Sei sulla pagina 1di 98

Editorial UOC

15

Capítulo I. Perspectivas teóricas

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

Capítulo I

Perspectivas teóricas y definicionales sobre el poder y la autoridad

Florencio Jiménez Burillo

En este capítulo primero nos limitaremos a exponer unas sencillas notas preliminares a un tema, el del poder y la autoridad, de una imponente com- plejidad, tal y como se podrá ver en los sucesivos capítulos. Esta obra forma parte de un currículo psicológico y aunque en su contenido aparezcan cues- tiones abordadas por otras disciplinas, en este capítulo parece que lo más adecuado es ofrecer alguna información sobre aspectos teóricos y conceptua- les del poder realizados desde una perspectiva fundamentalmente psicoso- ciológica.

1. Perspectivas teóricas sobre el poder

Hay, al menos, dos grandes tradiciones en la conceptualización científico- social del poder, vinculadas, cada una de ellas, a dos gigantescos personajes del pensamiento político moderno. Ambos vivieron en épocas y países dife- rentes y desarrollaron sus trabajos intelectuales en contextos políticos tam- bién muy distintos:

• Uno, Nicolás Maquiavelo, en la Florencia del siglo XVI, participando muy activamente –arriesgando la vida– en las intrigas políticas de la ciudad hasta ser finalmente apartado de la política.

• El otro , Thomas Hobbes, en cambio, sirvió a un Estado unificado, sobe- rano y centralizado. Su decisivo papel en la historia de la teoría política está suficientemente explicado en el capítulo III (“El poder político y los orígenes de Estado”).

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

16

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

Lo que ahora importa subrayar es que ambos genios han venido a constituir- se como puntos de origen de dos grandes corrientes de pensamiento acerca de la naturaleza y funcionamiento del poder que llegan hasta nuestros días. A este respecto, intentaremos sintetizar lo que en su excelente libro afirma Clegg (1989) tras un análisis comparativo de ambos autores. Maquiavelo, como “profesional” de la política, no contempló el poder desde una perspectiva intelectual que trata de argumentar racionalmente acerca de sus fundamentos filosóficos y consecuencias morales. El florentino no se interesó por lo que el poder es, sino por lo que el poder hace: cómo funciona, cómo ac- túa. El foco de su atención es, ante todo, la estrategia, el juego táctico en un esce- nario cambiante, en donde la moral es un recurso a utilizar eficazmente más que un imperativo al que deba ajustarse la acción política. Se trata de una visión del poder fundamentalmente racional, realista y amoral; el actor político, si ha de al- canzar y mantener el poder, debe interpretar en cada momento las reglas del juego en situaciones de enorme incertidumbre como las existentes en la ciudad de Florencia en tiempo de los Medicis. Un mundo de constantes intrigas y cons- piraciones, donde día a día era necesario desplegar las tácticas apropiadas para “seguir vivo” en la inacabable contienda política. Para Maquiavelo no existen, por tanto, “leyes” sobre el comportamiento del poder; no hay una ciencia uni- versal que guíe la acción de los agentes políticos: lo único que realmente existe es ese escenario en el que cada actor despliega sus propias estrategias buscando satisfacer sus intereses personales (Clegg, 1989, pp. 29-34). Por su parte, Hobbes escribió su obra en un país con un monarca que gober- naba un Estado unificado. Su visión del poder fue, ante todo, la de un “científi- co” que pretende analizar lo que el poder es. Y como buen científico, desarrolló un “método” para estudiarlo. Un método –eran los tiempos de Newton– causal, mecánico, y también individualista. Porque en Hobbes el poder va a ser, antes que otra cosa, una “newtoniana” fuerza causal. El poder tiene como punto de origen un individuo, A, que por medio de su propia actividad, entra en “relacio- nes de poder” con B, en el que “causa” un impacto proporcional a la fuerza que posea. El choque de una bola de billar con otra podría ser una adecuada imagen de la cadena causal hobbesiana del poder. Maquiavelo se interesó por la estrategia, por las acciones reales de los actores políticos, aquí y ahora, interpretando en cada momento los roles adecuados exi- gibles en circunstancias cambiantes. Hobbes analizó el mecanicismo causalista

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

17

Capítulo I. Perspectivas teóricas

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

que despliega un poder que legisla y regula la vida política nacional y que, por tanto, se encuentra sometido a unas leyes que la ciencia política es capaz de es- tablecer (Clegg, 1989, pp. 34-38). Pues bien, aunque no sea posible entrar ahora en pormenores, digamos que las más acreditadas teorías posteriores sobre el poder, de un modo más o menos explícito, van a ser contempladas como continuación de las respectivas concep- ciones de Maquiavelo y Hobbes. De esta manera, habría una línea “maquiave- lista” que incorporaría, por ejemplo, a Pareto, Hunter, Mills, Bachratz y Baratz, Foucault, Giddens y Clegg. Del mismo modo existiría una tradición hobbesiana que continuaría en Weber, Russell, Dahl, Wrong y Lukes. Ante la imposibilidad de dar mínima cuenta de las ideas fundamentales de cada uno de ellos –por otra parte diferentes entre sí en varios aspectos– digamos tan solo un par de cosas:

a) Para los herederos de Hobbes el estudio del poder considera al individuo, de modo atomista, como unidad de análisis en un juego de “suma cero” –si A tiene poder es a expensas de B o C.

b) Y como buenos conductistas, para algunos de ellos, por ejemplo, Dahl,

la medida de las respuestas observables de B cumple una función metodológi- ca central.

Por su parte, los continuadores de Maquiavelo tratan de analizar el poder en los escenarios mismos –la estructura social– donde se ventilan sus conflictos. En contra del empirismo y el atomismo individualista defendido por los hobbesia- nos, aquéllos sostienen, por ejemplo, que en su actuación el poder no siempre es visible y manifiesto. Así, los antes citados Bachratz y Baratz (1962, 1970) pre- sentan una concepción del poder según la cual A no realiza acciones tendentes a que B se comporte de determinada manera, sino que, justamente, A tiene po- der sobre B por la “no-decisión” de A respecto de B. En otras palabras, A mani- pula de tal manera la situación que logra eliminar, por ejemplo de un “orden del día”, aquellos asuntos que son relevantes para B. Estos procesos de no-deci- sión funcionan mediante tres tipos de estrategias:

– En primer lugar los poderosos no atienden a las demandas de los subordinados, y cuando éstos logran que sus agravios sean tomados en consideración, se nombran, por ejemplo, comisiones que dictaminen sobre los temas o se piden enmiendas a todos los concernidos aplazando las decisiones reales indefinidamente.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

18

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

– En segundo término, los propios subordinados, anticipando este estado de cosas, es probable que desistan y no planteen siquiera los problemas.

– En tercer lugar, los intereses de las minorías dominantes ejercen tal grado de con- trol sobre el modo de operar del sistema, que llegan a poder determinar no sólo si ciertas propuesta serán expresadas, sino incluso si lograrán ser pensadas por los do- minados. Se trata, en definitiva, de un modo oculto, difícil de medir, pero suma- mente eficaz de la actuación del poder.

S. R. Clegg (1989). Frameworks of Power (pp. 75 y ss.). Londres: Sage.

Apuntemos, también, que la concepción maquiavélica del poder ha sido supremamente continuada por Michael Foucault, cuyos análisis de los “circui- tos de poder” se nos aparecen mucho más útiles que los hobbesianos para ex- plicar adecuadamente el funcionamiento del poder en el globalizado mundo en que vivimos 1 . Hay que advertir, por último, que desde el ámbito de la Psicología Social, se

han formulado micromodelos del poder desde un nivel de análisis interpersonal

o del pequeño grupo. Un buen ejemplo es la teoría del impacto social de Bibb

Latané (1981), según la cual la capacidad de influencia de un grupo de personas sobre un B cualquiera depende del efecto multiplicador de tres magnitudes: in- tensidad, inmediatez y número de agentes presentes. La intensidad es el estatus, poder, credibilidad, etc. de los agentes, tal y como son percibidos por B; la in- mediatez se refiere a la mayor o menor proximidad física de esos agentes. De modo que cuanto más numerosos, cercanos y poderosos sean percibidos los in- tegrantes del grupo, tanto más influencia ejercerán sobre su objetivo. En este sentido, puede ser un ejercicio muy ilustrativo analizar los resultados de los ex- perimentos de Milgram desde esta perspectiva del impacto social. Por lo que respecta a la Psicología Social, sus estudios sobre el poder pueden ser retrotraídos hasta los comienzos mismos de la disciplina a finales del siglo XIX,

o bien ser fechados en la década de los sesenta del siglo pasado. La decisión de-

pende de establecer previamente qué se entiende por poder social.

a) Si, por ejemplo, se considera la influencia social como el proceso psicosocial

más general del que el poder es una subcategoría, entonces encontramos múlti- ples ejemplos del estudio de este proceso desde el nacimiento de esta disciplina

1. De las tesis de Foucault se da una cumplida exposición en el capítulo IV (“Poder y legitimidad política: Weber, Arendt y Foucault”).

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

19

Capítulo I. Perspectivas teóricas

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

hasta hoy. Los teóricos de la Psicología de las Masas –Le Bon, Tarde, etc.– mostra- ron las profundas transformaciones experimentadas por los individuos inmersos en conductas colectivas; Ross trató los procesos de sugestibilidad diferencial y conformidad externa e interna, y Floyd Allport, asimismo, analizó fenómenos de influencia grupal. Más adelante, el “campo de fuerzas” lewiniano, las teorías del intercambio, los procesos de obediencia analizados por Kelman, los famosísimos experimentos de Sheriff, Asch o Milgram, la personalidad autoritaria, el programa de Hovland en Yale sobre cambio de actitudes, y los estudios sobre minorías acti- vas de Moscovici son jalones, sobradamente conocidos, en la investigación psico- sociológica de nuestro asunto en la corta historia de la disciplina. b) Las cosas cambian, sin embargo, si es el poder social el que se constituye como proceso más general y la influencia social es ahora considerada una parte de él. Entonces, sí que adquiere sentido aquella denuncia que presentó Cartwright en 1959 acusando a la Psicología Social de haber ignorado el tema

hasta justamente esa fecha. Pues en ese libro –Studies in Social

del poder [

Power– no sólo propone el propio Cartwright su concepción del poder desde la teoría del campo, sino que además recoge el artículo probablemente más citado en la literatura psicosociológica: “Las bases del poder social” de French y Raven, al que más adelante tendremos ocasión de volver. Pasado un tiempo, la situa- ción no cambió demasiado, pues todavía en 1965, Clark insistía y lamentaba lo mismo; no obstante, a finales de esa década y desde luego desde los años seten- ta, se desató un insospechado interés por el poder con la publicación de varios libros por parte de McClelland, Winter, Tedeschi, Kipnis, Ng Sik Hung, etc.

]

Por cierto, ese desinterés acerca del poder ha sido compartido por la Psicología de las Organizaciones, que en muchos casos ha identificado, erróneamente, el estudio del poder en las organizaciones con la autoridad o el liderazgo.

1.1. Las razones de la no investigación del poder

El día 30 de octubre de 1998, en su discurso de agradecimiento por haber sido nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad Rovira i Virgili de Ta- rragona, dijo Chomsky:

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

20

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

los arquitectos del poder deben crear una fuerza que pueda ser sentida, pero no

vista. El poder se mantiene fuerte cuando está en la oscuridad; si se expone a la luz comienza a evaporarse.”

“[

]

En efecto, investigar las relaciones de poder, especialmente a sus elites, es una tarea si no imposible, al menos altamente dificultosa. Ante el desinterés an- tes citado por el tema del poder, los propios psicólogos sociales han ofrecido ra- zones para explicar esa falta de atención:

a) En primer lugar la inmensa complejidad del vocablo, ya en sí misma

“ahuyentadora” de todo intento de acercamiento.

b) En segundo término, las propias instituciones y organizaciones no auto-

rizan un tipo de investigación que disminuiría su propio poder, no lo aumenta- ría. Pues es este un concepto perturbador –“la última palabra sucia en la teoría de la organización” (Robbins)– que altera los cauces normales por donde se su- pone que discurre, es decir, la autoridad, la comunicación, el liderazgo, etc. En consecuencia, en tanto a los estudiantes de las disciplinas concernidas se les “so-

cializa” en el no-estudio del poder, los directivos, obsesionados con la eficacia, no se dejan investigar, y tanto menos cuanto más alta sea su posición. Por su parte, a los “espectadores” –pueblo, público, alumnos, clientes, etc.– sólo les im- porta realmente que “las cosas funcionen” y para ellos son irrelevantes las lu- chas por el poder en el seno de las organizaciones.

c) Por último, aunque este punto merecería un tratamiento detallado, Clegg

y Dunkerley, dos muy competentes teóricos de la organización, señalan como causa de este desinterés la –intencionada o no– errónea traducción por parte de

Parsons del término weberiano de poder (Herrschaft) por autoridad.

2. Las definiciones del poder

Es la del poder una de esas nociones a las que bien puede aplicarse aquello que San Agustín decía del tiempo: “si no me preguntas qué es, lo sé, pero si me lo preguntas, no lo sé”. Ese desconocimiento respecto a qué sea exactamente el poder no radica, por cierto, en que carezcamos de definiciones sino, por el con-

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

21

Capítulo I. Perspectivas teóricas

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

trario, por la abundancia de ellas. Porque es, claro está, muy difícil que mera- mente en una fórmula sea posible incorporar los múltiples sentidos contenidos en el vocablo poder, como sustantivo y/o como verbo. Así, el DRAE recoge en la voz poder –sólo como sustantivo– estos significados, entre otros:

‘dominio, imperio, facultad y jurisdicción que alguien tiene para mandar o ejecutar al-

fuerza, vigor, capacidad, posibilidad, poderío. Suprema potestad rectora y coac-

tiva del Estado’, viniendo a continuación una variedad de tipos de poder: absoluto, adquisitivo, ejecutivo, espiritual, fáctico, temporal, etc. No menor pluralidad significa- tiva ofrece, por ejemplo, el Diccionario Inglés de Oxford: dominio, dirección, influen- cia, control, autoridad, ser espiritual o celestial que posee control o influencia, etc.

go. [

]

Pero no acaban aquí los problemas, pues la literatura especializada, previa- mente a cualquier intento de definición, suele plantear la irremediable polise- mia del término, a través, por ejemplo, de estos interrogantes (entendiendo, como venimos haciendo, por A el agente de poder –individual o colectivo– y por B el paciente –el que recibe o padece la acción del agente, y que también puede ser individual o colectivo):

1) Si el poder actúa “intencionadamente” imponiendo en B su voluntad –in- cluso a pesar de la resistencia de éste– o también se considera poder la “no actua- ción” de A que acarrea consecuencias negativas para B, tal y como acabamos de ver que sostienen Bachratz y Baratz (1962, 1970). 2) Sobre la amplitud del concepto de poder: si se trata del proceso más gene- ral en cuanto a “efectos intentados” por A, en cualquier esfera de la sociedad, o, más restringidamente si nos encontramos ante un tipo de relación social espe- cífica, cualificada por ciertos atributos o propiedades que la distinguirían de otras relaciones asimismo productoras de efectos. 3) Cómo han de ser las respuestas de B para que exista una relación de poder:

si éste debe modificar sus conductas y/o también sus actitudes, sentimientos, pensamientos, creencias, valores, etc. O si estas últimas reacciones son irrele- vantes para A, sólo interesado en que B haga lo que A desea. 4) Si el poder es solamente capacidad “sobre” o “para” –tener poder– o sea, una potencia de obrar, o también, y principalmente, es acción real y efectiva – ejercer poder– (Gallino, 1995; Henderson, 1981). Y otras muchas cuestiones en las que no es posible entrar ahora.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

22

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

Simplificando mucho, hay dos maneras de abordar el concepto de poder:

una, mediante las habituales definiciones sustantivas o esenciales. La otra, con- templando el poder como una relación social, que es la que a continuación va- mos a desarrollar.

2.1. Definiciones sustantivas del poder

– Weber: “Poder significa la probabilidad de imponer la propia voluntad dentro de una relación social aun contra toda resistencia y cualquiera que sea el fundamento de esa probabilidad”.

– Lewin: “Poder es la posibilidad de inducir fuerzas de cierta magnitud en otra persona”.

– Blau: “Poder es la capacidad de personas o grupos para imponer su volun- tad a otros, a pesar de la resistencia, mediante disuasión bien en la forma de otorgar recompensas bien castigando”.

– Mechanic: “Poder se define como fuerza que determina una conducta que puede no ocurrir si las fuerzas no actuaran”.

– Dahl: “A puede sobre B en la medida en que B hace algo que no haría de otra manera”.

– Kaplan: “Poder es la capacidad para influir en otros, esto es, cambiar la probabilidad de que otros responderán de ciertos modos a específicos es- tímulos”.

– Biersted: “Poder es la capacidad de emplear fuerza”.

– Simon: “Poder es la manifestación de una asimetría en la relación entre A y B”.

– French y Cartwright: “El poder de A sobre B es igual a la máxima fuerza que A puede ofrecer sobre B, menos la máxima resistencia que B puede movilizar en dirección opuesta”.

– Robbins: “Poder es la capacidad que tiene A de influir en el comporta- miento de B, de modo que B actúe de acuerdo con los deseos de A”.

– Yukl: “Poder es la capacidad absoluta de un agente individual para influir en la conducta o actitudes de una o más personas-objetivo en un momen- to dado”.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

23

Capítulo I. Perspectivas teóricas

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

3. El poder como relación social

El diccionario de la RAE define, en uno de sus sentidos, el término relación

como ‘conexión, correspondencia, trato, comunicación de alguien con otra per-

sona’. El término castellano relación carece de las connotaciones, psicológica-

mente interesantes, que posee ese vocablo en otros idiomas.

• Por un lado, rapport, rapporto, relationship o Verhältus denotan una co-

nexión, vínculo o interdependencia entre dos o más agentes en virtud de

la cual son inducidos –y aun forzados– a interactuar independientemente

tanto de sus preferencias, como de su propia conciencia acerca de la na-

turaleza misma de esa relación. Se trata aquí de una relación objetiva res-

pecto a la cual cabe una conciencia, hay que insistir, más o menos

adecuada o falsa, por parte de los agentes.

• De otra parte, existen las palabras relation, relazione o Beziehrung, para de-

signar aquellas relaciones acompañadas de plena conciencia acerca del

nexo existente entre los actores. En este segundo significado están presen-

tes un conjunto de estados mentales, actitudes, y dimensiones afectivas

no necesariamente manifiestas en los primeros vocablos citados.

Es desde este segundo sentido desde el que más se ha estudiado la teoría so- cial contemporánea, desde Tarde a Cooley, pasando por Weber. Frente a ellos, Marx –recuérdese el famoso pasaje del prefacio de su obra Contribución a la Crí- tica de la Economía Política–, analizó esas relaciones objetivas que él denominó relaciones materiales de existencia (Gallino, 1995). Hay muchos tipos de relaciones entre los humanos: económicas, jurídicas,

de parentesco, sexuales, etc. y, naturalmente, relaciones de poder. Unas relacio-

nes que pueden darse objetivamente y que pueden estar acompañadas de la co-

rrecta toma de conciencia por parte de los agentes.

De modo que puede existir, por ejemplo, una relación amorosa –subjetiva-

mente entendida así– que pueda ser calificada –objetivamente– como una rela-

ción de poder por parte bien de su(s) protagonista(s), bien por un observador

externo a la relación. De modo que en una relación de poder, el dato subjetivo

es, sin duda, muy importante –sobre todo para la Psicología–, pero en modo al-

guno agota el análisis de esa relación.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

24

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

A continuación, vamos a exponer, sintéticamente, algunas características generales relevantes de esas relaciones de poder. Y, en segundo lugar, rese- ñaremos algunas de las particularidades investigadas en los actores de esa re- lación de poder, que consta, como mínimo, de dos elementos: un agente – persona, grupo, organización, estado– y un paciente. Y además, de unos me- dios o bases que aparecen como creencias, razones, o actividades operantes entre A y B.

3.1. Características de la relación de poder

Más de una veintena de rasgos distintivos de la relación de poder pueden en- contrarse en la literatura especializada. A unos pocos de ellos, como las circuns- tancias demandan, se aludirá a continuación.

1) En primer lugar, se trata de una relación dialéctica: entre A y B debe existir algún tipo de interdependencia, vínculo, conexión o interacción reales. Con ello, se excluye que pueda haber relación de poder entre, por ejemplo, agentes ultraterrenos o sobrenaturales. 2) Es una relación, en segundo término, probabilística: el ejercicio del po- der por A siempre supone un cierto margen de maniobra de reacción por par- te de B. Esa mayor o menor probabilidad de que éste actúe según las demandas de A depende no sólo de los atributos de este último, sino también de la situación en que se desarrolla esa relación de poder. Por ejemplo, la pro- babilidad de que B haga lo que A le ordene es, obviamente, mayor en un campo de concentración que si A y B interaccionan como vendedor-cliente o profesor-alumno. 3) La dependencia es una tercera característica. En el ejercicio de poder de A sobre B, éste de algún modo depende de A respecto a algo. Y tanto más poder tendrá A cuanto mayor dependencia tenga B respecto a él. 4) Es una relación, en cuarto lugar, asimétrica: entre A y B hay una relativa desigualdad, del tipo que fuere. Lo que no excluye que, pasado el tiempo, o en otro escenario diferente, sea B el que ocupe la posición de A y sea distinta esa asimetría.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

25

Capítulo I. Perspectivas teóricas

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

5) En quinto lugar, es una relación condicionada por la situación: las rela-

ciones de poder acontecen siempre y necesariamente en unas coordenadas

espacio-temporales. Esta obvia característica es muy importante, pues exige

tener en cuenta factores extrapsicológicos de A y/o B, que pueden ser deter-

minantes en la relación. De ahí que las generalizaciones de los resultados de

investigaciones experimentales sobre el poder a la vida real sean altamente

problemáticas. Ése es el caso, precisamente, de las explicaciones sobre la naturaleza del

nazismo basadas en los experimentos de Milgram, como veremos en el últi-

mo capítulo. El hecho de que la relación de poder esté afectada, constituti-

vamente, por la situación nos hace ver también cuáles son los niveles de la

conducta de B controlados por A: pensamientos, sentimientos, o acciones, o

los tres a la vez, como pretenden los gurús de ciertas sectas. Asimismo, el fac-

tor situacional señala la duración temporal que puede tener el ejercicio del

poder de A sobre B. 6) Por último, se trata de una relación causal. El análisis del lazo causal

en las relaciones de poder, que la mayoría de los autores soslayan, plantea

especiales dificultades. Pues si ya de por sí el significado de causa depende

del juego del lenguaje donde se utilice tal concepto, cuando se emplea en el

ámbito de las ciencias sociales los problemas aumentan aún más. En la tra-

dición hobbesiana de las teorías acerca de la naturaleza del poder, el premio

Nobel Herbert Simon, en 1953, consideró a las relaciones de poder bajo la pers-

pectiva de las relaciones causales. En esta línea, varios acreditados politólogos –

Dahl, Lasswell, Kaplan, McFarland, etc.– han propuesto que un cabal concepto de

relación de poder debe incluir la condición de que A, de algún modo, “causa” la

reacción de B. Dicho de otro modo, B no actuaría como lo hace si antes A no hu-

biera intervenido. Tal propuesta, coherente con la perspectiva conductista de algunos de los au-

tores citados, supone un concepto de poder que deja de lado la circunstancia de

que B actúe de forma determinada respecto de A sin que éste haya intervenido

en absoluto. Algunos autores proponen precisamente el concepto de influencia

social para designar este tipo de “no relación”: B, diríase, actúa conforme a los

supuestos deseos de A, sin que A sea consciente de ello.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

26

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

3.2. El agente de poder: A

Los “poderosos”, en cualquier ámbito que se considere, no suelen ser fácil- mente accesibles a la investigación científica. Comparativamente, sabemos mu- cho más acerca de los que obedecen o padecen en la relación de poder, que de aquellos situados en lo más alto de la pirámide jerárquica. En el mejor de los casos, son los mandos intermedios los que, ocasionalmente, se han prestado a

ser preguntados; pero de los escasos sujetos que realmente tienen el poder poco se sabe, salvo que acudamos a sus memorias –generalmente, autocomplacien- tes– o a biografías “no autorizadas”. Decía Hobbes que la motivación de poder es consustancial al ser humano,

y que sólo cesa con la muerte. Otros psicólogos, como Adler, aunque en un

contexto diferente, también han defendido su universalidad. Más cercana- mente, McClelland situó el poder, junto al motivo de éxito y el de afiliación, como un componente sustantivo de la naturaleza humana. Como anterior- mente para Veroff y Winter, para McClelland el poder, como el ser según Aristóteles, será uno, pero se dice de muchas maneras. En tanto deseo de contro-

lar e influir en otros, algunas teorías predicen que las personas con una elevada motivación de poder desplegarán diversos comportamientos para satisfacerla:

por ejemplo, manejar las emociones de otras personas, ganar reputación, ejercer

el

liderazgo, etc. Aunque, como advierte McClelland, el deseo de poder carece de buena prensa

y

suele disimularse, hay conductas aparentemente no relacionadas con la moti-

vación de poder que, sin embargo, “delatan” en quienes las realizan un soterrado afán de éste. Beber habitualmente alcohol, competir, seducir eróticamente, estu- diar carreras influyentes como periodismo o en una escuela de negocios, etc. Par-

ticularmente sorprendente es la vinculación que algunos autores establecen entre alta motivación de poder y comportamiento “prosocial”. Parece que ayudar o aconsejar a otros, ejercer el voluntariado, organizar

actividades, enseñar, etc. sitúa a la gente en una posición jerárquica superior, dominante, respecto a los otros (Frieze y Boneva, 2001). Y en esta línea de ar- gumentación ¿no sería interesante desvelar un disimulado –o quizá incons- ciente– motivo de poder en el ejercicio, por ejemplo, del sacerdocio o la

Psicología?

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

27

Capítulo I. Perspectivas teóricas

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

3.2.1. Los usos del poder

Es sobradamente conocida la frase que Lord Acton escribió en una carta en-

], y el po-

der absoluto corrompe absolutamente”. Desde luego, hay abundantes ejemplos

en la historia que corroboran esa afirmación. Es obvia la corrupción constitutiva

de las dictaduras, pero también en los regímenes democráticos prolifera ese vi-

cio a pesar del juego de contrapesos de los diferentes poderes que operan en la

sociedad. Tener poder, afirma Kipnis, favorece la persecución de fines egoístas.

El control por parte de A de recursos apetecidos por los subordinados hace que

éstos se comporten con deferencia –y aun con servilismo– ante quien ejerce el

poder. Pero como la percepción del actor y el observador son diferentes, los po-

derosos suelen identificar erróneamente esa adhesión de los subordinados

como señal de su buen uso del poder. De ahí conjeturan que son absolutamente

merecidos los “privilegios” de que disfrutan (Lee-Chai y otros, 2001). Pero no siempre el uso del poder posee connotaciones negativas. Foucault y

Giddens, por ejemplo, han mostrado cómo es posible utilizar el poder de un

modo productivo –poder como capacidad “para”–, beneficioso en la defensa de

intereses generales. Y también en la historia encontramos ejemplos de poderes

con efectos positivos para quienes los padecen.

viada a Mandel Creighton en 1987: “el poder tiende a la corrupción [

3.3. Las bases del poder

Como antes ha quedado dicho, entre el agente de poder, A, y el que recibe la

influencia, B, existen unas bases en virtud de las cuales A y/o B llevan a cabo sus

respectivas conductas. Se trata entonces de razones, motivos o fundamentos a

partir de los cuales A y B actúan en la relación de poder sin que deba existir ne-

cesariamente, ni mucho menos, una coincidencia en ellos respecto a una o va-

rias de esas bases. Es decir, que A actúe apoyándose, por ejemplo, en su

capacidad de castigar a B, no significa que éste reconozca en A la legitimidad

para hacerlo. Existen numerosas bases o fuentes de poder de A. En unos casos,

se trata fundamentalmente de características personales, mientras que en otros

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

28

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

su poder deriva de la posición con la que cuenta en una determinada cadena je- rárquica de la sociedad o la organización. En la literatura psicosociológica sobre el poder, los trabajos publicados a par- tir de los años cincuenta por French y Raven constituyen, sin duda, la más obli- gada referencia al tratar el punto que ahora nos ocupa. En efecto, en una serie de artículos, French y Raven (1971) propusieron su abundantemente citado mo- delo según el cual existen hasta cinco fundamentales bases del poder:

1) Poder coercitivo. A posee la capacidad de utilizar la amenaza y el castigo frente a B. 2) Poder de recompensa. En este caso, A tiene los recursos para premiar la con- ducta de B. 3) Poder legítimo. El poder deriva ahora de la posición de A en la estructura formal de autoridad, de modo que B cree que A está legitimado para ejercer el poder. 4) Poder referente. Esta base radica en los sentimientos de lealtad, admiración

y afecto que B tiene hacia A.

5) Poder del experto. Son los conocimientos o habilidades de A en algún cam- po lo que le autoriza para ejercer el poder sobre B. 6) Poder de información. Raven (1965) añadió esta sexta base, según la cual A

controla el acceso y distribución de información relevante para B.

Los autores, sobre todo Raven (1992, 2001), modificaron posteriormente al- gunas cosas, pero el modelo ha permanecido sustancialmente idéntico a sus pri- meras formulaciones. Los trabajos de French y Raven han sido objeto de numerosas críticas, en oca- siones, verdaderamente devastadoras. Éste es el caso de los artículos de Podsakoff

y Schriesheim (1985) y Rahim (1988).

• Los dos primeros autores, tras revisar 18 estudios realizados con muestras diversas de individuos en los que se utilizó el modelo de French y Raven, concluyeron, por ejemplo, que las escalas que supuestamente debían me- dir cada una de las bases resultaban insuficientes para “operacionalizar” conceptos teóricos tan amplios y sujetos a interpretaciones tan diversas como recompensa, referencia, etc.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

29

Capítulo I. Perspectivas teóricas

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

• Por su parte, Rahin demostró que las cinco bases del modelo inicial no eran conceptualmente distintas, ya que, por ejemplo, experto y referente se solapan.

• Otros estudios arrojan tan llamativos resultados como que, aun aceptan- do el modelo, en lugar de cinco habría doce bases de poder, pues por ejemplo el poder legítimo podría a su vez tener él mismo como base la au- toridad formal, la responsabilidad, el control de recursos y las reglas bu- rocráticas de la organización en cuestión.

Sin embargo, al igual que ha ocurrido con otros constructos, modelos y teo- rías psicosociológicos, las más serias críticas no han afectado a la utilización de la teoría de French y Raven, que sigue citándose profusamente hasta el punto de que, como antes se dijo, es uno de los artículos con mayor impacto en la his- toria de la Psicología Social. Veamos, a continuación, algunas particularidades de cada una de las bases.

a) El poder coercitivo supone que B es consciente de que A puede infligirle

sanciones negativas. Se trata de un uso del poder relativamente fácil si se posee la capacidad de castigar. Algunos especialistas, como Yukl (2002, pp. 141-172) advierten que el poder coercitivo debe ser administrado con suma prudencia y aplicado sólo en caso de extrema necesidad, pues como es natural, suscita un profundo resentimiento en B. Pero es más conveniente, antes de llegar a esa si- tuación, que B sepa claramente cuáles pueden ser las consecuencias para él si realiza tal o cual acción. En cualquier caso, los castigos, reprensiones o adver- tencias han de hacerse en privado, con mucha calma, sin mostrar animadver- sión personal. No sobraría pedirle a B su punto de vista acerca del problema, a

la vez que se intenta hacerle ver que la coerción es –porque así debe ser– propor- cional a la gravedad de su infracción.

b) El poder de recompensa utiliza recursos que B desea y valora positiva-

mente. Ahora se trata de administrar incentivos específicos que serán más o menos eficaces según factores pertenecientes tanto a B, como a la actividad misma que éste desempeña. Hay una copiosa literatura especializada preci- samente en “políticas de incentivos” en los textos de recursos humanos en la que, obviamente, no debemos entrar. Aumento en el salario, promocio- nes, menciones honoríficas, mejores horarios, etc., son unos pocos ejemplos

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

30

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

de ese poder de recompensa que un ejecutivo puede tener sobre sus subordi-

nados en una organización. Un adecuado uso del poder de recompensa debe tener en cuenta medidas tan

de sentido común, como que las recompensas deben ser moralmente irrepro-

chables, que no es eficaz ofrecer premios que luego no puedan hacerse efectivos,

que deben estar claramente establecidos los criterios para ser acreedor de recom-

pensas y que es rechazable usar éstas de modo manipulador. c) El poder legítimo no deriva de las características de A, sino de su posi-

ción en la instancia en cuestión (organización, familia, sociedad, etc.). Este

poder se define como autoridad, la cual, naturalmente, puede utilizar en su

ejercicio tanto recompensas como castigos. En sus primeros trabajos de fina-

les de los años cincuenta, French y Raven distinguieron hasta tres fuentes de

legitimidad:

– los valores culturales –por ejemplo, elecciones– que conceden a A la facul-

tad de mando;

– la ocupación de una posición de autoridad;

– el nombramiento de A por un agente legitimador.

De todas ellas, la elección suele ser el procedimiento que suscita más adhesión. Aunque no es el caso ahora de detenerse en ello, una cuestión interesante,

cuando se trata de la autoridad, se refiere a su supuesta “crisis” en los más

diversos ámbitos, desde el propio Estado hasta la familia, pasando por la es-

cuela. Bass (1990), por ejemplo, en su famoso texto sobre el liderazgo, plan-

tea este problema aportando datos muy significativos de EE.UU., aunque

reconoce que esa crisis de autoridad ocurre en todas partes. Así, resulta que

si en los años cincuenta el ochenta por ciento de los norteamericanos tenían

una gran confianza en la Presidencia de la nación, tras los sucios episodios

del Watergate, esa confianza descendió hasta un treinta y tres por ciento. A

su vez, el politólogo Seymur Lipset, analizando el intervalo entre la mitad de

la década de los sesenta y de los ochenta, muestra el general declive de con-

fianza y aprecio –y por tanto, de legitimidad– en prácticamente todas las ins-

tituciones del país, desde los medios hasta el ejército, pasando por el

Tribunal Supremo y el Congreso.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

31

Capítulo I. Perspectivas teóricas

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

Como quiera que sea, una posición de autoridad no siempre supone obe- diencia y aceptación generalizada por parte de los subordinados. Por ello, de nuevo Yukl advierte acerca del necesario cuidado con que hay que ejercer la au- toridad. El modo como se formula una orden o petición puede afectar a su cum- plimiento; un tono educado es preferible a uno arrogante, pues no hace visible la distancia entre el estatus de A y B. Claro está que en ciertas organizaciones,

como el Ejército, o en situaciones de emergencia, lo que se impone es más la fir- meza del líder formal que la cortesía. Y por supuesto, es necesario no cursar ja- más órdenes cuya probabilidad de obediencia sea muy baja.

d) El poder referente se basa en los sentimientos de admiración, afecto o leal-

tad experimentados por B hacia A. Un caso extremo acontece en el fenómeno denominado identificación, en el que B, de modo prácticamente incondicional,

obedece, actúa y desarrolla actitudes semejantes a las de A. Ciertos episodios en determinadas sectas y algunos desdichados ejemplos de líderes “carismáti- cos” –Hitler, sin ir más lejos– son muestras de esos acríticos procesos de iden- tificación. Este tipo de poder aumenta en la medida en que A, creíblemente, se interesa por las necesidades y sentimientos de sus subordinados, a los que trata con respeto y consideración. Y hablamos de credibilidad porque, como señala Yukl (2002) y antes Shakespeare, las acciones pesan más que las pala- bras, y A no puede manipular durante mucho tiempo los sentimientos sin que los B descubran su impostura. Y es que el poder referente tiene sus limitacio- nes. Hay cosas que no cabe ordenar, aunque los sentimientos de B hacia A sean muy calurosos, ni una buena sintonía con B debiera conducir a que A solicita- ra incesantemente conductas obedientes. Y una regla básica: vigilar las diver- sas formas de “congraciamiento” que la gente puede llegar a exhibir para satisfacer sus intereses.

e) El poder del experto reside en la percepción por parte de B de que A posee

capacidades o conocimientos destacados en algún campo o tarea en el que am- bos participan. Como ya dejó dicho Francis Bacon hace cuatrocientos años, el conocimiento es poder, y la capacidad de poder que otorga ser competente en algo, especialmente si los otros lo ignoran todo o parte, se manifiesta en la toma de decisiones, recepción de información y, en general, en aceptar y seguir las di- rectrices señaladas por los expertos. Aun con el rechazo que pueda suscitar A incurriendo en un comportamien- to altanero, el poder basado en la competencia suele producir escasas resisten-

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

32

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

cias por parte de B, si éste reconoce, naturalmente, la pericia de A. La

competencia, en cualquier campo, sólo puede mantenerse a lo largo del tiem- po con gran esfuerzo, y ése es el desafío que constantemente tiene ante sí el po- der basado en ella. Pues solamente si los otros asumen que es competente, podrá

A continuar ejerciendo su influencia. Por eso hay expertos, e incluso departa-

mentos enteros, que ocultan o protegen celosamente sus conocimientos o habilidades, para seguir en posición de dominio, situación que perderían si otros compartieran esas destrezas. El uso de jergas especializadas sólo comprensibles

por el “endogrupo”, es un ejemplo más de esta estrategia de poder por parte de determinados expertos. En cualquier caso, un uso razonable de este poder desaconseja la arrogancia

y en su lugar propone la clara argumentación por parte del experto de por qué

las cosas deben hacerse de la manera que él manifiesta. f) Por último, el poder de la información radica en el control que A puede

tener de la información relevante para B. Es evidente que retener informa- ción mantiene a los que carecen de ella en la ignorancia y, al cabo, en la de- pendencia del que la posee. Un ejemplo del poder que puede dar a alguien

la posesión de información es el del testigo que, en un juicio, tiene una gran

capacidad de influir en el jurado, no por su persona, sino por la información de que dispone. Ya sabemos, a partir de la investigación de las redes de comunicación en grupos y organizaciones, que quien ocupa un lugar estratégico en ellas posee una capacidad diferencial para influir en las decisiones colectivas. Y desde luego, la manipulación de la información es algo suficientemente conocido como estrategia del poder a todos los niveles, al menos desde los escritos de Maquiavelo.

Digamos antes de concluir este punto que algunos estudios han tratado de es- tablecer comparativamente la relativa eficacia de cada una de las bases del poder:

parece que el poder del experto y el legítimo son los más destacados, seguidos del referente, la recompensa y, comprensiblemente, el coercitivo, que ocupa el último lugar. Todo ello, naturalmente, dependiente del propio contexto situa- cional donde acontece el ejercicio del poder, pues no cabe esperar, por ejemplo, demasiadas muestras de poder de recompensa o referente en un campo de ex- terminio nazi.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

33

Capítulo I. Perspectivas teóricas

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

3.3.1. La medida del poder

Como antes quedó dicho, según Chomsky, el poder tiende a ocultarse y esa

circunstancia, si no impide, al menos hace extraordinariamente difícil su inves-

tigación y eventual medida. Desde hace años existen instrumentos de medida

de los tres elementos que componen una relación de poder: respecto de A hay

cuestionarios, como el de Phillips, y adaptaciones de tests proyectivos como el

TAT. Asimismo, por medio de experimentos se ha intentado medir las reaccio-

nes de B. Y respecto a las bases, las escalas construidas por Hinkin y Schriesheim

(1989) han sido muy utilizadas en la investigación. Algunos autores sostienen

que, dadas las dificultades, es preferible medir “indirectamente” el poder, por

ejemplo, a través de indicadores como número de secretarios, superficie de los

despachos, grado de inaccesibilidad de A, etc. Y también por las consecuencias

que implican las decisiones de A: por ejemplo, el número de personas despedi-

das en una empresa.

3.4. El paciente: B

Los denominados pacientes en una relación de poder son, claro está, muchos

más numerosos que las elites del poder –Hume se admiraba de la facilidad con

que “los pocos mandan a los muchos”– y, desde luego, son más fáciles de inves-

tigar. Varias respuestas de B han sido documentadas, experimental o empírica-

mente, no sólo en el ámbito de la Psicología Social llamada dominante, sino

desde otras disciplinas. La conformidad u obediencia es una respuesta abundantemente estudiada

por le Psicología Social. Ya en los comienzos de la disciplina a finales del siglo

XIX y comienzos del XX se habló –Le Bon, Ross, McDougall– de mecanismos de

conformidad: sugestión, imitación, contagio, simpatía, instinto gregario, etc.

Después, tras emprender la Psicología Social el “seguro camino de la ciencia” –

conductismo más experimentalismo– hubo una edad de oro en la investigación

de estos temas por autores ya clásicos como F. Allport, Sheriff, Asch, Crut-

chfield, Milgram, Hovland, etc. y que no es necesario repetir.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

34

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

Lo que sí que conviene recordar es que en esta respuesta “pública” de confor- midad intervienen otros factores, además de la orden eventual de una autoridad o la presión grupal: por ejemplo, corresponder a un favor que nos hicieron. En cualquier caso, en la voluminosa literatura sobre este asunto se suele distinguir entre lo que, desde Deutsch y Gerard hace casi 50 años, se viene llamando confor- midad informacional y normativa. Se trata de dos procesos diferentes:

• En la primera, el sujeto “obedece” a la influencia movido por un interés por obtener un adecuado conocimiento acerca de una situación que de al- guna manera desconoce.

• En el segundo caso, la respuesta obediente está motivada por el deseo de obtener aprobación del otro o evitar su rechazo. Es un proceso “dual” que, como observa Turner, se corresponde, respectivamente, con dos líneas de investigación diferentes: la influencia “informacional” subyace en el ca- pítulo “Cambio de actitud/persuasión”, en tanto la influencia “normati- va” opera en el campo de investigación “Poder/obediencia”.

Recuérdese también que, frente a una conceptualización de la obediencia como conducta pública de conformidad, Kelman (1961) en un clásico artículo introdujo las nociones de identificación –a la conducta pública se añade una aceptación privada– e internalización –en la que existe una plena coincidencia de B con el agente de influencia A. En 1981, J. W. Brehm y Brehm publicaron un libro en el que amplían las teo- rías que el segundo denominó de la reactancia psicológica en una obra aparecida en 1966. En síntesis, la teoría sostiene que cualquier orden o mandato por parte de A que B perciba como amenaza a su libertad de acción suscitará en este últi- mo un estado de activación motivacional que, en su caso, le llevará a oponerse a los requerimientos de A. Continuando por esa línea de investigación la “resistencia” al poder ha sido una respuesta menos estudiada por la Psicología Social básica que por la Psicolo- gía de las Organizaciones. Se trata de una conducta que, por de pronto, supone un desafío al poder. Dentro precisamente del ámbito de los estudios sobre las organizaciones, Ashforth y Mael (1998, p. 90) definen la resistencia como “ac- ción intencional de comisión u omisión que desafía los deseos de otros”. Se trata de una relación dialéctica en la que A y B se oponen y refuerzan mutuamente,

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

35

Capítulo I. Perspectivas teóricas

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

pues, al cabo, la acción resistente de B no deja de ser un ejercicio de poder. Las organizaciones, en tanto agentes de poder –recuérdese la tipología de Etzioni de organizaciones utilitarias, coercitivas y normativas– intentan, por diversos me- dios, obtener de sus miembros no sólo obediencia pública, sino también identifi- caciones privadas, de tal modo que, idealmente, el “self” del sujeto se disuelva en las metas de la organización. En esa dialéctica de poder/resistencia los individuos reaccionan de modos diferentes, desde las quejas al jefe sin insubordinarse abier- tamente, hasta el sabotaje, pasando por las huelgas de celo o el escaqueo. Un matiz importante que cabe tener en cuenta en las “prácticas de resisten- cia” al poder es que si B no resiste la primera vez que aparece la amenaza a sus libertades, aumentarán las dificultades para la resistencia posterior. Aunque, en cualquier caso, las organizaciones suelen ofrecer vías aceptables de resistencia, de tal modo que los subordinados puedan desahogar sus reactancias de modo “funcional” para la organización (Ashforth y Mael, 1998). Otras posibles reacciones de B, aunque no han sido abordadas por la Psico- logía Social, son altamente interesantes. Por ejemplo, en la teoría sociológica de la alineación (Seeman, Geyer) se afirma que una posible respuesta del sujeto oprimido es la de la impotencia. Se trata de una “conducta” –de una ausencia de conducta– de inhibición de la acción, en la medida en que B cree que su eventual acción no puede cambiar la situación o acarrearle refuerzo alguno. Es éste un concepto sumamente aprovechable para explicar, por ejemplo, el fenó- meno de la apatía política. Asimismo, son de innegable importancia las tres re- acciones analizadas por Hirsmann en su clásico libro Salida, voz, lealtad: en la primera B “huye”, se escapa de la relación de poder para él indeseable; en la se- gunda protesta y hace oír sus propias razones; en la tercera permanece, continúa esa existente relación de dominación. Visto todo lo cual, es evidente que hay reacciones cómodas para el poder, porque, aunque la “procesión” vaya por dentro de B, su existencia no se cues- tiona –salida, lealtad, obediencia, identificación internalización, etc.– en tanto otras le generan problemas, pues suponen un desafío y un enfrentamiento. Por último, no hay que minusvalorar las informaciones suministradas por supervivientes de campos de concentración, y que veremos en el último capítu- lo, y por personas liberadas tras un secuestro. Reacciones diversas desde la “re- gresión” a la “sumisión”, pasando por la “identificación” con los verdugos y el síndrome de Estocolmo.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

36

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

3.4.1. Poder y lenguaje

Que el poder utiliza el lenguaje para alcanzar sus objetivos es tan obvio como la manipulación que hace de él. Lo que han mostrado Reid y Ng (1999) en un interesante trabajo es cómo el análisis del propio lenguaje puede ser un proce- dimiento sumamente fiable para analizar la naturaleza del poder: el lenguaje es un expresivo indicador del poder del hablante. Desde la sociolinguística, por ejemplo, ya hace muchos años que Lakoff puso de manifiesto lo siguiente:

a) El carácter asertivo y tajante de A frente al carácter evasivo y dubitativo

del lenguaje de B. Desde el punto de vista “macro”, el poder de unas naciones sobre otras también se traduce en múltiples formas de dominación lingüística.

b) En segundo término, el análisis del discurso muestra asimismo cómo en

la conversación intergrupal o grupal quien más poder tiene suele controlar el sentido y resultado del diálogo.

c) En tercer lugar, como antes quedó dicho, el poder usa estratégicamente el

lenguaje para establecer y focalizar “procesos de atención social” sobre ciertos asuntos y evitar otros que pueden perjudicarle.

d) Finalmente, grupos dominantes en la sociedad –tecnócratas, medios de

comunicación de masas, etc.– utilizan sus lenguajes tanto para fortalecer los in- tereses endogrupales, como para excluir a los “profanos”. El sexismo es el ejem-

plo que toman Reid y Ng para mostrar la dominación masculina sobre las mujeres. Los términos masculinos van delante de los femeninos (Adán y Eva, señor Pérez y señora Pérez), de tal modo que esa postergación puede adquirir un efecto contaminante negativo existente en determinadas oposiciones: bueno/ malo, rico/pobre, vida/muerte. Además, muchos roles femeninos suelen definir- se en relación con los de los varones. Por ejemplo, decimos María es viuda de Juan, y es menos habitual la frase Juan es viudo de María. Finalmente, seguimos utilizando genéricamente el término hombre para referirnos a la Humanidad.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

37

Capítulo I. Perspectivas teóricas

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

Resumen

En una ocasión B. Russell afirmó que el poder era a la ciencia social lo que la energía a la física. La metáfora del gran filósofo ayuda a comprender la natura- leza esencialmente proteica del concepto de poder. Como la energía, el poder no se destruye, sino que, transformándose, adopta múltiples rostros y formas se- gún los autores y las circunstancias en las que actúa. Por lo demás, que Maquiavelo y Hobbes sean considerados aún hoy como dos fuentes inspiradoras de las principales perspectivas sobre el poder social prueba, además del carácter perenne del poder, la existencia de autores “clási- cos” en las ciencias sociales. Sin embargo, pese a su importancia y al central papel que representa en la vida social, el poder no ha recibido la merecida atención por parte de la Psico- logía, incluida la Psicología Social. Pero, aunque frecuentemente se oculta de- trás de nociones menos “perturbadoras” –por ejemplo, liderazgo o autoridad– el poder es consustancial a todas las relaciones sociales, aunque sean diversas las bases a partir de las cuales despliega sus actuaciones.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

39

Capítulo II. Autoridad y poder

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

Capítulo II

Autoridad y poder en la sociedad tradicional

Enrique Luque

Los temas que comprende este capítulo han sido, tradicionalmente, objeto de estudio de la antropología política (una rama o especialización de la antropología social). Ahora bien, no es ésta la única disciplina interesada en ellos, ni, por otra parte, los antropólogos se limitan en la actualidad al estudio de sociedades primi- tivas o tradicionales. El conocimiento que de éstas fue acumulando la antropolo- gía social es hoy de gran utilidad para otros campos de las ciencias sociales y humanas (como la ciencia política, la psicología social, la prehistoria o la arqueo- logía). Y ello por diversas razones, entre las que cabe destacar las siguientes:

a) En primer lugar, las realidades estudiadas por los antropólogos en aque-

llas sociedades ofrecen importantes contrastes respecto a las que constituyen nuestro entorno inmediato, tanto en el presente como en el pasado. La re- flexión y el análisis de tales contrastes pueden permitir una consideración más

relativizada de nuestras propias realidades: nada hay en ellas de natural o de universal. Son, por el contrario, producto de circunstancias históricas y del pa- pel del hombre en las mismas.

b) En segundo lugar, el talante que caracterizó en otra época a la antropolo-

gía, esto es, un necesario distanciamiento respecto a los hechos estudiados, re- sulta igualmente beneficioso para el estudio de lo más próximo o mejor conocido. Un mayor desapasionamiento y objetividad en la investigación de nuestras instituciones debería ser la consecuencia beneficiosa en este caso.

c) En tercer lugar, y complementario de lo anterior, los propios métodos ha-

bituales de la investigación etnográfica (relación directa con el objeto de estu- dio, empatía y técnicas cualitativas) pueden proporcionar una mayor

proximidad y una más completa comprensión de los fenómenos de poder y au- toridad en el mundo contemporáneo.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

40

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

d) Por último, aunque nunca podremos llegar a conocer el origen de fenó- menos como el poder, en cambio la investigación antropológica (mediante la etnohistoria y la etnografía sobre el terreno) sí que puede revelarnos la génesis de las estructuras del poder, tanto en procesos decisivos de transformación so- ciopolíticos como en situaciones cruciales para la vida de la humanidad.

1. Poder y desigualdad: autoridad y jerarquía

1.1. Raíces de la desigualdad: conocimientos y actividades versus riqueza y acumulación

Partamos de una premisa generalmente aceptada hoy en día: poder y autoridad hacen referencia a realidades o fenómenos que tienen carácter universal, en el tiem- po y en el espacio. No obstante, como cualquier otro fenómeno sociocultural, sus formas o manifestaciones han sido diversas a través de la historia de la humanidad. Lo mismo puede decirse de sus expresiones concretas a lo largo y ancho del planeta. La sociología política hace tiempo que dio cuenta de esa doble faz de estas realidades. Así, el más completo y ambicioso análisis del poder en las ciencias sociales contemporáneas, el weberiano, hace uso de estos dos términos para expresar ambas vertientes. En efecto, para Max Weber el poder es un fenómeno ubicuo, componente necesario de todas las relaciones sociales. En cambio, su concre- ción, histórica y cultural, se reviste de formas de autoridad. El sociólogo alemán sintetizó éstas en tres fundamentales: tradicional, carismática y legal. Cada una de ellas responde a un específico sistema valorativo, ya predomine en él un de- terminado elemento u otro, presentes por otra parte en todas las acciones hu- manas. Esto es, a la autoridad tradicional corresponde el hábito; en el caso de la autoridad carismática, la emotividad y la atribución de cualidades excepciona- les a un líder son elementos primordiales; por último, la racionalidad es esencial para convertir el mero poder en autoridad legal. Son éstas, pues, formas varias de legitimación o de aceptación del hecho omnipresente que es el poder. Ni que decir tiene que esta tipología del poder, u otras similares, no refleja plenamente la diversidad cultural en este orden de cosas. Lo que interesaba a

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

41

Capítulo II. Autoridad y poder

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

Weber era, ante todo y sobre todo, el mundo occidental y su evolución histórica en un proceso de creciente racionalidad en las relaciones sociales. La realidad de sociedades distintas y distantes se acomoda con dificultad a ese pretendido pro- ceso. No cabe duda de que, como pretendía el gran politólogo, el poder entraña algún tipo de violencia, de conflicto y de desigualdad. Estos tres elementos sí que se encuentran presentes en muy diferentes realidades sociales y culturales, si bien, una vez más, con ropajes culturales variados. Toda desigualdad entraña un diferente acceso y una diferente apropiación de recursos escasos y altamente valorados. Por ello, tal vez, el contraste más llama- tivo entre los diferentes sistemas de desigualdad y jerarquías sociales sea el que se plantea respecto a la propia naturaleza de esos recursos. Nuestra sociedad y nuestra época valoran, ante todo, recursos de muy variado tipo, pero que pre- sentan una característica común: pueden expresarse en términos económicos. Esto es, se equiparan a cualquier otra mercancía. En el extremo opuesto tene- mos el caso de las sociedades cuya economía se caracteriza por el predominio de sistemas de intercambio recíprocos y de redistribución. En estos casos, los recur- sos en cuestión son entidades mucho menos tangibles y cuantificables: el buen nombre, la fama, el conocimiento del ritual, la potencia sexual, la habilidad para establecer alianzas o para conseguir seguidores. Son de tal entidad las diferencias entre esos extremos polares de los sistemas de desigualdad, que ha existido la tentación de remitir los más elementales o primiti- vos a la naturaleza. Así aparecía el contraste en una de las más famosas obras que se han escrito sobre la desigualdad, el Discours sur l'origine et les fondements de l'inegalité parmi les hommes, de Rousseau. Allí, el autor francés afirma que de la propiedad, que es una institución o convención humana, pueden aparecer desprovistos los hombres: ella es, en definitiva, la fuente de las más grandes desigualdades. En cam- bio, las que Rousseau considera naturales (la edad o las que radican en “las fuerzas del cuerpo o en las cualidades del alma”) no generan abismos entre los hombres. De modo deliberado o no, hay ecos del planteamiento rousseauniano en la mayoría de las teorías que han tratado de explicar la correlación entre com- plejidad social y desigualdad. El evolucionismo decimonónico 1 , en sus diferen- tes expresiones, trazó una escala que se inicia en las formas más antiguas,

1. De esta concepción participaban por igual doctrinas antagónicas; esto es, tanto las defensoras como las impugnadoras del status quo socioeconómico y político de la época.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

42

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

elementales e igualitarias y culmina en las sociedades de clases del complejo mundo capitalista. Frente a esas perspectivas existen otras que consideran las desigualdades como algo inherente a cualquier tipo de organización social. Tal es el caso de la filosofía política del mundo clásico, sea la platónica de la República o la aristo- télica de la Política; pero algo parecido nos muestran determinadas teorías so- ciales inspiradas, directa o indirectamente, en las ciencias que estudian el comportamiento animal. Con arreglo a una y otra perspectiva, clásica o con- temporánea, todo tipo de desigualdad humana se estima reflejo y prolongación de las desigualdades y jerarquías que se creen apreciar en la naturaleza. No cabe duda de que esto último (ya se trate de las viejas metáforas de los insectos sociales o de las modernas teorías etológicas) entraña riesgos teóricos y metodológicos. Cuando menos, un evidente riesgo de antropomorfización y de proyección de nuestras realidades humanas a otros ámbitos, como la vida animal, muy o com- pletamente diferentes. (Pensemos que reinas u obreras de abejas u hormigas no son sino funciones diferenciadas de un modo de vida no afectado por cambios mientras la especie de que se trate sobreviva; es decir, millones o cientos de mi- llones de años.) Las jerarquías políticas y las desigualdades sociales que se dan en el ámbito humano son, por el contrario, contingentes, históricas, y fruto de tensiones que llevan en sí mismas el germen del cambio. Su desaparición o transformación no afecta en modo alguno a la supervivencia de la especie. En definitiva, habría que admitir con Rousseau que:

“la desigualdad natural debe aumentar en la especie humana por la desigualdad de institución.” (Rousseau) 2

Parece, pues, que una concepción evolutiva de la desigualdad se acomoda me- jor que esa otra, esencialista por así decirlo, a la realidad histórica de los seres hu- manos. Sin embargo, también la primera plantea problemas teóricos y empíricos. Conviene advertir que ésta incluye, como la segunda, planteamientos diversos. Pero todos ellos comparten la idea de que la desigualdad y su correlato, la jerar- quización política (algunos mandan y muchos obedecen), son la contrapartida de

2. Aclararemos, inmediatamente, que institución era el término dieciochesco que equivaldría a lo que hoy denominamos cultura.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

43

Capítulo II. Autoridad y poder

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

la complejidad y del desarrollo sociocultural. Ello lleva, casi inevitablemente, a concebir el conjunto de sociedades conocidas en términos dicotómicos: socieda- des igualitarias, de una parte, estratificadas, de otra. Que los estratos o capas so- ciales sean tan tremendamente diferentes entre sí como estamentos, castas o clases importa menos que el hecho mismo de la desigualdad. El problema fundamental de las dicotomías es que ahogan los matices de la diversidad cultural. Esta dicotomía, además, soslaya la existencia de desigualda- des importantes en las denominadas sociedades igualitarias. E impide, de recha- zo, el análisis de importantes fenómenos de liderazgo que en ellas se generan. Gracias tanto a un mejor conocimiento de tales sociedades como a una renova- ción crítica de ciertas ópticas convencionales, se experimentó un cambio im- portante en este sentido a partir de los años sesenta del siglo XX. Podría, en resumen, expresarse así: no hay sociedad conocida en la cual, al menos a ciertos niveles, no se produzca algún tipo de desigualdad y liderazgo. Lo que se ha puesto de manifiesto en las últimas décadas es que factores de- cisivos en la producción y reproducción de desigualdades, que antaño se deja- ron de lado por estimarlos naturales, se utilizan, canalizados por la cultura, como elementos tan decisivos cual puede ser la posesión de recursos económi- cos. Es el caso, ante todo, de la edad o del género. Pero son también cualidades personales, como la potencia física y sexual, las habilidades retóricas o la mani- pulación de conocimientos mágico-religiosos o de relaciones personales. Todo ello ha llevado a añadir al plano del análisis la consideración de una micropolí- tica, que puede completar y complementar la usual óptica macropolítica de otras ciencias sociales. Detengámonos unos momentos en lo relativo a la esfera de las prácticas má- gico-religiosas. En torno a ellas se desarrollan, en la sociedad tradicional, una se- rie de fenómenos relevantes por lo que a autoridad y poder se refiere. Bien entendido que de naturaleza y expresión muy diferente a la de nuestras realida- des sociales. En aquel caso se trata del control de recursos místicos, no materia- les. Así se argumenta agudamente en el clásico ensayo de Marcel Mauss Esquisse d’une théorie general de la magie. Para Mauss, estamos ante auténticos poderes:

“son poderes o dan poderes. A este respecto, lo que llama más la atención es la faci- lidad con la que el mago realiza todas sus voluntades. Tiene la facultad de evocar en la realidad más cosas de las que otros ni siquiera pueden soñar. Sus palabras, sus ges- tos, sus guiños, sus pensamientos mismos constituyen potestades.”

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

44

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

Facultades, añade este autor, que el mago posee no sólo sobre las cosas, sino sobre sí mismo. De ese modo, la magia nos pone ante una realidad donde, tam- bién, tanto la técnica como la producción se sitúan en terreno muy diferente a aquellos a los que estamos acostumbrados. Así dice Mauss:

“La magia es, esencialmente, un arte de hacer y los magos han utilizado con cuidado su savoir-faire, su destreza, su habilidad manual. Es el dominio de la producción pura, ex nihilo; ella hace con palabras y gestos lo que las técnicas hacen con trabajo.”

Una técnica, sigue diciendo, que es la más fácil, ya que evita el esfuerzo al con- seguir sustituir la realidad por imágenes. Claro que habría que añadir de inmediato, matizando, que esas imágenes mismas constituyen otra suerte de realidad. De lo expuesto se deriva que en las sociedades tribales el liderazgo parezca muchas veces confinado a la esfera del ritual. Ante todo, porque la esfera de la política no está en ellas desgajada de la religiosa ni de la del parentesco. Quien asume la función de dirigir, ocasional o regularmente, el ritual coordi- na actividades que son provechosas al grupo: el éxito en la expedición de caza, la buena cosecha. Como creía el antropólogo victoriano Sir James G. Frazer, la función primera del jefe sagrado consiste en controlar la fecundidad y el equilibrio de los ritmos naturales. De esta manera lo destaca Luc De Heusch en su ensayo L'inversion de la dette. Propos sur les royautés sacrées africaines (1993). Podría decirse que la relación de esas actividades con la política es, cuando más, tenue. Pero hay quien ha visto en esta relación entre liderazgo y ritual el remoto origen del estado, por cauces bien diferentes de los concebidos por marxistas y evolucionistas. Surgido de esa manera el germen de una buro- cracia (el especialista ritual convertido en líder temporal), se puede utilizar más tarde para la centralización de otras muchas funciones (Hocart). Es imagi- nable que entre el orden del parentesco y el orden estatal, rompiendo el con- trol interno que el primero supone y haciendo posible el control externo que conlleva el segundo, haya sido necesaria esa jefatura mágico-religiosa (como apunta De Heusch). Estaríamos, así, ante el primer puente tendido entre la su- til igualdad y la patente desigualdad. Bien entendido que las sociedades tradicionales no constituyen un conjunto homogéneo. Entre ellas se dan diferencias apreciables, en éste y otros órdenes de cosas. En su estudio comparativo sobre estos temas, la antropóloga británica

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

45

Capítulo II. Autoridad y poder

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

Jean S. La Fontaine, experta en el análisis de rituales africanos, expone agudos contrastes en este terreno. Así, por ejemplo, en el caso de los indios hopi de Ari- zona, tradicionalmente, no existía en la práctica distinción alguna entre poder profano y poder ritual. El jefe local se atribuía la jefatura del clan que primero había ocupado la zona, clan a su vez titular de importantes rituales:

“El jefe del pueblo era, pues, primus inter pares, uno de los jefes de clanes y asociacio- nes que cooperaban en la ejecución de los rituales del ciclo anual.”

En el otro extremo se sitúan los mende de Sierra Leona. Entre ellos, existe:

“una clara distinción entre la condición de jefe, que es una dignidad secular hereditaria,

y los poderes rituales, que dependen de un conocimiento que, en principio, está abierto

a todos adquirir. Hay grados en el conocimiento secreto, cuya posesión permite a los po-

seedores elevarse en la jerarquía de rangos [

sólo establece una clara diferencia entre los niños pequeños y el resto de la comunidad.”

Entre los hopi, en cambio, el conocimiento

]

En sociedades africanas como la de los mende, las diferencias se ubican en otra esfera: la del género. Los mende, concretamente, tienen, entre otras, dos so- ciedades secretas, con sus rituales propios, restringidas casi exclusivamente a hombres (Poro) y a mujeres (Sande). Si bien abiertas a cualquier individuo, tales sociedades están claramente jerarquizadas:

“Todos los rangos, por encima del más bajo, están simbolizados por máscaras, en cada una de las cuales reside un espíritu cuyo poder es adquirido y controlado por el po-

seedor de la máscara. En principio, todo miembro es elegible para ascender a los su-

cesivos grados [

se pone énfasis en el acceso a puestos dirigentes por méritos de

conocimiento más que por herencia o selección hecha desde arriba.”

]

La propia La Fontaine subraya otro tipo de desigualdad básica, con inciden- cia en el ritual y en el fenómeno del poder. Se trata, en este caso, de la edad. Re- firiéndose a otros pueblos africanos, la antropóloga escribe:

“En los ritos de iniciación de los gisu y los samburu, los candidatos están asociados con

la fuerza física y la violencia incontrolada, ya sea en los sentimientos, ya en el comporta-

miento; los mayores representan el respeto a normas de comportamiento, autocontrol y la sabiduría de la experiencia. El ritual demuestra el control de los mayores sobre los más jóvenes mediante su acceso a poderes místicos. El mensaje del ilmugit es particularmente claro: el poder místico de los adultos experimentados es superior a la fuerza física.”

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

46

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

1.2. Liderazgo y jefatura

Las sociedades más igualitarias no desconocen, pues, alguna forma de lideraz- go, por exótica que resulte o por transitoria que sea. Volveremos enseguida a esos dos tipos de desigualdad básica, el género y la edad. Pero antes conviene insistir en esas formas de liderazgo que tienen a éstas como telón de fondo. Precisamente, del estudio de las sociedades más igualitarias conocido procede un concepto que ha venido a tipificar una forma transitoria, personal, no oficial por así decirlo de liderazgo. Se trata del término big man (procedente del pidgin-english bigfella man, que traduce, a su vez, una infinidad de nombres nativos del ámbito cultural me- lanesio). El término se ha utilizado para contrastarlo con el de jefe, forma de au- toridad política permanente, jerarquizada y con carácter hereditario. Con arreglo a la más conocida generalización antropológica al respecto, que es la que realizó Marshall Sahlins a principios de los sesenta, cada tipo corresponde a un área cultural, Melanesia y Polinesia, vecinas en el Pacífico suroriental. Una y otra región ofrecen tanto contrastes agudos como grandes semejanzas. Estas últi- mas radican en los casi idénticos recursos (cosechas de ñames, plátanos, cocos) y en las parecidas técnicas agrícolas. Los contrastes, en cambio, en los ámbitos de la religión, el parentesco y, sobre todo, la organización política. Con respecto a esto último, mientras las unidades políticas locales melanesias son autónomas, los grupos equivalentes polinesios –segmentos de clanes– se integran en una es- tructura piramidal que los engloba. En el primer caso, estamos ante una sociedad fundamentalmente igualitaria donde el liderazgo se asocia con la figura del big man. En el segundo, cada nivel de la pirámide está articulado por un jefe subordinado, en último extremo, al jefe supremo, rey o soberano.

La figura del big man y el jefe supremo, rey o soberano

Característica fundamental del primer tipo es que se trata de un poder personal. No hay cargo de big man ni, por tanto, puede heredarse. El status se adquiere a través de la astuta utilización de los intercambios y la formación de un grupo de seguidores (el big man es, dice Sahlins, un ‘pescador de hombres’). El prestigio de tal líder se basa en su generosidad: dar más de lo que recibe. Pero una vez consolidada su posición como líder de un grupo o facción, tal generosidad se proyecta hacia fuera, hacia otros big men, con la finalidad de desbancarlos y colocarlos, a su vez, en posición de seguidores. El proceso entraña un riesgo evidente: la competición suele ser tan dura que los pri- meros seguidores del líder quedan reducidos a meros dadores de bienes o servicios, sin contrapartidas. Lo cual pone en peligro tanto el principio axiomático de recipro- cidad como las bases mismas en que se apoya el poder del big man.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

47

Capítulo II. Autoridad y poder

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

El jefe polinesio, por el contrario, debe su poder al lugar que ocupa en la jerarquía. Los grupos, en este caso, son permanentes y las reglas de sucesión a los cargos relativamente precisas. Como resumen cabría decir que el jefe nace, en tanto que el líder se hace.

Aun aceptando la polaridad (liderazgo/jefatura), lo que han puesto de relieve posteriores aportaciones es tanto la gran diversidad de situaciones en las áreas culturales que cubre como los problemas que acarrea su aplicabilidad fuera de ellas. ¿Puede concebirse, por otra parte, la dualidad como un esquema mínimo de evolución política, desde la inexistencia de autoridad política al umbral de la organización estatal? Es más que dudoso. Es posible, sí, que en la consolidación de los grandes imperios históricos (mesopotámicos, egipcio, azteca, inca) se ha- yan producido situaciones primigenias de transición de liderazgo temporal o excepcional a jefatura estable y hereditaria. Pero han debido jugar también un papel importante en esos procesos otros elementos asociados con la transforma- ción del simple poder de un individuo en una situación excepcional y relativa- mente minoritaria en autoridad estable y aceptada por muchos. Esto es, lo que Max Weber denominaba rutinización del carisma 3 . No obstante, más que como tipos o realidades fenoménicas, liderazgo y jefatura cabe considerarlos como principios que inspiran fenómenos concretos de poder y autoridad. En definitiva, estos mismos conceptos no son sino abstracciones de un continuum de realidades, ya que no hay poder que no busque legitimarse y consoli- darse ni autoridad estable que esté desprovista de algún grado de violencia. Vayamos ahora a exponer los perfiles de esa otra desigualdad más básica:

aquella que entrañan tanto el género como la edad.

2. Formas elementales de la vida política: género y edad

2.1. Hombres y mujeres

A principios de los ochenta, el antropólogo norteamericano Roger M. Keesing resaltaba cómo, hasta muy pocos años antes de esas fechas, el número

3. Las cualidades atribuidas al líder terminan institucionalizándose en un cargo.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

48

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

de estudios sobre el papel de la mujer en la sociedad tradicional había sido muy

escaso. Hubo, eso sí, notables precedentes, con obras firmadas por nombres tan

ilustres como los de Ruth Benedict y Margaret Mead. Pero las descripciones de

pueblos ajenos a la órbita occidental habían proporcionado, en general, una

imagen de sociedades controladas por los hombres. Tal vez eso se debiera (la si-

tuación hoy ha girado casi ciento ochenta grados) a:

a) Un evidente sesgo machista en la investigación etnográfica al uso;

b) quizá, también, al reflejo real de las sociedades estudiadas;

c) o, por último, a una combinación de ambas cosas.

En todo caso, la proliferación de estudios posteriores sobre estos temas vino

a poner de relieve cómo datos tenidos antes por naturales se convertían en he-

chos culturales importantes. De ese modo, el análisis de la explotación se tras-

ladaba del terreno puramente económico al de las relaciones de género. Con

ello, además, sociedades concebidas habitualmente como igualitarias empeza-

ron a mostrar perfiles muy diferentes. Uno de los primero intentos de sistematizar los conocimientos que los antro-

pólogos poseían sobre el estatus de la mujer en muy diferentes sociedades triba-

les fue el estudio comparativo Woman, culture and society, coordinado por las

investigadoras Rosaldo y Lamphere en 1974. En él se pone de relieve que las mu-

jeres están universalmente subordinadas a los hombres. La doctora Rosaldo ar-

gumenta que la atribución a la mujer del cuidado de la prole (y el hecho de

parir, en suma) origina en toda sociedad conocida una separación entre dos ám-

bitos: el doméstico y el público. El primero constituye el lugar de la mujer; el

segundo –política, economía de intercambios, rituales públicos– queda en ma-

nos masculinas. Sólo ocasionalmente el papel femenino aparece como central y

público; en general, es considerado marginal. Su actuación se muestra, más bien,

como oculta y manipuladora. Incluso en sociedades como la de los arapesh de

Nueva Guinea, estudiados hace muchos años por Margaret Mead, donde las mu-

jeres gozan de alto estatus, de innegable influencia y donde la polarización de los

roles sexuales no es tan marcada como en otras sociedades, se las excluye de los

ritos sagrados y se las obliga a adoptar un papel de niños ignorantes. O casos

como el de los yoruba de Nigeria, donde las mujeres han controlado tradicional-

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

49

Capítulo II. Autoridad y poder

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

mente el comercio y la economía en general y, sin embargo, deben mostrar su- misión ante sus esposos, alardear de ignorancia y manifestarse obedientes. Estudios como el que acabamos de mencionar han recibido, por otra parte, variadas críticas. Aun reconociendo que estas investigaciones superan viejos es- quemas –basados en el supuesto del fundamento biológico del sometimiento de un sexo a otro– se resaltan sensibles deficiencias. Unas son de tipo histórico y otras evolutivo. Pensemos, por ejemplo, que esa dicotomía entre lo público y lo privado en la que parece basarse la sumisión de la mujer al hombre no es sino una característica de las sociedades occidentales. Como pusieron singularmente de relieve los sociólogos y pensadores de la denominada Escuela de Frankfurt 4 , tal distinción se manifiesta en el tránsito de los periodos heroico a clásico en el mundo helénico y alcanza su culminación en la fase capitalista de las sociedades occidentales. No son menores los reparos desde el punto de vista de la teoría evolutiva. Así, Linda M. Fedigan argumenta que en las últimas décadas se ha producido un im- portante cambio en los modelos que analizan la relación masculino/femenino a lo largo de la evolución humana. Hasta los años ochenta, nos dice, predomi- naba el modelo del hombre cazador como principio y origen de la cultura de la humanidad. Esto es, el de un macho dedicado, activa y agresivamente, a pro- porcionar alimentos y protección a mujeres e hijos necesitados unos y otras e incapaces de proporcionárselos por sí mismos. Modelo, por otra parte, que se inspiró en ilustres victorianos, como el propio Darwin. Vistas las cosas de ese modo, a las mujeres sólo les queda “intercambiar sus capacidades sexuales y re- productivas por protección y alimentos”. El rol predominante del varón se legi- tima, de ese modo, porque su fabricación y utilización de los primeros instrumentos (las armas) hizo posible el tránsito de la pura animalidad a la con- dición humana. Ese modelo fue sustituido por su opuesto: el de la mujer recolec- tora. Con arreglo a esta otra perspectiva, fue la hembra la que inició la locomoción bípeda a través de la sabana y elaboró los primeros artilugios huma- nos de acarreo, los cestos. Fedigan recoge en su trabajo bastantes pruebas, pa- leontológicas y etnográficas, que ciertamente cuestionan la validez del modelo del cazador masculino.

4. Según la Escuela de Frankfurt, trasladar a otras sociedades lo que son procesos históricos especí- ficos de las nuestras vendría a representar lo que solemos denominar etnocentrismo.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

50

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

En definitiva, en las últimas décadas la investigación antropológica sobre la desigualdad y la jerarquización sexual –o de género, más estrictamente– refleja en gran medida los problemas que se debaten las sociedades contemporáneas. Del mismo modo que los pensadores victorianos expresaban con modelos pre- dominantemente masculinos las características de la primera revolución industrial, nuestra época se manifiesta con sus propios problemas y luchas. La creciente, pero aun incompleta e injusta, incorporación de la mujer al mercado de trabajo y a pues- tos de responsabilidad, sus luchas por conseguir la equiparación con los varones desde las tareas del hogar al terreno profesional o la no-naturalidad en la asignación de papeles o tareas a uno u otro sexo son aspectos, entre otros, que aparecen refle- jados tanto en la investigación como en los inacabables debates académicos.

2.2. Clases de edad

Diferencias entre los distintos sectores que integran una sociedad con arreglo a la edad las hay y las ha habido en todo tiempo y lugar. Otra cosa es la relevan- cia que se asigne al hecho de pertenecer a un determinado segmento de los que componen el ciclo vital de un individuo. Desde un punto de vista puramente biológico, el ciclo vital es un continuum que podemos dividir, arbitrariamente, en n fracciones a efectos puramente estadísticos para el estudio de una pobla- ción. Ahora bien, cada cultura y cada época histórica suele dar un significado es- pecífico a las diferentes etapas de la vida. En muchas sociedades de las denominadas primitivas, además, esas etapas constituyen el marco para la for- mación de clases o grupos de edad. También en este caso nos encontramos ante fenómenos de jerarquías, poder/autoridad, control de determinados recursos y explotación. Lógicamente, el tema ha interesado a especialistas que han aporta- do al debate sus perspectivas teóricas, metodológicas e ideológicas. Muchos años antes de que se iniciara el debate entre diversas tendencias (más o menos conservadoras o liberales, marxistas de distinto signo, etc.) el an- tropólogo Robert H. Lowie afirmaba, en su Primitive society, que las relaciones entre las generaciones de más edad y las más jóvenes eran, en sociedades primi- tivas, fundamentalmente de tipo conflictivo. Es más, añadía:

“no se trata de un combate personal [esto es, entre padre e hijo] sino de una lucha de clases”.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

51

Capítulo II. Autoridad y poder

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

Lowie no concebía en modo alguno esas distinciones y rivalidades como univer- sales. Es más, argüía frente a un autor alemán de principios del siglo XX, nada de natural existe en ellas. El alemán en cuestión, Schurtz había sostenido que una de las formas más antiguas de asociacionismo era aquella que se generaba en el seno mismo de la familia, en virtud del antagonismo que enfrenta a padres e hijos. Era éste el germen de las divisiones futuras en clases sociales. Para Schurtz, este funda- mento de luchas y fraccionamientos no era estrictamente natural, sino que proce- día de un encadenamiento de factores psíquicos (universales) y convencionales (culturales). De esta manera, en toda sociedad primitiva existía una división tripar- tita: niños, adolescentes núbiles y casados. Según el autor alemán, la separación en- tre las dos primeras clases era natural, mientras que entre la segunda y la tercera la demarcación era artificial (o cultural, como hoy diríamos). Lowie, en cambio, nega- ba esa pretendida universalidad de las clases basadas en segmentos de edad. Provis- to de numerosos ejemplos procedentes de pueblos primitivos, repartidos por varios continentes, venía a mostrar que, si bien el modelo de Schurtz era aplicable a algu- nas sociedades, no lo era en modo alguno a otras muchas. La expresión lucha de clases sugerida o empleada por estos autores no tenía, en principio, el sentido que suele darle el marxismo ortodoxo a estos términos. Sin embargo, algún antropólogo contemporáneo sí que ha analizado el fenóme- no de los grupos de edad desde esa perspectiva. Tal es el caso del francés Pierre Ph. Rey. Para él, las relaciones entre jóvenes y adultos maduros sí que constitu- yen auténticas relaciones de clases, en sentido estrictamente marxista, ya que los segundos explotan a los primeros. Refiriéndose a su trabajo de campo, reali- zado en el antiguo Congo francés, argumenta que el conjunto de elders de los linajes constituye una clase social. Rey se apoya en el hecho histórico de pobla- ciones que fueron sometidas al comercio de esclavos. En ellas, los miembros adultos proveían de esclavos a los europeos vendiéndoles los miembros jóvenes de sus propios linajes. Ello se realizaba mediante alianzas de los elders con el ob- jeto de venderse mutuamente sus respectivos jóvenes. Ahora bien, como refuta otro antropólogo, igualmente francés y también marxista, el término clase es to- talmente inadecuado en este contexto. Claude Meillasoux sostiene que adoles- cencia, juventud y madurez son, por su propia naturaleza estados transitorios, no permanentes. El joven, sigue Meillasoux, no está con relación al elders en si- tuación de explotado, sino, más bien, en la de cliente. El primero espera obtener del segundo apoyo económico en el llamado pago de la esposa (esto es, el equi-

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

52

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

valente a la dote femenina de nuestra sociedad pero en aquella situación a cargo del varón). Conseguido ese objetivo y realizado el matrimonio, el joven se con- vierte en adulto y pater familias. La oposición entre esas pretendidas clases se re- suelve, por tanto, generación tras generación (cíclicamente, por así decirlo): los adultos deben ceder a los jóvenes el poder de reproducción, el cual, en socie- dades tribales, engloba los medios de producción. Con todo, conviene tener en cuenta que los adultos, en esas sociedades, tienen en sus manos un enorme poder. Sencillamente, porque de ellos depende el que los jóvenes puedan contraer más pronto o más tarde matrimonio y acceder, de ese modo, al estatus que confiere autoridad e independencia. Concretamente, las sociedades africanas han sido, tradicionalmente, mucho más tolerantes que las occidentales en materia de libertad sexual. No se trata, pues, de un conflicto ge- neracional en torno al acceso sexual a las mujeres, sino al acceso social a las mis- mas (esto es, el matrimonio, con todos los derechos políticos y económicos que otorga). Del mismo modo, el control estriba no tanto en la reproducción biológica del grupo cuanto en la reproducción social. Es igualmente interesante tomar en consideración el caso de algunas sociedades del oeste africano, donde la distinción crucial entre jóvenes y adultos o ancianos nada tiene que ver con la edad biológica. Se es anciano, con independencia de la edad que se tenga, cuando se posee una serie de objetos que confieren prestigio (jo- yas, vestidos), aunque sean de nula utilidad económica pero sí de alto valor ritual. Sólo pueden ostentarse con ocasión de fiestas y rituales. También son, en ese senti- do, ancianos los herederos inmediatos de quienes poseen tales objetos. Jóvenes, por el contrario, son quienes carecen de esos bienes, durante buena parte de sus vidas o a lo largo de toda ella. Y es altamente significativo que en esos grupos el término empleado para designar al joven y al plebeyo sea uno y el mismo.

2.3. Poder, recursos y ritos

Las sociedades tradicionales organizadas como reinos o imperios suelen caracte- rizarse por la ritualización, a veces extrema, de las actividades y personas que sim- bolizan la jerarquía política. Conocidos son, por ejemplo, los casos de monarquías divinas africanas, donde el rey no es, como sus análogos europeos del ancien régime,

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

53

Capítulo II. Autoridad y poder

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

mero representante de Dios en la tierra, sino su misma encarnación. De ese modo,

todos los actos de la realeza, desde la coronación al fallecimiento, constituyen pro- piamente hechos religiosos. Tal vez uno de los estudios antropológicos donde más se ha resaltado la ritualización del poder político sea el que Clifford Geertz dedicó

a la sociedad balinesa tradicional. Tal como este autor describe esta sociedad, todo

el aparato estatal estaba destinado allí a servir de soporte al ritual. Éste, a su vez no sólo venía a justificar, sino a hacer fascinante la enorme desigualdad de una socie- dad constituida en castas cual era la de los reinos balineses. El ritual político no era, nos dice Geertz, un mero sostén del estado, sino al contrario: “El poder servía a la pompa, no la pompa al poder”. O más crudamente: no era tanto el estado el que producía rituales cuanto el ritual el que creaba periódicamente el estado. Así, los ri- tos de la corte –o los de los señores, en general– eran espectáculos en los cuales par- ticipaban todos los elementos de la jerarquía social, pero con una clara diferenciación de papeles. Los señores como empresarios y actores principales; los sacerdotes como directores de escena; por último, los campesinos o súbditos, a car- go de papeles menores, de la tramoya y, por supuesto, en el rol de espectadores. En definitiva, se trataba de un espectáculo dirigido a mostrar, a afirmar y, sobre todo,

a hacer gozar con la estética de la desigualdad. Pero, ¿por qué y como aceptan los pueblos la desigualdad a través de estos

artilugios rituales? Bali era una sociedad agrícola basada en la irrigación y en la cual el control de los riegos se entrelazaba con el de los ritos y el propio control político, pero todo parecía depender, en último extremo, de esa teatralidad ri- tual. De modo más explícito que la obra de Geertz, un reciente estudio del lide- razgo político entre los antiguos mayas, de Lisa J. Lucero, nos permite apreciar tanto la articulación de recursos económicos vitales y ritualización religiosa, como los procesos de evolución política hacia el estado. Según esta autora, los gobernantes mayas del periodo clásico (esto es, de los años 250 a 850 de nuestra era) lograron adquirir y mantener el poder político a través de la transformación de rituales domésticos en rituales comunitarios y públicos. El poder político se basaba en la capacidad de extraer tributos, ya procedieran de la fuerza de trabajo de los campesinos o de sus excedentes agrícolas. Tanto los plebeyos como la no- bleza y la realeza realizaban, en principio, los mismos ritos, vinculados al hogar

y al agua: de la fertilidad, de la lluvia, de los antepasados. Lo que variaba era la

escala, ya que las capas superiores, además de los privados, ejecutaban igualmen- te rituales públicos. Estos, celebrados en amplias zonas abiertas, cumplían varias

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

54

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

funciones: atraer e integrar a los campesinos dispersos, promover la solidaridad y legitimar los derechos de la clase gobernante a recabar tributos:

“A través de las ceremonias, los gobernantes lograron demostrar su relación con los antepasados y la continuidad de elementos vitales de la vida (esto es, el agua). En con- secuencia, su poder se extendía más allá de los eventos centrípetos [ritos] y, en defi- nitiva, sus derechos recaudatorios quedaban santificados.”

Es probable que la sociedad maya fuera inicialmente mucho más igualitaria. En ese sentido apunta la indiferenciación de los ritos, fueran familiares o reali- zados a gran escala. Como señala esta autora, los ritos regios no tenían nada de peculiar o exclusivo: simplemente, calcaban los de escala menor. En último ex- tremo, esa identidad ritual subrayaba la unidad social. Sin embargo, los ritos de la elite y de la realeza venían tanto a integrar a las gentes como a justificar el diferente acceso a la riqueza y al poder político:

“Todos los miembros de la sociedad tenían el poder de seguir celebrando los mismos rituales tradicionales que realizaba la realeza. Ahora bien, ésta demostraba que poseía lazos especiales con el mundo sobrenatural que beneficiaban a todos; y esto es lo que les permitía apropiarse del excedente de otros.”

No obstante, no hay por qué considerar, a juicio de Lucero, que los mayas actuaran a ciegas. Tenían otras opciones aparte de aferrarse a un determinado soberano: dispersarse o acogerse a otro. Los ritos no eran meramente artificios manipuladores, sino fundamentalmente integradores. La realeza, por su parte, debía probar sus mejores contactos con la divinidad mediante más brillantes ce- remonias, más fertilidad, lluvias más abundantes y, en suma, más riqueza. Con su masiva y recurrente participación en los rituales y sus tributos, la gente del común contribuía al cambio político. Lo cual, en este caso, implicaba reforza- miento de la desigualdad y de las jerarquías.

2.3.1. La emergencia del poder en situaciones de excepción

En Las estructuras elementales del parentesco, Lévi-Strauss equipara los meca- nismos que generan y mantienen la dinámica social de las sociedades más pri- mitivas a través del intercambio matrimonial con determinadas situaciones que

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

55

Capítulo II. Autoridad y poder

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

se presentan en las sociedades avanzadas. Puede tratarse del ofrecimiento de vino de una mesa a otra en un restaurante popular francés; o de la ayuda espon- tánea ante una súbita catástrofe urbana (un incendio, el derrumbamiento de un edificio). Tal vez, nadie conocía previamente a quien ofrece o recibe el auxilio o la invitación; y son esas acciones, en apariencia desinteresadas, las que nos permiten observar, casi cotidianamente, la génesis de la vida social en su más estricta elementalidad. Su entramado último y primigenio se teje gracias a pe- queñas o grandes ayudas y donaciones recíprocas. Es la reciprocidad lo que sub- yace, en definitiva, a lo que denominamos sociedad, sea salvaje o civilizada. ¿Cabe hablar de forma parecida por lo que a las estructuras de poder se refiere? Es posible, y nos enfrentamos a la cara opuesta de la solidaridad y reciprocidad espontáneas y básicas. También, a uno de los perfiles más nefastos de nuestra humana condición. Evidentemente, ignoramos cómo pudieron emerger las primeras estructuras sociales y, por ende, políticas. Es muy probable que unas y otras posean raíces prehumanas: el carácter gregario y pendenciero de la mayoría de los primates tiene mucho que ver, sin duda, con todo esto. Pero no sabemos cómo fueron los primeros líderes de los grupos humanos ni cómo ejercían su poder. Sí que sabe- mos bastante de algunos desarrollos políticos que conducen a las teocracias a partir de situaciones de relativa homogeneidad social: tal es el caso de los mayas que acabamos de considerar. En otro orden de cosas, el tiempo más cercano nos permite conocer procesos en cierto modo análogos. Se trata de las pavorosas rea- lidades de nuestra época, encarnadas en los abundantes y variados conflictos bélicos, mundiales o locales. En unos y otros se han producido intentos delibe- rados de aniquilación de grupos humanos 5 . Estamos ante escenarios excepcio- nales, más o menos pasajeros, que nos permiten vislumbrar el nacimiento de las estructuras de poder. Un observador privilegiado, y al tiempo actor obligado de una de esas tra- gedias contemporáneas, fue el escritor Primo Levi. Los torturadores de los campos de exterminio nazi, resalta este autor en su obra Los hundidos y los sal- vados, no eran radicalmente diferentes de sus victimas. Antes al contrario, “es-

5. Cuando hablamos de intentos deliberados de aniquilación de grupo humanos nos referimos a la Alemania nazi, la Yugoslavia posterior al derrumbamiento del régimen soviético, la Camboya de los khemeres rojos, los diversos conflictos étnicos del África postcolonial, el inacabable conflicto árabe-palestino, etc.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

56

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

taban hechos de la misma pasta, eran seres humanos medios, medianamente inteligentes, medianamente malvados: salvo excepciones, no eran monstruos,

tenían nuestro mismo rostro”. Ahora bien, el Tercer Reich creó, ab initio, un foso insalvable entre unos y otras, en virtud del cual los concentrados estaban destinados a ser reducidos primero a la esclavitud y luego a la extinción. Sobre todo los judíos, esto es, la inmensa mayoría de los campos, eran equiparados, mediante la jerga y los actos de los carceleros, a la pura animalidad. Sin em- bargo, en el seno de los condenados se establecieron otra jerarquía y otras re- des de poder. En parte inducida por el mando, en parte surgida de modo espontáneo, la organización de los campos venía a ser “una adaptación de la

una copia sin gloria del ejército propiamente dicho

praxis militar alemana (

o, mejor dicho, una caricatura suya”. El campo, el Lager, nos ilustra Levi, no es un universo homogéneo de mise- rables absolutamente desprovistos de poder. La situación insólita establece otra dicotomía entre los siervos: los prisioneros del montón frente a los privilegia- dos, los recién llegados frente a los veteranos. Los primeros eran sometidos a las bromas crueles de los segundos, análogas a los ritos de iniciación de las socieda- des primitivas:

)

“la multitud despreciada de los ‘antiguos’ tendía a ver en el recién llegado un blanco en quien desahogar su humillación, a encontrar a su costa una compensación, a crear a su costa un individuo de menor rango a quien arrojar el peso de los ultrajes recibi- dos de arriba.”

Entre los concentrados se daba, sin duda, el caso de los que, espontáneamen-

te, aspiraban al poder (sádicos, frustrados o individuos miméticos de sus amos, que desarrollaban lo que luego se ha denominado el síndrome de Estocolmo). Pero la cosa no quedaba ahí. Paralela a esa disposición psíquica, el Lager proporcio- naba o generaba una jerarquía de los concentrados que se articulaba en torno a recursos escasísimos: algo más de alimento, algo menos de trabajo o un trabajo diferente. Se trataba de una escala cuyo peldaño de mando inferior lo integra- ban los funcionarios de bajo rango (“una fauna pintoresca de barrenderos, lava-

platos, guardias nocturnos, hacedores de camas [

detectadores de piojos y

sarna, mensajeros, intérpretes, ayudantes de los ayudantes”) y que culminaba con los Kapos 6 .

]

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

57

Capítulo II. Autoridad y poder

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

Realmente, es difícil imaginar una sociedad humana desprovista de algún tipo de poder coercitivo. Los autores de utopías y, sobre todo, los reformadores o revolucionarios del siglo XIX remitieron esa situación paradisíaca al umbral de los tiempos o, sobre todo, al final de la historia. Desconocemos el primer extre- mo y, claro está, nada sabemos del segundo. No obstante, circunstancias excepcionales como las que se acaban de men- cionar, que parecen suspender el acontecer histórico habitual, nos hacen dudar de las utopías. La ficción literaria es demoledora a este respecto: recuérdese, por ejemplo, el relato estremecedor del William Golding en El señor de las moscas. El naufragio de unos adolescentes en una atractiva isla no los convierte en unos robinsones envidiables, sino en las víctimas del sistema tiránico y aniquilador que ellos mismos generan. La realidad de nuestra época no se queda corta con respecto a la imaginación del novelista. En la misma obra antes mencionada, Los hundidos y los salvados, Primo Levi relata la historia del judío Chaim Rumkowski. Decano o presidente del gueto de la ciudad polaca de Lodz, un per- fecto necio propio para divertir a las autoridades alemanas, se convirtió en un au- téntico rey despótico. A cambio de un trozo de pan o poco más, disponía de una corte y de un ejército; de poetas áulicos que cantaban sus glorias y hasta de manto real y carroza tirada por un asno esquelético. Al parecer, el pobre diablo se tomaba tan en serio su papel que procuraba mejorar la situación de sus súbditos. Por su- puesto, su condición no le privó de burlas y bofetadas a cargo de agentes de la Gestapo cuando trató de interceder por algún consejero suyo apresado por los alemanes. Finalmente, se le concedió, a él y a su familia, el privilegio de ser tras- ladado en un vagón especial a Auschwitz. Allí, las cartas de recomendación que llevaba no pudieron librarlo de la cámara de gas.

3. Diversidad cultural y ubicación del poder

Como ya se ha apuntado, es difícil imaginar un estudio de fenómenos po- líticos donde no se atienda a la realidad del poder. Pero éste, también se ha

6. Los Kapos eran auténticos pequeños sátrapas con poder casi absoluto.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

58

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

subrayado antes, no presenta siempre ni en todo lugar los mismos perfiles. La diversidad cultural ofrece contrastes amplios en éste y otras órdenes de cosas. Tal ocurre, igualmente, por lo que concierne al lugar que el poder ocupa en una sociedad o época concretas. El politólogo W. J. M. Mackenzie escribe a este respecto lo siguiente:

“Hay tribus como las de los indios zuni cuya cultura extirpa la ambición y difunde el poder de modo tal que éste es invisible. Pero la ambición de poder (cualesquiera sean sus orígenes sociales o psicológicos) constituye un hecho importante en todos los sis- temas políticos principales tanto ágrafos como modernos.”

La inmensa mayoría de los especialistas en ciencias sociales, incluidos por su- puesto los antropólogos, se manifestarían de acuerdo con esa universalización del poder. Aunque hay excepciones: es el caso, por ejemplo, de Pierre Clastres. Para este autor, existe:

“un enorme conjunto de sociedades donde los depositarios de lo que en otra parte se llamaría poder, de hecho carecen de poder, donde lo político se determina como campo fuera de toda coerción, fuera de toda subordinación jerárquica, donde, en una palabra, no se da ninguna relación de orden-obediencia.”

Ahora bien, el problema no estriba tanto en si existe o no el poder en una determinada sociedad con unas determinadas características cuanto en el lugar,

la ubicación que ese fenómeno tiene en cada sitio o momento histórico. No cabe

duda de que el líder de un poblado amazónico (que es la realidad que mejor conocía Clastres) no ofrece las mismas características que un rey absoluto o que un presidente de Estados Unidos. Concretamente, el liderazgo en grupos humanos como esos, muy reducidos en general, se basa en el consenso y en el servicio que presta a su comunidad. Lo cual no quiere decir que en tales sociedades el poder ofrezca características básicamente distintas a las de otras épocas u otros ámbitos socioculturales. El poder implica, en cualquier

caso, algún tipo de coerción, sea psíquica o física. Es probable que los líderes

y jefes amazónicos no ejerzan ninguna clase de constreñimiento sobre sus

seguidores porque, como destaca Lapierre, en esas comunidades “la fuerza de la coerción está en otra parte, en la colectividad de los varones adultos, de los cazadores guerreros”.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

59

Capítulo II. Autoridad y poder

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

Ya hemos visto cómo hasta en las sociedades más aparentemente igualitarias

el género y la edad juegan un papel decisivo por lo que al poder se refiere. Seña-

lemos ahora que su diferente ubicación, ese “estar en otra parte” al que alude

Lapierre, es significativa e importante. Por dos razones.

1) En primer lugar, porque aquí radica uno de los mayores contrastes cultu- rales entre sistemas políticos tradicionales y modernos. Así, de una parte, hay sistemas políticos que dramatizan o ritualizan todo lo relativo al poder: tanto las luchas para obtenerlo (campañas y debates electorales, sondeos, utilización de los medios de comunicación de masas, etc.), como las instituciones que lo encarnan (tomas de posesión de los cargos políticos, momentos y escenarios de comparecencias públicas, lugares de residencia, etc.). El poder se transforma en esos sistemas en objeto legítimo de competición y, por ello, se expresa de modo bien visible. Es lo que ocurre en el llamado mundo occidental a partir sobre todo de la Edad Moderna. Por el contrario, hay sistemas políticos que ocultan celosa- mente tanto las expresiones del poder como las confrontaciones políticas. Se trata de las denominadas sociedades primitivas, pero también del amplio pasado de nuestras propias sociedades. 2) En segundo lugar, la dramatización del poder (su visibilidad o entroni- zación) va unida a su crecimiento imparable. Fue el francés Bertrand de Jo- uvenel en un estudio clásico sobre el poder quien aludió a esa correlación al referirse a la historicidad del fenómeno. De ahí que podamos afirmar que mientras el poder se encuentra como recóndito o desplazado de lugares cen- trales en una sociedad (difuso en manos de los varones, por ejemplo; o in- aprensible, como los poderes ocultos de los magos o de los reyes divinos) su crecimiento es menguado. En cambio, la expresión manifiesta, central y, a veces, hasta brutal del poder (el poder nazi, la oligarquía soviética) va unida

a su desarrollo más desaforado. Existen formas sutiles de enmascaramiento u ocultación del poder que sub- yacen a nuestro propio pasado. También, otras que tienen o han tenido plena vigencia tanto en sociedades exóticas o que se manifiestan en zonas rurales del

mundo occidental. De las primeras da cuenta el propio desarrollo de la filosofía

o teoría políticas; de las segundas, la investigación etnográfica llevada a cabo

por antropólogos el último siglo. En los dos apartados siguientes atenderemos a una y otra vertiente de esta cuestión.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

60

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

3.1. Del enmascaramiento a la centralidad del poder

En el escenario político que dibujan los grandes pensadores del mundo griego clásico ni el poder ni las luchas para obtenerlo ocupan un lugar central. Antes al contrario, es la justicia o buen gobierno (eunomía) la que preside la vida ciudadana. Como señala Rodríguez Adrados, el ideal de justicia se conjugaba tanto con una concepción clasista y jerárquica como con la supresión de “los instintos competitivos y agonales”. Sin embargo, como apunta este autor, en la época de Sócrates ideología y realidad políticas ya no marchan al unísono. Se produce, así, un “divorcio cada vez mayor entre individuo y sociedad” y “un conflicto constante entre la justicia o nomos y los procedimientos indispensables para triunfar”. La propia muerte de Sócrates es tanto expresión como culminación de ese conflicto. El filósofo y su discípulo, Platón, se aferran a un orden tradicional, que hipervalora lo comunitario y desdeña lo individual o lo integra en la comu- nidad, concebida como todo orgánico. En cambio, el realismo de los sofistas, a los que censuraban acremente los filósofos tradicionalistas, les hacía ver que los valores comunitarios y jerárquicos de las clases altas ocultaban las luchas por el poder y las ambiciones individuales afloradas con los cambios sociales y políti- cos producidos en el mundo antiguo. Probablemente, la obra clásica que mejor refleje las tensiones entre esas dos cosmovisiones, tradicional y nueva, sea la Politeia o República platónica. Pues bien, el mundo ancestral que manifiesta esta obra, tan distante y distinto de las concepciones actuales de la política, se apoya en un sustrato valorativo nada ajeno al de otra sociedad tradicional: la de la India de las castas. Uno de los más profundos conocedores de esa sociedad, Louis Dumont, observa que la obra de Platón “recuerda enormemente la teoría india de las varnas, o más bien la tri- partición indoeuropea de las funciones sociales”. Nada tiene esto de sorprendente, ya que ambas nociones rinden tributo a la jerarquía y a la desigualdad. Pero tampoco son muy diferentes, como veremos, las ritualizaciones políticas de las sociedades tribales, donde predominan los va- lores igualitarios. Curiosamente, esos tres universos (clásico, hindú y tradicio- nal) dramatizan, aunque, eso sí, de modo diferente, los valores colectivos y ocultan o relegan lo individual y las realidades de poder. En ese sentido, podría

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

61

Capítulo II. Autoridad y poder

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

decirse que nuestro mundo político –individualista y obsesionado por el poder– es la excepción de una vieja y muy extendida norma; por más que la excepción sea o vaya camino de ser universal. Ahora bien, conviene insistir en que esa tea- tralización o ritualización del mundo antiguo o primitivo no elimina en abso- luto las ambiciones particulares ni las luchas por el poder. Simplemente las desplaza de la escena pública. El tránsito de una concepción holística, comunitaria, a otra individualista es un proceso largo y complejo. Proceso que, en el mundo occidental, ha sido analizado por Dumont en alguna de sus etapas decisivas. Inciden en estas transformaciones corrientes de pensamiento diversas: cristianismo, estoicismo, jurisprudencia romana, etc. Con todo, la sociedad medieval europea se sitúa más cerca de una noción tradicional que de otra moderna e individualista. Es ya al final de esa etapa histórica, en el apasionante y conflictivo siglo XIV cuando las luchas en- tre el papado y el imperio se entrecruzan con las diversas interpretaciones del aristotelismo (nominalismo versus realismo) y nos instalan en el umbral de la modernidad. El nominalismo (como ya destacó George Sabine) nos acerca a nociones que nos resultan familiares: pueblo, mayoría y, sobre todo, poder del legislador. Si bien concebidas aun en contextos medievales, no cabe duda que todas contras- tan con las nociones que implican, ante todo, jerarquía y desigualdad. El mun- do clásico ponía el acento en la auctoritas y consideraba la potestas una facultad subordinada y limitada. En contraste, como escribe Dumont, a partir de enton- ces lo que sobresale es “la noción de ‘poder’ (potestas), que aparece así como el equivalente funcional y moderno del orden y de la jerarquía”. En cuanto a los pasos concretos que sigue el proceso desde los comienzos de la edad moderna es materia que rebasa ampliamente este capítulo. Pero tenga- mos en cuenta, brevemente al menos, algunas de las figuras intelectuales que más han contribuido a desentrañar los mecanismos del poder. Maquiavelo, en primer lugar. El florentino parece situarse en el tránsito de los valores antiguos a los modernos y aconseja de este modo al gobernante:

“Es menester, pues, que sepáis que hay dos modos de defenderse: el uno con las leyes y el otro con la fuerza. El primero es el que conviene a los hombres; el segundo per- tenece esencialmente a los animales; pero, como a menudo no basta con aquél, es preciso recurrir al segundo.”

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

62

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

La alusión a las leyes parece evocar la justicia de los clásicos, pero la fuerza puramente animal nos pone en contacto con nuestras realidades más cercanas y pavorosas. Rota la vieja unidad entre moral y política, como hizo ver Sabine, a partir de la modernidad, al estadista se le ve situado por encima del grupo y de la moralidad. Ésta se convierte en asunto privado y al gobernante se le mide por sus éxitos en la consecución, ampliación y perpetuación del poder. El gran sistematizador de la política como técnica amoral será otra gran figura: Hobbes. Éste, al comienzo del capítulo XVII de su obra más conocida, Leviatán, alude ex- plícitamente a esa visibilidad del poder cuando se refiere a la meta que persi- guen los hombres al constituirse en repúblicas:

“Arrancarse de esa miserable situación de guerra [ los mantenga en el temor.”

]

cuando no hay poder visible que

Hobbes trata del poder sin esas matizaciones maquiavélicas a las que se ha alu- dido. Como también apunta Sabine, la teoría hobbesiana equivale a identificar el gobierno con la fuerza. El poder absoluto del soberano es complemento necesario del individualismo de Hobbes, ya que sin el primero no hay más que individuos y guerra entre individuos. El gran error de Hobbes –explicable, por supuesto, en un hombre de su época– estriba en el tremendo brinco de lo que denominaba estado de naturaleza al Estado, sin más, o de la mera animalidad al europeo de la edad mo- derna. Pero su intuición no es menos colosal: en condiciones radicalmente diferen- tes a las de los sistemas políticos modernos, el poder se hace opaco, invisible. Dando ya un enorme salto a nuestra época, recordemos una vez más el aná- lisis del fenómeno del poder más influyente en las ciencias sociales contempo- ráneas, el de Max Weber. Como ya se ha apuntado, desde su perspectiva, el poder deja de verse como mera característica de individuos: las relaciones de po- der se conciben ya como ubicuas, en tanto que permean todo el cuerpo social. No obstante, al delimitar el ámbito de lo político, Weber coloca el poder, en tan- to que dominación, en lugar central. Sin duda, como han subrayado sus comen- taristas, el término alemán empleado por Weber, Herrschaft 7 , tiene difícil traducción a nuestros términos dominación y autoridad.

7. Esta palabra entraña, en definitiva, consentimiento, pero también fuerza e incluso violencia. Pense- mos, además, que para el sociólogo alemán el estado supone, en último extremo, el monopolio legí- timo de la violencia.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

63

Capítulo II. Autoridad y poder

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

El mundo moderno y contemporáneo, por otra parte, rinde culto tanto a ese aspecto conflictivo, casi bélico, del poder como a sus raíces individualistas. El resultado es la entronización de las mayorías vencedoras y el desprecio, teñido de respeto compasivo, hacia las minorías perdedoras. Pese a que muchas veces los líderes de las fuerzas políticas rivales negocian bajo cuerda sus divergencias, estas son las que se manifiestan públicamente en el escenario político. Además, como lo expresa agudamente de Jouvenel, el poder, antes visible en forma de rey, se enmascara hoy con el disfraz del hombre corriente y de ese modo, apa- rentemente al alcance de cualquiera, nadie se opone ya a su expansión. Vaya- mos a continuación al mundo de las sociedades tribales y primitivas, donde impera un dogma muy diferente al principio de la mayoría.

3.2. Negación del poder e imperio de la unanimidad

En 1877, Lewis H. Morgan dejó constancia de un hecho singular en su obra

Ancient Society. Analizaba allí lo que él denomina sociedad gentilicia, esto es, lo que luego se ha llamado sociedad tribal, paso necesario desde su óptica evolucio- nista anterior al estado. La sociedad que Morgan utilizó como arquetipo o mo- delo fue la de los iroqueses de la Norteamérica indígena. Como cualquier sociedad tribal, ésta estaba integrada por sectores o segmentos menores y mayo- res, englobando los segundos a los primeros. Morgan llamaba gens a los menores (probablemente, clanes y linajes), tribus a los medianos y confederación al con- junto de tribus. Hay que advertir que, aunque este autor convivió con los iroque- ses algún tiempo, lo que dice respecto a sus instituciones de gobierno se refiere

al pasado, ya que éstas habían desaparecido o estaban en trance de desaparecer.

Pues bien, al enunciar Morgan los rasgos generales de la confederación iroquesa

destaca entre ellos la existencia de un consejo general, integrado por los sachems

o líderes de las tribus. En tal consejo todas las decisiones debían adoptarse por

unanimidad. De ésta escribe Morgan:

“Era la ley fundamental de la confederación. Adoptaron un sistema para indagar las opi- niones de los miembros del consejo que hacía innecesaria la votación. Por otra parte, ig- noraban por completo el principio de mayorías y minorías en las actividades de los consejos. En el consejo votaban por tribus y los sachems de cada tribu debían estar de

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

64

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

Si no lograban ponerse de acuerdo, la propuesta

era rechazada y el consejo levantaba su sesión [

acuerdo, se reconocía y mantenía la igualdad e independencia de las diversas tribus. Si algún sachem era terco o poco razonable, se trataba de convencerlo sentimentalmente, lográndose su adhesión de forma que pocas veces le resultaba un inconveniente o una molestia el haberse sometido. Cuando hubiese fracasado todo intento de llegar a la una- nimidad, se dejaba de lado el asunto, pues era imposible toda otra solución.”

acuerdo para llegar a una decisión [

Mediante este sistema de llegar al

]

]

Cabe ahora que nos preguntemos si el escenario descrito por Morgan es mera idealización del pasado o responde a alguna realidad. Con carácter mucho más general, otro antropólogo de nuestra época, Claude Lévi-Strauss, ha establecido una aguda diferenciación entre primitivos y contemporáneos al equiparar sus res- pectivas sociedades con la igualdad y la ausencia de conflictos frente a la desigual- dad y el antagonismo. Así, la sociedad primitiva se mantiene prácticamente invariante, mientras la sociedad moderna genera con sus conflictos el cambio y la transformación. Para ilustrar estos contrastes, el antropólogo francés se refiere a un pueblo de las montañas de Nueva Guinea, los gahuku-gama. Enseñados por los misioneros, los nativos conocen y practican el fútbol hace años; pero, en lugar de buscar la victoria de uno de los equipos, los partidos se suceden hasta que el número de victorias y derrotas esté exactamente equilibrados. Esto es, el juego concluye no cuando hay ganador, sino cuando se logra que no haya perdedor. En consecuencia, Lévi-Strauss se expresa de forma muy parecida a la de Morgan, pero universalizando esta característica a todas las sociedades primitivas, donde el principio de la mayoría repugna porque prima la cohesión y la buena entente:

“No se toman, en consecuencia, otras decisiones que las unánimes. A veces, y esto se verifica en varias regiones del mundo, las deliberaciones van precedidas por combates simulados, en el curso de los cuales se dirimen las viejas querellas. El voto tiene lugar únicamente después de que el grupo, renovado y rejuvenecido, ha restablecido en su seno las condiciones para una indispensable unanimidad.”

Sin embargo, cabe pensar que en sociedades tribales esa aparente unanimidad recubre tensiones y conflictos, que no quedan meramente cauterizados mediante esos combates simulados. De hecho, la investigación antropológica sobre diversas regiones del mundo abunda en el estudio de conflictos inacabables entre los dis- tintos segmentos de una tribu. Bien entendido que, en muchos casos, el antago- nismo y las tensiones adoptan un lenguaje o expresión por completo ajena a la de nuestros enfrentamientos políticos actuales.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

65

Capítulo II. Autoridad y poder

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

El mal –el adversario, el otro, en definitiva– lo encarnan brujos o hechiceros y los remedios son igualmente místicos: conjuros, adivinaciones, oráculos o me- dicinas. En el universo primitivo y tribal, el poder, o los poderes, conviene in- sistir en ello, es ante todo y sobre todo fundamentalmente difuso e invisible. Con todo, hay también otras instancias de poder menos inaprensibles. En el caso concreto del pueblo neoguineano al que se refiere Lévi-Strauss, su principal estudioso, Read, nos muestra como su liderazgo responde a lo que se denomina big men, del que ya hemos tratado anteriormente. El líder gahuku-gama debe ser una síntesis de opuestos:

• de un lado debe ser fuerte (bien dotado para el trabajo y la actividad sexual

y reproductiva, agresivo e incluso fanfarrón, seguro de sí mismo, persua-

sivo y rico para los estándares locales);

• de otro equitativo (algo que se expresa en preceptos como no dañar a otros miembros del clan, reparar el mal que se haga o tratar a los demás educada

y suavemente).

En suma, el líder debe saber tanto persuadir como ser persuadido, de manera que puedan lograrse los valores supremos: el consenso, la unanimidad. Sin embargo, uno y otra no se obtienen con facilidad. Ante cualquier asunto

que concierna a un nivel o segmento tribal se celebran reuniones o asambleas.

A ellas pueden concurrir y expresar sus opiniones, por supuesto, todos y solos

los varones adultos. Pero sólo los líderes que reúnen esas cualidades aludidas ejercen ese derecho. Ni que decir tiene que el orador neoguineano difiere de muchos de nuestros insípidos parlamentarios: se trata de un individuo que aun- que unas veces trata de apabullar agresivamente a otros, otras en cambio llora o gimotea lastimeramente. Pero el orador que más éxito tiene es aquel que divaga e invierte más tiempo

en manifestar una postura clara y definida. En esto está la clave: el joven sin ex- periencia trata de hacer méritos e interviene precipitadamente –las asambleas son tanto expresión como entrenamiento para el liderazgo; los más experimen- tados, en cambio, nunca hablan en primer lugar. Esperan y, cuando lo hacen, emplean ese estilo ambiguo del experto. Sólo después de interminables debates,

el

auténtico líder está en condiciones de saber cuál es la decisión que responde

al

sentir colectivo y esa es la que propone. Ni que decir tiene que el cansancio

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

66

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

de horas y días de debates obra milagros para que aquella decisión que, todo lo más, es mayoritaria, se presente hábilmente como unánime. En zona geográficamente mucho más próxima a la nuestra, pero social y cul- turalmente distante encontramos algo muy parecido a lo ya expuesto. Se trata de las tribus nómadas beréberes del Gran Atlas marroquí, tal como las estudió

Ernest Gellner. En términos muy esquemáticos, una tribu que comprenda tres grandes segmentos (clanes, en este caso) elige un jefe con carácter anual. Hay que advertir que este proceso se aplica tanto a la tribu como a sus subdivisiones; además, que la elección de jefe en el ámbito tribal ha tenido lugar más bien en épocas de especial conflictividad (entre tribus, frente al poder central marroquí

o

frente a los franceses, en la época del Protectorado). Pues bien, en esos casos

y

teniendo en cuenta esa división tripartita, la elección se ajustaba a unas nor-

mas procedimentales específicas. Tres, en concreto:

1) elección anual (sólo era posible la reelección con el consentimiento de to- das las partes), 2) rotación entre los clanes y 3) complementariedad (esto es, si la jefatura correspondía al clan A, sólo po- dían elegir los clanes B y C: es decir, se podía ser candidato o elector, pero no ambas cosas).

La consecuencia de este procedimiento resulta bastante obvia: se evita la concentración permanente de poder en manos de un individuo o de un grupo. Con todo, podría pensarse que al ser elegido jefe por quienes son sus potenciales rivales (ya que la organización tribal se caracteriza igualmente por alianzas y hostilidades a cualquiera de sus niveles) les interesaría escoger al más débil o inepto de sus adversarios. Sin embargo, un jefe tiene que tomar decisiones im- portantes, como dónde emplazar los campamentos para un mejor aprovecha- miento de los pastos o mediar para que las disputas por ganados y pastos no desemboquen en lucha abierta. Como señala Gellner, conviene elegir a quien venga a representar un término medio entre la más absoluta incapacidad y la más desmedida ambición. Y, además, nadie consigue convertirse en tirano o dictador en un tiempo relativamente corto. No pensemos, pese a las apariencias, que la jefatura berebere responde al mismo diseño que nuestros sistemas de control de poder. Allí el jefe tiene que ser elegido

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

67

Capítulo II. Autoridad y poder

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

por unanimidad y gobernar por consenso. Todos los medios a su alcance le valdrían de muy poco si intentara usarlos contra alguien sin contar con el resto. De nuevo volvemos a encontrarnos con valores políticos semejantes a las de otras sociedades tradicionales. Y también en este caso más que de unanimidad real habría que ha- blar, como indica Gellner, de apariencia externa de unanimidad. A veces, no se lo- gra un acuerdo respecto a un determinado candidato; se produce, entonces, una fisión dentro de la tribu o segmento del que se trate y cada parte campa por sus res- petos. Pero la división es infrecuente y constituye más una amenaza que una reali- dad. Amenaza que se utiliza para tratar de imponer un determinado candidato. Sin embargo, el gran contraste entre los procedimientos electorales de este tipo de sociedad y la nuestra se pone de relieve de otra forma. Como es sabido, nuestras campañas electorales son ostensiblemente públicas, estrepitosas incluso; el voto debe ser secreto y en fecha fija y la investidura o toma de posesión de los elegidos, si reviste alguna solemnidad, no viene a ser más que el epílogo de la confrontación política. En regímenes parlamentarios sobre todo, este último se convierte en oca- sión ritual y obligada donde ganadores y perdedores vuelven a escenificar sus anta- gonismos. En cambio, en las elecciones tribales de los beréberes las confrontaciones van dirigidas a procurar el consenso. Éste, además, tarda en lograrse; por lo cual no hay nunca fecha ni plazo fijos para la elección: se produce una vez alcanzado el consenso. A éste se llega tras negociaciones, presiones, amenazas incluso, en un proceso que poco o nada tiene de público. Finalmente, la elección propiamente dicha –que es al mismo tiempo la investidura– reviste toda la solemnidad de un ritual de solidaridad entre los potenciales contendientes. Queda por añadir a esta representación un elemento decisivo. Se trata de unos individuos que desempeñan un papel formalmente religioso (los santos, igurramen, en berebere), pero con una influencia decisiva en la organización política tribal.

Los igurramen

Son en parte curanderos, en parte jueces o árbitros, siempre descendientes supuestos del Profeta y constituyen el reverso de los jefes tribales: vitalicios, hereditarios, bus- cadores perpetuos de la armonía entre cualesquiera contendientes. Estructuralmente, representan la estabilidad y cohesión tribales frente a los transitorios jefes. Su fuerza es, ante todo, moral y su posición, periférica (físicamente también: sus casas o san- tuarios se sitúan en los márgenes de los territorios tribales). Pero todo ello contribuye a que puedan persuadir o presionar a las partes en las fases preelectorales.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

68

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

El poder efectivo, por tanto, no es en absoluto desconocido en estas socieda- des: existe, pero tiende a colocarse en los aledaños de la organización social. Por el contrario, donde existe algo superficialmente análogo a las poderosas institu- ciones políticas de Occidente, su carácter es radicalmente diferente. Así se ex- presaba Arthur M. Hocart:

“hay razones para pensar que el rey-sacerdote original no era una persona de gran

No era, probablemente, mucho más augusto que los reyes divinos de la

isla de Futura (Polinesia), quienes, a pesar de que de ellos depende la prosperidad de su pueblo, están continuamente expuestos a ser destituidos si expresan opiniones que desagraden a sus ingobernables súbditos.”

majestad [

]

3.3. Mayoría y unanimidad: consideraciones estructurales y sustratos culturales

Pese a la diversidad cultural, tras los diversos disfraces que el poder adopta a lo largo del tiempo y a través del espacio, parece que encontramos siempre algo parecido. Esto es, luchas más o menos abiertas o soterradas, intereses individua- les enmascarados con valores colectivos, desigualdades admitidas o simuladas, presiones, manipulación, técnicas de persuasión, etc. Existe la tentación de concluir afirmando que el recubrimiento del poder, la cultura, en definitiva, es irrelevante en comparación con los fenómenos que oculta. Algo muy parecido a esta actitud es la que tienen muchos tratadistas del poder, entre ellos no pocos antropólogos. Uno de estos últimos es F. G. Bailey. Frente a la postura de Lévi-Strauss, ya mencionada, que traza una rígida entre sociedades basadas en el consenso y sociedades basadas en el conflicto (esto es, primitivas y modernas o contem- poráneas), Bailey plantea las cosas de modo radicalmente diferente. Para él lo importante no es que prevalezca el principio de unanimidad o mayoría, en general, sino por qué en unos casos, en las mismas sociedades, las decisiones se toman de una u otra forma. Se trata, según Bailey de factores estructurales que afectan tanto al tamaño como a la composición del grupo u órgano que toma decisiones. Para empezar, viene a decir Bailey, hay que dejar bien claro que la unanimi- dad sólo puede lograrse realmente cuando un órgano deliberante está integrado

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

69

Capítulo II. Autoridad y poder

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

por pocos individuos: unos quince como máximo. Si un órgano de, pongamos

por caso, unos cien miembros llega a una decisión unánime, podemos estar se-

guros de que la decisión real se ha tomado al margen del mismo. Por qué ese

casi mágico tope de quince, Bailey no lo explica; pero, sin duda, algo tienen que

ver los números con todo esto. Las formas oblicuas o ambiguas que emplean los oradores en las socieda-

des tradicionales no son tampoco, para Bailey, reveladoras de nada más que

usos aceptados de hablar en público. Carecen de tanta importancia como los

términos honorable o señoría que un diputado inglés o español se ven obliga-

do a usar en sus respectivos parlamentos: lo que digan a continuación puede

revelar el escaso o nulo respeto que el adversario les merece. Importan, en

cambio, los factores estructurales que inclinan a un órgano deliberante a la

unanimidad o a la decisión por voto mayoritario. Esos factores son, básica-

mente, tres.

1) En primer lugar, el tipo de tareas o cometidos que tiene entre manos el ór-

gano en cuestión y, ante todo, si

carece de fuerza o, por el contrario,

tiene fuerza para imponer sus decisiones al resto del grupo o sociedad en

que tal órgano existe.

2) En segundo lugar, el tipo de relaciones que sus miembros mantienen con

los citados grupo o sociedad. Puede tratarse bien de:

relaciones jerárquicas (basadas en factores como el género o la edad –con-

sejo de los sachems iroqueses, asambleas neoguineanas– o en cualquier

otro factor –por ejemplo, directores de departamentos de una facultad

universitaria, cuando el puesto estaba en manos exclusivamente de cate-

dráticos; o jefes de estado o gobierno de la Unión Europea),

relaciones igualitarias (es el caso de un parlamento moderno, cuyos miem-

bros son representantes de fuerzas políticas rivales, o un comité de empre-

sa, integrado por afiliados a diversos sindicatos). A los primeros órganos

son a los que Bailey denomina de elite y a los segundos de base.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

70

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

3) En tercer lugar, problemas que afronta el órgano, ya se trate de:

a) problemas que conciernan a las relaciones con el entorno del grupo o

sociedad o

b) asuntos internos del uno u otra.

Pues bien, lo que sostiene este autor es que un órgano deliberante se inclina- rá con mayor probabilidad por una decisión unánime si se dan de modo con- junto los factores de tipo a; a sensu contrario, cabrá esperar que se opte por una decisión mayoritaria si son los factores de tipo b los que concurren en una de- terminada situación. No es, ciertamente, difícil entender que si un órgano care- ce de fuerza para imponer sus decisiones, si sus miembros tienen intereses comunes entre sí (y contrapuestos, incluso, a los de sus representados) y si lo que se debate implica algún tipo de amenaza exterior será más fácil lograr la unanimidad que en todos los supuestos contrarios. Pero Bailey insiste también en que tales combinaciones no tienen por qué dar- se nítidamente siempre y en todo lugar. Caben, por ejemplo, combinaciones del tipo b-a-b o cualquier otro y, en consecuencia, contaremos con mayor o menor probabilidad de decisión unánime o mayoritaria. Bailey además, señala también que lo que él denomina órganos de base o de élite se refiere a tipos ideales de órga- nos. Por tanto, en la práctica, un determinado órgano puede actuar, según las cir- cunstancias y problemas, de un modo u otro u oscilar entre esos extremos. La importancia de la contribución de Bailey gravita en varios aspectos. Ante todo, porque nos obliga a dirigir la atención al proceso real de toma de decisio- nes, factor clave para determinar dónde radica el poder en cualquier grupo hu- mano. Y ello sea primitivo o civilizado, tradicional o moderno, y más allá de cualquier forma de enmascaramiento o de teatralidad política. Así, este mismo autor se refiere a la mística del consenso y de cómo la unanimidad no es muchas veces sino indicio de que los discrepantes, por diversas razones, temen entrar en debate o han sido derrotados con anterioridad por medios inaceptables. Ade- más, esta aportación pone de relieve cómo los fenómenos de poder son lo sufi- cientemente complejos como para tener que verlos desde muchos ángulos y tomar en consideración múltiples variables. Por último, este análisis se acomo- da mejor que otros a las cambiantes estructuras de los órganos decisorios en cualquier tiempo y lugar.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

71

Capítulo II. Autoridad y poder

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

Sin embargo, esos logros evidentes del enfoque de Bailey no deben ocultar los fallos e inconvenientes del mismo. El principal es el menosprecio por lo cul- tural. La diversidad humana no puede reducirse a simple dicotomía de primiti- vos y civilizados. Pero aun es más simplificadora la concepción de Bailey. Esta consiste en soslayar toda diversidad e imaginar una especie de Homo politicus universal, que se comporta siempre del mismo modo en cualquier época de la historia y en cualquier parte del mundo. Es bien cierto que los problemas, rela-

ciones internas y externas, cometidos, dimensiones, tipo de miembros que los componen, etc. hacen diferentes unos órganos decisorios de otros. Pero de no menor importancia son las sociedades y las culturas en las cuales operan esos órganos. Son la historia y la cultura (al fin y al cabo, dos caras o aspectos de una misma realidad) las que muchas veces condicionan que unos órganos contem- plen con repugnancia o agrado que en la vida pública predomine la confronta- ción o la armonía, las decisiones tomadas por unanimidad o por mayoría. En ese sentido, apuntemos, para terminar ya, a la comparación entre dos so- ciedades cuyos contrastes no radican en el primitivismo o la modernidad de una

u otra; ambas, además, dan un gran valor a la tradición; por último, una y otra

han experimentado, aunque de forma y en tiempos diversos, procesos similares de industrialización y crecimiento económico. Se trata, de un lado, de la socie- dad japonesa; de otro, de la sociedad británica. Aparte de la semejanza remota entre ambas por tratarse de monarquías, éstas y otras instituciones políticas son

tan tremendamente diferentes en su formación, desarrollo y estructura actual que la comparación entre ambas sociedades en este terreno sería labor carente

por completo de interés. Sí que lo tiene, y mucho, las formas en que británicos

y japoneses han afrontado aspectos claves de sus respectivos desarrollos econó-

micos hasta situarlas, en momentos históricos diferentes, en posiciones de dina- mismo comparable. Por una parte, en el caso de Japón, según especialistas en la materia, la pro- verbial solidaridad entre los distintos sectores de las industrias niponas combina los valores culturales tradicionales de los cultivadores de arroz y del espíritu de servicio de los samurai. En el antiguo Japón, en un marco ecológico de recursos escasos y resultados azarosos, los campesinos se veían forzados a trabajar en equipo; en cuanto a los samurai, dependían de aquellos para su propia existen- cia y, como contrapartida, actuaban como sus protectores y defensores. En su- ma, la relación campesinos-samurai encuentra su correlato y su continuidad en

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

72

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

la actual relación entre obreros y patronos. En contraste, el Reino Unido parece como si hubiera perpetuado en sus relaciones laborales los antiguos antagonis- mos de una sociedad profundamente divida en la era preindustrial. Con todo, estas consideraciones, son insuficientes. Soslayan fenómenos me- nos aparentes y procesos temporales de menor duración, pero no menos decisi- vos. Por una parte, aparte de su ya endémica crisis financiera, el llamado modelo japonés encubre también otras cosas. Entre ellas, una menor seguridad en el em- pleo de lo que se supone (con una gran flexibilidad debida al empleo eventual, a la baja edad de jubilación y, sobre todo, a la notable precariedad del empleo femenino) y fuertes restricciones a la acción sindical. En suma, los tópicos co- nocidos sólo se aplican a un sector de la empresa (personal muy estable e inte- grado y, por tanto, satisfecho) y sirven para sublimar el trabajo en cadena. De otro lado, por lo que respecta al Reino Unido, conviene recordar que la proverbial combatividad de los sindicatos británicos quedó seriamente en en- tredicho tras sus confrontaciones con la dama de hierro, Margaret Thatcher. En definitiva, y como se apuntaba al principio de este capítulo, sólo toman- do en cuenta su radical temporalidad –esto es, que son historia y cultura al pro- pio tiempo– pueden entenderse los fenómenos humanos y, por ende, el fenómeno del poder.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

73

Capítulo II. Autoridad y poder

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

Resumen

El capítulo se inicia con una introducción donde se apunta tanto a la impor- tancia que la antropología política tiene para las ciencias sociales que se ocupan de la temática del poder, como la diversidad de situaciones a las que esta disci- plina atiende. En segundo lugar, se sopesan algunos factores clave en el análisis del poder y de las distintas estructuras de desigualdad en la sociedad tradicional:

ritual y creencias, jefatura y liderazgo, género y edad. En tercer lugar, se analiza la emergencia del poder tanto en procesos temporales largos como en situacio- nes de crisis y coyunturales. Por último, se resalta cómo en el análisis socioan- tropológico del poder no estamos tanto ante un problema de esencias (qué es el poder o si existe o no en un tiempo o sociedad determinados), sino del estu- dio de su carácter fenoménico (esto es, cómo se presenta, cuál es su ubicación concreta en esta o aquella sociedad).

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

75

Capítulo III. El poder político

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

Capítulo III

El poder político y los orígenes del estado

Fernando Vallespín Oña

Este capítulo aborda el problema del poder desde una perspectiva en la que se combinan aspectos conceptuales e históricos. Su objetivo básico consiste en tratar de conectar el concepto de poder a la forma en la que fue teorizado por algunos de los clásicos de la teoría política (Hobbes, Bodino, Locke, etc.) en su relación con el Estado. La idea no consiste, sin embargo, en limitarnos a una mera descripción teórica. También se busca reflejar la propia evolución sociológica del Estado mo- derno y sus transformaciones. Ocurre, sin embargo, que la propia teoría política, ya desde el s. XVIII, permitió dotar de sentido a la política y al poder como algo equiparable al Estado y comenzó a identificarse y determinarse a partir de él. Es en la teoría de Hobbes donde se contiene esa primera traslación del poder social al Estado, que acaba formulándose después en términos más jurídicos a par- tir del concepto de soberanía fletado por Bodino. La posterior teoría política liberal contribuirá a “domesticar” este Estado no sujeto a control, subrayando una serie de mecanismos de protección de los ciudadanos frente a los posibles excesos de las autoridades públicas. Todas las instituciones nacidas a partir de las revoluciones burguesas –declaraciones de derechos, división de poderes, gobierno representati- vo, etc.– cumplen la función de establecer claros límites a la acción política estatal. El resultado es una escisión formal entre Estado y sociedad, que permite, me- diante la nueva economía capitalista, establecer un entramado disciplinario, li- bre de intromisiones de los poderes públicos, que contribuirá a garantizar la reproducción de una sociedad profundamente asimétrica. Con todo, la poste- rior conexión entre ideología liberal y socialdemocracia conseguirá buscar un equilibrio a esta situación favoreciendo una mayor participación del Estado en la sociedad para evitar las disfuncionalidades del propio sistema capitalista y la consecución de mayores cotas de justicia social. El instrumento decisivo a estos efectos acaba siendo el propio sistema de los derechos humanos.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

76

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

1. El poder y el Estado absoluto

1.1. La transferencia del poder desde la sociedad al Estado: Thomas Hobbes

La característica esencial del tránsito desde las formas medievales de poder político a la creación del Estado moderno reside en la reconceptualización que a partir de este momento se hace del poder. Podría formularse como la necesidad de encargar al Estado la gestión y administración de la violencia social. El poder y la violencia que anida en toda sociedad se traslada así desde ésta a un cuerpo político, cuya función básica consistirá precisamente en imponer un orden en el que sea factible la convivencia humana. La definición weberiana del Estado como el “monopolio legítimo de la violencia” cobra carta de naturaleza en este período histórico específico y se plasma con toda crudeza en la teoría política del s. XVII, en particular en la obra de Thomas Hobbes. En la obra del autor inglés nos encontramos, en efecto, una teorización completa de por qué y cómo ha de realizarse dicha transferencia del poder. A ese respecto establece:

a) una cruda descripción de la inevitabilidad del poder, el conflicto y la vio-

lencia dentro de todo orden social;

b) la necesidad de responder ante este hecho con la fuerza pacificadora de

un Estado con la capacidad necesaria para imponer el orden y la paz social, y

c) la explicación se construye mediante una novedosa argumentación, que

se plasma en la introducción de un nuevo concepto de legitimidad. Veamos esta estrategia teórica de forma un poco más detenida.

1.1.1. El poder como motivación fundamental de las acciones

y conductas humanas

En su gráfica descripción de la naturaleza humana, Hobbes nos ofrece una completa teoría de las pasiones, la razón y el “poder”. Este último sería un atri- buto humano fundamental, que funciona como elemento “compensador” de la

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

77

Capítulo III. El poder político

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

ansiedad generada por el temor a la inseguridad y el vivo deseo presente en el hombre por mantenerse vivo. De ahí que la primera inclinación natural de toda la humanidad sea “un perpetuo e incansable deseo de conseguir poder tras po- der, deseo que sólo cesa con la muerte”. El poder constituye un magnífico narcótico capaz de calmar la ansiedad que nos provoca la inseguridad y sin el cual se elimina la misma idea de sujeto. Esta prioridad otorgada al poder supone una radical perversión de las virtudes aristo-

télicas (reputación, liberalidad, magnanimidad, afabilidad, etc.). Como él mismo se encarga de señalar, afabilidad es poder porque permite obtener el afecto de los que nos pueden ser útiles; prudencia es poder porque otros se someten más fácil-

mente al prudente; honor se reduce al poder o a la apariencia del poder

cesivamente. Contrariamente a la posición de Nietzsche, para quien el poder es un medio que permite la realización de fines nobles, el “llegar a ser un gran hom- bre”; para Hobbes el poder no sirve para ampliar el alma, sino sólo para proteger- la, sirve, además, para “introducir un orden en el mismo sujeto”. Como consecuencia de ello, la idea de Hobbes es que es preciso crear una so- ciedad con la suficiente seguridad como para que las personas no dediquen todo su tiempo a la consecución del poder y puedan convivir pacíficamente. Pues no sólo el temor a los otros, sino la obsesión por el poder es lo que hace que el estado de naturaleza sea “solitario, asqueroso, brutal y breve”. La ficción del estado de naturaleza cumple precisamente el objetivo de resaltar las consecuencias deses- tabilizadoras y destructivas de los rasgos “inmutables” de la naturaleza humana. Se trata, pues, de una mera ficción o situación hipotética dirigida a sacar a la luz lo que quizá no sea sino algo latente, soterrado, pero no por ello menos real; algo que en cualquier momento puede hacer acto de presencia si no nos some- temos a determinadas formas de organización social y política. En tanto que clave metodológica, está fuera de toda duda que no se trata de una situación histórica “anterior” a la supuesta “socialización” del hombre, si bien esto no excluye que el contenido de su descripción pueda presentarse de hecho entre “los pueblos salvajes de muchos lugares de América” y el capí- tulo XIII del Leviatán nos describe con detalle qué es lo que ocurre cuando es- tas personas así consideradas entran en relación: el paso a un estado de guerra generalizado. Por tal se entiende aquella situación en la cual no existe un po- der soberano “que los mantenga atemorizados” y existe una “voluntad de con- frontación violenta suficientemente declarada”. No hace falta, pues, que

y así su-

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

78

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

exista una lucha efectiva; basta con que esa predisposición se dé de un modo generalizado, (Hobbes, 1999). Las características básicas de la naturaleza humana inclinarían a desembocar en tal situación:

1) está, en primer lugar, el egoísmo del hombre, su impulso por dotar de prioridad a todo lo que contribuya a satisfacer su autoconservación, seguridad y vida confortable; el hombre no posee un deseo original de fomentar su asocia- ción con otras personas, ni ningún otro sentimiento de simpatía natural hacia sus semejantes, aunque esto no tiene por qué presuponer que seamos malicio- sos, que deseemos el sufrimiento ajeno por sí mismo. El vínculo social deriva esencialmente de los beneficios que nos reporta, no de un imperativo natural. 2) De otro lado, esta asociación nos predispone a dejarnos guiar por el orgu- llo y la vanagloria, que hacen a las personas sentirse por encima de los demás y son irracionales.

En suma, los deseos y necesidades humanos son de una naturaleza tal, que uni- dos a la escasez de medios para satisfacerlos, necesariamente los colocan en una si- tuación de competencia permanente. A ello hay que añadir que los hombres son lo suficientemente iguales en dotes naturales y facultades mentales como para que na- die pueda escapar a la hostilidad de los demás; “aun el más débil tiene fuerza sufi- ciente para matar al más fuerte, ya mediante maquinaciones secretas, o agrupado con otros que se ven en el mismo peligro que él”. El aspecto más sobresaliente de la igualdad humana reside entonces en la correlativa exposición al riesgo de perder la vida. A partir de estos supuestos, la argumentación que conduce del estado de na- turaleza al estado de guerra sigue el siguiente escalonamiento lógico:

– la igualdad (de dotes naturales y facultades mentales) conduce a una igualdad en la esperanza de obtener nuestros fines;

– esta igualdad en las esperanzas –dada la escasez de medios– sitúa a las per- sonas en una situación de competencia generalizada y las convierte en ene- migos potenciales;

– esta competencia –ante la falta de certeza respecto de las pretensiones de los demás y las estratagemas que pudieran estar urdiendo con otros en nuestra contra– siembra la desconfianza;

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

79

Capítulo III. El poder político

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

– esta desconfianza, a su vez, potenciada por la posibilidad de que otros se dejen arrastrar por su ambición y deseo de gloria, y de que ningún pacto sea capaz de dotarnos de la suficiente seguridad, les lleva a la convicción de que una actividad predatoria es quizá más rentable que la propia activi- dad productiva, y que bajo circunstancias favorables un ataque anticipa- torio permite gozar de una mayor seguridad, siempre relativa.

Cuando este estado de cosas se generaliza y todos se encuentran por igual en esta situación latente o expresa de conflicto generalizado, estamos ya en pleno estado de guerra.

1.1.2. El Estado como orden pacificador

La descripción del estado de naturaleza es lo suficientemente desoladora como para estimularnos a abandonar las armas y dedicarnos a una actividad productiva ya libre de inquietud por nuestra vida. Y el medio adecuado para ha- cerlo lo encuentra Hobbes en el concepto de ley natural. Su máxima primera consiste en un precepto o regla general encontrada por la razón, por la cual se prohíbe al hombre hacer aquello que sea destructivo para su vida o le arrebate los medios para hacer la paz y mantenerla, en suma. Las leyes naturales, de las que Hobbes nos ofrecerá unas dieciocho o diecinueve, son, por tanto, “artículos de la paz”, y como tales imponen el sometimiento racional y consciente de los hombres a ciertas pautas de cooperación social. En principio estas pautas racio- nales nos conminan a abandonar el derecho natural que en el estado de natu- raleza tenemos todos a todo, el derecho a usar de nuestro propio poder como nos plazca. No hay que olvidar que en el estado de naturaleza, aunque inseguros y cargados de temores, somos libres para aplicar todos los medios a nuestro al- cance para satisfacer nuestro impulso de autoconservación. Estos medios los encontrará Hobbes en el contrato, a través del cual se so- meten voluntariamente a un poder coercitivo que obligue a todos los hom- bres por igual “por terror a algún castigo que sea mayor que los beneficios que esperarían obtener de la ruptura de su acuerdo”. Esa realidad política, esa instancia de poder que haga efectivas las leyes de la naturaleza será, obvia- mente, el Leviatán o Estado. La institucionalización del Estado responde así

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

80

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

a la voluntad de cada uno de los individuos de entrar en un pacto que sigue la siguiente formulación:

“Autorizo y concedo el derecho de gobernarme a mí mismo, dando esa autoridad a este hombre o a esta asamblea de hombres, con la condición de que tú también le concedas tu derecho de igual manera, y les des esa autoridad en todas sus acciones.”

Una vez “autorizado”, el soberano dispone ya de un poder irrevocable capaz de protegerse automáticamente frente a posibles intentos por parte de los con- tratantes para recuperar los derechos a él enajenados. Lo que importa es que los súbditos se sometan a la discrecionalidad del soberano y que éste cumpla con el fin para el que ha sido instituido, asegurar la paz social. El símil que Hobbes utiliza para caracterizar a esta criatura no puede ser más gráfico: Leviatán 1 . Con ello se quiere hacer referencia tanto a la desmesura de su poder cuanto a una de las finalidades básicas que debe cumplir: obligar “por el terror que ese poder y esa fuerza producen” a que se mantenga la paz interna y se genere la ayuda mutua contra los enemigos de fuera. Pero su naturaleza no es la de un ser animado; es ante todo un automaton o máquina, un artificio creado o producido por el hombre, responde a un diseño racional. Una lectura del capítulo XV del Leviatán sobre los derechos de que dispone deja bien claro qué es lo que se pretende evitar: el fraccionamiento del poder, la quiebra del principio indivisible de la soberanía. El soberano no puede renunciar o dejar de ejercer ninguno de los derechos fundamentales de la soberanía sin que los de- más pierdan su eficacia.Entre el enorme elenco de derechos que Hobbes atribuye al soberano, que sería prolijo reproducir aquí, además de destacar este rasgo de la inalienabilidad e indivisibilidad de la soberanía del Estado, es necesario subrayar aquel que le faculta para establecer las reglas básicas de la convivencia:

“[

pueden realizar sin ser molestados por ninguno de sus súbditos.”

]

que los hombres sepan cuáles son los bienes que pueden disfrutar y qué acciones

Las reglas que establecen el tuum y el meum, lo bueno y lo malo, lo legal y lo ilegal. Todo el orden jurídico es una creación del Estado. En última instancia, por tanto, los presupuestos jurídicos dentro de los cuales ha de encauzarse la vida eco-

1. Es el monstruo marino de que nos habla la Biblia en el Libro de Job.

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

81

Capítulo III. El poder político

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

nómica y social, así como todo lo relativo al papel, relevante o subordinado, que deba jugar cada cual. Desde luego, Hobbes no ofrece ninguna garantía a los súb- ditos de que el soberano vaya a actuar siguiendo preceptos de interés general, aunque sí parece dar a entender que bajo el soberano florecerán el comercio, el

y se alcanzará un commodious living que permitirá que cada cual pueda lle-

arte

var a cabo una vida satisfactoria sin excesivas intromisiones. A estos efectos, y vis- to desde hoy, no deja de sorprender la cantidad de “espacios” que el “totalitario” Hobbes presume que estén a la entera disposición de los ciudadanos.

“Tal es, por ejemplo, la libertad de comprar y vender, la de establecer acuerdos mu- tuos; la de escoger el propio lugar de residencia, la comida, el oficio y la de educar a sus hijos según el propio criterio, etc.” (cap. XXI).

Paz y seguridad son, sin duda, condiciones necesarias para que los ciudada- nos puedan comenzar a pensar en su bienestar. Pero éste no se derivaría de la virtud, como la “vida humana” de la tradición clásica, sino del “disfrute de la propiedad libremente disponible”. En definitiva, el soberano cargaría con la preocupación de que:

con la menor cantidad posible de leyes, la mayor cantidad posible de ciudadanos

viva tan agradablemente como pueda permitirlo la naturaleza humana. Mantiene la paz en el interior y la defiende contra enemigos exteriores a fin de que cada ciudada- no pueda ‘aumentar su fortuna’ y ‘disfrutar de su libertad’.”

“[

]

Aunque aquí no puede perderse de vista la premisa básica de toda la obra ho- bbesiana: sin la existencia de un poder institucionalizado no es posible alcanzar un orden que encauce la violencia primigenia que acompaña a los seres huma- nos. Pero así como el caos –del estado de naturaleza, por ejemplo– crea violen- cia, el orden estatal también la precisa para cumplir su función propia. La violencia es un presupuesto inescapable y el orden del Estado no es sino su sis- tematización y encauzamiento, pero nunca su abolición.

1.1.3. Un nuevo concepto de legitimidad

Uno de los elementos más interesantes de la obra hobbesiana es la forma en la que articula –e introduce por primera vez– el concepto de legitimidad moder-

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

82

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

no. Ésa es la función que cumple el estado de naturaleza, cuyo fin no es otro que aportar razones para generar la obediencia a una determinada configuración del poder; sirve como mecanismo legitimador. Ofrece una perspectiva que cada uno de nosotros –desde la sociedad– podemos asumir y desde la cual se nos per- mite comprender por qué sería racional acordar con todos los demás la institu- cionalización de un soberano efectivo, asegurándose así la estabilidad y viabilidad de las instituciones existentes siempre que éstas coincidan con el re- sultado de nuestro cálculo racional. Hobbes muestra en toda su crudeza la interacción, por no hablar de depen- dencia, entre ética y política. La paradoja puede plantearse en estos términos:

• de un lado, para que la obligación moral sea eficaz, requiere del factor “político”, del poder coercitivo del Estado;

• de otro, este poder ofrece pocas garantías de estabilidad si no cuenta con el apoyo –desde la “fuerza” de la convicción y el sentimiento moralde los ciudadanos.

Para nuestro autor, este problema se suscita desde el mismo momento en que rompe con la concepción aristotélico-escolástica de la identidad entre sociedad y política. La sociedad política no tiene un origen “natural”, sino artificial: cada persona “construye” concertándose con los demás una “persona civil”. Y al rom- perse tal identidad, hace falta justificar de alguna manera la existencia del poder. La descripción del estado de naturaleza como estado anárquico ya vimos que cumplía esta función de demostrar por qué es legítima una determinada confi- guración política. Con su teoría del contrato social, responde a la pregunta so- bre cómo y por qué “debe” cada persona “reconocer” su vinculación a la autoridad estatal. Y se plantea así una curiosa dialéctica entre la autonomía de la voluntad y el criterio objetivo. Ambas se funden en el dictamen rectae rationis, que hace que la decisión individual no sea simple producto del libre albedrío, sino que responda a relaciones de necesidad que obliguen a “reconocer” y, por tanto, a “valorar” el fundamento de la obediencia. ¿Significa esto entonces que ya se estaría previamente obligado al “reconoci- miento”? Esta pregunta incide sobre el auténtico problema que plantea la cues- tión de la legitimidad. Sintéticamente, se puede contestar afirmando que el individuo no debe obediencia ineludiblemente al Estado en cuanto que tal, sino

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

83

Capítulo III. El poder político

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

sólo a un Estado verdadero. Existe una vinculación ético-normativa que se funda en el sometimiento voluntario de las personas, en el sentido de que éstas deciden –dentro de determinados límites– obedecer todas sus órdenes o imposiciones, pero no porque provengan de tal instancia a secas, sino porque previamente se ha emitido una decisión que la declara como la organización más “racional”, esto es, la más eficaz para la satisfacción del fin del cual es medio: la paz y seguridad.

1.2. El concepto de soberanía: Juan Bodino

El atributo fundamental del poder del Estado recibiría, hasta hoy, el nombre de soberanía. El primer teórico en utilizar el término y el concepto asociado a este nuevo poder fue el jurista francés Jean Bodin en sus Seis Libros sobre la Re- pública (1576). Allí nos lo define como el “poder absoluto y supremo de una re- pública”, al que atribuye también el carácter de “perpetuo”, “ilimitado” y “total”, y tiene su manifestación más relevante en la capacidad para dictar la ley. El objetivo de Bodino reside, a la postre, en mostrarnos el funcionamiento de una “pirámide de autoridad”, donde el “poder más elevado y unificado” se ubica por encima del “poder subordinado descentralizado”. Además, Bodino distingue claramente entre el príncipe y el súbdito; el señor y el sirviente; el pro- pietario y poseedor de la soberanía y quien ni la tiene ni la puede sostener sino es como mero feudatario. O sea, que el príncipe soberano no puede compartir su poder con un súbdito sin perder su status de soberano. La finalidad que debía cumplir dicho concepto es, por tanto, expresar la natura- leza jerárquica del gobierno de la sociedad y el monismo del poder del nuevo Esta- do moderno. El tránsito que se produce desde las formas de poder político medieval hacia la unificación de todo el poder en el Estado presupone el establecimiento de un poder central suficientemente fuerte, capaz de eliminar o debilitar decisivamen- te la estructura poliárquica anterior. Como nos dice García-Pelayo:

la famosa máxima de Ulpiano –quod principi placuit legis habet vicem, ‘la voluntad

del príncipe tiene fuerza de ley’–, se convirtió en un ideal constitucional en las mo- narquías renacentistas en todo el Occidente. La idea complementaria de que los reyes y príncipes estaban ad legibis solutus, o libres de obligaciones legales anteriores, pro- porcionó las bases jurídicas para anular los privilegios medievales, ignorar los dere- chos tradicionales y someter las libertades privadas.”

“[

]

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

84

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

Con Bodino, dicho proceso llega a su fin al acuñarse el concepto de soberanía como el atributo supremo del poder en manos del monarca, que antecede y se superpone jerárquicamente sobre los otros tres estados del reino, el orden ecle- siástico, el militar o de la nobleza y el pueblo llano. La creación de la ley en ré- gimen exclusivo es el rasgo más sobresaliente de la soberanía. Los Estados generales y el Parlamento de París sólo tenían, a estos efectos, un papel mera- mente consultivo en el proceso legislativo. Y los magistrados debían limitarse a aplicarla. Toda esta construcción teórica estaba diseñada, así, para provocar la unificación del poder en el vértice más alto de la autoridad del Estado. Con ello se consigue abolir, como decimos, a los poderes “intermedios” (las ciudades, la nobleza, etc.) y se consagra el paulatino movimiento de centripetación del po- der político. Ello no significa, sin embargo, que no perviviera un importante po- der social en manos de aquellas otras instituciones o corporaciones. La realeza obliga a ceder a la aristocracia y a las corporaciones locales en su potestad sobe- rana, pero reforzó a la vez, en las esferas administrativa y económica, los dere- chos de los mismos con relación a la sociedad. La gran virtud del concepto de soberanía es que no sólo acabaría teniendo un sentido en la conceptuación del poder “hacia dentro” del mismo Estado. Pronto serviría, además, una vez organizado el nuevo sistema de Estados des- pués de la Paz de Westfalia (s. XVII), para definir su personalidad jurídica “hacia fuera”. Se convirtió en una especie de blindaje que permitía la ausencia de in- terferencias externas y el jugar un papel como sujeto de “política exterior”. El concepto de soberanía aparece así con dos caras, la interna y la externa, y ambas contribuyen a afianzar el monismo de poder.

2. El poder y el Estado democrático

2.1. La “domesticación” del poder del Estado: John Locke

El concepto de legitimidad de Hobbes se mantendrá en su construcción lógica a lo largo de todo el liberalismo. Pero el problema del orden pasará a un segundo plano. La teoría de la legitimidad democrática ya no será cuestión del orden y

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

85

Capítulo III. El poder político

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

pondrá todo su énfasis en el conjunto de constreñimientos que han de impo- nerse al ejercicio del poder. Aunque esto no presuponga su “disolución”, desde luego. La tesis ahora es que el orden legítimo “no crea violencia”. O, al menos, que ésta puede ser diluida mediante el respeto de un conjunto de principios mo- rales y de requerimientos institucionales. Si la conexión entre poder y Estado absoluto encontró en la teoría de T. Hobbes a su representante más cualificado, el paso hacia la teoría liberal-democrática se manifiesta de la manera más eficaz en la obra de John Locke. A este autor debemos el cambio paradigmático esencial en la comprensión de la relación entre Estado y poder social. Si para Hobbes aquél se justificaba como salvaguarda del orden social, para Locke su cometido será más bien la pre- servación de los derechos individuales. En su obra se contienen ya, además, to- dos los elementos que encontraremos en casi todas las filosofías políticas liberales posteriores. Entre ellos el principal es el reconocimiento de un conjun- to de derechos fundamentales de la persona, el derecho a la vida, la libertad, la pro- piedad o la posesión de bienes. Son derechos que cabe entender como anteriores a la constitución de la sociedad y el Estado y, por tanto, deben ser necesariamen- te respetados por éste. Rigen con independencia de la existencia del Estado y no pueden ser eliminados o restringidos si no es mediante el consentimiento de sus titulares. Al poder político se le delegan las limitadas funciones de garantizar los derechos individuales, arbitrar en los conflictos y mantener la seguridad y el or- den social. Existe, así:

a) una limitación de los fines del gobierno, y

b) una correlativa restricción de sus poderes efectivos dirigida a evitar sus po-

tenciales excesos.

2.2. La restricción de los fines del Estado

Señalar que los fines del Estado deben estar limitados a la realización de deter- minados objetivos específicos –la protección de la vida, la libertad y la salud de los ciudadanos– equivale a privar al Estado de cualquier legitimidad en lo relativo a la promoción de la vida buena. Esto es, la imposición desde los poderes públicos

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

86

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

de cualquier doctrina religiosa u otra concepción del bien. Con ello, Locke da un paso de gigante hacia la teorización de la neutralidad del Estado en lo referente a la libertad de los ciudadanos para elegir la religión que les plazca o sostener su propio plan de vida, así como el ejercicio de otras libertades de pensamiento. Locke es, de hecho, el primer teórico del principio de tolerancia religiosa. En su Carta sobre la Tolerancia (1689) y en la Razonabilidad del Cristianismo (1695) ofrece una ardiente defensa de la necesidad por parte del Estado de tolerar todos los credos religiosos y su práctica siempre que no interfieran en el ejercicio de los derechos civiles y no traten de imponerse como religión pública. Al recono- cer a la religión como una actividad privada, que debe ser respetada, como otros aspectos del libre arbitrio individual, se la priva de todo su potencial de conflic- tualidad en el ámbito de la política. Esto contrastaba con la realidad de su tiem- po, pero enseguida tendría una aceptación pública generalizada en los nacientes Estados Unidos. Por otra parte, el esquema de la tolerancia religiosa saca a la luz uno de los rasgos más característicos del liberalismo, como es su escepticismo hacia la creencia en dogmas o doctrinas que deban recibir un apoyo o impulsión pública, así como el correlativo reconocimiento institucional del pluralismo en una sociedad crecientemente diferenciada y diversa.

2.2.1. Controles a la acción de gobierno

El sistema de controles a la acción del gobierno elaborado por Locke va a te- ner también un efecto fundamental sobre toda la organización del Estado libe- ral. Siendo el objeto fundamental de la acción política la preservación de los derechos individuales, es necesario establecer todo un sistema de organización institucional que impida posibles excesos en el ejercicio de tales funciones. En- tre ellas, Locke menciona las siguientes:

1) Primero, el sometimiento de los poderes públicos a la ley (rule of law), que ne- cesariamente debe sujetarse a las condiciones del contrato originario y evita la arbitrariedad de las acciones públicas e impide, por ejemplo, un uso patrimonial del poder, o la restricción o eliminación de los derechos de propiedad sin previo consentimiento por parte de los afectados o sus representantes (no taxation

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

87

Capítulo III. El poder político

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

without representation). Esta conceptualización de una figura que luego recibiría

el nombre de Estado de derecho, presupone la existencia de un gobierno consti-

tucional y la prioridad de la voluntad de la asamblea legislativa sobre los otros

poderes del Estado. Es más, como sostiene explícitamente, ello presupone inclu-

so la capacidad de la asamblea para “deponer a los reyes”. 2) En segundo lugar, y manteniendo esa misma prioridad, la existencia de una

efectiva división de poderes, que los distintos poderes “estén en manos diferentes”

siendo Locke, también aquí, su primer teórico. Nuestro autor distinguiría entre:

• un poder legislativo, que corresponde al Parlamento, y al que compete la

creación de la ley,

• un poder ejecutivo, en manos de la Corona y su gobierno,

• el poder federativo, o la capacidad para llevar a cabo las relaciones exterio-

res o vincular al Estado mediante tratados internacionales, que se atribuye

también al ejecutivo.

Si Locke separa estos poderes es por su distinta racionalidad: uno, el ejecutivo

está claramente sujeto a la ley, mientras que el otro presupone mucha mayor

discrecionalidad por parte del Ejecutivo, lo cual le confiere una naturaleza. Y si

no menciona, como luego hará Montesquieu, un poder judicial independiente,

ello obedece a la propia práctica de la Cámara de los Lores –que aún hoy sigue

ejerciendo– de operar como la última instancia de apelación jurisdiccional. En

la práctica política inglesa de su época no había, pues, todavía una clara delimi-

tación entre poder legislativo y judicial. 3) En tercer lugar, y para conectar a los ciudadanos al mismo poder del Esta-

do, Locke prevé la necesidad de un gobierno representativo. Se concretaría en la

necesidad de que la asamblea legislativa se someta a “elecciones frecuentes”, y

sea la mayoría de la población la que marque las directrices básicas de la política.

No hay, sin embargo, una exposición clara de esta figura, que nos impide hablar

de una teoría de la democracia propiamente dicha. Para empezar, el sufragio se

restringe a los varones contribuyentes y a aquéllos que por su posición social tie-

nen un mejor acceso al interés general de la sociedad, y no queda claro tampoco

cómo se instituye la relación del legislativo con el pueblo. En todo caso, la figura

del gobierno representativo se vislumbra como la adecuada extensión de la di-

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

88

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

mensión consensual del poder y como mecanismo de control del legislativo a través de su creación de la ley. 4) Por último, y como recurso final en manos del pueblo, Locke argumenta a favor de un derecho de resistencia y a la revolución, entendido como la prerrogativa que queda en manos de la ciudadanía cuando una mayoría de la población siente que sus intereses y derechos vitales han sido conculcados por el poder del Estado, y como defensa frente a la tiranía. La presencia de este dispositivo de defensa popu- lar corrobora lo dicho con anterioridad sobre la figura del gobierno representativo, ya que no se entiende bien cómo una institución dirigida a introducir el control po- pular sobre el gobierno puede acabar actuando después sobre los intereses que se supone que representa. El derecho de resistencia puede interpretarse entonces, o bien como un mecanismo al que sólo cabe recurrir en situaciones extremas –por ejemplo, cuando el ejecutivo ignora su deber de obediencia a la ley–, o bien, como un mecanismo frente a la patrimonialización del Estado y a la radical desviación del interés general por parte de los representantes populares.

2.3. La escisión entre Estado-sociedad como espejo de la distinción entre poder social y poder político

La domesticación que la teoría liberal hace del poder del Estado no equivale, como es lógico, a su eliminación; lo que se produce, más bien, es una traslación del mismo a la “sociedad”. Nos encontramos así con que el poder político se hace cargo exclusivamente del problema del orden, el monopolio de la violen- cia, pero parte de ésta se traslada al sistema económico. La nueva economía capitalista se ocupará de organizar un entramado dis- ciplinario, libre de intromisiones de los poderes públicos, que contribuirá a ga- rantizar la reproducción de una sociedad profundamente asimétrica. Se produce algo así como una división de papeles. El Estado pasa a aplicar la coer- ción o amenaza física o psicológica –siempre dentro de los límites ya señalados por Locke–, mientras que el sistema capitalista aporta los recursos necesarios para establecer los instrumentos o capacidades que permiten estructurar asi- métricamente la sociedad. En ello es ayudada decisivamente por la ideología, que aporta los marcos interpretativos y prácticas discursivas encargadas de en-

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

89

Capítulo III. El poder político

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

cubrir este hecho. Para contemplar esta situación con la suficiente perspectiva, es preciso penetrar en la peculiar relación que se establece entre liberalismo y economía de mercado. Igual que en la esfera de la moral y la política, el liberalismo tuvo que romper con concepciones anteriores; también aquí es necesario referirse al cambio de perspectiva que introduce la ideología liberal en el ámbito de la producción. Un ejemplo de concepción anterior al liberalismo la tenemos en la organización del Estado a partir del orden estamental o de una concepción patrimonialista del poder propia del absolutismo, por no mencionar la visión de los fines de la po- lítica informada hasta la médula por la pretensión de adoctrinar al pueblo en supuestas verdades religiosas. Piénsese que el orden feudal, fuertemente imbri- cado a la religión, imponía todo un conjunto de límites a la organización eco-

nómica. La idea cristiana de que el bien supremo sólo era posible en la otra vida

y que las conductas individuales debían someterse a toda una serie de restriccio-

nes morales dictadas por la religión, tuvo una influencia considerable sobre las

motivaciones económicas y la autorización de determinadas prácticas. El productor medieval estaba sometido así a toda una serie de constreñi- mientos éticos, además de los más estrictamente estamentales y los derivados de la organización gremial, que influían sobre su capacidad para llevar a cabo su actividad:

– el tiempo de trabajo,

– la calidad de la producción,

– los métodos de venta, el tipo de beneficio,

– el espíritu de competencia.

Todas estas actividades se sometían a un complejo sistema de limitaciones éticas y legales. Predominaba una concepción “comunitaria” de la riqueza que poco a poco va dejando paso a una ya puramente individualista, que comienza

a reestructurar las relaciones comerciales y económicas entre las personas. Surge

la búsqueda de la riqueza como fin en sí mismo a medida que la sanción religiosa va dejando paso a una sanción puramente utilitaria dirigida a satisfacer las nece-

sidades individuales. Esto constituye la precondición necesaria para pasar de una economía de subsistencia, propia de la sociedad tradicional o estamental, a una economía dinámica informada por el principio de la producción sin barreras y

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

90

Psicología de las relaciones de autoridad

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

abierta a nuevas posibilidades de experimentación dentro de los nuevos merca- dos que se van abriendo más allá de los cerrados mercados locales del Medioevo. De ahí la asociación de este nuevo impulso a la idea de libertad y a los nuevos proyectos de reforma política, ya que sus fines, la reestructuración de la socie- dad tradicional, coinciden también con el proyecto de quienes aspiran a mayo- res grados de tolerancia para su propia religión o buscan cualquier otro tipo de fines políticos. La sociedad medieval se caracterizaba por su carácter uniformi- zador a partir de una visión religiosa de la vida humana, que exige la congruen- cia entre política, derecho y moral. Los procesos de diferenciación social que introduce el tránsito hacia la modernidad van a dar lugar a eso que Weber cali- ficaría como “esferas de valor” autónomas (derecho, moral, política, economía), con sus lógicas propias, que ya no se dejan englobar por concepciones del mun- do rígidas y unitarias. La autonomía del ámbito de la moral respecto del de la religión y la política explica, por ejemplo, la aparición del principio de tolerancia, así como otros de- rechos individuales como el de libertad de conciencia o pensamiento. Otro tan- to ocurre con la economía de mercado. Por eso, cuando Adam Smith proclama en La riqueza de las naciones (1776) la necesidad de buscar un sistema de organi- zación económica a partir del principio de laisser faire, está clamando en contra de las limitaciones u obstáculos que los Estados de la época, normas consuetu- dinarias u otras disposiciones, imponían a la libre iniciativa individual:

– privilegios fiscales,

– organización gremial,

– aranceles y tarifas varias,

– restricciones a la venta de determinados bienes o al derecho de herencia, etc.

Todo ello explica en gran medida por qué ese énfasis sobre el derecho de pro- piedad como uno de los derechos fundamentales de la persona: porque, al ga- rantizar la independencia material de los individuos, constituye la posibilidad para resistirse a la autoridad política; no es sólo la precondición de la autopre- servación, sino del mismo ejercicio de otras libertades. La propiedad permite al individuo algo así como una educación en la autonomía, al tener que responsa- bilizarse de su propio destino y, paralelamente, como se encargaron de subrayar los teóricos de la Ilustración escocesa (D. Hume, A. Smith, R. Millar, A. Fergu-

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC

91

Capítulo III. El poder político

reserved.rightsAllUOC.Editorial2006.©Copyright

son), facilita el establecimiento de una sociedad gobernada por los hábitos del

libre intercambio contractual, la confianza mutua y, en general, la generaliza- ción de la paz civil, algo difícil de conseguir en las sociedades dominadas por el espíritu feudal del “honor” y la gloria militar. El mismo Montesquieu acentuó este rasgo al señalar que el comercio poten- cia la tolerancia, ya que acostumbra a los ciudadanos a relacionarse con otros de modo imparcial e impersonal. El mercado, como recuerda A. Smith, deviene el punto de encuentro de los distintos intereses y voluntades individuales, que se armonizan, “sin necesidad

de ley ni de estatuto”, distribuyendo los recursos de la sociedad de manera óp- tima para el interés general. Permite, pues, la reconciliación del interés indivi- dual con el interés general, y como dice en su conocida metáfora, aunque cada persona piense en su ganancia propia, “es conducida por una mano invisible a promover un fin que no entraba en sus intenciones”. Hay una especie de mecanismo automático, que según la no menos célebre frase de B. de Mandeville, hace que los “vicios privados” –la persecución del pro-

pio interés– devengan en “virtudes públicas” –el bienestar general. Para que se produzcan estas beneficiosas “consecuencias no intencionadas” es preciso, sin embargo, como no deja de insistir A. Smith, que no existan interferencias del Estado, que haya total movilidad de los factores productivos, plena ocupación de recursos y soberanía completa del consumidor. Bajo condiciones de compe- tencia perfecta, que impiden la proliferación de monopolios y establecen el ade-

cuado ajuste entre oferta y demanda y el correspondiente sistema de precios, se podrían producir estas bondades señaladas. Otra va a ser la interpretación que se haga por parte de los autores utilitaris- tas, que al analizar el fenómeno desde una perspectiva histórica posterior, no pueden dejar de observar algunas de las falacias de este planteamiento del libe- ralismo originario. No hay tal supuesta libertad contractual para aquellos que se ven obligados por las circunstancias a aceptar determinadas condiciones im-

puestas por los más poderosos. En una situación donde las partes se encuentran en una relación asimétrica, la presunción de entrar en intercambios “libres” no es más que eso: una presunción. Por otra parte, no está claro que la no interven- ción o la armonía natural de los intereses individuales en la sociedad produzca los beneficios que los ilustrados escoceses le imputaban. Lo esencial es saber

Águila, Tejerina, Rafael del, and Enrique Luque. Psicología de las relaciones de autoridad y de poder, Editorial UOC, 2006. ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/biblioues21sp/detail.action?docID=3207092. Created from biblioues21sp on 2018-02-01 10:00:49.

Editorial UOC