, en último tér­
mino, en la demanda de transportes baratos, todo lo cual
impulsó poderosamente el desarrollo industrial en otras di­
recciones.» 5
Otra característica de la industria algodonera del si­
glo xviii que puede haber contribuido a que su reacción ante
las posibilidades abiertas por los nuevos inventos fuese tan
rápida es el hecho de que estaba muy localizada. No está del
todo claro por qué se había concentrado tanto en Lancas-
hire, aunque pueden sugerirse una serie de razones posibles.
La tendencia a la concentración data de la primera mitad
del siglo y la explicación tradicional es que las condiciones
geográficas eran especialmente favorables para que Lancas-
hire fuese la sede de la industria algodonera: se dice, por
ejemplo, que su clima húmedo y su agua no calcárea fueron
muy útiles para los procesos de hilado y lavado. Un factor
importante fue, quizá, que la mano de obra era relativa­
mente abundante y, por consiguiente, barata; los datos sobre
bautismos, nacimientos y matrimonios nos hablan de un mo­
vimiento alcista en la curva de la población en el noroeste,
antes de que esta tendencia se generalizase en toda Gran
Bretaña. Es indudable que la expansión del puerto de Liver­
pool, punto de confluencia del comercio triangular de tejidos
de algodón hacia el Africa occidental, de esclavos hacia las
Indias Occidentales y el sur de los Estados Unidos y de al­
godón en rama para la industria británica contribuyó a im­
pulsar la manufactura de algodón en Lancashire. El hecho
de que fuese también una región especializada en la produc­
ción y la hilatura del lino a principios del siglo xvm era
otra de las razones que aconsejaban establecer la industria

105
algodonera en sus proximidades, en una época en que para
producir tejidos de algodón se necesitaba hilado de lino.
No parece que ninguna de estas razones sea suficiente
para explicar la creciente concentración de la industria algo­
donera del siglo xvin. Pero, tomadas en conjunto sí que pue­
den explicarla. Más avanzado el siglo, cuando la water-frame
hizo surgir una demanda de fuerza motriz, las rápidas co­
rrientes de Lancashire y, más tarde, las minas de carbón,
reforzaron dichas tendencias. Pero, cualesquiera que sean
las razones, la concentración de la industria contribuyó a au­
mentar las dimensiones de las unidades económicas y a ace­
lerar el proceso de innovación. En un país tan poco integrado
como la Inglaterra del siglo xvm se requerían a menudo mu­
chas décadas para que una innovación se propagase de un
extremo a otro. En el ámbito de un condado, la fuerza del
ejemplo se manifestaba más fácilmente y las jentiies se pro­
pagaron rápidamente de una casa a otra.
Finalmente, el buscar una explicación del carácter con­
tinuo y sostenido de la expansión de la industria algodonera
y de la fuerza de su impacto en la economía nacional debe
recordarse que Gran Bretaña fue el primer país que utilizó
las nuevas máquinas, el primero que produjo tejidos más
baratos y más finos y, por consiguiente, pudo apropiarse de
todos los beneficios del innovador. Cuando sus rivales si­
guieron su ejemplo y empezaron a producir mercancías com­
parables, los precios habían bajado ya a niveles competiti­
vos y los beneficios del boom habían sido embolsados. La
ventaja inicial fue particularmente importante para una in­
dustria que producía con vistas a un mercado masivo y que
operaba con beneficios crecientes. Esto significaba que el
país que fuese el primero en crear la capacidad, las indus­
trias auxiliares y los contactos comerciales podría obtener
beneficios superiores-al-beneficio-medio durante un tiempo
considerable, por el simple hecho de que sus unidades eco­
nómicas eran de dimensiones superiores y podían continuar
suministrando sus productos a precios más bajos.
Visto retrospectivamente, el progreso de la industria al­
godonera parece espectacularmente rápido, y así pareció efec­
tivamente a los contemporáneos. Una industria que contri­
buía con menos de medio millón de libras a la renta nacional
hacia 1760 y que exportaba mercancías por un valor no su­
perior a las 250.000 libras, añadía cinco millones de libras a

106
la renta nacional a finales del siglo xvm, y una cantidad si­
milar al valor declarado de las exportaciones. La velocidad
con que se multiplicaron las importaciones de materias pri­
mas es realmente impresionante: de diez millones de libras
anuales hacia 1780 a diez veces esta cantidad en el período
de Waterloo y cincuenta veces hacia 1840.
Sin embargo, la transformación de la industria fue, en
algunos aspectos, bastante gradual; en parte, a esto se debió
que la expansión de la producción se mantuviese a través de
las guerras y las crisis. En primer lugar, la expansión se
consiguió recurriendo a los recursos subutilizados en vez
de absorber recursos de otras utilizaciones. La jenny mul­
tiplicó la productividad del trabajo en la rama de la hilatu­
ra y permitió a los tejedores trabajar con regularidad en sus
telares. La water-frame y la mulé eran algo más que instru­
mentos para ahorrar mano de obra; eran sustitutivos de la
habilidad humana, pues permitían producir hilados más só­
lidos y finos con una mano de obra poco calificada. Repre­
sentaron el comienzo de una nueva era en la organización
económica, pues exigían una fuerza de trabajo dócil que la­
borase en la atmósfera disciplinada de la factoría.
Sin embargo, a las factorías sólo se debió una parte del
inmenso aumento de la producción que colocó el algodón
en cabeza de la industria manufacturera británica. Este au­
mento se debió, en su mayor parte, a la acción de una mul­
titud de operarios marginales —los hiladores domésticos a
quienes el capitalista, propietario del taller suministraba al­
godón en rama y los tejedores a quienes suministraba hila­
dos. Cuando las cosas iban mal, la actividad se podía con­
centrar en las factorías y eran los hiladores y tejedores do­
mésticos los que cargaban con las consecuencias de la crisis.
Cuando las cosas iban bien, siempre era posible atraer a nue­
vos hiladores y tejedores manuales sin tener que elevar los
salarios pues las posibilidades de cambiar de trabajo siem­
pre eran escasas. De este modo, el capitalista era quien más
se beneficiaba en los momentos de auge y quien menos su­
fría en los momentos de crisis. Con un mínimo de gastos
generales a su cargo, disponía de una reserva virtualmente
inagotable de trabajo sobrante y de capacidad productiva de
la que podía disponer a su antojo.
La persistencia de la industria algodonera doméstica no
es, pues, sorprendente. Por un lado, había la natural y obsti­

107
nada resistencia de los cabezas de famlia independientes a
encerrarse en una fábrica. Los tejedores manuales pagaron
un elevado precio por su independencia, pero resistieron
hasta 1830. Por otro lado, el empresario capitalista se resis­
tía a invertir su capital en edificios y fábricas que podían
reducir sus beneficios en épocas de crisis, cuando tan fácil le
era satisfacer la demanda en los momentos de auge recu­
rriendo a los operarios marginales. Estos dos factores re­
trasaron la adopción general de los telares mecánicos en
treinta o cuarenta años. «Un empresario industrial tan emv
nente como John Kennedy dudaba todavía en 1815 de si el
ahorro de mano de obra con el telar mecánico compensaba
los gastos de energía y maquinaria y el inconveniente de te­
ner que mantener constantemente en funcionamiento un es­
tablecimiento dotado de telares mecánicos.»6 Hasta comien­
zos de la década de 1840 el número de tejedores mecánicos
no superó el de tejedores manuales. Y hasta 1850 no desapa­
recieron totalmente estos últimos.
Durante el período de mecanización de la industria al­
godonera, que puede decirse que se completó virtualmente
en 1850, el capitalista manufacturero tuvo una posición muy
fuerte. Podía hacer recaer la carga principal de la adap­
tación a los cambios técnicos sobre los productores domés­
ticos propietarios de los telares que resultaban anticuados.
Podía reducir o alargar la jomada de trabajo de una fuerza
laboral numerosa y desorganizada, compuesta esencialmente
de mujeres y niños o jóvenes, pues la legislación sobre limi­
tación de la jornada de trabajo no entró realmente en vigor
hasta la década de 1850. En 1835, poco más de una cuarta
parte de los operarios de las fábricas algodoneras eran hom­
bres de más de dieciocho años; el cuarenta y ocho por cien­
to eran mujeres y muchachas y el trece por ciento niños de
menos de catorce años. No había muchas posibilidades de
competencia para esta fuerza de trabajo no calificada y se-
midependiente, hasta que la revolución industrial adquirió
más fuerza en otras industrias y las mujeres y los niños tu­
vieron otras posibilidades de trabajo en la industria ligera.
Al mismo tiempo^ el industrial algodonero produjo una mer­
cancía para un mercado masivo a un precio que le ponía
a cubierto de la competencia, hasta que los cambios técni­
cos se propagaron a otras industrias textiles y a otros países.
Es indudable que el progreso continuo de la industria

108
algodonera en el período 1780-1850 y el papel dominante que
desempeñó en la revolución industrial se debían en gran
parte a la favorable posición en que se encontraban sus ca­
pitalistas industriales. Pues la revolución industrial britá­
nica fue una revolución industrial espontánea y no una in­
dustrialización forzada, como la de algunos otros países. Su
desarrollo dependía de la libre reacción de la empresa pri­
vada frente a las posibilidades económicas.
Se ha insistido mucho en el papel de los inventos texti­
les como estímulo de la revolución industrial y como razón
de la posición dominante de la industria algodonera. No se
debe, sin embargo, exagerar su importancia, porque tam­
bién se puede argüir que si la industria algodonera anduvo
al frente de las demás en este período fue más por la ener­
gía de sus empresarios que por la habilidad de sus inven­
tores.
Al examinar el proceso del desarrollo económico a tra­
vés del cambio tecnológico es conveniente distinguir, como
ha hecho Schumpeter, entre la invención y la innovación,
pues la que tiene efectos económicos realmente revoluciona­
rios es la última y no la primera. La invención es el descu­
brimiento original básico, el paso crucial en el dominio del
conocimiento teórico o práctico que hace posible un cam­
bio en los métodos productivos. La innovación es la apli­
cación de este nuevo conocimiento o la utilización de la nue­
va máquina en la actividad económica práctica. La invención
puede ser, de este modo —y a menudo lo es—, un factor
puramente exterior a la situación económica: por sí misma
no tiene efectos económicamente relevantes y no induce ne­
cesariamente la inovación. Una nueva máquina o una nueva
técnica pueden ser conocidas por su inventor y accesibles a
los productores muchos años antes de que se pongan en
práctica.
La innovación, en cambio, es el núcleo mismo del pro­
greso tecnológico: amplía las posibilidades de producción,
exige nuevas combinaciones de los factores de producción
y crea nuevas estructuras de costes. No todas las innovacio­
nes son producto de lo que podríamos clasificar como inven­
ciones, no todas se pueden atribuir a alguna conquista con­
creta en el reino del conocimiento teórico o práctico en un
pasado inmediato o remoto. Por otro lado, una invención
—la máquina de vapor, por ejemplo— puede dar lugar a di­

109
versas innovaciones. De hecho, la esencia de la teoría schum-
peteriana es que las innovaciones tienden a producirse no
en forma de flujo continuo sino en una serie de racimos
que proceden de alguna invención especialmente fructífera;
e) desarrollo tiende, pues, a producirse no de forma continua
sino por olas. En todo caso tanto si aceptamos la teoría de
las «innovaciones por racimos» como si la rechazamos, es
evidente que lo que nos interesa al seguir el curso del cam­
bio económico no son las invenciones iniciales o los nuevos
conocimientos que lo hicieron posible, sino la reacción de
los hombres de negocios que lo hizo real, es decir, lo que a
veces se llama el «dinamismo tecnológico* de los empresa­
rios.
La recompensa de la innovación en una economía basada
en la empresa privada es el beneficio. El primer empresario
que lleva a cabo una innovación vende una mercancía al
precio de antes pero con un coste menor; puede, pues, em­
bolsarse la diferencia en forma de beneficio. Se enriquece
más que sus rivales. Su ejemplo, o mejor dicho, la cifra de
sus beneficios, promueve la imitación y a medida que au­
menta el número de los imitadores dos factores tienden a
reducir la distancia entre el precio y el coste: 1) la compe­
tencia entre los productores para hacerse con los mercados
existentes, que tiende a hacer bajar el precio; 2) la compe­
tencia por los factores de producción existentes, de oferta
inelástica. Si la distancia se reduce con demasiada rapidez,
el ritmo de la innovación decae sensiblemente, tanto porque
los empresarios tienen menos incentivos para cambiar sus
métodos como porque se reducen los beneficios con que fi­
nancian el nuevo equipamiento industrial.
Lo interesante en relación con la industria algodonera de
este período es que aunque los precios bajaron en espiral
—entre 1815 y 1845, por ejemplo, los precios de la exporta­
ciones de tela de algodón bajaron casi en tres cuartas par-i
tes— los beneficios se mantuvieron. Esto se debió, en parte,
a que los productores siguieron innovando, aunque quizá no
con la rapidez con que podían haberlo hecho. Ya me he re­
ferido a la lentitud con que el sector de tejido adoptó la
máquina de vapor: «en 1824 todavía había muchas spinning
jennies movidas a mano en Lancashire.»7 Sin embargo, una
serie de innovaciones en las industrias colaterales contribu­
yeron a reducir los costes en el primer cuarto del siglo xix:

110
el perfeccionamiento de las máquinas desmotadoras redu­
jo el precio del algodón en rama; la especialización de las
empresas de maquinaria textil permitió producir máquinas
mejores y más baratas; la mecanización de las operaciones
de blanqueo y de tintura y de las labores de impresión redu­
jo los costes de fabricación; la introducción de la ilumina­
ción a gas permitió reducir los gastos generales haciendo
funcionar la fábrica y la maquinaria día y noche con un
sistema de tumos múltiples; la mejora de las comunicacio­
nes por carretera y canal redujo los costes de distribución.
Pero, posiblemente, la razón más importante de que la
industria algodonera fuese capaz de mantener sus beneficios
y, por tanto, su tasa de inversión fue el hecho de que dispu­
siese de una reserva de mano de obra barata y prácticamente
inagotable. Las mujeres, las jóvenes y los niños pobres tra­
bajaban de doce a dieciséis horas diarias en los talleres con
salarios de pura subsistencia; los hijos de los tejedores ma­
nuales estaban dispuestos a seguir el oficio de sus padres y
a trabajar muchas más horas por salarios más reducidos, los
industriales algodoneros podían disponer de mucha más
mano de obra de la que necesitaban y los salarios que pa­
gaban eran lastimosamente bajos. Entre 1820 y 1845, apro­
ximadamente, la producción total de la industria se cuadru­
plicó y las rentas generadas en Gran Bretaña aumentaron
en un cincuenta por ciento, pero los salarios de los obreros
apenas subieron.
Ésta es, seguramente, una de las razones más importan­
tes del fuerte y continuo desarrollo de la industria algodo­
nera en el período 1780-1850. Una parte creciente de las ren­
tas que generaba iba 'a parar a manos de los empresarios
y éstos, a su vez, estaban dispuestos a reintervertir una par­
te sustancial de sus ganancias en más instalaciones y más ma­
quinaria. Esta elevada proporción de beneficios reinvertidos
significó dos cosas: 1) que la industria siguió aumentando
su capacidad productiva y su economía de dimensión (eco-
nomies of scale) (es decir, un tipo de economía que, desde
el punto de vista interno beneficia las empresas capaces de
producir en escala lo bastante grande como para minimizar
sus gastos generales por unidad de producto, y desde el
punto de vista externo, un tipo caracterizado por el desa­
rrollo de industrias auxiliares especializadas en la comercia­
lización, el blanqueo, la tintura, etc.); 2) que la industria si­

111
guió perfeccionando su utillaje, aunque los cambios técni­
cos no fuesen lo rápidos que habrían podido ser dadas las
invenciones ya existentes; el hecho es que incluso cuando
el cambio técnico es poco espectacular tiende a ser continuo
si la tasa de inversión es alta, pues las nuevas máquinas tien­
den a ser mejores que las predecesores aunque no sean muy
distintas; una elevada tasa de inversión, que implica un ele­
vado ritmo de introducción de nuevas máquinas, genera,
pues, un flujo continuo de estas mejoras parciales y me­
nores.
Cuando la oferta de trabajo perdió elasticidad a partir
de los años 1840, el ritmo de desarrollo de la industria bajó.
Las razones de la contracción de la oferta de trabajo eran
muy diversas. En primer lugar, algunas bolsas de paro tec­
nológico —los tejedores manuales constituyen el caso típi­
co— fueron liquidadas por la crisis y el hambre. En segundo
lugar, la conciencia social empezaba a rebelarse contra la
despiadada explotación de la mano de obra infantil y feme­
nina y la legislación que reducía la jornada de trabajo em­
pezaba gradualmente a surtir efecto. En tercer lugar, otras
industrias empezaban a competir con la algodonera en la
demanda de fuerza de trabajo, sobre todo cuando el boom
del ferrocarril estimuló el comercio y la industria en general
y cuando los demás ramos textiles empezaron a mecanizarse
seriamente. Estos factores redujeron el ritmo de expansión
de la industria pero aceleraron el aumento de las rentas del
trabajo en ella. Entre 1845 y 1870, por ejemplo, la produc­
ción de la industria algodonera se duplicó, es decir, su rit­
mo de aumento fue aproximadamente la mitad del de los
veinticinco años anteriores; pero la proporción de los traba­
jadores en la renta que generó aumentó un poco más que
el total. En esta época la industria algodonera no era ya el
sector piloto en la revolución industrial ni marcaba el rit-,
mo del desarrollo económico nacional. ‘
En resumen, no es difícil ver por qué y cómo la industria
algodonera pasó de la insignificancia a la categoría de ma­
nufactura principal en menos de una generación, y fue la
primera industria británica que adoptó en gran escala ma­
quinaria movida por energía no humana y ahorradora de
trabajo y que produjo para un mercado internacional. Es
indudable que su éxito espectacular excitó la imaginación de
los contemporáneos e impulsó el cambio tecnológico en otras

112
industrias. Pero es posible que se exagere la influencia di­
recta de esta industria en la primera revolución industrial.
El hecho es que sus conexiones con otras importantes indus­
trias británicas no eran lo bastante amplias como para pro­
ducir fuertes repercusiones secundarias. Si indujo cambios
tecnológicos en otras industrias directa e inmediatamente
fue tan sólo en las textiles, las cuales no constituían, global­
mente, un sector industrial muy importante. La materia pri­
ma principal tenía que importarse, es decir, los vínculos en
esta dirección se establecían más con industrias no británi­
cas que con las británicas. La industria algodonera tardó
mucho tiempo en utilizar el carbón; estaba muy localizada
y por ello no creó una gran demanda de nuevas facilidades
de transporte y de construcción. Al principio, las máquinas
textiles se hacían de madera y se producían en la propia fac­
toría textil. Hasta el segundo cuarto del siglo xix no surgió
una industria de maquinaria textil de ciertas dimensiones.
En resumen: las relaciones de la industria algodonera con
otros sectores productivos importantes eran muy limitadas
y sus repercusiones sobre el resto de la economía fueron
más indirectas que directas. Su notable expansión no fue lo
bastante poderosa o general, en sí misma, como para esti­
mular la revolución industrial inglesa, aunque es indudable
que constituyó una importante parte de ésta. Para comple­
tar el cuadro hemos de examinar el proceso de cambio tec­
nológico en otras industrias que se transformaron indepen­
dientemente a lo largo del período 1780-1850.

HCS 22. 8 113


Vil. La industria siderúrgica

La otra industria británica que revolucionó su tecnolo­


gía en el último cuarto del siglo xvixi fue la siderurgia. Como
en el caso del algodón, la transformación tecnológica satis­
fizo una necesidad sentida desde hacía tiempo con la pro­
ducción de una mercancía tan distinta —en calidad y pre­
cio— de lo que hasta entonces se producía en Gran Bretaña
que constituía virtualmente una nueva mercancía.
En algunos otros aspectos, los cambios producidos en el
sistema de producción de la industria siderúrgica, engloba­
dos en la revolución industrial, fueron menos radicales que
los cambios ocurridos en la industria algodonera. Las indus­
trias textiles se transformaron tanto desde el punto de vista
de la organización como desde el de la tecnología. El tipo de
manufactura doméstico-artesanal se transformó gradualmen­
te en una industria capitalista de factoría. Pero la industria
siderúrgica estaba ya organizada sobre una base capitalista.
Su desarrollo durante el siglo xvi fue uno de los grandes
ejemplos de cambio tecnológico y organizativo que adujo el
profesor Nef para fundamentar su tesis de que los oríge­
nes de la revolución industrial radican en el período 1540-
1640.1 El profesor Ashton comenta el hecho en su estudio so­
bre la industria siderúrgica durante la revolución industrial:
«Desde el período más remoto de que tenemos informa­
ción, la siderurgia ha estado organizada en este país sobre
una base capitalista; capitalista no sólo porque los obre­
ros dependen de un empresario para disponer de materias
primas y tener acceso al mercado sino también porque trar
bajan en un "taller", perciben salarios y llevan a cabo su
tarea en condiciones no muy distintas de las de la gran in­
dustria moderna. La escala de las operaciones ha aumentado
enormemente: el renuevo se ha convertido en un roble, só­
lidamente enraizado y de anchas ramas; la técnica ha expe­
rimentado una revolución. Pero ni en la estructura ni en la
organización ha habido ningún cambio fundamental.» 2

115
Otro rasgo de la revolución industrial en el hierro y el
acero, que distingue esta rama de la algodonera, es que la
primera contó con una sólida base de materias primas do­
mésticas. Las innovaciones del siglo xvm permitieron a las
industrias británicas abandonar el carbón vegetal (recurso
en franco proceso de desaparición) para adoptar el carbón
mineral (muy abundante) y dejar el mineral importado en
beneficio del nativo. La industria algodonera consiguió sus
espectaculares resultados a base, sobre todo, de ahorrar
mano de obra; en cambio, la industria siderúrgica lo consi­
guió economizando materia prima, es decir, utilizando ma­
teriales abundantes y baratos en vez de materiales escasos
y caros.
La tercera característica distintiva de la revolución in­
dustrial en la siderurgia es que su acometida final parece
haber dependido tanto de los inventos exteriores al ramo
como de los inventos realizados en la industria siderúrgica
propiamente dicha. Abraham Darby había conseguido ya en
1709 fundir hierro con carbón de coque. Fue el principio del
fin de la industria siderúrgica basada en el carbón vegetal.
Pero no fue más que eso, el princpio del fin. Incluso los
maestros siderúrgicos aprendieron a seleccionar los tipos de
mineral de hierro y de carbón para producir un lingote de
fundición de calidad aceptable y a eliminar las impurezas
del hierro colado haciendo nuevamente el lingote en hornos
de fundición, pero la innovación no era lo bastante rentable
como para persuadir a los productores de la época a aban­
donar los bosques y trasladarse a las zonas carboníferas. El
coque era un combustible lento en comparación con el car­
bón vegetal y requería un buen suministro de energía para
asegurar una inyección de aire adecuada. Se utilizaba, desde
luego, la energía hidráulica, pero era muy irregular y estaba
sujeta a variaciones estacionales. Hasta que Boulton y Watt
construyeron una máquina de vapor eficiente, hacia 1775, lo s'
hornos no pudieron generar una corriente de aire lo bas­
tante fuerte y continua como para convertir la fundición con
coque en un sistema más eficiente de producción de hierro
colado. Hasta entonces el coque sólo se utilizó en unos cuan­
tos hornos; la mayoría siguieron empleando carbón vegetal.
Ni siquiera en los talleres siderúrgicos del propio Darby,
en Coalbrookdale (Shropshire) se utilizaba exclusivamente
coque.

116
Finalmente, hay una cuarta razón que nos hace creer
que la industria siderúrgica tuvo en la revolución industrial
británica un papel muy diferente al de la industria algodo­
nera. Nos referimos al hecho de que el hierro era esencial­
mente un bien de producción, sujeto a una demanda deriva­
da más que a una demanda directa y, por ello en parte, a
una demanda inelástica. La expansión de una industria de
bienes de producción depende de las condiciones económi­
cas generales o del desarrollo de las industrias que consu­
men sus productos. En algunos casos la industria siderúr­
gica pudo ampliar su mercado al reducir sus precios, crear
nuevas demandas sustituyendo a otros productos —el hierro
se empezó a utilizar en la construcción (puentes y casas, por
ejemplo) en el último cuarto del siglo xvm; en 1784 la plan­
ta de una harinera de Londres se construyó enteramente
de hierro. Pero hasta mediado el siglo xix, cuando la deman­
da de hierro para la construcción de raíles, de locomotoras,
de barcos, de máquinas, de conducciones de gas y de sa­
neamiento amplió enormemente sus posibilidades, la expan­
sión de la industria se vio seriamente limitada por las con­
diciones de la demanda. Aunque los cambios en su sistema
de producción fueron radicales y sus precios bajaron sen­
siblemente, la demanda era demasiado inelástica como para
hacer posible un aumento correspondiente en la cantidad
vendida. Tuvo que registrarse un cierto progreso en la in­
dustrialización antes de que la industria siderúrgica pudie­
se desarrollarse y mantener una aceleración continua com­
parable a la de la industria algodonera.
Estas cuatro características de la industria siderúrgica
en el último cuarto del siglo xvm —su tradición de organiza­
ción capitalista en gran escala, su nueva demanda de ma­
terias primas de producción doméstica, su dependencia de
la máquina de vapor y su demanda inelástica— hicieron que
su papel en la revolución industrial británica fuese muy dis­
tinto al de la industria algodonera. Lo que es discutible es
cuál de ellos fue más importante. El profesor Rostow, que
atribuye al algodón el papel de sector piloto en su modelo de
despegue británico, parece considerar el hierro como un sec­
tor menos importante, pero esta concepción parece ser, fun­
damentalmente, una consecuencia del rígido marco mental
impuesto por su análisis de las «etapas del desarrollo». Si se
concibe la revolución industrial —como hace Rostow— en

117
términos de un período específico de dos o tres décadas en
las cuales tienen consecuencias decisivas los cambios cru­
ciales ocurridos en los métodos de producción, la adscrip­
ción de la revolución industrial británica al período inme­
diatamente posterior a 1783 y el hecho de que la industria
algodonera (al contrario de la siderúrgica) llegase a ocupar
un lugar importantísimo en la economía británica de la épo­
ca llevan inevitablemente a la conclusión de que el algodón
tuvo que ser el sector piloto. En cambio, si consideramos
que la revolución industrial ocurrió en un período más lar­
go y menos rígidamente definido —en líneas generales, en­
tre 1770 y 1850— y si juzgamos la importancia de una indus­
tria en dicho proceso por el peso y el alcance de sus re­
percusiones sobre el resto de la economía, llegaremos a la
conclusión de que tiene una base muy sólida la afirmación
de que la industria siderúrgica desempeñó un papel clave.
Sus vínculos con el resto de la economía —la demanda de
carbón y hierro y de mayores facilidades de transporte y
de obtención de capital, por un lado; la reducción de los
precios de una gran cantidad de bienes manufacturados y
de los costes de las industrias del transporte y de la cons­
trucción, por otro —permiten pensar que la industria side­
rúrgica tuvo un papel más importante y general que la algo­
donera en el proceso de la industrialización británica.
Pero no es necesario, ni útil, insistir en este intento de
identificar la industria a la que pueda atribuirse el papel do­
minante en la revolución industrial británica. Más satisfac­
torio y convincente —aunque quizá menos dramático— es
considerar que la primera industrialización fue resultado de
un verdadero racimo de innovaciones, en el sentido schum-
peteriano del término. Algunas invenciones importantes co­
rresponden a un período anterior; pero lo que cuenta son las
innovaciones, es decir, la adopción general de las invencio­
nes. Este racimo de innovaciones fue decisivo por tres razo-/
nes principales: 1) porque se produjeron en la misma época
poco más o menos; 2) porque ocurrieron cuando la suprema­
cía naval y los contactos comerciales de Gran Bretaña le per­
mitían aprovecharse del aumento de las rentas en Europa y
América del Norte, y 3) porque se reforzaron mutuamente en
algunos aspectos importantes. Lo fundamental fue la concen­
tración del racimo. Convirtió el proceso de industrialización
en algo mucho más beneficioso que lo que habría sido de

118
otro modo y dio a la economía británica una ventaja sobre
>us rivales que aseguró que el proceso seguiría siendo pro­
vechoso mientras la ventaja subsistiese.
Con esta interpretación de la revolución industrial, in­
tentaremos establecer cuál fue el papel exacto de la indus­
tria siderúrgica en la primera revolución industrial. Pregun­
témonos, ante todo, qué carácter tuvieron los cambios tec­
nológicos que transformaron la industria y cuándo ocurrie­
ron. En segundo lugar, ¿qué impacto tuvieron sobre la eco­
nomía nacional en general? Consideremos, para empezar, el
proceso de cambio tecnológico en la industria siderúrgica
del siglo xviii. ¿Qué tipo de industria era en la fase prein­
dustrial?
Los datos de que disponemos sugieren que la industria
siderúrgica inglesa en la primera mitad del siglo xviii estaba
esparcida, era migratoria, trabajaba de modo intermitente
y estaba probablemente, en decadencia. Se ha calculado que
la producción máxima de la industria siderúrgica basada en
el carbón vegetal se alcanzó entre 1625 y 1635, cuando la pro­
ducción de lingote fundido llegó a una cifra (probable) de
26.000 toneladas anuales. Se calcula que hacia 1720 la pro­
ducción de lingote fundido fue de 20.000 a 25.000 toneladas
anuales y que la mayor parte se utilizó para producir objetos
de hierro colado. La mayoría de los objetos de hierro dulce y
de acero que se produjeron en Gran Bretaña se hacían con
hierro en barras importado, especialmente de Suecia.
La causa de la decadencia de la industria o, mejor di­
cho, de su estancamiento era que se encontraba con graves
problemas de suministro de materia prima. Por un lado, sus
propios recursos de mineral de hierro eran de grado muy
bajo —tenían muchas impurezas que dificultaban la elabora­
ción de un producto final duro y sólido. Por otro lado, su
principal combustible —el carbón vegetal— estaba en pro­
ceso de desaparición y era tan frágil que resultaba práctica­
mente imposible de transportar. Esto hizo que la industria
estuviese muy esparcida y que emigrase frecuentemente. La
primera exigencia de un buen taller siderúrgico a principios
del siglo xviit era estar situado en una extensa zona de bos­
ques. Hoy, en cambio, la industria siderúrgica es el núcleo
característico de un denso complejo industrial y demográfico.
El horno de carbón vegetal estaba situado, generalmente, en
una zona remota, aislado de otras industrias y de los demás

119
hornos. Los hornos siderúrgicos estaban esparcidos por todo
el país, desde los Highlands de Escocia hasta Kent, en todas
partes donde hubiesen bosques lo bastante extensos como
para satisfacer su voraz necesidad de carbón vegetal. «Era
muy frecuente que un empresario siderúrgico se trasladase
a distancias considerables, llevando consigo, a menudo, una
gran parte de sus hornos.» 3
La industria era vital para la economía, incluso en la
fase preindustrial y se realizaron grandes esfuerzos para in­
tentar superar los obstáculos que impedían su expansión.
. Había una vinculación muy estrecha entre la propiedad de
la tierra y la fabricación de hierro y los industriales siderúr­
gicos eran hombres relativamente ricos que disponían de los
recursos financieros y tenían el incentivo necesario para lan­
zarse a experimentar nuevos métodos. La primera patente
para la utilización del carbón en la fabricación del hierro se
concedió en 1589 y a finales del siglo xvi y durante todo
el xvii se concedieron una serie de patentes similares. No
parece que ninguna de ellas diese un producto comercial­
mente viable hasta 1709: a partir de esta fecha sabemos que
los talleres de Abraham Darby en Coalbrookdale fundían hie­
rro con carbón. No sabemos cuánto tiempo se necesitó para
producir con este medio un producto vendible o para que
el procedimiento se adoptase en otras partes. La primera
mención impresa del procedimiento que se conoce data de
1747. Es indudable que antes de que el método demostrase
su efectividad se debieron hacer muchos experimentos y
avanzar a tientas, haciendo pruebas y cometiendo errores.
Pero parece claramente establecido que a mediados de si­
glo, Darby y algunos otros fundidores de hierro utilizaban
regularmente coque para producir una gran variedad de pro­
ductos de hierro colado. Cuando se resolvieron las dificul­
tades técnicas que conllevaba la obtención de una inyección
de aire suficiente para mantener en marcha el horno de co- f
que, se vio la posibilidad de producir fundición ligera y de­
licada; es decir, un producto que podía servir para muchos
más usos que el obtenido con carbón vegetal. Mientras tanto,
Benjamín Huntsman obtuvo un éxito similar en la fabrica­
ción del acero, perfeccionando en 1740 un procedimiento que
utilizaba coque para generar un calor intenso y producir así
un acero relativamente libre de impurezas.
Pero ninguna de estas innovaciones resolvió los proble-

120
mas básicos de sector de forja de la industria siderúrgica,
el sector que producía los lingotes para el hierro dulce o el
acero. Benjamín Hunstman tuvo que utilizar hierro sueco
para su acero porque el hierro inglés era demasiado que­
bradizo. Para el hierro dulce se requería todavía el horno de
carbón vegetal. El horno de coque alivió hasta cierto punto
el problema convirtiendo el hierro colado en un aceptable
sustituto del hierro dulce en muchos productos. Los nuevos
productos de hierro colado de los hornos de coque podían
utilizarse en la fabricación de muchos utensilios domésti­
cos y en la de puertas, armas, cañones, clavos baratos, vigas,
tuberías y puentes. El hierro colado era menos costoso que
el hierro dulce y por ello estos productos resultaron más ba­
ratos que las versiones en hierro dulce y acabaron despla­
zándolos. Pero los hornos de coque no podían producir un
hierro aceptable para la fabricación de arados, azadas, ins­
trumentos de toda clase, cerraduras, cerrojos, estribos, etcé­
tera. Para los mejores artículos de esta clase y para los
cuchillos y toda clase de artículos de acero el mineral bri­
tánico era insatisfactorio, aunque se fundiese en hornos de
carbón vegetal.
Durante la mayor parte del siglo xvm continuó la bús­
queda de fuentes de carbón vegetal y la industria se exten­
dió hasta las zonas forestales de Escocia. En Inveraray se
construyó un horno en 1775. Es indudable que una industria
con un producto tan pesado como el hierro podía hacer po­
cos progresos en su economía interna si había de establecer
sus talleres en puntos tan alejados de los centros de con­
sumo. Los gastos de transporte eran prohibitivos en el si­
glo xvm, excepto cuando había una vía navegable en las
cercanías. «Se ha calculado que el coste del transporte inte­
rior en un trayecto de veinte millas era aproximadamente el
mismo que el de una carga procedente del Báltico.»4 La
fabricación de hierro con carbón vegetal fue, pues, en Gran
Bretaña una industria de costes muy elevados en el si­
glo xvm. El hierro sueco no sólo era mejor sino también
más barato en muchos lugares, aunque para transportarlo al
mercado británico hubiese que pagar tres libras por dere­
chos de exportación y dos libras por derechos de importa­
ción.
Se ha dicho que el punto de transición en la historia de
la industria siderúrgica se puede situar en 1775, cuando la

121
máquina de vapor de Watt permitió aplicar una mayor fuer­
za al fuelle del horno y utilizar la energía mecánica para la
forja. Es indudable que la máquina de vapor tuvo una enor­
me e inmediata importancia para la industria siderúrgica.
La primera máquina de vapor que se aplicó a tareas que no
fuesen el bombeo de agua se instaló en la factoría siderúrgica
de John Wilkinson. Hay pruebas, sin embargo, de que la de­
cadencia secular de la industria siderúrgica se había frenado
ya en la década de 1760. En 1760, concretamente, se inau­
guró el horno de coque de los talleres siderúrgicos de Ca­
rrón, movido por un fuelle a vapor. El método que se utili­
zaba hasta entonces era el del fuelle movido por rueda hi­
dráulica. En 1760 había tan sólo diecisiete hornos de coque
en Gran Bretaña, pero en los diez años siguientes se cons­
truyeron catorce más. Mientras tanto, las inversiones en la
industria siderúrgica de carbón vegetal se habían detenido:
no se sabe que se construyese ningún otro horno de carbón
vegetal después de 1775; en 1790 el número de los todavía
utilizados había descendido a veinticinco; en cambio, el de
hornos de coque se había elevado a ochenta y uno. Con el
desarrollo del fuelle a vapor a finales del siglo xvm la in­
tria siderúrgica perdió su carácter migratorio y empezó a
concentrarse en grandes unidades de producción agrupadas
en zonas donde había buenas existencias de carbón y hierro
y con facilidades de transporte por agua. De los ochenta y
un hornos de coque que funcionaban en 1790, treinta y cin­
co se encontraban en los Midlands (veinticuatro en Shrops-
hire, el país donde surgió el alto horno, y once en Staffords-
hire). En 1806, el 87 % del hierro fundido se producía en las
zonas carboníferas. Se comprende esta atracción si tenemos
en cuenta que en los años 1760 y 1770 se necesitaban diez to­
neladas de carbón para producir una tonelada de hierro fun­
dido.
El principal inconveniente para la utilización del coque
en la forja —es decir, en el proceso de refinamiento que
transformaba el hierro fundido en hierro forjado— era que
el carbón mineral introducía impurezas que impedían la ob­
tención de un artículo final perfecto. En 1766 este proble­
ma se resolvió en Coalbrookdale utilizando un horno de re­
verberación —un proceso intermedio entre los de fundición
y forja— pero el aumento del coste apenas compensaba el
elevado precio del carbón vegetal. Hasta 1783 y 1784, cuando

122
Henrv Cort patentó un procedimiento de pudelación y la­
minación que permitió la producción de hierro forjado en
gran escala con carbón, hasta entonces, decimos, no se pudo
producir hierro dulce a un precio y con una calidad que de­
rrotasen totalmente la fundición con carbón vegetal (y tam­
bién la industria basada en minerales de importación) y la
arrinconase definitivamente, excepto para la fabricación de
acero de alto grado.
El método de Cort fue un importante paso adelante por
tres razones: 1) utilizaba .únicamente carbón mineral y esto
permitió escapar a la dependencia del carbón vegetal, que
tan costoso hacía el lingote de hieiro británico; 2) permitió
fabricar lingotes de hierro nativo tan buenos, por lo menos
como los suecos; 3) reunió en un mismo proceso una serie
de operaciones —pudelación, martilleo y laminación— que
hasta entonces se hacían por separado. La aplicación de un
descubrimiento tan complejo como éste no fue automática.
Se necesitaban capitalistas con recursos y con espíritu de
aventura suficientes para lanzarse a esta innovación; direc­
tores y capataces experimentados para organizar el proceso
de producción e introducir las modificaciones y las mejoras
parciales indispensables para asegurar su eficiencia, y obre­
ros calificados para construir el utillaje y ejecutar los pla­
nes. En Gran Bretaña estos factores de producción eran es­
casos durante el siglo xvjii , lo mismo que en todas las eco­
nomías preindustriales. El progreso empezó a manifestarse
cuando se pudo disponer de estos tactores. La principal ex­
pansión de la siderurgia en los diez años que siguieron a la
concesión de la patente de Cort se produjo en el sur del
País de Gales, donde Richard Crawshay había introducido
en seguida el procedimiento. En 1791, la Carrón Company,
empresa grande y progresiva, había probado el método de
Cort y —según dice una carta existente en los archivos de la
compañía— había encontrado que «permitía fabricar un hie­
rro que no tenía nada de malo, pero [que] la extraordinaria
cantidad de desperdicios le convertía en un procedimiento
muy costoso».5 Se necesitó, además, bastante tiempo para
que los consumidores de dentro y fuera del país se diesen
cuenta de que el hierro británico, que durante tanto tiempo
había sido un producto poco apreciable, podía ser tan bue­
no como el hierro extranjero.
Sin embargo, como en el caso de la water-frame de Ark-

123
wrighl, el descubrimienlo de Cort se adoptó con mayor ra­
pidez que la mayoría de los grandes inventos del siglo xvm,
en parte porque el inventor fue lo bastante infortunado como
para perder prematuramente sus derechos de patente. Cort
se arruinó con la bancarrota y el suicidio de uno de sus prin­
cipales acreedores y no pudo proteger su patente, que ca­
ducó en 1789. A partir de aquel momento, los empresarios
siderúrgicos pudieron experimentar el procedimiento como
quisieron, introduciendo las mejoras que bien les parecían
sin tener que pagar derechos de patente. Hacia 1790 y en la
primera década del siglo xix la industria se extendió en to­
dos los frentes. La posibilidad de utilizar hierro colado bri­
tánico para la fabricación de productos de hierro dulce hizo
aumentar grandemente la demanda de aquél. Entre 1788 y
1806 la producción de hierro colado británico se cuadrupli­
có: ya casi se había duplicado en la ola expansiva anterior,
cuando empezó a utilizarse extensivamente el coque en los
altos hornos (hacia 1760). En 1812 se seguía importando
lingote sueco para los fabricantes de acero, pero Gran Bre­
taña exportaba ya más lingote del que importaba.
En la primera década del siglo xix, pues, la producción
de hierro colado británico era de un millón de toneladas
anuales, aproximadamente (en 1760 era de 30.000 toneladas).
Se exportaban más de 60.000 toneladas anuales. Tomada en
general —es decir, desde las minas de hierro hasta el pro­
ducto final— la industria siderúrgica generó un 6 % apro­
ximadamente de la renta nacional británica durante la pri­
mera década del siglo xix (en la de 1760 no llegaba más que
al 1 o 2 %). Su expansión en el último cuarto del siglo xvm
se debió en gran parte a la máquina de vapor, no sólo por
la utilización del vapor en los hornos, en las forjas y las fun­
diciones sino también porque las bombas de vapor utiliza­
das en las minas permitieron la explotación de mejores ya­
cimientos.
La consecuencia más importante de las innovaciones en
la industria siderúrgica durante la segunda mitad del si­
glo xvm fue la de permitir una reducción espectacular del
coste de la materia prima. Pero las innovaciones básicas es­
timularon otras y el resultado global fue un importante aho­
rro de tiempo y de mano de obra. El martillo a vapor intro­
ducido por John Wilkinson en 1782 podía dar ciento cincuen­
ta golpes por minuto. La laminadora de Cort, movida a va­

124
por podía elaborar quince toneladas de hierro en el mismo
tiempo que se requería antes para fabricar una tonelada de
lingote. En la primera década del siglo xix se calculaba que
el lingote de hierro pudelado fabricado en Inglaterra se ven­
día a precios que iban de veinte a veintiocho libras por to­
nelada; en cambio el precio del producto sueco rival iba de
treinta y cinco a cuarenta libras la tonelada. El abarata­
miento del lingote y del hierro colado estimuló la innovación
en los demás procesos. Por los años 1780 y 1790 se introduje­
ron nuevas máquinas para una gran diversidad de fases in­
termedias: máquinas para laminar, cortar y labrar el metal,
por ejemplo; taladros para horadar cañones; tornos y má­
quinas para fabricar clavos o tuercas.
Estas innovaciones cambiaron completamente la estruc­
tura y el carácter de la industria. Entre 1788 y 1806 la pro­
ducción media por alto horno pasó de 800 toneladas a 1.130,
un aumento del 40 % en menos de veinte años. En 1839 era
de 3.566 toneladas. Los fundidores de hierro siempre habían
sido hombres relativamente ricos —se dedicaban a una in­
dustria que exigía fuertes inversiones de capital (como las
de la construcción de un alto horno), pero los empresarios
siderúrgicos del último cuarto del siglo xviit operaban en
una escala que superaban todas las experiencias anteriores.
El imperio industrial de John Wilkinson se componía de
minas de carbón, minas de estaño, fundiciones de hierro,
forjas, almacenes, embarcaderos; se extendía por el País de
Gales, Cornualles, los Midlands, Londres y Francia; incluso
acuñaba su propia moneda. Cuando el procedimiento de Cort
permitió al sector de forja utilizar el carbón, cayeron todas
las barreras que impedían la integración de la industria si­
derúrgica. Esto fue lo que facilitó su concentración y le
permitió adquirir las gigantescas dimensiones que la carac­
terizan actualmente: «En Staffordshire, en Yorkshire y, sobre
todo, en Gales del Sur todas las operaciones desde la extrac­
ción del carbón y del mineral de hierro hasta la fabricación
de lingote de hierro y la producción de mercancías acabadas
se realizaban en una misma localidad, en el seno de una
misma empresa y la mayoría de ellas en un solo estableci­
miento.» 6 Esto permitió suprimir una gran cantidad de ope­
raciones; por otro lado, la producción de hierro de buena
calidad, barato, de textura uniforme día jt fa economía britá­

125
nica la materia prima de una nueva industria: la ingeniería
mecánica.
En efecto, las innovaciones que empezaron a propagarse
en la industria siderúrgica en las tres o cuatro últimas dé­
cadas del siglo xvm determinaron el carácter del cambio téc­
nico en la industria hasta 1860, cuando Bessemer hizo la de­
mostración de su nuevo procedimiento de fabricación del
acero y se perfeccionó el horno regenerador de Cowper. El
único descubrimiento importante que influyó en la indus­
tria en la primera mitad del siglo xix fue el de Nielsen en
1828: observó que calentando el aire inyectado en el horno
disminuía el consumo de coque y aumentaba la producción.
En menos de diez años, la inyección de aire caliente se adoptó
de manera general. La innovación comportaba muchas ven­
tajas: permitió ahorrar mucho combustible, facilitó el uso
de hornos más grandes, dio valor económico al mineral de
hierro escocés, muy carbonatado, inservible para la fundición
hasta que se utilizó la inyección de aire caliente, y permi­
tió que aquellas regiones que, como Escocia y Gales del Sur,
no disponían de buen carbón de coque utilizasen carbón de
mina. Con la introducción del aire caliente, Escocia empezó
a producir hierro colado al precio más bajo de Gran Bre­
taña y probablemente del mundo.
Pero si, aparte de la inyección de aire caliente, no hubo
ninguna otra innovación importante en el siglo xix, el pro­
greso técnico en la industria siderúrgica no se detuvo. Había
tres tendencias, relacionadas entre sí: 1) un aumento con­
tinuo de las dimensiones de la unidad de producción; 2) un
ahorro continuo en el consumo de carbón: en 1840 la can­
tidad de coque utilizada para la fundición de hierro no era
mayor que la del mineral de hierro requerido; en cambio,
en 1788 la proporción era de siete toneladas de carbón por
una de hierro fundido, en 1810 de cinco toneladas y en 1840
de tres toneladas y media; 3) el diseño de las fábricas y de
la maquinaria mejoraba continuamente: hubo modificacio­
nes en el diseño del alto horno en la década de 1830, por
ejemplo, los que elevaron la altura de los hornos, ahorra­
ron combustible y aceleraron la producción de metal; hubo
perfeccionamientos en el proceso de pudelación que reduje­
ron la cantidad de hierro colado necesaria para fabricar un
lingote: de treinta o treinta y cinco quintales a comienzos de
siglo a veintiséis o veintisiete quiñi ales hacia 1840; mejoras

126
en el martillo a vapor y en la laminadora, que ahorraron
tiempo y trabajo.
Pero después del salto de 1780, que cuadruplicó la pro­
ducción en menos de veinte años, la industria siderúrgica
creció mucho más lentamente. La expansión de los años 1790
y 1800 estuvo relacionada con la demanda anormal de pro­
ductos siderúrgicos en tiempo de guerra, una demanda hin­
chada por las necesidades navales y militares, a la que hay
que añadir la mejora de los transportes con la fiebre cons­
tructora de canales. Cuando terminó la guerra hubo una fuer­
te crisis y el crecimiento no se reanudó hasta que la deman­
da militar fue sustituida por otros tipos de demanda. Se
empezó a utilizar hierro, en cantidad creciente, para la cons­
trucción de edificios, puentes, máquinas, botes, tuberías del
gas y del agua, faroles, raíles y columnas; «Londres llegó a
hacer, incluso, experimentos con la pavimentación en hie­
rro, cerca de Blackfriars Bridge y de Leicester Square».5 Pero
hasta la época del ferrocarril, iniciada en 1830, la industria
no volvió a recobrar el ritmo de crecimiento que la había
caracterizado en el período entre 1780 v 1800. Ahora bien, si
la producción aumentó más lentamente en el período inme­
diatamente posterior a las guerras napoleónicas, lo cierto es
que aumentó más rápidamente que en ningún otro país.
Gran Bretaña pasó del 19% en 1800 al 40% en 1820 y al
52 % en 1840 dentro del total de la producción mundial de
hierro colado.
¿Qué podemos decir, pues, del impacto del progreso de
la industria siderúrgica en la economía británica en gene­
ral? Consideremos, por ejemplo, los vínculos por el lado de
la demanda —los «vínculos hacia atrás» con el resto de la
economía, para utilizar la terminología del profesor Rostow.
En primer lugar, la industria siderúrgica creó una deman­
da para el mineral de hierro británico: lo importante es que
dio valor a unos recursos minerales que hasta entonces no
tenían prácticamente ninguno por su bajísimo grado. Una de
las ventajas especiales con que contaba Gran Bretaña para
convertirse en el centro de la primera revolución industrial
era que sus recursos de hierro y de carbón coexistían en las
mismas regiones, a menudo en las mismas minas. El mine­
ral que se utilizaba en aquella época procedía casi enteramen­
te de venas situadas en los yacimientos de carbón: en 1850
se calculaba que el 95 % del mineral de hierro utilizado pro-

127
cedía de los yacimientos carboníferos.8 Durante más de un
siglo, después del rápido desarrollo de la fundición de co­
que (iniciado hacia 1760) ésta dependió exclusivamente de
las fuentes domésticas de mineral de hierro, aunque fuesen
de baja calidad. Hasta 1870 y 1880 las importaciones de mi­
neral de hierro no empezaron a adquirir importancia.
Además del mineral de hierro la industria utilizó grandes
cantidades de caliza y de carbón británicos. La industria si­
derúrgica fue el factor más importante del aumento de la
demanda de carbón en la primera mitad del siglo xix; por
otro lado, esta doble demanda de carbón y de mineral de
hierro hizo necesarias nuevas facilidades de transporte.
Como ya hemos visto, los canales se construyeron, sobre todo,
para transportar carbón y una gran parte de éste —una
quinta parte a principios del siglo xix y una cuarta parte ha­
cia 1840— iba destinado a los altos hornos.
Finalmente, podemos decir que la industria siderúrgica
era el prototipo de la industria moderna —si por tal enten­
demos una industria de grandes dimensiones, fuertemente
capitalizada y mecanizada— y por ello necesitaba los facto­
res de producción adecuados para una industria moderna.
Necesitaba, por ejemplo, fuerza de vapor (aunque en los
primeros años utilizó a menudo la fuerza hidráulica) para
múltiples operaciones: para el bombeo del agua de las minas
de carbón y hierro, para la trituración del mineral, para los
altos hornos, para el martillo pilón, para el laminado y para
la elaboración de los productos finales. No disponemos de
estados de cuentas de la industria siderúrgica en la primera
mitad del siglo xix, pero en 1871 los altos hornos, y las fun­
diciones absorbían cerca del 25 % de toda la fuerza de va­
por generada en las fábricas y talleres de Gran Bretaña y
cerca del 40 % de su fuerza de trabajo. La proporción no
pudo ser menor en la primera mitad del siglo. También ne­
cesitaba una fuerza de trabajo masculina y adulta semies-
pecial izada y grandes dosis de capital y de maquinaria es­
pecializada. Con ello contribuyó a crear una reserva nacio­
nal de estos elementos indispensables para una economía
modernizada.
Por otro lado —los vínculos hacia adelante— la industria
siderúrgica suministró un material industrial barato y só­
lido absolutamente necesario para una economía industria­
lizada. La existencia de esta mercancía a precio tan reducido

128
y con tanta abundancia fue una de las principales razones
de que Gran Bretaña realizase la revolución industrial antes
que sus rivales. Se necesitaba hierro bueno y barato para
la fabricación de instrumentos y aperos de toda clase, desde
los arados a los tornos, para toda clase de objetivos milita­
res y navales, desde las anclas a los cañones, para la ferre­
tería, para el hilo telegráfico, para la construcción y, sobre
todo, para la maquinaria industrial. Los nuevos métodos de
fundición y forja aparecidos a finales del siglo xvm senta­
ron las bases para el desarrollo de una industria mecánica
que serviría a toda la industria británica y suministraría
maquinaria a todo el mundo durante el siglo xix. Estimuló
invenciones que no sólo ahorraron mano de obra e hicie­
ron posible la producción en gran escala, sino que sentaron
las bases para la fabricación de productos estandardizados y
de instrumentos de precisión que constituyen el fundamen­
to de la industria moderna. Al desarrollar su propia maqui­
naria, la industria metalúrgica ayudó a introducir mejoras
técnicas en muchas otras industrias. Se demostró que las
máquinas y las máquinas constructoras de máquinas podían
perfeccionarse al infinito y este proceso de cambio técnico
continuo, autogenerado es, en definitiva, la causa del desa­
rrollo económico sostenido que tan natural nos parece.
Pues la característica que convierte la industria siderúr­
gica en un factor crucial del moderno desarrollo económico
es que en gran parte, aunque no exclusivamente, es una in­
dustria de producción y no de consumo. Una reducción en
el precio del hierro significaba una reducción en los costes
de producción de muchas otras industrias y permitía uti­
lizar el hierro en vez de otros productos menos duraderos
que se venían utilizando porque el precio del hierro era pro­
hibitivo. Un ejemplo de lo que decimos es la sustitución de
los productos de hierro dulce (muy caro) o de los productos
importados por otros hechos con hierro colado, mucho más
barato. Pero lo más importante fue la sustitución .de la ma­
dera por el hierro; esto permitió producir maquinaría tex­
til, por ejemplo, con una mano de obra semiespecializada y
no con carpinteros especializados, cada vez más escasos; per­
mitió, también, elaborar un producto que no sólo era de fa­
bricación más precisa que el viejo producto manual sino que
resistía mejor la intensa utilización a que le sometía el tur­
no continuo y se podía reparar más fácilmente. Las tuberías

H CS 22. 9 129
de hierro eran más eficientes y duraderas para la conduc­
ción de gas y de agua que las tuberías de madera o de al­
farería y las vigas de hierro aumentaron grandemente la so­
lidez de los edificios públicos. Con el tiempo, el hierro re­
sultó el material más eficiente en muchas otras actividades
industriales —la construcción naval, por ejemplo, la fabrica­
ción de vagones, de cubas para cervecerías y las destilerías,
etcétera. £1 país capaz de administrar este material industrial
de tan vital importancia en cantidades virtualmente ilimi­
tadas y a un precio relativamente bajo era, sin duda, un
país con enormes posibilidades de desarrollo.
Pero el sector que más exigió a la industria siderúrgica
—y cuyo crecimiento puso verdaderamente a prueba su ca­
pacidad de desarrollo— fue el del ferrocarril. En el primer
cuarto del siglo xix la construcción de raíles de hierro tenía
ya una cierta importancia, pero se limitaba a vías férreas
muy localizadas y de pequeñas dimensiones, la mayoría liga­
das a una mina o a una fundición y basadas en la tracción
animal o movidas por motores fijos. Las vías férreas que sa­
lían de los límites de una hacienda privada y ponían en re­
lación más de una mina o una fundición necesitaban una
autorización del Parlamento; por esto disponemos hoy de
cifras sobre su longitud. Durante los primeros veinte años
del siglo xix se abrieron al público casi doscientas millas de
este tipo de ferrocarril público. En la década de 1820 se
abrieron unas cien millas más y se inició la era del ferroca-
iril a vapor. El punto culminante de la construcción de fe­
rrocarriles se alcanzó en 1847: casi 6.500 millas estaban en
construcción en aquel momento. En la década de 1850 había
terminado ya el boom de la construcción de ferrocarriles y
existía ya la osamenta fundamental de la red ferroviaria bri­
tánica. La rapidez con que se había construido era realmen­
te excepcional. Es indudable que no se habría podido termi­
nar en tan pocos años de no haber existido una industria
siderúrgica con una gran capacidad de expansión. También
es indudable que la rapidez con que se completó la red fue
una de las razones de su elevada rentabilidad. A finales de
la década de 1850 los beneficios de los ferrocarriles empe­
zaron a ser del mismo orden que ¡os incrementos del capi­
tal invertido en la red ferroviaria. Pese a las grandes fiebres
y a las crisis, a la mala dirección y a la pésima planifica-

130
ción, la historia del boom de los ferrocarriles es la historia
de un éxito impresionante.
Naturalmente, esta historia no terminó aquí. Cuando la
red ferroviaria británica quedó virtualmente terminada, la
industria siderúrgica pudo suministrar carriles de hierro a
las redes ferroviarias extranjeras. En la década de 1850 las
exportaciones fueron ya el 39 % del producto bruto de la in­
dustria —durante la primera mitad del siglo el promedio
había sido del 25 %. Hasta entonces, las tres cuartas partes o
más de la producción de la industria se habían destinado a
cubrir la demanda interior e incidentalmente a apoyar a la
industria británica.
En pocas palabras: la industria siderúrgica desempeñó
en la industrialización británica un papel de difusión y de
estímulo, a la vez. Suministró a bajo precio y en abundan­
cia la mercancía que más necesitaba la industria moderna
para su equipamiento esencial (sólo el carbón se le puede
comparar en esto). La industrialización del siglo xix empe­
zó, quizá con las innovaciones en el ramo textil a finales del
siglo xviii. Pero el progreso continuo de la industrialización
dependía de la disponibilidad de carbón y de hierro y habría
sido inconcebible sin la máquina de vapor y sin el progreso
técnico en la industria siderúrgica manifestado también en
los últimos treinta años del siglo xviii. Los países subdesa­
rrollados actuales que luchan por escapar al estancamiento
económico tienden a considerar que el primer paso es la
creación de una industria siderúrgica. Quizá no tengan siem­
pre razón al plantear el problema de esta manera, pero no
es difícil ver por qué han sacado esta lección de la expe­
riencia británica del siglo xix.

131
VIII. La cronología de la innovación

El proceso de industrialización que adquirió fuerza en


Gran Bretaña durante la segunda mitad del siglo xvm e ini­
ció aquella elevación continua y sostenida de los ingresos rea­
les que el mundo occidental considera hoy como algo natu­
ral, implicó una serie de cambios revolucionarios en la es­
tructura y la organización de la economía. Los orígenes de
estos cambios pueden verse en siglos anteriores. Algunos
de ellos están todavía en plena realización. Pero, en general,
se está de acuerdo en que las transformaciones cruciales se
produjeron con bastante rapidez —sin duda alguna en los
cien años que van de 1750 a 1850 y probablemente en un pe­
ríodo mucho más corto. La tentación de aislar un breve pe­
ríodo de tiempo en el que se pueda decir que ocurrieron los
cambios cruciales es muy fuerte. Las discontinuidades de la
historia son más dramáticas que las continuidades y es na­
tural que se quiera encontrar para ellas una referencia tem­
poral precisa.
La cronología de la revolución industrial se ha conver­
tido así en objeto de fructífera controversia. Unos quieren
ver sus orígenes en los de la industria manufacturera orga­
nizada y otros insisten en que todavía no ha terminado, ni
siquiera en un país plenamente industrializado como Gran
Bretaña. Unos encuentran pruebas decisivas de una discon­
tinuidad fundamental en el último cuarto del siglo xvm y
otros, como Clapham y Schumpeter, están convencidos de
que «si queremos referir la revolución industrial a una épo­
ca histórica definida hay más razones para situarla en el
segundo cuarto del siglo xix que a finales del xvm».1
La respuesta que demos a este problema depende, desde
luego, de lo que pidamos concretamente a los datos existen­
tes. En particular, ¿qué se entiende por cambios «cruciales»?
¿Cruciales en qué sentido?; ¿fue el comienzo de la industria
organizada lo que constituyó el cambio fundamental? Si fue
así, realmente, deberemos retrotraemos, como Nef, a la épo­
ca de los Tudor y antes incluso y abandonar toda esperanza

133
de adscribir la revolución industrial a una época definida.
t O fue más bien cuando el cambio técnico asumió un carác­
ter claramente moderno, con la sustitución de la energía
humana por la mecánica, de las fuentes de energía biológi­
cas por las minerales, de la industria doméstica por la facto­
ría? Si fue así, realmente, nuestra atención debe centrarse
en el conjunto de innovaciones de los treinta últimos años
del siglo xviii. ¿O fue cuando la industria moderna adqui­
rió unas dimensiones suficientes como para reformar la es­
tructura de la economía nacional, marcar el ritmo del desa­
rrollo económico, determinar los niveles y las formas de
vida para todo el pueblo en general? En este caso, deberemos
centrar el análisis en los comienzos de la era del ferrocarril,
es decir, en el segundo cuarto del siglo xix.
Recientemente, el profesor Rostow ha dado un nuevo
interés al problema de identificar y fechar con exactitud la
revolución industrial británica al convertirla en la base de su
teoría de las etapas del crecimiento económico, es decir, al
considerarla como el prototipo del despegue, «el intervalo
decisivo en la historia de una sociedad, cuando el crecimien­
to se convierte en su condición normal».2 Esto es, desde lue­
go, ir mucho más allá que sus predecesores en la vieja con­
troversia sobre la cronología de la revolución industrial. Lo
que éstos intentaban hacer era sugerir una cronología de
la industrialización británica que pudiese ser útil para ana­
lizar las causas, el carácter y las consecuencias del proceso
central. El profesor Rostow, en cambio, ha intentado inter­
pretar la historia económica de Gran Bretaña de modo que
tenga implicaciones políticas inmediatas para los que se preo­
cupan por los problemas de las actuales economías prein­
dustriales; esto le lleva a ver la revolución industrial como
algo que se acerca más al acontecimiento que al proceso.
Por ello, aunque él pretende que su enfoque es un retorno
a «un viejo modo de observar el desarrollo económico» lo
que hace, en realidad, es ver la historia económica de una
nueva manera. Si tiene razón y es realmente posible iden­
tificar en la historia de los países industrializados un período
de veinte o treinta años en el que la transformación ha sido
lo bastante decisiva como para asegurar la continuidad no
sólo del proceso de industrialización sino también del aumen­
to de la productividad media y de los niveles de vida, si
esto es realmente posible, decimos, será desde luego muy

134
importante para los políticos actuales comprender la mecá­
nica interna del cambio. Pues, en principio, los cambios que
han ocurrido espontáneamente en los «despegues» anterio­
res pueden ser inducidos en los actuales países subdesarro­
llados con una acción gubernamental apropiada.
El examen de la trayectoria histórica de algunos países
concretos a la luz de la teoría del «despegue», tal como la
ha formulado el profesor Rostow, ha sido muy útil para que
los economistas y los historiadores de la economía centra­
sen su atención en las importantes discontinuidades que im­
plica una revolución industrial.3 Ahora bien, es evidente que
el concepto de «despegue» es una dramática simplificación
que no resiste al intento sistemático de relacionarlo deta­
lladamente con los hechos conocidos o de dar una crono­
logía definida. En el caso británico, por ejemplo, la elección
del período 1783-1802 como el período concreto en que tuvo
lugar, en forma en cierto sentido irreversible, el proceso de
industrialización es comprensible pero no resiste el análisis
detallado.4 En este período hubo un desarrollo importante
de las industrias algodonera y siderúrgica, en él se produ­
jo la fiebre constructora de canales, se aceleró el ritmo de
las enclosures y el de la población y, sobre todo, hubo una
fuerte elevación del comercio de ultramar, tanto el de im­
portación como el de exportación. Pero cada uno de estos
elementos forma parte de un proceso histórico continuo en
el que el período 1783-1802 no constituye un hilo particular.
El aumento de la población y el de las enclosures, por ejem­
plo, habían empezado a acelerarse con anterioridad y alcan­
zaron su punto culminante más tarde. La fiebre de los ca­
nales estuvo precedida por una explosión de actividad en la
construcción de canales que aunque menos poderosa no tuvo
ciertamente precedentes; al cabo de una generación, estalló,
por lo demás, una fiebre más espectacular e importante: la de
los ferrocarriles. Las industrias algodonera y siderúrgica ha­
bían empezado a transformar sus técnicas muchos años an­
tes y en 1802 constituían todavía una parte demasiado peque­
ña de la actividad económica total para cargar con el peso
de la economía nacional. El cambio más importante en este
período es el del comercio de ultramar; los cálculos de la
producción nacional basados en las series estadísticas del
comercio exterior sugieren una aceleración del ritmo de cre­
cimiento nacional durante este período. Pero el comercio de

135
ultramar era muy vulnerable a las vicisitudes de la guerra
y los bruscos aumentos de 1780 y 1790 se pueden explicar
fácilmente por las condiciones de la guerra; el aumento del
comercio en la década de 1780, por ejemplo, se puede ver
como una consecuencia (un rebote) de los niveles anormal­
mente bajos en que había caído a causa de la Guerra de In­
dependencia norteamericana; el prolongado crecimiento de
la década de 1790 puede deberse en gran parte a que los
principales competidores europeos de Gran Bretaña habían
desaparecido prácticamente del mar a causa de las guerras
francesas. Si tenemos en cuenta estas circunstancias espe­
ciales, el brusco aumento del comercio exterior que carac­
teriza el período 1783-1802 no es tan espectacular como po­
dría parecer a primera vista.
El resultado de todo esto es que no se puede justificar
la elección de un período tan rígidamente especificado y es­
trecho como el de 1783-1802 como aquel en que la revolu­
ción industrial adquirió las características que hicieron ine­
vitable la industrialización continua en el futuro. Ahora bien,
las cuestiones planteadas por el profesor Rostow en su in­
tento de situar en el tiempo los cambios cruciales de la re­
volución industrial siguen teniendo interés y son, desde lue­
go, importantes. Sabemos, por ejemplo, que algunos de los
actuales países subdesarrollados han empezado a industria­
lizarse y han sido incapaces o bien de mantener el impulso
inicial o de generar un desarrollo económico sostenido. Si
conociésemos mejor la mecánica interna de las revolucio­
nes industriales anteriores, y en particular, si pudiésemos
decir con exactitud que hubo un período concreto en el pro­
ceso después del cual el desarrollo fue inevitable, podríamos
comprender mejor las condiciones del éxito de la industria­
lización. En este sentido, la primera revolución industrial
tiene un interés especial porque fue espontánea.
Una cosa está clara en relación con el moderno desarro­
llo económico: que depende, sobre todo, de la existencia de
un proceso continuo de cambio técnico. Lo que hizo la re­
volución industrial fue aumentar sustancialmente el flujo
de innovaciones incorporadas a la actividad económica na­
cional y convertirlo en un flujo continuo, aunque fluctuan-
te. En una economía preindustrial, el progreso técnico tien­
de a ser excepcional e intermitente. En una economía indus­
trializada se acepta como una parte del orden normal de las

136
cosas. Cada generación espera que podrá mejorar las técni­
cas productivas de la anterior. De cada nueva máquina se
espera que sea más eficiente que la que reemplaza en el
proceso productivo.
De todo esto podemos deducir que una revolución indus­
trial implica ciertos cambios en las condiciones básicas. Una
de las condiciones de una revolución industrial es, por ejem­
plo, un cambio en la actitud mental del productor repre­
sentativo. En un tipo de economía tradicional las técnicas se
transmiten normalmente de padre a hijo sin cambios o sin
idea alguno de cambio. Otra condición es una modificación
ile las circunstancias del mercado. Si no hay excedente eco­
nómico o si las perspectivas de expansión de las ventas son
limitadas o inciertas, los productores no tienen ni la liber­
tad ni el incentivo para lanzarse a experimentar nuevos
métodos. Una tercera condición es el aumento del flujo de
invenciones o de ideas para el cambio, susceptibles de incor­
porarse al proceso productivo. ¿Hasta qué punto se cum­
plieron estas condiciones a finales del siglo xviti o a comien­
zos del xix?

1. Cambios en tas actitudes de los empresarios


hacia las innovaciones
Es indudable que la innovación estaba de moda a me­
diados del siglo xviii. «Nuestra época se vuelve loca por las
innovaciones —dijo el doctor Johnson con su característico
sarcasmo. Todas las cosas del mundo tienen que hacerse
de una nueva manera: se colgará a los hombres con un nue­
vo procedimiento; ni siquiera Tyburn está a salvo de la fu­
ria de la innovación.»5 Ahora bien, debemos preguntamos
hasta qué punto era una moda pasajera y hasta qué punto
influyó en la conducta del productor medio, de la multitud
de individuos inarticulados, poco educados y nada opulen­
tos que tomaban las decisiones cotidianas sobre la manera
de llevar los negocios del país. Es difícil responder a esta
pregunta porque si bien se puede casi siempre indicar la
fecha de aparición de los nuevos métodos —las novedades
se convierten en noticias— raramente se puede seguir su
propagación y su adaptación graduales en un ámbito más
extenso.

137
La agricultura era todavía la principal actividad y parece
indudable que el granjero activamente preocupado por las
mejoras era más bien raro a finales del siglo xvm y prin­
cipios del xix. Sin embargo, debieron existir muchos gran­
jeros pequeños que se vieron obligados, a causa de las enclo-
sures, a encontrar nuevas formas de organización de su
tiempo y de su labor. Los métodos tradicionales no bas­
taban ya para que pudiese ganarse la vida muchos de los
afectados por las enclosures. Tenían que experimentar nue­
vos cultivos o dedicarse a una industria doméstica, como el
hilado o el tejido, o dejar el negocio por cuenta propia y en­
grosar el proletariado agrícola e industrial. Pero las enclo­
sures hacía siglos que duraban. No podemos identificar con
exactitud el período en que el movimiento de las enclosures
empezó a influir en los métodos de la mayoría de los cul­
tivadores, pero es razonable pensar en el período culminan­
te de la enclosure obligatoria —es decir, impuesta por el
Parlamento. Las enclosures de tierra común y baldía por
disposición del Parlamento habían afectado a unos 75.000
acres en el período 1727-1760, pero subieron a 478.000 acres
en 1761-1792 y a más de un millón en el período de las gue­
rras francesas y napoleónicas, es decir, entre 1793 y 1815.
Hacia 1820, la agricultura en campo abierto era ya una ra­
reza, aunque a mediados del siglo xix no hubiesen desapa­
recido del todo todavía las rotaciones de cultivos y las acti­
tudes anticuadas. Cuando James Caird recorrió el país en
1850-1851 el viejo sistema de rotación («dos cosechas y bar­
becho») de la agricultura de campo abierto se practicaba
todavía normalmente en muchos lugares de Inglaterra y ha­
bía todavía cultivadores que consideraban los abonos como
una basura inútil.®
El comercio era otra de las grandes actividades de la
Gran Bretaña preindustrial y existen datos sobre una serie
de cambios en los métodos de organización y en los proce­
dimientos que ampliaron, probablemente, las posibilidades
y redujeron las incertidumbres para todos los mercaderes
que se dedicaban al comercio en gran escala. Dentro de las
restricciones impuestas por la Bubble Acl los hombres de
negocios se dedicaban activamente a experimentar nuevas
formas de organización. A finales de siglo, la compañía por
acciones, sin incorporación plena o con responsabilidad li­
mitada pero con acciones libremente transferibles era ya

138
una forma común. Hubo, también, a lo largo del siglo xvm,
un desarrollo continuo del seguro de los stocks contra in­
cendios, que debió reducir grandemente el elemento de in­
certidumbre en los negocios mercantiles. El seguro maríti­
mo, que se diferenciaba difícilmente de la especulación frí­
vola a principios de siglo, se convirtió en un servicio profe­
sional especializado que alcanzó importancia en 1771, cuan­
do la Sociedad de Aseguradores de la Lloyd’s Coffee House
se decidió a construir una nueva Lloyd's Coffee House y a
separarse de la informe mezcla de jugadores y especulado­
res que frecuentaba la vieja sede.7
En el transporte también se observan nuevas actitudes
empresariales en el siglo xvm. Al cambiar la pauta general
de las posibilidades económicas para todos los comerciantes,
es indudable que estas nuevas actitudes tuvieron importan­
tes repercusiones secundarias. En el negocio de las comuni­
caciones, la iniciativa privada empezó a introducirse en sec­
tores tradicionalmente considerados como exclusivos del go­
bierno local y los nuevos responsables de las decisiones eran
a menudo menos conservadores que los antiguos. Los geren­
tes de las compañías de peaje, por ejemplo, comprendían
más fácilmente que los concejales parroquiales las ventajas
de la utilización de un ingeniero especializado —incluso un
especialista autodidacta como John Metcalf— para la cons­
trucción de carreteras baratas y duraderas; se abrió asi la
posibilidad de una nueva carrera: la de ingeniero de cami­
nos. Del mismo modo, los constructores de canales dieron
trabajo a ingenieros como James Brindley, que abrió nue­
vas dimensiones en el pensamiento de los navegantes flu­
viales y ofreció una serie de nuevas oportunidades econó­
micas a los que vivían de transportar materias primas pe­
sadas a lo largo del país.
En la industria manufacturera, la transformación técni­
ca fue especialmente evidente y completa en el ramo textil,
sobre todo en el algodonero, y en el ramo del metal, sobre
todo en el siderúrgico. En el textil el único sector que se
había transformado radicalmente a principios del siglo xix
era el algodonero, pero era, evidentemente, cuestión de tiem­
po que los demás sectores reaccionasen ante el estímulo de
la competencia y del ejemplo y adaptasen nuevas máquinas
para sus necesidades específicas. Hacia 1770 las máquinas
de cardar lana de Yorkshire eran movidas mecánicamente

139
y en la década de 1790 se intentó peinar estambre y preparar
lino y seda para aplicar a los demás ramos textiles las má­
quinas de hilar que tan espectacular resultado habían dado
en el algodonero. El telar Jacquard, un invento francés ori­
ginado en la industria de la seda y patentado en 1805 se pro­
pagó rápidamente en Inglaterra hacia 1820, cuando un per­
feccionamiento inglés permitió disponer de una versión más
compacta, apta tanto para la industria doméstica como para
la de factoría. En la siderurgia los acontecimientos se pre­
cipitaron a finales del siglo xvm con tanta rapidez como en
la industria algodonera. La transición de los hornos de car­
bón vegetal a los de coque había terminado virtualmente
en la primera década del siglo xix y la tecnología tradicio­
nal había sido completamente desplazada. Incluso el herre­
ro de pueblo adoptaba nuevas técnicas cuando podía dis­
poner de carbón barato. Sin embargo, en estos sectores de
la industria, más localizados, el cambio no produjo plenos
efectos hasta que se construyó la red de canales y, más tar­
de, la de ferrocarriles, que abarataron el carbón en todo el
país. Del mismo modo, las técnicas de las demás industrias
metalúrgicas y de la minería de carbón cambiaron en la
fase de la mina con la utilización de la fuerza de vapor para
la extracción del agua y para los elevadores y, en las fases
ulteriores, por la utilización del carbón mineral en vez del
vegetal. Pero, hasta el siglo xix no se introdujeron cambios
radicales en los procedimientos de manufactura de los me­
tales no ferrosos.
También en la industria de la construcción se registraron
importantes cambios técnicos desde las primeras fases de
la revolución industrial. La escasez de madera fue ya un
factor importante a principios del siglo xviii; esto llevó a
una mayor utilización de la piedra (por lo menos en las
zonas donde había canteras fácilmente accesibles) y más
tarde a una utilización extensiva del ladrillo. Los depósitos
de arcilla que servían para la fabricación de ladrillos eran
abundantes y el aumento de la red de canales —y sobre todo
la de ferrocarriles, más adelante— permitió suministrar
carbón barato a las tejerías. Al aumentar la producción de
ladrillos, se le impuso un tributo especial (en 1785) y por
ello disponemos de cifras concretas sobre dicha producción
a partir de la citada fecha. En cosa de veinte años, después
de 1785-1789, la producción de ladrillos aumentó en un 80 %,

140
aumento que refleja mejor que ninguna otra cosa hasta qué
l'unto los canales eran efectivos como medio de transpor­
te barato para el combustible y el producto final de las
tejerías. Se necesitaron otros treinta años para que la pro­
ducción anual de la industria ladrillera aumentase en otro
80 %; por entonces, a finales de la década de 1830, la era
del ferrocarril estaba ya en marcha y no sólo constituía un
nuevo canal de transporte sino que era una nueva fuente
de demanda de ladrillos. También fue importante la evolu­
ción de otros materiales de construcción antes de acabar el
siglo xviii —por ejemplo, del yeso para las paredes, de la
argamasa para unir los- ladrillos o la piedra, del hormigón
para los cimientos. Pero hasta la década de 1820 los numero­
sos experimentos no dieron como resultado el cemento Port-
land, el material con que se construyó, una generación más
larde, la mayor parte del sistema de desagüe de Londres.
En la mayoría de las demás industrias manufactureras
el único cambio tecnológico importante que data de finales
del siglo xviii es la utilización del vapor en vez de la ener­
gía hidráulica o animal. Pero su impacto fue muy limitado
porque sólo adquirió importancia en las unidades de pro­
ducción que ya funcionaban en gran escala. Las dos pri­
meras máquinas de vapor que se instalaron en Londres, por
ejemplo, lo fueron en fábricas de cerveza; pero sólo en los
grandes centros de población como Londres, Bristol o Du-
blin el mercado cervecero tenían dimensiones suficientes
para permitir la compra de una máquina de vapor. Cuando
las dimensiones del mercado no eran tan grandes, el em­
presario que intentaba la compra de una máquina de vapor
podía encontrarse con serias dificultades financieras. La Ha­
rinera Albion, por ejemplo —de tan infortunado destino—,
la primera que funcionó con vapor, se construyó en Londres
con un coste de 60.000 libras esterlinas; empezó a funcionar
en 1786 y después de varios años de dificultades resultó to­
talmente destruida por el fuego en 1792. Fue una lección
para otros fabricantes que disponían del capital y del espí­
ritu emprendedor suficientes para iniciar un proyecto de
este tipo pero no de recursos lo bastante grandes como para
resistir los problemas, los fallos, los cálculos erróneos que
comporta todo cambio radical en la práctica establecida. La
mayor parte de las innovaciones requieren un período de
desarrollo antes de tener el éxito asegurado y la mayoría

141
de los empresarios manufactureros del siglo xvm eran de­
masiado pobres para resistir un período —posiblemente lar­
go— de pérdidas y de beneficios nulos.
La lista de las diversas innovaciones introducidas en la
economía británica durante la segunda mitad del siglo xvm
—incluso si la limitamos a los casos del éxito— da la im­
presión de un considerable progreso técnico. En la práctica
sin embargo, se trataba de meros inicios. La generación que
sembró la semilla del progreso técnico no fue la que reco­
gió los frutos. La mayoría de las decisiones empresariales
eran tomadas por hombres que no tenían ni los capitales,
ni la iniciativa ni el incentive para dedicarse a experimentar
nuevas técnicas y menos todavía para mecanizar sus ope­
raciones con costes elevados y beneficios dudosos. La ma­
yoría de los «manufactureros» era todavía «artesanos» al
empezar el siglo xix: la mayor parte de la maquinaria era
de madera, tosca, se rompía o desgastaba fácilmente y su
eficiencia dependía más de la habilidad del operario que de
su diseño básico. La mano de obra no calificada era abun­
dante y a muy pocos productores les parecía remunerador
sustituir el esfuerzo humano por máquinas. Las mujeres es­
cocesas transportaban todavía el carbón en la espalda y su­
bían escaleras de más cien pies, pese a que la máquina de
vapor lo podía subir a la superficie con mayor rapidez y efi­
cacia. En 1831, en el censo de actividades incluidas bajo la
denominación general de «comercio al por menor y artesa­
nía» se encontraban todavía la construcción naval, la car­
pintería y ebanistería, la relojería, la juguetería y la fabri­
cación de instrumentos musicales, el ramo de alimentación
y bebidas, el de pieles y cueros, la imprenta, las industrias
del papel, la herrería, y algunos fundidores de hierro, teje­
dores y tintoreros.
La conclusión que sugiere este repaso de los datos so­
bre las innovaciones en el siglo xvm y comienzos del xix
es que sólo cuando había un mercado potencial lo bastante
grande y una demanda lo bastante elástica como para jus­
tificar un aumento sustancial de la producción los empresa­
rios ordinarios abandonaban sus sistemas tradicionales y
aprovechaban las posibilidades técnicas que se les abrían.
Así ocurrió en unas pocas industrias en las que el estímu­
lo económico y la posibilidad técnica eran particularmente
importantes. En las demás, la innovación fue una perroga-

142
ti va de una minoría emprendedora y en muchos casos cons­
tituía un proceso en marcha ya desde las primeras décadas
del siglo xviii. Ningún dato permite suponer que, fuera de
algunas industrias y regiones, la mayoría de los producto­
res estaban más dispuestos a innovar en 1815 que en 1750.

2. Cambios en el mercado
La innovación requería un estímulo económico y una nue­
va oportunidad técnica. Para que la innovación se propaga­
se el estímulo tenía que ser masivo y la oportunidad acce­
sible. El estímulo más efectivo para la innovación es, pro­
bablemente, un cambio en las circunstancias del mercado.
¿Qué pruebas tenemos de que estas circunstancias cambia­
ron hacia finales del siglo xvm?
Debemos considerar dos aspectos del mercado: el inte­
rior y el exterior. ¿Qué podemos decir, ante todo, del mer­
cado interior? Parece que hubo cambios importantes en la
distribución de los ingresos en la primera mitad del siglo,
a causa de la anormal proporción de buenas cosechas en las
tres o cuatro décadas que precedieron a 1755. Una buena
cosecha significaba precios de los artículos alimenticios más
bajos y coste de la mano de obra más alto; es decir, ingre­
sos menores para los cultivadores que alquilaban mano de
obra y rentas menores para los terratenientes. Una serie de
buenas cosechas significaba que los granjeros y los terra­
tenientes no tenían posibilidad alguna de recuperar sus pér­
didas. Fue, efectivamente, un período de aguda crisis agrí­
cola.
En cambio, para el resto de la sociedad las cosas iban
exactamente al revés. Para los cottagers los pobres y los jor­
naleros agrícolas una buena cosecha quería decir más tra­
bajo, mejores salarios y más frutos de la tierra del cottage
o del espigueo en la gran hacienda. Una serie de buenas co­
sechas quería decir que los graneros se llenaban, que los
precios permanecían bajos y que al final del año, cuando
había que comprar alimentos al terminarse las reservas, se
podían comprar baratos. Los que trabajaban en labores no
agrícolas y que tenían que comprar casi todos sus alimen­
tos se beneficiaban todavía más con una buena cosecha.
Sus salarios subían y disponían de más dinero para gastar

143
en artículos no esenciales, como bebidas (fue, no lo olvi­
demos, la era de la ginebra), azúcar y vestidos. Los indus­
triales que sacaban sus materias primas de la agricultura
(eran la mayoría en aquella economía preindustrial) veían
que sus costes bajaban en los años de buena cosecha, que
la mayoría de sus clientes disponían de mayor poder de
compra y que, por consiguiente, sus beneficios y sus ven­
tas tendían a aumentar. Una serie de buenas cosechas les
impulsaba a emplear más mano de obra, a invertir más ca­
pital, a ampliar su producción y aprovechar los beneficios
adicionales que daba un nivel de producción a mayor es­
cala. Los comerciantes que vendían los productos agrícolas
británicos en el extranjero podían bajar los precios sin re­
ducir sus beneficios por unidad de producción y cuando sus
mercados se ampliaban a causa de la baja de precios sus
beneficios aumentaban. Animados por la prima cerealista
(que otorgaba un subsidio de cinco chelines por arroba de
trigo exportada y un subsidio menor, pero también sustan­
cial, para los cereales más baratos), consiguieron aumentar
las exportaciones de granos ingleses a más de un millón de
arrobas a principio de la década de 1750. La balanza co­
mercial resultó así más favorable, aumentó la oferta na­
cional de dinero y constituyó un nuevo estímulo para el
comercio.
En resumen: la sucesión de buenas cosechas empobreció
a los granjeros y a los terratenientes y enriqueció a los de­
más miembros dé la sociedad. Utilizando los términos del
análisis de Gregory King sobre las familias de Inglaterra y
el País de Gales, podemos decir que los ingresos de los pro­
pietarios (freeholders), de los granjeros (farmers) y de los
caballeros y demás miembros de la nobleza, es decir de
todos aquellos que obtenían sus rentas de la tierra (pro­
bablemente menos del 20 % de las familias de la nación),
bajaron con la sucesión de buenas cosechas, y que los de-/
más miembros de la comunidad, la mayoría, percibieron
ingresos mayores. O, para decirlo de otra manera: los be­
neficios de la explotación agrícola bajaron; los beneficios
de la actividad no agrícola subieron y los grupos de ingre­
sos inferiores percibieron, en general, salarios más regula­
res y pudieron comprar más bienes con su dinero. Todo
esto constituyó un claro estímulo para la industria y el co­
mercio británicos, que duró más de una generación. No es
144
de extrañar, pues, que los datos muestren una aceleración
del ritmo del crecimiento económico a partir de poco antes
de la mitad del siglo xvm.
A finales de la década de 1750 la serie de buenas cose­
chas se interrumpió y en la segunda mitad del siglo el pa­
norama general cambió. Los cambios que se produj on en­
tonces en el mercado interior pueden haber estimulado la
industria y el comercio británicos de dos maneras princi­
pales. La primera fue el efecto causado por el crecimiento
de la población, crecimiento que elevó el volumen de gastos
nacionales aunque no aumentasen proporcionalmente los
gastos per capita. La segunda fue la extensión de la econo­
mía monetaria a causa de las enclosures. La expulsión del
cottager de las tierras comunes y baldías y la compra de
los terrenos de los pequeños propietarios, demasiado pobres
para realizar las necesarias inversiones en el vallado y la
excavación de zanjas, significó la reducción del número de
familias que producían los alimentos y las ropas que con­
sumían ellas mismas. Esta extensión de la economía mone­
taria iba a la par con la de la enctosure (incluso era ante­
rior) tanto de la voluntaria como de la obligatoria. Pero es
razonable suponer que en el período de alza de precios (1750-
1815) el cottager y el pequeño propietario chocaron con ma­
yores dificultades que en los años de crisis agrícola para re­
sistir la presión del terrateniente que consolidaba sus tie­
rras y del granjero que las aumentaba. Al comenzar el si­
glo xix, los cottagers, que constituían casi una cuarta parte
de las familias de Inglaterra y el País de Gales cuando Gre-
gory King elaboró su tabla y cuyos ingresos reales depen­
dían en gran parte de bienes y servicios que nunca se ven­
dían en el mercado, no tenían ya bastante importancia como
para que Colquhoun formase con ellos un grupo separado
en su tabla de familias. El productor de bienes de pura sub­
sistencia había sido eliminado de todas las regiones del país,
con excepción de algunas pocas, las más inaccesibles.
El otro aspecto del mercado era el exterior. La baja de
precios y de costes en la agricultura y la industria británicas
debió facilitar la venta de bienes británicos en el extran­
jero; lo lógico es, pues, que las exportaciones domésticas
aumentasen proporcionalmente. La tendencia alcista de las
exportaciones domésticas en las décadas de 1730, 1740 y 1750
se puede considerar, pues, como una repercusión secunda-

liC S 22 10 145
ria de los cambios contemporáneos en el mercado interioi.
El hecho de que el gran salto adelante de las exportaciones
domésticas en la década de 1740 (un aumento de volumen
de casi el 50 %) coincidiese con un descenso de las reexpor­
taciones parece confirmar la opinión de que la causa del
aumento no era tanto el crecimiento espontáneo de la de­
manda exterior como los términos más favorables en que
eran suministradas las mercancías británicas.
Sin embargo, había importantes signos de cambio en la
situación del mercado exterior, signos que se hicieron cada
vez más evidentes en la segunda mitad del siglo, pese a la
dislocación provocada primero por la Guerra de los Siete
Años y después por la Guerra de la Independencia norte­
americana. El hecho es que la población y los ingresos au­
mentaban en Europa occidental y en América del Norte y
que el mercado potencial de los bienes británicos se am­
pliaba rápidamente. Después de la guerra norteamericana se
registró un fuerte aumento que persistió en la década de
1790, cuando las guerras francesas agarrotaron a los prin­
cipales competidores europeos de Gran Bretaña. El comer­
cio doméstico y el de reexportación experimentaron un fuer­
te desarrollo al ampliarse de este modo los horizontes eco­
nómicos. Por consiguiente aunque los comerciantes y los
industriales británicos tuvieron que hacer frente a una rá­
pida inflación y a una fuerte imposición fiscal, estaban en
tan excelente posición para controlar las rutas comerciales
del mundo que no podían dejar de aumentar sus ventas.
Contaron, además, con una ventaja adicional: los productos
de las industrias algodoneras y siderúrgica les permitían
vender mercancías de mejor calidad a más bajo precio.
Podemos llegar, pues, a la conclusión de que en el si­
glo xvm y a comienzos del xix hubo dos períodos en que el
estímulo de la oportunidad económica debió ser especial­
mente importante para el fomento de la innovación. El pri­
mero fue el período 1715-1755, cuando las cosechas fueron
anormalmente buenas. El segundo fue el período 1783-1815,
cuando Gran Bretaña se encontró en una posición muy ven­
tajosa para explotar los mercados de Europa occidental y
de América del Norte, en rápida expansión.

146
3. Cambios en el ritmo de las invenciones
No basta con la oportunidad económica para innovar: se
necesita también la oportunidad técnica. ¿Podemos fechar
con exactitud el flujo de nuevos inventos e ideas de que
pudieron disponer los productores británicos en el curso
del siglo xvm? ¿Podemos calcular su importancia a la luz
de los puntos de estrangulación y de los factores que limi­
taban el desarrollo económico?
Podemos formarnos una cierta idea de cuál fue el ritmo
de las invenciones consultando el registro anual de paten­
tes sacadas por los inventores, aunque no todos ellos inten­
tasen proteger su copyright y aunque no todos los inventos
fuesen productivos. La variación en la serie estadística apa­
rece muy claramente en la década de 1760, cuando por vez
primera el número de patentes registradas pasó de doscien­
tas en una sola década. Con anterioridad sólo en una oca­
sión —en la década de 1690, caracterizada por un boom—
habían pasado de cien. A partir de entonces, las cifras au­
mentaron continuamente, en cerca de un 50 % por década
hasta las de 1810 y 1820, cuando el ritmo descendió un poco
para volverse a acelerar en las de 1830 y 1840. En esta últi-
ma, el número de patentes registradas era veinte veces¡ SU-
perior al de la década de 1760.

C uadro 3. Número de patentes inglesas registradas en cada


década.
1630/39 75 1740/49 82
1640/49
1650/59 i 4 1750/59
1760/69
92
205
1660/69 31 1770/79 294
1670/79 50 1780/89 477
1680/89 53 1790/99 647
1690/99 102 1800/09 924
1700/09 22 1810/19 1124
1710/19 38 1820/29 1453
1720/29 89 1830/39 2453
1730/39 56 1840/49 4581

Fuente: B. R. Mitchell. Abstract of Brilish Historical Siatistics, p. 268.

147
El número de inventos patentados es, desgraciadamente,
un índice bastante inexacto del número de procedimientos
de que disponían los empresarios británicos y menos toda­
vía de la significación productiva de los nuevos inventos.
Para determinar su impacto, tenía más importancia la cua­
lidad y el carácter del invento que el número de patentes.
Es evidente que la significación inmediata de un nuevo in­
vento para los innovadores potenciales depende de su capa­
cidad de eliminar un punto de estrangulación o de reducir
algunos de los factores que limitan la expansión de la ofer­
ta o de su capacidad de satisfacer una demanda insatisfe­
cha. La lanzadera de Kay, por ejemplo, patentada en 1733,
permitía a un tejedor enérgico hacer el trabajo de dos. Sin
embargo, se propagó lentamente y dio pocos beneficios a
su inventor porque en aquel momento había escasez de hi­
ladores y no de tejedores y el invento de Kay contribuyó a
agudizar esta escasez. Del mismo modo, veinticinco años des­
pués de que Cartwright hubiese introducido su telar mecá­
nico, el número de éstos en todo el país era únicamente
de 2.400 porque no había escasez ni de telares manuales ni
de operarios para moverlos y el carbón era todavía una mer­
cancía cara. En cambio, la spinning-jenny de Hargreave mul­
tiplicó dieciséis veces la producción del hilador individual
y se propagó como el fuego por los cotí ages que hasta en­
tonces trabajaban con el viejo torno de mano. Y la water-
frame de Arkwright produjo hilo lo bastante sólido como
para servir tanto para la urdimbre como para la trama y
satisfizo así, con productos británicos, lo que hasta enton­
ces era una demanda, en gran parte insatisfecha, de percales
indios.
Los puntos de estrangulación más decisivos y generales
con que chocaba la expansión de la economía británica en
vísperas de la revolución industrial (es decir, a mediados
del siglo xviii) eran dos: la escasez de madera y la escasez
de energía. Eran dos problemas íntimamente relacionados
entre sí. La madera era el material con que se construían
las instalaciones de capital fijo. Se utilizaba en la construc­
ción de barcos, de máquinas, de vehículos, de tuberías, de
edificios; se necesitaba también como combustible en las zo­
nas donde el carbón era inaccesible y donde su utilización
era imposible por razones técnicas (por ejemplo en la in­
dustria siderúrgica). Como material de construcción era in-

148
satisfactorio porque era basto, se desgastaba rápidamente
con las inclemencias del tiempo o la fricción, se incendiaba
fácilmente, es decir, tenía, por lo general, una vida breva
y no era muy adaptable cuando se trataba de construir las
piezas móviles de una máquina. Su escasez limitó la pro­
ducción de las industrias que la utilizaban como combus­
tible, la más importante de las cuales era la siderurgia.
Las únicas formas de energía de que disponía la econo­
mía preindustrial eran la energía muscular, la energía hi­
dráulica y la energía suministrada por el viento. Ninguna
de ellas podía servir de base a una economía industrial mo­
derna. El molino hidráulico y el molino de viento existían
desde hacía siglos y algunos de ellos eran muy ingeniosos.
IVro estaban sujetos a dos limitaciones insuperables: su
acción era imprevisible e irregular, porque dependía de las
condiciones climáticas (y nada hay más imprevisible que el
tiempo británico) y la energía que generaban tenía que uti­
lizarse en el mismo lugar.
La realización más importante de la revolución indus-
tiial fue la transformación de la economía británica de una
economía basada en la madera y el agua en una basada en
el carbón y el hierro. La madera era un recurso en proceso
ile extinción, con un futuro estrictamente limitado como
material de construcción en un contexto industrial. La ener­
gía hidráulica y la del viento sólo en parte podían ser con­
troladas por el hombre y tenían, además, un potencial muy
limitado. El poder del molino de viento o de la rueda hi­
dráulica era, por término medio, de cinco a diez caballos
de fuerza y en sus formas más caras y complicadas no lle­
gaban a generar más de treinta caballos de fuerza.
Si tuviésemos que decir cuáles fueron los inventos cru­
ciales que hicieron posible la revolución industrial y ase­
guraron un proceso continuo de industrialización y de cam­
bio técnico —y, por tanto, un desarrollo económico soste­
nido— creo que la elección debería recaer en la máquina de
vapor, por un lado, y en el procedimiento de pudelación de
Cort, por otro, procedimiento que permitió disponer de un
hierro británico maleable, barato y aceptable. La máquina
de vapor de Watt, construida en 1775, tuvo en seguida una
gran cantidad de aplicaciones. Al aplicarla a la extracción
de agua y a los mecanismos de elevación, permitió extraer
carbón barato de venas cada vez más profundas. Al aplicarse

149
a los altos hornos, permitió disponer de un fuelle lo bastan­
te poderoso como para quemar coque en vez de carbón ve­
getal y asegurar el funcionamiento continuo de las caras ins­
talaciones de los altos hornos en los lugares donde se dispo­
nía de carbón y mineral de hierro, en vez de depender de
un suministro de agua localizado y variable según las es­
taciones. Al aplicarse a la maquinaria industrial, suministró
energía a las fábricas de hilados y tejidos, a las cervecerías,
a las fábricas de harina y de papel y eliminó uno de los fac­
tores que limitaban el funcionamiento en gran escala de una
amplia gama de industrias. Estas posibilidades eran ya apa­
rentes en la primera década del siglo xix. Se podían haber
desarrollado con mayor rapidez si Watt no hubiese impedido
con una patente la propagación de su máquina. En el curso
del siglo xix, la aplicación del vapor a las locomotoras per­
mitió transportar a todos los rincones del país carbón, hie­
rro, ladrillos y toda clase de materias primas pesadas o de
bienes de producción; más adelante, su aplicación a la na­
vegación permitió importar artículos alimenticios baratos del
Nuevo Mundo y llevó el proceso de industrialización a su
última conclusión: la especialización internacional.
El otro invento crucial, el procedimiento de pudelación
y laminación de Cort, que data de 1780, constituyó el toque
final a una serie de inventos que marcaron el paso del car­
bón vegetal al carbón mineral en la industria siderúrgica.
Permitió a esta industria escapar rápidamente de la depen­
dencia del suministro, cada vez más reducido, de madera
nativa y de lingote de hierro extranjero, muy caro y, de este
modo, pudo explotar los recursos británicos de mineral de
hierro y de carbón, relativamente abundantes. También en
este caso se eliminó rápida y eficazmente un punto de estran­
gulación. Pero lo más importante fueron los resultados a lar­
go plazo. La utilización del hierro para la construcción de
los bienes de producción duraderos tuvo consecuencias re­
volucionarias. La maquinaria de hierro era de larga dura­
ción, se podía hacer funcionar continuamente con poco des­
gaste, podía resistir las más fuertes tensiones, se podía mo­
delar en formas standard que daban resultados más exactos
que el ojo del artesano y, por encima de todo, era barata.
La introducción de hierro barato marcó el comienzo de la
mecanización y de la ingeniería mecánica. Las calderas de
vapor construidas con hierro dulce británico, por ejemplo.

150
salían más baratas que las de cobre y eran más seguras que
las de hierro colado para las altas presiones. El utilizar el
hierro, en la construcción de máquinas hizo posible por pri­
mera vez el trabajo de precisión, susceptible de un desarro­
llo infinito. Henry Maudslay, por ejemplo, el primer gran
fabricante británico de maquinaria en la tradición moderna,
estableció un nuevo nivel de exactitud al utilizar únicamente
metal como material de construcción. En 1802 instaló en el
astillero de Portsmouth una serie de máquinas de carpin­
tería para mecanizar la fabricación de poleas. «Movidas por
una máquina de vapor de 30 HP. las máquinas fabricaron
130.000 poleas por año. redujeron la mano de obra de cien­
to diez operarios calificados a diez obreros sin calificación
y ahorraron al Almirantazgo casi una tercera parte de sus
gastos de capital anuales. Algunas de las máquinas que
Maudslay construyó para Porsmouth se siguieron utilizando
hasta más de un siglo después de su muerte, ocurrida en
1831.»8 Finalmente, el hierro, aplicado a los ferrocarriles y
a los barcos, era un material de construcción extraordinaria­
mente sólido que, junto con la máquina de vapor, revolu­
cionó totalmente la industria del transporte.
Lo importante de estos dos inventos es que introdujeron
cambios tecnológicos radicales en las industrias que pro­
ducían bienes de capital; esta fue la característica que ex­
plica su tremendo y duradero impacto en el proceso de in­
dustrialización. Sus efectos sobre el precio de los bienes de
capital hicieron aumentar las inversiones nacionales de ni­
veles preindustriales a niveles industriales y economizaron
capital haciendo que los fondos existentes adquiriesen más
bienes generadores de renta que los que habrían comprado
en otras condiciones. Al influir en el ritmo de introducción
de las nuevas técnicas en los diferentes sectores de la eco­
nomía aceleraron el ritmo de la innovación. La adopción de
una tecnología basada en el uso del metal y en fuentes de
energía descentralizada, gracias a las invenciones, constituye
el núcleo mismo de la primera revolución industrial.
¿Qué conclusiones podemos sacar, a la luz de los ante­
riores argumentos, sobre las fechas de los cambios técnicos
que constituyen la primera revolución industrial? Lo más
razonable, al respecto, es centrar nuestro análisis en la in­
dustria manufacturera, porque las innovaciones en la agri­
cultura, el comercio y el transporte anterior a la era del fe­

151
rrocarril eran simples factores permisivos que podían ha­
ber coexistido perfectamente con una economía preindus­
trial.
1) Lo primero que parece deducirse claramente es que
las circunstancias del siglo xix eran, en general favorables
para el cambio técnico. Desde un poco antes de mediados
del siglo y con un ritmo creciente durante la segunda mi­
tad del mismo, parece que en una gran parte del país la
demanda de manufacturas británicas tendió a superar a la
oferta. El estímulo que esto significó para el cambio técni­
co se reflejó en el gran interés sentido por las innovaciones.
La innovación estaba de moda, aunque no siempre diese
automáticamente grandes beneficios (a veces sí los daba).
2) En algunos sectores, el estímulo general a la expan­
sión de la producción fue intensificado por las crecientes
dificultades técnicas con que chocaba. Las innovaciones que
rompieron esta situación y permitieron superar dichas limi­
taciones tuvieron un éxito especial y se difundieron con
particular rapidez.
3) El número de estos sectores donde el cambio técnico
dio grandes resultados y se difundió rápidamente era más
bien escaso. Antes de 1820, se reducían prácticamente a la
industria algodonera y a la siderurgia. Había, además, la
máquina de vapor, aplicada con éxito a una gran variedad
de industrias pero que antes de la era del ferrocarril sólo
tuvo importancia en la industria algodonera, en la siderur­
gia y en la minería.
4) Pero aunque las industrias que habían revolucionado
sus técnicas en la segunda década del siglo xix fuesen esca­
sas y representasen una parte relativamente pequeña de la
producción nacional total, contenían las semillas de la in­
dustrialización continuada. Hasta cierto punto, esto fue así
porque existían otras industrias con una tecnología similar.
Sólo era necesario cierto tiempo para que las innovaciones
iniciadas en la industria algodonera se adaptasen a otras in­
dustrias textiles. También se explica porque estimularon di­
rectamente otras industrias —la siderurgia estimuló la mine­
ría de carbón y la navegación de cabotaje y las industrias
textiles estimularon los ramos del acabado y de la confec­
ción. Pero, sobre todo, se explica porque el desarrollo de la
máquina de vapor y de la industria siderúrgica tuvo con­

152
secuencias de largo alcance para las industrias productoras
de bienes de producción, en general, y a través de éstas,
para la inversión y la innovación en toda la industria ma­
nufacturera.

153
IX. El papel del trabajo

Una condición indispensable del desarrollo económico es


la existencia de una oferta de trabajo en expansión, móvil
y adaptable. Para conseguir los cambios en la estructura y
c-1 ritmo de crecimiento de la producción nacional que cons­
tituyen la revolución industrial, debe haber también pro­
fundos cambios en la cantidad y la cualidad de la fuerza de
trabajo. En este capítulo examinaremos el carácter de es­
tos cambios tal como se manifestó en la primera revolución
industrial e intentaremos explorar algunas de sus causas y
consecuencias.
Para empezar, importa ver el factor de producción tra­
bajo con una cierta perspectiva. Si nos preguntamos cuáles
son los principales determinantes del desarrollo económico
por ejemplo, los podremos clasificar bajo cuatro grandes
epígrafes: recursos naturales, progreso técnico, acumulación
de capital y aumento de la oferta de trabajo. Es decir, el
ritmo con que una economía puede desarrollar su produc­
ción de alimentos y de servicios depende de cuatro factores
fundamentales:
1) El ritmo con que pueda ampliar sus existencias de re­
cursos naturales. Así, por ejemplo, un país que pueda po­
ner en cultivo nuevas tierras, explotar nuevos recursos mi­
nerales, construir nuevas carreteras en puntos hasta enton­
ces intransitables o hacer navegables ríos que no lo eran o
lo eran únicamente en determinadas épocas del año puede
aumentar su base de recursos y su producción por unidad
de trabajo o de capital. En general, hay ciertos límites a la
posible expansión de los recursos naturales de un país, aun­
que un país como los Estados Unidos en el siglo xix pudo
continuarla durante mucho tiempo a base de extender sus
fronteras. En la Inglaterra de finales del siglo xvm y co­
mienzos del xix estaba en marcha el mismo proceso, aun­
que en menor extensión, con la endosare de baldíos y la
eliminación de los puntos de estrangulación cruciales en el

155
transporte, eliminación que permitió utilizar recursos mi­
nerales hasta entonces inaccesibles.
2) El progreso técnico permite también producir una ma­
yor cantidad de bienes y servicios con una determinada inver­
sión de trabajo y de capital. Una innovación en la técnica pro­
ductiva (una nueva rotación de los cultivos, por ejemplo, o
la utilización del coque en vez del carbón vegetal) o una
nueva máquina reducirán los costes y permitirán a los em­
presarios aumentar su producción por unidad de inversión.
3) El tercer determinante del ritmo de crecimiento eco­
nómico es la tasa de nuevas inversiones; es decir, el incre­
mento de la inversión (input) de capital en el proceso pro­
ductivo. Un mayor número de barcos o de canales permite
transportar más mercancías; un mejor equipo para el bom­
beo de agua y los mecanismos de elevación permite extraer
más carbón, etc.
4) El cuarto determinante del ritmo de crecimiento eco­
nómico es la tasa de expansión de la oferta de trabajo. Si
los hombres trabajan con más intensidad o durante más
tiempo o con mayor regularidad o si aumenta la población
activa, aumenta también la producción de bienes y servicios.
Estos determinantes se relacionan estrechamente entre
sí. Normalmente, es imposible, por ejemplo, ampliar las exis­
tencias nacionales de recursos naturales o introducir cam­
bios técnicos sin aumentar la tasa de inversiones. Al final,
el capital requerido por unidad de producto puede ser me­
nor, pero en un primer momento la cantidad absoluta de
capital requerido por el proceso productivo es casi siempre
mayor. Y viceversa: un aumento de la tasa de inversión
dará, a menudo, más valor a la oferta de recursos natura­
les existentes o elevará el ritmo del progreso técnico. Una
nueva máquina es, en general, más moderna y eficiente que
la que reemplaza y aunque las diferencias sean triviales en
cada caso concreto el flujo continuo de estos perfecciona- j
mientos menores en las técnicas o en las máquinas, junto
con un aumento continuo de la formación de capital, darán
lugar a una elevación también continua de la eficiencia del
capital, a un continuo progreso tecnológico. Además, toda
ampliación sustancial de las existencias nacionales de re­
cursos naturales o todo aumento apreciable de la inver­
sión de capital o todo progreso técnico significativo exigi­
rán, seguramente, o un aumento del número de personas de­

156
dicadas a una actividad productiva o un desplazamiento de
obreros de una ocupación a otra, o ambas cosas a la vez. Es
difícil concebir una extensión de los recursos naturales o
un aumento del capital nacional que no impliquen un au­
mento de la oferta de trabajo en el sector afectado. Incluso
en los casos en que el cambio técnico en la revolución in­
dustrial permitió, ahorrar trabajo, -el inmenso impulso que
dio a la expansión de las inversiones dio lugar a un aumen­
to neto de la demanda de trabajo.
En principio, un sector económico en expansión siempre
puede atraer mano de obra ofreciendo a los trabajadores sa­
larios más elevados que los que cobran en otro lugar. Cuan­
do existe pleno empleo de la fuerza de trabajo, éste es el
único medio de aumentar la producción. Si la reducción de
costes debida a una determinada innovación es lo bastante
grande y si los riesgos son escasos, quizá valga la pena ofre­
cer aumentos salariales importantes. En cambio, si existe
una cierta cantidad de paro forzoso o de subempleo y, por
consiguiente, no hay por qué atraer a los trabajadores em­
pleados en otros sectores, puede no ser necesario ofrecer
salarios superiores al promedio existente. Es evidente que
cuanto menor sea el aumento salarial necesario para atraer
la adecuada fuerza de trabajo, más lucrativas serán las pers­
pectivas de una determinada innovación o de una nueva in­
versión. Una oferta de trabajo elástica —es decir, el acceso
a una oferta de trabajo abundante a un precio relativamen­
te bajo— es, pues, un factor enormemente atractivo para
los inversores potenciales.
El hecho de que los empresarios británicos de finales del
siglo x v i h y principios del xix pudiesen aumentar la pro­
ducción y la capacidad industriales sin tener que enfren­
tarse con una elevación correspondiente de los costes a cau­
sa de un aumento de los salarios reales significó que los be­
neficios de la innovación se repartieron, sobre todo, entre
el inversor y el consumidor. Esto aumentó grandemente el
incentivo para la industrialización. Los beneficios aumen­
taron y los precios bajaron. Al aumentar los beneficios, los
inversores se decidieron a dedicar una fuerte proporción de
sus beneficios a nuevas inversiones y a aumentar todavía
más, de este modo, la producción y las posibilidades de em­
pleo. Al bajar los precios, aumentó la demanda y dado que
la demanda de productos manufacturados tendía a ser elásti­

157
ca, los gastos totales crecieron pese a la baja de precios y
la ampliación del mercado estimuló las inversiones ulterio­
res y la demanda de trabajo. Era un proceso acumulativo.
El aumento de las inversiones aceleró el ritmo del progreso
técnico: los productores adoptaron máquinas y técnicas cada
vez más nuevas y esto significó un aumento de la producción
(output) con una menor inversión (input) de capital o de
trabajo. La abundancia de mano de obra barata fomentó,
así, las nuevas inversiones y mantuvo un ritmo de progreso
técnico que, al permitir ahorrar capital y trabajo, generó
una expansión acumulativa y autorreforzada de la actividad
económica.
Aunque en la segunda mitad del siglo xvni los produc­
tores tuvieron más dificultades para encontrar la mano de
obra que necesitaban, es indudable que la fuerza de traba­
jo estaba lejos del pleno empleo y que aumentaba a un ritmo
más rápido que en cualquier otra época anterior. Después
de una fase de estancamiento en las primeras décadas del
siglo, la población de Inglaterra y el País de Gales empezó a
aumentar a un ritmo del 3’5 % por década hacia 1740 y al­
canzó un punto culminante en la década de 1811-1821: casi
el 17 %. Se mantuvo en el 16 % en la década siguiente y du­
rante todo el siglo xix estuvo siempre por encima del 11 %,
aunque nunca superó el 14 %.* En el momento culminante
de la revolución industrial la población crecía a un ritmo
del 1'5 % anual, aproximadamente. Era un ritmo lento, en
comparación con los explosivos índices que caracterizan al­
gunos de los actuales países en desarrollo, pero era supe­
rior al de cualquier otro período anterior en Gran Bretaña.
En las primeras fases, el aumento de la población se de­
bió sobre todo a los efectos combinados de una baja del ín­
dice de mortalidad infantil y de un alza del índice de na­
talidad: por ello el aumento se compuso en gran parte de
niños. En consecuencia, hasta 1821 aproximadamente la fuer­
za de trabajo activa aumentó con más lentitud que la po­
blación total. Por otro lado, los niños del siglo xvm no te­
nían que esperar mucho para poder contribuir a los ingre­
sos de la familia. La industria doméstica daba trabajo a los
niños casi desde que empezaban a andar y en las primeras
factorías textiles se utilizaban niños pobres desde la edad
de cinco años. La carga de los miembros dependientes de
la sociedad tan frecuente en los casos de aumento de pobla­

158
ción, fue, en general, menos pesada para la economía britá­
nica de finales del siglo xvm que en los países que en la ac­
tualidad están en vías de desarrollo, con niveles de trato más
humanos a causa del ejemplo internacional. La conciencia
de la comunidad se hizo más sensible a medida que fue trans­
curriendo el siglo xix y las Factory Acts, los inspectores de
fábricas y las escuelas nacionales empezaron a sacar a los ni­
ños de las fábricas, pero el trabajo infantil continuó, en una
forma u otra, durante más de un siglo después del comienzo
de la revolución industrial. En 1871, el Medical Officer of
Health for the Local Government Board informó de que había
encontrado, todavía, a un niño de tres años en una fábrica de
fósforos de Bethnal Creen.
Otro factor que contribuyó a aumentar la inversión de
trabajo en el proceso productivo fue el aumento del pro­
medio de horas de trabajo por obrero y día. Esto era mucho
más visible en las factorías que en la industria doméstica.
Las factorías utilizaban mano de obra de jornada total (full-
time), es decir, mano de obra que permanecía junto a las
máquinas mientras éstas funcionaban, lo que quería decir,
mientras existiese demanda para sus productos. Mientras de­
pendieron de la energía hidráulica, sus operaciones se vieron
sujetas a interrupciones estacionales pero al introducirse la
máquina de vapor y, sobre todo, cuando se utilizó el gas
para iluminar las factorías, las máquinas sólo dejaron de fun­
cionar en las épocas de crisis. Los hombres, las mujeres y
los niños trabajaban de doce a dieciséis horas, de día o de
noche, en turnos continuos. Es discutible que el trabajo
arrancado a unos niños que laboraban durante quince o die­
ciséis horas con temperaturas de más de 30" fuese más pro­
ductivo que, por ejemplo, once o doce horas trabajadas en
condiciones más humanas y en factorías mejor acondicio­
nadas. Debió existir un límite más allá del cual el trabajo
extra tenía que dar más resultados negativos que positivos,
incluso en las operaciones no calificadas de la labor infan-
lil. Sin embargo, es indudable que a medida que la gente
fue abandonando la industria doméstica, que era una activi­
dad marginal de los agricultores, y se fue incorporando al
trabajo en las factorías y los talleres, la inversión (input)
efectiva de trabajo por miembro de la fuerza de trabajo
aumentó. A medida que se fue incrementando el rendimien­
to por hectárea que los agricultores fueron abandonando los

159
barbechos para adoptar cultivos de tubérculos y raíces que
requerían mayor empleo de trabajo y que la cría de ganado
aumentó en complejidad, el jornalero agrícola medio de fi­
nales del siglo xviii pudo dedicar más horas de cada día y más
días de cada año que sus predecesores a un trabajo remu-
nerador.
Se acostumbraba a afirmar que al expulsar a los peque­
ños propietarios y los cottagers de la tierra y al despoblar
las zonas rurales, las enclosures crearon la gran fuerza de
trabajo proletaria que hizo posible la revolución industrial.
Esta era la opinión que Oliver Goldsmith expresó en térmi­
nos literarios en su poema The Deserted Village y que más
tarde Karl Marx formuló en términos políticos. Pero creo
que se trata de una visión muy simplificada de lo que ocu­
rrió realmente.2 Que la enclosure contribuyó a destruir al­
gunas de las rigideces tradicionales que rodeaban a la fuer­
za de trabajo agrícola y que, al eliminar los derechos comu­
nales, expulsó los pocos cottagers autosulicientes que que­
daban, es algo que parece perfectamente plausible. Lo que
no confirman los datos, en cambio, es que hubiese una cone­
xión general entre la enclosure y el movimiento de la fuer­
za de trabajo de la agricultura a la industria. El verdadero
éxodo del campo no ocurrió hasta la segunda mitad del si­
glo xix, y aunque el proletariado rural aumentó algo en el
curso de la revolución industrial la transformación no fue
tan súbita y radical como se suponía tradicionalmente. Com­
parando los resultados del censo de 1831 con la tabla de Gre-
gory King, Clapham llegó a la conclusión de que en aquella
fecha había todavía sólo 275 familias de proletariado rural
por cada familia rural propietaria, en comparación con una
proporción de 175 a 1, ciento cuarenta años antes.3
El hecho es que el complejo proceso de cambio y de
desarrollo económico que denominamos revolución indus­
trial —tanto en relación con la agricultura como con el trans-|
porte, el comercio o la industria— fue un proceso que re­
quirió un aumento masivo de la inversión de trabajo y cons­
tituyó, en parte, la ocasión de este aumento. Las factorías
ofrecieron un empleo pagado no sólo a los hombres sino tam­
bién a las mujeres y a los niños, grupos que raramente ha­
bían podido trabajar en tareas que no fuesen estacionales o
parciales, durante la época de la industria doméstica. Sería
erróneo, sin embargo exagerar el alcance de las nuevas po-

160
oibilidades. Sólo una pequeña parte de la población tenía
acceso al empleo en una factoría y muchos obreros fabriles
desplazaron a otros que sólo trabajaban parcialmente en la
lábrica. Es indudable, sin embargo, que tanto por su alcan­
ce como por su número las oportunidades económicas au­
mentaron en todos aquellos casos en que la producción cre­
ció más rápidamente que los costes de la misma; es decir,
en todos aquellos casos en que el progreso técnico adquirió
una fuerza apreciable.
La relativa estabilidad de los precios confirma que había
trabajo disponible para satisfacer ia nueva demanda. Las
categorías especiales de trabajadores —como los tejedores
en los primeros años, cuando las máquinas hiladoras pro­
ducían más hilo del que podían tejer o como los ingenieros,
cuando aumentó la demanda de maquinaria— ganaron a ve­
ces salarios de verdadero boom. Pero para la gran masa
de la población trabajadora los salarios diarios no aumen­
taron de manera clara o sostenida a lo largo del período
1780-1830, si tenemos en cuenta el alza de los precios alimen­
ticios durante los años de guerra. Esto constituye, en sí mis­
mo, un hecho notable, y a veces se ha pretendido que la
clástica oferta de trabajo que refleja constituyó una de las
principales razones de la enorme expansión de la economía
británica en este período. En una famosa nota, por ejemplo,
el profesor Hicks sugiere que «toda la revolución industrial
de los últimos doscientos años no ha sido más que un vasto
boom secular, inducido, en gran parte, por un aumento sin
precedentes de la población*.4
Decir que la abundancia de mano de obra barata fue un
tactor crucial para mantener el ímpetu de la revolución in­
dustrial británica no quiere decir, sin embargo, que se pro­
pugne una economía de bajos salarios, como la que querían
los mercantilistas de los siglos xvii y xvm. El argumento de­
sapareció a medida que progresó la industrialización. Man-
deville, por ejemplo, afirmó en 1705, en su Fable of the Bees,
que «en una nación libre, donde no se permiten los escla­
vos, el medio más seguro de obtener riqueza consiste en man­
tener una multitud de pobres laboriosos».5 Arthur Young
planteó la cuestión de manera más radical en 1771: «Sólo
los idiotas ignoran que se debe mantener a las clases más
bajas en la pobreza para que sean industriosas.»6 En sus
Principies of Political Economy, publicados en 1769, sir Ja­

nes 22. n 161


mes Stewart expuso una concepción más compleja del desa­
rrollo económico, no exenta de un cierto tono de moderni­
dad. Stewart reconocía que los salarios altos aumentaban el
poder adquisitivo de los consumidores, lo cual estimulaba
la demanda y, por consiguiente, lo producción. Pero consi­
deraba que la elevación de salarios limitaba la expansión del
sector de exportación. En ausencia de un progreso técnico
continuo —argüía— el alza de los salarios frenaría el desa­
rrollo económico nacional al hacer aumentar los precios do­
mésticos más que los de los competidores extranjeros, re­
duciendo, de este modo, el mercado para las exportaciones.7
Adam Smith veía la cuestión con más optimismo. En su
Wealth of Nations, publicada en 1776, señala que, por un
lado, la miseria producía un elevado índice de mortalidad
infantil y reducía con ello la oferta de trabajo; por otro
lado, los salarios altos daban al trabajador un incentivo para
trabajar con más intensidad. «La recompensa liberal del tra­
bajo —escribía— fomenta la propagación e incrementa la
industriosidad de la gente común... cuando los salarios son
altos los obreros son más activos, diligentes y eficaces que
cuando son bajos; así ocurre en Inglaterra, más que en Es­
cocia; en las cercanías de las grandes ciudades más que en
las remotas zonas rurales.» "
Es significativo también, que Adam Smith se ocupase
específicamente de la teoría de la «curva de la oferta de tra­
bajo en retroceso», teoría utilizada hoy a menudo para ex­
plicar el comportamiento de la fuerza de trabajo en algunas
de las regiones preindustriales del mundo. Esta teoría afir­
ma que, en algunas zonas económicamente atrasadas la fuer­
za que trabaja se comporta de manera muy diferente a lo
que sería de esperar. En vez de ofrecer más trabajo por sa­
larios más altos —en cuyo caso la inclinación de la curva
de oferta sería «normal» (es decir, subiría de izquierda a de-|
recha)— hace lo contrario. La razón es que la demanda de
ingresos monetarios de los trabajadores de estas zonas es
limitada y un salario más alto permite al obrero alcanzar
el nivel de ingresos deseado en menos tiempo que antes:
por esto trabaja menos días. Adam Smith admitió la exis­
tencia de esta actitud, pero negó que fuese aplicable a la
mayoría de los obreros: «Es cierto que algunos obreros,
cuando han ganado en cuatro días lo suficiente para mante­

162
nerse dejan de trabajar los otros tres. Pero no es ésta la
actitud de la mayoría.» 9
Lo interesante en la interpretación de Adam Smith es que
marca una fase de transición en la experiencia económica in­
glesa. Limitarse a conseguir un determinado nivel de ingresos
es propio de una comunidad económicamente estática, y la
economía inglesa estaba en pleno crecimiento en la década
de 1770, tanto desde el punto de vista de los ingresos me­
dios como desde el del número de habitantes. La transfor­
mación que hemos dado en llamar revolución industrial ha­
bía empezado ya a tomar forma y la fuerza de trabajo pre­
industrial, con su organización básicamente autosuficiente,
estaba desapareciendo rápidamente para dar paso a una
fuerza de trabajo proletaria, con un apetito creciente de
manufacturas domésticas y de artículos de lujo como el azú­
car, el té y el tabaco. La enclosure reducía al cottager a la
condición de jornalero agrícola sin tierra. El trabajador in­
dustrial doméstico dependía cada vez más del mercader capi­
talista para el suministro de materias primas y para la ven­
ta del producto acabado. La economía inglesa era cada vez
más especializada y, por consiguiente, más independiente y
el obrero podía gastar sus ingresos en necesidades cada vez
más urgentes y variadas. En estas circunstancias, es muy
improbable que la ilustración más exacta de la tendencia
general fuese una curva de oferta de trabajo con inclinación
invertida.
Decir que la mano de obra inglesa era relativamente «ba­
rata» a finales del siglo xvm no significa que fuese pobre,
tanto en relación con la de otros países como con la de
épocas anteriores en la misma Gran Bretaña. Los salarios
ingleses eran, en general, más bajos que los norteamerica­
nos, porque en América del Norte la mano de obra era
escasa y la tierra muy abundante: el trabajador potencial
siempre tenía la posibilidad de convertirse en granjero pro­
pietario y por ello los salarios eran más altos de lo que ha­
brían sido en otras condiciones. En cambio, los salarios in­
gleses eran superiores a los franceses. Cuando Arthur Young
viajó por Francia hacia 1780 calculó que los salarios france­
ses equivalían aproximadamente al 76 % de los ingleses en
términos de poder adquisitivo; esto le hizo perder en parte
su fe en las virtudes de la economía de bajos salarios, tan
arraigada cuando viajó por el este de Inglaterra por los años

163
1760.10 «La gran superioridad de las manufactureros ingle­
ses, tomados en general, sobre los de Francia, junto con el
precio más alto de la mano de obra —escribió en 1789— es
un tema de gran curiosidad e importancia políticas porque
demuestra claramente que no es baratura nominal del tra­
bajo lo que favorece a los manufactureros; al contrario, és­
tos prosperan al máximo cuando el trabajo es nominalmente
más caro. Quizá —continuó— sea ésta, precisamente, la cau­
sa de su prosperidad, pues el trabajo es, en realidad más ba­
rato cuando es nominalmente más caro; la calidad del tra­
bajo, la habilidad y destreza con que se realiza... deben de­
pender mucho, en general, del estado de bienestar en que
viva el trabajador. Si está bien alimentado y bien vestido
y su cuerpo se conserva vigoroso y activo realizará su tra­
bajo incomparablemente mejor que el hombre hundido en
la miseria y con una pobre alimentación.» 11
Tampoco puede decirse que los trabajadores ingleses fue­
sen más pobres que en épocas anteriores. En Jos primeros
setenta y cinco años del siglo xix había la creencia general
de que los ingresos reales de las clases trabajadoras habían
aumentado apreciablemente. El cálculo del poder adquisi­
tivo del salario de los artesanos que trabajaban en la cons­
trucción, realizado por Phelps Brown, indica que en la dé­
cada de 1780 era un 15 % más alto que el de 1680, y que aun­
que bajó durante los años de guerra en 1820 era un 12 %
superior al de 1780, y casi un 20 % superior en la década
de 1830. En 1688, Gregory King calculó que las familias que
vivían en la miseria recibían 622.000 libras esterlinas para
complementar sus ingresos; esta transferencia equivalía a
menos del 1’5 % de la renta nacional de Inglaterra y País de
Gales. En 1800, los gastos de ayuda a los pobres equivalían
a cerca del 2 % de la renta nacional, pero la política de be­
neficencia era mucho más liberal. El conocido sistema Speen-
hamland, inaugurado por decisión de los magistrados de
Berkshire en 1795 y ratificado por el Parlamento el año si­
guiente, autorizaba la concesión de ayuda a los pobres en
todas las parroquias y fijaba una escala de asistencia pú­
blica relacionada con el precio del pan; esto aumentaba la
ayuda parroquial en proporción al número de bocas a ali­
mentar.
El hecho es que al depender más de los ingresos de un
empleo específico que de otras fuentes de ingreso no fijas

164
—ganancias de la industria doméstica, alimentos cultivados en
el huerto familiar o en los pastos comunales, salarios de em­
pleos ocasionales— el jornalero resultó más vulnerable a las
crisis agrícolas (malas cosechas) y comerciales que en el
pasado. Dado que ambas formas de catástrofe imprevisible
fueron frecuentes a finales del siglo xvm y principos del xix
(por las malas condiciones climáticas y la guerra) es difícil
ver cómo el país podría haber evitado las sublevaciones so­
ciales y políticas sin una beneficencia pública amplia y libe­
ral. Sin embargo, la interpretación tradicional —que proce­
de casi sin variación alguna del Poor Law Commissioners
Report de 1834— ha sido que el sistema Speenhamland era
un «subsidio a la indolencia y al vicio», un «sistema univer­
sal de pauperismo».12 Los salarios podían descender por de­
bajo del mínimo vital porque el patrono contaba con que
la parroquia compensaría la diferencia. Se ha argüido que
el sistema fue una de las causas del aumento de la población
porque era una verdadera «subvención a los hijos ilegíti­
mos» y un incentivo para contraer matrimonio a edad tem­
prana. Esta concepción proviene de Malthus: «Entre las cla­
ses inferiores de la sociedad, donde la cuestión es de máxi­
ma importancia, las leyes de pobres constituyen un estímu­
lo directo, constante y sistemático al matrimonio, puesto que
descarga a los individuos de la pesada responsabilidad en
que incurrirían por ley de naturaleza al traer al mundo hi­
jos que no pueden mantener.» 13
Las investigaciones y los análisis recientes han tendido
a modificar esta interpretación de las consecuencias de la
vieja Ley de Pobres e incluso a poner en duda la extensión
de los cambios provocados por la Act de 1834.1** En primer
lugar, cabe decir que el sistema Speenhamland no era en
modo alguno universal. No se extendió a las zonas industria­
les, donde la asistencia pública se hacía más en forma de
subsidio de paro que de subsidio lamiliar compensador de
la insuficiencia del salario. Los salarios industriales se de­
terminaban por la situación de los negocios (que decidían
la demanda de trabajo) y las dimensiones de la reserva de
mano de obra en las zonas industriales (que decidían su ofer­
ta), más que por las consideraciones del mínimo vital a que
permitía acceder la beneficiencia. Malthus lo sabía perfec­
tamente y atribuyó el exceso de mano de obra en las ciu­
dades a la inmigración masiva de las zonas rurales más fér-

165
tiles gracias a la Ley de Pobres. Pero este argumento se basa
en la presuposición de que en las zonas rurales la relación
de causa a efecto iba de los altos subsidios de la beneficen­
cia a las familias numerosas y no al revés. Esta presuposi­
ción no tiene base alguna. El sistema Speenhamland no regía
en todas las parroquias inglesas —ni siquiera en su momen­
to de mayor auge— y no hay prueba alguna de que en las
zonas donde dicho sistema se aplicaba o en Escocia e Irlan­
da, donde nunca se llegó a adoptar, la población aumentase
más rápidamente que en las zonas donde no regía. Además
los datos recogidos por los Poor Law Commissioners y pu­
blicados en el apéndice de su informe de 1834 indican que
el sistema ya había desaparecido casi totalmente por aquella
fecha, incluso en el sur, donde más se había aplicado. Sólo
el 11 % de los llamados condados Speenhamland concedían
entonces subsidios para complementar los salarios; el por­
centaje era del 7 % en los condados no Speenhamland.15 Pa­
rece que el momento de mayor auge se alcanzó durante las
guerras napoleónicas, cuando constituía un medio para cal­
mar el peligroso descontento del proletariado rural, cada
vez más numeroso, ante el alza de los precios de los alimen­
tos. Pero, después de dichas guerras, el sistema desapareció
en todas partes, con excepción de algunas parroquias.
Si el sistema Speenhamland influyó en la oferta de mano
de obra a principios del siglo xtx fue, sobre todo, por sus
efectos sobre la movilidad del trabajo —cuando actuó junta­
mente con las leyes de asentamiento. Pues para que haya
una oferta elástica no basta con que la fuerza de trabajo sea
numerosa —debe existir en cantidad adecuada cuando se
necesite. Las leyes de ayuda a los pobres y de asentamien­
to parece que obstaculizaron al respecto, el libre movimiento
de la mano de obra. La vieja ley de asentamiento de 1662
había fijado una serie de barreras a la migración estable­
ciendo que todos los recién llegados a una parroquia podían
ser reintegrados por la fuerza a la parroquia de donde pro­
cedían (a expensas de ésta) dentro de los primeros cuaren­
ta días si parecía que iban a resultar una carga para la pa­
rroquia en la que se habían instalado. En 1795 la Poor Law
Removal Act derogó la citada ley y prohibió la expulsión de
los pobres hasta que resultasen efectivamente una carga;
además, los gastos de la expulsión y del traslado a su anti­
gua parroquia debían ir a cargo de la que le expulsaba. Sin

166
embargo, el sistema de beneficencia municipal, más bien
laxo, y los riesgos de la expulsión por la fuerza de la nueva
parroquia constituyeron un poderoso freno a la migración
de los jornaleros responsables y sus familias. Cobbett, por
ejemplo, sostenía que en cuanto había una crisis seria los
centros industriales enviaban a sus trabajadores en paro a
las parroquias de donde procedían.16 Sólo la perspectiva in­
mediata de una miseria total podía inducir a la familia tra­
bajadora a abandonar su hogar en la parroquia en estas con­
diciones. La consecuencia fue que mientras en las zonas es­
tancadas del sur y del este había un paro y un subempleo
agrícolas muy fuertes, en las zonas industriales en expan­
sión del norte y el oeste había una periódica escasez de mano
de obra.
De no haber sido por el elevado índice de aumento natu­
ral de la población en las zonas industriales del noroeste y
de los Midlands y en sus zonas próximas, es dudoso que el
proceso de industrialización se hubiese podido desarrollar
con la rapidez con que lo hizo. Pues lo que ocurrió no fue
que la mano de obra se trasladase del sur y el este, donde
sobraba, al norte y al este, donde escaseaba, sino que se
trasladó a los centros industriales más próximos a las zo­
nas rurales. En la década de 1830 hubo una migración de
larga distancia cuando los nuevos administradores de la ley
de pobres transfirieron familias enteras, con contratos a cor­
to plazo, de los condados del sur a Lancashire. Pero la ma­
yor parte de la migración tuva carácter local. El examen del
censo de 1851 revela que la mayoría de los inmigrantes lle­
gados a Liverpool, Manchester y Bolton, por ejemplo, pro­
cedían de Lancashire, Cheshire o Irlanda y que la mayoría de
los llegados a Leeds, Sheffield y Bradford procedían de
Yorkshire.17
La migración de Irlanda fue especialmente importante.
Irlanda tuvo a finales del siglo xvm y principios del xix un
índice de crecimiento demográfico tan alto como el de In­
glaterra (pero basado más en la inmensa productividad ali­
menticia del cultivo de la patata que en el progreso econó­
mico, en el sentido amplio del término): pero en Irlanda no
había ningún sistema de asistencia a los pobres. Por esto,
cuando se producía alguna de las periódicas crisis agrícolas,
los miserables irlandeses no tenían otra alternativa que mo­
rirse de hambre o emigrar. Muchos de ellos emigraron a

167
Glasgow y Lancashire y engrosaron la reserva de mano de
obra de las ciudades textiles. Cuando las manufacturas do­
mésticas de Irlanda sucumbieron ante la competencia de los
productos británicos, tecnológicamente superiores, los teje­
dores manuales irlandeses pasaron a engrosar las filas de los
obreros ingleses frente a la inexorable competencia del telar
mecánico. Cuando las catástrofes de la cosecha de patatas
en 1846-1847 coincidieron con el boom de los ferrocarriles
ingleses, los inmigrantes irlandeses permitieron llevar a cabo
un inmenso esfuerzo de construcción en un período rela­
tivamente breve, sin tener que drenar mano de obra del res­
to de la economía. Lo que hizo que la mano de obra fuese tan
accesible a los fabricantes ingleses no fue sólo que en Irlan­
da concurriesen una fuerza de trabajo en rápido crecimien­
to, el estancamiento de la economía doméstica y la inexisten­
cia de un sistema de ayuda a los pobres. Fue también una
cuestión de transporte. El viaje de Kent a Lancashire, pon­
gamos por caso, era caro y lento (por lo menos hasta la se­
gunda mitad del siglo xix). En cambio, en los años 1820 ha­
bía un servicio regular de vapores de Irlanda, que transpor­
taba inmigrantes a un precio de dos chelines y seis peniques
por persona; en algunos momentos —en 1827, por ejemplo—
el precio del viaje bajó a cuatro o cinco peniques por per­
sona.
Los industriales británicos tuvieron la suerte de que los
factores demográficos operasen en su favor durante el pe­
ríodo crucial de la revolución industrial, y de que el progre­
so técnico les permitiese aprovechar la situación demográ­
fica. Como ya hemos visto, la población empezó a aumentar
de manera continua hacia 1740, en gran parte (pero no to­
talmente) a causa del descenso del índice de mortalidad, so­
bre todo del índice de mortalidad infantil. El aumento vol­
vió a acelerarse en la década de 1780, cuando el índice de
natalidad, incrementado por el gran número de individuos
que superaban el período infantil, se elevó más rápidamente
todavía. Así continuó hasta alcanzar un máximo de incre­
mento natural en la segunda década del siglo xix. La llegada
de aquella riada de jóvenes podía haber provocado un fuer­
te descenso de la productividad media del país si el desarro­
llo de la industria no hubiese permitido utilizar de manera
más completa la oferta de trabajo. Las nuevas fábricas tex­
tiles podían emplear a miles de niños pobres y ofrecer tra­

168
bajo regular a muchas mujeres que en la economía prein­
dustrial tenían muy pocas posibilidades de ejercer un tra­
bajo remunerado, excepto ocupaciones estacionales. El gran
aumento de la producción de hilo permitió, además, dar tra­
bajo continuo a los tejedores masculinos, cuyos telares per­
manecían parados a menudo por falta de hilo cuando la hila­
tura era un laborioso proceso manual.
No se debe pensar, sin embargo, que los pioneros de la
revolución industrial se encontraron con una fuerza de tra­
bajo fabril fácilmente manejable. Para los obreros británicos
no fue fácil la transición de la agricultura o la industria do­
méstica, con su rutina anual, su ritmo variable y su organi­
zación esencialmente familiar al trabajo de fábrica, monóto­
no, mecanizado, impersonal. En las primeras fábricas mo­
vidas por energía hidráulica, situadas generalmente en zonas
rurales remotas, junto a los ríos, había una escasez cons­
tante de mano de obra. Podían importar centenares de niños
pobres, pero para la mano de obra adulta tenían que depen­
der esencialmente de una reserva poco eficiente y altamente
móvil de emigrantes, que daban un elevado índice de des­
perdicios y carecían de disciplina. La población sedentaria
y respetable miraba la factoría como una especie de asilo o
reformatorio y la migración a gran distancia como una es­
pecie de deportación, actitud comprensible si tenemos en
cuenta que los fabricantes iban a buscar mano de obra a los
hospicios e invocaban todo el peso de la ley para mantener
sujetos a sus trabajadores con contratos a largo plazo y
para capturar a los fugitivos. Para incrementar su fuerza de
trabajo, el fabricante tenía que proporcionar casa y otros
servicios, ofrecer salarios altos y empleos a las mujeres y a
los niños para atraer a toda la familia al remanso rural; ade­
más, tenía que conservar a la mayoría en nómina, incluso
cuando los negocios iban mal, para que no se trasladasen a
otras zonas. Las patriarcales colonias industriales construi­
das por hombres como Strutt y Arkwright en la década de
1780 eran
«... una creación deliberada, sin ayuda del Estado o de
la autoridad local y sin servicios públicos. La fábrica, la pre­
sa, los embalses, el taller, las casas, las carreteras y los puen­
tes, la taberna, la tienda, la iglesia y la capilla, la mansión
del director: todo era concebido por el propietario y cons­

169
truido bajo su vigilancia. La mayor parte del l raba jo era rea­
lizado por trabajo directo como la fabricación de maquina­
ria en el taller del mecánico. La mano de obra tenía que ser
atraída y conservada.» IK
No era, desde luego, mano de obra barata, ni su oferta
era elástica.
Pero la utilización del vapor cambió completamente el
cuadro. Cuando el vapor se convirtió en la principal energía
impulsora de las hilaturas, resultó preferible construir las
nuevas factorías en las ciudades, donde la reserva de mano
de obra era abundante en relación con las necesidades de
las fábricas. Los industriales podían atraer allí la mayor
parte de la fuerza de trabajo (por no decir la totalidad) re­
querida por un boom comercial sin tener que aumentar su
precio. Podían despedir mano de obra cuando los negocios
flojeaban sin temor de perderla definitivamente. Podían de­
jar que sus obreros se amontonasen en las buhardillas o en
los sótanos de las casas y dejar en manos de los construc­
tores el ajuste de la oferta de viviendas a la demanda, edi­
ficando casas de pésima calidad que alquilaban a precios ex­
orbitantes. A medida que la industria se urbanizó, el pa-
ternalismo que caracterizaba a las factorías movidas por
energía hidráulica fue dejando paso a un sistema más im­
personal de reclutamiento de mano de obra. La fuerza de tra­
bajo de cada fábrica se mezcló con las demás para formar
una fuerza de trabajo general que podía pasar fácilmente de
un empresario a otro, de la cual ningún empresario concreto
tenía que responsabilizarse. De esta segunda fase de la edad
fabril surgió el verdadero proletariado industrial, numeroso,
capaz de realizar una acción unida porque estaba concentrado,
era cada vez más consciente de sus agravios políticos y traba­
jaba en un medio cada vez más insalubre al crecer las ciuda­
des y al aflojarse las relaciones personales entre el empresario
y sus obreros. *
En esta fase de la revolución industrial, la fuerza de tra­
bajo carecía, en su mayoría, de calificación (o era, en el me­
jor de los casos, semicalificada); era, por consiguiente, rela­
tivamente homogénea. Este factor contribuyó también a que
la oferta de trabajo fuese relativamente elástica al bajar el
precio Las tareas que exigían fuerza física, como las del
ramo de la construcción, podían ser realizadas, tanto por po­

170
bres inmigrantes irlandeses, como por nativos ingleses. Las
tareas que requerían capacidad de resistencia más que fuer­
za física, podían ser —y eran— desempeñadas, tanto por los
hombres como por las mujeres y los niños. El patrono dispo­
nía de una amplia gama de candidatos al empleo, y alquila­
ba el más barato. Mientras el índice de aumento demográ­
fico se mantuvo alto en las Islas Británicas y los irlandeses
siguieron emigrando en masa a Gran Bretaña en busca de
empleo, la reserva de mano de obra fue mayor que la de­
manda potencial, incluso en momentos de boom, y los cos­
tes de mano de obra fueron confortablemente bajos.
Si los trabajadores hubiesen ejercitado una fuerza con­
tractual colectiva, el nivel general de salarios se había ele­
vado fuertemente con la expansión de la industria en las dé­
cadas de 1830 y 1840. Pero los dados estaban trucados en per­
juicio de los obreros. La mano de obra tenía pocos incenti­
vos para organizarse vis-á-vis de las clases patronales en la
era preindustrial. Hubo casos de agrupaciones de obreros
contra algunos grandes patronos, pero eran excepcionales,
localizadas y efímeras. «Hasta que el cambio de las condi­
ciones de la industria no hubo reducido a proporciones in­
finitesimales las posibilidades de que el jornalero se convir­
tiese en amo, las agrupaciones efímeras no se transformaron
en asociaciones obreras permanentes.» 19 Pero cuando la apa­
rición gradual de una fuerza de trabajo proletarizada a prin­
cipios del siglo xix dio a los obreros un incentivo para orga­
nizarse contra la industria capitalista, se encontraron con
que la opinión pública —esto es, la opinión pública que con­
taba para la determinación de las decisiones políticas— era
ya contraria a toda forma de frente popular. Los excesos de
la Revolución francesa habían alarmado incluso a los miem­
bros más ilustrados y avanzados de las clases dominantes
británicas y su reacción culminó con el Estatuto de 1799,
que prohibía toda clase de asociaciones de patronos o de
obreros.
En lo que a los patronos se refiere, esta prohibición no
tuvo, desde luego, el más mínimo efecto. ¿Quién podía im­
pedir que tres o cuatro patronos —que podían constituir el
conjunto de los patronos de una región determinada a la
hora de negociar los salarios— llegasen a un acuerdo «entre
caballeros» para reducir los salarios? En cambio, aunque el
mecanismo de la ley no impidiese automáticamente todas las

171
asociaciones obreras, un patrono encolerizado podía pedir
siempre la ayuda de la Policía o del Ejército cuando sus obre­
ros actuaban concertadamente contra él. Pero aunque hubo
salvajes persecuciones en nombre de las Combination Laws,
no fue la ley lo que impidió que la mayoría de los obreros
no calificados constituyesen organizaciones efectivas para la
fijación del salario. La verdad es que la reserva de mano de
obra era lo bastante grande para que la mayoría de los pa­
tronos pudiesen despedir a los trabajadores descontentos y
alquilar los servicios de otros. De este modo, hasta que se
derogaron las Combination Laws en 1824-1825 los obreros
carecían todavía de uní fuerza contractual organizada. A ve­
ces organizaban huelgas, pero raramente triunfaban. En la
década de 1830 hubo un breve período en que pareció que
se iba a crear una organización sindical de alcance nacio­
nal capaz de oponerse de modo efectivo a los patronos. La
Grand National Consolidated Trades Union, fundada en 1834
bajo la influencia de Robert Owen, contó con medio millón
de miembros, por lo menos, y pronto se le unieron decenas
de miles de jornaleros del campo y de mujeres, grupos no­
toriamente difíciles de organizar. Pero fue una esperanza de
corta duración. En marzo de 1834, seis trabajadores de Dor-
chester fueron sentenciados a siete años de deportación por
haber tomado un juramento y antes de terminar el año era
ya evidente que las huelgas organizadas por el sindicato fra­
casaban sistemáticamente.
Una de las razones de que los obreros de 1830 y 1840 fue­
sen incapaces de explotar su peso numérico para inclinar
la balanza a su favor en las negociaciones sobre los salarios
era, sin duda, que carecían de educación. Las cifras sobre
la educación recogidas en 1833 demuestran que sólo uno de
cada tres niños en edad escolar recibían instrucción diaria;
además, la educación que recibían era de muy dudoso va­
lor. Parece seguro que la vasta mayoría de los obreros no,
calificados eran analfabetos y que los obreros calificados o
semicalificados que sabían leer y escribir no creían tener in­
tereses comunes con las masas más explotadas y miserables.
Debe recordarse, finalmente, que en 1850 el empresario
típico no era todavía un gran capitalista y que el operario
de fábrica no era todavía el operario típico. Incluso en las
ocupaciones industriales había mucho trabajo extra en otras
tareas, fuera de la fábrica; la industria manufacturera bri­

172
tánica pudo explotar, de este modo, las debilidades de un
mercado de trabajo primitivo. Había mucha subcontratación
entre los obreros calificados, que eran patronos y obreros
al mismo tiempo. Todo esto tendía a desintegrar el merca­
do de trabajo, a hacer aumentar más la productividad que
los salarios, a fomentar la explotación de la mano de obra
y a mantener el obrero en una débil posición contractual.
Mientras el inversor capitalista pudo desempeñar un pa­
pel dominante en la relación de trabajo, las posibilidades
de inversión remuneradora parecieron ilimitadas. Es dudoso
que la economía inglesa se hubiese podido transformar tan
rápida y completamente en una economía industrial si no
hubiese existido este estímulo especial a la inversión. Es, en
lodo caso, significativo que cuando hacia finales del si­
glo xix la fuerza de trabajo empezó a aumentar con mucha
mayor lentitud y la demanda de trabajo perdió homogenei­
dad con el desarrollo de los trabajos de precisión, es signi­
ficativo, decimos, que todo esto coincidiese con una clara re­
ducción del ritmo de desarrollo británico.

173
X. El papel del capital

Otro factor de la producción cuyo desarrollo fue crucial


para la revolución industrial británica fue el capital. La razón
de que el ciudadano de un país industrializado goce de un
nivel de vida más elevado que el ciudadano de un país prein­
dustrial es que produce más bienes y servicios por hora de es­
fuerzo. Y una de las razones de que pueda hacerlo es que cuen­
ta con la ventaja de una mayor acumulación de capital para la
realización de sus actividades productivas. La sociedad en que
vive posee un utillaje técnico superior, más millas de carrete­
ras, ferrocarriles o canales, más edificios y en general más
bienes de los que se utilizan para la producción de otros bie­
nes. Puede esperar que su nivel de vida aumentará porque él
o alguno de sus conciudadanos han formado el hábito de aho­
rrar bienes suficientes para incrementar el patrimonio co­
lectivo de bienes de producción. Existe un ahorro anual su­
ficiente, es decir, que no sólo reemplaza el capital que con­
sume en el proceso de producción sino que adquiere un ca­
pital adicional.
Decir que un país preindustrial tiene una menor acumu­
lación de capital que un país industrializado, no quiere de­
cir necesariamente que tiene un nivel inferior de capital por
unidad de producción que una economía más avanzada. En
realidad, -a inadecuación de sus facilidades de transporte, de
crédito o de almacenamiento, por ejemplo, o la utilización in­
termitente o improductiva de los recursos de capital exis­
tentes pueden hacer que esté altamente capitalizado en re­
lación con su nivel de producción. Dicho de otra manera: su
relación capital-producción puede ser muy alta. Lo que es
indudable es que si quiere industrializarse necesita un au­
mento sustancial de su stock de capital; y que deberá seguir
aumentándolo continuamente si quiere que aumente el nivel
de producción per capita de sus obreros y por consiguiente
su nivel de vida.
Para conseguir y mantener este aumento del stock de ca­
pital, una sociedad debe introducir cambios sustanciales en

175
su conducta económica. A veces se ha dramatizado el efec­
to neto de estos cambios formulándolo como si se tratase de
una súbita y marcada elevación del porcentaje de la renta
nacional ahorrado e invertido anualmente. El profesor W. A.
Lewis, por ejemplo, ha indicado una importante diferencia
entre un país subdesarrollado y un país desarrollado: mien­
tras el primero ahorra normalmente el 6 % de su renta na­
cional, el segundo ahorra un 12 % o más. El profesor Rostow,
por su parte, considera que una de las condiciones del «des­
pegue hacia el desarrollo sostenido» es que la tasa nacio­
nal de inversión pase del 5 % de la renta nacional a cerca
del 10%.'
Si dispusiésemos de estadísticas de la renta y de la inver­
sión nacionales en el período de la revolución industrial po­
dríamos decir con exactitud cuándo se produjo un cambio
en la tasa de inversión de este país. Pero tales estadísticas
no existen. Los cálculos de Gregory King, realizados a finales
del siglo xvii, parecen indicar que el país invertía por en­
tonces un 5 % de su renta total; por otro lado, los cálculos
de la renta y de la inversión nacionales en el siglo xix indi­
can que a finales de la década de 1850 se había alcanzado una
tasa de inversión del 10 % anual, aproximadamente.2 Pero
las estadísticas no arrojan ninguna luz sobre la fecha del
cambio en relación con la revolución industrial. Para com­
prenderlo debemos preguntarnos qué cambios profundos ex­
perimentó el carácter del stock de capital y cuándo ocu­
rrieron.
En primer lugar ¿Qué aumentos hubo en el capital de la
nación durante el siglo xvm? En los capítulos anteriores he­
mos examinado ya algunos de los datos más importantes. Es
evidente, por ejemplo, que el movimiento de la endosare
provocó nuevas inversiones en el vallado, la excavación de
zanjas, el dragado y, en general, en todos los tipos de obra
que se requerían para convertir las tierras comunales y bal- ¡
días en tierras de cultivo permanente. La urbanización im­
plicaba inversiones en la construcción de edificios, en la pa­
vimentación y la iluminación de las calles, en el suministro
de agua y el sistema de alcantarillado. La mejora de las co­
municaciones significó una sustancial inversión de capital en
carreteras, puentes, canales y acondicionamiento de los ríos.
Esta fue la característica de todo el siglo, pero con más in­
tensidad en la segunda mitad que en la primera. El ritmo

176
de las enclosures, de la urbanización y de la construcción de
canales se aceleró ostensiblemente en las tres últimas dé­
cadas del siglo. También a finales de siglo hubo una nota­
ble aceleración de las inversiones en las industrias o en los
sectores industríales más afectados por los cambios técnicos,
especialmente en las industrias algodoneras y siderúrgica y
en la minería.
Pero si el capital nacional aumentó más rápidamente en
la segunda mitad del siglo xvm que en ningún otro período
anterior, lo mismo ocurrió con la renta nacional y la pobla­
ción, La población de Inglaterra y el País de Gales aumentó
aproximadamente en un 50 % entre 1751 y 1801; el volumen
del comercio exterior casi se triplicó; la renta nacional real
probablemente se duplicó. El nivel de inversión tendría que
haber aumentado, pues, en un 50 % más o menos para que
el stock de capital creciese al mismo ritmo que la fuerza de
trabajo; tendría que haberse más que duplicado para au­
mentar el porcentaje de la renta nacional destinado a la in­
versión.
Si reunimos todas las estadísticas disponibles sobre la
nueva formación de capital a finales del siglo xvm parece
que el flujo de las inversiones aumentó más rápidamente
que la renta nacional.3 Pero es difícil, incluso adoptando la
base de cálculo más generosa, llegar a creer con fundamento
que el ritmo de la formación de capital aumentó en más del
1 % de la renta nacional, es decir que si a comienzos del
siglo xvm era el 5 % de la renta nacional, aproximadamente,
fuese de más del 6 % a finales de siglo —habiéndose pro­
ducido el aumento en el último cuarto de siglo, especialmen­
te. Tampoco podemos encontrar pruebas de un aumento des­
proporcionado de la tasa de inversión nacional en las tres
primeras décadas del siglo xix. Entre 1801 y 1831 la pobla­
ción aumentó en más del 50 %; la renta nacional, medida a
precios constantes, volvió a multiplicarse por más de dos.
No hay nada en la historia de la formación de capital en los
primeros veinticinco años del siglo xix que permita creer
que la renta dedicada a nuevas inversiones subió más depri­
sa que la renta en sí; hay razones, en cambio, para creer
que aumentó más rápidamente que la población y que, por
consiguiente, el stock de capital por miembro de la fuerza
de trabajo era en 1830 mucho mayor que en 1800, y mayor
en esta fecha que en 1750.

HCS 22. 12 177


Veamos, por ejemplo, en qué consistía el capital nacio­
nal a comienzos del siglo xix. Lo primero que veremos es
que más de la mitad del capital nacional parecía invertido
en el campo. Esto es lo que indican los cálculos de la época.
El reverendo Henry Beeke hizo un cálculo del capital nacio­
nal en los últimos años del siglo xvm —hacia 1798-1799— que
sugiere que el capital atribuibie a la tierra era el 55 % del
total. El cálculo realizado por Patrick Colquhoun para 1812
(aproximadamente) señala una proporción muy similar: el
54 %. Y en la década de 1830, Pebrer calculó (para 1832-1833,
concretamente) que el 54 % del capital nacional consistía en el
valor de la tierra.4 Las cifras en que se basan estas propor­
ciones no son más que conjeturas, pero se trata de conjetu­
ras de observadores bien informado^, concuerdan entre sí y
justifican la opinión de que la mayor parte del capital de la
nación consistía en el valor de su tierra.
Si excluimos la tierra y centramos la atención eH el ca­
pital reproducible o artificial, veremos que menos de la mi­
tad del total consistía en capital industrial comercial y fi­
nanciero (como stocks comerciales, maquinaria, canales y
efectos extranjeros). Los edificios y la propiedad pública
constituían la tercera parte y el capital de los granjeros era
casi una quinta parte del total a comienzos del siglo xix. Es
posible que en la década de 1830, los industriales reinvir­
tiesen una mayor proporción de sus beneficios y que algu­
nos granjeros dedicasen más ahorros a la compra de fertili­
zantes, a la mejora de las prácticas ganaderas y a la adqui­
sición de maquinaria agrícola que a la enclosure de tierras
comunales y baldías. Pero la estructura general del produc­
to nacional le pareció a Pebrer muy similar a la descrita
por Beeke treinta o cuarenta años antes.
Pero después de la época del ferrocarril, el cuadro es
muy distinto. Según los cálculos de Giffen sobre el capital
nacional, la tierra representaba todavía una tercera parte^
del valor total, pero su importancia relativa disminuía rá­
pidamente y en 1885 era ya inferior a una quinta parte del
total. El capital agrícola había perdido también importan­
cia relativa en la década de 1860, y en el último cuarto del
siglo xix, en pleno movimiento de emigración rural, el ca­
pital agrícola no sólo disminuyó proporcional mente sino tam­
bién en valor absoluto. Se calcula que en 1865 el capital re­
producible o artificial de la nación alcanzó un valor global

178
cuatro o cinco veces superior a la renta nacional: a princi­
pios de la década de 1830, cuando Pebrer hizo sus cálculos,
su valor no era ni tres veces superior al de la renta na­
cional.
En resumen: los datos indican que la mayor parte del
aumento del nivel de inversión industrial relacionada con la
revolución industrial británica tuvo lugar durante las tres o
cuatro décadas que van desde 1830 hasta finales de la dé­
cada de 1860 o principios de la de 1870. No es difícil encon­
trar la explicación de estos aumentos relativamente masivos
del capital de la nación, en el citado período. Una gran parte
se deben a los ferrocarriles. El gran boom del ferrocarril al­
canzó su punto culminante a finales de la década de 1840.
Pero también en otros sectores el proceso de acumulación
de capital se aceleró bruscamente a mediados del siglo. El
período de las grandes inversiones en la industria algodo­
nera parece haber coincidido con la adopción general de la
maquinaria movida a vapor. En quince años, aproximada­
mente, desde comienzos de la década de 1830 a mediados de
la de 1840 el número de husos se duplicó y el de telares
mecánicos se cuadruplicó. Fue el tejedor manual quien su­
frió las principales consecuencias de la transformación de la
industria. En los quince años en que los beneficios de los
capitalistas algodoneros aumentaron a un ritmo sin prece­
dentes, el número de telares manuales bajó a una cuarta
parte de los que funcionaban en la década de 1820. Hacia
1850 sólo una parte insignificante de la producción total de
tejidos se debió a los tejedores manuales. En las otras ra­
mas textiles, el período de mecanización fue un poco más
tardío. El sector del estambre —técnicamente más próximo
al del algodón que los demás sectores de la industria lane­
ra— siguió su ejemplo muy de cerca. En el resto de la in­
dustria lanera, el punto culminante del ritmo de mecaniza­
ción se alcanzó en las décadas de 1850 y 1860. En la de 1850
las fábricas de estambres adoptaron la fuerza de vapor con
más rapidez que las de algodón y en la de 1860 las fábricas
laneras propiamente dichas incrementaron su tasa de inver­
sión en telares mecánicos más rápidamente que cualquiera
de las restantes industrias textiles.
Las inversiones en la minería y en la industria siderúr­
gica parecen íntimamente relacionadas con el boom de la
construcción de ferrocarriles. Hacia 1850, se construían vein­

179
tisiete altos hornos anuales y se ponían rápidamente en ex­
plotación nuevos yacimientos de carbón y de hierro: en Es­
cocia hacia 1830, en Cleveland hacia 1850 y en Cumberland-
Lancashire hacia 1860. La inversión en los hornos de pudela-
ción aumentó también considerablemente entre 1850 y 1875.
Entre 1860 y 1870 concretamente —antes de pasar del hie­
rro maleable al acero— el número de hornos de pudelación
prácticamente se duplicó.
Pero, por encima de todo, estas décadas de mediados del
siglo xix estuvieron dominadas por el masivo desarrollo del
transporte. No hablamos sólo de los ferrocarriles. El va­
lor de los barcos construidos en el Reino Unido empezó a
aumentar claramente a fines de la década de 1840, cuando se
empezaron a construir barcos de hierro en número crecien­
te. Entre dicha fecha y comienzos de la década de 1860 el
valor de las nuevas construcciones se multiplicó por más
de dos. Hacia 1860, el valor anual de los barcos construidos
y registrados en el Reino Unido equivalía a más del 1 % de
la renta nacional. Fue, probablemente, el punto máximo de
su importancia relativa, aunque hasta la década de 1870 los
tonelajes de buques de vapor no empezaron a superar a los
de los buques de vela. La inversión en barcos fomentó otras
inversiones en los muelles y puertos. La zona portuaria de
Londres casi se duplicó en el segundo cuarto del siglo xix.
De los casi diez millones de libras que el Gobierno dedicó a
los puertos británicos en los primeros setenta y cinco años
del siglo xix cerca de la mitad se invirtieron entre 1850
y 1870.
El aspecto más impresionante del proceso de acumula­
ción capitalista en las décadas del siglo xix fue, desde lue­
go, el boom de la construcción de ferrocarriles. Fue un epi­
sodio notable. Los ferrocarriles no eran, de por sí, una no­
vedad. Lo nuevo era el triunfo de la locomotora a vapor. En
los primeros veinticinco años del siglo xix, la construcción
de vías férreas se había limitado a líneas de pequeñas di­
mensiones y muy localizadas, movidas por caballos o con
energía suministrada por motores fijos. Para las líneas que
atravesaban el territorio de más de una hacienda privada
o que eran algo más que auxiliares de una mina o de un
taller siderúrgico se requería una disposición especial del
Parlamento: por ello disponemos de cifras sobre su longi­
tud y los costes de su construcción. A finales de 1825 había

180
entre 300 y 400 millas de vías férreas en el Reino Unido, que
representaban una inversión total de capital algo inferior,
probablemente, a los dos millones de libras esterlinas. La
línea más larga era la de Stockton a Darlington. Tenía vein­
ticinco millas y fue la primera que se construyó para la trac­
ción a vapor y el tráfico de pasajeros: su inauguración pue­
de considerarse como la iniciación de la la era del ferroca­
rril. Pero tuvieron que pasar casi diez años antes de que
quedase asegurado el éxito de la locomotora a vapor. En
la línea Stockton-Darlington hacía ya algunos años que se
utilizaban vagones arrastrados por caballos para el trans­
porte de pasajeros. En 1840 todavía había varias líneas públi­
cas que dependían enteramente de la tracción animal o de
motores fijos. Pero en aquella fecha la Rapid de George Ste-
phenson había demostrado ya su utilidad y en todas las lí­
neas que se construyeron en lo sucesivo se utilizó la loco­
motora a vapor.
La construcción de ferrocarriles se llevó a cabo a saltos, en
una serie de booms o períodos de fiebre constructora. La
primera de estas fiebres coincidió con el boom de 1824-1825
y el resultado fue la apertura al tráfico de más de setenta
millas de vía férrea en los cinco años siguientes. La segun­
da llegó a su punto culminante en 1836-1837 y en los siete
años que van de 1831 a 1837 se abrieron al tráfico entre 400
y 500 millas de vía férrea. En el trienio 1838-1840 los gastos de
construcción y de material rodante subían a un promedio
de más de diez millones de libras esterlinas anuales. En 1840
el valor del capital invertido en ferrocarriles era de casi cin­
cuenta millones de libras, la mayoría de las cuales represen­
taban el valor de las vías y sus instalaciones. Después de un
período de calma, estalló otro de gran actividad. Entre 1839
y 1843 no se inauguraron nuevas líneas de ferrocarril, pero
entre 1844 y 1847 se construyeron y abrieron al tráfico más
de 2.000 millas. El punto culminante de la gran construcción
de ferrocarriles se alcanzó en 1847: en aquella fecha más
de 250.000 hombres trabajaban en la construcción de 6.455
millas de vía férrea. Los gastos totales en ferrocarriles (In­
cluyendo los gastos de mano de obra) alcanzaban por enton­
ces un nivel superior al valor declarado de las exportacio­
nes británicas y representaban casi el 10 % de la renta na­
cional total.
En efecto, la primera gran fiebre constructora —la de los

181
años 1820— no era más que el reflejo de unos experimentos
primerizos. Cuando se vio claro que la línea Liverpool-Man-
chester era un éxito, los empresarios de ferrocarriles dedi­
caron todos sus recursos a la construcción de enlaces entre
Londres y los principales centros provinciales y entre las dos
grandes zonas industriales —el sur de Lancashire y el oeste
de Yorkshire. Las grandes líneas de Inglaterra (excepto la
Great Northern) se construyeron durante la gran fiebre fe­
rroviaria de los años 1830. La siguiente, la de la década de
1840, «creó prácticamente todo el sistema ferroviario de la
Gran Bretaña moderna»,5 y en 1852 sólo quedaban tres gran­
des ciudades sin enlace ferroviario: Hereford, Yeovil y Wey-
mouth. En la década de 1850, el ferrocarril llegaba a todos
los rincones del oeste y del sudoeste de Inglaterra y del nor­
deste de Escocia.
Los primeros ferrocarriles no diferían mucho —por su
concepción y su objetivo— de los primeras líneas de las mi­
nas de carbón. La Liverpool-Manchester, por ejemplo, era
una línea muy corta entre un centro industrial del interior
y su puerto, construida con la espezanza de conseguir algo
nuevo en el tráfico de pasajeros y de mercancías. Las espe­
ranzas se vieron justificadas y estimularon una innovación
ulterior: la construcción de líneas entre Londres y los prin­
cipales centros urbanos de Inglaterra. Los innovadores que
crearon la Grand Junction Line, la Londres-Birmingham, la
Londres-Southampton, y la Grand Western y otras invirtie­
ron sumas hasta entonces sin precedentes en una empresa
de perspectivas muy aleatorias en aquel momento. ¿Cómo se
reunieron dichas sumas?
Para los primeros ferrocarriles —como para los canales—
la mayor parte del capital procedía de los hombres de ne­
gocios locales, especialmente interesados en el éxito de la
línea proyectada. La Bristol Corporation, por ejemplo, tomó
la iniciativa de la construcción del Great Western Railway.
Pero, gradualmente, su éxito les llevó a invertir en líneas
más alejadas. Los hombres de negocios de Liverpool, por
ejemplo, eran conocidos por su disposición a invertir en fe-
írocarriles situados lejos de su zona específica. Es probable
que la mayor parte del capital de los primeros ferrocarriles
fuese suministrado por mercaderes, muchos de los cuales te­
nían grandes participaciones en varias compañías. Sin em­
bargo, hubo en seguida extralimitaciones. El éxito manifies-

182
lo de algunas líneas atrajo los ahorros de personas que no
estaban en condiciones de calibrar las perspectivas de éxi­
to de tal o cual línea. De hecho, hubo exceso de capital para
la construcción de ferrocarriles, en aquella fase. «El capital
ciego, que buscaba su 5%, totalmente distinto del lúcido
capital de los hombres de negocios cuáqueros de los Mid-
lands y del norte, se había acumulado para los invasores.» 6
Hubo también algo de especulación. Todo ello significó una
verdadera malversación de capital. En el boom de 1836-1837
muchos inversores serios se quemaron los dedos y a partir
de entonces operaron con una prudencia comprensible. In­
cluso el Great Western llegó a encontrarse sin fondos y la
línea Londres-Southampton tuvo que vender sus acciones a
mitad de precio, en un intento desesperado de conseguir di­
nero.
La segunda gran fiebre del ferrocarril, iniciada en la pri­
mavera de 1843, fue todavía más espectacular y dio lugar a
una malversación de capital mayor aún. Se caracterizó por la
aparición en el mercado, en gran escala, de acciones ferro­
viarias de capital especulativo. El sólido éxito de las pri­
meras líneas de ferrocarril hizo concebir esperanzas de un
enorme tráfico potencial y un gran número de personas de
todos los niveles quisieron participar en esta fuente de rique­
za. Estos eran los motivos respetables —aunque superopti-
mistas— de la inversión ferroviaria. Pero, a medida que la
fiebre constructora se extendió, aumentó el número de per­
sonas que se dedicaban pura y simplemente a especular, no
sobre los beneficios de los ferrocarriles, sino sobre la posi­
ble elevación de los precios de las acciones. «Las señoras y
los clérigos se sentían tentados por la facilidad con que se
podían comprar las acciones de las nuevas compañías pro­
yectadas, depositando una pequeña parte de su valor nomi­
nal.»7 El desastre era inevitable. El capital para las líneas
locales siguió afluyendo básicamente de fuentes locales en
la década de 1840, pero la mayor parte del dinero que en­
traba en las cajas de las compañías durante la fiebre cons­
tructora —y que fue extraído de los accionistas reticentes
al producirse la crisis— provenía de todos los rincones del
país. Algunas cantidades eran aportadas, incluso, por com­
pañías ferroviarias ya existentes. La Great Western y la
North Western, por ejemplo, patrocinaron un cierto núme­
ro de líneas secundarias.

183
En el período que va de la década de 1830 a la de 1860,
es, pues, evidente que la industria y el comercio británicos
disponían de una vasta cantidad de capital —en algunos mo­
mentos superior al que la economía podía asimilar con efi­
cacia. No fue sólo la industria británica la que interesó al
capital británico. En la segunda mitad de la década de 1850,
la exportación de capital alcanzó una proporción que repre­
sentaba entre el 3 y el 4 % del producto nacional total. Se
calcula que en 1870 se habían invertido en el extranjero cer­
ca de 700 millones de libras esterlinas: más de las dos terce­
ras partes de esta cantidad lo habían sido en los veinte años
que siguieron a 1850. La edad de oro de la inversión británi­
ca en el extranjero vino más tarde, pero el proceso se había
iniciado hacia 1820. Todo esto hizo aumentar sustancialmente
el volumen de la inversión nacional. Con la única excepción
del capital que se invertía en usos improductivos, como la
deuda nacional —que debió ser una fracción insignificante
del total— esto quiere decir que se podía disponer de un
gran volumen de ahorro de las fuentes interiores. Pues la
inversión y el ahorro son dos caras de una misma moneda.
Una sociedad gasta su renta en el consumo o en la inver­
sión. O, para decirlo de otra manera: toma posesión de su
producción en forma de bienes de consumo o de bienes de
capital. Si el país pudo crear de nuevo capital en la escala
en que lo hizo fue porque algunos de sus ciudadanos estu­
vieron dispuestos u obligados a abstenerse de consumir la
totalidad de sus rentas en cantidad correspondiente.
Ahora bien, en los años 1840 Gran Bretaña no era, en
modo alguno, un país rico. En un capítulo posterior exami­
naremos la famosa controversia sobre el nivel de vida del
obrero. Pero, cualquiera que sea el resultado final de esta
controversia, nadie negará que fue un período de grandes
angustias y calamidades sociales para extensos sectores de
la población industrial, un periodo que inspiró a Marx y dio
motivos a Engels para trazar su sombrío cuadro de la con­
dición de las clases trabajadoras en Inglaterra. ¿Cómo era
posible que un país tan pobre pudiese acumular tan enorme
stock de capital en un período relativamente breve?
Desde que la revolución industrial había empezado a ad­
quirir fuerza, se había producido un cierto aumento del aho­
rro. El Gobierno se dedicó a fomentar el ahorro obrero
desde la década de 1790: la Rose Act de 1793 consolidó la

184
ley sobre las mutuas. Según los cálculos de Edén, en 1801
había más de 7.000 clubs en Inglaterra, con un total de
600.000 miembros. La primera caja de ahorros propiamen­
te dicha (distinta de las mutuas o de los clubs de ahorro,
cuya motivación era el seguro o un ahorro temporal) se
fundó en 1804. Se llamó el Charitable Bank y de hecho re­
sultó más caritativo de lo que pretendía ser, pues el 5 %
de interés que pagaba a los imponentes significó una gran
pérdida para los fundadores y tuvo que cerrar. Pero el mo­
vimiento se extendió gradualmente, y en 1817 existían ya se­
tenta cajas de ahorro en funcionamiento en Inglaterra. El
movimiento adquirió fuerza con el boom de 1820 y continuó
aumentando en las décadas de 1830 y 1840. En 1830 había,
en cifras redondas, 378.000 depositantes en Inglaterra y el
País de Gales, con unos depósitos totales de más de doce
millones y medio de libras, un promedio de treinta y tres li­
bras por cabeza. En 1845 el número de depositantes (también
en Inglaterra y el País de Gales) y el volumen de sus depó­
sitos se había más que duplicado. Pero el promedio había
descendido algo —unas treinta libras por depositante— por­
que el número de los imponentes había crecido más deprisa
que los depósitos totales. El hábito del ahorro se extendía
entre los artesanos acomodados y más de las cuatro quin­
tas partes de los depositantes tenían depósitos inferiores a
cincuenta libras esterlinas.
Es evidente, sin embargo, que los ahorros personales de
los obreros no eran lo bastante grandes como para poder
contribuir de manera sustancial al capital industrial y co­
mercial. ¿Cuáles eran las otras fuentes? Podemos empezar
eliminando dos posibles fuentes de acumulación de capital
en la iodustria, por ser realmente insignificantes a finales
del siglo xvm y comienzos del xix: los préstamos extranje­
ros y la inversión gubernamental. Es cierto que los holan­
deses habían prestado grandes cantidades de capital a Ingla­
terra en el siglo xvm y que otros países tenían interés en la
deuda nacional inglesa. Pero las largas guerras francesas
modificaron la situación. Amsterdam perdió su predominio
en el mercado de capital internacional y fue reemplazada
—aunque no inmediatamente— por Londres. Inglaterra se
convirtió en un país prestamista más que un país prestatario
y la deuda nacional se convirtió esencialmente en un cues­
tión interior. Tampoco el Gobierno fue una importante fuen­

185
te de capital, ni siquiera de capital social lijo en forma de
carreteras, puentes y puertos. El Gobierno tendía más bien
a apartarse del ámbito económico que a mezclarse en él. Ten­
día, por ejemplo a desarrollar el sistema de carreteras por
medio de compañías de peaje más que con inversiones gu­
bernamentales directas. Los ferrocarriles, los canales, el su­
ministro de gas y de agua estaban en manos de empresas
privadas más que de empresas públicas. De hecho, el Esta­
do —sobre todo a finales del siglo x v i i i y comienzos
del xix— hizo más para alejar el ahorro de las inversiones
productivas que para aumentar el stock nacional de capital.
Las Usury Laws fijaron en el 5 % el interés legal máximo so­
bre los préstamos comerciales, pero el Gobierno podía —a
veces lo hacía— pedir préstamos en condiciones más intere­
santes que éstas.
Otra manera de financiar la formación de capital consis­
te en utilizar la inflación para generar «ahorro forzoso». La
inflación crónica es una situación muy frecuente en los ac­
tuales países subdesarrollados, en vías de industrialización.
Durante la inflación persistente, los precios aumentan más
deprisa que los salarios; los beneficios crecen más rápida­
mente que unos y otros. Y dado que se espera que los pre­
cios (y los beneficios) continuarán aumentando, los indus­
triales celebran poder reinveitir los beneficios extraordina­
rios en una formación de capital que les permitirá produ­
cir más y vender más a precios tan atractivos. En esta situa­
ción, los «ahorradores» son los asalariados que pagan pre­
cios más altos por unas mercancías cuyos costes de produc­
ción no han subido en la misma proporción; los inversores
son los empresarios individuales, que pueden financiar así
sus inversiones con el «ahorro forzoso» de sus clientes.
El profesor Earl Hamilton sostuvo la tesis de que algo
de esto ocurrió en Inglaterra en el período de la revolución
industrial: «Si los precios y los salarios no hubiesen variado
como lo hicieron o de una manera similar —dijo— es du­
doso que el progreso industrial hubiese sido la bastante rá­
pido, general o persistente como para parecer revoluciona­
rio a las generaciones sucesivas.» * El argumento del profe­
sor Hamilton es no sólo que la inflación creó ahorro forzo­
so al poner los beneficios extraordinarios en manos de los
inversores potenciales sino también que al permitir esperar

186
una elevación continua de los precios constituyó un incen­
tivo para que los industriales siguiesen invirtiendo. En otras
palabras: la inflación —dice Hamilton— constituye a la vez
el medio y el incentivo para aumentar la tasa de formación
de capital en la industria.
La validez de este argumento depende de si es posible
o no demostrar que los beneficios extraordinarios fueron em­
bolsados por los industriales innovadores. De hecho, no es
esto lo que ocurrió en la revolución industrial británica.
Pues la inflación, tanto en su forma de preguerra, más sua­
ve, provocada por la presión de una población en aumento,
como en su forma galopante del período de guerra hizo au­
mentar los precios de los productos agrícolas. En cambio,
los precios de los bienes industriales en las industrias in­
novadoras, la algodonera y la siderurgia por ejemplo, ten­
dieron a bajar. Los beneficios del alza de precios fueron a
parar a manos de los granjeros y de los comerciantes, más
que a las de los industriales; de hecho, difícilmente puede
decirse que estos beneficios extraordinarios contribuyesen a
aumentar la acumulación de capital: la única contribución
positiva, al respecto, fue, quizá, que liberaron capital para
que los terratenientes y los granjeros pudiesen prestarlo a
las compañías constructoras de canales. Los beneficios que
los industriales británicos reinvirtieron en sus empresas pro­
cedieron de la diferencia entre sus costes decrecientes y sus
precios, decrecientes también pero con menor rapidez. No
tuvieron ninguna relación con la inflación.9 En todo caso,
una vez superada la situación inflacionaria de las guerras
napoleónicas, la economía británica se caracterizó no por
una tendencia alcista de los precios sino por una tendencia
a la baja; tiene pues un cierto fundamento la tesis de que en
Gran Bretaña, durame el siglo xtx «los periodos de baja o
de estabilización de precios eran, normalmente, los interva­
los en que tenían lugar los mayores aumentos de la produc­
ción y las mayores reducciones del paro forzoso».10 En re­
sumen: es difícil justificar la opinión de que la formación
de capital en la revolución industrial británica fue financia­
da por el ahorro generado por la inflación.
Como ya hemos visto, el problema de encontrar el ca­
pital para la revolución industrial no consistía tanto en ele­
var el nivel del ahorro nacional —porque la tasa de inversión
nacional parece que aumentó relativamente poco— como en
187
redistribuir los fondos y pasarlos de manos de los que tenían
recursos suficientes para ahorrar a las de los que tenían
ideas productivas para utilizarlos. Debe recordarse que aun­
que la mayoría de la gente era muy pobre y los ingresos
medios eran lastimosamente bajos, había en la sociedad sec­
tores muy ricos. El comercio internacional, que llevaba más
de un siglo de prosperidad, había acumulado una gran masa
de beneficios. El profesor Postan ha afirmado que a prin­
cipios del siglo xviii «había ya suficientes ricos en el país
para financiar un esfuerzo económico muy superior a las
modestas actividades de los dirigentes de la revolución in­
dustrial».11 Existía además un complejo sistema de crédito
comercial. Los banqueros y los comerciantes de la ciudad
podían utilizar, pues, los recursos ociosos de la nobleza ru­
ral o de los emigrantes vueltos de la India enriquecidos para
financiar el comercio y, a través de esto, suministrar a los
industriales una parte del capital que necesitaban. Existen
pocas pruebas, sin embargo, de que el capital industrial a
largo plazo procediese de los ahorros de los comerciantes
o de los terratenientes, excepto en los casos de transferen­
cia impersonal.
En la práctica, los innovadores utilizaron sus propios re­
cursos o los de los amigos y parientes. Con frecuencia, un
individuo industrioso pudo montar negocios con muy poco
capital y crear sus propios recursos hasta que fueron la bas­
tante grandes como para atraer el interés de los individuos
más ricos. Robert Owen, por ejemplo, empezó pidiendo a su
hermano un préstamo de 100 libras, y asociándose con un
mecánico que fabricaba telares. James Watt pidió también
un pequeño préstamo a su amigo, el doctor Black, y se aso­
ció con Boulton, que había heredado un negocio familiar.
Arkwright empezó con un préstamo de un amigo tabernero
y se asoció, más tarde, con Strutt, que era ya fabricante de
géneros de punto. Cuando Marshall montó una hilatura dej
lino en Leeds, hacia 1790, encontró el capital necesario de
tres maneras: 1) traspasando su propio negocio de pañería;
2) pidiendo prestado a los amigos, 3) con créditos de un
banco cuyo fundador era miembro de una familia de blan­
queadores de lienzo. Para la industria siderúrgica se nece­
sitaban mayores inversiones de capital, pero la financiación
se hizo también sobre una base personal. Los Darby y los
Wilkinson contaban con el apoyo de negocios familiares es­

188
tablecidos desde hacía tiempo. La Carrón Company, fundada
en 1759 para fundir hierro con carbón de coque, empresa
que requirió la inversión inicial, relativamente importante,
de 12.000 libras esterlinas, estaba formada por tres socios
y sus respectivas familias. Se amplió, en un primer momen­
to, con préstamos bancarios y después convirtiendo a los
«banqueros de la compañía y a los amigos de los socios en
accionistas. En 1765 volvió a crecer con la entrada de nuevos
socios. En cada caso, el capital se adquirió por vía de con­
tactos personales.
Cuando la nueva empresa empezaba a tener beneficios
continuados, era costumbre que financiase su expansión re-
invirtiendo los beneficios o recurriendo nuevamente a los
amigos de los propietarios. «El éxito de una empresa de­
pendía en gran parte de su dueño, de su capacidad de di­
rigir y ordenar los factores de la producción y de su capa­
cidad de atraer la demanda y formar su propio mercado.
Por consiguiente, sólo los que conocían al prestatario y su
mercado le prestaban capital.» 12 Más adelante, las innova­
ciones en una rama de la industria se podían financiar con
los beneficios de otra rama de la misma industria. Los pro­
pietarios de hilaturas, por ejemplo, fueron la principal fuen­
te de capital para la instalación de telares mecánicos en Lan-
cashire en los años 1820 y 1830.
En efecto, el rasgo más destacado del mercado de ca­
pital inglés a finales del siglo xvm y durante casi toda la
primera mitad del siglo xix fue su extrema imperfección.
Cabe decir, incluso, que fue más imperfecto cuando la revo­
lución industrial se puso en marcha y los empresarios em­
pezaron a especializarse, que en la economía del siglo xvm,
móvil y carente de espccialización, cuando los hombres y sus
capitales se movían libremente de una industria a otra. En
la nueva economía industrializada, el ahorro tendía a ser
generado por las mismas industrias —por las mismas em­
presas, incluso— que lo invertían. Los beneficios de la agri­
cultura se reinvertían en la agricultura y los beneficios de
la industria algodonera se reinvertían en la misma (o, por
lo menos, en alguna industria próxima, como el acabado
textil, por ejemplo). De este modo, aunque los bancos ru­
rales prestasen algunos fondos a corto plazo en forma de
créditos, por equipo, y suministrasen, así, capital a la indus­

189
tria, la mayor parte del ahorro a largo plazo se hacía pen­
sando en inversiones concretas.
Hasta cierta punto, esta imperfección del mercado de
capital era un problema institucional. Hasta que la Joint
Stock Company Act de 1856 estableció ¡a responsabilidad
limitada, la empresa por acciones fue una forma de orga­
nización más bien tara. Para la incorporación se requería
la sanción parlamentaria y con excepción de los sectores
caracterizados por unas dimensiones anormales del capital
y por unas operaciones relativamente poco especulativas
—canales, muelles, suministro de agua, puentes, carreteras,
seguros y, más tarde, suministro de gas y ferrocarriles—
era raro que los empresarios se tomasen la molestia y car­
gasen con los gastos de conseguir una autorización del Par­
lamento. La unidad de producción característica era la em­
presa familiar, y el ahorrador característico era el miembro
de la familia o un amigo de ésta. £1 pequeño empresario no
quería buscar fondos fuera de su propia compañía y sus
propios amigos, porque con ello habría contraído indesea­
bles obligaciones para con extraños. Incluso los promotores
de los grandes proyectos, como los canales, se resistían, a
menudo, a que adquiriesen acciones los individuos que no
tenían un interés directo en el proyecto.
Sin embargo, empezaba a surgir una clase de ahorradores
dispuestos a invertir en sectores que no conocían personal­
mente. Las reformas financieras del siglo xvm habían con­
vertido al Gobierno en prestatario con crédito y en la se­
gunda mitad del siglo el inversor no participante pudo con­
tar con una salida satisfactoria: los fondos públicos. La deu­
da nacional de las guerras napoleónicas y la subsiguiente de­
manda de préstamos en Londres por parte de gobiernos ex­
tranjeros y de compañías mineras crearon nuevas oportuni­
dades. Algunos inversores se desorientaron hacia 1820, cuan­
do los gobiernos extranjeros dejaron de pagar y las acciones |
mineras demostraron ser fuentes de riqueza totalmente ilu­
sorias; pero los ahorradores aprendieron nuevos hábitos. La
época del ferrocarril dio un enorme impulso a la educación
del ahorrador no participante. El paso fue tan importante
que es dudoso que sin esta nueva fuente de fondos hubie­
se sido posible financiar el sustancial aumento de la tasa
de inversión nacional que caracteriza este período. Se invir­
tieron sumas sin precedentes en las compañías ferroviarias

190
y pese a las fiebres y a las crisis la mayor parte de estas in­
versiones sobrevivieron para obtener unos beneficios respe­
tables. «A mediados de siglo, las acciones ferroviarias se
guardaban en el despacho y en la sala de estar, y en la se­
gunda mitad del siglo los periódicos empezaron a publicar
diariamente los precios de las acciones industriales en bene­
ficio de sus lectores burgueses.» 15
Recapitulando: ¿cómo se financió la acumulación de ca­
pital de la revolución industrial? La puesta en marcha de
una fábrica o de un taller siderúrgico, la botadura de un bar­
co, la formación del stock de una empresa comercial eran
inversiones que requerían decenas de miles de libras de ca­
pital fijo. En condiciones normales, los inversores podían
esperar devolver la cantidad inicial a los pocos años de ha­
berla pedido prestada. Un inventor o un empresario repu­
tados, con un pequeño capital propio y una innovación que
contase con una demanda evidente podía esperar obtener
los fondos necesarios para iniciar el negocio con préstamos
de los parientes y amigos o de otras empresas fuertemente
interesadas en el éxito de la suya. Ésta fue la vía que se
utilizó en la mayoría de los casos. Con el ferrocarril (y coi
los canales y los puertos) el proceso fue diferente. Exigían
la inversión inmediata de centenares de miles de libras en
instalaciones que quizá no empezarían a dar beneficios —ni
siquiera modestos— hasta al cabo de muchos años y que
quizá requerirían (así ocurría generalmente) más inversio­
nes de capital antes de empezar a funcionar. Para obtener
fondos en esta escala, el promotor de ferrocarriles tenía que
disponer de una amplia reserva de ahorro y poder recurrir
a ella cuantas veces fuese necesario. Para esto se exigía la
empresa corporativa y la emisión pública de acciones libre­
mente transmisibles: ésta fue la vía que se utilizó realmen-
le. Se pudo disponer de un enorme capital social fijo en for­
ma de canales, ferrocarriles, iluminación de calles, sistema
de suministro de agua, etc., porque sus promotores pudie­
ron utilizar la masa de ahorros personales (a menudo muy
pequeños) e institucionales existente en una economía que ya
había empezado a industrializarse y a desarrollarse. En un
primer momento, fueron el Gobierno (en gran parte), los ca­
nales (hasta cierto punto) y los ferrocarriles (extensamente)
los que pudieron aprovechar los ahorros de estos inversores

191
no participantes. Más tarde, los gobiernos y las compañías
ferroviarias del extranjero pudieron recurrir a la misma fuen­
te, en parte porque existía ya el precedente y se hablan crea­
do las instituciones necesarias.

192
XI. El papel de los bancos

Una de las ventajas con que contó Gran Bretaña al en­


trar en la primera revolución industrial fue un sistema mo­
netario y bancario altamente desarrollado. Era muy desa-
i rollado en comparación con los sistemas monetarios de
muchos de los actuales países subdesarrollados y, desde lue­
go, en comparación con la mayoría de los entonces existen­
tes en Europa. Le faltaba, sin embargo, mucho camino por
recorrer antes de alcanzar el nivel del Estado moderno que
ejerce un control directo y deliberado sobre su propia ofer­
ta monetaria. ¿Hasta qué punto el sistema bancario de fi­
nales del siglo xviii cumplió eficazmente su tarea de sumi­
nistrar a una economía en proceso de industrialización los
recursos financieros móviles que requerían el cambio y el
desarrollo económicos?
En 1750, el Banco de Inglaterra llevaba ya más de medio
siglo de existencia. Se había fundado en 1694, durante el
boom de promoción de compañías de los años 1690: tenía
un capital de un millón y medio de libras esterlinas y su
principal objetivo era suministrar dinero al Gobierno. Al
cabo de un año, se encargó de transferir moneda extranjera
para financiar las guerras del holandés Guillermo contra
Luis XIV. En 1700 se ofreció a guardar el oro importado y
pronto empezó a hacer préstamos contra estos depósitos
En 1720 era la principal fuente del oro de la ceca y de las
guineas del público. Capeó la tempestad del asunto de la
South Sea, que destruyó tantas compañías fundadas en los
anteriores períodos de auge de las sociedades por acciones.
Desempeñó un papel clave en la decidida y triunfante polí­
tica de Walpole para aligerar la carga de la deuda nacional
en los años 1720 y 1730. En la década de 1750 las relaciones
entre el Banco y el Tesoro se regularizaron y formalizaron
completamente. Y el Gobierno, que en la época de los Stuart
había sido uno de los prestatarios más insolventes y menos,
de fiar, se convirtió en uno de los canales de inversión más
seguros. Por entonces, el Banco era ya el banquero del Go-

HCS 22. 13 193


bierno y de la mayoría de sus Departamentos. Había empe­
zado como una «especulación con un futuro incierto» y se
había convertido en una institución nacional,1 aunque no
fuese todavía un banco central que controlase la oferta mo­
netaria.
En principio, la libra del siglo xviii se basaba en la pla­
ta —era la libra esterlina (sterling). Desde la época isabeli-
na la libra inglesa se había identificado con una cantidad
fija de plata. El valor de la guinea de oro se fijó en términos
de un cierto número de chelines. Pero la plata escaseaba en
la mayor parte de Europa y más todavía en el Lejano Orien­
te, donde el precio del mercado era más alto que el de la
ceca inglesa. A los comerciantes les resultaba, pues, mucho
más comprar plata al precio inglés y transportarla a la Eu­
ropa continental y al Lejano Oriente a cambio de oro. El
resultado inevitable fue una degradación de la moneda de
plata inglesa; y cuando con la acuñación de 1696-1698 las pie­
zas de plata recortadas se reemplazaron por monedas de
plata con todo su peso, con bordes acordonados, éstas de­
saparecieron gradualmente de la circulación. La ceca no es­
taba, en realidad preparada para seguir acuñando nuevas
monedas de plata a este precio. Por ello, en la década de 1760
había muy pocas monedas de plata en circulación, aparte de
algunas piezas de un chelín y de seis peniques, muy usadas.
De hecho, aunque todavía no de derecho, Inglaterra había
adoptado el patrón oro. En la década de 1770 se reconoció
formalmente (aunque no se legalizó todavía) con una refor­
ma de la acuñación que volvió a poner en circulación las pe­
queñas monedas de oro y limitó el curso legal de la plata a
los pagos que no excediesen de veinticinco libras. El reco­
nocimiento legal de la situación no llegó hasta 1816, cuando
el oro fue declarado patrón único y adquirió la plenitud del
curso legal.
Además de las citadas, se utilizaban normalmente otrasi
formas de moneda a mediados del siglo x v i i i . Los primeros*
cheques de que tenemos noticia datan de finales del si­
glo x v i i , aunque es dudoso que llegasen a generalizarse an­
tes del siglo xix. Más importancia tenían los billetes de ban­
co, es decir, las promesas de pagar al portador una cantidad
especificada, si lo pedía. El Banco de Inglaterra los emitió
para sus depositantes desde el primer momento (aunque
hasta avanzado el siglo no empezaron a emitirse por cantida­

194
des redondas) y se utilizaron libremente como equivalentes
a la moneda en metálico —con la cual podían cambiarse fá­
cilmente— para el pago de las deudas entre individuos. Los
bancos privados también emitían billetes. En Londres, nin­
guno tenía la reputación del Banco de Inglaterra y por ello
los billetes privados desaparecieron prácticamente en los
años 1770. Pero en Escocia había una larga tradición de emi­
sión de billetes privados y en el resto de Inglaterra los ban­
cos provinciales emitían billetes al portador para la circula­
ción local.
La cantidad de dinero suministrada a una economía es
una cuestión de la máxima importancia para su desarrollo,
porque influye en el nivel de precios y, a través de éstos, en
el nivel y a veces en el carácter de la actividad económica.
Si la oferta de dinero no aumenta al mismo ritmo que la ex­
pansión de los negocios en una determinada economía —es
decir, si el dinero escasea más que las mercancías— los pre­
cios tienden a bajar, los productores pierden su incentivo
y a los empresarios les es más difícil obtener los recursos
financieros que necesitan para poner en marcha o ampliar
sus negocios. Y viceversa: si el dinero se emite con exceso,
los precios suben y las inversiones tienden a reducirse en
los sectores de actividad más inmediatamente afectados por
el alza de precios. En algunos de los actuales países subde­
sarrollados, por ejemplo, la inflación tiende a estimular in­
debidamente las inversiones en la construcción de edificios
residenciales, en los que el alza del valor del capital ofre­
ce unas perspectivas de beneficios totalmente desproporcio­
nados a la productividad real de los nuevos edificios. En
una economía preindustrial, en la que las comunicaciones
son reducidas y a veces azarosas —como ocurría en Gran
Bretaña en el siglo xvm— existe, además, el problema de
trasladar dinero en cantidad suficiente a las regiones en ex­
pansión.
¿Cuáles fueron los determinantes de la oferta de dinero
en la primera revolución industrial? ¿Que influencia tuvo
ésta en el nivel de precios y en el estado de los negocios? El
volumen del dinero en circulación dependía esencialmente
de la oferta de oro al Banco de Inglaterra; y ésta, a su vez,
dependía, en parte, de la demanda y de la oferta mundiales
de oro y, en parte, de la balanza comercial británica. Pues
si las exportaciones eran mayores que las importaciones, se

195
producía, en general, una afluencia de oro; y viceversa, si las
importaciones superaban a las exportaciones, el exceso te­
nía que financiarse con la exportación de oro. En efecto, el
oro era la moneda internacional con la que se saldaban las
deudas importantes entre las personas de diferente naciona­
lidad. La capacidad del Banco de poner en circulación mo­
nedas de oro dependía del precio a que tenía que pagar el
oro en el mercado mundial y, por consiguiente, de los inter­
cambios con el exterior, pues esto era lo que determinaba
el valor en oro de la libra esterlina.
La relación entre la oferta de oro y la circulación de mo­
nedas de oro, es, pues, evidente. Había también una relación,
aunque menos directa y automática, entre la oferta de bille­
tes de banco y la del oro. La complicación era que no sólo
emitía billetes el Banco de Inglaterra sino también los ban­
cos provinciales de Inglaterra y los bancos de Escocia. No
sabemos qué proporción de la emisión global de billetes in­
gleses correspondía a los bancos de provincias, pero es in­
dudable que la cantidad emitida por ellos era importante,
tanto desde el punto de vista cuantitativo como del cualita­
tivo.2 Los billetes del Banco de Inglaterra no eran de uso
comúp fuera de Londres, porque sólo se podían convertir
en metálico en Londres y se utilizaban para cantidades re­
lativamente importantes. Hasta la década de 1790, el Banco
no emitió nunca billetes de menos de diez libras. Los pro­
blemas del transporte rápido entro Londres y las regiones y
el peligro del bandidaje hacían que los comerciantes no estu­
viesen muy dispuestos a transportar grandes cantidades de di­
nero en metálico entre Londres y las provincias. A los que que­
rían disponer de dinero metálico y de billetes para las tran­
sacciones cotidianas con los jornaleros y los comerciantes les
era más cómodo recurrir a los bancos provinciales, que emi­
tían billetes de valor más bajo (por ejemplo, de una libra),
localmente convertibles, y que a veces emitían billetes dei
más valor (por ejemplo de cinco y diez libras) convertibles*
en Londres y en la región donde eran emitidos. Los datos
de que disponemos parecen indicar que los billetes al por­
tador convertibles a voluntad llegaron a ser de uso común
en las provincias a finales de la década de 1780 y que por
entonces su valor global era igual o superior al de los bille­
tes en circulación del Banco de Inglaterra. Pero las estadís­
ticas no son concluyentes al respecto. Existen cifras relati­

196
vas a un impuesto sobre la impresión de billetes a partir de
1784 pero hasta 1804 no diferencian los billetes al portador
de las demás formas crediticias (por ejemplo, letras de cam­
bio), ni siquiera entonces son indicadores seguros de la cir­
culación total o de las variaciones en la circulación porque
no toman en cuenta los billetes inutilizados y los billetes
estampados y no puestos en circulación. En 1808-1809, que
fue, probablemente, el año en que las emisiones privadas se
acercaron más a la circulación privada total, los datos indi­
can que esta última se aproximaba a los veinte millones de
libras, cifra que hay que comparar con la de las emisiones
del Banco de Inglaterra: 171’5 millones de libras. Parece,
sin embargo, que durante las dos últimas décadas del si­
glo xvin y las tres primeras del xix, los billetes emitidos por
los bancos provinciales tenían el mismo orden de importan­
cia en la oferta nacional de dinero que los billetes emitidos
por el Banco de Inglaterra.
Esto complica grandemente la cuestión de qué fue lo que
determinó la oferta de dinero. Para empezar, podemos dar
por supuesto que tanto los bancos privados como el Banco
de Inglaterra concedieron lodo el crédito que quisieron (y
que, por lo tanto, emitieron un volumen correspondiente de
billetes). Pues eran estas transacciones —sus préstamos al
resto de la sociedad— lo que les daba beneficios y justifica­
ba su existencia. Un comerciante, por ejemplo, pagaba las
mercancías que compraba con una promesa de pago a fe­
cha fija —digamos, al cabo de tres meses—; esperaba que
mientras tanto habría vendido una cantidad de mercancías
suficiente (vendido o lo que hiciese con ellas) para pagar
la deuda. El vendedor de las mercancías no tenía que esperar
los tres meses, si podía conseguir que un banco le descon­
tase la letra, es decir, que le pagase inmediatamente la can­
tidad debida menos una cantidad que representaba el tipo
de interés más una prima para compensar el riesgo de una
posible quiebra del deudor. Este margen constituía el bene­
ficio del banco. Si el comerciante gozaba de crédito, el ban­
co podía esperar que la cantidad le sería pagada totalmente
en la fecha estipulada; en este caso, todo el descuento se
convertía en beneficio.
Cuando el comercio estaba en auge y los pedidos fluían
libremente, el número de receptores de promesas de pago
que buscaban el reembolso inmediato, en billetes o en me­

197
tálico, en los bancos debía ser muy grande; y los bancos es­
taban deseosos de satisfacer a aquellos clientes si el crédi­
to era bueno, con la única limitación de la prudencia im­
puesta por la necesidad de disponer de suficientes reservas
para cubrir la posible demanda de los depositantes. Hoy, la
proporción de los fondos bancarios que se considera como,
reserva necesaria contra una súbita demanda de los depo­
sitantes se fija con límites muy estrechos y rígidos. Pero se
trata de una innovación moderna, relacionada con la polí­
tica también moderna de control central del crédito y de la
oferta de dinero. Los banqueros del siglo xvm no se consi­
deraban instrumentos de la política monetaria. Eran puras
instituciones con propósito de lucro, que sólo tenían obliga­
ciones para con sus accionistas y depositantes, y no con el
público en general. Operaban con unas reservas en metáli­
co flexibles, basadas en la valoración de los riesgos que co­
rrían al ampliar el crédito. Si los negocios iban bien y los
riesgos de que los deudores tuviesen dificultades o de que
sus propios depositantes retirasen el dinero eran escasos,
podían operar con unas reservas muy bajas. Si las perspec­
tivas no eran tan favorables, podían mantener unas reser­
vas más altas. El Banco de Inglaterra operaba con un prin­
cipio similar. También adoptó la política de descontar los
efectos comerciales que consideraba seguros y permitió que
su reserva de oro fluctuase ampliamente. Al mismo tiempo,
se sintió obligado a satisfacer todas las demandas guberna­
mentales de crédito que ofreciesen un tipo de interés razo­
nable.
En aquel sistema, los límites del crédito y de la emisión
de dinero dependían del volumen de los depósitos y del cli­
ma de confianza pública. El Banco de Inglaterra no podía
prestar cantidades superiores a las que los depositantes le
habían confiado; y mientras mantuviese la promesa de con­
vertir todos los billetes en oro no podía prestar más de lo
que sus depositarios —o los que disponían de billetes con*
tra estos depósitos— quisiesen retirar normalmente en me­
tálico. Del mismo modo, los bancos provinciales, cuya reser­
va consistía en billetes (de otros bancos, entre ellos el Ban­
co de Inglaterra) y en dinero metálico no podían pagar más
de lo que podían llegar a necesitar. En último término, lo
que fijaba el límite a la expansión del crédito era la canti­
dad de oro existente en el país. Esta situación perduró has-

198
ta 1797, cuando se suspendieron súbitamente los pagos en
efectivo y se liberó al Banco de Inglaterra de su obligación
de convertir los billetes en oro.
Un sistema de crédito que dependía tanto del estado de
la confianza pública era demasiado inestable: estaba a mer­
ced de cualquier acontecimiento que perturbase esta con­
fianza. Cabe decir, sin embargo, que dado que el sistema
no estaba articulado en absoluto, la pérdida de confianza
en una región podía saldarse simplemente con algunas ban­
carrotas locales. Si la perturbación era general, la tensión
principal recaía sobre el Banco de Inglaterra, depósito final
de la única reserva metálica verdadera. Esto es lo que ocu­
rrió en 1797, cuando se decidió eliminar esta presión rom­
piendo el vínculo entre el oro y la oferta de dinero. ¿Cuáles
fueron las razones de esta decisión?
La primera causa era que el oro estaba saliendo del país
y no había ninguna perspectiva inmediata de que el proceso
se detuviese. En el siglo xvm se habían producido ya mu­
chas salidas masivas de oro. En la crisis de 1783, por ejem­
plo, el balance del mes de agosto en el Banco puso de relie­
ve que la reserva de oro había bajado a menos de 600.000 li­
bras —inferior al nivel a que se suspenderían los pagos en
efectivo en 1797. Pero la crisis de 1783 era una de las secue­
las de la guerra norteamericana. Nadie esperaba que durase
mucho tiempo. Las perspectivas comerciales eran mejores
que unos años antes. No había razón alguna para esperar
una retirada masiva de fondos de los bancos, y éstos siguie­
ron descontando confiadamente los buenos efectos comer­
ciales y mantuvieron el nivel del crédito. La confianza re­
sultó justificada; el comercio prosperó; el oro volvió al país
y en 1789 la reserva de oro en barras subió a un nivel equi­
valente a más de la mitad de los billetes y depósitos totales
del Banco; era, desde luego, una reserva confortable.
Como ya hemos visto, el sistema de crédito dependía de
la confianza mutua entre los prestamistas y los prestatarios.
Si los comerciantes y los industriales podían confiar en la
posibilidad de descontar fácilmente sus letras, podían se­
guir expandiendo sus actividades, siempre que viesen la po­
sibilidad de aumentar sus beneficios. Si los depositantes con­
fiaban en los recibos en papel para realizar sus inversiones,
los banqueros podían seguir ampliando el crédito y emitien­
do nuevos billetes en favor de los que parecían tener posibi­

199
lidades de obtener buenos beneficios en sus actividades.
Cuando los depositantes tenían la sensación de que los ban­
cos no podrían cumplir su promesa de convertir los bille­
tes en oro, se apresuraban a retirar su parte. Si el Banco
de Inglaterra hubiese sido el centro de esta estructura cre­
diticia —como lo es hoy—, con la obligación de acudir en
ayuda de los bancos asaltados por sus depositantes y capaz
de influir directamente en las posibilidades crediticias de
ios demás bancos, la solvencia del sistema habría dependido
de la situación y de la política del Banco. Pero, aunque el
Banco de Inglaterra era en el siglo xvm el eslabón más im­
portante de la cadena, no era más que uno de tantos centros
emisores de billetes y una perturbación seria en la cadena,
de la confianza en un sector sobre el cual no tenía influen­
cia alguna podía conmover toda la estructura del sistema
crediticio. Si tenemos en cuenta la multitud de pequeños
bancos de emisión que funcionaban en Inglaterra en el úl­
timo cuarto del siglo, parece asombroso que el colapso de
la confianza no se produjese antes. Las razones son, esen­
cialmente, dos. La primera cabe buscarla en la solidez de la
mayoría de los bancos provinciales. Algunos quebraron pero
la mayoría eran dirigidos por hombres muy capaces que
traían los depósitos de sus vecinos porque todos sabían que
eran personas de confianza, y que abrían crédito a la gente
que conocían para negocios que comprendían después de un
atento examen de las perspectivas de los prestatarios. Ha­
bía, desde luego, un cierto riesgo en prestar dinero a los
empresarios en una economía recientemente industrializada,
pero los riesgos se asumían con inteligencia y se repartían
por toda la sociedad. La otra razón de la relativa estabilidad
del sistema era que la revolución industrial ejercía ya una
fuerte presión al alza sobre el índice de crecimiento econó­
mico. Las perspectivas comerciales eran tan buenas que siem­
pre había prestatarios que inspiraban confianza en cuanto»
a su capacidad de sacar buenos beneficios de las inversio­
nes, y siempre había inversores más deseosos de ganar dine­
ro que de guardar sus recursos en lugar seguro.
Pero en 1797 las cosas eran distintas. El país estaba en
guerra, una guerra difícil y peligrosa, muy próxima al terri­
torio nacional y de resultados imprevisibles. La guerra re­
volucionaria francesa no era una guerra colonial remota;
tampoco era uno de aquellos minués de equilibrio de fuer­

200
zas a que tan acostumbrado estaba el siglo xviu. Era algo
distinto a todas la experiencias anteriores, algo que se acer­
caba más al tipo de «guerra total» del siglo xx que cuanto
habia ocurrido hasta entonces. Además, se había terminado
el boom comercial e industrial de los años 1780. Algunas de
las perspectivas más halagüeñas se invirtieron de signo a
comienzos de la década de 1790 y en 1793 varios bancos pro­
vinciales tuvieron que suspender los pagos sobre sus bille­
tes. El comercio exterior británico chocaba con las típicas
dificultades de la guerra: perturbaciones en las rutas co­
merciales y en los mercados extranjeros, costes de transpor­
te elevados y perspectivas inciertas. El nivel de la confian­
za comercial era excepcionalmcnte bajo en este período, por
razones evidentes.
Además de la situación general, hubo también algunas
circunstancias especiales que precipitaron la crisis de con­
fianza. La primera fue la mala cosecha de 1795. La población
de Gran Bretaña, en rápido crecimiento, no podía alimen­
tarse cuando la cosecha quedaba por debajo del nivel nor­
mal; en 1795-1796 hubo de recurrirse, pues, a fuertes importa­
ciones de cereales. Esto significaba una fuerte presión so­
bre la balanza de pagos: las importaciones tendían a supe­
rar a las exportaciones, lo cual significaba una salida de oro.
Al mismo tiempo, los gastos bélicos del Gobierno eran anor­
malmente elevados, tanto dentro como fuera del país. En el
interior, los grandes gastos de la Flota y los Ejércitos bri­
tánicos, los subsidios a los aliados, los préstamos obtenidos
por éstos en el mercado británico constituyeron otras tantas
presiones sobre la balanza de pagos, otras tantas razones de
que los pagos al extranjero superasen el valor de los ingre­
sos y de que hubiese que acudir a la exportación de oro.
Otra razón de esta salida masiva de oro fue la anormal de­
manda de Francia. El Gobierno francés luchaba por volver a
dar a la moneda francesa —reducida a una fracción de su
valor de preguerra por el desastroso experimento del pa­
pel moneda— una base sólida. Tan fuerte era la demanda en
París a finales de 1795 que el oro se llegó a vender a cuatro
libras y tres chelines la onza en Londres, y en guineas se
podía adquirir a tres libras, diecisiete chelines y diez peni­
ques y medio. «La exportación directa era, desde luego, ile­
gal, pero se realizaba. De un modo u otro, el oro salía del
país. Pese a los riesgos y al coste del transporte y del segu­

201
ro, la tentación de fundirlo o de pasarlo de contrabando era
muy grande.» 3 El Banco intentó reducir su pasivo a un ni­
vel menos peligroso limitando los descuentos; pero mientras,
los bancos provinciales siguiesen satisfaciendo la creciente
demanda de dinero provocada por el alza de precios, sus in­
tentos de limitar el crédito no hacían más que debilitar la
confianza sin reducir la emisión de billetes. El desembarco
de una pequeña fuerza francesa en Fishguard provocó el pá­
nico, la gente se precipitó a los bancos provinciales, éstos a
su vez, presentaron sus billetes al Banco de Inglaterra exi­
giendo la reconversión en metálico y todo el sistema se hun­
dió. El Gobierno, enfrentado con el problema de organizar
una gran guerra europea, no se atrevió a arriesgar sus pro­
pias reservas de oro. En 1797 se prohibió al Banco hacer pa­
gos en oro o plata, excepto a las Fuerzas Armadas situadas
en el extranjero, y los bancos provinciales no tuvieron más
alternativa que aceptar la decisión. Otra disposición legisla­
tiva autorizó la emisión de billetes de menos de cinco libras
y los billetes del Banco de Inglaterra adquirieron, por vez
primera, curso legal. El oro se atesoró en su mayor parte
y se inició la época de los billetes de banco y de los efectos
comerciales.
En principio, pues, se levantaron las limitaciones a la ex­
pansión del crédito con la suspensión de los pagos en efec­
tivo. Los bancos provinciales tenían que asegurarse de que
posesían suficientes billetes del Banco de Inglaterra para cu­
brir una demanda súbita, pero el Banco podía actuar sin lí­
mite alguno. En aquellas circunstancias puede parecer sor­
prendente que la oferta de dinero no aumentase con más
rapidez. No parece que los directores del Banco prestasen
la más mínima atención al estado de los cambios con el ex­
terior o al precio de mercado del oro, y en todo el período
de restricciones siguieron descontando al 5 % todas las le­
tras de cambio legítimas y emitiendo billetes en la propor­
ción correspondiente. '
Los contemporáneos criticaron al Banco por expandir ex­
cesivamente el crédito y le acusaron de ser el responsable de
la inflación de precios del período de guerra. Las investiga­
ciones más recientes se han inclinado, en cambio, a absol­
ver al Banco de estas acusaciones. Durante la primera dé­
cada del período de suspensión, el alza de precios se debió
en gran parte a las malas cosechas y las condiciones de la

202
•uierra. En realidad, hubo muy poca depreciación de la ester­
lina, cuyo precio en oro fluctuó muy levemente durante di­
cha década. La depreciación de finales del período de gue­
rra (la moneda de oro extranjera era un 43 % más alta que
el precio de la ceca en 1812) fue también consecuencia de
factores no monetarios, como las dificultades que el bloqueo
continental ordenado por Napoleón puso al comercio exte­
rior británico o las especulaciones comerciales relacionadas
con la apertura de nuevos mercados en América del Sur.
El papel del Banco parece que fue esencialmente pasivo,
como, por otra parte, pretendía serlo. Consideraba que su pa­
pel era satisfacer las necesidades del Gobierno y del sector
privado con el dinero necesario para la guerra y para la rea­
lización de las actividades industriales y comerciales de la
nación. El alza de precios fue una causa, no una consecuen­
cia, del incremento de la circulación de billetes. Es dudoso
que en las circunstancias de la época hubiese sido aconse­
jable que el Banco adoptase un papel más activo en la eco­
nomía y aplicase una política de descuentos concebida en
función de la estabilización de los precios interiores o del
mantenimiento del valor de cambio de la esterlina. De haber­
lo hecho, podía haber frenado la expansión de la economía y
reducido su capacidad de sostener el esfuerzo de su guerra.
En los confusos años que siguieron a Waterloo, el Banco
siguió cumpliendo su papel pasivo y tuvieron que transcu­
rrir seis años todavía para que la distancia entre el precio
de la ceca y el precio de mercado del oro se redujese lo bas­
tante como para permitir la reanudación de los pagos en
efectivo en 1821.
En esta fecha, pues, se puso fin al sistema monetario
de emergencia del tiempo de guerra y Gran Bretaña adoptó
formal y legalmente el patrón oro. Las instituciones mone­
tarias inglesas de la época consistían en: 1) un banco central
—el Banco de Inglaterra— que actuaba como banco del Go­
bierno y como custodio de las reservas de oro de la nación;
2) unos sesenta bancos privados en Londres, de mucha so­
lidez y reputación, pero que no emitían billetes; 3) unos 800
bancos privados de provincias, de dimensiones reducidas
pero emisores de billetes; no tenían que someterse a más
control que al del valor de los billetes emitidos. Este tercer
grupo constituía la debilidad y la fuerza, al mismo tiempo,
del sistema bancario inglés de los años 1820. La debilidad

203
se puso de manifiesto en la primera gran crisis financiera de
la década.
Estos bancos habían tenido ya una importante participa­
ción en la primera revolución industrial. Uno de los proble­
mas con que se enfrentaban constantemente los comerciantes
y los industriales de finales del siglo xvin era la escasez de
dinero líquido, particularmente de valores lo bastante ba­
jos como para poder pagar los salarios de los trabajadores.
Hubo una escasez internacional de oro y plata que retiró las
monedas de ambos metales de la circulación o las llevó a la
fundición; hubo, incluso, momentos en que el precio del co­
bre fue superior al de la ceca, con la consiguiente escasez
de monedas de cobre. Según Ashton, los empresarios del si­
glo xvm pasaban una gran parte de su tiempo «recorrien­
do el país en busca de numerario con que pagar los salarios;
y en el norte y el oeste de Inglaterra la carestía de numera­
rio era a menudo muy aguda».4 Muchos empresarios se de­
cidían a pagar a los trabajadores con promesas de pago o
letras canjeables en los comercios locales. Algunos, como
John Wilkinson, el industria! siderúrgico, y Thomas Williams,
el magnate del cobre, acuñaban sus propias monedas de co­
bre canjeables en Londres y Liverpool y en las regiones
donde estaban enclavados los talleres siderúrgicos y las mi­
nas de cobre. Fue esta necesidad de satisfacer la demanda
urgente de numerario, así como la necesidad de encontrar
oportunidades de inversión para el capital excedente de la
población pudiente de las provincias, lo que indujo a cen­
tenares de pequeños bancos provinciales a emitir billetes
de valor relativamente bajo, como una y dos libras. Su nú­
mero empezó a aumentar significativamente en los años 1750
y 1760 y en los «veinte últimos años del siglo xvm aparecie­
ron enormes cantidades de nuevos bancos privados en casi
todos los rincones del país».5 El aumento continuó en las
dos primeras décadas del siglo xix. ¡
Por sus reducidas dimensiones y por el hecho de que
su éxito se basaba en el mantenimiento de un clima de con­
fianza, los bancos provinciales dependían esencialmente de
las conexiones personales. La ley les impedía convertirse en
grandes establecimientos. Para proteger al público contra la
aparición de grandes compañías bancadas cuya bancarrota
podrán tener efectos desastrosos para toda la nación, la le­
gislación del siglo xvm prohibió la fundación de bancos con

204
más de seis socios. Esto frenó el desarrollo de instituciones
bancadas especializadas y la mayoria de los banqueros pro­
vinciales tuvieron que dedicarse fundamentalmente a otras
actividades, en relación con las cuales el banco era, por na­
turaleza, un negocio marginal lucrativo —sobre todo, si se
tiene en cuenta la escasez de medios de pago. Los banqueros
procedían a menudo de la industria, el comercio o la abo­
gacía. La localización de las factorías y de las fundiciones se
determinaba, en las primeras fases de la revolución indus­
trial, por la proximidad de materias primas o de buenos re­
cursos hidráulicos; es decir, se instalaban en zonas remotas
donde no existían facilidades bancarias. El empresario te­
nía que crear, pues, su propio servicio de banca. Los comer­
ciantes, que constituían el eslabón entre el mercado mundial
y una zona determinada de la producción o el comercio, tu­
vieron que crear también su propio sistema bancario. Con
gran frecuencia, los perceptores de impuestos se convertían
en banqueros o viceversa, aprovechando el largo período que
transcurría entre la percepción de un impuesto y su ingreso
en las cajas gubernamentales, para utilizar el dinero públi­
co en beneficio privado. Una de las consecuencias de este
heterogéneo sistema bancario fue que cuando los pioneros
de la revolución industrial se lanzaban en busca de capital
siempre podían encontrar banqueros locales que conociesen
suficientemente a los prestatarios o que tuviesen una prác­
tica suficiente del comercio o de la industria para correr
unos riesgos que a otros banqueros, menos comprometidos
en el plano personal, les hubieran parecido incalculables y,
por consiguiente, imposibles de aceptar. Los bancos ingleses
quizá no han estado nunca tan dispuestos a ayudar a las' in­
novaciones o a financiar inversiones industriales a largo pla­
zo como en el período 1770-1830, cuando tomó forma la re­
volución industrial.
El sistema tenía, desde luego, sus inconvenientes, sobre
todo cuando mejoraron las comunicaciones y se articuló es­
trechamente. Un «clima de confianza» es algo muy inestable
y un clima de confianza equivocada podía adquirir fuerza
por sí mismo. Las consecuencias potenciales se hicieron más
peligrosas a medida que la economía se desarrolló. «La ex­
pansión económica implica un aumento de la escala de las
demandas de créditos y servicios que debe satisfacer el ban­
quero y se plantean, por ello, difíciles cuestiones técnicas

205
sobre la adecuada distribución de los riesgos y la liquidez
de los préstamos concedidos, cuando se produce la degrada­
ción de las condiciones económicas.» fi En el período 1809-1830
hubo 311 bancarrotas de bancos provinciales, 179 de las cua­
les ocurrieron en dos trienios críticos —1814-1816 y 1824-1826.
En efecto, la existencia de centenares de pequeñas insti­
tuciones de emisión, cada una de las cuales operaba de
acuerdo con reglas propias, no todas con el mismo grado de
eficiencia y de honestidad, hacía a toda la cadena crediticia
tan vulnerable como algunos de sus eslabones más débiles.
Poca cosa podía hacer el Banco de Inglaterra, por ejemplo,
para expandir o restringir el crédito cuando había tantas
fuentes de crédito en el sistema económico. La debilidad
esencial de la estructura crediticia se puso claramente de
manifiesto a los ojos de todo el país a mediados de la dé­
cada de 1820 cuando un boom especulativo, cuyos orígenes
radicaban en la recuperación y en la «reflación» iniciadas
en 1823, degeneró en un verdadero colapso financiero en 1825.
Hubo una verdadera explosión de fundación de compañías,
muchos préstamos al extranjero sobre proyectos mineros en
América del Sur que eran pura fantasía, muchas exportacio­
nes que nunca se cobraron. Cuando el boom se interrumpió,
no sólo provocó el hundimiento de muchos bancos provin­
ciales, sino que casi hizo abandonar al país el patrón oro.
A finales de 1825, setenta y tres bancos de Inglaterra y el País
de Gales habían suspendido pagos y el mismo Banco de In­
glaterra estaba al borde de la parálisis.
El Gobierno lomó medidas rápidamente. La legislación
promulgada en 1826 redujo la influencia de los bancos pro­
vinciales al prohibir la emisión de billetes de menos de cin­
co libras, permitió la creación de sociedades bancarias con
más de seis socios (excepto en un radio de 65 millas en tor­
no a Londres) y autorizó al Banco de Inglaterra a abrir su­
cursales en todo el país. Una ley posterior, de 1833, permi-i
tió la creación de sociedades bancarias en Londres y sus al­
rededores, siempre y cuando no emitiesen billetes.
La legislación de 1826 y 1833 terminó con el monopolio
del Banco de Inglaterra en las sociedades bancarias por ac­
ciones, pero fortaleció grandemente la posición del Banco
pues le dio el monopolio virtual de la emisión de billetes en
Londres y los alrededores y le permitió operar directamente
en las provincias. Los billetes del Banco de Inglaterra, por

206
ejemplo, pasaron a constituir una parte importante de la
oferta de dinero en Lancashire. La posición del Banco como
árbitro de la oferta nacional de dinero chocaba todavía con
mucha oposición, pues las concepciones extremas de la «li­
bertad económica» eran muy populares y el Banco tenía
poderosos enemigos entre los influyentes banqueros provin­
ciales. Hasta que la Bank Charter Act de 1844 concentró la
emisión de billetes en el Banco de Inglaterra no quedó ase­
gurada la supremacía de éste como pieza fundamental de la
estructura crediticia del país. Entre aquella fecha y el final
del siglo fueron desapareciendo los viejos bancos provincia­
les: sus servicios fueron asumidos por las grandes socieda­
des bancarias de Londres y su derecho de emisión quedó
concentrado exclusivamente en el Banco de Inglaterra.
En el medio siglo que precedió a la Bank Charter Act de
1844 el sistema monetario inglés pasó por muchas experien­
cias. Hubo un largo período de guerra total y un período de
postguerra muy confuso; hubo un aumento considerable del
índice nacional de desarrollo económico y de las demandas
de crédito: hubo un período de no convertibilidad, un perío­
do difícil en el que se intentó restaurar la convertibilidad
y algunas crisis financieras alarmantes. Era evidente que el
sistema monetario necesitaba una reforma, aunque no esta­
ba nada claro qué tipo concreto de reforma. Hubo una ac­
tiva controversia entre los economistas, los banqueros y to­
dos los que participaban en la formulación de la política
económica. La controversia tomó formas diversas en las dis­
tintas fases del período en cuestión. Yo me limitaré a estu­
diar las formas que tomó inmediatamente antes de la Bank
Charter Act.
La controversia cristalizó en la oposición entre dos «es­
cuelas» de pensamiento: la escuela «monetaria» y la escue­
la «bancada». Es conveniente ver estas dos corrientes de
opinión como dos verdaderas «escuelas» de pensamiento,
pero no hay que olvidar que con ello simplificamos exce­
sivamente la situación. No se puede colocar claramente a
los principales protagonistas de la controversia una etique­
ta o la otra. Había entre ellos considerables diferencias y
muchos puntos comunes. Visto con la perspectiva del siglo xx,
el terreno común parece tan importante como las diver­
gencias. Ambos grupos aceptaban como ideal un sistema mo­
netario «automático» en el que el valor del numerario estu­

207
viese firmemente ligado al oro (y por consiguiente a los ín­
dices monetarios y a los niveles de precios de los demás
países que aceptaban el patrón oro). Esta visión del proble­
ma contrasta fuertemente con la concepción moderna de
que el valor del numerario debe ser controlado por el go­
bierno y adaptado a las necesidades interiores más que a los
patrones internacionales. Pero correspondía totalmente al li­
beralismo económico iniciado por Adam Smith y sus con­
temporáneos y convertido en la característica distintiva de
la era victoriana. Para los empresarios de comienzos del si­
glo xix era importante que la interferencia del Gobierno en
la marcha de la economía se redujese al mínimo compatible
con el mantenimiento de un cierto orden económico. Y los
economistas tendían a estar de acuerdo con ellos.
El problema era, desde luego, cómo mantener este orden
económico —y concretamente, cómo proteger la economía
contra las crisis financieras periódicas, que tantas bancarro­
tas y tanta congoja social innecesarias producían hasta po­
ner en peligro, a veces la solvencia del mismo banco cen­
tral. En 1825 y en 1839 el Banco de Inglaterra estuvo al bor­
de de la suspensión de pagos en numerario. En la primera
crisis sólo se salvó —o así lo pareció, por lo menos— por
el afortunado hallazgo de un paquete de un millón de bi­
lletes de una libra que estaba en reserva; en la segunda, se
salvó gracias a la movilización de un crédito que tenía con
el Banco de Francia. En ambas ocasiones, el peligro había
sido muy grande y no era razonable suponer que siempre
habría suerte para superarlo.
En las primeras décadas del siglo xix fue cada vez más
evidente que los intercambios con el exterior eran una parte
vulnerable del sistema y una importante causa de crisis fi­
nancieras. En el período de restricción, el Banco de Ingla­
terra se negó sistemáticamente a reconocer la conexión en­
tre los intercambios exteriores y la emisión de billetes. Susv
directores consideraban que la función del Banco consistía
en satisfacer las «legítimas demandas del comercio» y que
mientras siguiesen descontando efectos comerciales sólidos
no había peligro alguno de emisión excesiva de billetes. El
peligro sólo surgía cüando prestaban dinero para fines es­
peculativos. La dificultad consistía, sin embargo, en que no
siempre es fácil distinguir las necesidades «legítimas» del
comercio de las aventuras especulativas. Si durante un ex­

208
ceso de confianza (como el de 1820 y 1825) los bancos con­
cedían todas las peticiones de crédito seguras, los precios
aumentaban al competir los empresarios por los recursos es­
casos, se contraía Ja demanda de exportaciones británicas
al elevarse los precios y aumentaba la demanda de artículos
de importación (estimulada por la elevación de los ingre­
sos y por las favorables perspectivas). Y, naturalmente el oro
seguía saliendo del país para financiar el exceso de impor­
taciones.
En la controversia sobre la depreciación de la esterlina,
durante la última parte del período de guerra, Ricardo y el
Bullion Comittee pusieron de relieve que el déficit de la ba­
lanza comercial podía resultar de una elevación indebida de
los precios y que éstos sólo podían bajar con una contrac­
ción del crédito. Esta insistencia en la intimidad de la rela­
ción entre los cambios exteriores y la emisión interior de
billetes constituyó la base de las teorías de la escuela «mo­
netaria». Argüía que la única manera de proteger la eco­
nomía contra la emisión excesiva era que el papel moneda
actuase exactamente de la misma manera que el dinero pu­
ramente metálico. Si el oro salía del país, se debía limitar
la cantidad de dinero, como habría ocurrido en el caso de que
el oro fuese la única moneda en circulación. Dejar que los
bancos siguiesen concediendo todo el crédito que quisiesen
a los comerciantes e industriales solventes era ir directamen­
te a la crisis financiera si las expectativas de los empresarios
resultaban demasiado optimistas.
La escuela «bancaria», en cambio, argüía que las tasas de
intercambio adversas se debían a causas independientes,
como las malas cosechas o la anormal demanda exterior de
oro, y que reducir el crédito interior no era ninguna solu­
ción. Las fluctuaciones de los intercambios con el exterior
volverían al nivel normal en cuanto desapareciesen las cau­
sas especiales que las habían provocado y el deber de los
bancos era mantener una reserva suficiente de metal para
capear la tormenta. La escuela argüía que las crisis finan­
cieras estallaban cuando los bancos reducían el crédito sin
tener en cuenta las necesidades interiores. Señalaba también
que los billetes no eran la única forma de dinero y ridiculi­
zaba la obsesión de la escuela rival por la cuestión del pa­
pel moneda. «Hablaba del gran volumen de billetes de los
bancos provinciales, de letras de cambio y de cheques y del

nos 22. u 209


mecanismo de la caja de compensación (clearing house), a
través del cual se realizan pagos de enormes dimensiones sin
un solo instrumento negociable. ¿Era razonable —pegunta­
ba— suponer que aquel enorme volumen de poder de com­
pra fuese sensible a las pequeñas modificaciones en la emi­
sión de billetes del Banco de Inglaterra, de un total de vein­
te millones de libras únicamente.» 7 En la segunda y la ter­
cera décadas del siglo era ya evidente que las emisiones de
billetes de los bancos provinciales podían seguir aumentan­
do incluso cuando el Banco de Inglaterra reducía las suyas.
Finalmente, con la Bank Charter Act se impusieron las
concepciones de la escuela monetaria. Se habían impuesto
ya en el Banco, cuyos directores habían admitido en la dé­
cada de 1830 la conexión entre la emisión de billetes y los
precios y entre los precios y las tasas de intercambio con el
exterior. Fue entonces cuando se enunció explícitamente la
llamada «regla Palmer», aun cuando no se pusiese totalmen­
te en la práctica. Esta regla, llamada así por Harsley Palmer,
uno de los gobernadores del Banco, proponía que éste man­
tuviese las dos terceras partes del pasivo en forma de efectos
y el tercio restante en forma de reserva metálica. Proponía,
además, que limitase o aumentase su emisión de billetes se­
gún las fluctuaciones de la reserva metálica. O, dicho de
otra manera, que se regulase la circulación como si fuese to­
talmente metálica. Lo que buscaban los exponentes de la «re­
gla Palmer» era un principio automático de gestión moneta­
ria que liberase a los directores del Banco de su responsabi­
lidad activa en el control de la circulación.
Fue este mecanismo automático lo que Peel intentó es­
tablecer con la Bank Charter Act de 1844. Convencido de que
la banca debía separarse del control de la circulación por­
que sus objetivos eran totalmente diferentes (suministrar
crédito y regular el nivel de precios), separó ambas funcio­
nes. Creyendo que la emisión de billetes no sería más que
el reflejo de la reserva de oro de la nación, dio al custodia*
dor de la reserva metálica del país el derecho exclusivo de
emisión e hizo de la emisión de billetes una función direc­
ta de las reservas de oro, con la salvedad de una cuota fija
que tenía que respetarse en todo caso. Para asegurar que
el Banco cumpliría las reglas del juego, insistió en que de­
bían publicarse estados de cuentas semanales.
La Bank Charter Act, que estableció la supremacía vic-

210
toriana del Banco de Inglaterra e introdujo los principios
del laissei-faire en la política monetaria ortodoxa, no resol­
vió los problemas del sistema bancario británico. Los treinta
años que siguieron figuran entre los más revueltos y con­
lusos de la historia de la banca. Hubo tres grandes crisis,
1847, 1857 y 1866: en cada una de ellas hubo una gran can­
tidad de bancarrotas, tanto entre los bancos privados, como
entre las grandes sociedades bancarias. Los bancos que so­
brevivieron a tan duras pruebas aprendieron en la escuela
de la experiencia una nueva forma de prudencia. Empezaron
a comprender la importancia de mantener una liquidez con­
tinua y, en consecuencia, abandonaron las inversiones a lar­
go plazo que podían inmovilizar recursos considerables en
una determinada industria. Al desaparecer toda limitación
a sus dimensiones, aprendieron a distribuir mejor sus ries­
gos en las diversas regiones con el establecimiento de una
red nacional de sucursales. Fueron años de experimentación,
de adaptación y de incertidumbre. Durante muchos años ni
siquiera el Banco de Inglaterra tuvo ideas claras sobre su
papel en la economía. No hizo intento alguno de controlar
o dirigir el mercado de capitales o de frenar la especulación,
por ejemplo. En cambio, no vaciló en elevar el tipo de in­
terés bancal io al 10% (nivel que provocó un verdadero pá­
nico) cuando las reservas metálicas empezaron a disminuir.
Eran años de experimentación, pero los bancos siguieron
ejerciendo un pape! vital y flexible en aquella economía en
expansión. Habían creado ya un complejo servicio para el
comercio exterior. A principios de la década de 1830. Nathan
Rothschild podía decir a un comité que trabajaba sobre la
Carta del Banco de Inglaterra que «en Inglaterra se liquida­
ban los pagos de todo el mundo»,8 y los banqueros londi­
nenses concedían crédito para financiar el comercio de ar­
tículos que nunca llegaron a Gran Bretaña. Cuando, en la dé­
cada de 1830 y a principios de la de 1840 se vio que había
un excedente de fondos en la economía, los bancos ayudaron
a canalizarlo hacia la construcción de ferrocarriles, alimen­
tando con ello el boom ferroviario. Cuando este sector que­
dó saturado y los inversores empezaron a buscar nuevas
oportunidades para la colocación de sus excedentes, los ban­
cos pudieron servirse de su conocimiento de la economía ex­
terior para canalizar estos capitales hacia el extranjero. En
los primeros setenta y cinco años del siglo xtx el rasgo más

211
destacado de la cartera- del banco típico era la gran diversi­
dad de inversiones. Al banquero moderno, acostumbrado a
una cartera segura, con una amplia distribución de venci­
mientos, procedentes casi por completo de los valores crea­
dos por una enorme deuda pública, el carácter aventurero
y arrisegado de la cartera bancaria del siglo xix le debe pa­
recer sorprendente. Pero las inversiones bancarias del si­
glo xix eran productivas —en el sentido de que la deuda na­
cional no lo era— y constituyeron una importante contribu­
ción directa a la financiación del comercio y de la industria
británicos.

212
XII. La adopción del librecam bio

Un complicado sistema de tarifas aduaneras para prote­


ger a la industria nacional de la competencia extranjera es
el signo distintivo de una economía estática en la que la prin­
cipal tarea de la política comercial es mantener el statu quo.
Pero la innovación y el éxito de la industrialización abren
oportunidades de expansión y fomentan una política comer­
cial menos restrictiva. Antes de terminar el siglo xvm, los
manufactureros ingleses habían empezado ya a darse cuen­
ta de que sus intereses eran mejor defendidos con la aper­
tura de los canales comerciales que con el refugio proteccio­
nista. El tratado Edén, que rebajó algunas tarifas comercia­
les entre Gran Bretaña y Francia en 1786, fue una demostra­
ción de que se sentían cada vez más seguros. Los poderosos
argumentos de Adam Smith en favor del librecambio em­
pezaban a tener influencia en las mentes de los estadistas.
Pero el largo período de guerras que se inició en 1793 in­
virtió totalmente la tendencia hacia el librecambio al intro­
ducir multitud de incógnitas e incertidumbres en la situación
económica y al obligar al Gobierno a elevar las tarifas para
financiar la guerra. La incertidumbre económica y los esfuer­
zos del Gobierno por aumentar sus ingresos persistieron en
la inmediata postguerra, y aunque los estadistas formados
en las doctrinas de Adam Smith propugnaban de palabra una
política comercial más liberal, los productores habían per­
dido los ánimos. «La gran expansión de la agricultura y de
la industria había introducido hábitos que correspondían a
una situación de precios y de beneficios elevados. Al cho­
car con dificultades y con desagradables reajustes y al re­
vivir la antigua competencia europea, los intereses creados
—nuevos y viejos— consideraron que necesitaban un siste­
ma rígido de tarifas y prohibiciones para mantenerse a flo­
te.» 1 Además, sin el impuesto sobre la renta, derogado lo
más pronto que se pudo después de la guerra, ningún go­
bierno podía avanzar mucho por el camino del librecambio.
En la década de 1820 se vio la posibilidad de pasar a una

213 .
acción más positiva. Entre 1823 y 1825 el comercio se expan­
dió y los fabricantes empezaron a recobrar confianza. En
1824 y 1825 el Gobierno se encontró con un excedente y Hus-
kisson hizo aprobar al Parlamento una serie de reducciones
arancelarias por un total de más de cuatro millones de libras
esterlinas anuales; en 1826 hubo nuevas reducciones, con un
total de casi medio millón de libras. Era un avance muy mo­
desto hacia el librecambio. En realidad, Gran Bretaña era
más proteccionista después de las reformas de los años 1820
que en el período de preguerra. Los derechos de importación
se elevaban a un promedio del 53 % a finales de la década
de 1820. A principios de la misma década eran del 57 % y a
finales del siglo xvnr de menos del 30 %. Huskisson no se
proponía abolir la protección sino racionalizar el sistema
arancelario. Eliminó las prohibiciones de importación, los
derechos prohibitivos y las primas a la exportación, que no
daban beneficio alguno al erario público. Redujo a niveles
nominales algunas de las tasas que recaían sobre las ma­
terias primas de la industria británica, aumentando con ello
los costes de fabricación. En otros productos se propuso es­
tablecer una tarifa máxima del 30 %, para reducir el contra­
bando. Al mismo tiempo, liberalizó las leyes de navegación,
con la finalidad de aumentar el comercio de las colonias.
En realidad, convirtió el viejo sistema colonial en un nuevo
sistema de preferencias imperiales. Permitió entrar a las co­
lonias en el terreno comercial internacional por propia ini­
ciativa y en términos decididos por ellas mismas, siempre
y cuando concediesen derechos preferentes a las mercan­
cías británicas. En cambio, con los países extranjeros apli­
có el principio de reciprocidad. A partir de entonces, Gran
Bretaña utilizó sus tarifas aduaneras como otras tantas ar­
mas para la negociación y empezó a negociar con éxito tra­
tados con la mayoría de sus rivales comerciales que abolían
o igualaban las tarifas sobre una base de reciprocidad.
Con esto bastó, durante algún tiempo. Se habían e!imi4
nado los peores excesos del sistema aduanero británico y los
reformadores liberales de los años 1830 estaban demasiado
preocupados por las cuestiones institucionales y constitucio­
nales para pensar en otras cosas. En la década de 1840, Peal
reemprendió la tarea de racionalizar las finanzas del Gobier­
no británico. Encontró las tarifas tal como las había dejado
Huskisson, poco más o menos, aunque la carga se había ali­

214
gerado porque había aumentado desproporcionadamente el
comercio de aquellas mercancías (el algodón en rama y la
lana eran los ejemplos más destacados) en las tarifas que eran
bajas, de modo que a finales de la década de 1830 el pro­
medio de los derechos sobre las importaciones netas había
bajado al 31 % de su valor de mercado. Pero se podía llevar
a cabo todavía otro ejercicio de limpieza: el Committee on
Irnport Duties encontró en 1840 1.146 artículos que pagaban
derechos de aduana, pero el 94’5 % de los ingresos totales
procedían de diecisiete artículos. «En el otro extremo de la
escala, 531 artículos daban sólo 80.000 libras, en muchos
casos porque los derechos eran tan elevados que el comer­
cio se reducía al mínimo.» 2
El primer presupuesto de Peel, aprobado en 1842, no
fue un paso muy importante hacia la reducción de las tarifas.
Estableció unos derechos máximos del 5 % sobre las ma­
terias primas, del 12 % sobre los artículos semimanufactu-
rados y del 20 % sobre los manufacturados. Prefirió no to­
car los derechos sobre los alcoholes y vinos para poder uti­
lizarlos como armas en la negociación de los acuerdos de reci­
procidad. En conjunto, su reducción fue inferior a la orde­
nada por Huskisson en 1824. Pero lo importante de este pre­
supuesto era la reintroducción del impuesto sobre la renta.
Al dar, de este modo, otra fuente de ingresos al Gobierno
abrió el camino a la adopción completa del librecambio.
En 1845 se renovó el impuesto sobre la renta, se derogaron
los derechos aduaneros de 450 artículos y se rebajaron mu­
chos otros. Pero la introducción del impuesto sobre la renta
no era más que un factor que facilitaba las cosas, no una
medida decisiva. El paso crucial hacia el librecambio com­
pleto, la ruptura más significativa con el pasado preindus­
trial fue la derogación de las Leyes sobre los cereales (Corn
Laws) en 1846.
Una de las características estructurales básicas de la re­
volución industrial es el cambio de la posición de la agricul­
tura. De ser la actividad económica dominante en la econo­
mía preindustrial, pasa a ocupar una posición secundaria en
la economía industrializada. La transformación, la reducción
de la agricultura a un papel secundario, no han ido en nin­
gún otro país tan lejos como en Gran Bretaña. El desplaza­
miento se produjo en un período muy largo y en gran parte
de manera espontánea. A medida que la industria y el trans­

215
porte fueron reduciendo sus costes con la innovación (con
la cual aumentaron sus beneficios) y a medida que el comer­
cio se fue expandiendo, la mayor parte del incremento anual
de la fuerza de trabajo y del stock de capital se incorporó
a estas actividades, más lucrativas. La parte de la agricul­
tura en el producto nacional bruto del país (aunque no su
tamaño absoluto) había empezado a declinar ya en la prime­
ra mitad del siglo xvm. A mediados del siglo era ya, pro­
bablemente, inferior al 50 %; en los primeros años del si­
glo xix, era una tercera parte, aproximadamente; en 1851 se
había reducido a cerca de una quihta parte.3 En la segunda
mitad del siglo xix el ritmo de transformación se aceleró
mucho. En 1881, Gran Bretaña empezó a adquirir en el ex­
tranjero una gran parte de sus suministros alimenticios y de
sus materias primas y la agricultura no daba más que la dé­
cima parte del producto nacional bruto; en 1901, su parte
había descendido a cerca del 6 %.
Esta culminación del proceso de industrialización tuvo,
en último término, una causa muy concreta: el cambio ra­
dical de la política comercial simbolizado por la deroga­
ción de las Corn Laws. Lo interesante es que esto se produjo
más bien al final que al principio de la revolución industrial
propiamente dicha. Al principio del período, Gran Bretaña
era un país exportador de cereales. A mediados del si­
glo xvni, Inglaterra vendía al extranjero una cantidad sufi­
ciente de cereales como para alimentar a un millón de per­
sonas por año, excedente que equivalía a los alimentos que
consumía cerca del 25 % de su población. Pero en la segun­
da mitad del siglo xvm el cuadro cambió completamente.
El aumento de la población, el de las ciudades, el de la fuer­
za de trabajo no agrícola y una serie de malas cosechas termi­
naron rápidamente con el excedente de cereales del país. En
1765, después de una serie de malas cosechas, las exportacio­
nes de granos se redujeron prácticamente a la nada y a fi­
nales de siglo Inglaterra era un país importador de grano!,
excepto en los años de cosecha abundante. En 1840, entre el
10 y el 15 % de la población británica se alimentaba con
cereales extranjeros.
En casi todo este período, los niveles de importación y
de exportación fueron artificialmente elevados o rebajados
por la política legislativa. No había comercio libre de ce­
reales con el extranjero. Era de esperar, desde luego, que

216
el gobierno de una sociedad preindustrial con un margen
muy estrecho de subsistencia se considerase investido de res­
ponsabilidades especiales en relación con el consumo de ali­
mentos del país: las Corn Laws han tenido una larga histo­
ria en Inglaterra. Adam Smith, adversario de la regulación
gubernamental, escribió al respecto:
«Las leyes sobre los cereales pueden compararse a las
leyes sobre la religión. La gente se siente tan interesada por
lo que concierne a su subsistencia en esta vida o a su feli­
cidad en la futura que el gobierno debe ceder a sus prejui­
cios y, para preservar la tranquilidad pública, establecer el
sistema que sea de su agrado. Por esto son tan raros los
sistemas racionales en relación con estos dos temas bási­
cos.» 4
Es cierto que en los años que precedieron a la derogación
de las Corn Laws se produjo algo muy parecido a un mo­
vimiento religioso, casi una cruzada, que soliviantó las pa­
siones humanas en un grado y con una intensidad superiores
incluso a los del movimiento antiesclavista.
La cuestión de las Corn Laws adquirió una importancia
vital en la segunda mitad del siglo xvm. Durante el fuerte
aumento de las exportaciones de grano que caracterizó el
período anterior a 1750, lo importante de las Corn Laws es
que otorgaban una prima a la exportación. El hecho de que
icgulasen también las importaciones tenía muy poca impor­
tancia en un país con una población relativamente estancada
y una producción agrícola en aumento. Las voces de indigna­
ción sólo empezaron a oirse «cuando la cantidad pagada llegó
a ser tan enorme que los fondos de las aduanas locales resul­
taron insuficientes y los abonarés de las aduanas no fueron
reintegrados por el Tesoro en Westminster por falta de fon­
dos.»5 Pero la incapacidad del Gobierno de pagar las pri­
mas a que estaba legislativamente obligado era un problema
temporal. Al desarrollarse el mercado interior, las reclama­
ciones de primas disminuyeron. En las décadas siguientes,
las únicas revisiones de las Corn Laws que se exigieron fue­
ron algunos ajustes ocasionales de los precios que servían
de base a la fijación de las primas o de las tarifas aduaneras,
ajustes que no se proponían más que tener en cuenta los cam­
bios ocurridos en el nivel de precios.
En 1790, el problema de los Corn Laws empezó a ser un
reflejo de la lucha de clases. Las malas cosechas provocaron

217
una serie de revueltas de la población hambrienta (como ha­
bía ocurrido ya antes, en diversas ocasiones), sobre todo du-
tante los años de hambre 1795-1796 y 1799-1801, En la tensa
atmósfera creada por los excesos de la Revolución francesa,
estas revueltas adquirieron una significación mucho más pro­
funda que la que habrían tenido en otras circunstancias.
«Los terratenientes dijeron francamente que era tan impor­
tante defender sus propiedades contra el populacho como
contra Napoleón.»« El ejército de jornaleros y de obreros
industriales, cada vez más numerosos, tomó conciencia de
que sus intereses divergían de los de la nobleza agraria, que
eran los que determinaban por entonces la política econó­
mica. En ningún otro punto era esta divergencia tan marca­
da como en el caso de las Corn Laws.
Al final de la guerra, los intereses agrícolas se refugia­
ron detrás de una alta muralla proteccionista. La prima a
la exportación se había abolido en 1814: era ya un anacro­
nismo. En 1815 se abandonó la escala decreciente de las tari-
las (que permitía que las importaciones de granos variasen
correlativamente a los precios del mercado) en favor de la
prohibición absoluta hasta un cierto nrivcl de precios (80 che­
lines la arroba, en el caso del trigo) y de la admisión total­
mente libre por encima de este precio. Durante los treinta
años siguientes, las Corn Laws fueron una de las cuestiones
clave de la política social y económica de Gran Bretaña, un
símbolo del conflicto entre los ricos y los pobres, entre la
agricultura y la industria manufacturera, entre el librecam­
bio y el proteccionismo. Por su causa, los precios de los ali­
mentos se mantuvieron altos, con la consiguiente reducción
de los salarios reales. Pero protegían lo que era todavía la
principal actividad económica de Gran Bretaña: la agricul­
tura.
Como acostumbra a ocurrir, la guerra había dado una re­
lativa prosperidad a la agricultura. El precio de los artículos
alimenticios subió. Se pusieron en cultivo los terrenos bal­
díos y comunales para satisfacer la insaciable demanda de
alimentos. Los granjeros disponían de dinero y podían me­
jorar su ganado y sus caballos, abonar la tierra, erigir sóli­
dos edificios y drenar los pantanos. Los que tenían que com­
prar sus alimentos sufrían una pérdida de ingresos reales,
tanto en el campo como en la ciudad, aunque los habitantes
del campo se las apañaban mejor en los momentos de esca­

218
sez de alimentos que los de la ciudad. Los terratenientes per­
cibían rentas cada vez más elevadas y cargaron con una
gran parte del impuesto de guerra; los jornaleros sin tierra
por su parte dependían esencialmente de la beneficencia.
Excepto en los años de excepcional carestía, la agricultura
prosperaba.
Al terminar la guerra, las cosas cambiaron. Los precios
bajaron de golpe, las rentas y los beneficios se esfumaron y
el capital, en stock, en tierra y en edificios, se deterioró rá­
pidamente. Durante casi un cuarto de siglo, la agricultura
pasó por una terrible crisis que afectó a todos: terratenien­
tes, colonos y jornaleros. «El período que va de 1813 a la
coronación de la reina Victoria es uno de los más negros de
la agricultura inglesa.»7 Fue esta profunda crisis agrícola
más que el movimiento de enclosure lo que expulsó al pe­
queño yeoman de la tierra. Incapaces de soportar las vio­
lentas fluctuaciones de los precios y la pesada carga del im­
puesto de beneñcencia, muchos pequeños agricultores ven­
dieron sus tierras o las abandonaron y se dedicaron a solici­
tar la ayuda a los pobres. Los jornaleros agrícolas se queda­
ron sin trabajo y los salarios se desplomaron. «Los que ha­
bían ahorrado algún dinero o comprado un cottage no podían
ser inscritos en el registro de pobres: estaban obligados,
pues, a dejarlo todo y a convertirse en verdaderos pobres
para poder obtener un empleo.» 8
Los informes y las encuestas sobre la crisis agrícola eran
muy numerosos y si nos basamos exclusivamente en sus vi­
vas informaciones podemos llegar a exagerar la amplitud y
la profundidad de la desmoralización que cundía en las zo­
nas rurales. Pero las revueltas y los frecuentes incendios,
endémicos en este período, confirman que la moral del sec­
tor agrícola era desesperadamente baja en los veinticinco
años que siguieron a la batalla de Waterloo. Y vale la pena
recordar, una vez más, que en 1850 la agricultura era, todavía,
el sector principal de la economía británica. Todo lo que
influyó en el nivel de ingresos del sector agrícola influyó en
el nivel de vida de más de una tercera parte de la población
de Gran Bretaña durante casi toda la primera mitad del si­
glo XIX.
En estas circunstancias, es difícil ver cómo un Gobierno
responsable podía haber abandonado las Corrí Laws y some­
tido la principal actividad de la nación a otra carga: a los

219
vientos helados de la competencia extranjera. Es cierto que
los economistas, siguiendo la línea trazada por Adam Smith,
eran partidarios del librecambio para los glanos y para otras
mercancías. «La mayoría de los economistas (con la impor­
tante excepción de Malthus) seguían a David Ricardo y exi­
gían la liberalización completa de los cereales como una me­
dida que beneficiaría no sólo al país en general sino tam­
bién a todos los sectores de la población, con excepción de
los terratenientes.»9 Los manufactureros eran contrarios a
las Corn Laws porque consideraban que hacían aumentar
los salarios industriales y reducían el poder de compra para
los productos no alimenticios en las ciudades. Los reforma­
dores liberales se oponían a ellas en nombre de los intere­
ses de los pobres y contra los de los terratenientes ricos.
Pero aun en el caso de que la mayoría de los hombres que
tomaban las decisiones fundamentales en el Parlamento y
en el Gabinete no hubiesen sido miembros de la aristocra­
cia agraria, habría sido sorprendente que se decidiesen a
agravar voluntariamente los problemas de una agricultura
desesperadamente alicaída. Ahora bien, los problemas fue­
ron efectivamente agravados cuando se intentó aligerar el
sistema proteccionista en 1828. La ley de 1828 introdujo una
escala móvil de tarifas que variaba según el precio del tri­
go en las seis semanas precedentes. Si el promedio era in­
ferior a 67 chelines, las tarifas se hacían virtualmente pro­
hibitivas; si el promedio era superior, las tarifas bajaban
de 13 chelines (cuando el promedio era de 69 chelines) a un
chelín (cuando el promedio era de 73). Esto equivalía a ele­
var el precio del trigo porque su importación se convertía en
un negocio arriesgado y especulativo y porque los agriculto­
res se retraían ante las imprevisibles fluctuaciones de sus in­
gresos.
El debate sobre las Corn Laws conoció varios flujos y re­
flujos en los años 1820 y 1830 y se recrudeció en los años cua­
renta. Cuando los negocios flojeaban, los comerciantes y los
industriales exigían su derogación. Cuando los negocios iban
bien, se preocupaban por otras cuestiones, más vitales —la
reforma monetaria o la reforma constitucional, por ejem­
plo. Pero en la segunda mitad de la década de 1830, los da­
los de la situación empezaron a cambiar. La agricultura pa­
recía que estaba superando su terrible crisis. No se ve cla­
ramente ni cuándo ni por qué se produjo la mejora. La re­

220
cuperación tiene siempre efectos menos espectaculares que
la crisis y los documentos que dan cuenta de ella son más
escasos. Pero si no podemos fijar con exactitud la fecha del
cambio, sí sabemos que el cambio se produjo y que fue favo­
rable. A mediados del siglo xix, la agricultura conoció tres
o cuatro décadas de progreso y prosperidad. Las rentas y los
beneficios subieron y se amplió el área cerealista. Aumentó
el uso de fertilizantes y hubo una serie de mejoras en los
instrumentos y la maquinaria agrícolas. Se hicieron mayores
inversiones en la ganadería y en sus instalaciones, en edifi­
cios, en carreteras y en planes de drenaje.
Se han aducido diversas explicaciones de esta mejora de
la situación económica en la agricultura. Uno de los facto­
res fue la nueva Ley de Pobres, que mejoró su situación fis­
cal al eliminar el impuesto de beneficencia. Los gastos de
ayuda a los pobres, que pasaron de siete millones de libras
esterlinas en 1832, no superaron los cuatro millones en 1837.
Los salarios subieron, naturalmente. Pero parece seguro que
los granjeros perdieron menos con el alza de salarios que lo
que ganaron con la reducción del impuesto de beneficencia. La
Tithe Commutation Act de 1836 constituyó también una ayu­
da para los agricultores al eliminar un fastidioso impuesto
sobre el producto antial de la tierra que se podía reclamar
en especie, variaba mucho de un año para otro y era una
causa constante de litigios. Este impuesto fue substituido
por una renta sobre los cereales que variaba de modo pre­
visible según los promedios septenales de los precios del tri­
go, de la cebada y de la avena.
Otras razones que se aducen a menudo para explicar la
recuperación de la agricultura se refieren a un aumento de
la eficiencia. Los granjeros reaccionaron, ante la adversidad
—se dice— introduciendo innovaciones que reducían los cos­
tos. Los granjeros menos eficientes tuvieron que abandonar
gradualmente la empresa ante una serie de crisis que no les
permitieron recuperarse; los que quedaron eran por defini­
ción, los más aptos para la supervivencia. Es posible que
la reducción y la racionalización del impuesto de beneficen­
cia y del diezmo fomentasen también las inversiones de ca­
pital para la adopción de mejores métodos e impulsasen con
ello, el aumento de la productividad. En 1822 se había di­
suelto el Departamento de Agricultura, pero la Real Socie­
dad Agrícola de Inglaterra, fundada en 1838, continuó su ta­

221
rea de propagación de ideas e informaciones entre los agri­
cultores y fue, según Ernle, «un poderoso agente en ia res­
tauración de la prosperidad».11*
En tercer lugar, es evidente que el creciente ritmo de ur­
banización y de industrialización tenía que aumentar la de­
manda de productos agrícolas. Entre 1821 y 1841 el aumento
neto de la población británica que vivía en ciudades de 20.000
o más habitantes —y que, por consiguiente, no podían con­
tribuir directamente, de modo apreciable, a la producción de
sus propios artículos de consumo alimenticio— fue de casi
dos millones y medio. Por muy pobres que fuesen, represen­
taban una poderosa demanda de artículos alimenticios. A fina­
les de la década de 1830, cuando el momento culminante de
la era del ferrocarril, se pagaron enormes cantidades en con­
cepto de salarios a sectores de la población altamente pro­
pensos a gastar sus ingresos en alimentos y bebidas.
En esta misma fecha, una serie de cosechas deficientes
volvieron a dar una dramática actualidad política a las Cortt
Laws. En setiembre de 1838 se fundó en Manchester la Anti-
Com Law Association y se puso en marcha la gran campaña.
La derogación no tuvo lugar hasta 1846, cuando Irlanda se
vio asolada por el hambre más desastrosa de la historia mo­
derna de Gran Bretaña y forzó la situación. Pero la Anti-Corn
Law League tenía ya una cierta historia detrás suyo y había
preparado el terreno para la capitulación. La Liga no habría
conseguido imponer la derogación sin la cooperación activa
de sir Robert Peel y de lord John Russell. Pero, por otro
lado, es dudoso que Peel hubiese hecho algo más que suspen­
der las tarifas sin los esfuerzos propagandísticos de la Liga.
En realidad, el éxito de ésta fue tan grande que consiguió
convencer de la sensatez y de la justicia de la causa de los
adversarios de la protección agrícola no sólo a una gran par­
te de ¡a opinión de la época, sino también a la mayoría de
los historiadores de la economía de épocas posteriores. i
Se trataba, esencialmente, de una organización burguesá.
El control de sus actividades recaía en un consejo de suscrip-
tcres importantes: cada suscripción tenía derecho a un voto.
Simpatizaba, pues, totalmente, con los principios de la Ley
de Reforma (Reform Bill) de 1832, es decir, con la idea de
que la política tenía que ser dirigida por los propietarios.
Su ideología contrastaba, pues, fuertemente con la del car­
lismo, el otro gran movimiento reformador de los años 1830

222
y 1840. Era éste un movimiento de la clase obrera que bus*
caba la justicia económica por medio de la reforma parlamen­
taria. Los seis puntos de la Carta del Pueblo (People's Char-
ter) eran: sufragio universal masculino, voto secreto, fijación
de un sueldo para los miembros del Parlamento, elecciones
parlamentarias anuales, distritos electorales iguales y aboli­
ción del requisito de ser propietario para poder ser elegido
miembro del Parlamento. Los revolucionarios cartistas, re­
presentantes auténticos del proletariado obrero, desconfiaban
de la Liga porque contaba con el apoyo de sus enemigos, los
empresarios industriales, y porque creían que formaba parte
de una conspiración para mantener los salarios bajos. Pero
los cartistas —melodramáticos, irresolutos, líderes violentos
de hombres hambrientos— perdieron el combate y, en cam­
bio, los miembros de la Anti-Corn Law League, confiados,
moralizadores y respetables, ganaron el suyo. «El ataque con­
tra las Corn Laws había sido conscientemente planeado si­
guiendo el modelo de la agitación antiesclavista; se atacó las
Corn Laws no sólo como una inconveniencia, sino también
como un pecado, y se invocó a un coro de ministros de la
religión para pronunciar el anatema.» 11 El movimiento dis­
ponía de fondos considerables, tenía una administración cen­
tralizada y eficiente y planteaba objetivos simples y coheren­
tes. En 1841 decidió participar en las elecciones y se convir­
tió en una poderosa fuerza política en la que confluían las
aspiraciones de economistas, empresarios y liberales del más
diverso matiz; movilizó a los dirigentes de la opinión comer­
cial e industrial y a la intelligentsia de la nueva economía de
taissez-faire, que el comercio y la industria empezaban a ver
como su más auténtico interés.
Proclamaban que sus adversarios eran los terratenientes
ricos y los aristócratas. En realidad, como ha demostrado
Kitson Clark, las mayores objeciones contra la derogación
procedían de los pequeños agricultores, que sabían que esta­
ban en juego sus medios de vida.12 La pequeña nobleza (gen-
try) y la aristocracia estaban divididas pues, en la práctica,
la mayoría tenían también intereses en el comercio y la in­
dustria y no se identificaban totalmente con los avatares de
la agricultura. Tampoco estaba por medio ningún interés es­
tratégico poderoso. La flota británica ejercía un control de los
mares indiscutible y Gran Bretaña producía todavía la parte
fundamental de sus propios artículos alimenticios. No había

223
necesidad alguna de apuntalar la agricultura para asegurarse
contra los riesgos de una guerra total y de un bloqueo ene­
migo.
Durante la primera mitad de la década de 1840 el éxito
de la Liga varió según el estado de ias cosechas y del comer­
cio. Hay pruebas de que Peel, que ya se había mostrado fa­
vorable a una mayor libertad de comercio, pensaba en una
revisión de las Corn Laws en 1845. Pero la derogación total
era una perspectiva muy improbable. En 1845 y a principios
de 1846 el precio del trigo varió entre 45 y 59 chelines, pese
a> fracaso de la cosecha de patatas de 1845. En los años 1830
su precio había sido superior a los 70 chelines. Cuando falló
lu cosecha de la patata irlandesa, y la británica con ella, y
hubo una mala cosecha general en toda Europa, la situación
se hizo explosiva. En 1846, ante la difícil situación política
interior y las malas noticias que llegaban de Irlanda, donde
el hambre era general, Peel decidió pasar a la acción. Se de­
rogaron las Corn Laws, sustituyéndolas únicamente por un
simbólico derecho de registro de un chelín por quarter de
trigo. Cobden saludó la derogación como una victoria dé la
burguesía, pero los motivos de Peel habían sido más prácti­
cos que ideológicos. «Estaría loco si me hubiese dejado in­
ducir a hacer lo que he hecho en esta sesión por otros mo­
tivos que no fuesen el sentido del deber público» —escribió.
La derogación puso fin inmediatamente a la tensión social,
que no había dejado de aumentar hasta llegar muy cerca de
la explosión en las duras décadas que siguieron a Waterloo.
Las fuerzas del liberalismo y la reforma habían obtenido una
resonante victoria y hubo una especie de tregua en el conflic­
to entre los ricos y los pobres. La actividad cartista revivió
al producirse la crisis de 1846, y creció en 1847 y 1848. Pero
es dudoso que, incluso con una dirección competente y con
unos objetivos unificados basados en unos intereses comu­
nes, el cartismo hubiese obtenido alguna influencia en White-
hall en aquella fase. Lo cierto es que los cartistas presenta­
ron peticiones redactadas con prisas y condenadas a la inope-
rancia, intentaron huelgas mal preparadas que no podían ser
más que otros tantos fracasos y amenazaron al Gobierno con
una fuerza patéticamente insuficiente. En el cartismo partici­
pan, en realidad, tres grupos de trabajadores: un pequeño
grupo de artesanos, los operarios de las fábricas textiles y
los trabajadores domésticos, que iban desde los tejedores

224
manuales hasta los fabricantes de clavos. Era extraordinaria­
mente difícil convertir aquel heterogéneo conjunto de traba­
jadores en un movimiento político unificado. No tenían más
que una cosa en común: todos ellos habían salido perdiendo
en la gran redistribución de ingresos que comportaba la revo­
lución industrial. Y cuando el desarrollo económico alcanzó
las dimensiones que le permitía la era del ferrocarril, se vio
claramente que ya no era posible volver atrás. Había muchos
sectores interesados en la nueva era industrial, y no todos
se encontraban entre los grupos de ingresos superiores. El
movimiento cartista se hundió, pues, con el reflujo que siguió
a la derogación de las Corn Laws. El objetivo de un pan ba­
rato significaba más para las miserables clases trabajadoras
que las vagas aspiraciones cartistas a sostenerse en medio de
los nuevos cambios económicos.
Por su parte, la agricultura no conoció el desastre que se
preveía después de la derogación. Es cierto que hubo un ver­
dadero pánico entre los Cultivadores cerealistas en los años
de baja de precios (1848-1852), pero esto se debía en gran
parte a las actividades especulativas fomentadas por el pro­
teccionismo. Se había especulado con la tierra, las rentas se
habían elevado a niveles extravagantes y fueron estas extra­
vagancias las que sufrieron las consecuencias de la deroga­
ción. Mientras tanto, el agricultor británico seguía protegido
contra la competencia extranjera por la geografía. Era difícil
importar grandes cantidades de cereales desde largas distan­
cias sin que los gastos de transporte fuesen muy elevados;
por otro lado, había muy pocas fuentes de suministro barato
fuera de Europa, donde la oferta era limitada por las restric­
tivas políticas locales. En el interior, la demanda de produc­
tos agrícolas se elevaba sin cesar. La demanda creció simple­
mente porque siguió aumentando la población. Entre 1841 y
1851 la población de Gran Bretaña pasó de 18'5 a casi 21 mi­
llones y siguió aumentando hasta llegar a los 23 millones en
1861. Hubo una vasta migración entre la ciudad y el campo
que, añadida al elevado índice de crecimiento natural dé las
zonas urbanas, significó un gran aumento de los que no pro­
ducían alimentos pero que debían consumirlos. Entre 1841 y
1851 unas 700.000 personas emigraron a las ciudades y a los
distritos carboníferos de Inglaterra y el País de Gales, y en­
tre 1851 y 1861 otras 600.000 personas se instalasen en las
ciudades. Por entonces, los agricultores británicos habían

HCS 22. 15 225


llegado a lo que parecía ser el límite de la superficie cultiva­
ble. El movimiento de enclosure había terminado. No que­
daban ya tierras baldías y comunales para poner en cultivo.
Por otro lado, los agricultores dispuestos a innovar, a inver­
tir capital en los trabajos de drenaje y en los fertilizantes,
podían contar con un mercado muy grande y en plena expan­
sión. «Había terminado la era del cultivo extensivo; empezaba
la del cultivo intensivo, capitalizado.» 13
En la década de 1840 la investigación agrícola realizó gran­
des progresos. La más urgente necesidad de las húmedas islas
del territorio británico era la desecación de las zonas panta­
nosas, en contraste con muchos de los actuales países en vías
de desarrollo, cuya necesidad más urgente es la irrigación.
Los experimentos de drenaje realizados en los años 1820 y
1830 permitieron mejorar millones de acres de tierra en la
década de 1840. La introducción de un tubo de drenaje de ar­
cilla en 1843 y de una máquina para la fabricación de tuberías
en 1845 permitió disponer de conductos de desagüe baratos y
eficaces. «En los años siguientes se lanzaron dos grandes
suscripciones públicas para trabajos de drenaje y una canti­
dad tres veces superior fue aportada por los propietarios
privados o avanzada por las compañías privadas.» 14 El dre­
naje alargó las estaciones en las tierras arcillosas y permitió
cosechas más tempranas; aumentó el rendimiento y redujo
jos costes al permitir un uso más efectivo de los abonos y
fertilizantes.
Al mismo tiempo, la nueva alianza entre la agricultura y
la ciencia empezaba a dar resultados prácticos a los agricul­
tores de todo el país. El químico alemán Liebig publicó en
1840 su famoso libro sobre las relaciones entre la nutrición
de las plantas y la composición del suelo. En 1835 llegó al
puerto de Liverpool el primer cargamento de guano del Perú;
seis años más tarde la importación ascendía únicamente a
1.700 toneladas, pero en 1847 subió a 220.000 toneladas. Los
agricultores innovadores empezaban a comprar fertilizante!
en vez de reducirse al uso de abonos producidos por la pro­
pia granja; los químicos y los geólogos descubrían nuevos
tipos de fertilizantes. En 1843, por ejemplo, Lawes creó una
factoría para producir superfosfato de cal. Empezó a tomar
cuerpo una nueva actitud hacia la agricultura, no sólo entre
los propietarios de las grandes haciendas —como había ocu­
rrido en el siglo xvm—, sino también entre la gran masa de

226
pequeños agricultores. El agricultor que invertía su dinero
en la compra de fertilizantes no estaba dispuesto a dejar que
¿fertilizasen matorrales o se inutilizasen tierras pantanosas. El
agricultor de antes se contentaba con producir alimentos su­
ficientes para alimentar a su familia y para adquirir en el
sector manufacturero las ropas y los muebles indispensables;
en cambio, el nuevo agricultor estaba dispuesto a reinvertir
una parte de sus ingresos para mejorar el rendimiento de la
próxima cosecha.
No debe creerse, sin embargo, que todo esto ocurrió en
seguida, que los resultados de la investigación científica se
convirtieron inmediatamente en innovaciones. Muchos expe­
rimentos fracasaron, muchos agricultores aplicaron fertilizan­
tes inadecuados que hicieron más daño que bien, o malgas­
taron su capital drenando pantanos demasiado profundos. En
la época de la derogación la explotación agrícola avanzada
era más bien la excepción que la regla, y la mayoría de los
agricultores no hicieron más esfuerzos por aumentar la pro­
ductividad de sus tierras o modernizar las técnicas que los
que habían hecho sus padres.
Quizá se necesitaba la fuerte conmoción del abandono
completo de la protección agrícola y los duros años de baja
de precios que la siguieron para que las posibilidades y los
límites de los agricultores británicos se viesen en su verda­
dera perspectiva. Muchos colonos abandonaron la tierra en
los años de crisis y dejaron sus granjas en manos de los terra­
tenientes. Pero hay pruebas de un importante cambio de
actitud no sólo por parte del agricultor individual, sino tam­
bién por parte de los grandes propietarios. Parece evidente
que los encargados de las grandes haciendas seguían con mu­
cha atención los mejores conocimientos agrícolas del momen­
to y que hacían cuanto podían para transmitirlos a sus co­
lonos. La Real Sociedad Agrícola («corazón y cerebro de la
agricultura británica», según Ernle) se convirtió en un ver­
dadero centro de intercambio de las mejores investigaciones
científicas sobre las técnicas agrícolas. Una nueva clase de
profesionales —corredores de fincas, procuradores— se pu­
sieron al frente de las grandes haciendas para dirigirlas con
métodos modernos.
En efecto, a partir de 1853 se vio que las perspectivas de
la agricultura británica habían cambiado en sentido favora­
ble. Esto se debía, en lo fundamental, al perfeccionamiento

227
de las técnicas y a la mejora de las condiciones de la deman­
da, pero hubo algunas circunstancias especiales que, a prin­
cipios de la década de 1850, dieron un fuerte impulso a la
industria. La expans ón del comercio y de las manufacturas
(estimulada por el alza de precios consecutiva al descubri­
miento de yacimientos de oro) elevó rápidamente la demanda
de productos agrícolas. El tiempo fue bueno en la década de
1850. La guerra de Crimea cerró el Báltico a los cereales ru­
sos. Las rentas subieron, los beneficios de los agricultores
subieron también y se gastaron grandes sumas en trabajos de
drenaje (se podían pedir préstamos para el drenaje agrícola
gracias a la ley que Peel había hecho aprobar al derogar las
Corrí Laws) y en la edificación de instalaciones agrícolas. El
nivel general del cultivo se elevó rápidamente hasta alcanzar
el de los mejores agricultores individuales de la era protec­
cionista y la agricultura británica alcanzó el punto más alto de
capacidad productiva de toda su historia. La década 1853-1862
se ha llamado con razón «la edad de oro de la agricultura
inglesa» y hasta el último cuarto del siglo xix la-industria no
empezó a ‘sentir plenamente los efectos del abandono de la
protección de la agricultura.
En resumen: en el segundo cuarto del siglo xix el equili­
brio del poder económico y político se desplazó finalmente
de la agricultura a la industria. En las tres primeras décadas
del siglo se modificó la importancia relativa de la agricultu­
ra y la industria y cambiaron sus respectivas posiciones (me­
didas por el número de empleos que creaban y sostenían).
Si adoptamos como medida el volumen de las rentas genera­
das, el grupo minería-manufactura-construcción había tomado
ya la delantera en los años de crisis agrícola que siguieron a
Waterloo; en el segundo cuarto del siglo la contribución de
la agricultura al producto nacional británico pasó de la cuarta
parte a cerca de la quinta parte.
El cambio en la balanza de poder económico tuvo su refle­
jo en los cambios de la balanza del poder político y fue ayu­
dado, a su vez, por éstos. Los principales beneficiarios de la
industrialización fueron las clases medias industriosas —el
confortable ejército de artesanos, empleados, tenderos, mer­
caderes, banqueros e industriales. Los trabajadores pobres
de la ciudad y del campo, de la fábrica y de la granja sufrie­
ron por igual las consecuencias de las malas cosechas y de las
crisis comerciales y tuvieron dificultades para alimentar y

228
vestir a sus familias al nivel en que lo habían hecho sus pa­
dres y abuelos en el siglo xvm. No era su momento y los
dirigentes no podían esperar otra reacción a sus proclamas
que las cargas de la tropa, la cárcel y la deportación. Para
las clases medias, en cambio, fue un período de pleno reco­
nocimiento político y de prestigio creciente. Los dirigentes
aristocráticos del Gobierno escucharon fielmente los consejos
de los economistas burgueses y adquirieron intereses perso­
nales en los negocios y la industria, tan importantes, por lo
menos, como los que tenían en la tierra y la agricultura. La
Ley de Reforma de 1832 no dio, como se ha pretendido, el
poder a las clases medias, pero las integró en el cuerpo elec­
toral y admitió formalmente su derecho a influir en la política
económica. Su triunfo supremo, el resultado de su influencia,
fue la derogación de las Corn Laws. Fue entonces cuando una
sociedad que había aceptado todas las consecuencias de la
revolución industrial rechazó formalmente el derecho de la
agricultura a tener un trato especial —un derecho indiscuti­
ble en una economía preindustrial.
Una vez tomada irrevocablemente la decisión, el camino
era expedito para la gran especialización internacional de fi­
nales del siglo xix. Cuando el ferrocarril y el buque a vapor
pusieron las feraces praderas de América del Norte y del Sur
al alcance del consumidor británico, el número de personas
dedicadas a la agricultura en Gran Bretaña empezó a dismi­
nuir tanto en términos absolutos como en términos relativos.
Hasta que esto ocurrió no se manifestaron plenamente las
consecuencias de la derogación de las Corn Laws y se com­
pletó la industrialización.

229
XIII. El papel del Gobierno

Es costumbre ver la revolución industrial británica como


un hecho espontáneo y es indudable que lo fue en la medida
en que ningún gobierno podía conseguir conscientemente el
resultado de la primera revolución industrial. Pero esto no
quiere decir que el papel del Gobierno fuese enteramente pa­
sivo. AI contrario, entonces (como ahora) la ineptitud o la
competencia de los gobiernos era un factor importante para
el retraso o la aceleración del desarrollo económico. Los cam­
bios en las condiciones de oferta y demanda sn que operaban
las diferentes industrias exigieron e impusieron cambios en
la legislación económica. Para propiciar u obstaculizar los
cambios estructurales, esenciales para la industrialización
electiva, tan importante podía ser la incapacidad de legislar
debidamente como la nueva legislación.
Uno de los mitos sobre la revolución industrial en Ingla­
terra es que ocurrió sin la intervención del Gobierno, más que
con la intervención de éste; que el papel del Gobierno consis­
tió en desaparecer por el foro lo más rápidamente posible
para que la empresa privada pudiese ejercer plenamente su
papel de generadora del desarrollo económico sostenido. Un
pasaje famoso de Adam Smith, en el capítulo donde propug­
na el librecambio, suministró la base racional de esta leyenda
al argüir que la maximación del beneficio privado por cada
individuo implica la maximación de la renta nacional:
«Cuando cada individuo... se esfuerza al máximo en em­
plear su capital al servicio de la industria doméstica y en
dirigir esta industria de modo que su producto tenga el ma­
yor valor, labora necesariamente para que la renta anual de
la sociedad sea lo más elevada posible. En general, ni pre­
tende promover el interés público ni sabe hasta qué punto
lo está promoviendo. Al preferir apoyar la industria domés­
tica en vez de la extranjera no busca más que su propia se­
guridad; al dirigir esta industria de modo que su producto
tenga el máximo valor no busca más que su propio beneficio,

231
pero en éste como en otros casos es guiado por una mano
invisible que le lleva a promover un fin que no forma parte
de su intención.» 1

Era la «doctrina de la mano invisible» que Adam Smith


utilizó para justificar el librecambio. Sus seguidores desa­
rrollaron la filosofía del laissez-faire, la concepción de que el
Gobierno debía dejar que las cosas marchasen por sí mismas,
y adoptaron plenamente la idea de que el medio más efec­
tivo para asegurar un índice máximo de desarrollo económi­
co çra el funcionamiento sin obstáculos de la empresa pri­
vada.
Dos cosas hay que examinar al respecto. Por un lado, ¿has­
ta qué punto es verdad que la doctrina del laissez-faire se
impuso en el curso de la revolución industrial británica? Por
otro lado, ¿es cierto que la principal contribución del Gobier­
no británico a la revolución industrial consistió en dejar que
las cosas marchasen por sí mismas?
Preguntémonos, en primer lugar, si el laissez-faire triunfó
o no verdaderamente. Es indudable que entre 1760 y 1850
fueron derogados muchísimos reglamentos y restricciones gu­
bernamentales que pesaban sobre la actividad económica, la
mayoría de los cuales databan de la época medieval. Al ini
ciarse dicho período, por ejemplo, existía toda una red de
restricciones a la movilidad del trabajo y del capital. El Es­
tatuto de los Aprendices disponía que toda persona tenía que
servir siete años antes de poder dedicarse a un oficio; el mi-
mero de aprendices era, además, limitado por muchas reglas
locales. Adam Smith atacó duramente los privilegios de las
corporaciones y expuso una serie de ellos, a cual más indig­
nante: «En Sheffield, ningún maestro cuchillero puede tener
más de un aprendiz al mismo tiempo... En Norfolk y Nor-
wich ningún maestro tejedor puede tener más de dos apren­
dices bajo la pena de pagar 5 libras al mes al rey. Ningún
maestro sombrerero puede tener más de dos aprendices en|
ningún lugar de Inglaterra o de las plantaciones inglesas.»1
Los salarios de los sastres de Londres estaban sujetos a un
límite máximo legalmente establecido, que sólo podían variar
los Justices of the Peace en las Quarter Sessions.
Había también las leyes que limitaban la movilidad y la
utilización del capital. Las leyes sobre la usura (Usury Laws),
por ejemplo, fijaban en el 5 % el interés máximo que se po­

232
día cargar en los préstamos. En consecuencia el capital se
invertía en la deuda del Estado, en vez de invertirse en la in­
dustria y el comercio, donde los riesgos eran demasiado fuer­
tes y el interés legal demasiado bajo para compensar aque­
llos. El Gobierno no estaba sujeto a ninguna restricción legal
cuando lanzaba nuevas emisiones de la Deuda y el precio de
los títulos gubernamentales ya existentes podía bajar hasta
tal punto que los ingresos que con ellos podía obtener un in­
versor potencial eran muy superiores a los del comercio.
Había también las leyes que regulaban la organización del
capital y de la empresa. La Bubble Act de 1720 prohibió la
formación de compañías por acciones, excepto cuando existía
una concesión especial del Parlamento. «Se ha dicho a me­
nudo que la Bubble Act impidió durante más de cien años
la aparición de grandes empresas industriales en Inglaterra»3.
Había, asimismo, las numerosas reglas impuestas por las le­
yes de navegación (Navigation Acts) que prohibían las impor­
taciones de determinados continentes si no se hacía en barcos
británicos, con tripulación esencialmente británica. Existían,
además, los diversos monopolios sobre el comercio exterior en
manos de compañías fletadoras privilegiadas; cabe decir, sin
embargo, que éstas empezaban a desaparecer a mediados del
siglo X V III.
Además de todo esto, existía una gran variedad de reglas
y disposiciones que especificaban, a veces con gran meticulo­
sidad, cómo debían fabricarse o venderse los artículos ma­
nufacturados. El objetivo era ejercer un cierto control sobre
su calidad en interés del consumidor británico y extranjero.
Los fabricantes de lana y de lino, por ejemplo, tenían que so­
meterse desde tiempos inmemoriales a una serie de leyes
sobre la longitud, la anchura y el peso de las telas que fabri­
caban. Muchas de estas disposiciones habían caducado a me­
diados del siglo xviii —la manufactura de algodón, por ejem­
plo, tenía poca importancia a finales del siglo xvm y por ello
no estaba sujeta a estas restricciones. Pero en 1765 todavía
se promulgó una ley para controlar la calidad de los tejidos
de lana del West Riding «para impedir los fraudes al certifi­
car el contenido del tejido y para preservar el crédito de
dicha manufactura en los mercados extranjeros». La ley creó
toda una jerarquía de vigilantes, inspectores y supervisores
para certificar la longitud y la calidad de las telas y compro­
bar que no se hubiesen estirado demasiado en los tendedo­

233
res 4. Pero «más antigua que las más antiguas reglamentacio­
nes que pesaban sobre la manufactura de tejidos, tan antigua
que era imposible fijar su fecha de aparición —una especie
de common law económico— era la Assize of Bread».5 Esta
reglamentación prescribía el peso y el precio del pan y los
márgenes de beneficio de les panaderos, legislaba contra la
posible adulteración y prescribía que los panaderos se atuvie­
sen a los pesos y medidas legales. Finalmente, existía un com­
plicado sistema de protección que limitaba de muy diversas
maneras la libertad del comercio con el extranjero. Había
prohibiciones absolutas de exportar determinados artículos
(la lana, por ejemplo) y embargos completos de algunas im
portaciones (como la de percales pintados); la mayoría de los
demás artículos estaban sujetos a fuertes gravámenes aduane­
ros. En 1759 la tarifa media sobre las importaciones subía
al 25 %, y, pese a los esfuerzos de William Pitt por racionali­
zar el sistema fiscal, la Guerra de Independencia norteameri­
cana y las guerras francesas habían hecho elevar el nivel
efectivo de las tarifas.
No caeremos, desde luego, en la trampa de suponer que
la existencia de una gran cantidad de restricciones medieva­
les sobre la actividad económica significase que dichas res­
tricciones eran efectivas. Tomemos, por ejemplo, las leyes
sobre el aprendizaje. No se aplicaban en absoluto en las nue­
vas profesiones no mencionadas en la ley elizabethiana origi­
nal y algunas de las nuevas ciudades habían conseguido es­
capar de ellas casi totalmente. Asi ocurrió, por ejemplo, en
Manchester, Birmingham y Wolverhampton. Además, allí don­
de se aplicaba el Estatuto de Aprendices era, a menudo, una
fuente de mano de obra barata o equivalía a una prima para
el empresario, más que un medio para la preparación de los
artesanos. William Hutton, por ejemplo, «hizo su primer
aprendizaje en las sederías de Derby, cuando todavía era de­
masiado pequeño para llegar a las máquinas sin ayuda dp
unos zuecos de madera fijados a sus pies».6 Pero esto erá,
en realidad, trabajo infantil, pues no aprendió en absoluto
el trabajo que podría practicar de mayor.
Como Ahston ha señalado, tampoco la Bubble Act frenó
la formación de compañías por acciones en aquellas indus­
trias en que la escala de las operaciones las hacía particu­
larmente valiosas.

234
«Siempre se podía crear una sociedad por acciones con
una Acta privada: las compañías constructoras de canales
surgieron de este modo. Y la estratagema del acuerdo equita­
tivo (equitable trust), que permitía hacer pactos mutuos en­
tre los suscriptores y los fideicomisarios nombrados por ellos,
dio lugar a un gran desarrollo de lo que en otros sectores
serían efectivamente compañías. Todas tenían la continuidad
propia de las compañías por acciones y funcionaban con ac­
ciones transferibles. A finales de siglo, algunas pudieron, in­
cluso, limitar la responsabilidad de sus miembros.» 7
En cuanto a las Usury Laws, es difícil creer que no se
incumplían a menudo en la práctica, e incluso con gran faci->
lidad, por consentimiento mutuo, cuando el prestamista y el
prestatario querían completar la transacción en términos que
igualasen la oferta y la demanda de fondos prestables. Aun­
que se hubiese de suscribir un contrato en los términos lega­
les, el prestatario podía comprometerse a devolver una canti­
dad superior a la recibida y pagar, de este modo, un interés
superior al formalmente registrado en el contrato.
Del mismo modo, había muchas maneras de evadirse de
las restricciones que pesaban sobre el comercio exterior. La
prohibición de exportar lana se incumplía regularmente en­
viándola a Holanda o Francia a través de Escocia, o, más a
menudo todavía, embarcándola subrepticiamente de noche en
barcos que esperaban a cierta distancia de la costa. Otra ma­
nera de sacar lana del país era disimulándola en otras mer­
cancías (por ejemplo balas de paño) o en el equipaje de los
pasajeros. El comercio de contrabando floreció en ambas di­
recciones. Las mercancías valiosas y relativamente ligeras,
como el té, el tabaco, los vinos y los alcoholes, los encajes,
la seda y los percales pintados, entraban, probablemente, en
mayor cantidad de contrabando que con el comercio declara­
do. El contrabandista era un miembro respetado de la socie­
dad. Adam Smith, por ejemplo, se refiere a él como...
«...una persona que, aunque sea, sin duda, censurable por
violar las leyes de este país, es, con frecuencia, incapaz de vio­
lar las de la justicia natural y sería, en todos los aspectos, un
excelente ciudadano si las leyes no convirtiesen en delito lo
que en la naturaleza no lo es... No hay muchas personas que
Se resistan a practicar el contrabando cuando encuentran la
235
posibilidad fácil y segura de hacerlo sin perjurio. Pretender
tener escrúpulos para comprar mercancías de contrabando,
aunque se trate de un estímulo manifiesto a la violación de
las leyes sobre la renta y al perjurio que casi siempre le es­
pera, se consideraría en la mayoría de los países como una
de aquellas manifestaciones pedantes de hipocresía que, en
vez de aumentar el crédito de una persona, sirven para expo­
ner a ésta a la sospecha de que es más bribón que la mayoría
de sus conciudadanos».8
Para tener una idea de la amplitud del contrabando de las
mercancías sujetas a fuertes tarifas, basta con ver lo que ocu­
rrió cuando se rebajaron los derechos arancelarios sobre el
té del 119 % al 12'5 % en 1784. En el curso de un año la can­
tidad importada para el consumo interior pasó de menos de
cinco millones de libras a casi dieciséis millones y medio. De
golpe, el contrabando de té dejó de ser remunerador y la mer­
cancía empezó a importarse, en volumen creciente, por los
canales ordinarios del comercio legal.
Vemos, pues, que muchas de las restricciones legales que
pesaban sobre la actividad económica en Inglaterra, en vís­
peras de la revolución industrial, eran más molestas que efec­
tivas. El contrabandista corría el riesgo de confiscación y de
ser castigado con una dura pena, pero tenía al resto de la
sociedad a su lado y contaba con muchas probabilidades de
burlar a los aduaneros. Las leyes sobre el aprendizaje y la
usura eran más a menudo incumplidas que observadas. Para
hacer acatar al pie de la letra muchas de las reglamentacio­
nes industriales se habría necesitado el aparato de la moder­
na policía estatal; por ello se ignoraban. Cuando un Select
Committee investigó en 1821 las leyes sobre las manufacturas
de lana de Yorkshire, un fabricante tras otro admitieron tran­
quilamente que las infringían habitualmente.
Los dirigentes políticos sabían, además, que la adopción
de medidas ultrarrepresivas iba en contra de sus propios fií
nes: una reglamentación suave efectivamente aplicada era
más útil que una restricción severa que nadie respetase. An­
tes de terminar el siglo, los fabricantes ingleses empezaron
a darse cuenta de que sus intereses se defendían mejor abrien­
do los canales del comercio que refugiándose bajo el manto
de la protección. El tratado Edén, concluido con Francia en
1786, era un reflejo de su creciente confianza. Al mismo tiem-

236
po, Pitt, deseoso de mejorar el rendimiento de los impuestos
sobre la importación, empezó a reemplazar algunos de los
derechos prohibitivos por impuestos que cercenaban los be­
neficios de los contrabandistas y llevaban el comercio hacia
los canales legales, es decir, hacia los canales en que se ba­
saba el sistema fiscal. El impuesto sobre el té era un ejem­
plo. Cuando estallaron las guerras francesas en los años 1790,
las tarifas aduaneras británicas, pese a ser todavía altas, eran
bastante moderadas en comparación con las de otros países.
Pero la guerra modificó totalmente la situación. Por un
lado los excesos de la Revolución fi ancesa y el peligro que
corría la nación aumentaron el nerviosismo de las clases do­
minantes, con el consiguiente endurecimiento de las leyes que
prohibían las asociaciones obreras. Por otro lado, la necesi­
dad de obtener dinero para financiar los gastos de guerra
invirtió la tendencia a la reducción del proteccionismo. Des­
pués de la guerra esta necesidad de recursos continuó: el im­
popular impuesto sobre la renta, creado en tiempo de guerra,
desapareció, pero el Gobierno compensó esta pérdida recu­
rriendo a los impuestos indirectos. Por consiguiente, las ta­
rifas aduaneras británicas se elevaron durante la guerra y
después de ésta hasta alcanzar, en 1822, lo que debió ser el
punto más alto de toda su historia: el 64 % del valor de mer­
cado de las importaciones netas. Según Imlah, «después de
la guerra su severidad fue tan grande, en volumen y efectivi­
dad, que se convirtieron virtualmente en un nuevo sistema».1*
Hubo déficits comerciales crónicos a lo largo de todo este pe­
ríodo y hay motivos para creer que la pesada carga del pro­
teccionismo de postguerra frenó la recuperación de la indus­
tria británica e intensificó el malestar social propio del cam­
bio económico.
La explicación tradicional de lo que ocurrió después es
que los gobiernos sucesivos, reconociendo el error de sus in­
tervenciones en los asuntos económicos e inspirados por los
utilitaristas benthamianos, por un lado, y los exponentes de
la doctrina de la «mano invisible» de Adam Smith, por otrot
rebajaron gradualmente el peso muerto de las restricciones
legislativas sobre la empresa privada y dieron rienda suelta
a la economía. En 1850 —dice esta explicación tradicional—
el triunfo de la filosofía del laissez-faire era virtualmente
completo en Gran Bretaña.
¿Qué base tiene esta explicación? Hay, en primer lugar,

237
el hecho incontrovertible de que se redujeron o eliminaron
del todo muchas de las restricciones que pesaban sobre la
actividad económica y la libertad de comercio. Las cláusulas
sobre el aprendizaje de la ley elizabethiana que regulaba el
trabajo fueron de las primeras que desaparecieron en 1814.
La East India Company perdió su monopolio del comercio
con la India en 1813, pero conservó su monopolio del comer­
cio con China y siguió privando a los comerciantes británicos
no sólo de un mercado potencial, sino de un punto clave en
un lucrativo comercio triangular: algodón en bruto y opio
de la India a China, y plata, sedas, especies y té de China a
Europa. Este monopolio desapareció al terminar el privilegio
de la compañía en 1834. En los años 1820 se derogaron mu­
chas reglamentaciones industriales. La primera fue la regla­
mentación sobre los tejidos de lana de Yorkshire, seguida
rápidamente por las leyes que regulaban la manufactura del
lino escocés. En 1824 se derogaron las leyes «sobre el uso
del cuero en la fabricación de botas y zapatos y para impedir
que en el desuello se estropeen los cueros». Las reglamenta­
ciones sobre el pan tuvieron una historia accidentada en el
período de postguerra: cuando las cosas iban mal, se ponían
en vigor; cuando iban bien, se les ponía sordina. El pan era
relativamente barato en los años 1820 y el Assize se derogó
en Londres er. 1822; estaba ya moribundo en las provincias,
pero no se derogó definitivamente hasta 1836: una ley abolió
el poder y la obligación del Justice of íhe Peace de regular
los beneficios de los panaderos o el precio del pan.
En los años de postguerra se revisaron también las Vsury
Laws. Durante la mayor parte del siglo xvm el tipo de inte­
rés de los préstamos con garantía sólida estuvo más por de­
bajo que por encima del máximo legal. Pero después de vein­
te años de continuas solicitudes de préstamos por parte del
Gobierno para cubrir las necesidades de la guerra y de veinte
años de inflación correspondiente, el tipo de interés en el
mercado subió a más del 5 %. El que más sufrió fue el mer­
cado hipotecario, pues las formalidades de los préstamos hi­
potecarios dificultaban mucho la evasión. El resultado fue
que aumentaron las dificultades de los terratenientes, ya pre­
sionados por la baja de los precios del grano. Se vieron obli­
gados a pedir préstamos a las compañías de seguros con pro­
cedimientos complicados que, en la práctica, elevaban el tipo
de interés al 10 % o más. Un Selecl Committee informó en

238
1818 de que las leyes sobre la usura se incumplían en la gran
mayoría de los casos —y Ricardo, entre otros, lo confirmó.
Pero el tipo de interés había empezado a bajar en el mercado
y en la década de 1820 (con excepción de la crisis de 1826) el
límite legal no planteó problemas reales ni a los prestatarios
ni a los prestamistas. La Bank Charter Act de 1833 permitió
que el Banco de Inglaterra no se sometiese a las prescripcio­
nes de las Usury Laws; más adelante se dispensó igualmente
a las sociedades constructoras; de este modo, cuando Glad-
stone derogó finalmente las Usury Laws en 1854 casi nadie
—a excepción del mercado hipotecario— percibió el cambio.
En cierto sentido, puede decirse también que las solucio­
nes dadas a los problemas monetario y bancario representa­
ron un paso en dirección al laissez-faire. Por un lado, se sua­
vizaron las restricciones que pesaban sobre la creación de
sociedades bancarias por acciones y sucursales; por otro lado,
hubo el principio «automático» de la política monetaria, que
adquirió carta de naturaleza legal en la Bank Charter Act de
1844. Lo que Peel, bajo la inspiración de la escuela «moneta­
ria», intentó hacer con dicha ley fue establecer un mecanismo
de control de la circulación monetaria tan automático como
si se tratase de una circulación puramente metálica. En prin­
cipio, elevando o rebajando el tipo de interés bancario (y, por
consiguiente, reduciendo o aumentando la emisión de bille­
tes) según la demanda de libras esterlinas, el Banco se libera­
ba de toda responsabilidad activa por el control de la circu­
lación monetaria. Todo lo que debía hacer era obedecer las
reglas del juego y éstas decían, simplemente, que si el oro
salía del país había que reducir la oferta monetaria, y que si
entraba, había que aumentarla.
En las décadas de postguerra también se avanzó algo en
la liberalización de las relaciones laborales. Las Combination
Acts promulgadas en 1799 y 1800, cuando se consideraba que
los sindicatos embrionarios eran una tapadera para encubrir
la agitación política y la actividad subversiva, se derogaron
en 1824, lo mismo que las leyes del siglo xvm que impedían
la emigración de artesanos y la exportación de instrumentos
y maquinaria. Pero las huelgas que estallaron después de la
derogación de las Combination Laws reavivaron las inquie­
tudes del Gobierno y en 1825 (año de precios altos de'los ar­
tículos alimenticios y de serio malestar e inquietud en el
mundo del trabajo) se aprobó una nueva Combination Act

239
que, al tiempo que autorizaba las asociaciones obreras para
la negociación colectiva de los salarios o de la jornada labo­
ral, prohibía organizar huelgas.
La victoria más espectacular del laissez-faire se produjo,
sin embargo, en el dominio del comercio exterior. Muchos
de los que hablan del triunfo del laissez-faire en el siglo xix
piensan, sin duda, en el abandono del proteccionismo y en
la adopción de una política totalmente librecambista. Fue en
este dominio de la actividad económica donde Adam Smith
y sus discípulos sintieron más seguros el terreno que pisa­
ban y empezaron a imponerse ya antes de terminar el si­
glo xvm. Pero la guerra frenó su avance y en la inmediata
postguerra no fue fácil aplicar una política liberalizadora;
había, sin embargo, personas como Robinson, del Departa­
mento de Comercio (Board of Trade) plenamente conscien­
tes de que las -tarifas que gravaban las importaciones dificul­
taban las exportaciones porque reducían el poder adquisitivo
de los extranjeros para la compra de mercancías británicas.
Después de la experiencia de la escasez de víveres del perío­
do de guerra, se consideró que las Corn Laws constituían una
medida de seguridad vital e incluso los industriales redujeron
su encono. Aunque Huskisson hizo algunos progresos en los
años 1820 y Peel sentó las bases de una mayor reducción de
las tarifas con sus planes de impuesto sobre la renta a prin­
cipios de la década de 1840, la lucha contra el proteccionismo
no se convirtió en un movimiento irreversible hasta que el
hambre que padeció Ixlanda obligó a derogar las Corn Laws
en 1846. En aquellos cuatro años Peel había rebajado las ta­
rifas en un 25 % y establecido el gravamen medio sobre las
importaciones en un 21 % —no muy superior al de 1790. El
proceso que él había iniciado fue completado por sus suce­
sores. En 1849 se derogaron las Navigation Acts y en 1854 se
permitió a los barcos extranjeros participar en el comercio
de cabotaje del Reino Unido. Los gravámenes sobre los artícu­
los de base se redujeron sin cesar o se abolieron definitiiéi-
mente y el librecambio se completó con el presupuesto de
1860, que derogó los gravámenes sobre 371 artículos.
Nadie duda de que la adopción del librecambio fue muy
beneficiosa para la industria británica de la época. En la dé­
cada de 1850 la reducción de los costes y de los precios de la
industria y de la agricultura británicas hicieron a los produc­
tores británicos casi invulnerables a la competencia extran­

240
jera, excepto en algunos casos muy especiales. Su superior
eficiencia les aseguraba una parte cada vez mayor de los mer­
cados mundiales; y el aumento de los ingresos y de la pobla­
ción incrementaba la capacidad adquisitiva del mercado inte­
rior. Lo importante era, pues, que los clientes potenciales
no viesen reducido su poder adquisitivo con las restricciones
impuestas a las importaciones y que no se ofreciese ninguna
excusa posible a las represalias de los que pretendiesen ex­
cluir las mercancías británicas de los mercados exteriores.
En resumen: entre 1780 y 1860 se eliminaron muchas res­
tricciones a la iniciativa económica. ¿Se debió esto realmen­
te, como nos ha hecho creer Arnold Toynbee, al triunfo de
la doctrina de la «mano invisible»? ¿Fue, realmente, un refle­
jo del apartamiento deliberado del Gobierno en favor de una
política de laissez-faire completo? ¿Fue realmente el Gobierno
británico un agente pasivo de la revolución industrial britá­
nica?
Cuando examinamos los motivos y los actos de los sucesi­
vos gobiernos en este período, la interpretación tradicional
del triunfo del laissez-faire parece excesivamente fácil. Mu­
chas de las restricciones legales eran de tales características
que los gobiernos de finales del siglo xvm y comienzos
del xix eran manifiestamente incapaces de hacerlas cumplir;
las primeras restricciones que se suprimieron eran a menudo
las menos efectivas. Un gobierno que carecía de una fuerza
de policía efectiva o de un sistema de espionaje político muy
desarrollado no podía hacer cumplir las leyes que prohibían
las coaliciones de patronos o de obreros ni podía intervenir
eficazmente en el establecimiento de medidas de control de
calidad. El coste de recaudación de una incoherente multitud
de derechos de aduana era inmenso, y en muchos casos debió
superar los ingresos que se obtenían de personas poco dis­
puestas a hacerlos efectivos. Cuando tan evidentes y genera­
les eran los beneficios del contrabando, era muy improbable
que algunos grupos aislados de aduaneros y de recaudadores
de impuestos estacionados a lo largo de las costas inglesas
pudiesen hacer pagar los derechos prohibitivos o hacer efec­
tivos los embargos. Lo primero que debía hacer un gobierno
para intervenir, con claridad de ideas, en la dirección de las
cuestiones económicas era llegar a un arreglo con sus posibi­
lidades y sus limitaciones.
De hecho, cuando e) Gobierno pasó a ejercer un papel

HCS 22. 16 241


más positivo y serio en la economía, empezó a dar una for­
ma más moderna a su maquinaria administrativa, a abando­
nar las reglamentaciones que no podía hacer cumplir, a tener
una visión más clara y equilibrada de la forma que tenían
que adoptar sus intervenciones y a fortalecer su poder en las
zonas donde quería ejercer más influencia. Puede decirse que
el Gobierno empezó a aplicar una política económica clara y
consciente con Pitt el joven. Antes de que los complejos ob­
jetivos del tiempo de paz fuesen sustituidos, a causa de las
guerras francesas, por un objetivo único de la política eco­
nómica —la victoria—, Pitt comenzó a racionalizar con toda
seriedad las finanzas del Gobierno. Hizo experimentos con
una gran diversidad de impuestos nuevos, redujo algunos gra­
vámenes prohibitivos y canalizó los beneficios de los contra­
bandistas hacia las arcas del erario público, creó un fondo
de amortización para la reducción de la deuda nacional y
«predicó una economía tan estricta en los servicios públicos
como la que preconizaría más tarde Gladstone, a mediados
del siglo xix».10
Un cuarto de siglo de guerra y de secuelas de la guerra,
acompañadas por una serie de cambios radicales en la estruc­
tura económica y social y en el volumen y la distribución de
la población, transformaron los problemas de la política eco­
nómica del Gobierno. Hacia 1820, Gran Bretaña no era ya una
economía preindustrial. Era un complejo industrial en pleno
proceso de cambio y de crecimiento; los viejos moldes de la
conducta económica y social se rompían antes de que empe­
zasen a surgir los nuevos. Las revueltas en la ciudad y el cam­
po eran la expresión de crecientes dificultades económicas,
de la urgente necesidad de una disciplina económica y social
que sólo podía ser impuesta por la autoridad central. Era ya
imposible dejar estas cuestiones en manos de los Justice of
ihe Peace y de las autoridades parroquiales. Se requería una
política económica nacional bien elaborada y aplicada a nivel
nacional. Esto sólo podía hacerlo una autoridad central con
una concepción de sus funciones y de sus responsabilidades
más clara de la que se tenía en el siglo xvm.
Vemos, pues, que el papel del Gobierno del siglo xix en
la promoción del bienestar económico de toda la nación debía
ser más consciente y positivo y también más difícil que en
la época preindustrial. Y esto por muchas razones. En primer
lugar, porque la gran guerra había investido al Gobierno cen­

242
tral de enormes responsabilidades. Había modificado la es­
tructura y la finalidad de la actividad económica de la nación
y, con ello, había dado al Gobierno un papel directivo. Como
en las grandes guerras del siglo xx, las lecciones aprendidas
en la experiencia práctica de la planificación de la economía
para la obtención de la victoria condicionaron en grado im­
portante las actitudes y las técnicas de los gobiernos de post­
guerra. En segundo lugar, la dislocación de la postguerra fue
tan violenta como la guerra en sí misma y el Gobierno central
tuvo que enfrentarse con sus responsabilidades de manera
inequívoca para impedir que el edificio económico y social
se desintegrase bajo las tensiones a que estaba sujeto. En
tercer lugar, era ya evidente que la industrialización llevaba
consigo una gran zozobra social que el Gobierno tenía que
aliviar. En cuarto lugar, era también evidente que la econo­
mía regionalizada del siglo xvm se estaba convirtiendo en
una economía nacional, y esto aumentaba las responsabilida­
des del Gobierno central. El crecimiento de las ciudades y de
la industria significó el aumento del número de personas que
quedaban a la merced de una crisis; el desarrollo del comer­
cio internacional signiñcó que las causas de la inestabilidad
económica interior debían buscarse más en condiciones modi-
ticables por la política económica del Gobierno que, como en
el pasado, en las incertidumbres climatológicas o en la volun­
tad de Dios.
Los gobiernos británicos de los años 1820 y 1830 no fueron
todos igualmente competentes para resolver los problemas
de política económica con que se enfrentaban. Intentaron
elaborar una política coherente siguiendo las enseñanzas de
los economistas más destacados. Entre el público selecto que
acudió a oír las primeras conferencias conmemorativas de
Ricardo se encontraban Huskisson, Canning, Peel y Liver­
pool.11 No siempre seguían al pie de la letra los consejos
de los economistas, pero comprendían mejor que sus prede­
cesores del siglo xvm que la ejecución de una política eco­
nómica adecuada requería un pensamiento serio y una acción
positiva.
Lo mismo hicieron algunos de los funcionarios encargados
de la puesta en práctica de la política económica. El perso­
nal del Board of Trade, por ejemplo, se escogió cada vez más
en función de su calificación profesional y no de sus simpa­
tías personales y políticas. En esto se difería también de la

243
práctica del siglo xvm cuando los funcionarios del Gobierno
eran, por lo general, los lacayos de la aristocracia agraria.
Fue el comienzo de un nuevo tipo de burocracia, del que pro­
viene directamente la actual organización de los funcionarios
públicos. Pero, al contrario de la burocracia actual, el Board
of Trade de la primera mitad del siglo xix no veía necesidad
alguna de ocultar sus concepciones sobre la política econó­
mica bajo la máscara del neutralismo. «En los años veinte
del siglo, el Board of Trade encabezó el movimiento en pro
de la liberalización comercial.» 12 Su tradición de dogmatis­
mo librecambista no dejó lugar a dudas sobre su posición
en la controversia de las Corn Laws y en el triunfo final del
librecambio en los años 1840 y 1850. Por razones tan doctri­
narias como éstas, los Poor Law Comissioners de comienzos
de la década de 1830 no hicieron esfuerzo alguno por ser ob­
jetivos en su análisis de los datos sobre el funcionamiento
do la vieja Ley de Pobres. Creían, con Malthus y los exponen­
tes de la doctrina del fondo de salarios, que el sistema Speen-
hamland perpetuaba la miseria que quería aliviar, al reducir
los ingresos y estimular el aumento de la población. En vez
de analizar sistemáticamente los resultados del cuestionario
que enviaron a las parroquias, seleccionaron los hechos y las
opiniones que confirmaban su concepción, de modo que «para
acusar a la Administración sobre una base predeterminada...
todos los datos que presentaron consistían en poco más que
una pintoresca serie de anécdotas sobre la mala administra­
ción».13
El hecho es que, a medida que avanzó la industrialización,
el Estado intervino con más intensidad y efectividad en la
economía. Hubo una revolución en la técnica y en la filoso­
fía del gobierno tan importante, por lo menos, para la acele­
ración y la conformación de la primera revolución industrial,
como las transformaciones que hemos dado en considerar in­
tegrantes de la misma. Era, también, del mismo tipo. Es de­
cir: era una revolución en la organización, en el comporta­
miento y en el personal que tomaba las decisiones políticas
efectivas; implicaba un incremento de la escala de las opera­
ciones y de la división y la especialización del trabajo; se
caracterizó por la disposición a experimentar nuevas técnicas
y a utilizar en la práctica los descubrimientos de las ciencias
naturales; y generó su propia energía. Éstas eran, en defini­
tiva, las características distintivas de la revolución industrial.

244
Lo curioso es que una revolución en las prácticas guber­
namentales, que representaba el comienzo del colectivismo y
del moderno «Estado benefactor», tuviese lugar en una socie­
dad que, por sus prejuicios políticos, era radicalmente con­
traria a dicha evolución. Pero se impuso porque existían pre­
siones subterráneas tan fuertes que a la larga resultaron irre­
sistibles. Había, por ejemplo, las presiones ideológicas liga­
das a la propagación de las doctrinas utilitaristas entre las
personas cultas. Creían éstas que iban a debilitar el poder
del Estado, pues simpatizaban plenamente con la doctrina de
Adam Smith de «mano invisible» y atacaban constantemente
la complicada e ineficaz red de reglamentaciones guberna­
mentales que caracterizaba la sociedad preindustrial. Pero el
objetivo real de los filósofos radicales no era liberarse del
gobierno, sino liberarse del gobierno ineficiente; y la eficien­
cia quería decir intervención efectiva y consciente en el sis­
tema económico, en contraposición a la intervención inefec­
tiva y carente de finalidad. Otro de los factores de la situa­
ción fue el desarrollo del humanitarismo; y lo mismo cabe
decir de los acontecimientos o revelaciones históricos (las
epidemias, las catástrofes marítimas, los periódicos desastres
que afligían a la humanidad) que convertían el sentimiento
humanitario en afán de reforma. Hubo también el aumento
de las dimensiones y de la intensidad de los problemas socia­
les en una economía sometida a rápido proceso de cambio y
desarrollo, y el aumento de los conocimientos sobre las for­
mas de resolver dichos problemas y del sentido de respon­
sabilidad social de los que poseían estos conocimientos. Éstas
eran las presiones subterráneas que permitieron a una gene­
ración educada en las doctrinas del laissez-faire crear siste­
máticamente los fundamentos del colectivismo moderno.
En la década de 1830 esta revolución en los métodos de
gobierno llegó a un punto irreversible. Es cierto que el Go­
bierno había intervenido ya antes en la economía por motivos
humanitarios. La Hanway’s Act para la protección de los des­
hollinadores contra la explotación se promulgó ya en 1788.
La ley de sir Robert Peel para controlar las condiciones de
trabajo de los niños pobres se aprobó en 1802 y la Passenger
Act de 1803 estableció un complejo sistema de protección de
los emigrantes pobres. Además, en las décadas inmediatamen­
te posteriores a las guerras napoleónicas, la iniciativa de la
legislación económica y social tendió a pasar del Miembro

245
del Parlamento humanitario al Gobierno y a los funcionarios
permanentes. El Board of Trade estaba dominado por los
economistas, dogmáticamente seguros de que sabian lo que
había que hacer en la política de comercio exterior. Los uti­
litaristas benthamianos «dominaban en las comisiones reales
y en los comités parlamentarios por su soberbia confianza
de que sabian exacta y científicamente lo que debían hacer».14
Esto fue, de hecho, el comienzo de la superación del laissez-
faire, pero no tuvo consecuencias revolucionarias porque era
completamente inefectivo.
Pero en la década de 1830 empezaron a introducirse en la
legislación reformadora medidas para la inspección y el cum­
plimiento efectivo de las leyes a cargo de funcionarios esta­
tales dotados de poderes ejecutivos. Lo$ primeros fueron los
inspectores de fábrica. La Factory Act de 1802, poco eficaz
para la protección de «la salud y la moral de los aprendices»
porque no se había aplicado efectivamente, se reemplazó por
la Factory Act de 1833, que creó una autoridad central y una
inspección local subordinada a aquélla, con poderes para ela­
borar y hacer cumplir los reglamentos. La medida fue segui­
da por una serie de disposiciones obligatorias del mismo tipo
(deshollinadores en 1840, minas en 1842, jomada de diez horas
en 1847-1850, etc.) que regularon la seguridad y la educación
del obrero y las condiciones de trabajo en general. El primer
funcionario encargado de la emigración se nombró en Liver­
pool en 1833 para supervisar la aplicación de las leyes sobre
los emigrantes y para cooperar con la magistratura local en
el castigo de los infractores; en 1834 otros seis puertos acep­
taron los funcionarios del servicio de emigración nombrados
por el Colonial Office. Fueron los primeros de un cuerpo cada
vez más numeroso de inspectores del Gobierno, que participa­
ron activamente en la aplicación, en la experimentación y en
la formulación de la legislación social a lo largo del siglo xix.
En algunas esferas el nivel de burocratización a partir de
1830 resultó superior a lo que el país podía tolerar permanen­
temente. La vieja ley de pobres, por ejemplo, que había sido
dejada prácticamente a la discreción de las autoridades loca­
les, se reemplazó por una nueva ley de pobres destinada a li­
quidar el problema de la miseria mediante la acción adminis­
trativa. En esto no tuvo éxito: las causas de la miseria eran
mucho más profundas de lo que creían ios Poor Law Commis-
sioners. Pero representó una revolución en la administración

246
social. Creó una serie de nuevas unidades locales en forma de
uniones de parroquias y estableció una política de beneficen­
cia igual para todo el país, que un conjunto de funcionarios
sin responsabilidad parlamentaria se encargaban de hacer
cumplir. «Las nuevas uniones iban a ser los vínculos pasivos
de la política de ayuda represiva que se disponía a aplicar la
Poor Law Commission.» Esta comisión perdió su independen­
cia burocrática en 1847, cuando se convirtió en el Poor Law
Board, bajo la dirección de un ministro responsable ante el
Parlamento, pero la responsabilidad gubernamental en la pre­
vención de la miseria social había sido establecida ya de modo
irrevocable. También se había empezado a organizar un ser­
vicio sanitario nacional efectivo, pues la nueva ley de pobres
preveía el nombramiento de médicos pagados en las uniones
o grupos de uniones que diesen cuidados médicos gratuitos
a los ancianos, los enfermos o los grandes inválidos inscritos
para la percepción de ayuda. El intento de centralizar la ad­
ministración de la sanidad pública, representado por la Chad-
wick's Public Health Act de 1848, fue también más allá de lo
que podía aceptar la sociedad de la época y en 1854 «triunfa­
ron las fuerzas de la vileza y de la descentralización», al ser
destituido Chadwick, el dictador reformador. Pero se trataba
de un problema que podía resolverse —y se resolvió— a nivel
de las grandes ciudades, que se enfrentaban con él en su for­
ma más crítica. En cambio, se podía supervisar y orientar
con mayor delicadeza a nivel nacional. En 1847 se nombró
en Liverpool el primer Medical Officer of Health, y cuando
en 1858 se abolió el General Board of Health, sus funciones
sanitarias se transfirieron al Consejo Privado, con el doctor
Simón (un reformador tan ardiente como Chadwick, pero
menos dictatorial) como consejero. Más tarde se nombraron
inspectores sanitarios adscritos al departamento de Simón;
su misión consistía en recorrer el país para comprobar si las
autoridades locales cumplían o no las prescripciones de las
Sanitary Acts.
La intervención del Gobierno en la economía no sólo fue
directa y decisiva en la esfera social. Los ferrocarriles britá­
nicos fueron construidos por la iniciativa privada, pero con
el apoyo y bajo el control de una serie de disposiciones es­
tatales en forma de leyes del Parlamento. Si los promotores
de los ferrocarriles «llegaban a convencer a una comisión
legislativa, obtenían, como en el caso de los canales, la posi­

247
bilidad de una gran "interferencia en la propiedad”, es decir,
el derecho de forzar a los propietarios a venderles la tierra,
aunque siempre sujetos a una complicada serie de controles
—comisarios jurados e imparciales, o un jurado para com­
probar que el terrateniente que se iba a expropiar no habia
sido arbitrariamente forzado».1* Con las Railway Acts de
1840 y 1842 se creó un departamento de ferrocarriles en el
Board of Trade y se nombraron funcionarios para inspeccio­
nar las operaciones de las compañías de ferrocarriles y para
castigarlas si no cumplían la ley. Estos inspectores tenían
plena libertad de acceso a los proyectos de ferrocarriles, po­
dían aplazar la apertura de nuevas líneas hasta que los pro­
yectos fuesen totalmente satisfactorios y tenían que decidir
las disputas entre las compañías sobre la organización del
tráfico.
La Bank Charter Act, que con su sistema de control «auto­
mático» de la circulación monetaria parece un claro ejemplo
de legislación de laissez-faire, fue, en realidad, otra de las
esferas en que el Gobierno utilizó la empresa privada como
instrumento, pero aceptando la responsabilidad última. Cuan­
do el gobernador y el subgobemador del Banco de Inglaterra
fueron interrogados por el Select Committee on Commercial
Distress (que funcionó en 1847-1848), estuvieron de acuerdo en
que la Bank Charter Act había liberado al Banco de toda res­
ponsabilidad en la circulación monetaria. Su función consis­
tía en elaborar una serie de reglas mecánicas y la función del
Gobierno era intervenir cuando la crisis llegaba a ser tan
grave que el ajuste automático era incapaz de restaurar el
equilibrio. La responsabilidad, dijeron, es de la ley, no del
Banco.
También en la esfera del comercio exterior el Gobierno
llevó a cabo acciones decisivas. El Foreign Office, por ejem­
plo, aceptó la responsabilidad del control político del comer­
cio. Cuando los chinos tomaron medidas contra los contra­
bandistas de opio en 1840, la Flota británica bloqueó el estua­
rio de Cantón y en 1842 los chinos tuvieron que admitir a los
mercaderes británicos en los términos fijados por el Gobier­
no de Gran Bretaña. La Iglesia entró también en la esfera de
la acción gubernamental, en un plano subordinado. Se supri­
mieron radicalmente los privilegios exclusivos del clero an­
glicano, y las subvenciones a las escuelas se otorgaron tanto

248
a las anglicanas como a las no anglicanas, en cantidades cre­
cientes a partir de 1833.
No fue sólo el Gobierno central el que fortaleció su poder
y su voluntad de intervenir en la dirección de la empresa pri­
vada. El gobierno local, especialmente el gobierno de las
grandes concentraciones urbanas, empezó a asumir respon­
sabilidades cada vez mayores al respecto. Los problemas so­
ciales tendían a plantearse en sus formas más agudas en el
plano local. El primer funcionario encargado de la emigra­
ción, por ejemplo, se nombró por iniciativa del alcalde y de
la corporación de Liverpool. Cuando la Municipal Corpora­
tion Act de 1835 reformó todas las corporaciones existentes
y extendió el derecho de voto a todos los que pagaban con­
tribución, la balanza del poder empezó a desplazarse de los
representantes de la economía preindustrial a los reformado­
res burgueses. El cambio se produjo con mayor rapidez en
unos sectores que en otros, pero quedó claro que los expe­
rimentos de control social se podían adoptar, a veces, más
fácilmente a nivel local que a nivel nacional. Esto era verdad,
sobre todo, en lo que se refiere al tipo de intervención exigida
por los problemas de la sanidad pública y de mejora de las
condiciones urbanas. Fue a nivel local que el Gobierno empe­
zó a regular las actividades de los terratenientes y de los
especuladores de la construcción, que estaban convirtiendo
los centros de las grandes ciudades industriales en barrios
inmundos e insalubres. La Borough Pólice Act, promovida por
la corporación municipal de Manchester en 1844, dictó unas
normas de vivienda y de sanidad que sólo al cabo de una ge­
neración se pudieron imponer a nivel nacional. Prohibió, en
particular, la construcción de casas sin patios interiores. «An­
ticipándose al Parlamento, Liverpool creó en 1847 el primer
British Medical Officer of Health» 16 y en 1860 construyó ca­
sas para los obreros con fondos municipales. La City of Lon-
don Sewers Act de 1851 prohibió convertir en viviendas las
buhardillas y la cría de ganado en los patios, permitió la des­
trucción de las propiedades malsanas e insalubres y estable­
ció la inspección de las casas de huéspedes y de las viviendas
alquiladas por menos de 3 chelines y 6 peniques semanales.
Vemos, pues, que en las décadas de 1830 y 1840, y más
todavía en la de 1850, el Estado se responsabilizó cada vez
más del control de la empresa privada en interés de la so­
ciedad en general. Para hacer cumplir la legislación sobre el

249
control se creó una nueva división del Gobierno, el brazo
ejecutivo; éste aseguraba que la intervención del Estado en
los asuntos sociales y económicos del país sería plenamente
efectiva. Tuvo, además, una especie de efecto de autorrepro-
ducción, pues la experiencia adquirida se utilizó para formu­
lar nuevas formas de intervención y para crear más funcio­
narios ejecutivos, encargados de hacerlas efectivas. Descri­
biendo el desarrollo de este brazo ejecutivo del Gobierno en
el servicio de emigración, el doctor MacDonagh ha demos­
trado que a mediados de siglo «... los funcionarios y comisa­
rios no sólo exigían, sino que se anticipaban a una legislación
que les diese la más amplia libertad de acción e independen­
cia... Es indudable que la actividad del Estado se vio limita­
da, no por el individualismo, el contrato, el librecambio o
cualquier otra noción de este tipo, sino por la escasez de los
recursos humanos y físicos de que disponía el ejecutivo».17
Lejos de haber triunfado en la década de 1850, el movimiento
del laissez-faire había sido finalmente derrotado por las nue­
vas técnicas de control gubernamental de la economía, que
tenían una tendencia intrínseca a desarrollarse, a crecer y a
multiplicarse.

250
XIV. C recim iento económico y
ciclos económicos

El resultado neto de la serie de revoluciones ocurridas


en el modo de organización de la vida económica fue que
el cambio económico continuo pasó a formar parte del or­
den natural de las cosas y que las dimensiones de la econo­
mía empezaron a aumentar perceptiblemente y sin límite.
En los cien años que van de 1750 a 1850 ocurrió la transfor­
mación crucial que condujo a un crecimiento sostenido de
la renta per capita. Tras el tiempo transcurrido y con los
escasos datos estadísticos de que disponemos es difícil calcu­
lar con precisión cuándo empezó dicho desarrollo soste­
nido, qué altura alcanzó y con qué rapidez avanzó. Pero el
análisis y la interpretación de las series estadísticas exis­
tentes sugieren una cierta pauta, una pauta que parece su­
ficientemente sólida aunque las cifras concretas sean algo
dudosas.
Los datos indican que hacia mediados del siglo xvm la
producción nacional total empezó a aumentar —quizá no
con mayor rapidez que en las décadas anteriores pero, sin
duda alguna, más rápidamente que en la mayor parte del
siglo precedente. Pero en aquella fase la población también
había empezado a aumentar y es dudoso que la producción
aumentase más rápidamente que la población al principio
del período, es decir, es dudoso que la renta per capita au­
mentase. Pero en el último cuarto del siglo los datos sobre
el aumento de la renta per capita son más sólidos, aunque no
del todo concluyentes. Sabemos que la población, los pre­
cios, algunos tipos de producción y de rentas y el comercio
exterior crecieron a un ritmo muy superior a todos los pre­
cedentes en el último cuarto del siglo. El problema es saber
si los precios crecieron con tanta rapidez que contrarrestaron
toda posible mejora de las rentas o si la población creció
con tanta rapidez que contrarrestó toda posible mejora de
la producción.
Si partimos de las estadísticas sobre las rentas moneta­
rias para fijar las dimensiones de este crecimiento y las

251
ajustamos a los cambios del valor de la moneda con ayuda
de los índices de precios existentes, encontraremos pocas
pruebas de que las rentas reales per capita aumentasen en el
último cuarto del siglo xvm y la primera década del xix. En
realidad, cuando aplicamos los índices de precios a los datos
sobre la renta nacional o los salarios, el resultado indica un
descenso del nivel de vida a lo largo de este período. Pero
el problema es que no se puede considerar los índices del
alza de precios como un reflejo exacto del descenso del va­
lor de la moneda porque son incompletos y, además, lo son
de forma parcial. Resultan muy recargados por las mercan­
cías que aumentaron fuertemente de precio (es decir, aque­
llos precios que los contemporáneos tenían más interés en
registrar) y en cambio no se encuentran en ellos muchas
mercancías que bajaron de precio (especialmente los produc­
tos manufacturados, que al ser mercancías no homogéneas
son difíciles de incluir en una serie de precios).1 Los índices
de precios tiende, pues, a exagerar el descenso del poder ad­
quisitivo de los ingresos en este período.
Si para establecer el índice nacional de crecimiento eco­
nómico partimos de las estadísticas de la producción y del
comercio y presuponemos que el comercio exterior (que nos
da la mejor serie estadística continua para el siglo xvm)
tuvo una importancia considerable para la economía, encon­
traremos pruebas convincentes no sólo del aumento del pro­
ducto nacional total sino también del de la productividad
nacional y los niveles de vida, es decir, del aumento de las
rentas reales per capita. Con este enfoque evitamos tener
que depender de estadísticas de precios parciales y deforma­
das, pero no disponemos de suficientes estadísticas de la
producción y del comercio para saber lo que ocurría en
toda la economía y por ello hemos de hacer algunas supo­
siciones sobre la importancia relativa de los sectores de la
producción y del comercio —cuyo crecimiento sí que pode­
mos medir— en el producto nacional total. Es evidente que
no podemos obtener una medida exacta del índice de desa­
rrollo económico con lan toscos cálculos, pero creemos que
se pueden conseguir respuestas de un orden de magnitud
adecuado.2
Los resultados son, pues, los siguientes: después de un
período de estagnación de la producción, los precios, la po­
blación, los ingresos y los niveles de vida en la primera mi-

252
lad del siglo xvm, la producción nacional total aumentó cla­
ramente a partir de 1750, aproximadamente. Pero en este
período la población aumentaba con una rapidez que contra­
rrestaba la mejora del producto nacional total y es dudo­
so que los hombres de la época llegasen a percibir una ver­
dadera mejora de su nivel de vida. En los años 1780 y 1790
la tendencia al aumento se hizo mucho más fuerte: la pro­
ducción nacional total creció posiblemente a un ritmo del
1'8 % anual (aproximadamente el doble del ritmo de creci­
miento de mediados de siglo) y la producción per capita a un
ritmo aproximado del 0'9 % anual. En resumen, cuando Adam
Smith escribió su obra se refería a un período en que el rit­
mo de crecimiento del producto nacional total implicaba
su duplicación en 70 u 80 años. No era un ritmo muy rápido,
pero bastaba para hacer conscientes a los hombres de la épo­
ca de la realidad del crecimiento económico; no es extraño,
pues, que Adam Smith tuviese conciencia de dicho crecimien­
to nacional. Por otro lado, es dudoso que la mejora del ni­
vel de vida —que avanzaba a un ritmo que implicaba su
duplicación en cosa de siglo y medio— fuese evidente para
los contemporáneos, excepto en los sectores donde aumenta­
ba con mayor rapidez. Pero a comienzos del siglo xix el cre­
cimiento de la producción nacional total avanzaba a un ritmo
que permitía su duplicación en unos 40 años y las rentas
per capita lo hacían a un ritmo que significaba su duplica­
ción en 70 u 80 años. Un rasgo significativo de esta acelera­
ción finisecular del índice de crecimiento de las rentas per
capita es que fue acompañado por una aceleración del índi­
ce de aumento de la población. Esto explica que los histo­
riadores de la economía hayan atribuido tanta importancia
a las dos últimas décadas del siglo xviil. Parece que fue el
período en que el índice de crecimiento del producto nacio­
nal superó efectivamente el índice de crecimiento de la po­
blación y se consiguió exorcizar finalmente el espectro de la
estagnación malthusiana.
Parece que el crecimiento nacional fue retrasado, pero no
totalmente frenado, por las guerras francesas, y que volvió a
acelerarse en las décadas de 1820 y 1830. Entre la primera
y la quinta décadas del siglo xix parece que el producto na­
cional total aumentó a un ritmo del 2’9 % anual (lo cual im­
plica su duplicación en menos de 25 años) y que las rentas
per capita aumentaron a un ritmo aproximado del 1'5 % (lo

253
cual implica su duplicación en unos 50 años, poco más o me­
nos). No era todavía el punto más alto del índice de cre­
cimiento de la economía británica —éste se alcanzó en la
segunda mitad del siglo xix— pero se trataba ya de un cre­
cimiento sostenido en una escala que superaba largamente
los sueños más atrevidos de las generaciones anteriores. Las
clases medias y superiores se beneficiaron mucho más de
este desarrollo que las clases trabajadoras; el capital se apro­
pió de una parte mucho mayor que el trabajo; algunos gru­
pos de la sociedad llegaron a un nivel próximo a la miseria
absoluta. Pero si tenemos en cuenta todos los cambios en la
distribución de los ingresos que acompañaron el crecimien­
to económico, difícilmente puede ponerse en duda que a me­
diados del siglo xix la mayoría de la población empezaba a co­
nocer —aunque no todavía a esperar— un lento aumento de
su nivel ordinario de vida.
Decir esto no es negar que en los años 1830 y 1840 hubo
períodos de gran zozobra social y económica o que las condi­
ciones de vida de grandes sectores de la población eran a
veces tan malas como las de antes, cuando no peores. Los
«hambrientos años cuarenta» no deben su nombre simple­
mente al hambre que padeció Irlanda. La apasionada denun­
cia del sistema industrial por Engels se basaba en un selec­
ción parcial de la información, pero tenía una indudable sus­
tancia. Los deplorables casos de miseria y de degradación
que cita no eran ni mucho menos excepcionales. El hecho es
que el crecimiento económico no fue un proceso de mejora
continua dei nivel económico y social que hizo a ciertos sec­
tores de la población mucho más pobres que en la época
preindustrial; a su vez, otros sectores de la población —cada
vez más extensos— resultaron terriblemente vulnerables a las
crisis comerciales o industriales o a las variaciones de las
cosechas. Incluso aquellos que veían mejorar su nivel de
vida estaban sometidos a la perspectiva, totalmente impre­
visible, de períodos de paro o de reducción del trabajo, que
les podían hacer recaer otra vez en la más negra miseria.
Engels lo vio claramente. Después de citar tres horribles
casos de la miseria londinense escribió:
«Esto no quiere decir, naturalmente, que todos los obre­
ros de Londres vivan en una miseria comparable a la de es­
tas tres familias. Es indudable que por cada obrero que la

254
sociedad reduce a la miseria hay diez que viven mejor. Por
otro lado, se puede afirmar a ciencia cierta que miles de fa­
milias honestas e industriosas... viven en condiciones real­
mente deplorables que constituyen una afrenta a la dignidad
humana. Es también incontestable que todos los trabaja­
dores sin excepción pueden sufrir un destino similar sin
culpa suya y a pesar de todos sus esfuerzos por mantener
la cabeza fuera del agua.» 3

Ésta fue una parle del precio que debió pagarse por la
industrialización. En la etapa preindustrial, cuando la manu­
factura estaba organizada generalmente sobre una base domés­
tica, una crisis comercial significaba simplemente que el ma­
nufacturero medio disponía de meros para gastar, pero no
que podía morir de hambre porque podía seguir trabajando
como jornalero agrícola o cultivando su propia parcela. Del
mismo modo, cuando las cosechas eran inferiores a lo nor­
mal, la familia agrícola podía aumentar sus ingresos y hacer
frente, de este modo, al alza de los precios de los alimentos,
trabajando con más intensidad en el torno de hilar o en el
telar. En cambio, en una economía industrial, toda crisis,
por ligera que fuese, signiñeaba el paro de un cierto número
de obreros, que quedaban reducidos a la más completa mi­
seria. Además, en una economía industrializada e integrada,
con un alto grado de especialización, existe inevitablemente
un alto grado de interdependencia entre los diferentes sec­
tores de la sociedad. Una crisis en uno de los sectores de la
actividad económica puede propagarse en seguida a las ocu­
paciones auxiliares y a las relacionadas con ella. En una
economía tradicional, en la que cada región o cada familia
están acostumbradas a producir una gran parte de sus pro­
pios medios de subsistencia, la crisis en uno de los sectores
tiene sólo efectos limitados sobre los demás; en cambio,
ocurre exactamente lo contrario en una economía industrial.
Las pérdidas comerciales o la reducción de la producción en
una industria influyen en las perspectivas de muchos otros
sectores y la cadena de quiebras y bancarrotas se propaga
rápidamente, a menudo con fuerza acumulativa, por toda la
economía.
Resulta, pues, que el proceso de crecimiento económico
choca con una serie de fluctuaciones de la actividad econó­
mica de diversos grados de severidad y duración, que tienen

255
importantes efectos en la distribución de las rentas en el
tiempo y entre los distintos sectores de la economía. Cuando
intentamos calcular los índices de crecimiento económico
prescindimos deliberadamente de estos altibajos para esta­
blecer los índices medios de crecimiento por habitante y
año. Esto nos da una especie de medida única de los cam­
bios a largo plazo en la producción y la productividad, que
podemos comparar con medidas similares de otros períodos
u otros países. Pero es importante recordar que estos cálcu­
los de los índices de crecimiento representan una supersim-
plificación de los datos. Trazamos una línea recta imagina­
ria a través de la línea ondulada que representa los cambios
anuales de la renta o de la producción per capita en una de­
terminada economía. Para completar el cuadro es necesario
observar directamente los altibajos y analizar algunos de
los ciclos y de las oscilaciones de la actividad económica bri­
tánica durante el período 1750-1850.
Existe, desde luego, una gran variedad de fluctuaciones
cíclicas en la actividad económica, desde las muy breves a
las muy largas. En el curso de un mismo año se pueden dis­
tinguir las fluctuaciones que dependen de la rotación de las
estaciones. En una economía preindustrial las fluctuaciones
estacionales son, en general, más importantes que en una eco­
nomía industrializada, en parte porque una gran proporción
de la actividad económica gira en torno a la agricultura, la
pesca, la navegación y la construcción —actividades, todas
ellas, muy influidas por las condiciones climáticas—, y en
parte porque una de las formas del progreso técnico consis­
te en la adopción de métodos y de utillaje que permiten una
utilización más regular de la capacidad productiva y de la
mano de obra y un flujo más regular de transacciones a lo
largo del año. A mediados del siglo xvm, el invierno inglés
convertía las carreteras en lodazales, helaba los ríos e inmo­
vilizaba los barcos en los muelles. El verano quitaba a la in­
dustria su energía secando los ríos y provocaba una escasez
de leche y mantequilla. La mayor parte de la industria depen­
día del ritmo estacional de la agricultura, bien porque se
basase en la transformación de productos agrícolas bien por­
que dependiese de la mano de obra liberada por los períodos
de inactividad en el ciclo agrícola. «La helada que mataba el
trigo en flor o la tormenta que abatía los tallos podían, al

256
mismo tiempo, detener las ruedas hidráulicas o frenar el su­
ministro de materiales.» 4
Las fluctuaciones estacionales se caracterizan, sobre todo,
por su regularidad. Algunos veranos son más calurosos (o hú­
medos) que otros y algunos inviernos más fríos (o secos),
pero en general se puede esperar una alternancia regular de
las condiciones climáticas que —con una fluctuación de unas
semanas en más o en menos— se distribuye en el tiempo de
manera previsible. Menos regulares, pero no menos rítmicos,
son los ciclos que llamamos comerciales y que se caracteri­
zan por una sucesión de fases perfectamente observables de
la actividad económica: recuperación, prosperidad, crisis, de­
presión. También de éstos se puede decir que la intensidad
de cada fase, la profundidad o la altura de la fluctuación en­
tre un ciclo y el siguiente son variables. Además, también
tiende a variar la distancia entre los períodos de prosperidad
(boom) o entre los puntos superiores (o inferiores) de tran­
sición en el curso global del ciclo. El análisis de los ciclos
ingleses entre 1793 y 1857 indica que la duración media de
cada ciclo fue de menos de cinco años. Pero hubo dos ciclos
que duraron tres años o menos (1807-1810 y 1829-1831) y uno
que duró diez años (1837-1847). La oscilación es, pues, muy
amplia.5
Las características del ciclo comercial vienen determina­
das por dos rasgos fundamentales. El primero es la causa
inicial que provoca el alza de la actividad económica o crea
una crisis de confianza, con la consiguiente baja de dicha
actividad; el segundo es la cadena de interacciones que pro­
paga la perturbación de un sector a otro, hasta el corazón
mismo de la economía. Cuanto más interdependiente es la
economía más larga y fuerte es la cadena de las interacciones
y mayor el impacto de la alteración inicial en la actividad
económica nacional. Todo parece indicar, pues, que cuanto
más industrializada sea la economía, más importantes serán
las fluctuaciones cíclicas —más importantes tanto en el sen­
tido de que afectan a una zona más extensa de la actividad
económica como en el de que los altibajos de las fluctuacio­
nes son más fuertes que los que genera un determinado im­
pulso en otras condiciones. Así parece haber ocurrido efec­
tivamente. Es decir, los ciclos ingleses en el siglo xix soji más
pronunciados, más continuos y más. fácilmente identificables
que los ciclos del siglo xvm. Pero- hay que recordar que no

HCS 22. 17 257


disponemos de índices anuales de la actividad económica to­
tal para el siglo xvm y épocas anteriores y que, por consi­
guiente, no podemos reconocer la forma del ciclo: sólo po­
demos identificarlo en términos de la crisis, es decir, del pun­
to de transición superior.
Desde luego, ya en el siglo xvit se pueden encontrar cri­
sis financieras o explosiones de pánico que reflejan otros
tantos puntos superiores de un ciclo. En 1667, por ejem­
plo, hubo una de ellas después del gran incendio de septiem­
bre de 1666. Otras fueron las de 1672, causada por la gue­
rra holandesa y la de 1696, poco después de la fundación del
Banco de Inglaterra, ligada también a dificultades de tiem­
po de guerra. La crisis de 1708 puede atribuirse a dificultades
políticas y el pánico del asunto de la South Sea en 1720 fue
la culminación de una alegre indulgencia ante la especulación.
El resultado castigó de tal modo a los especuladores que la
situación financiera de la economía no conoció más pertur­
baciones hasta que en 1745 el «Buen príncipe Carlos» inva­
dió Inglaterra, llegó hasta Derby y precipitó una crisis mo­
netaria, bancaria y bursátil antes de que su expedición fra­
casase. En 1763 hubo otra crisis que puso fin al boom conse­
cutivo a la Guerra de los Siete Años. En 1772 la quiebra de
un importante banco provocó un fuerte pánico. La guerra
norteamericana dio lugar a una fuerte depresión comercial,
seguida de un excitado boom que volvió a hundirse en 1783,
provocando un fuerte pánico financiero.6 Los pánicos siguien­
tes se registraron en 1793, al estallar las guerras francesas,
y en 1797, con ocasión de un motín naval.
Los economistas de finales del siglo xvm y comienzos
del xix eran perfectamente conscientes de la existencia de
estos ciclos pero no sentían ningún interés teórico por ellos.
Los economistas clásicos, desde Smith a Mili, consideraban
que las depresiones y los booms se debían a causas exterio­
res a la ciencia económica (al frenesí especulativo, por ejem­
plo, a las guerras o a los cambios técnicos) y por ello no in­
tentaron nunca analizarlos en detalle.7 Ricardo, por ejem­
plo, hablaba de «los transtornos y las contingencias tempo­
rales producidos por el desplazamiento del capital de un sec-
lor a otro»," pero sin darse cuenta de las características cí­
clicas de estos hechos. Lo cierto es que mientras las crisis
estuvieron tan claramente ligadas a causas exteriores particu­
lares como las guerras, los cambios técnicos, las cosechas,

258
la especulación, etc., no hubo ninguna necesidad urgente de
explicarlas.
En efecto «... hasta que se estableció la regularidad de
las perturbaciones... la economia teórica no sintió la nece­
sidad de explicarlas».9 Incluso cuando se vio claramente su
regularidad, en la segunda mitad del siglo xix, se tendió a
explicar los ciclos en función de causas no económicas.
W. Stanley Jevons, por ejemplo, el primer economista bri­
tánico que se dio cuenta del carácter rítmico de las fases de
prosperidad y de depresión, lo atribuyó a los ciclos solares.
Observó que en el período 1721-1878 se habían producido die­
ciséis ciclos en la vida económica inglesa. A cada uno de ellos
se le podía atribuir, pues, una duración media de 10’466 años,
duración que comparó con la atribuida al ciclo de las man­
chas solares (10’45 años). De aquí no había más que un paso
a decir que se trataba de fenómenos idénticos. Desde enton­
ces han surgido dudas sobre la duración real del ciclo de
las manchas solares, que parece ser a menudo de 11 años o
de más de 10*5; al mismo tiempo, se ha comprobado que
la duración del ciclo económico es bastante inferior a los 10
años. Sin embargo, la tesis de las manchas solares se ha
vuelto a formular de diferentes maneras, aunque no con mu­
cha convicción en lo que a los ciclos más recientes (finales
del siglo xix y siglo xx) se refiere. Es indudable, sin embargo,
que puesto que se conoce la existencia de ciclos agrícolas y
estacionales, éstos pudieron provocar ciclos comerciales en
las economías preindustriales, cuando la agricultura era la
principal actividad económica y tanto el comercio como la
industria dependían fundamentalmente de los avatares de
la agricultura. Estudiando los precios del trigo europeo des­
de 1545 a 1844, sir William Beveridge encontró pruebas evi­
dentes no de uno o dos sino de muchos ciclos estacionales.
Esto le hizo llegar a la conclusión de que «... en el sistema
solar hay movimientos periódicos que influyen en nuestro
clima y en nuestras cosechas. Su número es de diez, veinte
o más y son más regulares de lo que hasta ahora se creía.
Es posible que en algunos casos se aproximen a la regula­
ridad y a la persistencia del movimiento orbital libre y que
en otros casos estén sometidos a un nacimiento y una muer­
te súbitos».10
Por muy escépticos que sean ante las teorías solares del
ciclo económico, la mayoría de los historiadores de la eco­

259
nomía están de acuerdo en atribuir un peso considerable a
las teorías que subrayan la importancia de las cosechas en
los niveles de la actividad económica, especialmente en los
períodos en que la agricultura era la actividad principal.
E indudablemente en el período que estamos considerando
(1750-1850) la agricultura era la primera actividad económi­
ca británica. Absorbía, probablemente, cerca de la mitad de
la fuerza de trabajo del país en 1750 y más de una quinta
parte en 1850 y suministraba, de hecho, la mayoría de los
alimentos del país en 1750 contribuyó considerablemente en
el comercio de exportación británico y en 1850 el estado de
la cosecha fue uno de los factores principales en la deter­
minación del nivel de importaciones y, por consiguiente
—gracias a sus efectos sobre la balanza comercial— en la de­
terminación del estado del crédito en general.
No es difícil comprender por qué una cosecha anormal­
mente buena o mala podía tener repercusiones en toda la eco­
nomía inglesa antes de que la moderna industria manufactu­
rera se convirtiese en la forma típica de la actividad econó­
mica. Es indudable que las cosechas tuvieron una importan­
cia decisiva en la Inglaterra del siglo xvm. La mayoría de las
industrias de entonces dependían directamente de la agricul­
tura para el suministro de sus materias primas. La pro­
ducción de alcoholes, de almidón, de malta y de cerveza, por
ejemplo, tendía a fluctuar con la producción de los cerea­
les que les servían de base; la producción de cuero y de sebo
fluctuaba según los progresos de la ganadería: incluso la
principal industria textil dependía del precio de la lana.
Cuando las condiciones de la cosecha encarecían los produc­
tos agrícolas, las repercusiones podían afectar a todo el con­
junto de la economía. Pues entre ellas había: 1) el alza de
los costes de las materias primas que utilizaban un gran
número de industrias; 2) el alza de los precios de los artícu­
los alimenticios y el paro forzoso de muchos jornaleros agrí­
colas, con la consiguiente reducción de su poder de compra
de productos industriales; 3) déficits presupuestarios debidos
al descenso de la producción de las mercancías que pagaban
impuesto de consumos (la mayoría de las cuales eran pro­
ductos agrícolas transformados), lo cual reducía los ingre­
sos del Gobierno y aumentaba los gastos del capítulo de ali­
mentación de las Fuerzas Armadas, con el consiguiente incre­
mento de los gastos generales del Gobierno; 4) una balanza

260
comercial desfavorable, a causa de la reducción de las ex­
portaciones de productos agrícolas o del aumento de la im­
portación de alimentos.
De este modo, en el siglo xvm era siempre de esperar que,
directa o indirectamente, una mala cosecha redujese los ni­
veles de ingresos y de actividad industrial y que quebrantase
la confianza comercial. Y viceversa: la serie de buenas co­
sechas de las cuatro o cinco décadas que terminaron en la
de 1760, debieron constituir un factor importante para esti­
mular la expansión de la industria y de las rentas en aque­
llos años, expansión que permitió al país acumular las ener­
gías necesarias para llevar a cabo la revolución industrial
propiamente dicha.
Existen, desde luego, otras causas de las fluctuaciones de
la actividad económica inglesa en el siglo x v i i i , como ha s e
ñalado Ashton. La guerra, por ejemplo, fue un poderoso fac­
tor en las fluctuaciones del comercio exterior. Cuando la gue­
rra parecía inminente, las exportaciones tendían a aumen­
tar porque los comerciantes aceleraban el transporte de las
mercancías antes de que se produjese la esperada interrup­
ción de las rutas comerciales. Las exportaciones resultaron
estimulados de este modo en 1701, 1743, 1756, 1774-1775 y 1792.
Una vez estallada la güera, con los mares infestados de bar­
cos enemigos, las importaciones tendían a disminuir; las ex­
portaciones. en cambio, se mantenían a menudo gracias a los
gastos del Gobierno en el extranjero. Al terminar las guerras
y reanudarse los contactos comerciales normales, tanto las
exportaciones como las importaciones tendían a aumentar.'1
Podemos preguntamos si los ciclos económicos del si­
glo x v i i t , debidos fundamentalmente a las fluctuaciones de
las cosechas o a las guerras, eran realmente el mismo fenó­
meno que los ciclos del siglo xix. Parece que su incidencia
y su pauta general fueron menos regulares. El origen de al­
gunas crisis parece radicar fundamentalmente en la situación
financiera, como las de 1720, 1763, 1772-1773 y 1788 (todas ellas
internacionales); pero la mayoría de los ciclos del siglo xvm
se debieron más a causas políticas que económicas. Nada
—o muy poco— permitía esperar que la prosperidad, el auge,
la depresión y el recobramiento continuarían sucediéndose
de modo regular e inevitable. Pero antes de afirmar que las
fluctuaciones del siglo x v i i i fueron oscilaciones hacia arriba
y hacia abajo desconectadas entre sí y atribuibles principal­

261
mente a las cosechas, a las guerras o a los acontecimientos
políticos, más que ciclos completos propiamente dichos, vale
la pena recordar que tenemos una información muy escasa
y fragmentaria sobre el siglo xvm y que las series anuales
de que disponemos se refieren únicamente a sectores limi­
tados de la actividad económica. Cuando sir William Beverid-
ge escribió su obra clásica sobre el paro forzoso, llegó a la
conclusión de que antes de 1858 es imposible «encontrar una
fluctuación cíclica en el sentido en que se encuentran más
tarde, es decir, como una influencia que pesa por igual en
las finanzas y el comercio en sentido estricto y en la indus­
tria y la vida económica total de la nación».12 Pero algunos
años más tarde, cuando pudo disponer de más datos, com­
piló un índice de la actividad industrial en la que se obser­
vaban fluctuaciones cíclicas claramente modernas por su rit­
mo y su amplitud.
El análisis de los ciclos económicos en el siglo xix ha
avanzado mucho más. El período 1790-1850 ha sido sometido
a un estudio exhaustivo por tres investigadores norteameri­
canos, Gayer, Rostow y Schwartz, que han publicado los re­
sultados de su trabajo en una monografía en dos volúmenes
que examina a fondo y con mucho detalle el carácter y las
causas de los ciclos económicos británicos.
La conclusión principal de Gayer, Rostow y Schwartz es
que los ciclos en la actividad económica británica que pue­
den identificarse en el período 1790-1850 dependieron de dos
factores principales, ambos del lado de la demanda: en pri­
mer lugar, las fluctuaciones en la demanda de las exporta­
ciones británicas (particularmente de las exportaciones tex­
tiles); en segundo lugar, las fluctuaciones en las inversiones
interiores. Estos dos factores se relacionaban entre sí, pues
la expansión de la inversión interior iba seguida, general­
mente, de un aumento de las exportaciones, y cuando am­
bos factores se daban con fuerza a la vez, generaban un
ciclo largo. En el período 1790-1850 estos autores encontra­
ron seis ciclos largos (1797-1803, 1808-1811, 1816-1819, 1819-
1826, 1832-1837 y 1842-1848) y un cierto número de ciclos me­
nores en los que la expansión de las exportaciones no era
lo bastante grande como para estimular la expansión de las
inversiones interiores pero sí para producir un ciclo innnega-
ble de actividad económica general.

262
«La imagen general de la expansión que surge de nues­
tros datos es la de una recuperación iniciada por el aumen­
to de las exportaciones y complementado, al cabo de un cier­
to tiempo, por una inversión interior en gran escala. Es pro­
bable, además, que estas dos fuentes de nuevos pedidos para
la industria estuviesen relacionadas entre sí. Los efectos pri­
marios y secundarios (multiplicador) sobre la renta total,
debidos al aumento de las exportaciones en las primeras eta­
pas de la recuperación, contribuyeron a inducir y a finan­
ciar la posterior construcción de capital fijo.» ,J
Arguyen, en efecto, que la expansión de la demanda de ex­
portaciones produjo tres efectos, cada uno de los cuales
impulsó la inversión interior: 1) la plena utilización de la
capacidad de algunos sectores; 2) la expectativa de un au­
mento continuo de la producción; 3) el aumento de los be­
neficios. Cada uno de estos efectos estimuló la expansión de
la inversión interior. Para que el ciclo tuviese una forma
moderna y englobase toda la vida económica, y no sólo algu­
nos sectores particulares, las reacciones debieron tener un
carácter expansivo y general. Cuando la demanda incremen­
tada de artículos de exportación se concentraba en una de­
terminada industria se requería, para el surgimiento y desa­
rrollo de un ciclo largo, que se crease un clima de confianza
en una área más extensa y que se pusiesen en acción una
serie de efectos acumulativos gracias a la tendencia de los
hombres de negocios a formular sus perspectivas en térmi­
nos de desarrollo nacional y no de desarrollo local. Parece
indudable que esta tendencia de los hombres de negocios
a pensar y a actuar en consecuencia —una de las caracterís­
ticas más significativas del ciclo moderno— aumentó a me­
dida que mejoraron las comunicaciones y a medida que se
integró mejor el mercado nacional de mercancías y de ca­
pital. Todo esto se ve muy claramente en los ciclos de los
años veinte, treinta y cuarenta del siglo xix. Gayer, Rostow
y Schwartz, por ejemplo, consideran que las condiciones del
mercado de dinero son las causas principales de la rápida
propagación de la confianza o del pesimismo en la vida de
los negocios que caracterizó los ciclos posteriores a 1820.
En las fases de expansión era relativamente fácil encontrar
dinero v, por consiguiente, la confianza era elevada. «Pueden
verse claramente los orígenes de este aumento del espíritu de

263
aventura de los empresarios (tanto en la industria como en
el mercado de capital a largo plazo) en los momentos de ex­
pansión de los grandes ciclos de las tres últimas décadas del
período... Incluso en la economía relativamente atomizada
de Gran Bretaña a principios del siglo xix los empresarios
hacían sus previsiones de futuro sobre la base de condicio­
nes generales.» 14 En resumen, aunque podamos reservarnos
el juicio definitivo (en espera de investigaciones ulteriores)
sobre si las fluctuaciones de la actividad económica en el si­
glo xviii eran cíclicas en el sentido del moderno ciclo econó­
mico, parece haber buenas razones para considerar que los
ciclos que alcanzaron sus puntos culminantes en 1825, 1836
y 1845 respectivamente eran esencialmente modernos por su
forma.
Ahora bien, las fluctuaciones a corto plazo que llamamos
ciclos económicos no son los únicos movimientos rítmicos
que han observado los economistas en las series estadísticas
de la actividad económica nacional e internacional. En 1913,
el economista holandés van Geldcren afirmó que había des­
cubierto la existencia de «ciclos largos» en el desarrollo eco­
nómico, de una duración aproximada de sesenta años. Ha­
cia 1920, el economista ruso Kondratieff desarrolló, indepen­
dientemente, su teoría de las ondas largas en la vida econó­
mica.15 Al parecer estas ondas largas se superponían a los
ciclos del mismo modo en que éstos se superponían a los
ciclos estacionales anuales. Kondratieff analizó los datos his­
tóricos sobre los precios y la producción de un cierto nú­
mero de países occidentales —Grai Bretaña, Francia, Esta­
dos Unidos y Alemania— v llegó a la conclusión de que el
mundo occidental había conocido dos «ondas largas» y me­
dia, cada una de ellas de 50 a 60 años de duración, hasta los
años finales del siglo xvm. La primera comenzó en la déca­
da de 1780 o principios de la de 1790, llegó a su punto cul­
minante en 1810-1817 y terminó en 1844-1851; la segunda termi­
nó en la década de 1890. Kondratieff se limitó a exponer las
pruebas encontradas en las series estadísticas. No intentó ex­
plicar las ondas largas que había descubierto, pero insistió
en que eran unas fluctuaciones regulares y no fortuitas y for­
muló la opinión de que «las ondas largas provienen de cau­
sas inherentes a la esencia de la economía capitalista».16
Schumpeter sugirió una explicación de las ondas largas y
las interpretó en un contexto histórico. Como había hecho ya

264
Kondratieff, Schumpeter arguyo que la naturaleza cíclica del
desarrollo económico era inherente al sistema capitalista;
como también había hecho Kondratieff, inició su argumen­
tación con los datos de 1780. Sin embargo, dijo que había
encontrado pruebas de otras oscilaciones anteriores; las di­
ferencias que éstas presentaban en comparación con las on­
das posteriores se debían, simplemente, a que el sistema ca­
pitalista de organización económica estaba menos desarro­
llado. «Cuando menor es el sector capitalista inserto en un
mundo precapitalista, menos claras y firmes serán las fluc­
tuaciones características del proceso capitalista y... más do­
minarán los factores externos (cosechas, guerras, pestes, et­
cétera).» 17
En pocas palabras; la interpretación de Schumpeter se
basa en su teoría de las innovaciones. Una innovación impor­
tante estimula siempre una serie de innovaciones relaciona­
das y modifica completamente las posibilidades abiertas a
un determinado grupo de industrias. Mientras los empresa­
rios se aprovechan de estas innovaciones por primera vez y
se adaptan a las cambiadas circunstancias económicas que
aquéllas implican, la economía tiende a ser próspera y ex­
pansiva. Durante la fase ascendente de la onda larga puede
haber ocasiones en que los empresarios tiendan a pasarse de
raya y a provocar crisis y represiones temporales con un ex­
ceso de especulación; es decir, el ciclo económico ordinario
sigue operando; pero un elemento esencial de la fase ascen­
dente de una onda larga es que los años de optimismo y de
expansión son más frecuentes que los años de contracción
o de depresión. Con el tiempo, las repercusiones de una de­
terminada innovación desaparecen, los precios bajan más de­
prisa que los costos y la onda larga entra en su fase des­
cendente: en ella los años de contracción y de depresión son
más frecuentes que los años de optimismo.
La primera onda larga que analizó Schumpeter en estos
términos va de 1787 a 1842. Fue la onda larga que coincidió,
más o menos, con la revolución industrial. Se inició, según
Schumpeter, con las innovaciones en la industria algodonera,
apoyadas por las innovaciones en la siderurgia y por la apa­
rición de la máquina de vapor. Su fase ascendente coincidió
con el período en que las industrias algodonera y siderúr­
gica crecían a un ritmo espectacular, después de sus modes­
tos comienzos. Empezó a descender con la depresión que si­

265
guió a las guerras napoleónicas. Durante las décadas de 1820
y 1830 la onda larga siguió descendiendo, al tiempo que las
industrias algodonera y siderúrgica, ya considerables por en­
tonces, crecían más lentamente sobre la base de las innova­
ciones pasadas. Volvió a ascender con el boom de los ferro­
carriles en la década de 1840; al mismo tiempo, se empezó a
utilizar la fuerza de vapor en gran escala en el transporte, en
el sector de tejido de la industria algodonera y en otras in­
dustrias textiles y las industrias del carbón y del hierro die­
ron un gran salto adelante para satisfacer la demanda. Esta
segunda onda larga, de 1842 a 1897, fue la época del vapor,
del acero y de los ferrocarriles.
Es evidente, pues, que el crecimiento económico británi­
co no se produjo mediante la expansión continua y uniforme
de la actividad económica, sino de manera fluctuante. Es evi­
dente, también, que algunas de estas fluctuaciones tienen
un carácter rítmico y toman la forma de una serie de ciclos.
No he mencionado más que tres clases de fluctuación cíclica
—los ciclos estacionales completados en el curso de un solo
año; los ciclos comerciales (llamados a veces ciclos Juglar,
por el nombre del economista que los analizó), completados,
generalmente, en menos de nueve años (en nuestra época, el
promedio es de cinco); y las ondas largas (ciclos Kondra-
tieff) que se extienden en un período de 50 o 60 años. Los ana­
listas de las estadísticas han llamado la atención sobre otras
regularidades rítmicas en los diversos aspectos de la activi­
dad económica, pero todas ellas —excepto las estrictamente
estacionales— se perciben más clara e inteligiblemente a par­
tir de la segunda mitad del siglo xix que en los períodos an­
teriores. No se trata sólo de que las estadísticas sean más
completas y dignas de confianza a partir de la segunda mi­
tad del siglo xix (aunque esto es innegable) sino también de
que la economía nacional surgida de la revolución industrial
era característicamente propensa a generar ciclos en la ren­
ta y la producción.
Las razones son numerosas, pero todas provienen de un
mismo hecho: una economía industrializada está más estre­
chamente articulada, es menos atomizada que una economía
preindustrial. Cuanto más capitalista se hizo la economía,
más se encontró sometida a una serie de períodos alternados
de prosperidad y de depresión, porque los empresarios in­
novadores se imitaban mutuamente con gran optimismo y

266
aumentaban su capacidad productiva hasta que excedía las
posibilidades de la demanda; entonces dejaban de invertir,
hasta que su pesimismo colectivo era vencido por las nuevas
oportunidades de inversión abiertas por una demanda que
aumentaba mucho más rápidamente que la oferta. La espe-
cialización de la industria significaba el aumento y la ra­
mificación de una serie de industrias altamente interdepen­
dientes. Cuanto más se alejaba la economía de su dependen­
cia de la agricultura tradicional, con su fuerte ritmo estacio­
nal, y cuanto más dependía de los avalares de la industria
mecanizada, más probable era que el nivel de la deman­
da fluctuase a lo largo del tiempo según los ciclos de dura­
ción del utillaje de uso general fabricados por el hombre.
Cuando una interrupción del crecimiento industrial (debida,
quizá, a una causa exógena como un invento o una guerra)
inducía un aumento (o un descenso) súbito del índice de in­
versiones en determinados vehículos o máquinas, lo más
probable era que el aumento de la capacidad desalentase las
inversiones hasta que, en un momento ulterior, el desgaste
del utillaje provocaba una nueva explosión de la demanda y
el ciclo volvía a ponerse en marcha.
La integración geográfica de la demanda también contri­
buía a generar —o, por lo menos, a reforzar— las fluctuacio­
nes cíclicas en la actividad económica. Cuanto mayor era la
integración nacional de una economía, más probable era que
los ciclos regionales de optimismo o de oportunidades se
sincronizasen para producir un ritmo nacional más impor­
tante que cualquiera de sus componentes. Es significativo,
al respecto, que el ciclo de la construcción —de veinte
años—, que constituye uno de los rasgos más marcados en
los indicadores estadísticos de Gran Bretaña a finales del si­
glo xix, no se observe claramente en los datos anteriores,
aunque exista en ellos a nivel regional. Se ha observado, por
ejemplo, que «la primera mitad del siglo xix se caracterizó
por una serie de ciclos regionales de la construcción, algo
defasados entre sí».18 La integración a nivel internacional
también contribuyó a dar un ritmo más vivo a las fluctua­
ciones nacionales de la actividad económica. La especializa-
ción entre las industrias y entre los países fue otra caracte­
rística de la industrialización del siglo xix y a medida que
las naciones dependieron más las unas de las otras para su
comercio resultaron más vulnerables a las perturbaciones que

267
surgían en sus respectivas economías. Cuando coincidían dos
o más ciclos nacionales producían unas fluctuaciones mucho
más pronunciadas que las que habrían provocado los ciclos
componentes por sí solos.
Ahora bien, cualesquiera que sean las razones, las conse­
cuencias de esta tendencia de las fluctuaciones cíclicas de la
producción y las rentas a intensificarse en el curso de la in­
dustrialización eran, por lo general, aciagas. La revolución
industrial sometía una sociedad con una renta todavía esca­
sa a un tipo de crecimiento económico fluctuante, con alti­
bajos prolongados y penosos para los sectores proletarios de
la población. Y no sólo eran las clases trabajadoras las que
sufrían por la creciente inestabilidad del sistema económico.
En los años deficientes el número de quiebras y bancarro­
tas subía a un nivel alarmante. «El mismo John Kennedy,
próspero hilador de algodón, señaló que en Manchester al
final de las guerras francesas sólo siete fábricas algodone­
ras estaban bajo la misma dirección que al principio.»19 Pero
mientras los terratenientes, los capitalistas y las clases me­
dias podían acumular normalmente una proporción suficien­
te de sus ganancias extraordinarias de los períodos ascenden­
tes para conservar sus niveles de vida en los períodos descen­
dentes, el proletariado oscilaba, desamparado, entre la más
completa miseria y la suficiencia. La industrialización signi­
ficó para la mayoría del pueblo un nivel de vida más alto
pero totalmente inseguro hasta que la productividad media
subió lo bastante para poner a la gran masa de los trabaja­
dores a resguardo de la miseria en los momentos de fluctua­
ción descendente de la renta nacional y hasta que el sector
público se convirtió en un factor económico tan poderoso que
el Gobierno pudo compensar el descenso de la demanda pri­
vada con una elevación de la demanda pública.

268
XV. Los niveles de vida

El crecimiento y el cambio económicos implican un au­


mento de los bienes y servicios producidos por la economía
y un cambio en su composición. Por consiguiente, una de las
formas de calcular las realizaciones efectivas de una revo­
lución industrial consiste en medir sus efectos sobre los ni­
veles de vida. En principio, todo parece indicar que el pro­
ceso de la revolución industrial ha de implicar automática­
mente un aumento del nivel de vida de los trabajadores, por­
que comporta un gran descenso de los costes de produc­
ción, tanto en la agricultura como en la industria, una per­
ceptible reducción de la cantidad de esfuerzo humano reque­
rida para producir una determinada unidad de producto y un
aumento consiguiente de los bienes y servicios a disposición
de los consumidores. Ahora bien, que tenga o no estas con­
secuencias es cosa que depende de diversas circunstancias,
entre ellas —y no de las menos importantes— el índice de
aumento de la población. En los países que están actual­
mente en vías de desarrollo es cada vez más evidente que
incluso presuponiendo un ritmo de progreso tecnológico bas­
tante elevado en la industria el número de bocas a alimentar
tiende fácilmente a multiplicarse con más rapidez que la pro­
ductividad por persona activa y que, en consecuencia, el ni­
vel medio de consumo tiende a bajar. Si el aumento de la po­
blación se debe, como ocurre con frecuencia, a un aumento
del índice de natalidad o a una baja del índice de mortalidad
infantil, eleva la cantidad global de la población dependiente
y disminuye la proporción de la población activa en el con­
junto de la sociedad. Si el cambio técnico se inicia, como ocu­
rre con frecuencia, en las industrias que emplean una por­
ción relativamente reducida de la fuerza de trabajo y no en
la agricultura, por ejemplo, en la que labora la mayor parte
de la fuerza de trabajo, tendrá que ser muy rápido para au­
mentar la producción de bienes y servicios con la suficien­
te celeridad como para compensar los factores que tienden
a rebajar los niveles medios de consumo. Además, si existei.

269
importantes discontinuidades en el proceso de desarrollo, de
modo que para el crecimiento de nuevas industrias se requie­
ran importantes inversiones iniciales en nuevo capital fijo
(edificios, puertos, carreteras, canales, líneas de ferrocarril,
barcos, vehículos, instalaciones industriales, maquinaria) an­
tes de que las rentas empiecen a aumentar efectivamente, el
consumo ordinario puede llegar a reducirse para canalizar
los fondos hacia estas inversiones de capital.
Todos los datos indican, efectivamente, que algunos paí­
ses han pasado por un período de «hormigueo» de la pobla­
ción en las primeras fases de la industrialización, un período
en que el número de los habitantes aumentó más rápida­
mente que la productividad y en que la producción de bie­
nes de consumo per capita se redujo. Tiene, pues, un inte­
rés especial preguntarse si en la experiencia inglesa hubo
también este período y, en caso afirmativo, qué período fue,
concretamente.
Es muy difícil dar una respuesta concluyente a esta pre­
gunta; de hecho, una de las controversias más persistentes en
la historia de la revolución industrial es la que se refiere al
nivel de vida de los obreros. Dos escuelas de pensamiento
han surgido en relación con el tema. La concepción pesimis­
ta, sostenida por una larga serie de observadores, desde al­
gunos autores de la época hasta algunos historiadores mo­
dernos —Engels, Marx, Toynbee, los esposos Webb, los Ham-
mond y muchísimos más, entre ellos, como ejemplo recien­
te, el doctor Hobsbawm— es que la primera fase de la indus­
trialización en Inglaterra significó la riqueza y la opulencia
para algunos pero provocó una neta deterioración del nivel
de vida de los trabajadores pobres. La concepción optimis­
ta, sostenida por una serie igualmente larga de observado­
res —McCulloch, Tooke, Giffen, Clapham, Ashton y más re­
cientemente el doctor Hartwell— es que aunque el cambio
económico desplazó y dejó en la miseria a algunos trabaja­
dores, la mayoría de ellos pudieron gozar de un nivel de vida
cada vez más alto gracias a la baja de precios, a la mayor re­
gularidad de su empleo y a las mayores posibilidades de ga­
narse la vida.1
La controversia se ha complicado por los prejuicios po­
líticos y por la miopía a que da lugar, tan a menudo, el pre­
juicio. Es frecuente encontrar autores de izquierda, conmo­
vidos por los sufrimientos del proletariado, que sostienen la

270
concepción pesimista; es frecuente, también, encontrar a au­
tores de derecha, más convencidos de los beneficios que apor­
ta la libre iniciativa capitalista, que sostienen la concepción
optimista. Engels, cuya obra La situación de la clase obrera
en Inglaterra (publicada en 1844 y traducida recientemente
al inglés por Henderson y Chaloner) es una de las denuncias
más vividas y violentas del sistema fabril, no oculta sus mo­
tivos políticos. En una carta a Karl Marx califica su libro
de «acta de acusación». «Ante el tribunal de la opinión mun­
dial —escribe— acuso a la burguesía inglesa de asesinato en
masa, de robo en gran escala y todos los demás crímenes ima­
ginables.» 2 La teoría de la deterioración se veía reforzada
por una concepción más bien legendaria de la época ante­
rior a la revolución industrial, que se veía como una especie
de edad de oro —una Inglaterra de yeotnen felices y prós­
peros y de artesanos libres de toda explotación y de toda
penuria. La realidad es, sin embargo, que el trabajador do­
méstico no era menos explotado por el manufacturero que
le suministraba el algodón para hilar o el hilo para tejer
que el obrero industrial por el empresario; las mujeres y los
niños trabajaban a menudo tantas horas en la labor domés­
tica como en la factoría industrial.
La cuestión se ha complicado con la introducción de con­
sideraciones «morales», «estéticas» y otras de tipo no econó­
mico. Los Hammond, por ejemplo, prorrumpieron en invec­
tivas contra la «maldición de Midas»:
«Inglaterra quería, pues, beneficios y los obtenía. Todo se
convertía en beneficios. Las ciudades disponían de suciedad
lucrativa, de barracas lucrativas, de humo lucrativo, de desor­
den lucrativo, de ignorancia lucrativa, de desesperación lu­
crativa... En las nuevas ciudades era imposible encontrar be­
lleza, felicidad, tiempo libre, cultura, religión, es decir, todo
aquello que civiliza las concepciones y los hábitos; sólo se
encontraba desnudez y desolación, casas sin color, sin aire
y sin risas en las que los hombres, las mujeres y los niños
trabajaban, comían y dormían... Las nuevas factorías y los
nuevos altos hornos eran como las pirámides, una muestra
de la esclavitud del hombre y no de su poderío; unas pirá­
mides que proyectaban su larga sombra sobre la sociedad
que tan orgullosa se sentían de ellas.» 3

271
Las consecuencias sociales de la revolución industrial son
un excelente terreno para la investigación sociológica, pero
la mayoría de las afirmaciones políticas y morales son alta­
mente subjetivas. La cuestión tiene su paralelo en la contro­
versia moderna sobre si se debe o no hacer entrar las co­
munidades rurales atrasadas, con su escala relativamente
simple de necesidades y de actividades, en la competencia
impersonal y dura de la economía de mercado. El problema
es importante desde el punto de vista social, pero no es fá­
cil analizarlo objetivamente. Ahora bien, aunque nos negue­
mos a entrar en una argumentación filosófica o moral sobre
si aumentó o no el grado de felicidad o de civilización de los
obreros que se vieron envueltos en los torbellinos sociales
y económicos de la revolución industrial, la controversia es
perfectamente válida en lo que se refiere a su nivel material
de vida: ¿aumentó, permaneció estancado o descendió?
Como en la mayoría de los restantes problemas de la his­
toria económica surgen dudas cuando se trata de establecer
los hechos demostrativos del crecimiento o del descenso o
señalar los momentos en que empieza o termina el proceso
porque los datos históricos de que disponemos son incom­
pletos. Los datos cuantitativos, en particular, son demasiado
escasos, demasiado dispersos o demasiado parciales para po­
der ser concluyentes. Nos vemos obligados, una vez más, a
reconstruir un cuadro en el que faltan algunas piezas cru­
ciales del rompecabezas y a formular hipótesis sobre su sig­
nificado.
Consideremos, por ejemplo, los datos demostrativos de
que el nivel de vida de la población trabajadora aumentó
durante el discutido período 1775-1850, es decir, el período
en que puede suponerse que tuvo lugar la revolución indus­
trial británica. Ya he analizado los datos sobre la renta na­
cional.4
Si yuxtaponemos los cálculos de Arthur Young para
1770 y los de diversos autores de las dos primeras décadas del
siglo xix, parece que las rentas reales per capita descendieron,
por lo menos hasta el período inmediatamente posterior a
las güeras napoleónicas. Pero hay razones para considerar
estos datos con un cierto escepticismo. No son lo bastante
sólidos para soportar el peso del análisis. En cambio los in­
tentos de seguir el curso de la producción nacional total sobre
la base de series estadísticas de la producción incompletas

272
son más convincentes. Indican la existencia de un aumento
que se inició en la década de 1740 en términos generales y
que se aceleró, probablemente, en términos per capíta, en el
último cuarto del siglo xvm bajo la influencia de una fuerte
expansión de los mercados extranjeros. El índice de la pro­
ducción industrial británica compilado por el erudito ale­
mán Hoffman, a base, esencialmente, de las series sobre el
comercio exterior, sugiere un movimiento similar.s Demues­
tra que el índice de crecimiento de la produccción industrial
total, que era de menos del 1 % anual, como promedio, en
los primeros setenta y cinco años del siglo xvm, se elevó
abruptamente a más del 3 % anual en la década de 1780 y
principios de la de 1790, para volver a descender en el perío­
do 1793-1817 (a causa, probablemente, de la guerra) y recu­
perar otra vez los niveles por encima del 3 % después
de 1817.
Todos los datos hablan, pues, de un aumento de la pro­
ducción nacional per capila, que se inició probablamente en
la década de 1780, varió a causa de las guerras francesas y na­
poleónicas, y volvió a reanudarse con fuerza a fines de la
segunda década del siglo xix; este aumento parece implicar,
por tanto, un aumento del nivel de vida medio. Ahora bien,
si hubo o no tal aumento en ia práctica es cosa que depen­
de de si hubo o no cambios significativos en la distribución
de la renta nacional. Es posible que todo el valor del incre­
mento de la producción nacional fuese a parar a manos de
los grupos superiores de renta —es decir, a los propietarios
de las fábricas y de los talleres— más que a los obreros.
O puede, también, que el incremento de la producción de
cereales o de carne, debido a las enclosures, fuese en be­
neficio de un reducido número de granjeros propietarios,
mientras los cottagers eran expulsados de sus parcelas, pri­
vados del derecho de pasto en los terrenos comunes para sus
vacas y cerdos y convertidos, de este modo, en miserables
proletarios agrícolas. Es posible que la producción nacio­
nal aumentase más de prisa que la población y que a pesar
de todo el nivel de vida de la mayoría del pueblo bajase por­
que una minoría monopolizaba los resultados del incremen­
to o porque las nuevas mercancías producidas eran bienes
de capital y no de consumo.
Puede decirse, desde luego, como han hecho muchos de
los partidarios do la concepción «optimista», que los datos

HCS 22 1S 273
sobre el descenso de la mortalidad a fines del siglo xvm per­
miten deducir que hubo un aumento de nivel de vida. Si las
personas eran más resistentes a la enfermedad podía deber­
se o bien a que las técnicas médicas se habían perfeccio­
nado o bien a que vivían mejor. Ahora bien, los historiado­
res de la medicina niegan que los progresos de las técnicas
médicas pudiesen tener resultados tan notables y opinan que
«hubo un aumento general del nivel de vida como consecuen­
cia del desarrollo económico de aquel período».6 También
en este caso se ha de tener en cuenta un problema de dis­
tribución, aunque aquí se trata de una distribución en el
tiempo. Como ha señalado Hobsbawn:

«Debe recordarse que el descenso de la mortalidad —cau­


sa fundamental, probablemente, del fuerte aumento de la
población— no se debió, necesariamente, a un aumento del
consumo per capita y por año sino a una mayor regularidad
del suministro es decir, a la abolición de las carestías y de
las hambres periódicas que constituían una plaga de las eco­
nomías preindustriales y diezmaban a sus poblaciones. Es
perfectamente posible que el ciudadano de un centro indus­
trial estuviese peor alimentado que su predecesor en un
año normal, pero estaba alimentado con mayor regulari­
dad.» 7

Es probable que las inversiones en las comunicaciones


(mejores carreteras, canales, etc.) y el transporte regular
de artículos alimenticios a los mercados contribuyesen más
a esta mejora del flujo temporal de los ingresos que el
aumento de la productividad en la industria o que el incre­
mento de la producción agraria.
Ahora bien, el rasgo más sorprendente de las cifras so­
bre la mortalidad —si queremos utilizarlas como índice de
los niveles de vida— es que demuestran que la baja del ín­
dice de mortalidad se detuvo y que incluso llegó a invertir­
se de signo en el período en que la revolución industrial es­
taba en pleno auge y empezaba a influir de verdad en el modo
de vida de la mayoría de la población. Los índices de morta­
lidad calculados según las cifras de entierros alcanzaron un
promedio del 35*8 por mil de la década de 1730 y a partir
de entonces descendieron continuamente (con una interrup­
ción en la década de 1770, en que aumentaron ligeramente)

274
hasta llegar a un promedio del 21’1 por mil en la década
1811-1820. Era, realmente, un éxito impresionante. Pero a
partir de esta fecha volvieron a aumentar hasta llegar a un
promedio del 23’4 en la década 1831-1840 y se mantuvieron
más o menos constantes por encima del 22 por mil (son las
cifras oficiales basadas en los registros) en las décadas de
1840, 1850 y 1860.8
La razón principal de este aumento del índice nacional
de mortalidad a principios del siglo xix fue la afluencia de
gente a las ciudades, que tenían un índice de mortalidad ele­
vado (a veces en aumento). El índice medio de mortalidad
de las cinco ciudades principales, con excepción de Londres
(Birmingham, Bristol, Leeds, Liverpool, Manchester) pasó
del 207 en 1831 al 30'8 en 1841. En Liverpool el índice de
mortalidad en la década de 1841-1850 fue de un promedio del
39’2 por mil y en Manchester del 33’1. Ocurría que las ciu­
dades habían superado las posibilidades de la tecnología de
la vida urbana. «Más de la mitad de las muertes se debían
a enfermedades infecciosas. Las enfermedades infantiles, pro­
ducto de la suciedad, de la ignorancia, de la mala alimenta­
ción y del hacinamiento producían la muerte de uno de cada
dos niños nacidos en las ciudades antes de cumplir los cin­
co años.» 9 A medida que las ciudades fueron tomando más
importancia que el campo y que su población se multiplicó,
los sistemas sanitarios resultaron tan inadecuados que cons­
tituían una creciente amenaza para la salud. «Las alcanta­
rillas eran inmensas cavernas de ladrillo, de piso y de mu­
ros delgados y quebradizos, lavadas únicamente por un débil
reguero de agua» y limpiadas mediante la excavación de las
calles cada 5-10 años.10 En algunos casos, las alcantarillas
vertían sus escombros en los mismos ríos en que las com­
pañías tomaban el agua que suministraban a la población.
Fueron necesarias una serie de epidemias de cólera y algu­
nas encuestas alarmantes sobre la sanidad para que las au­
toridades centrales y locales se decidiesen a tomar medidas
para recoger la basura de las calles y patios, a adoptar sis­
temas de canalización y a obligar a las compañías suminis­
tradoras de agua a que desinfectasen el agua con cloro.
Puede decirse que en la mayoría de las zonas urbanas el
medio humano se deterioró perceptiblemente durante la pri­
mera mitad del siglo xix y que no empezó a mejorar, de modo
general, hasta las décadas de 1870 y 1880.

275
Para demostrar de modo más concluyente si el nivel de
vida de las clases trabajadoras subió o bajó en el curso de
la revolución industrial, hemos de estudiar los datos sobre
los salarios. ¿Qué puede deducirse del movimiento de los in­
gresos reales de los trabajadores en el primer período de la
industrialización? El problema de la interpretación de los
datos incompletos es aquí doble: ¿qué salarios debemos te­
ner en cuenta y qué cambios hubo en el valor de la mo­
neda?
En primer lugar, ¿qué salarios debemos tener en cuenta?
Los datos no nos permiten compilar un índice nacional de
salarios que pueda constitur una medida de los ingresos me­
dios de los trabajadores. Sólo disponemos de una masa he­
terogénea de datos salariales en industrias, ocupaciones y
regiones particulares que los economistas y los historiado­
res de la economía han sido o no capaces de combinar en
agregados significativos. En general, los salarios de los obre­
ros de la industria eran superiores a los de la agricultura;
es probable, pues, que a medida que aumentaba la propor­
ción de trabajadores industriales aumentasen también los sa­
larios nominales medios. En las industrias en expansión, los
salarios se elevaron a veces espectacularmente. Y vicever­
sa: los salarios de los artesanos vencidos por la mecaniza­
ción bajaban a veces con la misma espectacularidad. Tome­
mos el caso de la industria algodonera. Los tejedores de al­
godón de Manchester ganaban de siete a diez chelines se­
manales cuando Arthur Young realizó su viaje por el norte
de Inglaterra en 1769, antes de que la spinning-jenny les su­
ministrase hilo suficiente para mantener constantemente en
marcha sus telares. En 1792, las enormes cantidades de hilo
que producían las máquinas hiladoras provocaron una gran
escasez de tejedores y éstos empezaron a ganar de quince
a veinte chelines semanales. Pero el boom de los salarios no
duró mucho. La oferta de tejedores resultó muy elástica y
el mercado de mano de obra resultó pronto inundado. Su
fuerza de negociación descendió radicalmente. En 1800 un
buen operario que trabajase catorce horas diarias difícilmen­
te llegaba a ganar de cinco a seis chelines.*1
Es evidente que los datos sobre los salarios de ocupacio­
nes o industrias específicas arrojan poca luz —o no arrojan
ninguna— sobre el movimiento de los salarios en los gran­
des sectores de la económía. En lo que se refiere a los datos

276
salariales del siglo xvni existe, además, el problema adicio­
nal de que no hubo un mercado nacional de trabajo real­
mente integrado hasta finales de siglo. En efecto, la carac­
terística más notable de la historia de los salarios en el si­
glo xvni es la existencia de grandes diferencias regionales,
tanto en los niveles como en las tendencias. En Lancashire,
por ejemplo, los salarios nominales de los trabajadores de
la construcción casi se duplicaron entre 1750 y 1790. En Lon­
dres, parece que aumentaron en menos del 5 % y en Oxfords-
hire el aumento fue del orden del 15 %. Antes de terminar el
siglo estas diferencias regionales se redujeron notablemente
y a finales de la década de 1780 los trabajadores de la cons­
trucción de Lancashire, cuyos ingresos equivalían a las dos
terceras partes de los de Londres en la década de 1750, ga­
naban unos nueve chelines semanales, cifra muy próxima
a la de Londres (ocho chelines y seis peniques) y a la de
Oxfordshire (unos nueve chelines y seis peniques).12
Ahora bien, a finales de siglo el asalariado típico no era
el trabajador industrial sino el trabajador agrícola. Las ci­
fras de Bowley sobre los ingresos agrícolas parecen indicar
que el salario agrícola medio aumentó en cerca de un 25 %
entre finales de la década de 1760 y 1795.13 El alza fue espe­
cialmente notable en Yorkshire, Ridings, Lancashire, Nort-
humberland y Staffordshire, donde superó el 50 %. Pero en
una gran parte del este, del centro y del sur de Inglaterra
parece que durante la segunda mitad del siglo xvm los sa­
larios agrícolas permanecieron en un estado de estagnación
relativa, similar al que caracterizó el ramo de la construc­
ción londinense en el mismo período. Pero cuando estalló
la guerra con Francia a principios de la década de 1790 la
economía entró rápidamente en una fase de pleno empleo
relativo y los salarios nominales de la agricultura subieron.
Antes de terminar las guerras napoleónicas, el índice «na­
cional» de salarios nominales, calculado combinando el ín­
dice de Wood de los salarios nominales medios en las ciu­
dades con el índice de Bowley de los salarios nominales en
la agricultura, muestra un incremento de cerca del 75 %.
Ahora bien, si los salarios nominales aumentaron fuerte­
mente en este período de guerra (1792-1815), los precios au­
mentaron todavía más. Fue un período de inflación galopan­
te. Esto nos lleva a nuestro segundo problema de interpre­
tación, el de calcular los cambios producidos en el valor del

277
dinero. Para disponer de una medida del cambio del nivel
de vida hemos de tener una idea del movimiento de los sa­
larios reales, es decir, debemos ajustar los salarios nomina­
les de modo que se elimine el efecto del movimiento alcista
de los precios.
Lo que hemos dicho de las diferencias regionales en el
precio de la mano de obra durante el siglo xvm es también
aplicable a los precios de las mercancías en el mismo perío­
do —a veces incluso en mayor proporción. Para la Inglate­
rra del siglo xvm, en la que se necesitaban de diez a doce
días para ir de Londres a Edimburgo (esta era la duración
del viaje en la década de 1750), en la que el precio del car­
bón podía ir de quince chelines el cháldron a más de tres
libras el cháldron según la distancia de las minas (así ocu­
rría todavía en la década de 1790) y en la que los salarios
del artesano de la construcción podían variar de dos a tres
chelines diarios según la región en que operaba, no hay
modo de construir un índice de precios general que refleje
los cambios en el valor del dinero en toda la economía. Cada
región tiene su propia historia de precios y su propia serie
de relaciones entre los diversos precios. Aunque tuviésemos
datos suficientes de cada región para elaborar un verdadero
promedio nacional no sabemos qué significado se podría atri­
buir al resultado.
Por otro lado, es seguro que hubo importantes cambios
en el valor de la moneda durante la última parte del si­
glo xvm y que estos cambios tuvieron que tener efectos so­
bre los precios. En la década de 1790 (y probablemente
también en la de 1760) la mayoría de los precios tendían al
alza. Pero hasta las guerras napoleónicas —y posiblemente
hasta el comienzo de la era del ferrocarril— los movimien­
tos de los precios individuales son tan divergentes y varia­
bles que el intento de medir los cambios en forma de un ín­
dice general de precios resulta un procedimiento más que
dudoso. Además, en un período de inflación violenta —como
fue la última década del siglo xvm, cuando los efectos acu­
mulativos de una población en rápido aumento, de una se­
rie de malas cosechas y de una guerra cara elevaron los
precios de muchos artículos alimenticios— los índices de
precios basados en medidas válidas para un período menos
confuso y perturbado no reflejan adecuadamente los cam­
bios en el valor de la moneda. Y es que no toman en cuenta

278
el hecho de que los consumidores buscan sustitutivos de las
mercancías que han subido de precio. Las sustituyen con
bienes menos vulnerables a las malas cosechas y a las crisis
bélicas y su nivel de vida no desciende en la proporción en
que lo habría hecho si se hubiesen obstinado en seguir la
vieja pauta de consumo.
Hasta aquí he estado examinando las dificultades concep­
tuales que ofrece la construcción de unos índices de pre­
cios que permitan seguir con exactitud los cambios en el po­
der adquisitivo del dindro y convertir los salarios nominales
en salarios «reales». Pero ni que decir tiene que existen
también problemas formidables en lo que a los datos se re­
fiere. No disponemos de todos los datos sobre precios que
necesitamos. La mayoría de los precios que conocemos del
período de la revolución industrial los son de mercancías
particularmente vulnerables a las dislocaciones comerciales
y a las malas cosechas. Son muy escasos, en particular, los
precios de los bienes manufacturados (muchos de los cua­
les bajaron al reducirse los costes con la industrialización)
o los de la renta; estos últimos acostumbran a ser muy es­
tables, incluso en períodos de inflación. Tenemos, en cam­
bio, muchos precios de artículos alimenticios y de bienes de
importación, es decir, precios que tendían a subir fuerte­
mente cuando una mala cosecha o una guerra hacían esca­
sear estos bienes temporalmente. Esto es, hasta cierto pun­
to, inevitable porque los autores de la época recogían y pu­
blicaban regularmente los precios vulnerables y son éstos
los que han quedado registrados. Pero la consecuencia es
que los índices basados en estas cifras selectivas tienden a
exagerar los movimientos del nivel general de precios y di­
ficultan su utilización como indicadores del cambio de va­
lor del dinero durante los períodos de inflación.
El resultado es que cuando intentamos eliminar de los
datos salariales los efectos de las alzas de precios debidas
a las malas cosechas y a la escasez de tiempo de guerra bo­
rramos completamente las mejoras en los salarios nominales
y parece como si los salarios reales medios bajasen a lo lar­
go del período 1782-1815. Quizá fue así realmente. Si tenemos
en cuenta, además, la carga de la guerra —el pueblo britá­
nico concedió fuertes subsidios a sus aliados continentales,
uno de cada diez trabajadores era absorbido improductiva­
mente por las Fuerzas Armadas y el crecimiento de las in­

279
dustrias que producían para los mercados de las épocas de
paz se redujo perceptiblemente— no es difícil llegar a la
conclusión de que los niveles de consumo bajaron. Por otro
lado, si se tiene en. cuenta que la guerra total significaba el
pleno empleo de los hombres adultos, al tiempo que la ex­
tensión del sistema de factorías y la expansión de las tierras
cultivadas aumentaban las posibilidades de empleo de las mu­
jeres y los niños, parece probable que el descenso del nivel
de vida de la familia obrera típica —si realmente hubo tal
descenso— fuese menos drástico de lo que parecen indicar
los datos sobre los salarios.
Ahora bien, después de la guerra la inflación fue reem­
plazada por la deflación y el cuadro cambió. Bajaron los sa­
larios nominales medios y bajaron también los precios. En
el curso de diez años (es decir, entre 1816 y 1824, utilizando
también los índices Bowley Wood de ingresos agrícolas y ur­
banos y combinándolos para formar un promedio nacional)
los salarios nominales bajaron en más del 10 %; en la déca­
da de 1840 la baja era del 15 %. Pero los precios bajaron
más de prisa todavía y a primera vista parece que el poder
adquisitivo del salario obrero aumentó. Ésta parece ser la
interpretación más plausible de los datos en un período más
largo, hasta mediados de siglo. Pero en lo que se refiere a
los duros años, de la inmediata postguerra, cuando los sol­
dados y los marinos desmovilizados inundaron el mercado
de trabajo y las industrias que habían prosperado durante
la guerra se encontraron con un bajón de la demanda, lo más
probable es que los salarios reales ganados por los que te­
nían la suerte de disponer de un empleo regular fuesen, pese
a su aumento, insuficientes para compensar la pérdida de
ingresos experimentada por los que estaban en paro o en
semiparo. En los tensos años que van desde Waterloo (1815)
hasta la matanza de Peterloo (1819) Inglaterra estuvo —se
ha dicho— más cerca de la revolución social que en ningún
otro momento de su historia.14 Parece probable que los in­
gresos reales de la familia obrera media fueron, en aquellos
años, inferiores a los de la década de 1780.
A partir de la citada época, los datos demostrativos de
un aumento de los salarios reales medios son más convincen­
tes. No son totalmente concluyentes porque no conocemos la
incidencia del empleo. En los años, en las regiones o en los
sectores de la economía en que había depresiones comer-

280
cíales, las pruebas de la existencia de una miseria aguda son
aplastantes. Pero hay tres presunciones plausibles en favor
de una elevación global del nivel de vida, después de la gue­
rra: 1) que a medida que la industrialización adquirió im­
portancia en la década de 1820, la ocupación fue más regu­
lar que en los años de preguerra; 2) que los bienes que antes
se tendía a omitir de los índices de precios —la mayoría bie­
nes manufacturados— bajaron más de precio que los bienes
que se incluían en aquellos (en su mayoría materias pri­
mas); por consiguiente, los índices de precios no reflejaron
adecuadamente la baja de precios de la postguerra; 3) que
la reducción de los impuestos, en un período en que la ma­
yoría de éstos eran indirectos y, por tanto, regresivos, cons­
tituyó un perceptible alivio para las clases trabajadoras.
En realidad, la fuerza de convicción de los «optimistas»
es más sólida en lo que se refiere a los años finales del perío­
do en discusión que en lo relativo a los años iniciales. El pro­
fesor Ashton, por ejemplo, se siente especialmente seguro
sobre el período posterior a 1820. «Confesaré de entrada
—dice— que soy de los que creen que, en general, las con­
diciones de vida de los trabajadores eran cada vez. mejores,
por lo menos después de 1820, y que la extensión de las fac­
torías fue una causa, no de las menos importantes, de esta
mejora.» 15 La mayoría de los observadores están de acuer­
do en que la década de 1790, con la guerra, las malas cose­
chas y el rápido aumento de la población, fue un período
trágico para los trabajadores ingleses. Clapham, otro de los
optimistas, llama el año 1795 —el año en que se introdujo
el sistema Speenhamland para aumentar los salarios de los
hombres que no alcanzaban el nivel medio— «el año más
negro» y llega a la conclusión de que
«... aunque por término medio el nivel potencial de con­
fort de una ... familia inglesa de trabajadores del campo
era en 1824 algo mejor que en 1794, presuponiendo la misma
regularidad en el trabajo, había zonas importantes en que
era incontestablemente peor, otras en que el empeoramien­
to era sólo probable y muchas en las que el cambio en uno
u otro sentido era imperceptible. En las zonas malas los ín­
dices subieron a causa del déficit.» 16
Ni los «optimistas» más convencidos han pretendido que

281
el nivel de vida de los trabajadores mejoró perceptiblemen­
te durante las guerras francesas o en la inmediata postgue­
rra, aunque el pleno empleo financiado por el impuesto so­
bre la renta pudo transferir una parte de las rentas de los
ricos a los pobres. Por otro lado, incluso los pesimistas re­
conocerán que en la década de 1840 se registran mejoras per­
ceptibles en el nivel de vida de la clase obrera.
Podemos, pues, reducir la controversia a un período más
estricto, el de las décadas de 1820 y 1830. Los datos sobre
los salarios y los precios sugieren, en este caso, una eleva­
ción del salario real, pero no muy grande. Entre 1820 y 1840,
por ejemplo, los datos de Bowley y Wood indican un des­
censo del 10 % de los salarios nominales y el índice de pre­
cios de Gayer-Rostow-Schwartz sugiere un descenso de los
precios del 12 % aproximadamente. El índice de los salarios
de los trabajadores de la construcción compilado por el pro­
fesor Phelps Brown, expresado en términos de los bienes
de consumo que podían comprar, sugiere una mejora del
5 % en el mismo período. Ahora bien, si suponemos, como
hacen los «pesimistas», que «en el período 1811-1842 hubo
problemas anormales y un paro anormal»,17 la irregularidad
del trabajo pudo, entonces, haber contrarrestado fácilmente
estas débiles mejoras de los ingresos reales sugeridas por
los datos sobre los salarios y los precios. En cambio, si su­
ponemos con los «optimistas» que los índices de precios no
reflejan adecuadamente la baja de los precios (y por con­
siguiente el aumento del poder adquisitivo de los salarios)
porque omiten las mercancías cuyos precios resultaron más
influidos por las reducciones de costes de la revolución in­
dustrial, llegaremos a la conclusión de que los datos sobre
los salarios y los precios no son más que un pálido reflejo
de la mejora real del nivel de vida. Si no se investiga mucho
más a fondo las cuestiones que no están claras —la inciden­
cia del paro, por ejemplo, y el aumento de valor de la mo­
neda— es imposible resolver el problema. Cabe decir, sin
embargo, que en general las pruebas de una mejora del ni­
vel de vida parecen más sólidas que las de un empeoramien­
to, en este período.
Tampoco podemos decir muchas cosas, directamente, de
los niveles de consumo. Las cifras de importación de té, azú­
car y tabaco, por ejemplo, no aumentan mucho en el perío­
do discutido (en algunos casos descienden); la opinión de

282
los «pesimistas» se basa, en gran parte, en estos datos nega­
tivos. Pero estas mercancías importadas no eran consumi­
das en grandes cantidades por la familia media y pagaban
unos aranceles que repercutían considerablemente en el ín­
dice de consumo. £1 consumo del azúcar permaneció estan­
cado, cuando no bajó (pasó de 29’5 libras per capita en 1811
a 15 libras en 1840). El té aumentó de una libra per capita en
1811 (cuando el arancel que pagaba era, no obstante, de 4
chelines por cabeza) a cerca de 1’5 libras en 1841 (cuando
el arancel había descendido a menos de 3 chelines por ca­
beza). En cambio, el consumo de tabaco bajó de 19 onzas
per capita en 1811 a cerca de 14’5 en 1841; pero la tarifa adua­
nera había aumentado y no se conoce la cantidad de tabaco
que se introducía de contrabando. Estas cifras de consumo
no son, pues, concluyentes. Por otro lado, no tenemos datos
seguros del consumo de artículos más importantes en el
presupuesto de los trabajadores, como el pan, la leche, la
carne, la mantequilla o los huevos. Cierto que disponemos de
cifras de los animales sacrificados en el mercado de Smith-
field, pero son datos puramente cuantitativos, no dicen nada
sobre los cambios en el peso medio de las reses y son in­
completos incluso como índice de consumo de Londres por­
que no tenemos información sobre las ventas en los demás
mercados de carne londinenses.
Resumiendo: ¿qué conclusiones podemos sacar de todo
esto? La primera es que no existen pruebas concluyentes de
una mejora general del nivel de vida de la clase obrera en­
tre 1780 y 1820. Si tenemos en cuenta las malas cosechas,
el aumento de la población, las privaciones de la guerra y
la dislocación económica de la postguerra podemos llegar
razonablemente a la conclusión de que, en líneas generales,
el nivel de vida tendió más a bajar que a subir.
En lo que se refiere al período 1820-1840, es difícil llegar
a conclusiones tan explícitas. No existe prueba alguna de un
aumento sustancial de los ingresos reales y los aumentos
que podamos deducir de las estadísticas no son lo bastante
fuertes como para compensar los ampios márgenes de error
de los datos. Por otro lado, las pruebas de un descenso del
nivel de vida se basan o bien en presunciones que no pode­
mos confrontar empíricamente con la información de que
disponemos —como la incidencia del paro forzoso, por ejem­
plo— o bien en datos sobre el consumo efectivo de algunas

283
mercancías poco importantes, consumo que tanto puede atri­
buirse a un cambio de los gustos o a la variación de las ta­
rifas aduaneras como a un descenso de los ingresos reales. En
general, quizá puede decirse que los optimistas tienen más
razones para hablar de una mejora del nivel de vida que los
pesimistas para hablar de un empeoramiento. Pero tanto los
unos como los otros se basan en pruebas circunstanciales.
Sólo podemos estar seguros de una cosa: que el cambio neto,
fuese cual fuese su sentido, fue relativamente leve.
Finalmente, a partir de 1840 tenemos pruebas mucho más
sólidas de un aumento de los ingresos reales medios de la
clase obrera, pruebas que son bastante considerables como
para convencer incluso a algunos de los pesimistas. No se
basan, sin embargo, en un aumento perceptible de los sala­
rios reales. Habakkuk, por ejemplo, observa que: «El carác­
ter inconcluyente del actual debate sobre los niveles de vida
en este período permite, quizá, suponer que hasta las déca­
das de 1850 y 1860 no se produjo un aumento sustancial,
general y demostrable de los salarios reales de los trabajado­
res industriales; hasta 1870, aproximadamente, no empezaron
a aumentar los salarios agrícolas y este aumento no fue evi­
dente y continuo hasta la década de 1880.» 18 La demostra­
ción de que el nivel de vida medio mejoró hacia la mitad del
siglo se basa, fundamentalmente, en el cambio ocurrido en
la composición de la fuerza de trabajo. Para citar a Hobs-
bawm, el más reciente partidario de la interpretación pesi­
mista de la revolución industrial:

«Sabemos muy poca cosa del período anterior a los años


cuarenta, pero la mayoría de los estudiosos estarán de acuer­
do conmigo en que el sentido real de la mejora del nivel de
vida de las clases trabajadoras a partir de dicha época se de­
bió menos a un aumento de los salarios, que en muchos ca­
sos se mantuvieron sorprendentemente estables durante
años, o a una mejora de las condiciones sociales, que al as­
censo de los trabajadores de empleos muy mal pagados a
empleos menos mal pagados y, sobre todo, a una reducción
del paro forzoso o a una mayor regularidad del empleo.» >9

Este desplazamiento de la fuerza de trabajo de las ocu­


paciones tradicionales, de carácter altamente estacional, pro­
pias de una economía preindustrial, al sector moderno, con

284
sus instrumentos mecánicos, sus hábitos de trabajo disci­
plinados y su utilización continua e intensiva de utillaje día y
noche, con turnos de los trabajadores, constituye el verda­
dero espíritu, la verdadera esencia de una revolución indus­
trial. Los trabajadores agrícolas por ejemplo, acostumbran
a ganar menos que los obreros industriales de calificación
equivalente; los tejedores manuales ganan menos que los te­
jedores mecánicos; los barqueros de los canales ganan me­
nos que los conductores de locomotoras. De este modo, un
cambio en la composición de la fuerza de trabajo —un des­
censo de la proporción de obreros ocupados en las categorías
de bajos salarios y un aumento correspondiente de la propor­
ción de los que trabajan en las categorías de salarios altos—
puede elevar el nivel medio de los ingresos por obrero aun­
que los índices de salarios permanezcan inmutables en cada
ocupación. Este es el proceso que ocurrió, con toda verosi­
militud, en la década de 1840 y que produjo una perceptible
mejora de los niveles materiales de vida de los trabajadores.
Ouizá se inició antes, pero hasta la década de 1840 no existe
la certeza de sus efectos positivos.
Esto es lo que concierne a los datos sobre los salarios.
¿Qué podemos decir de los cálculos de la renta nacional? Es­
tos cálculos indican que entre 1801 y 1851 el producto nacio­
nal per capila casi se duplicó, a precios constantes. Entre el
período de preguerra (1791 digamos) y 1851 el aumento fue
probablemente inferior, pues 1801 fue ya un año de fuerte
inflación. Parece, sin embargo, que entre 1821 y 1841 (el pe­
ríodo discutido) hubo un aumento de más de una tercera
parte. Si esto significó o no un aumento correspondiente de
los ingresos reales medios de los trabajadores es cosa que
depende, sin embargo, de la forma en que se distribuyó el
incremento del producto nacional. Si el incremento de los in­
gresos fue absorbido enteramente por las clases propietarias
en forma de beneficios o de renta y si el incremento de la
producción de bienes y servicios tomó la forma de bienes de
capital o de bienes y servicios que no entraban en el pre­
supuesto normal de los asalariados, llegaremos a la conclu­
sión de que la población trabajadora no se benefició en ab­
soluto del proceso de la primera industrialización.
Hasta cierto punto, es indudable que hubo un desplaza­
miento en la distribución de los ingresos en favor de los be­
neficios y las rentas y un cambio en la composición de la

285
producción en favor de los bienes de capital, las exportacio­
nes y los bienes y servicios que consumían las clases altas.
Pero sólo hasta cierto punto. Las nuevas factorías no pro­
ducían exclusivamente para la exportación o para el consumo
de lujo o para los demás productores, y el hecho de que los
precios de los bienes de consumo manufacturados bajasen
substancialmente quería decir que los trabajadores se bene­
ficiaron como consumidores aunque no se beneficiasen como
asalariados. Así pues, aunque en líneas generales parece se­
guro que la mejora del nivel de vida de la clase obrera fue
inferior al incremento de la renta nacional per capita en la
primera mitad del siglo xix y aunque es indudable que los
ingresos de algunos sectores de los trabajadores pobres dis­
minuyeron seriamente porque quedaron sin trabajo a causa
del progreso técnico, es difícil llegar a la conclusión de que
los ingresos reales de las familias asalariadas bajaron glo­
balmente en un período en que la renta total real del país
crecía más rápidamente que la población. En efecto, el au­
mento sostenido del producto nacional a que dio lugar la in­
dustrialización ejerció una presión alcista sobre el nivel de
vida de los obreros en tres sentidos principales, ninguno
de los cuales implicaba un aumento del precio de la fuerza
de trabajo: 1) haciendo más regulares las posibilidades de
trabajo para todos los miembros de la familia —lo cual que­
ría decir mayores ingresos por año y familia, aunque no au­
mentasen los salarios por hombre-hora; 2) abriendo más
oportunidades para la especialización del trabajo y, en con­
secuencia, para la obtención de salarios más altos, propios
del trabajo semiespecializado o especializado; también en
este caso los ingresos medios pueden elevarse sin un aumen­
to del índice de salarios porque la composición de la fuerza
de trabajo cambia en favor del grupo de ingresos superiores;
3) mediante la reducción de los precios de los artículos de
consumo y la ampliación del número de mercancías que en­
traban en el presupuesto de las clases trabajadoras. Final­
mente, en la medida en que aumentó el poder adquisitivo
real de las masas, la industrialización amplió el mercado de
los bienes manufacturados y justificó los aumentos ulterio­
res de la inversión y la producción.

286
XVI. La realización

En 1851, el año de la gran exposición del Crystal Palace,


Gran Bretaña había sobrepasado ya claramente el punto de
irreversibilidad en el proceso de industrialización. Esto era
evidente para los hombres de la época y ha sido aceptado
por los historiadores de la economía, aunque éstos lo inter­
preten de distintas maneras. Según Clapham «se había ini­
ciado el camino hacia el “estado industrial”, pero no se ha­
bía llegado todavía a la mitad del trayecto».1 Según el mo­
delo de las «etapas de crecimiento» de Rostow, 1851 fue,
aproximadamente, la fecha en que Gran Bretaña llegó a la
«madurez» y, por definición

«... había dominado y extendido virtualmente a toda la gama


de sus recursos todo lo que la ciencia y la tecnología mo­
dernas podían ofrecer a una economía con los recursos y
el equilibrio población-recursos de Gran Bretaña, a media­
dos del sigio xrx... Menos de setenta años después del co­
mienzo del boom de la construcción de canales y de la in­
dustria algodonera en la década de 1780 —momento en que
puede situarse el comienzo de la revolución industrial— Gran
Bretaña se había transformado en una nación industrial,
vocación plenamente confirmada por la derogación de las
Corn Laws.» 2

En general se está, pues, de acuerdo en que Gran Bre­


taña había realizado una revolución industrial a mediados
del siglo xix, aunque la revolución no había terminado. ¿Qué
quería decir todo ello? ¿Qué cambios importantes se habían
producido en la economía desde mediados del siglo xix?
¿Hasta qué punto se había avanzado en el camino hacia la
economía industrial moderna de nuestros días? ¿Cuáles eran
las diferencias respecto a la economía preindustrial que exis­
tía un siglo antes de lo que puede calificarse de umbral de
la revolución industrial?
La economía que ha experimentado una revolución in­

287
dustrial difiere de su fase preindustrial en tres aspectos prin­
cipales: 1) en la estructura industrial y social; 2) en la pro­
ductividad y en los niveles de vida relacionados con el au­
mento de la productividad; 3) en los índices de crecimiento
económico.

1. La estructura industrial y social


Consideremos, en primer lugar, la estructura ocupacional
de la economía. ¿En qué trabajan los hombres y mujeres del
país?
En 1850, Gran Bretaña era un país industrial en un sen­
tido preciso: el número de personas que trabajaban en la
industria manufacturera era superior al de las que traba­
jaban en la agricultura. Cerca de 3.250.000 miembros de su
fuerza de trabajo estaban ocupados en la industria; el de
los que laboraban en la agricultura era de un poco más de
dos millones. Además, la agricultura se caracterizaba en aque­
lla fase porque una proporción relativamente grande de su
fuerza de trabajo la constituían los jornaleros sin tierra. Se
había alejado mucho, como puede verse, de la economía de
campesinos. En 1851 más de las tres cuartas partes de las
personas que trabajaban en la agricultura en Inglaterra y el
País de Gales eran asalariadas. Era, quizá, la mayor pro­
porción de la historia (anterior y posterior). Después del
gran éxodo de la gente del campo en el medio siglo siguien­
te, la proporción de asalariados bajó a menos del 60 %.
Debe recordarse, sin embargo, en primer lugar, que el tér­
mino «manufacturero» o el de «industria manufacturera»
designan una gran variedad de actividades, desde el zapatero
artesano hasta el obrero de la factoría y, en segundo lugar,
que este último no era todavía el manufacturero más repre­
sentativo. La industria doméstica, en la que la actividad
manufacturera constituía una ocupación para los agriculto­
res en los momentos de paro estacional, tenía ya muy esca­
sa importancia a mediados del siglo xix. Pero la manufactu­
ra en pequeña escala, con el tradicional nivel de operaciones
1amiliar, no habla muerto ni mucho menos. En el censo la­
boral de 1851 se registran más de 250.000 fabricantes de za­
patos y cerca de 500.000 sastres, modistas y sombrereros. Ha­
bía más herreros que obreros en las fundiciones y en los

288
altos hornos. Había más personas que trabajaban en su
propia casa como artesanos o como obreros a domicilio o en
pequeños talleres que obreros en la gran industria. Uno de
cada siete miembros de la fuerza de trabajo se dedicaba al
servicio doméstico o personal: es decir, su número global
era superior al de los obreros de las factorías textiles. Con
industrialización o sin ella, el ejército se servidores domés­
ticos y de criadas que servían en las casas de la burguesía
victoriana aumentaba con más rapidez que la fuerza total de
trabajo, hasta llegar a su cifra más alta a finales del siglo xix,
cuando equivalía al 15 y al 16 % de la población ocupada
de Gran Bretaña.
El otro gran grupo ocupacional era, en 1850, el hetero­
géneo grupo de personas dedicadas al comercio —los ten­
deros y sus dependientes, los tratantes, los revendedores, los
marinos y los agentes de seguros. El número de empleados
del comercio era de más de un millón. Había, además, medio
millón en cada una de las ocupaciones siguientes: construc­
ción, servicios públicos y profesionales, transporte, minería
y explotación de canteras. De todos ellos, sólo los trabaja­
dores ferroviarios laboraban en una industria característica­
mente «moderna», en el sentido de una industria revolucio­
nada por el desarrollo tecnológico del siglo anterior. Pero,
«el número de personas que trabajaban en el transporte de
tracción caballar era superior al de todos los que trabajaban
en los ferrocarriles».5 Los marinos lo eran todavía en el sen­
tido primitivo del término. La mayor parte de ellos navega­
ban en veleros de madera. El ingreso en la administración
civil se hacía todavía a base del patronazgo y la fidelidad
personal y política. «A veces el patrón era un ministro, a ve-
ves el miembro local del Parlamento, a veces las autoridades
departamentales. La mayoría de las veces era un patronaz­
go desinteresado, pero el hecho era que los que entraban en
la administración civil con aquel sistema siempre debían algo
a la influencia de alguien.» * Incluso en las minas de carbón,
pese a la existencia de bombas y de elevadores mecánicos,
los hombres que trabajaban en los filones utilizaban toda­
vía sus músculos y el pico para arrancar la materia prima
de que más dependía la industria británica.
¿Qué cambios se habían producido en la pauta general de
las ocupaciones desde el comienzo de la revolución indus­
trial? Es difícil hacer una comparación exacta porque no

HCS 22. 19 289


disponemos de ningún censo general de ocupaciones con fe­
cha anterior a 1841 y, de hecho, no tenemos ni siquiera un
verdadero censo de la población anterior al de 1801. Podemos
decir con bastante certeza que la población ocupada en la
agricultura era muy superior en 1770, por ejemplo; en esta
fecha, los hombres dedicados a la misma eran probablemen­
te más del 50 % de la fuerza de trabajo total, cifra que hay
que comparar con la de 1850: sólo una quinta parte de la
fuerza de trabajo. En 1770, el número de personas ocupadas
en la manufactura era, probablemente, inferior a una cuar­
ta parte de la población ocupada. Y de éstas, muy pocas tra­
bajan fuera de su propia casa.
Ahora bien, la diferencia más significativa de la fuerza
de trabajo en 1850 en comparación con la de mediados del
siglo xviii era que se trataba de una fuerza de trabajo más
especializada. En la época preindustrial la gran mayoría de
los que trabajaban en la manufactura eran obreros que sólo
se dedieban parcialmente (part-time) a la industria: su ac­
tividad principal era la agricultura o el comercio. En las dé­
cadas de 1830 y 1840 los que intentaban establecer un censo
de las ocupaciones chocaban todavía con dificultades para
diferenciar el artesano-comerciante del manufacturero. En
1831, por ejemplo se hizo un censo de las ocupaciones de los
varones adultos, como parte de un censo más general de la
población, y se agrupó a los que se dedicaban al «comercio
al por menor y a la artesanía» en una categoría especial en
la que se incluían (además de la construcción, el transporte
por carretera y algunas categorías del comercio al por ma­
yor) muchas ocupaciones que en censos posteriores se cla­
sificaron como manufacturas. El factor determinante de que
se incluyese a un individuo en el grupo de comercio al por
menor y de la artesanía o en el grupo de la manufactura era
probablemente (además de su calificación) el hecho de que
el primero trabajase por cuenta propia y tratase con el com­
prador de los productos acabados y que el segundo fuese
empleado por cuenta ajena o trabajase en una factoría. Ha­
cia 1850 el artesano por cuenta propia empezaba a perder
importancia y la distinción entre el manufacturero y el ten­
dero era más tajante. Pero el comercio al por menor era
todavía, en general, una ocupación calificada.
En efecto, la industria de la distribución era uno de los
últimos bastiones de la economía preindustrial tradicional y

290
siguió siéndolo hasta muy entrado el siglo xix. No obstante
tuvo que adaptar algunos de sus aspectos a las exigencias
de la economía industrializada. A mediados del siglo xvm
muchas de las cosas que consumía la gente se producían en
el seno de la misma familia o se compraban directamente
a los productores de la misma zona. Las mercancías pro­
cedente de zonas más alejadas se vendían habitualmente en
ferias periódicas que constituían el mercado más importante
al por mayor y al por menor. Pero, al crecer las ciudades
y al mejorar las comunicaciones por carretera, río, canal y,
más tarde, ferrocarril, se inició la decadencia de la autosufi­
ciencia familiar y local y aumentó, paralelamente, la impor­
tancia del comercio en establecimientos fijos. Al mismo tiem­
po, la especialización comercial aumentó la distancia entre
el productor y el consumidor y multiplicó el número de in­
termediarios.
«Pero estos cambios en la estructura y en las técnicas
de distribución entre mediados del siglo xvm y mediados
del siglo xix fueron esencialmente de grado, de modificación,
de desplazamiento de acento más que de transformación y
reorganización. La estructura y el carácter básicos de las ac­
tividades de distribución, la importancia atribuida a la habi­
lidad y a la experiencia en la venta al detall, el regateo del
precio y la importante función desempeñada por los mer­
cados abiertos no cambiaron en lo fundamental.»s
A mediados del siglo xix mucha gente hacía todavía la
mayor parte de sus compras cotidianas en los mercados y las
ferias o en los puestos de los vendedores ambulantes. Inclu­
so las clases altas de la ciudad compraban la mayoría de las
mercancías directamente a los productores-artesanos. La tien­
da fija había empezado a reemplazar al vendedor ambulante
ya antes de terminar el siglo xvm, pero las tiendas con es­
caparates y con un gran muestrario de mercancías, caracte­
rísticas del comercio al detall de nuestros días, sólo se en­
contraban en su mayoría, en las grandes ciudades. Muchos
vendedores se ocupaban también de la preparación y el aca­
bado de las mercancías que vendían y la calidad dependía,
pues, de cada comerciante. Los consumidores obreros, con
unas limitadas posibilidades de escoger la tienda y, más to­
davía los que cobraban una parte de sus salarios en espe­

291
cié y se veían obligados, de esta manera, a comprar en las
tiendas del patrono, cargaban con toda clase de artículos
adulterados. Ni el precio ni la calidad eran uniformes entre
los diferentes vendedores. En las tiendas más refinadas, por
ejemplo, se consideraba un signo de mal gusto fijar los pre­
cios de las mercancías —como ocurre todavía hoy en algu­
nos establecimientos de lujo. El consumidor de mediados del
siglo xix, no tenía muchas tiendas donde escoger pero tenía,
en cambio, toda clase de incentivos para preguntar y discu­
tir el precio, porque siempre le cabía la esperanza de poder
influir en él. «Muy pocos tenderos marcaban clara y abier­
tamente los precios de sus mercancías o esperaban que el
cliente pagase sin discutir el precio que le pedían.» 6
La diferencia entre 1850 y 1750, por ejemplo, era que las
mercancías puestas a disposición del comprador medio eran
mucho más numerosas y la cadena de intermediarios entre
el productor y el consumidor se había alargado. Esto se de­
bía, en gran parte, a la mejora del sistema de comunicacio­
nes. «El comercio de productos frescos, por ejemplo, era, an­
teriormente, estrictamente localizado; los intermediarios te­
nían poca cosa a hacer en él. En cambio, el barco de vapor
llevaba regularmente mantequilla fresca de Irlanda a Liver­
pool y mantequilla fresca de las regiones del oeste a Lon­
dres.» 7 El suministro le leche a Londres resultó también
afectado por las mayores facilidades de transporte. En la
década de 1830 todavía se ordeñaba las vacas delante de las
casas suburbanas, pero las vaquerías que distaban de veinte
a veinticinco millas de Londres enviaban ya leche a la ciu­
dad en envases cerrados y con carros de muelles que se des­
plazaban rápidamente por las carreteras —muy mejoradas—
que irradiaban de la metrópolis. El ferrocarril revolucionó
el mercado de la leche aunque no con la rapidez que era de
esperar, y hasta que las compañías de ferrocarril aprendie­
ron a transportar la leche conservándola fresca (es decir,
hasta la década de 1870) la leche transportada por ferroca-
íril se destinaba esencialmente al consumo de los pobres.
Las legumbres se transportaban más fácilmente, y pronto
se empezó a organizar en Covent Garden un tráfico comer­
cial que, a consecuencia de la puesta en servicio de los va­
pores costeros en los años 1820 y 1830 había empezado a lle­
gar ya a las zonas de cultivo de Escocia oriental. Por otro
lado, las estaciones que habían surgido al servicio de los con­

292
ductores de ganado en sus largos desplazamientos de las zo­
nas de pastos a las grandes ciudades perdieron «su función
cuando se empezó a transportar el ganado por ferrocarril y
cuando se pudo transportar rápidamente la carne en gran
escala.
El hecho es que aunque una parte sustancial de los habi­
tantes de la Inglaterra victoriana se dedicaban todavía a ocu­
paciones tradicionales con técnicas y métodos de organiza­
ción también tradicionales, eran muy pocos los que no ha­
bían cambiado de modo de vida bajo el impacto de la revo­
lución industrial y los efectos correlativos a ésta —el gran
aumento de la población y su redistribución del campo a la
ciudad y del sur al norte; el gran perfeccionamiento del sis­
tema de transporte, que amplió el mercado interior para
muchas mercancías que hasta entonces sólo se vendían a ni­
vel local; la expansión del comercio exterior, que amplió el
número de mercancías en el mercado británico y ligó a éste
con el mercado mundial en un grado hasta entonces sin pre­
cedentes. El proceso de cambio creó, a su vez, algunos pro­
blemas propios y específicos.
Los cambios demográficos, por ejemplo, plantearon mu­
chos problemas sociales. El gran aumento de la población
significó que la gente se hacinara en ciudades concebidas
para una población mucho menor. En 1770 la población de
Inglaterra y el País de Gales había empezado ya a aumentar,
pero no era muy superior, probablemente, a los siete mi­
llones. En 1851 era de casi dieciocho millones. A mediados
del siglo xvin la proporción de habitantes que vivían en las
concentraciones de 5.000 o más habitantes era, probablemen­
te, superior al 16 % en 1841 la proporción era de cerca del
60 96, y entre 1841 y 1851 el número de personas que se tras­
ladaron a las ciudades fue de 1.800.000 (más que la pobla­
ción urbana total de 1760 y 1770).
Más significativo que el número absoluto de los que vi­
vían en las zonas urbanas a mediados del siglo xix era el rit­
mo en que este número aumentaba por incremento natural
o migración. Ésta fue la causa de muchos problemas socia­
les, del aumento de las diferencias entre los ricos y los po­
bres, del abaratamiento del trabajo humano y de la creación
de un ambiente escuálido y repugnante para mucha gente.
Las ciudades, con una población que se componía esencial­
mente de gente desarraigada, se convirtieron en un terreno

293
propicio para el vicio y el crimen. De los casi tres millones
y medio de personas que vivían en Londres y en las princi­
pales ciudades de Inglaterra y el País de Gales en 1851, sólo
una tercera parte, aproximadamente, habían nacido en el
mismo lugar donde vivían. Aquellas primeras ciudades vic-
torianas, impersonales, insalubres y ferozmente competitivas
crecían con más rapidez que la capacidad de los municipios
para resolver los problemas físicos y sociales de la urba­
nización. En todos los rincones disponibles de las ciudades
se levantaban casas. La mayoría de las calles estaban sin pa­
vimentar, no había un sistema de alcantarillado subterráneo
y las condiciones de vida en los barrios más pobres y super­
poblados de las principales ciudades eran realmente desas­
trosas: las epidemias de cólera o de tifus eran muy frecuen­
tes. Cabe decir que no sólo afectaban a los pobres. El prin­
cipe consorte Alberto murió de fiebre tifoidea en 1861. Pero
el delito que más se castigaba en aquella sociedad victoria-
na era, sin duda, la miseria. Chadwick, el hombre de la cru­
zada por la sanidad pública, dijo en la década de 1840 que
la gente que habitaba en las callejas de Edimburgo y Glas­
gow o en las buhardillas de Liverpool, Manchesler y Leeds
vivía en peores condiciones que en las cárceles.
Una revolución industrial provoca cambios sociales y eco­
nómicos profundos y la primera revolución industrial se en­
contró con una sociedad que no estaba preparada para los
problemas que surgieron con la gran conmoción. Los Victo­
rianos de mediados del siglo xix tenían plena conciencia de
vivir en una época de transición. Siempre se referían a ella
en estos términos. Mili decía que el rasgo distintivo de la
vida moderna era que «los seres humanos no ocupan en la
vida un lugar que les sea dado por nacimiento... sino que
tienen libertad para emplear sus facultades y aprovechar las
oportunidades favorables para conseguir lo que les parezca
más deseable».1' Incluso los que criticaban los horrores del
industrialismo veían con optimismo la transición. Se sentían
inmensamente impresionados por la gran magnitud de lo
conseguido —mayor población, líneas de ferrocarril más lar­
gas, más toneladas de carbón, más altos hornos, más exporta­
ciones, etc. Era una realidad industrial que se podía compa­
rar favorablemente con la de cualquier otra nación de en­
tonces y no es de extrañar que insistiesen tanto en la signi­
ficación de su progreso material. Algunos veían el ferroca­

294
rril como un instrumento de progreso moral e intelectual
y ligaban el progreso industrial con el fin de la guerra. El
príncipe consorte vio en la Gran Exposición la demostración
concreta de que se trataba de «un período de maravillosa
transición, un período que nos lleva rápidamente a la rea­
lización del gran objetivo de toda la historia: la unidad de
la raza humana».9
Es indudable que los Victorianos tendían a dar rienda
suelta a su imaginación, pero también lo es que las realiza­
ciones materiales que estimulaban este vuelo de la imagina­
ción eran muy reales y concretas. Se trataba, además, de rea­
lizaciones que, por lo menos en el nivel alcanzado en 1850
por la revolución industrial, eran obra de hombres de ne­
gocios prácticos más que de hombres de cultura o de gran
erudición teórica. Los grandes inventores enfocaron con gran
empirismo los problemas tecnológicos que les interesaban
y llegaron a sus soluciones más por la vía experimental que
por la teórica. Los hombres de negocios pusieron en práctica
los inventos, guiados por un solo criterio: la obtención de
beneficios. No es sorprendente, pues, que el antiintelectua-
lismo se convirtiese en una de las características más mar­
cadas del pensamiento Victoriano. Según Huxley:
«... los hombres prácticos creían todavía que el ídolo que
adoraban —el voluntarismo— había sido la causa de toda
la prosperidad pasada y bastaría para asegurar el bienestar
futuro de las artes y las manufacturas. Creían que la ciencia
era pura basura especulativa, que la teoría y la práctica no
tenían nada que ver la una con la otra y que la mentalidad
científica era más un obstáculo que una ayuda para llevar
los asuntos ordinarios.» 10
Mientras la nueva tecnología no se propagó a los demás
países en escala suficiente para originar competencia extran­
jera, aquella filosofía de estar por casa parecía perfecta.
A juzgar por el éxito con que los capitanes de industria bri­
tánicos se apoderaban de la parte del león en los mercados
mundiales, reducían sus costos y aumentaban sus benefi­
cios, era indudable que sabían llevar los asuntos del país.
Pero cuando los extranjeros empezaron no sólo a imitar sino
a desarrollar las nuevas técnicas, y cuando el curso de los
cambios técnicos empezó a depender más del progreso de

295
la ciencia pura —con el consiguiente desarrollo de industrias
como la química, la ingeniería eléctrica y con los cambios
producidos en la industria siderometalúrgica— el empresa­
rio británico empezó a perder terreno en relación con sus
competidores continentales.
Los hombres más importantes, los que tomaban las deci­
siones cruciales, eran, probablemente, los que menos habían
cambiado bajo el impacto de la revolución industrial. Según
Kitson Clark,
«...el siglo xvm se aferraba a las alturas máximas de la so­
ciedad con obstinación y confianza en la Inglaterra victoria-
na. El hombre de 1750 habría encontrado muchas cosas de
que asombrarse y muchas también de que asustarse en la
Inglaterra de 1850; las máquinas, las fábricas y sus dueños,
las atareadas multitudes, los periódicos..., todo esto le ha­
bría parecido extraño e inquietante. Pero, al llegar a los que
se podía considerar dirigentes máximos de la sociedad, se
habría encontrado en un ambiente familiar. Muchos de ellos
eran nietos de personas que había conocido, y gran parte
de sus ideas y de sus hábitos le serían perfectamente fami­
liares».11
Las clases medias estaban representadas en el Parlamento
y gozaban en éste de cierta consideración, pero no controla­
ban las decisiones políticas. En 1859, Bagehot señalaba que
«los ministros del Gabinete forman una línea prácticamente
ininterrumpida de grandes terratenientes o de personas ínti­
mamente relacionadas por nacimiento o por matrimonio con
los grandes terratenientes».12 En 1847 había todavía en la
Cámara de los Comunes más de ochenta miembros que de­
bían su puesto al patronazgo y a las influencias. Incluso en
los casos en que parecía prevalecer la democracia, tomaba
formas bastante curiosas. En una propiedad como la de Mal­
tón, con derecho de sufragio scot and lot, muchos de los
arrendamientos más pobres sólo existían porque se atribuía
a cada uno un voto; si los arrendatarios votaban por el condq
Fitzwilliam no era por fidelidad, sino porque éste les sobor­
naba ».13 Hasta que la Ballot Act instituyó el voto secreto en
1872, los terratenientes y los empresarios industriales podían
confiar en los votos de los hombres que de ellos dependían
para su subsistencia. E incluso después de dicha ley las tra-

296
iliciones de una sociedad respetuosa aseguraron una pode­
rosa influencia de la aristocracia en las elecciones locales.
El hecho de que fuese posible el soborno quería decir que
el poder político efectivo no estaba totalmente en manos de
una casta cerrada. Pero esto no constituía ninguna novedad.
Analizando el Parlamento no reformado del siglo xvm, Na-
mier observó la corrupción existente en los distritos popu­
lares y lo interpretó como un «signo de la libertad y la inde­
pendencia inglesas, porque nadie soborna cuando puede in­
timidar».14
Lo cierto es, sin embargo, que en 1850 las decisiones de
política económica nacional eran tomadas, en su gran mayo­
ría, por personas que, si no pertenecían directamente a la
nobleza, debían, por lo menos, su poder político a los propie­
tarios hereditarios de las grandes haciendas. Éstos no eran
muy numerosos. Una investigación sobre la propiedad de la
tierra en Inglaterra mostró que en 1871 casi la mitad de
Ja tierra era poseída por 7.400 personas. Es razonable pensar,
pues, que en aquella época, la edad de oro de la agricultura
inglesa, eran los hombres más ricos del reino. Incluso los
que hacían sus fortunas en la industria y el comercio acos­
tumbraban a consolidar su posición económica y social com­
prando haciendas, «de modo que, a medida que transcurrió
ei siglo, entre los terratenientes se fueron encontrando los
nombres de los Peel, los Arkwright, los Baring, los Strutt
y otras familias enriquecidas antes de comprar la tierra, mu­
chas de las cuales se asimilaron, en todo o en parte, al viejo
sistema social».15 Lo que Namier dijo de mediados del si­
glo xvm podía aplicarse igualmente a mediados del siglo xix:
«Las fortunas amasadas en el comercio (o en la industria) se
invirtieron en propiedades territoriales y se utilizaron para
obtener puestos en la Cámara de los Comunes, porque una
y otra cosa ayudaban a sus poseedores a elevarse a una es­
fera social superior.» 16 Además, el hecho de que las inversio­
nes en tierra no dependiesen únicamente de los avatares de
la agricultura, sino que debiesen una buena parte de sus
rendimientos al proceso de industrialización —los derechos
pagados sobre las minas de carbón, por ejemplo, o el alza del
valor de la tierra a causa de la construcción de ferrocarriles
o de la urbanización—, quería decir que a muchos nobles
terratenientes les interesaba fomentar el proceso de indus­
trialización. acelerar la marcha de la revolución industrial.

297
Fue esto, más que la creciente influencia de las locuaces cla­
ses medias, lo que marcó el ritmo de la industrialización al
elaborar una política económica a nivel nacional. Por otro
lado, y dado que la ambición última de muchos industríales
británicos era convertirse en terratenientes, los empresarios
más capaces tendían a retirarse antes de haber alcanzado la
plenitud de desarrollo de sus imperios industriales. James
Nasmyth, por ejemplo, se retiró cuando sólo tenía 48 años.
Sir John Guest conservó sus fábricas, «pero adquirió varías
haciendas y una casa en Londres y en vez de reinvertir sus
fondos los dedicó a mantener su posición en la sociedad».17
Ahora bien, a nivel microeconómico eran las clases medias
las que tomaban la mayoría de las decisiones económicas.
Eran sus empresas las que hacían aumentar el producto na­
cional; eran sus niveles de vida en ascenso los que creaban
gran parte de la demanda interior de manufacturas; eran sus
ahorros los que financiaban los ferrocarriles y una gran parte
del creciente volumen de las inversiones en el exterior; era
su antiintelectualismo, su moral puritana lo que daba forma
a las actitudes mentales que se acostumbra a considerar ca­
racterísticas del victorianisino. En vista, pues, de la recono­
cida importancia de este grupo social, vale la pena hacerse
una idea precisa de lo que era y de qué importancia numérica
tenía hacia 1850.
Basándose en las cifras del censo de 1851, la señorita Eric-
son ha calculado que el número de varones adultos que po­
dían incluirse en esta categoría era algo inferior a 1.250.000,
lo que equivalía a cerca del 18 % de toda la fuerza de trabajo
ocupada.18 Cerca de la mitad trabajaba en ocupaciones co­
merciales de diverso tipo —mercaderes, banqueros, tratantes,
tenderos y el ejército de empleados y dependientes mal pa­
gados que desempeñaban las tareas de los white-collars en
la Inglaterra del siglo xix. Una cuarta parte, aproximada­
mente, eran agricultores y la cuarta parte restante la consti­
tuían las clases profesionales, administrativas y empresariales
del comercio o la industria. Era este último grupo el que
tomaba las principales decisiones económicas a nivel micro-
económico. De este grupo salía, también, la mayoría de los
innovadores y de los empresarios con espíritu de aventura.
Su número no era muy superior a las 300.000 personas.
La mayoría de los miembros de las clases medias sabían
leer y escribir. La mayor parte de los 300.000 individuos que

298
ocupaban el nivel superior se habían educado en escuelas
locales; pero en 1850 el ferrocarril les dio mayores facilida­
des para enviar a sus hijos a las pubtic schools. Una encuesta
sobre los orígenes sociales de los fabricantes de acero demos­
tró que en 1865 sólo el 10% de los más destacados habían
asistido a public schools.'19 En 1850 la proporción debió ser
insignificante. Un siglo más tarde la proporción de los prin­
cipales dirigentes que habían asistido a public schools era de
uno de cada tres. Eran muy pocos los hombres de negocios
importantes de mediados del siglo xrx que prolongaban la
educación de sus hijos hasta lo que podríamos llamar nivel
de la escuela secundaria. Esto significaba que los dirigentes
de la industria británica del siglo xix se educaban, por lo
general, en el trabajo. En la industria del acero y en la de
construcción mecánica se acostumbraba a pasar por un pe­
ríodo de siete años de aprendizaje, que empezaba a los trece
o a los catorce años. En los ramos textiles el aprendizaje de
los futuros dirigentes consistía, generalmente, en una prepa­
ración comercial. Los hijos de los hombres de negocios em­
pezaban a prepararse de este modo para ocupar puestos de
dirección. A mediados del siglo xix la industria británica se
estaba convirtiendo en una actividad absorbente, altamente
csDecializada. en contraste con la situación de un siglo antes,
cuando un solo empresario podía dedicarse activamente a di­
versos tipos de manufactura, a la agricultura y al comercio
al mismo tiempo. Pese a la leyenda perpetuada v, en cierto
modo, creada por Samuel Smiles con su célebre libro de bio­
grafías Setf-Help (publicado en 1859), las posibilidades de que
un individuo se elevase de los rangos inferiores hasta el nivel
de dirección, o de que un individuo se enriqueciese a base,
únicamente, de su habilidad técnica, eran limitadísimas. El
fabricante británico que triunfaba se distinguía más por su
experiencia comercial que por su aptitud técnica. Esto se
debía, en parte, a que la innovación era un arte más práctico
que científico en la primera revolución industrial y, en parte,
a que eran los beneficios conseguidos con las buenas opera­
ciones comerciales los que daban a un hombre el poder ne­
cesario para soportar sin hundirse las depresiones cíclicas de
la demanda que caracterizaban la economía industrial.

299
2. Niveles de vida y productividad
Se calcula que a lo largo del siglo que terminó en la dé­
cada de 1850 el producto per capita se multiplicó casi dos
veces y media en Gran Bretaña; esto quiere decir que el nivel
de vida nacional también se multiplicó más de dos veces.20
Pero no todas las industrias ni todos los miembros de la so­
ciedad participaron por igual en esta mejora. En industrias
como el transporte, los diversos ramos textiles y la siderurgia,
la producción por obrero aumentó en una proporción sin pre­
cedentes; en cambio, los salarios subieron bastante modesta­
mente y los precios, particularmente los de las exportaciones,
bajaron radicalmente. En algunos de los servicios, cuyo nivel
de empleó aumentó en las grandes ciudades, lo más probable
es que la productividad bajase porque el número de personas
que intentaban ganarse la vida en ellos crecía más rápida­
mente que el volumen de sus ventas. Se calcula que miles
de personas vivían de la venta de artículos alimenticios en
las calles de Londres, por ejemplo, y que bastaban algunos
días de lluvia para que muchos de ellos se encontrasen al
borde del hambre. Muchas otras personas encontraron un
medio de vida precario rastreando los ríos, las cloacas y las
acequias en busca de desperdicios que podían tener un valor
de mercado, o recogiendo colillas que podían revender: eran
los poceros, los basureros, los recolectores de desperdicios
de lana. Las grandes ciudades, con las amplias posibilida­
des de empleo lucrativo que ofrecían, atraían a una población
muy superior a la que podían mantener con un empleo futí-
time; los que no tenían suerte se aferraban a todas las posi­
bilidades de vender sus servicios, al precio y en las condicio­
nes que fuese.
Es indudable que en los momentos de auge económico la
gran masa de los trabajadores que no disponían de nada más
que de sus músculos para ganarse la vi :1a vivían mejor que
sus padres o abuelos; pero cuando se entraba en la fase de
depresión, con el consiguiente paro forzoso y el desamparo
en que dejaba a la gente la nueva ley de pobres, muchos de
ellos vivían en condiciones mucho peores que sus antepasa­
dos. Por otro lado, incluso los que tenían la suerte de conser­
var su empleo vivían bajo la amenaza muy concreta del paro.
Estos últimos —es decir, los que conservaban su empleo—
(y tal era la situación la mayor parte del tiempo en aquella

300
economía en expansión) consumían más y más variadas cosas
materiales que sus antepasados, pero la diferencia no era. ni
mucho menos, espectacular. Los cálculos realizados por el pro­
fesor Phelps Brown sobre los salarios reales de los artesa­
nos de la construcción, por ejemplo, indican que en la dé­
cada de 1850 estos salarios reales eran un 20 % más altos que
los de los trabajadores del mismo ramo en la década de
1750.21 Y en 1848, J. S. Mili escribió más lúgubremente en sus
Principies: «Es dudoso que los inventos mecánicos realizados
hasta ahora hayan aligerado la carga cotidiana que pesa 'so­
bre los seres humanos.» 22 Quizá era una exageración. «Era
más fácil atender una selfactina que empujar el bastidor de
la vieja máquina de hilar manual. El telar mecánico hacía
mucho ruidó y la lanzadera iba mucho más aprisa, pero el
trabajo en él era ciertamente menos fatigoso que la mono­
tonía inacabable e insalubre del telar manual de los años
treinta y cuarenta.»23
En cambio, es dudoso que. muchos trabajadores preindus­
triales pasasen tantas horas diarias y semanales, una semana
tras otra, aferrados a su tarea como los trabajadores de me­
diados del siglo xix. La ley que estableció la jornada de las
diez horas en 1847 constituyó el primer impacto real sobre
el horario de trabajo en las fábricas textiles, en las que toda­
vía en 1820 y 1830 la jornada diaria normal era de 12 a 12*30
horas (incluso en las fábricas mejor organizadas). Pero la
ley de 1847 no fue totalmente efectiva, porque el límite del
día legal era superior a las diez horas y era fácil eludir las
prescripciones de la ley haciendo trabajar a los obreros en
turnos. La ley de fábricas de 1850 eliminó los puntos débiles
de la de 1847 prescribiendo la semana legal de 60 horas para
las mujeres que trabajaban en el ramo textil. Este fue el
inicio de la semana inglesa, porque ordenaba que el trabajo
se interrumpiese el sábado a las dos de la tarde. Las diver­
sas industrias textiles, que eran hasta entonces el sector don­
de se cometían los mayores abusos, se convirtieron en las
mejor reguladas, pues la reducción del horario de trabajo de
las mujeres y los niños no pudo por menos que influir en las
condiciones de trabajo de los hombres que trabajaban junto
a aquellos. Los obreros de la construcción trabajaban de 52
a 64 horas por semana, según las estaciones; el cajista de
imprenta de Londres trabajaba 63 horas semanales todo el
año, lo mismo que el mecánico y el fundidor de hierro. «En

301
algunos ramos el horario de trabajo regular era más largo;
había trabajos en los que la inclinación o la necesidad deter­
minaban la duración de la jornada; había también labores
continuas, con turnos de 12 horas, y toda clase de situaciones
de emergencia.» 24 No existen datos sobre el horario de tra­
bajo en los talleres no regulados, pero cuando los negocios
iban bien lo más normal era la semana de 70 horas, y cuando
iban mal los obreros eran despedidos en masa. En general,
puede decirse que en la mayoría de las industrias mecaniza­
das o pesadas la jornada normal era de 10 ó 10’30 horas; y
cabe decir que diez horas al cuidado de una máquina o al
mando de una locomotora o en las difíciles y a menudo pe­
ligrosas labores de las fábricas de gas, de los talleres quími­
cos, de los talleres mecánicos o de los altos hornos debían
representar una tensión mucho más fuerte para el operario
individual que un horario mucho más largo en las tareas pre­
industriales, en las que el obrero podía ajustar el ritmo del
trabajo a su propio estilo o a sus inclinaciones. Esta acelera­
ción del ritmo de la vida económica significó una pérdida de
tiempo libre y un aumento de la tensión. No es de extrañar,
pues, que el índice de suicidios aumentase a medida que
transcurría el siglo. En la «Edinburgh Review» de 1851 un
autor observó que la lucha por la existencia «no se limitaba,
ni mucho menos, a las clases inferiores. En todos los ámbi­
tos de la sociedad nos vemos obligados a trabajar desde de­
masiado temprano, con demasiada intensidad y durante dema­
siado tiempo. Vivimos tristemente con demasiada rapidez*.25
Según Clapham, las oficinas de la ciudad («incluso una ins­
titución tan capitalista como la Lloyds») permanecían abiertas
los sábados por la tarde.
Todo parece indicar, pues, que si las clases trabajadoras
de 1850 ganaban y gastaban más que los trabajadores po­
bres de la época preindustrial, pagaban por ello un precio
muy alto. La revolución industrial les dio la posibilidad de
mejorar su situación trabajando mucho más duramente. En
1850 todo lo que les había dado había sido a cambio de algo.
Si comparásemos el bienestar representado por los mayores
ingresos monetarios y por la baja de precios de los artículos
manufacturados (aunque no de los alimenticios), con la ten­
sión y la fatiga de un horario de trabajo más largo y más
duro, es dudoso que la balanza se inclinase en favor de los
trabajadores. Para muchos de ellos la vida en aquellos tér­

302
minos sólo era aceptable si iba envuelta en los vapores del
alcohol: la embriaguez era —junto con la degradación y la
crueldad a que da lugar— uno de los rasgos característicos
de la escena inglesa a mediados del siglo xix —como lo había
sido ya un siglo antes, durante la época de la ginebra. El
alcoholismo causó grandes molestias a los empresarios (los
constructores de ferrocarriles se quejaban frecuentemente de
ello) y tuvo una importante influencia en el resultado de las
elecciones parlamentarias. Trazó una clara línea divisoria en­
tre las clases de la sociedad, entre los individuos respetables
y los despreciables, entre las dos naciones —la rica y la po­
bre—; una línea que nunca había sido tan neta en el si­
glo X V III.
Podemos decir, pues, que, en comparación con el de un
siglo antes, el nivel de vida del pueblo británico en 1850 era
más alto, por término medio, y mucho más variado. Era tam­
bién más vulnerable y más escuálido para una mayor canti­
dad de personas (que representaban, sin embargo, una menor
proporción de la población total). Para la mayoría, este au­
mento se obtuvo a costa de un esfuerzo laboral mucho más
duro. El horario de trabajo de los obreros de una sociedad
preindustrial viene impuesto por las estaciones, por el tiempo,
por las horas de luz solar y de oscuridad y por la limitación
de las posibilidades de empleo lucrativo para los miembros
más débiles de la sociedad (las mujeres y los niños, por ejem­
plo). No siempre son ellos los que deciden el tiempo libre de
que disponen, aunque esto no quiere decir que sea un tiempo
libre carente de valor. En una sociedad industrial el trabajo
puede ser continuo a lo largo del año y durar todas las horas
del día y de la noche mientras exista un mercado para el pro­
ducto; abundan, además, las tareas lucrativas para los traba­
jadores no calificados y para las personas relativamente dé­
biles.
En comparación con los contemporáneos de otros países,
los habitantes de Gran Bretaña gozaban de un nivel de vida
más alto y variado gracias a la industrialización. Los cálculos
de la renta nacional per capita muestran que se trataba de
la sociedad más opulenta del mundo. Por otro lado, muchas
personas vivían en ciudades superpobladas e insalubres y su
nivel de vida real era inferior al de los habitantes de Nortea­
mérica o Australia que percibían salarios nominales inferio­
res. En términos de producto nacional per capita, parece que

303
hasta el último cuarto del siglo xix los Estados Unidos no
superaron globalmente al Reino Unido; es probable, sin em­
bargo, que en algunas regiones norteamericanas —en Nueva
Inglaterra y en algunos estados atlánticos— los norteameri­
canos gozasen ya de un nivel de vida superior hacia 1850.
Además, la mano de obra norteamericana era escasa y por
esto podía exigir con más iacilidad una mejora de las condi­
ciones de trabajo. «En las cartas de los inmigrantes se habla
de las máquinas no tanto como de algo que contribuía a man­
tener los salarios altos, como de un factor que aligeraba la
carga del trabajo.» 26

3. Los índices de crecimiento


El tercer aspecto en que la economía industrializada dife­
ría de la economía preindustrial era el ritmo y la amplitud
de su crecimiento y de su cambio. La población, la produc­
ción nacional y las rentas per capita crecían más de prisa
que en la era preindustrial y lo hacían, además, de manera
continua. Sin embargo, el crecimiento no era un proceso
uniforme y en la década de 1850 existían ya algunas zonas
más atrasadas que otras. La población aumentó a un ritmo
decenal del 11 al 14 % durante la mayor parte del siglo X IX ,
pero alcanzó su punto más alto en la segunda década. El pun­
to más elevado de crecimiento de la producción industrial
se alcanzó en las décadas de 1820 y 1830. El de las exportacio­
nes se alcanzó en el período 1848-1856; el volumen de las ex­
portaciones de artículos de producción británica se duplicó en
menos de una década.
El índice de crecimiento del producto nacional real estuvo
determinado por dos factores: la fuerza que alcanzó en los
sectores en proceso de modernización, y el ritmo con que los
recursos se desplazaron de los sectores de baja productividad
y de lento crecimiento a los sectores de alta productividad y
de crecimiento rápido. El punto más alto del proceso de cre­
cimiento del producto nacional bruto no se alcanzó, pues,
hasta la segunda mitad del siglo xix, cuando el índice de cre­
cimiento de la producción industrial empezaba ya a dismi­
nuir pero el peso creciente del sector industrial, ligado al
gran éxodo de la mano de obra del campo, modificaba el equi­
librio de la economía. Hasta la década de 1850 el desplaza­

304
miento de la agricultura a la industria, del campo a la ciudad,
había sido relativo. La fuerza de trabajo agrícola estaba toda­
vía en expansión y la población de las zonas rurales aumen­
taba. Era como si la vieja economía preindustrial siguiese
existiendo más o menos intacta junto a la economía indus­
trializada, la cual encontraba su mano de obra y su fuerza
en el excedente generado por una población en aumento. En
la segunda mitad del siglo xix el sector preindustrial empezó
a desintegrarse. El número de los que se dedicaban a la agri­
cultura y de los que vivían en las zonas rurales empezó a dis­
minuir en términos absolutos. A partir de entonces el avance
hacia el estado industrial completo fue rápido y continuo y
al terminar el siglo no quedaban en la economía más que al­
gunas raras zonas preindustriales.
Ahora bien, antes de terminar la primera mitad del si­
glo xix —probablemente antes de terminar la cuarta década—
el proceso de industrialización había avanzado suficientemen­
te para dar a la economía británica una tendencia autogene-
rada al crecimiento económico continuo. El volumen de capi­
tal de que disponía la fuerza de trabajo aumentaba con más
rapidez que la fuerza de trabajo en sí y la tendencia a largo
plazo era ya, claramente, la del aumento continuo de la pro­
ductividad del trabajador. Pero si el crecimiento era continuo
no podía decirse que fuese uniforme y rápido. En compara­
ción con los países que se han industrializado posteriormente
—incluso con países como los Estados Unidos y Alemania
que ya se habían industrializado mucho antes de terminar
el siglo xix— el ritmo de crecimiento británico fue lento. Es
dudoso, por ejemplo, que el índice de crecimiento a largo
plazo llegase a superar el 3 % anual, ni siquiera en la segun­
da mitad del siglo xix, cuando el capital y la fuerza de tra­
bajo se desplazaban rápidamente del sector agrícola, de renta
baja, a los sectores de renta superior, como la industria o los
transportes. Parece que durante la mayor parte del siglo xix
la economía británica creció a un ritmo del 2 al 3 % anual.
En cambio, en los Estados Unidos el índice de crecimiento
de la producción total durante el período 1839-1913 fue del
4 al 5 % anual.
La lentitud del ritmo de crecimiento británico era, en
parte, consecuencia inevitable del hecho de tratarse de la pri­
mera revolución industrial. La apertura de una nueva vía era
lenta y las economías que siguieron el camino tras las huellas

H C S 22. 20 305
del pionero pudieron evitar algunas de sus vacilaciones. Cuan­
to más tarde empezaba el proceso de industrialización de un
país mayor era el cuerpo de conocimientos tecnológicos de
que éste disponía y menor era el coste en tiempo o en expe­
rimentos abortivos en que había de incurrir para alcanzar
los niveles de productividad de sus antecesores. Por otro lado,
el hecho de ser el primero tiene sus ventajas y sus inconve­
nientes; por ejemplo, para el primer país que se industrializó
debió resultar más fácil abrir nuevos mercados, ante la ausen­
cia virtual de toda concurrencia.
El índice de crecimiento de una economía depende bási­
camente de tres factores principales: el índice de aumento
(y de mejora cualitativa) de la fuerza de trabajo; el índice
de acumulación de capital y el índice de cambio tecnológico.
En los tres aspectos parece que la economía británica se de­
sarrolló con relativa lentitud, si la comparamos con los países
que se industrializaron posteriormente. El aumento de la po­
blación alcanzó su punto culminante en las décadas 1811-1831
(cerca del 1’5 % anual); durante el resto del siglo xix el ín­
dice anual fue inferior al 1,25 %. En la mayoría de los países
que se han industrializado con posterioridad a la primera
i evolución industrial se han alcanzado y mantenido índices
anuales de aumento superiores al 2 %. En algunas zonas,
como en América (del Norte y del Sur), además de un alto
índice de aumento natural hubo una fuerte inmigración y la
fuerza de trabajo aumentó a un ritmo, a largo plazo, de más
del 2*5 % anual.
La economía británica tampoco se distinguió por una gran
propensión a la inversión; su capital fijo global no aumentó,
pues, con mucha rapidez. Es probable que el stock de capital
de la nación aumentase con una rapidez algo mayor que su
renta total en el período 1780-1830; en todo caso, esta rapidez
de aumento fue claramente superior en la época del ferroca­
rril, sobre todo en el período 1830-1860. Pero en ningún mo­
mento del proceso de industrialización la formación de capi­
tal constituyó una elevada proporción de la renta nacional
y es dudoso que la nueva inversión neta llegase a representar
más del 10 % del producto nacional neto en la década de 1850.
Además, en esta fecha era cada vez mayor la proporción de
la renta nacional británica que se invertía en el extranjero.
Y aunque estas inversiones extranjeras generaban rentas para
los inversores británicos y contribuían a la apertura de mer­

306
cados para las exportaciones británicas, no añadieron directa­
mente al fondo nacional de salarios o al stock físico de capi­
tal de las industrias británicas lo mismo que habrían añadido
la inversión interior.
El progreso técnico avanzó también a un ritmo bastante
lento en la revolución industrial británica, en comparación
con los procesos de industrialización posteriores. La transi­
ción del torno de hilar a las hiladoras mecánicas y de los
hornos de carbón vegetal a los altos hornos de hulla se pro­
dujo con bastante rapidez después de los inventos cruciales
del último cuarto del siglo xvm, y las principales líneas de
ferrocarril se tendieron en unos veinte años, una vez com­
probada su justificación económica a principios de la década
de 1830. Pero no se les puede considerar ejemplos típicos.
En muchos aspectos, la industria británica se distinguió más
por la lentitud con que modernizó sus métodos que por su
disposición al cambio. Cartwright introdujo su telar mecánico
en la década de 1780, pero debieron transcurrir sesenta años
antes de que reemplazase efectivamente el telar manual en
la industria algodonera y más tiempo todavía para que se ge­
neralizase en las demás industrias textiles. En 1850 la fuerza
de vapor utilizada en las fábricas textiles era de unos 108.000
caballos: en 1839 era de unos 75.000. Esto representaba, en
ambas fechas, un total de cinco a seis obreros por caballo
de fuerza generado en las fábricas textiles de Gran Bretaña.
Hasta finales de la década de 1850 y la de 1860 las fábricas
textiles no empezaron a adoptar la fuerza de vapor en gran
escala y en 1871 todavía había unos dos obreros por caballo
de fuerza en dichas fábricas. Cabe decir, además, que, fuera
de las factorías textiles, de las minas, de los talleres siderúr­
gicos y de los ferrocarriles, la fuerza de vapor era todavía
una verdadera rareza a mediados del siglo xrx, es decir, cin­
cuenta años después de haber caducado la patente de Watt
y de que el productor británico tuviese plena libertad para
adoptar y adaptar la máquina de vapor.
En cambio, los hombres de la época habían podido perci­
bir ya la fuerza de la inventiva norteamericana antes, incluso,
de que los manufactureros norteamericanos empezasen a com­
petir con los británicos en los mercados mundiales. En la
época de la Gran Exposición de 1851, «los hombres bien in­
formados sabían que los norteamericanos estaban más dis­
puestos que los ingleses a confiar a las máquinas las opera­

307
ciones manuales más fatigosas y caras».27 En Norteamérica
había escasez de mano de obra y abundaban, en cambio, las
actitudes emprendedoras características de una sociedad de
inmigrantes; por ello los norteamericanos eran extraordina­
riamente receptivos a todos los perfeccionamientos técnicos
que permitiesen ahorrar mano de obra. «Muchos inventos de
la industria textil del siglo xix se hicieron en Gran Bretaña,
pero se aplicaron y desarrollaron principalmente en los Es­
tados Unidos.» 28
En 1859, menos de diez años después de la introducción
de la máquina de coser, en los Estados Unidos funcionaba
un número de éstas cinco veces superior al de las de Gran
Bretaña, con su costosa industria de la confección. Los nor­
teamericanos se mecanizaban más fácilmente porque tenían
incentivos más poderosos para adoptar métodos ahorradores
de mano de obra y porque estaban relativamente libres del
conservadurismo inherente a una larga tradición industrial.
Los alemanes desarrollaron con más facilidad las nuevas tec­
nologías porque la política educativa de Prusia les había
dado el cuerpo de investigadores que exigían las nuevas in­
dustrias surgidas en la segunda mitad del siglo xix —las in­
dustrias química y eléctrica, por ejemplo. Cuando, en 1856,
Perkins, un joven químico británico, descubrió, de modo ac­
cidental, un método para la fabricación de tintes (que Gran
Bretaña necesitaba en gran cantidad para su industria textil)
a partir del carbón (recurso natural del que Gran Bretaña
disponía en abundancia) fueron los alemanes los que crearon
una nueva industria a base del invento y en 1879 producían
cuatro veces más que los británicos.29
El corolario de un índice modesto de progreso técnico es
un ritmo lento del aumento de la productividad. Si el pro­
ducto nacional total aumentó entre el 2 y el 3 % anual duran­
te la mayor parte del siglo xix, el producto per capita sólo
aumentó en un 1‘5 % en la primera mitad del siglo y en me­
nos del 2'5 % en la mayor parte de la segunda mitad. Un
índice de crecimiento del 1’5 % anual implica la duplicación
de la productividad en menos de medio siglo, lo cual no es,
ni mucho menos, un progreso revolucionario. Incluso al 2'5 %
anual se necesita casi una generación para duplicar el nivel.
Lo cierto es que en la vida económica británica existía toda­
vía un amplio sector no afectado por la revolución industrial.
El número de personas dedicadas al servicio personal y do-

308
mástico, por ejemplo, siguió aumentando en términos abso­
lutos hasta la primera guerra mundial, y el hecho de que uno
de cada seis o siete miembros de la fuerza de trabajo se de­
dicase a estas tareas demuestra que había una relativa abun­
dancia de mano de obra, abundancia que reducía el incentivo
de los empresarios para innovar o para aumentar el capital
fijo de la sociedad.
En resumen, la economía británica, con una mano de obra
abundante, con un fondo de tierras y otros recursos naturales
limitado y agotable, con una modesta propensión al ahorro
y a la inversión y con un Gobierno que prefería dejar el desa­
rrollo económico en manos de la iniciativa privada, entró en
la revolución industrial con un potencial de crecimiento rela­
tivamente bajo en comparación con la mayoría de los países
que se industrializaron posteriormente. Una serie de décadas
de éxito fácil hicieron creer a sus empresarios que podían
evitar los cambios rápidos. En el momento de la Exposición
de 1851 las manufacturas y la maquinaria británicas eran
tecnológicamente superiores —excepto en algunos casos espe­
ciales— a las de cualquier otro país. Pero era sólo cuestión
de tiempo que los rivales, con un ritmo de crecimiento más
rápido, con un camino más despejado y con mayores incen­
tivos para la inversión y la innovación, empezasen a superarla
en la disposición a reducir costes y a amenazar, de este modo,
su monopolio virtual de los mercados mundiales. Cuando
estos rivales tuvieron gobiernos dispuestos a contribuir acti­
vamente al proceso de industrialización —aunque sólo fuese
con una política aduanera en interés de los productores na­
cionales— el fin de la supremacía industrial británica se an