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Prólogo

En el año 622 de nuestra era, nacía oficialmente en


Medina una nueva religión, diametralmente opuesta
a los tres dogmas cristianos fundamentales: la Trini-
dad, la Encarnación y la Redención. Hoy, los adeptos
de esa religión se están volviendo más numerosos que
los cristianos de todas las confesiones juntas. En el últi-
mo medio siglo, tres hechos han modificado el esce-
nario de manera radical.
Los países musulmanes, que habían caído bajo la
dominación de los imperios europeos –considera-
dos cristianos por los musulmanes–, a saber, los impe-
rios inglés, ruso, francés y holandés, recuperaron la
independencia (con la sola excepción de la Cisjorda-
nia palestina). Las minorías cristianas, aún numero-
sas a comienzos del siglo xx en Turquía, Egipto y el
Medio Oriente, se convirtieron y fueron expulsadas
(como los griegos de Asia menor) y a veces masacra-
das (como los armenios). Por último, importantes
minorías musulmanas se instalaron de manera pací-
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fica en Europa occidental. En Francia, constituyen pro-


bablemente el 10% de la población y, según los demó-
grafos, dentro de unos veinte años representarán el
20%. En Alemania, Inglaterra y los Estados Unidos,
las cifras son menores, pero igualmente significativas.
En esos países, este hecho genera cierta preocupa-
ción. El problema se plantea en términos demográfi-
cos, comunitarios, de asimilación, de lucha contra el
“racismo”, pero muy rara vez en términos religiosos.
En efecto, desde hace medio siglo, las Iglesias se incli-
nan hacia el irenismo o el ecumenismo; y aunque
muchas parecen estar en crisis –o, justamente, debido
a dicha crisis–, no se observa en ellas ninguna inquie-
tud propiamente religiosa. Su problema es acoger bien
el islamismo, buscar el contacto, los puntos comunes, el
diálogo.
En Francia, en particular, la instalación de la reli-
gión del Corán se efectuó de manera lenta y silencio-
sa. Sólo recientemente, los franceses han comprendi-
do de pronto que ésta planteaba un problema muy
grave, pues se trata, a largo plazo, del nacimiento den-
tro de su territorio de otro país, de otra civilización.
Sorprendidos, reaccionan de manera desordenada,
como hemos visto durante las discusiones sobre la acep-
tación o la prohibición del velo musulmán en las escue-
las públicas. Tienen la excusa de haber estado poco o
mal informados. Temen que se los acuse de intole-
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rancia religiosa, e incluso de racismo, aunque no se tra-


te en absoluto de raza, sino de religión. Aunque son
cristianos, a menudo han leído una literatura escrita
por clérigos preocupados por defender los valores del
islamismo, por destacar los puntos en común que ellos
creían percibir entre esta religión y la suya. Dichos libros
podían leerse como una propaganda involuntaria a
favor del Islam.
Pero esto no siempre fue así. Muchos grandes auto-
res clásicos han observado una incompatibilidad teo-
lógica entre el islamismo y el cristianismo. Por ejem-
plo, Juan Damasceno y Tomás de Aquino.
Juan Mansur, llamado Damasceno, descendía de una
familia de altos funcionarios bizantinos que habían
intervenido en la rendición de Damasco. Primero estu-
vo al servicio del Califa, en la administración fiscal. Con
las primeras persecuciones, entró en el monasterio de
San Sabas, donde murió en el año 754. Tan sólo escri-
bió unas pocas páginas que resultan valiosas porque
se trata de un testigo de la primera hora. Su primer tex-
to está incluido dentro de su catálogo El libro de las here-
jías, donde el islamismo figura como la herejía núme-
ro 100. Esto indica que, hasta esa fecha, particularmente
en los monofisitas y los nestorianos, que detestaban la
ortodoxia melkita porque representaba la opresión
bizantina, no quedaba claro si el islamismo era otra reli-
gión o si tan sólo era una versión más de la nebulosa
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cristiana. Hoy, a veces, sucede lo mismo. Lo cierto es


que la descripción de Damasceno es puramente sarcás-
tica. Mahoma es un falso profeta. Sus doctrinas son
absurdas y no puede ser de otro modo, pues niegan
las verdades cristianas. El segundo texto, más tardío,
se presenta bajo la forma de una Controversia entre un
musulmán y un cristiano. Se trata de una corta cateque-
sis para impedir que los cristianos se convirtieran, cosa
que ya hacían en masa. Allí, intenta defender el libre
arbitrio, contra el carácter fatalista que le atribuye al
islamismo, y también la consistencia de la naturaleza
creada, el orden de las leyes de la naturaleza contra el
puro capricho de Dios según el islamismo. Juan habla
con condescendencia, un poco como un distinguido
teólogo del siglo xix habría tratado la revelación de
Joseph Smith y el Libro de los mormones.
En esta tradición del puro y simple rechazo, Tomás
de Aquino constituye un jalón esencial. En la Suma
contra los gentiles (i, 5), da los siguientes argumentos:
Mahoma sedujo proponiendo mandamientos que
satisfacen la concupiscencia de los hombres carnales;
no aporta sino verdades fáciles de aprehender por un
espíritu ordinario; las mezcla con fábulas y doctrinas
que disminuyen la verdad natural que hay en su ense-
ñanza; sus pruebas se fundan en el poder de las armas
y son pruebas dignas de bandidos y de tiranos. Ni el
Antiguo ni el Nuevo Testamento testifican a su favor;
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al contrario, él los ha deformado por medio de relatos


legendarios y prohíbe que sus discípulos los lean. En
fin, concluye, “quienes agregan fe a su palabra, creen a
la ligera”.
Obsérvese que estos dos autores, a la vez que repre-
sentan una clara negación del Islam, han producido,
tanto uno como el otro, sumas, es decir, completas expo-
siciones del cristianismo. En efecto, parecería que toda
discusión con el islamismo requiere un conocimiento
profundo de la teología cristiana y que la mejor mane-
ra de poner en guardia al fiel cristiano es instruyén-
dolo sobre su propia religión, a la que en general cono-
ce poco. La polémica con el islamismo sólo es eficaz si
viene acompañada de una catequesis. Y eso es lo que
hizo Jacques Ellul en el texto que leeremos a conti-
nuación. Es importante que un célebre teólogo nos
hable hoy del islamismo desde el principal punto de
vista válido, el punto de vista teológico.
Jacques Ellul es un teólogo protestante. Y protestan-
te, también, es su catequesis. Se ubica en la tradición
de Karl Barth quien, en el siglo xx, ha marcado mucho
la teología protestante, pero también, en cierta medi-
da, la católica. Recordemos que cuando fue invitado
como perito al Concilio Vaticano II, Karl Barth elevó
una solemne protesta contra un texto de dicho conci-
lio que, según él, no afirmaba ni lo suficiente ni con
la claridad necesaria que Cristo era el único media-
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dor y el único salvador. Así, pues, al mismo tiempo que


una crítica del islamismo, leeremos la confesión de fe
de Jacques Ellul, que constituye su revés, su indispen-
sable contrapartida.
Pero Jacques Ellul no tuvo tiempo de terminar. Este
texto es un borrador descifrado después de su muer-
te. Y posee un gran valor. Sólo quisiera, después, con-
tar la misma historia de un modo un poco diferente,
aunque en cuanto a la mayoría de los puntos relativos
al islamismo me siento muy cercano a sus posiciones.

¿Qué estatus puede asignarle la teología cristiana al


islamismo? ¿El de una religión revelada o el de una reli-
gión natural?
En la teología tradicional, los cristianos dividen el
género humano de la siguiente manera: la primera por-
ción se encuentra bajo la llamada Alianza de Noé. Bajo
dicha alianza, pueden acceder al conocimiento de la
ley natural, es decir, de la moral común, y formarse
una idea de lo divino dentro del marco de las religio-
nes que llamaremos paganas. Dentro de esa humani-
dad común, Dios “eligió” a un hombre, Abraham, y su
“casa”, con quien selló una alianza, retomada y des-
arrollada en la alianza que Moisés recibe en nombre
del pueblo que Dios se “crea” al pie del monte Sinaí.
Por último, Dios, en su Verbo encarnado, venido como
“Mesías” de Israel, instituye una “nueva Alianza” capaz
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de extenderse desde Israel y su Mesías a toda la huma-


nidad. Ahora bien, ¿dónde situar el islamismo den-
tro de esta clasificación?
La dificultad y la molestia que los cristianos y los
judíos experimentan a la hora de clasificarlo dentro
del grupo de las religiones naturales provienen del
hecho de que el islamismo profesa creer en un solo
Dios, eterno, todopoderoso, creador y misericordioso.
¿No reconocemos allí la primera de las Diez Palabras
dirigidas a Moisés, el primer mandamiento? Sí, pero
falta un punto; el hecho de que el Dios del éxodo se
presenta como el libertador de su pueblo en una situa-
ción histórica particular: “Soy el Eterno, tu Dios, que
te ha sacado de la tierra de Egipto, de la casa de la ser-
vidumbre”. En el Dios creador del Corán, en cambio,
no hay ninguna historia. ¿Reconocemos, pues, el pri-
mer artículo del Credo cristiano: “Creo en un solo Dios
todopoderoso, creador del Cielo y de la Tierra”? Sí, pero
falta el detalle de que ese Dios es calificado de Padre,
es decir, que tiene una relación personal y recíproca
con los hombres.
Hay que saber que los musulmanes proponen otra
clasificación. Ésta opone a los paganos y a aquellos
–judíos, cristianos, musulmanes– que han “recibido
una revelación”. De este modo, el segundo grupo está
vinculado por una similitud formal (haber recibido
una revelación) y no por una sucesión histórica.