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Hans-Georg Gadamer
Una biografía
Jean Grondin

Hans-Georg Gadamer
Una biografia

Traducción:
Angela Ackermann Pilàri
Roberto Bernet
Eva Martin-Mora

Herder
Version castellana de A n g e la A ckerm ann, R o b e rto B e rn e t y E va M artín -M o ra
de la obra de Je an G rondin, Hans-Georg Gadamer, Eine Biographie,
Mohr Siebeck, Tübingen 1999

Diseño de la cubierta: C laudio B ado y M ónica B azán

О 1999 Mohr Siebeck, Tübingen

О 2000, Empresa Editorial Herder, S.A., Barcelona

La reproducción total o parcial de esta obra sin el consentimiento expreso


de los titulares del Copyright está prohibida al amparo de la legislación vigente.

Imprenta: C ometa , S.L.


Depósito legal: Z - 627 - 2000
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ISBN: 84-254-2132-2_________________ Herder_____________ Código catálogo: FIL2132


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Referencia: 3451
Para Paul-Mathieu
У
EmmanuelJean
Indice

Introducción.
¿Qué quiere decir, realmente, hermenéutica? 17

I. 1900: un buen año para la hermenéutica 29


II. ¿Acaso se ama a un padre? 35
III. ¿En qué medida la vida humana es una lucha constante?
Los años escolares en Breslau 57
IV. Los estudios en Breslau: sentimientos de hundimiento
y filosofía científica 79
V. Los demonios de Marburgo 103
VI. Estar despierto junto al fuego nocturno 131
VII. Refugio entre los griegos 153
VIII. Insegura libertad, antes de la tormenta 177
IX. 1933: ¿Toma del poder o de la impotencia? 205
X. Consolidación de sí mismo 229
XI. Et illud transit 267
XII. Lucha de clases en el rectorado 309
XIII. En camino a la hermenéutica 347
XIV. Verdady método ............................................................................. 375
XV. Cañoneo desde la critica a la ideología 397
XVI. Juventud tardía 411

Apéndices ................................................................................................... 437


Anexo I. Cronología 439
Anexo II. Anuncios de cursos en universidades alemanas 461
Bibliografía 483
índice onomástico 513
The oldest hath borne most: we that are young,
shall never see so much, nor live so long.

S h a k e s p e a r e , King Lear, Acto V, escena В., 327-328


Preámbulo de agradecimientos

¿Es posible dar las gracias? ¿Es posible hacerlo sin usar tópicos, es decir, sin
causar la impresión de expresar fórmulas vacías o, al contrario, la de una
forzada modestia? Probablemente esto no es posible mientras tengamos
que recaer en los trillados términos que se usan para expresar el agrade­
cimiento. En lugar de esto ¿no podría haber un agradecimiento en forma
de preámbulo?
El presente libro es en buena medida un trabajo científico y no hubie­
se sido posible realizarlo sin apoyo, sin palabras de apoyo, el tiempo nece­
sario y, sobre todo, sin personas que lo apoyasen. Por eso hay motivos para
dar las gracias, pero ¿a quién agradecer primero y a quién en último lugar?
Sería bueno si se pudiera admitir un orden alfabético de los agradecimientos.
En este conjuntivo de los agradecimientos, el primero a quien debo dar
las gracias es Hans-Georg Gadamer. Pero no tanto por el hecho de que apo­
yara o saludara este trabajo (cosa que no hizo), sino porque haya tolerado
de manera discreta el trabajo y a su autor y, con la generosidad que lo dis­
tingue y pese a sus comprensibles reservas, haya permitido que lo publica­
ra en vida.1 Las investigaciones específicamente biográficas para este libro

1. En lo tocante a una publicación en vida, contra la cual el autor de esta bio­


grafía tenía sus reparos, hay casos semejantes en el entorno de Gadamer: Emmanuel
Levinas vio aparecer su biografía, escrita por Marie-Anne Lescourret (.Emmanuel
Levinas, París: Flammarion, 1994), dos años antes de su muerte. Del mismo modo,
existieron escritos biográficos acerca de Ernst Jünger, Martin Heidegger o Paul
Ricoeur (François Dosse, Paul Ricoeur: Les sens d ’une vie, Paris: Ed. La découver­
te, 1997) estando ellos aún en vida. Siendo que ya otros autores habían tratado
la vida de Gadamer, en particular su obra durante el Tercer Reich y como rector
en Leipzig, no nos pareció del todo inconveniente realizar una investigación con
una perspectiva de mayor amplitud. El mismo Gadamer puso su vida como tema
sobre el tapete a través de las manifestaciones que hizo acerca de asuntos de la épo­
ca y de personajes de la misma en su autobiografía de 1997 y en numerosos repor­
tajes, manifestaciones que fueron seguidas con crítica atención por parte de los
investigadores. De ese modo, la vida de Gadamer quedó expuesta a la investiga­
ción científica. —Por otra parte, el autor debió luchar contra un fuerte rechazo
frente a lo biográfico, especialmente marcado en Alemania. Tal rechazo ha con­

13
comenzaron en 1988 (el inicio de mi dedicación a la filosofía de Gadamer
se remonta a 1976), cuando tuve conocimiento de la actitud de Gadamer
durante la época nazi. El apasionado debate en torno a los compromisos
nacionalsocialistas de Heidegger, que se desarrolló en este mismo tiempo
desencadenado por el libro de Víctor Farias, en el que cualquier observador
honesto (entre ellos también Gadamer mismo) tenía que participar, suge­
ría la intención de dirigir preguntas parecidas también a Gadamer. Así sur­
gió paulatinamente la idea de escribir una biografía extensa, para la que iba
recogiendo materiales muy dispersos de una manera cada vez más siste­
mática. Cuando Gadamer se enteró finalmente de este proyecto, tuvo la
amabilidad de contemplarlo desde la distancia adecuada pero, sobre todo,
tuvo la modestia de considerarse indigno de semejante proyecto. Por eso,
al principio tendía a recomendarme que me interesara por cosas más impor­
tantes. Finalmente, se mostró algo más comprensivo hacia esta empresa y
me permitió acceder a archivos, documentos y fuentes de correspondencias
generalmente reservados (una lista de las fuentes consultadas se encuentra
en la bibliografía). Pero, sobre todo, me concedió conversaciones privadas
y siguió abierto a cualquier pregunta posterior de precisión. De todos modos
mantuvo una distancia con respecto a este proyecto cuyo propósito o,
más bien efecto era mantenerme a mí, como autor, en una distancia fren­
te a mi objeto. Para mí era y seguía siendo claro que no podía ni debía
tratarse de una "biografía autorizada"; tampoco podía ser una hagiografía
o su imagen en espejo, una inquisición. Es posible que sólo a falta de alter­
nativas voy siguiendo ocasionalmente las interpretaciones que Gadamer hizo
de sí mismo. Pero, ¿quién pondría seriamente en duda que esta pers­
pectiva sigue teniendo su legitimidad aunque conviene tratarla con la mayor
prudencia? En todo caso estoy agradecido por la posibilidad de haber entra­
do en conversación con Hans-Georg Gadamer (algo que siempre ha sido
su lado fuerte) y espero hacerle justicia de la manera más adecuada con la
pretensión de una exposición objetiva. De todos modos y como siempre, el
lector tendrá la última palabra y no debe conformarse con meras asevera­

ducido a que ese campo literario quedara en gran medida en manos de extranje­
ros. Como constata con refrescante acierto Klaus Harpprecht: «¿Acaso es posible
la división entre vida y obra, como lo pretende todavía cierto altivo ámbito pro­
fesoral? [...] ¿Por qué razón, pues, ese enojo que, acechante, acorrala en nuestras
tierras a los biógrafos?» (Langeweile ist schlimmer ais der Tod: Es lebe die Biographie,
en FA Z àcì 14-1-1998, pág. 33).

14
ciones. Quiero agradecer también esta actitud al lector. Mas ¿es posible dar
las gracias a los lectores?
Un agradecimiento merecen las instituciones que concedieron al autor
el tiempo para la investigación y la reflexión (que es, con mucho, el medio
más eficiente de la subvención): especialmente el Killiam Councel del Conseil
des Arts du Canada, la Fundación Alexander von Humboldt y el Conseil
de recherches en sciences humaines du Canada, cuya ayuda se extendió a
lo largo de muchos años y que subvencionaron muchos proyectos de inves­
tigación.
Por el permiso de citar textos inéditos de Gadamer agradezco a Hans-
Georg Gadamer y también al Deutsches Literaturarchiv en Marbach, así
como a los Archivos universitarios de Marburgo, Leipzig, Frankfurt,
Heidelberg, Tubinga y a la Biblioteca estatal de Baviera en München. Quiero
agradecer al doctor Hermann Heidegger especialmente el permiso de acce­
der a la correspondencia entre su padre y Hans-Georg Gadamer. A Dieter
Misgeld y Graeme Nicholson doy las gracias por haberme dejado usar los
textos y grabaciones magnetofónicas de sus conversaciones de 1986, que
aparecieron en 1992 en una versión reelaborada en lengua inglesa (Hans-
Georg Gadamer on Education, Poetry and History, Albany: SUNY Press,
1992). Las citaré aquí bajo la abreviatura «Conversaciones SUNY». También
Richard Palmer, el pionero de la hermenéutica en Estados Unidos, merece
un cordial agradecimiento por haberme proporcionado numerosas
grabaciones magnetofónicas.
Estoy en deuda con muchas personas por la recopilación de materiales,
conversaciones, informaciones, consejos, por animarme, pero también por
sus advertencias. Puesto que resulta casi imposible mencionar debidamen­
te los méritos específicos de cada una de ellas, sigo aquí el orden alfabético:
Karl-Otto Apel, Pierre Aubenque, Karol Bal, Jeffrey A. Barash, Karlheinz
Barck, Ernst Behler (t), Julia Beise, Richard Bernstein, Walter Biemel,
Ulrich Boehm, Werner Bramke, Rüdiger Bubner, Ulrich von Biilow, Jakub
Capek, John Cleary, Nicholas Davey, Vianney Décarie, Donatella Di Cesare,
Gisela Droge, Carsten Dutt, István M. Fehér, Winfried Feifel, Hans-Uwe
Feige, Barbara Figai, Giinter Figai, Fritz Fischer, Andrea Gadamer, Theodore
Geraets, María Jesús Gii Valdés, Roswitha Grassi, Jiirgen Habermas, Nikolaus
Hallmer, Susan Halpert, Hermann Heidegger, Henry Honigswald, Peter
Hoffmann, Christa Hornung, Friedrich Hund, Walther Jaenicke, Ulrich
Jahr, Dominique Janicaud, Anthony Kerby, Theodore Kisiel, Klaus Koch,
Garbis Kortian, Pavel Kouba, Hans Kràmer, Gudrun Kiihne-Bertram, Luise,

15
Karin, Christoph, Steffen und Edwin Kuhn, Arnulf Kutsch, Hans-Ulrich
Lessing, Rosemarie Kleinknecht-Herrmann, Kate Lekebusch-Gadamer,
Emilio Lledó, Gary Madison, Donald G. Marshall, Marianne Meyer-
Krahmer, Etsuro Makita, Walter Markow (f), Jochen Meyer, Dieter Misgeld,
Sigrid von Moisy, Hermann Mòrchen (t), Max Müller (f), Wolfgang
Natonek (f), Graeme Nicholson, Hariolf Oberer, Ute Oelmann, Richard
Palmer, Helmut Rechenberg, Marcel Régnier, François Renaud, John
Robertson, Paul Ricœur, Kláre Riedel-Rühle, Manfred Riedel, James Risser,
Frihtjof Rodi, Helmut Rohlfing, Rüdiger Safranski, John Sallis, Birgit
Schaper, Charles E. Scott, Dennis Schmidt, Lawrence K. Schmidt,
Wolfdietrich Schmied-Kowarzik, Karl Schumann, Walter Schulz, Georg
Siebeck, Evan Simpson, Paul Christopher Smith, Leonard Smolka, Klaus
Stichweh, Ernst Tugendhat, Ben Veder, Friedrich-Wilhelm von Hermann,
Joel Weinsheimer, Friedrich von Weizàcker, Reiner Wiehl, Gerhard
Wiemers, Udo Worffel, Gerhild Zybatow und Lew Zybatow. A todos ellos
en el lenguaje de mi corazón: ¡merci!
Last, but certaily first quiero dar las gracias a mi familia. Este agradeci­
miento incluye la mala conciencia de que, a menudo, parecía que estaba
con este trabajo y no con ella. ¿Pero cómo se puede agradecer esto? ¿A modo
de preámbulo?

16
Introducción
¿Qué quiere decir, realmente, hermenéutica?

Quién es o era una persona es algo que sólo podemos


llegar a saber cuando escuchamos la historia cuyo héroe
ha sido esta persona misma, es decir, su biografía; todo
lo demás que podamos saber de ella o de las obras que
escribió puede enseñarnos, como mucho, qué es o era.
A esto se debe que de Sócrates tenemos una imagen bas­
tante más precisa que de la mayoría de los filósofos ante­
riores y posteriores, aunque no escribió ni una sola línea
y estamos mucho peor informados sobre sus opinio­
nes que sobre las de Platón y Aristóteles. Sabemos quien
era Sócrates en un sentido en el que no sabemos ni de
Platón ni de Aristóteles quienes eran, porque conoce­
mos la historia de Sócrates.
H an nah A re n d t1

El lugar que le corresponde a Hans-Georg Gadamer como uno de los filó­


sofos más importantes del siglo XX se debe a la «hermenéutica» desarro­
llada por él, pero también al hecho de que su larga vida lo ha convertido
en uno de los testimonios más privilegiados del siglo XX. Nacido en 1900,
su concepción filosófica llegó a la madurez tan sólo en 1960, en su obra
principal Verdad y método, en la que fundamentó la hermenéutica filosó­
fica y que permitió que ésta se convirtiera en un tópico. Gracias a esta obra
y la influencia que ejerció a lo largo de los años, él adquirió la fama de un
pensador autónomo. Hasta aquel momento había permanecido a la som­
bra de su gran maestro Martin Heidegger, quien puede reclamar para sí el
distintivo de ser el filósofo más influyente del siglo XX. Gadamer había
estudiado junto a él en Friburgo y Marburgo en los años veinte, época
en la que Heidegger estaba elaborando su propia obra principal, E l ser y
el tiempo (1927).
Fue precisamente este intenso trabajo en torno a su nuevo proyecto filo­
sófico lo que Heidegger trató en sus lecciones de entonces bajo el título mis­

1. Vita activa oder Vom tatigen beben, Stuttgart: Kohlhammer Verlag, 1960,
pág. 178.

17
terioso, pero cada vez más de moda, de una «hermenéutica», más precisa-
mente, de una hermenéutica de la facticidad que describía la existencia huma­
na como un ente caracterizado por la preocupación por su propio ser, por
su propio y limitado futuro y, con ello, por su ineludible mortalidad. Todo
lo demás parecía secundario y «derivado» de esta preocupación insistente y
trágica por su ser condenado. Aunque la existencia pueda entregarse a otras
preocupaciones y ocuparse de otras cosas, en el fondo huye de sí misma, con
independencia de si lo reconoce o no. Como declaró Heidegger en su lec­
ción de 1923, incluso la ciencia podía entenderse como una huida de esta
índole. La búsqueda misma de conocimientos firmes e inquebrantables ya
delataba que el motivo esencial de la ciencia se debía a un soslayo de la tem­
poralidad. Cuando el ser humano aspiraba a un sostén firme y supratem-
poral, ya sea en la ciencia, la religión o también en la filosofía, sólo lo hacía
porque estaba profundamente marcado por una temporalidad omnideter-
minante. Por tanto, la obra principal de Heidegger se llama E l ser y el tiem­
po para mostrar esta radical temporalidad de todo el ser y para destruir la ilu­
sión de cualquier apoyo supratemporal. Así, secretamente, seguía a Nietzsche
en su «destrucción» -denominando su hermenéutica con este término- de
los ídolos del más allá, a los que se había entregado la tradición occidental.
A Heidegger le importaba el desenmascaramiento de esta alienación -como
se podría decir con Feuerbach, Freud o Marx- para llevar la existencia huma­
na a una plena y decidida responsabilidad de sí misma.
La palabra «hermenéutica», empleada por Heidegger en este contexto,
aunque escogidas y raras veces, seguía teniendo en el uso que hacía de ella
un valor de matices cambiantes, lo que le daba una apariencia aún más
cargada de sentido. Tradicionalmente, el término hermenéutica designaba
la doctrina o la técnica de la interpretación (del griego hermenéuein, que sig­
nifica interpretar, explicar, traducir). La adopción de este concepto por par­
te de Heidegger generalizaba y dramatizaba la significación que posee la
interpretación para la existencia humana. El ser humano es un ente que,
constantemente, debe «interpretarse» y explicarse su mundo y a sí mismo.
No se encuentra «en» este mundo como observador neutral, sino que está
implicado en todo acontecer de manera atormentadora. Por eso interpreta
desde un principio todos los acaecimientos en el mundo con referencia a su
significado para su propia existencia amenazada, es decir, desde un futuro
preocupado por sí mismo. Conocer algo significaba para Heidegger el poder
soportarlo, estar a la altura de lo conocido, y esto quiere decir, en último tér­
mino, «ser entendido» en ello. De esta manera Heidegger asignó al «enten­

18
der» preocupado una significación fundamental en su concepción herme­
néutica de la existencia humana. La existencia es hermenéutica, porque a su
manera preocupada está entendiendo incesantemente su mundo y se anti­
cipa a él. Sin una tal interpretación referida a la existencia el mundo no exis­
te o, dicho de manera más cauta, no es propiamente experimentable.
Ciertamente, la ciencia tiene una representación «objetiva» del mundo, pero
ésta es precisamente una abstracción, un constructo, basado en la exclusión
de la relación hermenéutica y principalmente preocupada con el mundo.
En todas partes está en juego una «hermenéutica» de la existencia.
El punto realmente decisivo es, sin embargo, que en este proceso del
entender la existencia humana se entiende siempre también a sí misma y ade­
más se malentiende. Todo acceso al mundo implica una autocomprensión
de la existencia, pero esta comprensión permanece a menudo inexpresada.
Por esta razón, la elaboración del correcto entendimiento de la existencia
se convierte en la tarea de la filosofía tal como la practica Heidegger. De esta
manera, él se inscribe en esa vetusta tradición de la filosofía que, desde Pla­
tón, conoce como su elemento específico la «preocupación por el alma». Para
Heidegger, la hermenéutica entendida como filosofía no es otra cosa que la
ejecución consecuente del esclarecimiento de sí misma de una hermenéuti­
ca que toda existencia practica por principio; pero, desde un punto de vista
crítico, esto significa expulsar a la existencia de sus tranquilizadoras concep­
ciones de sí misma. La advertencia que Heidegger dirige a la existencia es:
¡Ten el coraje de reconocer que eres el sí mismo finito que siempre serás irre­
vocablemente! Bajo los auspicios del historismo y del nihilismo, Heidegger
se presentaba como identificado con del proyecto de la Ilustración cuando
postulaba una hermenéutica tan radical como para prometer «la indagación
de la autoalienación que era el castigo de la existencia».2
Ésta era la impresión que Heidegger causaba al menos a sus estudiantes
de aquella época, quienes (según Hannah Arendt, discípula y amante de

2. Así se expresó Heidegger en el curso del semestre de verano de 1923 al que


asistió Gadamer cuando fue a Friburgo para estudiar con él (M. Heidegger, Onto­
logie (Hermeneutik der Faktizitat), GA 63, Frankfurt a.M.: Klostermann, 1998, pág.
15). La prolongada y programática cita dice: «La hermenéutica tiene la tarea de
hacerle accesible, de comunicarle a la existencia, en cada caso, su propia existencia
en su carácter de ser, de ir tras los pasos de la alienación de sí mismo de la cual la
existencia está afectada. En la hermenéutica se conforma para la existencia una posi­
bilidad de tornarse y de ser entendiente para sí misma.»

19
Heidegger en los años veinte) ya veían en su maestro revolucionario al «secre­
to rey» de la filosofía de su tiempo, o incluso a uno de los mayores pensa­
dores de Occidente en general. Igual que otros pensadores de la Edad Moder­
na -como Bacon, Descartes o Kant, para no hablar de coetáneos más próximos
como Marx, Freud y Nietzsche- prometió liberar la filosofía y al ser huma­
no de las ilusiones producidas por su propia invención. La filosofía construida
sobre esos escombros sólo podía ser una hermenéutica. Aunque a lo largo de
E l ser y el tiempo se encuentran huellas evidentes de esta hermenéutica,
la mayoría de las veces -como ocurre a menudo en la filosofía- la intención
se quedó en el mero anuncio. Hay un serie de razones circunstanciales para
ello. E l ser y el tiempo quedó en un estado de torso. En su introducción,
Heidegger anunció en un programa de gran envergadura, pero que no deja­
ba de ser extraño a su carácter, el plan de una obra en dos partes. De todo
el exigente conjunto sólo aparecieron dos tercios de la primera parte, que eran
indudablemente impresionantes, pero en su estado inconcluso y tanteador
tenían que crear expectativas cara al conjunto prometido. Pero éste no llegó
a su término, y en la Kehre (el giro), que permitió a Heidegger dar una nue­
va dirección a su posterior camino de pensar, la palabra y el programa de una
hermenéutica prometèica desaparecieron casi por completo.
A ello se añadía el hecho de que la «hermenéutica» no era más que uno
de los muchos títulos que encabezaban lo que importaba a Heidegger en El
ser y el tiempo. El título de una «Hermenéutica de la facticidad», que había
preferido en sus lecciones más tempranas, se yuxtaponía con otros, que per­
mitían detectar que ahora pretendía apoyarse más firmemente, y más segu­
ro de sí mismo, en la línea sistemática de Husserl y Kant, apartándose de la
bastante oscura tradición de la hermenéutica antigua. Así, comenzó a hablar
de fenomenología, ontologia y analítica de la existencia para proclamar la
nueva filosofía que buscaba. Desde luego que la hermenéutica no estaba
ausente en E l ser y el tiempo y no había perdido nada de su función domi­
nante. Como escribió Heidegger, la filosofía en tanto «ontologia fenome­
nològica universal» tenía que seguir partiendo de la «hermenéutica de la
existencia».3 Sin embargo, Heidegger desarrolló la explicación terminoló-

3. M. Heidegger, Sein undZeit [El ser y el tiempo] (1927), 14a edición, Tubin-
ga: Niemeyer, 1977, pág. 38. A propósito del sentido crítico de esa fundamenta-
ción hermenéutica véase mi trabajo sobre «L’herméneutique dans Sein und Zeit»,
en J.-F. Courtine (comp.), Heidegger 1919-1929. De L'herméneutique de la factici-
té à la métaphysique du Dasein, Paris: Vrin, 1996, pág. 179-192.

20
gica de lo que había de significar la hermenéutica en un gesto brusco y en
un pasaje aparentemente redactado a toda prisa, de manera que un lector
no advertido no podía reconocer inmediatamente de qué se estaba hablan­
do. Para la ontologia, la fenomenología y, si era necesario, también para la
analítica, había tradiciones anteriores a las que se podía recurrir, mientras
que la hermenéutica, pese a su lugar central, causaba la impresión como si
se tratara de un término extranjero. También siguió siéndolo después de E l
ser y el tiempo, aparte de las excepciones notables de la teología protestante
y de la escuela de Dilthey.
Gadamer volvería a experimentar esta situación una y otra vez. En
1959, cuando presentó a su editor el voluminoso manuscrito finalmente
terminado de la obra principal de su vida bajo el título «Líneas fundamenta­
les de una filosofía hermenéutica», tuvo que escuchar la pregunta: «Y eso de
la hermenéutica, ¿qué es en realidad?» Así, siguiendo el consejo de su editor
bienpensante, la palabra demasiado desconocida fue desplazada al subtítu­
lo.4 El hecho de que, entre tanto, la palabra «hermenéutica» haya podido
imponerse es en primer lugar el mérito de Gadamer. Heidegger mismo, en
su época tardía, cuando se inclinó demasiado a distanciarse de sus propios
comienzos, lo admitió: «La “filosofía hermenéutica” es cosa de Gadamer».5
El hecho de que Heidegger se distanciara del concepto de una filosofía her­
menéutica creada por él mismo se debió a la modificación de su filosofía
después de El sery el tiempo en el sentido de que prescindió de cualquier pre­
tensión de fundamentación. El Heidegger tardío tendió a diagnosticar la
obsesión de fundamentación y explicación como síntoma de la «metafísi­
ca», mientras que entendió a su propio pensamiento meditativo como el dar
un paso atrás, lejos de este querer-fundamentarlo-todo. Desconfiaba de
cualquier tentativa de poner al sujeto, el entender humano y, con ello, la
hermenéutica, en el centro de la atención, pues ésta le parecía sospechosa de
ser metafísica. Tal vez olvidara que, en nombre de la finitud humana, su
temprana hermenéutica había tenido justamente la función de marcar los
límites a la obsesión de fundamentación. Hermenéutica había sido el térmi­
no mismo para designar un tipo de pensamiento que ponía en alerta contra

4. HGG, Phihsophische Lehrjahre (en adelante: PL), Frankfurt a.M.: Klostermann,


1977, pág. 182; trad, castellana: M is años de aprendizaje, Barcelona, Herder, 1997.
5. Carta de M. Heidegger a O. Pôggeler del 5-1-1973, citada en О. Pòggeler,
Heidegger und die hermeneutische Philosophie, Freiburgo/Múnich: Alber, 1983,
pág. 395.

21
la propia creación de ilusiones metafísicas y que pretendía sugerir la realiza­
ción de la existencia histórica. En este sentido, Gadamer, al mantener el
nombre y seguir con el objeto de la hermenéutica, tal vez fue más consecuen­
te que Heidegger y también consiguió evitar las asperezas en parte proféticas,
en parte magnificadoras de sí mismo del pensamiento heideggeriano tardío.
Si bien fue otro tipo de radicalismo del preguntar lo que apartó a Heidegger
de la hermenéutica, Gadamer tuvo el mérito de mostrar que las intenciones
de crítica a la metafísica de esta filosofía tardía estaban presentes en la expe­
riencia de sí misma de cualquier existencia capaz de entender, cuando trata
de entenderse y topa con fronteras. Con una fórmula que se hizo famosa,
Jürgen Habermas saludó la hermenéutica de Gadamer como la «urbaniza­
ción de la provincia heideggeriana».6 Lo único que resulta cuestionable en
esta fórmula es la reducción retórica o política de Heidegger a una dimensión
provinciana, como si en su pensamiento tardío no se tratara de un balance de
nuestro futuro planetario en la era de la técnica. De todos modos es cierto
que Gadamer realizó una urbanización, puesto que volvió a trasladar los mo­
tivos del pensamiento tardío de Heidegger al diálogo de la polis.
Para comprender adecuadamente la hermenéutica de Gadamer habría
que remontarse a una tradición mucho más antigua de la hermenéutica,
cuando ésta se recomendaba como doctrina del arte de la interpretación de
textos (canónicos) y posteriormente, a finales del siglo XIX, como doctrina
del método de la filología en tanto disciplina de las ciencias del espíritu.
Para ello podemos remitirnos a una exposición anterior, en la que se des­
criben las etapas principales de la hermenéutica.7 En el contexto presente se
trata de otro tipo de acceso a la hermenéutica de Gadamer, a saber, el de
la historia de su vida. Porque no sólo gracias a la elaboración de una her­
menéutica filosófica, sino también debido al regalo de una vida de Matu­
salén, con todos los encuentros y experiencias que la marcaron, Hans-Georg
Gadamer se convirtió en un testigo privilegiado del siglo XX. No se puede
negar que las pautas del trágico curso de nuestro siglo se debieron a acon­
tecimientos que, en buena medida se originaron en Alemania. 1914, 1918,
1933. 1945, pero también 1989 son indudablemente los hitos del siglo que

6. Ver también la análoga formulación en el título del artículo de Christoph


Quarch, «Kritik der Freiburger Urteilskraft. Heidegger lehrte Gadamer Philoso­
phie, Gadamer lehrt ihn Mores», en FAZ, 22-10-1997.
7. J. Grondin, Einftihrung in diephilosophische Hermeneutik, Darmstadt: Wis-
senschaftliche Buchgesellschaft, 1991; trad, castellana: Introducción a la herme­
néutica, Barcelona, Herder, 1999.

22
los historiadores del futuro tal vez considerarán como el siglo de Alemania.
Hans-Georg Gadamer vivió de manera inmediata estos acontecimientos
que tomaron su origen en Alemania y, de manera directa o indirecta, res­
pondió a ellos con su filosofía. Hasta este punto Hegel tiene razón cuan­
do sostiene que toda filosofía consiste en abarcar con el pensamiento el pro­
pio tiempo. Esto es especialmente cierto en el caso de Gadamer, puesto que
escogió la historia, la «historia de la influencia y recepción» (Wirkungs-
geschichte)* y la historicidad como temas especialmente destacados de
su hermenéutica. El concepto, particularmente característico de Gada­
mer, de la historia de la influencia y recepción señala que la historia ejerce
su efecto por encima de la conciencia de los individuos que participan
en ella.
Así, Gadamer mismo escribió en una de sus tesis más provocadoras:
«En realidad, la historia no nos pertenece, sino que nosotros pertenece­
mos a ella».8Por eso, resulta aún más urgente la pregunta de hasta qué pun­
to la filosofía de Gadamer mismo forma parte de la historia de su siglo. Sin
duda es más fácil incluirla en la historia de la filosofía que en la historia
social o política, puesto que la hermenéutica debe sus enfoques modernos
a los puntos de partida que encontramos en el pensamiento de Dilthey,
Husserl y Heidegger. Pero, ¿puede trazarse realmente una línea divisoria
semejante? ¿Es sólo y siempre filosófica la historia de la filosofía? ¿No pre­
domina también aquí, por encima de la conciencia de los filósofos, una per­
tenencia al siglo que no se puede conceptualizar de manera inmediata? ¿No
encontramos también y precisamente en este punto la «historia de la influen­
cia y recepción»? Aquí partimos de este supuesto, y lo podemos ilustrar con
el ejemplo concreto y famoso del maestro de Gadamer. Su relación con la
filosofía de Heidegger era especialmente estrecha, un hecho que no requie­
re pruebas como tampoco el de que la actuación de Heidegger quedó invo­
lucrada no sólo en la historia filosófica del siglo XX. Sin duda es una cues­
tión discutida e importante si los enredos de Heidegger con el
nacionalsocialismo tienen algo que ver con su filosofía o no, pero ella no ha
de ocuparnos aquí de manera directa. Mas, las circunstancias que llevaron
a Heidegger a su manera de actuar, también las vivió Gadamer, incluso como
discípulo de Heidegger. ¿Cómo reaccionó a estas circunstancias y a la acti-

* Por el alcance del concepto gadameriano de Wirkungsgeschichte, usaremos en


la traducción el término doble de «historia de la influencia y recepción». [N. del T.]
8. HGG, Wahrheit undMethode (en adelante: WM), GW 1, 281; trad, caste­
llana: Verdady método, Sígueme, Salamanca, 1995.

23
tud de su maestro (o hasta qué punto dejó de reaccionar)? Y ¿en qué medi­
da esta reacción está vinculada a su propia filosofía o su «carácter», si es que
se puede probar esta clase de conexiones? Dichas circunstancias no son las
únicas de las que nos ocuparemos aquí, pero nos pueden recordar en qué
medida una filosofía pertenece nolens volens a su siglo.
Lo que orienta nuestro interés en primer lugar es la biografía intelec­
tual. Con el predicado «intelectual» esperamos encontrar un camino medio
entre una historiografía puramente centrada en la obra y una presentación
que sólo se ocupa de la personalidad sin tener en cuenta el pensamiento.
Esto significa que se excluye aquí la vida íntima en la medida en que no es
significativa para la historia contemporánea. No obstante, algunos even­
tos privados sí son importantes en este sentido. Podemos recordar, por ejem­
plo, que el joven Gadamer tuvo que experimentar muy pronto la pérdida
de su madre, enfrentarse a la grave enfermedad de su hermano, sufrir la
férrea disciplina prusiana de su padre y encima vivir la Primera Guerra
Mundial, todo ello en los años en los que se forma algo así como el carác­
ter. Estas experiencias no son filosóficas ni tampoco triviales. Aunque la
tarea de una biografía no puede ser el esclarecimiento de todos estos tras-
fondos y hechos, al menos se puede intentar, con ayuda de las fuentes actual­
mente accesibles, iluminar aquella parte de su historicidad que puede con­
tribuir a la comprensión de la obra. Finalmente hay que recordar como algo
evidente que también es la tarea de una biografía dar una imagen de la per­
sona que está detrás de la obra y del pensamiento, de manera que la línea
divisoria entre obra y persona siempre será borrosa. Una biografía es una
biografía, pero al mismo tiempo sólo una biografía.
Sin duda, no se puede pasar por alto que desde la perspectiva de
Gadamer la idea misma de una biografía resulta muy cuestionable. Tanto
desde el punto de vista filosófico como seguramente también personal,
Gadamer tenía muchas reservas. Para esta postura probablemente es im­
portante el antecedente de la famosa aversión heideggeriana a todo lo bio­
gráfico, con independencia de si tenía que ver o no con las contradicciones
de su propia historia de la vida. En una ocasión, en presencia de Gadamer,
Heidegger dijo de Aristóteles en una introducción biográfica a un curso, el
1 de mayo de 1924: «Para la personalidad de un filósofo lo único que inte­
resa es esto: nacido en tal o tal fecha, trabajó y murió».9Algo de esto se ha

9. Martin Heidegger, Grundbegriffe der aristotelischen Philosophie, Semestre de


verano de 1924, Manuscrito (Archivo Marcuse de la Universidad de Frankfurt),
pág. 1. Ver T. Kisiel, The Genesis o f Heidegger’s Being an d Time, Berkeley: The

24
conservado seguramente también en Gadamer, como en todo filósofo que
toma en serio su tarea. Sin embargo, las razones filosóficas que la herme­
néutica de Gadamer puede alegar contra el interés biográfico son aún de
mayor peso. La biografía sería un retoño del romanticismo cuando se con­
centra unilateralmente en el desarrollo de sí misma de una personalidad.
¿Se puede tomar, en general, la subjetividad humana como punto de parti­
da fiable? En esta precaución la hermenéutica sigue el movimiento anti-
subjetivista, si no antihumanista, que no sólo caracteriza al Heidegger tar­
dío, sino también al marxismo y al estructuralismo.10 Gadamer está en
consonancia con estas tendencias cuando declara en un pasaje famoso de
Verdad y método'. «El foco de la subjetividad es un espejo deformador. La
autorreflexión no es más que un débil centelleo en el circuito cerrado de la
corriente de la vida histórica».11Es posible que así sea, pero aun una peque­
ña incandescencia es una fuente de luz, y bienvenida cuando estamos a os­
curas. Aunque el individuo singular no influya en la dirección que toman
los acontecimientos, al menos los sufre en su conciencia, que nunca puede
ser completa, pero que no deja de constituir nuestra «facticidad» herme­
néutica, si es que la existencia toda se caracteriza por entenderse a sí misma.
También Gadamer tenía esto en cuenta cuando hablaba no sólo de la his­
toria de la influencia y recepción omnidevoradora, sino también de una
«conciencia de la historia de la influencia y recepción». Tal vez no es una
construcción verbal muy elegante, pero para Gadamer es especialmente
central, porque se trata de desarrollar una conciencia de este ser efecto de la
influencia y recepción de la historia (geschichtliches Erwirktsein), también y
precisamente porque sabemos que se trata de una tarea imposible de termi­
nar. De una manera modesta, una biografía puede contribuir a esta con­
ciencia de la historia de la influencia y recepción en cada caso. Gadamer se
aproximó a esta cuestión con su afirmación: «Por eso, los prejuicios de la
persona particular son en una media mucho mayor la realidad histórica de
su ser que sus juicios».12Los prejuicios se pueden formular conscientemen-

University of California Press, 1994, pág. 287, donde también se señala que, en la
escuela de Heidegger, este dicho servía de schibboleth ideológico contra lo biográ­
fico.
10. Didier Eribon hizo la misma acotación en relación a Foucault en su bio­
grafía, Michel Foucault, París: Champs-Flammarion, 1991, pág. 11: «II semble para­
doxal d’écrire une biographie de Michel Foucault».
11. W M ,G W 1,281.
12. Ibidem.

25
te y especialmente por medio de una retrospectiva de las condiciones histó­
ricas y del contexto del camino intelectual de un pensador.
Hay otro argumento aún más contundente que las reservas antisubje-
tivistas contra el proyecto de una biografía, que se podría deducir de la her­
menéutica de Gadamer. Desde esta hermenéutica se podría verlo como una
empresa puramente histórica, que se limita al interjuego de los contextos
históricos y las influencias, de modo que deja de lado el contenido verda­
dero de lo que produjeron las figuras históricas mismas. Así, Gadamer adop­
tó una posición muy crítica frente a la concepción de la investigación bio­
gráfica que había surgido a partir del siglo XIX. Su culminación constituyó
la Geschichte der Autobiographie (Historia de la autobiografía) en cuatro volú­
menes de Georg Misch, quien pertenecía a la escuela de Dilthey y por eso
a un historismo estetizante para el que la cuestión de la verdad estaba en
peligro de degenerar. En su opinión, las indagaciones del interjuego de las
influencias, que seguía tácitamente el modelo de las ciencias naturales en su
búsqueda de las leyes de los efectos recíprocos del mundo físico sería aje­
no a la verdad y al objeto. Gadamer consideraba que sólo surgió una nue­
va objetividad con la exigencia de Husserl de una «vuelta a las cosas mis­
mas», pero también con aquellas biografías que desdeñaban lo puramente
histórico, que procedían del círculo de George. Estos esfuerzo no sólo ha­
brían cambiado la biográfica histórica, sino que aun la habrían superado:
«La investigación biográfica individual, la indagación de fuentes e influen­
cias que habían caracterizado el estilo de trabajo de la historia de la litera­
tura del siglo XIX, queda aquí radicalmente superada. Su objeto ya no son
las condiciones azarosas de índole biográfica e histórica bajo las que un hom­
bre y una obra se convirtieron en lo que son, sino lo esencial de esas gran­
des figuras, algo que sólo llega a descifrar la mirada que se fija en las fuer­
zas creadoras y las potencias espirituales de la vida».13
Gadamer alude aquí a la idea de la biografía de la Gestalt (figura),14culti­
vada en el círculo de George y que no apunta a las contingencias históricas,

13. H G G , «Die phànomenologische Bewegung» (1963), GW 3, 105. La refe­


rencia de Gadamer («aquí») alude especialmente a biografías como Goethe, de Frie­
drich Gundolf, o Friedrich der Zweite, de Ernst Kantorowicz. Recordemos, tam­
bién, la biografía de George escrita por Friedrich Wolters (Stefan George und die
Blatter fü r die Kunst, Berlin: 1930).
14. A proposito de la biografia de la figura en el círculo de George ver también
GW 9, 263.

26
sino a lo esencial de una vida productiva. Hay que preguntarse, sin embar­
go, si es posible dar relevancia a lo «esencial» sin atender el interjuego de las
casualidades. Por muy justificada que pueda haber sido en aquel momento
la crítica al historismo estetizante, que ya había encontrado su expresión
teórica en la Segunda consideración intempestiva de Nietzsche, titulada «Del
provecho y la desventaja de la historia para la vida», la «biografía de la
Gestalt», que se le opone, no deja de correr el peligro de ser apologética y
por tanto extraña a la época. Probablemente, eso no es una virtud desde el
punto de vista de una conciencia hermenéutica que pretende ser crítica.
Lo decisivo es que se llega a discernir por qué una filosofía hermenéu­
tica, es decir una filosofía que apunta a la posibilidad del ser humano de
entenderse a sí mismo, debe otorgar al interés biográfico una nueva legiti­
midad. Las ideas del diálogo y de la aplicación, tan centrales para la her­
menéutica, favorecen este interés. En la reconstrucción histórica no se tra­
ta de la exclusión del contenido de verdad, sino de lo contrario: sólo cuando
se intuye de dónde viene y desde dónde habla una filosofía, se puede espe­
rar tomarla en serio en su contenido de verdad. La idea conductora de la
hermenéutica es precisamente que cualquier afirmación debe ser entendi­
da como respuesta a una pregunta.15Y cualquier filosofía es una afirmación.
¿Por qué tipo de pregunta se deja llevar? Sería erróneo considerar que esto
implica la defensa de una historización relativista de la verdad. Lo que ocu­
rre de hecho es lo contrario, y se lo puede entender como la constatación
básica de la hermenéutica: Ninguna afirmación puede comprenderse en su
verdad si no se parte de la necesidad que trata de expresarse en ella. Gada­
mer reconoció tácitamente esta consecuencia cuando él mismo publicó una
autobiografía, a la que se sumaron, con los años, numerosas autodescrip-
ciones, recuerdos y entrevistas.'6
El presente libro ha tomado estos textos como valioso apoyo, pero tam­
bién se rige por el lema hermenéutico de que un autor o un pensador no

15. Ver HGG, «Die Universalitát des hermeneutischen Problems» (1966), GW


2, 226: «Este es, de hecho, el fenómeno hermenéutico originario: que no hay afir­
mación posible que no pueda comprenderse como respuesta a una pregunta, y que
sólo es comprensible de ese modo».
16. Ver especialmente la presentación de sí mismo del año 1975 en GW 2,
479-508 y los encuentros, nuevamente recopilados en GW 10, 373-440. En el ane­
xo bibliográfico se encuentra una lista de los reportajes y de los textos autobiográ­
ficos.

27
siempre es el mejor intérprete de su propia obra.17 En la medida de lo posi­
ble y de lo demostrable, también aquí nos orientamos por el esfuerzo her­
menéutico de escuchar lo no expresado en lo expresado. ¿Qué se dice y qué
se silencia en estas afirmaciones? Más allá de la lectura controlada de estas
autodescripciones recurriremos a materiales de archivos, testimonios coe­
táneos, correspondencias conservadas y también a conversaciones, para ilu­
minar debidamente esta vida secular y excepcional.

17. WM, GW 1, 196.

28
I. 1900: un buen año para la hermenéutica

El 11 de febrero de 1650 murió René Descartes, el fundador del pensa­


miento metódico moderno. Un cuarto de milenio después, exactamente
el mismo día, nació Hans-Georg Gadamer en Marburgo, quien se con­
vertirá en el crítico de esta idea que había guiado la Edad Moderna. No fue
por voluntad de providencia alguna o por efecto de alguna historia del ser,
pero lo cierto es que en este año 1900 de su nacimiento y de manera total­
mente independientes entre ellos, una serie de acontecimientos y nuevos
descubrimientos iban pululando en el paisaje filosófico que apuntaron, todos
ellos, a una intensificación de la hermenéutica como forma preferente del
planteo de preguntas de este siglo, que -por pura casualidad- también
comenzó en aquel año.
El 25 de agosto de 1900 murió el filósofo Friedrich Nietzsche en Wei­
mar. En sus últimos años, antes de retirarse en 1889 a esta oscura pero para
él tan emblemática noche de la enajenación mental, había proyectado una
filosofía perspectivista, para la que no existen factos, sino sólo interpreta­
ciones al servicio de una voluntad de poder. No llamó hermenéutica a esa
filosofía, porque en aquel momento este nombre sonaba demasiado pro­
vinciano. No obstante, Nietzsche había puesto en marcha una universali­
zación revolucionaria del enfoque perspectívico e interpretativo, cuya con­
secuencia puede verse legítimamente en la hermenéutica del siglo XX. Parece
que Nietzsche dijo de sí mismo que sólo se le entendería al cabo de cien
años. No se trata de sostener que sólo la hermenéutica lo consiguió, pero
aun así se puede entender la concepción del carácter interpretativo de toda
vida y todo conocimiento, relacionada con el nombre de Nietzsche, como
el desafío del pensamiento de nuestro siglo. Parece ser que desemboca en
un relativismo y nihilismo, cuya superación, buscada de diversas maneras,
se está proclamando más que realmente logrando. ¿Se puede superar, de ver­
dad, el enfoque interpretativo y hermenéutico? Desde Nietzsche, esta pre­
gunta anima cualquier punto de partida filosófico que se puede tomar en
serio.
Esto es cierto también para pensadores distantes de Nietzsche, como,
por ejemplo, Edmund Husserl. Da la casualidad de que él mismo publicó
en el año 1900 el primer volumen programático de sus Investigaciones lógt-

29
cas. Bajo este título poco poetico se escondía el anuncio de un nuevo acce­
so a los fenómenos, que era tan sencillo y provocador que osaba llamarse sim­
plemente «fenomenología». Lo que se presuponía, también de manera sen­
cilla y provocadora, era que todas las filosofías en uso se nutrían de una
conceptualización que pasaba de largo de los fenómenos, de las cosas mis­
mas, cuando hablaba de ellas. Así, su lema de combate era: «A por las cosas
mismas», que en aquel momento causó furor y dio alas a muchos ánimos
jóvenes (Max Scheler, Moritz Geiger, Alexander Pfánder, Nicolai Hartmann,
Martin Heidegger, Hans-Georg Gadamer y muchos otros). Con una arro­
gancia casi antihermenéutica prometía un nuevo comienzo en la filosofía
pero, sobre todo, la despedida de la filosofía escolástica académica que seguía
cojeando y de manera parasitaria detrás de las ciencias exactas. En qué medi­
da Husserl mismo cumplió esta promesa fue algo que se convirtió en una
cuestión del destino de su bastante informal «movimiento fenomenològico».
Especialmente su discípulo disidente Martin Heidegger le reprochó que él
mismo seguía venerando unas conceptualizaciones que no había obtenido a
partir de las cosas mismas. Gadamer seguía de manera directa este debate en
torno a la fenomenología y con él las perspectivas futuras de la filosofía, cuan­
do asistía a las lecciones de Heidegger en los años veinte. En ellas se podía
aprender, entre otras cosas, que Husserl no había rechazado tan rotunda­
mente el enfoque hermenéutico y que, al contrario, le había dado casi una
importancia central cuando enseñaba a ver todos los fenómenos de la con­
ciencia como fenómenos de la «intencionalidad». Para Husserl, esta expre­
sión significaba que no existe una conciencia vacía, puesto que siempre
está guiada por intenciones: apunta al objeto «como» éste o aquél en un deter­
minado aspecto. Esta «estructura del como», propia a la conciencia, sería pos­
teriormente elaborada por Heidegger como el fenómeno básico de la her­
menéutica sin más.1 Según afirma Heidegger en su crítica, Husserl mismo
se había cerrado el camino a ella cuando definió la conciencia como la sede
aprioristica de una racionalidad ideal -casi retrocediendo asustado ante la
consecuencia hermenéutica de su propia doctrina- y brindando con ello una

1. En su conferencia de 1931 intitulada «Phánomenologie und Anthropolo­


gie» {Husserliana, tomo XXVII, Dordrecht/Boston/ Londres: Kluwer, 1989, pág.,
177), en la que Heidegger vio siempre un fiero ataque masivo contra El sery el tiem­
po -aunque no conocía la conferencia-, Husserl había caracterizado sorprenden­
temente su propio análisis de la conciencia como «hermenéutica de la vida de la
conciencia».

30
última reverencia al sueño de una filosofía entendida como ciencia exacta.
Bajo el título Philosophie ais strenge Wissenschaft, también Husserl hizo en
1913 un apasionado ajuste de cuentas con las tendencias relativistas e his-
toristas que vio florecer alrededor suyo. La mayoría de sus discípulos, en cam­
bio, prefirieron partir de la promesa de 1900 de un comienzo radicalmente
nuevo, osando encontrar un acceso fenomenologico a las cosas mismas y
corriendcf el riesgo de perder el último fundamento.
También podemos acercarnos al ámbito temático de la hermenéutica
si pensamos en el título de otro libro del año 1900: La interpretación de
bs sueños de Sigmund Freud. Con este libro de un hasta entonces poco cono­
cido psiquiatra vienés comenzó la carrera del psicoanálisis, cuyas secuelas
de carácter sísmico no se pueden reconstruir aquí. Sólo sesenta y cinco años
más tarde un representante de la filosofía hermenéutica tan famosos como
es Paul Ricœur reconocería en dicha obra un manifiesto hermenéutico,2
aunque desde un principio era patente que el concepto de «interpretación»
mismo y la reducción de todos los fenómenos de la conciencia a estructu­
ras pulsionales del inconsciente apuntaban a esto. Ya en la primera línea de
su libro de 1900, Freud prometió demostrar «que existe una técnica psi­
cológica que permite interpretar sueños, y que, si se aplica este procedi­
miento, todo sueño aparece como un producto psíquico provisto de senti­
do al que cabe asignar un puesto determinado dentro del conjunto de los
procesos anímicos».3Aunque Freud no hablara tal vez de hermenéutica, la
idea de una «técnica de la interpretación» daba en el blanco de lo que en
aquellos momentos podía ser la hermenéutica, aunque oficialmente era ape­
nas conocida.
Resulta que una hermenéutica «técnica» de esta índole también la había
anunciado otro filósofo importante de esta época, que era Wilhelm Dilthey
(1833-1911). En un tratado, expuesto igualmente en el año fetiche de 1900,
bajo el título «Die Entstehung der Hermeneutik», trató de acercar a un
público erudito el desarrollo bastante desconocido de esta disciplina. Lo
cierto es que la hermenéutica era tan desconocida que él pudo tomar como
base de su conferencia un trabajo suyo de 1866, que se remontaba a su épo­
ca estudiantil, es decir, su investigación premiada e inédita sobre el desa­

2. P. Ricoeur, De ^Interpretation. Essai sur Freud, París: Seuil, 1965.


3. S. Freud, La interpretación de los sueños, citado según las Obras completas,
vol. IV, Amorrortu editores, Buenos Aires 1976, p. 29.

31
rrollo de la hermenéutica protestante de Lutero a Schleiermacher. Según la
explicación de Dilthey, la hermenéutica se habría desarrollado primero como
técnica de interpretación de las Sagradas Escrituras, sobre todo dentro de
la tradición protestante. El camino de la hermenéutica habría comenzado
con la declaración de Lutero de que las Sagradas Escrituras eran su propio
intérprete. Esta hermenéutica consistía casi exclusivamente en reglas e ins­
trucciones desconexas para la interpretación de textos, que no llegaron a
constituir una disciplina coherente hasta que el teólogo protestante y tra­
ductor de Platón, Schleiermacher, se propuso elaborar una hermenéutica
universal para todos los procesos de interpretación. Según Dilthey, esta dis­
ciplina general de la técnica de la interpretación podía adquirir una nueva
significación en nuestro tiempo. Concretamente, y pensada en todas sus
consecuencias, podía entenderse como la base científica de todas las cien­
cias del espíritu, en la medida en que todas estas disciplinas ejecutan tra­
bajos de interpretación y de comprensión que se distinguen metodológica­
mente de los esfuerzos más bien explicativos de las ciencias naturales. A la
vista de la marcha triunfal de las ciencias naturales, las llamadas ciencias del
espíritu necesitaban urgentemente una propia legitimación. La cuestión de
la dignidad científica de las ciencias del espíritu era (y sigue siéndolo hasta
hoy) un asunto muy precario. La opinión de muchos era y es que no se tra­
ta realmente de una ciencia, sino más bien de actividades literarias dile­
tantes que siempre van cojeando detrás de las ciencias exactas. Tal vez ten­
dría que permitir que se le arrancaran algún día sus raíces románticas y
decidirse tomar el sobrio camino de la experiencia, adoptando sobre todo
los métodos de las ciencias exactas si quería ir absolutamente al paso con
éstas. Así, podría buscar, por ejemplo, unas leyes del acontecer histórico o
algunas constantes de tipo social, político o filosófico. Esto fue lo que pen­
só el positivismo de la ciencia unificada. Dilthey, en cambio, estaba empe­
ñado en defender la autonomía de las ciencias del espíritu y durante toda
su vida trató de darles, por diferentes caminos, una legitimación metodo­
lógica autónoma. Finalmente parecía verla en una hermenéutica que aún se
tenía que desarrollar. En este sentido insinuó en sus apuntes posteriores que
«una nueva e importante tarea de la hermenéutica» podría consistir en defen­
der «la seguridad de la comprensión frente al escepticismo histórico y la
arbitrariedad subjetiva».4También aquí se descubre que se recurre a la her­

4. W. Dilthey, Gesammelte Schriften, tomo 5, pág. 217s.

32
menéutica para responder al desafío del relativismo histórico. El mismo fan­
tasma se esconde detrás de los esfuerzos del pensamiento de Nietzsche, Hus­
serl y también Freud (aunque en este último se lo percibe sobre todo en sus
escritos más tardíos en torno a E l malestar en la cultura).
Heidegger y Gadamer serán los depositarios inmediatos de la heren­
cia de Dilthey, pero sin perder de vista la integración del problema herme­
néutico en el contexto relacionado con los nombres de Nietzsche, Husserl
y Freud. Así, se harán cargo del interés de Dilthey por la vida histórica y
también lo radicalizarán al descartar su búsqueda de una seguridad meto­
dològicamente garantizada del entender como un resto metafisico. El con­
cepto del entender se desprenderá del marco metodològico de las ciencias
del espíritu y, en adelante, significará la comprensión de sí misma de la exis­
tencia humana. Así se dio el paso -al menos en la óptica de Heidegger y
Gadamer- de una hermenéutica metodológica y en su opinión provincia­
na a la hermenéutica filosófica y universal.
Todo esto comenzó a prepararse en el año afortunado de 1900, en el
que —por pura casualidad—nacieron Gadamer y el siglo hermenéutico.
Datos tan precisos y de coincidencia rebuscada en el mismo lapso de
tiempo se podrían encontrar seguramente también para el nuevo comien­
zo de la filosofía que, entretanto, se anunció en las islas británicas. Como
reacción al idealismo predominante en ciertos círculos académicos, G. E.
Moore había recomendado una vuelta a la sobriedad, que también estaba
en una mayor sintonía con la tradición inglesa más antigua del empiris­
mo y del common sense. Con su libro Principia Ethica de 1903, el británi­
co puritano apeló a las fuerzas del sentido común y de un lenguaje com­
prensible para todos. De este modo puso en marcha la impresionante
historia de la llamada filosofía analítica, que predomina desde hace años
en el ámbito angloamericano y que penetra en medida creciente la llama­
da filosofía continental, a la que en el fondo entiende como la filosofía
«aun no analítica». Los ingleses y americanos entienden el giro lingüístico
analítico como una ruptura tan importante en la historia de la filosofía
que algunos consideran que todo lo anterior habían sido tonterías metafí­
sicas, de manera más o menos parecida a cómo los astrónomos y quími­
cos consideran su prehistoria en la astrologia o la alquimia. Sólo desde la
filosofía analítica, es decir sólo desde el cambio de siglo, se estaría filo­
sofando en serio y de manera científica. Sin embargo es obvio que tam­
bién este giro lingüístico de 1900 se basa en concepciones hermenéuticas.
Porque no sólo es hermenéutica la idea de que un lenguaje comprensible

33
debe ser la base de cualquier filosofía honesta, sino también el reco­
nocimiento de que cualquier acceso al mundo está mediado por el len­
guaje y así también por la interpretación. Fue un giro lingüístico de
esta índole el que condujo a Gadamer a la fenomenología de Husserl y
Heidegger.

34
II. ¿Acaso se ama a un padre?

No desearía hoy a nadie mi propia educación cuando


era niño. Ningún niño la sobreviviría sin rebelión.
H a n s-G e o rg G a d am e r1

¿Cuándo comienza la historia de una vida? La respuesta es sencilla. Siem­


pre comienza cuando se nace en un determinado lugar y en un día preciso.
De manera igualmente banal la vida llega a su fin. Pero el hecho de que uno
nace en tal sitio y tal fecha tiene algo que ver con los propios antepasados.
Por eso parece oportuno dar en primer lugar algunas indicaciones sobre los
antepasados de Gadamer.
Los tatarabuelos de Gadamer eran originarios del Rhon, un sistema de
montañas cerca de Würzburg, en Franconia. Muchos de ellos se marcharon
a Norteamérica, dentro de la gran ola de emigración en el siglo x v iii y se
instalaron en Wisconsin. Cuando Hans-Georg Gadamer, ya de viejo, lle­
gó al Estado de Wisconsin con ocasión de uno de sus viajes de conferen­
cias, miró en el listín de teléfonos para ver si podía encontrar su apellido.
Aunque no lo vio descubrió muchos que se llamaban «Gad» y supuso que
para Norteamérica probablemente el nombre Gadamer era demasiado
largo.
Un Gadamer de la región del Rhon no estuvo a tiempo para empren­
der el viaje a América y se quedó. Debió de ser de estatura muy alta, de
modo que se alistó en el ejército prusiano de Potsdam, conocido como las
tropas «de los mozos altos». Así se llamaron los soldados de las fuerzas arma­
das del padre de Federico el Grande. Este antepasado participó durante algu­
nos años en las guerras de conquista de aquel rey prusiano hasta que llegó
la paz. Hans-Georg Gadamer gustaba contar lo siguiente: ¿Qué se hace con
los soldados cuando vuelve la paz? Los viejos soldados tienen dos posibili­
dades: pueden golpear a los niños convirtiéndose en maestros o bien pue­
den golpear los árboles convirtiéndose en guardas forestales o carpinteros.
Al parecer, su antepasado se decidió por la solución más humana y optó por
el oficio de guarda forestal. Después de trabajar en Suecia se trasladó a la

1. «Humanismus heute?», en Humanistische Bildung, 1992, fase. 15, pág. 65.

35
zona boscosa de Silesia. Todos los abuelos de Gadamer eran de Waldenburg,
una ciudad al sudoeste de Breslau, la capitai de Silesia, en medio del bello
paisaje de bosques y montañas de los Sudetes. Actualmente, Silesia perte­
nece a Polonia, Waldenburg se llama Walbrzych y Breslau, Wroclaw. Entre
los Sudetes y Breslau se alza el Zobten, una montaña de 718 metros, que
es la cumbre más alta en los montes Eulen, donde el joven Gadamer hizo
a menudo excursiones escolares. En 1980, cuando volvió por primera vez
después del final de la guerra a Breslau para dar conferencias en semi­
narios católicos, que en aquel momento formaron un verdadero gobierno
paralelo, viajó en tren de Cracovia a Breslau para ver la montaña de
Zobten.2
Los abuelos de Gadamer eran de confesión protestante. El abuelo pater­
no, Oskar Gadamer (nacido el 6 de agosto de 1831 en Ober-Gáserdorf,
muerto el 2 de julio de 1887 en Waldenburg) había sido originariamente
católico. Presumiblemente se convirtió a la confesión evangélica cuando
se casó con la protestante Anna Puschmann (nacida el 15 de enero de 1832
en Neuhaus, muerta el 10 de mayo de 1909 en Waldenburg). Los que
creen más o menos en serio que la inclinación de Gadamer a la tradición
debe hacerle receptivo para el catolicismo, pueden encontrar aquí ciertas
raíces genealógicas.
Oskar Gadamer era propietario de una fábrica y concejal municipal, es
decir que pertenecía a la aristocracia burguesa de Waldenburg. La fábrica
producía fósforos de madera, lo que permite sospechar al menos una cier­
ta continuidad con el mundo del bosque, al que pertenecía el guarda fores­
tal. Durante la Primera Guerra Mundial, cuando en casa de los Gadamer
faltaba casi todo, la familia podía recurrir todavía a un valioso tesoro de fós­
foros guardados en el sótano.
Los abuelos maternos eran Hugo Gewiese (nacido el 18 de junio
de 1832 en Karolath, muerto el 29 de mayo de 1887 en Waldenburg) y
Adele Becker (nacida el 15 de junio de 1838 en Karolath, muerta el 24 de
enero de 1905 en Breslau). Hugo Gewiese era carpintero. Hasta su llega­
da a Heidelberg, Hans-Georg Gadamer pudo conservar un pequeño escri­
torio de estilo biedermeier, procedente de Karolath y hecho por su abue-

2. H G G , Breslauer Erinnerungen, en K. Bal y J. Wilk (сотр.), Gadamer und


Breslau!Gadamer I Wroclaw, Acta Universitatis Wratislaviensis n° 1922, Wroclaw,
Wydawnuctwo Uniwersytetu Wroclawskiego, 1997, pág. 206.

36
lo. También este lado de la familia formaba parte de la burguesía que iba
surgiendo en Silesia.
El joven Gadamer no llegó a conocer a sus abuelos pero sí a sus tres
abuelas. Eran tres porque poco después de la muerte de su madre en 1904,
su padre se casó con una de las amigas de colegio de ella, Hedwig Hellig,
cuya madre se convirtió en una tercera abuela. Cuando el joven Gadamer
dejó Breslau -donde su padre era profesor desde 1902- para vivir en Wal­
denburg, tenía que hacer muchas visitas a las abuelas,3que le resultaban des­
agradables especialmente por sus besos mojados. Sin embargo, estas abue­
las y Waldenburg, como ciudad de origen de su familia, debían ser un
consuelo para él después de la pérdida temprana de su madre.
La verdad es que casi no llegó a conocerla. Se llamaba Emma Karoli­
na Johanna Gewiese (nacida el 30 de julio de 1869 en Waldenburg, muer­
ta el 24 de mayo de 1904) y poco después de que Gadamer cumpliera cua­
tro años ella murió de diabetes en Albertinenburg, cerca de Berinchen, en
Pomerania. Cuando entró en la fase crítica de su enfermedad, el joven Hans-
Georg y su hermano mayor Willi fueron alojados en casa de unos amigos
de la madre, en una granja en Pomerania. Se encontraba en un establo de
ovejas, donde jugaba con los corderitos y con el pastor, que era amigo suyo,
cuando su padre les hizo llamar a él y a su hermano para que acudieran a la
casa. Les dijo sencillamente: «La mamacita se ha ido ahora al cielo». Hans-
Georg no comprendió del todo esta frase, pero pudo observar que sobre la
mejilla de su hermano mayor corría una lágrima. Cuando Gadamer relató
esta escena en años posteriores, solía mirar hacia el cielo como si, incons­
cientemente, continuara buscando allí a su madre. Probablemente, el niño
de cuatro años habría estado buscando, con el mismo gesto, mirando con
los ojos muy abiertos hacia el cielo.
En sus escritos y sus recuerdos, Hans-Georg Gadamer habla mucho
menos de su madre4 que de su padre (a su hermano Willi, que desde su más
temprana juventud padecía una epilepsia crónica, no lo menciona casi nun­
ca). Siempre describe la disciplina prusiana de su padre, con la que éste una
y otra vez habría tratado de ganar a su dotado hijo para el severo trabajo de

3. Carta de H G G a Karol Bal, del 4-10-1995.


4. Menciones ocasionales de su madre se encuentran, por ejemplo, en GW:
tomo 3, 356; tomo 8, 356; «Fortwirken durch Verwandeln. Ein MUT-Interview
mit dem Philosophen Hans-Georg Gadamer», en MUT. Forum fu r Politik und Ges-
chichte, n° 358, junio 1997, pág. 34.

37
las ciencias naturales. Por eso quedó profundamente decepcionado cuando
éste se decidió por las ciencias humanas, a las que llamaba las ciencias del
«palabreo». Cuando Gadamer leyó una semblanza suya, publicada con oca­
sión de su 95 cumpleaños, en lá que se describía su camino a las ciencias
humanas y de las artes como una especie de rebelión contra el dictado pater­
no,5 lo encontró acertado, pero dijo que tal vez se había infravalorado el
papel materno, y precisamente la falta de la madre.
Pues esta falta o la incomprensible privación de la madre fue algo que
también marcó a Gadamer. Todos los recuerdos en vida de ella están deter­
minados por su enfermedad y su paulatino desvanecimiento. Aun los pocos
años que él vivió a su lado estaban bajo el signo de duros golpes del destino.
Un año después de Hans-Georg, ella dio a luz a una hija, llamada lise,
que murió de difteria al cabo de cinco meses. Está claro que el niño se dio
cuenta de que durante un tiempo la atención se había desplazado, pero sólo
retuvo muy poco de la suerte de su hermana y no la mencionó nunca.
A continuación, la madre tuvo otro embarazo que llevó a un aborto (de un
hijo). Gadamer opinaba en años posteriores que este aborto tal vez haya
sido la causa de la diabetes y que después, eventualmente, la insulina podría
haber frenado la enfermedad, pero en aquellos años este tratamiento era aún
desconocido. Después de dicho aborto, la madre sufría repetidos ataques
de mareos y a menudo tenía que acostarse durante las comidas en familia.
Con un suspiro solía decir que se sentía «bleumourant». Gadamer recuer­
da sobre todo la cara sombría que puso su padre en estas ocasiones. Como
antiguo farmacéutico y profesor de química farmacéutica sabía mejor que
nadie que era incurable.6
Gadamer sentía la falta de su madre especialmente porque hubiera dese­
ado encontrar en ella un contrapeso poético y casi religioso a la figura férrea

5. «Die Weisheit des rechten Wortes. Ein Portrat Hans-Georg Gadamers»,


en Information Phihsophie 1994, fase. 5, pág. 28-33.
6. No obstante, su temprana muerte parece haber traído consigo tensiones entre
Johannes Gadamer y su familia política: tácitamente se adjudicó a él, aunque por
cierto sin razón, una parte de la responsabilidad en esa muerte. Así son, en fin, las
familias políticas. Con todo, esta circunstancia llevó a que la abuela materna de
Gadamer (que murió ocho meses después que su hija) dejara en herencia a sus nie­
tos Hans-Georg y Willi su patrimonio monetario, pero cuyo disfrute ellos sólo
podrían tener, como es obvio, al llegar a la edad adulta. Gadamer vivió como joven
estudiante durante un tiempo de ese módico dinero, pero la suma desapareció des­
pués en las olas de la inflación.

38
de su padre. Sólo en años posteriores descubrió este lado de ella, cuando
pudo ver su legado. En él encontró imágenes religiosas y libros de ora­
ción, también una edición del Fedón de Mendelssohn, que trataba de la
inmortalidad del alma. Entre otras cosas destacaba en su legado el libro pie­
tista del barón von Feuchtersleben, Zur D iat der Seele (Para el régimen del
alma),7 en el que el nombre de su madre se hallaba grabado en letras de oro.
Al parecer tenía una fuerte predisposición a la religiosidad y al pietismo. En
una época en que el protestantismo se caracterizaba en general por una acti­
tud de seca sobriedad, el pietismo del barón von Feuchtersleben cultivaba
una piedad de la intimidad del corazón e invitaba a un cambio del alma. Es
sabido que el pietismo había marcado a muchos filósofos alemanes, espe­
cialmente a Kant, pero también Schelling, Hegel y, en cierto sentido, inclu­
so al católico Heidegger. Esta forma de la religiosidad debía ser seguramente
la única que Johanna Gadamer pudo permitirse en casa de su severo y anti­
clerical marido. En años posteriores, Hans-Georg Gadamer expresó a menu­
do la opinión de que su vaga «predisposición religiosa»8 debía ser una heren­
cia materna. Con ello se refería probablemente a su sensibilidad por aquello
que rebasa los límites de la razón y de la ciencia y que él mismo tal vez lla­
maría lo estético o lo artístico.
Porque lo cierto es que Gadamer no tuvo más religiosidad que esta pre­
disposición. Fue bautizado y confirmado por la Pascua de Resurrección
de 1914 en la confesión protestante (en las mismas fechas que su hermano)
y a veces confesó ser protestante.9 Pero a menudo lo hizo sólo para distan­
ciarse abiertamente del «catolicismo» de Heidegger. Lo que asociaba con él
no sólo era el lado del culto y del ritual con su proximidad al arte, sino tam­
bién la idea escolástica del catolicismo de Dios, entendido como un intel-
lectus infinitus, del que, en su opinión, el protestantismo quería prescindir
con su tendencia de orientarse más por el Viernes Santo. No ponía en pri-

7. El libro ha sido editado nuevamente con una introducción de Karl Kònig,


quien trae a la memoria, con gran erudición, la enorme difusión que tuvo el popu­
lar librito (Stuttgart: Verlag Urachhaus, 1980).
8. Palabras textuales de Gadamer (dichas verbalmente en julio de 1989). A fin
de no recargar el cuerpo de notas al pie de página, en adelante evitaré mayormen­
te dar las referencias exactas de las expresiones verbales citadas. No obstante, se pue­
de partir de la base que, donde aparecen citas entre comillas sin referencia a la fuen­
te, ellas proceden de esas señaladas expresiones de Gadamer, avaladas bien por
una cinta grabada o bien por una sólida memoria.
9. Ver GW 8, 126.

39
mer plano la concepción armoniosa del orden jerárquico del mundo crea­
do, sino la naturaleza pecadora del ser humano finito. Gadamer gustaba de
expresar esta dimensión de la finitud propia al protestantismo con la fór­
mula de Kierkegaard: «Sobre lo edificante de la idea de estar siempre en lo
falso frente a Dios».10Además estaba bien dispuesto a admitir que su pro­
pio concepto de la comprensión de sí mismo tenía un «tono de fondo» pie­
tista». Decía que «en él se insinúa que el ser humano no logra entenderse
a sí mismo, y que a través de este fracaso de su comprensión y certeza de
sí mismo debe llevar el camino a la fe. Mutatis mutandis, esto mismo vale
también para el uso hermenéutico del término. Para los seres humanos,
entenderse a sí mismos es algo inacabable, una tarea siempre nueva y una
constante derrota».11
De todos modos, lo que Gadamer extrajo posteriormente de su influen­
cia protestante eran enseñanzas filosóficas. Él mismo no encontró «a través
del fracaso de su comprensión y certeza de sí mismo» el camino a la fe en
un Dios personificado y más allá de la vida, aunque tal vez lo haya inten­
tado y haya tenido una predisposición a hacerlo. Es sabido que durante toda
su vida mantuvo una íntima relación con la teología y con instituciones reli­
giosas. Así, durante su época estudiantil estuvo cerca de la teología de Rudolf
Bultmann, que predominaba en Marburgo y que continuó siendo una fuen­
te importante de su hermenéutica. Con Bultmann le unía también una rela­
ción personal estrecha; para él era sobre todo un cuidadoso filólogo de la
teología. Durante quince años participó en sus «Graeca», un círculo de lec­
tura de literatura griega, junto con otros teólogos, filósofos y filólogos. En
su obra, Gadamer remite repetidas veces a autoridades eclesiásticas, como
san Agustín, Tomás de Aquino o Nicolás de Cusa. Y cuando, en años pos­
teriores, visitó Norteamérica se sintió especialmente familiar en las D ivi­
nity Schools protestantes por las que fue invitado, pero también en univer­
sidades católicas como el Boston College o la Catholic University o f America
en Washington, entre otras cosas también porque en estas universidades
confesionales se cultivaba el griego con un nivel de conocimiento muy alto.12

10. GW 10, 70 y pàssim.


11. Dekonstruktion und Hermeneutik (1988), GW 10, 142.
12. Ver M it der Sprache denken (1990), GW 10, 347, donde describe las expe­
riencias que al respecto tuvo en Estados Unidos.

40
A pesar de ello, en entrevistas públicas y privadas de años posteriores
mantuvo una distancia de desconocimiento e incluso socrática frente a la
fe eclesiástica y aun religiosa. Interrogado por Berhard Borgeest en una entre­
vista de Die Zeit en 1993 de si creía en un más allá, contestó: «Yo perso­
nalmente no, al menos no en el sentido en el que lo hace la religión». Sin
embargo, mantuvo cierta ambigüedad, porque añadió inmediatamente:
«Creo que en nuestro mundo espiritual y personal no conocemos nues­
tros límites. Ni aquello que habla desde nuestro interior siendo anterior a
nuestro ser ni lo que tal vez aún hablará cuando hayamos dejado de exis­
tir. El más allá siempre está aquí. Como el futuro todavía no vivido por nos­
otros y como el pasado ya sumergido en la lejanía. De ambos no sabemos
nada. Ese poquito de luz que atravesamos con nuestra conciencia, no es el
todo de nuestro ser».13
En su entrevista española del mismo año, su interlocutor lamentó que
Gadamer era «desgraciadamente agnóstico»,14 porque él declaró que a su
edad se sentía incapaz de aceptar las razones a favor de una u otra tesis.
Como mucho estaba de acuerdo con lo que para Platón había sido “lo di­
vino” pero llamándolo siempre en forma neutral. Pero este ente neutral,
como decía, no era un ser viviente como posteriormente en Aristóteles y en
la iglesia católica, sino que significaba que todos sabemos que no nos hemos
hecho a nosotros mismos y que no tenemos poder alguno sobre la muer­
te.15 Por eso, como Gadamer dice irónicamente, la iglesia católica sólo ha
podido apelar a Aristóteles, pero no a Platón, porque éste le resultaría dema­
siado espiritual.16Esta dimensión de lo divino en el sentido platónico implica
sobre todo un sentido para la finitud, para la cual la trascendencia marca el
límite de lo que podemos saber. No se puede negar que este «agnosticismo»
está en relación con la misma situación familiar de Gadamer. Cito un pasa­
je largo de una conversación suya, también por su importancia biográfica
en otros aspectos, en la que describió estas circunstancias de la siguiente
manera:

13. «Die Kindheit wacht auf». Gespràch mit dem Philosophen Hans-Georg
Gadamer, en Die Zeit, n° 13, 26-3-1993, pág. 22.
14. «Desgraciadamente agnóstico», en Gadamer: «El alma de la política es el
compromiso», Entrevista con Isidoro Reguera, en Diario 16, 27-2-1993.
15. Ibidem.
16. Ibidem.

41
Vengo de una familia muy científica, cuyo protestantismo estaba, por así decir­
lo, cerca del punto cero. No se trataba de un ateísmo teórico. Mi padre era
investigador en ciencias naturales y consideraba que el secreto de la naturale­
za como tal era el testimonio de algo que no era el objeto de la ciencia natural.
Aunque estaba ahí, la iglesia no existía para él. Mi madre era del todo diferente.
No llegué a conocerla. Se murió cuando estaba en mis primeros años. Ella tenía
rasgos religiosos y meditativos, pero también artísticos; porque esto se com­
binaba. Mi padre tenía talento para la crítica. Por eso tenía éxitos claros. Uno
de sus últimos asuntos está ahora extendido por todo el mundo. Lástima que
no vivió para verlo. Es [el descubrimiento] del bulbocapnino. Lo encontró
en el trabajo analítico. Se mostró en la cultura clínica que era una especie de
soporte anímico que hoy en día se emplea en casi todos los psicofármacos. Es
su substancia básica. Por supuesto que sólo me enteré mucho más tarde de ello.
Mi padre ya no vivió para verlo. Era conocido por otros trabajos. Un día encon­
tré a Feodor Lynen. Cuando se dio cuenta de que era el hijo de mi padre me
abrazó: ¡Ah! ¡Usted es el hijo! Entonces me resulta doblemente simpático. Lo
cuento a propósito, porque la historia misma de hecho es muy amarga. Duran­
te mucho tiempo mi padre intentó una y otra vez obligarme a dedicarme a
las ciencias naturales. Esto produjo lógicamente una resistencia. Mi madrastra
había sido la amiga de juventud de mi madre y también era viuda. Del otro
matrimonio no había niños, por lo que en este sentido no había ningún pro­
blema. Pero creo que conté que mi hermano era epiléptico. Y resulta que al
mismo tiempo era un gran partidario de la iglesia. Dicho defecto, naturalmente,
contribuyó mucho a ello. En esta época fuimos juntos a la escuela y también
hicimos juntos la confirmación. Él era mayor que yo y cuando nos confirma­
ron juntos, a mí algo demasiado temprano, no puedo decir en absoluto que en
el momento de la confirmación haya estado preparado. Y [sólo estaba prepa­
rado] en realidad en el bachillerato superior en el instituto, cuando leimos el
Nuevo Testamento en griego. La historia del Antiguo Testamento era excelen­
te, evidentemente. Bueno, y luego, poco a poco, llegué a Marburgo, y allí me
acerqué más y más a la teología, sobre todo debido a Bultmann. No había ape­
nas relaciones con católicos en mi juventud y en mi infancia. Más tarde sí, por­
que uno de los mejores amigos de mi padre era un físico, que se llamaba Cle­
mens Schàfer.17 Era de una familia católica, y así también conocí un poco la
barrera. En alguna ocasión mi padre decía que sobre la transubstanciación fra­
casaba cualquier comprensión mutua. Porque en ese punto él como químico
decía: esto no puede ser. Yo diría que no, y así me quedé siempre, de modo que
no era tan ingenuo y aunque la lectura de la Biblia [sí la hice], no fui capaz
de encontrar [la fe] durante toda mi vida. Por eso era muy diferente de, por
ejemplo, la misión de la vida de Heidegger quien buscaba [un lenguaje más
adecuado que el] de la doctrina católica, o sea su propio lenguaje religioso. Esto
no se lo pudo dar alguien como Bultmann. Al final se lo dio Holderlin, aun-

17. Ver PL, pág. 10.

42
que, a mi entender, de una manera bastante peculiar. En resumen, la historia
de mi religiosidad -como la de muchos protestantes- pasó en buena medida
de largo de la iglesia. Cuando leo Plotino o algo así sé muy bien que me pon­
go en cierto modo en el umbral. Y mi posición frente al aristotelismo de Tomás
estaba evidentemente muy apoyada por mi platonismo. En Platón encontra­
mos desde el primer momento la superioridad del ignoramus. Comencé a leer
a Tomás después de entrar en contacto con Heidegger. Lo primero que tuve
que hacer como su asistente era introducir a Tomás en Marburgo. Allí no se le
trataba en el seminario filosófico. En 1923 era muy difícil encontrar sus libros.
Al final encontré esta edición crítica de Marietti en Milán. Bueno, no soy un
creyente. Siempre lo digo con cierto pesar.18

Sin embargo, Gadamer siempre tenía el mayor respeto por aquellas per­
sonas que, desde su óptica, tenían el «coraje» de ser creyentes, mientras que
él mismo tenía que conceder con pesar que no lo lograba. Más tarde tam­
bién derivó la capacidad de creer de la influencia temprana de la educación.
A quien enseñan el buen Dios en los primeros años de la vida, repetía a
menudo, lo tenía más fácil. Pero esta dimensión faltaba casi por completo
en su educación. En su padre se escondía como mucho un «deista intelec­
tual» cuya confesión de fe se reducía a la afirmación de que el ser-así de la
naturaleza no se puede explicar. En su hermano predominaba una religio­
sidad exagerada que se podía explicar a partir de su grave enfermedad. Los
domingos, Hans-Georg siempre tuvo que acompañar a su hermano a la igle­
sia, de modo que también llegó a conocer su dimensión ritual, aunque en
el protestantismo (especialmente de entonces) era mínima. El pastor de
Breslau se había acostumbrado a comenzar todos los sermones con el verso
de san Marcos: «Señor, creo, ayuda a mi incredulidad». Así, la incredulidad
estaba en cierto modo en primer término para Gadamer. Sin embargo, el
arte retórico del predicador a menudo le impresionaba, y también en años
posteriores le agradaba escuchar a los predicadores buenos. Además, le entu­
siasmaba la música de la Pasión de Bach. Ésta le permitía comprender que
no se trataba de algo puramente estético o musical: la distinción estética,

18. Grabación magnetofónica de una conversación del 28-9-1994. Con inser­


ciones entre corchetes se han completado las frases allí donde la necesaria recons­
trucción del contexto temático ofrecía alguna dificultad. Se ha conservado el carác­
ter asociativo de la conversación pues, tal vez, arroja luz también sobre la multiplicidad
de aspectos que esta pregunta evoca en el pensamiento de Gadamer. Volveremos
sobre el tema.

43
como llamaría la consideración puramente “artística” en Verdady método,
aquí no es suficiente. Quien asimila plenamente esta música también se
siente tocado por su encanto religioso. Sin embargo, los servicios religiosos
protestantes a los que asistió en su juventud eran muy pobres a este respecto:

Usted no puede ni imaginarse cómo era esto antes de la guerra, la Primera Gue­
rra Mundial. Quiero decir, la liturgia era algo horrible. No tenía ningún encan­
to. Y luego había toda clase de movimientos de reforma dentro de la iglesia
protestante. Así, la música religiosa experimentó un auge muy grande, tam­
bién el movimiento de la música de órgano tenía una función importante, es
decir, el redescubrimiento del órgano auténtico. Durante el siglo XIX, con ayu­
da de la técnica eléctrica, el órgano había quedado totalmente deteriorado. No
era más que un inmenso rumor y bramido que no permitía escuchar nada. Y
esto pasaba también en los servicios religiosos de aquellos años, era terrible. Yo
diría por eso que también había eso en el protestantismo, como posibilidad.

Aunque la sensibilidad religiosa iba acompañada de un sentimiento de


insuficiencia de la iglesia, se sumaba a la primera un sentido especialmen­
te férreo por los límites humanos, al que sólo el neutro de lo «divino» en
Platón pudo dar una expresión adecuada. Si esta «predisposición» venía real­
mente de la madre es obviamente una cuestión abierta. La atribución tam­
bién puede estar relacionada con cierta nostalgia en el sentido de que la
madre tal vez le habría guiado en otra dirección si hubiese vivido más tiem­
po. De todos modos, para el resto de su vida estaba en primer plano la figu­
ra imponente del padre quien orientaba el destino de Gadamer en una medi­
da mucho mayor de lo habitual.
Johannes Gadamer nació el 1 de abril de 1867 en Waldenburg y pasó los
años de juventud en su ciudad natal. Allí frecuentó la escuela primaria y el
instituto de bachillerato. Después de obtener el grado de bachiller en 1886,
se decidió por la profesión de farmacéutico,19lo que significó cierto ascenso
social para el hijo de un industrial. Su talento y su ambición lo llevaron más
tarde incluso al grado de catedrático, que en Alemania está considerado
como la escala social más alta. En primer lugar, de 1886 a 1888, aprendió el
oficio de farmacéutico junto a cierto doctor Danckwortt en Magdeburg,
quien tuvo, al parecer, una gran influencia en su carrera. En 1888 hizo sus
prácticas en muchas ciudades, entre ellas Aschersleben, Linz, Grothe-

19. Estos datos se encuentran en un historial biográfico de Johannes Gadamer


datado en 1902, en el archivo de la Universidad de Wroclaw.

44
Landeshut en Silesia y también en Waldenburg. A partir de 1891 continuó
su carrera en la Universidad de Marburgo,20donde estudió junto a un famo­
so químico farmacéutico, el consejero gubernamental privado Ernst
Schmidt. También estos estudios se caracterizaban por un rápido ascenso
que sólo confirmó la gran ambición del hijo de industrial. Ya en mayo de
1893 hizo el examen de Estado en Marburgo y dos años más tarde, tras con­
vertirse en asistente privado de Ernst Schmidt en el semestre de invierno
1893-1894, se doctoró con él con un trabajo sobre Tiosinamina, que obtuvo
el calificado de magna cum laude. Él mencionó que durante su carrera uni­
versitaria de ocho semestres había asistido a las clases del filósofo Hermann
Cohen.21Aunque es cierto que los aspirantes a carreras de ciencias naturales
tenían que cursar lo que se llamaba un «philosophicum minor» para obtener
el grado de doctor en filosofía, su hijo afirmaba posteriormente que no era
probable que hubiera asistido a las clases de Cohen, sino más bien a las de su
asistente más joven, Albert Gôrland, a quien usaba para «empollar».22 Por
tanto habría sido Gorland quien le resumió brevemente lo que se debía saber
de Cohen para superar el examen, porque parece que los estudiantes de cien­
cias no tomaban muy en serio la filosofía. Una de las lecturas obligatorias era
evidentemente la Crítica de la razón pura de Kant, de modo que Johannes
Gadamer se compró un ejemplar de la edición de Reclam. Su hijo lo cogió de
la biblioteca paterna en la primavera de 1918, cuando comenzó a acercarse a
esta obra básica de la filosofía de entonces.23
Sólo dos años más tarde, en 1897, Johannes Gadamer obtuvo el gra­
do de catedrático con un trabajo muy elogiado Sobre los componentes de las
semillas de la mostaza blanca y negra. Además había adquirido mucha fama
con numerosas publicaciones en revistas especializadas (más de 30 trabajos
originales sólo en sus primeros años en Marburgo). Para un profano resul­
ta muy difícil valorar sus trabajos, pero parece que logró importantes inno­
vaciones y descubrimientos químico-farmacológicos, especialmente con res­
pecto a la escopolamina, continuando así con éxito los trabajos de su maestro
Ernst Schmidt, y más tarde acerca de la ya mencionada bulbocapnina y
los alcaloides (componentes vegetales venenosos que son eficaces como fár­

20. Ver los datos biográficos de 1896 en la PA de Johannes Gadamer, en el


Archivo estatal de Marburgo, Akten der Koniglichen Universitát Marburg, n° 195.
21. Ibidem.
22. Ver PL, pág. 12.
23. Ibidem.

45
macos). Por ejemplo, fue el primero en aislar la cantaridina, una secreción
de la cantárida, un escarabajo llamado en Alemania «spanische Fliege» (mos­
ca española).24 Siempre siguió fiel a sus comienzos prácticos como farma­
céutico, porque orientó sus investigaciones en química farmacéutica úni­
camente según su aplicabilidad. Como profesor universitario en Marburgo
y Breslau ofreció en cada semestre seminarios prácticos para futuros médi­
cos y farmacéuticos.
Como se desprende de sus informes sobre la tesis doctoral y la tesis para
obtener el grado de catedrático, Ernst Schmidt tenía una opinión excelen­
te de su estudiante estrella que trabajaba con «segura aplicación» y al que
quería ver nombrado catedrático en Marburgo.25 Pero precisamente en aquel
año fue llamado a la Universidad de Breslau, su patria silesiana, para ocu­
par una cátedra de química farmacológica. Allí permaneció durante dieci­
siete años, pero en 1919 no pudo resistir la tentación de continuar la «heren­
cia farmacéutica» de la escuela de Marburgo -así se llamaba efectivamente
y antes de que se extendiera el nombre de una escuela filosófica de
M arburgo-, cuando le fue ofrecida la cátedra de su maestro. Johannes
Gadamer parecía prácticamente predestinado como sucesor de Schmidt y,
de hecho, en 1919 era el único candidato en la lista de los elegidos, pese
al habitual número de tres, exigido por el ministerio.26 Incluso podría haber
sido llamado antes, puesto que Ernst Schmidt había solicitado la suspen­
sión de sus deberes oficiales ya en abril de 1912. Sin embargo, se le pidió
permanecer más tiempo en su puesto y cuando finalmente su solicitud
fue aceptada, en abril de 1919, ya tenía 73 años. Así, Johannes Gadamer
comenzó su actividad docente en Marburgo el 25 de abril de 1919. Desde
esta prestigiosa cátedra consiguió nuevos éxitos y una mayor difusión
de la fama pública de su actividad. En Marburgo preparó, entre otras cosas,
la segunda edición de su entonces ya clásico Lehrbuch der chemischen

24. Dispongo de estos datos gracias al doctor Uwe Worffel, Químico.


25. PA de Johannes Gadamer, en el Archivo estatal de Marburg, loc. cit.
26. Ver el acta sobre Johannes Gadamer en el Archivo secreto del estado de
Berlín, I. HA, Rep. 76, Va, See. 12, Tit. IV, n° 2, tomo 18, Hoja 48, donde dice,
en la carta de recomendación: «Lamentablemente, por la falta de docentes de far­
macia con capacidad y experiencia, la facultad no está en condiciones de proponer,
para reemplazo del profesor E. Schmidt, a ningún otro representante de la asigna­
tura, junto al profesor Gadamer, que siquiera se le aproxime en importancia cien­
tífica así como en éxito y experiencia docente.»

46
Toxikologie ([Manual de toxicología química] primera edición 1909) y se
hizo cargo de la redacción de la sexta edición del Lehrbuch der pharma-
zeutischen Chemie (Manual de química farmacéutica) de Ernst Schmidt des­
pués de la muerte de su maestro, el 5 de julio de 1921.27 En 1922 fue ele­
gido rector de la Universidad de Marburgo, lo que significó un
reconocimiento de su gran personalidad y un honor para el Instituto far­
macéutico. A esta circunstancia se debe el hecho de que el diploma de doc­
torado de Hans-Georg Gadamer, expedido en el mismo año, mencionaba
también el nombre de su padre como rector.28 Es probable que en aquel
tiempo en Marburgo se conociera al joven Gadamer como hijo del rector
y que se le diera un trato especial.
Sin embargo, la carrera de Johannes Gadamer en Marburgo llegó dema­
siado pronto a un trágico fin. El 13 de enero de 1927 «una enfermedad gra­
ve e incurable» lo dejó postrado en el lecho.29Tenía cáncer, y su hijo con­
sideraba que posiblemente lo había contraído por trabajar toda su vida con
productos químicos. La evolución de la enfermedad recordaba a Gadamer
también la descripción que Johannes Gadamer había hecho de la muerte
de su propio padre, contándole en su momento que llegó a ser sólo «piel y
huesos». Oscar Gadamer había muerto muy pronto, a los 57 años, de una
enfermedad que entonces se clasificaba como tisis. Sólo posteriormente
Hans-Georg Gadamer se dio cuenta de que debía tratarse en ambos casos
de la misma enfermedad. Como le confirmaron sus numerosos amigos médi­
cos, era casi un milagro genético que él mismo hubiera escapado a este mal.
Así, el 1 de abril de 1927, Johannes Gadamer tuvo que celebrar su sesen­
ta cumpleaños acostado en la cama. Puesto que no había duda de la grave­
dad de la enfermedad, en una ceremonia celebrada los días 29 y 30 de abril,
sus amigos y discípulos le entregaron la cantidad de 9.196,65 RM (marcos
imperiales) para la creación de una «Fundación Johannes Gadamer».

27. Ver «Chronik der Preufiischen Universitàt Marburg», 1916-1924, año 19,
R. Friedrich’s Universitáts-Buchdruckerei. Respecto del famoso libro de texto de
Gadamer, ver la carta de recomendación fechada el 17-1-1919: «El gran libro de
texto de Toxicología química de Gadamer, que ha sido redactado sobre la base
de sus propias experiencias prácticas, es considerado, tanto en el país como en el
exterior, como el mejor y más fiable en ese campo.»
28. UAM, PA Hans-Georg Gadamer, Acta 307d, acc. 1966/10, n° 112.
29. Tal como lo relata ya la Crónica de la Universidad de Marburgo de 1927
(0> pág. 36.

47
Con los intereses del fondo de esta fundación se pretendía crear «becas para
estudiantes de farmacología especialmente dotados, que después del exa­
men de Estado querían seguir dedicándose a los estudios para doctorarse
en química farmacéutica u obtener el grado de catedrático en esta espe­
cialidad». Los que tenían derecho a solicitar becas eran estudiantes de las
Universidades de Marburgo y Breslau,30 lo que muestra cuan unido estaba
Johannes Gadamer a su patria. Parece que la pequeña ceremonia preten­
día sustituir la habitual con motivo del 65 cumpleaños, del que todos sa­
bían que nunca tendría lugar.
Después de un largo y penoso sufrimiento murió el 15 de abril de 1928.
Aún en el lecho de muerte, Johannes Gadamer siguió preocupado por el
futuro de su hijo Hans-Georg. Por eso pidió que le visitara su maestro,
Martín Heidegger, quien había consolidado recientemente su propia fama
como antorcha de la filosofía alemana con la publicación de E l sery el tiempo.
Heidegger acudió inmediatamente a la clínica y preguntó: «Señor conse­
jero privado, ¿qué puedo hacer por usted?» «¡Ay! -dijo éste-. ¡Mi hijo me
preocupa mucho!» «Pero, ¿por qué? Será muy bueno, tengo muchas espe­
ranzas con respecto a él, le falta un año para obtener el grado de catedráti­
co.» «Bueno -suspiró el padre-, ¿pero usted cree realmente que la filosofía
basta como tarea para la vida?».31
Hasta el último momento, su hijo le debió causar quebrados de cabe­
za a Johannes Gadamer. De las frecuentes afirmaciones de Hans-Georg
Gadamer sobre su padre se desprende muy claramente que se había pro­
ducido un conflicto permanente entre el ethos del rendimiento, propio a
la mentalidad científica paterna y las inclinaciones estéticas y humanistas
del hijo. «Desaprobó con todo el alma las tendencias de éste a la litera­
tura y al teatro y, en general, a las artes con las que no se podía ganar el
pan.»32Aunque eran típicas preocupaciones de un padre, parece que inter­
ferían mucho en el camino de vida de Gadamer. También su muy tem­
prana obtención del título de doctor, cuando sólo tenía 22 años, fue un

30. Ibidem.
31. Conversación del 9-2-1995 con Ralph Ludwig en la N D R (Radio Alemana
del Norte), transcripción, pág. 8. Ver también la descripción de Gadamer que hace
Ingeborg Bordlein, «Ein geachteter GroíSvater lehrt das Verstehen», en el periódi­
co Berliner Zeitung del 11/12-2-1995, pág. 37. Gadamer supo de esta historia
sólo a través de la señora Elfriede Heidegger después de la muerte de su esposo
(1976).
32. Ver PL, pág. 10; GW 2, 479 y pàssim.

48
esfuerzo para demostrar al padre que tenía capacidades, pero parece que
fue en vano, porque hasta el final, como recuerda Gadamer con tristeza,
él siguió siendo para el padre «un hijo perdido». «No había atenuantes.
[Debía decirse:] Es una lástima, este hombre tiene realmente talento,
podría hacer algo razonable, pero, en lugar de ello, ¡va a esos profesores
palabreros!»
La influencia de Johannes Gadamer sobre su hijo también se reforzaría
por su actitud autoritaria. Gadamer alude discretamente a ella cuando, en
su autobiografía, describe a su padre como personalidad «segura de sí mis­
ma, orgullosa de sus logros, enérgica y eficiente, un hombre que encarnaba
de manera muy drástica la educación infantil autoritaria del peor tipo y
de las mejores intenciones».33 ¿En qué debía consistir una educación infan­
til del peor tipo y de las mejores intenciones? Probablemente, esta educa­
ción encarnaba la legendaria tradición prusiana de disciplina y rendimien­
to hasta la caricatura. Gadamer clasificó también la situación general en
Breslau como «más prusiana que los prusianos».34 Consideraba que la pro­
ximidad de Silesia del sur a los vecinos eslavos podría haber llevado a esta
exageración del carácter prusiano. Así, al joven Gadamer le fue evidente­
mente prohibido hablar el dialecto silesio. Esto ocurrió en todas partes en
el este alemán, donde las capas altas de la sociedad se jactaban de hablar sin
dialecto.35
Johannes Gadamer era un gran admirador de Bismarck, el arquitecto
de la unidad alemana, alcanzada bajo el predominio de Prusia. Por supues­
to que esta admiración iba acompañada de la desconfianza hacia el empe­
rador de la dinastía de los Hohenzollern. Había formado parte de las dele­
gaciones de estudiantes que felicitaron a Bismarck con antorchas en su
residencia de Friedrichsruh con motivo de su ochenta cumpleaños. El des­
encadenamiento de la Primera Guerra Mundial, al que asistió con gran pre­
ocupación, lo consideraba todavía como consecuencia remota de la despe­
dida de Bismarck. El joven Johannes Gadamer había conocido esta tendencia
favorable a Bismarck y a Prusia en el seno de las asociaciones estudiantiles

33. PL, pág. 9.


34. Ibidem.
35. Ver Hans-Georg Gadamer, «Schule und Hochschule in Geschichte und
Gegenwart. Festvortrag von Prof. Dr. Dr. h.c. Hans-Georg Gadamer», en el libro
conmemorativo privado Schule zum Heiligen Geist in Breslau gegründet 1538. Ein
Rückblick nach 450Jahren, 1988, pág. 10, 17.

49
conservadoras.36 Un retrato suyo, conservado en el Archivo de Breslau, lo
muestra vestido como miembro de una asociación estudiantil, seguro de
sí mismo, con gafas redondas y pequeñas y el pelo peinado hacia atrás, al
que se podría imaginar muy bien peleándose en un duelo de daga. En Mar-
burgo pertenecía a la asociación de los Hessen-Preutëen, a la que sería fiel
durante toda su vida, actuando conforme a la tradición de los «señores»
de estos grupos, que tenían que proteger a los más jóvenes. En la casa fa­
miliar en Breslau, una estatua de yeso de Bismarck presidía la sala de estar
desde un pedestal encima del sofá en un rincón. Estaba flanqueada por dos
dagas de la asociación estudiantil y debajo reposaba el gorro de tela de
los colores de los Hessen-Preufíen, todo ello adornado con luces de honor
que recordaban de una manera bastante kitsch el desfile de antorchas de
Friedrichsruh. Incluso durante las extremas olas de inflación de los años
veinte, Johannes Gadamer todavía tenía dinero para su asociación, mien­
tras que privaba a su hijo de los medios necesarios. La asociación debía ser
más importante para él, pensaba Hans-Georg Gadamer, no se sabe si con
razón, pero así lo sentía como hijo. La veneración de Bismarck y las aso­
ciaciones estudiantiles conservadoras que para el padre eran «lo más sagra­
do», tenían casi una función de sucedáneo de algo religioso.
Como admirador de Bismarck estaba próximo al partido nacional libe­
ral que era, en general, el partido de la burguesía media alta y del profeso­
rado fiel al gobierno.37 Pero para Johannes Gadamer, lo mismo que para la

36.Ver la alusión indirecta al respecto en H GG, «Ein Philosoph geht durch die
Stadt», en Communale: Heidelberger Wochenzeitung, año 2 (1984), n° 36, 6 de sep­
tiembre, pág. 8-9, reimpreso en el número de la revista Merian dedicado a Hei­
delberg, octubre de 1985, pág. 6-27.
37. Ver David Cassidy, Uncertainty. The Life and Science o f Werner Heisenberg,
New York: W. H. Freeman and Co., 1992, pág. 50s.: «As the party o f upper-middle-
class professionals - industrialists, merchants, professors, bureaucrats - the liberals
strongly supported national unity under Prussian leadership as conducive to com­
mercial expansion. They lobbied for the eventual institution o f individual civil li­
berties, but no at the expense o f national ideas.» [«Como el partido de los profesio­
nales de clase media alta -industriales, comerciantes, profesores, funcionarios-, los
liberales apoyaron con fuerza la unidad nacional bajo el liderazgo prusiano en cuan­
to conducía a la expansión comercial. Ellos procuraron hacer valer su influencia a fa­
vor de la eventual implantación de libertades individuales de los ciudadanos, pero
no a expensas de las ideas nacionales.»] Julius Ebbinghaus (1885-1981), que tam­
bién pasó su infancia en Breslau, ha puesto de manifiesto en su autobiografía que su
padre, el conocido profesor de filosofía Hermann Ebbinghaus, era simpatizante del

50
mayoría de los profesores universitarios lo decisivo no era el instinto polí­
tico, sino más bien una actitud apolítica bastante característica de la sumi­
sión a las autoridades dentro de la tradición prusiana de la era de Bismarck.
Como funcionarios estatales los profesores universitarios no querían ocu­
parse de asuntos políticos por considerarlos «vulgares». Esta actitud, que se
ha definido a menudo como «políticamente apolítica», siguió siendo hasta
la República de Weimar y el Tercer Reich una característica ambigua de los
mandarines de las universidades alemanas. Para la mentalidad de la mayo­
ría de los profesores universitarios, ser apolítico era valorado casi como un
signo positivo de su estatus.38 La política tenía algo despreciable para un
profesor universitario y, como se sabe, esta actitud apolítica encontró su
legitimación literaria en las Betrachtungen eines Unpolitischen ([Considera­
ciones de un apolítico], 1918) de Thomas Mann. Johannes Gadamer leía dia­
riamente el «Schlesische Zeitung», un periòdico muy conservador que a
su hijo Hans-Georg siempre le pareció muy banal. Él prefirió leer el «Gene­
ral-Anzeiger», un diario popular que compraban las sirvientas y en el que le
impresionaba especialmente la fuerza del lenguaje de los artículos de fondo
de Walter y Paul Rilla39 quienes le hicieron comprender lo que significaba
escribir un buen alemán. Parece que marcaron para siempre el propio esti­
lo de lenguaje de Gadamer.
A pesar de su fuerte convicción nacional liberal, Johannes Gadamer
siguió siendo un fiel y en buena medida «apolítico» servidor del Estado. Por

partido nacional liberal. Ver Philosophie der Selbstdarstellung [en adelante: PSd],
сотр. por L. Pongratz, Hamburgo: Felix Meiner Verlag, 1977, tomo 3, pág. 1: «Él
pertenecía, políticamente, al ala progresista del Partido nacional liberal, que tuvo
importancia en los años setenta y ochenta. Estaba animado por el espíritu patriótico
y era un admirador de Bismarck. A raíz del disgusto por la postergación de los repre­
sentantes de la ciencia respecto de los militares y de los funcionarios de la adminis­
tración en el Estado prusiano, y habiéndose puesto de acuerdo con su amigo Frie­
drich Paulsen, rechazó o no hizo uso del título de consejero secreto del gobierno que
se le había conferido, habitualmente otorgado a los profesores más antiguos.» Por el
contrario, Johannes Gadamer aceptó en 1916 el título de consejero secreto del go­
bierno, conferido oficialmente por el Emperador, e hizo uso del mismo.
38. Ver Wolfgang Klafki, «Theodor Litts Stellung zur Weimarer Republik und
seine Auseinandersetzung mit dem Nationalsozialismus», en Peter-Martin Roeder
(сотр.), Püdagogische Analysen und Reflexionen. Festschrift fur Elisabeth Blochmann
zum 75. Geburtstag, Weinheim/Berlín: Verlag Julius Beltz, 1967, pág. 201.
39. Paul Rilla (1896-1954) escribió más adelante un reconocido libro sobre
Lessing: Lessing und sein Zeitalter (1959), Múnich: Beck, 1973.

51
eso fue honrado el 24 de marzo (oficialmente por el emperador) con el títu­
lo de consejero gubernamental privado, una distinción no inusual en aque­
llos años para un profesor universitario de prestigio. Johannes Gadamer era,
en general, un hombre que creía en la autoridad y que sentía el deber de
representarla como educador. Había conocido este espíritu de la autori­
dad por la autoridad desde su infancia, cuando aún trataba de usted a su
padre.40Aunque a través de sus estudios universitarios y su encuentro con
«ideas democráticas y republicanas, que habían sido extrañas a su escuela
y familia»,41 el joven Gadamer recibió impulsos para rebelarse contra esta
tradición, consideraba pertinente la pregunta de si la influencia familiar no
había dejado alguna huella. «Uno puede preguntarse hasta qué punto el
haber sido marcado tempranamente por la familia seguía teniendo sus efec­
tos.»42También se la plantearán inevitablemente los que leen críticamente
su defensa de la tradición en Verdady método. De niño vivió la tradición del
Estado militar prusiano. A los doce años desarrolló una predilección espe­
cial por jugar a los soldados, de manera que se le predijo incluso una carre­
ra de oficial.43 Sin embargo, por razones de salud llegó a ser uno de los pocos
alemanes de su generación que no tuvo que pasar por una experiencia mili­
tar directa.
De la vida privada de Johannes Gadamer se sabe muy poco. Se casó en
Waldenburg, el 30 de julio de 1897, con Johanna Gewiese, dos años menor
que él. Johanna era asistente social y, al parecer, rechazó una primera pro­
posición de matrimonio porque prefería ser independiente y no quería renun­
ciar a su profesión. Sin embargo, Johannes Gadamer era alguien que no
estaba dispuesto a conformarse con semejante negativa, de modo que siguió
insistiendo hasta que ella (o su familia) aceptó una nueva propuesta de matri­
monio. Después de la muerte de su esposa, en marzo de 1904, no dejó pasar
ni un año y medio para casarse en segundas nupcias con la viuda Hedwig
Hellich. Así cumplió también una promesa que había hecho a su esposa
moribunda. La madre de Gadamer y Hedwig Hellig habían sido íntimas
amigas desde los años escolares. Al final de la formación escolar habían esta­
do juntas en Lausanne para estudiar francés. Había muchas razones a favor

40. Schule und Hochschule in Geschichte und Gegenwart. Festvortrag von Prof.
Dr. Dr. h.c. Hans-Georg Gadamer, 1988, pág. 16.
41. PL, pág. 11.
42. Ibidem.
43. PL, pág. 8.

52
de una rápida unión. Ella no tenía hijos de su primer matrimonio y podía
actuar como madre sustituía. Es probable que Johannes Gadamer se casa­
ra también por su sentido de responsabilidad para con sus dos hijos, cuya
educación no podía garantizar por sí solo.
Estaba claro que los dos niños necesitaban cuidados especiales, dado el
trágico caso de Willi, el hijo mayor. Desde la infancia sufría de epilepsia cró­
nica y como las crisis podían aparecer en cualquier momento, había que vi­
gilarlo constantemente. Durante buena parte de su juventud solitaria y
oprimida, su hermano Hans-Georg se dedicó a esta tarea.44 A lo largo de
muchos años iban juntos al instituto «vom Heiligen Geist» (del Santo
Espíritu), y el hermano menor siempre se sentía como enfermero. Se asusta­
ba cada vez que Willi tenía ataques de espasmos contra los que no podía ha­
cer nada, teniendo que soportarlos pasivamente una y otra vez. El padre
también se sintió impotente. Aunque intentó usar sus contactos con médi­
cos y consultó a los mejores especialistas berlineses, éstos tampoco encon­
traron remedios en este caso. La enfermedad había tomado un curso tan
maligno que los médicos sólo podían esperar que la pubertad la aliviaría.
Sin embargo, ocurrió algo inesperado, porque Willi no entró en la puber­
tad. Hasta más allá la adolescencia siguió siendo un niño. Esto se mostraba
también en su ya mencionada religiosidad, al parecer favorecida por la en­
fermedad. La ausencia de la pubertad llevó al padre a la desesperación, de
modo que en 1916 tomó la decisión de ingresarlo en un sanatorio. Willi
Gadamer pasó así el resto de su vida en una institución en Bethel, cerca de
Bielefeld, donde murió de una trombosis cerebral en los últimos tiempos
del nazismo. Gadamer se enteró de la muerte de su hermano cuando volvió
de un viaje de conferencias por Portugal en abril de 1944. Sospechaba que la
mala nutrición debía ser la causa de su muerte, pero no llegó a ser víctima de
la «eliminación de vida sin valor», pese a las iniciativas de la política «euge-
nística» nazi en este sentido. Después de la muerte del padre en 1928, la ma­
drastra era quien más se ocupaba del cuidado de Willi. Hans-Georg

44. Hecho mencionado brevemente en «‘Lieb ist mir Plato, aber noch lieber
die Wahrheit’, Portrat des Philosophen Hans-Georg Gadamer», en la emisión Phi­
losophie beute del canal de televisión W DR [Westdeutscher Rundfunk, Radio ale­
mana occidental], del 28-3-1988 (Informe de Al Lauder, redacción de Ulrich Boehm)
y en «Galeriegesprách», en «Zukunjt ist Herkunft», Hans-Georg Gadamer und Em il
Schumacher —Ehrenbürger der Universitàt, Jenaer Universitatsreden, Jena, 1997,
pág. 25.

53
Gadamer también lo visitò a menudo, pero tuvo que constatar que éste so­
portó muy mal los encuentros debido a la suerte del hermano menor de lle­
var una vida normal y exitosa. Para Willi fue una confrontación demasiado
dolorosa con el propio destino, de modo que Hans-Georg tuvo que limitar
la frecuencia de sus visitas.
Resulta difícil apreciar hasta qué punto este internamiento pesaba sobre
la conciencia de Johannes y también de Hans-Georg Gadamer. Sin duda
significó en su día una liberación para toda la familia, también para Hans-
Georg mismo, y seguramente sólo se tomó esta decisión después de agotar
todos los recursos médicos. Pero aun así fue la tercera vez, después de la
muerte de la madre y de la hermana pequeña, que un miembro íntimo de
la familia quedara arrancado del entorno más inmediato de su vida. Así,
Hans-Georg se quedó solo con el padre y la madrastra, por lo que las espe­
ranzas del padre se tenían que fijar con una intensidad especial en el úni­
co hijo que le quedaba. El joven Hans-Georg seguramente se dio cuenta de
estos deseos y debió sentirse desgarrado al querer seguir el impulso de corres­
ponder a estos deseos legítimos con buenos resultados, pero sintiendo al
mismo tiempo la natural necesidad de un joven de ir por su propio cami­
no y de oponerse a la autoridad paterna. No son circunstancias en sí mis­
mas inusuales, pero en el caso de Gadamer se habían agudizado en un
grado extremo.
Se quedó solo con o, más precisamente, frente a su padre. Al tener que
sostenerse ante y en contra de él, la relación padre-hijo le hizo recordar a
menudo los versos del poema «Del peregrinaje» del Libro de horas de Rilke:

¿Acaso se ama a un padre? ¿No se va,


como tú te fuiste de mí, con la cara endurecida,
alejándose de sus manos impotentes y vacías?
¿No se deposita silenciosamente su palabra marchita
en viejos libros, que uno apenas lee?
¿No se fluye, como de una división de aguas,
lejos de su corazón hacia el aire libre y el sufrimiento?
¿No es el padre para nosotros aquello que fue;
años pasados, pensados como extraños,
gestos anticuados, atuendos muertos,
manos marchitas y cabellos canosos?
Y aunque fue un héroe para su tiempo,
él es la hoja que cae cuando crecemos.

Y su cuidado, para nosotros, es como un mal sueño,


y su voz nos pesa como piedra;

54
quisiéramos acatar su discurso,
pero sólo oímos a medias sus palabras.
El gran drama entre él y nosotros
es demasiado ruidoso para entendernos,
sólo vemos las formas de su boca,
de las que caen sílabas que perecen.
Así estamos aún mucho más alejados que lejos de
si bien el amor aún nos entrelaza ampliamente,
sólo cuando debe morir sobre esta estrella,
vemos que sobre esta estrella vivió.
Esto es el padre para nosotros.
III. ¿En qué medida la vida humana es una lucha constante?
Los años escolares en Breslau

Recuerdo mis propias experiencias como estudiante de


bachillerato, cuando tomamos partido por Aquiles o por
Héctor, y cuando, incluso en esta Alemania tan mili­
tarista antes de la Primera Guerra Mundial, nuestros
juegos reflejaron nuestra simpatía infantil con el gran
Héctor vencido.
H a n s-G eo rg G ad am er1

Hans-Georg Gadamer contó poco de su juventud e infancia. Al hacerlo,


la mayoría de las veces le venía el recuerdo de la educación autoritaria del
padre, como si hubiese sido el denominador común de los primeros años.
Si añadimos la temprana pérdida de la madre a los cuatro años, la enfer­
medad crónica y el internamiento del hermano y también la situación deso­
rientada y la derrota de la Alemania guillermina, se revela el cuadro de
una juventud triste, solitaria y oprimida. También la época de los estudios
universitarios, que comenzó en el último año de la guerra, traería consigo
golpes del destino y pruebas: en agosto de 1922 una peligrosa poliomieli­
tis, poco después un matrimonio «demasiado pronto»,2 la extrema miseria
económica de 1923, incluso de toda la década, el sufrimiento y la muerte
del padre en 1928, para no hablar del fantasma de los años treinta que se
avecinaban y de los desafíos filosóficos que para él suponían los encuentros
con figuras como Richard Hònigswald, Richard Hamann, Ernst Robert
Curtius, Heinrich Wôlfflin, (Múnich), Paul Natorp, Nicolai Hartmann,
Rudolph Bultmann, Friedrich Wolters y Martin Heidegger. En estos años
se amontonan las inmensas experiencias que Hans-Georg Gadamer ten­
drá que elaborar durante el resto de su vida.
Además, los recuerdos infantiles de Gadamer están todos marcados por
los «progresos de la civilización técnica»,3 frente a los que desarrolló una

1.G W 10, 213.


2. Ver PL, pág. 30.
3. PL, pág. 7.

57
actitud contradictoria, en parte como reacción a la mentalidad científica de
su padre, en parte por influencia de Heidegger. Así, en sus recuerdos dis­
persos habla del coche de bomberos, tirado por caballos pesados, del cam­
bio de la luz de gas a la eléctrica, de la introducción del teléfono, de la pri­
mera aeronave Zeppelin sobre Breslau,4 de la primer sala de cine, pero
también e insistentemente del naufragio del Titanic el 15 de marzo de 1912.5
Como muestra su autobiografía, la catástrofe del Titanic le ocupaba más
que el «barril de pólvora» de los Balcanes.6No era gratuito, porque este nau­
fragio también tenía algo que ver con el desmoronamiento de la ciencia, del
progreso y de la grandeza en general, como lo sugiere la evocación misma
de los titanes.7 El posterior best seller de Oswald Spengler, E l ocaso de
Occidente, sacaría sus consecuencias para la historia del espíritu. La famo­
sa imagen del buque que se hunde todavía hoy no ha perdido nada de su
efecto dramático. Forma parte de las pocas catástrofes de la historia de la
humanidad que marcaron el espíritu general, como también el terremoto
de Lisboa o de Mesina o como la nube atómica sobre Hiroshima.
El accidente del Titanic también fue motivo de una escena de regaño en
la mesa. Cuando el padre explicaba que el número de víctimas mortales era
como el de «una gran aldea», el chico de doce años contestó muy fresco:
«¡Bah! ¡Esos cuatro campesinos!» Tuvo que disculparse ante la sirvienta que
era pueblerina, y nunca olvidaría esta enseñanza.8Aquí tal vez ya se ve que
Gadamer siempre se sentía identificado con la gran ciudad y que poseía una
conciencia urbana de sí mismo -expresión que popularizaría Habermas-,
que él mismo puso a veces en contraste con el origen rural de Heidegger. La
ciudad de Breslau, que hoy está en un segundo plano, fue en aquella época
realmente una gran ciudad con una vida ruidosa. A mediados del siglo XIX
era demográficamente la tercera ciudad más grande del Imperio de

4. Das Erbe Europas, pág. 8.


5. Ver PL, pág. 7ss.-, Breslauer Erinnerungen, loe. cit.
6. PL, pág. 7.
7. Ver al respecto los recuerdos de Ernst Jünger en 1997 {Iprossimi Titani. Con­
versazioni con Ernst Jünger [con Antonio Gnoli y Franco Volpi], Milán: Adelphi,
1997, pág. 106): «Certo, il naufragio del Titanic è un simbolo grandioso, a comin­
ciare dal nome stesso del piroscafo per arrivare fino al modo in cui avenne. È l’af­
fondamento dell’idea stessa di progresso: la perfezione della tecnica è turbata dall’in­
cidente; al baldanzoso ottimismo subentra il panico, al massimo lusso la distruzione,
all’automatismo la catastrofe.»
8. PL, pág. 8.

58
Alemania, después de Berlín y Hamburgo, hasta que fue superada por
Leipzig, y Múnich, y a partir de 1910 por Dresden y Colonia. Gracias a su
posición central como cruce de caminos comerciales entre el industrializa­
do sur de Silesia y el norte más bien agrícola, pero también entre los territo­
rios orientales y los puertos marítimos del norte de Alemania, Breslau expe­
rimentó un importante crecimiento durante la segunda mitad del siglo XIX.
Entre 1848 y 1900 su población creció de 100 000 a 426 000 habitantes.
Aunque en Breslau la Reforma se produjo muy pronto y sin mayores en­
frentamientos, la metrópoli silesia ofreció alrededor del cambio de siglo una
imagen multiconfesional. Al lado de la mayoría protestante (57,2 %) se
mantenía una importante minoría católica (37,5 %), pero también una nu­
merosa comunidad judía de unos 20 000 habitantes (4,9 %), que entonces
era la tercera más grande de Alemania. Los judíos eran también los protago­
nistas de los centros industriales y comerciales de esta metrópoli.
Los recuerdos más tempranos de Gadamer son los del piso en Breslau,
al que su familia se trasladó en octubre de 1902. Cuando su padre fue nom­
brado para ocupar la cátedra de Breslau, disponía de un sueldo de 4.000
marcos anuales y de un piso oficial que se encontraba en el edificio del
Instituto químico farmacéutico.9 La administración universitaria se reser­
vaba el derecho de recuperar este piso, teniendo que conceder en este caso
una subvención de gastos de vivienda de 660 marcos según el convenio del
nombramiento. En verano de 1909, la universidad necesitaba, efectiva­
mente, esta vivienda para fines del Instituto químico, y con la generosa sub­
vención de 900 marcos Johannes Gadamer se permitió trasladarse con su
familia a una bonita casa en Scheitnig, en las afueras de la ciudad.
Hans-Georg Gadamer sospechaba que el principio de alojar a los pro­
fesores en la universidad quedó anulado por las condiciones del seguro, pues­
to que un Instituto químico, en el que podían producirse explosiones, infrin­
gía ciertas normas de seguridad.10No obstante, el principio le parecía perfecto:
«Cuando el catedrático mismo vive en el Instituto entonces evidentemen­

9. Ver PA Johannes Gadamer en el archivo estatal de Marburgo, Akten der


Koniglichen Univ. Marburg, n° 195, pág. 2579.
10. «Schule und Hochschule in Geschichte und Gegenwart, Festvortrag von
Prof. Dr. Dr. h.c. Hans-Georg Gadamer», en el libro conmemorativo privado Schu­
le zum Heiligen Geist in Breslau gegründet 1538. Ein Rückblick nach 4 5 0 Jahren,
1988, Manuscrito, pág. 15.

59
te todo funciona. Eso está claro».11 La bella construcción modernista toda­
vía sigue en pie y continúa albergando el Instituto químico farmacéutico.
Muy cerca del centro y del edificio principal de la universidad, se situaba
directamente a orillas del Oder y ofrecía una vista pintoresca de la Domin-
sel (Isla de la catedral) que se hallaba delante. En aquella época había aún
un pequeño patio para jugar delante de la casa, donde el pequeño Hans-
Georg podía hacer sus travesuras con el hijo del bedel, pero sólo dentro de
ciertos límites. Un día los dos niños jugaban a barcos en un charco de llu­
via, haciendo flotar trocitos de madera, cuando de pronto apareció la cara
iracunda del padre en la ventana. Hans-Georg no olvidaría nunca esta repri­
menda.
Durante los años escolares Hans-Georg asistió a la enseñanza básica y de
bachillerato en el instituto reformado del Santo Espíritu. Muy cerca de la uni­
versidad había numerosas escuelas e institutos de prestigio. El de San Matías,
fundado por los jesuitas en 1638 se encontraba justo enfrente del dormitorio
de Hans-Georg.12 Siempre fue católico y lo frecuentaban los hijos de la bur­
guesía silesia católica así como los de la nobleza polaca de la vecina provincia
de Posen. En este instituto habían estudiado el escritor y poeta romántico Jo­
seph Freiherr von Eichendorff y Friedrich Wilhelm von Steuben (al que cele­
bra el «desfile Steuben» de Nueva York). Para Hans-Georg estudiar en un co­
legio católico estaba totalmente fuera de consideración.
Había además tres otros institutos de enseñanza media de mucha fama.
Los dos más antiguos eran el Magdalenum, fundado en 1267 (del que sur­
gieron el fundador del movimiento obrero Ferdinand Lasalle y Julius Ebbing­
haus13) y el Elisabethanum, fundado en 1293. El instituto municipal de San
Juan fue inaugurado en 1872 y tenía entonces un prestigio especialmente
alto. En su discurso con ocasión de la celebración del 450 aniversario de
la fundación de su instituto, Hans-Georg Gadamer recordó con razón
que «en Breslau tenemos colegios tan famosos como el Elisabethanum, el
de San Juan, el Magdalenum o el de San Matías, al lado de los cuales no
es fácil resaltar los méritos del instituto del Santo Espíritu».14

11. Ibidem.
12. Breslauer Erinnerungen, loe. cit., pág. 203.
13. Ver J. Ebbinghaus, en PSd III, pág. 1.
14. «Schule und Hochschule in Geschichte und Gegenwart, Festvortrag von Prof.
Dr. Dr. h.c. Hans-Georg Gadamer», en el libro conmemorativo privado Schule zum
Heiligen Geistin Breslaugegründet 1538. Ein Rückblick nach 450Jahren, 1988, pág. 11.

60
El colegio del Santo Espíritu, fundado en 1538, tenía muy buena fama
aunque no era un instituto puramente humanista con el aura que éstos
solían tener. Desde 1900 el colegio se llamaba efectivamente «Gymna­
sium y Realgymnasium del Santo Espíritu» y correspondía a lo que enton­
ces se solía llamar un «instituto reformado» que quería ajustarse a las nece­
sidades de la burguesía en expansión. Este instituto reformado había surgido
de un instituto de bachillerato primario y superior sin estudios de latín y
en una «Historia del colegio», que reflejaba el espíritu «progresista» de la
burguesía de aquellos años, se explican sus principios de la siguiente mane­
ra: «Dado el crecimiento de la industrialización, los colegios de latín encon­
traron una creciente oposición en los círculos de padres: “¿[...] Para qué
nuestros hijos necesitan el latín si se deciden por una profesión práctica?
Más vale que aprendan lenguas modernas, pero de tal modo que las sepan
hablar, y que estudien más matemática y ciencias naturales ya que éstas
los preparan mejor para sus futuras profesiones como comerciantes y téc­
nicos”. Ésta fue la opinión de muchos padres y las ciudades más grandes
actuaron en consecuencia fundando colegios sin estudios de latín, en los
que se podía llegar en seis años al bachillerato elemental y en nueve al nivel
de ingreso en la universidad para estudiar una carrera técnica.»15 Esta posi­
ción se legitimaba en aquella época bajo el nombre de «neorrealismo».16
El problema que implicaban estos colegios sin enseñanza de latín era
que los padres tenían que decidirse por un colegio con o sin latín cuando los
hijos sólo contaban nueve años y no se podía saber aún si tenían talentos
científicos o técnicos.17 De este dilema surgió el llamado sistema escolar de
Frankfurt, que se introdujo a principios de siglo también en el colegio del
Santo Espíritu. La decisión de seguir una formación con o sin latín

15. Ernst Maetschke, «Entwicklung der Schule zum Heiligen Geist von ihren
Anfángen bis zu ihrem 375jáhrigen Bestehen ais hohere Lehranstalt (1538-1913)»,
en Festschrift zur 400jahrigen Jubelfeier der Schule zum Heiligen Geist in Breslau
(1538-1938), Breslau: Druckvon Otto Gutsmann, 1938, pág. 26. Debo agrade­
cer los datos aquí consignados al doctor Uwe Worffel, Presidente de la Asociación
de exalummos de la Escuela del Espíritu Santo en Breslau. También L. Wiese
ofrece un cuadro comparativo de los Institutos de enseñanza secundaria que com­
petían en Breslau en torno al cambio de siglo en Das hohere Schulwesen in Preufen,
Historisch-statistische Darstellung, tomo 4o, comprendiendo el tiempo entre 1874 y
1901, Berlín: Verlag von Wiegandt & Grieben, 1901, pág. 318ss.
16. E. Maetschke, ibidem, pág. 25.
17. Ibidem, pág. 27.

61
se dilató así por dos años, de modo que en los dos primeros cursos (sexta y
quinta)18 no se enseñaba latín. Sólo en el tercer curso (cuarta) comenzaron
las clases de latín y en el cuarto (tercia inferior) el programa se dividía en una
rama con menos latín y, en cambio, con inglés, y en otra puramente huma­
nista con griego y una continuación intensa de estudios de latín.19
Hans-Georg Gadamer siguió los estudios de esta segunda rama. Pues­
to que más tarde hizo una formación de filólogo clásico y que siguió sién­
dolo, no es del todo indiferente señalar que en el colegio sólo estudió seis
años de latín, en lugar de nueve como en los colegios humanistas, y sólo
cuatro años de griego en lugar de los seis años habituales. Parece que pos­
teriormente Gadamer se lamentaba a veces de esta deficiencia y probable­
mente fue una de las razones por las que se decidió en 1924 hacer una carre­
ra completa de filología clásica, como si hubiera querido recuperar lo que
el colegio no le había ofrecido. A este respecto comentó que incluso su padre
-con el que se comparó una y otra vez- le superaba mucho «en citar a Hora­
cio»: «Hasta este extremo había decaído ya la vieja “escuela del aprender”
en mi juventud».20
A raíz de esta afirmación cabe preguntarse aún con mayor énfasis por
qué su padre quiso que fuese justamente a estudiar en este colegio, no sin
prestigio pero menos humanista que los otros. Presumiblemente, Johannes
Gadamer apreciaba su modernidad y su relación con el mundo «real». Era
un tipo de colegio que se consideraba especialmente «moderno» (como ya
indicaba la denominación progresista de «colegio reformado»).21 Hans-Georg

18. Los nombres de los cursos de la segunda enseñanza de aquella época eran:
Sexta (1er curso, al que Hans-Georg Gadamer asistió de 1909 a 1910), Quinta (2o
curso), Quarta (3er curso), Untertertia (4o curso), Obertertia (5o curso), Untersecunda
(6o curso), Obersecunda (7o curso), Unterprima (8o curso), Oberprima (9o curso).
19. E. Maetschke, pág. 29.
20. PL, pág. 10.
21. Ver «Schule und Hochschule in Geschichte und Gegenwart, Festvortrag
von Prof. Dr. Dr. b.c. Hans-Georg Gadamer», en el libro conmemorativo privado
Schule zum Heiligen G e i s t pág. 11. Por otra parte, que Hans-Georg Gadamer
haya ido a esa escuela puede deberse al hecho de que Johannes Gadamer conocía
y apreciaba personalmente por su especialidad al entonces director de la Escuela del
Espíritu Santo, el consejero secreto doctor Wilhelm Richter (1841-1924). Proce­
dente por su parte del Magdalenum, Richter había estudiado Química y Ciencias
Naturales en la Universidad de Breslau.

62
Gadamer mismo veía esta decisión de su padre en relación con su propò­
sito de ganarle para la dura disciplina de la ciencia natural. Aunque él mis­
mo tenía una formación humanista, comprendió tal vez que ésta era algo
anticuada en la era de la revolución científica y técnica. Desde el principio
estaba decidido que Hans-Georg pasaría a partir de 1914 a la rama huma­
nista que abría la puerta a los estudios universitarios correspondientes, pero
se pretendía que hasta entonces se relacionara con alumnos del «mundo
real» y que recibiera una educación moderna, menos orientada por los mode­
los clásicos. Por eso, Gadamer comenzó estudiando francés antes que latín.
En los dos últimos años, los alumnos podían escoger además entre inglés
y hebreo (tal vez pensado para futuros teólogos). Hans-Georg (¿o su padre?)
se decidió por el inglés, idioma que lógicamente no llegó a dominar de mane­
ra satisfactoria en sólo dos años.
El resultado de estos estudios de idiomas fue que Hans-Georg Gadamer,
además de buenos conocimientos de las lenguas clásicas, adquirió un exce­
lente dominio del francés, por el que siempre mantuvo una especial prefe­
rencia y un fino oído. La manera en que se enseñaban los idiomas en aque­
lla época podría haber contribuido a esta sensibilidad, porque antes de
aprender la gramática y sintaxis de la lengua, los alumnos tenían que pasar
todo un año haciendo ejercicios fonéticos con el señor Biedermann (al que
llamaban bédé).22 Para los chicos de nueve años estos ejercicios eran en par­
te un juego divertido y en parte una tortura, a la que podían escapar cuan­
do animaban a su profesor de fonética a hablar de su mayor pasión, el depor­
te de esquí.23 De todos modos, gracias a esta “tortura” Gadamer llegó a tener
una pronunciación impecable del francés, algo no evidente para los hablan­
tes del alemán. Hasta que una invitación a Estados Unidos en 1968 le moti­
vó a perfeccionar el inglés, el francés siguió siendo su ventana al mundo
extranjero. Lo hablaba con un placer verdaderamente pueril y cuando se
le felicitaba por su excelente dominio de este idioma, siempre elogiaba los
méritos de su antiguo colegio. También lamentó una y otra vez que nunca
fuera invitado a pasar un tiempo más largo en un país de habla francesa.
Los países que le invitaron con mayor frecuencia fueron Estados Unidos e

22. Op. cit., pág. 11. Ver al respecto las memorias de Joachim Becker (alum­
no de 1909 a 1917), en el libro conmemorativo de 1938, pág. 91.
23. Op. cit., pág. 14, donde, en referencia a esto, dice: «Muchos son los cami­
nos por los cuales se puede demostrar la espontaneidad en la vida y estimularla en
otros.»

63
Italia. Por eso se esforzó mucho en aprender también el inglés y el italia­
no, pero él mismo confesó que no dejaba de sonar como traducido cuando
hablaba estos idiomas, mientras que el francés le salía del corazón. Tal vez
no es del todo desacertada la suposición de que la preferencia por esta len­
gua haya tenido una secreta incidencia cuando, en los años ochenta, trató
de entablar un diálogo con Jacques Derrida.
Hans-Georg no conoció más que una escuela, porque en los años de su
infancia no existían ni parvularios ni centros preescolares separados. En el
ciclo de enseñanza básica en el colegio del Santo Espíritu, en el que ingre­
só en 1907, las costumbres eran, al parecer «muy duras» y «autoritarias»,24
pero no le eran demasiado extrañas en comparación con las de su casa pater­
na. Cierto maestro de enseñanza básica, llamado Gruí?, tenía una actitud
de «sargento» y a los niños no atentos les solía tirarles trozos de tiza a la cabe­
za.25 Sin embargo, Gadamer también reconocía a veces que el colegio en su
conjunto tenía para él «una actitud más liberal que la (su) casa paterna».26
De hecho, la función principal del colegio ha sido desde siempre la de con­
frontar a uno con ideas, formas de vida y personas que lo llevan más allá del
estrecho círculo familiar.
En abril de 1909, la familia Gadamer se mudó del edificio del Insti­
tuto a un chalet alquilado en la Auenstrafíe, en el que anteriormente había
vivido el famoso cirujano Mikulic. Estaba situada en un barrio residencial
elegante, llamado Scheitnig, en el oeste de Breslau. Destruida en los años
veinte, Gadamer recordó esta casa con razón como un verdadero palacio, y
la familia debió de vivir en él muy holgadamente en aquellos años. Siem­
pre tenía criados, como era evidente en el hogar de un catedrático. La madras­
tra de Gadamer no se ocupaba de la cocina y sólo hubo de aprenderla des­
pués de la Primera Guerra Mundial, en la época de la gran miseria econó­
mica, que llevó al empobrecimiento de la burguesía alemana y también de
la familia Gadamer. Era habitual en una casa burguesa buena que a una cria­
da siempre se la llamara «Marie».27 Los encuentros sociales en el hogar de
un catedrático, las invitaciones a cenas para las que se contrataban cama­
reros, no eran para jovencitos, pero, no obstante, Hans-Georg llegó a cono­

24. Op. cit., pág. 9. Ver PL, pág. 8.


25. PL, pág. 8.
26. Die Schule zum Heiligen Geist (1988), pág. 16.
27. Ver GW 10, 78.

64
cer así a muchos profesores de la Universidad de Breslau, como los físicos
Otto Lummer y Clemens Schaefer, lo que dio lugar a una estrecha relación
con este último durante muchos años, o al filólogo clásico Wilhelm Kroll,
al filòlogo de inglés Levin Schücking y también al teòlogo Heinrich Scholz.
En el chalet de la Auenstrafie, Hans-Georg tenia un gran jardín para
jugar. Lo cuidaba un jardinero quien le enseñó muchas cosas. En cambio,
ir en bicicleta lo aprendió por sí mismo. «Mi juventud era muy solitaria y
me regalaron una bicicleta para entretenerme, pero tuve que aprender a solas
a conducirla. En nuestro jardín había una pequeña loma, de modo que
intenté aprender por mí mismo ir en bicicleta. Al montarla, después de algu­
nos fracasos, hice la gran experiencia: Mientras sólo me agarraba con toda
fuerza al volante, siempre me caía de lado. Pero súbitamente todo funcio­
naba como por sí solo. Hasta el día de hoy veo en este ejemplo lo que tam­
bién saben los políticos y lo que es su tarea: deben crear situaciones de equi­
librio si quieren conducir realmente y llegar a metas.»28
Desde Scheitnig el camino a la escuela era algo más largo. El padre daba
a Hans-Georg 50 pfennig por semana para el tranvía, pero a menudo él los
ahorraba para comprarse caramelos y más tarde los libros que le gustaban.
Entre otros se compró la antología de lírica alemana moderna de la editorial
Reclam, compilada por Benzmann, que le abrió el mundo mágico de la
poesía de Stefan George.29A cambio tenía que hacer el camino al colegio a
pie, algo que le resultaba fácil dada su condición de deportista. Le entusias­
maba sobre todo la gimnasia y durante algún tiempo incluso fue presidente
de la asociación de gimnasia del colegio del Santo Espíritu.30Con mucha
ilusión participaba también en las largas excursiones durante las pascuas de
Pentecostés (a menudo de no menos de cuarenta kilómetros) por las monta­
ñas de Silesia, actividad introducida por el entonces director del colegio,
Wilhelm Richter.31 Este mundo ileso se terminó súbitamente en 1914.
El momento del paso a la pubertad coincidió con el año en que la habi­
tual unidad de los integrantes del curso se dividió en dos nuevas unida­
des, hacia la izquierda la humanista, hacia la derecha la científico-técnica.

28. HGG, «Vom Wort zum Begriff. Die Aufgabe der Hermeneutik ais Philo­
sophie», en Menschliche Endlichkeit undKomposition, Bamberg: Fránkischer Tag, 1995,
pág. 120 (ahora en Gadamer-Lesebuch, Tubinga: Mohr Siebeck, 1997, pág. 107).
29. GW 9, 262. Ver también Breslauer Erinnerungen.
30. Schule und Hochschule in Geschichte und Gegenwart, pág. 13.
31. E. Maetschke, pág. 31.

65
Sin embargo, bastante más trascendentes eran las decisiones que se produ­
jeron en la política de los grandes poderes europeos, cuando ésta se salió de
quicio en 1914 y fue llevada a su absurda consecuencia. La celebración
del centenario de las llamadas «Guerras de liberación» de 1813 había sus­
citado poco antes el interés de los escolares por la gloria militar,32 y para el
chico de trece años era un orgullo especial que en la exposición con moti­
vo de dicho centenario en Breslau se mostrara una antigua urna de piedra
arenosa procedente de su jardín.33 Como la gran mayoría de los alemanes,
también Hans-Georg se sintió animado por el fervor patriótico cuando esta­
lló la guerra, a la que casi todos los alemanes entendieron como «guerra
de defensa». Las virtudes militares exhibidas en 1913 ahora se podían demos­
trar in concreto. Al escuchar la noticia del comienzo de la guerra, el joven
Hans-Georg exclamó: «¡Oh! ¡Esto es perfecto!», a lo que su padre le con­
testó tajantemente: «No sabes de qué estás hablando».34 Para Johannes Gada­
mer, esta guerra era la última consecuencia del despido de Bismarck. Aun­
que no era en absoluto un pacifista y como funcionario fiel al gobierno
habría apoyado sin duda la «guerra de defensa» de Alemania, presumible­
mente tenía una imagen más sobria de lo que Alemania podía perder en esta
guerra. Hasta donde queda documentado, por ejemplo, no participó en
aquel ominoso manifiesto, titulado «Al mundo de la cultura», del 4 de octu­
bre de 1914, en el que los profesores, generalmente apolíticos, declaraban
su apoyo al militarismo alemán de la Primera Guerra Mundial. Su nom­
bre falta en la lista de los firmantes, entre los que constan Rudolf Eucken,
Adolf von Harnack, Max Planck, Alois Riehl, Ulrich von Wilamowitz-
Moellendorff, Wilhelm Windelband y muchos otros.35

32. Ver las memorias de alumno de Johannes Bartzack, en Festschrift zur 400jâh-
rigen Jubelfeier der Schule zum Heiligen Geist in Breslau (1538-1938), Breslau: Druck
von Otto Gutsmann, 1938, pág. 94.
33. PL, pág. 8.
34. Das Erbe Europas, pág. 8. Ver PL, pág. 8 («.. .finalmente, el estallido de la
Primera Guerra Mundial, mi entusiasta celo juvenil y la seriedad de mi padre, que
me resultaba sobremanera singular»).
35. Para la lista de los firmantes Ver Frankfurter Zeitung del 4-10-1914, n° 275;
Hermann Kellermann, Der Krieg der Geister. Eine Ansíese deutscher und auslandi-
scher Stimmen zum Weltkrieg 1914, Weimar: Duncker, 1915, pág. 64-68; Klaus
Schwabe, Wissenscha.fi und Kriegsmoral. Die deutschen Hochschullehrer und diepoli-
tischen Grundfragen des Ersten Weltkrieges, Gotinga/Zúrich/Frankfurt: Musterschmidt
Verlag, 1969, pág. 22; también D. Cassidy, op. cit., pág. 29.

66
El colegio del Santo Espíritu fue afectado inmediatamente por la gue­
rra. Ya en agosto de 1914 fue ocupado por las Fuerzas Armadas y conver­
tido en hospital militar. Por eso, las clases se impartían en el colegio Kônig
Friedrich, al parecer «repugnante», porque allí se trataban mal a los alum­
nos del Santo Espíritu, programando las clases para las horas más absur­
das.36 En el gélido invierno de 1914-1915, los alumnos huéspedes a menu­
do tenían que permanecer al aire libre, mientras que los del propio instituto
podían permanecer en el vestíbulo calefaccionado. No fue más que un pre­
sagio del tributo que habría que pagar a esta absurda guerra mundial.
El nacionalismo bélico más banal, que era ajeno al padre de Hans-
Georg, se había apoderado de todos en los colegios, y también en el del
Santo Espíritu. En las clases se comentaba a menudo la situación en el
frente. Los alumnos se esforzaban por terminar sus tareas semanales, por­
que como compensa se ofrecía una hora en la que no se enseñaba francés o
alemán, sino que se hablaba de los acontecimientos bélicos.37 También se
invitaba a los escolares a vaciar sus libretas de ahorro y a recoger objetos de
valor para financiar la guerra.38 El joven Hans-Georg llegó a respirar un
poco de aire militar cuando, al comienzo de la guerra, fue destinado a la
estación de ferrocarril para ayudar a ordenar el equipaje de los soldados
que volvían del frente a pasar sus vacaciones. Fue un trabajo insignificante,
pero él nunca se había sentido tan importante como en aquel momento:
«Fue en los primeros días de la movilización, en agosto de 1914, cuando
estalló la guerra. Ya tenía catorce años, pero seguía siendo un niño muy in­
genuo. Fue el momento en que por primera vez en mi vida pude sentirme
realmente importante. En aquellos días, que coincidían también más o
menos con el final de todas las vacaciones, debido al estallido de la guerra
se desmoronó toda la organización del transporte de equipajes de los fe­
rrocarriles. Como consecuencia, la sala, gigantesca para mi percepción
pueril, se había llenado con verdaderas montañas de equipajes de viaje en
consigna. La administración del ferrocarril ya no estaba en condiciones
de dominar esta situación con su propio personal, de modo que, al pare­
cer, pidió ayuda al ayuntamiento. Puesto que el colegio del Santo Espíritu

36. Ver las memorias de Richard Ernst y Johannes Bartzack, en Festschrift


zur 400jáhrigen Jubelfeier der Schule zum Heiligen Geist in Breslau (1538-1938),
pág. 93s.
37. J. Bartzack, pág. 95.
38. Ibidem.

67
era municipal, nos destinaron a la estación principal para buscar, con los
resguardos en mano, los bultos correspondientes entre las montañas de
equipaje y llevarlos a la taquilla de entrega. Como hombre viejo, uno re­
cuerda sonriendo lo mucho que significaban estas pequeñas vivencias de
éxito en la edad infantil, el haber sido útil para algo. Tal vez la sala de la es­
tación del ferrocarril sólo me quedó como tan gigantesca en el recuerdo
porque estaba relacionada con mis grandes méritos en la localización del
equipaje que se había acumulado en ella. [...] Solemos recordar mucho
mejor las cosas en que nos distinguimos que aquellas en que hicimos el ri­
dículo, o al menos preferimos recordar las primeras.»39
Muchos de los alumnos algo mayores del colegio del Santo Espíritu,
como también los profesores más jóvenes, pronto fueron llamados al fren­
te. Gadamer describió también cómo el incipiente entusiasmo patriótico
se desvaneció poco a poco cuando llegaron las primeras noticias de la muer­
te de profesores, familiares y antiguos compañeros de colegio,40y cómo las
absurdas batallas de materiales llevaron a una creciente desilusión. En los
últimos años el número de alumnos de los cursos se iba reduciendo. En las
fechas de Pascua de 1918, Gadamer fue uno de un total de sólo ocho alum­
nos del colegio del Santo Espíritu que se sometieron a los exámenes fina­
les del bachillerato superior, que en Alemania se llama Abitur. Podemos
preguntarnos por qué Hans-Georg, si no en 1914, pero algunos años des­
pués no fue llamado a filas. Incluso había muchos jóvenes que por su entu­
siasmo patriótico se habían presentado como voluntarios al comienzo de
la guerra. Uno de ellos era el paisano de Gadamer Helmut Kuhn (nacido
en Breslau en 1899). El 11 de septiembre de 1914, ante el horror de sus
padres, abandonó todo para servir a la patria y se quedó en el frente occi­
dental hasta 1918.41 Por razones de salud, Gadamer se liberò de este desti­
no: «Yo era [en la primavera de 1918] un chico de la gran ciudad, mal nutri­
do, al que no se necesitaba en le ejército».42 La mala nutrición era extrema
en la familia Gadamer. Aunque el padre no era pobre, por su convicción
patriótica se negaba a comprar en el mercado negro.43 No se debían

39. Breslauer Erinnerungen, loc. cit., pág. 208. Ver Schule und Hochschule in
Geschichte und Gegenwart, 1988, pág. 14.
40. PL, pág. 11.
41. Helmut Kuhn, PSd III, pág. 236.
42. PL, pág. 10.
43. Ver el pequeño aviso sobre Gadamer en Zeit-Magazin, 18-12-1990, pág. 10.

68
hacer cosas ilegales. Johannes Gadamer perdió peso constantemente. Cuan­
do sus colaboradores se dieron cuenta de ello, le proporcionaron algunas
cosas, como ocas o jamón de Pomerania. Estas cosas las podía aceptar con
buena conciencia y también remedió la mala nutrición de su hijo con
«buena conciencia» cuando le envió durante las vacaciones de verano a una
finca agrícola en Silesia. Gracias a la mediación del colegio consiguió un
empleo como preceptor en casa del conde Dohna-Mallwitz, donde Hans-
Georg enseñó a los niños de la casa a cambio de una alimentación salu­
dable.
La situación general del abastecimiento empeoró de año en año (y aún
sería peor después de la capitulación). Uno de los problemas era la falta de
combustibles, incluso en Silesia con su abundancia de carbón. Las aulas del
colegio del Santo Espíritu no se permitían calentar a más de 16 grados.
Debido a la falta de materias primas, como piel y lana, por ejemplo, algu­
nos escolares iban mal vestidos y poco abrigados.44 En este sentido la juven­
tud de Gadamer era triste y dominada por las carencias.
Sin embargo, gracias a su «afortunada» mala salud, Hans-Georg Gada­
mer no tuvo que someterse en toda su vida a experiencias militares direc­
tas, una situación muy rara para un alemán de su generación. En la Segun­
da Guerra Mundial enfermó de poliomielitis, lo que le ahorró el servicio en
el frente. Sólo en los últimos meses de la guerra fue reclutado para el «Volkss-
turm» (avance popular), la campaña desesperada de Hitler en la que movi­
lizó todos los sectores de la población. Gadamer fue destinado a un sistema
ridículo y absurdo de defensa antiaérea que tenía que derribar aviones, sobre
todo de bombardeo, con unos cañones, pero la unidad a la que estaba des­
tinado ni siquiera tenía municiones. La posteridad puede estar agradecida
a esta inutilidad por problemas de salud, que también tuvo su incidencia
en el caso de Heidegger (quien, en la Primera Guerra Mundial, fue libera­
do del servicio en el frente por problemas de corazón). No se puede decir,
en cambio, que en el caso de Gadamer o Heidegger la precariedad de la
salud haya disminuido su productividad o acortado su vida, incluso pasó lo
contrario, como Gadamer insinuó a veces cuando se le preguntó por su
secreta receta de vida: Unas costumbres duras y austeras en la juventud serí­
an, según él, la mejor garantía para una larga vida.
En la dura lucha vital de aquel tiempo la poesía ofrecía un buen refugio.

44. J. Bartzack, pág. 95.

69
Si de niño le habían predicho una carrera de oficial, el joven Gadamer se
alejó cada vez más de esta inclinación por los «sueños de la interioridad, la
poesía y el teatro».45 Esta retirada al mundo de la espiritualidad y la inte­
rioridad se debía especialmente a su encuentro con la poesía de Stefan Geor­
ge. En las primeras décadas del siglo XX se había producido una verdadera
«George-manía»,46 incluso en círculos cultos científicos.
Hoy en día, el georgianismo es difícil de comprender en su extraña
solemnidad pagana que emana de la poesía de George y en el aire etéreo y
esotérico de su círculo. En primer lugar se caracteriza por una radical reti­
rada del mundo, que precisamente en la época de la guerra mundial habría
atraído a muchas personas. Cultivaba un erotismo poético (y también mas­
culino) en nombre de un espíritu elevado del que sólo podían participar
ciertos elegidos. El círculo estaba bajo el mando severo de George mismo,
ávido de poder, quien creó un culto de «líder» que posteriormente cayó en
descrédito a causa de las circunstancias históricas. En 1928, Max Kom-
merell, un amigo de Gadamer que entonces tenía sólo 26 años, había escri­
to un libro bajo las órdenes de George, que se titulaba Der Dichter ais Füh­
rer der deutschen Klassik (El poeta como líder del clasicismo alemán), en el
que George desempeñó una vez más el papel que habían representado
Goethe y Schiller y más tarde Holderlin (por cierto un redescubrimiento
del círculo de George). Poco después, Kommerell se distanciaría de mane­
ra dramática de este libro y de su relación con George, pero de su exposi­
ción se desprendía que de la entrega a la poesía y la renuncia al mundo tam­
bién podría surgir un nuevo «Estado», aunque éste poco tenía que ver con
el estado banal del mundo real y de la política del momento.
El contenido político del círculo de George es muy discutido. Un título
como Das neue Reich ([El nuevo imperio], 1928), el último volumen de poe­
mas de George (editado por Kommerell), puso el círculo injustamente en

45. PL, pág. 8.


46. Ver la presentación de sí mismo de Helmut Kuhn en PSd III, pág. 242,
244. A propósito del círculo de George, ver ahora la presentación sociológica
integral de Stefan Breuer, Àsthetischer Fundamentalismus. Stefan George und der
deutsche Antimodernismus, Darmstadt: Wissenschaftliche Buchgesellschaft, 1995,
pero sobre todo la investigación a fondo realizada por Carola Groppe, Die Macht
der Bildung. Das deutsche Bürgertum und der George-Kreis 1890-1933, Colonia/Wei-
mar/ Viena: Bôhlau Verlag, 1997 (que por vez primera investiga la relación de
Gadamer con el círculo de George, pág. 395-399).

70
descrédito en años posteriores.47A él pertenecían muchos j udíos de tendencia
muy nacionalista, como el historiador de la economía Friedrich Wolters, al
que Gadamer conoció más de cerca en Marburgo. No hay que olvidar, por
otro lado, que precisamente las altas exigencias de George en cuanto a un
«pacto estatal secreto» indujeron a un georgiano como el conde Claus Schenk
von Stauffenberg a su heroico atentado contra Hitler el 20 de julio de 1944.48
Esta idea «esotérica» de un círculo se parecía bastante al modelo idea­
lizado de una educación platónica, y seguramente no es por azar que muchos
filólogos clásicos influidos por George sintieron el estímulo de una nueva
lectura de Platón, como Heinrich Friedmann (Platon. Seine Gestalt, 1914,
aparecido en los «Blátter für Kunst», revista fundada por George), Heinrich
Barth (Die Seele in der Philosophie Platons, 1921, por cierto, el hermano del
teólogo Karl Barth), Karl Reinhard (Platons Mythen, 1927, un libro sin notas
a pie de pàgina), Kurt Singer (Platon, der Gründer, 1927) y también Paul
Friedlánder (Platon, vol. 1, 1926; voi. 2, 1930). Durante sus años de estu­
dio en Marburgo Gadamer se relacionaría con estos y otros miembros
famosos del círculo de George -especialmente con Friedrich Wolters, Hans
Anton y Max Kommerell-, pero su primer encuentro fue puramente al nivel
poético. Tal vez por recomendación de un profesor, se comprò una anto­
logia de la poesia moderna, que ofrecía más de 600 páginas de una amplia
selección de los poetas más importantes o más prometedores de las últimas
décadas. El volumen incluía a Christian Morgenstern, Hugo von H of­
mannsthal y también a Friedrich Nietzsche, Hermann Hesse у Rainer
Maria Rilke, pero no a George. Él había rechazado explícitamente la invi­
tación de Benzmann, declarando en una carta a éste «que sería un error
incluirle en la literatura moderna».49 Esta actitud de rechazo debió impre­

47. Stefan George, Das neue Reich, Berlín: Georg Bondi, 1928. El decurso de
la historia universal lleva, sin embargo, a olvidar muy fácilmente que allí se está
recordando a los dos amigos que «a mediados de 1918 planearon la deserción hacia
un ‘país libre y más tarde fueron juntos al suicidio» (Ver Lorenz Jàger, «Ich gehe
immer an áufiersten Rándern. Leben und Werk Stefan Georges: Eine Tagung und
eine Ausstellung in Bingen», en FAZ, 27-9-1995).
48. Ver al respecto Peter Hoffmann, Claus Schenk G raf von Stauffenberg und
seine Brüder, Stuttgart: Deutsche Verlags-Anstalt, 1992 (en especial, el capítulo «Das
geheime Deutschland», pág. 61-78).
49. Hans Benzmann, Moderne deutsche Lyrik. M it einer literaturgeschichtlichen
Erinnerung und biographischen Notizen, 2a edición totalmente renovada, Leipzig:
Reclam, 1907, pág. 14.

71
sionar al joven Gadamer: «Puesto que me interesaba la lírica, género que no
le gustaba a mi padre quien, en realidad, esperaba convertirme en investi­
gador de la naturaleza, un día, siendo aún estudiante de bachillerato, me
compré de mis ahorrillos una antología de la lírica moderna, compilada por
Benzmann y publicada por Reclam. En su introducción se decía que, lamen­
tablemente, el poeta Stefan George se había negado a ser incluido en esta
antología y, como suele hacerse (los juristas conocen esto a la perfección),
la introducción del compilador citaba dos poemas de George. Siempre los
recordaré. Me conmocionaron profundamente, no entendí qué me estaba
pasando. Fue algo totalmente diferente de lo que había experimentado has­
ta entonces en mi dedicación y mi amor a la poesía».50 Puesto que estos dos
poemas «electrizantes» causaron una impresión tan honda, los citaremos
aquí en su integridad:

Tristeza dejulio)X

Flores de verano con vuestro olor aún tan generoso:


corregüela en medio del amargo perfume de cereales,
me persigues agarrada en la resecada baranda.
El sésamo de los soberbios jardines se me hizo extraño.

Del olvido llamas los sueños: el niño


descansando sobre el terruño casto del campo de trigo
en el ardor de la cosecha junto a segadores desnudos
al lado de la brillante hoz y del jarro vacío.

Adormecidas se balancean las avispas con la canción del mediodía


y sobre su frente enrojecida,
a través del débil escudo de los tallos,
de las hojas de la dormidera caían anchas gotas de sangre.

Nada de lo que jamás existía para mí me lo roba el tiempo pasajero.


Suspirando extenuado como entonces, yazgo en el prado que suspira.
La boca agotada murmura: estoy cansado
de las flores, ¡tan cansado de las flores!

50. GW 9, 259s.
51. Stefan George, D er Teppich des Lebens und die Lieder von Traum und Tod,
I a edición, 1900, 11a edición, Berlín: Georg Bondi, 1923, pág. 75.

72
Sueño y muerte^2

¡Esplendor y gloria! Así se despierta nuestro mundo.


Heroicamente sometemos montañas y bahías.
Joven y grande mira el espíritu sin superior
sobre los prados sobre los mares que los rodean.

Junto al camino se refracta un rayo, vuela una imagen


y la ebriedad tortura y sacude ferozmente.
El que ordenó, llora y medita, de buen grado se inclina:
«Tú, mi salvación, tú, mi gloria, tú, mi estrella».

Luego el sueño, la mayor soberbia se alza,


vence audaz al dios que lo eligió...
hasta que una llamada nos empuja hacia abajo
nos desnuda tanto, tan pequeños, ante la muerte.

Todo esto atormenta, desgarra y golpea, fulgura y arde


antes de que tarde en el firmamento nocturno
se une brillando y silenciosa la joya de luz:
Esplendor y gloria, ebriedad y tormento, sueño y muerte.

Es posible que en la actualidad estos poemas produzcan un efecto me­


nos electrizante y parezcan algo pálidos,53 pero en aquellos años tenían que
causar una impresión enorme. En primer lugar por la forma de escribir del
propio George, quien prescindía de las mayúsculas, por su estilo solemne y
su técnica al mismo tiempo sencilla y prosódica. Pero sobre todo se obser­
va esta actitud de rechazo al mundo, la melancólica evocación de la vida
onírica y la misteriosa integración de la muerte en el conjunto del aconte-

52. Der Teppich des Lebens und die Lieder von Traum und Tod, pág. 93. Ver Hans
Benzmann, Moderne deutsche Lyrik. M it einer literaturgeschichtlichen Einleitung und
biographischen Notizen, 2a edición totalmente renovada, Leipzig: Reclam, 1907, a
la cual se refiere Gadamer en GW 9, 262.
53. Ver Dieter Teichert, «Ein Wort, das verwandelt. Hans-Georg Gadamers
Lyrik-Interpretationen», en Die Zeit, 6-9-1991: «A diferencia de Gadamer, se pue­
de considerar la exagerada pretensión de George, de que en el poema se revela
una visión del mundo, como una excelente demostración de la inmediata vecindad
entre lo sublime y lo ridículo.» Ver también la acotación de Reinhard Mehring en
Phibsophischer Literaturanzeiger (47) 1994, pág. 1: «Gadamer pertenece a una gene­
ración para la cual todavía la poesía era un acontecimiento que despertaba “almas”
y brindaba acceso al “mundo”.»

73
cer de la naturaleza. Todo esto procedía de un autor que renunciaba perso­
nalmente al mundo y que se había negado a ser incluido en la mencionada
antología. Era algo que tenía que impresionar. Toda la manera de ser de
George expresaba una inaudita negación de lo que olía a publicidad ruido­
sa y que significaba una concesión al mundo. Por su posición elitista,
como se puede leer en una carta de Gundolf, uno de los representantes
georgianos principales, el círculo combatía «el abaratamiento del saber, la
sobrevaloración y exageración de todo fenómeno de masas y de todo lo
“popular”».54 Stefan George era un hombre que evitó cualquier forma de
vida pública y de homenajes, por supuesto con excepción de la devoción
que se le mostraba en su propio círculo. Cuando la ciudad de Frankfurt le
otorgó en 1927 el primer Premio Goethe (muchos veían entonces a Geor­
ge como un nuevo Goethe), no se presentó a la ceremonia y pidió a su
amigo y secretario Ernst Morowitz que contestara: «Stefan George está
sorprendido de que la ciudad de Frankfurt le haya otorgado este premio
en contra de su petición que fue expresada por mí. Sin embargo, en el in­
terés de la fundadora y en el suyo propio considera aconsejable no contri­
buir a llamar la atención del público con objeciones, por lo que acepta el
premio con gratitud».55
Casi se anticipa aquí la famosa expresión de Heidegger: «¡El conoci­
miento público lo oscurece todo!». No es por azar que la primera lectura de
Heidegger evocara en Gadamer el recuerdo de George.56
No aporta mucho la calificación de esta experiencia poética como epi­
fanía, refugio, religión sucedánea o fundamentalismo estético (según la feliz
conceptualización de Stefan Breuer). George y la poesía en general permi­
tían participar en un mundo alejado de la dura lógica de la ciencia a la
que Gadamer estaba acostumbrado en su casa paterna. Esta vivencia y

54. Carta de Friedrich Gundolf a Friedrich von der Leyen del 6-7-1911, citada
en Hans-Joachim Zimmermann (comp.), Die Wirkung Stefan Georges a u f die Wis-
senschaft. Ein Symposium, Heidelberg: Carl Winter Verlag, 1985, pág. 109.
55. Citado por Erwin W. Palm, «Spuren in Frankfurt», en Hans-Joachim Zim­
mermann (сотр.), Die Wirkung Stefan Georges a u f die Wissenschaft, pág. 74.
56. Merece mencionarse que Gadamer describió su primer encuentro con la
prosa de Heidegger con las mismas palabras que había utilizado para describir su
encuentro con George: «Fue para mí como haber sido alcanzado por una descarga
eléctrica. Algo semejante había experimentado a los dieciocho años, cuando tuve
por primera vez versos de George ante mis ojos.» (PL, pág. 212).

74
esta verdad poética seguirían siendo una inspiración constante para la filo­
sofía gadameriana y alimentarían las dudas acerca de la pretensión de la cien­
cia de tener el monopolio sobre la verdad: «El hecho de que el sonido mági­
co de sus versos y el impacto como persona de un poeta como George podía
tener una influencia formadora tan grande en las personas siguió siendo un
interrogante permanente para el ánimo pensativo y representó un correcti­
vo nunca del todo olvidado para el juego conceptual del estudio filosó­
fico.»57
El joven Gadamer estaba firmemente decidido a estudiar filología ger­
mánica y, como recordó en 1938, la actitud de su profesor de alemán le res­
paldaba en su determinación: «Siendo todavía estudiantes de bachillerato,
gracias a uno de nuestros profesores que era, si lo recuerdo bien, sobre todo
investigador de nombres de personas, aprendimos lo que es un filólogo.
También en otros aspectos era un profesor excelente, y no era tanto el atrac­
tivo de esta investigación de nombres que, por ejemplo, me hizo comenzar
la carrera con estudios de filología alemana, sino la actitud personal de este
hombre que raras veces se desviaba en las clases para hablar de sus preferen­
cias y que no se dejó seducir por su interés por ellas. Se trataba de algo que
en el fondo no era apto para nosotros y por eso no quería explicárnoslo, esto
era lo que convencía, esta conciencia de sí mismo, que se aguantaba.»58
Como Gadamer decía a menudo en años posteriores,59la educación escolar

57. GW 2, 481.
58. Conferencia de Hans-Georg Gadamer en Festschrift zur 400jahrigen Jubel-
feier der Schule zum Heiligen Geist in Breslau (1538-1938), 1938, pág. 90.
59. Ver, por ejemplo, la conferencia de Gadamer del 1-2-1996 en Mannheim,
«Zwischen Gedanke und Wort - eine Philosophie des Hòrens»: «Sin quererlo me
pregunto cómo puede sobrevivir el único valor perenne de la escuela bajo este
tipo de regulación [en los programas educativos obligatorios de la actualidad]. Y
el valor perenne de la escuela era la admiración que cada uno que hubiera estado
en ella tenía, por lo menos, por uno de sus maestros. No siempre fuimos llevados
de este modo por el camino correcto. Se me permitirá, tal vez, relatarlo de manera
personal. Yo pasé mis últimos años de escolaridad secundaria en Breslau durante la
Primera Guerra Mundial. Obviamente, esto no era ideal con relación a la situación
del cuerpo docente, ya que los más jóvenes estaban en la guerra. [...] Pero entre los
jóvenes había alguno que otro nuevo docente, y el mejor de ellos, a quien después
tuve como profesor en las clases superiores, era, desafortunadamente, un estudioso
de las lenguas, de tal manera que yo decidí, naturalmente, estudiar filología ale­
mana. Alto alemán antiguo y gótico, alto alemán medio, etc., los aprendí; pero debí
desprenderme primero poco a poco, agradecido, de ese modelo —que, con todo,

75
se produce en primer lugar gracias al encuentro con un profesor al que se
admira y cuyo ejemplo se quiere seguir. En el caso de Gadamer era el doctor
Hermann Reichert, el mencionado investigador de nombres de familia.60
Aunque su tema no interesaba a nadie especialmente, impresionaba su per­
severancia, esta actitud del científico puro y entregado a su objeto. La cien­
cia vivida y ejercida como profesión tenía que dejar una honda impresión en
medio de un mundo que se estaba desmoronando por la guerra. Esta acti­
tud estoica del puro científico estaba muy presente en este colegio durante
aquel tiempo de ocaso. El director Oswald ReiíSert, conocido en Silesia
como autor de poemas satíricos,61 propuso a sus alumnos en 1917 el si­
guiente tema para una redacción libre en alemán: «¿En qué medida la vida
humana es una lucha constante?»62 La vida de los alumnos de entonces y la
vida en general, ¿acaso era otra cosa que una lucha por la vida? ¿Se podía ha­
cer otra cosa en aquella situación mundial totalmente absurda que conti­
nuar sin vacilar y estoicamente el propio camino de formación? Aún en la
Segunda Guerra Mundial Gadamer tendría ocasión para reafirmar este mis­
mo principio.
El director Reifíert, al que llamaban «direx», también enseñaba inglés
y Gadamer estudió con él esta lengua, aunque para su rama no era una asig­
natura obligatoria. Los alumnos podían escoger entre hebreo e inglés siguien­
do un programa de dos años. El tiempo era demasiado corto para un domi­
nio satisfactorio, pero aun así Gadamer llegó a entusiasmarse por Shakespeare
(un autor que George también había traducido), y un día se compró una
edición inglesa de Hamlet.63 No era una lectura fácil para sus conocimien­
tos de aquellos años, pero esta obra le confirmó que también en la época de
Shakespeare la vida había sido una lucha desesperada.

lo era- y encaminarme entonces hacia cosas nuevas que me condujeron hacia la filo­
sofía. Por lo visto, y para preocupación de mi padre, esto me estaba determinado
por la naturaleza. Evidentemente, mi padre era un investigador de la naturaleza, y
por eso era para él una tremenda desdicha que yo fuese, de ese modo, a lo de los
profesores palabreros.»
60. Según una conversación tenida el 19-3-1996.
61. Respecto de la importancia y la obra de Reifiert en Breslau, ver Udo Worf-
fel, Geheimrat Dr. Oswald Reifíert - Schulmann und Poet in Breslau, en Der Schle-
sier, 7-10-1994, suplemento 4.
62. Ver los recuerdos de Eberhard Neukirch, en Festschrift zur 400jahrigen
Jubelfeier der Schule zum Heiligen Geist in Breslau (1538-1938), pág. 93s.
63. Ver la conversación en Gadamer-Lesebuch, 1997, pág. 280s.

76
Esta lucha por la vida también fue tema de controversias religiosas en
las que Hans-Georg Gadamer se vio involucrado aún como escolar. Su pro­
fesor de religión, Hardell, defendía la tesis ilustrada de que la religión había
surgido del miedo,64 pero justamente el profesor de griego, de nombre Bür­
ger, se oponía a esta posición por su antigua convicción pietista. Las sim­
patías del joven estaban del lado de la retórica ilustrada: «El coraje del
ilustrado empecinado que defendía esta tesis me impresionaba más que el
algo pedantemente ortodoxo contrincante, que ya por sí mismo estropeó
muchas cosas con sus clases de griego empapadas de beatería».65 Éste fue su
primer encuentro con la crítica ilustrada a la religión a la que volvería a
encontrar más tarde en la consigna de Bultmann de la desmitologización.
Aún en Verdad y método este tema ocupa un capítulo central, porque al
comienzo de sus estudios universitarios, Gadamer encontró en la obra Ent-
weder - Oder (O lo uno o lo otro) de Kierkegaard una crítica a la Ilustra­
ción que descubría como núcleo de verdad de la cuestión religiosa la pre­
gunta por el sentido de la propia existencia. Desde ahí había que plantear
a'la Ilustración la pregunta de si su «conocimiento distanciado» podía hacer
realmente justicia al fenómeno religioso.
Gadamer recibió una primera preparación para Kierkegaard en su últi­
mo año escolar, cuando el joven profesor de alemán, Maetschke, impartió
como sustituto las clases de religión. Es probable que Maetschke hubiera

64. Schule und Hochschule in Geschichte und Gegenwart, 1988, pág. 17: «Uno
de nuestros maestros, el Sr. Hardell, comenzó su aportación diciendo: “La esencia
de la religión es el temor” [...] Y le escuchamos, entonces, atónitos, desconcerta­
dos por esos tonos nuevos como también, en general, por ese pathos ilustrado que
tenía el hombre. Cuando entramos a la siguiente hora de clase -era de griego-,
entraba el Sr. Bürger, un viejo pietista; y él pronunció el discurso opuesto, procu­
rando dejarnos en claro qué clase de impío palabreo había sido aquello.»
65. PL, pág. 9. A propósito de Bürger, ver también los recuerdos de alumno
de Erich Wiepert en el libro conmemorativo de 1938, pág. 81: «Era un hombre de
una piedad encarnizada. Con la mirada agitada por la ira, el índice levantado y exha­
lando el aire a golpes por la nariz al respirar, acometía contra el escéptico. Y cuan­
do, casi siempre con disimulo, se lo distraía del tema con una acotación tonta o sin
importancia sobre los Gracos, sobre Spener o sobre la santificación del domingo
para que no prestara atención a nuestra insuficiente preparación, tras las espaldas
de los que estaban en la primera fila se anotaban celosamente las flores más her­
mosas de sus prédicas. Sus conceptos acerca del mundo de ideas, de los intereses y
las alegrías de los adolescentes de la gran ciudad tenía a veces, en su ingenuidad
y falta de relación con la vida, algo conmovedor.»

77
asistido a las clases de Bultmann (quien enseñó en Breslau de 1916 a 1920)
y que haya asimilado en ellas algo del concepto kierkegaardiano de la «simul­
taneidad» del mensaje cristiano. Gadamer quedó como hechizado cuando
Maetschke hablaba del cálculo de Kierkegaard según el cual desde la épo­
ca de Jesús sólo habían pasado sesenta generaciones. De otro modo se pen­
saría que había tenido lugar en tiempos muy arcaicos. Y la llamada a la fe
no apuntaba a un balance posterior al final de los tiempos, sino a la deci­
sión que se exige en cada momento a las personas. No se trataba, por tan­
to, de una historia abstracta y lejana, en la que se cree por motivos con­
ceptuales, sino de una historia verdadera, que incluye a uno mismo. Gadamer
estaba asombrado. En aquellos años no tenía ni idea de que detrás de estos
argumentos ya estaba Bultmann o Kierkegaard con su tema principal de
la simultaneidad de la fe cristiana. Pocos meses después, cuando comenzó
sus estudios universitarios, leyó finalmente a Kierkegaard -también con­
vertido en una moda en estos años—, en la excelente aunque muy libre tra­
ducción de Schrempf, y así conoció la crítica a la Ilustración que seguiría
siendo un elemento importante en su filosofía hermenéutica.

78
IV. Los estudios en Breslau: sentimientos de hundimiento
y filosofía científica

El año 1918 marcó un punto de viraje en la historia mundial, pero también


en la vida de Gadamer. A diferencia de la mayoría de los estudiantes, el
comienzo de sus estudios universitarios no coincidió con una despedida de
la casa paterna. Ante la creciente y cada vez más aguda miseria económica,
para no hablar de la política, parecía aconsejable que siguiera viviendo
con el padre. Sólo el matrimonio en 1923, después de la poliomielitis, lle­
vó a Gadamer a separarse físicamente de su familia. Sin embargo, una sepa­
ración simbólica ya se produjo con la elección de la carrera universitaria. Se
puede imaginar cuantas preocupaciones tenía que causar (con razón) al
padre.1Hans-Georg encontró apoyo entre los amigos y colegas de éste. Así,
el físico Clemens Schaefer y el filólogo clásico Wilhelm Kroll pertenecían
a los que defendieron sus inclinaciones literarias frente al padre.2Consiguieron
un éxito a medias: Johannes Gadamer dejó que su hijo «hiciera lo que que­
ría, pero estuvo muy descontento durante toda su vida».3La expresión «dejar
hacer» revela, sin embargo, que el padre debió de ser más comprensivo ante
la difícil y sufrida situación de su hijo de lo que éste estaba dispuesto a con­
ceder en afirmaciones posteriores. Tal vez Johannes Gadamer tenía la espe­
ranza de que una mayor madurez llevaría a su hijo paulatinamente al buen
camino, y los estudios de filología germánica también podían entenderse
como una continuación de la formación general del bachillerato. Precisa­
mente en una época política y socialmente desasosegada, una buena cultu­
ra general podía ser beneficiosa. Éste podría haber sido el argumento del físi­
co católico Schaefer y del filólogo clásico Kroll, cuando respaldaron el deseo
de Hans-Georg de adquirir una orientación intelectual más amplia. No obs­
tante, Hans-Georg había interiorizado de tal manera la oposición de su padre

1. Ver la entrevista con Hans-Georg Gadamer en Ruprecht, Heidelberg, n° 35,


1995, pág. 3: «Qué cree usted que me echó en cara mi padre, que era químico, cuan­
do le dije que quería estudiar ciencias del espíritu. Según su opinión, yo me jun­
taba a los “profesores palabreros”.»
2. PL, pág. 10.
3. G W 2,479.

79
que comenzó sus estudios con cierta mala conciencia y que siempre se esfor­
zó por tener buenos resultados. Aún en su edad de anciano tenía a veces
«ciertos sueños de que su padre pudiera tener conocimiento de la fama mun­
dial que había adquirido en su especialidad».4
En la primavera de 1918, Hans-Georg recibió su certificado de «madu­
rez» -como se llama en Alemania el título de bachiller- del colegio del San­
to Espíritu. El padre tomó esta ocasión como motivo para abrir a su hijo
una cuenta de 10.000 marcos, pero con la condición de que no podía com­
prarse libros con ese dinero. En cierto modo fue el último intento de adver­
tir a su hijo de la inutilidad de una dedicación a lo puramente literario. Esta
imposición hizo que la cuenta quedara sin tocar hasta que el dinero perdió
todo su valor con la inflación. La madrastra, que siempre había apoyado sus
estudios del francés, planeó para él un viaje a Lausanne, donde debería per­
feccionar sus conocimientos ya muy buenos de la lengua francesa. En aque­
llos años, estaba aún considerada como lengua mundial y entre los futuros
estudiantes se había convertido en una moda ir a Lausanne para aprender
un francés impecable y tal vez también para adquirir alguna experiencia
mundana.5 Francia, como enemigo de guerra, lógicamente no entraba en
consideración para estos propósitos. Mas, la miseria que conllevaron los últi­
mos meses de la guerra estropeó los planes de ir a Lausanne. Finalmente,
sólo a los 33 años Gadamer pudo hacer sus primeras experiencias en el
extranjero, cuando viajó a París en abril de 1933, también esta vez en tiem­
pos muy revueltos. Por eso, cuando se jubiló en 1968, dio satisfacción
con especial avidez a sus ganas de viajar.
Así, las vivencias de Gadamer se limitaron aún durante muchos años
a la escena del interior de Alemania,6 que en 1918 estaba dominada por una

4. Expresado en una nota sobre Hans-Georg Gadamer en Zeit-Magazin, 28-


12-1990.
5. Ver el relato de Julius Ebbinghaus (nacido en 1885), que era alumno del
Magdalenum, en PSd II: «Siguiendo la moda de aquel tiempo, en el primer semes­
tre fui a Lausana. Inmediatamente después, en agosto y septiembre, participé en los
cursos de vacaciones en Grenoble, donde, sobre la base de lo aprendido en la escue­
la, pude aprender a hablar un francés no solamente fluido, sino [...] también sin
acento extranjero».
6. No ha de perderse esto de vista si se quiere interpretar las frecuentes refe­
rencias que, en sus escritos hasta alrededor de 1948, hace Gadamer acerca de la
nacionalidad alemana y del derrotero del destino del pueblo alemán. A él le estu­
vo vedado un mundo de experiencias diferentes, que hoy puede parecerle eviden­
te a la juventud occidental.

80
atmósfera de catástrofe. A nivel político la guerra mundial y el imperio se
acercaban a un súbito y humillante fin para el país, seguido en todas partes
por numerosos intentos de revoluciones y golpes de Estado, tanto desde la
izquierda como desde la derecha, que revelaban una profunda desorienta­
ción. No se podía continuar simplemente con el orden antiguo, pero el nue­
vo aún no tenía perfil alguno. La Revolución de octubre en Rusia había
dado nuevos impulsos al movimiento obrero, pero al mismo tiempo sus­
citó el miedo a lo «asiático». A duras penas se impuso en Alemania una débil
democracia según el modelo occidental, pero la creciente miseria econó­
mica y la delicada y vergonzosa cuestión del pago de indemnizaciones hicie­
ron que muchos estaban en contra de todo lo occidental. La democracia, el
parlamentarismo y también la economía de mercado «occidental» se con­
sideraban como palabras vacías, e incluso como cinismo mentiroso a la vis­
ta de las humillaciones y privaciones que el Tratado de Versalles impuso al
pueblo alemán. La democracia impuesta «desde fuera» parecía llevar, ade­
más, a insuperables peleas entre partidos y divisiones nacionales que ame­
nazaban la unidad de Alemania, alcanzada con orgullo bajo el gobierno
de Bismarck. Incluso se llegaron a responsabilizar a los defensores de la
democracia del ominoso Tratado de Versalles, y este cortocircuito de la lógi­
ca política se convertiría en el trágico resultado de la república de Weimar.
En la actualidad es lo más habitual ver en las conexiones más diversas
y nebulosas unas «crisis». Pero ninguna generación tenía un sentimiento tan
fuerte de crisis como la de Gadamer en el año 1918. El best seller de Oswald
Spengler, E l ocaso de Occidente, se hizo famoso porque resume este espíri­
tu de la época. Gadamer sólo lo menciona ocasionalmente,7en cambio remi­
te con mayor frecuencia al pequeño libro de Theodor Lessing, con el títu­
lo Europa und Asien? que hablaba en términos parecidos al comparar Europa

7. Ver GW 10, 209.


8. Theodor Lessing, Europa undAsien, Verlag der Wochenschriít DIE AKTION,
Berlín-Wilmersdorf, 1918. La primera edición del escritor judío que leyó Gadamer
tiene apenas 128 páginas. Más tarde, cuando se lo conoció bajo el título Untergang
der Erde arn Geist, el libro se tornó mucho más extenso (5a edición, 1930). El texto
establece, de acuerdo con Schopenhauer, los valores de la capacidad, del rendimien­
to, del saber (1918, pág. 12), como características funestas de la cultura europea.
Lessing ve en esa «superstición del progreso» la «última religión europea» (72). Fren­
te a ello, él encomia la actitud pesimista, de renuncia al mundo, propia de la cultura
asiática. El libro produjo en 1918 una fuerte impresión en Gadamer. Ver SUNY-Ges-
pràche, tomo 3 A, pág. 3: «Por supuesto con razón, caracteriza usted la época

81
con las posibilidades totalmente diferentes de Asia y la India. Lo que se había
hundido era lo que hoy se llama la historia del éxito de la ciencia moderna
y de la civilización basada en ella: «De un solo golpe se había terminado la
imagen optimista del futuro y el sentimiento de vida que confiaba en el pro­
greso».9 Esta experiencia se basaba en la convicción de que las batallas de
materiales de la Primera Guerra Mundial eran la consecuencia del des­
arrollo moderno. La Modernidad, es decir, el despliegue de la ciencia como
mera técnica parecía llevar directamente a los combates de trincheras de la
Primera Guerra Mundial, a las que Ernst Jünger dio expresión en su libro

como un tiempo de gran confusión, pues la tradición militar del Estado de Prusia,
que configuró al Estado alemán, se interrumpió en forma muy repentina y fue suce­
dida, sin que las condiciones sociales para ello estuviesen dadas, por una república
democrática -y de muy sabia constitución- que tenía, empero, como se notaría más
tarde, un único punto débil. Se conoce esto como la famosa leyenda de la puñalada,
y se lo encuentra, por ejemplo, en la conocida frase que Wilamowitz hizo escribir en
el monumento a los caídos en guerra en Berlín: Invictis, vieti, victuri. Esto quiere de­
cir: a los invictos, de los vencidos, que en el futuro vencerán. Esta era la vieja genera­
ción de la era prusiana y de Guillermo II, que se expresaba en esta frase y que, eviden­
temente, era también escuchada por la juventud, es decir, por los oficiales y soldados
de la Guerra Mundial. [...] Mi despertar en el sentido de la relación crítica con nues­
tra cultura -creo que lo he escrito también en mi autobiografía—fue Theodor Les­
sing, Europa undAsien. Era, pues, por ejemplo, semejante a la atmósfera de hundi­
miento propia de Spengler, no primariamente nacionalista, sino, por el contrario,
escéptico frente a la ética del rendimiento propia de la tradición alemana, prusiana.
De esa manera, se producía una separación respecto de la propia casa paterna.» Ver la
versión editada, traducida y algo abreviada, Hans-Georg Gadamer on Education, Po­
etry, and History. Applied Hermeneutics, comp, por Dieter Misgeld y Graeme Nichol­
son, SUNY Press: Albany, 1991, pág. 135s. Más referencias a Lessing se encuentran
en GW 2, 480, como también en PL, pág. 11. Para una caracterización de Lessing,
que el 30-8-1933 fue asesinado en su exilio en Marienbad por nazis alemanes de los
Sudetes, ver Rainer Marwedel, Theodor Lessing1872-1933. Eine Biographie, Darms­
tadt und Neuwied: Luchterhand, 1987.
9. H G G , D as Erbe Europas, Frankfurt a.M.: Suhrkamp, 1989, pág. 9. Acerca
del surgimiento del existencialismo a partir de esta situación de extravío, ver GW
3, 110: «De ese modo, fue la así llamada filosofía existencial la que dio la impron­
ta filosófica más fuerte a esta época entre las dos guerras. Su punto de partida fue
el malestar que despertó la orientación por los hechos científicamente comproba­
dos, orientación que estaba en la base de la filosofía neokantiana contemporánea.
La figura académica del idealismo trascendental ya no era suficiente para una gene­
ración que había sido sacudida por las batallas de materiales de la Primera Guerra
Mundial.

82
Tempestades de acero de 1920, caracterizando de una manera sobrecogedo-
ra la época y la nación alemana. No era la manifiesta estupidez de los pro­
pios políticos lo que llevó a la catástrofe, o sea, no la falta de ilustración,
sino precisamente su despliegue consecuente. Las reflexiones de esta índo­
le se intensificaron aún más con motivo de la Segunda Guerra Mundial. Los
representantes de la Escuela de Frankfurt, por ejemplo, veían en los cam­
pos de exterminio de los nazis las últimas estribaciones de una Ilustración
desquiciada. Tal vez una idea algo descabellada, pero que establece una cone­
xión entre Ilustración, en su sentido de ciencia, y decadencia, que el joven
Gadamer ya intuía. Aquella experiencia de crisis era tal vez la primera y en
su momento muy conmocionante manifestación del actualmente muy exten­
dido y en parte domesticado escepticismo frente a la ciencia.
Se consideraba que el hundimiento de la cultura científica, sinónimo
de Occidente, habría sido la consecuencia inmediata de la Primera Guerra
Mundial y de sus «combates de materiales», a menudo mencionados por
Gadamer.10Pero los acontecimientos aún peores de la Segunda Guerra Mun­
dial (y el macabro discurso de la «guerra total»), así como las armas nucle­
ares han contribuido a que tal vez hayamos perdido el sentido por los com­
bates de materiales de aquella época. El ejemplo más famoso de dichos
combates lo ofreció la ofensiva a orillas del Somme, que duró de julio a
noviembre de 1916 y en la que murieron 267.000 soldados alemanes. Los
«materiales» en estos combates tenían diversos sentidos. En primer lugar se
trataba de enfrentamientos en los que los soldados no tenían ninguna impor­
tancia ni honor, puesto que el resultado de la contienda bélica dependía
exclusivamente de la eficacia de la artillería. La antigua actuación de «caba­
lleros guerreros» había quedado sustituida por el enfrentamiento de dos
tipos de armas. En este sentido, Paul Natorp, que era profesor de Gadamer,
hablaba en 1921 todavía de «las masas sacrificadas espiritual y físicamente
y rebajadas a piezas de máquinas en los abismos de las chirriantes diso­
nancias de una guerra feroz».11 En segundo lugar, estos combates también

10. La primera referencia a los efectos destructores para la cultura de la Pri­


mera Guerra Mundial en las obras de Gadamer se encuentra en la conferencia «Die
Philosophie in den letzten dreifiig Jahren» [«La filosofía en los últimos treinta años»],
del año 1951, es decir, inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, en
Ruperto-Carola (5), 1951, pág. 33: «La catástrofe de la Primera Guerra Mundial
había sacudido una conciencia de cultura que se basaba en el avance de la ciencia».
11. Paul Natorp, Selbstdarstellung, en Die deutsche Philosophie der Gegen-
wartin Selbstdarstellungen, сотр. por R. Schmidt, Leipzig: Meiner, 1921, pág. 155.

83
eran puramente «materiales» porque no llevaban a ningún verdadero resul­
tado o victoria, lo que sólo aumentó la absurdidad de toda la empresa. Toda
la maquinaria bélica parecía completamente inútil. También la batalla a ori­
llas del Somme no llevó a ningún resultado importante, algo que se puede
decir casi de toda la Primera Guerra Mundial. Por eso los alemanes estaban
tan sorprendidos cuando su país, cansado de la guerra, tuvo que capitular
de repente. Creían que los generales que renunciaron a sus cargos y aún más
los políticos dispuestos a la paz sólo podían haber sido traidores, lo que lle­
vó a la fatal leyenda de la «puñalada». El armisticio del 11 de noviembre de
1918 fue la culminación del desconcierto y significó para Alemania una
derrota especialmente humillante porque el motivo del desencadenamien­
to de la guerra había sido una cuestión de prestigio.
Gadamer vivió el dramático fin de la Primera Guerra Mundial cuan­
do comenzó su época de madurez, o sea, en los años en los que se forma
algo así como un carácter. En una recensión de un libro de Nicolai Hart­
mann, publicada en la prestigiosa revista Logos, Gadamer mismo habló de
«un mundo que ha perdido la confianza en sus propios ojos».12Tal vez no
es exagerado ver en esta experiencia del trágico final de la Primera Guerra
Mundial una de la raíces secretas del pensamiento de Gadamer, sobre todo
cuando se piensa en el latente escepticismo de su hermenéutica ante la cien­
cia, en su acentuación del carácter negativo de toda experiencia auténtica,
pero también en su tesis acerca de la naturaleza excéntrica de la subjetivi­
dad humana, que más que conducir su destino, lo sufre. Como se lee en
Verdad y método-. «En verdad, la historia no nos pertenece, sino que nos­
otros pertenecemos a ella. [...] La autodeterminación del individuo no es
más que un centelleo fugaz en el circuito cerrado de la corriente de la
vida histórica».13También podemos pensar en las tesis gadamerianas sobre
la marcha casi autónoma de la historia, en las tesis sobre la historia de la
influencia y recepción y en la fecundidad de la distancia entre épocas, que
en aquellos años era dolorosamente ausente para ayudar a superar la expe­
riencia de la crisis.
La atmósfera revolucionaria, por otro lado, también tenía un efecto libe­
rador para la juventud de la época. Sobre los escombros del mundo antiguo

12. H G G , «Metaphysik der Erkenntnis. Zu dem gleichnamigen Buch von


Nicolai Hartmann», en Logos, (12), 1923/24, pág. 359.
13. WM, GW 1,281.

84
se abría otro, inseguro, pero nuevo. La miseria material y espiritual refor­
zaba el sentimiento de solidaridad entre los estudiantes. Así, Hans-Georg
Gadamer participó en muchos grupos de lectura. Puesto que en el semes­
tre de verano de 1918 y a comienzos del semestre de invierno de 1918-1919
la guerra aún no había terminado, en estos grupos de discusión los parti­
cipantes eran mayoritariamente chicas.14No sólo le introdujeron en un nue­
vo mundo de vivencias, sino también le aliviaron de la opresión de su casa
paterna. Gadamer escribió sobre las manifestaciones de noviembre, en las
que participó: «Me acuerdo de un detalle. Los obreros hicieron una gran
marcha de protesta, entre ellos también había muchas mujeres trabajado­
ras, y una de las estudiantes con las que observé esta marcha dijo con admi­
ración: “Casi ninguna lleva ya corsé”. Esto fue en cierto modo la primera
liberación (de la condena) que todavía oprimía los cuerpos de las mujeres».13
De todos modos es significativo que fuese una compañera de estudios la
que se dio cuenta de ello, y no Gadamer mismo. En los círculos de lecturas
frecuentados mayoritariamente por mujeres, Hans-Georg descubrió libros
orientadores, como Europa und Asien de Theodor Lessing, que cuestiona­
ron el ethos del rendimiento del hombre occidental y que dejaron profun­
das huellas en él. También encontró los Betrachtungen eines Unpolitischen
(Consideraciones de un apolítico) de Thomas Mann, Die Vaterlandslosen
(Los apátridas) de Hermann Bang y Entweder —Oder de Soren Kierkegaard,
todos ellos autores que eran ajenos a la universidad, pero que justamente
por esto atrajeron a Gadamer con sus diagnósticos acerca de la época. Todos
tenían en común el veredicto sobre el estado anticuado de Occidente y la
búsqueda de nuevos mensajes de salvación que querían poner fin a la racio­
nalidad científica que habría llevado a Europa al abismo. La dimensión
religiosa y el carácter irracional de la decisión existencial en la vida, a los
que apelaba Kierkegaard, la retirada a lo apolítico de Thomas Mann (la que
revocò posteriormente, como se sabe), la invocación de Oriente por
parte de Lessing, pero también la poesia de George, todo ello señalaba
en la misma dirección. Incluso movimientos estrictamente filosóficos, como
la fenomenología de Husserl, se entendían en un primer momento

14. Ver la conversación con Roswitha Grassi, «Breslauer Studienjahre. Hans-


Georg Gadamer im Gesprach», en Padagogische Rundschau 51 (1997), pág. 122,
por la que se tiene noticia de que Margarete Passon-Darge (1897-1949), más tar­
de conocida escritora, pertenecía al círculo de amistades de Gadamer en Breslau.
15. Breslauer Erinnerungen, loe. cit., 205.

85
como mensajes críticos de salvación.16 El famoso lema de Husserl y Hei­
degger: «¡Volver a las cosas mismas!»,17aunque bastante vacío, prometía algo
revolucionario, una despedida de antiguos procedimientos y el comienzo
de un viaje a nuevas orillas. El cumplimiento de semejante lema era menos
importante que su fuerza como llamada.
En estos grupos de lectura Gadamer conoció también a Frida Kratz,
que se convertiría en su esposa. Unas amigas le presentaron a ella y ambos
se dieron cuenta de que eran vecinos, puesto que Frida también vivía en
la Auenstrafie. Se encontraron por primera vez con motivo de un recital
de «La canción de la tierra» de Mahler, que fue también la primera vez
que Gadamer asistió a un concierto. Frida era hija del industrial Hans
Carl Kratz y tenía una formación de cantante. Tenía una buena voz de
timbre alto a cuyo repertorio principal y temperamento pertenecían las
canciones melancólicas de Schubert y Hugo Wolf. Aunque su talento no
alcanzaba para hacer carrera como cantante (si bien dio recitales en
círculos más reducidos), era suficiente para ayudar a alimentar inicial­
mente a la familia con clases de canto. Tenía intereses artísticos muy
amplios: se apasionaba por la literatura, el teatro y las lenguas extranjeras,
especialmente el castellano. Era dos años mayor que Hans-Georg y mucho
más hábil y sociable que él, de modo que contribuyó mucho a ampliar su
educación artística y musical y a fomentar su emancipación de la casa
paterna, aunque esto tuvo como contrapartida que él se encontraba en
medida creciente bajo su dominio.

16. Sobre el significado de «mensaje de salvación» que la fenomenología tenía


para Gadamer en aquel tiempo, ver PL, pág. 25, GW 10, 359s. Como texto ejem­
plificado^ loe. cit. pág. 427: «Sin duda, las expectativas con las que, en aquella épo­
ca, una generación joven se introducía en la disciplina metódica de la escuela feno­
menològica, pretendían mucho más que la fundación de la filosofía como ciencia
estricta. En una generación en búsqueda fermentaban necesidades no clarificadas
de orden religioso, político-social y moral-existencial que, con el derrumbe de la
cultura de preguerra, ya no podían ser satisfechas y hasta habían perdido toda orien­
tación.»
17. Ver la interpretación propia que de esa fórmula hace M. Heidegger en un
texto recientemente publicado: «Über das Prinzip ‘Zu den Sachen selbst’», en Hei-
degger-Studies (11) 1995, pág. 5-7: «Había que hacer valer el principio frente al error
de cálculo histórico de concepciones filosóficas —que era habitual y había llegado
a ser ya dominante—, frente al mero refugiarse en una postura filosófica fundamental
(la de Kant) presentada históricamente y asumida de ese mismo modo.»

86
En la familia de Frida Kratz había artistas famosos con los que también
mantenía contactos, como el arquitecto berlinés Hermann Muthesius18y la
escritora Ricarda Huch (1864-1947), que era su tía abuela.19Ricarda Huch
había escrito en aquellos años un libro de crítica a la época bajo el título
Entpersonlichung (Despersonalización),20 que seguía a Goethe, pero en el
espíritu de George, criticando la visión del mundo mecanicista y legalista
de la ciencia occidental. El libro se adhería a la concepción histórica mor­
fológica difundida por Theodor Lessing y Oswald Spengler, atribuyendo las
cansas de la mecanización a la Ilustración francesa e inglesa (especialmen­
te a Bacon). Esta imagen del mundo despersonalizador sofocaba la libertad
creadora y llevaba a una esclavización o «judaización» del ser humano. Como
fuerza contraria, Huch reivindicaba la concepción luterana y goetheana del
individuo, que también sería más adecuada a la disposición artística y reli­
giosa de la totalidad del ser humano. En su tiempo, este libro no era muy
original, pero en su oposición a la Ilustración científica y a la tradición
alemana se pueden encontrar ciertos hilos que Hans-Georg Gadamer reto­
maría en Verdady método. Así, Huch escribe: «Nuestra época tiene una ten­
dencia extraña y siniestra de buscar leyes. No es una novedad que funda­
mentamos en ellas todos los fenómenos de la naturaleza; pero ahora queremos
encontrarlas también en todos los fenómenos de la vida y del espíritu, en el
arte, la historia, en los sentimientos y los pensamientos. Nos convertimos
en judíos poniéndonos bajo la ley».21 No es improbable que Hans-Georg
Gadamer conociera este libro y que las intuiciones desarrolladas en él, que
cuestionaban y al mismo tiempo reflejaban el espíritu general de la época,
se acercaran a sus propias inclinaciones.
La desorientación y la liberación de la época se unían con un deseo de
experimentar que también se plasmó en los estudios de Gadamer. El 22
de abril de 1918, pocos meses antes del final de la guerra, se había matri­
culado en la Facultad de filología germánica. Como le había dicho su pro­
fesor de alemán Reichert en el colegio, también en esta especialidad esta-

18. Para una caracterización de su obra, ver Hermann Muthesius (1861-1927),


Ausstellung in derAkademie der Künste vom 11. Dezember 1977 bis zum 22. Januar
1978, Berlín 1977.
19. Carta de Frida Gadamer a Gerhard Krüger del 8-7-1946 (en el archivo pòs­
tumo de Krüger en UAT).
20. Leipzig: Insel, 1921.
21. Ricarda Huch, Entpersonlichung, Leipzig: Insel, 1921, pág. 7.

87
ban presentes la ciencia y la verdad. Para citar la última y famosa frase de
Verdady método, aquí se manifestaba una «disciplina del preguntar y del
investigar que avala la verdad».22 Sin embargo, sus profesores de filología
germánica en Breslau pronto decepcionaron a Hans-Georg Gadamer. Al
comienzo mismo de sus estudios, en el semestre de verano de 1918, asistía
al curso de Theodor Sieb sobre «Poesía de aliteración del antiguo alto ale­
mán y bajo alemán», cuya formalidad le desagradaba. Más interesante le
parecía la psicología, de la que esperaba, como cuenta en su autobiografía,
un profundo conocimiento del ser humano al estilo de Shakespeare o Dos­
toïevski.23Pero comenzó a faltar a las clases cuando el profesor (Matthias
Baumgartner) hizo observaciones sobre psicología infantil, que sólo dela­
taban que no dominaba esta materia.24
En su desorientación, a Gadamer se le abrió una ventana al mundo cul­
tural de Asia gracias a la lectura de Europa undAsien de Theodor Lessing.
El hundimiento de Occidente tenía que agudizar la sensibilidad por esta
cultura tan diferente para la que no existía la ciencia, la idea de progreso y
la subjetividad o al menos no tenían el valor que, en su opinión, se había
convertido en el fatal destino de Occidente. Así, Gadamer estudió en Bres­
lau coranística (con Franz Praetorius) y sánscrito (con Otto Schrader). ¿Se
podía encontrar tal vez en estas disciplinas una salida del camino sin sali­
da occidental? Como muchos de sus coetáneos, Gadamer llegó a admirar
profundamente al escritor indio Rabindranath Tagore, galardonado en 1913
con el Premio Nobel, que en esta ocasión fue concedido por primera vez a
un autor fuera del ámbito cultural occidental. Paul Natorp, quien en años
posteriores tuvo tendencias místicas, invitó a Gadamer a lecturas de Tago­
re. Cuando éste visitó Marburgo en 1921, también pudo verlo en perso­
na.25 Por tanto, se puede decir que Gadamer hizo muy pronto -y mucho

22. WM, GW 1,494.


23. PL, pág. 10.
24. Matthias Baumgartner (1865-1933) ocupaba en Breslau la cátedra del con­
cordato católico y era un comprobado conocedor de la escolástica, tal como lo mani­
fiesta su excelente presentación de la escolástica en el Ueberweg-Kompendium. Las
clases de psicología pertenecían a sus actividades obligatorias. Como si quisiese arre­
drar a los oyentes ante la participación en las clases, que comprendían cuatro horas
semanales, las había colocado a las 7 de la mañana de lunes a jueves.
25. PL, pág. 19. A propósito de la admiración de Natorp por Tagore, véase
Ulrich Sieg, Aufitieg und Niedergang des Marburger Neukantianismus. Die Geschichte
einer Schulgemeinschajt, Würzburg, 1994, pág. 456.
antes que los intentos parecidos de Heidegger en esta dirección- un «viaje
a Oriente», y por motivos parecidos a los de su maestro en años posterio­
res. Tal vez se podía entrever allí un sendero fuera del nihilismo occidental,
que en el propio ámbito cultural sólo lo señalaba la poesía.
El primer encuentro de Hans-Georg Gadamer con la filosofía fue casual
y se produjo gracias al profesor Eugen Kühnemann (1868-1946) de Breslau,
quien, en el semestre de verano de 1918, ofreció un curso para futuros filó­
logos germanistas y filósofos bajo el título «Explicación de la Crítica de la
razón pura de Kant como introducción al estudio de la literatura alemana».
Gadamer había «incubado» la Crítica de la razón pura en el ejemplar de su
padre, pero «no salía ni la menor idea comprendida de él».26 Kühnemann,
un amigo de sus padres, era famoso por su retórica exaltada, a la que Gada­
mer encontraba poco sustanciosa: «Con él me sentía como Sócrates ante la
suntuosidad retórica de Protágoras. Todo sonaba demasiado bien. Me que­
dé aturdido pero no instruido».27 No obstante, Kühnemann contribuyó a
enseñar al principiante los conceptos básicos de la lógica y la disciplina filo­
sófica. Había alquilado un piso en el viejo castillo de Krietern, en el sur de

26. PL, pág. 12. Difícilmente revela mayor comprensión la descripción en GW


10, 260: «Leí, por cierto, teniendo dieciocho años, la “Crítica de la razón pura”,
pero con seguridad entendí solamente lo que de ella hacían los neokantianos de
Breslau.» Tal como son las primeras impresiones, es posible que una cierta aversión
de Gadamer ante Kant provenga de esos primeros años. Gadamer encontrará más
tarde de manera consecuente sus tres grandes maestros de la modernidad en Hegel,
Husserl y Heidegger (GW 3, V), en cada uno de los cuales se puede observar un
regreso a los griegos. Sin embargo, su comprensión de Kant experimentó un cam­
bio gracias a la investigación kantiana de su amigo Gerhard Krüger, quien, como
él, había sido alumno de Hartmann y de Heidegger. En efecto, en su libro de 1931
sobre Kant, Krüger mostraba que Kant no tenía la intención de reemplazar la obso­
leta metafísica por la teoría de la ciencia, sino que pretendía más bien contener el
orgullo de la Ilustración por medio del regreso a una metafísica de las costumbres.
A través de Krüger, Gadamer se dio cuenta de que la evidencia vinculante de la
ley moral constituía el impulso positivo para una metafísica. Todos los trabajos pos­
teriores de Gadamer sobre Kant son tributarios de aquella lectura.
27. PL, pág. 12. Ver las memorias de Helmut Kuhn, que había escrito su
tesis doctoral sobre Schiller bajo la tutela de Kühnemann, in PSd III, pág. 242: «Su
[de Kühnemann] necesidad de pronunciar discursos fue fatal para él en el Tercer
Reich. Mientras erraba por el Riesengebirge, comprometido, indigente y cubierto
solamente por un albornoz, fue muerto a golpes por los rusos durante un tumulto
en la calle del pueblo, en abril de 1945.

89
Breslau, donde invitaba los domingos un círculo de personas para leer poe­
sía clásica.28También en este lugar Gadamer podría haber comprendido que
hay puentes transitables entre la poesía y la filosofía. Pero detrás de la bella
retórica tenía que haber una sobria objetividad filosófica.
Así, poco a poco se alejó de Kühnemann. En cambio, se sintió atraído
por el profesor progresista Siegfried Marck (1889-1957), porque su marxis­
mo hegeliano coincidió con una tendencia que estaba en el aire desde la Re­
volución de octubre, que tenía muchos atractivos para los alemanes en su
profunda incertidumbre.29 Gadamer vio muy claramente que una filosofía
de acento social era una de las necesidades mayores del momento, aunque
su disposición interior seguía tendiendo más bien al alejamiento del mun­
do. Para su espíritu inseguro, que se había formado con George, Tagore,
Theodor Lessing y Kierkegaard, tal vez era lo mejor dejar que este mundo
lleno de tristeza se las arreglara por sí mismo. Era demasiado periodístico,
demasiado folletinesco y hasta vulgar interesarse demasiado por los asuntos
del mundo. Tenía que ser posible encontrar los valores permanentes en otra
parte. No se hallaban sólo en la posición de rechazo al mundo de un Geor­
ge, sino también en el pathos de la ciencia. Gadamer aprendió de una mane­
ra imborrable con sus primeros profesores neokantianos en Breslau que la
ciencia no era sólo el dominio de los investigadores de la naturaleza y que
también se podía obtener un rigor en la filología y aún más en la filosofía.
Desde su trasfondo poético y literario la cuestión que tal vez le haya queda­
do pendiente era si esta ciencia no iba demasiado al arrastre de la ciencia na­
tural. Este tema se convertiría en uno de los temas conductores de toda su
obra: La filosofía, el arte, la filología y la historia se pueden considerar legíti­
mamente como fuentes de la verdad y como ciencia, pero hay que pregun­
tarse si su rigor sólo se guía por principios metodológicos.
Este planteamiento de larga maduración, que luego desembocaría en
Verdady método, tuvo sus inicios en la enseñanza del neokantiano Richard
Honigswald (1875-1947) de Breslau, al que Gadamer se acercó más inten­
samente en el segundo semestre de sus estudios, y a quien, en años poste­
riores, reconocería como su primer maestro filosófico. En Breslau, Richard
Honigswald era considerado como una autoridad indiscutible. Al lado de

28. Breslauer Erinnerungen, loe. cit., pág. 205.


29. Ver Marck, Siegfried, Hegelianismus und Marxismus, Berlín: Reuther &
Reichard, 1922. Ver la conversación con R. Grassi, «Breslauer Studienjahre», en
Pàdagogische Rundschau 51 (1977), pág. 124s.

90
la hoy más famosa «Escuela de Marburgo» él era el representante principal
del «Neokantismo de Breslau». Gadamer llegó a conocerlo en el semestre
de invierno de 1918-1919, cuando asistió a sus lecciones sobre «Los pro­
blemas fundamentales de la teoría del conocimiento» y, en el semestre siguien­
te (el último que estudió en Breslau), cuando asistió a sus lecciones de
«Introducción a la filosofía científica». Se podría pensar que semejantes títu­
los más bien deberían haber ahuyentado al joven Gadamer con su inclina­
ción poética, pero no era así. Al contrario, incluso siguió las últimas lec­
ciones sobre filosofía científica con tanta atención que elaboró unos apuntes
muy cuidadosos. Anotó en estenografía palabra por palabra y transcribió
las lecciones a una versión limpia que entregó al archivo Honigswald (actual­
mente en Bonn), donde se puede consultar todavía.30 Resulta difícil decir
qué impresión causaron al joven Gadamer, porque en ninguno de sus pri­
meros escritos, ni en su tesis doctoral ni en su tesis para obtener el grado de
catedrático se refirió a Honigswald y mucho menos a estas lecciones.31 De

30. No está claro si Gadamer se refiere al curso del semestre de invierno de


1918/19 o del semestre de verano de 1919. En efecto, él cita este curso en GW 2,
480 bajo el título «Grundfragen der Erkenntnistheorie» [«Cuestiones fundamen­
tales de la teoría del conocimiento»]. Las listas de cursos de la Universidad de Bres­
lau demuestran que el curso que se llamaba «Grundprobleme der Erkenntnisthe­
orie» [«Problemas fundamentales de la teoría del conocimiento»] fue dictado por
Honigswald en el semestre de invierno de 1918/19, y el de «Einführung in die wis-
senschaftliche Philosophie» [«Introducción a la filosofía científica»] en el semestre
de verano de 1919. Como los apuntes llevan este último título, ha de tratarse, pues,
del curso dictado en el semestre de verano de 1919. Tal vez, la confusión proviene
también del hecho de que Honigswald publicó algo más tarde un libro intitulado
Grundfragen der Erkenntnistheorie. Kritisches und Systematisches [Cuestiones funda­
mentales de la teoría del conocimiento. Perspectivas críticas y sistemáticas] (Tubinga
1931), en el cual incorporó materiales tomados del curso de 1919, pero en el que,
no obstante, han quedado huellas de su confrontación con la ontologia fundamental
de Heidegger, muy críticamente analizada por él.
31. Según mi conocimiento, Gadamer hace referencia a Honigswald por vez pri­
mera en Verdady método, GW 1, 73 y 408, si bien en un contexto importante, ya que
encuentra en él la tesis de que el lenguaje, por principio, no es interrogable, tesis
que anticipa la concepción de Gadamer sobre la universalidad de la hermenéutica.
Ver también el comentario sobre su libro Analysen und Probleme. Abhandlungen zur
Phibsophie und ihrer Geschichte. Schriften aus dem Nachlass Band II, compilado por
Gerd Wolandt, Stuttgart: W. Kohlhammer, 1959, en Philosophische Rundschau 10
(1962), pág. 155-156. A propósito de la relación de Gadamer con Honigswald, ver
la extensa e ilustrativa conversación con R. Grassi, Breslauer Studienjahre, loe. cit.

91
todos modos llama la atención que las haya estenografiado tan minuciosa­
mente, porque no hizo lo mismo con las lecciones no menos importantes
de Heidegger, a las que asistió en los años veinte, y ningún editor de las lec­
ciones tempranas de éste pudo remitirse a apuntes de Gadamer. Es posi­
ble que el estilo extremadamente claro y riguroso de las lecciones de Honigs­
wald hayan sugerido y facilitado unos apuntes estenográficos tan precisos.
También Helmut Kuhn (1899-1991), un paisano de Breslau con el que
Gadamer fundó y dirigió posteriormente la revista Philosophische Runds­
chau, habla de este estilo: «Sus lecciones me parecían un modelo de una
argumentación vivaz, rigurosamente disciplinada y de una claridad crista­
lina; todo el auditorio escuchaba como hechizado. Aún más importante me
parecía participar en sus ejercicios académicos. En ellas, el arte del diálogo
filosófico libre, pero consciente en la orientación hacia una meta alcanzaba
aquí un grado de perfección que no puedo comparar con ninguna expe­
riencia posterior. Pese a su carácter impersonal era la primera e insistente
invitación a participar. Además, la psicología del pensamiento, que Honigs­
wald desarrolló sobre bases neokantianas, comenzó a extender su influen­
cia en Breslau».32
Según afirmaciones posteriores de Gadamer, las lecciones de Honigs­
wald eran para él en primer lugar una «buena introducción a la filosofía tras­
cendental», aquella filosofía trascendental de cuño neokantiano que pron­
to conocería más de cerca en Marburgo, donde estudió a partir de octubre
de 1919. Se puede sospechar que Gadamer también estenografió estas lec­
ciones porque ya sabía que pronto iría a Marburgo, puesto que en verano
de 1919 su padre había sucedido allí a su maestro Ernst Schmidt.33

32. Helmut Kuhn, en PSd III, pág. 241. Además, de esa presentación de sí
mismo se sigue también que Helmut Kuhn se inscribió en la Universidad de Bres­
lau en el otoño de 1919, es decir, exactamente en el tiempo en que Gadamer se
mudó a Marburgo. Gadamer y Kuhn se conocieron solamente con ocasión de la
famosa Jornada de Naumburg sobre lo clásico (en julio de 1930). Ver al respecto
PL, pág. 48, así como también el homenaje pòstumo de Gadamer a Kuhn en Phi-
losophische Rundschau 39 (1992), fase. 1/2, págs. 1-2.
33. Ver el acta sobre Johannes Gadamer en el Archivo Secreto del Estado de
Berlín, I. HA, Rep. 76, Va, see. 12, Tit. IV, n° 2, tomo 18, hoja 48. Como hemos
visto más arriba, desde hacía tiempo se hablaba de Johannes Gadamer para esa cáte­
dra. Él comenzó su actividad docente en Marburg el 25 de abril, pero su familia
se mudó a Marburgo sólo el 30-9-1919 (para el semestre de invierno).

92
El atractivo del contenido de estas lecciones consistía para Gadamer
probablemente en la afirmación de éstas de que, pese a todo, la filosofía y
la ciencia eran compatibles. Aunque se resistía contra esta posibilidad, tal
vez veía aquí la esperanza de una especie de reconciliación entre sus incli­
naciones poéticas y filosóficas y el ethos científico que le había sido incul­
cado en su casa paterna. Pero, en el fondo, ni él ni el espíritu de la época
creían realmente en lo que no dejaba de ser una especie de trágico intento
de salvación de la alianza occidental entre filosofía y ciencia. Sólo Heideg­
ger abriría en 1923 una nueva perspectiva para este intento, liberándolo así
de su situación aporética. Hasta este momento, Gadamer tuvo que expe­
rimentar en todo su alcance la tragedia de la situación equivocada de una
filosofía que andaba con paso cojo detrás de la ciencia.
Puesto que Honigswald llegó a ser importante para el camino de la vida
de Gadamer, puede ser oportuno recordar las líneas más representativas
de sus lecciones para el espíritu de la época. Prometiendo al comienzo mis­
mo un panorama introductorio de la filosofía científica, Honigswald dis­
tingue dos tipos de filosofía: «Uno la entiende como algo puramente exac­
to, otro, como algo puramente inexacto, uno cree que corresponde al tipo
de la lógica, otro la ve como algo que corresponde al tipo romántico de la
vivencia carente de lógica; uno la relaciona totalmente con los conceptos
y la comprensión, otro con el registrar de las vivencias intuitivas, uno la con­
cibe como un tipo de ciencia, otro como un tipo de arte».34
Esta separación misma podría haber atraído a Gadamer, quien debía
identificarse con el segundo tipo, inexacto y cercano al arte, de la filosofía.
Por eso debía ser especialmente interesante conocer también el otro tipo de
la filosofía, el que se orientaba por la ciencia, para indagar qué aspecto podría
tener una filosofía comprometida con la ciencia. ¿Acaso habría una posi­
bilidad de unir la filosofía con la ciencia rigurosa, tal como lo exigía Hus­
serl con tanta vehemencia en su famoso ensayo Logos de 1911 ?
No cabe duda de que Honigswald mismo se inscribía en la filosofía
científica. Estaba convencido de que toda ciencia se ocupaba de la verdad,
mientras que la filosofía apuntaba a una verdad en singular, al sentido y al
concepto de verdad. Tal como Honigswald formula el concepto de la filo­
sofía, se trata del «concepto de una ciencia que no se ocupa de la verdad

34. R. Honigswald, Einführung in die wissenschajtliche Phibsophie, apuntes de


clase de Hans-Georg Gadamer, pág. 1.

93
como las otras ciencias, sino que siempre trata de poner de relieve tam­
bién el concepto de verdad. Se trata de los presupuestos de la verdad, de los
presupuestos de los puntos de vista bajo los que trabajan las otras ciencias,
de condiciones bajo las que debe estar lo verdadero».35
Por tanto, la tarea de la filosofía es definir el concepto de verdad y las
condiciones de la verdad. Sin embargo, Honigswald previene del malenten­
dido que puede sugerir el anuncio de una filosofía científica, según el cual la
filosofía se referiría únicamente a la ciencia. Honigswald afirma que hay di­
versos tipos de verdad, como la verdad científica, la verdad del conocimien­
to, la verdad religiosa o la verdad del arte,36de modo que defiende una con­
cepción pluralista de la verdad que se corresponde con la posición ambigua
de Gadamer frente a la actitud científica. También en relación con esta for­
ma de conocimiento se plantea la pregunta: ¿qué es aquí la verdad? Y, según
Honigswald, ésta es la pregunta fundamental de la filosofía. Una resonancia
de este planteamiento básico de la filosofía se encontrará también en la obra
principal de Gadamer, Verdady método (1960), donde se propone liberar la
cuestión de la verdad de la restricción impuesta por la concepción científica
y metodológica de la verdad y legitimar esta autonomía.37
Este tema también se plantea para la filosofía. En la medida en que ésta
pretende ser verdadera, hay que interrogar la justificación de su propia ver­
dad.38 De modo que, a diferencia de las otras ciencias, que dan por supues­
to su propio concepto de verdad, la filosofía debe justificarse a sí misma. En
este sentido la filosofía se convierte para sí misma en problema, por lo que

35. Ibidem, págs. 2-3.


36. Ibidem, pág. 3. Probablemente el primer encuentro de Gadamer con la
idea de una verdad artística, idea que juega un papel tan esencial en su posterior
hermenéutica. Ver también pág. 9: «Conocimiento es, empero, sólo una forma de
vigencia y verdad. Hay otras verdades, como la moral, la religiosa, la artística. El
análisis de la teoría del conocimiento se plantea preguntas también acerca de éstas:
¿qué es esta verdad? ¿Bajo qué condiciones se encuentra aquello que resulta verda­
dero desde este o aquel punto de vista?»
37. Ver WM, GW 1,1 : «Las investigaciones que siguen toman como punto
de partida esta resistencia que se opone, dentro de la ciencia moderna, a la reivin­
dicación universal del método científico. Su intención es buscar la experiencia de
la verdad, que trasciende el ámbito de control del método científico, en todas par­
tes donde se la encuentre y preguntarse por su propia legitimación.»
38. Ibidem.

94
toda filosofía es al mismo tiempo una filosofía de la filosofía.39 Honigswald
llega así al motivo fundamental de toda su lección: la pregunta de la filo­
sofía: ¿Cómo es posible la verdad? hay que dirigirla a todas las verdades posi­
bles, pero en el mismo instante la filosofía debe preguntarse por la conexión
entre estas verdades. Así, su tarea resulta ser necesariamente sistemática. En
la medida en que la verdad es el objeto de la filosofía, su función llega a ser,
en cierto modo, el de «la conciencia viva de las ciencias mismas».40
A pesar de su concepción pluralista, se observa aquí que Honigswald
sigue la tendencia de respaldar la verdad por la ciencia. En este sentido
también señala que para el filósofo mismo el conocimiento de otras cien­
cias es una obligación de importancia primordial. Un filósofo siempre
debe proceder de otra ciencia,41 porque sólo así llega a tener un sentido por
el método. Al lado del concepto de verdad, aparece aquí otro termino es­
pecialmente importante para Gadamer. Honigswald da, efectivamente, el
mayor valor a esta idea del método: «Cualquier ciencia es método hasta
sus mismas entrañas, y no hay mejor preparación para el análisis de todos
los métodos que el trabajo sobre un método».42 No obstante, Honigswald
concede que la filosofía debe ocuparse también de su propia historia, que
tiene que interesarla sobre todo desde el punto de vista de la historia de sus
problemas.43
Puesto que la filosofía se ocupa por principio y sistemáticamente de las
condiciones de la verdad, su pregunta se puede definir como una cuestión
de teoría del conocimiento. Esto tal vez también explica por qué Gadamer
registró el título de todo este curso bajo el epígrafe de teoría del conoci­
miento, bajo el que subsumaría más tarde con Heidegger todo el neokan­
tismo. Aunque Honigswald había mencionado otras formas de verdad al
lado de la forma científica de la verdad del conocimiento, especialmente

39. Ibidem, pág. 4.


40. Ibidem, pág. 6.
41. Ibidem. Este mensaje animó a Hans-Georg Gadamer cuando en 1925 deci­
dió estudiar la filología clásica.
42. Ibidem, pág. 6-7. Es oportuno advertir que, si citamos aquí muchos térmi­
nos clave del curso, no es para concluir de ello una influencia directa en Gadamer,
sino solamente para reconstruir la atmósfera en la que él se encontraba en aquel momen­
to, a sus 19 años, y que marcó su imagen de la filosofía y de la ciencia.
43. Ibidem, pág. 7. Sobre la posterior crítica de Gadamer a la historia de proble­
mas, ver en particular «Begriffsgeschichte ais Philosophie» (1970), en GW 2, 77-91.

95
la verdad religiosa y la del arte, de hecho oriento la pregunta de la filosofia
hacia la teoria del conocimiento. En años posteriores Gadamer consideró
esto como una mutilación de la cuestión de la verdad.
La filosofía venía a ser así la instancia jurídica que tenía que plantear
frente a todo la cuestión de la verdad desde el criterio de la teoría del cono­
cimiento y, en este sentido, siempre iba cojeando detrás de otras ciencias.44
La tarea de la filosofía debía ser mostrar el sistema de estas condiciones de
verdad: «El resultado de este ir cojeando detrás debe ser la exposición de un
sistema de condiciones, bajo cuyo aspecto destaca frente a otros lo que esta­
ba dado de antemano». Honigswald resume esta conexión sistemática bajo
el concepto de la visión del mundo,45 lo cual resulta sorprendente, puesto
que entonces era habitual separar rigurosamente la visión del mundo de la
filosofía. La primera hacía y aún hace pensar en algo así como una orien­
tación (decisionista) religiosa, mientras que la segunda evoca más bien
una actitud científica rigurosa. Para el kantiano Honigswald esta división
no es válida. Para él la visión del mundo es el sistema conexo de todas las
condiciones de validez: «Hay que definir también la palabra “visión del mun­
do”: las cuestiones de posibilidad en los distintos ámbitos están relacio­
nadas entre sí; constituyen un sistema, y este sistema se llama visión del
mundo. El concepto de visión del mundo es la expresión más completa
del concepto de sistema.»46
Esta orientación sistemática que Honigswald da a la filosofía merece
ser especialmente destacada, puesto que Gadamer tomó una posición crí­
tica frente a ella en uno de sus primeros ensayos, «Zur Systemidee in der
Philosophie» (Sobre la idea de sistema en la filosofía), incluido en el volu­
men publicado en honor de Natorp en 1923-1924, sin nombrar a
Honigswald directamente y tal vez incluso sin pensar en él. Pese a ello esta
crítica puede construirse a partir de cierta ambigüedad del enfoque de la
idea de sistema de Honigswald. El sistema no es más que una idea, tal vez
regulativa, pero no es algo real, y él lo concede claramente: «La filosofía
es, bajo todas las circunstancias, un sistema. Tal vez esto puede llevar a un
malentendido. Más precisamente: bajo todas las condiciones, el concepto
de filosofía está bajo el presupuesto de configurarse como sistema. El sis-

44. Ibidem, pág. 18.


45. Ibidem, pág. 21
46. Ibidem.

96
tema de la filosofía se encuentra en un constante devenir. No es».47Así, se
plantea la cuestión de si la idea de sistema no está comprometido con un
ideal de la ciencia que no puede exigir una validez absoluta e incuestionable
para la interrogación filosòfica.
Fue justamente esta pregunta herética que Gadamer comenzó a plantear
en voz baja en su ensayo algo posterior, «Zur Systemidee in der Philosophie»,
escrito ya bajo la influencia de Heidegger. Merece la pena anticiparnos algo y
detenernos en la argumentación de este ensayo para apreciar la distancia que,
desde la perspectiva de Heidegger, le separaba de la sistemática de
Honigswald. Este planteamiento permite reconocer también el primer perfil
de la propia posición que recibiría su forma definitiva en la elaboración con­
secuente de una hermenéutica filosófica. Este texto de 1923-1924 -lo mismo
que la discusión de la metafísica del conocimiento de Hartmann de 1924—
debía incluirse en el volumen 4 de las Gesammelte Werke según el proyecto
original de la editorial Mohr Siebeck, pero Gadamer prescindió de ellos por
considerar estos escritos juveniles como «demasiado principiantes».48Esta de­
cisión es lamentable porque estos textostempranos podrían haber permitido
tener una visión excelente de las primeras fases previas de la filosofía herme­
néutica.49 Dichos ensayos también son de un gran valor documental, ya que
permiten reconocer la influencia de las tempranas lecciones de Heidegger,
cuando él mismo aún no había publicado nada de su nuevo enfoque.50Tal vez

47. Ibidem, pág. 24.


48. Entrevista con Ralph Ludwig en la N D R [Radio Alemana del Norte], 9-
2-1995, transcripción, pág. 3.
49. Aparentemente, Gadamer prefirió recomendar el acceso a su filosofía por
el camino de la filosofía griega, al disponer que la edición de sus Obras Comple­
tas se inicie -haciendo caso omiso de la aritmética- con los tomos 5 y 6, dedicados
a los griegos. Indudablemente, este acceso preferido es indispensable para el itine­
rario posterior del pensamiento de Gadamer, aun cuando, ante el creciente desco­
nocimiento de la cultura griega por parte de las generaciones actuales, el mismo
pueda resultar más difícil de realizar. Es innegable que esta acentuación, en su no
adecuación a la época, es también querida por Gadamer. No obstante, antes de este
regreso a los griegos, los primeros impulsos del pensamiento de Gadamer se habían
manifestado en su temprana confrontación con el neokantianismo.
50. Helmut Holzhey ( Cohen und Natorp. Ursprungund Einheit. Die Geschichte
der «M arburger Schule» ais Auseinandersetzung um die Logik des Denkens, Basi-
lea/Stuttgart: Schwab, 1986, pág. 85) incluye acertadamente el temprano artículo
de Gadamer sobre la idea de sistema en el contexto de una «interpretación filosó-
fico-existencial».

97
se podría afirmar incluso que estos dos ensayos, que Gadamer publicó en
1924, constituyeron la primera exposición pública de la manera de pensar
de Heidegger. En cuanto a las publicaciones, Gadamer fue, por decirlo así, el
primer heideggeriano, incluso antes de Heidegger mismo.51
En el ensayo temprano sobre la idea de sistema, Gadamer parte del prin­
cipio (aristotélico) de que todo método debe estar fundado «en la peculia­
ridad del ser de sus objetos».52 Desde esta posición observa prudentemen­
te que la idea de un sistema tal vez sólo sea relevante en la medida en que
«la estructura de los objetos filosóficos sea de carácter sistemático». Como
se verá, los objetos filosóficos que Gadamer tendrá en mente no tienen en
absoluto una naturaleza sistemática en la medida en que las cuestiones filo­
sóficos arraigan en la historicidad humana. Así, Gadamer opone la idea de
sistema a la dimensión de la historicidad (tanto de la existencia como
de la filosofía misma), cuyo impacto habría conocido probablemente en las
lecciones de Heidegger del semestre de verano de 1923 sobre la «Her­
menéutica de la facticidad». La respuesta a la pregunta que Gadamer plan­
tea en 1924 acerca de la «conexión entre la estructura sistemática de la filo­
sofía y su historicidad»,53 en último término, tendrá que ser negativa. La
idea de sistema resultará ser un error de la autocomprensión de la filoso­
fía, e incluso se mostrará como un intento quijotesco de dominar la histo­
ricidad humana, ya que la idea de sistema promete seguridad pero es aje­
na a este tema. El joven Gadamer verá «lo esencial de la posición filosófica»
no tanto en la solución, sino más bien en el «soportar el problema en su
indecidibilidad y su patente falta de certeza».54 Fue en las lecciones de

51. Dennis Schmidt (Introduction to Hans-Georg Gadamer, Heidegger's Ways,


Albany: SUNY, 1994, pág. XXII) ha afirmado, con cierta razón, que Gadamer no
escribió sobre Heidegger (muy a diferencia de sus colegas Lowith y Krüger) hasta
que apareció su obra sistemática Verdady método. Sin embargo, bien podría ser que
el artículo de Gadamer de 1924 constituya el primerísimo ejemplo de prosa hei­
deggeriana que se haya dado en forma pública.
52. H G G , «Zur Systemidee in der Philosophie», en Festschriftfu r Paul Natorp
zum siebzigsten Geburtstag, Berlín/Leipzig: de Gruyter, 1924, pág. 55. Gadamer fue
invitado a colaborar en este libro conmemorativo por quien a la sazón era su pro­
motor, Nicolai Hartmann.
53. H G G , 1924, pág. 56.
54. Ibidem, pág. 57. La crítica de Gadamer a la idea de sistema halló una pri­
mera inspiración ya en Nicolai Hartmann. Ver N. Hartmann, Grundziige einer
Metaphysik der Erkenntnis, Berlín y Leipzig: de Gruyter, 1921, pág. 10: «El sistema

98
Honigswald donde Gadamer conoció por primer vez esta posición filosó­
fica que «destruiría» a partir de 1923 y también más tarde. Pero ciertos bro­
tes para la autodisolución de la idea de sistema tal vez se hallarían ya en el
postulado mismo de un sistema como idea regulativa pero nunca realizada.
La hermenéutica posterior de Gadamer trató de «desplegar un concepto
de conocimiento y de verdad que corresponde a la totalidad de nuestra expe­
riencia hermenéutica».55 Con su intento de legitimar esta verdad herme­
néutica, que también se encuentra más allá del método científico, se man­
tenía secretamente fiel al principio originariamente pluralista del pensamiento
de Richard Honigswald.

* * *

Cuando Gadamer asistió a las lecciones de Honigswald, no lo haría sin


sentir cierta tristeza. Por fin había encontrado un maestro filosófico, pero
sabía que tendría que abandonarlo porque su padre había sido llamado a
Marburgo. En su último semestre en Breslau, Gadamer pudo disfrutar de
la distinción de participar en el seminario superior de Honigswald, dedi­
cado a problemas fundamentales del conocimiento y a la psicología del pen­
samiento, que en principio estaba reservado a los estudiantes a partir del
cuarto semestre.56Al final de una sesión, Gadamer tuvo la valentía de pre­
guntar si realmente existía una diferencia entre el significado de un signo
y el significado de una palabra, porque no estaba convencido de la dife­
renciación que Honigswald había hecho. Éste contestó que la pregunta le
parecía muy buena y que quería dedicarse a ella al comienzo de la próxi­
ma clase. Era una pregunta que encajaba, efectivamente, en el contexto del

se asemeja al punto de vista: no debe ser diseñado de antemano sino elaborado a


partir de la esencia de la cosa. El que desde un principio esté orientado al sistema
ya está malogrado para el seguimiento imparcial del problema; la investigación
es superflua para quien acceda a la cosa con la idea del sistema. No se puede repri­
mir suficientemente la pretensión del sistema, pues ésta se abre paso una y otra
vez antes de tiempo.» Sin embargo, Hartmann conservó la esperanza de hacer sur­
gir, al término del análisis filosófico, un sistema a partir de las cosas mismas. Apa­
rentemente, este motivo aristotélico sigue vivo en el temprano artículo de Gada­
mer. Sólo Heidegger convertirá esta prudencia sistemática en un escepticismo
radical.
55. Verdady método, GW 1,3.
56. Afirmación oral. Ver la formulación algo divergente en PL, pág. 12.

99
seminario de Honigswald, en el que presentaba sus principios de la psico­
logía del pensamiento, que se condensarían en su impresionante obra prin­
cipal de 1921, Die Grundlagen der Denkpsychologie (Los fundamentos de la
psicología del conocimiento), un libro injustamente olvidado. A diferencia
del neokantismo de Marburgo, que se concentraba en el acto «lógico» y por
tanto intemporal del conocimiento, el enfoque psicológico del pensamien­
to se distinguía por su sensibilidad hacia el proceso realmente vivido del
pensar, de modo que se acercaba al arte descriptivo de la fenomenología de
un Edmund Husserl. En este sentido, el libro comienza con un agudo aná­
lisis fenomenològico de la experiencia de «perder el hilo» en el proceso de
pensar, que es una experiencia humana fundamental. En años posteriores,
Gadamer gustaba de referirse una y otra vez a las explicaciones de Honigswald
para excusar sus propios olvidos condicionados por la edad.57 Honigswald
es, en general, uno de los precursores mal comprendidos del giro lingüís­
tico en Alemania, como lo muestran ampliamente no sólo el conjunto de
su psicología del pensamiento, sino también su libro Phibsophie und Sprache
([Filosofía y lenguaje] Basilea 1937).
También el posterior destino de Honigswald causa tristeza. En 1930
fue llamado a Munich, donde salió del relativo anonimato de Breslau y pudo
esperar alcanzar un público más amplio. Pero después de la subida al poder
por parte de los nazis, pronto fue obligado a abandonar su actividad. Según
la ley de la restauración del funcionariado profesional de 1933 fue expul­
sado de la universidad por ser judío. La resistencia de los estudiantes y de
la facultad obligó al ministro bávaro de Cultura a iniciar un procedimien­
to de investigación y a pedir dictámenes sobre Honigswald. El del rector de
Friburgo, Martin Heidegger, no mostró ni la menor simpatía o humanidad
por el colega en peligro y abrió el camino al despido de éste. Puesto que se
trata de una relación trágica entre dos de los maestros más importantes de
Gadamer, reproducimos aquí el dictamen destructivo de Heidegger:

57. Carta a W. Schmied-Kowarzik del 27-3-1995 (citado en W. Schmied-


Kowarzik (со тр .), Erkennen —Monas —Sprache. Internationales Richard-Hbnigs-
wald-Symposion Kassel 1995, Studien undM aterialien zum Neukantianismus, tomo
9, Würzburg: Konigshausen & Neumann, 1997, pág. 455): «No solamente he estu­
diado y admirado el tratado de Honigswald sobre la “pérdida del hilo”, sino que,
entretanto, he acumulado también mucha experiencia, tal como no se la ahorra a
uno la vejez.» Ver también el reportaje Breslauer Studienjahre, loe. cit., pág. 120ss.

100
Honigswald procede de la escuela neokantiana, que defendió una filosofía hecha
a medida del liberalismo. La esencia del ser humano fue disuelta en una con­
ciencia libremente flotante en general y ésta se diluyó finalmente para llegar a
ser una generalizada razón universal de tipo lógico. Por este camino, bajo una
fundamentación científico-filosófica aparentemente rigurosa, se desvió la mira­
da y se pasó por alto al ser humano en su arraigo histórico y en su tradición
popular de su origen en la tierra y la sangre. Junto con esto se produjo una
consciente represión de todo preguntar metafisico, y se consideraba al ser huma­
no ya sólo como siervo de una cultura mundial general e indiferente. Sobre
esta posición básica surgieron los escritos de Honigswald. Pero hay que añadir
que precisamente Honigswald defiende las ideas del neokantismo con una agu­
deza particularmente peligrosa y una dialéctica vacía. El peligro consiste espe­
cialmente en el hecho de que este agitar despierta la impresión de la mayor
objetividad y de la ciencia más rigurosa y que ha engañado y desencaminado
ya a muchos jóvenes. Todavía hoy debo clasificar como un escándalo el que
se haya llamado a este hombre a la Universidad de Munich.58

En su fervor nacionalsocialista de entonces, ¿era Heidegger conscien­


te de que estaba destruyendo la vida del maestro de su alumno Gadamer?
¿Tenía Gadamer mismo conocimiento de este dictamen iracundo? Más
importante aún es si Gadamer sabía del destino de su antiguo maestro,
incluso su primer maestro en filosofía, y si sentía alguna necesidad de hacer
algo por él, aunque sólo fuera escribirle una carta? Lamentablemente no
hay indicio alguno de ello. Gadamer se mostró más bien reservado con res­
pecto a este asunto.59 Según él, Heidegger habría sido totalmente inacce­
sible en aquel tiempo y capaz de las críticas más malvadas. Poseído por la
borrachera de «liderar al líder», se habría vuelto totalmente «irresponsa­
ble». Por eso, Gadamer se habría situado en aquellos años a una sobria dis­
tancia de él. No sabía nada del despido de su antiguo maestro y mucho

58. Informe de Martin Heidegger del 26-6-1933, citado según Wolfdietrich


Schmied-Kowarzik, Richard Honigswalds Philosophie der Padagogik, Würzburg:
Konigshausen & Neumann, 1995, pág. 204. Ver Joachim Vahland, «Warum Richard
Honigswald in der deutschen Nachkriegsphilosophie nicht vorkommt», en Merkur
49 (1995), pág. 1147-1151. Lamentablemente, Vahland considera necesario apo­
yar su legítimo pesar por el relativo olvido de Honigswald lanzando las más extra­
vagantes invectivas en contra de Gadamer, como, por ejemplo, en la pág. 1151: «No
se conoce que Gadamer haya producido, en ninguna de sus numerosas publica­
ciones, aportación alguna que merezca mencionarse para la elucidación de un pro­
blema filosófico».
59. Ver el reportaje Breslauer Studienjahre, loe. cit., pág. 123ss.

101
menos del dictamen. La relación entre ellos ya no debía ser muy estrecha
y, como discípulo de Heidegger, Gadamer era sospechoso incluso desde el
punto de vista filosófico.
De todos modos, el dictamen de Heidegger contribuyó de manera deci­
siva a que Honigswald fuese jubilado en 1933. Se quedó en Munich como
anónimo erudito privado, hasta que fue detenido durante la «noche de los
cristales rotos» y transportado al campo de concentración de Dachau. Una
protesta internacional tuvo el efecto de que fuera liberado al cabo de cin­
co semanas. En 1939 emigró a Estados Unidos, donde murió el 11 de junio
de 1947.

102
V. Los demonios de Marburgo

Centenares de días, asesinatos,


centenares de noches, torturas.
El Dios duerme vuelto de espaldas
y los diablos se vanaglorian.
OSKAR SCHÜRER1

Los años de Marburgo forman parte de las etapas mejor documentadas


de la vida de Gadamer. Entre 1973 y 1975 publicó sus «Marburger Erinne-
rungen» (Recuerdos de Marburgo) en cuatro entregas en la revista univer­
sitaria Alma materphilippina, a las que una biografía poco puede añadir.
Poco tiempo después, por petición del editor Klostermann, se convirtieron
en la autobiografía Philosophische Lehrjahre (Años de aprendizaje filosófi­
co [traducida al castellano bajo el título Mis años de aprendizaje], un título
propuesto por Klostermann que Gadamer y su esposa encontraron en prin­
cipio algo forzado (de resonancia demasiado goetheana) y que hubiesen que­
rido cambiar por el de «Las penas del amor filosófico».2 La autobiografía
quedó, sin embargo, tal vez algo por detrás en sus restantes capítulos en
comparación con el nivel estilístico y de pensamiento de los «Marburger
Erinnerungen», que constituyen su núcleo. La razón de ello es el tiempo de
Marburgo mismo, durante el cual Gadamer vivió su años de aprendizaje y
de enseñanza más importantes y donde emprendió sus primeros pasos autó­
nomos en su enseñanza y su pensamiento. En esta idílica ciudad universi­
taria, en la que también había nacido, pasaría casi veinte años. En este tiem­
po tan importante para su destino tuvo la suerte de estar cerca de grandes
pensadores como Paul Natorp, Nicolai Hartmann, Martin Heidegger y
Rudolf Bultmann, quienes intentaron ir por nuevos caminos en una época
sacudida por muchas crisis. Sus enseñanzas determinan hasta hoy la dis­
cusión filosófica, y el pensamiento hermenéutico de Gadamer se podría con­
siderar como su resultado, si fuera lícito medir el filosofar en tales catego­
rías. Gadamer brindó un homenaje a estos años al describir estos encuentros

1. Citado en PL, pág. 83.


2. Carta de Hans-Georg Gadamer a Vittorio Klostermann del 9-8-1976.

103
tan importantes y poniendo su autobiografía bajo el lema paradójico, toma­
do de Natorp, Kant y Bacon, «De nobis ipsius silemus». No negó su pro­
pia inmadurez y su vinculación casi filial con Hartmann, Natorp y más tar­
de con Heidegger, pero dejó de lado muchos elementos, en parte personales,
en parte académicos, que resultan necesariamente interesantes para una bio­
grafía. Así, apenas habló de sus primeros escritos, de su difícil relación con
Heidegger, del hundimiento político, económico y espiritual de la Repú­
blica de Weimar ni de experiencias personales, como el temprano matri­
monio, del que sólo llegamos a saber eso, que se produjo demasiado pron­
to, ni de la muerte de su padre.
Como discípulo de Honigswald y todavía principiante en filosofía,
Gadamer comenzó sus estudios en Marburgo en octubre de 1919. Duran­
te algún tiempo se carteó con su anterior profesor, al que informó con
«ánimo sincero» sobre la situación en Marburgo. Las cartas de Gadamer se
perdieron, pero de una carta conservada de Honigswald y de un comenta­
rio tardío de Gadamer sobre ella se puede obtener una imagen de las pri­
meras experiencias de Marburgo.3 Así, podemos saber que los primeros
profesores con los que estudió Gadamer fueron Paul Natorp, Nicolai
Hartmann y el historiador del arte Richard Hartmann. Sus asignaturas
principales e incluso sus pasiones eran, por tanto, la filosofía y la historia
del arte, y siempre continuaron siéndolo, si se quiere contar la poesía y la
literatura también entre la ciencia del arte. Sólo algo más tarde se interesó
por la filosofía clásica y también por la teología de Rudolf Bultmann,
quien fue llamado a Marburgo en 1921. Por cierto que Bultmann había
enseñado en la Universidad de Breslau entre 1916 y 1920, pero Gadamer,
que entonces no se interesaba por la teología, no se había enterado de su
presencia. Cuando el romanista Ernst Robert Curtius llegó a Marburgo
en 1920, Gadamer llegó a conocerlo como su profesor más importante en
ciencia literaria.
En una carta a Honigswald, Gadamer hablaba de la decepción que al
principio le produjo Nicolai Hartmann, «porque éste se sirvió de ayudas
esquemáticas en la pizarra; [...] en mis ojos, esto era un pecado mortal com­

3. La carta de Honigswald está fechada el 22-12-1919. Gadamer hace comen­


tarios acerca del entorno de Honigswald en sus cartas del 27 de marzo y del 24 de
abril de 1995, dirigidas al profesor doctor Wolfdietrich Schmied-Kowarzik. Ver W.
Schmied-Kowarzik (сотр.), Erkenntnis —Monas —Sprache, op. cit..

104
parado con la dialéctica pulida de Honigswald [...] ¡Acaso no tenemos pala­
bras!»4 Honigswald le contestó que, a partir de los trabajos de Hartmann,
tenía, no obstante, una impresión bastante buena de él. A la luz de las
tensiones entre las orientaciones de Marburgo y Breslau, este elogio a Hart­
mann es bastante comprensible. Nicolai Hartmann, discípulo de Natorp,
se estaba distanciando cada vez más del idealismo de sus maestros de Mar-
burgo en nombre de un una nueva objetividad o proximidad a los fenó­
menos que inició en los años veinte -totalmente independiente de Hei­
degger- un renacimiento de la metafísica y de la ontologia. Hartmann había
obtenido el grado de catedrático en Marburgo bajo la tutela de Natorp en
1909. En 1920 ocupó en Marburgo la cátedra de Max Wundt como sus­
tituto, hasta que, en 1922, se hizo cargo de la cátedra de Natorp. Para los
estudiantes, el joven Hartmann, que en 1919 sólo tenía 37 años, encarna­
ba el último estadio del desarrollo de la escuela de Marburgo. En este sen­
tido, también estaba fascinado por la «ética realista de los valores», que Max
Scheler había presentado en 1913. Pero Hartmann hizo su «ajuste de cuen­
tas»5 más espectacular con la herencia neokantiana todavía sobre la base
de la teoría del conocimiento, concretamente en su libro Grundzüge einer
Metaphysik der Erkenntnis [Líneas fundamentales de una metafísica del cono­
cimiento], de 1921. En esta obra se propone superar el idealismo de la escue­
la de Marburgo por medio del reconocimiento del ser en sí del objeto que
se ha llegado a conocer. Al comienzo mismo declara: «Las investigaciones
que siguen parten de la concepción de que el conocimiento no es un cre­
ar, generar o producir del objeto, como lo quiere enseñarnos el idealismo
de nuevas y antiguas corrientes, sino la captación de algo que está ahí inclu­
so antes de cualquier conocimiento y con independencia de éste.»6
Esta acentuación de la realidad del ser en sí causó en su momento mucha
sensación. Nicolai Hartmann, con su realismo, también hizo dudar a
Gadamer del idealismo de los neokantianos.7 En este sentido y totalmente
contra su voluntad, Hartmann asumió una función mediadora entre los

4. Ver el reportaje Breslauer Studienjahre, op. cit., pág. 121.


5. Ver H. Holzhey, Cohen und Natorp. Ursprung und Einheit. Die Geschichte
der «M arburger Schule” ais Auseinandersetzung um die Logik des Denkens,
Basilea/Stuttgart: Schwabe, 1986, pág. 41.
6. N. Hartmann, Grundzüge einer Metaphysik der Erkenntnis, Berlín y Leipzig:
De Gruyter, 1921, pág. 1.
7. Ver Das Erbe Europas, 1989, pág. 166.

105
maestros neokantianos de Gadamer (como Natorp, pero también Honigs­
wald) y Martin Heidegger, quien posteriormente hizo su propio ajuste de
cuentas con el neokantismo que pretendía ser aún más radical. En un prin­
cipio, Hartmann había asimilado con gran interés también la fenomeno­
logía, pero no tanto la de Husserl (ni mucho menos la de Heidegger), sino
más bien la de Scheler, cuya ética material del valor significó un notable
incremento de realidad frente a Kant, contra el que Scheler se había rebe­
lado en su obra principal Der Formalismus in der Ethik und die materiale
Wertethik [El formalismo en la ética y la ética material del valor], de 1916.
En estos años decisivos, después de terminar su Metaphysik der Erkenntnis
([Metafísica del conocimiento], 1923), Hartmann elaboró de manera con­
secuente su Ethik (1926), de fuerte influencia scheleriana. Gadamer encon­
tró las primeras pruebas de ella sobre las mesas de mármol de las cafeterías
de Marburgo.8 Con sus esquemas habituales, Hartmann dibujó la diferen­
cia entre las categorías lógicas y las éticas: las últimas serían más «débiles»
que las lógicas, porque exigían que uno se comprometiese con ellas para que
fuesen válidas. Esto le parecía a Gadamer una abreviación algo demasiado
logística de lo ético, pero la seriedad con la que Hartmann aceptó su répli­
ca interrogativa reforzó su autoestima.
Gadamer intentó familiarizarse mejor con la fenomenología en Múnich,
cuando estudió allí durante el semestre de verano de 1921. Nicolai Hartmann
le había recomendado asistir a las clases de los fenomenólogos Moritz Geiger
y Alexander Pfànder, aunque ninguno de los dos parecen haber impresiona­
do especialmente a Gadamer. Con respecto a Pfànder observó: «Éste fue el
fenomenólogo más sobrio, seco y carente de demonismo que uno se puede
imaginar».9 En cambio a Scheler siempre lo describe como «demoníaco» e
incluso como «satánico»,10lo que da prueba de las esperanzas salvadoras que
se ponían en esta época en la fenomenología. Algo más tarde, en Friburgo,
encontraría en Heidegger a otro fenomenólogo demoníaco (y en Husserl,

8. Ver PL, pág. 21. Véase también el posterior trabajo de Gadamer «Wertethik
und praktische Philosophie», escrito en honor del centenario del nacimiento de
Hartmann (1982), en GW 4, 203-215. En lo que respecta a su relación con Hart­
mann resulta especialmente ilustrativo la larga entrevista a Hans-Georg Gadamer
en Cuadernos de ética, Asociación Argentina de Investigaciones Éticas, n° 8, diciem­
bre 1989, pág. 69ss.
9. GW 10, 382.
10. PL, pág. 25.

106
a su vez, otro algo menos demoníaco), como si éste fuese un ingrediente
necesario de la fenomenología.
Al no quedar impresionado por la fenomenología de Múnich, en el
semestre de verano de 1921 Gadamer estudió allí sobre todo historia del
arte (con Wolfflin u), pero también los Alpes. Viajó a Múnich con su futu­
ra esposa Frida Kratz, de modo que este semestre con las excursiones por
los Alpes se convirtió también en su primera estancia más larga fuera de la
casa paterna. En un seminario de Geiger, Gadamer oyó hablar por prime­
ra vez de Heidegger y de su fama.12Aunque todavía no había despertado del
todo su atención, volvió a Marburgo con este demonio metido en el fondo
de su cabeza.
En estos años, Gadamer tenía una relación muy personal con Nicolai
Hartmann. Como muestran sus recuerdos, «le había acogido casi como un
hijo».13 Hartmann, que venía del Báltico, tenía «sólo» una hija y vivía en
Marburgo en una situación de extrema modestia con la que Gadamer podía
solidarizarse: «Eran tiempos aún muy duros y había poco carbón. En invier­
no, Nicolai Hartmann estaba sentado en una habitación sin calefacción,
envuelto en una bata acolchada, con un calentador dentro de un saco para

11. En su clásica obra Kunstgeschichtliche Grundbegriffe. Das Problem der Sti-


lentwicklung in der neueren Kunst, Múnich: Bruckmann, 1915, 2 a edición 1917,
6a edición 1923, obra que Gadamer leía en aquel momento, Heinrich Wolfflin
(1864-1945) manifestó su apoyo a una “historia del arte sin nombres”: «Debe apa­
recer, por fin, una historia del arte donde se pueda seguir paso a paso el surgimiento
de la visión moderna, una historia del arte que no hable solamente de diferentes
artistas, sino que muestre, en una línea continua, cómo se produjo la evolución
de un estilo lineal a uno pictórico, de un estilo tectónico a uno no tectónico, etc.»
(ibidem, pág. VII). Tal como lo demostraron las seis ediciones aparecidas en los difí­
ciles años entre 1915 y 1923, el libro de Wolfflin, con su reivindicación de la cul­
tura puramente objetiva, tuvo un gran éxito.
12. Ver GW 3, 263; PL, pág. 212. Respecto de los rumores sobre Heidegger,
que le llegaron también en Marburg, véase GW 3, 309. A propósito, y para filó­
logos especialmente meticulosos, hay en esos textos una pequeña vacilación, sin
mayor importancia, acerca del momento exacto en que Gadamer oyó hablar por
primera vez sobre Heidegger. Según GW 3, 263 y PL, pág. 212, esto tuvo lugar en
el semestre de verano de 1921 en Múnich. Por el contrario, según GW 3, 309, ya
en el año 1920/21 se le había hablado en Marburgo (probablemente, lo había hecho
Ochsner) acerca de la famosa formulación de Heidegger «es weltet» [literalmente,
«mundea» N. del T.].
13. PL, pág. 21.

107
los pies, y para mantener ágil la mano con la que escribía, asía con ella de
vez en cuando la voluminosa cabeza de su pipa de media largada».14Josef
Kònig (1893-1974), otro estudiante de aquellos años, describe discreta­
mente al hombre y su modesta vivienda en palabras que aquí tienen un
peso especial, puesto que Gadamer mismo ocuparía en 1925 el piso de
Hartmann en la Ockersháuser Allee (desde 1924 había residido en la anti­
gua vivienda de Ernst Robert Curtius). «Hartmann me impresionó enor­
memente. La actitud silenciosa de este hombre, su ensimismamiento, su
absoluta sinceridad me fascinaban totalmente. Vive en una casita aislada,
construida en la ladera de una colina, y desde su despacho se abre la vista
sobre el castillo a través de ventanas pequeñas. El despacho está amuebla­
do de una manera casi pobre, sólo contiene pocos libros y lo domina casi
por completo un enorme telescopio blanco. Sobre la silla estaba puesta una
bata de un rojo vivo, parecida a una sotana. Imagínese en medio de ello a
este hombre taciturno y serio, todo envuelto en un ambiente algo helado
y bajo la luz de la luna refractada por una densa niebla. [...] Tenía la sen­
sación de estar sentado frente a un filósofo antiguo, o tal vez también a un
espíritu hegeliano.»15
En sus obras, pero también en retratos, Hartmann da realmente la sen­
sación de un hombre de gran severidad, incluso frialdad. Pero en sus con­
versaciones parece que era totalmente diferente. Se mostraba mucho más
flexible16y se dedicaba con mucha simpatía a los estudiantes (¡y a numero­
sas chicas estudiantes!). La razón era tal vez que, por su origen báltico, él se
sintiera casi como extranjero y entre los colegas como marginado. Formó al­
rededor suyo un círculo de conversación que se reunía los jueves en su casa
de las 21 hasta las 2 horas, lo que Gadamer tomó como modelo cuando más
tarde fundó círculos parecidos con sus estudiantes. Como recordaba Gada­
mer, Hartmann comenzó a estar plenamente despierto hacia la media-

14. PL, pág. 22.


15. Carta a Helmut Plessner del 11-11-1924, en Jo sef Konig - Helmut Pless­
ner Briefivechsel 1923-1933, compilado por H. Lessing y A. Mutzenbacher, Fri­
burgo /Munich: Verlag Karl Alber, 1994, pág. 58. Acerca de la vivienda que más
tarde ocuparon Werner Krauss y Max Kommerell, ver M. Kommerell, Briefe und
Aufzeichnungen 1919-1944, Friburgo: Verlag Olten, 1967, pág. 386.
16. Ver la carta de H. Plessner a J. Kònig, fechada el 23-12-1925, en Brief-
wechsel, pág. 108: «Me encuentro diariamente con Hartmann; también discuto
mucho con él. En muchas cosas, él es mucho más flexible y rico en posibilidades
que sus libros».

108
noche,17y entonces las conversaciones se volvían más confidenciales. Des­
pués de celebrar su cuarenta cumpleaños (1922), Hartmann reveló a su pro­
tegido sus dudas de sí mismo: «¡A partir de ahora no escribiré nada más!»
Durante las noches claras, Hartmann observaba el cielo estrellado a tra­
vés de su gran telescopio de la marca Zeiss, una pasión por la que Hans-Georg
no consiguió entusiasmarse mucho.18A veces le parecía como si Hartmann
contemplara los valores éticos como las estrellas en el cielo. Contra esta obje­
tivado ra «astronomía de los valores»19 haría valer más adelante la dimensión
de un ethos vivido y realizado en concreto a partir del concepto aristotélico
de phrónesis. Frente a este hombre nocturno, que se despertaba hacia medio­
día y que pasaba toda la noche escribiendo, tenía que marcar un contraste
simbólico cuando Heidegger, llamado a Marburgo en 1923, fijó sus clases a
las siete de la mañana. Los discípulos de Hartmann tenían que adaptarse de
pronto a una nueva actitud despierta y una nueva claridad diurna. Así,
Heidegger acuñó el dicho: «Cuando en casa de Hartmann se apaga la luz, en
la mía se enciende», una observación bonita aunque bastante burlona.20
Antes de que Heidegger llegara a Marburgo, Gadamer estaba sobre todo
bajo la influencia de Hartmann.21 Éste le trataba como un favorito del que
esperaba «lo más alto». Hartmann apreciaba especialmente en Gadamer
su «sentido por los matices», algo que era ajeno a su propio estilo cons-
tructivista. Fue Hartmann quien le animó para doctorarse muy pronto y
quien, además, quería que justo después obtuviera el grado de catedrático.
Dado que ocupaba la cátedra de Natorp, pudo ayudarle también a publi­
car su primer texto, pues le invitó a escribir una contribución para el volu­
men que se estaba preparando en honor de Natorp y con el que Gadamer,
a sus 24 años, de hecho no tenía mucho que ver.22 Gadamer mostró su

17. PL, pág. 21.


18. PL, pág. 23.
19. Ver la entrevista en Cuadernos de ética, Asociación Argentina de
Investigaciones Éticas, Buenos Aires, n° 8, diciembre 1989, pág. 76.
20. Ibidem, pág. 76: «Algo muy bonito y gracioso, pero, en realidad, malévolo».
21. G W 2, 483.
22. Respecto del trasfondo de este hecho véase la entrevista con Ralph Ludwig
en la N D R [Radio Alemana del Norte] el 9-2-1995, transcripción, pág. 2: «Pues
bien, así conocí a Heidegger [en el semestre de verano de 1923, en Friburgo]. Des­
pués, esto se transformó primero en algo muy, muy fecundo. Comprendí tan veloz­
mente la idea fundamental de su nuevo modo de filosofar, que hasta escribí, muy

109
larga gratitud a Hartmann cuando, en 1923, dedicó a su Metaphysik der
Erkenntnis [Metafísica del conocimiento] una reseña extensa, aunque bas­
tante crítica, en la revista Logos.
En el semestre de verano de 1923, cuando Gadamer se fue a Friburgo
para estudiar a Aristóteles con Heidegger, de hecho, Hartmann le había
enviado a Richard Kroner, autor del importante libro Von Kant bis Hegel
(De Kant a Hegel; 1921, 1924).23 Por eso, en el círculo heideggeriano (en
torno a Karl Lowith y Oskar Becker, los que mantenían una estrecha amis­
tad con Heidegger), en un principio se consideraba a Gadamer como dis­
cípulo de Kroner.24 Como editor de la revista Logos, Kroner también hizo
posible la publicación de la mencionada reseña del libro de Hartmann.
Teniendo presente la proximidad entre Gadamer y Hartmann, resulta bas­
tante asombrosa la dureza de la crítica. Lo cierto es que, en el momento
de la publicación de la reseña, Gadamer indicó Friburgo como su lugar de
trabajo, de manera que ya estaba bajo la influencia de Heidegger. El texto
constituye en cierto modo una última despedida de la orientación neokan­
tiana de la juventud y el puente a la filosofía hrmenéutica, de la que
Heidegger hablaba en su curso de aquel año en Friburgo.
En su reseña de 1923, Gadamer elogió el acercamiento de Hartmann
a la fenomenología, pero planteó, no obstante, la pregunta básica de si su

poco después, un trabajo que me trajo más adelante la fama de haberme adelanta­
do a Heidegger. Es que el mismo Heidegger aún no lo había publicado. Se trató de
un libro conmemorativo para Paul Natorp, con ocasión de sus 70 años. Nicolai
Hartmann me había insistido en que participara. Y ese trabajo aún hoy no ha per­
dido actualidad. No lo he incorporado a la nueva edición de mis obras completas,
pues lo consideré, con todo, un trabajo demasiado inicial. Pero me sucede ocasio­
nalmente, como ahora, que vino hace poco un holandés de Canadá a quien yo había
conocido en Norteamérica. Él había estado en el archivo de Hegel en Bochum, y
ahora vino a visitarme. Y me dijo: sí, y, a propósito, he encontrado un interesantí­
simo trabajo suyo. Allí figuran ya todas las ideas de Verdady método.» Este cana­
diense es el profesor Theodor Geraets (Ottawa).
23. Véase al respecto la correcta referencia en PL, pág. 32.
24. Ver Hans L. Gottschalk, «Heideggers Rektoratszeit», en Antwort. M artin
Heidegger im Gesprach, сотр. por G. Neske y E. Kettering, Pfullingen: Neske, 1988,
pág. 185: «Hans-Georg Gadamer, a quien no conozco personalmente, era consi­
derado en Friburgo como alumno de Richard Kroner, que fue también quien me
lo nombró por primera vez.» Véanse los recuerdos de Gadamer sobre Kroner en
FAZ, 3-12-1977, n° 281, Bilder und Zeiten, pág. 6.

110
enfoque era lo bastante radicai para hacerlo (Heidegger había formulado
en aquel momento una pregunta parecida con respecto a la fenomenología
de Husserl). Ya no le parecía suficiente la mera rehabilitación del ser en sí
del objeto del conocimiento. El hecho de que Hartmann apelara al realis­
mo de Aristóteles, lo que causó sensación en el ambiente hostil a
Aristóteles que predominaba en Marburgo, le parecía a Gadamer algo tor­
pe, 25 sobre todo desde que, en el «Informe Natorp» del joven Heidegger,
había encontrado un Aristóteles despertado para una nueva urgencia. En
su reseña, también le parecía insuficiente a Gadamer la caracterización de
la fenomenología por parte de Hartmann como una «constatación neutral
del mero estado de hecho». Le contrapuso la idea, que ya se puede definir
como hermenéutica, de que no hay manera alguna de «acercarse a las cosas
que no estuviese determinada decisivamente por la peculiaridad del pro­
pio punto de vista».26 Como añade en tono subversivo, una reflexión sobre
este hecho le haría falta a la fenomenología del conocimiento de
Hartmann lo mismo que a cualquier otra fenomenología.27 Porque algo
más de fenomenología, como explica Gadamer, habría permitido evitar las
aporías artificialmente construidas por Hartmann para prestar una mayor
atención a los lados más irracionalistas del acto de conocimiento que
Hartmann tenía en mente.
Desde esta fenomenología radicalizada por la hermenéutica, Gada­
mer remite expressis verbis al lema del joven Hegel, usado por Heidegger, de
la «destrucción»28 -aunque en toda la reseña no menciona a Heidegger,

25. Ver HGG, «Die Griechen, unsere Lehre. Ein Gespràch mit Glenn W. Most»,
en Internationale Zeitschrififu r Philosophie, 1994/1, pág. 139.
26. H G G , «Metaphysik der Erkenntnis. Zu dem gleichnamigen Buch von
Nicolai Hartmann», en Logos, 12 (1923/24), pág. 341. Este mismo argumento her­
menéutico originario reaparece con frecuencia en el trabajo, por ejemplo, en la pág.
346: «¿Existe, acaso, una mirada de tal modo abierta que no esté determinada por
ningún interés especial en un problema (cuando, en realidad, con toda seguridad,
es ese interés en un problema el factor que moviliza el trabajo del fenomenólogo)?
Recordemos la reserva manifestada más arriba acerca de que la elección del punto
de vista de mi observación es determinante respecto de aquello que se puede ver
desde allí».
27. Ibidem.
28. En la conversación, Gadamer sostuvo que la recensión sobre Hartmann de
1923 habría surgido todavía independientemente de Heidegger. La misma habría
sido escrita poco antes del viaje de Gadamer a Friburgo al encuentro de Heidegger.

Ill
quien aún no había publicado nada de sus ideas en aquellos tiempos-, para
someter a una crítica severa el hecho de que Hartmann mantuviera el mar­
co de la teoría del conocimiento. La mera insistencia en los conceptos
de sujeto y objeto sería sintomático para la falta de fenomenología de
Hartmann y su recaída en la tradición de la que había prometido emanci­
parse: «Pero tal como Hartmann plantea la pregunta: ¿Cómo el sujeto lle­
ga a su objeto? (y a esta estructura interrogativa se puede reducir la “feno­
menología” de Hartmann), de hecho abandona el terreno del fenómeno
o, mejor dicho, ni siquiera lo ha alcanzado.»29 Como se ve, Gadamer hizo
un juicio duro a su maestro y promotor.
Aunque en la recensión de Hartmann de 1923-1924 todavía no se
encuentra la palabra «hermenéutico», parece claro que en el momento de
su publicación Gadamer ya estaba bajo la influencia de la hermenéutica
de Heidegger y también de Dilthey.30 El relevo de Hartmann por Heidegger
en el cielo de las estrellas de Gadamer se podría resumir como el paso de la
teoría del conocimiento a la hermenéutica. Cuando Heidegger fue llamado
justamente a Marburgo en el semestre de invierno, Gadamer no pudo hacer
otra cosa que seguirle. En un principio se propuso hacer de mediador entre
sus dos maestros, pero la relación entre ambos empeoró de manera eviden­
te.31 La aparición de Heidegger en Marburgo fue como un terremoto que
sacudió a casi todos los antiguos discípulos de Hartmann. A parte de
Gadamer se puede recordar a Gerhard Krüger, quien escribió su tesis de doc­
torado bajo la tutela de Hartmann y que más tarde obtuvo el grado de ca­
tedrático bajo Heidegger.

Los giros heideggerianos que se encuentran en ella, como, por ejemplo, la idea de
«una destrucción crítica de la tradición filosófica» habrían sido insertados con oca­
sión de la corrección de las pruebas de imprenta. Sin embargo, en una carta a Lowith
fechada el 23-8-1923, Heidegger opinó, no sin cierto derecho: «Él [a saber, HGG]
está escribiendo una recensión sobre la “Metafísica” de Hartmann. Las ideas las
ha tomado de mí.» (citado en forma más completa en el epígrafe del capítulo VII).
29. Ibidem, pág. 349.
30. En efecto, Gadamer dirigió también contra Hartmann (ibidem, pág. 356)
la famosa frase de Dilthey en su obra Einleitung in die Geisteswissenschaften (1883):
«.. .en las venas del sujeto cognoscente que construyeron Locke, Hume y Kant no
corre sangre verdadera sino el zumo diluido de la razón como mera actividad intelec­
tual.» [Trad, castellana: Introducción a las ciencias del espíritu, Alianza, Madrid, 1980].
31. Ver la entrevista a Hans-Georg Gadamer en Cuadernos de ética. Asociación
Argentina de Investigaciones Éticas, Buenos Aires, n° 8, diciembre 1989, pág. 76.

112
Para Hartmann debió de ser una «decepción enorme» que Gadamer, su
discípulo favorito, se pasara al bando de Heidegger. Cuando Gadamer con­
tó esto no pudo evitar repetir con énfasis la palabra «enorme» meneando la
cabeza como si se estuviese reprochando su infidelidad. Finalmente, Hartmann
depuso las armas y se fue a Colonia en 1925, donde le habían ofrecido la
cátedra de Scheler. El prestigio de ser sucesor de Scheler, que también era
importante para su Ética, a punto de ser publicada, debía ser un atractivo
adicional para él. Sin embargo, en 1940, Karl Lowith no dudó en conside­
rar que lo decisivo había sido la competencia humillante con Heidegger:
«N. Hartmann fue llamado a Colonia, de modo que escapó a los ataques
malévolos nuestros, que éramos discípulos de Heidegger y al paulatino vacia­
miento de su aula. Heidegger atraía, mientras que los otros profesores per­
dían sus alumnos».32
También había sido Hartmann quien animó a Gadamer a hacer su doc­
torado bajo la tutela del viejo Paul Natorp (1854-1924). El consejero pri­
vado Natorp fue el último representante de la Escuela de Marburgo, que ya
formaba parte del canon de la historia de la filosofía reciente y cuyo fun­
dador había sido Hermann Cohen, fallecido en 1918. Sin embargo, la
influencia de Cohen en el desarrollo interno de esta escuela ya había comen­
zado a disminuir con su solicitud de despido en 191233y su traslado a Berlín.
La orientación por la ciencia de la Escuela de Marburgo se debió sobre todo
a él. Como recordaba Gadamer, después de que Cohen se marchara, Natorp
pudo dedicarse a sus inclinaciones místicas que estaban en una contradic­
ción inconfundible con sus anteriores tendencias orientadas por la cien­
cia: «La atmósfera en la que crecimos en el Marburgo de aquel tiempo esta­
ba llena de tensiones y marcada por modelos intelectuales fuertes. Era la
«Escuela de Marburgo» del neokantismo, que se encontraba en plena diso­
lución. Después de que se marchara Hermann Cohen, Paul Natorp mismo
se dejó llevar por sus tendencias largamente reprimidas hacia la mística y la
música».34 Se puede imaginar que estos rasgos poético-artísticos y románti-

32. Karl Lowith, Mein Leben in Deutschland vor und nach 1933. Ein Bericht,
Frankfurt am Main: Fischer, 1989, pág. 65.
33. Ver H. Holzhey, op. cit., pág. 2 Iss.
34. GW 10, 413. En la presentación de sí mismo que hizo en Die deutsche Phi­
losophie der Gegenwart in Selbstdarstellungen, со тр . por R. Schmidt, Leipzig: Mei-
ner, 1921, pág. 154, el Natorp tardío hablaba también, retrospectivamente,
de su temprana necesidad de una filosofía que se alimentara del arte, la poesía y la
mística.

113
cos del Natorp tardío encontraron cierta resonancia en Gadamer. Una expe­
riencia inolvidable fueron para él las lecturas de Tagore que Natorp orga­
nizó en su casa.35
La posición filosófica de Natorp había cambiado profundamente, espe­
cialmente con respecto a su famosa interpretación de Platón. Su libro sobre
Platón de 1903 había causado sensación con su tesis provocadora de que
las ideas de Platón en el fondo no representaban más que las leyes natura­
les. Esta osadía anacrónica incluso valió a su autor el sobrenombre de «Pla-
torp».36 En su interpretación de las ideas platónicas se había guiado exclu­
sivamente por la filosofía trascendental de Kant y por la ciencia natural
moderna. En un posfacio metacrítico de 1920 con el título mítico y evo­
cativo «Logos-Psiqué-Eros», Natorp revisó justamente esta orientación.37
Aunque no proclamara como tal su viraje, este cambio era palpable a cada
paso. En 1903, con ocasión de la publicación del libro, Natorp escribió:
«Parecía y tal vez era obligatorio separar estrictamente al Platón místico del
maestro que enseñaba la doctrina de las ideas».38 En cambio ahora admitía
que era preciso dar la razón a los críticos, «que opinaban que no se podía
seguir sosteniendo esta separación».39 La interpretación de Platón que Natorp
anuncia aquí, aunque de manera algo velada,40 es, en efecto, bastante mís­

35. PL, pág. 19. Ver también la entrevista «Some Dimensions o f the Univer­
sality of Philosophical Hermeneutics: A conversation with Hans-Georg Gadamer»,
en Journ al o f the Indian Council o f Philosophical Research, 9 (1992), n° 3 (mayo-
agosto), pág. 124.
36. Ver Christoph von Wolzogen, «Schòpferische Vernunft. Der Philosoph
Paul Natorp und das Ende des Neukantianismus», en FAZ, 17-3-1984, n° 66 (Bil-
der und Zeiten).
37. Peter Wust había hablado ya de la «transformación de espíritu» de Natorp,
en el periódico Kôlnische Volkszeitung del 22-3-1922. Sin embargo, Natorp negó
que hubiese habido tal transformación, al publicar en el mismo periódico (26-4-
1922) una respuesta con el bello título Paul Natorps geistige Wandlung. Von einem,
der ihm nahe steht [La transformación de espíritu de Paul Natorp. De alguien que está
cerca de Л]. Ver H. Holzhey, op. cit., pág. 42, nota.
38. Ver P. Natorp, Platos Ideenlehre, 1903, 2a edición 1921, pág. 467.
39. Ibidem.
40. Ibidem, pág. 460: «Y, por eso, en este anexo “metacrítico” ha de decirse
tanto cuanto parezca imprescindiblemente necesario y, al mismo tiempo, sufi­
ciente, a fin de dar a los lectores una introducción, de modo que ellos continúen
por sí mismos la investigación; pero, también, a fin de ahorrarle a la crítica el esfuer­
zo de semejantes correcciones, que el autor mismo ha realizado para sí hace ya mucho

114
tica, porque da lugar a que ahora se vea la filosofía de Platón exclusivamente
desde la de Heráclito, es decir, desde la idea primaria del logos único al que
todo aspira (hen to sophon mounon).AXSe pretende pues que la transcendencia
(el epekeina) de la doctrina de las ideas había apuntado a este fundamento
primario del ser, que abarca todo en sí mismo. «El fondo último y unita­
rio del mundo de las ideas no se refiere sólo a la unidad meramente lógica
del sistema, aunque también a ésta, sino a la unidad de lo viviente origi­
nario, de lo concreto originario e incluso más que puramente concreto, uni­
dad que, como tal, ya no significa una unidad, una idea, un logos, sino la
última unidad de las unidades, la idea de las ideas, el “logos” mismo de todos
los logoi. Mas, en tanto viviente entra en una relación muy estrecha con
la “psiqué misma” . Es precisamente en esta íntima conjunción de logos y
psiqué donde Platón coincide de manera llamativa con Heráclito.»42
Natorp se negaba a ver aquí realmente un «viraje» de su enfoque ante­
rior, y probablemente lo hizo porque en este marco omniabarcador hera-
clitiano del «hen kai pan» (del uno que al mismo tiempo es todo) también
se podía integrar la búsqueda científica de leyes globales del ser que den
cuenta de su abundancia concreta. La fórmula mágica para ello, según la
cual «el todo se une consigo mismo», la encontraba ahora claramente en
el Banquete de Platón.43 Por tanto, la separación metodológica de la idea del
mundo sensible sólo era necesaria para llegar a esta visión unitaria del todo.44

tiempo.» Sobre la orientación de esa “metacrítica” véase Karl-Heinz Lembeck, Pla­


ton in Marburg. Platonrezeption und Philosophiegeschichtsphilosophie bei Cohen und
Natorp, Würzburg: Konigshausen & Neumann, 1994, pág. 330ss.
41. Ibidem.
42. Ibidem, pág. 467s. Natorp mismo tiene en claro su cercanía a Plotino (pág.
500ss; véase también la presentación de sí que hace Natorp en Die deutsche Philo­
sophie der Gegenwart in Selbstdarstellungen, с о т р . por R. Schmidt, Leipzig: Mei-
ner, 1921, pág. 173). Ver al respecto K.-H. Lembeck, op. cit., pág. 315, así como
también U. Sieg, Aufitieg und Niedergang des Marburger Neukantianismus. Die Ges-
chichte einer Schulgemeinschaft, Würzburg: Konigshausen & Neumann, 1994, pág. 455.
43. Symposion 202 E. Véase Platos Ideenlehre, pág. 489, como también la pre­
sentación de sí mismo en D ie deutsche Philosophie der Gegenwart in Selbstdarste­
llungen, со тр . por R. Schmidt, Leipzig: Meiner, 1921, pág. 156, 160.
44. Por lo demás, aquí se puede encontrar una fuente importante del posterior
rechazo, por parte de Gadamer, del chorismós de la idea, especialmente en su obra
tardía Plato im Dialog. Griechische Philosophie III, GW 7, Tubinga 1991. El cho­
rismós es tratado en esa misma obra como un polémico malentendido aristotélico.
Son muchos, pues, los indicios de que esta tesis se remonta a Natorp.

115
La perspectiva del Natorp tardío interesa sobre todo porque determi­
nó de manera significativa el tema de la tesis de Gadamer, con indepen­
dencia de si el joven estudiante era plenamente consciente de ello o no. Ya
en 1920, Gadamer tuvo el plan de doctorarse con Natorp. Probablemente
ya en este momento se había dado cuenta de que la manera de apoyarse
en Kant que había caracterizado la primera Escuela de Marburgo y también
al neokantismo de sus maestros de Breslau estaba perdiendo algo de su vigen­
cia.45 La paulatina disolución del neokantismo, que también era consecuencia
de la crisis cultural general, prometía un paso más allá de Kant. Así, Gadamer
no se sorprendió mucho cuando su tutor le propuso Fichte como tema de
su tesis. En efecto, en sus años tardíos, Natorp estaba fascinado por el idea­
lismo absoluto de Fichte. Para Gadamer era un tema nuevo y así comenzó
a leer -asombrosamente, hay que decirlo- la correspondencia de Fichte con
su novia. Pronto tuvo que confesar a Natorp: «Ay, Señor consejero priva­
do, en realidad preferiría trabajar sobre Platón».46
En consecuencia, Natorp le propuso el tema del placer en Platón,47 que
también a él le importaba mucho. En el anexo metacrítico de 1920 había
formulado expresamente la necesidad de una investigación del concepto
platónico de placer. Dada su importancia para la tesis de Gadamer, mere­
ce la pena citar el pasaje en cuestión: «Toda la posición de Platón con res­
pecto a los conceptos del bien y del placer requiere una nueva investigación.
Creo que su resultado será que esta posición era menos vacilante y cam­
biante de lo que parece en un principio; que se mantiene, al contrario, esen­
cialmente igual desde los primeros hasta los últimos escritos, sólo que ha
evolucionado hacia una seguridad y determinación cada vez mayores».48
A partir de lo precedente resulta comprensible por qué el tema fasci­
naba a Natorp. Como se sabe, en el Gorgias hay un rechazo rotundo del

45. Por eso, en el entorno inmediato de Gadamer, se escribieron ya extensos


trabajos sobre el camino que lleva de Kant a Hegel. Téngase presente sobre todo a
Richard Kroner, Von Kant bis Hegel (2 tomos: 1921, 1924), a Nicolai Hartmann,
Die Philosophie des deutschen Idealismus (1923), así como a Ernst Cassirer, Die nach-
kantischen Systeme (tomo 3 de la obra Das Erkenntnisproblem in der Philosophie und
Wissenschajt der neueren Zeit, 2a edición, 1923). El redescubrimiento del joven Hegel
por parte de Wilhelm Dilthey preparò el camino para esto.
46. Ver HGG, «Die Griechen, unsere Lehrer. Ein Gesprach mit Glenn W Most»,
en Internationale Zeitschriftfü r Philosophie, 1994/1, pág. 140.
47. Ibidem.
48. Ver P. Natorp, Platos Ideenlehre, 1903, 2a edición, 1921, pág. 520.

116
placer,49 que también se asocia generalmente con un determinado plato­
nismo. Pero el Natorp tardío ya no comparte esta vision de las cosas. Si para
él la totalidad del ser se juntaba en el uno originario, que al mismo tiem­
po era lo concreto originario que abarca la multiplicidad, entonces ya no
se podía rechazar el placer. Así, por razones sistemáticas resultaba urgente
asignar al placer el lugar que le correspondía en el marco del todo. En fun­
ción de ello, en el anexo a su libro sobre Platón, Natorp había diferencia­
do tres tipos de placer (el sentimiento inmediato de placer, la satisfacción
y la bienaventuranza), que Gadamer también adoptó en su tesis.50 Pero más
importante que esta tripartición misma es el motivo sistemático que Natorp
relacionaba con ella y que apuntaba a una revalorización del placer mis­
mo en el sentido del monismo platónico.
Hay que guardarse evidentemente de exigir a la disertación del joven
Gadamer el nivel de un tratado científico maduro. El trabajo tiene 116 pági­
nas, escritas en una tipografía descuidada y no contiene más de cinco notas
a pie de página. Lo que importa más en el presente contexto es el marco
dentro del cual se generó y las ideas que permite reconocer como punto
de partida de posteriores elaboraciones. La tesis está desarrollada plenamente
según el espíritu de Natorp y en ella confluyen motivos del «Platorp» de
1903 y otros del Natorp tardío de 1921. Se puede constatar, en efecto, que
los argumentos que Gadamer aduce proceden en parte de la teoría de la
ciencia, en parte son de tipo poético e incluso casi místico. Así, resultan ser
testimonio de aquel conflicto entre ciencia y poesía que para el joven pen­
sador era fundamental.
Gadamer indica como planteamiento de su disertación la confronta­
ción de Platón con el hedonismo.51 En este sentido habría entendido el
encargo de Natorp. Ahora bien, la confrontación con el hedonismo es

49. Esto había llevado a Natorp, entre otras cosas, a establecer, en el marco
de un erudito estudio filológico datado en 1893, una analogía entre las éticas de
Demócrito y de Platón (P. Natorp, Die Ethika des Demokritos. Text und Untersu-
chungen, Marburg: N. G. Elwert’sche Verlagsbuchhandlung, 1893, repr. en Hil-
desheim/Nueva York: Georg Olms Verlag, 1970). En esa obra, Natorp procura
incluir a Demócrito y a Platón en la tradición del racionalismo que proviene de los
pitagóricos, los eleáticos y Heráclito. La perspectiva de 1920, es, como se ve, total­
mente distinta.
50. Platos Ideenlehre, pág. 520. Ver H GG, Das Wesen der Lust nach den plato-
nischen Dialogen, tesis doctoral, Marburgo, 1922, pág. 69, 109.
51. Das Wesen der Lust nach den platonischen Dialogen, pág. 6.

117
una polémica con los sofistas de su época que querían establecer el placer
como principio del bien, como lo muestran el Protágoras y el Gorgias. El
propósito declarado de la tesis de Gadamer es explicitar la refutación pla­
tónica del hedonismo y, junto con él, del relativismo, pero también la demos­
tración de que esta «destrucción» lleva a un nuevo nivel del problema, en el
que se puede conceder al placer el derecho que le corresponde.52 Gadamer
se sirve para ello del argumento reflexivo, que en Verdad y método tratará
con mucha mayor cautela, de que el relativismo mismo reclama una pre­
tensión de objetividad.53 O sea que incluso el relativismo (o el hedonismo,
porque los términos parecen aquí intercambiables) quiere tener una validez
absoluta cuando establece la dimensión empírica (y con ella el placer) como
absoluta.54 De esta manera, el contrincante de Sócrates, cuando éste dis­
cute sus premisas, ya ha operado una superación de lo empírico,55 que
tendrá que romper, finalmente, el marco empirista de la sofística. En este
sentido, la destrucción de la sofística se lleva a cabo con argumentos que se
pueden caracterizar como propios a la teoría del conocimiento.
Esta autosuperación de la sofística, que significa pensar hasta el final
sus consecuencias, define la solución de Platón o, mejor dicho, la solución
que Gadamer atribuye a Platón. De los propios presupuestos del sensua­
lismo se desprende que el placer, al ser elevado al rango de principio, adquie­
re una validez objetiva que debe apuntar a una vigencia absoluta, es decir
a un bien supremo o agathon. La hedoné lleva por sí misma a este agathon,56
Hay, por tanto, un abismo profundo entre el saber relativo de los sofistas

52. Sobre la estrategia de la aporía platónica en los diálogos de juventud, véa­


se pág. 11 : «El valor positivo de las aporías en los diálogos platónicos reside en
que se toma conciencia de la imposibilidad de mantener el concepto de saber vigen­
te hasta el momento, y esto obliga, inevitablemente, a una nueva fimdamentación
de un nuevo saber.»
53. Ibidem, pág. 14.
54. Ver ibidem, pág. 16: «Sócrates pone el dedo sobre la contradicción inter­
na que se esconde en el relativismo escéptico cuando aparece con la pretensión de
verdad.»
55. Ibidem, pág. 15.
56. Ibidem, pág. 20: «También la hedoné, que en un principio parece perte­
necer a la subjetividad pura y no subsistente, poseería objetividad si se la hiciera
principio de una ética. Pues solamente algo objetivo puede constituir un paráme­
tro. Con lo cual, la exigencia de objetividad surge de las condiciones de contenido
del mismo relativismo ético.»

118
y el saber absoluto que se requiere.57 Los diálogos de juventud, con su demos­
tración de «la relatividad del saber empírico con intención negativa» se que­
dan parados en buena medida ante este abismo, y sólo los diálogos del pe­
ríodo medio de Platón elaboran el nivel «aprioristico» que aquí se exige en
forma de la doctrina de las ideas. Su principio sólo puede ser el bien, en la
medida en que el bien es el telos de toda acción, que también incluye el pla­
cer mismo.58 Esta vinculación necesaria del placer al principio superior del
agathon se puede considerar como el resultado sistemático más importan­
te de la tesis.
Resulta imposible, por tanto, que el placer sea una última instancia,
puesto que esta función sólo la puede asumir el agathon.59 Sin embargo, el
placer también puede desempeñar un papel positivo en tanto le corresponde
manifestar la inmanencia del bien en nuestra realidad, es decir, el ser-con-
nosotros y el ser-en-nosotros del bien.60 Esta concepción de un bien inma­
nente seguirá siendo determinante en los análisis posteriores de Gadamer
hasta sus últimos ensayos de los años noventa. En 1922 aún debía estar en
conexión con Natorp y su interpretación monista aunque al mismo tiem­
po omniabarcadora de la doctrina de las ideas.
El joven Gadamer intenta poner de relieve en Platón el reconocimien­
to positivo de un hedonismo legítimo. Por ejemplo, en la Politeia se sos­
tiene que el placer compartido puede crear un vínculo entre los ciudadanos
y que un Estado justo no puede prescindir del placer.61 Pero sobre todo resul­
ta decisiva la enseñanza de los diálogos posteriores de Platón, según la
cual la vida deseable es «mixta», es decir que si bien queda vinculada a la
perspectiva de las ideas, incluye, no obstante, el todo de la existencia sen­
sorial. Gadamer ve en ello con razón una anticipación de la doctrina aris­
totélica del mesotes,62 según la cual la virtud constituye el término medio
entre dos extremos. Desde esta perspectiva Gadamer leyó el Filebo y así pre­
paró el terreno para la interpretación fenomenològica de este diálogo en su
tesis para la obtención del grado de catedrático de 1928, pero también para
la búsqueda de los propósitos comunes de Platón y Aristóteles acerca de la

57. Ibidem, pág. 24.


58. Ibidem, pág. 42s.
59. Ibidem, pág. 39.
60. Ibidem, pág. 46s.
61. Ibidem, pág. 63.
62. Ibidem, pág. 78.

119
idea del bien, que caracteriza sus trabajos posteriores.63Ya en 1922 el Filebo
tenía un lugar de preferencia, puesto que en este diálogo «se había produ­
cido expresamente el gran giro de la mirada hacia el ámbito de la experiencia:
«Es el giro “dialéctico” que ya no deja el hen en su lejanía solitaria frente a
los polla, sino que vincula a ambos por medio de la mesura y la determi­
nación».64
Con esta afirmación Gadamer cumple el encargo originario de Natorp,65
porque no sólo reconoce así el placer en el papel que le corresponde en la
plenitud mezclada de la vida, sino que también confirma plenamente
la perspectiva homogénea de una la doctrina de las ideas que da cuenta de la
multiplicidad concreta.
Como se ve, la argumentación de Gadamer se mantenía en el marco
sobrio de la “teoría del conocimiento” en la medida en que recurría, por
ejemplo, al argumento de la reflexividad para obtener así de la autorrefuta-
ción del relativismo una legitimación del apriorismo platónico. Sin embar­
go, en el joven Gadamer también se encuentran concepciones que hacen
saltar el marco de la teoría del conocimiento y que abren la perspectiva a
ese Platón casi místico que Natorp había anunciado en su posfacio de 1920.
Se puede suponer que en las lecciones mismas del Natorp tardío Gadamer
también llegó a tener una impresión directa de la manera en que ese pos­
facio metacrítico presentaba a Platón, aunque hay que admitir que lo hicie­
ra en una forma velada.
Estos aspectos más bien «místicos» destacan sobre todo en la intro­
ducción de la tesis, que fue redactada, como es habitual, después de ter­
minar el trabajo. Gadamer toma en ella una posición crítica acerca de la
perspectiva del análisis histórico de los problemas y defiende la opinión
de que esta perspectiva no basta para acercarse a los diálogos de Platón: «El
problema general que afecta el procedimiento de la historización de los pro­
blemas es que extrae un problema de su contexto histórico único creyendo,

63. Ver al respecto D ie Idee des Guten zwischen Plato und Aristóteles, Heidel­
berg: Carl Winter, 1978, actualmente en GW 7, 128-227.
64. Das Wesen der Lust nach den platonischen Dialogen, pág. 78.
65. Gadamer supo de la satisfacción de Natorp para con su tesis doctoral a tra­
vés de Hartmann (PL, 23 yen «Die Griechen, unsere Lehrer... », op. cit., 1994, pág.
139). El mismo Paul Natorp manifestó su aprobación en una carta del 30-11-1922
a Edmund Husserl (E. Husserl, Briefwechsel, Dordrecht Boston/ Londres:
Kluwer, 1994, tomo 5, pág. 161).

120
sin embargo, que lo ha comprendido en su pleno contenido. Pero, de hecho,
este contenido está condicionado de manera determinante por el contexto
en el que surge este problema y precisamente por esta unicidad que no se
le puede negar impunemente».66 Esta toma de posición crítica resulta sor­
prendente y valiente, porque la historización de los problemas constituía en
aquellos años la concepción predominante de la historia de la filosofía.
Gadamer la había encontrado ya en Hònigswald y los demás neokantianos
y también en Nicolai Hartmann. Ahora sostiene que la pretensión de leer
a Platón según la óptica de la situación actual significa una grave falta de
justicia y de sentido histórico: «Querer mostrar a partir del estado actual
de los problemas unas contradicciones y falsas conclusiones dentro del des­
arrollo del pensamiento platónico y atribuirlas a su falta de capacidad de
abstracción es una pretensión radicalmente errónea.»67
La perspectiva de Platón sería totalmente diferente y ajena a nuestro
tiempo, y de ella se podrían aprender muchas cosas. En este sentido, Gada­
mer escribe una frase que, normalmente, ningún tutor permitiría decir a su
alumno: «En este punto conviene subrayar que una idea platónica (porque
así podemos denominar de manera totalmente provisional el significado de
las palabras griegas en general) es algo divino o demoníaco, es decir, en todo
caso un ente vivo y activo (por ejemplo, logos, areté, aletheia, eros, episté-
mé, hedoné) cuyo ámbito vital ocupa un espacio espiritual. Es más que un
juego burlesco cuando en los diálogos platónicos de repente las ideas comien­
zan a hablar, quejándose, por ejemplo, de una comprensión errónea que
resulta injusta. Sólo quiero recordar que en el Gorgias (482), Sócrates llama
la philosophia su paidika, a cuyos logoi, siempre coherentes entre ellos, nun­
ca puede contradecir. Esta imagen es expresión de algo totalmente real: en
nuestro pensamiento nos metemos en ámbitos sagrados y estamos obliga­
dos a seguir hasta en el último detalle la instrucción sacerdotal».68
Verdaderamente una perspectiva asombrosa, casi demoníaca. En ella
se refleja seguramente menos la visión omniabarcadora de Natorp que el
ideario de la interpretación de Platón de esta época, que surgió en relación
con el círculo en torno a George. Lamentablemente era una de las costum­
bres de los georgianos que no indicaban sus fuentes para manifestar así su

66. Ibidem, pág. 2.


67. Ibidem.
68. Ibidem, pág. 3s.

121
desprecio por la vulgar cientificidad. También Gadamer no menciona direc­
tamente sus fuentes, de manera que sólo se pueden hacer conjeturas sobre sus
inspiraciones. Entre los libros sobre Platón que se usaban en el círculo de
George y que podrían haber influido en Gadamer, a parte de las indicaciones
del autor mismo, se pueden mencionar Heinrich Friedemann, Platon. Seine
Gestalt ([Platón. Su figura] publicado en la revista editada por George
Blatterfur Kunst, Leipzig 1914) y Heinrich Barth, Die Seele in der Philosophie
Platons ([El alma en la filosofía de Platon] Tubinga 1921).69 En el círculo de
George, Platon gozaba de una estima especialmente alta porque se le veía
como líder de una comunidad espiritual y política de tipo esotérico. Esta fi­
gura de líder poético y político era bastante parecida a la función que George
había inventado para sí mismo y estaba en relación con una posición de re­
chazo frente al mundo civilizado y decadente, al que también pertenecía el
de la ciencia «desmembradora». Por eso, muchos pensadores que no se sen­
tían bien en este mundo penetrado por la ciencia, podían encontrar en el ge-
orgianismo y su imagen de Platón una especie de refugio. En su autobiogra­
fía, Gadamer no escondió su proximidad al círculo de George en aquellos
años, por ejemplo, su relación con Friedrich Wolters y más tarde con Paul
Friedlánder y Max Kommerell. Incluso más de medio siglo después subrayó
positivamente «la influencia de Stefan George en la ciencia» (1983).70
Es posible que Gadamer haya encontrado estos motivos también en el
Natorp tardío (y en sus exposiciones orales), que parecía tocar cuerdas pare­
cidas. Aunque en su posfacio de 1920 se había referido de manera muy crí­
tica al esotérico culto de líder de los georgianos (especialmente a la interpre­
tación de Heinrich Friedmann),71 pero tampoco debía ser insensible a los
motivos de crítica a la época de los georgianos, que impregnaban el ambien­
te. Eran motivos que, en último término, coincidían con las tendencias
fuertemente pedagógicas de Natorp, quien era profesor numerario de filo­
sofía y también de pedagogía en Marburgo.72Además, estos motivos influí­
an, en general, en la interpretación de Platón como educador y fundador
de Estado que predominaba Alemania en los años veinte. En 1933,
Gadamer dedicó una reseña en buena medida positiva a esta interpretación,

69. La tesis doctoral de Gadamer menciona este último libro, pág. 114.
70. GW 9, 258-270.
71. Ver Platos Ideenlehre, 2a edición, pág. 509ss.
72. Ver también P. Natorp, Philosophie der Pádagogik, Marburg, 1909.

122
que publicó en la revista Logos bajo el título «Die neue Platonforschung»
[La nueva investigación sobre Platón] P En su reseña del libro del georgiano
Kurt Singer, Platon, der Gründer [Platon el fundador] de 1927, Gadamer
señala que «se conoce la procedencia de esta imagen de Platón», pero no
menciona a George.74
Sin embargo, el espíritu de George soplaba en todas partes en Marbur­
go. Gadamer fue introducido en su mundo poético, entre otros, por el famo­
so teòrico literario Ernst Robert Curtius, con el que también mantenía una
relación muy estrecha en esta época. Este lazo personal y casi paternal entre
maestro y alumno, que era bastante típica para Gadamer, para la época y para
Marburgo, también era parte de la fuerza de atracción de la poesía georgiana.
Su mejor amigo de aquellos años fue el entonces al parecer en Marburgo muy
considerado poeta Oskar Schürer. Siete años mayor que Gadamer, había es­
tudiado en Marburgo antes de la Primera Guerra Mundial, de modo que per­
tenecía a la vieja guardia, admirada por los más jóvenes. Gracias a su carisma
fue él quien abrió a Gadamer la puerta a la mayoría de los profesores, aunque
no a los filósofos, porque como historiador del arte no se sentía atraído por
ellos. Así, Gadamer escribió en sus recuerdos de Marburgo la frase a primera
vista sorprendente: «Agradezco mi relación amistosa con los muchos profe­
sores que se describen en estas páginas al aprecio que se le mostraba al joven
amigo Oskar Schürer».75 Según el testimonio de Gadamer, se refería a la

73. Logos, 22 (1933), pág. 63-75. El trabajo fue reimpreso en 1985 (sin modi­
ficación alguna, si mi observación es correcta) en el tomo 5 de las Obras Completas.
74. GW 5, 213. El texto prosigue: «Queda claro que aquí no habla un filólo­
go o filósofo, sino un hombre que da testimonio de que fuera de la ciencia hay una
visión de Platón que ve cosas esenciales, aunque, en los detalles, por todas partes
deba agradecer sus contenidos a los resultados de la interpretación científica de Pla­
tón.» El hecho de que esta concepción de Platón sobre la fundación del Estado,
muy extendida en aquel tiempo, pudo ser continuada sin dificultades después de
1933 por investigadores de orientación nacionalsocialista, lo indica el trabajo de
Teresa Orozco, «Die Platon-Rezeption in Deutschland um 1933», en lise Korotin
(сотр.), Die besten Geister der Nation. Philosophie undNationalsozialismus, Viena,
1994, pág. 141-185 (que se concentra especialmente en la descollante figura de
Werner Jaeger). La aplicación a la interpretación de Platón de Gadamer -aplica­
ción, lamentablemente, demasiado determinada por la búsqueda afanosa de ele­
mentos de fascismo- tiene lugar en T. Orozco, «Die Kunst der Anspielung. Hans-
Georg Gadamers philosophische Interventionen im NS», en Das Argument. Zeitschrift
fu r Philosophie und Sozialwissenschaften, 37 (1995), pág. 311-324.
75. PL, pág. 28.

123
atracción erótica que Schürer ejercía sobre todas las personas. «Podría contar
muchas cosas de él», añade Gadamer,76 y con ello alude discretamente a
las muchas relaciones eróticas que «sobrecogían» a Schürer. Gadamer lo
admiraba y siempre lo consideraba como su amigo más íntimo. Probable­
mente estaba impresionado por su versatilidad y superioridad y además
se sentiría distinguido por ser el amigo de un hombre tan solicitado por las
mujeres.
Gracias a Schürer y a los profesores cercanos a George (Curtius,
Hermann, Wolters; más adelante también Kurt Riezler, Friedrich Klinger,
Georg Rohde, Max Kommerell, Karl Reinhard, Kurt Singer y Kurt
Hildebrandt), como confesó Gadamer, «el poeta Stefan George iba ocu­
pando un lugar cada vez más poderoso dentro de mí». La justificación,
que aún en 1977 le parecía actual, resulta lógica desde la situación de en­
tonces: «En una sociedad que se estaba atomizando, las tablas de valor del
círculo de George representaban una conciencia corporativa de un nivel
espiritual muy alto, que tenía que provocar, pero a la que no se podía dejar
de admirar del todo por su coherencia y seguridad de sí misma».77 Se pue­
de dudar de si estas tablas de valor todavía podrían ofrecer una respuesta
creíble a la atomización moderna, pero algo de ellas siempre se mantuvo
vivo en Gadamer y su obra.
El círculo de georgianos en Marburgo se concentraba sobre todo alre­
dedor de la figura del historiador de la economía Friedrich Wolters. Como
uno de los aliados más íntimos del poeta era un representante muy impor­
tante del georgianismo dentro del ámbito científico, aunque él mismo, al
igual que la mayoría de los georgianos, en el fondo no tenía una opinión
muy buena de la ciencia. En su ensayo programático que definía las líneas
directrices en el primer número del Jahrbuch fu r die geistige Bewegung [Anua­
rio para el movimiento espiritual] de 1910,78había criticado la función corro­
siva de la ciencia ordenadora, oponiéndola a la fuerza creadora de la vida.

76. Ibidem.
77. PL, pág. 17.
78. F. Wolters, Richtlinien, Jahrbuch fü r die geistige Bewegung, 1 (1910), págs.
128-145. Véase al respecto Carola Groppe, op. cit., pág. 237ss, quien ve en Wol­
ters la figura central del círculo de George (251). De acuerdo a su convincente inves­
tigación, fue también Wolters el que estableció teóricamente el culto casi eclesiás­
tico a la autoridad en torno al maestro George y, con ello, el que hizo el aporte
decisivo para la conformación de la identidad del círculo (243).

124
Sólo el arte sería capaz de contemplar la vida desde dentro sin sacrificarla
a los esquemas y leyes desalmadas de la ciencia. Pero justamente este acen­
to anticientífico tenía una extraordinaria influencia en la ciencia de la
época que estaba abandonando en muchos terrenos los procedimientos ana­
líticos y desmembradores de la ciencia positivista a favor de una concepción
holística y «configuradora» de la vida.79También la actitud antiacadémica
de filósofos de la existencia como Jaspers y Heidegger son consecuencia
de ello, y algo de este espíritu se transmitió también a la generación más
joven, aparentemente ajena a George, del movimiento del 68.
El único seminario de Wolters al que Gadamer asistió, trataba de una
materia francamente lejana: la historia agraria del siglo XIX. Había sido el
tema de la tesis doctoral de Wolters, defendida en 1903 ante los importantes
economistas Kurt Breysig y Gustav Schmoller,80 pero después sólo fue el
pretexto para exposiciones sobre su visión del mundo, sobre su crítica a la
ciencia y la política actuales. Gadamer lo visitó con su amigo Oskar Schü­
rer y para él era «una ceremonia oratoria que nos enfureció mucho por la
dureza de sus invectivas».81 Esta irritación era, sin embargo, compatible con
cierta fascinación. Allí estaba uno que era amigo personal de un poeta envuel­
to en un aura de admiración y que osaba tomar posición ante las cuestio­
nes más inquietantes del momento con una insólita determinación.

79. Ver el trabajo, también programático, de F. Wolters intitulado «Gestalt»,


en el 2o tomo del Jahrbuch fiir diegeistige Bewegung (1911), pág. 138-158. Respecto
de la influencia sobre la ciencia, véanse las aportaciones del simposio D ie Wir-
kung Stefan Georges a u f die Wissenschafi, comp, por H.-J. Zimmermann, Heidel­
berg: Carl Winter, 1985 (con un artículo de Gadamer y una carta de Friedrich Gun-
dolf fechada en 1911 a propòsito de esta cuestión).
80. Véase С. Groppe, op. cit., pág. 213.
81. Carta de H G G a Edgar Salin del 29-8-1973 (Archivo postumo de Salin,
Biblioteca de la Universidad de Basel). Citado también por С. Groppe, op. cit., pág.
275. A propósito de la influencia de Wolters sobre Gadamer -quien, con todo, nun­
ca se sintió su discípulo- véase ya K. Hildebrandt, Erinnerungen an Stefan George
undseinen Kreis, Bonn: Bouvier, 1965, pág. 198 y 242. No obstante, esta influen­
cia fue limitada en el tiempo, pues Wolters enseñó como docente no numerario en
Marburgo solamente tres años (1920-1923). En 1923 fue llamado como profesor
ordinario de historia medieval y moderna a Kiel, donde erigió una nueva fortaleza
del círculo de George a la que pertenecieron Kurt Hildebrandt y Carl Petersen. A
este círculo se debe también que Gadamer haya recibido una suplencia en Kiel en
mayo de 1934 (información verbal de Gadamer). Resulta arduo encontrar docu­
mentos de la época que hagan referencia a esa convocatoria, ya que el archivo de

125
Muy por encima de su condición de científico, Wolters era sobre todo
un hombre político. Pertenecía al ala fuertemente nacionalista del círculo
de George y había adquirido una fama dudosa con sus Vier Reden über
das Vaterland [Cuatro discursos sobre la patria] .82 Era sabido que el círculo
de George aspiraba a una confederación estatal secreta, pero muchos la
veían sólo como un Estado ideal de cultura. Al parecer, Wolters la entendía
de manera más concreta, más política. En opinión de Gadamer, no cabía
duda de que Wolters se habría adherido enérgicamente al nacionalsocia­
lismo (murió el 14 de abril de 1930). En aquella época temprana de
Marburgo, parece que Wolters intentó ganar a los jóvenes estudiantes para
esta instrumentalización política del georgianismo. Aunque Gadamer afir­
mó posteriormente que no tuvo nada que ver con esto,83 su participación
misma en tales seminarios y en el círculo de Wolters muestra que estas voces
conservadoras encontraron cierta resonancia en él.
Una actitud políticamente contrapuesta encontró Gadamer en el his­
toriador del arte Richard Hamann, de tendencia izquierdista, que había sido
discípulo de Simmel y Dilthey en Berlín. En el pequeño mundo del pro­
fesorado de Marburgo, que a principios de los años veinte más bien ten­
día al centro democrático del Partido democrático alemán, la posición socia­
lista de Hamann no era muy popular, pero con su instituto había adquirido
una fama internacional que lo convertía en una de las mayores estrellas

la Universidad de Kiel fue en gran parte destruido hacia el final de la Segunda


Guerra Mundial (ver C. Groppe, op. cit., pág. 271). Lamentablemente, el acta sobre
la actividad docente de Gadamer en Kiel en el archivo secreto del estado de Berlín
(I. HA, Rep. 76, Va, See. 9, IV, 1, tomo 23, hoja 269-272, 546-550) no aporta
datos sobre el trasfondo de la convocatoria.
82. Ver C. Groppe, op. cit., pág. 259.
83. Ver Hans-Georg Gadamer on Education, Poetry and History, Albany: SUNY
Press, 1992, pág. 143: «I felt myself quite distanced from the political interpretation
o f George. Wolters, a close associate o f George, whom I knew at that time, tried to draw
me into it. But I wouldn’t do it. I thought to myself what does this have to do with me,
these nationalistic youth groups, what would I have to do with them? I am not saying
this is to reflect credit upon myselfnow, fa r from it. I am simply tellingyou how I was.»
[«Yo me sentía bastante distanciado de la interpretación política de George. Wol­
ters, un cercano seguidor de George, a quien yo conocía en aquel tiempo, intentó
introducirme en el círculo. Pero no quise. Pensé: ¿qué tengo que ver con eso? ¿Qué
podría hacer yo con esos grupos juveniles nacionalistas? No estoy diciendo esto para
obtener ahora un crédito para mi persona -lejos de ello-. Simplemente, le estoy
manifestando cómo era yo.»]

126
del cielo científico de Marburgo.84 Gracias a su ubicación política marginal
ejerció una influencia especialmente grande sobre los estudiantes, a los que
no sólo introdujo en la historia del arte medieval, sino también al mundo
de las ideas de Karl Marx y Max Weber. Gadamer se benefició en igual medi­
da de la ampliación del horizonte artístico y del contacto con la izquierda
política: «Richard Hamann, en Marburgo, era un discípulo de Simmel, era
alguien que pronosticaba el final de la cultura personalista. Su lección
preferida tenía el título “Cultura personalista y cultura de hechos”. Lo que
importa ya no son las personas, sino las grandes conexiones de hechos, que
la nueva situación hace necesarias. Por eso un profesor de fuerte tendencia
izquierdista era muy importante para nosotros en estos años».85
Hamann afirmaba que había llegado el final de una cultura. Se trata­
ba de la cultura del individualismo que correspondía al liberalismo occi­
dental. También para Hamann ésta se había hundido en las batallas de
materiales de la Primera Guerra Mundial. ¿Cómo se podía creer aún en
una cultura personalista después de la muerte totalmente absurda de millo­
nes de personas? El individuo ya no contaba, sólo dominaban los pode­
res objetivos «de las cosas». Desde sus premisas, Hamann estaba a favor de
este abandono de la cultura individualista, mientras que Gadamer era más
prudente a este respecto.86 Hay que señalar también que en este rechazo de
la cultura liberal individualista coincidía la ideología de la izquierda con
los tópicos del ocaso de los conservadores que buscaban una solución en
el colectivismo populista. Se decía que sólo demonios nuevos podrían sal­
var Occidente.

84. Respecto de la muy valiente actitud de Hamann en el Tercer Reich, véase


Ulrich Schneider, Widerstand und Verfolgung an der Marburger Universitàt 1933-
1945, en Dieter Kramer u. Christina Vanja, Universitàt und demokratische Bewe­
gung. Ein Lesebuch zur 450-Jahrfeier der Philipps-Universitat Marburg, Marburgo:
Verlag Arbeiterbewegung und Gesellschaftswissenschaft, 1977, pág. 241 ss.
85. SUNY-Gespràche, 3 A, pág. 3; ver Hans-Georg Gadamer on Education, Poetry
and History, pág. 136. Gadamer había conocido ya en Breslau a otro profesor mar­
xista en la persona de Siegfried Marck. En una carta a Schmied-Kowarzick del
27-3-1995 lo menciona, junto a Kühnemann, Guttmann y Honigswald, como la
figura más atractiva de su tiempo de estudiante en Breslau. Acerca de la diferencia
entre cultura personal y cultura objetiva en Simmel, ver S. Breuer, Ásthetischer Fun-
damentalismus, Darmstadt, 1995, pág. 175ss.
86. SUNY-Gespráche, 3 A, pág. 4; ver Hans-Georg Gadamer on Education,
Poetry and History, pág. 136.

127
En aquel tiempo, el teórico más lúcido era Max Weber y seguramente
no es por azar que su diagnóstico sigue siendo válido hasta el presente. De
acuerdo con Weber, la Modernidad es una época de la racionalización y
burocratización anónimas que deja sin respuesta a toda pregunta por el sen­
tido. La razón se agota en la búsqueda de medios para fines previamente
dados. Los fines mismos escapan al juicio de cualquier razón superior. Cual­
quier decisión sobre cuestiones de sentido y finalidad queda a la merced de
un irracionalismo decisionista. Como Weber constató en la famosa formu­
lación final de su discurso Wissenschaft ais Beruf([Lz ciencia como profe­
sión] 1919), la sencilla «exigencia del día» sería que «cada uno encuentre el
demonio y obedezca a aquel que sostiene los hilos de su propia vida».87
¡Como si todos los demonios fuesen iguales!
Con su obra y su persona Weber defiende al menos una orientación de
sentido: la ciencia como profesión. Pero era demasiado manifiesta la para­
doja entre su declaración de fe en la ciencia y su decisionismo. ¿Acaso la
decisión a favor de la ciencia no era tan irracional como cualquier otra? Ade­
más, ¿existía algo así como una ciencia neutral frente a los valores, como
él creía? Weber se convirtió así en figura simbólica de una ciencia con la que
la generación de Gadamer no podía identificarse plenamente. Aunque su
veredicto sobre la incansable racionalización del tiempo era cierto, una cien­
cia que flotaba libremente no era algo por lo que uno podía decidirse,
sino más bien un síntoma del ateísmo generalizado.
Fue esta cientificidad neutral ante los valores, «libremente flotante» y
corrosiva contra la que también polemizaba el georgiano Wolters. Por eso
también adoptó una posición muy crítica frente a la filosofía. A Gadamer
aún lo toleraba, tal vez porque mostraba talentos artísticos en los que le apo­
yaban su mujer y su amigo Schürer. Sin embargo, al parecer Wolters pro­
hibió a sus discípulos el trato con este compañero, de manera que el amigo
de Gadamer, Hans Anton88, sólo pudo visitarlo por la tarde, aunque
Wolters mismo mantuvo un trato amistoso con Gadamer.
En retrospectiva no resulta extraño que la tesis de Gadamer muestra
una posición tan ambigua frente a la ciencia. Esta ambigüedad era propia
a la época. La Escuela de Marburgo en torno a Cohen, Natorp y Hartmann
había ido tan lejos como podía en la lectura científica de Platón cuando qui­

87. Max Weber, Gesamtausgabe 1/17, Tubinga: Mohr Siebeck, 1992, pág. 111.
88. Ver Lorenz Jáger, «Ich gehe immer an den aufiersten Rándern. Leben
und Werk Stefan Georges», en FAZ, 27-9-1995.

128
so ver en él un precursor de las ciencias naturales matemáticas. Pero preci­
samente en Platón se podía aprender que en la sabiduría se esconde algo
más que la pura cientificidad. También el reconocimiento del no saber for­
ma parte de la herencia socrática que Platón conservó. En figuras como Max
Weber y Richard Hamann se mostraba una vez más que la ciencia pura
no podía responder a todas las preguntas. En cualquier caso, con su tem­
prana tesis de doctorado de 1922, Gadamer demostró a su padre y a sí mis­
mo que tenía capacidades científicas. Sólo un año después, el encuentro con
Heidegger, decisivo para su destino, le enseñó algo diferente. Pero hasta este
momento tuvo que enfrentarse a nuevos golpes del destino.

129
VI. Estar despierto junto al fuego nocturno

Aunque los confusos y precipitados acontecimientos de la época parecían


confirmarlo, precisamente el oasis universitario de Marburgo mostraba que
la evolución hacia una cultura puramente objetiva no era vigente en todas
partes. En sus círculos personales que todos los catedráticos mantenían y en
el trato íntimo entre profesores y estudiantes se mostraba que para la sabi­
duría y la ciencia era indispensable una formación cultural personal. Con
una solidaridad creada a partir de la precariedad material y espiritual, los
estudiantes y los profesores compartían una suerte común a todos. En estos
tiempos, Gadamer estaba muy estrechamente vinculado a Curtius y a
Hartmann, con los que también solía hacer largos paseos. Esta costumbre
quedó súbitamente interrumpida cuando enfermó de poliomielitis en agos­
to de 1922.
Acababa de entregar los cuatro ejemplares obligatorios de su tesis en
la universidad cuando en el camino de vuelta a casa se desmoronó. Aún se
esforzó para mantenerse de pie, pero sus piernas fallaron.1 Se había infec­
tado de poliomielitis, enfermedad que se había extendido en Marburgo,
pero evidentemente también en otras partes. Hoy se sabe, por ejemplo, que
Franklin Delano Roosevelt, el entonces futuro presidente de Estados Unidos,
enfermó de polio en 1921. No le impidió hacer una carrera exitosa, pero
hasta el final de su vida se silenció este hecho ante la opinión pública. A cau­
sa del peligro de contagio los enfermos de poliomielitis se convirtieron casi
en expulsados, como en otras épocas los leprosos u hoy los enfermos de sida.
Sobre todo para adultos la enfermedad podía ser mortal. Ya en 1907, se
había producido en Marburgo una epidemia de poliomielitis y, a partir de
las experiencias recogidas entonces, los médicos intentaron frenar la enfer­
medad aislando los pacientes. Estas medidas servían menos a los enfermos
que a la protección de los sanos. Así, Gadamer permaneció aislado en su

1. Ver la entrevista con Ralph Ludwig en la N D R (Radio Alemana del Nor­


te) del 9-2-1995, transcripción, pág. 1. También Natorp menciona la enfermedad
de Gadamer y el frustrado plan de ir a Freiburg como consecuencia de la misma,
en una carta del 30-11-1922 a Edmund Husserl (E. Husserl, Briefwechsel, Dor­
drecht Boston/Londres: Kluwer, 1994, tomo 5, pág. 161).

131
casa patema. La ùnica terapia que se conocía eran baños calientes y el des­
cansar acostado. Los baños aliviaban temporalmente los dolores en las arti­
culaciones, pero no tenía efectos terapéuticos. Después de la epidemia de
1907 se había hecho una clasificación de los tipos de polio en un gran libro,
que cayó en manos de Gadamer. Los distintos tipos de la enfermedad se
diferenciaban y numeraban según unos monos con los que se habían hecho
experimentos. Resultaba que el caso de Gadamer -una parálisis de las pier­
nas y las muñecas- correspondía al tipo «mono 31». El libro no explicaba
el grave peligro para la vida que este tipo significaba. Y el joven Gadamer
tal vez ni siquiera deseaba saberlo.
Durante varios meses quedó totalmente aislado y pasó el tiempo con lec­
turas que creía necesitar para su plan de ira a Friburgo. Leyó las mil pági­
nas de las Logische Untersuchungen [Investigaciones lógicas] de Husserl, pero
también a Jean Paul, al que admiraba mucho en esta época y que probable­
mente era relajante al lado de la lógica, que le resultaba extraña, aunque se
llamara «fenomenològica». En principio no podía recibir visitas y uno de los
pocos que le visitó poco antes de Navidades era Friedrich Wolters.2La madras­
tra le advirtió del peligro de contagio, pero con su fuerte voluntad, este hom­
bre no se dejó disuadir. Le regaló al enfermo el libro de Erich Wolff y Cari
Petersen sobre Das Schicksal der Musik. Von der Antike zur Gegenwart ([El
destino de la música. De la antigüedad al presente] Breslau, 1923). La obra,
escrita en el espíritu del círculo de George y dedicada a Wolters mismo, es
menos interesante que la dedicatoria de Wolters a Gadamer:

Necio es aquel que es tan atrevido


que envía el espíritu fuera del círculo,
y más necio aún es
quien se apena y da vueltas con el pensamiento para conocer su origen
y del todo insensato,
quien quiere conocer sus pensamientos más profundos.
Relato XXIX Navidad antigua 1922 F.W.3

2. Ver PL, pág. 17.


3. La cita fue tomada de una colección medieval de breves narraciones italia­
nas que gozaba de gran consideración en el círculo de George. Die Erzahlungen aus
den mittlem Zeiten. Die erste deutsche Übersetzung des «Novellino» aus den Kreisen
der Fruchtbringenden Gesellschaft und der Tugendlichen Gesellschajt [sic], comp,
por Ulrich Seelbach, Stuttgart: Anton Hiersemann, 1985. Se cita aquí la inscrip­
ción manuscrita de Wolters en el ejemplar de Gadamer.

132
Con toda la simpatia por la suerte de su protegido, esta dedicatoria de
Wolters resulta ser una advertencia contra sus inclinaciones filosóficas.
Presumiblemente esperaba disuadirle de la filosofía precisamente en un tiem­
po de gran apremio. ¿Podría la enfermedad convencer a Gadamer final­
mente del carácter absurdo de los juegos conceptuales de la filosofía?
Puesto que acababa de terminar su doctorado, tenía sin duda mucho
tiempo para reflexionar sobre su futuro, si es que le esperaba alguno.
Nicolai Hartmann, que poco antes había ocupado la cátedra de Natorp en
Marburgo, le había prometido una rápida titulación como catedrático. Con
este propósito Gadamer habría logrado seguramente presentar un trabajo
satisfactorio sobre la ética aristotélica o platónica plenamente dentro del
espíritu de la ética material de los valores. Sin embargo, un regalo de Natorp
le había abierto entretanto una perspectiva nueva. En su búsqueda de alguien
que pudiera ocupar la plaza de Nicolai Hartmann había oído grandes elo­
gios sobre el joven asistente de Husserl, Martin Heidegger. Este profesor,
que ya gozaba de cierta fama, no había publicado casi nada desde su tesis
de catedrático en 1916. Natorp llegó a saber que Heidegger estaba traba­
jando en una obra voluminosa sobre Aristóteles que tenía que aparecer en
el volumen 7 del Jahrbuch fu r Philosophie undphànomenologische Forschung
[Anuario para filosofía e investigación fenomenològica] de Husserl (es decir,
en 1923).4 Por eso le pidió un resumen de las líneas principales de su inter­
pretación prevista (entretanto este resumen fue casualmente reencontra­
do y bajo el título de «Natorp-Bericht» [Informe a Natorp] los investiga­
dores le prestaron mucha atención por tratarse de un testimonio elocuente
del pensamiento heideggeriano temprano). El manuscrito encantó a Natorp
y por eso hizo los trámites para que se le propusiera a Heidegger venir a
Marburgo. Éste aceptó en verano de 1923 y comenzó su docencia en el
semestre de invierno 1923-1924. El manuscrito fue redactado en septiem­
bre u octubre de 1922. Por simpatía hacia su discípulo enfermo, cuya tesis
sobre Platón le había agradado, pero también en espera de que dentro de
pocos meses Heidegger publicaría en forma acabada el resultado de sus
investigaciones sobre Aristóteles en el Jahrbuch de Husserl, Natorp dejó
el manuscrito en manos de Gadamer. Le dejó profundamente conmocio­

4. Ver Hans-Ulrich Lessing, Colofón del compilador en: «Martin Heidegger,


Phànomenologische Interpretationen zu Aristóteles. Anzeige der hermeneutischen
Situation», en Dilthey-Jahrbuch 6 (1989), pág. 271.

133
nado y no era casualidad que el texto le recordaba los versos de George.
Además de la dicción osada y sin compromiso, le impresionó sobre todo la
conexión con el pensamiento de los griegos, que aquí volvían a hablar de
una manera insólitamente directa. ¡Tan presentes, y al mismo tiempo orien­
tadores podían ser los griegos para la filosofía actual! En cambio, no se
dio cuenta o sólo muy vagamente de que los griegos que Heidegger esta­
ba conjurando habían sido tanto una imagen contrapuesta como un mode­
lo de su propio trabajo. Estaba entusiasmado del atrevimiento con el que
Heidegger destruía las categorías anquilosadas de la filosofía idealista que
mantenían presos a todos sus maestros neokantianos, incluso a Nicolai
Hartmann. La crítica a la insuficiencia de la filosofía académica, que él y
toda su época percibían, encontraba ahora en Heidegger un portavoz pode­
roso. Aquí se ofrecía finalmente aquella objetividad y fenomenología que
en los otros seguían siendo sólo palabras vacías.
Gadamer tomó en aquel momento la decisión de ir lo antes posible a
Friburgo, es decir, tan pronto como sus fuerzas se lo permitirían. Así lo
comunicó a Heidegger en una carta del 27 de septiembre de 1922.5 Éste
le respondió en una postal diciendo cuánto lamentaba su suerte y que le
deseaba una buena recuperación. Quería consolarle con el anuncio de una
pronta publicación sobre Aristóteles, cuyo plan también esbozó breve­
mente. Pero finalmente no lo llevó a cabo.6 La convalecencia de Gadamer
fue preocupante por su lentitud. Seguía estando muy delgado. Fue en ese
momento que Nicolai Hartmann se ocupó de él de manera drástica. Se
había dado cuenta de que las artes culinarias de su madrastra no favore­
cían en absoluto la convalecencia de Gadamer. Ella no tenía realmente
muchos conocimientos de cocina, puesto que en los años de Breslau no
tuvo que preocuparse de las tareas del hogar ni de la comida. Pero en

5. La carta [archivo pòstumo de Heidegger del DLA, n° 75.6837/1] dice:


«Estimado profesor: el doctor Strauss le ha comunicado mi intención de estu­
diar en Friburgo en el semestre de invierno. Por esa razón, quisiera notificarle que
una grave enfermedad (poliomielitis) me impedirá mudarme a Friburgo antes de
marzo de 1923. Siendo que mi inquietud inmediata se orienta hacia Aristóteles,
debo lamentar especialmente la pérdida de este próximo invierno, pero abrigo la
egoísta esperanza de poder ir al encuentro de Aristóteles en su seminario en el vera­
no o en el invierno de 1923, o bien de encontrar en usted el apoyo para mi estu­
dio. De V. attmo. Hans-Georg Gadamer.»
6 .G W 3 , 286.

134
Marburgo, debido a los efectos de la crisis econòmica no se podía tener
sirvientas.
Hartmann y sobre todo su esposa, que tenía mucha simpatía por Hans-
Georg Gadamer, comprendían las dificultades de la convalecencia. Si
Gadamer quería recuperar sus fuerzas, tenía que abandonar la casa paterna.
Consideraban que lo mejor sería el matrimonio. Frida Kratz, que le cono­
cía desde Breslau, había cuidado a Gadamer con mucho cariño durante toda
su enfermedad. A sus veinticinco años, ya era tiempo de casarse. Hans-Georg
con sus veintitrés años era algo joven, pero el matrimonio podía ayudar a
que se recuperara. Hartmann visitó primero a los médicos para exponer
su plan. La idea les parecía buena y sólo faltaba convencer al padre. Hartmann
era un profesor muy apreciado y considerado, y después de cierta vacilación
inicial, Johannes Gadamer aprobó su consejo. Hacía poco que su hijo se
había doctorado mostrando así su independencia y por eso también podría
casarse. Nicolai Hartmann organizó la boda de Gadamer y Frida Kratz para
el 20 de abril, el aniversario de la boda del los padres de la novia.7Al pare­
cer, Gadamer aceptó todo esto con una pasividad casi total.8Aunque todas
estas atenciones le conmovían, lo principal era tal vez la liberación de la casa
paterna, que había deseado tanto tiempo.
Poco después comenzó la vida común de la pareja en Friburgo. Aunque
Marburgo era una fortaleza de la filosofía, no se podía negar la impresión
de que Friburgo estaba a punto de superarla en categoría. Allí enseñaban
figuras como Edmund Husserl, Richard Kroner, Martin Heidegger y Julius
Ebbinghaus. Gadamer se trasladó allí no sólo por Heidegger. No hay que

7. Hans Carl Kratz (13-9-1865 - 12-8-1934), director de una fábrica, había


contraído matrimonio con Johanna Hofmeister (4-6-1870 - 16-9-1934), de con­
fesión evangélica como él, el 20-4-1897. Su hija Frida Kratz nació el 29-1-1898
(datos tomados de la PA de Gadamer en UAL).
8. Respecto de su casamiento véanse las alusiones indirectas en la entrevista
con Ralph Ludwig del 9-2-1995, transcripción, pág. 2: «Volvamos ahora al momento
en que estaba nuevamente en condiciones de viajar. Justamente en ese momento aca­
baba de contraer matrimonio. Mis amigos -sobre todo Nicolai Hartmann, el filó­
sofo—consideraban como muy positivo que yo estuviese un poco atendido. Partí,
entonces, hacia Friburgo. Vivimos allá, donde yo tenía también un bien amigo de
mi primera mujer, y así fue como empezamos en Friburgo.» ¿Es cierta la versión de
la actitud pasiva de Gadamer? Es difícil de afirmar, pero no puede excluirse que el
hecho de que más tarde el matrimonio se separara haya llevado a que se grabara
en la memoria su carácter ocasional. La memoria es siempre selectiva.

135
olvidar que Hartmann le había recomendado a Richard Kroner, quien era,
además, el candidato de Hartmann para su plaza en Marburgo, que luego
sería ofrecida a Heidegger. Kroner se había hecho famoso con la publica­
ción del primer volumen de su obra de referencia Von Kant bis Hegel ([De
Kant a Hegel] 1921; vol. 2: 1924). El giro histórico de Kant a Hegel tenía
también un acento actual, porque el sentimiento de la época se iba ale­
jando de Kant, cuyo formalismo y orientación científica ya no bastaban a
la juventud desilusionada. En el empuje a la acción de Fichte, en la con­
juración de lo inmemorial y en la concepción omniabarcadora de Hegel
del espíritu de la historia se podían encontrar modelos románticos de lo
que tenía que venir después de Kant. Kroner fomentaba así el renacimien­
to del idealismo alemán, en el que también trabajaban autores surgidos
de la Escuela de Marburgo como Nicolai Hartmann y Ernst Cassirer. Cuando
Hartmann recomendó su protegido a Kroner, tal vez también quería poner
a Gadamer en guardia ante el carrerista Heidegger. Pese a la admiración por
el talento que mostraba el «Informe a Natorp», Hartmann intuía tal vez
que la destrucción heideggeriana de la filosofía de Aristóteles también apun­
taba a los pilares fundamentales de la teoría del conocimiento. Kroner esta­
ba muy ilusionado con la perspectiva de ocupar la plaza de Marburgo. Al
parecer le causó una profunda decepción cuando se enteró en la tercera
semana de julio del nombramiento de Heidegger. En un principio, por sen­
tirse aún como discípulo de Hartmann, Gadamer formaba parte del peque­
ño grupo en torno a Kroner, que constituía una especie de oposición a los
arrogantes seguidores de Heidegger. Así, Gadamer se encontraba todos los
miércoles en casa de Kroner con Fiodor Stepun y trabó una íntima amis­
tad con ambos.9 En 1934, cuando Kroner fue suspendido de su cátedra en
Kiel y Gadamer la ocupó como suplente, quedó probada la antigua amis­
tad entre ambos.
El más conocido y prestigioso filósofo de Friburgo, Edmund Husserl,
no era el que más atraía en estos años. Como lo impone la despiadada injus­
ticia de la sucesión generacional, en Friburgo se «creía» generalmente que
estaba superado por su discípulo Heidegger, quien se presentaba con ade­
manes de una seguridad cada vez mayor de sí mismo. Aunque Heidegger
participaba regularmente en los ejercicios de Husserl e insistía en su con­

9. PL. pág. 31 y «Erinnerungen an Richard Kroner», en FAZ, 3-12-1977,


n° 281, Bilder undZeiten, pág. 6.

136
dición de discípulo, a menudo hizo comentarios de burla cáustica sobre «el
viejo», como lo llamaba en privado.10 Se comprende que Husserl se sintió
traicionado cuando, mucho más tarde, se enteró de ello.11
De todos modos, los estudiantes podían asistir a las clases de Husserl y
convencerse de la enorme diferencia de edad y temperamento. Sólo el rótu­
lo de «fenomenología» parecía unir a Husserl y Heidegger. Puesto que aún
no existían publicaciones importantes de Heidegger (y relativamente pocas
de Husserl), los estudiantes hicieron conjeturas sobre el lazo misterioso que
debía esconderse detrás de dicho rótulo. Husserl defendía una fenomeno­
logía de la conciencia con fuertes reminiscencias idealistas que se orientaba
por el modelo de una ciencia puramente ideal y casi euclidiana, mientras
que Heidegger proclamaba una fenomenología de la existencia histórica que
se distanciaba de este idealismo de la conciencia. La fidelidad de Heidegger
a Husserl, si es que existía, consistía únicamente en su propósito de una
vuelta a las cosas reales mismas. Para él, lo antifenomenológico era la con­

10. Ver, por ejemplo, el juicio que tenía Heidegger en aquel momento sobre
la convocatoria de Husserl a Berlín, en una carta a Jaspers fechada el 14-7-1923:
Husserl «se comporta peor que un docente privado que confunde la condición de
profesor ordinario con la beatitud eterna. Lo que acontece está oculto por el humo.
Al principio, se siente como preceptor germanici. Husserl está totalmente desarma­
do -si es que alguna vez ha estado “armado”, lo cual me ha resultado cada vez más
dudoso en los últimos tiempos. Va de un lado a otro y dice trivialidades al punto
de despertar compasión. Lo anima la misión de “fundador de la fenomenología”.
Nadie sabe de qué se trata. El que esté aquí por un semestre sabe lo que aquí suce­
de, comienza a sospechar que la gente ya no lo sigue. Él piensa, por supuesto, que
lo suyo es muy difícil. Obviamente, nadie entiende una “matemática de lo ético”
(¡la última novedad!). Aunque él esté más adelantado que Heidegger, de quien dice
ahora: claro, él tuvo que dar clases ya mismo y no pudo asistir a las mías; si no, esta­
ría más adelantado. Eso pretende hoy, en Berlín, redimir el mundo.»
11. Ver la carta de Edmund Husserl a Alexander Pfànder del 6-1-1931 (E. Hus­
serl, Briejwechsel, Dordrecht/Boston/Londres: Kluwer, 1994, tomo 2, pág. 182):
«Hago mención, además, de que ya se me había advertido muy a menudo al res­
pecto: la fenomenología de Heidegger es algo totalmente distinto que la mía; sus
cursos académicos, así como su libro, en lugar de constituir una prosecución de mi
trabajo científico, están, en cambio, dirigidos a desacreditarlo en lo más esencial,
sea a través de ataques abiertos o escondidos. Cuando le dije amigablemente esto
mismo a Heidegger, este sólo rió y dijo: ¡Tonterías!» A propósito del creciente dis-
tanciamiento científico y personal de Husserl frente a Heidegger, véase Hugo Ott,
Edmund Husserl und die Universitàt Freiburg, Friburgo/Múnich: Alber, 1988,
pág. 95-102.

137
ciencia idealista. La idea husserliana de la filosofía como ciencia rigurosa
fue puesta en práctica, a su manera, también por Heidegger, pero el rigor
sólo consistía en exponerse sin ilusiones al mundo histórico. Lo único que
ambos fenomenólogos parecían tener en común era el acercamiento a las
cosas mismas y el planteamiento de preguntas radicales.
En el semestre de verano de 1923, Husserl estaba excepcionalmente
algo menos ocupado con la preparación de sus propias clases. Normalmente
solía tratar en sus lecciones los últimos avances de su fenomenología, pero
en aquel semestre se conformó con la repetición de sus lecciones del semes­
tre de invierno de 1920-1921 sobre Lógica trascendental (un tema con el
que mostró a Gadamer que estaba más que nunca entregado a ese idealis­
mo sospechoso). La razón de la repetición de estas lecciones era que Husserl
había recibido la oferta de enseñar en la Universidad de Berlín, un honor
que le convenció del creciente reconocimiento de su orientación fenome­
nològica y que reforzó su conciencia de sí mismo como misionero.12 No
pudo sospechar que sería su joven ayudante Martin Heidegger quien más
duramente cuestionaría su enfoque. En Friburgo, Heidegger era discreto
con su crítica por razones tácticas, pero su primera lección en Marburgo,
en el semestre de invierno de 1923-1924, comenzó con un ataque al carác­
ter antifenomenológico de la fenomenología de Husserl.13
Evidentemente, para Husserl, Gadamer no era más que un estudiante
entre otros de Marburgo, quien asistía a sus clases para hacer el honor debi­
do a la fenomenología. De su maestro Brentano había adoptado cierta aver­
sión contra Kant,14 pero tenía una simpatía especial por Natorp. En una

12. Debo agradecer estos datos al profesor doctor Karl Schuhmann (Utrecht).
Husserl rechazó la convocatoria a Berlín el 1-8-1923 (Hugo Ott, Edmund Husserl
und die phànomenologische Forschung, Freiburg/Múnich: Alber, 1988, pág. 98). El
tema del seminario de Husserl en el semestre de verano de 1923 fue «Was ist Wis-
senschaft, was ihr Ziel? Inwiefern ist sie selbstgeniigsam?» [«¿Qué es ciencia? ¿Cuál
es su objetivo? ¿En qué medida es ella autosuficiente?»].
13. Ver el curso de Heidegger de ese semestre de invierno de 1923-1924: Ein-
fuhrungin die phànomenologische Forschung, GA 17, Frankfurt a.M.: Klostermann,
1994.
14. Esta tendencia crítica frente a Kant queda especialmente de manifiesto has­
ta en los trabajos que se confeccionaron en aquel tiempo con ocasión del año
jubilar de 1924. Ver «Kant und die Transzendentalphilosophie» (conferencia con
ocasión de la celebración conmemorativa de Kant en la Universidad de Friburgo el
1-5-1924, prevista para la revista Jahrbuch Jìir Phànomenologie undphanomenolo-

138
reseña famosa en la revista Logos, Natorp había sido el primer neokantia­
no que valoró positivamente la contribución de las Ideas de Husserl a la filo­
sofía trascendental.15 Por eso, Husserl saludó a Gadamer como un bienve­
nido delegado de la Escuela de Marburgo, que respaldaba su siempre frágil
confianza en sí mismo. Aunque en su época de Friburgo Husserl estaba muy
convencido de la firmeza inquebrantable de su fenomenología, también le
atormentaban mucho las dudas de sí mismo. En parte se debían a la lenta
recepción de su filosofía, pero en parte también a su preocupación de si esta­
ba realmente a la altura de la tarea filosófica que le correspondía.16
Gadamer vio en Husserl inmediatamente al típico erudito de estilo gui-
llermino, con su cuello duro y su cadena de oro del reloj, tal como lo dic­
taba la moda, que tenía que recordarle el mundo de su padre.17A Husserl
le parecía muy bien que Gadamer quería trabajar sobre Aristóteles, ya que
su discípulo Heidegger le había convencido de que Aristóteles habría sido
el primer fenomenólogo. A fin de cuentas, el manuscrito en que Heidegger
estaba trabajando anunciaba «Interpretaciones fenomenológicas de Aristóte­
les». Husserl no pudo saber que Heidegger opondría en este trabajo la pro­
ximidad al fenómeno de Aristóteles a la abstracción de su fenomenología
de la conciencia. Frente a la primacía de la conciencia teórica defendida por
Husserl, se trataba de volver, con ayuda de Aristóteles, a la existencia huma­
na fáctica y en primer lugar «preocupada».

gische Forschung, pero cuya publicación no se concretó, en Edmund Husserl, Gesam-


melte Werke, Husserliana tomo 7: Erste Philosophie (1923-1924). Erster Teil.
Kritische Ideengeschichte, compilado por Rudolf Boehm, Haag: Martinus Nijhoff,
1956, pág. 230-287 (véanse también los anexos de crítica a Kant, ibidem 350-412).
15. Paul Natorp, Husserls «Ideen zur reinen Phanomenologie», en Logos, 7
(1917-1918), pág. 224-246; repr. en Noack (comp.), Husserl, Darmstadt: Wissens-
chaftliche Buchgesellschaft, 1973, pág. 36-60.
16. Véase la carta de Husserl a Pfânder fechada el 6-1-1931 (op. cit., pág. 189):
« [En los años en Friburgo] se incrementaba cada vez más la preocupación acerca de
si en mi vejez podría llevar a término por mí mismo lo que se me había confiado.
El apasionado trabajo me llevó a reiteradas recaídas y depresiones. Al fin sólo que­
dó un sentimiento fundamental de depresión, una confianza en mí mismo en
grado peligrosamente bajo.» Husserl quiere explicar también de la siguiente mane­
ra por qué había depositado tantas esperanzas en el genio y la juventud de Heidegger:
«Yo me aferré a mi exaltada idea acerca de su genialidad; casi estaba interiormente
convencido de que le estaba confiado el futuro de la filosofía fenomenològica y de
que no solamente me heredaría, sino que me superaría.»
17. PL, pág. 30.

139
En el semestre de verano de 1923, en Friburgo no se notaba mucho
entusiasmo por Husserl. Sus lecciones, carentes de fuerza demoníaca, tení­
an lugar en un aula lleno hasta la mitad, donde con su «encantadora inge­
nuidad» a Gadamer y a su amigo Fiodor Stepun les daba la impresión de
un «relojero enloquecido».18Esta comparación alude al hecho de que el pen­
samiento de Husserl avanzaba dentro de su propia lógica sin dejarse moles­
tar por el mundo exterior o el apremio del tiempo. Como enseñaba Husserl,
había que «desconectar» en cierta medida la posición natural ante el mun­
do para entregarse a la intuición ideal de los entes fenomenológicos. Pero
los estudiantes tenían que preguntarse si era una fenomenología buena la
que se desconectaba de esa manera del mundo y que al mismo tiempo defen­
día una vuelta a las cosas mismas. Además, Husserl se parecía demasiado a
los neokantianos, de los que pretendía distanciarse.
Sólo Heidegger, el «rey secreto» -¿o, acaso, un Brutus?- acabaría por
ponerlo de manifiesto. El primer encuentro con Heidegger fue algo decep­
cionante para Gadamer. Entre ambos ya existía un contacto por corres­
pondencia. Cuando se acercó al despacho de Heidegger para presentarse
personalmente, escuchó voces detrás de la puerta y de momento se quedó
parado. Alguien salió y en el interior sólo quedó un hombre bajito. Es
una lástima, pensó Gadamer, alguien sigue allí dentro. Como tenía su
idea del «gran Heidegger», se quedó esperando un rato más hasta que se dio
cuenta de que ya no oía ninguna voz en el despacho. Llamó a la puerta y
resultaba que el hombre bajito era el gran Heidegger. Su importancia sólo
la reconoció en su mirada, en la que encontró una fantasía infinitamente
mayor que jamás había visto en los severos ojos de un erudito.19
La primera conversación giraba en torno a la salud de Gadamer y sus
trabajos, pero también hablaron de sus profesores más importantes de la
Universidad de Marburgo, con los que Heidegger se carteaba en aquellos
momentos en espera de ser llamado allí. El hombre de la Selva Negra, que
nunca había estudiado o enseñado en otro lugar que Friburgo, seguramente
habrá preguntado con mucha curiosidad por la situación en Marburgo. Con
una sonrisa secreta escucharía que Hartmann había enviado a Gadamer

18. Véanse los recuerdos de H G G en Hans Reiner Sepp (comp.), Edmund Hus­
serl und diephanomenologische Bewegung, Friburgo/Múnich: Alber, 1988, pág. 14,
así como también PL, pág. 31.
19. Ver GW 10, 4 y la entrevista con Ralph Ludwig en la N D R [Radio Ale­
mana del Norte] el 9-2-1995, transcripción, pág. 2.

140
para estudiar con Kroner. Aunque éste había escrito un gran libro en 1921,
el éxito como docente lo tenía él.20 Del voluminoso libro de Kroner sólo se
burlaba: «Le dará vergüenza toda su vida», dijo a Gadamer.21 Envió al recién
llegado a su amigo Ebbinghaus, porque estaba totalmente convencido de
que la obra de Kroner desaparecería «del mapa», tan pronto como saldría el
libro de Ebbinghaus (quien venía, como también Kroner, de Breslau22) so­
bre el mismo tema.23Pero no llegó a publicarlo. Igual que Heidegger, Julius
Ebbinghaus se había pasado de Rickert a Husserl cuando Rickert sucedió a
su maestro Windelband en 1916. El alto aprecio de Heidegger por los lo­
gros filosóficos de Ebbinghaus se basaba en su tesis de obtención del grado
de catedrático, aceptada por Husserl en 1919 (pero a la que en realidad leyó
y evaluó su ayudante Heidegger), sobre Die Grundlagen der Hegelschen
Philosophie [Los fundamentos de la filosofía hegeliana]. Estaba previsto que
este trabajo aparecería publicado por la editorial Niemeyer, pero Ebbing­
haus lo retiró cuando aún estaba en composición porque en 1923 su autor
se había convencido repentinamente de «la absurdidad de la especulación
postkantiana de Fichte a Hegel»24 y se convirtió al kantianismo. Así, de mo­
mento, el libro de referencia segura sobre la evolución De Kant a Hegel con­
tinuaría siendo el de Kroner.
En el semestre de verano de 1923, Gadamer asistió a todos los cursos
de Heidegger, que no eran pocos, según él, en total cinco. Aparte de las asig­
naturas obligatorias sobre ontologia (Hermenéutica de la facticidad) y el

20. Ver «Erinnerungen an Richard Kroner», en FAZ, 3-12-1977, n° 281, Bil-


der und Zeiten, pág. 6.
21. A propósito del juicio que Heidegger tenía en aquel tiempo sobre Kroner
ver también las cartas a Jaspers del 19-11-1922 («él es el “más viejo”, y, sobre
todo, el mucho papel») y del 14-7-1923 («En enero [Kroner] mismo viajó a Berlín
y se quejó allá en todas partes, y después hasta se ofreció en Marburgo en persona.
Nunca había encontrado semejante miserabilidad en una persona. Actualmente
se hace compadecer como una vieja; el único beneficio que se le podría hacer hoy
sería retirarle la venia legendi.»)
22. Ambos provenían también del Instituto Magdalenum, donde Richard
Kroner había aprobado su bachillerato dos años antes que Ebbinghaus (ver J.
Ebbinghaus, en PSd III, pág. 15). También fueron amigos en Friburgo, por lo cual
se formó una pequeña comunidad de Breslau en Freiburg en la que Gadamer pudo
integrarse.
23. PL, pág. 32.
24.Ver J. Ebbinghaus, en PSd III, pág. 28.

141
seminario sobre el libro VI de la Ética a Nicómaco, Heidegger dirigía, por
encargo de Husserl, el seminario de éste sobre las Logische Untersuchungen
[Investigaciones lógicas] y otro más sobre Aristóteles.25 Además, Gadamer
asistió a un seminario dirigido conjuntamente por Heidegger y Ebbinghaus
dedicado al escrito de Kant sobre la religión, del que lamentablemente sólo
quedan pocos testimonios. En él, Gadamer tuvo ocasión de percibir «la
urgencia interior del problema de la religión y de la teología» en el pensa­
miento de Heidegger.26Tenía un papel muy importante en la evolución per­
sonal y filosófica del joven Heidegger, quien originariamente había sido can­
didato al sacerdocio y más tarde, en Friburgo, era uno de los aspirantes a la
cátedra católica de Concordancia de la Facultad de filosofía.27 Sin embar­
go, en una carta famosa al sacerdote y amigo Engelbert Krebs del enero de
1919, había declarado de manera dramática que «las enseñanzas de la teo­
ría del conocimiento y, por extensión, la teoría del conocimiento histórico»
le habían «hecho problemático e inaceptable el sistema del catolicismo
[... ] aunque no el cristianismo y la metafísica», si bien entendía «éstas en
un sentido nuevo».28 Esta búsqueda de un «nuevo sentido» del cristianismo
determinaría durante muchos años las investigaciones de Heidegger. Según
parece estaba trabajando en una fenomenología de la religión, de la que no
estaba claro y ni siquiera seguro para él mismo en qué medida era reconci­
liable con la fe cristiana.29 En todo caso, Husserl formaba parte de los que
esperaban de Heidegger una integración de la vida religiosa en el campo de
trabajo de la fenomenología.
La cuestión de la dimensión religiosa en el pensamiento de Heidegger
es, sin duda, demasiado compleja para llevarla aquí a una aclaración defi-

25. Nos atenemos aquí, con todo cuidado, a GW 10, 4. En el índice de cursos
de Freiburg se anuncian solamente tres actividades docentes: el curso de ontologia,
los ejercicios de fenomenología para principiantes y el coloquio con Ebbinghaus. Por
esa razón, Kisiel piensa que el otro seminario sobre Aristóteles tuvo lugar, tal vez, fue­
ra del marco académico (T. Kisiel, op. cit., pág. 557). Véase también la comunica­
ción de Heidegger a Jaspers del 14-7-1923, según la cual él tendría en ese semestre
un curso y tres seminarios (¿se cuenta entre ellos el seminario común sobre religión?).
26. GW 10, 7.
27. Ver Hugo Ott, M artin Heidegger. Unterwegs zu seiner Biographie, Frankfurt
a.M.: Campus Verlag, 1988.
28. Citado en Hugo Ott (1988), pág. 106s.
29. Ver M. Heidegger, Phdnomenologie des religidsen Lebens, GA 60, Frankfurt
a.M.: Klostermann, 1995.

142
nitiva. Sin embargo, es ineludible en este contexto porque causó una impre­
sión muy fuerte a Gadamer. Como ningún otro, la consideraba como el
punto de anclaje secreto de todo el pensamiento y toda la búsqueda de
Heidegger, aunque esto sólo quedó manifiesto en los ensayos que escribió
después de su muerte. Por lo visto tenía reparos en dejar testimonio de su
intuición del núcleo religioso de los esfuerzos de reflexión heideggerianos
mientras él vivía. Su discurso conmemorativo de diciembre de 1976, des­
pués de la muerte de Heidegger, llevaba directamente el título: «Su espíri­
tu Dios». También en años posteriores escribió numerosos artículos sobre
el mismo tema, especialmente «La dimensión religiosa en Heidegger» (1981),
que publicó en 1983 junto con otros ensayos en su libro Heideggers Wege
([Los caminos de Heidegger] 1983). El reencontrado «Informe a Natorp»,
que Gadamer consideraba como lo más grandioso que Heidegger jamás
escribió, lo caracterizó en 1989, en analogía con el redescubrimiento del
joven Hegel por parte de Dilthey, como «El escrito teológico de juventud de
Heidegger». No todos estarán de acuerdo en que la cuestión teológica era
lo predominante en este texto, pero para los que habían asistido a las lec­
ciones tempranas de Heidegger no cabía duda alguna sobre ello. Aún en
una carta de 1921 a su discípulo Lowith, Heidegger se había calificado como
«teólogo cristiano».30 Para estos compañeros de los primeros tiempos, toda
su vida siguió siendo uno que buscaba a Dios, como lo insinuaba Bernhard
Welte en su discurso funerario a Heidegger.31 Sin embargo, el Dios al que
buscaba no pudo encontrarlo en el edificio dogmático de la Iglesia católi­
ca. El «sistema del catolicismo» (según su formulación reveladora de 1919)
debía parecerle como una enajenación greco-romana y escolástica de la expe­
riencia cristiana originaria de la indisponibilidad existencial, con lo que se
solidarizaba tácitamente con la famosa tesis del teólogo liberal Hartnack.

30. Carta a Karl Lowith del 19-8-1921 («Drei Briefe Martin Heideggers an
Karl Lowith», en Zurphilosophischen Aktualitàt Heideggers, tomo II: Im Gespràch
der Zeit, с о т р . por D. Papenfuss у О. Pòggeler, Frankfurt a.M.: Klostermann,
1990, pág. 29).
31. Bernhard Welte, «Suchen und Finden». Ansprache zur Beisetzung am
28-5-1976, en Erinnerungen an M artin Heidegger, со тр . por Günther Neske, Pfu-
llingen: Neske, 1977, pág. 253-256. Más addante, Gadamer no dudaría en atri­
buir el compromiso nacionalsocialista de Heidegger a su «condición de buscador
de Dios a lo largo de toda su vida» (véase la conversación en el Gadamer-Lesebuch,
Tubinga: Mohr Siebeck, 1997, pág. 293).

143
Por eso, en su monólogo religioso, Heidegger insistía en una vuelta a las
fuentes de la experiencia cristiana originaria de san Pablo, san Agustín, pero
también Lutero, Melanchton y Kierkegaard. Pero la voz adecuada para esta
experiencia de lo divino sólo la encontró más tarde en Hôlderlin. En todo
caso fue así como Gadamer entendió el camino «teológico» del pensamiento
de Heidegger.
En el prefacio a sus lecciones del semestre de verano de 1923, Heidegger
confesaba estas inspiraciones extrafilosóficas: «Compañero en la búsqueda
era el joven Lutero y modelo era Aristóteles, al que el primero había odiado.
Impulsos dio Kierkegaard, y Husserl me dio los ojos. Esto para aquellos que
sólo “comprenden” algo cuando lo han contabilizado según influencias his­
tóricas, la pseudocomprensión de la curiosidad afanosa, es decir, el volver
la espalda a lo que sólo importa decisivamente. A estos hay que facilitar
en lo posible su “tendencia de comprensión”, para que perezcan por sí mis­
mos. No se puede esperar nada de ellos».32 Por cierto que en su seminario
Heidegger no expuso el contenido de este prefacio, de modo que parece que
sólo se trataba de una definición autobiográfica de su posición. Pero en esta
época, Heidegger comenzó a distanciarse también públicamente de sus
comienzos teológicos, que a sus primeros oyentes, como Karl Lowith y
Gadamer, aún les parecieron tan evidentes. El distanciamiento se intensifi­
có en Marburgo. Por un lado sabía que allí era conocido y sospechoso como
«filósofo católico», pero también sintió la vocación de un filósofo sui gene­
ris, entre otras razones por el éxito de su enseñanza. Por eso, en Marburgo
lo más importante era dedicarse en primer lugar a la gran tradición filosó­
fica (de Platón y Aristóteles a Kant y Husserl), mientras que las motiva­
ciones teológicas parecían pasar a un segundo término. Aunque en Mar-
burgo se produjo una colaboración fecunda con Rudolf Bultmann, Heidegger
se comportaba como el filósofo que estaba al margen y que sólo pretendía
recordar a la teología cuáles eran sus propias tareas. Bultmann estaba tan
impresionado de esta actitud que creía encontrar en el análisis existencial
de E l ser y el tiempo una descripción puramente neutral de la culpabilidad
humana, para la que la teología podría ser una respuesta. A él le parecía
menos evidente que a los filósofos la eventualidad de que Heidegger habría
prestado sus análisis filosóficos al respecto en primer lugar a la teología. Esto
muestra con cuanto éxito Heidegger logró simular el distanciamiento de
sus planteamientos teológicos.

32. GA 63, pág. 5.

144
En este sentido, tampoco quiso que se publicaran sus lecciones más
tempranas sobre la hermenéutica de la vida religiosa en sus obras comple­
tas, porque su camino sólo debía poder seguirse a partir de las lecciones
de Marburgo del semestre de invierno de 1923-1924, cuando había alcan­
zado el grado de catedrático y pudo presentarse con la seguridad personal
correspondiente.33 Puesto que estas lecciones constituyen una aclaración
imprescindible de sus orígenes, los administradores de su legado no pudie­
ron dejar de publicarlas (contra su voluntad) y la posteridad debe agrade­
cérselo. Heidegger mismo pretendió, al parecer, dar un estilo inmanente­
mente filosófico al camino de su pensamiento que se orientaba hacia una
única estrella: la pregunta por el ser.
Una huella, tal vez incluso la primera, de esta pregunta por el ser apare­
ció en sus lecciones del semestre intercalado de 1923, anunciadas bajo el tí­
tulo «Ontologia». Pero, ¡qué ontologia ofrecía en ellas! Con la ontologia que
había recuperado su prestigio en los años veinte tenía bien poco que ver. Una
vuelta semejante a la ontologia se había producido ya con Nicolai
Hartmann, pero su intención había sido rehabilitar el ser objetivo del objeto
del conocimiento. En cambio, el ser que Heidegger comenzó a conjurar aho­
ra era la existencia (ser-ahí) humana, que siempre entiende su ser (pero que
también lo esconde y disimula). Esta autorreferencia de la existencia (ser-
ahí) que se entiende y se preocupa por sí misma era el tema de su ontologia
que se llamaba consecuentemente «hermenéutica». En el mencionado se­
mestre, Heidegger tenía el plan de dar un curso sobre «Lógica». Pero cuando
se enteró de que otro colega de Friburgo también anunció un curso sobre ló­
gica, cambió su decisión: «Pues, entonces, ontologia».34 En la primera clase,
dio un título más preciso al curso: «Hermenéutica de la facticidad». Entre el
anuncio del curso y la primera clase, Heidegger se habrá convencido, por
tanto, de lo penetrante que la hermenéutica era para sus propósitos. Esto
puede revelar también la influencia de los escritos tardíos de Dilthey,35 que

33. Heidegger mismo había despertado el interés por los cursos que había dic­
tado anteriormente en Freiburg al hacer alusión, en Sein und Zeit [El ser y el tiem­
po] (72), a sus cursos sobre el análisis del mundo circundante y sobre la «Hermeneutik
der Faktizitdt» [«Hermenéutica de la facticidad»].
34. Ver el colofón de la compiladora para M. Heidegger, GA 63, pág. 113.
35. Theodor Kisiel, The Genesis o f Heidegger's Being and Time, Berkeley: The
University o f California Press, 1993, ha procurado demostrar que la elección que
Heidegger hiciera de sus fuentes teológicas (Pablo, Agustín, Lutero) fue prefigura­
da por la obra de Dilthey, Einleitung in die Geisteswissenschaften, de 1883.

145
prometían desembocar en una hermenéutica de la conciencia histórica, que
Heidegger quiso introducir como una corrección e incluso como crítica fun­
damental de la fenomenología ajena a la historia. Sin embargo, la hermenéu­
tica de Dilthey, como se desprende de su tratado de 1900 sobre Die
Entstehungder Hermeneutik [El origen de la hermenéutica], apuntaba a una
metodología de las ciencias del espíritu. Puesto que todas las ciencias del ám­
bito humano e histórico (es decir todas las ciencias naturales no explicativas)
realizan procesos de comprensión, la hermenéutica, según Dilthey, podría
ser la «doctrina del arte del comprender» (Schleiermacher) que ofrecía las re­
glas básicas que garantizarían a las ciencias del espíritu su estatuto científico,
porque precisamente éste había quedado en tela de juicio por la marcha
triunfal de las ciencias naturales metodológicas. Aunque se quiera reprochar
a Heidegger que pasara por alto esta cuestión de la cientificidad, hay que
concederle que el arranque de su hermenéutica es mucho más radical que el
de Dilthey y cuestiona los presupuestos de éste. Como señala Heidegger, al
buscar un «terreno firme» para las ciencias del espíritu, Dilthey queda des­
lumbrado del paradigma de las ciencias naturales y no sólo no consigue dar­
se cuenta de todo el alcance de la historicidad, sino que incluso retrocede
ante ella.
Heidegger ve, por tanto, en el programa de una metodología que busca
reglas seguras para las ciencias del espíritu una concepción de la hermenéu­
tica que sólo es «derivada». Es derivada en varios sentidos: En primer lugar
toma su paradigma del saber de las ciencias metódicas de la naturaleza obje­
tivada, en segundo lugar prescinde de la hermenéutica originaria de la exis­
tencia al orientarse por el tipo de comprensión propia a la ciencia. Heidegger
considera que la hermenéutica comienza mucho antes, y no hay que pasar
por alto que en este punto sigue ciertas intuiciones del Dilthey tardío sobre
la tendencia de comprensión de la vida. Comprender es, para Heidegger, la
realización originaria de la existencia humana. Esto significa que el «ser-en-
el-mundo» del ser humano se caracteriza por un estar desencerrado
(Erschlossenheit) que está encaminado a un poder o «poder ser» de esta exis­
tencia. Entender algo no significa en primer lugar un conocimiento teóri­
co, sino «entenderse con algo», arreglárselas con algo, estar a la altura de algo.
Pero el punto decisivo es que este entender, que indica un saber hacer de nos­
otros mismos, es al mismo tiempo un no entender, un «opoder.36Aspiramos

36. Ver GA 18, pág. 37, 234.

146
al entender y al saber hacer justamente porque nos faltan en un nivel fun­
damental. El concepto del estar arrojado (Geworfenheit), introducido en El
sery el tiempo, expresa muy acertadamente esta circunstancia:37 Nos encon­
tramos arrojados en la corriente de la existencia, donde nos falta todo sos­
tén absoluto, por mucho que queramos consolarnos con la ilusión de tener­
lo. Lo único seguro es la muerte. Como Heidegger escribe de manera muy
plástica, corremos hacia ella para acentuar el camino imparable hacia el
fin amargo, que no nos espera en algún momento lejano, sino que nos domi­
na constantemente. Tratamos de entender, porque en este correr hacia ade­
lante no entendemos nada y sólo entendemos de manera provisoria. Nunca
entendemos del todo las cosas, nunca conseguimos arreglárnoslas del todo
con este mundo, cualquier verdad sólo es una verdad a medias, todas las
aseveraciones son provisionales, pero sólo en esta ambigüedad acontece
inevitablemente toda comprensión humana. Entender es, en cierto modo,
un intermitente estar despierto en la noche, que abarca más que toda cla­
ridad. Entre estos dos extremos del estar despierto y de la noche flota todo
el pensamiento de Heidegger. En sus momentos más sombríos tal vez acen­
tuaba la oscuridad. Pero en sus años de juventud, a los que pertenece la «her­
menéutica de la facticidad» de 1923, insistió más en la claridad, en la dimen­
sión ilustrada del entender, en el «indicio del posible estar despierto»,38 que
está al acecho en toda existencia fáctica. «Hermenéutica» es una palabra bas­
tante acertada para designar esto, porque en ella se escucha también el nom­
bre del dios Hermes y lo hermético de aquello que aspira a la comprensión:
lo que se trata de entender y de hecho se entiende queda, al mismo tiem­
po encerrado. Frente a este enredo ineludible entre lo cerrado y lo desen­
cerrado al conocimiento, la posición más honesta es este estar despierto,
el «estar despierto de la existencia para sí misma».39 Nada más que esto, pero
tampoco nada menos que esto. Porque se trata de proteger la existencia, con
propósitos críticos, de la ilusión sobre sí misma y, por tanto, de la aliena­
ción de sí misma. Esta lucha contra la autoalienación en nombre de un estar

37. Según T. Kisiel (op. cit., pág. 498), este concepto de la Geworfenheit [el
estar arrojado] es introducido sólo en la versión definitiva de E l ser y el tiempo. Sin
embargo, es significativo que ya en algunos esbozos de su curso sobre Agustín del
semestre de verano de 1921 se hallan versiones previas de esa derelictio (ver GA 60,
pág. 251: «la inquietud - el estar arrojado»).
38. GA 63, pág. 7.
39. GA 63, pág. 15.

147
despierto humano define la tarea de la «hermenéutica de la facticidad» de
1923, e incluso de la filosofía en general: «La tarea de la hermenéutica es
hacer accesible, en su carácter óntico, la existencia propia en cada caso a la
existencia en cuestión, hacerla partícipe de ella misma, investigar la autoa-
lienación con la que la existencia está castigada. En la hermenéutica se per­
fila para la existencia la posibilidad de volverse y de ser comprendedora de
sí misma».40
Así fue el primer enfrentamiento de Gadamer con un curso de
Heidegger. No hay indicio alguno de que ya en aquel momento hubiera
quedado prendido por el concepto de hermenéutica. En aquella situación le
fascinaba más bien el hecho, tal vez algo secundario para otros oyentes, de
que Heidegger apelara con tanto énfasis al pensamiento de los griegos para
su nuevo planteamiento. Un testimonio indirecto de ello es el hecho de que,
en textos y entrevistas mucho posteriores (que hay que considerar aquí con
la necesaria prudencia como fuentes), para describir la fascinación que
Heidegger ejercía sobre él,41 Gadamer se refirió en primer lugar al «Informe
a Natorp», es decir, a \&Anzeige der hermeneutischen Situation [Indicación de
la situación hermenéutica] y mucho menos al curso sobre «Hermenéutica
de la facticidad» de 1923 que, entre tanto, ha llegado a ser accesible. Porque
ya entre los griegos, sobre los que Gadamer había trabajado hasta entonces y
por los que había ido a Friburgo, se había desarrollado una especie de estar
despierto de la existencia humana sin necesitar la seguridad de la autocon-
ciencia moderna y su ciencia metódica. La tendencia contemporánea a la se­
guridad científica y a la teoría del conocimiento era prueba de un malestar
más que de la búsqueda de una solución. ¿No representaba todo ello una
huida de la existencia de las preguntas esenciales, e incluso de sí misma?
Según el lema que encabezaba entonces el método de Heidegger, se trataba,
por tanto, de destruir («destruiren») la orgullosa autoconciencia moderna.
Una impresión aún más fuerte que el curso de 1923 le causó a Gadamer
el seminario sobre la Ética a Nicómaco, en el que Heidegger sorprendió a su
auditorio al identificar la virtud práctica, la phrónesis, con la conciencia
moral que nos llama a que volvamos a nosotros mismos. Ya no se trataba
de la lejana prudentia que la iglesia había incorporado a su catálogo de las

40. Ibidem.
41. Ver, por ejemplo, «Conversation with Hans-Georg Gadamer», en Journal
o f the British Society for Phenomenology 26 (1995), pág. 117.

148
virtudes, sino de la decisión para la vida de aquel cuyo ser siempre está en
juego. Se trata, al parecer, de un Aristóteles leído con los ojos de Kierke­
gaard.42 No disponemos de apuntes de este seminario de 1923, pero en el
curso «Sophistes», de 1924-1925, se esclarecería por primera vez la apro­
piación heideggeriana de la phrónesis en aquel momento, que se muestra
casi como un robo prometeico en la oscuridad. La phrónesis, «razón prác­
tica» o conciencia moral, viene a ser algo así como la luz heraclitiana que el
ser humano se enciende en la oscuridad (véase el fragm. 26 de Heráclito).
En este seminario, Gadamer seguramente también se encontró a sí mis­
mo. No hay que entender esto en el sentido de que ya en aquel semestre
habría encontrado por primera vez el tema de su vida de la phrónesis, que
más tarde desarrollaría de manera eficaz en Verdady método. Lo que ocurrió
era más bien que sus investigaciones sobre la ética griega encontraron por
primera vez su verdadera legitimación. Las preguntas de los griegos cobra­
ron nueva vida en el sentido de que se dirigían nuevamente a nosotros mis­
mos. A partir de aquel momento se comenzaron a leer los textos griegos
como preguntas que nos desafiaban a nosotros mismos, y lo hacían más aún
en la medida en que no habían conocido la altiva autoconciencia moderna.
Éste fue también el desafío que partía de Heidegger y al que Gadamer no
pudo dejar de entregarse. En este seminario, Gadamer también habrá teni­
do ocasión de «imponerse», aunque a su manera modesta e insegura. Gracias
a su tesis sobre Platón y sus estudios con Natorp y Hartmann debía estar
mejor preparado que los otros para la comprensión de la ética aristotélica.
En este sentido llamó positivamente la atención de Heidegger en aquel
semestre.
Prueba de ello es que Heidegger le invitó a leer Aristóteles una vez
por semana a solas con él, lo que representaba, por tanto, una sexta asig­
natura heideggeriana sólo en este semestre.43 Por eso no hay que extrañar­
se de que, en Friburgo, Gadamer haya dejado de ser discípulo de Hartmann
y Kroner para convertirse en heideggeriano. En dichos encuentros de lec­
tura el tema no era la ética, sino los difíciles libros sobre la substancia de
la Metafísica, en los que Aristóteles despliega la pregunta por el ser que
Heidegger estaba en vías de hacer suya. También sobre este punto los rela­
tos son escasos y los recuerdos seguramente teñidos por incidencias poste­

42. GW 10, 7.
43. GW 10, 21.

149
riores. De lo que queda buena constancia es de que Heidegger comenzó a
entusiasmarse por el hecho de que Aristóteles había caracterizado como sig­
nificación fundamental del ser el ser verdadero. En consecuencia, «ser» signi­
fica abrirse en el desocultamiento (aletheia), en la presencia (ousía); ser es
tiempo. Heidegger desarrolló esta idea en su primer curso en Marburgo, en
el semestre de invierno de 1923-1924, en conexión con Tomás de Aquino.44
En este tiempo también hizo los primeros preparativos para su viaje de con­
ferencias sobre Dasein und Wahrheit bei Aristóteles [Existencia y verdad en
Aristóteles], que le llevó en diciembre de 1924 a diversos grupos de la
Asociación Kant en Renania y en la Cuenca del Ruhr. Una muestra del apre­
cio por el joven Gadamer es que Heidegger le invitó a acompañarle en
este viaje y a organizar sesiones de discusión después de cada conferencia.
Sin embargo, la ocupación de la Cuenca del Ruhr impidió que Gadamer
hiciera este viaje.
Al lado del entusiasmo por Kierkegaard, Dilthey y Aristóteles, también
había que vivir la fatal evolución de los acontecimientos históricos. En la
segunda mitad del año 1923 se hicieron notar en la insólita ola de inflación.
Gadamer la sufrió durante todo el semestre. Desde que se había doctora­
do y casado, su padre se sintió obligado a apoyarle económicamente. Así,
le envió cheques postales a Friburgo, pero siempre tardaron cuatro o cin­
co días, y en este tiempo habían perdido su valor. En los últimos meses del
verano esta situación absurda alcanzó dimensiones inimaginables. Para
poner sólo un ejemplo: en julio de 1923, un dólar norteamericano aún
valía 353,412 marcos; en agosto valía 4.620.455 marcos, en octubre,
25 billones y el 15 de noviembre, el día de la reforma monetaria, cuatro
trillones.45 No se podía comprar ya nada y la gente se alimentaba de un
poco de leche y pan si conocía algún granjero. Heidegger sintió compasión
con el joven matrimonio Gadamer y los invitó a pasar las duras semanas
de la inflación en su pequeña cabaña de Todtnauberg. Del 29 de julio al 23
de agosto, Gadamer pasó cuatro semanas intensas, dedicadas a conversa­
ciones informales sobre Aristóteles, al lado mismo de su maestro, quien se
hallaba en una de las fases más productivas de su trabajo, y que también

44. Ver Martin Heidegger, GA 17: Einführung in die phànomenologische


Forschung, pág. 162ss.
45. Fuente: P. Hoffmann, German Resistance to Hitler, Harvard University Press,
1988, pág. 9.

150
preparaba su primera presentación en Marburgo. Gadamer le informó sobre
la situación interna de Marburgo, que conocía especialmente bien por su
condición de discípulo de Hartmann e hijo del rector. Heidegger le enseñó
hasta qué punto se podía leer a Aristóteles en clave fenomenològica, pero
también en qué medida la filosofía podía surgir de la necesidad del tiempo.
Como Gadamer recordaría posteriormente, estos encuentros constituyeron
algo así como su «primera introducción práctica a la universalidad de la her­
menéutica».46 Durante estas semanas Heidegger y Gadamer también leye­
ron la obra Loci communes (1521) de Melanchton. En estas lecturas Gadamer
comprendió la importancia de la tradición teológica para el pensamiento
occidental. Debido a este estímulo, en los semestres siguientes, intensificó
su dedicación a la teología protestante, especialmente a la de Bultmann.
Pero, a diferencia de Heidegger, la contemplaba desde cierta distancia liberal.
Poco antes de su partida a Marburgo, Heidegger organizó para sus estu­
diantes de Friburgo una fiesta de despedida en Todtnauberg. Su discurso de
despedida, junto a las llamas de un fuego de leña, comenzó con las palabras:
«Estar despierto junto al fuego de la noche...» Heidegger habló después de
«fuego y luz, de la claridad y la oscuridad» y de la «tarea del ser humano
de estar entre este desocultamiento del ser y su retirada.»47 En estas palabras
se reflejaba todo el Heidegger. El entrelazamiento entre claridad y oscuri­
dad no sólo expresaba la necesidad del tiempo y sus sentimientos ambiguos
al abandonar Friburgo, sino también toda su concepción de la existencia.
La mayoría de los estudiantes seguirían a su maestro, o su líder, a Marburgo.
Cuando Gadamer abandonó la cabaña de Todtnauberg, apuntó como des­
pedida en el libro de huéspedes las palabras de George: «El viento de las leja­
nías sopla tiernamente alrededor de nosotros».48

46. GW 2, 486.
47. GW 10, 43.
48. GW 9, 262. La anotación de un verso de George hecha en aquella ocasión
es mencionada por Gadamer en una carta a Martin Heidegger fechada el 23-9-
1968, pero en el libro de huéspedes de la cabaña se encuentra, en realidad, sola­
mente una inscripción de la señora Gadamer que dice: «Del 29-7 hasta el 23-8-23.
Y hasta los últimos días de pleno sol. Agradezco de corazón al cielo, al sol, a la pra­
dera, al bosque, a las montañas, a la cabañita y a sus amables habitantes: Frida
Gadamer.» Debajo, él escribió solamente «Hans-Georg Gadamer» (agradezco la dis­
posición de estos datos al doctor Hermann Heidegger). ¿Se referirá Gadamer a otro
libro de huéspedes o a otra visita?

151
VII. Refugio entre los griegos

En cualquier caso soy de la opinión de que se tome su


tiempo (con la oposición a cátedra); también frenaré a
un discípulo de Hartmann, un tal doctor Gadamer, que
el último semestre estaba aquí y que ahora, junto con
su mujer, pasa algunos días con nosotros en la cabaña.
Originariamente seguidor de Hònigswald-Natorp; aho­
ra entusiasmado partidario de Hartmann; en este semes­
tre adherido a mí; muy versado; muy enterado de las
habladurías académicas; muy impresionable; su padre
rector en Marburgo; quiere obtener el grado de cate­
drático con Hartmann; además trabajar sobre Aristóte­
les; por ahora no veo nada positivo en él. Repite con­
ceptos y frases de otros; pero está tan «desamparado»
como su maestro. Voy a interponerme absolutamente si
se produjera un rápido ascenso al grado de catedráti­
co. Ahora escribe una reseña sobre la Metafisica de Hart­
mann; las ideas las ha tomado de mí; hasta ahora no tie­
ne ni la menor idea de filosofía.
M a r tin H e id e g g e r 1

Eran años de profundas dudas de mi talento científi­


co, al mismo tiempo, años en los que finalmente comen­
cé a trabajar seriamente.
H a n s-G e o rg G ad am er2

En el viaje de vuelta de Friburgo a Marburgo, Gadamer visitó a Karl


Jaspers por recomendación de Heidegger.3 En él volvió a encontrar la urba­
nidad de la que se había desacostumbrado un poco en Todtnauberg, al lado
de la ruda actitud de Heidegger. Jaspers se mostrò muy desconfiado con res­
pecto a la comunidad fenomenològica de Friburgo. Pero sólo se refería al
«caparazón» de la fenomenologia de Husserl, que le parecía escolástico.
En nombre de un pathos que se denominaba existencial, se sentía unido con

1. Carta a Karl Lowith del 23-8-1923.


2. PL, pág. 34.
3. PL, pág. 32.

153
Heidegger en la lucha contra la susodicha filosofía académica. Pero como
muchos otros, Jaspers no pudo dejar de preguntarse qué era lo que Heidegger
seguía buscando en Husserl. Probablemente, Gadamer le aseguraría que
Heidegger iba por caminos totalmente diferentes que Husserl.
En un primer momento, Gadamer se sintió decepcionado por tener
que volver tan pronto a Marburgo. A parte de la presión paterna, que había
cedido algo después del doctorado, había tensiones en la casa paterna, pro­
vocadas por el traslado de la familia a Marburgo y, sobre todo, por la crisis
económica. A causa de la inflación, los padres habían empobrecido mien­
tras que antes habían llevado una vida holgada. Al no poder permitirse tener
servicio, la madrastra tuvo que cuidarse por primera vez en su vida de las
tareas del hogar. Hans-Georg escapó a las peleas originadas por esta situa­
ción cuando huyó a Friburgo, donde inicialmente creía haber encontrado
a su maestro y su destino.
Al volver a Marburgo con muchos nuevos y buenos amigos, Gadamer
se había convertido en un hombre más maduro y seguro de sí mismo. Había
superado la grave enfermedad, tenía su título y era el esposo de una mujer
con muchas ganas de llevar una intensa vida social. Ella no tardó en hacer­
se cargo de la organización de estos asuntos, ya que su esposo, algo dema­
siado formal y discreto, no tenía mucho talento para ello. También mos­
traba un gran interés -de tipo «medio erótico», como afirmaba su marido
que se sentía algo descuidado por ella- por los amigos y colegas de Gada­
mer, por sus trabajos e inclinaciones. Sabía hacer hablar a los invitados y
con su sociabilidad y habilidad los animó a escucharla y a hacerle caso. Todos
se sentían comprendidos y acogidos por ella (Karl Lowith, Gerhard Krüger
y más tarde Werner Krauss eran algunos de sus muchos admiradores). En
cambio, no se interesó especialmente por los trabajos de su marido, ya
que no dominaba el griego. Las simpatías de Frida quedan patentes en
muchas cartas que a menudo se encuentran dentro de la correspondencia
de su esposo. A él le daba cierta pereza escribir, de manera da la impresión
de que ella se consideraba la destinataria o la persona con la que los corres­
ponsales en el fondo deseaban cartearse. En su relato de 1940 sobre la épo­
ca de Marburgo, Karl Lowith dejó constancia con palabras inconfundi­
bles de su poder de atracción: «Frida Gadamer tenía un círculo de amigos
que se encontraba casi a diario en su casa. Su vivacidad, calor y generosidad
eran el centro de atracción para los caracteres más diversos. Siempre eran
bienvenidos y a menudo se quedaban a comer. Cuando Heidegger tuvo la
ocurrencia de dar sus clases de 7 a 8 horas por la mañana, solíamos tomar

154
a continuación el desayuno juntos en su piso, que sólo tenía dos habitacio­
nes. En el camino compramos cosas y las discusiones interminables alargaban
estas sesiones hasta el mediodía. Por la tarde leíamos a menudo en voz alta las
grandes novelas de Balzac, Tolstoi y Dostoievski, Gogol y Gontscharov; el que
lo hizo mejor era Gerhard Kriiger, porque su estilo seco y sin embargo vivo
era especialmente adecuado para ello.»4También fue la propuesta de Frida
que Karl Lowith fuera el padrino de su hija, nacida el 8 de octubre de 1926.
Heidegger mismo también llegó a Marburgo con una nueva seguridad
de sí mismo. Mientras que en Friburgo había sido aún el joven ayudante de
Husserl, que podía permitirse tener un trato amistoso con sus discípulos,
ahora se había convertido en profesor de una universidad prestigiosa, pero
no en uno cualquiera, sino en un profesor del que estaba claro que contri­
buiría de manera decisiva a determinar la futura orientación de la filosofía
alemana. No sólo él, sino todos sus discípulos y colegas —tanto enemigos
como partidarios—estaban plenamente convencidos de ello, aunque (o tal
vez también debido a que) no se había distinguido por publicaciones des­
tacadas. En efecto, su fama como «rey secreto» de la filosofía iba creciendo.
La decisión de llamarlo a Marburgo era asimismo un homenaje al hombre
que llegaría a ser, y él también la entendía de esta manera.
Llegó a Marburgo con un ánimo de lucha casi agresivo. Si en 1921 aún
había confesado en una carta a Lowith que, de hecho, «no era filósofo»,5
sino sólo un «teólogo cristiano» —al menos por su procedencia—, su éxito
como docente y el haber sido llamado a Marburgo incrementaron su segu­
ridad personal. Pocas semanas después de su primera presentación pública
en la nueva universidad, se propuso «hacer la vida imposible» a Hartmann.6
Tan sólo el «cómo» de su «presencia» bastaría, como escribió a Jaspers, ya
que una «avanzadilla de 16 personas, entre las que había inevitablemente
algunos que simplemente se enganchaban al carro, pero también otros muy
serios y valientes» de Friburgo le ayudarían en este propósito.7 Podemos pre­
guntarnos si Gadamer era de los primeros o de los segundos y la respuesta
será que inicialmente estaría entre los más valientes, hasta que se produjo

4. K. Lowith, Mein Leben in Deutschland vor und nach 1933, pág. 64. A los
autores aquí mencionados Gadamer agrega a Hansum, Dickens y Meredith (GW
10,414)
5. Carta del 19-8-1921, op. cit., pág. 28.
6. Carta a Karl Jaspers del 14-7-1923.
7. Ibidem.

155
cierto desencantamiento, como testimonia la carta citada más arriba, que
Heidegger escribió el mismo día en que Gadamer se marchó de la cabaña
de Todtnauberg. Es sabido que, en sus cartas, Heidegger tenía la tenden­
cia de atacar duramente a sus colegas y discípulos. Las cuatro semanas con
Gadamer en Todtnauberg, los seminarios privados dedicados a los libros
sobre la substancia de la Metafìsica de Aristóteles y la invitación a los semi­
narios en la Cuenca del Ruhr a finales de 1924 dan prueba de un respeto
inicial, aunque esta actitud podría haberse basado meramente en una sim­
patía por el sufrido discípulo de Natorp. Luego surgieron dudas, que tal vez
no llevaron a una ruptura, pero sí a la decisión resignada de Gadamer de
convertirse simplemente en filólogo clásico y en profesor de griego.
Estas tensiones se debían en parte al decepcionante rendimiento de
Gadamer, pero también a Heidegger mismo, quien se había vuelto mucho
más exigente al llegar a Marburgo. Más seguro de sí mismo y presumiendo
de su obra venidera, a la que antes parecía dar poca importancia, comenzó
a distanciarse algo de sus discípulos.8También el predilecto Lowith tuvo
que sentirlo: «Heidegger sólo vino muy raras veces (al círculo de lectura
en casa de Gadamer). Veía con desconfianza nuestro malgasto del tiempo
y ya no estaba dispuesto, como en Friburgo, a tratarse con nosotros fuera
de las clases. Cuando intentamos visitarlo en su casa, la mayoría de las veces
su mujer no dejaba que nos acercáramos a él, nos cerraba la puerta o nos
decía que volviéramos otro día».9
Gadamer fue el primero que introdujo a Heidegger en el mundo de
Marburgo. Si en la «comunidad heideggeriana» en Friburgo -por ser a medias
discípulo de Kroner y Hartmann- no había dejado de ser un outsider, den­
tro de la «avanzadilla» que se trasladó a Marburgo resultó ser el insider por
vocación. Al principio tal vez presumía un poco de este papel. Le propor­
cionó a Heidegger su primera vivienda en la AlleenstraíSe, pero era dema­
siado pequeña, de manera que su biblioteca y su familia tuvieron que per­
manecer en Friburgo,10hasta que se encontraría otra más grande. Según la
costumbre de traspaso, típica del Marburgo de esta época, Ebbinghaus se
quedó más tarde con el primer piso de Heidegger.

8. Es posible que esto tenga algo que ver también con la relación que, en estricto
secreto, tenía en aquel momento con Hanna Arendt.
9. К. Lowith, op. cit., pág. 64.
10. Carta de Heidegger a Jaspers del 9-10-1923, Briefwechsel, pág. 45.

156
Gadamer se convirtió inmediatamente en el ayudante no remunerado
de Heidegger en el seminario y tuvo que cuidarse, entre otras cosas, de la
adquisición de libros que Heidegger echaba en falta. En primer lugar se tra­
taba de ediciones de Tomás de Aquino, del que Gadamer mismo sabía poco.
En aquellos años, en Alemania no se podía encontrar ninguna edición y
comprarla en el extranjero tampoco era muy fácil en 1923. Finalmente,
Gadamer consiguió localizar en la editorial Marietti de Milán una peque­
ña edición de estudio para candidatos al sacerdocio católico, que Heidegger
utilizó en su seminario sobre alta escolástica en el semestre de verano de
1924.11 Como antiguo candidato al sacerdocio, Heidegger tenía una rela­
ción altamente compleja con Tomás de Aquino. Había hecho sus estudios
de seminarista como becario de una Fundación Tomás de Aquino, que a
cambio le exigió mantenerse fiel, en su vida y obra, a las ideas de santo
Tomás. En 1919, Heidegger se distanció filosóficamente de la escolástica.
Comenzó a ver a Tomás con otros ojos, de modo que éste, o el sistema doc­
trinario católico que se basaba en él, se convirtió para él en la instancia que
obstaculizaba el acceso a la experiencia originaria de los griegos. Muy pocos
debían tener conciencia en esta época de que Heidegger estaba luchando
también con su propio pasado. Su idea era que la concepción tomista del
ordo seguía determinando y desfigurando toda la imagen de la filosofía,
incluso allí donde Tomás no era leído y apenas conocido (como en el
Marburgo protestante). Además, Heidegger tenía la atrevida convicción de
que esta escolástica -por ejemplo, la idea de que el mundo estaría jerár­
quicamente ordenado y que se derivaría de un motor originario y absolu­
to (aunque posteriormente lo llamaría sujeto transcendental), de modo que
la filosofía tendría que construir un sistema teórico correspondiente- domi­
naba tácitamente toda la filosofía de la llamada Edad Moderna y aún la del
tiempo presente. En otras palabras, aunque pueda sonar algo exagerado:
la filosofía idealista y neokantiana y en parte incluso la fenomenología tras­
cendental de Husserl, que pretendía derivar el orden del mundo de una con­
ciencia constituyente, en realidad no serían más que tomismo encubierto.
¿Dónde estaba la inseguridad, la facticidad, la temporalidad radical del ser

11. El hecho de que esta edición económica significó un refugio para lectores
alemanes interesados en Tomás de Aquino lo confirma la experiencia del filósofo
católico Josef Pieper, Selbstdarstellung, en PSd I, pág. 242: «La edición de la Stim­
ma Theologica publicada por Marietti en 1922, impresa en papel de mala calidad,
se encuentra todavía hoy sobre el estante de mis libros.»

157
humano concreto? Para recuperar esta experiencia originaria -es decir, la
situación inicial del ser humano y de la filosofía- Heidegger se propuso vol­
ver a los griegos y a Aristóteles.
Tanto la tradición tomista como la neokantiana consideraban a Aristó­
teles como el pensador sistemático por excelencia, como el «boticario» que
tenía preparado una respuesta conceptual para cada pregunta. Heidegger
comenzó a ver esta imagen como una proyección de Tomás de Aquino sobre
Aristóteles y a sostener que éste no había sido en absoluto un boticario, sino
alguien que había planteado preguntas radicales, un auténtico aporético que
insistió en la tenacidad de lo fáctico frente a las abstracciones de su maes­
tro (lo que tal vez explica por qué durante toda su vida Heidegger se iden­
tificaba menos con Platón que con Aristóteles). Era necesario destruir a
Tomás y todo el tomismo que en aquel momento representaba la filosofía
neokantiana y secretamente también la filosofía y seguridad fenomenolò­
gica de la conciencia. Había que mostrar los prejuicios de esta tradición, de
la «tradición ontològica de Occidente», como Heidegger la iba llamando
cada vez más a menudo, para volver a encontrar las preocupaciones origi­
narias de la filosofía y de la existencia humana. Según el recuerdo acerta­
do de Gadamer: «De pronto ya no se leía a Aristóteles con los ojos de Tomás
de Aquino, sino que figuraba como el testimonio del comienzo del pensa­
miento griego en general».12
No era más que una pequeña ironía que los conocedores de Tomás en
Marburgo (¡y en Friburgo!) se sintieron ocasionalmente tentados a consi­
derar a Heidegger mismo como un tomista encubierto. Después de todo
procedía de la provincia de Friburgo y se había dado a conocer como autor
con sus trabajos positivos aunque poco leídos sobre la alta escolástica. Lo
que hay de cierto en esto es que Heidegger leía a Aristóteles con los ojos de
un tomista «renegado». Aristóteles tenía que significar lo todo otro frente
al doctor angelicus, de modo que Heidegger tendía a mostrar siempre los
lados de Aristóteles que prometían esta inseguridad. Se puede observar esta
tendencia incluso en su interpretación de los libros de la Física, que ya enton­
ces pero también posteriormente siempre fascinaron especialmente a
Gadamer. Ellos fueron objeto de su primer seminario en Marburgo, duran­
te el semestre de invierno 1923-1924.13 La física que se presentaba en ellos

12 .G W 1 0 , 351.
13. Véase el listado de las actividades docentes de Heidegger en aquel tiempo,
listado hoy fundamental en T. Kisiel, op. cit., pág. 464. El curso durante el pri-

158
era francamente extraña. No trataba de un mundo objetivo de hechos о
de leyes que tanto fascinaban a la física moderna y sus teóricos neokantia-
nos. La fisica no era más que una teoría de la movilidad de lo ente, que según
la conjetura de Heidegger se derivaba de la movilidad del ser humano exis­
tente. Ésta era la concepción básica de la fisica que Heidegger había esbo­
zado en su Informe a Natorp de 1922.14Lo que Heidegger quería descubrir
en la «ontologia» de Aristóteles era, en general, el sentido por lo puramen­
te fáctico y la movilidad de lo viviente en función de su preocupación por
sí mismo (en este contexto el interés por este tema aparece cada vez más cla­
ramente en el primer plano). ¿No era esta facticidad, esta movilidad, en pala­
bras de Heidegger, esta simple verdad de la existencia que el tomismo filo­
sófico de cualquier tipo había «olvidado»?
Con esta pregunta provocadora emprendió Heidegger en aquel momen­
to su nuevo descubrimiento de Aristóteles y de los griegos en general, pero
también su propia asimilación de la fenomenología, entendida como una
vuelta destructora a las olvidadas, escondidas, incluso encubiertas «cosas
mismas» a las que propiamente había que dedicarse. Por esta razón, en el
centro de su enseñanza estaban Husserl, Aristóteles y la escolástica (de Tomás
de Aquino, entre otros), aunque su auditorio tal vez no comprendiera del
todo la relación secreta de estos horizontes de preguntas. Sin embargo, todos
intuían que se trataba de poderosas revoluciones en el dominio del pensa­
miento. Estaban en concordancia con el atmósfera de cambio al final de
la época imperial, con el abandono de la mentalidad de rendimiento e inclu­
so con los tópicos del ocaso de Occidente, pero en Heidegger todo esto pâ­

mer semestre de Heidegger en Marburgo estaba dedicado a una «Einjuhrung in die


Phanomenologie» [«Introducción a la fenomenología»] (ver GA 17), y constituía, en
el fondo, un ajuste de cuentas con Husserl, pero, al mismo tiempo, también con
Descartes y Tomás de Aquino. Éste culminaba al final del curso en la tesis de que
la preocupación por la certeza y por el carácter científico provenía de una huida
de la existencia ante su temporalidad (285ss). En el semestre de verano de 1924,
Heidegger captó a sus oyentes con un curso sobre «Grundbegrijfe der aristotelischen
Philosophie» [«Conceptos fundamentales de la filosofía aristotélica»] (que se puede
obtener en el archivo de Marcuse en Frankfurt). En este curso, Heidegger quería
ver y renovar en la Retórica de Aristóteles una radical «hermenéutica de la existen­
cia misma» (ibidem, 42). Aquí desempeñaba un papel importante el tema del estar-
juntos-en-el-lenguaje, papel que en E l ser y el tiempo iba a ser más bien atenuado.
14. Ver M. Heidegger, Phánomenologische Interpretationen zu Aristóteles, en
Dilthey-Jahrbuch 6 (1989), especialmente pág. 247.

159
recía mucho mejor fundamentado, pensado desde los orígenes de la tradi­
ción occidental y presentado con un ímpetu casi demoníaco y profètico que
causó una verdadera sensación en el mundo académico de aquel momento.
Para Gadamer era simplemente fascinante participar en este aconteci­
miento. Se podía olvidar así las preocupaciones del momento, la política
desolada, el general empobrecimiento, que no obstante tenía como conse­
cuencia una solidaridad sin igual en la miseria y en el planteamiento de pre­
guntas. Con Honigswald y Hartmann, Gadamer había adquirido un sen­
tido agudo por la dimensión conceptual de la filosofía, pero Heidegger hizo
que los conceptos volvieran a hablar o incluso a sonar de una manera total­
mente diferente. Sus conceptos no eran vainas formales para cualquier con­
tenido, sino que rebosaban ellos mismos de una inaudita abundancia de
fenómenos. La filosofía alcanzaba de pronto la fuerza evocadora del len­
guaje poético, para el que Gadamer siempre había sido receptivo. Pero no
sólo esto. Con Heidegger se aprendía que los conceptos también tenían una
historia subterránea, intrigante y casi trágica: habían surgido de experien­
cias primarias, de un luchar por el lenguaje en Platón y Aristóteles, hasta
que su latinización en la Edad Media los desfiguró y escondió en el sentido
más amplio. Según Heidegger, esta «Edad Media» aún duraba, de modo que
era preciso desprenderse a la fuerza y con un trabajo de Sisifo de la esco­
lástica actual para exponerse de nuevo a las experiencias ónticas origina­
rias de los griegos.
Como ya se ha mencionado, Heidegger mostró su apreció por su ayu­
dante Gadamer cuando lo invitó a acompañarle en un viaje de conferencias
por la Cuenca del Ruhr y a dirigir seminarios sobre estas conferencias, dedi­
cadas a la Ética a Nicómaco de Aristóteles.15 Debido a la crisis del Ruhr,
Gadamer no pudo realizar este viaje y Heidegger mismo tampoco pudo dar
todas las conferencias anunciadas. Las tropas francesas habían ocupado la
Cuenca del Ruhr al oeste del Rin, rica en materias primas, a causa de la fal­
ta de pagos de reparación por parte de Alemania. La mayoría de los ale­

15. Véase el anuncio en los Kant-Studien 29 (1924), pág. 626: «Ciclo de con­
ferencias del profesor doctor Heidegger (Marburg) [del 1 al 8-12-1924 en Hagen,
Eberfeld, Kòln, Düsseldorf, Essen, Dortmund] : Existencia y verdad según Aristó­
teles (Interpretación del Libro VI de la Ética a Nicómaco) —A continuación del ciclo
de conferencias del profesor Heidegger el doctor Hans-Georg Gadamer (Marbur­
go) tendrá a su cargo discusiones vespertinas.» La conferencia de Heidegger apa­
recerá en el tomo 80 de su edición completa (Vortrage, III. Abteilung).

160
manes sintieron esta ocupación no como un asunto económico o político,
sino como una humillación y una exageración del dictado de Versalles. A
pesar de la mejora de la situación económica después de 1924, la crisis del
Ruhr contribuyó bastante a la escalada de la situación política interior. En
las elecciones generales de 1924, el Partido Nacionalsocialista hizo su pri­
mera aparición y alcanzó un 6,5 % de los votos a nivel nacional, pero en
Marburgo obtuvo ya la inquietante cifra del 17,7 % .16Visto desde el ámbi­
to nacional, este extraño partido, cuyo líder había sido detenido y levemente
sancionado después del golpe de «cervecería» de Múnich, no representaba
una amenaza inminente, pero el Partido Nacionalsocialista sabía sacar
más y más provecho del sentimiento de vergüenza nacional, de modo que
podía esperar una amplia respuesta positiva de la población alemana. Todos
los partidos experimentaron esta herida, pero se sintieron literalmente des­
validos. Así lo veía Heidegger, y Gadamer se creía reafirmado en su huida
de los desgraciados acontecimientos del mundo, refugiándose en el trabajo
puramente filosófico, que cerca de Heidegger ya era lo bastante excitante.
Tal vez, en el seguro refugio junto a su maestro, Gadamer se tomaba las
cosas demasiado a la ligera. Heidegger estaba cada vez más decepcionado
y no lo disimulaba. El 27 de marzo de 1925 escribió a Lowith: «En el semi­
nario [sobre Aquino y la alta escolástica] los ayudantes Klein, Gadamer y
otros me dejaron abandonado; y entre la gente más joven falta del todo el
talento fenomenològico; como también en los antes mencionados...» Fren­
te a Gadamer expresó su disgusto muy claramente en una carta del año
1924: «Si usted no consigue tratarse a sí mismo con mayor dureza, no lle­
gará a nada». Gadamer estaba destrozado. Después de doctorarse había teni­

16. Ver Helmut Seier, «Marburg in der Weimarer Republik», en Marburger


Geschichte. Rückblick aufdie Stadtgeschichte in Einzelheiten, сотр . por Erhart Dett-
mering y Rudolf Grenz, Marburgo: Magistrat der Universitátsstadt Marburg, 1980,
pág. 561. El partido más fuerte siguió siendo el SPD [Partido socialdemócrata de
Alemania] (20,5%, pero solamente el 7,9% en Marburgo), seguido por el conser­
vador DNVP [Partido popular nacional alemán] (19,5%, en Marburgo 28,6%),
por el Partido del centro, siempre decisivo para la conformación del gobierno (13,4%,
en la protestante Marburgo sólo un 4%) y por el DKP [Partido comunista alemán]
(12,6%, 6,1% en Marburgo). De acuerdo a las manifestaciones de Gadamer, en
aquel tiempo él estaba cerca -en la medida en que se interesaba por la política (es
decir, muy poco)—de los partidos de centro, democráticos, como el D DP [Parti­
do de-mocrático alemán] (5,7% en el Reich, 9,8% en Marburgo), o bien el DVP
[Partido popular alemán] (9,2% en el Reich, 15% en Marburgo).

161
do evidentemente la intención de obtener el grado de catedrático. En un prin­
cipio quiso hacerlo bajo la tutela de Hartmann, pero desde su encuentro con
Heidegger y también por la previsible marcha de Hartmann a Colonia el
único tutor adecuado parecía ser Heidegger. Aunque destrozado y confuso,
no estaba muy sorprendido, porque sabía lo limitado que era su rendimiento
y su capacidad de trabajo. Además, en presencia de Heidegger era fácil dudar
de las propias capacidades. También puede ser que su sentimiento de infe­
rioridad se debiera al hecho de que sus amigos más próximos eran todos
mayores, más versátiles y capaces. Su mujer tenía dos años más que él, Lowith
tres, su mejor amigo, Oskar Schürer, incluso siete. Después del primer shock
que la carta de Heidegger le había causado, se sobrepuso y consideró que
aún era lo bastante joven para comenzar de nuevo. Así, en la primavera
d e l925 se decidió hacer la carrera completa de filología clásica. Estudió
sobre todo con Paul Friedlánder, pero también con Lommatzsch y más tar­
de con el arqueólogo Paul Jacobsthal. Podía aspirar, en el mejor de los casos,
a una carrera universitaria como filólogo clásico (casi llegó a serlo poste­
riormente) o a convertirse simplemente en profesor de griego. Para filolo­
gía antigua no había mucha demanda (en el seminario de Friedlánder sólo
participaban tres personas), y siempre se necesitarían profesores de griego
en los institutos.
En muchos comentarios posteriores17 Gadamer refirió cuántas espe­
ranzas puso en esta carrera, que había de darle una base sólida para estar a
la altura del desafío de Heidegger al pensamiento. Como muestra el currí­
culum vitae que redactó con ocasión de su titulación como catedrático en
1928, esta perspectiva había ido madurando como resultado de aquellos
años de falta de seguridad de sí mismo: «En invierno de 1923 seguí a Hei­
degger cuando se fue a Marburgo. Mis esfuerzos principales estaban cen­
trados en la interpretación de la filosofía griega. Durante un tiempo bas­
tante largo me dediqué especialmente al estudio de la Ética a Nicómaco.
Al realizar estos estudios surgió la necesidad -que también me fue sugerida
de manera externa por el libro sobre Aristóteles de Jaeger (Berlín 1923)- de
una formación esmerada, porque la prosecución de la interpretación filo­
sófica hizo imposible confiar en los resultados de la investigación filológica
sin tener recursos propios de crítica. Los planteamientos filosóficos y filo­

17. Ver, por ejemplo, Das Erbe Europas, pág. 160; GW 10, 332, 403; Repor­
taje en The Journal o f the British Society for Phenomenology 26 (1995), pág. 119.

162
lógicos son inseparables. Por esta razón, a partir de Pascua de 1925 cursé
estudios regulares de filología clásica y los terminé formalmente el 20 de
julio de 1927 con el examen de licenciatura».18
Gadamer se sintió reafirmado en esta decisión gracias al apoyo que en
estos duros tiempos le ofreció el teólogo Rudolf Bultmann. Antes de su
encuentro con Heidegger, Gadamer no se había interesado especialmente
por la teología, si exceptuamos su predilección por Kierkegaard, aunque
lo leía, de acuerdo con la moda de la época, menos como teólogo que como
autor «existencialista». Heidegger le hizo comprender en qué medida los
conceptos de la filosofía estaban penetrados por elementos teológicos que
había que destruir y descubrir para abrir un camino a las experiencias ori­
ginarias de la existencia y del pensamiento. En su manuscrito de 1922, en
relación con esta necesidad, Heidegger evocaba los nombres de Agustín,
Gabriel Biel, y Lutero.19 De esta manera se hicieron patentes sus motivos
teológicos ocultos, pero también la necesidad de «destruirlos». En este pun­
to la destrucción mostraba su doble cara: por un lado se trataba de purifi­
car la filosofía de sus concepciones teológicas no advertidas, por otro, de
separar la teología misma de su predisposición filosófica impuesta por los
conceptos griegos y de mantenerla libre para sus propias tareas como teo­
logía cristiana. Este esfuerzo acercó a Heidegger a las intenciones de Bultmann
y en esta época entre los dos nació una estrecha amistad muy fructífera para
ambos. Como exegeta crítico procedente de la teología liberal del siglo XIX,20
también Bultmann estaba empeñado en mantener alejado el mensaje del
Nuevo Testamento —al que llamaba kerygma—de la influencia enajenadora
de los conceptos griegos. Además, Bultmann estaba buscando un marco
filosófico «neutral» para su tesis de que el hablar de Dios siempre era un
hablar desde el ser humano,21 y este marco lo esperaba encontrar justamente
en el análisis existencial fenomenològico de Heidegger. En su opinión, en

18. UAM, PA Gadamer.


19. Ver M. Heidegger, «Phànomenologische Interpretationen zu Aristóteles»,
en Dilthey-Jahrbuch 6 (1989), especialmente pág. 247, y H GG, GW 4, 94, 199,
263,313; GW 10, 4.
20. Ver el aporte de 1924 Die liberale Theologie und die jüngste theologische
Bewegung, que abre la importante colección de trabajos de Bultmann intitulada
Glauben und Verstehen, tomo I.
21. Ver al respecto su provocativo y pionero trabajo «Welchen Sinn hat es, von
Gott zu reden?» de 1925, en Glauben und Verstehen, tomo I, Tubinga: Mohr Siebeck,
1933, 2a edic. no modificada 1954, 8a edición 1980, pág. 26-37.

163
E l ser y el tiempo Heidegger había puesto a descubierto los «existenciales»
o rasgos básicos de la condición cuestionable de la existencia humana, a los
que la teología cristiana respondería con contenidos positivos. Bultmann
estaba fascinado por la fina y rara sensibilidad que Heidegger tenía por las
preguntas hermenéuticas de la teología y también por el orign de sus ins­
trumentos conceptuales. Desde Hartnack la teología protestante liberal tenía
como tarea fundamental purificar el kerygma del Nuevo Testamento de este
mundo conceptual griego. Gadamer también se sentía atraído por la pre­
ferencia exegética de Bultmann por el Evangelio de san Juan, el más grie­
go de todos, por el que ya había sentido simpatía durante sus estudios de
bachillerato, aunque entonces la cuestión específicamente teológica de la fe
le haya quedado algo extraña. En Bultmann podía encontrar la tesis
de que la exégesis del Nuevo Testamento estaba sometida a loas mismas con­
diciones que la interpretación de cualquier otro texto clásico, lo que signifi­
caba todo un reto para él.22 Aunque posteriormente Gadamer tendría oca­
sión de considerar con escepticismo esta tesis casi positivista, como futuro
filólogo clásico en aquel momento se sintió así aún más bienvenido en la
escuela de Bultmann y, en cualquier caso, éste le parecía un eminente filó­
logo de la teología. Fue en cierto modo la continuación del ejercicio de la
«destrucción» que había aprendido con Heidegger, pero con una mayor acen­
tuación de lo puramente filológico y, por tanto, de lo puramente herme-
néutico. Gadamer apreciaba a Bultmann sobre todo también como huma­
nista que luchaba por la adquisición de una cultura general a partir de los
clásicos griegos. Por eso se sintió cada vez más familiar en el famoso círculo
de Bultmann, llamado «Graeca», donde se dedicaría a lo largo de quince años
a leer miles de páginas de literatura griega en compañía de colegas y amigos
como Schlier y Krüger. Se convirtió en uno de los recuerdos más agradables
de su época de Marburgo.23 Como escribió más tarde a Bultmann, la aco­
gida en este grupo se produjo en un tiempo en que se sintió rechazado

22. Ver el posterior y emblemático trabajo de Bultmann acerca de esa cuestión: 1st
voraussetzungslose Exegese moglich?, en Glauben und Verstehen, tomo III, Tubinga:
Mohr Siebeck, I960, pág. 142-150.
23. PL, pág. 39. Con todo, Gadamer no participó en los seminarios de Bultmann
sobre el Nuevo Testamento, o, por lo menos, no lo hizo regularmente (como surge
de las extensas listas de participantes en Berndt Jaspers, Sachgemajîe Exegese. D ie
Protokolle aus RudolfBultmanns Neutestamentlichen Seminaren 1921-1951, Marburgo:
N. G. Elwert Verlag, 1996).

164
por Heidegger y le habían venido «las dudas más serias sobre su capacita­
ción para la ciencia y la filosofía»,24 de modo que la invitación de Bultmann
le dio los ánimos necesarios para salvar su carrera científica.
Seguramente no es una casualidad que la sugerencia indirecta de
Heidegger hiciera que Gadamer llegara a conocer más profundamente tan­
to el mundo de la filosofía clásica como el de la teología. En ambos casos se
estaba ocupando de tradiciones milenarias, de los pilares de la historia del
pensamiento occidental que, según la famosa expresión de Schelling, te­
nían algo «impensado previamente» en el sentido de que determinarían
de manera subyacente todos los temas posteriores del pensamiento. En la
medida en que Gadamer sintió que no estaba a la altura de la filosofía con­
temporánea (¿cómo podía siquiera pretender competir con la originalidad
del pensamiento de Honigswald, Hartmann, Natorp, Heidegger, Husserl,
Scheler?) pudo esperar, sin embargo, encontrar una base firme en las fuen­
tes antiguas. En aquellos años se jactaba de «leer por principio sólo libros
de al menos dos mil años de antigüedad».25 En la práctica, esto mostraba el
sentido de Gadamer por lo «clásico», por obras -para anticipar la famosa
expresión de Verdady método- que tienen algo «normativo» y «atemporal»
y que, sin embargo, dicen «algo a cada época ... como si se lo dijeran espe­
cíficamente a ella».26 No cabe duda de que esta vuelta o retirada a los clási­
cos también era una respuesta a la confusión y la inseguridad del propio
presente. Este carácter eterno, atemporal y normativo lo encontraba espe­
cialmente en los poetas griegos (Píndaro), en el Evangelio de san Juan, en
la tradición retórica romana (leía mucho a Cicero), pero sobre todo en las
obras de ética de Aristóteles y en los diálogos de Platón. Puede ser que la
orientación firme de Bultmann ayudó a Gadamer a ver desde otra pers­
pectiva la influencia del círculo de George y, sin sustituirla del todo, le per­
mitió distanciarse de ella y «desmitologizarla» hasta cierto punto.
Para Gadamer, el profesor más importante en filología clásica fue sin
duda Paul Friedlánder, quien precisamente en aquellos años estaba prepa­
rando su propia y exigente interpretación de Platón en forma de libro ( Platon,
vol. I, 1926; vol. II, 1930). En general llama la atención la suerte que

24. Carta de H G G a Rudolf Bultmann del 16-8-1974 (Archivo Bultmann


en UAT)
25. PL, pág. 47.
26. WM, GW 1,295.

165
Gadamer tuvo de encontrar a sus maestros más importantes justamente en
la fase más productiva de su trabajo: a Hònigswald inmediatamente antes
de la publicación de sus Grundzüge der Denkpsychologie [Líneas funda­
mentales de la psicología del pensamiento], a Nicolai Hartmann antes de
la salida de su Ethik, a Heidegger antes de E l ser y el tiempo, a Bultmann
en medio de su diálogo con Heidegger y en la elaboración de su interpre­
tación exegética global y de sus ensayos programáticos de los años veinte.
Lo mismo le ocurrió con Friedlánder, pero tal vez incluso en una medida
mayor, puesto que los intensos estudios de Aristóteles y Platón de Gadamer
se basaban en una colaboración muy estrecha y seria con Friedlánder. En el
seminario superior que éste ofreció sobre Platón sólo había tres participan­
tes (uno de los otros dos era Hans Scháfer27), de manera que había que pre­
parar cada tres semanas una nueva exposición de un texto diferente.28 El
punto fuerte de la interpretación de Platón propuesta por Friedlánder -quien
se adhería a las ideas del círculo de George- era la lectura de los diálogos
prescindiendo de su carácter doctrinario. Con él Gadamer aprendió a apre­
ciar el arte del diálogo de Platón, a entender lo importante que era con quién
Platón estaba hablando y cómo el lector llegaba a la comprensión filosófi­
ca a lo largo del diálogo. La idea de una «ética dialógica» y muchos avances
de comprensión del diálogo como elemento de la filosofía expuestos en la
tesis de habilitación se pueden deducir fácilmente del sentido de Friedlánder
por la dramática dialógica. Además de asistir a sus clases, Gadamer parti­
cipó también en las sesiones de «Graeca» que el propio Friedlánder orga­
nizaba.29 Debido a su estrecha colaboración con él, Gadamer pudo atribuirse

27. GW 10, 403. Hans Schaefer era el hijo de Clemens Schaefer, amigo de la
familia a quien el padre de Gadamer había invitado a seguirlo de Breslau a Marburgo.
El segundo participante podría ser Friedrich Klingner (ver PL, pág. 29) o Rudolf
Fahrner (ver más abajo). Gadamer tendría de nuevo a Hans Schaefer como colega
en Heidelberg, antes de su trágica muerte.
28. Aún se conserva un manuscrito sobre el Clitofón de Platón (ver GW
10, 404).
29. Según una carta posterior a Heidegger, fechada el 17-4-1929. De esa carta
se desprende, por otra parte, que Friedlánder tenía dos grupos “Græca”:
«Friedlánder creó una institución muy hermosa: una Græca juniorum, que se dedi­
caba a la misma materia que la otra Græca. En el invierno se trabajaba Alceste, de
Eurípides. El más importante de los participantes de la juniorum es Fahrner, el úni­
co que, a pesar de sus pocos conocimientos del griego, aporta algo positivo a través
de su espontaneidad y carencia de prejuicios, así como, por otra parte, por su instin­

166
el mérito de haber contribuido a la imagen que Friedlander elaboró de
Platón. En su dictamen del 25 de octubre de 1928 sobre la tesis de habili­
tación de Gadamer, Friedlander lo insinuó amablemente: «Admito de buen
grado que los análisis del autor me han permitido adelantar considerable­
mente en mi propio trabajo. Puedo ampliar esto: la colaboración con el doc­
tor G. fue en general un beneficio en muchos sentidos para mí y mi semi­
nario».30 No es un elogio insignificante pensando que procede de un filólogo
clásico del rango de Friedlander y más aún de un profesor al que se atri­
buía una actitud algo distante e incluso rígida.31 Sólo al lado de Friedlander
fue posible que Gadamer tomara conciencia de su propia capacidad cientí-

to apasionado por la disputa que le cabe muy bien al mío. Por supuesto, Fahrner tie­
ne una imagen muy determinada por la literatura alemana, y toda la preparación
dogmática no puede reemplazar el sentido para el valor propio del discurso en los
griegos. De este modo, Fahrner da la impresión de ser muy moderno y de orienta­
ción psicológico-moral, a pesar de todo “paganismo”. (Los otros participantes son:
Rohde, Neuffer ([alumno de Jakobsthal]) y Schmidt, profesor auxiliar de francés,
cuyas traducciones son muy ilustrativas acerca del acentuado carácter lógico y exac­
to pero también del alto grado de latinización del genio de la lengua francesa). En la
Græca de los mayores está también Frank, quien, al igual que en el seminario, no
parece intimidarse ante ninguna exageración, siempre que sea inesperada e ingenio­
sa. Usted conoce a Frank, pero difícilmente desde este costado, como lo conocen los
que lo oyen. En esas exageraciones y en el descuido de toda barrera metódica reside
también algo análogo a un “método”. Todo se coloca nuevamente en su lugar por sí
solo, ya que Frank exagera siempre en todas las direcciones. Pero Frank mismo no es
capaz de producir esta corrección. Lo deja por cuenta de sus oyentes. Podrá usted
imaginarse que este “método” es más aplicable en la clase que en las prácticas, en las
cuales la réplica debería obligar a formular con mayor precisión. Pero Frank acepta
todo lo que tenga aunque sólo sea un sentido parcial, sin confrontarlo seriamente con
su propia tesis. Esto es especialmente inútil ante los caballeros de su arsenal verdade­
ramente herrumbrosos que han permanecido por aquí. Krüger y yo estuvimos en su
seminario y tuvimos que contenernos reciamente en esa atmósfera tan pacífica.»
30. UAM, PA Gadamer. Por otra parte, la opinión de Friedlander sobre el tra­
bajo “filosófico” de Gadamer hasta el momento (aludiendo al mismo tiempo, por
supuesto, casi siempre a la “escuela” de Heidegger) confirma también que sólo la
filología clásica aportó a Gadamer una rigurosa disciplina de investigación: «Des­
pués de haber “filosofado” anteriormente en un sentido demasiado restringido y
exclusivo, el doctor Gadamer ha obtenido en los últimos años un sólido funda­
mento de disciplina científica, a saber, un fundamente filológico. Mucho más allá
del ámbito filosófico, ha aprendido, por ejemplo, a interpretar la poesía antigua. Él
confirma esa capacidad de manera excelente en el presente trabajo.»
31. GW 10, 404.

167
fica, que finalmente fue reconocida también por Heidegger y llevó a una
rápida habilitación bajo su tutela.
Gadamer demostró su capacidad científica por primera vez en su con­
frontación con Werner Jaeger y su interpretación de Aristóteles. En aquel
momento, Jaeger no era un filòlogo clásico cualquiera, sino la figura abso­
lutamente dominante en su disciplina. Dejando de lado la influencia peda­
gógica que relacionaba con el humanismo de los griegos que él mismo resal­
tó y que elaboró más tarde en su obra Paideia en tres volúmenes, había
marcado verdaderos hitos de la investigación con sus libros sobre Aristóte­
les. Para explicar las «contradicciones» en la obra de Aristóteles, Jaeger apli­
có un criterio de evolución histórica: Siendo originariamente seguidor de
la doctrina de las ideas de Platón, Aristóteles se habría convertido paulati­
namente en un crítico de esta doctrina y habría encontrado así su propio
enfoque en el ámbito de la física y la cosmología. Era un esquema bastan­
te plausible que Jaeger aplicaba a todas las partes de la obra del Estagirita,
en parte con fina sensibilidad, en parte de manera arbitraria. Para cimentar
su tesis del temprano platonismo de Aristóteles, Jaeger se había apoyado
sobre todo en el Protreptikós, un texto del que sólo se conservan pasajes más
largos dentro de la obra de un comentarista posterior. Aristóteles habla
allí de la phrónesis en el sentido de una sabiduría omniabarcadora, o sea, aún
plenamente de acuerdo con el espíritu de Platón, que se puede contrastar
fácilmente con la acepción de los libros «posteriores» sobre ética, en los que
Aristóteles desarrolla una concepción específicamente suya de la phrónesis,
que acentúa el conocimiento alcanzable por el ser humano y se presenta así
también como una crítica explícita a Platón. La hipótesis de Jaeger se podía
aplicar aquí igualmente de una manera bastante creíble: Aristóteles no podría
haber defendido al mismo tiempo una concepción de la phrónesis que coin­
cidía con la de Platón y otra que la criticaba.
Gadamer fue el primero que tuvo la valentía de criticar la construcción
de Jaeger. Su ensayo «Der aristotelische Protreptikos und die entwicklungs-
geschichtliche Betrachtung der aristotelischen Ethik» [El Protreptikós aris­
totélico y la concepción histórico evolutiva de la ética aristotélica], publi­
cado en 1927 en una prestigiosa revista especializada, estaba originariamente
concebido como trabajo de admisión al seminario superior de Friedlánder.32

32. GW 10, 403. Acerca de la dedicación a este trabajo ya en 1925 véase el


ilustrativo pasaje de una carta a Heidegger fechada el 24-9-1925: «Desde mi regre­
so estoy trabajando bien. He estudiado el “Protreptikós” yámbico y procurado intro­

168
Su polémica con Jaeger también es de interés porque permite ver su tem­
prana predisposición hermenéutica. Porque Gadamer se pregunta si los tex­
tos conservados del Protreptikós son lo bastante consistentes para apoyar la
tesis de Jaeger. Lo que éste dejaría desatendido sería sobre todo el skopos,
es decir a dónde estaba dirigido un texto como el Protreptikós. Como insi­
núa el título mismo (protrepein: estimular, despertar para algo), una ins­

ducirme en todo el conjunto de los asuntos filológicos relacionados. Esto ha sido,


sobre todo, ocasión propicia para establecer, en algunos puntos, una relación con
mis previos estudios sobre Platón ( Eutidemo, que, como ha observado con acierto
Schleiermacher, preanuncia el Político pero también aspectos centrales del Sofista).
En la verificación detallada de las construcciones de Jaeger uno se encuentra lamen­
tablemente, en la mayoría de los casos, en la infructuosa actitud del escéptico. El
non licet se puede demostrar claramente en muchos puntos. Pero, en su conjunto,
la posición de Jaeger es casi inatacable, aun siendo en sí misma una construcción
cuya consistencia se haya desprendido de la suerte de las piedras con las que está
edificada. “Desarrollo” es allí algo así como un passe partout. Bajo la presión de
esa tarea “noble” se encuentra uno a cada paso con las más peligrosas anticipacio­
nes, en su mayoría cosas que pueden ser correctas, pero su engañosa fuerza de con­
vicción sólo consiste en adecuarse del modo más inofensivo a la imagen del
conjunto. Someter a prueba cada una de las piedras que constituyen ese edificio
presupone un trabajo muy complicado: sacarlas de la ubicación de su papel respecto
de la totalidad y ver lo que ha de estar junto -en el sentido del resultado y la base-:
Protreptikós, ética originaria: todo ello está tan estratificado, que apenas se pueden
separar el contexto de la investigación allí volcada y su peso propio, del resultado, de
la aptitud para participar en el “desarrollo”. En esto, Jaeger no es muy diferente (sólo
mucho más cuidadoso y, justamente por ello, mucho más astuto) de Wilamowitz
en Platón-, todos los puntos de partida de la investigación, todas las preguntas abier­
tas y toda la enorme cantidad de lo que es absolutamente imposible de saber es cui­
dadosamente ocultado. Se pronuncian con la misma pretensión el patrimonio común
seguro de la ciencia y la presunción más personal. No puedo evitarlo: tampoco
Jaeger está del todo exento de esta acusación: afirmar siempre mucho más de lo que
está demostrado, de lo que permiten las propias demostraciones. He estudiado las
Divisiones conservadas en Diógenes Laercio y en el Codex Marcianus y, desde enton­
ces, estoy aún más seguro de la impresión que he tenido hasta ahora, a saber, que
la filología actual da testimonio de una tremenda exageración en la valoración de lo
escrito (y aún más, de lo recibido por tradición) frente a los factores de la docencia
personal y, sobre todo, de lo que hay atesorado en doctrina, concepto y palabra, que
no puede ya ser relacionado a personalidad ninguna. Reinhardt dice en el Poseido-
nios muy acertadamente que si se arroja demasiado en una fuente, se la sepulta. Pero
el demostrar poniendo el dedo sobre el texto tiene algo de seductor; ¿no llevará el
trabajo filológico necesariamente hacia esa unilateralidad?»

169
trucción protréptica era un texto de propaganda que no trataba de una u
otra orientación filosófica (corno, por ejemplo, la platónica), sino de la filo­
sofía misma. De modo que el Protreptikós no era el lugar adecuado para des­
arrollar un punto de vista propio, al contrario del caso de un texto de doc­
trina ética.
Esta orientación de la perspectiva es muy instructiva para entender
los intereses de Gadamer. Aunque la atención a la forma literaria del texto
en cuestión revela el sello inconfundible de Friedlander, la concentración
en el skopus del texto, en su finalidad y sus destinatarios, muestra sobre todo
el talante hermenéutico de Gadamer, su receptividad para la dimensión retó­
rica del sentido, para el querer-decir que siempre queda detrás de lo enun­
ciado. Este sentido por la hermenéutica no lo había heredado tanto de la
hermenéutica existencial de Heidegger (que apuntaba más a la interpreta­
ción de sí misma de la existencia que a la de textos escritos), sino más bien
de los seminarios de Heidegger, de los ejercicios de Friedlander sobre las
formas del diálogo platónico, pero también de la insistencia de Bultmann
en los géneros estilísticos de las Sagradas Escrituras.33
Hasta sus años de vejez, Gadamer no pudo esconder cierto orgullo sobre
este trabajo de juventud. Así afirmó en una entrevista inglesa de 1995:
« Under Friedlander’s guidance, I became a classicalphilologist and played an
influencial role in that field, as you may know. In fact my essay on the Pro-
trepticus turned the whole Jaegerian Aristotle conception upside down, did it
not?» [Guiado por Friedlander, me convertí en filólogo clásico y, como sabrán,
desempeñé un papel influyente en este campo. De hecho mi ensayo sobre
el Protreptikós dio un giro completo a toda la concepción jaegeriana de
Aristóteles. ¿No es cierto?»]34Tal vez este elogio de sí mismo sea algo exce­
sivo, pero es cierto que este trabajo tuvo cierto éxito, al menos dentro del
nivel modesto al que pueden aspirar trabajos filológicos. Su resultado inme­
diato fue, en todo caso, que se identificó a Gadamer como sólido filólogo

33. En este punto, R. Bultmann se había basado a su vez en las investigacio­


nes de Martín Dibelius (1883-1947) sobre la Formgeschichte [historia de la forma
literaria] de los evangelios (véase especialmente su clásico libro Die Formgeschichte
des Evangeliums, 6a edición, Tubinga: Mohr Siebeck, 1971). Al respecto véase
R. Bultmann, Theologie des Neuen Testaments, 9a edición, Tubinga: Mohr Siebeck,
1984.
34. «A Conversation with Hans-Georg Gadamer», en Journal o f the British
Societyfo r Phenomenology 26 (1995), pág. 119.

170
clásico. En este sentido, el trabajo sobre el Protreptikós tuvo el efecto de­
seado de un complemento de la tesis de habilitación, que mostraba rasgos
mucho más «heideggerianos», por lo que resultaba sospechosa en los círcu­
los filológicos. El hecho de que el trabajo sobre el Protreptikós tuviera éxi­
to tal vez fue incluso más importante que la tesis de habilitación, que
Gadamer redactó al parecer con mucha prisa porque se encontraba en un
momento de gran penuria personal. También para su progreso personal gus­
taba usar este trabajo más filológico como tarjeta de visitas. Así, estableció
un contacto directo con Jaeger, al que fue a ver en Berlín con la intención
de convencerle en cierta medida de sus objeciones.35 Conocerle personal­
mente y saber que tenía una opinión positiva de él era en todo caso un pun­
to a favor, especialmente en su función de dictaminador en la Comuni­
dad de necesidades. Hasta la emigración de Jaeger a Chicago en 1936 también
pudo mantener una relación estrecha con él y visitarlo a menudo cuando
pasaba por Berlín.
El 20 de julio de 1927 Gadamer se sometió al examen de admisión
como profesor de filología clásica que consistía en un trabajo escrito y en
un examen oral incluyendo muchos ámbitos de esta disciplina. Los exa­
minadores eran Paul Friedlánder, Martin Heidegger y Ernst Lommatzsch.
Pero, al parecer, Gadamer también había estudiado con Erwin Rohde (el
responsable de ejercicios estilísticos) y más tarde con el arqueólogo Paul
Jacobsthal. Además de la filosofía, en sus estudios tuvieron un peso espe­
cial la poesía (Píndaro y Virgilio) y la retórica (Quintiliano y Cicerón).36

35. Ver la carta a Heidegger del 2-10-1928: «Hemos pasado unas muy her­
mosas vacaciones de verano a orillas del Báltico, y luego unos días en Berlín, don­
de, por desdicha, me he hecho una herida en el pie, de modo que durante ocho días
no he podido pisar. La demora en mi partida a causa de esa circunstancia me per­
mitió tener una conversación con Jaeger, quien, entretanto, había regresado de
sus vacaciones. Él comenzó a hablar de su libro. Quedó claro que él se contenta con
la constatación de que lo antiguo es solamente un momento entre otros en la con­
formación de su filosofía, es decir, que no se trata de un “humanismo”. Por lo demás,
nuestra conversación no quedó sin resultados. Sobre todo, logré convencerlo en
algunos puntos de la exactitud de algunas de mis observaciones y espero, a través
de este fortalecimiento de mi credibilidad filológica, haber obtenido también algo
de consideración para con mis objeciones en otros casos.
36. En este punto tomó como modelo el compendio de Friedrich Blass y
leyó los ductores rhetoricæ: Aristóteles, Quintiliano, Cicerón, y hasta Melanchton
y Vico.

171
Esto se desprende no sólo de sus recuerdos y de la lista de asignaturas de
aquellos años, sino también de los pequeños cuadernos que Gadamer se
confeccionó en esa época sobre los respectivos ámbitos temáticos (Rethorica).
Todavía se conservan y dan testimonio del intenso estudio particular de los
clásicos griegos y latinos.37 Como calificación para el examen de admisión
como profesor de filología clásica Gadamer había presentado un trabajo (en
latín) sobre la poesía de Píndaro: Depoetarum lyricorum narratione mythi-
ca. El él se interesó por la manera en que la lírica se refería al mito y llegó
a la conclusión de que Píndaro sólo evocaba los mitos, es decir, los recor­
daba y luego cortaba repentinamente. También en esta atención a los géne­
ros estilísticos y la especificidad de la recepción poética de los mitos se mos­
traba el interés hermenéutico de Gadamer. Al lado de este trabajo escrito,
el candidato tenía que demostrar en un examen oral que tenía conocimientos
de todos los ámbitos de la filología clásica. Por eso, Gadamer exploró toda
la disciplina, los trágicos, los poetas, los historiadores, evidentemente los
filósofos, la métrica, la retórica y la gramática. Sin embargo, sólo dos sema­
nas antes del examen descubrió con horror que había descuidado e inclu­
so olvidado por completo todo un ámbito: el de la arqueología. Estaba total­
mente desesperado. Era evidentemente imposible asimilar en quince días
los conocimientos arqueológicos necesarios, y no se podía aplazar el exa­
men. Consultó a Friedlánder y a Jacobsohn, el arqueólogo responsable.
Ambos se mostraron comprensivos y llegaron con él a un pacto entre caba­
lleros. Gadamer era un buen estudiante y se podía permitir dejar de lado el
tema de la arqueología en el examen mismo, siempre que Gadamer se com­
prometía recuperar los estudios de arqueología de manera informal después
del examen. Así ocurrió. Gadamer superó el examen con éxito y Friedlán­
der no dijo palabra sobre la arqueología. Después del examen de Estado,
Gadamer cumplió su deber y estudió dos años arqueología con Jacobsthal.38
En este lugar tal vez se puede llamar la atención sobre el hecho, sin rele­
vancia alguna en aquel momento, de que tanto Jacobsthal como Friedlán­
der eran judíos, sólo para resaltar que Gadamer tenía muchos profesores,

37. Entre ellos hay también un cuaderno Théologien que da testimonio de la


participación de Gadamer en las animadas controversias en torno a la teología dia­
léctica.
38. Lo sucedido se menciona sólo de manera velada en la autobiografía de
Gadamer: Jacobsthal «tenía también una actitud muy amigable para conmigo, y
más tarde pude aprender todavía muchas cosas de él.» (PL, pág. 43).

172
colegas y amigos judíos. Se pueden recordar Richard Honigswald, Richard
Kroner, Erich Frank, y amigos como Karl Lowith, Leo Strauss, Jakob Klein,
Helmut Kuhn (los contactos de Gadamer con Hannah Arendt y Hans Jonas
sólo eran muy esporádicos) o Kurt Riezler, cuya esposa era judía. En rela­
ción con preguntas sobre su posición frente al nacionalsocialismo, Gadamer
lo señaló con razón, no para jactarse de ello, sino para expresar la evidencia
que para él significaba el trato amistoso con judíos. De este modo estaba
desde un principio prácticamente inmune contra la absurda división de
«razas» que Hitler convirtió en arma política. Era demasiado grotesca para
que Gadamer -como también muchos de sus amigos judíos- la tomara en
serio.39 Sobre ello volveremos más adelante.
El éxito del examen del 20 de julio de 1927 fue un punto de viraje
importante en la carrera académica de Gadamer. Había adquirido un sóli­
do conocimiento de base que en adelante le permitía estar a la altura de los
mejores de su disciplina, que a lo largo de una década sería tanto la filoso­
fía como la filología clásica. En muchos aspectos incluso pudo sentirse supe­
rior a sus colegas, puesto que la mayoría de los filólogos carecían de cono­
cimientos filosóficos suficientes, mientras que a buena parte de los filósofos
(incluso Heidegger, como afirmaría en años posteriores) les faltaban las
herramientas filológicas adecuadas. En todas las nominaciones, solicitudes
y convocatorias de las décadas posteriores en las que se propuso a Gadamer
como candidato, siempre se mencionaba que él era uno de los raros filó­
sofos en Alemania que tenía conocimientos realmente exquisitos en filo­
sofía griega. En este sentido, el rodeo por los griegos resultó ser una inver­
sión rentable de tiempo y esfuerzos. Pero, por encima de todo, se había

39. Acerca de los judíos en las universidades alemanas, que en su mayoría esta­
ban asimilados, véase la entrevista Breslauer Studienjahre, op. cit., pág. 125: «Había
muchos judíos, en Breslau, y de manera aún más marcada en Marburgo. Ellos cons­
tituían esa capa de la burguesía que había ascendido en la escala social a través de
su éxito económico, y en cuya generación más próxima se encontraban muchos
hombres de muy elevada capacidad y cultura. En Marburgo, debo reconocerlo, casi
todos mis amigos eran judíos. No fue a propósito, así era, simplemente. Y me
percaté de ello sólo cuando se hizo la primera propaganda del “Tercer Reich” y mis
amigos judíos estaban muy preocupados. Decían: “Este asunto no va bien. Debe­
mos ser más cuidadosos, más reservados.” Por ejemplo, que un secretario de Esta­
do alemán en el ministerio del exterior fuese un sionista era imprudente -aun a los
ojos de mis amigos judíos, entiéndase bien—, Pero la mayoría de ellos habían deja­
do de ser judíos creyentes.»

173
demostrado a sí mismo que podía caminar sin las muletas de maestros supe­
riores a él, como Hartmann o Heidegger, y había dado pruebas, incluso a
sus maestros académicos más importantes —que en aquellos momentos eran
sobre todo Friedlánder y Heidegger (aunque Hartmann había sucedido
en 1925 a Scheler en Colonia, seguía escribiendo dictámenes para Gadamer)-
que tenía capacidades.
El más contento de todos, de pronto, parecía ser Heidegger. En las asig­
naturas principales de griego y latín Gadamer había obtenido la calificación
de «bueno», mientras que en la asignatura complementaria de propedéutica
filosófica recibió la nota de «excelente». Inmediatamente después del exa­
men, Friedlánder y Heidegger emprendieron juntos el camino a sus domi­
cilios. En esta ocasión, Friedlánder hablaba de su intención de habilitar a
Gadamer.40 El día siguiente Gadamer recibió una carta de Heidegger en la
que le comunicó que estaría bien dispuesto a habilitarle, sólo que debería
darse prisa, ya que tal vez él se convertiría pronto en el sucesor de Husserl en
Friburgo, lo que ocurrió efectivamente en el semestre de invierno de 1928-
I 929. Gadamer se mostró algo inseguro y «sorprendido»,41 puesto que en
todos los años anteriores Heidegger no le había dicho ni una palabra para
animarle. Por haber quedado decepcionado de su rendimiento, al principio
de su actividad docente en Marburgo había tratado al antiguo discípulo de
Hartmann de manera más bien discreta y crítica, aunque siempre con amis­
tad a nivel privado. Pero el examen de Estado le impresionó y le hizo cam­
biar de opinión. El hecho de que Gadamer había conseguido imponerse en
otra disciplina era para Heidegger una prueba de su talento e independen­
cia. Quería tener discípulos de esta clase. En todos los años de Marburgo,
Gadamer había asistido evidentemente a las clases de Heidegger y participó
en sus seminarios, con excepción del semestre de verano de 1927, cuando
tuvo que prepararse para el difícil examen de Estado. Con su escueta carta
de julio de 1927, Heidegger volvió a influir de manera contundente en el
destino de Gadamer. ¿Cómo hubiera podido resistir a esta invitación? A fi­
nales de abril de 192742 había aparecido E l ser y el tiempo, la obra principal
de Heidegger, con la que había defendido y reafirmado su lugar como el
filósofo más importante de la época. A muchos de sus discípulos no los

40. Ver PL, pág. 43 y la entrevista con Ralph Ludwig en la N D R (Radio Ale­
mana del Norte), del 9-2-1995.
41. PL, pág. 43.
42. Cf. T. Kisiel, The Genesis, pág. 486.

174
habilitó y, a la vista de su marcha a Friburgo, el margen de decisión era: aho­
ra o nunca. Gadamer no pudo rechazar una oferta de esta índole. Puesto
que Krüger y Lowith se habilitaron al mismo tiempo con Heidegger, se for­
mó una comunidad de lucha que honraba a Gadamer y que no excluía posi­
ciones críticas e independientes. Lowith se había interesado muy pronto
por Weber y Marx y criticaba la posición de Heidegger desde la filosofía so­
cial, mientras que la argumentación de Krüger partía de una perspectiva
teológica adquirida en el estudio de Kant y Hartmann.43Tal vez demostraría
Gadamer la misma originalidad e independencia a partir de su familiaridad
con la filosofía griega. Pero para ello aún necesitaría algunas décadas.
En el verano de 1927, Gadamer tuvo que darse prisa, cosa que siempre
le resultaba difícil. Sin embargo, bajo la presión del tiempo pueden suceder
milagros. Así consiguió presentar en verano de 1928 una tesis de habilita­
ción bajo el título «Interpretación del Filebo de Platón», que en 1931 fue
publicada en una versión reelaborada bajo el título Platons dialektische Ethik
[La ética dialéctica de Platón]. Gadamer redactó la primera versión bastante
rápidamente y, sobre todo, bajo una presión que no sólo se debía a Heidegger.
La redacción estaba acompañada también de una extrema preocupación
personal. El 13 de enero de 1927, el padre de Gadamer quedó postrado
en la cama por un cáncer incurable. Después de una agonía muy dolorosa
murió el 15 de abril de 1928.44 Desde el primer momento no quedaba duda
alguna de la seriedad de la enfermedad. Muchos médicos e internistas que
habían sido discípulos del padre de Gadamer hicieron todo lo posible para
frenar lo inevitable a pesar o justamente a causa de la gravedad de la situa­
ción. Hans-Georg los consultó a todos. Los médicos Schulemann y
Schneckenberger (discípulos del famoso internista Krehl) le aseguraron que
el caso no admitía esperanza alguna. Aunque trataron de tranquilizar a su
padre, éste no se engaño sobre su estado. Más bien seguía preocupándose

43. Lowith obtuvo su habilitación como catedrático en 1928 bajo la tutoría


de Heidegger con un trabajo titulado Das Individuum in der Rolle des Mitmenschen,
y Krüger con uno titulado Philosophie und Moral in der Kantischen Kritik.
44. Ya en 1927 la Chronik der Preufüschen Universitàt M arburg [Crónica de
la Universidad prusiana de Marburg], pág. 36, había dado pruebas de mal gusto
al dar a conocer públicamente la seriedad de la situación de su salud: «Una enfer­
medad grave e incurable ha llevado al lecho de enfermo al director del Instituto el
13 de enero [de 1927]. Hasta el final del semestre lo reemplaza en los cursos y las
prácticas el ayudante principal de cátedra, doctor Kuntze.»

175
por su hijo e hizo llamar a Heidegger, quien le aseguró que Hans-Georg lle­
garía a tener éxito, que la filosofía era suficiente como tarea para la vida y
que él se cuidaría de que progresara.
La larga agonía era evidentemente muy deprimente para el joven Gada­
mer. Un mes antes de la muerte del padre escribió a su tutor Heidegger:
«El estado de mi padre es muy lamentable. Desde hace una semana está
en el hospital. Klapp le hizo una pequeña operación para introducirle una
sonda en el intestino delgado con la que quieren alimentarle artificial­
mente. Pero sólo parece alargar sus torturas y agravar sus dolores. Ya está
muy débil y casi no se puede llevar una conversación con él. Trabajo con
todos mis esfuerzos y si aún tiene que sufrir mucho tiempo, al menos quie­
ro darle la alegría de terminar puntualmente mi trabajo».45 No consiguió
hacerlo, pero al menos la urgencia de querer dar al padre esta última ale­
gría, aunque apenas se daría cuenta, fue el sueño que acompañó a Gadamer
en la rápida redacción de su tesis de habilitación.
A Gadamer le esperaba una época dura e insegura. Ahora era huérfano
de padre en sentido físico y espiritual. Se había muerto su padre al que siem­
pre hubiera querido demostrar que no era un hijo perdido, y Heidegger,
el padre espiritual,46 al que también hubiera querido demostrar aún algu­
nas cosas, se marcharía a Friburgo después del verano. Durante este verano
de 1928 tenía que aprender rápidamente a ser independiente. Pero la his­
toria universal no le facilitaría las cosas.

45. Carta a Heidegger del 15-3-1928.


46. Véase la carta a Heidegger del 2-10-1928: «Habrá notado usted que, des­
pués de la muerte de mi padre, el contacto ocasional con usted me ha significado
mucho. Me sucede como si, con la muerte de mi padre, una gran parte de la com­
prometedora expectativa que me llegaba de su parte en mi posición hacia él hubie­
se pasado a su persona, y la conciencia de estar obligado por tal expectativa signi­
fica para mí un apoyo esencial de mi existencia. Procuraré mantener viva esa
conciencia aun sin el recuerdo de su presencia personal.» Véase también, la carta
que Gadamer escribió el 28-5-1976 a la viuda de Martin Heidegger dos días des­
pués de su muerte: «Lo sabe usted, sabe que ningún hombre, ni siquiera mi propio
padre, significaba tanto para mí como Martin Heidegger. Desde aquellos años tem­
pranos de la primera inspiración y primera plasmación, la presencia de Martin
Heidegger fue para mí una verdadera cuestión de ser o no ser, y pertenece a las gran­
des riquezas de mi vida el que, al final, entre el alumno admirador y el admirado
maestro creciera una distendida amistad.»

176
VIH. Insegura libertad, antes de la tormenta

Después vinieron los años en que Heidegger, habien­


do regresado de Marburgo a Friburgo, nos dejó, como
jóvenes docentes de filosofía, solos; o digamos, mejor,
en libertad.
H a n s-G eo rg G ad am er1

De pronto, Gadamer había quedado huérfano de padre. Al mismo tiempo,


sin embargo, había quedado liberado de la sombra inmediata de ambos
padres. No obstante, la presión paterna siguió ejerciendo su influjo. Posteriores
intérpretes, y sobre todo los científicos que habían conocido todavía a
Johannes Gadamer, incluso llegaron a suponer que Verdady método y el
intento de someter el modo de conocimiento de las ciencias del espíritu a
una legitimación propia respondían, en parte, a la intención del hijo de jus­
tificarse ante el padre. La filosofía no permite interpretaciones de tan cra­
so tenor psicológico, pero algo de cierto hay en ello. Gadamer explicó la tar­
día aparición del libro diciendo que, durante largo tiempo, el escribir le
había resultado un verdadero tormento, pues «tenía siempre la maldita sen­
sación de que Heidegger [le] espiaba por sobre el hombro».2
Sin embargo, en el año 1928 Heidegger tenía otras preocupaciones y
nuevas cumbres por escalar. E l ser y el tiempo le había reportado fama y es­
tatura y, al hacerse cargo de la sucesión de Husserl en Friburgo, procuraba,
con conciencia de sí pero también desesperado de sí mismo, escribir la se­
gunda parte de la obra. No obstante, fracasaría en el intento y, en los años
subsiguientes, se hizo cargo en medida creciente de ese fracaso, ya que se
vio confrontado de manera repentina con preguntas fundamentales acerca
de la esencia de la metafísica (sobre la cual trató su clase inaugural en
Friburgo) y del pensamiento argumentai, preguntas que le impondrían, por
el resto de su vida, un desfigurante enfrentamiento con la metafísica. Los
alumnos de Marburgo no sospechaban aún nada de esta crisis de su maestro.
Sólo se dieron cuenta de ello más tarde, cuando habló sobre la «vuelta»

1. GW 10, 333.
2. GW 2, 491.

177
{«Kehre»} y, consiguientemente, se cuestionó E l ser y el tiempo. Cuando
Heidegger dejó Marburgo, era todavía el renombrado autor de E l ser y el
tiempo y el nuevo portador de la antorcha de la fenomenología, que podía
abrigar la expectativa de ejercer un influjo formador de escuela. En realidad,
había dejado de ser fenomenólogo después de El sery el tiempo, aun cuando
esto mismo no era claro a sus alumnos ni tampoco, por cierto, al mismo
Heidegger. Por lo visto, él no daba demasiada importancia a la escuela feno­
menològica de Friburgo -ni hablar de la de München, es decir, de Pfánder y
Geiger-. Sus verdaderos discípulos eran Lowith, Krüger y Gadamer, que
habían obtenido recientemente su habilitación académica. Antes de su par­
tida hacia Friburgo, Heidegger organizó una pequeña celebración durante
la cual pronunció un discurso de despedida (justo en el momento en que su
mujer había puesto la comida sobre la mesa...). En ese discurso, señaló a
sus alumnos la tarea: les recomendó tomar como gran modelo a Max
Scheler,3 que había iniciado un diálogo con las ciencias. Aquí se trataba de
«ponerse a prueba en el terreno de las ciencias». Esto quería decir que, con
E l sery el tiempo, se había colocado la piedra fundamental, y que ahora era el
turno de sus discípulos. En el caso de Lowith, Heidegger pensaba en la nue­
va corriente de las ciencias sociales y de la antropología (Lowith había estu­
diado en München primeramente biología con el botánico K. von Goebel),
en el caso de Krüger, en la tradición de la teología,4 mucho más antigua

3. Esto resultó un tanto sorpresivo para sus alumnos, ya que aún resonaban en
sus oídos muchas observaciones hechas por Heidegger en tono burlón a propósito
de Scheler. De hecho, Heidegger había tenido al comienzo una actitud muy refrac­
taria ante Scheler pero modificó su opinión después de que Scheler, durante una
conversación nocturna, le manifestara su entusiasmo por E l sery el tiempo. Cuando
se enteró de la repentina muerte de Scheler el 19-5-1928, le dedicó unas emotivas
palabras de homenaje pòstumo en su curso del semestre de verano de 1928 (GA
26, pág. 62), en las que lo consideró como la mayor fuerza filosófica de la época.
Acerca de Scheler y Heidegger véase, además, Otto Pòggeler, «Ausgleich und ande-
rer Anfang. Scheler und Heidegger», en Studien zur Philosophie von M ax Scheler,
comp, por E. W. Orth y G. Pfafferott, Friburgo/Múnich: Karl Alber Verlag, 1994
(Phanomenologische Forschungen), pág. 166-203.
4. Acerca de la cual Heidegger había dictado el 14-2-1928 una conferencia de
importancia programática («Theologie und Philosophie»), que, no obstante, sin­
tomáticamente, había permanecido inédita hasta 1970. Heidegger confirma su inte­
rés por la antropología en su libro sobre Kant del año 1929. La provocación de las
clásicas ciencias de la antigüedad residía para Heidegger en tomar filosóficamente

178
pero mucho más cercana a Heidegger, y, en el caso de Gadamer, en las
ciencias de la antigüedad y, tal vez, también en las ciencias sobre el arte.
Como sucedía con Husserl, había también algo de misionero en el modo
como Heidegger se comprendía a sí mismo como arador de un suelo fértil,
cuyas semillas debían florecer en otras ramas de la ciencia. Y no estaba del
todo errado, como lo demuestra su influencia, duradera hasta hoy día, en
particular en la teología y en la filología clásica, pero también en las cien­
cias sociales, donde el sentimiento antiheideggeriano, presente sobre todo
en la escuela de Frankfurt y que se alimenta, por supuesto, de distintos
motivos, denota la tentación de un desafío del pensamiento.
De los tres discípulos, Gadamer podía considerarse, en un sentido que
enseguida determinaremos, como aquel que, en principio, estaba en «infe­
rioridad» de condiciones o, de todas maneras, como el más inseguro. Lo
cual, según se vea, puede describirse como una desgracia o como una suerte.
El senior y más seguro de sí mismo era, sin duda, Lowith (1897-1973).
Desde hacía largo tiempo, Lowith gozaba de la confianza y de la amistad de
Heidegger.5 Como había participado, desde el comienzo de los años 20,

en serio las preguntas de la filosofía griega, es más, en plantearlas de manera radi­


cal, lo que hacía aparecer como trivial toda otra forma de filología.
5. En una carta del 19-8-1921 (impresa en Zur philosophischen Aktualitat
Heideggers, comp, por D. Papenfuss y О. Pôggeler, Frankfurt a.M.: Klostermann,
tomo II, 1990, pág. 28) Heidegger confesó a Lowith: «Me he preocupado más de
usted que de cualquier otro.» Gadamer conoció a Lowith en Munich durante el se­
mestre de verano de 1921 (ver PL, pág. 237, donde dice, erróneamente, 1920).
Acerca del comportamiento precoz y seguro de sí mismo que tenía Lowith, la bio­
grafía de Arendt escrita por Elisabeth Young-Bruehl {Hanna Arendt. For Love o f the
World, New Haven: Yale University Press, 1982, pág. 59) relata, visto con los ojos
de Hans Jonas: «In 1921, at the age o f eighteen, Jonas decided that it was in
Heidegger’s seminar rather than in Husserl’s lecture that philosophy was alive. Even
though he understood very little, he too sensed there was, in these seminars, some­
thing mysterious, a depth, an openness to new modes o f thought. Heidegger intri­
gued him, and so did Heidegger’s advanced students, like Karl Lowith, who delive­
red dense and difficult papers to the seminar in a slow, halting voice —he had been
wounded in the lung during the war- which compounded the difficulty o f grasping
his meaning.» [«En 1921, a la edad de 18 años, Jonas concluyó que era en el semi­
nario de Heidegger, más que en los cursos de Husserl, donde la filosofía estaba viva.
Aun cuando él comprendía muy poco, percibía que había algo en esos seminarios,
algo misterioso, una profundidad, una apertura a nuevos modos de pensamiento.
Heidegger le intrigaba, y lo mismo le sucedía con los estudiantes avanzados de

179
en el camino del pensamiento de Heidegger de la teología hacia la fenome­
nología, no reparaba en cuestionar a su maestro con preguntas escépticas y
críticas, por ejemplo, acerca del «abismo» que se abría entre la pretensión
científica de su filosofía y el enraizamiento de la misma en la preopcupación
existencial (pregunta que se plantearon más tarde también muchos otros,
entre ellos Karl Jaspers). Ya en su trabajo intitulado «Das Individuum in der
Rolle des Mitmenschen» [«El individuo en el papel de prójimo»] (1928),
Lowith desarrolló un enfoque de orientación filosófico-social de carácter
muy crítico, y habla a favor de Heidegger que lo haya aceptado como traba­
jo para la habilitación académica. Con serenidad Heidegger pasaba por alto
la oposición de pensamiento y las indirectas, tal como se lo escribía a
Lowith el 20 de agosto de 1927: «No es para mí criterio de admisión o de no
admisión el que coincida usted o no conmigo en el contenido de las afirma­
ciones; tampoco si ha entendido usted o no mi trabajo en todos los asuntos
fundamentales. En interés suyo he comentado, sólo con anotaciones margi­
nales, que, en algunos puntos, se ha tomado usted la crítica con mucha faci­
lidad y que subestima la dificultad de los problemas y sus presupuestos. Los
ocultos ataques e indirectas, con su tono de superioridad, pertenecen al cli­
ma en el que uno produce sus primeras cosas. Después de una década, los
gestos de ese tenor se serenan, suponiendo que uno esté en condiciones de
encauzar toda la pasión, potenciada, hacia el cauce seguro de una incitante
tarea de vida.»b
De las tres habilitaciones académicas (y, con ellas, de los tres docentes no
numerarios) del año 1928, fue también Karl Lowith el primero en obtener
un encargo académico ordinario (para filosofía social) en la Universidad de
Marburgo. Krüger y Gadamer debieron compartir más tarde un muy mo­
desto cargo de asistente auxiliar en la cátedra de Lowith. Más allá de los mé­
ritos de su habilitación, de sus importantes artículos y de su actitud de con­
fianza en sí mismo, no ha de ignorarse que la postura más crítica que asumió
ante Heidegger también ayudó a Lowith a llegar a esa posición. En efecto,

Heidegger, como Karl Lowith, quien presentaba al seminario sus trabajos densos y
difíciles, que leía lentamente y con voz queda —había sido herido en los pulmones
durante la guerra-, lo que aumentaba la dificultad de captar su pensamiento.»] Con
relación al propio itinerario de pensamiento de Lowith véase su propio Curriculum
Vita de 1959, impreso como anexo en Mein Leben in Deutschland vor und nach
1933. Ein Bericht. Frankfurt a.M.: Fischer, 1989, pág. 146-157.
6. Zurphilosophischen Aktualitat Heideggers, tomo II, 1990, pág. 33.

180
las otras dos cátedras de plantilla de la facultad de filosofía de Marburgo esta­
ban ocupadas, en aquel tiempo, por los decididos opositores de Heidegger
Erich Jaensch (1883-1940) y Dietrich Mahnke (1894-1939). Durante años
habían sido ellos los que padecían el éxito docente y la burla de Heidegger.
Siendo que ellos, como personas con autoridad (y, más tarde, además, tam­
bién como nazis manifiestos) ejercieron influencia sobre el camino docente
de Gadamer, no deja de ser importante que tratemos el tema de este frente
anti-heideggeriano de aquel momento. Desde el punto de vista filosófico,
no eran para nada interesantes, tal como lo recordaba Gadamer.7 Su trayec­
toria había tenido un decurso demasiado controvertido para ello. Erich
Jaensch, alumno de Husserl, era psicólogo experimental y había recibido en
1913, por propuesta de la facultad, la prestigiosa cátedra de Hermann
Cohen. Este último lo había propuesto él mismo como su sucesor. Sin em­
bargo, ya su nombramiento suscitó en aquel momento protestas, pues se te­
mía que, con su nombramiento, la filosofía fuese reemplazada por la nueva
corriente de la psicología experimental (prácticamente, no había aún cáte­
dras especiales ni menos aún carreras académicas para esa nueva orientación
de la psicología). Casi todos los profesores de filosofía de Alemania expresa­
ron su indignación por el nombramiento de Jaensch a través de una recogida
de firmas.8Se podrá imaginar fácilmente, pues, cuántas tensiones y cuántos
resentimientos acompañaron desde el primer momento su actividad docen­
te en Marburgo. Tanto más profundo debió ser el disgusto de Jaensch por
el triunfo de Heidegger, en cuanto se consideraba el continuador de los
trabajos de Husserl. En 1926 fue también Jaensch quien impuso como suce­
sor de Nicolai Hartmann a su allegado Dietrich Mahnke, discípulo de
Husserl, ciertamente con la intención de colocar, ya en aquel momento, un
contrapeso a Heidegger y porque, en aquellos años, Heidegger se ocupaba
poco de cuestiones académicas. En 1934, Jaensch fue nombrado director de
un instituto de antropología psicológica que, a partir de ese momento, iba a
trabajar de manera independiente del seminario filosófico (cuyos directores
eran Mahnke y Erich Frank, sucesores de Heidegger, mientras que los do­
centes «interesantes» eran Lowith, Krüger y Gadamer). En ese «año de la

7. PL, pág. 26.


8. Sobre esa acción véase H. Holzhey, Cohen und Natorp. Tomo I: Ursprung
und Einheit. Die Geschichte der «Marburger Schule» ais Auseinandersetzung um die
Logik des Denkens, Basel/Stuttgart: Schwabe, 1986, pág. 22, así como el informe de
J. Ebbinghaus como testigo ocular en PSd III, pág. 44.

181
puesta en marcha», Jaensch publicó trabajos como «Das Kulturziel im neuen
Reich» [«La meta de la cultura en el nuevo Reich»], «Das philosophische
Wertproblem im neuen Reich» [«El problema filosófico de los valores en el
nuevo Reich»], «Zur Psychologie der deutschen Bewegung» [«Acerca de la
psicología del movimiento alemán»], «Neue Wege der Erziehungslehre und
Jugendkunde und die deutsche Erneuerung» [«La renovación alemana y los
nuevos caminos de la doctrina sobre la educación y sobre la juventud»] (2a
edición 1935), «Die Ziele der neuen Erziehung» [«Los objetivos de la nueva
educación»].9 No es de extrañar que este hombre impregnado de resenti­
miento se haya metido de lleno en el movimiento pequeño-burgués del na­
cionalsocialismo. En esos años, su furia contra Heidegger y su escuela, fuer­
temente representada en Marburgo, no cedió para nada. En 1934, Jaensch
tuvo que escribir un informe sobre Heidegger, cuando este último fue con­
vocado a ocupar el más alto cargo de una academia para docentes planifica­
da por el Ministerio para la ciencia y la formación popular. En ese informe,
Jaensch califica a Heidegger como una «de las cabezas más confusas y uno de
los tipos más extravagantes y egocéntricos [...] que tenemos en la vida acadé­
mica; [Heidegger,] cuyo pensamiento tan extravagante como oscuro, de tipo
esquizotímico, en parte ya esquizofrénico (es manifiesto), (ejercerá) entre los
estudiantes, tal como lo podemos observar con claridad aquí en Marburgo,
una influencia catastrófica».10
Obviamente, con estas expresiones, Jaensch tenía en la mira a Lowith,
Krüger y Gadamer y su éxito docente. Pero ellos eran tan orgullosos, que
consideraban a Jaensch y a Mahnke como perfectos inútiles, de los cuales no
valía la pena preocuparse. De los dos «asistentes auxiliares» de Lowith sin
duda era Krüger el que registraba el mayor éxito didáctico. Al igual que
Lowith, estaba cerca de Heidegger, pero también era crítico. Como Gadamer,
también había pasado de Hartmann a Heidegger, pero había sido seguidor
de Hartmann por más tiempo. Esto se nota sobre todo también en su orien­
tación por Kant, al que había dedicado su tesis doctoral y su excelente tra­

9. Ver K. Lowith, Mein Leben in Deutschland vor und nach 1933 , pág. 100:
«En el ajetreado primer plano domina E. Jaensch, un solterón de alrededor de 50
años con rasgos fuertemente psicopáticos. Este se había metido con entusiasmo
en el movimiento con el fin de refrescarse también él en la «puesta en marcha
de la juventud». Sus innumerables conferencias trataban todas acerca del hombre
alemán.»
10. Citado en R. Safranski, Ein Meister aus Deutschland. Heidegger und seine
Zeit, Múnich/Viena: Carl Hanser Verlag, 1994, pág. 327 (ver también pág. 313).

182
bajo de habilitación académica. Su Kant, sin embargo, no era el de la acti­
tud científica neokantiana, sino el Kant del imperativo categórico, que había
reconocido justamente en la moral, en la ley moral, una instancia de ver­
dad ante la cual la ciencia debía detenerse. La tendencia racionalista
de la Edad Moderna debía encontrar su frontera en la inmediatez y abso­
luta evidencia de la ley moral. Con su recurso a la ley moral y al orden pro­
veniente de la teología de la creación que está unido a ella, Kant había que­
rido marcar, según Krüger, justamente la frontera del pensamiento de la
Ilustración. Con ello, la figura de Kant era estilizada a la estatura de un últi­
mo pensador preilustracionista. Krüger se iba a convertir cada vez más en
un crítico de la modernidad, lo cual, por otra parte, vale también acerca de
Lowith y, en diferente medida, acerca de Gadamer. El impulso para tal acti­
tud lo encontró, naturalmente, en la destrucción de las evidencias de la con­
ciencia moderna, realizada por Heidegger. Con no poca frecuencia, Krüger
iba a criticar en el mismo Heidegger la persistencia de los motivos de la filo­
sofía de la subjetividad. ¿No era acaso el concepto de existencia en Heidegger
una radicalización del sujeto de la modernidad? Este campo temático tra­
jo consigo una relación plena de tensiones con Heidegger, relación que debe
de haber tocado tanto más al autor de E l ser y el tiempo cuando, en 1928,
comenzó a pensar totalmente de nuevo su punto de partida trascenden­
tal. El año siguiente, Heidegger presentó su propio libro sobre Kant y agu­
dizó con ello la necesidad de un enfrentamiento con la herencia kantiana.
Como alumno y amigo íntimo de Bultmann,11 Krüger podía también some­
ter a estudio, con gran penetración, las fuentes y consecuencias teológicas
del pensamiento de Heidegger. Al parecer, Heidegger apreció mucho a
Krüger como filósofo. En mayo de 1937, durante una visita junto a Max
Kommerell y Krüger a Heidegger en la Selva Negra, Gadamer hizo chan­
zas a Krüger como el «discípulo predilecto»12 de Heidegger. Dejemos en
suspenso la pregunta acerca de si, en esa broma, no se expresaban tam­
bién celos ocultos.
No quedaban dudas sobre el talento didáctico de Krüger. Había here­
dado de Hartmann, y también de Kant, un sentido casi escolástico para la

11. Ver K. Barth-RudolfBultmann 1911-1916, Zürich, Theologischer Verlag,


2a edición revisada, 1994, pág. 133.
12. Max Kommerell, Brief an Erika Kommerell vom Mai 1937, en М.
Kommerell, Briefe und Aufzeichnungen 1919-1944, Friburgo: Verlag Olten, 1967,
pág. 378.

183
síntesis, para formulaciones precisas y claras y para construcciones bien orde­
nadas. Su dicción, se afirma, era seductora. Él era siempre el lector prefe­
rido en los «Graca» de Bultmann. Los talentos didácticos de Krüger tuvie­
ron sobre todo también consecuencias financieras. En efecto, los docentes
privados vivían en aquel tiempo también de las pagas de clases, que se cal­
culaban a partir del número de sus oyentes. Krüger recibía sumas mucho
más altas que su colega Gadamer.13 Esto puede haber tenido relación tam­
bién con el hecho de que las actividades académicas ofrecidas por Krüger
eran especialmente llamativas para los teólogos. Gadamer tenía en claro que
Krüger era, en lo didáctico, un mejor docente que él. Él podía distinguir­
se de Krüger a lo sumo por un «estilo» diferente: «Entre los estudiantes de
Marburgo se decía en aquel tiempo acerca de Krüger y de mí: con Krüger
se aprende cómo son correctas todas las cosas; con Gadamer, qué poco se
sabe qué es correcto».14
Con ello, Gadamer insinuaba que su «insipiencia socrática» tenía algo
de más filosófico que la seguridad de Krüger, pero era consciente de su di­
fícil posición frente a Lowith y a Krüger, pues los estudiantes también
querían aprender de sus maestros qué era lo correcto. Gadamer tenía que
hacerse valer ante la autoridad y personalidad fuerte de Lowith y Krüger.
No es de extrañar que, a la hora de publicar, fuese más titubeante que los
otros dos y estuviese inclinado a retirarse al territorio de la filosofía griega,
que él dominaba mejor que sus colegas. Pero estaba acostumbrado a tener
en torno suyo a personalidades científicas fuertes: su padre, Hònigswald,
Natorp, Hartmann, Wolters, Curtius, Otto, Bultmann, Friedlánder,
Heidegger. Aprendió, de ese modo, a cultivar una cierta modestia, que fue
más tarde una importante fuente de su planteamiento hermenéutico. Si el
alma de la hermenéutica reside en que el otro podría tener razón, como lo
formulara Gadamer más tarde, entonces, este punto de partida sistemáti­
co, esta insipiencia socrática, está anclada también en una experiencia de
vida.
En el verano de 1928, Gadamer había presentado su trabajo de habili­
tación académica con el modesto y pálido título Interpretation des platoni-

13. Compárense, por ejemplo, las siguientes pagas de clases del semestre de
verano de 1932: Gadamer 469 RM, Krüger 679 RM; en el semestre de invierno de
1932/33: Gadamer 187 RM, Krüger 787 RM; en el semestre de verano de 1933:
Gadamer 256 RM, Krüger 1022 RM.
14. GW 10, 415 (=PL, pág. 226).

184
schen Philebos [„Interpretación del Filebo, de Platóri\. El que lo lee hoy no po­
drá sino percibir en él muchos prenuncios de la posterior hermenéutica y de
la interpretación que Gadamer iba a hacer de Platón. En ese sentido, es par­
ticularmente llamativa la elección, ya en aquel momento, del Filebo , un diá­
logo tardío, pero en el que Sócrates desempeña un papel preponderante que
revela hasta qué punto siguió siendo vivo el motivo de la pregunta por el
bien en la «dialéctica ética» de Platón. La acentuación de esta dimensión éti­
ca, de búsqueda socrática, se oponía, desde luego, a una versión puramente
conceptual de la dialéctica platónica, que se orientaba por el modelo del
análisis conceptual (aristotélico). La participación en la práctica dialógica o
hermenéutica se convirtió así en una clave —y no solamente en un adorno-
de la filosofía platónica. Con ello, Gadamer pudo también relativizar la vi­
gencia de la crítica de Platón por parte de Aristóteles. El Filebo y su pregun­
ta por la «vida mixta», que era el único ámbito donde se podía encontrar lo
humanamente bueno, demostraban en qué medida Platón y Aristóteles se
hallaban en un mismo terreno. Los papeles de trabajo de Aristóteles, ¿no ha­
bían reducido la pregunta dialógica de Platón al plano exclusivo del análisis
conceptual, incurriendo, de ese modo, en una recepción recortada de la éti­
ca dialógica de Platón? Más allá de ello, con esta pregunta se relativizaba
también la filología de la pura letra, al parecer no poseía sentido alguno para
las cosas de las cuales tratan los textos conservados, aferrándose, así, a falsas
antinomias. Este era el sentido de la insistencia de Gadamer, de tono hei­
deggeriano, en un regreso a las cosas mismas y a las preguntas por las que
esos mismos textos son puestos en movimiento. Una dependencia clara de
Heidegger se revelaba, obviamente, en la mirada de Gadamer hacia el hom­
bre «fáctico», mirada que, sin embargo, lo condujo a una concepción dialó­
gica y ética que puede considerarse ya como una corrección hermenéutica a
Heidegger.
Estas son ya ideas geniales, pero a las que Gadamer sólo décadas más
tarde sabrá otorgar el peso que les corresponde. En el año de emancipa­
ción de 1928, las afirmaciones siguen siendo aún relativamente tímidas.
El trabajo para la habilitación académica consta de dos capítulos, un pe­
netrante análisis de la dialéctica platónica del entendimiento y una inter­
pretación más bien a modo de paráfrasis del mismo Filebo. El trabajo no
tiene ni un final ni una bibliografía, y contiene sólo escasas notas al pie de
página. Como lo relatara más tarde Gadamer, ese trabajo había sido con­
cebido en primera instancia como preparación para otro sobre la ética
aristotélica. Los pensamientos acerca de la É tica a N icóm aco estuvieron

185
presentes ciertamente desde el principio en el camino de pensamiento de
Gadamer. Todavía en el año 1998, Gadamer presentó una edición co­
mentada del 6o libro de la Ética a Nicómaco,15 Ya bajo la influencia de la
ética de los valores de Hartmann, Gadamer se había propuesto en 1922
profundizar con Heidegger sus investigaciones acerca de la ética aristotéli­
ca. Había recibido un impulso decisivo también a través del seminario de
Heidegger sobre la «frónesis», al que había asistido en el semestre de vera­
no de 1923. Naturalmente, el trabajo sobre el Protréptico, realizado con
Friedlander, partió también del problema de la ética aristotélica, al igual
que el trabajo «Praktisches Wissen» [«Saber práctico»], que escribió en
1930 para un volumen conmemorativo para Friedlander y que dio a pu­
blicación sólo en 1986.
Lo que le fascinaba de esta ética era, en primer lugar, la concentración
en el hombre fáctico, el cual, en su saber práctico, se preocupa de su pro­
pio ser. No se puede dar, según piensa Gadamer, un saber objetivo de este
estar concernido por sí mismo. Pero entonces, ¿qué tipo de saber es este?
Con seguridad, no es un saber técnico, en el que se trataría de la aplicación
de normas y reglas. Justamente, a Gadamer le importaba cuestionar ese
modelo plasmado por la ética moderna en que la ética era concebida como
disposición casi técnica, por cuanto -como acentuaba al comienzo de su
trabajo para la habilitación académica- «la existencia humana implica un
no disponer de sí misma, y la filosofía, como posibilidad humana, se rea­
liza también dialécticamente, en aquella cuestionabilidad dialéctica en la
que ella se sabe humana.»16 El saber ético pero, como se puede observar,
también el saber filosófico, no es un saber desde la distancia, un poder
disponer de manera metódica, sino que sólo se deja experimentar en el pro­
ceso de su realización. En tal sentido, se trata de un «saber práctico», un
saber que está entretejido con la práctica de la vida. Con otras palabras: prác­
tica no es la aplicación de una teoría, sino que ella misma apronta ya un
tipo de saber. Esta característica propia de la praxis será la que ocupará a
Gadamer a lo largo de toda su vida.
Era obvio que Aristóteles tenía que ser aquí el principal interlocutor de
Gadamer. Pero, de algún modo, el enfrentamiento fue pospuesto una y otra

15. Véase la edición, a cargo de Gadamer de Aristóteles, Nikomachische Ethik


VI, Frankfurt a.M.: Klostermann, 1998.
16. GW 5, 7.

186
vez. El instinto hermenéutico de Gadamer le impulsaba a comprender a
Aristóteles como una respuesta a Platón, de tal manera que la pregunta de
Platón se proyectó siempre hacia el primer plano. Así, su trabajo de habi­
litación académica fue, en realidad, «un libro de Aristóteles que se quedó
en el camino»17: el tema debía ser la supuesta contradicción entre las dos
diferentes maneras de tratar el placer -que ya había sido objeto de la tesis
doctoral- en la Ética a Nicómaco (H, 10-13 у К 1-5). Saltaba a la vista
que en este contexto era inevitable regresar, a modo de preparación, al Filebo,
pero su interpretación preparatoria terminó por convertirse en el trabajo
entero. Puede ser que Gadamer tuviese prisa a raíz de la partida de Heidegger
hacia Friburgo, de tal modo que se contentara con la «parte» dedicada a
Platón al ver que ésta ya era suficientemente extensa. Tal vez sucedió tam­
bién que algo inhibiera a Gadamer en presentar a su maestro Heidegger, a
quien consideraba como un Aristóteles redivivus, una interpretación de
Aristóteles realizada de manera independiente, con una orientación más éti­
ca que ontològica. Como discípulo de Natorp y de Friedlánder, en cual­
quier caso, Gadamer se sentía con Platón sobre un terreno más seguro.
De todas maneras, Heidegger se mostró muy conforme con el trabajo
de habilitación académica de Gadamer. En su informe de comienzos de
agosto de 1928, destacó especialmente la multiplicidad de perspectivas sis­
temáticas a través de las cuales Hònigswald, Natorp, Hartmann y él mismo
(¡Friedlánder no fue mencionado!) habían introducido a Gadamer en su
campo de investigación: «Esto le procuró no solamente una rica visión de
conjunto de los problemas vigentes, sino también una satisfactoria agilidad
en el planteamiento de las preguntas. Él aprendió también de todos sus
maestros que a la tradición histórica sólo se accedía a través de una com­
prensión de los problemas de índole productiva y adquirida por sí misma,
de tal modo que H .G.G. se esforzó en forma continua por adentrarse en
los problemas sistemáticos de la filosofía.» Si sus anteriores trabajos, la tesis
doctoral y los escritos de 1923, se movían «aún demasiado directamente en
argumentaciones dialécticas vacías», entretanto se puede constatar positi­
vamente -continúa Heidegger- que el autor se ha vuelto hacia «un estudio
concreto de Aristóteles», «a fin de conocer de ese modo tanto más las difi­
cultades de una interpretación filosófica de los problemas de la antigüedad».
Heidegger podía anotar como mérito propio la intensidad de ese enfren­

1 7 .G W 2 , 487.

187
tamiento con Aristóteles y la intensidad del desarrollo de sus repercusiones:
«La comprensión de la principal repercusión de la metafísica aristotélica en
la filosofía occidental obligó a ocuparse a fondo de la escolástica medieval,
de Kant y de Hegel. Ai mismo tiempo, el autor conoció las distintas ver­
tientes de la investigación fenomenològica.
»Sobre la base de esa múltiple preparación, desarrollada a lo largo de
años, el autor pudo atreverse a tomar el más difícil de los diálogos de Platón
como tema de interpretación. El modo como lo hace en la presente inves­
tigación demuestra que el autor se encuentra plenamente al nivel de la inves­
tigación actual, para la cual la relación de Aristóteles hacia Platón se ha con­
vertido nuevamente en problema desde una interrogación integral. El señor
H. G. ve también que, habiéndose liberado de los prejuicios, aún no sufi­
cientemente superados, según los cuales Platón, el «idealista», sería idénti­
co con el Kant en interpretación «neokantiana», y Aristóteles, el «realista»,
no se diferenciaría de un escolástico medieval, lo esencial no se ha hecho
todavía. Después de superar esos prejuicios confundidos y generadores de
confusión, hay que obtener positivamente, en primer lugar, el centro sis­
temático de una adecuada interpretación. El autor lo ve con acierto en la
«dialéctica» de Platón, y de tal manera, que reconoce también cómo esa dia­
léctica está vinculada interiormente al concepto del ser y de la verdad de
la antigüedad.»
Descuidando la dimensión puramente ética del trabajo de habilitación,
Heidegger alabó muy especialmente su comprensión metafísica, aun cuan­
do exigió en este punto que se extraigan más consecuencias sistemáticas:
«Así pues, uno de los resultados principales de la presente interpretación del
diálogo ético es que ética, lógica y metafísica se transforman en una sola
cosa, y que Platón, al igual que Aristóteles, en cada aparente pregunta sin­
gular, siempre filosofa, socráticamente, a partir del todo y hacia el todo. Este
resultado no es llevado a un desarrollo sistemático claro ni a una evaluación
desde todos los puntos de vista, lo que, por supuesto, hubiese requerido
reflexiones sistemáticas más profundas. En su lugar, el autor procura, con
buena visión y considerando los estadios principales de la dialéctica plató­
nica, sacar a la luz la relación interior entre ontologia y dialéctica.» Heidegger
se mostró satisfecho con el producto fenomenològico del trabajo: «Las inter­
pretaciones fenomenológicas del autor son profundas y novedosas. Ellas
constituyen un valioso aporte a la historia de la doctrina de los afectos, cuya
importancia central para la antropología fuera mostrada por Dilthey».
Finalmente, Heidegger afirma que el trabajo de habilitación académica deno-

188
ta una sòlida familiaridad con la filosofía antigua, que Heidegger recono­
ce como una aportación muy especial a las tareas actuales de la filosofía: «El
presente trabajo no solamente es muy valioso como interpretación de un
diálogo platónico, sino también, en gran medida, con relación a la inves­
tigación de los problemas principales de la ética aristotélica, a la que el autor
ve como futura tarea. Asimismo, una investigación histórico-sistemática de
tal calidad brinda siempre, más aún si trata de la filosofía antigua, un cri­
terio seguro acerca de la seriedad y del nivel del pensamiento filosófico.
Hasta donde puedo conocer el desarrollo interior del autor en los últimos
cinco años y en la medida en que, justamente en la «filosofía», se pueda
decir, absolutamente hablando, algo nuevo, se puede vislumbrar ya ahora
al señor H. G. entre los investigadores más prometedores en el campo de la
filosofía antigua. Su colaboración con la insoslayable y difícil introduc­
ción en la filosofía antigua debe ser celebrada especialmente, ya que toma­
rá siempre el camino correcto en la interpretación concreta. Su modo de
ser serio y distinguido garantiza una eficacia segura de su actividad como
docente.»18
Si Heidegger veía en las consecuencias «metafísicas» los aspectos fuer­
tes del escrito de Gadamer, aun cuando, en su sentir, no eran suficiente­
mente radicales, el filólogo Friedlander, en el informe que le cabía adjun­
tar, estaba más bien inclinado a dar menos importancia a lo filosófico y a
advertir acerca de los méritos, pero también de las carencias de la lectura
filológica: «Como filólogo, agrego algunas perspectivas al informe del señor
Heidegger. Después de haberse dedicado anteriormente a «filosofar», por
cierto en un sentido del todo estrecho y exclusivo, el doctor Gadamer se ha
procurado en los últimos años un sólido fundamento científico-disciplinar,
a saber, filológico. Trascendiendo con mucho el ámbito filosófico, él ha
aprendido a interpretar, por ejemplo, con la poesía antigua. Él confirma
excelentemente esa capacidad en el presente trabajo. Por supuesto, estoy
convencido de que la tarea esbozada en la introducción con plena com­
prensión del carácter especial de esta obra tardía de Platón no ha sido des­
arrollada en toda la amplitud posible. La peculiar discontinuidad del diá­
logo no ha sido puesta aún de relieve con suficiente claridad en todo lugar
y, con ello, tampoco ha sido planteada como problema. Múltiples indica­
ciones del diálogo que señalan más allá de su temática propia han sido pasa­

18. UAM, PA Gadamer.

189
das por alto о bien no han sido vistas con suficiente claridad. Por más que
se mueve al mismo tiempo con tanta libertad y profundidad sobre todo
en las partes ricas en perspectivas fenomenológicas, la interpretación no
penetra, en otros pasajes, más allá de aquello que yo llamaría las variables
formales de la obra.»
Por otra parte, sin embargo, Friedlánder comprendía muy bien que esta­
ba juzgando la investigación de Gadamer desde una perspectiva de análisis
que él mismo procuraba desarrollar en los volúmenes de su aún inconclusa
monografía sobre Platón. «Sería injusto, sin embargo, si yo exigiese del can­
didato a la habilitación aquello que yo mismo estoy procurando lograr en
este momento y que sólo se puede alcanzar de manera aproximada. Con gus­
to admito, asimismo, que los análisis del autor me han impulsado conside­
rablemente en mi propio trabajo. Puedo agregar más aún: en general, el tra­
bajo en común con el doctor G. en los últimos años ha sido provechoso de
múltiples maneras, tanto para mí cuanto para mi seminario.»19
La muerte del padre, la finalización de su condición estudiantil, sella­
da con la habilitación académica, y sobre todo también el empeoramiento
de la situación económica, después de cuatro años de una relativa mejora
bajo el gobierno de Streseman, tuvieron como consecuencia para Gadamer
un tiempo de grave inseguridad financiera. De su madrastra recibió Gadamer
la suma de 800 marcos como contribución para la impresión de su traba­
jo de habilitación académica en la editorial Meiner. En los primeros meses
de 1928 se postuló, junto con su colega Gerhard Krüger, para una beca de
investigación de la así llamada -y bien llamada- «Comunidad de necesida­
des de la ciencia alemana» [«Notgemeinschaft der deutschen Wissenschaft»].
En la redacción de su presentación se guió por la solicitud que Lowith había
presentado pocos meses antes. Por consejo de Krüger, Gadamer se esmeró
en que su plan de trabajo no se asemejara demasiado al plan de una inves­
tigación en lo esencial ya concluida.20Así, decidió no hablar de las investi­
gaciones sobre la ética aristotélica que tenía planeadas, sino que anunció,
en cambio, «Estudios acerca de la filosofía griega de la naturaleza» [«Studien
zur griechischen Naturphilosophie»]. El 1 de mayo de 1928 recibió, para
esos fines, una beca de investigación de 250 RM mensuales por un perío­
do de dos años. Por su parte, Krüger recibió una beca de 175 RM para
sus «Estudios acerca de la ontologia de la alta escolástica» [«Studien zur

19. UAM, PA Gadamer.


20. Carta a Heidegger del 15-3-1928.

190
Ontologie der Hochscholastik»]. Estos eran medios muy modestos pero ase­
guraban, con todo, un respaldo institucional. Además, como ambos iban a
ser, próximamente, docentes privados, podían contar en breve con pagas de
clases y esperaban poder redondear tal vez sus ingresos mensuales con encar­
gos de publicaciones. Los Gadamer seguían viviendo modestamente en la
casa de la Ockersháuser Allee, en la que, entre otras carencias, ni siquiera
había una bañera.
Es difícil determinar qué dirección exacta tomó Gadamer en aquel
momento en sus estudios sobre la filosofía de la naturaleza griega. De mani­
festaciones posteriores suyas se puede inferir que esos estudios fueron pro­
vocados por la interpretación que hacía Heidegger del concepto griego del
ser como «lo dado a la mano» [«Vorhandenheit»]:21 para Heidegger, lo ente
era para los griegos lo puramente presente, lo que estaba frente a uno; aque­
llo, pues, con lo que se podía contar y sobre lo que, finalmente, se podía
disponer (como objeto, y hasta como cosa habida). Gadamer tenía que pre­
guntarse aquí si el concepto griego del ser no estaba siendo pensado dema­
siado desde la concepción moderna de ciencia. ¿No subyacía a la comprensión
griega del ser como energeia una experiencia diferente del ser? Después de
Gadamer, fue Heidegger mismo quien reconoció la unilateralidad de su
concepción de «lo dado» en oportunidad de pronunciar, en 1938, su con­
ferencia intitulada «Die Begründung des neuzeitlichen Weltbildes durch die
Metaphysik» [«La fundamentación de la imagen moderna del mundo por
la metafísica»], que fue publicada en 1950 con el título «Die Zeit des
Weltbildes» [El tiempo de la imagen del mundo], en su obra Holzwege [cami­
nos de bosque]. Lamentablemente, las investigaciones que en aquel tiem­
po hiciera Gadamer sobre la filosofía de la naturaleza cuentan con muy esca­
sa documentación. En el semestre de invierno de 1929/30, Gadamer dictó,
como docente privado en Marburgo, clases prácticas sobre la filosofía de la
naturaleza griega (se trataba, sobre todo, de la Física de Aristóteles) y, duran­
te su actividad docente en Kiel, cuatro conferencias sobre la filosofía de la
naturaleza, que fueron grabadas en discos de cera,22 que, empero, hasta aho­
ra aún no pudieron encontrarse. El único trabajo de ese «círculo de estu­

21. Ver GW 2, 486; GW 10, 198 y pàssim.


22. De acuerdo a un curriculum vitæ de Gadamer datado a mediados de los
años treinta (UAM, PA, pág. 12, con el título Vier Vortrage zur Geschichte der
Naturphilosophie, reproducidas en discos de cera, Kiel, 1934). El título no aparece
más en posteriores currículos.

191
dios» [«Studienkreis»]23, que Gadamer publicó en aquel momento, fue el
estudio sobre Demócrito intitulado «Antike Atomtheorie» [«La teoría de los
átomos de la antigüedad»], que apareció en 1935/36 en la revistaZeitschrift
fu r die gesarnte Naturwissenscha.fi.
Firmemente comprobado está que Gadamer trabajaba en aquel tiem­
po en una edición de la Física de Aristóteles para la editorial Felix Meiner,24
pero que Gadamer nunca envió a imprenta. Estaba planificada una tra­
ducción comentada de la Física de Aristóteles, con la cual Gadamer tam­
bién podía tener la esperanza de ganar un poco de dinero.25A eso se debió
probablemente también la mención, en su solicitud de beca, del propósito
de realizar estudios sobre la filosofía griega de la naturaleza. Pero la edito­
rial Meiner tenía, por su parte, la intención de presentar para esa traduc­
ción de la Física una petición de apoyo a la Comunidad de necesidades,
de tal manera que para Gadamer se planteaba un dilema moral y financie­
ro. En efecto, de esa manera, él. podía recibir por parte de la Comunidad de
necesidades dos sumas para el mismo trabajo. Por otra parte, si el importe
del apoyo pedido por Meiner fuese deducido del de su beca, resultaría
una muy dudosa ganancia para él. Por eso pensó en poner, para la solicitud

23. Tal como lo denomina el mismo Gadamer, GW 2, 487. El último fruto de


los estudios realizados por Gadamer durante años sobre la filosofía de la naturale­
za de los griegos lo constituye el trabajo de 1995 «Der Naturbegriíf bei den Griechen
und in der modernen Physik», en Colbquium Phibsophicum. Annali del Dipanamento
di Filosofia I [Università degli Studi Roma Tre], 1996, pág. 9-22.
24. En su curriculum vita del 10-6-1938, cuando opositaba la cátedra de Leipzig,
Gadamer anunció (UAL, PA, pág. 33): «Se encuentra en preparación un comenta­
rio sobre la Física de Aristóteles (editorial E. Meiner) y un escrito sobre Hegel y la
dialéctica de la antigüedad». En la presentación de sí mismo de 1975 se prevé nue­
vamente la publicación de partes de ese comentario inconcluso sobre la Física (GW
2, 487). Por ahora sigue aún entre los papeles inéditos de Gadamer.
25. Ver la carta a Heidegger del 2-10-1928: «Con Felix Meiner me encuen­
tro en negociaciones a propósito de la traducción de la Física. Estoy decidido a hacer­
me cargo de esta tarea en cualquier caso, y ahora procuro obtener un incremento
de su oferta de honorarios de 25 por la página de traducción y 40 por la de notas,
al menos de los de las notas, que, por la carencia total de trabajos previos, me reque­
rirán muchísimo trabajo. Dudo que la iniciativa dé resultado, ya que la rentabili­
dad comercial de una traducción de la Física no puede estimarse como muy con­
veniente. Él ya me aseguró que la editorial se haría cargo de mi tesis de habilitación
de catedrático, si bien esperando obtener para ello un subsidio de la Comunidad
de necesidades».

192
de renovación de beca a partir de abril de 1929, nuevamente en primer pia­
no los estudios sobre ética. Gadamer conversò acerca de este conflicto con
Jaeger y con Heidegger.26 La respuesta de ambos es desconocida pero, pro­
bablemente, ellos le habrán hecho notar que una modificación del obje-

26. Ver la carta a Heidegger del 18-10-1928: «Según se desprende de las actas
adjuntas, Meiner tiene ahora el plan de recurrir por sí mismo a la Comunidad de
necesidades, para lo cual escribió un pedido dirigido a Jaeger del cual le acompaño
una copia (el original lo conservo hasta haber recibido una respuesta de su parte).
Ahora bien, no sé si esta iniciativa pueda perjudicar, tal vez, mi expectativa de obte­
ner otra beca por parte de la Comunidad de necesidades. En tal caso, el incremen­
to de honorarios de 600 a 1000 que he logrado de Meiner sería un dudoso benefi­
cio. A esto se agrega que, si comienzo pronto con la traducción (los extensos estudios
al respecto se podrían combinar bien con mis planes para dictar cursos) me resulta
más adecuado indicar como próximo plan de trabajo para la beca los estudios sobre
la Física (y no, como tenía previsto, estudios sobre la Ética de Aristóteles), de mane­
ra que mi trabajo no se disperse demasiado. Al respecto de esa modificación de mi
plan de trabajo le pido su opinión, especialmente respecto de si tal modificación,
siendo que no se puede introducir tan lisa y llanamente como una continuación de
mi trabajo sobre Platón, reduce las expectativas de una aprobación de mi beca. [Al
margen dice: 1er caso] Si teme Ud. esto, permanezco en mi plan anterior y procura­
ré realizar la traducción y los estudios sobre la Física en forma paralela a lo otro. En
tal caso, ¿será para preocuparse que Meiner dirija una solicitud a la Comunidad de
necesidades? (El aun así módico honorario me sería liquidado sólo después de años.)
[2o caso] Pero en el otro caso -si yo solicitara en la primavera una beca para
estudios sobre la Física-, la posibilidad de un conflicto con la solicitud de Meiner
a la Comunidad de necesidades se presenta naturalmente. En tal caso, y supo­
niendo que esté Ud. de acuerdo con este plan de postulación, yo tendría la inten­
ción de informar a Jaeger, con cuyo interés benévolo creo poder contar, sobre
todo el asunto. Es que debo evitar que se suscite la impresión de ilegalidad de que
pretendo conseguir dinero al mismo tiempo de la Comunidad de necesidades y
de Meiner (indirectamente también a través de la Comunidad de necesidades) para
el mismo trabajo. Yo le preguntaría, pues, a Jaeger directamente si él considera que
aquí se da el conflicto o no, en cuanto mis estudios de la Física no son idénticos a
la [...] tarea de traducción de la Física —tarea por la cual voy a recibir los honora­
rios- sino que sólo se complementan en la materia (yo no podría aprovechar en las
notas todos los resultados de mi estudio, dado que me está limitada la cantidad de
notas). Si Jaeger me respondiera que considera cuestionable mi posterior pedido de
beca en razón de la solicitud de Meiner, me interesaría más bien impedir que Meiner
haga el pedido y contentarme con el ofrecimiento original de honorarios que él me
hiciera. Si Ud. considera superflua la consulta a Jaeger y estima que en este caso se
da el conflicto, le pido que me avise. Si así fuese, yo impediría que Meiner envíe
la carta a Jaeger y más aún su solicitud a la Comunidad de necesidades».

193
tivo de investigación podía ser perjudicial, ya que la beca había sido reno­
vada en la primavera pasada teniendo como objetivo los estudios sobre la
filosofía de la naturaleza.
Pero las reflexiones de Gadamer eran puramente tácticas. En el fon­
do, como docente privado él investigaba en esos primeros años en forma
paralela la ética y la física de los griegos. La ética estaba más en continuidad
con su trabajo de habilitación académica, en cuya revisión estaba traba­
jando, y la misma le resultaba más afín, tal como se desprende de sus acti­
vidades académicas y de sus escritos de esos años. En este sentido, téngase
presente, especialmente, el trabajo intitulado «Praktisches Wissen» [Saber
práctico], que escribió en 1930 para un libro conmemorativo inédito en
homenaje a Friedlánder. Pero, con la Física, él tenía en vista un proyecto de
publicación firme y verdaderamente importante.
La solicitud de habilitación como catedrático implica en Alemania,
como se sabe, al mismo tiempo la solicitud de una venia legendi. Junto al
trabajo de habilitación había que dictar una clase inaugural y una clase
de prueba, para las cuales podían proponerse algunos temas. Para la cla­
se de prueba, Gadamer propuso el 8 de junio de 1928 los temas
«Hegelsche und antike Dialektik» [Dialéctica de Hegel y dialéctica de la
Antigüedad] y «Der Begriff des Ñus und der Begriff des Menschen»
[El concepto de nons y el concepto de hombre]; para la clase inaugural,
«Die Rolle der Freundschaft in der philosophischen Ethik» [El papel de
la amistad en la ética filosófica] y «Die Stellung des Parmenides in der
antiken Philosophie» [La posición de Parménides en la filosofía anti­
gua].27 En la sesión del 29-11-1928, la facultad decidió, para la clase de
prueba, a favor del tema «Hegelsche und antike Dialektik», y, para la
clase inaugural, a favor del tema sobre la amistad en la ética aristotélica.
Una vez que Gadamer había aprobado la clase de prueba ante un reduci­
do círculo de miembros de la facultad, fue admitido para la clase inau­
gural, que debía tener lugar el 23-2-1929. Dictada esa clase, él era ya un
profesor universitario oficialmente habilitado, es decir, un docente pri­
vado que podía dar clases en la universidad. Él no recibía por esa activi­
dad un sueldo propiamente dicho, sino simplemente pagas de clase, que
dependían del número de oyentes. Esta circunstancia constituía, obvia­
mente, un estímulo para preparar bien las clases y elegir temas atrayen­

27. UAM, PA Gadamer.

194
tes. Como profesor habilitado podía asimismo tener la esperanza de
conseguir una beca (adicional) de docente privado por parte del
Ministerio para la ciencia, el arte y la formación popular. A partir de
abril de 1929, Gadamer -o, más bien, el decano de su facultad- presen­
tó con regularidad solicitudes para el otorgamiento de una tal beca, pero
sin obtener nunca una respuesta afirmativa. Los reiterados pedidos de la
facultad para que se otorgara a Gadamer un encargo docente para ética
y estética tampoco obtuvieron, «ante la situación financiera», una res­
puesta positiva del Ministerio, al menos hasta 1933. Dado que estas
solicitudes dan una imagen adecuada de los «lados fuertes» que había
que destacar en aquel tiempo en el dossier de Gadamer, pero también de
su precaria situación financiera, citamos aquí la solicitud del 6 de marzo
de 1931:

La facultad solicita al señor Ministro el otorgamiento de un encargo docente


de ética y de estética al docente privado doctor Hans-Georg Gadamer.
Hasta el presente, hubo un encargo docente de estética en nuestra
Universidad a cargo del señor Heimsoeth, hasta que este recibiera un llama­
do a otra Universidad. La facultad desea que esta materia esté representada nue­
vamente en forma regular a través de cursos y clases prácticas, ya que la misma
es importante, más allá del círculo más estrecho de la filosofía, también para
los filólogos y para los que estudian historia del arte.
Además de lo precedente, también hay interés por cursos sobre ética y su
historia más allá de los límites de la facultad, entre los teólogos.
La facultad considera al doctor Gadamer particularmente apto para la tarea
de impartir esos cursos. Él ha tenido un buen desempeño docente en los tres
semestres de su actividad docente hasta el momento. Su tesis de habilitación
académica sobre el Filebo de Platón, que se encuentra actualmente en prensa,
trata un importante tema de la historia de la ética en la antigüedad y demues­
tra que el señor Gadamer es, en este campo, un investigador independiente.
En general, él se cuenta entre los pocos filósofos actuales que poseen al mismo
tiempo una sólida base filológica e histórica, de tal modo que está en condi­
ciones de tratar a los filósofos griegos, indispensables para un estudio filosófi­
co profundo, en sus textos originales. Teniendo en cuenta el conocimiento
totalmente insuficiente del griego con el que hoy en día llegan los estudiantes,
incluso los que provienen de los establecimientos de enseñanza de orientación
humanística, es en interés de una ordenada actividad docente de filosofía que
a los estudiantes de los primeros semestres se les brinde, a través de cursos y
clases prácticas de carácter introductorio como los que podría dictar el señor
Gadamer, la oportunidad de adquirir esos requisitos que les faltan para la com­
prensión de los filósofos griegos y romanos.
Para el caso de la estética, el señor Gadamer cuenta con una relación viva
con la filología, con la literatura y con las ciencias sobre el arte, así como

195
también con un especial interés y una manifiesta aptitud justamente para los
problemas peculiares de esa disciplina filosófica.
El sustento del señor Gadamer como científico se ha apoyado hasta el
momento en una beca de la Comunidad de necesidades de 250 RM mensua­
les y en una renta mensual de aproximadamente 60 marcos. La beca de la
Comunidad de necesidades tiene vigencia, empero, solamente hasta el 1 de
abril de 1931. No es seguro que pueda ser prorrogada nuevamente por un año.
El señor Gadamer está casado y tiene una hija, por lo que, de todos modos, a
partir del 1 de abril de 1932 quedaría, aun en ese caso, en una situación de
máxima precariedad.

Casi con idéntico texto fue reiterada esta solicitud en 1932 (la beca
bienal de investigación tampoco había sido renovada en 1931), pero fue
nuevamente rechazada indicando el mismo motivo: la mala situación eco­
nómica del momento. Esta circunstancia no se basaba en la falta de apti­
tud de Gadamer, pues las solicitudes de Krüger de una beca de docente
privado y de un encargo docente para «la zona fronteriza entre la filoso­
fía y la teología» fueron también rechazadas. Es una amarga ironía de la
historia que Gadamer y Krüger hayan recibido esos encargos sólo en agos­
to de 1933. Pero la historia también era culpable de que ellos debieran
vivir entre 1931 y 1933 sin beca. En efecto, la mala situación económi­
ca del momento era la consecuencia inmediata de la caída de la bolsa en
octubre de 1929 que había castigado muy duramente a la industria ale­
mana de exportación trayendo consigo una desocupación masiva (cuyas
consecuencias políticas eran e iban a ser cada vez más peligrosas). Desde
el punto de vista exclusivamente académico, era obvio que, para el minis­
terio, esas becas de docentes privados no eran un asunto de vida o muer­
te. Pues los docentes privados, remunerados o no, debían ofrecer de todos
modos actividades académicas, si no querían perder la venia legendi. Cheap
labor e incluso esclavos son, desde siempre, los docentes privados en el sis­
tema universitario alemán; pero ellos lo asumen como el precio que deben
pagar para ser premiados, al final, con un puesto de profesor. La exis­
tencia de esclavo de los docentes privados funciona hasta como aguijón
para impulsar a la superación de sí mismo a través de una sólida pro­
ducción científica. Sólo que Gadamer tuvo la mala suerte de que su exis­
tencia de esclavo coincidiera con el episodio más sombrío de la historia
alemana,
Pero se estaba acostumbrado a privaciones. La miseria de comienzos
de los años treinta podía compararse totalmente con las crisis económi­
cas de 1919 y de 1923 y, por lo tanto, podía relativizarse. El hecho de

196
que, en esta oportunidad, la crisis tuviera como consecuencia una radi-
calización política de dimensiones inéditas fue registrado por el círculo
de intelectuales en torno a Gadamer a lo más con preocupación, pero
también con desdén. Era patente que todos los partidos y las coaliciones
desde 1919 habían fracasado. Tanto menos se tenía interés, pues, por el
vil negocio de la política, más aún porque todos los políticos actuaban
como impotentes, ridículos muñecos de la historia mundial. Todo el mun­
do tenía en claro que la política alemana estaba en jaque, situación que
tenía que ver con las consecuencias del tratado de Versalles y de la quie­
bra de la economía. Fue obra del «genio» político de Hitler el lograr, atra­
vesando todas las crisis, obtener munición electoral aprovechándose de
esas situaciones y comportándose de manera consecuente como un can­
didato marginal. Pero el círculo liberal en torno a Gadamer no podía lle­
gar a tomar en serio a una figura tan ridicula. La afinidad política de
Gadamer se orientaba, a lo sumo, al Partido democrático alemán [Deutsche
Demokratische Partei], que se achicaba cada vez más. El Partido social-
demócrata de Alemania [SPD, Sozialdemokratische Partei Deutschlands],
que estaba siempre llamado a constituir la oposición, le parecía algo dema­
siado de izquierda, más aún en cuanto, en aquel tiempo, se le echaba la
culpa de todos los males de la República de Weimar, en cuyo surgimiento
había participado decisivamente. Por su parte, el Partido de centro [Partei
des Zentrums], que una y otra vez quedaba a cargo del gobierno, le pare­
cía demasiado negro, vale decir, demasiado católico y demasiado cíni­
co. A los intelectuales de Marburgo les molestaba que ese partido tan
marginal lograra llegar una y otra vez, sin merecerlo, al centro del poder.
Ante los comunistas y el modelo de la «economía colectiva soviética» se
tenía un temor subconsciente, sobre todo en la medida en que se los aso­
ciaba a un régimen de terror. Mientras tanto, todos subestimaron el peli­
gro de los partidos de extrema derecha, el Partido nacionalsocialista
alemán de los trabajadores [NSDAP, Nationalsozialistische deutsche
Arbeiterpartei] y el Partido popular nacional alemán [Deutschnationale
Volkspartei]. En esos años de la autodestrucción de la República de
Weimar, Gadamer y sus amigos parecían tener cierta simpatía por el cur­
so que seguía el gobierno de Brüning y por su intento de conciliación
con los poderes occidentales. En efecto, no había una alternativa más
razonable que procurar influir sobre los aliados para lograr la eliminación
de la paralizante deuda de reparación. Brüning casi lo logró, pero fraca­
só, aparentemente a raíz de la oposición de los franceses, que era consi­

197
derada en Alemania como si fuese directamente el veto de los aliados.28
Esta circunstancia alimentaba entre los intelectuales, entre los que se con­
taba Gadamer, un cierto cinismo que los colocaba en una posición de out­
siders burlones. En esa época de penuria inmediata se le acababan a uno por
sí solas las ganas de comprometerse políticamente. La política había per­
dido credibilidad. En esa situación, sólo importaban la filosofía y la poesía.

28. Ver Hans-Georg Gadamer on Education, Poetry and History, 1992, pág. 139
= SUNY-Gespràche, 3 A, pág. 9: «Es así que nosotros, la generación joven, no
nos llevábamos bien con las antiguas formas de la tradición. Y la generación mayor sí
podía hacerlo. Era al revés: la generación mayor ejercía su influjo con efectos retar-
dadores. Por ejemplo, en el hecho de que el nacionalsocialismo encontró un fuerte
eco en las asociaciones estudiantiles alemanas, «fraternities». Pero esos no eran nues­
tros intereses. Nosotros, los intelectuales, nos manteníamos al margen con una cier­
ta crítica irónica. Pues, obviamente, nosotros éramos [...], aun cuando veíamos la
debilidad de la República de Weimar y la actitud imposible de la política francesa
en esa época —porque fueron los franceses los que nos metieron a Hitler en la sopa.
Es que ellos impidieron una razonable regulación de la paz. Ustedes saben, por cier­
to, que, en aquel tiempo, Brüning, con la ayuda de Inglaterra -tenía muy buenas
relaciones con Inglaterra y era también un extraordinario conocedor de la política
y la civilización inglesas- tenía una pesada tarea como canciller, para lograr que por
fin los ingleses, unidos con los estadounidenses, que desde siempre estaban a favor,
aceptaran que era preciso dejar de poner exigencias ilimitadas a una gran potencia
industrial. Así no hay economía que pueda funcionar. Si se sabe que no se trabaja
para sí mismo, sino solamente para otros... Y esa era la consecuencia de esa polí­
tica. En Alemania no se podía trabajar en la economía sin tener consciencia de que
no lo hacíamos por nosotros. [...] Ahora bien, el papel de Francia después de la
Primera Guerra Mundial fue muy desfavorable. Nosotros no lo sentimos de ese
modo, no sabíamos que era siempre Francia. Sólo sabíamos: «los aliados». Pero
Brüning lo sabía, por supuesto, y su política, al igual que la de Stresemann, era, por
así decirlo, preparar la economía alemana para el momento en que pudiese traba­
jar nuevamente para sí misma. Y justo en ese momento Franz [correctamente: Kurt
von] Schleicher es derrocado. Este estaba justo en el momento previo a la cancela­
ción de la deuda de reparación. [...] Me parece que se le puede echar en cara a
Brüning que era un gran dogmático y que, como entretanto sabemos, un realista.
Al publicarse ahora esos diarios de Brüning y ver que él, con su gestión, quería lograr
la vuelta al poder de los Hohenzollern, seguramente como una monarquía consti­
tucional, nos dio un ataque. Por cierto, si lo hubiésemos sabido, nunca lo hubié­
semos elegido. [Pregunta: ¿Tenía Ud. en aquel tiempo una simpatía marcada en uno
u otro sentido? H G G :] Naturalmente, teníamos gran simpatía por Brüning.
[Pregunta: Pero pienso más bien en el sentido de una elección entre la democracia
y la monarquía. H GG:] No, no. La elección entre la sociedad burguesa y la eco­
nomía colectivista soviética: de eso se trata».

198
De este modo, era aconsejable dedicarse más bien a mantener en alto
la llama de la filosofía renovada por Heidegger desde sus fundamentos, por
ejemplo, trabajando sobre la Física de Aristóteles o soñando acerca del papel
central que tenía la amistad en la ética griega. Como se sabe, entre los cole­
gas de Gadamer en el campo de la filología antigua se extendió una ola de
nostalgia de la polis griega. ¿Era tan incomprensible en una época de deca­
dencia de la consciencia de Estado? A la cabeza de esta tendencia se encon­
traba, por supuesto, Werner Jaeger, el fundador de la revista Die Antike,
que quería ver en los griegos un modelo de la educación clásica y hasta
del humanismo. Así fue como Gadamer participó, por invitación de Paul
Friedlánder, que entretanto había sido llamado a ocupar una cátedra en
Halle, en el famoso congreso de filólogos clásicos sobre lo clásico, que tuvo
lugar en Naumburg del 10 al 12 de julio de 1930,29 y a la que, además de
Werner Jaeger, asistieron renombrados investigadores como Eduard Fraenkel
y Richard Harder. Durante este congreso, Gadamer conoció también
a colegas que más tarde serían sus amigos, como Wolfgang Schadewaldt,
Helmut Kuhn y Karl Reinhardt. Este fue el primer -y, por mucho tiempo,
el único- congreso en el que Gadamer participó. Si se seguía la línea de
Husserl y de Heidegger, así lo explicó Gadamer más tarde, no se parti­
cipaba en congresos (demasiado común, demasiado mundano, ¡tanta pala­
brería!) 30 Gadamer no asistió ni siquiera a la confrontación entre Cassirer
y Heidegger, que tuvo lugar en Davos en marzo de 1929, y en la que
participaron, entre otros, K. Riezler, K. Reinhardt, E. Levinas, L. Strauss,
H. Marcuse, E. Fink, E. Przywara, O. F. BollnowyJ. Ritter. Pero también
Lowith y Krüger se habían quedado en Marburgo. La razón: «¡no hay
dinero!»
Por supuesto, era una buena idea darse a conocer en Naumburg en el
pequeño gremio de los filólogos antiguos. Tener un pie en la filología clá­
sica podía llegar a ser rentable en el futuro: cada vez había menos filólogos
antiguos de formación sólida, y, como contrapartida, había una respetable
cantidad de cátedras en la mayoría de las universidades. Pero Gadamer no

29. Ver HGG, Erinnerung an Naumburg, Pfingsten 1930, en Philologus 139


(1955), págs. 341-343. «Pfingsten» [Pentecostés] es, por supuesto, una denomina­
ción dudosa para la fecha, ya que, obviamente, la fiesta no puede haber caído nun­
ca entre el 10 y el 12 de julio. Ver también PL, pág. 47s. (con la fecha errónea de
1929).
30. PL, pág. 48. Ver GA 20, 376.

199
se sentía del todo en su terreno en ese círculo de señores mayores. Por eso,
en Naumburg se sintió como el que no estaba «del todo en la misma co­
rriente».31 En efecto, todo el asunto estaba colocado bajo el signo del hu­
manismo de la formación de Jaeger, que, visto desde la perspectiva del
análisis radical de la existencia de Heidegger, tenía una sonoridad un tanto
hueca. ¡Qué abstracta trivialidad era la imagen del hombre que conjuraba
Jaeger, comparada con la visión sin concesiones que tenía Heidegger de la
temporalidad y la angustia radicales de la existencia humana! ¿No había
acaso mayor cercanía a los griegos en esa comprensión trágica de la exis­
tencia que en los griegos de yeso de los filólogos antiguos con sus pajaritas?
«En general, yo era el tímido algo torpe, uno que no pertenecía del todo al
grupo y que, por supuesto, no compartía tampoco totalmente ese específi­
co entusiasmo de una nostalgia democrática proyectada retrospectivamen­
te a la antigüedad».32 Así, como si sospechara cómo eran, en fin, todas las
jornadas, Gadamer podía permitirse faltar toda una mañana para visitar,
junto a Rudolf Pfeiffer, la catedral de Naumburg. Como un Heidegger-
insider se procuró una suerte de confirmación de sí mismo teniendo, por
ejemplo, conversaciones con Helmut Kuhn sobre el sentido del análisis del
tiempo en Heidegger, que debía encontrarse sobre todo en el instante
[Augenblick] .33 En resumidas cuentas, se trató de una experiencia muy
ilustrativa: Gadamer descubrió cómo se comportaban los filólogos cuando
estaban entre sí y cómo había que tomarlos, es decir, como meros filólo­
gos. Probablemente tiene aquí su explicación la orgullosa distancia que

31. «Erinnerung an Naumburg», Philologus 139 (1995), pág. 342.


32. Ibidem.
33. Ibidem. Véase el intercambio epistolar con Helmut Kuhn en la Biblioteca
estatal de Baviera (signatura Ana 581), donde se hace referencia a menudo a ese pri­
mer encuentro. Véase, en especial, la carta de H G G a H. Kuhn del 13-2-1960:
«Cuando nos encontramos por primera vez en Naumburg en 1930 y tuvimos una
profunda conversación sobre Heidegger sentí de inmediato -y me acuerdo todavía
muy exactamente de ello- una sorpresa que me dejó perplejo, ante el hecho de que
el modo de trabajo fenomenològico (en el cual nos comprendíamos a nosotros mis­
mos en aquel momento) no era el misterio y privilegio esotérico de taller que se pre­
tendía en el círculo de los fenomenólogos de Friburgo.» Del 25-2-1962: ¿Recuerda
Ud. nuestra primera conversación (en Naumburg, 1930), cuando, a su explicación
sobre E l sery el tiempo, objeté que la posición contraria a Aristóteles no sería la «his­
toricidad» sino el momento de Kierkegaard? Nuestra diferencia no parece haberse
modificado en lo esencial a lo largo de 30 años.»

200
adoptó Gadamer ante la filología de la crítica textual en la introducción a
su libro de 1931 sobre el Filebo, actitud que le valió más tarde, en 1932, la
respuesta también orgullosa del filólogo Hans Leisegang.34 Sin embargo,
Gadamer percibió un alto nivel filosófico en la figura descollante del filó­
logo de Frankfurt Karl Reinhardt (1886-1958), que estaba inspirado tam­
bién por Nietzsche y por George. Esto le trajo a la memoria la figura de
Friedlander, pero también la de Heidegger. Gadamer podía tomar seme­
jante conjunción de saber filológico y de percepción filosófica como mo­
delo. Reinhardt y Gadamer llegaron a ser más tarde íntimos amigos y, por
un tiempo (1942-1946) colegas en Leipzig y después en Frankfurt (1947-
1949).35
Después de la partida de Heidegger hacia Friburgo, Gadamer siguió
cultivando sus relaciones con los georgianos de Marburgo, cada vez menos
representados, si bien el mundo de pensamiento de Heidegger le ofrecía
aquello que había buscado anteriormente en el mundo poético y hostil a la
ciencia del círculo de George. Su amigo Hans Anton le presentó en ese
tiempo al historiador de la literatura y escritor Max Kommerell. Nacido
en 1902, Kommerell había hallado como muy joven el beneplácito de
George. Bajo la estricta y perceptible vigilancia de este último, Kommerell
escribió en 1928 un libro tristemente célebre con el título Der Dichter ais
Führer in der deutschen Klassik [El poeta como líder en el clasicismo ale­
mán] , que ofrecía una suerte de legitimación histórica del rango de Stefan
George en la genealogía de los grandes poetas alemanes, legitimación que

34. GW 5, 13: «Sin embargo, esta [a saber, la interpretación filosófica pre­


sentada por Gadamer] tiene objetivos distintos a los de la investigación histórica.
Así como no puede sustraerse a las objeciones provenientes de la crítica histórica
allí donde esta puede objetar, así tampoco está, como ella, determinada por la rei­
vindicación de una investigación histórica.» Véase, respecto de la recepción de
Leisegang GW 2, 488.
35. Ver el emotivo relato autobiográfico de Reinhardt en «K. Reinhardt,
Akademisches aus zwei Epochen: 1. Wie ich klassischer Philologe wurde. 2. Nach
1933», en K. Reinhardt, Vermàchtnis der Antike. Gesammelte Essays zur Philosophie
und Geschichtsschreibung, с о т р . por Carl Becker, Gottingen: Vandenhoeck &
Ruprecht, 1960, pág. 380-401. A propósito de la posición descollante de Reinhardt
en la filología del siglo XX véase José S. Lasso de la Vega, Karl Reinhardt y la filolo­
gía clásica en el siglo XX, Madrid: Cuadernos de la Fundación Pastor, 1983. Tal como
sucedería más tarde con Gadamer, Reinhardt recibió la condecoración de Caballero
de la Orden pour le mérite, la más alta que se da en Francia a un sabio.

201
podía convencer a cualquiera que estuviese previamente persuadido de la
importancia de George. Pues el líder actual, obviamente, no era otro que
el mismo George.36 El joven y prematuro Kommerell se sentía, por supues­
to, muy honrado de gozar del reconocimiento del «líder» pero era dema­
siado inteligente e independiente como para aguantar, a la larga, el carác­
ter hegemónico de George. Kommerell estaba sorprendido sobre todo por
la presentación casi eclesiástica del círculo en el glorificador libro sobre
George escrito en 1930 por su ex maestro de Marburgo, Friedrich
Wolters. Es así como Kommerell escribió a Hans Anton en una carta fe­
chada el 7 de diciembre de 1930: « A través de su libro, [Wolters] le ha
dado a toda la fundación la apariencia de una iglesia, ha resuelto con pe­
queños gestos de secta posiciones opuestas de alto nivel, ha desfigurado la
admiración por un gran hombre [...] en una devoción que tiene que sus­
citar en los espíritus delicados un escalofrío de vergüenza».37
Cuando Gadamer lo conoció más de cerca, se inició también para
Kommerell un doloroso proceso de separación respecto de la «secta» de
George. En razón de su fundamental libro de 1928, el poeta había querido
convertirlo en uno de los administradores de su legado. Pero Kommerell
comenzó a separarse interiormente de George y no ocultó al poeta su dile­
ma. George, que esperaba una adhesión incondicional, prohibió entonces
a sus discípulos todo contacto con Kommerell. De ahí en más, Kommerell
fue denominado en el círculo como «el sapo»*. Gadamer experimentó
desde la cercanía inmediata y con su participación personal cómo los ata­
ques de extrema maldad a los que Kommerell estuvo expuesto a partir de
ese momento lo destrozaron interiormente hasta su temprana muerte,
en 1944. Hans Anton, el amigo íntimo de Kommerell (y de Gadamer),
de sólo 31 años de edad, que procuró infructuosamente mediar entre

36. Con respecto a la relación de Kommerell con George en una perspectiva


histórica véase P. Hoffmann, Claus Schenk G raf von Staujfenberg und seine Brüder,
Stuttgart: Deutsche Verlagsanstalt, 1992, pág. 65ss, así como también S. Breuer,
op. cit., pág. 91-94 y K. Hildebrandt, op. cit. Para una descripción del carácter poé­
tico de la relación, véase el homenaje del discípulo de Gadamer Arthur Henkel,
Max Kommerell (1902-1944), en Die Wirkung Stefan Georges a u f die Wissenschafi,
Heidelberg: Carl Winter, 1985, pág. 51-59.
37. Citado en M ax Kommerell (1902-1944), preparado por Joachim W. Storck,
Marbacher M agazin 34 (1985), pág. 23.
* Die Krôte. Expresión despectiva en idioma alemán. [N. del T.]

202
George y Kommerell, se suicido el 25 de febrero de 1931, día en que
Kommerell cumplía 29 años. Pero este último, a través de su valiente dis-
tanciamiento, había fortalecido a Gadamer en su actitud en el sentido de
que se podía admirar la poesía de George sin caer en la extraña idea de cír­
culo. Kommerell publicó en la década siguiente obras poéticas así como
también importantes ensayos sobre historia de la literatura, entre otros so­
bre Goethe, Schiller, Hôlderlin, Kleist, Jean Paul, Hofmannsthal (otro
apóstata del círculo de George), pero también sobre Calderón, ensayos
que impresionaron mucho a Gadamer (y a Heidegger) pero que, no obs­
tante, no pudieron ocultar totalmente su procedencia del universo de pen­
samiento de George. Después de la partida de Heidegger, Kommerell esta­
ba entre las figuras que, en general, más influían en el espíritu de
Gadamer. Durante la guerra, Gadamer estableció también una relación
entre Kommerell y Heidegger. En unas cartas publicadas hace algún tiem­
po, Kommerell relata de manera muy ilustrativa una peregrinación a la
Selva Negra junto a Gadamer y Krüger.38
A Kommerell le atraía que Gadamer, como filósofo, se ocupara de la
poesía. Hôlderlin, George, Trakl, Rilke eran los nombres de los pensadores
de moda en cuyo mundo se vivía en aquel tiempo.39 Gadamer comenzaría
sólo durante su rectorado en Leipzig (1946-1947) a poner por escrito sus
interpretaciones poéticas, pero ya en 1930 había planeado presentar un
extenso comentario sobre Rilke que fue tratado reiteradas veces en las cla­
ses de la universidad.40 Lamentablemente, sólo han quedado pocos rastros
de esas tempranas actividades docentes sobre la poesía, pero los reiterados
intentos de otorgarle a Gadamer un encargo docente para ética y estética
dan testimonio de su cercanía en aquel tiempo al arte y a la poesía. Siendo
que en aquella época, y hasta el tiempo en que Heidegger dictara sus cur­
sos sobre Hôlderlin, era muy inusual que se ofrecieran actividades acadé­
micas de semejante contenido en seminarios filosóficos, se trataba, en par­
te, de actividades de carácter privado, por cierto habituales en Marburgo.

38.Ver M. Kommerell, Briefe undAufzeichnungen 1919-1944, Friburgo: Verlag


Olten, 1967.
39. Ver GW9, 122.
40. Ver GW 9, 271ss. Según GW 8, 273, en 1929, como joven docente, Gadamer
trató en un seminario de filosofía a lo largo de todo un semestre la pregunta acerca
de qué es leer. Sin embargo, de este seminario no se encuentra huella alguna en el
índice de cursos, de modo que, probablemente, se trató de un seminario privado.

203
La primera actividad docente oficial de Gadamer en estética habría de
tener lugar sólo en el semestre de invierno de 1933-1934 y habría de tratar,
justamente, el tema «Staat und Kunst» [«Estado y Arte»]. El camino hacia
el arte pasaba por lo político. Un prenuncio de esta temática se encontra­
ba en el manuscrito de cien páginas sobre Plato und die Dichter [Platón y
los poetas], en el que Gadamer recurría a su probada competencia en el cam­
po de la filosofía antigua. El editor de Kommerell, Vittorio Klostermann,
lo hizo examinar por Karl Reinhardt y por Walter E Otto. El primero mani­
festò su aprobación, pero el último adoptó una postura de rechazo.
Klostermann devolvió el manuscrito a Gadamer para que lo retoque, con
lo cual éste tuvo que asumir su primera derrota en el campo de la ciencia
desde su habilitación académica. No obstante, Gadamer mismo no estaba
totalmente seguro de su asunto y tomó la derrota como un impulso para
transformar la obra en un texto más breve, que leyó como conferencia en
enero de 1934 y fue publicado como monografía ese mismo año.41 En qué
medida el texto refleja la situación política de Alemania en ese momento es
hasta hoy un asunto discutido. De todas maneras, la primera versión del
texto fue escrita antes del 30 de enero de 1933, justamente el momento
en que Adolf Hitler fue comisionado con la formación de un nuevo gobier­
no de coalición.

41. Véase la referencia indirecta a la reducción en la nota al pie de página al


comienzo de Plato und die Dichter (GW 5, 187): Las explicaciones que siguen «se
dirigen también, en la publicación, a un círculo más amplio de interesados en el
tema. Por esa razón, debieron dejarse de lado buena parte de las notas y del apara­
to crítico preparados.»

204
IX. 1933: ¿Toma del poder o de la impotencia?

Indeed everybody wasfast asleep when it occurred.


H ann a A re n d t1

Adolf Hitler era el nuevo canciller del Reich. Nadie había pensado que fue­
se posible, que este político provinciano consiguiera una mayoría parla­
mentaria y, además, el apoyo de Hindenburg, contra el cual se había pos­
tulado sólo pocos meses antes, en marzo de 1932, como candidato a la
presidencia. Pero este desarrollo de los acontecimientos se había tornado
inevitable, una vez que todos los demás políticos habían fracasado. De algu­
na manera, le tocaba ahora a Hitler fracasar. Tal vez lo tomarían después
menos en serio, se pensaba. Hasta el momento, todo le había resultado enor­
memente fácil, estando en la oposición sistemática. Ahora experimentaría
él mismo qué difícil, qué imposible era gobernar.
Gadamer recuerda haber respirado cuando las elecciones de noviembre
de 1932 trajeron consigo un revés para el partido nacionalsocialista, que
había caído del 37,4% al 33,1% de los votos. Pensaba que, tal vez, se podría
evitar el trauma de un gobierno conducido o compartido por los nazis. El
revés político de noviembre de 1932 tuvo como consecuencia, sin embar­
go, que Hitler, de pronto, en las semanas y los meses subsiguientes, se pre­
sentara mucho más mesurado y dispuesto a una coalición. Hubieron con­
versaciones secretas con los representantes de la economía, pero sobre todo
también con los representantes de los partidos más mesurados: el Partido
de Centro (Papen) y el Partido Popular Nacional Alemán (Hugenberg).
Hindenburg había destituido en mayo de 1932 al canciller Brüning, que
había realizado una gestión relativamente exitosa en la política de con­
ciliación y resultaba simpático a Gadamer, y lo había reemplazado por
Papen. Después de las elecciones de noviembre de 1932, Papen fue a su vez
sucedido por el ministro de guerra Kurt von Schleicher. En las pocas sema­
nas de gobierno bajo el mando de Schleicher, muchos políticos, por dife­
rentes motivos, urdieron intrigas contra él: Papen, que se quería vengar de

1. The Life o f the Mind, 1978, vol. I, pág. 177. [Trad, castellana: La vida del
espíritu, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1984.]

205
Schleicher, Oskar von Hindenburg, el más influyente de los hijos del pre­
sidente, y el mismo Hitler, que, después de la derrota electoral, compren­
día cada vez más que sólo podría llegar al poder a través de un gobierno
de coalición.
Lo que se tenía por imposible se hizo, pues, posible. El 30 de enero
de 1933, Hitler fue nombrado por el presidente del Reich canciller de un
gobierno de coalición. En efecto, solamente bajo su dirección se podía dar
una alianza contra una temida coalición de izquierda. En verdad, desde hacía
años Alemania era parlamentariamente ingobernable, ya que ningún parti­
do había podido alcanzar el necesario 50%, con lo cual los pequeños par­
tidos como el de centro adquirían una importancia desproporcionada. Con
mayor razón aún era imposible obtener los votos de los partidos extremis­
tas, es decir, de los comunistas y de los nacionalsocialistas, para una políti­
ca de gobierno responsable. Por esta razón, Brüning gobernó, de hecho, a
través de decretos y con la ayuda de poderes especiales que le habían sido
concedidos por el presidente Hindenburg. A raíz de la imposibilidad de
conseguir mayorías parlamentarias, desde 1930 reinó prácticamente una
dictadura constitucional sancionada por el presidente.2 Cabe aclarar que los
cancilleres Papen y Schleicher fueron nombrados también en virtud de leyes
de necesidad dictadas por el viejo pero respetado presidente Hindenburg.
Antes de Hitler, pues, habían llegado al poder en virtud de leyes de nece­
sidad otros dos cancilleres, hecho que tornó cada vez más apática a la opi­
nión pública, cuando en 1933 le tocaba a Hitler formar un gobierno de coa­
lición.3
En la nueva coalición, Hitler era aparentemente controlable, ya que
estaba bien «enmarcado» (según la expresión de Hugenberg)4. La coali­
ción estaba formada principalmente por el centro católico, el Partido Popular
Nacional de Hugenberg y el Partido Nacionalsocialista. A pesar de que este
último constituía con mucho la fracción más poderosa, el Partido
Nacionalsocialista colocó en el gobierno de coalición solamente dos minis­
tros: Wilhelm Frick (ministro del interior) y Hermann Goring (portavoz

2. Ver P. Hoffmann, German Resistance to Hitler, Cambridge/Londres: Harvard


University Press, 1988, pág. 11.
3. Ibidem.
4. Ver Robert Hofman, Geschichte der deutschen Parteien. Von der Kaiserzeit bis
zur Gegenwart, Múnich/Zúrich: Piper, 1993, pág. 170.

206
del Reichstag, pero también ministro del Interior en Prusia). Papen, a cuya
iniciativa se debía la formación del gabinete, era vicecanciller y presidente
del Consejo de Ministros de Prusia, el país federal, con mucho, más gran­
de. Por supuesto: quien hubiese leído M i lucha, quien hubiese prestado aten­
ción a los discursos de Hitler, podía tener la certeza de que Hitler había
declarado a menudo que nunca devolvería el poder, una vez que lo hubie­
se conquistado. Sin duda había en aquel tiempo también observadores inte­
ligentes, pero eran la minoría. La mayoría asumió la toma del poder por
parte de Hitler como algo inevitable. Al fin y al cabo, pensaban, poco podía
censurarse que, en una democracia, el partido con la mayor cantidad de
votos ponga al canciller, más aún en cuanto Hitler, de pronto, se compro­
metió a respetar la constitución democrática. Además de todo ello, difícil­
mente podía imaginarse que, en Alemania, las cosas pudiesen ir mucho peor
en lo económico y político. Si empeorara la situación, se suponía, Hitler
caería rápidamente y, además, teniendo en cuenta las experiencias de los
últimos años, de todas maneras le tocaría el mismo destino.
Por otra parte, era muy difícil imaginarse que Hitler pudiese apoderarse
del poder absoluto. Se pensaba que los aliados, a quienes, por lo visto, les
importaba mucho impedir la emancipación de Alemania, nunca lo tolera­
rían; y el país no tenía ni siquiera unas fuerzas armadas decentes como para
defenderse. El antisemitismo era algo enormemente sospechoso, pero, al
mismo tiempo, una manifestación tan primitiva, que la mayoría, incluyendo
a los judíos, lo consideraban un lema de campaña sin mayor importancia,
en el marco de un tiempo de crisis económica.5
Así pensaba también Gadamer. Pocas son las tomas de posición de índo­
le política que se le conocen de aquel tiempo, pero ello se debe a que él, aun
sin ser despreocupado, tenía sin embargo una actitud apolítica. Al pre­
guntarle directamente acerca de qué filiación política tenía en aquel tiem­
po, respondió, más tarde, en una entrevista, que no se consideraba como
conservador de derecha, sino como liberal.6 En conversaciones sobre el tema
rechazó como totalmente falsas las versiones que, sin documentación de res­

5. Véase aquí el testimonio de Raymond Aron, que estaba en Berlín en enero


de 1933, en sus Mémoires, Paris: Julliard, 1983, pág. 76.
6. H GG, «. ..die wirklichen Nazis hatten doch überhaupt kein Interesse an uns.»
«Hans-Georg Gadamer im Gesprach mit Dorte von Westernhagen», en D as
Argument, 182 (1990), pág. 546.

207
paldo, afirmaban que él habría sido partidario del Partido Popular Nacional
alemán.7 Según las afirmaciones de Gadamer, en aquel tiempo votó por un
partido liberal de centro (probablemente se trate del pequeño Partido
Democrático Alemán). Esto no está documentado ni probablemente pue­
da tampoco documentarse. Pero, mientras tanto, algunos indicios hablan a
favor. En efecto, es muy fácil imaginarse por qué no podía votar por los
otros partidos. A los comunistas les tenía verdadero temor, como la mayo­
ría, a pesar de que en su entorno había intelectuales de mentalidad comu­
nista. Los socialdemócratas, por otra parte muy honorables, no eran elegi­
bles, pues se sospechaba que se habían aliado con los comunistas. A los
nacionalsocialistas se los consideraba ridículos en el entorno de Gadamer.
Cuando llegaron a Marburgo noticias acerca de que Heidegger se habría
acercado a los nazis, en un principio no se les quería dar crédito, como recor­
daran unánimemente Lowith8y Gadamer. En este contexto, Gadamer hizo
siempre referencia a sus numerosos amigos judíos. Esto podrá parecer a
muchos como una fácil disculpa ex post, pero es una realidad comproba­
ble que Gadamer lo pensaba en un sentido muy concreto: en los años 1933

7. Ver G. Leaman, Heidegger im Kontext. Gesamtüberblick zum NS-Engagement


der Universitâtsphilosophen, Hamburgo/Berlín: Argument Verlag, 1993, pág. 40.
Amablemente y con espíritu abierto solicité al estimado colega que me diera ele­
mentos de prueba de su afirmación (lo que, por otra parte, me llevó a hacer una
investigación sobre la importancia que en aquel tiempo revestía una elección a favor
de Hugenberg, investigación cuyos resultados prefiero no consignar en este con­
texto). Pero tales pruebas nunca me fueron entregadas. Y digo con espíritu abierto,
pues siempre tuve en claro que había que dar prioridad a la documentación de la
época por sobre afirmaciones posteriores. Se trata de un principio general al que
siempre he procurado atenerme, en lo que sigue y en toda esta biografía.
8. K. Lowith, Mein Leben in Deutschland vor und nach 1933, pág. 33: «Su deci­
sión sobrevino de manera sorpresiva para sus alumnos, ya que casi nunca se había
manifestado anteriormente sobre cuestiones políticas.» Véase el relato coincidente
de Hans-Georg Gadamer en su conversación con Ralph Ludwig en la N D R [Radio
Alemana del Norte] del 9-2-1995, transcripción, pág. 4: «Y a esto se agregó tam­
bién que yo estaba absoluta, terriblemente sorprendido, como lo estábamos todos
nosotros, los propios discípulos de Heidegger, cuando, en forma sorpresiva, él fue
nombrado rector y apareció en la escena política. Nos era incomprensible. Ahora
bien, casualmente, yo tenía muchos amigos judíos en Marburgo. Y esto fue lo que,
propiamente, me libró de cualquier ilusión». Véase también la conversación Breslauer
Studienjahre, op. cit. (ciertamente la toma de posición más extensa de Gadamer
ante la cuestión del antisemitismo en Alemania).

208
y 1934, su amigo Jakob Klein, de origen judío, vivía en la modesta vivien­
da de Gadamer, donde trabajaba en su más tarde celebre tratado Die grie-
chische Logistik und die Entstehung der Algebra ([La logística griega y el
surgimiento del álgebra] 1936). Klein era muy «pródigo», pues compraba
cada día tres o cuatro periódicos. Como muchos judíos, pensaba que el gra­
ve desorden que cometían los nazis no podría mantenerse. Así, exclamó una
vez, mientras leía el periódico: «Ahora nos encontramos en el Reich Tercero
y tres cuartos», es decir, que el llamado Tercer Reich»se acercaba a su fin. Los
hechos no le iban a dar la razón, pero es posible imaginarse que su pensa­
miento político, mucho más cultivado, ejerciera su influencia en Gadamer
que, como docente privado, estaba en un rincón y se alegraba si nadie se
percataba de su presencia. Lowith, el otro amigo judío muy allegado a
Gadamer, le dijo en 1940 muy claramente que él no había hecho ningún
«mérito político» en el sentido de los nazis.9 Si los hechos no hubiesen
sido así, Lowith seguramente lo habría dejado notar, más aún en cuanto así
lo había hecho con relación a los otros colegas que Gadamer conocía
(Heidegger, Becker, Jaensch), y en cuanto su relación con Gadamer, en
ese tiempo, no era justamente distendida.
El hecho de que se cuente con pocas tomas directas de posición de ese
tiempo habla también a favor de Gadamer. En efecto, algunas de las per­
sonalidades que él más admiraba habían adherido completamente a la «pues­
ta en marcha» nacionalsocialista, de tal manera que, para él, hubiese sido
algo natural el obrar de la misma manera. En primer lugar, se debe tener en
cuenta, en este contexto, a Martin Heidegger y a Max Kommerell, que no
disimulaban en absoluto su simpatía por el régimen. Heidegger, en su
pretensión de liderazgo político, debe de haber esperado también que sus
discípulos y amigos le siguieran. Para mencionar un importante ejemplo de
esa expectativa, valga recordar la sospecha de Karl Barth en el sentido de
que Bultmann, como seguidor de Heidegger, se habría de unir al movi­
miento de los «cristianos alemanes».10 En realidad, tanto Bultmann como
también Barth y Krüger fueron importantes defensors de la Iglesia Confesora.
En tal sentido, como en muchos otros, Gadamer era más de Marburgo que
de Friburgo. Los alumnos y amigos de Heidegger en Marburgo estaban real-

9. K. Lowith, op. cit., pág. 99.


10. Karl Barth-Rudolf Bultmann Briejwechsel 1911-1966, Zurich, Theologischer
Verlag, 2a edición revisada, 1994, pág. 151.

209
mente sorprendidos de su ceguera. Así, ninguno de sus discípulos impor­
tantes lo siguió, pues Heidegger, alumno de Husserl (!), se había puesto
totalmente en ridículo al tomar partido por un movimiento antisemita.
Heidegger, por su parte, estaba amargado por esta falta de seguimiento por
parte de sus titubeantes, liberales e «indecisos» discípulos.11 Pero el aisla­
miento y la humillación que resultaron para Heidegger de la actitud asu­
mida por ellos fueron, en parte, la razón de su renuncia al rectorado, en abril
de 1934, todavía antes de la intentona de Rohm del 30 de junio, cuando el
carácter terrorista del gobierno de Hitler, hasta el momento escondido
tras una cierta legalidad democrática, se tornó indiscutible para todos.
En este contexto, cabe aclarar que en el legado de Marbach no existe
carta alguna de Gadamer a Heidegger entre 1929 y 1944.12 En 1933,
Heidegger envió, «con un saludo alemán», sus escritos a Gadamer, entre
otros su alocución de rectorado; pero Gadamer no respondió al envío. En
un tiempo en el que, incluso desde el punto de vista de una posible llama­
da a otra universidad, pudiese haber resultado «provechoso» solidarizarse
con su maestro Heidegger, Gadamer no lo hizo. Heidegger vería a Gadamer
sólo en noviembre de 1936, con ocasión de sus conferencias sobre el origen
de la obra de arte, en Frankfurt, sin que, en esa oportunidad, se haya lle­
gado a un encuentro personal. Un tal encuentro tuvo lugar sólo en 1937,
cuando Gadamer, junto a Gerhard Krüger y Walter Brócker fue a visitarlo
a la Selva Negra. Tal como se desprende del relato de Gadamer a Lowith,
fechado el 12 de diciembre de 1937 e ilustrativo desde varios puntos

11. Ver H GG, «Erinnerung», en Jahrbuch der deutschen Schillergesellschaft (34)


1990, pág. 465: «Tengo total claridad acerca de lo que Heidegger pensaba sobre mí
en aquel momento, como por ejemplo lo siguiente: “Ahora este también me aban­
dona. No me acompaña. Estos en Marburgo con Bultmann y la Iglesia Confesora
adoptan una postura de escéptica reserva ante la puesta en marcha de una nación y
el crecimiento de una juventud que se renueva”». Véase también la conversación de
1997, Breslauer Studienjahre, op. cit., pág. 124: «Por supuesto, [Heidegger se había]
desengañado en sumo grado con todos nosotros: “Sí, estos son los hijitos malcria­
dos del profesor, que quieren practicar la continencia. No comprenden la seriedad
de la hora histórica”».
12. Parece que de hecho Heidegger conservó todas las cartas de Gadamer (63
en total), incluyendo la primera carta de presentación de septiembre de 1922. En
la época del nacionalsocialismo se dio, en cambio, un intercambio epistolar entre
Gadamer y Jaspers, que se encuentra también en Marbach (legado de Jaspers). En
el capítulo XI volveremos sobre el particular.

210
de vista, Heidegger era considerado en aquel tiempo como políticamente
«curado»:

Como ya sabes, estuve 14 días de vacaciones junto a Krüger y Bròcker en


casa de Heidegger. Hemos pasado con él algunas muy filosóficas mañanas al
modo peripatético y, quieras oírlo o no, él es, a pesar de todo, el de antes, el
único filósofo de nuestra época, que ha tomado con total consecuencia la pro­
blemática de Nietzsche y que, aun en el exagerado patetismo de su artículo
sobre Holderlin, en el «reino interior» permanece totalmente en su camino del
cual hasta llegó a presentarme como una consecuencia comprensible el fatal
episodio del 33. Nos expuso de manera realmente grandiosa su desarrollo a
partir de E l ser y el tiempo (por supuesto, no sin una estilización desde la pers­
pectiva del final). El pathos «existencial» de la filosofía de la muerte retrocede
completamente ante la ontologia de la temporalidad y, aun cuando él perma­
nezca siempre en la más inmediata vecindad, por ejemplo, del «acto ejecutor»
de Fichte o del «punto de vista absoluto» de Hegel, lo ve todo con los ojos
del sabio-acerca-del-tiempo. Y justamente esto mismo lo coloca en la más estre­
cha relación con Holderlin, cuyos «dioses» no le representan otra cosa más que
la expresión de su sabiduría sobre el tiempo.13

Quien, en 1937, caracteriza el compromiso de Heidegger con el nazis­


mo como un «episodio fatal» tiene que haber sido, cuatro años antes, de
una opinión distinta a la de Heidegger, más aún si el destinatario de la
carta pertenecía en 1933 a su entorno más cercano. Con todo, es de des­
tacar que, en ese tiempo, Gadamer se mostró dispuesto a presentar ese com­
promiso como una «consecuencia comprensible». Pero tampoco el mismo
Lowith, que debió emigrar en 1935 a raíz de las leyes raciales, había inte­
rrumpido el intercambio espistolar con Heidegger.
Análoga «comprensión» diplomática mostró Gadamer, por cierto, ante
su amigo Kommerell, que, como es sabido, sólo al comienzo se había entu­
siasmado por Hitler (la duración de la fascinación de Heidegger es una cues­
tión discutida) y que muy pronto había sido llevado a la resistencia interior.
En las cartas que Gadamer escribió en 1933 y 1934 a Kommerell, que a la
sazón era profesor en Frankfurt, no hay ninguna insinuación directa de
carácter político. Habría sido natural que en esas cartas se encontraran tales
insinuaciones, si Gadamer hubiese simpatizado con la posición política ini-

13. Carta a Karl Lowith del 12-12-1937. Obviamente, la referencia al «epi­


sodio del 33» ha de ponerse en paralelo con las expresiones de Heidegger sobre el
«fracaso del rectorado», en su carta a Jaspers del 1-7-1935.

211
dal de Kommerell. Gadamer mostrò también comprensión por aquella posi­
ción inicial de Kommerell, tal como lo revela el texto completo de una car­
ta fechada el 16 de julio de 1933, en la que hace referencia al aislamiento
de Kommerell en Frankfurt:

Estimado Sr. Kommerell:


Tengo la vaga sensación de no haberlo apoyado y confirmado en forma
correcta estando Ud. en una situación interior y exterior de particular difi­
cultad. Por favor, no crea Ud. que no sé medir la opresión de su situación.
Tal vez, la llegada de la idea de la universidad política a Marburgo me llevará
a mí a un aislamiento semejante. Pero me ha parecido correcto más bien sua­
vizarlo que reafirmarlo a Ud. en su espíritu de resistencia. Es que pienso que
la pregunta propiamente decisiva de la «cultura» alemana no será dirimida por
las instituciones que se han erigido ahora, sino por los hombres que, a pesar de
todo, se encuentran aún en nuestro medio. Todo destierro de este medio deci­
sivo para nuestro destino significa, por tanto, una pérdida para el futuro. En
verdad no estoy hablando a favor de aquellos que procuran fortalecer su posi­
ción a través de un celo ostentativo. La dignidad humana es una condición
indispensable de todo actuar, y sin respeto por sí mismo toda aspiración de
poder terminará por enredarse. Pero, por otra parte, hoy debemos estar tam­
bién suficientemente firmes y dispuestos a renunciar a la confirmación de la
libertad interior sólo por posturas exteriores, por el discurso explícito en
círculos amplios o estrechos, por el identificarse en la crítica y la indignación.
Y también, a poder contemplar con indulgencia los triunfos de las formas de
funcionamiento, pero también a los que están interiormente fanatizados, con
los cuales uno se entendía anteriormente. Conservar en todo lo que acontezca
la confianza en la durabilidad de lo auténtico y armarse de paciencia para años:
perdone Ud. que le repita hoy estas bellas máximas de su propia prédica. Creo
que no podemos permitirnos disfrutar de lo contrario; y el futuro de nuestro
pueblo somos y seguimos siendo también nosotros.
Le deseo un buen final de semestre. A su mujer, una feliz solución del pro­
blema de las vacaciones y a todos nosotros un buen reencuentro en el otofio.
Su H GG. 14

14. Legado de Max Kommerell, DLA Marbach [84.1547/2]. Acerca de la tem­


prana fascinación de Kommerell por el nacionalsocialismo y por M i lucha, de Hitler,
véase C. Groppe, op. cit., pág. 656ss. (De su convincente presentación citamos el
siguiente fragmento de una carta de Kommerell a Hans Anton —un amigo cerca­
no de Gadamer en Marburgo—del 25-9-1930: «Me alegro, a pesar de todo, de los
nazis. Son una piedra para la construcción —pero: ¿quién construye?»).

212
La carta es importante sobre todo también porque pone en claro la
motivación de la actitud «apolítica», «distante», de arte diplomática, o como
quiera denominársela, de Gadamer. Aun compartiendo la preocupación por
«la pregunta propiamente decisiva de la «cultura» alemana», pregunta que
ningún alemán ni ninguna persona razonable podía dejar de compartir en
aquel tiempo, a Gadamer le importaban, por lo visto, menos las consignas
políticas, los programas y las estructuras (él se refiere, por supuesto, a las
creadas por los nazis) que los seres humanos y lo permanente: esa pregun­
ta «no será dirimida por las instituciones que se han erigido ahora, sino por
los hombres que, a pesar de todo, se encuentran aún en nuestro medio».
Por esa razón, Gadamer estaba dispuesto a mirar más allá de la fraseología
política y de las diferentes medidas políticas, pero también más allá del fana­
tismo temporario de sus amigos. Esto no excluye, por supuesto, que él, como
también muchos otros ajenos al nacionalsocialismo, y a pesar de los «exce­
sos» del partido, tuviese cierta simpatía por los motivos que condujeron a la
toma del poder por parte de Hitler. Esos motivos residían en que muchos
preferían un gobierno de coalición con los nazis como el mal menor, por el
temor que, no sin razón, se había extendido ante la posibilidad de que los
comunistas pudiesen llegar al poder.15Además del temor, en segundo lugar
era la indignación ante las consecuencias de dependencia que traía consi­
go el tratado de Versalles, la que era compartida no solo por todos los con­
servadores, sino también por los sociaidemócratas y los comunistas.16

15. Ver la carta de H G G a George Leaman del 24-10-1989: «El manifiesto a


favor de Hitler del 11-11-1933. [...], tuvo lugar justamente en un momento en
que se conocía todavía la vieja alternativa entre una Alemania comunista y una
Alemania con un gobierno de coalición entre los nacionalsocialistas y los conser­
vadores.»
16. Ver el testimonio de Julius Ebbinghaus en PSd III, pág. 34s. La actitud de
Gadamer se presenta como totalmente comparable con la de Werner Heisenberg.
Véase al respecto D. Cassidy, op. cit., pág. 303: «Like [...] other nationalist-orien­
ted non-Jewish German academics, Heisenberg was at first appalled at the crudity o f
the new leaders and the ‘excesses’ o f their new regime, but he greatly sympathised with
the long-term national revivalpromised by the National Socialists. “Much that is good
is now also being tried’, he wrote as late as October 1933, “and one should recognize
good intentions''. He and others expected that the regime, like its immediate predeces­
sors, would hardly last out the year. An urgent political response, had they with their
“apoliticar attitudes even considered one, seemed to them unnecessary.» [«Tal como
[...] otros académicos no judíos de orientación nacionalista, Heisenberg estaba pri­
meramente horrorizado por la crueldad de los nuevos líderes y los “excesos” de su

213
En tercer lugar, existía la expectativa política de que las presiones de un
gobierno de coalición, como también las de una Realpolitik y las de la polí­
tica mundial iban a mesurar el afán de los nazis. Y, en cuarto lugar, había
esperanzas de llegar a un Estado de derecho por fin estable, el cual podía
surgir de una amplia coalición de derecha, como consecuencia de la cual los
nazis, finalmente, perderían peso en la escena política. Podía ser, como Gada­
mer escribiera más tarde, que Hider «se revelara como alguien capaz de cam­
biar». Pero la expectativa más natural era, sin embargo, que «en seis meses
todo haya terminado».17 Lowith habla también por Gadamer, cuando, en
1940, escribe acerca de esa época incierta que sucedió a la toma de poder
de Hitler: «En general se esperaba a ver cómo se desarrollarían las cosas, y
se evitaba ponerse a sí mismo en evidencia de cualquier manera. Cada
cual tenía también bastante que hacer consigo mismo, pues casi ninguno
pertenecía al partido y se sentía, por tanto, inseguro».18
La medida general de cautela indicaba, pues, esperar, contener la res­
piración, tanto por el hecho de que el disparate podría haber terminado a
fin de año, cuanto también porque el futuro propio era incierto. Es natu­
ral que las generaciones posteriores planteen por qué razón no se ofreció
una resistencia más decidida. Pero ellas saben cómo terminó todo. Es muy
difícil, y hasta imposible colocarse en la situación de aquella época, con
toda su inseguridad. Se subestima también, en ese contexto, la tendencia
conformista de todos y cada uno, tendencia que un Estado totalitario
sólo puede reforzar. Gadamer no negó una tal adecuación: «Tampoco le
será fácil a la generación joven en Alemania imaginarse cómo nos fue en
aquella época, la ola de conformismo, la presión, el adoctrinamiento ideo­
lógico, las sanciones impredecibles, etc. Puede suceder que a uno le pre­
gunten hoy ¿por qué no habéis gritado? Sobre todo, se subestima por cier­
to la tendencia general del ser humano hacia el conformismo, que siempre

nuevo régimen, pero simpatizaba ampliamente con el resurgimiento que, a largo


plazo, prometían los nacionalsocialistas. “También muchas cosas buenas se están
intentando ahora”, escribió en octubre de 1933, “y uno debe reconocer en ello bue­
nas intenciones” . Tanto él como otros esperaban que el régimen, como sus inme­
diatos predecesores, difícilmente duraría hasta fin de año. Una respuesta política
urgente -si acaso, en su actitud apolítica, alguna vez hubiesen pensado en dar algu­
na- les parecía innecesaria.»]
17. K. Reinhardt, op. cit., pág. 393. Véase PL, pág. 51: «Pero, en el fondo,
todos nosotros creíamos, hasta el 30-6-34, que el aquelarre terminaría pronto».
18. K. Lowith, Mein Leben in Deutschland vor und nach 1933, pág. 75.

214
encuentra nuevos medios y caminos para engañarse a sí mismo. La excusa
más importante era: «¿Lo sabrá acaso el Führer? Con ello se procuraba ante
sí mismo restar importancia a las cosas, a fin de no tener que estar total­
mente al margen».19
A pesar de sus simpatías por principio a favor de una coalición a la
derecha de los comunistas y para la renovación de la doctrina nacional ale­
mana, Gadamer nunca asumió «compromisos» en forma directa. El testi­
monio de Lowith confirma, en ese sentido, las afirmaciones posteriores de
Gadamer. El único documento comprometedor de esa época es, natural­
mente, su «firma» al pie del tristemente célebre Manifiesto de los profeso­
res de las universidades y escuelas superiores de Alemania a favor de A dolf
Hitler y del Estado nacionalsocialista, del 11 de noviembre de 1933.20A pri­
mera vista, este manifiesto parece hablar un lenguaje claro. Pero también
aquí hay que preguntarse, en razón de la justicia histórica, de qué se tra­
taba en ese manifiesto y cómo fueron recolectadas las numerosas «firmas».
Como ese manifiesto estaba dirigido, en primera línea, al ámbito extran­
jero, estaba redactado en un tono muy mesurado. El New York Times del
12 de noviembre de 1933 informaba al respecto en una noticia breve y
también mesurada: «In picturesque Leipzig University German professors,
in an Armistice Day meeting, appealed to the intelligentsia of the world
today for a better understanding of Germany. It was their way of urging
popular support for de Nazi Government in tomorrow’s elections. The
appeal followed along broad lines one released during the war, when pro­
fessors and scientists appealed for a better understanding of the German
nation. German professors, today’s appeal said, placed themselves in the
front ranks of field leaders and fighters in behalf of “Germany’s honor, jus­
tice and for world peace”». ¿Tan errado era manifestarse a favor de la paz
mundial y de la «justicia»? Por supuesto, la perversidad residía en que esto
estaba vinculado justamente con un manifiesto a favor de Hitler. Pero sólo
Hitler había llevado a la nación alemana, tras 15 años de dependencia, a

19. H G G , «Oberflachlichkeit und Unkenntnis. Zur Veroffentlichung von


Victor Farias», en Antwort. M artin Heidegger im Gesprdch, с о т р . por G. Neske y
E. Kettering, Pfullingen: Neske, 1988, pág. 152.
20. Bekenntnis der Professoren an den deutschen Universitaten und Hochschulen
zu A dolfH itler und dem nationalsozialistischen Staat, überreicht vom National-
sozialistischen Lehrerbund Deutschland/Sachsen, Dresden, 1933.

215
plantear exigencias de tono «razonable» en pro del reconocimiento de
Alemania como una nación autónoma y amante de la paz en el concierto
de la comunidad de las naciones, y al logro parcial del cumplimiento de
las mismas. Hitler, que en los años subsiguientes demostró su genio tác­
tico también frente a los aliados, tuvo la habilidad de ponerse a la cabeza
de un gobierno de coalición que afirmaba defender unánimemente los jus­
tos intereses de Alemania. Estar en contra de Hitler significaba tanto como
no ser patriota.
La acción partió de la federación nacionalsocialista de docentes de
Sajonia y estaba pensada según el modelo de otras numerosas acciones
semejantes durante la Primera Guerra Mundial, tal como informaba correc­
tamente el New York Times. Por supuesto, hay algo típicamente «alemán»
en el hecho de que se dé tanta importancia a la opinión de profesores uni­
versitarios y que se suponga que los países extranjeros puedan impresio­
narse por esa opinión. El documento contenía breves tomas de posición
de «eruditos» considerados fieles al régimen, como Martin Heidegger y
Friedrich Naumann. Fue publicado en inglés, italiano, francés y español,
y se comprendía como una apelación «de la ciencia alemana a los hombres
cultos del mundo entero, a fin de que tengan la misma comprensión que
esperarían para su propio pueblo por la lucha que el pueblo alemán, uni­
do por Adolf Hitler, libra por la libertad, la honra, el derecho y la paz».21
Detrás de las consignas de paz y de entendimiento se escondía, por supues­
to, la intención del gobierno de Hitler de retirarse de la Sociedad de las
Naciones, de Ginebra. Como iniciadora de las resoluciones del pacto de
Versalles, esta institución gozaba de mala fama en Alemania. El mismo
Hindenburg apoyaba la apelación de Hitler y la salida de Alemania de la
Société des Nations.
Con todo, se podría ver en este documento algo que inculpa a Gadamer,
y cada cual tiene libertad para interpretarlo de ese modo. Indudablemente,
su firma se encuentra al pie del documento. Pero se encuentra junto a las
de muchos otros a los cuales no se puede acusar de ningún tipo de parda
simpatía u oportunismo. Al pie del documento se encuentran también
los nombres de los colegas Gerhard Krüger y del romanista marxista Werner
Krauss. De ese modo, se plantea la pregunta acerca de cómo fueron reco­
gidas estas firmas. Los discursos que constituyen el documento fueron leídos

21. Ibidem, pág. 6.

216
por primera vez en una manifestación en Leipzig el 10 de noviembre. Es,
por tanto, improbable, que los firmantes conocieran estos textos con ante­
rioridad. Según el recuerdo de Gadamer, las firmas provenían de una reu­
nión de docentes en Marburgo. Una insuficiente oposición a una resolu­
ción unánime habría sido aprovechada como firma: «Se trata de una firma
que tiene origen, probablemente, en la primavera, en Marburgo, en una
reunión en la que se nos preguntó públicamente si alguno estaba en con­
tra, y en la que ninguno de nosotros tuvo el coraje de decir que sí, ya que
ello hubiese significado la emigración. Esto fue aprovechado después como
una firma para esa proclama. Gerhard Krüger y Werner Krauss también
habían firmado. Krüger era amigo mío y estaba estrechamente ligado a
Bultmann y a la Iglesia Confesora. Krauss fue más tarde miembro de la
Capilla Roja. Supongo que, en noviembre, los organizadores agregaron sim­
plemente al pie las firmas recogidas por aclamación a favor de Hitler. Sé
muy bien que jamás he visto esta cosa, que venía de Sajonia y había sido
iniciada por Heidegger».22
Por supuesto, es erróneo que esta reunión tuviera lugar en la prima­
vera, y es muy dudoso que la acción fuera «iniciada» por Heidegger. Hasta
ahora, ninguna de las dos cosas puede ser corroborada con pruebas docu­
mentales. Cuando le pregunté por carta sobre aquella acción, Hans-Georg
Gadamer me respondió lo siguiente en una carta fechada el 19 de julio
de 1989 (entre corchetes y en cursiva, las preguntas que yo le había plan­
teado):

Los hechos, por supuesto, no están ya tan presentes en mi memoria. Por lo tan­
to, sólo puedo describir la situación general. Acerca de la acción sajona sólo he
sabido de oídas y, de todos modos, estoy muy seguro de que nunca leí la decla­
ración de Heidegger. En ese punto, es errónea la suposición básica [yo había
preguntado si Heidegger lo había movido a firm ar o a solidarizarse] de que el com­
promiso de Heidegger ejerciera ni siquiera la más mínima influencia sobre mí
o sobre mis amigos en Marburgo. En cuanto se trata de Marburgo, es todo lo
contrario. Puede ser que la cosa fuera un tanto diferente en Friburgo durante
el primer año después de la toma del poder por parte de Hitler. Conozco allá

22. HGG, «... die wirklichen Nazis hatten doch überhaupt kein Interesse an uns.»
«Hans-Georg Gadamer im Gespràch mit Dòrte von Westernhagen», en Das Argument
182 (1990), pág. 548. Mis consideraciones se relacionan también con una carta de
H GG a G. Leaman fechada el 24-10-1989; a éste agradezco haberme dado acceso
a la misma.

217
algunos nombres famosos que, en aquel tiempo, se unieron a Heidegger y se
afiliaron al Partido, y que también permanecieron hasta el final, aunque hacía
mucho que habían comprendido que la gente que rodeaba a Hitler era, en
mayor o menor medida, criminal. Por el contrario, desde hace años sé que
mi nombre se encuentra en alguna de esas proclamas electorales. Ya no recuer­
do con exactitud cómo ocurrió esto en aquel momento. Es muy posible que
durante el año 1933 hubiera simplemente una reunión de docentes en la cual
se apoyara la proclama electoral de manera pública y global. Quien, en aquel
momento, se hubiese puesto de pie y se hubiese excluido hubiese tenido que
ir haciendo sus maletas. Pero esto es una pura suposición. De todas maneras,
sé que en marzo de 1933, con ocasión de las elecciones, las últimas eleccio­
nes libres, en realidad se emitía un voto por los de derecha o por los de izquier­
da y no se pensaba nada más. Por otra parte, era el tiempo anterior al 30 de
junio de 1934, en que Hitler como canciller del Reich conducía un gobierno
de coalición con los conservadores. En ese tiempo se emitieron innumerables
votos en el sentido de una alternativa entre la derecha y la izquierda. Sólo des­
pués del 30 de junio de 1934, la situación en Alemania se tornó desesperada,
porque Hitler, con verdadero instinto para el poder, traicionó su SA
[.Sturmabteilung, literalmente «división de asalto»] y selló una alianza con el
ejército del Reich. A partir de esa fecha hubo, a lo más, una descomposición
interior del ejército, es decir, una guerra civil al estilo del atentado de Gordeler
y Stauffenberg, atentado que, lamentablemente, sólo estuvo preparado en 1944
y, para colmo, fracasó. [Partiendo de la hipótesis de que la firm a hablaría de una
inicial simpatía por el nazismo, yo había preguntado cuándo cambió de postura.]
Lamentablemente, no puedo decir que yo haya cambiado de postura, sino que
al principio, hasta 1934, creí y en el fondo seguí creyendo también después,
que, al fin, la razón de Estado forzaría al régimen de Hitler a una coexisten­
cia pacífica en Europa y, finalmente, también a detener la persecución de los
judíos. Entonces, la «Noche de los cristales rotos» de 1938 fue la sepultura de
la última esperanza y también el momento en que mis amigos judíos, como
Erich Frank, Erich Auerbach, Paul Friedlánder y otros, abandonaron final­
mente Alemania. Tal vez pueda agregar que, a raíz de lo que acabo de decir, no
volví a ver a Heidegger entre 1933 y 1938. A pesar de ello, tuve a menudo
alumnos que Heidegger me había enviado a Marburgo y que se encontraban
en total oposición al régimen. Sólo con el estallido de la guerra y, especialmente,
con el ataque a Rusia, la gran mayoría de los intelectuales alemanes quedó en
una situación de desesperada escisión interior. Esto mismo vale también para
Heidegger. Los demás conocíamos una única frase: «Et illud transit!».

La firma de Gadamer se explica tal vez por una falta de espíritu de sacri­
ficio. Un futuro docente privado difícilmente podía permitirse, en una opor­
tunidad como esta, ponerse en evidencia a través de un voto en contra.
Tal vez no hubiese significado necesariamente la emigración, pero ¿quién
podía saberlo, en aquel momento? También existía una intimidación sub-

218
consciente: о bien se era un nazi convencido, о bien se callaba.23 Queda
pues, a decisión de cada uno el cuestionar a Gadamer a partir de este uni­
co (aunque inequívoco) documento incriminatorio de aquel tiempo. Con
todo, no constituye una prueba de una postura nacionalsocialista.
A pesar de su falta de simpatia por el régimen, de la cual instancias
nazis pronto habrían de acusarlo, la carrera académica de Gadamer pare­
ce haber experimentado un impulso en virtud de la nueva situación. El 24
de agosto, los docentes privados de Marburgo recibieron los encargos de
enseñanza que habían sido solicitados hacía ya largo tiempo: Gadamer,
para ética y estética, y Krüger, para la zona fronteriza entre filosofía y
teología.24 Pero nada habla a favor de que, ya en ese momento, se escon­
diera detrás del hecho una intencionalidad o maquinación política. El
ministro de Ciencia, Cultura y Formación Popular correspondió, simple­
mente, a una solicitud de la Facultad de Filosofía que estaba pendiente des­
de hacía tiempo. En los años subsiguientes, empero, Gadamer habría de
sacar provecho de las circunstancias políticas: en el semestre de verano de
1934, así como también en el semestre de invierno de 1934-1935, tuvo
que hacerse cargo de la suplencia de la cátedra del suspendido Richard
Kroner, en Kiel, y en el semestre de invierno de 1935-1936 y en el semes­
tre de verano de 1936, de la suplencia de la cátedra del también suspen­
dido Erich Frank, en Marburgo.25Gadamer debió de asumir esas suplen­
cias no sin ciertos remordimientos de conciencia, más aún cuando tenía
con Kroner y Frank una relación de amistad. En ambos casos, aseguró,
contó con el apoyo de sus colegas suspendidos, de los cuales permaneció
cerca en aquellos años. Ambos eran «judíos», pero, como Lowith, Husserl,
Honigswald y tantos otros, se identificaban de manera obvia con la tra­
dición de la filosofía alemana. No tenían la culpa de que los nazis hubie­
sen abierto una absurda zanja entre lo alemán y lo judío. No ha habido
algo engañoso en la tradición de los intelectuales alemanes. Los afectados

23. Véanse los recuerdos de Paul Ricoeur de su permanencia en Alemania en


aquel tiempo, en su libro autobiográfico de entrevistas La critique et la conviction,
París: Calmann-Lévy, 1995, pág. 23: «Quant aux Allemands de mon âge, c’étaient
soit des hitlériens vibrants, soit des gens qui préféraient se taire».
24. UAM, PA H GG.
25. A Frank, que había sido sucesor de Heidegger, le fue retirada la licencia de
profesor después del seminario filosófico que dictó en el semestre de verano de 1936.
Véase Chronik der Universitàt Marburg fur 1936 (42), pág. 52.

219
permanecieron en Alemania mientras les era posible creer que la locura de
Hitler podía quedar en un lamentable episodio. Pero después de la «Noche
de los cristales rotos» del 9 de noviembre de 1938 y del pòker de Hitler
con la política mundial en los meses subsiguientes, se había producido un
cambio de derrotero. Frank emigrò en 1939 a Estados Unidos, Kroner
en 1938 a Inglaterra y en 1940 a Estados Unidos. Tampoco Gadamer tenía
la culpa de que los nazis hubiesen creado ese abismo y de que los puestos
que de todos modos había esperado ocupar en su carrera, se debieran a la
tragedia de sus amigos. La locura más primitiva se había convertido en rea­
lidad. Pero como alemán que tenía que alimentar a una familia, creía no
tener otra alternativa que permanecer en Alemania. Según sus recuerdos,
una emigración era impensable para un investigador y docente no some­
tido a persecución racista.26 Es, asimismo, más que dudoso que Gadamer
hubiese podido conseguir en aquel momento un puesto en el extranjero.
Sólo podía ver su oportunidad y futuro en Alemania. Él se consolaba con
la divisa «et illud transit», que debía significar tanto como: «También esto
pasa. Y Alemania permanece. Así lo hemos vivido. ¡Bajo esa consigna! Esto
pasa. Un día, este tremendo episodio pasará y, entonces, algo habrá sido
que todavía estemos aquí. No lo pienso en sentido personal, sino en cuan­
to, durante todo ese tiempo, hemos estado enseñando».27
Más adelante, Gadamer se atribuyó ocasionalmente como algo positi­
vo el haber publicado muy pocas cosas durante el tiempo de los nazis a fin

26. H G G , «...die wirklichen Nazis hatten doch überhaupt kein Interesse an


uns.» Hans-Georg Gadamer im Gesprách mit Dôrte von Westernhagen, en Das
Argument 182 (1990), pág. 550.
27. Ibidem. Véanse también las razones que Karl Reinhardt (op. cit., pág. 393),
amigo de Gadamer, esgrimía a favor de una permanencia en Alemania: 1) Obligación
de funcionario, es decir «el así llamado “maldito deber y obligación”, asociada, en
parte, con la expectativa, especialmente difundida entre los emigrantes, de que en
medio año todo habría pasado»; 2) competencia y dificultad para la ubicación de
los colegas en el exterior; 3) obligaciones de familia; 4) «Total carencia de efectos
en Alemania. Todo el éxito sería una noticia en el informativo de la universidad:
“desvinculado de sus obligaciones por pedido propio”. Y los estudiantes y colegas
habrían sacado la conclusión: también él, pues, tenía una falla en el tejido. Así es
como, lamentablemente, tampoco llegó a conocerse la objeción del filólogo clási­
co de Rostock [...] Kurt von Fritz, que agregó a su juramento: “En la medida en
que no se oponga a la verdad”, después de lo cual tuvo que abandonar Alemania».
5. «Sentimiento general de que había que quedarse, pase lo que pase.»

220
de manifestar su posición marginal.28 Las malas lenguas habrían de afir­
mar que Gadamer, siempre relativamente perezoso para escribir, hacía de la
necesidad una virtud. En este contexto, Gadamer dijo también que, «por
precaución», había interrumpido determinados trabajos filosóficos a raíz de
reparos de tipo político.29 Como se puede comprobar, desde la publicación,
en 1931, de su trabajo de habilitación académica, para cuya redacción había
aprovechado su experiencia docente desde 1929, él estaba trabajando en un
comentario sobre la Física de Aristóteles y en estudios sobre la ética del esta-
girita. Pero, de acuerdo a sus afirmaciones posteriores, el trabajo que inte­
rrumpió fue más bien el referido a la «doctrina de los sofistas y de Platón
sobre el Estado». No obstante, publicó dos «aspectos parciales»: Plato und
die Dichter (Platón y los poetas, 1934) y Platos Staat der Erziehung ([El
estado de la educación en Platón], 1942). Al mismo tiempo de atribuirse el
mérito de haber postergado temas políticamente explosivos, Gadamer admi­
tió que había publicado partes de su trabajo. La postergación era, según se
ve, sólo relativa. La «interrupción» quiere decir aquí, a lo sumo, que, por
precaución, se limitó a los aspectos puramente filológicos y evitó las refe­
rencias a la actualidad.
Es menos conocido, pero Gadamer ha hablado también con referen­
cia a aquella época acerca de una interrupción políticamente forzada de un
trabajo más extenso sobre Holderlin y la repercusión de la Revolución
Francesa en la cultura alemana.30 En esa afirmación sorprende el hecho,
debido probablemente a razones políticas, de que la misma fue realizada
sólo en 1983. Antes de esa fecha no se encuentra huella alguna del aconte­
cimiento, ni en las memorias de posguerra de Gadamer ni en los trabajos
en torno a 1933. Hay que preguntar, pues, qué hay detrás de este recuer­
do. Que Gadamer se interesaba en aquel tiempo por el clasicismo alemán

28. H GG, «...die wirklichen Nazis hatten doch iiberhaupt kein Interesse an
uns.» Hans-Georg Gadamer im Gespràch mit Dòrte von Westernhagen, en Das
Argument 182 (1990), pág. 551.
29. GW 2, 489.
30. Ver H GG, Die Gegenwdrtigkeit Holderlins (1983), en GW 9, 41: «Lo que
hoy está tan a menudo en boca de todos ya nos movilizaba mucho en los años vein­
te: Holderlin, el jacobino. En torno al año 1933, yo estaba dedicado a un trabajo
de mayores dimensiones acerca de la Revolución francesa y de sus efectos sobre la
cultura alemana. Como me había decidido a permanecer en Alemania, abandoné
el tema del trabajo».

221
es algo bien comprobable. Su íntimo amigo Max Kommerell había escrito
en 1928 una obra «clásica» sobre «El poeta como líder en el clasicismo ale­
mán», obra en la que Hôlderlin ocupaba un importante lugar. La obra es­
taba penetrada de la mentalidad de George y tuvo, por esa razón, una gran
repercusión. Aún más que el anterior le gustó a Gadamer el libro de
Kommerell sobre Jean Paul del año 1933.31 El interés específico de
Gadamer por el tema de la Revolución Francesa fue despertado por la pu­
blicación del libro de Alfred Stern Der Einfluss der Franzosischen Revolution
a u f das deutsche Geistesleben (La influencia de la revolución francesa en la
vida intelectual alemana, Stuttgart/Berlín: J. G. Cotta, 1928).32 El tema de
investigación al que se refería Gadamer en 1983 había sido ya, pues, el
tema de un libro reconocido. La afirmación tardía de Gadamer al respecto
habrá de interpretarse, entonces, en el sentido de que se «interesó» por un
tema que ya estaba en el aire, pero que no habrían sido investigaciones de
envergadura. En sí, se trataba de un tema aún hoy fascinante de la historia
de la literatura. Y tenía, en ese tiempo, un carácter políticamente explosi­
vo, en cuanto los «alemanes» reivindicaban un camino especial en el con­
texto de la historia del espíritu europeo. Esto conducía a la delimitación
del «modo de ser alemán» frente al resto de Occidente, como sucedía, por
ejemplo, en el caso de Heidegger.33 Pero planteos de esa naturaleza habían
existido mucho antes de 1933. Los nazis no los inventaron, aunque sí los
instrumentalizaron para sus propios objetivos y, prácticamente, los inutili­
zaron para la posteridad.
Este interés estaba, pues, presente en Gadamer, pero correspondía a la
impronta que él había recibido ya de la obvia tradición alemana y, en par­
ticular, del círculo de George. Sin duda, este interés ejercía todavía su influ­
jo en la crítica a la Ilustración de Verdady método. Gadamer nunca negó que
esta crítica a la Ilustración hundía sus raíces en el romanticismo alemán. En
ese sentido, se pueden proyectar retrospectivamente algunos motivos de la
hermenéutica de Gadamer hacia aquel tiempo, en la medida en que esta crí­
tica cuestiona el privilegio de un método universal para encontrar la ver­

31. Carta a Kommerell del 28-10-1933: «Su Jean Paul, el Dionysos, el Sophocles,
(y ex officio también el Parmenides de Riezler): no puedo describirle cuánto me atrae
todo esto.»
32. Complemento verbal a lo afirmado en GW 9, 41.
33. Véase, por ejemplo, el texto de Heidegger de 1937, Wege zur Aussprache,
enG A 13, pág. 15-21.

222
dad. Un trabajo de este tenor no hubiese sido en 1933 necesariamente «hos­
til al nazismo», pero Gadamer quería tal vez evitar tan mala vecindad, si
es que tenía acaso algún plan firme de investigación en este sentido (cosa
que puede ponerse en duda).
Solamente sus trabajos sobre la doctrina de Platón sobre el Estado
son más claramente comprobables. Gadamer no interrumpió totalmente
estos trabajos en 1934, al dar a imprimir su trabajo Plato und die Dichter.
Sin embargo, su origen no tiene nada que ver con la toma del poder por
parte de los nazis. Se lo puede alinear claramente en la continuidad de sus
investigaciones sobre Platón de los años veinte, y procede de un tratado más
amplio que Gadamer había escrito al comienzo de los años treinta, pero que
le había sido devuelto por el editor Klostermann para que lo retocara. Este
escrito adquirió una ambigua actualidad en el momento en que Teresa
Orozco pretendió detectar en él alusiones en el sentido de una «fascistiza-
ción» de Alemania.34 Lo único concluyente en la presentación de Orozco es
que no pocos investigadores de Platón, en ese período de cambio radical,
pretendían relacionar el Estado platónico con el Estado nacionalsocialista.
Con todo, ella no pudo darse cuenta de que tales relaciones estaban total­
mente alejadas del ánimo de Gadamer. En efecto, Gadamer no habla de
ellas en ningún pasaje de su escrito. Orozco pretendía reconocer a toda cos­
ta en Gadamer rasgos «fascistoides» y le atribuía un elevado «arte de la
alusión». Según ella, él quería dar a conocer su pertenencia a la ideología
nazi sólo de manera indirecta. Pero ¿por qué habría querido hacerlo Gadamer?
¿Acaso eran los nazis tan sutiles? Si Gadamer hubiese simpatizado realmente
con los nazis, hubiese sido mucho más natural y tácticamente inteligente
haberse manifestado públicamente a su favor. Gadamer no lo hizo. Más allá
de esto, es preciso ver que el «arte de la alusión», en un Estado totalitario
o que se encuentra en un desarrollo totalitario, va más bien en la direc­
ción contraria. Pues el que coincide con la ideología oficial no necesita escon­
derse. Solamente el que se diferencia de ella o quiere dar a conocer su crí­

34. VerT. Orozco, «Die Kunst der Anspielung. Hans-Georg Gadamers philo-
sophische Intervention ini NS», en Das Argument. Zeitschriftfu r Philosophie und
Sozialwissenschaften, 37 (1995), pág. 311-324; Platonische Gewalt. Gadamers poli-
tische Hermeneutik der NS-Zeit, Berlín: Argument Sonderband, 1995; «Die Platon-
Rezeption in Deutschland um 1933», en Korotin, lise (сотр.), «Die besten Geister
de Nation». Philosophie und N ationalsozialism us, Viena: Picus Verlag, 1994,
pág. 141-185.

223
tica recurre al medio de la alusión, ya que la resistencia abierta sería suici­
da. Teresa Orozco ve, pues, de manera totalmente errada la lógica de la alu­
sión en un Estado totalitario, para no mencionar las graves desviaciones
como el relacionar la crítica de Platón a los poetas con las quemas de libros
en Alemania.35
Por el contrario, en el escrito de 1934 se podrían encontrar sin esfuer­
zo alusiones que van en un sentido opuesto.36 El mismo Gadamer hizo refe­
rencia, en este contexto, a una cita de Goethe que hace las veces de lema: «El
que filosofa está en disidencia respecto de las imágenes reinantes en su mun­
do antecedente y contemporáneo». Tal vez esto no pueda denominarse resis­
tencia abierta, pero ciertamente se puede ver en ello una alusión. Más lla­
mativo aún es el hecho de que el trabajo es apolítico en cuanto niega que
Platón, con su construcción ideal, se refiera a un diseño real de Estado. Con
este escrito, Gadamer continuó sus anteriores investigaciones sobre el sen­
tido de la construcción utópica del Estado en Platón, investigaciones que lo
ocuparían a lo largo de toda su vida. Ante la preferencia de Gadamer por la
poesía, la expulsión de los poetas acerca de la que Platón escribe debía obrar,
obviamente, como un desafío. Su publicación tiene también su punto de
partida en esa provocación: «Nunca un filósofo ha negado tan a fondo el
reconocimiento de su rango al arte»; y se reconoce también la intimísima
visión de Gadamer acerca del elevado sentido del arte, cuando dice, a con­
tinuación: «y nunca se ha impugnado con semejante virulencia su preten­
sión, para nosotros tan obvia, de ser la manifestación de la verdad más pro­
funda y secreta».37 El amante del arte poético (¡del cual es imposible imaginarse,
como afirma Orozco, que haya apoyado las quemas de libros!) debía sen­
tirse directamente desafiado por la célebre crítica de Platón. La paradoja

35. Platonische Gewalt, pág. 47.


36. Véase, por ejemplo, en Plato und die Dichter, edición original, Frankfurt:
Klostermann, 1934 (reproducida sin modificaciones —lo que no es poco—en GW
5), el tema de un radical apartamiento respecto del Estado, tal como este se daba
en el momento (pág. 13; GW 5, 193), la reiterada referencia al hecho de que se habla
de un «Estado en la idea» y no de un Estado cualquiera en la tierra (pág. 14; 194),
la crítica a una institución educativa que poseyera «poder ilimitado» (pág. 18; 197),
el énfasis en «la disonancia que reside en la naturaleza humana» (pág. 18; 198), y, en
general, la continua crítica a un Estado en el que la justicia no es real ni en la moral
ni en el orden de la sociedad (pág. 29; 207).
37. Ibidem, pág. 5; GW 5, 187.

224
es tanto más escabrosa, cuanto el mismo Platón fue también un gran poe­
ta. La solución de Gadamer queda formulada de manera un poco compli­
cada, pero su hipótesis básica, de gran osadía, será concretizada en poste­
riores trabajos en la clara tesis de que, en Platón, no se trata de un diseño
político real de Estado, sino de un «Estado en ideas». Ante el Estado exis­
tente, en el cual, debido al arte educativo de los sofistas, la justicia no es real
ni en la moral ni en el orden de la sociedad, en Platón sólo puede tratarse,
afirma Gadamer, de un «Estado de la educación».38 La crítica a los poetas está
también relacionada con esa orientación pedagógica. Su sentido crítico ha
de verse en «el reconocimiento socrático, por parte de Platón, de que, desde
que la sofística determinaba el espíritu de la educación, dejó de existir un
ethos estatal de carácter unificador que pudiese asegurarle a la poesía su correc­
ta repercusión e interpretación».39 Según Platón, como lo interpreta Gadamer,
de esa educación sofista se sigue como consecuencia una comprensión pura­
mente estética del arte, que pasa por alto la seriedad, la seriedad educativa
del arte. Esta visión puramente estética del arte es el verdadero blanco de la
crítica de Platón a los poetas.40 Sólo el diálogo filosófico y socrático, tal como
lo practica Platón, puede cumplir las tareas de una poesía que no haya caí­
do en mera apariencia estética. La preocupación de Platón es esta oposi­
ción entre el encantamiento estético de la poesía y el encantamiento de sig­
no contrario del inquirir filosófico. Con otras palabras: una poesía practicada
sin seriedad filosófica se queda detrás de la exigencia que, con todo derecho,
se le puede plantear a una verdadera poesía. Pues la poesía no se agota en la
producción de frases bellas. En realidad, las frases son, en cuanto tales, total­
mente secundarias. Hasta se ha de estar dispuesto a prescindir de lo pura­
mente verbal: «Precisamente éste es el motivo que resuena constantemente
en la crítica de Platón a los poetas: que para ellos va en serio algo que no vale
la pena tomarse del todo en serio. El mismo Platón hace ocasionales refe­
rencias al hecho de que sus propias creaciones, justamente por ser sólo bro­
ma y pretender ser un juego, son la verdadera poesía.»41

38. La formulación, que aparece reiteradas veces en el escrito de 1934 (véase


Plato und die Dichter, 1934, op. cit., pág. 17, 29; GW 5, 196, 207), aportará el títu­
lo al segundo tratado de Gadamer sobre Platón escrito en la época nacionalsocia­
lista: «Platos Staat der Erziehung» (1942).
39. Plato und die Dichter, 1934, op. cit., pág. 15; GW 5, 195.
40. Ver pág. 27; GW 5, 206.
41. Pág. 33; G W 5, 210.

225
En esta interpretación se encuentran, pues, muchos motivos de la es­
tética y de la interpretación de Platón posteriores de Gadamer. Desde
luego, hay que tener realmente mucha fantasía para interpretarla como
una aprobación de las circunstancias creadas por los nazis. Si él hubiese
estado de acuerdo con esas circunstancias, podría haber incorporado y
mencionado sin dificultad el contexto histórico en su presentación. El
hecho de que no lo hiciera podría insinuar la sospecha contraria, es decir,
que él quería que sus reiteradas referencias a la sofística y a la descompo­
sición del Estado se comprendieran como una crítica a los nazis. A
Gadamer le importaba principalmente hacer una interpretación de
Platón de la que se pudiera afirmar que él la hubiese presentado de la
misma forma aun si los nazis no hubiesen llegado al poder. La paradoja
de la expulsión de los poetas por un poeta del rango de Platón había sido
desde muy antiguo un tema clásico de la investigación platónica y debía
constituir un particular desafío para un espíritu con disposición poética
como Gadamer. La inquietud sistemática, contemporánea, que relacio­
naba a Gadamer con este tema histórico, residía en la crítica a la abstrac­
ción de la consciencia estética. Esta inquietud se convertiría en un topos
de la obra de Gadamer a lo largo de toda su vida y brindaría el punto de
partida para Verdad y método. La consciencia estética es para Gadamer
una abstracción, pues se concentra aparentemente sólo en los aspectos
puramente estéticos de la obra de arte y prescinde de su pretensión de
verdad. Gadamer sigue aquí la conocida crítica de Kierkegaard del esta­
dio estético, con la cual ilumina, en 1934, la crítica de Platón a los poe­
tas. En Verdady método, Gadamer sostendría la tesis más amplia según la
cual esa determinación puramente estética del arte sería la consecuencia
directa de la pretensión de monopolio que tiene el método moderno
ante la pregunta por la verdad. Siendo que el arte no puede producir
ninguna verdad metódicamente controlable, ha tenido que limitarse for­
zosamente a lo puramente estético. De esa manera, al arte perdió su
decisiva dimensión de verdad o, como dice en el trabajo sobre Platón de
1934, «su pretensión, para nosotros tan obvia, de ser la manifestación
de la verdad más profunda y secreta».
De ese tema trataba el trabajo Plato und die Dichter. por decirlo de este
modo, de la crítica de Platón respecto del «estadio estético» puro. Esta rela­
ción contextual ocupó a Gadamer en su curso del semestre de invierno de
1933-1934 intitulado «Estado y arte (Introducción a la estética)». (En el
semestre de verano de 1933 había dictado clases prácticas sobre las

226
Investigaciones lógicas, de Husserl.42) Por lo que sé, no existen apuntes de este
curso, pero todo indica que esa crítica del esteticismo estaba en el centro de
las argumentaciones de Gadamer. Manifiestos políticos a favor del Estado
nacionalsocialista (que sólo existió propiamente a partir del 30 de junio
de 1934) deben de haber estado tan ausentes en estas clases como en la con­
ferencia «Plato und die Dichter» del 24 de enero de 1934, que resumía el
producto de aquel curso. Más adelante, Gadamer manifestó lo siguiente
acerca de este curso: «En aquel tiempo inicié un curso intitulado Kunst und
Staat [Arte y Estado]. En ese curso intenté mostrar que el arte no es un fenó­
meno puramente estético, sino que en él se nos plantean verdades. Esta tesis
trae como consecuencia que mi libro comience, finalmente, por el arte. Esto
no se debe a la influencia de Heidegger, sino, por el contrario, fue la pri­
mera vez que yo progresé con mis cosas. Heidegger dictó, según creo, en
1935 este curso sobre el arte. Después lo escuchamos en Frankfurt. En aquel
momento pensé para mis adentros: «¡Oh, ahora también él lo ha notado!»
Esto quiere decir, pues: el arte está tan íntimamente relacionado con la pre­
tensión de verdad, que desde esta perspectiva [se comprende] la crítica
que Heidegger formuló ya tempranamente a la lógica de las sentencias y
más tarde al platonismo, y también al aristotelismo y al tomismo».
Es cierto que se trata de una afirmación tardía (oral, en 1995), que debe
tomarse con la correspondiente precaución, pero ella coincide tanto con
la conferencia de 1934, en la que supuestos paralelismos con los nazis no
desempeñan ningún papel, que se la puede considerar, por lo menos, como
una expresión fidedigna acerca del núcleo sistemático del curso. Sin embar­
go, en esa crítica de la consciencia estética reside un cierto paralelismo con
los nazis, a saber, con su infame campaña contra el «arte degenerado», en
nombre de un «arte más popular». Pero ese paralelismo es tanto menos sos­
pechoso, cuanto era el mismo Gadamer el que advirtió primero al respec­
to, y esto mucho después del colapso del nacionalsocialismo. La coinci­
dencia, temáticamente casual y superficial, se encuentra en un importante
artículo del año 1966 que trata nuevamente acerca de la abstracción esté­
tica, con la cual se inicia Verdady método-. «Hace aproximadamente 30 años,
el problema aquí planteado se hizo consciente de una manera deforme,

42. Probablemente sea esta la razón por la cual la lista de las actividades aca­
démicas de Gadamer presentada por Orozco (Platonische Gewalt, pág. 233s) comien­
ce sólo con el semestre de invierno de 1934-1935. Pero aun en esa lista se advierte
que no contiene ningún título que pueda ser motivo de incriminación.

227
cuando la política del nacionalsocialismo respecto del arte, por el camino y
en beneficio de sus propios objetivos políticos, procuró criticar el formalis­
mo de una cultura puramente estética a través de su discurso sobre el arte
relacionado con el pueblo, discurso del que, más allá de todo el abuso al que
esa consigna condujera, no se puede negar que haga referencia a algo real».43
Los inquisidores se podrán alegrar: ¡en 1966, Gadamer confesó que la crí­
tica al arte degenerado hacía referencia a «algo real» y coincidía con un moti­
vo de su crítica de la conciencia estética! Gadamer, sin embargo, podía decir
esto solamente porque estaba interiormente seguro de la distancia entre la
ideología nacionalsocialista y su propio esbozo filosófico. En efecto, su ins­
piración no tenía nada que ver con los nazis. Provenía de Kierkegaard y,
de acuerdo con el escrito de 1934, de Platón. Si la crítica del esteticismo
hubiese sido un monopolio de los nazis, entonces debería declararse a
Kierkegaard como un proto-nazi.

43. Die Universalitàt des hermeneutischen Problems (1966), GW 2, 221. Con


relación a una crítica de la conciencia estética véase, además, la recensión de con­
junto escrita por Gadamer en ese tiempo bajo el título «Àsthetik» en Zeitschrifi
fiir deutsche Bildung, febrero 1934, pág. 324-328. Allí se comentan brevemente tra­
bajos de fines de los años veinte y de comienzos de los treinta, entre otros, de H.
Kuhn, O. Becker, F. Kaufmann (ambos en el libro conmemorativo para Husserl de
1929), Th. Wiesengrund-Adorno, así como también nuevas ediciones de Hegel y
de Schleiermacher.

228
X. Consolidación de sí mismo

En suma, era más prudente comportarse con discreción.


H a n s-G eo rg G ad am er1

Las posiciones políticas opuestas de Heidegger y su alumno Gadamer en el


año 1933 dan que pensar en muchos sentidos. A primera vista, daría la
impresión de que sólo Heidegger se hubiese comprometido, y que Gadamer
hubiese conservado siempre una distancia, lo que redunda en su honor.
Desde la perspectiva de Gadamer, Heidegger fue impulsado en su actitud
por un celo casi misionero que lo tornó inasequible durante un año y lo
condujo a terribles desvíos, tal como constan en actas de denuncias de cole­
gas suyos que estaban alejados del movimiento nazi.2 La ofuscación era
tan evidente y, al mismo tiempo, tan penosa, que sus discípulos más alle­
gados la reconocían como tal y sospechaban que podría ser transitoria.
Pensaban que Heidegger bien pronto habría de experimentar derrotas y que
recuperaría su independencia.
Pero, por otra parte, no debe ignorarse que el compromiso de
Heidegger, aun con toda su ceguera, tenía algo de «constante», en cuanto él
reconoció muy bien la urgencia de la hora. Como filósofo de su rango no
podía contentarse con permanecer cómodamente al margen. Al compro­
meterse políticamente en 1933, con grandes riesgos para él mismo y para su
reputación, Heidegger se atenía, pues, con decisión radical, a un principio
de responsabilidad. Por el contrario, la actitud de Gadamer, aun siendo po­
líticamente más prudente y cosmopolita, era más expectante, más carente
de compromiso y, por tanto, más tibia. Él no se animaba a formular ningún
juicio acerca de los acontecimientos que se agitaban a su alrededor. Para

1. G W 2, 490.
2. Además de los conocidos informes sobre Staudinger, Baumgarten y
Hònigswald, véase la exposición de Max Müller (Auseinandersetzung ais Versóhnung.
Ein Gespràch über ein Leben mit der Philosophie, comp, por Wilhelm Vossenkuhl,
Berlín: Akademie Verlag, 1994), cuya carrera académica fue entorpecida por
Heidegger. A pesar de ello, Müller mantuvo a lo largo de toda su vida la fidelidad
a la persona y el pensamiento de su maestro.

229
Heidegger, los discípulos suyos que en 1933 no lo habían seguido política­
mente eran «niños burgueses reblandecidos, incapaces de pensar con radi­
calismo».3 En eso no estaba totalmente errado, tal como lo ha reconocido
Gadamer sin ambages: «Así éramos, pero que para ello hubiese que decidir­
se justamente por Hitler, no nos convencía.»
Pese a todos los graves reproches que se le puedan hacer a Heidegger,
más aún desde la perspectiva de la distancia histórica, se podrá conceder, en
el sentido de una interpretación obviamente muy benévola, que era el más
comprometido, el que estaba más inmediatamente captado por la hora deci­
siva que se estaba atravesando. Gadamer tenía más instinto político;
Heidegger, en cambio, más coraje. Heidegger tomaba en serio a los nazis,
Gadamer no. Para Heidegger, la revolución nacionalsocialista traía consigo
una completa «transformación de nuestra existencia», era una respuesta posi­
ble al «olvido del ser», mientras que Gadamer, como la mayoría de los libe­
rales, contaba con que, en pocos meses, la revolución habría quedado atrás.
Heidegger, por tanto, valoraba más de lo debido a los nazis (y, según pará­
metros puramente «históricos», no sin razón); Gadamer, en cambio, los
subestimaba.4 Como es obvio, la posición académica de ambos no era com­
parable. Como estrella de la filosofía alemana, Heidegger se sentía, para
decirlo con una frase muy citada de Jaspers, elegido para «conducir al Führer»
\«den Führer zu fuhren»]. Por fortuna para su filosofía, el Führer le hizo el
favor de no tomarlo en serio. Además, las humillaciones que le impusiera
la meticulosa burocracia nazi constituyeron un motivo más para su renun­
cia al rectorado, presentada en razón de principios en abril de 1934, en
un estadio todavía temprano, pues, del dominio nazi. En cambio, Gadamer
no era más que un futuro docente privado, carente de independencia,
que tenía que comportarse, todavía, de acuerdo a la «ley de la conservación
de sí mism o».5 Una confesión política en el sentido de los nazis, por

3. Conversación del 30-1-1990.


4. Como queriendo disculparse por haberse quedado dormido en la «hora deci­
siva» [«Schicksalsstunde»], Gadamer concedió, más adelante, que, en aquella épo­
ca, «su atención [política] no había madurado» (véase Hans-Georg Gadamer on
Education, Poetry and History. Applied Hermeneutics, comp, por D. Misgeld y G.
Nicholson, Albany: SUNY Press, 1992, pág. 143: «You have been asking me politi­
cal questions about a time in which I myself was simply not mature.» [«Usted me
ha estado formulando preguntas políticas respecto de una época en que yo, sim­
plemente, aún no estaba maduro.»]).
5. Ver GW 2, 489.

230
ejemplo, a través de la forma más simple del ingreso al partido, le habría
procurado por cierto un avance en lo profesional, pero él no podía conci­
liar esto con la amistad de sus muchos colegas judíos. Más adelante, Gadamer
se preguntó qué hubiese sido de él sin esos amigos. ¿No hubiese sido na­
tural, para un hombre de su origen y formación, haber celebrado o, al menos,
tolerado en Hitler a un baluarte contra el comunismo y al restaurador de la
honra alemana?
El horizonte de la formación y la experiencia de Gadamer se limitaba
a la situación interior de Alemania. Había recibido una educación rígida,
típicamente «prusiana», en 1914 se había entusiasmado por el militarismo
alemán, tuvo que vivir el derrumbe y la ruptura de la tradición en 1918,
disfrutó durante sus estudios de una proximidad muy inmediata a gran­
des personalidades de la vida cultural alemana (los georgianos, los neo-
kantianos, filólogos y fenomenólogos), atravesó las humillaciones del Tratado
de Versalles y la miseria de las crisis económicas, de las que se responsabi­
lizaba, naturalmente, a los «aliados». Incluso la tendencia conciliadora, res­
ponsable y occidentalista del gobierno de Brüning topó con la incom­
prensión de los aliados. ¿Acaso no contó Hitler incluso con una legitimación
democrática cuando se puso al frente de un gobierno unitario para exigir
por medio de la fuerza (y más tarde de amenazas eficaces) un mayor reco­
nocimiento y más respeto para Alemania? ¿No era preciso que los alemanes
tenían que solidarizarse con estas pretensiones?
Gadamer pudo vivir una confirmación inmediata de su «germanidad»
cuando realizó un viaje privado a París, en abril de 1933, que fue su pri­
mera experiencia de estar en un país extranjero. Pasó diez días en la capi­
tal francesa, donde se alojó con su mujer en un modesto hotel del Quartier
Latin. Tuvo varios encuentros con Leo Strauss, quien se encontraba en la
ciudad como becario del instituto Rockefeller y vivía muy cerca de él. Strauss
procedía de un pequeño pueblo de los alrededores de Marburgo, pero nun­
ca había estudiado en esta ciudad sino en Hamburgo, donde uno de sus
profesores fue Cassirer. Había asistido, además, a las clases de Heidegger en
Friburgo, a principios de los años veinte, y en aquel tiempo la intensidad
de la impresión que le causó fue tan honda como posteriormente la indig­
nación sobre su compromiso con los nacionalsocialistas. La relación con
Strauss se inició cuando Gadamer administraba la biblioteca del Seminario
de Marburgo, a la cual Strauss acudía ocasionalmente para prestar libros.
Aunque Marburgo era su ciudad natal, era allí en cierto modo un outsider.
Gadamer, como insider discreto, tuvo con él un trato cordial pero más bien

231
distante. La razón de ello era que Gadamer se había enterado por Jakob
Klein de que Strauss le guardaba un cierto «rencor», aunque nunca llegó a
saber el motivo. Strauss era, en general, una persona muy desconfiada, y
también en su teoría persecutoria de la escritura -que posteriormente llegó
a ser célebre- ofreció una concepción según la cual había que suponer que
tras las afirmaciones públicas había un lenguaje secreto, cuando no una ins­
trumentación consciente.6Así, Gadamer fue siempre prudente con él, tenien­
do cuidado de no excitar su temperamento desconfiado.7 En París, Strauss
exponía su opinión sobre el curso de la política alemana y la reacción fran­
cesa ante ésta. Gadamer le escuchaba, pero se guardaba de expresar su pro­
pio parecer, si es que tenía uno al respecto. Un día fueron a un cine donde
se proyectaba un noticiario con un reportaje sobre el «nudismo alemán». Se
trataba de un documental sobre un acontecimiento deportivo que mos­
traba a los atletas moviéndose como en los desfiles militares. El público fran­
cés prorrumpió en carcajadas. En un primer momento, Gadamer no enten­
dió el motivo de las risas, porque, como alemán, estos desfiles de estilo
militar, incluso cuando se trataba de atletas, le eran absolutamente familia­
res. Como recordaba Gadamer, esto «no tenía que ver lo más mínimo con
los nazis»,8 pero para los franceses la conexión no dejaba de ser evidente y
bastante ridicula. En esta ocasión, Gadamer comprendió, sin embargo, que
había sido educado en una tradición específica que podía causar un efecto
infalible a otras culturas. ¿Era posible, en esta situación, que se lograra real­
mente un entendimiento entre los pueblos?
Para los nazis el año 1934 fue el momento de la consolidación de su
poder. Mientras que al principio parecía inseguro que pudiesen mante­
nerse mucho tiempo en el gobierno, tras el golpe de Rohm, el 30 de junio,
y la muerte de Hindenburg, Hitler consiguió hacerse con el poder absolu­
to, total y totalitario y no dejó lugar a dudas sobre sus intenciones. A par-

6. Ver Leo Strauss, Persecution and the Art o f Writing, Glencoe, 111.: The Free
Press, 1952. [Trad, castellana: Persecución y arte de escribir, Valencia, 1996.]
7. Ver «Gadamer on Strauss: An Interview», en Interpretation: A Journal o f
Political Philosophy (12/1) 1984, pág. 2: «I was very careful not to offend him, kno­
wing how sensitive he was. We were on good terms and talked now and then but other­
wise hadfew relations with each other.» [«Yo tenía mucho cuidado de no ofenderle,
sabiendo cuán sensible era él. Estuvimos en buenos términos y hablamos en ciertas
oportunidades, pero, más allá de esto, tuvimos muy poco contacto.»]
8. PL, pág. 50.

232
tir de ese momento se sabía que se trataba de una pandilla de criminales
viles, ávidos de poder, que no dudarían en hacer realidad sus impulsos
más primitivos. Cualquier forma de resistencia era, en lo sucesivo, suicida.
Tal vez este peligro no era tan cierto como la gente se imaginaba, pero el
terror totalitario consiste precisamente en que llega a ser interiorizado
hasta tal punto que cada uno tiene miedo a cualquier otro y cree que debe
mantener silencio.
En consecuencia, el antisemitismo de los nazis era algo que había que
tomar en serio. En el «Decreto para el restablecimiento del funcionariado
alemán», promulgado en abril de 1933, las serias medidas antisemitas toda­
vía quedaban veladas en artículos complementarios puestos en cláusulas. La
intención manifiesta y «bienintencionada» del decreto era restablecer el «fun­
cionariado alemán», disuelto tras la derrota de 1918, lo que implicaba que
se apartarían a los «no alemanes» del servicio público; pero la medida pre­
sentaba muchas excepciones. Se diferenciaba a los que eran «medio judíos»
de los que eran judíos por ambos lados paternos (categorías, por supuesto,
alejadas del judaismo, pues se es o no se es judío sólo cuando lo es la madre);
los combatientes judíos de la primera guerra mundial quedaron, asimismo,
excluidos de estas medidas. Así surgió la impresión de que los judíos que
habían sido «patriotas» también podían ser «alemanes». Los nazis no ocul­
taban, como es natural, su resentimiento contra los judíos, los cuales esta­
ban «sobrerrepresentados» en las finanzas y en el funcionariado; no obs­
tante, sí parecía que estaban dispuestos a reconocer entre ellos a los auténticos
patriotas. Por consiguiente, los nazis no parecían ser «antisemitas» absolu­
tos. Así, Hitler, teniendo en cuenta las reacciones en el extranjero, había
condenado en un primer momento los ataques contra los judíos efectuados
por tropas de asalto de las SA y las SS demasiado diligentes. Según la inter­
pretación más benévola, las primeras medidas antisemitas respondían al afán
del gobierno, en el marco del restablecimiento del honor y poderío alema­
nes, por «rectificar» la «preponderancia» de los judíos en la vida pública.
Rüdiger Safranski ha hablado, en este contexto, de un «antisemitismo com­
petitivo», alimentado por el resentimiento, y lo ha diferenciado de un anti­
semitismo primitivo, puramente racista, más cercano al espíritu de los nazis.9
Incluso había algunos entre los judíos mismos que consideraban que estas
medidas eran legítimas y no fueron pocos los judíos de «pura sangre» que

9. R. Safranski, op. cit., pág. 299s.

233
intentaron hacerse pasar por «medio judíos». De todos modos, la mayoría
de judíos alemanes pertenecientes a los círculos intelectuales estaban tan
asimilados que sólo una minoría podía seguir identificándose con su heren­
cia judía. Recordemos el trágico ejemplo de Husserl, quien siempre se había
considerado más alemán que judío. Cuando en 1935 los nazis le permitie­
ron dar conferencias en Viena valoraba este gesto como un juicio positivo
sobre su importancia para el nuevo Estado y constató con satisfacción que
«no se [le] incluía en el estercolero de los no-arios»10. También protestó con­
tra las duras medidas de los nazis recurriendo al argumento de que su fami­
lia ya había pagado, en la Primera Guerra Mundial, su tributo de sangre con
la muerte de su hijo Wolfgang en 1916. Todo ello sólo muestra hasta qué
punto los «judíos» no se habían considerado a sí mismos como tales, pero
también hasta qué punto ya habían asumido la infame línea argumentati­
va de los nazis.
Con la consolidación del poder nacionalsocialista se fueron suprimiendo
cada vez más las cláusulas y excepciones. En el círculo de Gadamer, el pri­
mer afectado por estas medidas fue Karl Lowith. En su calidad de comba­
tiente en la Primera Guerra Mundial, inicialmente fue excluido de las mis­
mas, pero un año más tarde fue «despedido» y emigró a Italia. Cuando tuvo
noticia de su despido, solicitó a Gadamer una conversación confidencial.
Le comunicó que sólo en los documentos era «judío de pura sangre», pues­
to que gracias al legado de su padre había tenido conocimiento de que el
padre de éste no era su padre natural: Su verdadero abuelo era un archi­
duque que había tenido una relación con una joven judía. Así pues, era
«sólo» medio judío según el lenguaje de los nazis y podría haberlo demos­
trado. Preguntó a Gadamer si no debía hacer valer este hecho con el obje­
to de poder permanecer en Alemania. A Gadamer le conmovió la con­
fianza de Lowith, mas le dio el consejo de que aceptase la beca ofrecida por
la Fundación Rockefeller para una estancia en Italia; beca que ya podría
haber aceptado en 1933.11 Gadamer argumentaba que el hecho de aprove­
char la todavía posible reglamentación excepcional con el fin de permane­
cer en Alemania no era honroso para él y su posición. Además, la revisión
de su caso conllevaría muchas querellas. En cualquier caso, opinaba Gadamer,

10. Véase la excelente introducción de Karl Schuhmann a su edición de Husserls


Briefwechsel, 1994, tomo 10, pág. 17.
11. Ver K. Lowith, op. cit., pág. 78.

234
la esquizofrénica atmósfera alemana seguiría siendo insoportable para él: las
medidas podrían endurecerse, pero también relajarlas, en cuyo caso él podría
ser contratado de nuevo de una manera más honrosa. Gadamer mismo pudo
cumplir esta promesa, por cierto, aunque mucho más tarde, cuando ayudó
a Lowith, que estaba en Nueva York, a que le asignaran una cátedra en
Heidelberg en 1952. Así pues, Lowith viajó a Italia y durante muchos años
aún iba creyendo en la posibilidad de que las medidas antijudías pudieran
moderarse.12Aquella conversación fue tan íntima que Gadamer propuso a
Lowith el tuteo. Así fue como Lowith pasó a ser uno de los poquísimos ami­
gos a los que Gadamer tuteaba.
Lowith era, además, el padrino de Jutta, la hija de Gadamer. Esto no
estaba prohibido, pero dada la tensísima situación en el país, muchos ale­
manes se sintieron repentinamente inseguros por mantener relaciones con
los judíos. Lowith era consciente, desde hacía tiempo, de que el coraje civil
no era, precisamente, una virtud de la que pudieran vanagloriarse los ale­
manes.13 Por este motivo quería facilitar las cosas a Gadamer, y le dijo que
estaba dispuesto a renunciar a ser padrino de su hija.14Tal vez también que­
ría, de este modo, poner a prueba la amistad existente entre ellos. Gadamer
rechazó esta proposición con una firmeza que le honra. Si bien no conce­
día demasiado valor a los lemas políticos, era muy fiel a sus principios en
este tipo de decisiones personales. En una carta a Lowith del 10 de noviem­
bre de 1935 le afirmaba:

No necesitaré detallarte a continuación por qué no puedo admitir tu deci­


sión de anular tu padrinazgo, aunque la respete y la tenga en cuenta [...].
Entiéndeme bien, no estoy «ofendido», aunque sí afectado por lo que se des­
prende de esta decisión en realidad: tu falta de fe en la pervivencia y duración
de las antiguas relaciones. No considero una casualidad, por ejemplo, que no
exista una renuncia al padrinazgo en el derecho canónico, a no ser como con­
secuencia de una separación de la Iglesia. Ya me entiendes, sólo estoy estable­
ciendo una analogía. Estoy convencido por completo de que entre tú y yo la
relación no está destruida por tales dudas. Tampoco echo, en absoluto, toda la
culpa a la obligada distancia que nos separa y a la literaturización de nuestro

12. Ibidem.
13. Ibidem, pág. 74.
14. Ibidem, pág. 99: «Él no aceptó mi decisión de renunciar, en razón de la
separación política de alemanes y judíos, al padrinazgo que hacía diez años había
aceptado para su hija.»

235
trato: ya antes había entre nosotros cuestiones por resolver. Pero para mí exis­
tía una base absolutamente firme para nosotros, sobre la cual nos encontrá­
bamos los dos la última vez cuando me hablaste sobre el legado de tu padre.
Ciertamente, la dirección política violenta es una amenaza para tal relación.
Pero yo sólo me dejaría rebatir en cada caso particular a partir de la experien­
cia concreta, que quizá consistiría en que tu vínculo con Alemania tuviera para
ti otro significado que para mí. Aunque es indudable que esto sea así, yo ten­
dría que sufrir primero en concreto que por tal motivo tenga que producirse
una ruptura de nuestro lazo. Y no puedo creer esto mientras yo mismo no nie­
gue la continuidad de mi propia historia o mientra tú no lo hagas. Pero deje­
mos esta cuestión. Admito que las circunstancias exteriores son desacostum­
bradas y hacen necesarias medidas «artificiales», entre las que incluyo las cartas.
Pero el grado en que estas medidas pueden ser eficaces depende de condicio­
namientos personales previos que no puedo, a su vez, cambiar de manera arti­
ficial.15

Tal vez la argumentación de Gadamer no sea del todo cristalina.


Probablemente sea en este sentido que Lowith hablara, en 1940, de «las car­
tas cargadas de reflexión» de Gadamer».16 Si bien Gadamer menciona en
esta carta el «vínculo» que le une a Alemania, pretende que esta afirmación
debería poder aplicarse de igual manera a Lowith. Las circunstancias exte­
riores, según Gadamer, obligan a adoptar medidas «artificiales» transitorias,
pero él antepone, claramente, las relaciones personales a ellas. Entre estas
medidas transitorias se contaba también el hecho de que una serie de cáte­
dras se encontrase súbitamente disponible a causa de «traslados». Así,
Gadamer recibió en el semestre de verano de 1934 el encargo de ocupar la
cátedra de su amigo Richard Kroner en Kiel, que había quedado libre.
Sustituir a un colega judío era, ciertamente, una situación delicada, ¿pero
que debía hacer Gadamer? ¿Protestar en contra? En su situación sólo podía
pensar en su propia carrera. El encargo de sustitución que volvió a recibir
en el último momento para el semestre de invierno de 1934-1935 también
supuso para él la posibilidad de albergar esperanzas en cuanto a la obten­
ción de la cátedra. Al principio parecía que sus perspectivas eran muy bue­
nas,17pero tras dos semestres las esperanzas se desvanecieron. Gadamer opi­

15. Carta a Karl Lowith del 10-11-1935.


16. К. Lowith, op. cit., pág. 99.
17. Carta de Oskar Schürer a Gadamer fechada el 23-7-1934: «Tu postal y una
carta de Frida me han contado que te encuentras bien en Kiel y que te querrían rete­
ner ahí.»

236
naba retrospectivamente a este respecto que en el baluarte nazi de Kiel18 no
había reunido los méritos políticos necesarios.19
Sin embargo, en esta ciudad no le faltaban amigos. En el seminario filo­
sófico dictaba clases, junto a él, el especialista en Platón, Kurt Hildebrandt,
que procedía del círculo de George y era un nazi convencido. En Kiel se
encontraban no pocos seguidores de Stefan George, y hay muchos indicios
que prueban que, entre otros motivos, Gadamer fue llamado a ocupar la
cátedra por esta razón. En contrapartida cambió tácitamente la temática de
sus actividades docentes. Mientras que en Marburgo, en el semestre de invier­
no de 1933-1934, todavía había dictado un curso sobre Estado y arte,20 en
Kiel se dedicó en medida creciente al tema «más neutral» de la filosofía grie­
ga de la naturaleza, que se remontaba a las investigaciones emprendidas
sobre la Física aristotélica tras su admisión como profesor numerario. El
único fruto de estas investigaciones realizadas en Kiel que publicó entonces
fue el ensayo de 1935 sobre la Teoría antigua de los átomos. Sin embargo, en
aquella época Gadamer también impartió repetidamente clases sobre la his­
toria de la filosofía natural desde Demócrito y Aristóteles hasta Galileo y
Newton. A diferencia del mundo de bel esprit de Marburgo, Kiel se dis­
tinguía por un clima de ciencias naturales que favorecía sus intereses por
la filosofía de la naturaleza. En una carta a su amigo Max Kommerell, de
finales de 1934, describió así sus experiencias en Kiel: «Mi trabajo aquí es
muy distinto al de Marburgo. Los teólogos o filólogos de lenguas moder-

18. Véase la entrevista «...die wirklichen Nazis hatten doch überhaupt kein
Interesse an uns.», op. cit., pág. 543: PL, pág. 52; «Erinnerungen an Richard Kroner»,
en FAZ del 3-12-1977. Véase las actas de la actividad docente de Gadamer en
Kiel en el Archivo secreto del Estado de Berlín, I GA Rep. 76 V a, See. 9, IV, 1,
tomo 23, hojas 269-272, 546-550.
19. En su escrito de justificación de 1945-1946 dirigido a las potencias de ocu­
pación después del trauma del nazismo, Gadamer hizo referencia varias veces al
hecho de que su «actividad en la Universidad de Kiel de 1934 a 1935 [fue] cance­
lada en abril de 1935 en razón de que él no resultaba de confianza desde el punto
de vista político.» Ver UAL, PA 488, hoja 95,U A L PA 488, hoja 164. Kurt
Hildebrandt, estudioso de Platón y miembro del círculo de George, informa sobre
la resistencia que, en aquel tiempo, Gadamer ofrecía al partido, en Erinnerungen
an Stefan George undseinen Kreis, Bonn: Bouvier, 1965, pág. 242.
20. Según el relato de Lowith (op. cit., pág. 76), después de la llegada de Hitler
al poder pululaban tanto los cursos con títulos que habían adosado la palabra «Estado»
(como Kunst undStaat- ¿alusión a Gadamer?), que poco después los temas políti­
cos fueron prohibidos a través de un decreto ministerial.

237
nas, como en Marburgo, no se ocupan apenas de filosofia, pero sí lo hacen
los científicos de la naturaleza. El rector de Kiel, un químico y físico, es el
motor que los impulsa. He encontrado, de este modo, un terreno ya culti­
vado para mis estudios sobre la filosofía natural antigua y el desarrollo de
la ciencia moderna. Por desgracia, las probabilidades de ser nombrado aquí
profesor no son muy grandes [...]. La caída general de la actividad estudiantil
también se hace muy patente aquí, pero ya estoy acostumbrado desde el
semestre pasado a encontrarme ante bancos vacíos, aunque gracias a los
«círculos de trabajo» y a los ejercicios, tengo acceso, por lo menos, a
los mejores componentes del diezmado círculo estudiantil».21
A causa de su alejamiento de Marburgo, Gadamer se perdió el célebre
discurso que el vicecanciller Franz von Papen pronunció en el auditorium
maximum de la universidad el 17 de junio de 1934. A pesar de que Papen
fue corresponsable del acceso de Hitler al poder, este discurso, redactado
por el publicista conservador Edgar Jung, fue un acto valioso y poco corrien­
te de oposición contra la dictadura en expansión de su socio de coalición
Hitler. Papen criticó públicamente el establecimiento del sistema de parti­
do único así como las limitaciones de la libertad de expresión y exigió al
Führer que actuase contra los radicales que se hallaban en sus filas.22 Gerhard
Krüger, que oyó el discurso, escribió a Gadamer en Kiel lo siguiente:
«¡Respiremos a fondo! ¡Retorno al Estado de derecho!»
Pero la provocación de Papen tuvo, en realidad, el efecto contrario, a
saber, los hechos del 30 de junio de 1934, la famosa Noche de los cuchillos
largos, cuando Hitler ordenó ejecutar a sus contrincantes políticos en las SA.
La vida de Papen fue respetada, probablemente porque Hitler temía la reac­
ción de Hindenburg si se produjese tal ejecución.23 Papen presentó a Hitler
su dimisión el 3 de julio y aceptó un puesto de poca monta como diplo­
mático en Austria.

21. Lamentablemente, la carta no tiene fecha. Pero, a juzgar por la referencia


a las inmediatas vacaciones de Navidad, fue escrita seguramente en diciembre de
1934.
22. Véase el texto del discurso en Karl Heinrich Peter (сотр.), Reden, die die
Welt bewegten, Stuttgart 1959, págs. 369-380. Véase, además, Franz von Papen,
Memoirs, Londres: André Deutsch, 1952, pág. 310; John R. Willertz, «Marburg
unter dem Nadonalsozialismus (1933-1945)», en Marburger Geschichte. Rückblick
a u f die Stadtgeschichte in Einzelbeitragen, с о т р . por Erhart Dettmering y Rudolf
Grenz, Marburgó: Magistrat der Universitatsstadt Marburg, 1980, págs. 593-612.
23. Ver P. Hoffmann, 1988, pág. 27.

238
La última jugada en el proceso de consolidación del poder hitleriano
tuvo lugar un mes más tarde, el 2 de agosto, con ocasión de la muerte, espe­
rada durante mucho tiempo, del presidente Hindenburg. El Führer reu­
nió entonces en su persona, por decreto, los cargos de presidente del Reich
y de canciller. A partir de ese momento todos los funcionarios y soldados
debían prestar, como cosa perfectamente natural, juramento de fidelidad al
dictador.24
El 30 de junio fue reconocido de manera general como un punto de
inflexión decisivo en la dictadura del terror nazi: Hasta ese momento, Hitler
había conseguido que su acceso al poder conservase una apariencia demo­
crática en una situación de crisis. Hasta esa fecha mucha gente aún podía
echar la culpa de los «excesos» del partido, entre otros, a los radicales de
las SA y a Ernst Rohm. Pero ahora el Führer había logrado superar a Rohm
en cuanto a falta de escrúpulos. Los filósofos cercanos a Gadamer, como
Jaspers y Heidegger, que habían celebrado, en parte, el acceso de Hitler al
poder, aluden una y otra vez al 30 de junio de 1934 como al día en que se
les abrieron los ojos.25 Gadamer tenía los ojos «ya antes más que abiertos»,
pero viéndolo retrospectivamente, también para él ese día supuso un pun­
to de inflexión decisivo: «Aquel día fatídico, el 30 de junio de 1934, que­
dó para todos nosotros definitivamente claro que no conseguiríamos librar­
nos de este régimen dictatorial paranoico sin que se produjera una catástrofe
sangrienta. Pero entonces no se sabía, claro está, que esto sería así, y no sos­
pechábamos que Europa quedaría anegada en un mar de sangre».26
Si hasta entonces Gadamer aún podía esperar que la locura hitleriana
acabase pronto, a partir de ese momento sólo le quedaba resistir y preocu­
parse de su propio porvenir. En febrero de 1935 había concluido su suplen­
cia de dos semestres en Kiel. Así pues volvió a ser durante varios meses un
simple profesor auxiliar en Marburgo. Ya a finales de 1934 la Facultad había
solicitado a la Universidad de Marburgo que se concediese a Gadamer el
título de profesor extraordinario, lo cual era un procedimiento normal
seis años después de la obtención del grado de catedrático.27 Era el momen-

24. Ver P. Hoffmann, 1988, pág. 28.


25. Ver H. Ott, Martin Heidegger, pág. 312, 317.
26. H G G , Erinnerung, en Jahrbuch der deutschen Schillergesellschaft, 34
(1990), pág. 465.
27. Carta de HGG a C. Grossner citada en el libro de este, Verfall der Philosophie.
Politik deutscher Philosophen, Reinbeck: Christian Wegner Verlag, 1971, pág. 235.

239
to para tratar el caso Gadamer en la Facultad. El ambiente en la comisión
era altamente explosivo, pues entre los filósofos que la integraban estaba
Erich Frank, hombre próximo a los «heideggerianos» y judío (un semestre
más tarde le suspenderían de su cargo), Jaensch y Mahnke, nazis declarados
y anti-heideggerianos. El transcurso de las negociaciones es imaginable casi
a priori. Frank presentó un informe muy entusiasta el 15 de noviembre de
1934,28 donde ensalzaba a Gadamer señalando que era el único discípulo
de Heidegger que había elegido como ámbito de investigación propio «la
especialidad de la filosofía griega, la cual es indispensable como base del
estudio filosófico». Y seguía su exposición señalando que mientras que «su
tesis de habilitación mostraba aún una fuerte dependencia respecto a la ter­
minología y método de trabajo de su maestro», su investigación durante los
seis años transcurridos desde entonces «ha ido por caminos cada vez más
independientes, de modo que no hay nadie, entre las jóvenes generaciones,
que iguale al señor Gadamer en cuanto a conocimientos, penetración filo­
sófica de la materia y soltura en su modo de exposición». Gadamer, además,
«supo resistir las tentaciones de alcanzar un éxito fácil y superficial como
docente» al dedicarse a la investigación de la filosofía griega. «Su pequeño
escrito Platón y los poetas, publicado en el verano de 1934, muestra el éxi­
to alcanzado; ensayo que ha producido una gran impresión incluso más allá
de los círculos de eruditos inmediatamente interesados.»
Lo que no se mencionaba expresamente en el informe era que este
tratado de Gadamer había sido también el único publicado en los seis años
desde la habilitación. Tampoco los adversarios de Gadamer hicieron notar
este hecho. Jaensch y Mahnke, por su lado, hicieron referencia a otros aspec­
tos. En el informe de Jaensch se dice: «Esta aprobación [de la solicitud de
Gadamer a raíz del dictamen de Frank] tendría lugar de forma incondi­
cional y sin reserva alguna si no hubiese llegado a mi conocimiento que otras
partes interesadas, a las que hay que escuchar en esta cuestión, podrían poner
reparos de tipo más personal a dicha aprobación. Si los mismos careciesen
de importancia y se basasen, tal como me ha dicho una de las partes inte­
resadas, en «omisiones formales» por parte del señor Gadamer, entonces yo
pediría que se dejasen al margen, puesto que existe, al fin y al cabo, una
acreditación tanto científica como docente. Pero si, por el contrario, se tra­
tase de objeciones esenciales y graves, no sólo formales, entonces no deseo

28. PA Gadamer, UAM.

240
en modo alguno anticiparme a la decisión definitiva. La persona del docen­
te, precisamente, tiene mucha importancia en materias cuyo objeto son
cuestiones que atañen la visión del mundo. Se dice, sea con razón o sin ella,
que en el caso de un erudito extraordinario hay que pasar por alto muchas
cosas. De todos modos, debo creer que la [capacidad]29 del candidato, aun
siendo buena, tampoco es muy superior a la media. Menciono esto única­
mente con el objeto de justificar mis reservas, las cuales deben ser mani­
festadas junto a mi aprobación, para no tener que tomar la decisión defi­
nitiva. Esperemos que los reparos alegados contra el señor Gadamer sean
irrelevantes, con lo que a mi modo de ver no habría nada que se opusiera
a su nombramiento».
Este dictamen de Jaensch es sobremanera impreciso: no hay nada que
objetar a la aptitud científica de Gadamer pero existen «reparos de tipo más
personal», los cuales podrían tener su origen en «omisiones formales». Mahnke
se adhiere en su dictamen a las reservas de su colega Jaensch: «Desde el pun­
to de vista de las cualidades científicas y didácticas del doctor Gadamer
no existen, en mi opinión, inconvenientes para que sea nombrado cate­
drático supernumerario. Puedo adherirme perfectamente en algunos pun­
tos a las explicaciones pormenorizadas de mi colega el señor Frank, a pesar
de que no conozco al señor Gadamer tan bien como él. En cuanto a las
reservas de otro tipo de las que habla mi colega el señor Jaensch, verdad es
que algo ha llegado a mis oídos, pero en una forma que no me permite pro­
nunciarme a favor o en contra. En este aspecto tengo que reservarme la deci­
sión hasta que mi información sobre el caso sea más exacta».
¿De qué objeciones podía tratarse? En los documentos no hay dema­
siada información al respecto. Quizá eran reparos de tipo moral y perso­
nal o quizá puramente políticas; sea como fuere, en ningún caso era posi­
ble hacerlas constar en acta. Ahora bien, todo hace suponer que estos reparos
a los que se aludía repetidamente en los documentos era la carencia de méri­
tos políticos de Gadamer, puesto que su nombramiento no se produjo final­
mente a causa de la oposición de la dirección del cuerpo docente de las NS.
Fue en nombre de esta organización que el entonces decano de la Facultad
de Filosofía, el profesor Wachtsmuth, escribió el 27 de abril de 1935 lo

29. Palabra difícil de leer, como todas las que se encuentran entre corchetes,
las que han sido interpretadas de acuerdo al patrón caligráfico y al sentido con­
textual.

241
siguiente: «La dirección del cuerpo docente rechaza de momento el nom­
bramiento del doctor Gadamer como catedrático supernumerario por una
serie de razones que han sido dadas a conocer al decano por medio del aba­
jo firmante, y al propio señor Gadamer por medio de la dirección. A ello
hay que añadir que la habilitación del señor Gadamer sólo tuvo lugar el 23
de febrero de 1929, de modo que justo se han cumplido lo seis años regla­
mentarios». Los motivos por los que se rechazaba el nombramiento de
Gadamer como catedrático se explicaban al margen del dictamen como
sigue: «No se ha esforzado lo suficiente en integrarse en el cuerpo docen­
te. Aún tiene que demostrar que posee un espíritu comunitario». Esta era,
por consiguiente, la carencia de Gadamer: el espíritu comunitario. Más ade­
lante sería informado de los argumentos en su contra y que habían sido omi­
tidos en las actas. Posteriormente él hablaría de «conversaciones de recuer­
do imborrable, indignantes, en las que principalmente se te echaba en
cara la amistad que a título privado seguías manteniendo con los amigos y
conocidos judíos».30
La carrera de Gadamer atravesaba momentos muy difíciles, y en aque­
llos días él se encontraba entre la espada y la pared. Sabía perfectamente que
los reparos a su nombramiento no eran de tipo científico; sin embargo no
había actuado nunca como disidente político. Él había callado, se había
mantenido al margen. Sólo había pensado en su subsistencia académica
en Alemania; no obstante, ésta se hallaba ahora paralizada y sin posibili­
dades de salvación, a menos que estuviese dispuesto a hacer concesiones
políticas.31 Lo único que tenía que demostrar era que poseía «espíritu comu­
nitario», pero no quería que tal demostración le costase la confianza de
sus amigos judíos. Fue entonces cuando decidió por propia iniciativa -tal
como siempre reconoció- participar, en otoño de 1935, en un campamen­
to de rehabilitación político para docentes en Weichselmünde, cerca de
Danzig.
Esta decisión de Gadamer respondía, sin duda, a la voluntad de salvar
su carrera académica, al deseo, más en concreto, de conseguir ser nombra­
do profesor extraordinario. A fin de cuentas, la dirección del cuerpo docen­
te sólo había rechazada «por el momento» su solicitud, esto es, hasta que
quedase demostrado su «espíritu comunitario». Así, pocos meses después

30. PL, pág. 55.


31. PL, pág. 56.

242
de la denegación de abril, el 12 de diciembre, el jefe del cuerpo docente
declaraba que él estaba dispuesto a aprobar una nueva solicitud. Fue entre­
gada el 17 de diciembre de 1935 al ministro de Ciencia, Educación y
Formación Popular del Reich y de Prusia. El jefe del cuerpo docente decla­
ró su conformidad con la solicitud el 4 de enero de 1936. El nombramiento
como catedrático supernumerario por el ministro tuvo lugar más de un año
después, el 20 de abril de 1937. Gadamer prestó el juramento de fidelidad
obligatorio el 12 de enero de 1938: «Me comprometo a cumplir escrupu­
losa y abnegadamente los deberes del servicio así como a obedecer las leyes
y otras disposiciones del Estado nacionalsocialista».32
Gadamer explicaría más tarde que durante muchos años33 su nom­
bramiento como catedrático había chocado una y otra vez con la oposi­
ción política de la dirección del cuerpo docente. Es demostrable que exis­
tió tal oposición, lo cual le honra; pero las cosas tomaron otro rumbo
cuando durante los meses de otoño del año 1935 las autoridades docentes
cambiaron decisivamente de opinión respecto a su nombramiento. La
causa de ello fue su participación en el campamento de rehabilitación de
Weichselmünde. Gadamer había conseguido, de este modo, establecer un
feliz compromiso diplomático con su propia conciencia. Había consegui­
do, en efecto, demostrar su «espíritu comunitario» sin tener que avergon­
zarse por ello ante sus amigos judíos. Un testimonio importante al respec­
to es el hecho de que en una carta del 10 de noviembre de 1935 Gadamer
contase a su amigo Lowith, como lo más natural del mundo, sus experien­
cias en el campamento de rehabilitación, y las comparase con las propias
vivencias de Lowith como combatiente en la Primera Guerra Mundial:

Durante estas vacaciones desacostumbradamente largas me he ocupado, al prin­


cipio, de Aristóteles y Platón (Klein estuvo dos semanas conmigo en Marburgo);
luego participé en el curso de docentes en Danzig, del que he obtenido muy
buenos frutos. Ante todo, este curso ha logrado suavizar mi escepticismo res­
pecto a la nueva generación universitaria. Pero en vista de la decadencia esco­
lar que va creciendo desde hace décadas, resulta difícil decir si esto autoriza a
adoptar una posición optimista más general. En todo caso es un problema muy
serio en qué medida la era de la simplificación de Burckhardt afecta o no tam­
bién a la elite de la juventud. Esto sólo nos lo enseñarán las experiencias aca-

32. Todas son citas de documentos oficiales que figuran en PA Gadamer, UAM.
33. Ver, por ejemplo, GW 2, 489; PL, pág. 58.

243
démicas de las próximas décadas. Sobre el tema «camaradería» y «experiencia
de campamento» se podrían decir algunas cosas que sólo son comprensibles a
partir de esta vivencia concreta. Tal vez se podría resumirlo en una fórmula
como el restablecimiento o nuevo comienzo de primitivas formas comunita­
rias, que tú conoces de tus vivencias en el frente. Sólo que en este caso se tra­
ta de una orientación consciente de esta forma comunitaria con miras al ofi­
cio futuro o ya en ejercicio del investigador y profesor académico.

Gadamer jamás ha ocultado que con la instrucción recibida en


Weichselmünde cosechó, de hecho, «muy buenos frutos». También en su
autobiografía de 1977 siguió manteniendo la misma idea: «Y, a fin de cuen­
tas, existe realmente algo así como una vivencia de la camaradería, bien
conocida por los que han sido soldados, que aquí se ha producido de modo
completamente natural. He hecho algunos buenos amigos, aprendí mucho
y pude evitar con facilidad todos los contactos desagradables».34 Para Gadamer,
al que nunca habían llamado a filas, esta fue, por lo tanto, su única expe­
riencia de tipo militar. En una época de aislamiento,35 provocado también
por razones políticas, le procuró un sentimiento de solidaridad más allá
de cualquier consigna y organización política. A ello contribuyeron los des­
files que se realizaban en el campamento, acompañadas por canciones patrió­
ticas,36 mas también las largas marchas por los bosques, en los que Gadamer
participaba con mucho agrado pese a las secuelas de su poliomielitis. Él,
como es natural, caminaba más despacio, de modo que surgió, como por si
solo, el estribillo: «Der Gadamer / hinkt hinterher» (que se podría trducir por
«El Gadamer, ojo, / va detrás y cojo»).
Sabemos que Heidegger se había interesado, asimismo, por la idea de
estos campamentos de educación a la solidaridad.37 Una vez fracasados sus

34. PL, pág. 56.


35- Véase al respecto Otto Pôggeler, Philosophie undNationalsozialismus - am
Beispiel Heideggers, Opladen, 1990, pág. 30.
36. PL, pág. 56.
37. Ver T. Wilhelm, Pàdagogik der Gegenwart, Stuttgart: Kroner, 1959, pág.
108 (citado asimismo en Martin Heidegger - Elisabeth Blochmann Briefwechsel 1918-
1969, с о т р . por Joachim Storck, Marbach: Deutsche Schillergesellschaft, 1989,
pág. 145: «Las academias pedagógicas son obra personal de С. H. Becker, quien
entre 1919 y 1930 fue dos veces secretario de Estado [...] del Ministerio de Cultura
de Prusia y unía a la incorruptibilidad del científico una libre apertura frente a todos
los impulsos no convencionales de la educación popular en Alemania.» El mismo
Heidegger había organizado campamentos como esos en Todtnauberg (véase M.

244
intentos de reforma de la universidad alemana, en cierto modo desde arri­
ba, depositó cada vez más sus esperanzas en la posibilidad de que el profe­
sorado se formase directamente en instituciones comunitarias. Incluso des­
pués de su dimisión como rector en abril de 1934, Heidegger proporcionó
proyectos para la organización de este tipo de campamentos.38 Desde un
punto de vista sociológico, tal deseo era, por supuesto, una reacción al carác­
ter anónimo del mundo educativo moderno, tecnificado, pero esto no lo
desvalida necesariamente. Gadamer era consciente, por cierto, de que la
simpatía hacia este tipo de instituciones era otro vínculo más con su maes­
tro: Heidegger «depositaba ahora sus esperanzas en las nuevas generaciones
de jóvenes universitarios tras haber fracasado en la universidad por la opo­
sición de los caciques y el partido. Por eso estimulaba las academias de docen­
tes. Yo mismo participé una vez en una de ellas. Para la mayoría se trataba
de una condición previa para la habilitación. Para mí significaba mi cam­
pamento de rehabilitación y, en realidad, fue un encuentro interesante e
importante con una juventud universitaria que sólo en contadas ocasiones
vivía en fantasías nacional-revolucionarias como las de Heidegger. Allí hice
buenos amigos y asimismo comprendí cómo las capas de intelectuales aus­
tríacos interpretaban todo lo que pasaba en Alemania bajo el prisma de la
solución pangermánica tanto tiempo anhelada. Respecto al «partido» mis­
mo, ni la juventud ni tampoco Heidegger abrigaban ilusiones en aquel tiem­
po. El desarrollo ulterior de las academias de docentes tampoco debía haber
convencido a Heidegger después de que se rompiera su relación con Alfred
Baeumler y la Administración Rosenberg se apoderara totalmente de la idea
de las academias de docentes».39
Un día los participantes en el campamento se fueron de excursión a
Tannenberg, donde Gadamer vio de lejos a Hitler.40 Le llamó la atención lo
torpe que parecía ese pequeño burgués. Jugueteaba nerviosamente con el
cinturón de su pantalón. Le sorprendió además su baja estatura, como si el

Heidegger, «Das Rektorat 1933/34. Tatsachen und Gedanken», en M. Heidegger,


Die Selbstbehauptung der deutschen Universitat, Frankfurt: Klostermann, 1983, pág.
36, así como la carta a E. Blochmann del 16-10-1933, op. cit., pág. 77). Véase, ade­
más, D. Cassidy, op. cit., pág. 310.
38. Véase al respecto R. Safranski, op. cit., pág. 325ss.
39. HGG, «Erinnerung», en Jahrbuch der deutschen Schillergesellschaft, 34 (1990),
pág. 466.
40. PL, pág. 57.

245
deseo de dominio universal tuviese algo que ver con un mecanismo de com­
pensación: Napoleón, Mussolini, también Heidegger, eran personas de esta­
tura llamativamente baja. Pero su mujer Frida había visto al Führer en la
sala de conciertos Gewandhaus de Leipzig, y a través de ella sabía que tenía
unos ojos realmente fascinantes.
Entre los jóvenes científicos que Gadamer conoció en el campamen­
to sobresalían el físico Helmut Hónl (1903-1981), el matemático Wilhelm
Magnus (1907-1990)41 y el historiador Fritz Fischer junior (nacido en
1908)42; pero ante todo el director del campamento, el conde Wenzel

41. Magnus emigró más tarde a Estados Unidos, donde desarrolló su impor­
tante actividad docente y de investigación en la Universidad de Nueva York. Cuando
Gadamer pasaba por Nueva York, lo visitaba en su casa, muy cercana a la de Hans
Jonas. Para una reseña crítica sobre la obra de Magnus véase William Abikoff (сотр.),
The Mathematical Legacy o f Wilhelm Magnus, New York: American Mathematical
Society 199, 1994. Del mismo Magnus véase Collected Papers, Nueva York/
Berlin/Heidelberg/Tokio: Springer Verlag, 1984.
42. Autor del famoso libro, muy apreciado por Gadamer, G riff nach der
Weltmacht. Die Kriegspolitik des kaiserlichen Deutschland 1914-1918, Düsseldorf:
Droste Verlag, 1961. El libro desató en los años sesenta una viva polémica entre his­
toriadores (la así llamada «controversia de Fischer») con su tesis de que la Alemania
imperial había provocado conscientemente la Primera Guerra Mundial. Como lo
demuestran los demás polémicos libros del autor (entre otros Ju li 1914: Wir sind
nicht hineingeschlittert, Hamburgo: Rohwolt, 1983; Hitler war kein Betriebsunfall,
Munich: Beck’sche Reihe, 1992), la argumentación tenía como objetivo ubicar la
política expansionista de Hitler en la continuidad orgánica de la historia alemana,
una tesis inquietante y obviamente controvertida para la identidad alemana. A la
luz de su lectura altamente crítica de la historia alemana, vale la pena citar aquí su
propio testimonio sobre la atmósfera no política del campamento (de una carta
de F. Fischer al autor fechada el 27-1-1998): «Sólo puedo confirmar lo manifesta­
do por el señor Gadamer, a saber, que el Conde Gleispach fue un conductor suma­
mente tolerante y liberal en ese campamento. ¡Ni rastros de adoctrinamiento nacio­
nalsocialista! La atmósfera era completamente suelta y la jornada consistió en una
sucesión de pláticas de tenor objetivo, de acuerdo a los diferentes ámbitos de acti­
vidad de los participantes. Según mi recuerdo, ninguno de los participantes lla­
maba la atención por un especial compromiso político. Se trataba de una actividad
obligatoria dispuesta por el Estado, en la que debían participar todos aquellos que
quisieran permanecer en la universidad. El clima del campamento era bueno, ya
que cada uno estaba interesado en escuchar pláticas sobre los distintos ámbitos pro­
fesionales.» Después de la experiencia de ese campamento, Fischer no tuvo más con­
tacto personal con Gadamer, ya que desde 1939 hasta 1947 fue soldado y prisio­
nero de guerra.

246
Gleispach (1876-1944). Hònl había estudiado física en la década de los
veinte; primero con Philipp Lenard en Heidelberg y luego en Múnich con
el ilustre profesor Arnold Sommerfeld, el cual fue su gran maestro.43 Honl
había estudiado algo de filosofía en Heidelberg con Jaspers y Rickert, lo
que propiciaba una buena relación con Gadamer, tanto más cuanto éste,
en aquel entonces, también se dedicaba a la teoría atómica. Más adelan­
te Honl llegó a ser profesor en Friburgo y un importante físico cuántico
así como el descubridor de la llamada «constante de Hònl». Otro punto
de unión entre los dos amigos fue su amor por la poesía. Al parecer, Hònl
aprendía a diario un poema de memoria, una práctica que Gadamer admi­
raba y que intentó imitar. En tiempos posteriores Hònl y Gadamer pasa­
rían juntos unas vacaciones en Hiddensee en compañía de Max
Kommerell.44
Pero la figura más sobresaliente de los campamentos era para Gadamer
el jurista Willi Gleispach. Lo describe por lo general con palabras elogiosas
como un hombre tolerante que en cuanto austríaco «pangermano» obser­
vaba la Alemania nazi con cierto desagrado jurídico.45 Es posible que esta
fuese la imagen que transmitía, pero su biografía y escritos lo acreditan,
más bien, como un nazi de los pies a la cabeza. No podía ser de otro modo
si dirigía un campamento de rehabilitación de esas características.
Gleispach ya había sido nacionalsocialista antes de que Hitler accediera al
poder. Su historia personal, sin embargo, hacía esperar cualquier otra cosa
que un futuro nazi: nacido en 1876 en Graz, su padre era presidente de la
audiencia territorial y la familia era de confesión católica. En 1903 se casó
con una judía, María Rosenkranz.46 Tras haber estudiado la carrera de

43. Ver H. Hònl, Riickerinnerung, en A. Giannara (сотр.), Convivium cos-


mologicum. Interdisziplinare Studien. Helmut Hohn zum 70. Geburtstag, Basilea/
Stuttgart: Birkhàuser Verlag, 1973, pág. 211. Gadamer aportó a este libro conme­
morativo el artículo «Gibt es die Materie?» (en el libro, pág. 209-214), artículo que
él mismo entendió como una prosecución de sus investigaciones de los años trein­
ta sobre la física griega. A propósito, la conferencia que Gadamer pronunció en
Danzig debe de haber sido muy probablemente su escrito «Antike Atomtheorie»,
aparecido en 1935.
44. Carta de H. Honl a Hans-Georg Gadamer fechada el 10-2-1960.
45. PL, pág. 56, donde, por error, se indica como fecha de la participación
en el campamento de Danzig el año 1936.
46. Véanse las actas sobre Gleispach en el Archivo Federal Ast. Zehlendorf,
n° 2991. Todos los datos que siguen han sido tomados de esa fuente.

247
Derecho de 1894 a 1898 en Graz y Viena, fue destinado al Ministerio de
Justicia en esta última ciudad. En 1902 se fue como profesor a Friburgo
(Suiza); en 1907 entró en la Universidad alemana de Praga, hasta que en
1915 fue nombrado catedrático numerario en Viena. Ya en los años veinte
se había comprometido con los estudiantes nacionalsocialistas de la capital
austríaca. Fue rector de la Universidad de Viena entre 1929 y 1930. Se
comprometió de forma enérgica, tal como él mismo destacaría en su auto­
biografía, contra el rumbo antialemán del gobierno de Dollfuss (asesinado
por los nazis en 1934). Gleispach fue jubilado anticipadamente el 22 de
octubre de 1933 porque había publicado un escrito contra el derecho de
Dollfuss, pero este escrito le valió ser acogido con los brazos abiertos por la
Facultad de Derecho de Berlín. Su primera conferencia allí la pronunció,
como profesor honorario, el 10 de diciembre de 1933. Fue nombrado ca­
tedrático numerario de la Facultad de Derecho en septiembre de 1934.
Pero ya antes, en septiembre de 1933, el ministro de Justicia del Reich,
Frank, le había nombrado miembro de la comisión jurídica de Derecho
Penal. De esta manera, participó de forma decisiva en la elaboración del
derecho penal nacionalsocialista y, más tarde, del derecho penal militar.47
Fue miembro de la Academia Alemana de Derecho. En 1940 se le brindó el
honor y la satisfacción de ser nombrado senador honorífico de la
Universidad de Viena, de la que había sido expulsado en 1933. Por moti-

47. Gleispach fue el autor de famosos libros de derecho penal. Véase, por ejem­
plo, Nationalsozialistisches Recht. Rede zur Feier der 5. Wiederkehr des Tages der natio-
nalen Erhebungam 29. Januar 1938, Berlín: Friedrich Wilhelms-Universitàt, 1938;
Deutsches Strafverfahrensrecht. Ein Grundriss, Berlin: Junker & Diinnhaupt, 1943;
Das Kriegsstrafrecht. Allgemeines Kriegsstrafrecht und Kriegsverfahrensrecht, mit einem
Überblick über das Strafrecht und das Strajverfahrensrecht der deutschen Wehrmacht
im Kriege, Stuttgart y Berlin: Kohlhammer, tomo 1, 1940; tomo 2, 1940; tomo
3, 1941; Artículo «Tòtung», en F. Gürtner (сотр.), Das kommende deutsche Recht.
Besonderer Teil, 2a edición, Berlín. Con ocasión de cumplir los 60 años se editó
un libro conmemorativo: Gegenwartsfragen der Strafrechtswissenschaft. Festschrift zum
60. Geburtstag von GrafW. Gleispach, Berlín y Leipzig: Walter de Gruyter, 1936.
Acerca de la postura de Gleispach en el marco del derecho nacionalsocialista véase
Hans-Ludwig Schreiber, «Die Strafgesetzgebung im “Dritten Reich”», en R. Dreier
y W. Sellert (сотр.), Recht undJustiz im «Dritten Reich», Frankfurt a.M.: Suhrkamp,
1989; Lothar Gruchmann, Ju stiz im Dritten Reich 1933-1940. Anpassung und
Unterwerfung in der Ara Gürtner, Múnich: Oldenburg Verlag, 1988; Berndt Riithers,
Entartetes Recht. Rechtslehren undKronjuristen im Dritten Reich, Múnich: Verlag C.
H. Beck, 1988.

248
vos de salud solicitó, en 1941, ser eximido de sus obligaciones oficiales en
Berlín. Murió el 12 de marzo de 1944 en Viena, a la edad de 68 años.
Gleispach fue, sin duda, un científico reputado y apreciado, mas, asi­
mismo, de un modo no menos palmario, un nazi muy ferviente desde el
principio. A pesar de su alta cualificación científica, parece que mantuvo
y buscó relaciones especiales con las bases del partido y los profesores jóve­
nes. El 19 de noviembre de 1934 fue nombrado director del cuerpo docen­
te de la Universidad de Berlín, dirigiendo desde allí escuelas de docentes,
entre ellas el campamento de rehabilitación de Danzig. En 1936 se divor­
ció de su esposa, que era judía, para casarse de nuevo. Es posible, por lo tan­
to, que el celo con el que apoyaba las academias de docentes obedeciese a
la necesidad de ocultar o compensar esta mancha en su trayectoria nacio­
nalsocialista, por lo demás inmaculada. ¿Pues qué otro motivo podía impul­
sar a un jurisconsulto tan afamado a dirigir una escuela tan banal?
Gadamer no llegó a tener conocimiento alguno de la esposa judía de
Gleispach. Al considerarlo sólo como pangermanista en cuestiones de polí­
tica nacional exterior, también subestimaría probablemente la intensidad
de su compromiso nacionalsocialista. Lo cierto es que Gadamer se hizo
merecedor de su amistad y Gleisspach le apreciaba mucho, pues, al fin y
al cabo, él fue el único que había ido «de forma voluntaria» al campamen­
to, como admitió muy abiertamente.48 Gleispach le tuteaba y le prometió
que haría todo lo posible para que su nombramiento se impusiese en Berlín
frente a la oposición de Baeumler. En los años siguientes, Gadamer reci­
bió por las fiestas de Navidad postales de felicitación de Gleispach, en las
que éste le aseguraba cada vez que su nombramiento se produciría pronto.
Cuando finalmente fue nombrado en abril de 1937, dos años después de
solicitado, Gadamer sospechó de inmediato la mano de su amigo el conde,
tal como manifiesta en una carta a Lowith del 28 de julio de 1937:49 «La
cátedra llegó de manera bien sorprendente y supuso un gran alivio. Si bien
es una minucia y no significa en absoluto que para nosotros haya termina­
do la fase de tener que calcular cada penique, no poder contar con esa minu­
cia sería a la larga una verdadera amenaza para la existencia; y nuestra vida
en Marburgo, por lo demás nos gusta bastante en conjunto. Para mí tam­
bién fue una satisfacción que este decano haya tenido que presenciarlo duran-

48. PL, pág. 56.


49. Que coincide con PL, pág. 57.

249
te su tiempo de mandato. (Probablemente tengo que agradecer el título a
la ayuda del jurista berlinés, aquél que dirigió hace dos años la academia de
docentes en Danzig en la que participé. Con el título de Krüger persisten
las dificultades. No existe ninguna perspectiva concreta de que sea llamado
a ocupar una cátedra, tampoco se puede esperarlo mientras siga mante­
niéndose —aunque quizá ya no por demasiado tiempo—el monopolio de
Baeumler como dictaminador».
Es una amarga ironía del destino que Erich Frank, que había apoyado
en 1935 el nombramiento de Gadamer como catedrático, fuese cesado poco
después. Resulta irónico, asimismo, que fuese Gadamer el profesor asig­
nado para suplir a Frank en su cátedra durante el semestre de invierno de
1935-1936 y, de nuevo, en el semestre de verano de 1936.50 La elección
de Gadamer era tanto más lógica cuanto que Krüger, su amigo pero tam­
bién su rival por lo que respecta a todos los nombramientos y sustituciones
en estos semestres, tenía una plaza de suplente en Gottingen. Tras la supre­
sión de las actividades docentes de Frank, Krüger y Lowith (y dejando de
lado a Jaensch y Mahnke, a los que se consideraba carentes de interés como
filósofos) Gadamer llegó a ser el único que representaba la historia de la filo­
sofía en Marburgo. Gracias a estas dos sustituciones mejoró, evidente­
mente, su situación económica y se puede suponer que también a este res­
pecto la participación en el campamentos de rehabilitación favoreció sus
perspectivas. Sin embargo, ya no era posible prolongar más allá del semes­
tre de verano de 1936 la suplencia de la cátedra de Frank, puesto que ésta
fue suprimida en el seminario filosófico en aquellas fechas.51
Siendo suplente de Frank, Gadamer impartió por primera vez un cur­
so sobre el tema de «Arte e historia (Introducción a las ciencias del espíri-

50. PA Gadamer, UAM.


51. Ver Chronik der Universitàt M arburgjur 1 936 (año 42), pág. 52: «La suplen­
cia de la cátedra ordinaria que hasta el 31-12-1935 tenía el profesor Frank ha
estado, también en el semestre del 1936, aún a cargo del docente Dr. Gadamer.
Lamentablemente, la cátedra fue retirada más tarde del área de Filosofía y cubier­
ta con un representante de otra carrera». Véase sobre el particular el relato de Gadamer
en la carta a Lowith del 3-1-1937: «Un rasgo sumamente sintomático: la cátedra
de Frank ha sido anulada y, en su lugar, ha llegado a Marburgo una cátedra de
Asiriología cuyo titular —parece una broma—también se llama Frank. La anulación
es obra de Jaensch y se ubica en la línea general de la política universitaria que, entre
tanto, en virtud del plan cuadrienal y de la orientación exclusiva hacia los proble­
mas técnicos, es proseguida en forma aún más radical».

250
tu)», que repitió y profundizó en semestres posteriores y puede conside­
rarse como la base de Verdady método?2Su maestro Heidegger le había ani­
mado de manera indirecta a tratar esta temática que le interesaba desde hacía
mucho tiempo, porque después de su fracaso como rector comenzó a dedi­
carse, sorprendentemente, a cuestiones del arte. Su primera gran confe­
rencia sobre Hôlderlin tuvo lugar en el semestre de invierno de 1934-1935.53
Asimismo publicó en aquella época un ensayo de carácter programático:
Hôlderlin und das Wesen der Dichtung [Hôlderlin y la esencia de la poesía].
A Gadamer le llegaron en Marburgo o noticias de todo ello, comentarios
sobre la nueva e inaudita «filosofía holderliniana», como ya la llamaba enton­
ces, que despertaron su curiosidad. Con mucha expectación, Gadamer se
trasladó en taxi a la cercana ciudad de Frankfurt en compañía de Erich Frank
y Gerhard Krüger para asistir a las conferencias de Heidegger sobre el ori­
gen de la obra de arte.54 En esta ocasión Gadamer y Heidegger no llegaron
a reencontrarse personalmente, pues desde principios de la década de los
treinta se había producido un frío distanciamiento en su relación. Gadamer
explicaría más tarde que durante aquellos años había evitado a Heidegger,
si bien tampoco sería improbable que éste mismo estuviese contrariado por
la falta de adhesión de su discípulo, también en cuestiones políticas. Estas
conferencias, no obstante, parecen haber iniciado un nuevo capítulo filo­
sófico en la respetuosa relación que Gadamer mantenía con su maestro.
Años después rebajaría la importancia que para él tuvieron esas conferen­
cias, afirmando que habrían sido más bien «una confirmación de lo que él
mismo había buscada desde hacia tiempo en la filosofía».55 Si bien es cier­
to que Gadamer se había interesaba desde hacía tiempo y mucho antes que

52. 53. Ver PL, pág. 171.


53. GA 39: Holderlins Hymnen «Germanien» und «Der Rhein».
54. Las conferencias de Heidegger tuvieron lugar el 17 y el 24 de noviembre y
el 4 de diciembre de 1936 en la sede del «Freies Deutsches Hochstift» en Frankfurt,
y fueron publicadas en 1950, en Holzwege. Las mismas eran, sin embargo, una
ampliación de la conferencia que Heidegger había dado el 13-11-1935 en la Sociedad
de Ciencias Artísticas de Friburgo, y que repitiera en enero de 1936 en Zurich. La
versión original de la importante conferencia de Heidegger de 1935 fue publicada
en Heidegger Studies 5, 1989, págs. 5-22.
55. GW 10, 76 (donde, como es habitual, se indica erróneamente el año 1935
como fecha de la conferencia de Frankfurt). Véase también GW 4, 267, y en otros
lugares.

251
Heidegger por la estética (para la que tuvo un encargo de docencia en
Marburgo), no dejó de ser un inmenso apoyo para él que su maestro, súbi­
tamente, conjuraba en el arte una puesta en obra originaria de la verdad.56
Así, en otra ocasión recordaría, quizá esta vez con más razón, la conmoción
que le causaron las conferencias de Frankfurt. En la filosofía de Heidegger
-y probablemente también en su biografía- se manifestaba entonces una
verdadera «vuelta» (Kehre) —utilizando el término que él mismo pondría en
circulación en su «Carta sobre el humanismo» de 1946- como Gadamer le
hizo saber pocas semanas más tarde a Lowith en una carta del 3 de enero
de 1937: «Hace poco volví a ver a Heidegger con motivo de sus conferen­
cias sobre el origen de la obra de arte, una meditación filosófica altamente
monomaniaca a la que ha incorporado su filosofía holderliniana. Su inten­
ción es tomar la mitología tan en serio como sea posible pero, sin embar­
go, situar finalmente su origen en el acto creador de la constitución del mun­
do. (El Frankfurter Zeitung ha sacado un artículo sagaz sobre él pero
completamente desacertado en cuanto al lenguaje primigenio.) Había muchas
cosas que recordaban la tradición mítica hasta Schelling. Mas él transmi­
tía un aislamiento terrible, como casi siempre cuando escenificaba «confe­
rencias» en vez de hacer su trabajo diario en el seminario».
A pesar de no haber entablado una conversación con él (al parecer exis­
tía, en efecto, este frío distanciamiento en su relación), percibía en Heidegger
sólo por el tono de sus conferencias -y seguramente con razón- un «aisla­
miento terrible». ¿Estaba acompañada esta impresión de un sentimiento de
culpabilidad por haber abandonado a su maestro? Lo cierto es, en cualquier
caso, que a partir de entonces reanudó sus relaciones con él. En octubre
de 1937 lo visitó en la Selva Negra. Viajó en compañía de otros discípulos
de Heidegger, concretamente Gerhard Krüger y Walter Bròcker, como si
no osara visitarlo solo.57 Gadamer era consciente de la distancia existente

56. Véase ya la segunda frase de Plato und die Dichter, 1934 (!), pág. 5 (GW
5, 187), en la que Gadamer habla, refiriéndose al arte, de su «pretensión, tan obvia
para nosotros, de ser la revelación de la verdad más profunda y más secreta.» Véase
también «Asthetik. Ein Literaturbericht von H.-G. Gadamer», en Zeitschrift fu r
deutsche Bildung, febrero 1934, págs. 324-328.
57. Véase la carta a Lowith con fecha del 12-12-1937. No son, pues, total­
mente acertados los relatos de Gadamer según los cuales, durante el tiempo de los
nazis, él se habría distanciado completamente de Heidegger, habiéndolo visitado
sólo cuando ya era profesor en Leipzig (ver la carta a C. Grossner en el libro de este

252
entre ellos, la cual le hacía sufrir, pero le proporcionaba por otro lado la
posibilidad de desarrollar su autonomía. A su amigo Brócker, por ejemplo,
lo consideraba un discípulo demasiado fiel a Heidegger que imitaba de un
modo meticuloso el lenguaje del maestro. Por otro lado, se mofaba, aunque
quizá con celos, del brillante Gerhard Krüger como del «discípulo predi­
lecto de Heidegger».58Aunque a partir de sus presupuestos (teológicos), era
cierto que Krüger había recibido impulsos decisivos de Heidegger, pero
en su importante libro sobre Kant de 1931 y en ensayos relevantes había
sostenido una posición crítica e independiente frente al maestro, una posi­
ción que Gadamer también quería adoptar pero que aún no había conse­
guido elaborar. Se la podía entrever ya en la tesis de habilitación sobre Platón,
pero apenas había alcanzado un desarrollo autónomo. En este aspecto
Gadamer se vería, incluso, algo superado por Krüger cuando éste publicó
en 1939 un nuevo libro sobre Platón: Einsicht undLeidenschaft. Das Wesen
desplatonischen Denkens [Comprensión y pasión. La naturaleza del pensa­
miento platónico]. Gadamer valoraba mucho la magnífica introducción del
mismo, la cual publicaría por separado en la editorial Klostermann tras la
muerte de su amigo, pero, en cambio, tendía a restar importancia ya enton­
ces a este libro calificándolo como un intento de «cristianizar» a Platón.59
No obstante, Krüger, que era discípulo de Hartmann y amigo de Bultmann
al igual que Gadamer, aunque algo más productivo en aquellos años, con

último Verfall der Philosophie. Politik deutscher Philosophen, Hamburgo, 1971, pág.
234). Acerca de las visitas de Gadamer a Heidegger hacen referencia también las
cartas de Max Kommerell (Briefe und Aufzeichnungen 1919-1944, Friburgo, 1967,
págs. 378-379. Véase allí la bella descripción de Gadamer en la pág. 321s).
58. Max Kommerell Briefe und Aujzeichnungen 1919-1944, pág. 378.
59. Carta a Karl Lowith del 12-12-1937: «Krüger está escribiendo un libro
sobre Platón (!) que promete ser muy interesante (el tema de anima naturaliter chris-
tiana es ciertamente el punto clave de todo el asunto).» El signo de admiración entre
paréntesis es enormemente elocuente. Gadamer siempre sintió admiración por el
libro de Krüger sobre Kant y por su artículo sobre Descartes («Die Herkunft des
philosophischen Selbstbewusstseins», en Logos, 1933). Por otra parte, el libro que
Gadamer más apreciaba de su otro amigo, Lowith, fue siempre su monografía sobre
Jakob Burckhardt, publicada en Basel en 1936. No solamente porque esta mono­
grafía se remontaba a la época de docencia en Marburgo (ver Mein Leben in
Deutschland) y, con ello, a las conversaciones con Gadamer, sino porque sentía una
afinidad humana con Burckhardt como escéptico resignado (comunicación oral del
30-10-1995).

253
esta obra sobre Platon había publicado un libro importante. En compara­
ción con Krüger, pero también en general, Gadamer fue poco productivo
en aquel tiempo, con excepción de dos ensayos, Plato und die Dichter (1934)
y Die antike Atomtheorie (1935), además de algunas recensiones sobre filo­
sofía griega. Si bien es cierto que las querellas con el cuerpo docente nacio­
nalsocialista le preocuparan mucho y también le deprimieran, sin embar­
go, hay que descartar como casi imposible que la presión política le impidiera
realmente publicar sus proyectos. Poco tenía que temer en su campo de tra­
bajo, siempre que fuese lo suficientemente sensato, y lo era, como para evi­
tar temas políticamente explosivos. Verdad es que él afirmó que interrum­
pió un estudio importante sobre la teoría sofista y platónica del Estado por
razones de seguridad,60 pero, como hemos visto, sólo era una interrupción
a medias, pues sus ensayos Plato und die Dichter y Platons Staat der Erziehung
(1942) testimonian que durante los años del nacionalsocialismo continuó
dedicándose a esta temática. Gadamer ha manifestado además en repetidas
ocasiones que los nazis se interesaron muy poco por las actividades de los
universitarios,61 de lo que se puede deducir sin duda que él habría podido
continuar con sus planes de publicación.
De los testimonios de esta época se desprende que Gadamer seguía con
el plan de elaborar, además de sus estudios sobre Platón, un comentario
sobre la Física aristotélica, pero que nunca llegaría a publicarse.62 Hacia fina­
les de la década de los treinta empezó a interesarse de manera creciente por
Hegel, como prueba su lección inaugural en Leipzig sobre «Hegel und der
geschichtliche Geist» [Hegel y el espíritu histórico], y de modo muy espe­
cial por la herencia antigua de este filósofo.63Así, en aquel tiempo tenía el
plan de elaborar un estudio sobre «Hegel und die antike Dialektik», tema de
una ponencia pronunciada en la ciudad de Weimar en 1940 con ocasión

60. GW 2, 489.
61. Véase el importante reportaje «...d ie wirklichen Nazis hatten doch über-
haupt kein Interesse an uns. Hans-Georg Gadamer im Gesprâch mit Dòrte von
Westernhagen», en D as Argument, 182 (1990), pág. 543-556, y pàssim.
62. Carta a К. Lowith del 3-1-1937: «Por mi parte, estoy de nuevo totalmente
dedicado al estudio de Aristóteles, habiendo concluido la elaboración, a lo largo de
dos semestres, de un curso muy completo sobre Platón del cual espero poder hacer
un libro publicable una vez que haya terminado con el comentario sobre la Física -
por supuesto, si todo va más o menos bien, cosa que nadie puede predecir».
63. Carta a K. Lowith del 28-7-1937.

254
de unas jornadas sobre Hegel, pero que no se publicaría hasta 1961 y que
constituiría el capítulo de apertura de su libro sobre Hegel de 1971.
No sólo la modestia y las dudas acerca de sí mismo fueron un obs­
táculo para el cumplimiento de sus proyectos de investigación sino también
los problemas de salud. Gadamer padecía, en efecto, una gastroenteritis cró­
nica que no consiguió superar durante meses e incluso años. Sobre esta
dolencia informó a Lowith en una carta del 28 de julio de 1937: «Desde
finales de enero estoy seriamente enfermo (estómago e intestino), acaso una
consecuencia de fumar demasiado. Sea lo que fuere, sigo desde entonces
una dieta severa, básicamente fruta y verdura (nada de carne), y sin tabaco.
Con todo, ni siquiera puedo decir que mi salud mejore de forma progresi­
va; me temo, en fin, que estas mismas vacaciones tendré que pasar un tiem­
po bastante largo en la clínica. Por lo demás, mi estado es en sí bastante
satisfactorio: apenas tengo dolores, estoy en condiciones de jugar bien y con
aguante a tenis, etc. Pero mi capacidad para el trabajo intelectual está, por
desgracia, muy debilitada, tal vez más como resultado del no fumar. En todo
caso, duermo mucho, y a veces el sue ю interrumpe mi trabajo». Gadamer
tuvo que someterse, en efecto, a tratamiento en una clínica de Berlín por
espacio de seis semanas durante el verano de 1937 «tras inútiles intentos de
dejar listo para la imprenta mi pequeño libro sobre la dialéctica».64Todavía
en enero de 1937 le comentaba a Lowith las consecuencias de su enferme­
dad: «Yo no tenía una ulcera gástrica sino una gastroenteritis crónica: nada
de vómitos, pero sí bastantes dificultades con la evacuación y calambres del
intestino grueso, que me causaban en ocasiones dolores atroces. Mi médi­
co, el doctor Vogler de Berlín, consideró que la causa residía en el tabaco
(inhibición nicotinica de la mucosa gástrica). Por este motivo no fumo des­
de marzo de 1937, lo cual, al principio, todavía empeoró más el estreñi­
miento. Además, he comido casi exclusivamente de modo vegetariano y sin
ingerir café ni té. Mi estado ha mejorado de forma muy lenta. Sobre todo
mi digestión sigue muy vulnerable a cualquier tipo de estado de excita­
ción nerviosa, por ejemplo, siempre las clases en la facultad».65 No se tra­
ta, por supuesto, de detalles demasiado agradables, pero éstos nos muestran

64. Carta a K. Lowith del 12-12-1937.


65. Carta a K. Lowith de comienzos de enero de 1939.

255
que Gadamer sufría un deterioro peligroso de salud, el cual, quizá, tal como
él mismo sospechaba, podía tener orígenes nerviosos. Es muy probable que
dichas circunstancias excitantes fueran causadas por la presión de las lec­
ciones, mas también por las querellas políticas. Kommerell, quien había visi­
tado a Heidegger junto con Gadamer, hablaba en 1937 de un Gadamer
muy delgado.66
Con todo, gozaba desde entonces de la seguridad que le proporciona­
ba el título de profesor y podía albergar esperanzas de obtener una cátedra
fija como funcionario. Una primera oportunidad de esta índole se presen­
tó cuando le fue ofrecida, el 28 de octubre de 1927, la suplencia de la cáte­
dra de filología clásica que ocupaba Karl Práchter en Halle.67 La universi­
dad de esta ciudad era importante, con una rica tradición humanística (Paul
Friedlánder había ejercido allí justo antes de emigrar a América), pero enfren­
taba a Gadamer con un cambio de disciplina del que dependía su destino
como investigador. ¿Qué pasaría si se decidiese por la filología clásica?,
¿no tendría que renunciar entonces a su carrera filosófica? Esta perspectiva
le satisfacía muy poco puesto que jil^to en aquellos meses se había entu­
siasmado por Hegel,68 descubriendo gracias a él un nuevo acceso a los grie­
gos que no podía concordar con el espíritu restringido de la filología tex­
tual. De ahí que desarrollara la idea de un libro sobre Hegel y la dialéctica
antigua,69 que sólo aparecería muchas décadas más tarde.
Una cátedra filológica implicaba, además, una posibilidad de repercu­
sión mucho menor; una desventaja que comentaría por carta a Lowith,
quien se había trasladado entretanto de Italia a Japón: «El comienzo del
semestre [semestre de invierno 1937-1938] ha vuelto a traer, de momento,
alguna excitación. Tenía que ir como filólogo clásico suplente a Halle, súbi­
tamente, de nuevo (estoy inscrito allí en la lista de filología clásica). Pero lo

66. Ver la descripción en M. Kommerell, Briefe, pág. 322: «A las 9 de la maña­


na, desayuno con el bello Gadamer en el jardín, bajo el sauce de Babilonia, exten­
diéndose hasta las 11 y media; me agradó mucho. Su gran inteligencia juega tan
admirablemente con su luz sobre un alma atemperada, oscura, sedosa, de la cual
poco se adivina. Él se veía aún algo aquejado por su enfermedad, y yo le amé mucho».
67. UAM, PA Gadamer, pág. 23.
68. Ver las cartas a Lowith del 12-12-1937, del 30-9-1938 y de comienzos
de enero de 1939.
69. Carta a Lowith del 30-9-1938: «He continuado con fuerza mis estudios
sobre Hegel y he aprendido mucho con ello. Lamentablemente, empero, el libro
sobre Hegel y la antigüedad aún no está terminado.»

256
ma Karolina Johanna Gewiese y Johannes Gadamer,
los padres de Hans-Georg Gadamer.
La madrastra de Hans-Georg Gadamer, Hedwig Hellig,
y Johannes Gadamer en su jardín en Breslau.

Ill
Antigua foro del curso escolar. Hans-Georg Gadamer es el cuarto por la izquierda, en la segunda fila
(marcado con el número 17).
Hans-Georg Gadamer, estudiante;
último curso de bachillerato.

V
El instituto del Santo Espíritu, en Breslau.
Patio interior del instituto del Santo Espíritu.
La vivienda de la familia Gadamer en la Auenstrasse, en Breslau.

VIII
Hans-Georg Gadamer en la primera época de Marburgo
(a comienzos de los años veinte), en su piso de Marbacherweg 1S.

IX
Hans-Georg Gadamer, a comienzos de los años veinte.

X
N icolai H a rm a n n .

XI
Nicolai Harmann (izquierda) con un grupo de estudiantes. En el centro su primera esposa.
Hans-Georg Gadamer con su hija Jutta, a comienzos de los años treinta.

XIII
XIV

Hans-Georg Gadamer con Alexander Kressling, 1923, en Friburgo-Zâhringen.


X
Karl Lowith, Jakob Klein, Frida Gadamer, Walter Brocker, Jutta Gadamer y la señorita Kramer en Marburgo
a Finales de los años veinte.
Hans-Georg Gadamer, en los años veinte.

XVI
Hans-GeorgGadamer, Frida Gadamer, Max Kommerell
en ia segunda mitad de los años treinta. Foto: Marbacher Magazin 1985.

XVII
Hans-Georg Gadamer en el Stubenwasen (Selva Negra).

XVIII
Hans-Georg Gadamer en el Stubenwasen (Selva Negra).

XIX
Martin Heidegger (izquierda) y H ans-Georg Gadamer, 1951, en Darmstadt.
Foto: Ruperto-Carola 1951. A pesar de la deficiente calidad de esta fotografìa,
su interés documental justifica la publicación.

XX
XXI

Hans-Gorg Gadamer (sexto por la izquierda, en la primera fila, de pie) durante el congreso de la Sociedad Hegel
en Royaumont, el 20 de octubre de 1964.
XXI I

J ürgen Habermas (izquierda) y Hans-Georg Gadamer, en Heidelberg, 1992.


XXIII

Hans-Georg Gadamer en julio de 1989, en Heidelberg-Ziegelhausen. A la derecha, frente a él, Lawrence К. Schmidt
(Conway, Arkansas), coorganizador de las Jornadas anuales de Hermenéutica. A la izquierda: Manfred Riedel.
Hans-Georg Gadamer en Heidelberg, en los años ochenta.

XXIV
he rechazado; ya no tengo esa ambición y pienso que no se puede, hoy en
día, ir detrás de nadie. Aparte de eso, la situación de la filología clásica se
ha tornado muy triste, ya casi no queda lugar alguno donde haya una audien­
cia de siquiera diez oyentes (una consecuencia de la reforma escolar). Y, a
pesar de que la filosofía también se ha suprimido del todo en la nueva regu­
lación de los exámenes, seguimos teniendo buenas perspectivas de conse­
guir una amplia repercusión, ante todo mientras siga habiendo facultades
teológicas».70 La oferta de una sustitución en Halle significaba en realidad
para Gadamer una mejora de sus perspectivas en filosofía. En aquel momen­
to albergaba la esperanza muy concreta de obtener una plaza extraordina­
ria en la Universidad de Marburgo, donde a nadie le acababa de gustar la
circunstancia de que hayan suprimido la cátedra de Erich Frank en el
Seminario de Filosofía para sustituirla por una de asiriología. Así, el rector
de la Universidad de Marburgo elaboró el plan de una nueva ordenación de
las cátedras y lo presentó al Ministerio de Enseñanza en Berlín. Este plan
preveía que el profesor numerario de asiriología, el doctor Carl Frank, «deja­
se Marburgo de un modo honroso para ser destinado a otra Universidad
donde tuviese realmente un campo de acción». Los motivos aducidos eran
que en Marburgo no tenía ni un único alumno y que no mantenía nin­
gún tipo de contacto con sus colegas más próximos, de modo que para la
Universidad de Marburgo su cátedra era prácticamente inexistente. Por este
motivo, el rector había sugerido a Frank, cuya familia además vivía en Berlín,
que comenzase a dar clases de árabe o hebreo, a lo que éste replicó que en
su contrato sólo figuraba asiriología. Según la nueva ordenación del rec­
tor, la cátedra de Frank tenía que ser devuelta al Departamento de filoso­
fía y otorgada a Dietrich Mahnke, que sólo tenía una plaza como profesor
no titular. De acuerdo con esta combinación, Gadamer debería llegar a here­
dar la plaza no numeraria de Mahnke. Que le hubiesen llamado desde Halle
había aumentado, a este respecto, su prestigio, el cual, por razones perso­
nales y políticas, no era precisamente el mejor en Marburgo. En este con­
texto vale la pena citar en toda su extensión el dictamen del rector de la
Universidad de Marburgo con fecha del 7 de febrero de 1937 sobre el nom­
bramiento de Gadamer, porque permite formarse una idea de su dossier, que
no sólo estaba lastrado desde un punto de vista político, que refleja cómo
se entendían las cosas desde un punto de vista oficial:

70. Carta a Lowith del 12-12-1937-

257
Mi petición de otorgar al profesor y doctor Gadamer la plaza extraor­
dinaria que queda libre, como está previsto, tras el ascenso del doctor
Mahnke, la justifico como sigue: El doctor Gadamer se cuenta, sin asomo
de duda, entre los representantes más capaces de la filosofía. Entre los filó­
sofos alemanes es, en especial, el mejor conocedor de Platón y de la filoso­
fía griega en general. Empezó su carrera como discípulo de Heidegger, mas
emprendió pronto caminos absolutamente independientes, y, hoy en
día, ya no puede ser considerado como representante de alguna tendencia
en concreto. Sus éxitos como docente son extraordinarios. Aunque en
esta función casi nunca pueda examinar y no se le invita a participar como
examinador en las pruebas de filosofía como segunda especialidad,
tiene un círculo permanente de oyentes que oscila entre unos veinte y cua­
renta. Desde un punto de vista retórico, su discurso no pasa de ser regu­
lar, pero cautiva al auditorio por la estructura y el contenido de sus
lecciones.
Dadas estas circunstancias, es sorprendente que un hombre de su valía
haya tenido que permanecer ocho años en situación de docente no remune­
rado, antes de ser nombrado, únicamente, catedrático supernumerario no fun­
cionario. Este nombramiento no se produjo hasta el decreto del 19 de abril de
1937 como consecuencia de mis insistentes ruegos personales al entonces encar­
gado de negociado, el profesor Mattiat.
Las razones de todo ello son de naturaleza múltiple. En primer lugar
la tendencia general hasta hace poco iba, sin duda, en la dirección de una
supresión general de la filosofía en las universidades alemanas. Gadamer
tuvo, además, la mala suerte de no encontrarse a gusto en el estrecho círcu­
lo del jefe del cuerpo docente, quien, como se sabe, tomaba de hecho las
decisiones durante varios años en la política de personal. La atmósfera pre­
tendidamente robusta, cimentada sobre formas de hablar de tono fuerte,
que entonces dominaba en la dirección de la unión de docentes, sencilla­
mente no era el estilo de Gadamer. Así, llegó a estar bajo la sospecha de ser
asocial y no apto para trabajos en equipo. Que ello es totalmente falso
puedo probarlo ahora a raíz de varias experiencias. Desde hace algunos
meses existe en Marburgo un círculo de trabajo que incluye a todas las fa­
cultades y en el que también participa Gadamer. Puedo asegurar que él es
uno de los colaboradores más valiosos, a quien no sólo sus colegas más
próximos sino también sobre todo filólogos y juristas le deben valiosos es­
tímulos.
Gadamer tuvo asimismo la mala suerte de ser muy poco valorado por el
decano de la Facultad de Filosofía, el doctor y profesor Wachtsmuth. Así se
entiende también que el señor decano prefiriera, en el verano de 1936, que la
plaza extraordinaria de filosofía ofrecida por el señor ministro emigrase a Gotinga,
en vez de permitir que al menos se tomara en consideración que la plaza nume­
raria fuese otorgada a Gadamer. Ahora la Universidad de Marburgo pagará las
consecuencias ya que corre el peligro de perder con Gadamer a uno de los cola­
boradores más valiosos.

258
Por lo que yo sé, Gadamer, cuyo valor cada día es más reconocido, se
encuentra en numerosas listas, por ejemplo, en la de Heidelberg.71 Si no con­
seguimos proporcionarle a tiempo una plaza numeraria aquí, entonces nues­
tra obra de organización en Marburgo, de todas maneras ya en peligro por la
marcha de Deichgraber, sufrirá un nuevo y duro golpe.
Adjunto una relación de los escritos de Gadamer.
Mencionaré todavía que al inicio del semestre de invierno 1937-1938
Gadamer fue requerido telefónicamente por parte del entonces encargado de
negociado, el profesor Mattiat, para tomar posesión, en calidad de suplente,
de una cátedra libre de filología clásica en Halle. Este hecho en principio extra­
ño se debe a que Gadamer, en sus escritos, también se ha dedicado mucho a
problemas de filología griega. De ahí que asimismo esté especialmente capaci­
tado para cultivar las zonas fronterizas entre filosofía y filología clásica. Mas su
especialidad es, ahora como antes, la historia de la filosofía. Por ello, tras una
larga entrevista con Gadamer y con su consentimiento, he conseguido del encar­
gado del negociado, el profesor Mattiat, una revocación de la solicitud hecha
a Gadamer de ocupar como suplente la cátedra de filología clásica en Halle.
Con tanta mayor insistencia pido por consiguiente al ministro que procure a
Gadamer en Marburgo la posición que merece a causa de sus capacidades y
méritos.

Gadam er había renunciado, pues, a la suplencia en Halle, la cual im pli­


caba la posibilidad de la titularidad de una cátedra, ya que se le había ase­
gurado que sus posibilidades filosóficas en M arburgo al m enos mejorarían.
N o se puede constatar de un m odo específico qué tipo de prom esas le fue­
ron hechas entonces, m as la suplencia rechazada en H alle y la propuesta
-q u e hoy parece bizan tina pero que en la ad m in istración centralista de
entonces no era tan extraordinaria- de una reorganización de las cátedras
en M arburgo habían acrecentado, sin lugar a dudas, el prestigio de Gadamer.
Pronto se vieron los frutos: En lugar de obtener la cátedra extraordinaria de
M arburgo, el m inistro de Educación del Reich H einrich H arm janz, ofre­
ció a G adam er pocas sem anas después, el 28 de marzo de 1938, la suplen­
cia de A rnold Gehlen en la Facultad de Filosofía de Leipzig.72 Puesto que
Gehlen había sido llamado a Konigsberg, existía claramente también la posi-

71. Este dato casi profètico (¿una suplencia de Jaspers?) no pudo ser corro­
borado.
72. UAL, PA , 488, hoja 26. Sobre el papel de Harmjanz en el llamamiento de
Gadamer a Leipzig véase J. Z. Muller, The Other God That Failed. Hans Freyer and
the Deradicalization o f German Conservatism, Princeton University Press, 1987, pág.
319 (donde se hace referencia a una conversación con Gadamer).

259
bilidad de que se le asignara a la larga esta importante cátedra. Gadamer
demostró sus capacidades en la suplencia y de esta manera, ya en junio de
1938, fue propuesto como catedrático titular.
Hacía mucho tiempo que Leipzig gozaba de un excelente prestigio. Para
su sorpresa, Gadamer descubrió además que esta universidad tenía un
ambiente en buena medida apolítico.73Y lo que, justamente, valoraba como
uno de sus méritos era el haber sido llamado a esta universidad pese a no
tener méritos políticos. Este dato sería seguramente una de las razones a
favor de su nombramiento, pues los otros candidatos en la lista: Theodor
Haering de Tubinga y Hans Lipps de Frankfurt, eran nazis declarados, que
quizá podrían haber merecido una consideración preferente respecto a
Gadamer en cuanto a la cantidad e importancia de sus publicaciones.
El primer candidato que figuraba en la lista de propuestas para el nom­
bramiento del 28 de junio de 1938 era Theodor Haering (1884-1964), que
ya llevaba publicados varios libros sobre el idealismo alemán, entre ellos la
obra de referencia obligatoria Hegel, sein Wollen und sein Werk [Hegel, sus
propósitos y su obra], aparecido en 1938. Se trataba de un investigador ya
entonces renombrado y excelente. La propuesta de nombrarlo se justifica­
ba, además, «por el deseo de ganar para Leipzig un científico de plena madu­
rez, reconocido como investigador más allá de las fronteras de Alemania y
acreditado como docente brillante en el mundo universitario, para dar a
la filosofía, después de su fuerte reducción exterior, una dignidad aún mayor
gracias al peso de la personalidad que la representa».74 El dictamen sobre­
manera elogioso tampoco ocultaba los méritos políticos de Haering, que
era miembro del partido desde 1937: «Se declara sin reservas a favor de la
nueva Alemania nacionalsocialista».75

73. Ver PL, pág. 111.


74. UAL, PA 488, hoja 36.
75. Th. Haering era, ya antes de la toma del poder por parte de Hitler, miem­
bro de la Federación de Lucha por la Cultura Alemana, fundada en 1929 por A.
Rosenberg. Más tarde estuvo muy cerca de la gestión de Rosenberg. En 1942 par­
ticipó en las Jornadas sobre «Europa y la Filosofía Alemana» organizadas por la
Kriegseinsatz der Geisteswissenschaften (Entrada en acción de guerra de las cien­
cias del espíritu), en la que disertó sobre «Filosofía, raza, pueblo - filosofía alema­
na en Europa». Véase al respecto G. Leaman, «Philosophy, Alfred Rosenberg and
the Military Application o f the Social Sciences», en Jahrbuch fu r Sozialgeschichte,
1992, pág. 241-260. Todo esto convirtió al apreciado investigador Haering en una
persona temida, que figuraba en todas las listas, pero a quien nadie quería convo-

260
Gadamer no ocupaba más que el segundo lugar, pero quizá esto era
sensato desde un punto de vista táctico.76 Su lista de escritos resultaba, como
es natural, mucho más modesta. Aparte de sus tempranos ensayos de 1923
y el trabajo sobre los Protrépticos de 1927, Gadamer sólo podía acreditar
dos ensayos formalmente válidos, escritos en el tiempo transcurrido desde
su habilitación: Plato und die Dichter (1934) y D ie antike Atomtheorie
(1935). Un dato a favor de Gadamer era, sin embargo, el hecho de que
podía enseñar la historia de la filosofía en su totalidad, lo cual constituía
en Leipzig una auténtica necesidad, puesto que tras la marcha de Gehlen
no había ningún otro docente para este ámbito. La otra cátedra titular en
filosofía la ocupaba Theodor Litt, quien por su honroso rechazo al nacio­
nalsocialismo fue cesado a petición propia.77 Se podía, por consiguiente,
considerar capaz a Gadamer de representar todo el espectro de la historia
de la filosofía desde la antigüedad (su punto fuerte) hasta la época con­
temporánea, tanto en la docencia como en la investigación. El carácter
polifacético de su carrera, sus estudios con Paul Natorp, Julius Stenzel
y Heidegger (el profesor judío Friedlánder no fue mencionado), así como
su interés por las ciencias naturales (la teoría antigua de los átomos)
fueron algunos de los puntos que se pusieron especialmente de relieve.
Al parecer, fue por esta última razón que Werner Heisenberg, galardona­

car, de tal manera que permaneció siempre en Tubinga. Ver ya en 1931 la carta de
H. Plessner a J. Kònig, fechada el 10-3 de ese año, BriejwechselKonig - Plessner, pág.
210: «Nadie quiere a Haering, tampoco Berlín.» 4
76. UAL, PA 488, hoja 37.
77. Ver la propuesta de llamamiento del 28-6-1938 (UAL, PA 188, hoja 35):
«A través del llamamiento del prof. Dr. Gehlen a Konigsberg, la cátedra ordinaria
de Filosofía de la Universidad de Leipzig ha quedado vacante. [...] La cátedra ordi­
naria de Filosofía y Pedagogía, junto a la cátedra ahora vacante, ha tenido por déca­
das una gran importancia en Leipzig para la enseñanza y la investigación filosóficas
y así ha sido considerada por todos sus titulares (Johs. Volkelt, Spranger, Litt). Sin
embargo, con el retiro del prof. Litt, esta cátedra ordinaria ha desaparecido [al reti­
rarse en 1937, Litt tenía sólo 57 años de edad, J.G .]. [...] El cargo de profesor a
ocupar será, pues, en el futuro, la única cátedra ordinaria dedicada al cultivo de la
filosofía. De ello extraigo la conclusión de que el académico a convocar ha de ser
seleccionado de tal modo que tenga un vasto dominio, tanto del campo de la filo­
sofía sistemática cuanto del campo de la historia de la filosofía, y que trate espe­
cialmente los contenidos centrales de la filosofía en la investigación y la enseñanza.
Con lo cual, investigadores especializados en un ámbito parcial de la filosofía que­
dan descartados para nuestra búsqueda.»

261
do en 1933 con el Premio Nobel de Física y profesor entonces en Leipzig,
defendió a Gadamer de manera especial.78 Como es sabido, Heisenberg
tenía una estrecha relación con Heidegger y siempre se había interesado
por los orígenes y dimensiones filosóficas de la especulación física. Años
más tarde, él mismo escribiría importantes trabajos filosóficos en esta direc­
ción (piénsese sobre todo en Der Teil und das Ganze [La parte y el todo],
1969). Así, este físico, que gozaba de tanto prestigio, podía esperar encon­
trar en Gadamer un interlocutor versado. En este contexto, se hinchó espe­
cialmente la importancia de las investigaciones de Gadamer sobre la físi­
ca aristotélica y sobre Hegel, con las habituales promesas de pronta
publicación: «Desde hace años G. está preparando un comentario de la
Física aristotélica. Este trabajo le ha conducido a ocuparse de las bases filo­
sóficas de las ciencias naturales y las matemáticas, que asimismo ha ras­
treado en sus progresos modernos. Un libro sobre Hegel y los dialécticos
antiguos [sic] está prácticamente terminado».
Un punto a favor de Gadamer era asimismo el hecho de que durante
el semestre de verano de 1938 ya actuase como suplente de una cátedra de
Leipzig, donde había causado una impresión muy buena como persona
competente y sociable: «En Leipzig se ha acreditado de forma excelente
como sustituto en la cátedra de filosofía durante el último semestre. Ha con­
seguido el aprecio especial entre sus colegas más próximos y más alejados
y ha sabido ganarse a los estudiantes a pesar del poco tiempo de su actua­
ción aquí». Se sabía, en definitiva, de quién se trataba. También encajaba
en las expectativas del profesorado liberal de Leipzig el hecho de que -muy
a diferencia de Haering y Lipps- Gadamer no fuese nazi. Verdad es que se
mencionó su pertenencia a la N SV y al DRL, dos organizaciones «nacio­
nalsocialistas», lo cual era visto con agrado por las autoridades del partido.

78. Ver «A Conversation with Hans-Georg Gadamer», en Journal o f the British


Society fo r Phenomenology 26 (1995), pág. 121: «At Leipzig I had the special for­
tune that Heisenberg was interested in my publications on ancient atomic theory.
He was the man with sufficient authority - against the party. This is how I got
the call to Leipzig: the members o f the staff in philosophy there, some o f them
pupils o f Heidegger, wanted me, and Heisenberg gave his approval.» [«En Leipzig
tuve la especial fortuna de que Heisenberg estaba interesado en mis publicaciones
sobre la teoría atómica de la antigüedad. Él era el hombre con suficiente autori­
dad frente al partido. Así es como obtuve el llamamiento a Leipzig: los miembros
del equipo de filosofía allá, algunos de ellos alumnos de Heidegger, quería que fue­
se, y Heisenberg dio su aprobación.»}

262
Pero la N SV era la Nationalsozialistische Volkswohlfahrt, el Servicio de
Asistencia Pública nacionalsocialista, que había relevado a la Cruz Roja, y
el DRL era el Deutsche Reichsbund für Leibesübungen, la Federación de
Ejercicios Físicos, a la que Gadamer pertenecía por ser miembro del club
de tenis de Marburgo. Había, por consiguiente, una pertenencia formal a
estas organizaciones, pero se trataba de las asociaciones más apolíticas que
uno puede imaginarse. Esta ironía no se le escaparía a la comisión de nom­
bramientos.
Por último, daba la casualidad de que el entonces rector de la Universidad
de Leipzig, el dermatólogo Artur Knick (1883-1944), lo mismo que
Gadamer, procedía de Breslau, donde había ido al mismo colegio que él,
al Instituto del Espíritu Santo, lo que hizo que en él se despertara una sim­
patía espontánea por Gadamer. Knick era un «miembro añejo del partido»,
esto es, uno de los que habían participado en la fundación del Partido
Nacionalsocialista, pero que estaba profundamente decepcionado de la evo­
lución de las cosas, por lo que le proporcionaba una gran satisfacción ganar
para su universidad a investigadores no vinculados al Partido.79 Después de
su suplencia en el semestre de verano de 1938, Knick le dijo personal­
mente a Gadamer que estaba dispuesto a mediar en su favor.
El tercer candidato era Hans Lipps (1889-1941), docente en Frankfurt
y al mismo tiempo médico, quien había publicado, al igual que Haering,
una serie de importantes libros sobre fenomenología. Su obra Untersuchungen
zu einer hermeneutischen Logik [Investigaciones sobre una lógica herme­
néutica], aparecida en 1938, se convertiría en una de las más importantes
obras de la hermenéutica y fenomenología del siglo XX. Pero Lipps, como
también Haering, era miembro del Partido Nacionalsocialista y, en su
calidad de médico, incluso formaba parte, desde 1934, de las SS (lo cual
también sería puesto de relieve en Leipzig). En 1935 había publicado
un pequeño libro con el título Der Soldat des letzten Krieges [El soldado de
la última guerra] y en la propuesta de nombramiento su personalidad
fue calificada como «de soldado, al parecer claramente marcada por la
participación en la guerra mundial» (Lipps cayó el 10 de septiembre de

79. La descripción en PL, pág. 112, se refiere a Artur Knick: «Algunos hom­
bres excelentes, uno de ellos el rector, un antiguo camarada del partido, que se había
imaginado el desarrollo del Reich de una manera muy diferente y que persistía en
la visión de que el criterio principal era el rango científico.»

263
1941 en el frente ruso). La circunstancia de que Lipps sólo se incluyera
en el tercer lugar de la lista se debía «ante todo, a que el campo que él abar­
ca, aunque se extiende desde la lógica hasta la filosofía del derecho -por lo
que se le puede calificar, sin duda, como muy am plio-, no alcanza,
sin embargo la amplitud del dominio de Haering, y también porque
- a diferencia de Gadam er- se echan de menos los grandes temas de la
historia de la filosofía, al menos en lo que lleva publicado hasta el mo­
mento».
La Universidad de Leipzig, que promovía la convocatoria, debía saber
muy bien que tanto con Haering como con Lipps se encontraba frente a
unos nazis más que declarados, mas también que sus trabajos filosóficos
superaban los de Gadamer en número, y quizá también en contenido. El
hecho de que esta universidad se decidiera, finalmente, a llamar a Gadamer
demuestra su independencia política.
En un primer tiempo, sin embargo, las discusiones se prolongaron
mucho más allá del verano. En el semestre de invierno de 1938-1939 se
encomendó de nuevo a Gadamer la suplencia de la cátedra de filosofía de
Leipzig,80 lo cual hay que valorar como un signo de la confianza deposita­
da en él y como consecuencia de su éxito docente. Otra muestra de con­
fianza se produjo a finales de noviembre de 1938, cuando se le encargó ade­
más la dirección del Instituto Filosófico-Pedagógico a título de suplente.81
Gadamer, como se ve, se había establecido con mucho éxito en Leipzig.
El 6 de febrero de 1939 fue nombrado -de manera oficial por el Führer y
canciller del Reich Hider82- catedrático titular, con efecto desde el 1 de ene­
ro de 1939 y al mismo tiempo como director del Instituto Filosófico de la
Universidad de Leipzig.
Cuando Gadamer, viniendo de Marburgo, llegó a Leipzig, le sorpren­
dió, efectivamente, la libertad del ambiente, hasta tal punto que, para él
incluso «relegaba a un segundo plano la tenebrosidad de la situación mun­
dial».83 El propio jefe de la Corporación de Docentes le aseguró en su pri­
mera visita que la Universidad de Leipzig era una institución donde se
trabajaba.84Allí los nazis eran tan raros que a los que no lo eran se les pre­

80. UAL, PA 488, hoja 46.


81. UAL, PA 488, hoja 50.
82. UAM, PA Gadamer, pág. 27.
83. PL, pág. 111.
84. Ibidem.

264
venía de ellos. Así, Gadamer fue advertido de que tenía que guardarse espe­
cialmente del psicólogo Hans Volkelt. Era el hijo de Johannes Volkelt (1848-
1930), quien había iniciado en Leipzig una importante tradición pedagó­
gica, continuada por Eduard Spranger y Theodor Litt. Dado que Litt había
dimitido y Gadamer había asumido a finales de 1938 la dirección del Instituto
filosófico y pedagógico en calidad de suplente, pasó a formar parte él mis­
mo de dicha tradición. A instancias de Hans Volkelt, Gadamer escribió
un breve texto en homenaje del padre con motivo de su 90 cumpleaños,
que fue publicado en un periódico de la ciudad.85 Por lo visto, Gadamer
aceptó este encargo únicamente para asegurarse el apoyo del hijo, de quien
creía que tenía que precaverse. Se trataba de pura diplomacia, porque Volkelt
era un miembro activo del partido y se le consideraba peligroso. Mas, por
la misma razón estaba proscrito en Leipzig. Su militancia nacionalsocialis­
ta impidió, además, que llegase a ser profesor ordinario en la universidad
de esta ciudad.86
De todas maneras, este caso da testimonio, ante todo, de las reveren­
cias que alguien que no era miembro del partido como Gadamer se creía
obligado a hacer para protegerse políticamente. Otra muestra, aunque banal,
de sus precauciones al inicio de su actividad docente en Leipzig se encuen­
tra en sus actas universitarias. En junio de 1939 recibió una invitación para
colaborar en la revista norteamericana Philosophical abstracts, que sólo con­
sistía en un intercambio de informaciones bibliográficas. Mas en aquel enton­
ces era obligatorio dar cuenta de todos los contactos mantenidos con el
extranjero. Gadamer, por lo tanto, informó de ello al ministerio de Edu­
cación del Reich, al tiempo que preguntaba: «Ruego que se me comunique
si la aceptación de esta petición es aconsejable y carece de objeciones. En

85. «Das Vermáchtnis eines Leipziger Denkers. Johannes Volkelt und sein
Werk», Leipziger Neueste Nachrichten, 23-7-1938, pág. 7. El texto contiene tam­
bién pasajes condicionados por el momento, que deben verse particularmente des­
de la perspectiva del efecto que producirían en el hijo: «Volkelt no fue un pensador
político. Pero como para él la fidelidad hacia la herencia artística y filosófica del cla­
sicismo y del romanticismo alemanes era su elemento vital, debía tornarse en un
admonitor incansable e inexorable de cara a la descomposición de esa herencia en
virtud de la mentalidad materialista y de sus voceros marxistas. Su presentación
de sí mismo publicada en 1921 termina con una confesión viva de esa fidelidad.
De esa manera, Volkelt tiene, justamente hoy en día, derecho a la fidelidad de nues­
tro recuerdo.»
86. PL, pág. 112.

265
caso afirmativo, ruego que me devuelvan los papeles adjuntos. Heil Hitler.
Gadamer».87 Este caso muestra de nuevo hasta qué punto estaba interiori­
zado el terror. Es significativo, de todos modos, que tales medidas de pre­
caución sólo se den al principio de la actividad docente de Gadamer en
Leipzig. La experiencia le enseñaría que en esta ciudad no eran necesarias
en absoluto.
Con la obtención de la cátedra de Leipzig, Gadamer se había consoli­
dado finalmente y se sentía afianzado en su autonomía. Había conseguido
atravesar los penosos años del establecimiento del nacionalsocialismo con
habilidad, esto es, sin humillarse políticamente pero también sin conver­
tirse en un mártir político. De ahora en adelante ya no tenía que rebajarse
a sí mismo con reverencias políticas. Sin embargo, el año 1939 fue sólo pro­
fesionalmente un momento de consolidación personal, puesto que pocos
meses más tarde el delirio bélico de Hitler precipitaría a la historia mundial
a su peor catástrofe y relativizaría todo lo alcanzado hasta entonces.

87. UAL, PA 488, hoja 60 (Carta del 13-6-1939).

266
XI. Et illud transit

En cuanto alemán que ignoraba muchos de todos estos


hechos espantosos, hasta el año 1938 uno podía decir:
Hitler hace desde luego una política genial de chantaje;
el restablecimiento del equilibrio europeo es una obra
maestra. Pero fuimos tan burros quç no vimos que esto
conduciría a una guerra.
H a n s-G eo rg G ad am er1

En 1939 Gadamer no creía en serio que fuera posible una nueva guerra
mundial. Era demasiado absurdo. Pero en 1938 sí tuvo mucho miedo cuan­
do Hider amenazó con la ocupación de Checoslovaquia. El Pacto de Múnich
con Chamberlain, no obstante, le «enseñó» que probablemente todo había
sido sólo una jugada de pòker. Gadamer se convenció de que Hitler era ante
todo un excelente estratega, al que no podía dejar de admirar hasta cierto
punto en este aspecto. En años posteriores Gadamer describiría en más de
una ocasión cómo le habían impresionado los éxitos de la estrategia hitle­
riana de chantaje.2 Ésta era la impresión que ya en septiembre de 1938,
durante un viaje de conferencias por Italia -el segundo viaje al extranjero
que emprendía- comunicó a Lowith que estaba en Japón: «Hace ya más de
una semana que estamos en Italia (Como-Milán-Génova-Sestri-Levante-
Pisa), y, desde hace unos días, nos encontramos en Florencia; pero no será
a ti a quien haya de explicar por qué no he escrito antes: no se trata de

1. HGG, «...d ie wirklichen Nazis hatten doch überhaupt kein Interesse an uns.
Hans-Georg Gadamer im Gespràch mit Dôrte von Westernhagen», en Das Argument,
182 (1990), pág. 547.
2. Véase H G G , «YLnnnerung», Jahrbuch der deutschen Schillergesellschaft 34
(1990), pág. 466: «Era la misma época en que Hitler rechazó de modo dramático
la política del cumplimiento, que había dominado los años veinte, poniendo en
su lugar una nueva política de la extorsión, que apuntaba claramente hacia objeti­
vos armamentistas. Con un inusitado instinto para el poder, él reconoció en aquel
momento la debilidad de los oponentes del «oeste», llegándose de ese modo a una
serie de exitosas extorsiones, hasta que, finalmente, se había traspasado el límite.»

267
que esté totalmente arrebatado por las impresiones del viaje: tú eres sin duda
la persona a la que menos tenga que decirle hasta qué punto Italia impre­
siona a alguien como yo, procedente de una ciudad pequeña del centro de
Alemania. Lo que me enmudece de inquietud y horror es la historia mun­
dial. Hitler ha vuelto a ganar y holgadamente su jugada arriesgada, e inclu­
so entre sus enemigos más decididos habrá pocos que no tengan una sen­
sación de alivio. A diferencia de todas las demás grandes potencias, Italia no
había realizado ningún tipo de preparativos bélicos. El Duce seguro que
sabía en todo momento por qué».3 Según la valoración que Gadamer hacía
entonces, el mismo Mussolini había sabido en todo momento que Hitler
únicamente y siempre estaba jugando al poker. En la misma carta, Gadamer
atribuía el contraste ideológico entre los aliados y los Estados fascistas a la
diferencia entre la pobreza y la riqueza: «La diferencia de estilo en los nego­
cios políticos entre Chamberlain y Daladier, por una parte, y el Duce e
Hitler, por otra, que por poco ha conducido al desencadenamiento de los
demonios, en mi opinión se basa esencialmente en la diferencia entre pobre­
za y riqueza. Los Estados totalitarios son pobres. De ahí que no posean más
armas modernas para la imposición de sus objetivos que la amenaza con las
armas. Desde tiempos inmemoriales (compárese el capítulo de Hegel sobre
el amo y el esclavo), apostar con la vida es lo más eficaz en la lucha por el
poder».
Nada indica en esta carta a Lowith que Gadamer despreciase por prin­
cipio los objetivos del pòker de Hider. Más bien parece como si con los recur­
sos de Hegel, en quien profundizaba en aquel momento, quisiese extraer
una vertiente heroica de aquel arriesgado juego que podía conducir al esta­
llido de una guerra mundial. Después de todo, Hitler había tenido éxito.
¡De nuevo! habría que añadir. Quizá Gadamer se había engañado respecto
a Hitler y a su primitivo partido cuando al principio los había subestima­

3. Carta a Lowith del 30-9-1938 (desde Italia). El 16-10-1938, Gadamer escri­


bió a Krüger, desde Florencia: «En el respiro generalizado, encuentro por fin la reso­
lución de hacerles saber de nosotros. Ha sido demasiado difícil, mientras no se sabía
si se podía estar y permanecer allí donde se estaba. Aquí en Florencia y, en gene­
ral, en Italia, no se ha notado nada del Spiritu della guerra; verdaderamente nada.
Pero, no obstante, algunas veces se me ha tornado muy difícil la concentración en
cuadros, edificios y montañas (como también, en general, la separación de la patria).
Ahora nos será más fácil a todos. Italia está hoy en una única embriaguez: Duce
Salvatore della pace». (Gerhard-Krüger-Archiv, UAT).

268
do tanto. Sin duda se habían obtenido éxitos: Se había logrado eliminar casi
por completo el paro, Alemania se había convertido de nuevo en una poten­
cia mundial pese a su ejército risiblemente pequeño (de ahí las «jugadas»
puramente de poker), que había recuperado sus fronteras «naturales» y su
soberanía; se habían restablecido, también, la paz social y la estabilidad,4
al precio, desde luego, de un estado totalitario, del cual hay que decir, no
obstante, que se insertaba perfectamente en la continuidad de la tradición
autoritaria prusiana tras el hiato estigmatizante de Weimar, y que también
tenía sus paralelos en Italia, España y Japón, y hasta en todos los grandes
«imperios». El antisemitismo era lo más preocupante, ¡pero con cuánta faci­
lidad uno se engañaba sobre sus formas de manifestación! Aunque casi todos
los colegas judíos habían sido cesados, muchos de ellos se quedaron en
Alemania hasta 1938. La Noche de los cristales rotos del 9 de noviembre de
1938 aniquiló a este respecto las últimas ilusiones, aun cuando no permi­
tía presentir nada de la shoa, el holocausto judío. Erich Frank fue uno de
los últimos amigos de Gadamer que emigró a Estados Unidos en 1939, para
ejercer la docencia en Harvard. Abandonó con mucho dolor el país que con­
sideraba como su patria natural. Gadamer, que acababa de instalarse en
Leipzig, compró algunos de sus muebles, entre ellos un sofá que todavía
se encuentra en su gabinete de trabajo.5
Frank se despidió de Marburgo con lágrimas en los ojos y Gadamer le
acompañó a la estación igualmente deprimido. Tras la Noche de los cris­
tales rotos y la crisis de los Sudetes, Frank sabía que la situación sólo podía
empeorar todavía más. Dijo a Gadamer, quien consideraba la crisis de los
Sudetes como la jugada más arriesgada de Hitler y quizá la última, que las
potencias occidentales ya no aceptarían la violación del corredor de Danzig.
Para Gadamer, Frank fue el primero que vio venir la guerra. Es posible que
en aquel momento Gadamer considerase que los temores de su amigo res-

4. Ver M. Balfour, «Could German Resistance Have Changed History?», en


Germans Against Nazism, Nueva York: St. Martin’s Press, 1990, pág. 392: «Until
about 1938, the belief that Hitler was benefiting Germany was nourished by his
achievements at home and abroad. He so often proved the prophets o f doom wrong
that many doubters became convinced of his genius.» Ver también R. Safranski, op.
cit., pág. 339: A finales de los años treinta, la política de Hitler, «a los ojos de la
inmensa mayoría, se había comprobado como exitosa.»
5. H G G , «...die wirklichen Nazis hatten doch überhaupt kein Interesse an
uns.», pág. 547.

269
pondiesen a la comprensible autojustificación de alguien que emigraba con­
tra su voluntad, puesto que en aquel momento no creyó del todo lo que
Frank decía.
En años posteriores, Gadamer se haría reproches en relación con las
humillaciones que habían tenido que padecer sus amigos judíos: «En aque­
lla época aprendí -tanto en mi mismo como en los demás- cuán fácilmente
uno se hace ilusiones y está dispuesto a pensar, cuando no es él quien
está en la picota, que lo que ocurre no es tan grave. Esta lección, sin embar­
go, nunca se acaba de aprender del todo».6 Si bien las medidas contra los
judíos eran muy graves, la gente se consolaba pensando que tal vez la situa­
ción, a pesar de todo, no era tan espantosa. Se pensaba que estas medidas
sólo eran provisionales en la fase de consolidación de la nueva Alemania
y que constituían, ante todo, la expresión de un movimiento pequeño-
burgués primitivo y cargado de resentimiento que tenía como objeto el res­
tablecimiento del honor alemán. El orgullo nacional de la mayoría de ale­
manes también estaba irritado por el hecho de que en el extranjero se diese
tanta importancia, por razones propagandísticas, a este antijudaísmo pri­
mitivo e «insignificante». Respecto al antisemitismo existía, a la postre, el
famoso subterfugio: «¿Lo sabrá el Führer?» Hitler, como es sabido, por muy
posible que fuera que las hubiese urdido, había condenado las agresiones
de la Noche de los cristales rotos. Así pues, cualquiera se podía consolar
con todo tipo de excusas «mientras que no fuese uno mismo quien estu­
viese en la picota».
Para un «habitante de una ciudad pequeña del centro de Alemania»,
como Gadamer se describía a sí mismo, no era un hecho excepcional que
se solidarizase con los objetivos del restablecimiento nacional y de la «exi­
tosa» política exterior alemana. En algunos pequeños discursos pronun­
ciados hacia 1938, por ejemplo, él habla en repetidas ocasiones del «desti­
no» del pueblo alemán, con el que habría que reconciliarse. Con ocasión
del 400 aniversario de la existencia del colegio al que Gadamer había ido
en Breslau, que se celebraba en septiembre de 1938, la institución le pidió
una pequeña contribución para un volumen conmemorativo.7 No se tra­
taba en absoluto de una contribución filosófica o de alguna manera rele-

6. PL, pág. 53.


7. Festschrift zur 400jdhrigen Jubelfeier der Schule zum Heiligen Geist in Breslau
(1538-1938), Breslau, 1938, pág. 89-91.

270
vante, sino tan sólo de expresar el vínculo del antiguo alumno con la escue­
la en la que había pasado nueve años. En este texto, Gadamer habla de la
manera más natural del Tercer Reich y de la relación existente entre los
institutos de segunda enseñanza y las universidades en la situación pecu­
liar que atravesaba Alemania: «Cuando en medio de las tareas y preocu­
paciones de un profesor universitario en el Tercer Reich recuerdo mi épo­
ca escolar en el instituto del Espíritu Santo, es este lugar actual que,
probablemente, me haga percibir de otra manera que los demás esta épo­
ca vivida en compañía de tantos otros. Ante el fuerte incremento de la
demanda en las fuerzas armadas y la economía, nuestra ciencia alemana se
encuentra, hoy en día, ante una grave preocupación: la preocupación por
la generación sucesora adecuada, y especialmente por la sucesión adecua­
da dentro de la ciencia misma. Así que sólo desde esta preocupación pue­
do examinar mi época escolar preguntándome: ¿Qué me impulsó a mí y
qué es lo que impulsa, en genreal, a un joven alemán a emprender una
carrera universitaria?» Gadamer subraya en este contexto la función de
modelo de uno de sus profesores, que se había entregado por completo a
las ciencias. Esta vivencia escolar, como dice, fue más importante que todo
lo demás. Pero Gadamer concluye su contribución con una observación
que hoy nos puede dar mucho que pensar: «No necesito explicar lo que
esto significa: qué destino común y qué responsabilidad conjunta tienen
los institutos de segunda enseñanza y las universidades tanto por lo que se
refiere a las metas más próximas como a las más lejanas y elevadas, y a las
vicisitudes futuras del pueblo alemán». Tal vez se podría interpretar esta
preocupación por el destino del pueblo alemán como expresión de una crí­
tica, pero parece que Gadamer no dejaba de declararse solidario con «las
metas próximas, lejanas y más elevadas» del pueblo alemán y, concreta­
mente, en una ocasión en que podría haberse limitado a celebrar los méri­
tos de su colegio.8
Aun cuando Gadamer no fuera un nazi, lo cual es un hecho indiscu­
tible en sus escritos anteriores a la guerra, para él era natural invocar el des­
tino del pueblo alemán. También apeló a este destino -directa o indirecta­
mente- en su contribución al volumen de homenaje con motivo del 60

8. Véanse los tonos antimaterialistas de Gadamer en su reseña crítica con oca­


sión del 90 aniversario del nacimiento de Johannes Volkelt (1848-1930), en Leipziger
Neueste Nachrichten, del 23-7-1938, pág. 7.

271
aniversario del historiador del arte Richard Hamann,9 que era socialde-
mócrata (!), así como en su lección inaugural en Leipzig, en la que se remi­
te a Hegel con buenas razones para ver el «arraigo y el cumplimiento» del
espíritu histórico «en la sustancia moral del pueblo».10 Resulta trivial tener
que decirlo, pero ésta había sido justamente la idea de Hegel antes de que
los nazis la desfiguraran. Pero en aquella época Gadamer tenía que pensar
así, y su solidaridad con el destino del pueblo alemán no significa en abso­
luto una conformidad con los nazis, aun cuando la forma en que éstos inten­
taron apoderarse de la historia pueda sugerir esta identificación a las gene­
raciones posteriores. De todos modos sigue siendo digno de mención que
Gadamer, en sus (escasas) publicaciones de entonces, nunca se identificara
con el Führer, el partido, sus instituciones o su ideología.
El Pacto de Paz de Múnich, los «éxitos» estabilizadores de Hitler hasta
1938 y el nombramiento en Leipzig le proporcionaron a Gadamer una sen­
sación de alivio. Su propia situación, tanto desde un punto de vista profe­
sional como económico, mejoró de la noche a la mañana. Sus problemas
de salud, quizá de origen nervioso, también habían desaparecido casi por
completo. No obstante, Gadamer abandonó Marburgo con sentimientos
encontrados. Tras veinte años de permanencia allí le resultaba difícil, por
un lado, dejar la idílica y romántica ciudad a orillas del Lahn para insta­
larse en una gran urbe impersonal. Por otro lado, en Marburgo no dejaba
de sentirse políticamente agobiado, a pesar del apoyo del rector, quien de­
seaba retenerle allí, y quien, en 1940, quiso volver a llamarlo a esta uni­
versidad tras la repentina muerte de Jaensch y Mahnke. Como en Marburgo
ya no encontraba la calma necesaria para trabajar, es lógico que esperase que
el nombramiento de Leipzig le trajera nuevos ánimos y calma interior.
Marburgo ya no era la idílica ciudad que había sido en otros tiempos. El
esplendor de los años veinte pertenecía al pasado. Casi todos sus amigos

9. «Zu Kants Begründung der Asthetik und dem Sinn der Kunst», en Festschrift
Richard Hamann zum 60. Geburtstage am 29. M ai 1939, Verlag August Hopfer
Burg, 1939, pág. 32, donde Gadamer comenta con reconocimiento el mérito de
Hamann de haber «colocado nuevamente el arte en el contexto vital popular al que
pertenece, descubriéndole así su importancia para la historia y para el destino de
los pueblos, importancia que, considerado como manifestación máxima del mun­
do cultivado, el arte había perdido y había negado.»
10. «Hegel und der geschichtliche Geist,» en Zeitschrift fü r die gesamte
Staatswissenschaft, 100 (1939), pág. 37.

272
habían abandonado entretanto la ciudad porque eran judíos: Karl Lowith,
Jakob Klein, Erich Frank, Paul Friedlànder, Paul Jacobsthal, Erich Auerbach,
Leo Spitzer, Paul Jakobsohn. Gerhard Kriiger, por su parte, parecía que
pronto obtendría una cátedra gracias a sus excelentes libros.11
En los últimos años, Gadamer y su mujer Frida sólo habían hecho un
nuevo amigo, el romanista Werner Krauss (1900-1976), a quien Gadamer
traspasaría su domicilio en la Ockersháuser Allee número 39.12Frida Gadamer
se sentía muy atraída por el genio loco de Krauss. En aquel momento, ella
se interesaba mucho por la música española, estudiaba español y acabó
enamorándose de Krauss. Para él esta relación era más bien un juego, mien­
tras que para ella significarían un profundo vínculo emocional. Era lógico
que esta relación erosionara el matrimonio y condujera a que Gadamer, a su
vez, iniciase en Leipzig otra relación fuera del matrimonio. Siempre indul­
gente con las debilidades humanas, Gadamer nunca dejó de valorar en su
coetáneo Krauss al científico, al continuador de la ilustre tradición que en
Marburgo habían representado E. R. Curtius, L. Spitzer y E. Auerbach.13
Krauss era un investigador genial pero -muy a diferencia de Gadamer- ten­
día a los extremos. Al igual que Krüger y Gadamer, había «firmado» en
noviembre de 1933 su adhesión a Hitler, pero cuando empezó la guerra se
convirtió en un disidente del régimen. En 1942 se aproximó al grupo de

11. El 15-9-1938, Krüger recibió el nombramiento de profesor extraordinario


no numerario en Marburgo. En el semestre de verano de 1939 tuvo a su cargo la
suplencia en la cátedra de Mahnke, quien durante ese semestre trabajó en la Academia
de Berlin. Al comenzar la guerra, fue enviado al frente occidental pero fue dado
de baja el 5-1-1940, a fin de que se hiciera cargo de la suplencia de Mahnke, que
había fallecido el 26-7-1939 en un accidente automovilístico. En 1940 fue nom­
brado profesor en Münster. Habiendo pasado a Tübingen en 1946, en 1952 se con­
virtió en el sucesor de Gadamer en Frankfurt, pero sufrió pocos meses después un
grave ataque cerebral que le dejó paralítico para sus dos últimas décadas de vida.
12. Véase la carta de Gadamer a Lowith del 30-9-1938: «La partida de
Marburgo representa para mí, además de las de Krüger y Bultmann, algunas otras
despedidas, entre ellas la de Krauss, a quien ambos hemos ganado cada vez más
aprecio con el correr de los años». Para una reseña crítica sobre Krauss véase el cua­
derno de la revista Lendemains dedicado a su persona, año 18, cuad. 69/70 (1993),
como también Peter Jehle, Werner Krauss und die Romantik im NS-Staat, Hamburgo:
Argument, 1995. Véanse también las memorias de Krauss: Vorgefallenem Vorhang.
Aufoeichnungen eines Kronzeugen desJahrhunderts, с о тр . por Manfred Naumann,
Frankfúrt a.M.; Fischer Taschenbuch Verlag, 1995.
13. PL, pág. 41.

273
resistencia en torno a la Rosa Blanca, lo que le valió una sentencia de pena
de muerte por parte del Tribunal Popular de Justicia. En 1943 Gadamer
intercedió por él escribiendo un dictamen con el que logró que se suavizara
la pena.14 En dicho informe puso de relieve los rasgos inestables y bufones­
cos de la personalidad de Krauss, lo que debió de tener un fuerte efecto de
descarga. Siendo ya rector de la Universidad de Leipzig, después de la gue­
rra, Gadamer ofreció a Krauss, marxista convencido, una cátedra en Leipzig.
Gadamer conservó su casa en Marburgo hasta el 15 de marzo de 1939
porque hasta esa fecha no le fue posible encontrar en Leipzig una vivienda
adecuada para su familia. En el fondo, la gran ciudad le desalentaba, como
escribió a Lowith en una carta del 30 de septiembre de 1938: «Desde el
punto de vista de nuestra vida privada, Leipzig no es, desde luego, una mejo­
ra indiscutible. En Marburgo, ganando 400 marcos mensuales, pertene­
cíamos a las clases pudientes; pero en Leipzig, ganando el doble, no nos
podríamos contar entre ellas. Lo más terrible allí es, sobre todo, la penosa
situación de las viviendas. ¿Cómo podríamos vivir en Leipzig teniendo al
menos un poco de la naturaleza a la vista, pero sin que Jutta tenga que
viajar en tren para ir al colegio? Esto es casi un problema irresoluble,
del que quiero ocuparme con toda tranquilidad este invierno. Por tanto, de
momento nuestro lugar de residencia sigue siendo Marburgo».
Desde un punto de vista profesional, Gadamer estaba muy satisfecho
en Leipzig, sobre todo porque el nombramiento había tenido lugar sin nece­
sidad de concesiones políticas, a tenor de lo que relata en la misma carta,
y no sin orgullo, a Lowith: «Dado que tanto ahora como antes carezco
por completo de «méritos» políticos, este nombramiento tiene un cierto
valor sintomático, y así es considerado por lo general. Me es muy grato,
naturalmente, ingresar en una universidad tan bien conservada (esta expre­
sión aplicada a las primas le viene a uno este año a la cabeza para referirse a
los asuntos universitarios) y en la que se sigue considerando a la filosofía
como la disciplina humanística preeminente. Desde un punto de vista pura­
mente profesional no podría haber anhelado nada mejor. El fin de la mise­
ria pecuniaria también es, desde luego, muy oportuno». Pronto aprendió
a apreciar a sus colegas en Leipzig, aun cuando nunca llegarían a ser para él
compañeros de destino como en Marburgo.15

14. Impreso en Lendemains, año 18, cuad. 69/70 (1993), pág. I47s.
15. «D ie Kindheit wacht auf. Gesprâch mit dem Philosophen Hans-Georg
Gadamer», en Die Zeit, n° 13, 26-3-1993, pág. 22s.

274
El estado de guerra y el terror nazi hacían prácticamente imposibles los
contactos sociales, de modo que Gadamer se veía obligado a vivir de mane­
ra aún más aislada que antes. Con todo, el ambiente poco político de la
Universidad de Leipzig le encantó y le sorprendió a un tiempo, puesto
que significaba una gran liberación en comparación con Marburgo: «Lo
único realmente positivo de mi traslado a Leipzig son los colegas, todos ellos
buenos y algunos de mi misma generación: [el historiador de la antigüedad]
Berve, [el arqueólogo] Schweitzer, [el latinista] Klingner, [el filólogo clási­
co] Schadewaldt, [el historiador] Heimpel, [el historiador del arte] Hetzer,
pero también Heisenberg, [el físico] Vossler junior, entre los mayores [el
anglista] Schücking y Wartburg: Ésta es en la actualidad indudablemente
la mejor facultad de filosofía en Alemania. Es en gran medida apolítica y
conservadora, pero, sin alarde de ser «cristiana», entiende, sin embargo, el
cristianismo como portador y moldeador de las propias posibilidades espi­
rituales. [...] En la facultad de Leipzig sólo hay tres miembros del partido,
¡incluso todavía ahora! En conjunto, el efecto de la gran política es que absor­
be todas las fuerzas de tal manera que la política cultural de las universi­
dades prospera algo en el olvido».16
Como consecuencia de la jubilación de Theodor Litt, Gadamer era el
único verdadero profesor de filosofía, de modo que tuvo que hacerse car­
go de todo el ámbito de la filosofía y no podía seguir concentrándose, como
antes, en la antigüedad. Por eso se acostumbró a impartir sus clases sin basar­
se en apuntes manuscritos y así consiguió un gran éxito docente. Su primer
curso como profesor numerario en el semestre de verano de 1939 era el mis­
mo que ya había impartido en Marburgo en el semestre de verano de 1936
y se ocupaba del tema «Arte e historia (Introducción a las ciencias del espí­
ritu)». Dado que la filosofía era en Leipzig la disciplina humanística más
importante y todos los estudiosos de las ciencias humanísticas acudían a las

16. Carta a Lowith de comienzos de enero de 1939. Sobre el extraño carácter


apolítico de la facultad de Leipzig véase, además, K. Reinhardt, Akademisches aus
zwei Epochen, op. cit., pág. 398, quien, convocado en 1942 de Frankfurt a Leipzig,
encontró allí «ciertamente la más intacta de las universidades alemanas». Véase en
ese mismo lugar el informe sobre el círculo de amigos al que pertenecían, entre
otros, Gadamer, Volkmann-Schluck, Goerdeler y Heisenberg. Además, véase W.
Heisenberg, Der Teil und das Ganze, 1969; D. Cassidy, op. cit., pág. 273 (sobre la
plutocracia de los editores, profesores, abogados y jueces, que sustentaban la inde­
pendencia cultural de la ciudad).

275
actividades en torno a ella, era coherente que la expusiera de una manera
adecuada para un público tan generai, de donde nacería más tarde la con­
cepción global de Verdady método. La concepción de la filosofía como suma
y fundamento de todas las ciencias del espíritu era, en aquel momento, una
idea asociada al nombre de Dilthey y al concepto de una «hermenéutica de
las ciencias del espíritu».17 Por consiguiente, no sería muy desacertado pen­
sar que el amplio abanico de obligaciones docentes de Gadamer sugería el
desarrollo de una justificación filosófica del modo en que trabajan las cien­
cias del espíritu y del estudio de la historia general de la filosofía. «Historia
y arte» fue también el tema a partir del cual Gadamer desarrolló entre 1936
y 1960 la perspectiva de una tal hermenéutica.18
El hecho de que el arte sea el punto de partida significa, por un lado,
que el modo de conocimiento de las ciencias del espíritu está más próxi­
mo a la experiencia del arte que a la de la ciencia, mas, por otro, que esta
experiencia transmite una verdad y un conocimiento que no pueden ni tie­
nen que medirse según los estándares de la ciencia metódica. El arte, las
ciencias del espíritu y la filosofía transmiten una verdad de la que forma
parte de manera esencial el individuo que la experimenta. El propósito aquí
no es, por tanto, la obtención de una verdad objetiva intemporal, válida
con independencia del punto de mira y de quien la interpreta, sino la par­
ticipación en una verdad que es, en esencia, histórica. El término «histo­
ria» en el título «Arte e historia» tematiza esta historicidad esencial de la
verdad y, en especial, la cuestión de si el hecho de entender la verdad como
algo puramente histórico lleva al relativismo (o puro historicismo). Es esta
una cuestión difícil que dominó las reflexiones de Gadamer hasta Verdad
y método, e incluso más tarde. Apenas hay una publicación suya en el perío­
do que va de 1939 hasta 1959 cuyo tema central no sea la «conciencia his­
tórica».

17. Sobre el temprano interés de Gadamer por Dilthey véase el artículo que
escribiera para el 100 aniversario de su nacimiento en la revista Literarische Rundschau
del 3-11-1933, en el cual, sin embargo, no se menciona literalmente la idea de la
hermenéutica.
18. Gadamer dictó un curso titulado Kunst und Geschichte [Arte e historia],
con o sin el subtítulo Einleitung in die Geisteswissenschaften [Introducción a las cien­
cias del espíritu], en los semestres de verano de 1936 y 1939, en los semestres de
invierno de 1941-1942, 1944-1945 y 1948-1949, y en los semestres de verano
de 1951, 1955 y 1962.

276
A esta temática está dedicada la ya mencionada lección inaugural del
8 de julio de 1939 sobre «Hegel y el espíritu histórico», enfocada desde la
perspectiva central de Hegel que había planteado por primera vez este pro­
blema. Hegel fue, sin duda, el primer gran pensador que reconoció que la
historicidad no es una dimensión meramente extrínseca al saber filosófico
sino que forma parte del mismo de manera esencial. El «espíritu» sólo es lo
que es y lo que ha llegado a ser.19
Mas esto conlleva, tal como Gadamer lo expone, que el intento de
Hegel mismo de capturar esta historicidad en un sistema filosófico sea
aún más problemático. ¿No olvidó Hegel, en su intento, «reconocer la pro­
pia historicidad»?20 La lección inaugural busca una solución en el joven Hegel
y su concepción del «espíritu objetivo», la cual se puede ilustrar mediante
la experiencia concreta del amor. En esta experiencia se percibe que el espí­
ritu es siempre algo concreto, encarnado, pero a la vez algo general. El
descubrimiento hegeliano del espíritu objetivo apuntaría, por tanto, menos
a un sistema lógico que a la experiencia de dichas generalidades concretas,
que surgen por medio de la historia y luego se objetivan. También en la
«Volkssubstanz» (sustancia del pueblo) se muestra esta generalidad histó­
rica del espíritu objetivo. Lo que importa a Gadamer en primer lugar es esta
cuasi-autonomía de las configuraciones del espíritu, pero también su carác­
ter vinculante por encima del querer y el saber de los individuos que par­
ticipan de ellas. En Hegel, «la doctrina del “espíritu objetivo” es únicamente
la configuración de esta concepción del espíritu más allá de la subjetivi­
dad del espíritu que se conoce a sí mismo».21
Gadamer se sirve, de este modo, del joven Hegel oponiéndolo al Hegel
más maduro con el objeto de establecer las fronteras de la filosofía reflexi­
va (la provincia hegeliana) a partir de la experiencia de la historicidad con­
creta, descubierta por Hegel. Con esta idea se anuncia ya un tema central
de Verdady método-, la crítica a la pretensión de verdad absoluta de la refle­
xión filosófica en nombre de una historicidad que se radicalizó con Hegel,
Dilthey y Heidegger.
Con su discurso inaugural sobre Hegel en julio de 1939, Gadamer dio
testimonio en Leipzig de cuál era la problemática que ocupaba en ese

19. Ver «Hegel und der geschichtliche Geist», en Zeitschrift fu r die gesamte
Staatswissenschaft, 100 (1939), pág. 27.
20. Ibidem, pág. 28.
21. Ibidem, pág. 35.

277
momento su conciencia y de su competencia filosófica en todo el ámbito
de la tradición filosófica. Dos semanas más tarde, como por fin recibía
un sueldo respetable, se permitió a partir del 24 de julio hacer unas vaca­
ciones con su familia en Garmisch-Partenkirchen.22 Desde allí también hizo
una excursión al Lago de Constanza antes de visitar a Heidegger en
Todtnauberg. Fue en esta ocasión que se enteró el 23 de agosto de 1939
por la radio del pacto de no agresión entre Stalin e Hitler. Al parecer,
Heidegger estaba entusiasmado: dio un puñetazo sobre la mesa y celebró
el encuentro del espíritu de Goethe y de Dostoievski. Lo consideraba como
una forma de «consumación de la secreta maestría del juego político de
chantaje» de Hitler. Mas tampoco Gadamer podía sospechar que tras esto
se ocultaba otra cosa. Una semana más tarde empezó la Segunda Guerra
Mundial con un «ataque defensivo» contra Polonia, amparado por el pac­
to con Stalin, pero ya no tolerable por las potencias occidentales, aun cuan­
do su reacción inicial fuese muy tibia y no llegara a tiempo para ayudar a
los polacos.
El recuerdo de la atmósfera funeraria que causó la declaración de gue­
rra, que contrastaba vivamente con la euforia de 1914, fue descrito por
Gadamer de manera muy sugestiva en su libro Mis años de aprendizaje.23 Se
sentía «anonadado», pues siempre había «abrigado la esperanza de que

22. UAL, PA 488, hoja 58; carta a Lowith del 10-8-1939. En aquel tiempo,
Lowith procuraba obtener un puesto en Estados Unidos y había preguntado a
Gadamer acerca de posibles sucesores para su puesto en Japón. Gadamer le res­
pondió: «Por supuesto, la pregunta por la sucesión me pone ante un problema inso­
luble. Quien sea hoy en día docente de filosofía en Alemania -p or supuesto, si
sirve para algo—tiene, en virtud de la crisis de nuevos docentes que tenemos tam­
bién aquí, tantas oportunidades de obtener en los próximos tres años una cátedra
como profesor de plantilla, que una ausencia de tres años es para él casi impensa­
ble. Por mi parte, yo no puedo pensar en una permanencia de tres años en Japón
ni desde el punto de vista profesional, ni, me temo, tampoco desde el de la salud
(mi estómago, cuyo estado es aún muy inestable). Krüger, si no me equivoco en
mucho, pronto será profesor ordinario.» No obstante, Gadamer agregó, al final de
la carta: «Puedes observar que yo contemplo todo en una visión optimista del mun­
do —sin fundamento, pero, en el caso contrario, se acaba cualquier vocación razo­
nable.»
23. Véase también D as Erbe Europas, pág. 9. Testigos más jóvenes lo veían,
obviamente, de otra manera. Karl-Otto Apel (Diskurs und Verantwortung, Frankfurt
a.M.: Suhrkamp, 1988, pág. 374) habla del sentimiento de patriotismo que le embar­
gaba cuando, en 1940, se presentó como voluntario para el frente de guerra.

278
una locura semejante no podía ocurrir».24 Pero había otros que seguían atra­
pados en el juego de las ilusiones. Por ejemplo el filólogo clásico de Leipzig,
Schadewaldt, que era amigo de Heidegger, hizo una apuesta con Gadamer
de que la guerra habría acabado para las fiestas de Navidad. Gadamer esta­
ba desesperado. Tras la capitulación de Francia, que a muchos alemanes les
procuraría la satisfacción de ver vengada su derrota de 1918 y que fue expe­
rimentado como un triunfo, él viajó a Heidelberg con la esperanza de que
Jaspers pudiera darle algún consejo. Por tener una esposa judía, Jaspers había
sido cesado en 1937, lo que, sin embargo, no le impidió permanecer en
Heidelberg hasta el final de la contienda. Gadamer estaba abatido y veía
cernirse sobre Europa una Guerra de los Treinta Años: «Con los graneros
de Ucrania, los campos petrolíferos del Cáucaso, con todas las reservas del
continente eurasiàtico, Hitler podría resistir, sin duda, durante treinta años
al continente americano. Jaspers me contestó muy claramente, diciendo
«Señor Gadamer, la historia no se puede predecir»». Y, en efecto, unos meses
después se produjo el avance de Hitler a los Balcanes, lo que no podía ocu­
rrir sin entrar en conflicto con Rusia. A partir de ese momento la guerra
sólo podía ser una catástrofe para Alemania.
Es un rasgo muy característico de Gadamer que en esos difíciles años
mantuviera su relación con Jaspers. A diferencia de otros heideggeria-
nos, que conocían las muy burlonas declaraciones de su maestro sobre
Jaspers, Gadamer apreciaba mucho su persona y su obra. En el verano
de 1932, había organizado un coloquio en Marburgo sobre el ensayo de
Jaspers, Die geistige Situation der Zeit [La situación espiritual de nuestro
tiempo], publicado por la editorial Gòschen, del cual dio cuenta a su autor,
animado por Frank, en una carta muy prolija.25 Gadamer presuponía como
algo obvio que Jaspers y Heidegger seguían manteniendo la buena amis­
tad y la alianza filosòfica iniciadas en los años veinte. Pero la rivalidad
existente entre ellos, las indirectas socarronas y, no por último, el compro­
miso político de Heidegger habían conducido a un distanciamiento siem­
pre mayor entre los dos maestros de la «filosofía existencial». Lo cierto es
que Gadamer mantuvo durante la época nazi un intercambio epistolar más
extenso con Jaspers que con Heidegger, a pesar de que esta correspon­

24. PL, pág. 113.


25. Carta de H GG a Karl Jaspers fechada en el verano de 1932 (Archivo pos­
tumo de Jaspers, DLA).

279
dencia podría haberse convertido en «peligrosa» para él.26 Le visitó en diver­
sas ocasiones y con motivo de su sesenta aniversario, en 1943, expresaría
su solidaridad con él en su contribución a un volumen en homenaje de
Jaspers, que finalmente no pudo publicarse.27 Era lógico que semejantes
manifestaciones de simpatía eran muy importantes para Jaspers, ya que
implicaban cierto riesgo. Gadamer afirmó en años posteriores que la cir­
cunstancia de que él mantuviera su relación con Jaspers había sido un fac­
tor importante cuando fue llamado a Heidelberg, en 1949, como su suce­
sor (aunque Jaspers había preferido a Krüger en este caso). Sólo en relación
con esta sucesión y las habladurías de los alumnos de Jaspers que se ha­
bían quedado en Heidelberg, se produjo el enojo por parte de Jaspers. Los
motivos eran nimios, como veremos más adelante, pero condujeron, no
obstante, a que Gadamer no fuera invitado a contribuir al volumen en
honor de Jaspers con ocasión de su setenta cumpleaños. El hecho de que
diez años antes, en momentos difíciles, hubiese manifestado su solidari­
dad con Jaspers ya no parecía importarle a nadie.
Cuando estalló la guerra, Gadamer encontró consuelo en un segundo
viaje, emprendido en enero de 1940, al país «amigo», Italia, para pronun­
ciar dos conferencias en Florencia, una de ellas sobre su tema principal de
entonces, la importancia de la historia en la filosofía alemana.28 Gadamer

26. En 1936, Jaspers dedicó a Gadamer su libro sobre Nietzsche (Nietzsche.


Einführungin das Verstandnis seines Philosophierens, Berlín: de Gruyter, 1936) con
las palabras «Mit besten Grüssen» (con los mejores saludos») (McMaster Library).
En el archivo pòstumo de Jaspers hay siete cartas de Gadamer fechadas entre 1934
y 1943. En el archivo pòstumo de Heidegger, por el contrario, hay, entre 1929
(informe sobre la habilitación como catedrático) y 1945, una única carta de Gadamer
a Heidegger, a saber, la del 11-12-1944, en la cual Gadamer pone de manifiesto su
consternación ante la humillante incorporación de Heidegger a las miliacias popu­
lares del Volkssturm. Se puede partir con certeza de la base de que no se ha perdi­
do ninguna de las cartas de Gadamer a Heidegger, ya que Heidegger conservó 6
cartas de Gadamer fechadas entre 1922 a 1929 y 57 cartas entre 1944 y 1976. Con
todo, Gadamer visitó a Heidegger en compañía de Kommerell y Krüger en julio de
1941 (ver M. Kommerell, Briefe und Aujzeichnungen, pág. 376ss). Por su parte,
Heidegger fue durante la guerra a Leipzig para pronunciar una conferencia sobre
Holderlin.
27. El artículo de Gadamer «Die Gottesfrage der Philosophie» apareció sólo
en 1987 en GW 4, 349-360 bajo el título «Kant und die Gottesfrage».
28. Ver Leipziger Neueste Nachrichten del 20-1-1940, UAL, PA 488, hoja 62;
PL, pág. 1 l4s. El 7 de enero, Gadamer pronunció una conferencia titulada Das

280
aprovechó la oportunidad de aquel viaje al extranjero para escribir una car­
ta a Lowith (desde Alemania era demasiado arriesgado), en la que contra­
ponía la encantadora y relajada atmósfera italiana a la tétrica situación ale­
mana: «¿Y cómo se puede conciliar la fealdad de Leipzig y la belleza de
Florencia con la justicia divina? A este respecto concibo la idea de una
germanodicea que no acaba de lograr la teodicea. Para que estés informado
te diré que Krüger es soldado en el así llamado frente; Brôcker y Schipper
esperan ambos que serán llamados a ocupar plazas cuando se produzca la
reapertura de todas las universidades alemanas».
Poco después de su vuelta a Leipzig, Gadamer fue llamado a Marburgo
tras la repentina muerte de sus «enemigos» Mahnke y Jaensch, lo que supo­
nía un honor para él, y quizá también una sorpresa. Debía ser una gran satis­
facción para él que se le requería con «especial insistencia»29 como profe­
sor numerario de filosofía después de tantos años de trabas a su ascenso por
motivos políticos. En los meses siguientes se produjo una intensa competi­
ción entre Marburgo y Leipzig en torno a Gadamer. Marburgo, cuyo semi­
nario filosófico quedó diezmado repentinamente, intentó ejercer su influen­
cia en el Ministerio de Educación sajón en Dresden. Pero Schadewaldt,
como decano de la Facultad de Leipzig y amigo de Gadamer, estaba deci­
dido a retenerle allí. Tras la marcha de Gehlen un año antes, el abandono
por parte de Gadamer hubiera supuesto una pérdida de prestigio impor­
tante para la orgullosa Universidad de Leipzig.30 Como es natural, Marburgo

Problem der Geschichte in der neueren Philosophie [El problema de la historia en la


filosofía reciente] y, el 11 de enero, otra con el título Phibsophische und historische
Deutung von Holderlins «Brot und Wein» ([Interpretación filosófica e histórica sobre
«Brot und Wein», de Holderlin], verT. Orozco, 1995, pág. 102ss). Gadamer repi­
tió esta última conferencia en octubre de 1940 ante un reducido círculo en Marburgo,
donde, además, pronunció una conferencia con el título Holderlins Stellung zur
Antike und die Geschichtsphilosophie des deutschen Idealismus ([La postura de Holderlin
ante la antigüedad y la filosofía de la historia del idealismo alemán], carta de H GG
a J. Ebbinghaus del 21-9-1940).
29. UAL, PA 488, hoja 63 a 72. UAM, PA Gadamer, hoja 29.
30. UAL, PA 488, hoja 66. Véase la carta del 29-3-1940 dirigida por
Schadewaldt al Director de Ministerio de Sajonia para la formación popular, en la
cual pedía «que se tomen todas las precauciones para que el profesor Dr. Gadamer
no se vaya de Leipzig. En los dos años de su actuación en Leipzig, el profesor Gadamer
se ha ganado rápidamente el respeto de colegas y estudiantes. Su colaboración enor­
memente estimulante ha sido muy fecunda para los diferentes departamentos cien­

281
seguía ejerciendo una atracción especial sobre Gadamer. Sin embargo, la
libertad espiritual de Leipzig y su éxito docente de los que gozaba allí eran
demasiado importantes como para arriesgarse a volver al nido de víboras de
Marburgo. A diferencia de Heidegger, acabó prefiriendo la gran ciudad a la
provincia. Así, el 18 de agosto de 1940 comunicaría al rector de Marburgo
con «gran pesar» su decisión de acceder a los deseos de la Universidad de
Leipzig y de permanecer allí:

Estoy actuando de un modo que es totalmente contrario a mis deseos perso­


nales, y además me entristece la idea de que estoy recompensando mal los esfuer­
zos que han hecho usted y el decano para que vuelva a Marburgo. Sin embar­
go, lo que finalmente ha actuado como elemento decisivo es la siguiente
consideración: Tenía que temer que un regreso tan pronto por mi parte no pres­
taría a la Universidad de Marburgo y al rango que en ella ocupa la filosofía el
servicio que cabría esperar. Ciertamente la filosofía tiene que luchar hoy en día
por su posición en todas partes. Que esto es más fácil de lograr por alguien que
en cuanto homo novus no esté lastrado por ningún tipo de enemistades per­
sonales lo he experimentado por mí mismo de manera fructífera en Leipzig;
en cambio en Marburgo, tras un plazo de tiempo tan corto, yo no podría ser
un homo novus sin lastres. Las razones que usted expuso hace poco respecto
a Krüger también son en cierta medida válidas en mi caso. La idea de que podría
decepcionar la tradición filosófica de Marburgo y la confianza de sus hombres
responsables sigue siendo, no obstante, dolorosa para mí. Pero los intereses
de mi disciplina, que son los que determinan mi decisión, también son, en el
fondo, los mismos que los de la Facultad de Marburgo. Sigo como sincero ser­
vidor de su Magnificencia. H eil Hitler! H. G. Gadamer.31

Gadamer se había vuelto tan seguro de sí mismo en Leipzig que no


dudó en llamar por su nombre el malestar por los cargos contra él y por las

tíficos dentro y fuera de la Facultad de Filosofía. Especialmente en sus clases prác­


ticas, excelentemente guiadas, ha sabido darle continuidad a su trabajo educativo y
formar un cuadro de capaces estudiantes. Hace unos años, Leipzig ha sufrido ya
una importante pérdida de su prestigio a raíz de la partida del profesor Dr. Gehlen
a la Universidad de Konigsberg. Debe evitarse que esto se repita ahora. H eil Hitler!
Schadewaldt».
31. Carta de H G G al rector de la Universidad de Marburgo fechada el 18-
8-1940. Tal vez resulte hoy escandalizador ese «H eilH itler!» que se encuentra con
frecuencia en las cartas de Gadamer de esa época (por ejemplo, a J. Ebbinghaus).
En aquel tiempo era rutina en la correspondencia oficial, aun no siendo una obli­
gación.

282
enemistades personales en Marburgo. Por supuesto aprovecharía estas cir­
cunstancias para conseguir una mejora de sus condiciones en la Universidad
de Leipzig, y ésta, bajo la dirección de Schadewaldt, las satisfaría con gus­
to. Pero, en el fondo, lo que más pesaba en su decisión de quedarse en Leipzig
fueron la libertad y el respeto que gozaba allí como homo novus y repre­
sentante sin cargos de todo el ámbito de la filosofía. A fin de continuar la
tradición filosófica de Marburgoo, que representaba mucho para él, llamó
la atención a sus colegas de allí sobre el kantiano Julius Ebbinghaus, a quien
finalmente se propuso ocupar la cátedra de Marburgo y él la aceptó.32 La
circunstancia de que Gadamer volviese a ser llamado a Marburgo al cabo
de tan poco tiempo después de su nombramiento le granjeó una gran con­
sideración en Leipzig, algo totalmente nuevo para él. Por añadidura la
Universidad de Münster le preguntó en primavera si quería aceptar una
cátedra allí, pero la rechazó, y sería adjudicada, finalmente, a Gerhard Krüger,
que había vuelto de la guerra. Su posición en Leipzig adquiría, por todo
ello, cada vez más importancia. En 1940 se convirtió en miembro de la
Academia Sajona de Ciencias así como de la Sociedad Principesca
Yablonowskiana,33 distinciones que rara vez obtiene una persona con sólo
cuarenta años. Este gran prestigio explica asimismo por qué fue elegido por
unanimidad rector de la universidad en 1946. Tal vez Gadamer nunca haya
gozado de un respeto tan grande en su función de profesor universitario
como en esta época de Leipzig, exceptuando, por supuesto, los años en
Heidelberg después del éxito mundial de Verdady método.
De ahí que no resultase sorprendente que le fuera permitido realizar
viajes al extranjero,34 a pesar de no tener simpatizantes entre los nacional­
socialistas, que en la Facultad de Leipzig era en cualquier caso más que sos­
pechosos. Resultó, de esta manera, que en 1941 recibió una invitación
por parte del Instituto Alemán en París para pronunciar allí una conferen-

32. Ver J. Ebbinghaus, en PSd III, pág. 44.


33. Esta Sociedad fue fundada en 1774 por el príncipe polaco Alexander
Jablonowski. De acuerdo a sus estatutos, la misma comprendía nueve miembros,
que debían ser profesores ordinarios de la Universidad de Leipzig. El 4 de febrero,
cumpleaños de Jablonowski, se reunían los nueve miembros a fin de otorgar tres
premios científicos, cuyo importe se tomaba de los intereses producidos por el capi­
tal de la Sociedad. Gadamer fue su anteúltimo miembro. En 1945, la Sociedad fue
disuelta por parte de las fuerzas de ocupación rusas.
34. VerT. Orozco, Platonische Gewalt, pág. 102ss.

283
cia. En su autobiografía, Gadamer no negaría que había sido utilizado
con fines propagandísticos de cara al exterior,35y precisamente por su con­
dición de persona políticamente sin tacha. Allí habló una vez incluso ante
un grupo de oficiales franceses presos. El tono utilizado en su conferencia
sobre Herder, nada hostil frente a la causa «alemana», ha originado que en
los trabajos de investigación y en la prensa se hayan planteado, en diversas
ocasiones, sospechas sobre la posible cercanía de Gadamer en aquellos años
a la ideología nacionalsocialista.36
Gadamer, por el contrario, ha afirmado una y otra vez que se trataba
de un estudio puramente científico, que, como tal, también podía ser ree­
ditado tras la guerra. Pero el ensayo presenta el pequeño defecto de que su
autor suprimiera o retocara en ediciones posteriores algunos pasajes fruto
únicamente del momento histórico.37 Los pasajes más cuestionables son los
siguientes: «Así es como en Alemania a través de él [Herder] la palabra “pue­
blo”, lejos de cualquier consigna política y absolutamente independiente de
los lemas de la “democracia”, adquiere una nueva profundidad y un nuevo
vigor». «Este intuir, esta preparación a apolíticos de lo venidero fueron, en
general, el destino alemán de su época, y tal vez sea el destino de un tal retra­
so político la condición para que el concepto alemán de pueblo, a diferen­
cia de las consignas democráticas de Occidente, demuestre en un presente
cambiado la fuerza para conseguir un nuevo orden político y social».
Es indiscutible que estas declaraciones ahora nos parecen totalmente
extrañas y hasta escandalosas. Sin embargo, no hay que olvidar nunca lo
fácil que es para las generaciones posteriores, que no han vivido en su pro­
pia piel esas circunstancias pasadas, ejercer de inquisidores. No hay que
negar, de todos modos, que los pasajes omitidos fueron suprimidos con
razón, y la omisión implica este concesión. Pero la conferencia debe ser vis­
ta y entendida en su contexto. Gadamer se interesaba en aquella época
por la problemática filosófica de la historicidad, en la cual se puede obser­
var ese tema de trasfondo de la filosofía alemana que lo domina todo des-

35. PL, pág. 118.


36. Ver C. Grossner, Verfall der Philosophie. Politik deutscher Philosophen,
Hamburgo, 1971; G. Warnke, Gadamer. Hermeneutics, Tradition and Reason, Stanford
University Press, 1987; T. Orozco, op. cit., 1995; С. Delacampagne, «Questions
d’interprétation», en Le Monde des Livres, 17-5-1996.
37. T. Orozco (1995, pág. 235-239) presenta en el anexo de su libro una lista
de los párrafos omitidos y eliminados.

284
de Hegel. Gadamer se dedicaba no sólo a Hegel, sino también a pensado­
res como Karl Marx, Friedrich Nietzsche, Wilhelm Dilthey о Martin
Heidegger. Precediendo a Hegel, Herder fue uno de los primeros, tal vez el
primero, que había desarrollado una sensibilidad para esta temática. Hay
que tener en cuenta este trasfondo al considerar el carácter «científico» de
este estudio sobre el «Pueblo y la historia en el pensamiento de Herder». Se
trataba simplemente de mostrar las fuentes del pensamiento historista en
Herder como representante de la Ilustración. Evidentemente, y aún más
dado el contexto, también la exposición de Gadamer en París tenía un refe­
rente histórico inmediato. Pero es asimismo obvio que esta relación per­
manecía algo escondida en el texto de 1941, puesto que Gadamer tenía que
ser precavido en una atmósfera tan tensa. Por ello, llama tanto más la aten­
ción que no se identificase de forma concreta en ninguna parte de su dis­
curso con la política o ideología alemanas. En ningún momento se habla,
por ejemplo, del Führer, del nacionalsocialismo o de la raza. Estas referen­
cias eran, por lo visto, tan habituales en las conferencias que tenían lugar
en el Instituto Alemán de París que la moderación de Gadamer podía lla­
mar la atención. Se dice que incluso un kantiano como Gerhard Funke (!)
criticó, en este marco, la influencia en Francia del «modo de pensar ajeno
a la raza» de Henri Bergson.38
Nada parecido encontramos en Gadamer. Precisamente él destaca, por
el contrario, el carácter «apolítico» del análisis herderiano: El descubrimiento
de la idea de pueblo se halla, según sus palabras, «muy alejado de cualquier
consigna política».39 Tal enfoque es contrario, sin duda alguna, a la con­
cepción de la ciencia política y la idea política de pueblo que los nazis ha­
bían escrito sobre sus banderas. También tiene que llamar la atención que
Gadamer señale con énfasis la idea del humanismo de Herder: Subyace
en la naturaleza del hombre, pero también en la idea de pueblo, formarse
para avanzar hacia la humanidad.40 Incluso Teresa Orozco, por lo general

38. El testimonio de Funke es citado por T. Orozco (op. cit., pág. 113).
Aparentemente, la autora se propone, a través de paralelos de ese tipo, poner en una
luz ambigua la presentación de Gadamer en París. Sin embargo, en cuanto Gadamer
se abstiene en su discurso de graves deslices de ese tipo, la autora obtiene, con su
amalgama, lo contrario de lo que se propone.
39. Volk und Geschichte im Denken Herders, Frankfurt a.M.: Klostermann, 1942,
pág. 23.
40. Volk und Geschichte im Denken Herders, pág. 17.

285
tan suspicaz, en su estudio hace justicia a Gadamer en este punto, pues
tiene que admitir que su humanismo había de resultar muy molesto para
los nazis.41 La discrepancia con la ideología nazi, según Orozco, resultaba
incluso tan patente que Gadamer tuvo que reformular el concepto de hu­
manidad en un concepto de fuerza para hacerlo compatible con la ideo­
logía nazi. Quizá la sospecha de una caza de brujas vaya aquí demasiado
lejos. Gadamer, en resumidas cuentas, podía remitirse al concepto de huma­
nidad de Herder en términos positivos o negativos. Él lo usa en sentido
positivo.
En años posteriores, se enorgullecería de que a los nazis les escandali­
zara su referencia positiva al «célebre capítulo sobre los eslavos» en el libro
Ideas... de Herder. Su referencia no carecía, de hecho, de una cierta actua­
lidad a tenor de la opresión ejercida por los nazis sobre las nacionalidades
eslavas. En 1941 escribiría: «Y cuando finalmente se piensa en la influencia
que Herder ha ejercido en la Europa oriental y sudoriental en tanto que
ha ayudado al despertar de la conciencia popular -piénsese en el célebre
capítulo sobre los eslavos en las Ideas-, no deja de existir, también en este
caso, un abismo entre la mirada histórico-universal de Herder hacia las indi­
vidualidades de los pueblos en su peculiaridad y derecho de existencia y la
activación política de estas naciones conforme al modelo occidental polí­
tico y de derecho de Estado».42
Aun cuando esta alusión a las identidades eslavas no haya sido realmente
central en la exposición de Gadamer sobre la situación germano-francesa
-lo cual hubiera sido desde luego suicida- no se puede negar que mostra­
ra una cierta valentía. Pero también en este caso Gadamer consideraba inade­
cuado el modelo político occidental para estos Estados.
Pese a las omisiones condicionados por las circunstancias sobre las con­
signas «occidentales» de la «democracia», en este ensayo sobre Herder,
Gadamer desarrolló ideas que de haber sido llevadas hasta el final podrían
haber sido interpretadas, sin duda, como crítica a los nazis. Acaso fuera
esa la razón de que se sintiese obligado a salpicar sus afirmaciones con vagas

41. T. Orozco, op. cit., pág. 128ss.


42. Volk und Geschichte im Denken Herders, pág. 23. Al respecto SUNY-Gespráche,
5 A, pág. 8 (H .'G . Gadamer on Education, Poetry, and History, 1992, pág. 148):
«Pues bien, de inmediato vino el ataque, ya que, con ello, me ponía en contra de
las prerrogativas, del predominio de la raza germano-nórdica.»

286
alusiones a la actualidad del concepto de pueblo, sin llenarlas, no obstante,
con un contenido político concreto, por ejemplo con referencias al Führer,
al nacionalsocialismo o a las ideas sobre la raza. La referencia temporal inme­
diata -m uy presente en Gadamer, desde luego- era o pretendía ser defe­
rente frente a los franceses. Porque no sería imaginable que una persona tan
francófila como él, entonces igual que ahora, a quien un segundo viaje a
París hubiera encantado sobremanera, hubiera podido figurarse una domi­
nación permanente del pueblo alemán sobre el francés.
Como es sabido, la ocupación de Francia no tenía, desde la perspecti­
va de los nazis y en comparación con la ocupación de otros países, un carác­
ter demasiado agresivo.43 La intención de los nazis era más bien saber que
tenían en Francia un gobierno que les profesaba simpatía: el gobierno de
Vichy del mariscal Pétain, pero un gobierno que podía gobernar por sí mis­
mo. Para las autoridades alemanas era importante, por tanto, una especie
de «reconciliación» con los franceses. Así también pensaba Gadamer cuan­
do aceptó la invitación a París. Según sus recuerdos, muchos franceses
veían en la ocupación, al igual que él (!), una consecuencia de la arrogancia
francesa tras la Primera Guerra Mundial.44
Sus palabras sobre la independencia de los pueblos respondían, por con­
siguiente, al deseo de desarrollar la reconciliación y el entendimiento entre
las naciones. La exposición de Gadamer está llena, de hecho, de tales refe­
rencias al entendimiento pacífico y respetuoso entre alemanes y franceses.45

43. Lo cual también T. Orozco concede, op. cit., pág. 106s.


44. Ver H.-G. Gadamer on Education, Poetry, and History, 1992, pág. 149: «I
had friends, French friends, who thought as I did. They were not Nazi sympathi­
zers. But they thought, as I did, that the defeat of France also was a consequence of
a very arrogant political attitude maintained by France after the first world war.
Without these politics, insisting, e.g., on unlimited reparation payments, Hitler
would not have come to power. Similarly, England did not curtail Hitler’s expan­
sionist urges. They welcomed the fact, that Germany under Hitler had begun to
set limits to French power.» [«Yo tenia amigos, amigos franceses, que pensaban,
como yo, que el error de Francia era la consecuencia de una actitud política muy
arrogante, mantenida por Francia después de la Primera Guerra Mundial. Sin dicha
política, por la que se insistía, por ejemplo, en pagos de reparación ilimitados, Hitler
no hubiese llegado al poder. De manera similar, Inglaterra no puso límite a las ape­
tencias expansionistas de Hitler. De hecho, Inglaterra vio con buenos ojos el que
Alemania, bajo el liderazgo de Hitler, haya comenzado a poner límites al poder
de Francia»].
45. Ver también aquí T. Orozco, pág. 117.

287
No es imposible que tuviera presente el ejemplo que Heidegger había dado
con su discurso reconciliador Wege zur Aussprache ([Caminos hacia el enten­
dimiento] 1937).46 Su conferencia se dirigía, en todo caso, en esa dirección.
Así, el optimista que había en él aún era capaz de esperar en mayo de 1941
una cierta estabilización de la situación europea. Al fin y al cabo, el 22 de
julio de 1940 se había producido un alto el fuego (armisticio: el mismo con­
cepto que había sido utilizado el 11 de noviembre de 1918). Sólo con el
ataque de Hitler sobre Rusia el 22 de junio de 1941 la guerra adquirió
una terrible, insospechada nueva dimensión. Hasta ese momento, incluso
un pensador como Jean-Paul Sartre podía hablar de la «drôle de guerre», de
la guerra que no era una verdadera guerra porque todas las potencias se
doblaban a la voluntad alemana.
¿Podemos tomarle a mal a Gadamer que se haya remitido, en cuanto
filósofo, al humanismo de Herder para prestar su pequeña contribución
al entendimiento y «reconciliación» entre franceses y alemanes recurrien­
do al concepto de pueblo, relacionado con el mencionado humanismo?
Desde esta perspectiva, su conferencia de París pierde algo del carácter sos­
pechoso o alarmante que le confieren algunos de sus pasajes. Lo más emba­
razoso de la misma, sin embargo, no ha quedado registrado por escrito.
Gadamer, obviamente, pronunció su conferencia en francés, lengua que
dominaba a la perfección. Pero cometió un fallo fonético cuando al hablar
de Herder como del descubridor del sentido histórico, del sens histori­
que, no pronunció la s final del sustantivo, de modo que la palabra sona­
ba como sang, lo que hizo que sus oyentes pensaran, en un primer momen­
to, que se estaba refiriendo a Herder como al descubridor de la sang
historique, la sangre histórica. Esto hubiera sido, desde luego, demasiado
nacionalsocialista... Pero tal expresión carecía por completo de sentido, de
suerte que Gadamer fue advertido de su equivocación en el coloquio pos­
terior a la conferencia.
La circunstancia de que se le hubiese permitido pronunciar una confe­
rencia en el extranjero fue, además, la confirmación de que el Ministerio de
Educación del Reich, una de cuyas funciones era la de dar el visto bueno
a todo viaje fuera de Alemania, no sólo le toleraba sino también le acepta­
ba.47 Una tal ratificación tenía su importancia para él en cuanto profesor

46. M. Heidegger, GA, tomo 13, pág. 15-21.


47. D. Cassidy, op. cit., pág. 465: «Every permission to travel on official business
could thus be seen by the recipient as concrete evidence that the authorities held him

288
universitario, puesto que no pertenecía al partido ni podía exhibir méritos
políticos; en este sentido se sentía, por lo tanto, «asegurado». Dado el terror
nazi, implantado en todo el mundo, fue sabio por su parte aderezar su con­
ferencia con concesiones a la ideología nacionalsocialista, las cuales, vistas
desde esta perspectiva, producen un efecto en verdad inofensivo, debien­
do ser consideradas en relación con las realmente amenazadoras circuns­
tancias del momento.
Poco después de que Gadamer volviera a Leipzig, Hitler emprendió su
campaña contra Rusia, lo que supuso el principio del fin de su dictadura.
A partir de ahí, la guerra y el terror cruento de los nazis se tornaron toda­
vía más crueles puesto que su desesperanza era mayor. Muchos de los dis­
cípulos de Gadamer, entre ellos los más capaces: Karl-Heinz Volkmann-
Schluck y Walter Schulz, tuvieron que combatir en el frente del Este.48 La
decisión de Hitler de aniquilar a los judíos coincidió con la expedición mili­
tar contra Rusia.49 Por supuesto que esta decisión permaneció «secreta», y
algo casi inimaginable en su locura. Gadamer afirmó de manera fidedigna

in high regard.» Ver la solicitud de autorización dirigida por Gadamer al Ministerio


de Educación del Reich en UAL, PA 488, hoja 73, solicitud que el decano
Schadewaldt presentó con la más cálida recomendación. La solicitud también fue
aceptada por el rector Berve. Schadewaldt y Berve eran ambos filólogos clásicos,
eran conocidos como nazis, pero tenían una actitud amigable ante Gadamer.
Schadewaldt fue convocado pocos meses más tarde a Berlín, su ciudad natal. Gadamer
logró atraer a Karl Reinhardt de Frankfurt a Leipzig como su sucesor.
48. Carta de Walter Schulz al autor fechada el 28-5-1994. Véase la entrevista
sobre los acontecimientos de la época en G. Misgeld y G. Nicholson (сотр.), H -
G. Gadamer on Education, Poetry, and History, op. cit., pág. 13 (El relato de Gadamer
en esta entrevista debe ser modificado en el sentido de que la conversación con
Schulz tuvo lugar en 1941 o 1942, y no en 1944, pues Walter Schulz fue herido
gravemente en 1942 y a partir de ese momento ya no fue más apto para el frente
de guerra - carta de W. S. al autor del 28-5-1994.) Acerca de K.-H. Volkmann-
Schluck, que puede considerarse como el «alumno predilecto» de Gadamer en ese
tiempo, pero que estaba, como también Schulz, filosóficamente más cerca de
Heidegger que de Gadamer, véanse las palabras conmemorativas de Hans-Georg
Gadamer, Gedenkreden a u f Karl-Heinz Volkmann-Schluck 1914-1981, Kolner
Universitatsreden, n° 59, 1983, pág. 8-17. Con estos alumnos le unía también una
estrecha comunidad de destino, tal como no es posible, por cierto, en una sociedad
liberal del bienestar.
49. P. Hoffmann, 1988, pág. 44.

289
que no sabía nada ai respecto.50 No obstante, de algunas cosas podía haber­
se dado cuenta. Cuando le pregunté si había barruntado algo acerca del des­
tino de los judíos me respondió remitiéndose a los recuerdos del filólogo
clásico Karl Reinhardt. Éste, muy cercano a Gadamer por edad y tempe­
ramento, escribió en 1947 sobriamente lo siguiente:

Mi acostumbrado paseo me conducía al parque municipal de Leipzig, el llama­


do Rosental [Valle de las rosas]. Al final de un gran prado, el camino llegaba
a un bosquecillo; allí oculta en la floresta se abría una plazoleta redonda, no
demasiado grande, cercada por bancos, la cual podría haber sido con anterio­
ridad un sitio de juegos infantiles. Ahora colgaba en su camino de acceso un
cartel amarillo: «Para judíos», o sea, para aquellos a quienes estaba vedado el
parque con excepción de esa plazoleta. Allí se veían sentados a niños, mujeres,
hombres. La gente de Leipzig pasaba de largo, a ser posible sin desviar la mira­
da del ancho camino. Al principio, los excluidos se sentaban allí cuando hacía
bueno, demasiados para un tan reducido espacio. Pero de modo paulatino
los bancos empezaron a vaciarse. Llegó un día que sólo había sentadas dos o
tres personas. Por último una única. Entonces el lugar quedó desierto. La hier­
ba creció rápidamente, el musgo se extendió sobre la madera, los pájaros ani­
daron, y chillaban. El cartel amarillo aún seguía colgado. Un día que volví a
pasar por allí, vi que también el cartel ya no estaba.51

Durante dos días consecutivos del mes de enero de 1942 se procedió


a reunir en plena calle a los judíos que aún quedaban con el objetivo de
transportarlos a un campo de concentración.52 Cari Goerdeler (1884-1945),
una de las figuras más honorables y singulares de la oposición abierta con­
tra Hitler, era una de las personas que tenía conocimiento del holocausto
judío. De familia prusiana, en 1930 fue primer alcalde de Leipzig. Los últi­
mos años de la República de Weimar pasó a ser un estrecho consejero de
Brüning, quien le propuso en mayo de 1932 como su sucesor. Estaba afi­
liado políticamente al DNVP de Hugenberg, pero en 1931 Brüning le con­

50. Ver D. Misgeld y G. Nicholson (со тр .), H .-G. Gadamer on Education,


Poetry, and History, op. cit., pág. 13.
51. К. Reinhardt, Akademisches aus zwei Epochen, op. cit., pág. 399s.
52. Ver D. Cassidy, op. cit., pág. 430: «On two bitterly cold days in January
1942, the Gestapo publicly rounded up some o f the remaining Jews in Leipzig —
men, women, and children —stripped them of their coats, and drove them 18 kilo­
meters in an open truck to a small town for brief internment on the first leg of what
would be their final journey - to (as we now know) the eastern death camps.»

290
firió el cargo de comisario del Reich para el control de precios. Los nazis
renovaron su mandato en 1934-1935, puesto que reconocieron en él a un
profesional competente. Por su origen, Goerdeler era un fiel servidor del
Estado, pero también un hombre con un alto sentido de la justicia y de la
moral, con lo que acabó convirtiéndose en un opositor al régimen de Hitler.
Dejó su cargo como alcalde de la ciudad de Leipzig en 1937 a raíz de la pre­
tensión nazi de retirar la estatua del compositor Félix Mendelssohn. Éste
había desarrollado en la ciudad sajona una gran actividad como director del
Gewandhaus y como fundador de una escuela de música que alcanzaría un
gran renombre en toda Alemania. Como judío, sin embargo, ahora pasa­
ba a estar proscrito. La dimisión de Goerdeler por fidelidad a sus principios
fue ocultada a la opinión pública; incluso Gadamer no sabía nada al res­
pecto. Goerdeler empezó a trabajar para Robert Bosch, el magnate de la
industria electrónica de Stuttgart, quien financiaba y respaldaba su traba­
jo clandestino.53 Goerdeler fue una de las figuras más acreditadas de la opo­
sición contra Hitler, la cual culminaría con el atentado del 20 de julio de
1944. A causa de su gran autoridad, estaba previsto que tras la caída de
Hitler fuese el primer canciller de Alemania; motivo por el cual ya había
preparado su discurso inaugural, que no llegaría a pronunciar porque fue
ejecutado el 2 de febrero de 1945.
Gadamer tuvo trato con él por aquel tiempo. Su hija Marianne, la cual
también había estudiado historia con Otto Vossler (1902-1987), era alum­
na regular suya y tenía amistad con Kate Lekebusch, asistente y futura espo­
sa de Gadamer. Goerdeler tenía suficiente confianza en Gadamer como para
invitarlo a su tertulia (que no debe confundirse con su «sociedad de los miér­
coles», que se reunía en Berlín y tenía un carácter conspirador). Gadamer
describió dichos encuentros como «veladas artísticas», pero su dimensión
política era evidente: «Cuando mediante la catástrofe de Stalingrado hasta
al más ciego se le abrieron los ojos respecto al desenlace de la guerra —úni­
camente los fanáticos nunca llegarían a ver-, la situación, como es natu­
ral, se tornó en general más peligrosa. También se fortaleció, efectivamen­

53. Sobre Goerdeler véase la antigua biografía de Gerhard Ritter, Carl Goerdeler
und die deutsche Widerstandsbewegung, Stuttgart: Deutsche Verlagsanstalt, 1954,
como también el informe de su hija Marianne Meyer-Krahmer, Cari Goerdeler und
sein Weg in den Widerstand. Eine Reise in die Welt meines Vaters, Friburgo:
Herder-Verlag, 1990.

291
te, el movimiento de resistencia política. En aquel entonces, Goerdeler orga­
nizaba en su casa, con regularidad, reuniones donde se exponían diversos
temas. En una ocasión hablé allí sobre el Estado de Platón,54y me acuerdo
de la reacción de Goerdeler, demasiado franca como siempre: Habló sobre
la inteligencia que íbamos a necesitar «entonces». Aun sin saber nada sobre
ello, se podía notar que se estaba preparando algo».53 «Entonces» hacía refe­
rencia, de hecho, al tiempo tras el atentado. Goerdeler quería, a ojos vistas,
ver en Gadamer a alguien con quien poder contar en el nuevo comienzo.
Goerdeler quería un renacimiento del espíritu alemán en el sentido de
una vuelta humanística a la Antigüedad. El hecho de que Gadamer fuera
invitado a esta tertulia es muestra de una independencia que le honra.56 No
obstante, su descripción de la respuesta de Goerdeler (su «reacción dema­
siado franca como siempre») indica de forma velada su cauto miedo. Quizá
Gadamer no tuviese noticias directas de la conspiración, pero sabía per-

54. Muy probablemente se trataba del trabajo «Platos Staat der Erziehung»,
que apareció en 1942 en el volumen compilado por Helmut Berve, rector en Leipzig
e investigador de la historia antigua, Das neue Bild der Antike, Leipzig: Koehler &
Amelang.
55. PL, pág. 118.
56. Marianne Meyer-Krahmer me escribió acerca de la relación de Gadamer
con su padre, en una carta fechada el 3-10-1993: «Las relaciones entre
Gadamer y mi casa paterna surgieron cuando, desde 1938, estudiaba en Leipzig
filología (con acento en la historia). Así es como, en 1943, Gadamer estuvo invi­
tado junto a su primera mujer al «banquete de los doctores» en nuestra casa.
Después que mi padre dejara su cargo en diciembre de 1936, mis padres man­
tuvieron todavía mucho contacto con una parte de la sociedad de Leipzig. Así, se
organizaron conferencias vespertinas, a las cuales se invitó a exponer, entre otros,
también al prof. Gadamer. Puede usted partir de la base que mis padres (mi madre
acudía con gusto conmigo a las clases de Gadamer) sólo invitaban a personas dig­
nas de confianza, es decir, que, en primer lugar, no eran nacionalsocialistas deci­
didos. Pero con ello no se trataba de personas que pensaran en forma conspira­
dora o que siquiera supieran lo que mi padre, en realidad, tenía entre manos. Es
así como no puedo recordar ninguna discusión que tuviese una conflictividad
política. La oposición activa era demasiado peligrosa para ello. Más exactamen­
te, en resumen: ante un Estado totalitario existe una variada gama de compor­
tamientos posibles —desde la adaptación, pasando por el reparo silencioso hasta
los propósitos subversivos.» Gadamer supo también a través de Marianne Goerdeler
acerca del desembarco de los aliados en Normandia el 6 de junio de 1944 (PL,
pág. 122).

292
fectamente que algo se estaba preparando.57 Durante los últimos años de la
dictadura hitleriana, Gadamer esperaba, en efecto, que las SS efectuaran un
golpe de Estado; rumores sobre un tal viraje corrían entre los círculos don­
de él se movía. En cuanto tropas de elite, las SS sabían dónde llevaba a
Alemania la demencia bélica de Hitler. Estas tropas eran, además, las úni­
cas que podían ejecutar este golpe de Estado porque tenían acceso tanto a
las armas como al Führer. Gadamer habló a Heidegger sobre estos rumores
que corrían en Leipzig en una visita que le hizo.58 El golpe de Estado fra­
casó el 20 de julio de 1944 y desencadenó en la ciudad una oleada de terror.
En el preciso momento del atentado Gadamer se encontraba de forma casual
en Breslau, donde había ido en viaje de trabajo con el fin de intentar con­
vencer a Viktor von Weizsacker de que viniera como profesor a Leipzig.59
Pero toda persona que había tenido trato con Goerdeler había de sentirse
en peligro a tenor de lo que escribió David Cassidy: «En el reino del terror
que sucedió, la mayoría de los miembros de la Sociedad de los Miércoles
fueron reunidos, juzgados de forma sumaria y ejecutados (a menos que pre-

57. Comunicación verbal del 24-9-1994. Ver D. Cassidy, op. cit., pág. 460:
«Everyone in the Wednesday Society knew of the Society’s anti-Hitler orientation
and most knew of the festering conspiracy.»
58. Comunicación verbal del 6-2-1996. Probablemente, la conversación con
Heidegger tuvo lugar en octubre de 1943, después de unas vacaciones en el Bad
Hotel Überlingen, a orillas del lago de Constanza (ver UAL, PA 488, hoja 85s).
Acerca de los rumores en el entorno de Goerdeler cuenta también Karl Reinhardt,
el amigo de Gadamer, op. cit., pág. 399: «A través del latinista Friedrich] Klingner
estuve un par de veces en un pequeño círculo social al que también pertenecía
Goerdeler. De este último se relataban manifestaciones de tono increíble acerca
de un inminente cambio positivo.» La actividad conspiradora de Goerdeler era cono­
cida también desde hacía tiempo por los nazis (ver J. Fest, Staatsstreich. Der lange
Weg zum 20. Juli, Berlín: Siedler, 1997, pág. 193, 206).
59. Ver H GG, Breslauer Erinnerungen, op. cit., pág. 206. UAL, PA 488 hoja
86, informa acerca del viaje de Gadamer a Breslau del 15 al 25-7-1944. En Breslau,
Gadamer solía también comprar libros para la biblioteca del seminario, ya que las
disponibilidades de Leipzig resultaban regularmente destruidas por los bombar­
deos. Viktor von Weizsacker fue colega de Gadamer en Heidelberg después de la
guerra. Acerca de su vida véase Martin Wein, Die Weizsdckers. Geschichte einer deut-
schen Familie, Stuttgart: Deutsche Verlagsanstalt, 1988, pág. 3 4 1 -4 0 5 -A su regre­
so a Leipzig, Gadamer se enteró de la muerte de su amigo Max Kommerell, acae­
cida el 25-7-1944, en cuya memoria pronunció el 5 de agosto un discurso
conmemorativo en Marburgo.

293
firieran suicidarse, lo que les estaba permitido en virtud de su estatus). Incluso
aquellos, fuera o dentro de dicha sociedad, que sabían del complot pero no
habían participado en él fueron juzgados y condenados a la guillotina».60
Pese a que no era miembro de la Sociedad de los Miércoles, Gadamer
tuvo que contener la respiración.61 Quizá su nombre se hallaba en los pape­
les de Goerdeler. Sólo la denuncia de que había ofrecido una disertación en
la casa de éste hubiera podido bastar para una pena de muerte. También
es conocido el hecho de que Goerdeler, una vez preso, había dado a cono­
cer solícitamente los nombres de muchos amigos y conspiradores a fin de
poner en evidencia las dimensiones del movimiento de resistencia.62 En
los años anteriores al intento de golpe de Estado, Gadamer también había
tenido contacto con otras personas que conspiraban contra Hitler, por ejem­
plo había sido amigo del militante socialista en la resistencia Adolf Reichwein,
que había asistido con él a las clases de Wolters en Marburgoo y a quien vol­
vería a ver, en Hiddensee, durante la guerra. Reichwein fue detenido a
comienzos del mes de julio de 1944 y ejecutado el 20 de octubre de 1944.63
Gadamer también había tenido relaciones desde siempre con Johannes
Popitz, ministro de Hacienda de Prusia desde 1933 a 1944, el cual, una per­
sonalidad extraordinariamente culta y refinada, era conocido por haber pro­
tegido a muchos hombres de letras, cuyas publicaciones -entre ellas las de
Gadamer- hizo posibles. Popitz fue, junto a su compañero de clandestini­
dad Goerdeler, una de las figuras más activas de la resistencia civil. Estaba
previsto, de forma muy apropiada, que fuese ministro de Cultura tras la caí­
da de Hitler. Pero fue detenido la noche del 21 de julio de 1944, conde­
nado a muerte el 3 de octubre y ejecutado el 2 de febrero de 1945.

* * *

Gadamer tenía otra razón más para contener la respiración. A conse­


cuencia de la ola de terror habían denunciado y detenido a su alumna Kate
Lekebusch, que estudiaba filosofía con él e historia con Otto Vossler. Aparte
de ser asistente en el seminario filosófico también suplía a Volkmann-Schluck,

60. D. Cassidy, op. cit., pág. 461.


61. PL, pág. 122.
62. Ver Gerhard Ritter, Carl Goerdeler und die deutsche Widerstandsbewegung,
Stuttgart: Deutsche Verlagsanstalt, 1954, pág. 426ss; J. Fest, op. cit., pág. 307.
63. Sobre Adolf Reichwein (1898-1944) véase J. Fest, op. cit., pág. 238ss.

294
porque éste había sido llamado al servicio militar. Kate Lekebusch, nacida
en 1921 en Wuppertal y cuyo padre, muerto en 1936, poseía un comer­
cio de hilo al por mayor, era considerada la estudiante «estrella» del Instituto
de Filosofía: inteligente, guapísima, independiente, segura de sí misma, tem­
peramental, perseverante en la consecución de sus fines. Tampoco ocultó
jamás lo que pensaba de los nazis. Pocos días antes de que se produjese el
atentado, encontrándose con algunas de sus compañeras de estudios en una
parada de autobús, dijo algo que fue su perdición. Sus palabras fueron más
o menos las siguientes: «El día que maten de un tiro al perro (se refería a
Hitler) será el más feliz de mi vida».64 Se trataba de una observación real­
mente inocua, en todo caso nada extraordinaria para Kate Lekebusch. Pero,
a consecuencia del ambiente de paranoia y venganza que reinaba a raíz del
20 de julio, esta observación tomó un tinte conspirativo, ya que se había
exhortado a todos los nazis fieles a denunciar a posibles intrigantes y su
entorno. Así, Kate Lekebusch, que de la conspiración en sí no sabía nada,
naturalmente, fue denunciada por una compañera de la universidad y, por
consiguiente, inculpada ante el tribunal popular de alta traición.
Según testigos de Leipzig, la denunciante, procedente de Chemnitz (su
nombre no merece ser inmortalizado por la imprenta), estaba llena de resen­
timiento y era nacionalsocialista al 150%. Hay informes que coinciden en
señalar que actuó por envidia de Kate Lekebusch, porque ésta tenía mucho
talento y mantenía una relación estrecha, conocida públicamente con
Gadamer. Según los testimonios dignos de toda confianza e independien­
tes de Rosemarie Herrmann, que estudiaba entonces en Leipzig, la estu­
diante de Chemnitz ya había amenazado anteriormente con denunciar a
Kate Lekebusch, conocida por sus audaces afirmaciones sobre los nazis. Ésta,
por tanto, ya había sido avisada. Para Rosemarie Herrmann, no hay duda
alguna de que con la denuncia también se quería alcanzar a Gadamer, por­
que la denunciante tenía envidia de la relación entre ambos, pero asimis­
mo, posiblemente, porque le molestaba el carácter «apolítico» de las activi­
dades académicas de Gadamer. Éste, por lo tanto, tenía buenas razones, tras
la detención de Kate Lekebusch, para intentar salvaguardarse y, a su mane­
ra, «contener la respiración». Él no intervino, en consecuencia, de forma
directa en el proceso del tribunal popular. Si bien es cierto que en casa de
ella fueron confiscadas cartas de él, como se trataba de correspondencia pri-

64. Comunicación verbal de Kate Gadamer-Lekebusch del 14-7-1995.

295
vada, ésta le fue devuelta discretamente. Gadamer la quemó de inmediato
y guardó en ese tiempo una cierta distancia...
La comparecencia de Kate Lekebusch ante el tribunal popular se pro­
dujo precisamente el día de su cumpleaños, el 7 de noviembre de 1944.
La acusación rezaba «desmoralización de la fuerza combativa», lo que impli­
caba para ella, como es obvio, la pena de muerte. Pero en el régimen nazi
se seguía manteniendo una cierta legalidad, de modo que tuvo lugar un pro­
ceso en regla. Para aceptar una acusación eran necesarios dos testimonios.
Además de la denunciante, otra compañera de estudios había oído la mani­
festación de «alta traición». No obstante, esta estudiante, Gertrude Berthold,
que estudiaba con Gadamer y con el historiador del arte Theodor Hetzer,66
encontró ante el tribunal popular el valor suficiente para retractarse de su
anterior declaración. Afirmó que había declarado coaccionada. De este modo
salvó la vida a Káte Lekebusch. Dado que entonces sólo se disponía de una
declaración incriminatoria, la acusación tuvo que ser retirada por «falta de
pruebas».
A ello se añadía que los jueces habían estado fallando todo el día penas
de muerte y ya no querían, por lo visto, dictar ni una más. Después, Kate
Lekebusch tendría, literalmente, mala conciencia al estar sentada en el coche
de policía con hombre y mujeres condenados a muerte, gozando ella de una
absolución de segunda clase.67 Sin embargo, no fue puesta en libertad.
Después de que la justicia civil hubiera dado por terminado su caso, la

65. Los datos que siguen, que inevitablemente tocan aspectos íntimos pero
silencian también algunas cosas, me han sido accesibles, a más del aporte de los
Gadamer, a través de muchos testigos independientes (y, en parte, anónimos) de la
época de Leipzig, entre ellos la Dra. Marianna Goerdeler (que vive actualmente
en Heidelberg) y la Dra. Rosemarie Kleinknecht-Herrmann (actualmente en
Ludwigsburg), que estudiaban en Leipzig con Gadamer y tenían contacto con Kate
Lekebusch.
66. Gertrude Berthold fue la meritoria compiladora de la edición de los escri­
tos de Theodor Hetzer, que abarcará 12 tomos, y que está siendo editada desde
1981 por la editorial Urachhaus de Stuttgart (tomo I: Giotto. Grundlegung de
neuzeitlichen Kunst).- Acerca de la institución y la práctica de los tribunales popu­
lares ver Hansjoachim W. Koch, Volksgerichtshof: Politische Ju stiz im 3. Reich,
Múnich: Universitas Verlag, 1988; Klaus Marxen, D as Volk und sein Gerichtshof:
eine Studie zum nationalsozialistischen Volksgerichtshof, Frankfurt a.M.: Klostermann,
1994.
67. Carta de K. Lekebusch-Gadamer al autor fechada el 10-11-1997.

296
Gestapo (Policía Estatal Secreta), más sensibilizada que antes en cuestiones
de conspiración, había solicitado «reconducción»,68 de suerte que fue tras­
ladada a una cárcel de la Gestapo en el Kaiserdamm en Berlín. Una maña­
na de abril de 1945 recibió la orden de traslado al campo de concentración
de Ravensbrück, sobre todo destinado a mujeres; orden que tuvo que fir­
mar: ¡tan burocráticos eran los nazis! En la hoja donde se disponía la orden
de transporte se podía leer una observación oficial: «Fecha de control: 8
de mayo». Desconcertada, Lekebusch preguntó a la funcionaria a qué hacía
alusión esa nota. Con una mirada que helaba la sangre, ésta respondió:
«Hasta entonces debe haber un informe sobre usted». En la cárcel encon­
tró a una amiga medio judía cuyos parientes habían estado todos implica­
dos en el intento de atentado del 20 de julio, motivo por el cual habían sido
fusilados: ello le permitía saber a qué se refería el término «fecha de con­
trol». La mirada de la funcionaria había sido, asimismo, inequívoca. En su
celda estaban encerradas, también, dos antiguas funcionarlas del campo de
concentración de Ravensbrück (por hurto o historias por el estilo), quienes
contaban, por su parte, sobre fusilamientos y todas las atrocidades inima­
ginables de los campos de concentración. Káte Lekebusch tuvo claro de
inmediato que tenía que «negociar» con el jefe de policía, ante cuya pre­
sencia había percibido de manera clara que ella le gustaba mucho. Solamente
la circunstancia de que las tropas rusas ya estaban muy cerca y que, por ello,
quizá no fueran cumplidas todas las órdenes de fusilamiento, permitía alber­
gar la esperanza de un margen de negociación. Pero tenía que esperar has­
ta que se presentase la circunstancia propicia para entablar una conversa­
ción con el jefe de policía. Los ingleses tenían entonces la costumbre de
bombardear puntualmente Berlín a las siete de la tarde, de modo que duran­
te la alarma se juntaban en los sótanos todos los presos y funcionarios. Una
vez cesada la alarma, cuando se dirigía de nuevo a los pisos superiores con
el jefe de policía, le interpeló sin rodeos: «Sé que usted ha recibido esta maña­

68. Acerca de la expansión generalizada, en los últimos meses de la dictadura


nacionalsocialista, de la ola de persecución contra todos los que pudiesen relacio­
narse, aunque sólo fuese de manera muy lejana, con los acontecimientos del 20
de julio, véase J. Fest, op. cit., pág. 318: «Cuando, un mes más tarde, el ejército rojo
inició la ofensiva sobre Berlín, la campaña de venganza continuó en forma imper­
turbable. Las cárceles estaban aún colmadas de presos políticos, los que, o bien ya
tenían condena, o bien esperaban su proceso. El 14 de abril, Himmler dio la orden
de que ninguno de los internos debía sobrevivir.»

297
na mi orden de traslado. Desearía hacerle una propuesta: Sencillamente no
la envíe». El lento prusiano no captó, en un primer momento, de qué se tra­
taba, de manera que ella tuvo que inventarse algo concreto: «Usted sabe des­
de luego exactamente igual que yo lo que significa esa orden». La expresión
de su cara confirmó sus temores: «Hoy es miércoles. Le hago la siguiente
propuesta: Por favor no envíe la orden antes del lunes que viene». Entonces
él se relajó súbitamente: «Bueno, bueno. Esto es algo que haré sólo por usted,
pequeña Lekebusch, sólo por usted», dijo repetidas veces, a pesar de que
el hecho de no transmitir enseguida la orden tenía que representar un pro­
blema para su sentido del deber. Pero el lunes 23 de abril, bajo el masivo
ataque de la artillería rusa, tomó la decisión repentina de abrir la cárcel y
liberar a todos los presos que había en ella. Así pudo evitar el conflicto moral,
porque su simpatía hacia Kate Lekebusch le impidió transmitir la orden de
traslado. Los presos recobraron los objetos personales que les habían sido
requisados (Kate Lekebusch recuperó, entre otras cosas, un reloj de oro de
su abuela y una libreta de ahorro de la Caja Postal, como si ésta aún le pudie­
ra servir de algo), pero el director de la cárcel se empeñó en que acusaran
recibo de la devolución de todo lo requisado. Prusianismo esquizofrénico
hasta el último momento. El hombre había cometido una infracción gra­
vísima de su deber abriendo las puertas de la cárcel, pero, eso sí, que no fal­
tasen los recibos correctos. Al mismo tiempo Kate Lekebusch podía obser­
var desde su ventana como en el patio contiguo de la Gestapo se quemaban
documentos a una velocidad vertiginosa, mientras que el director de la cár­
cel se dedicaba celosamente... a expedir otros nuevos.
Con la mencionada compañera de cautiverio que era medio judía, Kate
Lekebusch encontró, al salir de la cárcel, un primer refugio en Berlín-Dahlem,
en casa de amigos de aquélla, asimismo medio judíos, una mujer con dos
hijas de apellido Müller. Lo gracioso del caso es que esta familia judía
vivía justo al lado del domicilio privado del jefe de las SS Heinrich Himmler.
¡Cuántas paradojas pueden ser realidad! Las tropas rusas entraron en todas
estas casas de Berlín. Algunas historias espeluznantes que circulaban sobre
las tropas se confirmaron más tarde. Algunos vecinos de la familia Müller
prefirieron suicidarse. Kate Lekebusch, por su parte, escapó por los pelos
a una tentativa de violación. Quiso abandonar de inmediato la ciudad y
alcanzar la zona de ocupación occidental allende el Elba. En la casa donde
había encontrado alojamiento también se hallaba el antiguo presidente
del gobierno de Westfalia, el barón von Lüninck, quien también quería
escapar lo antes posible a la zona oeste porque estaba preocupado por su

298
mujer y sus hijos, que estaban en su finca de Westfalia. Se pusieron, por lo
tanto, juntos en camino y su único alimento fueron espárragos, que Káte
Lekebusch había podido comprar, absurdamente, con el dinero de la toda­
vía válida libreta de ahorros. Durante un tiempo vivieron en casa del con­
de Fürstenberg, de donde el barón von Lüninck partió solo porque no que­
ría que una chica joven se expusiera a los peligros de atravesar la frontera de
forma ilegal. Por su parte, ella pedía poder pasar urgentemente la fronte­
ra, pero le fue denegado el salvoconducto. Así, se puso sola en camino en
dirección oeste. Con su reloj de oro podía sobornar a los soldados en la fron­
tera, quienes incluso le ofrecieron una puerta de madera desquiciada para
que la utilizase como balsa para cruzar el Elba. Poco después volvió a Leipzig,
donde vivía con los Berthold y volvió a ver a Gadamer. Cuando empezó a
perfilarse que los americanos abandonarían Leipzig para dejar el país en
poder de los rusos, decidió abandonar de inmediato la ciudad. Gadamer
le dijo entonces unas sabias palabras: Su reacción sería totalmente exage­
rada, las fronteras pronto desaparecerían; a lo que ella replicó que lo que
decía era absurdo. El desarrollo posterior de la historia le dio la razón. Primero
se fue a casa de su madre en Wuppertal; luego, en el semestre de invierno
de 1945-1946 reanudó sus estudios universitarios en Gotinga. Allí, el nacio­
nalsocialismo impenitente de sus profesores le pareció tan insoportable que
se trasladó a Frankfurt, donde, a partir del verano de 1946, prosiguió sus
estudios con su querido y antiguo profesor Otto Vossler. Paralelamente, tra­
bajó por un corto período de tiempo para la censura americana, hasta que,
por recomendación de Gadamer, consiguió un puesto como lectora en la
editorial Klostermann. Se casó con Gadamer en julio de 1950.69

* * *

69. Gadamer no se refirió casi nunca -ciertamente, a raíz de su componente


personal- al proceso de alta traición que se inició contra quien en aquel tiempo era
su alumna y sería más tarde su mujer. Véanse, no obstante, los datos que brinda, en
forma algo velada, en la conversación «.. .die wirklichen Nazis hatten doch über-
haupt kein Interesse an uns.», pág. 549: «Todos nosotros hemos participado del
terror en cuanto hemos exagerado el grado de conocimiento de la Gestapo. Creimos
que lo sabía todo. Yo lo he podido experimentar por mí mismo: mi mujer fue con­
ducida ante el Tribunal Popular por una frase que había dicho en público. Yo era
amigo de Goerdeler, la hija de Goerdeler era alumna mía. Todos, pues, tuvimos
miedo cuando Goerdeler saltó por los aires».

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Gadamer no fue, ciertamente, un opositor al régimen en primera línea
de fuego. Si lo hubiera sido, habría padecido la misma suerte de mártir que
Goerdeler o Reichwein. Sin embargo, su círculo de amigos y estudiantes
testimonia claramente su actitud de oposición al régimen. También abogó,
de esta manera, a favor de su amigo Werner Krauss, cuando éste compare­
ció ante el «Tribunal Popular de Justicia» en 1943. Gadamer, de todos modos,
consideraba que su labor de resistencia la debía realizar desde otro frente:
Como profesor de filosofía tenía que mantener vivas las tradiciones del pen­
samiento, a las cuales se podría recurrir una vez hubiese concluido la pesa­
dilla. Tal como escribió Riidiger Bubner, el programa de clases y confe­
rencias impartidas por Gadamer durante la época nazi era esencialmente el
mismo que el que había ofrecido en los años sesenta en una sociedad abier­
ta y libre: los presocráticos, Aristóteles, Hegel, Platón, Kant, Heidegger,
Rilke.70 Había que con