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Augusto Salazar Bondy

INICIACION FILOSOFICA
Curso Universitario

EDITORIAL ARICA S. A.
LIMA PERU
Primera edición, 1963
Segunda edición, 1964
Tercera edición, 1967
Cuarta edición, 1969

© Derechos de Autor reservados

A U G U ST O S A L A Z A R B O N D Y

© Derechos de Arte Gráfico reservados


B O R IS R O M E R O A C C IN E L U

© Derechos de Edición reservados


E D IT O R IA L A R IC A S . A.
Paseo de la República 3285 • San Isidro
Teléfono 40-1670 - Casilla 3537
Lima - Perú.

I M P R E S O E N E L P E R U - P R I N T E D IN P E R U
A mis colaboradores en la cátedra
de Introducción a la Filosofía de la
Universidad N acional Mayor de
San Marcos, en testimonio de agra­
decimiento y amistad.
PROLOGO A LA PRIMERA EDICION

Recogemos en este libro el contenido fundamental de las


lecciones de introducción a la filosofía dictadas en los últimos
años a los estudiantes de la Facultad de Letras de la Universi­
dad N acional M ayor de San Marcos. La idea regulativa de es­
tas lecciones ha sido la filosofía como un saber sui generis y co­
mo un hecho de cultura que el estudiante universitario, en cuan­
to hombre de nuestro tiempo y de nuestra sociedad', encuentra
existiendo y obrando en torno suyo y cuyo sentido debe enten­
der reflexivamente si ha de estar preparado para penetrar en el
hondón de la vida contemporánea. Una genuina educación uni­
versitaria es formación del espíritu p a ra la comprensión y la di­
rección de la existencia de la comunidad. La nuestra es una co­
munidad que implica inevitablemente la filosofía y sólo puede
ser comprendida y orientada a p a rtir de ella.

Entender reflexivamente la filosofía no es, sin embargo, lo


mismo que asumirla implícitamente en las ideas, hábitos y usos
convencionales. En este caso prevalece un pensar inconsciente y
un actuar sometido a normas y fines no deliberados, que pueden
conducir fácilmente a la confusión y el error y, de cualquier mo­
do, son incompatibles con el ideal de un espíritu culto. Entender
reflexivamente la filosofía es hacer ver su fisonomía propia y aco­
gerla con sus contrastes y matices y su dinámica histórica pecu­
liar. En una introducción a la filosofía no cabe, por consiguien­
te, aceptar y ratificar la idea simplista o rudimentaria del saber
filosófico que tiene el principiante, ni ceder a la tentación de ba-
nalizar, con pretextos didácticos, la comprensión del filosofar.
Pero tampoco debe pretenderse la iniciación p or la exposición y
discusión filosófica de nivel superior o el tratamiento sistemático
de los problemas de la filosofía. La mentalidad del estudiante
de los primeros años, que no está en condiciones de abordar es­
ta tarea, sería chocada por semejante proceder y adquiriría se­
guramente un reflejo de rechazo. La iniciación en la filosofía
implica un paso dialéctico del pensar común a un pensar nuevo,
que es lo contrario de la simplificación o el empobrecimiento de
la reflexión y de la naturaleza del filosofar; pero un paso, una
orientación y un acomodamiento de la mirada intelectual capa­
ces de hacer posible la penetrqción en esta naturaleza.

La reorientación y el acomodamiento de que hablamos exir


gen fundamentalmente dos cosas en que hemos insistido a lo la r­
g o 'd e las lecciones aquí reunidas. Una descripción de los rasgos
diferenciales, características y modos del filosofar como conoci­
miento sui generis, y una remisión sistemática a la historia de la
filosofía, a los textos clásicos y al debate vivo del pensar actual.
N o hemos excusado las repiticiones y los planteos diversos del
mismo tema para hacer más segura y efectiva la primera con­
dición. Y hemos insistido una y otra vez en la necesidad de po­
nerse en contacto directamente con los textos de los grandes fi­
lósofos de la historia, así como de manejar los estudios y medios
auxiliares de la especialidad, como condición de un acceso gra­
dual y. firme al filosofar. Con este propósito, en cada capítulo
se encontrará una Guía de Lecturas con la bibliografía recomen­
dable, la cual se ha lim itado a la castellana a fin de contar sólo
con los medios de estudio accesibles a todos los alumnos de los
cursos elementales.

N o se ha inventado todavía la manera de ingresar a la fi­


losofía sin esfuerzo intelectual y sin autodisciplina. Este libro no
pretende por eso hacer fácil lo que por su naturaleza supone la
dificultad de las tareas serias; y tan seria es ésta de la filosofía
que le toma cuentas, con ironía grave, a las cosas y las personas
que se sienten más serias, intocables y hasta sagradas. Busca sí
este libro conducir y ayudar al estudiante universitario — y a
cualquier lector interesado— en su esfuerzo de intelección y asun­
ción consciente del filosofar.
Por cierto que hay otras maneras de cumplir esta farea y no
pocos que pueden hacerlo con más éxito que el autor de estas
páginas. Fácilmente se encontrarán aquí muchas cosas que en­
mendar y agregar y más de un punto objetable por los entendi­
dos. Estos, sin embargo, sabrán comprender que, por lo menos
en una parte, las objeciones y divergencias son insalvables y, en
la misma medida, excusables: en aquella parte en que toda in­
troducción a la filosofía traduce un modo personal de concebir
y practicar la filosofía y da testimonio de la formación y las pre­
ferencias intelectuales de quien enseña, de las lecciones e ideas
de los maestros que lo formaron y de la orientación esencial de
su propia meditación.

A. S. B.

Lima, m n v n d e 1961

PROLOGO A LA SEGUNDA EDICION

En esta segunda edición se han introducido ligeros cambios


que no afectan el contenido y el planteo fundamentales de la
obra y se han agregado algunos nuevos títulos a la bibliografía,
además de corregirse las numerosas erratas que se deslizaron en
el texto impreso de la primera.

A. S. B.

Lima, mayo de 1964.


PROLOGO A LA TERCERA EDICION

En la presente edición se ha am pliado el contenido de algu-.


nos capítulos y se ha actualizado, en la medida de lo posible, la
bibliografía recomendada. Entre la segunda edición y esta ter­
cera, hemos compuesto tres obras que tienen el carácter de me­
dios auxiliares de la enseñanza filosófica: Lecturas filosóficas, Bre­
ve Antología Filosófica y Breve Vocabulario Filosófico, que com­
plementan el enfoque didáctico del presente curso. En lugar de
hacer reiteradas referencias a ellas, hemos preferido hacer aquí
esta mención general a su utilización recomendada.

Agradezco la gentil colaboración de la Srta. Eva Villaverde,


quien ha preparado el índice onomástico, y del Sr. Víctor León
Roca, que revisó las pruebas de imprenta.

A. S. B.

Lima, abril de 1967.


EL COMIENZO DEL FILOSOFAR

"Si la visión de todo artista es irreductible


a la visión común, es porque desde su ori­
gen está ordenada por los cuadros y las es­
tatuas, por el mundo del arte. Resulta re-
velador que ninguna memoria de gran
artista registre una vocación nacida de otra
cosa que de la emoción sentida ante una
obra: representación teatral, lectura de un
poema o de una novela en los escritores;
audición en los músicos; contemolación de
un cuadro en los p in to re s...
En Chartres como en Egipto, en Florencia
como en Babilonia, el arte no nace de la
vida sino a través de un arte anterior".

André Malraux

"N o creo que el mundo o las ciencias me


hayan sugerido nunca algún problema filo-
sóficot Lo que me ha sugerido problemas
filosóficos son las cosas que otros filósofos
han dicho sobre el mundo o las ciencias'1.

G. E. Moore

"El Pathos del asombro no se encuentra


simplemente al comienzo de la filosofía, co­
mo, por ejemplo, el lavarse las manos pre­
cede a la operación del cirujano. El asom­
bro sostiene y domina la filosofía".

Martin Heidegger

"Hasta el momento no se puede aprender


ninguna filosofía, pues ¿dónde se encuen­
tra, quién la posee y en qué podemos re­
conocerla? Sólo se puede aprender a filo ­
sofar".

K ant.
El arte, dice Malraux, nace del arte. Lo mismo ocurre con
la filosofía, según la experiencia personal de quienes la hacen.
No hay filosofía que haya surgido de la nada, como producto
de una meditación sin ejemplos y sin influencias intelectuales, es
decir, sin contacto con una filosofía ya formulada y actuante.
La idea de una reflexión “ natural” , obra de un pensador aisla­
do, eñ contacto puro con el cosmos, es ilusoria. Así como hay
siempre una mediación entre el artista y la naturaleza, una ma­
nera pictórica o poética de ver el mundo, que es aprendida y
que da testimonio de la preexistencia de la pintura o la poesía,
así también entre el pensador y el mundo sólo se establece un
contacto filosófico a través de la filosofía que ya han hecho otros
hombres. Por estar implícito en todo filosofar un contacto con
los filósofos, un diálogo con ellos, un proceso abierto de asimi­
lación, provocación y trasmisión de inquietudes, dudas y convic­
ciones acerca de los problemas de la existencia, la filosofía re­
mite a la histeria. Por lo mismo, nadie sabe quién fue el primer
filósofo, ni interesa mucho saberlo, y seguramente no tiene sen­
tido el tratar de determinarlo como un personaje singular de lo
historia. En efecto, nos apercibimos de la existencia de la filo
sofía cuando ya está en obra por largo tiempo un diálogo ra­
cional y se ha producido una evolución ideológica que enlaza,
la meditación inteligente de unos hombres con la de otros. Di­
cho de diferente modo, la filosofía que encontramos en la histo­
ria hunde sus raíces en una tradición reflexiva. En cualquier
casó, su origen hubo de estar en una mediación inicial gracias
a la cual una cultura nueva surgió dialécticamente de un pensar
anterior.

Estas consideraciones tienen una consecuencia principal que


debe tomar en cuenta todo aquel que quiera comprender el sen­
tido de la filosofía: la filosofía es eso que históricamente ha sido
formado y es así como la historia la ofrece desde los griegos
hasta nuestros días.-Iniciarse en la filosofía significa, por lo tan­
to, entrar en el diálogo de los filósofos, aprender su lenguaje,
recibir el impacto de sus inquietudes y ser promovido de este
modo a un nuevo pensar.

Pensar "naturalmente" y filosofar son, por consiguiente, co­


sas contrarias. Nadie llega a la filosofía por la espontaneidad
de su propia conciencia, sin nexo con la comunidad pensante
de la historia. Todo esfuerzo hecho en esta dirección planeará
en el vacío y se mostrará incapaz de dar frutos aprovechables
para el dominio intelectual de la realidad. En filosofía, más se­
guramente que en otra disciplina, sólo es fértil el pensamiento
educado, apto para plantear cuestiones y formular respuestas
con sentido, es decir, encuadradas en un contexto ideológico
preciso. Un problema planteado adánicamente, sin precedentes
y puntos de referencia bien determinados, sería en la práctica un
pseudoproblema, un pensamiento inane. Lo mismo ocurre con
las respuestas. Una solución no preparada dialécticamente por
el pensar anterior sería una respuesta impertinente, un esfuerzo
intelectual infecundo, entre otras cosas por ignorante de sí mis­
mo y de las condiciones en que puede ser probada su verdad.

No hay entonces manera de ingresar en la filosofía a no


ser insertándose en el desarrollo de ella, admitiendo la influen­
cia y la estimulación de los filósofos que la hacen, aprendiendo
el diálogo racional y preparándose para el trabajo creador.
De allí que puede decirse también a propósito de la filosofía, co­
mo lo dice Malraux del arte, que quien comienza en ella pro­
duce siempre pastiches. Un principiante en filosofía crea a du­
ras penas y nunca sin imitar. El valor de su pensamiento está
dado por el esfuerzo que pone en comprender y traducir a sus
maestros, antes que por un aporte original. Este pensar y decir
por cuenta propia las ideas de los otros, esta reflexión y formu­
lación imitativa es, sin embargo, un primer lenguaje personal,
una primera forma de autoafirmación intelectual que se alimen­
ta de una rebeldía escondida.

Pero — podrá observar alguien— ¿no implica la filosofía un


pueri¡izarse?, ¿no se ha dicho desde antiguo que el filosofar co­
mienza con la admiración, con el asombro ante las cosas del
mundo?, ¿no significa esto romper con las ideas anteriores y
quedar librado a la espontaneidad del propio pensar? Platón y
Aristóteles afirman, en efecto, que la filosofía comienza con la
admiración, y la historia de la filosofía confirma su aserto. Pe­
ro no debe olvidarse que hay admiraciones y admiraciones. Hay
la admiración de cualquiera y la otra, la contraria, como dice
Aristóteles, que es la filosófica. Un espíritu simplón puede pa-
sorse la vida extrañándose de las cosas más banales y corrien­
tes sin llegar nunca a filosofar. En verdad, e! pensamiento filo ­
sófico está más lejos de la conciencia del rústico que se queda
boquiabierto ante los tranvías y las luces neón de la ciudad, que
del hombre urbano cuya mente no es extraña al lenguaje de la
ciencia y la técnica y, quizá sin saberlo, interpreta la realidad
racionalmente gracias a las categorías de este lenguaje. Este
hombre posee ya un esquema conceptual apto para convertirse
en lenguaje filosófico, mientras el primero está preso en imáge­
nes y nociones indiferenciadas que impiden articular lógicamen­
te el pensamiento. Y es cierto que la actitud filosófica implica
un puerilizarse, un ver las cosas con mirada inédita. Pero con
ello no quiere decirse que el niño sea filósofo y que haya que
retornar a la conciencia infantil real para hacer filosofía, por­
que la nueva mirada filosófica implica romper con toda credu­
lidad, con toda idea recibida, con todo tabú, es decir, entre otras
cosas, con el mundo ingenuo de la infancia. Lo cual comporta
un penoso esfuerzo de conversión espiritual, un largo ejercicio de
liberación de la mente, en suma, un aprendizaje. La admiración
de que se nutre la filosofía es, pues, una manera de ver y pen­
sar aprendida en la escuela de los filósofos. Por cierto que la
conciencia anterior, todas las maneras de juzgar y reaccionar
ante el mundo, que son propias del sentido común y, en general,
de la mente no filosófica, tienen su valor y son aprovechables
por la filosofía. En rigor, forman la raíz de la que ha de surgir,
por oposición dialéctica, la reflexión filosófica, del modo como
históricamente la filosofía fue condicionada por el mito. Pero
la mediación pedagógica, el diálogo con los filósofos, es el fac­
tor fundamental.

Por lo dicho se comprenderá que no estamos haciendo una


recomendación de pasividad. Aprender y educarse en-filosofía
no significa recibir simplemente determinados contenidos teóricos,
sino asumir problemas y prepararse para responderlos de un
modo original y creador. La mera recepción es menos concebi­
ble en filosofía que en otra disciplina teórica porque, como se­
ñalaba Kant, no hay nunca una filosofía formada y acabada, y
porque, en consecuencia, lo que en ella cuenta es el acto de
pensar. La analogía del arte vale también en este punto. Ser
educado, por ejemplo, en la pintura, aprender a pintarles cosa
muy distinta de acoger pasivamente ciertos valores y técnicas ya
existentes; supone, por el contrario, dominarlos y manejarlos co­
mo cosa propia. Quien no concurre a la escuela de los pinto­
res, quien no atiende las lecciones de la pintura universal, nunca
podrá formarse y quedará fuera del mundo del arte. Pero quien
se limita a registrar lo que otros han hecho, sin poner en juego
su personalidad y su voluntad polémica, nunca llegará á pintar.
Así también ocurre en filosofía. Hay que recibir y asimilar el
ejemplo y las orientaciones de quien guía, pero al mismo tiempo
hay que poner en obra el propio pensamiento racional, respon­
der al estímulo y acoger las sugestiones del pensar extraño per­
sonalmente, convirtiendo en cosa propia las motivaciones y téc­
nicas aprendidas.

Más adelante hemos de insistir una y otra vez en que la fi­


losofía es meditación personal. Esto implica que nadie ingresa
a la filosofía sin estar comprometido "en persona” con la re­
flexión racional, sin adaptar a las condiciones y exigencias del
propio espíritu los problemas y temas que le llegan de una tra­
dición secular.

Tradición y originalidad — que es como decir historia ge­


nuino— son, en suma, categorías fundamentales del quehacer fi­
losófico. Por eso, aprender fijosofía no es repetir una filosofía
existente, sino llegar, por mediación deun filosofar existente, a
un nuevo pensar. N o se puede aprender*filosofía sino a filoso­
fa r decía también Kant. Eso es lo que nos enseñan, y lo que
sólo por ellos podemos aprender, los filósofos que han hecho la
historia .del pensamiento racional.

* * *

Guía de lecturas. Desde el principio, el estudiante debe po­


nerse en contacto con los clásicos de la filosofía a través de la
lectura personal de algún texto famoso. En rigor, cualquier
gran obra filosófica, leída atenta y pacientemente y con la de­
bida orientación, sirve como inmejorable iniciación en el filoso­
far. Sin embargo, de acuerdo con lo que aconseja nuestra ex­
periencia de la enseñanza de la filosofía, cabe recomendar es­
pecialmente ciertos autores y títulos como los más apropiados al
fin señalado. En este sentido, Platón, pese a ser un filósofo de
una gran riqueza y profundidad de pensamiento, se destaca en­
tre todos. De sus obras, recomendamos la Apología de Sócrates,
Critón, Georgias y el libro I de La República.' Algunos libros de
pensadores ingleses modernos, tales como Tres diálogos entre
Hylas y Filonus, de George Berkeley, e Investigación sobre el en­
tendimiento humano, de David Hume, se señalan por su claridad
y vivacidad polémica. La introducción a la Crítica de la razón
pura de Kant, complementada con otros textos kantianos (véase
por ejemplo la antología de J. Zhitlovski, Kant, Buenos Aires, Ed.
Sudamericana, 1941), tiene también gran valor formativo. Pa­
ralelamente a estas y otras lecturas análogas conviene consultar
algunos estudios acerca de los respectivos autores, para lo cual
remitimos a la bibliografía mencionada en los capítulos consa­
grados a las etapas de la filosofía (III y IV).

Otro género de obras que ayudan a familiarizarse con el


sentido y objeto de la filosofía son los manuales y ensayos de
iniciación. A este respecto, existen en castellano numerosos li­
bros y de muy diversos tipos y orientaciones. He aquí, descrito»
brevemente, algunos de los más conocidos.

Una sencilla y clara presentación de la filosofía, su carácter


y dominio, se encontrará en Francisco Romero, Qué es la filosofía,
Buenos Aires, Ed. Columba, 1953, y J. D. García Bacca, Elemen­
tos de filosofía, Caracas, Univ. Central, 1963. Igualmente acce­
sibles son los ensayos de A. Vasallo, ¿Qué es filosofía? o de una
sabiduría heroica, Buenos Aires, Ed. Losada, 1945, y A. Sánchez
Reulét, Raíz y destino de la filosofía, Tucumán, Universidad N a­
cional, 1942.

Una iniciación a través del estudio de las diferentes disciplir


ñas filosóficas, sus métodos y contenidos, es el breve libro de
H. Leisegang, Introducción a la filosofía, México, Ed. Uteha, 1961.
Del mismo género es el de R. Lehmann, Introducción a la filosofía,
Buenos Aires, Ed. Losada, 1941. Una organización semejante dé la
materia y además unestudio de las corrientes filosóficas prin­
cipales se encontrará en el más extenso y menos sencillo, ma­
nual de O. Külpe, Introducción a la filosofía, Buenos Aires, Ed.
Poblet, 1946. El breve libro dé J. M. Bochenski, Introducción al
pensamiento filosófico, Barcelona, Herder, 1965, ofrece un enfo­
que muy claro y serio de los principales problemas y temas filo­
sóficos. Una obra más difícil, que presenta la filosofía por te­
mas y problemas y, paralelamente, por disciplinas, es la de Aloys
Müller, Introducción a la filosofía, Madrid, Ed. Revista de Occi­
dente, 1934 (hay otra edición, Buenos Aires, Ed. Espasa-Calpe
Argentina, 1940). La Guía de la filosofía de C. E. M. Joad (Bue­
nos Aires, Ed. Losada, 1940), que es obra que se recomienda
por ser enjudiosa y a la vez accesible, trata también de los gran­
des sectores temáticos de la filosofía, pero agrega al expmen de
los problemas información acerca de su debate a través de la
historia de la filosofía.

El muy conocido y 'justamente estimado manual de Manuel


García Morente, Lecciones preliminares de filosofía, Buenos Aires,
Ed. Losada, 1941, es una típica introducción histórica en la filo ­
sofía. El mismo género de enfoque se encontrará en Leopoldo
Zea, La conciencia del hombre en la filosofía. Introducción a la
filosofía, México, Universidad Nacional, 1953. El sugestivo libro
de Juan David .García Bacca, Invitación a filosofar, La Casa de
España en México, 2 vol., 1940-1942, adopta en mucho una pers­
pectiva histórica, resaltando el contraste entre las formas del co­
nocer clásico y moderno; no es, sin embprgo, un libro con el cual
se debe comenzar, pues supone un cierto entrenamiento filosó­
fico.
La Antología filosófica de José Gaos (México, La Casa de
España en México, 1940) está concebida como una iniciación en
la filosofía a través del estudio de algunos-textos capitales. De
acuerdo a los postulados historicistas que defiende, el autor
trata de poner al principiante en contacto con el proceso mis­
mo del filosofar. Contiene una excelente selección de textos de
grandes pensadores de la antigüedad y comentarios y notas in­
formativas muy útiles para comprender el pensamiento de los
autores allí incluidos y, en general, el sentido del quehacer filo ­
sófico. Como una revisión histórica está igualmente concebida
y desarrollada la primera parte de la valiosa Introducción a la fi­
losofía de Nicolai Hartmann (México, Univ. Nac., 1961). No cu­
bre, sin embargo, el proceso entero de la filosofía, sino que se
detiene en la exposición y análisis del pensamiento de Kant.
La segunda parte es más bien una exposición breve de los te­
mas principales de la filosofía, en la cual desarrolla el autor sus
propios puntos de vista teóricos sobre la problemática filosófica.

Los breves volúmenes de Bertrand Russell, Los problemas de


la filosofía, Barcelona, Ed. Labor, 1928;. W illiam James, Proble­
mas de la filosofía, Buenos Aires, Ed. Yerba Buena, 1944; y Georg
Simmel, Problemas fundamentales de la filosofía, Buenos Aires,
Coepla, 1947, ofrecen un tratamiento directo de algunas cuestio­
nes principales que ocupan al pensamiento filosófico. Corres­
ponden así a l modelo de conducción del principiante por el abor­
daje directo de la problemática de la filosofía. Por expresar,
además, directamente, los puntos de vista de sus autores, que son
figuras notables del pensamiento contemporáneo, pueden también
ser elegidos como textos apropiados para ejercitarse en el aná­
lisis y la interpretación, a .través de una lectura paciente y cuida-
dosa. Por su pacte, la Introducción a la filosofía de Jean Wahi
(México, Fondo de C.E., Brev., 1952) ofrece un vasto repertorio
de enfoques y soluciones a las cuestiones fundamentales de la fi­
losofía; no es, empero, un libro útil en la primera etapa del
aprendizaje, justamente en razón de su riqueza temática.

Son frecuentes las introducciones a la filosofía o los manua­


les de iniciación que presentan la filosofía explícitamente — pues
en rigor todos lo hacen, bien que implícitamente— desde la
perspectiva de una determinada corriente o escuela filosófica.
Tal es el caso, por ejemplo, de los siguientes libros: R. Le Senne,
Introducción a la filosofía, Buenos Aires, Ed. El Ateneo, 1954,
obra densa y de ningún modo elemental, que defiende los plan­
teamientos de la metafísica espiritualista francesa; Julián Marías,
Introducción a la filosofía, Madrid, Ed. Rev. de Occ., 1947, si­
tuado en la línea del vitalismo orteguiano; Jacques Maritain,
Introducción a la filosofía, Buenos Aires, Club de Lectores, 1954,
que es representativa, entre otras obras, de la orientación filo ­
sófica neoescolástica; Karl Jaspers, La filosofía desde el punto de
vista de la existencia, México F. de C.E., Brev., 1953, en que el
autor expone sus puntos de vista doctrinarios encuadrados den­
tro de la filosofía existencial; y, en fin, los manuales de orienta­
ción marxista, como por ejemplo el de Georges Politzer, Princi­
pios elementales de filosofía, Buenos Aires, Ed. Lautaro, 1953 (que,
por lo demás, no es un libro orgánico sino una compilación de
lecciones editada después de la muerte de su autor).

Muy valioso como instrumento didáctico, por el planteamien­


to y el método, es la Introducción al análisis filosófico de J. Hos-
pers, B. Aires, Ed. Macchi, 1965, 2 vol. Es el único libro intro­
ductorio en español que aborda la filosofía desde la moderna
perspectiva analítica.

Existe un tipo diferente de libros que, sin ser propiamente


introducciones a la filosofía en el sentido ordinario, pueden
prestar gran ayuda a quien quiere penetrar en la filosofía. Este
es el caso de las conferencias de Ortega y Gasset publicadas
postumamente con el título de ¿Qué es filosofía?, Madrid, Ed.
Rev. de Occ., 1958. Las calidades expositivas de Ortega hacen
recomendable este libro, pese a no ser una obra orgánica. Más
difíciles y por ello menos aconsejables en un primer estadio son
el ensayo de Max Scheler, Esencia de la filosofía, Buenos Aires,
Ed. Nova, 1958, y el conocido estudio de W. Dilthey, Esencia de
la filosofía, del cual hay varias ediciones en castellano (Ed. Losa­
da, 1944, y en el volumen Teoría de la concepción del mundo,
editado por el F. de C.E., 1945).
Acerca de la reflexión filosófica y el estudio de la filosofía,
el principiante podrá obtener útiles indicaciones en el ensayo
de Alberto Wagner de Reyna, La filosofía en Iberoamérica, Lima,
Sociedad Peruana de Filosofía, 1949, primera y tercera parte; en
el artículo de Francisco Miró Quesada, "¿Cómo se debe leer a
Kant?", Letras, Lima, primer cuatrim., 1942, y en el Anexo 1 a
nuestro libro Lecturas filosóficas, Lima, Ed. Renovada, 1965, re­
producido en Breve antología filosófica, Lima, Ed. Universo, 1967.
Las historias de la filosofía y los diccionarios filosóficos son
instrumentos de trabajo científico a cuyo uso debe acostumbrar­
se desde el principio el estudiante. Ellos le permitirán situar su
lectura y su reflexión en la perspectiva del desarrollo de la filo ­
sofía en el tiempo y en el cuadro del lenguaje y la conceptua-
ción de los filósofos. Sobre las primeras remitimos al lector a
las indicaciones que hacemos en el cap. III. Los principales
diccionarios filosóficos en castellano1 son: José Ferrater Mora,
Diccionario de filosofía, 3a. ed. Buenos Aires, Ed. Sudamericana,
1951; Andrés Lalande, Vocabulario técnico y crítico de la filoso­
fía, Buenos Aires, Ed. El Ateneo, 1954, 2 vol.; I. Quiles y J. Rey
Pastor, Diccionario filosófico, Buenos Aires, Ed. Espasa-Calpe,
1952; Nicola Abbagnano, Diccionario de filosofía, México, F. de
C.E., 1963, y W alter Brugger, Diccionario de Filosofía, Barcelona,
Herder, 1965. Aparte de estos diccionarios, que son obras ex­
tensas y detalladas, cabe mencionar los breves y manuales de R.
Jolivet, Vocabulario de filosofía, B. Aires, Ed. Desclée de Brou-
wer, 1954, de A. Cuvillier Diccionario de filosofía, B. Aires, Ed.
Lerú, 1951, el de Apel Ludz, México, Uteha, 1961, y nuestro Bre­
ve vocabulario filosófico, Lima, Ed. Universo, 1967.

La información científica sobre la bibliografía, fuentes, co­


lecciones filosóficas, revistas y publicaciones periódicas se con­
signa en las obras generales de referencia y los repertorios de
la materia, que dan una información indispensable para el tra­
bajo serio de investigación. Véase, como ejemplo, la Introduc­
ción del libro de R. Mondolfo, Problemas y métodos de la inves­
tigación en historia de la filosofía, Tucumán, Univ. Ncc., 1948
(hay hueva edición de Eudeba)2. Desgraciadamente, en castella­

1 Loa principales diccionarios filosóficos en lengua e x tra n je ra son los de


R. Eisler, W oerterbuch der philosophischen B egriffe, B erlín, M ittler, 4’ . ed.,
1927-1939. 3 vol. (el m ism o autor tiene, adem ás, o tra s dos obras del géne­
ro) y J . M. Baldw in, D ictionary of Phílosophy and Psychology, New York,
Sm ith, 1940-49, 4 vol.
•2 E n tre los repertorios m ás recientes en lengua e x tra n je ra se recom ienda el de
G ilbert V aret, M anual de bibliojjraphlc philoüophique, P a rís , Presses U niver-
sitaires de F rance, 1956, 2 vol. El In s titu t In tern atio n al de Philosophie p u ­
blica desde 1937 u n a bibliografía general de la m ateria y boletines p erió ­
dicos con referencia» sobre libros y artículos (P a rís, Ed. V rin ).
no no existen obras de calidad en este dominio. Hay una Bi­
bliografía filosófica española e hispanoamericana (1940-1958),
compilada por Luis Martínez Gómez (Barcelona, Ed. Juan Flors,
1961), que si bien constituye un esfuerzo meritorio se resiente de
la falta de un, criterio selectivo adecuado. Mencionaremos, fi­
nalmente, como una obra importante en un campo especial, la
bibliografía preparada por Use Brugger, Filosofía alemana tra­
ducida al español, Buenos Aires, Univ. de B. Aires, Instituto de Es­
tudios Germánicos, 1942 (hay además un primer suplemento de
1945).

Sobre la admiración como comienzo del filosofar, conviene


que el estudiante vea en los propios textos de Platón y Aristó­
teles el tratamiento de la cuestión. Consúltese al efecto, Platón,
Teetetes, 155 e, y Aristóteles, Metafísica, lib. 1, 2. Heidegger co­
menta estos pasajes en ¿Qué es esto, la filosofía?, Lima, Bibliote­
ca Filosófica, 1958, pp. 49 y ss. (el ensayo en su conjunto es, sin
embargo, de difícil lectura para el principiante).
EL CONCEPTO DE FILOSOFIA

“ Pero la teo ría de la filo sofía es en sí misma


un pro b le m a p a ra la filo so fía ; y no sólo un
p roblem a posible sino un problem a inevitable,
que tarde o tem prano está o b lig a d a a plan-
.te a r".
R. C. C ollingw ood

“ U na cosa es exam inar y describir opiniones


de filósofos. O tra cosa muy diferente es dis­
c u tir con ellos lo que dicen, es decir, aquello
de lo que h a b la n ".
M artin Heidegger

“ La meta de la filo sofía es el esclarecimiento


ló g ico de los pensamientos. La filosofía no es
una te o ría sino una a ctiv id a d ".
Ludwig W ittgenstein

“ Pero la filo so fía es un sistema de acciones


vivientes, como pueden serlo los puñetazos,
sólo que los puñetazos de la filosofía se lla ­
man ideas".
José O rtega y Gasset

“ Un filó sofo es un hom bre que experim enta,


ve, oye, sospecha, espera y sueña constante­
mente cosas e xtrao rdinarias, que se sieríte im­
presionado p o r sus propios pensamientos, co­
mo si éstos viniesen de fuera, de a rrib a a bajo,
com o p o r una especie de acontecimientos, co­
mo rayos que él solo puede sufrir, porque
quizá él mismo es una tempestad, siempre p re ­
ñada de nuevos rayos; un hom bre fa ta l, a lre ­
d e d o r de quien rueda, ruge, estalla siempre
a lg o de inquietante. Un filósofo es una ser
¡a y! que muchas veces huye de sí mi smo. ..
p e r o que es demasiado curioso para no vol­
ver siempre sobre sí mismo".

Federico Nietzsche
Hay una p a ra d o ja — y no es la única— de la filo sofía que
consiste en que tod o el mundo cree saber lo que es la filosofía
y, en cam bio, los filósofos no están seguros de poder d a r una
definición cabal de ella, pese a que entre sus principales afanes
está el esclarecer el concepto de filosofía. Esto tiene que ver
directam ente con la clase de actividad que desenvuelve el f i­
lósofo, de ta l manera que podría decirse que lle g a r a entender
en qué consiste la filosofía es lle g a r a entender por qué es d i­
fícil y hasta im posible definir exactamente el com etido del filó ­
sofo. En efecto, la filosofía se ofrece históricamente com o una
actividad desarrollada p or ciertos hombres de m odo tan m últi­
ple y va ria d o que, si bien en cada coyuntura concreta puede a l­
guien singularizar a un filósofo, no es fácil y seguramente nunca
faena plenamente cum plida el com prender la filosofía.

Conviene subrayar a este respecto que a lo la rg o de la


evolución histórica del pensamiento filosófico han sido muy dis­
pares los asuntos de que se han ocupado los filósofos e ig u a l­
mente diversas las circunstancias intelectuales y culturales que
han dado sustento a su actividad. Los filósofos han sido educa­
dores, oradores, políticos, religiosos, matemáticos, físicos, historia­
dores o poetas, y han expuesto doctrinas y escrito libros sobre
asuntos tan diversos como el Estado, la m ateria, el lenguaje, el
am or de Dios, la belleza, la circulación de la sangre, la educa­
ción, los números o la form ación del universo. Hay razones p a ­
ra extrañarse de que se consideren dedicados al mismo quehacer
hombres com o, p o r ejem plo, Plotino, cuyo pensamiento está pe­
netrado de aliento místico y se expresa en un lenguaje poético,
M arx, para quien la filosofía cobra su verdadero sentido en la
crítica de la existencia social y da paso a la denuncia política
y a la acción subversiva, y Carnap, cuya m etodología y vocabu­
lario distan poco de los modos de proceder del científico. Y
no sólo p o r estas razones parece difícil incluir a los tres en un
mismo género, sino tam bién porque hay un innegable contraste
entre la función que Plotino estuvo llam ado a cum plir en cuanto
filósofo en lasé postrimerías del mundo antiguo, la que ha tenido
M arx en el m oderno y la que hoy corresponde a C arnap.

Con esta extrañeza está em parentado el sentimiento de in­


satisfacción que frecuentemente se experimenta cuando, buscan­
do el cóncepto de filosofía por remisión a las primeras manifes­
taciones de esta fo im a de pensamiento, se reúne docum entación
sobre los usos de las palabras 'filó so fo ' y ‘filo s o fía ’ en la tra ­
dición de la antigüedad clásica. Porque, según cuenta H erodo-
to, SofcSn fue llam ado filósofo en razón de que recorría el mun­
do viendo cosas, esforzándose por saber, y — de acuerdo con el
relato conservado p or Diógenes Laercio— Pitágoras, pregunta­
do p or León, príncipe de los fliacios, acerca del arte que profe­
saba, d ijo no poseer ninguna y se calificó, en cam bio, de filó so ­
fo, queriendo d ar a entender: afanoso de sabiduría, hombre con­
te m p la d o r de las cosas, sólo interesado en la verdad. Estas son
las prim eras huellas de los nombres referidos. C oincidiendo con
la definición más general de ellos, Sócrates defendió la concep­
ción del filósofo como aquel hom bre que no sabe pero quiere
saber, oponiendo la filosofía a la vana ciencia de sus opositores.
Platón difundirá en sus obras, una idea a náloga; idea que pre­
valece en la antigüedad, a pesar de los intentos de determ inar
y precisar el concepto debidos al pro p io Platón y a Aristóteles.

Si nos atenemos a estos datos, el rasgo característico de la


filosofía es la búsqueda del conocim iento, la investigación desin­
teresada de la verdad. Lo cual extiende enormemente el con­
cepto, hasta hacerlo cubrir toda actividad cognoscitiva, la cien­
tífica especialmente, y aun el quehacer religioso — como ocurrió
de hecho en los comienzos del cristianismo. Por lo demás, esta
am plitud de la significación de la palabra ‘filo s o fía ’ se ha man­
tenido p or mucho tiem po, como basta para p ro b a rlo el que en
las principales lenguas modernas sólo en el siglo XIX comienzan
a emplearse denominaciones diferentes para el científico y el fi­
lósofo propiam ente dicho, así como la persistencia en ciertos p a í­
ses de nombres como ‘ Facultad de Filosofía' y D octor en Filo­
sofía', empleadas para designar en general tos institutos univer­
sitarios científicos y a los graduados en ciencias. Lo cual refleja
el lento proceso de diferenciación del saber filosófico, a p a rtir
de una unidad o rig in a ria en que todas las disciplinas y especia­
lidades estaban involucradas sin distinción y no tenían p ro p ia ­
mente sentido como form as independientes de conocim iento.

Esta am plitud y hasta vaguedad del concepto, que se pres­


ta a todas las confusiones y ha alentado en el vulgo una sobre-
EL CONCEPTO 1>E K1LOSOKJA

valoración del poder del filósofo — concebido como hom bre de


saber enciclopédico y to ta l— , ha dado paso a te la rg o de la
historia, p o r lenta decantación, a nociones más restringidas y es­
peciales de filo sofía. Por lo mismo, hoy nos es posible excluir
ciertas actividades y ciertos nombres propios del conjunto histó­
rico de la filosofía. Sabemos, por ejem plo, que a Shakespeare
o a Cervantes, a César o a N apoleón, a Ampére o a Pasteur, no
les conviene el nom bre de filósofos y que En busco del tiem po
perdido de Proust, la Historia de los Papas de Ranke o el Trata­
do elem ental de quím ica de Lavoisier, no son obras filosóficas.
Podemos decir, con una gran aproxim ación, quiénes no son filó ­
sofos, qué clase de actividades de estos u otros hombres no son
las características filosóficas, y qué tipos de cuestiones y resul­
tados intelectuales no pueden ser incluidos dentro del acervo de
la filo sofía. Con suficiente certeza sabemos, pues, negativam en­
te, lo que puede ser puesto fuera del círculo filosófico.

Lo que queda dentro de este círculo sigue siendo, sin em­


bargo, a lg o no muy sencillo y uniforme. El pasado de la filo so ­
fía así com o la actividad contem poránea muestran en el cam po
acotado gran disparidad de actitudes, propósitos, tareas y re­
sultados. Restringir ef concepto de filosofía de tal manera que
queden fuera de su extensión las religiones, las obras literarias y
artísticas en cuanto tales, las disciplinas científicas, las doctrinas
políticas, las creencias e ideas del sentido común, no significa
reducir sin más la filosofía a una noción simple. En tod o caso,
cualquier intento de violentar el concepto en este sentido lleva­
ría a prescindir de aspectos muy fundam entales de la tra d ició n
del pensamiento filosófico, lo que entrañaría una pérdida inne­
ga ble de riqueza teórica y espiritual.

¿Podemos, no obstante, acercarnos de algún m odo a una


determ inación positiva dei quehacer filosófico, o debemos per­
manecer dentro de los límites de la definición negativa que he­
mos bosquejado a rrib a ?

Sin ánim o de anular los matices y las variaciones, antes bien,


con el propósito de fa c ilita r su comprensión y su incorporación
en una ¡dea más rica y contrastada de la filosofía, intentemos
señalar algunas faenas que principalm ente han sido y siguen
siendo consideradas, alternativa o simultáneamente, competencia
de los filósofos. Dicho en una fórm ula sintética, la filosofía ha
venido siendo: I 9 una reflexión crítica; 29 una concepción del
m undo; y 3° un saber de la vida. Veamos brevemente en qué con­
siste cada una de ellas.

Lo que aquí hemos llam ado reflexión crítica po d ría ser de­
signado tam bién con otros nombres, como análisis lógico y lin­
güístico, definición de conceptos, indagación de categorías, in­
vestigación de los datos últimos y los principios de toda expe­
riencia, fundam entación del conocim iento o la acción, esclare­
cim iento de métodos y supuestos, etc. Es lo que hacía Sócrates
cuando, a través del d iá lo g o , buscaba la definición general y
las relaciones de los conceptos; Aristóteles al tra z a r el cuadro
de las categorías y al estudiar sistemáticamente la lógica, la re­
tórica, la ética o la p o lítica; Bacon al fundam entar el método
inductivo; Descartes en el Discurso del m étodo, Locke en el En­
sayo sobre el entendim iento hum ano, Mach en el Análisis de las
sensaciones y Husserl en las Investigaciones lógicas. Y es por
cierto tam bién lo que Kant, d irigiendo la m irada crítica en todas
las direcciones de la actividad humana, ofreció com o fundam en­
tación de la ciencia, la m o ra lid a d y el arte en sus tres Críticas
famosas. Estos son sólo algunos casos ejemplares que ilustran el
sentido de este aspecto del filosofar.

Desde este punto de vista, la filosofía es, pues, una reflexión


sobre los problem as del conocim iento, la acción, la invención o
la existencia. T rabaja sobre lo ya dado p or la ciencia, la praxis
m oral, la creación artística y la vida cotidiana, com o una in d a ­
gación acerca de realizaciones espirituales ya producidas. Es
un m ira r el reverso de aquello que el conocim iento y la vida han
creado, sin producir nuevos contenidos o nueva actividad de
vida. Es un saber segundo, una determ inación de la textura in­
terna, la articulación esencial y la form a de lo dado, a manera
de una ra d io g ra fía o una fo to en negativo, que permite ver de
o tro m odo las mismas cosas; una técnica de entender las reali­
dades ya descubiertas y no de descubrir realidades inéditas.

Como concepción del m undo, en cam bio, la filosofía pre­


tende sobrepasar lo dado y abrazar, en una m irada to ta l, la rea-
lidad en conjunto, descubriendo nuevos panoram as y form as de
ser. La concepción del mundo, en el sentido aquí entendido,
com prende muchas cosas: visión trascendente, intuición del abso­
luto, generalización inductiva y síntesis últim a de conocim ientos,
unificación to ta l de las ciencias y las experiencias, desvelam ien­
to del ser, dialéctica de la ¡dea y la naturaleza, saber universal,
etc. Esta es la form a del quehacer filosófico que da sustento a
las form ulaciones metafísicas de tod o género, a las especulacio­
nes ontológicas, a las teologías y tam bién, por cierto, a las im­
plicaciones y remates místicos de muchas filosofías. Los nombres
de grandes especuladores, como Plotino, Santo Tomás, Heqel,
W hitehead, ilustran bien esta form a del filosofar.

N o es raro, p or otra parte, que los filósofos prop o n g a n o


que de ellos se demande un juicio va lo ra tivo acerca de la vida,
su sentido y sus metas, y una prescripción sobre la conducta
propia del hom bre en su expresión más alta. Es éste el saber de
la vida o la sabiduría en que, para muchos, sobre to d o en la
antigüedad, parece consistir esencialmente la filosofía. O rie n ta r
a los hombres es lo que hacía Sócrates, además de a n a liz a r con­
ceptos. La m oral filosófica era la sustancia del pensamiento de
los estoicos y epicúreos y otros sabios de la edad clásica. Por­
que consideró principal este quehacer filosófico, Spinoza llam ó
Etica al lib ro en que expuso el sistema de su filosofía. Pensemos
en los filósofos marxistas y en los existencialistas de nuestro
tiem po y se nos hará claro que el v a lo ra r y prescribir siguen te­
niendo hoy día un lugar fundam ental en la actividad filosófica.
Este es el lado práctico de la filo sofía, su com prom iso con el
hom bre concreto, un hacer vital que se vincula y sobrepone al
saber teórico estricto.

Im porta no o lv id a r que estas faenas o aspectos del filo so ­


fa r están vinculados entre sí e influyen profundam ente los unos
en los otros. Pero conviene distinguirlos suficientemente, no só­
lo porque de hecho se dan así en la obra de muchos filósofos,
sino, además, porque la confusión de estas tareas es susceptible
de conducir a vicios de procedim iento en el juicio sobre los filó ­
sofos y en la práctica misma del filosofar. El filósofo, en efecto,
opera de m odo diverso cuando critica y analiza los supuestos
de la ciencia y del com portam iento, cuando construye una visión
metafísica del m undo y cuando expresa una va lo ra ció n o p ro ­
pone una meta de acción. Aunque los resultados de estas o p e ­
raciones penetren los unos en los otros, la crítica, la especula­
ción y la prescripción tienen cada uno su sentido peculiar y su
v a lo r com o momentos del esfuerzo filo s ó fic o .1

Podría pensarse que los tres aspectos principales del filo s o ­


fa r tienen que ver directam ente con el contenido de las lla m a ­
das disciplinas filosóficas, com o la lógica, la ética, la o n to lo g ía ,
etc.2. Esto no es así, sin em bargo, p o r lo menos si se piensa en
una co rre la ció n estricta. Es cierto que la reflexión parece tener
m ayor vigencia en la lóg ica , la epistem ología y la sem iótica,
mientras que la concepción del m undo resulta ser nervio de la
metafísicd y la o n to lo g ía , en tan to que la ética y la a n tro p o lo ­
gía pueden considerarse muy estrechamente ligadas a un saber
de la vid a . Pero no debe olvidarse que una a n tro p o lo g ía pue­
de ser tam bién francam ente m etafísica, y una etica, que da sus­
tento al saber de la vida cuando se tra d u ce en valoraciones, es
análisis crítico en el sentido más riguroso cuando pone en tela
de juicio los supuestos de la m o ra lid a d . La ló g ica , p o r su p a r­
te, puede estar penetrada de m etafísica y prolongarse, sin ru p ­
tu ra , en una estim ativa, a tiem po que hay o n to lo g ía s de cepa
a n a lític a . Conviene re co rd a r a este propósito que, frente a los
planteos puram ente gnoseológicos, N ic o la i H artm ann postula
una integración de dos disciplinas o, en to d o caso, una tra n s fo r­
m ación del enfoque que p o d ría creerse típ ico de la te o ría del
conocim iento.

Observemos, p o r o tra parte, que cada filó so fo entiende a


su manera y expresa con sus propias pa la b ra s las faenas filo só ­
ficas señaladas, sin o lv id a r que muchos descartan explícitam ente
algunas de ellas y hasta les niegan to d o va lo r, com batiéndolas
com o empresas imposibles o perniciosas para el a d e la n to de la
filo so fía . El ejem plo más cla ro de esto es la negación positivis­
ta de la m étafísica com o pensar especulativo. En otros casos,

1 L o q u e a q u í d e ja m o s d ic h o se re la c io n a ín tim a m e n te con el p ro b le m a del m é ­


to d o y la v e rd a d e n filo s o fía . H em o s d e v o lv e r s o b re el te m a e n el c a p ítu ­
lo X II .
2 S o b re las d is c ip lin a s filo s ó fic a s , v éa se el c a p itu lo V .
los filósofos cancelan tem poralm ente una de las form as del
pensar filosófico y vuelven más tarde a ella, rectificándose e xp lí­
citam ente o proponiendo m odificaciones tendientes a superar
aquellas dificultades antes consideradas insalvables.

Pero aceptando todas las form as o rechazando a lguna, lo que


prevalece en el tra b a jo filosófico es la manera como cada pen­
sador a rticu la las diversas facetas de su m editación, acentuan­
do según los casos una más que otra; el modo en que apo ya su
reflexión crítica sobre su especulación o su prescripción, o ésta
sobre aquéllas, y el aprovecham iento especial de cada aspecto
y motivo del pensar en el conjunto de la empresa creadora. Lo
que la filo sofía es en cada caso resulta de esta síntesis va ria b le ,
de esta m o d a lid a d singular y m últiple de hacer filo so fía . Los
esquemas abstractos de que nos valemos para acercarnos al fi­
losofar sólo cobran, pues, sentido en contacto con el tra b a jo
concreto del pensador en el contexto de.su circunstancia vital.
Lo cual nos lleva a la historia de la filosofía como lu g a r natural
del filo so fa r y vía o b lig a d a de su recta comprensión.

* * *

G uía de lecturas. Sobre los primeros usos de ‘filó s o fo ’ y


‘filo so fía ', véanse H erodoto, H istoria, lib. I, cap. XXX; Cicerón,
Cuestiones tusculanas, lib. V, cap. III; y Diógenes Laercio, Vic/as y
opiniones de los filósofos más ¡lustres, lib. I, 12. De todas estas
obras hay diferentes ediciones en ^castellano. Los textos princi­
pales están además consignados en Gaos, A n to lo g ía filo só fica y
en A. S alazar Bondy, Lecturas filosóficas. Como ilustración del
punto de vista socrático y platónico, consúltese de Platón, A p o lo ­
g ía de Sócrates, esp., 23; La República, lib. II, 376, b y c, y Fedro,
278, d. De Aristóteles, véase M etafí''"-n. lib. I. 2.

Un repertorio va ria d o de definiciones y caracterizaciones de


la filosofía se puede obtener consultando, entre otros, los si­
guientes libros: F. Romero, Q ué es la filosofía, VI; Aloys M üller,
Introducción a la filosofía, Introducción; y la a n to lo g ía Ciencia y
:ilosofía, Buenos Aires, Ed. Am éricalee, 1955.

A parte de las introducciones a la filosofía, el concepto de


filosofía es a n a liza d o en los libros especiales señalados en el ca­
pítulo prim ero. Conviene que él estudiante consulte a lg u n o de
los siguientes títulos: W . W indelband, Preludios filosóficos, prim er
ensayo, “ ¿Qué es filo sofía? Sobre el concepto y la historia de la
filo s o fía ", Buenos Aires, Ed. Santiago Rueda, 1949; Angel Vassa-
Ilo, Q ué es filosofía; A níbal Sánchez Reulet, Raíz y destino de la
filo sofía; J. Hessen, Teoría del conocim iento, Introducción, I. Bue­
nos Aires, Ed. Losada, 1938 (cuyo tratam iento procede del a n á ­
lisis de Dilthey en Esencia de la filosofía); John Dewey, La recons­
trucción de la filosofía, Buenos Aires, Ed. A g u ila r 1955, cap. I.
Todos estos estudios son de fácil acceso para el principiante. En
cam bio, un tra b a jo fundam ental como es el de Dilthey, que a ca ­
bamos de mencionar, exige m ayor preparación y esfuerzo por
parte del lector.

Señalamos, finalm ente, como lecturas en las que el estudian­


te puede tom ar contacto con un debate acerca del concepto y
misión de la filo sofía: J. Gaos y Francisco Larroyo, Dos ideas de
la filo sofía,. M éxico, 1940; y los mismos y J. D. G arcía Bacca,
‘ Discusión sobre el concepto de filo s o fía ", Filosofía y Letras, M é­
xico, t. VII, N ? 14, 1944.
EL PROCESO HISTORICO

DE LA FILOSOFIA

“ Am ar los mitos es en cierta forma mostrarse


filósofo".
Aristóteles

'‘ La historia de la filosofía es una disciplina


interna de la filosofía, y no un añadido a ella
o curiosidad suplementaria".

José Ortega y Gasset

"Toda filosofía es la filosofía de su tiempo, un


escalón en la gran cadena de la evolución es­
piritual; de donde se desprende que sólo pue­
de dar satisfacción a los intereses propios de
su tiempo.
Por esta razón, una filosofía procedente de
una época anterior no puede nunca satisfacer
al espíritu que vive ya un concepto determi­
nado de un modo más profundo. Lo que el
espíritu pugna por- encontrar en ella es este
concepto suyo, que es ya su propia determi­
nación interior y la raíz de su existencia cap­
tada como objeto de pensamiento; lo que
quiere es conocerse a sí mismo".

Hegel

“ N o es que los griegos sean nuestros clásicos:


es que, en cierto modo, los griegos somos no­
sotros"..

Xavier Zubiri
Se acostumbra situar en Grecia, hacia los primeros decenios
del siglo VI a. C., el período inicial de la filosofía. Los orígenes
históricos son siempre indeterminados y oscuros porque sólo de­
jan huellas firmes las formas ya constituidas; se comprende que
sea más difícil aún fijarlos en el caso de la filosofía, cuyo con­
cepto, según hemos visto, no se libra todavía hoy de una cierta
ambigüedad y más bien parece por esencia llamado a estar en
constante mutación. Es posible, en verdad, encontrar en el O rien­
te, especialmente dentro de los círculos culturales de la China y
la India, formas de actividad espiritual que ofrecen algunas ana­
logías con la reflexión griega y que influyeron indudablemente
en ésta. Pero, aparte de que es siempre riesgoso aplicar cate­
gorías de una cultura a otra — y la categoría de filosofía es. un
producto típico de la tradición occidental— , en las colonias
griegas del Asia Menor, y más precisamente en la Jonia, es don­
de por primera vez aparecen, en la época señalada, manifesta­
ciones bien definidas de un pensamiento que busca independi­
zarse de los motivos heredados del pasado religioso y propone
una explicación de la naturaleza y la vida sobre bases raciona­
les. Por cierto que la cuna de esta reflexión es ese pasado re­
ligioso, las antiguas mitologías en que se expresaban hasta en­
tonces la inquietud cognoscitiva más universal y el deseo de com­
prender el sentido de la existencia. Pero con la filosofía se pro­
duce un cambio de signo en estas representaciones, por el cual
ellas resultan al mismo tiempo conservadas y superadas. En
efecto, de la conciencia mística toman los primeros filósofos
griegos elementos sustanciales de aquellas concepciones que
exponen y defienden, prolongando así un esfuerzo anterior de
la mente humana. En este vínculo profundo pensaba Aristóte­
les cuando ponía cerca del filósofo al amante de los mitos. Pe­
ro al aparecer la filosofía hay una mudanza de actitudes, un
paso a otra forma de pensar, que lleva consigo una seculariza­
ción del mito. Los filósofos afirm an los derechos de un pensa­
miento librado a sus propias fuerzas y que se nutre de la obser­
vación de la naturaleza, de la praxis del trabajo y de la activi­
dad social, filtradas por la razón, lo cual es extraño a la menta­
lidad anterior.

Desde esta época inicial, la filosofía se ha desenvuelto siguien­


do múltiples líneas y recibiendo el impulso vivificador de muchas
sociedades y culturas, hasta llegar al estado en que hoy la encon­
tramos, ahíta de toda esta larga historia, con la viva conciencia de
las mutaciones que ha sufrido, las crisis que ha superado y las posi­
bilidades que tiene ante sí. El estudio de este proceso histórico es
el cometido de la historia de la filosofía como disciplina teórica1.
Aunque iniciada en la antigüedad, como la obra de Aristóteles, en­
tre otras, lo muestra claramente, y proseguida empeñosamente en
la época moderna, en la cual Johan Brucker publica hacia 1741 la
primera historia crítica de las doctrinas y sistemas, esta investiga­
ción recibió su más decisivo impulso de la obra de Hegel. Es ver­
dad que la metafísica hegeliana, que fue el fermento de su concep­
ción histórica, hacía del proceso filosófico un movimiento ideal,
autónomo e incondicionado, que se confundía con el desenvolvi­
miento dialéctico de la idea absoluta, y llevaba a postular una cul­
minación de la marcha del pensar en un momento determinado: la
época de la propia filosofía hegeliana. Pero, no obstante esta car­
ga especulativa, la concepción de Hegel abrió las puertas a la
comprensión de la evolución de la filosofía como historia, es decir,
como una obra humana cuyo sentido está en la creación, integra­
ción y sobrepasamiento de los esfuerzos reflexivos de los hombres.
Hegel hizo ver que el pasado filosófico no es el depósito de las
ideas ilusorias y los sistemas erróneos en que la humanidad se ha
extraviado, sino un momento esencial, un paso indispensable en el
progreso del pensamiento y de la vida.

A pa rtir de esta toma de conciencia tundamental, la historia


de la filosofía se ha constituido como una indagación rigurosa, al
par histórica y filosófica, y ha ensayado métodos y criterios inter­
pretativos diversos. Hoy se considera que una recta comprensión
del proceso de la filosofía exige tom ar en cuenta, de una parte, la
conexión sistemática de las ¡deas y las doctrinas, como articulación
lógica de las representaciones sucesivas del mundo y las teorías fi­
losóficas de diversos tipos, y, de otra, el condicionamiento histórico
cultural de los productos del pensar filosófico y, además, el a p o r­
te singular de la personalidad y el genio del pensador. La separa­

1 Cabe, pues, distinguir la-historia de la filosofía, como proceso de las ideas en


la evolución de las sociedades y culturas, de la historia de la filosofía, como
disciplina o investigación de ese proceso. En. lo que sigue, el contexto preci­
sará suficientemente el sentido con el que usamos esta expresión.
ción artificial de estas instancias o la sobrevaloraáón de una en
desmedro de las otras impide entender el proceso de la filosofía
en su dinámica interior y en su riqueza creativa. Ha de fracasar
todo intento de reducir esta historia a un encadenamiento de con­
ceptos separados de la realidad humana originaria, o de concebir­
la como un reflejo mecánico de causas sociales indiferentes a la
dialéctica interna de las ideas, o como un monólogo de cada pen­
sador fundado sólo en motivaciones personales. El devenir de la
filosofía es en verdad el proceso de la interpretación reflexiva que
los hombres dan a su existencia como una totalidad real, sin ex­
clusión de ningún factor decisivo; es una conciencia de la época
que, como tal, no puede entenderse cabalmente, en su necesidad
y su contingencia, sin la interna conexión de las ideas que vincula
un pensamiento a otro, sin la respuesta personal a los problemas
del tiempo y sin la acción de los múltiples factores polínicos, socia­
les, económicos y geográficos que provocan las tensiones y dan
base a las realizaciones de cada época. En cada uno de sus mo­
mentos, la historia de la filosofía comporta el drama de un hom­
bre que reflexiona p o r sus propias motivaciones y según sus talen­
tos y experiencias, pero que reflexiona a pa rtir de una tradición
ideológica, en comercio con otras reflexiones que lo han educado,
le trasmiten un lenguaje y una técnica de pensar, lo alientan o lo
contrarían, y que está situado en el contexto de una época histó-
rico-cultural, de una nación, una clase o un grupo social. Siempre
hay una explicación sociológica aplicable a una filosofía (y tie­
ne que haberla, puesto que la filosofía está inserta en la historia
de nuestra sociedad y cuenta en ella como un factor social, a ve­
ces muy poderoso), pero siempre hay también una influencicr inte­
lectual y un iasgo personal — una conexión ideológica y una psi­
cología— que son imprescindibles para comprender por qué esa
filosofía tiene un perfil peculiar y se da como un cuerpo teórico
irrepetible, en el cual desembocan y del cual proceden conceptos
y argumentos cuya lógica puede descifrarse. La personalidad de
Platón no es un dato indiferente cuando se trata de comprender
su filosofía, como tampoco lo es el impacto que recibió de Sócra­
tes; y ambos-elementos no pueden juzgarse rectamente sino en el
cuadro de la concepción del mundo y la actitud ante la vida, de
los afanes y problemas propios de la sociedad griega de la épo­
ca. Kant no se comprende sin Hume, sin Leibniz. sin Rousseau, y
sin su poderosa m entalidad analítica y su sentido del deber, pero
tampoco sin la Reforma protestante y la emergencia de los valores
y formas de vida social capitalista. La obra de Bergson es, a la
vez, el fruto de una mentalidad poética, el reflejo de la crisis de
la sociedad burguesa y la proyección filosófica del evolucionismo
científico del siglo XIX, tod o ello integrado de un modo singular
en un cuerpo doctrinario lleno de fuerza y oriainalidad.

Comprender la filosofía en su historia es, en suma, descubrir


la interna vinculación de cada obra; de cada sistema, de cada
idea con los afanes de la sociedad de un tiempo y, en general,
con el proceso de la historia mundial, con la tradición de las ideo­
logías y las culturas y con el genio personal y la experiencia vi­
vida do cada pensador.

La historia de la filosofía como proceso cultural y como in­


vestigación están ligados entre sí y lo están más estrechamente
que lo está cualquier otra actividad de la cultura (vg., la ciencia
o el arte) con la respectiva indagación histórica. De a llí que no se
pueda historiar el desarrollo de. la filosofía sin filosofar en cier­
to modo, y que filosofar suponga ponerse en contacto con los fi­
lósofos del pasado y sus obras, comprenderlos y asimilarlos, lo
cual es en buena medida también hacer una indagación históri­
ca. Cabe ciertamente distinguir los propósitos y métodos de la
investigación histórica propiamente dicha y los de la tarea filosó­
fica alimentada por, la lectura y la meditación de los filosófos del
pasado. Como señala O rtega y Gasset, el filósofo puede pretender
entender la doctrina de otro pensador mejor que éste mismo, en
cambio el historiador como tal debe atenerse a lo que la doc­
trina fue y significó para el autor y su época. Puede decirse, por
eso, que no todo pensador es un historiador de la filosofía estric­
tamente, ni los especialistas y eruditos en la historiografía filosó­
fica son las más de las veces pensadores destacados o influyentes.
El filosofo, sin embargo, como un imperativo de su pensar, vuelve
siempre la mirada a la tradición del filosofar, se nutre constan­
temente de ella y reconstruye a su modo la historia de la filosofía.

Puede dividirse la historia de la filosofía en las siguientes


cinco etapas: I. Filosofía antigua o clásica (desde los orígenes
hasta el siglo .V. d. C.). II. Filosofía medieval (del siglo VI al si­
glo XV). III. Filosofía del Renacimiento (siglos XV y XVI). IV. Fi-,
losofia moderna (del siglo XVII o fines del siglo XIX). V. Filosofía
contemporánea (de fines del siglo XIX a nuestros días).

Estas etapas y sus límites cronológicos, que corresponden fun­


damentalmente a las épocas en que se suele dividir la historia
occidental, son en mucho divisiones convencionales. No debe pen­
sarse que hay cortes bruscos entre un momento y otro de la re­
flexión filosófica, sino un tránsito y un cambio de orientación que
se hacen sensibles contemplando a la distancia lapsos suficien­
temente amplios.-De a llí que muchos pensadores y movimientos de
¡deas puedan ser considerados dentro de una u otra etapa, según
sea el criterio de división que se aplique al proceso histórico. Las
mismas observaciones valen para las épocas y períodos particula­
res que más adelante habremos de señalar dentro de cada una
de estas cinco grandes etapas.

* * *

Guía de lecturas. El estudiante debe tener presente que pa­


ra su formación personal es importante el estar fam iliarizado con
los principales manuales y exposiciones de la historia de la filo ­
sofía general y de los períodos especiales, y tener una idea de los
problemas y métodos de la investigación histórico-filosófica. De­
be, no obstante, considerar que la sola información histórica, sien­
do condición muy necesaria, no es suficiente para lo grar una
cabal formación filosófica. Creemos conveniente insistir aquíi
en que la lectura e interpretación de los textos filosóficos más cé­
lebres, la meditación personal sobre los problemas que surjan de
esa lectura, la práctica constante del análisis crítico de la rica te­
mática que ha reclamado la atención de los filósofos en el pasa­
do y vuelve a plantearse hoy desde las nuevas perspectivas inte
lectuales de nuestra época, en suma, el situarse directa y perso
nalmente en el proceso del filosofar, es condición irrem plazabl'
para penetrar en la filosofía y su historia.

En torno a la historia de la filosofía, sus tareas, problemas,


métodos e interpretaciones pueden consultarse en castellano los
siguientes libros: Francisco Romero, Sobre la historia de la filoso­
fía , Tucumán, Universid. Nacional de Tucumán, 1943; Rodolfo Mon-
dolfo, Problemas y métodos de la investigación en historia de la
filosofía, ya citado, que además de valiosas orientaciones meto*
dolóaicas ofrece amplia bibliografía sobre el tema: N icolai Hart-
mann, El Pensamiento filosófico y su historia, Montevideo, Ed. Clau­
dio García, 1944, en que el autor defiende una concepción de la
historia de la filosofía como proceso del pensamiento problem á­
tico, que él opone al pensamiento constructivo sistemático. Con
provecho se leerán también la Introducción a la Historia de la
filosofía de W . W indelband (México, Ed. Robredo, 1941, t. I, y
Buenos Aires Ed. El Ateneo 1960, t. I); la Introducción a la Histo­
ria de la filosofía de E. Breheir (Buenos Aires, Ed. Sudamericana,
1942, t. I), así como el prólogo que para este libro escribió O rte­
ga y Gasset con el título de "Ideas para una historia de la filo ­
sofía", y el prólogo del mismo Ortega a la Historia de la filoso­
fía de Karl Vorlaender, M adrid. Ed. Beltrán, 1921, vol. I., que ¡lus­
tran bien el punto de vista historicista sobre la evolución de la fi­
losofía y su investigación historiográfica. Puede consultarse asimis­
mo el e/isayo de O rtega, O rigen y epílogo de la filosofía. Méxi­
co, F. d. C.E., 1960, y el lib ro de Julián Marías, Biografía de la fi­
losofía, Buenos Aires, Ed. Emecé, 1954.

Fundamentales para la comprensión del proceso de la filo ­


sofía, pero de mucho más difícil lectura — por lo cual deben ser
manejados en una etapa ulterior del estudio— son los trabajos
de W . Dilthey, especialmente los reunidos en los volúmenes Intro­
ducción a las ciencias del espíritu y Teoría de la concepción del
mundo, de la traducción castellana de las Obras completas de
este autor, editadas en México por el Fondo de Cultura Económi­
ca. O tro tanto hay que decir de las Lecciones sobre la historia de
la filosofía de Hegel (México, F. d. C. E., 1955, 3 vol.), que el es­
tudiante no puede ab ord ar sino después de poseer una sólida
formación filosófica general y una versación suficiente en el pen­
samiento hegeliano.

Las más amplias historias de la filosofía en nuestro idiom a1


son las ya mencionadas de W indelband y Breheir. Otros manua­
les de diferente am plitud y orientación son el de Karl Vorlaender
ya citado; J. Hirschberger, Historia de la filosofía, Barcelona, Ed.
Herder, 1954-56, 2 vol; A lbert Rivaud, Historia de la filosofía, 3
vol. B. Aires, Ed. Kapeluz, 1962 (que se extiende sólo hasta la fi­
losofía moderna); N icola Abbagnano, Historia de la filosofía, Bar­
celona, Ed. M ontaner y Simón, 1955, 3 vol.; Augusto Messer, His­
toria de la filosofía, M a d rid ,- Ed. Rev. de Occ., 1927, y Buenos
Aires, Ed. Espasa Calpe, 1939, 5 vol.; Julián Marías, Historia de la
filosofía, M adrid, Ed. Rev. de Occ., 10a. ed., 1958, que sigue la
1 La más notable historia general de la filosofía, obra clásica ya por su infor­
mación, actualizada y completada a través de sucesivas reediciones, es la de
F. Uuberwejr, Grundriss der Geschichte der Philosnphie, Berlín, 12» ed..
1923-1028, 5 vol.
orientación ortegiana; Michele F. Sciacca, Historia de la filosofía,
Barcelona Ed. M iracle, 2a. ed., 1954, de orientación idealista ca­
tólica; Angel González Alvarez, Manuel de historia de la filosofía,
M adrid, Ed. Gredos, 1957, de orientación escolástica. Se está edi­
tando actualmente en castellano en varios volúmenes, una Hist.
de la filosofía, dirigida por M. A. Dynnik, de la Academia de
Ciencias de la Unión Soviética (México, Ed. G rijalvo), que sigue
la línea del materialismo dialéctico ruso oficial.

La Hist. de la filosofía occidental de Bertrand Russell (Bue­


nos Aires, Ed. Espasa Calpe, 1947) es, más que la obra de un his­
toriador, un enjuiciamiento del proceso de la filosofía desde el
punto de vista personal crítico del autor; así situada es una obra
muy sugestiva y valiosa.

Como manuales breves se recomiendan Ernst von Aster, Hist.


de la filosofía, Barcelona. Ed. Labor, 1945; Guido de Ruggiero,
Sumar/o de Historia de la filosofía, B. Aires Ed. C laridad 1949; J.
Hirschberger, Breve historia de la filosofía, Barcelona, Herder,
1961, y R. Delgaauw, Historia de la filosofía, B. Aires, Ed. Carlos
Lohle, 1966. Un apretado compendio es también el libro de W .
Dilthey, Hist. de la filosofía, México, F. d. C. E., Brev., 1951. Tienen
una utilidad lim itada como instrumentos de aprendizaje las sinop­
sis del tipo de Hist. de la filosofía, en cuadros esquemáticos, por
Angel González Alvare7 ( ^ 'H r id , Espasa, 1950) y Gráficos jde la
hist. de la filosofía, por Ismael (¿uiles y Felipe Mac G regor (Bue­
nos Aires, Ed. Espasa Calpe. 1940), en que, por otra parte, el
punto de vista escolástico lleva a sobrevalorar ciertos movimien­
tos y doctrinas en perjuicio de otros muy notables e influyentes en
el desarrollo de la filosofía desde la antigüedad.

Una amplia selección de textos de todas las épocas con re­


señas informativas sobre los autores, de inestimable utilidad para
el estudiante, es La filosofía en sus textos, com pilada por Julián
Marías (Barcelona, Ed. Labor, 1955, 2 vol.). A ella hemos de remi­
tir al lector al revisar la bibliografía correspondiente a los dife­
rentes períodos de la filosofía. Nuestras selecciones de Textos,
Lecturas filosóficas y Breve antología filosófica, ya mencionados,
"irven al mismo fin.

. Para los fines de la introducción, pueden manejarse también


con provecho algunas colecciones de estudios sobre figuras de la
historia de la filosofía, como por ejemplo, Los grandes pensado­
res, editada bajo la dirección de Ernst von Aster (M adrid, Ed. Rev,
de Occ. 1925, 6 vol.; nueva ed., Buenos Aires, Ed. Espasa Calpe,
1938-1940, 2 vol.).
La mayoría de las obras antes mencionadas no tocan direc­
tamente el pensamiento oriental. La edición de la Hist. de la filo ­
sofía de Brehier incluye, sin embargo, el estudio de Paul Masson-
Oursel, "La filosofía en O riente” , que es una buena introducción
a ese pensamiento. Pueden consultarse asimismo en castellano: H.
Frankfort y otros, El pensamiento prefilosófico, México, F. d. C.E.,
Brev., 1954, 2 vol.; C. P. Conger y otros, Filosofía del Oriente, M é­
xico, F. d. C. E., Brev., 2a. ed., 1954; Rene Guenon, Introducción
al estudio de las doctrinas hindúes, B. Aires, Losada, 1945; y Vi­
cente Fatone, Introducción al conocimiento de la filosofía de la
India, Buenos Aires, Ed. Viau. s. a.
* * *

La filosofía clásica o antigua comprende el desarrollo de la


reflexión en Gjecia y Roma. Una primera época dentro de este
am plio lapso es la de la filosofía griega propiamente dicha, que
va desde los primeros filósofos hasta Aristóteles. A continuación
de ésta, una segunda época comprende el pensamiento filosófi­
co que se desenvuelve dentro del marco de la llamada cultura
helenística y se prolonga en Roma hasta el fin del Imperio.

1.— La filosofía griega (siglo VI a. C. a siglo IV a. C.). Se con­


viene en considerar a Tales de Mileto, quien vivió aproxim ada­
mente* entre los años 624 y 546 a. C., el primer pensador que se
propuso dar una explicación del mundo según criterios indepen­
dientes de la reflexión mítico-religiosa tradicional. Si bien la
orientación de su pensamiento rio pudo ser totalmente extraña a
esa tradición, en él está ya definida la orientación general del
pensar filosófico. Pero no importa tanto la obra singular del Ta­
les cuanto la acción del grupo de pensadores jónicos del cual él
forma parte. Unidos por vínculos que pueden considerarse de es­
cuela — se habla por eso de la escuela de M ileto— , emprende
la tarea de explicar la naturaleza a base de un principio único
(arjé), tom ado como origen y sustento de toda la realidad. Los
principios elegidos varían de filósofo a filósofo, pues en Tales es
el agua, en Anaxímenes es el aire y en Anaximandro una substan­
cia indeterminada, el apeirón, pero la intención y el método son
en esencia los mismos. Es común también en ellos el concebir el
principio como una instancia natural, material y animada a la
vez, de donde la calificación de hylozoístas fhy/é=naturaleza;
zo o n = vid a ) que se da desde antiguo a estos primeros filósofos.
EL PROCESO HISTORICO HE LA FILOSOFIA
I 4Ü

Los pensadores jónicos y los que vienen a continuación de


ellos, especulando separadamente o en escuelas, se interesan por
la realidad en conjunto, por el mundo exterior, los fenómenos de
la tierra y el cielo; su tema es el cosmos, cuya existencia y ley
quieren entender y form ular. Es por esto que, pese a las diferen­
cias particulares de orientación y de actitud, se estudia a todas
estas figuras como parte de un solo gran período, el primero de
la filosofía griega, al que se da el nombre de cosmológico o pre-
socrático.

Dentro de este período, Pitágoras y los pensadores de la


escuela pitagórica utilizan el concepto de número como principio
explicativo de las cosas e incorporan así los criterios y métodos
racionales de la matemática — que ellos contribuyeron decisiva­
mente .a constituir como disciplina teórica— dentro del repertorio
mental de la filosofía. Por otra parte, Heráclito, que es una de
las personalidades intelectuales más poderosas de la antigüedad,
continúa en cierto modo la línea del pensamiento jónico, pues
propone un principio físico, el fuego, como ar/é cósmico, pero al
mismo tiempo sobrepasa este estadio de la reflexión griega al
hacer del cambio de las cosas tema central de su reflexión, conci­
biéndolo como principio universal, razón o logos de toda existen­
cia. Este desplazamiento del interés teórico hacia el proceso del
mundo y esta conceptualización del cambio como tal hacen del
pensamiento de Heráclito el modelo de todas las filosofías del de­
venir que luego han surgido en el curso de los siglos. Pero en es­
te período surge también, con Jenófanes de Colofon y, sobre to ­
do, con Parménides y sus discípulos de la escuela de Elea, entre
los que destacan Zenón y Meliso, el modelo del pensar contra­
puesto a las filosofías del devenir, esto es, las filosofías del ser,
que' postulan la permanencia e inm utabilidad de la esencia del
mundo y conciben la verdad como la unidad absoluta y perfecta
de lo real. Y a modo de conciliación y variación de estas dos po­
siciones fundamentales aparecen en Ja misma época otras filoso­
fías, como la de Empédocles, que propone cuatro ralees o ele­
mentos (aire, agua, tierra y fuego) y dos fuerzas, am or y odio,
como principios explicativos universales, o la de Anaxágoras, con
quien la filosofía llega al centro intelectual de Grecia, Atenas, el
cual introduce el concepto de intelecto (nous) como principio or­
ganizador de la naturaleza, concebida como una m ultiplicidad
infinita de cualidades elementales (homeomerías), y, finalmente, la
de Leucipo y Demócrito, que formulan la primera teoría atomis-
ta de alcance universal, aportando con ello un fecundísimo prin­
cipio explicativo que sólo el pensamiento moderno habrá de a p ro ­
vechar y desarrollar cabalmente.

En el siglo V a. C. la filosofía, llegada a su madurez, toma


un giro nuevo. En parte siguiendo su propia lógica interna, pues
el fracaso de las grandes síntesis cosmológicas exigía una concep­
ción distinta de las tareas del pensar, y en parte por acción del
cambio de las circunstancias sociales y el establecimiento de la
democracia en Atenas, el centro de atracción de la filosofía s<
desplaza hacia la temática del hombre. El alma, la conducta in
dividual y los fundamentos de la organización social, el conoci
miento y la acción, se convierten en los problemas fundamenta­
les de la filosofía. Con ello se abre un nuevo período de la re­
flexión helénica, el antropológico, que estará animado por la ac­
tividad de los “ educadores de hombres", entendidos en el arte de
pensar, argum entar y persuadir, que hacen de la filosofía una pro­
fesión de utilidad práctica y un poderoso factor político. La tradi­
ción los ha hecho famosos con el nombre de sofistas. Protágoras,
Gorgias, Hipias, Pródico, son los más renombrados. A este movi­
miento pertenece también el más ilustre adversario y crítico de
los sofistas, Sócrates (470-339 a. C.), cuya huella ha sido muy hon­
da en el pensamiento griego. En la meditación socrática está el
punto de arranque de* corrientes de pensamiento tan dispares co­
mo la escuela cínica de Antístenes y Diógenes, la escuela cirenai-
ca que, a través de la enseñanza de Aristipo, difunde una ética
hedonista, la escuela de M egara, con Euclides, Diodoro Cronos y
otros pensadores, a quienes se deben fundamentales contribucio­
nes a la lógica y la dialéctica, las escuelas de Elis y Eretría, con
Fedón y Menedemo, y, en fin, Platón y su escuela. Pero en Sócra­
tes puede verse en verdad la fuente del curso principal del filo ­
sofar europeo ulterior. El introdujo un método de pensar, una
técnica nueva de planteo y elaboración de la problemática filo ­
sófica, y propuso temas y soluciones cuyo influjo puede rastrear­
se a lo largo de la evolución de la filosofía hasta nuestros días.
El análisis del lenguaje, la crítica de los conceptos básicos de la
ciencia, la fundamentación racional de la conducta humana y de
la organización del Estado, y la noción filosófica de alma son
motivos capitales del pensamiento filosófico que encuentran su
primera form ulación en Sócrates.

Con Platón (427-348 a. C.) se define y con Aristóteles (384-


422 a. C.), discípulo de éste, alcanza su culminación un nuevo pe­
ríodo, el tercero del filosofar griego; puede llamársele el período
de las grandes filosofías sistemáticas. En él, la Inquietud por el
hombre y sus problemas se inserta dentro de una visión total de la
naturaleza y el cosmos. El pensamiento platónico, bellamente ex­
presado en los libros que en forma de diálogos escribió el filóso­
fo ateniense, es de una riqueza que resiste a todo esquematismo.
Sólo un aspecto de él es la famosa teoría de las ideas que,- en
cuanto concepción metafísica, postula la realidad de entidades
ideales trascendentes, a las cuales, siendo el ser por eminencia,
están supeditadas, como imitaciones o reflejos de ellas, las co­
sas de la naturaleza que observamos. En esta doctrina está la
fuente de una poderosa tradición del pensamiento occidental, el
idealismo objetivo, y de una manera de entender y practicar Ip
reflexión filosófica, vigente hasta nuestros días.

Aristóteles sostiene, en cambio, la inmanencia de las ideas


en las cosas. Introduce, además, los conceptos fundamentales de
acto y potencia, que, ¡unto con los de materia y forma, causa fi­
nal y causa eficiente, le permiten explicar el cambio real y con­
cebir el universo como una escala ordenada de entes que va des­
de las cosas físicas, en que prevalece la potencia, hasta Dios, que
es acto puro. En su meditación sobre el ser, centrada en la no­
ción de substancia, alcanzó su más cabal realización el proyecto
griego de concebir el conjunto de lo existente como una natura­
leza sujeta a legalidad y armoniosamente concertada. La influen­
cia de Aristóteles, cuyo saber cubría todos los campos, ha sido
enorme en el curso del filosofar ulterior, como basta para probar­
lo la filosofía escolástica medieval que lo reconoció como au to ri­
dad indiscutida.

Después de Aristóteles, el pensamiento griego se prolonga


siguiendo la traza dejada por este filósofo y Platón, especialmen­
te a través del Liceo y la Academia, que son las escuelas que ellos
fundaron. Esta línea de pensamiento no logra, sin embargo, nue­
vos frutos de alto valor. La sociedad ha cambiado entretanto y
al morir la ciudad-estado clásica se hacen presentes nuevos pro­
blemas- que afectan al conjunto de la existencia del hombre an­
tiguo. Se torna imperativo un pensar distinto que, cuando define
su sentido y sus métodos, señala otro período de la filosofía.

* * *

Guía de lecturas. Las más recomendables exposiciones de


conjunto sobre la filosofía clásica son: León Robin, El pensamien­
to griego y los orígenes del espíritu científico, Barcelona, Ed. Cer­
vantes, 1926 (nueva ed. de Uteha, México); J. Burnet La aurora
del pensamiento griego, México, Ed. Argos, s. a.; M ondolfo, El
pensamiento antiguo, Buenos Aires, Ed. Losada, 1942, 2 vol., que
es al mismo tiempo una antología de textos1; y W ilhelm Capelle,
Hist. de la filosofía griega, M adrid, Ed. Gredos, 1958.

Para los fines de la iniciación, pueden leerse, como obras


breves, los siguientes libros: R. M ondolfo, Breve historia del pensa­
miento antiguo, Buenos Aires, Ed. Losada, 1953-1954, y W . K. C.
Guthrie, Los filósofos griegos, México, F. d. C. E., Brev., 1954. Co­
mo un enfoque sugestivo léase el ensayo de Xavier Zubiri ‘‘El acon­
tecer humano: Grecia y la pervivencia del pasado filosófico" en
N aturaleza, historia, Dios, Buenos Aires, E. Poblet, 1948.

Sobre los filósofos del período cosmológico puede consultar­


se en particular el estudio de R. Richter, "La filosofía presocráti-
ca ", incluido en el vol. primero de la colección Los grandes pen­
sadores (Ed. Espasa Calpe, ya citada). Un tratamiento más com­
pleto, pero de difícil lectura para el principiante, se encontrará
en W . Jeager, La teología de los primeros filósofos g r ie g o s l é ­
xico, F. d. C. E., 1952. El alumno puede llegar a los textos ele los
presocráticos, en traducción castellana, valiéndose del libro de
M ondolfo mencionado en primer lugar; los encontrará asimismo
en J. Gaos, A ntología filosófica, y en Juan David G arcía Bacca,
Los presocráticos, México, El Colegio de México, 1944, 2 vol. (nue­
va ed., Caracas, Univ. Central 1955), que es la más completa com­
p ila ció n 'y traducción de estos-textos en nuestra lengua.

Sobre Sócrates y el pensamiento del período antropológico


pueden consultarse: R. Ríchter, "Sócrates y los sofistas", en Los
grandes pensadores, vol. 1?; Eduard Zeller, Sócrates y los sofistas,
Buenos Aires. Ed. Nova, 1955; A. E. Taylor, El pensamiento de Só­

1 Existe en castellano, como libro de referencia sobre esta etapa de la filosofía,


el repertorio bibliográfico de R. Mondolfo. Guia bibliográfica de la filosofía
antigua, Buenos Aires, Ed. Losada, 1959.
crates, México, h d. L. E., Brev., 1961. A. Gómez Robledo, Sócra­
tes y el socratismo, México, Centro de Estudios Filosóficos, 1966.
Una extensa biografía intelectual es la de Antonio Tovar, Vida de
Sócrates, M adrid, Ed. Rev. de Occ., 2a. ed., 1953. Para el conoci­
miento de la personalidad y la influencia de Sócrates, en contacto
con las fuentes griegas, se recomienda la lectura de Jenofonte,
Recuerdos de Sócrates, y A pología, México, Univ. Nac., 1949 (ver­
sión castellana de J. D. García Bacca y texto griego), así como
Platón, A pología de Sócrates (hay varias ed. en castellano; la más
recomendable es la de México, Univ. Nac., 1944, traducción de
García Bacca). El bello libro de Romano Guardini, La muerte de
Sócrates, Buenos Aires, Ed. Emecé, 1960, está construido como
una selección y comentario de varios textos platónicos referentes
a los últimos momentos de Sócrates. Es también una excelente in­
troducción a la lectura de Platón.

Sobre Platón y su filosofía, pueden consultarse: W alte r Pater,


Platón y platonismo, Buenos Aires, Ed. Emecé* 1946; Auguste Dies,
Platón: su vida, su pensamiento, sus doctrinas, México, Ed. Amé­
rica, 1941; Pierre-Maximine Schuhl, La obra de Platón, Buenos
Aires, Ed. Hachette, 1945, con una nota de Juan A dolfo Vásquez
sobre las traducciones de Platón al español; y Alexandre Koyre,
Introducción a la lectura de Platón, M adrid, Alianza Editorial,
1966. Acerca del platonismo y la Academia, véase: A. E. Taylor
El platonismo y su influencia, Buenos Aires, Ed. Nova, 1946; Paul
Landsberg, La academia platónica, M adrid, Ed. Rev. de Occ., 1926;
J. Brun, Platón y la Academia. Buenos Aires, Eudeba, 1961.

Aparte de los. ya citados, se encontrarán textos platónicos


seleccionados en J. Gaos, A nto logía filosófica, R. M ondolfo, El
pensamiento antiguo, vol. 29, Julián Marías, La filosofía en sus tex­
tos, vol. I 9 y A.S.B. Lecturas filosóficas y Breve antología filosófica.
Como ya hemos indicado, el estudiante puede emprender desde
el principio la lectura completa de algunos diálogos (vg., Critón,
Eutífrón, Fedón, La República, libs. I, III y VIII, esp.). Hay varias
ediciones de estos y otros libros, pero ninguna de obras comple­
tas de Platón en versión directa del griego. Existe sólo la versión
indirecta de las Obras completas hecha por Patricio de Azcárate
(Buenos Aires, Ed. Espasa Calpe, 1946 y ss; hay otras ediciones).
El Instituto de Estudios Políticos de M adrid viene publicando edi­
ciones bilingües muy serias que se recomiendan ¡unto con las de
la Universidad N acional Autónoma de México.

Para obtener una primera inform ación sobre la filosofía de


Aristóteles, el estudiante puede leer algunos de los siguientes li­
bros breves: F. Brentano, Aristóteles, Barcelona, Ed. Labor, 1930;
H. Siebeck, Aristóteles, M adrid, Ed. Rev. de Occ.# 1930; I. Quiles,
Aristóteles, vida, escritos y doctrinas, Buenos Aires, Ed. Espasa,
Col. Austral, 1944. Más adelante, podrá consultar otros trabajos
más amplios, como el de David Ross, Aristóteles, Buenos Aires, Ed.
Sudamericana, 1957, y el de Jaeger, Aristóteles, México, F. d. C.E.,
1946. Sobre la escuela aristotélica, véase: J. L. Stocks, El aristote-
lismo y su influencia, Buenos Aires, Ed. Nova, 1947 y J. Brun, Aris­
tóteles y el Liceo, B. Aires, Eudeba, 1961.

Aunque el principiante no pueqe ab ora ar racumente la lec­


tura completa de las principales obras de Aristóteles (vg., M etafl-,
sica, Etica Nicom aquea, De Anima, Física, Política) es necesario
que se ponga en contacto con los textos del filósofo a través de
selecciones comp las que se encuentran en los libros de Gaos,
M ondolfo, Marías y A.S.B., mencionados a propósito de Platón.
El concepto de verdad en Aristóteles, por Alberto W agner de Rey-
na (Mendoza, Univ. Nac. de Cuyo, 1951), contiene una antología
de textos aristotélicos, comentados por el autor, que constituye
una muy didáctica iniciación en la lectura e interpretación del fi­
lósofo de Estagira. De las obras completas de Aristóteles, además
de la ^versión indirecta de Patricio de Azcárate, existe la directa
de Francisco de P. Samaranch, Aristóteles, Obras, M adrid, A gui­
las, 1964. Entre las ediciones serias de diversos libros de Aristóte­
les están las bilingües de la Univ. de México v del lnstituto de Es­
tudios Políticos de M adrid.

* *

2— La filosofía helenlstico-romana (del siglo III a. C. al siglo


V de nuestra era). Un filosofar eminentemente normativo, una me­
ditación moral y místico-religiosa es lo característico de esta épo­
ca. La quiebra de los valores antiguos impone a la filosofía, con
más fuerza que antes, una misión rectora y la convierte en una
doctrina moral de la salvación laica por la inteligencia o en una
preparación para la visión mística y el consuelo de la fe. La filo ­
sofea se hace así, decididamente, sabiduría de la vida.

Entre las filosofías no religiosas más importantes de esta eta­


pa se encuentra el estoicismo, fundado por el griego Zenón de Ci-
tium, en cuya evolución se distinguen tres momentos: el estoicis­
mo antiguo, con Zenón, Cleanto y Crisipo, el medio, con Panecio
de Rodas y Posidonio, y el nuevo, que se desarrolla en la época
imperial romana, con Séneca (41 a. C. - 65 d. C.), el esclavo fri­
gio Epicteto (50-120) y el em perador Marco Aurelio (121-180).
Aunque en su origen la filosofía estoica se sustenta' en una nueva
metafísica de corte materialista y utiliza el concepto heracliteano
de logos o razón del mundo, más importante en ella es el conte­
nido moral del pensamiento, desenvuelto sobre todo por los filó ­
sofos de la época romana. El sabio estoico es el hombre que sabe
vivir según la razón y la naturaleza, dominando sus pasiones y
alcanzando la autarquía, es decir, la independencia de todo aque­
llo que puede esclavizar su alma y hacerlo infeliz. La misma preo­
cupación moral es característica en la otra gran corriente filosó­
fica laica de la época, el epicureismo, que toma su nombre del
filósofo griego Epicuro (341-270 a. C.), quien abrió escuela en
Atenas hacia el año 306 a. C. El famoso poeta romano Lucrecio
ha sido uno de los principales difusores de este pensamiento, al
que está dedicado su poema De Rerum N atura. Las tesis de Epi­
curo concillan una cosmología materialista, que procede del ato­
mismo presocrático, con uña ética hedonista. La sabiduría epicú­
rea aconseja buscar la felicidad por el placer sujeto a medida y
concorde con la naturaleza del hombre. También aquí la meta
suprema es la tranquilidad interior (ataraxia), la paz del alma li­
bre del dolor y del temor. En el escepticismo antiguo o pirronis­
mo, representado por Pirrón de Elis, Enesidemo, Sexto Empírico y
Agripa, y en el eclecticismo, cuya figura más destacada fue Cice­
rón, prevalece también la intención prescriptiva moral.

El saber de salvación y la norma de vida que proponen otras


filosofías de la época tiene un sustento predominantemente reli­
gioso. Este es el caso de la doctrina de Filan de Alejandría, que
se mueve en la órbita de la fe hebrea, así como de los gnósticos,
inspirados en diversas confesiones orientales, y del neoplatonismo,
cuya principal figura fue Plotino (205-270). La metafísica p a n c is ­
ta que expone Plotino en las Enneadas, su obra capital, concibe
todas las cosas como emanadas del Uno originario, siguiendo un
proceso que tiene como estadios sucesivos la emanación del espí­
ritu o Nous, del alma cósmica y de las existencias sensibles y ma­
teriales. Esta reflexión se prolonga en una visión mística y en una
doctrina de la salvación por retorno del alma humana a su fuente
originaria.

En la meditación cristiana alcanza sin duda su punto culmi­


nante la resolución de la inquietud filosófica en la religión. La
apologética (San Justino, Tertuliano, Lactancio) y la patrística o
filosofía de ¡os Paares de la Iglesia (San G regorio, San Clemen­
te, San Ambrosio, etc.) representan la toma de contacto del cris­
tianismo con la filosofía antigua, contacto que es en mucho po­
lémico y que llega inclusive, como es el caso de Tertuliano, a una
negación radical de la razón griega por parte del creyente. Len­
tamente, sin embargo, se produce una asunción de la tradición
filosófica anterior en esta nueva corriente del pensar occidental
y una formulación de los motivos cristianos en el lenguaje teó ri­
co de esa tradición. Esta es la obra sobre todo de la más notable
figura de, entonces, San Agustín (350-430), en quien se da la pri­
mera gran interpretación de las relaciones entre la razón y la fe,
principal preocupación del pensamiento cristiano a lo largo de
su evolución. San Agustín postula la necesidad de creer para po­
der entender y ve la tarea propia de la filosofía— cuyo centro
de interés es Dios y el alm a— en la elaboración racional del cre­
do, sustentada e iluminada por lp fe.

En la patrística se define ya, no sin pugnas internas y varie­


dad de matices, la orientación principal de la meditación cristia­
na, que ha de expandirse en una nueva época de la filosofía, por
lo cual algunos historiadores la estudian en la parte correspon­
diente a la filosofía medieval. Dos son los motivos cardinales que
definen esta orientación: el acendramiento de la concepción in­
terior, personal, del hombre, y la idea, de la creación del mundo
a partir de la nada, que era extraña al espíritu griego. Esta idea
implica la noción de un Dios creador y trascendente y lleva a con­
cebir la realidad y la existencia mundanas como esencialmente
dependientes y perecederas. La confianza antigua en el ser ce­
de el lugar así a la confianza en Dios.

* * *

G uía de lecturas. Sobre las filosofías de esta época, consúl­


tese, además de las historias y exposiciones generales del pensa­
miento clásico y medieval1, A. Reyes, La filosofía helenística, Mé­
xico, F. d. C. E., Brev., 1959.

En La filosofía en sus textos de Marías y El pensamiento an­


tiguo de M ondolfo se encontrarán textos bien seleccionados de

1 Véase la bibliografía de las pp. 48 y 60.


filósofos de esta época. La antología de fragmentos an trop oló gi­
cos compilada por J. Marías, La idea d&l hombre, Buenos Aires,
Ed. Espasa Calpe, Col. Austral, 1952, incluye fragmentos de los
estoicos, Epicuro, los escépticos y eclécticos, Filón, Plotino, San
Agustín y otros Padres.

Puede leerse también directamente algunos de los textos es­


toicos del período imperial, como el Enquiridion de Epicteto, los
Soliloquios de Marco Aurelio y algunos tratados de Séneca, de
los cuales hay ediciones accesibles en Col. Austral. De Séneca
hay, además, una traducción de sus Obras completas, M adrid,
Ed. Aguilar, 1949. Sobre el estoicismo consúltese el libro de P.
Barth, Los estoicos, M adrid, Ed. de Occ., 1939.

Las cartas de Epicuro son lectura muy recomendable para


ganar una idea justa del pensar epicúreo; pueden encontrarse en
Diógenes Laercio, Vida y opiniones de los filósofos más ilustres,
lib. X (hay varias ediciones; vg., Espasa Calpe, Col. Austral). La
importante “ Epístola a Meneceo" ha sido incluida en Lecturas fi­
losóficas. Sobre Epicuro pueden leerse, André Cresson, Epicuro•
su vida, su obra, su filosofía, México, Ed. América, 1941, y A. J.
Fastugiere, Epicuro y sus dioses, B. Aires, Eudeba, 1960, que a b o r­
da el tema de la religión en Epicuro.

Conviene que el estudiante maneje algunos textos de los pri­


meros filósofos cristianos. La Biblioteca de Autores Cristianos ha
editado un volumen de Padres apologetas griegos, M adrid, 1954.
Una buena iniciación en el pensamiento de San Agustín es la
antología seleccionada por el P. Prziwara, El Pensamiento de San
Agustín, Lima, Biblioteca Peruana de Cultura Católica, 1946. Las
Confesiones y los Soliloquios son también lectura que el estudian­
te puede hacer por su cuenta. A este efecto señalamos la edi­
ción bilingüe de las Obras de San Agustín, M adrid, Biblioteca de
Autores Cristianos, 1946, cuyo vol. I. contiene una introducción
general y una bibliografía del filósofo católico. Un estudio bre­
ve y serio es el de' M. Baumgartner "San Agustín", en la colec­
ción Los grandes pensadores, vol. I 9. Otros estudios recomen­
dables son: A. Gómez Robledo, Cristianismo y filosofía en la ex­
periencia agustiniana, México, Univ. Nacional, 1942, y Regis
Jolivet, San Agustín y el neoplatonismo cristiano, Buenos Aires,
C.E.P.A., 1941.
EL PROCESO HISTORICO DE
LA FILOSOFIA (continuación)

"De las potencias vitales, que determinaron


desde los senos más profundos la evolución
milenaria de la Edad Media, nacen también
para la filosofía moderna los grandes impul-
_M
SOS .
Heinz Heimsoeth

"La actitud del filósofo moderno con respecto


a la historia parece estar marcada por una
tensión perpetua entre el deseo de apoyarse
en el pasado y el temor de ver el pensamien­
to filosófico disiparse y desmenuzarse en la
erudición"
Emile Brehier

"N o podemos tener una visión perfecta de


nuestros orígenes inmediatos. La historia em­
pieza solamente cuando se ha posado el p o l­
vo del recuerdo. Las formas de pensamiento
y de vida de hoy son una continuación de­
masiado patente de las de ayer para que p o ­
damos verlas con cb rid a d ".

G ilbert Ryle
3— La filosofía medieval (del siglo V al siglo XV). La diso­
lución del Imperio romano señala el fin de la edad antigua y
con él una crisis profunda de la cultura y la vida de Occidente.
La filosofía sufre el efecto de este cambio decisivo. En los siglos
que siguen inmediatamente al derrumbe del poder imperial se ha
perdido memoria de las grandes realizaciones del pensamiento
grecolqtino. Apenas si, por obra de Boecio, a quien ha hecho
famoso su Consolación de la filosofía, se salva del naufragio
parte de la lógica aristotélica y el Isagoge del neoplatónico Por­
firio. Al lado de las obras de San Agustín, este legado fra g ­
mentario ha de tener una influencia enorme en la construcción
de la nueva cultura, la propiamente medieval, que se delinea
claramente hacia el siglo X. Entretanto, en un mundo caótico,
en el que lentamente se iban reconstituyendo los cuadros de la
vida europea y se establecían nuevos principios de ordenación
política y social, el quehacer intelectual se refugia en los conven­
tos y abadías y allí, a partir de comienzos muy rudimentarios
y simples, prospera con los siglos. Las escuelas conventuales y
catedralicias son de este modo la matriz de la nueva filosofía,
la llamada escolástica, que ha de florecer a partir del siglo X.
En ella encuentra su más cabal expresión teórica el espíritu del
hombre medieval. Antes de ese siglo, en el período que suele lla ­
marse pre-escolástico, puede señalarse como nombre importante
en filosofía, a Juan Escoto Erígena (muerto hacia 804), cuya re­
flexión intenta una síntesis del neoplatonismo con las doctrinas
cristianas.

La escolástica es un producto de la enseñanza y, en su for­


ma más desenvuelta, de la Universidad. En su método y en su
intención lleva el sello de este origen. Las formas típicas de la
docencia de entonces son la lectio, o lectura e interpretación de
textos de autoridades, y la disputatio, o discusión de puntos doc­
trinarios, por vía dialéctica. En consonancia con esto, las obras
de los filósofos son dedicadas principalmente al comentario de
los autores reconocidos, al análisis de puntos sujetos a disputa
y demostración (quaestiones y opuscula) y, .finalmente, a expo­
siciones sistemáticas de la doctrina filosófica y teológica cristia­
na (las famosas Sumas como la Summa Theologica de Santo To­
más).
O tro carácter que marca profundamente esta filosofía, ín ti­
mamente vinculado con el anterior, es su dependencia de las
preocupaciones religiosas dominantes en la época. La escolás­
tica es una filosofía al servicio de la religión, aunque no deje de
reclamar y tenga efectivamente un sector propio de inquisición.
De a llí que sea motivo constante de reflexión el deslinde del cam­
po en que la razón puede actuar con autonomía, estando como
está subordinada a la revelación, es decir, a la fe, en lo que
toca a las últimas certezas acerca de la existencia y el ser.

Dentro de este marco, el pensamiento escolástico form uló


una concepción toral de la realidad en que los motivos funda­
mentales del cristianismo se unieron a las ideas heredadas de la
filosofía greco-latina, especialmente las de Platón, que se en­
troncan con la tradición agustiana, y las de Aristóteles, que po­
co a poco se difunden por mediación, de los árabes y encuentran
sus más notables defensores en San Alberto Magno y Santo To­
más. Una imagen acabada del cosmos, una ordenación univer­
sal de formas terrenales y astrales, el hombre en el centro — que
es la Tierra según la astronomía ptolom eica— y, presidiendo
todo este conjunto, un Dios trascendente y personal, del que pro­
cede y en el que se funda todo ser y todo valor, es el fruto de
este notable esfuerzo especulativo.

Las motivaciones metafísicas y teológicas dominantes expli­


can la pasión que los escolásticos pusieron en la elucidación de
problemas como el de los universales, en cuyo debate se enfren­
taron los realistas, defensores de la existencia efectiva de las
ideas generales, al estilo platónico, los nominalistas, que redujeron
estas entidades a meros nombres, al aceptar sólo la existencia
de lo individual, y los conceptualistas, que sostuvieron una tesis
m ediadora, reconociendo una entidad mental a las ideas. No
se puede, en efecto, desligar este debate del contexto de la onto-
logía escolástica, ya que cada una de estas interpretaciones tie­
ne consecuencias que tocan profundamente a las tesis metafísi­
cas básicas de la teología cristiana.

Pesa a su uniform idad de conjunto, no está desprovisto el


filosofar escolástico de un vivo dinamismo interno, ni deja de
haber en él importantes variaciones doctrinarias, que adquieren
la forma de corrientes definidas a lo largo de esta época. Pue­
den distinguirse tres momentos principales en la evolución de
esta filosofía: 1) la antigua escolástica, o período de formación,
que llega hasta el siglo XII, en el cual destacan San Anselmo de
Canterbury (1033-1109), los filósofos de la escuela de Chartres,
de orientación platónica y realista (Bernardo de Chartres, G il-
bert de la Porrée, Juan de Salisbury, etc.), Pedro Abelardo (1079-
1142) y Hugo y Guillermo de San Víctor, entre otros. 2) La alta
escolástica, o período de apogeo (siglo XIII, principalmente), en
que surgen los filósofos más importantes de la tradición agusti-
niana, como Alejandro de Hales y San Buenaventura (1221-1274),
y las grandes figuras del aristotelismo católico, como San A lber­
to Magno y, sobre todo, Santo Tomás de Aquino (1225-1274),
cuyas obras (Suma contra los gentiles, Suma teológica, Del ente
y la esencia, etc.), síntesis acabadas del filosofar medieval, han
tenido una enorme repercusión en el pensamiento cristiano has­
ta nuestros días. Al mismo período pertenece otro gran maes­
tro escolástico, Juan Duns Escoto, en cuya meditación el agusti-
nismo se entronca con el tomismo. Por su voluntarismo, Escoto
señala una dirección contraria a la del maestro de Aquino.
Otras figuras son: Roger Bacon, que se distingue como precursor
del interés por la investigación experimental de la naturaleza, si
bien sus motivaciones siguen siendo básicamente teológicas, y el
lógico catalán Raimundo Lulio. 3) La escolástica decadente (si­
glo XIV), en que destacan G uillerm o de Occam, Nicolás de Autre-
court y Juan Buridán, defensores vigorosos de las tesis nomina­
listas, cuyos planteos más radicales conducen al umbral de una
época de la filosofía.

Cabe señalar, como una corriente paralela al filosofar es­


colástico propiamente dicho, la del pensamiento místico, repre­
sentado entre otros por San Bernardo de Claraval, en el siglo
XII y, más tarde, por el maestro Eckhart (1260-1327).

Alimentadas por otras creencias religiosas, discurren tam­


bién a lo largo dal medioevo las filosofías musulmana y judía.
Son figuras importantes, en la primera, Avicena, Aben Tofail y
Averroes, y, en Ja segunda, Avicebrón y Maimónides, cuyo pen­
samiento está, en lo esencial, pese a las diferencias religiosas y
do'"frlr>nrias, muy fuertemente influido por Aristóteles.
Guía de lecturas. Acerca del pensamiento medieval, como
obras generales, pueden leerse: A. Dempf, La concepción del
mundo en la Edad M edia, M adrid, Ed. Gredos, 1958, y E. Gilson
El espíritu de la filosofía medieval, Buenos Aires Ed. Emecé, 1952.
Para situar el filosofar cristiano en el contexto histórico y social
de la época, se recomienda el cap. IV, "La tradición intelectual",
del libro de R. W . Southern, La form ación de la Edad M edia, M a­
drid, Ed. Rev. de Occ. 1955.

Manuales breves sobre la filosofía medievcl, que se leerán


con provecho, son los de Paul Vignaux, El pensamiento en la
Edad Media, México, F. de C.E., 1954, y M artin Grabmann, Filo­
sofía medieval. Barcelona, Ed. Labor, 1928. Más extensos y de­
tallados son los de J. M. Verweyen; Historia de la filosofía me­
dieval, Buenos Aires, Ed. Nova, 1957; E. Gilson, La filosofía en
la Edad Media, M adrid, Ed. Gredos, 1958, 2 vol.; y M aurice de
W ulf, Historia de la filosofía medieval, México, Ed. Just, 1945-
1949, 3 vol. Sobre dos importantes sectores de la reflexión es­
colástica, la metafísica y la ética, pueden consultarse los libros
de A. Dempf, Metafísica de la Edad Media, M adrid, Ed.' Gredos,
1957, y Etica de la Edad Media, M adrid, Ed. Gredos, 1958. El
problema de los universales a lo largo de la evolución de pen­
samiento medieval es estudiado muy detalladam ente en el citado
libro de Verweyen (part. principal, A-lll).

El estudiante debe procurar leer algunos textos de las prin­


cipales figuras de la escolástica. Es recomendable, vg., el Pros-
logium de San Anselmo, del cual hay traducción en la edición
bilingüe de las Obras completas de este autor publicada en M a ­
drid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1952-1953, 2 vol., I; A p a r­
te de esta edición, existen otras en castellano; entre ellas es muy
útil la de R. Labrousse, Buenos Aires, Ed. Yerba Buena, 1945, pues
trae en apéndice una selección de textos relativos a la historia
de la prueba ontológica. En la misma Biblioteca de Autores
Cristianos se han publicado, en 6 volúmenes, con texto bilingüe,
las Obras completas de San Buenaventura (M adrid, 1945-1946),
y de Santo Tomás de Aquino, la Suma contra los gentiles, M a ­
drid, 1952-1953; 2 vol., y la Suma teológica, M adrid 1947-1958
(diversos volúmenes sin continuidad). Del último hay una edición
de los Opúsculos filosóficos genuinos, Buenos Aires, Ed. Poblet,
1947, y varias del más famoso entre éstos, Del ente y la esencia.
Sobre Santo Tomás, como estudios breves, son recomendables
los de M artin Grabm ann, Santo Tomás de Aquino, Barcelona,
Ed. Labor 1930, y F. C. Copleston, El pensamiento de Santo To­
más, México, F. de C.E., Brev., 1960. Conviene asimismo que el
estudiante tome contacto con las obras de algún filósofo no cris­
tiano, para lo cual se presta muy bien la antología de Avicena,
compilada por M. Cruz Hernández y publicada con el título
Sobre la metafísica, M adrid, Ed. Rev. de Occ., 1950. De los fi­
lósofos mencionados y de otros importantes se encontrarán textos
escogidos en la varias veces citada antología de J. Marías, La
filosofía en sus textos, vol. I.
Para comprender la conexión histórica del pensamiento me­
dieval y el moderno, es excelente lectura H. Heimsoeth, Los seis
graneles temas de la metafísica occidental, M adrid, Ed. Rev. de
Occ., 2a. ed., 1949. Ver también, de O rtega, En torno a G alileo,
M adrid, Ed. Rev. de Occ., lección X.
* * *

4— La filosofía del Renacimiento (siglos XV y XVI). En el Re­


nacimiento, como resultado del avance del conocimiento cientí­
fico y técnico, de los descubrimientos geográficos, de los cam­
bios políticos, sociales y económicos y de la nueva inquietud re­
ligiosa, comienza a plasmarse una nueva idea de la realidad.
La imagen de un mundo finito y armoniosamente arreglado, que
fue la predominante en la antigüedad y en el medioevo, es sus­
tituida por el cuadro de una realidad infinita, con un espacio sin
límites y sin centro (el nuevo sistema astronómico ‘ de Copérnico
lleva implícita la negación de todo centro absoluto) y un curso
abierto de desenvolvimiento tem poral propicio a la acentuación,
por contraste, de la importancia y función de lo individual y
múltiple de las cosas y del hombre. Es ésta una época en que
la atención se concentra en el mundo- inmanente, en los hechos
y las leyes que los rigen. Por cierto que no se pierde el interés
metafísico por lo trcscendente, pero se busca interpretarlo y en­
tenderlo desde la inmanencia. Mientras en el medioevo la teo­
logía ofrecía los conceptos explicativos supremos, ahora éstos se
piden a la investigación de la naturaleza. Hay también, por eso,
una vuelta hacia el hombre, que se refuerza y enriquece con el
redescubrimiento del legado humanista de los escritores clásicos.

La filosofía en que se expresan por primera vez estos pun­


tos de vista, la que propiamente puede ser llamada renacentis­
ta, dista de ser un cuerpo doctrinario definido y bien form ulado.
La época es de diversificación y fermentación y así también es
su filosofía. Por lo mismo, no alcanza las grandes cumbres de
la reflexión anterior, aunque prepara el form idable despliegue
intelectual de la filosofía moderna. Tampoco debe pensarse en
una ruptura inmediata y total con el pensamiento medieval,
que en gran porción perdura como línea independiente o es in­
corporado a las nuevas síntesis teóricas. Un caso ejemplar a
este respecto es el de Nicolás de Cusa (1401-1464), en quien
puede verse un puente entre las formas más libres del pensar
•medieval y la nueva concepción del mundo.

Entre las corrientes más importante de esta etapa hay que


mencionar, en primer lugar, las que rectualizan alguna dirección
de la filosofía greco-romana, como el neo-aristotelismo de Pietro
Pomponazzi, el platonismo de M arcilio Fiemo y Pico de la M irán­
dola y el neo-estoicismo de Justo Lipsio. Hay una línea de
pensamiento escéptico típicamente renacentista, representado en
Francia por Pedro Charron y por el grah ensayista Miguel de
Montaigne (1533-1592) y, en España, por Francisco Sánchez.
O tro importante sector de reflexión es el de la filosofía del Esta­
do y el derecho, a la que hacen contribuciones notables Nicolás
M aquiavelo, Tomás M oro, Jean Bodin, Alberico Gentile y Hugo
G rocio. Las más interesantes filosofías de la naturaleza, en las
cuales se ensaya una gran concepción metafísica de nuevo es­
tilo, son los de Campanella, Telesio y, sobre todo, G iordano Bru­
no (1548-1600), quien busca conciliar una interpretación del cos­
mos claramente panteísta con la valoración individualista de la
m ultiplicidad y singularidad de las substancias finitas. En esta
época florece, por otra parte, un pensamiento místico, que ilus­
tra bien el nombre de Jacobo Boehme. Por lo demás, la preo­
cupación religiosa y m oral es característica del humanismo refor­
mista de Erasmo de Rotterdam, mientras que el de Luis Vives se
destaca por su interés pedagógico y psicológico. La constitu­
ción de una nueva ciencia de la naturaleza sobre bases em píri­
cas y matemáticas, obra de Copérnico, Kepler y, especialmente,
G alileo G alilei, es asimismo un ingrediente esencial de la revo­
lución ideológica que se prepara en esta época y tiene, por tan­
to, una gran significación filosófica.

Las figuras y corrientes mencionadas son en lo substancial


opuestas al filosofar escolástico tradicional. Pero éste perdura
en la enseñanza y da todavía algunos pensadores destacados,
como el español Francisco Suárez (1548-1617).
Gula de lecturas. Aparte de los capítulos sobre el Renaci­
miento de las obras generales de historia de la filosofía mencio­
nadas en el capítulo III, y de los trabajos de Heimsoeth y Ortega
citados al tra tar de la filosofía medieval, pueden consultarse:
W. W indelband, Historia de la filosofía moderna, Buenos A ires/
Ed. Nova, 1951, tomo l 9, Introducción, y cap. I y II; H. Heimsoeth,
La Metafísica moderna, M adrid, Ed. Rev. de Occ., 2a. ed., 1949,
Introducción y cap. I y II; E. Cassirer, Individuo y cosmos en la
filosofía del Renacimiento, Buenos Aires,'Ed. Emecé, 1951; y R.
M ondolfo, Figuras e ideas de la filosofía del Renacimiento, Bue­
nos Aires, Ed. Losada, 1954.

El estudiante se form ará una idea más vivida y concreta del


pensar renacentista contrastando las obras de dos mentalidades
tan dispares como Miguel de M ontaigne y G iordano Bruno. Del
primero se han publicado en castellano los Ensayos completos,
Barcelona, Ed. Iberia, 1947 y 1951 (existe también una edición de
esta obra en Losada), así como una selección con prólogo de
André Gide, El pensamiento vivo de Montaigne, Buenos Aires, Ed.
Losada, "Biblioteca del Pensamiento V ivo", 1939. De G io rd a ­
no Bruno, véase De la Causa, Principio y Uno, Buenos Aires, Ed.
Losada, 1941.

Con respecto al pensamiento filosófico-político más caracte­


rístico de la época, conviene leer pasajes de El Príncipe de Ma-
quiavelo, del cual hay varias ediciones (una bilingüe, M adrid,
Ed. Rev. de Occ. y Univ. de Puerto Rico, 1955; otras con las no­
tas de Napoleón, vg., M adrid, Ed. Ibérica, 1953), así como de
Utopias del Renacimiento, México, F. de C.E., 1941, que incluye
"U to p ía " de M oro, “ La Ciudad del Sol" de Campanella y “ La
Nueva A tlán tida " de F. Bacon.

Sobre G alileo y la ciencia de la época puede consultarse el


libro de Cortés Pía, G alileo G alilei, Buenos Aires, Col. Austral,
1942, y Ortega y Gasset, En torno a Galileo, ya citado. Sobre
Suárez, véase J. Ferrater M ora, "Suárez y la filosofía m oderna",
en Cuestiones disputadas, M adrid, Ed. Rev. de Occidente, 1955.

La filosofía en sus textos de Marías trae selecciones de N ico­


lás de Cusa, Erasmo, Vives, G iordano Bruno y G alileo, entre otras
figuras del Renacimiento, así como una nota introductoria acer­
ca del pensamiento de esta etapa.
El pensamiento moderno ofrece una gran riqueza de corrien­
tes y doctrinas. Después de la efervescencia renacentista, la
m odernidad propiamente dicha es una etapa de consolidación,
expansión y creación madura en filosofía. El pensamiento nue­
vo, que ahora se manifiesta claramente, tiene tras sí, como fer­
mento y sustento, las grandes transformaciones sociales, econó­
micas y científico-tecnológicas que dan su sello inconfundible a
la existencia occidental. No es posible reducir a un esquema
simple el conjunto de esta filosofía, que es, además, de una mo­
vilidad interna mucho mayor que la de otras épocas, como si la
reflexión-filosófica, a medida que avanza el tiempo y se robus­
tece su propia tradición y su apertura a la historia, ganara en
intensidad y en dinamismo dialéctico. Aquí nos hemos de lim itar
por eso a resaltar los movimientos y figuras más representativos
de los siglos XVII, XVIII y XIX, que es el lapso dentro del que
puede situarse el desenvolvimiento del filosofar moderno.

5.— La filosofía del siglo XVII o del Barroco. En el arte y la


literatura y, en general, en el conjunto de la cultura espiritual,
la época del barroco se señala por la voluntad de lograr sínte­
sis constructivas en que los valores de la singularidad y el de­
talle no se pierdan sino que resultan integrados en un cuadro
universal. En filosofía, a este espíritu corresponden los vastos
sistemas especulativos que son característicos de la metafísica
francesa y alemana de! seiscientos. Estas ambiciosas estructuras
conceptuales no se desenvolvieron directamente a p a rtir de las
síntesis anteriores — aunque aprovecharan del trabajo en ellas
condensado— , sino que pasaron por el intermedio de una cri­
tica del conocimiento que puso en cuestión la validez del saber
anterior y buscó establecer toda ciencia sobre las bases de una
certeza segura y de un método probado.
Esta preocupación po r los problemas de la fundamentación
del conocimiento — que ya gpunta en el Renacimiento— es un
rasgo esencial de la conciencia filosófica moderna, a tal punto
que se ha dicho que en ella se ha visualizado por primera vez,
como tal, este gran dominio del filosofar. Sin entrar en este de­
bate, es preciso reconocer que sólo puede comprenderse cabal­
mente el sentido y el desenvolvimiento de la filosofía del barroco
y, en rigor, el de toda la época moderna, atendiendo al lugar
fundamental que ocupa en ella la problemática gnoseológica.
Tomando justamente como base el tratamiento de las cues­
tiones gnoseológicas, pueden distinguirse en el siglo XVII dos lí­
neas principales de desarrollo del pensamiento filosófico. La
primera, el empirismo (del griego empeiría = experiencia), sos­
tiene que todo conocimiento humano se funda en la experiencia
sensible. Los orígenes de la ciencia deben buscarse por tanto
en la percepción, de tal manera que sólo es válido el saber cons­
truido a pa rtir de los datos perceptivos y respaldado por ellos.
Esta corriente filosófica se define ya claramente en las obras de
Francisco Bacon (1561-1626), quien critica la lógica aristotélica
como instrumento de investigación y propone en su reemplazo un
método inductivo-experimental. O tros pensadores británicos
— conformando una muy clara tradición nacional— continúan
este esfuerzo y lo desenvuelven en diversas direcciones. Entre
ellos hay que mencionar, aparte del materialista Thomas Hobbes
que es figura importantísima del pensamiento político y social, >
que en teoría del conocimiento defiende un empirismo muy ma­
tizado, a John Locke, George Berkeley y David Hume, que mar­
caron tres grandes hitos del pensar moderno. Locke (1632-1704)
ofrece la primera gran sistematización de las tesis empiristas. Su
Ensayo' sobre el entendimiento humano señala el momento más
, maduro y am bicioso'del intento de reducir el saber a la percep­
ción. Berkeley (1685-1753) y Hume (1711-1776), que pertenecen
cronológicamente al siglo XVIII, sacan las consecuencias de las
tesis básicas de Locke y, en polémica con éste, arriban, el pri­
mero, a un idealismo subjetivo y a una metafísica espiritualista
y, el segundo, a la negación escéptica de la posibilidad de fun­
dar una legalidad natural y un conocimiento científico válido
universalmente.

La segunda gran corriente moderna, el racionalismo, arran­


ca de la obra de Renato Descartes (1596-1650), una de las más
grandes figuras de la filosofía. Tal como queda definida por la
reflexión del autor del Discurso del método, esta corriente se ca­
racteriza por poner el fundamento del conocimiento en el pen­
samiento racional, a imagen del saber matemático. Hay en el
racionalismo una defensa vigorosa del alcance y validez del co­
nocimiento a priori, frente a las pretensiones de la observación
perceptiva y la inducción, sostenidas por los empiristas. Como
Bacon, Descartes está en abierta pugna con la m etodología aris­
totélica y, también como él, propone un nuevo método de pen­
sar. Pero su radicalismo va más allá: exige una reconstrucción
total del saber sobre la base de evidencias incontestables. Para
él la certeza última está en la propia existencia consciente (cogi­
to ergo sum - pienso, luego existo). Con -ello incorpora al acer­
vo filosófico una categoría fundamental, la noción de sujeto pen­
sante (condensada en el pienso, cogito, de su fórmula famosa),
que tgda ulterior interpretación del mundo habrá de tener en
cuenta de uno u otro modo.

Siguiendo la vía abierta por Descartes, otras figuras desen­


vuelven el racionalismo a lo largo de los siglos XVII y XVIII. La
gnoseología cartesiana, su teoría dualista de las substancias pen­
sante y extensa, su concepción mecánica del cosmos, que se articu­
la con una ¡dea tracendente de Dios en una síntesis metafísica
última, encontrarán en Malebranche (1638-1715), Spinoza (1632-
1677) y Leibniz (1647-1716), que son grandes nombres de la fi­
losofía moderna, a la vez sus continuadores y sus objetantes más
notables.

Al lado de estas líneas principales de pensamiento, cabe re­


cordar la obra de una figura notable de la filosofía y la espiri­
tualidad religiosa moderna, Blas Pascal (1623-1662), cuyos Pen­
samientos son la más alta expresión de la conciencia desgarrada
de la época.

* * *

G uia de lecturas. Sobre la filosofía del siglo XVII, consúl­


tense los libros citados de Heimsoeth y W indelband. Asimismo,
son recomendables: Ludwig Buse, Concepción del universo, según
los grandes filosófos modernos, Barcelona, Ed. Labor, 1949, y F.
Romero, Historia de la filosofía moderna, F. de C.E., 1959, como
estudios breves, y los más amplios de F. Jodl, Historia de la filo ­
sofía moderna, Buenos Aires, Ed. Losada, 1951, y John Randall,
La formación del pensamiento moderno, Buenos Aires, Ed. Nova,
1952. Para un estudio más avanzado, es fundamental el vol.
primero de Ernst Cassirer, El Problema del conocimiento en la fi­
losofía y en la ciencia modernas, México, F. d. C.E., 1953.

De Bacon, el estudiante puede abordar por sí solo el Novum


Organum, centrando su atención en algunos aforismos del libro
primero (vg., del I al XLIVJ; a este propósito le ayudarán el es­
tudio prelim inar y las anotaciones de R. Frondizi, incluidos en la
edición castellana, Buenos Aires, Ed. Losada, 1949. Hay una se­
lección de textos característicos de Locke, precedida de un estu­
dio por Ake Petzall, Locke, Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 1940,
que puede servir de introducción a la lectura del gran filósofo
empirista. De Berkeley, conviene leer, como ya hemos señalado
en el cap. 1, Tres diálogos entre Hylas y Filonús, Buenos Aires, Ed.
Aguilar, 1958. También es muy accesible el Tratado sobre los
principios del conocimiento humano, Buenos Aires, Ed. Losada,
1945, con un estudio introductorio de R. Frondizi. En relación con
Hume, quedó indicada también la lectura de Investigación sobre
el entendimiento humano, Buenos Aires, Ed. Losada, 1939, que
trae una nota de Francisco Romero sobre Hume y el problema
de la causalidad. Puede manejarse, asimismo, la selección de
textos del Tratado de la naturaleza humana, publicado con el
título de Del conocimiento, Buenos Aires, Ed. A guilar, 1956, y
la de diversos escritos de Hume hecha por Levy Bruhl, con un es­
tudio sobre este filósofo, Hume, Buenos Aires, Ed. Sudamericana,
1939.
Estudios breves pero muy serios sobre Descartes, Spinoza,
Leibniz, Locke y Hume se encontrarán en el vol. segundo de la
citada colección Los grandes pensadores (Ed. Espasa-Calpe). So­
bre Descartes, pueden consultarse, además, A. Hoffmann, Descar­
tes, M adrid, Ed. de Occ., 1932; el más vasto estudio de D. Ha-
melin, El sistema de Descartes, Buenos Aires, Ed. Losada, 1949 y
L. V illoro, La idea del ente en la filosofía de Descartes, México,
Centro de Est. Fil., Univ. Nac., 1965.

Conviene que el estudiante emprenda por sí solo la lectura


del Discurso del método, del cual hay varias ediciones en caste­
llano, vg., la trad. de M. García Morente, Buenos Aires, Ed. Es­
pasa-Calpe, Col. Austral, 1937 (con las Meditaciones metafísicas),
la de A. Rodríguez Huesear, Buenos Aires, Ed. A guilar, 1954, y
la de R. Frondizi, texto bilingüe, M adrid, Ed. Rev. de Occidente,
1954. Puede utilizarse también la selección de textos precedida
por un estudio de León Brunschvicg, Descartes, Buenos Aires, Ed.
Sudamericana, 1939.
Será también muy provechoso, a fin de que el estudiante se
forme una idea del pensar racionalista, leer pasajes de. la Etica
de Spinoza (México, F. d. C.E., 1958; hay otras ediciones) y la
M onadologia de Leibniz, incluida en la ed. de sus Tratados fun­
damentales, Buenos Aires, Ed. Losada, 1946.
De Pascal, léase la selección de los Pensamientos y el estu-
.•dio de Francois M auriac, en El pensamiento vivo de Pascal, Bue-
nos Aires, Ed. Losada, "Biblioteca del Pensamiento V ivo", 1940.
Un ensayo notable sobre el pensamiento pascaliano es el de R.
G úardini, Pascal, o el drama de la conciencia cristiana, Buenos
Aires, Ed. Emecé, 1955.

De todos los pensadores mencionados y además de otros se


encontrarán páginas selectas en la antología de J. Marías, La
filosofía en sus textos, vol. I y II y en Lecturas filosóficas y Breve
antología filosófica.

* * *

6— La filosofía del siglo XVIII o de la Ilustración. En este


período se expande la filosofía empirista, imprimiendo su sello
en vastos sectores del pensamiento europeo. Su influencia es
grande sobre todo en Francia: C ondillac le da una formulación
sensualista, los enciclopedistas, presididos por Diderot y D'Alem-
bert, se adhieren a sus postulados fundamentales y, al fin del si­
glo, hacen lo mismo los filósofos conocidos por el nombre de
ideólogos-o defensores de la ideología, como Desttut de Tracy.
Estrechamente vinculadas con esta corriente están, por otra par­
te, las doctrinas naturalistas defendidas por D'Holbach, La Me-
ttrie y Helvetius. Conviene advertir que lo que se ha dado en
llam ar "racionalism o" de la Ilustración es esta filosofía, que no
debe pues ser confundida con la gran línea filosófica que pro­
cede de Descartes. En la vertiente británica, con Hume, como
ya vimos, el empirismo llega a su punto culminante, que es al
mismo tiempo el de un escepticismo que pone en crisis los funda­
mentos de la ciencia y de la meditación filosófica.

Por otra parte, en esta época el racionalismo se oficializa


y llega prácticamente a dominar la enseñanza universitaria fran­
cesa y alemana. En Alemania, por obra de Christian W o lf, re­
cibe una form ulación dogmática, que postula un saber a priori,
puramente racional, paralelo y superior a todo saber empírico,
lo cual cerró las puertas a una concepción más flexible y certe­
ra del conocimiento, como se insinuaba ya en Leibniz. Se hicie­
ron patentes entonces las grandes debilidades de esta filosofía.
En efecto, los grandes maestros racionalistas reclamaban validez
absoluta para los enunciados metafísicos que cada uno de ellos
form ulaba, pero, de hecho, el dualismo de Descartes, el panteís­
mo de Spinoza y el pluralismo espiritualista de Leibniz, para ci­
ta r sólo algunos casos de sistemas opuestos, se mostraban, por
esta pugna interna, como productos de una especulación sin fun­
damento suficiente. En el siglo XVIII se impone así la necesidad
de revisar los fundamentos del racionalismo.
Esta doble crisis y, al mismo tiempo, la lozanía y seguridad
de la ciencia matemática y natural (esta última sistematizada y
perfeccionada por Newton), llevan a Manuel Kant (1724-1804) a
proponer y desarrollar un nuevo planteo de la problemática fi­
losófica, que tuvo efecto revolucionario. En la Crítica de la ra ­
zón pura, su primera gran obra, aborda Kant dos cuestiones
principales: ¿cómo es posible el conocimiento científico? y ¿es
posible el conocimiento metafísico? Responde afirmativamente a
la primera mediante una teoría de la ciencia que reconoce tan­
to la importancia y necesidad de la observación perceptiva, es
decir, de la materia prima empírica, cuanto de la organización
intelectual, es decir, la forma categorial, racional, en la consti­
tución del conocimiento. Sobre las mismas bases epistemológi­
cas, a la segunda responde negativamente: no podemos conocer
nada sin el respaldo de la experiencia; sólo aprehendemos teó­
ricamente los fenómenos, no las cosas en sí mismas, o sea, los
noúmenos. Pero la filosofía crítica o trascendental kantiana no
es únicamente una epistemología. Es también un análisis de la
m oralidad y de la creación estética, tema de las otras dos gran­
des obras del filósofo de Koenigsberg, Crítica de la razón prác­
tica y Crítica del ¡uicio. Ellas abren, además, las puertas a una
nueva concepción de la metafísica.
En el siglo XVIII es de señalar asimismo un interés marcado
por los problemas de la organización social y política y la com­
prensión histórica, que se traduce en la resonante obra de pen­
sadores como Voltaire, Montesquieu, Rousseau, Turgot, Condor-
cet y Vico. Una preocupación semejante por la vida, con acen­
tuación de los momentos afectivos y volitivos del espíritu, se da,
por otro lado, en los prerromonficos alemanes, como Lessing, Her-
der y Jacobi, en la filosofía escocesa del sentido común (Thomas
Reid, D. Stewart), en el sentimentalismo ético de Adam Smith, y
en Maine de Biran, con quienes la ilustración se enlaza con el
filosofar del siglo XIX.
Guía de lecturas. Sobre el pensamiento del período, véan­
se los capítulos pertinentes de las historias generales de la filo ­
sofía y de la filosofía moderna ya citadas. Dos estudios muy
completos, obligadas obras de consulta, son el de Cassirer, Filo­
sofía de la Ilustración, México, F. d. C. E., 2a. ed., 1959, y el de
Paul Hazard, El pensamiento europeo en el. siglo XVIII, M adrid
Ed. Rev. de Occ. 1949. Como lectura complementaria señala­
mos: C. L. Becker, La ciudad de Dios del Siglo XVIII, México, F.
d. C. E.; 1943.
Una buena manera de ponerse en contacto directo con el
filosofar más típico de la Ilustración es leer el Discurso prelim i­
nar de la Enciclopedia, redactado por D'Alembert; hay varias
ediciones en español, vg., Buenos Aires, Ed. Losada, 1954, con
estudios de Romero y otros; y Buenos Aires, Ed. Lautaro, 1947.
En el mismo sentido, conviene leer algún texto de Diderot, como
“ Conferencias de un filósofo con la maríscala de XX", incluido en
la edición castellana de Obras escogidas de este filósofo, París,
Ed. G arnier, 1921, t. I. Asimismo, alguno de los artículos del
D iccionario filosófico de Voltaire, Buenos Aires, Ed. Arau¡o, 1938,
3 vol. (vg., “ A teo", "Cartesianism o", "Dios y dioses", “ Tiranía",
"T o lerancia” ); la "Profesión de fe del vicario saboyano", de Rou­
sseau (incluida en el Emilio o de la educación, VI), el Discurso so­
bre el origen de la desigualdad y algunas páginas de El Contrato
social del mismo autor (hay varias ediciones en castellano de es­
tas obras). Del libro fundamental de La Mettrie, El hombre má­
quina hay una buena traducción reciente (B. Aires, Eudeba, 1961).
Sobre pensadores de esta época véanse también la antología de
Marías ya mencionada y Lecturas filosóficas.

De Kant hemos'recomendado antes la lectura de la Introduc­


ción a la Crítica de la razón pura, libro del cual hay ya una ver­
sión directa completa, Buenos Aires, Ed.' Losada, trad. de José
del Perojo y J. Rovira, y otra, incompleta, con la versión renom­
brada de G arcía Morente, M adrid, Ed., A guilar, 2“ ed., 1961, 2 vol.
(en Lecturas filosóficas se trascribe la mencionada Introducción,
así como otros textos de Kant). Conviene estudiar luego la Fun-
damentación de la metafísica de las costumbres, trad. García M o­
rente, Buenos Aires, Col. Austral, 1946. Puede manejarse tam­
bién la selección de Zhitlovsky, citada en el cap. I, la de Marías
en La Fil. en sus textos, y la de Benda con estudio preliminar, El
pensamiento vivo de Kant, Buenos Aires, Ed. Losada, Bibl. del
Pens. vivo ", 1941. Sobre Kant y el kantismo, como estudios in­
troductorios, son recomendables el de Kuno Fischer, incluido en
el primer volumen de la ed. de Losada de la Crítica de la razón
pura; O. Kulpe, Kant, Barcelona, Ed. Labor, 1925; P. Menzer, in­
flu id o en el tomo segundo de la colección Los grandes pensado­
res, (Ed. Espasa-Calpe, ya citada), y J. Marechal, La Critica de
Kant. Introducción al kantismo, Buenos Aires, Ed. Penca, 1946
(hay otra ed. en el t. II de la obra de Marechal, El punto de p a r­
tida del filosofar, M adrid, Ed. Gredos, 1958). Una obra más
vasta, indispensable en un estudio más avanzado, es la de Cassi-
rer, Kant. Vida y doctrina, México, F. d. C. E., 1948.

* * *

7— La filosofía en el siglo XIX. El siglo XIX ve surgir nueva­


mente, después de la crítica kantiana y tomando pie en muchos
de los postulados de la filosofía crítica, grandes concepciones
especulativas semejantes a las que habían prosperado en el pa­
sado filosófico. Esta vuelta al filosofar francamente metafísico
es clara en el idealismo alemán, en el que destacan Fichte, Sche-
lling y Hegel, y en otros pensadores de la época romántica, co­
mo Schopenhauer, E. von Hartmann, Víctor Cousin y, más cerca
de nuestro siglo, F. H. Bradley. Con Hegel (1770-1831), la me­
tafísica del idealismo y el pensar racionalista alcanzan la cima
de su evolución, no sólo por el despliegue pleno de los elemen­
tos que antes habían animado esta filosofía, sino por la inclusión
de la dialéctica histórica en la comprensión total del mundo y
la vida. El idealismo absoluto de Hegel es el más grande inten­
to de entender el cosmos, en su doble faz de naturaleza y cul­
tura, a partir de !a dinámica del espíritu racional.

Pero hay también metafísica franca en las filosofías natura­


listas que, alimentadas por el progreso de la ciencia positiva, co­
bran mucha fuerza en este siglo. Este es el caso del materialis­
mo de Feuerbach y Haeckel, el materialismo dialéctico, especial­
mente en Engels, y el evolucionismo de Spencer. Por su recha­
zo del pensar a p riori y su vinculación con la ciencia natural,
esta corriente se emparentó con otra muy importante e influyen­
te a lo largo del ochocientos, el positivismo, que continúa la gran
tradición empirista moderna, pero se reclama también de la he­
rencia kantiano. Iniciada por Augusto Comte (1798-1857), la fi­
losofía positivista, con su exigencia de saber riguroso fundado en
la observación y su rechazo de toda indagación de principios y
substancias absolutas, tiñe todo el pensamiento europeo después
de la crisis del hegelianismo y se expresa en formas muy variadas
en la obra de pensadores de diversos países, como Littré, Stuart
M ili, Bain, Mach, W undt, Taine, Guyau.

O tro principalísimo sector de la reflexión de este siglo es el


de las filosofías de la vida y la historia, que incluye a pensadores
muy dispares e intereses y formulaciones que van de la metafísi­
ca religiosa a la descripción empírica- de la vida interior. Son figu­
ras notables de esta orientación, Maine de Biran, ya mencionado
en la sección anterior, el teólogo danés Soeren Kierkegaard, en
quien se ha visto un precursor de la filosofía existencial, Karl
M arx, que defiende un nuevo pensamiento antropológico, así co­
mo Nietzsche, Brentano, Dilthey, los primeros pragmatistas y Berg-
son, con quienes el pensamiento ochocentista desemboca y se con­
tinúa en la meditación de nuestros días. Hacia fines del siglo se
hacen influyentes las corrientes neokantianas que habremos de
considerar también, al igual que las neoescolásticas, dentro de la
filosofía actual.

* * *

Gula de lecturas. Las mismas obras generales mencionadas


en la bibliografía de las secciones anteriores pueden utilizarse pa­
ra am pliar la información sobre el pensamiento del siglo XIX. No
son muchos los estudios especiales breves que existen en castella­
no sobre este período de la filosofía; véase al respecto, R. Leh-
mann, La filosofía del siglo XIX, México, Uteha, 1964, 2 vol.; D.
Mercier, La filosofía en el siglo XIX, M adrid, Ed. Jorro, 1904; M a­
nuel Granell, Un siglo de filosofía, Nueva York, 1952, y Julián M a­
rías, Biografía de la filosofía, VI, 1. Como obra de consulta y pa­
ra estudios más avanzados, se cuenta sin embargo con las partes
correspondientes del gran tra bajo cié Cassirer, El problem a del
conocimiento en la filosofía y en la ciencia modernas, vol, III, “ Los
sistemas postkantianos", México, F. d. C. E., 1957, y vol IV, “ De
la muerte de Hegel a nuestros días (1832-1932)", México, F. d. C.
E., 1948.

Conviene que el estudiante se acerque por sí mismo a algunos


de los textos más representativos de las principales corrientes de
este período. A este propósito, recomendamos de Hegel, aunque
es lectura difícil, la selección hecha por Zubiri de la Fenomenolo­
gía del espíritu (Prólogo e Introducción y El Saber Absoluto), M a­
drid, Ed. Rev. de Occ., 1935. Sobre Hegel, pueden leerse, como
estudios breves, la conferencia de O rtega y Gasset, "En el cente­
nario de Hegel'', incluida en su libro Kant, Hegel, Dilthey, M a­
drid, Ed. Rev. de Occ., 1958 (también en las Obras completas del
escritor español); el estudio de A. Falkenheim, en el vol. segundo
de Los grandes pensadores; y el ensayo de Carlos Astrada, Hegel
y la dialéctica, Buenos Aires, Ed. Ka i ros, 1956. Hay, por lo demás,
varios estudios extensos, de los que señalamos el de Ernest Bloch,
El pensamiento de Heael. México F H C F. 1949.

De Comte, puede leerse el Discurso sobre el espíritu positivo,


Buenos Aires, Ed. A guilar, 1953. Señalamos también la selección
de páginas de Comte, con un estudio prelim inar de René Hubert,
Comte, Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 1943. O tro texto que ilus­
tra bien el pensamiento positivista en una de sus facetas éticas es
el de John Stuart M ili, El utilitarismo (hay varias ediciones en cas­
tellano, vg., Buenos Aires, Ed. Americalee, 1945). En la línea na­
turalista, un texto muy representativo es, por ejemplo, el libro de
Ernst Haeckel, El monismo, Barcelona, Ed. Atlante, s/a. Puede
verse también L. Feuerbach, La esencia de la religión, Rosario, Ed.
Rosario, 1948.

Sobre el filosofar antropológico de Marx, puede manejarse


la edición de los Manuscritos económicos-filosóficos de 1844 y
otros textos selectos con un estudio de Erich Fromm, M arx y su
concepto del hombre, México, F. d. O E., Brev., 1962. Un texto
aparente son también las Tesis sobre Feuerbach de que hay varias
ediciones como parte de Ideología alemana (vg., México, E. Vita
Nova, 1938). Sobre Marx, aparte del estudio de Fromm, pueden
consultarse, entre los muchos trabajos dedicados a su filosofía,
Feuerbach y M arx de R. M ondolfo, incluido en el libro de este
último M arx y marxismo, México, F. d. C. E., 1960, del mismo, El hu­
manismo de Marx, México, F. de C. E., 1964; García Bacca, Hu­
manismo teórico, práctico y positivo según Marx, México, F. d. C.
E., 1965, y la muy extensa y seria investigación de Jean-lves Cal­
vez, El pensamiento de Marx, M adrid, Ed. Taurus., 1958.
De Nietzsche, se recomienda la lectura de Más allá del bien
y d e l'm a l y La genealogía de la moral, incluidos en el vol. VIII de
las Obras completas de Federico Nietzsche, nueva ed., Buenos
Aires, Ed. A guilar, 1951. Hay una breve selección con estudio pre­
lim inar de Heinrich Mann, El pensamiento vivo de Nietzsche, Bue­
nos Aires, Ed. Losada, "Bibl. del Pen. vivo", 3a. ed., 1947. Sobre
este filósofo pueden consultarse: A. Pfaender, "Nietzsche” , en' la
col. Los grandes pensadores, vol. II; Gustave Thibon, Nietzsche o
el declinar del espíritu, Buenos A ires,'Ed. Desclée de Brouwer,
1951; y J. Russo Delgado, Nietzsche, la m oral y la vida, Lima, Ed.
P. T. C. M., 1948. El libro de G. Simmel, Schopenhauer y Nietzsche,
Buenos Aires, Ed. Anaconda, 1950, ofrece un interesante parale­
lo del pensamiento de estas dos grandes figuras del siglo XIX.
Véanse también las antologías y selecciones ya mencionadas.

* * *

8— La filosofía actual. Es difícil determinar los límites crono­


lógicos y el sentido fundamental del pensamiento contemporáneo,
entre otras razones porque es un pensamiento que se está gestan­
do y desenvolviendo aún y porque estando instalados en la
atmósfera intelectual que él form a, nos falta la perspectiva ade­
cuada para abrazarlo y juzgarlo cabalmente. Advertimos en este
tiempo una gran inquietud y fermentación filosóficas, que se tra ­
ducen en la ingente riqueza de la producción escrita y en la mul­
tiplicidad de doctrinas y corrientes, y tenemos la impresión de que
el pensamiento contemporáneo es el más fecundo y matizado de
todos los que se han sucedido en la historia. Quién sabe si, cuan­
do hayan transcurrido suficientes años, esta historia marcará lin­
deros que no permitirán ya tom ar en conjunto, como partes de un
solo momento de la evolución intelectual, las doctrinas y los filó ­
sofos que hoy consideramos llanamente como contemporáneos, y
si olvidará o despiezará a un segundo plano a muchos de aque­
llos que hoy nos parecen nombres muy importantes, exaltando
en cambio a otros que ahora son postergados.

Para orientarnos en este frondoso paisaje conviene, no obs­


tante, señalar las principales líneas por las que discurre el filoso­
far actual y los rasgos y asuntos más saltantes en él.

Hay corrientes y figuras que proceden del siglo anterior sien­


do empero muy influyentes en el actual, como el historicismo de
W . Dilthey, el vitalismo de Henri Bergson, el pragmatismo de W¡-
lliam James, que se prolonga en F. S. C. Schiller, John Dewey y
C. I. Lewis; el neokantismo de la escuela de Badén, con W . W in ­
delband y H. Rickert, y la escuela de M arburgo, con H. Cohén, P.
N atorp y E. Cassirer; y las filosofías con más pers. *ente tradición,
como el neoescolaticismo, cuya rama principal es el tomismo (D.
Mercier, R. Garrigou-Lagrange, Jacques M aritain, J. Geyser, etc.),
y el materialismo dialéctico, en sus varias direcciones (Lenin, G.
Lukacs, A. Gramsci, Ernest Bloch, H. Lefebvre, Adam Schaff, etc.).
Hay también un idealismo contemporáneo, representado en Gran
Bretaña por F. H. Bradley, ya citado, y Th. Green, en los Estados
Unidos por Josiah Royce, en Italia por los neohegelianos Benede-
tto Groce y Giovani Gentile, y en Francia por los defensores de
la filosofía del espíritu, Louis Lavalle y René Le Senne.

Por otra parte están las filosofías que surgen y se expanden


propiamente en el presente siglo. Este es el caso de la fenomeno­
logía, iniciada por Edmund Husserl y continuada en la obra de
Max Scheler, A. Pfaender y M. Geiger, entre otros; la filosofía de
lá existencia o existencialismo, con M artín Heidegger, Karl Jaspers,
Jean-Paul Sartre, G abriel Marcel, Maurice Merleau-Ponty, M artin
Buber, etc.; las filosofías de la vida, como la de Simmel, Klages,
O rtega; el personalismo, representado, entre otros, por E. Mou-
nier; el ontologismo crítico de N icolai Hartmann; el neorealismo
con G. E. M oore y con Bertrand Russell, en quien esta filosofía se
articula con un atomismo lógico, y las filosofías metafísicas del
proceso y la emergencia, como las de Alfred N. W hitehead y Sa­
muel Alexander.

Por último, son típicas posiciones contemporáneas, el empi-


'ismo lógico defendido por los filósofos que se agruparon en el
lírc u lo de Viena y otros que continúan su obra (Moritz Schlick,
H. Hahn, Rudolf Carnap, Alfred J. Ayer, etc.), las filosofías analí­
ticas, centradas en la investigación lógico-lingüística (Ludwig W itt-
genstein, G ilbert Ryle, J. Wisdom, J. L. Austin, Max Black, etc), y el
filosofar epistemológico que desenvuelve pensadores de diversas
tendencias, pero unidos por el interés común en el conocimiento
científico, como son, entre otros, Gastón Bachelard. F. Gonseth v
Hans Reichenbach.

A la altura de nuestra época, la filosofía, que fue durante


muchos siglos una forma de conocer típicamente europea, se cul­
tiva y prospera en todas partes del mundo. Sin perjuicio de la vi­
gencia de modos de pensar nacionales y de la conservación de
motivos e intereses teóricos que proceden de la tradición de cada
cultura, hoy día se puede decir que hay una comunidad interna­
cional del pensamiento filosófico, mantenida y acrecentada por
el intercambio bibliográfico, las publicaciones periódicas, las re­
laciones interuniversitarias y los congresos de filosofía y otras reu-
niones internacionales. Dentro de este movimiento, en la Améri­
ca Latina y el Perú, el siglo actual es también la época enque se
afianza y desarrolla el interés por los estudios filosóficos yen que
comienza a tomarse conciencia de la necesidad de cultivar la re
flexión con precisas metas teóricas y vitales.

Tal como se presenta al | u ic io presenre, preaomman en la fi­


losofía contemporánea, de un lado, una severa actitud con res­
pecto a la ciencia y a los sistemas especulativos tradicionales,
aunque se reconozca al mismo tiempo el carácter decisivo de los
aportes científicos y la posibilidad y hasta la necesidad de los
planteos metafísicos. De otro lado, un vivo interés por el hombre
y sus valores, por la existencia concreta, como persona e historia,
como corporalidad y libertad y, en consecuencia, una marcada
preferencia por la problemática del tiempo y las categorías diná­
micas. Finalmente, un nuevo enfoque del lenguaje, que ha pasa­
do a ser, en diferentes doctrinas, el tema central y la clave de
interpretación del conocimiento y la acción y, en rigor, de toda
conceDción He la realidad.
* * *

Guía de lecturas. Sobre la filosofía contemporánea es mu)


^completo y a la vez breve el libro de I. M. Bochenski, La filosofía
actual, México, F. d. C.E., Brev., 3a. ed., 1955. Puede consultarse
también: G. Funke, Las corrientes filosóficas en el siglo XX, Lima,
Biblioteca Filosófica, 1958; E. von Aster, Introducción a la filoso­
fía contemporánea, M adrid, G uadarram a, 1961; F. Copleston, Fi­
losofía contemporánea, Barcelona, Ed. Herder, 1959, Bertrand Ru-
ssell, La filosofía en el siglo XX, Montevideo, Ed. Alfa. 1962; G. de
Ruggiero, Filosofía del siglo XX, Buenos Aires, Ed. A bril, 1947 y
R. Verneaux, Historia de la filosofía contemporánea, Barcelona,
Herder, 1967. Más amplios son: Sciacca, La filosofía, hoy, Barcelo­
na. Ed. M iracle, 1947; el mismo, Panorama del pensamiento con­
temporáneo, M adrid, Guadarram a, 1952, 2 vol. y el estudio co­
lectivo, dirigido por Dagoberto D. Ruñes, La Filosofía del siglo XX,
Buenos Aires, E. Impulso, 1948. Un análisis muy sugestivo de algu­
nas figuras principales de la filosofía de nuestro siglo es el libro
de Juan David García Bacca, Nueve grandes filosófos contempo­
ráneos y sus temas, Caracas, Ministerio de Educación Nac., 1947.

Los siguientes son algunos de los estudios especiales que pue­


den consultarse en español en relación con la actividad filosófica
en determinados países: G. Gurvitch, Las tendencias actuales de
la filosofía alem ana,' Buenos Aires, Ed. Losada, 1944; W . R. Sor-
ley, Historia de la filosofía inglesa, Buenos Aires, Ed. Losada, 1951;
Ricardo Micelli, La filosofía italiana actual, Buenos Aires, Ed. Losa­
da, 1940; H. W . Schneider, Historia de la filosofía norteamerica­
na, México, F. d. C.E., 1940 y Elizabeth Flower y M urray S. Murphy,
Principales tendencias de la filosofía norteamericana, W ashington,
Unión Panamericana, 1963. Para Latinoamérica, véase, Francisco
Romero, Sobre la filosofía en América, Buenos Aires, "Ed. Raigal,
1952, y M. Kempf Mercado, Historia de la filosofía en Latino Amé­
rica, Santiago de Chile, 1958. Sobre el Perú: Augusto Solazar
Bondy, La filosofía en el Perú. Panorama histórico, W ashington,
Unión Panamericana, 1954 y también, Historia de las Ideas en el
Perú contemporáneo. El proceso del pensamiento filosófico, 2.
vol, Lima, M oncloa Ed., 1965; y M. Mejía Valera, Fuentes para
la historia de la filosofía en el Perú, Lima, Biblioteca Filosófica,
1963.

Hay abundante bibliografía sobre las diferentes figuras y co­


rrientes mencionadas. Nos limitamos aquí a señalar algunos tí­
tulos relativos a las principales entre ellas. Acerca de Bergson con­
súltese el estudio de Joaquín Xirau, Vida, pensamiento y obra de
Bergson, México, Ed. Leyenda, 1944, así como la selección prece­
dida de un ensayo de J. Benrubí, Bergson, Buenos Aires, Ed. Su­
damericana, 1941. Sobre Dilthey, puede leerse el estudio de O r­
tega, en su libro ya citado Kant, Hegel, Dilthey (y en Obras com­
pletas), y también el de E. Pucciarelli, que precede a la ed. e n l o ­
sada de Esencia de la filosofía. Sobre el pragmatismo, puede leer­
se de W illiam James, Pragmatismo, M adrid, Ed. Jorro, 1923, y asi­
mismo el artículo de John Dewey, "La evolución del pragmatismo
norteam ericano", incluido en el libro colectivo dirigido por D. Ru­
ñes, arriba mencionado, y Ugo Spirito, El pragmatismo en la fi­
losofía contemporánea, Buenos Aires, Ed. Losada, 1945. Sobre el
neokantismo, aparte de las obras generales citadas al co­
mienzo y, entre ellas, el libro de Cassirer, El problem a del cono­
cimiento etc., vol. IV, véase, Paul N atorp, Emanuel Kant y la es­
cuela filosófica de M arburgo, M adrid, Ed. Beltrán, 1915. Sobre la
neoescolástica y el tomismo, véase, a p a rte -d e l cap. correspon­
diente de Bochenski, Juan Zaragüeta, "La escuela de Lovaina: su
evolución", en Revista de Filosofía, M adrid, N 9 7, 1948. Entre las
exposiciones del materialismo dialéctico, señalamos*. H. Lefebvre,
El materialismo dialéctico, Buenos Aires, Ed. Lautaro, 1959, y F.
V. Konstantinov, El materialismo histórico, México, Ed. G rijalvo,
1957. Un enjuiciamiento del pensamiento actual desde esta pers­
pectiva se encuentra en R. P. Skaisguiris y otros: Crítica de la filo ­
sofía y la sociología burguesas contemporáneas, B. Aires, Lautaro,
1964.
Acerca de Husserl y la fenomenología, puede consultarse: Mar-
vin Farber, Husserl, Buenos Aires, Ed. Losange, 1956; F. M iró Que-
sada, Sentido del movimiento fenomenológico, Lima, Bibl. de la
Soc. Peruana de Filosofía, 1941. Más amplios son: J. Xirau, La fi­
losofía de Husserl, Buenos Aires, Ed. Losada, 1941 y Th. Celms, El
idealismo fenomenológico de Husserl, M adrid, Rev. de Occ., 1931.

Sobre el existencialismo, se recomiendan los siguientes títulos:


¿Qué es el existencialismo? de V. Fatone (Buenos Aires, Ed. Co­
lumba, 1953) y La Existencia humana y sus filósofos, Buenos Aires,
Ed. Raigal, 1953. Otros estudios sobre esta corriente que pueden
consultarse son: N. Bobbio, El existencialismo, México, F. d. C.E.,
1949; E. Mounier, Introducción a los existencialismos, M adrid, Ed.
Rev. de Occ., 1949; y O. F. Bollnow, Filosofía de la existencia, M a­
drid, Ed. Rev. de Occ., 1954.

Sobre el empirismo lógico, véase el ensayo de Herbert Feigl


incluido en la mencionada obra dirigida por D. Ruñes y la selec­
ción de A. Ayer, El positivismo lógico, México, F. d. C. E., 1965.
Acerca de M oore, Russell, W ittgenstein y la filosofía analítica in­
glesa se recomienda el libro colectivo La revolución en filosofía,
M adrid, Ed. Rev. de Occ., 1958.

A parte de los textos que ya hemos mencionado en los pri­


meros capítulos, el lector encontrará en las páginas siguientes, es­
pecialmente en el cap. XII, algunos otros libros y pasajes selectos
que pueden ser utilizados también para el conocimiento directo
del filo sofa r contemporáneo.
EL D O M IN IO DE LA FILOSOFIA:

TEMAS Y DISCIPLINAS

“ Si se indaga de hecho cuáles son las cuestio­


nes que abraza la filosofía, que pertenecen a
su dominio, se verá variar de una época a otra
la naturaleza y el número de sus problemas,
y aun de un filósofo a otro en una misma
época...; tal filósofo extiende la filosofía a
problemas que tal otro destierra, y excluye
o tro s p ro b le m a s q u e a q u é l a d m ite ; aquí el
círculo es muy estrecho, a llí es demasiado
am plio, y no hay dos que no presenten dife­
rencias esenciales".

Théodore Jouffroy

“ El contenido de la filosofía en este sentido


universal da origen a las siguientes cuestiones:
¿qué puedo saber?, ¿qué debo hacer? ¿qué
me cabe esperar?, ¿qué es el hombre? La
metafísica responde a la primera, la m oral a
la segunda, la religión a la tercera y la an tro­
po log ía a la cuarta. Pero, en el fondo, se
podrían contestar p o r la antropología, puesto
que las tres primeras se reducen a la últim a".

Kant
La historia de la filosofía nos pone en contacto con multitud
de pensadores y obras filosóficas. Aristóteles, Descartes, Spinoza,
Hume, Comte, Husserl son algunos nombres de filósofos famosos.
La Metafísica, el Discurso deí método, la Etica demostrada según
el orden geométrico, el Tratado sobre la naturaleza humana, el
Discurso sobre el espíritu positivo y las Investigaciones lógicas son
obras típicamente filosóficas. ¿De qué se han ocupado en ellas
sus autores?, ¿qué temas son de la competencia de los filósofos?
Bastará revisar sólo estas obras para com probar la enorme va­
riedad de asuntos que reclaman la atención del filósofo, variedad
que en principio no tiene límite, pues, a decir verdad, éste puede
hacer suyo cualquier problema. Pero quien las revise no dejará
de com probar al mismo tiempo la reiteración de ciertos temas cen­
trales, verdaderos pivotes de la reflexión de todos los pensadores
a través de los siglos, que aseguran la unidad del pensar filosófico.

Sin mengua de la variedad que hemos reconocido, con fines


de orientación, cabe decir que los filósofos se interesan prim or­
dialmente por el conocimiento, la acción y el conjunto de lo real.
Testimonio de esta preocupación es la presencia principal de tó ­
picos como la substancia, la forma y la materia, el bien, la virtud
o los principios lógicos en Aristóteles; las ideas claras y distintas,
el alma y el cuerpo y Dios en el pensamiento cartesiano; la subs­
tancia absoluta, el entendimiento y los afectos en Spinoza; las
ideas e impresiones, la virtud y la justicia en Hume; los datos po­
sitivos y la organización de la sociedad y el conocimiento en la
filosofía comtiana; y la significación, la esencia y la conciencia en
Husserl.

En conjunción con el tratam iento de estos temas, se da en los


filósofos un interés permanente por el hombre, cuya naturaleza
y sentido se ha impuesto casi siempre como término final de la
meditación filosófica. Expresando esta orientación general del fi­
losofar, decía Kant que la filosofía se hace cargo de tres pregun­
tas fundamentales: ¿qué puedo conocer?, ¿qué debo hacer? y
¿qué me cabe esperar?, las cuales, a juicio suyo se resumen en
una cuestión capital: ¿qué es el hombre?

La investigación de los principios del conocimiento adquiere


en la filosofía muchas formas. Es tanto una indagación de las le­
yes lógicas del pensamiento, cuanto un análisis lingüístico; un exa­
men de los elementos psicológicos del acto de conocer y de sus
condiciones histórico-sociales,- una crítica lim itativa de las preten­
siones del conocimiento humano y, a la vez, una fundamentación
del conocer correcto y una determinación de clases y modos de
validez cognoscitiva

Estos asuntos y problemas acotan el campo de un grupo


de disciplinas filosóficas, o sea, de formulaciones más o menos
sistemáticas del tra bajo reflexivo con un contenido homogéneo.
En el caso que tratamos, estas disciplinas pueden ser llamadas
gnoseológicas, por su referencia central al conocimiento. Las prin­
cipales de ellas son: la teoría general del conocimiento, que reú­
ne los planteos y desarrollos relativos a los modos, clases, esen­
cia, posibilidad, validez y origen del conocimiento humano. La
lógica, que investiga los elementos y estructuras formales de los
sistemas de enunciados, constituyendo así en gran parte una teo­
ría de la inferencia, sus géneros, componentes y condiciones de
validez1. La epistemología, que investiga la estructura, fundamen­
to y métodos de los sistemas científicos. La semiótica, que estudia
el lenguaje en sus tres dimensiones: el sentido de los signos — tema
específico de la semántica filosófica— > la interconexión de los sig­
nos entre sí — cometido de la sintaxis filosófica, íntimamente vincu­
lada con la lógica— y el contexto personal y social del uso del
lenguaje — pragm ática filosófica. Estas investigaciones forman el
núcleo de la filosofía del lenguaje, en la cual desembocan los
trabajos de la lingüística, la gramática, la psicología del lengua­
je y las ciencias de la cultura. Pero la investigación filosófica del
conocimiento atiende también, como hemos visto, a los procesos
psicológicos y a las condiciones histórico-sociales de los actos de
conocer. Esto la conecta con la psicología y la sociología del co­
nocimiento, que no son ya disciplinas filosóficas propiamente d i­
chas. Sin embargo, los límites no están aquí suficientemente fija ­
dos y hay una buena porción de terreno problem ático que es del
resorte de la filosofía.

1 De hecho, la moderna lógica simbólica se construye y desenvuelve como una


disciplina matemática, pero en cuanto se ocupa de formas y de principios
generales concernientes a cualquier objeto y válidos en todo conocimiento, es
una investigación eminentemente filosófica.
La investigación filosófica de la acción humana cubre un vas­
to y variado conjunto de temas y problemas. El filósofo indaga
por los principios, formas y sentido de la praxis humana, por la
naturaleza de la conducta individual y colectiva, sus fines, nor­
mas y valores; por el deber, la libertad y la virtud morales, y por
la creación y la apreciación estéticas. Con el interés por estos te­
mas se articula la prescripción y la orientación de la conducta
humana que, como hemos dicho, acompaña frecuentemente al
pensar filosófico.

Dentro del grupo de disciplinas enderezadas a esta tem áti­


ca — que señalan el círculo de la filosofía práctica y que, en un
sentido general, podrían llamarse pragmáticas— , se encuentran
la axiologfa o teoría general del valor, que estudia tanto la ex­
periencia estimativa cuanto los principios axiológicos universales,
sus formas, fundamentos y alcances; la ética, que es el examen
crítico de la conducta y los principios morales (en cuanto se pro­
longa en una prescripción normativa y sólo en este caso es una
m oral o sistema de m oralidad); la estética y la filosofía del arte,
cuyo interés se dirige .a las formas y principios de la contempla­
ción y la creación artística. La filosofía del derecho, la filosofía
política y social, la filosofía de la educación, la filosofía de la re­
ligión, así como la investigación filosófica de la técnica y el tra ­
bajo, en las que no es insólito también un importante momento
prescriptivo, forman parte, asimismo, de este conjunto de discipli­
nas filosóficas.

La investigación del,conocimiento t de la praxis supone ya en


buena medida una reflexión sobre el hombre y la existencia. Sin
perjuicio de esto, la esencia, origen y sentido del ser humano son,
como hemos dichp, temas principalísimos de la filosofía y, como
tales, han dado por sí solos su substancia a los sistemas y doctrinas
de todas las épocas. La convergencia de todas estas meditacio­
nes define el dominio de una disciplina, la antropología filosófi­
ca, cuya constitución como sistema especial de conocimientos es
en mucho obra de nuestro tiempo. Con ella se enlaza íntimamente
otro tema frecuentado desde antiguo por los filósofos, el de la
esencia y sentido de la historia y la cultura, que acota el dominio
de otras disciplinas filosóficas importantes: la filosofía de la his­
to ria y la filosofía de la cultura. El pensar contemporáneo, con
su acentuación del momento de historicidad en el hombre, ha he­
cho más estrechos aún los vínculos entre la meditación de la his­
toria y la antropología. En el pasado, otros contactos interdisci­
plinarios, especialmente con la psicología y la biología, se han
mostrado grandemente fructíferos para la filosofía antropológica
y aún lo son hoy día. Con lo cual se hace patente el carácter de
centro de convergencia de meditaciones muy diversas que tiene
este dominio filosófico.

La filosofía indaga además por la naturaleza, el mundo real,


la idealidad y el conjunto de lo existente. En este interés se a li­
mentan las concepciones del mundo y todas las especulaciones
constructivas acerca del universo. Sea como análisis de las cate­
gorías de la realidad, sea como visión global del cosmos y el ser
o como actitud metafísica ante la totalid ad de lo existente, la filo ­
sofía propone tesis sobre el mundo que no son asimilables a los
enunciados de las ciencias, bien porque implican una reflexión se­
gunda, que se ejerce sobre esos enunciados, bien porque intentan
una síntesis de todos ellos, que escapa a la jurisdicción de cada
investigación científica particular o, en fin, porque pretenden tras­
cender los límites de la experiencia dentro de los que se mueve la
ciencia.

Esta meditación sobre la realidad puede enderezarse espe­


cialmente al mundo, en cuyo caso se habla de filosofía de la na­
turaleza o filosofía natural, que puede a su vez bifurcarse en el
estudio del mundo físico y del biológico, o atender a la unidad
del cosmos real, en cuyo caso se ofrece como una teoría cosmo­
lógica o cosmología. Sin perjuicio de estas especificaciones, la in­
vestigación de las categorías y principios del ser en general y de
los diversos géneros de entes define el campo de la ontología ge­
neral y las ontologías regionales o especiales, que para muchos
filósofos constituyen el centro de la faena filosófica. Finalmente,
en la medida en que la reflexión sobre el mundo y el hombre su­
pone una proyección más allá de los límites de la experiencia, la
filosofía toma la forma de metafísica, es decir, de una construc­
ción universal que pretende dar cuenta del conjunto de lo real
y postula generalmente alguna forma de absoluto. Sectores de la
temática metafísica han tom ado nombres especiales en la tra ­
dición histórica. Este es el caso de la reflexión sobre Dios, que co­
rresponde o la reo/ogia racional o filosófica, y de otras formas
de especulación sobre la divinidad, en cuanto no se apoyan ex­
plícitamente en los contenidos de la fe (teología moral, teodicea,
etc.), y también de la investigación del alma como entidad tras­
cendente, que ha sido tradicionalm ente el cometido de la llam a­
da psicología racional o especulativa.

Pero la filosofía ha sido siempre y quizá principalmente una


indagación sobre sí misma. El filósofo no sólo debate y crítica las
teorías de sus congéneres, sino que normalmente pone de resal­
to en ellos vicios que se originan en un modo incorrecto de filo ­
sofar. A fuer de filósofo está así constantemente sometiendo la fi­
losofía a un examen radical, proponiendo su reforma, parcial o
total, y preocupándose por descubrir su esencia y por im prim ir
un sentido nuevo y más eficaz al pensamiento reflexivo. En la me­
dida en que este cuidado implica un examen de las condiciones
y fundamentos del conocimiento filosófico, la filosofía opera aquí
dentro del cuadro de la investigación gnoseológica. Pero como
esta crítica implica otros temas y problemas no estrictamente gno-
seológicos, modernamente se conviene en acotar para este que­
hacer el campo de una disciplina filosófica distinta, a la que, con
Dilthey, se da generalmente el nombre de filosofía de la filosofía.
Por su parte, la historia de la filosofía, según ya sabemos, propor­
ciona un respaldo decisivo a esta autointerpretación del filosofar,
lo cual hace de ella una disciplina filosófica por su intención y
sus proyecciones, aunque al mismo tiempo participe de la natu­
raleza de las ciencias históricas.

La distribución de la temática filosófica en diferentes disci­


plinas es un expediente que permite enfocar mejor la m ultiplicidad
del contenido de la filosofía y facilita su exposición y organiza­
ción; pero se presta a errores de interpretación que es necesario
prevenir. Tres son los principales sobre los que queremos llam ar
la atención. En primer lugar, no debe pensarse que una obra o
una doctrina filosófica queda encuadrada exclusivamente dentro
del campo de una disciplina o representa una conjunción de inda­
gaciones paralelas e independientes cumplidas en varios de estos
campos disciplinarios. La obra de un filósofo — por ejemplo, la
Metafísica de Aristóteles, la Etica de Spinoza o el Discurso sobre
el espíritu positivo de Comte, para referirnos sólo a algunas de
las que hemos citado— es el producto de una meditación con o b ­
jetos múltiples, en la cual los problemas se dan estrechamente in-
terconectados en su planteo y solución. El resultado final es un
conjunto de enunciados y tesis que pueden ser incorporados a
posteriori y un poco abstractamente dentro del acervo de una o
varias disciplinas, pero cuyo valor y significación reside en la uni­
dad y organicidad del trabajo reflexivo. Lo mismo ocurre con las
ideas y teorías parciales y con el sistema entero de un filósofo.

En segundo lugar, puede pensarse equivocadamente que las


diferentes disciplinas equivalen a las varias maneras de filosofar
estudiadas en el capítulo II, de tal modo que la reflexión crítica
correspondería, por ejemplo, a las disciplinas gnoseológicas, el
pensamiento especulativo a la ontología y la metafísica, y la
prescripción y orientación vital a las disciplinas pragmáticas.
Como ya hemos señalado a llí mismo, esto no es así, porque los
temas filosóficos y las disciplinas que los encuadran se am oldan
y conform an a los objeiivos y maneras propios del filosofar. N o
son los asuntos los que determinan cómo ha de conducirse la in­
vestigación (entre otras cosas porque no hay asuntos filosóficos
puros, preexistentes como tales), sino que es la intención reflexiva
la que les da su sentido.

Lo anterior hace claro — y es el tercer error a evitar— que las


disciplinas filosóficas no deben ser consideradas sistemas de co­
nocimientos independientes, a semejanza de las disciplinas cien­
tíficas. N o hay reflexión gnoseológica totalm ente ajena al queha­
cer ontológico o antropológico, y no hay tema cognoscitivo que
pueda ser tra tad o sin pedir una elaboración paralela de otros te­
mas filosóficos. Así ocurre en todos los casos. Esto ha llevado a
decir, no sin razón, que la filosofía tiene un solo gran asunto, que
es examinado desde diversas perspectivas y niveles teóricos. Estos
varios exámenes se singularizan como investigación gnoseológi­
ca, lógica, axiológica, ética, ontológica, etc; a ellos corresponden
sendas problemáticas y tipos de solución, cuyo sistema parcial y
abstracto — no independiente— es lo que llamamos una discipli­
na. N o hay, pues, autosuficiencia de ningún enfoque parcial, “ es­
pecializado ", dentro de la filosofía. O curre más bien que cuan­
do una disciplina puede funcionar como sistema independiente
se separa del cuerpo d e 'la filosofía y se constituye como ciencia.
Este es, por. ejemplo, el caso reciente de la psicología.

En lugar, pues, de un conjunto de disciplinas particulares, se­


paradas, cuya federación sería la filosofía, debemos pensar, como
realidad efectiva del saber filosófico, en una articulación de plan­
teos y problemas varios, sometidos al control y dirección de un
pensar central único

* * *

Guía de lecturas. Sobre la problemática filosófica en general


y el campo de las varias disciplinas, pueden consultarse las intro­
ducciones a la filosofía de Aloys M üller, Oswald Külpe y Jean
W ahl, la Guía de la filosofía de C. E. M. Joad, Problemas funda­
mentales de la filosofía de G. Simmel, y de Bertrand Russell, Los
problemas de la filosofía y la Introducción al análisis filosófico de
John Hospers.

Como obras de iniciación en la temática de la teoría del co­


nocimiento son recomendables: J. Hessen, Teoría del conocimien­
to, B. Aires, Ed. Losada; G erhard Kropp, Teoría del conocimiento,
México, Uteha, 1961; M. Wentscher, Teoría del conocimiento,
Barcelona, Ed. Labor, 1927; W . Pepperell Montague, Los caminos
del conocimiento, Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 1944; y los
caps. J a V de la Guía de la filosofía de Joad. Obras de más en­
vergadura son: N. Hartmann, Rasgos fundamentales de una meta­
física de conocimiento, Buenos Aire?, Ed. Losada, 1957, 2 t., y
Ernst Cassirer, El problem a del origen del conocimiento en la fi­
losofía y en la ciencia, modernas, 4 t., ya citada, que es una am­
plia y documentada histori.a de la teoría del conocimiento desde
el Renacimiento hasta nuestros días. Como introducción a la epis­
temología es excelente: M. Bunge, La ciencia, su método y su filo ­
sofía, Buenos Aires, Ed. Siglo veinte, 1960. El libro de S. Daval y
B. Guillemain, Filosofía de las ciencias, B. Aires, El Ateneo, 1964,
contiene una útil selección Hp textos.

Para tom ar contacto con los problemas y orientaciones prin­


cipales de la investigación lógica, se recomiendan los siguientes
estudios breves: José Ferrater M ora, Qué es la lógica, Buenos Ed.
Columba, 1957; R. Carnap, “ La antigua y la nueva lógica", Letras,
N 9 36, 1947; (también incluido en Ayer, El positivismo lógico); F
M iró Quesada, Iniciación lógica, Lima, Biblioteca Filosófica. Univ.
de San Marcos, 1958; Morris Cohén, Introducción a la lógica,
México, F. de C.E., Brev., 1962; y R. Blanché, Introducción a la
lógica contemporánea, Buenos Aires, Ed. Carlos Loehé, 1963. En
ellos se encontrarán indicaciones bibliográficas muy útiles para
avanzar en el estudio de esta disciplina. En castellano, los ma­
nuales más recomendables de lógica tradicional son los de Ro-
mero-Pucciarelli y A.' Pfaender; y de lógica moderna, los de F.
M iró Quesada, Ferrater Mora-Leblanc, G. Stahl, W . van Orman
Quine, A. Tarski, Irving Copi y M. Sacristán.

Acerca de la semiótica, como primeras lecturas, son recomen­


dables: I. M. Bochenski, Los métodos actuales del pensamiento,
M adrid, Ed. Rialp, 1958, cap. III; el breve prólogo de M ario Bunge
a la A ntología semántica, Buenos Aires, Nueva Visión, 1960; y Char­
les Morris, Fundamentos de la teoría de los signos, México, Univ.
N acional, Seminario de Problemas Científicos y Filosóficos, 1958.
Para proseguir el estudio en este campo, remitimos al lector a la
bibliografía de los caps. VIII y XII, donde serán mencionados otros
títulos en castellano sobre semiótica y filosofía del lenguaje.

Sobre la axiología, sirve muy bien a los fines de la iniciación


el libro de R. Frondizi, Qué son los valores. Introducción a la axio­
lo gía, México, F. d. C.E., Brev. 1958. Puede leerse asimismo, Johan-
nes Hessen, Teoría de los valores, tomo II del Tratado de filosofía
de dicho autor, Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 1959; en él se
encontrará también una introducción a la ética, la estética y la
filosofía de la religión. Información sobre las principales corrien­
tes axiológicas contemporáneas puede obtenerse consultando A l­
fred Stern, Filosofía de los valores, 2a. ed., Buenos Aires, Comp.
Gen. Fabril Editora, 1960; León Dujovne, Teoría de los valores
y. filosofía de la historia, Buenos Aires, Ed. Paidós, 1959 y A. So­
lazar Bondy, Tendencias contemporáneas de la filosofía m oral b ri­
tánica. Lima, U. de San Marcos Biblioteca Filosófica, 1962.
Sobre el dominio y problemas de la ética son recomendables
como introducción al tema: Angel Vasallo, El problem a m oral,
Buenos Aires, Ed. Columba, 1957; Hermán N ohl, Introducción a la
ética, México, F. d. C. E., Brev. 1952. Menos accesible es: García
Máynez, Etica, México, Ed. Porrúa, 1957, lo mismo que: J. L.
Aranguren, Etica, Ed. Rev. de Occ. 1958, cuyo punto de vista es
católico. Un enfoque moderno, desde el punto de vista analítico,
se encontrará en M ario Bunge, Etica, y ciencia, Buenos Aires, Ed.
Siglo Veinte, 1960 y en el excelente manual de J. Hospers, La
conducta humana, M adrid, Ed. Tecnos, 1964, que toca, además,
temas generales de axiología.
Primeras lecturas recomendables en estética son: Joad, Gula
de la filosofía, cap. XIII; D. Huisman, La estética, Buenos Aires,
Eudeba, 1962; E. F. C arritt, Introducción a la estético, México, F.
d. C. E., Brev., 1951, y E. Meumann, Introducción a la estética actual,
Buenos Aires, Espasa-Calpe, Arg., Col. Austral, 1946. Con mucho
provecho se leerá el bello libro de Croce, Aesthetica in nuce, Bue­
nos Aires, Ed. Interamericana, 1943, y las Veinte lecciones sobre
las bellas artes de Alain (Buenos Aires, Ed. Emecé, 1951). Para la
evolución histórica de la estética, pueden consultarse: B. Bosan-
quet, Historia de la estética, Buenos Aires, Ed. Nova, 1949; K.
E. G ilb ert y H. Kuhn, Historia de la estética, Buenos Aires, Biblio­
teca Nueva, 1948; y R. Bayer, Historia de la estética, México, F.
d. C. E., 1965.

Como introducción a la antropología filosófica pueden leer­


se, F. Romero, Ubicación del hombre, Buenos Aires, Ed. Columba,
1954; M artín Buber, ¿Qué es el hombre?, México, F. d. C. E. Brev.,
1949, y M. Landmann, A ntropología filosófica, México, Ed. Uteha,
1961. Dos puntos de vista sistemáticos se encontrarán en F. Rome­
ro, Teoría del hombre, B. Aires, Losada, 1952, y Adam Schaff, La
filosofía del hombre, B. Aires, Lautaro, 1964.

Sobre metafísica y ontología, véase J. Marías, Idea de la me­


tafísica, Buenos Aires, Ed. Columba, 1954; Aloy M üller, Introduc­
ción a la filosofía, caps. I y VI; O. Külpe, Introducción a la filo ­
sofía, cap. segundo. A. IV; C. E. M. Joad, Guía de la filosofía,
parts. II y III; los artículos "M etafísica'' y "O n to lo g ía " de los dic­
cionarios de Ferrater Mora y Lalande; Luis Felipe Alarco, Leccione:
de metafísica, Lima, Lib. Juan Mejía Baca, 1953 (nueva ed. Patro
nato del Libro Universitario, 1959), y N icolai Hartmann, La nueve
O ntología. En los manuales de tendencia escolástica, como los
de Lahr, Mercier y Jolivet, se encontrarán exposiciones sistemáti­
cas del contenido y temas tradicionales de ambas disciplinas.

La lectura pausada y reflexiva de textos clásicos como la M e­


tafísica de Aristóteles, Del ente y la esencia de Santo Tomás, las
Meditaciones metafísicas de Descartes, los Prolegómenos de Kant
y, entre los contemporáneos, la Introducción a la metafísica de
Bergson, Qué es metafísica o la Introducción a la metafísica de
Heidegger, darán al alumno una visión directa, insustituible por
manuales o exposiciones, del contenido y las tareas de la refle­
xión ontológica y metafísica.

Sobre la filosofía de la filosofía y la historia de la filosofía,


aparte de la biblio gra fía recomendada en los capítulos III y IV,
véase: José Gaos, Filosofía de la filosofía e historia de la filoso­
fía, México, Ed. Stylo, 1947, la . parte; Xavier Zubiri, N aturaleza,
Historia y Dios, parte I, y la antología por.A . G. Birlan, Ciencia y
filosofía, ya citada.
FILOSOFIA, COSMOVISION, CIENCIA,

RELIGION Y ARTE

“ La pa lab ra 'filosofía' debe designar algo


que esté sobre o bajo, pero no junto a las
ciencias naturales''

Ludwiq Wittgenstein

“ Los filósofos permanecen siempre en las cues­


tiones en controversia y en las regiones ele­
vadas, limites superiores de las ciencias. Por
ello transmiten al pensamiento científico un
movimiento que lo vivifica y ennoblece; fo rti­
fican el espíritu, desenvolviéndolo po r una
gimnasia espiritual, al mismo tiempo que lo
llevan sin descanso hacia las soluciones ina­
gotables de los grandes problemas. M antie­
nen así una especie de sed de lo desconocido
y el fuego sagrado de la investigación que
no debe extinguirse jamás en un sab/’o".

Claude Bernard

"Se conoce bastante bien la relación de la fi­


losofía y la poesía. Pero no sabemos nada
del diálogo entre el poeta y el pensador, que
habitan cerca en montañas separadas por
abism os'.
M artin Heidegger

“ ¡Callemos, callemos, cuando se trata de


Dios!".
A. D. Sertillanges
En los capítulos precedentes hemos visto ya destacarse el
perfil de la filosofía sobre el fondo de las otras formas de la ac­
tividad espiritual humana. Advertimos por de pronto (cap.’ II) que
el filósofo era distinguible, negativamente, del científico, del ar­
tista, del hombre religioso, del político y del hombre corriente,
aunque su faena no resultó fácil de definir positivamente. La indi­
cación de los temas y formas más característicos del quehacer fi­
losófico nos ha permitido luego precisar cuál es el cometido del
filosofar (caps. II y V). Esto nos pone en condiciones de abordar
ahora la cuestión de las vinculaciones y diferencias que existen
entre la filosofía, la ciencia, la concepción del mundo, la religión
y el arte, y ganar así, de rechazo, una imagen más precisa de la
primera.

Por lo que toca a las ciencias, conviene por de pronto hacer


hincapié en las estrechas conexiones que la filosofía mantiene con
ellas, en el parentesco que las une como formas del conocimien­
to. La vocación de la verdad, la exigencia de rigor, la' necesidad
de prueba, el imperio de la lógica, son maneras convergentes de
significar el elemento de unidad que hay en la filosofía y la cien­
cia. Por otra parte, una dialéctica interna lleva, por ruptura de
los límites de la problematización, de las ciencias a la filosofía,
e, inversamente, por fijación de límites a la inquisición y por adop­
ción de un criterio metodológico restrictivo y fijo, de la filosofía
a las ciencias. Esto último es lo que ha ocurrido en el proceso his­
tórico de constitución de las ciencias a partir de su origen filósó-
fico, proceso que se interpreta a veces equivocadamente como una
división del campo de la filosofía y una separación de disciplinas
ya existentes en el interior del cuerpo filosófico. Lo que aconteció
realmente fue que las mismas cosas se comenzaron a ver de dis­
tinta manera, como problemas de otro orden, que exigían méto­
dos diferentes de pensamiento. N o es totalmente ajeno a este mo­
vimiento — aunque se produzca en otro nivel— el surgimiento de
disciplinas o ciencias nuevas a pa rtir de otras ya establecidas. La
genética, la bioquímica, la econometría, por ejemplo, no existían
como tales en el seno de la biología, la química o la economía
política anteriores y no se constituyeron como disciplinas porque
éstas habían engrosado mucho su bagaje cognoscitivo, sino por­
que se definió suficientemente un nuevo enfoque de problemas y
hechos, antes ya trabajados dentro del radio de las disciplinas
matrices, aunque con una óptica distinta. Por otra parte, el movi­
miento inverso, que conduce de una ciencia determinada a la
filosofía, se produce frecuentemente en la intim idad del trabajo
científico, aunque se hace público y cobra gran energía sólo en
las crisis de la ciencia. Una problemática y una metodología limi­
tativas dan paso entonces a un enfoque más rico y comprensivo
y provocan, a la vez que un examen de las posibilidades y alcan­
ces de la ciencia como tal, con eventuales propuestas de una nue­
va m etodología, la aparición de diversas doctrinas y sistemas fi­
losóficos, debidos ora a los filósofos, ora a los propios científicos
ganados a la meditación filosófica. Los casos de Descartes, Kant,
Dilthey, Einstein, Planck o Freud son ilustrativos de este fecundísi­
mo proceso por el cual la ciencia genera filosofía. En el seno de
las propias ciencias, como ocurría en el primer tipo de movimien­
to que hemos señalado, se producen igualmente tránsitos de una
problemática y una metodología particulares a formas más am­
plias de inquisición. Si bien este movimiento se produce en el ni­
vel de la ciencia misma, ya hay en él un poco de espíritu filosófico.

Con lo dicho, se hace claro otro elemento que conecta y a la


vez separa a la filosofía y las ciencias. Las ciencias se constituyen
estipulando una metodología y sobre la base de la convención
tácita de atenerse a un tipo determinado de enfoque y planteo de
problemas. Pero esto no implica necesariamente que el científico
se preocupe de los fundamentos epistemológicos de esta metodo­
logía. El análisis — ya no práctico y episódico, sino crítico y siste­
mático— del cuerpo lógico y de las normas de conocimiento de
esa ciencia resulta ser faena filosófica, como lo muestra suficien­
temente la historia de la propia ciencia. El filósofo es requerido a
ella por el tipo de enfoque que es el suyo propio. En cambio, el
científico, cuando la toma a su cargo, se ve conducido a una con-
ceptuación y a un género de análisis que no se adecúan bien al
espíritu de su actividad regular. El químico, el matemático y el
historiador tienen perfecta conciencia de que una cosa es investi­
ga r en su dominio y otra plantear cuestiones de método y funda-
mentación. De hecho, no suelen sentirse a gusto en el trato con
estas últimas, lo cual se explica justamente porque exigen de ellos
una manera enteramente nueva de pensar. En la medida en que
la elaboración de esta problemática es decisiva para el avance
de la ciencia, no es una vana pretensión del filósofo el afirm ar la
necesidad de la filosofía para la ciencia, ni renuncia a la indepen­
dencia de la ciencia el científico que reclama la colaboración del
filósofo en este punto o se exime de hacerse cargo de las cues­
tiones de fundamentación y de crítica epistemológica. Pero la filo ­
sofía necesita también y no poco de la ciencia. No sólo porque
históricamente ha recibido impulsos decisivos de ésta y se ha ins­
pirado una y otra vez en los métodos y procedimientos científicos,
tomándolos con modelos de conocimiento, o se ha servido de
ellos — con éxito o sin él es cosa que aquí no interesa tocar—
como expedientes para superar sus propias crisis, sino porque la
filosofía es, en buena porción, como hemos visto, una reflexión
segunda que está precedida y alimentada por el trabajo de la
ciencia. De otro lado, a llí donde el filósofo pretende construir un
cuadro integral del mundo con valor de conocimiento, los datos
de las ciencias, si bien no son los únicos que cuentan, constituyen
ciertamente elementos decisivos en la construcción y en el control
del sistema. Esta necesidad de la ciencia que muestra la filosofía
tampoco rebaja ni afecta la independencia de esta última, que
le yiene dada por su modo propio de conocer y por la apertura
simultánea de la conciencia filosofante a todas aquellas formas
de experiencia que caen fuera del marco de la investigación cien­
tífica.

Puede decirse que la filosofía de hoy, mas que la de ningu­


na otra época, está claramente separada de la ciencia y, a la vez,
estrechamente ligada al trabajo científico, cuyos conceptos y ex­
plicaciones le abren nuevas perspectivas de comprensión de la rea­
lidad. El filosofar contemporáneo se nutre de la investigación ma­
temática y física sin matematicismo ni naturalismo, de la psicolo­
gía sin psicologismo, de la ciencia social sin sociologismo y de
la lingüística sin abdicar de su propia problemática. El psicoaná­
lisis le ha descubierto a los filósofos las raíces más profundas de
la subjetividad, que comprometen su propio pensamiento; la teo­
ría de la evolución y los más recientes desarrollos de la física han
dinamizado sus categorías; la economía y Ja sociología les han
enseñado a situar la obra humana y, especialmente, fas ideas en
su real contexto histórico; la reflexión lógico-lingüística, en fin,
nutrida del análisis de los sistemas'matemáticos así como del len­
guaje poético y del habla cotidiana, ha dado a su conciencia una
lucidez vigilante, atenta a las implicaciones, límites y-alcances del
pensar y segura también de su inagotable capacidad creadora.

De este modo, los lazos que unen a la filosofía con la ciencia,


lejos de oscurecer sus diferencias mutuas, pueden hacernos verlas
más claramente. La ciencia como acto cumplido por ciertos hom­
bres es una investigación que recorta un campo particular dentro
de la realidad objetiva, define previa y ceñidamente la especie
de problemática pertinente, con exclusión de toda otra, y estipu­
la un sistema de reglas metódicas y procedimientos cognoscitivos
como medio de abordar su objeto y, además, como rasgo distin­
tivo del género de conocimiento que son aceptables dentro de su
círculo. Con esto, el científico logra homogeneidad no sólo en los
temas que investiga sino también en el modo de proceder. De a llí
se sigue que la totalidad de los contenidos del conocimiento cien­
tífico, ese conjunto de proposiciones unidas por relaciones lógicas
de fundamentación y sistemáticamente organizadas, que también
y principalmente es la ciencia, resultan comunicables de un sujeto
a otro y responden cabalmente, ante la conciencia científica pú­
blica y general, a las exigencias más severas de la prueba. En la
ciencia no hay vaguedades conceptuales ni ambigüedad en la te­
mática. Se puede siempre precisar el concepto de un objeto y de­
term inar un problema dentro del dominio de una disciplina y ab rir
así la vía para su solución de acuerdo a los métodos admitidos
en ella. Este proceder está, además, por su propia naturaleza, al
alcance de cualquier sujeto que se ponga en plan científico. Lo
cual no debe extrañarnos, porque para un científico algo es o b ­
jeto, problema y solución, dentro de una ciencia, si concuerda
con el género de cosas que él ^=y en principio todos los que tra ­
bajan en ese campo— ha convenido en llam ar científicos y que
corresponden por tanto a los métodos reconocidos como científi­
cos. Un físico, por ejemplo, nunca será perturbado p o r'lo s fan­
tasmas dentro de su ciencia, porque no se interesa sino por aque­
llos objetos que se definen y comprueban mediante los datos sen­
soriales o son postulados como conceptos explicatorios o hipóte­
sis que la experiencia perceptiva va a corroborar. Si algo que
puede llamarse un fantasma se adecúa a estas normas, entra en
el sistema de conocimiento físico y queda sujeto a las leyes y ex­
plicaciones naturales, con lo cual, por cierto, deja de ser propia­
mente fantasma. Esto indica qué hay un rasgo esencial de a rtifi­
ció y abstracción en las ciencias. El investigador estipula, selec­
ciona y descarta los elementos según las conveniencias y propó­
sitos de su investigación; inventa en buena parte su objeto y no
tiene ojos para aquello que no cae dentro del dominio así acota­
do. Con esto gana en rigor, seguridad y com unicabilidad, si bien
al precio de ignorar muchos sectores de la experiencia humana.

La filosofía crítica tiende a ser científica en la medida en que


trata de recortar y precisar de antemano su campo objetivo y su
problemática.' Sin embargo, ni siquiera cuando se define a sí mis­
ma exclusivamente como una crítica (del lenguaje, del conocimien­
to, de los sistemas valorativos, etc.) puede evitar una ruptura
constante de las circunscripciones de investigación prefijadas. Los
filósofos analíticos — la historia reciente lo prueba suficientemen­
te— saben con qué problem ática se inicia su reflexión, pero nunca
pueden estar seguros de cuáles serán los problemas que más tarde
van a tom ar a su cargo, ni qué cuestiones serán las que finalm en­
te definirán para ellos la faena filosófica. Con mayor razón esta
im posibilidad de lim itar y reducir los objetos se da en la reflexión
especulativa que es la levadura de las grandes metafísicas de la
historia. N o caben por tanto en filosofía estipulaciones excluyen-
tes o determinaciones rígidas de métodos y formas de conocer.
La am plitud y la im previsibilidad del objeto y del problema hacen
en buena medida imposible la determinación unívoca de los pro­
cedimientos y maneras de pensar filosóficos1.

Frente a la ciencia, la filosofía se ofrece, pues, cpmo un pen­


sar abierto, flexible, proyectado hacia todas las variedades de
la realidad y la experiencia. Aunque cualquier acto de conoci­
miento implica una abstracción, en términos comparativos la aper­
tura del filosofar a todos los horizontes de la experiencia signifi­
ca una vuelta a lo concreto que, por contraste, hace de la
ciencia el reino de la abstracción. De parecida manera, podemos
decir que, si es cierto que todo pensar es dinámico y creador, la
reflexión filosófica es, relativamente a la ciencia, un pensar ra d i­
calmente dinámico, que recrea constantemente sus temas y sus
planteos y reinventa sin cesar sus formas metódicas. Lo cual signi­

I Como lo hemos de hacer en el capitulo XII, hablar de método filosófico no es


por consiguiente admisible sino con esta reserva importante.
fica que el momento de acto personal, la realidad interior del
pensar, tiene en la filosofía una función mucho más importante
que en la ciencia. De donde resulta que las formulaciones lingüís­
ticas, el sistema de las proposiciones filosóficas o filosofemos, con
su arquitectura lógica y su pretensión de objetividad — en que
también consisten las filosofías— , no pueden valorarse cabal y
justamente prescindiendo del sujeto que filosofa. •

Tocamos aquí nuevamente al carácter personal de la filoso­


fía. Un tema, un problema, una solución no tienen sentido filo ­
sófico, ni pueden ser juzgados y comprendidos en su meollo de
verdad, sin ponerse en contacto con la conciencia que los ha ela­
borado; exigen una reconstrucción de la dialéctica interior del
pensar de su autor y demandan en quien juzga una actitud per­
sonal igualmente abierta, igualmente dinámica y sensible a to ­
da la riqueza de la experiencia, es decir, una actitud que sea
también filosófica. El filósofo más analítico y lógico no deja de
ser una conciencia .enderezada a la m ultiplicidad de lo existen­
te y demanda ser com prendido desde dentro, tom ando en cuen­
ta los motivos, los propósitos y las evidencias que lo guían, con
una mirada permeable a lo indeterminado y a lo sorprendente
y singular que hay en su reflexión.'

Se explica que la filosofía, a fuer de concreta, universal y vi­


vida, sea menos comunicable que la ciencia en sus contenidos de
conocimiento y más expuesta que ésta a la discusión y el disenti­
miento. Dicho de otro modo, lo que gana en am plitud de campo
objetivo y en riqueza y heterogeneidad de experiencias, lo paga
el filósofo, al no poder fija r de antemano sus temas y al estar ex­
puesto a m odificar a cada paso su problem ática y su m etodolo­
gía, con pérdidas en la seguridad, la aceptabilidad y la publici­
dad de las verdades que form ula y defiende.

Este momento de interioridad pone a la filosofía en la vecin­


dad de las otras formas de vivencia del mundo: la cosmovisión,
la religión, el arte, que conviene examinar, como lo hemos hecho
con la ciencia.

Consideremos la primera. La Weltanschauung, o cosmovisión,


ta l como se ha dado desde siempre en los pueblos y culturas de
todos los latitudes, no es un sistema de conocimiento én sentido
estricto. En ella, las ideas, imágenes y apreciaciones tocantes al
conjunto de la existencia se enraízan en un fondo de reacciones
psicológicas del orden del deseo, la em otividad, la esperanzo y el
temor, que no son contrapesadas por úna intención teórica su­
ficiente. Es el impacto del mundo sobre la conciencia, el momen­
to reactivo de la vida mental lo que, en definitiva, decide de la
concepción común del mundo. De a llí que no quepa hablar, con
respecto a las W eltanschauungen, de un control de su verdad o
falsedad, ni, por tanto, de un progreso o am pliación de la
aprehensión objetiva. Las imágenes del mundo nacen y mueren
con los sujetos que las han form ado, son totales y definitivas, y
se conforman siempre a los deseos básicos del sujeto. La filoso­
fía, en cambio, si bien propone también una concepción del mun­
do, reclama para ella un valor de récónocimiento y se expone
conscientemente a la crítica y a la rectificación de las enunciadas.
Aunque las concepciones filosóficas pueden alimentarse de los de­
seos básicos del sujeto y recoger su inspiración de la m entalidad
dominante en una época, en una nación o en un grupo social
— y de hecho así es sin duda— , su naturaleza filosófica les viene
dada por el traslado de las ideas, imágenes y valoraciones al pla ­
no del pensar lógico, es decir, a un terreno en el cual lo decisi­
vo no es la intensidad de la vivencia emocional o del creer con­
solador y estimulante, sino la fuerza de las razones probantes.
Todo hombre forja o hace suya una concepción del mundo des­
de la cual vive; pero sólo algunas de las concepciones del mundo
alcanzan la condición de filosóficas y ésas son, aparte de expe­
dientes para la vida, sistemas ideológicos orgánicos con preten­
sión de objetividad.

Por lo anterior se ve que la vivencia religiosa, levadura de


muchas cosmovisiones, es también cosa distinta del pensar filosó­
fico. El creer en las cosas que no se ven — que así definía San Pa­
blo la fe -^ no es una actitud filosófica y, en rigor, es el polo
opuesto de la filosofía. Si la filosofía, a diferencia de la ciencia,
es, como hemos indicado, el proyecto de poner todo en cuestión;
si no consiente ser circunscrita a un determinado grupo de proble­
mas, ni reduce su operación al empleo de un tipo fijado de méto­
dos, sino que más bien induce a romper toda restricción temáti­
ca y metodológica, el filósofo es, en lo esencial, diferente del hom­
bre de fe que renuncia a la inquisición y encuentra su plenitud
espiritual en la creencia. Por otra parte, en contraste con el filó ­
sofo, el hombre religioso no experimenta la necesidad de form u­
lar su fe en término intelectuales. Su palabra no tiene como pro­
pósito comunicar significaciones objetivas; se propone más bien
manifestar una vivencia y despertar en los demás sentimientos pia­
dosos. Lo que busca es convertir, no convencer. En fin, que haya
filosofías escépticas y ateas es una prueba de que el filosofar se
mueve en terreno distinto al de la religión.

Del mismo modo hay que contrastar al tilósofo con el artis­


ta, cuya conciencia, empapada en la sustancia de la fantasía, do­
bla la realidad con un mundo im aginario, sin cuidarse de la efec­
tividad de lo existente. Por cierto que el artista, al fo rja r su obra,
toma pie en la realidad y contribuye también, a su modo, a des­
velarla; pero su faena propia no es dar razón de la existencia si­
no recrear las cosas idealmente. Como ha señalado Croce, la ac­
tividad artística se centra en la intuición irreflexiva, mientras que
la filosofía es eminentemente reflexiva y lógica. El lenguaje a r­
tístico reposa en las imágenes no en los conceptos. Lo importante
en este lenguaje es el sentido expresivo, el valor emotivo de las
palabras, mientras que el momento enunciativo y el sentido des­
criptivo prevalecen en el discurso filosófico1. Hay filósofos que es­
criben bellamente y tienen una evidente preocupación por la fo r­
ma literaria — recuérdese, por ejemplo, a Platón entre los clási­
cos, y a Nietzsche o a Bergson entre los modernos— ■; los hay tam­
bién que trasponen a la creación literaria (novela, teatro, poesía)
sus formulaciones doctrinarias; en el otro extremo, se puede de­
cir, como se ha hecho algunas veces, que las obras filosóficas, al
no alcanzar la objetividad de la ciencia, quedan reducidas a mo­
la o frustrada literatura. Sea de ello como fuere, lo cierto es que
la intención fundamental del filósofo no es literaria sino teorética,
mientras que la del poeta, pese a la carga de teorías que su crea­
ción puede com portar, es fundamentalmente estética. Por lo mis­
mo, las concepciones poéticas y, en general, artísticas del mundo
no poseen como tales valor de sistemas de conocimientos y, al
igual que las religiosas, se mueven en un plano distinto al de las
construcciones ideológicas del filósofo.

1 Sobre estas diferencias en el sentido del lenguaje, véase el cap. VIII.


Lo dicho no descarta, por cierto, la existencia de estrechas
relaciones de la filosofía con la religión y el arte. Sin contar los
casos intermedios de personalidades y obras que gravitan en una
y otra dirección a la vez, hay que recordar la acción fecundante
que las metafísicas han recibido de las religiones históricas, la vi­
vencia del acuerdo último de la fe y la razón, tan intensa y fértil
en filósofos como, por ejemplo, San Agustín, los intentos de inter­
pretar y prolongar la revelación por el.examen racional, que han
animado a más de un pensador escolástico, así como la convic­
ción de que la filosofía, mostrando los límites de la operación in­
telectual, refuerza antes que debilita el contenido de la fe.

Cabe observar, por otra parte, que la filosofía no puede per­


der contacto con la religión en cuanto su cometido es hacerse car­
go de todas las formas de experiencia. Hay, por eso, una investi­
gación filosófica de la esencia y sentido antropológico de la re­
ligión, o sea, una filosofía de la religión, que es del resorte de la
reflexión crítica; y hay también una especulación ontológica y
metafísica, que registra e integra en una síntesis superior los datos
de la fe, así como lo hace con el resto de la experiencia humana.

Del mismo modo, la filosofía tiene que mantenerse en estre­


cho contacto con la vida artística, pues de ella provienen elemen­
tos indispensables-para una comprensión de la existencia en con­
junto. Históricamente se ha dado esta vinculación en muchas fo r­
mas, con la consecuencia de que la filosofía ha extraído suges­
tiones y estímulos valiosísimos para su modo de entender el mun­
do, al tiempo que el arte se ha creado con el aliento de la inquié-
tud filosófica y se ha hecho consciente de sus propios supuestos
y valoraciones por virtud del análisis estético teórico. N o olvide­
mos, además, que el arte, por ser eminentemente expresión, es
también una manera de expresar el mundo y la vida que el filóso­
fo no puede dejar de lado sin menoscabo de la universalidad de
su reflexión, mientras que en las obras de los grandes filósofos hay
una manera de ver y form ular la existencia cuyo impacto recibe
forzosamente el artista; ella le sirve, muchas veces explícitamente,
de apoyo en su faena expresiva y de principio de integración de
sus creaciones dentro del espíritu de la época.

N o está demás recordar aquí, finalmente, que la filosofía, en


cuánto es una meditación sobre los fines de la vida y una decisión
sobre la manera de vivir, ha sido juzgada una y otra vez en la
historia como un arle, es decir, como una técnica racional aplica­
da a la construcción del propio ser humano — ese es el sentido
de la figura del sabio clásico y de la sabiduría filosófica como
maestra de la vida— , al tiempo que el artista ha sido visto reite­
radamente como un contemplador de la totalidad del ser, como
un descubridor de esas armonías del mundo que, a su modo, tam ­
bién trata de sacar a luz el filósofo.

Porque ciencia, filosofía, religión y arte son maneras dis­


tintas de hacerse cargo del ser, cuyo origen es siempre la in­
quietud inquisitiva y creadora del espíritu humano, por eso mis­
mo caben entre ellas una convergencia y una colaboración. El
terreno de elección para esta tomp de contacto es la filosofía,
que está situada a medio camino entre la ciencia y la espirituali­
dad religiosa y artística, gravitando a veces hacia el rigorismo
abstracto de la ciencia y a veces hacia las experiencias satura­
das de impulsividad y sentimiento de la religión y el arte. Ella
es, pues, el puente natural que permite transitar de la conciencia
religiosa y artística a la científica y de ésta a aquéllas. Pero,
no obstante que los casos intermedios y mixtos existen y, como
acontece en todo orden de realidades, las formas distintas se acer­
can gradualmente una a otra, los límites no dejan de existir.
Desconocer las diferencias esenciales entre religión, arte, filoso­
fía y ciencia e intentar reducirlas a un denom inador común sim­
ple, lejos de permitirnos comprender mejor el sentido de cada
una, desvirtúa su esencia y a la postre empobrece al espíritu hu­
mano que las crea y alimenta.

* * *

Guía de lecturas. Una amplia selección de textos sobre


ciencia y filosofía, bien que de valor muy dispar, se encontrará
en la antología compuesta por Antonio G. Birlan, Ciencia y filo ­
sofía, ya citada. Sobre las relaciones entre el conocimiento cien­
tífico y filosófico, pueden consultarse: M. Sciacca, La filosofía y
el concepto de filosofía, B. Aires, Ed. Troquel, 1955; Ortega y
Gasset, ¿Qué es la filosofía?, lecc. II y III; J. Tannery, Ciencia y
filosofía, B. Aires, Ed. Espasa-Calpe, Arg., 1946; Eduard May,
"La filosofía en sus relaciones con las ciencias naturales", Inves­
tigación y Progreso, 14, 1943; W . Dilthey, Esencia de la filosofía,
2- parte, IV,. "Filosofía y ciencia", ediciones ya citadas; y W .
Szilasi, ¿Qué es la ciencia?, México, F. d. C.E.; Brev., 1949, libro
este último de más difícil lectura. Conviene que el estudiante
compare distintos modos de encarar la misión de la filosofía y
su relación con la ciencia, como por ejemplo los que exponen
Philipp Frank en El origen de la separación entre ciencia y filo ­
sofía, México, Univ. Nac., 1957; Hans Reichenbach en La filosofía
científica, México, F. d. C.E., 1953; Max Scheler en ensayos como
El saber y la cultura, M adrid, Ed. Rev. de Occ., 1939 y Buenos
Aires, Ed. Espasa, 1944, y Esencia de la filosofía, Buenos Aires,
Ed. Nova, 1958; y Henri Bergson en "Introducción a la metafísi­
ca' , incluido en El pensamiento y lo movible, Santiago de Chile,
Ed. Ercilla, 1939 (hay otra versión castellana de Rafael Moreno,
publicada en fascículo aparte por la Universidad Nacional A utó­
noma de México, 1960). De otro lado, algunas páginas de filó ­
sofos como Descartes, vg., Discurso del método, partes 1 y 2, y
de físicos como Planck y Einstein (cf. M. Planck, Adonde va la
ciencia, Buenos Aires, Ed. Losada, 1941, que incluye un prólogo
de Einstein y un diálogo con éste) serán lectura muy provechosa
como ilustración de la aproxim ación mutua de la filosofía y la
ciencia.

Sobre la concepción del mundo, consúltese: Aloys Müller,


Introducción a la filosofía, cap. VII; Francisco Romero, "In dica­
ciones sobre el problema de la concepción del mundo", B. Aires,
Minerva, N 9 5-6, 1945, y "Concepción del mundo y m étodo", en
Sobre la historia de la filosofía, ya citado. Una investigación
más vasta y técnica, con la dificultad propia de una obra avan­
zada, se encontrará en el mencionado volumen de Dilthey Teoría
de la concepción del mundo. La vinculación entre los tipos de
personalidad y los géneros de concepción del mundo puede do­
cumentarse en E. Spranger, Formas de vida, M adrid, Ed. Rev. de
Occ., 1935, y C. G. Jung, Tipos psicológicos, Buenos Aires, Ed. Su­
damericana, 1943, esp. cap. VIII.

Acerca de las relaciones entre la filosofía y la religión son


recomendables, como lecturas contemporáneas de orientación
diversa: E. Gilson, Dios y la filosofía, Buenos Aires, Ed. Emecé,
1945; M. Sciacca, Dios y la religión en la filosofía actual, Barce­
lona, Ed. Luis M iracle, 1952; Bertrand Russell, Misticismo y lógica,
B. Aires, Paidós, 1951, cap. I; Julián Marías, "Sobre la cuestión
de Dios", en San Anselmo y el insensato y otros estudios de filo ­
sofía, M adrid, Ed. Rev. de Occ., 1954; Antonio Gómez Robledo,
Cristianismo y filosofía en la experiencia agustiniana, ya citado,
G. Santayana, La vida de la razón, III, "La razón de la religión",
B. Aires, Ed. Sudamericana; W . Dilthey, Esencia de la filosofía, (2a
parte, cap. II, “ Teoría de la concepción del mundo. La religión
y la poesía en sus relaciones, con la filo sofía” ), en las ediciones
citadas; Jean Lacroix, El sentido del ateísmo moderno, Barcelona,
Herder, 1964, y W alter Schultz, El Dios de la metafísica moder­
na, México, F. d. C.E., 1961.

La estrecha vinculación que llega a darse entre meditación


filosófica y vivencia religiosa puede ilustrarse muy bien leyendo,
por ejemplo, páginas de las Confesiones de San Agustín o el
Proslogion de San Anselmo (véase la bibliografía de los capítulos
sobre filosofía antigua y medieval).

Sobre arte y filosofía, ver Dilthey, op. cit. Lectura muy a


propósito para comprender la mutua fecundación de arte y filo ­
sofía son, por su contenido y por su intención, las Cartas sobre
la educación estética del hombre, de Federico Schiller (Buenos
Aires, Ed. Espasa-Calpe, Col. Austral) y El origen de la tragedia,
de Federico Nietzsche. Las obras de .Nietzsche, especialmente
Así habló Zaratustra, se cuentan, por lo demás, entre los casos
más notables de aproxim ación de la creación poética a la me­
ditación filosófica. En relación con esto, conviene también que
el estudiante lea algunos pasajes de Platón sobre los mitos; por
ejemplo, Fedon, 61 b y 107 d. - 114 c,- La República, lib. VII, 514
c - 417 a; Fedro, 245a y ss. Sobre la filosofía y la concepción
ordinaria del mundo, ver el ensayo de G. E. Moore, "Defensa del
sentido común", incluido en Marías, La filosofía en sus textos, v. 3.
EL PROBLEMATISMO FILOSOFICO

"Lo característico de la filosofía es pa rtir de


algo tan simple que no parece valer la pena
el establecerlo, y terminar con algo tan p a ­
radójico que nadie lo creería".

Bertrand Russell

"Cuando un filósofo responde, ya no se


comprende más lo que se le había pregunta­
d o ".
André Gide

“ Bienvenidas las contradicciones y las dudas y


la co n cie n cia l l o r o s a de las antinomias,
bienvenida la guerra ella es necesaria para
alcanzar la verdad completa y segura de sí".

Benedetto Croce

"En todo pensador sistemático lo que hay de


filosóficamente central es sólo el pensador de
problemas, es decir, el perseguidor del p ro ­
blema po r el problema mismo".

N icolai Hartmann

"U n problem a filosófico tiene esta forma: ‘N o


sé po r dónde ir'. El filósofo trata una cues­
tión como se trata una enfermedad".

Ludwig Wittgenstein
Como ya vimos, Platón y Aristóteles caracterizaron al filo
sofar como una reflexión que nace del asombro. El origen de
la filosofía es la adm iración, pero no una admiración que para­
liza o sobrecoge al punto de cegar, sino una vivencia lúcida cu­
yo resultado es la conciencia de un problema. Irónicamente po­
dría decirse que el filósofo es aquel hombre que se complica la
vida y se hace problema de las cosas que para los demás hom­
bres son naturales, normales, comprensibles. Explicar algo es
hacerlo normal, quitarle extrañeza, darlo por supuesto. En la
medida en que la filosofía nace de la admiración, resulta que
para el filósofo, a diferencia de las demás gentes, hay ciertas
cosas que no son comprensibles de suyo, que no ocurren nor­
malmente como parece suponerse, sino que requieren explica­
ción, están menesterosas de una razón suficiente. Para los de­
más, por obra de la experiencia, de los hábitos de la vida coti­
diana, de la tradición, de la religión y de las creencias, resultan
muy normales. Al filósofo le extraña su falta de fundamento.
Según esto, la filosofía es, de una parte, un echar de menos algo,
una búsqueda, la conciencia de un problema que hay que resol­
ver y, de otra, una indagación de razones y de fundamentos.

Por cierto que cualquier problema y cualquier búsqueda no


son filosofía. Si la cinta de la máquina en que estoy escribien­
do se enreda en el carrete, estoy en un problema y tengo que
buscar una solución, pero esta búsqueda no es filosofar; si un
alumno de la Universidad no se siente capaz de dar cuatro exá­
menes en diciembre y no puede dejar de aprobar más de tres cur­
sos, está igualmente ante un problema y tiene aue buscar uno
solución , pero no la va a encontrar filosofando. So dná
que en estos casos cabría hablar quizá de una dificultad prác
tica y no de un problema propiamente tal. Pero tampoco el f¡
sico cuando está en plan de explicar por qué se producen cier­
tas emisiones de energía en un átomo, y el biólogo cuando tra ­
ta de responder a la cuestión de cómo determinan los genes la
herencia biológica, pese a estar absorbidos por problemas inte­
lectuales o teoréticos, no se encuentran en el mismo caso que el
filósofo. La filosofía es, pues, indagación de razones, concien
d a pro b le m á tica -p o r ausencia de una explicación satisfactoria,
pero no toda conciencia problemática es filosofía. Esta concien­
cid implica ciertas formas y actitudes, aquellas justamente que
configuran los problemas filosóficos propiamente dichos.

Sin embargo, es preciso notar que si bien las cuestiones fi­


losóficas son diferentes de las prácticas, políticas, económicas,
científicas o de otra especie, cualquiera de éstas puede conver­
tirse en filosofía o dar pie a la problematización y la indagación
filosóficas. La prosaica dificultad de la cinta que se enreda en
el carrete, tomada por un filósofo con suficiente vena metafísica,
podría quizá ser la fuente de insondables meditaciones sobre la
máquina, el maqumismo, el mundo de los útiles, hasta llegar al
ocultamiento del ser por el velo de la civilización moderna y la
postulación de una vuelta salvadora a la conciencia originaria.
Si el alumno le da vueltas filosóficas a su problema de exáme­
nes, quizá se le convierta en una cuestión de destino y elección
de valores, y aunque es improbable que por este medio obtenga
el visto bueno de las autoridades universitarias para su solicitud
de exámenes, se encontrará en cambio en la grata compañía de
los estoicos u otra suerte de filósofos moralistas. Y los electro­
nes que inaprensivamente se pasan de una órbita a otra han si­
do ya tomados a su cargo por los filósofos de la libertad, asj
como los genes tienen mucho que hacer en las cavilaciones del
filósofo antropológico.

¿Qué clase de cuestiones o, mejor dicho, qué manera de


cuestionar da como resultado el problematismo y la indagación
filosóficas? Esta es la pregunta que tenemos que encarar ahora.
Para responderla adecuadamente puede servirnos la distinción,
ya establecida, de los sectores disciplinarios de la filosofía y, so­
bre todo, de las faenas del filósofo. Decíamos que la filosofía,
tal como se presenta en la historia, es cuando menos tres cosas:
una reflexión crítica, una concepción del mundo y una decisión
sobre el sentido de la vida. Pues bien, podemos colegir de aquí
que la problematización de un conocimiento sancionado por la
práctica de la ciencia o por la vida cotidiana, en busca de sus
principios, supuestos o elementos básicos, ha dado generalmen­
te sustancia al filosofar. Por otra parte, las interrogaciones so­
bre el conjunto de lo existente, sobre el mundo o el ser en total,
el pensamiento que busca las implicaciones universales de cual­
quier hecho y quiere entenderlo desde el horizonte de la tota­
lidad, son también del resorte de la filosofía. Y, de modo pare­
cido, un cuestionar sobre la finalidad de la vida, sobre el papel
del hombre en la economía del cosmos y una valoración, con
su decisión de conducta, que pretende esclarecer la existencia
humana y llevarla a su cabal cumplimiento, resultan ser también
filosofía. Se advierte de esta suerte que el problematismo filo ­
sófico implica un radicalismo en el cuestionar y en el indagar:
radicalismo del análisis crítico en busca de principios, categorías
o elementos primarios; radicalismo de la visión integral del cos­
mos; radicalismo del enjuiciamiento y la decisión sobre el valor
y sentido último de la vida. El filósofo, extrañándose, se pre­
gunta por la estructura básica del pensamiento, por la esencia y
alcance del lenguaje, por el método de la ciencia, por las cate­
gorías de la naturaleza y la historia, por el principio del valor,
del bien y de la belleza; en todo lo cual su reflexión consiste en
un análisis y una inquisición de formas e ingredientes primarios.
O , en otros casos, se hace cuestión de la totalidad de las cosas,
del cuadro inicial y final de la realidad, de la manera como se
componen y articulan los hechos y entidades de todas suertes que
la experiencia cotidiana y la investigación científica le ofrecen
como datos ciertos; y en esto su pensar es una conciencia pro­
blemática radical de la totalidad, una .aprehensión sintética y
unificadora del mundo. O , en fin, se pregunta por lo que a la
postre sea valioso, importante, decisivo en la existencia, asumien­
do como problema, no las dificultades o cuitas circunstanciales
con que tropiezan los hombres, tomadas en su singularidad y
separadas unas de otras como acontecimientos fechables, sino el
sentido de su vida en conjunto y de toda vida humana, con lo
cual su meditación se hace una conciencia práctica radical.

Este mismo problematismo puede quizá encontrarse en otros


espíritus que no suelen considerarse filosóficos. Cuando tal
ocurre en el científico hay que tener en cuenta lo siguiente: el
físico que, urgido por sus propias preocupaciones de conocimien­
to, pone en cuestión, por ejemplo, el sentido y fundamento de la
causalidad, accede espontáneamente al pensar filosófico y su
quehacer, aunque no profesionalmente, es filosófico. A lgo se­
mejante ocurre con el lingüista o el gram ático que tra baja fre­
cuentemente en el terreno lim ítrofe de la lógica y el análisis fi­
losófico del lenguaje y que se ve llevado más de una vez a
adoptar una actitud reflexiva que implica nuevos planteos y nue­
vas formas de solución, ajenas ya a su ciencia. Con ello — sea
que lo advierta o no— está en plan filosófico. Los quilates de
la filosofía que haga dependerán, por supuesto, del grado de
conciencia que alcance sobre este nuevo plan en el que se ha
puesto a traba|ar; pero su tarea ya no es en rigor científica. De
parecida manera sucede con el biólogo, el sociólogo, el psicó­
logo o el historiador. Las cuestiones de fundamentación, las sín­
tesis finales, las opciones y- decisiones sobre la vida lo llevan al
campo de la filosofía. Y es por esto que el científico más crí­
tico y profundo es el que más fuertemente siente la necesidad,
la in c ita b ilid a d de la filosofía.

Pero hay otros espíritus que, no obstante ser refractarios al


análisis y la crítica, se sitúan espontáneamente en el terreno de
las grandes visiones del cosmos y proponen una valoración y
una decisión radicales de la conducta y de la existencia. Son
los temperamentos artísticos y, sobre todo, los religiosos. ¿Pro-
blematizan ellos también sus conocimientos?. ¿Poseen el mismo
radicalismo su concepción del mundo y su saber de la vida?
Estas interrogantes ya han sido respondidas en buena cuenta en
el capítulo anterior. Sin embargo, abordémoslas una vez más,
dejando de lado, por brevedad y claridad, los casos de menta­
lidades filosóficas proclives a la emoción artística o mística, o de
mentalidades religiosas y estéticas que también filosofan. Las
preguntas que hemos form ulado nos interesan principalmente
cuando se refieren al poeta y al hombre religioso que, en cuanto
tales, por su propio quehacer espiritual, proponen visiones del
mundo e interpretaciones de la vida. Pues bien, en este caso, es
preciso reparar en la prescindencia del análisis crítico, del dis­
curso racional, que tipifica la conciencia artística y mística. Es­
te rasgo diferencial es decisivo. El poeta y el mística dicen mu­
chas veces cosas semejantes a las que dicen los filósofos, pero
las dicen desde una perspectiva, con un fundamento, con una
pretensión y de una manera sustancia [mente diferentes de las
que prevalecen en la conciencia filosófica. Frente al problema
que ocupa al filósofo, en ellos lo que importa es el misterio o la
cifra del cosmos y la vida. De contragolpe, con esto se hace
claro que, si bien más de un filósofo se contrae a form ular explí­
citamente un cuadro integral del mundo o a proponer una va-
loroción de la existencia, estas dos últimas tareas no pueden te­
ner carácter filosófico sin una básica reflexión crítica racional.
Y es que a lo largo de la historia la racionalidad ha sido la ma­
triz del filosofar, sin la cual el pensar filosófico se desvirtúa y
abdica de su misión esclarecedora.

El problematismo radical del filósofo tiene, pues, una esen­


cia intelectual. El filósofo busca los razones últimas de las co­
sas; nada quiere o debe decir sin razones suficientes — aunque
sean, en el límite, las negadoras de la propia vigencia del inte­
lecto. Los enunciados que componen los libros de los filósofos,
los filosofemos, tienen, según esto, un origen y un status que exi­
ge' reconocerlos como enunciados de conocimiento. N o son
expresiones del sentimiento, ni meras manifestaciones de la vo­
luntad, tampoco construcciones de una fantasía librada a sus
propias motivaciones, sino proposiciones sujetas a control teóri­
co y con pretensión de verdad. Los filosofemos no pueden acep­
tarse sin decidir su verdad o falsedad, sin someterlos a criterios
de validación. La verdad es entonces una categoría de la
que no se puede prescindir cuando se juzga una filosofía, como
tampoco cabe olvidar, otros conceptos fundamentales como la
verificación y la prueba. Porque pretende valer como verdad,
porque no puede rehuir a la verificación, porque debe proponer­
se con pruebas, una filosofía se sitúa en el plano del conoci­
miento. El problematismo filosófico es, por consiguiente, un cues­
tionar que apunta a la verdad y a la certeza fundada.

Pero es preciso no olvidar dos rasgos esenciales más de es­


ta conciencia problem ática: la diversificación y expansión del
cuestionar y el carácter controvertible de los resultados filosófi­
cos. En efecto, el cuestionar filosófico, justamente por ser radi­
cal, no tiene límite y produce más bien una proliferación y am­
pliación de las aportas o dificultades con que tropieza el sujeto
reflexivo. Decíamos al principio que el filósofo podía ser llam a­
do el hombre que se complica la vida, y así parece en verdad
al lego, pues el trabajo filosófico avanza por m ultiplicación y
acendramiento de problemas, antes que por solución cabal de
alguno. El sujeto ajeno a la filosofía frecuentemente pierde la
pista de esta marcha intelectual y no sólo quede abrum ado por
las nuevas cuestiones que va acumulando el filósofo, sino que
ya no sabe, para usar la frase de Gide, qué se preguntaba al
principio. Tiene entonces la impresión de que nadie puede creer
las cosas que oye y que le están tomando el pelo.

Estas cosas que dice el filósofo, que son producto de su con­


ciencia problem ática, se ofrecen ellas mismas con carácter pro­
blemático: están por esencia sujetas a disputa y controversia.
Cada filósofo puede estar cierto — y en verdad debe estarlo en
buena medida— de lo que afirma. Pero se ve forzado a argu­
mentar y debatir para probar esta verdad a los demás. Este
debate es la manera como se construye el conocimiento filosófi­
co, la vía por la cual los hombres acceden a niveles cada vez
más altos de crítica y conceptuación, en los cuales, lejos de ce­
sar, la controversia y el problematismo se hacen más vivos y más
radicales. Planteando problemas, modificando y radicalizando
constantemente ese planteo, atacando desde nuevos ángulos
cuestiones ya abordadas y dándoles nuevos sentidos, progresa la
filosofía. Hay en este progreso una dialéctica peculiar de supe­
ración de aporías por paso a problemas más agudos, de supe­
ración de unas dificultades por acceso a otras más amplias y
exigentes. El filósofo va de una afirm ación a otra, de un len­
guaje a otro, de un afán cum plido de hacerse entender a una
nueva pugna por transmitir ¡deas, fundamentar verdades y fo r­
mular para todos convicciones inéditas. Para él y para los de­
más queda siempre algo que debe ser explicado, algo que el
lenguaje habría de traducir cabalmente si se encontrara la fó r­
mula justa o la perspectiva de comprensión adecuada.

El problematismo de la filosofía lleva su radicalidad al ex­


tremo cuando los filósofos ponen en cuestión los problemas fi­
losóficos mismos. Una aporía filosófica, según 'este punto de vis­
ta ,’ no debe ser tomada en consideración como tal, sino como
una forma de desorientación, como una perplejidad, en el fon­
do, como una enfermedad. W ittgenstein, que es el principal de­
fensor de este enfoque, piensa que el problema filosófico no pi­
de una solución teórica porque es algo que hay que disolver,
más que resolver. De a llí que a quien lo experimenta-,— como a
un paciente que debe ser curado de una enferm edad^- haya
que prescribirle una terapéutica. Hay en esto también un acondi­
cionamiento histórico, pues el hombre con problemas teóricos ra ­
dicales — el que se Dusca problemas— es producto de una tra ­
dición secular que tiene su origen en Grecia, la tradición de la
filosofía. Es un hombre acom plejado, víctima de lo que Ferrater
M ora llama el complejo socrático, en honor del gran iniciador de
la crítica, de la indagación rigurosa. En el extremo del proceso
de la filosofía, este problematismo, cargado de siglos, se toma
como un problema más, como el problem a, como una dificultad
que hay que desenmascarar, como una afección cuyas causas de­
ben ser determinadas y combatidas. Estas no pueden ser ajenas
al filosofar; se encuentran en el propio modo de pensar y de ex­
presar que constituye la filosofía, un tipo de conocimiento que,
al mismo tiempo que busca descifrar la realidad, nos la enajena.
Pero la cura de los problemas de la filosofía es, según los filóso­
fos, la filosofía misma.

El problematismo de la filosofía, según vemos, hinca sus raí­


ces en la esencia del conocimiento filosófico y del lenguaje en
que ese conocimiento se form ula. Es preciso, pues, ab o rd a r aho­
ra directamente estos temas.

* * *

G ula de lecturas. Casi todas' las exposiciones y ensayos


acerca del concepto de filosofía se ocupan, de una manera u
otra, del problematismo de la filosofía. En los dos primeros ca­
pítulos hemos mencionado numerosos títulos al respecto. Aquí
vamos a limitarnos a consignar como lecturas posibles ías siguien­
tes obras: A. Sánchez Reulet, Raíz y destino de la filosofía, 2; O r­
tega y Gasset, ¿Qué es la filosofía? cap. IV; W illiam James, Pro­
blemas de la filosofía, cap. 1; y G. Simmel, Problemas fundamen­
tales de la filosofía, I.

N icolai Hartmann, en El pensamiento filosófico y su historia,


contrasta el modo problem ático con el modo sistemático de filo ­
sofar en relación con la comprensión de la historia de la filoso­
fía. Su lectura será de mucho provecho para el alumno también
en lo tocante al tema del presente capítulo.

El problematismo de la filosofía, en cuanto ésta desemboca


en dilemas metafísicos, según el punto de vista kantiano, es estu­
diado por Ch. Renouvier en Los dilemas de la metafísica pura,
Buenos Aires, Ed. Losada, 1944., Aunque no es libro elemental,
puede revisarse, por vía -d e ilustración, en ciertas partes, vg., el
cap. VI* Condusión.
Sobre el punto de visto terapéutico de Wittgenstein, ver los
textos de Investigaciones filosóficas en Lecturas filosóficas, pp.
22-25, y el artículo de J. Ferrater M ora, ‘‘W ittgenstein o la des­
trucción", en Cuestiones disputadas, M adrid, Rev. de Occidente,
1955.
LENGUAJE Y CONOCIMIENTO

"Las palabras fuerzan el enfendimiento y lo


perturban todo, y llevan po r ende a los hom­
bres a mil controversias y fantasías sin conte­
nido alguno''.

Francis Bacon

"Q u izá si las ideas y las palabras fueran di­


versamente sopesadas y debidamente conside­
radas nos proporcionarían otro gépero de ló­
gica y crítica que el que hasta ahora hemos
conocido".
John Locke

“ La- pa lab ra no acompaña un pensamiento ya


hecho sino que lo consuma".

M. Merleau-Ponty

“ N o es de las palabras de donde debemos


pa rtir; para aprender y para buscar lo real,
es preciso p a rtir de lo real mismn más que
de los nombres".
Platón

"La historia de la filosofía del siglo XX es, en


gran parte, la historia de esta noción de sen­
tido o significación".

G ilbert Ryle
El conocimiento se configura y objetiva en el lenguaje. To­
da indagación de la estructura, bases y límites del conocimiento
supone, por tanto, un análisis de los sistemas lingüísticos que sir­
ven para determinarlo y comunicarlo. Esto vale especialmente
para la investigación del conocimiento científico. Toda ciencia,
como sistema de conocimientos, se sustantiva en un cuerpo lin­
güístico, sujeto a reglas de formación y transformación de pro­
posiciones y a procedimientos de prueba. La indagación de las
condiciones y bases del conocimiento científico, tal como es asu­
mida por la filosofía, remite al examen de ese cuerpo de enun­
ciados, pero no en el modo de la gramática o la lingüística po­
sitiva, sino en el de una investigación de principios y condicio­
nes de validez.

Pero si la filosofía, según hemos visto, pretende ser un sis­


tema teórico, ha de traducirse igualmente en un cuerpo lingüís­
tico, cuyas diferencias con respecto al científico corresponderán
a las diferencias entre ambos tipos de conocimiento. El esclare­
cimiento de la filosofía como conocimiento remite directamente a
un examen de su lenguaje, gracias al cual han de ser determi­
nadas las reglas y procedimientos que rigen su constitución y su
operación como estructurq cognoscitiva. Un análisis del len­
guaje de la filosofía es, de este modo, la puerta de entrada a la
comprensión del conocimiento filosófico.1

Adoptando esta perspectiva lingüística, conviene tener en


cuenta desde el principio ciertos caracteres y elementos funda­
mentales del lenguaje. El lenguaje es un sistema convencional
de signos, es decir, un conjunto de sonidos y grafías con sentido,
sujetos a una determinada articulación interna. De su empleo,
que se halla condicionado por factores psicológicos y sociales
muy diversos, resultan modificaciones varias en la conducta de
los sujetos humanos.2 Siguiendo el esquema trazado por Char­
les Morris, pueden distinguirse tres dimensiones o vertientes prin­
cipales en el lenguaje, a saber, la del sentido o semántica, la de
la interrelación de unos signos con otros, o sintáctica, y la de las

1 Repárese en que siendo este u u i .u i mismo un 'examen filosófico, la indaga­


ción lingüistica aplicada a la filosofía es un momento principal de la filosofía
de la filosofía.
2 No consideramos aquí el problema de los posibles lenguajes animales.
condiciones de su uso y funcionamiento, o pragm ática.1 Estas
tres dimensiones del lenguaje se comunican directamente las unas
con las otras. En virtud de esto, el sentido de las palabras y
oraciones se Halla determinado en mucho por las relaciones sin­
tácticas entre los signos2 y por las resonancias subjetivas y so­
ciales del habla. De otro lado, las conexiones entre los signos
de un lenguaje determinado, así como su fuerza y eficacia prag­
máticas, dependen del sentido. A su vez, el uso, que es siempre
un funcionar de los signos en circunstancias concretas, sanciona
reglas y principios de construcción y transformación.

Dirijamos ahora nuestra atención a la dimensión semántica


o de la significación. Ella es fundamental, como se echa de ver
por cualquier ejemplo de uso del lenguaje. Cuando, vg., deci­
mos.

(a) Los alumnos que están reunidos en el pasillo hacen


mucho ru id o ’8

usamos un conjunto de signos que forman parte, aisladamente


y como estructura — lo que llamamos una oración— , de nuestro
lenguaje. Este conjunto de signos cumplen una función en la
medida en que, como oración, tienen sentido. Si total o parcial­
mente carecieran de él o fueran usados con sentido anómalo,
esta función se vería afectada; no se comprendería lo que deci­
mos y la comunicación interpersonal quedaría neutralizada.

1 En el cap. V hemos distinguido tres ramas en la semiótica o estudio filosófi­


co de los signos, que corresponden a estas tres vertientes.

2 Los lingüistas hablan de un sentido contextual, que es el que cobran las pa­
labras en la estructura de una oración o discurso. Por otra parte, en semió­
tica se llama sentido sintáctico a aquel que. en los sistemas no interpretados,
poseen los signos sólo en tanto y en cuanto forman parte de un sistema y
están conectados formalmente con los demás elementos de éste. Cuando se
formaliza un lenguaje, los Bignos no se refieren a nada concreto y determina­
do (por lo cual se dice precisamente que no están Interpretados en uno u otro
sentido específico); no puede afirmarse, sin embargo, que carecen por com­
pleto de sentido. Lo tienen, en verdad, pero determinado únicamente por su
función dentro del sistema.
S Nótese que escribimos la oración entre comillas simples. Procedemos asi pa­
ra indicar que estamos hablando de la oración, a diferencia de lo que ocurre
corrientemente, cuando empleamos dicha oración para hablar de otras cosas.
Como se dijo, el sentido es, pues, fundamental. Pero esta eviden­
cia no impide reconocer la existencia de un nudo problem ático
que afecta a la función semántica de las palabras. Ella ha sido
largamente debatida en el curso de la evolución filo s ó fic a .y lo
es vivamente todavía hoy. Sin entrar en este debate ni preten­
der tampoco examinar en detalle la cuestión de* la significación,
conviene poner de resalto algunos hechos esenciales.

¿Qué ocurre cuando decimos algo con sentido? ¿En qué


consiste el sentido de lo que decimos? Considerando el ejemplo
arriba puesto, podemos indicar, en primer lugar,, que el sentido
de la oración castellana que hemos leído depende esencialmen­
te del uso que damos a las palabras quienes hablamos castella­
no. Prácticamente no hay sentidos naturales. A lgo es un signo
sólo cuando se lo usa como tal, dentro de un sistema simbólico,
dándole una función con fines específicos de relación — por
ejemplo, el humo indicador de fuego— , no son en rigor natura­
les como signos, pues la función indicativa que cumplen necesita
de una interpretación y, normalmente, de un cierto empleo más
o menos extendido.

Se observará, de otro lado, que el sentido de una oración


es lo que permite comunicar algo a otras personas, inform ar so­
bre el mundo y los hechos, describir las cosas y sus propiedades.
Cuando pronunciamos nuestra oración (a), por el sentido que
ella tiene podemos inform ar a quienes nos escuchan que hay
alumnos en el pasillo y que están haciendo ruido. Estos son los
hechos del mundo a los cuales es remitido quien escucha y en­
tiende nuestro lenguaje. En virtud, pues, del sentido, las o racio­
nes (y, a su modo, también las palabras) remiten a objetos, re­
fieren a quien las oye y comprende hacia aquellas instancias de
que en cada caso se habla. Esto de que en cada caso se habla
es el referente o lo significado en la oración.1 La función de re­
ferencia, por la cual algo es significado o intencionado, reside en

1 Se emplea también el término ‘designstum' en lugar de ‘referente'. Esto es


lo .que hace Charles Morris en Fundamentos de la teoria de los signos, p 33.
Como señala Morris, no es necesario que el designatum exista realmente, ya
que podemos hacer afirmaciones con sentido acerca de algo que no tiene exis­
tencia. Siguiendo a Morris, el objeto existente al cual se refieren nuestras
afirmaciones puede ser llamado denotatum.
el sentido. Gracias a él, los signos pueden indicar, determinar
y describir lo que hay en el universo, y es justamente por esto
que nuestro lenguaje es capaz de form ular conocimientos y de
trasmitirlos.

Pero ¿es ésta la única función que cumple el lenguaje me­


diante el sentido? O , dicho de otro modo, ¿agota el sentido su
✓irtua lida d en esta faena declarativa o de referencia a objetos?
Una nueva observación de lo que ocurre cuando alguien habla
nos hará advertir que no es así. En efecto, al emplear Pa ora­
ción (a) no solamente indicamos o informamos algo sobre lo que
ocurre en el pasillo (o sea, no sólo apuntamos hacia un referen­
te), sino que, además, normalmente de/amo ! ver o expresamos
un estado de ánimo, una actitud o vivencia interior. Esto puede
ocurrir sin que el sujeto lo note o piense en ello. Pero también
puede producirse interviniendo él consciente y deliberadamente.
Si, por ejemplo, un profesor usa en clase nuestra oración (a),
puede hacerlo sin darse cuenta de que está exteriorizando un
desagrado, pero también con la conciencia y el propósito de
hacerlo notar.

Importa subrayar al respecto que lo que expresamos o de­


jamos ver no es aquello de lo cual se habla. Quien dice que los
alumnos están haciendo ruido en el pasillo no dice que eso le
desagrada; dice propiamente sólo lo que es significado o referi­
do por las palabras. Habla, pues, de alumnos, ruido y pasillo, no
de sus sentimientos o vivencias. Los sentimientos o vivencias que
él experimenta en ese momento y que bien pueden ser la causa
de lo que dice o el motivo principal que lo lleva a hablar, no son
significados en sus palabras, sino expresados po r ellas. En cam­
bio, si alguien dice: “ Me molesta el ruido que están, haciendo a llí
a fuera", está refiriéndose a este hecho interior,' a su vivencia de
desagrado; ésta es ahora el referente de lo que dice.

N o hay que confundir entonces la función referencial o sig­


nificativa del lenguaje con la función expresiva, aunque ambas
sean funciones del sentido. Esta distinción se confirma observan­
do que hay la posibilidad de mentir, o sea, de decir algo que no
se cree, y de descubrir una mentira no por lo que alguien dice
sino por el modo como lo dice. Notemos, además, que hay ora­
ciones que tienen principalmente una función significativa o re-
ferencíal, mientras otras apenas dan pie a este uso semántico y
más bien se concentran en la función expresiva. He aquí dos
ejemplos:

(b) 'Dos más dos es igual a cuatro'


(c) '¡M aldición!'

En el primer caso, lo básico y fundamental es la función referen­


cial, la enunciación de una relación entre instancias numéricas.
En el segundo, el lenguaje se centra en la expresión de vivencias,
con prácticamente nula función referencial o enunciativa. Se com­
portan como la primera todas las oraciones aseverativas, es de­
cir, aquellas que contienen una aserción, un enunciado positivo
•o negativo sobre objetos. Como la segunda, las oraciones deside-
rativas y exhortativas y, en general, todas las formas exclamativas
del lenguaje, aunque en muchos casos éstas poseen también un
contenido significativo referencial.

Pero la función referencial y la expresiva no agotan tam po­


co los usos del lenguaje y el dominio del sentido. Es fácil adver­
tir que nuestras oraciones (a) y (c) pueden emplearse con el pro­
pósito de provocar ciertas reacciones o cambios en la conducta
de otros sujetos (además, por supuesto, de la ele.mental reacción
de captar y entender las palabras). Decir que los alumnos están
haciendo ruido en el pasillo es una manera de inducirlos a ca­
llar, además de ser una manera de referirse al mundo y de exte­
riorizar estados de ánimo. Y exclamar ¡M aldición! es una manera
posible de hacer que una persona cambie de actitud o introduz­
ca en el mundo las modificaciones que deseamos, aparte de ser
también una manera de expresar vivencias.

Con ello apuntamos a otra función del sentido, aquella por


la cual las palabras se convierten en instrumentos de acción, me­
dios de que nos valemos para operar sobre el mundo. De a llí que
podamos hablar de una función operativa del sentido.

De lo anterior podemos colegir que el sentido de los sig­


nos lingüísticos, lejos de ser una instancia simple, se ofrece con
una pluralidad de aspectos o formas, gracias a las cuales el len-
gua]e es capaz de desempeñar diversas funciones^ de vital im por­
tancia. Esta pluralidad de formas nos autoriza a hablar de tipos
o aspectos del sentido. Distinguimos, en consecuencia: I 9) un sen­
tido referencia! o enunciativo (también puede llamársele descrip­
tivo, indicativo, declarativo o simplemente significado1); 29) un
sentido expresivo; y 39) un sentido operativo. En cuanto tienen sen­
tido referencial, las oraciones remiten a objetos o situaciones
— reales o posibles— , aseveran algo sobre el mundo, sirven para
hablar de las cosas y los hechos en el modo de la descripción, la
información, el relato o la explicación. En cuanto tienen sentido
expYesivo, ponen de manifiesto lo que ocurre en el psiquismo del
hablante, exteriorizan sus estados de ánimo y descubren sus ac­
titudes sin hablar de ellos. Finalmente, por su sentido operativo,
las oraciones provocan cambios en la conducta de otros sujetos;
sirven para orientarlos, dirigirlos, entusiasmarlos, sugestionarlos,
etc.2.
La distinción que dejamos señalada no implica desconocer
la vinculación e interrelación de estas formas del sentido. En ver­
dad, los varios aspectos semánticos se presentan por lo común
conjugados en el lenguaje ordinario, lo cual da a éste gran alcan­
ce y eficacia. Una situación como la siguiente no es excepcional
ni mucho menos. Supongamos que alguien, en una reunión, dice:
"M e va a pasar a lg o ". Esta formulación cumple una función
múltiple por su sentido. En efecto, si preguntamos qué sentido tie­
ne la oración pronunciada por el sujeto, cabrían varias respues­
tas, a saber: a) dice que le va a ocurrir tal o cual cosa, por ejem­
plo, que le va a dar un ataque; b) está nervioso; finalmente,
c) quiere conmovernos. En el primer caso, la respuesta atiende
a la función referencial del sentido, en el segundo a la expresiva
y en el tercero a la operativa. Las tres, siendo diferentes, tienen
que ver con el mismo hecho lingüístico y no son de ningún modo
incompatibles.

1 Cabe usar estas denominaciones para designar diferentes modos o formad es­
peciales de la función que queremos resaltar. En el nivel en que aqui nos si­
tuamos esto no es, sin embargo, necesario.
2 Es frecuente unir las formas 2* y 3* aquf distinguidas, designándolas con­
juntamente con el nombre de sentido emotivo. En este caso, se contrasta e'
uso cognoscitivo del lenguaje con aus usos no cognoscitivos, como vamos a ve>
a continuación. Algunos autores distinguen otros sentidos. Hay, vg., quienei
separan la provocación de reacciones propia del sentido emotiva, de la direc
ción de la conducta que caracterizaría un sentim iento directivo.
Señalado esta diferenciación, conviene anotar ahora que
cuando adquirimos y comunicamos conocimientos, la primera fo r­
ma del sentido desempeña el papel principal. En efecto, sólo en
la medida en que enunciamos algo, afirm ando o negando la exis­
tencia o la posibilidad de hechos, cualidades, relaciones, esta­
dos, etc., pueden los demás recibir de nosotros información sobre
el mundo y acrecentar su saber efectivo; correlativamente, sólo
en la medida en que una persona afirm a o niega, es decir, enun­
cia algo sobre las cosas, puede transmitir los conocimientos que
posee. Y esa posibilidad de indicar algo o de referirse a hechos,
de negarlos o afirmarlos, depende del significado de las oracio­
nes. En cambio, el sentido expresivo y el operativo no cumplen
propiamente esta función. M ediante ellos no se habla de nada,
no se significa o formula verbalmente ningún objeto. Considera­
do desde el punto de vista expresivo y operativo, el lenguaje ma­
nifiesta vivencias, provoca sentimientos y altera la conducta de los
demás sujetos, lo cual es muy im portante como función lingüística,
pero pertenece a un orden diferente al de la formulación y trans­
misión de conocimiento.

Pero si el lenguaje es vehículo del conocimiento, puede ser


también fuente de error. Esto ocurre más frecuentemente de lo
que se cree, pues por su m utabilidad y pluralidad de fun­
ciones el signo puede dar pie a muchas malas interpretaciones.
Piénsese, por ejemplo, en las dificultades que provienen de tomar
palabras u oraciones con sentido emotivo como indicadoras de
realidades, o del uso no necesariamente consciente de form ulacio­
nes con sentido vago o ambiguo. Hay una propensión a creer que
todo término con sentido nombra algo, a interpretar con inten­
ción objetiva un lenguaje que es eminentemente expresivo u ope­
rativo, o a considerar referida a una entidad bien determinada
una frase que ño tiene significación precisa. Cuando, vg., decimos
“ la pereza es censurable", por analogía con otras formulaciones
y en vista de la corrección gram atical de la oración, podemos ser
fácilmente llevados al error de tra ta r la pereza como una entidad
real, como un sujeto moral del cual puede afirmarse que es cen­
surable o digno de alabanza. La gran mayoría de las veces, cuan­
do en política se habla, por ejemplo, de libertad o democracia, la
ambigüedad y la confusión reinan y no por cierto en beneficio
del progreso del conocimiento. Lo mismo ocurre, en la Universi­
dad, con el término "reform a universitaria", que es un buen tema
de meditación lingüística. En ciertos casos usamos formulaciones
que, por razones semánticas y sintácticas, son imposibles como
modos significativos, como cuando se dice "yo no estoy aq uí” ,
que no es propiamente un enunciado, aunque gramaticalmente
resulte serlo. En otros, el valor semántico de las palabras gravita
en una dirección contraria de la intencionada, inclusive con sor­
presa para el propio sujeto hablante, que así resulta víctima de
su propio lenguaje. Quién no usa, en efecto, y con toda tranqui­
lidad^ frases como “ supuesto asesino” o “ futuro diputado"; sin
embargo, al emplearlas, podemos ser llevados con facilidad a
creer falsamente que existe un tipo esencial de asesino o de di­
putado y a juzgar, en consecuencia, a las personas del caso co­
mo poseedoras de determinadas características constitutivas1.

Por esos pocos casos se ve la importancia del lenguaje en


--I conocimiento y cómo la función semántica de los signos puede
ser no sólo instrumento sino tam bién obstáculo de la busca de la
verdad. De a llí que la filosofía le preste especial atención y pro­
cure establecer tanto sus posibilidades como medio de conoci­
miento cuanto los vicios y dificultades que lo afectan. Localizar
y eliminar las fuentes de error que residen en el lenguaje, los ido-
la fo ri o ídolos del mercado, como los llamaba Bacon, es tarea
indispensable de la crítica filosófica, no sólo en vista de la funda-
mentación suficiente de todo conocimiento, sino también y en par­
ticular del propio conocimiento filosófico, pues los vicios del len­
guaje no perdonan a la filosofía y hasta puede decirse que afec­
tan muy gravemente a la reflexión del filósofo2. La crítica lingüís­
tica, llevando la atención del filósofo al lenguaje, lo hace capaz
de partir, como pedía Platón, de las cosas mismas, pues lo libera
de los fantasmas que el lenguaje crea.
* * *

Guía de lecturas. El interés de los filósofos de distintas épocas


por el tema del lenguaje puede documentarse, por ejemplo, con
el C ratilo de Platón, entre los textos de la época clásica; el N o-

1 Cf. Gilbert Rylé, “Sistemáticaily misleading Expressions” , en A. Flew, ed.


Logic and Language, first series, Oxford, Basil Blackwell. 1951. Un extrac­
to de este trabajo ha sido incluido erf Lecturas filosóficas.
2 Véase lasconsideraciones que exponemos acerca del lenguaje filosófico en los
capítulos VII. XII y XIV.
vum Organum de Bacon (aforismos XLII, LIX y LX), el Leviathan
de Hobbes (parte primera, IV) y La lógica o los primeros elementos
del arte de pensar de Condillac (segunda parte), entre los moder­
nos; y la Introducción a la metafísica de Bergson, el Tractatus Ló-
gico-philosophicus de W ittgenstein y la Introducción a la metafísi­
ca de Heidegger, entre los contemporáneos.

Sobre el contenido del presente capítulo, consúltese en cas­


tellano los siguientes libros, algunos de los cuales ya han sido men­
cionados en la bibliografía del cap. V: Charles Morris, Fundamen­
tos de la teoría de los signos; del mismo, Signos, lenguaje y con­
ducta, B. Aires, Ed. Losada, 1962; Adam Schaff, Introducción a la
semántica, México, F. d. C. E., 1966; I. M. Bochenski, Los métodos
actuales del pensamiento, III; el artículo de Bertrand Russell “ Va­
guedad” , incluido en la Antología semántica com pilada por M.
Bunge; W alter Blumenfeld, Sentido y sinsentido, Buenos Aires, Ed.
Losada, 1949; Irving Copi, Introducción a la lógica, Buenos Aires,
Eudeba, 1962; caps. I y II; Morris Cohén, Introducción a la lógica,
I, II y III esp.; W . van Orman Quine. El sentido de la nueva lógicai,
Buenos Aires, Ed. Nueva Visión, 1958; J. Hospers, Introducción al
análisis filosófico, ya citado, cap. I. Un enfoque lingüístico básico
sobre la naturaleza y función del lenguaje se encontrará en L.
Bloomfield, Lenguaie, Ed. Univ. de San Marcos, 1954.

Títulos con que se puede proseguir el estudio de estos temas


y que presentan más dificultades de lectura' son: C. K. Ogden e
I. A. Richards, El significado del significado, Buenos Aires, Ed. Pai-
dós, 1954; W ilb u r M. Urban, Lenguaje y realidad, México, F. d.
C. E., 1952; E. Husserl, Investigaciones lógicas, M adrid, Ed. Rev.
de Occ., vol II, Inv. 1’ , "Expresión y significación"; Bertrand Rus­
sell, Investigación sobre el significado y la verdad, Buenos Aires,
Ed. Losada, 1949; y W . van Orman Quine, Desde el punto de vis­
ta lógico, Barcelona, Ed. Ariel, 1962. En la mencionada A ntología
semántica, se encontrarán otros trabajos muy importantes sobre el
tema, pero al mismo tiempo muy técnicos; por lo mismo, no pue­
den ser manejados con provecho en las primeras etapas del
estudio.
LA DEFINICION DE LA VERDAD

Decir de lo que es que no es, o de lo que no


es que es, es falso, mientras que decir de lo
que es que es, o de lo que no es que no es,
es verdadero".

Aristóteles

"La verdad, como la falsedad, se encuentra


en tres órdenes de cosas de diverso modo.- en
la cosa como en su fundamento, en la inteli­
gencia como en su sujeto, y en la enunciación
o la proposición hablada como en su signo".

Eustaquio de San Pedro

"La verdad a b s o l u t a l a verdad que ninguna


experiencia vendrá a a lte ra r jamás, es ese
punto ideal, siempre remoto, hacia el cual
imaginamos que todas nuestras verdades con­
vergerán algún d ía ".

W iíliam James

"El problem a de la verdad es uno de los pun­


tos focales de la contradicción general entre
las concepciones materialistas e idealistas"

Adam Schaff.
Según hemos visto, para que una oración o proposición pue­
da contener un conocimiento y ser calificada de verdadera o fa l­
sa, es necesario que tenga sentido referencial o enunciativo. Sólo
por la enunciación, en efecto, nos dice algo del mundo y puede
aceptársela'O rechazársela como vehículo de .información. La ver­
dad o falsedad no concierne, por tanto, a la función expresiva y
operativa del sentido, sino a la significativa.

Pero si sólo una proposición con sentido referencial puede


ser verdadera o falsa, no toda proposición de este tipo es ver­
dadera (o, en el caso contrario, falsa). El sentido referencial es
la condición necesaria de la verdad de las proposiciones, pero
no es la condición suficiente. Debe cumplirse otra condición para
poder considerar verdadero lo que se dice por medio de ella.
Preguntar por esta condición es preguntar por la esencia de la
verdad.

¿Qué es la verdad?, ¿qué quiere decir ‘verdadero’?; he aquí


interrogaciones cuya respuesta adecuada exige penetrar en el
meoho de la filosofía. Y es que implican el tratam iento de otros
problemas básicos desde un horizonte reflexivo universal, del cual
estamos, por cierto, muy lejos aquí. Pero, puesto que nos inte­
resa esclarecer el sentido del conocimiento filosófico y como ne­
cesariamente usamos la palabra ‘verdadero’ y-sus afines, como
’verdad’, ‘falsedad’, ‘falso’, etc., es conveniente, por lo menos, de­
term inar el uso apropiado de estos términos. Se trata de esbozar
una definición nominal de ‘verdadero’, o sea, una definición de
esta palabra. Pero, como usamos estas palabras para calificar
proposiciones u oraciones, que son ellas mismas estructuras de pa­
labras, lo que buscamos es, en buena cuenta, una definición se­
miótica o semántica de ‘verdadero’1.

Mediante una com paración sencilla se verá mejor el tipo de


definición de que se trata. Cuando decimos esta manzana es ro­
ja o la pelota de fútbol es esférica, empleamos las palabras ‘ ro ja ’
y ‘esferica’ para calificar respectivamente la manzana y la pelota.

t
I Cul>ep ciertamente otras definiciones de la verdad, tanto nominales, cuanto
reales (es decir, referentes a la naturaleza o esencia de la verdad). Sobre
el tema de la definición, véase la bibliografía al final del capítulo.
Definir nominalmente ‘roja y esférica' es determinar cómo se
usan dichas palabras, establecer su sentido como términos del
lenguaje. De otro lado, cuando decimos ‘Lima está al sur de An-
cash' es verdadera, estamos usando la palabra ‘verdadera’ tam ­
bién con fines de calificación. Como las otras dos, verdadero es
un predicado que puede ser definido nominalmente, a saber, fi­
jando su uso, determinando su sentido. Pero hay una diferencia
importante entre el primero y el segundo caso. Al definir 'ro jo' o
'esférico', se trata de establecer su significado como palabras que
se aplican a cosas, esto es, como predicados que designan pro­
piedades o estados de ciertos objetos. En efecto, ‘ro jo ’ significa
un cierto color, y 'esférico' una cierta forma geométrica, justamen­
te las propiedades que poseen las cosas de que estamos hablan­
do, la manzana, en un caso, y la pelota, en el otro. En cambio,
cuando definimos 'verdadero' aplicado a 'Lima está al sur de
Ancash', hemos de establecer el sentido de una palabra que habla
de otras palabras, pues 'Lima está al sur de Ancash', escrito así
entre comillas simples, se refiere a una proposición, o sea, a una
estructura de palabras. 'Verdadero' es, en consecuencia, un pre­
dicado referente a palabras y no a cosas. Ahora bien, como sa­
bemos, el examen de los signos lingüísticos es del resorte de la
semiótica, una de cuyas ramas es la semántica. La definición de
'verdadero', puesto que se refiere a instancias del lenguaje, con­
cierne a la semiótica y a la semántica. Por eso la llamamos defi­
nición semiótica o semántica de 'verdadero'.

Siguiendo la form ulación hecha por el lógico polaco Altred


Tarski, veamos cómo puede determinarse el sentido de 'verdadero'
y 'falso'. Tomemos como ejemplo las dos siguientes proposiciones:

(d) ‘ La Tierra es m ayor que la Luna'

(e) ‘El Perú está a l norte del Ecuador'

Demos por sentado que la primera es verdadera y la segunda


es falsa. ¿Qué ocurre cuando decimos que (d) es verdadera? Usa­
mos normalmente e! término ‘verdadero’ para designar una pro­
piedad de esta proposición, propiedad que le conviene no sim­
plemente por ser una proposición, sino porque informa sobre un
determinado estaco de cosas que es efectivamente así como ella
dice. O sea que le aplicamos el calificativo de verdadera si, en
efecto, la Tierra es, como dice la proposición, mayor que la Luna,
y sólo si es así. De ocurrir lo contrario, no la calificaríamos de
verdadera sino de falsa. Esto es justamente lo que acontece con
la proposición (e). Dado que el Perú no está, como ella dice, al
norte del Ecuador, sino al Sur, la calificamos no de verdadera si­
no de falsa. Usamos por tanto el término 'falso' como término
adecuado cuando aquello de que se habla no es como se dice
en la proposición, y solamente si no es' como se dice.

Lo anterior es fácil de comprender, y hasta obvio, pues co­


rresponde al uso común del lenguaje. Sin embargo, por cuidado
de precisión vamos a form ularlo de la siguiente manera:

I. La proposición ‘La Tierra es m ayor que la Luna' es verdadera


si y sólo si la Tierra es m ayor que la Luna.

II. La proposición ‘El Perú está al norte del Ecuador' no es ver­


dadera (es falsa) si y sólo si el Perú no está a l norte del Ecuador.

Obsérvese que en ambas expresiones el miembro escrito en


primer término y el que aparece a continuación no tienen el mis­
mo significado, aunque se usen palabras semejantes. En el primer
miembro, el referente es una proposición (por lo cual empleamos
comillas simples), mientras que en el segundo es un estado del
mundo. En (I) se habla en primer término de la proposición ‘La
Tierra es mayor que la Luna' y, luego, de la Tierra y la Luna mis­
mas, como partes del mundo real. Cosa igual ocurre con (II). O b ­
sérvese, por otra parte, que en ambas expresiones se establece
entre un miembro y otro una relación hipotética o condicional.

Teniendo en cuenta esto, podemos elaborar una fórmula ge­


neral aplicable a este tipo de aserciones sobre la verdad. De
acuerdo con Tarski, puede simbolizarse cualquier proposición con
la variable p, y con la variable X las expresiones que empleamos
para referirnos a las proposiciones (o sea, lo que en (I) y (II) va
entre comillas simples). X será entonces el símbolo para, vg., La
Tierra es mayor que la Luna', asíi como para cualquier otra ex­
presión semejante, y p será el símbolo para las oraciones como
la Tierra es mayor que la Luna, mediante las cuales hablamos del
mundo.
La fórmula general a la que ha de adecuarse cualquier defi­
nición semántica de la verdad es entonces, en el caso de ’ver-
dadero',

X es verdadera si y sólo si p
y en el caso de ‘no verdadero' o ‘falso’:
X no es verdadera si y sólo si -p

(donde -p es la negación lógica de p, como Juan no es peruano


es la negación de Juan es peruano).

Hemos dicho que la definición de la verdad debe adecuarse


a esta fórmula. En efecto, ella señala claramente la condición a
que está sujeta la atribución del predicado ‘verdadero’ (o ‘falso’)
a una proposición, de tal manera que si dicha condición falta, la
definición no puede resultar correcta. La fórm ula traduce el he­
cho de que los objetos o propiedades han de responder a lo enun­
ciado para que pueda hablarse de verdad. Ajustándose a esta
exigencia, Tarslci propone la siguiente enunciación definitoria:
una oración es verdadera si es satisfecha po r todos ios objetos
y falsa en ca ío contrario.

El término que recibe todo el peso de la definición es aquí


‘satisfecha'. Su uso puede ser aclarado recurriendo a un ejemplo
matemático simple. Decimos que en la igualdad x + 4 = 10, 6
satisface la ecuación, porque 6 + 4 = 10. Del mismo modo, ía
fórmula empleada puede entenderse en el sentido de que dada
una proposición cualquiera, si las cosas de que en ella se habla
satisfacen lo enunciado, entonces es verdadera; si no ocurre es­
to, es falsa.

Usando otra term inología, podríamos también decir: una p ro­


posición es verdadera si se cumple en todos los objetos, y falsa
si no se cumple, en donde ‘cum ple’ (y sus afines, como cumpli­
miento’, ‘cum plido’ etc.) indican la necesidad de que las cosas se
comporten de acuerdo a lo que es afirm ado a fin de poder a p li­
car adecuadamente el predicado ‘verdadero’ a la proposición.

Esta relación fundamental de satisfacción o cumplimiento ha


sido puesta de relieve en muchas de las definiciones de la verdad
propuestas a través de la historia de la filosofía. En esencia, re­
cuerda Tarski, la señala Aristóteles cuando afirma que decir de
lo que es que no es, o de lo que no es que es, es falso, mientras
que decir de lo que es que es, o de lo que no es que no es, es
verdadero. En este y otros casos se define la verdad de un enun­
ciado como su correspondencia con la cosa (de a llí el nombre
de teoría de la correspondencia con que se la designa).

Comprobada esta coincidencia en la caracterización de la


verdad, cabría pensar que es innecesario y hasta pedante poner
tanto cuidado en la definición, cuando la cosa es obvia y muy
generalmente aceptada. Pero, aparte de que hay otras definicio­
nes e interpretaciones de la verdad que se proponen en lugar de
la teoría de la correspondencia, si no se rodea la definición se­
mántica de la verdad de las mayores garantías de precisión y ri­
gor, conduce a graves contratiempos. Es este un caso ejemplar
de la doble condición de la filosofía que, por una parte, coinci­
de con los datos del sentido común y, por otra, no logra llegar
a resultados firmes sino a fuerza de precauciones y complicaciones
críticas. El filósofo, hemos di^ho antes, se complica la vida ponien­
do en cuestión las evidencias que son del dominio común. O pera­
ción inevitable, pues estas evidencias no son filosóficamente acep­
tables sino por mediación de la reflexión. Así ocurre con la defi­
nición semántica de la verdad. Todo intento de elaborar esta de­
finición con los medios ordinarias del lenguaje lleva inevitable­
mente a antinomias — o paradojas— como la del cretense1. No
basta siquiera tom ar las precauciones básicas de rigor que acon­
seja la lógica, como por ejemplo, especificar cuidadosamente la
estructura del lenguaje semántico en el cual se va a definir la
verdad. Es preciso construir el lenguaje semántico como un meta-
lenguaje, es decir, como un cuerpo lingüístico de nivel diferente

1 Las antinomias son contradicciones en que incurrimos inevitablemente al de­


sarrollar lógicamente una enunciación. La antinomia del cretense, o del men­
tiroso, puede exponerse, usando el lenguaje común, de la siguiente manera:
Epiménides, que es un cretense, dice que todos los cretenses mienten. Por lo
tanto, si es verdad lo que dice, entonces es falso lo que dice; y si es falso lo
que dice, entonces es verdadero. En ambos casos caemos en una contradic­
ción. Una formulación más precisa de la antinomia, debida al lógico pola­
co J. Lukasiewics, se encontrará en el articulo de Taraki mencionado en ia
bibliografía al final del capítulo, a la cual remitimos también, en general,
para otras referencias sobre el tema. A. Koyré, en Epiménide le menteur
(Ensemble et catégorie). París, Hermann et Cié, 1947, distingue dos formas
de esta antinomia y discute su naturaleza lógica.
al lenguaje de que forman parte las proposiciones cuya verdad
o falsedad se trata de definir. Este último lenguaje se denomina
lenguaje-objeto, porque de él se habla; es el objeto de la inves­
tigación semántica. La separación del lenguaje-objeto y el meta-
lenguaje es imprescindible, pues se ha llegado a com probar que
las antinomias semánticas resultan de utilizar en la definición los
términos del lenguaje estudiado, esto es, de tra bajar con lo que
se denomina un lenguaje semánticamente cerrado o universal, en
el cual existen términos y proposiciones y, además, palabras como
verdadero' y ‘falso’ que se emplean para calificar las -menciona­
das proposiciones. Debemos tener en cuenta que la palabra ‘sa­
tisfacer’ y sus análogas, a las que recurren Tarski y los demás in­
vestigadores modernos, no pueden form ar parte del lenguaje-ob­
jeto sino que son términos meta lingüísticos. Bástenos estas breves
indicaciones para advertir que la definición semántica de la ver­
dad, lejos de ser una tarea fácil y ociosa, por más evidente que
parezca su formulación, pone en juego la complicada maquina­
ria crítica de la lógica y la semiótica.

* * *

Guia de lecturas. Sobre la definición semántica de la verdad


según Tarski, que hemos resumido en este capítulo, puede leerse
el artículo de dicho autor, ‘‘La definición semántica de la verdad
y los fundamentos de la semántica", en la Antología semántica de
Bunge, pp. 111-157, que lleva anexa una bibliografía muy amplia.
Una form ulación anterior de los puntos de vista de Tarski se en­
contrará en el texto reproducido en Bochenski, Los métodos ac­
tuales del pensamiento, p. 126.

Una form ulación de la teoría de la correspondencia, relati­


va no a la verdad de las oraciones sino de los juicios o creencias,
puede leerse en Bertrand Russell, Los problemas de la filosofía,
cap. XII. Russell discute también otras teorías en Investigación so­
bre el significado y la verdad, ya citado; ver el cap. XXI. Desde
otro punto de vista se encontrará una discusión de teorías de la
verdad en Adam Sahaff, La teoría de la verdad en el materialismo
y en el idealismo, B. Aires, Ed. Lautaro, 19M

Como textos clásicos acerca del tema de la verdad, recomen­


damos el Teetetes de Platón, 187 ss., ¡a Metafísica de Aristóteles,
lib. IV, 7 y 8 y lib. V, 29 (sobre este último, ver a A. W agner de
Reyna. El concepto de verdad en Aristóteles, pp. 26 y ss.), y las
Meditaciones metafísicas de Descartes, Med. IV.
Acerca de la definición en general, puede consultarse, Bo-
chenski, op. cit., IV, 15; Irving Copi, Introducción a la lógica, cap.
IV; Ogden y Richards, El significado del significado, cap. V; y J.
Hospers, Introducción al análisis filosófico, I.

Sobre las antinomias o paradojas, véase B. Russell, Introduc­


ción a la filosofía matemática, Buenos Aires, Ed. Losada, 1945, cap.
XIII; Eugene P. N orthrop, Paradojas matemáticas, México, Uteha,
1962 (que tiene una extensa bibliografía); Kurt G relling, Teoría
de los conjuntos, México, Ed. Logos, 1943, cap. 7; Marcel Boíl y
Jacques Reinhart, Las etapas de la lógica, Buenos Aires, Ed. M ira ­
sol, 1961, cap. V; Fausto Toranzos, Introducción a la Epistemolo­
gía y fundamentación de j a matemática, Buenos Aires, Ed. Espasa
Calpe, 1948, cap. VI; y R.’Carnap, “ La antigua y la nueva ló g ica ",
Letras, Lima, N 9 36, 1947 (también incluido en Ayer, El positivis­
mo lógico, ya citado).
EL ESTABLECIMIENTO DE LA VERDAD

“ N o basta ciertamente tener un buen entendi­


miento: lo principal es a p lica rlo bien. Las a l­
mas más grandes son capaces de los mayores
vicios como de las mayores virtudes, y los que
caminan lentamente pueden lle gar mucho más
lejos, si van siempre p o r el camino recto, que
los que corren pero se apartan de él".

Descartes

“ Hay también dos clases de verdades: las de


razón y las de hecho. Las verdades de razón
son necesarias y su opuesto es imposible; y las
de hecho son contingentes y su opuesto es p o ­
sible".
'.eibniz

"Si tomamos cualquier volumen, p o r ejemplo


de teología o metafísica académica, pregunté­
monos: ¿contiene un razonamiento abstracto
sobre cantidad o número? N o. ¿Contiene un
razonamiento experimental sobre cuestiones
de hecho y existencia? N o. Vaya entonces al
fuego, porque no contiene nada más que so­
fistería e ilusión".

David Hume
Decimos que una proposición es verdadera cuando es satis­
fecha por todos los objetos y falsa en caso contrario. Como hemos
visto, esta caracterización de la verdad de una proposición se
relaciona estrechamente con su sentido enunciativo, es decir, con
lo que ella asevera y comunica. Así, la verdad de la proposición
'Esta mesa es de m adera’ no es nada ajeno a su significado, sino
que tiene que ver directamente con la referencia bien determ ina­
da que en ella se hace a una mesa y a su característica de ser
de madera. Esto ocurre con todas las proposiciones. De aquí se
sigue que, si bien hay una noción general de verdad, el ser o no
verdadero corresponde a cada enunciado de modo particular, lo
cual permite decir que existen tantos casos de verdad o verdades
singulares cuantas proposiciones cumplidas hay. Por lo mismo, no
se podrá saber si una proposición es verdadera o falsa sin aten­
der a su significado propio, sin considerar qué es lo que dice y
cuál es en cada caso su pretensión enunciativa.

Verificar una proposición es establecer su verdad; lo conrra-


rio es determinar su falsedad1. Por lo dicho antes se comprenderá
que la verificación no es posible sin comprender el significado de
las proposiciones con las que se trabaja. Por ejemplo, nadie po­
drá saber si el enunciado 'El Ecuador es país lim ítrofe del Perú'
es verdadero o falso sin entender y precisar lo que se está aseve­
rando por medio de las palabras empleadas en él. Teniendo en
cuenta esto se puede decir que la comprensión del sentido de las
proposiciones señala una vía esencial de com probación, sin la
cual es del todo imposible llegar al establecimiento de su verdad.
Y pueda afirmarse también, inversamente, que cuando se sabe de
qué modo hay que verificar una proposición, se tiene una com­
prensión más segura y precisa de su significado. Cuando una pro­
posición contiene Términos vagos o confusos plantea un problema
de verificación; en este caso, decidir el modo de verificarla, entre
los varios que pueden ofrecerse como posibilidades, justamente a

1 En este-caso se habla algunas veces de falsificación de la proposición, em­


pleando el término ‘falsificación’ en un sentido diferente del común.
causa de la vaguedad o confusión, es una manera eficaz de pre­
cisar su sentido1.
Pero la comprensión del significado de una proposición, con
ser condición indispensable de su verificación, no basta en todos
los casos como procedim iento. De esa comprensión ganamos, es
cierto, una orientación inicial para establecer la verdad del enun­
ciado. Sin em bargo, los pasos concretos que a continuación hay
que dar varían según las proposiciones.

Consideremos las siguientes oraciones:

(f) ‘La Universidad N a cio n a l M a yo r de San Marcos tiene diez


Facultades'

(g) Si Juan es m ayor que Pedro, entonces Pedro es menor que


Juan'

(h) 'G hana tiene 6 690,730 habitantes'

(i) 'El hombre es m ortal o in m o rta l'

¿Qué ocurre cuando habiendo com prendido y precisado su


sentido nos preguntamos si son verdaderas o falsas?. ¿Cómo po­
demos proceder para llegar al establecimiento de su verdad? La
manera en que podemos lo g ra rlo difiere según los casos. En efec­
to, es evidente que (f) y (h) se com portan de diverso modo que
(g) e (i). Con respecto a estas dos últimas proposiciones es claro
que todo aquél que sepa castellano está en condiciones de a fir­
mar, pensando un poco, que ambas son verdaderas. En cambio
(f) y (h) no resultan verificables tan inmediatamente por cualquier
persona que las com prenda. La m ayoría de las personas de nues­
tra ciudad no estarán muy seguras no sólo de la verdad de (h)
sino inclusive de la de (f). Pero esto no quiere decir que su verdad
no puede establecerse; quiere decir únicamente que, en estos ca­
sos, hay que proceder de manera diferente; es preciso recurrir a

1 Esto tiene mucha importancia cuando se tra ta de diferenciar clases de pro­


posiciones y evaluar su valor cognoscitivo. Por lo demás, no debe confundir­
se lo que aquí decimos con la tesis radical del positivismo lógico, según la
cual un enunciado tiene sentido sólo cuando puede ser verificado, tesis que
ha sido muy discutida dentro y fuera del Circulo de Viena y ha sufrido di­
versas modificaciones desde su prim era formulación. Sobre esta corriente fi­
losófica, véanse las referencias dadas en el cap. IV y en la Guia de Lecturas
<!fl presente capitulo.
observaciones, recolectar datos, someterse al veredicto de la ex­
periencia.

Resultan d ife re n c ia le s de este modo dos maneras de esta­


blecer la verdad de una proposición — que llamaremos métodos
de verificación— y, en correspondencia con ellas, dos clases opues­
tas de proposiciones. En el primer caso, basta la inspección del
significado de la oración y un proceso lógico adecuado para de­
terminar si el enunciado es verdadero o falso. Quien afirma que
si Juan es mayor que Pedro, entonces Pedro es menor que Juan
o que el hombre es m ortal o inm ortal, puede estar seguro, por la
índole de lo que dice, que nunca los objetos se com portarán de
manera contraria a su enunciado. Para verificar su aserto, la ló­
gica es suficiente. Estas proposiciones, que vamos a llam ar ana­
líticas, pueden ser descritas, siguiendo a Quine, "com o el enun­
ciado que es verdadero en virtud del sentido de la palabras que
lo forman; o como un enunciado que se deduce lógicamente del
sentido de las palabras” . De estas proposiciones se dice que son
válidas1 a priori, o sea válidas necesariamente, con independencia
de la experiencia, o también que son form al o analíticamente ver­
daderas (y, en caso contrario, no válidas a priori, necesariamen­
te falsas, etc.).2 En general podemos llam ar analítico a cualquier
enunciado probado sin recurrir a la observación y por medios pu­
ramente lógicos o formales. Pertenecen a esta clase de proposi­
ciones, entre otras, las tautologías, las contradicciones y los teore­
mas lógicos y matemáticos.

En el segundo caso que estamos considerando, hay que re­


currir a observaciones y procurarse datos sobre lo que se asevera,
es decir, hay que remitirse a la experiencia para saber si el enun­
ciado es verdadero o falso; no basta, pues, el análisis de las pa-

1 Cabe distinguir validez y verdad. Aqui, por razón de simplicidad, no consi­


deramos esa diferencia.

2 Lh distinción de las proposiciones en analíticas y sintéticas ha sido enfocada


desde diversos ángulos en el curso de la historia de la filosofía. Particular­
mente interesante es el papel que ella desempeña en las filosofías de Leibniz.
Hume y Kant. En nuestro tiempo ha vuelto a cobrar importancia, aunque
más de un investigador recuse su legitimidad.
labras y el razonamiento. Cuando decimos que Ghana tiene
6'690,730 habitantes hacemos una afirm ación que bien puede no
ser satisfecha por los objetos, pues nada de extraño e ilógico ten­
dría el que el número de habitantes de ese país fuera mayor o
menor. Por consiguiente, el método de verificación lógico no sir­
ve en este caso para confirm ar o invalidar la aseveración. Se re­
quiere otro procedimiento, un método distinto, que vamos a lla ­
mar empírico, cuya esencia es la observación, la confrontación
de nuestro enunciaao con los informes provenientes de la expe­
riencia. De estas proposiciones se dice, por eso, que son válidas
a posteriori, o sea, dependientes de la experiencia, sintéticamente
verdaderas (y, en el caso contrario, inválidas a posteriori, sintéti-
cameYite falsas). Pertenecen al grupo de estas proposiciones sin­
téticas, po r ejemplo, los enunciados sobre el mundo perceptible
y la vida psicológica y social.

Hasta aquí hemos hablado de método de verificación refirién­


donos a los modos de establecer la verdad de una proposición. Esa
referencia fue forzosamente sim plificadora en vista de la necesi­
dad de introducir este nuevo y muy importante concepto. N o de­
bemos, sin embargo, dejar de señalar la com plejidad que como
procedimiento cognoscitivo presentan los métodos de verificación,
especialmente en la ciencia. Conviene dar al respecto algunas pre-
cisiones, bien que permaneciendo siempre en un nivel elemental.

Tratándose de los métodos empíricos, la determinación del


sentido y la orientación inicial hacia la verificación llevan a la
observación y la colección de datos empíricos. Pero estas opera­
ciones son selectivas. N o se va a buscar cualquier dato empírico
a cualquier parte cuando se trata de probar una proposición. Hay
siempre un género de informes que son los pertinentes e interesan­
tes y sólo si se cuenta con ellos cabe hablar de un efectivo proce­
so de verificación. Por ejemplo, para establecer la verdad de nues­
tra proposición (f) serán pertinentes datos muy diferentes de los
que habría que buscar para verificar la proposición (h). Por otro
lado, en las ciencias, la obtención de datos y su determinación
precisa suponen todo un com plicado sistema de observaciones y
mediciones (con el uso de distintos instrumentos de precisión), que
es, además, diferente en cada una de las varias ramas científicas.
Es preciso señalar asimismo que estos datos deben ser sometidos
a una comparación e interpretación, pues poseen diferentes gra­
dos de seguridad y fuerza probativa y pueden chocar los unos
con los otros. Piénsese, por ejemplo, en los procesos de depura­
ción y de confrontación de informes que implica el decidir si en
efecto Ghana tiene 6'690,730 habitantes. La antigüedad de los
censos, las dificultades de empadronamiento y el crecimiento vege­
tativo determinado según las estadísticas más recientes pueden en
este caso apuntar en direcciones contrarias. La verificación empí­
rica de una proposición implica, en consecuencia, sopesar el res­
paldo que la experiencia ofrece al enunciado a la luz de datos
posiblemente opuestos y decidir finalmente la verdad o la false­
dad (más o menos segura) de la aseveración1.

El caso de los métodos lógicos o formales de verificación es


semejante por lo que se refiere a la com plejidad y diversidad del
procedimiento. Piénsese en el com plicado aparato de la moderna
lógica y se verá con claridad que el tránsito de la comprensión
del significado al establecimiento final de la verdad puede ser
muy largo y difícil. La prueba demostrativa, presenta múltiples fo r­
mas y no siempre es posible por los métodos conocidos. De a llí la
importancia de la inventiva matemática, sin la cual no habría po­
dido progresar esta rama científica fundamental.

bm perjuicio de reconocer esta m ultiplicidad metodológica,


conviene hacer notar ciertos rasgos típicos del procedimiento veri­
ficativo analítico y de las verdades formales que se establecen me­
diante él. En primer lugar, hay que tom ar en cuenta el carácter
derivativo de los enunciados analíticos. Estos enunciados son ver­
daderos o falsos porque lo son otros previos, o sea, porque cier­
tos prfesupuestos que los sustentan han sido aceptados. De a llí
que el tipo de relación básico en toda prueba lógica es la im pli­
cación designada por los términos ‘s i. . . entonces'. Por ejemplo,
la falsedad de ‘Algunos hombres no son mortales’ se establece a
base de la verdad de Todos los hombres son mortales', de tal ma­

l Nótese que en todo este procedimiento intervienen ya operaciones lógicas de


derivación, de tal manera que la verificación empírica pura es. en el mejor
de los casos, excepcional. Lo cual debe tenerse presente en la discusión que
hemos de hacer en el siguiente capitulo.
ñera que si ésta (implicante) es cierta, entonces aquélla (implicada)
forzosamente es falsa, lo cual quiere decir que una se deriva ne­
cesariamente de la otra.

Por otra parte, cabe siem pre-reducir a términos formales la


verificación analítica de un enunciado. A diferencia de lo que
ocurre con las proposiciones empíricas, lo decisivo aquí son los
elementos lógicos (términos lógicos y relaciones formales) y no el
contenido o la materia de la proposición. En el caso que acaba­
mos de ver, lo decisivo son las palabras lógicas 'si. .. entonces',
'todos', algunos' y la inclusión o exclusión que se establece al
decir es o no es. N o interesa, en efecto, que hablemos (material­
mente) de hombres, mortales, perros, árboles, etc. Lo que cuenta
es que si todos los S son P, entonces es falso que algunos S no son
P, sean cuales fueren los S o los P de que hablemos. Igualmente,
para establecer la verdad de nuestra proposición (g) no interesa
Pedro y Juan como términos materiales, es decir, en su sentido
descriptivo singular, interesan sólo las relaciones formales.

rinalmente, es preciso hacer notar que, puesto que la verdad


analítica es derivada según ciertas formas lógicas, cualquier pro­
posición, sea cual fuere su materia, puede verificarse analítica­
mente si se la toma como consecuencia formalmente derivable
dentro de un sistema o conjunto de enunciados y principios bá­
sicos. Por lo tanto, puede decirse también que un enunciado es
analítico relativamente a un sistema lógico-lingüístico y que el
mismo enunciado puede ser analítico en un caso y sintético en
otro, según sea el sistema de principios y reglas que se presupo­
ne en el proceso del conocer. Esto es así porque lo importante y
decisivo son únicamente la d e riv a c ió n 'y las conexiones lógicas
formales dentro del sistema, el cual, por lo demás, puede ser ar­
bitrariam ente construido, a semejanza de lo que ocurre en juegos
como, *v, g. el ajedrez.

Cabría aducir, sin embargo, que hay ciertos sistemas que


tienen asegurada la verdad de sus presupuestos básicos y que só­
lo son efectivamente verificadas las proposiciones que se derivan
de ellos. Esto ocurre, por ejemplo, en la matemática. N o sería,
pues, lo mismo el ajedrez que la matemática; en uno se parte de
un conjunto de principios arbitrariam ente fijados y en la otra de
axiomas, definiciones y reglas cuya validez cognoscitiva está de­
bidamente garantizada.

Pero esto nos lleva a otro problema, el de la validez de los


axiomas, que conviene tra ta r aparte, en el contexto de otras d ifi­
cultades que inmediatamente van a hacérsenos patentes.

* * *

Guia de lecturas. Como lecturas de iniciación acerca de la


verificación y la distinción de las proposiciones analíticas y las
empíricas, son recomendables los siguientes títulos: Morris Cohén,
Introducción a la lógica, caps. I y II, esp.; F. M iró Quesada, Ini­
ciación lógica, primera parte, I ("Verdades empíricas y verdades
- Iógica§"); Quine, El sentido de la nueva lógica, Introducción y
36; y R. Carnap, "La Antigua y la nueva lógica". Véase también,
Bochenski, Los métoaos actuales del pensamiento, III, 10 ("Sentido
y verificación") y Hospers, Int. a l análisis filosófico, II.

Conviene que el estudiante lea algunos textos clásicos a fin


de ganar fam iliaridad con la tradición filosófica en torno al pro­
blema de la verdad lógica y empírica. A este efecto señalamos
la M onadologia de Leibniz (31 a 37), incluida en Tratados funda­
mentales, Buenos Aires, Ed. Losada, 1939; Investigación sobre el
entendimiento humano de Hume (sec. IV, primera parte), y la Crí­
tica de la razón pura de Kant (Introducción, IV, esp.).

En relación con estas lecturas y con el tema conexo de los


planteamientos empiristas, racionalistas y criticistas acerca del co­
nocimiento, el alumno puede remitirse a las obras sobre estas co­
rrientes de la filosofía moderna, recomendadas en el cap. IV.
Véanse también, Joad, Guía de la filosofía, Cap. IV; B. Russell, Los
problemas de la filosofía, cap. VIII y ss.; y Julián Besteiro, Los jui­
cios sintéticos a p rio ri desde el punto de vista lógico, M adrid, Ed.
La Lectura, 1927.

Sobre el concepto de verificación y sus problemas, como lec­


turas más avanzadas, mencionamos: E. Husserl, Investigaciones ló­
gicas, Inv. primera, y C. Hempel, "Problemas y cambios en el cri­
terio empirista del significado", en Antología semántica y en Ayer,
El positivismo lógico. Acerca del concepto de proposición a n a líti­
ca, se puede consultar, en la mjsma Antología, el artículo de Bun-
ge, "Análisis de la a n a liticid a d ". Quine discute la diferenciación
de proposiciones analíticas y sintéticas en el cap. II ("Dos do g­
mas del empirismo ") de su libro Desde un punto de vista lógico.
Sobre el enfoque empirista-lógico véase, además, el ensayo de
Herbert Feigl, "Empirismo ló gico", en Dagobert D. Ruñes, La Filo­
sofía del Siglo Veinte, mencionado en la bibliografía del cap. IV;
Ayer, El positivismo lógico, Risieri Frondizi, El punto de partida del
filosofar, Buenos Aires, Ed. Losada, 1945, I. 2, y L. Villoro, "La
crítica del positivismo lógico a la metafísica", en Dianoia, 7, 1961
y en Páginas Filosóficas, México, 1963.
XI

EL ESTABLECIMIENTO DE

LA VERDAD (continuación)

"En virtud de la ‘objetivación' que también se


lleva a cabo, por ejemplo, en los actos del
sentimiento, se transmuta toda racionalidad
axiológica y práctica, en el modo que ya sa­
bemos, en racionalidad dóxica, noemática-
mente en verdad, objetivamente en realidad:
hablamos de fines, medios, cosas preferibles,
etc., verdaderos o reales".

Edmund Husserl

"N o tenemos derecho a asumir que existe


ninguna ley física o, si ellas han existido has­
ta hoy, que continuarán existiendo de mane­
ra similar en el futuro ".

Max Planck

"Así, las matemáticas pueden definirse como


la ciencia en que nunca sabemos de qué ha­
blamos, ni si lo que decimos es verdad".

Bertrand Russell
Hemos distinguido dos tipos de proposiciones y dos maneras
de establecer la verdad o la falsedad. Frente a un enunciado
cualquiera y a su pretensión de valer como conocimiento, cabe,
según lo anterior, proceder a clasificarlo en uno u otro grupo.
Podría quizá pensarse, en consecuencia, que también en el caso
de los filosofemos y del método filosófico, debería intentarse esta
reducción, con la esperanza de encontrar una respuesta satisfac­
toria al problema del sentido del conocimiento filosófico. Propo­
siciones como La realidad es duración' (Bergson), 'La materia se
muevé en un ciclo eterno' (Engels), Las condiciones de posibi­
lidad de la experiencia en general son al mismo tiempo las dé la
posibilidad de los objetos de la experiencia' (Kant) o ‘Considera
bien quién eres. Ante todo, un hombre, es decir, un ser para el
que nada existe más importante que su propia capacidad de op­
ción' (Epicteto), que, pese a sus diferencias mutuas, son ejemplos
muy típicos de filosofemos, habrían de resolverse en una de las
dos clases señaladas. Basta un examen breve para convencerse,
sin embargo, de que ellas no puedan ser consideradas sin más
analíticas o empíricas. Ninguna de ellas consiste en enunciados
que son verificables lógicamente, es decir, cuya verdad depende
del mero sentido de las palabras; ninguna tampoco puede ape­
lar a la observación en demanda de una prueba suficiente.

¿Quiere esto decir que, puesto que la reducción es imposible,


hay que negarles sentido enunciativo y considerarlas en conse­
cuencia fuera del orden del conocimiento y de la verdad? De dar
precipitadamente un paso tan radical debe prevenirnos, empero,
el hecho eje que muchas otras proposiciones, inclusive saneada­
mente científicas, están en la misma situación ambigua con respec­
to a la oposición analítico-empírico.

Consideremos los siguientes enunciados:

(i) Es malo causar sufrimiento innecesariamente'


(k) lEI sol es una esfera incandescente'
(I) Si Pedro gana la lotería se va a a legra r’
(m) 'El átomo de hidrógeno tiene un electrón cortical’
(n) Por dos puntos se puede trazar una recta’
Ninguna de las proposiciones enumeradas arriba es filosófi­
ca; los conocimientos que pretenden comunicar pertenecen al o r­
den del saber cotidiano o científico. Sin embargo, todas presentan
dificultades cuando intentamos reducirlas a uno de los grupos an­
tes considerados y establecer su verdad simplemente por lógica
u observación.

Veamos el primer caso. Se advierte por de pronto que, tal


como está form ulada, no cabe considerarla una proposición ana­
lítica 1. N o es internamente contradictoria, su contraria no es im­
posible, ni lo que comunica es trivial. Pero no es posible tampoco
recurrir a la observación para verificarla, porque lo observable en
este caso es el comportamiento de los sujetos humanos, no la mal­
dad del acto cruel. N o se afirm a que los hombres rechazan la
crueldad, sino que le crueldad, el causar do lor innecesariamente
es malo, y esto podría afirmarse válidamente aunque la experien­
cia mostrara que una gran cantidad de hombres — y en principio
quizá todos— dan su aprobación a tal acto.

Esto ha hecho pensar que las proposiciones de este tipo, es


decir, las valorativas, no tiene carácter cognoscitivo y sólo sirven
para expresar estados de ánimo y provocar cambios de actitud
en las personas. Pero el análisis lingüístico muestra que, si es cier­
to que el lenguaje valorativo sirve también para expresar y pro­
vocar actitudes, no se reduce a esta función. Hay en él un conte­
nido comunicable que señala la existencia de un momento signi­
ficativo central, aunque no sea asimilable a lo enunciado en una
proposición empírica. Este contenido es justamente la sustancia de
los conocimientos éticos, jurídicos, estéticos y, en general, axioló-
gico-normativos. El que con respecto a una norma o un juicio va­
lorativo podamos hablar de validez e invalidez es buena prue­
ba de la existencia de este momento significativo, irreductible a
cualquier forma de sentido em otivo2.

1 Como sabemos, puede sin embargo hacerse analíticamente cierta, derivándola


de un sistema de postulados. Pero esto vale para cualquier enunciado, inclu­
sive los empíricos.
2 Hablamos aqui indistintamente de proposiciones valorativas y de proposiciones
normativas. Cabe empero distinguir unas de otras, como hacen algunos axió-
logos. En este caso, se habla de un sentido valorativo especifico, que posee­
rían las proposiciones del tipo de "X es bueno’, y un sentido normativo o iia-
perativo, correspondiente a proposiciones como ‘X debe hacerse’. No podéraos
tocar aquí este interesante’ tema polémico.
El segundo caso es diferente. En él, ciertamente, la observa­
ción cuenta y en ningún modo cabe hablar de una verdad a p rio ­
ri. Pero el problema estriba en que la mera observación no basta
para verificar cabalmente la proposición. Es preciso distinguir a
este^ respecto dos tipos de proposición que fácilmente se confun­
den entre sí. Los enunciados fenoménicos (del griego phainomenon,
lo que aparece), referentes a aquello que se nos da inmediata­
mente, tom ado tal como se da; y los enunciados reales, que se re­
fieren a lo que efectivamente existe en el mundo. Cuando deci­
mos: El sol es una esfera incandescente, estamos refiriéndonos nor­
malmente a este objeto real que existe en el mundo exterior, al
que atribuimos, como caracteres efectivos suyos, la esfericidad y
la incandescencia. Al hablar así, hacemos una aserción real. En
cam bio, cuando decimos: lo que veo es una mancha roja, lim itan­
do nuestra aserción al dato perceptivo, sin preocuparnos de lo
que ocurre fuera de nosotros, estamos form ulando un enunciado
fenoménico. Ahora, bien, estos últimos enunciados se reducen, en
su intención, al contenido empírico dado. Lo que decimos lo a fir­
mamos a base de la mera observación y no concierne a nada más
que a lo observado. La verdad del enunciado queda plenamente
probada por la observación. En cambio, al afirm ar algo sobre'el
mundo real, como que el Sol es una esfera incandescente, no po­
demos respaldar toda nuestra referencia con la experiencia. En
efecto, de hecho lo que vemos no es nunca una esfera sino un dis­
co coloreado. Para form ular un juicio sobre el Sol real y fundarlo
de algún modo, tenemos que abandonar el terreno de la percep­
ción y tra bajar con inferencias, es decir, con conexiones formales
lógicas. La proposición que nos ocupa no puede, según esto, ser
reducida a términos puramente empíricos, pero tampoco cabe
considerarla analítica1.

1 Salvo, como ya hemos dicho en el caso anterior, haciéndola consecuencia, for­


malmente demostrable, de otras enunciaciones reales. Pero entonces el pro­
blema se traslada a estas proposiciones reales, cuyo carácter estamos discu­
tiendo. Téngase en cuenta, además, que puesto que aqui lo decUivo son las
proposiciones de existencia, esto es. las afirmaciones sobre lo que se da efec­
tivamente en el mundo, de hecho se plantea conesto el problema filosófico
fundamental de la existencia del mundo.
Veamos el tercer caso, Cuando decimos: Si Pedro gana la
lotería, se va a alegrar, no estamos registrando un hecho, ni dan­
do cuenta de una experiencia actual vivida por nosotros. N o po­
demos tampoco decir que se trata de una pura ficción nuestra.
Sabemos, en cierto modo, que Pedro — a quien conocemos bien—
va a alegrarse, como sabemos en otros casos que la realidad fu­
tura se presentará de esta o la otra manera (por ejemplo, cuan­
do afirmamos que mañana saldrá el Sol). Por consiguiente, la
aserción que formulamos tiene una pretensión de verdad y puede
ser verificada. El conocimiento que ella nos trasmite no se funda
en una observación actual, imposible, pues el hecho no se ha pro­
ducido todavía, sino en una inferencia basada en observaciones
anteriores. De a llí la típica forma implicativa o condicional [ si . ..
entonces) del enunciado. No obstante, no es el caso de una pro­
posición analítica, pues no es necesario que, dadas las condicio­
nes mencionadas, se dé el hecho. Bien pudiera ocurrir que Pedro
ganara la lotería y que, comportándose en lo demás como siem­
pre se ha com portado, no se alegrara sino se entristeciera. Segu­
ramente el que Pedro gane la lotería es normalmente una buena
razón para creer que ha de alegrarse, pero no es una razón que
determine plena y necesariamente el hecho de la alegría. Por
cierto que lo normal es pensar que debido a haberse producido
en casos anteriores la vinculación dél ganar la lotería y la ale­
gría subsiguiente, esta se producirá una vez más. Pero la reitera­
ción de casos anteriores no es razón que permita concluir, con
necesidad, que un hecho singular se va a producir. Como se sa­
be, éste es el lado débil de la inducción, que hace de ella un ca­
so muy especial de inferencia.

En suma, los enunciados del tipo (1) suponen, de una parte,


un nexo inferencial, pero no demostrativo, y, de otra, una referen­
cia a la experiencia sin una aserción perceptiva actual. Una vez
más, se trata de proposiciones irreductibles, bien sea a la forma
pura analítica, bien sea a la empírica. Conviene notar que de un
tipo semejante son la gran mayoría de las proposiciones que usa­
mos tanto en el conocimiento ordinario cuando en el científico,
lo cual indica que e! dominio de la inferencia racional es más vas­
to que el de analiticidad y que las aserciones empíricas no pue­
den reducirse sin más a la observación actual.
La proposición (m): El átomo de hidrógeno tiene un electrón
cortical’, que pertenece al cuerpo de la física atómica, ilustra otra
variedad de enunciados irreductibles a una de las dos clases dis­
tinguidas. En efecto, aunque estos enunciados remiten a realidades
o, si se prefiere, a existencias en el interior.de materia, no se re­
fieren a nada que se dé en la experiencia y, más aún, a nada o b ­
servable. Atomos y electrones, al igual que gravitación, campo u
ondas electromagnéticas, son entidades postuladas por el físico
con vista a la sistematización y explicación de lo observable,
pero no son ellas mismas algo que puede aprehenderse por o b ­
servación. Por consiguiente, si los enunciados que los mientan han
de poder aceptarse como verdaderos, no ha de serlo por una
prueba empírica directa. Pero tam poco por una prueba lógica
estricta, ya que su contrario no es imposible.

¿Cómo,' pues, se verifican? Simplificando mucho la cuestión,


puede decirse que las cosas ocurren de la siguiente manera: los
términos fundamentales del tipo de ‘átom o', ‘electrón’, etc., com­
prendidos en los principios de una disciplina física, permiten fo r­
jar hipótesis explicativas de los hechos observados. De tales hi­
pótesis se deducen otros enunciados referentes al mundo per­
ceptivo. Si las observaciones pertinentes corresponden a esas
aserciones inferidas, la hipótesis se confirma y de consiguiente los
principios se consolidan. La verdad de tales principios físicos, es­
to es, de los enunciados fundamentales referentes a las entidades
inobservables, es establecida entonces por inferencia, pero una
inferencia en la cual las conclusiones fundan las premisas, a la
inversa de lo que ocurre en la inferencia demostrativa. No corres­
ponden, pues, propiamente al tipo analítico, como tampoco al
empírico.

Tenemos finalm ente-el caso (n): 'Por dos puntos puede tra ­
zarse una recta', que es, como se sabe, un axioma geométrico.
Los axiomas o postulados matemáticos y lógicos son principios
de la demostración. Gracias a ellos se establece formalmente
la verdad de los teoremas, que son las proposiciones derivadas.
Siendo así, ellos mismos no pueden demostrarse. N o cabe, por
tanto, pensar en una verificación lógica de la proposición a rri­
ba mencionada, ni en su asimilación al grupo de los enunciados
analíticos. Si nos atenemos a la alternativa que estamos exa­
minando, habría que pensar en una verificación perceptiva.
Esto es justamente lo que sostienen las teorías empiristas, que
han sido propuestas para explicar la naturaleza del conocimien­
to matemático, como, por ejemplo, la form ulada por Stuart M ili
en su famoso tratado de lógica. La acepta Spencer, que quiere
explicar la evidencia matemática como un producto hereditario,
y también Engels, que com parte el punto de vista spenceriano
y considera que los axiomas tienen base experimental. Estas te­
sis, sin em bargo, son muy objetables. N o es difícil mostrar que,
si bien desde el punto de vista psicológico-genético los axiomas
están ligados, como cualquier contenido mental, a la percepción,
la validez que poseen en el cuerpo de la matemática y los re­
ferentes de que ellos hablan no conciernen al mundo natural.
El matemático postula entidades sin consideración de las exis­
tencias reales. N o hay, por lo demás, hecho observable que
alcance la universalidad de los enunciados axiomáticos, y tam ­
poco un hecho es nunca prueba pertinente contra la verdad de
tales enunciados. En efecto, a nadie se le ocurrirá negar ple­
na validez a la afirm ación ‘Por dos puntos se puede trazar una
recta' en vista de que no se han observado aún todas las rectas
o porque en el espacio real que nos rodea no hay rectas caba­
les.

Otras teorías propuestas son las intuidonistas,1 que tienen


una larga tradición en la filosofía — Platón y Descartes están,
por ejemplo, en esta línea de pensamiento— y que últimamente
han vuelto a cobrar fuerza. En esencia, sus defensores afirm an
que los axiomas matemáticos y lógicos son verificables por me­
dio de una intuición, pero no sensorial o psicológica, sino in­
telectual (o eidética, para usar el término de Husserl). Gracias
a esta aprehensión directa podemos captar objetividades ideales
que se nos dan con evidencia y que, por tanto, ofrecen un se­
guro respaldo a la verdad de los enunciados que las form ulan.

I Usamos este nombre en sentido lato y no solamente refiriéndonos a la co­


rriente de filosofía matemática de Brouwer y otros investigadores que se de­
signa generalmente asi. Podría emplearse también el término de evidentismo.
Según esta teoría, las proposiciones axiomáticas son enunciados
sintéticos, válidos a priori, universal y necesariamente. Por ser
plenamente independientes de las com probaciones empíricas, la
observación no puede agregar nada a su verificación intuitiva.

Estas tesis han perdido, sin em bargo, fuerza de convicción


como resultado, por una parte, de la evolución de la geometría
— que era uno de los dominios en que parecía más segura la
evidencia intuitiva— , la cual llevó a la constitución de varios
sistemas geométricos paralelos, con axiomas contrarios, aunque
igualmente válidos, y, por otra, de la crisis de la teoría de los
conjuntos, disciplina en cuyos términos habría de formularse to ­
do el edificio de la matemática y que trabaja con nociones cla­
ras y distintas, aprehensibles plenamente por intuición. Las con­
tradiciones o antinom ias1 en que se incurrió al manejar estas
nociones tan fundamentales y el destronamiento de la geometría
euclideana como único sistema posible, han hecho pensar, en
efecto, que la intuición matemática, en lugar de una captación
directa de objetos dados con evidencia, puede ser una im pre­
sión subjetiva, engañosa y variable.

Esta posibilidad ha llevado a proponer otras teorías expli­


cativas que pueden ser llamadas, genéricamente, convencionalis-
tas. Ellas tienen antecedentes en las posiciones nominalistas de
la antigüedad y la época moderna y son defendidas en nues­
tros tiempos por investigadores como vg., David Hilbert, inicia­
d o r del formalismo matemático, H. Poincaré, Ernst N agel y la
mayoría de los positivistas lógicos.4 Según el punto de vista con-
vencionalista, las matemáticas y la lógica no tienen un referen­
te propio; son más bien un lenguaje constituido según ciertas
reglas convencionalmente fijadas, que nos sirve para hablar de
cualquier cosa. Una vez postulados ciertos principios básicos,
pueden deducirse formalmente las consecuencias que son los
teoremas; pero esos principios axiomáticos no informan de nada

I M «'inns hw hn n * f e n » n r in ;< l:»s iint.ÍJti>in|:iR n pnriulojj\K i» 1 hnlilur de la d e fin i­


c ió n ilc la ' I i’iltu t.
y, por tanto, el sistema entero no autoriza ninguna afirm ación
sobre lo que determinados objetos, desde el punto de vista de
su contenido o materia, puedan ser. Postulados y teoremas son,
por lo demás, inteicambiables. De a llí que con respecto a los
principios axiomáticos no pueda hablarse de verdad o falsedad,
sino de la conveniencia o inconveniencia teórica de su empleo.
La tesis convencionaUsta lleva, así, a descartar el problem a de
la verdad y la verificación de los axiomas. Es una solución del
problem a, pero quitándole sentido a la cuestión de la verdad
de estos enunciados.

Pero ¿y la lógica?, se dirá; ¿no depende acaso de la ver­


dad de los principios lógicos la validez de todos los conocimien­
tos humanos?, ¿y no son ellos evidentemente ciertos en todo
mundo posible como enunciados fundamentales? A estas obser­
vaciones cree poder responder el convencionalismo, de tal mo­
do que la lógica tam poco se escapa a su interpretación. N a-
gel, po r ejemplo, señala que al argum entar a base de la validez
de los principios lógicos en todo el mundo posible, se olvida que
no podemos hablar de un mundo posible sino en los términos
de la lógica, lo cual muestra que la lógica es un lenguaje que
nos sirve- para este propósito. Si, en efecto, se pide definir un
mundo posible", recurriremos inevitablemente a los principios
lógicos como criterio de definición. Lo mismo ocurre cuando se
dice que dichos principios son ciertos para toda proposición o
que son leyes generales que debe cum plir todo enunciado, pues
ocurre que para identificar y definir una proposición usamos d i­
chos principios, es decir, hablamos en términos de ellos. Los
axiomas lógicos, como los matemáticos, son, pues, reglas que gp-
biernan la coherencia del discurso. H ab lar racionalmente es
simplemente aplicarlas. N o son enunciados de que podamos
afirm a r verdad o falsedad, como no lo hacemos de otras reglas
teóricas o prácticas.

Contra esta identificación tan sugestiva de la matemática y


la lógica a sistemas lingüísticos convencionales se alzan empero
algunos importantes resultados de la reciente investigación epis­
tem ológica. Estos se deben principalm ente a los trabajos de
Kurt G oedel, quien mostró la im posibilidad de form alizar com­
pletamente la aritm ética, esto es, de reducirla a puras relacio­
nes simbólicas de signos no interpretados. Si los axiomas no
bastan para derivar los enunciados posibles dentro del sistema
aritm ético, la consecuencia es que el simbolismo formal no a g o ­
ta el saber matemático en esta disciplina fundamental. N o se
puede entonces reducir totalmente las ciencias formales a meros
sistemas lingüísticos. Hay una verdad por lo menos aritmética,
que no es agotada por el tratam iento simbólico, axiom ático, de
la teoría de los números. Esta im posibilidad — reconocida por
el propio N agel— , aunque no justifica al intuicionismo, puede
decirse que basta para no dar la razón al convencionalismo.

Una proposición como nuestro ejemplo (n): ‘Por dos puntos


se puede trazar una recta’, pretende ser verdadera y ha de po­
der ser verificada por un método del cual puede decirse con
certeza, como vemos, que no es ni empírico ni lógico. C orrela­
tivamente, la naturaleza de las proposiciones axiomáticas resul­
ta irreductible a los enunciados analíticos y a los observaciona-
les. Aquí, como en los casos anteriores, el abanico de la ver­
dad y del conocimiento se muestra más am plio y variado que la
simple oposición lógica-observación.

De todo lo anterior podemos sacar una consecuencia prin­


cipal para nuestra indagación, a saber, que los filosofemos no
pueden ser excluidos del dominio del conocimiento estricto por
no adecuarse a los cánones de la analiticidad o de la verdad
observacional, pues, como ellos, otros enunciados se resisten a
esa asimilación sin perjuicio de su status gnoseológico e inclusi­
ve científico. La verdad y el método filosófico pueden ser pues
considerados, sin falta de rigor, un caso especial dentro del co­
nocimiento estricto.

* * *

G uía-de lecturas. Acerca del problema de las propdsiciones


valorativas y éticas pueden consultarse: Frondizi, Qué son los
valores; M. Bunge, Ciencia y ética, esp. II, ya citados y A. Sala-
zar Bondy, Tendencia contemporánea de la filosofía m oral b ritá ­
nica, Lima, U. de San Marcos, 1962.

Sobre los problemas que plantea el conocimiento de la rea­


lidad y la verificación de las proposiciones de la ciencia natural,
véjse.^ Joad, G uía de la filosofía, caps. I, II, III y IV; Kropp, Intro­
ducción a la filosofía, cap. V; M. Bunge, La ciencia, su método
y su filosofía; H. Reichembach, Objetivos y métodos del conoci­
miento físico, México, El C olegio de M éxico, 1945 paragrfs., 6,
8 y 10. Sobre el mismo tema y, además, sobre la m etodología
matemática se encontrarán indicaciones muy útiles en Bochenski,
Los métodos actuales del pensamiento, IV y V.

Al fin de fija r más y am pliar el tratam iento del problem a de


la matemática y la lógica, es recomendable la consulta de los
siguientes títulos: B. Russell, "Las matemáticas y los metafísicos",
en Misticismo y lógica, Buenos Aires, Ed. Paidós, 1951; B. Russell,
Introducción a la filosofía matemática; Fausto Toranzos, Intro­
ducción a la epistem ología y fundam entación de las matemáticas,
esp. caps. III y IV; Ernst N agel, "Lógica sin o n to lo g ía ", en la
A n to lo g ía semántica ya citada (hay tam bién una traducción del
lib ro de N agel La lógica sin metafísica, del que form a parte es­
te artículo, como otros vinculados con el tema que tratamos, pu­
blicada en M adrid, Ed. Tecnos, 1961; vid. esp. primera parte; la
traducción, sin em bargo, deja mucho que desear); E. N agel y R.
New m an, La prueba de Goedel, México, Centro de Estudios Fi­
losóficos, 1959 (en donde se encontrará una notablemente clara
exposición de los problemas de la matemática y del aporte de
las investigaciones de Kurt G oedel en este campo). En Apuntes
p a ra una teoría de la razón, Lima, Biblioteca Filosófica, U. de
San Marcos, 1963, F. M iró Quesada expone diversas interpreta­
ciones de la matemática y examina el problem a del conocim ien­
to a priori, proponiendo una vía para su solución (ver caps. III,
IX y XI). Con provecho se leerá también, W . Peñaloza, Estudio
acerca del conocim iento, Lima, 1955.

Como texto representativo de las tres principales posiciones


que hemos estudiado, pueden leerse: John Stuart M ili, Sistema de
lógica inductiva y deductiva, lib. II, cap. V., que ilustra la tesis
empirista; Platón, Menón; Descartes, Discurso del método, part.
II, y Kant, C rítica de la razón pura, Introducción, V, como ilus­
tración del punto de vista intuicionista; finalm ente, en Carnap,
"La antigua y la nueva ló g ic a ", y los trabajos de N agel arriba
citados, se expone de manera explícita y precisa la posición con-
vencionalista.
"El temor de hablar sin decir nada es o debe­
rla ser la obsesión del filósofo".

Ivon Belaval

"En esta materia, en efecto, sé debe intentar


una de estas tres cosas.- o bien aprender po r a l­
guien de qué se trata, o bien encontrarlo por
sí mismo, o bien, si es imposible hacer lo uno o
lo otro, poner cuando menos la mano sobre
aquella de nuestras concepciones humanas que
valga más y que sea más difícil de refutar, y
arriesgarse, dejándose llevar por ella, a hacer
la travesía de la vida en esta especie de balsa,
aparte de poder viajar con más seguridad y
menos riesgos en medio de transporte más
estable, en otras palabras, una revelación di­
vina".
Platón

"La filosofía que cuenta con nuestro asenti­


miento, lo logra por una evidencia de conjun­
to que nos procura su cohesión suficiente, su
firmeza ante las dificultades y los impasses del
pensamiento, mejor que la de las doctrinas ri­
vales. H ablar de una evidencia de conjunto es
retener, como un valor positivo, una evidencia
confusa".
Eugéne Dupréel

"La verdad metafísica es aquella por la cual


uno acepta m orir’'.

Karl Jaspers
El examen que hemos realizado en el capítulo anterior, ai
librarnos de la estrecha dualidad analítico-empírico, ha despeja­
do et camino para la comprensión del sentido de la verdad en
filosofía. Que la filosofía exija ser entendida como una forma
de conocimiento estricto y que los' enunciados filosóficos puedan
ser*verificados, sin que ello implique una ruptura de los cuadros
normales de la verdad y el conocimiento, es cosa que a h o ra -p o ­
demos considerar plausible y hasta suficientemente asegurada.
Conviene, además, señalar que en ciertos casos, como veremos,
la posibilidad de hablar de una verdad filosófica y la existencia
de un procedimiento de verificación de filosofemos presenta quizá
menos dificultades que en otras formas de conocimiento.

Decimos en algunos casos, porque hay una gran m ultiplici­


dad de tipos y situaciones tocantes a la verdad en filosofía. Es­
ta es una indispensable observación previa que hay que.- hacer.
En rigor, hay tantas variedades y casos singulares de verdad y
verificación, con sus matices y características propios, cuantos
filósofos existen, de tal manera que un tratamiento completo del
asunto exigiría analizar detalladamente textos y doctrinas de
pensadores de diversas épocas, lo que, en consecuencia, remite
a la historia de Ja filosofía. Con lo cual se confirma la inheren­
cia de la filosofía en su historia, sobre la que hemos insistido
desde el principio en este curso. Pero cabe distinguir algunos
grandes tipos de conocimiento, resaltando las formas principales
que adopta la verdad filosófica. Así vamos a proceder aquí.

Antes de eso, es preciso llam ar una vez más la atención so­


bre la influencia del lenguaje filosófico en el trabajo reflexivo,
no sólo porque, como hemos dicho, hay una gravitación del len­
guaje sobre todo tipo de conocimiento, sino, además, porque las
peculiaridades verbales de la filosofía determinan considerable­
mente su condición de conocimiento. En efecto, los filosofemos
son enunciados con significado eminentemente contextual y, por
tanto, ligados en su origen y en su pretensión de verdad al con­
junto de la obra del pensador que los formula. Aunque en to ­
do tipo de lenguaje las frases separadas del contexto casi nunca
poseen pleno valor significativo, en filosofía esta dependencia es
fundamental. A diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, en la
ciencia, la unidad del libro, el sistema doctrinario y la circuns-
ta n d a biográfico-social gravita sobre cada aserción del filósofo,
decide su sentido último y,afecta sus condiciones de validez. Sin
tom ar en cuenta esta unidad de fondo, no podrá afirmarse na­
da con seguridad acerca de lo que sostiene el filósofo, así como
del respaldo que de hecho tienen los filosofemos y de la posibili­
dad y modo de establecer su verdad. Esto quiere decir que una
filosofía no puede entenderse por fragmentos aislados, sino que
remite siempre al todo sistemático de la doctrina y la vid a .1

Las breves indicaciones que anteceden apuntan hacia una


rica veta de investigaciones filosófico-lingüísticas cuyo centro es
la problem ática del lenguaje filosófico como tal. Como sabe­
mos, la filosofía se interesa por el lenguaje. N o es infundado
pensar que esta preocupación le viene al filósofo del descubrí-1
miento de la problem aticidad de su propio lenguaje, de la con­
ciencia de sus posibilidades y límites lingüísticos. En efecto, lle­
vado po r las exigencias de la crítica, tarde o tem prano él se
plantea interrogantes como éstos: ¿cuáles son las peculiaridades,
tip o y variedad del lenguaje filosófico?, ¿le corresponde una ló­
gica especial?, ¿qué vicios afectan a este género de lenguaje y
qué remedios pueden proponerse contra ellos?, ¿puede conside­
rarse el lenguaje filósofico como un, lenguaje técnico?, o sea, ¿hay
tecnicismos filosóficos o los tecnicismos son extraños y aún opues­
tos al espíritu del discurso filosófico?, ¿se trata de un lenguaje
eminentemente conceptual y significativo, o en él prevalece más
bien el momento expresivo y es, por tanto, inevitable la g ra vita ­
ción hacia las formas verbales poético-emocionales? Estas son
sólo algunas de las cuestiones que encara la investigación lin­
güística arriba mencionada y aquí podemos tan sólo dejarlas
apuntadas. De su respuesta depende en gran parte la idea que
se tenga de la tarea propia del filósofo y la elección de su mé­
to d o de conocimiento.

Veamos ahora los tipos más generales y característicos de fi­


losofemos y su relación con la verdad filosófica. Valiéndonos

1 La lectura de una página filosófica exige por lo tanto el comentario y la in­


terpretación que la reintegren en ese todo que le da sentido cabal. De aquí
se puede inferir que hay un problema inherente a las antologías y seleccio­
nes de textos filosóficos y a los diccionarios de filosofía. Ellos no son posi­
bles sino en conexión con un método de lectura y comprensión peculiar.
de lo estudiado en el capítulo segundo, en donde distinguimos
tres principales cometidos como típicamente filosóficos, a saber,
una crítica, una concepción universal y una orientación de la vi­
da, cabe discriminar tres tipos principales de filosofemos y, con­
siguientemente, tres casos principales de verdad filosófica. Es­
tán, en primer lugar, aquellas formulaciones que tienen como
objeto los conocimientos, las formas de la conducta y las demás
variedades de la experiencia humana. Se trata en especial de
los enunciados sobre la ciencia, la moral, el derecho, el arte, la
técnica o las normas pedagógicas, los cuales, en la mayor parte
de los casos, se refieren, como una intención segunda, a otros
enunciados y objetivaciones de la conciencia. Pertenece, por
ejemplo, a este tipo o clase el aserto kantiano sobre las condi­
ciones de posibilidad de la experiencia en general, que citamos
en el capítulo anterior.

Tenemos en segundo lugar los enunciados metafísicos sobre


el ser, la existencia en total o lo trascendente. Es típico de es­
tos enunciados el referirse al mundo o al conjunto de la realidad,
tom ada ésta en el sentido más am plio. Traducen una concien­
cia primera y no una reflexión sobre actos y conocimientos pre­
viamente dados (aunque puedan proceder de esta reflexión y es­
ta r muy afectados por ella). En general, puede decirse que fo r­
mulan una visión universal de las cosas que pretende expandir el
dominio del conocimiento humano y darle acabamiento. Si de
la crítica puede decirse que prolonga la ciencia en cuanto tra b a ­
ja sobre sus contenidos y formulaciones, analizándolos y funda­
mentándolos, también de esta visión puede decirse que prolon­
ga* la ciencia, pero en un sentido distinto: aspira a integrar o a
perfeccionar (y a veces a sustituir) la información que sobre el
mundo ofrecen la ciencia y las demás formas de experiencia. Que
la realidad es duración, como pensaba Bergson, o que el mun­
do es materia en movimiento, como dijo Engels, son form ulacio­
nes típicas de esta segunda clase.

Tenemos, por último, los enunciados valorativos y prescrip-


tivos formulados por los filósofos, a través de los cuales manifies­
tan sus propias opciones vitales, pero que frecuentemente se ofre­
cen como directivas generales de la conducta humana. Cuando,
vg., Epicteto dice que lo más im portante en el hombre es su ca-
pocidad de opción, está comunicando una elección moral perso­
nal y, al mismo tiempo, proponiendo una estimativa universaliza-
ble que exalta el valor supremo de la libertad. Los filosofemos
no traducen^aquí necesariamente una actitud crítica (aunque pue­
dan proceder de ella y estar afectados por ella), ni buscan ex­
pandir nuestro conocimiento del mundo en total (aunque remitan
muchas veces a una teoría universal), sino una valoración de la
existencia y una forma preferida de conducta. En estos enuncia­
dos, el filosofar prolonga también a la ciencia y a otras formas
de saber, pero en un sentido especial. Es la prolongación de la
teoría por la praxis, el cumplimiento de la meditación en la
acción personal.

Los tres tipos generales de filosofemos que acabamos de se­


ñalar implican, en cada caso, un planteo típico de problemas,
una temática preferencial, una manera de pensar y, necesariamen­
te una m etodología de la aseveración y la prueba. Presentados
aquí como sinopsis del tra bajo filosófico concreto, justificables
por motivos didácticos, estos tipos — conviene tenerlo siempre en
cuenta— cubren, cada uno por su parte, una variedad muy gran­
de de especies y casos particulares. Veamos algunas de estas
variedades del filosofar (que llamaremos métodos de pensar, en
sentido lato), sin pretender, por cierto, a g ota r todas las posibili­
dades, ni tam poco definir tipos puros.

1. Dentro del cuadro del filosofar que llamamos crítico


pueden señalarse las siguientes variantes metodológicas:

a) Análisis conceptual. El cometido del filósofo no es la


observación de los hechos naturales sino el examen de los con­
ceptos y de los juicios en que éstos aparecen. Se trata de esta­
blecer los elementos primarios de las nociones, discriminando lo
que es esencial y lo que es accesorio en ellas. Se busca de este
modo cla rifica r los conceptos, rechazando las formas defectivas
y proponiendo en sustitución definiciones que alcancen el máximo
de precisión y rigor posibles. En este menester, el filósofo se va­
le frecuentemente del pensamiento discursivo — en el sentido ge­
nérico, que incluye, por ejemplo, las comparaciones y las an a lo ­
gías— , gracias al cual se hacen patentes las virtualidades e im­
plicaciones de las nociones criticadas. En la crítica, los concep­
tos y juicios pueden ser pensados como simples posibilidades
ideales o como hipótesis presentadas a la reflexión, o tomados del
proceder efectivo de la ciencia y la actividad práctica, com por­
tando entonces un elemento fundam ental de categoricidad. En
ambos casos, sin em bargo, el objetivo propuesto es el mismo: es-
claracer el pensamiento y la acción del hombre. A esta manera
de filosofar corresponden el procedimiento de diálogo que Só­
crates introdujo en filosofía y fue desarrollado am pliamente por
Platón, la m etodología aristotélica y escolástica y el análisis car­
tesiano, pese a sus mutuas diferencias, así como las varias fo r­
mas del pensar dialéctico moderno. Entre los contemporáneos,
Husserl, con su método de ideación, así como Scheler, Sartre y
M oore, para citar sólo algunos nombres, ilustran el uso de este
procedim iento.1

b) Análisis lógico. En esencia consiste en la indagación


de los principios universales del pensamiento y las estructuras
más generales de toda entidad posible. Hacer filosofía es, des­
de esta perspectiva, hacer una investigación lógica. El filósofo
no dirige su atención a las cosas existentes, ni a los contenidos
pensados, tam poco a las vivencias, sino a las articulaciones fo r­
males que son constantes en el pensamiento de cualquier objeto.
Las formas y reglas de la inferencia, los conjuntos y las relacio­
nes son temas principales de esta indagación. En su proceder,
el filósofo se acerca aquí al matemático.2 Para Carnap, a este
método se reduce el filosofar en sentido estricto. Russell, por su
parte, considera que este procedimiento reflexivo es el método
científico p ro p io de la filosofía. Sin suponer una identidad en
la manera reflexiva, pueden considerarse dentro de este grupo
m etodológico las investigaciones de quienes tra bajan en el cam­
po de la lógica y en buena parte del dominio de la epistem olo­
gía (vg., los estudios de Quine sobre lógica form al y los de Hil-
bert sobre la estructura de la matemática).

1 Es frecuente encontrar el análisis conceptual ligado a un enfoque metafísico.


En este caso, debe ser tomado como ingrediente de un proceder filosófico di»
ferente, que estudiaremos en su lugar. Por lodemás, estas vinculaciones
ocurren en los diversos métodos que vamos a exponer.
2 Véase al respecto la nota de la p. 82.
c) Análisis lingüístico. Como se ha podido ya ver por las
referencias hechas, el filósofo estudia el lenguaje, sus variedades,
estructura y funciones, buscando establecer sus principos, po­
sibilidades y defectos como instrumento de conocimiento y, en
general, de comunicación. El interés filosófico no gravita pro­
piamente o exclusivamente sobre el contenido conceptual, ni
tam poco sobre los hechos lingüísticos tales como son registrados
e investigados por el lexicografista, el gram ático o el filó log o, sino
sobre el sentido, la articulación sintáctica y la función cognos­
citiva y vital de las palabras (y en general de los signos). Con­
viene, sin em bargo, advertir que el análisis lingüístico es enten­
dido y practicado en formas muy diversas por los filósofos. Por
ejemplo, M oore dirige su atención al análisis del significado de
los palabras y oraciones, y este análisis consiste para él funda­
mentalmente en encontrar las sinonimias adecuadas, es decir, en
efectuar los reemplazos pertinentes a fin de precisar y aclarar
el sentido de las locuciones. W ittgenstein se interesa por la de­
puración del lenguaje de los elementos no significativos y deso­
rientadores (especialmente en el lenguaje científico y filosófico),
practicando así una suerte de terapéutica lingüística; su enfoque
atiende, además, a los usos concretos de las palabras, cuyas va­
riedades y casos singulares trata de describir más que interpre­
tarlos según esquemas generales. Austin, en cam bio, ve el len­
guaje no tanto en plan terapéutico cuanto en busca de la mul­
tip licid a d y riqueza de la realidad que él traduce, y demandé,
por eso, una exacta y minuciosa indagación de las diferentes
clases de lenguaje. Carnap ha puesto especial atención en la
estructura sintáctica, señalando así una dirección complementa­
ria del enfoque lingüístico. Desde otra perspectiva filosófica,
H eidegger utiliza sistemáticamente el análisis etim ológico y la
deducción gram atical como punto de apoyo de su especulación,
y subraya, como lo ha hecho también Bergson, las limitaciones
de ciertos lenguajes. Esta m ultiplicidad m etodológica tiene otras
facetas: unos investigadores se dedican casi exclusivamente a los
sistemas científicos, otros estudian el lenguaje ordinario; unos se
preocupan sobre todo por el momento significativo y teorético de
las palabras, otros por las funciones expresivas u operativas1.

1 Loa tres métodos hasta aquí estudiados tienen machos elementos en común y
en la práctica st dan frecuentemente unidos. Cuando se habla de filosofía
d) M étodo crítico-trascendental. Esta denominación remite
en primer lugar al método kantiano de filosofar, en cuanto es
una investigación de las condiciones de posibilidad del conoci­
miento y la praxis válidos a priori. Sin em bargo, aunque con­
venga en sentido restringido al modo de filosofar que practicó
y propuso el filósofo de Koenigsberg, puede ser entendido como
un método crítico de más am plia aplicación. Desde este punto
de vista, es un proceder teórico que, a diferencia del conoci­
miento psicológico, no se aplica a la indagación de los hechos
anímicos sino que atiende al origen, principios y fundamentos
de la ciencia, la m oralidad, las objetivaciones estéticas y, en ge­
neral, de todos los productos y sistemas de la cultura. En este
sentido am pliado corresponde tanto al filosofar kantiano y neo-
kantiano, cuanto a las investigaciones epistemológicas de las
más variadas suertes, desde la teoría de la ciencia de Bolzano
hasta las tesis de corte escéptico, pasando por el idoneismo de
Gonseth, el racionalismo aplicado de Bachelard, el instrumenta-
lismo de Dewey, la metafísica del conocimiento y la axiología de
Hartmann o la teoría del derecho de Kelsen.

e) M étodo fenom enológico. Es un método estrictamente


descriptivo vivencial. Pero tam poco en este caso se trata de
observar y registrar hechos psíquicos al modo de la descripción
psicológica. El fenom enólogo se ocupa con daciones puras en
la conciencia, es decir, con fenómenos previos a las determina­
ciones existenciales en un sentido físico, mental u ontológico. La
descripción fenom enológico demanda hacer abstracción de to ­
da tesis y de cualquier concepto preestablecido, a fin de poder
d irig ir la atención exclusivamente a lo que se da tal como se da.
El proceder así permite explorar y determ inar sistemáticamente
las condiciones que preceden, tanto en la ciencia como en cual­
quier otra form a de conocimiento y de experiencia, a las inter­
pretaciones y teorías explicativas gracias a las cuales hablamos

analítica o de análisis filosófico a secas se hace referencia generalmente a


un proceder reflexivo que comprende las varias maneras que arriba hemos
distinguido. La distinción es, no obstante, posible y hasta necesaria —sobre
todo en lo que toca al método lingüístico—, en vista de que el estudio del
lenguaje ha llevado a investigadores contemporáneos, como Strawson, Toulmin
o Haré, a percibir y destacar los límites de la lógica formal estricta. No
es lo mismo el tratam iento de las formas lógicas que el tratam iento de las
lingüisticas, como tampoco es lo mismo el análisis conceptual que «*l lógico.
de un mundo organizado. Este método ha sido definido moder­
namente por Husserl, pero puede rastrearse en otras filosofías
anteriores. A él se remite la pretensión, cara a los filósofos de
todos los tiempos, de encontrar un punto de partida prim itivo y
seguro, libre de supuestos no criticados y capaz de perm itir una
reconstrucción segura del saber y la realidad. La duda m etódi­
ca cartesiana y la apelación a lo positivo en Comte son hechos
ilustrativos de un filosofar ligado al modo fenom enológico.

f) M étodo histórico-existencial. El filósofo analiza el p ro ­


ceso histórico y social y la existencia individual, como hechos
reales, pero no busca registrar el contenido de esos hechos ni
las conexiones explicativas particulares (lo que es tarea del his­
to ria d o r, el sociólogo u otro investigador positivo), sino la estruc­
tura básica del acontecer humano. Su interés se proyecta hacia
la acción que determinados factores esenciales ejercen sobre la
concepción de la verdad, el bien y la belleza y sobre las inter­
pretaciones de la vida que hacen suyas los individuos, los grupos
sociales y los pueblos. Dicho de otro modo, el filósofo se pre­
gunta no cómo vive el hombre, sino qué sentido tiene la vida que
hace; no en qué verdades y valores cree, sino de qué depende y
qué im plica en última instancia lo que cree. Con variantes y
matices múltiples encontramos esta preeminencia de la com pren­
sión del acontecer humano en el pensar histórico-dialéctico de
M arx, en la crítica de la razón histórica de Dilfhey, en el interés
de los pragmatistas por la acción, en los filósofos existencialistas
y en el vitalismo de O rtega. Buena parte de la meditación so­
cial y ética del Platón y Aristóteles y de los filósofos sociales de
la Edad M oderna, como Rousseau, está también orientada en
esta dirección.

Antes de pasar a considerar las maneras metafísicas de filo ­


sofar, conviene señalar que cabe hablar de un método crítico
problem ático, como el destacado, por ejemplo, por N icolai
Hartmann. Desde este punto de vista, habría un pensar típ ica ­
mente aporético, esto es, centrado en el planteo y determinación
de las dificultades o aportas que enfrenta el entendimiento. Nos
parece sin em bargo que, más que un método especial de filo so­
far, es éste un ingrediente o momento de toda reflexión -y en
cuanto tal se da como sustancia de cualquier otra orientación de
pensamiento. Hay en efecto problematismo crítico, metafísico y
moral, una instancia esencial de elaboración de cuestiones y apo-
rías presente en la meditación del filósofo analítico, del especu­
lador o del orientador de la vida. Lo cual ha de ser entendi­
do sin olvido de la variedad ya subrayada de filosofar y de la
posible existencia de otras maneras, aparte de las aquí expues­
tas.

2. Veamos ahora algunos de los métodos de filosofar co­


mo concepción del mundo.

a) M étodo especulativo. El filósofo construye una inter­


pretación total del universo elaborando uno o varios conceptos
básicos, que dan para él la clave de la realidad (vg., espíritu,
materia, substancia, libertad, Dios, etc.), y extrayendo, por me­
dios argumentativos, variables de caso en caso, conclusiones so­
bre la existencia, la esencia, la apariencia o el ser de las cosas.
Eventualmente, la especulación puede circunscribirse a un deter­
minado sector de la experiencia, para luego derivar a una expli­
cación universal (como ocurre, por ejemplo, con las metafísicas
de la historia, la naturaleza o la existencia, que preparan o su­
ponen una metafísica general).

Un caso ejem plar de pensar especulativo es el de Spinoza,


quien toma pie en una noción metafísica fundamental — la sus­
tancia— e interpreta y explica, valiéndose del discurso racional,
el conjunto de lo existente. También pueden ilustrar el uso de es­
te método los otros grandes metafísicos del barroco — Descartes,
Malebranche, Leibniz— , así como Platón y Aristóteles en la anti­
güedad, los escolásticos en el medioevo y Schopenhauer o Bradley
en el siglo XIX. El método dialéctico hegeliano, que postula una
dinámica interna de los conceptos dentro de una consideración
totalita ria de la real, es un caso especial de este pensamiento es­
peculativo. Como una nota general, puede decirse que el filoso­
fa r especulativo procede a p r/orí; como tal, pretende transcender
la experiencia y no acepta someterse al control de los hechos.
Puede, sin embargo, reclamarse a veces de una especial eviden­
cia como punto de partida o término final de la cadena inferen-
cial. -Esto implica una m odalidad inquisitiva diversa, que vamos
.a considerar a continuación.
b) M étodo de intuición. Como fuente de las evidencias que
respaldan los filosofemos fundamentales, el filósofo se remite a
una aprehensión directa, intuitiva, de sus objetos. Este conocimien­
to inmediato, postulado casi siempre como absoluto y último, cu­
bre una am plia gama de variantes m etodológicas particulares.
Mencionemos entre ellas, como ejemplos característicos, la intui­
ción racional cartesiana, la intuición eidética de Husserl, la in­
tuición espiritual de Berkeley, la intuición bergsoniana y la a-
prehensión emocional valorativa de que hablan axíólogos como
Brentano y Scheler. Aquí hay que considerar también esa visión
integradora, esa nueva lectura de los hechos en busca de su uni­
dad y su ley, que es característica del pensar metafísico. En cier­
tos casos, la evidencia en la que se apoya el filósofo es una reso­
nancia anímica muy subjetiva. Así, po r ejemplo, el metafísico fra n ­
cés Le Senne, pisando casi los terrenos de la creencia no filosófi­
ca, dice: "Para mí la principal prueba de la existencia de Dios
es la alegría que experimento al pensar que Dios existe"1, en don­
de la inmediatez y la fuerza del sentimiento vivido desempeñan
el papel de fuentes de conocimiento filosófico.

c) Pensamiento simbólico. Algunos filósofos consideran que


los medios intelectuales no son los apropiados para la faena del
conocimiento metafísico. Un pensar alim entado por la im agina­
ción, aunque discursivo, que trabaja no con conceptos determ i­
nados y unívocos, sino con analogías, metáforas y símbolos, (no
en el sentido matemático y lógico sino más bien en el poético y
m itológico), es para ellos el verdadero instrumento de penetración
en el ser. Hay una antigua tradición de este método o manera fi­
losófica. En la época clásica se manifiesta en el lenguaje a le g ó ri­
co de los presocráticos, en el recurso platónico a los mitos y en
la especulación místico-religiosa de Plotino y los filosófos cristia­
nos. Pero no ha desaparecido en la filosofía contemporánea; an­
tes bien, ha recobrado cierta fuerza, como lo muestra la obra de
pensadores tan importantes como Bergson, Klages y Heidegger.
Aquí, sin embargo, tocamos los terrenos lim ítrofes de la filosofía,
la poesía y la mística.

1 René Le Senne, La Découverte de Dien, P arís, Ed. Aubier, 1955 p. 18.


d) Metafísica inductiva. En rigor, no hoy inducción como
tampoco demostración en filosofía. Cuando hablamos de metafí­
sica inductiva, usando una expresión que ha sido empleada por
algunos filósofos para calificar el tipo de especulación que adm i­
ten, queremos llam ar la atención sobre una reflexión que se a p o ­
ya en las conclusiones de la ciencia y, con la convicción de man­
tenerse fiel a los datos de la experiencia, se aventura a construir
explicaciones generales de la realidad. Frente a la investigación
científica circunscrita a parcelas objetivas, tal filosofar se ofrece
como una investigación que trasciende los límites de las discipli­
nas especiales, pero que no se siente extraña al espíritu positivo,
pues sus conclusiones están afectadas por la probalidad inhe­
rente al conocimiento fáctjco y sujetas a revisión por efecto de los
progresos y cambios que se operan en éste. A un filosofar de se­
mejante tipo corresponde, por ejemplo, la metafísica como refle­
xión no trascendente de Fouillée, así como la construcción evolu­
cionista de Spencer. En general, los filósofos naturalistas y mate­
rialistas de la Ilustración y el siglo XIX, como Diderot, D'Holbach,
Engels o Büchner, representan bien este método filosófico.

e) Metafísica directriz. Aunque podría considerarse como


un elemento del método anterior, conviene distinguir un género
de pensar cuya característica fundamental es el construir y pro­
poner principios interpretativos de la realidad, lo que Stephan
Koerner llama "directivas metafísicas", que han de servir de guía
a la ciencia. El científico, manteniéndose dentro de los límites es­
trictos de su faena de investigación, no puede decidir sobre los
varios tipos de concepción de la realidad que son compatibles
con el material empírico y teórico que maneja. La ciencia no es
autónoma en esto, es decir, no posee criterios propios de decisión.-
Al filósofo — o al científico en plan filosófico— corresponde la in­
terpretación de la realidad con la elección implicada en ella, lo
cual es una faena metafísica, pues en última instancia los hechos
no bastan para aceptar o rechazar la teoría elegida. La fecundi­
dad de ciertos sistemas filosóficos, como los de Descartes o Leib-
niz, en relación con el desarrollo de la ciencia moderna, se o ri­
gina en este tipo de pensar metafísico. Con él tiene que ver tam ­
bién la doctrina kantiana de las ideas regulativas que, diciendo
algo que concierne a la realidad, no poseen sin embargo el sta­
tus de verdades científicas. Físicos como Einstein, Planck y De Bro-
glie, y filósofos como Mach y Russell, conciclen en el ejercicio de
esta meditación directiriz de la investigación científica de la rea­
lidad. De este tipo de pensar proceden también los cuadros del
universo y las interpretaciones del hombre y la existencia de ca­
rácter conjetural que muchos pensadores consideran tarea irre-
nunciable de la filosofía, aunque no acepten verdades a p rio ri ni
evidencias intuitivas.

3. En cuanto a las formulaciones volarativas y prescriptivas


(que es preciso no confundir con cualquier enunciado axiológico,
ético o estético que, en cuanto tal, puede ser del resorte del pen­
sar crítico o metafísico), es de notar la existencia de una gran
diversidad de posibilidades, muy comprensible, por los demás,
pues aquí, más que en ninguna otra actividad filosófica, hay una
estrecha vinculación entre la meditación y la personalidad sin­
gular del filósofo. Pero cabe señalar, por vía de ilustración, tres
variantes metodológicas principales. Las llamaremos métodos de
pensar prescriptivo o m oral, tomando esta última expresión en su
sentido más lato.

a) Pensar m oral especulativo. El filósofo propone y defien­


de una estimativa del mundo y de la vida derivada o teñida de
la concepción metafísica global que es la parte sustantiva de su
doctrina filosófica. Este es típicamente el caso de la prescriptiva
moral en Platón, Santo Tomás, Spinoza o Schopenhauer. Un caso
especial de este filosofar es el de algunos pensadores aue defien­
den un ¡ntuicionismo moral.

b) Pensar m oral critico. El filósofo se apoya en un análisis


no metafísico (por lo menos no declaradamente tal) de la m orali­
dad y en las conclusiones positivas de las ciencias humanas. Sobre
esta base propone normas de valoración y de conducta, que no
reclaman una validez absoluta y universal, pues están sujetas a
revisión y enmienda permanente, pero que él filósofo considera
la más defendibles y probadas. Esta manera prescriptiva es muy
característica de pensadores como Guyau, Russell o Perry.

c) Pensar m oral práctico. Quien filósofa sobre la conducta


puede no remitirse ni a una metafísica ni a las conclusiones del sa­
ber positivo científico, sino extraer del conocimiento práctico de
los hombres y de su propia experiencia vital apreciaciones morales
y directivas de la conducta. En esto el filósofo está más cerca del
hombre de buen sentido, del espíritu prudente, que del investiga­
dor profesional. Sin embargo, su proceder es filosófico por su mo­
do y sus intenciones, ya que, de una. u otra forma, tiene que ver
con las convicciones filosóficas generales que él profesa, cuando
no resulta ser un proceder melódico que aplica sistemáticamente
respecto a toda suerte de cuestiones. N o es extraño, por eso, en­
contrar semejante pensar moral como contrapartida de posicio­
nes escépticas. Montaigne, el Descartes de la moral provisional
y Hume ilustran este filosofar m oralizador.

Observemos, al cerrar esta enumeración, que aparte de las


maneras o métodos filosóficos que hemos señalado — y de otros
que' eventualmente pueden distinguirse— , hay lo que podríamos
llam ar formas o condiciones formales del filosofar, presentes en
todos los casos. Nos referimos al diálogo, al debate interior con­
sigo mismo o a la controversia con los demás, y a la argum enta­
ción que, por el enfrentamiento de tesis, hacen avanzar de con­
vicción en convicción el conocimiento filosófico. El problematismo
de la filosofía, que nos ha ocupado ya en diversas ocasiones, na­
ce y se alimenta de este espíritu polémico y de esta necesidad de
fundar, respondiendo a objeciones efectivas o posibles, aquello
que nunca se da como una verdad indiscutible. Cuando el filósofo
medita en soledad, cuando expone y defiende en público sus te­
sis, cuando intercambia opiniones con otros filósofos, cuando lee
las obras de éstos, cuando las comenta e interpreta, está d ia lo ­
gando. Diálogo polémico es siempre su pensar al elaborar tesis
y form ular enunciados en cualquiera de los modos que-hemos ex­
puesto. El debate, en efecto, puede ser metafísico, crítico o esti­
mativo. Por esta presencia universal del diálogo como forma de
filosofar puede decirse que en esencia toda filosofía es dialéctica.

Volvamos ahora la vista sobre la función que cumplen los


métodos señalados en la economía del pensamiento filosófico.
Deben ser entendidos al mismo tiempo como procedimientos d£
reflexión y como métodos de form ulación y verificación de filo ­
sofemos. Difícilmente pueden separarse uno de otro estos aspec­
tos de su funcionamiento. Al proceder por análisis o especulación,
al desenvolver un discurso racional, al intuir una instancia onto-
lógica o al proponer una norma de conducta, el filósofo vive sin
mediación el descubrimiento de una verdad, la incorpora en una
form ulación determinada, creándolo como pensamiento filosófico,
y tiene de algún modo ya la constancia de su prueba. No se da
aquí la separación de momentos que es típica del conocer cien­
tífico. Por eso, aunque las experiencias y los hechos cuentan en
filosofía, no poseen el papel decisivo de elementos últimos de
prueba. Como se ha dicho, el hecho es para el filósofo unb ilus­
tración de su tesis, no un test que puede arruinar la verdad de
un aserto. De a llí la sempiterna interpretación y reinterpretación
de los datos perceptivos, psicológicos y sociales que es típica del
filosofar, sin que con ello el pensador esté haciendo ciencia po­
sitiva.

Cuando un filósofo formula su enunciado lo hace, pues, con


la certeza de su validez y con el ánimo de sostenerla. Se mueve
en el mundo de la verdad desde el principio. Por esto cabe pre­
guntarle si es cierto lo que dice y sobre qué bases funda su a fir­
mación. Pero la m ultiplicidad de vías abiertas a la meditación fi­
losófica nos advierte que esta cuestión no puede ser planteada y
resuelta trabajando con una noción simple y única de verdad y
verificación (mucho menos si se la extrae de un tipo diferente de
conocimiento, como la ciencia). Puesto que cada filosofar indivi­
dual es una manera original de buscar y establecer la verdad,
puesto que cada tipo de m etodología filosófica es un modo de
contribuir al descubrimiento y al establecimiento de lo que es
cierto en el mundo, los conceptos explicativos de verdad y verifi­
cación varían con los ángulos de visión y comprensión y pueden
funcionar en unos sin resultar aplicables en los demás. Hay aquí
una pluralidad de la verdad que es decisiva. Insistimos en ella
y en el hecho de que la m ultiplicidad de maneras de filosofar y de
fundar los filosofemos no afecta en nada el carácter de conoci­
miento estricto que conviene a la filosofía, porque en esto está la
clave de la comprensión del saber filosófico. Puede decirse in­
clusive que la pluralidad de modos de la verdad, lejos de afectar
ese carácter, revela la gran am plitud cognoscitiva y la» movilidad
del saber filosófico, que I© hace capaz de cubrir todo la gama
de las certezas de la ciencia y el sentido común, sin identificarse
con ninguna de ellas, o mejor dicho, trascendiéndolas a todas.
Veamos esta variación, siquiera brevemente, tomando pie en
los métodos que ya conocemos. Pensar un enunciado, form ularlo
y ponerse en plan de establecer su verdad en virtud de ciertos cri­
terios que deciden si el enunciado es satisfecho por los objetos1
es por lo pronto cosa distinta cuando se filosofa en el modo crí­
tico, en el modo metafísico o en el prescriptivo. En el primer caso,
el filósofo trabaja con contenidos de la experiencia — aunque no
con datos de observación en el sentido científico— , con instancias
que puede aprehender y manejar directamente y que le dan ma­
teria para formulaciones muy precisas. En el segundo, sus térmi­
nos son instancias trascendentes a la experiencia y con pretensión
de absoluto, lo cual pone un obstáculo de principio a la aprehen­
sión y conceptuación cabales del objeto propuesto. En el tercero,
en fin, el filósofo tiene que ver con deberes y valores, es decir,
no con hechos ni conceptos o sustancias, sino con principios nor­
mativos de la acción. Se comprende que la verdad y la verifica­
ción de las proposiciones resulten afectadas por estas diferencias.
La satisfacción del enunciado puede ser cabal en el pensamiento
crítico (quizá tanto o más que en alguna instancia científica), mien­
tras que sólo puede ser aproxim ativa en el pensar metafísico. Asi­
mismo, la certeza puede resultar de una com probación muy mi­
nuciosa y cuidada en el primer caso, mientras que en el segundo
puede ser instantánea y sumaria o estar eventualmente llena de
resonancias emocionales. Por su parte, la verdad prescriptiva y
su confirmación no pueden ser entendidos con el esquema de la
relación entre conceptos y objetos, sino que remiten a una apre­
hensión directa de vigencias prácticas o a una peculiar inferen­
cia no demostrativa fundada también esencialmente en la prácti­
ca. En consecuencia, encontraremos aquí otra gama de certezas
y de criterios de convicción:

Las diferencias y matices se acentúan cuando consideramos


no ya los grandes tipos sino las formas especiales de la metodolo­
gía filosófica. Hay, en efecto, pese a sus notas comunes, un con­
traste marcado en el modo de form ular conocimientos y probarlos
entre el filosofar lingüístico, el fenomenológico y el crítico-trascen­
dental. El análisis lingüístico cuenta con la objetivaciones mane­
jables que son los lenguajes y tiene que vérselas con problemas

1 Recuérdense las indicaciones dadas, al estudiar la definición de la verdad,


cap. IX.
de vigencia y corrección. En cam bio, el método fenomenológico
tra baja con lo inmediato y a ello se atiene; gana así en seguridad,
pero corre siempre el riesgo de caer en la subjetividad de la im­
presión psicológica. El tercero, por su parte, puede apelar a la fe­
cundidad explicativa de sus conceptos medida por el tra bajo de
la ciencia o por los sistemas morales, jurídicos o axiológicos, pe­
ro no cuenta con una prueba incontrovertible en las cuestiones
de fundamentación última. Tratándose de los modos de la con­
cepción del mundo, el panorama no es menos contrastado. El pen­
sar especulativo se apoya en las conexiones discursivas y puede
reclamar de ellas su confirm ación como conocimiento (dentro de
los límites de una inferencia no demostrativa), mientras que e l'p e n ­
sar simbólico renuncia a la prueba racional y apela a la fuerza
sugestiva de las imágenes y metáforas, en tanto que las m etodo­
logías intuicionistas se apoyan en evidencias inmediatas y deman­
dan juzgar los filosofemos por remisión última a esa fuente. En
todos estos casos, la cuestión de la verdad está precedida, como
se ve, por la cuestión de la fuente y sustento del conocimiento.
Lo mismo ocurre con el pensar m oral. Las filosofías prescriptivas
no se diferencian menos en su validación, pues unas se reclaman
de las certezas de la ciencia, otras de las visiones metafísicas úl­
timas y otras de los medios persuasivos de argumentación, cuando
no se limitan a la mera exhortación. Esto implica que la validez
de lo afirm ado y la posibilidad de establecer esa validez tienen
bases y vías de acción muy diferntes en cada caso.

En resumen, la verdad filosófica y los métodos cognoscitivos


que con ella se relacionan cubren una amplísima gama de formas
y procedimientos, que se extienden desde la inferencia cuasima-
temática del análisis lógico y la dación inmediata del filosofar
fenomenológico hasta las modalidades persuasivas cuasisentimen-
tales del pensar simbólico y la exhortación m oral1. De modo ge-

1 No obstante la negUción posible (le la razón, hay siempre en filosofía una


base de pensar racional. Guando renuncia a la inteligencia el filósofo da ra­
zones. Se puede hablar, por eso, de medios persuasivos filosóficos, que no se
oonfunden con la simple expresión emotiva. Son muy importantes en este
sentido las investigaciones sobre el aspecto retórico de la filosofía impulsadas
últimamente, en especial por Ch. Perelmann y L. Olbretchs-Tyteca. Cf. de
estos autores, Rhétorique et Philosophie, P arís P. U. F., 1962, y La Nouvelle
Rhétorique. Traite de l’argumentación, París P. U. F., 1958, 2 vol., aparte de'
título en castellano indicado en la bibliografía que damos al final del capítulo
neral, puede, sin embargo, caracterizarse el proceder filosófico
diciendo que los filosofemos no son enunciados^susceptibles de
prueba demostrativa estricta o de verificación empírica por refe­
rencia a hechos, ni asimilables a la postulación matemática, la
descripción positiva o la form ulación de hipótesis al estilo, por
ejemplo, de la ciencia natural. La esencia de la filosofía, por su
radicalidad, su problem aticidad y su carácter polémico, implica
la iluminación, la formulación de aserciones categóricas y Icf va­
lidación argumentativa. Esa necesidad de iluminación, de afirm a­
ción y de argumentación son el nervio de la creación y el progre­
so del pensar filosófico. En ellas reside a la vez su eficacia y su
debilidad.

* * *

Guía de lecturas. No existen en castellano muchos ni suficien­


temente amplios estudios sobre el método y lenguaje de la filoso­
fía, como los que existen en otras lenguas (vg., Collingw ood, An
Essay on the philosophical Method; Barnes, The philosophical Pre-
dicament; John Passemore, Philosophical Reasoning; W eil, Logique
de la Philosophie; Belaval, Les philosophes et leur langage, Koer-
ner, Conceptual Thinking, etc.]. Sobre el tema del lenguaje filosó­
fico, aparte de las referencias sumarias que pueden encontrarse
en algunos manuales de introducción a la filosofía (por ejemplo
el de Leisegang, cap. IV, 3), se consultará con provecho los si­
guientes títulos: Antonio Gómez Robledo, Filosofía y lenguaje, Mé­
xico, Facultad de Filosofía, Univ. Nac., 1956; W . M. Urban, Lengua­
je y realidad, cap. XIII; José Ferrater M ora, Variaciones sobre el
espíritu, Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 1945; Rodolfo M ondolfo,
Problemas y métodos de la investigación en historia de la filosofía,
cap. XI, y Ch. Perelmann y otros, Retórica y lógica, México, Univ.
Nac. 1959.

Sobre la distintas maneras de hacer filosofía, en relación con


los problemas de metodología que hemos examinado, véase: G a r­
cía Morente, Lecciones preliminares de filosofía, caps. II y III; A.
Müller, Introducción a la filosofía, preliminares 3; W . W indelband
"Q ué es filosofía" (en Preludios filosóficos), que pone de resalto
las variaciones históricas en el pensamiento filosófico; W . Dilthey,
Esencia de la filosofía, segunda parte, III, donde se estudian las
formas de la concepción filosófica y se contrasta la manera crítica
y la manera metafísica de filosofar; R. Frondizi, El punto de pa r­
tida del filosofar, I, I; la Introducción de G. Ryle al libro colectivo,
La Revolución en filosofía, buena ilustración del punto de vista
crítico a nal í-tico; Peter Wust, "La filosofía como ciencia y sabidu­
ría , en la revista Escorial N 9 11, 1943; y las páginas de V. Solo-
viev, seleccionadas en la antología ya citada, Ciencia y filosofía
(p. 166), que opone netamente una filosofía concebida como fae­
na teórica y una filosofía de orientación práctica.

A continuación damos algunos eiemplos de obras que ilus­


tran los diferentes métodos estudiados. En los diálogos platónicos
se encontrará una típica muestra del análisis conceptual (hay cla­
ra referencia a esta metodología en Fedón, 99 d — 102 e; Filebo
16 c— 18 d). Véase también de Aristóteles, Metafísica, v. g., libro
VII, 4. La prueba ontológica de la existencia de Dios, tal como
es expuesto por San Anselmo en el Proslogion (caps. II y III) y por
Descartes en las Meditaciones metafísicas (Medit. quinta), son, asi­
mismo, buenos ejemplos de análisis conceptual. Algunos pasajes
de Experiencia y naturaleza de John Dewey (vg., caps. I y III)
pueden servir para la comprensión más adecuada del uso no me­
tafísico de este método.

Sobre el análisis lógico, véase de Bertrand Russell, "El méto­


do científico en filo sofía ", cap. IV de Misticismo y lógica, y "La
lógica como esencia de la filosofía", cap. II de Nuestro conoci­
miento del mundo externo (Buenos Aires, Ed. Losada, 1946) del
mismo autor.

Para fam iliarizarse con el análisis lingüístico tal como lo prac­


tica G. E. Moore, véase Principia Ethica, México, Univ. Nac. Autó­
noma, 1956, cap. I, parágrafo 6 y ss., la pequeña Etica, Barcelo­
na, Ed. Labor, cap. III o El concepto de valor intrínseco, Lima, Bi­
blioteca Filosófica, 1963. Con respecto al método heideggeriano,
ver Introducción a la metafísica, Buenos Aires, Ed. Nova, 1956,
cap. II.

Sobre el método crítico-trascendental, léase de Kant, la In­


troducción a la Crítica de la razón pura. La revisión de otros pa­
sajes de esta obra, si bien es texto difícil para el principiante, le
ayudará a formarse una idea de este procedimiento filosófico.
Sobre el mismo tema, como otra ilustración interesante, véase el
cap. I de Gastón Bachelard, La form ación del espíritu científico,
Buenos Aires, Ed. Argos, 1948.

Sobre el método fenomenológico es conveniente leer algunas


páginas de Husserl, v.g., el cap. I de la segunda sección de Ideas,
México, F. d. C. E. nueva ed. 1962. Véase asimismo de Scheler,
"Fenomenología y gnoseología" y "La teoría de los tres hechos",
en Esencia de la filosofía, ya citada.
En relación con el método histórico-existencial, ver de Marx
las Tesis sobre Feuerbach y algunos pasajes de los Manuscritos
económicos-filosóficos de 1844 (incluidos con otros textos en el li­
bro E. Fromm, M arx y su concepto del hombre); y de Sartre, el fa ­
moso estudio sobre la mirada, de El ser y la nada, tercera parte,
cap. 1* IV.

Los textos de Platón, Aristóteles, San Anselmo y Descartes,


mencionados al hablar del método conceptual, pueden citarse
también a propósito del pensar especulativo como método meta-
físico. La Etica de Spinoza ofrece buenos ejemplos de esta mane­
ra de filosofar; el lector puede revisar al efecto las definiciones,
axiomas y las primeras proposiciones demostradas de la primera
parte, “ De Dios” , de ese libro. En el estudio de Emile Chartier,
Spinoza, México, Ed. América, cap. I, se encontrarán útiles indi­
caciones sobre el método spinoziano. De Hegel, aparte de la In­
troducción a la Fenomenología del espíritu, ya citada, como lectu­
ra breve y muy ilustrativa, aunque difícil, «se pueden mencionar los
pasajes acerca de “ La doctrina del ser” , en la primera parte de
la pequeña Lógica, Enciclopedia de las ciencias filosóficas, vol. I.
A llí mismo, en la Introducción, hay .textos característicos de la con­
cepción hegeliana de la filosofía y su método.

Sobre la intuición como método, véanse los ensayos ya clá­


sicos de Bergson,- "Introducción a la metafísica” y "La Intuición
filosófica", en El pensamiento y lo movible, Santiago, Ed. Ercilla,
1939. Conviene asimismo leer algunas páginas de Husserl sobre
la intuición de .esencias, vg., Ideas, sección primera, cap. I, para-
graf. 3. La concepción bergsoniana del filosofar es buen ejemplo,
además, del método símbolico (cf. "Introducción a la metafísica),
así como ciertos ensayos recientes de Heidegger (cf. "La cosa", en
la revista Ideas y valores, Bogotá, Nos. 7-8, 1953). Entre los filó ­
sofos clásicos, Enneadas de Plotino es lectura a propósito. Léase,
igualmente, de M ariano Ibérico "La simbólica del aparecer y el
sentimiento del destino", en Las Moradas, vol. II, N 9 4, Lima, abril
de 1948, y La Aparición. Ensayos sobre el ser y el aparecer, Lima,
Imp. Santa M aría, 1950.

Con relación a las metafísicas inductivas, véase, por ejemplo,


Herbert Spencer, Primeros principios, Barcelona, Ed. F. Granada,
s.a., segunda parte, cap. I; y F. Engels, Dialéctica de la naturale­
za, Buenos Aires, Ed. Problemas, 1941, Introducción.

Acerca del filosofar en el modo de la metafísica directriz,


véase la Crítica de la razón pura, I, segunda parte, apéndice a la
Dialéctica trascendental. O tro tip o de textos, muy significativos
por proceder de científicos, son los que pueden extractarse de la
discusión de Einstein y Planck en torno a la causalidad y el de-
terminismo, en M. Planck, Adonde va la ciencia, ya citado.

Buenas ilustraciones de los tres tipos de filosofar prescriptivo


que hemos distinguido, son, respectivamente, de la moral especu­
lativa, Santo Tomás, Suma Teológica, (leer, vg., en el "Tratado de
la bienaventura", las cuestiones 2 y 5); de moral crítica, J. M. Gu-
yau, Esbozos de una m oral sin obligación ni sanción, Buenos Aires,
Ed. Americalee, 1944, Conclusión; y de la m oral práctica, M on­
taigne, Ensayos, vg., libro III, cap. 3, "D e la experiencia".
XIII

LAS PARADOJAS DE LA FILOSOFIA

"D el mismo modo, los principios que a p ri­


mera vista parecen llevar al escepticismo, de­
sarrollados hasta un cierto punto, me traen dfe
nuevo al sentido com ún".

George Berkeley

"Estos son en efecto los dos hechos que im­


presionan a todos los espíritus en el espectácu­
lo de la filosofía y que dominan toda su his­
toria: de una parte, en todas las grandes épo­
cas, en todas las épocas lúcidas en los anales
de la humanidad, el privilegio asombroso que
im porta el hecho de que deban ocuparse en
ella, absorberse en ella, las más altas y las
más firmes inteligencias; po r otro lado, a pe­
sar de los trabajos y los esfuerzos de esas in­
teligencias, el infortunio no menos extraordi­
nario de permanecer inmóvil, eternamente re­
tenida en las mismas incertidumbres en donde
se encontró colocada desde los primeros días
de su historia".

Théodore Jouffroy

“ Que la filosofía progresa de otras maneras


desde el aturdimiento hacia la claridad p o ­
dría fácilmente demostrarse a quienes emplean
sus días haciendo filosofía. Pero éstos ya lo
saben".

Stephen Koerner
Hemos visto en el capítulo anterior que, si bien tiene sentido
el hablar de verdad y de método de verificación a propósito de
la filosofía, no puede postularse la existencia de una m etodolo­
gía filosófica única y universalmente aplicable, ni de una verdad
form ulada de modo abstracto y genérico, porque en la práctica
del pensar filosófico es decisivo el momento de individualidad per­
sonal de cada filósofo. Cuál sea en cada caso el sentido de la
verdad que sostienen un pensador, qué método haya seguido en
su meditación y cómo resultan verificables los filosofemos, es cosa
que hay que decidir en última instancia por remisión a la situa­
ción concreta del pensar. Podemos ciertamente hablar, con ma­
yor o menor grado de abstracción e impersonalidad, de formas
genéricas, como hemos hecho en el caso de los tres tipos de fi­
losofar que nos han servido como esquema orientador y también
en el de los catorce subtipos metodológicos esbozados. N o obs­
tante ello, si tenemos en cuenta las combinaciones y fusiones que
se producen de hecho en la práctica de la reflexión filosófica y,
sobre todo, si reparamos en que éstas provienen de la gravitación
propia de la psicología y la situación cultural de cada pensador,
se hace claro que la comprensión y la decisión de la verdad de
un filosofema, de una secuencia discursiva y, en general, de la doc­
trina entera de cualquier filósofo, exigen un tratam iento individual.

Una comprobación semejante hemos hecho al ocuparnos del


lenguaje filosófico. Según vimos, el significado de las aserciones
de un filósofo es eminentemente contextual, y esto quiere decir
que sólo tienen sentido pleno en la articulación de la obra y la
vida de quien las formuló. Las cuestiones de vocabulario, función
de términos y formas sintácticas, precisión o vaguedad, evolución
semántica y otras que interesan al análisis lingüístico de las filo ­
sofías, no pueden plantearse de modo genérico — como ocurre
también en poesía— , sino con referencia muy determinada a per­
sonas, situaciones y textos concretos. La individualidad prevalece,
pues, también aquí.

Pero, a diferencia de la poesía, la filosofía pretende comuni­


car conocimientos. Si en lo que dice el filósofo busca la claridad,
el rigor y la precisión, es justamente porque se reclama de una
verdad que puede ser establecida y cuya prueba todos los hom­
bres, en principio, pueden efectuar. El problematismo de la filo-
sofía apunta en la misma dirección, porque una cuestión no se
torna filosóficamente interesante sino en la medida en que deja
de ser una cuestión privada y circunstancial. Este núcleo vivo del
pensar filosófico, este proceso por el cual se modifica, encuadra
y elabora una interrogación de un modo tal que sea posible res­
ponderla en nombre, por así decirlo, de todos los hombres y pro­
poner la respuesta a todos ios hombres, testimonia de la vocación
de universalidad del filosofar, que ha sido reconocida desde las
primeras etapas de su historia. Del mismo modo, cuando un filó ­
sofo pone en tela de juicio las ideas recibidas de su tiempo, o
cuando las utiliza para su propio cometido; cuando explora las
virtualidades de la religión, de la ciencia, del arte y de la econo­
mía, o cuando las somete a crítica, pretende hablar no en nom­
bre dé sí propio únicamente sino de todos los sujetos pensantes.
Y por eso no es insólito que, apartándose al principio del sentido
común, que es el punto de encuentro de todas las conciencias,
vuelva a éste como al lugar en que deben mostrar su valor la
tesis que sustenta. La universalidad es así otro rasgo esencialí-
sirr^ del pensar filosófico.

Individualidad personal y universalidad en la misma esencia,


he aquí la paradoja del filosofar. N o es, sin embargo, la única.
La hay también en el hecho de que la filosofía se ofrezca censora
y juez de la ciencia en punto a supuestos y fundamentos, ponien­
do a prueba las bases de su rigor cognoscitivo — en lo cual va
implícita la idea de un máximo rig o r— , al tiempo que sufre ella
misma de un grave problema de fundamentación y no está exen­
ta de supuestos ni tiene asegurado del todo su rigor como forma
de conocimiento (por lo cual es precisamente objeto de descon­
fianza y censura de parte de las mentalidades científicas). Hay
aquí dos cosas que no parecen compadecerse bien la una con la
otra, la oposición de una^exigencia máxima de rigor y un preca­
rio rigor cumplido, es decir, otra paradoja.

Si volvemos los ojos al proceso de la filosofía observaremos


otro hecho interesante para el punto que ahora tocamos. Los fi­
lósofos se refutan unos a otros y, a través de la dialéctica de es­
ta refutación, buscan ir hacia adelante en el proceso del conoci­
miento. La insatisfacción de un pensador con respecto a las tesis
sostenidas por sus predecedores y maestros es un rasgo típico del
comportamiento filosófico. El sentido de este proceder es la pre­
tensión de superar el nivel del conocimiento anterior y la concien­
cia de haber dado pasos efectivos en esta dirección. Ningún filó ­
sofo objeta y refuta a otro sin proponer tesis sustitutorias, ningu­
no niega sin afirm ar al mismo tiempo, y la levadura de esta a fir­
mación es la convicción de estar progresando en el conocimiento.
A tal punto es esto así que resulta imposible volver atrás en la
historia de la filosofía y sustentar tal cual la tesis de un filósofo dei
pasado. Las filosofías que se reclaman de una doctrina anterior,
como, vg., el kantismo, el tomismo, el positivismo, tienen siempre
algo que agregar, una enmienda o modificación que afecta a la
postre la tesis total, de lo cual resulta una filosofía nueva, un neo-
kantismo, un neotomismo, un neopositivismo, que son doctrinas
muy distintas de sus fuentes de inspiración reconocidas.

Sin embargo, parece también necesario aceptar que, com­


parada a lo largo de la historia, con la ciencia, la filosofía no
hace progresos continuos y firmes en el camino de la resolución
de los problemas que se plantea. Los filósofos dan la impresión de
gira r desde hace siglos alrededor del mismo punto, en un esfuer­
zo inútil y desesperado por resolver interrogantes y proba r tesis
rebeldes al entendimiento, mientras los científicos acrecientan sin
tregua al acervo de! conocimiento humano. Hay, pues, eri la fi­
losofía una oposición, semejante a las anteriores, entre el progre­
so y el estancamiento en la investigación de la verdad, una para­
doja del adelanto y el inmovilismo del pensar.

Estas paradojas, y otras que podríamos mencionar y en las


que ya el lector habrá reparado por su cuenta (como la oposi­
ción de la actitud puramente teórica y la actitud práctica, de la
unidad y la m ultiplicidad del filosofar y la verdad filosófica o de
la necesidad y contingencia de su evolución histórica), ponen de
manifiesto la peculiaridad de la filosofía y el problema que pre­
senta la justa comprensión de este saber.

Por cierto que un obstáculo importante que se opone a es­


ta comprensión es el uso de modelos extraños a la naturaleza
del filosofar. Frente a esta tentación reductiva se necesita una di­
rección nueva de la mente, una apertura del conocimiento que
haga posible el reconocer a. la filosofía como saber sui generis.
Que ella no se adecúe a los modos propios de la religión, del ar­
te, de la ciencia u otros cualesquiera, no significa que no exista
y tenga sentido como conocimiento. Lo tiene justamente como otro
género de saber. Ocurre aquí cosa análoga al cambio de enfo­
que necesario para el reconocimiento de la.ciencia histórica. Mien­
tras prevalecen los modos de conceptuación científico-naturales,
mientras la física o la química son tomadas como modelos úni­
cos y soberanos de ciencia, no hay lugar para la historia autén­
tica. Ese lugar sólo se gana descubriendo la peculiaridad del sa­
ber histórico, su sentido propio como investigación de la verdad.

Esta visublización original de la filosofía, que no admite el


primado de otras formas del conocimiento, llevará a comprender­
la en toda su riqueza y com plejidad, con sus contrastes y para­
dojas, y permitirá al mismo tiempo integrar y resolver estas mis­
mas oposiciones — muchas de las cuales provienen justamente de
la imposición de modelos de comprensión extraños. Hay que
aceptar la posibilidad e inclusive la necesidad de que la filosofía
se enraíce en la persona singular del filósofo y que al mismo tiem­
po se reclame de la universalidad; que su lenguaje pretenda co­
municar conocimientos y que al mismo tiempo no tenga sentido
sino en y por el acto personal del cada pensador. Cuando nos
negamos a ello estamos en buena cuenta siendo víctimas del há­
bito de llam ar saber exclusivamente al conocimiento natural y
abstracto, y lenguaje significativo sólo a un conjunto de signos
aislables y constantes, lo cual es sólo válido para la ciencia y has^
ta imperativo en ella, habida cuenta de sus objetos, métodos y
propósitos. Cuando, en cambio, pensamos en el cometido de la fi­
losofía como crítica, como concepción del mundo o como estima­
tiva, se hace claro que la «individualidad y la universalidad no pue­
den ser desterradas de su naturaleza. Un pensar que se radicaliza
y persigue las últimas consecuencias y condiciones de cualquier
enunciado y de cualquier entidad o conducta, pone en juego al
hombre en total y lleva inevitablemente el sello de lo que es a la
vez más íntimo y más vasto y abarcante. Por lo mismo, su lengua­
je habrá de estar marcado por la presencia de la origin alid ad
personal, de las perplejidades de quien se distancia del mundo y
de la significación menos abstracta y excluyente del lenguaje.
El progreso de lo filosofía se entiende igualmente mal o no
se entiende cuando es juzgado según los patrones de la evolución
científica, que es lineal y acumulativa. Frente a este modelo evolu­
tivo, es preciso poner otro, el del proceso ascendente del planteo
y depuración de los problemas, con permanencia de un núcleo
de cuestio'nes y aporías,’ nunca completamente despejables. Hay
que describir y resaltar la posibilidad de articular unas con otras
las visiones y análisis en debate, como diferentes modos de com­
prender el mundo y de dar cuenta de una misma problemática,
modos que son cada uno valioso por sí mismo y capaz, en conse­
cuencia, de fecundar a los demás y de enriquecer el conjunto del
conocimiento filosófico. Existe la polémica y la refutación en filo ­
sofía y por tanto también la negación y la descalificación de las
doctrinas. Pero esta conciencia enjuiciadora, que es esencial en
el filosofar individual, se alimenta de la obra común y, al tiempo
que descalifica, reconoce el papel imprescindible que en cada pa­
so de la reflexión propia tiene la meditación de los demás.

N o puede extrañar por eso la variedad de las filosofías y


la unidad subyacente en el filosofar, que no es la unidad de la
simplicidad o la repetición, sino una unidad dialéctica, semejante
al nexo interior que hace que todos los momentos contrastados
de la vida de un hombre se conjuguen en la totalidad dinámica
de su persona y su biografía. La pluralidad de los métodos y fo r­
mas de la verdad filosófica, vista desde esta perspectiva, no cons­
tituye, pues, un caos indescifrable sino una variedad concertada,
en la que líneas múltiples de pensamiento convergan a un mismo
centro.

N o debe entonces extrañar que los filósofos — pese a las de­


claraciones en contrario— se entiendan siempre, y estudiándose,
criticándose, refutándose mutuamente, den fe de una misma acti­
tud fundamental. Son más bien quienes están fuera de la filoso­
fía los que ven en las manifestaciones paradójicas de este saber
un argumento contra su sentido y vigencia. Para los filósofos mis­
mos, este sentido y esta vigencia vencen el obstáculo de la duda.
Lo cual no quiere decir — y aquí hay otra paradoja— que la filo ­
sofía no necesite siempre ser reformada y hasta superada en un
sentido radical. La filosofía así transformada será siempre, sin em-
bargo, una conciencia que vive no sin paradojas, ni a pesar de
ellas, sino en ellas.

* * *

Guía de lecturas. Sobre los principales temas arriba tratados


son recomendables como lecturas complementarias y am pliato­
rias, los siguientes títulos: A. Vassallo, "¿Es la filosofía un saber es­
tricto?", en Qué es filosofía; A. M üller, Introducción a la filosofía,
Preliminares 5 y 6, y Conclusión, 2; Aníbal Sánchez Reulet, Raíz y
destino de la filosofía; Max Scheler, Esencia de la filosofía; Georg
Simmel, Problemas fundamentales de la filosofía, cap I; W illiam
James, Problemas de ia filosofía, cap. I; Rodolfo M ondolfo, Proble­
mas y métodos de la investigación en historia de la filosofía, esp.
caps. IV, V y X, y "La filosofía como problemática y su continui­
dad histórica", en la Revista de Filosofía de la U. de Costa Rica,
1957, N 9 1. La oposición de la individualidad personal y la exis­
tencia de universalidad en el filosofar puede ser documentada
con el debate entre J. Gaos y F. Larroyo, Dos ideas de la filoso­
fía, ya citado. Una muy sugestiva presentación del problema de la
personalidad del filósofo es la de Juan David García Bacca en
Invitación a filosofar, vol. I 9, cap. I.

Sobre la aplicación de los modelos científicos a la interpreta­


ción de la filosofía nos remitimos a la bibliografía del cap. VI.
X IV

FILOSOFIA Y ANTIFILOSOFIA

“ Calicles: Ciertamente, Sócrates, la filosofía


tiene su encanto si se toma moderadamente
en la juventud; pero si se insiste en ella más
de lo conveniente, es la perdición de los hom­
bres
Platón

"Todos los hombres naturalmente desean sa­


ber. Mas ¿qué aprovecha la ciencia sin el te­
mor de Dios? Por cierto, mejor es el rústico
humilde que le sirve, que el soberbio filósofo
que, dejando de conocerse, considera el cur­
so del cíe/o” .

Tomás de Kempis

"D e este modo, la principal hipocresía de


quienes hacen hoy profesión de filosofar es,
sin duda, el hacer creer que la filosofía exis­
te"
Jean-Francois Revel
t

"Los filósofos sólo han interpretado el mundo


de diferentes maneras; se trata de transfor­
m a rlo".
M arx

"Creo que todos los sistemas filosóficos inven­


tados y propagados hasta ahora son otras
tarjtas comedias compuestas y representadas
que contienen mundos ficticios y teatrales".

Francis Bacon
El filósofo, el hombre que se inquieta por el conocimiento
radical, que recorre el mundo en todas las direcciones afanándo­
se por saber — para recordar el lenguaje de los primeros docu­
mentos históricos de la tradición filosófica— parece ocupar ,un
alto puesto en la jerarquía humana y merecer el reconocimiento
y respeto de todos. Hay innumerables testimonios que podrían adu­
cirse para probar una valoración positiva de la filosofía en nues­
tra cultura, que son secuela de un constante recurso a ella y tra ­
ducen una necesidad de filosofar en el hombre occidental. De allí
que decir filosofía, como, cualquiera puede juzgarlo sin que im­
porte la diferencia en el nivel de educación, en la mayoría de los
casos es hablar de una actividad digna, seria, difícil seguramen­
te, pero con una importancia y prestigio innegables.

Hay, pues una actitud positiva hacia la filosofía y en ella,


por lo general, se instalan las introducciones a la filosofía y los
ensayos de descripción e interpretación del filosofar. Aunque sin
dejar de apuntar, aquíi y allá, algunas debilidades, esa es tam­
bién la actitud que, quizá por un pa rtí pris valorativo inconscien­
te, hemos adoptado hasta aquí. Pero si queremos presentar nues­
tro saber en su cabal fisonomía, es justo que consideremos el otro
lado de la figura, la negación de la filosofía, con lo cual nos a-
cordaremos también de la exigencia filosófica de ser puntualmen­
te críticos.

Ya en la antigüedad hay, en efecto una antifilosofía, a la


cual han sido sensibles ios grandes pensadores clásicos. Platón
ha de|ado un testimonio insuperable de esta actitud en el discur­
so que pone en boca de Calicles, un opositor de Sócrates en el
diálogo Gorglas. Para Calicles, la fildsofia es una prenda estima­
ble en la juventud, una ocupación que va bien a los |óvenes, es
decir, a quienes no tiene todavía una función en la vida; pero es
inaceptable en el adulto. Quien continúa filosofando en la ma­
durez o en la ancianidad se cubre de ridículo, pierde el sentido
de las faenas serias y provechosas de la ciudad y, más aún, ca­
mina a su perdición. Es que la filosofía lo hace ignorante de sus
intereses reales e inerme ante la fuerza y la astucia de los demás
— piensa Calicles. Lejos, pues, de ayudar al filósofo en la conduc­
ción de su vida y de permitirle socorrer y orientar rectamente a
los demás, la filosofía es un quehacer inútil y perjudicial. El ideal
de la sabiduría es convertido aquí en el desvalor de la ignoran­
cia de la vida, una ignorancia, además, culpable, porque aleja
al hombre de sus obligaciones ciudadanas y lo pone en contra­
dicción con las costumbres y el orden de la sociedad. Ante la
condena y ejecución de Sócrates, Calicles habría podido decir
que la filosofía inevitablemente lo perdió y que la ciudad tenía
la razón contra él. La muerte del filósofo ateniense, como otras
muertes parecidas que la historia de la filosofía recuerda, sería
la prueba de que la filosofía no es una sabiduría de la vida, sino
justamente lo contrario, la destrucción de los valores reales de la
vida.

Pero,, además de Calicles, que representaría a los hombres


con intereses prácticos concretos y afanosos de poder y prosperi­
dad, otro tipo de hombres, los religiosos, suelen negar tajantemen­
te la filosofía. Cuando Tomás de Kempis se pregunta qué aprove­
cha la ciencia sin el temor de Dios y afirma que mejor es el rústico
que sirve a Dios que el soberbio filósofo deseoso de conocer todo,
está expresando esta descalificación del filosofar. El saber filo ­
sófico, según tal punto de vista, más que auxilio para la vida es
“ estorbo y engaño" y lleva, contra su pretendida capacidad es-
clarecedora y conductora, a la ignorancia de sí mismo y a la frus-
tación de la vida. La reflexión pierde, sólo la caridad salva, es
la lección que quiere enseñar Kempis.

Pero no sólo el hombre que busca la eficacia y el que se aco­


ge a la fe niegan la filosofía. En el terreno más propio de ésta,
la teoría, los científicos no siempre le reconocen función y valor.
Interesa pensar aquí no en las grandes figuras de la ciencia, sino
justamente en el investigador típico, en la mentalidad promedio
del científico, que da testimonio de una opinión más general y
constante. Esta opinión es frecuentemente negativa, cuando no
simplemente indiferente a los valores teoréticos de la filosofía. En
muchos casos, la franca proyección del filósofo al conocimiento,
su pretensión de realizar una faena estrictamente cognoscitiva, le
resulta al-científico un elemento perturbador de la expansión de
su propia actividad y una causa de desorientación para quienes
pueden ser educados en el ideal del conocimiento positivo.
Pero las mentalidades artísticas no son tampoco extrañas a
la negación de la filosofía, bien que por motivos diferentes. No
es insólito que el poeta considere falto de gracia, demasiado so­
lemne y hasta quizá francamente torpe el estilo filosófico. Ve a
la filosofía desdq el m irador de la forma y no encuentra en las
páginas del pensador la respuesta adecuada a su sensibilidad.
Pero también le disgusta ciertamente el prurito filosófico de la a r­
gumentación y la prueba, ese empeño de fundar y explicar que
está muy lejos de sus propias preocupaciones. Por otra parte, su
saber inmediato de los hombres y la vida le da una seguridad
en su trato con lo concreto que el filósofo no alcanza a que no
se atreve a considerar definitiva.

Hay ciertas mentalidades polémicas que van aún más allá.


N o contentas con ignorar o desvalorar a la filosofía, quieren li­
quidarla. Giovanni Papini es una buena muestra. Escribió expre­
samente un libro, El crepúsculo de los filósofos, "p a ra demostrar
toda la vanidad, la vacuidad y la ridiculez de la filo sofía ", de es­
te "equívoco aborto del espíritu humano, de este monstruo de se­
xo dudoso, que no es ni ciencia, ni arte y es una mixtura de todo,
sin llegar a ser un instrumento de acción y de conquista". Des­
pués de la liquidación general que pretende consumar en su pan­
fleto, piensa Papini que a la filosofía no le queda más que mo­
rirse del todo o subsistir quizá como género literario. La metafí­
sica, dice, puede tom ar el lugar de los poemas épicos, recono­
ciendo así su naturaleza esencialmente imaginativa y extraña al
conocimiento genuino.
%
Este antifilosofiím o no es, como vemos, solamente antiguo.
Calicles representa una actitud griega,- Papini habla para los hom­
bres de este siglo. No es tampoco, por extremo que parezca, ex­
cepcional, ni asunto de moda. Hace pocos años, un libro no me­
nos agresivo que el de Papini, Pourquoi des philosophes? (Para
qué filósofos?) de Jean-Francois Revel, dio oportunidad a pensar
una vez más en contra de la filosofía. El autor de ese libro quiso
también liquidar a la filosofía. De oírle, no le faltón razones de
peso. Los filósofos, según él, son culpables de hacer perdurar los
problemas por el artificio de extraer conclusiones y nuevas ideas
de doctrinas que más bien habría que medir según su verdad y re­
chazar por erróneas; así, en lugar de eliminar una problemática
inadecuada, justamente la amplían y la estabilizan, del mismo mo­
do como, por una curiosa inversión de sentido, en lugar de cons­
tru ir sistemas para comprender las cosas, convierten los sistemas
en objetos principales de la reflexión, en aquello que hay que
comprender, haciendo de lo que es medio un fin último. Por otro
lado, la influencia que parece ejercer la filosofía contemporánea
sobre la literatura, en virtud de la reflexión sobre el sentido, y a l­
cance de la creación, se torna a los ojos de Revel en una fallida
imitación de la literatura* es decir, no en un rasgo de vigor y pres­
tancia, sino todo lo contrario, en un síntoma de debilidad e inau-
tenticidad. Pero inclusive el ideal tradicional de un saber conduc­
tor de la vida cambia de signo en esta crítica y resulta un motivo
más de descalificación. Los filósofos, dice Revel, "llam an filosofía
el sueño de una disciplina re’6 tora que sería a la vez ciencia y*sa­
biduría, conocimiento del absoluto y principio jerarquizador de los
otros conocimientos, a los que prestaría su significación última. La
filosofía de nuestra época es una tentativa desesperada por disi­
m ular y disimularse la disgregación de esta concepción"1. Como
era de esperarse, la conclusión se expresa en los términos más ra ­
dicales: "¿Para qué sirven, en efecto, los filósofos, o por lo menos
estos filósofos, si su filosofía se ha convertido en lo contrario de
la filosofía, si la disciplina de liberación por excelencia ha dege­
nerado poco a poco en esta letanía beata de fórmulas venidas
de todos los estratos del tiempo y de todos los rincones del es­
pacio, y si' la pretendida escuela del rigor ya no es más que el
refugio de la pereza intelectual y la cobardía m o ral? "2.

Apenas oculto por el lenguaje emotivo hay aquí sin em bar­


go un rasgo que no debe escáparsenos y que apunta en una di­
rección que queremos marcar claramente. Revel — que, por lo
demás, puede ser considerado también un miembro de la fam ilia
filosófica— no concluye en buena cuenta descalificando a todos
los filósofos, sino sólo a algunos, y no liquida lo filosofía sino una
filosofía, o un modo de filosofar inauténtico. Tiene, pues, su pro­
pia noción de la ‘buena" filosofía y del filósofo "auténtico", un
arquetipo que le sirve de medida de valor y que ¡mplícitamenh

I- Pourquoi des philosophes. París. Julliard, 1957, p. 155.


2 Ibid. p. 147.
propone como un ideal que es preciso realizar. Su crítica de la
filosofía supone entonces la filosofía, está hecha desde la filo ­
sofía y resulta a la postre motivada por el valor del quehacer fi­
losófico.

Esta es la com probación hacia la que queremos orientar aho­


ra la atención del lector. Las críticas más acerbas de la filosofía,
y quizá también las más pertinentes, son las que formulan los pro­
pios filósofos. Son las negaciones de quien conoce la fam ilia des­
de dentro y sabe cuáles son sus verdaderas debilidades. Pero son
también las negaciones que buscan salvar y consumar un valor
inevitablemente asumido. Los filósofos son los primeros que piden
cam biar totalmente y hasta cancelar la filosofía existente; son
ellos los menos satisfechos y los más lúcidamente desengañados
de la realidad del filosofar. Pero esta es su manera más radical
de asumir una actitud filosófica, la revelación de una voluntad
de autenticidad que proyecta una luz nueva sobre su crítica de
•■ocio saber.

Veamos algunos ejemplos ilustres. Cuando Marx escribe: "Los


filósofos sólo han interpretado el mundo de diferentes maneras;
se trata de transformar,o , a c L r/ ' 1 una neta actitud crítica frente
a la filosofía. Qué fácil resulta pensar, como se ha hecho tantas
veces, que su aserto es típica expresión de la divergencia que se­
para al político del hombre contemplativo. Sin embargo, su en­
juiciamiento tiene una honda motivación filosófica y no se com­
prende cabalmente sino sobre el fondo de su formación filosófica
personal, de su polémica con el idealismo hegeliano, de su an­
tropología y su teoría de la alienación. La verdadera transfor­
mación del mundo es, en efecto, para M arx, la superación de la
alienación y la humanización del hombre, y esto significa la rea­
lización de la filosofía. Hegeliánamente, la cancelación de la fi­
losofía comporta para M arx su pleno acabamiento, su consuma­
ción en la realidad. Por eso escribió en la Contribución a la cri­
tica de la filosofía de Hegel: "La filosofía no puede ser realizada
sin la supresión del proletariado, y el proletariado no puede ser
suprimido sin la realización de la filo sofía ".

Desde perspectivas diversas de pensamiento encontramos én


otros pensadores este mismo proyecto de cancelar la filosofía co­
mo condición de su pleno cumplimiento. Está en el juicio heidegge-
riano sobre la tradición de la metafísica occidental desde los grie­
gos, que le lleva a postular una destrucción de la historia de la
ontología como condición previa de la penetración en el ser, y
en su crítica del lenguaje que remite a la poesía como vía de ac­
ceso a la realidad original. Hay en esta filosofía una virtual liqui­
dación del filosofar, propuesta y defendida por am or de la filo ­
sofía. En Wittgenstein se da igualmente una auto-negación de la
filosofía. La filosofía es una terapéutica, "un arté de curar las
anomalías del pensamiento y el lenguaje, y sobre todo las del
propio filósofo. La meta es acceder al nivel del entendimiento sa­
no. El pensamiento crítico busca poner al hombre en condición
de pensar, liberado de problemas filosóficos. Una vez cumplida
esta tarea, el filosofar ha alcanzado su meta. A llí mismo queda
por tanto cancelado; pero es justamente porque se ha cumplido
plenamente.

¿Han pensado acaso de manera distinta los grandes filóso­


fos del pasado? ¿Qué otra cosa sino esta crítica da sentido a la
concepción socrática del filosofar como preparación para la
muerte, a la teoría de los ídolos de Bacon, a la duda cartesiana,
al conocer intuitivo en Spinóza, a la unidad de la filosofía y la
idea absoluta en Hegel, o a la filosofía como creación de nuevos
valores y libertad suprema en Nietzsche?

Así, pues, el filósofo — el verdadero— no espera la crítica


de los demás para ver en su saber una realidad inestable y
precaria. Ni tiene mucho que aprender de las objeciones exterio­
res. Estas, por lo mismo, no pueden conturbarle, a menos que se
hagan radicales, en lo cual él reconocerá al punto, la presencia
renovada del espíritu filosófico. La antifilosofía verdadera es, en­
tonces, inherente a la filosofía como saber que está en constante
transformación, como pensar que perpetuamente busca constituir­
se y, contra todo dogmatismo, toda ¡dea recibida, toda confianza
ingenua en lo convencional y establecido, se renueva incesante­
mente y se recrea ante el reto de las realidades cambiantes de la
historia humana.
Guía de lecturas. El discurso de Calicles puede leerse en
el Gorgias de Platón, 484 d - (se recomienda la traducción de
J u lio ' Calonge Ruiz, M adrid, Instituto, de Estudios Políticos, 1951,
pp. 60-63). De Tomás de Kempis, léase De la imitación de Cris­
to, vg., lib. primero, cap. II, 1-2 (hay varias ediciones castellanas).
Véase además, con referencia a otros textos acerca de la acti­
tud religiosa frente a la filosofía, Leopoldo Zea, "Superbus phi-
losophus", en el volumen colectivo, Del Cristianismo y la Edad
M edia, México, El Colegio de México, 1943, pp. 530. En Los
problemas de la filosofía, cap. I, W illiam James examina algunas
críticas a la filosofía, especialmente las provenientes del campo
científico.

Hay traducción castellana de El crepúsculo de los filósofos,


del cual se pueden leer el prefacio, los apartados finales y a l­
gunos de los pasajes dedicados a Kant, Hegel, Schopenhauer,
Comte, Nietzsche y Spencer. Asimismo, del libro de Jean-Fran-
cois Revel mencionado en este capítulo (Caracas, Universidad
Central, Col. Avance).

De Marx, léanse las Tesis sobre Feuerbach y la Contribución


a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel. Consúltese
también el libro de Fromm ya citado, con los Manuscritos de
1844 y los otros textos seleccionados (el cap. 7 es especialmente
interesante a propósito de la interpretación de M arx filósofo).
En Ser y tiempo (Introducción, II, 6), México, F. d. C.E., 1951;
Carta sobre el humanismo, Univ. de Chile, s.a.; ¿Qué es esto, la
filosofía?, Lima, Biblioteca Filosófica, 1958, y otras de Heidegger,
se encontrarán textos que ilustran bien su concepción de la fi­
losofía; como lo hemos señalado antes, no son sin embargo de
lectura fácil. Sobre Heidegger puede consultarse, Alberto W ag-
ner de Reyna, La ontología fundamental de Heidegger, su moti­
vo y significación, Buenos Aires, Ed. Losada, 1945. De Wittgens-
tein, aunque tampoco es lectura sencilla, véase el Tractatus Lo-
gico-philosophicus, M adrid, Ed. Rev. de Occ., 1957, esp. 4.0003 y t
4.112 y la selección de Lecturas filosóficas. Sobre Wittgenstein,
puede leerse M ax Bense, "Ludw ig Wittgenstein; teorías y juegos
de lenguaje” , en Eco, t. IV, 4, Bogotá, 1962 y, además, Ferra-
ter Mora, "W ittgenstein o la destrucción", ya citado.
E P I L O G O

“ ¡Q ué cosa tan útil es un mapa de bolsillo!,


observé.

— Esta es otra cosa que hemos aprehendido


de su nación, dijo Mein Herr: el hacer mapas.
Pero nosotros la hemos llevado mucho más le­
los que ustedes. ¿Cuál considera usted el ma­
pa más grande que puede ser realmente útil?

— Más o menos seis pulgadas por. cada mi­


lla .

— ¡Solamente seis pulgadas!, exclamó Mein


Herr. Nosotros llegamos muy pronto a seis
yardas p o r milla. Después probamos cien yar­
das po r milla. ¡Y luego nació la idea más
grande de todas!- Hicimos entonces una ma­
pa del país en escala de una m illa po r m illa!

— ¿Lo han utilizado mucho?, pregunté.

— Todavía no t ha sido desenrollado, repuso


Mein Herr; los campesinos protestaron; dijeron
que cubriría las tierras p o r entero y taparía la
luz del sol. Así que ahora utilizamos el mismo
campo como si fuera su propio mapa, y le ase­
guro a usted que es prácticamente igual” .
%

Sylvie and Bruno Concluded.


Lewis Carroll.

“ La filosofía deja todo como es” .

Ludwig Wittgenstein.
En sus pretensiones más altas y radicales, la filosofía es qui­
zá un quehacer imposible, pero es también inevitable. El pro­
yecto de una crítica universal exenta de supuestos y capaz de
hacer transparente todo lenguaje, todo pensar y todo acto; la
aspiración a un saber integral que revele sin residuo el universo
en toda su riqueza y la decisión de aceptar sólo una norma de
vida y una praxis sujeta al control de la reflexión universal, es-
to$ propósitos fundamentales del filósofo, tomados en su cabal
exigencia, parecen sin duda desbordar las posibilidades concre­
tas de un hombre y hacer de su esfuerzo un vano empeño. Por­
que, en verdad, lo que el filósofo ha buscado siempre, a través
de la pluralidad de las escuelas y las doctrinas, por el expedien­
te de los métodps más diversos y ensayando unos tras otros plan­
teos y soluciones siempre insuficientes, es poseer la verdad abso­
luta (o la clave absoluta de la verdad, que resulta lo mismo), es
decir, estar definitivamente en el ser por una conciencia radical
que sea a la vez una autorealización total. Pretende así susti­
tuirse al ser (y no ya sólo pensarlo o imaginarlo), dejándolo, no
obstante, intacto y conservando él mismo su cabal identidad per­
sonal. Pero esto pone ciertamente al filósofo en contradicción
con su finitud de hombre y, puesto que la humanidad prevalece
como hecho prim ario y fundamental, lo convierte en un perenne
constructor de absolutos ideales, de paraísos artificiales que ha­
cen de él un ser perturbado.

Sin embargo, este empeño frustrado es inevitable, porque


está enraizado en la condición esencial del hombre, en ese no
ser simplemente un hecho consumado sino también un terco pro­
yecto de absoluto, una voluntad perenne de plenitud que es
busca de salud, de salvación real y total, de penetración en la
, realidad por la senda dé la conciencia.

La filosofía es, en suma, algo más que un artificio o una


ilusión; algo mucho menos convencional y pasajero que una
profesión o una afición personal. Es el propósito de tom ar en
serio a la humanidad y de llevar a término cabalmente la cons­
trucción humana del hombre, que es la vocación de cada hom­
bre. La racionalidad de la filosofía, su irrenunciable vocación
de criticar todo saber, comprender todo ser y hacer inteligible
todo actuar, significa, en verdad, fidelidad a la vocación huma­
na, porque en última instancia la razón — en toda su múltiple
gama de aspectos y funciones— es la prenda del hombre.
Aceptando esta paradoja, la decisiva y fundamental de la
filosofía, no nos extrañará que el filósofo resulte un personaje
extravagante y hasta anormal. También ella debe hacernos
comprender que es difícil ser auténticamente filósofo, pues son
pocos los que están dispuestos a asumir y son capaces de cum­
p lir las exigencias de este quehacer radical. Pero tampoco po­
drá extrañarnos que, pese a no ser lo filosofía un quehacer co­
mún, ni estar cualquier hombre en situación filosofante, la filoso­
fía se halla abierta a lodo hombre y es la línea que dibuja el
horizonte de sus proyectos y aspiraciones más personales y acen­
drados. N o todo hombre filosofa, pero todos apuntan al filo ­
sofar.

La distancia que separa este apuntar el horizonte de un


pensamiento libre / racional, del estar en ese pensamiento, inter­
nándose más y más en el reino de la razón, es la distancia que
debe cubrir la iniciación filosófica, esa educación que comienza
por el contacto con la reflexión viva de los filósofos de la histo­
ria y desemboca, sin solución de continuidad, e n . el despertar
de la conciencia radical del mundo. Este es un despertar de
muchas ilusiones, un difícil y doloioso acosíumbrarse a tom ar el
mundo como es. Pero es también la única vivencia genuinamente-
realista y, a la vez, fiel al hombre, al sujelo concreto que piensa
el mundo al par que lo asume. Y es, por eso, además, la fuente
de. las satisfacciones más hondas y duraderas, de la plenitud de
vida que da la comprensión de las cosas por sí mismo, la intelec­
ción personal de la existencia. “ Todo tra b a ja d o r de la vida del
espíritu — ha escrito Gastón Bachelard, expresando bellamente es­
ta vivencia inféféctual— ■. sabe que el trabajo personal da reposo.
Ahora bien, en la cultura científica todo trabajo toma un carác­
ter personal. En él nos convertimos necesariamente en sujetos cons­
cientes del acto de comprender. Y si el aclo de comprender fra n­
quea una dificultad, la alegría de comprender compensa de to ­
dos los dolores. N o es ésta una simple moraleja que un autor
quiere poner al fin de su libro. Se trata de un hecho, de un hecho
que tiene un sentido filosófico: el comprender no resume sólo un
pasado de saber. Comprender es el acto mismo del devenir del
espíritu” .
Ind ices
INDICE ONOM ASTICO

A Bain 72
Baldwin, J. M. 22
Abbagnano, Nicola ■ 22, Baraes 177
42 Barth, P. 53
Abelardo 59 Baumgartner, M. 53
Abentofail 59, Bayer, R. 89
Agripa 51 Becker, C. L. 70
Alain 89 Beiaval, Yvon 159,
Alarco, Luis Felipe 89 177
Alexander, Samuel 75 Benda *
■ 70
Ampére : 29 Benrubí, J. +
• 77
Anaxágoras 45 Bense, Max 197
Anaxímandro 44 Bergson, Henri * 40
Anaxímenes 44 72, 77, 89, 100, 103, 125
Antístenes 46 147, 163, 167, 170, 179
Aranguren, J. L. 88 Berkeley, George *
1%
Arístipo 46 65, 67, 170, 181
Aristóteles %• 16, Bemard, Claude 91
• 23, 28, 30, 33, 44, 47, 49, Besteiro, Julián 145
50, 58, 59, 81, 85, 89, 107, Biran, Maine de •* 69,
127, 133, 134, 168, 169, 178, 72
i
179 Birlan, A. G. •
• 89,
Aster, E m st von . *
• 43, 102
76 Black, Max 75
Astrada, Carlos ■ 73 Blanché, R. * 88
Austin, J. L. ** 75, Bloch, E m est 73,
* 166 74
Autrecourt, Nicolás de 59 Bloomfield 125
Averroes 59 Blumenfeld, Walter 125
Avicebrón 59 Bobbio, N. J/ 78
Avicena 59, Bochenski, J. M. * 19,
60 76, 77, 88, 125, 134, 135,
Ayer, Alfred J. *■ 75, 145, 158
77, 87, 135 Bodin, Jean 62
Azcárate, Patricio 2 49, Boehme, Jacobo 62
50 Boecio 57
B Bolzano 167
Boíl, Marcel 135
Bacon, Francisco : 63, Bollnow, O. F. 78
•65, 66, 115, 125, 189, 196, Bonaparte, Napoleón 29,
Bacon, Roger ■
* 30, 63
59 Bosanquet, B. •
V 89
Bachelard, Gastón * • 75, Bradley, F. H., *
71,
167, 177, 202 - 75, 169
Bréhier, Emile 42, Collingwood, R, . C. ; 25,
• 44, 55 177
Brentano, F. 49, Comte, Augusto t 65,
72, 178 71, 73, 81, 168, 197
Brouwer 154 Condillac ; 68,
Brucker, Johan 38 125
Brugger, Ilse 23 Condorcet •
• 69
Brugger, Walter 22 Conger, C. Pr *
* 44
Brun, J. 49, Copémico * 61,

50 62
Bruno, Giordano *, 62, Copi, Irving •
# 88,
63 125, 135
Brunschvicg ; 67 Copleston, F. C. 60
Buber, Martin 75, Cortés Pía 63
89 Crefcson, André 53
Büchner *
171 Crisipo 50
Bunge, M. •
• 87, Croce, Benedetto 76,
88, 125, 134, 145, 157, 158 89, 100, 105
Buridán, Juan 59 Cruz Hernández, M. * . 60
Bum et, J. 48 Cusa, Nicolás •
62,
Bu se, Ludwig 66 63
Cuvillier, A.. 22

c CH

Charron, Pedro : 62
Calicles : 191, Chartier, Emile : 179
192, 193, 197
Chartres, Bernardo de : 59
Calonge Ruiz, Julio 197
Calvez, Jean-Ives . 73 D
Campanella 62
Capelle, Wilhelm 48 D'Alembert 68,
Carnap, Rudolf 27, 70
75, 87, 136, 145, 158, 165, D’Holbach : 68,
166 171
Carrol, Lewis 199 Daval, S. : 87
Carritt, E. F. . 89 De Broglie : 172
Cassirer, E. 63, Delgaauw, R. : 43
66, 70, 71, 72, 74, 77, 87 Demócrito : 46
Celms, Th. 78 Dem’pf, A. : 60‘
Cervantes, M. 29 Descartes, Renato : 30,
Cicerón 33, 65, 66, 67, 68, 81, 89, 91,
51 103, 134, 137, 158, 161,
Cleanto : 50 169, 171, 173, 178, 179
Cohén, H. : 74, Desttut de Tracy : 68
88, 145 Dewey, John : 34,
Cohén, Morris : 125 77, 167, 178
Diderot • 68,

• Fichte *
71
70, 171 Filón de Alejandría 4
51,
«.

Dies, Augusto •
* 49 53
Dilthey, W. •
21/ Fischer, Kuno •70

34, 42, 43, 72, 73, 74, 77, Flower, Elizabeth ■


•77
85, 91, 103, 10Í, 168, 177 Fouillée 171
*
t

Diodoro Cronos 46 Frank, Philipp 103*


*
*

Diógenes 46 Frankfort, H. ' 44 •


«

Dujovne, León 88 Freud ■


91
Duns Escoto, Juan 59 Fromm, Erich 73,

Dupréel, Eugéne 159 179, 197


Dynnik, M. A. Frondizi, Risieri 67,

88, 146, 157, 177


E
Eckhart ■
• 59 G
Einstein »
ñ 91,
103, 171, 180 Galilei, Galileo ; 62,
Eisler, R. -
22 63
Empédocles- • 45 Gaos, José 20,
Enesidemo «
• 51 33, 34, 48, 49, 50, 89, 188
Engels, F. ;
71, García Bacca, Juan D •

• 19,
149, 154, 171, 179 20, 34, 48, 49, 73, 76, Í88
Epicteto t
50, García Maynez, E. • 88
53, 149 García Morente, M. *
* 20,
Epicuro : 51, 67, 70, 177
53 Garrigou-Lagrange, R. : 74
Epiménides : 133 Geiger, M. 75
Erasmo de Rotterdam : 62,• Gentile, Alberico 62
63 Gentile, Giovani 75
Escoto Erígena, Juan : 57 • Geyser, J. 74
Euclides : 46 Gide, André 63,
Eustaquio de San Pedro: 127 105, 112
Gilbert, E. 89
F Gilson, E. 60,
i 103
Falkenheim, A. : 73 Goedel, Kurt t 156,
Farber, Marvin : 78 158
Fatone, Vicente : 44, Gómez Robledo, A. * 49,
78 53, 103, 177
Feigl, Herbert : 78, Gonseth, F. **• 75,
146 167
Ferrater Mora, José : 22, González Alvarez, A ngel: 43
63, 87, 88, 89, 113, 114, Gorgias * 46,
177, ‘ 197 191
Feuerbach : 71, Grabmann, Martín • 60
73 Gramsci, A. •* 74
Ficino, Marcilio : 62 Granel, Manuel ■
* 72
208 INICIACION FILOSOFICA

Green, Th. 75 Hobbes, Thomas : 65,


Grelling, Kurt 135 125
Grocio, Hugo 62 Hoffmann : 67
Guardini, Romano 49, Hospers, J. : 21,
68 87, 88, 125, 135, 145
Guenon, René 44 Hubert, René 73
Guillemain, B. 87 Huisman, D. . : 88
Gurvitch, G. 76
Guthrie, W. K. C. 48 I
Guyau, J. M. 72,
172 180 Ibérico, Mariano : 179

H J

Jacobi : 69
Haeckel, Th. 71, Jaeger, W. : 48,
73 50
Hahn, H. 75 James, William : 20,
Hales, Alejandro de 59 74, 77, 113, 127, 188, 197
Hamelin, D. 67 Jaspers, Karl : 21¡
Haré 166 *75, 159
Hartmann, E. von 71 Jenófanes de Colofón : 45
Hartmann, Nicolai 20, Jenofonte : 49
32, '41, 75, 87, 89, 105, 113, Joad, C. E. M. : 19,
167 168 87, 88, 89, 145, 158
Hazard, Paul 70 Jodl, F. : 66
Hegel 31, Jolivet, R. : 22,
35, 38, 71, 72 73, 77 179, 89
195, 196, 197 Jouffroy, Thédore : 79,
Heidegger, Martín 13, 181
23, 25, 75, 89, 91, 125 166, Julio César : 29
170, 179, 197 Jung, C. G. : 103
Heimsoeth, Heinz 55,
61, 63 66
Helvetius 68 K
Hempel, C. * 145
Heráclito 45 Kant, Emanuel : 13,
Herder 69 17, 18, 19, 20, 30, 39,* 69,
Herodoto 28, 70, 71, 73, 77, 79, 81, 89,
33 91, 141, 145, ;149, 158, 178,
Hessen, J. 34, 197
87 88 Kelsen : 167
Hilbert, David 154, Kempf Mercado, M. : 77
165 Kempis, Tomás de : 189,
Hipias 46 192, 197
Hirschberger, J. 42, Kepler : 62
43 Kierkegaard, Soeren 72
Klages 75, Locke, John 30,
170 65, 67 115
Koemer, Stephen 171, Lucrecio 51
177 Ludz, Apel 22
Konstantinov, V. 77 Lukacs, G. 74
Koyré, Alexandre 49, Lukasiewics, J. 133
- 133 Lulio, Raimundo 59
Kropp, Gerhard 158
Kuhn, H. 89 M
Külpe, 0 . 19, Mac Gregor, Felipe 43
.70 87, 89 Mach 30,
T
72 172
L
Maimónides 59
Labrousse, R. 60 Malebranche 66,
Lacroix, Jean 104 169
Lactancio 51 Malraux, André 13,
Laercio Diógenes 28, 15 16
33 53 Mann, Heinrich 73
Lahr 89 Maquiavelo 62
Lalande, André 22, Masson - Oursel 44
89 Marcel, Gabriel 75
La Mettrie 68, Marco Aurelio 50,
70 53
Landsberg, Paul 49 Marechal, J. 71
Larroyo, Francisco 34, Marías, Julián : 21,
188 42, 43, 49, 50, 52, 53 60,
Lavelle, Louis : 75 63, 68, 70, 72, 89, 103 104
Leblanc 88 Maritain, Jacques 21,
Lefebvre, H. 74, . 74
77 Martínez Gómez, Luis 23
Lehmann, R. 19, Marx, Karl 27,
72 89 72, 73, 168, 179, 188 195,
Leibniz t 39, 197
66, 67, 68, 69, 137 141, Mauriac, Frangois : 67
145, 169, 171 May, Eduard 102
Leisegang, H. 19, Mejía Valera, M. . 77
177 Menedemo 46
Lenin 74 Menzer, P. 70
León 28 Mercier, D. 72,
Le Senne, René 21, 74 89
75 170 Merleau-Ponty, Maurice 75,
Lessing 69 115
Leucipo 46 Messer, Augusto 42
Levy Bruhl 67 Meumann, E. 89
Lewis, C. I. • 74 Micelli, Ricardo' 77
Lipsio, Justo 62 Miró Quesada, Francisco: 22,
Littré - 72 78, 87, 88, 145 158
Mondolfo, Rodolfo •■ 22, Pasteur 29
41, 48, 49, 50, 52 63, 73, Pater, Walter 49
177, 188 Peñaloza, W. 158
Montague, Pepperell W. : 87 Perelmann, Ch. 176,
Montaigne, Miguel de • G2, 177
63, 173 Perojo, José del 70
Montesqieu ¡ 69 Perry 172
Moore, G. E. l 13, Petzall, Ake 67
75, 78, 104, 165, 166, 178 Pfaender, A. 73,
Moreno, Rafael * 103 75, 88
Moro, Tomás # 62, Pico de la Mirandola 62
63 Pirrón de Elis 51
Morris, Charles 88, Pitágoras 28,
117, 119, 125 45
Mounier, E. •t 75, Planck, Max . : 94,
78 103, 147, 171, 180
Müller, Aloys ■
* 19, Platón : 16,
33, 87, 89, 103, •177, 188 18, 23, 28, 33, 46, 49, 58,
100, 104, 107, 115, 124, 134,
N 154, 158, 159, 168, 169, 197,
179, 189, 191
N agel, Ernst : 155, Plotino : 27,
157, 158 31, 51, 53, 170, 179
Natorp, Paul 74, Poincaré, H. 155
77 Politzer, Georges 21
Newman, R. 158 Pomponazzi, Pietro 62
Newton 69 Porfirio 57
Nohl, Hermán 88 Porrée, Gilberto de la 59
Northrop, Eugene P. 135 Posidonio 50
Pródico 46
O Protágoras 46
Proust 29
Occam, Guillermo de : 59 Prziwara, P. 53
Olbretchs-Tyteca, L. : 176 Pucciarelli, E. 77,
Ortega y Gasset : 21,
88
25, 34, 40, 42, 61, 63, 73,
75, 77, 102, 113, 168
Ostwald 87 Q

Quiles, Ismael : 22,


43, 49
Panecio de Rodas 45, Quine, Willard van Orman: 88,
50 125, 141, 3:45, 165
Papini, Giovanni 193
Parménides 45 R
Pascal, Blas 66 ,
67, 68 Randall, John 66
Passemore, John 177 Ranke 29
Reichembach, Hans : 75, San Anselmo de Canter-
103, 158 bury : 59,
Reid, Thomas 69 60, 103, 104, 178, 179
Reinhart, Jacques 135 San Bernardo de Claraval: 59
Renouvier, Ch. 113 San Buenaventura 59,
Revel, Jean-Frangois 189, 60
193, 197 San Clemente 52
Rey Pastor, J. 22 Sánchez, Francisco 62
Reyes, A. -52 Sánchez Reulet, Aníbal 19,
Rickert, H. 74 34, 112, 188
Richards, I. A. 135 San Gregorio 52
Richter, R. 48 San Justino 51
Rivaud, Albert 42 Santayana, G. 103
Robín, León 48 Santo Tomás de. Aquino 31,
Rodríguez Huesear, A. 67 57, 58, 59, 60, 89, 172, 180
Romero, Francisco 19, San Víctor, Guillermo de: .59
33, 41, 66, 67, 70, 77, 88, San Víctor, Hugo de : .59
89, 103 Sartre, Jean-Paul : 75,
Ross, David 50 165, 179
Rovira, J. 70 Sciacca, Michele F. : 42,
Rousseau 39, 76, 102,
69, 70, 168 Schaff, Adam : 74,
Royce, Josiah : 75 89, 125, 127, 134
Ruggiero, G. de : 43, Scheler, Max : 21,
76 75, 103, 165, 170, 177, 188
Ruñes, Dagoberto D. : 76, Schelling : 71
77, 78, 146 Schiller, F. S. C. : 74,
Russell, Bertrand : 20 , 104
43, 75, 76, 78, 87, 103, 105, Schneider, H. W. r 77
125, 134, 135, 145, 147, 158, Schopenhauer : 71,
165, 172, 178 73, 169, 172, 197
Russo Delgado, José : 73 Schuhl, Pierre-Maximine 49
Ryle, Gilbert : 55, Schutz, Walter 104
75, 115, 124, 177 Séneca 50,
53
Sertillanges, A. D. 91
Sexto Empírico 51
Sacristán, M. : 88 Shakespeare 29
Salazar Bondy, Augusto : 33, Siebeck, K. 49
50, 77, 88, 157 Simmel, Georg 20 ,
Salisbury, Juan de : 59 73, 75, 87, 113 188
Samaranch, Francisco : 50 Skaisguiris, R. P. : 77
San Agustín : 52, Smith, Adam : 69
53, 57, 101, 104 Sócrates : 28,
San Alberto Magno : 58, 30, 31, 46, 47, 48, 49, 191,
•59 192
San Ambrosio : 52 Solón : 28
Soloviev : 178 Verweyen, J. M. : 60
Sorley, W. R. : 76 Vico : 69
Spencer, Herbert : 71, Vignaux, Paul 60
154, 171, 179, 197 Villoro, L. : 67
Spinoza : 31, Vives, Luis : 62,
66, 67, 69, 81, 85, 172, 179, 63
196 Voltaire : 69,
Spírito, Ugo : 77 70
Spranger, E. : 103- Vorlaender, Karl : 42
Stem , Alfred : 88
Stewart, D. : 69 W
Stahl, G. : 88
Stocks, J. L. : 50 Wagner de Reyna, Alberto: 22,
Strawson : 166 50, 134, 197
Stuart Mili, John : 72, Wahl, Jean : 21,
73, 154, 158 87
Suárez, Francisco : 62 Weil : 177
Szilasi, W. : 103 Wentscher, M. : 87
Whitehead : 31,
T 75
Windelband, W. : 34,
Taine : 72
42, 63, 66, 74, 177
Tales de Mileto : 44
Wisdom, J. : 75
Tannery, J. • : 102
W ittegenstéin, Ludwig : 25,
Tarski, Alfred : 88,
75, 78, 91, 105, 112, 114,
130, 131, 132, 133, 134
125, 166, 196, 197, 199
Taylor, A. E. : 49
Wolf, Christian : 68
Telesio : 62
Wulf, Maurice de : 60
Tertuliano : 51,
Wundt : 72
•52
Wust, Peter : 178
Thibon, Gusta ve : 73
Toranzos, Fausto : 135,
158
Toulmin : 166 Xirau, Joaquín 77,
Tovar, Antonio : 49 78
Turgot : 69
U
Ueberweg, F. : 42 Zaragüeta, Juan 77
Zea, Leopoldo 20 ,
Urban Wilbur, M. : 125,
177 197
V Zeller, Eduardo 48
Zenón (de Citium) 50
Varet, Gilbert : 22 Zenón (de Elea) 45
Vasallo, Angel : 19, Zhithovski, J. 19,
34, 88, 188 70
Vásquez,Juan Adolfo : *49 Zubiri, Xavier 35,
Vemeaux, R. : 76 . 48, 72, 89
INDICE GENERAL
Pag.

Prólogo a laprimera e d ic ió n ........................................................ 9

Prólogo a lasegunda edición .. . . -........................................ 11

Prólogo a latercera edición . ...................................................... 12

I. El comienzo del filo s o fa r .................................................. 13


Guía de lecturas, 18
i
II. El concepto de filo s o fía ................................................... 25
Guía de lecturas, 83

III. El proceso histórico de la f ilo s o f ía ............................. 35


Guía de lecturas, 41. 1.— La filosofía griega, 44;
Guía de lecturas, 48. 2.—La filosofía helenístico-
romana, 50; Guía de lecturas, 52

IV. El proceso histórico de la filosofía (continuación). 55


3.— La filosofía medieval, 57; Guía de lecturas,
60. 4.— La filosofía del Renacimiento, 61; Guía
de lecturas; 63. 5.— La filosofía del siglo XVII o
del Barroco, 64; Guía de lecturas, 66. 6.—La filo­
sofía del siglo XVIII o de la Ilustración, 68;
Guía de lecturas, 70. 7.— La filosofía en el siglo
XIX, 71; Guía de lecturas, 72. 8.—La filosofía
actual, 74; Guía de lecturas, 76

V. El dominio de la filosofía: temas y disciplinas . . . . 79


Guía de lecturas, 87

VI. Filosofía, cosmovisión, ciencia, religión, arte .. .. 91


Guía de lecturas, 102

VII. El problematismo filo s ó fic o .............................................. 105


Guía de lecturas, 112

VIII. Lenguaje y c o n o c im ie n to ................................................. 115


Guía de lecturas, 124

IX. La definición de la v e r d a d ............. ................................ 127


Guía de lecturas, 134
Pag.

X. El establecimiento de la v e r d a d .................................... 137


Guía de lecturas, 145

XI. El e s ta b le c im ie n to de la v e rd a d (c o n tin u a c ió n ) .. 147


Guía de lecturas, 157

XII. Verdad y método en f ilo s o f ía ......................159


1.— a) Análisis conceptual, 164; b) Análisis lógi­
co, 165; c) Análisis lingüístico, 166; d) Método
crítico-trascendental, 167; e) Método fenomenoló-
gico, 167; f) Método histórico-existencial, 168.
2.— a) Método especulativo, 169; b) Método de
intuición, 170; c) Pensamiento simbólico, 170; d)
Metafísica inductiva, 171; e) Metafísica directriz,
171. 3.— a) Pensar moral especulativo, 172; b)
Pensar moral crítico, 172; c) Pensar moral prác­
tico, 172. Guía de lecturas, 177

XIII. Las paradojas de lafilo s o f ía .......................................... 181


Guía de lecturas, 188

XIV. Filosofía y a n tifilo s o fía .................................................... 189


Guía de lecturas, 197

Epílogo ............................................................................................... 199

Indice o n o m á s tic o ........................................................................... 205


Impreso en los Talleres Gráficos de
EDITORIAL UNIVERSO S.A.
Av. Nicolás Arrióla 2285
Telf. 241639 Apdo. 241
La V i c t o r i a

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