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BEATA IÍTALA MELA

LA ASCESIS A LA LUZ DE LA
INHABITACIOÓN DE LA STMA.
TRINIDAD EN LAS ALMAS

Tabla de contenido
1. El Pecado ................................................................................................................................... 4
2. La Plegaria ................................................................................................................................. 5
3. El Recogimiento......................................................................................................................... 5
4. El Silencio................................................................................................................................... 6
5. La santa Misa ............................................................................................................................. 7
6. La santa Comunión. ................................................................................................................... 7
7. El Oficio Divino .......................................................................................................................... 8
8. La Oración.................................................................................................................................. 9
9. La Caridad. ................................................................................................................................. 9
10. La Humildad........................................................................................................................... 11
11. El Abandono. ......................................................................................................................... 12
12. Las Virtudes Religiosas. ......................................................................................................... 13
a. La Castidad. ......................................................................................................................... 13
b. La Obediencia. ..................................................................................................................... 13
c. La Pobreza. .......................................................................................................................... 14
13. La Mortificación y el Dolor. ................................................................................................... 14
ORACION A LA STMA. TRINIDAD ............................................................................................. 16
BEATA ÍTALA MELA La ascesis a la luz de la
Inhabitación de la Santísima Trinidad

Ítala Mela fue una parte importante del catolicismo italiano en la primera mitad del siglo XX y finalmente esta
apóstol y mística de la Santísima Trinidad fue beatificada el 10 de junio de 2017 por el cardenal Amato, prefecto de la
Congregación para las Causas de los Santos. Sus escritos teológicos y sus visiones fascinaron a los principales líderes
católicos de la época, incluidos Papas. Su memoria se celebrará el 28 de abril para no interferir con santa Catalina. ITALA
MELA, En las fuentes de la Trinidad.- Intr. biográfica y trad. de escritos por Manuel GARRIDO BONAÑO OSB.- Madrid, Biblioteca de
Autores Cristianos, 2002. (Estudios y ensayos, 38).

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BEATA ÍTALA MELA La ascesis a la luz de la
Inhabitación de la Santísima Trinidad

Gloria Tibi Trinitas

Vivir la Inhabitación es vivir el propio bautismo. Sería un grave error creer que invitar a
las almas a nutrirse de este misterio adorable de vida, sea llamarlas a una "devoción" especial.
Es más bien invitarlas a vivir de la gracia que el bautismo les ha dado, para penetrar la realidad
divina prometida por Jesús: Vendremos a él y haremos en él nuestra morada 1.
Nosotros olvidamos demasiado a menudo que Jesús mismo nos ha dejado esta
enseñanza y ha instruido a los discípulos sobre este misterio antes de dejarlos 2; no olvidemos
que la gran "instrucción" religiosa dejada por los Apóstoles a los primeros cristianos consistía en
una llamada constante a este don divino que habían recibido en el bautismo 3.
El recabar ante el seno de la Trinidad augusta luz que nos ilumine en la ascesis no es
una cosa nueva, también en esto podemos decir de Jesús:Os he dado ejemplo 4. Sería interesante
buscar en el Evangelio todos los pasajes que nos transmiten la enseñanza "trinitaria" del Maes-
tro, pero basta recordar que cuando Jesús quería exhortar a los Apóstoles a la perfecta caridad,
cuando quiso obtener para ellos la gracia, tomó del seno de la Stma. Trinidad el ejemplo: que
sean uno, como tú y yo , Padre 5.
San Pablo repetía incesantemente a sus discípulos su admirable: Sois templo de Dios 6, y
lo comentaba en sus Cartas sin temer iluminar a las almas, aún indoctas, apenas iniciadas, sobre
el dogma más dulce, la posesión del Señor, uno y trino, en su santuario espiritual. El tono de
nuestras instrucciones religiosas ha decaído mucho, en general: se tiene miedo, se diría, a
recordar a las almas su don y con frecuencia se prefiere desviarlas hacia devociones que, aun
siendo buenas, no son esenciales. Entiendo de este modo que muchos religiosos, muchas
personas piadosísimas y, estaría por decir, muchos sacerdotes, ignoran prácticamente la
Inhabitación. Su conocimiento del dogma es meramente teórico y abstracto: no ignoran que
Dios está en ellos con una presencia espiritual perenne (mientras poseen la gracia), pero no
piensan lo más mínimo en sacar el fruto de esta riqueza en el esfuerzo ascético.
Su "estrategia" espiritual es, con frecuencia, complicada; pero mientras realizan tantas
obras meritorias, olvidan dirigir una simple mirada de amor reconocido a Aquel que ha hecho
de su alma Su morada.
Dios ha querido vivir en la intimidad más estrecha con nosotros. No se ha contentado
con dejarnos en la Eucaristía la posibilidad de recibir por pocos instantes en nuestro corazón al
Verbo humanado, sino que ha querido que desaparecida la presencia “física” de Cristo, el alma
no quedase vacía o sola, sino que gozase de la presencia de las tres divinas Personas sin inte-
rrupción. Y, mientras nos otorga esta intimidad, nosotros rehusamos alegrarnos, y obtener de
Ella aquellos dones de Luz y santidad que está dispuesta a ofrecernos.
Iluminar a las almas sobre este gran misterio, hacérselo "sensible", por así decir, es una
obra grande. Es continuar y comentar la obra de Dios, que nos obtiene el don de la gracia con su
muerte y que la Inhabitación promete como suprema recompensa del amor por El, de nuestro

1Jn 14,23
2Jn 14-17
3Cf. Rm 5, 5 ; 8, 9-27; 1 Cor 2, 3; 3, 16 s.; 6, 19; 2 Cor 1, 22; 5, 5 ; Ef 1, 13; Tit 3, 50, etc.
4Jn 13,15
5Jn 17, 21
61 Cor 3,16 s; 6, 19; 2 Cor 5, 16, etc.

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"injerto" en El: A quien me ama, el Padre lo amará, vendremos a él, y haremos en él nuestra morada 7.
Tal vez actualmente ninguna de las promesas de nuestro Señor y de las realidades celestes de la
vida cristiana está, más que ésta, envuelta en oscuridad y en un olvido práctico entre los mismos
fieles.

1. El Pecado

El alma que ha comprendido llevar en sí un don inefable en Dios uno y trino, añade
espontáneamente, no ya por temor, sino por amor, un odio a la culpa. El pecado grave le parece
como una horrible profanación del templo vivo de Dios 8. Si la profanación del Sagrario donde
Cristo mora, se le presenta como espantosa locura, no menos grave le parece expulsar de sí
misma, perdiendo la Gracia, al Huésped divino. Que la Stma. Trinidad se retire de ella, que un
abismo se ponga entre ella misma y Aquel que se ha entregado a ella, y en ella ha puesto su
morada, se le presenta como una hipótesis monstruosa. El alma comprende que es más razo-
nable sacrificar todo deseo humano, todo afecto, la cosa más querida, antes que sacrificar la
posesión de Aquel que la diviniza. El dicho "antes la muerte que el pecado mortal" no le parece
una frase retórica y demasiado fácil de ser repetida sin convicción, sino una persuasión
profunda, de una voluntad inquebrantable. En las pruebas y en las tentaciones el alma se une a
Dios, hace de su centro la roca fuerte, intenta penetrar en el misterio trinitario el secreto del
amor que la ha redimido y que la quiere glorificar en el cielo, y alcanza en este contacto, con el
secreto de Dios, la fuerza para resistir al enemigo. Ella contempla al Padre que la ha creado y
por ella ha entregado al Hijo para que la redimiese, y contempla al Verbo que perpetúa en el
seno de la Trinidad su ofrenda al Padre para la salvación de los hombres; contempla al Espíritu
Santo que la santifica, que la ha enriquecido anteriormente con el sagrado septenario 9: siente ser
objeto de un amor incomprensible, siente que, si ella sola existiese en el mundo, para ella sola se
hubieran consumado en el misterio divino los misterios de un amor infinito. Estas luces, la hipótesis de
una rebelión contra Dios, de un desprecio de la caridad del Padre, del Hijo Espíritu y del Santo
le parece una terrible aberración. Cuando ignoraba su don, tal vez le espantaba menos la hipóte-
sis de una ruptura entre ella y un Dios pensado lejano, en los cielos remotos, un Dios con el cual, con
el tiempo, hubiera podido ponerse en paz. El mismo pensamiento de Jesús eucarístico podía ser
puesto en fuga (existen almas que no entran nunca en la iglesia para evitar encontrarse frente a
Cristo realmente presente, cuando quieren traicionarlo). Mas, si el alma ha comprendido qué es
la Gracia y la Inhabitación, teme mucho, tan solo con el pensamiento, expulsar de sí misma su
riqueza divina y rebelarse contra Uno que vive no sólo a su lado, sino dentro de ella.
A esta luz el mismo pecado venial y la imperfección advertida se le presentan mucho más
grave de lo que antes pensaba: Incluso un pequeño "no" al Amado poseído en todo instante, le
parece una cosa muy triste.
Tiene necesidad de unirse al Verbo in sinu Trinitatis para responder perennemente al Padre el
"Amén" que acepte toda su voluntad. Toda resistencia es una disonancia entre el alma y su Señor.
Todo "no" es una voz discordante en el templo en el que Dios eleva a Sí mismo un cántico de alabanza.
Aunque los pequeños "no" no priven al alma del Huésped divino, la privan de una posesión
más íntima con El y con su Amor y resuenan como una voz irreverente en las profundidades
santificadas por el canticum gloriae.
Cuanto el alma penetra más en su don, tanto más se aparta no sólo de desobedecer en
algo a Dios, sino también de no ser dócil a toda inspiración. La voz del Espíritu la oye cada vez

7Cf. Rm 6, 5; 11, 17-24


82 Cor 6, 26
9Alusión a la secuencia de Pentecostés

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más: El Espíritu de amor le pide obras de amor. Pequeñas o grandes no importa: ellas tienen un va-
lor infinito, no por nosotros, sino en cuanto han sido sugeridas por Él y el "si" más pequeño del
alma es una ofrenda celeste in sinu Trinitatis. El alma lo pronuncia unida al Verbo en los ardores
del Espíritu Santo; y entonces el pequeño "si" se pierde en el "amen" perenne que en nombre de todos
los redimidos el Verbo hace subir al Padre. El "si" se convierte en digno de ser presentado al mismo
Padre. El Padre se inclina con amor inmenso sobre el alma que ha querido testimoniarle de este
modo su fidelidad, según sus reducidas fuerzas. Porque todo "sí", aunque sea mínimo, aumenta
para el alma la donación de la caridad divina, y establece entre ella y la Trinidad relaciones más
estrechas de amor y de inefable intimidad.

2. La Plegaria

Existen muchas almas piadosas y también almas religiosas y sacerdotales que ignoran
completamente una de las expresiones más dulces de la vida interior: la oración puesta en
relación con el dogma de la Inhabitación. Sin duda que, sentir en sí la Trinidad, contemplarla,
perderse en ella en la oración pasiva, pertenecen a las gracias que el alma recibe si Dios lo
quiere y cuando lo quiere. Pero no hay duda de que muchas almas estarían más dispuestas a
recibirlas, si fuesen más instruidas sobre el hecho de dar a su piedad una relación con el don
que poseen. Hay que invitar a las almas a un esfuerzo activo de intimidad con las tres Personas,
para que lleguen más fácilmente a la edad feliz en la que el Señor se manifiesta en lo más pro-
fundo de su mirada arrebatadora.

3. El Recogimiento

Las almas piadosas y los religiosos y sacerdotes que con tanta frecuencia lamentan la
disipación de una vida, fuertemente tumultuosa, encontrarían inefables consolaciones de
recogimiento, si su conocimiento teórico de la Inhabitación se cambiase en una vivencia práctica.
Una mirada a la propia alma en medio de las agitaciones de un congreso o de una reunión, un
pensamiento a la Trinidad que en lo profundo del alma se glorifica a sí misma en la paz inal-
terable de la vida divina, podían ayudar a un alma, inmersa en el apostolado más ardiente, a
conservar el contacto con Dios. Contacto, nótese bien, no sólo útil para mantener el alma en una
atmósfera de silenciosa adoración, aun entre el vocerío de jornadas fatigosas, pero eficacísimo
para salvar al alma de los excesos de la actividad, de errores y caídas, demasiado frecuentes en
las mismas obras de celo. Este rápido encontrarse del alma con su Dios, este unirse a El por un
instante obtiene inevitablemente al alma misma una infusión de luz. El alma se dará cuenta de
que está para hacer o decir algo que disgusta al Señor viviente en ella, comprenderá que hay
que sustituir otras cosas por las suyas, y evitará los peligros de la disipación mucho más
fácilmente que las complicadas estrategias espirituales pensadas por ella. Este contacto podrá
ser una simple mirada a Dios en lo más profundo de sí misma, para almas no enteramente inex-
pertas en la intimidad con El; para otras, más inclinadas a la oración vocal podrá ser la reci-
tación del Gloria, una jaculatoria, o textos del Oficio de la Stma. Trinidad, una inspiración,
cualquier palabra dicha a Dios con atención amorosa, dicha como un acto de caridad, de súplica,
o de ofrecimiento al Señor presente en nosotros. ¿Cuántas veces, por ejemplo, al pronunciar el
Gloria Patri pensamos que nuestra alabanza es recogida por el Señor tan cercano que es el vivifi-
cador de nuestra alma? ¿Cuántas veces nuestra mirada distraída se eleva al cielo material, sin
que jamás el alma se fije en el cielo que es ella misma (caeli sumus)? 10. ¿Cuántas almas incluso

10 Idea repetida por Isabel de la Trinidad y, mucho antes, por los Santos Padres.

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piadosísimas, tendrían escrúpulos de dejar algunas prácticas piadosas (ciertamente buenas en sí
y útiles a ellas si las ayudan a elevarse a Dios), pero jamás se reprenden por olvidar
completamente que la gracia de su bautismo y de los sacramentos se los ha dado la Stma.
Trinidad y que tal don no basta conocerlo abstractamente, sino que hay que vivirlo? ¿Cuántas
almas que no se perdonarían (justamente) abandonar la adoración de nuestro sagrario, donde
Jesús está realmente presente entre los hombres, no saben sin embargo deber perdonarse a sí
mismas despreciar prácticamente (aunque sea inconscientemente) una presencia espiritual de
Dios en ellas, no menos admirable, no menos rica de caridad? ¿Cuántas almas piensan que si
nosotros podemos estar normalmente demasiado poco a los pies del Verbo hecho carne, siempre
podemos adorarlo en nosotros en su unidad con el Padre y con el Espíritu Santo?

4. El Silencio

De este contacto con Dios el silencio se deriva con una facilidad relativa que
sorprendería a muchos monjes, habituados a menudo a considerarlo como un penoso ejercicio
ascético. Pensar esto en sí conduce al alma, incluso a la menos sensible, a una reverente ado-
ración. Como cualquier persona incluso mediocremente formada, siente como falta de
reverencia el distraerse con pasatiempos inoportunos delante del Sagrario, toda alma que
piense en laInhabitación seriamente, es impulsada a callar muchas palabras inútiles y sobre
todo a respetar el silencio, en las horas determinadas por la Regla conventual o personal, en
cuanto es posible. Son éstas las horas en las que el alma puede tomar contacto más libremente
con el Señor y abandonarse a la alegría de la intimidad con El, alegría no siempre sentida, pero
siempre querida por el alma consciente de su don: Silentium tibi laus. La fidelidad a tal
mortificación puede llevar al alma a insospechadas donaciones de unión. ¿Es posible pedir el
silencio a almas apostólicas? Sin duda alguna. Una pregunta inútil omitida, una curiosidad
mortificada, una conversación interesante interrumpida con garbo, cuando más nos apriete, una
amada visita pospuesta, pueden dar al alma más metida en la vida activa las gracias que el
ejercicio de un silencio riguroso proporciona con frecuencia a los claustrales. Dios compensa lo
que cada uno puede darle en su propio estado. Y si las almas apostólicas pierden tales dones
preciosos, pueden echar la culpa a su infidelidad a este ejercicio mínimo del silencio, que
reproduce el que reina en el seno de la Stma. Trinidad. En este seno divino el silencio y la alabanza
se asocian, la paz y la actividad creadora y santificadora se desposan: lección maravillosa para toda
alma que sepa y quiera aprenderla.
San Benito considera el silencio no sólo como medio de unión, sino como expresión de
los grados supremos de la humildad (y por lo mismo de la perfección) conseguidos por el monje 11.
El gran contemplativo no ignoraba que el contacto con el Señor reduce al alma al silencio. Si se pone
junto a Él, instintivamente es conducida a moderar "la manifestación de sí misma". Esta forma
de abnegación del “yo” será al principio sólo externa, mientras el alma hablará todavía a Dios.
Pero grado a grado el silencio aumentará, procediendo de lo exterior a lo interior, hasta el
momento en el que su misma oración no será más que un silencio profundo. Entonces subirá
del alma a Dios el maximum de alabanza: vivirá plenamente el silentium tibi laus. Será ésta la edad
feliz en la que, notémoslo, el contacto con la Stma. Trinidad inhabitante habrá conseguido su
máxima intensidad, la edad en la que el alma podrá no sólo buscar a Dios en sí misma con un
esfuerzo activo de recogimiento, sino contemplarlo en sí misma por una particular
manifestación de su amor.

11 Los capítulos de la Regla 6, 7, 42 y 49

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Inhabitación de la Santísima Trinidad

5. La santa Misa

No se puede tratar de la gran liturgia eucarística, sin haber llegado a la atmósfera del
silencio que el alma debe formarse para vivir la Inhabitación. Se puede presumir que ningún
alma podría penetrar en la luz trinitaria con su plegaria litúrgica, si antes no hubiera intentado
recoger, entre los miles ecos de la vida ordinaria que la invaden, el eco de la alabanza divina
que Dios se eleva a sí mismo en ella.
En la santa Misa el alma ve insensiblemente reproducidos los misterios del amor que se
celebran en ella en el seno de Dios. El Verbo renueva su Encarnación y su inmolación para
interceder ante el Padre. Consuma su oblación en el fuego del Espíritu Santo, y con el Verbo en
la santa Misa se ofrecen y se presentan al Padre para ser sacrificados para su gloria todos los
fieles que penetran el significado profundo de la sagrada liturgia. Jesús no renueva solo el
sacrificio. El une a sí a todos los que con El quieren ser una sola hostia, para que la unidad del
Cuerpo Místico con su Cabeza no sea una abstracción o una gracia recibida casi incons-
cientemente, sino una realidad vivida por cada alma. Es el Espíritu Santo que ilumina a los
elegidos sobre estos inefables misterios, que comunica a las almas generosas una chispa de la
caridad que consume, que une, al Verbo con el Padre en el seno de la Stma. Trinidad; y que
impulsa al Verbo a penetrar bajo los velos eucarísticos los anonadamientos de su Encarnación y
de su Sacrificio. Cuando un alma toma más contacto con la Stma. Trinidad en sí, tanto más la li-
turgia eucarística le parecerá luminosa expresión de la liturgia celeste y de los misterios de
caridad que en el seno de Dios se consuman ab aeterno. La liturgia de la Misa parecerá al alma
como la actuación perenne del Ecce venio pronunciado por el Verbo in sinu Patris 12.
El alma comprenderá en cierto modo el amor infinito que une el Padre al Unigénito
ofrecido a su gloria usque ad mortem, y le será dado comprender también que tal amor es su
herencia, su posesión, porque el Padre la considera en la unidad con la Cabeza del Cuerpo
Místico, tanto más cuanto más generosamente se habrá identificado ella a esta Cabeza divina a
través del amor y del dolor.

6. La santa Comunión.

El alma sentirá entonces la necesidad de unirse a Cristo en su participación eucarística, en la


santa Misa. Comprenderá que sólo Jesús podrá desvelar gradualmente los misterios de la vida
divina; y que unida a El, le será concedido descender in sinu Trinitatis. Jamás como en los ins-
tantes de la santa Comunión podrá esperar ser objeto del amor del Padre y de los dones del
Espíritu Santo; jamás como en esos instantes podrá atreverse a ofrecerse al Padre para
glorificarlo en el cumplimiento de su Voluntad. El alma podrá pedir a Jesús que la introduzca
en el sagrario divino para amar con Él al Padre y para ser invadida por su amor. Jesús, a través
de su sacrificio incruento y con la participación en su mesa la hará menos indigna de esta en-
trada en el seno de la Stma. Trinidad. No quiero hablar de una gracia sensible, sino de la gracia
real que cada comunión puede dar al alma que sepa pedirla y que sea consciente de recibirla. Ya
que Jesús no puede unirse a un alma sin unirla a Sí in sinu Patris; somos nosotros los que recibimos
tales gracias sin comprenderlas y que, con frecuencia, no cuidamos de penetrarlas. Nosotros
queremos expresar nuestra acción de gracias a Jesús con lenguaje a veces demasiado retórico y
no sabemos bien lo que El hace en nosotros y para nosotros cuando desciende a nuestro
corazón. A través del velo de su humanidad adorable nos unimos a la Stma. Trinidad si sa-
bemos traspasar con nuestra fe ese velo. Nosotros contemplaremos entonces al Verbo en-
carnado en la unidad con Padre y con el Espíritu Santo, comprenderemos que unirse a Cristo es

12Cfr. Heb 10, 9

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también unirse al Padre y al Espíritu Santo: Quien me ha visto a mí, ha visto también al Padre 13. Por
esto una piedad cristocéntrica es también una piedad trinitaria. Estamos en el corazón del
dogma y de la fe en sus fundamentos: "Unidad y Trinidad de Dios, Encarnación, Pasión y
Muerte de Nuestro Señor Jesucristo".
Tal piedad es eminentemente sacerdotal. ¿A quién tanto, como a sus sacerdotes, desea
Jesús introducir en el misterio de la vida divina? ¿A quién será revelado tal misterio más que a
ellos que lo representan ante los hermanos? Alter Christus! Si un sacerdote debe copiar en sí,
cuanto es posible, al Maestro, ¿no deberá penetrar tal vez con el Verbo, en el santuario celeste,
para tomar parte, por así decirlo, en su vida in sinu Trinitatis? Tal vida ofrece nada menos que la
vida “humana” de Jesús como materia de meditación. El solo pensamiento del anonada-
miento 14que la vida humana representa para el Verbo y del amor del que ha tenido origen
bastará para nutrir de caridad divina, de celo y de sacrificio una entera vida sacerdotal.
In sinu Trinitatisel sacerdote se dejará inflamar de la caridad que es Dios, se dejará
compenetrar de la acción iluminadora y consumadora del Espíritu Santo para comunicar a los
fieles sus luces, sus ardores. In sinu Trinitatis, unido al Verbo implorará del Padre el perdón
para los pecadores, el don de una gracia creciente para los justos: in sinuTrinitatis contemplará
la obra de la Redención, de la que ha sido elegido dispensador y ministro. En este abismo
comprenderá que una sola cosa es esencial: la gloria de Dios, y se ocupará de hacer converger
todo a este fin supremo. Su vocación le parecerá verdaderamente celestial, semejante a la que el
Verbo hizo suya para reconducir al Padre la humanidad. Cada vez más el sacerdote querrá lle-
gar a ser unum con Cristo para gloria del Padre y salvación de sus hermanos. Y cuanto más real
sea ese unum, tanto más Cristo revelará a su sacerdote el misterio de su vida divina, de su
unidad con el Padre y con el Espíritu Santo.

7. El Oficio Divino

El Oficio Divino ha de ser para los sacerdotes y para los fieles que viven la Inhabitación
la plegaria preferida después de la plegaria eucarística. Es la misma plegaria divina, la plegaria
que Cristo eleva al Padre a través de su Cuerpo Místico, la plegaria sugerida por el Espíritu
Santo.
En los salmos, en las oraciones, en las lecturas el alma recogerá el esplendor de las
verdades eternas y de las aspiraciones perennes de los hombres. En ellos sentirá ya sea el eco de
las ofrendas y de las aspiraciones del Verbo, y el eco de las promesas y de la voluntad del
Padre. El Gloria al Padre repetido a cada paso evocará en el orante el pensamiento del Gloria
eterno que resuena en los cielos y que Dios se eleva a Sí mismo en su propia alma. El Oficio
divino no se convierte en un peso grave y áspero, una obligación que cumplir lo más aprisa
posible, sino el centro de la propia piedad, el medio para unirse a la alabanza que silencio-
samente se perpetúa en los abismos del alma santificada por la gracia divina. El fiel siente
entonces que, si no siempre esta alabanza puede resonar en el templo material, siempre puede
desarrollarse en el templo místico de su alma para dirigirse como una incensación espiritual al
tres veces Santo. El fiel anhelará repetir ese Sanctus admirable que es el Oficio Divino en lo
profundo de su corazón como los bienaventurados y los coros angélicos lo repiten en lo alto de
los cielos 15. Lo repetirá no sólo en su nombre, sino también en nombre de todos los hermanos,
intentando unir este pequeño Sanctus humano al verdadero Sanctus, el que la Trinidad se repite
a Sí misma, el único digno de serle presentado.

13Jn 14, 9
14Flp 2, 6-8
15Cfr Is. 6, 2-3

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8. La Oración.

Es difícil decir qué influencia puede tener en el desarrollo de la oración el culto de la


Trinidad inhabitante. El alma que sabe (y recuerda) que lleva en sí al Señor está inclinada a
buscar en lo profundo la luz. Hay que poner a los fieles en contacto con las tres Personas, hay
que enseñarles a hacer de la oración un coloquio íntimo con Ellas, un descanso cordial con Dios.
¿Se puede exigir que todos pueden “sentir” inmediatamente este acto cordial y hacer oración
sin ayuda de textos? No, ciertamente. Santa Teresa usó los libros de meditación durante die-
cisiete años. Pero hay que enseñar a los fieles a buscar más cerca de sí mismos al Maestro. El
Espíritu Santo con sus dones de sabiduría, de entendimiento, de ciencia, signa con su sello
divino nuestro espíritu. ¿Solemos recordar que tales dones son nuestros? ¿Nos interesa esa ri-
queza para penetrar las cosas celestiales y las cosas terrenas en la oración? ¿No es más bien una
riqueza abandonada en los abismos del alma, mientras nos lamentamos de no ser capaces de
comprender las cosas divinas? ¿Cuántas veces el amor de Dios por nosotros nos parece inaccesi-
ble sólo porque no pensamos jamás en aceptar en el seno de la Trinidad el centro y la realidad
inefable? !Cuántas veces el Padre celestial nos parece demasiado lejano para recoger nuestras
aspiraciones, nuestros propósitos, nuestro dolor y no comprendemos que El llena nuestra alma
de su amor y espera que le hablemos como un hijo con su Padre! !Cuántas veces mendigamos
consuelo, luz y ayuda de miles de personas sin que se nos ocurra recurrir ante todo al que está en
nosotros para ser el Amigo, la Ayuda y el Maestro, además del Santificador! !A quien sólo
puede dar a los demás la Gracia de ayudarnos e iluminarnos! Muchas almas simplificarían de
golpe su meditación y, sobre todo, la vivificarían, si al término de la lectura buscasen en sí el
objeto de sus suspiros y de su ascensión: el único, el verdadero Maestro. Muchas almas verían
pronto caer el velo y cerrarían para siempre los testimonios para escuchar la lección interior, más
eficaz que los tratados más sublimes. Digo “muchas” no todas: por lo menos muchas que no
iluminadas pierden gracias preciosas.

9. La Caridad.

Ya he escrito repetidas veces que no se puede elevar la mirada a la Stma. Trinidad sin
conseguir la esencia de la vida divina: la caridad, el don que permanecerá en la eternidad,
cuando la fe y la esperanza no tendrán ya razón de subsistir. En las relaciones de las tres Per-
sonas, el orante toma la expresión y la realidad suprema del amor. Como he escrito con relación
a la santa Misa, es la visión del Padre que se inclina hacia su Unigénito, la visión del Hijo que se
ofrece para la glorificación del Padre con un ecce venio llevado hasta la encarnación y la muerte,
y la del Espíritu Santo, el nudo mismo del amor que desciende del ser divino a la humanidad:
es el Padre que ama en el Hijo a todos los hombres, elegidos para hermanos de Cristo; es el
Verbo que ama a las criaturas del Padre hasta la muerte, en la Eucaristía y en todos los
Sacramentos; es el Espíritu Santo que deja sus dones supremos: el amor y el Sagrado
Septenario.
Considerando el misterio de la vida trinitaria, el alma no puede dudar ya de ser amada
y no puede dudar en adelante de intercambiar amor por amor. Abyssus abyssum invocat 16: ella se
unirá con ternura al Padre, con reconocimiento inexpresable al Verbo, con devoción profunda al
Espíritu Santo. A un amor sin medida querrá corresponder con el amor más grande de que es
capaz un pequeño corazón humano. Esta caridad como he dicho, conducirá al odio al pecado, a
la docilidad a las inspiraciones, a la ofrenda generosa de sí, a la gloria de Dios. El Verbo será en

16Sal 42, 8

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Inhabitación de la Santísima Trinidad
esto el supremo Maestro. Esta caridad se derramará en el alma de sus hermanos como procedente
de la Stma. Trinidad para el mundo.
Nosotros amaremos con el Padre a sus hijos, a los redimidos de Jesús; con Jesús
querremos conocer los servicios más generosos al Cuerpo Místico; con el Espíritu Santo
buscaremos iluminar, confortar y robustecer a los hermanos. Serán las tres divinas Personas las
que actuarán en el apóstol que quiere hacer suya, en cuanto es posible la vida de Ellas; será
particularmente Cristo el que elegirá entre los elegidos a los que quiere especialmente
habilitados a “prolongar” su Humanidad y a continuar su obra de Salvador en la predicación y
en el sacrificio. ¡Cuánta dureza cuántas faltas de generosidad, cuanta pereza caería si pensára-
mos en hacer nuestra la vida divina que está en nosotros, sin límites, sin condiciones a en-
tregarnos aun con incomprensiones y menosprecios, como Aquél que ha sido tan despreciado;
a perdonar y a volver a darnos sin reposo, como Aquél que no rehuye el motivo más pequeño
de dolor y de deseo, y que con frecuencia previene ese “motivo”! ¡Cuánto respeto para las
almas santificadas por la gracia! ¡Cuánto deseo de dar la Trinidad a quien está en pecado, de
revelar su presencia a quien la ignora o la olvida! ¡Cuánto apostolado de verdadera vida interior
y de verdadera santidad!
El apóstol no tiene más que ahondar su mirada en el seno de Dios para comprender las
razones supremas de su obra y la perfecta donación que ella requiere, para conseguir sobre
todo en Dios mismo la caridad, las luces y la fortaleza que toda conquista requiere. Si todo fiel
considerase el misterio de la Trinidad no como una abstracción, sino como una fuente viva de
luz y de amor, todo fiel llegaría a ser un apóstol de Cristo. Cristo mismo no puede ser
comprendido sino en sus relaciones con el Padre, con el Espíritu Santo y en su unidad con ellos.
No hay que olvidar que Jesús consideraba un error el amarlo y el pensarlo como separado del
Padre celestial. Jesús corrigió tal concepción errada, reclamando en sus discípulos verlo en su
unidad y en sus relaciones con el Padre y con el Espíritu Santo. Quien lo ama, ama también al
Padre; quien lo ve, ve también al Padre. Confía los redimidos al Padre en la plegaria suprema.
Es necesario que El sea glorificado en los cielos para que descienda el Paráclito. Y la promesa
más grande para los discípulos es la venida de las tres Personas al corazón de ellos:
Vendremos 17. Es el mismo Jesús el que nos ha invitado a encontrar en la Trinidad el modelo de la
caridad: Padre que sean uno como tú y yo somos uno 18. Antes de dejar a los Apóstoles Jesús los ha
invitado a elevar sus ojos más alto que la sola consideración de la humanidad. Los ha dirigido
a fijarlos en el misterio de su vida divina para que de la unidad con el Padre procurasen ser una
sola cosa en la consumación de la caridad. Este ha sido el testamento del Maestro para los
primeros que tuvieron que amar a los hermanos hasta la muerte padecida por predicarles a
ellos la Verdad. Uno de los más grandes alumnos de Cristo fue San Pablo que aprendió admira-
blemente la lección del Maestro y tradujo con lenguaje divino esta "unidad" entre los miembros
del Cuerpo Místico, que tiene su ejemplo en la misma Trinidad: “¿Quién desfallece que no
desfallezca yo? ¿Quién se escandaliza que yo no me abrase? 19Alegrarse con los que se alegran,
llorar con los que lloran” 20. Los fieles son un cuerpo, el dolor de uno es el dolor de todos, el
mérito de uno pertenece a todos. Cada uno de nosotros no está aislado, cada uno debe orar,
amar, sufrir en nombre de todos los hermanos, porque el Señor quiere considerarnos en la uni-
dad, que es la perfección del amor.

17Jn 14, 23; cfr. Jn 8, 9; 12, 26. 44. 50; y los cc. 14-17; 1 Jn 2, 22 s.
18Jn 17, 11-21.
192 Cor 11,29
20Rm 12,15; cfr. 1 Cor 10, 16 s.; 12, 12-30; Ef 1, 22 s;. 2, 14-16; 5, 23-30; Col 1,1-24; 2,19, etc.. Pío XII en

la MysticiCorporis; Concilio Vaticano II, Lumen Gentium ,7.

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10. La Humildad

San Benito 21 pone en el fundamento de la escala de humildad el ejercicio de la presencia


de Dios. Es el primer grado de la subida. Nosotros no podemos vivir mejor esta presencia si no
es adorando al Señor en nuestra alma. La adoración no será sólo un acto formal, sino una
realidad vivida, cuando el alma procurará sacrificar su "yo" a Dios viviente en ella.
El yo está fundamentalmente enfermo de orgullo; quiere "afirmarse" con su
pensamiento, con su voluntad, con sus afectos. El alma está santificada por la presencia de
Aquel que es la perfección infinita. Pero el yo quisiera en cierto modo apartarse de su Señor,
vivir independientemente de El, en contra de El. Es la soberbia de la criatura frente al Creador.
La primera forma de la humildad es la abnegación del yo ante Dios. El mismo San Benito hace
subir al monje desde el ejercicio de la presencia de Dios a la aceptación de su Voluntad en todas
sus formas. Es el yo que cede el paso al Señor. Es la criatura que se humilla ante el Creador.
Plegarse delante de El, sobre todo en lo profundo: sacrificar el propio pensamiento, la propia
voluntad, los propios afectos para hacer nuestros los de El. El alma sacrifica su modo de pensar,
de querer, de amar y hace suyo el de Dios: actitud fundamental de la humildad. Toma en sí
misma, en cuanto templo de Dios, este modo divino; o mejor, en Aquel que la inhabita. Hay que
dejar que el yo sea transformado por Dios: arrojado en el seno de la Stma. Trinidad para que su
modo de pensar, de querer y de amar lleguen a ser divinos. No hay verdadera humildad sin
esta inmolación profunda del yo sobre el altar de la liturgia celeste: este sacrificio es más bien la
esencia misma de la humildad. (Preguntarse con frecuencia: yo considero así a esta persona, tal
acontecimiento; ¿Dios los considerará en mí del mismo modo? ¿Yo amo eso otro como el Señor
y con el Señor, o existe una dualidad? La dualidad es el yo que quiere vivir contra Dios, es el
orgullo).
La virtud externa no es más que una consecuencia de este acto indispensable de
renuncia interior. Nosotros no nos exaltaremos frente a los hermanos si hemos reconocido la
enfermedad de nuestro yo y la necesidad de sacrificarlo al Señor para que no le ofenda. Toda
exaltación será una mentira y una negación de la verdad que vive en nosotros. (La humildad es
verdad no sólo porque, como se dice habitualmente, es reconocer nuestra debilidad, sino
también porque es perdernos en el seno de Aquel que es la misma Verdad. Es nutrirse de tal
Verdad en el pensamiento, en la voluntad, en los afectos, hasta asemejarnos a El, hasta vivir de
El y en El en unidad perfecta y en el sacrificio completo del yo).
Sólo quien, habiendo reconocido la miseria de la propia naturaleza, ha abandonado en
Dios el yo en la humildad de la verdad; sólo quien reconoce entre los hermanos su pobreza y a
la vez la riqueza divina que puede provenirle de tal abdicación, puede llegar a una unidad "sensible"
con la Stma. Trinidad. Cuanto este razonamiento es más profundo y convencido, tanto más se
manifiesta la Trinidad al alma porque el alma está más unida a la Verdad. El orgullo pone un velo
denso entre el alma y el Señor, aunque no sea tan grave como para separarlo decididamente;
porque el orgullo es opuesto a la Verdad y la reniega: “Si no os hacéis como niños no entraréis
en el reino de los cielos” 22; no sólo en el Reino que es el Paraíso, sino en su anticipación que es la
intimidad con el Señor aquí en la tierra.
Ningún alma podrá gozar de una verdadera y tenaz intimidad con su Dios, tan cercano
a ella y en ella viviente, si no es humilde, al menos en la voluntad, si no en la realidad práctica
(ya que en ella la perfección de la humildad es difícilmente alcanzable, por la tenacidad del
amor propio).
Pero, cuando el alma, reconociendo su nada, su ceguera, su inclinación al mal, ha
pedido a Dios que la invada y la comunique sus perfecciones, cuando haya intentado ser la

21 Regla, c.7
22 Mt 1,3

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última de sus hermanos, como el hijo pródigo, entonces el Señor la introducirá en su Reino,
manifestándose a ella en lo profundo y revelándole los misterios más sublimes de su vida.

11. El Abandono.

Del abandono del yo interior a Dios, es fácil pasar al abandono en la vida exterior. También
esto es una forma de humildad. El Señor que vive en nosotros no puede querer para nosotros el
mal. El alma que es su templo le es más preciosa que el templo material más rico. Todas las cosas
cooperan para el bien de aquellos que han sido llamados santos 23.
La santidad ¿no es acaso en su sentido más fundamental la posesión de la Stma.
Trinidad en la gracia? Dios todo lo quiere o permite para que el alma le esté siempre más unida,
para que sea siempre más suya. El sólo desea comunicarse cada vez más a su criatura, en esta
donación íntima cuyo valor sólo comprenderemos en el cielo. Todas las cosas cooperan. En los
momentos difíciles de la vida no busquemos estériles compadecedores y no perdamos el ánimo.
El Padre de los cielos está en nosotros: en nosotros está el Verbo que en su vida terrena nos ha
precedido en el camino del dolor, en nosotros está el espíritu de fortaleza y de consejo. Unidos
al Verbo, bajo el impulso de este Espíritu de amor, repitamos al Padre: Al comienzo del libro está
escrito de mí que haría tu voluntad: Dios mío lo he querido 24. Todo lo puedo en Aquél que me conforta 25.
!Qué abismo de luz, si el alma piensa que esta ayuda, este consuelo, está en ella misma! Cuanto
más nos abandonemos a Él tanto más Él se abandonará a nosotros. Y tal "abandono" de Dios se
realiza siempre, recordémoslo, en lo profundo. Muchos son los caminos, mas la plenitud de la
unión está siempre señalada por el reino incontrastado de la Trinidad en el alma: los gérmenes del
bautismo alcanzan entonces su máximo desarrollo. Y cuando Dios se ha abandonado así a una
criatura hasta dejarse poseer admirablemente en esta tierra, el abandono de la criatura a El no es
ya difícil. Entonces el hecho de que me conforta es plenamente verdadero, porque en la luz plena
ve que “todo” realmente ha cooperado a su santidad. Sin embargo, para llegar a esta edad en la
que el abandono es amor y alabanza sensible, debemos ejercitarnos antes en las sombras de la fe:
"Bienaventurado el que no ha visto y ha creído” 26. Dios la ayudará con su presencia 27 . El Señor
ayudará al alma en las pruebas a veces terribles de su elevación con su presencia adorable. Esta
presencia será buscada ante todo con un esfuerzo activo, y creída con la cima de la voluntad en
ciertas horas oscuras. Nosotros nos abandonaremos al Señor presente en nosotros, pero es-
condido; un día el que ha sido fiel en buscar al Señor en las tinieblas y en abandonarse en sus
brazos, además de sentir su unión amorosa y firme, podrá acaso tener el don de ser sostenido
por la contemplación de Él en las manifestaciones supremas de su amor.

23Rm 8, 28
24Sal 39; Heb 10, 5-9
25Fil 4, 13
26Jn 30, 29
27Sal 46 (45), 6

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12. Las Virtudes Religiosas.

a. La Castidad.

El ejercicio de los votos religiosos puede llegar a ser más luminoso si se los considera en
la realidad de la gracia. No debemos poner obstáculos al ejercicio de la pureza a la luz de la
Inhabitación, ni a declarar abiertamente la necesidad de conservar la consagración bautismal
del templum Dei: Toda profanación de un templo es un sacrilegio. Tal vez muchas almas juveniles no
conocerían ciertas caídas si fuesen iluminadas convenientemente sobre la riqueza que el
bautismo ha depositado en ellas: no hay que tener miedo de predicar a los jóvenes y al pueblo
las verdades dogmáticas más grandes; no hay que empobrecer el dogma. La experiencia prueba
que también los niños, instruidos de forma elemental sobre el don que poseen de la
Inhabitación, consiguen el sentido de la gravedad de toda profanación del templum Dei. San
Pablo no amonestaba de otro modo a los primeros cristianos y para curarlos de las pasiones
depravadas, de las que algunos no lograban librarse, los ponía en contacto con la realidad
divina de la gracia que el bautismo les había dado. Nosotros hemos empobrecido nuestra peda-
gogía y deberíamos advertirnos con espanto que en ciertas predicaciones no escuchen más las
almas que llamadas al respeto de la naturaleza, a la conservación de la salud y a la obediencia a
un Dios tan poco nuestro. Pero aparte del ejercicio de la pureza, sin la cual no es posible la
gracia y, por lo mismo, la Inhabitación, el amor a la castidad se desarrolla a la luz de la
Inhabitación. Es conservar todo para Dios nuestro ser físico y espiritual; es querer conocer sólo
su amor porque cuanto más profunda es la unión, más grande y tranquila es la intimidad.

b. La Obediencia.

La obediencia tiene su gran ejemplo en el Verbo descendido del seno de la Trinidad


Stma., para tomar nuestra carne y cumplir la voluntad del Padre. Ningún alma que se haya
perdido en la contemplación de este anonadamiento, sentirá desagradable e irrazonable el yugo
de la obediencia. La contemplación de la Trinidad llevará a todo monje a sentirse sostenido en
las pruebas más duras que la obediencia monástica pueda reservarle. Al ecce venio del Verbo
hará eco el ecce venio del alma ante los que representan al Padre celestial: Toda paternidad viene de
Dios 28. Es el Espíritu Santo el que sugiere al alma este “si” perenne a todo mandato; porque el
“si” ha de brotar de un espíritu de amor y no de temor. Será Él quien acudirá al alma sometida
a la obediencia, porque es un sólo Espíritu el que hace subir el Verbo al Padre en una incesante
oblación, y con el Verbo a todos los que quieren estar unidos a El. Un sólo Espíritu, un solo
bautismo. Toda duda desaparece, toda rebelión se esfuma, todo temor huye, si el monje medita
que el Padre celestial ha comunicado su paternidad a quien le representa y que, como el Verbo
se da al Padre perennemente y se ha dado hasta la Encarnación y la muerte, el religioso debe
abandonar su voluntad y toda su vida en las manos de los representantes de Dios, bajo el
impulso del Espíritu de amor. Abandonarse a toda exigencia, a toda contradicción, a toda
incomprensión.
La obediencia puede triturar a un alma. Pero ningún anonadamiento será comparable al
que el Verbo no sólo aceptó, sino quiso, en el ardor del Espíritu Santo.

28 Ef 3, 15

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c. La Pobreza.

Hay que elevar de tono también el ejercicio de la pobreza. Demos a las almas la
conciencia de la riqueza que poseen, el conocimiento pleno y práctico: inmediatamente las cosas
naturales perderán valor a sus ojos. Cuando se sabe que poseemos a Dios uno y trino, el
Creador, el Redentor y el Santificador; cuando se sabe esto, no de un modo abstracto, sino por
una prolongada meditación sobre la realidad inefable, es difícil apegarse tenazmente a las cosas
terrenas: permanecerá la tendencia hacia éstas, pero no será difícil sacrificarlas, para no
sacrificar a ellas una intimidad más grande con Dios (intimidad, recordémoslo, inconciliable con
cualquier apego). Muchas religiosas no se extraviarían por el afecto irreducible a sus pequeñas
cosas, si reflexionasen que poseen en su corazón al Creador de todas las cosas, si comprendie-
sen que tales afectos ponen un velo entre ellas y el Señor y que por no renunciar a la posesión o
al deseo de objetos caducos, renuncian a unirse más estrechamente al tesoro divino que la
gracia pone no junto a ellas, sino dentro de ellas.
Pero debe recordarse que la intimidad con el Señor aparta de lo creado y enseña el amor
a lo creado. El alma que vive en contacto con Dios siente el “culto” de todo lo que la rodea,
porque todo le pertenece, todo es en cierto modo sagrado por esta pertenencia. Mas este amor,
este respeto, este cuidado de todas las cosas son del todo sobrenaturales. El monje que ha roto
todo lazo entre su corazón y las cosas creadas, tiene una estrecha unión inefable entre su corazón y el
Creador, el cual en su liberalidad divina restituye todo a su amor: un amor celestial, que ya no es
separación, sino unidad con el amor esencial .

13. La Mortificación y el Dolor.

El Verbo está ya glorificado en su humanidad a la derecha del Padre. En nombre de su sacrificio


cruento de un día y del incruento sacrificio renovado incesantemente sobre los altares, Él
intercede por nosotros 29. Pero su intercesión no puede estar acompañada ya de la oblación del su-
frimiento. Y Jesús pide a las almas generosas que “completen” su pasión, que prolonguen en su
carne y en su corazón su doloroso sacrificio. Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de
Cristo 30. Si nosotros consideramos al Unigénito hecho carne e inmolado por la salvación de
nuestras almas, no podemos sustraernos al deseo de participar en esta inmolación de llevar el
peso de nuestros pecados: nuestro, de cada uno y de todos. El alma que vive en contacto con la
Stma. Trinidad encuentra en el misterio divino las razones fundamentales de todo su sacrificio.
Con la caridad que recibe en el seno mismo de Dios se une al Verbo y le ofrece su pobre
humanidad para que en ella El pueda expiar y merecer, no sólo por ella, sino por todos los
hermanos. Una “pequeña” criatura lleva en el seno de la Trinidad augusta una “pequeña”
humanidad, para que en los ardores del Espíritu Santo sea presentada por el Verbo al Padre, a
Él unida, con Él desposada, y venga a ser a los ojos del Padre una sola hostia con su Unigénito.
Cuanto más generosa sea el alma en su ofrenda, tanto más el Espíritu de amor la unirá al Verbo,
y en el fuego divino la hostia será consumida para gloria de Dios. En proporción a su deseo la
criatura recibirá la gracia del dolor; en proporción a su generosidad será aumentada la fuerza
de buscar voluntariamente inmolaciones y de soportar las pruebas divinas.
Pero esto es lo que hay que enseñar a las almas: a llevar en el seno de la Stma. Trinidad
su sacrificio. Allí aprenderán a consumarlo delante del Padre, bajo el impulso del Espíritu
Santo, en unión con el Verbo; allí aprenderán a conocer el secreto de una alegre inmolación. Ya

29Heb 7, 25
30Col 1, 24

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que en el seno de la Trinidad no hay dolor: la vida divina es paz inalterable, es gozo perenne, es
alabanza de gloria, laus gloriae. En estos abismos el dolor, aun siendo sensible a la criatura, pues
de otro modo no sería tal, se convierte en alabanza. El alma no lo soporta ya, anhelando ser
liberada, sino más bien lo ama, lo quiere, porque es la herencia que el Verbo le ha dejado al
subir al cielo.
El se ha llevado consigo la humanidad adorable que había tomado por nosotros:
nosotros podemos encontrarla en el misterio eucarístico a través de la fe. Pero una cosa no ha
podido llevar el Verbo: nos ha dejado algo: lo que había merecido para su Carne la glorificación
y para nosotros la gracia. Es el dolor que Jesús ha depositado en nuestras manos, para que hasta
el fin de los siglos sea nuestro orgullo y nuestra riqueza. Lo ha dado para que nosotros
cubramos nuestra pobre humanidad como con un manto real, para que lo hiciéramos nuestro
con humilde alegría, temblando al pensamiento de que ha sido suyo, enteramente suyo, y que
fue elegido por Él como medio para la Redención: “Todas mis cosas son tuyas” 31. Nuestro, sí,
pero, como ocurre con todas las cosas, le pertenecen a Él y a nosotros juntamente.
Nosotros tomamos este don supremo del Maestro y lo devolvemos a Él en el seno de la
Trinidad, a Él, el Verbo del Padre, uno con Él y con el Espíritu Santo, para que este don no
quede infructuoso, sino que por Él pueda ser presentado al Padre y llegue a ser precioso a sus
ojos. Entonces el dolor de un alma pequeña viene a ser el dolor de Cristo, del Verbo humanado,
y se transforma en fuente de gracia. Por esta razón muchos pecados son perdonados y
concedidas muchas donaciones de luz. El alma que ha hecho de la Inhabitación el centro de su
vida, obtiene a otras mil almas la gracia suprema, la posesión y la intimidad con el Padre, con el
Hijo y con el Espíritu Santo. Por esto el dolor se transforma en la alabanza y en una expresión
de la laus perennis, que resuena en el seno de Dios. Esto no interrumpe, sino que perfecciona el
canto del alma que, perdiéndose en la Trinidad Stma., ha transformado su vida en una perenne
liturgia eucarística: Eucaristía significa, recordémoslo, acción de gracias.

Vivir la Inhabitación no es una cosa extraordinaria, sino


la consecuencia lógica de nuestro Bautismo"
(ms. 39, 141).

31Jn 17, 10

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BEATA ÍTALA MELA La ascesis a la luz de la
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ORACION A LA STMA. TRINIDAD 32
Oh Dios mío, bienaventurada Trinidad, Te doy gracias por la luz y el Amor de los
cuales —con misericordia infinita— has colmado mi alma; por la vocación y por los dones que
me has concedido en tu Iglesia, queriendo que en Ella y por Ella fuese iluminada y santificada
desde mis primeros pasos en tus caminos hasta la palabra confortadora de tu Vicario.
Pero yo te doy gracias una vez más todavía, oh Trinidad bienaventurada por las espinas
que he encontrado en mi camino y por todas las lágrimas que he derramado; gracias, sobre
todo, por el presente anonadamiento de mi alma y de mi vida. Por la enfermedad y por la
pobreza: por todos los deberes gravosos a mi cuerpo y a mi espíritu: por la soledad, el aisla-
miento y las separaciones: por toda incomprensión y humillación: por las oscuridades, las
incertidumbres, las angustias y las renuncias del alma: por mi propia miseria e incapacidad
para darte el amor perfecto en el que quisiera ser consumida: por la frustración humana de toda
mi vida y de todas mis aspiraciones: por toda prueba por Ti escogida y enviada a mi pequeña
alma, te doy gracias, oh Señor.
Haz, oh Señor, que de este profundo anonadamiento suba hasta Ti mi oración:
más aún, que este anonadamiento exprese la incesante adoración de mi ser completamente
ofrecido e inmolado ante tu Trono. Haz que no intente huir del fuego santificador del dolor,
sino que en el silencio, inmóvil sobre el altar del sacrificio, unida al Cordero inmolado, me
ofrezca a Tu querer en la plenitud del abandono y de la caridad, hasta el último instante de mi
vida. Haz que esta oblación sea el pequeño tributo a Tu Gloria, sea la súplica que te ofrezco por
mí y por todas las almas unidas a mi vocación, a fin de que nos guardes en la Verdad, que salva
de toda ilusión y de todo error, en la caridad dispuesta a cualquier sacrificio y a cualquier
trabajo. Concédenos la inteligencia perfecta de Tu Querer y la Fortaleza para cumplirlo sin vaci-
laciones y sin desviaciones: guárdanos en la unidad perfecta que es signo de tu Presencia divina
entre las almas.
Escucha la plegaria que Te dirigimos para Tu Gloria y concede no a nuestros méritos,
sino a los gemidos de Tu Iglesia, la nueva donación de Luz y de Gracia que Tú has prometido
para iluminar y santificar a las almas en los gigantescos trabajos de la hora presente y del
oscuro porvenir.
Si es necesario para esto el sacrificio de mi vida, en esta fiesta de San Pedro, que es la
fiesta de Tu Vicario, yo te renuevo la oblación que un día te presenté por manos de María
Inmaculada. La intercesión de la Virgen y de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo acompañe mi
ofrenda y haga menos pobre la perfecta consumación. En aquel día feliz renueva para mí tus
Misericordias y haz que se inicie mi alabanza celestial, eco del himno de adoración, de acción de
gracias y de amor elevado a Ti, Uno y Trino, por todas las almas que recibirán la gracia de
poseerte conscientemente en sí mismas y de vivir esta posesión.

"...No debemos olvidar que traicionar nuestra vocación


a la santidad es también traicionar a todos aquellos
cuya salvación está unida a nuestra inmolación”.
(ms. 39, 118)
Cum permissu superiorum
© Postulazione Causa di BeatificazioneItalaMela, La Spezia,1979
© 1993 ad instar manuscripti

32 Ya hemos dicho que Monseñor A. Bernareggi, obispo de Pérgamo presentó el 21 de abril de 1941 un "Memorial" de Itala sobre
la Inhabitación, y ocho días más tarde, el 29 de abril, Pío XII, por mediación del cardenal Maglioni, Secretario de Estado, enviaba a
Itala una carta de aprobación y de bendición. Pío XII quiso que preparasen un material adecuado para un documento pontificio
unos teólogos de gran fama, como Garrigou-Lagrange, dominico; Filograssi, jesuita; y el Padre Gabriel de Santa María Magdalena,
carmelita descalzo. Itala compuso una oración a la Stma. Trinidad para que los iluminase. El documento pontificio vino dos años
más tarde, pero no se limitó a la Inhabitación Trinitaria, sino que encuadró este tema en el contexto de la doctrina sobre el Cuerpo
Místico. Encíclica MysticiCorporis, del 29 de junio de 1943. Damos aquí la traducción de esa oración.

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