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Adoración en un mundo de selfies

20 SEPTIEMBRE, 2017 | Stephen Miller

VIDA CRISTIANA

“¡Increíble! Esta noche, en la adoración, realmente nos encontramos con Dios. El lugar
estaba tan lleno de su presencia… fue uno de los momentos de adoración más intensos
que he experimentado”.

Este fue un encabezado que apareció hace poco tiempo en mis notificaciones de
Instagram.

Despertó mi curiosidad por ver la foto que este estudiante había tomado para
conmemorar su experiencia. Nunca hubiera esperado una foto de un joven parado frente
a un espejo en su propio baño y con un gesto en su cara como si estuviera confundido. Allí
estaba él, un adolescente haciendo cara de pato, mirando fijamente el espejo de su cuarto
de baño, con su teléfono en la mano.

Era para mí un misterio qué tenía esto que ver con ese intenso momento de adoración a
Jesús.

Este es nuestro mundo


Este es el mundo en el que vivimos: el mundo de las selfies. Un mundo donde la gente
toma algo que no se trata de ellos y lo giran en su dirección a través de la lente de su
cámara.

Hombres adultos posan con su mejor cara de artista mientras la punta de la


impresionante Torre Eiffel sale del costado de sus cabezas, como si fuera un pequeño
cuerno de acero asomándose desde el lugar más raro.

Muchachas adolescentes tratan de poner su más linda mirada mientras que una columna
de piedra del antiguo e impresionante Coliseo de Roma sirve de telón de fondo, y apenas
se puede ver.

No es que estemos viendo el mundo a través de sus ojos, mas bien, estamos viendo cómo
sus ojos nos bloquean el mundo.

Tal vez esto solo me importa a mí, pero yo preferiría ver una foto de las Cataratas del
Niágara en lugar de una cara que solo me impide observar ese espectáculo. Las Cataratas
del Niágara no se tratan de nosotros. Son algo majestuoso. Demanda la pantalla entera de
la fotografía, para que los espectadores puedan sentir una muestra de la admiración que
produce algo tan grandioso.
Adoración estilo selfie
Esto es exactamente lo mismo que cuando hacemos que la adoración colectiva se trate de
nosotros. Nuestros corazones pecaminosos quieren llenar con nuestros rostros el marco
entero de la gloria de Dios. Nuestra carne quiere distraernos del infinito valor del Dios
santo que nos ha invitado a su presencia, para contemplarlo y ser hechos como Él.

Este tipo de adoración egoísta constantemente intenta infiltrarse en nuestras iglesias,


haciendo que valoremos el sentimiento por encima de la sustancia, el alboroto emocional
por encima de la salud emocional, o la preferencia musical por encima de la proclamación
con significado.

Cuando el contenido de nuestras canciones (y oraciones) está saturado de asuntos y


pensamientos egocéntricos, compramos la mentira de que la adoración se trata de
nosotros. Para que quede claro, sin duda que nuestros rostros están en el marco de la
foto, pero son solo un grano de arena en la playa del vasto océano de la belleza y la
santidad de Dios. Centrarse en el grano no solo sería tonto, sino además una locura
absoluta.

Adoración centrada en Dios


Cuando nos reunimos como iglesia para la adoración colectiva, le estamos atribuyendo
valor al único digno, y elevándolo a ese lugar que solo le pertenece a Él: el trono de
nuestros corazones.

Y mientras lo hacemos, Él está con nosotros de una manera muy real. Esta realidad no es
tan solo una situación hipotética. Dios está con nosotros. No hay mayor privilegio en la
tierra para los miembros de la familia redimida y adoptada de Dios, que estar en su
presencia, y adorarle en Espíritu y en verdad, a través de su Hijo.

Y al hacerlo, crecemos y nos animamos unos a otros, recordándole a nuestro propio


corazón quién es Dios y lo que ha hecho, y proclamándolo a un mundo que necesita,
desesperadamente, verlo por lo que Él es.

Esto no se logra ni cantando sobre nosotros mismos ni obsesionándonos con nuestros


sentimientos preferidos.

Él debe crecer
Si vamos a aprender a adorar en un mundo selfie, debemos mirar continuamente más allá
de nuestras preferencias musicales, anhelos sentimentales, o el idealismo reinante, para
poder observar con asombro y admiración al carácter, y a las acciones, de nuestro
poderoso Rey y Salvador.
Debemos saturar nuestros servicios y nuestras canciones con su Palabra, y debemos
maravillarnos de su sabiduría, voluntad, riqueza, obras, y caminos. Él es el Dios que creó
los planetas y las estrellas, y los sostiene todos en sus manos. Hizo electrones y protones,
átomos y elementos, la gravedad y la inercia. Todo lo creado ha sido creado por Él, y para
Él, y antes de que siquiera fueran establecidos los cimientos de su creación, ya había
escogido redimirnos y adoptarnos en Cristo. Esto es algo demasiado impresionante como
para querer empequeñecerlo con mi egocentrismo.

Espero que resistamos la tentación de llenar el marco con nuestra cara, y que en cambio,
llenemos nuestras mentes con su gloria eterna, y nunca dejemos de repetir lo dicho
en Juan 3:30,

Él debe crecer. Yo debo menguar.

Él debe crecer. Yo debo menguar.

Él debe crecer. Yo debo menguar.

PUBLICADO ORIGINALMENTE EN DESIRING GOD. TRADUCIDO POR JUAN MANUEL LÓPEZ


PALACIOS.

Stephen Miller sirve como pastor de adoración en Prestonwood, Dallas, Texas. Es un artista,
compositor y el autor de “Worship Leaders, We Are Not Rock Stars and Liberating King”. Puedes
encontrarlo en Twitter o Facebook.