Sei sulla pagina 1di 2

El tribunal judicial en Israel [Mîshpat]1

La tradición bíblica atestigua que la constitución de los hijos de Jacob en


entidad nacional conllevó a la institución de una corporación jurídica
(Ex 18,23), situándola así antes de la monarquía, e incluso antes de la
estipulación de la alianza entre el señor y su pueblo en el Sinaí (Ex 19-24),
implantándose la ley mosaica, aunque la importancia de la institución
jurídica es posteriormente secundada al inicio del libro del Duteronomio
(Dt 1,9-18), precediendo al nuevo código legal (Dt 12-26), ordenando por
boca de Moisés la necesidad de cumplir las normas divinas (Dt 4-11). El
mismo código, al hablar de las instituciones de cargo público como son el
rey, los profetas o los sacerdotes, expone primeramente las cuestiones
concernientes a los jueces (Dt 16,18-17,13).
Otros textos fundacionales ponen de relieve cuáles han de ser las
cualidades de los magistrados, que deben ser hombres seleccionados en su
cualificación moral (Ex 18,21; Dt 1,15). Que por su ejercicio han de ser
considerados “hombres valientes, temerosos de Dios, sinceros y enemigos
del soborno” (Ex 18,21); resumiendo las tradiciones del libro del éxodo, se
requiere sobre todo virtud ética y religiosa como presupuesto indispensable
para la administración de la justicia. Además de ser indispensable ceñirse
escrupulosamente a las indicaciones por procesuales provistas por la ley,
indagando con cuidado los hechos bajo su responsabilidad (Dt 13,15; 17,9;
19-18).
Habitualmente el juez inicia su acción a partir de un denunciante que
solicita su juicio. Según la normativa bíblica ninguna acción penal puede
ser iniciada sin la comparecencia de dos o tres testigos. El proceso debe
concluir con un veredicto de condena, ya sea por que se declare culpable al
acusado, o porque resulte condenado el acusador por denuncia falsa. Para la
ejecución de la sentencia se contaba con una serie de personas con él oficio
denominado "vengadores de sangre", aunque la ley bíblica prescriben para
el delito capital que sea “La mano de los testigos será la primera contra él
para hacerlo morir, y después la mano de todo el pueblo. Así extirparás el
mal de en medio de ti” (Dt 17,7). La sanción varía según el crimen,
sintetizando su aplicación en la llamada "ley del talión", constituyendo
como principio de equidad que se ha de infligir una pena proporcionada al
daño cometido. Aquello de “Ojo por ojo y diente por diente” tenía la
función de prevenir que cada cual se tomara la justicia por su mano
dejándose llevar por el primer impulso de una ira desmedida, tratando de
impedir que se tomara cada cual la justicia por su mano. Aunque la

1
cf. P. Bovati, Via della giustizia secondo la Bibbia, 16-19.
1
mayoría de esas penas son inaceptables para nuestra sociedad actual, dada
la desproporción de los actos condenatorios con que se procedía.
Dentro de la literatura bíblica que narra la historia del pueblo de Israel,
se encuentran algunos de los procesos más conocidos popularmente como
pueden ser el caso de la denuncia a Nabot por haber maldecido a Dios y al
rey (1Re 2,18-16), la acusación por falsa profecía contra Jeremías (Jer 26),
y el relato tardío de Susana acusada de adulterio por los ancianos (Dn 13).
Éstos procesos probablemente habrían tenido lugar de forma regular
guardando las normas jurídicas, pero eso no quiere decir que su utilidad
fuera necesariamente, la de conseguir un acto de justicia, sino todo lo
contrario, al igual que ocurrió con los hijos de Samuel tras nombrarlos
jueces (1Sam 8,3). En estos relatos se comprueba cómo las autoridades
judiciales abusaban de su poder, corrompiendo la administración de la
justicia y el derecho entre la población. De modo que, paradójicamente, la
institución legislativa, en ocasiones, causaba daños y dejaba víctimas,
torciendo el sentido por el que se creó.
Pero, será sobre todo la tradición profética, la que con su crítica de la
sociedad, denunciará la perversión de ciertas acciones judiciales. Así, ya
encontramos en el primer testimonio de profecía escrita, en el libro de
Amós, una de las más duras requisitorias contra la corrupción del cuerpo
judicial en el reino de Samaria: “Odian a quien los amonesta en el tribunal
y detestan a quien habla con rectitud” (Am 5,10); “Porque conozco
vuestras numerosas transgresiones y vuestros enormes pecados: oprimir al
inocente, aceptar soborno y atropellar a los pobres en el tribunal”
(Am 5,12). La misma denuncia hacen los profetas de Jerusalén, lamentando
la misma situación en el reino de Judá: “¡Ay de los que llaman bien al mal
y mal al bien, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que
tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!” (Is 5,20). Junto a otros
textos similares que constituyen un filón recurrente en la literatura profética
(Is 1,23; 10,1-2; 29,21; 59,14; Jer 5,28; 22,17; Ez 22,25-29; Mi 3,9-11;
etc.). Añadiendo las repetidas invitaciones proféticas a practicar la justicia,
defendiendo y promoviendo el derecho (Is 1,17; Jer 7,5-6; Ez 18,8;
Am 5,24; Mi 6,8; etc.). Lo cual ponía de relieve que tales exigencias éticas
y religiosas distaban mucho de su cumplimiento en la vida cotidiana del
pueblo de Israel.
Por todo esto es que se apela a la intervención del juicio de Dios (Sal 35;
142; 103,6; 140,13) para que restablezca la justicia como hiciera en otro
tiempo, y cuya voz de aviso nos llega a través de los profetas, no con la
mera intención de condenar, como concluían los tribunales humanos, sino
exhortando a que el injusto retornase al proceder recto, siguiendo la
voluntad de Dios por establecer unas relaciones de igualdad y equidad.