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La clave de la infelicidad

Maynor Curtis. Lengua y Literatura hispánica, 2do año.

Una vida llena de fantasías es una vida infeliz. Fantasear es algo que hacemos desde temprana
edad. Creamos en nuestra imaginación un mundo ficticio en el que podemos construir y pintar en
el aire, interactuar con personajes geniales y vivir aventuras fabulosas. Creamos un mundo donde
todo es ideal. Entonces empezamos a idealizar lo que se presenta a nuestro alrededor, y empezamos
a pensar que no podemos existir sin todo lo que vemos cada día, y lo comenzamos a codiciar
(Demme, 1991). Imaginamos cómo viviríamos si tuviéramos esto o si tuviéramos aquello, si
pudiéramos hacer esto o aquello, si conociéramos a tal o cual persona… Idealizamos lugares,
épocas, situaciones, circunstancias, culturas… Todo lo transformamos en algo que no es, y que
consideramos necesario. Todo lo que no es nuestro.

Pero este proceso de idealización, que parece en nuestra vida no tener final, no ocurre
automáticamente. Es algo provocado. Es adquirido. Es instigado por el sistema social, que se
aprovecha de las debilidades de nuestra mente, juega con ella y la deja completamente dócil y
maleable, fácil de adaptar a cualquier esquema que a ese sistema le convenga. Este sistema nos
induce a un patrón de comportamiento mecánico que hace que nos volvamos incapaces de
cuestionarlo, y terminamos creyendo que seguir ese patrón es la única posibilidad.

Así, permitimos que el sistema nos llene la mente de basura y que instale en nosotros la idea de
que esa basura no lo es en realidad, sino que es algo que hay que desear, algo a lo que hay que
aspirar. Tomamos los ideales y los seudovalores del sistema como nuestros, y nos convencemos
de que solo esos son válidos. Nos persuadimos a nosotros mismos de querer, de necesitar lo que
el sistema interminablemente nos ofrece, y nos percatamos de que, para conseguirlo, tenemos que
someternos al mismo sistema (The Clash, 1980).

Y este proceso hace que idealicemos no solo los bienes materiales, que con tanta facilidad hacen
que nos queramos someter, sino también a las personas. Elevamos a aquellos que, según nuestra
percepción, son mejores personas, con más valor, con más intelecto, con más talento que nosotros:
actores, músicos, pintores, etc. Todos aquellos con una personalidad pública ha hecho que los
veamos como ostentadores de distinguidas cualidades que los comunes no podemos poseer. Se nos
olvida que todos somos sencillamente personas y que una imagen pública grandiosa no es
necesariamente el reflejo de una persona grandiosa.

Por eso idealizamos también las relaciones que mantenemos con las personas que nos rodean.
Ensalzamos el sexo como la expresión corporal de un sentimiento noble y a ese sentimiento le
damos el nombre de “amor”, y este amor lo exaltamos y lo ponderamos como una pasión pura,
capaz de hacer destacar todas nuestras virtudes, con la cual podemos vencer cualquier obstáculo,
y por la cual vale la pena luchar. Quisiéramos que nuestras relaciones fueran fantásticas, tal y como
imaginamos que son las relaciones entre esas personas “grandiosas”, y quisiéramos ser como ellos
y estar donde ellos están, en esos lugares que nos parecen tan encantadores porque hemos
aprendido a creer que son encantadores.

De esa manera idealizamos también esos lugares, ciudades, países, porque en el que estamos no es
lo suficientemente hermoso, no es lo suficientemente grande, no es lo suficientemente bueno.
Soñamos con un sinnúmero de sitios maravillosos a los que no podemos llegar físicamente, pero
que mentalmente nos atraen, porque suponemos allí viven los que están mejor, los que son mejores
que nosotros.

A partir de eso, nos imaginamos que esos lugares son majestuosos, que son mágicos, y que pueden
influir en los sentidos para trasladarnos a planos que no podemos alcanzar a menos que estemos
allí. Estando allí seríamos más románticos, más conscientes, más desinhibidos. Seríamos libres.
Pero esa libertad solo la alcanzamos sometiéndonos.

Sí, tenemos que someternos. Tenemos que sacrificarnos para ser felices. Tenemos que ser infelices
ahora y para poder ser felices después. En eso se basa la filosofía primitiva que no has impuesto
este sistema y en la que muchos de nosotros creen, aun sabiendo que no existe razón lógica para
creer (thruthem, 2009). Una filosofía que ha servido repetidas veces como justificación para
exterminar y destruir sin reparo, pero que continúa siendo embellecida y alabada por la mayoría,
y cuya ordenanza exhorta a ir tras la perfección, pero con el conocimiento de que es inalcanzable
(HeraclitusPantaRei, 2012).

¿De qué nos sirven tanta fantasía, tantas ilusiones? La sociedad en la que vivimos se encarga de
hacernos creer que necesitamos todo aquello con lo que soñamos, y soñamos para escapar de la
realidad, pero cuando nos damos cuenta de que nuestras vidas no son como nuestros sueños,
necesitamos utilizar más de estos para olvidarnos de ese hecho. Pero mientras más soñamos, más
infelices somos, porque si lo que ansiamos involucra un imposible, nos sentimos mal al saber que
nunca lo vamos a conseguir. Y si se trata de algo que sí podemos conseguir, quedamos inconformes
aun después de haberlo conseguido y queremos algo más, que el sistema nos dice que necesitamos,
pero que no todavía no poseemos.

Vivimos, pues, en un ciclo infinito de ilusión e infelicidad. No podemos dejar de ilusionarnos


porque de esas ilusiones derivamos momentos de felicidad, aunque sean pasajeros y no sea
felicidad de verdad. Pero sería mejor que dejáramos de un lado las ilusiones y empezáramos a
realizar. ¿No podemos acaso ser felices sin ellas? Nos tenemos que olvidar de todas esas nociones
absurdas y distorsionadas que desde pequeños hemos aprendido a considerar como la clave para
nuestra felicidad. Tenemos que enfrentar nuestra realidad, vivirla y en ella encontrar motivos para
ser felices, para estar tranquilos, o tratar de encontrar los instrumentos para cambiar lo que no nos
gusta. Debemos aprender a liberarnos de las quimeras de la sociedad, antes de que llegue el
momento en que ya no podamos escapar.

Inspirado por la película Midnight in Paris, de W. Allen.

Lista de referencias:

Demme, J. (Dirección). (1991). The silence of the lambs [Película].


HeraclitusPantaRei. (29 de agosto de 2012). Ayn Rand interviewed by James Day. Obtenido de
https://www.youtube.com/watch?v=4k9tD7iHo0c
The Clash (1980). The Magnificent Seven [Grabado por The Clash]. New York, Estados Unidos.
thruthem. (28 de diciembre de 2009). Bertrand Russell on God. Obtenido de
https://www.youtube.com/watch?v=asvg5Kf97Hw