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LOS TROZOS DEL ESPEJO

(FRAGMENTO DE LOS FRAGMENTOS)

Abraham Pérez Aragón

“O mundo me navega e eu não sei navegar”

Clarice Lispector

Advierto desde ahora que no me dispongo a escribir hechos, ni verdades.


Sé de entrada que no es posible. Escribo porque necesito mentirle a
alguien y, por más que la palabra quiera dar cuenta sobre las acciones,
la preciosa traición que la imaginación humana ejecuta sobre cualquier
acontecimiento me llena de una alegría infantil. Quiero decir que prefiero
el suspenso reflexivo que se me impone, que disfruto sin igual la
postergación que supone poner las palabras al papel. (Siempre damos
vueltas, pero sólo es a través de la vuelta que nos damos cuenta de que
toda verdad siempre ha sido inventada).

He nacido y creo que no ha habido vida más nacida que la mía:


llevo cuarenta y dos años abriéndome paso hacia el mundo y por fin el
frío bostezo de la vida ha sacudido mi huesumbre. También amé, no lo
niego; también dejé correr mi patetismo adolescente (en ese amor que,
ahora puedo verlo con toda claridad, siempre entraña algo de adolescente
para sentirse plenamente vivo).

Ahora, sin embargo, que una sensación extraña se instaló


definitivamente en un lugar indeterminado (a veces semeja al vértigo en
la parte baja del estómago, otras veces sube un poco más y puede llegar
hasta la garganta; lo más parecido que puedo encontrar es ese momento
en el que comienza a sintomatizarse una gripe y los balbuceos de la fiebre
junto con el cuerpo cortado lo arrancan a uno de la realidad inmediata
sumergiéndolo en un dulce letargo); ahora, como decía, esa sensación

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constituye la base de mis ruinas y no me han quedado ganas de construir
algo, como tantas generaciones lo han hecho a lo largo y ancho de la
historia. No: el abismo es mi casa y allí no vivo solo.

Comprendo que no me constituyo como una personalidad original,


ni siquiera estoy seguro de que a alguien le interese escribir sobre mí. No
por esto llego a la autocondescendencia. Mucho menos busco acceder a
las alturas. Escribo porque soy pobre de espíritu, porque no me han
quedado ganas de hacer otra cosa. También soy pobre materialmente: el
plástico que sustituyó al cristal de mi ventana hace chillar a la noche. Y
la noche sueña con mi angustia pálida, se disloca desbocada por el fino
hormiguero de mis luchas. No es poesía: son palabras donde uno tiene la
necesidad de ponerlas. Que no se me malinterprete: alguna vez me creí
la historia de ser un estudioso con la superioridad necesaria como para
enseñar a los demás algo acerca de la vida. Renuncié a la solemnidad
prescrita al adulto promedio y a la sobriedad de los discursos porque no
quiero convencer de nada (aunque, quién sabe, quizás sí a alguien).

He gestado monstruos oxidados desde que en vela miraba la


lámpara de iridiscentes máculas, desde que niño me mantenía alerta del
aullido de los árboles y el alegre aleteo de la basura errando por el
pavimento. Suaves temblores de las estrellas, lejanos sueños replicados
en el sueño de la razón. Ciudad de México: infinitud del alma enceguecida
por el magno tránsito, la vasta hechura de la destrucción primera. Sí, soy
lo suficientemente supersticioso para seguir nombrando al alma en la
ciudad, pero no es para mí un consuelo. Lo reafirmo: vivir es saber que
estamos hechos ruinas.

Monstruos: monstruos minúsculos que construyen mi sepulcro,


años de nacimiento en que me entreno para vivir bajo las piedras. O
estallar en ellas, precipitar sus íntimas gravitaciones y escupir sobre las
ciencias, derribar en mi pensamiento las nociones que de mis vuelos
inútiles disuelven la palabra. Acúseseme de sin sentido, de desarme
voluptuoso en la justa medida del exceso de sí mismo. La ciencia me hizo
tanto daño como el cariño.

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II

Mi obsesión siempre fue hacer la vida obscena, pero hasta para la


obscenidad es necesaria cierta fineza para no ser pericos. A los grandes
obscenos les digo que se dediquen mejor a los garridos que a su
metafísica de pelos en el culo. ¡Pero qué digo! Si quiero volar con ellos a
un solo grito; gritar de los yerros desahuciados del otro, del de a un lado,
del de arriba, del de los cuatro puntos.

Cinco soles eclipsados en el horizonte; infinidad de voces, infinidad


de hambrunas; la muerte siempre en su lugar vacío, con el talante triste
y esa sensación que no es escalofrío, ni trago amargo, sino nada. Se
escribe porque se duda y toda iluminación visionaria busca una certeza.
Despertar de los hielos-prisma en la cima de los ojos nos derrite toda
lógica. Quebranto.

III

Me dejo llevar por los impulsos y reconozco que pierdo la noción de forma
cuando doy un jalón a mis vísceras entretejidas. Rehúso de contar un
cuento estructurado porque no quiero poner mis sentimientos en una
caja, con todos los clavos en su lugar para no lastimar tus ojos. Quiero
herirte, porque la vida es una herida abierta que palpita dando de golpes
a la inercia de nuestros cuerpos. Porque te amo, porque te amo cuando
te escribo y porque

Yo

no

Es.

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IV

Desde muy pequeño me dio por jugar con las formas: tomaba la primera
materia que se me supiera maleable y me elaboraba pequeños
monstruos. Mi madre los recibía como regalos, En la escuela me decían
“El Loco” y entonces comprendí que los mediocres le llamaban locos a los
que envidiaban por tener imaginación, y aquellos a los que llamaron locos
supieron que en realidad no tenían nada qué perder más que a sí mismos.

Desde entonces también supe que mi madre experimentaba cierta


simpatía hacia mis demonios personales (si es que existe, en efecto, algún
demonio al que podamos llamar personal), por lo que siempre la he
amado con toda el alma y le he temido como al gran monstruo entre mis
muchas invenciones. Era una serpiente desplumada, despojada de todos
sus ropajes, que me enseñaba su piel brillante bajo las purificadoras
aguas del sol. Yo me la bebía toda como a un veneno suculento.

Quería comerme a mi madre con las palabras cuando florecía su


cuello por las mañanas y yo absorbía con el olfato. Mamá acariciaba mi
cuerpo con la dulzura que sólo tienen los abrazos de un reptil y yo la
amaba dichoso animalito que en sus besos se asfixiaba. Muriéndome en
sus brazos aprendí a darle forma a mis palabras. Pero debo ser más claro.

Los recuerdos se reorganizan significativamente frente a la muerte.


Y si somos nuestros recuerdos, lo que se reorganiza es lo que creemos
ser. Me gusta pensar a los recuerdos como dioses infinitos que se recrean
toda vez que son evocados, toda vez diferentes de como fueron antes y
cada vez más alejados de lo que realmente fueron. Estamos tan llenos de
sueños como de pesadillas que nos experimentan a través de cuerpos
siempre destrozados. Los tiempos nunca son los adecuados, jamás será
suficiente el conocimiento de nosotros mismos para evitar el disfrute que
concede despedazar al otro, despedazarnos en los otros.

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Pesadillas: férreas serpientes con lenguas al rojo vivo que atizan el
deseo y sueñan con paraísos de libertad plena. Mi madre-cobra,
empecinada exigencia de consolidarme como yo era; sí, el deseo que
expresaba con mayor fervor era que yo hiciera lo que deseara. ¿El
resultado? Una tremenda confusión: me amaba con un amor tan
apabullante que cada noche, cuando por fin me dejaba envuelto como un
capullo entre las sábanas, todo el ritmo de mi pensamiento se detenía en
una sola sensación: la de no ser capaz de amarla lo suficiente.

Me fui tornando un niño en extremo flaco y con ojeras de plomo.


Me dio por arruinar todo lo que me era posible: cuando me servía la sopa,
le metía todos los dedos y me embarraba el batidillo en la carita; tiraba
su crema corporal y me deslizaba como un patinador hasta que resultaba
herido. Mamá me corregía con paciencia, siempre con esa breve y densa
caricia con que envolvía mis mejillas; pero, con el tiempo, fui notando su
cada vez más frecuente rictus de decepción: cuando llegaba a casa lleno
de lodo y mierda de perro, cuando me echaba pedos escandalosos
mientras caminábamos por el parque. No dejó de ser tolerante, pero yo
sabía que en el fondo comenzó a brotar fatalmente la llama del odio. Y
me complacía.

No sólo amaba a mi madre, la deseaba con la fruición del borracho


al que le tiemblan las manos sin el vino. Tenía las piernas anchas y
morenas, un impulso irrefrenable por rozar mis mejillas con sus muslos
me poseía. Por las mañanas se vestía y perfumaba en su habitación.
Sentada en la cama, se acomodaba sus aretes cuando yo salía de
bañarme. Todos los días rogaba por que se le cayera uno de las manos
para recogerlo después del piso con toda galantería y sonreírle a sus
oscuros ojos que me absorbían como dos profundas pozas.

Estos gestos súbitos la desconcertaban a la vez que hacían temblar


las comisuras de sus labios con una esperanza dolorosa. Yo era un niño
en aquel fondo y en el fondo de mi corazón lloraba para que mi madre me
rescatara de su propia mirada. Convertimos aquello en una suerte de
ritual esporádico: me arrojaba de bruces en el piso como un desesperado

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nadador en busca del tesoro bajo el agua: me gustaba el aroma de sus
pantorrillas, que sólo he reconocido en la piel de ciertas mujeres. Ella
abría sus piernas como en una distracción y yo me entregaba a los
sombríos trazos apenas insinuados bajo la celosía de sus bragas. Jugaba
a que me asustaba con los monstruos subacuáticos y le entregaba su
pendiente. Y con el pendiente le entregaba mis lágrimas de niño que no
lloraba y ella enrojecía.

[Por continuar…]