Sei sulla pagina 1di 190

Índice 3

UNIVERSIDAD INTERCONTINENTAL

LICENCIADO EN TEOLOGÍA

CON RECONOCIMIENTO DE VALIDEZ OFICIAL DE


ESTUDIOS DE LA SECRETARÍA DE EDUCACIÓN
PÚBLICA SEGÚN ACUERDO No. 2005373
DE FECHA 17 DE JUNIO DE 2005

“EL ACOMPAÑAMIENTO ESPIRITUAL


DE LOS QUE EXPERIMENTAN EL DOLOR Y EL SUFRIMIENTO.
El sentido del sufrimiento”

T E S I S

Q U E P R E S E N T A :

FRANCISCO JAVIER MONJARAZ NAVA

PA R A O B T E N E R E L T Í T U L O D E :

LICENCIADO EN TEOLOGÍA

ASESOR: MTRO. JOSÉ LUIS FRANCO BARBA


Índice 4

MÉXICO, D.F. 2012


Índice 5

ÍNDICE

CAPÍTULO I. PRESUPUESTOS ANTROPOLÓGICOS Y TEOLÓGICOS

1. Evolución del concepto de persona……………………………………………………… 7


1.1 De Boecio a Santo Tomás de Aquino………………………………………………. 7
1.2 Santo Tomás de Aquino…………………………………………………………….. 9

2. Origen y destino del hombre…………………………………………………………….. 11


2.1 El hombre, imagen de Dios…………………………………………………………. 11
2.2 Llamada a la santidad……………………………………………………………….. 12
2.3 El proyecto de Dios para el hombre………………………………………………… 16
2.4 Por el pecado entró el dolor en el mundo…………………………………………… 19

3. Recreación del hombre en el misterio de la Cruz………………………………………… 22


3.1 Humano, plenamente humano……………………………………………………….. 22
3.2 El misterio de la Cruz………………………………………………………………... 24
3.3 La obediencia del Hijo hasta la muerte……………………………………………… 26
3.4 Cargó con nuestros pecados…………………………………………………………. 26
3.5 La Cruz de Jesús, manifestación de la Trinidad de Dios……………………………. 27
3.6 Hacer Pascua del dolor………………………………………………………………. 29

CAPÍTULO II. EL DOLOR Y EL SUFRIMIENTO

1. Noción y características del dolor……………………………………………………….. 32


1.1 Noción de dolor……………………………………………….…………………….. 32
1.2 Características del dolor……………………………………….……………………. 36
1.3 Formas de respuesta en la dirección espiritual……………….……………………... 38

2. Noción y tipos de sufrimiento……………………………………..……………………... 40


2.1 Noción de sufrimiento………………………………………..……………………… 40
2.2 Tipos de sufrimiento…………………………………………………..……………... 43

CAPÍTULO III. LA DIRECCIÓN ESPIRITUAL

1. La dirección espiritual…………………………………………………..………………... 47
1.1 La dirección espiritual como servicio de acompañamiento……..…………………... 47
1.2 Presencia e importancia en vida de la Iglesia……………………...………………… 49
1.3 Necesidad de la dirección espiritual en la vida de los fieles……..………………….. 51

2. Dimensiones y tipos de la dirección espiritual………………………………..………….. 54


2.1 Dimensión humanizadora de la dirección espiritual……………………..………….. 54
2.2 Dimensión específicamente espiritual……………………………………..………… 57
2.3 Tipos de dirección espiritual……………………………………………..…………... 59

3. La Virgen María y su influencia en la vida espiritual………………………..…………… 60

CAPÍTULO IV. ASPECTOS ESENCIALES EN EL ACOMPAÑAMIENTO ESPIRITUAL

1. La entrevista de la dirección espiritual y sus características……….………….…………. 62


1.1 La entrevista de dirección espiritual…………………………….…………………... 62
Índice 6

1.2 Frecuencia y tiempo…………………………………………….…………………… 64


1.3 Manifestaciones de la conciencia……………………………….………………….... 66
1.4 Educación de la conciencia…………………………………….……………………. 68

2. Cualidades del acompañante espiritual……………….……………………….………….. 69


2.1 Instrumento del Espíritu Santo………………….………………………………….... 70
2.2 Santidad personal……………………………….……………………………………. 70
2.3 Afecto cordial sano…………………………….…………………………………….. 71
2.4 Respeto por la persona………………………….……………………………………. 72
2.5 Magnanimidad y confianza…………………….…………………………………….. 74
2.6 Padre…………………………………………….……………………………………. 75
2.7 Maestro………………………………………….……………………………………. 76
2.8 Amigo………………………………………………….……………………………... 77
2.9 Buen pastor…………………………………………….……………………………... 78

3. La dirección espiritual ante situaciones de sufrimiento…………………………………... 79


3.1 Saber escuchar………………………………………………………………………... 80
3.2 Empatía……………………………………………………………………………….. 82
3.3 Comprender…………………………………………………………………………... 84
3.4 Ser pacientes………………………………………………………………………….. 86
3.5 Conocer a la persona………………………………………………………………….. 88
3.6 Crecimiento integral………………………………………………………………….. 89
3.7 Enseñar a luchar……………………………………………………………………… 90
3.8 Desequilibrios y personalidad……………………………………………………….... 91
3.9 El misterio redentor del dolor y del sufrimiento……………………………………… 93

CONCLUSIONES………………………………………………………………………….. 100

BIBLIOGRAFÍA…………………………………………………………………………... 107
Índice 7

INTRODUCCIÓN

La elección del tema del presente trabajo de investigación está profundamente

motivada por las constantes y reiteradas intervenciones de profesores y otros autores

respecto al tema de la Cruz de Jesucristo. Podría decirse que, de alguna manera, los temas

de la Cruz de Jesús y de la filiación divina, al que aquél está unido, son el eje transversal de

toda vida cristiana. Mediante ellos es posible conducir a la persona a la experiencia de la

filiación divina en el centro del alma. Ambos temas, la filiación divina y la Cruz de

Jesucristo, conforman a su vez el objetivo de esta investigación.

A partir de la experiencia del dolor y el sufrimiento, en este trabajo se pretende

realizar un acercamiento a esa cuestión en sus diversas manifestaciones en la vida humana,

que permita encontrar un sentido al sufrimiento; no como proyecto de Dios, pero sí como

experiencia del hombre. La presencia del dolor se da en la vida del hombre bajo forma de

dolor físico, dolor espiritual o moral, y dolor psíquico. Resulta claro que, respecto al tema

del dolor psíquico, hay aún muchos caminos por recorrer y muchos más por abrir en la vida

social y también en la vida de la Iglesia; a pesar de todos los objetivos logrados, queda aún

mucho por realizar con el verdadero espíritu de Jesucristo, que pasó por la vida haciendo el

bien, sanando y curando a todos los oprimidos por el mal.

Al plantear algunas de las interrogantes, que surgen en el corazón humano ante el

problema del dolor y del sufrimiento, se propone como objetivo de este trabajo redescubrir

el sentido del sufrimiento, sumergidos en la escuela del dolor. Se pretende hacer uso de las

enseñanzas que el sufrimiento encierra para que mediante el ejercicio de la dirección

espiritual en la vida del cristiano, especialmente de los laicos, se pueda por el sufrimiento,

con el sufrimiento y en el sufrimiento, acompañarles a introducirse en la maravillosa

experiencia de la filiación divina, en el abandono; y también, en cierta manera, a ayudarles


Índice 8

a gozar de la experiencia que los grandes autores y maestros de la espiritualidad han

denominado como centro del alma.

El trabajo se desarrolla a través de cuatro capítulos. El primer capítulo parte de

algunos presupuestos antropológicos y teológicos, que son los cimientos en los que se

apoyan desarrollos ulteriores. Se inicia con la evolución del concepto de persona desde

Boecio hasta santo Tomás de Aquino, enfatizando la dimensión relacional del hombre, que

tiene como base el ser una criatura a la imagen y semejanza de Dios, y que está llamado a

realizar su cristificación en la historia, siendo humano, plenamente humano, para ponerse

en camino de ser divino, plenamente divino.

En el segundo capítulo, ante la realidad del sufrimiento, este trabajo pretende

responder a las preguntas de lo que se entiende por dolor y por sufrimiento, y cuáles son las

coordenadas en torno a las que se desarrolla y se manifiesta la experiencia dolorosa, para

tenerlas en cuenta en el ejercicio de la dirección espiritual.

En el tercer capítulo, se propone la noción de dirección espiritual como un servicio

de acompañamiento en la escucha. Dada su presencia e importancia en la vida de la iglesia,

se sugiere que el acompañamiento espiritual tiene una dimensión humanizadora. En tanto

que la dirección espiritual es un servicio de escucha, se intenta profundizar algo más en sus

principios esenciales, que se convierten en actitudes necesarias para aquellos que han

aceptado la valiosa e inagotable tarea de la dirección espiritual. En el ejercicio de la

dirección espiritual experimentan una prolongación del amor de Dios, que ama a la persona

con amor de Padre, con una particularidad que lo hace ser maestro, médico, amigo, buen

pastor.

El cuarto capítulo plantea algunas líneas de orientación para la dirección espiritual

en general, y, de forma concreta, para la adecuada atención de quienes sufren. Una


Índice 9

adecuada dirección espiritual ayuda a favorecer en la persona un desarrollo integral de su

personalidad, es decir, de todas sus potencias. Este desarrollo permite que pueda entretejer

su eternidad en el tiempo, y abrazar la Cruz, para caminar con Jesucristo en el dolor, para

llegar al abandono del abrazo del Padre que le permita redescubrir el sentido y valor del

sufrimiento en la propia vida.

La metodología con la que se desarrolla la investigación es de tipo deductivo. Parte

de la descripción fenomenológica del sufrimiento, iluminándola con la Sagrada Escritura, la

teología de la Iglesia y el Magisterio, para ofrecer a la persona la dirección espiritual como

una herramienta que le ayudará a crecer en su llamada inicial a la santidad, a configurarse

con Cristo en el ejercicio pleno de las pequeñas grandes cosas del diario vivir.

Deseo aprovechar estas páginas también para mostrar mi agradecimiento.

Agradezco primeramente a Dios, que ha abierto mis ojos a una nueva luz, que ha tocado mi

vida a través de la escuela del dolor, me ha invitado despojarme cada día y en cada

momento de mí mismo, a tomar la Cruz de cada día y seguirle, a redescubrirle en el gozo

que redime.

Después de Dios, agradezco a mis padres, que me han dado la vida y la posibilidad

de ser el que soy. Agradezco a tantos y tantos maestros que han caminado conmigo, sobre

todo a aquellos que sin pretenderlo y muchas de las veces aun sin saberlo, me han

adentrado en el camino de la escuela del sufrimiento.

Particularmente agradezco a todos aquellos que han compartido tantas horas, que,

por amor a Jesucristo, se han vivido Iglesia conmigo y que han dedicado parte de su existir

a trasmitir la experiencia de Dios pensada y acrisolada en el fuego de la verdad divina,

ponerla en nuestros corazones, y ponernos en el camino que nos lleva hacia el Dios que da

la vida.
Índice 10

CAPÍTULO I

PRESUPUESTOS ANTROPOLÓGICOS Y TEOLÓGICOS

1. EVOLUCIÓN DEL CONCEPTO DE PERSONA

1.1 DE BOECIO A SANTO TOMÁS DE AQUINO.

Como es sabido, Manlio Severino Boecio (475/477-524) está considerado como una de las figuras

filosóficas y teológicas que articulan el engranaje entre la edad patrística y la escolástica; es, en

cierto modo, el último de los grandes romanos y el primero de los escolásticos 1. El pensamiento de

Boecio tiene antecedentes neoplatónicos, en particular, de Porfirio y Plotino; es conocedor de

Aristóteles. Entre el legado de ideas que transmite a la edad media, tiene particular resonancia el

concepto que elabora acerca de la persona, especialmente en su obra Liber de persona et duabus

naturis contra Euthychen et Nestorium ad Ioannem Diaconum Ecclesiae Romanae 2, redactado

quizá hacia el año 512/513.

En el concilio de Calcedonia (451) se habían discutido los problemas relativos a la

constitución ontológica de Jesucristo, y las nociones de persona y naturaleza relativas a la persona

de Cristo. Este acontecimiento influye en el pensamiento de Boecio y en el concepto de persona que

elabora en el Liber de persona et duabus naturis, escrito más de medio siglo después de aquel

Concilio3. Boecio emplea el método dialéctico, o filosófico, es decir, el método racional, en esa

elaboración, aunque la obra en su conjunto tiene un marcado carácter teológico. Su definición

influirá de manera importante en los pensadores de la escolástica y de la época medieval, y, a través

de ellos, en el concepto de persona que hemos heredado hasta la actualidad.

Con herencia griega, Boecio comienza describiendo a la persona como prosopon, y se detiene

con detalle en la etimología del término. Elabora a continuación un conjunto de definiciones, y así

define naturaleza como todo lo que es, y en este sentido abarca tanto a los accidentes como a las

1
SAYÉS, J. A., Jesucristo, ser y persona, Aldecoa, Burgos 1984, p. 40
2
Ibidem, p. 41
3
DUSSEL, E., La doctrina de la persona en Boecio, p. 106.
Índice 11

sustancias4; partir de esa perspectiva le permite, a su vez, identificar la naturaleza como esencia; y,

en este sentido, la naturaleza puede ser entendida también como cuerpo y como forma, siendo la

forma la que especifica a cualquier realidad5.

“Hablar de naturaleza concreta e individualizada y hablar de sustancia es lo mismo.

Naturaleza es la esencia de una cosa y toda naturaleza en cuanto existente en si y autónoma en su

realidad, es una sustancia”6.

Una vez establecido el concepto de naturaleza, entra ya a definir el concepto de persona.

Boecio reconoce que la persona no puede ser encontrada fuera del ámbito de la naturaleza, porque,

si así fuera, entiende que estaría enmarcada fuera del ámbito del ser 7.

“Si la persona se encuentra solamente en las sustancias y en estas sólo en las que son

racionales; si además toda sustancia es una naturaleza; si la persona no reside en los seres

universales sino en los individuos, entonces tenemos la definición de persona: es la sustancia

individual de naturaleza racional”8.

Según el sistema neoplatónico que utiliza Boecio, los universales tienen subsistencia propia

pero no son sujeto de accidentes. La naturaleza, en cambio, comprende a las sustancias y a los

accidentes; por esta razón, Boecio busca a la persona en el ámbito de lo concreto y de lo singular, ya

que no puede encontrarse en el ámbito de los universales. La persona se encuentra solamente entre

los singulares y concretos9.

Las sustancias concretas pueden ser a su vez corpóreas y la persona puede encontrarse en

unas y en otras. Para que una sustancia concreta y corpórea sea persona, ha de ser viviente y

racional; como una piedra no es viviente, ni un animal es racional, se concluye que no son persona,

ya que toda persona tiene como característica principal la singularidad.

4
LOBATO, A., La persona, vol. I, “Historia y perspectiva metafísica”, Roma 1973, p. 162.
5
Ibídem, p. 171.
6
SAYÉS, J. A., Jesucristo, ser y persona, Aldecoa, Burgos, 1984, p. 40
7
BOECIO, De persona et duabus naturis, cap. III, PL 64, 1342 C.
8
Ibidem, PL 64, 1343 D.
9
SAYÉS, J. A., Jesucristo, ser y persona, Aldecoa, Burgos, 1984, p. 48.
Índice 12

La persona se encuentra solamente entre las sustancias, y, de entre estas, solamente se

encuentra entre las que son sustancias racionales; además, como ya se ha precisado, toda sustancia

es naturaleza, y la persona no reside en los universales sino en los individuos, entonces nos hemos

encontrado ya con la definición que Boecio hace de persona como una sustancia individual de

naturaleza racional10. Así pues encontramos con Boecio una definición técnica de persona, que en el

fondo no es otra sino la de los Padres capadocios del siglo IV 11.

En orden al objetivo de este trabajo, se puede señalar desde ahora que el concepto de

sufrimiento, y así mismo la tarea de la dirección espiritual de quienes sufren, hacen obviamente

referencia a la persona. Se podría decir que el sufrimiento es, de una parte, un estado de la

individua substantia, del ser humano considerado como sujeto individual. Sin tratar de inferir

conclusiones prematuras de un concepto aislado, interesa, sin embargo, subrayar que el dolor o

sufrimiento resuena en los diversos niveles de la personalidad humana como en un todo. En este

sentido, el sufrimiento tiene un carácter personal. Por otra parte, en la noción boeciana, cabe

destacar que la persona humana se caracteriza por ser rationalis naturae, por su naturaleza racional.

El dolor o el sufrimiento de otros vivientes carece de la dimensión propiamente humana del dolor,

que se plantea ante la inteligencia como una cuestión de sentido, que exige una explicación

racional, y que, al mismo tiempo, se resiste a una explicación racional. Se puede quizá adelantar que

la frustración al analizar racionalmente el sufrimiento es una parte importante de cualquier situación

de sufrimiento verdadero. Ambas cualidades del sufrimiento humano –su carácter personal y su

exigencia de sentido- han de ser tenidas en cuenta en la dirección o acompañamiento espiritual, para

proporciona la adecuada atención a quienes padecen.

1.2 SANTO TOMÁS DE AQUINO.

Dejando de lado los pensadores posteriores a Boecio, que en la historia del pensamiento hicieron su

aportación al concepto de persona, santo Tomás de Aquino es el autor principal que se pronuncia

sobre el tema de la persona humana. Toma como punto de partida la definición de Boecio de

10
BOECIO, De persona et duabus naturis, cap. III, PL 64 1343 D.
11
Cfr. por ejemplo, ALTANER, B., Patrología Espasa Calpe, Madrid 1962, pp. 277 y 282; QUASTEN, J.,
Patrología (II), BAC, Madrid 1973, pp 252 y ss, y 276 y ss.
Índice 13

persona como sustancia individual de naturaleza racional 12, aunque Santo Tomás la modifica a partir

de su concepto de ser, en tanto que actus essendi.

El problema radica en encontrar una noción adecuada de persona; el concepto de persona es

verdaderamente difícil debido a que nuestra experiencia como personas es, al mismo tiempo, una

experiencia de nuestra propia naturaleza. La teología participa de la tarea por la que, partiendo de la

experiencia, se pueda llegar al constitutivo ontológico de la persona. No debería omitirse que es la

teología misma la que hizo surgir el concepto de persona, cuando la filosofía griega carecía de él.

Entre otros, precisamente Santo Tomás realiza una gran aportación y clarificación de ese concepto.

El doctor angélico, como es nombrado, matiza el concepto elaborado por Boecio. Prefiere el

término de subsistente en vez del de substancia, pero no renuncia absolutamente a este último.

Substancia hace referencia al género de las substancias primeras, y entre ellas, de manera más

particular y perfecta se aplica a las substancias racionales 13; es, pues, más preciso hablar de

substancia al referirse a la dignidad singular, o grandeza, de la persona humana. En el artículo

tercero de la cuestión 29, que trata sobre si puede usarse el nombre de persona aplicado a Dios,

Santo Tomás define el concepto de persona como “subsistens in rationali natura”, un subsistente de

naturaleza racional14. Evita así el equívoco que podría darse si se utiliza simplemente la definición

de Boecio para hablar de Dios; según esta, habría que afirmar que en Dios hay tres ‘substancias’ y

la expresión es obviamente equívoca.

Santo Tomás encuentra una equilibrada formulación de la unidad de alma y cuerpo,

aplicando el esquema hilemórfico de Aristóteles, pero superándolo. Llega a la conclusión de que el

alma es forma del cuerpo, en el sentido de Aristóteles, pero también es principio vital intelectual, en

el sentido de Platón15.

12
Santo Tomás propone la noción de Boecio como argumento principal en el artículo 1, titulado De la
definición de persona: “Parece inaceptable la definición de persona que trae Boecio, y que dice así:
<<Persona es substancia individual de naturaleza racional>>”. TOMÁS DE AQUINO, S., S. Th., I, q. 29, a. 1,
Ad primum.
13
Cfr. TOMÁS DE AQUINO, S., S. Th., I, q. 29, a. 1.
14
Cfr. Ibidem, a. 3.
15
Cfr. Ibidem, a. 1. Cfr. también, LORDA, J. L., Antropología Teológica, Eunsa, Pamplona 2009, p. 72.
Índice 14

El Aquinate reserva la definición boeciana como la definición de persona en general, y se

plantea cuál es la definición de persona divina. De acuerdo con la tradición del magisterio y de la

teología anteriores, al estudiar el misterio de la Trinidad, santo Tomás resalta así su dimensión

relacional, precisamente en oposición a un posible carácter substancial. Pone de manifiesto que en

las personas divinas la relación no tiene un carácter accidental, sino que la relación en Dios es la

misma esencia divina, que, por lo tanto, es subsistente 16. En consecuencia concluye que “en la

Trinidad las personas divinas son las mismas relaciones subsistentes” 17. La Trinidad de las personas

divinas constituye a cada persona en su relación los otros; el punto clave es la relación; la identidad

es la relación.

Algunos otros pensadores que han reflexionado sobre el concepto de persona, como por

ejemplo San Agustín, se habían preguntado si estas relaciones (de procedencia) entre el Padre, el

Hijo y el Espíritu Santo no sólo distinguen a las personas divinas, y se habían llegado a plantear si

no sería más preciso afirmar que tales relaciones las constituyen en cuanto tal. Cabría preguntarse,

entonces, si la definición específica de persona puede reducirse a la relación misma en cualquier

caso, también en el género de las personas humanas o angélicas.

Santo Tomás responde a estos planteamientos afirmando que aunque en la significación de

las personas divinas se contenga la relación, ésta no se incluye en la significación de la persona

humana18, y concluye que las personas humanas no se constituyen por su relación mutua. Se

constituyen, en cambio, por su relación con Dios 19. Dado que una persona no puede disolverse en

otros seres, existe siempre siendo ella misma. Así la definición ontológica de Boecio, matizada

posteriormente por Santo Tomás, deja clara la concepción de sujeto ontológico, con características

propias de identidad y de incomunicabilidad. Y se destaca así mismo que la identidad del propio

hombre -creado a imagen de Dios que es Trinidad- no le ha sido dada para que viva en solitario,

sino para que en la relación con sus hermanos exprese para lo que fue creado desde el principio y

sea también una expresión de la relación y comunión intratrinitaria.

16
Cfr. TOMÁS DE AQUINO, S., S. Th., I, q. 29, a. 4.
17
Cfr. TOMÁS DE AQUINO, S., S. Th., I, q. 40, a. 2, ad 1.
18
Cfr. TOMÁS DE AQUINO, S., S. Th., I, q. 29, a. 4, ad 4.
19
Cfr. Ibidem.
Índice 15

Estas nociones, que apenas, cabe apuntar aquí son nociones esenciales sobre el ser humano, y

parece necesario no obviarlas en las cuestiones tratadas en este trabajo. A la hora de analizar el

sufrimiento o el dolor humanos, y su adecuada ayuda a través de la dirección espiritual, tales

nociones apuntan hacia dimensiones especialmente profundas de la personalidad humana. Además

de la dimensión personal del dolor, y de su exigencia de sentido, que ya se han mencionado

anteriormente, interesa tener en cuenta el modo en que el sufrimiento afecta a las relaciones del

hombre con su entorno, y de manera particular con las otras personas. El sufrimiento nace, en

ocasiones, de esas mismas relaciones, cuando se dan alteradas, y altera a su vez la relación que tiene

con los demás quien padece. Afecta, de una manera aún más particular, a la relación que tiene el

hombre con Dios, y es en esta relación singular donde cabe encontrar la salvación.

2. ORIGEN Y DESTINO DEL HOMBRE EN DIOS.

2. 1 EL HOMBRE, IMAGEN DE DIOS.

Al abordar el tema del hombre como imagen de Dios, aparece también el tema del sentido y la

grandeza de la dignidad de la persona humana. Es importante precisar la importancia de ese

concepto teológico. Para llegar a la idea concreta de persona humana como imagen de Dios, de su

dignidad y su valor, ha sido preciso realizar en el pensamiento filosófico y teológico un esfuerzo

singular; de forma paralela, exige en la cultura y en la sociedad una gran toma de conciencia. En

este sentido, tampoco tendría sentido omitir la aportación del pensamiento cristiano, que ha

insistido constantemente en él, ni negar la fuerte influencia en la historia de tantos cristianos, que en

su diario vivir han defendido y testimoniado el gran valor de la persona humana. Ambos elementos

-la claridad de la enseñanza y la vida real de numerosos hombres- son esenciales para entender el

mensaje sobre la grandeza de la persona humana.

De acuerdo con la Sagrada Escritura, la tradición y el magisterio de la iglesia, en el corazón

de la revelación cristiana está la afirmación de que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza

de Dios. Esto implica, entre otras cuestiones, que el hombre tiene capacidad para amar a su creador

y asemejarse a Él. Dios en un acto de amor creó al hombre a su imagen y semejanza 20. El Catecismo
20
Gen 1, 27
Índice 16

de la Iglesia católica enseña que el hombre ocupa en la creación un lugar especial por su propia

naturaleza; que es en sí mismo la unión del mundo material y del mundo espiritual; que esta unión

constituye la grandeza de la dignidad de la persona humana; y que por ser imagen de la Trinidad

esta llamada no a vivir en la soledad sino en la comunión.

Son muchas las implicaciones que se originan de tal planteamiento, que ha influido desde los

Padres de la Iglesia hasta hoy, a lo largo de la historia del pensamiento. De ellas, se desprenden

respuestas a los grandes interrogantes que desde siempre el hombre se ha hecho sobre si mismo:

¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, y ¿hacia dónde voy?

“¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de

tantos progresos hechos, subsiste todavía? ¿Qué valor tienen las victorias logradas a tan caro

precio? ¿Qué puede dar el hombre a la sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? ¿Qué hay después de

esta vida temporal?”21

Entre otras grandes cuestiones, tales preguntas de fondo ponen al hombre frente a sí mismo y

frente a la gran realidad de la cuestión del dolor, de su sentido para la vida humana, sobre su razón

de ser. Hacen al hombre preguntarse si tienen algún sentido sus sufrimientos y dificultades, sus

dolores y sus enfermedades. Conducen a preguntarse si puede encontrar en ellos alguna enseñanza

sobre sí mismo o sobre su existencia, o alguna enseñanza sobre su relación con Dios, con sus

hermanos y con aquellos con los que le ha tocado compartir y caminar la vida. Sobre estas

cuestiones se desarrollan algunos de los capítulos de este trabajo, que intentan responder a la

cuestión del sufrimiento en la experiencia humana.

Por otra parte, el Concilio Vaticano II, en los números 12 al 26 de la constitución dogmática

Gaudium et Spes, expone magistralmente el tema sobre el ser del hombre y manifiesta cómo el

hombre es el único ser sobre la faz de la tierra de todas las criaturas visibles que es y ha sido capaz

de conocer y amar a su creador; y es en la tierra la única criatura a la que Dios ha amado por sí
21
CONCILIO VATICANO II, Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 10. En otros momentos vuelve la
misma Constitución sobre la cuestión del dolor. “El hombre sufre con el dolor y con la disolución progresiva
del cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la desaparición perpetua” (GS, n. 18). “Por Cristo y en
Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta
oscuridad” (GS, n. 22).
Índice 17

misma22. Es decir, la comprensión del hombre como imagen de Dios está ligada a la peculiar

relación que el hombre tiene con Dios

La noción del hombre desde la categoría de imagen de Dios, permite entender la constitución

esencial del ser humano. El Catecismo de la Iglesia Católica observa que esa noción revela la

dignidad singular de cada hombre, que –a diferencia del universo material- no es simplemente algo,

sino alguien que está situado ante el Tú de Dios 23. La dignidad del ser humano puede fundamentarse

en distintos planos: en tanto que posee una naturaleza racional y libre –que le sitúa por encima de

las demás criaturas-; en tanto que sujeto –que no puede ser nunca tomado como un simple objeto-; o

en cuanto a la perfección añadida por sus acciones -cuando estas le conceden una particular

dignidad moral-. Estos sentidos de la dignidad humana son asumidos y superados en esa particular

dignidad del hombre ante Dios. Por ella, el hombre ha de ser considerado no solamente como algo

valioso, sino además como algo sagrado.

No conviene olvidar –por más que sea sabido- que el motivo de la creación en general, y de

forma particular de la creación de los hombres no radica en ninguna necesidad interna en Dios. Dios

no puede ser movido por algo ajeno a Sí mismo, como si careciera de algún objeto o cualidad que

hubiera de buscar en otro. Tal necesidad haría de Dios un ser imperfecto o finito, y esto es

contradictorio.

“¿Qué cosa, o quién, fue el motivo de que establecieras al hombre en semejante dignidad?

Ciertamente, nada que no fuera el amor inextinguible con el que contemplaste a tu criatura en ti

mismo y te dejaste cautivar de amor a ella; por amor lo creaste, por amor le diste un ser capaz de

gustar tu Bien eterno”24.

Por otra parte, la revelación de Jesucristo completa el mensaje contenido en el relato del

Génesis. La semejanza del hombre con Dios es, de forma particular aunque no exclusiva, semejanza

con el Hijo. El proyecto inicial de Dios, al crear a la persona humana, contiene la llamada para que

22
Cfr. GS, n. 12.
23
Cfr. CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, n. 357.
24
CATALINA DE SIENA, S., Il dialogo della Divina provvidenza, 13, G. Cavallini, Roma 1995, p. 43, cit. en
CIC 356.
Índice 18

se asemeje a Cristo, o para que seamos hijos en el Hijo. De tal forma que puede concebirse la

existencia humana como un proceso o camino de cristificación.

Es decir, la revelación de Cristo sobre el hombre revela al hombre de manera singularmente

profunda quién es el hombre mismo25. Desde su creación, la persona humana es llamada a vivir en

alianza con Dios26, y para desplegar sus capacidades en bien de sí mismo y de sus hermanos.

Cuando la persona humana se plantea cuál es su origen, para qué ha venido a la existencia, cuál es

el sentido de su vida,… encuentra en lo más profundo de su personalidad un anhelo de Dios, un

anhelo de infinito. Con frecuencia ese deseo de infinitud se hace explícito ante la comprensión de la

propia limitación, de la propia pequeñez, ante el dolor, el sufrimiento o la muerte, que se

experimentan como extraños a aquel deseo de plenitud, o, en cierta medida, como ajenos al plan

original de la creación.

Santo Tomás –entre tantos otros autores- recoge esos conceptos cuando trata al hombre en

tanto que imagen de Dios. Para él, el hombre, de naturaleza racional, es la más perfecta de las

criaturas27, y lo es por ser precisamente imagen de Dios. Ese planteamiento provoca un verdadero

vuelco en la concepción de Aristóteles. El fundamento de Santo Tomás es la revelación de la

Trinidad de personas en Dios y de la encarnación redentora del Hijo. Sobre ambas se funda una

visión de la grandeza y dignidad de la persona humana, que está llamada en Cristo a participar de la

condición filial. Por esto, se ha llegado a afirmar que la fe trinitaria y cristológica ha sido esencial

para desarrollar la doctrina cristiana sobre la grandeza y dignidad de la persona humana 28.

2.2 LLAMADA UNIVERSAL A LA SANTIDAD

25
Cfr. GS, n. 22.
26
Cfr. CIC, n. 357, y GS, n. 14.
27
Cfr. TOMÁS DE AQUINO, S., S. Th., I, q. 29, a. 3.
28
Cfr. GS, nn. 12, 27 y 35.
Índice 19

Dios al crear al hombre a su imagen y semejanza, lo ha hecho capaz de participar de su

gloria; lo ha llamado a ser gloria de Dios en medio del mundo; ha querido que el hombre

sea santo como sólo El es santo. Esta llamada de Dios a la santidad la experimenta la

creatura en todo tiempo como un anhelo de la eternidad divina. Leemos con San Agustin:

“Me creaste Señor para ti y mi espíritu está inquieto hasta que descanse en ti”.

Para mostrar de manera adecuada lo que la Iglesia entiende como santidad, es

importante recurrir a la percepción que la Iglesia tiene de este misterio e introducirnos a sus

fundamentos en la doctrina del Concilio Vaticano II, sobre todo en el capítulo V de la

constitución dogmática Lumen Gentium, que es el documento decisivo respecto a este tema

de la santidad en la iglesia. Además de su desarrollo postconciliar y sin olvidar las grandes

aportaciones que respecto al tema han hecho innumerables santos a través de la historia de

la Iglesia.

Al nombrar la santidad nos referimos expresamente a Dios, porque sólo Dios es

Santo, es el tres veces Santo, proclamado en la visión de Isaías por los serafines con una

perpetua alabanza. La Iglesia ha tomado esta alabanza en la liturgia de la Misa

proclamando “Santo, Santo, Santo, es el Señor Dios del universo, toda la tierra está llena de

su gloria”29. De ahí que, cuando hablamos de santidad, sólo podemos referirnos a Dios, si es

que queremos tener una comprensión de la santidad de manera total, de manera plena, ya

que sólo Dios es el absoluto y, por lo tanto, sólo en Él están integradas todas las cosas y

mana de Él de manera inequívoca. Este atributo divino que es la santidad hace posible

afirmar que Dios es el tres veces Santo. Puede entenderse de esta manera que todo es santo

en Dios: su ser, su nombre, su voluntad, sus acciones; es decir, la santidad es en Dios su

esencia más íntima.

29
Is 6, 3.
Índice 20

Este Dios que es el Santo ha querido manifestarse a los hombres mostrando su amor y

benevolencia; se ha presentado como un Dios cercano y ha hecho resonar en lo más íntimo

del corazón de los hombres su voz, con la que invita a seguirlo en santidad, a ser santos

como sólo Él es Santo… “Sed santos porque yo el Señor, tu Dios, soy Santo” 30. Es decir, la

santidad que los hombres pueden tener, la poseen por participación. Mientras caminan por

esta tierra no son poseedores de una santidad absoluta y total, ya que esta le corresponde

sólo a Dios. Las personas humanas, creadas a su imagen y semejanza, mientras avanzan en

esta tierra hacia la verdadera casa que es el cielo, participan de esta llamada a la santidad

pero de manera relativa e incompleta, pues ninguno podrá decir jamás que ya se ha llenado

suficientemente de santidad. La santidad a la que están llamados los hombres ha de ser

entendida como aquella santidad que es un camino que tiene como meta el cielo, la gloria

de Dios; por lo tanto, en tanto que es camino, el hombre estará siempre sujeto a mejorar

cada día y a tener la oportunidad de comenzar y recomenzar e ir cada día de bien en mejor.

Si se entiende esta santidad no como un camino, sino como una meta, se plantea un

problema que hace fijar su destino en esta vida temporal, fuera de la eternidad de Dios y

ello cambiaria absolutamente el sentido y razón de ser de la santidad que la Iglesia quiere

presentar al mundo como verdad y la llamada más íntima que hay en el corazón del

hombre, una santidad en la que siempre se puede crecer más.

Jesús el Hijo de Dios vivo es presentado desde su nacimiento como el Santo de

Dios31. Él mismo ha hecho resonar en lo más profundo del hombre su voz, que nos invita a

ser perfectos como su Padre celestial es perfecto 32. De ahí que pueda afirmarse que a los

hombres la santidad les viene por participación de la santidad de Jesucristo, porque sólo Él

es Santo como Dios es Santo. Para acceder a esta santidad, el hombre tiene como puerta de

entrada el bautismo que provoca un nuevo nacimiento e invita a manifestar los frutos de la

30
Lev 19, 2
31
Lc 1, 35
32
Mt 5, 48
Índice 21

gracia recibida en el bautismo a través de las obras. El bautismo abre a una relación viva y

personal con Dios, y en la medida que estamos más unidos con Dios, hace posible que vaya

en constante crecimiento; es decir, puede hacer que todas las acciones en la vida ordinaria

del hombre le hagan tender al bien en la búsqueda de lo justo, lo recto, lo verdadero y cada

uno de estos actos le santifican y le ponen de manera consciente y activa en la búsqueda y

conquista de su propia santificación personal y le facilitan el camino para tener bien puesta

su mirada en la meta a la que aspira. Una búsqueda de la propia santidad vivida de esta

manera se convierte en el hombre en el motor que orienta todos sus actos, sus sueños y

aspiraciones. En esta dinámica encontramos la pedagogía de la santidad que se va

realizando en el diario vivir y el hombre la entiende en sí mismo como algo que debe

alcanzar; la experimenta en su propio interior como la impronta que le fue impresa desde su

creación, y tiene como tarea realizarla en su propia historia como una santidad que se ha de

alcanzar en camino. Esta santidad está presente de alguna manera desde que el hombre ha

iniciado su caminar. En la historia de la humanidad la ubicamos en las narraciones de los

orígenes en los textos bíblicos, pero el hombre en su propia historia la encuentra

cristalizada en su bautismo y la realiza en su propia vida de manera progresiva como algo

en lo que va creciendo cada día. Desde la grandeza de la libertad que se ha depositado en

manos del hombre tiene la oportunidad de ir construyendo la propia santidad; por tanto, ese

camino que se convierte en la realización de la propia santificación implica un camino de

conversión y purificación progresivos.

Siendo Jesucristo el portador de la santidad, la ha comunicado a los hombres a través

de toda su vida y en cada uno de sus actos nos ha mostrado como es Él mismo la fuente de

la que brota toda santidad, la verdadera santidad. Se presenta a sí mismo como el camino

por el que podemos transitar para construir y alcanzar la propia santificación. Cristo ha

asumido en todo la naturaleza humana, y, siendo plenamente Dios, se hizo plenamente

hombre para enriquecernos con su pobreza y mostrar así el camino de la santificación y de


Índice 22

la perfección de todo lo humano. Ha manifestado en sí mismo que un hombre santo es

aquel que es capaz de abrirse a Dios y descubrir en Él su propio fin y su propia plenitud

personal; con su propia vida Jesús muestra cómo el hombre que vive abierto a Dios es una

persona cada día más perfecta y puede asumir su historia y toda las dimensiones de su

humanidad; es un hombre más humano cuanto más santo es. En esto radica la verdadera

santidad del hombre, en que pueda empeñar todas sus potencialidades humanas en alcanzar

constante y progresivamente su propia plenitud y perfección humana, en que sea mejor

persona más humano consigo mismo y más hermano de sus hermanos. El hombre que ha

podido comprender toda la intensidad y la profundidad del misterio que se encuentra oculto

en estas palabras, es capaz de ponerse a sí mismo en camino de perfección, en camino de

santificación, que es a su vez su propio camino de humanización. En esos términos, Pedro

se dirigía a los primeros cristianos “Así como es Santo el que los llamo, sean también

ustedes santos en toda su conducta conforme a lo que dice la escritura: sean santos porque

yo soy Santo”33. Hoy nuevamente resuena esta voz de Pedro que invita a vivir inmersos en

esta santidad y que sumerge en la inmensidad del amor de Dios, muchas veces por el

camino del dolor y de sufrimiento.

El capítulo V de la Constitución Dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II

ha sido dedicado a la “Vocación universal a la santidad en la Iglesia”. Es un texto doctrinal

de singular importancia que merece ser leído y meditado por todos los cristianos con

especial atención. El documento manifiesta que “Los fieles todos, de cualquier condición y

estado que sean, fortalecidos por tantos y tan poderosos medios, son llamados por Dios

cada uno por su camino a la perfección de la santidad por la que el mismo Padre es

perfecto”34.

Como doctrina propia del magisterio de la Iglesia este capitulo constituye un caso

33
1Pe 1, 15-16.
34
CONCILIO VATICANO II, Constitución dogmática Lumen Gentium, n. 11.
Índice 23

único, pues antes de él la Iglesia no habia dedicado tanto tiempo a la reflexion sobre la

santidad, con la intención. Se recogen aquí algunos de los textos del Vaticano II, Lumen

gentium, cap. V que se refieren a la universal vocación a la santidad en la Iglesia.

“La Iglesia, cuyo misterio expone este sagrado Concilio, creemos que es

indefectiblemente santa, ya que Cristo, el Hijo de Dios, a quien con el Padre y el Espíritu

llamamos “el solo Santo”, amó a la Iglesia como a su esposa, entregándose a sí mismo por

ella para santificarla (cf. Ef 5,25-26), la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la

enriqueció con el don del Espíritu Santo para gloria de Dios. Por eso, todos en la Iglesia, ya

pertenezcan a la jerarquía, ya pertenezcan a la grey, son llamados a la santidad, según

aquello del Apóstol: “Porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación” (1 Tes 4,3;

Ef 1,4). Esta santidad de la Iglesia se manifiesta incesantemente y se debe manifestar en los

frutos de gracia que el Espíritu Santo produce en los fieles; se expresa de múltiples modos

en todos aquellos que, con edificación de los demás, se acercan en su propio estado de vida

a la cumbre de la caridad”35.

“Nuestro Señor Jesucristo predicó la santidad de vida, de la que Él es Maestro y

Modelo, a todos y cada uno de sus discípulos, de cualquier condición que fuesen. “Sed,

pues, vosotros perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto” (Mt 5, 48) (…). Los

seguidores de Cristo, llamados por Dios, no en virtud de sus propios méritos, sino por

designio y gracia de Él, y justificados en Cristo Nuestro Señor, en la fe del bautismo han

sido hechos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y por lo mismo santos;

conviene, por consiguiente, que esa santidad que recibieron sepan conservarla y

perfeccionarla en su vida, con la ayuda de Dios (…). Fluye de ahí la clara consecuencia que

todos los fieles, de cualquier estado o condición, son llamados a la plenitud de la vida

cristiana y a la perfección de la caridad, que es una forma de santidad que promueve, aun

35
LG, n. 39.
Índice 24

en la sociedad terrena, un nivel de vida más humano. Para alcanzar esa perfección, los

fieles, según la diversa medida de los dones recibidos de Cristo, siguiendo sus huellas y

amoldándose a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, deberán esforzarse

para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Así la santidad del

Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como brillantemente lo demuestra en la

historia de la Iglesia la vida de tantos santos”36.

“Una misma es la santidad que cultivan en cualquier clase de vida y de profesión los

que son guiados por el espíritu de Dios y, obedeciendo a la voz del Padre, adorando a Dios y al

Padre en espíritu y verdad, siguen a Cristo pobre, humilde y cargado con la cruz, para merecer

la participación de su gloria (…). Por consiguiente, todos los fieles cristianos, en cualquier

condición de vida, de oficio o de circunstancias, y precisamente por medio de todo eso, se

podrán santificar de día en día, con tal de recibirlo todo con fe de la mano del Padre Celestial,

con tal de cooperar con la voluntad divina, manifestando a todos, incluso en el servicio

temporal, la caridad con que Dios amó al mundo”37.

“Quedan, pues, invitados y aun obligados todos los fieles cristianos a buscar la

santidad y la perfección de su propio estado”38.

Conviene así mismo recordar alguno de los comentarios que escribió Juan Pablo II

precisamente sobre ese texto conciliar

“Conviene además descubrir en todo su valor programático el capítulo V de la

Constitución dogmática Lumen Gentium sobre la Iglesia, dedicado a la «vocación universal

a la santidad». Si los Padres conciliares concedieron tanto relieve a esta temática no fue

36
LG, n. 40.
37
LG, n. 41.
38
LG, n. 4.
Índice 25

para dar una especie de toque espiritual a la eclesiología, sino más bien para poner de

relieve una dinámica intrínseca y determinante. Descubrir a la Iglesia como «misterio», es

decir, como pueblo «congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».

Llevaba a descubrir también su «santidad», entendida en su sentido fundamental de

pertenecer a Aquél que por excelencia es el Santo, el «tres veces Santo» (cf. Is 6,3).

Confesar a la Iglesia como santa significa mostrar su rostro de Esposa de Cristo, por la cual

él se entregó, precisamente para santificarla (cf. Ef 5,25-26). Este don de santidad, por así

decir, objetiva, se da a cada bautizado. Pero el don se plasma a su vez en un compromiso

que ha de dirigir toda la vida cristiana: «Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación»

(1 Ts 4,3). Es un compromiso que no afecta sólo a algunos cristianos: «Todos los cristianos,

de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la

perfección del amor»“39.

Uno de los teólogos que contribuyeron a la redacción de la Lumen Gentium fue el

teólogo Gerard Philips. Comenta que los padres conciliares quisieron expresar con toda

claridad en esta constitución diversas dimensiones sobre la llamada de todos los fieles

cristianos a la santidad y situarla antes de la parte que se ocuparía de los religiosos, para

evitar que la de estos se percibiera como una especie de aristocracia de la santidad y por el

contrario la santidad de los laicos fuera entendida como una santidad de segunda clase40.

Es importante resaltar que, según la opinión de algunos teólogos, el Concilio

pretende hablar de la santidad como un proceso que abarca e incluye toda la existencia del

cristiano siguiendo el modelo de Jesús, que siendo obediente al Padre se ha hecho hombre y

se ha asemejado en todo a nosotros menos en el pecado y tomando consigo todos nuestros

pecados, nos ha redimido con el precio de su propia sangre, dándole en la Cruz un sentido

redentor al sufrimiento dentro de la dinámica propia de la santidad. Entiende esta santidad

39
JUAN PABLO II, Carta apostólica Novo millennio inneunte, nn. 30-31.
40
Cfr. PHILIPS, G., La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II (2), Barcelona 1969, pp. 87-89.
Índice 26

como la santificación que ha de alcanzar el cristiano inserto en su propio proceso de

santificación guiado por el Espíritu Santo, que es el autor de la propia santidad y de todo

camino de santidad en la Iglesia. Es decir que el hombre que se deja conducir por el

Espíritu de Dios conquista de una manera progresiva su propia conformación e

identificación con Cristo que es plenamente hombre y plenamente Dios. Los dones

bautismales conforman al cristiano con Cristo y hacen del otro Cristo, operan en él la

cristificacion; de ahí que la llamada a la santidad es una invitación a alcanzar la propia

santificación entendida desde el empeño en vivir ya desde ahora lo que ya es por la gracia

desde el día de su propio bautismo y en llevar a la vida las implicaciones de su propia

cristificacion según su propio estado y condición de vida, dejándose guiar por el Espíritu

Santo como hijo del Padre en Cristo que lo encamina hacia la plenitud de su vida41.

Puede decirse que esta llamada universal a la santidad es universal, personal y

personalizada. Universal porque no acepta en si misma excepciones de ningún tipo; ni de

edad, ni de sexo, ni de condición social, ni de estado de vida 42. Personal porque Dios la ha

dirigido posando su mirada sobre cada uno para llamarlo a seguirle y porque los caminos de

la santidad son múltiples en tanto que son múltiples también las personas que han recibido

ese llamado, y son adecuados según la vocación de cada uno 43. También se puede afirmar

que esta llamada universal a la santidad es personalizada, pues aunque está dirigida a todos

no deja de tener en cuenta que los caminos de la santidad son personales a cada hombre y

exigen que los caminos de la santidad tengan una pedagogía propia y auténtica, según los

ritmos de cada uno y que sean capaces de adaptarse a las realidades de cada uno y

facilitarle su santificación en las circunstancias más cotidianas y ordinarias de la vida de su

vida. Por tanto podemos entender que la santidad de la que hablamos tiene dentro de sí

misma una dinámica de multiplicidad y multiformidad dentro de su realización; es decir, no

41
Cfr Rm 8, 14.
42
Cfr. JUAN PABLO II, Carta apostólica Novo millennio ineunte, n. 30
43
Ibidem, n. 31.
Índice 27

se realiza en todos de la misma manera; es multiforme y tiene tantos caminos de santidad

como caminos existen en el mundo; se basa en la invitación de Jesucristo que se dirigió a

todos y sin excepción diciéndonos: “sed perfectos como vuestro Padre celestial es

perfecto”44. Esta invitación no es cosa de privilegiados, a todos nos llama el Señor, no

importan en qué lugar estemos o cual sea nuestra profesión, nuestra condición o nuestro

oficio45.

2.3. El VIVIR DIARIO

La escuela del dolor tiene dentro de si una fuerza transformante que se ha de procurar

redescubrir en el camino de la dirección espiritual. El servicio de acompañamiento ha de

tener como tarea, el ayudar a la persona a hacer pascua con Cristo en el dolor a través de la

vida cotidiana. El vivir diario es el espacio propicio para la santificación; es la realización

en el tiempo de la llamada que Dios ha hecho a cada uno a ser santos como Él es santo. El

dolor y el sufrimiento conforman muchas veces la pedagogía de Dios para conducirnos de

la pérdida del sentido de la vida, a la experiencia de la filiación divina que experimenta el

hombre redimido.

Estamos llamados por Dios a vivir nuestra propia eternidad en el tiempo, ya que el

tiempo es para el hombre el espacio en el que puede hacer de sí mismo y de su propia

historia una historia de salvación en el seguimiento de Cristo que lo ha llamado a ser santo.

Desde la perspectiva de la teología al reflexionar sobre la categoría del tiempo tal y como

manifiesta Juan Pablo II en la Carta Apostólica Tertio Milenio Adveniente cuando afirma

que “En el cristianismo, el tiempo tiene una importancia fundamental. Dentro de su

dimensión ha sido creado el mundo, en su interior se desarrolla la historia de la salvación.,

que tiene culmen en “la plenitud del tiempo” de la Encarnación, y su meta en la vuelta

gloriosa del Hijo de Dios al final de los tiempos. En Jesucristo, Verbo encarnado, el tiempo
44
Mt 5, 48.
45
ESCRIVÁ DE BALAGUER, San Josemaría, Carta 24, III, 1930.
Índice 28

llega a ser una dimensión de Dios, que en sí mismo es eterno”46.

Una decisión del amor de Dios hizo entrar a su Hijo en nuestro propio tiempo,

hacerse uno de los nuestros; entonces en la encarnación del Hijo de Dios hecho hombre por

nosotros están integradas todas las dimensiones del tiempo del hombre y las diversas

vivencias que este experimenta en la cotidianeidad. Es decir, la cotidianeidad se convierte

para el hombre en la oportunidad de santificación, en el espacio para que podamos lograr y

alcanzar la santificación. Cada vez que cada hombre y mujer conscientes de su llamada a la

santidad, realizan sus actividades cotidianas en el diario vivir, proyectados cara a Dios,

están realizando con toda conciencia su santificación en lo ordinario y convirtiendo eso

ordinario en extraordinario y en la fuente y el camino que los llevará a su destino en Dios.

En el tiempo que ya es de Dios y que con la entrada de Cristo en nuestra historia le ha dado

una nueva dimensión, el hombre hace su propio espacio para entretejer su eternidad en el

tiempo. El tiempo ha sido asumido por Cristo y con Él todo lo cotidiano ha venido a tener

una nueva cara para el hombre sacándolo del riesgo de la monotonía; precisamente dentro

de ese tiempo que por ser del hombre es humano y por haber sido asumido por Cristo es ya

divino, es donde está llamado el hombre a desenvolverse en su santificación y santificar a

través de él todas las cosas; es decir, está invitado a hacer extraordinario lo ordinario desde

el amor, a impregnar los ambientes de ese amor que lo conoce todo y que lo comprende

todo, que es capaz de transformarlo todo.

Todo lo que existe tiene inscrito en sí mismo una huella de Dios, es un reflejo de

Dios, todo lo que existe es un destello de su amor. También es importante que se haga todo

lo posible por empezar a ver el tiempo a la luz de Dios, pues es precisamente en el tiempo

el espacio que el hombre tiene para ponerse frente a Dios y cristalizar en Él todas sus

potencialidades a la luz de la eternidad de su Creador; Dios no ha sido ajeno o indiferente a

46
JUAN PABLO II, Carta apostólica Tertio Milenio Adveniente, n. 10
Índice 29

las necesidades del hombre y en su Hijo Jesucristo ha abierto la posibilidad de santificarse

en el tiempo como en el propio espacio vital, da la oportunidad a cada uno de tender hacia

Él desde sus propias circunstancias, que pueden ser tan nuevas como cada uno decida

hacerlas y si cada uno se da la oportunidad de escuchar la voz de nuestro interior que tiene

en sí mismo un anhelo de eternidad, que por sí mismo tiende hacia Dios; entonces se está

haciendo ya viva y presente nuestra eternidad en el aquí y ahora. Es impregnar de Dios y de

los valores del evangelio los propios ambientes, que tienen ya en su interior la huella de

Dios. Los cristianos están llamados a dejar resplandecer, en la propia vida y con la propia

vida, la vida de Dios que ya está entre nosotros. Que el mundo pueda decir de nosotros lo

que un día se dijo de los primeros cristianos “Mirad como se aman”. Es decir el espacio

presente ha sido dado como oportunidad para entretejer en el la propia santificación, que

alcanzará su perfección y planificación en el encuentro definitivo del hombre con Dios que

es su creador47.

Cuando el hombre se da la oportunidad de comprender el tiempo desde la

perspectiva de la eternidad de Dios, se abren ante sus ojos dimensiones nuevas e

interminables de posibilidad. Dios se hace un sí permanente para el hombre en el tiempo,

un sí permanente al amor y a todo lo que pueda brotar del amor, un sí permanente a todo

aquello que desde el amor pueda realizarse. Se da a sí mismo la oportunidad de poder hacer

por Cristo, con Cristo y en Cristo pleno el tiempo del hombre. Puede lograr que el tiempo

del hombre sea vivido para realizar la propia santificación, para poder alcanzar a

conformarse con Cristo desde lo humano, permitiendo que el Señor Jesús tome de la

existencia humana todos los dolores, dejarlo que trastoque todo lo imperfecto y lo eleve

desde lo pequeño a la grandeza de su amor. Este intercambio se hace real cuando se traduce

en obras en la vida cotidiana. Así, se llega a comprender que el tiempo se ha convertido

para el hombre en el sendero por el que se encamina a sí mismo para ofrecerse a Dios y a

47
Cfr. Ef. 5, 16; Col. 4, 5.
Índice 30

los otros desde el amor. Esta realidad del amor de Dios en el tiempo del hombre saca a las

personas de la rutina de la monotonía y del riesgo de hacer deprimente lo cotidiano y dejar

que sea el espacio de encuentro. Nos libra de la tentación de entender el tiempo como un

simple transcurrir de acontecimientos, como un simple transcurrir de los días que se

desgranan uno tras otro sin sentido, sin proyecto alguno, sin destino o sin razón de ser. Por

el contrario, cuando el hombre se ha sumergido en la dinámica del amor de Dios, puede

permitir que el transcurrir de los días se convierta para él aquí y ahora en el espacio para

hacer realidad el encuentro con el amor para el que fue creado desde el origen del mundo.

Ese amor esta precisamente en lo pequeño, en lo cotidiano, en la labor que cada uno realiza

consciente de que es en cada acto una prolongación del amor de Dios que se hace presente

en el mundo por medio de él. Es así como se vive en el mundo el encuentro de la eternidad

con el tiempo; es así como se manifiesta en lo pequeño el amor de Dios que quiso hacer

suyo el tiempo del hombre para poder llevarlo a su plenitud, para darle la posibilidad de

trascenderse a sí mismo- Le da la oportunidad de ir mas allá de sí mismo en el tiempo y

hacer del tiempo del hombre una realidad santificante.

El Concilio Vaticano II ha manifestado el significado de la plenitud que Cristo ha

dado con su encarnación a nuestra existencia y por tanto a nuestro tiempo, cuando afirma

que “En Él la naturaleza humana ha sido asumida, sin ser por esto aniquilada, y por eso

mismo ha sido elevada en nosotros a una dignidad sublime. Con la encarnación el Hijo de

Dios, se ha unido en cierto modo a todo hombre. Ha trabajado con manos de hombre, ha

pensado con mente de hombre, ha obrado con voluntad de hombre, ha amado con corazón

de hombre. Naciendo de María Virgen, se ha hecho verdaderamente uno de nosotros,

semejante en todo a nosotros menos en el pecado” 48. Cuando al llegar la plenitud de los

tiempos Cristo entró en la historia del hombre, hizo que consigo mismo ya desde entonces

penetrara la eternidad de Dios en el tiempo del hombre; siendo Él mismo la eternidad hecha

48
GS, n. 22.
Índice 31

carne, entró en el tiempo de Dios para indicar al hombre la senda para alcanzar la eternidad

a través de lo concreto, de lo cotidiano, esforzándose por transformar el aquí y el ahora.

“Equivocaríamos el camino si algún día nos desentendiéramos de lo cotidiano, de los

afanes temporales: ahí nos espera también el Señor, estén seguros de que a través de las

circunstancias de la vida ordinaria, ordenadas o permitidas por la providencia en su

sabiduría infinita, los hombres hemos de acercarnos a Dios”49. Cristo que pasa `por la

historia de la humanidad hizo propia la historia del hombre de su tiempo, se hizo uno con

los de su tiempo iluminando así para siempre la cotidianeidad de la vida humana. Al

hacerse uno de los nuestros ha venido a llenar nuestra propia historia de un sentido nuevo,

le ha dado a lo cotidiano un nuevo significado, ya que en Él el tiempo ha pasado a ser el

tiempo de Dios y el espacio donde lo humano alcanza sus más grandes dimensiones y

aspiraciones. Todo lo humano ha entrado así en la dinámica de Jesucristo y ha sido

integrado en Él y en su filiación divina; hemos sido hechos hijos en el Hijo y participando

con El de los sufrimientos, trascenderemos hacia el Padre por el Espíritu Santo.

La santificación que Jesús realizó del tiempo, la hizo bajo la perspectiva y la

impronta de la Cruz. La cruz de una o de otra manera estaba ya presente en cada momento

y en cada acontecimiento. Es la misma cruz de Jesús la que marca el itinerario que hemos

de seguir para santificar lo cotidiano en el tiempo. Construimos nuestra propia eternidad en

el tiempo desde la perspectiva de la cruz cada vez que hacemos nuestra la mismísima

pascua de Cristo. La pascua es el horizonte a través del cual se visualiza toda la vida de

Jesús y la vida del hombre. Es desde la cruz, la realidad por la que Dios muestra la

pedagogía para seguirle. En su invitación a tomar la cruz de cada día tenemos una de las

más grandes expresiones por las que el Señor invita a participar de su propio sufrimiento:

“El que quiera venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz de cada día y

49
ESCRIVÁ DE BALAGUER, San Josemaría, Amigos de Dios, n. 63.
Índice 32

me siga”50. Por esto cada vez que el hombre se decide a no huirle a la cruz, a no sacarle la

vuelta al dolor en los momentos personales de cruz y de sufrimiento, en los momentos que

es capaz de tomar la cruz en la vida de cada día, se pone en condiciones para que se

manifiesten ante sus ojos las maravillas del misterio de la Cruz de Jesús que harán brillar

comprensiblemente los verdaderos significados de cada momento de la vida en los que el

Señor ha permitido que en el camino salga al encuentro el sufrimiento como participación

de la misma Cruz de su hijo Jesucristo y fuente de humanización para nosotros. Este

encuentro con la cruz del Señor se convierte en fuente de humanización, en lugar de

encuentro con el amor de Dios padre que permanece, con el amor que no se mueve, que no

se muda y que está ahí en lo más íntimo del dolor aun en medio de su aparente silencio, el

Dios que está permanentemente presente, que vive y espera en lo más profundo del ser de

cada hombre. A la persona que le sucede este misterio, experimenta como un nuevo

despertar en el que tiene la oportunidad de encontrarle sentido a todos los sufrimientos de

su vida; descubre en el sufrimiento el medio por el cual Dios Padre a través de la

experiencia del dolor de su Hijo en el calvario, ha permitido a los hombres redescubrir en el

dolor humano todo su valor y conducirles sutilmente a la experiencia de su amor; permite

que se pueda por el dolor, contemplar la belleza y la grandeza del amor que resplandece en

su Hijo Crucificado; amor y gloria que se hacen presente en el diario vivir a cada paso que

se da y en cada oportunidad que se tiene de entretejer con audacia con el Crucificado la

propia eternidad en el tiempo haciendo de lo cotidiano algo digno de ser vivido con la

grandeza y la pequeñez de un hijo de Dios.

2.4 EL PROYECTO DE DIOS PARA EL HOMBRE

50
Lc 9, 23.
Índice 33

El magisterio de la Iglesia, ya desde el concilio de Trento, ha manifestado que el hombre ha sido

constituido por Dios en un estado de santidad y justicia original 51. Esta realidad en la persona

humana, a la que se ha llamado estado de justicia original, es denominada posteriormente en la

Lumen Gentium como una llamada. El hombre estaba llamado por la gracia, a la participación de la

vida divina por la que todas las dimensiones de la vida del hombre quedaban fortalecidas y por las

que mientras que el hombre permaneciera inmerso en la intimidad de esa vida divina, no debería ni

morir ni sufrir52.

De acuerdo a la llamada justicia original, el proyecto de Dios en el principio era que el

hombre no participara del dolor y del sufrimiento. Al contrario, habría sido creado como bueno y en

amistad con su creador y llamado a una íntima y definitiva relación con Dios, sin pasar por la

experiencia de la muerte. Dios quiere que el hombre tenga vida y la tenga en abundancia; no fue Él

quien hizo la muerte, sino que por el pecado entró el dolor en el mundo 53. En el proyecto inicial,

Dios había creado al hombre concediéndole grandes dones, con los cuales éste era inmensamente

rico; le pertenecía una sabiduría que le hacía posible conocer a Dios; estaba unido a Él con una

intimidad tal que no tenía ningún impedimento para su relación con su creador. Estos dones estaban

además unidos a la ausencia del dolor y de la muerte, que permitiría que el hombre viviera un

tiempo en la tierra y posteriormente entrara en la vida eterna. Efectivamente, el proyecto original de

Dios en el principio era que el hombre no padeciera dolor, sufrimiento o muerte.

De entre todos estos dones que le fueron otorgados al hombre cuando fue creado a imagen y

semejanza de Dios, se le puso entre las manos un don por excelencia: la que llamamos gracia

santificante. La gracia es la forma como el amor de Dios fluye en la vida del hombre y lo hace

participar de su amor y de la vida misma de Dios. Esta gracia permitía al hombre conocer a Dios

como Él es y una vez terminado su tiempo en la tierra el hombre podría pasar a participar de la

unión eterna de Dios y de la gracia de su amor. Así lo designa el Catecismo de la Iglesia, en el

número 374, al afirmar cómo el hombre no fue creado solamente bueno, si no que fue también

constituido en amistad con su creador, en armonía consigo mismo y con la creación; a este estado se
51
Cfr. CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA, n. 46.
52
Cfr. Gen 2, 17; 3, 16-19.
53
Cfr. Sab 1, 13; 2, 24.
Índice 34

le llama estado de justicia original y le permitía al hombre una auténtica participación de la vida

divina54. El hombre está llamado por tanto a amar a otras personas, con el amor que nace de la

libertad, y no con el amor que pretende poseer y absorber a la persona aniquilándola.

Dios nos ha creado para su gloria, nos ha llamado para que estuviéramos con Él 55, para

hacernos partícipes de sí mismo, para hacernos capaces de ponernos frente a Él que es nuestro

origen y reconocernos personas en medio de un universo de personas, dándonos posibilidades

interminables de ser felices, y para participar también de su eterna felicidad en el cielo.

Tal llamada es la invitación que Dios ha hecho a la persona para participar de Él y para que,

al fin, Dios la llegue a poseer de manera total y completa. Tal posesión es portadora de una felicidad

tan única y perfecta, tan absoluta e indivisa, que ninguna categoría humana alcanza para describirla.

Solamente tendrá lugar esa felicidad desbordante y plenificante en el encuentro amoroso con el Tu

de Dios.

Conocerá el hombre entonces a Dios trinidad, que lo es todo, bondad infinita, y cuyo amor

infinito y total es capaz de colmar todos los deseos y anhelos del corazón humano. Cuando al fin

llegue ese momento, el hombre podrá conocer una felicidad superior a todas las felicidades juntas

de este mundo y nacerá a una felicidad que ya nada le podrá arrebatar y que nunca se podrá

perder. Como expresa el apóstol Pablo, ¿qué podrá arrebatarnos del amor de Cristo,…?, ni las

pruebas, ni las persecuciones… en todo saldremos vencedores por aquel que nos ha amado 56.

Entonces, el aquí y el ahora será lo único que cuenta; se vivirá en el tiempo como un eterno

presente, y en la eternidad como una realidad que no se acaba y no se agota, ya que el hombre

estará inmerso en la posesión del único y verdadero amor, el único que cuenta y ese es el de Dios.

Entre tanto, mientras avanza hacia El en esta vida presente, ese amor se hace visible en las cosas

pequeñas, en sus múltiples y diversas manifestaciones. Porque sólo un amor como el de Él hace

capaz al hombre de comenzar y recomenzar, de ir cada vez de bien en mejor mientras se configura a

la imagen de su Hijo.

54
Cfr. LG, n. 22; y CIC, n. 244
55
Cfr. Mc 3, 14.
56
Cfr. CIC, n. 46.
Índice 35

Queda de manifiesto cómo para la irradiación de esta gracia todas las dimensiones de la vida

del hombre quedaban en ella fortalecidas, siempre y cuando el permaneciera inmerso en la

intimidad de la vida divina.

2.5 POR EL PECADO ENTRÓ EL DOLOR EN EL MUNDO.

El proyecto inicial de Dios, del que se acaba de hablar, sólo vino a ser ensombrecido y

resquebrajado por el pecado, en tanto que ejercicio del hombre en su libertad. Precisamente al usar

la libertad, el hombre decidió ver el mundo y su historia al margen de Dios y no como proyecto de

su creador. La realidad del pecado en la vida del hombre sólo se esclarece, por tanto, cuando el

hombre es capaz de ponerse a sí mismo en frente a Dios, que es su creador, y a la luz de esa relación

le es revelada su verdad; es decir, alcanza a comprender el íntimo y profundo vinculo que le une con

su creador57.

Esta es una de las grandes verdades del hombre, que solamente advierte cuando logra ponerse

frente a su Dios, cuando encuentra o se deja encontrar por la luz divina. Esta luz paradójicamente le

ayuda a comprender su propia oscuridad, es decir, su verdadero rechazo y oposición al plan de Dios.

Toda la historia de la humanidad ha quedado marcada y lesionada por el pecado, ha sufrido una

escisión en lo más íntimo de su ser que nada ni nadie puede restaurar sino sólo el mismo Dios.

Nadie tiene en sus manos la solución a las grandes consecuencias de esa ruptura.

El misterio del pecado –original y personal- queda lógicamente al margen de estas páginas,

aunque se trate en ellas precisamente de algunas de esas consecuencias de aquella caída inicial,

como el dolor, la muerte, la ignorancia, la concupiscencia, etc.

Sólo el Creador -en su infinita ternura y misericordia- tiene en sus manos la solución a la vida

del hombre y al rompimiento de su relación de amor, de pertenencia, de exclusividad con la que el

hombre fue creado desde el principio y para la eternizad. La ruptura del pecado lesiona o rompe en

el hombre las cuatro dimensiones para las que fue creado; desde el principio Dios imprimió en el

hombre la capacidad de relacionarse consigo mismo, con los otros hombres -iguales a sí mismo-,

57
Cfr. CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA, n. 386.
Índice 36

con el Tu de su creador -como su interlocutor principal-, y con la creación, confiada a sus manos

para que la trasformara enseñoreándose ante ella. El pecado es precisamente una ruptura de estas

cuatro dimensiones de relación. El hombre, cuando se da cuenta que ha pecado, se descubre

también a sí mismo como dividido en su interior. La fractura en cada una de estas dimensiones es

una puerta de entrada al dolor y al sufrimiento. El pecado arroja al hombre a un caos que lo conduce

a la negación de sí mismo, o, con otras palabras, a una búsqueda egoísta e interminable de si mismo

que conduce al desamor y la más intensa de las soledades, y tiene como destino la propia muerte.

Cuando alguien ha llegado al atrapamiento al que lo conduce la realidad del pecado, ha llegado

también a romper con todo lo que conforma su entorno en el aquí y ahora; se encuentra a sí mismo

como perdido, fuera de su centro, y en una búsqueda incesante. Necesita un rescate que le venga

desde el otro; comienza de alguna manera a cobrar las propias facturas a los otros, y origina a su vez

con ellos relaciones de dolor y caos; sin querer darse cuenta y reconocer que es él mismo quien ha

originado tal rompimiento. En este momento aparecen los sufrimientos en la vida del hombre en

cualquiera de sus formas o manifestaciones, como dolor físico, como dolor moral o espiritual o

psíquico. La solución se encuentra dentro de sí, aunque no se reconozca que es inútil la búsqueda

que hace de sí mismo de manera enajenante fuera de sí, en el otro.

Además de sujeto originante del pecado, el hombre padece también las consecuencias del

pecado y del mal que nace de otros. Su división interior se ve agravada por las lesiones que recibe

de la naturaleza misma –herida o debilitada por la caída original- y de las acciones dañinas de otras

personas.

Sólo cuando el hombre mira hacia dentro, puede descubrir en su interior una eterna presencia

que le espera para restablecer lo que había caído, para hacer nuevo lo que el hombre mismo había

dejado envejecer de su propio ser. Para que suceda así, es completamente indispensable que el

hombre se abra y se dé a la tarea de ir a la búsqueda de sí mismo en su interior. Cuando el hombre

realiza este viaje hacia la profundidad de su ser, se encuentra dentro de sí con su creador, con el

Dios que no se ha movido, que permanece en su interior en un silencio aparente. Este Dios se revela

al hombre como una luz resplandeciente, capaz de fundir y quemar en el hombre todas sus
Índice 37

negaciones, todos sus pecados y aniquilación. Despierta en él anhelos de trascenderse a sí mismo,

de levantarse y de poder reintegrarse en su unidad interior, que viene de Dios. Infunde en el hombre

la fuerza que le hace capaz de restablecer sus relaciones de una manera consistente, aunque no

permanente pues le exige estar en continuo cambio, en continuo proceso de volverse hacia Dios.

Ambos elementos –el reconocimiento de la propia situación y la necesidad de la ayuda

divina- aparecen señalados ya en el relato del Génesis de la primera caída; se muestran en él la

vergüenza y la confusión de Adán y de Eva, y la promesa de la redención que hace el Señor. Ante el

dolor producido por el pecado, consecuencia de las decisiones del hombre, es Dios quien en su

amor misericordioso toma de nuevo la iniciativa. Dios no quiso reservarse nada para sí mismo; ha

dado todo, hasta entregar a su propio Hijo, a quien no le perdonó ni la muerte. El Hijo, nuestro

salvador, en su abajamiento, kénosis, quiso en todo hacerse semejante a nosotros, menos en el

pecado. Al hacerse hombre, aceptó participar en todo de nuestra naturaleza, asumió en si mismo

toda nuestra realidad, y aceptando la muerte de Cruz nos redimió del pecado en el que habíamos

caído. Por eso, convencido de esta redención en Cristo, proclama San Pablo que en sus llagas

hemos sido curados, del costado herido del redentor hemos renacido a una vida nueva. Por la

encarnación y pasión del Verbo, es posible reintegrarnos en Cristo y recuperar la verdadera

grandeza y dignidad de la vida humana. Al renacer en Cristo, el hombre puede rehacerse; no con sus

propias fuerzas o por sus propias capacidades, sino animados, levantados y reintegrados por el

poder del misterio de su Cruz y de su misericordia.

Cristo se convierte en la solución del Padre, en la manifestación por excelencia del amor del

Padre. Se hace presente cuando el hombre estaba caído y completamente perdido de sí mismo y de

Dios y sin tener en sus manos una solución a la magnitud del problema al que le condujo el pecado.

Es el cordero sin mancha que se entrega a sí mismo para limpiar y expiar las manchas de todos

reintegrando en su redención a la humanidad entera. Siendo Él mismo, hoy y siempre, al subir al

madero de la Cruz toma consigo a todos los hombres, los hace suyos y los lleva al Padre para ser

presentados dignos y justificados ante El por su acción redentora. Estando el hombre perdido y

extraviado de sí mismo es tomado por Jesús y con su redención lo hace una vez más dueño de sí
Índice 38

mismo, le devuelve la confianza completa, aquella misma confianza que se había perdido por el

pecado. Le devuelve su libertad y lo hace dueño una vez más de sus decisiones. Dios vuelve a creer

una vez más en el hombre; cree a un tiempo tanto en su grandeza como en su fragilidad.

3. RECREACIÓN DEL HOMBRE EN EL MISTERIO DE LA CRUZ

3.1 HUMANO, PLENAMENTE HUMANO.

Al haber corrompido el hombre, con su caída, la grandeza con la que había sido creado, Dios Padre

y creador del universo sabía que el hombre no tenía en sus manos ni la fuerza ni la solución a la

separación que se había causado a si mismo. Es Dios mismo, su padre, quien una vez más le sale al

encuentro y le entrega a su propio Hijo; abre la posibilidad para que en el Hijo de Dios el hombre

pueda encontrar integradas todas sus posibilidades y aspiraciones.

Por ese motivo, Jesús, siendo obediente al Padre y siendo Dios en su naturaleza, se hizo

hombre por nosotros. Sin necesitarlo quiso hacerse uno de los nuestros. El Logos, la palabra eterna

del Padre que existe desde siempre en la intimidad de ese amor que lo entrega todo de sí mismo,

quiso hacerse en todo semejante a nosotros y redimensionar todo haciendo nuevas todas las cosas.

Siendo todo Él perfecto en su naturaleza, quiso asumir la nuestra. Sin necesidad de experimentar la

experiencia de lo incompleto e inacabado, se hizo en todo semejante a nosotros menos en el pecado.

Cristo, no teniendo pecado, por amor a nosotros participó de todas las vicisitudes de nuestra

naturaleza en el dolor y en el sufrimiento. Sin participar de nuestra corrupción, en su paso por la

vida del hombre, conoció en su propia condición de siervo todas las consecuencias e implicaciones

del dolor y del sufrimiento humano en todas sus dimensiones, físicas, espirituales o morales y

psíquicas. Él, siendo fiel en todo momento, experimentó la traición de aquellos en los que había

depositado su confianza, aquellos mismos a los que un día había dicho que nadie tiene amor más

grande que el que da la vida por los amigos. Ante la confusión de la aparente derrota, en el

momento en que no vieron cumplidas sus propias expectativas y esperanzas, esos mismos huyeron,

le abandonaron, dejándole en una de las mayores tristezas que puede experimentar el corazón
Índice 39

humano, la de la soledad y el abandono de los que ama, la traición de aquellos por los que se ha

dado todo.

El Logos eterno quiso encarnarse y hacerse plenamente hombre. Siendo Dios, llegada la

plenitud de los tiempos, nació como hombre de una mujer, para liberar a los que estaban aún bajo la

ley. Miró nuestra pequeñez y se compadeció de nosotros. Siendo Dios y fuente de la perfección,

siendo la misma eternidad, quiso entrar en el tiempo; para que habiendo entrado en nuestra historia,

los hombres pudieran reconocer el camino de regreso a la casa paterna. Siendo plenamente Dios, se

hizo plenamente hombre, para que los hombres aprendieran que, sólo cuando se esfuerzan en ser

plenamente hombres, encuentran el camino verdadero para regresar a los brazos del Padre.

Quiso Jesucristo vivir con los hombres y realizar ese maravilloso intercambio, que permite

pasar de ser humanos a ser divinos por su misericordia. Este intercambio es don de Dios. El hombre

no ha tenido que hacer nada para merecerlo, excepto dejarse amar, dejarse envolver en ese amor que

lo penetra todo y todo lo trasforma. Ese amor no pide más que aprender a abandonarse, como el

niño se abandona a los brazos de su padre porque sabe a quién se ha confiado. Jesucristo conduce al

hombre al regazo del Padre, donde puede encontrar su seguridad total.

También la pedagogía de Jesús radica en que, siendo Dios, se hizo hombre y asumió en sí

mismo todo el misterio del hombre. En su humanización, ha mostrado el camino que conduce a

nuestra grandeza, que es a su vez un don y una conquista. Un don porque es Él mismo quien lo ha

otorgado, y una conquista porque es tarea del hombre desvelar la grandeza del regalo que se

encuentra aparentemente oculto en su humanidad. La humanidad, en tanto que naturaleza recibida

en medio del universo, nos hace vernos a un tiempo tan grandes y a la vez tan empequeñecidos;

pues esta grandeza sólo la alcanzaremos cuando nos podamos hacer uno con nosotros mismos, con

los hermanos, con el universo y con Dios de quien somos imagen.

Para el ser humano, es esencial que cada día luche por hacer realidad ese intercambio y sea

capaz de cruzar el umbral de ese don. Puede así trascender su humanidad hasta la progresiva

divinización en el servicio y pequeñez del diario vivir, del aquí y ahora. Precisa para ello ser
Índice 40

suficientemente audaz para ponerse en camino de ser plenamente humanos, y precisa así mismo un

impulso interior, que no puede ser una fuerza meramente humana, sino una inspiración del Espíritu.

Reconoce con ella que al emprender el camino de la humanización, se ha puesto ya en camino de la

divinización, de la cristificaciòn en lo pequeño, en lo ordinario.

Este proceso de cristificación es posible en el hombre. Tiene su origen en la pedagogía misma

de Jesús, que siendo plenamente Dios aceptó hacerse plenamente hombre para así mostrarnos el

camino de nuestra grandeza. Ayuda a entender que los hombres están llamados a participar de Él y

vivir el amor en lo pequeño y traducir ese amor en diversas y múltiples manifestaciones como amor

de caridad. El amor del Dios que se desvela enseña que el rostro de Dios es un rostro de amigo,

pues ha manifestado cómo nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos. Invita

a dar el amor así, como el que da la vida en el diario vivir por los amigos que ama.

El hombre redimido ha alcanzado la conciencia de vivir en Cristo y de que esta redención se

convierte a su vez en un imperativo de santificación. Este nuevo horizonte se convierte en el centro

de la vida del hombre, que se sabe llamado a participar de la grandeza y simplicidad del amor de su

creador. El hombre se sabe así conscientemente implicado en esta tarea y reconoce que -viviendo

abierto a Dios - colabora con su creador en el ejercicio de sus talentos. Para corresponder a su

cristificaciòn, se sabe llamado a empeñar todos sus talentos y potencias, desde la toma de decisiones

ejercidas, desde su libertad interior. Ejercita su voluntad para alcanzar lenta y progresivamente en sí

mismo la imagen de Cristo. El hombre, al responder a la gracia con sus propios talentos, alcanza a

imprimir en sí mismo esa imagen de Cristo, y encuentra en ella el sentido y la razón de ser a su

existencia y a todo su sufrimiento.

Cristo ha venido a redimir al hombre al tomar libremente el camino de la cruz para salvarlo,

para redimirlo. Desde ese misterio paradójico de la cruz, revela al hombre el misterio para encontrar

sentido y razón de ser a los sufrimientos que ha encontrado en el camino de la vida, porque él

mismo los ha provocado, porque haya sido víctima de otros, o porque estuvo presente en el

momento preciso en que se generó algún tipo de dolor en su entorno. Sea cual sea el origen de ese
Índice 41

sufrimiento, la realidad es que es capaz de hundir a la persona en el más grande de los caos y del sin

sentido de su existencia.

Cristo es el enviado de Dios, el que es obediente a la voluntad de su Padre aceptando la

muerte, incluso la muerte de cruz. Desde ahí llama en lo más íntimo del corazón dolorido del

hombre a confiar sólo en Él, y a reconocer que el sufrimiento no puede ahogar al hombre en el caos

del sin sentido y de la sinrazón. Esa voz le permite reconocer que en Cristo hemos sido levantados y

que en su sufrimiento -con su sufrimiento, por su sufrimiento- en la cruz puede levantar las alas

desde el dolor y emprender el vuelo. Puede servirse del dolor para encontrar en él un sentido

humanizante y plenificante. Puede encontrar en el dolor la razón de la propia humanización y aún la

fuente de la cristificaciòn. Sólo en Cristo está el poder de hacer personas plenamente humanas y de

reintegrarnos en nuestra humanidad completa. Así se puede comprender que esta divinización es

capaz de conducirnos a lo que muchos maestros de la espiritualidad han llamado el centro del alma.

En repetidas ocasiones esta experiencia del centro del alma se hace presente en el corazón humano

desde la paradoja del dolor. La persona experimenta la plenitud y el gozo al reposar en el centro de

su alma, desde la experiencia de la paradoja de la cruz. La cruz lleva a su extremo el sufrimiento,

para llevar a su vez a su propio extremo la alegría, el gozo, la paz, la trasformación en Cristo.

Conforma desde el sufrimiento en el hombre la imagen de Cristo. Esta es de alguna manera una de

las afirmaciones centrales en el desarrollo de este trabajo, y sobre ella se centra la orientación de la

tarea que han de desarrollar los directores espirituales en el corazón de las personas que se les

confían.

3.2 EL MISTERIO DE LA CRUZ.

En el acontecimiento salvífico de la cruz de Jesús se encuentra encerrado el misterio de la vida del

hombre y de su sufrimiento. Aparece primeramente el gran amor que Dios Padre ha tenido por el

hombre, amor que Dios ha llevado al extremo de su pasión por el hombre y que lo condujo a no

guardarse nada para sí mismo, a no reservarse para sí mismo ni a su propio Hijo. Tanto amó Dios al

mundo que entregó a su Hijo para ser clavado en una cruz, pues Él es el Dios que lo da todo hasta

los bordes.
Índice 42

En la cruz se encuentra la realización más plena de la voluntad de Dios en la persona de

Cristo, el redentor, que ha querido ser obediente a su Padre, y ha subido al madero de la cruz

cargando con nuestros pecados. Este acto de amor de Jesús es un acto que se prolonga en el tiempo

con todas sus consecuencias e implicaciones, pues este acontecimiento encierra en sí mismo toda la

realidad del hombre y viene a darle un pleno y nuevo sentido.

El misterio de la cruz manifiesta el gran amor de Dios por el hombre. Cada vez que en la

historia de la humanidad un hombre se pregunta a sí mismo si ha sido verdaderamente amado

alguna vez por alguien, le basta con levantar su mirada hacia la cruz para descubrir en ella que el

amor que ha anhelado su corazón es ya en la cruz una realidad. En la cruz se hace presente y

dinamizador ese amor de Dios que se ha entregado por él.

Todo hombre lleva en lo más profundo de su ser un anhelo de ser amado, de ser reconocido,

de sentirse completo. Este anhelo no se puede colmar en el hombre aislado con sus propias fuerzas,

y podría ahogarlo en una búsqueda egoísta. Es indispensable que el hombre se reconozca a si

mismo llamado a realizar aquello que le hace ser mejor persona y que en esa búsqueda de sí mismo

se encuentre con la verdad que anida en su interior y que le es propia desde que fue creado, que no

fue creado para vivir en solitario sino para la comunión. Cuando la persona se hace consciente de

esta verdad es capaz de salir de sí mismo para ir al encuentro del otro, y hacer verdad la relación

para la que fue creado. Hace realidad el encuentro en el misterio de un tú en la semejanza, que a su

vez le abre al misterio del Tú de Dios como su principal interlocutor. Entonces el hombre alcanza a

descubrir en el tú el misterio al que algunos autores han llamado la alteridad y en ella encontrarse

con el Tú de Dios que mantiene con el hombre un dialogo permanente de amor.

Desde esa alteridad, el hombre descubre que es sólo volviendo sobre sí mismo como se

encuentra con Dios su creador. La búsqueda de Dios, que lo creó por el amor, en el amor y para el

amor, se hace realidad en sí mismo, en lo más íntimo de su ser, en lo más profundo y secreto de su

corazón, donde se está a solas con Él solo. Es allí donde el hombre se sabe amado y se reconoce

persona. Es justo ahí y desde ahí, desde donde el hombre es lanzado hacia horizontes inimaginables,

pues se ha encontrado con el amor que dinamiza, con el amor que proyecta, que trasforma. Cuando
Índice 43

el hombre se sabe amado, es capaz de transformarse y ser puente y motivo de trasformación para los

otros.

En el misterio de la cruz de Jesús se hace realidad este regalo transformante y dinamizador

del amor de Dios por los hombres. Este amor es don y regalo; en él el hombre no ha necesitado

hacer nada para poseerlo, sino sólo dejarse amar; ahí radica el secreto de la acción del hombre que

es solamente una respuesta al amor de Dios, que consiste en dejarse amar, dejarse trastocar por ese

amor que lo asume todo en sí mismo, lo redime todo y lo levanta en Jesús, justificándolo de todas

sus flaquezas y debilidades. De ahí la grandeza e importancia de la conciencia de saberse amados en

el amor de Dios, que es Padre, por un amor que en sí mismo lo asumió todo, que en Cristo, su Hijo,

desde la cruz lo abarca todo y lo sobrepasa. De ahí que sea capaz de librar al hombre del caos y del

sin sentido. El hombre que ha despertado a esta conciencia de la grandeza del amor de Dios su

Padre, puede buscarlo y encontrarlo a su paso en múltiples y diversas manifestaciones, en un amor

que es actual y operante, aunque a veces parezca pequeño y ordinario. Como manifiesta Laín

Entralgo, basta que la persona se haya sabido amada por alguien en su historia tan sólo un instante,

para que entonces ese instante en el que fue amada lo levante y la proyecte desde su propia historia

y sea capaz de eternizarla. Así el hombre, que se sabe y se reconoce amado, se levanta sobre sí

mismo y se despliega para entrar al misterio de la eternidad en el tiempo. Al reconocerse amado por

Dios que es su Padre, puede encontrar también en el prójimo un tu igual a sí mismo. Liberado del

caos del dolor y del sufrimiento, de la vaciedad y del sin sentido, se abre a este amor divino y

humano, que es actual y operante, que se le manifiesta y hace presente en la simplicidad de lo

pequeño y de lo concreto. Ese amor es personal y personalizante. Le hace persona y le dispone a

tratar a los demás también como personas inacabadas; le abre un camino nuevo que le hace

experimentar y manifestar el amor con una finura y delicadeza nuevas, con la finura del amor que

sabe mostrar y trasparentar el amor en sus múltiples manifestaciones, que por pequeñas que estas

sean o puedan parecer encierran la grandeza del amor de Dios.

Esta verdad del amor de Dios se hace presente en el vivir diario, desde el pensar en el amor, y

desde el amor que se hace realidad en los actos y por ellos trasluce su origen. En el encuentro con
Índice 44

ese amor el hombre se llega a sentir tranquilo y seguro, pues en lo íntimo del corazón de Dios son

llenados al fin todos sus anhelos Es ahí donde el hombre encuentra la fuente de su plenitud humana,

en un amor humanizante y plenificador, pues en la medida que se vive más amado, se reconoce más

proyectado hacia sus hermanos y es justo ahí donde encuentra su cristificación. Un amor así es

vivido desde el amor del Padre que desde la cruz de su Hijo nos ama en el Espíritu.

3.3 OBEDIENCIA DEL HIJO HASTA LA MUERTE.

El acontecimiento salvífico de la cruz muestra a un Jesús que -llevando al extremo su experiencia

de amor a su Padre- lo manifiesta siéndole obediente hasta la cruz. No se trata de una obediencia

desencarnada, sino de aquella obediencia que se enraíza en el amor, que mana de la intensidad de

ese amor y hacia él conduce. Por eso se ha manifestado con tanta razón que Cristo en su obediencia

al amor del Padre tomó consigo la cruz, aceptó la cruz y el sufrimiento extremo de la cruz. El

misterio del amor obediente hasta la cruz puede aplicarse en los diversos momentos de la vida del

hombre, en los que debido a tantas y tantas circunstancias llega a participar del dolor y del

sufrimiento de esa misma cruz de Jesús. A esta realidad en la experiencia espiritual de mucha gente

le solemos llamar “las cruces de cada día”. En ocasiones, con una expresión de la gente sencilla, se

dice que se sienten llamados a llevar sus cruces con resignación, pero estas cruces no son

precisamente dadas por Dios. Por el contrario, ya que el hombre por su caída ha participado del

dolor en el mundo, participa también con Jesús de su cruz quien desde el amor en el misterio del

dolor nos hace participar de este acto de humanización.

La participación de la cruz de Jesús lleva consigo una enseñanza. Al participar del dolor y del

sufrimiento en cualquiera de sus manifestaciones -ya sea física como dolor o enfermedad del

cuerpo, o sufrimiento espiritual o moral por la traición, el abandono, la soledad, el desamor… - la

participación de la cruz de Jesús conduce a la paradoja del amor de Dios Padre, que, en la

obediencia de su Hijo hasta la cruz, está haciendo actual la realidad operante de su amor por

nosotros.
Índice 45

Esta relación de la obediencia de Cristo a su Padre hasta la muerte de cruz que lleva consigo

la más cruenta experiencia del dolor sólo es captada por el hombre que vive desde la fe, que

experimenta a Dios desde la fe. El hombre que no ha sido capaz de ponerse frente a Dios y desde

esa experiencia cristalizar toda su vida, puede vivir el momento del dolor como una experiencia que

le desconcierta, hasta tal punto de conducirlo al escándalo. Así tantos consideraron que la

obediencia de Cristo que llega hasta la muerte de cruz es escandalosa; es el escándalo de la cruz. Si

el hombre es capaz de verse a sí mismo frente a Dios, alcanza a entenderse así mismo y el misterio

del dolor, a la luz de la cruz de Jesús. Puede llegar a alzar desde su corazón agradecimiento y

alabanza a Dios, por habernos dado a su Hijo, que con su pasión tomó consigo nuestros pecados y

abrió la posibilidad de abrirnos desde nuestra pobreza a la grandeza de su amor que lo asume todo,

lo abarca todo y todo lo trasforma y nos revela los caminos por los que se hace posible explicar y

trasparentar al hombre del mundo de hoy el misterio del sentido cristiano del dolor y del

sufrimiento. Abre caminos a través de los cuales el hombre pueda en algo alcanzar a comprender la

contrariedad del dolor que se ha plasmado trazado de manera trasversal en toda la experiencia

humana.

3.4 CARGÓ CON NUESTROS PECADOS.

Cristo que es el mismo ayer hoy y siempre, al subir al madero de la cruz realizó el acto de la

redención de una vez y para siempre. En la cruz cargó en sí todos nuestros pecados saldando así la

deuda contraída por Adán desde antiguo. Llevó sobre sí toda la verdad de la realidad humana para

redimirla y transformarla. Realizó el acto de la redención de una vez y para siempre. “Nuestro

hombre viejo ha sido crucificado con Cristo, quedando así destruida nuestra condición de

pecadores”58. Pasó así a ser esta una de las verdades más grandes que Cristo ha desvelado al

hombre, que la experiencia de la cruz puede conducir a una nueva experiencia del amor como don,

como regalo. Esta experiencia abre a la solidaridad con el otro y abre también a la experiencia de la

reciprocidad, de empezar a experimentar esa clase de amor reciproco que dignifica y engrandece

como personas, librándonos de las relaciones utilitaristas que cosifican al hombre y lo sofocan.

58
Rom 6, 6.
Índice 46

Al cargar Jesús con nuestros pecados, restituyó al hombre todo lo que en el hombre estaba

derrumbado, todo lo que estaba caído y pudo darle muerte a aquello que en el hombre era

desvinculante y despersonalizante. Abrió las puertas a una existencia nueva, centrada en el amor

que es capaz de romper todo sufrimiento venido del corazón del hombre que ha sido lastimado por

el pecado y que aun está dividido, a los sufrimientos que son consecuencia de que el hombre se

decida por vivir compitiendo, que desee poseerlo todo, que tenga deseos de dominarlo todo y a

todos, que se sienta superior a todos y viva con sus hermanos con una rivalidad tal que haga

doliente y sangrante la vida del hombre. Por esto es tan importante que el hombre se disponga a

entregar a Cristo toda su experiencia y toda su expresión de orgullo y de superioridad, a entregarle a

Cristo toda su debilidad y condición humana para que él pueda destruirlas en la cruz de una vez y

para siempre.

La soberbia es el camino que conduce al hombre al caos y a la desesperación, a vivir en la

competencia con los otros y a olvidarse que son sus hermanos y que está llamado a vivir con ellos

en comunión y en solidaridad. Cuando esa soberbia ensombrece el corazón del hombre es como si

anticipadamente se hubiera puesto a la persona una venda en los ojos para cegarla a su verdad más

íntima, a su imagen de Dios, cegarla a la verdad de que Dios habita en él y a orillarlo a buscarse

desesperadamente a sí mismo y a no aceptarse como lo que realmente es. Esta búsqueda

desesperada de sí mismo que el hombre experimenta es capaz de llevarlo a pretender no sentirse

necesitado de Dios y a ser autosuficiente; es decir, a pretender bastarse a sí mismo sólo desde la

soberbia; orilla al hombre a creer que no tiene a nadie por encima de sí mismo, dejándose como en

un atrapamiento que lo hunde en la más intensa y profunda experiencia del abandono y del sin

sentido. Es como una máscara que le impide vivir como hombre, como lo que realmente es y le

hace tener una concepción desfigurada de sí mismo, por decirlo de alguna manera, cuando el

hombre no guarda nada más que una grande necesidad de ser visto, de ser reconocido. Es como si el

hombre caminara por la vida caminando sobre la punta de sus pies para sobresalir de los otros y ser

visto; esto no es otra cosa sino la manifestación del anhelo y la necesidad existencial de existir para

el otro y saberse importante para él, es como un grito desesperado que el hombre lleva dentro de sí

mismo y que es a la vez callado y ensordecido por la soberbia de quien no sabe pedir ayuda.
Índice 47

En el encuentro con Dios, esa necesidad de reconocimiento se colma; el hombre se

reconoce a sí mismo al reconocerse en Dios y al ser reconocido por Él. Cuando el hombre se atreve

a levantar los ojos, encuentra a Dios abierto de brazos en la cruz, haciendo nuevos los caminos del

sufrimiento y proyectándolo en la vida del hombre como escuela humanizadora, con una nueva

fuerza que surge de la paradoja del amor en la cruz de Jesús.

3.5 LA CRUZ DE JESÚS, MANIFESTACIÓN DE LA TRINIDAD DE DIOS.

En la cruz de Cristo se encuentra encerrado así mismo el misterio de la Trinidad de Dios. En él se

revela al hombre el amor de un Dios Padre que envía a su Hijo que es obediente y conducido por el

Espíritu Santo hasta la muerte de cruz para redimirnos. En el misterio de la redención se ponen de

manifiesto, se desvelan en la cruz las más íntimas sutilezas de la relación de amor entre el padre y

su Hijo Jesucristo en el Espíritu.

El misterio de la cruz para la vida del cristiano le hace tomar conciencia de que es hijo de

Dios y de que ha sido santificado por el Espíritu Santo. Ayuda al hombre a participar con Jesús del

misterio del dolor redentor de la cruz, a participar de la grandeza del amor del Padre por sus hijos y

a participar -por paradójico o contradictorio que parezca- en la acción redentora y dinamizadora del

amor trinitario, de su amor transformante y unificador.

El hombre que se deja penetrar por el misterio de este amor, permite también ser llevado por

la escuela del dolor y del sufrimiento al misterio del amor trinitario de Dios. En el interior de la

Trinidad, el hombre puede encontrar sentido y razón de ser a tantas y tantas dificultades en las que

se encuentra aquejado por el sufrimiento. Totalmente contrario a la lógica humana, pero esclarecida

y manifestada al corazón del hombre y en el corazón del hombre cuando este se dispone a

redescubrir en el misterio de la cruz de Jesucristo el amor de un Padre que lo ama y que no se ha

guardado nada para sí mismo entregándole a su propio Hijo para ser clavado en una cruz por

nuestra justificación.

Dado que Dios es amor, Él ama al hombre desde lo que es; no puede amar al hombre desde lo

que no es. Entonces Dios ama al hombre como Él es, un amor trinitario con una íntima unión, con
Índice 48

un amor esencial y trinitario. Dios que es Padre ama con amor de Padre en el Hijo que redime y el

Hijo como amante, manifiesta y trasparenta en sí mismo la imagen viva del amor del Padre; todo

este misterio de amor se realiza en el Espíritu Santo.

En la relación con la Trinidad, el hombre es sacado del abismo del anonimato y de la

negación a la que lo conduce el sufrimiento, en el que vive como en un atrapamiento. Este amor se

manifiesta en Jesús cuando dice “como el Padre me amó, así os he amado yo, permaneced en mi

amor”59. Al permanecer, al saber quedarse con Él, encuentra el hombre una puerta abierta a la

esperanza, a una nueva comprensión de la acción del sufrimiento en sí mismo que lo redime y

fortalece. El sufrimiento pone en camino para fortalecernos más a nosotros mismos. Que gran amor

nos ha tenido el Padre, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos 60. Esta realidad

del amor de Dios Trinidad sitúa al hombre frente al más grande de todos los misterios y supera todo

lo imaginable a lo que puede llegar el corazón humano en la experiencia del amor 61. Experimentar

el contacto con Dios en esta tierra es aquello a lo que Santa Teresa de los Andes llamó la

experiencia de tener como un cielo en la tierra 62.

La cruz conduce a lo íntimo del amor trinitario. El hombre que hace suyo el misterio de la

cruz participa de manera completa del amor de la Trinidad. Participa del amor de Dios como una

realidad en toda la extensión de la palabra, con el amor que le revela al corazón: “con amor eterno

te he amado”. El hombre puede vivir toda la grandeza de este amor como un eterno presente, en

cada momento de su vida, a cada paso que da, descubrirlo en todo lo que lo rodea, descubrirlo con

toda su simplicidad y grandeza, con su intensidad y profundidad. Se trata de un amor que lo posee

entero, que lo conoce todo y lo penetra todo; es un amor que lo dinamiza y a un tiempo lo eterniza,

lo abre para poder entretejer su propia eternidad en el tiempo, pero abierto a la eternidad a la que es

proyectado. También está inscrito en todos sus sufrimientos y dificultades para redimirlas,

resignificarlas y redimensionarlas en la escuela del dolor y del sufrimiento.

59
Jn 17, 23.
60
Cfr. 1 Jn. 3, 1.
61
ESCRIVÁ DE BALAGUER, San Josemaría, Camino, n. 26.
62
TERESA DE LOS ANDES, S., Cartas, n. 40.
Índice 49

Cuando Jesús se presenta a sí mismo como el camino, la verdad y la vida, manifiesta el

camino que nos lleva a lo íntimo de la experiencia trinitaria, pues dice “nadie va al Padre si no es

por mí”, ya que “el que me ha visto a mí, ha visto al Padre”; el amor de Jesucristo nos muestra el

amor del Padre; quien conoce al Hijo conoce el amor de Dios que lo ha enviado.

“El Padre y yo somos uno”, dice Jesús en la Sagrada Escritura. Revela cómo el Padre y el

Hijo son inseparables. En cada acción que va realizando el Hijo está presente el Padre. En la

persona de Jesús quedan asumidos todos los misterios del hombre y todos los secretos y

aspiraciones del corazón del hombre y cuando Jesús se presenta a sí mismo como el misterio del

amor del Padre, muestra también cómo se ha acercado al hombre y se ha reclinado sobre la

poquedad y pobreza de su humanidad y la ha restablecido en sí mismo desde la cruz. Jesús es el

testimonio de que el amor del Padre está ya entre nosotros y manifiesta la realidad de su amor en las

acciones concretas de la salvación realizadas en el calvario, integrando allí todo el sufrimiento del

hombre y abriéndolo a nuevos horizontes. El signo y testimonio de que el reino de amor está ya

entre nosotros queda evidenciado en las obras de Jesús más que en sus palabras: “los ciegos ven, los

cojos andan, los sordos oyen… “Estos signos de la presencia del reino testifican cómo Jesús ha

hecho suyos todos los dolores del hombre y les da un sentido y una razón de ser como signos de la

presencia del reino. Con cuanta belleza y sabiduría canta el prefacio de la Misa, “pasó por el mundo

haciendo el bien, sanando y liberando a todos los oprimidos por el mal”.

3.6 HACER PASCUA EN EL DOLOR.

La pascua de Jesús incluye dentro de sí misma el misterio completo de la redención que pasa por la

pasión y muerte, pero no acaba ahí; de ser así quedaría como atrapada en un caos sin sentido, en una

muerte aniquilante; al contrario, la pascua de Jesús abre a la esperanza de la Resurrección, de un

nuevo orden.

La noticia y novedad que la pascua de Jesús trae al sufrimiento es precisamente que

resucitaremos junto con El. Por tanto, en cada ocasión que aparece en la vida de estar inmersos en

las aparentes ataduras del sufrimiento, se abre desde la cruz de Jesús una nueva esperanza. Los
Índice 50

hombres quedan llamados con Jesús a dar cada uno su propio paso, a hacer cada uno su pascua en el

dolor, por el dolor y con el dolor, ya que Jesucristo al haber subido libremente a la cruz como acto

de obediencia a su Padre, estaba en ese mismo momento realizando una acción unificadora y

revitalizadora. Unificadora porque no tomó consigo algunos pecados de algunos hombres, sino

porque llevó consigo todos los pecados de la humanidad; cargó consigo todo el sufrimiento,

invitando al hombre a hacer por El, con El y en El su propia pascua, a que asumiera el riesgo de

vivir su propia pascua en el dolor y por esta acción tuviera la oportunidad de encontrar al dolor su

verdadero sentido y la razón de ser en la existencia.

La acción de la pascua de Jesús es revitalizadora, porque sólo en las manos de Cristo estaba

el poder de hacer nuevas todas las cosas. Cada vez que toda persona se da la oportunidad de mirar a

través de la pascua de Jesús su acción salvadora, se da también en su vida personal el permiso y la

ocasión para encontrar dentro del sufrimiento su propio proyecto de vida. Si Dios, desde su

pedagogía, no ha querido preservar a su Hijo del dolor, entonces esto quiere decir que el dolor tiene

en la vida del hombre una tarea más grande que sólo el hacerlo pasar por el sufrimiento; tiene una

tarea mucho más sagrada que sólo hacerlo cruzar por el desierto de la soledad y el abandono. Es una

tarea de cada persona descubrir el regalo que lleva consigo cada sufrimiento, y para la realización

de esta tarea es muy importante la colaboración del director espiritual, que hace las veces de

acompañante en esta pascua. Debe ayudar a la persona a descubrir que uno de los sentidos del

sufrimiento es que Dios lo permite en la vida del hombre para poder conducirlo a la realidad de su

amor, del amor que es inamovible y que no cambia; que Dios lo conduce a través del sufrimiento a

vivir su propia pascua en el dolor, pues el dolor es una escuela que forja en el hombre el verdadero

deseo de asemejarse a Cristo su modelo y que en los momentos concretos en los que el hombre

participa del dolor -aunque Dios no lo haya querido así desde el principio- el hombre tiene la

oportunidad de identificarse con Cristo en su dolor y en su pasión. Este misterio sólo puede ser

comprendido desde el corazón del que se ha sabido poner junto con Jesús en la cruz del dolor en

condiciones de hacer su propia pascua.


Índice 51

De esta manera nos hemos acercado a una de las propuestas esenciales de este trabajo. La

persona que ha llegado a la comprensión de su propia vida desde la perspectiva de la pascua de

Jesús, ha llegado a una nueva comprensión de sí mismo y del mundo y ha podido entrar en la locura

de cruz, que es escándalo para los paganos pero gloria y fuerza para los que han confiado en Jesús.

La palabra ‘pascua’ hace referencia a un paso. Cada hombre que experimenta el dolor ha de

dar un paso, ya que en sus momentos de angustia, el hombre que sufre experimenta el

oscurecimiento de todas sus dimensiones humanas; cuando el dolor se ha acercado a su vida y a

su corazón en cualquiera de sus manifestaciones, orilla al hombre a experimentar como una

bruma que cae sobre sí mismo y que ensombrece toda su existencia, tanto en su cuerpo dolorido,

como en su alma y mente; provoca que el hombre no encuentre sentido y razón de ser a nada de

lo que experimenta, dejándolo en la más profunda de las confusiones. Esta confusión es capaz de

atraparlo en la mayor de las tristezas, del abandono, y a sentirse como arrojado a un pozo sin

salida ni fondo en el que su caída parece interminable, que cuando más profundo se cae en él más

profunda se vuelve la tiniebla que lo envuelve y llega a experimentar ahí el silencio de Dios y

hasta el propio olvido.

En el momento de un caos como este, el hombre escucha muchas voces dentro de sí mismo y

se siente como lanzado a experimentar diversas búsquedas en su necesidad de resurgir y salir a

flote. Pero no sucede hasta el momento en el que es capaz de ponerse a sí mismo frente a Dios, con

toda su vida y su dolor entre sus manos; en ese momento empieza a darse cuenta de dónde está la

luz y se abre a la posibilidad de escuchar esa luz, que lo invita a seguirle. El hombre está puesto en

condición de tomar una de las más grandes decisiones de toda su vida: o hundirse y resquebrajarse

en el caos del sufrimiento que le carcome el alma y la vida; o levantar su mirada hacia la luz, tender

su mano y cogerse de esa luz que puede llevarlo a iniciar el camino de su propia pascua, y que

implica ir desde la oscuridad del dolor a la luz que resplandece en Cristo y le hace descubrir el

verdadero sentido redentor y santificador del sufrimiento.

La dinámica de esta pascua puede ocupar al hombre toda la vida; es una experiencia que este

vive en su propia historia y fuera de ella; es importante que el hombre pueda disponerse y entretejer
Índice 52

su propia eternidad en el tiempo. Se realiza en la historia, porque es Cristo mismo quien ya la ha

realizado y ha convertido esta pascua en un eterno presente; también es una pascua que se realizará

fuera de la historia, en tanto que tendrá su total cumplimiento en la parusía y en el encuentro que

cada uno vaya teniendo con el amor cuando sea llamados a estar frente a Él y lo conozca cara a cara

como el ya desde ahora nos conoce a nosotros.

Este encuentro con el amor redentor de Dios Trinidad, hecho realidad en Jesús, tiene como

antecedente fundamental conducir a la persona, mediante el dolor y el sufrimiento, a la experiencia

a la que algunos santos han llamado el centro del alma. En este contexto cobra gran sentido el

acompañamiento espiritual. Por esto es importante que en el tiempo presente cobre mayor

relevancia la figura del director espiritual, que se reconoce a sí mismo como un ser inacabado y en

proceso de crecimiento, que puede ser un hermano dialogante con el otro y juntos puedan caminar

hacia el centro del alma, que sea capaz de ser como el faro que guía desde la luz, que sea capaz de

conducir a puerto seguro.

En el centro del alma la persona puede experimentar la paternidad de Dios, que ha

acompañado al hombre en cada paso de su historia y que en la plenitud de los tiempos se ha hecho

presente en Cristo, su Hijo, que ha revelado la grandeza de su amor.

La perspectiva del acompañamiento espiritual de los que experimentan el dolor y el

sufrimiento queda enmarcada en la visión de la pascua de Jesús, de su pasión, muerte y

resurrección. La pascua de Jesús permea toda la acción del director espiritual que acompaña a los

que experimentan el sufrimiento y que tiene como tarea ayudar a la persona a encontrar en sus

propios momentos de dolor y de sufrimiento el rostro de Dios, que es un Padre que le ama con un

amor inamovible, con un amor eterno y que lo tiene de su mano; más aún, que lo ha conducido

hasta ahí para mostrarle que su amor es el que siempre permanece, el que no se mueve; para así

hacerlo vibrar con la gran verdad de la que se ha alimentado tantos y tantos hombres santos en la

historia de la humanidad “como un niño a quien su madre consuela así los consolaré yo, entre mis

brazos los acariciaré, y así, aunque una madre se olvide del hijo de sus entrañas, yo nunca me
Índice 53

olvidaré de ti” (….) “pues así como el ave cobija entre sus alas a sus polluelos, así te protegeré yo,

entre mis alas te refugiarás”.

Un director espiritual orienta todos sus esfuerzos para dedicarse en tiempo y en forma a

ayudar a los que se le han confiado, y que entre todos sus temores y su vulnerabilidad abren su

corazón ante él; es consciente de que ha sido Dios mismo quien los ha puesto en sus manos para

que sea una prolongación de su amor. El guía espiritual que ha comprendido en profundidad este

misterio se convierte en una lámpara para los pasos de los que se le han confiado, y los orienta para

que puedan encontrar en el dolor y el sufrimiento que los conduce a los brazos de su Padre en su

propio centro, en su castillo interior. Entonces habrá puesto las condiciones adecuadas para que esa

persona encuentre y descubra el verdadero sentido que tiene el sufrimiento en la vida de la persona

humana y de la humanidad entera, para que cada persona pueda utilizar esta verdad como fuerza

para proyectarse o lanzarse a sí mismo hacia Dios, a desearle cada vez con más intensidad y a entrar

en la paradoja que logra en el corazón del hombre dejar de rechazar y tenerle miedo al sufrimiento.

Al contrario, puede llegar a la locura de los santos, que, más que huir del sufrimiento, de manera

temeraria lo han llegado a desear; lo han llegado a abrazar de tal manera y a pedir más de él en su

vida, pues han descubierto en él un manantial inagotable del amor de Dios que habita en lo íntimo y

secreto del dolor y por el que se desea pasar para degustar de sus mieles y sus hieles. En este

momento el hombre se pone en condiciones verdaderas de asociar sus propios dolores y

sufrimientos a los que han faltado a la cruz de la pasión de Jesucristo, de incluir a su dolor un poder

trasformador, primero de sí mismo y luego de los demás.


Índice 54

CAPÍTULO II

EL DOLOR Y EL SUFRIMIENTO

En el desarrollo de este capítulo se trata de abordar el tema del dolor y del

sufrimiento; pretende primeramente presentar una definición de ambos, establecer

diferencias y aspectos comunes, para precisar así el lenguaje sobre distintos aspectos de

cada uno de ellos.

1. NOCIÓN Y CARACTERÍSTICAS DEL DOLOR.

1.1 NOCIÓN DE DOLOR

El dolor, como cualquier realidad humana, ha sido pensado innumerables veces a lo largo

de la historia. En primer lugar, porque el dolor es una realidad en el hombre, y en cierto

sentido puede entenderse como una verdad que lleva inscrita dentro de sí mismo; se podría

decir que de alguna manera, el dolor es una verdad que el hombre padece de sí mismo,

como parte de su naturaleza humana; en tanto que la padece o se duele de ella, no puede

permitirse no pensarla.

El sufrimiento “es un tema universal que acompaña al hombre a lo largo y ancho de

la geografía. En cierto sentido coexiste con él en el mundo y por ello hay que volver sobre

él constantemente. Aunque San Pablo ha escrito en la carta a los Romanos que « la creación

entera hasta ahora gime y siente dolores de parto »; aunque el hombre conoce bien y tiene

presentes los sufrimientos del mundo animal, sin embargo lo que expresamos con la palabra

« sufrimiento » parece ser particularmente esencial a la naturaleza del hombre. Ello es tan

profundo como el hombre, precisamente porque manifiesta a su manera la profundidad

propia del hombre y de algún modo la supera. El sufrimiento parece pertenecer a la


Índice 55

trascendencia del hombre; es uno de esos puntos en los que el hombre está en cierto sentido

« destinado » a superarse a sí mismo, y de manera misteriosa es llamado a hacerlo”63.

Aunque el hombre pretendiera no pensar en él, es una verdad que por sí misma se

abre camino y emerge hacia la conciencia del hombre; el dolor obliga al hombre a

plantearse lo que quiere hacer frente a él, o a padecerlo declarándose vencido por él, o por

el contrario, a escucharle, a mirarlo de frente y a enfrentar la lucha que pasivamente le ha

sido declarada. “Nos podemos ‘entregar’ a un sufrimiento, u oponernos a él; podemos

‘soportarlo’, ‘tolerarlo’, simplemente ‘sufrirlo, hasta podemos ‘gozar’ de él”64.

Desvelar el dolor supone profundizar poco a poco en los diferentes niveles o estratos

en los que se presenta, penetrar paso a paso, capa tras capa en su misterio. En cierto sentido

se trata de una tarea interminable, porque guarda dentro de sí todos los diferentes

momentos y facetas del dolor.

En segundo lugar, el interés por el dolor aparece como una exigencia de la

experiencia misma. Cuando lo experimenta cualquiera, sin diferenciación de clase, de

condición social o económica, de cultura o de raza, etc. obliga a la persona a preguntarse

sobre sí misma, sobre el sentido de su propia vida, sobre el sentido de su existencia.

Mientras la vida del hombre pasa placentera, sin novedades y sin alteraciones, hace también

que este pase apaciblemente por la vida y de alguna manera adormecido de sí mismo. Pero

cuando el dolor se hace presente en la existencia de una persona, le exige dejar de

contemplar simplemente el horizonte habitual, y volver sobre sí mismo; obliga a

reelaborarse a sí mismo; plantea interrogantes sobre sí mismo, sobre su vida, como un

golpe que despierta de la perplejidad y que exige preguntarse quién soy, de dónde vengo,

hacia dónde voy, para qué estoy aquí, qué puedo apartar de mí mismo en el transcurrir de

63
JUAN PABLO II, Carta apostólica Salvifici doloris , n. 2.
64
SCHELER, M, El sentido del sufrimiento, Goncourt, Buenos Aires, 1979, p. 19.
Índice 56

mis días… “Si la primera operación del dolor, y la más leve, destroza la ilusión de que todo

está bien, la segunda destroza la ilusión de que lo que tenemos, ya sea bueno o malo en sí

mismo, es nuestro y suficiente para nosotros”65.

Por otra parte, en los últimos cincuenta años, los avances de la medicina, y de la

investigación científica, han permitido una mejor comprensión del dolor, de su génesis, su

etiología, y su tratamiento. También por ello ha despertado un nuevo interés en las ciencias

humanas, preponderantemente en la filosofía y la teología.

El dolor humano, se presenta en la experiencia de diversas maneras; tiene muchas

caras o manifestaciones. Aquí, se aborda desde tres dimensiones fundamentales, en tanto

que dolor físico, dolor espiritual o moral, y dolor psíquico. Se trata de encontrar los

elementos, que ayuden a hacerse una idea de cada uno de ellos, de su origen,

funcionamiento y dirección, en la vida del hombre, y de cómo éste, puede hacer de él una

escuela para su autoconocimiento, y convertirlo en la plataforma por la que pueda alzarse

sobre sí mismo, e ir más allá del dolor.

Debido a su naturaleza, exige ser tratado desde una perspectiva multidisciplinar; el

dolor es tan diverso cuanto diversa es la vida del hombre. “El terreno del sufrimiento

humano es mucho más vasto, mucho más variado y pluridimensional. El hombre sufre de

modos diversos, no siempre considerados por la medicina, ni siquiera en sus más avanzadas

ramificaciones. El sufrimiento es algo todavía más amplio que la enfermedad, más

complejo y a la vez aún más profundamente enraizado en la humanidad misma”66.

Si se estudia desde una sola óptica, se plantea la dificultad de parcializar su realidad,

y por tanto, de reducir sus formas de tratamiento, de atención y de solución. El problema

del dolor exige ser estudiado de manera integral o interdisciplinar. En caso contrario, el

65
LEWIS, C. S., El problema del dolor, Editorial universitaria, Santiago de Chile 1991, p. 91.
66
JUAN PABLO II, Carta apostólica Salvifici doloris , n. 5.
Índice 57

análisis conduce hacia el conformismo al no encontrar respuestas completas, o hacia la

perplejidad que deriva de la falta de sentido. El tratamiento multidisciplinar del dolor

humano puede ayudar a tener acceso a una nueva comprensión del fenómeno, de cómo

puede ser más efectivamente prevenido, como puede ser óptimamente tratado, y

eficazmente eliminado; más aún, abre la posibilidad de redimensionarlo y darle su

verdadero sentido, en la vida del hombre. La Iglesia “considera la medicina y los cuidados

terapéuticos no sólo como algo que se refiere únicamente al bien y a la salud del cuerpo,

sino que afecta a la persona como tal, a la que el mal ataca en el cuerpo. Efectivamente, la

enfermedad y el dolor no son experiencias que afectan exclusivamente a la condición

corporal del hombre, sino a todo el hombre en su integridad y unidad de cuerpo y alma. Por

lo demás, es evidente que a veces la enfermedad, que se manifiesta en el cuerpo, tiene su

origen y verdadera causa en lo más íntimo del alma humana”67.

Además, las implicaciones sociales del problema del dolor plantean la necesidad de

mejorar la calidad de vida de las personas individuales y de enteros estratos sociales, en los

países desarrollados y más aún en las áreas no desarrolladas. De ahí nace, en consecuencia,

una forma de análisis social y también legal, que involucra a diversas organizaciones

internacionales68, y que plantea el tratamiento del dolor como uno de los derechos

fundamentales del género humano. El dolor se reconoce como el más terrible flagelo del

género humano, desde sus mismos orígenes, y como una forma de enfermedad per se.

Desde la Declaración universal de los derechos humanos, se ha reconocido que el

sufrimiento humano es la principal consecuencia del dolor, y por esto mismo, se incluye el

67
JUAN PABLO II, Motu proprio Dolentium hominum, n. 2.
68
“En estos últimos años ha progresado mucho y muy significativamente en la sociedad civil todo lo que se
refiere a la salud de los hombres. Por otra parte, el mismo acceso a la asistencia y a las atenciones sanitarias,
que ya está reconocido como un derecho propio de los ciudadanos, se ha generalizado: lo que ha supuesto la
ampliación de las estructuras y de diversas instituciones sanitarias. Por otra parte, los Estados mismos, para
poder hacer frente de forma eficaz a estas necesidades, han establecido Ministerios adecuados para ello, han
promulgado leyes aptas y han adoptado una política con finalidades específicas en el orden de la sanidad
pública. Además, las Naciones Unidas han dado vida a la Organización mundial de la Salud”. JUAN PABLO
II, Motu proprio Dolentium hominum, n. 3
Índice 58

derecho a su tratamiento dentro del derecho al tratamiento de las enfermedades; es decir,

está ya incluido en el derecho a la salud.

Una noción de dolor ampliamente aceptada lo define como, una experiencia

sensorial y emocional desagradable asociada con una lesión presente o potencial o

descrita en términos de la misma69. En ella se afirma que el dolor puede ser un síntoma de

enfermedades, o una enfermedad en sí misma. En primer lugar, constituye una señal de

alarma física útil, y posteriormente, puede constituir el punto de partida para otra patología

orgánica o psicológica70.

En algunas áreas se intenta lograr que el dolor crónico, sea considerado una

enfermedad por sí misma; se considera que, el definir “ciertas condiciones” del dolor

crónico como una enfermedad, representará otro paso hacia el logro de los objetivos

incluidos dentro de Derecho a la Salud, tal y como ha sido documentado por el Comité para

los Derechos Económicos, Sociales y Culturales de las Naciones Unidas. Este afirma que

“El derecho a la salud, se encuentra íntimamente relacionado y depende de otros derechos

humanos, tal y como se dice en el documento de los derechos internacionales”71.

Sin embargo, como es obvio, no resulta sencillo encontrar un concepto adecuado de

dolor, que contenga al mismo tiempo las estructuras receptoras del organismo, la

transmisión neurofisiológica, los estados emocionales que provoca, o su repercusión en la

personalidad humana. De ahí también nace la dificultad para encontrar suficientes

mecanismos de ayuda. De hecho, incluso en las mismas áreas de salud, ha sido hasta ahora
69
Definición tomada de la Asociación Internacional para el estudio del dolor, organismo asociado a la
Organización mundial de la salud, y citada en el año 2005 por Javier Lozano Barragán, presidente del
Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud.
70
Explicar el dolor simplemente dolor como señal de alarma, que advierte de una lesión orgánica, es una
noción cierta pero insuficiente; hay dolores que no sirven para nada, como hay enfermedades graves que
pueden no doler. Por esa razón, a veces el dolor no sirve para proteger al hombre, y puede en cambio
empequeñecerlo o empobrecerlo. Cfr. VILAR Y PLANAS, J., Antropología del dolor, Eunsa, Pamplona 1998,
p. 27
71
IBARRA , E ; “Una nueva definición de dolor” Un imperativo de nuestros días”, en Revista española de
medicina Dolor 13-2 (2006), p. 4
Índice 59

pobremente comprendida y tratada la realidad del dolor. También en los diversos ámbitos

de la Iglesia72, debe darse una tarea de reflexión, que pueda dar líneas orientadoras sobre la

tarea de los pastores73. Se requiere que puedan ser para quienes sufren un destello del rostro

de Cristo doliente, que, en la cruz, tiene la respuesta al misterio del dolor74.

Específicamente en el campo de la dirección espiritual, esta tarea abre caminos que exigen

de los pastores un cambio de mentalidad, y un cambio en su eje de acción. Exige que se

coloquen en el eje de Cristo, desde la perspectiva del ‘Buen Samaritano’. El santo Padre

recuerda “la obra de Jesús, buen Samaritano de la humanidad. Cuando pasaba por las aldeas

de Palestina anunciando la buena nueva del reino de Dios, siempre acompañaba su

predicación con los signos que realizaba a favor de los enfermos, curando a todos los que se

hallaban prisioneros de diversas enfermedades y dolencias. La salud del hombre, de todo el

hombre, fue el signo que Cristo escogió para manifestar la cercanía de Dios, su amor

misericordioso que cura el espíritu, el alma y el cuerpo. Queridos amigos, el seguimiento de

Cristo, al que los Evangelios nos presentan como “Médico” divino, ha de ser siempre la

referencia fundamental de todas vuestras iniciativas”75. En la parte tercera de esta

investigación, se tratará de profundizar sobre las exigencias teológicas, espirituales y

pastorales de esta realidad.

Dadas las dificultades e imprecisiones técnicas para concebir el dolor, es útil

enmarcarlo en las líneas presentadas por la Organización Mundial de la Salud acerca de su

72
“Debo añadir que, en el actual momento histórico-cultural, se siente todavía más la exigencia de una
presencia eclesial atenta y generalizada al lado de los enfermos, así como de una presencia en la sociedad
capaz de transmitir de manera eficaz los valores evangélicos para la defensa de la vida humana en todas sus
fases, desde su concepción hasta su fin natural”. BENEDICTO XVI, Discurso del 22 de noviembre de 2009.
73
“La Iglesia, que nace del misterio de la redención en la cruz de Cristo, está obligada a buscar el encuentro
con el hombre, de modo particular en el camino de su sufrimiento. En tal encuentro el hombre « se convierte
en el camino de la Iglesia », y es este uno de los caminos más importantes”. JUAN PABLO II, Carta
apostólica Salvifici doloris , n. 3.
74
“Mi pensamiento se dirige en particular a vosotros, queridos sacerdotes, "ministros de los enfermos", signo
e instrumento de la compasión de Cristo, que debe llegar a todo hombre marcado por el sufrimiento. Os
invito, queridos presbíteros, a no escatimar esfuerzos para prestarles asistencia y consuelo. El tiempo
transcurrido al lado de quien se encuentra en la prueba es fecundo en gracia para todas las demás dimensiones
de la pastoral”. BENEDICTO XVI, Discurso del 22 de noviembre de 2009.
75
BENEDICTO XVI, Discurso del 22 de noviembre de 2009
Índice 60

noción, su origen, sus etapas de desarrollo y su tratamiento. De ahí pueden obtenerse

algunos elementos importantes, para abordar inmediatamente la perspectiva teológico

espiritual de esta investigación.

En el ámbito de la medicina, se considera que el síntoma del dolor es la razón que,

más a menudo, hace que los pacientes piensen en la posibilidad de pedir ayuda. El dolor

tiene un valor protector, pues avisa que algo no está funcionando adecuadamente, y exige

reaccionar ante un problema, encontrar su causa, y solucionarlo. La tarea inicial consiste en

evaluar el dolor, de forma adecuada. La ‘medición’ del dolor es una tarea importante, y a la

vez difícil; no se puede afirmar que tal dolor ha sido aliviado o eliminado, antes de medirlo

o valorarlo. Los criterios usualmente utilizados son la información subjetiva de la persona,

la observación objetiva de la conducta de la persona, y algunos medios técnicos, que

ayudan a medir las respuestas del sistema nervioso, autónomo. La información por parte de

quien padece es el primer indicador, para la atención del dolor, pero exige ser completado

con observaciones objetivas. El análisis del dolor comprende su descripción, observación y

medición, para llegar así a determinar su origen, a evaluar sus características, fisiológicas y

psicológicas, que se asocian a su manifestación.

Las personas tienen un umbral diferente ante el dolor; algunos pueden ser muy poco

tolerantes; otros en cambio, poseen una fuerte resistencia ante el dolor. Lo que para uno,

puede representar una razón para el caos; para otro, sin embargo, puede aparecer como una

ocasión para evaluarse a sí mismo, y replantearse el camino que le condujo o que recorrió

hasta alcanzar esa situación. Sin duda alguna, las diferentes actitudes, con las que se puede

estar ante el dolor, tienen mucho que ver con los valores de la persona. De entre ellos, los

valores morales, religiosos y espirituales, tienen una decisiva importancia76. Por todo esto,

76
Scheler llega a sugerir que, por ese motivo, la civilización aumenta los sufrimientos, que son menores en los
pueblos primitivos, ya que la conciencia progresiva de la propia dignidad, del problema intelectual y espiritual
que plantea el sufrimiento, etc. hacen más aguda su percepción. SCHELER, M, El sentido del sufrimiento,
Goncourt, Buenos Aires, 1979, pp. 35 y ss.
Índice 61

es imprescindible tener en cuenta la percepción individual o personal del dolor. A partir de

ésta, pueden aplicarse las formas de adaptación o de solución adecuadas.

Es aceptado por la mayoría, que existen tres orígenes generales del dolor: un origen

físico, un origen psíquico -que comúnmente se entiende como somatización física del dolor

psicológico-, por último, el dolor del espíritu. El orden de enumeración, no tiene relación

con su sintomatología, ya que están íntimamente relacionados entre sí, y se distinguen

meramente en función de su comprensión precisa.

1.2 CARACTERÍSTICAS DEL DOLOR.

Las características del dolor se agrupan en aspectos de procedencia, intensidad, carácter y

calidad, y carácter histórico.

En cuanto a la procedencia, el dolor - sea físico, espiritual–moral, o psíquico- procede

de algún área en la vida de la persona. Para comprenderlo, resulta necesario comprender a

la persona en las dimensiones fundamentales, que le conforman como tal.

La primera de ellas es la dimensión humana. Por una parte, consiste en la propia

relación con el yo personal, consigo mismo. Aquí están incluidos el estado físico, el

cuidado de su salud corporal, la salud mental, el aprovechamiento de una alimentación sana

y equilibrada, equivalente a las necesidades y edad de cada persona; el ejercicio físico, el

aseo personal y el cuidado por su presentación, entre otros.

La segunda se ha llamado dimensión espiritual. En ella, la persona desarrolla, la

relación del yo ante el Tu de Dios, que es un Tu singular, porque hace referencia a su

Creador y es el principal interlocutor de la persona humana. En ella se incluyen así mismo

las formas de estar y de vivir en la relación con la Iglesia, y se ubica específicamente la

dirección espiritual. Dentro de ella, se incluyen, entre otros, la oración personal, el cuidado
Índice 62

de la vida sacramental, la actualización en la cultura religiosa o teológica, el apostolado o

servicios a la comunidad, la dirección espiritual, la lectura espiritual. Esta relación de la

persona con Dios, como con Uno entre los otros y con Dios, ocupa una posición singular en

la vida humana, aunque se inscribe en su general capacidad de socialización.

La tercera dimensión se conoce como dimensión social. El hombre es un ser social

por naturaleza, creado desde el principio para la comunión. Desde el origen, Dios no ha

querido que el hombre esté sólo, y en la relación con los otros, encuentra la fuente de su

realización, dentro del proyecto para el que fue creado. En la Escritura, la relación de Adán

y Eva refleja la primera expresión de la comunión de personas humanas. En ella se incluyen

las relaciones que el hombre establece con los otros, como personas, las relaciones con las

figuras paternas o con los cuidadores principales, las relaciones con su familia de origen, y

con su familia nuclear, las relaciones con las generaciones de su familia, la relación con su

entorno social, con los grupos naturales y no naturales de socialización, con los grupos

ocasionales de socialización, etc.

Conviene detenerse un momento un ese tipo de relaciones porque entre ellas, las

relaciones familiares tienen una particular importancia en la configuración de la

personalidad humana. La relación de socialización, del hombre con los otros, puede

describirse en general como relación de cercanía. El hombre desarrolla la cercanía, por

naturaleza, en la sociedad. La familia es la primera célula de la sociedad, en la que la

persona aprende las formas de relación, con las que posteriormente será proyectado a la

sociedad. Es, pues, la familia el primer ambiente, en el que el hombre desarrolla sus

capacidades de relación. La familia puede describirse como familia de origen, que es

aquella de la que cada uno de procede, y en la que se desarrolla; como familia nuclear, que

es aquella que en algún momento de la vida, se decide tener por elección propia, según el
Índice 63

estado y condición de vida, que ha elegido cada uno; y, por último, como familia por

genealogía, que es aquella que configura las propias raíces históricas y culturales.

La cuarta dimensión puede llamarse dimensión profesional. De ella se derivan las

relaciones de trabajo, según las elecciones y capacidades de cada persona, de acuerdo a la

vocación especifica a la que cada uno ha sido llamado. E incluye las formas diversas de

seguir cultivando una profesión u oficio, las circunstancias propias del trabajo y su

proyección en la propia vida, como medio de plenificación personal, y como manera de

colaborar en la transformación de la naturaleza y de la sociedad, en alianza con el Creador.

Por último, en quinto lugar puede mencionarse la dimensión natural, o, en cierto

sentido, cósmica. En ella se incluye la relación que la persona establece con el medio

ambiente, y el entorno en el que se desarrolla. La capacidad que la persona tenga de vivir

en orden y armonía con su espacio vital, será sólo un reflejo del orden interno, con el que es

capaz de vivir. Una persona que vive con orden en su espacio de vida, crece y se desarrolla,

con una personalidad consistente. La persona humana debería crecer de manera integral,

equilibrada y progresiva en cada una de las dimensiones arriba mencionadas, y para ello

precisa particularmente de la perspectiva del orden; el orden exterior es la manifestación

del orden interior en el que es capaz de vivir y desarrollar todas sus potencialidades. Es

decir, que a mayor orden en su vida personal, mayor consistencia en su personalidad.

Para encontrar la procedencia del dolor, es de importante tener en cuenta cada una de

las cinco dimensiones de relación de la persona humana, pues el origen del dolor puede

proceder de cualquiera de ellas.

Respecto de cada una de ellas, el dolor puede ser localizado, irradiado o referido. El

dolor localizado remite a su sitio de origen, en cualquiera de las dimensiones de relación. El

dolor irradiado, como indica su nombre, es aquel, que desde el lugar en que se localiza, se
Índice 64

irradia a otras dimensiones de relación. Es decir, ninguna de las experiencias dolorosas se da

aislada en una de las dimensiones, porque tiene además serias repercusiones en otras áreas de

la personalidad humana. El dolor referido se experimenta en alguna, o algunas, de las

distintas relaciones sociales de la persona humana; su característica principal es que se siente

como distante a la dimensión de la que tiene su origen.

La intensidad del dolor, es una característica difícil de evaluar, ya que en ella,

interviene básicamente el aspecto subjetivo, de la propia experiencia. Además, como se ha

mencionado, el margen del umbral del dolor es diferente en cada uno, y varía de persona a

persona, en sus diferentes situaciones. Existen diversos factores, principalmente físicos,

psicológicos y espirituales, que modifican la percepción del dolor. Algunas veces la

multiplican, y la hacen más intensa; otras, la disminuyen o la reorientan, hasta tal punto,

que se hace capaz el hombre de trascender la experiencia dolorosa, sobre todo por medio de

la experiencia espiritual.

Al hablar del carácter y la calidad del dolor, nos referimos específicamente, a las

características que se corresponden con la calidad del dolor; éstas pueden variar mucho,

dependiendo del origen de aquél. Dependiendo de en cuál de las dimensiones de relación se

origine el dolor serán el carácter y la calidad del mismo. Sus características tienen mucho

parecido entre sí, pero se diferencian sus especificaciones, según sea el origen en la

dimensión de la persona humana, de donde provienen; estas características se relacionan

entre sí pues son interdependientes, pero no autónomas ni autosuficientes.

El dolor tiene también un determinado carácter histórico, una cronología; importa en

él la secuencia de los hechos, progresiva o no, que acompañan a la experiencia dolorosa.

Influyen en esta, factores, como la duración de la experiencia dolorosa, la manera como se

manifestó en su origen, o la variación del dolor con el tiempo. La duración del dolor es un

aspecto importante. Puede tratarse de dolor agudo o de dolor crónico. El dolor agudo es de
Índice 65

reciente aparición en el tiempo; es decir, es un dolor relativamente nuevo, y tiene como

tarea alertar a la persona sobre la posible llegada de un dolor más complejo, que puede

anidar en su personalidad, o puede llegar a ser de cierta manera ya una patología. El dolor

crónico, en cambio, es un dolor que se ha prolongado en la experiencia de la persona,

durante mucho tiempo. No tiene generalmente, una fecha de inicio clara, pero afecta de

manera importante la calidad de vida de la persona que lo experimenta. Es un tipo de dolor

irradiado, que altera la mayoría de dimensiones de relación en la persona; influye en sus

relaciones personales, familiares, sociales, laborales, espirituales, etc. Podría decirse que,

de alguna manera, el dolor crónico puede llegar a ser un beneficio para quien lo

experimente, siempre y cuando no comprometa la estabilidad, o incluso la salud de la

persona.

Es posible que no se encuentre una secuencia progresiva y lineal de los hechos que

hacen sufrir a una persona, pero el dolor sí tiene en sí mismo una cierta cronología, a la que

puede llamarse transversal. Por tanto, se impone la tarea de descubrir el hilo conductor en

la historia del dolor, presente en las diferentes áreas de relación de la persona, aunque

aparentemente puedan parecer no relacionadas entre sí. Así es posible encontrar caminos

más acertados en el tratamiento del dolor.

La duración del dolor puede variar, desde unos pocos minutos, a horas, hasta

semanas, meses o hasta a llegar a implicar toda la vida de la persona, trasformándola

radicalmente. La propia experiencia de la vida espiritual, no queda excluida ni librada entre

estas posibles repercusiones; por lo tanto, es importante que posteriormente en esta

investigación, profundicemos en las implicaciones de esta realidad. Es relativamente fácil

definir las características de un dolor agudo; sin embargo, en las personas que sufren el

dolor crónico, es más difícil, ya que se puede haber producido un cambio subjetivo en la

interpretación de la sensación inicial del dolor.


Índice 66

1.3 FORMAS DE RESPONDER EN LA DIRECCIÓN ESPIRITUAL.

Cuando una persona experimenta cierto tipo de dolor, durante mucho tiempo, y no le es

posible comprender la fecha clara de su inicio, su origen, o de a cuál de las cinco

dimensiones de relación se refiere, puede afectar seriamente a la calidad de vida de la

persona, alterando sus relaciones. El sufrimiento origina en ella una indisposición para

relacionarse abiertamente y con libertad, consigo mismo, con su familia, con sus

compañeros de trabajo, con su sociedad77 y en definitiva lo indispone para su relación con

Dios; le afecta desde su disposición a rezar, hasta en su manera de captar a Dios en su

diario vivir. Tiene el riesgo de sentir el silencio, o hasta el abandono de Dios78.

Cuando una persona pasa por una experiencia semejante, es importante que su

acompañante espiritual se haga presente de diversas formas; para que la persona se sepa

acompañada79 por un hermano que se ocupa de ella, y que es capaz de mostrarle en la

caridad80, la misericordia de Dios. En algunas personas, incluso, estos sentimientos de

ausencia de Dios pueden ponerla en condiciones de arriesgar hasta su propia vida, su

estabilidad y su seguridad. En la mano abierta de su director espiritual, necesitará encontrar

la mano de Dios, que le ama, que se inclina hacia ella, la toma de la mano y la levanta

77
“El sufrimiento (…) lleva al replegamiento sobre sí, a aislarse de todo lo que no está de alguna manera en
relación con el dolor. Esta limitación del campo de mira, este volver una u otra vez sobre sí mismo no juega
solamente un papel en la esfera emocional, sino también en el pensar. Por todo ello se puede concluir que la
personalidad humana no se forja solamente en el choque con los demás seres, sino en el constante y rudo
batallar del hombre consigo mismo”. VILAR Y PLANAS, J., Antropología del dolor, Eunsa, Pamplona 1998,
p. 65.
78
“Ambas preguntas [¿Por qué el mal? ¿Por qué el mal en el mundo?] son difíciles cuando las hace el hombre
al hombre, los hombres a los hombres, como también cuando el hombre las hace a Dios. En efecto, el hombre
no hace esta pregunta al mundo, aunque muchas veces el sufrimiento provenga de él, sino que la hace a Dios
como Creador y Señor del mundo. Y es bien sabido que en la línea de esta pregunta se llega no sólo a
múltiples frustraciones y conflictos en la relación del hombre con Dios, sino que sucede incluso que se llega a
la negación misma de Dios”. JUAN PABLO II, Carta apostólica Salvifici doloris , n. 9.
79
“Estar bajo la ley del dolor provoca un sentimiento creciente de soledad y despierta el deseo de encontrar a
alguien, con quien poder comunicarse y hacer partícipe el propio sufrimiento. (…) El dolor se convierte así en
una forma de relación humana mutua”. VILAR Y PLANAS, J., Antropología del dolor, Eunsa, Pamplona
1998, p. 137.
80
“Es necesario cultivar en sí mismo esta sensibilidad del corazón, que testimonia la compasión hacia el que
sufre. A veces esta compasión es la única o principal manifestación de nuestro amor y de nuestra solidaridad
hacia el hombre que sufre”. JUAN PABLO II, Carta apostólica Salvifici doloris , n. 28.
Índice 67

disponiéndola, para que pueda servir a sus hermanos. Al acompañante espiritual, se le ha

puesto entre las manos, la posibilidad de hacer realidad este milagro, que puede potenciar

fervientemente la vida de la persona.

Todas las personas tienen o tenemos diferentes formas, de responder o reaccionar ante

el dolor, en tanto que cada uno somos diferentes81. Es muy constante en la experiencia

humana, que ante el sufrimiento, primero se tenga cierta tendencia a ocultarlo, a querer

aparentar que no sucede nada, que todo en la vida está marchando bien y en orden. La gran

mayoría de los casos, esto sucede en personas, que se sienten solas y viven ensimismadas.

Es importante que, con este tipo de personas, el guía espiritual ponga especial atención en

mostrar que Dios se interesa por ellas, que a Dios le importan mucho sus sufrimientos.

Hace falta entonces interesarse por lo que les sucede, rompiendo, con absoluto respeto, la

coraza del ensimismamiento en el que se habían encerrado. Romper esa coraza no como el

intruso, que invade para pisotear lo que ahí encuentre, sino traspasarla, con el amor de

aquel que se reconoce persona. Como quien se sabe ante un hermano, con quien se puede

caminar codo con codo, en diferente ruta, hacia el mismo destino, la intimidad del amor de

Dios.

Entre las diferentes maneras, de reaccionar ante el sufrimiento; algunas personas,

pueden desencadenar algunas reacciones, o repercusiones en la propia corporalidad.

Tienden a enfermar, o a experimentar algunas alteraciones, en sus emociones y sus

sentimientos; que tienen su origen en su manera de concebir a Dios, de leer los

acontecimientos de su vida diaria, y en su forma de interpretar las reacciones de los que se

encuentran en su entorno. Necesitan escuchar de su acompañante espiritual palabras que

81
“El sufrimiento humano constituye en sí mismo casi un específico « mundo » que existe junto con el
hombre, que aparece en él y pasa, o a veces no pasa, pero se consolida y se profundiza en él. Este mundo del
sufrimiento, dividido en muchos y muy numerosos sujetos, existe casi en la dispersión. Cada hombre,
mediante su sufrimiento personal, constituye no sólo una pequeña parte de ese « mundo », sino que a la vez
aquel « mundo » está en él como una entidad finita e irrepetible”. JUAN PABLO II, Carta apostólica Salvifici
doloris , n. 8.
Índice 68

exhortan a poner atención a estas maneras de reaccionar ante el sufrimiento y a tener

cuidado en la salud del propio cuerpo y de su persona, de manera integral. Si en algunos

momentos se considera necesario, puede recordarle la importancia de visitar a su médico,

como un padre ante ciertos desórdenes en la salud de un hijo. La dirección espiritual, de ese

modo, prolonga la paternidad de Dios en quienes le han sido confiados.

Es recomendable dedicar tiempo para observar a la persona, y encontrar poco a poco

algunas de las propiedades del sufrimiento. Importa reconocer su duración, es decir, desde

cuándo se experimenta. En muchas personas, el sufrimiento aparece con cierta

periodicidad, y llega, incluso, a conformarse como cierto paradigma en la forma cotidiana

del proceder de la persona. Cuando se logra identificar con qué frecuencia y periodicidad se

presentan ciertas formas de sufrimiento, se está en condiciones de darle a la persona

mejores respuestas a las dificultades que lo aquejan. También el sufrimiento, tiene cierto

tipo de signos, y síntomas que lo acompañan desde mínimos gestos –como el nerviosismo o

la sudoración en las manos- hasta una profunda desgana -hasta para rezar- e indisposición

para continuar con alegría la vida cotidiana.

Ante el desánimo que experimentan, tienen un riesgo incipiente de empezar a buscar

ciertos paliativos, o alternativas, para llenar la insatisfacción que provoca el sufrimiento.

Para que la persona puede superar ese desierto del dolor, es esencial que su director

espiritual le recuerde la enseñanza de la Sagrada Escritura: “el corazón humano no puede

estar vacío o se llena de cielo, o se llena de cieno”. El guía espiritual puede ayudar a

plantearse la pregunta sobre lo que está haciendo; puede darle herramientas para encontrar

la resolución que necesita, desde la perspectiva de la cruz. Sólo puede conducirlo a puerto

seguro, cuando sea capaz de arriesgarse a confiar en Cristo Jesús, que lo ha redimido en el

sufrimiento del calvario.

2. NOCIÓN Y TIPOS DE SUFRIMIENTO.


Índice 69

2. 1 NOCIÓN DE SUFRIMIENTO

Habitualmente los términos dolor y sufrimiento se utilizan indistintamente, pero

indudablemente no son sinónimos82. Cuando se habla de dolor, se hace una referencia

explícita a una experiencia dolorosa, en el orden de lo somático, o de lo fisiológico. Se

puede definir como una sensación desagradable producida por la acción de estímulos de

carácter perjudicial83. Esos estímulos pueden tener su origen en el exterior o en el interior

mismo del organismo. Este tipo de dolor es muy controlable por la medicina, con la

administración de fármacos.

El sufrimiento muchas veces puede tener su origen en un dolor físico; sin embargo,

hace referencia a otros aspectos de la persona humana. El sufrimiento es más psicológico,

está más en relación con la persona, y conecta con otros factores de personalidad. El

sufrimiento es una experiencia individual y subjetiva; cada individuo, tiene una manera

particular de leer el dolor y su intensidad, y, por consiguiente, transformarlo en sufrimiento.

El sufrimiento hace más referencia a la personalidad del individuo, a la actitud que este

adopta frente a las dificultades de la vida84.

La experiencia del sufrimiento, no sólo la padece la persona que experimenta una

enfermedad o una dificultad, sino que la vive también su entorno, sus acompañantes, su

famila, quienes conforman el aquí y el ahora de la persona85. El dolor es una experiencia del

presente; el sufrimiento, por el contrario, es una prolongación de la experiencia dolorosa en

el tiempo. Por ejemplo, el niño que es golpeado por su padre a los cuatro años, por haber

tomado indebidamente un dinero que no le pertenecía; en el momento del acontecimiento,

puede experimentar dolor y manifestarlo con las lágrimas. Esta misma experiencia se

82
Cfr. CABANYES, J., MONGE, M. A., Salud mental y sus cuidados, EUNSA Pamplona 2010, p. 141.
83
REY, L., “Ética y espiritualidad de la salud”, en Dolentium Hominum 72 (2009), pg. 37-49.
84
FEYTOR PINTO, F., “El sufrimiento y el sentido de la vida”, en Dolentium Hominum 28 (1995) p. 117.
85
MONGE, M. A., “El sufrimiento en la enfermedad. Algunas claves para ayudar a los enfermos a vivirlo
sanamente”, en Dolentium Hominum 32 (1996), p. 27-39.
Índice 70

convierte en una prolongación de dolor en el tiempo, cuando el adulto sigue sufriendo

dolorosamente, por los golpes de su padre en aquella temprana edad, que tenían una

intención correctiva y orientativa. La experiencia dolorosa del niño se ha convertido en el

sufrimiento del hombre, que ha prolongado su dolor como sufrimiento en el tiempo. En este

sentido, el dolor es más fácil de aliviar que el sufrimiento.

Comúnmente, se ha identificado la definición del sufrimiento como la experiencia de

un mal o la privación de algún bien86. Aunque ordinariamente es sinónimo del dolor, el

sufrimiento es más bien la reacción al dolor; por lo tanto, es un factor muy importante en la

espiritualidad cristiana.87

Al preguntarse por las causas del sufrimiento, se advierte que el sufrimiento es

consecuencia del pecado. Desde el pecado original, el sufrimiento es propio del hombre en

la tierra. El sufrimiento es un elemento esencial para nuestra maduración humana, es un

proceso de toda la vida88. No por casualidad el Señor dice a sus discípulos que el Hijo del

hombre debe ir a Jerusalén para sufrir; por eso, quien quiera ser discípulo suyo, debe tomar

su cruz sobre sus hombros y así seguirle. En realidad, cada hombre reacciona entonces

como Pedro, que se resiste ante esa afirmación, que no comprende o no quiere llevar la

cruz., o que pretende crear un reino más humano y más hermoso en la tierra. Como Pedro,

se necesita mucho tiempo, tal vez toda la vida, para entenderlo. Sólo con el tiempo se

comienza a comprender y a aceptar esto, cada día, porque cada día trae alguna

86
“Se puede decir que el hombre sufre, cuando experimenta cualquier mal. (…) El cristianismo proclama el
esencial bien de la existencia y el bien de lo que existe, profesa la bondad del Creador y proclama el bien de
las criaturas. El hombre sufre a causa del mal, que es una cierta falta, limitación o distorsión del bien. Se
podría decir que el hombre sufre a causa de un bien del que él no participa, del cual es en cierto modo
excluido o del que él mismo se ha privado. Sufre en particular cuando « debería » tener parte —en
circunstancias normales— en este bien y no lo tiene. Así pues, en el concepto cristiano la realidad del
sufrimiento se explica por medio del mal que está siempre referido, de algún modo, a un bien”. JUAN
PABLO II, Carta apostólica Salvifici doloris , n. 7.
87
CANTALAMESA, R., “La forma nueva de vivir el sufrimiento”, en Famiglia Cristiana 37 (2005), p.19-32.
88
El sufrimiento aparece “en diversos momentos de la vida; se realiza de maneras diferentes; asume
dimensiones diversas; sin embargo, de una forma o de otra, el sufrimiento parece ser, y lo es, casi inseparable
de la existencia terrena del hombre”. JUAN PABLO II, Carta apostólica Salvifici doloris , n. 3
Índice 71

insatisfacción, alguna dificultad que también produce dolor, y a aceptar esta escuela del

seguimiento de Cristo.89

Existe, por otra parte, una gran dificultad que nace de la enorme diversidad de

términos utilizados para describir los estados de ánimo, que se denominan indistintamente

como emociones, sentimientos o pasiones. También el uso de términos tales como dolor,

sufrimiento, amor, etc., señalan indistintamente una emoción momentánea o un sentimiento

estable. Para profundizar sobre la realidad del sufrimiento, es indispensable, en vez de

prestar atención a las emociones y sentimientos que se experimentan como una

consecuencia , volver la mirada a la experiencia misma del sufrimiento, sin detenerse

simplemente en las consecuencias. Esta perspectiva permite la posibilidad de ver al

sufrimiento como un hecho sustancialmente humano, del cual las emociones y sentimientos

son sólo accidentes.90

La cuestión del sufrimiento no debería ser abordada a través de la pregunta que

interroga sobre los efectos, o síntomas; sino mediante un interrogante que busque aclarar la

esencia del sufrimiento, su origen, y permita describir la enorme variedad de maneras

humanas de sufrir. El hombre es un ser capaz de darle múltiples significados a una misma

realidad. Esto significa que, como seres humanos, “de una misma realidad podemos tener

múltiples experiencias”91. El intento de lograr una definición precisa puede ser vacío y

falso, en la medida en que no se conozca íntimamente el problema, o que no se conciba a

partir de la experiencia. Es decir, se precisa convertirse en un espectador desinteresado,

suficientemente desapegado como para describir realidades universales, en aquello que,

como el sufrimiento, se caracteriza por la capacidad de llevar al individuo a un anclaje

existencial.
89
MONGE, M. A., “El sufrimiento en la enfermedad. Algunas claves para ayudar a los enfermos a vivirlo
sanamente”, en Dolentium Hominum 32 (1996), p. 27-39.
90
FEYTOR PINTO, F., “El sufrimiento y el sentido de la vida”, en Dolentium Hominum 28 (1995), p. 117.
91
BERTI, G., SCHNEIDER BERTI, A., “Por la esencia de renacer”, en Actas del Congreso “Renacer”,
Montevideo 2008.
Índice 72

Esto adquiere importancia práctica al evaluar las distintas y posibles maneras de

sufrir, los modos en que el hombre toma su sufrir. Permite resaltar lo existencial, lo propio

de la existencia humana, en cada hombre único e irrepetible, dentro de lo esencial del

sufrimiento. No existe, pues, una definición que sea la más útil, aunque siempre puede

decirse de forma sencilla que sufrir es padecer dolor. Por otra parte, el sufrimiento no existe

sólo en el instante en que comienza a ser experimentado, como si fuese una experiencia

aislada en la vida; es una realidad que se manifiesta como un cierto desvelamiento y la

persona se permite a sí misma la oportunidad de mirar hacia el pasado y el futuro. Así se

percibe también que el sufrimiento no es algo único de la persona que lo experimenta; por

lo general, lo experimentan junto con él, los que conforman su entorno, en el diario vivir.

Para la psiquiatría o la psicología, las emociones y pasiones derivadas del sufrimiento

son consideradas como categorías de éste. Ello trae consigo tres graves problemas: 1) La

tendencia a considerar al sufrimiento como una realidad que puede ser modificada o, mejor

aún, eliminada de la existencia de una persona; 2) la tendencia a considerar algunas

emociones y ciertas pasiones como equivalentes al sufrimiento; 3) por último, y quizás más

grave, es la tendencia a considerar el sufrimiento como una enfermedad orgánica, pensando

que en cuanto tal puede ser resuelta, pero sólo por especialistas en las ciencias de la psique,

es decir utilizando una medicación para el sufrimiento; se pretende que puede eliminarse

como si fuese un mero síntoma de una enfermedad o, en el peor de los casos, como si fuese

la enfermedad misma92.

Cuando la persona humana se ve a sí misma confrontada con situaciones que no

pueden ser cambiadas, es decir, al enfrentarse al sufrimiento, se encuentra en uno de los

momentos más decisivo de su vida, en un acto que sólo puede ser de fe; en el acto de

ponerse a sí mismo frente a Dios como su único y esencial interlocutor, y desde su libertad,

92
Ibidem.
Índice 73

decidir existencialmente la actitud que toma ante su sufrimiento: o lo padece simplemente,

o se pone en camino para integrarlo en su propio proceso de vida para permitirse a sí

mismo ser redimido en Cristo. Esto otorga al sufrimiento el papel que merece en la

existencia, al considerarlo como una entidad con realidad propia, como una verdad de la

que, por su magnitud y jerarquía, pueden, a su vez, derivarse otras verdades.

En la encíclica Redemtor Hominis, afirma Juan Pablo II que “el Hijo de Dios con su

encarnación, se ha unido en cierto modo con todo hombre”93. Esta unión se ha manifestado

de manera especial en la Cruz; en ella, Cristo se une a todos los que sufren y, al mismo

tiempo, permite que todos los que sufren se unan a Él, que ha experimentado el sufrimiento

en sí mismo. Cristo de esta manera unió de una vez y para siempre el sufrimiento al amor y

así lo redimió94.

En la actualidad, no se comprende el sufrimiento porque no se comprende a la

persona humana. La ciencia y la medicina, gracias a la técnica, realizan continuamente

nuevos descubrimientos, pero pierden con frecuencia el significado del sufrimiento. A

menudo, consideran a la persona humana de forma reduccionista, meramente como un ser

físico con deseos espirituales; omiten la auténtica realidad que reside en ser imagen de

Dios, con un ser físico y espiritual querido y amado por Dios. El hecho es que sin amor, sin

Cristo, el sufrimiento no tiene ningún sentido95; pierde totalmente su verdadera dimensión.

El sufrimiento impone en sí mismo un reto al hombre; le exige responderse a si mismo

sobre el sentido de la existencia humana, pero a esta cuestión no se puede responder

satisfactoriamente desde una experiencia humana que haya eliminado de sí misma a Dios.

Sólo el cristianismo revela la verdad que “Dios ama tanto a cada persona, que ni siquiera el

93
JUAN PABLO II, Carta encíclica Redemptor hominis, n. 8.
94
Cfr. Ibidem, n. 4. “El sufrimiento humano ha alcanzado su culmen en la pasión de Cristo. Y a la vez ha
entrado en una dimensión completamente nueva y en un orden nuevo: ha sido unido al amor (...), a aquel
amor que crea el bien, sacándolo incluso del mal”. JUAN PABLO II, Carta apostólica Salvifici doloris , n. 18.
95
Sobre las diversas explicaciones no cristianas al sufrimiento y su insuficiencia, cfr. por ejemplo SCHELER,
M, El sentido del sufrimiento, Goncourt, Buenos Aires, 1979, pp. 43 y ss.
Índice 74

sufrimiento la aleja de Él. Él ha sufrido por cada hombre que habita en este mundo, de

manera que cuando se sufre, se puede sufrir con El”96. Sin el sufrimiento y la muerte de

Cristo, el amor de Dios por los hombres no se habría manifestado en toda su profundidad y

grandeza. Con Cristo el sufrimiento no sólo alcanza un significado, sino que logra una

finalidad, conducir en lo paradójico y en lo secreto del misterio del dolor, al misterio de

Dios mismo.

Cuatro días después del atentado que sufrió Juan Pablo II, en su mensaje para la hora

del Angelus, desde el Policlínico Gemelli, donde se estaba recuperando se sus heridas,

proclamó: “Unido a Cristo, Sacerdote y Victima, ofrezco mis sufrimientos por la iglesia y

por el mundo. A ti María, repito: Totus tuus ego sum”97. Con ello manifestaba que el

sufrimiento no es sólo un medio de crecimiento hacia Dios, sino que es una participación en

su mismo sufrimiento, y por lo mismo una participación en la redención. El sufrimiento,

aceptado en unión con Cristo sufriente, tiene su eficacia inigualable para la realización del

plan de Dios para salvar a los hombres98.

Para la iglesia cada sufrimiento que el hombre experimenta en el mundo es una

invitación a amar, a salir cada uno del anonimato y emprender la tarea que nos pone en

camino de ir hacia el encuentro del otro, nos ayuda a encontrar en cada hombre que

experimenta el dolor y el sufrimiento sea físico, moral o psíquico en cualquiera de su

formas y manifestaciones, a un hermano necesitado de experimentar la misericordia y la

esperanza. Para la iglesia el compromiso hacia los que sufren se convierte en una exigencia

dentro de sí misma que le exige profundizar y el compromiso del acompañamiento

espiritual de los que experimentan el dolor; le exige poder decirle sí a Cristo en el rostro de

cada hombre sufriente, que también hoy le grita al mundo “tengo sed”99. Da la oportunidad
96
JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Redemptor hominis, n. 6.
97
Cit. en ANDERSON, C. A., “Significado del dolor de Juan Pablo II para la iglesia y el mundo”, en
Dolentium Hominum 74 (2010) p. 31.
98
Cfr. Ibidem, p. 32.
99
Cfr. Ibidem, p. 33.
Índice 75

una vez más de poder decirnos a nosotros mismos que el hombre sufriente nos pertenece a

todos aquí y ahora; es un imperativo para todos los que creen en Jesucristo Muerto y

Resucitado.

2. 2 TIPOS DE SUFRIMIENTO.

Como se ha mencionado, existen diversas clases de sufrimiento. En este trabajo, se hace

referencia a tres tipos de sufrimiento, entendidos como dolor físico, dolor espiritual o moral

y dolor psíquico.

Dolor físico.

Es relativamente sencillo constatar como a través de los últimos años, el tema del

dolor y su tratamiento ha alcanzado un reconocimiento mundial, no solamente como una

especialidad de la medicina, sino como un tema importante para la investigación científica

y el análisis filosófico y teológico.

Para abordar el tema, puede tomarse como punto de partida, el concepto de salud. Se

define la salud como un estado de total bienestar físico, mental y social; y no sólo la

ausencia de afecciones o enfermedades100. De ella, se concluye que el dolor físico es una

ausencia de bienestar físico. Esta definición marca un notable progreso frente a las

anteriores, ya que incluye la dimensión psíquica y tiene en cuenta el carácter social de la

persona; por otra parte, pone más atención en la promoción de la salud, que en la curación

de las enfermedades101. Otras áreas del pensamiento han hecho también importantes

aportaciones relacionadas al fenómeno del dolor, brindando perspectivas sobre las

100
Cfr. BUONOMO, V., “El derecho a la salud en el derecho internacional de los derechos humanos”. en
Dolentium Hominum 72 (2009), n.3. Viene a coincidir con la ya clásica definición de la Organización
Mundial de la salud.
101
MONGE, M. A., Medicina pastoral. Cuestiones de biología antropología, medicina, sexología, psicología
y psiquiatría de interés para formadores, EUNSA, Pamplona 2002.
Índice 76

implicaciones del fenómeno del dolor en múltiples aspectos de la sociedad y de la calidad

en general de vida de los seres humanos102.

Conviene definir así mismo el concepto de enfermedad antes de definir el dolor físico

propiamente dicho. En primer lugar, en el orden natural, la enfermedad está ligada a la

naturaleza biológica del hombre. Hubo un momento antes del pecado original en el que no

existía ni enfermedad ni dolor. Cuando se contrae la enfermedad se experimenta por

primera vez el dolor físico, con lo que en sí mismo tiene de desagradable, pero también con

su propia carga purificadora, siempre y cuando la persona sea capaz de descubrirlo. Ante la

enfermedad lo que más preocupa no es propiamente el dolor sino el ser detenido de la vida

cotidiana, perder el control de la propia vida y de sus circunstancias con el paso brusco del

estado de salud al de enfermedad. Esta realidad puede provocar en la persona reacciones de

tristeza, de rebeldía o de desesperación. Aunque también puede ser el primer paso para un

acercamiento espiritual a Dios.

Ya se ha recogido anteriormente la definición de dolor más ampliamente aceptada como una

experiencia sensorial y emocional desagradable asociada con una lesión presente o potencial o

descrita en términos de la misma. El dolor hace referencia al orden de lo fisiológico, de lo

somático103. Aunque es importante no separar la concepción de dolor de la de sufrimiento, dado que

el sufrimiento hace referencia a un dolor más de tipo moral o espiritual, del cual se desprende el

psicológico.

Actualmente, en la mayoría de los casos, el dolor puede ser resuelto acudiendo a la medicina,

mediante una intervención quirúrgica adecuada, el uso de analgésicos u otras. Han comenzado a

establecerse en centros hospitalarios unidades del dolor y cuidados paliativos. Aunque no todo está

resuelto, son alentadores los esfuerzos que se siguen realizando en este campo. El progreso

moderno está en gran parte motivado por la convicción de eliminar el sufrimiento de la existencia

102
IBARRA , E ; “Una nueva definición de dolor” Un imperativo de nuestros días”, en Revista española de
medicina Dolor 13-2 (2006), pp. 65 – 72.
103
Cfr. también SCHELER, M, El sentido del sufrimiento, Goncourt, Buenos Aires, 1979, p. 20.
Índice 77

humana, aunque se trate de una tarea difícil de alcanzar. Por el contrario, se constata que la vida del

hombre es limitada, vulnerable, expuesta siempre al sufrimiento y al dolor, amenazada

constantemente por la enfermedad, y la desgracia, destinada inevitablemente al sufrimiento e

incluso a la muerte104.

Dolor moral o espiritual.

Para Juan Pablo II, el dolor o sufrimiento de tipo moral “es mucho más amplio que la

enfermedad, más complejo y a la vez más profundamente enraizado en la humanidad

misma, el sufrimiento físico se da cuando de cualquier manera duele el cuerpo, mientras

que el sufrimiento moral es dolor del alma. Se trata aquí del dolor espiritual, y no sólo de la

dimensión psíquica del dolor que acompaña tanto al sufrimiento moral como al físico. La

extensión y multiformidad del sufrimiento moral no son ciertamente menores que las del

físico; pero a la vez aquel aparece como menos identificado y menos alcanzable para la

terapéutica”105.

Los sufrimientos morales tienen también una parte física o somática; esta se refleja

con frecuencia en el estado general del organismo. Algunos teólogos han afirmado que en

el Antiguo Testamento, muchas veces se refiere al hombre como un conjunto psicofísico, en

el cual se unen frecuentemente los sufrimientos morales con el dolor de determinadas

partes del organismo: de los huesos(por ej. Is. 38,13; Jer. 23,9; Sal. 31,10-11; Sal. 42,10-

11); de los riñones (por ej. Sal. 73,21; Job.16,13; Lam.3,13); del hígado (por ej. Lam. 2,11);

de las vísceras (por ej. Is. 16,11; Jer. 4,19; Job. 30,27; Lam, 1,20); del corazón (por ej.

1Sam. 1,8; Jer. 4,19; Lam. 1,20.22; Sal. 38,9.11). Se puede decir que el hombre sufre

cuando experimenta cualquier mal106.

104
MONGE, M. A., “El sufrimiento en la enfermedad. Algunas claves para ayudar a los enfermos a vivirlo
sanamente”, en Dolentium Hominum 32 (1996), p. 27-39.
105
JUAN PABLO II, Carta apostólica Salvifici doloris , n. 5.
106
Cfr. Ibidem, n. 6.
Índice 78

El sufrimiento se presenta en la vida del hombre como posibilidad. Pero es la persona

misma quien ha de decidir lo que va a hacer frente a su sufrimiento; es ella quien decide

como vivir la experiencia del sufrimiento en su interior. Un dolor espiritual y moral puede

ser en sí mismo una escuela en el amor para la persona; cuando esta experiencia no es

vivida en lo profundo del centro de la persona, puede quedarse como un hecho aislado, que

no contribuirá en nada al progreso de la vida de la persona en ninguna de sus dimensiones

de relación. Y puede tener además el poder de destruirla, en vez de ser motivo de

crecimiento y de edificación por medio del cual se constituya en una experiencia espiritual.

Dolor psíquico.

El sufrimiento psíquico esta de alguna manera incluido dentro del sufrimiento moral

en la tradición cristiana; sin embargo, debido al progreso de las ciencias como la psiquiatría

y la psicología, tiene su especificidad. En la experiencia de la vida corriente, cualquier

persona en general tiene un conocimiento implícito de lo que es estar sano psíquicamente.

Desde un punto de vista científico, en cambio, no es fácil establecer una definición de salud

y enfermedad mental. Si se parte de la usual definición de salud como estado de completo

bienestar, al que se ha hecho referencia con anterioridad, no sería posible tener una

definición clara de salud mental. En la práctica, si se considera el sentimiento de

enfermedad por parte del enfermo, hay pacientes que, junto a cuadros clínicos con rasgos

psicopatológicos, manifiestan encontrarse psíquicamente bien, y muchos otros manifiestan

lo contrario.

Entre los posibles conceptos de salud mental, se considera la normalidad psíquica

partiendo de lo que al término medio de la población refiere, respecto al comportamiento

del individuo. Se basa solamente en un promedio estadístico, que no resulta a la larga

plenamente válido.
Índice 79

Salud equivale a la ausencia de enfermedad, por lo tanto, una persona que no tenga un

trastorno mental diagnosticable y se encuentre libre de síntomas psíquicos molestos, puede

considerarse como una persona mentalmente sana. Sin embargo, desde una concepción que

explique mejor la experiencia cotidiana, se puede afirmar que la salud mental es algo más

que la ausencia de enfermedad; implica no sólo un sentimiento de bienestar, sino un estado

propio. Integra además la capacidad de ejercer plenamente las propias capacidades físicas,

intelectuales y emocionales del individuo107. Algunos parámetros usados para delimitar la

salud mental pueden ser la ausencia de estructuras psicopatológicas, la integración

armónica de los distintos rasgos de personalidad, la percepción de la realidad sin

distorsiones y la capacidad de adaptación de la persona al entorno, a los diferentes

conflictos y a las circunstancias de su vida. Las distintas anormalidades psíquicas han sido

tradicionalmente clasificadas en tres grandes grupos, como la psicosis, la neurosis y la

psicopatía108. No es el lugar aquí del desarrollo de sus características propias.

Es cada día creciente el número de personas que experimentan este tipo de

sufrimiento, y que, con frecuencia, experimentan el oscurecimiento de la mente y el

silencio de Dios. Sería conveniente que encontraran un guía espiritual capacitado y

dispuesto a escucharles, a atenderles en la caridad del amor y a ayudarles a redescubrir el

proyecto de Dios y el sentido del sufrimiento en su vida. Ante el sufrimiento psíquico, la

persona se encuentra a sí misma tan empobrecida y tan ensombrecida, que no es capaz de

luchar por sí misma; necesita de un cirineo que le ayude a cargar su propia cruz, o de un

samaritano que sea capaz de mirarlo como persona y dedicarle tiempo para conducirle, por

las oscuridades de la escuela del dolor que puede llegar a la luz.

107
Cfr. MONGE, M. A., Medicina pastoral. Cuestiones de biología antropología, medicina, sexología,
psicología y psiquiatría de interés para formadores, EUNSA, Pamplona 2002, p. 71.
108
Cfr. Ibidem, p. 171.
Índice 80

CAPÍTULO III

LA DIRECCIÓN ESPIRITUAL

1. LA DIRECCIÓN ESPIRITUAL.

1.1 LA DIRECCIÓN ESPIRITUAL COMO SERVICIO DE ACOMPAÑAMIENTO.

El tema de la dirección espiritual es de gran actualidad en el quehacer de la teología

espiritual, por su gran incidencia en la pastoral. Enraíza sus fundamentos en la teología

pastoral y en la eclesiología109. Se han utilizado diversos términos para designar esta tarea

como dirección espiritual, dirección de almas, o acompañamiento espiritual, como se ha

preferido denominar en las últimas décadas. A pesar de la variedad de los términos con los

que se ha designado a la dirección espiritual, en este trabajo se utilizan de manera

indistinta; ya que en su diversidad, hacen referencia a una misma realidad. Es un ministerio

no exclusivo del ministerio de los sacerdotes, pues, a lo largo de la historia de la Iglesia, ha

sido ejercido tanto por sacerdotes, como por religiosos y laicos110. La persona que acepte

acompañar a alguien en el camino espiritual, en todo momento ha de ser consciente de que

ha decidido hacerse su compañero de viaje hacia la libertad interior, como una de las tareas

principales de este acompañamiento; ha de inspirarse en una concepción del hombre

positiva y abierta a la trascendencia111.

Es una acción concreta en el conjunto de la tarea pastoral, que consiste en la ayuda

personal, personalizada y personalizante, que se ofrece a los cristianos que sienten deseos

de una mayor perfección en la búsqueda de responder a la propia llamada universal a la

santidad. Es personal en tanto que se refiere a la asistencia de una persona concreta, con

una historia propia, con una experiencia de Dios concreta, experimentada en el diario vivir.
109
Cfr. BORRIELLO, L., Diccionario de mística, San Pablo, Madrid 2002, p. 574; y MENDIZÁBAL, L. M.,
Dirección espiritual. Teoría y práctica, BAC, Madrid 1978, p. 4, nota 1
110
Cfr. NEMECK, F. K., COOMBS, M. T., El camino de la dirección espiritual, De Spol, Madrid 1987, p. 9.
111
Cfr. BORRIELLO, L., Diccionario de mística, San Pablo, Madrid 2002, p. 574.
Índice 81

Es personalizada en tanto que exige en sí misma una acción singular, en el contexto de todo

el conjunto de la pastoral. Implica serios y en ocasiones prolongados momentos dedicados a

la escucha de una persona y sus circunstancias; con toda caridad y deseos de conducirle a la

vivencia de Dios que es Padre y le ama con amor eterno. Es personalizante, en la medida

que se da a la tarea de lograr que la persona se experimente cada vez más persona, más hijo

de Dios y más llamado a expresar su servicio de caridad como hermano de sus hermanos.

Su carácter teológico procede de la sistemática y de las fuentes de la fe, como la

Sagrada Escritura, el Magisterio de la Iglesia, la herencia de las enseñanzas de los Padres y

de los doctores. La doctrina de la dirección espiritual está íntimamente ligada a los

misterios de la fe112. Forma parte de la teología pastoral, porque se ordena intrínseca e

inmediatamente a la tarea de la salvación de los hombres. Es una tarea que implica grandes

actitudes y disposiciones de parte de quienes la ejercen, también para poder estar en

condiciones de ayudar a los que experimentan el dolor y el sufrimiento en la propia vida, a

descubrir el proyecto que Dios tiene preparado para cada uno de ellos; implica ayudar a

vivir desde el don de Dios entretejido en la propia vida. Sin embargo puede decirse que de

entre las diversas formas de ayuda para la maduración de la persona, tal vez sea la más

difícil, y con frecuencia de las más descuidadas113.

El Concilio Vaticano II recuerda explícitamente esta misión concreta, hablando del

sacerdote en la vida de la Iglesia: “Examinando si los espíritus son de Dios, descubran con

sentido de fe, reconozcan con gozo y fomenten con diligencia los multiformes carismas de

los laicos, tanto los humildes como los más altos. Entre otros dones de Dios que se

encuentran abundantemente en los fieles, son dignos de singular cuidado aquellos por los

que no pocos son traídos a una más alta vida espiritual”114.

112
Cfr. MENDIZÁBAL, L. M., La dirección espiritual. Teoría y práctica, BAC, Madrid 1978, p. 4.
113
Cfr. NEMECK, F. K., COOMBS, M. T., El camino de la dirección espiritual, De Spol, Madrid 1987, p. 9.
114
CONCILIO VATICANO II, Decreto Presbiterorum ordinis, n. 9.
Índice 82

Después de algunos años de crisis, marginación y purificación, el acompañamiento

se ve ahora como una tarea insustituible en para configurar la personalidad de una vida

cristiana adulta115. Jesucristo es la luz que brilla en la historia de cada hombre pero, para

llegar a él, se necesitan personas, luces cercanas que dan luz reflejando la luz de Cristo,

ofreciendo así orientación para la travesía de la vida116.

La dirección espiritual implica que la persona, que se dispone a facilitar este tipo de

servicio de caridad, se conozca y se acepte a sí mismo. El director espiritual, que ha

alcanzado un nivel normal de madurez afectiva, está en condiciones de ofrecer una relación

sana de ayuda, y de comprometerse con libertad a la tarea de ayudar a otros a alcanzar un

bien mayor117. Entre múltiples posibilidades, le pueden servir de mucha ayuda los

principios del pensamiento humanista existencial, y los principios metodológicos que se

inspiran en la práctica de la atención centrada en la persona, tal y como son presentados,

por ejemplo, por Carl Rogers. Estos principios privilegian, como momentos importantes, la

escucha, la respuesta, la responsabilización y el estímulo al compromiso concreto. En este

trabajo, se apuntan solamente para hacer notar la importancia de su auxilio. Basta aquí con

resaltar que en el ejercicio de la asistencia espiritual han existido grandes maestros, desde el

pedagogo, como guía para la madurez, el psicólogo, o el mistagogo, como guía para la fe,

hasta llegar al acompañante o director espiritual, que puede entenderse más como un

interlocutor del diálogo que un guía. Aunque parte de su tarea es aconsejar, desde la

sabiduría de Dios, a quien dirige, es indispensable para el sano crecimiento de quien es

dirigido que deje en sus propias manos la propia toma de las decisiones que considere

pertinentes. Con ello contribuye esencialmente al crecimiento de la autonomía de la

persona que se le ha confiado en sus manos. El modelo de este encuentro de

acompañamiento es siempre Jesucristo, cuando, por ejemplo, dice al paralítico “levántate


115
Cfr. SASTRE, J., Acompañar por los caminos del espíritu, Monte Carmelo, Burgos 2002, p. 11.
116
Cfr. BENEDICTO XVI, Carta encíclica Spe salvi, n. 49.
117
Cfr. BORRIELLO, L., Diccionario de mística, San Pablo, Madrid 2002, p. 574; y MENDIZÁBAL, L. M.,
Dirección espiritual. Teoría y práctica, BAC, Madrid 1978, p. 574.
Índice 83

toma lo tuyo, y vete a tu casa”118. Esta postura adoptada por Jesucristo hace realidad el

encuentro con Dios y el poder del Espíritu de Dios119.

En la experiencia de vida interior de los santos muchos de ellos reclamaron para sí un

guía de vida interior; no se sintieron seguros siguiendo su propio criterio y pidieron luz a

otros. Francisco Fernández Carvajal recoge el pensamiento de San Juan de la Cruz: “el que

solo quiere estar, sin arrimo, sin guía, será como el árbol que está solo, sin dueño en el

campo, que por más fruta que tenga, los viadores se la comerán y no llegará a sazón (…) el

árbol cultivado y guardado con los buenos cuidados de su dueño, da la fruta en el tiempo

que él se espera” (…) El alma sola, sin maestro, es como el carbón que esta solo; antes se

irá enfriando que encendiendo”120.

1.2 PRESENCIA E IMPORTANCIA EN LA VIDA DE LA IGLESIA.

En la Iglesia, todos los sacramentos son un encuentro con Cristo. Por ellos experimenta el

cristiano la cercanía con el Dios del amor que camina a su lado, y con el cual puede volver

para comenzar y recomenzar, e ir cada día de bien en mejor. Son pues los sacramentos un

encuentro trasformador121. Sin embargo no se puede decir que en todos los sacramentos

acontece una entrevista, ya que no en todos hay un diálogo en el sentido estricto de la

palabra. En la vivencia de cada uno de los sacramentos sucede un encuentro eclesial, pero

no una entrevista propiamente dicha122.

La entrevista de la dirección espiritual tiene capacidad en sí misma de acompañar con

utilidad a los sacramentos. Aunque no se desarrolla como tal en la vivencia de los

sacramentos, sí tiene una función de acompañarlos. No sólo mediante una instrucción

118
Io 5, 8.
119
DINZELBACHER, P., Diccionario de la mística, Monte Carmelo, Burgos 2002, p. 302.
120
JUAN DE LA CRUZ, S., Dichos de luz y amor, cit. en FERNÁNDEZ CARVAJAL, F., Para llegar a
puerto. El sentido de la ayuda espiritual, Palabra, Madrid 2010, p. 12.
121
Cfr. MENDIZÁBAL, L. M., La dirección espiritual. Teoría y práctica, BAC, Madrid, 1978, p 70.
122
Cfr. Ibidem, p. 70.
Índice 84

catequética pública, como preparación para su recepción, o complementaria a ellos, sino

también en la aplicación personal de dicha doctrina123.

Entre los sacramentos, uno, el sacramento de la reconciliación, tiene una dinámica

propia de entrevista; sobre todo, cuando la persona lo vive frecuentemente como parte ya

integrante de su camino espiritual y no como una mera devoción. La persona experimenta

la necesidad de poner su vida frente a Dios y de redescubrir cada día su Voluntad para el

vivir diario. La manera de dar cuenta de su propia vida a su confesor, la forma de interrogar

y las orientaciones que conlleva, hacen que este sacramento, en sus condiciones de

aplicación, tenga mucho de dirección espiritual124.

Aun a pesar de la vasta experiencia en este campo, es de vital importancia, ayudar a

diferenciar la experiencia de la entrevista de dirección espiritual con el sacramento de la

reconciliación. Pueden ser ambas motivo de alimento una para la otra. Es decir, entre las

personas que recurrentemente buscan un consejo en la confesión, el sacramento puede

sugerir o invitar a correr los riesgos y las implicaciones de iniciar una aventura de dirección

espiritual propiamente dicha. Así mismo, entre aquellas personas que con el interés de ser

escuchadas se afanan en la entrevista de dirección espiritual, es sumamente importante ser

conducidas a una práctica más constante del sacramento de la reconciliación. Así podrá

librarse a la persona, entre muchas otras cosas del riesgo de querer buscar en su vida la

acción de Dios, pero al margen de toda experiencia eclesial; lo cual haría mucho daño tanto

a la persona como al interior de la comunidad.

En algunos aspectos, la dirección coincide con la administración del sacramento de la

reconciliación. En el ejercicio de ambos está implicada la manifestación de la conciencia de

la persona. Es indispensable que se tenga claro que ante esta apertura de la conciencia, nos

123
Cfr. Ibidem, p. 70.
124
Cfr. Ibidem, p. 71.
Índice 85

encontramos ante una tierra virgen y firme para sembrar, para así animar, promover la paz y

la santificación de la persona en colaboración con el Espíritu Santo125.

La dirección espiritual, en la vida de la Iglesia, tiene como tarea promover

constantemente e impulsar a la persona a la vivencia, continua y cada vez más profunda del

sacramento de la reconciliación126. Puede decirse que una de las tareas fundamentales de la

dirección espiritual es promover y disponer a la persona a la comunión con Cristo,

experimentando la unidad con su Iglesia. Normalmente la entrevista de dirección espiritual

ayuda a la persona a integrarse en la paz del Señor.

A pesar de lo dicho, hay que tener en cuenta que la necesidad de la dirección

espiritual no es absoluta en la vida de la persona. Dios que es el principal autor de la

santidad de vida, en algunos casos, puede sustituir la acción del hombre127. La necesidad de

la dirección espiritual varía según las condiciones sociales, culturales, religiosas y

psicológicas de cada persona. Sin embargo, León XIII, en su carta Testim. benevolentiae

dirigida al cardenal Gibbons el 12 de enero de 1899 manifiesta que “nadie puede dudar que

el Espíritu Santo obra secretamente en las almas justas y las excita con exhortaciones e

impulsos; si no fuera así, toda ayuda, todo adiestramiento externo, sería inútil (…) sin

embargo, –y lo sabemos también por experiencia–, estas exhortaciones, estos impulsos del

Espíritu Santo, casi nunca se perciben sin la ayuda y la guía el magisterio externo (…) Dios

providentísimo así como ha querido que los hombres en general se salven por medio de

hombres, así también ha establecido, que quienes aspiran a más altos grados de santidad,

los alcancen por medio de los hombres. Esta ha sido siempre la norma de la Iglesia; esto es

lo que han enseñado unánimemente, cuantos en el curso de los siglos, sobresalieron por

sabiduría y doctrina”128.

125
Cfr. Ibidem, p. 71.
126
CONCILIO DE TRENTO, Sess, 4. C. 3. De sacramento paenitentiae. DZ 1973.
127
Cfr. ANCILLI, E., Diccionario de Espiritualidad (Vol. I), Herder, Barcelona 1983, p. 621.
128
LEÓN XIII, Carta al cardenal Gibbons (12.I.189).
Índice 86

Del extracto de esta carta de León XIII, se puede evidenciar tres aspectos.

Primeramente, que es el Espíritu Santo quien guía y vivifica a las personas. En segundo

lugar reconoce que las intervenciones del Espíritu Santo pueden ser interpretadas y

autentificadas por el magisterio de la Iglesia. Por último, que Dios, de ordinario, ha querido

servirse de los hombres, para santificar a los mismos hombres129.

En otro texto, el Papa Pío XII, dirigiéndose directamente a los seminaristas e

indirectamente a todos aquellos que desean progresar y profundizar en los caminos del

Espíritu, en la carta encíclica Menti Nostrae dice: “al iniciar y progresar en la vida

espiritual, no os fiéis de vosotros mismos, sino que con docilidad y simplicidad, pedid y

aceptad, la ayuda de quienes, con prudente moderación, pueden guiar vuestra alma,

indicaros el peligro, sugeriros los remedios idóneos, y en todas las dificultades externas e

internas; os puede dirigir rectamente y conduciros a una perfección cada vez mayor, según

el ejemplo de los santos y las enseñanzas de la ascética cristiana”130.

Por esto, hay que afirmar que la vida espiritual tiene una dimensión eclesial esencial;

es parte de su constitución. La Iglesia es el ámbito en el que Dios ha querido comunicarse

con el hombre. Gracias a la Iglesia y en la Iglesia, se reconoce el paso del Espíritu de Dios

por la vida del hombre, la manera como Dios ha querido comunicarse a los hombres en

Cristo y por Cristo131.

Dios ha querido santificar y salvar a los hombres, no de manera aislada, sin alguna

conexión entre unos y otros, sino que los ha constituido como pueblo, el pueblo de su

alianza, que sea capaz de conocerlo en verdad y de servirlo en santidad132. Esta Iglesia de

Cristo se extiende por el mundo entero, dirigiéndose a todos los pueblos, culturas y

civilizaciones, manteniendo viva en el corazón de los hombres su llamada inicial a la


129
Cfr. ANCILLI, E., Diccionario de Espiritualidad (Vol. I), Herder, Barcelona 1983, p. 622.
130
PÍO XII, Carta encíclica Menti nostrae.
131
Cfr. ILLANES, J. L., Tratado de Teología Espiritual, EUNSA, Pamplona 2007, p. 272.
132
Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución dogmática Lumen Gentium n. 9.
Índice 87

santidad133, y la aspiración del hombre a la comunión con Dios134. Es, pues, la Iglesia el

ámbito propio en el que ha de desarrollarse el encuentro de Dios con el hombre; es el

ámbito natural de desarrollo de la vida espiritual; en ella tiene un papel esencial la dirección

espiritual, relación que se establece entre dos personas que buscan redescubrir las luces del

Espíritu Santo y el paso de Dios para la propia vida en el ambiente eclesial natural.

La Iglesia es el ámbito en el que se engendra, nace y se desarrolla la vida espiritual.

Es precisamente en la Iglesia donde Dios se hace presente en la vida del hombre, de tal

manera, que es la Iglesia, de alguna manera el lugar, donde Dios viene para salvarle, para

purificarle y elevarle. Es en ella donde Dios sostiene al hombre con su gracia, con su ayuda

constante en los combates, pequeños y grandes, de la vida diaria135. Por esto puede

expresarse con toda razón, como se ha hecho a lo largo de tantos años, con las palabras de

San Cipriano de Cartago: “no puede tener a Dios por Padre, quien no tiene a la Iglesia

como madre”136. Es decir, que quien se abre a Cristo y por el Espíritu Santo al Padre, lo

hace inmerso en la vida de la Iglesia, y recibe de ella la vida.

Es esta Iglesia de Cristo -que ha recibido su mandato de “id, pues y hacer mis

discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del

Espíritu Santo; y enseñándolos a vivir todo cuanto yo les he mandado”137- donde se

desarrolla toda acción eclesial, y se garantiza la autenticidad de la vida espiritual. La

Iglesia no es un mero instrumento del que Dio se vale para comunicarnos sus dones; es ella

misma ya una realidad, un cuerpo, en el que Cristo es la cabeza138. Es una comunidad

eclesial, unida tanto por vínculos teológicos y espirituales, como estructurales. Es una

comunidad de hermanos, que participan de la vida de Cristo, y comunican la misión que se

133
Cfr. LG, n. 41.
134
Cfr. LG, nn. 5 y 48.
135
Cfr. ESCRIVÁ DE BALAGUER, San Josemaría, Es Cristo que pasa, p. 131.
136
CIPRIANO, S., De Ecclesiae Catholicae unitate, n. 6. CC, Series latina, Vol. III. Pág. 253.
137
Mt 28, 19–30.
138
Col 2, 19.
Índice 88

les ha conferido, llevando muchas veces este don en vasijas de barro. Como comunidad

estructurada, en la que se desarrolla la vida espiritual, está dotada en sí misma, de una

diversidad de ministerios que inciden en conjunto en la vida espiritual139.

El encuentro con Dios, que todo hombre experimenta en el desarrollo de su vida

espiritual, nace en la Iglesia; en cada momento y ocasión en que la persona se experimenta

Iglesia. Por tanto, este encuentro proyecta a la persona fuera de sí misma; es decir, no la

hace vivir en el ensimismamiento o anonadamiento de sí mismo ante el absoluto de Dios, y

olvidarse de todo lo demás, de sus hermanos, de su experiencia de saberse y reconocerse

Iglesia. Por el contrario, el encuentro vivo y personal con Dios, sucede en la Iglesia, con la

Iglesia y para el bien de la misma Iglesia. Es un encuentro con el Dios trinitario, que nos

hace vivir en armonía e íntima unión con la familia de los hijos de Dios140.

1.3 NECESIDAD DE LA DIRECCIÓN ESPIRITUAL EN LA VIDA DE LOS FIELES.

Toda persona que ha decidido tomar con seriedad y responsabilidad su camino de

seguimiento de Cristo experimenta la necesidad y descubre la importancia de hacerse

acompañar por un director espiritual, de alguien que en la vida le haga las veces de guía;

que, como faro que alumbra en la oscuridad de la travesía, pueda conducirlo hacia puerto

seguro, hacia la roca firme que es Cristo Jesús. Es el Señor el que despierta la inquietud de

tener una dirección espiritual141. Es Dios mismo, que por medio de la acción del Espíritu

Santo, siembra la semilla en el corazón de las personas, y les enseña a descubrir el deseo y

la necesidad de que alguien les ayude a descubrir y discernir su camino espiritual, el paso

de Dios por su vida.

139
Cfr. ILLANES, J. L., Tratado de Teología Espiritual, EUNSA, Pamplona 2007, 275.
140
Cfr. Ibidem, p. 283.
141
Cfr. NEMECK, F. K., COOMBS, M. T., El camino de la dirección espiritual, De Spol, Madrid 1987, p. 65.
Índice 89

Este acontecimiento tiene lugar en la vida de la persona, a través de las actividades

comunes de la vida cotidiana; es en ella, donde Dios hace resonar su voz, en lo profundo

del corazón del hombre y le invita a seguirle. Es en este preciso momento, cuando la

persona se abre y dispone, para establecer una relación de dirección espiritual; con quien

esté dispuesto a acompañarle en este viaje, en esta gran aventura142. A este tipo de relación

se llama dirección espiritual. En su propia dinámica, es el resultado de una doble llamada.

Por una parte, es Dios quien conduce a una persona concreta hacia determinado y cierto

director espiritual. Por otra parte, se ha ido disponiendo por parte de Dios al director

espiritual. Podríamos afirmar, que por acción del Espíritu Santo los dos han sido enviados

el uno al otro; tienen como objetivo, unidos en el mismo espíritu, poder escuchar juntos la

voz de Dios que habla al interior del dirigido143. Para que se haga realidad el misterio de

esta doble llamada en la dirección espiritual, por parte del director y del dirigido, es

condición indispensable, que coincidan dos factores fundamentales. Por una parte que

exista el convencimiento por parte del dirigido DE la necesidad de ser orientado, escuchado

y dirigido. Por otra parte, que el director espiritual al que se siente atraído, esté disponible y

quiera hacerlo. Si ambas condiciones han sucedido, se han establecido las bases

indispensables para que pueda desarrollarse una relación abierta de dirección espiritual.

Es en el interior de esa relación, donde la gracia les mueve a servirse de la mediación

de otro, para escuchar la voz de Dios y obedecerle; es Dios mismo quien le habla a través

de ese otro a quien se ha confiado144.

La necesidad de ser ayudado se descubre, en ocasiones, en medio de una crisis. Sobre

todo en el principio, por lo general, la persona experimenta la necesidad de recibir

orientación como fruto de un conflicto, en medio de un problema concreto145. Sin embargo

142
Cfr. Ibidem, p. 65.
143
Cfr. Ibidem, p. 65.
144
Cfr. Ibidem, p. 66.
145
Cfr. Ibidem, p. 66.
Índice 90

en la experiencia cotidiana, un gran número de personas no están dispuestas, o en

condiciones de reconocer, que necesitan ser ayudadas, debido a que esto requiere un acto de

absoluta humildad, de abrir con sinceridad el corazón, y desde la intimidad del propio ser,

reconocer los fallos, las debilidades y las propias limitaciones. Para emprender esta gran

tarea es necesario reconocer que se tiene necesidad de un director espiritual, de alguien que

le ayude a poder ver como al ciego Bartimeo, que haga en su vida las veces de Cristo.

Aunque se ha aclarado que toda persona necesita de la dirección espiritual, es

importante precisar que no siempre ni en todos los casos, Dios empuja a buscar la ayuda del

tipo de la dirección espiritual146. Muchas veces la persona puede creer y estar convencida de

que necesita de un director espiritual; sin embargo, sus deseos pueden provenir de una gran

ansiedad por obtener respuesta, con prontitud, por parte de Dios, sobre algún problema

específico. Puede ser solamente la inquietud que surge del corazón de una persona que

desea tener certeza sobre todo, y vive con el afán de saberlo todo, conocerlo todo, y

controlarlo todo. Una relación de dirección espiritual, que se establezca movida por estos

sentimientos equivocados, conduce de manera próxima al fracaso; se romperá en algún

momento, ya que guarda dentro de sí misma los deseos egoístas del dirigido y no su

disposición para reconocer la voz de Dios. En ocasiones, lo que mueve a algunos a tener

un director espiritual es la búsqueda afanosa de sentirse consolado147. Hay otros que lo

buscan por nada, por costumbre, o hasta porque en su caso, se oye bien eso de tener director

espiritual, como si eso les aportara cierta falsa seguridad o prestigio. Es importante tener

claro que a no ser que el Señor sepa que necesitamos de un guía espiritual, no nos lo va a

proporcionar.

En otras ocasiones sucede que, a pesar de que las personas sienten una auténtica

necesidad por ser guiadas espiritualmente, a pesar de sus intentos, no encuentran a nadie

146
Cfr. Ibidem, p. 66.
147
Cfr. Ibidem, p. 67.
Índice 91

que les pueda facilitar este tipo de ayuda. Ocurre así tristemente por inexperiencia, falta de

paciencia y urgencia personal en quienes podrían hacerlo dentro de la Iglesia; es cada vez

mayor el número de personas que ante esta necesidad recurren a consultar al psicólogo.

Cuando no se tiene las suficiente prudencia para elegir al profesional adecuado, se corren

muchos riesgos; entre ellos, el más importante es que el terapeuta, debido a su propia

condición de vida, esté imposibilitado para poder descubrir el paso de Dios por su propia

vida. Difícilmente podrá descubrir el paso de Dios por la vida y el corazón del otro y se

convertirá en un ciego que guía a otro ciego. Cuando se pretende acallar la voz de Dios o

concebir a la persona sin Dios, nos enfrentamos ante una manera reduccionista de concebir

a la persona humana, que es en realidad imagen de Dios.

Cuando aun a pesar de sus intentos, alguien experimenta dificultad para encontrar un

director espiritual, es de vital importancia confiar que es el Señor el que suplirá, y con toda

seguridad proveerá de la adecuada orientación que la persona necesita148. El Señor se

servirá de cuantos medios y mediaciones humanas requiere para atender las necesidades de

sus hijos que ama; lo hará mediante los sacramentos, las predicaciones, la lectura espiritual,

los encuentros providenciales con alguna persona, por medio de inspiraciones interiores,

etc. Cuando la persona está abierta y dispuesta a la escucha, podrá identificar la voz de Dios

que se le hace presente en los múltiples modos que el Señor utiliza para hacerse el

encontradizo por el camino. Cuando la persona experimenta verdadera necesidad de un

director espiritual, debe darse a la tarea de buscarlo con diligencia aunque no lo encuentre

inmediatamente. Muchas veces esta tarea puede llevar un largo tiempo.

Frecuentemente, muchas personas no han encontrado disponible un guía espiritual

adecuado, porque están buscando quien halague su amor propio; es decir, están buscando

un cómplice que apruebe sus propios autoengaños. Este tipo de personas en realidad buscan

148
Cfr. Ibidem, p. 67.
Índice 92

un director que apruebe sus ganas de complacerse a sí mismoS149. No están buscando en

realidad un guía espiritual que enseñe la manera de despojarse de su amor propio y de la

preocupación de sí mismos.

Quien busca un guía, que le acompañe en su crecimiento espiritual, tiene en cuenta

ciertas cualidades que se requieren en un director espiritual, como la experiencia personal

de Dios, que tenga conocimientos sólidos de la ascética y de la teología, que tenga una

buena capacidad de discreción, etc. Es importante no olvidar que la manera como

ordinariamente se reconoce quien será para cada uno el guía espiritual adecuado es por

medio de la fe; es decir, se da en parte de manera intuitiva; se reconoce acertadamente a un

verdadero acompañante por las mociones del Espíritu150. Él impulsa sutil y misteriosamente

hacia una persona determinada, y hay que saber dejarse llevar por sus mociones. Puede que

haya otros directores espirituales disponibles, y algunos de ellos sean seguramente más

preparados, o con fama de más espiritualidad. Sin embargo, la gente reconoce

intuitivamente desde o en la fe a quien el Señor le está enviando para que le acompañe por

estos caminos del espíritu. Dicha intuición lógicamente hay que verificarla ante Dios.

Para elegir al director espiritual adecuado, es importante preguntarse si la atracción a

un director espiritual concreto se debe, sobre todo, porque tiene buen nombre, o está de

moda. o aportará cierto prestigio el ser acompañado por él específicamente; si se estamos

simplemente siguiendo a la mayoría; si se busca a tal persona en particular porque se sabe

que no exige mucho y se desea de alguna manera hacerle cómplice de la propia

mediocridad; si se espera encontrar adulación y alabanzas; si la dirección espiritual es una

excusa para justificar los contactos con la persona por la que se siente una fuerte atracción

humana; si se intenta establecer una “amistad intima” bajo las apariencias de la relación

espiritual con una persona determinada. Aún así, es una realidad que el Señor puede utilizar

149
Cfr. Ibidem, p. 66.
150
Cfr. Ibidem, p. 68.
Índice 93

incluso las motivaciones más torcidas, para conducir a una persona hacia al director que

más le conviene151.

Cuando una persona busca un director espiritual, muchas de las veces éste no aparece

tan pronto. Esta tarea suele llevar mucho tiempo, a veces incluso años, hasta dar

precisamente con el que Dios quiere para cada uno. Cuando esto sucede, hay que

permanecer abiertos y esperar pacientemente, siempre atentos y vigilantes, hasta que llegue

la persona apropiada152.

2. DIMENSIONES Y TIPOS DE DIRECCIÓN ESPIRITUAL

2.1 DIMENSIÓN HUMANIZADORA DE LA DIRECCIÓN ESPIRITUAL.

La dirección espiritual tiene como cometido principal lograr que la persona sea cada vez

más persona, que la persona se experimente cada vez más hijo de Dios. Es Dios mismo el

autor de esta humanización. Dios es el padre que educa a sus hijos y los predispone para su

crecimiento así como educó a su pueblo cariñosamente en el desierto153. Dios mismo ha

mostrado su pedagogía, para alcanzar esta humanización del hombre, al enviar a su Hijo,

quien siendo plenamente Dios quiso hacerse plenamente hombre, para que nosotros

reconociéramos el camino de nuestra cristificación. Es Dios quien educa el corazón del

hombre154, y se vale de las diversas mediaciones en la dirección espiritual. Da el Espíritu

Santo como el don maravilloso que emana del Padre y del Hijo155, para que sea su mismo

Espíritu el que sea capaz de obrar en nosotros, y realice el maravilloso intercambio de ser

personas humanas, cada vez más humanas.

151
Cfr. Ibidem, p. 68.
152
Cfr. Ibidem, p. 68.
153
Dt 32, 9–13; D. 8, 25–5; Os 11, 1–4.
154
Hb 12, 15–13.
155
Jn 15, 16.
Índice 94

La dirección espiritual es ante todo un encuentro, que tiene su fundamento en la

naturaleza de la persona creada por Dios para vivir en sociedad. Es una de las expresiones

más tangibles de la comunión de personas156. En tanto que es encuentro toda relación de

dirección espiritual implica una relación interpersonal. Este encuentro es propiciado por

una persona, que deseando recorrer un camino de conversión interior, acude a una persona

con capacidad y disposición para acompañarlo; a este encuentro de acompañamiento en la

conversión y profundización de la vida interior le llamamos dirección espiritual157.

En la actualidad las ciencias de la educación acentúan cada vez más la necesidad que

todos experimentamos de tener una relación interpersonal, de ser tratados como verdaderas

personas, con autenticidad, de encontrarnos con un tu dialogante, para poder establecer

relaciones de tú a tú, que nos libren del peligro de la cosificación158. Las relaciones

interpersonales, llevadas de tu a tu o en pequeños grupos, pueden ayudar a fomentar el

proceso de maduración o crecimiento de la persona que ha propiciado el acompañamiento

de tipo espiritual.

Quien se ha puesto en camino hacia la conversión o hacia la perfección, siente la

necesidad de encontrarse con alguien dispuesto a acogerlo y capaz de escucharlo, que

pueda comprenderlo y que fomente en él un proceso para mejorar interiormente. Por tanto,

el hecho de “ayudar” no significa darle al otro algo nuestro; es preferible evitar dar

consejos, prohibiciones, explicaciones, juicios, o lo que es peor pretender darle soluciones

ya hechas a determinadas situaciones propias de la persona. El acompañamiento espiritual

consiste más bien en la habilidad que se tiene para facilitar a la persona una clara toma de

conciencia de su realidad, y de estimular los dinamismos interiores necesarios, para realizar

el cambio aquí y ahora, según sus expectativas y de acuerdo a sus propias necesidades159.

156
Cfr. GS, n. 12.
157
Cfr. DINZELBACHER, P., Diccionario de la mística, Monte Carmelo, Burgos 2002, p. 302.
158
Cfr. BORRIELLO, L., Diccionario de mística, San Pablo, Madrid 2002, p. 572.
159
Cfr. BORRIELLO, L., Diccionario de mística, San Pablo, Madrid 2002, p. 573.
Índice 95

La dirección espiritual ha de ayudar a la persona a reconocerse a sí misma como el

actor principal en el camino hacia su madurez. Libre de prejuicios y valoraciones por parte

de la persona que ha decidido acompañarlo. La dirección espiritual es el camino que puede

ayudar a que la persona llegue a una profunda y verdadera comprensión de sí mismo, la

mayoría de las personas que buscan este tipo de ayuda espiritual, experimentan una

profunda necesidad de ser comprendidos, aceptados y valorados incondicionalmente.

Cuando el director espiritual tiene la capacidad de entrar con profundidad e intensidad en el

mundo del otro, de su propia forma de captar la vida, de su manera peculiar de entender el

mundo, entonces podrá llegar a comprender a la persona desde dentro y llegar a fondo160;

ayudará a sentirse libre de expresarse, y a tomar sus propias decisiones con auténtico y

profundo sentido de responsabilidad personal161.

Una de las expectativas más profundas en la relación de ayuda de tipo espiritual es

ayudar a la persona a profundizar en una vida coherente conforme con lo que cree y lo que

vive. A esta coherencia entre fe y vida han apostado un sin número de hombres y mujeres a

través de la historia en el seguimiento de Cristo162. De la respuesta que el director espiritual

pueda darle a la persona dependerá fundamentalmente el éxito del encuentro de ayuda que

se ha establecido entre ellos.

Se entiende así la dirección espiritual como la ciencia y el arte de conducir a las

personas hacia la perfección de la vida cristiana163. El fin general de la dirección espiritual

consiste en el concepto básico de santidad, válido para toda persona; es decir, en el

desarrollo de la vida de la gracia, en el ejercicio, cuidado y prolongado, de las virtudes

160
La ayuda que se presta “ante todo debe ser eficaz, operante, y, en segundo lugar, auténtica. Sólo mediante
un conocimiento exacto de las circunstancias de la necesidad ajena se convierte en eficaz una ayuda
prestada”. GEBSATTEL, V. E., La comprensión del hombre desde una perspectiva cristiana, Rialp, Madrid
1966, p. 61, cit. en VILAR Y PLANAS, J., Antropología del dolor, Eunsa, Pamplona 1998, p. 145
161
Cfr. BORRIELLO, L., Diccionario de mística, San Pablo, Madrid 2002, p. 573.
162
Cfr. Ibidem, p. 374.
163
Cfr. ANCILLI, E., Diccionario de Espiritualidad (Vol. I), Herder, Barcelona 1983, p. 618.
Índice 96

teologales y morales, y en la respuesta al mandato de Dios, que integra toda la persona:

“sed santos, porque yo soy santo”164.

El acompañamiento espiritual tiene como fin específico, las implicaciones y

dimensiones de la santidad a la que se siente llamada cada persona. Debido a la naturaleza

de cada uno y a la acción del Espíritu Santo irá llevando por distintos caminos hacia un

mismo fin. En tanto que cada uno es único e irrepetible, el Espíritu realiza en él una acción

que es propia, adecuada a la propia realidad, a su psicología, a su temperamento y carácter,

a su educación y su medio ambiente, etc. Estos factores contribuyen a la singularidad en la

llamada a la santidad y por tanto en el acompañamiento165.

El objeto propio de la dirección espiritual es el progreso de la vida interior. Éste debe

realizarse mediante las propias prácticas religiosas de la vida espiritual en el desarrollo de

la gracia, y en el ejercicio de las virtudes. Al hablar aquí de desarrollo se entiende el

progreso o movimiento gradual que la dinámica propia de la dirección espiritual lleva

dentro de sí misma. Tanto la vida espiritual como la temporal exigen orden y tiempo. El

acompañamiento de tipo espiritual ha de ayudar a la persona a promover su propio orden,

debido a que un ambiente de orden, exterior e interior, es indispensable para el desarrollo

de una personalidad consistente en el camino de la persona humana hacia su santificación.

De lo contrario, al no cuidar la exigencia del orden en el tiempo, se dejará a la persona

expuesta a vivir una personalidad inconsistente y por tanto al fracaso y al dolor. El cristiano

se acostumbra lentamente a la práctica de las virtudes, y por tanto, asimila lentamente el

pensamiento y proyecto de Dios166. La dirección espiritual tiene como misión promover la

santificación de la persona, teniendo en cuenta sus intenciones y disposiciones interiores,

manifestadas en el encuentro de acompañamiento espiritual.

164
Lev 11, 45.
165
Cfr. SASTRE, J., Acompañar por los caminos del espíritu, Monte Carmelo, Burgos 2002, p. 51.
166
Cfr. ANCILLI, E., Diccionario de Espiritualidad (Vol. I), Herder, Barcelona 1983, p. 619.
Índice 97

En tanto que la dirección espiritual es un servicio de acompañamiento en la

santificación de una persona, es un servicio ofrecido por toda la Iglesia, y por tanto, este

servicio puede ser ejercido tanto por los sacerdotes como por los religiosos y religiosas; y

por los laicos capacitados para ello. No obstante, normalmente es preferible el

acompañamiento de un sacerdote, debido al carisma propio del sacramento del orden, y a la

preparación teológica que ha recibido. Sin embargo, es claro que no es un servicio

exclusivo de los presbíteros.

Por las exigencias propias de la dirección espiritual, requiere además una mejor

preparación en las diversas ciencias humanas, particularmente de la psicología, la cual,

tiene grandes implicaciones, para comprender a fondo el progreso del desarrollo de la vida

espiritual de la persona167. En la dirección espiritual hay que tomar en cuenta, algunos

principios de tipo psicológico, generales y particulares.

En los principios generales, primeramente se parte del hecho de que la persona

humana tiene conciencia de su libertad y de su individualidad. Por tanto, no puede aceptar

en general, que su actividad personal se vea sustituida, o gravemente comprometida, por el

acompañante espiritual. El guía espiritual actuará desde afuera, favoreciendo y ayudando el

dinamismo que la persona posee y defiende celosamente.

En segundo lugar, ha de tener en cuenta que las potencias de la persona están

ordenadas a valores concretos y positivos. Comúnmente, las personas -más que huir de

obstáculos- tienden a comprometerse en conquistar sus ideales. Por tanto, el director

espiritual ha de procurar no imponer, sino poner de relieve el aspecto bello y ennoblecedor

de la santidad cristiana y procurar hacerla atractiva para la persona, antes que un

imperativo. La presentará como propia de la unión con Dios.

167
Cfr. FERNÁNDEZ CARVAJAL, F., Para llegar a puerto. El sentido de la ayuda espiritual, Palabra,
Madrid 2010, p. 94.
Índice 98

Los principios particulares, se refieren al individuo concreto, por tanto incluyan su

realidad particular, cultura, educación, temperamento y carácter.

El temperamento se recibe de la naturaleza, viene inscrito en los genes. Por tanto,

nunca podrá desaparecer de la persona. Sin embargo, el acompañante espiritual ha de tener

en cuenta, que si bien no puede transformase, pueden reducirse sus inconvenientes y sus

manifestaciones exteriores, mediante una educación diligente y la fuerza sobrenatural de la

gracia168. Podemos tomar el ejemplo dado por San Francisco de Sales, conocido como el

santo de la dulzura, aun a pesar de su temperamento acentuadamente colérico169. Es

necesario que el director espiritual descubra las notas características de cada temperamento

y teniéndolas en cuenta, oriente, estimule y corrija a la persona que se le ha confiado.

Por lo que se refiere al carácter, el acompañante espiritual, evitará juicios

apresurados, y las más de las veces superficiales, sobre la persona que acompaña. El

hombre es un misterio, y para guiarlo se necesita prudencia, delicadeza y respeto por la

persona y el misterio de Dios que lleva inscrito en ella. Sin tener esta verdad en cuenta, se

corre el grave riesgo de destruir o de hacer ineficaz el acompañamiento y cualquier obra

educativa170.

Es muy importante que el director espiritual trate de adaptarse al carácter de cada

uno, que busque educar sin sustituir, trate de orientar sin forzar o exigir enfoques u

opiniones incompatibles con la personalidad del que acompaña. No hay nada más contrario

a la virtud de la prudencia que un subjetivismo arbitrario171.

2.2 LA DIMENSIÓN ESPECÍFICAMENTE ESPIRITUAL

168
Cfr. ANCILLI, E., Diccionario de Espiritualidad (Vol. I), Herder, Barcelona 1983, p. 621.
169
Cfr. PASQUETO, V., Diccionario de Espiritualidad, Herder, Barcelona 1983, p. 621, donde cita a ROYO
MARÍN, A., Teología de la perfección cristiana, BAC, Madrid 1956 (p. 958 de la traducción italiana, Roma
1963).
170
Cfr. SASTRE, J., Acompañar por los caminos del espíritu, Monte Carmelo, Burgos 2002, p. 39.
171
Cfr. ANCILLI, E., Diccionario de Espiritualidad (Vol. I), Herder, Barcelona 1983, p. 621.
Índice 99

La relación de dirección espiritual es una ayuda que Dios da la persona, para que pueda

llevar a cabo la propia tarea de su humanización y santificación. Para que el hombre llegue

a realizar con Dios este intercambio, necesita la docilidad al Espíritu y unidad con el Señor;

para esto, es preparado con la colaboración de otros, entre ellos, de quien hace la tarea de

guía espiritual172. En tanto, que Dios creó al hombre con una dimensión social específica,

no lo creó para vivir en solitario; es en la comunión de personas donde el hombre

experimenta la razón de ser de su naturaleza173. En la dirección espiritual se desarrolla esta

dimensión social espiritual salvífica del hombre174. La misión que se confía en la dirección

espiritual es semejante a lo que le sucede a Samuel, a cómo el Señor le enseña a ser dócil a

su voz a través del consejo de Helí, el sumo sacerdote. Helí le introduce en la conversación

con Dios, enseñándole como debe contestar: “habla Señor, que tu siervo escucha”175. Así

también el guía espiritual ha de acompañar el corazón del hombre, hasta mostrarle el

camino para escuchar la voz de Dios, y hacer de él una persona más plenamente humana.

Al realizar su tarea, el acompañante espiritual debe ser plenamente consciente de que

él no es el director último de la persona, sino solo Dios. El director espiritual humano no es

director en sentido primario y absoluto; sino sólo en sentido relativo y subordinado176. Por

tanto, el guía espiritual ha de entrar en la intimidad del corazón humano, con absoluto

respeto: sólo con la intención de prestar una ayuda que supera sus propias posibilidades

humanas, pues es Dios quien lo mueve; es Dios mismo quien obra esta transformación en el

interior del director y el dirigido; es Dios quien quiere hablar con esa persona; es Dios

mismo quien la quiere formar. Por lo tanto, en el ejercicio de su función, ha de tener

siempre presente que la relación, que establece con su acompañado, no acaba en él mismo,

sino que lo trasciende y llega hasta Dios. El Señor quiere servirse de él sólo como
172
Cfr. MENDIZÁBAL, L. M., La dirección espiritual. Teoría y práctica, BAC, Madrid 1978, p. 26.
173
Cfr. GS, n. 12.
174
Cfr. CONCILIO VATICANO II, Decreto Apostolicam Actuositatem, n. 31; Act 21, 19; JUAN DE LA
CRUZ, S., Subida al monte Carmelo, 2, 22, 9-12.
175
1 Sam 3, 10.
176
Cfr. MENDIZÁBAL, L. M., La dirección espiritual. Teoría y práctica, BAC. Madrid, 1978, p. 27.
Índice 100

instrumento, para introducir al dirigido a un estilo de relación íntima que le haga ser mejor

persona, que le ayuda a vivir, ser persona e hijo de Dios. Es en este estilo de relación en el

que Dios después quiere mantener a la persona de manera habitual. Para la realización de

esta tarea el guía espiritual es solo un instrumento, y su misión es llevar cada día más

corazones a la intimidad del amor del Padre177.

El ideal del director espiritual será conducir a la persona a que se sienta cada vez más

persona. La palabra adecuada es la “teonomía”. Es decir que la persona viva cada vez de

manera más consciente gobernada por Dios, guiada por Dios178. Es ir logrando

progresivamente que la persona crezca en la teonomía, contraria a la autonomía. Es decir,

es tarea del guía espiritual ir introduciendo de manera vital y con respeto a la acción de

Dios que opera en el corazón del hombre. Desde este punto de vista, uno de los más

grandes errores del director espiritual, consiste en creerse él el maestro último de esta

acción que le corresponde fundamentalmente a Dios, en la que él es sólo colaborador; es

una pieza importante sí, pero al fin, no es más que un colaborador de dicha humanización y,

al mismo tiempo, cristificación.

En tanto que colaborador, para que se dé la realización concreta del plan de Dios, es

indispensable que se abstenga de imponer ciertas orientaciones más bien suyas; ha de

moverse en este campo con gran prudencia, porque no conoce de antemano los planes de

Dios, ni es poseedor de ellos179. Procedería mal, si apasionadamente, pretendiera reservarse

al dirigido, para la realización de un proyecto para el cual soñaba, formándolo

especialmente para él. Tal postura sería errónea, porque impondría sus propios planes,

subordinando a ellos su trabajo de dirección espiritual180.

177
Cfr. Ibidem, p. 26.
178
Cfr. Ibidem, p. 27.
179
Cfr. Ibidem, p. 28.
180
Cfr. Ibidem, p. 28.
Índice 101

Desde la perspectiva de la dimensión humanizadora de la dirección espiritual, la

ayuda del acompañamiento espiritual abarca dos campos. La primera tarea - a la que

podríamos llamarle “educación espiritual”-consiste en llevar a la persona a un mayor

conocimiento y dominio de sí mismo. En segundo lugar, se tiene la tarea - a esta podríamos

llamarla “formación de docilidad”- de conducir a la persona a crecer en un sentido de

dependencia y docilidad al espíritu de Dios181. La educación espiritual y la formación a la

docilidad, son fundamentales en el camino de la maduración de la persona y de su

conformación con Cristo, es decir, de su llamada a asemejarse a Cristo Jesús.

Podría establecerse cierto paralelismo con la salud humana. Así como el buen

psiquiatra o terapeuta termina su oficio con devolver a la persona su salud, es decir, la

disposición moderada de su libertad, sin pasar más adelante a la solución de sus problemas

morales o económicos; de la misma manera, el acompañante espiritual debe detenerse en la

medida en que restablece en la persona a él confiada, la disponibilidad para que sea Dios

mismo quien le gobierne, quien le conduzca, quien lo eduque, en la medida que sea capaz

de discernir e ir redescubriendo la voluntad de Dios para su propia vida182. De suyo, no le

toca al guía espiritual adivinar cuál es en concreto esa voluntad de Dios, y muchos menos

imponer a la persona cual es su manera propia de estar ante la vida y ante Dios.

Puede decirse que el guía espiritual ha de acompañar a la persona a lo largo del

camino de la santidad. Al comienzo de la vida de oración de la persona, para enseñarle a

ejercitarse en las virtudes teologales y morales y ayudarle a ordenar los afectos del corazón;

le mostrará la manera de ponerse en camino de humanización. Después, cuando el Espíritu

de Dios comienza a dirigir a la persona, con influjo en cierto modo experimental, se

necesita que el guía le acompañe muy de cerca, para que seguir dócilmente al Espíritu. Le

toca discernir las mociones del Espíritu de los deseos de la carne o de los enemigos de la

181
Cfr. Ibidem, p. 29.
182
Cfr. Ibidem, p. 29.
Índice 102

salud de la persona; y enseñar a su discípulo este discernimiento. En el camino de la guía

espiritual, llega el momento en que es el Señor mismo quien lleva a la persona sobre sus

hombros183; entonces hay que ayudar a la persona que se deje llevar, enseñarle la mantener

la paz y la serenidad de espíritu y prevenirle contra un posible exceso de autosatisfacción y

no de abandono en Dios. Hasta que es Dios mismo quien preside habitualmente todo y la

persona entiende ya habitualmente su voz sin mediación humana. Aún en momentos así,

queda lugar para la ayuda de la dirección espiritual, pues la permanente condición humana

podría llevar a la equivocación. El acompañamiento en este nivel de crecimiento espiritual

y humano, puede reducirse a un cierto control espaciado, con la intención de moderar y

apoyar, y de evitar las más mínimas desviaciones de la persona, o corregirlas si el caso

fuese necesario184.

2.3 TIPOS DE ACOMPAÑAMIENTO.

La relación de ayuda entre el acompañante y la persona que es acompañada, se entiende

como una mediación de la acción del Espíritu Santo que obra en ella la santidad por medio

de la gracia185. Según la situación que experimenta en el aquí y ahora, la persona que ha

solicitado orientación espiritual, y de la cualificación del orientador, la relación de director

espiritual puede configurarse de tres modos distintos.

El acompañamiento ordinario

El acompañamiento ordinario es el diálogo periódico que mantiene el líder de un

grupo, con todos y cada uno de los integrantes de su grupo. El objeto de este tipo de

acompañamiento, es comentar, de forma general y poco sistemática, cómo se sitúa el

acompañamiento en los diferentes ámbitos de la vida, tanto en la familia, los amigos,

estudios, el tiempo libre, la vida parroquial, etc. Se trata de dar algunas herramientas para
183
Cfr. Is 40, 11; Lc 15, 5.
184
Cfr. MENDIZÁBAL, L. M., La dirección espiritual. Teoría y práctica, BAC, Madrid 1978, p. 31.
185
Cfr. SASTRE, J., Acompañar por los caminos del espíritu, Monte Carmelo, Burgos 2002, p. 51.
Índice 103

que cada uno pueda evaluar o pulsar de qué manera se vive, qué problemas existen en el

proceso y cuáles son sus posibles soluciones. Debido a la distancia y poca periodicidad de

este tipo de encuentro, no crea vinculación con la práctica del acompañante espiritual;

puede crear un buen ambiente de confianza y conocimiento mutuo entre los miembros de

un grupo, pero no es una dirección espiritual propiamente dicha186.

El acompañamiento sistemático

Con el término sistemático, nos referimos a un modo de acompañamiento que está

estructurado por dos elementos previos, que son, las etapas del seguimiento de Cristo y la

periodicidad de los encuentros entre el guía espiritual y el acompañado. Estos encuentros

tienen una temática específica y precisa, que constituyen el objeto de la relación de ayuda.

Lo que sistematiza el acompañamiento es la decisión y convicción de la persona, de

hacer de la experiencia del seguimiento de Cristo, el centro de su propia vida. Supone una

actitud de búsqueda, de escucha, de docilidad y apertura a las mociones del Espíritu que se

ha revelado en la persona de Jesucristo. Para realizar esta experiencia del seguimiento de

Cristo con mayor plenitud, es importante y de gran ayuda para la persona, la experiencia

grupal unida al acompañamiento de su guía espiritual, el cual procura asegurar que lo que la

persona ha vivido en grupo sea una experiencia auténtica y promueva en él su crecimiento

en santidad de vida187.

El acompañamiento extraordinario

Es el tipo de acompañamiento que algunas personas requieren, cuando pasan en su

vida por algún momento de su existencia con situaciones psicológicas, físicas, morales o

espirituales de dolor y sufrimiento, en los que requieren la ayuda de un especialista en uno

u otro campo. Por lo específico de la problemática particular que la persona experimenta


186
Cfr. Ibidem, p. 52.
187
Cfr. Ibidem, p. 53.
Índice 104

requiere necesariamente de la intervención u orientación, que rebasa los dos primeros

modos de acompañamiento que se han expuesto anteriormente. Requiere de un apoyo y

auxilio con cierta especificidad y especialidad188.

En casos como estos, la honestidad del acompañante para reconocer sus propios

límites y limitaciones, requiere que en el momento en que percibe una situación que se le

escapa de las manos, con mucha verdad y prontitud, encamine a la persona con el

especialista que le pueda ayudar, y sea capaz de ejercer una ayuda integral que tome en

cuenta las cinco dimensiones de relación de la persona humana, que se han expuesto en

capítulos anteriores. De lo contrario, corre el riesgo de perjudicar gravemente a la persona,

además de asumir competencias que no le corresponden y para las que no está preparado189.

3. LA VIRGEN MARÍA Y SU INFLUJO EN LA VIDA ESPIRITUAL.

Al referirse a la Virgen María, tanto a su persona, como a su obra, de igual manera la

Sagrada Escritura, como la tradición de la Iglesia y la teología, ponen de manifiesto su

íntima relación con la obra redentora de Cristo y con la Iglesia190. Adentrarse en la persona

de María desde un enfoque cristológico, tiene profundas raíces e implicaciones espirituales,

ya que, subrayando su condición de Madre del Verbo encarnado, intrínsecamente emerge su

íntima vinculación a la vida y a la obra de Cristo. Es decir, no puede hablarse de Cristo sin

hablar de María y viceversa191.

La realidad es que la Virgen María sitúa ante la totalidad del dogma cristiano, es

decir, ante el Dios que es relación intratrinitaria de amor, y que en el despliegue de su amor,

ha querido comunicarse, entrar en relación con la persona humana, creada a su imagen.

Esta comunión que Dios realiza con el hombre, tuvo lugar en la historia, en una mujer, a
188
Cfr. Ibidem, p. 53.
189
Cfr. Ibidem, p. 53.
190
Cfr. LG, n.
191
Cfr. CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA, n. 487; ILLANES, J. L., Tratado de Teología Espiritual,
EUNSA, Pamplona 2007, p. 325.
Índice 105

través de una mujer. Es la gran noticia que la Iglesia proclama a la humanidad, que Dios, en

su naturaleza divina, quiso hacerse hombre y a través de una mujer tomó figura humana,

incorporándola así, a la obra de la salvación192. El camino espiritual del cristiano encuentra

en María la puerta y el estímulo para conducirse a Cristo; es ella la fuente y apoyo de la

vida cristiana; y es a un tiempo el modelo y la guía para el caminar en el seguimiento de su

Hijo Jesucristo, pues es ella misma quien llevándolo en su seno, dialogó con él en el

silencio; fue ella quien enseñándole a balbucear sus primeras palabras, conforme a su

corazón de hombre, aprendió a orar. Aprendió de su madre las formulas de oración, de ella

que guardaba las palabras de su Señor y las meditaba en su corazón193. Es en la familia de

Nazaret donde unido a José y a María, Jesús aprende las palabras y los ritmos de oración de

su pueblo, en la sinagoga de Nazaret y en el templo194. Sin embargo, sumergido en el

misterio, su oración brota de una fuente distinta, y vivida por Jesucristo en su humanidad la

hereda de los hombres a favor de Dios195.

Trascurridos los años en que Jesucristo permaneció en Nazaret, en el hogar de José y

María, desde Galilea, junto a María, el Hijo de Dios inicia su caminar terreno, que

culminará con su muerte y resurrección en Jerusalén. Es precisamente desde Jerusalén

donde se inicia un nuevo itinerario con María en la obra de Jesús196; es el que recorren los

discípulos desde el acontecimiento de Pentecostés, hasta su llegada a Roma, donde se

marca simbólicamente el inicio de la difusión del Evangelio197. María, pues, aparece

presente en toda la vida de Jesucristo, desde su Encarnación; lo acompaña en su Pascua,

participando en los misterios secretos de su corazón; se hace una en el dolor con su Hijo

Jesucristo a los pies de su cruz; conoce en profundidad su sufrimiento; y, desde el gozo de

Pentecostés, acompaña como estrella de la evangelización, en la predicación gozosa de su


192
Cfr. CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA, n. 488. Lc 1, 26–27; Hb 10, 5.
193
Lc 2, 19; 1, 49; 2, 51.
194
Cfr. , n. 1655; y también JUAN PABLO II, Carta encíclica Familiaris Consortio, nn. 21–28.
195
Cfr. CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA, n. 2599.
196
Hch 1, 14.
197
Cfr. ILLANES, J. L., Tratado de Teología Espiritual, EUNSA, Pamplona 2007, p. 327.
Índice 106

resurrección. Por esto, es María, la que puede revelar todos los misterios del corazón de su

Hijo, ya que participando con él en sus gozos, participó también de sus dolores y

sufrimientos. Ella se ha convertido en el lugar donde confluyen todos los sentimientos

humanos, y donde pueden encontrar respuesta, todas las interrogantes del hombre ante el

misterio del dolor y sufrimiento. Es en María donde la persona puede encontrar la fuente y

el culmen de la esperanza capaz de conducirle hacia Jesucristo y por Jesús a la intimidad

del amor del Padre en el Espíritu Santo.

San Juan narra, en los primeros capítulos de su evangelio, la escena de las bodas de

Caná198. En Caná y con la intercesión de María, tuvo lugar el primero de los signos de

Jesús, de los milagros realizados por el redentor de tal manera que los discípulos creyeron

en él. Desde esas bodas, María ha pasado a ser en la Iglesia la medianera de todas las

gracias. Al ser proclamada por Juan Pablo II como el primer tabernáculo de la presencia de

Jesús, es también reconocida, como la mujer capaz de adentrarnos en todos los misterios

del Corazón de Jesús199. En los capítulos finales, el evangelio de Juan, subraya la presencia

de María junto a la Cruz y recoge las palabras, en virtud de las cuales, el discípulo «a quien

Jesús amaba» queda constituido en hijo de María200. Ella, la Madre Dolorosa, conoce en su

propia carne el misterio de la soledad y el dolor que ha provocado la espada que le ha

atravesado el alma201. La persona que experimenta el sufrimiento, ha de encontrar en María,

la llena de dolor, la fuente del consuelo y de la esperanza, capaz de llevarlo de la mano a

cruzar el umbral de su propia pascua, con la certeza de que en medio de tanto silencio, o

aun en medio de tanta oscuridad, volverá a resplandecer la luz de Cristo Resucitado.

María está presente en el comienzo y en la culminación de la vida pública de Jesús,

en ambos momentos desempeña un papel especial en relación con los discípulos y desde

198
Jn 2, 11.
199
JUAN PABLO II, Carta apostólica Rosario Virginis Mariae.
200
Jn. 19, 25–27.
201
Lc 2, 17–19
Índice 107

allí, en relación con todo cristiano, llamados todos a continuar la obra de Cristo en el

mundo202.

La Virgen María, tal y como la da a conocer la fe cristiana, trasparenta la hondura del

amor, con que Dios ama al hombre. En toda su vida, María muestra la libertad con la que ha

aceptado la voluntad del Padre y todos los dones divinos. Sin embargo, en María, como en

todo lo creado, es Dios quien toma la iniciativa para entregar sus dones; es siempre Dios

quien da el primer paso y vuelca su amor a los hombres. De igual forma, Dios ha volcado su

amor en María, dándole toda una serie de dones, unidos a una serie ininterrumpida de gracias,

como consecuencia al sí de María, a la voz del ángel, con el que daba inicio a la plenitud de

los tiempos en la obra de la salvación203. La persona que ha decidido ser acompañada por un

director espiritual ha de ser motivada por éste, en todo tiempo, a imitar la docilidad de María

y a dar un sí constante en su vida a la realización de la obra de la redención, y por María, a

ser llevados a la plenitud del amor de Dios en los momentos de cruz y sufrimiento en la

propia vida, hasta ser presentados, por manos de María, ante la gloria del Padre.

202
Cfr. ILLANES, J. L., Tratado de Teología Espiritual, EUNSA, Pamplona 2007, p. 327.
203
Cfr. Ibidem, p. 331.
Índice 108

CAPÍTULO IV

ASPECTOS ESENCIALES EN EL ACOMPAÑAMIENTO ESPIRITUAL DEL


SUFRIMIENTO

Durante la tercera parte de este trabajo, se pretende mostrar algunos elementos

propios de la dirección espiritual de los que experimentan el dolor y el sufrimiento:

aspectos de la entrevista de dirección espiritual, cualidades del acompañante, cualidades de

atención y escucha de los que experimentan el sufrimiento psíquico, especialmente ante el

caso particular de los desequilibrios de la personalidad.

1. LA ENTREVISTA DE DIRECCIÓN ESPIRITUAL Y SUS CARACTERÍSTICAS.

1.1 LA ENTREVISTA DE DIRECCIÓN ESPIRITUAL

La entrevista de dirección espiritual es el acto concreto donde se realiza, donde concurren

tanto los aspectos humanos como los divinos. Entrevista significa un encuentro vivo entre

personas, que implica un diálogo cordial y sencillo204. Es una entrevista de tipo de dirección

no porque esto implique suplantar el lugar, inalienable e insustituible de la persona, que

debe tomar sus propias decisiones bajo la mirada de Dios; se llama dirección, sobre todo,

para recalcar que se trata de la entrevista de ayuda, incluida en el ministerio pastoral de los

cristianos, y así diferenciarla de algunas tonalidades propias de la psicoterapia.

Es importante procurar que sea auténtica, realista, vivida en el espíritu de fe y

acomodada a la vida real del cristiano. En el Nuevo Testamento, Jesucristo mantiene

frecuentemente entrevistas, que podrían tomarse como paradigmas para utilizarlos en la

entrevista de dirección espiritual: el diálogo con Nicodemo (Jn 3, 1–17), con la samaritana

(Jn 4, 6–21), o la conversación de Cristo resucitado con los discípulos de Emaús (Lc 24,

204
Cfr. MENDIZÁBAL, L. M., La dirección espiritual. Teoría y práctica, BAC, Madrid 1978, p. 61.
Índice 109

13–33). Cada uno de ellos podría ser objeto de un tema propio de trabajo, que aquí no cabe

desarrollar; sólo cabe apuntarlos205.

La entrevista de dirección espiritual es una de las maneras como Cristo camina con su

Iglesia hoy. A través de ella, se acerca a cada uno y lo llama por su nombre, toca sus heridas

y le pregunta, como a Bartimeo, ¿qué quieres que haga por ti? (Mc 10, 50). Es decir, el

acompañante se dirige a la persona concreta en nombre de Cristo y camina a su lado, para

acompañarle en el misterio de la iniciación a la comunión con Dios y con la Iglesia 206. En la

medida que introduce a la persona en la comunión con Dios, la introduce también a la

comunión con la Iglesia. Por tanto la entrevista de dirección espiritual se vive en el seno de

la Iglesia, en íntima comunión con Dios y con la Iglesia. Esta es una característica propia

que la diferencia de cualquier otro tipo de acompañamiento y de sus diversos matices.

Tiene carácter de conversación; en ella entran la consulta, la enseñanza doctrinal, el

diálogo, el oír y el hablar. Sin embargo, es más que todo eso junto. No es un simple cambio

de palabras, sino que es “palabra mutua”; es el misterio mismo de Dios, que se engendra en

el corazón del hombre hecho palabra. Es la palabra sobrenatural de la vida, que entra en la

historia personal del hombre, y le abre al misterio de la palabra de Dios 207. El director

espiritual, es, en los límites de su humana pequeñez, un interlocutor de Dios. Mientras

conversan, está tratando de entender y escuchar la interpretación divina de los hechos, y la

respuesta que Dios da a las interrogantes de la persona, tratando de expresarlo en voz alta.

La ayuda del guía espiritual es un instrumento en las manos de Dios, para tratar de entender

juntos la voluntad de Dios para la vida de la persona. Especialmente en aquellos momentos

en los que parece que Dios calla, que desaparece una luz que antes brillaba.

Particularmente cuando la persona sufre su desintegración o la desarticulación de

cualquiera de sus dimensiones de relación.


205
Cfr. Ibidem, p. 63.
206
Cfr. MENDIZÁBAL, L. M., La dirección espiritual. Teoría y práctica, BAC, Madrid 1978, p. 64.
207
Cfr. Ibidem, p. 67.
Índice 110

Cuando se lleva adecuadamente, se convierte en un misterio de iniciación a la

conversación cordial con Dios, consigo mismo, con los otros y con su espacio exterior. La

entrevista no es sólo un espacio para dejar fluir las palabras, sin ton ni son. Es en la

entrevista como Cristo ama a sus ovejas, las llama por su nombre, las busca, las visita y las

cuida, a través de la persona del acompañante espiritual 208. En ella se establece un estilo de

relación muy peculiar, entre el director y la persona, la cual implica tres factores

importantes.

En primer lugar aparece la capacidad de ambos de llegar a una ‘autointimidad’ e

interiorización personal. Es decir, la dirección espiritual es un servicio de sinceridad en la

interioridad. La persona que es capaz de ser sincera y transparente, primero ante sí mismo,

será capaz de ser sincera ante cualquiera y ante Dios. Por el contrario, quienes no han

desarrollado la capacidad de ser sinceros en la interiorización difícilmente podrán ser

sinceros ante el otro; y ello implica también ante el tu de Dios.

El segundo factor que interviene en el éxito de la entrevista consiste en la capacidad

de reconocer que cada uno es diferente209. En tanto que diferente, cada uno tiene su propio

mapa de la historia, que le hace leer los acontecimientos con matices distintos, aunque sean

sólo eso: “matices”. Cuando ambos tienen un deseo sincero de buscar la verdad, son

capaces de franquear sus propias diferencias, y entrar con transparencia en los caminos del

Espíritu, para ser capaces de reconocer la voz de Dios, que se manifiesta en la singularidad

de cada uno.

El tercer factor consiste en la capacidad de escucharse el uno al otro 210. La entrevista

de dirección es un espacio para ejercitarse, por parte de ambos, en la práctica de una

conversación, que pueda llevar a la manifestación del corazón, de un diálogo íntimo y


208
Cfr. Jn 10, 1ss.
209
Cfr. NEMECK, F. K., COOMBS, M., El camino de la dirección espiritual, Ed. de espiritualidad, Madrid
1987, p. 72
210
Cfr. Ibidem, p. 72.
Índice 111

cordial, que eduque a ambos en el misterio de la escucha de Dios en el silencio. Es aprender

a acallar los sentidos externos e internos, para disponerse a reconocer las mociones del

espíritu, en los susurros del silencio y en las adversidades del dolor y el sufrimiento.

Entonces ambos habrán aprendido a escucharse en las múltiples y diversas facetas del ser

del hombre, y la manera en las que se manifiesta la acción del espíritu, que conduce a la

persona a abandonarse en la intimidad del amor de Dios.

La realidad que se establece entre director y dirigido está siempre basada en la

escucha de Dios. Está siempre centrada en Dios, de tal manera que ambos desarrollen la

capacidad de escuchar al Espíritu, el uno en el otro211. Es únicamente en Dios donde cada

uno descubre lo que Dios tiene reservado para el otro. La entrevista permite a ambos ver las

cosas con más claridad, interpretar los acontecimientos con más claridad y actuar ante ellos

de un modo responsable y serio. Por la entrevista se crece en la capacidad de escucharse a

uno mismo, a los demás y a Dios, en cualquier situación de la vida. Sin embargo, en tanto

que tratamos de la intimidad y de la realidad de la persona, que es inabarcable, en la

entrevista, jamás podrá agotarse el misterio de la intimidad de la persona humana.

1.2 FRECUENCIA Y TIEMPO DE LA ENTREVISTA DE DIRECCIÓN ESPIRITUAL

Por lo general no existen normas absolutas respecto a la frecuencia y tiempo de la entrevista, ni

tampoco en lo que se refiere a su estructura interior; solamente se dan una serie de líneas que sirvan

como parámetros auxiliares a tener en cuenta por el acompañante espiritual. La frecuencia o

periodicidad de los encuentros dependerá de las necesidades y tiempos de los implicados en la

entrevista.

En los principios de la formación en la escucha de Dios parece conveniente que tenga una

frecuencia semanal o quincenal; irá disminuyendo progresivamente en proporción al avance en la

vida espiritual de la persona212. Durante el periodo inicial, suele ser conveniente fijar el día y la hora
211
Cfr. Ibidem, p. 71.
212
Cfr. MENDIZÁBAL, L. M., La dirección espiritual. Teoría y práctica, BAC, Madrid 1978, p. 93.
Índice 112

de cada entrevista. Cuando se aproxima la siguiente entrevista, algunas veces, es preciso urgir al

dirigido, llamándole si es necesario, ya que no raras veces, suelen aparecer timideces o inhibiciones.

Con los que van madurando en su progreso espiritual no se considera conveniente tratar ya en

tiempos concretos, pues generalmente las cosas proceden ya normalmente y con prontitud de

espíritu. Sólo en el caso en que se presentaran algunas crisis, o dificultades, que pudieran ocasionar

debilidad o desarticulación en el crecimiento de la persona, se recomienda establecer contactos más

frecuentes con la persona, adecuados a sus necesidades 213.

Es siempre sano, para el crecimiento de la persona, cuidar que la entrevista no quede

estructurada fría y sistemáticamente en un horario restringido, que pueda ahogar la espontaneidad

de la persona y la libertad del Espíritu que sopla donde quiere. Se evita así trasmitir a la persona un

clima de prisa y mecanización de la dirección espiritual, que es por sí misma un espacio de frescura

para la manifestación del espíritu de Dios. Es el Espíritu mismo quien le da esta frescura.

Es importante evitar la impresión agobiadora de la prisa. Es conveniente, que toda entrevista

se desarrolle en un clima de serenidad, aunque se atienda con brevedad a la persona, cuando no

lleva dificultades particulares. Sin embargo, cuando la persona tiene problemas específicos, es

importante dedicarle el tiempo de acuerdo a la exigencia del problema mismo.

Sin olvidar que allí se está gestando a una nueva vida, una nueva persona. Las personas,

probablemente olvidarán con rapidez, en el tiempo, todo aquello que hayan oído, pero la

experiencia dice que nunca olvidarán cómo han sido tratados.

213
Cfr. Ibidem, p. 94.
Índice 113

Desde las primeras ocasiones, el guía espiritual procura crear un ambiente de confianza, en el

que la persona se sienta acogida, que se sepa aceptada tal cual es. Cuídese de cuanto pueda parecer

exhibicionista o superficial, o demasiado formulista, para poder propiciar un ambiente que

provoque un auténtico contacto personal, con acogida cordial 214.

El director intenta evitar pronunciar juicios definitivos o abarcantes de la persona. La persona

humana es siempre un ser inacabado, que se va rehaciendo en el caminar y en el transcurrir de su

propia historia, y que para rehacerse ha encontrado, en la persona de Cristo el modelo de Hombre

en plenitud; en Él pueden encontrar eco y sentido todas las resonancias de su vida interior, a veces

provocadas por el propio sufrimiento.

Igualmente, evite el guía espiritual la tentación de clasificar la persona en determinados

categorías de tipo psicológico o espiritual; esta actitud sería fatal para el desarrollo del proceso de la

dirección espiritual que pretende la escucha de Dios. El director espiritual debe estar libre de

esquemas y prejuicios.

Desde el principio del proceso, el guía espiritual debe colocarse y actuar con luz evangélica;

no como psicólogo, o doctor, o humanista, o teólogo, o persona culta, sino claramente consejero

espiritual de acuerdo al evangelio. Ni siquiera debe presentarse a sí mismo como amigo natural. La

persona le ha buscado como director espiritual; está llamado, por tanto, a ser su director espiritual.

Si además de ser su director espiritual logra comprometerse como su amigo, ambos han alcanzado

una bendición; sin embargo, está llamado, primeramente y ante todo, a ser un guía espiritual en el

214
Cfr. Ibidem, p. 96.
Índice 114

caminar de la persona. Aunque puede servirse, como es claro, de la valiosa ayuda de las ciencias

humanas, para mejorar en la dirección de las personas.

El director espiritual deje captar claramente la estima que tiene del dirigido. Algunas

personas, en el fondo, tienen un juicio muy desfavorable de sí mismos; tiene un falso auto concepto;

llevan dentro de sí un juez interior que los juzga con demasiada severidad. Pero la persona, en

realidad, conoce muy poco de sí mismo y de sus propias debilidades. En el fondo algunos viven con

la impresión, de que si les conocieran como son en su interior, merecerían que la menosprecien 215.

En la entrevista espiritual, manifestando la conciencia, la persona hace un verdadero esfuerzo por

empezar a revelar su interior, la manera como se capta a sí mismo frente a Dios. Lo hace de manera

natural, con cierto temor, pues se reconoce ante alguien que va a conocer sus debilidades, su

realidad interior; sólo espera que se le juzgue como intérprete del Señor, a la luz de Dios. Por tanto,

es importante mostrar un juicio alentador y favorable de la persona, hacer notar que se pone el

acento en los actos y que se juzgan sólo sus comportamientos. Pero que en el fondo queda

intachable su dignidad de hijo de Dios. Una vez que la persona se ha permitido manifestar sus

propias debilidades, aquellas que parecían humillantes o dignas de juicio, cuando entiende que el

director le estima verdadera y sinceramente, le permitirá abrir enormemente el corazón a la

esperanza; es decir, le da a la persona un valor trascendente a los ojos de Dios.

1.3 MANIFESTACIONES DE LA CONCIENCIA

Una dirección espiritual -que pretenda ser integral e integradora de la persona humana-

implica ayudar a conformar la propia conciencia de acuerdo a los criterios del Evangelio. No se

puede ser ayudado, ni corregido, por el guía espiritual, si no se le manifiesta la propia conciencia 216.

215
Cfr. Ibidem, p. 97.
216
Cfr. Ibidem, p. 98.
Índice 115

La manifestación de la conciencia implica compartir el modo propio de proceder ante determinadas

realidades de la vida, los criterios propios, juicios, y los deseos, proyectos, expectativas o

aspiraciones que se tienen ante la propia vida y su proyección. Es decir, manifestar todos los

fenómenos, que interesan y son de alguna manera, importantes para la vida espiritual, con la

intención de que sean rectificados o corregidos a la luz del Señor.

No se trata de decir muchas cosas, sino de elegir sabiamente aquellas que interesan

sabiamente para el provecho espiritual. Antes de la entrevista, es recomendable poner en el

recogimiento de la oración la propia vida y al director espiritual, y pedir luz al Señor para poder

reconocer sus pasos y rectificar así la propia conciencia 217.

Algunas personas tienen dificultad para abrirse. Son taciturnos por temperamento, víctimas

de una dificultad psicológica, que muchas veces se extiende de manera trasversal a toda la vida.

Hay que buscar formas posibles de ayuda, para que la persona pueda manifestar su conciencia y sea

capaz de cristalizar su proyecto de vida, bajo la mirada de Dios. Cuando se reconoce que tales

barreas psicológicas superan las propias capacidades y el campo de acción del guía espiritual, no

hay que dudar en encauzarlo hacia profesionales que tengan herramientas adecuadas que faciliten a

la persona la apertura.

Cualquiera es el momento propicio para que la entrevista se lleve de manera humana, sencilla

y cordial. Puede ser buen camino el que se busque estrechar relaciones de paterna amistad. El mejor

medio suele ser que el director no se limite al campo puramente espiritual. A lo largo de las

entrevistas; en la medida que los contactos son más humanos, se alcanza a mostrar que el guía tiene

un verdadero interés por el dirigido, que se interesa por cuanto toca a la familia, sus ocupaciones, su

vida pasada, etc. Cuando la persona empieza a hablar de estos puntos, se ha puede llegar al umbral
217
Cfr. Ibidem, p. 99.
Índice 116

de su propio sufrimiento; cuando se le escucha con atención, se reciben herramientas que propician

preguntas circunstanciales, que pueden llevarnos al centro de sus verdaderas necesidades, para

permitir que Dios ilumine los escondrijos más ocultos de la persona, en los que en ocasiones

pretendemos auto protegernos; es decir, salvaguardarnos en falsas y equivocas seguridades.

Es bueno facilitar a la persona, que ella misma adopte la postura que prefiera para hablar más

a gusto de sus cosas218. La postura puede ser de gran importancia a la hora de la manifestación de la

conciencia. A algunos encontrarse de frente con una persona, les parece violento; prefieren hacerlo

de lado. Otros prefieren que haya siempre un objeto en medio de los dos. Son datos psicológicos

que hay que tener en cuenta. El director tiene que tener tacto, para que estas cosas no sean

obstáculo. Es bueno facilitar a la persona que ella misma adopte la postura que prefiera, para hablar

más a gusto de sus cosas.

En momentos cumbre de la entrevista, se llega al núcleo del problema y de las raíces del

sufrimiento de la persona. En momentos así, se requiere todo el amor por parte del director, y que

ponga en juego todas sus habilidades humanas y espirituales, para poder ayudar a la persona a

reintegrarse en Dios; ayudarle a poner en él toda su confianza y a dejarse redimir por Jesucristo, que

le ha salvado219.

Mientras la persona habla y manifiesta sus cuestiones de conciencia, el director tiene que

mantener un clima de total confianza. Al comienzo, la reacción ha de ser simplemente de

comprensión y de reinterpretación. Cuide de reflejar el contenido de lo que la persona ha expresado,

de tal manera que ella vuelva a oír sus propias proposiciones y vea objetivada sus razones, dudas,

inquietudes y sentimientos220.

218
Cfr. Ibidem, p. 100.
219
HERNÁNDEZ, E., Guiones para un cursillo práctico de dirección espiritual, Santander 1960, p. 265.
220
Cfr. MENDIZÁBAL, L. M., La dirección espiritual. Teoría y práctica, BAC, Madrid 1978, p. 101.
Índice 117

Cuando se ocupe de dar un consejo, téngase el cuidado de hacerlo en forma de sugerencia o

indicación; sin olvidar que la toma de decisiones sólo le corresponde a la persona; si utiliza

conocimientos de psicología, es conveniente que lo haga de manera ecléctica, pero no de forma

explícita, como sin darle importancia, sin dárselas de psicólogo, ya que es primeramente, ante todo,

un acompañante espiritual221.

El director, consciente de que es colaborador de Dios, debe esforzarse por determinar poco a

poco lo que la persona debe cuidar particularmente, lo que debe eliminar, combatir, liberar de su

propia vida. Esto no se hace por puro capricho, o como una estrategia estudiada fríamente con la

pura razón. Se trata de discernir lo que es la voluntad de Dios para la vida de la persona, y ayudarle

a discernir los caminos del Espíritu. Una de las principales aportaciones del director es ayudar a que

la persona vea las exigencias de la gracia, y propiciar que la persona se determine, firmemente, a

autoexigirse los sacrificios y esfuerzos que estas exigencias implican 222.

Ante las manifestaciones de la conciencia, la dirección espiritual necesita muchas veces

tiempo de profunda reflexión y de consulta callada en la oración. Así pues, no se puede pedir una

respuesta inmediata y satisfactoria a todas las preguntas planteadas. Eso sería pedir demasiado. La

dirección espiritual no es un arte de magia, en el que se tengan todas las respuestas automáticas a

los sufrimientos del hombre. El director ayuda a que la persona elija por sí misma lo que debe hacer.

Debe cuidar no ser él quien dé las soluciones concretas, sino la misma persona, con sus propias

herramientas, que el director espiritual iluminará con la experiencia de Jesucristo en la Sagrada

Escritura y el Magisterio223. Intenta lograr, de esta manera, colaborar con la persona y con ayuda de

la gracia en la educación y la maduración de la experiencia cristiana.

221
Cfr. ROLDÁN, A., Introducción a la ascética diferencial, p. 173.
222
Cfr. MENDIZÁBAL, L. M., La dirección espiritual. Teoría y práctica, BAC, Madrid 1978, p. 104.
223
Cfr. Ibidem, p. 106.
Índice 118

1.4 EDUCACIÓN DE LA CONCIENCIA

La dirección espiritual ha de ir consolidando la rectitud de la conciencia de la persona en sí

misma. Es decir, ayuda a la persona a crecer en el camino de la perfección. Esto implica la

seguridad de la buena conciencia, el juicio equilibrado de sí y de sus cosas, el mantenerse abierto a

la iniciativa de Dios y a las mociones del Espíritu. La conciencia sana implica una honradez cabal,

que supone una liberación del egoísmo y del amor propio. En la medida que el hombre mantiene y

consolida la bondad de su conciencia, se encuentra sumergido y abandonado en las manos de

Dios224 Muchas personas descubrirán en el camino que han estado amando a Dios, sin que fueran

plenamente conscientes de ello; esto les servirá de gran consuelo y esperanza, para madurar su

conciencia y su personalidad en el seguimiento de Cristo. Descubrirán que el propio sufrimiento es

una escuela en el dolor, que les ha conducido, de la mano de Dios, hacia la conquista de sí mismo, y

los ha hermanado con los otros. Que el dolor era una luz de Dios, bajo la cual caminaban en la

penumbra, en medio del aparente silencio del Dios que no se muda.

Como fruto de las entrevistas, la conciencia sana debe contener una visión equilibrada,

evangélica de sí mismo. La persona ha de ir descubriendo progresivamente las cosas buenas que

hay en él, y, a su vez, diferenciarlas de aquellas que son malas o dañinas para su desarrollo. Para

poder alcanzar esto, es indispensable que la persona logre superar todo complejo de culpabilidad o

inferioridad. El complejo de culpabilidad arranca, con frecuencia, de la falta de reconocimiento y

confesión de la propia culpa. La dirección espiritual ha de disponer el corazón de la persona para ser

abrazado por Dios y para la aceptación del misterio de la redención, como centro de la propia vida.

224
Cfr. Ibidem, p. 107.
Índice 119

Así cultiva la disposición plena de hacer pascua con Jesucristo en el dolor y trascenderse a sí

mismo desde el sufrimiento225. Hay que ir ayudando a la persona a profundizar en la propia

experiencia de la misericordia de Dios, que le toma de la mano, le levanta, le sana y le reintegra a su

vida; para que se disponga a servir a los otros, como a la suegra de Pedro 226.

La persona, por sí sola ha de ir asimilando y apropiándose las normas espirituales,

fundamentadas con solidez, y aplicarlas a sí misma. Puede de esta manera ir comprendiendo poco a

poco los caminos del Señor, sin perder de vista que el fin de la dirección espiritual es lograr que la

persona aprenda a caminar rectamente, bajo la guía del Espíritu de Dios, siempre abierto a sus

manifestaciones. Hay que educarle para que viva responsablemente frente a Dios, y que ante él,

haga resplandecer toda su vida espiritual.

La vida cristiana, tiende a la cristificación de la persona. Debe mantenerse la vida cristiana

con su sentido vital, en lo esencial y en lo concreto de la vida cotidiana, en la aparente rutina del

diario vivir, para seguir a Cristo en la grandeza de las cosas pequeñas y asemejarse progresivamente

a Él, que en el amor va moldeando el corazón humano para que se asemeje a Él, en el maravilloso

intercambio de la Encarnación.

2. CUALIDADES DEL ACOMPAÑANTE ESPIRITUAL

225
Cfr. Ibidem, p. 109.
226
Mt 8, 14-15
Índice 120

Para llevar la entrevista, hacen falta en el director una serie de cualidades que, en su conjunto,

difícilmente se encuentran reunidas en una sola persona. Quien acepte acompañar a alguien, en el

camino hacia la madurez y la libertad interior, debe inspirarse en una concepción de la persona

abierta a la trascendencia227. Por ser una actividad humana, hay que estar siempre abiertos a la

limitación; sin embargo, es innegable que la fuerza de Dios se manifiesta siempre en la debilidad

humana228.

Es el Espíritu Santo el que actúa en el interior de cada persona, y lleva a cabo en el interior

del cristiano la vida de la gracia. Sin embargo, de ordinario se sirve de otros hombres, de

mediaciones humanas para llevar a cabo su obra 229. Entre las cualidades que se requieren, en orden a

la entrevista de dirección espiritual, puede subrayarse las siguientes:

a) Una preparación doctrinal, sólida y actualizada.

b) Una serie de conocimientos y cualidades psicológicas.

c) Una cultura suficiente y actualizada, no para mostrarla pedantemente sino para

saber llevar la conversación ágilmente, de manera que dé criterios justos en los

campos diversos tocados en la entrevista.

d) La capacidad de inspirar animando.

e) Sentido realista y equilibrado de las cosas.

f) Fuerza personal suficiente para no dejarse conducir y manejar por aquellos mismos

a quienes trata de ayudar.


227
Cfr. BORRIELLO, L., Diccionario de mística, San Pablo, Madrid 2002, p. 574.
228
Cfr. MENDIZÁBAL, L. M., La dirección espiritual. Teoría y práctica, BAC, Madrid 1978, p. 72.
229
Cfr. FERNÁNDEZ CARVAJAL, F., Para llegar a puerto. El sentido de la ayuda espiritual, Palabra,
Madrid 2010, p. 17.
Índice 121

g) Profundo espíritu de fe, con convicciones seriamente enraizadas en la sana

doctrina.

h) Luz para conocer el espíritu y penetrarlo hasta el fondo con una mirada, y para

dirigirlo hacia el bien.

i) Capacidad de comunicarse.

j) Que sea una persona capaz de entender mucho, y hablar poco, enseñando más con

el ejemplo que con sus palabras.

k) Que tenga el don de ganarse la confianza de los otros, favoreciendo así la apertura

del corazón.

l) Sentido de acomodación a las disposiciones reales y actuales de la persona,

consciente de su función subsidiaria, complementaria.

m) Tacto en sus intervenciones y en la medida de sus consejos.

n) No ser cerebral, ni tenaz en su propio juicio, más bien se incline a seguir el juicio

de los experimentados.

o) Integración de cuanto señala la psicología, sobre el arte del diálogo y del consejo,

teniendo presente que se trata de integrar, no de destruir, y que ha de asimilar el arte

de conversar.

p) Que guarde absoluta reserva sobre las confidencias que reciba de manera que la

persona pueda sentirse segura, que nada de lo que ella le ha comunicado saldrá del

secreto del corazón del director230.

230
Cfr. MENDIZÁBAL, L. M., La dirección espiritual. Teoría y práctica, BAC, Madrid 1978, p. 73.
Índice 122

Aquí sólo se desarrollan algunas de las principales cualidades del director para la

entrevista. El orden en que son presentadas no es necesariamente progresivo.

2.1 INSTRUMENTO DEL ESPÍRITU SANTO

El director espiritual debe tener siempre presente que es, ante todo, un instrumento de Dios

movido por el Espíritu Santo. Por tanto, debe actuar en todo momento movido por la

convicción de que Dios es el único director de todas y cada una de las personas, que se le

han confiado como don, como entrega, como dádiva. Él no es más que una mediación

humana, un mero instrumento en las manos de Dios aunque totalmente libre, dentro del

proceso de la dirección espiritual231.

Dios se vale de toda la personalidad del director para impartir la dirección espiritual a

la persona. En su labor, están incluidos sus talentos, conocimientos, su experiencia, su vida

de oración; todo entra en juego; hasta su manera peculiar de comunicarse, es parte

integrante de la colaboración con el Espíritu Santo, que es el principal protagonista de la

dirección, junto con la persona dirigida.

Es responsabilidad del director preparar el corazón de la persona, para abrirse a los

caminos del Señor. La gracia de Dios potencia los talentos humanos del acompañante

espiritual para que sea capaz de disponer a la persona a la apertura del corazón232. Por tanto,

es preciso que el director cultive con responsabilidad la propia vida interior. Como

instrumento que es del Espíritu, el director debe preocuparse por fomentar y favorecer en la

mayor receptividad posible al amor transformante de Dios. Bajo la guía del Espíritu Santo

231
Cfr. NEMECK, F. K., COOMBS, M., El camino de la dirección espiritual, Ed. de espiritualidad, Madrid
1987, p. 107.
232
Cfr. FERNÁNDEZ CARVAJAL, F., Para llegar a puerto. El sentido de la ayuda espiritual, Palabra,
Madrid 2010, p. 19.
Índice 123

ha de ayudar a la persona a discernir los obstáculos que bloquean, o retardan el crecimiento

de Cristo en sí misma233.

2.2 SANTIDAD PERSONAL

El que ha optado por acompañar a otros en su camino hacia la madurez personal debe

cuidar en todo momento, la propia vida interior y su dinamismo. Quienes se dedican a guiar

a otros en su vida cristiana han de ser especialmente expertos en humanidad y conocer a

fondo el corazón del hombre. Para esto, han de estar profundamente unidos a Dios y al

hombre, y querer de verdad a las personas234. Ser personas de oración y enraizados en una

profunda caridad. Decía Juan Pablo II que “se necesitan heraldos del Evangelio, expertos

en humanidad, que conozcan a fondo el corazón del hombre de hoy, participen de sus gozos

y esperanzas, de sus angustias y tristezas, y al mismo tiempo, ser contemplativos,

enamorados de Dios. Para eso se necesitan nuevos santos”235.

La vida de oración y la exigencia personal son condiciones necesarias para ayudar a

los demás. El cuidado de la vida interior es la mejor contribución que un guía espiritual

puede prestar a otros. Sólo si busca la propia santidad personal, el director espiritual será

capaz de aprender esa ciencia experimental y práctica, que no se encuentra en los libros,

sino que es fruto de la acción del Espíritu Santo236.

El director espiritual no podrá ser un instrumento eficaz del Espíritu Santo, a no ser

que viva completamente entregado a Dios, por la fe. Es un auténtico servidor de Jesucristo,

el cual no vino a ser servido, sino a servir, y a hacer la voluntad de Aquél que le envió 237.

233
Cfr. NEMECK, F. K., COOMBS, M., El camino de la dirección espiritual, Ed. de espiritualidad, Madrid
1987, p. 110.
234
Cfr. FERNÁNDEZ CARVAJAL, F., Para llegar a puerto. El sentido de la ayuda espiritual, Palabra,
Madrid 2010, p. 27.
235
JUAN PABLO II, Discurso al Simposio de Obispos europeos (11.X.1985).
236
Cfr. FERNÁNDEZ CARVAJAL, F., Para llegar a puerto. El sentido de la ayuda espiritual, Palabra,
Madrid 2010, p. 30.
237
Jn 4, 34.
Índice 124

Está llamado a permanecer en atenta escucha de Dios, en una espera silenciosa, para

procurar discernir la misteriosa voluntad de Dios, en medio de una silenciosa disponibilidad

ante el Señor238.

Recurre a la oración personal como fuente de santificación personal y de aquellos a

quienes dirige. La oración personal puede ser un buen momento para revisar o meditar en

algunos momentos los temas tratados en sus entrevistas, su vida, sus dificultades y

presentárselas al Señor. Sólo en la oración conocerá de verdad del corazón de las personas y

aprenderá, desde el sagrario, a atenderlas adecuadamente239.

El cariño humano, el aprecio verdadero, es un lenguaje que entiende toda persona

humana, tanto los pequeños como los mayores. La persona que se sabe amada es capaz de

reconocerse a sí misma como auténtica persona, como verdadero hijo de Dios. Este amor

por la grandeza y de la dignidad de las personas lo aprenderá el director en la oración; será

un fruto de sus encuentros cotidianos con Jesucristo, el Verbo encarnado, hecho hombre

para nuestra santificación.

2.3 AFECTO CORDIAL SANO

La entrevista requiere que el director espiritual desarrolle una sana cordialidad. Para que la

persona pueda abrirse ante el director, es necesario que vea en él una cordialidad tal que lo

haga ser cercano y atento a las necesidades de la persona, que se sepa acogida con interés.

Puede agradar a la persona sentirse estimada en sus valores y cualidades humanas;

pero con todo, no es eso lo que le dará el sentido de seguridad que busca. Nada le dará tan

profundo sentido de seguridad como la percepción de una cordialidad amigable, inspirada

238
Cfr. NEMECK, F. K., COOMBS, M., El camino de la dirección espiritual, Ed. de espiritualidad, Madrid
1987, p. 111.
239
Cfr. FERNÁNDEZ CARVAJAL, F., Para llegar a puerto. El sentido de la ayuda espiritual, Palabra,
Madrid 2010, p. 34.
Índice 125

por Dios, y ofrecida por Dios mismo en la persona del director espiritual. Éste, en efecto,

acoge a la persona, no por las cualidades que tiene, sino porque abre el corazón a Dios240.

“La obra de la evangelización supone, en el evangelizador, un amor fraternal siempre

creciente hacia aquellos a los que evangeliza. ¿De qué amor se trata? Mucho más que el de

un pedagogo; es el amor de un padre; más aún, el de una madre. Tal es el amor que el Señor

espera de cada predicador del Evangelio, de cada constructor de la Iglesia”241.

Las bases de la dirección espiritual descansan sobre los fundamentos del verdadero

amor, de la verdadera caridad; el afecto cordial sano es un reflejo de este amor de caridad.

Una forma de cordialidad sincera es evitar llevara la entrevista de dirección espiritual con

prisa. Cuando se está frente a una persona que está desvelando el misterio sobre sí mismo,

es como si no existiera el resto del mundo. Dar a la persona cordialmente el propio tiempo,

lleva consigo el compromiso de escucharle de verdad, con todos los sentidos puestos en

ella242.

Quizá éste sea el secreto de una buena dirección espiritual: saber escuchar

cordialmente a la persona. Muchas veces, la persona tiene cierta claridad, sobre lo que ella

desea, y sobre lo que Dios está pidiendo de ella, y sólo requiere que se le escuche con

interés, para sentirse en condiciones de tomar sus propias decisiones. Escuchar cordial y

gustosamente es la mejor manera de darse al prójimo, a imitación de Dios, que tiene

siempre sus oídos atentos a nuestras súplicas.

El misterio de la escucha es un arte. Escuchar con paciencia, escuchar con interés,

escuchar con amor; estando dispuesto a darse cuenta bien de lo que se le dice. Una parte de

este saber escuchar con afecto cordial consiste en saber captar aun el punto fugazmente

expresado, pues es precisamente este pensamiento el que puede ser fundamental para la
240
Cfr. MENDIZÁBAL, L. M., La dirección espiritual. Teoría y práctica, BAC, Madrid 1978, p. 75.
241
JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, n. 79.
242
Cfr. MENDIZÁBAL, L. M., La dirección espiritual. Teoría y práctica, BAC, Madrid 1978, p. 76.
Índice 126

comprensión de lo que se está tratando en la entrevista, o inclusive, para llegar al centro

mismo de la experiencia de la persona.

El afecto cordial sano, en la dirección espiritual, suele también manifestarse en la

comprensión. Ésta consiste en saber hacerse cargo de la situación, reconocer las propias

limitaciones y las de la persona, y en saberse acomodar a las necesidades de ambos. Una

entrevista, llevada con comprensión, ha de tomar la forma de una sencilla conversación, en

la que se motiva la persona, sin violentarla, a esforzarse por realizar en la propia vida, el

proyecto de Dios, a reconocer en el propio sufrimiento el paso del Señor243.

2.4 RESPETO POR LA PERSONA

En la medida que el director espiritual es consciente de la llamada a la santidad que Dios

hace a cada persona, en particular, sabe reconocer que la santidad la moldea Cristo en cada

persona, de acuerdo a su singularidad. Para Dios somos únicos e irrepetibles; ante Él nos

reconocemos como personas humanas, con nuestra esencia, pero también con nuestra

particularidad. No llama a ser santos en serie. En esa misma medida, el director espiritual

debe experimentar el respeto por todas y cada una de las personas que le han sido

confiadas; cada uno es como es, y hay que tratar a cada uno según lo ha hecho Dios244.

Con respecto al respeto que merece cada persona, decía san Josemaría Escrivá: “es

preciso educar, dedicar a cada persona el tiempo que necesita, con la paciencia de un monje

del Medievo para mirar su conciencia; cada uno sienta su libertad personal y su

consiguiente personalidad. Las personas precisan una atención diferenciada, cada uno

requiere una asistencia concreta, personal. El que ayuda a sus hermanos debe atenderles

con la humildad del que se sabe instrumento, para ser vehículo del amor de Cristo: porque

243
Cfr. Ibidem, p. 77.
244
Cfr. FERNÁNDEZ CARVAJAL, F., Para llegar a puerto. El sentido de la ayuda espiritual, Palabra,
Madrid 2010, p. 46.
Índice 127

cada persona es un tesoro maravilloso; cada hombre es único e insustituible. Cada uno vale

la sangre de Cristo”245.

Así pues, la dirección espiritual ha de desarrollarse en un ambiente de respeto y de

interés por cada uno. Con la plena conciencia de que se está ante un hermano que está

abriendo, con sus dificultades y resistencias, el sagrario de su propio interior.

El que ha asumido la tarea de la dirección espiritual debe tener dos grandes

cualidades: la de leer a la persona y la de infundir respeto 246. Se entiende por leer a la

persona, la capacidad, que desarrolla el director de leer entre líneas, es decir, de

comprender aquellos silencios fecundos de la persona, entender qué quiere decir la persona

sin decirlo, y ayudarle así a darse luz a sí mismo. Se refiere a la prontitud con que a través

de pequeños signos, discretas manifestaciones, el director capta inmediatamente lo que se

quiere decir, sin necesidad de largas explicaciones y matizaciones247.

En muchos casos, el éxito de la dirección espiritual dependerá de esta habilidad del

director de leer a las personas. Pues en la medida que se desarrolla la capacidad de leer a la

persona, automáticamente se desarrolla la segunda cualidad, que consiste en infundir

confianza.

Cuando la persona no se sabe en un ambiente de respeto y confianza, encuentra

muchas dificultades para abrir su corazón, le es muy violento descubrirse a sí mismo. Al no

saberse respetada, experimenta una especie de violencia interior que puede llegar a ser

incluso un obstáculo para su crecimiento espiritual.

Cuando el director sabe leer a la persona, le da la oportunidad de ir desvelando sus

secretos más íntimos, y ésta se inclina más fácilmente a manifestar sus propias

245
ESCRIVÁ DE BALAGUER, San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 80.
246
Cfr. MENDIZÁBAL, L. M., La dirección espiritual. Teoría y práctica, BAC, Madrid 1978, p. 82.
247
Cfr. Ibidem, p. 83.
Índice 128

debilidades248. El secreto consiste en poder crear una cordialidad benigna y llena de estima

verdadera. Se cultiva una compenetración, espiritual y serena, con la persona, para que

aparezca un deseo auténtico de conectar con la bondad escondida, pero real, que intuye de

alguna manera en el corazón de la persona. Entendida de esta manera, esta cualidad se

identifica mucho con la habilidad de la empatía.

El director ha de manifestar, en todo tiempo, un interés personal, singular por cada

uno, reconociendo que cada persona es un tesoro, que pertenece sobre todo a Dios; y que es

Dios mismo quien ha colocado a esa persona bajo su cuidado, para que poco a poco le

ayude a redescubrir la acción de Dios, en medio de la pedagogía del sufrimiento. Que

ayude a la persona a reencontrar el sentido del dolor en su vida, y desde una auténtica

compenetración espiritual, le ayude a entrar en su propio interior, en su propio centro, a ese

íntimo lugar que se ha llamado el centro del alma, y desde ahí proyectarse en el dolor desde

sí mismo hacia Dios.

2.5 MAGNANIMIDAD Y CONFIANZA

Todo trabajo de dirección espiritual requiere magnanimidad y confianza, particularmente

con las personas que experimentan el sufrimiento psíquico, campo tan virgen y tan

recurrente, en el mundo de hoy. Mundo en que aún existen muchos camino por abrir y

recorrer. Las personas que experimentan este tipo de sufrimiento, son aun incomprendidas,

más aún, son en ocasiones erróneamente juzgadas. No hay que olvidar que como toda

persona ellas están también llamadas a santificarse, en medio de esa tan concreta y

específica realidad, ante la que nosotros aún experimentamos tanto miedo. Debido a no

saber cómo ayudar a estas personas, las hemos dejado en el abandono.

Ante la realidad del sufrimiento, el trabajo de la dirección espiritual es complejo y

difícil, y con una trascendencia tan grande para la persona que no es raro que el
248
Cfr. Ibidem, p. 84.
Índice 129

acompañante espiritual sienta temor de equivocarse y no saber actuar acertadamente.

Precisamente para estos momentos necesita de magnanimidad y confianza. Puede servir de

motivación personal, recordar, la promesa evangélica: “aquello que hicisteis con el más

pequeño, conmigo lo hiciste”.

Cuando en el acompañamiento espiritual de los que experimentan el dolor psíquico

aparece la tentación del desaliento, es el momento de la magnanimidad. No hay que olvidar,

que en todos los casos y en cualquier momento en el camino espiritual se tiene la impresión

de infructuosidad por años enteros. Sin embargo, hay plantas que solo después de muchos

años producen frutos. No es motivo para renunciar el constatar que algunas personas por

mucho tiempo presentan el aspecto de un campo seco.

La mayoría de los que experimentan el dolor psíquico están influenciados por

diversos matices de su personalidad. En ocasiones pudiera parecer que, en lugar de

progresar, caminan como en círculos, siempre en torno a un mismo lugar. Sin embargo, con

confianza en el Espíritu, si se cultiva y riega esa planta, no hay que dudar que según el

tiempo de Dios produzca sus propios frutos. No hay motivo para que les dejemos solo. Es

mucha la tarea que en este campo queda por realizar.

No son dignos de admiración y alabanza solo los guías espirituales que acompañan a

personas privilegiadas, que puedan dar frutos tangibles, e inmediatos. Bienaventurados

aquellos que se han desgastado en campos difíciles, en tierras agrietadas, sedientas. No hay

que dejar en seguida un trabajo porque no presenta éxito tangible e inmediato, y por tanto,

no produce satisfacción personal. Por el contrario el temor de equivocarse o no dar frutos,

puede ser una manera de asegurar que nos cogemos de la mano de Dios, pues, en definitiva,

es a Él a quien le pertenece la tarea de conducir a las personas, por el camino de sus

misterios. Él tiene su pedagogía propia, que muchas veces resulta difícil comprender.
Índice 130

Basta sencillamente con dejarse guiar por las propias intuiciones, seguros de que será

Dios quien actúe. Basta poner en palabras aquello que se considera prudente delante de

Dios, para que la respuesta sea apropiada a las circunstancias de la persona. Cuando esta

respuesta ha sido concebida como fruto del silencio y la oración, se pone ante Dios para

que la confirme en su paternidad. Sin pretender recibir, por su parte, una justificación

última y metafísica, y de certeza absoluta, ni signos milagrosos que la declaren

infaliblemente auténtica. Basta con confiar y abandonarse como el niño se abandona en los

brazos de su padre, porque sabe que ahí encuentra seguridad. El acompañante espiritual que

sepa abandonarse en Dios y dejarse conducir por Él, estará en condiciones de trasmitirlo al

que acompaña por los caminos del espíritu, y podrá llevarlo hasta la unión con Dios.

2.6 PADRE

Todo director espiritual ejerce un ministerio de paternidad con aquellos a quienes dirige. En

el sentido pleno de la palabra, existe sólo un Padre, que es Dios. El ejercicio de la

paternidad que se vive en la dirección espiritual es una prolongación de la paternidad de

Dios, que se preocupa por sus hijos, y quiere conducirlos hacia él. Todo liderazgo en la

Iglesia es una prolongación del amor de Dios que conduce a sus hijos249.

Dios se hace cercano al hombre en la persona del director espiritual que nos guía. Por

eso, quien se ha encaminado en la tarea de dirigir personas secunda la acción del Señor

haciendo las veces de padre250.

Dios tiene la plenitud; esto designa no sólo la paternidad física sino también la

paternidad espiritual. De la paternidad espiritual participa todo cristiano que ayuda a otros a

encontrar a Cristo en su vida. Muchas veces, esta paternidad espiritual implica los dolores y

fatigas que experimenta un padre al educar a sus hijos. Implica también preocupaciones y
249
JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Redemptoris Custos.
250
Cfr. FERNÁNDEZ CARVAJAL, F., Para llegar a puerto. El sentido de la ayuda espiritual, Palabra,
Madrid 2010, p. 50,
Índice 131

desvelos. Esta paternidad es más plena cuanto mayor es la entrega. Se convierte, a su vez,

en fuente de plenificación para el director mismo. En muchas ocasiones, el cuidado pastoral

de las personas será un motivo para mantener firme la propia fidelidad al Señor. Es un

estímulo para seguir avanzando en el camino de la propia santificación.

A partir de una sana relación de paternidad en la biografía de una persona, será

posible establecer una buena relación de paternidad con el director espiritual y por tanto

con Dios. El que ama verdaderamente, con el amor de Dios, que es Padre, se llena de

alegría cuando ve que las personas progresan espiritualmente en la vivencia de su

paternidad, cuando se abandonan en la profundidad del amor de Dios, que es su Padre.

Cuando descubre que ellos han crecido en sus iniciativas, en la seguridad personal, en sus

habilidades de socialización. Se goza cuando se da cuenta de que cada día son más sagaces

para tomar sus decisiones con audacia, cuando son capaces de proyectarse en la vida con

éxito. Es más, movido por ese amor paternal que siente, cuando ve que alguno, se resiste a

crecer, que no quiere responsabilidades, sabe motivarle, poco a poco, pero con decisión y

firmeza, para que logre desarrollarse y madurar251.

Para aprender a tener un corazón de padre, es necesario contemplar la paternidad

divina, que no se ha reservado nada para sí mismo, nos lo ha entregado todo, para darnos a

su hijo Jesucristo, que se ha encarnado para mostrarnos el camino de nuestra cristificación.

Estamos llamados a tener un corazón de Padre especialmente con los que se

encuentran en una situación difícil, con los que cruzan los desiertos del dolor, la noche

oscura del sufrimiento. Precisamente con ellos estamos invitados a extremar los cuidados,

la comprensión, la misericordia; y, en cada caso de ser necesario, salir en busca de los

caídos, de los fatigados y sin aliento, o de los que se han alejado de la casa paterna, como el

hijo pródigo252, con la cordial ternura y sensibilidad del Padre bueno de la parábola.
251
Cfr. Ibidem, p. 56.
252
Lc 15, 11ss.
Índice 132

Tener un corazón de padre no es lo mismo que ser paternalista. El paternalista guarda,

en lo profundo de sí mismo un deseo de poseer a las personas, olvidando que sólo somos de

Dios, sólo a él le pertenecemos. En nuestra vida todo es un don que proviene de la

providencia de un Dios que es Padre y que ama. El paternalista, simulando tener un corazón

de padre, coarta y suprime la legítima libertad de la persona, y anula su responsabilidad en

la toma de decisiones.

El que asume el ejercicio de su paternidad, con responsabilidad auténtica hace todo lo

que está en sus manos para que las personas que acuden a él, asuman personalmente y

administren con soltura su libertad conforme van creciendo en su vida espiritual. Procura

que no se limiten a ejecutar materialmente lo que otro les dice. Hace de ellos personas

educadas en la libertad y para la libertad, que sean capaces de establecer relaciones

humanas sanas. Que ejerzan en la sociedad un liderazgo que sea reflejo y motor de la

paternidad de Dios, en medio del mundo, en lo pequeño del diario vivir.

2.7 MAESTRO

El director espiritual está llamado a ser un maestro que acompaña en la búsqueda de Dios.

Tiene la capacidad de trasmitir, en tiempo y forma el consejo reposado de la madurez,

fraguada en la contemplación de los misterios de Dios, para fortalecer en el camino de la

vida interior a los que se han confiado a su ayuda. La enseñanza del maestro ha de ser

capaz de articular las palabras precisas, de la manera precisa y en el tiempo propicio, con

asertividad, para ayudar, con la luz del Espíritu, a que la persona avance en el camino de su

santificación en el diario vivir253.

Junto con una adecuada formación humana, es fundamental para el acompañante

espiritual que se cultive y actualice en su formación doctrinal, para estar en condiciones de

253
Cfr. FERNÁNDEZ CARVAJAL, F., Para llegar a puerto. El sentido de la ayuda espiritual, Palabra,
Madrid 2010, p. 56.
Índice 133

prestar un mejor servicio a los que conduce. Se necesita una especial sabiduría para guiar

personas a la intimidad del amor del Señor, que es nuestro Padre; esa sabiduría viene del

mismo Dios; es un don. La tarea de dirección espiritual es disponerse, actualizarse, y Dios

en su providencia pondrá lo preciso que cada persona necesita. Dios es así: actúa con

nosotros y muy a pesar de nosotros.

El que orienta personas, en la espiritualidad y la vida cristiana, que es ascética y

mística, tiene la responsabilidad de profundizar en la doctrina, para hacerla asequible y

práctica, comprensible para todos. Así hacía el Señor con aquellos que se le acercaban.

“Todos entendían y apreciaban sus enseñanzas: se maravillaban de su doctrina pues la

enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas”254.

Jesucristo es la fuente de donde brota toda sabiduría. Si el director espiritual quiere

ser un verdadero gruía, está llamado a estar muy unido al Maestro, quien posee y comunica

toda Sabiduría divina. Sólo él sabe penetrar el corazón de cada hombre; conoce sus

entradas y salidas y el último resquicio del interior de las personas, la profundidad de su

interior, donde él mora, en lo secreto. Es desde allí, la interioridad de lo secreto, desde

donde Dios alecciona a la persona en la escuela del sufrimiento.

Muchas veces será necesario adaptar esta enseñanza a la realidad de la persona que

escucha, a su cultura, a su educación y a las circunstancias precisas por las que atraviesa en

ocasiones, ensombrecida por el sufrimiento. En momentos así, es fundamental trasmitir a la

persona conceptos seguros, ideas claras de Dios, aquilatados por la tradición de los que nos

han precedido. De tal manera que conformen en las personas un bagaje cultural y unos

hábitos que le ayuden a enfocar los acontecimientos de la vida ordinaria, de un modo

cristiano. Que los haga capaces de valorar el sentido de la filiación divina, que permea y

promueve las áreas de socialización de la persona, su encuentro con la cruz, el carácter

254
Mc 1, 22.
Índice 134

santificador y santificante del trabajo, el optimismo, la alegría habitual unida al

revitalizador encuentro con el sufrimiento255.

Es conveniente recordar con frecuencia aquello que es esencial de la verdad sobre el

hombre y la verdad sobre Dios en la vida del cristiano, para que esté siempre en primer

plano, como motor y vértice del diario vivir. Las buenas disposiciones tienden a perder

intensidad y la verdad a oscurecerse. Para esto, tiene gran importancia lograr que la persona

crezca en su familiaridad con la Sagrada Escritura, unida a una adecuada lectura espiritual.

2.8 AMIGO

La amistad que Jesús brindada a los que le seguían estaba dirigida a promover el amor al

Padre, a que la persona mejorara, y que tuviera mejor formación y una mayor santidad. Él

es el modelo en el trato de los que acuden a nosotros en busca de ayuda. El modelo de

relación, que se establece en la dirección espiritual, está basado en la paternidad. Se trata

ante todo de ser guías espirituales de la persona que acude en busca de ayuda. Si además,

en esta tarea en la relación, se alcanza a ser amigos, eso será una bendición, pero

primeramente y ante todo se trata de ser acompañantes espirituales. La persona podrá tener

y encontrar muchos otros amigos en los ambientes en que se desenvuelve, pero no la tarea

de acompañarlo espiritualmente. Por tanto, el modelo de relación ha de girar siempre en

torno a esta verdad.

Cuando en el acompañado, se encuentra a un amigo, se le conduce a Dios; el Señor

Padre Nuestro tiene rostro de amigo. Cristo, su Hijo, es el amigo que nunca falla. El

testimonio de que nos ama está en que abrió sus brazos para ser clavado en una cruz. El

amigo da al amigo lo mejor que posee; por eso nosotros estamos llamados a dar ante todo al

Señor a nuestros amigos.

255
Cfr. FERNÁNDEZ CARVAJAL, F., Para llegar a puerto. El sentido de la ayuda espiritual, Palabra,
Madrid 2010, p. 58.
Índice 135

Quien se ofrece a acompañar espiritualmente no puede olvidar que amistad y caridad

forman una sola cosa. Cuando la amistad es verdadera, y está fundada en la caridad, no son

necesarios grandes esfuerzos para hablar de lo que ocurre en el interior de la persona, para

tocar sus dolores y sufrimientos. La confidencialidad surgirá como algo normal y conducirá

a Dios de un modo sencillo256. La amistad facilita y hace posibles la sinceridad y la

confianza, sobre todo en momentos difíciles. Abrir la intimidad requiere mucho más que un

cúmulo de habilidades que la propicien; requiere la disposición para entrar con el otro hasta

las profundidades de su interior, hasta el umbral de su centro, en el que habita en el secreto

con Dios. Sólo el amor de amistad, nacido de la caridad, es capaz de conducir a esa

profundidad. La intimidad es el santuario donde se habita con el amigo, que sabemos nos

ama. Es en el interior y desde el interior, como puede reconocerse el lenguaje de amor, que

muchas veces viene paradójicamente escrito con sangre, en el dolor y el sufrimiento.

La Sagrada Escritura considera la amistad como algo de mucho valor: un amigo fiel

es poderoso protector; el que lo encuentra ha encontrado un tesoro; nada vale tanto como

un amigo fiel, su precio, es incalculable 257. Los amigos son destellos de amor de Dios

Padre, que camina con nosotros.

Es evidente que la amistad que se origina en la dirección espiritual tiene su sentido

pleno en tanto que es un medio para facilitar a la persona el camino que le conduce hacia

Dios. Es de ahí de donde adquiere toda su hondura y su verdadera razón de ser 258. Cuando

la amistad se conserva en su recto sentido, se evita caer en cualquier especie de

paternalismo, manipulación o cosificación, además de que evita dar una imagen deformada,

y poco noble de lo que es la dirección espiritual.

2.9 BUEN PASTOR

256
Cfr. Ibidem, p. 73
257
Cfr. Ibidem, p. 74.
258
Cfr. Ibidem, p. 75.
Índice 136

En el texto evangélico, Cristo es el Buen Pastor 259, que conoce a sus ovejas por su nombre,

con sus peculiaridades, y las defiende, las protege y las conduce a pastos seguros y

abundantes260. Es tanto el valor de una persona ante los ojos de Dios, que Él no dejará de

poner un solo medio para recuperarla. Es tanta su alegría cuando una persona vuelve a su

amistad y a su cobijo, que este gozo resuena en el mismo cielo.

Al que ha acogido la tarea de acompañar a otros, por el camino de la santidad se le

podrían aplicar las palabras del salmo referidas al Señor: el Señor es mi pastor, nada me

falta… me guía por sendas rectas, pro caminos de justicia, aunque tenga que atravesar por

un valle tenebroso, no temeré ningún mal261. Es una maravilla cuando las personas se saben

guardadas y protegidas por su director espiritual, por su oración, y por la finura con que

trata a cada uno según sus necesidades, con sus propias particularidades, según su modo de

ser; y aún en medio de sus defectos, la calidad de su atención no disminuye ni mengua.

Antes bien, se acrecienta, cuanto mayores son las necesidades, de quien acompaña262.

Aplicable a todo director espiritual, Juan Pablo II decía del sacerdote: “ha de ser

capaz de amar a la gente con un corazón nuevo, grande y puro, con auténtica renuncia de sí

mismo, con la entrega total, continua y fiel, y a la vez con una especie de celo divino263, con

una ternura que incluso asume matices de cariño materno, capaz de hacerse cargo de los

dolores de parto hasta que Cristo sea formado en los fieles”264.

El guía espiritual, como un buen pastor, está invitado a ir por delante abriendo camino

con su ejemplo, en el cumplimiento fiel de sus propios deberes, con su docilidad, ante las

indicaciones que él mismo recibe, en su espíritu de servicio, manifestado en las pequeñas

259
Jn 10, 14.
260
BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret, p. 220.
261
Cfr. Salm 23.
262
Cfr. FERNÁNDEZ CARVAJAL, F., Para llegar a puerto. El sentido de la ayuda espiritual, Palabra,
Madrid 2010, p. 76.
263
2 Cor 11, 2.
264
JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Pastores dabo vobis, n. 22.
Índice 137

grandes cosas de lo cotidiano. Cuando el guía espiritual apacienta a las personas, es Dios

mismo quien las apacienta; es Dios quien apoya al director en sus esfuerzos y desvelos en

bien de las personas; es el mismo Dios quien los guía a la santidad.

La persona que se ha decidido a seguir a Cristo por el camino de la santidad acude en

busca de un buen pastor, que le ayude en las circunstancias concretas de su caminar, bajo

los soportes de la vida espiritual, que son la libertad y la responsabilidad. No llega hasta ahí

solo para ser cargado, pero sí con la confianza de que se ha puesto en las manos de alguien

que es capaz de comprometerse a llevarle sobre sus hombros, y a ungirle y curarle las

heridas cuando fuera necesario; capaz de quitarle las escamas de los ojos, y llevarlo de la

mano, como un lazarillo, hasta que pueda ver, y no abandonarle, como el mercenario

cuando ve venir al lobo.

3. LA DIRECCION ESPIRITUAL ANTE SITUACIONES DE SUFRIMIENTO.

La dirección espiritual es ante todo un servicio de escucha. Implica una relación entre

personas. La herramienta fundamental, con la que cuentan el director y la persona que ha

solicitado su acompañamiento, es la palabra. Por tanto, podría decirse que el servicio de la

dirección espiritual es esencialmente un servicio de la palabra; se vale de la palabra para

ayudar a emerger, a dejar salir al exterior, la interioridad de la presencia, su esencia, su yo

profundo, su centro, su morada interior.

En este apartado se pretende especificar algunos de los rasgos precisos en el perfil

del director espiritual, que se ha dado a la tarea de acompañar a los que experimentan el

dolor y el sufrimiento. Gran parte de lo que se dice acerca de estos rasgos, virtudes o

características, de alguna manera han sido ya presentadas en epígrafes anteriores. Se vuelve

ahora a ellos de manera deliberada, no tanto para aportar cosas nuevas, sino para matizar en
Índice 138

estas virtudes las características que, en nuestra opinión, deben atenderse con mayor

atención en el ejercicio del acompañamiento espiritual a quienes sufren.

La teología de la palabra parte de Jesucristo; que es la Palabra de Dios hecha carne.

Es el Verbo eterno de Dios, que ha venido a poner su tienda entre nosotros. Pensar en el

Verbo nos traslada automáticamente a las narraciones de los orígenes o de la creación en el

libro del Génesis. La palabra, pronunciada por el Padre creador, trajo las cosas de la no

existencia a la existencia; separó la luz de las tinieblas, y trajo a la existencia de la nada,

cuanto fue creado en el universo.

Así como la palabra creadora del Padre hizo emerger todo cuanto existe, de forma

similar, tanto el director como la persona, permiten que, por la palabra y la escucha, se

pueda llegar al centro de la persona, a su esencia; y, por tanto, al Dios Trinitario que ahí

habita. Este encuentro se hace realidad por el ministerio de la palabra, desarrollado en la

dirección espiritual.

El hombre que se pone al servicio de la palabra para ayudar a otros ha de dejar

emerger su esencia; lo hace en alianza con su Creador es su colaborador, en el

perfeccionamiento y desarrollo de la obra que Dios ha creado. El libro del Génesis, narra

cómo después de que Dios había puesto al hombre en medio del jardín, llevó ante Adán a

los animales y las cosas, para que les impusiera un nombre, y, desde entonces, ellas llevan

el nombre que Adán, el hombre, les había dado. De esta manera, el hombre se convertía en

colaborador de Dios, en la perfección de la obra de la creación.

Este ministerio de la palabra implica algunos principios o coordenadas para auxiliar a

las personas que experimentan el dolor y el sufrimiento. En este apartado, se intentará

desarrollar en qué consisten algunos de estos principios.

3.1 SABER ESCUCHAR.


Índice 139

La relación de dirección espiritual presupone que tanto el director como el dirigido son

capaces de una cierta auto intimidad, que reconocen sus diferencias fundamentales; que

tienen la capacidad y saben escucharse mutuamente. Es una labor de escuchar juntos a

Dios, que habita en ambos, y de reconocer sus mociones, su voz; tratar de entender qué está

pidiendo en la vida del dirigido.265

En la Sagrada Escritura, se encuentran abundantes pasajes en los que el Señor, suplica

constantemente a su pueblo que le escuche: escucha oh! Israel 266; escuchad mi voz, yo seré

vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo267; Éste es mi Hijo, muy amado, escuchadle 268; el

Espíritu Santo dice: si hoy escucháis su voz, no endurezcáis vuestro corazón 269; dejad que el

que oiga, diga, ven.270

En la Escritura, los dos verbos, que expresan la acción de escuchar, son el hebreo

shama, y el griego akomo. Es probable, que en sus orígenes, los dos significaran

simplemente el hecho de recibir sanciones por medio del oído. Pero, poco a poco, estos

verbos fueron adquiriendo un matiz más espiritual y teológico. Llegaron a poner el énfasis

en la idea de escuchar a alguien, a una persona. 271 En ocasiones, se pueden oír ruidos,

sonidos, voces, en lugar de a personas. Hace falta una verdadera escucha, que disponga a

un encuentro auténtico de personas humanas.

La escucha denota comunión de personas. En ocasiones, la escucha puede ser tan

personal e íntima que no necesita de palabras. Es como una especia de empatía, por la que

dos personas están entrañablemente unidas, sin que necesariamente, haya que decir, oír, o

265
Cfr. NEMECK, F. K., COOMBS, M., El camino de la dirección espiritual, Ed. de espiritualidad, Madrid
1987, p. 78
266
Dt 6, 4.
267
Jer 7, 23.
268
Mc 7, 14.
269
Heb 3, 7.
270
Ap 22, 17.
271
Cfr. NEMECK, F. K., COOMBS, M., El camino de la dirección espiritual, Ed. de espiritualidad, Madrid
1987, p. 80.
Índice 140

hacer nada. Este es el tipo de escucha que busca desarrollase en los encuentros de dirección

espiritual; escuchar de esta manera lleva consigo la aceptación del otro, la acogida. Es una

acogida sin prejuicios ni expectativas, acerca del otro, con la única intención de caminar con

el otro, como hermano en la fe, para descubrir juntos el plan de Dios. También para

adentrarse en la escuela del sufrimiento y conocer la pedagogía de Dios.272

Al escuchar, se vive sencillamente el hecho de nuestro amor al Señor. El escuchar es

como una entrega incondicional al Padre; es clamar Abbá, es dar lo más profundo de

nuestro ser a Aquél cuya profundidad no tiene límites, no se agota. Es un acto de abandono,

una donación de amor de todo el ser a Dios, sin necesidad de palabras, ni de figuras

racionales. Es decir, la escucha es la actitud del corazón, por la que aquello que es más

íntimo y misterioso en la persona, permanece en atención amorosa ante aquello que es más

íntimo y misterioso en Dios. 273

La escucha hace referencia a la filiación divina. Escuchar a Dios es la postura propia

que adopta un hijo en la relación con su padre. Al escuchar, se vive sencillamente el

misterio del amor de Dios, que es Padre y nos ama. Es una escucha atenta, diligente y llena

de ilusión. No es que en ella se espere algo, se espera a alguien; ese alguien es el mismo

Dios, nuestro Padre celestial, que se manifiesta en los más íntimos secretos de la escucha,

amando y siendo amados por el amado.274

El verdadero contemplativo no es el que prepara su mente para recibir un mensaje

concreto, que espera oír; es aquél que permanece vacío, en un vacío fértil, porque sabe que

jamás puede vislumbrar aquella palabra que transforma en luz su oscuridad. 275 Hay

momentos en que tanto el guía espiritual como el dirigido experimentan, con profunda paz

y gozo, la presencia de Dios; se manifiesta particularmente en inspiraciones concretas,


272
Cfr. Ibidem, p. 80.
273
Cfr. Ibidem, p. 81.
274
Cfr. Ibidem, p. 81.
275
Cfr. Ibidem, p. 82.
Índice 141

palabras, intuiciones, en todo tipo de sentimientos rectos, interrogantes e inquietudes. Sin

embargo, en otros momentos, ambos sienten su aparente ausencia, su aparente silencio para

los sentidos externos. En momentos así, experimentan confusión, incertidumbre y conflicto.

Lo conveniente es que ambos permanezcan en una continua actitud de escucha de Dios. Ni

siquiera en los momentos en que se cruzan los desiertos del sufrimiento, ni tampoco en la

oscuridad aparente de las noches del dolor, debería interrumpirse su actitud de escucha.

Antes bien, ambos han de permanecer con vigilante esperanza ante la llegada de la luz,

seguros de que, después de cada noche, viene el amanecer.

Atentos de verdad a Dios, los hombres están libres de todo deseo de sentir, de

conocer, de tener en las propias manos el control de todo, como están cuando no se

abandona del todo a Dios. Entonces se está mejor dispuesto a recibir cualquier orientación

que el Espíritu quiera mostrar, ya que esta actitud del corazón implica una búsqueda de la

verdad de Dios.276 Implica estar dispuestos a caminar aunque no se vea claro el camino;

implica tener seguridad en la meta sin importar el camino en sí mismo; implica estar

dispuesto a continuar caminando en la oscuridad del sendero, mientras al final se vea brillar

la luz; se sabe hacia quien se dirige el corazón. Es confiar en aquello que dice la Escritura,

poner el corazón en Dios, y todo lo demás se dará por añadidura. 277

Dios es el fundamento de nuestro ser, y de nuestro existir. Habita en la interioridad;

a esta inhabitación de Dios en el corazón humano es hacia la que ha de conducir toda

dirección espiritual; la esencia de la dirección espiritual se da en la interioridad, donde

habita Dios. Es precisamente desde dentro donde El continúa recreándonos. El ministerio

de la palabra es realidad teológica y, a la vez, instrumento para lograr que emerja la vida de

Dios, desde el interior del corazón del hombre. De ahí que la dirección espiritual deba

buscarse en el interior de cada persona; cada uno lleva ya en sí mismo una ‘dirección’

276
Cfr. Ibidem, p. 83.
277
Lc 12, 31.
Índice 142

espiritual; basta adentrarse en el arte de dejarle emerger y ponerle todas las condiciones

para que se desarrolle.

Cuando en el silencio, uno se adentra y desciende a sí mismo, hasta lo más hondo

del propio ser, descubre al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo, que habitan ahí. Es decir, se

conoce a Dios en la medida que uno se reconoce como conocido por Él. Se posee a Dios en

la medida que se sabe poseído por Él hasta lo más profundo del ser.

Para el dirigido, la dirección espiritual brota de la escucha de Dios, primeramente en

su propio corazón, y después a través del director. Por tanto, el director ofrecerá a la

persona orientaciones sólo como consecuencia de haber escuchado a Dios, en y a través de

la persona misma del dirigido; pues es en el interior de cada uno donde Dios muestra la

pedagogía del sufrimiento, capaz de llevarnos al centro del alma.

3.2 EMPATIA.

Dentro de la dirección espiritual, entre el director y la persona se establece una peculiar

relación interpersonal, que requiere de la empatía. Deben entrar en el corazón del otro con

absoluto respeto. Para que una dirección espiritual funcione bien, requiere de una genuina,

normal, y espontánea relación humana.278

La actitud que adopta el director será una condición fundamental, para que se pueda

alcanzar una relación empática. Su modo de estar ante el otro, su tono de voz, los gestos de

su cara, entre otros, irán marcando la pauta, para poder llegar a una empatía profunda.

El director debe mostrarse y actuar con naturalidad, tal y como es, sin posturas

prefabricadas ni fingimientos. Con sinceridad, apertura, receptividad, y sin auto defensas,

se ayuda a crear un clima de confianza, que propicie en el otro la manifestación intima del

278
Cfr. NEMECK, F. K., COOMBS, M., El camino de la dirección espiritual, Ed. de espiritualidad, Madrid
1987, p. 215.
Índice 143

corazón. Una persona no puede sentirse a gusto, ni cómodo, ante la presencia de alguien

que no ha sido capaz de reconocer las múltiples facetas de su propia personalidad. Por tal

motivo, es muy importante que el director se mantenga en constante crecimiento.

La libertad de ser y parecer ante el otro tal como es brota del abandono en las manos

de Dios, por la fe. Cuanto más fuerte se va haciendo la personal dependencia de Dios, más

sencilla y serena, se vivirá, la empática manifestación del corazón.

Es importante que el director espiritual sea capaz de presentarse y estar ante el otro

tal y como es. Será capaz de ser y aparecer de verdad cordial, atento y acogedor ante el

otro. Aunque estas cualidades se manifiestan, evidentemente, en sus gestos y palabras,

donde se hacen patentes, con mayor transparencia, es en su porte, en su manera de estar

ante el otro, y en sus actitudes.279

Cuando la persona no está dispuesta a manifestarse tal y como es ante su director

espiritual, con toda franqueza y transparencia, es enormemente difícil, por no decir

imposible, que emerja una sana dirección espiritual. El director que tiene la capacidad de

ser auténtico, provoca muchos beneficios en la persona; le inspira un profundo sentido de

seguridad y confianza, que le ayuda a mostrarse tal cual es, a manifestar su interioridad. Es

decir, se da una espontaneidad y creatividad que caracteriza su relación. Es el juego del

continuo compartir de ambos aspectos de sus respectivas personalidades. Estos aspectos no

sólo incluyen lo que es más íntimo de cada uno, sino, además, sus características

temperamentales, su manera de ver y de estar frente al mundo, sus peculiaridades, sus

virtudes y sus defectos.

En la dirección espiritual, se establece una relación de empatía profunda; ahí emerge

la verdad del propio ser, la verdad sobre cada uno. Tanto el director como la persona deben

poner atención acerca de lo que está sucediendo en cada uno, en la interacción personal
279
Cfr. Ibidem, p. 218.
Índice 144

entre ambos. Tienen que reconocer y admitir lo que en realidad sienten el uno por el otro, y

aceptarlo. Sólo así podrán resolver cualquier dificultad en la comunicación.280

La empatía en la dirección espiritual provoca que la persona manifieste su corazón,

que con franqueza deje salir al exterior lo que hay en él. En una dirección espiritual seria no

hay expectativas predeterminadas o autoimpuestas de antemano; basta con la manifestación

sencilla y veraz del corazón, para identificar la acción de Dios en la vida del Espíritu, en el

camino del sufrimiento.

San Francisco de Sales aconseja, algo que puede ser fácil de identificar con lo que

es la empatía: “abre tu corazón al director espiritual, con toda sinceridad, manifestándole

fielmente, cuanto hay en el de bueno y de malo, sin fingimientos ni paliativos; de este

modo, tus buenas obras, serán examinadas y aprobadas, y tus malas acciones, serán

corregidas y remediadas. Tú serás aliviada y fortalecida en tus aflicciones, y regulada en tus

consuelos. Pon en el toda tu confianza”.281

Simbólicamente el corazón es la sede de las emociones y los sentimientos. En

sentido bíblico, el corazón denota a la persona entera, pero con especial énfasis en el

aspecto más hondamente afectivo de nuestro ser.282 El corazón es el asiento de la sabiduría

y la fuente del conocimiento. Es el lugar propio de la voluntad y el manantial de donde

brota toda conducta moral. Es dentro del corazón donde Dios mismo tiene su morada. Es a

este lugar adonde el director espiritual puede reconducir a la persona, que ha sido dividida

en su interior, desintegrada, con las heridas que le ha ocasionado el sufrimiento. Un diálogo

empático es el camino seguro para conducir a la persona a esta profundidad de la actividad

del Espíritu en su ser.

280
Cfr. Ibidem, p. 221.
281
FRANCISCO DE SALES, S., Introducción a la vida devota. 1, 4.
282
Cfr. NEMECK, F. K., COOMBS, M., El camino de la dirección espiritual, Ed. de espiritualidad, Madrid
1987, p. 88.
Índice 145

El corazón es el espacio donde Dios nos recrea, a su imagen y semejanza,

purgándonos y transformándonos en nuestro itinerario de vida espiritual. El corazón es el

lugar de la renovación; por eso dice la Escritura, “les daré un corazón nuevo, y les infundiré

un espíritu nuevo; arrancaré de ustedes el corazón de piedra, y les daré un corazón de

carne.”283 “Como una madre que a sus hijos consuela, así los consolaré yo”. Sin embargo, el

corazón humano es también la fuente de muchos sufrimientos. En el fondo de cada corazón

existe una paradoja; es Cristo el que vive en nosotros aun en medio de nuestras debilidades;

nos movemos en Cristo pero no gozamos aún de la plena transformación en Él. San Pablo

capta muy vivamente este conflicto interior, cuando afirma “aun queriendo hacer el bien, es

el mal, el que se me presenta. Me complazco en la ley de Dios, según el hombre interior;

pero advierto otra ley en mis miembros, que lucha contra la ley de mi corazón.”284

La persona que se sabe acogida con empatía es capaz de abrir el corazón con toda

sinceridad y llaneza, sabiendo que, al hacerlo, se ha iniciado en un camino que le ayudará a

ver la realidad con una perspectiva muy diferente. Dada la singularidad y originalidad de

cada ser humano, toda persona manifiesta algo de Dios, que es totalmente único. Cada uno

tiene algo que decir de Dios, que nunca se ha dicho, y que jamás se repetirá exactamente

del mismo modo. En la dirección espiritual, la manifestación del corazón es, sin duda

alguna, un instrumento importantísimo para el discernimiento del proyecto de Dios en la

escuela del sufrimiento; sin embargo, a pesar de ser tan esencial, resulta para muchos algo

sumamente difícil. Pero no es imposible.285

3.3 COMPRENDER.

El director espiritual ha de fiarse en todo momento de la caridad de Cristo, manifestarla en

cada uno de los encuentros. La caridad de Cristo puede llevar a los que guían a imitar al
283
Ez 36, 26.
284
Rom 7, 22-23.
285
Cfr. NEMECK, F. K., COOMBS, M., El camino de la dirección espiritual, Ed. de espiritualidad, Madrid
1987, p. 93.
Índice 146

Maestro. A comprender con todos sus defectos a la persona que acompaña; a tener un

corazón grande ante sus flaquezas, a no escandalizarse nunca de nada, ni siquiera a dar la

impresión de sorpresa, cuando surja algo que se aleja de lo ordinario. Cada persona debe

tener conciencia de que se le trata como a una joya única. 286 Cada persona debe saber que

se le reconocen las posibilidades de recomenzar, aún en medio de las caídas.

Cuando una persona se sabe comprendida, es también capaz de dejarse amar por el

amor del Padre, que la acoge y levanta aún en medio de sus flaquezas. Saberse amada la

dinamiza. Además, se evita que pueda experimentar sensación de soledad, de sentirse

incomprendida, que, en el fondo, equivale a no sentirse querido. Cuando se comprende a

una persona, es más fácil quererla tal y como es; es más fácil conocer la situación real de su

interior. Se procede con mejor acierto a facilitarle las herramientas que requiere para

avanzar confiado y con éxito, en la oscuridad de la noche. Dice Santo Tomás: “el que ama,

no se contenta, con una aprensión superficial de la persona amada, sino que se esfuerza por

profundizar en cada una de las cosas que pertenecen al que quiere y así penetra en su

interior”.287

El Señor Jesús no despidió a los que lo seguían porque tuvieran defectos; antes bien,

tiene paciencia. Afirma que el Hijo del Hombre no apagará la mecha que aún humea, ni

romperá la caña, resquebrajada por el viento.288 Su misión consiste en escudriñar en el

corazón del hombre su dolor, y su tiniebla, para sacarlo a la luz. El Señor no quiere los

defectos, pero se sirve de ellos, al igual que el pintor se sirve de tonos oscuros para que

resalte la luz en su obra. En definitiva, las faltas pueden servir para afianzar la vida interior,

sobre cimientos más seguros.289

286
Cfr. FERNÁNDEZ CARVAJAL, F., Para llegar a puerto. El sentido de la ayuda espiritual, Palabra,
Madrid 2010, p. 139.
287
TOMÁS DE AQUINO, S., S. Th., I-II, 9.28, a.2 c.
288
Mt 12, 20.
289
Cfr. FERNÁNDEZ CARVAJAL, F., Para llegar a puerto. El sentido de la ayuda espiritual, Palabra,
Madrid 2010, p. 138.
Índice 147

Movido por la caridad, el acompañante espiritual podrá unirse al otro, caminar

juntos hacia las profundidades de su corazón, y descubrir la parte de bondad que existe en

el corazón de la persona, que, ensombrecida por el sufrimiento, no le permite verse a sí

misma tal cual es, reconocer la vida de Dios que habita en él.

Comprender es también no ver como falta o defecto aquello que, en realidad, no

pasa de ser sólo un gusto o una opinión diferente. Comprender implica la capacidad de ver

los defectos en el conjunto de las buenas cualidades, sin totalizarlos; y, mucho menos, en

ser abarcante por medio de ellos. La comprensión se manifiesta en tener siempre una

actitud positiva frente a los demás; especialmente, cuando se encuentran entre las ataduras

del sufrimiento. Es ponerse frente al que sufre, reconociendo de antemano sus deseos, y el

sin fin de sus posibilidades.

La verdadera comprensión lleva consigo una actitud abierta, acogedora, capaz de

abrirse al otro, cuando está sumergido en el dolor y ha perdido el rumbo, la confianza y la

fe de que puede hacerse cargo de sí mismo. Implica apreciarlo de verdad cuando más lo

necesita. La verdadera comprensión no se lleva a cabo movidos o apoyados sólo en

determinadas teorías de la psicología, sino afianzándose en la caridad de Jesucristo; de lo

contrario sería empobrecerla. La caridad se hace vigente en cada situación concreta de la

vida de la persona, y es capaz de ir más allá de vacías palabras bonitas, dulzonas. La

verdadera caridad hace comprender al otro desde su centro; obliga a cambiar la mente

encerrada egoístamente en la persona, y salir hacia las necesidades del otro, ver su mundo

desde su propio sistema, y desde sus valores, para poder enriquecerse mutuamente.

Cuando alguien se siente comprendido, es más fácil que se deje ayudar y se anime a

luchar por la verdad. La comprensión lleva a entender que, cuando hay luchas, las personas

mejoran con el tiempo, que la persona es un ser inacabado que se va haciendo a sí mismo;

todos tenemos ante Dios la posibilidad de comenzar y recomenzar, e ir cada día de bien en
Índice 148

mejor. La comprensión lleva frecuentemente a tener calma, sin dejar de señalar los

remedios oportunos, en el momento más indicado; a exigir sin abrumar a las personas; a

reconocer que la santificación personal es como la semilla puesta en la tierra, que crece y

da frutos a su tiempo.

Muchas veces las personas no saben expresar con claridad algunos aspectos de su

vida interior, y esto sucede porque aún no son suficientemente conscientes de ellos. Cuando

el director es comprensivo, no violenta a las personas. Simplemente basta con que les ayude

a ser transparentes en todo momento. Si de verdad desean escuchar, ya se irá revelando eso

que necesitan conocer de sí mismos. Sea porque el Espíritu lo revele en su interior, o sea

porque el Espíritu se valga de su director espiritual para hacérselo ver.290

La comprensión ayuda a que la persona sea sencilla y clara en la manifestación de

su corazón al presentar las cosas como son, sin entrar en largas y complicadas

explicaciones. La mayoría de las veces, la excesiva verborrea es una necesidad de auto

justificación y de querer manipular lo que se quiere que el otro comprenda de uno mismo,

sin manifestar el verdadero yo. Ante situaciones como éstas, la sana dirección espiritual se

hace muy difícil de llevar. Es aconsejable mostrar a la persona los momentos en que estas

situaciones se presentan para ayudar a evitarlas, y facilitar el progreso espiritual.

3.4 SER PACIENTES.

Es necesaria la paciencia en la dirección espiritual, en tanto que se trata de personas

inacabadas, personas que se van autoconstruyendo a si mismas, según las inspiraciones del

Espíritu. Se es paciente con las personas cuando se tiene conciencia de que el camino de la

santidad implica un empeño, arduo y constante, en alcanzarla, en rehacer el don que se nos

ha entregado en las manos por parte de Dios. Muchas veces, en el desarrollo de la vida del

290
Cfr. NEMECK, F. K., COOMBS, M., El camino de la dirección espiritual, Ed. de espiritualidad, Madrid
1987, p. 190.
Índice 149

espíritu en la persona, se dan retrocesos, negaciones o estancamientos; sin embargo, con la

paciencia que brota de la caridad, con paz y ciencia, se dan los frutos a su tiempo. El

director espiritual está llamado a seguir los pasos de Jesucristo que fue paciente ante los

defectos de sus discípulos, con su falta de entendimiento, e, inclusive, con sus retrocesos.

Cada persona tiene su tiempo, cada uno tiene su paso, y hay tantos ritmos diferentes

como personas existen; cada uno es único e irrepetible, y el Señor actúa en cada uno,

partiendo de su autenticidad y de su individualidad. Todas las personas tiene su propio

tiempo; por eso dice la Escritura: “Todas las cosas, tiene su tiempo; todo lo que está debajo

del sol, tiene su hora”.

Existe una gran diferencia entre ser paciente, y ser permisivo con la persona. Es

indiscutible que, ante ciertos retrocesos o estancamientos de la vida espiritual, el director ha

de ser paciente con la persona; sin embargo, cuídese en todo momento de que no esté

pasando el dirigido por ciertas resistencias, de alguna manera voluntarias, para ocultar

alguna verdad sobre si mismo. Éstas pueden ser el centro y la clave para el progreso en el

conjunto de toda la vida en el espíritu. Cuando algo se oculta voluntariamente, la persona

recurre a todo tipo de artificios, resistencias, o a los ya tan conocidos mecanismos de

defensa, para protegerse a sí mismo y no ser descubierto con respecto a su rectitud de

intención. Puede la persona incluso hacer uso de la transferencia o de la

contratransferencia, propias de la psicoterapia, para pretender responsabilizar, de cualquier

manera, al director, de su estancamiento.

En momentos de resistencia al progreso en la vida del espíritu, el acompañante, lleno

de prudente caridad, ha de reflejar en todo momento el estado interior del corazón de la

persona; dejar en sus manos en todo tiempo la grandeza de su libertad. Manifestar que le

acompaña por y con amor pero que, precisamente en nombre de ese amor, no se permitirá a

sí mismo hacer alianzas con el pecado. Si fuera necesario, ha de estar dispuesto a dejarlo ir.
Índice 150

Si descubriera que para ambos es importante buscar a otro guía espiritual, no ha de tener

temor de hablar abiertamente, para permitir que brille la luz de la verdad divina.

Al Señor no le desalientan las faltas de correspondencia de los hombres; el guía

espiritual ha de pedir el don de la paciencia, inspirándose en Jesucristo, que no nos

abandona en el momento de las dificultades y espera pacientemente, junto a las flaquezas,

hasta arrancar del corazón del hombre sus frutos. Él conoce y confía en la capacidad de

cada uno, y, ante la debilidad, no da a nadie por perdido; confía en todos aunque no siempre

hayamos correspondido a sus esperanzas. Aun cuando nos vea sumergidos en la noche del

dolor, atrapados en las garras del sufrimiento, caídos y maltrechos ante las adversidades, Él,

como buen samaritano,291 viene hasta nosotros, hace misericordia con nosotros, nos levanta,

nos pone en su cabalgadura, nos conduce a un puerto seguro, y nos cura las heridas, las

enfermedades y dolencias; todo según el tiempo de Dios y no el del hombre.

El Señor Jesucristo nos da un inefable ejemplo de paciencia, cuando ante las

muchedumbres, que se le acercaban afirma que viendo, no miran, y que oyendo, no oyen, ni

entienden.292 Pero a pesar de todo, le vemos incansable en su predicación, recorriendo todos

los caminos, acortando todas las distancias. Ni siquiera los doce que le acompañaban

mostraron un gran aprovechamiento de sus enseñanzas; les decía en la víspera de su pasión,

“tengo aún muchas cosas que enseñarles, pero aún no las pueden comprender”. 293 Contaba

con sus defectos, con su modo de ser. Más tarde, cada uno a su manera será un testigo fiel

de Cristo y de su Evangelio.294

El director espiritual tiene en cuenta que el Señor ha previsto los momentos y el

modo de santificar a cada uno, respetando su integridad y su manera peculiar de

291
Cfr. Lc 10, 25ss.
292
Cfr. Mt 3, 13.
293
Cfr. Jn 16, 12.
294
Cfr. FERNÁNDEZ CARVAJAL, F., Para llegar a puerto. El sentido de la ayuda espiritual, Palabra,
Madrid 2010, p. 143
Índice 151

corresponderle.295 Al acompañante le corresponde ser un buen canal de la gracia para

facilitar siempre la acción del Espíritu Santo. Es decir, promover que las personas aspiren a

metas de santidad, cada vez más altas. La paciencia que se requiere para esta labor es parte

de la fortaleza y de la humildad; se acomoda al ser de las cosas; respeta el tiempo y el

momento de cada uno, sin rompimientos; toma en cuenta las limitaciones propias del

acompañante, y las de los demás, para realizar en el corazón humano la obra del Espíritu

divino.

La paciencia no es un simple rasgo de carácter, sino por encima de todo un don de

Dios. Está íntimamente relacionada con las virtudes teologales de fe, esperanza y caridad.

Para la dirección espiritual, la paciencia es absolutamente imprescindible. Es el Señor

mismo quien quiere que tengamos la paciencia del sembrador, que ha puesto su semilla

sobre el terreno preparado previamente, y, siguiendo el ritmo de las estaciones, se dispone a

recoger los frutos a su tiempo, esperando el momento oportuno, sin desánimo.

Muchas veces, la dirección espiritual consiste también en ir tirando de los demás, con

tranquilidad y cariño, con el tira y afloja de cada día, dándole al otro lo que necesita en cada

momento, y en las dosis convenientes, sin olvidar que el destino final es la santidad, y que

el Señor, de ordinario, no concede todas las gracias de una sola vez.

Cuando el director se deja atrapar por la impaciencia, corre el gran riesgo de destruir

con un impulso repentino todo aquello que le ocupó edificar, con sumo cuidado, durante

mucho tiempo. Por la impaciencia se pierde la virtud de la caridad, y se puede dar lugar a

que la persona se aleje precisamente en el momento, en el que necesitaba más ayuda. La

misión del acompañante espiritual es facilitar el camino y hacerlo todo más fácil.296

3.5 CONOCER A LA PERSONA.

295
Cfr. Ibidem, p. 144
296
Cfr. Ibidem, p. 148
Índice 152

Para tener cierta garantía o seguridad, muy humana por cierto, de que la dirección espiritual

puede llevarse con éxito, es importante desarrollar la capacidad de conocer a las personas

con profundidad, y también su entorno, su ambiente, su manera de pensar y proceder ante

determinadas circunstancias. Es decir, hacerse una visión integral de la personalidad del

dirigido, de sus fuerzas y debilidades, de sus oportunidades y amenazas. Tratando siempre

de no cruzar el umbral de los aspectos que no son de su incumbencia.297

El Señor Jesús conocía bien a los que se le acercaban, y trataba a cada uno de acuerdo

a sus circunstancias, a su formación, a sus necesidades. Sin ideas preconcebidas, partía del

aquí y el ahora de cada persona. No tenía una misma receta para curar a todos, ni procedía

de acuerdo a una sola medida para todos. El diálogo que entabló con Nicodemo, cuando fue

a verlo de noche, es totalmente distinto, al que utilizaba en las parábolas para dirigirse a la

gente sencilla. Es decir, con formas diversas se hizo entender por todos.298

En la dirección espiritual, es indispensable no aplicar reglas genéricas; cada uno es

como es, y así es importante tratarlo; es necesario poner todos los medios requeridos para

conocer a la persona a profundidad.

Al conocer a la persona y sus diferentes dimensiones de socialización, se cuentan con

muchísimas herramientas para auxiliarle a esclarecer su proyecto de vida y disponerle más

a la escucha de Dios. Es posible ayudarle a identificar el origen y desarrollo de las

experiencias del dolor en su vida, y conducirle en el dolor al centro del alma; redescubrir el

sentido del sufrimiento en la propia vida.

Es de gran ayuda, dentro de la dirección espiritual, dedicar algún tiempo a hacerse,

poco a poco, una idea de conjunto sobre la manera como se ha manifestado la acción de

297
Cfr. Cfr. NEMECK, F. K., COOMBS, M., El camino de la dirección espiritual, Ed. de espiritualidad,
Madrid 1987, p. 95
298
Cfr. FERNÁNDEZ CARVAJAL, F., Para llegar a puerto. El sentido de la ayuda espiritual, Palabra,
Madrid 2010, p. 149
Índice 153

Dios en la vida de la persona, a lo largo de toda su historia. Es decir, darse tiempo para ir

descubriendo cómo ha sido la acción del amor transformante de Dios a través de todos los

acontecimientos de su vida.299 Tener la capacidad de leer la vida de la persona desde una

visión panorámica ayuda enormemente a discernir el paso del Espíritu por la vida de la

persona. Cuanto mejor se conoce su historia, se estará mejor preparado para escuchar las

mociones de Dios en el momento presente.

A la luz de todo el conjunto, de toda la historia de vida de la persona, el acompañante

espiritual puede interpretar más acertadamente el significado de un acontecimiento

particular, o el sentido de ciertos cambios internos, por los que atraviesa la persona, y

ubicarlos con acierto, de acuerdo al proyecto de Dios.

Con el transcurso del tiempo, se pueden explorar detenidamente algunos aspectos de

la vida de la persona; sin ser intrusivo, ni abarcante, ni invadir, libres de todo deseo de

manipulación. La intención de esta exploración es la de descubrir más a fondo el

significado de ciertas experiencias ya vividas, y de ayudar a solucionar dificultades

actualmente dolorosas, que estén muy relacionadas con vivencias del pasado. Estos

momentos se corresponden por lo general, con las fases normales del desarrollo humano,

desde su crecimiento, hasta su envejecimiento.300

3.6 ENSEÑAR A LUCHAR.

Cuando el director espiritual se preocupa por enseñar a luchar a la persona, se ocupa en

ayudarlo a crecer y profundizar en una serie de conocimientos fundamentales en la fe; en

enseñarle cómo vivirlos en el ambiente en el que cada uno se desenvuelve, con las

dificultades familiares y profesionales propias de cada uno. Una buena preparación

299
Cfr. Cfr. NEMECK, F. K., COOMBS, M., El camino de la dirección espiritual, Ed. de espiritualidad,
Madrid 1987, p. 105
300
Para profundizar sobre el tema, véase ZAPATA, R., La salud mental y sus cuidados, EUNSA. Pamplona
2010.
Índice 154

doctrinal está en la base de toda buena dirección espiritual. Aunque no basta con enseñar la

doctrina, ni basta con facilitar los conocimientos fundamentales de la fe; es necesario

también educar la voluntad.

Esta enseñanza debe comenzar ordinariamente por mostrar los aspectos básicos del

amor de Dios, para sumergir a la persona en la maravillosa experiencia de la filiación

divina. La idea de lucha va profundamente unida a la vida cristiana. Cuando una persona va

creciendo en la docilidad de la escucha de Dios, va creciendo también en el deseo de hacer

la voluntad del Señor en todo, siendo dócil al Espíritu Santo.

Es importante fomentar en la persona el sentido de la voluntad de Dios como medida

de comportamiento. Este es el fin de toda dirección espiritual; las metas intermedias han de

ser asequibles y proporcionadas a cada uno, procurando siempre ir en aumento; en el deseo

de querer lo que Dios quiere, luchando en lo pequeño, hasta llegar a amar la Cruz del

Señor, los momentos de Getsemaní en la propia vida. Crecer en la capacidad de encontrar el

rostro de Dios, cuando se atraviesa por una grave o penosa enfermedad; cuando callada,

pero hondamente, duelen los gritos del alma; cuando se ha experimentado el abandono,

hasta de los propios padres; la deshonra, etc., y también cuando se pasa por las

inclemencias de la espesura, de la oscuridad interior… en fin, en todas aquellas decisiones

que cambian el rumbo de la propia vida. Enseñar a luchar es la tarea, concientes de estar en

las manos de un Padre que, en medio de las luchas y de las pruebas, se mantiene

inamovible en lo secreto del interior, que no se muda, que en absoluta fidelidad Él es el

Dios que no guarda silencio, ni hace oídos sordos al clamor de los que ama.

3.7 CRECIMIENTO INTEGRAL.

El crecimiento integral tiene en cuenta todas las dimensiones de la persona humana,

espiritual, humana, social, especifica, y cósmica. Toda dirección espiritual comprometida


Índice 155

en el crecimiento sano de una persona ha de preocuparse por el desarrollo integral, que

incluya cada una de estas dimensiones.

La persona es un proceso dinámico de relaciones, abierta siempre al futuro, no

determinada, pero sí condicionada por el pasado. Desde pequeños se incorporan a través de

las dimensiones de relación una serie de elementos, cualidades y características, que

influyen en las decisiones. Es necesario conocer mejor la condición humana para así poder

crecer más y mejor en la madurez adulta.301

La dirección espiritual ha de facilitar un crecimiento integral; la madurez consiste en

aprender a mantener un equilibrio sano en todas las dimensiones de la persona, y en el

equilibrio entre la exterioridad y la interioridad. Interioridad es el conocimiento que alcanza

la persona sobre sí mismo; es la aceptación de sí mismo que tiene cada individuo, la

confianza en sus propias posibilidades. La exterioridad supone una apertura al otro, a la

relación, no de cosificación, sino de comunicación sana con su entorno, en la que se

implican todas sus relaciones interpersonales.

El equilibrio tiene mucho que ver con la capacidad que tiene la persona de integrar

sus emociones. Para que éstas tengan identidad propia y den consistencia a la persona, ésta

ha de trastocarlas, describirlas, ponerles nombre. Así la persona crecerá cada vez más en

identidad, en una toma sólida de sus decisiones, que le ayudarán a desarrollarse como una

persona cada vez más consistente y autónoma.

Lo que más ayuda a madurar a la persona es crecer en la posibilidad de establecer

relaciones vivas y fraternas, verdaderas relaciones humanas que le hagan comunicarse de

persona a persona, no cosificantes, ni utilitaristas; es decir, que sea capaz de salir desde un

yo, que se reconoce hijo de Dios, y se proyecte hacia un tú en el que reconoce la grandeza y

dignidad con la que fue creada toda persona humana.


301
Cfr. SASTRE, J., Acompañar por los caminos del espíritu, Monte Carmelo, Burgos 2002, p. 89.
Índice 156

El desarrollo integral de cada una de las dimensiones de relación no hace referencia a

un crecimiento igualitario y uniforme en intensidad y fuerza de cada una de ellas; se trata

más bien del crecimiento paciente y fecundo de cada una de las dimensiones, con la

conciencia comprometida de quien se sabe estar entretejiendo su historia bajo la mirada de

Dios. Las diferentes dimensiones crecen cada una a su propio ritmo; sin embargo, para

salvaguardar cierto grado de madurez en la persona, es un factor indispensable que crezcan

de la manera más armoniosa y constante, en la medida en que sea posible. De esta manera,

podrán servir a la persona en su tarea de plasmar en si mismo la imagen de Cristo.

3.8 DESEQUILIBRIOS Y PERSONALIDAD.

La tarea del director espiritual, consiste en discernir la influencia transformante del Espíritu

en toda la persona, en su concepción integral; lo cual implica poner atención en todos los

aspectos de la vida del dirigido. Por tanto, el director deberá tomar en cuenta cualquier cosa

que detecte, ya sea en el terreno emocional o psicológico de la persona, en proporción a la

incidencia de los hechos en el desarrollo espiritual. Sin embargo, es recomendable cuidar

que esto no se haga adoptando un papel de psicólogo. La dirección espiritual y la terapia

psicológica son dos cosas muy distintas. Aunque en muchos casos, sean un buen

complemento, y en ocasiones “hasta necesarias para ciertos individuos”.302

Un dicho popular afrima que de músico, poeta y loco, todos tenemos un poco;

afirmación que encierra una gran verdad, pues todo el mundo tiene sus problemáticas

ocultas, y sus conflictos por resolver. Es totalmente normal que durante el recorrido hacia la

perfección se arrastren ciertas imperfecciones e inmadureces. Algunas imperfecciones se

agudizan sin duda alguna ante la llegada del dolor y del sufrimiento, ya sea físico, espiritual

o moral, o psíquico. Incluso de algunas de esas imperfecciones es el mismo sufrimiento su

principio fundante; es decir, la chispa que detona algún desorden de tipo emocional.
302
Cfr. NEMECK, F. K., COOMBS, M., El camino de la dirección espiritual, Ed. de espiritualidad, Madrid
1987, p. 190.
Índice 157

Ante estos desórdenes, las personas muchas veces experimenta lo que llaman “el

silencio de Dios”; se sienten como abandonadas por Dios y por los suyos, por quienes los

rodean. Se encuentran sin amarras, sin vínculos profundos a nada ni a nadie. Qué gran

ayuda es, para las personas que atraviesan las espesuras del dolor, encontrar un director

espiritual. Es decir, encontrar a una persona que, con amor y paciencia, con compromiso y

respeto, le ayuden a experimentar la filiación divina, a saberse hijo de Dios, a experimentar

la misericordia. Es decir, es una maravilla encontrar a la persona capaz de ayudarle a

caminar y a dar el paso de la oscuridad de la noche a la luz del amanecer, que le facilite el

camino para encontrarse con Dios, para aprender a confiarse a Él, a reconocer su cobijo de

Padre. Que le ayude a descubrir en la Cruz el sentido del misterio del sufrimiento. Sin duda

alguna el apoyo del director espiritual irá ayudando a superar muchas de las experiencias

del dolor, sus fantasmas, disfrazadas más de una vez de implacables monstruos interiores, y

de las imprescindibles debilidades humanas.

La dirección espiritual juega un papel importantísimo en los momentos en los que la

persona experimenta la agudeza del sufrimiento; éste es un especial momento de gracia en

el crecimiento, aunque frecuentemente pasa inadvertido, sin que la persona, ni el director se

den mucha cuenta del cambio. Es el efecto de la gracia; es Cristo que pasa, y, debido a su

suavidad, muchas veces pasa inadvertido.

Cierto tipo de dolores -como las fobias paralizantes; el duelo, ante la muerte de un

ser querido, cuando a pesar del paso del tiempo la persona no es capaz de rehacer su vida;

las consecuencias que acarrea el ser hijo no deseado; el abandono del padre, o hasta de la

madre misma; la violencia intrafamiliar; los abusos sexuales, etc.- hacen que la persona

esté tan centrada y preocupada por un aspecto particular de su vida, que pierda la visión de

conjunto, la visión del todo. Se percibe a sí misma con tan poco valor que se encuentra

perdida, sin rumbo; sin reconocer el camino para llegar al puerto seguro, a la roca firme, al
Índice 158

baluarte que es Cristo. Sin duda alguna, en momentos como éstos, la psicoterapia llega a ser

necesaria.303 Sin embargo, cuando es acompañada de una buena dirección espiritual, ayuda

a la persona a disponerse y a dar a la gracia su lugar que le corresponde para ofrecer

auxilio. Es Jesucristo quien ha asumido y redimido toda la naturaleza humana, quien tiene

para el hombre las respuestas, para que la persona avance hacia una madurez espiritual,

emocional, psicológica y social, que sea capaz de incluir todas las dimensiones de relación

para las que fue creada.

Algunos problemas, por lo general, van más allá del alcance de la dirección

espiritual. Las causa de esos problemas pueden ser el rechazo de los demás, si afectan

profundamente; las fijaciones o paralizaciones producidos por los miedos o las fobias;

algunos procesos de luto o duelo; un concepto reducido, o mal formado de sí mismo, que

no permite establecer relaciones serias, ni duraderas con nadie; iras o resentimientos

incontenibles; la huída incontrolada al mundo de la imaginación y fantasía; las

alucinaciones; la incapacidad de enfrentarse y superar un conflicto en las relaciones

interpersonales; la incapacidad de tolerar a la frustración; los desórdenes de tipo sexual,

sean biológicos o psicológicos; el exceso de introversión, nerviosismo o tensiones, etc. En

ocasiones, el director espiritual se da cuenta inmediatamente, que personas así necesitan del

apoyo de un profesional; sin embargo, hay situaciones en las que esto no se detecta a

tiempo o pasan inadvertidas hasta después de muchos contactos.

También se dan casos en los que es muy difícil discernir si ciertas maneras de actuar

y de comportarse caen dentro de los límites de lo normal o lo anormal. Ante esta realidad,

el director espiritual no debe apresurarse. Es cierto que prácticamente cualquiera puede

beneficiarse de pruebas y tratamientos psicológicos; sin embargo, no todo el mundo los

necesita. Ante esta verdad, se debe proceder con mucha prudencia y con el discernimiento

303
Cfr. NEMECK, F. K., COOMBS, M., El camino de la dirección espiritual, Ed. de espiritualidad, Madrid
1987, p. 191.
Índice 159

de espíritus. Hay que tener cierto cuidado para no idealizar lo que una ayuda psicológica

profesional puede proporcionar a la persona. Tampoco se puede subestimar lo que la obra

de la gracia puede hacer en una persona, incluso a nivel psicológico, cuando la persona y su

director son dóciles y receptivos.304

Ante la duda de si una persona necesita o no ayuda profesional, es conveniente que

el director siga guiándola sin recomendar tratamiento de tipo psicológico u otro. Si después

de un tiempo razonable no se percibe ningún adelanto, entonces debería referirla a alguien

con preparación competente para tratar dicho caso. En ocasiones, puede ser muy

conveniente que el director espiritual se deje aconsejar por un profesional antes de decidir

si la persona necesita o no ayuda. Sin embargo, el único que puede decidir sobre si adopta o

no ese camino es la persona misma.

El modo como el director espiritual plantee a la persona ese posible tipo de ayuda

profesional puede influir mucho en cómo reaccione ante esta idea. Pero no se puede ayudar

a nadie que no desea, o no está dispuesto a ser ayudado, a poner todos los medios a su

alcance para el éxito de la ayuda. Por eso, importa mucho que el director trate de motivar a

la persona a buscar la ayuda que precisa, la que sea más conveniente y apropiada a su

situación.

El director jamás debe dar la impresión de por ello está desentendiéndose del

dirigido, o que está rechazándolo, y mucho menos que lo considera imposible. No hay

nadie que sea totalmente incapaz de ser ayudado. Además, debe quedar claro que someterse

a una ayuda profesional no significa dejar o abandonar la dirección espiritual. Por el

contrario, es aconsejable que continúen las dos cosas a la vez. Cuando se procede con

verdadera caridad, no se pasa de largo ante el sufrimiento de los demás. Hemos de ser en

todo tiempo la manifestación del amor misericordioso de Dios, que se conmueve


304
Cfr. NEMECK, F. K., COOMBS, M., El camino de la dirección espiritual, Ed. de espiritualidad, Madrid
1987, p. 192.
Índice 160

entrañablemente ante el sufrimiento de los que ama. Él es el Señor que guarda,

paradójicamente, en el misterio del dolor el secreto para hacer al hombre más plenamente

humano, en el camino de su cristificación.

La presencia alentadora del director espiritual puede ser para la persona un reflejo

del amor infinito de Dios, que no le abandona en esos momentos difíciles de

autoexploración personal; donde tiene que enfrentarse, la mayoría de las veces, a

descubrimientos dolorosos sobre sí mismo y su propia historia; con desencantos, que le

harán romper sus propios ídolos, hasta llegar a despojarlo de las equivocadas cosas o

personas que le sostenían, de sus refugios y de sus auto justificaciones; para que, una vez

despojado hasta de si mismo, pueda entrar en su centro y encontrarse con el único Rey de

reyes y Señor de señores. En momentos así el director espiritual puede ayudar a que la

persona enfoque su sufrimiento desde el proyecto salvífico de Jesucristo, y esté dispuesta a

descubrir en sus dolores el motivo de su propio camino de perfección, la senda de su

camino de santidad. Puede ayudar a que la persona se disponga a descubrir en sus dolores

el sentido del sufrimiento, capaz de conducirlo al centro del alma, al apacible encuentro con

Dios, que en él habita; donde ninguna dolencia, le puede alcanzar; ni arrebatar la inefable

paz que ahí habita y con la que ahí se habita. Donde ninguna pobreza humana, es capaz de

arrebatar la inmensa alegría y el indecible gozo, de saberse abandonado en los brazos del

Padre. El apoyo del director espiritual es así un instrumento de valor incalculable para que

esa persona logre integrar toda su vida en el nuevo conocimiento y conciencia, que va

adquiriendo de si misma, de su filiación divina, y sea capaz de proyectarlo en todo el

conjunto de sus relaciones, consigo misma, con Dios, con los otros, con el cosmos, que

conforman el aquí y el ahora de su diario vivir.

3.9 EL MISTERIO REDENTOR DEL DOLOR Y DEL SUFRIMIENTO


Índice 161

El misterio de la Cruz manifiesta el gran amor de Dios por el Hombre. En el

acontecimiento salvífico de la Cruz se encuentra también encerrado el misterio del hombre

y de su sufrimiento. Una de las tareas fundamentales de la dirección espiritual consiste en

acompañar a los que experimentan el dolor, para ayudarles a encontrar en su sufrimiento la

manera como Dios les ha llamado a participar de los dolores de Cristo su Hijo. El guía

espiritual ha de ayudar a la persona a comprender que el sufrimiento se ha hecho presente

en su vida, ha tocado a la puerta de su corazón y ha entrado en su existencia, de igual

forma como entra en la vida de todo hombre, de muchas maneras, con formas y

dimensiones diversas en cada uno según sus circunstancias y su personalidad.

Le ayudará mediante el acompañamiento a comprender que Cristo mismo le llama a

unirse a Él, en el misterio de su Cruz al misterio de la redención. La experiencia de la Cruz

es inseparable del misterio del dolor y, por tanto, es también inseparable de misterio de la

redención.

El director espiritual es como un faro que da luz a la vida de la persona, para ayudarle

a comprender el misterio redentor de su propio sufrimiento. Particularmente en el caso del

dolor psíquico, que es comúnmente motivo de muchos rechazos e incomprensiones, y, en

algunos casos, hasta de juicios injustos y abandono. El guía espiritual ha de motivar a las

personas, recordándoles que Cristo mismo se sintió abandonado, en la experiencia de

Getsemaní; su angustia llegó a los más intensos extremos del sufrimiento, hasta tal punto

que su sudor era agua unida con sangre. Ha de invitarlos a tener presente a Jesús en cada

momento en los que en ellos se repite el sufrimiento; es Jesús mismo en su oración en el

huerto de los olivos el que repite por medio de ellos su angustia; por tanto no han de

sentirse solos por ninguna razón. Cristo está con ellos para fortalecerlos.

Jesús en la víspera de su pasión se sintió afianzado en el amor de su Padre. Él era su

seguridad, y fue capaz de abandonarse a Él y a su voluntad diciéndole “que no se haga lo


Índice 162

que yo quiero si no lo que quieras tú”. 305 De igual forma, el director espiritual ha de estar al

lado de los que experimentan el desprecio, el abandono, la incomprensión para sostenerlos,

para ayudarles a encontrar el valor del sacrificio, para impulsarlos a no desfallecer, a no

dejarse vencer.

Será de gran ayuda enseñarles a tener en cuenta el gran valor que adquiere el

sufrimiento y las dificultades si no son vividos en el anonimato o en el caos. Antes bien, si

las personas son capaces de unir sus dolores a los de Jesucristo para la redención del

mundo, entonces habrán encontrado un manantial para enfrentar con nuevas fuerzas las

dificultades. Cada momento en que se padece el dolor, en cualquiera de sus formas, es una

oportunidad para actualizar el sufrimiento mismo de Cristo que redime y eleva al hombre.

Cada vez que un hombre sufre, es Jesucristo mismo el que sufre en la persona de los que

ama. Convencido de esta realidad, el director espiritual debe motivar insistentemente a los

que acompañan a no perder la oportunidad para santificarse en el dolor, para unir sus

padecimientos a los padecimientos de Cristo, que a través de los padecimientos del hombre

de hoy sigue actualizando la redención del mundo.

El director espiritual ha de ayudar a la persona a descubrir lo que dice San Pablo:

“Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, para bien de su cuerpo,

que es la Iglesia”.306 Ha de enseñar a encontrar ese sentido nuevo en cada padecimiento, por

pequeño que sea o insignificante que parezca, y más insistentemente aún cuando estos

padecimientos forman parte de una enfermedad grave, o terminal, o de trastorno

psiquiátrico, que se convierten en una verdadera Cruz para quien las padece y para los de

su entorno. Puede descubrirse en el sufrimiento una manera de estar unidos a Jesús en la

Cruz, quizás de manera oculta, callada, misteriosa, pero operante en la purificación del

propio corazón y de la humanidad. Entonces seremos capaces de ayudar a las personas a

305
Mt 26, 39.
306
Col 1, 24.
Índice 163

reconocer la mirada de Jesús, que en medio de sus padecimientos le dice “Ven y sígueme”.

Esa mirada de Cristo se dirige a cada uno en su situación concreta y con esa llamada nos ha

hecho Iglesia.

No se sufre en medio de una soledad infecunda. Por el contrario, en el dolor nos

unimos a tantas y tantas personas para hacernos fuertes. La llamada a seguir a Jesucristo

mediante el sufrimiento es una llamada exigente, y El la hace a los valientes, a los

decididos. Muchas veces las personas que se consideran a sí mismos como los más débiles

o los más cobardes, terminan dando grandes lecciones de entereza y fortaleza, porque

-aunque por sí mismos no hubieran sido capaces nunca de soportar tantos padecimientos-

cuando han aprendido a padecerlos de la mano de Cristo, entonces se sorprenden a sí

mismos y se convierten en grandes lumbreras para la oscuridad de este mundo. Se

convierten en este mundo en los pararrayos de Dios; es por su clamor que nuestro mundo

encuentra tanta y tanta misericordia en el corazón del Señor. Ellos comparten en el gozo la

paradoja del triunfo de Cristo en el sufrimiento, de su victoria en la Cruz. Con cuánta

sabiduría nos invita Juan Pablo II cuando dice: “Para encontrar ese camino, exigente,

debemos ir a la iglesia y ahí seguir el “Via crucis”; el camino que Cristo ha seguido en

Jerusalén, su ultimo camino desde el sanedrín, después de su condena a muerte, con la Cruz

hasta el calvario”.307

El camino de la dirección espiritual de los que padecen el sufrimiento tiene como

tarea ayudar a cada persona a reconocerse Iglesia. En cada enfermo y en cada persona que

padece el dolor es la iglesia de Cristo la que sufre. Hay que recordar con razón que la

dirección espiritualidad se encuentra enraizada en la eclesiología. El sufrimiento es una

manera muy particular de vivirse iglesia y tiene una misión muy específica. Ya sea que se

307
JUAN PABLO II. Discurso en el encuentro con jóvenes de la parroquia de Sta. María Causa nostrae
laetitiae, Roma 25 de febrero de 1995, cit. en Dolentium hominum. 32 (1996), p. 12
Índice 164

esté impedido en la cama de un hospital, o sea que se viva un sufrimiento callado en la vida

cotidiana, se participa con Jesucristo de un modo particular en el camino de la Cruz.

Como fruto del acompañamiento espiritual, el director ha de lograr que la persona

recurra constantemente a la meditación de la pasión del Señor, que de ella se nutra para

renovar su esperanza y sobrellevar sus muchos momentos de sufrimiento. Que le ayude a

detener su paso, en cada una de las estaciones del viacrucis, y contemplando en ellas el dolor

de Jesucristo, pueda evocarlas en su propio dolor. Para aprender a caminar con el Señor en el

dolor, es necesario que aprenda a unir a la gran Cruz del Señor las pequeñas cruces de los

pequeños padecimientos de cada día.308

Aunque el sufrimiento humano de alguna manera atemoriza, suscita compasión y

respeto, y tiene en sí mismo la capacidad de ayudar a la persona a tocar las necesidades más

profundas de su corazón, a reconocer la indiscutible necesidad de la fe. En el horizonte del

sufrimiento, las aspiraciones del corazón humano y la fe pueden unirse de una manera

singular.309

El director espiritual, ha de ayudar a la persona a ofrecer su sufrimiento como una

oblación; es decir, el sufrimiento puede convertirse en una comunión con Cristo crucificado

y glorificado, que sirve para la salvación de todos. Debe procurar alimentar en ellos la

conciencia de ser mediante la oración y mediante su vida sumergida en el dolor, sujetos

activos en la vida pastoral de la Iglesia, a través de peculiares momentos de Cruz en su

propia existencia. Ayudarles a reconocer que en sus sufrimientos está presente la voz

misteriosa de Jesús, que los invita a unirse a Él en su misión redentora y purificadora.

Los cuidados y atenciones del director espiritual han de ser de tal magnitud que

permitan reconocer en él a Jesucristo mismo, que sirve a la persona que acompañan, que se

308
Ibidem.
309
JUAN PABLO II, Carta apostólica Salvifici doloris, n. 4.
Índice 165

inclina sobre su sufrimiento, que tiene compasión para sanarlo desde lo más profundo, y

que le prepara para hacerle reposar entre sus brazos. Por la calidad de los cuidados y

atenciones del director espiritual, evite acrecentar la soledad y el sentimiento de abandono

que muchas veces invade el corazón del enfermo, que sea capaz de compartir con él la Cruz

de Jesucristo.310

La dirección espiritual ha de ser el espacio óptimo para ayudar a la persona a

encontrar en sus padecimientos la forma de ser protagonista de su propia redención y de la

de los demás. Entender que sus sufrimientos son la manera de confirmar su fe. Animarlos

como San Pedro animaba a sus comunidades diciéndoles: “Por lo cual rebosáis de alegría

aunque sea preciso que por algún tiempo seáis afligidos con diversas pruebas, a fin de que

la calidad probada de vuestra fe, mas preciosa que el oro perecedero probado por el fuego,

se convierta en motivo de alabanza, de gloria y de honor, en la revelación de Jesucristo”.311

Se ha de ayudar a la persona a ofrecer su sufrimiento como oración. Una oración acumulada

en los detalles concretos de cada día, especialmente cuando arrecian los dolores del corazón

humano, y se necesita mayor paciencia. En la cruz de Cristo no sólo se ha cumplido la redención

mediante el sufrimiento, sino que el mismo sufrimiento humano ha quedado redimido. Cristo –sin

culpa alguna propia- cargó sobre sí “el mal total del pecado”. El redentor ha sufrido en vez del

hombre y por el hombre. Todo hombre tiene su participación en la redención. Cada uno está

llamado también a participar en ese sufrimiento mediante el cual se ha llevado a cabo la redención.

Está llamado a participar en ese sufrimiento por medio del cual todo sufrimiento humano ha sido

también redimido. Llevando a cabo la redención mediante el sufrimiento, Cristo ha elevado

juntamente el sufrimiento humano a nivel de redención. Consiguientemente todo hombre, en su

sufrimiento, puede hacerse también partícipe del sufrimiento redentor de Cristo. 312

310
ANGELLINI, F., “El cuidado de los enfermos en el documento postsinodal Vita consecrata”, en Dolentium
hominum 32 (1996), n. 2.
311
1 Pe 1, 6-7.
312
Cfr. JUAN PABLO II, Carta apostólica Salvifici doloris, n. 19
Índice 166

El sufrimiento es en todo momento una difícil prueba en la que la persona tiene poco poder

de elección; la persona no elige qué padecimiento sufrir, pero puede decidir de qué manera lo quiere

enfrentar, de qué forma lo quiere sobrellevar. “El sufrimiento debe servir para la conversión, es

decir, para la reconstrucción del bien en el sujeto, que puede reconocer la misericordia divina en

esta llamada a la penitencia. La penitencia tiene como finalidad superar el mal, que bajo diversas

formas está latente en el hombre, y consolidar el bien tanto en uno mismo como en su relación con

los demás y, sobre todo, con Dios”.313

El hombre, al descubrir por la fe el sufrimiento redentor de Cristo, descubre al mismo tiempo

en él sus propios sufrimientos, los revive mediante la fe, enriquecido con un nuevo contenido y con

un nuevo significado. La cruz de Cristo arroja la luz salvífica con tanta vehemencia sobre la vida

del hombre y, principalmente sobre su sufrimiento, porque, mediante la fe, lo llega a tocar junto con

la resurrección: el misterio de la pasión está incluido en el misterio pascual. A quienes participan de

los sufrimientos de Cristo, las palabras “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”(Lc. 23,34)

se imponen con la fuerza de un ejemplo supremo. El sufrimiento es también una llamada a manifestar

la grandeza moral del hombre, su madurez espiritual. De esto han dado prueba, a través de diversas

generaciones, los mártires y los confesores de Cristo, fieles a las palabras:”No teman a los que matan

el cuerpo, pero no pueden matar el alma” (Mt. 10,28). El sufrimiento, en efecto, es siempre una

prueba –a veces bastante dura-, a la que es sometida la humanidad. En el sufrimiento está contenida

una particular llamada a la virtud, que el hombre debe ejercitar por su parte. Esta es la virtud de la

constancia al soportar lo que molesta y hace daño. Haciendo esto, el hombre hace brotar la esperanza,

que mantiene en él la convicción de que el sufrimiento no prevalecerá sobre él.314

El avance en la vida espiritual que conduce a la experiencia del abrazo de Dios, o que

mejor dicho se ha denominado teológicamente como la filiación divina, ha de tener como

parte de su itinerario la ascesis y la mortificación, sin olvidar que el instrumento que el

Señor quiso utilizar para salvar al mundo fue la Cruz. Debido a esta aceptación de la Cruz

de Jesús, decía San Pablo: “Traemos siempre y en todas partes la Cruz de Cristo, a fin de
313
Ibidem, n. 12
314
Ibidem, n. 23
Índice 167

que la vida de Jesús, se manifieste también en nuestros cuerpos”. 315 Ha de cuidarse en todo

tiempo el fin sobrenatural de la persona humana 316, del que Dios es el autor principal por

medio de la gracia y lo ofrece al hombre como don, como llamada; el hombre responde a

esa llamada con generosidad en medio de sus temores y debilidades, aceptando la Cruz

voluntaria de la mortificación no como una carga, sino como una manera de unirse a

Jesucristo en su sacrificio redentor.317 Se motiva también así a la persona a eliminar por

amor a Dios aquello que en ella pudiera haber de desordenado, por medio de la ascesis

personal y una lucha generosa que puedan conducirlo a la libertad interior y a la paz.318

Es decir, enseñar a la persona a ser capaz de morir al pecado y a todo aquello que

proviene de Él, para crecer en el amor a Dios y al prójimo, un amor que nos invita a ofrecer

a Dios nuestras dificultades y nuestros padecimientos, de tal manera que todo contribuya

para el bien de los que Jesús ha querido redimir por medio del sacrificio de la Cruz. 319 “Esta

es la mortificación que hemos podido observar en los santos formados a imagen de Jesús

crucificado, bien se trate de los de la iglesia primitiva, como los primeros mártires, ya de

los de la edad media, como San Bernardo, Santo Domingo San Francisco de Asís, en fin, de

los más recientes, como San Benito de José Labre, el Cura de Ars o de los últimamente

canonizados, como San Juan Bosco y San José Cotolengo. Mirabilis Deus in Sanctis

suis!”320

La Eucaristía es la actualización del sacrificio de Cristo. En todo momento la

dirección espiritual ha de ser ocasión para motivar a la persona a vivir los sacramentos,

especialmente el de la Eucaristía, que unido a la penitencia, conforman el centro de la vida

cristiana. La Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida cristiana. 321 Toda la vida de la
315
Cfr. 2 Cor 4, 10.
316
Cfr. GARRIGOU LAGRANGE, R., Las tres edades de la vida interior (I), Palabra. Madrid 1985, p. 321.
317
Cfr. Ibidem, p.323
318
Cfr Ibidem, p. 325
319
Cfr. Ibidem, p.329
320
Cfr Ibidem, p. 329
321
Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Sacrosantum concilium, n. 47
Índice 168

iglesia está ordenada en función de este sagrado banquete. El director espiritual debe

ayudar a la persona a tener presente que cuando ella sufre, es Cristo mismo quien sufre en

su persona. Cada celebración eucarística es una actualización del misterio redentor de

Cristo, que se hace vivo y actuante en cada ofrecimiento eucarístico. En este sagrado

alimento, la persona que sufre ha de encontrar el manantial que dé sentido a sus

padecimientos. En la vivencia cotidiana de este sacramento y en la recepción constante de

este sagrado banquete, ha de encontrar la fuente para renovar constantemente su esperanza.

Cada Eucaristía celebra el memorial de la pasión y resurrección de Cristo. En el altar

se hacen presentes una vez más todos los padecimientos del Señor para redimir a la

humanidad. Cada vez que una persona se une desde el dolor a la redención se repite la

actualización del sacrificio redentor de Cristo. Los testigos de la Cruz y de la resurrección

de Cristo han transmitido a la Iglesia y a la humanidad un específico Evangelio del

sufrimiento. El mismo Redentor ha escrito este Evangelio ante todo con el propio

sufrimiento asumido por amor, para que el hombre « no perezca, sino que tenga la vida

eterna ». Este sufrimiento, junto con la palabra viva de su enseñanza, se ha convertido en

un rico manantial para cuantos han participado en los sufrimientos de Jesús en la primera

generación de sus discípulos y confesores y luego en las que se han ido sucediendo a lo

largo de los siglos.322

En la dirección espiritual hemos de ayudar a que la persona experimente la grandeza

de ser un altar vivo en el que se actualiza el padecimiento redentor de Jesucristo. De esta

manera el sufrimiento es, a un tiempo, participación de la Cruz redentora del Señor y

actualización del misterio eucarístico. Es, a un tiempo, motivo de redención y razón por

medio de la cual la persona se purifica a sí misma y por su medio a toda la humanidad. Es

una viva expresión de la humanidad redimida en el dolor redentor de Cristo. De ahí la

322
Cfr. JUAN PABLO II, Carta apostólica Salvifici doloris, n. 25
Índice 169

importancia de que la persona renueve y actualice la gracia que los sacramentos aportan a

su vida cristiana, particularmente en los momentos de sufrimiento, consciente de que cada

vez que participa de la eucaristía “participa también como peregrino hacia la patria eterna

por el camino de la Cruz, hacia el banquete celestial, donde todos los peregrinos se sentarán

a la mesa del Reino”.323

El sacrificio de Cristo, ofrecido en la Cruz una vez y para siempre, se mantiene actual

en cada Eucaristía. Al acompañar a los que experimentan el sufrimiento, el director

espiritual ha de alentarlos, para comprender la profundidad y la grandeza de sus

padecimientos, cómo son asociados a la pasión de Jesús pues “cuantas veces se renueva en

el altar el sacrificio de la Cruz, en el que Cristo nuestra pascua fue inmolado, se realiza la

obra de la redención”.324 La persona por sus padecimientos se convierte con Cristo en

colaborador de la redención.

La dirección espiritual ha de ayudar a la persona a entender sus padecimientos con un

sentido de sacrificio, a no huir de sus dificultades, antes bien, a encontrar en sus dolores el

motivo y la fuente para crecer en su santificación. Hemos de enseñar a la persona a no tener

miedo, a trascenderse a sí misma en medio del temor, a comprender la grandeza de la

pedagogía del dolor en la escuela del sufrimiento.

Motivarle a crecer y profundizar en el sacrificio de Cristo. Ofreciendo cada día los

pequeños grandes esfuerzos para sobrellevar sus padecimientos con virtud heroica.

Motivarla aún en medio del dolor a no renunciar a su sufrimiento, muchas veces de suyo

inevitable; sino a encontrar en ellas el rostro de Cristo doliente que se ha hecho presente en

su vida y le invita a continuar redimiendo al hombre de hoy. Ayudarle a comprender cómo

en sus sufrimientos, en los más profundo de su interior, su alma queda infranqueable por el

dolor; en el centro de sí misma se experimenta un gozo y una paz inamovibles, que no es


323
Cfr. CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA, n. 1344
324
Cfr. LG, n. 3
Índice 170

capaz de alcanzar y mucho menos de arrebatar ningún dolor y ninguna dificultad en esta

tierra. Sólo de esta manera podemos comprender las expresiones de gozo en medio del

sufrimiento que tantas y tantas personas experimentan. Se tiene la capacidad de sonreír, no

porque no se tengan dificultades o sufrimientos, sino porque se vive arraigados en la

verdadera convicción de que cuando se cruzan los tinieblas del dolor, no se está solo, se

camina de la mano del Señor que nos conduce a fuentes tranquilas y repara las fuerzas.325

El sufrimiento es también ocasión para motivar a las personas a profundizar en el

sacramento de la reconciliación y de la penitencia. Ayudarle a encontrar en sus

padecimientos la llamada de Jesús a seguirle, a tener una vida nueva, fruto de una

penitencia interior que le permita la conversión del corazón, que le ayude a crecer en su

deseo de ser santo. De lo contrario, las dificultades y mortificaciones de sus padecimientos

podrían quedar estériles e infecundas. Los momentos en los que se atraviesa por el

sufrimiento han de ser la ocasión privilegiada para crecer en las diversas formas de

penitencia que nos ofrece la vida cristiana en la aceptación del dolor. Es decir, estar

decididos a tomar la cruz y seguir a Jesús por el camino de las dificultades. “La doctrina

cristiana del sufrimiento requiere más que soportarlos pacientemente. Requiere, o mejor

dicho, muestra un feliz padecer; en su más íntima médula considera que sólo un hombre

feliz, es decir, protegido por Dios, es el que puede de manera adecuada padecer el dolor y el

sufrimiento, amar el sufrimiento y, cuando sea necesario, buscarlo”326

Uno de los principales objetivos a alcanzar en la dirección espiritual es darle a la

persona las herramientas para que sea capaz de leer en su propia historia el sufrimiento

como una oportunidad para experimentar el abrazo de Dios. Es decir, que pueda reconocer

que en ningún momento de su vida ha estado solo; que en cada acontecimiento -por

doloroso que pareciera- es Cristo mismo quien ha estado presente sosteniéndole. “La

325
Cfr. Sal 23, 3.
326
Cfr. SCHELER, M, El sentido del sufrimiento, Goncourt, Buenos Aires, 1979, p. 65.
Índice 171

experiencia de la purificación, es decir, la experiencia de penetrar por medio del

sufrimiento situado en el nivel periférico dentro de los cada vez más profundos ‘castillos

del alma’, y encontrarse aquí más y más abierto para recibir un mundo superior de fuerzas

espirituales, puede llevar con sentido a amar estos sentimientos; a amarlos como los

compasivos golpes de martillo por medio de los cuales el divino escultor extrae la forma de

un yo ideal, a partir del material de una existencia perdida inicialmente en la confusión”.327

Ayudar a la persona a experimentar el abrazo de Dios, significa poder fomentar en

ella el convencimiento y la seguridad de que Dios ha estado presente en cada momento de

su vida, sobre todo cuando ante el dolor se experimenta la confusión, la negación de sí

mismo, el abandono o el ensombrecimiento del corazón, que hace pensar que Dios no está

o que se ha quedado en silencio, indiferente ante las dificultades. Con absoluto respeto

hemos de ayudar a la persona a progresar en la toma de conciencia de que Dios está ahí en

el centro del corazón de la persona, en ese lugar donde se puede estar a solas con Él solo,

que en ese centro tiene preparado un gran banquete en el que nos hará sentarnos a su

mesa.328

Ese encuentro se da cuando la persona se da la oportunidad de entrar en su corazón y

de encontrarse ahí en el silencio cara a cara con Dios. Puede reconocer su gran amor y se

maravilla al reconocer que, aunque el sufrimiento haya tocado hasta la última fibra de su

cuerpo o el más íntimo rincón de su corazón, ahí en lo profundo de su ser se ha originado

un gozo, que le hace capaz de verlo todo nuevo; es un gozo espiritual que hace encontrar al

sufrimiento hermoso, bello; más aún, lo encuentra paradójicamente deseable.

327
Cfr. SCHELER, M, El sentido del sufrimiento, Goncourt, Buenos Aires, 1979, p. 67.
328
Cfr. Apoc 3, 20.
Índice 172

Es como si la persona se permitiera llegar a decir a Dios que ha podido llegar a

reconocer su rostro en medio del sufrimiento. Aquello de lo que la persona se dolía

renegaba o rehuía, es ahora motivo de la más maravillosa de las alegrías.329

Es experimentar la seguridad de que ningún dolor, ninguna dificultad tienen como

destino final la muerte o la aniquilación de la persona. Es vivir convencidos de que en

medio de todos los sufrimientos, que pueden ensombrecer el entendimiento, al final

siempre estará la luz de Dios, su fidelidad. Es reconocer que su victoria es también nuestra

victoria y que en sus llagas hemos sido curados.330

329
Cfr. Lc 22, 41.
330
Cfr. Is 53, 5
Índice 173

CONCLUSIONES

1. Aunque en la significación de las personas divinas se contiene la relación, ésta no se incluye en la

significación de la persona humana, las personas humanas no se constituyen por su relación mutua.

Se constituyen, en cambio, por su relación con Dios. Dado que una persona no puede disolverse en

otros seres, existe siempre siendo ella misma. Así la definición ontológica de Boecio, matizada

posteriormente por Santo Tomás, deja clara la concepción de sujeto ontológico, con características

propias de identidad y de incomunicabilidad. Y se destaca así mismo que la identidad del propio

hombre -creado a imagen de Dios que es Trinidad- no le ha sido dada para que viva en solitario,

sino para que en la relación con sus hermanos exprese para lo que fue creado desde el principio y

sea también una expresión de la relación y comunión intratrinitaria.

A la hora de analizar el sufrimiento o el dolor humanos, y su adecuada ayuda a través de la

dirección espiritual, tales nociones apuntan hacia dimensiones especialmente profundas de la

personalidad humana. El sufrimiento afecta a las relaciones del hombre con su entorno, y de manera

particular con las otras personas. El sufrimiento nace, en ocasiones, de esas mismas relaciones,

cuando se dan alteradas, y altera a su vez la relación que tiene con los demás quien padece. Afecta,

de una manera aún más particular, a la relación que tiene el hombre con Dios, y es en esta relación

singular donde cabe encontrar la salvación.

El hombre ocupa en la creación un lugar especial por su propia naturaleza; que es en sí

mismo la unión del mundo material y del mundo espiritual; que esta unión constituye la grandeza de

la dignidad de la persona humana; y que por ser imagen de la Trinidad esta llamada no a vivir en la

soledad sino en la comunión.

2. El magisterio de la Iglesia, ya desde el concilio de Trento, ha manifestado que el hombre

ha sido constituido por Dios en un estado de santidad y justicia original. El hombre estaba llamado

por la gracia, a la participación de la vida divina por la que todas las dimensiones de la vida del

hombre quedan fortalecidas.


Índice 174

De acuerdo a la llamada justicia original, el proyecto de Dios en el principio era que el

hombre no participara del dolor y del sufrimiento. Al contrario, habría sido creado como bueno y en

amistad con su creador y llamado a una íntima y definitiva relación con Dios. En el proyecto

inicial, Dios había creado al hombre concediéndole grandes dones, con los cuales éste era

inmensamente rico; le pertenecía una sabiduría que le hacía posible conocer a Dios; estaba unido a

Él con una intimidad tal que no tenía ningún impedimento para su relación con su creador.

3. Jesucristo es el portador de la santidad, la ha comunicado a los hombres a través de toda su

vida y en cada uno de sus actos nos ha mostrado como es Él mismo la fuente de la que brota toda

santidad, la verdadera santidad. Se presenta a sí mismo como el camino por el que podemos

transitar para construir y alcanzar la propia santificación. El hombre que vive abierto a Dios es una

persona cada día más perfecta y puede asumir su historia y todas las dimensiones de su humanidad;

es un hombre más humano cuanto más santo es.

4. El hombre, cuando se da cuenta que ha pecado, se descubre también a sí mismo como

dividido en su interior. La fractura en cada una de estas dimensiones es una puerta de entrada al

dolor y al sufrimiento. En este momento aparecen los sufrimientos en la vida del hombre en

cualquiera de sus formas o manifestaciones, como dolor físico, como dolor moral o espiritual o

psíquico.

Por la encarnación y pasión del Verbo, es posible reintegrarnos en Cristo y recuperar la

verdadera grandeza y dignidad de la vida humana. Al renacer en Cristo, el hombre puede rehacerse;

no con sus propias fuerzas o por sus propias capacidades, sino animados, levantados y reintegrados

por el poder del misterio de su Cruz y de su misericordia.

Cristo siendo plenamente Dios, se hizo plenamente hombre, para que los hombres

aprendieran que, solo cuando se esfuerzan en ser plenamente hombres, encuentran el camino

verdadero para regresar a los brazos del Padre.

5. La persona al emprender el camino de la humanización, se ha puesto ya en camino de la

divinización, de la cristificaciòn en lo pequeño, en lo ordinario. Este proceso de cristificaciòn es


Índice 175

posible en el hombre. Tiene su origen en la pedagogía misma de Jesús, que siendo plenamente Dios

aceptó hacerse plenamente hombre para así mostrarnos el camino de nuestra grandeza.

En el acontecimiento salvífico de la cruz de Jesús se encuentra encerrado el misterio de la

vida del hombre y de su sufrimiento. Este de acto de amor de Jesús es un acto que se prolonga en el

tiempo con todas sus consecuencias e implicaciones, pues este acontecimiento encierra en sí mismo

toda la realidad del hombre y viene a darle un pleno y nuevo sentido. En el misterio de la cruz de

Jesús se hace realidad este regalo transformante y dinamizador del amor de Dios por los hombres.

La participación de la cruz de Jesús lleva consigo una enseñanza. Al participar del dolor y del

sufrimiento en cualquiera de sus manifestaciones -ya sea física como dolor o enfermedad del

cuerpo, o sufrimiento espiritual o moral por la traición, el abandono, la soledad, el desamor. La

participación de la cruz de Jesús conduce a la paradoja del amor de Dios Padre, que, en la

obediencia de su Hijo hasta la cruz, está haciendo actual la realidad operante de su amor por

nosotros.

El misterio de la cruz para la vida del cristiano le hace tomar conciencia de que es hijo de

Dios y de que ha sido redimido en la cruz por el Espíritu Santo. Ayuda al hombre a participar con

Jesús del misterio del dolor redentor de la cruz, a participar de la grandeza del amor del Padre por

sus hijos.

6. En el centro del alma la persona puede experimentar la paternidad de Dios, que ha

acompañado al hombre en cada paso de su historia y que en la plenitud de los tiempos se ha hecho

presente en Cristo, su Hijo, que ha revelado la grandeza de su amor.

El hombre queda llamados con Jesús a dar cada uno su propio paso, a hacer cada uno nuestra

su pascua en el dolor, por el dolor y con el dolor, ya que Jesucristo al haber subido libremente a la

cruz como acto de obediencia a su Padre, estaba en ese mismo momento realizando una acción

unificadora y revitalizadora.
Índice 176

7. El encuentro con el amor redentor de Dios trinidad, hecho realidad en Jesús, tiene como

intención fundamental conducir a la persona, mediante el dolor y el sufrimiento, a la experiencia

que algunos santos han llamado el centro del alma.

En este contexto cobra gran sentido el acompañamiento espiritual. Por esto es importante que

en el tiempo presente cobre mayor relevancia la figura del director espiritual, que se reconoce a sí

mismo como un ser inacabado y en proceso de crecimiento. Que puede ser un hermano dialogante

con el otro y juntos puedan caminar hacia el centro del alma, que sea capaz de ser como el faro que

guía desde la luz, que sea capaz de conducir a puerto seguro.

8. El dolor, como cualquier realidad humana, ha sido pensado innumerables veces a

lo largo de la historia. En primer lugar, porque el dolor es una realidad en el hombre, y en

cierto sentido puede entenderse como una verdad que lleva inscrita dentro de sí mismo; se

podría decir que de alguna manera, el dolor es una verdad que el hombre padece de sí

mismo, como parte de su naturaleza humana; en tanto que la padece o se duele de ella, no

puede permitirse no pensarla. El dolor humano, se presenta en la experiencia de diversas

maneras; tiene muchas caras o manifestaciones. Cuando el dolor se hace presente en la

existencia de una persona, le exige dejar de contemplar simplemente el horizonte habitual,

y volver sobre sí mismo; obliga a reelaborarse a sí mismo; plantea interrogantes sobre sí

mismo, sobre su vida, como un golpe que despierta de la perplejidad y que exige

preguntarse quién soy, de dónde vengo, hacia dónde voy, para qué estoy aquí, qué puedo

apartar de mí mismo en el transcurrir de mis días.

Cuando una persona experimenta cierto tipo de dolor, durante mucho tiempo, puede

afectar seriamente la calidad de vida de la persona, alterando sus relaciones. El sufrimiento

origina en ella, una indisposición para relacionarse abiertamente y con libertad, consigo
Índice 177

mismo, con su familia, con sus compañeros de trabajo, con su sociedad y en definitiva lo

indispone para su relación con Dios; le afecta desde su disposición a rezar, hasta en su

manera de captar a Dios en su diario vivir. Tiene el riesgo de sentir el silencio, o hasta el

abandono de Dios.

9. El sufrimiento muchas veces puede tener su origen en un dolor físico; sin embargo,

hace referencia a otros aspectos de la persona humana. El sufrimiento es más psicológico,

está más en relación con la persona, y conecta con otros factores de personalidad. El

sufrimiento es una experiencia individual y subjetiva; cada individuo, tiene una manera

particular de leer el dolor y su intensidad, y, por consiguiente, transformarlo en sufrimiento.

Es cada día creciente el número de personas que experimentan el sufrimiento, el

oscurecimiento de la mente y el silencio de Dios. Sería conveniente que encontraran un

guía espiritual capacitado y dispuesto a escucharles, a atenderles en la caridad del amor y a

ayudarles a redescubrir el proyecto de Dios y el sentido del sufrimiento en su vida.

10. El tema de la dirección espiritual es de gran actualidad en el quehacer la teología

espiritual, por su gran incidencia en la pastoral. Enraízan sus fundamentos en la teología

pastoral y en la eclesiología. En otros momentos, se han utilizado diversos términos para

designar esta tarea como dirección espiritual, dirección de almas, o acompañamiento

espiritual, como se ha preferido denominar en las últimas décadas. En su diversidad, hacen

referencia a una misma realidad. Es un ministerio no exclusivo del ministerio de los

sacerdotes, pues, a lo largo de la historia de la Iglesia, ha sido ejercido tanto por sacerdotes,

como por religiosos y laicos.

El director espiritual, que ha alcanzado un nivel normal de madurez afectiva, está en

condiciones de ofrecer una relación sana de ayuda, y de comprometerse con libertad a la

tarea de ayudar a otros a alcanzar un bien mayor. Entre múltiples posibilidades, le pueden
Índice 178

servir de mucha ayuda los principios del pensamiento humanista existencial, y los

principios metodológicos que se inspiran en la práctica de la atención centrada en la

persona. Estos principios privilegian, como momentos importantes, la escucha, la respuesta,

la responsabilización y el estímulo al compromiso concreto.

11. Toda persona que ha decidido tomar con seriedad y responsabilidad su camino de

seguimiento de Cristo experimenta la necesidad y descubre la importancia de hacerse

acompañar por un director espiritual, de alguien que en la vida le haga las veces de guía;

que, como faro que alumbra en la oscuridad de la travesía, pueda conducirlo hacia puerto

seguro, hacia la roca firme que es Cristo Jesús. Es el Señor el que despierta la inquietud de

tener una dirección espiritual. Es Dios mismo, que por medio de la acción del Espíritu

Santo, siembra la semilla en el corazón de las personas, y les enseña a descubrir el deseo y

la necesidad de que alguien les ayude a descubrir y discernir su camino espiritual, el paso

de Dios por su vida.

La dirección espiritual tiene como cometido principal lograr que la persona sea cada

vez más persona, que la persona se experimente cada vez más hijo de Dios. Es Dios mismo

el autor de esta humanización. Dios es el padre que educa a sus hijos y los predispone para

su crecimiento así como educó a su pueblo cariñosamente en el desierto. Es Dios quien

educa el corazón del hombre, y se vale de las diversas mediaciones en la dirección

espiritual. Da el Espíritu Santo como el don maravilloso que emana del Padre y del Hijo,

para que sea su mismo Espíritu el que sea capaz de obrar en nosotros, y realice, el

maravilloso intercambio de ser personas humanas, cada vez más humanas.

12. Se entiende así la dirección espiritual como la ciencia y el arte de conducir a las

personas hacia la perfección de la vida cristiana. El fin general de la dirección espiritual

consiste en el concepto básico de santidad, válido para toda persona; es decir, en el

desarrollo de la vida de la gracia, en el ejercicio, cuidado y prolongado, de las virtudes


Índice 179

teologales y morales, y en la respuesta al mandato de Dios, que integra toda la persona:

“sed santos, porque yo soy santo”.

El acompañamiento espiritual tiene como fin específico, las implicaciones y

dimensiones de la santidad a la que se siente llamada cada persona. Debido a la naturaleza

de cada uno y a la acción del Espíritu Santo irá llevando por distintos caminos hacia un

mismo fin. En tanto que cada uno es único e irrepetible, el Espíritu realiza en él una acción

que es propia, adecuada a la propia realidad, a su psicología, a su temperamento y carácter,

a su educación y su medio ambiente, etc. Estos factores contribuyen a la singularidad en la

llamada a la santidad y por tanto en el acompañamiento.

El ideal del director espiritual será conducir a la persona a que se sienta cada vez más

persona. La palabra adecuada es la “teonomía”. Es decir que la persona se viva cada vez de

manera más consciente gobernada por Dios, guiada por Dios. Es ir logrando

progresivamente que la persona crezca en la teonomía, contraria a la autonomía.

13. La entrevista, en tanto que es un encuentro vivo entre personas, implica un

diálogo cordial y sencillo. Es importante tratar, de que la entrevista de dirección espiritual

sea auténtica, realista, vivida en el espíritu de fe, y acomodada a la vida real del cristiano.

La entrevista de dirección espiritual, es la manera como Cristo camina con su Iglesia hoy. A

través de ella, se acerca a cada uno y lo llama por su nombre, toca sus heridas.

La realidad que se establece, dentro de la entrevista de dirección espiritual, entre director y

dirigido, está siempre basada en la escucha de Dios. Está siempre centrada en Dios, de tal manera

que ambos desarrollen la capacidad de escuchar al espíritu, el uno en el otro.

Desde el principio del proceso de las entrevistas, el guía espiritual debe colocarse y

actuar en plan de pastor, buscando la luz evangélica; no como psicólogo, o doctor, o


Índice 180

humanista, o teólogo, o persona culta, sino claramente consejero espiritual de acuerdo al

evangelio.

14. Una dirección espiritual que pretenda ser integral, e integradora de la persona humana,

implica ayudarle a conformar la propia conciencia, de acuerdo a los criterios del Evangelio.

Reconocemos de antemano, que no se puede ser ayudado, ni corregido por el guía espiritual, sino se

le manifiesta la propia conciencia. La manifestación de la conciencia implica, compartir el modo

propio de proceder, ante determinadas realidades de la vida, los criterios propios, juicios, y los

deseos, proyectos, expectativas o aspiraciones que se tienen ante la propia vida y su proyección

En momentos cumbre de la entrevista, se llega al núcleo del problema y de las raíces

del sufrimiento de la persona. En momentos así, se requiere todo el amor por parte del

director, y que ponga en juego todas sus habilidades humanas y espirituales, para poder

ayudar a la persona a reintegrarse en Dios; ayudarle a poner en él toda su confianza y a

dejarse redimir por Jesucristo, que le ha salvado.

La dirección espiritual ha de ir consolidando, la salud y rectitud de la conciencia de la

persona en sí misma. Es decir, ayudar a la persona a crecer en el camino de la perfección.

Esto implica la seguridad de la buena conciencia, el juicio equilibrado de sí y de sus cosas;

el mantenerse abierto a la iniciativa de Dios y a las mociones del espíritu. La conciencia

sana, implica una honradez cabal, que supone, una liberación del egoísmo y del amor

propio. El propio sufrimiento, es una escuela en el dolor, que conduce, de la mano de Dios,

hacia la conquista de sí mismo, y hermana con los otros.

15. Para llevar la entrevista de dirección, a lo largo del proceso de la vida espiritual,

hacen falta en el director, una serie de cualidades; que en su conjunto, difícilmente se

encuentran reunidas en una sola persona. Quien acepte, acompañar a alguien, en el camino

hacia la madurez y la libertad interior, debe inspirarse en una concepción de la persona,

abierta a la trascendencia. Por ser una actividad humana, hay que estar siempre abiertos a la
Índice 181

limitación; sin embargo, es innegable, que la fuerza de Dios se manifiesta siempre en la

debilidad humana.

El director espiritual debe tener siempre presente, que es ante todo un instrumento de

Dios, movido por el Espíritu Santo. Por tanto, debe actuar en todo momento, movido por la

convicción de que Dios es el único director, de todas y cada una de las personas, que se le

han confiado como don, como entrega, como dadiva. Que él no es más que una mediación

humana, un mero instrumento en las manos de Dios aunque totalmente libre, dentro del

proceso del a dirección espiritual.

El que ha optado por acompañar a otros, en su camino hacia la madurez personal;

debe cuidar, en todo momento la propia vida interior y su dinamismo, conocer a fondo el

corazón del hombre. Para esto, han de estar profundamente unidos a Dios y al hombre,

querer de verdad a las personas. Ser personas de oración y enraizados en una profunda

caridad. La vida de oración y la exigencia personal son condiciones necesarias, para ayudar

a los demás. El cuidado de la vida interior, es la mejor contribución, que un guía espiritual,

puede prestar a otros. Recurre a la oración personal, como fuente de santificación personal

y de aquellos a quienes dirige.

16. Todo trabajo de dirección espiritual requiere de magnanimidad y confianza

particularmente, cuando se ha despertado un especial interés, por las personas que

experimentan el sufrimiento psíquico, campo tan virgen y tan recurrente, en el mundo de

hoy. Mundo en que aún tenemos muchos caminos, por abrir y recorrer. Las personas que

experimentan este tipo de sufrimiento, son aun tan incomprendidas; más aún, son en

ocasiones, erróneamente juzgadas. Ante todo, no hay que olvidar, que como toda persona,

ellas están también llamadas a santificarse, en medio de esa tan concreta y específica

realidad, ante la que nosotros, aun experimentamos tanto miedo. Debido a no saber cómo

ayudar a estas personas, las hemos dejado en el abandono.


Índice 182

La mayoría de los que experimentan el dolor psíquico, están influenciados, por

diversos matices de su personalidad. En ocasiones pudiera parecer, que en lugar de

progresar, pareciera que caminan como en círculos, siempre en torno a un mismo lugar. Sin

embargo, con la confianza en el Espíritu. Si nos dedicamos a cultivar y regar esa planta, no

hay que dudar que según el tiempo de Dios, le arranque sus propios frutos. Aun esto, no es

motivo para que les dejemos solo. Es mucha la tarea, que en este campo, nos queda por

realizar.

Dios se hace cercano al hombre en la persona del director espiritual que nos guía. Por

eso, quien se ha encaminado, en la tarea de dirigir personas, secunda la acción del Señor

haciendo las veces de padre. Para aprender a tener un corazón de padre, es necesario

contemplar la paternidad divina, que no se ha reservado nada para sí mismo, nos lo ha

entregado todo, para darnos a su hijo Jesucristo, que se ha encarnado para mostrarnos el

camino, de nuestra cristificación.

17. La relación de dirección espiritual, presupone, que tanto el director, como la

persona; son capaces de una cierta auto intimidad, que reconocen sus diferencias

fundamentales; que tienen la capacidad, y saben escucharse mutuamente. Es una labor de

escuchar juntos a Dios, que habita en ambos, y en el camino de reconocer sus mociones, su

voz; tratar de entender que está pidiendo en la vida del dirigido. La escucha hace referencia

a la filiación divina. Escuchar a Dios, es la postura propia, que adopta un hijo, en la

relación con su padre.

Dentro de la relación de dirección espiritual, entre el director y la persona, se

establece una peculiar relación interpersonal; que requiere, de la empatía. Es decir, de la

capacidad de ponerse en los zapatos del otro. Den entrar en corazón del otro, con absoluto

respeto. Es en gran parte, el medio por el cual, se da la comunicación del Espíritu. Para que

una dirección espiritual, funcione bien, requiere de una genuina, normal, y espontanea
Índice 183

relación humana. La libertad de ser y parecer ante el otro, tal como la persona es, brota del

abandono en las manos de Dios, por la fe. Cuanto más fuerte se va haciendo, la personal

dependencia de Dios, más sencilla y serena, se vivirá, la empática manifestación del

corazón.

18. Cuando alguien se siente comprendido, es más fácil, que se deje ayudar, y se

anime a luchar por la verdad. La comprensión nos lleva a entender, que cuando hay luchas,

las personas se mejoran con el tiempo, que la persona es un ser inacabado. Es tan necesaria

la paciencia en la dirección espiritual, en tanto que se trata de personas inacabadas,

personas que se van autoconstruyendo a sí mismas, según las inspiraciones del Espíritu. Se

es paciente con las personas, cuando se tiene conciencia, de que el camino de la santidad,

implica un empeño, arduo y constante, en alcanzarla; en rehacer el don que se nos ha

entregado en las manos, por parte de Dios

Es muy importante, fomentar en la persona, el sentido de la voluntad de Dios; como

medida de comportamiento. Este es el fin de toda dirección espiritual; las metas

intermedias, han de ser asequibles y proporcionadas a cada uno, procurando siempre ir en

aumento; en el deseo de querer lo que Dios quiere, luchando en lo pequeño, hasta llegar a

amar la Cruz del Señor, los momentos de Getsemaní en la propia vida.

19. Cuando afirmamos, que la dirección espiritual ha de facilitar un crecimiento

integral, reconocemos también, que la madurez consiste, en aprender a mantener, un

equilibrio sano, en todas las dimensiones de la persona, estar equilibrado entre la

exterioridad y la interioridad. Entendemos interioridad, como el conocimiento que alcanza

la persona sobre sí mismo; es la aceptación de sí mismo que tiene cada individuo, la

confianza en sus propias posibilidades. La exterioridad, supone una apertura al otro, a la

relación, no de cosificación, sino a una comunicación sana con su entorno, en la que se

implican todas sus relaciones interpersonales.


Índice 184

Es totalmente normal, que durante el recorrido, que la persona realiza, hacia la

perfección; se arrastren ciertas imperfecciones e inmadureces. Algunas imperfecciones, se

agudizan sin duda alguna, ante la llegada, del dolor y del sufrimiento; ya sea físico,

espiritual o moral, y psíquico. Inclusive de algunas de esas imperfecciones, es el mismo

sufrimiento, su principio fundante; es decir, la chispa que detona algún desorden de tipo

emocional.

Ante estos desordenes, la persona muchas veces experimenta, lo que ellos llaman “el

silencio de Dios”; se sienten como abandonadas, por Dios y por los suyos, por quienes los

rodean. Se encuentran sin amarras, sin vínculos profundos, a nada ni a nadie. Que gran

ayuda es, para las personas que atraviesan, las espesuras del dolor; encontrar un director

espiritual. Es decir, encontrar a una persona, que con amor y paciencia, con compromiso y

respeto, le ayuden a experimentar la filiación divina, a saberse hijo de Dios, a experimentar

la misericordia.

Hay momentos en que cierto tipo de dolores, como las fobias paralizantes; el duelo,

ante la muerte de un ser querido; donde a pesar del paso del tiempo, la persona no es capaz,

de determinarse a rehacer su vida; o las consecuencias que acarrea el ser hijo no deseado; o

el abandono del padre, o hasta de la madre misma; la violencia intrafamiliar, los abusos

sexuales, etc. Todas estas y muchas más dificultades, hacen que la persona, esta tan

centrada y preocupada, por un aspecto particular de su vida, que le han provocado perder la

visión de conjunto, la visión del todo. Se percibe a sí misma, con tan poco valor, que se

encuentra perdida, sin rumbo; sin reconocer el camino para llegar al puerto seguro, a la roca

firme, al baluarte que es Cristo.

Sin duda alguna, en momentos como estos, la psicoterapia llega a ser necesaria. Sin

embargo, cuando ella es acompañada, de una buena dirección espiritual, ayudamos a la

persona a disponerse, y a dar a la gracia su lugar que le corresponde para ofrecer auxilio.
Índice 185

Es Jesucristo, quien ha asumido y redimido toda la naturaleza humana, quien tiene para el

hombre las respuestas, para que la persona avance, hacia una madurez espiritual,

emocional, psicológica y social; que sea capaz de incluir, todas las dimensiones de relación,

para las que la persona humana fue creada.


Índice 186

BIBLIOGRAFÍA
MAGISTERIO.

LEÓN XIII, Carta al cardenal Gibbons (12.I.189).

PÍO XII, Carta encíclica Menti nostrae. (23.IX.1950)

CONCILIO DE TRENTO, De sacramento paenitentiae. (Julio III en 25.XI. 1551)

CONCILIO VATICANO II, Constitución dogmática Lumen Gentium. (21.XI.1961)

CONCILIO VATICANO II, Constitución pastoral Gaudium et spes. (7.XII.1965)

CONCILIO VATICANO II, Constitución Sacrosantum concilium. (4.XII.1963)

CONCILIO VATICANO II, Decreto Apostolicam Actuositatem. (18.XI.1965)

CONCILIO VATICANO II, Decreto Presbiterorum ordinis. (7.XII.1965)

CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA. Coeditores católicos de México, México, 2001

JUAN PABLO II, Carta encíclica Familiaris Consortio. (22.XI.1981)

PABLO VI, Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi. (8.XII.1975)

JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Pastores dabo vobis. (25.III.1992)

JUAN PABLO II, Carta apostólica Tertio Milenio Adveniente. (10.XI.1994)

JUAN PABLO II, Carta apostólica Novo millennio ineunte.(6.I.2001)

JUAN PABLO II, Carta Encíclica Redemptor hominis.(4.III.1979)

JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Redemptoris Custos.(15.VIII.1989)

JUAN PABLO II, Carta apostólica Salvifici doloris. (11.II.1984)

JUAN PABLO II, Carta apostólica Rosario Virginis Mariae.(16.X.2002)

JUAN PABLO II. Discurso en el encuentro con jóvenes (25.II.1995).


Índice 187

JUAN PABLO II, Discurso al Simposio de Obispos europeos (11.X.1985).

JUAN PABLO II, Motu proprio Dolentium hominum.(11.II.1985)

JUAN PABLO II, “Sed el corazón y las manos de Cristo para todos los hombres y mujeres que
sufren”, en Dolentium Hominum 37 (1998), pp. 66-69.
BENEDICTO XVI, Carta encíclica Spe salvi. (30.XI.2007)

BENEDICTO XVI, Discurso del 22 de noviembre de 2009.

BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret, La esfera de los libros, Madrid 2007.

BIBLIOGRAFÍA

Diccionarios

BORRIELLO, L., Diccionario de mística, San Pablo, Madrid 2002.

GIORDANI, B., “Dirección espiritual”, en BORRIELLO, L., Diccionario de mística, San Pablo,

Madrid 2002.

HERRAIZ, M., “Cruz de Cristo”, en PACHO, E., Diccionario de San Juan de La Cruz, Monte

Carmelo, Burgos 2000.

IZQUIERDO, C., BURGRAFF, J., AROCENA, F., Diccionario de Teología, Eunsa, Pamplona

2006.

Libros

CATALINA DE SIENA, S., Il dialogo della Divina provvidenza, G. Cavallini, Roma 1995.

EDITH STEIN, S., La Ciencia de la Cruz, Monte Carmelo. Burgos 1994.

FRANCISCO DE SALES, S., Introducción a la vida devota. Palabra, Madrid, 2001.

JOSE MARIA ESCRIVÁ DE BALAGUER, S., Camino. Rialp, Madrid, 2002

JOSE MARIA ESCRIVÁ DE BALAGUER, S., Es Cristo que pasa. Riapl, Madrid, 1988
Índice 188

JOSE MARIA ESCRIVÁ DE BALAGUER, S., Amigos de Dios. Rialp, Madrid, 2006

JUAN DE LA CRUZ, S., Dichos de luz y amor, en Obras completas, Bac, Madrid 1974.

JUAN DE LA CRUZ, S., Subida al monte Carmelo, en Obras completas, Bac, Madrid 1974.

TERESA DE LOS ANDES, S., Cartas. Carmelo Teresiano, Burgos, 1993.

TOMÁS DE AQUINO, S., Summa Theologica. Bac, Madrid, 2001.

WOJTYLA, K., El hombre y su destino, Palabra, Madrid 1998.

WOJTYLA, K., Mi visión del hombre, Palabra, Madrid 1997.

ALTANER, B., Patrología, Espasa Calpe, Madrid 1962.

ANCILLI, E., Diccionario de Espiritualidad, Herder, Barcelona 1983.

BOECIO, De persona et duabus naturis NO LO ENCONTRE COMO TAL PERO ESTA EN EL

LIBRO TEOLOGIA Y CREACION Pags.202-217ss puede utilizar la biografia de DUSSEL o

LOBATO quienes tratan el tema en el texto lo tiene citado asi Appud en BOECIO, De persona et
duabus naturis, cap. III, PL 64 1343 D

BURGGRAFF, J., “Bases antropológicas de la medicina”, en MONGE, M. A., Medicina pastoral.

Cuestiones de biología antropología, medicina, sexología, psicología y psiquiatría de interés para

formadores, EUNSA, Pamplona 2005.

CABANYES, J., MONGE, M. A., Salud mental y sus cuidados, Eunsa, Pamplona 2010.

CANTALAMESA, R., La fuerza de la Cruz, Monte Carmelo, Burgos 2000.

CASTRO, L., La direzione spirituale come paternitá, Effata, Torino 2003.

CIPRIANO, S., De Ecclesiae Catholicae unitate No encuentré el texto tal cual, puede tomarse de

algun libro de patristica o de historia de la iglesea,de escriva de balaguer o la referencia del

catecismo de la iglesia que lo cita SAN CIPRIANO, De catholicae Ecclesiae unitate 6; PL 4, 503.

DINZELBACHER, P., Diccionario de la mística, Monte Carmelo, Burgos 2002.


Índice 189

DUSSEL, E., La doctrina de la persona en Boecio. Sapientia, Buenos Aires XXII, 84,

1967

ENTRALGO, L., Mysterium doloris. Hacia una teología de la enfermedad. Publicaciones de la

Universidad Menéndez Pelayo, Madrid 1955.

FRANKL, V., Ante el vacío existencial. Hacia una humanización de la psicología, Herder,

Barcelona 1980.

FRANKL, V., El hombre en busca de sentido, Herder, Barcelona 1990.

GARCÍA MORATO, J. R., Crecer, sentir, amar, Eunsa, Pamplona 2009.

GARRIGOU LAGRANGE, R., Las tres edades de la vida interior, Palabra, Madrid 1985.

GEBSATTEL, V. E., La comprensión del hombre desde una perspectiva cristiana, Rialp, Madrid

1966.

GILSON, E., El tomismo. Introducción a la filosofía de Santo Tomás de Aquino, Eunsa, Pamplona

1978.

HERNÁNDEZ, E., Guiones para un cursillo práctico de dirección espiritual, Comillas, Madrid

1960.

ILLANES, J. L., Tratado de Teología Espiritual, Eunsa, Pamplona 2007.

IZQUIERDO, C., MUÑOZ, R., Misterio de Dios y saber del hombre, Eunsa, Pamplona 2000.

JAGUER, W., En busca del sentido de la vida. El camino hacia la profundidad de nuestro ser,

Narcea, Madrid 1995.

LEWIS, C. S., El problema del dolor, Editorial universitaria, Santiago de Chile 1991.

LOBATO, A., La persona, gregoriana, Roma 1973. (PUEDE SER ENCONTRADO EN Teología
de la creación, Palabra, Madrid, 2002 o EN LOBATO A, Dignidad y Aventura humana, Edibesa,
Madrid,1997) ud. lo tiene citado asi: LOBATO, A., La persona, vol. I, “Historia y perspectiva metafísica”,
Roma 1973, p. 162 encontrado similar en teo. de la creacion

LORDA, J. L., Antropología Teológica, Eunsa, Pamplona 2009.


Índice 190

MENDIZÁBAL, L. M., La dirección espiritual. Teoría y práctica, Bac, Madrid, 1978.

MINGO, A., “Dirección espiritual”, en PACHO, E., Diccionario de San Juan de La Cruz, Monte

Carmelo, Burgos 2000.

MOLINA, E., Antropología Teológica. Contenido y método, Servicio de publicaciones de la

Universidad de Navarra, 2006.

MONGE, M. A., Medicina pastoral. Cuestiones de biología antropología, medicina, sexología,

psicología y psiquiatría de interés para formadores, Eunsa, Pamplona 2002.

MONGE, M. A., “Salud, dolor y enfermedad”, en MONGE, M. A., Medicina pastoral. Cuestiones

de biología antropología, medicina, sexología, psicología y psiquiatría de interés para formadores,

Eunsa, Pamplona 2002.

NEMECK, F. K., COOMBS, M. T., El camino de la dirección espiritual, De Spol, Madrid 1987.

PACHO, E., Diccionario de San Juan de La Cruz, Monte Carmelo, Burgos 2000.

PASQUETO, V., Diccionario de Espiritualidad, Herder, Barcelona 1983.

PASQUETTO, V., “Dirección espiritual”, en ANCILLI, E., Diccionario de Espiritualidad, Herder,

Barcelona 1983.

PHILIPS, G., La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II, Herder, Barcelona 1969.

QUASTEN, J., Patrología, Bac, Madrid 1973.

ROCHETTA, C., Teología de la ternura. Un evangelio por descubrir, Secretariado Trinitarios,

Salamanca 2001.

ROLDÁN, A., Introducción a la ascética diferencial.

ROYO MARÍN, A., Teología de la perfección cristiana, Bac, Madrid 1956.

SARMIENTO, A., Moral de la persona y renovación de la teología moral, Eunsa, Pamplona 1988.

SARMIENTO, A., TRIGO, T., MOLINA, E., Moral de la persona., Eunsa, Pamplona 2006.
Índice 191

SASTRE, J., Acompañar por los caminos del espíritu, Monte Carmelo, Burgos 2002.

SAYÉS, J. A., Jesucristo, ser y persona, Aldecoa, Burgos 1984.

SCHELER, M, El sentido del sufrimiento, Goncourt, Buenos Aires 1979.

VILAR Y PLANAS, J., Antropología del dolor, Eunsa, Pamplona 1998.

ZAPATA, R., “Psicología evolutiva y diferencial (I): las edades de la vida”, en MONGE, M. A.,
Medicina pastoral. Cuestiones de biología antropología, medicina, sexología, psicología y
psiquiatría de interés para formadores, Eunsa, Pamplona 2002.
ZAPATA, R., La salud mental y sus cuidados, Eunsa, Pamplona 2010.

Revistas
ANDERSON, C. A., “Significado del dolor de Juan Pablo II para la iglesia y el mundo”, en
Dolentium Hominum 74 (2010), pp. 31-35.
ANGELLINI, F., “El cuidado de los enfermos en el documento postsinodal Vita consecrata”, en
Dolentium hominum 32 (1996), pp. 7-11.
ANGELLINI, F., “Santa María, reina y madre de misericordia”, en Dolentium hominum 32 (1996),
pp. 58-59.
ANGELLINI, F., “La medicina moderna y nuestra concepción del hombre”, en Dolentium
hominum 32 (1996), pp. 59-60.
ARINZE, F., “La pedagogía del sufrimiento en las diversas religiones”, en Dolentium Hominum 31
(1996), pp.194-198.
BUONOMO, V., “El derecho a la salud en el derecho internacional de los derechos humanos”, en
Dolentium Hominum 72 (2009), pp. 50-53.
CANTALAMESA, R., “La forma nueva de vivir el sufrimiento”, en Famiglia Cristiana 37 (2005),
pp.19-32.
CARRASCO, I., “Psicoanálisis y psicoterapia”, en Dolentium Hominum 16 (1991), pp. 155-159.
COMASTRI, A., “¿Tiene sentido el dolor y el sufrimiento para el hombre contemporáneo”, en
Dolentium Hominum 74 (2010), pp. 35-42.
CONDE, J., “El sufrimiento y el sentido de la vida”, en Dolentium Hominum 32 (1996), pp. 127-133.
DELGADO, P., “Vivir sanamente el sufrimiento y la muerte”, en Dolentium hominum 37 (1998),
pp. 94-100.
FEYTOR PINTO, F., “El sufrimiento y el sentido de la vida”, en Dolentium Hominum 28 (1995),
pp, 116-122.
Índice 192

GOODWIN, F., “La enfermedad del alma: alteraciones del tono del humor y sus aspectos
biológicos”, en Dolentium Hominum 16 (1991), pp. 111-115.
HONINGS, B., “Una remeditación evangélica sobre la vida”, en Dolentium Hominum 72 (2007),
pp. 76-80.
IBARRA, E., “Una nueva definición de dolor. Un imperativo de nuestros días”, en Revista española
de medicina Dolor 13-2 (2006).
JAN, R. Z., “El sentido cristiano del sufrimiento. Juan Pablo II y los enfermos”, en Dolentium
hominum 29 (1995), pp. 31-38.
MARTELET, G., “Aportación de la fe a la salud mental”, en Dolentium Hominum 16 (1991), pp.
125-132.
MEDINA, J., “Los sacramentos, fuente de salud y salvación”, en Dolentium hominum 37 (1998),
pp. 100-105.
MILITELLO, c., “La superación del dolorismo en la concepción cristiana del sufrimiento”, en
Dolentium Hominum 32 (1996), pp.168-173.
MONGE, M. A., “El sufrimiento en la enfermedad. Algunas claves para ayudar a los enfermos a
vivirlo sanamente”, en Dolentium Hominum 32 (1996), pp. 27-40.
O’CONOR, J., “Llamados desde el Evangelio del sufrimiento”, en Dolentium hominum 26 (1994),
pp. 34-39.
PRINI, P., “Inteligencia artificial e inteligencia contemplativa”, en Dolentium Hominum 16 (1991),
pp. 76-80.
RAVASI, G., “Biblia y teología sobre el sufrimiento”, en Dolentium Hominum 74 (2010), pp. 14-20.
REY, L., “Ética y espiritualidad de la salud”, en Dolentium Hominum 72 (2009), pp. 37-49.
SODANO, A., “Servir al que sufre es una misión”, en Dolentium hominum, n. 33 (1996), pp. 58-59.
Otros
JOSE MARIA ESCRIVÁ DE BALAGUER, S., Carta 24, III, 1930.
BERTI, G., SCHNEIDER BERTI, A., “Por la esencia de renacer”, en Actas del Congreso
“Renacer”, Montevideo 2008.