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INFORME DE LECTURA

CÓMO SE HACE UN PROCESO


Francesco Carnelutti

Tomás Jaramillo Estrada – Estudiante


000355852 – ID

TEORÍA GENERAL DEL PROCESO I


Luis Felipe Vivares Porras – Docente

FACULTAD DE DERECHO Y CIENCIAS POLÍTICAS


UNIVERSIDAD PONTIFICIA BOLIVARIANA
Septiembre de 2018

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La expresión “proceso”, un proceder, un caminar, un recorrer un largo camino en busca de
un acto solemne, esa declaración de certidumbre, de que es cierto y por ende de que no lo es,
despierta un interés particular en el público, en especial cuando ésta es usada ante todo para
aludir a procesos penales, pero también a procesos civiles; el porqué de esto yace en la avidez,
que podría remontarse hasta la época del propio palacio de justicia de Roma en tiempos casi
inmemoriales, de la gente por obtener diversión, una “especie de paréntesis que el hombre
introduce a su vida, o cree introducir en ella, a su placer”, que tanto en el teatro como en la
corte se da por medio de la vivencia de la vida de los demás y el olvido de la propia,
haciéndose necesario para esto que esa otra vida o vida de los demás esté comprometida en
el drama, un “rudo contraste de fuerzas, de intereses, de sentimientos y de pasiones”.
La analogía fijada entre el teatro y la corte establece en principio una “semejanza” entre
ambas, pero se debe tener presente la diferencia. En el teatro se puede tener incluso la ilusión
de un drama verdadero, pero en las pausas esa ilusión con facilidad desaparece; caso contrario
ocurre en la corte, no es la ilusión de un drama verdadero, es, en muchos casos, la puesta en
juego de la propia vida. Sin embargo, al haber sido “negada” a la multitud la posibilidad de
ver correr la sangre en la arena, no le queda para gozar de esto mas que el aula de la corte.
Otro rasgo común que es posible encontrar entre la representación y el proceso es que cada
uno de ellos tiene sus leyes, leyes que si el público no conoce al momento de asistir a la una
o a la otra no comprenderá nada. Ahora bien, que las reglas no sean justas, en el teatro quizá
no signifique una tragedia, pero cuando la apuesta es la propiedad o la libertad el panorama
cambia de manera radical; es así como “las “reglas del juego” no tienen otra razón de ser que
garantizar la victoria a quien la haya merecido”.
Teniendo la libertad un mayor valor que la vida “como lo sabe quien por ella rehúsa a la
misma” es esta, la libertad, la que está en juego en la mayor parte de los procesos penales,
incluso en los que aparentan ser menos graves. Y si no es la libertad, otros bienes de gran
valor. De cualquier modo “el interés público en el proceso es el signo infalible del drama,
también llamado discordia, que en él se ventila, así como su valor para la sociedad y para la
civilización”.
“La concordia y la discordia son el germen de la paz o de la guerra. El proceso, después de
todo, es el subrogado de la guerra. Es, en otras palabras, un modo para domesticarla”. Es así
entonces que las relaciones entre el derecho y la guerra podrían establecerse así: el derecho
nace para que la guerra muera; guerra existente solo entre dos lo que hace del proceso en sí
un combate, el cual más adelante convierte sus medios, relación vencer para luego tener la
razón, en que quien tiene la razón resulta vencedor, expresándose con esto el indefectible
contenido bélico del proceso: vencedor y perdedor, estructura de juego semejante a la propia
guerra.
Retornando a lo dicho en el inicio, el proceso penal sugiere la idea de la pena lo que conlleva
de inmediato a la idea de delito o crimen e incluso al castigo de los mismos; es por esto que
el proceso penal corresponde al derecho penal, como el proceso civil al derecho civil.

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Centrándose en lo referente al proceso penal es de recordar que lo castigado no es únicamente
el delito, perturbación grave del orden social, sino también esas perturbaciones menos graves,
que se llaman contravenciones. Los delitos perturban el orden de una sociedad necesita del
mismo, es por tanto que a la comisión de este debe seguirle una pena dirigida a quien lo ha
cometido para que esta recupere su libertad, el dominio de sí, y para que la gente en virtud
de la vivencia de ese otro se abstenga de cometer otros delitos. Castigar quiere decir, ante
todo, juzgar, condición indefectible para que la acción misma de castigar no constituya en sí
un nuevo delito y, además, esencia de un proceso penal.
Según los técnicos, en el proceso penal, después de la fase de cognición (diagnostico), ese
examen del material procesal que desemboca en una primera orientación sobre la
culpabilidad o inocencia del hombre y la posterior determinación de la misma, cuando se
resuelve la condena, viene la fase de ejecución (cura).
En cambio, al hablar de proceso civil, denominado civil porque sobreviene entre hombres
“dotados” de civilidad lo que significa a su vez un andar de acuerdo a lo convenido
socialmente, se remite de inmediato al proceso por medio del cual interviene frente a la litis
o situación peligrosa para el orden social. Ahora bien, entre la litis y el delito hay la misma
diferencia que existe entre peligro y daño, aunque ambas, a fin de cuentas, impliquen una
injusticia; así es que el proceso civil opera para combatir la litis como el proceso penal opera
para combatir el delito, solo pudiendo el primero de ellos operar, no solo para la represión,
sino para la prevención del litigio, formas de proceso civil a las que se les denomina
respectivamente proceso contencioso y proceso voluntario.
El proceso civil voluntario, que tiene por tanto carácter preventivo, es la figura menos
importante, o con más exactitud, menos compleja de las dos; a diferencia de la figura del
proceso civil que más llama la atención del público, el proceso represivo o contencioso, que
se desarrolla en presencia de un litigio, es decir, que pone en contraste a dos hombres o a dos
grupos de hombres, cada uno de los cuales pretende tener la razón.
Contando ahora con la diferencia entre el proceso penal, en el que se gira en torno al delito,
y en el proceso civil, desarrollado alrededor de la litis, se regresa nuevamente sobre la
definición de la persona del juez, quien no solamente es quien está facultado para juzgar a
los procesados, en términos del proceso penal, sino que está “sobre ellos”, durante este mismo
periodo de tiempo, por la investidura de juez que reviste y la soberanía que está representada
en el objeto su toga. El juez debe ser idóneo, capaz e imparcial dentro del proceso, cualquiera
sea el que lleve, en virtud de que se garantice la óptima resolución de los problemas de la
sociedad, o al menos los que le conciernen al proceso. Es de anotar que a la faena del juez se
ven vinculados otro sinfín de sujetos procesales dentro de los que se encuentran el secretario
y el oficial judicial, quienes son de oficio judicial, y los consultores o peritos, cuya presencia
se requiere cuando el juez mismo lo considera.
En cuanto a las partes, la posición que ocupan se reduce al estar bajo y/o frente al juez. En el
proceso penal se encuentran, como partes, la víctima, el ofendido y el imputado; mientras
que en el proceso civil son forzosamente dos partes reconocidas: el actor y el demandado,
una de las dos partes pretende y la otra se resiste a esta pretensión.
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En el fondo de la teoría que envuelve el proceso las partes siempre serán dos, en el proceso
penal quien incurrió en un delito actuó, por lo que es parte y, de demostrase la culpabilidad
o responsabilidad por el o los hechos, al imponerse la pena este debe cumplirla con factores
adicionales, la restitución y/o el resarcimiento los daños causados al agredido, quien de igual
manera, habiendo sido “participe” de lo acontecido, se convierte en parte del proceso. En el
proceso civil las partes tienen el nombre de actor y demandado o pretensor y resistente.
Es, además, de sin igual importancia realizar un acercamiento a los hechos del que el juez,
mirando, observando y analizando, se vale, dependiendo de la probabilidad, para determinar
la existencia o inexistencia de un hecho pasado; se les llaman pruebas dado que son hechos
presentes que dan o pueden dar “fiel” testimonio de un pasado tanto próximo como lejano.
Es así que son tan importantes las pruebas en un proceso que, en casi la totalidad de los
mismo, no se puede diligenciar sin estas.
Provecho de las pruebas, como de otros objetos procesales, pueden aparecer las razones,
motivo o motivos que llevaron al sujeto, o imputado en materia de penal, a realizar la acción
que comportó el mismo proceso. El juicio, en la fase crítica o juicio crítico, resuelve si la
parte en cuestión ha de poder justificar su manera de obrar en virtud del contraste entre sus
razones o motivos y la ley.
Dado lo anterior es evidente que las partes tienen, cada una, el interés puesto en que el
proceso se resuelva en su favor, lo que lleva a que estas aporten pruebas y razones, el
contradictorio, para que se decida de una manera favorable para en vita de sus respectivos
intereses.
La puesta en marcha del proceso, al menos en materia civil, está en manos de una de ambas
partes, es decir, el juez no puede iniciar un proceso porque el delito o la litis ocurrieron frente
a él. En la fase intermedia del proceso se halla la instrucción y la discusión, durante el
desarrollo de la primera recopilan las pruebas y en posterior se elaboran o se “organizan” las
razones; en esta fase las partes proponen y aconsejan al juez la decisión que les parece justa,
se ve nuevamente la figura del contradictorio lo que realmente es necesario para que agotar
el ámbito dubitativo generado y en la persona del juez se encuentra.
En la decisión, fase del proceso y declaración de voluntad del juez, se profiere sentencia,
veredicto sobre los sucesos expuestos y los factores que llevaron al proceso en sí. La
sentencia proferida establece no por si misma si el proceso ha llegado a su fin o no pues es
la impugnación o la no interposición de esta la que efectivamente determinará este asunto.
Si la parte vencida no está de acuerdo con la sentencia proferida, puede impugnar (no en
todos los casos), es decir, ejercitar su derecho a un nuevo juicio teniendo en cuenta siempre
los límites y términos que establece la ley para poder ejercerlo. En el juicio de impugnación
se trata de verificar el juicio anteriormente dictado, a través de una apelación o revisión.
Es ahora, quizá más que nunca, ineludible y completamente necesario que los abogados y se
espera que todo el que se pueda ver en envuelto en un proceso, es decir, todo sujeto
susceptible de ser titular de derechos y obligaciones, estén en plena capacidad de ubicar y

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desenvolverse de la mejor manera en cada una de las etapas y/o fases del proceso, quizá no
solo por triunfar en la incesante búsqueda por obtener los mejores resultados para con sus
clientes, en el caso del abogado defensor, sino para lograr esa justicia esencia de la paz, pues
como diría el profesor Francesco Carnelutti su obra “Cómo se hace un proceso”, objeto del
presente informe, “la paz sin justicia no es paz”.