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Este texto de la Dra. Amapola González Fernández* fue publicado en Gradiva Vol. V, No. 1, 1991.

Leído en: VI Congreso de la Sociedad Psicoanalítica de México, Córdoba, Ver., 25 de mayo, 1985, con el
título “Conflictos de los padres que condicionan patología en los hijos”. Y en: Simposio Psicoanalítico.
Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) y Sociedad de Psicoanálisis y Psicoterapia.
Zacatecas, Zac., 6 de septiembre, 1985.

*Médico Cirujano, Psicoanalista Didáctico Profesora de Doctorado del Departamento de Estudios


Superiores de la Facultad de Psicología, UNAM. Miembro fundador y vitalicio de la Sociedad
Psicoanalítica de México, A.C., y de la Sociedad de Psicoanálisis y Psicoterapia, S.C. Directora de
Enseñanza y Programa Científico en ambas. Fallecida el 3 de abril de 1991.

Hace cien años nació el psicoanálisis y, como todos sabemos, le correspondió a Sigmund Freud ser el
genio que lo creó. El Psicoanálisis –como es ya también del dominio público- es un cuerpo de doctrina
científica que explica y describe el funcionamiento del aparato mental del Ser Humano y es, además, un
sistema curativo de la enfermedad de ésta nuestra mente. La obra que Freud realizó fue pues colosal y
con esa calidad le es universalmente reconocida. Tras Freud, este gigante del pensamiento, se han
sucedido generaciones de pensadores que han aportado su esfuerzo al desarrollo y mejoramiento
continuos de la ciencia psicoanalítica la cual está al servicio de aminorar el sufrimiento de las personas, y
esto no sólo cuando ya la patología se encuentra instalada sino a nivel profiláctico, esto es, en los
momentos en que aún se está a tiempo de evitar que la enfermedad se produzca. Los que hoy nos
hallamos aquí presentes hemos ganado un cierto derecho a sentirnos legítimamente orgullosos de
formar parte de la ya numerosa legión de personas que en el mundo entero bregan en pos de un mayor
grado de salud mental para todos nosotros.
El psicoanálisis no es un fenómeno aislado sino que forma parte del asombroso avance que todas las
ramas del saber han experimentado en los últimos tiempos y cuyo adelanto se finca, por supuesto en los
sólidos cimientos construidos pacientemente por las innumerables generaciones de hombres y mujeres
que nos precedieron y que nos dejaron como invaluable legado los frutos de su experiencia y su trabajo.
Por otra parte, también como las otras ciencias, ha dejado ya el psicoanálisis su impronta en la forma de
vida del ser humano, y además ha sido, desde luego, definitiva su influencia en las relaciones humanas,
tanto en lo que se refiere al trato entre nosotros mismos como en la forma de conllevarnos con los otros
animales, con los seres del reino vegetal y con el resto de los sistemas que integran nuestro universo.

Incluso personas que niegan con énfasis haber tenido jamás el menor contacto con las ideas
psicoanalíticas se expresan y actúan en términos altamente influidos por los conceptos planteados por
nuestra ciencia, y esto aplicable también a quienes declarándose conocedores de algunos de nuestros
postulados se pronuncian adversos a ellos.

Hay algo que de vez en cuando es conveniente recordar a fin de evitar malinterpretaciones y es el hecho
de que el psicoanálisis lidia exclusivamente con el aspecto del pensar humano que se relaciona con
“salud” o “patología mental”. No le incumbe a nuestra ciencia el valorar, por ejemplo, si el individuo se
halla encuadrado en una u otra religión o en ninguna, ni tampoco si milita en un campo cuyos
integrantes conceden primacía a problemas e ideales de índole comunitaria ó si le presta prioridad al
individualismo que va en pos de personas que han de realizarse en la vida independientemente de sus
congéneres aunque colabore con ellos en las actividades que son de índole común; para el psicoanálisis
lo que cuenta es la forma en que la persona lleva a cabo su cometido. Puede alguien ostentar ideales
sublimes y demostrar, a través de su conducta, que es un personaje nefasto para con el grupo o para
consigo mismo o para con los dos; también es posible que aún sin estar encuadrado en magnas
empresas sea un individuo altamente constructivo, o bien pertenezca al grupo de aquellos cuyos
intereses les conducen a llevar una vida que aparece como inerte. La salud o la enfermedad mental
habrán de manifestarse en la conducta, y esto independientemente del área personal y societaria en
que el ser humano se desenvuelva.

Así como las distancias entre dos o más objetos, el peso de ellos, su masa, sus cualidades, etc., tienen
sus propios sistemas de medición, el funcionamiento del aparato mental posee el suyo, ésta es la
conducta del individuo para consigo mismo y con los objetos de su mundo. El psicoanálisis está
capacitado para calibrar esta conducta y, en base a ella, establecer su diagnóstico, pronóstico de
presunción e instalar el tratamiento que intentará corregir lo que de conflictiva mental aqueje al
paciente.
Toda conducta es motivada. Por bizarro que se nos presente un fenómeno cualquiera, sabemos con
certeza que la carencia de explicación se debe ineludiblemente a la existencia de zonas desconocidas
para nosotros las cuales dieron motivo a tal fenómeno. El Homo Sapiens, con cuyo pomposo apelativo
ha querido la humanidad designarse, siempre se había planteado –a pesar de su estupenda cualidad de
animal altamente pensante- la incógnita concerniente a muchos aspectos de su propia conducta que le
resultaban imposibles de entender y mucho menos descifrar. Le correspondió al psicoanálisis hacerlo.
Es el psicoanálisis la ciencia que la conducta al que Freud a ha denominado “inconsciente”, y es la
ciencia psicoanalítica la que mediante el estudio de esta ignota instancia ha podido suministrar
explicación al funcionamiento del aparato mental tanto en sus áreas libres de conflicto como en sus
zonas conflictivas.

Una vez dueños del conocimiento ya se hace posible avocarse a la tarea de luchar contra la conflictiva
mental y fortalecer los campos de ese grandioso sistema que es “el pensar humano”.

El individuo inicia su vida con el aporte que sus progenitores le donan para que tenga oportunidad de
sobrevivir y desarrollarse. En ésta su muy personal fórmula congénita que contiene ingredientes de las
experiencias de los ancestros no tiene más ingerencia el Psicoanálisis que la tarea de calibrar la calidad
del conjunto de posibilidades con que el nuevo individuo ha llegado al mundo; no cabe duda que la
potencialidad de ser más o menos inteligente, por ejemplo, o la de ser sano en mayor o menor grado ya
están ahí presentes y hoy por hoy todavía no ha osado la humanidad interferir con el legado genético de
sus congéneres, si bien ya lo están intentando en lo que se refiere al resto de los animales y a los
integrantes del mundo vegetal.

Ahora bien, una vez el recién iniciado a la vida comienza su camino por ella el destino que le
corresponda estará determinado por la eterna combinación de su equipo congénito y sus experiencias
vitales, influyendo una instancia en la otra mediante el sistema de retroalimentación.

…Y las experiencias vitales quedan, de lleno en el campo del psicoanálisis. De ellas, las definitivas para la
formación del carácter del individuo son las más tempranas, y éstas corren a cargo de quienes funjan
como figuras paternas del niño.

En el presente trabajo se intentará hacer un somero esquema de la relación padres-hijo enfocado hacia
un punto que todavía en actualidades es controversial en el cuerpo de teoría de nuestra ciencia
psicoanalítica y, en consecuencia ha sido, a mi juicio, un tanto soslayado por los psicoanalistas, si bien
ello no nos exime de tener que afrontarlo de continuo en nuestra práctica cotidiana con pacientes
individuales o en tares de manojo de grupos. El tema que, a mi entender, ha sido descuidado en su
sistematización es el referente a la elección de patología que una persona ha de padecer, en función de
los mensajes recibidos de los padres.

Es necesario insistir que los mensajes enviados por los padres a sus hijos son tan de índole verbal y
preverbal como a través de la propia conducta paterna y que están compuestos de una porción
consciente y otra –mucho mayor cuantitativamente hablando- inconsciente. Por su parte los hijos
captarán de estas comunicaciones paternas lo que su edad y el estado de desarrollo psíquico en que se
encuentran en un momento dado les permitan; y, además, a su vez lo que asimilen será una síntesis de
lo que los padres “creen” estar transmitiéndoles y de lo que en realidad expresan también mediante su
conducta. De toda esta información que el niño está recibiendo habrá una porción aceptada y tolerada
por el Yo de joven individuo y otra mucho mayor altamente censurada y la cual es preciso reprimir, es
decir, excluir del pensamiento consciente; pero no por ser inconsciente es menos operante que aquello
que tuvo acceso a la conciencia.

Ahora bien, un mismo mensaje parental va a ser integrado dentro del psiquismo infantil de diversa
manera si el joven individuo lo recibe al año de vida o cuando, por ejemplo, cuenta con cinco años ya de
experiencia vital.

Deseo aclarar que al mencionar edades estoy refiriéndome a la vida extrauterina ya que me aúno a la
corriente de pensadores psicoanalíticos cuyo criterio es que las relaciones de objeto del embrión,
posteriormente feto y luego producto cuya existencia transcurre en el claustro materno se rigen por
leyes muy diferentes de las del niño ya nacido y además están todavía, en mi opinión, poco estudiadas.

Retomando el tema de este trabajo y que intenta explicar el porqué unos individuos desarrollan cierta
patología en tanto que otros sufren alguna distinta se estudiará la influencia ejercida por los padres en
la elección de uno y otro cuadro patológico.

La enfermedad del aparato mental humano ha sido agrupada para fines descriptivos y didácticos en
cinco grandes entidades basadas en la fenomenología de sus síntomas y signos, es decir, de sus
síndromes. Estos cuadros son, como sabemos, Esquizofrenia, Paranoia, Melancolía-Manía, Neurosis
Obsesiva e Histeria. Junto con estos núcleos patológicos básicos pueden coexistir o no síndromes de
gran importancia como son, por ejemplo, homosexualidad, drogadicción, etc.
ESQUIZOFRENIA.

A grandes rasgos, la persona aquejada por este padecimiento aparece como alguien cuyo aparato
mental adolece de graves limitaciones ya que presenta gran dificultad para entender al mundo externo y
por lo tanto se quiebra fácilmente ante un cambio producido en éste ya que se halla incapacitado para
afrontarlo. Lo anterior se traduce en que el individuo así afectado echa mano de mecanismos muy
arcaicos para la resolución de los desafíos que la vida le plantea y tales mecanismos resultan, por ende,
muy poco efectivos. En el área del pensamiento tiene muy poco desarrollada la capacidad de
pensamiento abstracto, confunde a menudo la parte por el todo, el símbolo con lo simbolizado, el
objeto con sus funciones, una instancia psíquica por la contraria (amor-odio, por ejemplo) y utiliza
inadecuadamente mecanismo de escisión, condensación y desplazamiento. Su área afectiva está
igualmente trastornada y así aparece con frecuencia manifestando contento cuando deberá sentirse
entristecido o bien indiferente en momentos donde se justificaría un afecto intenso libidinal o agresivo;
en otras ocasiones se muestra sereno cuando lo esperable sería la manifestación de intenso miedo, y en
otras más, monta en cólera irrefrenable ante un estímulo baladí. Es frecuente que no le sea posible
deslindar su mundo interno de los acontecimientos que se producen en la realidad externa. Es fácil
apreciar que esta desafortunada persona se encuentra en desventaja con respecto a otras que poseen
un Yo más apto para resolver las complejidades de las relaciones humanas, por ello a menudo se aísla
como una forma de ocultar su desvalidez y por temor a la competencia ruinosa con tras personas.

Al igual que en todas las otras patologías, se ignora a ciencia cierta qué porcentaje de su conflictiva
radica en un defectuoso equipo congénito, pero lo que sí está a nuestro alcance es el estudio de la
participación que los padres haya tenido para que el paciente presentara este cuadro.

Así, al explorar las experiencias del primer años de vida del individuo nos topamos muchas veces con
que recibió de los padres mensajes tan confusos y contradictorios que le imposibilitaban para tener
puntos fijos de referencias acerca de cómo debe conducirse a fin de manejar el mundo externo ya que
éste le resulta incomprensible.

Así cuando la criatura experimenta hambre lo usual es que llore y dé todas sus muestras de displacer; lo
esperable es que los padres acudan a remediarle sus necesidades, pero si éstos en vez de ello lo castigan
de palabra o de hecho por haber tenido la osadía de molestarlos con su llanto y sus demandas, tal vez el
pequeño ser no se atreva a manifestar su displacer la próxima vez que esté hambriento y es posible que
sus conflictivos padres no le suministren el alimento aduciendo que “…si no lo pidió es de inferirse que
no lo requería…” Con esto ponen al hijo en la angustiante y perpleja situación de no saber qué hacer
ante la emergencia del hambre y ante las demandas de la vida en general.
Por lo anterior, es frecuente observar que la persona aquejada de esquizofrenia es altamente
susceptible a presentar una crisis e incluso sucumbir a un estado de quiebra cuando el mundo externo o
su fase específica del desarrollo le plantea la necesidad de resolver una demanda inesperada y/o
novedosa sobre todo si es compleja.

Los padres le transmitieron al hijo una imagen fragmentada de la conducta a seguir en cada ocasión y el
hijo, en consecuencia, se escinde de acuerdo con el fragmento al que cree estarse enfrentando. De aquí
el nombre acuñado para este tipo de patología, esto es esquizofrenia (raíces: esquizo; frenos).

La forma en que el tratamiento psicoanalítico puede ayudar al esquizofrénico es prestarle juicio de


realidad suficiente para adaptarse a un sistema de vida que demande tan sólo aquellas complejidades
que puede afrontar y resolver, con expectativas de éxito, el sujeto.

PARANOIA.

En este caso el niño visualiza a los padres en forma enteramente distinta al anterior. Aquí las figuras
paternas aparecen como altamente persecutorias pero con una trayectoria rígida, definida, sin
atenuantes e inescapable. Si el niño se somete incondicionalmente a la voluntad paterna las figuras
parentales le permitirán sobrevivir, de no ser así lo aniquilarán irremisiblemente. Aquí no hay medias
tintas, la relación del hijo con sus padres es cuestión de someterse por completo o de lo contrario morir.
Lo anterior genera un odio, a su vez mortal contra las figuras paternas. Pero odiar a los padres es
incompatible con la supervivencia así que la criatura se encuentra en un callejón sin salida.

Si desobedece a los preceptos paternos sus padres lo aniquilarán; para evitar esto sería una solución si
él se les adelantara aniquilándolos antes; pero no existe tal solución ya que su debilidad ante los
poderosos padres no le permite acabar con ellos y en cambio éstos, en retaliación ante sus deseos
asesinos para con ellos, lo asesinarán; además su desvalidez ante el mundo externo debida a su
temprana edad haría que el pereciera si los padres no están.

Tal pavorosa situación sería incompatible con la vida si la mente humana no hubiera encontrado un
escape, enfermo desde luego, pero escape al fin, menos desastroso que la muerte.
El niño reprime, es decir, excluye de su conciencia la agresión de los padres para con él y esto le permite
convivir con ellos, pero como la agresión sí existe es preciso estar perpetuamente alerta para
defenderse de ella; entra entonces en funciones el mecanismo de defensa consistente en el
desplazamiento a otro objeto de las intenciones asesinas de los padres contra el hijo; en la medida en
que este objeto extraño ya no es indispensable para que el niño pueda sobrevivir ya es posible odiarlo y
queda justificada toda agresión que el sujeto ejerza sobre él. Las imagos paternas quedan así liberadas
de su cualidad de aniquiladores del pequeño sujeto, pero eso no basta sino que es preciso reforzar todo
el proceso poniendo en juego la idealización de tales imagos (imago es la representación mental
consciente que un sujeto tiene de un objeto) con lo cual aparecen no sólo negadas sino justificadas y
elogiadas las cualidades persecutorias parentales. A estas alturas del proceso opera otro mecanismo
defensivo más, esto es: la proyección, puesto que se atribuyen a un objeto inocente intenciones
asesinas para con el sujeto cuando en la realidad externa es el individuo quien, escudado en el
convencimiento consciente de que el nuevo objeto intenta aniquilarlo, se considera justificado, de
acuerdo con la Ley del Talión, para proceder a destruir a dicho objeto.

Esta agotadora tarea de estar perpetuamente vigilante con respecto a supuestos ataques de los objetos
del mundo externo contra el individuo condiciona que éste no se permita reposar en su empeño de
otear y neutralizar supuestas agresiones de las cuales se siente víctima. Así desarrolla una hipertrofiada
capacidad de captar el más mínimo signo de pensamiento agresivo en cualquier persona con quien se
relacione, lo cual le hace aparecer más inteligente de lo que realmente es, ya que su inteligencia está
polarizada en este solo aspecto de las relaciones de objeto. Por otra parte, a fin de sostener el complejo
edificio que ha creado, idea todo un sistema de argumentos que presten aspecto de veracidad a sus
creaciones persecutorias y este conjunto de argumentaciones también contribuye a producir la
impresión de un alto grado de inteligencia; éste último mecanismo de defensa es el conocido como
intelectualización.

Por supuesto que todos los mecanismos de defensa son inconscientes. En consecuencia, el paranoico
ignora conscientemente que ha reprimido la agresión que, cree, tienen sus padres contra él, y que los ha
idealizado, que desplazó tal agresión a un objeto inocente, que al odiar a este objeto por considerarlo
enemigo está proyectándole un impulso instintivo propio y que al tratar de justificar todo lo anterior
está sustituyendo juicios genuinos por intelectualizaciones. Por eso es que resulta imposible hacerle
entender al paranoico que su fantasía básica es errónea ya que aceptar tal cosa implicaría caer en
peligro de muerte.

El tratamiento psicoanalítico mediante la paciente tarea de ir interpretándose al sujeto sus mecanismos


inconscientes es posible que logre alcanzar una cierta comprensión por parte del sujeto de que el
paciente y no es más un niño indefenso sino un adulto perfectamente apto para sobrevivir y que tal vez
sus padres no son tan terroríficos como los vivió en su muy temprana edad.
Con todo lo anteriormente expuesto podemos comprender por qué un paranoico se quiebra en el
momento en que recibe, por parte de algún objeto externo, un ataque real que se caracterice por ser
injusto para con el sujeto. También entre en crisis ante una enfermedad real o imaginaria (esto último
es hipocondría) ya que él considera que se le hizo realidad una persecución injusta.

MELANCOLÍA – MANÍA

La persona melancólica se caracteriza por ser víctima de una intensa tristeza aparentemente irresoluble;
por un empobrecimiento de las funciones vitales bajo la manifestación de lentitud y dejadez para
realizarlas; y expresiones verbales de autodevaluación junto con una vivencia de sentimiento de culpa
por haber cumplido adecuadamente con su cometido en relación con los objetos. Curiosamente,
coexiste con todo el cuadro anterior una actitud exigente, demandante e impositiva que espera de los
objetos la reparación constante cual si el individuo fuera una ser extremadamente valioso que se
hubiera ganado el derecho a que el mundo le otorgara privilegios especiales.

En el curso del tratamiento psicoanalítico de sujetos melancólicos aparece un elemento que explica la
contradicción anterior. Se descubre que el individuo visualizó en su temprana infancia a sus figuras
paternas como dignas de ser emuladas, es decir, de identificarse con ellas en algunos de sus aspectos en
tanto que otros eran rechazados pero ante los cuales el joven sujeto se hallaba incapacitado para
impedir que pasaran a formar parte también de sí mismo; o sean que introyectó y se identificó con
algunas funciones paternas en tanto que otras de estas funciones quedaron incluidas en su psiquismo
como objetos extraños dignos de rechazo pero imposibles de expulsar. El melancólico puede llegar
incluso a la extrema situación de suicidarse como único medio de librarse de aquellas características
indeseables que forman parte de sí mismo y que sin embargo pertenecen a sus figuras paternas. Por
supuesto que el rechazo de las funciones no deseadas ha sido reprimido y, en consecuencia, es
inconsciente.

¿A qué se debe que determinados modelos de identidad ofrecidos por los padres resulten indeseables?
La explicación es sencilla, se trata de que están compuestos de una amalgama de elementos
contradictorios que no permite conciliación.

Así, el melancólico sufre la fantasía inconsciente de estar ligado a las figuras paternas –y posteriormente
a los objetos que componen su mundo externo- por un elemento compartido, si bien indeseable, que
pertenece simultáneamente al otro objeto y al propio sujeto. Pero eso no puede tolerar una pérdida de
objeto, ya que la fantasía inconsciente es que el objeto, al partir, se llevó consigo adherida una porción
del propio sujeto, de ahí la vivencia avasalladora de empobrecimiento a causa de la amputación sufrida.
Así su duelo ante la desaparición de un objeto de su mundo externo es un duelo patológico, que se
caracteriza por una incapacidad de sustituir el objeto perdido por otro y otros que suplan sus funciones.
Por ende el duelo de un melancólico es inacabable, el objeto perdido se llevó consigo una parte del
sujeto y éste tiene, pues, la vivencia de haber quedado para siempre empobrecido a causa de la
amputación sufrida.

La situación maníaca comparte con la melancolía la misma etiología. No obstante, los mecanismos de
defensa utilizados son distintos. Aquí el individuo en vez de experimentar un sentimiento consciente de
minusvalía se autovalora con el opuesto: se siente omnipotente y, en consonancia, el afecto
predominante en él es la elación, esto es un júbilo desbordante hipertrofiado e injustificado. A ello va
unida una hiperactividad basada en la pretensión consciente de ir en pos de esos grandiosos logros que
de un momento a otro obtendrá el sujeto. Predomina en todo instante, pues, el mecanismo de defensa
de la “negación”, esto es, aceptar conscientemente como válido algo que en realidad no es así. El odio y
el ataque al objeto se manifiestan bajo la forma de no considerar lo que el objeto precisa y actuar
incluso en contra de él sin percatarse conscientemente de que se le está lastimando.

Al explorar la relación infantil del individuo maníaco con sus figuras paternas se detectan, además de los
elementos presentes en la melancolía, algunos otros más, como es por ejemplo una necesidad de
aparentar ente el mundo externo un status valorado por los padres (riqueza, inteligencia especial,
ancestros ilustres, etc.) pero el cual no se posee.

En la medida en que la melancolía y la manía son dos aspectos de una misma conflictiva ocurre que
quien padece este cuadro nosológico pasa a menudo de un estado melancólico al maniaco y viceversa,
aunque casi siempre es uno de los dos el que predomina.

Supongamos por ejemplo que los padres de una criatura pertenecen a un grupo socioeconómico y
cultural de muy escasos recursos y que se lamentan continuamente de tal desventaja ante la vida. Si sus
quejas se orientan hacia la búsqueda de soluciones para resolver el problema el niño recibirá un
mensaje constructivo para su futura lucha por la vida pero, si por el contrario, los padres adoptan la
conflictiva actitud de que su condición de “pobres” es inescapable y debido a ello les espera una
existencia de sufrimientos, privaciones y demás continuas vejaciones que les infringen los “ricos”
quienes, por serlo se han convertido en unos seres malvados y despreciables y que además acaparan
para sí mismos un sinfín de situaciones placenteras, legítimas unas y espúreas otras, esto crea en el niño
una situación angustiante. Ante un panorama semejante al niño en su identificación con los padres no
le queda más que sumarse a la legión de los “pobres” ya que le han inculcado que “quien es pobre es
bueno”, pero serlo implica sufrimiento, lo cual no es deseable. Así, pues, quisiera ser rico y gozar de las
ventajas de ello, pero eso implicaría ser “malvado” y atacar a sus seres queridos. Es una situación
inescapable, por lo tanto se siente obligado a ser pobre porque eso le provino de sus padres, pero
repudia serlo. Posee pues una cualidad que si bien es suya pertenece en realidad a sus figuras paternas,
modelos para él de identificación.

NEUROSIS OBSESIVA

Aquí podemos descubrir, mediante el proceso de la terapia psicoanalítica, que el infantil sujeto ha
vivenciado a sus padres como figuras integradas con quienes es deseable identificarse. Pero de alguna
manera estos padres han trasmitido al hijo una identificación proyectiva por parte de ellos en el sentido
de que el joven sujeto llegue a realizar los anhelos que a ellos les estuvo vedado obtener. Como no es
posible para un individuo hacer retroceder el tiempo (en forma simbólica, por supuesto) de tal manera
que los propios logros queden adheridos en forma retroactiva a las personas de sus padres, resulta que
el sujeto sucumbe a un sentimiento de culpa –inconsciente, desde luego- por no haber cumplido, a su
juicio consciente, con el ideal del Yo que para él habían forjado sus figuras paternas. El sentimiento
inconsciente de culpa se arraiga en la convicción de haber frustrado a las figuras paternas; de ahí que
una de las sensaciones predominantes en el sujeto obsesivo sea la certeza consciente de estar
cometiendo fraude ante las demás personas que, al parecer del sujeto, lo valoran en más de lo que
realmente vale; de ahí también que se considere perennemente obligado a estar “limpio”, a ser
“perfecto”, a ser capaz de resolver tanto los problemas propios como los ajenos, a ser paladín de lo que
debe ser justo… etc. En realidad, como les es imposible alcanzar semejante cumbre de perfección, se
siente “sucio”, “imperfecto”, duda de su capacidad de mantenerse “justiciero” y considera que no se
avocó con suficiente ahínco a la tarea de resolver absolutamente todos los problemas ajenos o propios.
En la Neurosis Obsesiva aparece pues una cohorte de síntomas que tienen las características de ser
compulsivos, es decir, ineludibles y que además, a nivel simbólico, pretenden la perfección (pisar o no
pisar siempre una raya, corroborar infinito número de veces si se revisó el buen funcionamiento de una
máquina, etc.).

Ante tanta carga de responsabilidades no es de extrañar que el obsesivo –quien no se puede permitir el
lujo de olvidar ningún dato, es decir, de reprimir una idea- busque inconscientemente alivio a su
patología reprimiendo el afecto, o más bien debiéramos decir reprimiendo la capacidad de sentir el
afecto, ya que es frase repetitiva el que los sujetos obsesivos digan: “sé que estoy intensamente enojado
–o enamorado o desilusionado, etc.- pero… no lo siento”.

En la neurosis obsesiva el mecanismo de defensa de la intelectualización está al servicio de aplacar el


sentimiento de culpa conscientemente mediante explicaciones inconscientes de todo lo que le ocurre al
individuo. La omnipotencia tiene como función: capacitar ilusoriamente al sujeto para realizar la magna
tarea que se siente obligado a cumplir. Por eso el superyó del obsesivo es persecutorio ya que siempre
demanda del individuo más de lo que suyo puede dar sin importar cuánto haya dado ya.

HISTERIA

Como se configura este cuadro en la etapa fálica del individuo cuando tiene lugar la formación del
complejo edípico, aquí se hace imperativo reprimir la idea ya que ésta consiste en dirigir las demandas
sexuales del niño hacia uno de sus padres y la agresión en contra del otro, situaciones ambas no
aceptadas por el mundo externo y para las cuales tampoco está preparado el aparato mental ni el soma
de niño. Si el mensaje que la criatura recibe de sus padres es en el sentido de que ni la sexualidad ni la
eliminación de un rival están prohibidas salvo en el caso de que los objetos sean de índole incestuosa,
no se producirá. Pero si las figuras paternas aúnan al mensaje anterior a una conducta seductora para
con el niño, entonces no le será posible a éste desligar sus impulsos instintivos de sus objetos originales,
o sea de los objetos prohibidos. Tampoco podrá, pues, dirigir la descarga del impulso hacia otro objeto,
el cual ya no está prohibido. El resultado se traducirá en una inhibición en mayor o menor grado del
ejercicio de la función sexual primordialmente, en la medida en que la agresión es, en el problema
edípico, desencadenada por la pretensión de ejercer sexualidad con el objeto incestuoso. Si se suprime
la sexualidad queda, automáticamente, abolida la agresión.

En el caso de la histeria no es preciso reprimir el afecto puesto que al quedar la idea en el campo de lo
inconsciente ya está imposibilitado el sujeto de ejecutar motoramente lo prohibido. Por otra parte, los
padres no le prohíben al hijo experimentar el deseo de descarga de los impulsos instintivos, sino tan sólo
ejercer esta descarga sobre los objetos que en ese momento del desarrollo eligió.