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06/05/2018 NO HAY MISION SIN COMUNION

LA MISIÓN DE CRISTO

SALUDO: Buenos días apreciada iglesia, hoy es domingo y sé que nosotros hemos venido con la disposición de aprender y
de obedecer la palabra de Dios.

INTRODUCCIÓN

Vamos a abrir nuestras biblias en el evangelio de San Lucas, en el capítulo 4 y leeremos el versículo 16: Y Jesús fue a
Nazaret donde se había criado;… conforme a su costumbre, el día sábado fue a la sinagoga, y se levantó a leer. Le dieron
el libro del profeta Isaías; y al abrirlo, halló el lugar donde está escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me
ungió para dar buenas nuevas a los pobres, me envió a sanar a los quebrantados de corazón, a pregonar a los cautivos
libertad, y a los ciegos vista; a dar libertad a los oprimidos, y a predicar el año favorable del Señor”.

I. HECHOSY NO PALABRAS

Pareciera que estas palabras de Jesús suenan como los conocidos discursos políticos los cuales casi ya estamos
acostumbrados, todo promesas. En realidad, era el discurso de un líder espiritual que iniciaba su ministerio. Era el inicio
de la campaña misionera de Jesús en Galilea, al norte de Palestina. Y para tan importante acto, escogió la ciudad donde
había sido criado: Nazaret.

• Pero la historia ha demostrado que Jesús sí cumple sus promesas y que su misión, abrazada por sus seguidores y
compartida con los demás, produce la verdadera libertad. Porque llena el corazón del hombre con la generosidad que lo
impulsa a atender las necesidades de todos los que lo rodean.

• Ese día, en Nazaret, el público, al cual fueron dirigidas estas palabras, estaba más allá de los que escuchaban
sentados en la sinagoga.

• Las palabras de Jesús se elevaron, adquiriendo una dimensión universal y un tono divino. Eran una declaración de
guerra. Apenas habían pasado unos días desde que Satanás se había hecho presente en el desierto y, en esa ocasión en
forma personal, se había aparecido para engañarlo. No llegó con la fruta del Edén… se había presentado con la artimaña
del pan… y de las piedras… Leamos, allí mismo, en el capítulo cuatro de San Lucas, ahora los versículos 1 al 4: Jesús, lleno
del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto por cuarenta días, y era tentado por el diablo.
Y no comió nada en aquellos días, pasados los cuales, tuvo hambre. Entonces el diablo le dijo: Si eres Hijo de Dios, di a
esta piedra que se convierta en pan.

• Frente a frente, y después de un intercambio, Jesús le había ordenado: “Ahora vete de aquí”. Y el enemigo no se
había atrevido a desobedecer… Pero ahora, desde la sinagoga, Jesús le habló claramente. Es como si hubiera dicho: “Se
los digo a los que están sentados, pero estas palabras son para ti Satanás…

El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto Me ungió para dar buenas nuevas a los pobres, Me envió a sanar a los
quebrantados de corazón, A pregonar a los cautivos libertad, y a los ciegos vista; A dar libertad a los oprimidos, Y a predicar
el año favorable del Señor”.

II. CUMPLIR LA MISIÓN ES TRASCENDENTAL San Mateo 28:18-20

Por eso, la misión de Cristo es una tarea descomunal para los esfuerzos humanos, está por encima de todos los
conocimientos, las habilidades y las actitudes profesionales, y no hay preparación universitaria que nos capacite para
cumplida. La misión de Cristo se cumple en medio de un conflicto cósmico entre el bien y el mal. Un conflicto cósmico en
medio del cual el ejército del mal se levanta con una ola de maldad que parece envolvernos y que amenaza con tragarnos:

Crímenes cada vez más violentos, Telenovelas cada vez más atrevidas, Deportes cada vez más espectaculares y temerarios,
Música cada vez más fuerte, Películas cada vez más descaradas, Luces cada vez más brillantes y coloridas, Noticias cada
vez más alarmantes Comidas cada vez más complicadas, Bebidas cada vez más fuertes, Drogas cada vez más mortíferas,
Pecados cada vez más atractivos.

• Lo único que puede contrarrestar, a esta ola de maldad, es la misión de Cristo. Cualquier otro esfuerzo es en vano.
Cualquier otro esfuerzo es apenas una medicina para cubrir los síntomas. No se conformen con un éxito efímero, volátil y
engañoso. Solo la misión de Cristo trae, al corazón del hombre, la verdadera libertad.

• Después de la declaración de guerra esa mañana, en la sinagoga de Nazaret, Satanás hizo un despliegue de su
poder. En otra sinagoga, ahora de Capernaum, un pobre hombre, poseído por el demonio, ilustra muy bien las confusiones
que llegan a desquiciar la mente de los seres humanos.

• Se pueden intentar muchas técnicas psiquiátricas… muchas terapias. Pero lo único que puede realmente liberar a
los hombres, del poder de Satanás, es la presencia de Cristo. Veamos el versículo 35: “Y Jesús le reprendió diciendo: cállate,
y sal de él. Entonces el demonio, derribándole en medio de ellos, salió de él, y no le hizo daño alguno”. Solo la presencia
de Cristo.

Veamos ahora los versículos 36 y 37: “Y estaban todos maravillados, y hablaban unos a otros, diciendo: ¿Qué palabra es
esta, que con autoridad y poder mandar a los espíritus inmundos y salen? Y su fama se difundía por todos los lugares de
los contornos. Eso es lo que nosotros podemos hacer. La misión de Cristo es descomunalmente grande para ustedes y
para mí. Es inmensa, es imposible. No podemos hacerle frente al poder de Satanás.

Nosotros no podemos cumplir con la misión de Cristo, lo que realmente podemos hacer es difundir la fama de Cristo.

Llévenlo a quienes, desesperadamente, buscan la paz de su alma atormentada. En ese mismo rato, a la salida de la
sinagoga, otro ataque del enemigo. Ahora con la enfermedad.

Veamos el versículo 38: “Entonces Jesús se levantó y salió de la sinagoga, y entró en casa de Simón. La suegra de Simón
tenía una gran fiebre; y le rogaron por ella.

Fiebres altas, niños graves, enfermedades incurables, muertes, lágrimas. Hay que difundir la fama de Cristo. Es lo que
necesitan en muchos hogares, lo que necesita desesperadamente en muchos hospitales. Porque Jesús es la resurrección
y la vida.

No hay preparación universitaria que le dé al hombre la capacidad de dar vida y salud. Más allá de una receta, más allá de
una intervención quirúrgica, más allá de un tratamiento, hay que difundir la fama de Jesús. Esa es la misión de Cristo.

Los versículos 40 y 41 presentan la contundencia de la victoria de Jesús en el gran conflicto cósmico: “Al ponerse el sol,
todos los que tenían enfermos de diversas enfermedades los traían a él; y él poniendo las manos sobre cada uno de ellos,
los sanaba. También salían demonios de muchos, dando voces y diciendo: Tú eres el Hijo de Dios. Pero él los reprendía y
no les dejaba hablar, porque sabían que era el Cristo”.

¿Se imaginan a unos demonios levantando la mano para decir: “Oye, por lo menos déjanos decir algo, aunque sea expresar
nuestra última voluntad…”.

“¡Nada!... ¡Ni una palabra!... ¡Váyanse!...”, les decía nuestro Señor.

Difundir la fama de Jesús. Eso es lo que necesitan las multitudes. Ya estamos cansados de tantas noticias alarmantes que
solo difunden las hazañas de Satanás.

Hay veces que los noticieros no dan una sola noticia buena. Solo chismes, rumores, pleitos, crímenes, asaltos, robos,
desolación. Debemos asumir el compromiso de cambiar las noticias. Difundir la fama de Cristo.

¿Se pueden imaginar la noticia de esa noche en el noticiero de Capernaum? “No hay ningún enfermo en nuestra ciudad.
No se escucha ningún gemido de dolor.
Hoy ha estado con nosotros Jesús y todos vamos a descansar con alegría. La única noticia que hay para este día es que,
por fin, vamos a tener buenos días. Ojalá Jesús se quedara para siempre en nuestra ciudad”.

Es lo que el mundo necesita. Difundamos su fama. Les he contado otras veces la historia de José Damián. Pero no me
puedo resistir a contarla de nuevo. La historia de José Damián, un joven sacerdote católico de Bélgica que nació en el año
de 1840. Un poco después de su ordenación oyó que había cientos de leprosos en una bella isla hawaiana. “Todos ellos
están hambrientos, visten harapos y se hallan abandonados por la sociedad”, le dijeron los dirigentes de la Iglesia.
“Debemos enviar a alguien para que les lleve la esperanza de Cristo”.

José Damián se ofreció como voluntario. Cuando llegó a la isla de Molokai, y vio la situación de los leprosos, con los rostros,
manos y pies desfigurados, no pudo soportar el espectáculo y se dio vuelta para no ver. Se fue a vivir a una chocita solo,
donde preparaba su propia comida, se lavaba la ropa y realizaba por sí mismo los demás quehaceres. Le repugnaba ver
esa condición, diríamos monstruosa de los leprosos y, además, no quería contagiarse. Por eso prohibió a los leprosos que
se acercaran a su choza. Él iba a la capilla los domingos, predicaba y volvía a su choza.

Pero, un día, José se dio cuenta de que sus palabras no surtían efecto, y que no era suficiente predicar. Comprendió que
el amor de Cristo debía demostrarse con acciones, y no con palabras meramente. Entonces decidió mezclarse con los
leprosos.

Les ayudó a construir sus propias chozas, y a cavar pozos para que tuvieran agua en abundancia; les proveyó ropa y comida
y les lavó y vendó las heridas. Verdaderamente, José se convirtió en uno de ellos. Pero como resultado, José Damián murió
leproso. Sin embargo, antes de su muerte, tuvo el gozo de ver que toda la gente del lugar, había aceptado a Jesús”.

Difundir la fama de Jesús en sus hogares, en los hospitales en medio del tráfico desesperado, en las ciudades, en las
montañas, en los valles, en las aldeas, en los lugares más apartados y también usando las telecomunicaciones de las
grandes ciudades.

III. DIFUNDIR LA FAMA DE CRISTO

Veamos, finalmente, los versículos 42 y 43: “Cuando ya era de día, salió y se fue a un lugar desierto; y la gente le buscaba,
y llegando a donde estaba, le detenían para que no se fuera de ellos. Pero él les dijo: Es necesario que también a otras
ciudades anuncie el evangelio del reino de Dios”.

Esta es la misión de Cristo y solo en ese camino hay verdadero éxito. La misión de Cristo es descomunal, es imposible para
nosotros. No podríamos de ninguna manera hacerle frente a Satanás, pero Jesús no solo le hizo frente, sino que lo derrotó
contundentemente.

Este es un llamado personal e intransferible. Usted no puede pagar para que otro lo haga, porque no podrá ir otro en su
lugar al cielo. El llamado es suyo, la misión es suya. Salgamos ahora a difundir la fama de Jesús. Él es la única realidad
perdurable, por eso es nuestra única esperanza. “QUIEN PIERDE LA MISIÓN PIERDE SU RAZÓN DE EXISTIR”.

Que Dios te bendiga querido hermano por estar comprometido con Jesús, cumpliendo la misión de la Iglesia.