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Lexicología y semántica I

Pérez Flores, Edwin Guillermo


Figuras retóricas: origen y definición
La retórica es una disciplina utilizada por varias y disimiles áreas de conocimiento (literatura,
derecho, publicidad, periodismo, ciencias sociales, de la educación, política) con la finalidad de
examinar, crear y aplicar diversos procedimientos y técnicas para que, mediante el manejo
ingenioso del lenguaje, se logre persuadir, provocar una experiencia estética y transmitir un
mensaje (quizá conocimiento) a el receptor del producto configurado con artificios retóricos, los
cuales se intentarán explicar a lo largo de esta breve investigación que está divida en cinco
secciones (las que se entregarán durante el semestre). Por tanto, en esta primera entrega exhibiré el
origen de las figuras retóricas a fin de hallar, delimitar, aplicar una definición, la cual cimentará el
contenido de las secciones posteriores.
El corpus doctrinal de la antigua retórica está dividido, según la Quintiliano, en cinco bloques
temáticos, los cuales se relacionan con las cinco partes del proceso de elaboración del discurso:
invención (localización y selección de los materiales temáticos adecuados, según el género del
discurso a desarrollar), disposición (articulación y disposición de los materiales seleccionados en
el paso anterior), elocución (producción lingüístico-discursiva de los materiales anteriormente
elegidos), memoria (la cual se concentra en la emisión del discurso hecho, al emplear técnicas de
memorización del discurso) y pronunciación (emitir el producto del proceso lingüístico-discursivo
mediante la voz, los gestos). No obstante, la elocución, bloque temático que se desarrollará a lo
largo de esta investigación, posee un conjunto de normas o reglas que ayudan, a quien las utilice,
en la construcción lingüística de los materiales temáticos que originarán un texto retórico. Además,
cabe destacar que la elocución se organiza normalmente en dos apartados muy importantes: la
primera, el de sus virtudes y vicios; la segunda, sus géneros o estilos; respecto al conjunto de
virtudes se puede detallar que “representa, (…), un “ideal” de perfección en el conocimiento y
dominio del código idiomático por parte de los oradores y poetas,(…), ideal que debe presidir toda
actividad discursiva”1 y que, a su vez, se compone de dos prescripciones rigurosas: una, la
corrección idiomática; la otra, la Claridad, el Ornato y Decoro.
La pureza idiomática opera fundamentalmente en las dos unidades básicas de la gramática, es
decir, en la palabra, al corregir tanto las asperezas fonológicas del significante como las semánticas

1
José Antonio Mayoral, “Concepto de figura y sus partes. Su lugar en la doctrina de la elocución retórica”, en Figuras
Retóricas, Madrid, Síntesis, 1944, pág. 17.

1
del significado, y en la oración, al verificar que su morfología, gramática y sintaxis sean idóneas.
Por consecuencia de lo anterior, se deben mencionar los vicios que acompañan a tales virtudes: el
barbarismo (que atenta contra la integridad lingüística de la palabra) y el solecismo (que afecta la
sintaxis de las oraciones), los cuales demuestran un deficiente conocimiento del código de la lengua
por parte del escribiente. No obstante, lo vicios se convierten en figuras retóricas mediante las
licencias que se le permiten al escritor con la finalidad de que cumpla con la métrica de un poema,
por el Ornato del mismo o por las necesidades que crea un arte verbal sin precedentes (Fabula de
Polifemo y Galatea, por ejemplo).
Respecto a las tres virtudes retóricas que articulan la elocución, la Claridad, la primera, “se cifra
en conseguir una fácil inteligibilidad del discurso”2, es decir, está cualidad obliga al rétor o al poeta
a seleccionar vocablos atingentes con un patrimonio lexical aprobado por las instituciones que
vigilan el buen uso de la lengua y, además, a realizar construcciones sintácticas no ambiguas, en
donde se observen patentemente la función de sus constituyentes a fin de regalarle al lector una
fácil comprensión de lo que se escribe. Pero, existen también vicios que oscurecen la ansiada
claridad del discurso: en las palabras se identifican la anfibología (caracterizada por el uso de
vocablos que producen una doble interpretación) y la acirología (sinónimos inexactos, arcaísmos,
neologismos, dialectismos, tecnicismos); mientras que en la oración está la sínquisis o confusión
sintáctica particularizada por la utilización del hipérbaton, la elipsis, el zeugma, los cuales alteran
la configuración sintáctica de los elementos gramaticales de la oración hasta el grado de complicar
su necesaria inteligibilidad; a pesar de lo anterior, aquellos fenómenos de oscuridad retórica pueden
tomar la etiqueta de Licencias y, en consecuencia, embellecer los recursos lingüístico-discursivo
que fundamentan los materiales temáticos del discurso.
El Ornato, segunda virtud elocutiva, “centra su objetivo en la adecuada exornación del discurso,
(…), en estricta correspondencia con una “teoría de los géneros elocutivos” (…) y sus respectivas
modalidades estilísticas”3. Además, se le considera como la virtud elocutiva que caracteriza al
discurso literario (específicamente al poético) debido a que se desvía del uso común de la lengua.
Los artificios exornativos se componen de los recursos lingüísticos que fueron identificados, la
mayoría, en las obras de escritores notables, los cuales impusieron, ciertamente, la norma; así, los
recursos mencionados se clasifican (otra vez) en el ámbito de la palabra y en el de la oración: en el

2
Ibíd., pág. 20.
3
Ibíd., pág. 22.

2
primero se subdividen, a su vez, en metaplasmos (que se refieren a artificios de naturaleza fónico
y gráfica) y tropos (que remiten a la esencia léxico-semántica de un vocablo), mientras que en l
segundo se ubican las figuras (es decir, fenómenos morfo-sintácticos, semánticos y pragmáticos)
y composición (artificios que alteran al discurso en su nivel global, en alguna de sus partes o sus
distintos grados de composición). También, como la Claridad, ostenta ciertos vicios, los cuales se
conocen como defectos o excesos puesto que se particularizan por el uso exagerado de los recursos
exornativos y, además, se ponderan con medidas establecidas desde la antigüedad con el fin de
verificar su correcta utilización.
Para entender la última virtud elocutiva, el Decoro, mostraré las dos clases de las que se
compone: el decoro interno y el externo. El primero se determina por “lograr una perfecta
integración y armonización entre las partes constitutivas del discurso”4 y por estar asechado por el
vicio de la inadecuación de los contenidos del texto retórico y su respectiva manifestación
lingüística, es decir, el “rebajamiento lingüístico de contenidos altos (…) o Tapinosis [esto es, el
empleo de un vocablo exiguo, pobre, popular a fin de referir contenidos cultos o elevados]”5 o
viceversa; por otro lado, el segundo, opera principalmente en la emisión-recepción de los
materiales temáticos que configuran al texto, cuyos vicios se identifican, por ejemplo, en la dicción
del emisor del discurso.
Por último, para precisar una definición de aquello que sea la Figura (la cual se explotará a lo
largo de esta investigación), mencionaré tres cualidades sustanciales de tal artificio lingüístico-
discursivo: la primera, transgrede las leyes de la gramática; la segunda, posee una función
meramente exornativa, es decir, ornamenta las construcciones retóricas y aún más poéticas
mediante el empleo de artificios lingüísticos; la última, no se producen de forma casual o
espontánea, sino que obliga a los rétores o poetas (o cualquier otro usuario de estas) a adquirir un
alto grado de conocimiento de la lengua. Por consecuencia, se puede declarar que la Figura:
Es pues figura postura nueva, diferente de la regular ordinaria, en la dicción y oración, hecha por
necesidad o acaso, o con cuidado y gusto particular por elegancia y hermosura; y es como si
dijésemos una cierta irregularidad de la regla común de hablar, sufrible por uso y autoridad, y aun
agradable, si no pasa los límites de la razón, como se halla en los buenos autores; más, si excede, es
vicio intolerable, como en los malos6.

4
Ibíd., pág. 25.
5
Ibíd., pág. 26.
6
Ibíd., pág. 31.