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SAN AGUSTÍN DE HIPONA

(13 de noviembre del año 354-28 de agosto del año 430)

Seguiremos dos de sus libros: para su vida Confesiones (escrito en el año 400, a los 46
años) y para su Filosofía de la Historia La Ciudad de Dios (escrito durante los años 413 al
426). Las Confesiones consta de trece libros:
 Del 1 al 9: nos cuenta su vida hasta su conversión al cristianismo y su bautismo;
 El 10: resume los años en los que escribe la obra; y
 Del 11 al 13: están dedicados al estudio de la Biblia.

San Agustín nació en Tagaste (hoy Souk-Ahras), en Argelia. Su padre, un pagano, se


llamaba Patricio y su madre, una fervorosa cristiana, se llamaba Mónica. Tenía dos
hermanos: Navigio y Perpetua. Durante su infancia estudió en la escuela de Tagaste. Según
cuenta, era listo pero muy vago y un tanto gamberro. Posteriormente continuará estudios en
Madaura y a los 16 años regresa a su ciudad natal. Sigue sin ocupación y tan gamberro
como siempre. En el año 371 un rico del pueblo, Romanico, ayuda a los padres y pueden
enviar a San Agustín a Cartago donde estudiará retórica.

Durante nueve años se hará maniqueo, corriente fundada por el persa Mani (216-276).
El maniqueísmo acepta el Nuevo Testamento y rechaza el Antiguo. Se basa en el dualismo:
al comienzo existían dos principios, dos reinos, enemigos e irreconciliables entre sí; uno
bueno y el otro malo: el Reino de la Luz y el Reino de las Tinieblas. Éste, envidioso de la
felicidad de aquél, lo ataca. El otro, para defenderse, le entrega una parte de sí mismo, que
es devorada al instante por el principio malo.
Así, una parte de la luz se encuentra aprisionada en las tinieblas. En este momento
comienza la historia. La creación del mundo se llevó a cabo para poder ejecutar la
liberación. Todos los seres vivos constan de esos dos principios: la materia, intrínsecamente
mala en cuanto que está formada con elementos del Reino de las Tinieblas, y una porción
de luz, buena por tanto.
El hombre no está excluido. Dentro de él hay un elemento bueno y otro malo que obran
respectivamente el bien y el mal. Habría, entonces, dos almas en el hombre, una luminosa y
otra tenebrosa… Por consiguiente, no es el hombre quien peca, sino el principio malo que
habita en su interior.
Esta doctrina explicaba así el origen del mal. Éste no podía venir de un Dios bueno. El
deber del maniqueo es liberar a su Dios. Liberar del poder de la materia la partícula de luz
presente en toda la creación. En resumen: en el maniqueísmo no es Dios quien redime al
hombre, es el mismo hombre quien redime a Dios.

Todos los maniqueos, ya sean los oyentes o los elegidos (perfectos), los primeros en lo
posible y los segundos de forma obligatoria, han de actuar según unas normas contenidas
en los tres sellos:
 Sello de la boca: se les prohibía blasfemar y comer carne por considerarla
perteneciente al Reino de las Tinieblas;

1
 Sello de las manos: se les prohibía matar a cualquier ser vivo, incluso vegetal,
porque era matar a Dios; y
 Sello del vientre: se les impedía casarse porque tener hijos era aumentar las cárceles
de Dios.

Los elegidos eran alimentados por los oyentes (como San Agustín) de forma
vegetariana. Durante esta época el dilema que está en su cabeza es el de optar por la fe o
por la razón y elige lo segundo: se inclina por la “ciencia” maniquea que todo lo explica
Con el paso del tiempo, nuestro filósofo criticaría duramente esta corriente de pensamiento.

No obstante, durante esa época (año 372) convive San Agustín con una mujer con la
que tendrá un hijo: Adeodato (morirá a los 17 años). La ley romana impedía que se casaran
personas de distinta clase social pero permitía que convivieran. Al nacer su hijo regresa a
Tagaste donde da clases de retórica, gramática y literatura latinas.
En el año 373 lee el Hortensio de Cicerón, una invitación a la sabiduría. Es en este
momento cuando su vida gira del mundo hacia Dios. Lee la Biblia, pero hay muy malas
traducciones del griego y no le agrada. Además Mónica, su madre, intentará por todos los
medios que su hijo vuelva a la ortodoxia de la religión cristiana.
Muere un amigo íntimo. Sufre mucho y decide volver a Cartago donde, en el año 376,
abre una escuela de retórica. Lee las Categorías de Aristóteles y libros “científicos” y
contrapone la ciencia que lee a las tesis del maniqueísmo.
Se encuentra en Cartago con Fausto de Milevo, el maniqueísta más importante en
aquella época. Discuten. San Agustín le plantea las dudas que rondan en su cabeza… Al
final, sale del encuentro con una gran decepción de forma que, al menos provisionalmente,
abandona el maniqueísmo. Tiene 29 años. Estamos en el año 383 y decide ir a Roma.

En Roma busca San Agustín mejores estudiantes y también fama y dinero. Para
embarcar hacia Roma tiene que engañar a su madre, Mónica. Al llegar vive dando clases de
retórica. En otoño del año 384 le hacen una oferta para que vaya a Milán como profesor
municipal de retórica y acepta. Tiene una nueva amante. En esta ciudad se encuentra el
obispo San Ambrosio. Era neoplatónico y practicaba una interpretación alegórica de la
Biblia, con lo que ésta no era solo letra sino también espíritu.
San Agustín escucha con pasión sus sermones y, convencido, abandona definitivamente
el maniqueísmo. También a su compañera. Lee el Nuevo Testamento, especialmente las
Cartas de San Pablo en donde defiende la idea de que solo la gracia de Cristo puede salvar
al hombre. Y lo encuentra su madre. Es un periodo de búsqueda intelectual, de discusiones
con sus amigos Alipio y Nebridio.
En esta época lee a Plotino. En este filósofo descubrió a un Dios y un alma
inmateriales. Como recordaréis, todos los filósofos antiguos eran materialistas menos
Platón.

2
En el verano del año 386, cuando tiene 32 años, Agustín se convierte, en su huerto, al
cristianismo1.
Renuncia entonces a la enseñanza. Con su madre, hijo, hermano y amigos se refugia en
la finca Casiciaco, a las afueras de Milán. Se dedica a la lectura y meditación. Aquí, y fruto
de la participación de todos, surgen tres diálogos: Contra los escépticos, La vida feliz y El
orden. Un año después, en el 387, escribe los Soliloquios, un diálogo entre la razón y el
alma de San Agustín.
Por fin, la noche del 24 al 25 de abril del 387, en la Vigilia Pascual, San Ambrosio
bautiza a San Agustín junto a sus amigos Nebridio y Alipio y su hijo Adeodato.
El mis mo año abandona Milán y parte para Tagaste. En Ostia, durante el viaje, muere
su madre. Al llegar, junto a su hijo y amigos, vende todos sus bienes y funda un
monasterio. En él se dedicarán al estudio de las Escrituras, con una vida y posesiones
comunes. En el año 389 muere, a los diecisiete años, su hijo Adeodato.
En el año 391 llega a Hipona (hoy Anaba, en la costa argelina). El obispo de la ciudad
es Valerio. Lo ordena sacerdote, si bien Agustín acepta de mala gana, ya que su intención
era seguir en Tagaste. La condición que impone es que pueda estar con sus amigos y
Valerio accede. Levanta entonces San Agustín un segundo monasterio en Hipona. Prepara
sus primeros Sermones (se conservan unos 500) aunque la gente no ve con buenos ojos que
predique un sacerdote si hay obispo. ¿Qué hacer? Valerio le nombra, en el año 395, obispo
auxiliar. Valerio morirá al año siguiente. San Agustín ocupará su cargo hasta su muerte, en
el año 430, cuando contaba 76 años.

Es la época de viajes constantes, estudios y lecturas nocturnas. Si hubiera que resumir


esta última etapa de la vida de San Agustín, diríamos que una de sus tareas principales fue
la de combatir las herejías, abundantes en aquellos tiempos.
Resumiremos a continuación las criticas que hace al donatismo, al arrianismo y al
pelagianismo (las críticas al maniqueísmo ya se han comentado, aunque durante esta época
también les dedica a ellos abundantes escritos).

Crítica al donatismo.
La Iglesia se separó a raíz de la persecución de los cristianos por Diocleciano (244-
311). Obligaba a saludarlo con una genuflexión (proskynesis), a llamarlo dominus y a
respetarlo por encima de todo2. La chispa saltó al ser consagrado Ceciliano obispo de
Cartago, consagración efectuada por alguien que para evitar el martirio había entregado a
los perseguidores los Libros Sagrados, sabiendo que iban a ser quemados. Así, un grupo de
obispos negó valor a tal consagración y se separó de la unidad de la Iglesia formando la
pars Donati, la Iglesia donatista, creada por Donato (muerto en el 335)

1
El mismo San Agustín nos cuenta que un día, cuando estaba en el jardín orando a Dios para que lo ayudara con la pureza, escuchó la voz de un
niño cantándole: “Toma y lee; toma y lee” [Tolle et lege] (Confesiones, Capítulo 8). Con ello, él se sintió inspirado a abrir su Biblia al azar, y leyó lo
primero que llego a su vista. San Agustín leyó las palabras de la Carta de San Pablo a los Romanos capítulo 13:13-14: “nada de comilonas y
borracheras; nada de lujurias y desenfrenos… revestíos más bien del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus
concupiscencias.” Este acontecimiento marcó su vida y, a partir de ese momento en adelante, él estuvo firme en su resolución y pudo permanecer
casto por el resto de su vida.
2

En el año 313 se promulgaría el Edicto de Milán, firmado por el emperador Constantino, por el que se aprobaba la libertad religiosa en el Imperio.
Los cristianos, así, tenían reconocimiento oficial y libertad de culto. "Habiendo advertido hace ya mucho tiempo que no debe ser cohibida la libertad
de religión, sino que ha de permitirse al arbitrio y libertad de cada cual se ejercite en las cosas divinas conforme al parecer de su alma, hemos
sancionado que, tanto todos los demás, cuanto los cristianos, conserven la fe y observancia de su secta y religión... que a los cristianos y a todos los
demás se conceda libre facultad de seguir la religión que a bien tengan; a fin de que quienquiera que fuere el numen divino y celestial pueda ser
propicio a nosotros y a todos los que viven bajo nuestro imperio. Así, pues, hemos promulgado con saludable y rectísimo criterio esta nuestra
voluntad, para que a ninguno se niegue en absoluto la licencia de seguir o elegir la observancia y religión cristiana. Antes bien sea lícito a cada uno
dedicar su alma a aquella religión que estimare convenirle".

3
En todo el norte de África (también en Hipona) había dos cleros, dos iglesias, dos
obispos, etc., aunque la base teológica era idéntica. En Hipona el donatismo era
mayoritario. Se autoproclamaban la iglesia pura, sin mancha, la iglesia de los mártires, de
los perseguidos, por tanto, la única que poseía el Espíritu Santo y podía administrarlo en
los sacramentos.
Los católicos eran lo contrario: traidores, impuros. Sus sacramentos eran nulos por eso
todo católico que desertando pasaba a las filas de Donato lo rebautizaban.
El donatismo desapareció oficialmente en el 411. San Agustín siempre esperó no
utilizar con ellos la fuerza, aunque al final no tuvo más remedio. Escribió contra ellos
varias obras

Crítica al arrianismo.
El arrianismo procede de Arrio (318-381) que negaba el dogma de la Santísima
Trinidad. Jesús, decía, no fue hijo natural de Dios sino que lo fue como los demás hombres,
por adopción. Sólo el Padre es Dios. El Hijo y el Espíritu Santo son las más excelentes de
las criaturas, pero criaturas al fin.
Contra el arrianismo se convocó el Concilio de Nicea y escribió San Agustín el De
Trinitate que consta de 15 libros y tardó 20 años en concluir.

Crítica al pelagianismo.
La última y más dura polémica la tuvo San Agustín contra los pelagianos, de Pelagio,
un monje inglés establecido en Roma y que murió en 422. Celestio haría estallar la
contienda y Juan de Eclana la continuaría incluso cuando el mismo Pelagio y Celestio
abandonaron.
A diferencia de las anteriores, esta disputa fue intelectualmente elevada; el pueblo no
intervino. Pelagio era un buen cristiano que quería reformar al pueblo creyente, demasiado
relajado en sus costumbres, debido principalmente a la gran masa que con la llegada de
Constantino se dejó bautizar sin estar del todo convencida o sin la preparación suficiente.
Si el hombre es libre, la única causa de la miseria moral se debía encontrar en la
decadencia de los hábitos de la sociedad romana: era preciso reformarla.
Pelagio quería hacer de los cristianos gente fervorosa que cumpliese fielmente las leyes
de Dios, que tan bien y claras afirmaba la Biblia. El hombre era libre, así que podía
cumplirlas. En la Biblia hay también ejemplos de los profetas y patriarcas que las
cumplieron y de aquellos que no lo hicieron. Se puede imitar sobre todo a Cristo, obediente
al padre hasta su muerte. Para eso vino al mundo, para darnos ejemplo.
¿Dónde está la herejía? Aquí: para Pelagio y sus secuaces el hombre era completamente
libre, capaz de llevar a cabo por sí solo el bien que se propusiese realizar. Ninguna fuerza le
retenía, al menos interna. Admitía, sin embargo, que el mal ejemplo de los demás podía
ejercer un efecto negativo sobre nosotros. En otras palabras: negaba el pecado original.
Adán había pecado, sí; pero su pecado no lo heredaron sus hijos. A ellos les dejaba el mal
ejemplo.
Así, el bautismo no era necesario para evitar el infierno, aunque sí para obtener la gloria
de Dios. En el niño no hay nada que tenga que perdonarse. El pecado sería una elección
equivocada que podría borrarse con otra elección acertada; era algo superficial.

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Cristo era un compañero que nos había dado un buen ejemplo, pero no era el Redentor.
¿Qué necesidad había de la Gracia, de Cristo, si el hombre puede curar por sí mismo sus
males? La muerte de Cristo no habría tenido ningún valor.

San Agustín, a quien sucederá Heraclio, murió en el año 430, a los 76 años. Muere
cuando los vándalos capitaneados por Genserico asedian Hipona e invitando a los obispos a
no abandonar a los fieles de los que son pastores.

LA FILOSOFÍA DE LA HISTORIA. LAS DOS CIUDADES

Aunque el tratamiento sistemático de la historia se había iniciado antes (Heródoto,


Tucídides, etc.) la primera concepción de que la historia universal es la culminación de
todo el universo, se desarrolla según un plan y tiene un sentido es originariamente hebreo-
cristiana. Esa visión está en el Antiguo Testamento pero es San Agustín el primero que la
elabora sistemáticamente.
Según él todos los acontecimientos humanos cobran sentido con respecto a tres
momentos: la Creación, la Caída y la Redención. La historia es lineal (no circular) y única
e irrepetible. Está dividida en seis edades, correspondientes a los seis días bíblicos de la
creación del mundo. Desde la venida de Cristo se vive en la sexta edad, pero su duración
sólo Dios la conoce. Así todos los sucesos quedan integrados en la historia. Esta tiene un
sentido y un fin: la ciudad de los elegidos.

24 de agosto del año 410. San Agustín tiene 56 años. Roma, dominadora del mundo
durante siglos, la que había impuesto su ley a casi todas las naciones, cae en poder del
enemigo. Roma es saqueada por las tropas del godo Alarico. Todo es destruido, hay
incendios, violaciones… ¿Qué había pasado? Para entender las reacciones de la gente hay
que estudiar un poco cómo vivían la religión.
Los hombre y mujeres de aquel siglo pueden incluirse, con relación a sus creencias, en
uno de los siguientes apartados:
 Cristianos de corazón, creyentes convencidos,
 Paganos: ¿acaso Roma no había sido grande con los dioses del panteón? ¿Por
qué dejarlos?
 Cristianos que, en el fondo, seguían siendo paganos; se habían bautizado por
moda, oportunismo, por tener un dios más al que acudir en sus aflicciones, etc.
Iban a la iglesia los días de fiesta, los restantes ni se acordaban. Eran cristianos
cuando todo iba bien pero al mínimo inconveniente acudían a sus antiguos
dioses.

Con los dos últimos grupos luchó mucho San Agustín durante toda su vida y lo haría
con más fuerza en estos difíciles momentos históricos. Las preguntas y acusaciones que
había en el aire eran estas:
1. Los paganos acusaban a los cristianos de ser los responsables de la catástrofe: el
abandono de sus antiguos dioses había dejado a la ciudad sin protección, además
los cristianos eran pacifistas y no querían saber nada los asuntos públicos.

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2. Los cristianos se preguntaban dónde estaba el florecimiento del Imperio, ahora
que la mayoría de sus habitantes adoraban a Dios. Incluso los emperadores eran
cristianos. ¿Qué nos quería comunicar Dios con ese hecho? ¿No sería una buena
ocasión para volver a las costumbres de los padres, de regresar al antiguo
panteón? Y lo más importante: si Roma se hundía, ¿arrastraría consigo a la
Iglesia?

Entre los años 413 y 426 escribe San Agustín una obra para responder a estas preguntas
e infundir ánimo: La Ciudad de Dios (De Civitate Dei).
Consta dicha obra de 22 libros:

LOS DIEZ PRIMEROS los dedica a contestar a paganos y cristianos:


A los cristianos les recuerda la fugacidad de los bienes de este mundo, que no es por la
dicha en la tierra por lo que sirven a Cristo, sino por la del más allá. Pase lo que pase nada
debe temer el cristiano porque la Providencia rige los destinos de la historia. Dios “escribe
derecho pero con líneas torcidas”, diría Santa Teresa.
A los paganos les recuerda que si muchos salvaron sus vidas fue precisamente por
refugiarse en templos cristianos que los saqueadores no se atrevieron a destruir. La causa
de la destrucción han de verla en los pecados de lo hombres. Más aún, la clemencia de Dios
atemperó la destrucción. Podría haber sido peor…
Pasa revista a la mitología romana para mostrar los absurdos y contradicciones que
encuentra en ella. La grandeza de Roma no fue por obra de tales divinidades, que no
existen. El Imperio es la expresión máxima de la soberbia y del afán de dominio de los
demás. Su misma historia comenzó, dice San Agustín, con un asesinato: con la muerte de
Remo por parte de su hermano Rómulo.

LOS DOCE RESTANTES (capítulos 11 a 22) presenta una grandiosa concepción de


la historia de la humanidad, de la que ya hemos hablado supra. Según San Agustín, desde
el delito de Caín dando muerte a Abel, todos los hombres han sido, consciente o
inconscientemente, moradores de una de las dos ciudades: la celeste o la terrena. Todos
han militado bajo uno de los dos estrategas: Dios o Satanás, defendiendo sus banderas.
San Agustín dedica cuatro libros (capítulos 11 a 14) a exponer el origen, cuatro (15-18)
al desarrollo y cuatro (19-22) al destino de estas dos ciudades.
La ciudad terrena tendría su origen en Caín y se prolongaría en todos los imperios
paganos hasta la llegada del Imperio romano, su más perfecta expresión.
La ciudad de Dios se originó con Abel, de ella formaron parte los profetas, patriarcas y
santos del Pueblo de Israel pero su plena institución solo tuvo lugar con la llegada de Cristo
y la fundación de su Iglesia. A partir de este momento, las dos ciudades están mezcladas,
solo Dios sabe quién pertenece a la una o a la otra. Ni siquiera pertenecer a la Iglesia
garantiza estar entre los elegidos. Solo al final de los tiempos la separación será definitiva y
total. Los seguidores del diablo se condenarán y los seguidores de Dios se salvarán.
Pero, por ahora, no hay por qué pensar que el mundo se acaba. El Imperio romano no es
nada definitivo y último. Las dos ciudades, dice San Agustín, no coinciden con Roma y la
Iglesia; como dijimos, ambas están mezcladas.
Roma se tambalea, concluye, no por culpa de los cristianos sino por las miserias del
paganismo, pero solo arrastrará consigo sus propios pecados. El triunfo de la ciudad de
Dios está asegurado.

6
CUESTIONES

1. ¿De qué trata el libro Confesiones?

2. ¿Cómo fue la juventud de San Agustín hasta que va a Cartago?

3. Resume las tesis fundamentales del maniqueísmo.

4. ¿Cuándo y cómo se convierte San Agustín al cristianismo?

5. Resume las tesis de la herejía donatista.

6. Haz lo mismo con la herejía arriana.

7. Haz lo mismo con la herejía pelagiana.

8. Explica por qué según los cristianos la Historia tiene sentido.

9. ¿Qué preguntas y acusaciones formularon paganos y cristianos al caer el Imperio


Romano?

10. Resume los diez primeros capítulos de La Ciudad de Dios.

11. ¿Cuáles son las dos ciudades de las que habla San Agustín? ¿Quién forma parte
de cada una?