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LLAMADO, VOCACIÓN

El llamado o la vocación es la acción de Dios que convoca a su pueblo


para tareas o papeles específicos. Este llamamiento de Dios conlleva
un sentido de sanción o apología: en la Biblia se considera que, si
Dios llama a una persona para una tarea o posición, esto
constituye una defensa suficiente de la persona que se compromete
consigo misma.
Además de semejante sanción, podemos observar el elemento de
obligación: si Dios llama a una persona, jamás se duda que dicha
persona esté bajo la obligación de obedecer su llamada. La división
puritana de los llamados en las dos categorías de general y particular
sigue siendo una distinción válida para categorizar las imágenes
bíblicas de llamado. El llamamiento general es la llamada de Dios a
creer en él como Señor y Salvador, y a seguir sus prescripciones para
vivir. Los llamados particulares son la dirección de Dios a tareas y
papeles específico de la vida.
El llamado general. La primera persona que recibe una llamada
directa de Dios para vivir la vida piadosa de fe y obediencia era
*Abraham (Gn 12.1-9). El contenido de la llamada era
específicamente: «Sal de tu tierra y de tu parentela a la tierra que yo
te mostraré» (Gn 12.1), pero la respuesta de Abraham fue realmente
una respuesta de fe y obediencia a todo lo que Dios diseñó para la
vida de relación entre él y Dios. W. R.
Forrester afirma correctamente que «Abraham fue el primer hombre
con un sentido definido y explícito de vocación. Desde entonces, la
“fe” fue la respuesta a una “llamada” de Dios» (Forrester, 23). El
simbolismo que rodea esta historia de vocación original, en la Biblia
es principalmente triple. Un tema es el aura de *autoridad divina
conforme la *voz trascendente de Dios llega de más allá de la esfera
terrenal para presentar una reivindicación sobre su criatura. El
segundo es el sentido de la obligación de la criatura de obedecer,
descrita como la respuesta increíblemente rápida y decisiva de
Abraham: «Entonces Abram partió como el Señor le había ordenado»
(Gn 12.4 NVI). El tercer motivo es el elemento de fe y confianza que
semejante respuesta requiere, al comprometerse Abraham a una vida
de seguir a Dios hasta «la tierra que yo te mostraré» (Gn 12.1).
Posteriormente, el llamado general de Dios en el AT se extiende a la
nación de Israel y, de nuevo, se trata de un llamado espiritual a la fe y
la obediencia. De hecho, la vocación espiritual del Israel del AT era
prácticamente sinónima a la idea del *pacto. El término específico
llamado no es aquí una consideración relevante, sino más bien el
patrón general de la relación de pacto entre Dios e Israel, basada en
la premisa de la obediencia /bendición y la desobediencia/maldición.
Los pasajes que destacan el llamado nacional de Israel son la dación
de la ley en el Monte Sinaí, el discurso de despedida de Moisés en el
libro de Deuteronomio, donde acentúa las obligaciones de un pueblo
que ha sido llamado por Dios para vivir de una forma distintiva y el
lamento de los profetas que la nación no ha vivido según el
llamamiento de Dios.
Para cuando llegamos al NT, el término específico llamado se usa en
pasajes que hablan de cómo Dios llama a las personas a vivir una
vida de fe en Cristo y su regeneración de sus corazones que los
capacita para seguir esa llamada. Leemos cosas diversas sobre ser
«llamado a la comunión con su Hijo [de Dios], Jesucristo nuestro
Señor» (1 Co 1.9); «llamados... de las tinieblas a su luz [de Dios]
admirable» (1 P 2.99); «llamados en un solo cuerpo» de creyentes
(Col 3.15) y «llamados a ser santos» (1 Co 1.2). Pablo le escribió a
Timoteo sobre «la vida eterna, a la cual asimismo fuiste llamado,
habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos» (1 Ti
6.12 RVR1960), y a los tesalonicenses en cuanto a haber sido
llamados «mediante nuestro evangelio» a ser salvos (2 Ts 2.13-14).
Aquí, el llamamiento de Dios es el llamado general a la salvación y
santificación que le llega a todas las personas en la misma forma.
Las historias de llamados o la vocación son un género dentro de los
Evangelios. Por lo general, la designación se aplica a las historias en
las que Jesús llamó a los doce discípulos para que lo siguieran en una
vida de instrucción religiosa y de servicio. Aunque los discípulos son,
en cierto modo, un caso especial, en otro sentido son representantes
de la raza humana en general, llamados a seguir a Cristo como su
líder y salvador. Pero, en realidad, los Evangelios contienen muchas
historias de «llamados» en las que Jesús confronta a las personas con
sus afirmaciones como Salvador del mundo y los invita a
comprometer su vida a él.
Llamados particulares. El llamado al servicio religioso. Además del
llamado general a la vida de fe y obediencia a Dios, la Biblia nos
proporciona numerosas imágenes del llamamiento a las personas
para desempeñar papeles y tareas específicas. En el AT hallamos,
pues, algunas escenas de «llamamiento» memorables. Uno es el
llamado de *Moisés con ocasión de la *zarza ardiente (Ex 3–4), donde
Dios invita a Moisés y le promete equiparlo para la tarea de liderar a
su pueblo y sacarlo de la *esclavitud en Egipto. El papel al que se
llama a Moisés aquí es, en parte, espiritual —ser un líder espiritual— y
en parte político: guiar a una nación en ciernes en una posición de
autoridad que toma las decisiones cruciales para todo el grupo. Dios
también le encomendó a Aarón y sus hijos los deberes de la adoración
israelita (Nm 18.1-7). Dios llama también a Gedeón para una posición
de liderazgo nacional (Jue 6).
Las escenas de llamamiento de algunos de los profetas del AT son
igualmente extraordinarias. Entre ellas, una principal es la llamada a
Isaías cuyo llamamiento va acompañado por una escena majestuosa
de Dios sentado en su trono celestial y la sensación de indignidad del
profeta para que fuera su mensajero; a continuación, Dios lo prepara
cuando un serafín coloca un carbón ardiente del altar de Dios sobre
los labios de Isaías (Is 6.1-8). Llamados similares se recogen para
Jeremías (Jer 1), Ezequiel (Ez 1–3) y Amós (Am 7.15). Los tres temas
dominantes en estas historias de llamamiento son (1) una visión
arrolladora de la autoridad de Dios, (2) una sensación de indignidad
humana para aceptar la llamada, (3) que Dios venza cualquier
resistencia y equipe a la persona para que cumpla con las exigencias
del llamado y, en ocasiones (4) Dios da una señal de confirmación
que preparará a la persona para llevar a cabo el llamado.
La contrapartida del NT a las gráficas escenas de llamamiento del AT
está la historia de la conversión de Pablo de camino a Damasco (Hch
9.1-19), donde el patrón dominante de imagen es la resplandeciente
*luz de Dios, la *ceguera temporal que resulta y la indefensión de
Pablo y su reconocimiento de que se está encontrando con el Señor
celestial. Aunque a cierto nivel este es el llamado general a la
salvación para Pablo, es más que eso: Dios también está llamando a
Pablo a ser el «instrumento elegido para llevar mi mensaje a los
gentiles y a reyes, como también al pueblo de Israel» (Hch 9.15
RVR1960); en otras palabras, para ser un apóstol y misionero. En
consecuencia, Pablo empieza la mayoría de sus epístolas aseverando
de una forma u otra que había sido «constituido predicador, apóstol y
maestro de los gentiles» (2 Ti 1.11 RVR1960).
Además, podemos observar la historia del llamado o vocación como
subgénero en los Evangelios. Todas estas historias narran el llamado
que hizo Jesús a uno o más de sus doce discípulos. El llamado mismo
es estático (seguir a Jesús como discípulos), como es la respuesta
(dejando los deberes cotidianos para seguir a Jesús), aunque las
circunstancias en las que Jesús encuentra a varios discípulos son
diversas. Las imágenes que dominan las escenas son la autoridad de
aquel que llama a una vida personal y el resultado instantáneo y
transformador de vida del llamado en la existencia de los discípulos.
Más allá de las escenas específicas de llamado, la idea dominante del
llamamiento al oficio religioso, en el NT figura en una lista de cargos
en la iglesia (Ef 4.11;1 Co 12.28), donde el énfasis está en que Dios
equipa a las personas con los «dones» requeridos (dotación y
aptitudes) para llevar a cabo los servicios religiosos designados
dentro de la iglesia. Aquí sacamos una impresión de la
democratización del llamado al servicio religioso, en el sentido de que
la posibilidad de una vocación espiritual se extiende a las personas
ordinarias, y no sencillamente a las figuras gigantes cuyos llamados
fueron dramáticos y extraordinarios. Sin embargo, lo que se retiene
es la tremenda dignidad acoplada al llamado religioso y la sensación
de obligación que los creyentes sienten para responder a cualquier
llamamiento que procede de Dios.
Vocaciones ordinarias. Llegamos, finalmente, a las vocaciones
ordinarias, tareas y papeles corrientes que las personas desempeñan
en el mundo. Bien separadas de las imágenes e ilustraciones de Dios
llamando a las personas a estos cargos, deberíamos observar en
primer lugar que es algo que está simplemente de acuerdo con la
imagen bíblica de la providencia soberana y divina para la raza
humana, y que los papeles y las tareas en las que se encuentran las
personas forman parte del designio de Dios para sus vidas. La imagen
que emerge de la Biblia es que Dios ha dispuesto a la sociedad de tal
modo que son agricultores, amas de casa, cazadores, soldados, reyes,
conductores de carros y fabricantes de tintes. Dentro de la estructura
primordial de la providencia divina, es una justa deducción que nadie
más que Dios pudiera haber llamado a las personas a sus lugares en
el mundo.
Pasajes específicos confirman el patrón general. Dios «escogió» a
David y lo «tomó del rebaño» para que fuera rey de Israel (Sal 78.70-
71). El liderazgo político como vocación también surge del comentario
de Samuel al rey Saúl: «El Señor te ungió como rey de Israel» (1 S
15.17).
La imagen más extensa de aptitudes ordinarias como llamado de Dios
aparece en dos pasajes que describen el llamado de Dios y su
equipamiento de los artesanos que trabajaron en el *tabernáculo (Ex
31.1-6; 35.30–36.2). El simbolismo específico del llamado impregna
los pasajes con términos como «llamado», «lleno del Espíritu de
Dios», «nombrado», «inspirado», «lleno de capacidad».. Y las tareas a
las que las personas eran, pues, llamadas y para las que eran
equipadas son la aptitudes que requieren las tareas específicas a as
que se enfrentaban los artesanos: «artesanía», «cortar piedras»,
«tallar madera», «bordados» y «capacidad e inteligencia para saber
cómo hacer cada trabajo en el construcción del santuario».
Dos pasajes del NT confirman que los papeles y las tareas corrientes
de la vida son, en realidad, llamados de Dios. Pablo respondió la
pregunta de cómo afecta la conversión la vocación de uno en la vida,
diciendo: «Cada uno debería seguir viviendo en la situación que el
Señor lo haya puesto, y permanecer tal como estaba cuando Dios lo
llamó... Cada uno debería permanecer tal como estaba cuando Dios lo
llamó» (1 Co 7.17, 20 NVI). En otras palabras, la conversión a Cristo
no requiere que se cambie la vocación propia en el mundo. En un
pasaje paralelo, Juan el Bautista respondió a la pregunta suscitada por
aquellos a los que había bautizado, con respecto a lo que deberían
hacer con respecto a
sus vocaciones, aconsejándoles que siguieran con su la vocación que
tenían, siempre que
lo hicieran de una forma moral (Lc 3.12-14).
Resumen. El llamado de Dios al pueblo se extiendo tanto a la vida
spiritual de fe y a la santificación —un llamado a entrar en el *reino
de Dios y a vivir como ciudadanos honrados de ese reino— y a la vida
humana en el tejido de la sociedad terrenal. El simbolismo se centra
en torno a que dos personas estén implicadas en la transacción: una
figura de autoridad (Dios) que emite el llamado y una figura
subordinada que responde a este. En la Biblia, la vocación nunca
existe en aislamiento independiente; siempre presupone una relación
entre Dios y la creatura. De acuerdo con los distintos niveles en que
ambos se sitúan, el llamado de Dios es algo que la persona está
obligada a obedecer.
En realidad, las historias de llamado también pueden llamarse
«historias de respuestas». No es una exageración que en la imagen
de llamado de la Biblia podamos encontrar la vida cristiana en un
microcosmos.
Ver también ABRAHAM; AUTORIDAD DIVINA Y ANGÉLICA; ISRAEL;
MOISÉS; PROFETA, PROFETISA; TRABAJO, OBRERO.
BIBLIOGRAFÍA. W. R. Forrester, Christian Vocation (Nueva York:
Scribner’s, 1953); P.S. Minear, “Work and Vocation in Scripture,” in
Work and Vocation, ed. J. O. Nelson (Nueva York: Harper & Brothers,
1954), 32-81; L. Ryken, Redeeming the Time: A Christian Approach to
Work and Leisure

LLAMAR, LLAMAMIENTO
Heb. 7121 qará, ‫« = קרא‬llamar, clamar», de una raíz que aparece en
arameo antiguo, cananeo y ugarítico, también presente en el vb. gr.
2564 kaleo, καλω, «llamar», de la raíz *kal, de donde se derivan
nuestros vocablos «clamar» o «clamor», y el inglés cry; sust. 2821
klesis, κλσις = «llamamiento, vocación».
1. Llamado y salvación.
2. Llamado y misión.
3. Llamamiento de los profetas.
4. Llamamiento en Cristo.

I. LLAMADO Y SALVACIÓN.
En sentido ordinario significa llamar a alguien por su nombre, pues
conocer el nombre de una persona o una cosa implica a menudo una
declaración de soberanía sobre ella. Así «llamó Dios a la luz día» (Gn.
1:5). Dios concede a Adán que llame por nombre a los animales,
como una demostración concreta de su señorío relativo sobre ellos
(Gn. 2:19). De hecho, todo llamamiento posterior dirigido por Dios a la
humanidad se fundamenta en la creación. Dios crea al hombre con un
proyecto de vida basado en la comunión con él y la armonía con todo
lo creado (Gn. 1:26-31). Roto este proyecto por el pecado, el
llamamiento divino se convierte en el único medio de hacer volver al
hombre al camino original.
Llamar, como en nuestras lenguas, también significa solicitar ayuda
de alguien, «pedir auxilio». En este sentido aparece en la frase que
hace referencia a > Enós, hijo de Set, cuando se dice que «entonces
se comenzó a llamar el nombre de Yahvé» (Gn. 4:26), es decir, se
empezó a invocar el verdadero nombre de Dios en busca de ayuda; lo
que recuerda la construcción de una frase semejante en el NT
aplicada a Cristo: «Y será que todo aquel que invocare el nombre del
Señor, será salvo» (Hch. 2:21; 7:59; 9:14; Ro. 10:12; 1 Cor. 1:2).

II. LLAMADO Y MISIÓN.


En un sentido especial y religioso, la palabra «llamar» designa la
elección de ciertos individuos para desempeñar una misión, oficio o
acción determinada, p.e., el llamado de > Bezaleel a poner sus dotes
artísticas al servicio de la construcción del Tabernáculo y del Arca de
la Alianza (Ex. 31:2). Lo mismo ocurre con Moisés, los jueces, los
profetas y, en general, todo el pueblo elegido de Israel. En sentido
más amplio, es un llamamiento dirigido a toda la humanidad con
vistas a su salvación, porque Dios «no quiere que nadie se pierda,
sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Pd. 3:9),
universalismo que se encuentra implícito en el llamamiento de
Abraham: «En ti serán benditas todas las familias de la tierra» (Gn.
12:3; 18:18; 22:18; 26:4; 28:14). En sentido restringido, hace
referencia a la > vocación de ciertos individuos para realizar una obra
o misión, que estudiaremos bajo su voz correspondiente.
En el NT generalmente denota la invitación de los pecadores a
aceptar el don de salvación (Mt.9:13; 11:28; 22:4; Lc. 14:16, 17; Ro.
11:29; 1 Cor. 1:26; 7:20; Ef. 1:18; Fil. 3:14; 2 Tes. 1:11; 2 P.1:10; 2 Ti.
1:9; Heb. 3:1), tanto judíos como gentiles (Ro. 9:24, 25). Siempre
presupone la iniciativa del Dios que elige, llama y espera la respuesta
del hombre (2 Ti. 1:1, 9; Heb. 3:1; 2 Pd. 1:10). Al mismo tiempo que
Jesús llama a la salvación, elige a algunos para el apostolado, lo cual
implica un cambio en la persona llamada, una modificación en su
modo de vida y nuevas exigencias (Mt. 4:18- 20; Mc. 1:16-20; Lc.
9:57-58). Esto es así en todo llamamiento a una misión, desde los
días de Abraham en adelante (cf. Gn. 15:1; 17:1; 22:1; 32:29; Ex. 3:4;
Is. 62:2; Jer. 1:11; Am. 7:8; 8:2; Mt.4:20; Jn. 15:16).

III. LLAMAMIENTO DE LOS PROFETAS.


Los profetas representan el prototipo del llamamiento divino en el AT.
Dios se dirige a la conciencia del individuo, o en el lenguaje bíblico, a
lo íntimo de su corazón, alterando su existencia y haciendo de él un
individuo nuevo con vistas a la misión a la que es llamado. El don va
acompañado de la capacidad para desarrollarlo, por lo que las
excusas no valen de nada ante el Dios que llama, ni las de Moisés:
«yo soy tardo de boca y de lengua» (Ex.4:10), ni la de Isaías, «hombre
de labios impuros» (Is. 6:5), ni la de Jeremías: «no sé hablar, porque
soy un muchacho» (Jer. 1:6). El llamamiento divino obedece a un plan
eterno: «Antes que yo te formase en el vientre, te conocí; y antes que
salieses de la matriz, te consagré y te di por profeta a las naciones»
(Jer. 1:5; cf. Gal. 1:15), y es irrevocable (Ro. 11:29). Dios llama al
profeta para confiarle una misión, proporcionándole al mismo tiempo
la capacidad para efectuarla. Le acompañan signos que no son
precisamente los del éxito, sino los de la autoridad divina. Es un
llamado a desempeñar una labor ingrata e impopular, que lo aísla de
los suyos, hace de él un extraño o incluso un enemigo, con grave
perjuicio para su vida (cf. Is. 8:11; Jer. 12:6; 15:10;16:1-9; etc.). De ahí
las respuestas evasivas de los llamados que se sienten incapacitados,
abrumados, hasta el punto de lamentarse amargamente (Jer. 1:6).
Pero el llamamiento conlleva un don, que es la dotación de poder y
autoridad de la palabra divina que capacita al profeta: «He aquí,
pongo mis palabras en tu boca» (Jer. 1:9; 5:14; cf. Ex. 4:12; Is. 6:7;
51:16).

IV. LLAMAMIENTO EN CRISTO.


En el NT el llamamiento está siempre relacionado con la salvación de
Dios en Cristo, con vistas a la formación de un pueblo nuevo formado
por personas regeneradas. Precisamente el término > iglesia, en gr.
ekklesía, se deriva del mismo vb. kaleo con el que se expresa
habitualmente el llamamiento (1 Cor. 1:2; 2 Cor. 1:1; 1 Tes. 1:1; 2 Tes.
1:1; etc.).
También aquí Dios es «el que llama» (Ro. 9:12; Gal. 5:8), quien toma
la iniciativa. La santidad, la comunión con Cristo y la configuración en
él resumen el contenido del llamamiento (Ro 1:7; 8:29; 1 Cor. 1:2, 9; 2
Cor. 3:18; 1 Pd. 1:15). La santidad no es condición previa del
llamamiento, sino su resultado: «Fue él quien nos salvó y nos llamó
con santo llamamiento, no conforme a nuestras obras, sino conforme
a su propio propósito y gracia, la cual nos fue dada en Cristo Jesús
antes del comienzo del tiempo» (2 Ti. 1:9).
Participantes del llamamiento eficaz, los creyentes son hechos hijos
amados de Dios (1 Jn. 3:1; Ro. 9:26; Jd. 1:1), apartados para su Reino
en novedad de vida, considerando en todo el ejemplo de Jesús (Heb.
3:1; 1 Pd. 2:21). Los cristianos son propiamente «los llamados de
Jesucristo» (Ro 1:6), cuya vocación es la libertad (Gal. 5:13) y la
esperanza (Ef. 4:4) de la herencia eterna (Heb. 9:15).
Como ya hemos dicho, el llamado de Dios es un don con vistas a una
misión. No es un acontecimiento que se recibe de forma pasiva, sino
que transforma y lleva a la acción, donde las continuas exhortaciones
a procurar con empeño hacerlo firme (2 Pd. 1:10), a andar como es
digno de ello (Ef. 4:1; cf. 2 Tes. 1:11). Es una vocación de por vida
(Flp. 3:14) que culmina en «la cena de bodas del Cordero» (Ap. 19:9).
Véase IGLESIA, MISIÓN, SALVACIÓN, SANTIDAD, VOCACIÓN.
BIBLIOGRAFÍA: L. Coenen, “Llamada (kaléo)”, en DTNT III, 9-14; C.M. Martini
y A. Van-Hoye, La llamada en la Biblia
(Atenas, Madrid 1983); A. Sicari, Llamados por su nombre. La vocación en la
Escritura (SP 1981).

LLAMAR, LLAMAMIENTO
Termino cuyo significado teológico implica una invitación a servir a
Dios con algún propósito especifico (1 S 3.4; Is 49.1). En otro sentido,
describe una relación directa entre Dios y el sujeto llamado (Is 43).
Dios llama a Israel y lo separa de entre los otros pueblos, a fin de que
le sirva y goce de su especial protección. Dios es el que siempre toma
la iniciativa en el llamamiento, aunque casi siempre es una minoría o
≪remanente≫ el que responde (Jl 2.32).
En el Nuevo Testamento es frecuente el uso del término en Lucas,
Hechos y las cartas de Pablo. Sorprende su ausencia casi total en la
literatura juanina. En algunos pasajes de los Evangelios y en los
escritos de Pablo, la base para el significado teológico del
llamamiento es el hecho de que Dios llama al hombre en Cristo para
un propósito que El mismo determina. En general, este es el punto de
vista del Nuevo Testamento (Flp 3.14).
La respuesta del hombre llamado puede ser para creer, y en este
sentido el llamamiento es un término técnico para designar el proceso
de la SALVACION (Hch 2.39; 1 Co 7.17; Gl 5.13; 1 P 5.10).
Las epístolas paulinas clarifican el concepto teológico del llamamiento
cristiano. Este viene de Dios, a través del evangelio, para la salvación,
SANTIFICACION y servicio (2 Ts 2.14); permite entrar al Reino de Dios y
formar parte de la ≪familia de Dios≫ en compañerismo y amor
fraternal (1 Co 1.9; Gl 1.15; Ef 2.19). Para Pablo, quienes responden al
evangelio son ≪llamados≫ en oposición a quienes lo rechazan (1 Co
1.24).
Esta idea está tomada de la misma enseñanza de Jesús (Mt 22.14). El
llamamiento de 1 Co 7.20 parece señalar, más que una ocupación
particular, el carácter histórico del acto divino. La respuesta del
hombre ≪llamado≫ incluye todas sus circunstancias históricas. De
aquí que en algunos pasajes del Nuevo Testamento el llamamiento
sea un imperativo a vivir conforme a la vocación cristiana (Ef 4.1; Col
1.10; 2 Ts 1.11).
Sin embargo, el sentido más pleno del llamamiento cristiano destaca
la posición que el creyente asume en una relación más profunda con
Dios. Ser ≪llamado hijo de Dios≫ es
el propósito eterno de la salvación (1 Jn 3.1; cf. Jn 1.12; Ro 8.28, 30;
9.26).

LLAMAR (gr., kaleo, llamar). Uno de los verbos más comunes en la


Biblia que representa más de 20 palabras heb. y gr. con cuatro
significados diferentes: 1. Orar: Clama a mí y te responderé (Jeremías
33:3). 2. Convocar o designar: Porque he aquí que yo convoco a todas
las familias de los reinos del norte (Jeremías 1:15). 3. Nombrar a una
persona o cosa; Dios llamó a la luz Día (Génesis 1:5). 4. Invitar a
personas a aceptar la salvación a través de Cristo. Este último es un
llamado de Dios a través del Espíritu Santo; es celestial (Hebreos 3:1)
y santo (2 Timoteo 1:9). Este llamado llega a la gente en todas las
situaciones y ocupaciones 1 Corintios 1:26; 7:20).