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UNIVERSIDAD DE EXTREMADURA

FACULTAD DE EDUCACIÓN

DEPARTAMENTO DE PSICOLOGÍA Y ANTROPOLOGÍA

DE EDUCACIÓN DEPARTAMENTO DE PSICOLOGÍA Y ANTROPOLOGÍA TESIS DOCTORAL PARENTALIDAD, VÍNCULO CONYUGAL Y

TESIS DOCTORAL

PARENTALIDAD, VÍNCULO CONYUGAL Y PSICOPATOLOGÍA EN LA INFANCIA Y ADOLESCENCIA

AUTOR: José Serrano Serrano

DIRECTORES: Dr. Florencio Vicente Castro Dr. Juan Manuel Moreno Manso Dr. Antonio Galán Rodríguez

BADAJOZ 2013

Parentalidad, vínculo conyugal y psicopatología en la infancia y adolescencia José Serrano Serrano

Parentalidad, vínculo conyugal y psicopatología en la infancia y adolescencia José Serrano Serrano

en la infancia y adolescencia José Serrano Serrano TESIS DOCTORAL “PARENTALIDAD, VÍNCULO CONYUGAL Y

TESIS DOCTORAL

“PARENTALIDAD, VÍNCULO CONYUGAL Y PSICOPATOLOGÍA EN LA INFANCIA Y ADOLESCENCIA”

Trabajo de investigación presentado por D. JOSE SERRANO SERRANO Dirigido por el Dr. D. FLORENCIO VICENTE CASTRO; Dr. D. JUAN MANUEL MORENO MANSO Y Dr. D. ANTONIO GALÁN RODRIGUEZ de la Universidad de Extremadura.

Visto Bueno para su defensa. El Director del trabajo

Fdo. Dr.D. Florencio Vicente Castro Dr. D. Juan Manuel Moreno Manso Dr. D. Antonio Galán Rodríguez

Parentalidad, vínculo conyugal y psicopatología en la infancia y adolescencia José Serrano Serrano

Parentalidad, vínculo conyugal y psicopatología en la infancia y adolescencia José Serrano Serrano

en la infancia y adolescencia José Serrano Serrano UNIVERSIDAD DE EXTREMADURA Departamento de Psicología y

UNIVERSIDAD DE EXTREMADURA

Departamento de Psicología y Antropología

BADAJOZ

D. FLORENCIO VICENTE CASTRO, D. JUAN MANUEL MORENO MANSO y D. ANTONIO GALÁN RODRÍGUEZ de la Universidad de Extremadura

CERTIFICAMOS:

Que el presente trabajo de investigación titulado “PARENTALIDAD, VÍNCULO CONYUGAL Y PSICOPATOLOGÍA EN LA INFANCIA Y ADOLESCENCIA” constituye el trabajo de investigación, original e inédito que presenta D. JOSE SERRANO SERRANO para optar a la consecución del Grado de Doctor.

Para que conste Badajoz, 18 de Enero 2013

Parentalidad, vínculo conyugal y psicopatología en la infancia y adolescencia José Serrano Serrano

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A mi mujer, María Luisa, y a mis hijos, David y Celia, por facilitarme la maravillosa oportunidad de cultivar dos experiencias únicas:

Conyugalidad y Parentalidad.

Parentalidad, vínculo conyugal y psicopatología en la infancia y adolescencia José Serrano Serrano

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Agradecimientos

A los Doctores D. Florencio Vicente Castro, D. Juan Manuel Moreno Manso y

D. Antonio Galán Rodríguez, directores de este trabajo de investigación, por su

esfuerzo, conocimientos y dedicación.

A María Luisa, David y Celia, por su afecto y comprensión ante algunas revoluciones en lo que concierne a mis emociones, producto del intento de armonizar tesis doctoral, actividad profesional, conyugalidad y parentalidad.

A mi padre, mis hermanos y demás familiares, conjuntamente con amigos, que

en momentos de inacción e inhibición durante el desarrollo de este trabajo, ha bastado con el franco interés mostrado para volver de nuevo a despertar mi motivación por el

mismo.

A los niños, adolescentes, madres y padres que han formado parte de esta investigación y que, con su participación, han hecho posible este estudio.

A todos ellos, mi más sincero agradecimiento.

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Índice

Introducción…………………………………………………………………

……… 15

Primera Parte: Fundamentación Teórica

1. El Desamor como elemento relacional clave en la psicopatología infanto-juvenil

26

1.1. El amor cognitivo…………………………………………………………

1.2. El amor emocional………………………………………………………….….28

1.3. El amor pragmático……………………………………………………………28

…27

2. La nutrición relacional: función principal del sistema familiar…………………….30

3. La Conyugalidad: pilar básico que sostiene a la familia…………………………

32

3.1. El pensar, el sentir y el hacer amoroso en la Conyugalidad……………

32

3.1.1. El componente cognitivo de la conyugalidad……………………….….33

3.1.2. El componente emocional de la conyugalidad…………………………34

3.1.3. El componente pragmático de la conyugalidad……………………

…35

3.2. Elementos de la Conyugalidad…………………………………………

36

3.2.1. Los afectos………………………………………………………

3.2.2. La jerarquía interna…………………………………………….……….37

3.2.3. Los proyectos básicos……………………………………………… …40

……36

3.3. Dimensiones relacionales de la pareja…………………………………………40

3.3.1. La organización interna…………………………………………………41

3.3.2. La mitología………………………………………………………….…42

3.4. Vínculo conyugal y problemas adaptativos en los hijos………………………43

3.4.1. Vínculo conyugal y problemas externalizados…………………………45

3.4.2. Vínculo conyugal y problemas internalizados……………………….…47

3.4.3. Dimensiones del conflicto interparental y problemas adaptativos…

4. La Parentalidad: pilar básico que sostiene a la familia……………………… ……52

50

4.1. El pensar, el sentir y el hacer amoroso en la Parentalidad………….…………53

4.1.1. El componente cognitivo de la parentalidad…………………

………54

4.1.2. El componente emocional de la parentalidad…………………

………55

4.1.3. El componente pragmático de la parentalidad……………………….…56

4.2. Competencias parentales………………………………………………………58

4.3. Parentalidad y problemas adaptativos en los hijos…………………….………60

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5. Conjugación de la Conyugalidad y la Parentalidad: los espacios relacionales….…66 básicos………………………………………………………………………… …66

5.1. Parentalidad (primariamente) conservada y Conyugalidad disarmónica: el….68 niño triangulado……………………………………………………………….68

5.1.1. La triangulación manipulatoria…………………………………………74

5.1.2. La triangulación desconfirmadora…………………………………

76

5.1.3. La triangulación equívoca………………………………………….…

78

5.1.4. La triangulación complementaria………………………………….…

79

5.2. Parentalidad deteriorada y Conyugalidad armoniosa: el niño deprivado…

80

5.2.1. La deprivación hipersociable…………………………………… ……83

5.2.2. La deprivación hiposociable………………………………………… 85

5.3. Parentalidad deteriorada y Conyugalidad disarmónica: el niño en un……… 86 contexto caótico……………………………………………………….…… 86

5.4. Vínculo conyugal, parentalidad y problemas adaptativos en los hijos……… 89

6. Psicopatología infanto-juvenil: hipótesis explicativas relacionales desde el…… 91

Modelo de las Relaciones Familiares Básicas………………………………… 91

6.1. Triangulación y psicopatología……………………………………… ………92

6.2. Deprivación y psicopatología…………………………………………….……98

6.3. Caotización y psicopatología……………………………………………

…102

Segunda Parte: Marco Empírico

7. Objetivos……………………………………………………………………… …108

8. Hipótesis de investigación…………………………………………………… …109

8.1. Relativas al vínculo conyugal…………………………………………… ….109

8.2. Relativas a la parentalidad……………………………………………………111

8.3. Relativas a la relación entre parentalidad y conyugalidad……………… …116

9. Metodología……………………………………………………………….………118

9.1. Muestra………………………………………………………………….……118

9.2. Instrumento……………………………………………………………… …119

9.3. Procedimiento……………………………………………………… ………124

9.4. Análisis de los datos………………………………………………………….125

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10. Resultados……………………………………………………………………… 126

10.1. Análisis descriptivo…………………………………………………………126

10.2. Análisis diferencial……………………………………………………….…166

11. Discusión……………………………………………………………… ……… 425

11.1. Discusión y Conclusiones………………………………………………

11.2. Puntos fuertes, limitaciones y futuras líneas de investigación………… …463

…425

12. Referencias Bibliográficas………………………………………………… ……469

13. Anexos……………………………………………………………………….……500

13.1. Anexo 1. Inventario del Comportamiento de niños/as de 6-18 años para… 500

…500

13.2. Anexo 2. Child Rearing Practices Report (CRPR) (Block, 1981)………….504

padres (CBCL/6-18) (Achenbach, 2001)………………………………

13.3. Anexo 3. Dyadic Adjustment Scale (DAS) (Spanier, 1976)……………

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Introducción

“Los recién nacidos no pueden ir a parar a ningún otro sitio que no sea la historia de sus padres”

Boris Cyrulnik (2002, p. 57)

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Introducción

Actualmente se sabe que la etiología de los trastornos mentales se centra en un conglomerado de variables de naturaleza biológica, psicológica y social. En nuestro caso, a través de este trabajo, nos disponemos a centrar la atención en un segmento de esas variables psicosociales, concretamente nos referiremos a las relaciones que establece el niño con su familia y su papel en el desarrollo de psicopatología en la infancia y adolescencia, y es que a la familia se le otorga un papel de suma relevancia como contexto de desarrollo psicológico, no sólo infantil y adolescente, sino también durante la etapa adulta (Palacios, 1999). Por su parte, López (2008) señala que es muy probable que, desde el punto de vista de la infancia, la familia sea uno de los mejores logros de la humanidad y, desde luego, la institución con la que a día de hoy los ciudadanos se sienten más satisfechos.

Con este trabajo intentaremos aportar información que ayude a esclarecer un poco más cuestiones relativas a las consecuencias que en materia de salud mental tiene para los niños el hecho de que las relaciones entre estos últimos y sus padres estén deterioradas, o también, qué efectos perniciosos a nivel de desarrollo psicosocial tiene en los hijos la posibilidad de que la relación entre los propios padres presente un menoscabo importante. Así, a lo largo de nuestro estudio haremos referencia a diferentes dinámicas familiares, además describiremos distintas prácticas de crianza llevadas a cabo por los padres y que son perjudiciales para los hijos, asociaremos estas últimas con diferentes síntomas psicopatológicos, e intentaremos relacionar nuestra investigación con otras de similares características.

A pesar de que, como ya hemos comentado, son multidimensionales los factores que afectan al desarrollo del niño, es de suma importancia identificar y explicar la influencia que aporta la familia, y por ende, qué pautas de crianza puestas en prácticas por los progenitores y dinámicas conyugales de la díada parental se establecen en factores de riesgo para los problemas de salud mental en los niños y adolescentes. Tal es el caso de los síntomas depresivos, somáticos, ansiedad, problemas de agresividad y conducta delictiva, problemas sociales, de atención y de pensamiento, entre otros.

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Durante las últimas décadas, la cuestión de las relaciones entre padres e hijos, las relaciones entre los cónyuges y la influencia de éstas sobre la salud mental de los niños se ha convertido en un tema de interés en el campo de las investigaciones psicológicas. Podemos decir que es a partir de los años 70 concretamente, cuando la familia se convierte para la Psicología en un objeto de estudio de suma relevancia, coincidiendo con la aparición del Modelo Ecológico de Bronfenbrenner (1979), según el cual, la familia se convierte en la unidad social más pequeña donde se forjan las primeras relaciones interpersonales y una de las principales fuentes de influencia sobre la conducta humana. En este sentido, estudios recientes como los llevados a cabo por Bradford et al., (2004), Cabrera y Guevara (2007), Cabrera, Guevara y Barrera (2006), Cortés y Cantón (2007), Davies y Lindsay (2004), Guttman y Laporte (2002), Justicia (2003), Krishnakumar y Buehler (2006), Linares (2006, 2007), Margolin, Gordis y Oliver (2004), O´leary y Vidair (2005) y Ramírez (2002, 2004), ponen de relieve la importancia de las relaciones familiares, ya sean parento-filiales o interparentales, en la aparición de psicopatología en la infancia y adolescencia.

En este marco de atención a la familia y su relación con el sufrimiento psicológico infantil, apostamos por una visión relacional de la psicopatología infanto- juvenil con el propósito, entre otros, de desligarnos en cierta medida de la concepción médica de esta última, basada principalmente en una serie de síntomas y categorías nosológicas que impiden relacionar el sufrimiento infanto-juvenil con ciertas experiencias parento-filiales. En efecto, la multicausalidad del comportamiento infanto- juvenil al que ya hemos hecho referencia supone que un cuadro de síntomas psicopatológicos pueda proceder de muy diversas situaciones, escenario al que muy difícilmente se le puede dar respuesta desde el modelo médico. De esta forma, se trataría de concebir el trastorno mental destacando la importancia de los vínculos parento-filiales en la psicopatología del niño y adolescente (Galán, 2011).

A la hora de acercarnos a lo familiar, somos de la opinión de que todo profesional que trabaja con familias debería disponer de un modelo teórico de referencia que le sirva como base para el análisis de su trabajo y en el que apuntalar sus intervenciones. Así, nuestro estudio se inspira en la perspectiva relacional de Linares (1996, 2000, 2002, 2006), el Modelo de las Relaciones Familiares Básicas. Por ello

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entendemos la familia como un sistema con dos funciones esenciales, la Parentalidad y la Conyugalidad, y el síntoma psicopatológico como la expresión y consecuencia del mal funcionamiento de estos dos pilares. Por consiguiente, la teoría de Linares corresponde al modelo teórico del que se ha infundido nuestro trabajo y que nos ha servido como base para nuestra investigación acerca de los fundamentos relacionales de la psicopatología infanto-juvenil. Esta perspectiva teórica se establece en un posible modelo explicativo de los trastornos mentales. Sin embargo, somos conscientes de que son muchas las configuraciones teóricas que intentan dar respuesta a la psicopatología, al igual que existen otros posicionamientos que estudian a la familia en relación con los trastornos mentales. El Modelo de las Relaciones Familiares Básicas nos ofrece un punto de vista añadido de la psicopatología infanto-juvenil, por un lado diferente y por otro complementario, pero siempre con la finalidad de que podamos comprender un poco más el trastorno mental infantil y adolescente.

En esta línea, encontramos tres motivos principales por los que partimos del modelo de Linares para aproximarnos a la relación entre familia y psicopatología infanto-juvenil.

-La concepción de la parentalidad no solo como un conjunto de habilidades de crianza que los padres tengan que adquirir, con la finalidad de cubrir unas necesidades infantiles. Consideramos que la tarea de ser madre o padre conlleva además una serie de experiencias e intercambios interpersonales, en las que la afectividad, las vivencias y las cogniciones o representaciones de la parentalidad son relevantes. En la parentalidad existe un componente subjetivo importante, donde la historia personal de cada progenitor va a impregnar la forma de vivir la parentalidad y su modo de vincularse con el niño. En definitiva, entendemos parentalidad no solo como una puesta en escena de unas habilidades educativas, sino como una forma de vinculación con el hijo.

-La concepción de la familia como un contexto que, a través de las vivencias que se suceden dentro de él, puede constituirse en lugar de crecimiento para el niño, o por el contrario en un terreno patógeno donde el niño padecerá sufrimientos innecesarios. Estas vivencias familiares son bastante complejas y para acercarnos a ellas tenemos que prestar atención a las dos dimensiones básicas de la familia: la conyugalidad y la

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parentalidad. Dependiendo de si estas dos dimensiones están conservadas o deterioradas, así se estructurarán los síntomas psicopatológicos del niño.

-La concepción del trastorno mental infanto-juvenil como una realidad clínica y, a la vez, social (Galán, Rosa y Serrano, 2009). En efecto, si concebimos a la familia (y por ende, las relaciones parento-filiales) como un contexto potencialmente patógeno, creemos muy oportuno ligar las dimensiones psicopatológica y maltratante. En este caso, lo que el clínico relacional analiza como psicopatologizador, es factible de ser observado como maltratador; y viceversa. En este sentido, Linares (2002) entiende que es viable entender el maltrato infantil como experiencias relacionales que cristalizan en alguna configuración de las que denominamos “psicopatología”. De esta forma, el modelo de Linares, se sitúa entre lo clínico-individual y lo social-maltratante, dimensiones que caracterizan la realidad con la que nos encontramos y con la que trabajamos.

La presente tesis doctoral, “Parentalidad, vínculo conyugal y psicopatología en la infancia y adolescencia” está estructurada en dos partes: una Fundamentación Teórica y, por otro lado, un Marco Empírico.

En lo que respecta a la Fundamentación Teórica, ésta se encuentra dispuesta en torno a seis apartados. Uno primero, titulado “El Desamor como elemento relacional clave en la psicopatología infanto-juvenil”, que gira en torno a la tesis de que las relaciones funcionales entre los diferentes miembros que componen una familia se fundamentan en el amor, haciéndose una descripción de los diferentes componentes de este último.

El segundo apartado, “La nutrición relacional: función principal del sistema familiar”, se dedica a la descripción del concepto “nutrición relacional” que acuña Linares (2006) para hacer hincapié en la relevancia que tiene la experiencia subjetiva de ser amado en la construcción por parte del individuo de una personalidad e identidad sanas.

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En relación al tercer apartado, “La Conyugalidad: pilar básico que sostiene a la familia”, destacar que se centra en el análisis del clima emocional y relacional de la pareja parental considerándolo como un factor sumamente influyente en el desarrollo biopsicosocial de los hijos y por tanto en la psicopatología infanto-juvenil. En este sentido, dentro de este apartado se hace una descripción de las particularidades del amor conyugal, pasando por los elementos y dimensiones relacionales que conforman una relación de pareja. Además, se apuntan diversas investigaciones que relacionan los conflictos en el vínculo conyugal con los problemas adaptativos de los hijos, haciendo una diferenciación entre problemas externalizados e internalizados. A la vez que se describe lo que postulan los diversos autores entre esta relación y la naturaleza de los conflictos conyugales.

El cuarto apartado versa sobre el otro pilar básico de la familia, la Parentalidad. De la misma forma que en el apartado anterior, se hace un análisis de esta dimensión básica de la familia, explorando las diferentes formas en que los padres viven y ejercen su parentalidad, así como su influencia en la salud mental del niño y del adolescente. De esta manera, se describen las peculiaridades del amor parental, pasando por la exploración del concepto “competencia parental” e, igualmente, señalando algunas investigaciones que asocian las dificultades en la relación padres-hijos con diferentes problemas adaptativos en la infancia y adolescencia.

El siguiente apartado lleva el título “Conjugación de la Conyugalidad y la Parentalidad: los espacios relacionales básicos”. En él se ahonda en el Modelo de las Relaciones Familiares Básicas de Linares (1996, 2000, 2002, 2006) en tanto que examina el panorama relacional definido por la conjugación de los dos pilares básicos descritos en los capítulos anteriores. De esta manera, en este capítulo se describen las diferentes configuraciones relacionales familiares en las que puede estar inmerso el niño y el adolescente. Asimismo, se muestran diferentes trabajos llevados a cabo en los últimos años que aclaran de qué manera afecta a los problemas adaptativos de los hijos la influencia conjunta de los dos asientos básicos de la familia, Conyugalidad y Parentalidad.

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El sexto y último capítulo se titula “Psicopatología infanto-juvenil: hipótesis explicativas relacionales desde el Modelo de las Relaciones Familiares Básicas” y hace referencia a las consecuencias psicopatológicas que tienen para los hijos, según este modelo, el déficit o deterioro del vínculo conyugal y la parentalidad. Así, se describen diferentes relaciones entre algunos cuadros psicopatológicos y los desiguales espacios relacionales familiares, constituyéndose finalmente éste, en un modelo alternativo explicativo de la psicopatología infanto-juvenil.

Como hemos comentado anteriormente, la segunda parte de la presente tesis corresponde al Marco Empírico. En esta parte se exponen el planteamiento del problema, los objetivos generales y específicos del estudio, las hipótesis de la investigación, la metodología empleada en la misma y los resultados llevados a cabo, detallándose los diferentes análisis elaborados tanto a nivel descriptivo como a nivel inferencial. Dentro de la metodología del trabajo de investigación se especifican las características de la muestra utilizada, los instrumentos de evaluación y el procedimiento llevado a cabo.

Finalmente, se presentan la discusión y las conclusiones de nuestro trabajo, señalando las aportaciones y limitaciones del mismo, al mismo tiempo que se señalan algunas de las futuras líneas de investigación.

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Primera parte:

Fundamentación Teórica

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1. El Desamor como elemento relacional clave en la psicopatología infanto-juvenil.

Desde la perspectiva sistémico-relacional se puede apuntar que los trastornos psicopatológicos en la infancia y adolescencia son la consecuencia de unas relaciones familiares disfuncionales, relaciones que a la postre supondrán un sufrimiento innecesario y manifiesto en los hijos. La psicopatología infantil se constituiría por tanto en la puesta en escena de unos juegos relacionales no saludables que se establecerían entre los adultos (los padres) del sistema familiar y entre estos y el niño, o dicho de otra forma, el fracaso de un intercambio funcional de subjetividades. Este fiasco en las interacciones conyugales y parento-filiales situará al niño en una tesitura que comportará una situación de inadaptación y de desajuste en su desarrollo personal, social, emocional, escolar y relacional. En este sentido, la preservación de la salud mental de una familia pasaría por unas adecuadas interacciones entre sus componentes, entre los subsistemas que la conforman y también por el buen funcionamiento de la familia como una unidad. Seguidamente prestaremos atención a algunos autores con la finalidad de poder acercarnos a esta perspectiva relacional de la psicopatología infanto- juvenil.

En este marco relacional que se establece entre el niño y sus padres, Maturana (1996) señala que sólo serán de naturaleza social aquellas relaciones que están basadas en el amor, las demás, relaciones jerárquicas, de poder… son más políticas que sociales. Las relaciones que se crean entre los diferentes miembros del sistema familiar son relaciones íntimas basadas en el amor, esto nos hace pensar que las disfunciones en las relaciones familiares y su traducción psicopatológica estarían asentadas en el desamor, pudiendo ser esto último una explicación oportuna para la psicopatología. En este sentido, autores tan relevantes como Erich Fromm o John Bolwby vinculan estrechamente el amor y la salud mental. Así, para Fromm (1959) la solución plena para vencer la locura reside en el amor, en el logro de la unión interpersonal, la fusión con otra persona, convirtiéndose en el impulso más poderoso que existe en el hombre, en la fuerza que sostiene a la familia y a la sociedad, necesaria para superar la separatidad y abandonar la soledad, siendo esta última la base de la enajenación. Por su parte, Bowlby

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(1951) considera el amor tan necesario para la salud mental como las vitaminas y las proteínas lo son para la salud física. Autores más contemporáneos como Humberto

Maturana o Juan Luis Linares hacen un alegato al amor defendiendo su importancia en la prevención del maltrato infantil y su faceta clínica, los trastornos psicopatológicos. Justamente, Linares (2002) apunta que el progenitor que maltrata a su hijo es una persona que no se ha sentido amada, interesándole más el deseo de dominar que el de amar. Por otro lado, Maturana (1984) indica que a medida que un comportamiento y/o un discurso sobre un niño se distancie más de la “biología del amor” más se podrá considerar como maltrato. Por tanto, en líneas generales, podemos comentar que la característica principal que diferencia a las familias funcionales o saludables de aquéllas que no lo son, es el amor como base de sus relaciones. El desamor se erige entonces en

la piedra angular de las dinámicas psicopatológicas.

Con la finalidad de explicitar un poco más los conceptos de amor y desamor y su relación con el vínculo de pareja y la condición de ser padre, creemos oportuno recurrir

a Linares para hablar de sus componentes. En efecto, Linares (2002) en su afán de

analizar los juegos relacionales familiares distingue tres componentes fundamentales del

amor (Fig.1), también muy correctamente podríamos hablar de tres tipos de amor: el amor cognitivo, el amor emocional y el amor pragmático.

1.1. El amor cognitivo.

El amor cognitivo, comprende los juicios, valoraciones y pensamientos que se tienen del ser amado y englobaría dos procesos: el reconocimiento y la valoración. Reconocer al otro implica ser consciente de su existencia, la aceptación de su individualidad y singularidad, y la no utilización de la otra persona como instrumento para satisfacción propia. La negación del reconocimiento describe una situación de desconfirmación, en la cual se produce un control de la personalidad del otro o no tener en cuenta su presencia. En este sentido, y para describir y diferenciar procesos que no se constituirían en amorosos, Fromm (1959) hablaba de la unión simbiótica, y diferenciaba una forma activa (dominación o sadismo) consistente en hacer de otro individuo una parte de uno mismo, humillándolo y explotándolo como recurso para escapar de la soledad. A su vez, Maturana y Verden-Zoller (1999, p. 221), en su intento

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de diferenciarlas del amor, se refieren a la agresión como “el dominio de aquellas conductas relacionales a través de las cuales otro es negado directa o indirectamente como otro legítimo en coexistencia con uno mismo” y a la indiferencia como “el dominio de aquellas conductas relacionales a través de las cuales el otro no es visto como otro. (…) no tiene presencia, y lo que le suceda a él o ella está fuera del dominio de nuestras preocupaciones”. Además del reconocimiento, un adecuado componente cognitivo para Juan Luis Linares debe englobar una valoración del ser querido, que permita estimar las cualidades del otro. En ocasiones percibir las características de la otra persona puede hacer que sintamos amenaza por nuestra singularidad, ya sea porque son características que entran en contradicción con las nuestras, o simplemente porque sean iguales y haga que no nos veamos como únicos y diferentes, en este caso se podría producir una negación de la valoración del otro, entrando en un proceso de descalificación.

1.2. El amor emocional.

El amor emocional supone darse al ser amado para atender sus necesidades, existiendo cierta renuncia de sí mismo y un aplazamiento o suspensión de las necesidades propias. Fromm (1959) señalaba que el amor es una actividad y no un afecto pasivo, este carácter activo se traduciría en que amar es fundamentalmente dar y no recibir. Un amor emocional pleno se traduce en sentimientos placenteros de cariño y ternura por el ser querido, efecto de una implicación por el mismo. Al contrario, obstrucciones en este componente del amor tienen como resultado emociones displacenteras de rabia, agresividad y cólera, productos de deseos de poder y control.

1.3. El amor pragmático.

El amor pragmático se concibe como el trato explícito que se lleva a cabo con el ser querido, resultado de los planos cognitivo y emocional del amor. Fromm (1959) apuntaba cuatro elementos del amor, que a nuestro entender muy bien podrían acoplarse a esta esfera pragmática que describe Linares: el cuidado, la responsabilidad, el respeto y el conocimiento. En relación al cuidado, podríamos decir que ningún pensamiento amoroso o emoción amorosa sería tal si existen conductas de descuido hacia el ser

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querido, finalmente el amor desembocaría en una preocupación activa por la existencia y el crecimiento del ser amado. La responsabilidad para Fromm implica un acto voluntario y representa estar listo y preparado para responder en aras a cubrir las necesidades físicas y psíquicas de la persona a la que se quiere. Esta responsabilidad podría convertirse en dominio y control de la otra persona si no fuese porque dentro del amor existe otro componente que es el respeto, esto es, el comportamiento resultante de ser capaz de ver en el otro una personalidad singular y única. Para que una persona sea capaz de respetar a otra tendrá que haber alcanzado una adecuada independencia que le haga sentirse libre; más adelante contemplaremos cómo debajo de unas relaciones parento-filiales y conyugales disfuncionales se esconden unos sentimientos y vivencias por parte de los padres y cónyuges más próximos al extremo menos saludable de este continuo dependencia-independencia. Y por último, el conocimiento. Estamos de acuerdo con Erich Fromm cuando refiere que no se puede respetar al otro sin conocerlo. Efectivamente, a nuestro entender conocer al otro implica encontrar una explicación al por qué de sus pensamientos, sentimientos y comportamientos, un esclarecimiento basado en las características e historia personal del ser querido y no en la nuestra propia; en ocasiones se despiertan en los padres y cónyuges sentimientos de rabia e ira hacia el ser querido debido a una incapacidad de trascender sus preocupaciones e historia personal. Este elemento del amor que es el conocimiento, va a adquirir una relevancia especial en un lazo afectivo particular que se establece entre padres e hijos, al que Bolwby (1958) concedió una especial relevancia, el apego.

N U T R I C I Ó N

R E L A C I O N A L

AMOR COGNITIVO

(pensamientos, valoraciones, creencias)

Reconocimiento Valoración
Reconocimiento
Valoración

AMOR EMOCIONAL

(afectos, emociones, sentimientos)

Cariño Ternura
Cariño
Ternura

AMOR PRAGMÁTICO

(trato explícito, hábitos, comportamientos)

Preocupación activa por el ser amado

Fig. 1. Componentes fundamentales del amor.

(Adaptado de Linares, 2002)

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2. La nutrición relacional: función principal del sistema familiar.

En función de lo comentado anteriormente, podemos hablar por tanto de un pensar, un sentir y un hacer amoroso en relación a la persona amada. Los tres componentes se convierten así en los nutrientes o sustentos para un funcionamiento

psicológico saludable del ser humano, y más concretamente para su faceta relacional. Va a existir por tanto una historia personal, que se va a iniciar con las contribuciones de

la familia de origen (los padres) en la primera infancia y posteriormente cuando el niño

va creciendo, y completándose en la adultez con los aportes provenientes de otras relaciones significativas como son por ejemplo las relaciones de pareja. En esta línea,

González y de Pablos (1999) comentan que el ser humano va a ser el producto de la historia de sus vínculos y de sus identificaciones.

Esta historia de amorpresente y pasada que acontece en la persona dentro de

su sistema familiar de origen, como también en su relación conyugal, está comprendida dentro de la función más importante y compleja que debe adoptar el sistema familiar: la nutrición relacional. En efecto, para Linares (2006) el elemento más importante que sirve de base para la construcción de la personalidad individual es la nutrición relacional

o vivencia subjetiva de ser amado. Una buena nutrición relacional en la familia de

origen facilita la formación de la identidad, con el consiguiente deseo de comunicar ésta

a los demás y manteniendo unas relaciones sociales adecuadas y saludables. Sin

embargo, a pesar de que una ajustada nutrición relacional inicial supone un apropiado punto de partida para la construcción de la personalidad, las cosas pueden cimbrarse una vez que el individuo ya es adulto, en el caso de que la nutrición relacional aportada en el contexto conyugal sea deficitaria. En este sentido, Linares (1996) señala que “la riqueza de ayer no es garantía absoluta contra la pobreza de mañana, aunque supone una protección importante contra la miseria absoluta” (p. 65).

Hemos comentado que para Linares (2006) la familia tiene una única función, la nutrición relacional, y la define como “el suministro constante de los padres hacia los hijos de amor, valoración y reconocimiento, además de cubrir las necesidades básicas”

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(p. 77). Este mismo autor diferencia dos funciones: la función nutricia y la sociabilizante. La función nutricia consiste en el aporte al ser querido de valoración, reconocimiento, cariño y ternura, esta función estaría presente tanto en las relaciones parento-filiales como en las interacciones conyugales. Por el contrario, la función sociabilizante es exclusiva del vínculo parento-filial, y tiene como finalidad asegurar la viabilidad del niño en la sociedad, se consigue a través de dos procesos que tienen que poner en práctica los padres, uno es la protección del niño frente a los riesgos de la sociedad y el otro el respeto por la humanidad, haciendo cumplir las normas sociales al niño. Actualmente, Linares ya no distingue entre función nutricia y sociabilizante, de tal forma que ambas estarían comprendidas en esa única función que es la nutrición relacional, constituyéndose la función sociabilizante, con su doble vertiente normativa y protectora, en el componente pragmático de esa función cardinal que es la nutrición relacional. Más adelante, en el próximo capítulo, analizaremos con más detenimiento estas funciones.

También es interesante hacer referencia que en las relaciones parento-filiales no todos los componentes tienen el mismo peso en los distintos períodos evolutivos del niño, así es posible que durante la primera infancia aparezcan como más significativas las relaciones emocionales, con las que establecen los vínculos afectivos, y en la preadolescencia y adolescencia se preste más atención a la adquisición de normas y valores, así como a la integración social de los miembros más jóvenes en los contextos académicos, laborales y sociales (Ibáñez, 2008).

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3.

familia.

La

Conyugalidad:

pilar

básico

que

sostiene

a

la

3.1. El pensar, el sentir y el hacer amoroso en la Conyugalidad.

Apunta Linares (1996) que una pareja parental comienza a crearse cuando dos adultos, generalmente de diferente sexo, se unen con el proyecto común de ser padres, pudiendo ser precisamente este momento el considerado como el origen de una familia. Parece evidente pensar que el clima emocional y relacional de una pareja se constituye en un factor altamente influyente en el desarrollo biopsicosocial de los miembros del sistema familiar. Cada miembro de la pareja va a arrastrar una historia personal que inevitablemente va a influir en los intercambios posteriores de esa unión, también la concepción de pareja que esté vigente en ese momento en la cultura donde los dos miembros están inmersos, además de las diferentes variables ecológicas o ambientales (nivel económico de la pareja, situación laboral, lugar de residencia…) De esta forma, las peculiaridades de una pareja van a estar supeditadas a una amalgama de variables que van a influir en la forma en que cada uno de los componentes de la pareja va a vivir la misma. Desde la óptica cultural, por ejemplo, podemos afirmar que no se concibe la pareja de igual forma en la actualidad que hace tres o cuatro décadas. Así, hoy en día podemos encontrar incluso dos personas que se perciben como una pareja consolidada viviendo en domicilios diferentes, donde la preservación de la individualidad se antoja como un objetivo primordial, mientras que hace cuatro décadas la pareja aspiraba a compartirlo todo, proponiendo un modelo prácticamente fusional. Posiblemente una explicación a esta discrepancia de concepción podamos encontrarla en el protagonismo que últimamente están obteniendo las separaciones y divorcios; en este sentido, Linares (2006) anota la relevancia actual de la relativización de los vínculos conyugales que comporta la generalización del divorcio, convirtiéndose este último en un aspecto evolutivo más como puede serlo el propio matrimonio. Tampoco podemos olvidarnos del ciclo vital de la pareja, ya que ésta se establece en un subsistema familiar en desarrollo, esta díada se establecerá en un sistema relacional dinámico, con constantes transformaciones, donde los hijos se constituirán en una variable sumamente relevante que explicarán los eventuales cambios.

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La pareja se convertirá en un sistema, en una nueva unidad cualitativamente diferente a la suma de los dos individuos que la componen, capaz de consolidar las características personales de los miembros que la componen, modificarlas, o incluso anular la idiosincrasia de cada uno de ellos. Los integrantes de la pareja acordarán explícita o implícitamente cómo se satisfarán sus respectivas necesidades, ya sean afectivas, sexuales y emocionales, a la vez también pactarán las reglas del funcionamiento de la familia y su relación con otros subsistemas externos al propio núcleo familiar. Para ello, cada miembro de la díada aportará sus características particulares como consecuencia de sus historias personales, que al interaccionar darán lugar a una realidad nueva y diferente. En esta línea, podemos decir que la pareja es un sistema relacional, y como tal va a caracterizarse por la circularidad y recurrencia (Campos y Linares, 2002), esto es, cada acción que se procure dentro de este sistema podrá ser entendida como una reacción, y viceversa, toda reacción se convierte en causa de conductas y acciones posteriores. Esta secuencia interactiva tenderá a perpetuarse en el tiempo y tendrá como objetivo el mantenimiento de un equilibrio u homeostasis, ya sea saludable (nutricia) o disfuncional. Más adelante haremos referencia a algunas de estas secuencias interactivas, repetitivas y disfuncionales, que conllevarán un sufrimiento innecesario para el niño.

En su análisis de la conyugalidad, Linares (2002, 2006) distingue tres componentes dentro de una relación de pareja: el componente cognitivo, el componente emocional y el componente pragmático (Fig. 2). El estudio de estos tres componentes es lo que nos va a hacer concluir si estamos ante una pareja con una conyugalidad funcional o disfuncional. Como apunta Ibáñez (2008) en una pareja funcional estos tres componentes (pensar, sentir y hacer) se presentan íntimamente ligados, retroalimentándose positiva o negativamente, de forma que si se debilita uno de ellos pueden deteriorarse los restantes.

3.1.1. El componente cognitivo de la conyugalidad.

Campos y Linares (2002) señalan que una conyugalidad conservada o funcional requiere dentro del componente cognitivo una valoración y un reconocimiento del otro miembro de la pareja. Los dos adultos que conforman un subsistema conyugal no

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deteriorado expresarían de forma genuina su identidad, sintiéndose únicos y singulares y sin temores a un posible rechazo o descalificación. Cada miembro de la pareja percibe al otro como un ser humano con cualidades diferentes y con necesidades propias que deseará satisfacer. Asimismo, en una conyugalidad conservada cada miembro de la pareja apreciará y estimará de forma significativa las características del ser querido. En este sentido, para que exista reconocimiento y valoración en la pareja ambos miembros deben comunicarse lo que piensan y sienten en relación al otro, dando lugar así a la aparición de los componentes emocional y pragmático, estos se presentarán en coherencia con el componente cognitivo. De esta forma, cada miembro de la díada acabará sintiendo y comportándose en función de lo que piensa, y viceversa. Un componente cognitivo deteriorado implicará la negación de las características de la pareja haciendo que esta última se sienta desconfirmada, anulada y no tenida en cuenta. Igualmente, se desvalorizarán las cualidades personales del otro, sintiéndose descalificado y rechazado.

3.1.2. El componente emocional de la conyugalidad.

En cuanto al componente emocional o “el sentir amoroso” de la conyugalidad, este estaría compuesto por los sentimientos y emociones que cada miembro de la pareja posee en relación al otro, nos referimos a sentimientos de cariño, afecto y ternura (conyugalidad conservada), o por el contrario, odio, rencor, resentimiento, rabia, aburrimiento y frialdad emocional (conyugalidad deteriorada). Dentro de un contexto de pareja funcional, cada miembro se sentirá querido de forma espontánea; al contrario, en una situación de disarmonía conyugal cada miembro de la pareja sentirá del otro un afecto con condiciones, encontrándonos incluso en otros casos más perniciosos con dinámicas violentas impregnadas de sentimientos displacenteros de mayor grado. Los momentos por los que puede atravesar una pareja son muchos, de tal forma que los sentimientos que experimenta la díada pueden variar enormemente. Siguiendo a Ibáñez (2008) diremos que debido a esa naturaleza dinámica de la pareja que comentábamos más arriba, a lo largo del ciclo vital una pareja funcional puede convertirse en una pareja disfuncional, es decir, pasar del amor al desamor o de la armonía a la desarmonía. En este sentido, Moreno (1988) afirma que aunque una pareja se quiera entrañablemente, no podrá evitar que ruina sobre ruina y descalabro sobre descalabro

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agrave la confusión; en palabras de este autor, “aunque sea difícil de creer, un matrimonio es capaz de sobrevivir a los más terribles desastres pero no a un proceso de pequeñas destrucciones cotidianas”.

3.1.3. El componente pragmático de la conyugalidad.

En lo que se refiere a la parte pragmática de la conyugalidad conservada, ésta se traduce en una adecuada gestión de los conflictos; en todas las parejas van a aparecer conflictos, la diferencia estriba en cómo se resuelven. En efecto, hacemos referencia a la gestión de conflictos cotidianos, al reparto y organización de tareas, la gestión económica, la educación de los hijos, la distribución del tiempo de ocio, etc. Por otro lado, el componente pragmático también comprende los comportamientos apasionados, es decir, el deseo sexual y el sentimiento de pasión, en la pareja funcional ambos miembros de la díada estarían satisfechos en ambos aspectos. Un componente pragmático mal avenido comportaría conductas de rechazo, competitividad, problemas de comunicación en la pareja y displacer en las relaciones sexuales. Creemos relevante apuntar que la separación de la pareja o el divorcio no es sinónimo de mala gestión de conflictos; en este caso opinamos que los padres pueden resolver de forma satisfactoria lo que atañe a todo lo relacionado con los hijos, como puede ser su educación, no poniendo en peligro su bienestar psicosocial. En este sentido, estamos de acuerdo con Cosgaya y Tay (2008) cuando apuntan que el conflicto interparental es más importante que la estructura familiar, es decir, el bienestar psicológico de los hijos es peor en casas intactas conflictivas que en hogares en que los padres se han separado o divorciado.

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AMOR

CONYUGAL

RECONOCIMIENTO VALORACIÓN CLIMA EMOCIONAL CARIÑO TERNURA AFECTO RELACIONES SEXUALES DESEO GESTIÓN DE CONFLICTOS
RECONOCIMIENTO
VALORACIÓN
CLIMA EMOCIONAL
CARIÑO
TERNURA
AFECTO
RELACIONES SEXUALES
DESEO
GESTIÓN DE CONFLICTOS
Componentes Cognitivos
Componentes Pragmáticos
Componentes Emocionales

Fig. 2. Componentes fundamentales del amor conyugal.

3.2. Elementos de la Conyugalidad.

Una conyugalidad armoniosa también implica que exista acuerdo entre los miembros de la pareja en tres elementos relevantes; siguiendo a Campo y Linares (2002), los afectos, la jerarquía interna y los proyectos básicos son las unidades primordiales e imprescindibles para la formación de una pareja, del carácter que posea la díada de percibir y vivir estros tres componentes dependerá el devenir de la relación. Veamos por separado cada uno de ellos.

3.2.1. Los afectos.

Son las primeras formas de comunicación que tenemos los seres humanos y los utilizamos para expresar a los demás las diferentes sensaciones placenteras y displacenteras que tenemos, con miras a ejercer una acción en el mundo (Avenburg, 2009). La pareja se convierte en un contexto en el que la expresión de los afectos llega a su máximo grado, a través de comportamientos y verbalizaciones como son las caricias, las alabanzas, los besos, los comportamientos sexuales…, estos van a jugar un papel fundamental en la percepción de sentirse amado por parte de la pareja. El llegar a un acuerdo por parte de la díada en este proceso de dar y recibir afecto va a ser

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fundamental para la armonía conyugal. Apuntan Campos y Linares (2002) que en esta correspondencia afectiva va a ser notable la influencia que va a brindar la historia personal de cada uno de los cónyuges, a través de la nutrición relacional que haya experimentado cada miembro, dentro y fuera de la familia de origen como ya hicimos referencia anteriormente. Esta cuestión va a explicar que cada componente de la pareja posea su particular forma de percibirse amado como también su peculiar manera de manifestar amor. La discrepancia de percepción en esta área por parte de la pareja va generar una fuente importante de conflictos, siendo uno de los elementos a tener en cuenta a la hora de evaluar la armonía conyugal. De este modo, Parra (2007) propone cuatro aspectos del afecto que habría que evaluar para llegar a entender la naturaleza de las interacciones problemáticas de la pareja: la cantidad de emociones positivas y negativas que expresa la pareja, el grado en el cual los miembros de la pareja son conscientes de sus emociones, la expresión afectiva disfuncional y el grado en el cual el estado afectivo particular interfiere con el funcionamiento dentro de la vida de pareja.

3.2.2. La jerarquía interna.

Nos referimos al reparto de poder que existe dentro de la pareja, es decir, la manera de esta última de organizarse en torno a qué miembro domina según qué espacio o área. Autores como Haley (1999) o Campos y Linares (2002) señalan que en una pareja funcional el nivel de jerarquía interna está equilibrado y ambos miembros de la díada están de acuerdo, habiéndolo consensuado más o menos explícitamente, en el grado de jerarquía establecido. Watzlawick, Beavin y Jackson (2002) señalan que un equilibrio en la jerarquía, y por tanto una buena salud conyugal, supone que exista una combinación de unas relaciones simétricas con otras complementarias. Para Pujalte, Cruz y Romeu (2008) una relación simétrica se define como la ausencia de voluntad por complacerse de una posición jerárquica de poder superior o inferior al otro. Ibáñez (2008) apunta al esfuerzo que realiza este tipo de pareja por lograr la igualdad, y por tanto, por reducir al mínimo las diferencias que puedan existir entre ambos; de esta forma, el equilibrio u homeostasis se mantendrá siempre y cuando ninguno de los dos miembros quiera invadir o dejarse invadir por el otro. Por consiguiente, en una relación simétrica sana cada participante de la relación aceptará la singularidad del otro, existiendo una confirmación y un reconocimiento de la pareja. En lo que respecta a la

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relación complementaria, uno de ellos gozará de una posición jerárquica de poder superior al otro, cuya conducta se limitará a complementar las prescripciones y consignas de éste (Pujalte et al., 2008). En la complementariedad sana, los roles estarán bien diferenciados y el sistema mantendrá el equilibrio siempre que los dos miembros de la díada acepten y se sientan bien con los papeles asignados o establecidos. En esta línea, Bateson (1990) anota que en este tipo de interacción los “parteners” poseen comportamientos que se basan en el contraste, de esta forma cada miembro de la pareja, con su conducta, facilita la actuación complementaria del otro.

Sin embargo, los patrones de interacción simétrico y complementario pueden desembocar en una disfuncionalidad conyugal en el caso de que se establezcan pautas relacionales rígidas. En efecto, el modelo simétrico puede hacerse rígido iniciándose entonces una rivalidad patológica entre la pareja y surgiendo lo que se denomina una escalada simétrica, comenzándose un juego que parece no tener fin. Cada miembro de la pareja busca alcanzar el poder, rechazando las diferencias y esforzándose por lograr una posición de superioridad respecto al compañero. Justamente, Watzlawick et al. (2002) comentan que en una relación simétrica existe riesgo de competencia, traducen la escalada simétrica en innumerables disputas entre la pareja, una guerra más o menos abierta donde las peleas y luchas aparecerán de forma recurrente, y habiendo treguas inestables producto del cansancio emocional y físico de los componentes de la díada. En esta línea, Corsi (1999) también hace referencia a este carácter permanente de las disputas conyugales dentro de este tipo de contexto, identificando tres fases dentro de la violencia de pareja: a la primera la denomina como “fase de la acumulación de la tensión”, a la segunda la califica como “episodio agudo”, y a la última la cataloga como “luna de miel”, a partir de la cual se vuelve a iniciar el ciclo. Ahondando un poco más en el tema, Linares (2006) explica que los miembros de una pareja simétrica tienen el mismo poder y la misma capacidad de definir la situación, por lo que la gestión de los desacuerdos y conflictos puede conducir a escaladas en las que ambos recurren a similares armas en el intento de inclinar la balanza a su favor, de esta forma ambos se maltratarán psicológicamente de forma recíproca y parecida. Este contexto de maltrato psicológico mutuo puede derivar finalmente en una situación de maltrato físico, en el que el hombre se convertirá en el principal responsable; efectivamente, el maltrato psicológico que ambos se infligen incorporará un elemento nuevo, el maltrato físico por

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parte del hombre con la idea de “desempatar” o acabar con esa igualdad conflictiva de tensión emocional en la que se encuentran, recurriendo a la fuerza muscular. Este patrón relacional simétrico tan rígido conllevará una disarmonía conyugal considerable, pudiendo producir efectos devastadores no sólo para la pareja, sino también para los hijos, de lo que haremos referencia más adelante. En lo que se refiere a la variante psicopatológica de la complementariedad, comentaremos que se produce cuando la diferencia o desigualdad en la pareja se torna rígida, consolidándose así las posturas de poder y dependencia. Este contexto relacional de pareja puede conducir también a una situación de maltrato psicológico con la consiguiente facción psicopatológica, así lo apunta Linares (2006) cuando añade que algunas formas graves de depresión (depresión mayor), suelen asentarse en relaciones complementarias rígidas, en las que el cónyuge sano cada vez va asumiendo más responsabilidades, convirtiéndose en figura prestigiosa, merecedora del respeto de todos, y el otro se va sumiendo también cada vez más en el rol de enfermo, respetándosele socialmente desde esta posición pero no valorándosele como persona, descalificándosele y perdiendo consideración social. Ibáñez (2008) hace referencia a la dificultad del patrón de pareja complementario cuando uno de los dos miembros no está de acuerdo en que de forma invariable se mantengan estas posiciones de desigualdad, el malestar podría provenir tanto del que adopta la posición de superioridad, quejándose de tener que tomar constantemente las decisiones referentes a la pareja, como del que acoge la situación de inferioridad, que muestra su disgusto por estar o sentirse continuamente excluido de estas decisiones conyugales. Sin abandonar la complementariedad rígida, expondremos también que Linares y Campo (2000) hablan de que el progenitor enfermo buscará en la pareja dominante necesidades y carencias afectivas no cubiertas en el contexto de su familia de origen, decepcionándose aquél al comprobar que, por segunda vez, las apariencias engañan y sus expectativas de encontrar esa ansiada nutrición emocional se ven frustradas en este contexto conyugal. De esta forma, para el cónyuge sumiso, su pareja (percibida como maravillosa por la sociedad) no consigue satisfacer sus más profundas necesidades afectivas. A la vez, el cónyuge dominante se convierte en realidad en un pseudo protector o pseudo salvador, demostrando cuánto puede dar, ya que con la atribución de este rol en realidad está enmascarando su propio déficit de valoración, también mal resuelto en su familia de origen.

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3.2.3. Los proyectos básicos.

En la estabilidad de una pareja desempeña un papel relevante las expectativas en relación a los proyectos básicos que tengan sus miembros, esto es, si estos propósitos esenciales son más o menos comunes o por el contrario son planes construidos desde el plano individual dejando al margen lo relacional o de pareja.

Estamos de acuerdo con Campos y Linares (2002) cuando opinan que a pesar de que las parejas se edifican en el aquí y el ahora, su mantenimiento, afianzamiento y fortalecimiento pasan por la construcción de una serie de proyectos futuros en los que tienen cabida los dos miembros de la díada; así, ejemplos de proyectos futuros pueden ser tener hijos o no, dónde vivir o en qué invertir. En ocasiones los proyectos de algún miembro de la pareja pueden entrar en contradicción con los proyectos de pareja, produciendo conflictos en la relación y pudiendo amenazar la armonía conyugal. La pareja se propondrá como objetivo consensuar los planes futuros, e intentará hallar ese lugar de armonía donde no se produzcan obstrucciones en los propósitos de la pareja. En este sentido, Ibáñez (2008) considera que cuando la pareja toma la decisión sobre qué proyectos van a hacer conjuntamente, es cuando se presenta en escena con más fuerza el pronombre “nosotros”, delimitándose en mayor grado el sistema relacional de pareja de otros sistemas.

3.3. Dimensiones relacionales de la pareja.

En opinión de Campos y Linares (2002) la jerarquía interna, anteriormente comentada, junto a dos elementos más, la cohesión y la adaptabilidad, componen la organización interna de una pareja, es decir, el espacio donde convergen las identidades de sus miembros (Linares, 1997). Con el análisis de esta dimensión de la pareja podemos observar su manera de estructurarse u organizarse y su evolución a lo largo del ciclo vital. Estos dos autores hacen referencia a la organización interna de la pareja como un factor a tener en cuenta a la hora de analizar el funcionamiento de la conyugalidad que, conjuntamente con la mitología, suponen dos dimensiones relacionales de la pareja muy relevantes. Vamos a imbuirnos un poco más en cada una de estas dimensiones.

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3.3.1. La organización interna.

En cuanto a la organización interna, ya hemos explicado que se dispone de tres elementos: la jerarquía interna, la cohesión y la adaptabilidad; en algunas líneas ya hemos descrito en qué consiste y de qué patrones de relación se compone la jerarquía del subsistema conyugal.

Con respecto a la cohesión podemos definirla como los vínculos emocionales que los distintos miembros de la familia tienen entre sí (Olson, Russell y Sprenkle, 1983), con lo cual, en el plano conyugal nos referiremos al grado de cercanía emocional y afectiva que tienen entre sí sus dos miembros, además del que conservan con sus respectivas familias de origen. Así, la cohesión se constituirá en una dimensión cuyos extremos son la aglutinación y el desligamiento. Siguiendo a Minuchin (2003) podríamos encontrar parejas caracterizadas por un importante aglutinamiento o alta cohesión, donde los límites que separan al subsistema conyugal con los sistemas pertenecientes a las respectivas familias de origen son muy difusos, los roles de los miembros de la pareja van a ser poco claros, surgirá una intromisión excesiva en el subsistema conyugal por parte de los miembros de las familias de origen y no se favorecerá la individuación de los miembros de la díada. En el otro polo podemos ver parejas poco cohesionadas o caracterizadas por el desligamiento, es decir, los límites con otros subsistemas familiares aparecerán muy rígidos, resultándole muy difícil a la pareja adaptarse a los cambios evolutivos que van a suceder dentro de la familia, que se percibirán como amenazantes, y existiendo poca comunicación entre el subsistema conyugal y sus respectivas familias de origen, ni tampoco con el exterior. En este caso también observamos que los proyectos personales están por encima de los propósitos y necesidades de la díada. En opinión de Campos y Linares (2002) la pareja funcional se identificaría con una cohesión centrada entre los miembros de la díada, ni muy aglutinada, ni muy desligada.

En lo tocante a la adaptabilidad, Olson et al. (1983) la definen como la capacidad que tiene una pareja o familia para modificar los roles de sus miembros, la estructura de poder y las normas del sistema en respuesta a factores estresantes o propios del ciclo vital. Para Campos y Linares (2002), una conyugalidad armoniosa

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pasaría por una pareja con una adaptabilidad flexible, capaz de adaptarse adecuadamente a diferentes situaciones y ciclos evolutivos. En cambio, podemos observar otras parejas en las que existe una adaptabilidad rígida, con poca capacidad para ajustarse a sucesos novedosos y potencialmente estresantes como puede ser la parentalidad. Analizaremos posteriormente con más detenimiento este espacio relacional y las consecuencias perniciosas para los hijos.

3.3.2. La mitología.

En lo referente a la mitología, antes de definirla creemos oportuno concretar otro término importante ligado a este último: la narrativa. Para Linares (1996) la narrativa de un individuo consistiría en la construcción de historias que dotan de sentido a cuanto le acaece a la propia persona, dicha elaboración de historias se haría en función de la experiencia relacional que ha tenido a lo largo de su vida. De esta forma, la mitología se delimita como el espacio donde convergen y del que brotan las narraciones individuales de los miembros del sistema, en este caso de la pareja (Linares, 2007). Efectivamente, el contexto conyugal se convierte en un espacio donde se aproximarán las diferentes narrativas individuales de sus miembros, constituyéndose por tanto en un territorio de negociación narrativa, cuyo resultado van a ser los mitos, en los que están presentes a la vez un clima emocional determinado, unos elementos cognitivos (valores y creencias de la pareja) y unos elementos pragmáticos, que son los rituales que ponen en marcha los dos miembros como pareja. Estamos de acuerdo con Ibáñez (2008) cuando señala que no hay dos parejas idénticas, y esto se debe a que cada una tiene su propia mitología, su manera única y diferente de relacionarse, es decir, dispone de una manera exclusiva de pensar, sentir y hacer. La mitología presente en una pareja funcional se caracterizaría por ser abundante y diversa en cuanto a valores y creencias, respetándose y tolerándose mutuamente los dos miembros de la pareja en cuanto a las posibles diferencias que tengan en este ámbito, con una alta nutrición relacional en cuanto al clima emocional y por último aceptándose en la diversidad y riqueza de rituales presentes en ambos miembros de la díada.

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3.4. Vínculo conyugal y problemas adaptativos en los hijos.

Bretherton (1984) nos apunta que son los padres los que garantizan la adaptación y el desarrollo de los hijos al ofrecer una relación interactiva estable, que se constituirá en una base emocional segura para que los hijos exploren su ambiente. Si esta estabilidad relacional que ofrece el sistema familiar se encontrase dañada o de alguna manera amenazada, podría provocar en los hijos un sufrimiento traducido en muchos casos en problemas conductuales que vislumbran una falta de adaptación del niño a su ambiente. Es lo que sucede cuando aparecen problemas en el vínculo conyugal, si bien, algunos autores postulan algunos efectos beneficiosos de los conflictos entre los padres. En esta línea, Justicia (2003) hace referencia al conflicto constructivo, es decir, bien dirigido, que ayuda a la adaptación del niño. A su vez, Cummings, Ballard, El-Sheikh y Lake (1991), Justicia y Cantón (2011) y Cassidy, Parke, Butkovsky y Braungart (1992) refieren que si los padres limitan la frecuencia de sus desavenencias en presencia de sus hijos y estas últimas se resuelven adecuadamente, los niños pueden verse afectados positivamente, adquiriendo estrategias de solución de conflictos en sus relaciones interpersonales.

Para Platas (1997) hasta hace relativamente poco tiempo el impacto directo que tenía sobre los hijos la exposición a los conflictos interparentales, recibía muy poca atención, las miras se centraban sobre todo en los efectos indirectos que estas disputas tenían sobre los niños, esto es, las consecuencias de las desavenencias conyugales a través del funcionamiento familiar, por ejemplo, la manera en cómo influye en la calidad de la relación padre-hijo o entre los hermanos. En cualquier caso, la relación entre los problemas maritales y las consecuencias perniciosas que tienen para los hijos, comenzó a estudiarse ya hace un tiempo, concretamente en la década de los cuarenta (Emery, Weintraub y Neale, 1982), época en la que la idealización de la vida familiar y matrimonial estaba presente en la sociedad del momento; este hecho hizo que los diversos autores se preguntaran por los efectos dañinos en los niños de la separación y el divorcio. A su vez, estos estudios mostraron su máximo apogeo en los Estados Unidos, allá por los años 70, y coincidiendo con un aumento de las tasas de divorcio en este país.

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Hasta el momento se han llevado a cabo muchos estudios sobre los efectos perniciosos que tienen para los hijos la conflictividad conyugal y la infelicidad

matrimonial, y parece ser ya algo asumido que los hijos de los padres que se encuentran

en esta situación relacional tienen más posibilidades de presentar problemas de

conducta (Gómez, Castro y Ruz, 2002); de hecho, existen estudios (Abadin, Jenkins y

Mc Gaughey (1992) que demuestran que bebés de un año de vida ya son capaces de

manifestarse sensibles al enfado que muestran sus padres entre sí, revelándonos por ende la relevancia a nivel de impacto emocional que tienen para los hijos estas conductas conyugales. Así, investigaciones como las llevadas a cabo por Cummings y Davies (1994), Fincham y Osborne (1993), Neighbors, Forehand y Bau (1997), Westerman y Schonhltz (1993), Ramírez (1999) y Davies y Lindsay (2004) establecen

una relación entre disfunción matrimonial y problemas de adaptación en el niño. Además, la mayoría de las hipótesis expuestas por los diferentes autores con la finalidad de explicar esta relación parten del supuesto de que son las disputas maritales las que

dan lugar a los problemas de adaptación del niño y no a la inversa (Cortés, 2002).

Estudios con adolescentes (Garbarino, Sebes y Schellenbach, 1984) ponen de

manifiesto que el desarrollo de psicopatología juvenil puede mostrarse conjuntamente

con la presencia de un sistema familiar de riesgo, en el que se dan unas relaciones conflictivas entre los padres, entre otros factores.

Por su parte, Gottman y Katz (1989) en el intento de predecir y diferenciar las consecuencias dañinas que tienen para los hijos el divorcio y el conflicto marital, apostillan que lo que mejor puede predecir los problemas adaptativos en la infancia no es precisamente el divorcio, sino las divergencias conyugales. En esta línea también concluyen los trabajos de Amato y Keith (1991), de tal forma que los hijos de padres divorciados parecen poseer un mayor ajuste psicológico que los de familias biparentales intactas pero que presentan un alta conflictividad a nivel conyugal. Por tanto, si los padres consiguen, a pesar de la separación, una buena armonía en la participación conjunta en la crianza de los hijos y resuelven adecuadamente los conflictos venideros en esta faceta, es muy probable que los niños presenten pocos problemas adaptativos y de desarrollo (Justicia, 2003).

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Para Justicia (2003) referirnos a las dificultades adaptativas de los niños supone analizar por un lado los desórdenes en las relaciones sociales así como también los problemas internalizados y externalizados que presenta el infante. En esta línea, los problemas internalizados vendrían dados por síntomas ansiosos, miedos, fobias, temores, trastornos afectivos, tristeza y depresión, y los externalizados abarcarían las conductas agresivas, impulsividad, trastornos de conducta, conducta delictiva y antisocial (Achenbach y Rescorla, 2001). De esta forma, y a pesar de que algunas investigaciones (Mathijssen, Koot, Verhulst, De Bruyn y Oud, 1998) relacionan los problemas internalizados de los hijos con las discordias matrimoniales y los problemas de comportamiento externalizados con las relaciones conflictivas madres-hijos, existen numerosos estudios que relacionan el vínculo conyugal disfuncional tanto con problemas externalizados como con conflictos internalizados que están presentes en los niños.

3.4.1. Vínculo conyugal y problemas externalizados.

En cuanto a la relación existente entre conflictos maritales y problemas externalizados en los hijos, ésta queda explicitada en estudios como los de Shaw, Keenan y Vondra (1994), Ramírez (2004, 2005), Fauber, Forehand, Thomas y Wierson (1990) y Kingston y Prior (1995). Si analizamos más detenidamente los problemas externalizados, encontramos estudios que correlacionan la disarmonía conyugal con conducta agresiva en los hijos, siendo este tipo de comportamiento el que más relación presenta con las disputas maritales de todas las dificultades de adaptación (Ramírez, 1999). Parece también que el factor género es también una variable a tener en cuenta cuando hablamos de problemas externalizados, encontrándose mayor vulnerabilidad a este tipo de síntomas en los hijos que en las hijas cuando presencian las disputas conyugales de sus progenitores. (Ramírez, 2004; Garland y Day, 1992).

Johnson y O´Leary (1987) concluyen que las dificultades maritales pueden traducirse en peleas, recriminaciones y conflictos, que en el caso de que se presenten abierta o explícitamente puede asociarse a problemas de adaptación en los niños, como hostilidad y agresión. Incluso, esta agresividad se puede observar entre los niños que conviven en el mismo seno familiar, de esta manera, los hijos que conviven con un

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trasfondo de ira y disputas matrimoniales se muestran más afectados y agresivos entre sí que aquellos niños que cohabitan con adultos que se relacionan en un clima conyugal agradable y sin tensiones (Cummings, Iannotti y Zahn-Waxler, 1985). En esta línea, para Justicia y Cantón (2011) la teoría del modelado puede responder adecuadamente a esta asociación, ya que los niños y adolescentes que están frecuentemente expuestos a los conflictos en la relación de sus padres factiblemente pueden aprender que el comportamiento agresivo es una herramienta apropiada para resolver los problemas, actuando de la misma manera en las relaciones con los demás.

En el estudio de Cabrera et al. (2006), cuyo objetivo era conocer si algunas características de la relación entre los cónyuges y de la relación de los padres con sus hijos se relacionan con el ajuste psicológico de los niños, concluyeron entre otras cuestiones que a mayor conflicto entre la pareja, más ocurrencia de conductas agresivas en los hijos. Existen otros estudios (Cummings y Davies, 1994; Justicia y Cantón, 2011) que hacen una diferencia en cuanto a qué miembro de la pareja percibe los conflictos conyugales, postulando que la insatisfacción marital percibida por la madre predice el comportamiento agresivo de los hijos.

Otra de las dimensiones patrimoniales de los problemas externalizados es la referente a las conductas delictivas y antisociales, estudiadas también en el marco de las dinámicas familiares disfuncionales. Así, los trabajos de Campbell (1995), Christesen, Phillips, Glascow y Johnson (1983), El-Sheikh, Buckhalt, Mize y Acebo (2007), Rutter y Giller (1983), Smith y Jenkins (1991), Ramírez (1999), concluyen que los hijos tienen más probabilidades de sufrir conductas delictivas y antisociales en el marco de un contexto de conflictividad conyugal. Aún así, el impacto que producen las disputas conyugales en los niños en cuanto a conducta antisocial y problemas sociales parece ser mayor en los hijos varones, así lo corroboran los resultados de algunas investigaciones (Neighbors et al., 1997; Reid y Crisafulli, 1990, Erel y Burman, 1995 y Justicia y Cantón, 2011).

Otros autores como Gómez et al. (2002) discriminan entre conflictos manifiestos u hostilidad entre los padres e insatisfacción matrimonial a la hora de predecir la conducta antisocial de los hijos, de tal forma que este tipo de comportamiento

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problemático sería más probable con la presencia de conflictos exteriorizados por parte de la pareja parental, sin embargo, no parece relacionarse con la manifestación de insatisfacción matrimonial por parte de la díada. Sin embargo, en el estudio planteado por Cabrera y Guevara (2007) acerca de las relaciones familiares y su relación con el ajuste psicológico de los hijos, se encontró que la satisfacción que manifestaban los cónyuges con su relación de pareja se asociaba negativamente con las conductas externalizantes en los hijos. En este sentido, concluyen también Feldman, Wentzel, Weinberger y Munson (1990) cuando señalan que si los padres están contentos con su relación de pareja sus hijos manifestarán escasas conductas asociales y agresivas.

Existen otros estudios que intentan relacionar el tipo de contenido de los conflictos y disputas de la pareja parental, encontrándose que las divergencias conyugales que giran en torno a los hijos predicen el comportamiento delictivo en estos últimos (Cui, Donnellan y Conger, 2007). Así, para Ramírez (2004) las disputas conyugales que tienen como tema principal los hijos son: las consecuencias de educarlos, las tensiones que supone y la responsabilidad del ejercicio de la parentalidad, el conflicto acerca de quién de los dos miembros debe dedicarse, en qué momento y qué actividades realizar con los hijos, la inculcación de disciplina, la conducta de los hijos más difíciles, las diferentes ideas de cómo educar y las distintas expectativas que se tienen sobre los hijos. Además, no todos los conflictos que versan sobre los hijos tendrían el mismo impacto en su comportamiento, siendo aquellas discusiones sobre las prácticas de crianza de los infantes las que resultarían ser más amenazantes para los niños (Cummings y Davies, 1994).

3.4.2. Vínculo conyugal y problemas internalizados.

En otro orden de cosas, y sin dejar a un lado las dificultades adaptativas de los hijos, pasamos ahora a describir los problemas internalizados que pueden aparecer en los infantes producto de las relaciones conflictivas entre los progenitores. Justamente, en la recopilación que Platas (1997) elabora de lo descrito por los diferentes autores en relación a las respuestas que presenta el niño ante los conflictos de sus padres, se puede observar un repertorio de posibles conductas, casi todas ellas factibles de ser catalogadas como síntomas internalizados (Fig.3). En efecto, esta autora diferencia entre

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respuestas conductuales (llantos, miedo, angustia facial, movimientos corporales de angustia, petición de que paren, diferentes verbalizaciones de disconformidad, ansiedad y de preocupación), respuestas emocionales (tristeza, enfado y temor), respuestas somáticas (alteración de las pulsaciones, de la presión sanguínea y cambios en la conductancia de la piel) y respuestas cognitivas (culpabilidad, temor y vergüenza).

 

RESPUESTAS

 

RESPUESTAS

CONDUCTUALES

EMOCIONALES

 

Llantos

Tristeza

Miedo

 

Angustia facial

Enfado

Movimientos corporales de angustia Petición de que paren Verbalizaciones de:

 
 

Temor

 

 

 

o

Disconformidad

o

Ansiedad

o

Preocupación

  o Disconformidad o Ansiedad o Preocupación   RESPUESTAS   RESPUESTAS SOMÁTICAS
  o Disconformidad o Ansiedad o Preocupación   RESPUESTAS   RESPUESTAS SOMÁTICAS
 

RESPUESTAS

 

RESPUESTAS

SOMÁTICAS

COGNITIVAS

 

Alteración

de

las

Culpabilidad

 

pulsaciones

 
 

Temor

 

Alteración de la presión sanguínea

Vergüenza

en conductancia de la piel

Cambios

la

 
Temor   Alteración de la presión sanguínea Vergüenza en conductancia de la piel Cambios la  
Temor   Alteración de la presión sanguínea Vergüenza en conductancia de la piel Cambios la  

(Adaptado de Platas, 1997)

Fig. 3. Respuestas del niño ante el conflicto interparental.

La mayoría de los autores que se han interesado por las consecuencias en los hijos de las disputas conyugales indican que la relación entre conflictos maritales y problemas externalizados es más fuerte que la que se establece con los problemas internalizados (Buehler et al., 1997; Ramírez, 2004). En esta misma línea, Cabrera y Guevara (2007) señalan que, por lo general, el diez por ciento de la variabilidad de los

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problemas

disfuncional.

internalizados

en

los

niños

es

explicado

por

un

vínculo

conyugal

Aún así, existen resultados en este terreno que creemos relevantes en aras a entender los efectos en los hijos de unas malas relaciones conyugales. En efecto, hay autores que, en base a los resultados obtenidos en sus investigaciones, postulan que a mayor percepción de hostilidad entre los padres, los hijos tienen más probabilidades de presentar síntomas ansiosos y depresivos, esto es, síntomas internalizantes (Harold y Conger, 1997; Mathijssen et al., 1998; Cabrera et al., 2006; Cabrera y Guevara, 2007; Henning, Leitenberg, Coffey, Bennett y Jankowski, 1997; Monroy, 2002). Igualmente, Grych y Fincham (1993) encontraron asociación entre la intensidad del conflicto interparental y el temor y la culpa que siente el niño.

Otros trabajos dan relevancia al papel de la variable género a la hora de explicar la relación existente entre síntomas internalizados y conflicto conyugal, de tal forma que las niñas son más sensibles a los síntomas internalizantes que los niños a la hora de exponerse a los conflictos relacionales entre sus padres (Davies y Lindsay, 2004).

Por otro parte, existe un área psicopatológica dentro de la dimensión internalizante, en la que se constatan numerosos avances en las tres últimas décadas, nos referimos a la depresión infanto-juvenil. De esta manera, Buendía y Mira (1993) encontraron que existen dos variables que predicen la depresión en los adolescentes, esto es, acontecimientos vitales estresantes y la falta de cohesión familiar. Por su parte, Harold y Conger (1997) concluyeron que la tristeza en los niños estaba relacionada con la presencia de conflictos entre los padres. La separación conyugal también es una variable a tener en cuenta, aunque parece ser que adquiere más importancia en la explicación de los síntomas depresivos los conflictos y disputas que suelen asociarse al proceso de separación, que el propio proceso de separación en sí. Así lo constatan los trabajos de Polaino-Lorente y Domènech (1988) en relación a la depresión infantil, al igual que las investigaciones de Johnston, González y Campbell (1987), si bien, en este último trabajo los conflictos dados en la separación, aparte de los síntomas depresivos, también se relacionan con aislamiento y quejas somáticas en los hijos, tres grupos de

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síntomas que se engloban en los problemas internalizados en el Child Behavior Checklist (Achenbach y Rescorla, 2001).

Algunos autores han preferido centrarse en un aspecto directamente relacionado con los síntomas depresivos, la autoestima, hallando también una asociación entre los conflictos interparentales y esta dimensión básica para el desarrollo psicosocial de los niños y adolescentes. En efecto, cuando los niños presencian conflictos y altos niveles de hostilidad entre sus padres piensan que son menos queridos por sus padres, percibiendo amenazadas las fuentes principales de donde proviene el afecto (Webster y Herzog, 1995). Otros autores (Pawlak y Klein, 1997) relacionan una pérdida de autoestima en niños con conflictos entre los progenitores en relación a las prácticas educativas que ambos ponen en marcha con sus hijos.

Por último, en cuanto a la dimensión internalizante, es obligado también hablar de los síntomas ansiosos en los niños, los cuales también se pueden asociar de alguna manera a los conflictos conyugales. De todos es conocido el papel de los acontecimientos estresantes en el desencadenamiento de la ansiedad, de este modo, para Echeburúa (1997) los conflictos matrimoniales se constituyen en un suceso provocador de ansiedad en los hijos; en esta línea también concluye el trabajo de Dishion (1990). En este último caso se encuentra además una asociación entre conflictos maritales y la disminución del rendimiento académico.

3.4.3.

adaptativos.

Dimensiones

del

conflicto

interparental

y

problemas

Según Cortés y Cantón (2007) para analizar y comprender mejor la relación existente entre las discordias maritales y los problemas adaptativos en los hijos hay que tener en cuenta una serie de dimensiones o cualidades que son propias del conflicto, a saber, frecuencia, intensidad, no resolución y contenido. Para Donaldson (1996) el impacto de los conflictos interparentales en los hijos será más pernicioso si son frecuentes, intensos, están por resolver y tienen que ver con los propios hijos.

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En cuanto a la frecuencia, comentar que frente a un posible pensamiento de que los niños se desensibilizarían ante abundantes conflictos de los padres, encontramos en resultados de investigaciones todo lo contrario, los hijos se sensibilizan ante la frecuencia de las disputas maritales y por ende, conllevaría mayores problemas de adaptación (Fincham y Osborne, 1993). Se ha encontrado asociación especialmente con conducta agresiva y problemas externalizados (Ramírez, 1999).

En relación a la intensidad, podemos decir que una disputa matrimonial muy intensa, traducida en violencia física, influirá más negativamente en el desarrollo de los niños que una confrontación sosegada (Cummings et al., 1985). En el estudio de Justicia (2003) se concluye una relación entre intensidad de los conflictos y algunos problemas de adaptación en los niños, concretamente, falta de atención, competencia social más baja y problemas externalizados, en general.

Por otro lado, también existen estudios que otorgan un papel importante en el hecho de cómo resuelven los padres los conflictos entre ellos, de tal forma que si los padres solventan exitosamente sus discusiones estarán proporcionando a los hijos modelos positivos de resolución de problemas, favoreciendo la competencia social de estos últimos (Platas, 1997). Por el contrario, la no resolución o resolución inadecuada de las disputas provocará en el niño más enfado, preocupación y tristeza (Wilder, 1999).

Por último, la temática del conflicto conyugal puede amenazar en diferente grado la salud mental del niño. Grych y Fincham (1990) postulan que cuando el contenido del conflicto interparental hace referencia al hijo, el niño siente más vergüenza, se autoculpabiliza y teme verse involucrado en el conflicto, atribuyéndose la responsabilidad del mismo. Asimismo, para Justicia (2003), el contenido de la disputa se relaciona principalmente con los sentimientos de inculpación que experimentan los hijos.

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4. La Parentalidad: pilar básico que sostiene a la familia.

Parece claro que la parentalidad es mucho más que un hecho biológico. Ya sabemos que el hombre se constituye en el animal social por excelencia, ya lo enseñaba Aristóteles en el siglo IV a. C., estableciéndose esta condición del hombre como característica imprescindible para su existencia. El ser humano se mueve en sociedad y por tanto sus relaciones más íntimas, como son las parento-filiales, van a ser definidas desde el marco social. Así, para Romero (2007) la parentalidad es un hecho cultural que acontece en un proceso de construcción y de definición social acerca de lo que se considera qué es la maternidad y la paternidad. Existe por tanto un modelo esperado de conducta parental que se hace hueco en el pensamiento familiar y de cada uno de sus miembros y que a la vez va a generar una serie de cogniciones, actitudes y comportamientos específicos sobre el hecho de ser padre.

El término parentalidad es un neologismo derivado del adjetivo parental que se refiere a la condición de ser padre y/o madre y a los cuidados y prácticas que llevan a cabo los mismos con sus hijos. Este mismo adjetivo es el vocablo que se ha utilizado en castellano para traducir la palabra anglosajona parenthood, que en inglés y en francés unifica a los dos padres en la tarea de la paternidad y la maternidad.

El mundo subjetivo de un niño se desarrolla bajo la influencia de las particularidades parentales, estando supeditado a la forma en que sus padres tienen de vivir y ejercer la parentalidad. A juicio de Cyrulnik (2002) los recién nacidos no pueden ir a parar a ningún otro sitio que no sea la historia de sus padres. Así, presentarnos ante el trastorno mental infantil supondrá llevar a cabo la tarea de sumergirnos de alguna manera en la historia de los padres, indagando de qué forma cada historia influye en el clima relacional del niño.

No cabe duda que la nueva condición que provoca en el ser humano el nacimiento de un hijo supone un cambio cualitativo importante, teniendo el individuo que adaptarse a una nueva situación y produciéndose una serie de cambios psíquicos en su mundo interno. Si esta situación ocurre en adultos jóvenes y población adolescente, puede suponer incluso un factor de riesgo importante para el desarrollo posterior de

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psicopatología en los hijos. En este sentido, Manzano y Palacio-Espasa (1993) aluden a la expresión “duelo del desarrollo”, que comportaría un potencial depresógeno y que abarcaría esencialmente dos tareas, renunciar al lugar del niño ocupado hasta entonces junto a sus propios padres e identificarse a estos con el fin de funcionar como padre (Palacio-Espasa, 2002).

La parentalidad se va a ver influenciada en cierto modo por la conyugalidad, este aporte procedente de la relación de pareja va a definir también la forma en que los padres se relacionan con sus hijos, existiendo por tanto relaciones importantes entre ambas funciones familiares básicas; sin embargo, y como expresa Linares (2002), la parentalidad es independiente de la conyugalidad en cuanto que su funcionamiento no está necesariamente ligado a ella.

Una parentalidad adecuada conllevará el desarrollo biológico, psicológico y social del niño, mientras que una parentalidad deficitaria va a conducirle inevitablemente a una situación dañina, el maltrato infantil. El maltrato infantil es quizás la peor consecuencia de una inadecuada parentalidad, traduciéndose en unos síntomas físicos y psicopatológicos importantes.

4.1. El pensar, el sentir y el hacer amoroso en la Parentalidad.

Al igual que en la conyugalidad, Linares (2002, 2006) concibe la parentalidad desde un modelo triangular (Fig. 4), cuyos vértices se corresponden con elementos cognitivos (reconocimiento y valoración), elementos emocionales (sentimientos de cariño y ternura) y elementos pragmáticos (el desarrollo y la enseñanza de los hijos para la asimilación y el respeto de las normas sociales y para que se protejan adecuadamente). A diferencia de la conyugalidad, la parentalidad se apoya en una relación desigual o complementaria en la que dar y recibir no pueden, ni deben, estar equilibrados, apareciendo un intercambio desigual entre padres e hijos. Son los padres los que cuidan a los hijos, y no al revés, los padres dan a los hijos y así devuelven lo que, a su vez, recibieron de sus propios padres. Este modelo de relación entre padres e hijos es coherente con el que impera hoy en día en nuestra cultura occidental, la de

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principios del siglo XXI (Linares, 2002). Ya hemos visto que en el vínculo conyugal la relación es –de forma flexible- simétrica.

4.1.1. El componente cognitivo de la parentalidad.

Es importante para el análisis de la parentalidad realizar una exploración de las interpretaciones que hacen los padres de la identidad y personalidad de sus hijos. En este sentido, un amor cognitivo saludable comprendería un reconocimiento del niño, con la aceptación por parte de los padres de características y cualidades personales del niño diferentes a las suyas y la aprobación de una personalidad singular e independiente. Un componente cognitivo disfuncional de la parentalidad vendría dado por la utilización y negación de la personalidad del hijo. Algunas investigaciones señalan que una causa importante del maltrato y sus consecuencias psicopatológicas son las expectativas irrealistas de los padres al esperar de sus hijos conductas maduras, que son obviamente inapropiadas para la edad de estos (Oliva, Moreno, Palacios y Saldaña, 1995). En otras ocasiones esta privación de la identidad del niño es producto del deseo de dominio y de poder por parte de los padres, dando lugar así a la desconfirmación del niño. En ese juicio que tienen los padres en relación al niño van a influir factores que tienen que ver a su vez con el vínculo que los progenitores establecieron con sus propios padres, de tal forma que en ocasiones nos vamos a encontrar con padres que proyectan en los hijos los conflictos generados en la relación con sus figuras parentales. De la importancia de los fenómenos proyectivos en la parentalidad disfuncional Manzano, Palacio-Espasa y Zilkha (1999) describen el concepto “escenarios narcisísticos de la parentalidad”, postulando que en todas las relaciones padres-hijos coexisten relaciones narcisísticas con los hijos (el amor por uno mismo depositado en el hijo), con relaciones objetales (en las que al hijo se le ama como un ser diferente a uno mismo). En este sentido, estos autores encuentran que en los hijos que manifiestan problemas tempranos de desarrollo predomina la relación parentofilial de naturaleza narcisística, mientras que en aquellos hijos donde la sintomatología es más leve, los dos tipos de relación coexisten, estando menos presente la relación narcisística y sustituyéndose gradualmente por la relación objetal en la cual el niño es reconocido como un ser diferente y no una prolongación de los padres. Congruentes con estos postulados encontramos también otros estudios

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(Girón, Rodríguez y Sánchez, 2003) cuando hacen referencia al concepto “proyección centrada en la identidad”.

Por otro lado, y formando parte de esos juicios que realizan los padres de los hijos, se incluye el grado de valoración del menor, es decir, el infante no solo va a saber de su existencia, sino también qué cualidades posee que van a ser importantes para sus padres. En efecto, una aprobación por parte de los padres de las cualidades que posee el niño ayudará a fraguar su autoestima. Una valoración negativa sería el producto de un entrar en contradicción con las cualidades del niño, que los padres percibirían como amenazantes para su propia identidad. En ocasiones podemos observar cómo por parte de alguno de los progenitores no son aceptadas ciertas características del niño, y esto ocurre porque el progenitor se ve reflejado en él, visualiza en el niño características propias no aceptadas, la consecuencia yacería en una descalificación del hijo. Sirva indicar que estamos de acuerdo con Linares (1996) cuando apunta que el fenómeno de la desconfirmación supone un escalón más agresivo que la descalificación, ya que este último implica negar la capacidad del otro para desempeñar ciertas funciones o desacreditar la expresión de su identidad, sin embargo, la desconfirmación implica, como hemos visto más arriba, negar la identidad de alguien o ignorar su existencia. Creemos que para cualquier persona es más doloroso la ignorancia que los “caricias” negativas, por tanto entendemos que lo primero se asociará a unas consecuencias más perniciosas para el niño, de las que hablaremos más adelante.

4.1.2. El componente emocional de la parentalidad.

El componente emocional de la parentalidad vislumbra los sentimientos, emociones y afectos que despierta el niño en sus padres. Igualmente importante para el estudio de la parentalidad es conocer las inquietudes afectivas que se remueven en los padres en la interacción con sus hijos. Una parentalidad sana pues, en su vertiente emocional, conlleva posponer por parte de los padres sus necesidades en aras a atender las necesidades del niño, una entrega e implicación con el ser amado. El cariño y la ternura son piezas claves de este componente de la parentalidad y son consecuencia de la valoración y reconocimiento que se hace del hijo. Un componente emocional deficitario supondría una relación con el niño marcada por emociones displacenteras,

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como por ejemplo, la exigencia y la demanda constante al niño con la finalidad de satisfacer las necesidades de los progenitores, o también la frialdad emocional que se expresa al infante cuando a éste se le percibe como amenazante por parte de sus padres. En este sentido, Bowen (1960) hace referencia al alejamiento emocional que expresan algunos padres en las familias patológicas como una forma de reaccionar defensivamente, cuando se aprecia al hijo como una amenaza a la independencia, y eso sucede porque los padres conciben la parentalidad como una obligación que impide el bienestar de estos últimos. La incondicionalidad en el amor hacia el niño por parte de sus padres se constituye en el motor de este componente, lo contrario hace que el niño se sienta querido con condiciones y siempre que satisfaga las expectativas y deseos de los padres.

4.1.3. El componente pragmático de la parentalidad.

El componente pragmático engloba el comportamiento explícito y el trato que dispensan los padres hacia sus hijos. Este componente del amor se convierte en el elemento más visible de la parentalidad y es resultado de los pensamientos y emociones que los padres poseen en relación al niño. El fin último de este componente de la parentalidad reposaría en la tarea de los padres de hacer sociables a los hijos. A juicio de Linares (2002) la sociabilización advertiría dos responsabilidades, una de cuidado y protección, y otra normativa. Efectivamente, una parentalidad saludable implica el adecuado cuidado de los hijos, además de su protección de los peligros potenciales que conllevan para estos últimos el hecho de vivir en sociedad. En esta línea, Minuchin (2003) apunta que el sistema familiar debe establecer unos límites claros para diferenciarse de otros sistemas externos y para proteger a sus miembros. Por otro lado, la tarea sociabilizadora también implica que los padres instruyan a sus hijos para que sean ellos mismos los que en el futuro y de forma autónoma consigan la protección y el cuidado. Así pues, los padres también deben hacer cumplir las normas sociales y fomentar el respeto por el otro y su propiedad. Carencias en este tipo de componente de la parentalidad se evidenciarían con la puesta en práctica de conductas de rechazo hacia el niño, la ignorancia, la falta de cuidado, exponiendo al niño a situaciones de desprotección importantes, la excesiva sobreprotección que conllevaría para el niño una falta de autonomía y excesiva dependencia hacia sus padres, y la dificultad para inculcar

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normas y una disciplina adecuada. Observamos que existen diferencias notables entre la conyugalidad y la parentalidad en lo que concierne al componente pragmático. Estas discrepancias se antojan necesarias ya que es lógico pensar lo disfuncional o patológico que llegaría a convertirse el hecho de que los aspectos sexuales y pasionales presentes en la conyugalidad, lo estuviesen también en la parentalidad, encontrándonos en este caso con situaciones de abuso sexual. También nos podemos encontrar dificultades importantes en algunas parejas cuando el papel normativo y de cuidado que se hace presente en la parentalidad, aparece en muchas situaciones relacionales de pareja en modo de actitudes paternalistas.

Para un buen ejercicio de la parentalidad y con el objetivo de que el niño interiorice adecuadamente el amor parental, estos tres componentes deben presentarse conexionados, exhibiéndose un vínculo entre ellos, es la mejor forma de que el niño encuentre un adecuado ambiente relacional. En efecto, una parentalidad conservada se traduce en la interiorización por parte del niño del mensaje “mis padres me quieren, me aceptan como soy, me valoran, me cuidan y me protegen”.

AMOR

PARENTAL

RECONOCIMIENTO CUIDADO PROTECCIÓN VALORACIÓN CLIMA EMOCIONAL CARIÑO TERNURA AFECTO INCULCACIÓN DE NORMAS
RECONOCIMIENTO
CUIDADO
PROTECCIÓN
VALORACIÓN
CLIMA EMOCIONAL
CARIÑO
TERNURA
AFECTO
INCULCACIÓN DE NORMAS
RESPETO AL OTRO
Componentes Cognitivos
Componentes Pragmáticos
Componentes Emocionales

Fig. 4. Componentes fundamentales del amor parental.

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4.2. Competencias parentales.

El interés por la parentalidad ha suscitado numerosas investigaciones, algunas de ellas han centrado el interés en las competencias parentales necesarias que deben tener los padres para un buen ejercicio de la parentalidad. En esta línea, Rodrigo, Máiquez, Martín y Byrne (2008) conciben el término competencia parental como el conjunto de capacidades que permiten a los padres afrontar de modo flexible y adaptativo la tarea vital de ser padres, de acuerdo con las necesidades evolutivas y educativas de los hijos y con los estándares considerados como aceptables por la sociedad, y aprovechando todas las oportunidades y apoyos que les brindan los sistemas de influencia de la familia para desplegar dichas capacidades. Estos autores agrupan las competencias parentales necesarias para la crianza de los hijos en cinco categorías de habilidades: educativas, de agencia parental, de autonomía personal y búsqueda de apoyo social, para la vida personal y de organización doméstica.

Este intento por parte de algunos autores de definir cuáles son las competencias parentales para el buen ejercicio de la parentalidad es posible que se enmarque dentro de ese gran interés que existe últimamente por desarrollar los aspectos más positivos de la naturaleza humana, no focalizándose la atención solo en las cuestiones más mezquinas del ser humano. Se ha pasado de una visión centrada en el déficit a otra con interés en las potencialidades y capacidades; nos referimos a lo que se ha venido a denominar Psicología Positiva. Dentro de la materia que aquí nos ocupa, este vuelco conceptual puede estar representado con la aparición de conceptos como resiliencia, buentrato, bienestar infantil o parentalidad positiva y autores como Jorge Barudy, Félix López, Stefan Vanistendael o los ya anteriormente referenciados Boris Cyrulnik y María José Rodrigo.

Barudy (2005) contempla la parentalidad como uno de los componentes dentro de su modelo ecológico de los buenos tratos (Fig. 5). Se constituiría en un componente intrafamiliar muy relevante para asegurar el buen trato. Para este autor, el concepto de competencias parentales es una forma semántica de referirse a las capacidades prácticas que tienen los padres para cuidar, proteger y educar a sus hijos, asegurándoles un desarrollo suficientemente sano. La adquisición de unas adecuadas competencias

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parentales sería el resultado de una confluencia de factores, a saber, una predisposición biológica, una utilización adecuada de los recursos que ofrece la comunidad donde los padres están inmersos, unas experiencias de buen trato por parte de los padres con sus familias de origen respectivas y finalmente, los procesos de aprendizaje propios de una cultura. Las capacidades parentales y las habilidades parentales se constituyen en los componentes de la parentalidad. El efecto de unos componentes adecuados de la parentalidad supondrá unos buenos tratos a la infancia, que a su vez vendrán representados no solo por satisfacer adecuadamente las necesidades de los hijos, sino también por ser conscientes de que éstas son evolutivas, adaptándonos a las mismas. Además sugiere un período crítico en la puesta en práctica de estos componentes parentales, apuntando que los buenos tratos, sobre todo antes de los tres años, son fundamentales para sembrar una infancia y adolescencia sana, así como una adultez constructiva y altruista.

< 3 AÑOS

Experiencias de Buen Trato con la familia

Procesos de Aprendizaje (cultura y familia de origen)

Predisposición Competencias Parentales Recursos comunitarios Biológica Capacidades Parentales Habilidades
Predisposición
Competencias Parentales
Recursos comunitarios
Biológica
Capacidades Parentales
Habilidades Parentales
Apego
Empatía
Modelos Participación
Plasticidad/
Crianza
recursos comunit.
Singularidad
Plasticidad
(necesidades evolutivas)
BUENOS TRATOS A LA INFANCIA
Necesidades infantiles/
Bienestar infantil

Fig. 5. Modelo de Buenos Tratos (Barudy, 2005).

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En el intento de dar respuesta a cómo deben ser cuidadas las crías de la especie humana para que sean satisfechas sus necesidades dentro del contexto familiar, López (2008) también señala algunas características que deberían tener los adultos cuidadores o figuras de apego, además de mostrar ciertas prácticas educativas. En este sentido, propone, entre otras condiciones, la planificación y el deseo de tener hijos, la disponibilidad de varias figuras de apego por parte del infante, estabilidad y armonía en las relaciones entre ambos padres, disponibilidad de tiempo, accesibilidad, coherencia en los comportamientos con el niño y aplicar formas de disciplina inductiva.

4.3. Parentalidad y problemas adaptativos en los hijos.

El componente pragmático de la parentalidad, en su vertiente sociabilizadora, ha sido quizás el más estudiado por los diferentes investigadores; ya en los años 70, las aportaciones de Baumrind (1971) mostraban una asociación entre los estilos de crianza de los padres y el comportamiento infantil. Esta autora establecía tres formas de ejercer por parte de los padres el control sobre sus hijos: autoritaria, permisiva y democrática.

Los padres autoritarios se caracterizan por utilizar en gran medida las restricciones severas, con escasas o nulas conductas democráticas y empleando métodos coercitivos como el castigo físico; además, suelen ser distantes en el trato con sus hijos, ocupando una posición de poder y no dando posibilidad a los hijos de cuestionar las normas. Así las cosas, los hijos de padres autoritarios tienden a ser obedientes, tímidos, ordenados y perfeccionistas en exceso, orientados a premios y castigos, poco espontáneos, con dificultades en la expresión de afecto en sus interacciones, poco agresivos, pasivos y conformistas (Baumrind, 1989). En este sentido, Ramírez (1999) se refiere a que estos hijos probablemente serán obedientes, pero no felices. Por otro lado, Nardone, Giannotti y Rocchi (2003) apuntan al riesgo que corren los hijos de estas familias, cuando llega el momento en que estos últimos no quieren someterse a las normas de los padres y por consiguiente elaboran procesos de independencia mal avenidos, como por ejemplo, abandonar la casa de los padres muy tempranamente, embarazos no deseados, problemas de conducta, o formar parte de pandillas o grupo de iguales teñidos de una rebeldía anti sistema.

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Por su parte, los padres permisivos se muestran excesivamente tolerantes, piensan que los hijos autorregularán su conducta de forma espontánea, por lo que no utilizan el castigo y les resulta muy complicado aplicar e inculcar normas. Los hijos de padres permisivos presentarán marcadas dificultades para asimilar normas, asumir responsabilidades y controlar impulsos. Son niños que presentarán numerosas rabietas e insistencias con la finalidad de conseguir lo que desean, teniendo mayores posibilidades de presentar trastornos de conducta (Rabazo, 1999). Además suelen ser pasivos, con escasa creatividad y baja autoestima.

Por último, los padres democráticos son capaces de proporcionar límites claros a los hijos, combinando de una forma sensata control, afecto, comunicación y exigencias en función de la madurez de los niños. Se muestran negociadores con los hijos, haciendo partícipe a estos últimos de la toma de decisiones. De esta forma, los hijos de estos padres muestran una alta autoestima, tienen mayor facilidad para autorregular su comportamiento, son activos, independientes y afectivos, mostrando mayor capacidad para afrontar situaciones nuevas. Este último estilo de control sobre los hijos se constituiría en el más idóneo para favorecer un adecuado desarrollo del niño (Baumrind,

1971).

Para Steinberg, Lamborn, Dornbosch y Darling (1992) las prácticas de crianza son un conjunto de actitudes transmitidas a los hijos que, en su totalidad, crean un clima emocional favorecedor del bienestar y desarrollo de los niños. Sin embargo, dentro del ámbito de la intervención psicosocial, existen profesionales que trabajan con el niño y su familia que pueden dar crédito de cómo este desarrollo de los niños se puede ver altamente comprometido por la utilización por parte de los padres de prácticas de crianza y estilos educativos disfuncionales que darían lugar a problemas adaptativos en el niño.

Durante las últimas décadas ha surgido una línea de investigación en psicología que centra su interés en el estudio de estas prácticas educativas disfuncionales llevadas a cabo por los padres, y su efecto en el desarrollo psicosocial de los hijos. Parece ser que la mayoría de investigaciones concluyen que tanto las prácticas educativas abusivas y basadas en el poder, como aquellas que están carentes de afecto se constituyen en

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factores de riesgo relevantes para el bienestar psicológico del niño (Kolko y Kazdin, 1990; Goldberg, 1990; Mann y Mackenzie, 1996; Ramírez, 1999, 2002). Otras investigaciones como el estudio de Pettit, Bates y Dodge (1997) asocian las prácticas punitivas puestas en práctica por los padres con problemas adaptativos en los hijos, y las prácticas que se basan en apoyo a los hijos con ajuste psicológico de los mismos.

El apoyo emocional y la aceptación de los hijos se traducen en conductas de afecto por parte de los padres. Según algunos estudios (Cabrera et al., 2006; Cabrera y Guevara, 2007) con estas actitudes paternales los hijos se sienten cómodos y evitan la presencia de problemas de conducta, ansiedad y depresión. Así, los hijos de padres afectivos tienden a ser más independientes, más sociables y con mayor confianza en sí mismos (Lila, Musitu y Buelga, 2001; Musitu y García, 2004).

En esta misma línea, existen estudios que encuentran una relación inversa entre el afecto y el apoyo parental y los problemas externalizados. De este modo, Eisenberg et al. (2001) señalan que si los hijos observan expresión de emociones positivas por parte de sus padres (aunque no vayan dirigidas necesariamente hacia el propio hijo) tendrán menos posibilidades de desarrollar problemas externalizados.

El control psicológico es una práctica de crianza negativa que algunos padres ponen en práctica con los hijos. Dicha práctica consiste en pautas manipuladoras de conducta basadas en el afecto condicional, con amenazas de retirada de afecto y con la finalidad de controlar el mundo psicológico del niño. Es de suponer que este comportamiento parental no favorece la autonomía y la independencia del infante, dañando su desarrollo psicológico y social.

En efecto, hoy en día se cuenta con notable evidencia sobre la asociación que tiene este tipo de práctica de crianza con síntomas psicopatológicos tanto internalizantes como externalizantes. Así, para Barber (2002), los padres que ejercen estas conductas manipulan las emociones de sus hijos, sus juicios son degradantes y se asocian a síntomas internalizantes (ansiedad, falta de confianza e iniciativa) y externalizantes (conductas agresivas y ruptura de normas). Asimismo, el estudio de Delgado (2000)

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sigue la misma línea que el autor anterior, encontrando que el control psicológico o emocional se liga a síntomas internalizantes y externalizantes en el infante.

Otras investigaciones como las llevadas a cabo por Cabrera et al. (2006), López y Little (1996) asocian el control psicológico, conjuntamente con el castigo físico, con ansiedad y depresión en los hijos. Causa relativa incredulidad cómo alguna evidencia empírica relaciona la alta intensidad de esta práctica de crianza asociada también a un alto grado de expresión de afecto, con la presencia de problemas internalizados en los niños. Justamente, Aunola y Nurmi (2005) apuntan que la combinación en este grado de estas dos prácticas de crianza da lugar a ansiedad y dependencia emocional en el niño, identificándose altamente este último con el clima emocional familiar. Asimismo la ansiedad y la depresión infantojuvenil ha sido también relacionada con prácticas sobreprotectoras de cuidado (Newcomb, Mineka, Zinbarg y Griffith, 2007).

En lo que respecta a síntomas externalizantes, Pettit y Laird (2002) asocian el control psicológico con conducta delincuente. En otro trabajo, Prinzie et al. (2004) señalan que las prácticas de crianza caracterizadas por coerción alta y conductas disciplinarias exageradas o desproporcionadas se relacionan con problemas externalizados en los hijos. Por su parte, Eisenberg y Valiente (2002) asocian el comportamiento antisocial con coerción, falta de afecto, afecto negativo (ira y hostilidad) y castigo físico aplicado por los progenitores, entre otros factores.

Un estilo parental caracterizado por agresividad e ira correlaciona con problemas internalizados en los hijos, tales como depresión, conducta suicida y ansiedad (Gershoff, 2002; Musitu, Buelga, Lila y Cava, 2001), también con síntomas externalizados, como conducta delictiva y agresiva (Gershoff, 2002; Repetti, Taylor y Seeman, 2002). En esta misma línea, Pinderhughes, Dodge, Bates, Pettit y Zelli (2000) asocian el castigo físico que ejercen los padres con la aparición de conducta antisocial y agresiva en los hijos. Por otro lado, O´Keefe (1994) y Ramírez (2004) postulan que las prácticas violentas y agresivas generan problemas externalizados en los niños. Este tipo de prácticas de crianza llevadas a cabo por los progenitores, proporcionan al niño modelos para aprender conductas antisociales a la hora de resolver conflictos en las relaciones sociales en vez de estilos asertivos de comunicación. Patterson (2002), con su

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Teoría de la Coerción, refleja bien lo anterior cuando postula que a través del mecanismo “condicionamiento de escape” el niño aprende a responder de forma hostil y oposicionista a fin de escapar o terminar con los comportamientos agresivos de sus padres.

El interés por la relación entre los hábitos de crianza de los padres y la conducta agresiva de los hijos se ha manifestado a través de la elaboración de distintas teorías desde antes de los años setenta (Carrasco y González, 2006). Variables como la falta de afecto, el rechazo y el uso del castigo como herramienta para controlar la conducta del niño, se han intentado estudiar y relacionar con la manifestación de agresividad por parte de estos últimos (Raya, Pino y Herruzo, 2009). En esta línea, Sheehan y Watson (2008) indican que una disciplina agresiva, caracterizada por un grado de razonamiento bajo, y alto grado de agresividad física, verbal y emocional forja en los hijos comportamientos agresivos. Por su parte, Eisenberg et al. (2005) apuntan que los hijos de padres afectivos son menos proclives a manifestar ira y a presentar comportamientos agresivos.

En vez de prácticas de crianza específicas como las que acabamos de ver, otras propuestas empíricas han optado por el interés en averiguar qué estilos educativos parentales se relacionan con la agresividad en los niños. Así, en el estudio con población española de Tur, Mestre y Del Barrio (2004) se concluye que los estilos educativos excesivamente autoritario y excesivamente permisivo, respectivamente, se asocian a comportamiento agresivo en los hijos.

Tanto el estilo educativo autoritario como el permisivo han sido además relacionados con otras conductas psicopatológicas que provocan sufrimiento en el niño. Por ejemplo, el estilo autoritario produce en los hijos bajo nivel de autoestima, dificultades en las relaciones sociales y en el desarrollo de la empatía (Llopis y Llopis, 2001). Del mismo modo, López-Soler, Puerto, López-Pina y Prieto (2009) consideran a este estilo educativo como un buen predictor de la inadaptación social y personal. En sus investigaciones, Richard de Minzi (2005) indica que las familias autoritarias generan inseguridad, evitación de los problemas, depresión y soledad. En lo que respecta al estilo permisivo, este se asocia a conducta impulsiva e incontrolada,

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mostrando el niño, por el contrario, una competencia social normal (García Linares, Pelegrina y Lendínez, 2002). Es el estilo educativo democrático el que mantiene una relación positiva con la adaptación del niño en sociedades industrializadas y población no clínica, tanto a nivel social como personal (López-Soler et al., 2009, Steinberg,

2001).

Por otro lado, en el estudio de Fernández, Godoy y Morales (1990), el cual compara muestras pertenecientes a población pediátrica y normal, se encuentra que los niños y niñas concernientes a la población pediátrica perciben el estilo educativo paterno y materno como restrictivos, inadecuados, punitivos y despreocupados. Además esta valoración es de mayor intensidad en niños con trastornos externalizantes que en trastornos internalizantes.

Otros estudios realizados con adolescentes (Meesters y Muris, 2004) han centrado el interés en la forma que tienen los hijos de afrontar los problemas y su relación con las pautas de crianza. Estos autores encuentran que la expresión de afecto por parte de la madre se relaciona con unas estrategias de afrontamiento activo por parte de los hijos, estrategias centradas en el problema, mientras que cuando los padres expresan rechazo a los hijos, estos últimos tienen más posibilidades de utilizar ante los problemas estrategias de afrontamiento pasivo centradas más en las emociones.

La relación entre competencia académica y prácticas de crianza también ha sido un tema de interés entre los investigadores. De esta forma, Steinberg, Elmen y Mounts (1989) en un estudio con muestras adolescentes encontraron que aquellos hijos cuyos padres proporcionaban afecto, favorecían la autonomía y proporcionaban demanda de madurez, es decir, estilo educativo autoritativo, según la tipología de Baumrid (1971), obtenían mejores resultados académicos. Investigaciones de autores españoles (Pelegrina, García y Casanova, 2002) concluyen también en este sentido.

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5. Conjugación de la Conyugalidad y la Parentalidad: los espacios relacionales básicos.

En el capítulo anterior hemos analizado los dos pilares básicos que sustentan a la familia, la conyugalidad y la parentalidad; hemos precisado dichas dimensiones, haciendo coincidir sus respectivas definiciones con lo que entendemos como amor conyugal y amor parental, ambas formando parte de la nutrición relacional, y también hemos desarrollado sus respectivos elementos. En este apartado vamos a intentar profundizar en el Modelo de las Relaciones Familiares Básicas de Linares (1996, 2000, 2002, 2006) comenzando por examinar o explorar el paisaje relacional definido por la conjugación de ambas dimensiones. Efectivamente, Linares (1996, 2000, 2002, 2006) lleva a cabo una serie ordenada de las distintas formas que pueden adoptar la conyugalidad y la parentalidad, en función del deterioro o no de estos dos pilares fundamentales, consiguiendo elaborar un esquema con cuatro espacios relacionales (Fig. 6):

Parentalidad

Conservada

Conyugalidad

Armoniosa

Parentalidad Conservada + Conyugalidad Armoniosa ESPACIO SALUDABLE

Parentalidad Conservada

+

Conyugalidad Armoniosa

ESPACIO

SALUDABLE

Parentalidad Conservada + Conyugalidad Disarmónica ESPACIO DE TRIANGULACIÓN

Parentalidad Conservada

+

Conyugalidad Disarmónica

ESPACIO DE

TRIANGULACIÓN

Parentalidad Deteriorada + Conyugalidad Armoniosa ESPACIO DEPRIVADOR

Parentalidad Deteriorada

+

Conyugalidad Armoniosa

ESPACIO

DEPRIVADOR

Parentalidad Deteriorada + Conyugalidad Disarmónica ESPACIO CAOTIZANTE

Parentalidad Deteriorada

+

Conyugalidad Disarmónica

ESPACIO

CAOTIZANTE

Conyugalidad

Deteriorada

Parentalidad

Deteriorada

(Adaptado de Linares, 2006)

Fig. 6. Espacios relacionales derivados de la conjugación de las dimensiones Conyugalidad y Parentalidad.

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En primer lugar nos encontramos un espacio relacional en el que se observa una combinación entre una parentalidad conservada y una conyugalidad armoniosa, contexto que daría lugar a un clima familiar saludable para el niño y por tanto libre de maltrato y preservador de daños psicológicos y trastornos psicopatológicos. En este caso se darían las condiciones óptimas para una adecuada nutrición relacional. La pareja parental, fruto de la experiencia que han tenido con sus respectivas familias de origen, son capaces de mantener intactos los componentes cognitivos, emocional y pragmático de la parentalidad, sintiéndose el niño por tanto reconocido, valorado, querido, cuidado y protegido. A la vez, la díada conyugal es capaz de gestionar adecuadamente sus conflictos como pareja.

En el cuadrante inferior izquierdo podemos encontrar un espacio relacional en el que la parentalidad se encuentra en un primer momento conservada, de tal forma que los padres no presentan deficiencias en el trato con los hijos; sin embargo, sucede que la pareja presenta conflictos en su relación e indirectamente va a afectar a las funciones parentales, desembocando finalmente en una situación denominada espacio de triangulación (Linares, 2006) y ante un escenario de parentalidad (primariamente) conservada y una conyugalidad disarmónica. En este espacio relacional el niño va a tomar parte activa en los conflictos de pareja con el consiguiente perjuicio para el infante. Los padres se mostrarán incapaces de resolver adecuadamente sus disputas conyugales e incluirán a los hijos en forma de alianza buscando un apoyo.

En el cuadrante superior derecho podemos ver un contexto relacional precisado por una conyugalidad armoniosa y una parentalidad deteriorada, situación en la que las funciones parentales se encuentran primariamente deterioradas y no producto de una conflictiva conyugal, a este escenario Linares (2006) lo califica de espacio deprivador. En este caso los padres perciben la parentalidad de forma amenazante y estresante, lo cual hace que antepongan sus propias necesidades a la de sus hijos; la pareja parental estará muy centrada en el vínculo conyugal descuidando la parentalidad y el cuidado de los niños.

Por último, nos encontramos ante un espacio relacional donde las dos funciones básicas, conyugalidad y parentalidad, están deterioradas. El niño se encontrará

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inmerso en un ambiente familiar bastante caótico y desorganizado, siendo esta situación bastante comprometida para el desarrollo del infante. Este tipo de contexto será más frecuente observarlo en familias multiproblemáticas y desfavorecidas y se delimita como espacio caotizante (Linares, 2006).

Creemos relevante señalar, que la ubicación de las familias en este modelo ortogonal no es algo estático, ni inamovible, siendo factible el hecho de que un sistema familiar pueda pasar de un espacio relacional a otro debido a los cambios evolutivos que puede sufrir una familia, además de los sucesos que pueden acontecer a lo largo del tiempo y a los que están expuestos los núcleos familiares, se añade también el ciclo vital que experimentará el subsistema conyugal; así lo expone Ibáñez (2008) cuando precisa que las parejas pueden tornarse funcionales y disfuncionales dependiendo de los eventos críticos por los que atraviese. En este sentido, y afortunadamente, podemos decir que una familia enmarcada en un contexto caotizante puede posteriormente situarse en un espacio funcional debido a cambios sociales significativos, y también producto de la intervención psicoterapéutica. En esta línea, podemos añadir también que es difícil encontrar un sistema familiar que se sitúe de una forma pura, libre y exenta, en un único espacio relacional, de tal forma que una familia puede sufrir consecuencias psicopatológicas –que más tarde describiremos- propias de los tres espacios disfuncionales: triangulación, deprivación y caotización. A continuación pasaremos a describir con mayor detalle cada uno de estos espacios relacionales disfuncionales en los que puede estar inmerso el niño.

5.1.

Parentalidad

(primariamente)

conservada

y

Conyugalidad

disarmónica: el niño triangulado.

Bethymouti (2008), en su intento de relacionar la organización trianguladora con los procesos psicóticos, delimita la triangulación de la siguiente forma: a) se produce una alianza entre generaciones, alianza entre la madre y el hijo, y/o entre el padre y el hijo; b) se origina una búsqueda de apoyo del hijo en la disputa con el cónyuge; c) uno o los dos padres rechazan la relación del hijo con el otro padre. En efecto, lo anterior resulta una situación en la que padres y madres se muestran incapaces de resolver sus

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conflictos conyugales directamente entre ellos e involucran de forma consciente o inconsciente a sus hijos en el conflicto.

Según Campo y Linares (2002) la organización interna de la pareja trianguladora se conforma por una jerarquía simétrica (Fig.7), en la que ambos miembros de la díada pretenden ganar en sus disputas, cada uno procura llevar la razón a toda costa y no están dispuestos a ceder. Ante esta tesitura conyugal no es de extrañar que existan tentativas de asociación con algún otro miembro del sistema familiar con la finalidad de ganar la “batalla”. Grych y Fincham (1993) comentan que incluso a veces, son los propios hijos los que pueden sentir la necesidad de implicarse en los conflictos de los padres. De todas formas, y a pesar de que las familias de origen se convierten frecuentemente en la temática de conflictos y desencuentros de este tipo de pareja, no suelen ser los actores principales del conflicto, ni acostumbran a invadir el espacio relacional conyugal. En cuanto a la cohesión, se da un desligamiento y un clima de frialdad emocional importante entre los “parteners”; por el contrario, se produce un aglutinamiento con otros miembros de la familia (hijos, miembros de la familia de origen y extensa) que se constituirían en los aliados. Además presentan bastante rigidez, no adaptándose adecuadamente a los cambios, ya que el conflicto es lo que va a centrar prácticamente la atención de la pareja, no estando abiertos a priori a influencias externas que permitan una modificación en la estructura familiar. Por otro lado, si analizamos la mitología de este tipo de pareja podemos ver un desacuerdo evidente entre los miembros de la díada en cuanto a los valores y creencias, ninguno de los dos estará dispuesto a aceptar al otro desde la independencia, con lo que no admitirá la manera de pensar y de ver el mundo que tiene el compañero. Esto provocará que emerjan emociones negativas hacia la pareja como la tensión, irritabilidad y frialdad afectiva, teniendo además rituales escindidos, con costumbres y hábitos diferentes e incompatibles. Tanto la organización interna de la pareja trianguladora como su mitología están ya presentes antes del nacimiento de los hijos, una vez que estos últimos aparecen en escena se convertirán en potenciales aliados de la pareja. En este sentido, Lindahl, Clements y Markman (1997) concluyen que la pareja estando en conflicto antes del nacimiento del hijo, tiene muchas posibilidades de triangularlo cinco años más tarde. Por su parte, Cortés (2002) postula que con la edad, el niño va tomando conciencia de los conflictos y de la problemática relacional de sus padres, lo que

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provoca que se implique cada vez más en las disputas, el niño piensa que tiene que tomar partido y además puede considerar que alguno de sus padres puede estar molesto con él por creerlo la causa del conflicto. Otras investigaciones (Wallerstein y Kelly, 1980; Wallerstein, 1985) confirman que las desavenencias conyugales también pueden dar a los hijos la oportunidad de enfrentar a los padres entre sí, de esta manera algunos niños desarrollarían una gran capacidad de manipulación y explotación.

LA PAREJA TRIANGULADORA
LA PAREJA
TRIANGULADORA
ORGANIZACIÓN INTERNA
ORGANIZACIÓN
INTERNA

JERARQUÍA INTERNA:

-SIMÉTRICA

ORGANIZACIÓN INTERNA JERARQUÍA INTERNA : -SIMÉTRICA MITOLOGÍA VALORES Y CREENCIAS : -DIFERENTES ENTRE LOS
MITOLOGÍA
MITOLOGÍA

VALORES Y CREENCIAS:

-DIFERENTES ENTRE LOS MIEMBROS.

VALORES Y CREENCIAS : -DIFERENTES ENTRE LOS MIEMBROS . COHESIÓN: CLIMA EMOCIONAL : -DESLIGADA ENTRE LA

COHESIÓN:

CLIMA EMOCIONAL:

-DESLIGADA ENTRE LA PAREJA

-FRIALDAD AFECTIVA -IRRITABILIDAD

-AGLUTINAMIENTO CON OTROS MIEMBROS.

AFECTIVA -IRRITABILIDAD -AGLUTINAMIENTO CON OTROS MIEMBROS. ADAPTABILIDAD RITUALES: -RÍGIDA - ESCINDIDOS
AFECTIVA -IRRITABILIDAD -AGLUTINAMIENTO CON OTROS MIEMBROS. ADAPTABILIDAD RITUALES: -RÍGIDA - ESCINDIDOS

ADAPTABILIDAD

RITUALES:

-RÍGIDA

-ESCINDIDOS

Fig. 7. La pareja trianguladora.

Son muchos los autores que han investigado las estructuras triangulares familiares haciendo aportaciones muy interesantes a la comprensión del funcionamiento familiar y su relación con la psicopatología infanto-juvenil; sin embargo, podríamos destacar tres autores muy importantes en este campo: Jay Haley, Salvador Minuchin, y más recientemente Juan Luis Linares, que nos plantea una tipología de los espacios de triangulación. Pasemos a exponer los puntos principales de las teorías de estos autores en relación a la temática que en este apartado nos ocupa.

Haley (1998) elabora una teoría de los sistemas patológicos, centrándose en las relaciones triádicas. Las tríadas serían diferentes a los triángulos. En una tríada la

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madre se relaciona con el hijo sabiendo cómo diferenciarse de él y manteniendo a la vez unas interacciones con el padre adecuadas; en esta relación con el padre, la madre es capaz de transmitir al hijo que hay momentos en los que el niño no tiene cabida. El padre también es consciente del binomio madre-hijo, no viviendo esta interacción como una amenaza a la relación padre-madre y comprometiéndose fácilmente con el hijo. Esta tríada podría llegar a convertirse en un triángulo cuando se diese una coalición de los dos miembros que poseen diferente jerarquía o que pertenecen a dos generaciones diferentes (por ejemplo madre-hijo), dirigiéndose esta coalición contra el otro miembro de la tríada (padre). Haley (1998) y Bowen (1960), describen que el triángulo y la tríada forman parte de un “continuum”, transformándose la tríada en triángulo en momentos o situaciones de ansiedad de la díada; acabada esta situación, el sistema puede volver de nuevo a la estructura de tríada. Justicia (2003) señala el papel que juegan los hijos tratando de estabilizar el sistema cuando la relación entre los padres, bajo condiciones de estrés, tiende hacia la inestabilidad. Por tanto, el triángulo tendría la función de disminuir la tensión de la díada, desviando el conflicto hacia una tercera persona. A diferencia de la tríada, en el triángulo el clima emocional es muy intenso, habiendo rigidez en los movimientos y los límites de los miembros del sistema. En relación a esto último, Bowen (1960) también introduce los conceptos de “diferenciación” y “masa del ego familiar indiferenciada” para aludir al poco grado de diferenciación que muestran las familias patológicas, los miembros de estos sistemas familiares manifestarían poca capacidad para construir un yo individual a partir de un yo colectivo familiar. Esta falta de diferenciación a la que alude Bowen es mencionada también por otros autores, así Wynne (1961) propone el concepto de pseudomutualidad y Minuchin (2003) describe un tipo de familia que denomina “enredada”.

Para Haley (1998), el hecho de formar parte de un triángulo no es infrecuente, incluso es esperable, ya que los padres en su relación de pareja van a pasar por momentos o situaciones de ansiedad que el sistema inevitablemente va a intentar paliar. Sin embargo, el hecho de pertenecer en algún momento a una estructura triangular no conllevaría invariablemente una situación patológica, aunque sí pueden aparecer emociones como los celos, discrepancias o contrariedades. En efecto, Haley (1998) acuñó el término triángulo perverso para referirse a las situaciones en las que este juego familiar se torna patológico, conduciendo a comportamientos inadecuados y relaciones

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de violencia entre sus miembros o a la propia disolución del sistema. Así, los síntomas psicopatológicos aparecerían cuando la coalición no se reconoce o es negada, o cuando estando dentro de un triángulo, se permanece en este escenario durante mucho tiempo sin que esta situación sea consciente para sus miembros. El triángulo perverso sería por tanto aquél en el que los límites que separan a los miembros de distintas generaciones se rompen de forma inconsciente u oculta, permaneciendo durante mucho tiempo esta circunstancia. Esta estructura supondría un problema serio para el desarrollo de la individualidad y las relaciones sociales.

Con su teoría, Jay Haley da un giro importante en el estudio del comportamiento psicopatológico de la persona, se pasa de la consideración del individuo de forma aislada, apuntando a sus funciones psíquicas, carácter, pulsiones y emociones, al estudio del sujeto en la relación con sus semejantes, el individuo en la relación con su contexto. La tríada se constituiría en el foco potencial del comportamiento patológico, escapando al registro consciente de sus miembros.

Minuchin (2003), considera que el terapeuta se constituye en un delineador de límites cuyo funcionamiento debe evaluar, además de los distintos subsistemas familiares, obteniendo así un diagnóstico adecuado en aras a orientar correctamente la intervención. Este autor hace referencia a los procesos de triangulación cuando expone los problemas que pueden existir con los límites de los subsistemas. En este sentido, es posible que aparezcan tendencias disfuncionales cuando un subsistema recurre siempre a un mismo no miembro para resolver conflictos del subsistema. Es lo que ocurre cuando los padres recurren a un hijo para evitar o alejar los conflictos que existen entre ellos. Minuchin (2003) acuñó el término de tríada rígida para referirse a la situación en la que los límites entre el subsistema parental y el hijo se hacen difusos, y los límites relacionados con la tríada padres-hijos, que deberían ser difusos, se hacen inadecuadamente rígidos. En la resolución de sus conflictos, los padres harían una utilización rígida del niño, adoptando varias formas:

-En la triangulación, cada padre intenta que el hijo se una a él para ir contra el otro padre. Cada vez que esto sucede, el padre no aliado percibe el comportamiento del

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niño como un ataque hacia su persona, acarreando un sufrimiento importante en el niño al encontrarse en una situación de inmovilización o estancamiento.

-En el rodeo, las situaciones de tensión de los cónyuges se “resuelve” centrando toda la atención en algunos comportamientos del niño. De esta forma, los padres se asientan en una armonía ilusoria. Los padres focalizan su atención en el niño percibiéndolo como fuente principal de los problemas familiares etiquetándolo como malo. En otras ocasiones pueden percibir al niño como débil o enfermo uniéndose para protegerlo.

-Por último, en la coalición estable uno de los padres se alía con el hijo para ir en contra del otro padre. Este escenario se diferencia de la triangulación porque no se da sólo un mero intento, sino que se edifica una alianza plenamente consolidada.

Ya hemos comentado que Linares (1996, 2002, 2006) se refiere a los espacios de triangulación como dinámicas familiares en las que el vínculo establecido entre padres- hijos (parentalidad), inicialmente conservada, puede verse secundariamente deteriorada por el impacto de los conflictos conyugales (conyugalidad disarmónica). En este sentido, se puede decir que los padres pierden los papeles parentales en el fragor del combate conyugal. Para este autor una pareja disarmónica puede triangular de cuatro formas diferentes a los hijos (Fig. 7):

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ESPACIOS DE TRIANGULACIÓN

TRIANGULACIÓN TRIANGULACIÓN MANIPULATORIA DESCONFIRMADORA TRIANGULACIÓN TRIANGULACIÓN EQUÍVOCA COMPLEMENTARIA
TRIANGULACIÓN
TRIANGULACIÓN
MANIPULATORIA
DESCONFIRMADORA
TRIANGULACIÓN
TRIANGULACIÓN
EQUÍVOCA
COMPLEMENTARIA

PARENTALIDAD

(PRIMARIAMENTE)

CONSERVADA

CONYUGALIDAD

DISARMÓNICA

Fig. 7. Los espacios de triangulación.

5.1.1. La triangulación manipulatoria.

En la triangulación manipulatoria alguno de los dos padres, o los dos, establecen una alianza con el niño ofreciéndole beneficios para ganarlo, se transmite al niño el mensaje “yo te puedo dar más que el otro”. Son las triangulaciones más fáciles de constituir y también las más frecuentes. Lidz, Cornelison, Carlson, y Fleck (1974) utilizaban el término “cisma marital” que tiene relación con este tipo de triangulación. Estos autores describían el cisma marital como la consecuencia de una situación conyugal de escalada simétrica, donde los padres se empeñan en difamarse el uno al otro en presencia de los hijos, dando lugar a que estos últimos formen parte activa del conflicto, creándose dos grupos familiares enfrentados. Este juego relacional producirá conflictos de lealtad en el hijo y miedo a perder a alguno de los dos padres, fantaseando una retirada de afecto del padre no aliado. En esta línea, Borszomengy-Nagy (1973) hablaba ya del término “lealtad escindida” para referirse a la situación en la que el niño

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tenía que mostrar una lealtad incondicional hacia uno de los progenitores en detrimento del otro. Wallerstein y Blakeslee (1989) acuñan el llamado “Síndrome de Medea” para referirse a padres que, ante el conflicto conyugal, dejan de percibir a sus hijos como personas con necesidades propias concibiéndolos como una prolongación de ellos mismos, de tal forma que llega un momento en que el progenitor aliado y el hijo se convierten en una unidad funcionalmente indivisible ante el conflicto de pareja. Así, el niño se constituye en instrumento de venganza, e incluso la ira haga que uno de los padres secuestre al hijo.

Bolaños (2002) comenta que resulta altamente difícil que un niño se mantenga neutral ante un conflicto con dos polos opuestos, donde estos dos extremos lo constituyen dos personas (los padres) con las cuales mantiene una relación y una historia afectiva significativa. Se establece una situación bien definida donde existe una bipolaridad en la que el niño se ve obligado a elegir a uno de los dos padres, la situación no ofrece la posibilidad de elegir a los dos, elegir a uno significa rechazar al otro (“o estás conmigo o estás con el otro”). Se establece un sistema de doble parentalidad, un “continuum” que puede ir desde “los más groseros alineamientos en forma de coalición militante hasta sutiles vinculaciones preferenciales que hallan moldes facilitadores en la constelación edípica” (Linares, 1996, p. 79). Según Linares (2002) podemos encontrarnos con varias situaciones bipolares, donde cada extremo se identificará con cada uno de los padres: erotización frente a puritarismo, libertad frente a dependencia y el bien frente al mal. Finalmente el niño se convertirá en una figura importante que hará intentos por que los padres no se separen y por salvaguardar su teórico estado de pseudoarmonía, el niño por tanto se especializará en un auténtico detector de emociones que definen las desavenencias de los padres y también de otros adultos (Bolaños, 2002), manteniéndose constantemente alerta. Toda esta situación hará pagar un precio alto desde el punto de vista emocional y psicológico al infante, que posteriormente analizaremos y describiremos con mayor detalle.

La triangulación manipulatoria también la podemos observar en otros tipos de síndromes, el Síndrome del Juicio de Salomón y el Síndrome de Alienación Parental (Giovanazzi y Linares, 2007) en los que, separados los padres, los hijos se convierten en

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el símbolo de la ansiada victoria en el contexto de lucha simétrica en el que se

encuentran.

En todos estos tipos de situaciones bipolares que hemos visto el niño no llega a perder en el plano real a uno de los dos padres, todo se queda en el terreno de la fantasía; existe el miedo a perder pero no se llega a la pérdida, el niño se mueve entre los dos polos, no es capaz de decidir. Tal es el significado del síntoma, al fin y al cabo el síntoma tiene la finalidad de impedir la pérdida del otro progenitor. Sin embargo, nos podemos encontrar triangulaciones manipulatorias en las que sí existe una pérdida real, donde la alianza con el progenitor está claramente establecida y consolidada, surgiendo sentimientos claramente hostiles hacia el otro que genera una pérdida real, es decir, el progenitor no aliado rechaza a su vez al niño y le retira su afecto.

Otra cuestión importante que caracteriza a la triangulación manipulatoria es que, debido a los mensajes que se envían al niño en relación a los progenitores, este último presentará confusión en relación a cómo tratar a sus figuras significativas, al mismo tiempo que mostrará cierto desconcierto con la forma en que será tratado por estas

personas (Linares, 1996). Esta cualidad no solo estará presente con los padres sino que también se manifestará en relación con otras figuras sociales significativas, lo que supondrá un déficit o deterioro en la función sociabilizante. Efectivamente, la pareja parental responderá en el cumplimiento de las funciones nutricias, ya que ambos padres muestran un claro interés por los hijos, sin embargo no son capaces de conducir adecuadamente la doble parentalidad, con lo que inculcarán a los niños una inseguridad

en los patrones relacionales básicos. De todas formas, hay que comentar también que

este déficit en la función sociabilizadora no es del todo grave, ya que esta dinámica

relacional no implica una desprotección del niño, como sucede en otros espacios relacionales que analizaremos más tarde.

5.1.2. La triangulación desconfirmadora.

En la triangulación desconfirmadora, Linares (2002, 2007) plantea este término

como una integración de los conceptos “desconfirmación” de Watzlawick et al. (2002)

y “triángulo perverso” de Haley (1998). La desconfirmación es un proceso de

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naturaleza comunicacional que consiste en proporcionar mensajes a un individuo con el resultado de la alienación, es decir, los mensajes que se transmiten provocan la negación de la existencia del otro y por consiguiente la pérdida o destrucción de su identidad (Watzlawick et al., 2002). Ya describimos más arriba que el triángulo perverso de Haley (1998) consiste en una estructura familiar donde la individualidad del hijo es sacrificada a favor de los intereses relacionales de sus padres y donde el niño forma parte de una coalición patológica. Nos presentamos por tanto ante un niño inmerso en un contexto familiar donde se presenta un vínculo conyugal disfuncional, aunque en este caso (y a diferencia de la triangulación manipulatoria) la pareja se encontraría en un “impasse” o callejón sin salida, la pareja está bloqueada y no se observa un conflicto abierto o cisma marital propio de una escalada simétrica, sino más bien un conflicto conyugal encubierto donde uno de los progenitores se convierte en “provocador pasivo” e invita al hijo a participar en la resolución del conflicto conyugal, aliándose con él, e instigándole contra el otro progenitor, el “provocador activo”. En este sentido, el niño percibirá al “provocador activo” como verdugo de esta situación y por tanto culpable, asignando la razón al “provocador pasivo” que lo concebirá como víctima. El cónyuge que es rechazado por el hijo, en coalición con el otro, no cede y el niño fracasa en ese intento de lucha. Lo realmente neurálgico e inquietante de esta situación es que el progenitor aliado, una vez que ha descargado de forma pasiva y encubierta la rabia contra su pareja, que además ha expresado y compartido con el hijo el malestar que siente hacia su cónyuge, que incluso ha llegado a hacerle cómplice y que le ha manifestado que terminará con la relación, llega un momento en que se liga de nuevo a la pareja y rechaza al niño; se desvanecen por tanto aquellas promesas hechas a este último. Esto se debe a la extrema dependencia que muestra el progenitor aliado hacia su cónyuge y al valor que le concede a la disputa con este último, más que a las necesidades psicológicas del niño. Ante este panorama, el hijo se siente abandonado, traicionado, confundido y sobre todo desconfirmado, produciéndose un déficit importante en la nutrición relacional. En la misma línea, Selvini Palazzoli, Cirillo, Selvini y Sorrentino (1990) señalan que el hijo se da cuenta de que sus favores al progenitor aliado no sólo no son agradecidos sino que ni siquiera son necesarios. Linares (1996) comenta que el hijo paga su ingenuidad con la desconfirmación, aunque esta ingenuidad es interesada, ya que con esta posición dentro de la pareja parental obtiene como beneficio secundario el protagonismo. Esta cualidad de ingenuidad del

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hijo no es casualidad, ya que el padre aliado sabe a quién elegir para acometer la “batalla”, con lo que no es infrecuente encontrar formando parte de la triangulación desconfirmadora a los hijos más indefinidos y confusos dentro la fratría, o que ocupen un papel más secundario dentro de la familia.

5.1.3. La triangulación equívoca.

En este caso el hijo sufre un abandono relacional importante producto de una equivocación interesada de ambos padres, cada uno considera que el otro se está encargando de las necesidades afectivas del niño, adoptando una actitud de descuido. Linares (2007) indica que son padres que viven la parentalidad como una carga, cumpliendo sus funciones a disgusto y echándose en cara mutuamente sus respectivas pasividad e inhibición en relación a las tareas parentales; cada padre considera que sus obligados quehaceres parentales son producto del injusto absentismo parental del otro. Suelen ser parejas que están separadas desde hace ya mucho tiempo o parejas que conviven juntas pero que están bastante distanciadas. Así, el niño se siente en tierra de nadie desde el punto de vista relacional, ya que los padres no son capaces de darse cuenta de sus carencias, ni de su sufrimiento. Debido a este tipo de relación que tiene con las figuras adultas significativas, el niño suele convertirse en un eterno adolescente presentando una incapacidad para desarrollarse como adulto, a la vez manifestará desconfianza hacia estos últimos rechazando las normas sociales y centrándose en los iguales. Linares (2007) comenta que dentro de este tipo de espacio relacional nos podemos encontrar con algunas variantes, por ejemplo podemos ver a un progenitor muy cercano al niño, que no duda en atender las necesidades de éste, lo que hace que se produzca una desatención casi absoluta y un distanciamiento del niño muy evidente por parte del otro progenitor; cuando el ciclo evolutivo familiar demande una mayor autonomía del niño, el primero terminará por distanciarse también, minando la nutrición relacional. Otras posibilidades las encontramos cuando el progenitor que más atiende las tareas parentales es también el más frío y menos nutricio, o cuando el padre más desligado en estas funciones es también el más cálido pero también más rígido y autoritario. En todo caso, ninguna de las posibilidades descritas abriría la puerta a una nutrición relacional con fundamento, lo que provocará que el niño no se vincule de una manera firme y asentada a ninguna figura parental.

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Esta vez nos encontramos con una triangulación diferente a las vistas anteriormente, ya que no existe una alianza entre alguno de los progenitores y el niño para ir en contra del otro progenitor, sin embargo no deja de ser un triángulo en un contexto de disarmonía conyugal donde el niño se constituye en uno de los vértices y en la figura perjudicada por los conflictos conyugales de los padres, afectando finalmente a la parentalidad.

5.1.4. La triangulación complementaria.

La sintomatología indicada anteriormente se enmarca en un contexto conyugal de naturaleza simétrica, donde los dos padres se disputan el poder y la dirección de la relación sucediéndose conflictos constantes entre ellos. La situación de esta triangulación sucede en un marco de relación conyugal complementaria donde uno de los cónyuges posee el poder y el otro opta por un papel sumiso en la relación; de esta forma es más difícil que se produzca una participación del niño en forma de coalición en los juegos relacionales de la pareja. La participación del niño en este caso viene dada por una explotación o engaño por parte del padre dominante que seduce al niño haciéndole creer que se encuentra en una posición privilegiada. Esta configuración relacional o triangulación aparece en algunos casos de abuso sexual (Galán, Serrano y Rosa, 2007; Linares, 2002). Sin duda, este espacio relacional provocará un daño grave en el niño a nivel de nutrición relacional, ya que la víctima sentirá rechazo, odio y terror hacia el progenitor que abusa. Además, sentirá desprecio hacia el progenitor que no ha sabido darse cuenta o no ha hecho nada por evitar la situación de abuso, a pesar de ser conocedor del hecho, siendo percibido por el niño como figura que no protege, débil, sumiso y consentidor (Ibáñez, 2008).

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5.2.

Parentalidad

deteriorada

y

Conyugalidad

armoniosa:

el

niño

deprivado.

Linares (1996, 2002, 2006) describe esta disposición relacional como un espacio donde los juegos relacionales triangulares no son posibles puesto que el vínculo conyugal no está deteriorado. La pareja no va a necesitar aliados para resolver sus conflictos, teniendo un funcionamiento más o menos estable y adecuado en todas las áreas, los problemas empiezan a aparecer cuando la díada tiene hijos, ya que ambos miembros se van a ver abrumados e incomodados con la irrupción de la parentalidad. De esta manera, Linares y Campo (2000) apuntan que el niño no va a ser lo suficientemente valorado como para ser elegido como aliado en el caso de que en la pareja parental acaben generándose conflictos viablemente trianguladores, cuestión, como hemos comentado, poco probable o imposible. Esta improbabilidad de configurar estructuras trianguladoras ha hecho que a este espacio relacional se le haya denominado triangulación imposible(Linares, 1996).

Los progenitores se constituyen en una pareja complementaria donde es muy posible que los dos cónyuges sean diferentes entre sí y por tanto en sus actitudes parentales, de tal forma que podemos encontrarnos a un padre con un funcionamiento parental inadecuado y a otro no tanto, sin embargo el hecho de que uno de los dos tenga más poder en la relación nos sugiere pensar que en este caso el padre dominante es el disfuncional, con lo que las actitudes adecuadas del padre sumiso apenas se van a abrir un sitio en este contexto.

En este caso la parentalidad va a sufrir un menoscabo muy importante, no a consecuencia de una disarmonía conyugal, sino por la existencia de un deterioro primario, posiblemente como consecuencia de unas interacciones anteriores de los progenitores con sus respectivas familias de origen que han hecho que en la actualidad estos vivan la parentalidad como un fenómeno estresante, displacentero e incluso amenazador, y por tanto de difícil manejo. Esta situación va a desembocar en conductas deprivadoras, carenciadas y de escasa nutrición relacional; en efecto, estos padres se mostrarán narcisistas y egoístas, que hará que los hijos se sientan privados de derechos y necesidades importantes. Así, esta dimensión narcisista la podemos encontrar en los

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progenitores cuando van predicando una pseudo autosuficiencia, hablando del hijo en tono crítico, e incluso despectivo, y presentándose como “salvadores” de este último. Son padres que, en líneas generales, se viven como perfectos, con escaso reconocimiento de errores y limitaciones, que inclusive suelen atribuir a los hijos la causa de sus males y discusiones de pareja, signos, de nuevo, de la evidente falta de valoración o descalificación que estos padres muestran hacia sus hijos.

Otra cualidad de este espacio relacional es que los progenitores están bien adaptados socialmente, suelen ser valorados desde los equipos de salud mental, satisfarán las necesidades materiales de sus hijos, lo que hará que, generalmente, no llamen la atención de los servicios sociales, pero antepondrán sus necesidades a la de sus hijos, privándolos de los nutrientes afectivos necesarios para el adecuado desarrollo psicológico y social. En esta línea, Linares (2006) señala que se trata de una situación que pasa desapercibida ante terceros porque suele transcurrir en silencio, debajo de la solemne fachada del domicilio familiar. Esta característica no supone ni mucho menos que se convierta en menos perniciosa para los hijos, provocando daños psicológicos substanciales que posteriormente analizaremos.

Para Campo y Linares (2002), la pareja deprivadora (Fig. 8) presentará una organización interna compuesta por una jerarquía con predominio complementario, donde un miembro de la díada domina y el otro se deja dominar, estando ambos plenamente satisfechos y viviendo la relación con alta dependencia. Esto último hará que esta pareja muestre un alto grado de cohesión, con una considerable dosis de cercanía entre ellos, frente a la cual los hijos quedarán situados a una distancia considerable. Además de exhibir un desligamiento significativo con los hijos, alejándose de las funciones parentales, también sucede con las respectivas familias de origen; en realidad, este tipo de pareja se muestra muy distanciada de su entorno a nivel general, ya que tampoco mantienen acercamientos con amigos y conocidos. En lo referente a la adaptabilidad podemos decir que ésta es rígida, se constituye en una pareja poco tolerante con los cambios y muy poco flexible, la conyugalidad va a tener mucho más peso que la parentalidad con lo que la venida de esta última se va a vivir mal, la díada no va a estar dispuesta a hipotecar sus hábitos y su “bienestar” con la intrusión de estímulos novedosos. En cuanto a la mitología de la pareja que depriva, sus creencias y

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valores son inconmovibles, férreos y sólidos, con escaso margen para el cambio, a veces incluso estas creencias se convierten en verdaderos dogmas donde la posibilidad del cuestionamiento ni siquiera se concibe. En la misma línea, Linares y Campo (2000) exponen que estos valores y creencias encierran un culto a las apariencias, a “lo que está bien” y “lo que debe ser”. El clima emocional en esta pareja es frío, donde lo relacional prima frente a lo emocional, lo planificado a lo espontáneo y la fachada a la franqueza y sinceridad; en este sentido, estaremos frente a una pareja donde no se tolera la expresión de los sentimientos ni el amor espontáneo. La pareja suele mostrarse formal, cordial, simpática y correcta con el exterior, dando fe de familia respetable. Por último, en lo que respecta a los rituales diremos que son coherentes con los valores, con lo que tendremos unos hábitos rígidos y de obligado cumplimiento, sin la posibilidad de cambio alguno.

LA PAREJA DEPRIVADORA
LA PAREJA
DEPRIVADORA
ORGANIZACIÓN INTERNA
ORGANIZACIÓN
INTERNA
MITOLOGÍA
MITOLOGÍA

JERARQUÍA INTERNA:

VALORES Y CREENCIAS:

-COMPLEMENTARIA

-FÉRREOS -CASI DOGMÁTICOS.

: -COMPLEMENTARIA -FÉRREOS -CASI DOGMÁTICOS . COHESIÓN: CLIMA EMOCIONAL : -ALTA ENTRE LA PAREJA
: -COMPLEMENTARIA -FÉRREOS -CASI DOGMÁTICOS . COHESIÓN: CLIMA EMOCIONAL : -ALTA ENTRE LA PAREJA

COHESIÓN:

CLIMA EMOCIONAL:

-ALTA ENTRE LA PAREJA

-FRIALDAD AFECTIVA -RACIONAL

-DESLIGADA CON LOS HIJOS Y FAMILIA DE ORIGEN.

-RACIONAL -DESLIGADA CON LOS HIJOS Y FAMILIA DE ORIGEN. ADAPTABILIDAD -RÍGIDA. RITUALES: - RÍGIDOS

ADAPTABILIDAD

-RÍGIDA.

-DESLIGADA CON LOS HIJOS Y FAMILIA DE ORIGEN. ADAPTABILIDAD -RÍGIDA. RITUALES: - RÍGIDOS -OBLIGATORIOS

RITUALES:

-RÍGIDOS

-OBLIGATORIOS

Fig. 8. La pareja deprivadora.

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Según Linares (1996, 2002, 2006) este contexto deprivador nos sitúa en dos posibles configuraciones relacionales, que analizaremos a continuación (Fig. 9):

ESPACIOS DE DEPRIVACIÓN DEPRIVACIÓN PARENTALIDAD HIPERSOCIABLE DETERIORADA DEPRIVACIÓN HIPOSOCIABLE
ESPACIOS DE DEPRIVACIÓN
DEPRIVACIÓN
PARENTALIDAD
HIPERSOCIABLE
DETERIORADA
DEPRIVACIÓN
HIPOSOCIABLE

CONYUGALIDAD

ARMONIOSA

Fig. 9. Configuraciones relaciones del espacio deprivador.

5.2.1. La deprivación hipersociable.

La deprivación hipersociable consiste en una situación relacional en la que la parentalidad se caracteriza desde el punto de vista cognitivo por unos juicios y creencias marcados por una exigencia en alto grado, un clima emocional frío y una serie de conductas rígidas, disciplinadas y poco flexibles en lo que toca al componente pragmático. Linares y Campo (2000) hacen referencia a este espacio señalando que en este caso las funciones parentales sociabilizantes están muy deterioradas e incluso podríamos decir que se encuentran sobrevaloradas o hipertrofiadas. De este modo, hablamos de niños hipersociabilizados, debido a que los padres los han sometido a una responsabilidad excesiva y a exigencias muy altas, los deberes están por encima de los placeres o, expresado de otra manera, las funciones sociabilizantes priman sobre las

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funciones nutricias (afecto, reconocimiento y valoración), estando estas últimas supeditadas al cumplimiento de aquéllas. Los niños se van a encontrar con un clima emocional frío y contenido, en el que se van a controlar las emociones, estando prohibida su expresión. En esta situación, las figuras parentales conciben las cualidades del hijo como posibles factores útiles para la satisfacción propia, por tanto aquellas características del niño que no sean del agrado de los padres serán negadas y descalificadas, signos nuevamente de estar situados frente a un escenario de falta de reconocimiento y valoración, componentes cognitivos imprescindibles de la parentalidad funcional. El niño se verá en la tesitura de tener que satisfacer constantemente a sus padres, en el anhelo de conseguir esta nutrición emocional. El infante se va a sentir constantemente exigido y teme continuamente defraudar a sus padres, surgiendo la culpa como sentimiento verdaderamente incapacitante; del mismo modo, el niño también se sentirá endeudado con los padres, ya que estos se han encargado de transmitir muy sutilmente esta deuda a través de chantajes emocionales del tipo “con todo lo que hemos hecho por ti” o “nos estás haciendo sufrir”. Aparte de esto, el niño se sentirá además defraudado al comprobar que sus esfuerzos no consiguen el ansiado afecto de sus progenitores, manifestando incluso una hostilidad larvada. Frente a estas circunstancias relacionales, al niño no le queda más remedio que actuar en función de las normas sociales que respetará de una forma inflexible, estando subordinado al “qué dirán” y pendiente del “qué espera la gente de mí”, manifestándose a la sociedad con una identidad falsa que recuerda al personaje que describe Fisher (1999) en su best seller “El Caballero de la Armadura Oxidada”, caballero que se presentaba a la sociedad medieval con una armadura, la cual llevaba siempre consigo, con la dedicación o responsabilidad casi exclusiva de rescatar damiselas al objeto de ir alimentando su fachada, y con la finalidad encubierta de ocultar su profunda tristeza. Así es, éste parece ser el devenir de este niño, con una identidad hipotecada, producto de rescatar a sus padres del sutil nihilismo en el que se encuentran y de su búsqueda incansable de nutrición afectiva y relacional. No es de extrañar que los padres pertenecientes a este espacio relacional fallen también en la función sociabilizadora, más concretamente en su vertiente protectora, ya que estos estarán más pendientes de exigir responsabilidades a los hijos que de ejercerlas ellos mismos (Linares, 1996). En efecto, ante esta situación de desprotección, el niño puede acabar sometido a alguna modalidad de agresión por parte de la sociedad (inclusive

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situaciones de abuso sexual) ante la cual los progenitores, en vez de reaccionar protegiendo, entendiendo y consolando al niño, reaccionarán de forma hostil y culposa. En este sentido, Larrance y Twentyman (1983) detectaron que las madres negligentes manifestaban distorsiones cognitivas centradas en una percepción negativa del niño y en atribuciones internas y estables de sus comportamientos negativos; en la misma línea, Trowell, Hodges y Leighton-Laing (1997), en su análisis de familias emocionalmente abusivas, describen a estos padres como incapaces de darse cuenta de los cambios favorables de sus hijos, a los que perciben gravemente trastornados.

Linares y Campo (2000) describen algunos tipos de padres que se pueden encontrar en este tipo de entorno relacional. En este sentido, diremos que al tipo de padres narcisistas ya descritos anteriormente, hay que sumarle otro prototipo de padres que, asumiendo el rol dominante en el ya comentado contexto complementario, asignan al hijo responsabilidades de cuidado del progenitor débil o enfermo, todo esto con el consentimiento de este último y haciendo que el hijo abandone sus proyectos personales en aras a satisfacer los deseos paternos; el niño por tanto quedaría expuesto a una situación de parentalización por hacerse cargo de responsabilidades no propias de su edad. Por último se describe también un tipo de pareja parental en el que uno de los progenitores muestra una actitud de rechazo con el hijo y el otro de pseudo protección. Esta última situación se constituye realmente en un escenario contradictorio, ya que el padre que rechaza es cercano y el aparente protector permanece periférico o ausente, esto es, el afecto que un padre podría proporcionar no es suficiente para paliar lo que el otro progenitor retira. En todo caso, diremos que todos los escenarios descritos se caracterizan por la existencia de poca o nula nutrición relacional, donde el niño se siente poco querido, no valorado y rechazado.

5.2.2. La deprivación hiposociable.

Si en el caso anterior la exigencia era lo característico de la parentalidad, en este caso la permisividad es el aspecto central. Efectivamente, el niño crecerá en un ambiente donde generalmente no existen normas, al infante se le dará todo lo que pide desembocando esta situación en un escenario con actitudes sobreprotectoras por parte de los padres. Este modo relacional no se lleva a cabo pensando en las necesidades del

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niño sino más bien en el “bienestar” de los padres, que para no escuchar las quejas del niño, o para neutralizarlo, ceden a prácticamente todas las peticiones del hijo. Para Ibáñez (2008), la pareja deprivadora hiposociable muestra un interés por los hijos más aparente que real, ya que ejercen una pseudo hiperprotección. Los padres dan a los hijos todos los caprichos, así evitan que se frustren y den problemas, por un lado creerán que cubren las necesidades básicas de los niños, e igualmente se percibirán como buenos padres. Linares (2006) señala que en este contexto relacional a los niños no se les pide el menor esfuerzo, pero se les hace sentir el rechazo y el desprecio, ya que no son valorados, con lo que, además de la carencia de nutrición emocional que comparten con los niños que están sumergidos en el contexto relacional hipersociable, hay que añadirle las consecuencias de un fracaso profundo de la sociabilización en su vertiente normativa.

5.3. Parentalidad deteriorada y Conyugalidad disarmónica: el niño en un contexto caótico.

Como ya hemos visto, en muchos casos los conflictos conyugales dan lugar a procesos de triangulación donde los niños finalmente participan en los juegos relacionales de la pareja, sin embargo, existen situaciones de disarmonía conyugal en las que los hijos no van ocupar ese lugar “privilegiado”, ya que prácticamente van a ser ignorados por los padres, estos niños van a sufrir unas carencias relacionales y una deprivación afectiva importantes. En este caso nos estamos situando en un clima familiar caótico, donde existe una parentalidad primariamente deteriorada y un vínculo conyugal disarmónico, característico sobre todo de familias multiproblemáticas, esto es, en situación de precariedad laboral, alcoholismo, drogadicción, pésimas condiciones de vivienda y escasos recursos sociales (Cancrini, De Gregorio y Nocerino, 1997; Linares, 1997). Hacemos referencia a un contexto relacional donde encontramos a niños que sufren la losa de la negligencia, infantes que se sienten abandonados y que en muchos casos, si los sistemas de protección u otro tipo de recursos relacionales no son capaces de suplir estas carencias, se convertirán en adolescentes o adultos con una inadaptación social muy grave y con conductas de violencia extrema. Justamente, cuando ocurre esto último la situación se puede catalogar de extrema gravedad, y es cuando sale a flote el mayor grado de desamor posible, traducido en conductas

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altamente destructivas; estos comportamientos “nos recuerdan, de vez en cuando, desde los medios de comunicación que el mal existe… y que no es sino la ausencia de amor” (Linares, 2002, p. 51). Aparte de la desnutrición relacional que sufren estos niños, el fracaso de las funciones sociabilizantes es un hecho constatado, tanto en su vertiente protectora como normativa. Así, y debido a las condiciones que rodean a las familias multiproblemáticas, estos padres no protegen adecuadamente a sus hijos, ni tampoco son capaces de inculcarles normas que les permitan adaptarse a la sociedad. Para Linares (2006) la diferencia en este aspecto en relación a la deprivación hiposociable es que en esta última configuración relacional se produce un fracaso en el intento de transmitir unas normas adecuadas por parte de los progenitores, sin embargo, en el espacio relacional caracterizado por el caos no se produce ni siquiera el intento, simplemente no se proponen llevarlo a cabo.

Linares (1996, 2006) describe un estilo relacional sociopático o multiproblemático caracterizado por una pareja cuyos miembros tienen en común un fondo de desnutrición emocional que intentan suplir de forma mutua, cada miembro de la pareja intenta obtener del otro lo que le falta a sí mismo, pero no es satisfecho ya que la pareja tampoco tiene cubiertas sus propias necesidades, apareciendo entre ellos recriminaciones constantes, fuertes discusiones y reconciliaciones apasionadas, existiendo paradójicamente una conservación de las relaciones sexuales; el sexo (sin amor) se convierte en el instrumento que la pareja utiliza para mantenerse unida. En este contexto los hijos son solo un intento de mantener este vínculo precario y no un proyecto de pareja. Debajo de este estilo relacional nos podemos encontrar cualquier consecuencia desastrosa y todas las modalidades de maltrato, no solo el psicológico, también el maltrato físico, la negligencia y el abuso sexual.

Campo y Linares (2002) afirman que la pareja caótica es la más disfuncional de todas, ya que lo que encontramos en este contexto conyugal es sobre todo desorden, confusión y desorganización. Si hacemos referencia a las características relacionales de este tipo de contexto conyugal (Fig. 10) diremos que en cuanto a su organización, la jerarquía interna de la pareja es de predominio simétrico, los miembros de la díada se perciben como rivales, protagonizando prácticamente una lucha encarnizada y donde ninguno está dispuesto a ceder, de tal forma que incluso nos podemos encontrar malos

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tratos físicos en la díada conyugal. Es importante comentar que la simetría relacional de esta díada es producto de la búsqueda de una complementariedad frustrada, ya que, como dijimos antes, ninguno de los dos miembros va a ser capaz de satisfacer las carencias nutricionales del otro, lo que va a provocar sentimientos de frustración por parte de los dos. La pareja llega a avivarse lo suficiente como para que, en compañía de una reflexión deficitaria o nula, pueda llegarse a los malos tratos físicos. Barudy (1998) lo apunta en este sentido, para él, los comportamientos violentos se producen porque fallan dos cualidades de los seres humanos, el apego y la palabra, esto es, la capacidad para vincularse y la habilidad para elaborar las vivencias con el pensamiento. Esta lucha va constituirse habitualmente en el centro de atención de la pareja, descuidando a los hijos y no dedicándoles el tiempo necesario para cubrir sus necesidades afectivas e incluso las materiales. La cohesión se caracteriza fundamentalmente por el desligamiento entre los miembros de la díada, también entre estos últimos y los hijos, y con las respectivas familias de origen, en muchos casos, y debido a esta desestructuración familiar, la intervención de las instituciones sociales se hace necesaria para que los hijos no acaben situados en tierra de nadie, llevándose a cabo la consiguiente tutela de los menores. La adaptabilidad es baja, con escaso margen para el cambio, producto de este ambiente caótico y desorganizado. En cuanto a su mitología, los valores y creencias de esta pareja son muy rígidos y estereotipados, muy centrados en el presente y en el placer a corto plazo, que le produce verdaderas dificultades para subsistir a nivel familiar, convirtiéndose estos núcleos familiares en las poblaciones típicas de atención de los servicios sociales. Estos valores y creencias también se impregnan de ciertos aires de rebeldía y actitudes antisistema con constantes comportamientos desafiantes o provocaciones sociales, a la vez que manifiestan conflictos con el entorno más cercano, barrio o comunidad. En relación al clima emocional, los distintos miembros de la pareja suelen exhibir emociones muy extremas y dispares, denotando una inmadurez emocional significativa; así, esta pareja puede pasar del sentimiento más febril agresivo, con conducta de descontrol, a la emoción amorosa más apasionada. Estas tempestades afectivas suelen ser muy particulares de cada miembro de la díada, surgiendo pocas similitudes que hacen que se compartan pocas emociones entre los miembros de la pareja. Por último, los rituales son escasos y pobres, no enriqueciendo el sistema familiar, ni tampoco normas, ni reglas que definan claramente a la familia.

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LA PAREJA CAÓTICA
LA PAREJA
CAÓTICA
MITOLOGÍA
MITOLOGÍA

VALORES Y CREENCIAS:

-RÍGIDOS Y ESTEREOTIPADOS -PRESENTISTAS Y ANTISISTEMA

: -RÍGIDOS Y ESTEREOTIPADOS -PRESENTISTAS Y ANTISISTEMA ORGANIZACIÓN INTERNA JERARQUÍA INTERNA : -SIMÉTRICA
ORGANIZACIÓN INTERNA
ORGANIZACIÓN
INTERNA

JERARQUÍA INTERNA:

-SIMÉTRICA

-(COMPLEMENTARIEDAD

FRUSTRADA)

INTERNA : -SIMÉTRICA -(COMPLEMENTARIEDAD FRUSTRADA) COHESIÓN: CLIMA EMOCIONAL : - DESLIGADA ENTRE LA

COHESIÓN:

CLIMA EMOCIONAL:

-DESLIGADA ENTRE LA PAREJA

-“EXPLOSIVO”, CON TEMPESTADES AFECTIVAS

-DESLIGADA CON LOS HIJOS Y FAMILIA DE ORIGEN.

AFECTIVAS -DESLIGADA CON LOS HIJOS Y FAMILIA DE ORIGEN. ADAPTABILIDAD RITUALES: -BAJA - ESCASOS Y POBRES
AFECTIVAS -DESLIGADA CON LOS HIJOS Y FAMILIA DE ORIGEN. ADAPTABILIDAD RITUALES: -BAJA - ESCASOS Y POBRES

ADAPTABILIDAD

RITUALES:

-BAJA

-ESCASOS Y POBRES

Fig. 10. La pareja caótica.

5.4. Vínculo conyugal, parentalidad y problemas adaptativos en los hijos.

En este marco investigador donde se analiza el componente pragmático de la parentalidad, y que asocia clima familiar y adaptación de los hijos, nos hemos referido fundamentalmente a dos líneas de investigación, una primera que comprende estudios que se centran en la relación entre conflictos maritales y problemas adaptativos en los hijos, y una segunda, que analiza la asociación entre prácticas de crianza y problemas adaptativos en los niños. Sin embargo, la investigación en torno a la experiencia de ser padre y la dinámica de las relaciones conyugales pone de manifiesto que ambos papeles guardan importantes conexiones entre sí y, de hecho, funcionan de forma interdependiente y mutuamente influyente (Menéndez e Hidalgo, 2003). De esta manera, podemos encontrar también investigaciones que trabajan una tercera línea de pesquisas en la que se examinan los problemas adaptativos de los hijos en función de la interacción de ambas variables, la disarmonía conyugal y las prácticas de crianza.

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Adentrándonos en esta última línea de investigación, encontramos que algunos autores postulan que las prácticas parentales median la relación entre los conflictos parentales y el ajuste psicológico de los hijos (Bradford et al., 2004). En este sentido, podemos decir entonces que las prácticas de crianza adecuadas podrían paliar las consecuencias de las disputas conyugales, favoreciendo el ajuste de los hijos; así lo confirman algunas investigaciones (Ary, Duncan y Hpos, 1999; Ramírez, 2007).

Llegado este momento tenemos que traer a colación el modelo mediacional de Fauber, Forehand, Thomas y Wierson (1990) que analiza y apostilla el papel mediador que tienen unas prácticas de crianza funcionales en la relación entre los conflictos maritales y la psicopatología infanto-juvenil. Efectivamente, según estos autores unas prácticas de crianza adecuadas atenúan el impacto de los conflictos matrimoniales. En esta línea también concluyen los trabajos de Black y Pedro-Carroll (1993), Echeburúa (1997) y Trigo (1992). Este mismo modelo teórico también señala que los conflictos matrimoniales influirían en la parentalidad de tres formas diferentes, cada una de ellas con unas consecuencias concretas en la adaptación de los hijos.

En efecto, el hecho de que los padres estén inmersos en sus conflictos de pareja podría afectar, por un lado, al proceso de inculcación de normas y disciplina por parte de los propios padres, descuidando este aspecto y provocando por tanto un aumento de las conductas antisociales de los hijos.

En segundo lugar, podría presentarse en los padres un descuido o incluso rechazo hacia los hijos, manifestándose conductas negligentes por parte de los progenitores, lo que podría provocar en el niño problemas internalizados y externalizados de comportamiento.

Y por último, las disputas conyugales podrían aumentar el control psicológico y emocional que ejercen los padres hacia los hijos con la finalidad de buscar una alianza y el consiguiente apoyo. En esta línea, Guevara y Barrera (2006) encontraron que a mayor percepción de satisfacción marital por parte de los padres, menor control psicológico ejercían estos últimos sobre sus hijos. Por su parte, en lo que respecta a las madres encontraron que la percepción de satisfacción marital era un factor protector del castigo

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físico sobre los hijos como medida de control. También, Pettit et al. (1997) apuntan que a mayor conflicto marital, mayor tendencia por parte de ambos padres a ejercer control psicológico y castigo físico sobre los hijos. Esta última influencia descrita por el modelo mediacional podría inducir en los hijos síntomas internalizados como ansiedad, depresión y/o sintomatología somática (Cantón, Cortés y Justicia, 2002).

Fauber et al. (1990) encontraron que la relación entre conflictos de pareja y problemas internalizados y externalizados en los hijos se encontraba mediatizada por el rechazo como práctica de crianza paterna; en la relación que existía con los síntomas internalizados también mediaba la inducción de culpa por parte de los progenitores a los infantes. Según Cabrera et al. (2006) los hijos se sienten más apoyados cuando sus padres se sienten a gusto con su relación de pareja.

Otra práctica de crianza que ha sido estudiada como variable mediadora de la relación entre los conflictos matrimoniales y problemas de conducta en los niños es la expresión de afecto por parte de los padres. Así, Miller, Cowan, Cowan, Hetherington y Clingempeel (1993) hallaron que el nivel de afecto que los hijos recibían de sus padres mediaba la relación entre adecuada comunicación entre los cónyuges y menores problemas externalizados en los niños. Por otro lado, se ha encontrado también que la falta de expresión de afecto por parte los padres hacia los hijos se relaciona positivamente con el aumento de conflictos entre los miembros de la pareja (Belsky, Youngblade, Rovine y Volling, 1991; Hetherington et al., 1992).

6. Psicopatología infanto-juvenil: hipótesis explicativas relacionales desde el Modelo de las Relaciones Familiares Básicas.

Una vez expuestos los principales conceptos teóricos de la teoría de Linares (1996, 2000, 2002, 2006), con sus dos dimensiones fundamentales, la Conyugalidad y la Parentalidad, haremos un análisis sobre cómo los espacios derivados de la conjugación de estas dos variables (triangulación, deprivación y caotización) se relacionan con algunas áreas psicopatológicas (Linares, 2007).

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6.1. Triangulación y Psicopatología.

Ya hemos visto que cuando en el núcleo familiar coexisten una conyugalidad disarmónica con una parentalidad primariamente conservada se genera una configuración relacional que Linares (1996, 2002, 2006, 2007) denomina espacio de triangulación. Los padres, capaces de proporcionar los nutrientes afectivos necesarios

para el niño, lo invitan, sin embargo, a jugar un papel protagonista en la resolución de los conflictos de pareja a través de la generación de alianzas y coaliciones, afectando así

a la función sociabilizante. Este contexto relacional puede asociarse a trastornos

pertenecientes a cuatro tipos de categorías psicopatológicas, a saber, los trastornos neuróticos, los trastornos distímicos, los trastornos psicóticos y los trastornos de la

vinculación social (Fig. 11), dependiendo del tipo de triangulación que predomine en el sistema familiar. Por su parte, Minuchin (2003) relaciona estos tipos de transacciones familiares con familias que tienen hijos con síntomas psicosomáticos diversos.

En relación a los trastornos neuróticos, estos anidarían en las contrariedades de las triangulaciones manipulatorias, donde el niño se ve obligado a escoger entre dos

figuras muy significativas para él, generándole ansiedad, síntoma por excelencia de las neurosis. Efectivamente, el conflicto de lealtad que se presenta en el niño producto de

la alianza con un progenitor con el objetivo de despreciar al otro, forja en el niño

conflictos intensos y sentimientos de aprensión y desasosiego a perder una fuente de

afecto significativa. Estas dos motivaciones contradictorias que se dan en el niño, por un lado el acercamiento al progenitor aliado, y por otro la evitación de la retirada de afecto por parte del progenitor antagónico, recuerdan los estudios llevados a cabo por la Psicología Reflexológica rusa de finales del siglo XIX y principios del XX acerca de las neurosis experimentales. En este sentido, Linares (2002) advierte de varias “ofertas” de alianza parental que se les pueden hacer a los hijos, propuestas enfrentadas

y encarnadas en cada uno de los progenitores, que reflejarían varias situaciones

bipolares y que podrían asociarse a diferente sintomatología neurótica (Fig. 12). Así, podemos encontrarnos un “continuum” que sitúa en un extremo a un progenitor que erotiza la relación con el niño, cautivándolo, y en el otro al progenitor rival que utiliza el

puritanismo y la moralidad para entorpecer la coalición. Pinto (2005) se refiere a una triangulación perversa donde el niño debe proporcionarle afecto al progenitor del otro

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sexo para mantenerlo dentro del seno familiar, existiendo un rechazo por parte del otro padre, esto conllevará a que el niño no desarrolle una imagen real del sexo contrario, ni tendrá una imagen adecuada de sí mismo. La tensión o ansiedad resultante entre seducción y puritanismo tiende a relacionarse con los síntomas histriónicos, y más concretamente con la personalidad histriónica del grupo B (Linares, 2006). Sin abandonar la “oferta” manipulatoria de los padres, también podemos descubrir situaciones relacionales donde uno de los padres manifiesta una dependencia importante, percibiendo lo familiar como lo seguro y lo no-familiar como amenazante, frente al otro progenitor que busca una separación del núcleo familiar ejerciendo sobre el hijo fuerzas centrífugas. En el hijo se produce por tanto una bipolaridad conflictiva

ESPACIO DE DEPRIVACIÓN ESPACIO FUNCIONAL ESPACIO DE CAOTIZACIÓN ESPACIO DE TRIANGULACIÓN
ESPACIO DE DEPRIVACIÓN
ESPACIO FUNCIONAL
ESPACIO DE CAOTIZACIÓN
ESPACIO DE TRIANGULACIÓN

(Adaptado de Linares, 2007)

Fig. 11. Espacios relacionales familiares y trastornos psicopatológicos.

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Trastornos neuróticos, trastornos por ansiedad, trastornos fóbicos, agorafobia, trastornos de la personalidad grupo C (excepto trastorno de la personalidad por dependencia), trastorno histriónico de la personalidad.en la infancia y adolescencia José Serrano Serrano Trastornos distímicos. Trastornos psicóticos, trastornos

Trastornos distímicos.por dependencia), trastorno histriónico de la personalidad. Trastornos psicóticos, trastornos de la personalidad grupo

Trastornos psicóticos, trastornos de la personalidad grupo A.histriónico de la personalidad. Trastornos distímicos. Trastornos de la vinculación social, trastornos de la

Trastornos de la vinculación social, trastornos de la personalidad grupo B (excepto trastorno histriónico de la personalidad)psicóticos, trastornos de la personalidad grupo A. Trastorno límite o borderline de la personalidad.

grupo B (excepto trastorno histriónico de la personalidad) Trastorno límite o borderline de la personalidad.

Trastorno límite o borderline de la personalidad. Trastorno asocial de la personalidad. Trastorno narcisista de la personalidad. Sociopatías. grupo B (excepto trastorno histriónico de la personalidad) Trastornos depresivos, trastorno de la personalidad por grupo B (excepto trastorno histriónico de la personalidad) Trastornos depresivos, trastorno de la personalidad por grupo B (excepto trastorno histriónico de la personalidad) Trastornos depresivos, trastorno de la personalidad por

Trastornos depresivos, trastorno de la personalidad por dependencia, trastorno depresivo de la personalidad.Trastorno narcisista de la personalidad. Sociopatías. Trastorno bipolar. entre la libertad y la dependencia, es

Trastorno bipolar.por dependencia, trastorno depresivo de la personalidad. entre la libertad y la dependencia, es decir, entre

entre la libertad y la dependencia, es decir, entre ser uno mismo o estar hipotecado a

nivel de identidad. Esta tensión entre lo centrífugo y lo centrípeto se asocia con la

ansiedad fóbica (crisis de pánico, agorafobia…) y con la personalidad evitativa o del

grupo C (Linares, 2006). En relación a esta cuestión, Pinto (2005) apunta que la familia

de origen del paciente con trastorno de personalidad por evitación se mantiene solo por

el miedo de la madre a fracasar en el matrimonio. Así, en la configuración trianguladora

que se establecería en este caso, el niño por un lado debe proteger a una madre

temerosa, y por otro, el hecho de ser protegido por alguien débil lo hará todavía más

indefenso; la desvinculación que llegará a hacer este niño será más aparente que real,

llevándose de casa el miedo al vacío, sensación de culpa por abandonar a la madre y

miedo al conflicto. Y por último, se pueden revelar situaciones en las que el niño se

mueve entre la fidelidad a las normas o la trasgresión de las mismas. De esta forma, el

niño se sitúa frente a dos formas de actuar, representadas en cada uno de los

progenitores, un padre trasgresor frente a otro que no lo es y que además muestra una

dependencia o relación simbiótica con el niño. El infante, en su deseo de independencia,

llevará a cabo conductas que serán interpretadas por el progenitor no trasgresor como

manifestaciones de deslealtad, esto provocará amenazas de retiradas de afecto y

chantajes emocionales que crean en el niño ansiedad y miedo. En este sentido, Pinto

(2005) nos habla de una triangulación perversa, donde el niño debe satisfacer las

expectativas del padre no trasgresor, cumpliendo el guión de vida escrito por este último

y suplantando el rol del otro progenitor. Este conflicto o tensión entre el bien y el mal,

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que dicho sea de paso provoca una capacidad trianguladora muy poderosa, se constituirá en un factor de riesgo en el niño para la aparición de síntomas obsesivos y para el trastorno obsesivo-compulsivo de la personalidad, perteneciente al grupo C (Linares, 2006). Este tipo de estructuración familiar, en la que uno de los progenitores ofrece un lugar privilegiado al hijo como consecuencia de la alianza que se establece entre ambos, es factible interpretarla también como una forma de conceder un estatus relevante al niño en la jerarquía familiar, pudiendo este último valorar intensamente este poder que la posición de hijo parental le brinda; esto puede posibilitar la aparición de síntomas propios de los trastornos de la vinculación social, como son los trastorno disocial y narcisista de la personalidad. En esta línea, Escobar (2007) hace referencia a un niño que desarrollará una visión engrandecida de su valía, incrementando su narcisismo y que buscará colocarse siempre en una posición de poder con respecto a los demás.

Mención aparte merecen los trastornos distímicos, los cuales también se asocian a los espacios de triangulación manipulatoria. Todos los casos descritos anteriormente se tratan de situaciones bipolares en las que el niño no llega a sufrir una pérdida real de uno de los dos padres, todo se queda en el terreno de la fantasía, es decir, existe el miedo a la pérdida, aunque no desemboca en una merma o menoscabo real, el niño se mueve entre los dos polos, no es capaz de decidir y aparece la ansiedad. Sin embargo, Linares (2002) señala que existen triangulaciones manipulatorias en las que sí existe una pérdida real, apareciendo en el niño sentimientos de tristeza y de rabia. Los síntomas distímicos se gestarían en situaciones relacionales donde la alianza del niño con el progenitor estaría más claramente establecida y consolidada, surgiendo sentimientos claramente hostiles por parte del infante hacia el progenitor antagónico, el cual, a su vez, llegaría a rechazar al niño, retirándole su afecto y provocándole una situación de pérdida real de una fuente de afecto. En esta línea, Musitu, Román y Gracia (1988) anotan que durante el proceso previo al divorcio y cuando los conflictos son intensos, los padres pueden obligar a los hijos a tomar partido en sus disputas, lo que podrá suponer un grave perjuicio para la autoestima del niño. Para el niño futuro distímico ganar a un padre supondrá perder completamente al otro. Y no será probablemente la única pérdida, ya que esta alianza tan consolidada con uno de los progenitores afectará a las relaciones sociales, arruinando la sociabilidad del niño.

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Al igual que Haley (1998) y Bowen (1960), Linares (2002) concibe la triangulación manipulatoria como un “continuum”, es decir, estaríamos refiriéndonos a unas variantes relacionales que estarían muy arraigadas en la condición humana y que por tanto serían muy difíciles de deshacerse de ellas, esto conllevaría afirmar que en todos los seres humanos, en mayor o menor medida, estarían presentes rasgos neuróticos con la ansiedad como abanderada.

Miedo a la pérdida.

Erotización Síntomas Histriónicos Puritarismo Libertad Síntomas Fóbicos Dependencia Bien Síntomas Obsesivos
Erotización
Síntomas Histriónicos
Puritarismo
Libertad
Síntomas Fóbicos
Dependencia
Bien
Síntomas Obsesivos
Mal

Pérdida real.

Madre Síntomas Distímicos Padre
Madre
Síntomas Distímicos
Padre

Fig. 12. Variantes bipolares en la Triangulación Manipulatoria.

Por otro lado, la configuración relacional trianguladora puede constituirse también en caldo de cultivo para el florecimiento de los trastornos psicóticos, esta vez adquirirá protagonismo la variante desconfirmadora, y no manipuladora como ocurre en los trastornos neuróticos antes vistos. Efectivamente, el hecho de que un hijo se vea desconfirmado, abandonado y traicionado, una vez que ha formado parte de los juegos conflictivos de sus padres, provocará que la identidad del niño se fragmente, ya que no soportará este doloroso golpe, el infante romperá con la realidad y sólo los síntomas psicóticos le proporcionarán una identidad que sustituirá a la que ha perdido. Este rechazo al que ha estado expuesto el niño futuro psicótico se pone de manifiesto en algunas investigaciones que han encontrado altos niveles de hostilidad y criticismo en las familias de los pacientes psicóticos (Kuipers, 2006 y McFarlane y Cook, 2007).

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Podemos encontrarnos con otros juegos relacionales que desconfirman al niño, por ejemplo, padre y madre unidos como un único agente que se unen a un tercero para

ignorar al hijo-paciente; el papel del tercero lo puede ocupar tanto otro hijo de la pareja,

como otro miembro de la familia (abuelos, tíos

podemos encontrarlos en Ackerman (1998) y Selvini (1985) que se refieren al “hermano prestigioso” en la familia del paciente esquizofrénico y del impacto que provoca en la identidad de este último. Para Linares (1996, 2006, 2007), este tipo de triangulación es un elemento relacional que se constituye en un factor de riesgo importante para la aparición de las psicosis, sobre todo si aparece conjuntamente con otros factores ambientales, genéticos y relacionales. Además esta configuración relacional correlaciona con los trastornos de la personalidad del grupo A, esto es, el esquizoide, el esquizotímico y el esquizotípico (Linares, 2006, 2007). En esta línea, Jackson (1957), Bowen (1966), Selvini, Boscolo, Cecchin y Prata (1986), Haley (1998) y Minuchin, (2003) también llevan a cabo estudios que relacionan las transacciones de este tipo de triangulación con los procesos psicóticos. Otros autores (Escobar 2007, Lykken, 2000) apuntan sin embargo, que una de las consecuencias de este juego familiar, en el que aparece la desconfirmación, puede ser el trastorno de personalidad antisocial, ya que este abandono y traición que experimenta el hijo dará lugar a un niño con mucho rencor acumulado, que además tendrá poco control sobre sus impulsos y donde la ira se constituirá en la emoción dominante.

).

Algunos estudios al respecto

Algunos trastornos de la vinculación social pueden también asociarse a las relaciones trianguladoras que mantienen los padres con los hijos, es el caso del trastorno límite de la personalidad. En este caso cobra protagonismo otra variante de la triangulación, la equívoca, que como ya explicamos en su momento provoca que el niño se sitúe en un terreno vacío desde el punto de vista relacional, sin agarre afectivo a ninguno de los dos padres, como consecuencia del descuido de la crianza por parte de estos últimos y teniendo la certidumbre de que el cuidado del niño le corresponde al otro progenitor. Millon (1999) sugiere que los pacientes con trastorno límite de la personalidad experimentan a sus padres como personas emocionalmente negligentes. En este sentido, tanto la nutrición afectiva como la sociabilización están altamente afectadas, con lo que al niño le resultará muy difícil vincularse emocionalmente de una forma estable y adaptarse adecuadamente a las normas sociales, síntomas característicos

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del trastorno límite de la personalidad. Linares (2002) apunta que estos chicos forman parte a menudo de las tribus juveniles más marginales, estando condenados a la adolescencia perpetua, de tal forma que cuando llegue el momento en el que la sociedad les demande ser adultos, rechazarán de pleno integrarse en esta nueva etapa vital. Este tipo de configuración relacional, además de asociarse al trastorno límite de la personalidad también correlaciona con el trastorno narcisista de la personalidad (Linares, 2007).

6.2. Deprivación y Psicopatología.

Qué duda cabe que emplazarse en un espacio relacional deprivador conlleva unas consecuencias altamente dañinas para el niño, en el momento en que se le quita o despoja de valoración y reconocimiento a través de herramientas como la descalificación y la falta de expresión de afecto por parte de los padres. En este sentido, la consecuencia lógica será la afectación sustancial de la nutrición relacional del niño. Para Linares (2007) un espacio relacional donde se combina una coyugalidad armoniosa con un deterioro primario de las funciones parentales, (no dependiente de la influencia directa de la conyugalidad) puede asociarse a trastornos tanto de la esfera depresiva, como del espectro psicótico, como también, a trastornos del ámbito de la vinculación social, concretamente al trastorno límite de la personalidad y al trastorno antisocial

(Fig.11).

Linares (2000, 2002, 2006, 2007) relaciona la depresión mayor con un patrón relacional caracterizado por una falta de valoración o descalificación hacia los hijos por parte de los padres sumada a una alta exigencia, pauta relacional correspondiente a lo que este mismo autor denomina, como ya hemos comentado más arriba, espacio deprivador hipersociable. Esta hiperexigencia social o sobrevaloración de las funciones sociabilizantes en su vertiente normativa, unida a la falta de nutrición afectiva, es lo que hace que el paciente depresivo desarrolle una personalidad rígida, consistente en llevar a cabo una búsqueda constante de reconocimiento en la sociedad, del cual carece o ha estado desprovisto en su núcleo familiar. Así, la persona depresiva intentará dar el máximo de sí mismo en cualquier situación social, con un sentimiento de culpa bastante acusado por fracasar en el intento (Linares y Campo, 2000, Linares, 2006). Esta actitud

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descalificadora también ha sido descrita por otros autores del ámbito relacional. Así, Hooley, Orley y Teasdale (1986) señalan que el sistema familiar en el que está involucrado el futuro paciente depresivo se caracteriza por escasas interacciones entre sus miembros, consistentes sobre todo en reproches y actitudes punitivas. Por su parte, Soriano y Baldero, (2002) señalan que la relación que mantendrá el depresivo con su familia de origen se definirá en términos carenciales, expresándose en términos de recuerdos de desprotección, alta exigencia, marginación y ausencia o escasez de gestos afectivos positivos, tanto por parte del padre como de la madre. En otro lugar, Linares (1996) apunta que el depresivo va a prestar toda su energía en mantener las apariencias, con lo que va a casar muy bien con el modelo médico de depresión; este último enfatiza todo el protagonismo del tratamiento en los psicofármacos dejando a un lado el papel del paciente en la recuperación. En este sentido, para la persona depresiva sería doloroso y “peligroso” aceptar que forma parte de unos juegos relacionales familiares turbios y socialmente indeseables, poniendo en claro riesgo su honorabilidad, por tanto, la asunción de que la etiología de su mal es lo orgánico tiene beneficios para este paciente. Ahora bien, el derecho al pataleo, producto de la hostilidad larvada, va a ser una constante en el depresivo, manifestándose incluso a veces con la resistencia u oposición al tratamiento. Esta forma de actuar no deja de ser para el depresivo una herramienta para influir sobre el entorno, como también lo puede ser adoptar el papel constante de enfermo para que lo cuiden (Linares, 2000). En esta misma línea, Vella y Loriedo (1993) y Henderson (1974) hacen referencia a conductas provocadoras de cuidados (“Care Eliciting Behavior”) por parte del depresivo, conllevando respuestas de los familiares de consuelo y atención; así, en la persona depresiva se produciría un “care eliciting” patológico, ya que viviría de manera discrepante el afecto, las atenciones y la ayuda que le ofrecen los demás, percibiéndolas regularmente como insuficientes respecto a sus demandas y a sus expectativas (Soriano, 2009).

Por su parte, Coyne (1984) señala que el comportamiento de las personas depresivas tiende a reflejarse e inducir estados de ánimo hostiles en los otros, también puede provocar inhibición y sentimientos de culpa. Se constituirían en formas disfuncionales de influencia sobre el entorno, que sustituirían a la expresión y al acompañamiento de las emociones, por otro lado prohibidas para el depresivo. En este

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sentido, parece impensable para este paciente expresar emociones del tipo “necesito que me abracéis, hacedme caso, me siento solo, queredme como soy”.

A veces, esta pauta relacional en la que está inmerso el niño puede pasar desapercibida para los adultos, pudiendo dar lugar incluso a conductas suicidas en niños y adolescentes consecuentes a factores precipitantes como pueden ser un suspenso académico o un simple conflicto entre iguales. Es muy posible que maestros, cuidadores y adultos sin una visión psicoterapéutica no sean capaces de dar una explicación coherente a este tipo de conductas, que en realidad lo que están escondiendo es una falta de valoración articulada a una parentalización o exigencia extrema. Así, Borszomengy- Nagy (1973) afirma que en situaciones familiares en las cuales uno de los padres no se hace cargo de los conflictos familiares, puede suceder que uno de los hijos se sobrecargue con la responsabilidad del intento de resolver esos conflictos, parentalizándose, y al no lograrlo, se deprima, pasando este estado afectivo normalmente desapercibido por parte de los padres. Linares (2006) apunta que el suicidio es producto de un sentimiento larvado de hostilidad del paciente contra un mundo que se ha mostrado desmesuradamente injusto con él. Esta conducta patológica ocultaría dos finalidades, una punitiva con el que la realiza debido a la frustración y culpa por no poder conseguir unos objetivos y expectativas tan inalcanzables, y otra también de castigo, con la culpa hacia los familiares por el trato que le han proporcionado.

Junto a la depresión mayor, Linares (2007) relaciona este contexto relacional deprivador hipersociable también con el trastorno de la personalidad por dependencia, correspondiente al grupo C, y al trastorno depresivo de la personalidad, este último anunciado por la A.P.A. como de próxima inclusión en un futuro DSM-5. En relación a este último trastorno, estudios de Arenas, Blasco, Daratha y Varas (2009) también confirman la teoría de Linares cuando concluyen que los adolescentes que perciben a sus familias como deprivadoras con una pauta relacional presidida fundamentalmente por la exigencia y la falta de valoración o descalificación puntúan más significativamente en personalidad depresiva.

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En lo que respecta a la relación entre el espacio deprivador y la patología psicótica, Linares (2007) apunta que a pesar de que el espacio privilegiado para presentarse la desconfirmación es el contexto triangulador, esta última puede darse también en una configuración relacional deprivadora, donde, como ya hemos visto, es impensable la participación del niño en los conflictos conyugales. En este caso, la deprivación a la que estaría sometida el niño, con constantes descalificaciones, la falta de afecto y desnutrición emocional podría ser tan perniciosa para el infante que provocaría una negación de la existencia de la identidad del niño, dando lugar a los síntomas psicóticos y a trastornos de la personalidad del grupo A.

Sin distanciarnos del ámbito relacional deprivador, nos quedaría por analizar algunos trastornos de la vinculación social que parecen relacionarse con esta pauta transaccional entre padres e hijos. En efecto, Linares (1996, 2002, 2006, 2007) establece una correspondencia entre los trastornos de personalidad límite y antisocial y la deprivación hiposociable. Por su parte, Arenas et al. (2009) anotan que aquellos adolescentes que conviven en el seno de una familia deprivadora son significativamente más límites (personalidad inestable o límite) que los que cohabitan con familias no deprivadoras. Como analizamos en su momento, la deprivación hiposociable mezcla actitudes de rechazo hacia el niño con conductas de pseudo-hiperprotección; en este caso, a la falta de valoración o descalificación hacia los hijos común en las dos modalidades deprivadoras, hay que añadirle una cualidad particular de la hiposociabilidad que es la atrofia de las funciones sociabilizantes en su vertiente normativa. De esta forma, Girón et al. (2003) relacionan los trastornos del comportamiento de los adolescentes con un patrón relacional caracterizado por la sobreprotección excesiva, no teniendo en cuenta las propias capacidades del hijo, con el objetivo de evitar que al chico le ocurra algo de lo malo que está en la memoria de los progenitores. También podemos encontrarnos, por otro lado, que los padres perciban al niño como molesto y como un factor amenazador para la complacencia de sus necesidades, cayendo en el error de adoptar concesiones constantes con el hijo, fracasando este último en la asimilación de normas, formación de vínculos afectivos estables y crecimiento psicológico, en general. Echeburúa (1994) nos habla de padres irresponsables que no dotan a los hijos de las condiciones necesarias para su desarrollo.

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Por tanto, nos situaríamos ante una persona con el deseo de perpetuar de por vida su adolescencia, evitando todo tipo de compromisos sociales y asunción de responsabilidades, preparando el terreno para un futuro trastorno límite de la personalidad. Este contexto relacional sienta las bases también para el desarrollo de conductas violentas por parte del niño, actitudes depredadoras donde la gran ausente es la empatía y que no tienen otro fin que cosificar al otro para la satisfacción propia y la obtención de caprichos propios, es decir, síntomas propios del trastorno asocial de la personalidad. Esta podría ser también una vía germinal para el trastorno narcisista de la personalidad (Linares, 2007).

6.3. Caotización y Psicopatología.

Una de las configuraciones relacionales más dañinas para el niño, desde el punto de vista psicopatológico, es el de las caotizaciones, definido por una conyugalidad disarmónica y una parentalidad primariamente deteriorada (Linares, 1996, 1997, 2002, 2006, 2007). Efectivamente, se trata de familias que fracasan en el plano conyugal desde muy temprano, frecuentemente con divergencias importantes y con episodios de violencia. A la vez, los hijos de estas parejas se ven envueltos prácticamente desde su nacimiento en una atmósfera relacional explosiva y tormentosa, predestinados a morar en un ambiente desierto de amor, en el que tanto las funciones nutricias como la sociabilizantes se presentarán con notables menoscabos. Linares (2007) destaca que algunos trastornos de la vinculación social, concretamente las sociopatías y el trastorno antisocial, aparecen relacionados con este clima relacional; igualmente, patología depresiva y de la esfera psicótica también pueden presentarse dentro de este espacio (Fig. 11). Los resultados del estudio de Arenas et al. (2009) respecto a la relación entre caotización y trastornos de la vinculación social vienen a confirmar la teoría de Linares, sin embargo, en dicho estudio el subtipo “Trastorno Límite” se relaciona también con esta configuración familiar, a diferencia de la Teoría de Linares donde este último trastorno aparece más en la configuración deprivadora, como ya hemos señalado.

El caos en el que está inmersa esta familia es muy frecuente que se transmita intergeneracionalmente, favorecido por la pobreza y el desarraigo social. Las consecuencias para los hijos serán devastadoras, dañando gravemente la personalidad,

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con consecuencias importantes en lo que respecta a la socialización, tanto en su vertiente normativa como en la variante protectora, constituyéndose un semillero para los trastornos sociopáticos. En este sentido, Minuchin (2003) hace referencia a familias en las que no existen reglas, ni autoridad, los hijos no disponen de figuras de referencia que los guíen, ni tampoco de protección, constituyéndose por tanto en familias en las que nadie está pendiente de nadie. Apunta Linares (2007) que las duras condiciones de la sociopatía pueden ser templadas o suavizadas por recursos compensatorios tanto internos como externos, que son entendidos como reacciones ecológicas de las familias multiproblemáticas ante las profundas carencias que padecen. Así, en un momento determinado la familia extensa puede intervenir y suministrar un apoyo lo suficientemente necesario para sacar a los hijos del pozo, o también agentes externos, como vecinos o profesionales, cuyas actuaciones pueden suponer un aporte de nutrición relacional importante, si no siguen una línea de acción controladora o represora. Por el contrario, si estas condiciones de penuria que rodean a la sociopatía no encuentran un alivio a través de estos recursos compensatorios internos y/o externos, pueden sentarse las bases para el desarrollo de conductas violentas, encaminadas a la satisfacción inmediata de deseos propios con el consiguiente desprecio por los derechos de los demás, esto es, los asientos para un futuro trastorno asocial de la personalidad.

En cuanto a los trastornos bipolares, comentar que se establecen como una prolongación del área depresiva hacia el espacio de las caotizaciones, por lo que tienen en común con la depresión mayor el transfondo de la descalificación, sin embargo, a diferencia de este último trastorno, esta falta de valoración o rechazo de los hijos se organiza en un contexto de pareja caótica y disarmónica, con fuertes discusiones y apaciguamientos apasionados (Linares, 2007). En este sentido, según Linares y Campo (2000) las familias con trastornos bipolares se parecerían a las familias multiproblemáticas por el deterioro, pero se diferenciarían en la conservación de las funciones sociabilizantes, como en la depresión mayor. De la misma forma, en este contexto conyugal tan desorganizado pueden también presentarse actitudes desconfirmadoras hacia los hijos, dañando profundamente la identidad de estos últimos y sentando una vez más cimientos para la instauración de los trastornos psicóticos. Es por ello también que, los pacientes bipolares pueden haber vivido experiencias cercanas

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a la desconfirmación, lo que explicaría la proximidad de los síntomas con la psicosis (Linares y Campo, 2000).

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Segunda parte:

Marco Empírico

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7. Objetivos

Los objetivos que se plantean en este trabajo de investigación son los siguientes:

General:

1.

Aportar un mayor conocimiento acerca de las relaciones existentes entre la psicopatología infanto-juvenil y las dinámicas familiares que se establecen.

Específicos:

1. Evaluar si existen diferencias de género en cuanto a la percepción del ajuste

del vínculo conyugal.

2. Estudiar los posibles efectos de una disarmonía conyugal en la salud mental

de los hijos.

3. Identificar qué síntomas psicopatológicos se relacionan con los procesos de

triangulación de los hijos.

4. Conocer si existen diferencias de género y en relación a la edad en cuanto a

las prácticas de crianza llevadas a cabo por los padres con sus hijos.

5. Analizar las posibles consecuencias de una parentalidad deteriorada en la

salud mental de los hijos.

6. Examinar qué prácticas de crianza negativas muestran los padres cuando los

hijos presentan síntomas psicopatológicos.

7. Indagar de qué manera influyen las actitudes trianguladoras manipulatorias

puestas en práctica en el seno familiar en el ejercicio de la parentalidad.

8. Establecer cómo influye la disarmonía conyugal en el ejercicio de la

parentalidad.

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8. Hipótesis de investigación

8.1.Relativas al vínculo conyugal.

Hipótesis 1. En las parejas donde no existe ajuste en el vínculo conyugal se evidencia mayor

psicopatología en los hijos (ansiedad/depresión, aislamiento depresivo, quejas somáticas, conductas delincuentes, conducta agresiva, problemas sociales, problemas de pensamiento, problemas de atención, problemas internalizados, externalizados y total problemas) que en aquellas parejas que

mantienen una conyugalidad armoniosa. Asimismo, los hijos de estas parejas también

presentarán menor nivel

competencia total). Por otro lado, esperamos igualmente que a mayor desajuste en el vínculo conyugal mayor psicopatología en los hijos y menor competencia.

de

competencia

(actividades,

socialización,

escolarización

y

*Subhipótesis 1.1. Las dificultades en el grado de consenso o acuerdo entre la pareja en aspectos importantes de la relación, se asocian con psicopatología en los hijos y con el grado de competencia de estos últimos. Igualmente, esperamos que los hijos cuyos padres muestran un desajuste en el grado de consenso a nivel de pareja, presenten mayor psicopatología y menos nivel de competencia que los hijos cuyos padres mantienen un grado de consenso adecuado en el plano conyugal.

*Subhipótesis 1.2. Los hijos cuyos padres presentan un menor grado de satisfacción en relación al momento presente de la pareja y su grado de compromiso a continuar con dicha relación, presentarán mayor psicopatología que los hijos de padres que muestran satisfacción por su relación de pareja. Igualmente, mostrarán un menor nivel de competencia. Por otra parte, esperamos que la satisfacción de los padres con su relación de pareja se asocie negativamente con la psicopatología de los hijos y positivamente con el nivel de competencia de estos últimos.

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*Subhipótesis 1.3. Los niños cuyos padres están más satisfechos con la expresión del afecto dentro de la relación de pareja y con la derivada de las relaciones sexuales, mostrarán menor psicopatología y mayor competencia que aquéllos cuyos progenitores no estén satisfechos. De igual modo, esperamos que el grado de satisfacción por parte de los padres con respecto a la expresión del afecto dentro de la relación de pareja y derivada de las relaciones sexuales, se asocie negativamente con la presencia de psicopatología en los hijos y positivamente con el grado de competencia de los mismos.

*Subhipótesis 1.4. La cohesión o grado en que los miembros de la pareja se implican en actividades conjuntas se relaciona negativamente con la psicopatología de los hijos y positivamente con el grado de competencia. Asimismo, esperamos que los hijos cuyos padres se implican en actividades conjuntas a nivel de pareja, presenten menos síntomas psicopatológicos y un mayor grado de competencia que los hijos que tienen padres con un bajo grado de cohesión en su relación conyugal.

*Subhipótesis 1.5. Los hijos cuyos padres presentan una disarmonía conyugal sufrirán más síntomas psicopatológicos que aquéllos que tengan padres que mantengan un ajuste en su relación de pareja. Además se mostrarán menos competentes. Por otra parte, esperamos que la armonía conyugal se asocie negativamente con la psicopatología infanto-juvenil y positivamente con el grado de competencia.

Hipótesis 2.

Existen

diferencias

significativas

entre

padres

y

madres

percepción del ajuste del vínculo conyugal.

en

cuanto

a

la

Hipótesis 3. Las actitudes trianguladoras manipulatorias de los padres se relacionan con la psicopatología en la infancia y adolescencia. Asimismo también esperamos una relación con la competencia de los niños y adolescentes. En este sentido, un mayor grado de

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actitudes de esta naturaleza llevadas a cabo por los padres se relaciona con mayores problemas de conducta en los hijos y con una baja competencia de estos últimos.

8.2.Relativas a la Parentalidad.

Hipótesis 4. Existen diferencias significativas en las prácticas de crianza de los padres en función del sexo y la edad de los hijos que sufren psicopatología.

Hipótesis 5. Existen diferencias significativas entre padres y madres en cuanto a prácticas de crianza llevadas a cabo con los hijos que sufren psicopatología.

Hipótesis 6. La dificultad de los padres para ejercer la parentalidad a través de su componente pragmático o prácticas de crianza, se relaciona positivamente con síntomas psicopatológicos en los hijos y negativamente con el grado de competencia de los mismos.

*Subhipótesis 6.1. La práctica de crianza positiva “Independencia” (tendencia a respetar que los hijos tomen las decisiones por sí mismos) llevada a cabo por los padres se relacionará negativamente con las dificultades psicológicas de los hijos y positivamente con la competencia de estos últimos.

*Subhipótesis 6.2. A mayor grado de presencia por parte de los padres con los hijos de la práctica

de crianza positiva Disfrutar con el niño (tendencia a mostrar satisfacción por los hijos y a

disfrutar con ellos), menores probabilidades de que los hijos presenten síntomas psicopatológicas y mayor posibilidad de que se muestren competentes.

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*Subhipótesis 6.3. La práctica de crianza positiva “Expresión de Afecto” (tendencia a expresar afecto y apoyo a los hijos) llevada a cabo por los padres se relacionará negativamente con las dificultades psicológicas de los hijos y positivamente con el grado de competencia.

*Subhipótesis 6.4. La práctica de crianza positiva “Guía Razonada” (tendencia a utilizar con los hijos el

diálogo, el refuerzo positivo y la inducción) llevada a cabo por los padres se relacionará

negativamente con las dificultades psicológicas de los hijos y positivamente con el grado de competencia de los mismos.

*Subhipótesis 6.5. La utilización con los hijos de la práctica de crianza positiva “Castigo no físico”

(tendencia a utilizar castigos negativos como “tiempo fuera” y la retirada de privilegios) por parte de

los padres, se relacionará negativamente con los problemas de conducta de los hijos y positivamente con el grado de competencia.

*Subhipótesis 6.6. La utilización por parte de los padres de la práctica de crianza negativa “Control

Autoritario (tendencia a utilizar el castigo físico y reglas estrictas con los hijos, adoptando una actitud

autoritaria) se relacionará positivamente con los problemas de conducta de los hijos y negativamente con el nivel de competencia de los mismos.

*Subhipótesis 6.7. La práctica de crianza negativa “Afecto Negativo” (tendencia a mostrar hostilidad y

llevada a cabo por

los padres se relacionará positivamente con los problemas de conducta de los hijos y negativamente con el grado de competencia de los mismos.

conflictos con los hijos, además de ridiculizarlos y no mostrar afecto hacia ellos)

*Subhipótesis 6.8. El uso por parte de los padres de la práctica de crianza negativa “Énfasis en el

logro (tendencia a estimular a los hijos con prácticas comparativas y competitivas en la espera de

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resultados,

exigiéndoles

y

presionándoles)

se

relacionará

positivamente

con

síntomas

psicopatológicos en los hijos y negativamente con el nivel de competencia.

Hipótesis 7. Los padres cuyos hijos presenten psicopatología y un grado de competencia dentro de un rango clínico exhibirán un mayor grado de prácticas de crianza negativas

y un menor grado de las positivas

(Control,

Afecto

Negativo

y

Énfasis

en

el

Logro)

(Independencia, Disfrutar con el niño, Expresión de Afecto, Guía Razonada y Castigo no físico) que

aquéllos cuyos hijos presenten dificultades de conducta y un nivel de competencia pertenecientes al rango normalizado.

*Subhipótesis 7.1. Los padres cuyos hijos presenten síntomas ansioso/depresivos en un rango clínico exhibirán un mayor grado de prácticas de crianza negativas y un menor grado de las positivas que aquéllos cuyos hijos presenten síntomas ansioso/depresivos en un rango normalizado.

*Subhipótesis 7.2. Los padres cuyos hijos sufren aislamiento depresivo en rango clínico exhibirán un mayor grado de prácticas de crianza negativas y un menor grado de las positivas que aquéllos cuyos hijos presenten aislamiento depresivo en rango normalizado.

*Subhipótesis 7.3. Los padres cuyos hijos presenten síntomas somáticos en un rango clínico exhibirán un mayor grado de prácticas de crianza negativas y un menor grado de las positivas que aquéllos cuyos hijos presenten síntomas somáticos en un rango normalizado.

*Subhipótesis 7.4. Los padres cuyos hijos presenten problemas internalizados en rango clínico exhibirán un mayor grado de prácticas de crianza negativas y un menor grado de las positivas que aquéllos cuyos hijos presenten síntomas internalizados en rango normalizado.

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*Subhipótesis 7.5. Los padres cuyos hijos presenten conductas delincuentes en rango clínico exhibirán un mayor grado de prácticas de crianza negativas y un menor grado de las positivas que aquéllos cuyos hijos presenten conductas delincuentes en un rango normalizado.

*Subhipótesis 7.6. Los padres cuyos hijos presenten conductas agresivas en rango clínico mostrarán un mayor grado de prácticas de crianza negativas y un menor grado de las positivas que aquéllos cuyos hijos presenten conductas agresivas en rango normalizado.

*Subhipótesis 7.7. Los padres cuyos hijos tienden a externalizar los conflictos en rango clínico exhibirán un mayor grado de prácticas de crianza negativas y un menor grado de las positivas que aquéllos cuyos hijos presenten problemas externalizados en rango normalizado.

*Subhipótesis 7.8. Los padres cuyos hijos sufren problemas sociales en rango clínico exhibirán un mayor grado de prácticas de crianza negativas y un menor grado de las positivas que aquéllos cuyos hijos presenten problemas sociales en rango normalizado.

*Subhipótesis 7.9. Los padres cuyos hijos sufren problemas de pensamiento en rango clínico exhibirán un mayor grado de prácticas de crianza negativas y un menor grado de las positivas que aquéllos cuyos hijos presenten problemas de pensamiento en rango normalizado.

*Subhipótesis 7.10. Los padres cuyos hijos sufren problemas de atención en rango clínico exhibirán un mayor grado de prácticas de crianza negativas y un menor grado de las positivas que aquéllos cuyos hijos presenten problemas de atención en rango normalizado.

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*Subhipótesis 7.11. Los padres cuyos hijos sufren un nivel de psicopatología global en rango clínico exhibirán un mayor grado de prácticas de crianza negativas y un menor grado de las positivas que aquéllos cuyos hijos presenten un grado de psicopatología global en rango normalizado.

*Subhipótesis 7.12. Los padres cuyos hijos muestran un grado de competencia en actividades en rango clínico exhibirán un mayor grado de prácticas de crianza negativas y un menor grado de las positivas que aquéllos cuyos hijos presenten un grado de competencia en actividades en rango normalizado.

*Subhipótesis 7.13. Los padres cuyos hijos muestran un grado de competencia en socialización en rango clínico exhibirán un mayor grado de prácticas de crianza negativas y un menor grado de las positivas que aquéllos cuyos hijos presenten un grado de competencia en socialización en rango normalizado.

*Subhipótesis 7.14. Los padres cuyos hijos muestran un grado de competencia en escolarización en rango clínico exhibirán un mayor grado de prácticas de crianza negativas y un menor grado de las positivas que aquéllos cuyos hijos presenten un grado de competencia en escolarización en rango normalizado.

*Subhipótesis 7.15. Los padres cuyos hijos muestran un nivel de competencia global en rango clínico exhibirán un mayor grado de prácticas de crianza negativas y un menor grado de las positivas que aquéllos cuyos hijos presenten un grado de competencia global en rango normalizado.

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8.3.Relativas a la relación entre Parentalidad y Conyugalidad.

Hipótesis 8. Las actitudes trianguladoras manipulatorias de los padres se relacionan con las dificultades que éstos manifiestan en el ejercicio de la parentalidad. De esta forma, un mayor grado de actitudes trianguladoras manipulatorias se relacionará positivamente con la expresión de prácticas de crianza negativas y, a su vez, negativamente con la puesta en práctica de habilidades de crianza positivas.

Hipótesis 9. Un desajuste diádico influirá negativamente en el ejercicio de la parentalidad. Así, esperamos que una disarmonía conyugal se relacione positivamente con la puesta en práctica por parte de los padres de habilidades de crianza negativas, y negativamente con las prácticas de crianza positivas.

Hipótesis 10. Los padres que manifiestan un desajuste conyugal presentarán mayor grado de prácticas de crianza negativas y menor grado de las positivas que aquéllos que mantengan un ajuste diádico.

*Subhipótesis 10.1. Los padres que manifiestan un consenso disarmónico presentarán mayor grado de prácticas de crianza negativas y menor grado de las positivas que aquéllos que informan de un consenso armónico en la relación de pareja.

*Subhipótesis 10.2. Los padres que manifiestan falta de satisfacción con la relación de pareja presentarán mayor grado de prácticas de crianza negativas y menor grado de las positivas que aquéllos que están satisfechos con su relación de pareja.

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*Subhipótesis 10.3. Los padres que manifiestan un desajuste en la expresión de afecto en su relación de pareja presentarán mayor grado de prácticas de crianza negativas y menor grado de las positivas que aquéllos que mantengan una expresión de afecto armoniosa.

*Subhipótesis 10.4. Los padres que manifiestan un desajuste en cohesión presentarán mayor grado de prácticas de crianza negativas y menor grado de las positivas que aquéllos que mantengan una cohesión de pareja armoniosa.

*Subhipótesis 10.5. Los padres que manifiesten un desajuste conyugal global presentarán mayor grado de prácticas de crianza negativas y menor grado de las positivas que aquéllos que mantengan un ajuste global conyugal.

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9. Metodología

La propuesta metodológica de este trabajo se desarrolla en el marco de un Servicio de Atención a Familias, servicio que se constituye en un dispositivo intermedio entre la intervención social y la intervención clínica. El objetivo de este servicio es dar respuestas a las demandas de atención psicológica provenientes de población infantil y adolescente y sus familias. Nuestra intervención se basa en el análisis y mejora del vínculo que establecen los padres con el niño y de aquel que establece la pareja entre sí, con la finalidad de averiguar de qué forma se produce una influencia en la psicopatología del niño. Esta intervención tiene además como telón de fondo las condiciones sociales en las que se encuentra el núcleo familiar. Todas las estrategias y pasos en aras a conseguir los objetivos de la investigación se han llevado a cabo en este marco de ayuda e intervención.

Nuestro dispositivo está ubicado en los Servicios Sociales de Base de la localidad de Olivenza (Badajoz) y atendemos tanto a familias que demandan ayuda de forma voluntaria (siendo los mismos padres los que solicitan la ayuda psicológica) como a familias que por sus dinámicas relacionales o características sociales ponen en riesgo el desarrollo de los menores. Estos últimos casos son detectados por los trabajadores sociales o derivados por las diversas instituciones sociales.

9.1. Muestra