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Dr.

Philippe Madre

¡LEVANTATE Y ANDA!
EL CARISMA DE FE

Prefecto de Georget te Dlaqiiiere

1-‘ edición
Publicaciones Kerygma
México
ISBN 2-905480-33 5
O Éditiohs du Lion de tud a, 1988
Traducción: María Elena Prado Flores
Tipogr»r» oiseño: Primo González Carrera
Prefacio

Gr‹icicis n Pliilippe Maclre por licihernos cIcicIo"este ílbra. Ser‹i


precioso pam iocÍos. Priiiierciiiietitc j›urii los griipas de arncián y
lris comuniclcides, ¡torque nliciilii le iiirmcra clnrci y iiiniizcidn n In
vez el ejercicio de un cririsliin rleliccido y de los iiicís importantes.
Al interno iieiiipo du ci este cci risliia su lugcir en el conjunto de la
vidci ccirismcíticci y sohre todo, ne In viclci ‹lefe, tnt y corno el Seilor
rios lo eiiseíici. Y cIebcri’n tnIti’bién nyiirlnrrios a ver tiiás clarcutiente
el liigcir de los cnrisliins en ruin teología de In Iglesia, tal cotno sale
clv los textos coiicilinres, y cuy'ci riqiie zci cipenas coitieiicaitios a
tiiectir. Este libro icnnhlcm nos citesiiotiü sDhrc nuestra docilidcid ru
Espíritu, nítrico maestro cte In iiiisióli che in Iglesici.

Por mi pnrie, tres puntos finn reieni‹io prirliciilaritiente itii ntenciáii.-

Priiiicrcitit‹:nte, elponer eit relieve --ciii mismos de itiilencirismo-


“lvi urgencia dé los tieiiipos“. Eli In experiencia coticlinnn de la
evcingclizcición ttie sorprencle c’oiisicvcir cóitio Dios tiene prisa de
M cidre licbl‹i de Dios ”e/tcoit-
de libertad”. Es verdad -y muchos de
nosotros podemos dnr tesiinto”ríio de ello- quefrecuentemente Di'os
pnrecc toinu r los caminos iorc/d'os... ent ‘pedirtiosperiiiiso.
’ •ñllt, doiule abum1a .sobreabunda ta gracia“. ¿, Nues-
’, ero inc parece
que la Luc/zo errae erzrre lo verdad y el error se llo
“ ido del i”iiterior ” a la plaza pública. Particular-
Oriente, en lo q irías éticos, todo se muestra
sin piidar ( resía), ante los ojos de todos,
corre› jue ” ” q»iepretende ser desculpa-
áiffzanrejr pro/undo destriicturacidn

ÍÍ tíii de nuestros content-


estarse tambi‹!n en rim cierra visibili-
ottiinciitndonos desde iifioro et /iricio, "o /iit
.qiie ito ven y los que veit q«eden ciegos” (Jn
’ rosa sabiduría de la Misericordia no desdeña
la f,e, pero la xupo-

de la
oyiizioii q ’relipcer

particulariiiente
reJIexi‹ot del ‹in.tor.

riesgo de

tasfor incis
alguna otrafortna Ast, podría decirse que los carreras, necesarios
en la Iglesia primitiva, son actualmente inadecuados y que deben
confinarse en el bamr de accesorios folkldricos. ¿No corremos
entonces el riesgo de desprecias el don de Dios? ¿De
que eii

En una conferencia qite sigue siendo aciuat Monseiior Cojfy


analiza este riesgo de manera profunda Sblo citoré algunos pasa-
jes significativos.

”La misián es ii n misterio, es decir, una obra que Dios realim a


través de los hombres y pum los hombres... "

“La Iglesiri, por propia naturaleza, eii su peregrinar sobre la


tierra, es misionero, porque ella interna tiene su origen eii la misiári
del Hijo y eit la emisión del Espíritu Santo, según los designios del
Padre “ (Ad gentes No. 2 i. Esto signiJcn que la. misián de la Iglesia
no aumenta la de Cristo y del Espíritu. Dicho de otra manera, la
Iglesia no releva a Cristo, sino que por el poder del Espíritu,
actualiza In tristán de Cristo. No hubo envío de Cristo al mundo y
enseguida envío de la Iglesia para segq irlo y asegurar el relevo,
sino que el envía de la Iglesia es la cara visible del envío de Cristo
al mundo por el Padre... La Iglesia signiflca y actualiza la misión
de Cristo y del Esj:tirith... “ (Doc. Cat. No. 181d).

Bnjo este punto de vista queda cloro que, los carismcis, cuando
se distinguen como provenientes del Espíritu Santo, son para
acogerse y ejercerse eii la obediencia al Espíritu, iinico maestro de

En lo concerniente al carisma defe, el Dr. Madre aborda el tema


con claridad, pero también con detalle, a trovés de la reflexión y
al mismo tiempo, con se propici experiencia. El descubre las
cimbigüedades y los tentaciones tanto en aquel que lo ejerce como
en el beneficiario. Y al interno tiempo, intenta penetrcir en la
conieitiplacián del designio de la Sabiduría Divina y sus caminos
ianfrecuentemente desconcertantes, que hace estallar la estrecliez

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de nilcslros coiiccjiios. Los rcsliiii oiiios qnc j›rcsciiin nos IIc›'nii ni
£vn //ge/io, mii gerc//›/ll/os cl sn I›or rcclicoiiirniiios in » /s u n
‹/c/is/‹/‹/r/ de m «///‹ /i/‹/nr/¿ —¿ ///e n // c›'crú n r/cc/no ?—‹ic ‹/i r'i rii ‹/n‹/..
/fnj' cosns que llo se i r/›'cr rn .

Ac fuertemente se lin hln iiiiic/io Mc cniolici siii o j›o j›iilnr, con s«


gusto por lcis reuniones ycrcçríiincío/irs; su ferv' oi no síciiiyrc
exp'licciclo, pero conmo v'ec1or ) si rice ro, colmo (rirri rcciiciiriiu r un‹i
fe que se liz /i ec/i o r/ciiirisínJo cci chi cit. Tcimhiéii con su gusto por
lo inn-n t'i//oso \' sii fiiísçii rr/n ‹le lo r /iiocío/tal, sii r/csco ‹/r miller gi‘os
y sii ‹/eyciiJc/iciii ‹le g/iriís, ciln lcsqu ter n que ús los s ra/i. :lt s/ii/csís,
sus riquezas J' sris mii higiie 'nJcs, lris iiiísiiins, init símbolo í'ícn, diie
mire llris ne lris innc henri mhres que segu init ci lesríe, ci qu tenes El
gr/e r/r en r'uiio cvira r que llenci hnii sii coi n_ñu r/c ccinynsiñii
porque ernn “connio ovejris siii prisicir”.

Cin trimestre In ‹i'c vocíñii popular cxige frecuentemente un r/is-


centran íciiro ‹/c/ícn‹/o. Dehe ser “cvniig'r/izrrr/ri “ cit si iii ísiitn pcirn
poclcr cli mptir sii j›cipel cvnngcli_•cicIor cit tercio rte los iuris “pohres “,
Me los que iuris siif ‘c/i, r/c ciqiiellos que no se sienten ¡›lcIiniiieiiic
corno y‹ii ie n‹Ilicricln n la Iglesin, r‹i/ corno ella es cit sus estructuras
o int coitio ellos In per cíI›rii. Yo f ir /ico que cs/e liii o yiic‹/e ser
p'rccioso j urri estri ev'cmgeli_•aci óii . Por que es vel rlcirl qil c iiiiicli os
”iiizirgiir‹rzfos’ ezr relnciáii coir lvi /g/csiri, se cucuciiii ni eli los
gri+po ne ornciáii y salrre rocío. cu lcis gr metes miamifeslncioiies rte
Ici Reiiovnciáli Cnrism‹it icri.

‹ 'fn ‹Y« Dios. A irnvés rie sus niiiI›igi”ie‹InrIes ) sii j›o I›rc_•n etc
9
Prólogo

Los signos en cuestión...

Cuando se evoca la realidad actual de los signos provenientes de


ciertas manifestaciones carismáticas, encontramos indicios de ma-
lestar, escepticismo o desconfianza en diversos sectores de h
Iglesia. ¿Debería entonces Dios hacer a un lado los signos en
nuestra civilización inundada por la imagen y el sonido? ¿Las
centenas de narraciones sobre curaciones extraordinarias relatadas
en los Evangelios sólo serían fabulaciones tardias o interpretacio-
nes simbólicas... que ahora son denunciadas por cierta exégesis
moderna?

¿Los signos divinos no estaban reservados al ministerio público


del Hijo de Dios encamado, o incluso a h ardiente Iglesia primitiva
que, todavja embrionaria y consciente de su fragilidad, tenía nece-
sidad de intervenciones sobrenaturales múltiples para ser confir-
mada en su misión?

¿Por qué esos signos en nuestros días?

¿Qué pensar entonces de los signos de sanación que se van


multiplicando por doquier en nuestra Iglesia, en estos tiempos que
son los últimos, conto lo afiniia Juan Pablo II? ¿NO lelldf mos
inclinación a subestimas el interés en ellos, suponiendo incluso que
nuestro Dios es deiiiasiado ”deiiiostrativo”? ¿Quiénes somos noso-
tros para ser los consejeros de Dios? (cf Rm 11,34). Se objeta
frecuentemente 9ue nuestra vida en la tierra con Cristo es un
peregriiiar en la fe, la fe obscuro, atguiiieii taiido esta bietiaveiitu-
rn n za: ”Biet «vet turaJos los q‹›e creei› sin l1aher visto" (Jn 20,29).
¿Tenemos razón eii aferranios a esta obscuridad ‹le la fe al grado
de deiiigrar los signos 9ue Dios en su bondad nos concede?' La
respuesta es delicada y con riesgo de no gustar, yo d iría: ”si y no”.

Si, porque es verdad rJue lo esencial de nuestro caminar con


Cristo está en ctecer en el dcii de la fa, eii mndurnr cii esta de 9ue
las pruebas se encargarán de purificar hasta traiisfonna tla eii una
confianza cacla vez iiiayor. ¿Quién iiegaria que la fe, y priinetaiiien-
te la fe, está lip•ada a nuestra sa lvacióii y que eii esta tietrn... CAMI-
NAMOS EN LA FE, NO EN LA CLARA VISION? (2Cor 5,7).

No, porque a pesar de esto, en la Iglesia hay la certeza de 9tie


Cristo se coiiipadece de nuestras debilidades. El sabe que 1a'peniia-
nente obscuridad de la fe es demasiado duta para muchas criaturas
humanas y 9ue el hombre tiene a veces necesidad de ser coiifortaclo
eii su le i'acíIaiite. Es alli donde el signo puede intervenir, según la
buena vólüli ta d divina. Decir esto da un poco de seguridad a
aquellos que se sienten débiles en la fé o la confianza y recuerda, a su
iiiodo, 9ue nuestro Dios es Misericorde.

La de del Pue1›Io ble Israel iiiacluró con su experiencia en el


desierto, c‹iya aridez y dificúl tat!es n›nrcan muy bien t›‹i estro pere-
giiiiar terrestre. Es también eii el desierto donde Dios realiza los
signos y procligios más grandes precisairiente para recordar a su
pueblo que sus promesas son ver‹laderas. Signo 7 ×isericordia
están asi ligados, aun9ue la segunda no tenga forzosamente nece-
sidad de los primeros.

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Pero continuemos nuestra meditación... El signo es ta iiibiéii
como el eco de la Palabra de Cristo, una especie de i iisisteiic ía de
Dios incitándoiios a creer que lo que El dice es verdad. Cuaido hay
eco, es porque hay palabra, y el signo rios remite sieiiipre a la
Palabra de Dios, accesi ble al horrible a través de las Escri t tiras y
la Iglesia. Dios no está muerto. Tampoco está iiiudo conto los ídolos
(o falsos dioses). El habla, incluso grita... sobre todo eii estos
tiempos que son los últimos, eii que el nombre tiene una tuerte
propensión a la ”sordera espiritu a l”. Prefiere hacerse el sordo
y llenarse la boca con “discursos vacíos e inútiles“', ¡más 9ue
escuchar la voz de Dios resonaiido en su cora zón y hacerle eco! Dios
no se encierra en su propia santiclad. Su acción tampoco se deja
coiifiiia r al más profiiii‹lo inconsciente de nosotros mismos. Los
signos de¡›rofec ía, cte fe, de sa naci ón, eua tido vienen de El, mo-
lestaría los sabios de este mundo, pero regocijaii e i con zón de los
pobres, recordando que El es El ‹¡ue es (Ex 3, 14).

Esto me recuerda la historia auténtica de aquel horrible de unos


cuarenta arios, para lizado de las previas desde su infancia, por lo
que gozaba de Seguridad Social, recibiendo una ptima considerable
por inva l idez. Un día, durante una oración de sanac ión en la
Eucaristía, se levantó de su silla y empezó a caminar. Comenzó a
curarse mii lagrosamente y seis meses más tarde sanó completa-
mente. Se presentó entonces a la oficina de la Seguridad Social para
ex pl icar su caso y destinar la prima de invalidez. El empleado no
9tiiso sa her natla, pues los milagros no están previstos en el tegla—
miento. ¡Aunque está sano, sigue cobrando su prima!

Finalmente, un tercer aspecto del signo nos ilumina sobre el


“comportamiento de Dios” hacia nosotros. No olvidemos nunca que
el Señor es infinitamente libre y que la vida de Jesús es testimonio
de una libei-tad increíble en todo lo que El realiza. Quisiéramos
imponer leyes a Dios, categoÚas e incluso técnicas pastorales y
prohibirle actuar fuera de ellas. Y verdaderamente es difícil insertar
la pedagogía de los signos y los carismas en uno u otro de estos
métodos o categorías. El signo expresa así la libertad soberana del

1. Pablo Vt Evangelii Nuntiandi.


Señor. Sí, a nuestro Dios le encanta ser sorprendido en flagrante
delito de libertad. Ante nuestro orgullo, El nos recuerda que es El
quien hace todo y que, como lo afirma Pedro al tullido de la puerta
Hermosa (cf Heh 3,6): NO TENEMOS NI ORO NI PLATA... ni
inteligencia, ni poder divinos. ¡Pero tenemos --un poco— confianza
en este Jesús de Nazareth y en el Espíritu que prolonga su misión
en la Iglesia! Es todo esto (y muchas cosas más) lo que nos sugiere
este florecimiento actual de la expresión carismatica. Y en el
presente lo que necesitamos es encontrar más la sabiduría que la
sostiene y le da sentido.

Palabra y signo

Los signos de curación, por ejemplo, no los concede la Provi-


dencia al azar, o como si el médico divino se dedicada a aligerar un
síntoma sin interesarse en el mal profutido. Los signos forman parte
de la pedagogía del amor de Dios realizado en nuestras vidas por
el Espíritu Santo. En efecto, en su infinita libertad Dios da lo que
El quiere, a 9uieñ El quiere y cuando El quiere. Nosotros no somos
los programadores de sus propios dones, sin embargo es evidente
que la llegada imprevisible de estos signos está siempre asociada a
la proclamación de la palabra de verdad, cualquiera 9ue sea su
horma. ¡Atención, nada de matemáticas! No basta hablar de Dios
para que se produzcan los signos. En general, los signos vienen a
confirmar el testimonio. Si los apóstoles realizaban tnntos signos, es
por9ue eran testigos de la Resurrección y algunos, de la verdad de
su testimonio, les costaba lo 9ue fuese. No es cuestión de hablar de
Cristo, sino de dar testimonio, según el propio llamado, que esto es
verdad para mí y que deseo ávidamente compartir çsta verdad con
muchos otros que hoy tienen necesidad de la verdad.

Hablamos así del testimonio que brota no solamente de los labios


o de un intelecto, sino más bien de una vida entregada al Amor de
Cristo (a pesar de sus luchas y obscuridades propias), de una vida
que se ofrece a la palabra que nos habita y que quiere desborda rse
de nosotros.

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Es en principio en este sentido que podemos decir que los signos
vienen a confirmar la palabra anunciada.

Sólo existe una sola Palabra de Dios que para nosotros es la vida
misma de Cristo. Pero esta Palabra única se encarna ‹le modo
particular en la vida de cada bautizado, y será confirmada a través
de signos... según la Sabiduría, pero también según la ternura de
Dios. Francisco de Asís no era un gran predicador, en el sentido de
construir grandes discursos ten-lógicos, pero daba testimonio en
ciudades y pueblos, de esta Palabra recibida en lo más profundo de
sí mismo hasta herir su co t : ’iEl d !” Este
testimonio agradaba tanto a Dice que numerosos signos venían a
confirmarlo con fuerza. La Iglesia es también esto...

Signo y evangelización

He hablado sobre todo de los testigos y de los signos que les son
”satélites”, pero mucho menos de los destinatarios de esos mismos
signos. Porque finalmente, si el signo viene de Dios y corresponde
a una pedagogía particular, ¿cuál es su fin profundo? Dios ama la
libertad, pero no el espectáculo. ¿Qué espera entonces El, con-
cediendo una curación, una liberación o un milagro?

Aquí debemos afirmar que un signo nunca es un fin en st mismo.


No es un fin, sino el principio de una gracia de Dios, y esta gracia
consiste justamente en adherirse a la palabra escuchada (de una
manera u otra). El signo viene a buscar, en aquel que lo constata o
lo vive, la adhesión del corazón al Amor redentor de Dios. Es como
si Cristo mismo tocata a la puerta, esperando ser invitado para hacer
del hombre su morada nupcial. Qué importa si los golpes son ligeros
o violentos, hasta arriesgar una respuesta negativa... ¿quizá esto
depende también del grosor de la puerta? Es en este sentido que los
signos de fe y de curación participan (no exclusivamente, por
supuesto) en el crecimiento de la vida cristiana. Ofrecen al hombre
una especie de aprendizaje a una adhesión mayor, la cual no se da
con los labios o el intelecto, sino con todo el ser. Es en esta adhesión
jun&je dyd igoseee ono scoruyncmck su
Dios quiereclar. el
a Cristo,axigién‹jote un

responde s.pe-

vigorosa doaapí¢›1›s‹:ión de
¿vendría a negar su prapia
en mis obras”. (Jn 14, LI).

Explica por Ía trampa


eçcribas fariseos,

de la
Resurrección y a la Vida. El signo de Jonás es el más formidable y
más escandaloso de todos los signos. Es pot el lo que, de momento,
pocos lo recotiocieron conto tal y entraron en el crecimiento de
amor que él proponía. Sin embargo, ¿no fue con este signo, incluso
escan‹la l oso, que el centurión reconoció que ESTE HOMBRE
VERDADERAMENTE ERA HIJO DE DIOS (Mc 15, 39)? ¿No
es el mismo sigtio que el buen ladrón discemió y a partir del cual
eiitabló un crec imiento vertigmoso que lo condujo el mismo día al
Paraíso? (cf Lc 23, 43).

Que no se replique: ¡no hay que confundir signo de Jonás y


sigtios de sanación ! El sentido es finalmente el mismo, pero es
verdad que el acoiitec iiiiiento de la Cruz es sólo el signo que nos
descubre el loco amor de Dios por el hombre. También es el
cautivo... Esto es la Eucaristía: camino y signo; signo que encierra
ese cree iiniento que solo Dios puede suscitar.

No sólo camino --‹jue conviene acoger en la fe— sino igualmente


signo, si ci i¡›i e entregarlo a una iiiira: la de la sanación total del

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CAPITULO I

La mies es mucha

“El los sanaba a todos ”

ARS. Reunión de verano de 1985. Cerca de seis mil personas


están concentradas en la cripta. El Santo Cura de Are habla profeti-
zado: "Llegarán días en que este pueblo tio podrá contener las
multitudes que aqui se agolparán".

Este lugar es sofocante y estéticamente, más pai-ece un refugio


antiatómico ‹¡ue un santuario, pero nadie piensa en quejarse. La
multitud está como ”perdida” eii la adoración, a la espera del paso
de Dios, capaz de transfortnar una vida, renovar una esperanza y
de manifestar su gloria.

Es de noche y los proyectores iluminan violentamente el coro de


la cripta, preparada y decorada especialmente pata las grandes
celebraciones litúrgicas que aquí se viven de costumbre en esta gran
peregrinación.

Pero esta noche, en el coro, no son los sacerdotes los que se hacen
notar, sino un mínimo de trescientos enfermos graves o seriamente
inválidos. Apretados unos con ottos, con el cuerpo o la mente

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paralizados, carcomidos por la enfermedad, estos grandes sufríen-
tes otan, con la multitud reunida que los presenta al amor de Dios. .
ese Dios rico •n Micericc›rdio, que cieitaiiiente tro es un gran mago,
pero cuya ternura se despliega particularmente hacia aquellos que
sufren y se desborda en frutos de consolación, de sanación, de
liberación, de reconciliación y de paz.

Estamos en plena celebración por los enfermos y mucha gente


de los alrededores (y de más lejos) ha venido especialmente para
acompañar esta noche a sus familiares o conocidos aquejados de
un mal orgánico o psicológico.

El poder amoroso de Dios es la esperanza de los enfermos y con


mucha razón se han reunido estos miles de personas para asistir a
la realización de las promesas divinas:

”Estas son las señales que acompañarán A LOS QUE CREAN:


En mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas, tomarán
serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño;
impon‹irán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien” (Mc 16,
17-18).

Le promesa de Cristo no está reservada a los santos, a los sacerdotes


ni siquiera a algunos tauma turgos cristianos, ¡sino a todos LOS
QUE CREAN!

La fe viva de la mayoría de los creyentes reunidos en esta cripta


de Ars ¿no era asI susceptible de obtener de la Misericordia divina,
tesoros de gracias pata estos desdichados animados de tal esperanza?

No dijo Cristo: ¿”YA by la Resurrección 7 Vida?” (Jn 11, 25).

De algún modo la oración del cristiano incorpora, a quien la


realiza, en la persona misma de Cristo, es decir, en la Resurrección
y la Vida... Esta Resurrección puede así ser considerada como la
herencia inalterable de aquellos que ponen su fe en Cristo... así
como de aquellos que la oración de la Iglesia abraza (es decir de los
miembros del Cuerpo de Cristo). La celebración comienza con una

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oración muy profunda, que invita a la adoración y que está enrai-
zada en el rezo del Rosario.

Estamos todos reunidos para experimentar una visita de Dios,


no como simples espectadores curiosos del desarrollo de los acon-
tecimientos y que desearían obtener algunas ”sensaciones emocio-
nales". Conviene entonces prepararse a esta cita divina, para no
arriesgarse a desaprovechatla. Inclusive si los ojos van a ver lo que
segummente jamás han visto hasta hoy, son los corazones los que se
abrirán (quizá) al paso del Señor de la Vida. Porque es a través del
corazón y no de los ojos de carne, que nos unimos a la obra de
Resurrección de Cristo y por la obra, a A9uel que es el Autor de la
misma.

La intensidad de la oración de adoración pasa progresivamente


a la alabanza y todos los enfermos se unen a ella, porque es
conveniente acoger a Jesús en la unción del Espíritu Santo, tal como
fue recibido por los habitantes de Jerusalén el Domingo de Ramos.

”Alli donfle dos o tres se reúnen en mi Nombre, allí estoy en


medio de ellos“ (Mt l 8,20). Sin duda Dios no es matemático, pero
cuando los dos o tres se transforman en dos mil o tres mil... o incluso
et doble, ¿qué no podemos espemr de los beneficios de su presencia?

La alabanza en la 9ue la muchedumbre penetra unánimemente


es sólo la acogida a la presencia prometida y certificada: también
es anticipación de una acción de gracias por lo que el Señor no va
a dejar de rea l izat esta noche por estos enfermos... no que El deba
sanarlos a todos —lo cual manifestaría una incomprensión del mis-
terio del sufrimiento y de la sanación; sin embargo, El quiere visitar
a todos personalmente, sin excepción, para llenarlos según sus
necesidades más grandes y que sólo su Sabiduría conoce.

Esta acción de gracias (anticipada) quiere ser la expresión de un


reconocimiento adelantado de lo que el paso de Dios va a realizar
sin falta en las almas o en los cuerpos (promesa divina obliga...).
Permite, en la misma progresión, disponerse a recibir en una mayor
confianza el don que el Amor tiene reservado para cada uno.

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En el coro —7 lo mencioné más arriba— sólo están los enfermos
y un equipo de veinte personas, del que formo parte, y algunos
obispos de Francia que han venido a participar en esta sesión de

Estos veinte hombres y mujeres tendrán la delicada tarea de


animar la oración durante la noche, de orientarla en la sabiduría y
la ”inspiración” del momento, favoreciendo y verificando la expre-
sión carismática (al servicio de la Misericordia sanadora de Cristo)
y también vigilar el orden, la armonía y la paz de la celebración.

Para manifestar que sólo son servidores (inútiles) de la gracia, estas


v.einte personas se acercan a los enfermos, arrodillá ndose a los pies de
algunos de ellos y pidiéndole su bendición.

Estos enfermos por los cuales vamos a interceder, también tienen


una gracia que comunicar en nombre del Seíior a aquellos que los
presentan a la ternura compasiva de Dios; es por ello que no
dudamos en solicitar su oración, ya 9ue por su enfei-medad, ellos
están patticularmente configurados en Cristo sufriente y redentor
de la humanidad. Ellos son visiblemente a‹juellos 9ue completan
en su carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo en favor de su
Cuerpo, que es la Iglesia (Col 1, 24).

Después comienza la intetcesión por los enfermos, propiamente


dicha, salpicada de tiempo en tiempo por una palabra de cono-
cimiento inmediata' : anuncio carismá tico de lo que el Espíritu está
realizando en un cuerpo o un psiquismo dañado, y que interpela
fuertemente a la persona que concierne a descubrirse mirada,
tocada, amada por Cristo... experienciaconmovedora con frutos de
sanación y sobre todo de conversión, reales y numerosos, en 9ue
más de cien personas dieron testimonio durante la noche... testimo-
nio más emotivo por ser susceptible de desencaclenar un proceso en
cadena en que otros enfermos que lo escuchan o lo consta tan,

1. Leer el respecto “El carisma de conocimiento, ¿por qué y cómo?"‹red mismo


autor. Editiones Lion de Juda.

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reciben, frecuentemente con gran sorpresa de su patte, una gracia
manifiesta de consuelo o de luz en su vida.

No hay que minimizar nunca la importancia del testimonio como


poder de conversión de los corazones, si se origina en una expe-
riencia verídica. Por ótro lado, es lamentable que el pretendido
respeto humano, el miedo del juicio de los demás, la acusación de
indecencia o de manipulación de masas, sean invocados por al-
gunos como argumentos destinados a descartar el testimonio... y a
privarse de su impacto evangelizador.

La intercesión por los que sufren dura largo tiempo, incluso si


en opinión unánime de los participantes ”no se siente pasar el
tiempo”. Asi sucede cuando el cielo se acerca a la tierra... o Dios
se acerca al hombre. Las palabras de profecía o de conocimiento
inmediato se multiplican, pero sin excesos ni exaltación de la
muchedumbre:

"Una persona de cincuenta y dos años, con una afección en el


ojo izquierdo que la tenía casi ciega de ese lado, en este instante
tiene un llanto inhabitual y se da cuenta que distingue mejor las
formas a su alrededor. Es el principio de una curación total que
culminará en algunos días. ”

”Una mujer joven de veintisiete años que ha tenido dos abortos


y hostigada por un terrible sentimiento de culpabilidad desde hace
varios años, experimenta súbitamente una paz profunda. Ella nunca
había hablado de esto a nadie. Es invitada a ir a buscar un sacerdote
para recibir el perdón de Dios.”

“Un religioso de intentó 7 °Cho años, casi s0fdo de los dos oldos
y obligado a usar un aparato acústico, está sanando. Ha venido aqui
con curiosidad, traído por un amigo y habi-tualmente se manifiesta
muy crítico respecto a la Renovación carismática. Actualmente
percibe fuertes zumbidos en los dos oldos y estará totalmente
sanado en algunas horas más.“

”Una pareja que se deshacfa después de dieciocho años de

23
matrimonio y 9ue habia llega‹Io al borde del divorcio, experimenta
un gran calor interno. El, convertido en alcohólico, está itistantá iiea—
mente liberado del alcohol. Ella cayó con otro hombre a causa de
sus problemas conyugales. El Sefior los visl ta para ”resucitar” su
unión e invitarlos a viví r una recoiici l iacióii". Etc.

Muchos serán alcanzados por el ejercicio del carisma de profecía


o de conocimiento y todos darán test i iiioiiio, sea eii público o en
privado (por legítimos motivos de discreción).

Dios realiza iiia rnvi l las eii su Pueblo, eii la iiiedi da que éste
espera todavía algo de El.

” • Le vúntate y andci ! “

Peto la reunión no lta ieniiiiia‹Io, porque liabiaiiios deci‹1ido orar


por cacla uno cÍe los enfermos presentes eii el ” podium “ aíiadientlo
a nuestra i iitercesión el signo (tio saciaiiienta l) de la iirposic ión de
manos (cf Mc 16, 18) 9iie to‹io existía no puede practicar en un
movimiento de confianza de esJieraiiza, con un enfemio. No se
trata de algún gesto mágico', sino ble una seíia eclesia l de compa -
sión fratema vivida en un espiritu de oracioii.

Las veinte personas del e9uipo animador se dispersan entre las


filas ‹le enfermos de dos en dos y comienzan a orar con ellos.

En coinpafi ía del Hermano Epliraiin, fundador de la Comunidad


del León de Jiicla y clel Cordero liiinola do, me dirijo hacia los
invá l idos físicos, agi upados eii varias filas alrededor del altar,
fortif i ca‹I os ya eii la confianza por lo que nuestros ojos acaban de
ver y nuestros oretos ne escuchar a través de los test iiiioiiios 9ue
referí arriba,

1. Dios no es mago ante lodo, ¡›orque entonces, no sería Amor. diii embargo,
muchos creyentes lo consideran un poco como tal, pnvá ndose de las invitaciones
de su Bon‹lad.

24
Nos incl iiiaiiios sobre una joveti iiiiijer q ue padece una esc lerosis
eii placa (?)* y está Jia raliza‹la eii las dos piernas. Su rostro está
baiia clo en lágriiiias... Lngri iiias de eiiioci ón por las saiia cioiies ya
miami fiestas, pero latir bién lágriiiias de sufrimiento pot9ue, para
ella, stis piedras reliiisaii toclo iiioviiiiieiito, incluso el más miniiiio.
Con el corazón coiiiiioviclo, Epliraini y yo i iivocamos con fuerza al
Espíritu Santo por el eiia I aquel que cree en Jesús (resucitado) verá
real iza rse las iiiisiiias obtas —y to‹lavía iiiás graiides— de Cristo (cf Jn
14, 12).

; Que no se haga nuestra vol uhm, link t "7 ! Oramos


luego por un hombre 9ue ¡›adece una artritis iiivalidaiite eii las dos
caderas, i iiipidiéiidole caiiiitiar. Hasta a9uí, todavía no se produce
iia‹la iiia iiifiesto, lo cual no impide la secreta visita de Dios en él..
Sin eiiiba rgo, iiiás tarcÍe iros dirá q ue durante nuestra intercesión él
había ex]ieriiiieiitado una especie de ca for q ueiiiante e inliabitual en
la pe I vis. .. Eiero i i iuguiia iiiejotía física de esta coxa rtrosis bi lateral,
al n›enos J iirnnte tos d i ns siguientes.

Nos aprestaiiios para ”]iasa r“ con la siguiente persona y de pronto


nte cleteiigo, corno si una “iiisia i ic ía interior" nte dijera: ” ¡iiiás tarde!
Ahora tienes otra cosa que hacer“. Molesto, miro al joven por el
cual nos ‹l ispoiiíaiuos a orar y que esJ›era, preguntándose por 9ué
penna nezco iiiinóvi l a unos pasos de él, siii avanzar... mientras que la
fila ‹le enfermos eii silla ‹le riie- das es muy grande y que, desafort u-
naclaiiieiite, no tenernos toda la noche por delante para prolongar
esta ce lebrac ion.

Diibitat ivo y a la vez seguro de ser invitado a “alterar ni is planes“,


i1› i ro fija i» ente n los it vá lidos de nti alrededor, tmtando de pem›a -
necer en tn›a escticl›a interior para percibir i» ejor lo que considero
una ›r›oción del Espf ri t‹i. Ciertamente no es la primera vez que
experimento a Igo parecido, pero nunca antes con tal intensidad.
Ephra im espera pacientemente, presintiendo sin duda un aconteci-
miento inliabitual. Mi mirada se posa finalmente y casi ”por casua-
lidad”, sobre una joven sentada también en una silla de ruedas. Mi

’NT.

25
“instancia interior” (de ninguna manern se trata de una especie de
voz), insiste: “Es ella".

Lo que viví entonces me sorprende. . y me seguirá sorpren-


diendo durante largo tiempo. Sin deseatlo en modo alguno, hago a
un lado los otros enfermos que esperaban pacientemente para
encontratme al lado de esta joven, seguido de Ephraim, a quien no
altera de manera desmedida la turbación del momento.

— ¿Cómo te llamas?

— Chantal

— ¿Qué edad tienes?

— Veinticuatro años

— ¿Desde cuándo est:is en esa silla?

— Desde los diecinueve años. Tuve un accidente en moto que me


seccionó parcialmente la médula espinal.

— ¿Ha z podido recuperarte un poco?

— Arenas puedo mover mi pierna izquierda, pero la derecha está


totalmente dañada.

Como médico, sé que su pronóstico es exacto: con varios años


después de ta l traumatismo, su pierna derecha jamás podrá soste-
ner[a. . . y en cuanto a la izquierda, sus posibilidades locomotrices
son muy limitadas.

— ¿Tienes deseos de sanar?

Responde con una triste soluisa de desengaño, como si el vere-


dicto f»taJ hubiera sido dedo deñnitivamente, sin que ninguna
mejoría pudiera considerarse posible.

26
— Es verdad 9ue no puedes esperar una recuperación natura I;
pero, ¿crees que Jesús puede hacer a Igo por ti?

(Levanta los hombros, dando a entender: "Sólo falta que El se


interese en mi”).

Yo sentia que me animaba una cierta audacia, que no tenía nada

con seis mil pares de ojos fijos en el pod mm. Yo sentía la impresión
de una fuerza cJue “se condensaba en mí mismo”, una especie de
convicción sobrenatural de que Dios quería manifestar su gracia en
Chantal. . . no de modo general (como lo puede manifestar en todos),
sino muy precisamente, en un sentido de sanación.

— ¿Y si Jesús quisiera realmente sanarte?

— ¿Por qué a mí?. . ¡ Todos los demás 9ue están aquí, también
están enfennos!

Mi convicción crecía, sin que nte elesannara su iiecedad y poco


eii t usiasiiio aparente.

— No te preocupes por los demás. También el Señor se ocupará


‹le ellos. Piensa en ti, porque ahorita El se está ocupando de ti.
Vamos a orar con confianza.

Sin contestar, baja la cabeza y cierra los ojos, como para con-
centrarse mejor en la oración. Yo me uno a ella en esta intercesión
ferviente, sin preocuparme dél tiél1l(i que pasa al lado de Chantal
y (quizá) ¡quitado a otros! ‘

Levanto la cabeza.

— ¿Experimentas alguna sensación especial en tu cuerpo?

t . En el transcurso de la noche, cada enfermo, sin excepción, se beneficiará


con la intercesión de los hermanos.

27
— Real mente no (dicienclo: “no se fa tigiie más“).

Entonces apareiito fastidiarme ”gentilmente“.

— Cha rita l, no te cÍesaiiiines. Si Jesús cJiiiere actuar, El puede


hacerlo, pero iiecesi ta tu col aboraci ón; pídele tú misma cJue te
to9iie, ¡ y no seas tímida !

Tal lenguaje podría ser considerado imprudente y ”psicológica-


mente inaiiipuIa‹ior“, estoy de acuerdo... yo mismo lo habría desa-
conseja do anteriormente en ta l contexto, conociendo los peligros
de la presión mora l aplicada a los enfermos. El ejemplo de las sectas
pentecosta les que en›p‹ijai1 a gen re n›‹iy créduln a dec Pararse sanada
y gritan falsos milagros, no me es desconocido y siempre he
maui festado mi total desacuerdo con tales prácticas. Pero esta
noche, las circiinstanc ías eran di fetentes. Yo tenía la impresión de
ser iiiovido por una fuerte moción del Espíritu, cuyo ”blanco” era
Cuanta l y el fin: su sanación.

Ciiiclando de ser d iscreto, coloqué mii iríano en la columna


vertebra I de Cliaiita l, eii el lugar a¡›toximado de su ant i guo trauma-
tismo y, con Epliraini, repetimos la oración.

liiterpela da y confundida por tal convicción, Clienta I misma empe-


zó a participar mas concretamente en esta intercesión, como si utia
nueva ”espemncita” hubiera llegado a su corazón.

— ¿Sigues sin sentir nada?

— Sí... siento como una débil corriente elécttica al final de la


columna y en las piernas... y esa seíia l me anima.

— Intenta mover un poco tu pierna derecha.

— ¡Duele! “ ¡No puedo! “

Mi convicci ón interior aumentaba, tranqui la y segura a la vez.


Yo ten ía la impresión de 9ue fa Ita ba un paso para comenzar

28
concretamente el proceso de niejoración física. Pero ignoraba cuál...
o más bien, lo eliniiiia1›a de mi meiite, por‹¡ue lo presentía pero no
osaba tomarlo en cuenta, a causa de la seria decisión que implicaba.

— ¡Sigamos orando! Dije, turbado en mi corazón. Tenía peia,


por9ue todo sucedía en mí como si Dios me invitara a un acto de
fe preciso y yo me hacía el sordo.

— ¡Vaiiios a tomar las cosas con fe! Párate, vamos a ayudaste.


Después ‹le un corto momento de duda, Chantal se apoyó en las
comieras de su silla, sostenida de las axilas por Ephraiin y yo. Ella estaba
tan delicada con sus piernas adelga zadas por la arnioattrofia ligada a
una antigua parálisis de cinco anos, que estuvo a punto de desploma rse.
Yo sentía que habia 9ue animarla, exhortarla a que tuviera confianza
avanzando con la pierna y ayudá ndola a vencer sus dudas. Ella dio un
paso, muy cautelosamente, con nuestro apoyo, luego otro y un tercero
aún.

Me llené de va for, ta I como ella lo hacía, y le retiré el apoyo de


mi brazo. Ella permanecía de pie, sola, lo cual cinco minutos antes
y desde cinco “os ntrñs le era imposible. Viéndose privada de
”seguridad” y como abandonada a ella misma, tuvo miedo y vaciló.
De nuevo me cl i a la tarea de estimular su ánimo, dulcemente, pero
con firmeza insistente. Ella se repuso y caminó sola, con mucho
trabajo al principio, pero con una seguridad 9ue crecía por una
fuerza sobreiiatura l que la afirmaba. Caminando hacia atrás, iba yo
delante de ella con los brazos abiertos pata detenerla por si acaso
caía. Pero eso no fue necesario porque rodeó el altar en unas
decenas de metros, bajo una tempestad de aplausos... No se trataba
de una ovacióii aclainando la vedette de un show sino la acción de
gracias de todo un pueblo que podía contemplar con sus propios
ojos las obtas admirables de Dios.

Mi corazon, como el de mis hermanos y hermanas del e9uipo

29
animador, desbordaba de alegria ante tal manifestación del poder
de Cristo,

Muchos se retiraron habiendo crecido en la fe que pata Dios todo


es posible y que sus misericordias no se agotan.

¿Mi l agro? Era el titulo en algunos periódicos. Yo no lo creo,


porque la definición de este término implica —parece ser— una
curación i iiiiiediata, total y definitiva, lo 9ue no fue estrictamente
el caso.

Cliantal necesitó de un periodo de tieiiipo para recuperar la


marcha normal, mientras se remodela roii y tonificaroii los iiiúsculos
de sus piernas. Algunas semanas tiras tarde, podía bailar y unos tres
meses después, pudo obtener siii problemas su [iceiicia de manejo.,.

Dios había actiiaclo aquella noche conto eii muchos otros enfer-
mos, en respuesta a la oración unai iiiiie de una iiiucliedunibre.,. pero
esta ex periencin que viví persona Intente con Cl›sntnl y c|ue cot›sti-
tuyó como el “disparo” para su curación, podeitios arriesgamos a
llamarlo ”ca risiiia ‹le fe”.
CAPITULO B

Actualidad del carisma de fe

¿Zzi Renovncián es sietitpre carismática ?

La Renovación pen tecostal no lo es en sus comienzos, en que las


sospechas y las críticas eran comunes por parte de muchas tristan-
q
cias, incluyendo las eclesiásticas. Todos reconocen 1 ue constituye
una oportunidad pata la Iglesia de hoy y basta con leer los discursos
del Santo Padre a los Obispos de la República Federal Alemana en
que los exhorta a animar las nuevas comunidades, tales como
Renovación, Focolari, Comunión y Liberación.

”Si actualmente nuevos grupos y movimientos apostólicos quie-


ren llevat a los demás la noticia de la salvación con un gran impulso,
ustedes (los obispos) deben darles todo el espacio disponible y
tenerles confianza. Tales movimientos merecen un reconocimiento
y un sostén esenciales, tal y como lo señaló el último slnodo de
obispos. Estos nuevos senderos de evangelización ya han dado
frutos excelentes.” 2

1. A excepción de los ’inestables por vocación“, como los llama un teólogo


muy conocido.
2. 23 de Ener‹' ‹te 1988, ente los Obispos de R.F.A., en visita ad limina.
La gracia de la Renovación ”vitaliza” o ”revita liza” tantos sitios
de Iglesia, movimientos o asociaciones (caritativas o de otro tipo),
que no puede negarse su proveiiiencia del Espíritu Santo, sorpren-
dido eii flagrante delito de libertatl. Los primeros frutos de esta
Renovación pentecostal, grupos de oración y comunidades, ya no
son exclusivos desde hate varios anos, aun cuando permanecen sin
duda, como el núcleo.

En efecto, estos grupos o comunidades, cada vez más numerosos


y variados, atraviesan -—de modo iioriiiaI — por periodos de crisis
ligados a la originalidad de su vocación,¡›ero, ¿qué creciiiiiento
auténtico y frtietifm no eón9ce crisis?

Sin embargo. asistimos por doquier a “jacleos” eii la vida de los


grupos, jadeos 9ue plantean una incógnita por su persiSt nc ² 7 9 U
se deben (probablemente) a un problemita de iclenti‹iad. Porque todo
grupo de oración, toda coiiiiiiii‹iad, Sequeira o grande, más o mientos
residencial, tiene una vocación propia, cuya emergencia asegura la
vitalidad y duración eii el tiempo. Su esperanza de vida depencle
del crecimiento de su identidad y, por lo tanto, de los iiietl ios
adoptados para vivir este cteciiii iento en la bíis9uecla de sii ”iden-
ridad-vocación›”, in q\›e siempre se revela específico, lig«Ja n ‹it»
gracia propia.

La coiiiunióii entre grupo de oracioii y comunidad es friictífera,


no para iiiiifoniiat las i‹ieiitidades, sirio por el conttario, para poner
de relieve y a yiidai- a hacer ctecer la de cada quien,

Así, cada grtipo tiene un rostro particular 9ue alcanzar, 9ue se


revela progresivaitieiite eii el tiempo y que no ha 7 f ue ir a buscar
con el vecino, aiuiqiie éste se considere muy buen consejero.

Este rostro específico siempre está ligado o vive dos dimensiones


9iie son los propios fundamentos de la vida de la Iglesia-

32
B$miad&0o oóelf#óÑboi|Wsen ÑÜaóo’yseóWpo›#b

Comunión y misión, siñ las cuales -la vida de un ipo de


oración o de- utta. Comunidad' tardt: W térñpriino se tnáFéhitatá,

al menos parcialmente), ‹fá 'lá saçi tnenta y,iJe lá fonriación

nierioimente'liablé
Refl&ücióff, peió conviene evocar sobre t6tI&
de invmtivs,'eteadvíJad, i+inovacioñes
er› rnateria de forrñadióN, catequesis, ev óerita-
tivss dp qee dm pmebs ‹Ñ³tm mjo d6 lú’ ³á J¢s

Los carimas revisten imtimeráb1es carás, pérdpodéi±ros clibáñ•


guir tres gran‹lcs categorias: los que brotan del conocitnieñto; lo‹s
del disuorso, ts1escómo ef dü ‹rimcia o e1desábid\trf‹, fih88Éetde
Iósde abÓóri,<lesde ta aptitud tárifafivn“ ihút n'ó« sn tr+t› i9f'-

incluye el de ptofecia‘ptópíátñ el&- ‘ "


otrm...). El carisrña
elniatco de esta i1hima'c«ttIgóf1ic “
sorprende desagiadablemente a a lgunas otras ”corrientes”, hasta
provocarles algunos reflejos de celos espi ritua les. No es lo esencial
recibir la obra del Espíritu, allí, donde El desee brotar, aun si esta
obra parece revestir una ampl itud juzgada a veces... ¿invasora o que
no encaja en una norma fijada hace mucho tiempo?

La Renovación ya no está en su fase ”embrionaria”. La gestación


ha ter-minado y el niño ha nacido: hermoso niño, promovido a un
porvenir brillante si sabe dejarse educar dócilmente por el Espíritu
Santo y dentro de la Iglesia, lo ‹¡ue es, sin duda, su intención
in9uebrantable.

Para que no disminuya su velocidad de crecimiento, lo esencial


no está en 9ue primeramente se multipliquen sus realizaciones,
incluso las más urgentes u oportunas para el bien de la Iglesia.
Ciertamente, los tiempos se acercan y sentimos que debemos
aprovechar el dia para realizar la obra de Aquel que nos ha enviado
(cf Jn 9,4). Pero parecen aún más primordiales la preservación e
intensificación del Soplo 9ue la anima, de ese potencial de vida
multiforme que él receta y que tio tia acabado de desplegar sus
manifestaciones en nuestro mun‹io y en la Iglesia.

En este terreno, no pode os dormimos en iiU tr l urel 7


admirar tranquilamente ”una máquina que funciona bien”. El Espí-
ritu desea hacemos siempre más inventivos y creativos para que se
expresen más las fuerzas vivas clel Reino.

¿Ese soplo anima sieiripre y siempre más nuestros grupos de


oración? ¢Qué hacemos para conservarlo... no para ”encajonarlo”
sino para que no se escape de nuestros lugares de oración y
apostolado? ¿Qué hacemos para que crezca en fuerza, aun cuando
esto requiera de un poco más de renuncia a nosotros mismos, de
espíritu para compartir, de exigencia de vidn espiritual y comuni-
taria?

¿La efusión del Espíritu que nos embarga desde hace unos quince
años, está declinando o nos hace madurar hacia una nueva “ofensi-
va”, es decir una cosecha más abundante que nunca, en que los

34
. . en '. . . '.‘. -. .-
Si me attevo a impulayr, a la ' ¢k'›tr . gotgu,e,@el li¡g¡e
tiempo me aflora una interrogante: la Renfivación pcntecostiil qoe
ha transformado tantasvidaa en'Etn;‹4 xiesde )iaoe.p ñ.ca, se
dice también “catismática"... Ru realidad no en y,ipc;itet ,.
carismática, pero finatmerite los catietiíásfminan parte de su voca-
i::ióny .cops²i²³7 inn pocq, l b ot¡qQ ½ta,[j§¡ití , '

Iglesia; que la vida sacramento jr‘ iá viclst ( Juóón


a Ct;iato vivo) siguen siendp lo
ninguna intención de sug@r una
za¡ia conllc›vamoa dieciséis siglos atrás, iggig¡j-

Esto no impide —y nadie podrá rebalirlo—


,io:itica es inherente, desde los comieupos, a la vid da,ía Ji no-
/aciots (y, a la de toJas las reno\'acionca ‹que la hanpreaçdJclp la

tiempo... por ‹d , smm×fs ;gj§|)§|§#|§§##()ges1m8Ja8al


carácter temporal del e)crcicicr de km i×:i se evoca en
absoluto el mismo terna.
principip esto tendrá lugar sólo hasta ‹¡ue se realice el aconteci-
miento de la venida gloriosa de Cristo.

La Caridad no acaba nunca. ¿Las profecías? Acabarán. ¿Las


lenguas? Se callarán. ¿La ciencia? Desaparecerá..

Cuando venga lo que es perfecto, desaparecerá lo que es imper-


fecto (t Co 8-10).

Los carismas abren un camino y a III está su vocación primera,


pero no van a desaparecer cuando se tiene más necesidad de ellos. .
. o porrJue se tiene otra cosa mejor que hacer.

Una vez que abren un camino... y ayudan a consolidarlo, tienen


más nuevos caminos que abrir... ¡y también que consolidar! Por eso,
en mi opinión, el abandono de los carismas es más grave de lo que
se piensa, porque da testimonio de una mínima docilidad al Espíritu
Santo... y en ciertos casos quizá una tendencia del hombre a
apropiarse las obras del Señor.

No hay 9ue confundir destinación con abandono del ejercicio de


los carismas. En los grupos de oración o comunidades donde hay
destinación, es por carencia de los medios empleados para perma-
necer a la escucha del Santo Espíritu. El uso de los carismas no se
imprecisa, incluso si al principio es recibido espontáneamente.
Existe toda una educación en la vida carismática, de la que nadie
está exetrto, con el propósito de hacer fracasar las trampas de lo
imaginario, del subconsciente, del orgullo espiritual o del iluminis-
mo latente en muchos.

Un grupo o una comunidad de oración tienen necesidad de


carismas para el crecimiento de su propia vida interna y para la
emergencia de sus diversos llamados a determinada misión.

Ciertamente, los carismas jamás deben buscarse por ellos mis-


mos, en un deseo de espectacularidad, de maravilla o de vedetismo.
Sin embargo, conviene aspirar a ellos, como nos exhorta San Pablo,
únicamente si se ejercitan en y por amor, al servicio de una

36
fmúdiomsyaúnmás,portempra

se re.qyi‹ire la virtud de la p_de tá ¡


mente @ audacia, que. da
roqç|am óo,quemg amentasu u0#*gúm . ,
uaal;uodei;ayion basada en

‹leclinacióp,.
aban‹iono, habría

Ponque,siso avisoreunaQmmmeción io×sieeaúmomm,


podemos preguntamos si seguit:i por mucho tiempo. “-Reiiova-
sas, porque no podeiiios encein ar la Sabiduría en reglas precisas,
Dios da sus gracias carisiiiá ticas con un objetivo educativo de su
pueblo.

La aparición de un carisma parece preparar el surgimiento ulte-


rior de un segundo, en tiempo oportuno, seguido éste ble la emer-
gencia de un tercero... ¡y asi sucesivamente!

Todo sucede como si, dando tal carisma, el Señor madurara por
ese mismo carisma y por su ejercicio fruct ífero, equilibrado y
eclesia I, la gerininación del siguiente. Evidentemente, no hablo
aqui a nivel individual, eii 9ue esta progresión en la eclosión de
diversos carismas se viviera en una persona precisa. Estas conside-
raciones son generales. Así, el nacimiento de tal carisma en algim
miembro de un grupo de oración, será seguido ul teriormente por el
siirgiiiiieiito de otro catisiiia eii ese misino gru¡›o, pero eii otros
inieinL›ros. Podemos extender estns Jeducc iones ni conj‹ nto de la
Renovac ión, e inc liiso a la lglesia entera.

Bajo esrn it›troducció», ¿g‹ié r os › evela ta historia de los carismas


en la Retsovncion?

relación con él, t›o me extienJo n ñs, consicler‹n›do los escritos que
han apareciclo al respecto.

La práctica del don de lenguas, tan sorprendente que haya podido


parecer en su tiempo (mientras que ahora tia llegado a convertirse
en anodina, no así para los medias, que se muestran muy inclinados
hacia él), maduró el nacimiento de otro tipo de carisma: el de
profecía, que se extendió fácilmente eii la Renovación y tia contri-
buido mucho a animar y exliortar los gi-upos de oración hacia la
un idad y el apostolado. El lazo entre lenguas y profecía es particu-
larmente evidente, ya que sabemos que la glosolalia abre el espíritu
a la receptivi clad ptofética. Es así clásico que un auténtico canto en
lenguas --desemboq ue en una reunión de oración — en una o varias
palabras de profecía, en la medicla en 9ue el gnipo permanezca
fielmente a la escucha del Espíritu Santo y en un perseverante
espíritu de oración y de comunión fratema.

Al mismo tiempo que la profecía, apareció la interpretación de


lenguas, de hecho carisma del mismo orden, importante, pero
defiiiitivaiiiente más raro qoe la profecía. Una razón está en que no
todas las leiigua ³ r•edeii ser interpretadas, porque puede tratarse
de una alabanza gratuita a I Dios Creador y Salvador (y que rebasa
la inteligencia humana). Sólo los verdaderos mensajes en lenguas
y ciertos cantos ptie‹íeii interpretarse si el Espíritu da su significa-
ción. Pero ésta no es la étnica razón. Probablemente hay cJue pensar
en una gtan dificu Itad de expresión o de recepción de este carisma...
o inclusive alguna otra cosa.

El don de ciencia pudo ar°•ecer preparado por el de profecía. No


hablamos del don de conocimiento inmediato, sino de aquel en que
quien lo recibe es susceptible de comentar un pasaje de las Escri-
turas o un misterio de Cristo, por ejemplo, según las necesidades
momentáneas del auditorio. Este carisma está muy ligado a la
enseñanza, pero en principio no se vive en base a una competencia
intelectua I o teológica. Esta enseñanza es como dada en el mo-
mento, incluso si su contenido ha sido previamente preparado, ya
que la nota carismática reside en el impacto ‹que causa en los
corazones. Este don de ciencia que como una respuesta, en su
época, a las necesidades crecientes de los grupos de oración' en
cuanto a la comprensión de las Escrituras y la vida espiritua 7
continúa ejerciéndose fructifetamente en la mayor parte de ellos.
Le deseamos muy buena car-rera por9ue al acompañar la
de la Iglesia, es uno de los pilares de equilibrio de

Después vino el carisma de sanación. . . entcndiéiidoki como una


capacida‹1 de oración particularmente eficaz (px gracia de Dios)
en la persona que lo ha recibido... a condición que In haya conf ir-

2. En el don de ciencia podemos incluir globalmente el de predicación o


exhoitación.

39
mado un fino discernimiento'. Puede.tratarse de curación de cuer—
pos afligidos por enfermedades más o menos graves (en general,
las curaciones se refieren a afecciones relativamente bemgnas,
aun9ue invalidantes para aquellos 9ue las viven) o sanación interior
(de heridas del pasado) e incluso liberación de malos espíritus'.

Este carisma de sanación tia hecho con er mucha tinta, inclusive


en ciertas instancias de la Iglesia y en otras partes. Su principal
argumento de acusación radica en que se alimenta demasiado con
lo maravilloso, pero es tal que el Espíritu lo da a quien El quiere,
con el riesgo efectivo de que ciertas sensibilicl ades vean demasiado
el lado espectacular y no tanto la pedagogía de conversión. . . ¿El
rrúsmo Jesús, no corrió ese riesgo?

El carisma de sanación (que se cl istitigiie del poder de los


ciiraiideros, cuya eficacia eventual tiene mas de magia blanca que
de gmcia ‹Ti viiia) na hecho iiiafl ii rar eii los corazones el surgimiento
de otro carisma, más sorpren Je›1te potq ae alaa --rreen iitemeiite es más
espectacular: el del conocimiento i i ime‹Iiato donde, a partir de un
anuncio de tipo profético, una Jiei sona Jirecisa se reconoce visitada
por el Espíritu con un efecto de alivio de sti nia l, sea fisico,
psicológico o social. Este arruine io, que se relaciona con el carisma
de profecía pero que lo rebasa en cierta manera, es como una
promesa personal de sanación, tIoncIe la persona es invitada a abrir
su corazón ante el paso de Dios en su vida. Se añade así a la sanación
propuesta, una evidente cl iii:iinica de conversión.

La pala bia de conociiiiiento es inquietante eii si misma, para una


inteligencia muy racional, g causa de los deta l les concretos e
históricos, mas no indiscretos que ella conlleva, con miras a inter-
pelar a a Igiiien preciso en la asistencia. Los riesgos de desviación

1. El carisma de discernimiento, m4s discreto pero esencial, nació al mismo


tiempo que los propios grupos de oración.
2. Leer: Misterio d Ymu 7 m te de sanación, ‹1e1 mismo autor y editorial.
3. No intentamos en obsoleto ”colocamos encima“ de la acción senadora de
Cristo... sino sólo evocar los riesgos que él quiso correr al ejercitarlo.
4. Leer al respecto: ’El carisma de conocimiento inmediato. ¿Por qué y cómo?“
del mismo autor. Editiones Lioii de Jiida.

40
son rea les, porque un carisma con lleva sieiiipre, por naturaleza, un
aspecto siibjet ivo y taiiibién all í se requiere del d isceni im iento. Pero
eii e l serio de un grupo de ora ción o de una comun idad, ¡qué pocÍer
evangeli zador contiene tal gracia! .

La historia de los carismas es pues una esrecie de Ji roceso en


cadena donde el ejercicio de uno favorece la emergencia del si-
guiente... pero suscita igualmente un desarrollo siempre más feciin-
do (y comunicativo) del primero.

coinr›i ión del gr‹›po clot de se ejercito.

Hny ‹it+ dit an›isi io casi ohligntorio de li |›ráctica carisnaática,


Jelicndo pero renl lot de, en un ten ei o partic‹iTar, el c|ue no avnnza,
va ei› retroceso. Aq‹iel q‹ie no utiliza los i» edios para recibir (y
mantener) el Jon q‹ie tiene, meclI«nte ‹in» vicln espiritual y comuni-
taria fi nnln ente exi •ente, corre el ries•o de dejarlo escapar pro-
greso vamente. Ui› cm is›+ n es ‹›n.1 gmcia q‹ie nos precede y en ta g‹›e
se nos recoiniei›J» intentar penetrar constantemente. Aunque ese
carisma es dado grar‹iltnn enre, no entrega les es6erzos para reci-
birl o iii la cloci li‹lacI al EsJiitit ii. Es asi como un giuj×i, una comu-
nidad o una reunión se dispone a recibir rin ’moví’ carisma 9ue
por sii eclosión requei-i rá una lenta iiiacluración de la •:4ros dones
espiri tuales ya derraiiiados.

El dinamismo del desarrollo carisinát ico conlleva as(×ctos labo-


riosos que desaniman a más de uno y es como un ferión×mo ”bola
de nieve“, clestinado a un crecimiento indispensable (en cantidad y
sobte todo en ca li‹1ad); si no, va a la ‹lee l inación... o al abandono.

Estas palabras son siii duda el fruto de una experiencia personal


y comunitaria; sin embatgo me patece 9iie reflejan de igual manera
la evolución de la Renovación en sii ‹dimensión carismática ,que
conviene considerar de iiiaiieiu realista, para 9iie por darle gracias

41
al Sefior Jior todos sus ‹iones.. . y su plica i {e, cont o lo hacía Kat liryn
Ku lil i i ia i i n , El no nos retire su Santo EsJiíri tu (cf Sal 5 1, 13).

Porque El todavia tio te ru i na che dcrraiiiar sus dones... y, si es


ver‹1a cl que iii i ca ri siria › repa ra el riaciiiii ento de otro ca risiiia, bien
parece q in el de coiioc iu ii e tito i iiiiiecl iato, a parec ido en la Reno

42
CAPITULO III

Fe teologal y fe
carisiiiática

Cuanclo San Pablo Jn oc laura : La fe, la esperanza y la caridad


subsisten, pero la mayor de todas ellas es la caridad (1 Cor 13,13),
no se sitúa en el iiiisiiio plano que a I afirmar: A cada quien se le
otorga la miami Gestación ‹del EsJiíritii para el bien común. A uno se
le da por el Espíritu pa la br-a cte sabi cl uría ; a otto, palabra de ciencia,
seguir el iiiisiiio Espii it n; a otro, la fe, segfin el mismo Espiritu; a
otro, el don de sanacioti, segfm ese unico Espíritu; a otro, poder de
re»l iz« r i» il»gros; « ono, l» profecf »; « otro, el discernimiento de
espirir‹›s; n otro, In cli veisi Incl ‹le Ieng‹ins; a otro, Jon de interpretarlas
( t Cor 12, t 0).

En el prítner caso, Pablo evoca lo que llamamos tradicional-


mente virtud de fe, y eii el segundo, rios entrega un pequeño tratado
teológico sobre los carismas ; entre ellos, el de fe.

Virtud y carisma no pueden colocarse uno encima del otro; por


ello es conveniente encontrar la distinción profunda para no caer
eii la confusión y ”colocatle" al carisiiia una virtud o utia fuerza que
no tiene en absoluto. Este en-or amena zaría desnatu ra lizar --en
nuestra cotprensión — la cualidad excepcional e irrem ›lazab1e de

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la fe cristiana, y de hacernos perder ‹le vista el sentido del carisma
de fe.

San Juan Crisóstomo, el famoso Obispo de Constantinopla muerto


en 407, distingue las dos nociones que nos ocupan, en su tratado sobre
la fe. Cito una breve parte de su artículo No. 1:

”La palabra fe tiene dos acepciones. Primeramente, la fe sobre-


natural 9ue obra milagros, de la cual hablaba Jesús cuando decía a
sus discípulos: ”Si tuvieran la fe del tarifario ble un grano de niosta za,
dirían a este monte: desplázate de aqui a l lá , y se desplazaría” (Mt
‘17,20). Como los apóstoles se sorpreiid ía ti de no haber podido
lanzar el demonio del cuerpo de un poseído, Jesús les reprocha su
incredul idad (Lc 9,41). Y cuando Pedro siente que comienza a
hundirse cuando camina sobre las aguas, Jesucristo le dice. ”Hom-
bre de poca fe, ¿por 9ué has duclado?” (Mt 14,31).

Este tipo de fe refleja muy bien lo que evocaremos de la fe


carismá tica y que ‹lesóe entonces la Iglesia aprendió a formular más
teológicaineiite.

Juan Crisóstomo coii t iiifi a sii discurso, evocando lo que acti a l-


miente llaiiiai nos ite manera más elaborada en el pensamiento de la
Iglesia, la fe teologal:

”Hay otro tipo de fe, la qtie rios Ileva al conocimiento de Dios; a


consecuencia de la cual obtenemos el nombte de ”fie- les“. De ésta
habla el apóstol a los Roiiianos: “Doy grac ías por todos ustedes de
que la fe que profesaii sea enunciada por todo el mundo” (Ro 1,8)
la que tiene por objeto, por ejemplo, e! dogma de la Resurrección
de Jesucristo y de nuestra propia resurrección por la virtud de Dios
resucitado de entre los muertos (Ro 1,8) Esta fe no es exclusiva-
mente don del Espiritu, por9ue primeramente 9uiere que concurra
nuestra voluntad (Ro l ,8) Ni Dios ni la gracia del Espíritu preven
nuestra decisión: El nos llama, pero al llamamos espera, porque no
tJuiere constreñir nuestm voluntad“.

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La fe teologal

La virtud de la fe (en griego, pístis) es una de las tres virtudes


teologales, con la esperanza (el pís) y la caridad (agapé y no éros
que no existe en el Nuevo Testamento).

La palabra ”virtud” viene del latín virtus, que significa ordinaria-


mente el estado de virilidad, caracterizado por el ánimo. Deriva
igualmente del latín vis, ‹que significa fuerza, lo cual explica que
actualmente muchos cristianos entiendan la palabra vittud (de
apariencia anticuada, aunque muy bella, de hecho), como un actuar
cJue implica crei-ta tensión, por lo tanto más bien opuesta a un actuar
! por atracción o espontaneidad. Pero una virtud, sobre todo teologal,
no tiene nada de aptitud humana que habria que desarrollar mediante
esfuerzos incesantes... y fastidiosos a la larga. Se trata de una gracia
particular de Dios que hace que quien la posee ”realice incluso lo
que en si es difícil, sin trabas, con segurida‹i y con alegría”, dice
Santo Tomas de Aquino.

Las tres virtudes teologa les son aquellas que ”estructuran” en


nosotros la vida de verdaderos hijos ”íntimos” de Dios... cuya
experiencia vivida tiene un impacto sobre los comportamientos
inter-humanos regidos por las virtudes morales l

El Concilio Vaticano II no se ha conteiitado con retomat los


conocimientos trad(cionales de la Iglesia referentes a las ttes vir-
tudes teologa les, sino 9ue ha iiisistido en su relación profunda con
el sentido misirio de la vocación divina de todo hombre por Cristo
y su gran importancia en la vida personal del cristiano, así como en
toda obra apostólica, por ejemplo.

Eti una sociedad en que el hombre pierde el sentido de la vida y


de su propia existencia, hasta convertirse inconscientemente en
suicida en múltiples lugares, es bueno recordarle que tiene una

1. Estas son cuatro: fuerza, prudencia, templanza y justicia, pero no las


estudiaremos en estas páginas.

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vocación particular y divina aiic1a‹ia en la fe, la esperanza y el amor
(caridad), que se desarrolla en el corazón de todo hombre.

¿Por 9ué l lamar “teologa les” a estas virtudes? Porque nos abren
a relaciones directas con Dios. Teologal viene del griego Theós,
Dios, y de logos, que se torna eii el sentido de relación, de proporción.

PorrJue el hombre sólo existe ver‹1aderaineiite en relación, en


cuanto está cara a cara con Dios, aun si este cara a cara se vive en
una cierta “obscuridad”, o incluso iiiconsciencia. Fuera de este cara
a cara en que el hombre está invitado a entrar y crecer, la vida pierde
su sentido verdadero, que fi iialiriente es místico, es decir fundado
en una un ión siem hare iiiás fuerte con Cristo.

Las virtuales teologales sobrenaturales son aquellas 9ue adaptan y


proporcionan nuestras faciili a cles esJii ri iuales para que podamos entrar
en relación directa (mística, y no solamente ritual) con Dios. Consti-
tuyen fuerzas espirituales por las cuales estamos en comunión con la
vida, que es la vida del mismo Dios.

La fe como vittud implica la noción de ”creer en ” 7. lu lenguaje


bíblico, muchos verbos hebreos se aproximan a esta realidad. Existe
primeramente el verbo ‘a tiran’ que significa resistir (en un sentido
de solidez) o bien apoyarse en (a Igo cierto). Sal idos del verbo
‘aman’ aparecen dos siistanti vos: ‘emouna“, la fidelidad y ‘emet’,
la verdad. Estas considetaciones son importantes para delimitar lo
que es de hecho la actitu‹I de fe cÍcl creyente. En el Antiguo
Testamento, creer en Dios se desan-olla a partir de la idea de solidez,
de apoyarse con seguridad, de no tropezar, La fe es así un acon-
leciniiento petsoiial, que cla a la existencia huiiiana una especie de
solidez eii Dios (exclusivamente).

Así, convertirse consiste en llegar a ser sólido en Dios. La fe que


el hombre no puefle clarse a sí mismo, lo transforma, por‹¡ue está
fundada en una relacion objetiva con Dios.

Hay otra cata de la fe que a parece en la antigua alianza y que se


prolongar:i hasta la nueva a l ía nza, particulamiente en San Juan: la

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”fe-confianza” e:i Dios, que invita a una fidelidad toda de confianza,
pero 9ue ciertamente no es el resultado de una faci lidad. Ella
sobreen tiende un esfuerzo, una práctica, una actividad que le per-
mitirá desarrollarse eii el hombre.

F:n el Nuevo Testamento, la fe pasa más por Jesucristo y pone al


hombre enfrente de A9uel que vino a dar testimonio en la Verdad.
La fe (teologa I) se transforma en una decisión personal c¡ue debe
trabajarse sin cesar. Cuando un buen número de discípulos de Cristo
se alejan de El, porque su palabra es muy fuerte (cf Jn 6,66), Jesús
se vuelve hacia sus apóstoles y les dice: “¿También ustedes quieren
irse?” Pedro contesta: (su decisión está dada aun cuando ignora
hasta dónde lo va a llevar) ”Señor, ¿a dónde iremos? Tú tienes
palabras de vida etenia” (Jn 5,67-68).

En los Evangelios, los iiiúlt i pies y frecuentemente mara-vil fosos


signos que realiza Jesús, están al servicio de la fe, de esa decisión
personal; ”Muchos creyeron en su nombre al ver las señales que
realizaba“ (Jn 2,23).

Así, la decisión de la fe se realiza en la persona de Cristo, y nunca


es un efecto natural de la voluntad y la inteligencia. Creer en
Jesucristo es cl ist inguir en El a l Hijo de Dios, pero también entrar
en contusión, vi ví r con F- I eri encuentro íntimo. De ningún modo
se trata de algun acoiitec i iiií ento psicológico, sí no de una conver-
si ói de1 ser completo, por i iitervenc ión del Espíritu Santo que —por
la fe— nos ínfunde la inteligencia misma de Cristo.

La fe teologal es pues un don de Dios, no como la creación es un


don de Dios, ni como el milagro, o más ampliamente los carismas
son un don de Dios. Este don íini co --a diferencia de los otros— nos
hace participante de la misma vida divina, en tanto que Dios es luz.

Siii embargo, si la fe es un don, esto no significa en modo a lguno


9ue el hoiiibre no tenga nada que ver o que él lo padece. Sitro que
a él corresponde acoger la fe teologa I con atención, apertura, deseo
y perseverancia, aun eii las pruebas. Dicho de otra manera, el
hombre puede recibi r la fe siii acoger la, por su propia voluntacl , por

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descuido o por inconsciencia. Aun9ue sea ”potencialmente creyen-
te”, se priva del ditiamisirío interno del don de la virtud de fe, 9ue
él deja en un estado más o menos larvario. El famoso “creer
hasta...”, o bien, creer en Cristo pero afiadiendo una dosis de
creencias incl ividua les que asf i xian la fe verdadera .. o incl uso
rechazar cteer (por motivos frecuentemente causados por cierto
pasado doloroso), ¡consti tuyen porno un reflejo en negativo de la
fe!

lnsistamos en este punto que faci li tará nuestra posterior com-


prensióndel carisma de fe: la fe teologal frecuentemente es dada
por Dios, pero muy poco acogida por los horribles; un poco como
la parábola del sembrador (Mt 13,18-23), en que éste sale para
sembrar eii eua I q iiier parte, es clecir, con gran la rgueza, sin cálculo,
sino con mera prodigalidad. La tierra recibe muy poco esta semil la,
quizá por ser muy pedregosa, o poco profunda, o incluso llena de
espinas que la asfixiaii... En cuanto a la tierra suave, es üecir, la cJue
acoge y actiia para mantener ese don gratuito de la semilla, da fruto
hasta el sesenta o ciento ¡tor uno .. lo que provoca fuertemente ese
faiiioso diiiaiiiisiiio itenio óe la fe cuando es recibida con... hospi-
ta l i clacl. ¡Que quien tenga oídos, escuche!

Lm inconiocliclnd de En fe

La fe es el Espíritu Santo eii mii provocando la adhesión a los


pensamientos de Dios.

Esta fe es don de Dios, no solo en el sentido de ser gratuita, sino


también que sólo Dios puede producirla en mí. Es tin aspecto de mi
“d i vinización”. ¡Só!o Dios puede di vi ni zar!

La fe (teologal) es el Espíri hi de Dios 9ue abre mi inteligencia


sobre un universo que la tebasa haciéndole ver el mundo eli que
ella habita con algo de la inteligencia de Dios. La fe es Dios
invitándoine a compartir, en la neblina, la luminosidad de su visión
del mundo.

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Es decir que la virtud de fe es el misterio de la acción del Espíritu
Santo eii mi, siendo el efecto los doties de iiiteli genci• 7 de ciencia,
particularmente (estos son dos de los siete dones del Espiritu, en
sus omisiones invisibles). Esto ya es m ística... y la mística más
mística es una profiiiidi zacion iiiayor de esta experiencia de la fe.

Es decir que la fe teologal es del orden de lo ihdecible. Ella no


se dice verdaderamente, aun sí está como recapitulada en el Credo,
porcJue siempre nos rebasará.

El cristiano no sólo está invitado a creer, sino a ejercitar y


ex presar su fe, lo que es la mayor garantía de su crecimiento. Así,
siem pre está divid ido entre sii fe y la expresión que puede dar de
ella. Las pa labras li tinta nas son insuficientes, por9ue la fe es mi
aclliesioii globa l a la verdad entera de Dios. Pero, a partir del
contento eii que la cl igo, corro el peligro cte fraccionarla, de “perder

Esto rio clebe ateiiiori zaniie. Asi es el orden de las cosas. Es la


coiicl icióii misma de toda enca nia ción, El propio Jesús, en su vida
tercería, rio podía expresar a Dios eii plenitud. Porque ”nadie ha
conteiri pl ado juntas a Dios” (1 Jn 4, lZ). El es una luz inaccesible.
Para revelarse, debe descu brirse. Para mostrarse, debe esconderse
en una seii al, La sefia l es ta riibiéii El, pero ya es otra cosa... Esta
seña l, más a llá de tocl a sefi a l, o generadora de todas las señales y
9ue culmina la pe‹ia go•ía divina, es el propio Jesús: Dios nacido
de Dios, pero t aiiibiéti horrible ; es el hombre que creemos: su
naturaleza huiiia na tios escoi icle, a l i p•ua I 9ue nos revela, a Dios en
El.

Así sucede con tni fe; necesito expresarla y ejerciiatme en esa


expresión, en tanto ‹jue la timidez, la independencia o el miedo de
ser criticado por otros, frecuentemente se opone a ello. Sin em-
bargo, su permanencia y su crecimiento son una exigencia. De no
ser así, si la dejo doiaiiicla, inncti va, no tar‹la en morir en mí. Debo
saber que toda expresión 9ue yo le de, será relativa, pei-rnanecerá
imperfecta, incapaz de agotar la riqueza clel acto interior que causa
en mí el Espíritu. Pero esto no dehe inquietanne. Es la incomodidad

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normal de la experiencia de la fe y de la cual no podemos evadimos,
pero que nunca debe justificar alguna forma de pasividad en este

La fe nunca es una ”seguridad religiosa“; por ello sin duda es que


tememos, sobre todo en nuestro tiempo, ejercitarla y expresarla. La
fe me proyecta fuera de ml, en Dios, en lo desconocido, en el
misterio. Una vida de fe no es un equi librio tranquilo, sino un
permanetite dese‹¡uilibri o en Dios.

No nos sorprendamos porque el Señor tenga tanta dificultad para


atmernos a la fe y recurra a todo tipo de medios, como las punfica-
ciones... pero también los carismas, para que esta fe sea liberada en
su expresión y su crecimiento.

Este es el último punto fundamental en una verdadera percepción


de la fe teologal: su relación con la Iglesia. La fe es un acto personal,
si, pero no pnvad , 7 •° Ileva a una Vida solitaria, tal y como
muchos cristianos tendrían tendencia a llevarla actualmente.

La existencia cristiana será en efecto transformada en tanto la fe


remita o no la Iglesia, en tatito posea o no un dinamismo orientado
hacia el cuerpo de Cristo.

Esta relación entre “fe“ e ”Iglesia” se vive de manera diversa en


los cristianos; algunos de los cuales temen quizá que su fe personal
se ”comprometa” al contacto del cuerpo eclesia l, lo que es un error
magisttal, con el pretexto de 9ue la vida en Iglesia no siempre
parece expander en el hombre el dinamismo de la fe.

La verdadera fe, teologal (y no una cierta creencia personal),


incita siempre a una vida eclesial, porque es un don concedido
ptiotitariametite a la Iglesia entera y ese doti es entregado luego al
individuo, sólo en consideración de la Iglesia.
La fe de la Iglesia lo lleva siempre a la fe personal, porque la
primera es infalible, mientras que la segunda no lo es. Cuando
Cristo declata a Pedro: ”Yo construiré mi Iglesia” (Mt 16,18), El
piensa en el Cuerpo entero y a este último promete la perpetuidad
y la infa libilidad. Pedro recibió la revelación del Padre con miras a
]a Iglesia de Cristo.

La fe de la Iglesia está más iluminada que la de cada uno de los


cristianos, aun cuando se tratara de un doctor de la Iglesia. Es a la
Iglesia, Cuerpo de Cristo, que el Santo Espiritu conduce a la Verdad
total.

La fe teologal sólo se expl ica y se recibe en un amor sobrenatural


que Dios suscita en el alma por su propia ‘V'erdad divina. Es así
como Santo Tomás de A9uino ha podido decir: ”El comienzo de la
fe está en el amor“, es decir, e I amor por la verdad de Dios que el
liom t›re no puede adquirir por‘ sus propias fuerzas, que sólo Dios
puede coiniiii icar, pero .Jiie el hombre siempre puede rehusar.

El impulso de la fe, que es una respuesta del nombre a los avances


del amor cIe Dios, está sigui ficado en la expresión ”creer eii” que
traduce un movimiento de tota I donación del hombre a Dios, en tin
deseo de amor y de confianza total.

Así comprometida, la fe teologal conlleva dimensiones muy


diferentes a las puramente intelectuales (sin que por ello se
exc tuya n). No se red ace a la simple creencia con que frecuente-
mente se le confunde. Añade al movimiento del Espfritu el don
tota I del ser a otro ser: Jesucristo con 9uien nos hace “simpatizar
rea I y profundamente”, retomando una conocida fórmula de
Maurice BIonde1 .

La fe no es tin sector particular de la vida del hombre. Concierne


todo su ser y lo penetra tota Imente en cada uno de sus actos, en la
variedad y multiplicidad infinitas de sus compromisos personales,
familiares, profesionales y de diversión.

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Terminemos con una coñsidetación esencial: Dios no deja de
estar en busca de la fe del hombre', en un amor que, por anticipado,
da todo de sí mismo en su Hijo a ttavés de la historia, que es así
historia de la Salvación, historia de las iniciativas de Dios.

La experiencia de los ccirismas

Conviene situar los carismas en otro nivel, entre ellos el de fe.


Recordemos brevemente que los catisi-nas no son una invención de
la Renovación llamada “Carismá tica“ y que ellos conservan, en
todo tiempo, tin lugar importante en el régimen de la gracia.
Esquemáticamente, en una visión tradicional y genial de la teología,
la llamada gracia sa ntificante o transfoniiaiite del nombre por el Amor
de Dios, es vehiculada por cuatto gi:nwles ”canales” llamados: iriisiones
del Espíritu Santo.

Hay dos misiones llamadas ”invisibles”, seguramente porque su


impacto se sitúa primei-amerite en profundidad (de manera invisi-
ble) y progresivamente suscita en nosotros frutos cada vez más
concretos. Esas misiones invisibles son las virtudes y los dones del
Santo Espíritu, que son siete y 9ue no hay 9ue confundir con los
carismas.

Las otras dos misiones, llamadas visibles pon¡ue cont levan una
manifestacion tangible, comunicando o haciendo nacer una reali-
dad invisible pero muy real, son los sacramentos y los carismas.

Los sacramentos, verdaderos fundamentos de la vida cristiana, no


los trataremos, porque son mejor conocidos ‹le la conciencia cristiana.

En cuanto a los carismas, constituyen una gtacia particular de


Dios que no depende en absoluto de la calidad espiritual ni de la

1. Es decir que El la “distnbuye” sin avaricia ni favoritismos, corno se le ha


acusado fi-ecuenfemenle.

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santidad de la persona que los recibe... sino sólo por su gracia y con
la meta exclusiva de la edificación interna o externa de la Iglesia.
Yo entiendo por edificación interna todo lo que compete a la
componente existencial y comunicante del Cuerpo de Cristo (uni-
dad, exhortación, enseñanza, etc.). La edificación externa compete
a la misión de ese mismo Cuerpo, es decir, a la capacidad evangeli-
zadota que le permití acoger en su seno a nuevos creyentes.
Muchos tienen miedo de un sedicente proselitismo de la Iglesia,
omitiend U 7 °Uriosamente su preocupación por la salvacióf l de
los hombres y en consecuencia, sii misión de anunciar en tiempo y
destiempo la verdad de Cristo, aun cuatido esto no sea del gusto de
todos. ¡El Santo Padre lo sabe, y reticencias u hostilidades
manifiestas no lo hacen ca Ilar! ..

La origina lidad de los carismas es que alcanzan el plano fenome-


biológico, es decir que sii ejercicio e impacto sobre la gente se hace
en un nivel sensible... esto inquieta a veces algunas opiniones
religiosas q‹ie temen n lo “innrnvilloso”.

¡Frecueiiteiriente se quiere q ue los ”carismas no se vean” ! Qué


probiema... porque son daclos por Dios precisamente pam ser vistos,
escucha dos o percibiclos ”ta iigi bleiiiente” de un modo o de otto.

Es así normal que la práctica ca rismá tica ”se haga notar”, no con
una intención de vedetísmo, sino por la característica misma de la
gracia que la mueve, No olvidemos que los carismas, cuya lista no
exhaustiva nos entrega San Pablo (cf l Cor 12), forman parte de las
misiones visibles del Espíritu Santo, acordadas sin cesar a la Iglesia
para 9ue sean despl egadas. .

Un paralítico que se levanta o un tumor en el cetebro que sana,


eso se ve y se toca efect ivamente... Es culpa del caris- ma. .. es
decit, de sti autor: ¡Dios!

Un canto en lenguas, una palabra de profecía o de conocimiento


inmediato que se da en una reunión de oración, se escucha... Allí
está una vez más un fenómeno espiritual sensible, audible, exclu -

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sivamente ligado a su identidad carismática... ¡qué decir ante esto,
si es la Sabiduría divina 9uien lo ha decidido así!

Es verdad que toda manifestación sensible en el orden de la


gracia puede estar sujeta a ‹desviación, i fusión, exaltación, falsifi-
cación, etc. Por ello es necesario el discernimiento eclesial en los
grupos de oración, no con una finalidad depresiva, sino verificadora,
para conservar lo que es bueno (1 Te 5,2 1).

La práctica solitaria de un carisma, cua lcJuieta que éste sea, jamás


podrá perdurar sin riesgo de error. Es por ello 9ue los sitios de reunión
de los cristianos también son lugares dotide emergen los diversos
carismas pata el bien común, en un espíritu de sumisión mutua y el
deseo pri inortlial de unicla d y comunión.

Seiialenios fina lineiite 9ue el ejercicio de un carisma el c¡ue sea


es transitorio en una persona, es decir, con una expresión efimera
(aun si se repite frecueiiteiiieiite), o ligado a circunstancias o
necesidades particulares del gru ›o o de ciertos individuos presen-
tes. Se trata de un don de gracia, ”iiimerecido”, ¡al cual no se puede
predisponer y a cuya eclosióii se asiente ftecuenteiiiente con admi-
ración!

Lafe carisniática

El carisma de fe, primer objetivo d este libro, tiene una origi-


a la sanación como
lo veremos. Aquel que lo recibe es movido de manera súbita e
imprevisible por una especie de moción interior 9ue lo ”empuja”
hacia una persona o una situación para que pueda realizarse la obta
preparada por el Señor. No porque Dios no pueda hacerlo solo, sino
que su amor quiere tener necesidad del hombre, volviéndolo co-
laborador de su propia tarea.

Insistamos en el catácter imperioso (aunque siempre subjetivo y


necesitando un fino discernimiento sobre el que volveremos a
hablar) de esta moción carismática de fe 9ue puede animar más o
menos súbitamente a una persona, en una asamblea de oración o en
una celebración particular.

Su persistencia y su acentuación en algunos minutos incitan


realmente a aquel (o aquella) que la potta, a ”ir hacia...” en una
diligencia de ”confianza instantánea" no proporcionada a su propia
fe teologal.

Es como si le fuera dado creer que en una circunstancia deter-


minada, frente a un enfermo, por ejemplo, Dios no solamente
quisiera, sino pudiera tocarlo y sanarlo. Por eso se trata de una
moción de fe no teologal, sino carismá tica, ligada a una postura
muy precisa... y urgente. En el momento no hay otra cosa que
interese, sino hacer llegar lo que el Espíritu permite presentir con
fuerza.

Tal sentimiento interior desenca dena temor o resistencia muy


nSib . 7 U 1 nsa que es imaginario... Y sin embargo,
su persistencia conftinde, como si la represión de tal moción causara
un pesar o una profunda insatisfacción... la impresión de una cita
preciosa a la que no se ac ii‹ie o una huida frente a una verdad que
se descubre.

Sumergido en la experiencia le tal moción, Ñnalmente puede o


bien a lejarla, de la consciencia (no sin pena o dolor), o ceder ante
ella e invitar a la ”persona-objeto” a ir a donde señala la moción, lo
que sucedió --por ejemplo— en el caso de Chantal presentado al
principio de este libro.

Quien ejercita asf, en el momento y de manera imprevisible, el


carisma de fe, se convierte en artesano del proyecto divino en lo
referente a I asunto o la situación considerada.

La experiencia transitoria que está viviendo, finalmente se revela


pasiva, aun si se considera necesaria la audacia de expresar sensible-
mente esta moción... puesto que se trata de un carisma.

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Por otra parte, el impacto de esta experiencia carismática sobre
su ”objetivo” (volva mos a tomar el ejemplo de un enfermo que Dios
tiene “en proyecto de sanar“), ciertamente no es pasivo sino más
bien activo... y aqu í entraiiios a l iiieollo de la pedagogía divina y a 1
por 9iié del carisma de fe.

¿Q‹ié husca estn mocfón cte fe en el enfermo? Su disposición,


necesaria para Dios para que El pueda realizar su designio de
misericordia... Esta cl is¡›osicióii es la fe, eii este caso, teo loga 1.

El carisma de fe es dado para suscitar eii el prójimo una mayor


acogida a la fe teologal, la cual será cleteniiiiian te para que Dios pueda
actuar, porque frecuentemente El tiene necesidad de la fe de sus fieles
pam realizar su obra. Eii su Misericordia, El ”inventa” el carisma de
te r°²³ °³timular la fe teologal. Es así conto este carisma inédito (en
la Renovar ión, pero coiioci clo y ejei ci t a‹lo clesde hace dos mii l amos
eii la Iglesia) contribuye a la vitali‹lad y a la ecl ificacióii del Cuerpo de
Cristo, r.si corno a la real iza cí oii cte los Jn-oyentes divinos.

La fe carisiná t ica, espontánea, fuerte y ti a iisitoi ía de uno, viene


a buscar y corno a Iiberar la fe teologa I del otro. No solamente de
uno más, sino de tod s aquellos que —gracias al ct ESTUDIO 7
a la prá ct ica de I don es pi rt tu a l — as i st i rá n a l a coiiteci miento
y 9uizá, serán llevados a participar act ivairieiite. También ellos se
beneficiarán de esta moción carisiná tica de fe para crecer en su
propia fe teologal, que es la fe ‹le la Ig;lesia.

Subrayemos que tio se trata de crecer eii la fe exclusivamente en


lo que Dios está realí zando eii el iiioinerito (nacer caminar a Chanta l ,
por ejemplo), sino q ti e a Jiartí r de ese acontecimiento signo, crecer
más am]aI ia mente eii la fe, eii la verdad de! Cristo Vivo.

Este carisma específico tendra por efecto suscitar y liberar la fe


teologal que Dios necesita, porque es respuesta a su amor en
búsqueda del hombre.

All í reside el poder de evatigel icación del carisma ble fe y su


origina lidad propia, totalmente eclesia 1.

56
oi .dela gcacja, la q‹ie corre e,(

. . ..,«,;.„ ,..;.p,j : .
Una historia verdadera nos lo hatá comprender me)or. Su pto-
Hace unos quince aíios, durante un verano canadiense particu-
larmente caluroso, la ci udad de Granby tenfa una escasez crucial
de agua. El pequeiio río que la cruza1›a estaba casi seco y la gente
padecia penurias, sobte todo en el hospital, donde la sobrevivencia
de algunos enfermos se veía comprometida por esta calamidad.
Faltaba agua y los camiones cisterna que abastecian resultaban
insuficientes. La situación empeoraba día con di 7 el cielo con-
tinuaba sin nubes.

Un día, ante el Santísimo Sacramento expuesto, el Padre Regim-


baI recibió una moción de fe que lo sobrecogió: tenla que reunir a
los cristianos de Granby para celebrar una Eucaristía durante la cual
se consagraria una intercesión especial ante el drama de la escasez
de agua. ¿Ilusión? ¿Orgullo? ¿Sugestión de la imaginación? Todas
las especulaciones intelectuales lo asa Itaron... pero la moción con-
tinuaba: tenía que...

Armá ndose de valor, Jean Paul Regimba I habló con su superior,


quien no vio ningún inconveniente, haciendo notar únicamente que
ningún lugar religioso de Granby podría contener un gran número
de fieles. Habia que innovar y la única solución era el estadio
municipal. Después de consu l tat a I Ayuntamiento, este señaló un
plazo de varios días para dar respuesta ¡y la dio negativa!

La moción de fe persist ía eii una especie de ”santa obst inación“


y el Padre Regimbal, animado por esta seguridad interior ligada al
carisma de fe, decidió buscar a l alcalde, de quien finalmente pudo
obtener la autorización para una gran reunión religiosa en el estadio
de la ciudad. Estos trámites no se lograron sin humillaciones ni
burlas, pero algunos días más tarde varios miles de cristianos se
reunieron, bajo un sol de plomo, para orar, pedir un “milagro” al
Señor y celebrar la Eucaristía.

El carisma de fe del Padre Regimbal había como “catalizado” la


ano de Gianby y todos esperaban una
habían dado un paso suplementario al “creer
tar seriamente despechados si nada
! Riesgo y sobre todo para el Padre Regimbal
quien, por ejercitar su carisiiia, aparecía como fiador de Dios.
Porque él no había dicho. ”quizá el Sefior escuchará y hará algo por
las condiciones de vida de los habitantes de Graiiby”, ¡El
atrevido a anunciar con seguridad ' que Dios iba a intervenir!

¿Ga l vani zación de utia masa o liberación del poder de la fe de


un pueblo? Los psicólogos siempre podrán invocar el primer diag-
nóstico, basándose eii su competencia. En cuanto a nosotros, sabe-
mos que la fe, aumentada y cnstali zada por tina relación carismática,
puede mover niontaíias.

D tos siempre escucha a los suyos, cuya fe viene a buscar, y


durante la l atga intercesióii pública con 9ue concluyó la celebra-
ción, cayeron trombas de aguas sobre Gtanb7 y U tr dedores,
contradicieiido flagranteinente los pronósticos meteorológicos.
Hubo incluso necesidad de suspender la liturgia antes de tiempo a
causa de un verdadero difunto. ¡Muchos carros se quedaron atasca-
dos por la inundación !

Cuando Dios 9uiere dar, hay que esperar abundancia... Es inútil


describir la alegría de los habitantes de Granby,.. y las burlas
amargas de los adversarios de la fe, acusando a Jean Paul Regimbal
de haber ”dado el golpe“ con la colaboración del meteorológico,
etc.

Como le hace decir Marcel Pagiiol, eti ”Marion des Sources”, al


alcalde comunista del pueblo: ” ¡Un mi la gro, eso no se perdona !”

Un último signo tangible recuer‹ia este acto salvífico de Dios en


Graiiby: descle entonces, el pequefio rio que atraviesa la ciudad no
baja nunca de nivel, sea cuando se derrite la nieve o en pleno
verano... Recuerda, a su modo, que las misericordias divinas no se
agotan y 9ue el Senor tia l ibera do a su pueblo de un grave peligro.
Peto sin duda necesitaba de la fe de los suyos, una fe liberada y
puesta eii acción por una simple intervención carismá tica...

1. Esta seguridad se llama Paiesia’ en los Hechos de los Apóstoles y anima


tranquilamente pero de manera inquebrantsble la fe de los discípulos a partir de
Pentecostés.

59
CAPITULO IV

El carisma de fe en las escrituras


y en la hagiografia

Jesi“i s y el carisma dc fe

El Evangelio hormiguea de episodios relativos al carisma de fe,


sobre todo en la persona de Jesucristo. Algunos se sorprenderá n al
saber 9ue el mismo Jesús Jita ct icaba los carismas; sin embargo, esto
no es para sorprender puesto que, siendo Hijo de Dios, no era menos
hoiiibre pl ei ia men te, i evest ido de la unción total del Espíritu, en-
viado por el Pa cl re eii el na isiiio Jaoder del Espíritu. Si Jesús cumpl ía
constantemente la vol iiii tad cI e sii Padre, era gracias a una perma-
nente escucha del Espíri lu, quien le coiiiuiiicaba constantemente la
voluntad divina... tan bien que iri uclios teólogos han podido decir
del Espíritu Santo 9iie El era el ”guía espii-itua I”, o incluso el ”Padre
espiritual” de Cristo. Llamarlo “Padre espiritual“ no significa de
ninguna manera que sea concurrencia I de la paternidad divina, sino
que más bien evoca la imagen del director espiritual.

El Espíritu, del cual estaba colina da la hu ma ni‹iad de Cristo, lo


informaba por lo tanto constantemetite de la voluntad divina, inclu-
yendo la realización de hechos sensibles, incluso extraordinarios,

61
como la sanación, el nu la gro, la profecía, etc., expresiones caris-
má ticas diversas en la vida de Jesús.

La ‹diferencia entre los carismas de Jesús y los de los apóstoles...


o más generalmente, de todo miembro de la lglesia, reside en el
hecho de que sólo Jesús estaba revestido de la plenitud del Espíritu
(al igual que su propio cuerpo, transformado en la Iglesia). Por lo
tanto, El gozaba de la Plenitud de carismas, según la voluntad del
Padre y en la moción del Espíritu. Eti cuanto a los apóstoles y los
discípulos, partic ipan del don del Espíritu hecho a la Iglesia, pero
cada uno según su gracia ; es decir, parcialmente, y según lo que ese
mismo Espíritu susc itará eii cada 9uien.

¿En qué ocasiones ejercitó el carisiiia de fe? Algunos ejemplos


nos bast arán: '

— Mc 5, 39-42: ”Haliíendo entrado en la casa del jefe de la


sinagoga, cuya hija acababa cte iiiorir, El les dijo: ’¿Por qué ese
tumulto y ese llanto? La iii íía no lta muerto, el la duerme’ (ahi-ma-
ción segura de una obra iiiiii ineii te de Dios). Y ellos se burlaban de
El (humillación habitual ante uti asert o que desafía la lógica y ta
inteligencia) Tomando la mano de la niña (notemos la importancia
de realizar un gesto de fe) El le dijo: 'Tatitha kum’, que significa :
‘Hijita, yo te lo digo: ¡ levántate ! ’ Inmediatamente la niña se levantó
y empezó a caminar, pues tenía doce años. Y a ellos los embargó
un gran estupor“ (movimiento de ”sidetac ióti” susceptible de pro-
vocar un movimiento le ad[›esión en la fe).

— Lc 9, l2— 17. ”El día terminaba. Aproximándose, los doce le


dijeron: ‘Despide a la multitud para que vayan a los pueblos y
granjas de los alrededores para cJue busquen a lojamiento y alimen-
tos, porcJue acJuí estamos en un. lugar desierto (circuns-tancia que
comprueba dónde Dios se hace concretamente caritativo). El les
respond ió: ”denles ustedes mismos de comer’ (anuncio de fe que
invita a crecer mas a la fe de los discípulos por el carácter inesperado

1. Los comentarios de estos textos (entre paréntesis) de iñngiin modo pretenden


ser exegél icos, sino sólo poner che manifiesto algunos puntos clave ligados a la
práctica del carisma de fe.
de la orden) Ellos obedecieron (obediencia de la fe que precede la
ratificación de la comprensión, siendo facultativa esta última, por-
que la fe no es ”recapitulada” pot la inteligencia humana) y los
hicieron Venderse en el piso. Tomando entonces los cinco panes y
los dos peces, Jesús levantó los ojos’al cielo, los bendijo', los partió
y los distribuyó a sus discípulos (son ellos lo que se benefician
primeramente de la fe de Cristo, en lo cJue va a reali zarse mi lagro-
samente, a fin de 9ue su propia fe sea liberada) para que los
distribuyeran a la multitud. Todos comieron hasta saciarse“ (Cristo
colina, pero “quiere“ pasar manifiestamente por la fe, incluso
naciente, de los suyos para realizar su obra).

—Jn 4, 46-53: ”En Cafamaúm había un alto funcionario real cuyo


hijo estaba enfermo. Sabiendo que Jesús había llegado, fue a
buscarlo y le togaba 9ue fuera a sanar a su hijo que estaba murién-
dose (situación de desamparo, donde Dios no puede permanecer
insensible). Jesús le dijo: ‘ ¡Si no ves y prodigos, no creerás ! ’
(Dios está en busca de la fe del hombre). ¡Señor, ven antes de que
muera mi hijito! ’ (Impulso de esperanza humana que la réplica
segura de Jesús va a transformar en un movimiento de fe admira-
ble). ‘Vete, tu hijo vive’ (moción carismática de fe en Jesús, que va
a anclar tadica lmente la confianza de este funcionario). El hombre
creyó en la palabra que Jesüs le había dicho y se puso en camino
(sin sombra de duda, eii tina colaboración activa, total, con la
promesa divina) ‘Ayer, a la hora séptima, la fiebre lo dejó’. El padre
reconoció 9ue era la misma hoia eii que Jesüs había dicho: ‘Tu hijo
vive’ y creyeron él y toda sii faini tia’ (iiii pa cto evangelizador
notorio de una palabra de fe y de su ptopia realización: paso de la
fe eii un hecho, la mutación del hijo, a la fe en una persona:
Jesucristo).

Apóstoles y carismas

Desde Pentecostés los discípulos de Cristo reciben ese mismo


carisma y lo ejercitar a biindantemente, como lo atestigiia el pasaje

1. Prefiguración de la Eucaristía.
Mtttcbos de tos póstolés, éti ittf contexíode Igleüanirc ente,
Jtclíi;i $e' vignr y de aildácia (›aiir aríiiriciar la Bueíiá ueva... con
riésgo de ¡Persecución, que de hecho no 1ardarfa'en llegar.

it M¡iei4mentar en el una irrócióii de fe) ‘Notengo oro ni phta;


pero lo..qqe tengo te lo doy: ¡enmóint›re‹le’ Jesucristo, el názareno,
eariiiiBal’ ($ialabra desegtitidad eii la fe, reservada a este paralítico,
íri fi s‘dé'eJJos sé iicdnfiában cada dfa a las puertas

p 4tNtolnlssereñhniia:ofl. ¡Deunsnflb áeleVíntó@8Ífljx±Ó

_ ›Wi‹ó’tdi ¾, ’dl Tenipb, eán]úuiidb, ’y

el carisma de fe, Uno de los


se encuentra

,al (› ¢Je1e veetariiiy se.esieba‹¡uedandodoririidoiriientras Pairlo


De hecho, la convicción tranquila eii 9ue se instala la moción de fe,
lo vuelve sereno... y le pennite prolongar su enseñanza
e incluso conte en paz). Subió luego, partió el pan y comió . Platicó
largo tiempo hasta el amanecer y luego se marchó. ¡En cuanto a l
muchacho, lo trajeron vivo y se coiisolaron no poco ! ”.

Fe carisniática en los santos

Los santos nos proveen de innumerables manifestaciones del


carisma de fe y abundan en estas citas haría penosa la lectura. Un
solo caso --eminente en el terreno que tios ocupa— retendrá nuestra
atención.

Se trata del Bienaventuraclo lieriiiaiio Andrés, religioso que


bequense, beatificado en iriayo de 1982 por el Papa Juan Pablo II.

Nació el 9 de agosto de 1845 y como corría peligro de muerte,


sus propios padres lo bautizaron. Sobrevivió... y de qué manera,
pues murió a la edad de noventa y dos altos. Sin embargo, su salud
rara vez lo dejará en paz, a él, a quien el Señor escogió para ser
instrumento de consolación y de sanación de miles de enfermos.

Su historia es muy rica y no podría tra nscribirse aquí. Lo que


marca pa rt iculariiiente su personalidad es su humildad unida a una
obediencia que le hacía vivir todo como providencial y con buen
humor. ”Cuando entré en la comunidad, mis superiores me pusieron
en la puerta y allí me quedé cuarenta años”, decía, pata refr,
haciendo alusión a su sencilla función de portero.

Su carisma de fe apareció desde sus primeros años de religión,


pero de una manera particular. El sabía que Dios quería un santuario
a San José, en el Monte Real... y esta moción lo animó (con altas y
bajas) durante decenios hasta el final de su vida llevando a muchos

l H«; quienes 'cii aqui una prefiçuricioii de i« Enca nsi ie, peto esta hipotesis
es poco prot›al›íe.

65
otros tras él en la fe dé este pr 7éüto divino que se realizó plena—
mente hasta después de la muerte del hermano Andrés, en 1967.
Cuando llegó a los ochenta años, los trabajos ya hablan empezado
y Andrés estimulaba la fe de numerosos amigos y colaboradores en
pto de esta enorme tarea.

Como respuesta a la fe de todos éstos... y la del hermano Andtés,


hoy día, en el centro de Montreal se asienta el más grande santuario
mundial a San José, de ciento cincuenta y cuatro metros de altura,
iecordándonos que al iniciar su vida religiosa, el hermano Andrés
colocó una estatuilla al borde de su ventana, desde donde sepercibía
el Monte Real, totalmente taso en aquella época. Cuando le pregun-
taban por qué la estatuilla daba la espalda a los visitantes y veía hacia
la montaña, él respondía en la fe (carismática): ”Es que San José
quiete ser honrado especialmente en el Monte Real”.

El hermano Andrés ejercitaría ese carisma de fe de manera


preferencial con los enfermos que lo acosaba n. Su preocupación
consistía en hacerlos colaborar en su propia curación, cuando él
mismo sentía (moción de fe) que el Señor deseaba intervenir. El
nunca dudó eti tomar todo el tiempo que fuera necesario y con una
gtan docilidad al Espkitu, para no hundirse en el hábito de su propio
carisma y para crecer en la fe en lo que Dios mismo quiere realizar
en los cuerpos o en las almas heridas de los múltiples visitantes.

Pam algunos de ellos, será gracia de sanación, pata otro, una


gracia de paz; para un tercero, aceptar el sufrimiento. El carisma de
fe del hermano Andrés le permitía ayudar a las personas a penetrar
en la gracia que el Señor tetiía preparada para cada una de ellas.

Si él no recibía alguna moción de fe especial para cierta persona,


simplemente la confiaba a la Misericordia, después de haberla
escuchado. Nunca “formaba“ su carisma y siempre procuraba serle
sumiso, sin querer dar más que lo que le dictaba la inspiración en
el orden de la fe.

Pasaba horas acompañando a algunos, ayudándoles a vencer su


tesistencia, su miedo... a tomar conciencia del don de Dios y

ó6
animándolos a recibirlo, lo que a veces necesitaba de una larga
”domesticación”. Incluso allí se impone una conclusión: una mo-
ción de fe vuelve prioritario aquello hacia lo que se orienta y el
hermano Andrés sabía “perder su tiempo” en la intercesión para
llevar de cierto modo a ios visitantes enfermos a su propia sana-
ción... si él recibía la certeza inspirada.

Es verdad que la oración formaba parte integrante de su vida y


eso explica en parte por qué un carisma de fe, unido al de sanación,
pudo alcanzar tal amplitud •.n ese pequeño hombre enclenque, que
fue siempre desdeñado por algunos de sus hermanos de religión...
¡o considerado como estorboso por otros!

Durante una violenta tempestad le llevaron una joven paralítico,


cargada por cuatro personas. El hermano Andrés se arrodilla,
animado súbitamente por la certeza de que Dios quiere sanarlo. El
ora intensamente, practicando una unción de aceite sobre las pier-
nas de la enferma. ”¿Te sientes mejor?“ le pregunta, serio. ”Co-
mienzo a sentir calor en la piernas”. ”Está bien, hija, sigamos
orando“. Y aumenta la oración y la unción. El calor se transforma
en dolor intenso. El hermano Andtés está seguro de él... y del poder
de Dios. El toma la muchacha por las matios y le ordena levantarse...
y ella empieza a caminar, por el gozo... y sobre todo la fortificación
en la fe de su entorno,

Más tarde, I levado a la cabecera de una madre de familia mori-


bunda, le dicen que es demasiado tarde. El médico ya firmó el
certificado de defunción, pensando que la enferma tiene sólo al-
gunos minutos de vid . Anórés se estrelló l t 7 -
menta de nuevo lo que él comienza a conocer muy bien: la moción
de fe. Se arrodilla, quita delicadamente la sábana e impone la mano
sobre la frente de la agonizante, orando. Esta abre los ojos después
de algunas decenas de minutos en que el hermano Andrés ”insiste”
en la intercesión, con la certeza previa del don del Dios. Ella
murmura: “tengo hambre”... Está totalmente sanada.

Yo creo que la clave de esta unción de sanación que tesidta en


el hermano And tés se encuentra en una de sus reflexiones: ”Ustedes

67
me piden la curación como ³' 7 fuera médico. Tengan más bien
confianza en Dios. Muchos enfermos se sanarían si fueran más
perseverantes“.

Es en esta confianza y petsevetancia que interviene el carisma


de fe, cuyo interés primordial consiste en hacer crecer al sujeto que
concierne en una mayor acogida de su fe teologal, y a animarlo por
”un contagio bienaventutado” de la moción carismática de fe, a
la confianza en ese Dios de amor que nos visita en medio de
nuestro sufrimiento.
CAPITULO V

Génesis de un carisma de fe

Las primicias

Si nuestra reflexión refleja una auténtica intuición profética (la


cual parece concretizarse ya en a Igutios lugares), podemos confiar
en una próxima eclosión del carisma de fe en el seno de la Reno-
vación... ¡en la medida en que esa Renovación 9uieta permanecer
carismát ica !

Sin embargo, esta promesa no garantiza todo tipo de actitudes


desequi libradas en que con sólo mirar un inválido se le ordene
levantarse para la G toria de Dios. La Renovación ya conoce ese
tipo de demostraciones lamentables en que aquí y allá han podido
contribuir a desacredita rla ante los ojos de la opinión pública o
religiosa.

Abrirse a ese nuevo carisma no significa en modo alguno pre-


cipitarse a él, o incluso buscarlo en una especie de codicia espiritual
que mal esconde necesidades de reconocimiento o de ”gloria per-
sonal”... Efectivamente, no hay nada como ese tipo de carisma para
atraer la atención... ¡pero cuidado si viene a dar ocasión de burla,
desdén, rechazo a los dones de Dios! ... ¡y sobre todo de sus frutos,
a partir de argumentos justificados! Ciertamente la prudencia in-
ctuye la audacia, pero está subordinada a Ía sabiduría.

Más bien examinemos cómo es susceptible de aparecer uri


carisma de fe. Y digo bien ”aparecer”, porque son excepcionales
los casos en que llega como pataca ldas y ya adulto. En la mayoría
de los casos conoce una fase embrionaria, de maduración, que
conviene discernir y respetar para no estropear la delicadeza del
don divino mezclando muy pronto su ”burda mano” humana.

Un carisma de fe aparecerá --salvo el buen gusto divino, que nos


reserva sorpresas— en el seno de un grupo de oración (o de una
comunidad) reconocido. Evidente, dirán ustedes, falta aún enten-
demos sobre la noción de grupo de oración reconocido. Si éste se
encuentra aún en sus inicios, todavía tio sale de un estado caótico:
seguramente su inmadurez no permitirá la emergencia de un caris-
ma de fe (de hecho, tampoco el de conocimiento inmediato).

Asf pues, si un grupo de oración se sabe ante la evidencia de su


ptopia inmadurez, su perspectiva no debe situarse en principio en la
búsqueda de carismas, sino de una estabilidad y una vocación propia,
particularmente misionera o apostólica, al servicio de la Iglesia.

Un carisma de fe aparecerá en un grupo de oración reconocido


y viviendo la Koinonla, es decir la comunión ftatetna, con los
medios que implica para vivir en la unidad, compartiendo, escu-
chando la Palabra de Dios y con vida sacramenta I.
Las divisiones internas en un grupo o comunidad invalidan
mayor-mente la eclosión de los caíismas, incluyendo el de fe.
t

Los problemas se acrecientan particularmente en lo relativo a l


espíritu de obediencia y de sumisión mutuos que debe animar a todo
miembro verdadero y comprometido de un grupo de oración. Es
indispensable el reconocimiento de una‘ autoridad, no necesaria-

1. De allí la necesaria promoción del valor esencial del perdón recibido 7 del
perdón otorgado.

70
mente sacerdotal, pero en unión (de una manera u otra) con h Iglesia
lc×a1. Muchos grupos de oración se apoyan en la noción de pastor o
responsable, en tanto que el Espíritu, a todo lo largo de la historia
de la Iglesia, nunca ha dejado de fundar comunidades dotando a un
hombre o una mujer de un ”ministerio” de unidad, ayudado en
general por algunos consejeros o ancianos (u otro nombre).

El grupo debe permanecer a la escucha del Santo Espíritu en una


vida regular de oración fiel e interiorizada. La dimensión litúrgica
dentro de los grupos de oración favorece la emergencia de carismas,
aunque pueda parecer paradójico.

Finalmente, la preocupación persevetante de intercesión y de com-


pasión ante los diversos sufrimientos del mundo, cercanos o lejanos,
sólo puede favorecer la eclosióii del carisma de fe.

Este carisma manifestará sus primicias por un índice proveniente


de la convergencia de dos factores:

— por una parte, la aparición en algün miembro del grupo (o en


varios), de impulsos internos inhabituales, no ligados a un ambiente
emocional favorable y que pueden desaparecer para resurgir luego
con más o menos fuerza. Esta experiencia es considerada como una
especie de sensibilización transitoria pero clara, ante el sufrimiento
de una persona precisa o ante el carácter doloroso de una situación
particular.

Esta sensibilización tiene tendencia a iiitensificarse cuando se


ora con atención, en tanto que una tentación de lo imaginario serla
más bien relativizada o incluso ahuyentada por una oración intensa.

Esta sensibilización, siendo primicias de un carisma de fe, no


tiene otro fin, al principio, que enraizamos en la intercesión y
solamente ”llevar“ silenciosamente ante Dios a la persona o situa-
ción como en un movimiento de ofertorio;

— por otra parte, el nacimiento de pequeños signos en el sujeto,


sujetos o acontecimientos considerados por una moción de fc,

71
sostenida por una oración personal, tales como calof, dolor ifihabi-
tual, ”revisión interior” que evoca un trabajo sorprendente de Dios
que se está iniciando, aún si esos síntomas no son siempre agrada-
bles'. Las circunstancias penosas en que va a vivirse el carisma de
fe pueden estar marcadas por esos pequeños signos o encuentros,
conmociones inesperadas, etc., que sugieren una evolución inmi-
nente o ”a la espera” de los próximos acontecimientos.

Conviene cJue se produzca en varias ocasiones este tipo de


convergencia y que los responsables del grupo de oración, infor—
mados y encargados del discernimiento, los reconozcan como ta les
para que el segundo estadio de participación más activa pueda
llegar... en la prudencia.

Yo recuerdo los comienzos en la experiencia del carisma de fe


cuando predicaba, hacia 1980, una serie de retitos en Canadá.
Durante la otación por los enfermos, muy numetosa, yo noté al
mismo tiempo 9ue mi esposa Evelyne, tres muchachas que estaban
en sillas de tuedas... entre otros inválidos. Yo las tenfa presentes en
el corazón durante toda la celebración en que Dios concedió muchas
gracias de consuelo o de sanación. Sin embargo, yo quería que
terminara para orar más persona lmente por cada una de ellas, lo
9ue hice al finalizar la reunión.

¿Por qué ellas tres especialmente? No lo sabía. Pero, al igual 9ue


E\'éI7 , 7° Estaba particularmente sensibilizado ante su situación.
¿Por su invalidez visible? No creo, porque la presencia de los
inválidos me era bastante habitual. ¿Entonces? Yo crei reconocer
--posteriotmente—' las primicias de una moción de fe ante ellas.

Después de la celebración me dirigí hacia las jóvenes. Las tres


padeclan esclerosis en placa. Me arrodilló cerca de cada una de
ellas, poniendo mis manos sobre sus piernas y su columna vertebral
y, en compañía de Evel7• , oré largamente, lo más intensamente
posible.

1. En efecto, pueden vi viice a modo de alivio, yeio también de agravación


temporal de cieños síntomas y no propiamente de la enfermedad.

72
Todas sintieron, siii decirlo, una sensación de quemazón, desde
el final de la espa Ida hasta las dos piensas. Yo tenía la impresión de
haber podido "ir más lejos”... pero todavía no era el momento.
Entonces, nte vi obIígado a suspender la oración y nos despedimos.
Ellas Iiaiݒati recibido una gran paz interior, lo 9ue ya es maravilloso,
pero sus previas no las sosteii ian. Yo esta ba decepcionado, conto
si fa l t ara algo que siii embargo, no nte correspoiid ía dar o decidir

Mi ‹recepción sólo la coiiipart i con Evelyiie, porque las tres


jóvenes estaban radiaiites de haber sido visitadas por el Dios de
Misericordia.

El cnrismn cii plclia liiz

Parece ser que este ejein plo de convergencia es sigii ificativo de


un inicio de carisiiia ‹le fe que iiecesi ta madurar. Sólo después
de varios acontec iinieiitos de este tipo viví dos por la riiisina perso-
na, puede iiitentarse ejercitar más concretamente el carisma de fe.

Se trata entonces de acompañar del icadamente a la persona hacia


la 9ue se resiente la moción de fe, con rigurosa prudencia. El
”forcing” psicológico o físico, aun para ayudar, está prohibido. Por
el contrario, hay que ser paciente, animoso, evitando cualquier
palabra o gesto de irritación o crítica como: ”Si no sucede nada, es
tu culpa, no la de Dios". Se trata, finalmente, de educar en el
confianza en lo que Dios puede y quiere hacer. Si ya se perfi la una
pequeña mejoría, conviene hacerla notar para confottar al sujeto en
su convicción naciente de 9ue efectivamente el Señor se está
ocupando de él.

En esos momentos preciosos el tiempo no cuenta y no hay que


dudar en gastarlo largamente. También es una escuela de paciencia
la práctica del carisma de fe.

Hay ‹¡ue recordar que la persona necesita de nuestra fe para crecer


en la suya y acoger asi el don que Dios le reserva. Sólo somos
instrumentos, pero conscientes de la importancia de nuestro papel
y de los que el Espíritu nos confía en ese momento.

A veces la evolución se hará en etapas, es decir, que una moción


de fe que acompaña una gtacia de sanación, por ejemplo, desem-
bocará en un principio de mejoría... Después parecerá que las cosas
se estabilizan... hasta el momento en que la moción es susceptible
de regresar, lo que significa que hay que orar de nuevo. A veces, el
regreso de la moción de fe se realizará semanas más tarde... Es
realmente una escuela de paciencia y docilidad al Espíritu Santo.

Ante una mejoría de salud o de la situación, correspondiente a un


impulso carismático de f , no h 7 'lºe dudar en retomar luego la
otación y los estímulos concretos para 9ue la persona acoja más y
mejor esta nueva etapa de crecimiento en la fe a través de un signo
de sanación parcial.

Es el caso reciente de un joven con un tumor maligno en el


cerebelo, por quien nos sentimos impulsados a orar bajo una
moción de fe comunitaria, en Cordes t

Al salir de una celebración de Resurrección en que sus padres y


él estuvieron presentes, él había recibido la imposición de manos
(signo de compasión de la Iglesia que se acerca al suftimiento
humano), él se sentía mejor internamente, es decir, más tranquilo,
mucho menos agitado y no tuvimos noticias suyas durante varios
meses. El pronóstico médico sólo le daba algunas semanas de vida.
Un tuirior en el cerebelo es fulminante, por la ex i güidad de la
cavidad ósea en que se sitúa esta parte esencial del sistema nervioso

1. El carisma de fe puede darse, en el momento, a una persona pero también a


un grupo, en la medida en que éste tiende hacia una comunión linterna real.
Excepcionalmente, es una moción de fe que -por la movilización comunitaria que
provoca— suscitará en el grupo de innovación de la unidad quizá comprometida
por divisiones o envidias internas. El Sefior nos da muchas sorpresas y su
”pastoral" divina no se encajona estrictamente. Sinembargo, este ejemplo no altera
en nada la importancia de un grupo unido con miras a acoger los carismas. Si el
Espiritu tiene iniciativas que desbord:ni esta orientación, es El quien asumirá la
responsabi lid ª 7 º le tocs decidir al hombte.
y donde cualquier fenómeno de compresión interna toma de inme-
diato propotciones inquietantes.

Después de cuatro meses, cuando ya ni pensábamos en ello,


supimos fortuitamente 9ue el muchacho —vivía contrariamente a las
predicciones médicas—, que su estado de salud no se había agravado
(siendo ‹¡ue no había recibido un mayor tratamiento) e incluso que
parecía estar mejor,

Tal evolución desafía la terrible lógica de un proceso canceroso


cerebral y esta información inesperada reavivó en la Comunidad la
noción ca rismática de fe.

Todo hacia pensar ciii especulación excesiva o esperanza utó-


pica — que había que seguir orando, en un desarrollo continuo del
carisma de fe respecto a este muchacho. Yo no sé si él sanará o no,
pero lo que sí sé con certeza es la necesaria repetición de la
intercesión, ante la propia presencia del enfermo, en la unción de
fe n:al de la eua I es objeto.

Esta presencia física con el enfermo, siendo posible, se requiere


para petmitir desplegar todos los recursos, todos los gestos de
consolación, de sostén compasivo, todas las palabras de ánimo que
susci tará el Espiritu inherentes a la moción carismática de fe
mientras ésta se ejercita ante un enfermo; no olvidemos nunca el
impacto de tal carisma en este ú Itimo, impacto de liberación de una
fe teologal, de una confianza en el amor personal del Señor hacia
e³ 7 de una certeza que nada es imposible para Dios.

El carisma de fe, por su moción contiene como una promesa


previa que Dios quiere realizar, pero que necesita de la fe teologal
”activada” del sujeto para su realización.

Si esa presencia física con el enfermo no puede realizarse, la


concretización del impulso de fe se vivirá en la oración ardiente,
perseveran te e incluso el ayuno. Por otra parte, aquel que recibe tal
moción (auténtica) debe saber 9ue ha de estar disponible para visitar
el o los padecientes que ella le señale.

75
Ese carisma no tiene por fin específico una sanación o una
recoiici l i a cióii próximas, ni una situación dramática que Dios qui-
siera resolvet concretamente. La dimensión del signo tangible sólo
es la consecuencia de un carisma ejercitado de manera equi librada.
El liii primordial de este don está eii acompañar de manera sobrena-
tural una o varias personas para despertarlos a su propia fe teologal.
Así, este carisma se practica --de nianeta iiiiprevisible— por ejemplo,
con los agoni za ntes o inválidos menta les 9ue no tienen esperanza
de recuperación física.

Eii este sentido, el carisma de fe está más asociado a la compa-


sión 9ue a la iiitercesión (las cuales nunca han cotistitu ido un
carisma, auti9ue encontremos este tipo de expresión dentro de la
propia Renovación).

Los horizontes del carisma de fe

Eii las primicias de aparición de un carisma de fe dentro de un gru¡io


o una comunidad, los primeros “toques de moción” pueden referirse
a situaciones cuya gravedad es muy relativa. La petspectiva de una
especie de milagro, como la sanación de un paralítico o la detención
de un proceso cancetoso, no tiene nada de sistemático en la génesis de
un carisma de fe. Este puede tener en la mira circunstancias más
sencillas o más benignas.

De hecho, !a autenticidad de un carisma de fe principiante no


depende de la importancia de su ”blanco“, sino de los dos factores
convergentes desarrol lados más arriba: brote de una moción interior
y ”pequeños signos“ 9ue evocan una operación concreta de la gracia
en otro.

Un impulso interior de fe carísmá tica puede avizotar, por ejem-


plo, una pareja desunida, un niño que padece una enfermedad
relativamente grave como el asma, un hombre que desea vanamente
salir del alcoholismo, un adolescente que se droga, una persona con
conjuntivitis crónica, un depresivo, una mujer casada estéril, etc.

76
Todos estos ejemplos tian sido escogidos intenciona lmente por-
9ue tian sido verídicos. Son igual níiiiiero de primicias que el Señor
ha hecho experiiiieiita r a uno u otro iiiieiiibros de nuestra Comuni-
dad, corno iiioción de fe, habiendo concluido todos con una sai a -
ciónma nifiesta y definitiva... a costa de un “acompañamiento”, una
animación a veces larga, un seguimiento incansable, con miras a
un crecimiento en la fe teologal de cada uno.

Estos testimonios se refieren a curaciones físicas o fisico-afecti-


vas, pero el carisma de fe puede avizorar otras circunstancias donde
la sanación está ausente, como en la persona 9ue encontramos en
un viaje a Zaire y que nte platicó largamente una situación pro-
fesional dolorosa. Este hombre, profundamente cristiano era ”sub-
comisario de zoiia •• l en una de las regiones de Zaire y desde hacía
años debió ser promovido a comisario ‹le zona. Pero se lo impedía
su superior 9uien sisteiiiát icaiiiente se oponía a dicha promoción,
por una especie de persecucion que le volvía insostenible la vida.
Después de conf iamae su situación dolorosa, oramos juntos, ante el
Santísimo Sacramento y entonces recibí una fuerte moción de fe,
asegurando que esta promoción tan esperada vendría dentro de dos
meses exactamente. Yo se lo comuniqué pero él dudaba, conside-
rando que sus relaciones cada vez eran más difíciles con su superior.
Yo insistí ante la certeza que me invadía en ese momento.

— No te digo que esperes tímidainente que esto pueda cambiar.


Te pido 9ue cteas 9ue dentro de dos meses serás comisario de zona,

— Escucha, volví a insistir, no se cómo se realizan las promocio-


nes en tu país y no te pido que intentes hacer algo en ese senúdo;
deja que Dios actúe y cree que El lo va a hacer! Mi seguridad lo
estrcmecia, con mayor razón pues se había establecido un clima de
confianza entre nosotros, después de habernos escuchado mutuamente
eli nuestra conversación previa.

l , Especie de secretario de un ”departamento” de prefectura.

77
— No es un sueño, ten confianza. Setás comisario de zona dentro
de dos meses.

Al mismo tiempo que hablaba, yo veía realizada la enomiidad


de mis propósitos. Podía ser víctima de una ilusión o de una
simpatía que inducía a desear su promoción. Y siti embargo, yo
estaba seguro no de ml, sino de esta certeza que me inva día.

— ¿Usted lo cree verdaderamente?

Paralelamente, nuestto hombte, interpelado en su ptopia fe, recibía


una especie de paz pioM da, como un testimonio interior que esta
promesa podía ser verdad. Después de diez minutos, dijo:

— Yo creo que lo 9ue dices es verdad, sí, lo creo... ¡pero parece


tan improbable!

Yo dejé el Zaire a I dia siguiente y sólo tres meses después recibí


noticias suyas:

“Querido hee-mano:

En las semanas 9ue siguieron a nuestra conversación, yo luché


por continuar creyendo en la proir:esa del Senor a través de tu
ministerio. Todo tipo de tentaciones me cercó. Yo veía que el plazo
llegaba... y no sucedía nada. Fue la víspera de la fecha fijada (al
finalizar los dos meses) 9ue recibí mi nominación oficial como
comisario de zona en la provincia de X..., con toda mi sorpresa y la
de mi superior.

Mi gratitud hacia Cristo es enorme y mi fe se ha foitificado. Allá


donde voy a vivir intentare ser un buen obrero de la mies”.

La educación en el carismci

Me gustaria terminar este capítulo narrando otra anécdota que


muestra cómo es necesario crecer en el ejercicio del carisma de fe,

78
y cómo esto se facilita cuando somos llevados a orar (y a ”trabajar“)
al lado de alguien que practica este carisma do manera experimen-
tada.

Esta es la Ifrstoria de Fernanda, una mujer de unos treinta años,


clavada en su lecÍio por dolores intolerabl es y permanentes de la
columna vertebral y piernas. El menor movimiento las empeoraba,
encontrándose así paralizada por el sufrimiento. La causa no era
para nada psicológica, ya que algunas intervenciones en la columna
habían encontrado una esclerosis compresiva de la cubierta de la
médula espinal... y la cirugía se declaraba inútil en este terreno.

Habiendo venido a vemos a la Comunidad durante un retiro de


varios días, la llevamos en nuestra intercesión como lo hacemos por
todas las personas que se confían a nuestra oración. Cada intención
que recibimos por teléfono, por correo o por visita, cotidianamente
la llevamos ante el Santísimo Sacramento.

Una noche (en el marco de la fase embrionaria del carisma de


fe), recibimos una moción... tímida, pero real. Fernanda debta (nos
parecía) sanar y nos reunimos para interceder particularmente por
ella. ”La teníamos eii el cotazón“; nos parecía que el momento habia
llegado y na‹ia habría podido desanimamos de esta convicción.

Estábamos impresionados por el asunto. Fernanda sufrfa mucho


entre nosotros y no nos atreviamos a hablarle directamente pata
suscitar su fe de una manera u otra. Sin embargo, la certeza estaba
en nuestro corazón.

Una hora más tarde nos despedimos, confiados pero a la vez


insatisfechos, como si hubiéramos omitido algo. Más tarde com-
prendí que lo que habla faltado era esa dimensión concreta, de
relación con la enferma, de ánimo y de educación paciente y
respetuosa en la fe.

De cualquier modo sucedió que a la mañana siguiente, los


dolores de Fernanda hablan desaparecido totalmente y ella camina-
ba alegremente sin ninguna invalidez. Testimonio emotivo en su

79
ambiente faiiiiliar y profesional. La pequefia ciudad donde ella vivía
conoció el caso y mucha gente fue sacudida en su fe... sobre todo
criando veían a Feniaiida pasar eii bicicleta ante ellos, pedaleando
vigorosaiiieiite y siii dolor. Pero esta “luna de mi el” con la salud
recupeiiida sólo duró una semana.

Los dot ores vol vieron a aparecer iiiuy rápidamente y quizá más
fuertes que antes, al menos por efecto del contraste con el alivio
transitorio. De nuevo en cama, Fernanda vivió la amargura de la
reca ida... y las burlas de a quel l os que habían sido ” molestados“ por
su curación desgraciada meiite efímera.

Nuestra iiitercesion por el la se actecentó, pero curiosamente,


aun9ue la compasión estaba presente, ¡ la moción de fe ya no lo
estaba ! ¡Misterio de la Sabicluría elimina !

Un año más tarde, el Padre Emiliano Tardif estaba de paso por


algunos días en el convento de Cordes y por este motivo habíamos
organizado una Eucaristía con oración por los enfermos... sin
particular publicidad. La capilla del convento no bastaba para
contener el mar de gente 9ue se arremolinaba, avisados no sé de
qué manera.

Allí estaba Fenianda, tirada en una especie de camilla, para lizada


por el dolor, con las piernas adel gazadas por la inmovilidad y la
posiciói› pen1 anenteinente acostada.

Yo estaba al lado de Emiliano para la celebración y nos preocu-


paba (tin poco solamente) el desarrollo de la liturgia, viendo tanta
gente. La larga homilía del Padre Tardif nos sensibilizó a todos al
sacramento de la Eucaristía 9ue nos disponíainos a recibir, a la
importancia de acogerla en una fe activa y no como un rito vivido
pasivamente, eii espern de la oración por los enfermos. La sanación
brota de la Eucaristía, en la mecl ida en que se recibe la hostia en una
fe confía nte. Ella es poder ‹le vida del mismo Resucitado y suscep-
tible de engendrar los frutos de la Resui-rección de Cristo en los
cuerpos y en los corazones.
Llegó el momento de la comunión y Emiliano avanza al pie de
los escalones del coro pata distribuir el Cuerpo de Cristo. De pronto,
él ”descubre” a Fernanda, a unos metros de él, no porque no la
hubiera v isto antes (estaba en las primeras filas), sino que la ve en
una repentina moción de fe.

Certeza súbita: Dios va a visitarla para sana rla. Se acerca a


Fernanda, sin tomar en cuenta la fi la de personas que comenzaba a
formarse pata la comunión, y pone delicadamente el copón sobre
su cabeza murmurando a su oído palabras de confianza en la
Eucaristía y en su poder de sanación durante largos minutos.
Después, coloca la hostia en su lengua y regresa al pie de los
escalones del coro para la comunión.

Apenas terminada ésta, regresa al lado de Fernanda, la toma de


las manos y la ayuda a levantarse, siempre animándola con una
tranqui la seguridad. Fernanda está de pie, los dolores desaparecen.
El equilibrio es inestable a causa de las piernas debilitadas y
Emiliano, sosteniéndola del hombro, intenta hacerla atravesar va-
rias veces la capilla, a lo largo, y continúa liberando, mediante sus
palabras y gestos, la fe teologal de Fernanda... finalmente, camina
sola, llevada únicamente por una entusiasta alabanza de toda la
asatnblea.

Esto fue en 1981 y hoy día demanda goza de una excelente salud,
sin sombra de recaída y da test iiiionio con fuetza del amor del
Señor.

¿Por qué esa caída después de una primera sanación?

Es delicado contestar, como si Dios dei›ieia justificarse ante nosotros


de cada uno de sus actos, o de cada uno de sus “permisos”.

Pero no está prohibido pensar que nuestro carisma de fe era


embrionario y sii ejercicio inmaduro. Nosotros todavía tio nos
atrevíamos, en ese mismo carisma, a ayudar concretamente al
despliegue, a la liberación de la fe teologal del enfermo.

81
Nosotros estábáfllos muy temer0sOs, ׺7 P²eocupados por el
juicio y la crítica de los demás y dudábamos en seguir la enseñanza
de Jesús cuando El mismo realizaba gestos para ayudar a los
enfermos a recibir la sanación que El estaba dando.

Por esta carencia, quizá Fernanda no estaba suficientemente


madura en una fe capaz de acoger una sanación que ”durara”
definitivamente.

No sé si esta respuesta es satisfactoria, pero en todo caso puede


ayudarnos a percibir mejor la pedagogía divina a través del carisma
de fe.

Cuando Jesús resucitó a Lázaro, fue El —y sólo El en total


confianza al Padre- que con una palabra de fe devolvió la vida a un
cuerpo muerto. Pero pidió a sus acompañantes quitarle los vendajes
para que pudiera gozar de la vida y ser ”rehabilitado” en sus
capacidades de hombte vivo.

Esta imagen puede aplicarse al carisma de fe cuyo objetivo es


desatar -por la moción de fe y sus gestos que la acompañan— a las
personas tomadas por Dios, de esos vendajes paralizantes de duda,
temor, rebeldía, amargura, que les impiden vivir a fondo la gracia
recibida.

82
CAPITULO VI

Discernimiento del carisma de fe

Errores que hay que e vitar

Teniendo como base lo que he desarrollado en capítulos anterio-


res, es necesario convenir que tal carisma puede aparecer en cual-
quier parte... es decir, en la vida de todo bautizado, más particularmente
cuando es miembro de un grupo o de una comunidad con idenñdad
y vocación ya establecidas y maduras.

Se cuestiona frecuentemente por qué los grupos de la Renova-


ción atraen muchos ”pobtes” ogente ”lastimada“. Hay quienes usan
este argumento para desacreditar, o al menos emitir dudas sobre lo
que se vive y se busca en estos grupos. ¿Por qué no habrían de ser
lugares de misericordia, de calor fratemo o de vida de oración
renovada, correspondiendo a las necesidades de un gtan número de
nuestros contemporáneos, heridos o no?

Sucede que la eclosión de un carisma de fe dentto de un grupo


de oración puede producirse en quien sea, sin un tetteno particular-
mente predispuesto. Esta gracia, de hecho tan simple, no está
reservada a una cierta élite espiritual.
Me gusta tecordar al respecto un episodio interesante de la
relación de Teresa de Avila con su joven padre espiritual, Juan de
la Cruz (él tenla veintisiete años menos que su dirigida). De una
moción del Espíritu recibida en la oración por la gran Teresa:
”Búscate en Mí”, Juan de la Cruz pretendía que sólo podta haber
sido dicha estando el alma purificada (y en consecuencia, santif i-
cada). Ante lo cual, la Santa replicó, no sin humor: ”Yo pienso que
virtudes y purificaciones no sirven de nada, porque esto es sobre-
natural y es un don que Dios concede a quien El quiere... y si algo
puede disponer es el amor. Ni María Magdalena, ni la Samaritana,
ni la Cananea estaban ”muertas al mundo“ cuando encontraron al
Señor. ¡Dios me libra de esas gentes tan espirituales que llevan todo,
sin distinción, a la contemplación perfecta (dicho de otta manera,
a la santidad)!”'

Dios es absolutamente libre con sus dones. Los caminos de


acceso de Dios al hombre (incluso mediante los carismas), por
incomprensibles que nos parezcan y a veces hasta torcidos o
ilógicos, no son arbitrarios. ¡El sabe lo que hace! Dejémosle la
libertad de actuat a su antojo.

Teresa de Avila responde a una de nuestras pregutitas: sólo nos


disponemos a la eclosión de los carismas mediante el amor... lo cual
es justamente vivido en general (de manera fratema) con un acento
particular en los grupos de oración.

Aquf Teresa evoca un amor personal muy fuerte para el Señor...


pero, ¿quién puede calibrar el amor de Cristo presente en el corazón
de uno u otro incluso si ese corazón ha sido lastimado por la vida?

No obstante, los riesgos de equivocarse en la apreciación o


interpretación pot la emergencia de un carisma de fe son reales.
Pero la existencia de tales riesgos no debe hacer alejar o huir
sistemáticamente de la posibilidad de nacimiento de ese don dentro
de un grupo de oración. El discernimiento del grupo es necesario

1. Poco importa aquí si se tntaba de carisma, de locución interna.


2. Carta de Don Mendoza, Obispo de Avila.

84
para acoger este tipo de gracia y primeramente nos lleva a eliminar
las fa lsificacioiies humanas (generalmente involunta rias) del caris-
ma de fe. ¿Cuáles son ellas?

— El sentimiento de lástima, diferente a la verdadera compasión,


alimentado por miedos inconscientes; se presenta egocéntrica en el
fondo, lo cual no le impide suscitar esfuerzos notables de adhesión,
a veces iden t icos en la forma a los que engendra una auténtica
compasión.

Un sentimiento de lástima puede presentar utia especie de paro-


xismo que asemeja en apariencia, a una moción de fe, al menos en
su experiencia afectiva. Este paroxismo, que en general dura poco,
frecuentemente se vive como una pasión y no conlleva el aspecto
de tranquila seguridad que caracteriza la moción de fe. La distinción
con un verdadero carisma se realizará en la medida en que dure.
AsI, no se puede nunca ”cotto-circuitar” la fase embrionaria (a
veces larga) de un eventual carisma de fe, ya que el tiempo se
encargada de hacet crecer lo que viene del Espíritu. Podrá revelar
un sentimiento de lástima, quizá bello en sí mismo, pero no cargado
de un ”poder contaminados de fe".

— La emoción, sobte todo en temperamentos impresionables, o


en ambientes muy ”cálidos” a nivel espiritual (fenómeno de grupo),
puede provocar una falsa moción de fe... ¡sin futuro! Allt también
vemos la im¡iortancia del factor tiempo. Añadamos que ese mismo
clima emocional es susceptible de engendrar impresiones ffsicas
ligadas a una especie de autosugestión en el enfemio. Esto es clásico
7 •ºrmal, porque la esperanza súbita puede despertar reacciones
psicosomá ticas, digamos legítimas, que duran poco y Ilaman la
atención pot su carácter débi I y variable... no como en una ”revisión
interior” bien localizada y experimentada de una manera coherente.

— El voluntarismo en la oración, donde se desea con insistencia


y en lugar de Dios, Se llega a veces a intentar toda posibilidad
susceptible de obtener lo que se piensa obstinadamente que es la
voluntad de Dios y que sólo es la proyección humana de la propia
voluntad en un enfermo. Se recurre ast a actos espirituales vividos
como procedimientos mágicos que se multiplican en exceso: fór-
mulas de oraciones (de liberación, por ejemplo), imposición detnanos,
unciones de aceite... ¡hechos que en sí mismo son hermosos pero que
se caricaturizan desviando su sentido con el pretexto de hacer llegar
la voluntad de Dios!

La insistencia animadora del carisma de fe, de total dulzura,


paciencia, compasión, respeto al projimo, no tiene nada que ver con
tales excesos, Un discernimiento elemental permite darse cuenta
rápidamente, o un simple sentido común.

— El autoritarismo sobre el enfermo, diferente del punto anterior.


Aprovecha un sedicente don, una aparente caución divina para
exigir de un enfermo lo que no puede dar por sí mismo. De hecho
ejerce una verdadera presión moral sobre el sujeto, con un resultado
inexistente o bien efímero y relativo. A veces se utiliza éste último
para garantizar la autoridad espiritual y el don particular de aquel
que pretende orar con fe por el enfermo y ”hacerlo levantarse“.

Los días siguientes, en 9ue se constata el fracaso del intento, son


particularmente dolorosos y constituyen flagrantes contiatestimo-
ntos de la verdad del Evangelio.

El autoritarismo espiritual puede presentarse acusador del enfer-


mo ”que no tiene suficiente fe para sanar”. Tal acusación es terrible
y dramática y se encuentra muy frecuentemente en ciertos grupos
de oración no católicos (... ¡e incluso puede haber excepciones!)...
y puede acabar con toda una fe y una confianza nacientes en Dios...
¡lo cual es opuesto al objetivo d-•l cari.sma de fe!

Este autoritarismo espiritual es inadmisible y debe ser alejado de


la vida de todo grupo de oración, si tiene tendencia a expresarse así,
pues su presencia engendra siempre frutos destructores de la fe y
del amor.

— La ilusión, basada frecuentemente en el orgullo espiritual,


puede ”presidir” el sobtevenir de un falso carisma de fe en un deseo
más o menos consciente de sobresalir o de adquirir un valor
espiritual o carismá tico reconocido.

La adquisición de un poder' siempre ha constituido el peligro


más temido en una vida espiritual (cristiana o no), en que el hombre
desea (aun inconscientemente) ”subir hasta la altura de Dios“,
apropiándose sus dones.

El carisma de fe, por su manifestación 7 visibles, a veces


es considetado (erróneamente, lo repetimos) como un poder ligado a
la persona que lo ha recibido, mientes que ésta sólo es el vehículo. Al
igual que los otros carismas, tampoco tiene capacidad de autosantifi-
cación y no descansa especialmente en una santidad efectiva.

Basada en el orgu Ilo, la ilusión capta lo que Dios sólo puede dar
bajo su propia iniciativa y totalmente gratuito. Este intento de
captación puede parecer a veces principio de carisma de fe, pero lo
que vive el que lo experimenta se aleja cada vez más de un justo
equilibrio, hasta caer a veces en un rnisticismo de coloración
cristiana que provoca vacío a su alrededor...

La mejor manera de descubrir tal ilusión está en el discerni-


miento de la vida espiritual del sujeto; sus disposiciones de alma
que reflejan, a su manera, el grado ‹le equilibrio interior y ”psico-
espiritual”.

Los criterios de discerniriiiento

Un carisma de fe sale de su vida escondida al término de un


tiempo de prueba durante el cual se opera el discernimiento de su
autenticidad 7 i dispensable maduración.

¿Con qtié signos podemos reconocer que ha llegado el momento


de su ejercicio... digamos público? Dicho de otro modo, ¿en qué

1. El auténtico carisma de fe no lo es de ninguna manera.

87
podemos tramos para ”autorizar” el ejercicio explícito y comuni-
tario del carisma de fe?

— Su crecimiento en el tiempo durante su primera fase más


escondida; ya nos hemos extendido en lo referente a ta I maduración
a pai-tir de los dos factores convergentes;

— la capacidad de escucha y de interiorización de la (o las)


persona (s) susceptible (s) de haber recibido un carisma de fe. No
se puede crecer en el carisma sin experimentar una necesidad de
orar y de iiiteriorizarse más como para estar más vigilante a los
llamados interiores del Espíritu. Esta noción de escucha del Espiritu
en una oración personal y comunitaria (l i túrgica o no) es determi—
nante y constituye un buen criterio de discernimiento. Conviene
añadirl e una aptitud creciente de escucha al prójimo, de tomar su
tiempo para entender la expresión de un sufrimiento;

— el espíritu de sumisión del que da prueba el “candidato“ al


carisma de fe, porque todo ejercicio carismá tico está subordinado
a la vida de un grupo de oración y a la orientación que sensatamente
da un responsable a una reunión de oración o a un apostolado. El
carisma de fe nunca es “autosuficiente“. Siempre necesita la pre-
sencia de hetmanos y de la sumisión al discemirruento de su auten-
ticidad 7 tu práctica, más particu larrtr:nte en sus inicios. La recepción
del carisma de fe no confiere nunca a la persona algún tipo de autoridad
espiritual dentro de un grupo de oración... a no ser la autoridad ligada al
sentido del propio carisma. Si el grupo de oración debe cuidar la eclosión
de este tipo dedon, tio debe, por el contrario, ser sacudido en su erJuilibrio
hasta crear tensiones internas. El Espíritu (que es Espíritu de unidad) no
puede contradecirse él mismo.

De hecho, la aparición y ejercicio de los carismas tampoco deben


alejar de la Iglesia local, aun cuando ésta se mostrara reticente. El
aislamiento de un grupo de oración o de una comunidad en relación
con la Iglesia, bajo pretexto de falta de comprensión o de libertad
de expresión, es un peligro que hay que evitar a todo precio;
— el amor creciente y compasivo del ‹¡ue da testimonio acJuel que
recibe el carisiria de fe. No se puede v ivir efectivamente de autén—
ticas iiiocioiies de fe sin estar sensibilizado mayormente al misterio
del sufriiii iento. El carisiiia de fe no es una “técnica” del Espiritu
c¡ue poiidríainos eii acc ión de iiianera iiipersonal. Supone un en—
cuentro con el sufrí iiiieiito y el desaiiiparo y sólo puede conmover
un corazón y hacer geriiiin:ir en él la coiiipasión (no la lástima).

En el cristiano puede existir una compasión inmensa hacia los


enfermos o hacia sufrimiento del mundo, sin que haya sombra
de un carisma de fe .

Por el contrario, el carisma de fe no puede perseverar en el


tiempo sin un c recini iento en la compasión „ . o a I menos, en la
intercesióii, actitud espiri tual es t igmat izada en María durante las
bodas ne Caiiá . liitercedet si giiifica “colocarse entre“... y es lo 9ue
hace por lo menos— el carisma de fe. Se coloca entre la Sabiduría
de Dios, que desea actuar en tal persona, y aquella que debe crecer
un mítii nio en una fe conñaiite (teologal) para permitirle actuar a
Dios.„ Sed creciente de intercesión o de compasión, enraizada en el
amot, que constituye así, también, un buen criterio de discerni-
miento;

— los frutos... porque los frutos de un carisma de fe auténtico


Itegan pronto, aun si es dehutnnte y vivido de modo escondido.

Estos frutos, de todos unodos, tio pertenecen a lo ”carismá tico”


y son puros dones de Dios q ne los dará para ratificar la gracia que
El dispensa.

Quizá sean relativos o poco notables, ¡pero qué importa ! Su


existencia notable sugiere la eclosión de un carisma de fe.

1. Porque la compasión es diferente al carisma. Teológicamente, procede más


de la conjunción de misiones invisibles del Espíritu en el corazón del hombre. En
la compasion se trata de la conjunción del espíritu de ciencia (uno de los siete
dones del Santo Espíritu, sin relación de naturaleza con los caminas) con las
virtudes de fe y de fuetze.

89
Signos o ptimicias de alivio, de mejoría de situación, de paz...
en respuesta a una moción de fe en alguien que, sin embargo, tio la
ha experimentado. Una “coincidencia“ no basta, pero varias, suce-
sivas, llegan a ser significativas, aún alejadas una de la otra en el
tiempo.

Los testimonios --cualquiera que sea su importancia — llegarán


tarde o temprano, si se trata de un auténtico don de fe. Conviene
espe rarlos antes de avizorar un arranque concreto de esta fiueva

Los obstáculos clc l carisnici dc fe

Este capítulo estaría incompleto si no evocara brevemente los


obstáculos en el crecimiento y en la manifestación de un carisma
de fe ya reconocido.

De parte de aquel que se beneficia con el efecto de este carisma;


un enfermo, por ejemplo, un solo obstáculo se teme realmente:
rehusarse a perdonar, o escapatse a las exigencias de un perdón que
hay 9ue dar. Dios está desarrr,ado ante aquel que cierra su corazón
y se niega a perdonar a aquel o aquellos 9ue le han causado algún
mal, con razón o sin ella.

El sentimiento de rencot (aún inconsciente) o el deseo de ven-


ganza, de ”hacer pagar”, que son ma neras de negarse a perdonar,
constituyen verdaderas murallas contm las cuales la moción de fe
sólo puede tropezar vanamente. La promesa de Dios está a III, el
impulso del carisma se realiza... peto todo se detiene en esta etapa
porque el no—perdón voluntario es un lamentable antídoto contra la
Misericordia.

Este asunto del perdón a dar.., e incluso a recibir' siempre debe


considerarse si una auténtica moción de carisma de fe no desem-
boca eti algún fruto, aun mínimo.

1. Se refiere sólo a Dios, en el sacramento de reconciliación.

90
De parte de aquel cJue practica oportunamente este carisma, tres
trampas pueden ser obstáculo a I desarrollo de la gracia:

— el vol untatisino o el autori ta risirio espiritual, 9ue pueden


ininisciiirse en el ejercicio de un verdadero carisma de fe y cuyo
mayot Peligro consiste eii no respetar la evolución del proceso
que cl Serior iii isiiio inicia en mia persona o en una circunstancia.
Ir muy rápido o muy vigorosamente, con el pretexto de una
moción verídica, corre el tiesgo de alterar la tea I ización del
desigiii o divino. ¡El Señor respeta los tiempos y las personas,
aún cuando El se muestre a veces insistente !

— la falta de audacia eii la fe, es dec ir en la acogida a la moción


interior de fe. No existe inmuni zac ión, al igual que en el ejercicio
del carisma de conocimiento inined rato ¿Inmunizado contra qué?
dinin ustedes, contra el miedo de equivocarse, y de engafiar a otros;
contta un sentimiento de incaJiacida‹l o de indignidad 9ue restringe
cada impulso carismático de fe; contra la envidia de estar a tnil
ki lómetros de a IIí o de refugiatse en titia simple oración de interce—
sión que d iera seguridad, porque la responsabilidad de su eficacia
no pesaría sobre nosotros... sino sólo sobte Dios.

Porque finalmente, sólo Dios sana, a través de su hijo Jesucristo;


todos lo sabemos, y cuando le confiamos tal causa por nuestra
intercesión, dejamos eii El (de algún modo) la responsabilidad de
una eventiia I reali zac iófl.

Pero, por el carisiiia de fe, el Sefior patece --con todas las ‹bebidas
proporciones— etigiriios en correspoiisables de los efectos de su
propia gracia... ¡y esa respotisabi lidad a veces es pesada y fatigante
de asumir!

Hay tantas buenas razones aparentes que explican que el


ejercicio del carisma de fe necesita crecer cada vez más en la
audacia, en una especie de rebasamiento de sus propios temores
para dejarse ”instalar” en esta certeza de fe que El infunde en
nosotros.
Pero sucede que ruta falta flagrante de audacia frena la evolución
del proceso divino... debilidad humana que sólo se resuelve sumer-
giéndonos iiiás en brazos de la Misericordia.

— la duda, finalmente, metodea con frecuencia y puede declararse


repentinamente y con fuerza, enraizada en nuestra mentalidad
cartesiana y racionalista,

Dudamos en nosotros mismos: ¿no estoy enttegándome a una


mascarada ridícula. .. o fatigándome por un milagro?

Dudamos del otro: ¡este enfermo no puede sanat! ¡Mita la


gravedad ‹le sii enfermedad, o su cronicidad.. y en él nada sucede!
¿Por 9ué tener la paciencia y esperar en la fe, por qué continuar
animáiidolo en una perspectiva cJue no llegará?

Dudamos de Dios: esta vez, El no hará nada,.. por otra rarte, ¿por
qué pedirme esto a mi?... Me pregunto si esta historia del carisma
no es ilusión... Si El es todopoderoso, ¡El puede hacerlo sin nece-
sidad de mí!

La duda con mil rostros es grave porque empaña una confianza:


la que yo pongo en el Espíritu, aceptando corresponder dócilmente
a esa moción de fe. Si se altera mi confianza, destina mi percepción
de esta moción y se quiebra isi convicción.

Por otra parte, la persona que benefi c ia ría del efecto del carisma
de fe, resiente rápidamente una baja de confianza. Ella misma tiene
tanta necesidad de ser sostenida en la confianza en la obra de Dios
hacia ella, que también a ella la alcanza la duda, al presentía mi
propia turbación. También puede ser afectada la realización de la
promesa divina.

En respuesta y como ”vacuna” contra estos obstáculos, sólo hay


algunas palabras clave: oración perseverante, escucha interior,
calidad fratema, sumisión, confianza en la Misericordia.

92
CAPITULO VII

Sabiduría divina y carisma de fe

Ya hemos tratado a lo largo de los capítulos anteriores, los


intereses del carisma de fe, limitándonos a I plan práctico. Pero el
tema amerita una ptofundi zación que nos permitirá delimitar hasta
dónde alcanza al hombre esta gracia --carismática como lo es— y
puede finalmente abrirlo a una vida espiritual, comuniona I, sacra-
mento I y eclesial más vasta. Un carisma, por simple que sea su
práctica, o por relativa que sea su importancia en cuanto a los
sacramentos de la Iglesia y al llamado a la santidad de todo
bautizado, es sin embargo una misión visible del Espíritu en nues-
tros días, es decir, especialmente aclaptada a las necesidades de
nuestra época.

Nos fa Ita entonces intentar penetrar en la Sabiduría de Dios' en


este tema, es decit, considerar el carisma de fe en la perspectiva de
Dios, para percibir mejor la oportunidad y la riqueza de gracias
potencia les que detenta, así como la “segunda intención divina“ al

1. La Sabiduría divina nunca permanece inaccesible, sino que siempre se deja


tocar, aún cuandn nos rebase infinitamente.

93
respecto, que concurre exclusivamente al bien de la criatura hu-
mana.

El carisma de fe entra en la pedagogía de los sigros dados por el


Señor a un mundo en hastío, tibio y muy indiferente a las deferen-
cias de su Amor.

A fina les de este siglo XX, Dios se hace más ”mediatizador”,


que en tiempos pasados, quizá porque el corazón del hombre no
había estado tan frío. ¡ Dios se somete a las costumbres de nuestros
tiempos ! Perdónenme una visión muy antropomórfica y mundana
de su Sabiduría, pero aunque sea humorística (o deseando serlo),
esta consideración tiene su parte de pertinencia.

En el prólogo de este l ibro expl iqué suficientemente la cues—


tión del signo divino para no caer en la repetición fastidiosa.

Según la famosa profecía sobre los íntimos tiempos de San Luis


María Grignion de Montfort --seguramente próximo doctor de la
Iglesia—' éstos se caracteri zarían por una debilidad muy particular
del hombre de esta época, que “obligarla” ¢o casi) a Dios a desplegar
todas las riquezas de su Misericordia, como nunca antes lo ha hecho
en la historia.

Cuando profetizaba asi, Grignion de Monton tenía perfecta


consciencia de que el períod en que él vivía (siglos XVI* 7 × )
todavía no eiitmba en los últimos tiempos.

Aquí se impone una reflexión teológica: la noción de ”íiltimos


tiempos” comienza de hecho la tat‹ie ‹tel Vienes Santo, cuando ”todo
está consuniado“ y que Cristo descansa en la tumba... proclamando su
Gloria a los cautivos de los infien›os.

Entonces, ¿a qué ”últimos tiempos“ se refiere Grignion de Mont-


fort? Simplemente a un régimen particular de la gracia santificante
(las cuatro misiones del Espíritu Santo) que na través de los acon-

t , Por la importancia y calidad de sus reflexiones respecto s la Iglesia.

94
tecimientos históricos como la evolución de las espiritualidades, va
a conocer una importante aceleración.

Estos “últimos tiempos“ son como una fase final (y más mística)
de los ”últimos tiempos“ en el sentido amplio y teológico. Que esta
fase final dure diez, cien, mil o más años, no es el problema. Lo
importante es la característica particular de estos tiempos del fin:
un régimen acelerado de la gracia y por lo tanto, también un
desbordamiento nunca igualado de Misericordia... en respuesta a
una vulnerabilidad más grande del hombre, sumergido en una
experiencia más fuerte de sus límites, sus debilidades, sus miedos...
¡y su terrible capacidad de pecat!

En el centro de esta ”dialéctica de los últimos tiempos” se sitúa una


persona clave: la Virgen María, con una cercanía muy especial y como
prometida y otorgada. El Espíritu Santo empuja en ”los últimos
tiempos”, a todo hombre en busca de Dios (siendo cada vez más
numerosos a pesar de o a causa del enfriamiento del mundo) en una
intimidad mariana absolutamente nueva y ligada n esa miseria humana
agravada. ¿El año rnnriano que acabamos de vivir no nos lo sugiere a
su manem?

Se plantea una pregunta: ¿estamos o no ya en los ”últimos tiem-

La respuesta de la Iglesia es afirmati va' : ta l parece que el


Concilio Vaticano II constituyó su inauguración. Todo período
espiritual fuerte tiene sus profetas, anticipando la gracia que ellos
profetizan. ¿Quiénes serlan entonces esos profetas (a su modo)
susceptibles de iluminamos, de guiarnos er el camino de estos
últimos tiempos? No dudamos en evocar los rostros y las vidas de
Santa Teresita del Puño Jesús, de San Maximiliano Kolbe, de Martha
Robin y de la Madre Teresa de Calcuta... sin olvidar a quien
habíamos citado al principio: Grignion de Montfort. .

1. Las numerosas declaraciones deluan Pablo II al tespecto no dejan ninguna


duda.
Signo y carisma de fe

¡Ultimos tiempos ! ¡Indiferencia creciente ‹ie1 mundo ante el


amor de Dios! ¡Fingí licl a J aceii t uacla de I hombre y de la sociedad!
¡ Peligros que ponen en riesgo la existeiic ia misiria de la humanidad!
Angustia existencia y noógena' . ¡So1eda‹t del hotnbte en medio de
la muchedumbre !

Qué más para invitar a Díos a ‹lesborcl ar de Ternura y Misericor-


dia... porque el Amor de Dios nunca depondrá las armas. Si El
abandona el rebaño para ir a I›uscar la oveja perdida (cf Lc 15, 4-7)
¿qué no inven tará Jiara aliviar al hombre del tardo que lleva sin
darse cuenta de su peso?

las soluciones divinas podrán sorprender y atraer críticas... ¿No


las sufrió Jesús al acoger con amor a la pecadora bajo la mirada
reprobatoria de sus compañeros de mesa?

Los signos forman parte de estas soluciones de la Sabiduría y deben


ser acogidos como tales, a pesar de su carácter subjetivo, a pesar del
problema de interpretación que provocan en la conciencia de muchos.

Porque los signos no está» sujetos a la exégesis sino al testirno-


nio. Asi recibidos, en un discernimiento necesario de su eclosión,
son dados por Dios directamente o a través del ejercicio de los
carismas, en una sabia intención de entregar un testimonio vetdad-
ero de la presencia actuante del amor de Dios. El testimonio es
actualmente el medio de comunicación tnás eficaz para ”hacer
pasar” un mensaje... a i'in si éste tiene luego necesidad de ser
apoyado por consideraciones más... didácticas. Dios lo sabe... y
Dios provee.

En el ejercicio del carisma de fe la d imensión del signo toma un


relieve muy especial. Digo esto por comparación con los otros

1. Nuevo síntoma en el mundo actual de la psiquiatña, que evoca enfermedades


que se originan en el espíritu humano (del griego, nous), es decir, en lo que mueve
su vida misma.

96
carismas. Ya se reprocliaba al carisma de conocimiento inmediato
su dimensión espectacular, sostenida ella misma por esa pedagogfa
de la Sabicliiría divina eii los fil t irnos i ienipos.

Qué Jeci‹ entonces del don le fe, consicl erado todavía con un
impacto sensible m ñs clesnrrollnJo (n r›nque esto último no consti-
tuye lo esenc ial clel carisma).

Eti la peregrinación a Lourdes en el 87, organizada por la


Coiiiii nid a d del Leóti de Judá y del Cordero liiinolado, que reunió
quince mil petsonas, centenares de ellos vinieron a confirmar una
gracia de sanación, de recorre i ficción, de paz o de Iuz, recibida a
través de la práctica del ca risiiia de conocimiento inmediato. Su
test i iiionio tuvo un gm ii impacto de conversión en muchos corazones.

Pero cuando Suzie, joven que pa decía poliai-tritis crónica, evo-


lutiva cl esde mac ía varios altos, que la post raba n en una silla de
ruedas, se puso a caiiii nat y luego a bai lar ante los quince mil
peregrinos, gracias al sacramento de los enfermos conjugado con
el ejercicio del ca risi ria de fe, sii test iiiionio fue aún más sonado y
entabló como un proceso eii caclena de a livios, curaciones físicas o
psíquicas y conversiones eii muchos. Habia liberado la fe teologal
en el alma de un gran ii úiiiero de personas favoreciendo así la
apertura al paso de Dios.. . ¡con frutos de paz, perdón y liberación!

Act aa liiieiite Suzie ito está tota lmente curada, en el sentido de


9ue los reportes iiiéd icos iiiiiest raii tina suspensión inesperada e
iiiex pl ica bl e del proceso ne la eiifeniie‹lad que patece concluir en
una especie de “cicatri zac ión“, Jiero 9ueda n perJ ueñas secuelas
físicas q‹ie dificu|tn n ‹in tn n to In n archn. ¡Suzie testimoriia que to
más impottante es una liberación fomiidable que vivió a partir de
Lourdes y que no deja de hacerla crecer en una intimidad más
grande con su Dios!

Digamos también 9ue la sanación de Suzie ha conociclo diversas


etapas que a cada vez han necesitado la intervención del carisma
de fe para animarla a entrnr cada vez más en la gracia recibida.

97
Se replicará: ¿por cJué ella... y no los otros paral iticos presentes
en la celebración?

Dios no es avaro en sus dones, pero su intención no está en sanar


a todo mundo de toda enfermedad, porque la sa luación que El nos
ofrece no consiste enuna sanación general de los cuerpos enfermos.
Salvar no es sanar, en el sentido en que lo entendemos actual-
mente... y Cristo sólo se hace médico de algunos para salvar el
mayor niimero.

El signo de la sanación de Suzie (o de otros), obtenido por el


camino del carisma de fe, no es privativo o selectivo... como si Suzie
fuera una especie de privi legiada de Dios, que se desinteresada del
destino de los demás.

El signo no es para Suzie, aunque ella disfrute legítimamente de


él, sino todos aquellos que lo ven, porque ese testimonio
recuerda que Dios está vivo, presente, ani t so y actuante.. 7 fue
todos los que se dejan tocar por esta evidencia son susceptibles de
beneficiarse en su momento de las “actuaciones“ del amor divino.

Es solamente en este sentido que el carisma de fe ”pone sus


esperanzas” en la dimensión del signo qtie se realiza por su inter-
mediario.

El signo, sobre todo aquel q tie se liga al ejercicio del carisma de


fe, es dado justa y curiosamente para ”buscar la fe” en aquel que lo
percibe, lo constata de una manera u otra, no como un observador
neutral que anali zaría el acontecimiento teniendo cuidado de per-
manecer a distancia, sino como un hombre que tiene necesidad de
Dios, de saber que ese Dios lo ama y haría ”cualquier cosa” por él.
El signo se lo manifiesta, a su manera,

Es curioso hacer notar cómo el signo que emana de este catisma


preciso, está cargado con él de un fuette poder de contaminación
de la fe.

1. Dios no deja de “recordamos” su amor por lodo tipo de medios.


Los carismas de profecía, de ciencia o de conocimiento inme-
diato tienen su propia original idad... entte otras, interpelar a las
personas sobre su propia fe, dejándol as a su propia elección... libres
como son de acoger o rio la luz recibirla.

El carisiiia de fe tiene un i m¡aa cto ‹liferente. “Suscita“ en alguien


la experiencia de la fe puesta eti acción. No 9ue deje en menor
libertad, sino que provoca tina colaboración más activa en la obra
del Señor pata bien de la misma persona (y de aquellos a quienes
dará testimonio). No hay ningún aspecto de coacción en esto, sino
más bien una toma de conciencia de una fe insospechada , presente
pero como dormida y en consecuencia, no actuante. Por el carisma
de fe la persona ve que ella puede, por su propia fe, cooperar mucho
más de lo ”previsto“ en el trabajo de la gracia... y esto según la
orientación precisa impresa por la moción de fe (sanación, recon-
ciliación, acompañamiento de rin sufrimiento, ayuda en una debiIi-
dnd social o afecti va, etc,)

¡Este carisma da paso a una ex periencia muy ”va lori za nte” en el


orden de la fe “que tnueve montañas !“

He dicho antes que la emergencia ble los carismas estaba ligada


al dinamismo misionero de la Iglesia (y en consecuencia, entre
otros, de los grupos de oración), Eii relación con el carisma de fe,
yo nte atrevería a ir todavía más lejos, aun si su ejercicio actual es
como u»a infiina gota de agua en la enonne misión de la lglesia.
Dios no tiene el sentido de las proporciones y para El un “pequeño
acontecimiento” ' p‹iede ser de un peso enonne en el cu‹so y el
sentí ‹lo fl e la h i storia. No solo el carisma de fe se insert be en
el avance evangeli zador 9ue anima a la
favorecerlo, al ser como uno de los ferment‹ s..

Este carisma, que permite des rtar una fe somnolieiita / U 7


inerte, estimula sin réplica la actividad misionera necesaria en la
vitalidad de la Renovación (como la de la Iglesia) y es asf como
puede fortificar los grupos de oración o comunidades en su celo

1. Ante I « ‹ni r»d« h‹» n«» a.

99
evangeli zador a veces ran t ín1i do. Q‹le esta ev ange li zación se viva
a nivel carita ti vo (dar testimonio concreto y activo de la solicitud
divina ante los múltiples sufriiii ieii tos del m nudo) o a nivel ketig-
mático (anuncio au‹1az del autor de Cristo por todos los medios
oportunos), puede ver su desarrol lo y sus frutos multipl icados por
la acogicla y la práctica clel carisiiia ne fe. Por9ue éste está precisa-
mente al servicio de la evaiige li zac ión iiiultifoniie, cuyo Espíritu
suscita el deseo en bien de las almas cristianas eii nuestros dias.

No hay que tener iiiiedo poi- "valerse” de lo sobrenatural ' para


eva ngel izar en nuestros días... no J›or9tie lo sobreiiat ura l deba ser
manipulado, sino por9ue se vuelve siinJilemente disponible para
una mejor fecundidad cte las per s Jiect i vas iiiisioiieras actua les.

. 5abid u ría divina eii que la ” J›eq uena gota“ del caí reina de fe
es de ta l valor para el oceano ‹le la Misericordia que se derrama
sobre nuestro triunfo eti estos u lt imos t í eni Jios.

El mensaje de Santa Teresita del Nieto Jesús y del Santo Rostro


está menos en lo que ella escribió que eii lo que ella vivió. De hecho,
lo que ella escribió es sólo el reflejo de lo que ella vivió. Una de las
palabras clave de este mensaje es la confianza en Dios,

Podemos decir que et ca risiiia de fe es un artesano precioso de


esa confianza a redescubrir en un Dios de ternura que no quiere el
mal para el hombre, sino el bien más excelente.

He insistido iiiiiclio eii la actividad concreta 9ue sostiene el


carisma de fe, como si las palabras y gestos de aquel que lo ptactica
fueran intrínsecas a la gracia que ese don veliicula ante una persona
herida o una situación dolorosa. Y verdaderamente lo son. El
”gen io“ in isnio del catisiiia está eii siisc i tar actitudes y propósitos
adaptados a la circiiiistaiic ia cJue difiinden un consuelo y una fuerza,
por la experiencia progresiva de Dios 9ue está actuando.

El don consiste, adeiiiás de la contaminación de la fe, en educar


a su beneficiario en la confianza en el amor de Cristo, como
interventor presente eii su existencia.

¿Qué 9uiere decir? ¿Que el hombre no desea ser visitado por


Dios? No... sino más bien que está acosado por la enfermedad del
siglo XX, la enfermedad de la duda, que lo encierra en si mismo,
lo vuelve descontado y demasiado ”razonable“ que exige
bas... y para acabar, pone eii ‹ruda los valor-es pro’fuiidos de la vida
cristiai»... ¡la c‹ia l no clehería ser, le we‹ lb, sino la vid» humana

Duda sohre la fidelidad.

Duda sohre el an›or.

Duda sobre el sentido de sii propia vida.

Duda sobre la existencia de Dios.

Duda sobre sí misiiio.

La duda es una enfermedad peniiciosa que d aturaliza toda las


aptitudes de relación fundamentales que hacen det hoinlire-un . set
humano en sentido fuerte.

La confianza no rima ya con nada y lasapaiir××:iaa ayudan a que


todo el mundo “sopese” y sospecho de todo eQinmdcx

La duda es un veneno que coriompe el coiazófi del hombfe de


hoy eii sti primera facultad que es la de amar y en consecuencia, de
darse. Porque sólo existe vetrt adero amor en un movimiento con-
limite de don de sí mismo... a imitación de Cristo que no deja de
confiar en el l›oi1 hre, I» sta en la civz, cloncle se entrega a las manos
de los lioiiibres.,. potqne son capaces de amar (a pesar de su pecado)
y capaces cte Dios.

Del Iado humano ía confianza en Dios desaparece y una de las


mejores evangel i za cioiies es la que reeduca al hombre en una
confianza progresiva y sa l vaclora . ¡Eii este aspecto, Eutopa es una
verdadera tierra de i» isiól›!

El carisma de fe penn ite a sus beneficia rios vivir un aprendizaje


sobrenatural, pero que re posa en una iued iación humana muy
endeble, eii la confianza eri una gracia ex per iiieiitada en el momen-
to... y por extensión e p u autor: Dios.

Reeiicoiitrar confianza eii Dios ( Jior el caiii i iio carisiri atico o por
otro) da Jiaso a la confianza eii sí iii í siaio y sana las du‹tas ”egocén-
tricas” que pata li zaii la existencia ‹tel hombre hasta en la vida por la fe.

La c1ii‹la es el eiiei iii go c1ecl a ra‹lo rte la ecl osion dé la fe teol 7


e! carisma ‹le fe representa un anita eficaz contra este pérfido adversario.

Ta J» hiéi› al If, la petson n o in circu nsf n nc in que llega a ser objeto


del carisma de fe, no es la fin ica que se beneficia de esa misericot-
diosa teeducac ión eii la fe... sitio tam bién a que-llos y aquel las cJue
serán espectadores.

La moción carismát ica de fe es como una “murio tendida” de la


nz g , s d g s
u p p c .

Una duda 9ue se quita es una luz que se expande y una paz que
se propaga por los a l te‹Iedores.

El ni tecla a sanar

Cuando nte fue dado otr.r por los grandes enfermos y esto desde
hace unos ‹liez años, irse sigue sorpreiicl ieiido encontrar en la mayor

102
i‘ ellos un deseo aiiibi quo de sanar. Ellos desean pero a la
emen su sanación.

Fina l mente, muchos tienen mie‹Io de sanar, pero yo no digo que


sean cóiiiplices de este miedo. Su enfermedad o inva lidez está de
tal maneta ”anclada“ en la imagen que tienen de sí mismos cJue una
sanación provocaría una especie de “reforma ontológica“ (la ex-
presiónes caticatutal, pero expresiva), nietamorfosis que el l os no
están seguros de querer.

Propósitos cl ocantes c‹inndo coi oceimos todas lns at›g‹›stias que


gritan a Dios en ui n violenta esperanza cte alivio.

No se trata cte a limitar aqui que los enfermos ya no lo serían si


q‹i isie› ni› ren h» ente s«›J»i ... o Jejni se ser›ai ¡›or Cristo.

El iiiisterio del sith i iiiieiito, con sti coi tej o de eriferriiedades, de


inva lideces, de i iijustic ías o de opi es iones, existirá siempre. Es a
través de él que “Cristo está eii agonía hasta el fin del mundo”

Como tal, este iiiisterio es infinitamente respetable, aunque deba


intentarse todo para reducir el sufrimiento o pacificarlo alli donde
habita... la ciencia tiene su propia contribución que aportar.

Sin embargo, persiste una eviclenc ía: aquellos que son visitados
por Dios en una reuní ón de oración, de reconciliación o de conver-
sión, tienen miecto —inconscienten1ente- del profundo cambio que
esto les ocasiot›ará. Y yo sostengo q‹ie ese miedo más o menos
fuerte, se opone (por su Jiropia ex isteiic ia) a la recepción de la

Una sanación no siempre es fácil de vivir, porque no se trata sólo


de una suspensión de tales síntomas dolorosos o inval idantes. De
hecho se trata de una nueva orientación de vida, sobre otms bases...
y esta perspectiva a veces se vive con inquietud.

Paradójicainente, una erifenue‹Iad o una lisiadiira puede vivirse


involiititarianieiite corno una esJiecie cte seguridad por aquel 9ue la

103
lleva, a causa del lugar determinante que toma en el horizonte de
su existencia... e incluso ante la mirada de los demás.

Y existe un miedo especial fle pei-fler esta (falsa) seguridad, por


lo que hay que conocer la realidad de este miedo para captar mejor
la oportunidad del carisma de fe.

Durante uno de nuestros oficios ne Resurrección, en Cordes, en


que otamos por los enfermos, me acerco a una persona en silla de
ruedas y le pregunto:

-¿Qué c|rrietes que |e picl»inos juntos el Seftor?

Es excepcional que se foriiiu le el rleseo de sanar. Generalmente


pide por los demás, por el próji iiio, por a lgti ien sumergido en la
angustia, etc. Entonces amado:

- ¡Oh!, ¡yo!. No necesito nada. Hay otros que necesitan más que
y°-
— ¿Y sí Jesús quisiera sacarte a ti?

Duda. Mirada inquieta. No se imagina ser él mismo sanado por


Dios, sobre todo de una enfermedad inval idaiite destle nace iiiucho
ñempo.

Esta ausencia de perspectiva de una sanación eventual traduce


en muchos, miedo de sanar.

Yo insisto 9ue este miedo no es lúcido iii consciente... por lo


tanto los enfermos que me lean no tendrán que culpatse de una
carencia para acoger sii propia sanación.

Si cargan este mie‹lo no pue‹l.en na‹Ia contra él y, por el contrario,


¡fiecesitan una ayuda sohrenrr tuml pam ser libemdos progresiva-
mente!
En relación con esto, la historia del pequeño Rogelio es sorpren-
dente! Durante un viaje a Africa Central en enero de 1988, yo
aniniaba una celebración por los enfermos en que se reunían más
de dos mil personas. La Iglesia parroquia l era pequeña para tal
número de gente y varias centenas de fieles acudían a la ceremonia
desde el exterior.

Durante la comunión, yo noté un nifio de unos nueve años


paralizado de ías dos piernas. ¿Por qué especialmente él, mientras
tantos enfermos estaban presentes? Sucedió que recibí una fuerte
moción de fe hacia ese tritio que nunca antes habia visto. Hice una
señal a los monagui llos para que lo llevaran a la sacristía después
de la celebrac ión... y fue alli donde ccsxx:i a Rodrigo, que padecfa
polioniie litis aguda desde la edad de dieci¢x:ho meses y estaba
para li tico cl esde mac ía mas cte seis altos. ¡Llevaba pesadas muletas
que le penni tim› n1n rire nerse en pie... de modo vacilante! sus
mien hros inferiores tel ínt i umm clelgnclez i›ote ble a causa de la
an iotrofi a '.

Inicié con él una conversación qtie se hacia larga puesto que él sólo
hablaba el dialecto local: el sango y necesitaba de tura traducción que
la mamá de Rodrigo pudo realizar. Primeramente habla que ’domes-
ticarlo” ya que el contexto lo iiit iinidaba terriblemente, además del
hecho que una posible curación no le pasaba por la cabeza.

Siii embargo, me segu ia la moción de fe, tenaz e imperiosa y


decidí lanzarse, l a bla lolos en tén» inos sencillos del amor de
lesús por el. Rodrigo t›n t›i a recihi‹to una catequesis rudimentaria j/
movía la ca L›eza en señal de comprensión.

Luego lo sensibiflcé al poder de la omción ante Jesús y ptopuse a


Rodrigo orar conmigo pam que el Señor diera vida a sus piernas si El
quisiera, El niño aceptó, sin entender todo lo que eso significaba.

Con algunos hermanos y hermanas de niiestra Comunidad de


Africa Central comenzamos a interceder i » ponierido las manos en

. “Derretii niento” muscular liça‹1o el desuso de las piernas.

105
sus ¡tiernas. El part icipaba, un tanto sorprendido, invocando en su
corazón el nombre de Jesús.

Interrogado minutos más tarde, precisó que una especie de cafor


invadir su columna y sus muslos. ¡Buena seíial!

La moción de fe insistía y me atrevía a comenzar a quitarle sus


muletas, mientras ‹¡ue su madre le daba segtiridad en sango, ya que
la ausencia subita de ese apoyo pocÍía ser causa de angustia en él.

Durante unos quince in in ctos practi9ué una lenta y ”penetrante”


unción de aceite en sus previas oraticÍo con la fe 9ue (de manera
carisniá tica) nte era da‹1a en el iiioiiieiito, Luego ped í a Rodrigo 9ue
se levantara, lo cjue l izo sosteniclo de los nxi les ¡›or dos ayr dnntes.

Gran inquietud en el muchacho y miento de caer, que necesitaron


de pa labras pacificantes y de gestos atiimosos. El necesita ba ser
educado en la confianza de pocler mantenerse solo de pie... ¡y sin
muletas!

Manifestantemente el mieJo "fienaba” el proceso y sin embargo,


al inisirio tiempo sentía nuevns fuerzas que animaban sus piernas.

Se necesitó tiempo, paciencia, exliottaciones de fe y de confianza


para 9ue finalmente ”aceptar” mantenerse en pie, lo 9ue logró de
manera satisfactoria,.. con su propia admimción. Mientras el tiempo
pasaba y él seguía en esa posición (siii demasiada fatiga, a pesar de la
amiotioña), el miedo iba disiiiinuyendo.

Pero la ”operac ióti” del Espíritu Santo no había ter-minado,


porque convenía hacerlo caminar, por lo menos, comenzar... Rea—
pareció el miedo, paral izanclo (psicológicamente) su fa—cultad de
marcha.

Fueron necesarias varias horas para que Jiiidiera caminar soste-


nido primeramente y I tiego solo, sin ii ingíiii soporte.

106
Nosotros teníamos la ex J›eriencia concreta que su “recupera-
ción” eii la fe estaba ligada a la desaparición progresiva de este
famoso miedo.

No creo que ese miedo hubiera podido ser vencido sin el carisma
de fe... y aclemás, siii él jamás liabi ía nios propuesto a Rodrigo
leva t t a rse y caminar.,. ¡ lo que nunca había hecho en su vida!

El Bieiiaventiira¢lo lieiiiiatio Aiicli és tenía una aguda consciencia


de ese intento ” Jiai a l iza dor che la gracia“ y sin duda es por ello que
él duraba tanto con los enfermos por los que oraba en una moción
de fe.

Bien poclemos consi cierai- al carisma de fe como una "terapia


espiritual” cte l iii iecl o al ‹Ion que Dios puede dar por su gracia a una

Pero nuestra reflex ión nos lleva toclavía iiiás !ejos: ¿el miedo de
ese don de Díos no proce‹1e rá de rin inicio iiiás fundamental: el del
mi sino donador?

En el corazón del hombre permanece un miedo anclado fuerte-


mente y profundamente inconsciente, pero real hacia Dios, por una
sola razón: el pecado.

Con gran sufri lri iento de Dios, la presencia del pecado en el ser
humano hiere a este en sii relación más íntiiria con su creador. Y lo
hiere con una herida de iri iedo. Es la priiiiei:i secuel a del pecado en
nosotros y Díos quiere tibet a ritos tanto cJe es.a secuela como de su
causa: el pecado.

Eii este libro no intentamos presentar un tratado sobre la Reden-


ción. Eii la fe de la lglesia sabemos que Dios pei dona nuestros
pecados por la ofrenda de Amor de la vida de su Hijo en la Cruz.
La prueba del perdón divino es la Resurrección y la lglesia lo

107
testimonia en el Espíritu, en un mundo en tinieblas. Y no sólo da
testimonio sino que no deja de actuali zar (particularmente en la
Eucaristía) este poder de resurrección de Cristo, pata que el mundo
crea y se salve.

Dios quiere salvar y pot ello Dios perdona en la persona de su


Hijo, pero, ¿quién acoge el perdón divino? ¿Y quién se deja satiar
de sus miedos de Dios?

Siempre me ha impresionado el lazo profundo que muestra el


Evangelio entre perdón de los pecados y sanación. Este lazo se pone
emirientemente de relieve en el pasaje de la sanación del paralítico
(Lc 5, 17-25) donde aquellos llevan a un hombre paralítico en
ca ini lla.

"A causa de la mul ti tud no encontraban por donde meterlo,


subieron al terrado y a través de las tejas lo descolgaron con su camilla
y lo pusieron en medio, delante de Jesús. Viendo su fe, Jesús dijo:
¡Amigo, tus pecados te son perdonados!”

Al contacto de la fe d CIIU 7 º del paralítico, Jeiús anuncia el


perdón que le es dado. Esas gentes que llevaban al encamillado y
daban prueba de tal audacia eii la fe, ¿quiénes son? ¿No existe una
flagrante analogía entre su actitud y el actual carisma de fe, donde
el Espíritu suscita en el corazón de algunos la fe suficiente para que
actúe como una “pa lanca sobre el corazón de Dios?”

Pot la audacia de algunos individuos cuyo anonimato guarda el


Evangelio (es decir que no hay ningún ”mérito” notorio en su
comportamiento, y que esta gracia puede ofrecerse al “primero que
llega”), el paralítico estará en situación de ser tocado por Cristo. El
texto lo sugiere fuertemente insistiendo en el depósito de la camilla
en medio de la gente, precisamente frente a Jesús.

Pero lo mas sorprendente es que, viendo su fe, Jesús no solamen-


te dijo: ”Estás sano; ¡levántate y anda !” sino ”¡Tus pecados te son
perdonados!”
la fe de algunos lleva al Sefior a perdonar los pecados, porque
finalmente eso es lo que busca la Misericordia: poder dar el perdón
de Dios, pero parece que ese perdón está subordinado a la fe.

Los Padres de la Iglesia han visto la fe de esos cargadores de la


cami lla como figurativa de la fe de la Iglesia que nos alcanza el
perdón de nuestros peca d os en virtud del misterio pascua!. Pero esto
en nada contradice la analogía con el carisma de fe (cuyo contexto
constituye evidentemente una de las múltiples caras de la fe de la
Iglesia).

No hay ningún error a I pensar que el Espiritu, en su gran


libertad y de modo ca rismá tico, suscita en un bautizado una
moción de fe con miras a una sanación y/o un perdón preciso.

Hay pues un lazo entre carisma de fe y perdón, tal como nos lo


sugiere después el Evangelio.

“Los esci i bas y fariseos empezaron a pensat: ”¿Quién es éste que


ptofiere blasfeinias? ¿Quién puede perdonar los pecados, sino
Dios?” (Lc 5, 2 1)

En este momento los judíos tienen razón porque el perdón


verdadero es un acto propiamente divino, ya 9ue el perdón e.s el don
¡Perfecto y total, es decir aquel que se prolonga con peligro de ser
ridiculizado, desviado, bruta lizado, ca lumniado, despreciado.

El verdadero amor (es decir, solo Dios) puede darse así perfec-
tamente, es decir, perdonar... cueste l o 9ue le cueste.

Perdonar viene a ser: “Yo me entrego a ti, aun si no lo quieres o


me rechazas, potque te amo“. De hecho, petdonat es amar hasta el
extremo... ¡Hasta el extremo de darse a sí mismo, suceda lo que
suceda!

¡lesús en la cruz estigmati za el perdón de Dios porque sigue


amando hasta la locura, mientras que es golpeado, insultado, des-
preciado, maltratado y condenado a muerte!
El tual y la muerte no pudiei on vencer el airi or; el hombre, a pesar
de su terrible capacidad de pecar, no ¡nieto apagar el amor. Y el
misterio del itifienio se ex plica a traves ‹ie ese perdón de Dios... ¿no
es el ii›fien›o el t‹igar donde el l o»l›i c es ¡›ei seguido por el Amor
que se entrega... y al que se t”el›‹'isn elen nI» ente?

Pero entonces, si solo Dios perdona ¿qué significa para nosotros,


hombres, el hecho de perdonai ? Cieitairieiite muchos creen per-
donar cuando sólo disculpan, olvi cl an o repriinen.

Pero Cristo da al horrible la posibi lid a‹I de actuar divinamente


de perdonar a imitación de Dios, ptec isamente porque El salvó al
homt›re de In muerte y Jet pecn d o q ‹i e se opone al perdón (al don
total).

El EsJi íri t u suscita en el aliiia ‹del c rist iaiio la posi bilidad de


perdonar y de ser así asociaclo a la gr an obra ‹tel Airior qtie consiste
en dar y darse... hasta el extremo.

Es por eso que el Evangelio nos invita no solamente a recibir el


perdón divino, sino también a percl onar nosotros mismos a aquellos
que nos han causacJ o cJ aiio.

Porque el tual que nos )iaii hecho nos da la ocasión de darnos a


ellos a pesar de todo.. . a pesa i- ‹le las buenas razones, a veces
legít íiiias que teiicli íainos para cen ar i iii estr-o cora zon.

Aprender a perdonar autéi it icaiiien te, es a¡ireiider a ”convertirse


eii Dios”.

Continuemos nuestra meditación del capítulo 5 de San Lucas:


”Jesús, dándose cuenta de sus pensamientos, les dijo: ¿Por qué
estáis pensando eso eii vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decir:
“Tus pecados te son perdonados“ o decir “L á ntat 7 Vida? ”Pues
bien, pata que sepá is que el Hijo del nombre tiene poder en la tierra
para perdonar los pecados, yo te lo or‹ieno ——dijo al paralít ico—
“Levántate, torna te caiti i lla y vete a tu casa” (¡pa l abra de fe!) Y al
instante, levantándose delante de ellos, tornó la camilla en 9ue yacta
y se fue a su casa a labatido a Dios.”

Con frecuencia se tia comparado enferiiiedad física, que paraliza


el cuerpo, con enfeimedad espiritual (el ccado) que paraliza el alma,
para ver en este pasaJe de los Evangel ios el lazo entre perdón y
sanación,

La coin Jia rac í ón es pertinente, pero susceptible de ser profundi-


zacla , Jia H icu l a iiiie rte bajo la ›erspectí va ‹tel carisma de fe.

Eii el Eva iigel io Jesiis frec uentenien te sana los cuerpos para
”l la tirar la atención“ sobre otro clon 9iie queria dar a los hombres:
otto don que sólo tencl tá verda‹I era consistencia sobre la Cruz.

La sanación física o psicológica es la manifestación de un don


particular que emana de Dios. En cuanto al perdon, ¡es el don mismo

Y si e| l om L›re la tiene cli f icullncl |›nra dejarse


ca‹isn de s‹is miedos inconsc iet tes, c‹ á ntns dific
trara eii la acogida c1e1 clon ne Dios ni isnio, es decir,

El mii edo que tenemos de Díos es ‹le hecho un miedo de Dios en

no teii‹Itía vet‹Ia dero miedo, porque no teii‹iría 9ue aoogerlo en su

Ahora bien, eso es lo 9ue Dios quiete en su gmn amor, ser


acogido en nuestra vida. Y sucede que, aun cuando lo deseamos
ardieiitemente, descubrimos que somos incapaces de acoger en
nosotros (y en nuestro mundo) el don que Dios hace de si mismo.
Esta incapacidad, basada en el liiiedo, está sin réplica, ligada a una
cuIpabi1ida‹i sellada como cría herida en el corazon de cada quien,
culpabilidad de haber tehusad hr andá.. i7 d
nuestra manera (según tiuestros pecados personales) este rechazo!
Es duro para el hombre acoger la sanación y más duro todavia
acoger el perdón.

Sin embargo, tenemos la capac i cla ct Jiara a cogerlo, pero se pre-


senta para li zada y torpe porque no esta li i›i e de los miedos profun-
dos que son secuela c1e1 Jiecaclo.

Hasta allá nos lleva la Sabid iiría d iviiia en el carisma de fe,


devolviéndonos la confianza en nosotros iiiismos para enseñamos
a acoger el perdón, don total de A9uel que nos ha amado tanto.

Y si el carisma de fe sólo en algunos suscita la sanación, el a livio


o la paz, en el corazó. n de todos quiere rehabilitar la acogida al
Amor, en respuesta a todas las resistencias o rechazos que podemos
oponer consciente o incotiscientenie tite.

Hasta a] lá va el setiti‹lo del carisma de fe, a un si tio hay que hacer


de él un instrumento uní verse l le ncogiJa » l |›erdón. En le Sabiduría
divina, nos hace tomar conciencia de que necesitamos un auxilio
sobrenatural (y no psicológico en principio) para acoger aquel lo de
lo que Dios quiere colmamos: sii Misericord í a.

112
Epílogo

La sanación es un acto del amor de Jesús en el poder del Espíritu...


pero nos prepara sobre todo al perdón, que es el don del amor de
Jesús. En Jesús se da “Dios todo” y quiere ser acogido, más allá de
nuestros miedos y de nuestras dudas... eminentemente en la Euca-
ristía.

El carisma de fe cos ayuda incontestablemente a ello, en su


práctica y en su significación.

Por otra parte, al acoger el perdón recibimos la fuerza y la


”ciencia” de perdonar. Eii efecto, soti numerosas las situaciones en
que, aun deseándolo, no sabemos cómo perdonar.

Uno de los frutos del carisma de fe nos hace experimentarlo.

Corriendo el riesgo de parecer revolucionario, añadiría un terre-


no particularmente propicio para el ejercicio del carisma de fe: el
del sacramento de reconciliación. Cuántos sacerdotes sufren por
falta de contrición, o por el contrario, remordimientos irremediables
persistentes en sus penitentes, o un débil deseo de frecuentar
regularmente el sacramento del perdón, o ignorancia de ser amado
por Dios, que muy frecuentemente transforman la reconciliación
eii un rito 9ue hay 9ue cuiiipl i r de manera legal ista, o eii un acto de
tal modo facultativo 9tie se I lega casi a olvidar.

¿No es por falta de conciencia del pecado 9iie hay una ausencia
casi general de interés por recibir (sacrameiitalmei ite) el perdón de
Jesús?

Quizá... ¿y pot 9iié no también --de manera más escondida — por


miedo de Dios, ese Dios 9ue se hace tan cercano 9ue se entrega al
hombre lastimado?

Los sacerdotes querrían tniito eiicónttar palabras persuasivas que


d ettaran el gustó 7 El deseo de ser perdonacJos, que sensibiIiza-
mu a la gmn textura ble Dios a aquellos que se reconocen débi les y
pecadores.

El carisma de fe les seria más que J›recioso para animar mejor a


la acogida del perdón, para dar confianza, conformar y pacif icar de
tnodo sobrenatural... para 9ue el don divino sea aceptado plenamen-
te y lleve así los frutos prometidos y esperados en el orden de la
paz, la sa luación, el éreciiii iento en la fe y la confianza, y aun
la sanación de las almas y los cuentos.

Este es el testimonio que n›e I» n con fiarlo varios sacerdotes que


hni› recihiclo este cnrisi» n et› s‹i i» i n istei ic›. Yo lo tr»nsn›ito ahora,
para c|‹ie nuestra oració‹t s‹ipli g tie a l cielo que reporta entre /os
miriistros de la Reconci ficción y de la Çuçarist ía la fecundidad del
carisma de fe y de todes las detras gracias que la Sabiduría divina
considere bueno otorgantes, porque los “últimos tiempos“ son tiem-
pos de Misericordia derramada en el mundo entero.

No hay ninguna incompatibilidad entre la gracia sactamental del


Orden (que ”realiza“ el sacerdote) la cia carísmática de fe,
susceptible de nyuüarle gratuitnmer›te en el ejercicio de su minis-
terio

Sena por otra yarte ridículo colpcar a i¡ibas gracias en un mismo


qivel de consideración, puesto que tienen na tumleza muy diferente.
Hacerlas concurrerieiales sería tati ai›erraiite conto confundir los
sacramentos (donde la Iglesia obtiene siii cesar su propia vida). con
los carismas (9ue sólo son dones sensibles qtie contribuyen al bien
de todos).

Más que ponerlos eii concurrencia, a ellos 9ue forman parte


del gran organismo sobrenat uta I cte la gracia,.conviene percibir
y respetar su profunda conipl eiiieiitarie‹Iad .y acoger sus respec-
tivas fina Iidades para el creciiiiieito de la Iglesia.

Es en ese sentido que yo nte atrevo a exl iortar a mis hermanos


sacerdotes a orar para pedir y recibir, segii la Sabiduría cl ivina, el
carisma de fe, por el bien de las a finas que les confía la ”Cristian-
dad".

Los “últimos tiempos” nos |›re|» ran, sii› j›i or óstico temporal,
a la veniJa gloriosa de Cristo. Esta |›ie|›aración consiste primera-
mente en cambiar el corazón del l\ot›1hre pnra q‹ie se transforme
acogiendo, eii la fe y la confianza, eii la Ií bemción de los miedos
y las dudas, la venida clel Resucita‹lo,

Nadie conoce el dia ni la hora.., ¡›ero mattie puede replicar que


los tiempos actuales son tieiiipos de niacliimcióii, de Ilamado a
crecer eii la fe, tanto iiiás 9ue hoy --cpiizá iiiás 9iie iiunca— las dos
grandes causas de debi litacióii de la fe se están recrudeciendo
notablemente: el pecado (así como los iiiiedos que le son conexos)
y la falta de ejercicio de la fe (teologal) q‹›e realmente crece en
función de sii actividad“ '

Jesús mismo se inquieta porque el hombre se deja fácilmente


enfriar en ‘ecoger la fe“ de la Misericordia... aun cuando ésta se
vuelva más acuciaiite.

1. Of. J.I. Surin, Cetecisino espiritual.


”Cuund o vue l va el Hijo del lioiiibre, ¿encontrará tocla via fe sobre
la tierra?” (Lc 18, 8).

El clesJa l °b³ t cu Sabid una, a s'eces sorprendentes, para


prod igar a l hmn bre l as tuercas de su Amor.

El sana, El consuela, El conduce, El perdona, E l se entrega.. . pero


no sin hacer i intervenir a los suyos, sus colaboradores, su Iglesia.

Es cti esta nec csi c1a‹l de coo¡›erac ión eri la obra de Sii Misericor-
d ía q ne e l EsJ i i itu susc i ta hoy e l car isiaia ne fe.

Cont es, Con vent o de Nuesl ni Sen ora, cuarzo 1 988.

116
Indice

Prefacio

Capítulo I
La mies es mucha 19

Capítulo II
Actii ali dad del carisma de fe

Capítulo III
Fe teologal y fe carisniática 43

Capítulo IV
El carisma de fe en las escrituras y en la hagiografia 61

Capítulo V
Génesis de un carisma de fe 69

Capítulo VI
Discenii m iento del carisma de fe

Capítulo VII
Sabiduría divina y carisma de fe

Epílogo
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