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En esta primera clase haré unas breves consideraciones generales que enmarcarán los contenidos de

las siguientes clases.

Argumentación y razón
En principio, todos contamos con una idea intuitiva sobre lo que constituye un argumento. Toda vez
que una afirmación nuestra es puesta en duda por otro (o por nosotros mismos), sabemos qué
significa argumentar a favor de la misma, esto es, ofrecer consideraciones para despejar la duda
planteada.
Y si nos disponemos a argumentar es porque, en alguna medida, nos interesa lograr (o consolidar 1)
el acuerdo sobre la posición a favor de la que argumentamos. Con nuestra argumentación
pretendemos modificar la posición de quienes no sostienen nuestro punto de vista, o volver más
fuerte el respaldo a nuestro punto de vista de aquellos que lo aceptan, pero que lo hacen sin el grado
de certidumbre que creemos es posible tener sobre el mismo. En este sentido, Jürgen Habermas
habla del fenómeno de “la peculiar coacción sin coacciones que ejerce el mejor argumento”. 2
Efectivamente, cuando argumentamos pretendemos ejercer un cambio en nuestro interlocutor (o
lector), esto es, pretendemos que el receptor de la argumentación acepte nuestra posición, sin hacer
uso de la fuerza o recurrir a mecanismos tales como la amenaza o el soborno. No sólo distinguimos
el uso de la argumentación del uso de la fuerza física, la amenaza o el soborno, sino también de la
sugestión hipnótica y de la apelación a mecanismos emocionales. En realidad, antes que diferenciar
a la argumentación de otro tipo de medios para lograr la aceptación de un punto de vista, parece
más fácil señalar el medio por el que se busca ejercer la “coacción” cuando se argumenta:
podríamos decir que se espera que el receptor acepte la posición defendida en virtud de haberse
mostrado la razonabilidad de la misma, esto es, porque el propio receptor, haciendo uso de su razón,
ha comprendido la fuerza que el argumento da a la posición en disputa.
Que se trata de un fenómeno que implica razonabilidad se puede ver, también, por el hecho de que,
cuando no puede apelarse a la razonabilidad de nuestro interlocutor, porque carece de la misma, no
creemos que la argumentación deba ser el medio que salde la disputa sobre una posición.
Entendemos que carece de sentido argumentarle a un perro para que no destroce a las plantas,
argumentarle a un niño de 1 año para que deje de introducir palitos en los enchufes, argumentarle a
una persona totalmente ebria que debe dejar de preocuparse por el hecho de que las cosas
1 En el Parlamento quien argumenta no suele pretender que los parlamentarios que no están de acuerdo
con él modifiquen sus opiniones luego de escucharlo. Su objetivo puede ser, entre otros, ofrecer
argumentos para que quienes tienen su misma posición cuenten con una defensa más sólida de la misma a
la hora de tener que hablar en los medios de su provincia o en sus ámbitos de influencia.

2 Habermas, J., Teoría de la acción comunicativa I, Bs. As., Taurus, 1989, p. 45.
inanimadas no le están haciendo caso, etc. Incluso no resulta razonable argumentar a favor de una
posición frente a una persona que no está formada para la evaluación de la misma. Alguien que
carece de todo conocimiento referido a los partos puede negar que la oxitocina juegue un papel en
el mismo; en este caso, tal persona puede tener esa capacidad que podemos llamar vagamente
razonabilidad, pero no posee los conocimientos específicos necesarios para poder evaluar la
razonabilidad de argumentos sobre este tema en particular, razón por la cual difícilmente tenga
sentido comenzar una argumentación para modificar su posición.
Evidentemente, la razonabilidad del interlocutor juega un papel determinante. En relación a este
punto, Roberto Marafioti distingue convicción y persuasión del siguiente modo:
“La propuesta persuasiva apela a una gama de mecanismos psicológicos sin mediación protagónica
de la razón. Las persuasiones tienen que ver con las emociones.
La propuesta de la convicción, en cambio, apela a la razón, hace un llamado a la revisión crítica,
explícita, tanto del argumento o los argumentos a favor, como de los argumentos en contra de la
propuesta o tesis.
[…] El intento de convencer está mediado por la razón. Es en ese estado de empleo de la razón
cuando la convicción se realiza. De modo que se podrá convencer de algo que implicaría obrar de
un cierto modo y, sin embargo, no obrar así, por estar disuadido de hacerlo, por ser los motivos más
básicos incompatibles con la propia convicción. Es el momento de las racionalizaciones, es decir, la
producción de razones ad hoc para neutralizar la convicción racional”. 3
¿De dónde proviene esta particularidad de la argumentación? ¿Qué es lo que la vuelve un medio
peculiar para la modificación de la posición de una persona frente a un punto de vista?
En la medida en que cotidianamente nos ponemos a argumentar, aunque más no sea cuando
discutimos con nuestra pareja, amigos o familiares, parece que creemos que las razones dan fuerza a
nuestra posición y pueden lograr modificar el punto de vista de quienes la ponen en duda.
De manera que vale la pena reflexionar sobre una práctica cotidiana que posee la curiosidad de
atraer incluso a quienes le niegan todo valor. Aun relativistas pretenden argumentar en contra de la
validez de toda argumentación. No es mi intención, sin embargo, mostrar algún tipo de
contradicción en posiciones escépticas o relativistas. Me interesa, en cambio, que ahondemos en
esta práctica, para ver si logramos tener más claridad acerca de qué es lo que hacemos cuando
argumentamos, actividad que es constitutiva de nuestra vida académica.

Argumentación y emoción

3 Marafioti, R., Los patrones de la argumentación, Bs. As. , Biblos, 2011, pp. 20-1.
Por todo lo anterior, parece difícil negarle todo peso a la razón, manifestada en la elaboración de
argumentos.
Sin embargo, hay otro tipo de fenómenos, creo que igual de palpables, que ponen en duda el valor
de la argumentación, o al menos su alcance. Veamos, primero, un ejemplo tomado de El mono
enamorado, del neurocientífico y primatólogo Robert Sapolsky. El autor nos pide que nos
imaginemos una situación en la que nuestra pareja nos ha encontrado haciendo algo que detesta.
Comienza entonces su enconada crítica, ante la cual esgrimimos argumentos en nuestra defensa.
Avanzada la discusión, reconocemos que nuestra pareja tiene razón, que su argumentación es
acertada, que nos hemos comportado mal, por lo que le pedimos perdón. Parece que la práctica
argumentativa tuvo sus frutos. Sin embargo, la discusión no termina allí. Ahora nuestra pareja saca
a relucir hechos pasados para argumentar que siempre terminamos haciendo lo mismo, que somos
unos desconsiderados, etc., y todo vuelve a empezar. ¿Qué ocurrió?
Para explicar esta situación, Sapolsky hace una analogía con lo que ocurre cuando nos tomamos un
ansiolítico. Nuestros asuntos van mal y nos sentimos terriblemente ansiosos, de modo que
decidimos tomarnos un Valium, que disminuirá nuestra tensión muscular. Pasado un tiempo,
nuestro cuerpo se sentirá distendido, por lo que nuestra ansiedad disminuirá. Sin embargo, ¡nuestros
problemas siguen siendo igual de graves! ¿Cómo puede ser que nuestro estado psicológico
conciente se vea modificado por lo que ocurre a nivel corporal? Se supone que mi ansiedad
provenía de la evaluación conciente de mis problemas, pero ahora ocurre que si relajo los músculos,
mi ansiedad disminuye, aun cuando mi evaluación de la situación no ha cambiado en absoluto.
Más allá de la explicación detallada de este fenómeno, quizá uno similar intervenga en la discusión
de pareja. Cuando le pedimos perdón, la evaluación conciente de nuestra pareja debe llevarla a
entender que aceptamos sus argumentos, que ahora coincidimos sobre el punto en disputa, y que la
situación vuelve a estar como era antes de que nos encontrase haciendo lo que la disgustó. Sin
embargo, su cuerpo aún se siente irritado: la comprensión de que la otra persona nos pidió perdón se
produce en mucho menos tiempo que el que necesita nuestro cuerpo para que el enojo “corporal” se
disipe. Y como el cuerpo está tensionado, la razón comienza a buscar argumentos que justifiquen la
disposición corporal.
Por lo tanto, si mi cuerpo está relajado, dejo de estar ansioso. Si mi cuerpo está tensionado, busco
argumentos que lo justifiquen. Obsérvese que, en discusiones de pareja, muchas veces basta que
cada uno se vaya por su lado durante unas horas, que el cuerpo vuelva a relajarse, para que la
discusión no continúe. En cambio, si quieren resolver la disputa en el momento, la discusión se
puede volver cada vez más agria, derivando en una pelea cada vez mayor. Esto nos permite suponer
que la discusión no era producto de la buena o mala argumentación de cada miembro de la pareja,
sino de emociones en pugna, de las que sus respectivas facultades racionales eran abogadas.
Los argumentos parecen abogar por la conclusión sacada por nuestro dispositivo emocional. Si las
emociones difieren, parece que no será posible que la argumentación coaccione sin coacciones a
nuestro interlocutor.
Quizá debamos limitar este problema a situaciones en las que intervienen emociones fuertes. ¿Qué
ocurrirá con las discusiones políticas, probablemente menos emotivamente cargadas que las
discusiones de pareja?
O pasemos a un terreno menos pasional aun. ¿Qué tal el debate sobre si resulta aceptable la
distinción entre verdades analíticas y sintéticas, o no? En Si eres igualitarista, ¿cómo es que eres
tan rico? el filósofo Gerald Cohen cuenta que, al finalizar sus estudios secundarios en Canadá,
debía elegir si continuar sus estudios en Europa, en Oxford, o en EE.UU., en Harvard. Se decidió
por Oxford, donde, cuenta, rápidamente aprendió a distinguir entre juicios analíticos como “Todos
los solteros no están casados”, y juicios sintéticos como “Todos los solteros son irritantes y
exigentes”; este último puede ser tan verdadero como el primero, pero no en virtud del significado
de solteros. Había en Oxford un consenso sobre la validez de esta distinción. Por la misma época,
en Harvard, bajo la influencia de Willard van Orman Quine, se consideraba que la distinción entre
verdades analíticas y sintéticas no era aceptable, pues todas las verdades lo son en función de cómo
es el mundo.
Relata Cohen que “[n]o quería creer que Quine tuviera razón, pero tampoco quería creer o no creer
sólo porque quisiera creerlo o no creerlo. Así que trabajé duro en los argumentos de Quine y, tal
como resultó después, decidí que no eran buenos argumentos. Para llegar a esa conclusión me
ayudaron las lecturas de varios artículos en contra de Quine –en particular, de H.P. Grice, P.F.
Strawson y Jonathan Bennett y también de uno o dos a favor de Quine de Hilary Putnam-.” 4
Lo curioso es que puede suponerse que lo mismo hacían los estudiantes de Harvard. Estudiantes
inteligentes, luego de leer trabajos a favor y en contra de una posición en particular, llegaban a una
conclusión de un lado del Atlántico y a otra del otro lado. ¿Nuevamente estaba la razón trabajando
de abogada de decisiones emocionales? Si en este plano tan abstracto racionalizamos, ¿en qué
circunstancias no lo haremos? ¿Podemos dejar de hacerlo?
Dejemos acá este punto. Volveremos sobre él al final de la materia, con la ventaja de que
contaremos con conocimientos sobre distintas teorías de la argumentación.

Conceptos básicos: premisa, conclusión y esquema argumentativo

4 Cohen, G.A., Si eres igualitarista, ¿cómo es que eres tan rico?, Barcelona, Paidós, 2001, p. 36.
Pensemos en la argumentación como un acto dirigido a alguien que no sostiene la posición que
queremos sostener. En dicho acto, quien argumenta ofrece afirmaciones para volver aceptable su
punto de vista para un lector u oyente razonable.
De modo que al analizar, evaluar o producir argumentos, deberemos diferenciar la posición a
defender, esto es, la conclusión, el punto de vista o afirmación en disputa, de las razones ofrecidas
para sostener la posición en juego, es decir, de las premisas.
Además de diferenciar entre premisas y conclusión 5, deberemos analizar el nexo entre las mismas.
Cuando ofrecemos premisas para sostener una posición, pretendemos que la aceptabilidad de las
premisas se traslade a la conclusión. Si sostengo que la desigualdad de ingresos es injusta, y alguien
cuestiona mi posición, se supone que buscaré premisas en las que acordemos con mi crítico. Luego,
habrá que determinar si corresponde trasladar la aceptabilidad de las premisas a mi conclusión. Por
lo tanto, debemos diferenciar premisas, conclusión y nexo. El análisis de este nexo dará lugar a la
diferenciación de numerosos esquemas argumentativos.
Los esquemas argumentativos son patrones abstractos que caracterizan diversos modos en que se
pretende trasladar la aceptación de las premisas a la conclusión. La implicación formal, esto es, la
relación de consecuencia lógica, es un caso límite. Existen, también, patrones informales de
inferencia, como la relación causal. Por ejemplo, el razonamiento “si el granizo afecta a la cosecha
y ha caído granizo, podemos concluir que la cosecha se ha visto afectada”, responde al esquema “si
A causa B y A se da, entonces normalmente se da B”. El argumento “La encuestadora H es la más
prestigiosa del país. La encuestadora H señala que el candidato del partido verde le saca 15 puntos
al candidato del partido azul. Por lo tanto, el candidato verde ganará”, descansa en el siguiente
esquema: “si A es una autoridad en el dominio al que se refiere la afirmación B, y A sostiene que B,
entonces B”.

Enfoques alternativos: lógica, dialéctica y retórica


Si tenemos que buscar los orígenes de la teoría de la argumentación, deberemos hacerlo, como
tantas veces, en la antigua Grecia. Y como en otros campos, el más influyente será Aristóteles.
Tanto sus estudios sobre lógica, como los que realizó en el terreno de la dialéctica y de la retórica,
han sido de inspiración para diferentes teorías contemporáneas de la argumentación.
Quienes se han concentrado en la lógica, se han abocado a los argumentos deductivos, adoptando
una noción fuerte de validez dependiente de la forma de los razonamientos, dejando de lado el
5 Si bien estos conceptos son más propios de la lógica, y veremos que distintos autores pretenden
precisamente separarse de ese enfoque, me parece que pueden ser los más transparentes para señalar los
componentes de un argumento, dada la familiarización que pueden tener con los mismos.
contexto, los propósitos de quien argumenta, el desarrollo real del argumento en un intercambio
dialogado, etc. Quizá la validez deductiva pueda considerarse una exigencia excesiva para los
argumentos de la vida cotidiana, pero también puede tomarse por un ideal normativo, al que todos
los argumentos deben apuntar.
Posiblemente sea éste el abordaje con el que estarán más familiarizados, si es que han tenido Lógica
en sus carreras. Recordarán que se busca un lenguaje formal en el que simbolizar los argumentos en
lenguaje natural, distinguiendo variables lógicas de constantes lógicas. Se realiza la mayor
abstracción posible del contenido proposicional de las premisas y la conclusión, quedando,
entonces, simbolizada la forma del argumento. Si la misma no permite ejemplos de premisas
verdaderas y conclusión falsa, estamos en presencia de un argumento válido. Caso contrario, el
argumento es inválido. Esto es, hay formas lógicas que hacen imposible la combinación de premisas
verdaderas y conclusión falsa, independientemente del contenido que le demos a las premisas y a la
conclusión: tales formas hacen que si las premisas son de hecho verdaderas, la conclusión no pueda
ser falsa. Para quienes no estén mínimamente familiarizados con la lógica, esto les resultará oscuro,
pero no se preocupen porque ya lo desarrollaré más claramente en la tercera clase.
Los teóricos de la argumentación que se han interesado por la dialéctica, han hecho foco en el
intercambio argumentativo, en el proceso de diálogo, al estilo de los diálogos socráticos que llenan
los escritos de Platón. El intercambio argumentativo busca resolver una diferencia de opiniones,
para lo cual resulta valioso regular el procedimiento de diálogo. Se persigue, así, desarrollar un
debate correcto y fructífero. Ya veremos, en la clase siguiente, de qué manera reglamentaba
Aristóteles los debates, con el objeto de permitir un avance en los conocimientos de la materia que
se trate.
Para aquellos interesados en la retórica, el plano normativo se desdibuja, ya que el acento se pone
en los recursos y estrategias para lograr, cuando se argumenta, la aprobación efectiva del auditorio.
Quien argumenta puede ser, por ejemplo, un orador en un parlamento, un fiscal frente al jurado o un
filósofo frente a sus potenciales lectores. Podrá decirse de su argumento que es bueno, sólido, si
logra el asentimiento de su auditorio. Como resulta crucial la figura del auditorio sobre el que se
quiere influir, no sorprenderá que el enfoque retórico le dé un lugar destacado al contexto, el cual es
completamente irrelevante para el enfoque lógico.

Lo que sigue
En la próxima clase abordaremos la dialéctica y la retórica clásicas, concentrándonos en la posición
de Aristóteles. En la siguiente, abordaremos el desarrollo de la lógica formal.
Ahí estaremos en condiciones de encarar las dos posiciones que dieron lugar al despegue de la
teoría de la argumentación en el siglo XX: el modelo de Toulmin y la nueva retórica de Perelman y
Olbrechts-Tyteca. Ambos reaccionan contra el enfoque de la lógica matemática.