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Factores alienantes de la educación.

El concepto de alienación fue desarrollado por Hegel en el


terreno de la filosofía, y retomado más tarde por Karl Marx en
su obra Manuscritos económico-filosóficos de 1844, donde se
explica que la clase obrera se encuentra alienada a la fábrica
por cuatro factores: 1) que en el proceso de producción el
obrero no controla las formas de su propio trabajo; 2) que el
producto de su trabajo, aunque le costó esfuerzo, no se le
reconoce como suyo; 3) al ser el empresario dueño del trabajo
del obrero durante el tiempo que es contratado, sus relaciones
con el patrón no son de colaboración, sino de contradicción y
de antagonismo; 4) siendo el trabajo lo que distingue al ser
humano, ya que permite desarrollar sus capacidades, el
trabajo se convierte en un medio, mero instrumento para la
subsistencia, y no en un medio para la plena realización del ser
humano y, así, no caer en las ataduras de la alienación.

La alienación significa entonces una dependencia a ciertas


condiciones de trabajo, implica impotencia, subordinación,
despersonalización y sujeción del individuo, o como señala el
psicólogo M. Selman (1959): “…la alienación es una carencia
de poder”, el hombre como un ser ajeno, extraño a sí mismo,
desprovisto de potencialidades.

Sabemos que en el ámbito de la educación la alienación hace


acto de presencia, pues existe la posibilidad de que la
educación se convierta en un instrumento donde se generan
condiciones de alienación. Los pedagogos S. Bowles y H.
Gintis han utilizado el concepto de alienación en sus análisis
sobre el proceso enseñanza-aprendizaje. Para ellos, es
fundamental considerar el contexto social y político en el
estudio de la cuestión educativa.

Específicamente, el trabajo alienado se refleja en el medio


educativo cuando ocurren las siguientes situaciones: 1) la falta
de participación del estudiante en la orientación de la
educación que recibe; 2) la falta de control respecto a los
contenidos del currículum; 3) la motivación al trabajo escolar
que se realiza aplicando un sistema conductista de “castigos y
recompensas”.

Por lo anterior, el estudiante no se integra realmente y


conscientemente al proceso de conocimiento. El sistema
educativo es alienante en cualquiera de sus niveles de estudio,
el alumno no es un sujeto activo, sino pasivo del proceso
enseñanza-aprendizaje. Entonces el estudiante egresado de
una escuela o centro educativo necesariamente tendrá un
perfil de egresado alienado, es decir, despojado de sus propias
potencialidades.

Un profesionista con alienación mental, cubre con exactitud las


expectativas de un mercado laboral que se rige por la lógica
capitalista de disponer de profesionistas dóciles, subordinados,
dependientes, sumisos, acríticos y conformistas, ajenos,
extraños a sí mismos.

El hombre (mujer) alienado(a) es incapaz de llevar una vida


plena, porque su educación no le ayudó, o no la supo
aprovechar para asimilar las reglas del juego social de manera
objetiva y crítica, para no someterse a relaciones sociales
alienadas caracterizadas por la perturbación, la
desestabilización y la difícil comunicación. El sujeto alienado
no tiene una actitud proactiva ni la capacidad para salir de su
situación de dependencia.

Pero existe la posibilidad de que la educación se convierta en


un instrumento para superar esa condición de alienación y
despersonalización. Sólo si los procesos de enseñanza-
aprendizaje retoman los discursos de la crítica y la autocrítica,
entendidas como superación y no destrucción de aquello que
se critica. Sólo si la educación descansa en los postulados de
la filosofía y la ética críticas, no conservadoras y reaccionarias,
que ofrezcan valores y pautas para la realización del hombre y
adquiera una personalidad libre y plena.

La educación puede caer en la perversión de invertir lo que


debiera ser la esencia de la educación; la formación de
personalidades y no sólo la información. Informar es un
proceso fácil e inmediato, pero la formación de personalidades
es un proceso profundo y complejo que muchas veces
confunde y paraliza al profesor que es acrítico, el que incurre
en una educación tradicional, acrítica, mistificadora y
magistrocentrista. En ésta, el profesor es el gran centro de
atención de la enseñanza, sus clases son magistrales (según
su propia creencia). En su mayoría, así son los profesores, los
que dictan la clase, los que sienten volar su sabiduría sobre las
mentes vacías de los estudiantes.

Los profesores autoritarios, en esencia, están contribuyendo a


la alienación de los estudiantes, no contribuyen a una
educación liberadora como lo decía Paul Frayre, los profesores
autoritarios promueven una educación que encadena, que es
dogmática y, sobre todo, enajenante. Se requieren muchos
profesores, más y mejores, menos autoritarios y más
democráticos.