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EL CAMINO DEL CENZONTLE

Abraham Pérez Aragón

Emanan del temblor de nubes en el piso


algunos sones contrapuntos de mi marcha;

dibujo guiños circulares en los charcos


y erijo barcas para naufragar de nuevo
por estas calles que caminan por mis pasos
bajo el harapo de una lluvia enfebrecida.

¿Por qué llora la jacaranda entre murmullos?,


¿por qué juega a la nave de papel y al río
─corre que corre con el niño de mis venas─
entre las piedras y los sueños y otras flores?

Al decir
“¡Caducifolios los horrores
que solamente llegan a ser ellos mismos
si ya no queda ni una hoja de esperanza!”,

su corola nace para pronto morirse


pero siempre bajo una verde templanza.

“¿Entonces qué será un poeta ─me pregunta─


sino la memoria de troncos y raíces,
cuando botón nace de nuevo y sin saberse,
desasiéndose del silencio que le embarga,
ignora ser la primavera renacida?”

Al cerrar los ojos contemplo al fin la gota,


al pájaro traslúcido de la garganta
posado inmutable sobre el vértice agudo
de una pirámide resquebrajada.

Gota:
suspendido pensar en las palpitaciones,
islas enterradas por debajo de la turba,
los trece soles que, hijos de cristales,
se incrustan y tiemblan en la mirada atónita
de la esfera impenetrable que ha sido el ojo
de quien se entrega a sostener sobre la punta
el temblor imperturbable de lo que pende
sobre la amplitud de todos los cielos juntos
como un gran agujero sobre el que caen los trece
movimientos inacabados
de lo que hemos llamado vida.

Vi reventar a los botones de la noche,


oí cantar a la constelación eléctrica.

¡Y cómo atravesaba aquella grieta el cielo!

Besé el centro de la gota en el quebranto


y se incrustaron en mis labios sus astillas.

Me renovó después la sangre de la savia,


fui la gota
y vi disolverse entre cortinas
lo que encontré que había de hueco en la materia,

pues vi también al niño florecer sus palmas:


se le abismaba un abismo entre las manos
cuando al fin las nubes estallaron de risa.

Los adoquines se alineaban bajo los pies


envueltos en luz nuestros ojos nos miraban
arrellanados en el fondo del reflejo;

Piramidales son los cargos de los bancos,


de esas almas duras que sólo se sosiegan
detrás de la pupila ─casi en el exilio─
con el pago de la deuda que se sostiene
sobre una lanza que atraviesa decidida
lo que siempre se debieron los amantes
endeudados,
empeñados
en hallarlo
sin saber que no existía.

Esos

que dormían entre las ruinas:


los refractos, los reflejos;
los que se escondían entre papeles
y entre papeles asomaban ya polillas
dispuestas a fundirse
en un instante de luciérnaga:

los suicidas
los psicóticos
los parias
que se encontraron en las alas de fuego del llamado.

Se encaracolaron en la coroladura,
derramando los planetas, reposando entre las plantas

Las piedras reunidas en el suelo, como orishas,


nos sostenían con un mirar terrible y amoroso
Yemayá chalchihuitlicueaba sus tambores
y Tonantzin vestía el cuerpo de María

Atezcatlipocado el niño Elegguá soñaba


que se convertía en una serpiente de humo negro
misma como elefante o como ratón reptaba
pues llamándose mensajera o antigua lengua
si una vela se encendía, el camino revelaba.

Quetzalcóatl arrancaba a Cristo Yolotl


de una cruz calcinada por el odio humano
y la Coatlicue confrontaba la caída del lucero
que blandió su risa en el alma de la carne
con el jade de las plumas
del que prometió su regreso.

¿La mirada?, tiene un vasto charco de miradas


en que un jinete de segundos iza el correteo,
el transcurrir de los corceles al placer cubre de polvo
o se entretejen las pupilas en hilaje sin palabras
y el rebaño insomne en la vigilia del ensueño
afila los cuchillos de la boca para lacerar el tiempo.

Flor dormida el despertar lo lacerado,


pues anestesiadas quedan las horas arrendadas a la vida
al esculpir un sueño sobre el charco de los mundos
sin usar los filos para abrir los ojos de cada lapso
ni dejar que fluya algo de luz en el desborde
sobre esas calles que se esconden de los mapas.

Queda, pues, hacer de nuestros pasos armonías,


caminar entre las partituras de edificios
sobre helados pentagramas,
tiritar con las farolas al rugir de los metales,
ya quebrado en cada cruce el trepidar de sus crujidos,

para decir que la sangre no palpita o se renueva,


ni se escurre entre dos piernas amoratadas;

que no hace ríos que corren por las plazas


ni toca puertas en el nombre de la tierra,
en el nombre de los muertos,
en el nombre de los nombres
o detona terremotos que revientan a su paso
las arterias abandonadas de este polvo
que nada
sabe
de la Nada.

Y si después los niños juegan con el lodo


y un cenzontle dispuesto a derramar el mundo
nos incorpora como plumas, como voces
sobre su diminuto inabarcable pecho

si estallamos trino a trino en el fractal de su delirio


si cantamos
se quebrará el silencio estruendoso de las calles
de todos esos ríos que desembocan en otros ríos,
de todos esos nombres de ciudades y otros nombres
de tantos hombres y mujeres que también cantaron
Otro mismo canto de hojarasca.