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La influencia de la excitación sexual

Por qué «caliente» significa en realidad mucho más caliente de lo

que creemos

Pregunte a la mayoría de los estudiantes universitarios varones de

veintitantos si intentarían mantener relaciones sexuales sin protección y verá

cómo le recitan con pelos y señales todo lo relativo a los riesgos de contraer

enfermedades temibles y a los riesgos de embarazo. Pregúnteles en cualquier

circunstancia desapasionada –por ejemplo, cuando están realizando sus tareas

escolares o asistiendo a clase– si disfrutarían haciéndose azotar, o si

disfrutarían practicando el sexo haciendo un trío con otro hombre, y les verá

estremecerse de vergüenza. «De ningún modo», le responderán. Además, le

mirarán con el ceño fruncido, pensando: «Pero ¿qué clase de psicópata eres,

haciendo de buenas a primeras ese tipo de preguntas?».

En 2001, cuando me hallaba en Berkeley por una estancia de un año, mi

amigo, héroe académico y viejo colaborador George Loewenstein y yo

invitamos a un puñado de brillantes estudiantes a que nos ayudaran a

comprender en qué medida las personas racionales e inteligentes pueden

predecir cómo cambiarán sus actitudes cuando se hallen en un estado

apasionado. Para hacer el estudio más realista, teníamos que medir las

respuestas de los participantes mientras éstos se hallaban metidos de lleno en

tal estado emocional. Podíamos haber hecho que se enfadaran o que pasaran

hambre, que se sintieran frustrados o fastidiados. Pero preferimos hacerles

experimentar una emoción agradable.

Decidimos estudiar el proceso de toma de decisiones en condiciones de

excitación sexual; no porque nosotros mismos tuviéramos una perversa

predilección en ese sentido, sino porque ello podría ayudar a la sociedad a

abordar algunos de sus problemas más difíciles, como el embarazo entre las
adolescentes y la difusión del sida. Miremos donde miremos, en todas partes

veremos motivaciones sexuales, y, sin embargo, sabemos muy poco acerca de

cómo éstas influyen en nuestros procesos de toma de decisiones.

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Asimismo, y dado que queríamos comprender si los participantes serían

capaces o no de predecir cómo se comportarían en un determinado estado

emocional, la emoción debería ser una que les resultara completamente

familiar. Eso hizo fácil nuestra decisión. Si hay algo previsible y familiar en

los estudiantes universitarios varones de veintitantos, es la regularidad con la

que piensan en el sexo.

Roy, un afable y aplicado estudiante de la especialidad de biología en

Berkeley, está empapado en sudor; y no precisamente por los exámenes

finales. Apoyado en la cama individual de su dormitorio en penumbra, está

masturbándose rápidamente con la mano derecha, mientras con la izquierda

utiliza un teclado de una sola mano para manipular un ordenador portátil

protegido con film transparente. Mientras examina una serie de fotos de

mujeres pechugonas desnudas repantigadas en diversas posturas eróticas, los

latidos de su corazón resuenan en su pecho cada vez con mayor rapidez.

Conforme se va sintiendo más excitando, Roy va subiendo el nivel del

«excitómetro» que aparece en la pantalla del ordenador. Cuando llega a la

zona «alta», de color rojo intenso, aparece de repente una pregunta en la

pantalla: «¿Podría disfrutar del sexo con alguien a quien odia?».

Roy mueve la mano izquierda hacia una escala que va del «sí» al «no», y

clica su respuesta. Luego aparece la siguiente pregunta: «¿Le echaría una

droga a una mujer para aumentar la probabilidad de que mantenga relaciones

sexuales con usted?».

De nuevo, Roy elige su respuesta; y de inmediato aparece una nueva


pregunta: «¿Utiliza siempre preservativo?».

La propia Berkeley es un lugar contradictorio. En la década de 1960 fue

escenario de revueltas antisistema, y la gente de la zona todavía se refiere

jocosamente a la antaño famosa ciudad de centroizquierda como la

«República Popular de Berkeley». Su enorme campus universitario, en

cambio, atrae a una población sorprendentemente conformista de estudiantes

de alto nivel. En un sondeo realizado en 2004 con estudiantes de primer año,

sólo el 51,2 % de las personas entrevistadas se consideraban progresistas; más

de una tercera parte (el 36 %) juzgaba que sus opiniones eran centristas, y un

12 % afirmaban ser conservadores. Para mi sorpresa, cuando llegué a

Berkeley me encontré con que en general sus estudiantes no resultaban ser

demasiado salvajes, rebeldes o predispuestos a asumir riesgos.