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Versículos 11–19

Se nos refiere aquí la curación de diez leprosos, episodio que no hallamos en ninguno de los otros evangelistas.
La lepra era, en opinión de los judíos, una enfermedad que, más que ninguna otra, era señal del desagrado de Dios.
Por eso, Jesucristo, que vino a quitar el pecado del mundo (Jn. 1:29), puso especial empeño en sanar a los leprosos
que se cruzaban en su camino. En esta ocasión, el Señor se hallaba de viaje a Jerusalén, y como a medio camino de
distancia a la ciudad, en la frontera misma que separaba Samaria de Galilea.
I. La petición que le hicieron a Cristo estos leprosos. Eran diez e iban juntos, puesto que, aun cuando estaban
excluidos de la sociedad en general, los que estaban infectados de la enfermedad podían conversar libremente unos
con otros. 1. Salieron al encuentro de Jesús cuando el Señor entraba en una aldea. Aunque ya estaba fatigado del
viaje, no le dejaron descansar y tomar algún refrigerio, sino que se fueron hacia Él tan pronto como le vieron. No
por eso dejó Jesús de atenderles. 2. «Se pararon a distancia.» Cuando nos acercamos a Cristo, deberíamos hacerlo
conscientes de nuestra lepra espiritual y, por lo tanto, con la mayor humildad. ¿Quiénes somos nosotros para poder
acercarnos al que es infinitamente puro? 3. Le importunaron unánimemente con su ruego: «Alzaron la voz diciendo:
¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!» (v. 13). Quienes esperen ayuda del Señor deben invocarle como a
Maestro de ellos, Él es Maestro, Dueño y Salvador. No le ruegan en concreto que les sane de la lepra, sino sólo le
dicen: «¡Ten compasión de nosotros!» Es suficiente con que apelemos a las compasiones de Cristo, pues no nos
faltarán.
II. Cristo les mandó presentarse a los sacerdotes, para que éstos les inspeccionasen según la Ley. No les dice
explícitamente que serán curados (v. 14); basta con que le obedezcan. Con ello, mostraron su fe en Jesús, pues
fueron como Él les mandó. Puesto que la ley ceremonial estaba todavía en vigor, Cristo procuró que fuese
observada. Esto nos enseña que quienes esperan recibir los favores de Cristo, han de obtenerlos de acuerdo con el
modo y el método que Él establezca.
III. «Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados» (v. 41b). Debemos esperar que la misericordia de Dios
nos salga al encuentro cuando vamos por el camino de nuestro deber. Si hacemos lo que Él nos manda, Dios no
dejará de hacer por nosotros lo que nosotros no podemos hacer por nosotros mismos. Aunque los medios no nos
curen por sí mismos, Dios nos curará en el uso diligente de tales medios.
IV. Uno de ellos, sólo uno de diez, volvió para darle las gracias (v. 15). «Viendo que había sido sanado, volvió,
glorificando a Dios a gran voz.» Quiso que fuese dada gloria y alabanza al Señor que le había curado. Y vemos
que lo hizo con grandes muestras de afecto y agradecido de corazón: «a gran voz». Quienes reciben favores divinos,
deben dar testimonio de ello ante otros. Pero este exleproso no se contentó con dar gracias al Señor; nótense los
detalles del versículo 16: «Y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y éste era samaritano». Esto
nos enseña a ser muy humildes en la expresión de nuestra gratitud al Señor, como lo hemos de ser en nuestras
oraciones.
V. Cristo dio mucha importancia a la actitud de este samaritano que de tal manera se había distinguido de los
otros nueve que habían sido curados, quienes, por lo que se da a entender, eran judíos. La actitud de este hombre
era tanto más de encomiar cuanto que los samaritanos no tenían, de la naturaleza de Dios y del modo correcto de
adorarle, un conocimiento tan puro como los judíos. Con todo, fue un samaritano quien volvió para dar las gracias
y glorificar a Dios, lo cual olvidaron los nueve judíos. Véase:
1. Cómo puso Cristo en contraste la actitud de este hombre con la ingratitud de los que habían compartido con
Él el mismo favor: Sólo este extranjero había vuelto para dar gracias y glorificar a Dios (vv. 17–18). (A) ¡Cuán
ricamente dispensa Jesús sus favores! «¿No son diez los que fueron limpiados?» ¿Cabe una curación más completa?
Todo un hospital, curado con una sola voz. Nunca tendremos menos gracia por el hecho de que otros la compartan
con nosotros. (B) Cuán pobremente respondemos nosotros a los favores divinos: «Y los otros nueve, ¿dónde
están?» La ingratitud es un pecado muy común. De los muchos que son beneficiarios de la misericordia divina,
hay pocos, muy pocos, que se muestren agradecidos a Dios. (C) ¡Y cuántas veces demuestran ser más agradecidos
aquellos de quienes menos se esperaba! Vuelve uno de Samaria a dar las gracias, mientras que nueve de Judea
parecen haber olvidado el favor recibido. Esto sirve de circunstancia agravante en la ingratitud de los judíos a los
que Jesús se refiere.
2. Cómo animó Cristo a este samaritano agradecido (v. 19). Los otros recibieron curación, y no les fue revocada,
pero la curación de éste quedó especialmente confirmada: «Tu fe te ha sanado». Los otros nueve habían sido
curados por el poder de Cristo, compadecido de la situación de ellos; pero éste fue sanado de un modo especial por
su fe, la cual vio Jesús que era muy superior a la de los otros.

JESUS Y LOS DIEZ LEPROSOS 17:11–19


De acuerdo a las leyes y costumbres que imperaban en cuanto a la lepra, los diez enfermos no se acercaron al
Señor, sino que “se pararon de lejos” (17:12). Por lo que dice el versículo 16, se nota que era un grupo mixto. El
sufrimiento y ostracismo a que los relegaba su enfermedad había eliminado las diferencias que existían entre judíos
y samaritanos.

Otra cosa que tenían en común, fue la súplica unánime: “¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!”
(17:13). Por su misma naturaleza, que expresa necesidad extrema, esa clase de petición siempre provocaba una
reacción benevolente de parte del Señor. Pablo describe a Dios diciendo que es “rico en misericordia, por su gran
amor con que nos amó” (Efesios 2:4).
Esta vez el milagro sucedió mientras los afligidos iban a cumplir con lo que Jesús les había mandado,
presentarse a los sacerdotes (17:14), que era el cumplimiento de los requisitos de la ley mosaica. Sólo el sacerdote
podía declarar que un leproso estaba curado de su enfermedad después de hacerle un examen, si en verdad así era.
Este paso era absolutamente necesario para reincorporarse a la sociedad.
Cuando iba en camino, uno de los enfermos se dio cuenta de lo que había pasado en su cuerpo. Con gratitud en
su corazón (¡y en los labios!) regresó a darle gracias: “y éste era samaritano” (16). El Señor tomó nota de ese factor,
al referirse a la evidente falta de gratitud de parte de los nueve restantes (17:18). La sección termina con algo mucho
más importante que la salud física. El exleproso samaritano también adquirió la salvación por su fe en Cristo.
¡PENSEMOS!

En cuanto a gratitud, ¿a quién nos parecemos, a los nueve o al samaritano? Siempre estamos
más inclinados a pedir que a agradecer, a suplicar que a glorificar a Dios. ¡Cómo nos gusta
Filipenses 4:6, cuando menos en su primera parte! Pero, ¿qué de la última frase, “con acción de
gracias”? Por otro lado, una de las quejas que incluye Romanos 1:21 contra los hombres impíos
es: “ni le dieron gracias”. Obviamente, la gratitud es más una obligación que una opción.

Un leproso volvió (17:11–19)


17:11–14. Yendo Jesús a Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando diez … leprosos le pidieron
ayuda, el Señor los sanó de lejos. Esta es la segunda vez en el libro que Lucas relata que Jesús sanó a leprosos (cf.
5:12–16). Como en el primer caso, el Señor mandó a los hombres que se mostraran a los sacerdotes. Mientras
iban, fueron limpiados de su enfermedad y quedaron ceremonialmente limpios.
17:15–19. Sólo uno de los hombres, un extranjero, es decir, un samaritano, volvió para dar gracias a Jesús.
Éste comprendió la importancia de lo que se le había hecho. Estaba glorificando a Dios y se postró rostro en
tierra a los pies de Jesús, una posición de adoración. Aparentemente, comprendió que Jesús era Dios, pues ejercitó
fe en él. Lucas no menciona si comprendió que Jesús era el Mesías o no. La falta de gratitud de los otros nueve es
típica del rechazo del ministerio de Jesús por parte de la nación judía. Solamente él tenía poder para limpiar a la
nación y hacerla ceremonialmente limpia, sin embargo, ésta no respondió en forma adecuada. Aceptó las cosas que
Jesús podía hacer (tales como sanarlos y alimentarlos), pero no quiso aceptarlo como el Mesías. Sin embargo, los
que estaban fuera de la nación (tales como este leproso samaritano, una persona doblemente repugnante a los judíos)
respondían en forma positiva.