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elmisha

72 c u a d e r n o s e s e n c i a l e s
elmisha
braulio muñoz
El Misha
© Braulio Muñoz

Auspiciado por el Fondo Editorial de la Municipalidad


Distrital de Nuevo Chimbote

© Aerolíneas Editoriales S.A.C.


Para su sello editorial Estruendomudo
Psje. Pérez Esquivel Mz. K Lt. 10, Urb. Reducto, Surquillo. Lima 34, Perú
contacto@estruendomudo.pe
www.estruendomudo.pe
teléfono (511) 273 1547

dirección editorial
Álvaro Lasso Díaz
corrección
Paul Forsyth Tessey
revisión
Luis Saona, Rocío Huatuco
cordinación editorial
Daniela Herrera
diseño de portada
Dany Salvatierra
composición de interiores
Sylvia Ramos Romero
preprensa
Luciana Rodríguez Lam
fotografía de autor
Phillip Stern

Primera edición: 2014


Tiraje: 1,500 ejemplares
Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú
Reg. Nº 2014-09250
ISBN: xxx-xxx-xxxxxxxx
Reg. de Proyecto Editorial Nº 31501131400314

Está prohibida la reproducción total o parcial de esta obra


sin previa autorización escrita del autor y del editor.

Impreso en el Perú / Printed in Peru


Prólogo

Este año Nuevo Chimbote cumplió dos décadas como distrito. Su origen,
sin embargo, se enraíza a la historia de la provincia, pues mucho antes
del inclemente terremoto del 70, en medio de polvorientos arenales se
empezó a erigir lo que hoy es nuestra ciudad, una de las más modernas
de Áncash. Mujeres y varones llegaron en busca de esperanza y con un
espíritu insobornable construyeron este “nuevo” Chimbote a imagen y
semejanza de sus sueños.
En “El Misha”, novela inédita escrita durante más de 20 años que
tenemos el orgullo de publicar mediante el Fondo Editorial de Nuevo
Chimbote, Braulio Muñoz narra la historia de Benjamín, un chimbotano
que crece en Lima y que en los 60 regresa al puerto, se instala en el
asentamiento humano Villa María y realiza los oficios de la época: trabaja
en una fábrica de harina de pescado en la zona industrial 27 de Octubre
y posteriormente en el proyecto de desagüe para la nueva urbanización
Buenos Aires, que empezaba a poblarse y que se convertiría luego en una
de las más importantes de nuestra ciudad.
Al igual que los dos últimos libros publicados por el Fondo Editorial
de Nuevo Chimbote: “El zorro de arriba y el zorro de abajo” de José
María Arguedas y “¿Qué piensan? ¿Qué dicen? Entrevistas a escritores de
Áncash / Antología” de Óscar Colchado Lucio, “El Misha”, de Braulio
Muñoz, contribuye trascendentalmente a la construcción de ciudadanía
e identidad, puesto que cada uno de estos rastrea los procesos sociales,
políticos y culturales en los albores del distrito.
Como representante de la Municipalidad Distrital de Nuevo
Chimbote en mi calidad de alcalde, agradezco a Braulio Muñoz, uno
de nuestros más ilustres escritores e intelectuales peruanos, por haberle
conferido al Fondo Editorial de Nuevo Chimbote el honor de publicar
tan importante obra. Asimismo, agradezco también a todos los regidores,
al equipo técnico del Fondo Editorial de Nuevo Chimbote, a la editorial
Estruendomudo y a todos quienes hicieron posible este proyecto que
nos permitirá seguir aportando las piezas fundamentales para armar el
rompecabezas que aún somos, y sobre todo, seguir entendiendo nuestro
pasado para trabajar en el presente por un futuro mejor.

Dr. Juan Francisco Gasco Barreto


Alcalde de Nuevo Chimbote

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Para Nancy
Nos prometieron la felicidad
y hasta ahora
nada nos han dado,
a la hora de la lluvia
solo tendremos al sol
y al trigo muerto…
Javier Heraud

La mejor palabra es la
ke no se dice.
Proverbio Sefardí
Wañuylla, wañuy wañucha, amaraq aparuwaychu
Karuraqmi puririnay, runaykunatan maskani
Karuraqmi puririnay, runa simitan yachachini.

Muerte oh muerte, todavía no me lleves.


Aún tengo mucho que caminar, ando
buscando mi gente.
Huaynito
5:00 A.M.

El sol aún no empieza a deshilvanar la neblina de la noche. El viento que


sube desde el malecón Armendáriz sopla pesado y una calma portentosa
anega las calles de Miraflores. Mientras tanto, en una casona de la calle
Alcanfores, un zumbido sedoso y constante fatiga la mente del excapitán
Edilberto Isaac Peres-Benayón Montañez. Es una aflicción que lo acom-
paña desde que regresó de la selva, a mediados de 1985, y se puso a traba-
jar en el sótano de un edificio secreto del Servicio.
Durante los primeros días de su regreso el zumbido se mezclaba con
el sonido de los ventiladores, pero después, conforme Edilberto Isaac
avanzaba con el informe para el almirante, el zumbido creció implacable-
mente. Hasta que, antes del año, le producía la sensación de que él seguía
en la selva, de que estaba volviendo a vivir los días que pasó en ese inter-
minable mundo verde donde la lluvia arremetía incesantemente.
Cuando el almirante lo felicitó por un trabajo bien hecho, el
excapitán ya no podía sacudir el zumbido sedoso. Ni los esporádicos via-
jes al exterior, ni las botellas de Kutty Sark que consumía en sus noches de
insomnio le servían. Hacia fines del 1988, el zumbido se había vuelto tan
debilitante que, para evitar preguntas incómodas entre amigos y supe-
riores, Edilberto Isaac no vio más remedio que renunciar a su comisión.
El excapitán siguió guardando el secreto de su zumbido implacable
en la vida civil. Sobrellevó el tormento por años, dedicándose a un ritmo
agobiante en el trabajo, preocupándose por el bienestar de su familia. Así
llegó a ser un buen padre y un buen marido pero, con el tiempo, la eficacia
de esas medidas fue mermando… Y cuando el excapitán sobrepasó los
cincuenta años, el zumbido sedoso se esponjó de tal manera que ahora
le producía la sensación de que solapaba voces extrañamente conocidas.
Aun más, en el silencio de sus noches le parecía que esas voces lo juzga-
ban. Y desde entonces las voces se volvieron cada día más y más audaces,
y llegaron a inmiscuirse hasta en sus sueños.
Lo hacían gritar improperios a personas ausentes. Lo despertaban a
deambular y mirar por las ventanas hacia el oriente con ojos alucinados.
Lo hacían perderse en el tráfico de Lima, tratando de esquivar el ruido
seductor de una lluvia ausente. Hasta que, en uno de sus cada vez más
fugaces momentos de calma, el 20 de marzo del 2005, Edilberto Isaac no
vio más remedio que rendirse ante el hecho insoslayable: estaba poseído
por demonios.
Decidió exorcizar sus demonios por sí solo. Primero porque presen-
tía que esas voces lo llevarían inexorablemente a los días cuando cruzó
montañas y ríos para encontrarse con Benjamín, su hermano mayor,
quien en ese entonces estaba de guerrillero, y la idea de compartir su ver-
güenza y sus remordimientos con otra persona durante el acto de conju-
ra le parecía horroroso. Segundo, porque ahora que intuía la raíz de su
aflicción, él quería ser totalmente honesto consigo mismo, quería hurgar
hondo y detallarlo todo para tal vez así deparar a las futuras generaciones
de Peres-Benayón los estragos del sentido de culpa y de maldición que
parecía envolverlos hasta entonces.
Desde este marzo extraño, Edilberto Isaac ha venido a posesionarse
del amplio escritorio en la biblioteca que había sido de su padre. Ha api-
lado las sábanas que cubrían muebles y libros en una esquina, y ha pedido
a Paulina, la fiel compañera de su madre, que salvo ella —quien podría
traerle bocadillos y té de manzanilla—, nadie más lo interrumpa. Son las
cinco de la mañana. El excapitán ha dispuesto en su semicírculo sobre
el escritorio una copia de su abultado informe oficial, un libro azul que
contiene hojas sueltas, un sobre manila lleno de fotografías y papeles, seis
grabadoras con sus correspondientes cintas, y las transcripciones de tres-
cientos cincuenta y dos y media horas de entrevistas en resmas de papel
periódico amarillento. La laptop, con las varias carpetas que contienen la

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transcripción digital de la mayoría de los materiales, ocupa el centro del
semicírculo. Un reloj de bolsillo con leontina corta yace a su izquierda
con la cara abierta.
Con el cuero tapujado del viejo sillón contra su espalda, envuelto
en un extraño olorcillo a sal y a amapolas, cansado por el insomnio de
años, Edilberto Isaac se alista para destilar el copioso material ante él…
Ha separado sus despojos en tres partes que, con suerte, darán a luz tres
libros encadenados. Ahora se soba la cara para espantar el mal sueño,
prende una grabadora, y se deja invadir por recuerdos ligados a voces que
van y vienen monótonas y grumosas.

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EL MISHA:

La historia de Benjamín Elías Peres-Benayón y Montañez


en tres libros encadenados

Por Edilberto Isaac Peres-Benayón y Montañez

PRÓLOGO

Roberta estaba diciendo que Ancón había cambiado desde aquellos días
cuando veníamos a la playa con toda la familia.
—Dicen que es el progreso. La gente viene en micros a ensuciar la
playa. Botan sus cochinadas por donde quieren. Escupen. Las aguas se
han vuelto negras de tanta mugre. Uno ya ni se puede bañar. Pero eso está
pasando por todas partes, ¿no? ¿Has visto lo que han hecho con Santa
Clara? Tu mamá debe de vender esa propiedad… La gente decente está en
plena retirada. Están buscando refugio por los cerros de La Molina. Por
aquí mismo. Construyen edificios feos pero con ascensores, para prote-
gerse de los ladrones. Pero los matarifes están por todas partes… ¿Cuándo
terminará esta locura, Edilberto Isaac?
Estábamos en Ancón, a comienzos del verano de 1985. La casona ya
no daba a la playa como antes. Dos edificios altos y verdes la habían cerca-
do en una calle angosta y sin salida. Los pilares de cedro del primer piso
estaban carcomidos y las barandas de caoba en el segundo nivel estaban
descuidadas. Las dos antiguas salas, una para los niños y sirvientes y la
otra para los adultos, ahora eran dormitorios. El segundo y tercer piso
habían sido sellados, excepto por las escaleras que subían al balcón donde
estábamos ahora, mirando la bahía. El sonido de las olas nos llegaba de
rato en rato y me daba la impresión de que nada había cambiado en la ca-
sona. Pero, claro, había un mundo de diferencia; ahora Roberta fumaba
mentolados, tenía la sonrisa débil, las manos marchitas y suspiraba.
—¿Lo llegaste a ver?
Se esforzó por parecer distraída.
—Sí. Hace ya varios meses. Lo fui a buscar por la selva. Tuve que
esperar varios días pero, sí, pude hablar con él. Parecía otro.
—Era él mismo, sólo que tú no lo conocías. Benjamín siempre fue
así: enigmático. Habrá estado resentido, seguro. Nos habrá echado la
culpa de todo. Pero no tenía a quién culpar, hicimos todo lo que pudimos.
Tu pobre madre, andando por esas cárceles, buscándolo como una loca…
¿Qué te dijo?
Aunque aparentara desinterés, yo sabía que Roberta quería saberlo
todo; que esperaba escuchar de mí algo que apaciguara su angustia, su
sentido de culpa. Yo sólo quería decirle que no se amargara la vida revi-
viendo cada paso que dio para protegernos.
—Me contó su lado. Más que todo de los años de antes que papá se
fuera a la Argentina. En realidad, yo ni sabía que había pasado tanto en
nuestra familia. Me protegiste, Roberta. Pasé esos años como dormido.
La represión de Santa Clara, la destrucción del valle, la muerte de don
Félix... nada de eso me afectó. Cuando lo oí hablar, era como si me estu-
viesen despertando a sacudones. Recordé retazos de una vida que yo ni
sabía que llevaba adentro.
—¿Te contó por qué se largó a rodar por el mundo? ¿Te contó lo que
tu madre sufrió, llorando como loca en cada amanecer? ¿Qué lado te dio?
Y ahora, ¿quién te va a dar el lado de tu madre, el de tu padre?... No te
metas a reconstruir el pasado, Edilberto Isaac. Piérdete por tus propios
laberintos, mejor, como él.
—He hablado con Paulina —le dije—, con otra gente. He rebuscado
en mis recuerdos de don Félix. También pongo de mi lado claro, aquí y

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allá, para completar algunas cosas. Pero no quiero reconstruir el pasado,
Roberta, sólo quiero captarlo en rasgos generales. Como te dije, quiero
ser escritor. Quiero escribir una novela donde el personaje principal sea
el Perú.
Roberta se acomodó en el antiguo sillón de mimbre y pareció son-
reír de verdad. Tenía una luz traviesa en los ojos. Chupó largo de su ci-
garrillo y exhaló argollas espesas que se disiparon en el aire fresco de la
mañana. En ese momento me sentí muy cerca suyo... Le había molestado
mucho saber que había dejado mi carrera en la Marina para ponerme a
reconstruir los pasos de Benjamín. Quise decirle que estaba por realizar
sus sueños más viejos para mí; que por fin llegaría a ser el intelectual de la
familia, pero ella no me dio la oportunidad.
—Escritor. De eso no se vive. Mira cómo andan las cosas en la
familia. ¿Quién va a tomar el timón de los negocios? Clotilde, la hermana
de la cual ya pareces no acordarte, se ha marchado por sabrá Dios dónde,
también buscándole sentido al mundo. ¿Por qué quieres revivir lo que
pasó, cuando hay tanto por hacer? ¿Qué quieres que te diga? Será para
ponerlo en tu novela y avergonzarnos a todos. Que ya no te guste la
Marina no me sorprende. ¿A quién le va a gustar eso ahora, con tantas
matanzas, bombas y asaltos? Pero ponte en los negocios siquiera. Haz
algo con tu educación, con tus conexiones. ¿Para qué nos hemos acabado
la vida por ti si no?
Yo no quería seguir amargándole la vida a Roberta, por supuesto.
Pero bien sabía que no podría terminar mi informe para el almirante sin
hacerle a Roberta por lo menos dos preguntas. Me atreví porque nunca
tuve miedo de perder su amor; porque sabía que yo era como un hijo para
ella… Sí, lo confieso: como en muchas otras ocasiones, usé ese amor como
una cuña contra su voluntad de guardar secretos.
—Sólo para completar lo que ya tengo bosquejado, Roberta —le
dije. No voy a cambiar nada de lo que ya tengo hecho. Para redondear
nomás, te lo prometo. No te molestes, por favor. Es sólo una novela.
Roberta aventó la ceniza al viento y me miró con amor. Yo aproveché
la oportunidad.
—¿Amaste a papá?

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Ella no reaccionó. Pero debajo de esa serenidad había algo que me
decía que había estado esperando esa pregunta por mucho tiempo. Chu-
pó hondo del cigarrillo nuevamente, fijó sus ojos en los retazos de playas
distantes y habló ida y herida.
—Sí. Tanto como amo a tu madre, a Clotilde, y a ti. Pero nunca
como tú piensas, como pensarán los demás.
Parecía muy herida, a punto de llorar. Tenía la boca entreabierta y
sus ojos escudriñaban las distancias. Algo arrepentido, estaba a punto de
acercarme a su lado para consolarla. Pero en eso, volviendo sus ojos negros
hacia mí, ella me sorprendió una vez más.
—Te puedo contar algunas cosas. Quizás así puedas entender mejor
algunos aspectos más de tu vida.
Roberta me contó parte de su historia con facilidad inusitada. Era
como si la hubiese estado elaborando, escribiéndola, por mucho tiempo.
Fumó y habló sin parar. Cuando terminó de desfogarse, se levantó del
viejo sillón de mimbre y se apoyó en el balcón con los brazos cruzados. Es-
taba envuelta en un pesado silencio; pero parecía rejuvenecida. Yo no me
atreví a decirle nada por un largo rato. En vez de eso, le pedí un cigarrillo,
aunque hacía más de dos años que había dejado de fumar y que además
odiaba los mentolados. Las gaviotas cruzaban apuradas el cielo azul de
inicio de verano. A lo lejos, la Panamericana se delineaba por Pasamayo.
Roberta me buscó los ojos y yo le sonreí.
—Me lo imaginaba, Roberta, pero ahora lo podré escribir mejor.
Me ayudas mucho. No sé qué haría sin ti… Siempre pensé que tú ama-
bas a mamá más que a nadie, aunque nunca lo hayas dicho. Era palpable.
Nunca pensé que la habías traicionado. Por eso te pregunté, sabía que me
dirías una verdad que no te causaría dolor… Me queda sólo una pregunta
y es sobre papá. ¿Es verdad que él era judío? ¿Tú sabías eso?
Roberta habló sin apuro. Dijo que no sabía mucho del pasado de
papá, que nunca le había importado el origen de los hombres, que en el
Perú de entonces esas preocupaciones eran cosas de la gente indecente
que no había progresado, que si quería saber algo más de él tendría que
hablar con mamá… Pero, claro, ella sabía que mamá nunca hablaría de
esas cosas con nadie. Ella sabía que mamá había dejado de darse por

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enterada del pasado, de la vida misma, desde el día en que enterraron a
papá… Como para disculparme, le dije a Roberta que había hablado sobre
eso con Benjamín; que cuando lo vi, bajo una lluvia constante, me había
dicho que don David Gomes Ergaz le había escrito a él una carta donde
le había hablado de papá; que antes de meterse de guerrillero, Benjamín
había ido a hablar con ese señor... Ahí, también, Roberta pareció no estar
muy afectada por la noticia. Me miró detenidamente un buen rato antes
de decirme que quizás Benjamín tenía razón, pero que de nada serviría
revolver ese pasado.
—Empieza de aquí para adelante, Edilberto Isaac. Deja ese pasado,
tal como hace tu mamá. Entiérralo. Si tu papá hubiese querido que su-
pieras más de él, te lo hubiese dicho. Tendría sus razones para no decir
nada. Respeta sus deseos y deja eso tranquilo. No vas a sacar nada bueno.
Mira lo que ha pasado con Benjamín. De nada le ha servido andar por
el mundo, buscando respuestas a preguntas necias. Tienes toda una vida
por delante. Búscate una chica decente. Cásate. Haz tu propia historia,
si tanto quieres tener algo que decir. No termines como yo, sin nadie
a quien dejar nada. Uno de estos días me enfermo y me llevarán como
a don Félix, desahuciada, a morirme mirando a gente extraña. Cásate.
Hazte un porvenir… No termines como Benjamín, andando por lugares
lejanos, abrazado a viejos odios.

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primer
libro
1890-1962
Capítulo uno

La verdad es que nunca supe mucho de don Félix, dice Benjamín, ni de


dónde era, ni cuál era su apellido. En esos años yo no tenía interés en esas
cosas, flaco. Me era suficiente saber que vivía en el garaje, que aparecía
por casa todos los días y que siempre podía contar con él. Éramos grandes
amigos. A veces, no sé si tú te acuerdas, en los días largos de esos veranos,
lo visitábamos en su garaje y don Félix se ponía a leer en voz alta una anto-
logía de Martín Fierro que guardaba en su baúl. Su voz dulzona y ventosa
parecía flotar largo en el aire, ¿no? En esos momentos, Clotilde gustaba
mucho acurrucarse entre sus brazos y don Félix parecía ser el hombre más
feliz de la tierra. Pero a veces, en noches calladas, cuando la brisa del mar
remolineaba por las copas de los ficus, yo lo escuchaba silbar canciones
tristes, flaco. Y a veces don Félix hablaba solo.
Estaba lloviendo a cántaros. El campamento, compuesto de varias
tiendas de campaña de un verde desteñido, aparecía y desaparecía bajo el
fulgor de los esporádicos relámpagos. Había un claro, pequeño y redondo,
en medio del círculo de las carpas. Estaba cubierto con una manta de
ramas y hojas recién cortadas. Yo me sentía envuelto en un sonido gordo y
sin bordes, mientras un vaho espeso penetraba por los faldones de la carpa,
precariamente asegurada con tiras gruesas. La voz de Benjamín, cadenciosa
y nostálgica, subía y bajaba con los truenos.
El comandante Francisco había sido bien claro: «El Ñato lo llevará
a usted hasta el campamento del comandante Tusho. No deje usted de
seguirlo bien de cerca, no vaya a ser que termine extraviándose. Tiene usted
una semana para ir y venir. ¡Ojalá! Porque, como usted sabe, las cosas están
por cambiar en cualquier momento. Le aconsejo que no lleve nada más que
su poncho. La cojudez es que no tendrá ni el tiempo ni las ganas para estarse
cambiando».
Claro que sí, dice Benjamín, la posición de don Félix en la familia
era algo muy especial. Siempre comía en la mesa grande, con los mayores;
excepto cuando quería tomar chilcano, que él preparaba en el garaje en
una olla grande y vieja, o cuando venían invitados. Ni Paulina ni Leonora
ni yo hasta que tuve mis trece años, podíamos hacer eso, ¿te acuerdas?
Roberta, quien para cuando tuve uso de razón ya se había convertido
en la verdadera ama de la casa, encontraba esa costumbre desagradable.
«Tenga usted vergüenza, don Félix», le decía «Coma usted en la cocina
con los niños si no quiere sentarse con Paulina y Leonora, después que
todos los demás hayan terminado». Pero don Félix la miraba de costado
con sus ojos carnosos y le ofrecía una sonrisa maravillosa.
El Ñato me había llevado por senderos oscuros y ríos que parecían no
tener fin. Habíamos visitado tres campamentos en cinco días. En el último
nos habíamos quedado a dormir, por sugerencia del comandante Rojas.
Ahora, mientras escuchaba a mi hermano contarme su historia, yo pensaba
en el guía: sus ojos entornados, en combinación con su nariz salpicada de
lunares negros, le conferían un aire de sabiduría primitiva.
Don Félix siempre me acompañaba a los paseos al campo, a la playa,
a los cinemas y a las salas de conciertos. En los conciertos —papá no podía
resistir nada con violines, flaco—, don Félix siempre ponía un aire serio.
Parecía todo un Al Capone en su terno marrón con pañuelo blanco y
rectangular en el bolsillo del saco. Nos sentábamos juntos y nos hacíamos
señas cuando papá parecía alejarse del mundo. A veces, especialmente
cuando papá desaparecía por días enteros, don Félix venía a mi cuarto y
me leía las aventuras de El Corsario Negro, el libro favorito de mi infancia.
Su voz dulzona y ventosa me transportaba al mundo de los filibusteros y a
las costas bravas de Maracaibo… Cuando se embriagaba, que no era muy
a menudo cuando yo todavía estaba pequeño, don Félix cantaba landó,
festejos y zamacuecas. Mantenía el ritmo con el cajón encharolado que

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guardaba colgado de un clavo en la pared del garaje. En esas ocasiones,
Roberta se enojaba e insistía en que los vecinos llamarían por teléfono
para pedir que se dejara de hacer tanta bulla. «Pídale que pare, don
Edilberto», se quejaba. Pero papá lo dejaba cantar y tocar por horas antes
de llevarlo a su cama. Los vecinos nunca se quejaron.
Benjamín estaba sentado en su catre de campaña. Tenía el aspecto de
un hombre sumamente cansado. Llevaba los hombros caídos y sus ojos algo
idos. Pero, a pesar de eso, detecté en él un sentimiento de decisión férrea, de
determinación irrevocable. Fue por eso que seguí con el cuento: había aban-
donado la Marina para meterme de escritor; por fin iba a hacer lo que siem-
pre había querido.
Ahora, en esta biblioteca que huele a sal y a amapolas, envuelto en la
bruma de la mañana, no sabría decir si el sentimiento que brotaba de mi
hermano era producto de la esperanza, de la convicción o de la fatalidad.
En realidad, nadie se daba cuenta de don Félix. Ni siquiera cuando
estaba ebrio y bullanguero. Por su lado, él mantenía su distancia y salu-
daba a los vecinos sólo cuando estaba con papá. Por eso, cuando papá
desapareció por completo, nadie se dio cuenta de que el hombre se estaba
pudriendo en vida. Ni yo, su supuesto mejor amigo... En esos días, como
todo muchacho, seguro yo andaba muy desorientado, preocupado con
mis propias cosas.
Don Félix cojeaba cuando se le reventaban las úlceras del pie
derecho, ¿no? Escondía el dolor por días, hasta que el pie se le hinchaba
tanto que tenía que andar sin zapatos. Entonces papá lo llevaba al doctor
Weismann. A veces, don Félix lloraba. Pero no era por sus úlceras, flaco,
ni por sus dolores de cabeza. Yo no sé. La verdadera causa de su dolor se
quedó como un misterio para mí… Lo que sí te puedo decir es que, cuando
lo veía llorando, sentía una inmensa angustia. En esos momentos parecía
que todo el mundo se desmoronaba y que un hilo delgadísimo y blanco
se deshilvanaba y se escapaba desde el centro de mi ser… Muchas de esas
veces sólo atiné a pararme a su lado, llorando por dentro, con miedo a
que el hilo blanco se terminara, y yo con él. Con el tiempo, claro, llegué a
tener muchas otras razones para temer el desgaste de este mi hilo blanco;
pero, de chico, era sólo eso. Las lágrimas de don Félix me aterraban.

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A mí también me aterraban, pensé en ese día de lluvia. Pero, ¿a mí,
quién me hubiese hecho caso? Eras tú, Benjamín; siempre fuiste tú el que
tenía todo el derecho de ser triste y de sentir las cosas así. Edilbertito era
demasiado lindo, demasiado suertudo para sentir esas cosas. Yo nunca tuve
el lujo de ser un maricón.
Un centinela abrió la carpa y metió la cabeza dejando caer un chorro
de agua de su ancho sombrero de plástico. Benjamín lo miró sin moverse de
su sitio, le dijo algo con los ojos, y el centinela hizo un gesto de saludo antes de
regresar a la lluvia. Benjamín aprovechó la interrupción para mirarme a la
cara con sus ojos negrísimos y sentí que me estaba rebuscando el alma para
ver si encontraba secretos. Pero no me sacó nada. En esos días yo todavía
estaba protegido por la disciplina y mi deber.
Es muy posible que de joven don Félix haya sido boxeador, como tú
dices; pero la verdad es que no lo sé, flaco. Trató de enseñarme a boxear,
sí, en el verano del 1954, poco antes de que yo entrara al Santa Rosa. En
esas tardes frescas, don Félix me llevaba al garaje sigilosamente, me sen-
taba en su baúl, y me hablaba de los peligros que me esperaban en la vida
fuera de la casona. «Hay que saber defenderse», decía, «de aquéllos que
sin darse cuenta pueden lastimarnos».
—¿Manyas, chochera? Aprendé a defenderse e fácil. Aprendé a no
hacé daño a la gente e difícil.
Ese mismo verano, don Félix me regaló un par de guantes de boxeo.
¡Te quedan como cuete, Benjamín!, me animó sobándome la mitra,
como decía él. Para mejor efecto, decidimos guardarlos en el garaje,
en caso que papá no aprobara. Ese fue uno de nuestros secretos más
importantes. Ahora mismo, en medio de esta espera y esta lluvia, hay
veces que recuerdo a don Félix sentado en su baúl, cubriéndose la cara
con ambas manos, instándome a darle en los ojos. Nunca pude lograrlo,
por supuesto. Ya después, claro, los guantes me quedaron muy chicos.
Pero nunca tuve otro par. Cuando me fui de la casa para siempre, los
guantes seguían colgados al lado de su catre, junto a su cajón.
¿Qué más te puedo decir? Ah, sí, Roberta pensaba que don Félix
tenía un mal pasado, que por algo no se iba de la casa. Una vez la escuché
decir que don Félix tenía su collera de malhechores por el Callao, pero

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que ni eso era todo; que seguro se había venido fugando desde Chincha,
por matón. Aducía como prueba el hecho de que don Félix podía andar
muy bien sin zapatos y que le gustaba demasiado la sopa seca y el frijol
colado. «Es uno de esos negros que se creen gente», decía. No, Roberta
nunca le tuvo mucho aprecio a don Félix.
A pesar de todo, don Félix fue parte de la buena vida. Tanto así que
yo no podría concebir nuestra niñez sin él. Nos ayudó a abrir los ojos al
mundo, ¿no? Y, claro, por eso fue inevitable que también fuese él quien
nos introdujera a nuestras futuras tragedias. Porque eso fue lo que don
Félix hizo cuando nos llevó en el Ford 38 a Santa Clara, poco después de
que papá comprara La Quinta.
Me recuerdo mirando de refilón a Benjamín. Él estaba con los ojos
perdidos, recordando, envuelto en el sonido de la lluvia. «¿Cuándo va a
terminar todo esto?» pensé. «¿No sería mejor que le dijese la verdad: tus
sueños están por ser destruidos por la realidad, hermano; déjate de cojudeces
y regresa conmigo a Miraflores?» Pero no lo hice. No lo hice. «Es mi deber»,
pensé. «Mi deber ante todo».

Cuando tu mamita empezó a soñar de una nueva vida en esta casa, dice
la buena cocinera Paulina, así nomás como la noche le sigue al día, don
Edilberto apareció con un camión lleno de cosas. Parecía un circo, hijito.
Traía camas, sillas, plantas, ollas, alfombras, pájaros, tortugas, lámparas,
y miles de cachivaches que sabría Dios qué serían. Manejando el camión
vino don Félix… Tu mamita nunca supo de dónde don Edilberto trajo
las cosas, el camión, o a don Félix. Yo creo que para ese entonces ya se
le había hecho costumbre no preguntarle mucho a tu papá… Claro que
tu mamita tenía recelos. ¿Quién no? Don Félix era grandazo, gruesote,
callado, y tenía unos ojazos rojizos y carnosos. De palabra la trataba
como la dueña de la casa que ella era, pero, por lo general, él hacía lo
que le daba la gana. Se metía por todas partes, pidiendo permiso como
por si acaso nomás. Desde el principio, hijito. Hasta se hizo dueño
del garaje. Pero, para qué, mucho le gustaba jugar con Benjamín. Se
volvieron uña y mugre.

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Hablé con Paulina a fines del 85, cuando ya había regresado de la
selva y el sonido sedoso me seguía como perro fiel. Para entonces Miraflores
ya estaba cambiando. Ya no había muchos niños y las calles tenían menos
sombra pero todavía se podía escuchar el mar.
Yo estaba sentado en la silla de mimbre que Roberta siempre había
usado cuando se le antojaba entrar a la cocina. Era desde ahí que ella
siempre había mirado a Paulina y a Leonora preparar la comida. (Ella,
siempre tan preocupada por la salud de su Edilbertito y de su Clotildita, que
eran tan disticosos). Era ahí donde Roberta había leído su revista Life, que
a veces usaba para espantar las moscas que entraban a la casona, a pesar de
la malla mil veces revisada.
Pensando en don Félix: la verdad es que era un enigma para todos.
Hasta para mí, que, a pesar de todo, había logrado conversar con él, de vez
en cuando, antes de que se pudriera en vida. Pero, por supuesto, esos ratos
no me fueron suficientes como para llegar a conocerlo a fondo. Al final, don
Félix se llevó muchos secretos... Como todo el mundo.
Seguro que don Edilberto había conocido a don Félix desde antes,
dice Paulina. Tal vez desde antes de la Segunda Guerra Mundial, que
dicen. Porque don Edilberto llegaría a Lima ahí por los treinta, mucho
antes de que se fuera a Trujillo. Se habrían conocido por Chincha se-
guro; porque a don Félix le gustaba mucho el frijol colao. No tenía ni
familia ni amigos. Nadie. Sólo don Edilberto, que lo trataba como si
fuera de él. Algo había entre ellos, hijito; algo que doña Tomasita nunca
llegó a saber y que a mí me ponía el pellejo de gallina... Al comienzo se
encerraban en la biblioteca. De qué hablarían. Después, cuando don
Edilberto empezó a perderse por los laberintos de Lima, se hablaban en
las sombras, conspiraban. Don Félix lo llevaba en el Lincoln por todas
partes, día y noche. Y no pararon de hacer eso sino hasta el día en que
don Edilberto se fue... Para mí que don Félix respetaba mucho a doña
Tomasita. Cuando estaba sano, hubiese dado la vida por ella. Por eso
sería que, con el tiempo, doña Tomasita llegó a quererlo también. Mu-
cho. Cuando él se enfermó, ella le lavaba los pies, lo llevaba al doctor
Weissmann, le aconsejaba para que se fuera a descansar. Cuando don
Félix se volvió loco, tu mamita sufrió mucho.

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Paulina pretendió limpiar la mesa con su rollizo antebrazo izquierdo.
Un ómnibus lento pasó tosiendo por la avenida. Había gente caminando
por la vereda. Alguien llamaba desde lejos en voz alta.
Yo pensé que en los años de mi niñez la gente o no pasaría por la calle
o no sería tan alharaquera; y que en esos años yo todavía podía creer que el
mundo era pequeño y familiar. «Por lo menos don Félix se quedó en esos
tiempos», pensé. Por lo menos él se salvó de lo que venía.

El pasado es un pozo hondo y oscuro, cumpita, dice don Félix. Retroce-


der es bravo. Además, hay cosas que uno ni debe recordar para llevarse
bien con la gente. Sobre don Quijote, por ejemplo, sólo sé que se conocie-
ron allá por San Sebastián, en España. Francamente, que no sé por dónde
en España queda San Sebastián, cumpa. Sólo sé que es por donde llegó la
Segunda Guerra Mundial, ¿manyas? Claro que tu papá no quería saber
nada con esa guerra. Él es un hombre de paz pero la muerte vino nomás.
Así que tu papá no tuvo más remedio que ir también. La cosa fue que
los republicanos, los buenos, como dice tu papá, perdieron. No sabrían
trompearse, cumpita… Lo cierto es que con esa derrota se desmoronó
todo en San Sebastián y se salvaron sólo los que pudieron. Tu papá se es-
capó por Francia, por donde tenía unos familiares. Pero, después de todo,
no pudo quedarse por ahí y tuvo que huir otra vez, con los perros del
carnicero Franco pisándole los talones. Por eso fue que se vino a Chile, en
un barco que salió de pura casualidad en esos días.
Don Félix estaba sentado sobre el antiguo baúl de madera con correas
de cuero que había sido de papá. Su pie derecho estaba vendado con gasa y
esparadrapo y se podía ver el agua amarillenta que brotaba de sus úlceras.
Yo me esforzaba por no respirar. No quería ser contagiado. Porque Clotilde
me decía que la Leonora le había dicho que esa enfermedad entraba por la
nariz y que por eso no era bueno ir al garaje. Don Félix se acomodó en el
baúl, tratando de sosegar su dolor. Sus dedos, largos y resecos, se aferraban
al gastado filo de madera como raíces de sauce viejo. Su cabello apretado y
canoso dejaba caer una caspa fina sobre su saco marrón. De rato en rato,
jugaba con un palito de fósforo en sus labios gruesos.

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Cuando tu papá llegó a Chile, se metió con los vascos; una gente que
habla raro y que uno mucho encuentra por allí. Porque tu papá es eso,
vasco; o sea, de San Sebastián. ¡Ni le digan que es español! Pero tampoco
le fue bien con esa gente. ¿Por qué sería? La cosa es que un día él decidió
probar suerte más al norte. Así fue como nos llegamos a conocer. Yo ya
me había venido de mi querida Chincha, tierra de sol y canto, cumpita;
en esos días me ganaba la vida como estibador, entre otras cosas. Yo
entonces era hombre fuerte; de arranque... Pero esa es otra historia. Tú
no quieres saber nada eso… La cosa es que conocí a tu papá. Nos hicimos
amigazos, familia. Andábamos juntos por todos lados. Esto sería ahí por
el año 40. Hasta que tu papá se cansó de andar como gallinazo sin rumbo
y desapareció. Se fue de la noche a la mañana; tal como parece que ha
desaparecido ahora. Pero, ya va a regresar. No te preocupes. Hay que
tener paciencia. Como dice el valsecito, todos vuelven a su sitio.
Tu papá desapareció por varios años. Y cuando volvió, vino todo
cambiado. «Negro Félix», me dijo cuándo me encontró por el Callao,
«Ahora sí que te necesito». ¿Y para qué son los amigos, no? Me vine. Por
eso es que estoy por aquí, cumpita, con este pie que se me hincha cuando
quiere y esta cabeza que me zumba por las puras… Ya después él me dijo
algo de sus andanzas por el norte. De eso te puedo contar un poco. Pero,
eso sí, de lo de su vida de antes de llegar al Perú, ya te dije todo lo que sé.

Como recordarás, las casas altas de Miraflores eran todas rosadas y


blancas, con ventanas de madera tallada, protegidas por muros gruesos
donde descolgaban buganvillas, dice Benjamín. Algunas tenían pequeños
torreones. Las calles eran frescas y bordeadas de ficus enormes donde
remolineaban canarios cuando se ponía el sol. Uno de esos ficus había
extendido un brazo grueso y liso hasta muy cerca de mi ventana. Me llegó
a servir mucho cuando decidí abandonar la casona y empezar a conocer el
verdadero Perú... Cuando tú naciste, casi tres años después que llegáramos
a Miraflores, te hiciste dueño de ese mundo, ¿no? Todos te veían como
un niño hermoso. Tus ojos claros y tu suave pelo castaño te abrían todas
las puertas. Andabas siempre limpio, usabas buenos modales, y, lo repetía

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Roberta incansablemente, tenías aire de intelectual. Cuando llegué
a saber lo que significaba ser un intelectual, ya tú te habías establecido
como el niño bien de la familia.
«No fue mi culpa», protesté para mí ese día; «yo nunca me sentí
un intelectual. Yo nunca me sentí privilegiado. Todo lo contrario. Eras tú
Benjamín; eras tú a quien todo el mundo quería. Incluso don Félix».
Clotilde nació dos años después, pero cuando todavía vivíamos to-
dos en la casona de Alcanfores. Ella también era hermosísima. Roberta
la bañaba en agua tibia con jazmín, la secaba con talco perfumado, y le
ponía vestidos rosados con cintas largas. Dónde andará ahora la pobre.
Ojalá que sea feliz. Yo la quería mucho, flaco; a pesar que siempre me
llamaba su cholito. No sé cómo aprendió eso. Pero eso no significaba mu-
cho para mí entonces. Yo todavía me sentía orgulloso de ser como mamá.
Ya después, claro, con las experiencias, las cosas cambiaron.
Papá compró la casa de Ancón por esos años, poco antes que com-
prara La Quinta de Santa Clara. No sé si te acuerdas, flaco, pero la casa de
verano tenía un balcón de madera en el último piso desde donde podía-
mos ver veleros cruzando la bahía.
Sí me acordaba. Las playas entonces eran interminables. Los hombres
andaban vestidos de lino blanco y sombreros de palma. Las mujeres usaban
sombreros anchos con cinta y trajes largos de percal. A mí Roberta siempre
me andaba vistiendo de marinero, con pantalones cortos. Sí, yo me acordaba.

Paulina está diciendo que ella había llegado unas semanas después,
cuando don Félix ya se había adueñado del garaje. Llegué con Leonora,
hijito. Esto sería ahí por el 46. Vine de Lince, de una casa de españoles
donde había aprendido a cocinar como en la tierra de don Edilberto:
con mucho ajo, pescado y carnero… La Leonora sí vino de una academia
para sirvientas de por Chorrillos. Pero ella es huaracina. La mujer había
aprendido a que ni la vean, hijito. Casi no hablaba. Se metía por aquí y por
allá sin que nadie se diera cuenta. Pero esta casa sintió su mano, su vida.
Sabía de todo: cómo servir el coñac, cómo presentar los quesitos y las
uvas, cómo poner la mesa, cómo saludar a los que llegaban. Cuando doña

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Roberta no estaba, Leonora hasta le aconsejaba a tu mamita qué vestido
usar para qué ocasión. Quizás fue por eso que, cuando don Edilberto
compró La Quinta de Santa Clara, doña Tomasita no la dejó ir. Seguro
que tu mamita quería hacer algo por sí misma. Porque la Leonora no
dejaba nada por hacer, hijito, y cuando salía los domingos a pasear con su
enamorado —que nunca pasó a ser más que eso hasta que se casaron, años
más tarde, cuando ya ella había dejado el uniforme de sirvienta— dejaba
todo en medio camino, como para que nadie tenga nada que empezar.
Hablábamos mucho en esos días, tu mamita y yo; nos comprendíamos
bonito. A pesar de que ella era cajamarquina y yo huancaína, a pesar de
que ella era mi patrona y yo un poquito mayor. En esos días ella era más
como yo. A veces nos echábamos debajo de los sauces de Santa Clara a
recordar nuestras tierras, a veces nos levantábamos tempranito para
escuchar nuestros huaynitos; porque en esos días las emisoras tocaban
huaynitos sólo por las mañanas, como para las sirvientas nomás.
Yuyarillaway mamay/ yuyarillaway taytay/ qori kiraupi uywallawas-
qaykita/ qollqi kiraupi uywallawasqaykita… cantaba el radio y yo le tra-
ducía: «Acuérdate madre mía/ acuérdate padre mío/ yo, criado por ti
en una cuna de oro/ yo, criado por ti en una cuna de plata/ no volveré
más ahora…». Porque, a pesar de que era paisanita, tu mamita no había
aprendido quechua. Yo le traducía todo. Por eso sería que, rapidito no
más, llegué a saber que ella y yo llegaríamos juntas a la vejez; que, de algu-
na manera, a mí me había tocado acompañarla toda mi vida. Así nomás
habrá sido nuestro destino, pues.
Todo el mundo sabía que los sábados por la mañana ellas se pasaban
hasta las once en el tercer piso, en el cuarto de Paulina. Después de que papá
se fue, las dos se perdían por horas enteras. Yo ya ni buscaba a mi mamá.
Roberta me consolaba: «Ponte a leer Edilberto Isaac», me decía, «Ya va a
venir, vas a ver».
Si me preguntasen cuál es realmente la relación entre Paulina y mamá,
yo no sabría qué decir. A veces creo que ellas están unidas por secretos que
nadie nunca más podrá compartir.
Los primeros años de mi vida dentro de la familia fueron muy bue-
nos, hijito, para qué; no me quejo. Había paz. Los días pasaban rapidito.

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Los cumpleaños y las navidades se turnaban como si nada y daba gusto
levantarse para hacer las cosas. Para mí que la vida sólo empezó a malo-
grarse cuando ya nos habíamos acostumbrado a vivir la mitad del tiempo
aquí y la otra mitad en Santa Clara. O sea, creo que todo lo malo empezó
en el invierno caluroso del 59, cuando vinieron miles de garzas blancas a
cubrir el valle… No, no me voy a adelantar, hijito; no te preocupes.
Doña Roberta llegó poco después que yo no más. Elegantísima, hiji-
to. Andaba sólo en casimires y sedas, con sombreros blancos con alas tan
anchas que se doblaban en los bordes, con zapatos tan finos que parecían
ser sólo tacos y tiras. Parecía una de esas mujeres que salen en las revistas
que ella tanto lee. Tenía un dejo medio raro, extranjero, como si todo la
fastidiara. Yo creo que ella vino de lejos, de por Europa, contratada por
don Edilberto. Pero la verdad es que no sé. Debes de preguntarle a ella
misma, hijito… Eso sí, apenas llegó, se fue adueñando de todo: «Tomasa,
ponte esto por favor; Tomasa, ya es hora de despedir a los invitados; To-
masa, da un beso a los niños que ya se van a descansar; Paulina, no pongas
mucho ají; Paulina, cierra la puerta que tenemos visita; Leonora, no te
quedes parada y ayúdame con estos frascos; Don Félix, por favor, deje
usted de canturrear que me pone nerviosa…» Parecía que nunca llega-
ríamos a congeniar pero, en realidad, sí llegamos a congeniar. Hasta con
don Félix se llegaron a comprender. Con el tiempo, cada uno de nosotros
aprendió a andar por su surco. Hubieron cambios de palabras entre ellos,
sí, más que todo por lo de Benjamín. Pero eso no ocurrió sino hasta los
principios del 60, cuando Santa Clara se reventó como un huevo huero
en nuestras caras.

6:00 A.M.

Edilberto Isaac hace una pausa. Retira la laptop, con los codos sobre el es-
critorio se toma la cabeza entre las manos y admite que el rito de conjura
es más difícil de lo que esperaba. Las voces en las grabadoras se demoran
en desvanecer y, desde un limbo de sonidos, anegan su mente como ecos
entrecruzados. Consiente de que debe desmarañar esas voces y recuerdos

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antes que su pasado se vuelva un cúmulo de impresiones incoherentes, el
excapitán se lamenta: si de joven hubiese leído más novelas siquiera. Pero,
desde que ingresó a la escuela de la Marina, él siempre alardeaba de ser un
hombre práctico. Nada de perder el tiempo en cositas afeminadas.
En verdad, se pregunta, ¿qué es lo que está escribiendo? ¿Una nove-
la? Por la intención de exorcizar sus demonios, tal vez sí. Porque que para
eso sirve la literatura, lo han dicho muy buenos escritores. Algunos has-
ta declaran que escriben solo cuando se sienten poseídos por demonios.
Pero, por otro lado, él no puede ser un verdadero escritor. Un escritor
es un dios en el mundo que él inventa. Si no le quedó bien un personaje,
lo mata. Si no le funciona bien el tratamiento del tiempo o del espacio,
hace borrón y cuenta nueva… Cierto, hay escritores quienes dicen que
sus demonios son tan posesivos que ellos nunca se sienten libres de hacer
lo que quieren en sus mundos inventados. Pero, piensa Edilberto Isaac,
eso debe ser pura hipérbole, o algo así como una valentonada al revés; un
narcisismo no muy sutil que trata de dejar bien sentado cuán difícil es ser
escritor. Por lo demás, los escritores saben que ellos son los que manejan
las cosas… Absolutamente, piensa el excapitán, ese no es su caso. Él sí que
no tiene ninguna libertad de inventar personajes para sus libros encade-
nados. Destilar no es inventar. Punto. A menos que dejara la honestidad
de lado, claro, pero eso minaría su intención primordial, que es la conjura
con miras de salvación. Lo más que él puede hacer es recortar aquí y allá
y, a lo mucho, completar los despojos ante él con recuerdos fehacientes.
Ni siquiera puede enmendar las transcripciones. Ya no le queda tiempo.
Lo que Jessica Pardo y su equipo de transcriptores hicieron se quedará tal
como es.
Pensando en eso, ¿quiénes habrán sido esos constantes y anónimos
escribas? Él nunca los llegó a conocer. De haber sabido lo que venía, claro,
él les hubiese pedido un gran favor a cada uno de ellos: «traten de ver
en cada una de ésas voces la medula de una historia de alguien a punto
de morir…». Y Edilberto Isaac piensa que, felizmente, era la práctica del
Servicio dedicar sólo un transcriptor para cada personaje entrevistado o
vigilado. Se hacía eso para llegar a conocer idiosincrasias individuales que
hicieran más fácil rellenar los inevitables silencios y estorbos causados por

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el gorgoteo de ríos, de lluvia, de gentes, y la estática en la radio o el teléfo-
no; y también, claro, para limpiar las transcripciones de la tan individual
y creativa jerga peruana… ¿Quién habría trascrito la voz de Benjamín?...
Eso sí, los textos llevan información anotada con eficiencia de marino,
que indican la duracion exacta de cada cinta y la correspondiente carpeta
donde se encuentra en la versión digital. «No», insiste el excapitán, «no
estoy libre para ser un verdadero escritor».
Se levanta del sillón y abre la ancha ventana que da a la avenida. Saca
la cabeza hacia afuera y comprueba que el zumbido sedoso sigue imper-
térrito ante el aire matinal. Pero, en ese mismo instante, como si lo poco
que ha logrado conjurar le hubiese liberado en algo los sentidos, el exca-
pitán aprecia más claramente que su antiguo barrio está envuelto en una
cacofonía infernal: taladros y martillos neumáticos están destruyendo
aceras, muros y paredes; hombres adustos dan órdenes a todo pulmón;
un perro ladra, al parecer atado y abandonado y, en el horizonte se ven
grúas enormes de patas rojas —están moviendo objetos contra un cielo
denso y bajo—. Edilberto Isaac tiene la sensación que un destino cruel e
inexorable se está cumpliendo alrededor suyo. Mueve la cabeza de lado a
lado con pesar, cierra la ventana, y se dispone a desenmarañar más voces.

***

«¡Paulina, vamos a escuchar nuestros huaynitos!», me llamaba. Y nos


poníamos a conversar por horas. Gozando, gozando nuestros huaynitos.
Pero, con todo, es difícil hablar por tu mamita. Amalaya, ella misma te
contara siquiera. Lo que pueda nomás será, pues.
Habría que empezar desde lejos, hijito; desde cuando su dolor era
otro. Dolor de necesidad más bien. Porque como tantas paisanitas en
esos años, ella se vino a trabajar en una casa de Trujillo. En parte porque,
como yo misma, se creyó el cuento de que la costa era un paraíso. Pero
más que todo, porque la vida en su tierra se volvió mala.
Era la más chiquita de tres hermanitos, decía. La única mujercita.
Me contaba que vivían por La Asunción, allá por Cajamarca. Tenían una

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casita de dos pisos y un corral llenito de cuyes y gallinas. Era feliz, hijito.
Un río hondo, decía, corría cerca de su casa. Por las laderas, filas de eu-
caliptos separaban los campos y apus fuertes cuidaban las siembras. Pero
todo eso se terminó cuando su papacito cayó de su caballo y se rodó por
un precipicio.
Paulina se alisó la falda antes seguir contando. Sus zapatos negros,
raspados y apretados, le hacían hondas hendiduras en el empeine. Sus
medias de nylon, gruesas y opacas, le cubrían las varicosas. Yo pensé: «Las
tiene sostenidas con ligas rojas, como siempre; no ha cambiado nada...».
Pero ahora, escuchando su voz que lucha contra el zumbido sedoso, me doy
cuenta de que Paulina ya no era la misma. Nadie se salva del azote del
tiempo. Sólo era mi nostalgia.
—¡Tomasita!, ¡Tomasita! —le gritaron los vecinos—. Tu papá se
ha caído por la Vaca Echada. Anda a verlo. Dicen que te está llamando.
Tu mamita corrió como una loca, rezando que todo fuese sólo un
sueño. Cuando llegó al fondo del precipicio, encontró que había gente
rodeando un cuerpo. Ella rapidito reconoció el sombrero blanco y la
chalina verde de su papacito. Cuando le recogió la cabeza en su falda, él
ya estaba muerto… Ese día tu mamita tuvo que aprender a ser fuerte; tuvo
que dejar de llorar y ayudar a lavar el cuerpo de su papacito. Ay, hijito.
Mirándolo en su tarima de muerte, me dijo, se dio cuenta que sus ojos
habían perdido la luz que ella encontraba tan dulce. Porque lo peor de la
muerte es que se lleva hasta los rastros más chiquitos del amor.
Lo enterraron al otro día. Tu mamita se guardó la chalina verde
como recuerdo. Por eso es que no la deja ni para dormir, hasta ahorita
mismo. No es locura, hijito; es su salvavidas, más bien.
Así le llegaron los malos tiempos. No había qué comer. Sus herma-
nitos tuvieron que trabajar en otras chacras, haciendo de todo. Hasta que
su mamacita —doña Juana Tamay de Montañez, se llamaba— se bus-
có otro marido. Porque así es la vida, hijito; siempre sigue su curso… El
hombre vivía al otro lado del pueblo. Usaba un poncho largo y negro y un
sombrero marrón con punta al costado. Por eso lo llamaban Espantapá-
jaros. Tu mamita me dijo que era un hombre de pocas palabras, que venía
sólo con la noche, y que en sus ojos se leía pura maldad… Por eso, una vez

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casado, Espantapájaros mandó a que doña Tomasita ayudara en el cam-
po. La pobre tuvo que aprender a cocinar por esas laderas. Sus hermanitos
tuvieron que aprender a dormir con las vizcachas. Habría cosas peores,
seguro. La cosa es que, en menos de un año, sus hermanitos se cansaron.
—Nos estamos yendo, Tomasita. Si nos quedamos vamos a
lastimar a don Ezequiel. Nos vamos lejos. Tú anda a vivir con la tía
Rosinda, en la jalca. Cuando crezcamos, te vamos a venir a buscar.
Espéranos allí. ¿Puedes?
Tu mamita no quería ir a la jalca, hijito. Había visto a la gente que
bajaba de allí en agosto, para la fiesta de La Asunción: casi ni hablaban, te-
nían el pelo matoso, las caras duras, y parecía que la soledad se les escurría
por los ojos. Tu mamita quería rogarles doblando sus manitas: «¡Lléven-
me con ustedes! ¡No me dejen sola!» Pero, ella no quería ser un estorbo.
Ella nunca ha querido ser un estorbo para nadie. Así que, acariciando la
chalina verde de su papacito, se puso fuerte y no dijo nada. Así fue que sus
hermanitos se perdieron de vista para siempre. Hasta ahora, doña Toma-
sita nunca deja de recordarlos.
Esa misma tarde, el Espantapájaros los buscó por todos lados con un
fuete. «¡Tú sabes dónde están!», le gritó a ella como un loco.
—¡No!
—¡Me lo tienes que decir!
—¡No!
Y el fuete lamió sus espaldas, hijito. Pero tu mamita que no sabía
nada. No. No. Y no...
Hasta que vino la noche.

Paco fue uno de los pocos amigos de mi infancia, dice Benjamín. Vivía
en una de esas casas con torreón y era hijo de una familia diplomática
boliviana que estaba en el exilio. Yo recuerdo que el pobre Paco salía de
su casa sólo de vez en cuando y siempre acompañado de su niñera y un
policía. Al principio sólo nos veíamos de lejos; yo en mi césped y él en su
torreón. Pero llegamos a ser amigos. No tan amigos como llegaríamos a
ser después con otros, por supuesto. No como Octa y yo, por ejemplo.

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Llegamos a ser amigos por necesidad, más bien, porque no conocíamos
a nadie más en el barrio, flaco; él quizás por el exilio y yo porque papá
nunca invitaba vecinos a la casa.
Benjamín se levantó del catre y dio unos pasos lentos por el centro de
la carpa hasta llegar al fondo. Se dejó caer sobre el piso, abrió una mochila
de lona y sacó un libro largo, de forro azul. Mantuvo el libro en sus manos
por un buen tiempo, sin abrirlo. Parecía sopesar algo. Ahí me di cuenta que
el libro contenía papeles sueltos, algunos viejos y sucios. Benjamín hojeó el
libro distraídamente, dejándose mecer por la lluvia, y después lo regresó a
su mochila. Yo pretendí estar absorto en el funcionamiento de la grabadora
que, en esa implacable lluvia, parecía no hacer ningún ruido... Le hubiese
preguntado qué era lo que tenía ahí, qué clase de papeles guardaba. Pero
no lo hice. No leí el libro azul sino hasta que llegó a mis manos como una
herencia mal dada.
Para el verano de 1956, el papá de Paco había desaparecido por casi
un año. Paco se moría de miedo con la idea de tener que ir al colegio. El
pobre lloraba de repente y había perdido por completo el apetito. Me
decía que no podía dormir. No sé... No creo que Paco haya estado ate-
rrado sólo porque no conocía a ninguno de sus futuros compañeros ni
sólo porque le hubiese gustado mejor ir a la escuela en Bolivia. Era algo
más elemental, flaco; era como si lo que lo aterraba de veras era el tener
que empezar algo que él bien sabía sería tan traumático como inevitable.
Tal vez haya sido mi amistad con Paco lo que inició mi alergia a los co-
legios, flaco. Hay algo profundamente impactante en el miedo de un ser
inocente. En su caso, las cosas mejoraron. Un día con fresca de mar, Paco
apareció alegre por la casa para decirme que el embajador de Bolivia le
había dicho que su papá estaba de regreso y que él mismo lo llevaría de la
mano a su colegio. El pobre Paco no sabía qué hacer de feliz.
Nunca supe dónde exactamente quedaban los colegios. Como tú
sabes, Roberta y sus contratados auxiliares se encargaron de nuestra edu-
cación durante los primeros años. Recuerdo haber pasado cerca de ellos,
sí, cuando regresábamos de Lima o de Ancón. Recuerdo a los estudiantes
también. Parecían muy felices en sus pantalones grises y chaqueta azul
con escudo dorado en el pecho. A veces, cuando la garúa se asentaba en

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Miraflores, me ponía a mirar por mi ventana y soñaba con esa chaqueta
azul y ese escudo dorado.
No todo en ese mundo era de envidiar. De chico uno siempre tiene sus
cosas. En esos días yo pensaba que Benjamín había tenido suerte de que papá
lo hubiera mandado al Santa Rosa de Chosica. Sí, lo confieso: yo envidaba a
Benjamín aún en esos años. Roberta me consolaba diciéndome que yo perte-
necía a estas calles, que antes eran sombreadas y menos tristes.

La tía Rosinda había mandado decir que venía para la fiesta de La Asun-
ción en agosto, dice Paulina, que estaba contenta con llevársela a la jalca.
Pero tu manita nunca llegó a ir porque, antes de agosto, ella decidió to-
mar por otro camino.
Sucede que, poquito antes de que ella conociera al Espantapájaros, tu
mamita ya se había puesto a escuchar a la Antonia, la hija del almacenero,
que venía de la costa cada año a visitar a su familia. La Antonia llegaba con
vestidos floreados y zapatos negros que brillaban tanto que la anunciaban
por leguas. Se quedaba unos días en el pueblo y se marchaba silbando,
montada en una mula costeña. La Antonia le había metido ideas. «La
costa es linda», le había dicho, «Plana y seca, pero linda. Uno escucha
casas que hablan. Uno se pasea en casas que se mueven por fierros rectos.
Uno va al circo para ver a una mujer gorda afeitándose y un flaquito
lamiéndose los talones…» Así fue que doña Tomasita llegó a saber de la
costa. Pero hubo más todavía. Viendo lo que la vida de tu mamita sería,
la Antonia se apiadó. Poco antes que llegara la tía Rosinda, la Antonia la
buscó para decirle que ella la podía salvar.
—Te espero en el cruce, a la medianoche. Ya encontré una familia
para quién trabajes. Sólo tienes que ser fuerte. ¿Qué vida vas a tener en la
jalca, a ver?
—¿Y mi mamá? ¿Podemos llevarla también? ¿Podemos decirle, pué?
—Ella no va querer ir. Ella está casada; y la gente casada no ca-
mina separada.
Paulina hizo una pausa y ladeó la cabeza para escuchar mejor el ritmo
lejano de los martillos neumáticos que por esos días ya estaban destruyendo

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Miraflores. La seguí hacia afuera y me imaginé los muros de adobe, gruesos
y sucios, cayendo poco a poco, uno por uno. Paulina entornó los ojos con pesar
y volvió a contar.
Hacía bastante frío y viento esa noche. Con todo, tu mamita esperó
que todos se durmieran para zambullirse en la oscuridad. Había prepara-
do su bultito: su bayetita de lana, una faldita que su mamá le había tejido
cuando su papacito todavía estaba vivo, un pedacito de charqui, dos pa-
pitas chamuscadas. Se enroscó la chalina verde de su papacito en el cuello
y le puso tres nudos. Así corrió por los campos sin llorar ni mirar atrás. Y
cuando llegó al cruce, la Antonia la estaba esperando.
—¡Apúrate! ¡Antes de que te echen de menos!
Pasaron la noche escapándose. Avanzaron por pueblitos desconoci-
dos, cruzaron ríos, espantaron perros, hasta que llegaron a Trujillo. ¡Qué
linda habría sido la ciudad, hijito! Llegaron tempranito, me dijo, por un
caminito bordeado de retamas en flor, como en el huaynito. Una vez en
Trujillo, tu mamita se puso a trabajar en la casa de los Valdivieso y Escon-
za, una antigua familia de comerciantes. Duró cinco años en ese empleo.
Hasta que en esa misma casa, ya por principios de los años 40, se llegó a
conocer con un tal don Edilberto Peres-Benayón, un comerciante recién
llegado de sabría Dios dónde.

Es posible que hayan sido muchas experiencias juntas las que me han traí-
do por aquí, flaco, dice Benjamín. No sé… Para mí el pasado es como esta
infinidad de árboles que nos rodea: no se pueden ver claros con sólo el
fulgor de rayos inesperados. Te puedo decir, sí, que lo que me pasó en el
verano del 54 me persiguió por muchos años. A veces pienso que fue ahí
cuando empezó mi apego al mundo de mamá, al verdadero y oprimido
Perú, el Perú que por fin hoy se levanta a pedir justicia.
Yo había ido a la tienda del italiano Mozzino, casi por la avenida
Benavides, a comprar Joe Palookas. Ahí me encontré con varios mucha-
chos del barrio. Y de la nada, flaco, sin razón alguna, me quitaron el gorro,
me escupieron, me patearon, mientras me llamaban cholo huachafo. No
me dejaron huir. En todo ese ajetreo parecía que, de alguna manera, ellos

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sabían algún secreto de mí, flaco, algo prohibido que yo nunca llegaría a
comprender. Claro, después de todas mis andadas, he llegado a la con-
clusión de que en parte eso es cierto; hay muchas cosas que a veces uno
no puede explicar, cosas que quizás sea mejor echar al olvido… En fin.
La cosa es que el eco de esas palabras repercutió en mi mente por años...
«¿Por qué me hicieron eso?», le pregunté a don Félix esa noche. «¿Qué
quiere cholo huachafo?»
—Todo ta en la mitra, chochera. ¿Manyas? Si te baten con apodos y
tú lo escucha, te ganan. Si no lo escucha, no te ganan. La gente hace coju-
deces. Tú sigue tu camino. No te dejes agarrá con palabras. Siempre haz
lo que tienes que hacé. Anda por onde quieres andá… Tú sigue tu camino.
Papá ya casi nunca paraba en la casa por esos días. Salía temprano
y regresaba tarde. A veces, cuando ya casi me ganaba el sueño, yo lo
escuchaba distante; como en retirada. Por eso fue que le conté mi ex-
periencia a mamá. Ella me abrazó y se puso a llorar. No es nada, nada,
me decía entre sollozos. Yo también lloré, flaco, sin comprender nada.
Desde ese día la idea de ir al colegio me aterraba. Al contrario de Paco,
yo sí tenía razones concretas… Pero sucedió que nunca llegué a ir al
colegio en Miraflores, ¿no? Hubiese ido, claro. Con el tiempo hubie-
se hecho como haría la mayoría de los humanos: aprender a vivir con
mis temores. Tal vez hasta hubiese llegado a ser un hombre de prove-
cho, como decía Roberta. Pero, no. Casi al fin del verano, papá llegó de
Lima, como un torbellino, para anunciar que acababa de comprar una
quinta en Santa Clara.
—Vamos a seguir viviendo aquí, pero podremos visitar la casa de
campo todos los días, si quieren. ¡Tiene caballos, gallinas, y culebras! La
veremos el domingo.
Desde ese domingo, Miraflores pasó a ser para mí una conglomera-
ción de casonas de puertas cerradas, de calles solitarias bordeadas de ár-
boles viejos, de ecos de un mar distante, de torreones que se desvanecían
en la distancia. Desde entonces me fui perdiendo en el valle y sus propios
laberintos. Fuiste tú, Edilberto, quien llegó a usar la chaqueta azul con
escudo dorado, fuiste tú quien cortó el horizonte de Ancón en veleros, tú
quien llevó chicas a La Tiendecita Blanca y montó caballos en Huachipa.

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Desde entonces nuestras vidas tomaron rumbos diferentes, ¿no? Hasta
que se volvieron irreconciliables.

Don Edilberto apareció en Trujillo poco después de las Pascuas, dice


don Félix. Habrá sido por el 1942, un poco después que Hitler, ese otro
carnicero, empezara a pelear contra todo el mundo. Entró a la cate-
dral, que queda al lado de la Plaza de Armas, con aire de curiosidad.
En esos días tu papá siempre andaba así, cumpa; como si todo le fuese
nuevo. Las señoras que rezaban se persignaban más que nunca porque
les comía que ese hombre misterioso les llenaría las horas de ocio con
novedades y chismes.
Don Félix estaba meciendo el pie izquierdo suavemente, como para
darle aire. Yo sentía el olor a carne podrida con cada pase, pero me hacía el
desentendido, mirando los guantes de box de Benjamín que estaban colga-
dos en su clavo mohoso.
Después de satisfacer su curiosidad, tu papá salió de la iglesia con
el sol en la cara y se fue a hospedar en el único hotel de lujo de la ciudad.
Porque debes de saber que él siempre anda buscando lo mejor, cumpa, y
también que él cortaba una buena estampa. En esos días tu papá todavía
era alto entre peruanos; delgado sin ser débil, cuarentón, con unos ojos
negros y enigmáticos que hacían sentir medio raro a la gente. Estaba vesti-
do como cuete: terno de lino blanco, zapatos negros y delgados, y un som-
brero de Panamá con cinta ancha y su plumita. Como siempre, llevaba su
bastón con puño de plata en forma de pájaro. La cosa era, cumpita, que
caminaba por esas calles empedradas dando la impresión de que conocía
a gente importante por todas partes del mundo.
A la mañana siguiente tu papá se apersonó ante los comerciantes
más importantes de Trujillo y, en menos de lo que canta un gallo, se
puso a comprar y vender algodón. En pocos días la gente rica de la ciu-
dad le abría las puertas. En las tardes de verano lo invitaban a jugar ro-
cambor y a tomar el té en sus balcones… En seguida, porque así pasa en
las provincias, cumpa, corrían rumores que tu papá se había metido con
doña Sarita de la Torre y Solariego, una mujer tan blanca como el papel

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e hija de una de las familias más poderosas de Trujillo. Era una familia
provinciana que se decía descendiente de uno de los Trece del Gallo que
se había aventado con Pizarro a conquistar a los incas. Tonteras, cumpa.
Es sólo uno de esos cuentos que inventa la gente para pasar el tiempo. La
cosa es que todo le estaba yendo bien a tu papá. Todos querían estar con
él. Los jóvenes ricos le pedían consejos, las señoras lo alababan con cara-
melos, los ricachos viejos paraban las orejas cuando él hablaba y repetían
lo que escuchaban como si fuese de ellos. Porque tu papá tiene don para
sacar cosas y detalles hasta dónde no hay, cumpita.
Pero cuando los Aliados empezaron a regresar a sus casas después de
ganar la Segunda Guerra Mundial, el negocio de abastecerlos se acabó.
Como muchos otros, tu papá perdió millones, así que las cosas se le vinie-
ron abajo otra vez. Entonces, porque esto es también lo que ocurre en las
ciudades polvorientas, la gente que antes no había sabido cómo invitarlo,
ahora, le zafaba el cuerpo. Las sirvientas le decían que sus patrones no
estaban para recibirlo, que regresara mañana, que no tenían recados. Así
pasó un buen tiempo.
Hasta que, a principios de 1946, todos en Trujillo llegaron a saber
que tu papá estaba por abandonar la ciudad. Ya no había más remedio,
cumpa. Porque tu papá era así. Él nunca perdía el tiempo maldiciendo lo
que no pudo ser. No le da miedo empezar de nuevo... Pero no era sólo por
la comodidad o por la plata, cumpita. Escúchame bien: más que todo, él
decidió irse de Trujillo porque amaba mucho a tu mamá y la quería pro-
teger, ¿manyas? Porque tu mamá ya estaba encinta.

Nos despertamos envueltos en un aire de aventura, recuerda Benjamín.


Con el raro entusiasmo de papá, Santa Clara se había vuelto un mun-
do misterioso y atrayente para todos. Don Félix inspeccionó las llantas
del Ford 38 mil veces. Leonora planchó sábanas y preparó cambios de
ropa. Doña Paulina cocinó empanadas, escabeche de gallina, tamales y
chicha morada. Todo el mundo andaba contento. Papá, quien como te
acordarás nunca participaba en nuestras excursiones, se había levantado
temprano y se había puesto una cazadora y botas de campo. La única que

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no estaba contenta era Roberta. «Comer en la tierra, entre animales, no
es algo para festejar», había protestado con fastidio la noche anterior.
El viaje por la Carretera Central fue lento. Pasamos bordeando mer-
caditos al aire libre, campos de algodón, gente jugando pelota, esperando
carro. Era un mundo que hasta entonces yo, a mis ocho años, no conocía,
flaco. Cuando don Félix bajaba la velocidad, yo podía ver claramente a la
gente: sombreros de lona, ponchos raídos, caras morenas, desoladas. Las
mujeres andaban con sus hijos en las espaldas, con porongos, con bultos
en mantas desteñidas. Nos veían pasar con ojos maravillados.
En un momento extraño, cuando el Ford 38 rodaba tan lento que
parecía haberse detenido por completo, pude ver, claramente, a una
mujer sumamente anciana que estaba de pie a la sombra de un sauce viejo.
Una manta negruzca le cubría los hombros. Tenía el pelo ceniciento,
matoso, y unos hilos de saliva verde se le escurrían por las comisuras de
la boca. Tenía sus dedos prietos adornados con anillos de cobre y sus
ojos hundidos radiaban un brillo azulejo, opaco… La vi de lleno, flaco,
pero como en un sueño, respirándola hondo, con un miedo extraño.
Me parecía conocida, pero en ese momento yo no sabía de dónde. Sólo
cuando la perdí de vista y recuperé el aliento me sacudió la realización
que esa anciana era una chola, una mujer de la sierra, pobre e inculta, pero
que se parecía a mamá. El miedo extraño que me causó esa visión se me
empozó en el alma y me fregó la vida por muchos años, flaco. Pero, al final
de cuentas, se convirtió en mi liberación, porque me empujó a reconocer
que yo también soy cholo, a pesar de mi apellido y de todo lo demás que
yo entonces ni sabía que tenía.
Pero, de eso ya hace toda una vida.

Don Edilberto necesitaba de alguien que le lavara, que le planchara, que le


preparara su té, dice Paulina. Alguien quien lo cuidara, pues. Por eso llegó
a contratar a doña Tomasita. O más bien, por eso fue que los Valdivieso
y Esconza se la ofrecieron. Ojalá no te moleste lo que te estoy diciendo,
hijito; aunque la verdad es que a veces, la verdad, parece ser más verdadera
cuando duele. Porque así era el mundo en esos días. Y así sigue siendo

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para muchos todavía... La cosa era que los Valdivieso y Esconza querían
quedar bien con don Edilberto, y, como doña Tomasita era bonita a su
manera, se la ofrecieron. Porque debes de saber que tu mamita era linda
en su juventud. Tenía un color capulí y su pelo, negrito como la noche,
le caía hasta la cintura. Tenía los ojos llenos de una luz que endulzaba el
alma. No como ahora, que sólo nos da pena.
Así fue que se llegaron a conocer. Ella como sirvienta y él como pa-
trón. Claro que las cosas no se quedaron ahí. Conforme pasaron los días,
sin darse cuenta seguro, llegaron a verse de una manera diferente. Porque
eso siempre ocurre entre hombres y mujeres cuando se están rozando to-
dos los días. Pero no creas, no hubo nada entre ellos por mucho tiempo.
Don Edilberto es un hombre de mucho respeto. Las cosas sólo cambiaron
cuando él se enfermó. Esto sería para fines del 44, cuando tu mamita ten-
dría sus diecisiete años.
Yo pensé: «Papá siempre se estaba enfermando. A lo mejor la
enfermedad funciona en los individuos como el terremoto en los pueblos:
les da una oportunidad para empezar de nuevo». Papá siempre estaba
empezando de nuevo.
Una noche —tu mamita me contó esto algo ida, hijito, como si es-
tuviese soñando— ella se despertó escuchándolo gemir. Lo escucharía a
través de la salita de espera; a través de la puerta de cedro que él siempre
mantuvo cerrada. Porque, en todos esos días juntos, los oídos de tu ma-
mita se habían acostumbrado a anticipar los deseos de don Edilberto…
Así que doña Tomasita saltó de su cama, cruzó la salita de espera y puso
la oreja contra la puerta. Parecía que don Edilberto estaba hablando con
alguien. A veces con cólera, a veces con pesar, hablaba. Tu mamita estaba
a punto de regresar a su cama cuando escuchó, bajito, que don Edilber-
to la estaba llamando. Pegó más la oreja y lo escuchó revolviéndose de
dolor. Abrió la puerta despacito y lo encontró en el piso hecho un ovi-
llo, quemándose de fiebre. ¡Ay hijito! Parecía que se estaba muriendo…
«¡Don Edilberto! ¡Qué está pasando!», gritó doña Tomasita corriendo a
su lado. Don Edilberto tenía la camisa toda mojada del sudor y sus dedos
estaban blanquizcos, agarrotados. Tenía los ojos bien cerrados, como si le
tuviese miedo a la luz del día. Bien pálido estaba. Temblando. ¿Qué podía

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hacer ella? Tu mamita sólo atinó a mojar una toalla para lavarle el dolor.
Entonces, cuando ella lo tocó, él le susurró:
—Tomasa. ¿Eres tú?
—Sí, don Edilberto, soy yo. Hay que llamar a doña Sarita, don
Edilberto. ¿Corro a su casa?
—Quédate cerca de mí, Tomasa, por favor. Ya va a pasar. Es sólo
fiebre. Malaria. ¿Sabes lo qué es? Una fiebre mala. Pero, pasa. No me
dejes. Ayúdame a subir a la cama y siéntate a mi lado. No dejes que me
muerda la lengua. Quédate, por favor. No le digas nada a nadie.
Doña Tomasita se quedó sentadita en el canto de la cama. Le tem-
blaban las manos y le parecía que se le achicaba el corazón, pero allí se
quedó ella; hasta que pasó lo peor… Cuando recobró el color, don Edil-
berto le estaba muy agradecido. Pero él sabía que la fiebre iba a volver. Así
es la malaria, dicen. Él sabía que esa noche le tocaba otra vez. Así que don
Edilberto tomó sus pastillas de quinina, enrolló una toalla para morder,
y trató de descansar.
—¿Tienes miedo? No te preocupes, Tomasa, ya va a pasar. Pero, por
favor, no dejes que nadie me vea así.
—Estoy bien, don Edilberto. ¿Duele? Parece feo. ¿Seguro que no lla-
mo a doña Sarita?
Don Edilberto entonces la tomó de la mano.
—Ella no debe de saber. Que sea nuestro secreto, Tomasa. Sólo para ti.
Y don Edilberto volvió a cerrar los ojos.
Tu mamita se quedó sentadita al lado de don Edilberto toda la noche.
Dormía por ratitos, mirándolo respirar. Lo sentía caliente y temblando,
hijito. Pero más que todo, le daba recelo que hablara en una lengua
extraña, todo entreverado. Era una lengua que tu mamita no volvió a
escuchar sino hasta muchos años más tarde, ya durante los últimos días de
don Edilberto, cuando ella despertó de su «sonambulación», que dicen,
para ayudarlo a morir... Pero ese día en Trujillo, cuando las contorsiones
le venían fuertes, doña Tomasita quería llorar y correr bien lejos. Sin
embargo, a pesar de todo su miedo, tu mamita se quedó. Se acurrucó en
un cantito de la cama, me dijo, apretando en sus manos su medallita de la
Virgen de la Asunción. Tu mamita se quedó, hijito, porque cada vez que

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don Edilberto recobraba el sentido, él le acariciaba la cara con sus dedos
temblorosos y le lavaba todito el miedo.

—Allá abajo queda el río Rímac —dijo don Félix, señalando un ca-
mino que culebreaba al norte entre carrizos, pajarobobos y matarramas—.
El Club de Huachipa tamién tá por ese lao.
El aire por ahí tenía un olor a zapato viejo, dice Benjamín. Tú te
debes acordar, flaco, ya que pasaste bastante tiempo retozando por esos
potreros. En todo caso, en ese primer día ahí había una señal de cruce
de ferrocarril que se mecía con el viento y una cruz enorme envuelta en
paños de tela celeste que resplandecían contra el sol.
—Dicen que cuando alguien muere aplastao pu’el tren —don Félix
comentó para todos—, los cholos buscan uno de sus huesos y lo chantan
al pié de’sa cruz.
Un poco más adelante, unos cuervos negrísimos revoloteaban y se
asentaban en los lomos de tapias gruesas que encerraban viñedos y sem-
bríos de maíz. Un sol claro y fuerte parecía hacer que el valle pasara por
las ventanas del Ford 38 en cámara lenta. Los altos cerros circundantes
del valle —distantes y azulejos— semejaban enormes telones de fondo.
Un poco después, a la mano izquierda, apareció una pequeña fila recta
de casas de adobe. Los techos eran chatos y por encima de ellos, con las
patas apenas visibles, se podía ver un elevado y mohoso tanque de agua
con letras carcomidas: LÍNEA CENTRAL. Muy cerca de allí, pasando
el tanque, una mujer con pollera y sombrero de paja arreaba un tren de
acémilas cargadas. Se dirigían a unos edificios de bocas rojas que don Félix
dijo eran hornos para quemar ladrillos. Un poco más adelante, un rebaño
de chivos pastaba a las sombras de un bosque de eucaliptos.
—Son de Australia —ofreció don Félix —. Dicen que los plantaron
los que hicieron el ferrocarril. Dicen que pa que crezcan así de derechito y
alto bañaron sus raíces con cebo humano. Los cholos pagaron el pato.
Avanzábamos por una subida larga bordeada a la mano derecha
por una tapia colmada de buganvillas cubiertas de un polvo fino y a la
izquierda por una expansión de carrizos en flor y un horizonte vacío.

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Después y a lo lejos, contra los cerros distantes, se veían casas semi es-
condidas, callejones angostos, acequias bordeadas de árboles coposos y
verdes. Cerca de nosotros, en cambio, un aire seco y rasposo se había
apoderado de la carretera. El calor en la cabina del Ford 38 se estaba
volviendo insoportable. Parecía que el viaje se volvía interminable y
Clotilde empezaba a quejarse.
Justo en eso, don Félix dobló a la derecha y entramos por una ave-
nida ancha con cascajo azul y ficus gigantes. En la densa sombra de esos
ficus el sonido del cascajo semejaba un murmullo, flaco. Una brisa suave
esparcía un polvillo dorado hacia los cantos de la avenida y la algarabía de
los jilgueros se alzaba hacia un cielo claro. Al oeste, por entre los troncos
de los ficus pintados de blanco, se podían ver campos de algodón con ca-
sitas sombreadas por sauces. Al este, tras una tapia alta y gruesa pero dis-
continua, había un campo lleno de engranajes gigantes, cables mohosos,
ruedas y barriles de madera; todo cubierto por una capa de grasa y polvo
rosado. Esa desolación le daba al lugar un aire de camposanto. De hecho,
parecía que habíamos entrado a otro mundo.
Al final de la ancha y larga avenida apareció frente a nosotros una
construcción alta que terminaba en una torre circular con ventanas
delgadísimas. Un trapo azul ondeaba en la cumbre, atado a un palo de
cañabrava. Con mucho misterio, don Félix nos dijo que ese era El Castillo,
un fortín que había sido construido de piedra y barro en los tiempos de
la colonia para proteger la casa de un encomendero, pero que ahora era la
residencia de un Quijote peruano.
Esa era la entrada a Santa Clara.

Tu mamita lo ocultaba como podía, dice Paulina. «Creo que se fue al


norte, patrón, en el palomino», les decía, «Pero no estoy muy segura. No
me ha dicho nada, quizás esté de regreso mañana». Ella iba a la cocina del
hotel y le traía su comidita, su té caliente; y dormía sólo por ratos, rebus-
cando deseos, esperando oír su nombre. Hasta que al tercer día de fiebre y
tembladera, don Edilberto se despertó mucho mejor y la encontró medio
dormida a su lado.

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Ahí fue que, tan naturalmente como había salido el sol, las manos
tibias de don Edilberto la tocaron. Ella estaba medio despierta y con mie-
do, pero dejó que esas manos la recogieran, que le pasaran el bendito calor
de ese otro cuerpo. Y ahí sí, por primera vez en su vida, doña Tomasita se
puso a soñar diferente. En sus sueños, ella sintió las manos tibias de don
Edilberto acariciándola toda. Soñó que él le hablaba dulcemente, llamán-
dola por su nombre, y que ella ondulaba por nubes y cielos desconocidos.
Y cuando por fin despertó, tu mamita supo que ellos se habían amado y
que ella quería que se siguieran amando para siempre.
Paulina suspiró hondo, se persignó sobre el corazón y desvió la vista ha-
cia la ventana con pudor... «Ayúdame a reconstruir ese pasado, Paulina»,
yo le había pedido, «ayúdame a conocer a mi mamá». La pobre demoró
para decidirse, pero al final me dijo que sí lo haría, «Solo para que no creas
que tu mamita te abandonó, ni que está mudita por puro capricho». Pero,
ahora, escuchando su voz grumosa y sus suspiros quedos, recordándola sen-
tada en esa cocina húmeda y olorosa, llena de memorias escurridizas, pienso
que tal vez ya le pesaba haber consentido recordar conmigo.
Así fue que, en una mañana de puro sol, doña Tomasita se levantó
transformada en mujer. Pero se levantó pensando que tal vez todo había
sido un lindo sueño nomás, que con la luz del día don Edilberto iría
a regresar a doña Sarita y ella tendría que volver a su cuartito, al otro
lado de la sala. Porque así era la vida en esos años, hijito. No había otro
recurso. Tanta muchacha había pasado por lo mismo… Por eso, a pesar
de sus pocos años, doña Tomasita resolvió nunca esperar nada más de
don Edilberto. Que fuera un lindo sueño, era lo mejor; que le quedara eso
siquiera. Esa mañana, mirándose en el espejito de su cuartito, ella se puso
a llorar. Lloró, me dijo, porque en sus más hondos laberintos de mujer
ella sabía que amaba como nunca volvería a amar jamás. Amalaya que era
un amor prohibido, ahogado desde antes de que naciera.
Pero entonces, entre sus pesares y sollozos, tu mamita escuchó que
don Edilberto la estaba llamando. Rapidito, se secó las lágrimas y se fue a
verlo. Lo encontró ya vestido en su terno de lino blanco, aunque estaba
bien pálido todavía. En sus apuros de mujer enamorada, doña Tomasita
quiso rogarle que se quedara en su cuarto un día más siquiera. Pero en esa

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primera mañana de su vida juntos, tu mamita aprendió a reconocer en
los ojos de don Edilberto esa determinación de piedra fría que él perdería
sólo a pocos días de su muerte. «Voy a salir, Tomasa», le dijo él, como si
estuviese hablando para él solo. «Regreso a las tres». En eso, sus ojos se
encontraron y doña Tomasita sintió ondas de un bendito dolor atravesar
todo su cuerpo, hijito. Serían las mismas hondas de bendito dolor que ella
sintió muchos años más tarde, cuando don Edilberto regresó de Jerusalén
que dicen, y ella lo tuvo que cuidar de nuevo, esta vez hasta que él se
despegara del mundo para siempre.
«¿Estás bien, Tomasa?», le preguntó él, quedito. Y en esa voz
temblorosa doña Tomasita encontró una dulzura infinita, una dulzura
que ella nunca había sentido y que ella sabía nunca jamás podría olvidar.
«Espérame, Tomasa», le dijo él, «Gracias por todo. Has sido como una
madre para mí». En sus adentros, doña Tomasita quería gritar, quería
ahogarse en sus propias lágrimas, pero sólo logró bajar la cabeza. Y
cuando sintió los brazos tibios de don Edilberto arrullándola toda, ella
quiso desaparecer; quiso disolverse en él.
Paulina había dejado caer sus lágrimas. Sus labios mustios las recibie-
ron imperturbables. Me hubiese gustado abrazarla y llorar con ella como
siempre pudo hacerlo Benjamín, pero sólo logré volver la mirada hacia el
chorro de luz que entraba por la ventana. Después de todo, yo estaba cum-
pliendo con mi deber; no me podía dar el lujo de sentimentalismos… Todo
un desastre.
Don Edilberto regresó esa tarde tal como había prometido y
encontró que doña Tomasita lo estaba esperando. Ella se había dejado
el cabello libre, se había puesto su mejor camisa de algodón, y con sus
ojos negros le pidió que soñaran juntos. Y soñaron por mucho tiempo.
Después, cuando descansaban de soñar, don Edilberto le regaló unos
chocolatitos que venían en papel azul.
En esa tarde de verano, don Edilberto le confió a tu mamita que
él sabía de un lugar lejano y nuevo donde él y ella serían recibidos con
los brazos abiertos. Le dijo que estaba bordeado por un mar azul y que
lo cruzaba un río tan viejo como el tiempo. Higos y almendras había
por millones.

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—¿Te gustaría ir algún día?
Doña Tomasita le dijo que sí con su silencio, con sus ojos, con
su aliento de mujer enamorada. Sí, hijito. Tu papá entendió entonces
que ella iría con él hasta el fin del mundo, si fuese necesario. Lástima
que las cosas no llegaron a ser así, lástima que ellos terminaron su-
friendo por separado.

Santa Clara era un pueblito pequeño en esos días, recuerda Benjamín. Es-
taba dividido en dos. Al noreste había un edificio de piedra y barro de tres
pisos. En el primer piso, algo elevado del polvo de la calle, el edificio tenía
una hilera de puertas anchas decoradas con clavos enormes y mohosos.
En el segundo piso y sobre cada una de las puertas anchas, había ventanas
estrechas pintadas de rosado. El tercer piso parecía haber sido clausurado
un tiempo atrás porque los antiguos espacios para las ventanas estaban
sellados con adobes. Don Félix nos dijo que ese era «El Ingenio».
—E una vieja fábrica de algodón. Tamién e de don Quijote, un viejo
loco que anda por el valle en un caballo blanco. Dicen que uno se puede
perdé en su laberintos. Tiene túnele que llegan hasta los cerros.
Al suroeste había una calle principal con hileras de casas de adobe
de un solo piso en ambos lados. Las puertas de colores desteñidos, daban
contra dos acequias de cemento angostas, rectas, y paralelas. Esa mañana
grupos de negros sin camisa mariposeaban alrededor de unas bancas bajas
a la largo de la calle.
Don Félix dobló a la izquierda, como para salir del pueblo, y nos en-
contramos con el edificio del cine. Era enorme. Tenía un portón de lata
pintada de rojo, una ventanilla alta y cuadrada por donde se vendían los
boletos, y dos focos de luz que colgaban de palos de eucalipto sobre un patio
polvoriento. ¿Qué iba yo a pensar que sería en ese cine, diciéndole adiós a
don Quijote, donde tal vez empezó a cambiar mi vida para siempre? Si el
pasado es un pozo hondo y oscuro, como decía don Félix, yo a veces creo
que el futuro y todo lo que vamos a llegar a ser, ya nos rodea en plena luz;
sólo que, por lo general, estamos tan preocupados con sobrevivir, que no
tenemos tiempo para descifrar las señas de lo que se nos viene.

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La casa de La Quinta era rosada, ¿te acuerdas? Quedaba en la es-
quina de un rectángulo protegido por tapias altas con dos hileras de
vidrios rotos en la cresta. Tenía dos puertas: una era tan ancha y ador-
nada como las del Ingenio, y la otra, al lado derecho, era oval y pequeña.
Ambas daban a una amplia ramada de madera y parras. Más adentro
había un patio circular de ladrillos rojos, una extensión de césped que
terminaba en la tapia del fondo y un grupo estrecho de palmeras en
pleno centro. Había también cipreses contra las tapias, dos sauces fron-
dosos y un jardín con dalias, rosas y jazmines. En la casa misma una
escalera circular empezaba en el patio de ladrillos rojos, se remontaba al
segundo piso, y terminaba en una baranda rústica de madera. Desde allí
se podía ver los campos de algodón y gramalote, los potreros con verjas
blancas, los sauces nudosos y doblados que marcaban el rumbo de las
acequias. Más allá de todo, en una distancia azul, acogido en la falda de
los Andes, quedaba el Cerro Colorado.

Tu papá no tuvo más remedio que salir de Trujillo, dice don Félix,
porque no quería que su primer hijo naciera por esos lugares. Por eso fue
que se puso a buscar a algún capitán de un vapor que los pudiera traer
a todos hasta Lima. Así que se puso su sombrero, agarró su bastón y se
fue a ensillar al palomino. Porque tu papá sabía montar bien, aunque
no lo vieran ahora por Monterrico o por Huachipa dándose de jinete de
abolengo, ¿manyas?... Pero, bueno, esa vez sí tuvo suerte. Se encontró con
el capitán de un vaporcito y rápido nomás, hicieron el trato. Entonces, al
toque, tu papá le preguntó a ese capitán si había por allí uno de esos curas
penitentes que en esos años todavía andaban por el Perú pregonando
amor, casando parejas y bautizando muchachos. Porque él quería casarse
con tu mamá, cumpa. Así era él, siempre hacía las cosas parejas, como
debe de ser. Pero al mismo tiempo, nunca quiso incomodar a la gente de
la iglesia. Eso sí que no sé por qué… Un monje ha hecho su covacha por
las dunas, al otro lado de la ciudad, le dijo el capitán.
Don Félix hablaba con viento porque sus cuatro solitarios dientes
delanteros ya no lo ayudaban mucho. En esos días, sus ojos carnosos ya

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siempre estaban hinchados y sus labios resecos, arrugados y en punta, apenas
se asomaban por entre su barba desaliñada.
La tarde ya estaba casi vencida por las sombras cuando tu papá fue
en busca del monje, cumpa. Había pocas estrellas en ese cielo norteño que
casi siempre para sin nubes. Mientras el palomino iba resollando, tu papá
iba pensando en el pasado, en su terruño al otro lado del mar. Pero tam-
bién iba pensado en el futuro de estas tierras. Él siempre está pensando
en esas cosas, cumpa. «Este es un país», dice, «maldecido con desiertos,
montañas, y junglas. Maldecido también por la ignorancia y el odio de
raza», ¿manyas? Tu papá sabía mucho sobre esas cosas, nunca lo olvides.
Y él quería mucho a tu mamá.
Trujillo todavía era una ciudad provinciana en esos días. Como
veían a tu mamá como sirvienta, la gente no entendía cómo era que tu
papá la llegó a querer. Al principio, claro, cuando las cosas andaban bien,
los dejaban solos. Como tu papá tenía dinero y poder, le perdonaban
todo. Pero después, cuando se le acabó la plata, todos empezaron a chis-
mosear. Porque así es la gente. Mientras tengan qué mamar nada les im-
porta; pero apenas se les acaba la mamadera, empiezan a encontrarle asco
a todo. Claro que tu mamá era una paisana, pero era linda y buena. Una
madre para todos. Hasta para mí, que ya no sirvo para nada. Por su lado,
tu papá fue educado en París, en Alemania, en toda Europa; y lee mucho.
Pero ¿qué importaba eso? Se querían y no hacían daño a nadie, como en
el valsecito. Pero, así es la gente, cumpita.
¿Acaso está cambiando el Perú? Los de la sierra ya han copado Lima
con sus gustos y costumbres. Ya han logrado algo de poder a nivel nacional.
Pero el maldito odio de raza sigue intacto, latente; no sólo en los que se creen
europeos sino en los cholos mismos. Quizás con el tiempo esto cambie. Len-
tamente. Porque no creo que Benjamín haya tenido razón. No creo que sólo
el socialismo puede solucionar estos problemas en el Perú. No los solucionó
en Cuba.
El palomino seguía. El valle de Trujillo todavía estaba todo verde.
Los sembríos de alfalfa, de frijoles, de arvejas, de camotes y de maíz lo
cortaban en trocitos desiguales. Había sauces, cipreses, algarrobos al canto
de las acequias… Aunque todo eso estaba amenazado por el desierto,

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cumpita, porque el desierto siempre está rondando lo verde; siempre
está esperando que uno se descuide para taparlo todo… Pero, bueno, tu
papá cruzó el límite sur de la ciudad. Tomó por una de esas calles rectas
buscando cortar camino y desde allí pudo ver el centro. A esas horas las
sombras ya cubrían los balcones y las calles parecían totalmente desiertas.
El palomino seguía cascabeleando sobre las piedras, como si nada. En eso,
muy de repente, todo se volvió medio raro, cumpa. Un silencio de muerto
se apoderó del lugar y una neblina blanca, que venía del mar, traída por
una brisa salobre, empezó a lamer las paredes encaladas… Tu papá me
dijo que en ese momento él sintió un escalofrío que parecía chuparle el
tuétano. El palomino paró las orejas, como si reconociera algo o a alguien.
En efecto, un hombre había aparecido delante suyo y avanzaba por
el medio de la calle. Llevaba un poncho amarillento, botas largas y una
bufanda oscura que se mecía en el crepúsculo. Parecía una aparición ma-
ligna produciendo ecos en el empedrado. Cuando ya estaba bien cerca,
el hombre se detuvo, aventó diestramente la falda de su poncho sobre el
hombro izquierdo y abrió las piernas. Muy sorprendido, claro, tu papá
trató de hablarle y verle los ojos.
—¿Quién va? —le preguntó al aparecido.
Silencio.
Ni el palomino se atrevía a moverse. Y cuando el aparecido por fin
habló, parecía que su voz salía de un túnel.
—Apéese, don Edilberto —dijo—. Apéese, que lo voy a matar.

Mis primeros años en Santa Clara fueron maravillosos, dice Benjamín.


Yo caminaba por los algodonales soñando con coboyadas y héroes como
el Capitán América, Red Rider y Black Hawk. Fantaseaba con tesoros
enterrados en las faldas de los cerros, con osos negros que bajaban del
Cerro Colorado a lavarse la cara en las acequias. En toda mi inocencia,
aprendí a presentir el sonido de los gentiles, que cuando había luna lle-
na salían de sus fosas a bailar y a tomar chicha. Trepaba sauces, cruzaba
acequias, y dormía a la sombra de los sauces. Pertenecía a la tierra, flaco.
Era feliz.

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Al norte, llegué hasta los rieles de la Línea Central y la Cruz de
Huanchiwaylas. Siempre había huesos, flaco; siempre estaba rodeada de
silencio. Al este, subí hasta la punta del Cerro Colorado. Con Octa, el
mejor amigo de mi adolescencia, pasábamos sigilosamente por la casa de
la Loca, una mujer que en esos años todavía vestía de blanco y caminaba
por los cerros acompañada de sus dos enormes perros negros. Al oeste,
llegué hasta los infinitos potreros de Huachipa y bajé hasta las orillas del
río Rímac, donde abundaban mariposas, asnos chúcaros, y nísperos en
flor. El pueblo de Santa Clara, todavía pequeño y rodeado de algodona-
les, quedaba en el centro de mis recorridos.
Yo no llegué tan lejos. Pensándolo bien, mi temor a la desaprobación
de Roberta previno que yo también me perdiera en el valle. Por supuesto,
cuando Benjamín aparecía por La Quinta con los cabellos alborotados y la
ropa sucia, yo lo envidiaba. De una manera, quizás perversa, yo siempre
envidiaba el hecho que él fuera el cholo de la familia. Roberta me lo repetía
mil veces: Benjamín es como un cholito cualquiera, Edilberto Isaac, tú no
quieres ser como él... Por eso nunca me aventuré más allá de La Quinta; y
por eso nunca llegué a tener amigos como Octa.

En sus muchos años de andar por el mundo tu papá aprendió a reconocer


y a respetar el peligro, dice don Félix. Tal vez fue el dejo de resignación
que escuchó en la voz del extraño —algo que viene como una calma
acompañando los actos de quienes son empujados por fuerzas más
grandes que el temor o el odio—; tal vez sintió que el hombre ante él
estaba obedeciendo las mismas fuerzas ciegas que estaban haciendo
respingar a su caballo. ¿Cómo sería? La cosa es que tu papá supo que se
encontraba en grave peligro. Así que, calmó al palomino y le preguntó al
extraño por qué lo quería matar.
—Soy José Miguel —le dijo.
Tu papá ahí recién lo reconoció. José Miguel era un solterón a
quien le gustaba jugar a los gallos todos los sábados por la tarde y tomar
champán todos los domingos por las mañanas antes de pasearse por la
plaza mayor. Siempre andaba de chaqueta larga, con camisa blanca bien

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almidonada y pañuelo de seda en el cuello. Se daba mucha importancia,
¿manyas? Pero, yendo al grano, él era el hermano mayor de Sarita de la
Torre y Solariego... «No tengo nada contra ti, José Miguel», le dijo tu
papá un poco enojado, pero José Miguel no se apartó. «No se trata de
mí», le contestó, «se trata de Sarita. Usted la ha deshonrado».
Debes de saber, cumpita, que, por siglos, la gente de provincia ha
tomado las cosas de honor muy en serio. Hasta en Chincha. Se han dado
casos en que hombres viejos se han destripado por enderezar insultos.
Pero, claro, después de la guerra que destruyó medio mundo, tu papá
encontraba todo eso como una sonsera. «¿Cómo he deshonrado a tu
hermana?», le preguntó tu papá, tratando de apaciguar la situación.
—Usted lo sabe.
—No, de ninguna manera.
Y era verdad que tu papá no tenía la menor idea por qué el tonto
ese lo quería matar. Pero se imaginaba que era por algo relacionado con
el fracaso de los negocios; que eso del insulto sería sólo una excusa. Pero
para salir del paso tu papá le ofreció a José Miguel pedir perdón a doña
Sarita personalmente, por cualquier ofensa que ella le indicara.
—Ya es tarde para eso —lo interrumpió José Miguel—. Su nombre
está en el lodo. Dejarla por esa india; tratar de arreglar las cosas casándose
a media noche por las dunas. Usted tiene que rendir cuentas por esa
vergüenza. Si es usted cristiano, persígnese que va a morir.
José Miguel empezó a acercarse de nuevo, ahora con pasos lentos y
pesados. Hasta ahí, a pesar de los pasos de José Miguel y el resoplido del
palomino, todavía se escuchaba el canto de los grillos rojos cortando la
noche. Pero cuando José Miguel buscó la pistola que traía en la correa,
ahí sí, cumpa, todo el mundo pareció enmudecer. Tu papá me dijo que
el viento comenzó a remolinear de abajo para arriba y a mecer una arena
finita en esa calle solitaria. José Miguel alzó el revolver.
—Espera —le dijo tu papá a tiempo—. Tengo cosas pendientes.
Regreso en una hora para matarnos a tu gusto. Te doy mi palabra.
José Miguel mantuvo el revolver apuntando al pecho de don
Edilberto mientras parecía sopesar algo. El palomino seguía nervioso, con
las orejas de punta, y los grillos rojos seguían mudos. Tu papá me dijo que

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en ese silencio él sentía la arena finita sobándole la cara. Hasta que, por
fin, José Miguel bajó el arma.
—En una hora en la entrada norte. Estaré esperándolo.

Sí, en esos primeros tiempos yo era muy feliz, dice Benjamín. Pero, como
ya te dije, me es difícil precisar cuándo mi vida empezó a cambiar. A veces
pienso que todo realmente empezó con la muerte de Tusho, un terrible
acontecimiento que tuvo lugar en 1958, unos cuatro años después de que
llegáramos a Santa Clara, porque para serte franco, esa desgracia me afectó
fuertemente. Me quitó mucho de la inocencia que me quedaba. Yo creo que
su muerte hizo que me sintiera culpable por primera vez. Es por eso que
llevo su nombre en esta gesta de reivindicación; es para recordarlo.
Benjamín estaba de perfil, mirando caer la lluvia por las ventanillas
bajas del faldón trasero de la carpa. Hacía rato que había terminado su
café y ahora jugaba con su taza vacía. Desde mi sitio entre las bolsas de ropa
y víveres le medí las espaldas, las piernas, los brazos, y pensé: «Parece un
cholito cualquiera». ¿Lo envidiaba todavía? ¡Quién sabe!
Lo recuerdo pequeño y delgado, dice Benjamín. Había llegado al
valle casi al mismo tiempo que nosotros. Siempre que yo viajaba en el
ómnibus del Santa Rosa, lo veía caminando envuelto en el polvo de los
caminos. Tusho hablaba con un acento de serrano neto, flaco. Usaba
llanques de llanta, una camisa de costalillo demasiado pequeña, y le
gustaba mucho bañarse en el río. Había aprendido a cazar peces con las
manos, flaco; y podía aguantar una eternidad debajo del agua; pero ni
eso lo salvó.
Lo atizamos para que cruzara el río, que entonces venía casi negro y
turbulento. Debería caminar río arriba, lanzarse a la corriente, y coger la
rama de un viejo sauce que le serviría de trampolín para alcanzar el otro
lado. Tusho no quería lanzarse. Quizás ya presentía algo. Pero nosotros
aprovechamos para lanzarle piedras y mentarle la madre... A veces pienso
que de niños todos hemos sido crueles… Río abajo, había una compuerta
que regulaba el agua que regaba los sembríos de cebolla y lechuga que
todavía se plantaban en la primavera. En el invierno, cuando el río estaba

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casi seco, llegábamos hasta ahí mismo para mirar cómo el agua se escurría
por debajo del fierro negro. Encontrábamos pedazos de madera pulida,
focos de luz y corchos que bailaban contra la compuerta. Los veíamos
remolinear mil veces antes de hundirse, desaparecer y reaparecer al otro
lado de la toma. Pero a veces ni los corchos reaparecían al otro lado sino
hasta que el guardián levantaba la tranca con una llave en forma de timón
que él traía.
Tusho no llegó a alcanzar la rama del viejo sauce. Las aguas negras se
lo llevaron mientras nosotros corríamos por la orilla, asustados, dándole
ánimo. Lo vimos girar ante la compuerta pidiendo auxilio con sus brazos
y sus ojos que no se querían rendir. Yo estaba aterrado, flaco. Por unos
momentos hasta me pareció que con cada vuelta que daba Tusho se
volvía más y más como la anciana que yo había visto en mi primer viaje a
Santa Clara… Hasta que Tusho desapareció.
Cuando llegó el guardián y sacaron el cadáver yo ya no estaba. Esa
tarde don Félix vino para llevarme a Ancón, a celebrar el cumpleaños de
Clotilde. Pero con todo, me quedé asustado por mucho tiempo, flaco.
Soñaba que Tusho venía a la casa de Miraflores y me invitaba a cruzar el
río. Cuando iba en el ómnibus del colegio me parecía verlo a la distancia,
envuelto en el polvo del valle… Tusho me ha dejado tranquilo sólo desde
que me he vuelto su tocayo.

Todo Trujillo sabía que don Edilberto estaba por salir a la media noche
en un vapor que zarpaba hacia el sur, hijito, dice Paulina. Y sabía también
que don Edilberto no iba a poder llegar a Lima, por la simple razón de que
tu mamita ya estaba con nueve meses de embarazo. ¡Qué mundo! Salir
corriendo en ese estado, ¿a ver, di?
—Empezaremos de nuevo en Lima, Tomasa —le dijo don Edilberto
a tu mamita. —Pero, antes de irnos, nos vamos a casar.
Como te decía, tu mamita siempre amó a don Edilberto con todos
los nudos ciegos de sus adentros. De ser necesario ella lo hubiese seguido
por todos los rincones del mundo. Así que, cuando don Edilberto se
fue a buscar a uno de esos monjes que por esos años cruzaban el Perú

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bautizando muchachos y bendiciendo puentes, ella no lo detuvo. Todo
lo contrario. Ese día ella sintió en el corazón algo que la convenció,
para siempre, que pasara lo que pasara ella podría confiar en él. Y no
se equivocó, ¿no? A pesar de todo lo que pasaron después, juntos y
separados; a pesar de todo lo que ella nunca ha podido entender sino,
como dice ella, sólo presentir.
Quizás ese haya sido el gran secreto de papá: hacerse querer sin residuo.
Quizás sólo sea cosa de rodearse de gente que sepa cubrirnos las espaldas, aún
a costa de su propia felicidad, para poder seguir adelante con la vida. Pero
yo nunca podría hacer eso. Preferiría entregarme a las huesudas manos de
los técnicos del Servicio.
Esa tarde, me dijo tu mamita, juntaron todas sus cositas en dos
bultitos. Pusieron su ropita, zapatos, sábanas, chalinas, y toallas en uno;
siete libros chiquitos, un violín delgadito, y una cajita de madera —donde
don Edilberto guardaba un reloj de bolsillo de oro, un broche de plata,
algunas fotos y papeles viejos amarrados con cintas amarillas— en el otro.
Cuando se volvió más tarde, don Edilberto cogió su bastón, se puso su
sombrero y desapareció.
Doña Tomasita lo esperó con nudos en el corazón. Mirando hacia
la plaza de armas desde su ventana, recogió sus jardines, sus esquinas, sus
sombras, su gente, mala y buena, y lo metió en su memoria como fiambre
para los tiempos malos que seguramente ella presentía que se vendrían...
Así la encontró don Edilberto. Apenas la abrazó con ternura, todos los
malos presentimientos se espantaron. Y tu mamita me dijo también que,
cuando don Edilberto regresó, parecía muy preocupado. Aparentemente
buscó y encontró algo en el velador, lo puso en su bolsillo, y le dijo que
regresaba pronto; que tenía un asunto pendiente.
—Tenemos bastante tiempo para casarnos, Tomasa —le dijo. Pero,
antes de irme, quiero mostrarte algo.
Don Edilberto desató uno de los bultitos y sacó un librito viejo y
marrón. Era así de pequeñito, forrado en cuero, con tiritas de colores y
letras a mano. Estaba escrito en una lengua que tu mamita nunca llegaría
a comprender. Pero ella me dijo que cuando don Edilberto lo leyó, se
metió tanto en la lectura que sus palabras salían como si estuviesen en

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misa. Escuchándolo tan extraño, tu mamita se puso a llorar en silencio.
Entonces, como despertando de un sueño, don Edilberto la arrulló
nuevamente.
—Me estás dejando, Edilberto.
Don Edilberto se separó un poquito para verla mejor. Ella llevaba
su hijito bien alto. Su cabello estaba todito recogido con un broche de
cacho, y su vestido de percal nuevecito le daba un aire de frescura. No,
le contestó don Edilberto. «Voy a regresar. Tenemos años por delante.
Vamos a irnos bien lejos, Tomasa. Vamos a trabajar juntos en los cam-
pos. Vamos a tener higos, cebada, leche, miel para que nuestro hijo crezca
fuerte. Pero ahora tienes que esperarme hasta que yo regrese». Y se fue.
Así me contó tu mamita. Seguro que doña Tomasita presentía que algo
malo estaba por ocurrir, hijito. ¿Qué llevaba en el bolsillo, a ver? ¿Qué
asunto tenía a esas horas?
Pensando, pensando, con nudos en su corazón, presintiendo que
don Edilberto se estaba encarando con algo que ella no podía captar, tu
mamita se acordó de los peregrinos que llegaban a la iglesia de su pue-
blito. Aparecían de la noche a la mañana con sus limosnas y sus velitas
a rogar por algo o alguien especial. Así que, en su ciega desesperación,
doña Tomasita rebuscó y encontró velas, escapularios, medallas, cruces...
Cuando don Edilberto regresó, tu mamita estaba sentada en medio del
cuarto agarrando fuerte sus dos bultitos y rodeada de velitas prendidas.
Había sacado el librito marrón con tiritas y lo había puesto junto con su
medalla. Cuando don Edilberto entró, ella se limpió las lágrimas, apagó
las velitas, y volvió a amarrar los bultos. Don Edilberto la levantó del sue-
lo y le besó la frente con bastante ternura.
—Vamos a perder el vapor si no nos apuramos, Tomasa.
Se casaron esa misma noche. De pasadita no más. Doña Tomasita
nunca preguntó sobre el asunto que tanta pena le había causado.
Don Edilberto tampoco le dijo nada; pero, poco antes de que don
Edilberto regresara de Jerusalén, que dicen, tu mamita me dijo que ella
vivía convencida de que cada uno de nosotros nacía para morir un día
determinado. No importa cuántas veces uno roce a la muerte, uno no
puede morir fuera de turno. Esa noche doña Tomasita no rezaba para

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atajar al destino sino para fortalecer el alma de don Edilberto, para
ayudarlo a cumplir con el asunto que tenía. En este mundo o en el otro.
La verdad es que no sé qué habrá pasado con ese librito, hijito.
Estuvo en la biblioteca por muchos años. A lo mejor se lo llevó el ingrato
Benjamín, cuando se fue a cumplir con su destino de misha.

Claro que le hubiese sido fácil para tu papá escaparse con tu mamá en el
vapor, dice don Félix, pero José Miguel sabía que tu papá no iba a salir de
Trujillo sin antes darle la cara, ¿manyas? José Miguel sabía que tu papá, igual
que él, estaba enredado en los malditos hilos del honor. ¿Cómo lo supo?
¿Quién sabe, cumpita? Quizás olió algo en el pasado de tu papá, algo que
creo que él llevaba en el alma y que lo empujaba a obedecer mandatos que
brotaban más allá de toda razón. Lo cierto es que cuando tu papá regresó a
la entrada norte, José Miguel lo estaba esperando. Tu papá me dijo que la
neblina seguía blanca y que el viento seguía meciendo la arena fina.
—Siento que hayamos llegado a esto —le dijo José Miguel en for-
ma de saludo—. Pero no podría mirar a una mujer a los ojos, no podría
amar. Jamás.
Tu papá no le dijo nada. Se apeó del palomino sin apuro, lo dejó
libre, y se cuadró frente a José Miguel. La suerte ya estaba echada… En
eso, en un abrir y cerrar de ojos, sin esperar o decir nada más, José Miguel
sacó la pistola que llevaba en la correa, extendió el brazo en la neblina,
y le disparó dos veces. Tu papá ni se movió, cumpa. José Miguel medio
que retrocedió y disparó dos veces más. Pero cuando el sonido de los
disparos se disipó en el espesor de la noche, tu papá seguía ahí, sereno,
como un fantasma, envuelto en la arena finita y la neblina blanca.
Entonces, viendo su fallo o quizás atrincado por un miedo infernal que
le exprimió la mitra, José Miguel se dejó caer al suelo de rodillas y pidió
perdón. Se puso a moquear a los pies de tu papá, cumpa; mientras don
Edilberto seguía como si nada, sin siquiera moverse de su sitio… Años
más tarde, cuando nos estábamos tomando un capitán por el Callao, tu
papá me confió que él había estado demasiado aturdido esa noche y que
por eso ni atinó a defenderse.

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—No tuve tiempo de pensar, Félix —me dijo—. Ni de sentir el peso
del remordimiento que me acompañó desde la primera vez que me tuve
que defender, allá por San Sebastián, hace ya más de una vida. José Mi-
guel pensaba que matar era fácil; pero nunca es así. A la hora de la hora
el pulso tiembla, la vista falla. Uno tiene que aprender a matar... No lo
maté porque, de alguna manera, todo eso ya me parecía un desperdicio,
algo infantil.
Después de un rato, cuando la neblina dejó de remolinear y volvió
el cantar de los grillos rojos, José Miguel se dio cuenta del ridículo que
estaba haciendo. Entonces se levantó del suelo, tiró su pistola a un lado
con una vergüenza infinita en los ojos, y le pidió a tu papá que lo matara;
que lo librara de ese peso que de allí en adelante sería su vida. «Eres un
estúpido», le dijo tu papá, «Te has dejado usar». Eso fue todo. Tu papá
le dio la espalda al tonto ese, encontró su palomino, y regresó a buscar a
tu mamá.

En primavera el viento suave esparcía el olor de los algodonales en flor


cuando el sol subía o bajaba por los cerros, dice Benjamín. Al mediodía,
los rayos del sol bañaban hasta los rincones más oscuros del valle y el
zumbido de los moscardones verdes arrullaba a la gente que descansaba
bajo los árboles. Durante la época de paña de algodón, hombres y
mujeres semejaban avispas gigantes caminando por entre los surcos
rectos, arrastrando sus sacos de yute amarrados a la cintura… En los días
calurosos de febrero venían los carnavales. Todo el valle se vestía de fiesta.
Las casas grandes se adornaban con serpentinas y en los cumpleaños y
bautizos se gastaban chisguetes de éter. Durante los carnavales también
se hacían yunzas. La gente de los diferentes caseríos salía en mancha
a cortar uno de los tantos sauces llorones que crecían al borde de las
acequias. Regresaban riendo y cantando con el árbol alzado sobre sus
cabezas. Lo plantaban en el centro de sus caseríos y lo adornaban con
serpentinas, cadenetas, y pequeños paquetes de regalos... Cuando la
luna alumbraba clara y redonda, la gente bailaba alrededor de la yunza
cantando: Machihualito, machihualón... A la media noche, los danzantes

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se turnaban para cortar la yunza con un machete viejo. Cuando la
yunza caía, los niños se aventaban a buscar los regalos. Los santaclarinos
terminaban esas noches al aire libre, tomando chicha.
Rebusco en mis recuerdos algo de esas noches pero no encuentro nada.
Al parecer Roberta y la diferencia de nuestras edades se volvieron una barre-
ra insalvable. Para Clotilde fue peor. Ella ni siquiera se quedaba a dormir
en Santa Clara, a menos que Roberta se quedara también; algo que llegó a
ser casi imposible después que papá desapareció.
La gente gozaba de muchas fiestas, flaco: cumpleaños, bautizos, no-
che buena, kermeses, veladas. Todo se celebraba o al aire libre o a puerta
abierta. Era un mundo con un ritmo de vida que alternaba entre la faena
y la fiesta. Y entre la pléyade de fiestas y aventuras de esos años, a mí me
agradaban mucho las veladas.
Habían dos veladas grandes al año: una para celebrar la llegada de la
primavera y otra para clausurar el año escolar. En la velada de la primavera
salían los jóvenes de todo el valle. Se disfrazaban de vainitas de frijol, de
tomates maduros, o de choclos barbones y salían, solos o en grupo, a
cantar, a bailar y a recitar. Los artistas más conocidos salían en ropa de
fiesta. Uno de los artistas más celebrados era Santiago Bravo, un chofer de
ladrillera a quien todos conocíamos como Goyo. El hombre salía vestido a
la cubana: con largos sacos blancos, zapatos marrones con blanco, y talco
en la cara. Imitaba muy bien a los cantantes de la Sonora Matancera y le
gustaba recitar poemas de amor. Goyo era tan conocido en el valle que los
organizadores siempre le pedían que iniciara y terminara las veladas. En
la gran velada del fin del año escolar salían sólo los estudiantes del colegio
nacional de Santa Clara. No eran tan buenos actores como los otros, pero
siempre valía la pena verlos actuar. Octa salió una vez de sheriff; con su
estrella de lata en el pecho y todo. Juanita, la hermana menor de Goyo,
que era así de grandaza, salió de bandido. A pesar de las diferencias de
estatura, actuaron muy bien y se ganaron muchos aplausos…
No sé qué habrá sido de la vida de Goyo. Se habrá casado y habrá
llegado a tener muchos hijos... Yo perdí contacto con todos esos amigos
después de la represión del 62. Lo cierto es que el valle cambió por
completo después de esa tragedia. Con el amargo de esa desdicha en sus

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vidas, la gente de Santa Clara abandonó hasta la costumbre de gozar
veladas y kermeses. Con el paso del tiempo, claro, el destino les depararía
otras distracciones, pero para cuando me fui del valle, Santa Clara se
había vuelto un pueblo rojo y triste.
Sé que el pueblo no es unidimensional, flaco. Sé que el pueblo es
sólo un cúmulo de individuos comunes y corrientes, con entereza y con
flaquezas, como tú y como yo. Por eso no todo fue siempre paz y felici-
dad en Santa Clara, aún en los primeros años que pasé por ahí. Como
en todo lugar, en el valle también hubo tragedias ordinarias y maldades
mezquinas. Como el resto, me rocé con esas tragedias y maldades. Conocí
a don Quijote, a la Loca, y a Domitila, por ejemplo. Esas enmarañadas vi-
das deberían haberme afectado profundamente; pero como en esos años
todavía estaba protegido por el manto de Roberta, esos destinos no me
enseñaron mucho. Las tragedias y maldades que de verdad me enseñaron
a vivir, las que quizás me hayan traído hasta aquí, me llegaron después de
la represión del 62.

Afiche desteñido y arrugado. Informe oficial. P. 33

GRAN VELADA DE PRIMAVERA

EL CLUB DE TEATRO SANTACLARINO


PRESENTA
CAPERUCITA ROJA Y EL LOBO FEROZ
Arreglos de Joaquín Fernández. Con actuación de la reconocida
actriz Zoraida Campos Neira como Caperucita Roja y la intervención
estelar de Claudio Becerra Portocarrero como el Lobo Feroz.
CIERRE CON BROCHE DE ORO
CON LA ACTUACIÓN ESPECIAL DE
GOYO

En el Cine de Santa Clara. Sábado 20 de septiembre de 1958. Precio:


Adultos: 1 sol. Niños y escolares: 25 céntimos.

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Tu mamita vio el mar por primera vez cuando tendría sus trece
años, dice Paulina. Su patrona la había llevado a una caletita que se llama
Huanchaco para que cuidara a los chiquitos. Al principio, el reventar de las
olas le daba mucho miedo, hijito. Pero con el tiempo ella llegó a saborear
el agua salada, a sentir la arenita escapándosele por entre los dedos, a ver
los vapores que se mecían en la distancia. Ella me dijo que hasta se llegó a
preguntar: ¿quiénes serán esos que viajan en tan lindos vaporcitos y para
dónde irán? Así es hijito, cuando uno no tiene nada, uno siempre piensa
en lo oscuro o en lo bonito que es el quehacer de otra gente. Pero también,
como estamos hablando de tu mamita, puede que ella ya presentía que sería
una de esos navegantes y sólo se estaba preparando.
Pocos años después, cuando el sol quemaba fuerte y había aire fresco
sólo en el balcón, tu mamita se ponía a escuchar a don Edilberto hablar
de los barcos enormes cubiertos en sábanas blancas que habían cruzado
los mares trayendo los ricos al Perú. Doña Tomasita se imaginaba
meciéndose con las olas, doblando y desdoblando las enormes sábanas
blancas, mirando el mar por las ventanas redondas del capitán. Tu
mamita se iba por costas azules, por puertos sin nombre, entre gente
extraña, siguiendo los cuentos de don Edilberto.
Pero amalaya que su verdadero viaje por el mar no fue así, hijito.
Sentada contra la cabina del vaporcito, tapada con una mantita de al-
godón, sintiendo el sonido ronco del motor en sus espaldas, tu mamita
sentía olas de náuseas. «Aférrate a tus sueños», se decía, para darse valor,
«Vuélvete fuerte. Recuerda siquiera». Así que, pensando cómo era que el
pasado se conectaba con el futuro, doña Tomasita consiguió sentirse feliz
y con suerte. Claro que extrañaba lo que había dejado atrás, su mamita
y sus hermanitos más que todo, pero estaba feliz porque iba a conocer
otros mundos. Su propio hijito conocería más todavía; su hijito empe-
zaría de ahí para adelante. Así me hablaba de Benjamín, cuando todavía
llorábamos juntas... Pero conforme el vaporcito se mecía en un cielo sin
nubes, ya ni sus recuerdos ni sus sueños la ayudaban del todo. Parecía
que su aliento se iba y venía por su cuenta. Hasta que, cuando ella sintió
los dolores por sobre el sonido ronco del motor, doña Tomasita decidió
sacudir a don Edilberto de sus propios pensamientos.

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—Creo que ya viene el niño —le dijo.
Don Edilberto llamó al capitán. ¿Dónde estaban? ¿Cuánto faltaba?
Pero el capitán les dijo que faltaba mucho para llegar a Lima; que recién
estaban empezando.
Por eso fue que Benjamín nació en alta mar, pensé, escuchando la voz
triste de Paulina. Es por eso que él siempre dice que nació en Chimbote y
no en Miraflores. Por eso se siente diferente, parte de un Perú que usa para
darnos la espalda. Desde ahí vendrá su rencor.

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Capítulo dos

De chibolos éramos unos pendejos, compadre, dice el comandante


Rojas. Andábamos por Santa Clara contando chistes, tomando coca
colas, corriendo por encima de las rumas de los ladrillos. Para que usted
vea, él es el único cojudo que todavía me llama Octa. A veces la amistad
cuesta, carajo.
Benjamín vivía por la avenida Piérola, un poco más allá de la quinta
de los Rivas. Era un cholito flaquito que, cuando yo lo conocí, andaba con
tirantes y pantalones cortos. ¡Era todo un pituquito de Miraflores! Tenía
chofer, cocinera y una tía creo, doña Roberta, que andaba asustando a los
animales con un palo. Tenían una caballeriza pegada a su casa rosada. Era
una casa grande. Creo que esa casa se quemó poco después que él se fuera
del valle.
¿Qué le puedo decir? Nos conocimos por casualidad, cruzando
las acequias de don Li, el chino que sembraba verduras y que murió
acribillado por los tombos conchasdesusmadres que vinieron a Santa
Clara a beber sangre de pueblo. Éramos distintos, sí. Él tiraba para
maricón, con su acentito medio cojudo y su manera de hablar todo
correcto. Pero llegamos a ser amigos. Putamadre, amigotes. Crecimos
por esos callejones tirándonos la vaca, robando nísperos, durmiendo
por los hornos. Pregúntele si quiere… Tenía un chofer negro que
se llamaba don Félix. Ese negro lo cuidaba como si fuera su esclavo,
carajo. Por mi madre. Lo buscaba, le gritaba. En realidad, no sé qué
sería lo que los unía de esa manera.
Benjamín casi no hablaba de su familia, pero una vez me dijo que su
papá los había abandonado, que se había ido a la Argentina por culpa de
doña Roberta. Creo que pensaba que su viejo le estaba sacando la vuelta
a su vieja con doña Roberta. Para mí que estaba equivocado. Si su viejo
tenía algo con doña Roberta, ¿por qué no se la llevó? ¿Usted qué dice?...
No pertenecían al valle. Ni su mamá. Aunque ella sí era cajamarquina
y hablaba como paisana. Era buenísima. Me regalaba panetón italiano
—esos que viene con celofán rosado— para la navidad. Una vez hasta me
invitó a comer en su casa. Pero no, yo les caía mal. Especialmente a doña
Roberta, que era una mujer medio cojuda. Andaba con un pañuelo azul en
las narices y ordenaba a Felipe, mi pata de Jauja, como si fuese su perro...
Pensándolo bien, creo que sin quererlo doña Roberta me enseñó a ver la
lucha de clases como algo inevitable en la historia, compadre. Despreciaba
a los pobres. Chesumadre. ¿Dónde estará ahora? Arrinconada, seguro,
como toda su clase; en esas casas con alambres de púas, con perros, con
alarmas, con traidores guardándole la espalda… Pero, con Benjamín nos
comprendíamos. Éramos como hermanos, reíamos y llorábamos juntos.
Nos metíamos por todas partes, carajo.
—¿Vamos Octa?
—¡Vamos!
Así fue que conocimos a la Loca.

7:30 A.M.

Los centinelas lo habían detenido lejos del campamento, recuerda


Edilberto Isaac, y sólo después de mucho discutir consintieron que el
Ñato entrara al campamento con su encargo: pedía una entrevista con
nadie más ni menos que el comandante Rojas. Pero el Ñato regresó con
la noticia de que el comandante Rojas estaba demasiado ocupado como
para recibir periodistas; que regresara de un tiempo; o, mejor, que buscara
a otro a quien entrevistar.
Fue entonces cuando el excapitán se la jugó. Pidió que el Ñato
regresara al campamento para decirle al comandante Rojas que él era

| 72 |
el camarada Manuel Zárate Seoane quién venía expresamente desde
Lima buscando al camarada Tusho o, mejor dicho, a Benjamín Peres-
Benayón Montañez, para hacerle una entrevista exclusiva. Y esta vez
sí, el Ñato regresó con la noticia de que el comandante Rojas había
cambiado de parecer.
El comandante Rojas lo esperó en el fondo de su tienda de campaña
al lado de una silla de lona y aluminio. Tenía puestas las fatigas y las botas
de campaña. Un sombrero de hule verdusco le cubría la cara, casi hasta los
ojos. Parecía nervioso, como si esperara un desenlace repentino, y posaba
la mano derecha en la cacha de su revolver negro de cuando en cuan-
do… «El comandante Rojas era desconfiado por naturaleza», piensa el
excapitán, pasando la mirada distraídamente por los anaqueles de libros
cubiertos de polvo en la biblioteca que había sido de su padre, regresando
en su mente a ese día lejano cuando había andado tanto en busca de su
hermano mayor. Pero, al fin y al cabo, esa desconfianza no le valió de
mucho contra Bolas de Acero.
El comandante Rojas le estrechó la mano y, mientras lo tenía prisionero
en su apretón, lo escudriñó hondo con sus pequeñísimos ojos negros. Fue
un momento muy incómodo, piensa Edilberto Isaac. Por un breve instante
se sintió casi desnudo ante el extraño. Pero la disciplina del Servicio le valió
para no dejarse llevar por el pánico. Por fin, el comandante asintió: «voy
a tratar de ayudarlo en lo que pueda», le dijo con voz amistosa. Y, para
suavizar más el momento, Edilberto Isaac le confió que estaba escribiendo
algo popular sobre la vida del comandante Tusho. Algo que aliente a los
jóvenes de las clases dirigentes, mi comandante. «Porque, como usted sabe,
la revolución tiene que comenzar por todos lados».
Recordando su audacia, el excapitán reconoció que lo había
arriesgado todo por el deber. Pero, después del incómodo momento
inicial, el resto solo fue cuestión de hacer las cosas tal como lo había
planeado. «Quisiera saber sobre las cosas cotidianas, más que todo, mi
comandante», le había dicho. «Algo que nos ayude a dar una imagen
humana, verdadera, del camarada Tusho. ¿Le molesta si prendo la
grabadora?...». Tal como Roberta, el comandante Rojas parecía haber
estado esperándolo para contarle su historia.

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***

Cuando doña Tomasita pudo ver bien a su hijito, se sintió diferente,


dice Paulina. Era como si todo el mundo hubiese cambiado de repente.
Sentía la felicidad sobándole la cara en ese viento salado mientras
trataba de adivinar el porvenir de su hijito en ese cielo sin nubes. Tenía
su corazón llenito de esperanzas, todito parecía ser de buen agüero.
Pero había sido mentira nomás. ¡Ay, Dios! Será que uno nunca se puede
escapar de su destino.
Desde la punta del vaporcito, de por entre unos sacos de arroz, hijito,
apareció una mujer bien vieja y corcovada, de pelo ceniciento. Sin decir
nada, la vieja se meció hasta doña Tomasita, levantó la manta de algodón
y se puso a manosear al niño, como si hubiese husmeado algo extraño.
Cuando se cansó de rebuscar, se enderezó, tosió y anunció, con una cara
torcida por el espanto, que había nacido un misha.
—Tiene la marca —dijo la vieja, con un misterio negro en la voz—.
Míralo tú misma, mujer; no es como el resto de nosotros. Tu hijo va a ser
o un héroe o un ladrón, pero no será ni como tú ni como yo.
Y la mujer regresó a su hueco por los entre sacos de arroz.
Paulina se hizo la señal de la cruz con la mano izquierda sobre sus
labios. Ella siempre hacía eso cuando bostezaba o cuando repetía cosas que
eran de mal agüero.
Los mishas son los que nacen con una mancha grande y negra en el
cuerpo en forma de humano o de animal. Y la verdad era que el pobre
Benjamín había nacido con un hombre bailando, justo sobre el corazón.
Por eso era que tu mamita nunca lo dejaba andar sin camisa, ni en el río
ni en los carnavales que a él tanto le gustaban cuando estaba chiquito. Tu
mamita me dijo que la gente vieja de su pueblo decía que había mishas
malos y buenos. Pero más que nada, hijito, todo el mundo en la sierra
sabe que los mishas nacen para andariegos. Así son. Por eso sería que doña
Tomasita no se sorprendió nadita cuando Benjamín se fue a rodar por el
mundo. Y, encima de todo, recordó que la gente vieja de su pueblo decía
que una mujer que da a luz a un misha también ha nacido diferente a
las demás; que esas mujeres pueden presentir los destinos y que por eso

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siempre llevan nudos en el alma. Después que dan a luz, peor… Para mí
que tu mamita es qawaq hijito, una presentidora.
Volviendo a ese día del mal agüero: para enterrar su miedo, doña
Tomasita se recostó fuerte contra la cabina del vaporcito. Trató de cal-
mar su corazón pensando en las laderas y en los arroyos de su pueblo;
recordando la luz dulce en los ojos de su papacito, también. Pero ahora
el viento salado ya sólo le traía sabor de lágrimas. Tu mamita tuvo que
luchar mucho contra los malos pensamientos bajo ese cielo azul infinito.
Hasta que, cuando ya le caía el sueño, tu mamita escuchó a don Edilberto
preguntar cuál era aquel puertito en la distancia.
—Chimbote —dijo el capitán.

La Loca vivía en una casita blanca al canto del desierto, por las ruinas de
los gentiles, dijo el comandante Rojas. Era más bien alta, con una cara
larga y pálida, y unos ojazos redondos y negros. Cuando la conocimos,
ella ya hablaba sola. Hasta vivía sola, con sus dos perros. ¡Les teníamos un
miedo a esos perros! En las noches de luna llena sus aullidos llegaban has-
ta mi casa, que quedaba al fondo de la ladrillera de Terán, como a medio
kilómetro de la finca de Benjamín.
La gente decía que la Loca había aparecido por la avenida Piérola
en un Chevrolet rojo con sus dos cachorros, un baúl redondo de cuero,
cirios enormes de todos los colores, una jaula con papagayos de papel,
libros chiquitos amarrados con tiras de cuero y miles de otras cosas extra-
ñas. Decían que los aullidos de los cachorros que anunciaban su llegada
asustaron tanto a los loritos del valle, que éstos se alzaron al cielo de un
porrazo y casi taparon a la luz del sol. Putamadre. Porque, aunque usted
no me crea, en esos días todavía había loros en el valle, compadre. Esto fue
antes de que vinieran los capitalistas de Lima a joderlo todo.
Pero había más todavía. La gente decía que la Loca había aparecido
acompañada por una mujer tan negra como la noche, que era una mujer
de cabeza pelada y redonda como un mamey y de dientes más blancos
que la leche, que apenas llegaron a la casita blanca empezaron a andar
por el desierto en luna llena, que se las podía escuchar por kilómetros,

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riéndose y hablando en lenguas extrañas. ¡Por Dios! Así fue como
la gente de Santa Clara llegó a escuchar por primera vez hablar de los
intelectuales burgueses como Camus, Nietzsche y Levy-Strauss. La cosa
es que, ahí nomás, la gente maliciosa tejió un montón de historias sobre
las dos mujeres: Que corrían calatas por el desierto, que eran amantes,
que la negra era marimacha, que el pelo de la Loca prendía en fuego
cuando llovía, que comía tierra roja cuando había luna llena. Cojudeces.
La verdad era más increíble y más triste que todas esas historias todavía,
compadre. Me la contó ella misma, pocos días antes de morir.

Querían llegar a Lima, cumpita, dice don Félix; pero ya no pudieron seguir
porque Benjamín vino al mundo. Bravo habrá sido eso. En alta mar y todo.
Sin nada para el dolor. Pero eso sólo me lo imagino, cumpa, porque tu papá
nunca hablaba del dolor, ni del suyo ni de quienes él quería… Así que tuvie-
ron que parar en Chimbote, una caletita de pescadores de por más acá de
Trujillo nomás. El capitán del vaporcito les dijo que felizmente ahí había
un buen hotel. Esto porque en esos días Chimbote todavía no era el puerto
industrial que es hoy; era sólo para turistas, más bien… En fin, la cosa es que,
viendo las plumas de humo multicolor que botaba la fábrica de acero que
recién habían construido por ahí, tu papá pensó que algún día esa caletita se
iba a llenar de maravillas traídas de muchos lugares lejanos. «Tiene que ser
así», me dijo, «porque a pesar de todo lo malo que trae la civilización, nadie
la puede parar. Es que está hecha a la imagen del hombre», ¿manyas?
Don Félix se sobó los ojos carnosos con el anverso de ambas manos,
bostezó largo, se estiró y se levantó para empezar a preparar su chilcano de
cabezas de bonito. Bajó el cuchillo viejo y gastado que colgaba de un alambre
en la pared y empezó a cortar la cebolla y el perejil. El garaje se va a llenar
de un olor insoportable, pensé. Los ojos vidriosos de los bonitos parecían a
punto de llorar.
Se hospedaron en el hotel Chimú, que en ese entonces era un hotel
de lujo, cumpa. Don Edilberto me dijo que lo recordaba clarito: un
edificio grande y rosado, con patios y jardines interiores, con un cuarto
que quedaba en el tercer piso y que tenía dos ventanas anchas adornadas

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con telas de percal que se abrían al mar... La cosa es que la vista, el Servicio,
los muebles, todo les cayó como cuete.
Pero, con todo, tu papá no pensaba quedarse en Chimbote por mu-
cho tiempo. Pero no era por incomodidad o por falta de plata, cumpa,
él siempre anda con suficientes fondos. No cumpa; era porque él estaba
muy preocupado por la salud de tu mamá. Poco antes de que se fuera a cu-
rarse a la Argentina, tu papá me dijo que ese día, cuando vio a tu mamá y a
Benjamín durmiendo juntos en ese hotel, hasta le dieron ganas de llorar,
¿manyas? De llorar. Porque tu papá los quiere mucho, a todos. No hagas
caso cuando te digan que los ha abandonado. Es pura mentira. Vas a ver.
Se quedaron en Chimbote sólo tres meses. En parte porque tu papá
sabía que el futuro de su familia estaba en la capital, y en parte porque la ver-
dad es que a él nunca le han gustado las provincias. En ese corto tiempo tu
papá llegó a detestar a Chimbote tanto como ya detestaba a Trujillo. «Esa
ciudad polvorienta y ese puerto que nace —me dijo el día que me pidió que
me viniera a vivir aquí, mientras caminábamos por el Callao— son ejem-
plos vivos de la provincia, Félix. Son atrayentes al principio, pero se vuelven
sofocantes e intolerables conforme pasan los días». Y cuanto más leía tu
papá de los negocios que se transaban en la capital después de la guerra, más
insoportable se volvía su resentimiento contra las provincias.
—Tratar con comerciantes provincianos es un bochorno —me dijo,
con ese acento que tiene—. Nunca ven más allá de sus narices. Hay que de-
cirlo, hombre. Son como esos escarabajos que andan tan preocupados con
sus bolas de excremento que no se fijan en los valles por donde caminan.
Por eso se vinieron a Lima, cumpa. Por eso. Apenas llegaron al
centro, él alojó a doña Tomasa y a Benjamín en el hotel Bolívar y se puso
a buscarme. Yo todavía estaba por el Callao, andando por ahí como un
gallinazo, ya viejo y sin rumbo. Me trajo. Por eso te llegué a conocer,
cumpita. Por eso somos patas.

La cosa empezó por aquí nomás, compadre, dijo el comandante Rojas;


por estas junglas interminables. Habrá sido a principios del siglo, seguro;
durante los días del caucho. Porque la Loca me dijo que su familia había

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tenido una finca grande por acá, que estaban haciendo de pioneros con
tierras de los nativos y crédito del gobierno. En todo caso, en esa finca la
Loca conoció a un machiguenga —un machiguenga neto, compadre— y
se enamoró del cojudo. No con un amor normal, seguro, sino como algo
más romántico; como si se hubiese enamorado de la idea de amar a un
indio, digamos. Esto fue cuando ella todavía era una niña.
El comandante Rojas se inclinó para ver si el Primus seguía prendido.
Al verlo en esa preocupación tan humana no pude evitar tener por él algo
así como una mezcla de admiración y de piedad. Algo raro, en realidad. Era
como si, después de haber andado tanto en cumplimiento de mi deber, me
diera cuenta por primera vez que me encontraba frente a frente con uno de
los quienes yo sabía iban a morir. Sería el remordimiento, quizás.
Hubo algo más. Fue también en ese mismo momento cuando me di
cuenta por primera vez que la lluvia había despertado en mí un zumbido
constante y sedoso que remolineaba entre mis sienes como un humo azul.
Aunque, a decir verdades, en ese momento no me imaginaba que ese
zumbido sedoso llegaría a perseguirme tanto, que, al final, me traería
aquí, a este escritorio.
Ella veía al machiguenga pasar por su casa todas las tardes,
compadre, dijo el comandante Rojas. Lo esperaba, carajo. El
machiguenga andaba medio calato, sabiendo que Lelia —así se llamaba
la Loca— lo miraba y como que se lo comía con los ojos. Habrá sido con
inocencia, más que todo. No sé, pero Lelia decía que los machiguengas
no entran en cojudeces, que ven todo eso, las cosas sexuales, como algo
natural. Así que, él le correspondía, mirándola con ganas. ¿Quién iba a
pensar que algo nunca podía haber entre ese machiguenga y la hija del
pionero? Hasta le hacían cachita:
—¡Ya viene tu indio, Lelia!
Así pasaron los años. Y cuando Lelia ya estaba más madura, ella to-
davía seguía con la misma cojudez. Hasta fantaseaba que cocinaba en la
selva para él, que le hablaba en su idioma, que el machiguenga la tomaba
de la cintura y la bañaba en aguas cristalinas. Cojudeces así. Y las fantasías
no eran pasajeras, compadre. Eran algo como obsesiones más bien. Su
mamá le gritaba: «¡Déjate de soñar despierta y ayúdame con la comida,

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Lelia!». Porque Lelia no tenía amigos. Pero ¿qué?, si sólo había dos o tres
muchachos elegibles, o sea, pitucos, en esa jungla. De todas maneras, Lelia
no quería querer a nadie más que a su machiguenga. Porque eso a veces
ocurre con las mujeres, oiga usted; se les mete algo entre ceja y ceja y se
acabó. Eso se lo digo por experiencia propia, carajo.
Semanas van y semanas vienen.
Hasta que un día, al final de la temporada de lluvias, que por estas
junglas de mierda dura meses, cuando Lelia estaba sentada en la baranda
de su casa viendo las canoas pasar por el río, el machiguenga la chapó de
sorpresa. La agarró de la cintura, la alzó a los hombros, y empezó a tirar
pata para el río. Putamadre, ella lo reconoció, pero igual pegó el grito al
cielo, chapaleó, le tiró puñetitos; nada. El machiguenga se la llevó nomás.
Se la cargó, compadre.
¿Gritaría de miedo o de alegría? Uno nunca sabe.
El machiguenga era más viejo de lo que Lelia había pensado. Era medio
flaquito, pero fuerte, como son los machiguengas de por aquí. Ahora él iba
sentado en la punta de la canoa, carajo, rema y rema. Tenía los ojos medio
cerrados, como si estuviese a punto de dormir, y no hablaba. Putamadre.
Así se hundieron más y más por la selva. La Loca me dijo que, después de
unas horas, todo por allí le era desconocido; que cuando llegó la noche
sonaba como si estuviesen rodeados por un millón de picaflores... Hasta
que desembarcaron. Ella que no sabía qué hacer, compadre. Quinceada,
seguro. Ahí —Tsame creo que se llamaba el Machiguenga—, ahí Lelia se
volvió mujer. Sin hablar ni cojudeces… Aún de vieja, la Loca podía revivir
ese momento, por Dios. Toda mujer escogerá un momento así para
recordar toda su vida, ¿qué dice usted? La cosa es que, contándome esa
parte de su historia, Lelia parecía más suave y más dulce.
El comandante se inclinó de nuevo para cerciorarse de que el Primus si-
guiera prendido. En el resplandor de esa luz azuleja su cara se volvió tierna,
juvenil. Yo desvié mi atención hacia la algarabía de los guacamayos escon-
didos en las copas de los árboles, altos y lejanos.
Al otro día Lelia se despertó escuchando sonidos extraños y deli-
ciosos que parecían brotar desde el mismo barro de las riberas. Estaba
feliz, compadre. Y ¿dónde estaba Tsame? En la canoa, todo pintado,

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con rayas rojas en la cara, con rayas amarillas en el pecho. Por mi ma-
dre, sin saber qué más hacer o decir, Lelia le confió su miedo: «¿Sabes
lo qué has hecho?», le preguntó como si le estuviese preguntando a un
niño —porque Lelia me dijo que por esos años ella todavía tenía mente
de conquistador— «¿Sabes quién es mi papá?». El Machiguenga no le
contestó. En vez de eso, le sobó la cara con sus dedos rugosos y le dijo que
ya era hora de seguir; que si no se apuraban los iban a pescar. ¿Quién?
¿Cómo sabía? El Machiguenga entonces le dijo a Lelia que era todo el
mundo y que venían por todos lados; que los habían seguido toda la no-
che… Así que, subieron otra vez a la canoa.
La Loca me dijo que en ese último trayecto, Tsame miraba para to-
dos lados, como una fiera acorralada. Por Dios. Sería el miedo amarrado
al odio ancestral contra todos los explotadores, carajo. Mientras tanto, la
canoa se deslizaba río abajo y se escuchaban las olas lamiendo las orillas
despacito: clap, clap, clap… La cosa no iba a durar mucho más.
En una de esas vueltas, por un árbol enorme lleno de mariposas blan-
cas, Tsame dejó de remar, habló en su lengua como cantando, levantó un
trapo viejo del fondo de la canoa y sacó un arco y unas flechas. En ese mo-
mento, me dijo Lelia con mucha tristeza, los amantes se miraron hondo
a los ojos. Ahí se dieron todo ese amor embarrado de recelos, de miedo,
de locura, hasta de odio. Porque, aunque le parezca una cojudez, yo creo
que, después de muchos años, Lelia llegó a aceptar que ese día, aunque
sólo haya sido de refilón, ella había llegado a odiar a Tsame. No porque
se la había robado, compadre; sino por su heroísmo cojudo que les negó
toda posibilidad de que se amaran más de una noche.
Los tiros sonaron cuando todavía se estaban mirando. Tsame dejó
que saltara la flechita de su arco, como una señal de impotencia más que
nada, y cayó al agua, muerto. La Loca no supo que más hacer sino ponerse
a llorar, chesumadre.

La caletita de Chimbote estaba rodeada de cerros grises, dice Paulina; pero


sus playas eran anchas y blanquitas. Dunas medianas y lagunas llenas de
totora marcaban la redondez para el lado derecho. A la izquierda, tirando

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para el norte, sólo había cerros grises. Una brisa tibia desparramaba un
olor a sol y a sal. El sonido de la bahía, medio hondo y disperso, le dio a
tu mamita la impresión de que se metían por una cueva enorme. Cuando
el vaporcito se acercó más a la tierra, doña Tomasita pudo ver una fila de
palmeras altas bordeando unas playas blancas.
Los palos enormes y calatos que se sacudían las cabezas en la brisa, el
brillo de la arena blanca, el graznido de las bandadas de pájaros marinos;
todo eso le quitaba la realidad a un enorme edificio rosado que tu mami-
ta después llegó a conocer como el hotel Chimú. ¡Ay hijito!, quizás por
todo lo que ya le había pasado, esa extraña visión le trajo a tu mamita un
presentimiento de desastre. Como ya te he dicho, tu mamita siempre ha
tenido el don de presentir las cosas. Y ¿acaso no fue por allí donde per-
dimos a Benjamín, pué? ¿Acaso no fue en Chimbote donde él se volvió
terruco, que dicen?
Cuando desembarcaron, doña Tomasita se dio cuenta de que millo-
nes de canarios juguetones habían hecho sus nidos en las cabezas de las
palmeras. Manchadas y manchadas de gaviotas y de pardelas jugaban en
el aire y al fin asentaban lindo en las playas. Un malecón ancho empezaba
en el edificio rosado y se perdía curveando hacia el norte.
A pesar de todas esas linduras, hijito, tu mamita ya sentía las piernas
débiles; su cabeza ya parecía estar envuelta en el sonido de cueva que
crecía y bajaba con el viento; sus ojos ya estaban casi ciegos por el sol que
se iba despacito por los cerros. ¡Ay, Diosito! Tu mamita me dijo que ni
se acuerda cómo fue que llegó al hotel rosado, donde un hombre así de
chiquito pero con overoles verdes le ofreció una silla. Pero ya había sido
demasiado tarde, para entonces un hilito de sangre ya había encontrado
camino hasta sus zapatos nuevos. Casi por desmayarse, doña Tomasita
tuvo la sensación de que estaba de nuevo en la casa de los Valdivieso
y Esconza, porque todo era elegante otra vez. Las paredes eran lisas,
blancas, limpias. El piso de mármol tenía venitas marroncitas bien
claritas. Un candelabro gigante colgaba en el centro de la larga sala de
espera. Armarios con huacos adornaban las esquinas. Bonito era. Pero
con todo, mientras un ascensor chiquito la subía al tercer piso, tu mamita
sentía como si todas sus fuerzas la estuvieran abandonando por los pies.

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A pesar de ese mal comienzo, los días siguientes fueron mucho me-
jores. Salió un sol lindo y doña Tomasita pudo caminar por el malecón de
Chimbote del brazo de don Edilberto, feliz de la vida. Claro que ahí ella
también sintió por primera vez las miradas feas de la gente extraña y envi-
diosa. ¿Cómo no, si ella era paisanita y sin educación? Y claro que a veces
ella se ponía a llorar a solas: ya porque alguien le había aventado cuchillos
con la mirada, ya porque no había sabido comportarse, ya porque le había
faltado qué decir. Pero eso no le quitó nada al hecho que en esos días de
sol, tu mamita llegó a confiar en don Edilberto completamente, sin ningún
reparo. Y eso no llegó a cambiar nunca, hasta el día en que ella lo vio morir.
En la mañana del séptimo día de su estadía en Chimbote, doña
Tomasita acompañó a don Edilberto a la municipalidad para asentar al
recién nacido. Así fue que Benjamín Elías Peres-Benayón y Montañez
entró al mundo de las gentes.

Lelia terminó haciendo lo que por esos años hacían todos los burgueses
cuando tenían escándalo en la familia, dice el comandante Rojas: se fue
a París. Cómo explicar la pérdida de su inocencia, ¿no? Nadie sabría a
ciencia cierta, claro, pero todos lo pensarían. Los chismes llegarían a las
salitas de espera de San Isidro y de Miraflores. No señor. La botaron
a que estudie en la Sorbona. Cuando hablamos, ella me dijo, ya sin
amargura, que sus recuerdos más interesantes de esos años habían sido
sus conversaciones con Levy-Strauss, el antropólogo ese que, como
todo el mundo en esos años, también se creía marxista. ¡Chesumadre!
Discutían sobre lo que existe de universal en el hombre, decía.
El comandante Rojas hizo una pausa y miró dentro de sí con intensi-
dad; parecía buscar asidero a pensamientos inefables. Después, como para
despejar la cabeza, se levantó de su sitio y destapó el tacho. Las sedosas
hebras de humo anunciaron que pronto estaría lista el agua para el café.
Afuera de la carpa, los chillidos de los guacamayos seguían culebreando
bajo la lluvia.
En fin, Lelia pasó muchos años en París. Se metía con sudamericanos
exiliados, con gente de Argelia, con estudiantes del Vietnam. En ese plan

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estaba, cuando conoció a Gloria. Recordándola con mucho amor, me dijo
que Gloria había sido de Casablanca, de por Marruecos, que había ido a
París para estudiar medicina, y que la vida nocturna de esa ciudad la había
descarrilado. Cuando se conocieron, Gloria trabajaba en un quiosco de li-
bros usados al canto del Sena y vivía en un barrio lleno de latinos, en un
cuartucho demasiado frío en una de esas calles llenas de mesas y de ven-
dedores que dicen que existen en París. Con el tiempo, llegaron a ser más
que amigas: se llegaron a amar. Por mi madre, compadre. Pero, no hay que
juzgar así nomás, oiga. En este caso por lo menos, ese amor merece respeto.
—¿Cómo fue que llegaste a París? —le preguntó Gloria a Lelia un
día. Lelia le contestó fingiendo recordar.
—Porque después que mis papás murieron mi tío Bonifacio quiso
que yo viera la Ciudad de Luces. —Gloria estaba fumando. Golpeaba
como hombre, carajo. Remolineaba el humo hondo y lo dejaba salir
suavecito. Lelia la recordaba mucho así—. Pero ya me voy a regresar. Me
voy a comprar una casita blanca por ahí y me voy a quedar para siempre.
¿Quieres venir? El Perú te encantaría.
Gloria no sabía mucho de la América Latina entonces. Nadie sabía
mucho de nosotros en esos años, carajo. El destino de la humanidad se
jugaba o en Washington o en Europa. Con todo, Gloria le dijo a Lelia que
una marroquí en el Perú quedaría como un diamante entre piedras finas.
—Por supuesto, Lelia. Nos vamos.
Así fue que, después de muchos años, Lelia regresó al Perú. Se
compró la casita blanca de al lado de las ruinas de los gentiles en Santa
Clara y vivió ahí con Gloria años felices. Me dijo que les gustaba mucho
recorrer el desierto, que en las mañanas de invierno hacía por ahí una
brisa bajita que venía del Cerro Colorado y que traía olores como a
jazmín. Se sentaban al borde de las gigantes rocas azules que hay por ahí a
recordar sus experiencias en París, a contarse de sus amores abandonados,
a tomarse de las manos... Hasta que, en un extraño día de septiembre,
cuando un aguacero grueso cubrió el valle y trajo un arco iris enorme,
Gloria amaneció con una tos de muerte. Esto sería un poco antes de que
Benjamín y yo llegáramos al valle porque, lamentablemente, nosotros no
logramos conocer a Gloria. Una lástima, carajo.

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Tu mamita me dijo que cuando estuvo en Chimbote ella visitaba las
dunas, los campos, los algodonales, acaparando recuerdos, dice Paulina.
Seguro que presentía que muy pronto esos días felices se le iban a terminar,
que tendría que hacer sus bultitos una y otra vez, hasta que, por fin, se le
acabara la voluntad de ser feliz. Por eso, hijito, cuando don Edilberto le
dijo que ya era hora de irse, ella sólo aparentó protestar: «¿Por qué no nos
quedamos aquí, Edilberto?», le preguntó abrazando a su hijito, «¿Qué
vamos a hacer al sur?» Era porque en Lima estaba la civilización, pues.
En eso don Edilberto era como todo el mundo: Lima, Lima, Lima.
¿Cómo hubiese llegado a ser mamá, si nunca hubiese venido a Lima;
si nunca hubiese llegado a conocer a Roberta? Estoy tratando de imaginarla
sonriendo, caminando sin el apoyo de Paulina, libre de su chalina verde, pero
no me es posible. Lástima que mamá ya no podrá ser otra para mí.
Llegaron a la capital en un día frío y pegajoso de julio. La pobrecita
nunca había olido esos olores ni escuchado esos sonidos. Los tranvías
cruzaban por todos lados arrastrando sonidos de fierros, los muchachos
gritaban corriendo por las pilas sin agua, los policías de guantes blancos
tocaban sus pitos, los carros tosían… Todo un pandemonio, hijito. Hasta
que llegaron al Bolívar, ese hotel del centro que en esos años, antes de
los terroristas, era para la gente decente. Las paredes tenían bordes con
dibujitos dorados, el piso era de mármol blanco y negro, y una telaraña
gigante de cristal colgaba en el centro de una bóveda de luz como de
leche. Todito era limpiecito. Por eso tu mamita pensó que todo lo que
don Edilberto le había dicho en Trujillo había sido verdad: ese era otro
mundo. Y por eso, también, tu mamita presintió que de ahí en adelante
ella tendría que ser fuerte para no perderse en sus rendijas. Y no es que
se haya perdido, hijito. Yo creo que no habla porque no quiere, nomás.
El conserje le sonrió. Su cara negra, sus dientes y sus guantes blancos,
su uniforme rojo con botones dorados, sus zapatos chillantes, sus ojos
grandes y carnosos, le dieron a tu mamita mucho miedo. ¡Ay hijito! Tu
mamita tuvo la sensación de que el mundo que había conocido hasta en-
tonces estaba por acabarse para siempre. Todo olía a jabón de lavar ropa;

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todo estaba llenito de murmullos. Y antes de que ella pudiera salir de su
asombro, don Edilberto le dijo, con una voz que parecía de otro, que ella
tenía que quedarse sola ahí, esperándolo.
—Regreso a las diez, Tomasa —nada más le dijo. Ella le rogó:
—Llévame contigo, Edilberto. Me quedaré calladita. Llévanos…
—Pero, tomándole la cara entre sus manos, don Edilberto le dijo que
todavía no era posible.
—Pronto, Tomasa. Cuando las cosas estén más calmadas. Ahora
está todo por arreglarse.
Así fue que don Edilberto se perdió por los laberintos de la ciudad
y doña Tomasita se puso otra vez a mirar por la ventana. Días enteros,
hijito. Bañaba a su Benjamín en el baño de mármol, me dijo. Lloraba con
él en sus brazos en la siesta del mediodía, cuando la camarera había ter-
minado de limpiar lo que estaba limpio y el negro le había preguntado si
necesitaba algo más. Ni se atrevía a abrir las ventanas porque el ruido de
la gente y los carros pasando por abajo le daba miedo… Le tenía miedo al
negro, al olor de las sábanas, a la soledad. Pero al principio, ella endurecía
su corazón y juntaba toda su voluntad para convencerse de que podía
aguantarlo todo. Así era que siempre, para las ocho de la noche, cuando
el mozo se asomaba con su bandeja de plata, ella ya le había torcido el
pescuezo al miedo. Porque debes de saber que en esos días tu mamita era
tan fuerte como esas florcitas de mi tierra que salen hasta con la nieve.
Paulina levantó la cara y me miró a los ojos. Detecté un leve cambio en
su tristeza y pensé: «Está a punto de contarme sus propios recuerdos». Pero
no: Paulina aún no quería hablar de sí misma. «Te cuento lo de tu mamita
y lo mío sólo si cabe en su vida porque yo no estoy como para rebuscar más
lejos», me había dicho cuando fui a verla en la casona de Alcanfores con
el cuento de que estaba escribiendo una novela. ¿Hace cuánto ya? ¿Veinte
años? En ese entonces yo estaba agradecido de que ella había pusiera esos lí-
mites a su oferta de ayudarme. En esos días yo tampoco tenía ganas de saber
nada más de lo que debía. Sí, era 1985... Ahora ya no tengo energías para
preguntar nada más a nadie; ahora tengo que hacer lo que puedo con lo que
tengo. Además, creo que Paulina se ha vuelto como mamá. Ni me pregunta
qué fue de mi novela ni qué es lo que estoy haciendo en esta biblioteca.

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Pero, después de tantos días de frío húmedo y de soledad, ni siquiera
sus recuerdos de días felices fueron suficientes como para sacar a doña
Tomasita del borde de la locura. Así fue que, con la desesperación en-
cima, para salvarse, doña Tomacita empezó a hundirse más y más en sí
misma. Empezó a recordar hechos de su niñez que creía olvidados, me
dijo. Como cuando fue por primera vez a la iglesia de su pueblo, el día
que murió su tía Saturnina, la santa. El cura, viejo y prieto, le decía a todo
el mundo que la santa sólo había pensado en el prójimo y que por eso se
había ido al cielo. Pero doña Tomasita no le podía creer al cura porque el
pobre tenía un pie torcido y andaba todo derrengado por las calles. Pero
con todo, después de un tiempo, ya ni esos íntimos recuerdos la ayudaban.
Hasta que, así, después de muchos días de garúa con sol amarillento,
de puertas cerradas, de bandejas de plata, doña Tomasita empezó a
sentirse acorralada por sus propios recelos. Las visitas de don Edilberto
cada diez de la noche la reponían cada vez menos. O sea, sus promesas
de que todo andaba bien ya no la convencían por completo. Claro que
ella todavía creía en él. Ya te dije, hijito, tu mamita le llegaría a creer
todo a don Edilberto hasta el fin de su larga vida. Más bien, era que ya
no podía encontrar en su corazón ese sentimiento que brota de la muda
conspiración de dos amantes contra el mundo, como dice la telenovela.
Tu mamita presentía que don Edilberto se estaba metiendo cada vez más
hondo en una guerra que ella nunca llegaría a entender; una guerra en la
que su presencia no era un alivio sino un estorbo.

Es curioso, compadre, dijo el comandante Rojas, la Loca me dijo que


la noche anterior al aguacero espeso, Gloria había estado jugando con
la tierra roja de las ruinas. Quién sabe si oliendo la muerte entre sus
manos, sentada al borde de una de esas enormes rocas azules, con los
pies colgando, se había puesto a pensar, casi ida, sobre su pasado juntas.
«¿Crees que alguien haya amado tanto como nosotras, Lelia?», le
preguntó melancólicamente. La Loca le contestó que no, que lo que ellas
tenían era algo profundo e irrepetible.
Esa noche se acomodaron como siempre cerca del fogón y mientras
el valle se inundaba hablaron largo y tendido sobre las oscuras relaciones

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entre Beauvoir y Sartre —aquel otro burgués que se creía marxista—,
leyeron el periódico Le Monde que les llegaba cada tres semanas,
tomaron sus copitas de vino, se leyeron poesía en voz alta y, uno por uno,
se acordaron de todos sus amigos de París. Hasta que la noche envolvió
al valle por completo y creció el canto del aguacero. Entonces aseguraron
puertas y ventanas y se fueron a acostarse. Como el mal agüero que era,
esa noche el viento mojado se metió aullando por todas las rendijas de la
casita blanca. No las dejó dormir, chesumadre... Gloria ya no se levantó
más. No duró ni cinco días. Doctores, todo; de nada sirvió.
Cuando llegó la hora de despedirse, las dos mujeres se cogieron de las
manos y se miraron a los ojos como para parar el tiempo. Por Dios. No
lloraron. Lelia me dijo que no había sido necesario, que ellas ya habían
llorado demasiado por otras cosas. La cabeza de Gloria, ahora pequeñita
y sin brillo, casi se perdía en la almohada. Lelia le acarició la cara y la besó
en los labios por última vez.
Esa misma noche, me dijo Lelia con una tristeza empozada, cuando
una luna llena alumbraba al valle, Lelia salió de su casita blanca con sus
dos perros y una lampa. Hizo una fosa bien honda al pie del Cerro Co-
lorado y enterró a Gloria envuelta en sábanas blancas. También enterró
con ella las dos cosas que Gloria más había querido: un bastón marroquí
y una copia de un libro negro escrito por un tal Chraïbi, cuyo título ya
no me acuerdo. Cuando Lelia echó las últimas lampadas de tierra, los
perros aullaron como locos y una brisa fría descendió del Cerro Colorado
borrando todo rastro de Gloria en este mundo. Por Dios. «Te lo estoy
contando, Octa» me dijo, «para que ella siga viviendo.»
La gente del valle nunca preguntó por Gloria cuando ella estaba en-
ferma. Ya después, cuando se dieron cuenta de que ya no estaba, algunos
maldecidos dijeron que se había vuelto sombra; otros juraban que corría
calata por las faldas de los cerros en luna llena. Los muchachos nos di-
jeron que cuando los remolinos corrían por los callejones, si uno tiraba
un sombrero o un trapo al suelo, uno podía atrapar sus huellas porque a
Gloria le había gustado mucho jugar con el polvo de los caminos... Tal vez
hubo quienes pensaron que la muerte de Gloria era sólo un adelanto de
las calamidades que pronto azotarían al valle. Lelia me dijo que el mismo

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don Quijote había pensado así, por ejemplo. Pero como la destrucción
del valle no llegó de un sólo tajo sino de a poquitos, la mayoría de la gente
guardó la historia de Lelia y Gloria en las partes más alejadas del recuerdo.
Cuando llegamos Benjamín y yo, ya todo el mundo conocía a Lelia
como La Loca. Los muchachos la jodíamos. Le gritábamos ¡loca!, ¡loca!,
desde lejos. Las mujeres viejas recomendaban no mirarla por las tardes,
cuando sólo había resplandor, porque a esas horas su pena la volvía malig-
na. Así fue que la soledad se anidó en el corazón de Lelia. Con el tiempo
su pelo se volvió ceniciento, su cara larga se arrugó, y su voz se volvió un
susurro. Así vivió en su casita blanca por un tiempo todavía, hasta que
murió. Chesumadre, a veces estos recuerdos me amargan la vida; pero,
ojalá que su historia siga para siempre, como esta maldita lluvia.

Cuando tu mamita sintió que ya ni sus sueños eran suficientes para


sostenerla, dice Paulina, tuvo que buscar otra salida. Por eso empezó a
hundirse con su hijito en el oscuro ropero de su cuarto. En esa oscuridad,
me dijo, se ponía a rebuscar sus bultitos —que para entonces ya estaban
siendo arrinconados para dar sitio a maletas llenas de cosas nuevas— se
ponía a sobarse la cara con la chalina verde de su papacito y a acariciar la
medalla de la Virgen de la Asunción. Todo eso para darse valor, hijito. La
pobre hasta se puso a hablar con la gente en las fotos de don Edilberto.
Mamá tuvo suerte de no enloquecer del todo. Todos hemos tenido suer-
te, hasta ahora… Excepto don Félix.
Habían tres fotos que la impresionaron mucho: en una, todos esta-
ban de pie alrededor de una mujer ya mayor de edad que estaba sentada en
un sillón ancho, con varios perros pintos echados a sus pies; en otra, todos
estaban sentados sobre unas escaleras de piedra, frente a una casa grande
con ángeles voladores por las puertas. Todos ellos eran bien pálidos, hijito;
todos tenían las caras largas y tristes. Tu mamita me dijo que los ojos de esa
gente parecían no tener ni un poquito de luz en ese papel color paja.
Había sólo una foto de cuando don Edilberto era joven. Él estaba
sentado en una mesa larga, acompañado por una mujer, también joven,
con mangas infladas y un sombrero con plumas gordas. Dos niñitos

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vestidos de blanco le sonreían. Doña Tomasita me dijo que ella examinó
esa foto hasta grabar en su mente todos los detalles de esa mesa; todos los
poquitos de luz en esos ojos tristes, todas las arrugas del papel.
Sería su familia de antes de la guerra. ¿Por qué nunca nos dijo nada?
Papá se llevó mucho. Se me ocurre que todos los Peres-Benayón somos
expertos en guardar secretos. Cuando registré esta biblioteca encontré un
sobre de manila que, entre otras cosas, contenía varias fotos; las que indica
Paulina entre ellas. ¿Quién las había puesto en ese sobre? ¿Roberta?
Todas las fotos tenían letras y números, dice Paulina. Pero como tu
mamita nunca había aprendido ni a leer ni a escribir, ella no podía enten-
der lo que decían. Pero sí me dijo que los libros olían raro, como a baca-
lao, y que cuando sobaba las cuerdas del violín, le salían sonidos como de
muerto. Pero ten presente que hasta cuando estaba en ese estado, hasta
cuando ya casi ni podía pensar en el futuro, tu mamita nunca perdió las
esperanzas de que algún día su hijito llegaría a saber de todas esas cosas.
¡Amalaya el destino, hijito! Y aún cuando se confirmó que Benjamín no
había salido para los libros sino para andar sin rumbo por el mundo, ella
tampoco abandonó ese sueño. Ay, hijito, el corazón de una madre es algo
que yo, mujer sin hijos, nunca he podido entender del todo. Ojalá ella
sepa que siquiera tú estás llegando a ser escritor, como dices. Debes de
decírselo nomás; de algo le serviría.
En todo caso, cuando tu mamita estaba a punto de hundirse en
su mundo de ropero para siempre, cuando empezó a inventar voces y
vidas para cada una de esas gentes tristes, don Edilberto entró al cuarto
usando su sonrisa antigua para decirle que acababan de comprar una
casa en Miraflores.
—¿Está en la calle? —le preguntó ella muy ansiosa.
Tu papá le contestó que sí; que estaba en la calle... Así fue que tu
mamita vio esta casa por primera vez. Estaba medio abandonada, como
ahora mismo, pero todavía pintadita de blanco, con jardines para hacer
florecer y con sus muros cubiertos de papelillos en flor. Tu mamita me
dijo que, adivinando lo lindo que antes habría sido el pasto y las flores, ella
se prometió limpiarlo todo y hacer brotar vida por todos lados. Pobrecita
tu mamita, hijito. Por obra de Dios habrá sido que esta casa se ha vuelto
como su mortaja más bien. ¿No te dice nada?

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En los días calurosos de marzo, recuerda Benjamín, la gente de Santa
Clara salía a desyerbar las acequias que se desprendían de los viejos
canales incrustados en los cerros y se extendían por el valle como una
telaraña. Trabajaban desde temprano y terminaban los días bajo los
sauces, contando cuentos de muertos, ventilando chismes y reanudando
amistades. En esos días el valle parecía rejuvenecer. Los árboles parecían
más altos, los surcos más rectos, el cielo más azul.
En uno de esos días, Paco vino a visitarme. «¿Es verdad que por allá
vive una mujer que se viste de blanco y anda con dos perros negros?»,
me preguntó apenas se había bajado del auto negro de la embajada
boliviana. «Me lo acaba de decir el chofer». Yo le dije que había una
señora que vivía al borde de las ruinas con sus dos perros, pero que no
andaba por las noches. «Eso sí», le dije: «tiene el pelo blanco y largo
como una bufanda».
Cuando Paco se deshizo de su chaqueta y de sus medias largas, nos
pusimos a caminar por el borde de las acequias y llegamos hasta los cana-
les orientales más altos. Desde ahí el valle se expandía verde y plano hacia
el oeste. «La gente dice que el día que estos canales se sequen el valle se
muere», le dije a Paco, con ganas de impresionarlo. «Algunos dicen que
el agua brota desde las entrañas de los cerros. Otros dicen que sale del
desierto como de una pila. Octa cree que viene desde la selva por túneles
que fueron hechos por los gentiles».
Nos fuimos a buscar a Octa.
Benjamín miraba su tasa de rato en rato, como para cerciorarse de
que realmente estaba vacía. Afuera, la lluvia seguía cayendo fina y los
guacamayos seguían alborotados. De vez en vez, se escuchaban pasos ligeros
sobre la manta de ramas y hojas recién cortadas. Repentinos y lejanos
relámpagos iluminaban fugaz y tenuemente la carpa. Yo pensé: «su
ideología tiene mucho de nostalgia».
Octa era de Arequipa, dijo Benjamín; pero había vivido un tiem-
po por Comas, en una de las tantas barriadas que entonces empezaban
a sitiar a Lima. Llegó al valle casi al mismo tiempo que nosotros. Tenía

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dos hermanas menores. Don Apolinario, su papá, vino como ladrillero.
Recuerdo que su mamá caminaba por todo el valle con una canasta, ven-
diendo fruta. Cuando yo lo conocí, Octa tenía diez años y todavía seguía
en el primer grado de primaria. Tenía una voz de ganso viejo y andaba
con una gorrita roja con un dibujo de pollito amarillo al lado izquier-
do. Nos conocimos en unas de mis andadas por el valle y poco a poco
llegamos a ser mejores amigos. Siempre nos juntábamos por las tardes y
durante los fines de semana. A veces él venía a La Quinta. Cuando doña
Paulina estaba de buen humor, le regalaba pan francés. ¿No te acuerdas?
En todo caso, ese día cuando Paco me visitó, Octa sugirió que re-
gresáramos a explorar los canales. Como por esos días él ya tenía una
manera rara de convencer a la gente, lo seguimos. Así que en las próxi-
mas horas nos metimos por el pinar de la falda del Cerro Colorado,
gateamos por el túnel que atraviesa las gigantes rocas azules y en general
anduvimos cantando rancheras, despegando rocas, señalando el sol que
se hundía. No teníamos la menor idea de que, por lo menos para Octa
y para mí, ese sería uno de los más portentosos días de nuestras vidas.

8:00 A.M.

Edilberto Isaac se detiene a revisar la carta de puño y letra que tiene


en sus manos. Está buscando alguna seña que le aclare cómo era que
Paco se había mantenido al corriente de las tragedias de la familia.
Que hubiera sabido los pormenores de los procesos políticos en el
Perú, no le extraña. En esos años la colaboración entre los gobiernos
de Bolivia, Perú, y los Estados Unidos era bien conocida; pero, ¿cómo
era que Paco estaba enterado de algo tan personal? El excapitán no
puede desechar la corazonada de que, de alguna manera oscura, Paco
había estado inmiscuido en la desgracia de su hermano. Quisiera
seguir dándole vueltas al asunto, pero teme que, bajo los porfiados
ecos de voces y recuerdos, sus fuerzas van mermando. Será un secreto
más que quedará fuera de su alcance. Se ajusta los lentes y lee la carta
de Paco por última vez.

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Informe oficial: P. 121

Sra. Tomasa Montañez de Peres-Benayón


Miraflores, Perú
Estimada Señora Tomasa:
Me es doloroso dirigirme a usted por este medio tan impersonal
en tan lamentables circunstancias. Me enteré de lo ocurrido con
Benjamín apenas hoy día. La noticia me ha llegado precisamente
cuando emprendo viaje a Washington, por razones de Estado. Por
lo tanto, me es imposible viajar a Lima para ofrecerle mi pésame
personalmente. Pero mediante la presente quisiera expresarle a usted
y a su familia mis más sentidas condolencias. Al mismo tiempo,
quisiera hacerle presente que Benjamín fue el amigo a quién más
quise y más admiré en los años que pasé en el Perú.

Su atento y seguro servidor,


Francisco Mireles de Pando
Embajada Boliviana
La Paz, 2 de noviembre, 1987.

Cuando regresamos a Santa Clara ya se había hecho tarde, dice Benja-


mín. Las casas tenían las luces prendidas y soplaba un viento tibio que
barría hacia el Cerro Colorado. Los búhos y los cernícalos ya cortaban la
noche. Estábamos pasando por el Ingenio cuando Octa, que ya tenía don
para sentir el miedo y los deseos de los demás, empezó a hablar con su voz
de ganso: «En Arequipa la gente ve muertos que caminan con la cabeza
en la mano, pidiendo perdón; ven terneros dorados andando por los po-
treros pidiendo agua para apagar las candelas que les queman la panza.
En Comas, cuando hay luna llena y aguacero, se ve gentiles que lloran,
soplan como locos, tratando de derrumbar las casas de esteras». La luna
llena que remontaba el Cerro Colorado proyectaba nítida la figura de El
Ingenio sobre el polvo. En el platear de la noche, el Castillo se dibujaba
sombrío contra un cielo claroscuro, más misterioso que nunca.
—Nos han seguido —murmuró Octa de repente y mirando hacia
atrás—. Sentí sus pasos, pero no quise decir nada. ¿Ustedes no? Los
gentiles salen a estas horas.

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No le respondimos. El pobre Paco se metía al medio y llevaba las manos
en los sobacos. Así pasamos por el almacén de don Li, cruzamos el patio
del cine que todavía estaba cerrado, y seguimos por el borde de la acequia
principal. Los grillos cantaban y en el polvo denso de esos caminos nuestros
pasos apenas rompían el silencio de la noche... En eso, como si brotara de
todas partes al mismo tiempo, escuchamos los resoplidos de un caballo...
Nos replegamos contra el borde de la acequia instintivamente… Todavía
recuerdo el calor dulzón de Paco y de Octa cuando se me apegaron…
Mientras tanto, los resoplidos se acercaban cada vez más fuertes y agitados.
Hasta que vimos la aparición. Era don Quijote.
El viejo venía erguido en su caballo blanco. Un sombrero amarillen-
to y ancho cortaba la luz de la luna y le daba a su rostro un aire espantoso.
—¡Oy! —dijo el espectro con una voz cansada y algo lejana—, Ya
deberían de estar ustedes en su casa. ¿Qué hacen por estos caminos a
esta hora?
El espectro paró su caballo. Viéndolo así de cerca don Quijote
parecía andar envuelto en una nube de polvo resplandeciente. Tenía un
cuello delgadísimo que salía desde un sacón amarillo con botones blancos
y terminaba en una cara larga sombreada por el ancho sombrero. Bajo la
azuleja luz de la luna podíamos ver sus dedos largos y nudosos sujetando
las riendas de su montura. Usaba unas botas marrones con tirantes hasta
la altura de la rodilla.
—A don Edilberto no le va a gustar que estés andando por aquí a es-
tas horas, Benjamín —dijo, señalándome con el dedo— Y tú, Octa, ¿qué
crees que Apolinario Guachalo va a decir cuando sepa que te he llamado
la atención?
Octa trató darle una explicación: que se nos había hecho tarde, que ya
estábamos cerca de casa, que no lo volveríamos a hacer. Pero era evidente
que don Quijote no lo escuchaba. El espectro parecía buscar algo en la
oscuridad, mientras el caballo resoplaba nervioso. Por fin, después de un
momento que parecía interminable, el viejo jaló de la rienda y se perdió
en la noche sin decirnos adiós. Don Quijote nos dejó tan impresionados,
flaco, que casi no hablamos el resto del camino.
Pero esa no fue la última vez que lo vimos en vida.

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8:30 A.M.

Edilberto Isaac se levanta del escritorio para estirar el cuerpo y sobarse


los brazos. Está pensando, «¿cómo estará Santa Clara ahora?».
Recuerda que, años después de que la familia abandonara La Quinta,
él había escuchado de Santa Clara de vez en cuando porque algunos
futbolistas del pueblo habían llegado a ser titulares en el club Alianza
Lima. Cada vez que leía o escuchaba de ellos se sentía invadido por
un orgullo difuso. Era como si el solo hecho de haber andado por esas
calles polvorientas le confiriera el derecho a reclamar un sitio especial
en el corazón de los íntimos. Lástima que ese orgullo difuso siempre
le fuera inconfesable.
En su antiguo barrio, el sol de este marzo extraño sigue deshila-
chando la neblina. El viento que sube desde el malecón Armendáriz
juega con el polvo, con las hojas de árboles moribundos, y con los pape-
les sueltos de las calles. El perro seguramente atado y abandonado sigue
ladrando... Edilberto Isaac ahora recuerda que, hace ya más de una hora,
Paulina había entrado a la biblioteca trayéndole el desayuno. No tiene
apetito pero, como para ejercitar el cuerpo, se encamina hacia la mesa
de lectura donde la fiel cocinera ha puesto la bandeja. El pancito dulce
con mortadela está preparado con mostaza negra y las galletas de vai-
nilla son redondas y granulosas, como siempre. La tetera de porcelana
azul en su funda de algodón está caliente todavía.
El olor dulzón de las galletas remonta al excapitán a los días de su
niñez en La Quinta, cuando Paulina se levantaba temprano a cocinar
humitas para el desayuno. La vida era buena, piensa; por lo menos
hasta que Benjamín se fue... Para esquivar el desagradable recuerdo,
Edilberto Isaac se pregunta: ¿por qué, a pesar de tantos años, su
madre seguía sin vender La Quinta? Y recuerda el día —esto sería a
principios de los años 90, cuando Roberta finalmente le había cedido
las riendas de los negocios de la familia— cuando entró al cuarto de
su madre para decirle que él estaba pensando en liquidar la propiedad.
Ella pareció despertar de su largo sueño por un momento y le habló
con pesar pero sin queja:

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—Si quieres deshacerte de La Quinta, dásela a Paulina. Que se
vaya por allá. ¿Qué hace ella en ésta casa, pudriéndose conmigo?
Edilberto Isaac regresa al escritorio, mira la hora en el reloj de
bolsillo y piensa: «Mamá guarda secretos que la agobian. Lástima que
ya no quiera hablar del pasado.»

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Capítulo tres

Hay tanto que contar, carajo, dice el comandante Rojas. Pero, felizmente
tenemos tiempo. Para ser un buen guerrillero se necesita mucha paciencia,
compadre. Esta lucha va a durar años. Sólo hay que mantener la meta clara
mientras se espera que las cosas mejoren. Como que pase esta maldita llu-
via, por ejemplo… Eran otros tiempos. Éramos chibolos. Pero uno de todo
aprende, ¿no? A veces la educación del pueblo brota de las cosas más ines-
peradas. Como de lo que ocurrió entre don Vice y Chivita, por ejemplo.
El comandante puso una cucharadita de café en una taza de plásti-
co, le agregó el agua hirviendo y me la ofreció. Le agradecí el gesto con la
mirada y encontré sus ojos negros rebuscándome todavía. Fingí apreciar
el olor del café.
Santa Clara era lindo en el verano, por Dios. Las gilas andaban
en trajecitos de percal y los partidos de fútbol duraban horas. Durante
los carnavales la gente bailaba guarachas, mambos y boleros al aire
libre. En esas fiestas nosotros gastábamos chisguetes de éter, tirábamos
serpentinas, soplábamos polvos de talco. Y había grupos que hacían
veladas durante todo el año. Nosotros nos metíamos por ahí como
podíamos. Muchachos, carajo, amigos… Pero la amistad a veces toma
rumbos inesperados. Eso fue lo que pasó con don Vice y Chivita, por
ejemplo, dos choferes que vinieron a Santa Clara a manejar los carros de
las ladrilleras. Le cuento esta historia para que usted lo ponga como un
ejemplo más de la honda y compleja sabiduría del pueblo.
Nunca se supo si ya se habían conocido antes, pero parecía; porque
se pusieron a vivir juntos en la entrada a Terán, por ahí donde también
vivía yo. Don Vice era medio raro; hablaba con demasiada elegancia.
Los sábados, cuando le pagaban, se bañaba bien, se sacaba la ropa vieja,
botaba el turbante sucio que llevaba, y se transformaba en una estrella
de cine. Como cuete, decía, como cañón. Se peinaba a lo Carlos Gardel
—con Glostora, carajo—, perfumaba su pañuelo color patito y tomaba
su colectivo para Lima. Regresaba el domingo por la noche o el lunes por
la mañana a transformarse otra vez en chofer de ladrillera. Debido a esos
viajecitos la gente sospechaba que don Vice no era lo que aparentaba.
Algunos decían que él era en realidad miembro de una familia pudiente
de San Isidro, que se estaba escondiendo en Santa Clara por algo oscuro
en su pasado. Otros juraban haberlo visto, antes que él llegase al valle
como chofer, por Campo de Marte, donde había salido en un desfile
como aviador. Cojudeces así.
Chivita era todo lo contrario: retaco, flacuchón, tacaño y mentiroso.
Tenía una misha grande de chivo en plena barbilla. Por eso le habían
puesto el apodo. Y seguro que por eso mismo era maldito. Porque los
mishas sí que son requetejodidos, oiga.... La cosa es que nadie sabía su
verdadero nombre. Odiaba a los mocosos y pateaba a todo perro que se le
cruzaba. Una vez le dio duro a don Hilario Quispe, el hombre más viejo de
Terán; el pobre viejo no pudo trabajar semanas por el dolor. Putamadre,
hacía trampa con los naipes. La gente sospechaba que se tiraba las cosas.
Era uno de esos que ahora sería ajusticiado a pleno sol, carajo.
Por eso sería que la amistad entre los dos choferes parecía forzada y
muchos creían que Chivita guardaba malos secretos de don Vice. Cómo
mierda sería. Lo único que sé es que el sábado que se pelearon fue recon-
tra extraño. En primer lugar, esa mañana todo el valle fue invadido por
millares de garzas blancas. Las pobres llegaron desde sabría Dios dónde,
tan débiles que ya no querían alzar vuelo. Don Vice me contrató para que
fuera adelante de su camión, espantándolas con un palo. Yo contento,
carajo, me ganaba la vida como podía. En segundo lugar, en vez de irse
a tomar su colectivo, don Vice se quedó a jugar naipes en la cantina de
Roncero. En tercer lugar, a Benjamín se le metió la idea de abandonar

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el plan de espiar a la Loca y pasar el día en la cantina de Roncero viendo
a la gente jugar casino. Rarísimo, porque Benjamín tenía un modo muy
cojudo y burgués de ver las cosas; odiaba andar sin camisa, hablar lisuras,
orinar o cagar juntos, y apostar.
Chivita y don Vice estaban jugando casino al fondo de la cantina.
Nosotros estábamos viendo otro partido, cerca de la puerta. La hermana
de Roncero iba y venía con bandejas llenas de choncholí. O sea, todo
parecía andar bien pero, ahí nomás, se destapó una gritería en el fondo.
Putamadre, paramos las orejas y vimos que don Vice estaba hablando
de trampa y señalando a Chivita en el pecho. El flacuchento se defendía
como si estuviese sorprendido, buscando simpatía entre los demás
jugadores. Nos miraba a todos como pidiéndonos la razón; pero como
todo el mundo lo conocía, nadie decía nada. Así fue que vino la desgracia.
El comandante Rojas se sirvió el café, apagó el Primus y regresó a su
silla de campaña. Se escucharon pasos pesados cruzando el escampado y los
guacamayos callaron. Pero el comandante Rojas parecía no estar preocupado.
Sopló al ras de su taza y siguió contando.
Avergonzado y sin salida, Chivita metió la mano al bolsillo trasero
del pantalón y sacó la chaveta que casi siempre llevaba con él. La ladeó
como para hacerla brillar mientras se deslizaba hacia el centro de la canti-
na. Desde ahí se puso a retar a don Vice con insultos. Putamadre, la cosa
se había puesto seria y la hermana de Roncero estaba que casi lloraba, por
Dios. Ante la expectativa de todos, don Vice no tuvo más remedio que
aceptar el reto. Así que se sacó el turbante dejándolo caer en la mesa como
una culebra mansa, desabotonó el bolsillo de su camisa y sacó una chaveta
así de chiquita.
Parecía que algunos de los ahí presentes querían parar la bronca; pero,
en realidad, por lo que vino después, creo más bien que todos querían
que empezara. Todos querían que don Vice hiciera lo que ninguno de
ellos se atrevía a hacer. A veces el pueblo actúa así, compadre; empuja a
cualquiera como su instrumento. Por eso hay que saber entenderlo, hay
que distinguir entre el apoyo ciego y el apoyo con conciencia de clase…
En fin, era inevitable que se les diera por salir afuera, a la pampita que
siempre paraba llena de polvo... Aun afuera, para qué, Roncero trató de

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calmar las cosas ofreciendo cerveza gratis para todos; pero ya de nada
sirvió eso. Don Vice y Chivita sólo tenían ojos y orejas el uno para el otro.
Se movían como dos gatos callejeros y sus zapatos se perdían en el polvo.
Chivita peleaba bajo, con los codos casi al suelo; mientras que don Vice se
movía en círculos amplios, como un boxeador elegante.
Cuando todavía se hacían las primeras fintas, se escuchó a un grupo
de mujeres que subía por entre los montones de ladrillos rotos. Venían
con palo, carajo, a parar la pelea. Pero ya no hubo remedio... Con cada
finta los trompeadores maldecían, sudaban, resollaban, chesumadre. En-
tonces, en un de repente, Chivita se alzó desde abajo y se aventó contra
don Vice de tal forma que lo trajo al suelo. Una vez en el polvo, don Vice
trató de zafarse de la mano de Chivita que le estaba arañando la cara. Ya
casi casi que lo lograba, cuando don Vice pegó un grito que nos sacudió
los mondongos.
—¡Mi ojo! ¡Mi ojo! ¡Jijunagranputa! ¡Mi ojo!
Acto seguido, Chivita se levantó del suelo, retrocedió unos pasos,
escupió, y nos miró a todos con odio. Y antes de que nadie pudiera
decir o hacer nada, el flacuchento de mierda se escurrió por los hornos.
Mientras tanto, conforme el polvo se disipaba, vino lo fuerte: don Vice
se había parado y tenía su ojo derecho en la mano, por mi madre. Parecía
un borracho tratando de colocarlo en el hueco ensangrentado. Por el
horror sería, nadie le daba una mano siquiera, carajo; hasta que, por fin,
llegaron las mujeres con sus palos. Ellas nos botaron a todos a la cantina y
se llevaron a don Vice al hospital.
El comandante Rojas saboreó su primer sorbo de café, chasqueó la
lengua, y miró hondo hacia el pasado. Adiviné que algo peor todavía tenía
que venir.
Don Vice regresó del hospital unos días después, con un parche
negro en el ojo derecho. Y le juro que nadie en Santa Clara sabía que don
Vice había sido medio tuerto hasta que regresó. Entonces recién se supo
que los doctores le habían dicho que su ojo izquierdo, que siempre había
sido flojo, tendría que acostumbrarse a trabajar solo de allí en adelante.
Le dijeron que pasarían meses, quizás años, antes de que don Vice pudiera
ver bien otra vez.

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Así que don Vice empezó a vivir en Terán como un ciego. Como la
gente lo quería, se preocupaba por él. Pasaban por su casa para darle de
comer, arreglarle las cosas, leerle su periódico, para llevarlo a la cancha a
que escuchara su partido. Benjamín y yo pasamos muchas horas con él en
esos días. Puta que nos ganaba con sus historias de dioses griegos y piratas
de alta mar. A Benjamín le gustaba esa cojudez. Pero a veces, sin motivo,
don Vice se ponía triste y lloraba. No hay nada más jodido que ver a un
hombre viejo llorar así, compadre; lo pone saltón a uno.
Por su parte, Chivita se perdió de Santa Clara. A pesar de su odio,
la gente estaba contenta porque ya no les jodía la vida. Todos hubiesen
seguido felices sin saber nada más de ese cojudo; pero felizmente que las
cosas no se quedaron así. Un día Chivita regresó y el destino aprovechó
para emparejar las cosas.

Pocos días después de mi encuentro con don Quijote, dice Benjamín,


don Félix apareció por Santa Clara con gorra de chofer y terno
nuevos. «Don Edilberto quiere que te lleve a Miraflores», me dijo
con inusual gravedad.
—Como e tu cumpleaños, te han preparao algo especial. ¿Manyas?
Anda a bañate pa que te pongas el terno que te traído. Doña Roberta ha
venio pa ayudarte. Van a llegar invitaos.
—¿Qué pasa, don Félix?—, le pregunté, extrañado.
—Ah, Benjamín —me dijo él sin volverse para mirarme— hoy te
vuelves hombre…
Claro que le quise hacer más preguntas, flaco, pero don Félix se
perdió por la caballeriza, buscando a Felipe. ¿Cómo iba yo a saber lo que
significaba para papá el hecho de que su primer hijo cumpliera los trece
años? En realidad no lo supe por muchos años. Cuando me di cuenta,
ya era demasiado tarde. Por eso sí llegué a odiar a papá, flaco; lo odié por
haberme ocultado parte de lo que soy.
Yo pensé: «Benjamín es tan tonto que se deja amargar la vida por esas
cosas. Ahora ya tiene dos justificaciones para su rebelión contra el mundo: el
amor a mamá y el odio a papá».

| 101 |
Ahora pienso: ¿qué hice cuando cumplí mis trece años? Nada especial.
Papá ya se había marchado y mamá ya estaba ensimismada. Esa mañana
Paulina me abrazó fuerte, allá abajo, en la cocina, me sirvió alfajores, me
sobó la cabeza, me susurró que yo era un buen niño y me regaló una revista
de Popeye. En la tarde, Roberta me llevó a Huampaní, donde me encontré
con Arnulfo, Sergio, Pedro, Walter, Laura y Mary Lou. Mary Lou me re-
galó un disco de Chubby Checker y Walter me dio un negativo de película
donde salía el Llanero Solitario. A mí nunca me gustó Mary Lou.
Ese día, Roberta me abotonó la camisa, me cepilló el terno cuidado-
samente y me revisó la corbata y la raya del peinado, dice Benjamín; me
guió con su voz más suave, respirando su aliento más fino, trascendiendo
a madre. Pero mientras ella me miraba por todos lados con amor, yo volví
a sentir esa sensación que es como si tuviese dentro de mí un rollo de hilo
blanco que se me gasta, flaco, que se me desenrolla y me jala para afuera.
Es una sensación que, como ya te dije, me hace pensar que cuando ese
rollo se termine será mi fin; será el final de lo que soy, aunque yo no haya
muerto. Desde esa tarde odio los ternos y las corbatas, flaco.
Cuando bajé a la sala, mamá me estaba esperando. Me dijo que me
encontraba muy guapo y me besó. En ese extraño momento, que no
olvidaré nunca, trascendí su aliento a rosas y descubrí en sus ojos una
mezcla de anticipación y de infinita tristeza. Claro que debería haberle
preguntado muchas cosas ahí mismo, seguro que ella sabía qué era lo
que me estaba ocurriendo; pero en esos días yo todavía me guardaba
todos mis temores.
El Lincoln nos llevó lentamente por los algodonales, por el bosque
de eucaliptos, por la Cruz de Huanchihuaylas, mientras que yo me
hundía en un malestar amorfo y sentía que el hilo blanco me jalaba
hacia la nada. Mamá iba mirando por la ventana. Parecía muy triste y
muy sola jugando con sus anillos. Me dieron ganas de poner mi cabeza
en su regazo, flaco, de besarle los cabellos, de tocarle la mano siquiera;
pero, no sé cómo diablos, comprendí la brutal realidad: eso ya no me
era permitido. ¿Era por el terno y la perfecta raya del peinado?, ¿o era
porque yo ya presentía los cambios que venían? No lo sabría decir,
flaco. La cosa es que en ese viaje sólo pude grabar la imagen de su pelo

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negro en un bollo, de sus ojos que reflejaban la luz de la tarde y de sus
pies prisioneros en esos zapatos azules.
«Pórtate bien, Benjamín», me decía Roberta suavemente, dándome
valor. «Sabes todo lo necesario, no lo olvides». Ella iba bien elegante,
con sus guantes blancos y su cartera rosada. «¿Quién es en realidad esta
mujer?», pensé. Franco hermano, era como si en ese largo viaje la hubiese
visto desde otro ángulo. Ahí me di cuenta de que, de una manera oscura
y extraña, parecía que la quería aún más que a mi propia madre. Después
de todo ella había sido mi guía, mi protectora, alguien que conocía el
mundo que mamá quería abandonar... Desde esa vez he pensado mucho
sobre mi amor juvenil por Roberta, flaco. Le he dado muchas vueltas a los
vestigios de ese amor en todos estos años. Lástima que siempre termino
confundido y sintiendo que se desenrolla mi hilo blanco.

«Está nervioso», dice Roberta, lo que ella pensó durante ese viaje al seu-
do Bar Mitzvah de Benjamín. «Pobre muchacho. No tiene la menor idea
de lo que le está pasando, pero no puedo hacer nada más por él». El acuer-
do con don Edilberto Peres-Benayón fue bien claro: «Habrá cosas que
tendrá que hacer aunque usted no esté de acuerdo con ellas. Nada inmo-
ral, señorita Hassel, nada de esa índole. Cosas de interpretación, más que
todo, de costumbre, si usted lo prefiere. Como miembro de nuestra fami-
lia usted tendrá conocimiento de ciertas cosas muy personales, mías y del
resto de la familia. Eso es. ¿Podríamos contar con usted para mantener
discreción y comprensión? Como usted comprenderá, es indispensable
que todas esas cosas se queden entre los muros de la casa. Va a ser muy ne-
cesario que usted sepa guardar quejas y disgustos. Esas situaciones no se
darán por capricho, se lo aseguro; pero la situación es delicada. Mi esposa
va a requerir de mucha comprensión, y el resto de nosotros también».
Después de eso, ¿cómo decirle al pobre que su padre lo estaba volviendo
un judío a la peruana, sin formación ni conocimiento propio?
Hablé con Roberta sobre estas y otras cosas más en el invierno de 2003.
Para entonces ella había sufrido los estragos de una larga vida y pasaba
los días recluida en la casona de Ancón donde, todos los viernes, recibía la

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silenciosa visita de mamá. No le fue fácil revivir un pasado lleno de pesares
y remordimientos, pero su amor por la familia, por mí, venció todas sus re-
ticencias. Ese invierno, ella me esperó acostada en su lecho de vejez, me pidió
que estuviésemos solos, y me contó mucho más de lo que me dijo en el verano
de 1985, en ciertos casos en contradicción con sus primeras confidencias.
«Me duele mucho que tengas esos problemas con la cabeza, Edilberto
Isaac», me dijo con mucha preocupación en sus ojos. «No sé si las verdades
de tantos años atrás te podrán ayudar. A veces es mejor olvidarse de las cosas,
pero, no te voy a negar lo último que podré hacer por ti. ¿Cómo está Steff y
los niños?... Y tu, Edilberto Isaac, ¿qué quieres saber?». Roberta dormitaba
de rato en rato, se repetía constantemente, y hubo momentos cuando sus
recuerdos me eran totalmente incomprensibles. Lo que escribo ahora en estos
libros encadenados es una destilación de lo que me dijo Roberta en 1985 y
en el año 2003.
Mientras bajaba de Santa Clara al lado de Benjamín, Roberta
recordó que, cuando había indagado por la naturaleza de esa fiesta,
papá le había dicho que no era algo por lo que debería preocuparse, que
escribiera las invitaciones nomás, que después de todo, ya era tiempo de
que Benjamín dejara de andar suelto por el valle. Ella tuvo el coraje de
protestar: «El niño tiene que empezar a tomar sus deberes con seriedad,
por supuesto, pero la fiesta, ¿no es una Bar Mitzvah, Edilberto? No me
quiero entrometer, pero ¿no sería bueno que Benjamín lo supiera?».
Papá la miró con curiosidad, como para hacerle recordar el arreglo de
trece años atrás, y añadió:
—No, nada por el estilo. Yo no creo en las bobadas de ninguna
religión. Es una fiesta que quiero celebrar con mi hijo y punto. Además,
como tú sabes, saldré para la Argentina en cualquiera de estos días. Quiero
verlo feliz antes de irme. Quiero verlos felices a todos, Roberta.
Mientras el Lincoln bajaba por la Carretera Central, Roberta miró
a Tomasa de reojo. Ella iba triste, jugando con sus anillos de cobre.
Viéndola así, Roberta sintió los punzones de un secreto remordimiento:
¿sabía la pobre que su esposo estaba por marchase a la Argentina? ¿Sabía
acaso que dentro de muy poco ellas tendrían que encontrar consuelo,
juntas o separadas?

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A pesar de ese y de los muchos otros remordimientos que la acosaron en
su larga vida con la familia, Roberta nunca, ni por un segundo, contempló
seriamente la idea de irse lejos de nosotros. Para ese entonces ella ya nos ha-
bía tomado cariño; no sólo a nosotros, los niños, sino a mamá también.

Las cosas se emparejaron cuando Benjamín ya no estaba, dijo el


comandante Rojas. Yo creo que el cojudo se había ido con su familia para
Ancón, un enclave de las clases dirigentes en esos años. Una vez él me dijo
que tenían una casona cerca de la playa, con barandas y todo. Creo que su
viejo se la había comprado a uno de los Aspillagas. Para serle franco, yo
nunca fui por ahí.
Volviendo a lo del misha Chivita: el huevón regresó a Terán en uno
de esos sábados de enero que hacen hervir al valle. Vino todo cambiadito,
carajo; con terno a la cubana, sombrerito blanco de palma y zapatos
blancos. Vino a cobrar su cancelación porque, por a o b, Pata de Hacha,
el lisiado contador de Terán —ese cojudo que años más tarde llegó a
joderme la vida—, no quería darle su plata en Lima. Ahora, seguro que
el misha cojudo quiso regresar sin que nadie se diera cuenta. Pero ¿cómo
mierda iba a hacer eso? Apenas se bajó del colectivo todo el mundo sabía
que había llegado. Y mientras Chivita avanzaba por la avenida Piérola,
don Vice se preparaba para recibirlo. Por mi madre, lo ayudamos con su
baño, le cambiamos la ropa, le alcanzamos su loción, y lo llevamos de la
mano a la oficina de Pata de Hacha. Allí lo esperó.
El comandante Rojas sorbió el café con un sonido largo y rasposo que
pareció cortar la monotonía de la lluvia. Confieso que en esos días esas cosas
tan mínimas me irritaban. Yo las encontraba huachafas... Todavía no ha-
bía vivido lo suficiente como para ganar perspectiva.
Cuando Chivita llegó a la oficina don Vice lo saludó bonito y le dio
la mano como señal de amistad. «A lo hecho, pecho», le dijo. «Cosas
pasadas, olvidadas». Claro que Chivita se puso saltón y nos miraba de
reojo. No era para menos. Él bien sabía que nadie en el valle lo pasaba;
pero, quizás porque le habían dicho que don Vice había perdido la vista,
o quizás porque en realidad extrañaba la vieja amistad, él aceptó tomarse

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una cerveza con don Vice en la cantina de Roncero. Así que, se fueron
caminando por la subidita, con don Vice del brazo de Chivita.
Cuando llegaron a la cantina, encontraron que todos los ladrilleros
estaban allí pretendiendo tomar cerveza. Pero habían dejado la mesa del
fondo para los viejos amigos. Chivita paró las orejas en la misma puerta
y casi se echa para atrás, pero don Vice, con la sonrisa torcida que tenía,
lo alentó a que entrara con palmaditas en la espalda. Ahí mismo el tuerto
pidió dos cervezas y, tanteando como ciego, encontró la misma silla en la
que había estado sentado la vez que se trompearon.
Don Vice y Chivita tomaron juntos como por dos horas. Lo hicieron
riéndose de cojudeces, insultándose con ganas, abrazándose como antes.
Yo creo que ya todos estábamos casi convencidos de que los amigos se
habían perdonado. Pero no había sido así. Cuando ya nadie lo esperaba,
don Vice se levantó de su silla, sonrió torcido, metió su mano al bolsillo
del pantalón y sacó un puñal así de largo y ancho. Chesumadre. Al ver
brillar al cuchillo, Chivita se puso pálido, carajo. Se paró tocándose los
bolsillos como un loco, buscando algo. No encontró ni mierda en ese
ternito cojudo. Entonces, sabiendo que algo terrible estaba por ocurrirle,
Chivita empezó a pedirle perdón a don Vice. «Por tu mamacita», le decía,
«por los recuerdos». Hasta le ofreció su cancelación como muestra de su
remordimiento por haberle sacado un ojo. Pero ya no había remedio; don
Vice ya se estaba moviendo alrededor de la mesa como un gato callejero
otra vez. Y mientras Chivita buscaba en los ahí presentes una cara
amiga, don Vice le metió el puñal varias veces. Los ladrilleros lo vieron
todo sin decir o hacer nada… Recién ahí Chivita llegó a comprender la
verdadera magnitud del odio que le tenían. Viendo lo inevitable, Chivita
se abandonó a su destino y dejó de pedir ayuda. Sabía que el pueblo estaba
dispuesto a cobrar por daños acumulados.
Cuando Chivita se desplomó se volvió a oír el ruido sordo de las
mujeres que subían por los montones de ladrillos rotos. Chesumadre, yo
salí corriendo para verlas. Puta que eran como veinte cholas armadas con
palos largos. Pero ya era demasiado tarde. Cuando las mujeres entraron
como viento tibio a la cantina de Roncero, el cuerpo de Chivita había
desaparecido. Sólo lo encontraron al siguiente día, al pie del horno más

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alto de la ladrillera de Terán. Entonces la gente dijo que Chivita se habría
caído de borracho sobre los ladrillos rotos, y que se lo merecía por haber
sido necio con el trago. La policía tuvo que venir a llevarse el cuerpo.
Don Vice también desapareció del valle a las pocas semanas. Y la ver-
dad es que nunca más lo volvimos a ver. Con Benjamín lo buscamos has-
ta cansarnos. Al final, entramos a su casa y nos llevamos unos recuerdos.
Benjamín se llevó una copia de El libro de la selva, un libro largo y de forro
negro del que don Vice nos leía cuando todavía tenía sus dos ojos; y yo,
como cojudo que era, me chapé una botella de perfume. Por mi madre...
Después de un tiempo, algunos decían que don Vice había regresado a San
Isidro, a vivir la buena vida. Otros decían que lo habían visto mendigando
por La Victoria. Pero el negro Goyo, con quien yo me encontré en el Fron-
tón cuando me metieron a la cana por andar con los apristas, me dijo que el
tuerto Vice estaba manejando un tráiler blanco por Chimbote.

La casa de Alcanfores estaba repleta de gente desconocida, dijo Benja-


mín; la mayoría eran adultos y algo sombríos. Cuando aparecí en el um-
bral de la sala me sentí examinado a fondo, flaco, me dio la sensación
que todos ahí esperaban que ocurriera un desastre. Raro, ¿no? Pero como
siempre, Roberta me apoyó y me animó a pasar por donde los candelabros
parecían más altos, los bordes de las alfombras de Haret más nítidos y
las paredes tenían un lustre de recién pintadas. Papá estaba en el fondo.
Parecía cansado pero feliz.
—Este es Benjamín, mi primer hijo —comentó en voz alta apenas
me vio y se encaminó hacia mí.
Un murmullo bajo y denso recorrió la sala y gente extraña cerró filas
para saludarme. Había mujeres con perfumes fuertes y aretes enormes,
hombres de sombreros negros y redondos, jóvenes pálidos con ternos
usados, muchachas en blusas doradas y saltarines cintas en la cintura.
Después del inicial aspaviento, papá levantó los brazos pidiendo silencio
para anunciar que en ese momento de gran felicidad él quería leer algo
muy personal. Y papá leyó casi cantando de un libro marrón viejo, flaco.
El libro estaba escrito en hebreo, una lengua que yo nunca antes había

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escuchado... Aun cuando llegué a tocar las puertas de ese mundo, flaco, yo
nunca pude saber qué diablos sería lo que papá había leído.
Benjamín estaba convencido de que, por razones oscuras, papá le había
ocultado su pasado. ¿Cómo fue que yo nunca me sentí traicionado de esa
manera? Hiciste bien las cosas, Roberta. Pero, a decir verdad, ese pasado no
me pertenece. Nunca me perteneció.
Cuando papá terminó de leer y levantó la cara del libro marrón,
Roberta dio la señal para que un cuarteto tocara Mozart. ¡Para qué! Con
las primeras notas nomás me vinieron olas de vértigo. En un instante, sentí
como si mi hilo blanco se estuviese desparramando por la sala y quise salir
de allí corriendo, flaco. Felizmente que la presencia de Roberta, erguida
a mi lado como una roca blanca, me salvó. «Te estas portando muy bien,
Benjamín,» me susurró sin darme sus ojos. «Estoy muy orgullosa de ti».
Te juro, flaco, que ese día yo sentí que Roberta sí me quería, a pesar de
todo lo que ante sus ojos yo nunca podría llegar a ser. Sí, a pesar de todo,
estoy seguro de que me quería. ¿Cómo estará? Cuando la veas, dile que
siempre me acuerdo de ella.
Pero eso no fue todo todavía. Poco después de la cena, cuando parecía
que la gente ya se había olvidado de mí, papá me encontró para tomarme
del brazo. Y, a pesar de que yo estaba en tan horrible estado, cuando
sentí su mano, tan blanda y tan calurosa como nunca, me di cuenta de
que él también estaba temblando. En ese momento sentí una enorme
pena por él, flaco. En ese momento, que recuerdo como si hubiese sido
ayer, pareció que una corriente de sentimientos ciegos nos uniera, y eso
me alivió mucho. «Ven conmigo, hijo», me dijo con su voz formal de
siempre pero ahora estremecida y cansada. «Tengo algo para ti».
Cuando subíamos por las escaleras de caoba me di cuenta de que
el pobre ya casi no podía, flaco, le faltaba el aliento. Claro que quise
ayudarlo. ¿Quién no? Pero yo bien sabía que don Edilberto Peres-
Benayón nunca, jamás, aceptaría la ayuda de nadie. Así que no tuve más
remedio que seguirlo, paso a paso, rogando que nada malo le pasara…
Encontramos la puerta de la biblioteca cerrada, como de costumbre.
Papá se detuvo ante ella y mientras recuperaba el aliento se volvió hacia
mí con algo en las manos:

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—Es para ti, hijo —me dijo—. Abre la puerta.
Así fue como me dio esta llave, flaco. Estaba lustrosa y tibia, como si
la hubiese llevado en sus manos por años. Yo no supe qué decirle y sólo
atiné a mirarle la cara con sorpresa y gratitud. Y fue ahí cuando recién me
di cuenta de sus canas, de sus arrugas, de su dolor. Te juro que quise llorar
por él así como lloraba por mamá, flaco; pero, al ver mi tristeza, papá se
irguió, dándome a entender que él esperaba mucho más de mí.
La llave colgaba de una cadena de plata que Benjamín llevaba en el
cuello. Lo confieso: cuando Benjamín me enseñó la llave, sentí una envidia
ciega revolotear en mi corazón porque, a pesar de mis posturas, siempre hu-
biese querido saberme así de especial para papá. Y ahora, en esta biblioteca
con olor a mar y a amapolas, se me ocurre que no sé si dejé que mi hermano
se hundiera en la desgracia por mi deber o por mi enconado rencor de hijo
abandonado... En ese día lejano, le ofrecí a Benjamín una sonrisa débil,
como para compensar por el sentimiento amargo que yo sentía.
La biblioteca era amplia, dijo Benjamín, jugando con la llave entre
sus manos. Tenía una ventana ancha que daba a la avenida Alcanfores,
varias ventanas chicas que tenían vistosas vidrieras y, me lo dijo Roberta
una vez, las alfombras nítidas y rojísimas eran de Kashan. Contenía
muchos libros forrados, huacos, lupas, tejidos en cajas de vidrio,
pergaminos, fotografías de gente desconocida, mapas antiguos. Un
olorcillo a playa y a amapolas circulaba en el aire mecido por la brisa
que subía desde el mar… En todo caso, después de dejarme explorar
su mundo, papá me señaló su sillón de cuero tapujado. «Siéntate,
Benjamín», me dijo; «algún día vas a ver en esta biblioteca un refugio.
En ese mapa están marcadas nuestras propiedades. Vas a tener que
cuidarlo todo y vas a tener que cuidar de tu madre cuando yo no esté».
Así nomás me soltó el billete, flaco... Quizás él no sabía cómo hacerlo
de otra manera. Y, claro, tenía que despedirse.
—Estos doctores no saben nada —me dijo mirando la avenida por
la ventana ancha—. Necesito viajar a la Argentina. Quiero que regreses
a Miraflores, hijo. Aprende a querer a tu tío Elías. Confía en él. Se va a
encargar de los negocios mientras yo no esté… Ya eres todo un hombre,
Benjamín, puedes entrar aquí cuando gustes.

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No le pude pedir ni que me llevara ni que se quedara, flaco. No sé,
tal vez don Félix tenía toda la razón del mundo cuando estaba ebrio y
decía que yo había nacido con el estoicismo de mamá. Quizás los ojos
marchitos de papá, junto con su temblor, con sus arrugas, con su voz que
pretendía formalidad pero que salía quejumbrosa me cegaron. Sólo sé que
esa tarde, cuando él se fue y me dejó solo, me puse a mirar por la venta-
na, como un sonámbulo, sobando esta llave. Me quedé así por un buen
tiempo, sintiéndome horriblemente triste. Después, me fui a mi cuarto; a
llorar sin saber exactamente por qué. Cuando terminé de desfogarme abrí
mi ventana, me deslicé por el ficus, y me puse a caminar por la avenida.
Iba pensando que hubiese llovido siquiera.

¿Más café?, pregunta el comandante Rojas. La cosa es, mi estimado, que


uno nunca sabe qué es lo que le va a servir en la vida. Yo ni sabía que esa
trompeadera me iba a valer en el Frontón, en el Mantaro, en las pampas
de Canto Grande. Porque ser buen guerrillero no se aprende en libritos,
como pretendía ese burgués francés Regis Debray. ¿Qué sabía ese cojudo
de la lucha armada en los Andes? Ni mierda. Estábamos tan atrasados
que nos tenían que venir a enseñar a defender lo nuestro. Eso se acabó,
conchasumadre. Todo va cambiando… ¿No le interesa la política ligada a
la lucha armada, dice? Carajo, qué lujo. En nuestro país todo es política.
O, más bien, todo es economía. Habría que hablar de los Prado, de los
gringos de La Granja Azul, del papá de Benjamín mismo, que dicen per-
dió un dineral en eso de las casas de seguros.
El comandante Rojas tomó los últimos sorbos de su café. La lluvia
ahora caía diminuta y serena. Se escuchaba truenos distantes muy de rato
en rato. Con leves cambios de dirección el viento traía y alejaba el rasposo y
distinto sonido de una radio de campaña.
Del pasado de Susana sé poco; y todo basado en lo que me con-
tó la Loca, porque a pesar que llegamos a andar mucho juntos, Susana
me confió muy poco sobre esas cosas. En todo caso, parece que la Loca
había sabido de doña Ana María Soto, la mamá de Susana, desde años
atrás. Pero para serle franco, debo de decirle que, a ratos, Lelia hablaba

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como si estuviese leyendo. Y debo decirle también que, cuando pasé
ese tiempo con ella, la pobre ya estaba medio trastornada. Parecía que
quería contarle algo de su vida a alguien para deshacerse de un peso.
¿Por qué diablos me buscó a mí? Es algo que hasta ahora no entiendo...
Fue mi pata Domitila la que me trajo la noticia de que la Loca quería
hablar conmigo. Esto sería a fines de los años 60, más o menos, cuando
Domitila todavía vivía en el castillo de don Quijote. «Quiere decirte
algo», me dijo mi pata, con esa voz sedosa y tímida que tenía. «No sé
de qué se trata, pero dice que vayas a verla». Como yo ya había crecido,
la busqué esa misma noche.
Me contó bastante. Y, entre todo eso, me dijo algo sobre los padres
de Susana. Yo sé que no va directo a lo de Benjamín; pero a veces uno
conoce mejor a una persona si llega a conocer a quienes lo rodearon. Por
lo menos eso es lo que pienso yo. Si alguien nuevo viene a mi campamento
con el cuento de querer quedarse, por ejemplo, lo primero que hago es
preguntarle quienes eran o son sus amigos. Usted se salva porque viene
buscando a Benjamín y, más que todo, porque se va a ir pronto. En todo
caso, ya usted decida si lo que me dijo la Loca le vale de algo.
El papá de Susana, don Gervasio Mele Ortola, era un contador
debilucho que había trabajado en la misma compañía de seguros por
muchos años. Le gustaba decir que era descendiente de los genoveses que
vinieron al nuevo mundo con Colón. Cojudeces nomás. No era nada.
Sólo que, como usted sabe, en países como el Perú todo el mundo quiere
aparentar lo que no es. Con todo, Lelia me dijo que don Mele era un
hombre de familia; que se pasaba el tiempo libre sacando a sus hijos al
parque o arreglando sus geranios que se descolgaban del balcón de su
apartamentito por la Colmena.
Por otro lado, doña Ana María Flores de Mele, la mamá de Susana,
era una mujer hermosísima. Tenía los ojos grandes y claros y su pelo
castaño le caía por los hombros como una manta de seda, carajo. La
llegamos a gozar, mi estimado. Casi no salía de su casa, pero, a veces,
cuando corríamos por encima de la tapia de La Granja Azul, la veíamos
sentada en su sillón de mimbre, o paseándose en bata por la sala... En todo
caso, Lelia me contó que toda la gente de Arequipa se quedó lela cuando

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doña Ana María anunció que se iba a casar con don Gervasio. Será sólo
por los aires que él se da, decían.
Claro que después de tanto dolor y de tanta mezquindad que le
trajo la vida la cosa ya no sería la misma, pero al comienzo, seguro que
doña Ana María pensaba que su Gervasio podría llegar a ser un hombre
importante en el Perú. Él tenía labia, oiga; tenía sueños. Por supuesto, eso
fue durante los años de la universidad; cuando doña Ana María estaba
lejos de su casa, cuando ella era una de las pocas mujeres que se educaban
en un país como el Perú, hasta ahorita gobernado por una gente beata y
cojuda… Ya después de tantos años de revisar y remendar sueños, doña
Ana María llegó a aceptar que sus hermanas, sus tías, su mamá, todas
habían tenido razón: don Gervasio nunca llegaría a ser más que un buen
esposo y papá. Para ocultar su desilusión, su vergüenza quizás, ella dejó de
ir a Arequipa y volcó todas sus esperanzas en sus hijos. Estaba dispuesta a
sufrirlo todo, carajo, a hacer sea lo que sea, con tal de conseguir para sus
hijos lo que don Gervasio no había podido.
Un guerrillero metió la cabeza por entre los faldones delanteros de la
carpa. Tenía puestos unos anteojos pequeños y su barba parecía chamuscada.
El comandante Rojas le dio a entender que todo andaba bien. El faldón
de la carpa se cerró y el comandante se cercioró de que su sombrero estaba
bien sentado en su redonda y pequeña cabeza. Yo pensé: «¿cómo hace para
dormir este hombre?»
Así que cuando don Gervasio anunció a la familia que se iban a vivir
al campo, por la Carretera Central, doña Ana María no protestó. No
le importaba por dónde mierda iban a vivir, compadre, con tal de que
ella pudiera seguir luchando para darle a sus hijos la mejor educación
posible y así asegurarles el futuro que merecían. Una mujeraza,
compadre. Pero, así como mi viejo, ella también se quinció, porque
en el Perú la educación no vale ni mierda contra la vara… «Adónde
nos llevas, Gervasio?», le preguntó a su marido una tarde, cuando él
ya estaba juntando sus geranios en latas y jarros. «A Santa Clara»,
le contestó él, con un entusiasmo que no había mostrado por varios
años. «He conseguido un puesto de administrador en un negocio de
norteamericanos; combina un restaurante de primera con el primer

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golf course del Perú. Tendremos privilegios de miembros. ¡Es lo que
siempre hemos soñado, Ana María!».

Es posible que la muerte de Tusho no haya marcado ningún comienzo,


dice Benjamín. Quizás esa tragedia sólo me produjo un buen susto;
algo que me impresionó, pero que en realidad no me aventó en ninguna
dirección. Tal vez todo recién haya comenzado a cambiar en mi vida
cuando el tío Elías apareció por Santa Clara. Porque, no sé si tú acuerdas,
ese hombre sí que salió como de la nada, flaco. Todo el mundo estaba
sorprendido, incluso mamá. Me acuerdo que en la mañana después que
lo conocimos ella le preguntó a papá cómo era que él había llegado a saber
que el tío Elías había venido al Perú. «Lo leí en el periódico», le dijo
él, algo brusco. «Se anunció que él y su esposa llegaban por medio de
la embajada suiza». No lo había visto por años, por supuesto, pero lo
hubiese reconocido en cualquier parte. Sangre llama a sangre.
El tío Elías apareció por Santa Clara una tarde de invierno, cuando
una garúa liviana había caído todo el día y una bruma ligera era mecida
por un viento frío que subía desde el río Rímac. Era un poco más alto que
papá. Un abrigo negro y abultado lo cubría hasta las rodillas y una bufanda,
también negra, le colgaba en el pecho como dos trenzas desiguales. La
camisa blanca de cuello alto que llevaba le acentuaba los círculos negros
de sus ojos hundidos que se perdían en la sombra de un sombrero de pana.
Tenía la voz baja y gutural, y paraba jalándose la crecida barba negra.
Después de las breves introducciones, se sentó en la sala con papá
a tomar café y a conversar animadamente. Decía que los viajes por el
Atlántico eran siempre largos y aburridos, que las noticias de Europa eran
cada día mejores, que el clima de Santa Clara era de festejar. Estoy seguro
que ellos hicieron todo eso para pasar el tiempo y no despertar sospechas,
flaco, porque cuando llegó la hora de irnos a dormir, ellos se quedaron
solos a hablar por horas, en un castellano raro, todo entreverado. Yo no
llegué a saber que habían hablado en ladino sino hasta muchos años más
tarde, flaco. Para ese entonces yo ya estaba estudiando en los Estados
Unidos y nuestras vidas ya habían cambiado demasiado.

| 113 |
Al día siguiente don Félix nos dijo que él había regresado al tío Elías a
la embajada suiza a las tres de la mañana.
Mamá estaba pensativa la mañana siguiente, dice Benjamín. Sus
pómulos salientes y sus trenzas negras recogidas en la nuca le daban un
aire de estatua de piedra andina. A todas luces, ella parecía un ser más
allá de todo dolor, pero yo sabía que ella estaba triste y preocupada, que
presentía algo trágico en los andares de papá. No sé si tú te acuerdas,
flaco, pero en días como ese sus ojos vagaban fuera de la casa buscando
trozos de cielo azul. Siempre que estuvimos tristes juntos, ella se ponía
a mirar por las ventanas buscando esos trozos de cielo azul. Cuando
tenía suerte y encontraba alguno, se dejaba absorber hasta la ausencia...
«No es extraño», dijo papá cuando mamá le comentó que esa repentina
visita del tío Elías había sido algo así. «Cuando es cosa de tu sangre, no
es extraño; uno lo sabe inmediatamente». Papá parecía seguir adusto y
por eso mamá ya no dijo nada más. Algo contrariado, papá dejó que sus
ojos se perdieran en su hondo pasado mientras que la casa se envolvió en
un silencio incómodo. Afuera, el sol se filtraba por la ramada, las torcazas
cantaban, las abejas trabajaban y las moscas de las caballerizas, negras y
panzudas, se tiraban contra el vidrio de las ventanas.
Papá sabía mentir. Sabía muy bien cómo hacer para que todos le
creyeran sus cuentos. Inventaba su mundo. Como todos.

Susana sí que no quería moverse sin protestar, dijo el comandante Rojas.


Tenía las amigas, las playas, el Jirón de la Unión, la Escala, los parques…
¿Quién la iba a visitar por esos campos llenos de cholos, a ver? Pero ella ya
estaba grandecita como para saber que de nada le servirían los berrinches
contra la voluntad de su mamá. Así que, qué mierda, tratando de ignorar
sus malos pensamientos, Susana empezó a ver el lado bueno de las cosas
y le siguió la corriente a su papá. Empezó a verse como una burguesa de
primera: se bañaba en piscinas, cenaba en restaurantes, aprendió a jugar
golf como las gringas de las revista Life que su papá había traído a su casa,
lleno de felicidad, para mostrarle su futuro. Por eso, cuando la camioneta
que los trajo volteó por la avenida Piérola y se metió por los algodonales,

| 114 |
Susana ya no veía polvo, huecos, gente triste, gente con cólera. Sólo veía
extensiones de pasto verde donde la gente decente empezaría a jugar algo
nuevo por primera vez en el Perú.
—¿Podremos jugar al golf en cualquier momento, papá?
—Privilegios son privilegios, Susana.
Mentira. La clase dirigente ya tenía su propia cancha de golf en
Lima, por San Isidro. La cosa era que ya no había lugar para más socios
y los gringos también querían algo para ellos. En el capitalismo, mi es-
timado, el exceso de riqueza, que es el producto de la plusvalía, se tiene
que consumir de alguna manera; de lo contrario la producción para y
se jode todo el sistema. La Granja Azul iba a ser sólo el comienzo. Los
gringos ya tenían planeada una feria por Acho, para quitarle el negocio
a la corrida de toros. Un canje de colonialismos nomás… Pero, claro,
Susana era una niña todavía; ¿qué iba a saber ella nada de esto? Ni Ben-
jamín. Ni yo, por último.

Nadie sabía nada de tu tío Elías, dice Paulina. Tu mamita, que de alguna
manera ya estaría presintiendo que algo desabrido se le avecinaba por el
lado del mundo de don Edilberto, me dijo que no confiara mucho en él.
Yo la escuchaba decirle a don Edilberto que se cuidara mucho; que algo
oscuro rondaba a ese hombre, pero don Edilberto no le hizo caso. Esas es-
curridas de mano duraron hasta que don Edilberto se fue a la Argentina.
Desde ahí doña Tomasita dejó al tío Elías a un lado. Él seguía trayéndole
flores, chocolates, discos; todo acomedido venía. Ella recibía los regalos,
pero me decía que pusiera las flores en el patio, que botara los chocolates
a la basura, y que nunca tocara los discos.
Claro que por esos días doña Tomasita parecía más interesada en el
valle de Santa Clara y en las andanzas de Benjamín que en cualquier otra
cosa. A lo mejor presentiría que los destinos de Benjamín y de su tío, los
dos Elías de la familia, estaban amarrados. Tal como sucedieron las cosas,
puede que haya tenido razón. Porque tu mamita siempre actuó como si
lo de Benjamín nunca le hubiese sido extraño; como si ella ya hubiese
sabido de los malos pasos que estaba por dar el ingrato. Pero, volviendo

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al tío Elías, cuando él desapareció, tu mamita me dijo que ella ya sólo veía
malos agüeros en el valle.
Paulina se encaminó hacia la despensa, la abrió muy despacio, rebuscó
con la mirada, y sacó una cajita blanca llena de alfajores pequeños. Los olió
con atención y dio su visto bueno con un movimiento de cabeza. Siguió ha-
blando mientras buscaba un plato para servirlos.
Pensándolo bien, el primer mal agüero de las desgracias que se
venían quizá habría sido el resplandor rosado que me asustó tanto el
primer día que fuimos a Santa Clara. Los malos agüeros siempre se pre-
sentan mucho antes de las ocurrencias, hijito. Ese día todito el valle
parecía estar envuelto en celofán de panetón; hasta los cerros botaban
ese resplandor rosado. Cuando le confié a tu mamita mi preocupación
ella me dijo, con mucha pena en sus ojos, que algo malo estaba por
brotar en el valle... Quién sabe si esa pena se le había enroscado en el
ánimo a doña Tomasita y salió enterito años después, cuando los to-
matales, los algodonales, los campos de frijol, todo se volvió fábricas de
ladrillo. «Las florcitas ya se están muriendo», se quejaba; «las arañitas
también. ¡Ay, Edilberto, cuando terminarán estas calamidades!». Don
Edilberto trataba de calmarla hablando de sus inversiones y del avance
de la civilización, como decía él; pero, como conmigo misma, el mal
agüero rosado de ese primer día ya le habría empezado a morder el alma
a tu mamita. ¿Quién sabe?; eso también pudo haber contribuido a su
final enmudecimiento.
Habrá habido otros malos agüeros, seguro; sólo que nosotros no los
habríamos sabido leer. Como la plaga de garzas del 59, por ejemplo. La
gente creída hasta decía que era lindo ver tanto animal junto. (Y esto a
pesar de que fue por esos días cuando mataron al misha Chivita, hijito. La
gente dijo que el pobre se había caído del horno. Mentira... Pero seguro
que tú no te acuerdas de esas cosas, ¿no?). Yo sí, siempre tuve mis recelos;
nunca he podido ignorar las plagas, hijito... Pero, eso sí, nadie en el valle
pudo ignorar el mal agüero embarrado en las moscas azules que vinieron
cuando se construyó la que sería la última ladrillera de Santa Clara.
Paulina puso el plato de alfajores sobre la mesa, tomó uno, lo olió, y me
lo alcanzó al mismo tiempo que me preguntaba si quería que ella pusiera

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agua para el té. Le dije que sí con una mueca y ella se afanó en prender la
estufa. Yo pensé: «qué lástima que nunca haya tenido hijos».
No sé si tú te acordarás que el dueño de esa ladrillera se llamaba Terán.
Don Félix nos contaba que había sido un jinete que había ganado mucho
dinero en Monterrico. Lástima que la gente de Santa Clara nunca llegó
a conocerlo. Se murió de tristeza, dicen; al poco tiempo de que fundó su
fábrica nomás. ¿Qué le habría causado tanto dolor?, todo un misterio…
La cosa es que fue él quien convirtió a los últimos peones del valle en
ladrilleros. Esas pobres almitas salían de sus casas antes del amanecer y le
daban duro hasta bien entrada la noche. Se juntaron con los tantos otros
que ya estaban destruyendo el valle con sus lampas y picotas, sacándole
toda la tierra negra para hacer ladrillos y venderlos en Lima. Y fue Terán
quien, en el invierno de 1960, mandó traer a Santa Clara la primera carga
de lodo de desagüe. La gente decía que había dicho que era para tapar
mejor los hornos; para que los ladrillos se quemaran parejos. ¡Olía como
el fango que era!
Las moscas azules llegaron con ese barro apestoso y se quedaron
quietas mientras tenían qué comer en esa cochinada. Pero cuando se les
acabó la comida, se alzaron al cielo como una nube. Desde entonces uno
las encontraba por todas partes. Nada las paraba. Atacaban a los caballos,
a los ratones, a las tórtolas, hasta a la gente. Doña Roberta, que siempre
estaba alerta a los despilfarros de la naturaleza, como decía ella, andaba
por la casa con Felipe, el encargado de los caballos, buscando huecos en
las mallas de las ventanas. Ni siquiera los moscardones verdes de la caba-
lleriza le podían hacer el alto a esas moscas azules, hijito. Así que aumen-
taron como una maldición, y, poco a poco, se fueron adueñando de todo.
Hicieron desaparecer del valle hasta a los grillos amarillos, los saltamon-
tes gigantes, las chupajeringas multicolores… Pero, ya verás hijito, ni esas
malditas moscas azules pudieron sobrevivir al desastre que se nos vino.
Porque con el tiempo todo el valle fue cubierto por el polvo rojo que
salió de la tumba de los gentiles. Así fue, hijito. Las moscas azules sólo se
fueron del valle cuando el valle se enfermó.
Pensándolo bien, las moscas azules llegaron al valle en el mismo
año en que don Edilberto se fue a la Argentina. Y esto habrá sido poco

| 117 |
después de que él dejó de vestirse y empezó a andar por todas partes con
ropa de dormir; cuando empezó a caminar encorvado, apoyado en su
bastón de puño de plata en forma de pájaro; cuando, por fin, se pasaba
las horas maldiciendo su espalda y la bolsa, que dicen, leyendo libros que
traía desde Miraflores envueltos en un trapo negro.

9:00 A.M.

Edilberto Isaac se soba los ojos, tranquiliza su respirar, y afina los oídos
para escuchar si hay alguien en la casona. Parece que no. Solo un soni-
do de verano con zumbido de moscas parece atrapado entre las paredes.
Pero, por otro lado, el zumbido que lo habita parece más calmado. Decide
revisar las fotografías en el sobre de manila.
Las saca en bulto y las baraja distraídamente. Las ha revisado la noche
anterior y sabe que, aparte de las fotos ya identificadas por Paulina como de
especial interés para su madre —porque la transportan al Hotel Bolívar del
año 1946—, las otras no le dicen nada... Hace una pausa… Parece estar per-
diendo el tacto. Sera el cansancio… Revisa una fotografía recortada en óvalo
con fondo sepia desleído. Contiene las imágenes de dos niños que podrían
ser gemelos. Tiene letras en el borde, pero parecen haber sido escritas en lá-
piz y muchos años atrás, porque están completamente ilegibles… Hace una
nueva pausa… Pasa sus insólitamente tiesos dedos sobre esas caras lozanas y
murmura para sí: «Toca a otros averiguar quiénes son ustedes».

***

Nadie se daba cuenta de mí en el Santa Rosa, flaco, dice Benjamín. Yo pa-


saba las horasen esas aulas frescas como podía; más que todo, esperando
la hora de poder ver a mis amigos en los campos y en las ladrilleras. Por
eso casi ni me acuerdo de mis experiencias ahí. Pero claro, como todo ado-
lescente, en el colegio sufrí impresiones que han durado. De todas ellas,
quizás te valga de algo mis recuerdos de mi encuentro con Jaime Llosa.

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Jaime Llosa era un maricón del pueblo que se metía al Santa Rosa
casi todos los viernes. Llegaba con colorete, con las mangas de su camisa
arremangadas, y hablando todo amanerado. Los de quinto de media lo
perseguían como perros por los excusados. El pobre Jaime siempre co-
menzaba esas corridas alegre y terminaba llorando. Cada vez que se es-
capaba de las jaurías del quinto, juraba que ya no regresaría más. Pero
siempre volvía. Terminé por odiarlo; no por maricón, sino por porfiado.
Una vez los Calaveras, una pandilla del quinto B, me hicieron
una broma pesada. Varios de ellos habían atrapado a Jaime Llosa en
el excusado de los profesores y el resto se fue a buscarme. Entraron
a mi salón —entonces yo estaba en tercero— con el cuento de que el
Padre Blanco, el director, los había mandado para que me llevasen a la
dirección. Como la señorita Lima era monse, como se decía entonces,
me dejó ir. Yo protesté porque presentía que esa comitiva no andaba
en nada bueno, pero la señorita Lima les dio permiso de todas maneras.
Una vez en el excusado, los Calaveras me forzaron a besar a Jaime Llosa.
Al ver mi pánico, hasta el maricón protestó. Pero no hubo caso. Dejé
todo mi lonche en el excusado, mientras los Calaveras se llevaron a Jaime
Llosa por sabría Dios dónde… El recuerdo de Jaime Llosa me inoculó
repulsión, del puro asco, contra esa forma de vida, flaco. Y eso quizás me
haya servido de algo unos años más tarde, cuando regresé a Chimbote y
conocí a Mario Solar, la Voz del Pueblo. Pero eso fue ya por el 66.
No todo en esos años fue algo malo, por supuesto. La vida nunca
es así, ¿no? Hubieron momentos felices; de otra índole, como decía don
Félix. Por ejemplo, fue precisamente poco después de lo que me pasó con
las Calaveras que llegué a gozar de lo que podríamos llamar mis primeros
dolores de amor. La culpable fue Estrella; una japonesita que vivía por el
final de la avenida Piérola.
No sé si tú te acuerdas de ella, pero fue su familia la que instaló la
primera granja de avicultura en el valle. Estrella fue la primera muchacha
japonesa que yo conocí en mi vida, flaco. Me daba la impresión de que
era suavecita y tierna porque andaba como si flotara por esos polvorien-
tos caminos. Creo que ella iba a un colegio particular por Vitarte; pero
no estoy seguro. La cosa es que yo la veía pasar por la avenida Piérola

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siempre vestida de blanco impecable, con un gorrito azul y con unos za-
patos negros pequeñísimos... Ese primer amor fue platónico en exceso,
flaco. Nunca le llegué a hablar, imagínate. Yo la esperaba para verla pasar
por mi ventana, pero le tenía tanto miedo que ni siquiera sacaba la cabeza
para verla mejor. Ese enamoramiento duró meses; hasta que sus padres
compraron el primer Mercury station wagon del valle y Estrella dejó de
andar por los caminos.
Pero no, yo nunca pertenecí al mundo del Santa Rosa, flaco. Era el
valle lo que más me atraía. Era el mundo de Octa el que me atajaba. Por
eso fue que cuando, poco después de que papá se fuera a la Argentina, don
Félix me regresó a Miraflores. Yo estaba muy dolido... Por supuesto que
Miraflores no debería haberme parecido tan horrible, después de todo,
había muchas otras cosas que hacer por allí. Los niños «bien» bailaban
el twist, visitaban el Regatas, iban al cine con sus plancitos. Vivir en Mi-
raflores era como cuete, como decía don Félix; pero, en esos años, yo me
sentía torpe en casi todo. Fui a una que otra fiesta con Paco, pero siempre
terminaba sintiéndome mal... La cosa era que no teníamos noticias de
papá. ¿No te acuerdas? Mamá siempre nos decía que todo andaba bien,
que se lo decía el corazón, pero él ni llamaba ni escribía. Muchas noches
yo me bajaba por el ficus y me ponía a caminar solo por el malecón.

Así que Susana y su familia llegaron a vivir en la casita de tejas rojas, pare-
des blancas, y rejas de fierro pintadas de negro, dice el comandante Rojas.
A ella le separaron su cuarto en el segundo piso, con dos anchas ventanas
que abrían hacia el Cerro Colorado... Fue por esas ventanas que Susana
escuchó por primera vez la bulla de los trabajadores cuando cavaban y
emparejaban el desierto para hacer la cancha de golf.
Susana andaba por entre el caos de la construcción como un pajari-
to; saltando bonito con sus zapatillas de lona azul y su pelo claro cubierto
con un pañolón amarillo. Una vez, cuando andábamos explorando el va-
lle juntos, me contó que en su primer día en el valle se había atrevido ver a
los trabajadores sólo de reojo porque la verdad era que nunca había visto
a tanto cholo junto. Por Dios. Y en realidad mis paisanos sí que causaban

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admiración, porque los cojudos andaban por ahí como momias. El gringo
Hawkins, el desgraciado ese que llegó a dirigir toda la obra, insistía en
que todos los trabajadores llevasen unos pantaloncitos hechos de costali-
llo bien amarrados con tiritas en la cintura y en los tobillos. Sus camisas,
también de costalillo, llevaban unos botones negros que les apretaba el
güelgüero y mangas de puños largos amarrados con pita verde. También
usaban turbantes; igualito como don Vice. Por eso sería que, en ese calor,
sus cejas, sus pelos, sus pies, sus brazos, estaban siempre cubiertos por una
costra gruesa de sudor y polvo rojo… Porque le anticipo que fue por esos
días cuando el valle empezó a volverse color de sangre, carajo.
Susana me dijo que también miró de reojo al gringo Hawkins.
Cuando lo vio por primera vez ella pensó, como casi todos nosotros, que
tal vez era uno de esos indios pielrojas que salían en las películas. Putama-
dre. Como todo muchacho, nosotros también tomábamos esas cojudeces
como ciertas. El poder de la prensa amarilla es tan grande en nuestros
países, conchasumadre, que han vuelto a los indios de las praderas, cholos
como nosotros, en hombres rojos. Imagínese. Ya después supimos que el
gringo Hawkins era un gringo común y corriente que había venido del
estado de Rhode Island; de por donde llegaron los primeros gringos al
continente americano para matar gente. Pero dejemos eso para después...
Sus amigas vinieron a visitarla una sola vez. Nada las impresionó.
La piscina todavía no estaba lista; el campo de golf era algo irreal con sus
pampitas, sus huequitos, sus morritos; y las ruinas les ponían los pelos
de punta. Así que cuando el sol se ocultó y el valle se volvió rosado, las
amigas partieron prometiendo regresar, pero Susana sabía que ya no vol-
verían. Uno presiente eso, compadre. Además, Susana siempre tuvo una
manera rara de darse cuenta de las cosas… A veces pienso que ella sufría
mucho por el Perú, que en ella no todo era ideología o estrategia, que
sufría de una manera maternal, digamos. Cojudeces, ¿no? En todo caso,
desde ese día, quizás siguiendo inconscientemente los pasos de su mamá,
Susana le dio la espalda a la ciudad y buscó en su nuevo mundo algo que
le llenara el tiempo y el corazón.
Se entretenía mucho escuchando los cuentos de la gente, me dijo, y
en noches de luna llena requetemiraba los laberintos de sombras que eran

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las faldas de los cerros, buscando almitas de indios viejos bailando en el
polvo cada vez más rojo. Para colmo, en uno de esos días llegó a saber de la
Loca. ¡Ni hablar! Se pasó noches enteras en su ventana, tratando de verla.
Y sí, en varias noches sin luna hasta llegó a ver las llamas de su fogón. Por
mi madre. Así fue que, despacito, sin saber y sin quererlo, seguramente,
Susana llegó a tocar las puertas del verdadero Perú. Cuando la luna llena
se paraba en la punta del Cerro Colorado ella se levantaba de su cama y se
ponía a mirar por esas ventanas. Así era, compadre; todo corazón.
El comandante Rojas afinó el oído ladeando la cabeza para escuchar
algo entre la lluvia. Yo hice lo mismo pero sólo logré escuchar el viento que
mecía los árboles. Me di cuenta, eso sí, de que el zumbido sedoso entre mis
sienes se dilataba ante mi interés de saber algo más de Susana, la heroína.
En una de esas tantas noches, Susana divisó la figura de un hombre
a caballo. Me dijo que el hombre llevaba un sombrero amarillento que
resplandecía y que lo había visto subiendo y bajando por el camino
polvoriento que lleva al cementerio. El hombre paraba su montura por
un ratito en el cruce, donde había un pino alto con un letrero que decía
«Descanso», parecía mirar en todas las direcciones, y seguía subiendo
y bajando. Noche tras noche, cuando la luna topaba la punta del Cerro
Colorado, el jinete se alejaba y se perdía por las sombras que envolvían la
casa de la Loca. Desde entonces, Susana pasaba horas enteras esperando
ver al jinete del sombrero resplandeciente.
Años más tarde, cuando ya habían pasado tantas cosas y estábamos
tomando nuestro chocolate calientito por la Plaza San Martín, cuando
estábamos por zambullirnos en el huayco revolucionario, ella me confió
que cada vez que lo veía aparecer por el cruce, ella tenía la sensación de
que aquel hombre era la personificación de algo extraordinario, quizás
una vida secreta, una historia por concluir... Susana tenía el alma limpia,
compadre, se lo juro. Ella no era como tantas otras mujeres de su clase;
ella pertenecía al pueblo. Hasta el último, carajo.

El tío Elías venía a la casa a menudo en los primeros días de ausencia


de papá, dice Benjamín. Él siempre traía rosas rojas y chocolates de La
Tiendecita Blanca. Roberta lo recibía muy alegre, con doble beso en las

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mejillas. Ella parecía esperarlo con tantas ansias, flaco, que hasta llegué
a pensar que había algo entre ellos. En eso sí, parece que me equivoqué.
Mamá, en cambio, nunca llegó a confiar de él. Una vez yo la escuché
susurrándole a papá: «No parece ser tu hermano, Edilberto», le decía.
«¿Qué clase de negocio es ése? No tiene los ojos limpios».
Las sospechas de mamá siempre me preocupaban, flaco. Cuando se
trataba de conocer a la gente, creo que nunca se equivocaba. Pero esa ha-
bilidad misma la dejaba muy sola. Pienso que en toda su vida ella nunca
ha tenido alguien en quien confiar. Tal vez sería por eso que, cuando papá
se fue, se encerraba en su cuarto a peinarse ante el espejo, a mirar fotos
viejas y a llorar. Yo la escuchaba desde mi cuarto. Creo que en esos años
ella descansaba de sufrir sólo cuando se ponía a escuchar huaynitos en el
tercer piso, con doña Paulina.
La soledad es peor que cualquier otra aflicción porque no hay ni cómo
ni con quien desfogar. La soledad crece estando uno sólo o acompañado. La
soledad nos obliga a saborear culpas y remordimientos. La soledad acosa
desde adentro.
Unos cinco meses después de que papá nos abandonara, mamá vino
a mi cuarto, se sentó a mi lado muy triste y me dijo que tenía horribles
presentimientos; que la carta que papá había escrito, después de tanto
tiempo, le daba la impresión de que no iba a volver por muchos años.
Lloré con ella para compartir su dolor flaco, para consolarla. Pero ya todo
eso era demasiado para mí.
Te juro que hubo innumerables momentos cuando yo quería po-
nerme a caminar y no volver jamás. Y la verdad es que no sé por qué me
quedé en Miraflores todo ese tiempo. Quizás me detuvieron las palabras
de don Félix, quien siempre me hacía recordar que era yo quien debería
dar el ejemplo al resto de la familia. Quizás fue por obedecer a mamá, que
me quería tener cerca, o puede ser que me quedé sólo porque me asustaba
la idea de irme lejos y por mi cuenta… En todo caso, lo cierto es que esos
lazos y temores se fueron esfumando, flaco. Como te acordarás, en los
días que siguieron al viaje de papá yo me escapaba a Santa Clara cuantas
veces podía; casi todos los días, en realidad. En cuanto al tío Elías, creo
que él desapareció antes del año. Parece que algo no le salió bien en los

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negocios porque mamá me dijo una vez que felizmente Roberta había
sabido protegernos. Pregúntale a Roberta, flaco.

Sí, dijo el comandante Rojas, se conocieron a comienzos del verano, unos


pocos días después de que Susana llegó a Santa Clara, cuando él y yo
habíamos ido a ver los caterpillars que estaban destruyendo las ruinas de
los gentiles. Una vez Susana me contó que, al principio, Benjamín le había
parecido uno de los trabajadores. Porque como usted sabe, de apariencia
Benjamín es un cholo neto, aunque sea en realidad un mariconcito de
Miraflores. Pero algo tendría de diferente; su acentito de pituco, seguro,
sus deditos de gorrión, su carita de mosca muerta. La cosa es que Susana
se dio cuenta de él. Años después, cuando andábamos por Lima juntos,
Susana me dio a entender que se había obsesionado con el cojudo. ¿Puede
usted creer eso, que ella no podía comer, dormir, soñar? «Por su culpa
me olvidé del jinete, de la Loca, de los fantasmas, de todo», me dijo.
Putamadre, ¿cómo es, no? Lo vio al cojudo y se le templó… No hay ni
truenos siquiera, carajo; lluvia así es una cagada.
El comandante Rojas se levantó de su silla y se encaminó hacia la puerta
delantera de la carpa, pero no la abrió. Se volvió y me miró desde su altura
como para darme una explicación muda de lo que estaba soltando. Yo pretendí
seguir interesado en su historia, aunque en esta ocasión no sabía si me serviría.
Eran otros tiempos, compadre. Que se lo cuente él mismo si usted
no me cree. ¿Quién sabe si ella lo sigue queriendo, a pesar de todo lo que
ha pasado y sigue pasando? Como le decía, con las mujeres uno nunca
sabe, mi estimado. Pero, para qué, eso no afectó nuestra amistad. Al con-
trario, llegamos a crecer los tres juntos. Amándonos, quizás. Amándonos
porque, le confieso como hombre, que yo siempre amé a Susana desde la
raíz de los pelos. Hasta ahora mismo. La amaré hasta después que pare
esta lluvia y yo salga siguiéndole los pasos.

Todo estaba cambiando en Santa Clara en esos días, recuerda Benjamín.


Estamos hablando del año 61, más o menos. Mamá ya casi no iba al cam-
po y pasaba los días en su cuarto de Miraflores, acariciando su chalina

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verde y examinando fotografías viejas. Por su parte, Octa ya no quería ir
al río, a explorar los canales, o a trepar el Cerro Colorado; prefería que-
darse por La Granja Azul, el restaurante ese que quedaba en las faldas
de los cerros y que en esos días se estaba uniendo a una cancha de golf
que estaban haciendo los gringos. Ese lugar ahora era todo un laberinto,
flaco. La gente trabajaba por las antiguas ruinas como hormigas. A veces
los ladrilleros me preguntaban qué era lo que el gringo Hawkins estaba
haciendo y sólo les podía decir que no tenía la menor idea.
En realidad, en muy poco tiempo todos empezamos a ver el
proyecto del gringo Hawkins como un rompecabezas cuya solución
era conocida sólo por él. Una de las más impresionantes piezas era la
piscina elevada que se estaba construyendo al lado este del restaurante.
Estaba revestida con azulejos que reflejaban el sol desde el fondo como
si fuesen ventanas con vidrieras. El arribo de la familia de Susana, que
vino a ocupar una casa de tejas rojas hecha a su gusto, a la entrada
de lo que entonces se empezó a llamar El Golf, fue. Pero la más
impresionante pieza fue la construcción de una laguna entera que
serviría como obstáculo necesario para el juego.
Además de estos cambios, y unos días antes de navidad de 1961, el
gringo Hawkins mandó traer a La Granja Azul dos caterpilars enormes.
La gente de Santa Clara los vio llegar rodando pesadamente sobre el pol-
vo de la avenida Piérola como si fuesen dos caracoles gigantes. Nadie en el
valle había visto algo semejante, flaco. Don Emiliano Torres, el más viejo
de todos los viejos del valle, juraba que eran diez veces más grandes que
los tractores que el ejército había confiscado de los alemanes durante la
Segunda Guerra Mundial.
Benjamín levantó la mirada hacia las ventanillas de la carpa y pa-
reció perderse en la blanquizca cortina de lluvia menuda. Habló perdido
en esas distancias.
Fue por esos días cuando conocí a Susana. Y sí, me enamoré de ella
desde el primer momento en que la vi, flaco. ¿Qué más te puedo decir?...
Desde entonces yo también estaba contentísimo con ir a La Granja Azul
casi todos los días para verla aunque fuese de lejos. Porque a pesar de los
deseos que me ahogaban, me era imposible acercarme a ella. Como te decía,

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todo eso me era difícil entonces. Por eso me contentaba con merodear
su casa. Con Octa inspeccionábamos las construcciones y corríamos
histriónicamente por encima de la tapia baja que todavía separaba el Golf
de La Granja Azul. Pero más que todo, nos sentábamos en las mesas rústicas
del restaurante a tomar coca-colas, a reírnos por tonterías, y a pretender
conversar mientras esperábamos a que apareciera Susana.

Del sobre de Manila.


Fragmento escrito en lápiz rojo:
La noche caía suave sobre tus hombros
tu rubor encendía el sol de la mañana
tus ojos guardaban el calor de mis caricias
y yo, recordando,
me mordía el alma,
suspiraba secretamente,
robándole sueños a los días.

Una tarde la vimos caminando hacia los ponis y Octa me animó para
que le hablara, dice Benjamín. No sé cómo lo hice, flaco, porque siem-
pre que la veía, aunque fuese de muy lejos, mi hilo blanco empezaba a
desenrollarse. Ella estaba dando de comer a los caballitos enanos y bajo
la luz rosada del valle los rizos de sus cabellos castaños parecían resplan-
decer. «Son peligrosos», le dije como un tonto, «te pueden morder».
Ella volteó para verme y yo me di cuenta por primera vez de que sus ojos
eran tan claros y tan frescos como el cielo del valle en otoño… «¿Traba-
jas aquí?», me preguntó con su voz cristalina e inocente… Le dije que
no, que el valle era lindo, que me gustaban las carpas doradas, que odia-
ba los estudios, que me llamaba Benjamín. Y ella: que recién había lle-
gado, que vivía en la casa de las tejas rojas, que tampoco le gustaban los
estudios, y que se llamaba Susana. Mientras hablábamos, mi hilo blanco
desapareció. ¡Franco, hermano! Nos reuníamos por el vivero de las car-
pas doradas y caminábamos por los algodonales cogidos de la mano.
La amaba como nunca más he podido amar, flaco. Aunque te parezca
máximamente cursi, pienso que nuestro amor era sublime y sensual de

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una manera que sólo es posible a esa edad; cuando las emociones to-
davía no han sido corrompidas por la vida. Por eso éramos capaces de
amar con todo el corazón, de compartir todo secreto, de comunión.
Susana era mi soul-mate, como dicen los poetas ingleses.

El peor mal agüero llegó años después, hijito, dice Paulina. Sería allá por
el 61, cuando empezaron a construir el campo de golf en las faldas de los
cerros. Porque para ese entonces los gringos sólo pudieron posesionarse
de las ruinas de los gentiles; don Quijote ya no tenía casi nada más que
vender. Y por si tú no te acuerdas, te digo que había un restaurante muy
bonito por ahí. Se llamaba La Granja Azul. Ya después le alargaron el
nombre. Familias de Miraflores y de San Isidro iban por ahí los domin-
gos para hacer su día de campo. Llegaban con abuelitos, tías, cuñadas,
niñeras, perros, amigos. Escogían sus sitios por debajo de los cipreses y
hasta se echaban a dormir. Los muchachos matoncitos corrían libres por
las ruinas mientras que los más chiquitos jugaban en el pasto limpiecito.
Algunos hasta tenían ahí sus fiestas de cumpleaños; como Benjamín, por
ejemplo, cuando cumplió sus doce, pobrecito él.
«¡Cómete otro hijito!», me dijo Paulina con la mirada, alzando el
plato y moviendo la cabeza para animarme. De niño yo nunca pude resis-
tir aquellos gestos maternales. Pero en esa tarde cuando cumplía mi deber,
¿acepté el alfajor para decirle que aún la quería o para que me siguiera con-
tando sus secretos?
Apenas se posesionaron de las faldas de los cerros, dice Paulina, los
gringos empezaron a cambiarlo todito. Una de las primeras cosas que hi-
cieron fue traer una tropa de caballitos enanos. ¡Eran mansitos! Solitos
se metían al corral de tablas blancas que les hicieron por las ruinas, al
lado de la casa de la Loca. Al principio pastaban libres por todos lados.
Hasta daba risa verlos, por lo chiquitos que eran. Ya después los ensilla-
ron y empezaron a cobrar por turnos. Entonces sí que salieron gringuitos
de sólo sabría Dios dónde para montarlos todo el día. Ahí no más tam-
bién, los gringos trajeron un trencito enano. Le construyeron su túnel,
su puente, su estación, hasta su bosque. Los gringuitos subían y bajaban

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alegres mientras que un paisanito vestido de maquinista, con su gorrita
azul de rayas blancas y todo, tocaba un pito negro y decía: «¡Olabord¡
!Olabord!». ¿Quién habría sido esa pobre almita, pues?
Después de que el trencito comenzó a correr, un señor rojo como
el tomate que todos llamaban Pielroja y que había llegado al valle desde
el otro lado del mundo, llevó su cuadrilla de antiguos peones, de paisa-
nitos recién venidos, de soldados en baja, de santaclarinos, de negros, de
cholos, de chinos, de todo, a la misma falda del Cerro Colorado. Ahí la
cuadrilla encontró cientos de estaquitas con cintitas rojas en las cabecitas
marcando un sitio en forma de huevo frito. En el centro del huevo frito
había un palo largo con una bandera peruana en la punta. El Pielroja en-
tonces le dijo a la cuadrilla que tenían que hacer un hueco hondo dentro
de las estaquitas; que tenía que ser tan hondo como para que la bandera
se hundiera en el desierto. Así que los pobres empezaron a cavar. Cava
y cava. Más y más hondo. Hasta que ya casi ni podían salir del hueco y
cuando salían tenían sus caras todas chuecas, con marcas extrañas hechas
de sudor y polvo rojo.
Paulina exageró una mueca, como si el recuerdo la atormentara.
Al comienzo de todo, la gente andaba muerma con tanta cosa nue-
va. Se paraban por los cantos del trabajo a rascarse la cabeza, mirando
las maravillas que brotaban como del aire: tejas tan rojas como la sangre,
maderas cuadraditas, losetas como vidrio de colores, un ripio tan limpio
que parecía que siempre estaba mojado… Los domingos, cuando iban al
cementerio con agua y flores para sus muertos, la gente buscaba con ojos
curiosos al Pielroja, que andaba con un tractorcito verde por todos lados.
¿Cómo era que alguien podía ser tan colorado, a ver? Le hacían señas para
escucharlo hablar siquiera.
Pero la cosa no era para chiste, hijito. ¿Quién sabe?, si hubiesen sabi-
do leer el mal agüero escrito en sus propias caras los trabajadores hubiesen
parado de hacer el hueco para la laguna. Si toda la gente hubiese pensado
en el dolor de los gentiles quién sabe no hubiesen pasado las cosas que
pasaron. Pero no, hijito, como si una maldición de brujo malvado los hu-
biese amuermado durante el sueño, la gente de Santa Clara dejó que las
ruinas de los gentiles fuesen enterradas por el desierto verde.

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Sí, dijo el comandante Rojas, un cachibotas que se llamaba Paco venía
al valle de vez en cuando por esos días. Venía a montar caballo con
Benjamín, más que todo; pero la verdad es que yo ni sabía de dónde era.
Benjamín tenía su propio mundo, compadre. Pero vea usted que, por pura
casualidad, fue precisamente en uno de esos días, cuando andábamos con
ese cojudo por el valle, cuando vimos a don Quijote por primera vez. En
fin, creo que después de ese día no me volví a ver más con el famoso Paco.
Por mi lado, mi viejo me exigió que trabajara con él, haciendo king
kones. Putamadre, pasaba los días metido como un huevón por esos hue-
cos negros y húmedos, carajo. Benjamín me esperaba por ahí, sentado
encima de las rumas. Yo terminaba con esa huevada a eso de las cuatro
y nos íbamos de frente para La Granja Azul. Pero puta que una vez ahí,
los mozos me botaban por mi ropa vieja, por mi pelo trinchudo, por mi
cara de indio. Chesumadre, esos cholos de mierda se habían vendido por
el puesto. Por eso era Susana o Benjamín quienes tenían que ir a comprar
las orange crush y las coca-colas que entonces tomábamos sentados en la
tapia baja, con los pies colgando, felices de la vida.
Pero esos días, ya casi por el 62, seguro, se volvieron largos y pesados,
porque el olor a muerto no se iba con la tarde, por mi madre. Porque el
gringo Hawkins se había metido a revolver el cementerio de los gentiles
que quedaba en las faldas del Cerro Colorado. El olor era tan malo que
los trabajadores de La Granja Azul agarraron la costumbre de andar para
todos lados con pañuelos en las caras. Parecían forajidos de coboyadas,
carajo. La gente del valle, hasta de por Huanchiwaylas, cerraba puertas y
ventanas tempranito para que no entrara el olor que venía con la noche.
Susana se quejaba: «por la noche el olor a muerto se mete a la casa por
las rendijas. Es horrible. Mi papá está que se muere de rabia. A veces dice
que nos vamos. Pero, como ya vendimos el departamento en Lima, ¿a
dónde vamos a ir? Mi mamá ha puesto ruda por todas partes, pero aun
así, cuando nos levantamos, ni podemos saborear el pan».
Recuerdo que fue en uno de esos días largos y pesados cuando, sin
darse cuenta seguro, Susana nos dio la noticia de lo que se nos venía: «mi

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papá dice que van a hacer otro camino para el cementerio», nos dijo
cruzando los brazos y señalando con el mentón el cruce donde quedaba
el pino con el letrero que decía «Descanso». Así fue, compadre. Estaban
jodiendo a los gentiles y, encima, decían que los muertos nuevos iban a
tener que redondear el campo de golf. ¡Imagínese usted, carajo! ¿Cómo
mierda íbamos a aguantar todo eso, a ver?

—Yo lo veía montando su caballo por la subida —me dijo Susana un


día al borde de un canal, bajo un sauce frondoso—. Me quedaba despierta
para verlo, Benjamín. Pero hace mucho que ya no viene. ¿Qué crees que
hará en el cementerio?
En la distancia, los cernícalos acosaban a los gavilanes y el sol ausente
seguía bañando al valle con su crepúsculo rosado. Le conté a Susana lo
que sabía:
La gente dice de que antes que hicieran La Granja Azul todo ese valle
pertenecía a su familia: la hacienda, el ingenio, El Castillo, todo. Ellos eran
descendientes de unos españoles que habían venido al Perú hacía muchos
años desde un lugar que llamado San Sebastián, allá por España. Por eso
fue que, cuando don Quijote cumplió sus veintiún años, sus padres lo
mandaron por allá para que estudiara… Dicen que don Quijote se perdió
mucho tiempo por esos lugares y que regresó al Perú solamente porque
en España lo agarró una guerra. Algunos piensan que tal vez él hasta fue
soldado por allá, pero la verdad es que nadie sabe mucho de esa parte de
su vida… Don Emiliano Torres, el hombre más viejo de Santa Clara, dice
que algo raro habría pasado con la familia Labarrieta mientras don Quijote
estaba lejos porque, de la noche a la mañana, todos los varones empezaron
a morir rápido y seguido. Tanto así que, para cuando don Quijote regresó,
ya sólo quedaba él como legítimo heredero… Don Emiliano también
cuenta que cuando don Quijote regresó a Santa Clara vino acompañado
de su novia, doña Beatriz, una señora también de por San Sebastián; y dice,
además, que él estuvo presente en la boda… Aparentemente, don Quijote
y doña Beatriz se casaron en un salón enorme, construido para la ocasión,
donde todo el piso fue cubierto con dalias, rosas, y claveles. El viejito dice

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que con el tiempo ese salón llegó a ser el cine de Santa Clara. En todo caso,
después de esa gran boda, todo parecía andar muy bien. Aparentemente,
la gente del valle festejó el acontecimiento durante semanas, pero eso no
duró. Unos meses después los doctores le dijeron a don Quijote que su
señora no podría tener hijos. Eso sí que le nubló la vida a don Quijote…
La gente dice que pocos días después de recibir la noticia de esa desgracia,
él empezó a regalar todo lo que tenía. Le dio la mayoría de sus tierras a
los peones, el pueblo a los negros, y El Ingenio al resto de gente. Se quedó
sólo con El Castillo… Pero, a pesar de esas malas noticias, por esos días don
Quijote todavía podía ser feliz en el valle. Él y su mujer se paseaban a caballo
por todos sus rincones, riendo contra el viento y saludando a la gente. Pero,
lamentablemente, su desgracia todavía no terminaba… Un día con truenos
de verano, el caballo de su esposa se asustó feo y la aventó fuerte contra el
borde una acequia. La pobre murió del golpe. Dicen que don Quijote se
quedó al lado de su señora por varias horas mirándola, besándola, llorando.
Hasta que por fin, cuando ya venía la noche, se fue a su castillo, regresó con
una lampa, levantó a su esposa en vilo, y se la llevó a la falda alta del Cerro
Colorado, más arriba de las ruinas. Don Quijote cavó por ahí una fosa
grande, como para enterrarse con su mujer; pero, don Emiliano dice que,
como la gente lo estimaba mucho, lo habían seguido todos. La cosa es que
lo sacaron ya casi muerto. Entonces unas mujeres lo llevaron a su castillo
y unos hombres enterraron a doña Beatriz. Desde ese día la falda alta del
Cerro Colorado se volvió cementerio. La gente dice que don Quijote no
salió de su castillo por muchos años, que se pasaba los días mirando por las
rendijas de su torreón. Los negros del pueblo cuentan que cuando había
luna llena podían ver a una mujer vestida de novia en El Castillo... La cosa
es que, cuando el viejo por fin salió a recorrer el valle otra vez, ya todo había
cambiado. Los Bracamontes y los Aspillagas le habían quitado las tierras a
los antiguos peones con papeles falsos.

Los enormes caterpillars aplanaron las ruinas, dijo el comandante Rojas.


Conchasumadre. Habían huesos regados por ahí, olor a mantas podridas
y olor a muerto por todas partes. De rosado, el valle se estaba pasando a

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rojo. La gente andaba por el borde de la destrucción diciendo que iba al
cementerio... ¡Mentira! Iban a ver lo que el gringo Hawkins estaba ha-
ciendo. Se recostaban contra el árbol del cruce, miraban los remolinos
rojos que subían al cielo, y se preguntaban: ¿Crees que los gentiles están
contentos? ¿Crees que el polvo rojo no es de mal agüero? Pero hablaban,
nomás. Chapaban sus cosas y seguían su camino. Años después, Lelia me
dijo que algunos habían querido hablar con el gringo Hawkins; pensaban
que tal vez él les entendería. Pero, ¿qué saben los gringos de lo nuestro,
dígame, a ver? Cojudeces. Es nuestro desierto, se decían. La montaña es
del pueblo. Ni don Quijote podría haber vendido eso. Además, él se ha
metido en su castillo. La Domitila le lleva pan, pero no come. ¿De dónde
vienen los gringos? ¿Cómo es que llegaron?
Estaban confundidos. Todavía no sabían de los tentáculos del capi-
talismo que seguían enroscándose por todo el mundo; todavía no sabían
que nuestra única salvación queda en irlos cortando uno por uno. El pue-
blo sentía el dolor pero no sabía qué rumbo tomar, carajo. Conmigo, por
lo menos, tuvo que pasar lo que pasó para que pudiera ver claramente el
derrotero hacia la victoria; porque por esos días yo todavía seguía con eso
de ser educadito, de bajar la cabeza y de aceptar las cosas como venían.
Yo todavía aceptaba un mundo gobernado por el interés, donde el hom-
bre es sólo un objeto más. Felizmente que todo eso se está acabando. En
Ayacucho, en Junín, en el Huallaga, aquí mismo, todo ya está cambiando.
Ahora ya sabemos el sendero por dónde ir, conchesumadre.

En las semanas que duró la cavada, dice Paulina, los trabajadores sacaron
muchas cosas, hijito: mantas, huacos, flechas, piedras de varios tamaños y
colores, huesos cortos y largos, calaveras, y una fila de momias envueltas
en trapos de algodón marrón. ¡A ver si sería bueno! Lo pusieron todo en
un montón bajo un toldo con patas largas. El Pielroja rebuscaba todas
esas cosas por las tardes, cuando el sol se hundía rojo y molesto. Fue por
esos días cuando la tierra removida, ya roja como la sangre, se empezó a
alzar con el viento, tratando de cubrir el valle. Ay hijito, ese polvo rojo
traía un olor como a pelo chamuscado, como a la muerte misma, sería.

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—Van perder sus almas en ese hueco, doña Tomasa —se quejaba a tu
mamita la Gumersinda, la mujer de Felipe—. Los gentiles les van a jalar
de los pies cuando estén durmiendo, pues. No es bueno zarandear los
huesos de los muertos. ¡Mírelos, pues, señora! Las pobres calaveras en fila,
como zapallos, y las pobres almitas envueltas en sus mantas al aire libre,
como si fueran pescao salao.
Y no sólo la Gumersinda tenía miedo, hijito. Todos, conforme el
Pielroja pedía a los trabajadores que se hundieran más y más, conforme
el olor a muerto cubría el valle, todos se preocupaban por la mala suerte.
Porque la gente sabe que cuando la maldición llega no toca sólo a los que
hacen cosas malas, sino también a los que, viendo el mal que se hace, no
levantan ni un dedo para pararlo. Así que el entusiasmo por el plan del
gringo empezó a entibiarse. En el cine, en las ladrilleras, en los tomatales
que quedaban, la gente hablaba del maltrato a los muertos. Porque el
Pielroja ni siquiera había traído un cura para bendecir el sitio antes de
meterse a sacarlo todo. Por eso es que la gente llegó a ver la construc-
ción del golf como de muy mal agüero; pero, así con todo, no hicieron
nada para parar la construcción. La destrucción más bien. Como si ni
les importara, hijito. Siguieron mirando al Pielroja en su tractorcito, si-
guieron cavando, siguieron rascándose la cabeza, hasta que el polvo rojo
del Cerro Colorado también despertó de su sueño de siglos y se unió
al de las ruinas con miras de cubrirlo todo. Se expandía como pagado,
hijito; con un silencio de manta mojada. No se podía ni respirar. No se
podía tomar agua porque parecía chocolate de navidad. Pero nadie sabía
a quién acudir.
Paulina suspiró hondo, se hizo la señal de la cruz sobre el pecho y miró
con indiferencia alfajores que quedaban.
El curita Bernardo, que siempre estaba metido por los rincones del
valle haciendo sabría Dios qué cosa, llegó un domingo por la mañana,
todo, azareado a decir que se pronunciaba contra la blasfemia, que dicen.
Claro que él era un cura medio raro. Andaba pregonando que vivíamos
en un desierto de incomprensión, de violencia del hombre contra el
hombre y de desamor. Se perdía días por el Cerro Colorado y cuando
decía misa lo hacía como tiritando. La cosa es que la gente salía de la

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iglesita, que en esos años todavía quedaba al canto del campo de fútbol,
con nubes en el alma.
Me acuerdo de que fue ese domingo cuando escuché al Octa decir-
le a Benjamín que las cosas estaban por reventar, que don Mele Ortola
había pedido policías ¿Qué me iba a imaginar lo que venía, a ver?... Ese
Octa sabía de todo, hijito. Así como uno lo veía, sabía más que nadie.
Dicen que don Quijote lo escogió como su mensajero. ¿Quien sabe? La
cosa es que se fue de casa en casa diciendo que el valle se moría, que había
que hacer algo, pero la gente no le hizo caso. Lo verían como a un cholito
cualquiera nomás.
Hasta que un lunes por la mañana —lo recuerdo clarito porque
eso fue cuando don Félix me había llevado a Santa Clara para recoger
las uvas que Felipe decía se estaban pudriendo— vino un caterpillar
grandazo a barrer con todo. Derrumbó las ruinas y aplanó la parte baja
del camino al cementerio en un dos por tres. Ahí recién se supo que don
Félix había tenido razón y que los túneles de El Ingenio llegaban hasta las
faldas del Cerro Colorado. El caterpillar destapó unos huecazos negros
y olorosos por donde empezaron a entrar y a salir los murciélagos que
antes sólo vivían en El Ingenio, eran millones. La gente que todavía vivía
en el segundo piso de El Ingenio decía que escuchaba el chillido de los
murciélagos a toda hora y que las paredes sudaban un olor a melaza.
Mientras tanto, empezó a crecer hierba en los bordes de la laguna
y el pasto azul que el Pielroja había traído se arrastraba feliz, con polvo
rojo y todo, cubriendo todos los rastros de las ruinas de los gentiles.
Por eso digo: por muchos años, seguro, la gente de Santa Clara va a
recordar su pereza. Cuando caminen por ahí se van a lamentar cada vez
que encuentren pedazos de huesos humanos, tanto viejos como nuevos,
brotando por entre ese pasto engreído. Porque los actos de mala fe nunca
se pueden enterrar por completo. Ni con pasto azul.
Para esos días tu mamita ya se había refugiado casi por completo en
sí misma. Andaba como tocada por los rincones de la casa, hablando sola,
sobando su chalina verde, mirando hacia el norte por la ventana de la sala
del té. Para ese entonces también ella ya había dejado de ir al valle que
tanta felicidad le había dado cuando don Edilberto todavía estaba con

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nosotros. Sí, hijito, tu mamita ya se estaba perdiendo por sus propios ca-
minos. Como santo y seña de lo mal que estaban las cosas, doña Roberta
se había hecho cargo hasta de nuestras propinas de navidad... Pero doña
Tomasita todavía volvió a preocuparse por este nuestro mundo y desper-
tó. La primera vez fue cuando recibió la carta de don Quijote.

Susana era delgadita, dice el comandante Rojas, y cuando sonreía le salía


un hoyuelo en la mejía derecha. Tenía una mirada y una risa abiertas,
compadre. Se le metía a uno suavecito en el corazón. Por eso era fácil con-
fiar en ella; a uno le entraba ganas de confesarse. No cojudeo, compadre,
así era. Ni el gringo Hawkins la pudo resistir. Por eso fue que le contó
algo de su propia vida, de lo que estaba haciendo en el Perú. El resto lo
supimos después, por intermedio de don Gervasio, que con el miedo no
dejaba de hablar.
Ray Hawkins había sido cadi en el Narraganssett Country Club, por
un lugar que se llama Rhode Island, en el norte de los Estados Unidos.
Susana me dijo que ése es el lugar de donde vienen esas gallinas rojas y
redondas que hay por ahí. En todo caso, por los años 40, Ray se fue a
pelear por los campos de Francia con las tropas de Patton. Le iría bien,
seguro. La cosa es que, cuando regresó a su tierra, se metió de frente a una
universidad para estudiar todo lo que tiene que ver con las canchas de
golf. Su papá, que era obrero en una fábrica de joyas, le decía que se dejara
de cojudeces y que se metiera a hacer puentes siquiera. Su mamá sí le tenía
fe. Ella le decía a quien quisiera escuchar que su Ray iba a sembrar parques
por todo el mundo. Así son las madres a veces, ¿no?; creen en sus hijos. La
cosa es que, cuando se graduó, Ray encontró trabajo en su antiguo club de
golf como jefe del campo. Estaba contento, el gringo.
Ray era feo, por mi madre. Tenía la piel roja como tomate, el pelo ralo y
blanco, daba saltitos cuando se alegraba y de vez en cuando se le hinchaban
los ojos por las huevas. Susana me decía que de chiquito sus amigos lo
habían batido mucho. Era feo, pero, como estamos hablando de gringos,
no era tan feo que digamos. Fíjese que hasta se llegó a casar con una maestra
de Cranston, un pueblito cerca de Narragansett. Eso sería para fines del

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59. Así que, por lo general, el gringo vivía una vida tranquila... Hasta que
recibió la llamada de míster Schiller, que le ofrecía la oportunidad de venir
al Perú a construir un campo de golf. Míster Schiller le aseguró que ya todos
los trámites estaban arreglados. «Quedará al canto de un valle hermoso»,
le dijo, «Vas a ser un pionero...» Chesumadre, ¿quién no venía?, carajo,
pionero y todo. Porque los gringos siempre quieren ser pioneros, aunque
después terminen jodiéndole la vida al prójimo.
Pero para serle franco, Susana le tenía un aprecio especial al gringo
Hawkins. Nunca lo vio como el agente del imperialismo yanqui que era.
Así también era ella, compadre, siempre viendo el lado bueno de la gente.
El comandante Rojas había llevado su silla de campaña al frente de la
carpa y estaba mirando hacia afuera por la ventanilla. Parecía tratando de
identificar a los guacamayos que ahora chillaban lejos y dispersos.
En todo caso, así fue que el gringo Hawkins llegó al Perú, compadre.
En el aeropuerto Jorge Chávez lo recibieron como a todo gringo: con
atención especial, con cholos para sus maletas, con zalamería de colonia.
Conchasumadre, viendo la cagada que es Lima, la basura, los pobres con
las manos estiradas, las putas vestidas de gente decente, los cachacos de
mierda con sus banderitas de juguete, viéndolo todo, seguro que el Perú le
daría pena. Y al día siguiente, cuando lo llevaron a Santa Clara, el gringo
vería por primera vez todos esos campos polvorientos llenos de pobreza,
de gente desocupada sin zapato. Pasaría admirado por la vieja estación
del tren, por el bosque de los eucaliptos, por el Castillo, por los canales,
por las montañas. El polvo se le metería por los oídos, por los ojos, por el
culo. ¡Conchasumadre! Otro mundo diría, carajo. Otro tiempo. Vería el
horizonte rosado y olería los algodonales como si no valieran para nada.
Para él el valle sería un lugar donde todo estaba mal hecho o por hacerse...
Hasta que lo metieron a su cuarto con sus maletas repletas de su mundo:
retratos de su mujer, un anillo ancho de piedra y oro, dos compases de
metal, reglas, lapiceros de diferentes colores, miles y miles de mapas, pan-
talones cortos, zapatos gruesos, rasuradoras, bolsas de té, sustancias de
pollo, de vaca, de chancho, ciruelas secas, cepillos de dientes, desodoran-
tes, balanzas, jarritos, pomitos… Benjamín y yo nos metimos a su cuarto
una vez. Era un mundo extraño, compadre. Olía a orín de cinema.

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El gringo pasó los primeros días caminando por todas partes y asus-
tando a la gente con su cara de candela. Rebuscó por los canales de los
incas, calculó la caída del Cerro Colorado, probó las tapias, recogió mues-
tras de todo; de las piedras, de los huesos, del polvo rojo, que en esos días
todavía estaba quieto. Llegaba a su cuarto cada tarde con más y más mues-
tras de todo. Lo clasificaba, lo medía, lo pesaba, chesumadre. Ahora me
hace recordar al gringo ese que examinaba los plátanos en Cien Años de
Soledad... Eso pasó por todo Latinoamérica.
Era en esos momentos cuando Susana lo visitaba y tomaban té
juntos. Hablaban. Susana me dijo que el gringo extrañaba a su mujer
y que tenía mucha vergüenza por su acento. ¿Cómo sería? Lo cierto es
que, en uno de esos días, el gringo Hawkins se reunió en Lima con sus
amos: «Hay agua para todos», les dijo, «las ruinas y las tapias son lo
de menos. Nos tomará un par de días para nivelarlo todo. La laguna
va a demorar un poco más. Eso sí, el camino al cementerio tiene que
desaparecer. Cortaría la cancha en dos. Pero se le puede mover a la
periferia...». Conchasumadre, el gringo pensaba hacer y deshacer como
si estuviese jugando con el desierto.
—Tú encárgate de las ruinas, de las paredes y de la laguna —le dijo
Mr. Schiller—. Vamos a ver qué se puede hacer con eso del camino. Yo
creo que no figura en ningún mapa. Sólo tendríamos que moverlo. Tengo
una cita con el Presidente la semana entrante. Hay que ponerlo al tanto.
Después de todo, el campo de golf va a ser de ellos cuando nos vayamos.
Mientras tanto, sigue con tu trabajo. Ah, no te olvides de guardar algún
artefacto indígena que salga. Es posible que tengamos que donar algo a
los museos.
Así fue, oiga usted. Le estoy diciendo la verdad tal como se supo en
el valle; porque después de lo que pasó, ni Mele Ortola pudo cerrar el
pico. Todo se sabe. Y estas cosas el pueblo no olvida así nomás. ¿Qué le
habría dicho el gringo Hawkins a sus amistades cuando regresó a su tierra
y a sus hijos cuando crecieron? ¡Qué mundo, carajo! Había indios que
danzaban a la luz de mecheros en carnavales, que se mataban entre ellos a
cuchilladas. Había gente que se estaba pudriendo en vida, arrinconada en
fogones moribundos, parapetados en castillos abandonados, medio locos.

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Había muchachos que andaban por allí, todos sucios, sin futuro, sin que
les pesara ni el tiempo ni la vergüenza... Así me habría visto a mí las pocas
veces que nos encontramos. Y cuando me chapó rebuscando su mochila,
me habría tenido lástima, por ladrón, seguro... Claro que tenía ganas de
ver su mundo. Yo quería saber qué comía, qué escribía, qué sentía un
gringo así de grandote, todo feo, que apestaba a no sé qué mierda que se
le metía por los sobacos. Cuando me encontró rebuscando sus cosas me
miró feo con sus ojos azules de perro rabioso, pero no me dijo nada.
¡Susana se reía! Nos contábamos las cosas, confiábamos. Ella dale y
dale con que el gringo Hawkins era buena gente.

Un viernes de febrero, en 1962, Octa y yo nos encontramos con don


Quijote por última vez, dice Benjamín. Estábamos regresando a nuestras
casas como a eso de las nueve de la noche, maldiciendo el olor a muerto
que parecía haber aumentado con las sombras, cuando, a la altura de los
sauces del chino Li, un silencio sedoso nos envolvió. Parecía que todo el
valle había enmudecido, flaco. Los pocos grillos que quedaban dejaron de
cantar y hasta el gorgoteo de la acequia parecía furtivo. En eso, escucha-
mos cascos que se avecinaban batiendo la costra del polvo rojo.
A pesar de que adiviné que era don Quijote y que ya lo había visto
antes, sentí un escalofrío tan hondo que me dieron ganas de correr, flaco.
Pero, antes de que pudiera reaccionar, don Quijote brotó de la oscuri-
dad. Octa y yo nos replegamos contra una pared invisible mientras él se
acercaba erecto, casi echándose para atrás, con una carabina cruzada en
la silla. «¿Qué haces aquí a estas horas, Benjamín?», me dijo con una voz
sonora pero dispersa, Ya deberías de estar en tu casa. Tu madre te necesi-
ta. ¡Y tú! ¿De dónde vienes, Octa?... Esta vez Octa no se atrevió a decirle
nada y yo tuve la impresión de que en ese momento don Quijote era la
personificación de algo tenebroso y sagrado. El viejo pareció considerar
algo mientras calmaba a su caballo blanco, levantó la mirada en dirección
del Cerro Colorado y continuó en voz baja:
—Anda a tu casa, Octa. Descansa. Mañana, dile a la gente que he
decidido parar la destrucción del valle. Hasta aquí nomás llegan las cosas.

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Y tú, Benjamín, dile a tu madre que no venda nunca. Voy a hablar con
míster Hawkins.
Acto seguido, el anciano animó a su caballo y se hundió en las som-
bras. Octa y yo seguimos pegados a nuestra pared invisible por un largo
rato todavía, sin decir una palabra, escuchando el sonido de cascos que
se iban. Cuando el golpe de cascos se perdió por completo y volvieron
los sonidos de la noche, me vino otra vez el deseo de huir lejos; pero, esta
vez, la presencia de Octa, su silencio, me detuvo. Algo en él me convenció
de que Octa ya no tenía miedo. Al contrario, flaco; el cholo estaba tan
sereno que parecía haber estado preparado para ese momento desde que
había nacido. Mantuvo la mirada en la oscuridad que había tragado a don
Quijote por un buen rato y después, sacudiendo la cabeza como si acepta-
ra algo, empezó a caminar hacia su casa.
Recuerdo a Octa esa noche guiándome con pasos seguros en la oscu-
ridad. Lo recuerdo despidiéndose de mí, entrando a su choza, dejándose
amonestar por su papá. Y lo recuerdo pensando en lo difícil que sería para
mí pertenecer a su mundo. Franco, flaco. Siempre me había compadecido
de él. Pero esa noche, acostado y pensándolo bien, me di cuenta de que
también lo envidiaba, que siempre le había envidiado su choza, su cara
sucia y redonda, sus ojos pequeños, sus pies anchos y duros. ¿Por qué lo
envidiaba? ¿Era porque me sabía un cholo que no podía ser cholo? ¿O
era porque esa noche don Quijote le había pedido un favor y así lo había
transformado en alguien especial? ¿Ves?... No quiero que pienses que es-
toy aquí sólo por seguirlo a él, flaco; pero me alegra que sea él quien lidere
estas acciones. Confío en que juntos llegaremos a conseguir una nación
donde nadie se sienta excluido.
Pero volviendo a ese viernes, mis lazos con el mundo protegido y
burgués me jalaron y me pusieron fuera de peligro una vez más todavía.
Muy temprano por la mañana, don Félix llegó a decirme que mamá le
había pedido que me llevara a como dé lugar. El pobre tenía los ojos
rojísimos de tanto dolor y cojeaba disimuladamente. Me dio mucha
pena. Por eso me fui con él a Miraflores ese día, flaco. No tuve corazón
para protestar.

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10:15 A.M.

Edilberto Isaac se dirige al pequeño baño a un extremo de la biblioteca y


siente que sus piernas han perdido elasticidad. Sus hombros también están
tiesos. Será porque ha estado casi sin moverse por más de cinco horas… Se
contempla en el espejo cajamarquino —cuadrangular, con anchos bordes
marrones decorados con trepadoras y diminutas flores multicolores; lo
único de su madre que sobrevive en ese mundo saturado con olor a sal y
a amapolas. Tiene los ojos tan cansados que parecen siempre haber sido
dormilones. Tienta las arrugas de su cara y piensa: «La naturaleza es
sabia. Uno va perdiendo la vista conforme va envejeciendo. Sería horrible
si lo único que no envejeciera fuesen los ojos».
Afuera, por adivinadas calles y casonas, gente anónima sigue
destruyendo la cuidad. El bullicio de martillos y taladros se trenza con su
zumbido sedoso… A su derecha hay una fotografía en blanco y negro de
la Lima antigua. Tiene el marco de plata sin lustrar y está casi perdida en
esa extensión verdusca… Extiende la mano con dificultad y toca el papel
que cubre la pared: «Newport Green». Así dijo la señora Thomsen que
se llamaba el color. Roberta la había contratado para decorar la biblioteca
un año antes de que su padre desapareciera: Parchment White para las
paredes, Robin’s Egg para las decoraciones en el medallón donde colgaba
la araña de luces, y para el baño, Newport Green.
«Este papel será lo único que queda de aquellos tiempos», piensa
Edilberto Isaac. El resto de la biblioteca es ahora de un color lúcuma
descolorido y el medallón apenas se nota en el blanco sucio del techo raso.
Sólo el baño parece haberse salvado de los cambios que se han sucedido
en los últimos cuarenta años. «No», recapacita el excapitán, «no; este
pedazo de ese mundo también debe de haber cambiado. Porque el tiempo
gasta todo lo que toca: la piel se marchita, los muros caen, las voces y los
recuerdos se vuelven grumosos».

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Capítulo cuatro

Las calaveras estaban tiradas por los suelos, oiga usted, dijo el comandan-
te Rojas. Las cuencas miraban al sol y a la luna. Los dientes amarillentos
se desgranaban. Los pelos viejos zumbaban con el viento, chesumadre.
Huacos rotos, huesos, todo cagándose en el valle, carajo. Los búhos se
habían ido. Hasta el vientecito que bajaba del Cerro Colorado había de-
jado de soplar, imagínese. Al ver esa destrucción por días y noches, don
Quijote trató de esquivar el asalto a su alma andando en su Albo. Iba y
venía por los caminos del valle; pero, al fin, en una noche cuando la luna
llena brillaba más que nunca, don Quijote sintió la mirada de los muertos
atravesándole el corazón. Puta que se había dicho mil veces que sólo que-
ría ir con su caballo hasta el Cerro Colorado, arrodillarse ante la tumba
de su Beatriz, hacerse la señal de la cruz, y decirle que la seguía amando.
Pero las cuencas lo vencieron, carajo.
—El mundo está cambiando por todas partes, Bittorio —le dijo la
Loca esa noche—. Tú bien lo sabes. Tenemos suerte de que por lo menos
nos quedan recuerdos. Hay tanta gente que ni siquiera tiene eso. El mun-
do está cambiando.
—No es el cambio lo que me da cólera, Lelia, es la forma en que las
cosas están cambiando. ¡Mira esas pobres calaveras! ¿Vamos a terminar to-
dos así? ¿Van a venir un día, con picos y lampas, a desenterrarnos y a botar
nuestros huesos al aire? Hay que respetar a los muertos. ¡Hay leyes eternas!
—No, Bittorio. No hay leyes eternas. Además, los que están cavando
no tienen la culpa. Pobres almas.

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Esa noche don Quijote se despidió de Leila con rabia en el corazón.
¿Cómo no, carajo? Después de todo, ella tenía razón. El mundo daba un
pito por un juramento. Y la verdad era que el viejo sabía que él había
dejado que el valle cambiara por su cuenta. Él había dedicado su vida sólo
al recuerdo de su Beatriz, ¿y ahora? ¡Mierda! Ahí el viejo recién se dio
cuenta de que ningún juramento es suficiente para protegernos contra el
poder del capital. Al dinero no le importa un carajo los juramentos, ni el
amor. Ahí don Quijote se percató también de que no había hecho bien en
baratear sus tierras a gente que casi ni conocía.
Porque así fue como le vendió La Quinta al papá de Benjamín. Por
Dios, le dio la casa y una parcela grande por una miseria, sólo porque
don Edilberto le dijo que quería mantener la tierra tal como estaba, que
la quería para su mujer que era paisana. Don Edilberto lo sonsacó, cara-
jo; como habría sonsacado a todos esos cojudos que le vendieron bienes
por el Jirón de la Unión, por Miraflores, por La Molina. Ese viejo era un
pendejo... En todo caso, sería porque don Quijote se dio cuenta de su
participación en la muerte del valle, que tomó la decisión que nos traería
más sufrimiento todavía.
El comandante Rojas regresó al fondo de la carpa. Se cercioró de que
el Primus tenía querosén y trabajó la bomba con mucho cuidado. Afuera,
la lluvia había empezado a arreciar nuevamente. Las ráfagas de gotas
gordas parecían a punto de hundir los lomos de la carpa. Sería como las
doce del día.
«Domitila», le dijo don Quijote a mi pata, «lleva esta carta a los
Barrionuevo, por Huachipa, por favor. Entrégasela a la señorita Roberta
Hassel Cruz, de la casa de don Edilberto Peres-Benayón. Dásela en sus
propias manos. Deja las cosas aquí así como están». Domitila me dijo que
ese día el viejo ya tenía la voz bien cansada, oiga, que sus palabras rodaban
lentas, como en un lamento.
—Me voy para arriba, Domitila. No voy a salir por tres semanas. Si
quieres pon pan y leche al pie de las escaleras, pero cierra bien la puerta;
no dejes que entre nadie. Si viene Leila, hazla subir.
Qué podía hacer ella, ¿no? Guardó la carta en el bolsillo de su man-
dil y se fue a buscar a doña Roberta. Me dijo que no la encontró por

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varios días y que tuvo que seguir yendo y viniendo de Huachipa. ¡Qué
diría la carta!

—Tu mamá ha recibido una carta que quiere que leas. No sé na más.
¿Ónde has estao? Escucha, carajo: uno de’stos días, pueda que’oy mismo,
tu mamá me va pedir que te tenga en Miraflores. No te va gustá na. Doña
Roberta ta preocupá. Piensa que te tás metiendo en cojudeces. Yo le digo
que te deje tranquilo hasta que regrese tu papá. Pero, escucha flaquito e
mierda, si tu mamá me dice que te tenga en Miraflores, no te voy a quitá
el ojo. ¿Manyas?
Don Félix siempre puso demasiado de él en el Lincoln, dice Benjamín.
Se ponía a escuchar el sonido del motor a toda hora, le limpiaba el polvo
después de cada viaje, le pulía el metal, le lavaba las llantas. Pero, claro, ese
trabajo le daba solidez y un lugar fijo en nuestras vidas. Sin embargo ahora,
bajando a Miraflores ese sábado, en ese mismo carro, lo vi como nunca lo
había visto antes, flaco: viejo, canoso. La caspa en las hombreras de su saco
azul le daba un aspecto de hombre descuidado, la gorra de chofer le queda-
ba demasiado grande, sus uñas amarillentas se empezaban a curvar. Ya no
éramos los mismos, flaco. Un abismo se estaba abriendo entre nosotros.
Curioso. Esta es la única imagen que yo guardo de don Félix. ¿Cómo
fue que para Benjamín el hombre no había cambiado hasta ese viaje, si ha-
cía ya más de quince años desde que se habían conocido? Claro que don Félix
había cambiado... Será que a veces uno ve el mundo con los ojos nublados por
la angustia o la nostalgia.
Bajando a Miraflores yo guardaba esperanzas de que mamá hubiera
recibido noticias de papá. Pero me di con la noticia de que no era una
carta de él sino de don Quijote la que ella había recibido. Me la hizo leer.
Decía mucho sobre asuntos que entonces yo pensaba que eran tonterías:
que me había estado espiando desde mucho atrás, que le había prometido
a papá cuidar de mí, que me estaba jalando la tierra, que temía por mi
futuro. Me tomó años valorar ese cariño y sus verdades.
En la casa todos estaban como en un velorio. Mamá, en particular,
parecía muy afectada. Al verla así, tan sola y triste, yo estaba dispuesto a
hacer cualquier cosa por ella; estaba dispuesto a prometerle no regresar
más a Santa Clara si esa era su voluntad. Pero no sé, sin pensar, le pedí
que me dejara ir al valle sólo unas semanas más. Le pedí esa prórroga sa-
biendo que no tenía la menor posibilidad, flaco; yo ya estaba dispuesto a
quedarme en Miraflores, te lo juro. Pero increíblemente, fue ahí cuando
Roberta, a quién vi llorar por primera vez en mi vida, me apoyó. Sé que
le llegó a pesar.
El drama familiar terminó con don Félix regresándome a Santa
Clara. Él seguía muy molesto.

Como le decía, Domitila era mi pata, dijo el comandante Rojas; me con-


taba sus cosas. Si fuese un escritor como usted, escribiría su historia con
lujo de detalles. Pero, en el Perú y a estas alturas, ser escritor es cosa para
otros. Cada uno con su cruz. La cosa es que, aunque ya nadie lo crea, Do-
mitila se había criado en ese castillo y no siempre había sido sirvienta. Me
contaba que de chiquita le gustaba andar por esas escaleras arrastrando
sus vestidos largos, que don Quijote la correteaba por esos cuartos redon-
dos, y que era muy feliz.
Esa felicidad se terminó cuando Domitila todavía era niña y los La-
barrieta empezaron a acabarse por razones oscuras. Ella me dijo que los
varones o desaparecían o se envenenaban y que las mujeres se ponían de
luto y se encerraban en El Castillo a vestir santos hasta morirse de viejas.
Yo sé que Domitila guardaba muchos secretos que la mortificaban... Pero
en fin, después de tanta desgracia, don Quijote se quedó como la única
esperanza de la familia. Así que, cuando cumplió sus dieciocho años, lo
mandaron a España, como para acabar con la hechicería. El hombre se
quedó por esas tierras un tiempo largo mientras que la pobre Domitila
crecía esperándolo, imaginándose el retorno de un futuro feliz... Sólo que
cuando don Quijote regresó, él vino con prometida: una mujer pálida y
delgada que hablaba como si tuviese trapos en la boca. La pobre Domitila
los habría visto llegar por esa avenida de ficus enormes con nudos en el
corazón. Pero ¿qué podía hacer ella? En el mundo burgués sólo la plata
canta y ella ya había pasado a ser una encargada en ese castillo.

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Claro que mi pata tuvo pretendientes. No era fea. Podía haber huido
lejos para salvarse de lo que le venía, pero, ella escogió seguir secándose
de amor en ese maldito castillo, sirviéndolos, cuidándolos, escuchándo-
los corretearse por esos conocidos cuartos circulares. Hasta el día en que
doña Beatriz murió y don Quijote perdió las ganas de vivir. Desde enton-
ces, por años, Domitila guardó esperanzas de volver a tenerlo para ella
sola y hacerlo feliz. Pero todo eso fue en vano porque don Quijote tenía el
corazón seco, como dice el valsecito, y ya no podía querer. La cosa es que
él nunca vio a Domitila con los ojos abiertos, compadre. Y el pudor no le
permitió a ella decirle cuanto lo quería. Así fue que se volvieron viejos en
ese maldito castillo. No tanto por los años sino por la resignación, oiga
usted. Así fue que Domitila se convirtió en la sirvienta voluntaria que la
gente recuerda.
El comandante Rojas pretendió interesarse en que el tacho tuviera
agua. Lo agitó distraídamente y lo volvió a sentar sobre el Primus.
Domitila me decía que don Quijote me había estado espiando desde
que yo era chiquito, que pensaba que yo representaba la esperanza del
Perú. Por mi madre, compadre. Pueda que Domitila me dijera eso para
hacerme sentir bien, para apaciguar mi miedo a la vida, no sé. Yo todavía
tengo mi madre viva, pero le juro que esa mujer me consoló mejor que na-
die. Siempre la recuerdo con mucho cariño; especialmente cuando salgo a
una emboscada o cuando llueve así como ahora... Por Dios que me hubie-
se gustado verla una vez más siquiera, para decirle que de alguna manera
don Quijote tuvo razón; para que vea cómo está por cambiar el Perú y no
muera con el corazón amargo. Pero la verdad es que no sé dónde estará,
putamadre. A veces cuesta bailar el huaynito que a uno le toca.

Informe oficial: p. 123

Sra. Tomasa Montañez de Peres-Benayón


En el valle de Santa Clara
Mi muy estimada señora:
Reciba usted mis más cordiales saludos. Hago votos para
que Dios mantenga a usted y a su familia sanos y salvos en sus
benditas manos.

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Después de saludarla, paso a tratar algo que espero no le cause
demasiada aflicción. Lamentablemente, el destino no me depara otra
salida sino correr el riesgo de incomodarla. Mi única excusa es que lo
hago en pos de una causa mayor. De todas maneras, le pido disculpas
de antemano por cualquier molestia que esta carta le ocasione y espero
de todo corazón que usted tenga a bien perdonarme.
Como usted seguramente está enterada, basado en nuestra
antigua amistad, cuando su estimado esposo partió de viaje me hizo
el honor de pedirme que en su ausencia yo velara, conforme a mis
posibilidades, por el bienestar de su familia, especialmente de su
primogénito Benjamín. Le aseguro que hasta hoy día he descargado
esa promesa con beneplácito y discreción. He visto a Benjamín crecer
de manera saludable, con sentimientos loables.
Sin embargo en los últimos meses, o quizás años, el valle está
cambiando de tal manera que parece a punto de enrumbarse por
caminos inciertos y peligrosos. Y, lamentablemente, ese es el motivo
principal de mi comunicación con usted, estimada señora. Me
desagrada decirle que, a mi humilde estima, Benjamín parece a punto
de enrumbarse por caminos también inciertos. No sé si me explico
adecuadamente, pero me parece que, conforme cambia el valle,
Benjamín cambia otro tanto. Los cambios no auguran nada bueno
para ambos.
Ante esta situación, veo que mi deber es claro: hacer todo lo
posible para prevenir que estos cambios terminen por descarrilar la
buena naturaleza del valle. Espero, claro, que esa intervención pueda
de alguna manera ayudar a Benjamín. Pero de eso no estoy seguro.
Por lo mismo, mi deber ante usted es claro también: por medio de
esta carta le comunico que Benjamín necesita de una intervención
inmediata para prevenir que se pierda en el valle.
Creo es mi deber comunicarle que en los últimos meses
Benjamín ha estado tomando pasos que lo pueden conducir a
volverse una persona sin norte, sin ambición y sin un claro sentido
de la responsabilidad. En estos últimos días lo he visto perderse en
los ríos, en los campos, en la Granja Azul; todo eso, en vez de atender
a sus estudios. En otros jóvenes del valle estos pasos tal vez no serían
particularmente preocupantes. Pero en el caso de Benjamín, hijo
de una familia como la suya, con responsabilidades superiores, la
situación parece ser diferente.

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Esta carta tiene un motivo adicional. Como considero mi deber
intervenir para evitar la destrucción del valle, es muy posible que
de aquí en adelante no pueda prestarle cualquier socorro en lo que
concierne a Benjamín. Por motivos que no puedo detallar en esta
carta, me parece que de aquí en adelante mis deberes con el valle me
absorberán plenamente.
Habiendo cumplido con mi deber de ponerla a usted al tanto
de esta delicada situación, le pido con el corazón en la mano que
me libre de la responsabilidad de velar por Benjamín. Aunque no lo
haya hecho adecuadamente hasta hoy, el hecho mismo de tener esta
responsabilidad, de haber dado mi palabra a mi amigo, su estimado
esposo, me quita libertad de acción para otros actos que, en estos
momentos tan delicados por los que atraviesa nuestro querido valle,
me serán necesarios tomar.
Esperaré su respuesta el tiempo adecuado y desde entonces me
veré libre de la obligación de mi palabra y así podré actuar a mi libre
juicio. No me es necesario tener una respuesta de usted, estimada
señora Montañez, a menos que por algún motivo usted crea que no
le es posible liberarme del peso de mi palabra. De ser así, espero una
visita de usted o de su representante.
Mientras tanto, reciba usted mi más sentido respeto. Quedo de usted,
señora Tomasa Montañez, su muy atento y seguro servidor.

Bittor Antonio Labarrieta y Balzabal.


En el Año del Señor, 24 de marzo de 1962.

No sé quién le daría la carta, hijito, dice Paulina. La Leonora me dijo


una vez que había sido doña Roberta, que alguien se la había dado a ella
en una de sus visitas a los Barrionuevo, por Huachipa. La cosa es que
apenas doña Roberta se la leyó, tu mamita pareció despertar de un sueño
tan largo y tan pesado que abrió los ojos grandazos, como si le costara
reconocernos. Nosotras no sabíamos qué hacer para que se despertara del
todo. Pero, cuando doña Roberta terminó de leer la carta, doña Tomasita
se enderezó y llamó a don Félix, que todavía estaba viviendo en el garaje,
para decirle que se fuera a buscar a Benjamín. «Tráemelo como sea», le
dijo. Y la verdad es que no sabíamos qué era lo que iba a pasar, hijito.
Hasta doña Roberta parecía medio alegre y medio preocupada por ese
despertar de doña Tomasita.

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Don Félix llegó con Benjamín esa misma mañana. El muchacho ya
estaba medio chúcaro. Entró todo tosco. Cruzó la sala sin darse cuenta
de nada y cuando llegó al cuarto del té se dirigió de frente a su mamá sin
saludar siquiera a la gente. Viéndolo llegar, doña Tomasita lo miró como
midiéndole el tamaño, como asombrada de lo que había crecido mientras
ella había estado dormida. «Quiero que me leas esta carta, Benjamín»,
le dijo con una voz que no dejaba zafar el cuerpo. «Roberta ya me la ha
leído, pero quiero que tú mismo me la leas en voz alta». Y con eso doña
Tomasita puso la carta en las manos de Benjamín. Ahí se daría cuenta el
ingrato que ya no tenía otro remedio.
Abrió el sobre despacito, mirando y mirando la cara de su mamá,
tratando de adivinar lo que pensaba, seguro. Por su lado, doña Tomasita
trenzó los dedos en su falda y se puso a jugar con sus anillos. Pobreci-
ta. Mientras tanto, doña Roberta estaba alzada como siempre, derechita
como una estatua, pero con la vista desviada hacia la ventana. Cosa rara,
hijito. Parecía contagiarnos a todos con una tristeza nuevecita. Pero en
verdad, todo Miraflores parecía estar aguantando el respiro; mientras la
Leonora y yo estábamos mirando y escuchando todo detrás de la cortina.
Paulina se acomodó en su asiento, carraspeó y se limpió el sudor de la
nariz con el anverso de la mano derecha. Ella siempre se seca la nariz de esa
manera cuando está nerviosa.
Benjamín comenzó a leer que don Quijote había esperado mucho
tiempo pensando antes de mandar la carta, que había tenido negocios
con don Edilberto, pero que de eso no se trataba, que lo que pasaba era
que don Edilberto le había encargado echarle un ojo a Benjamín y que
el muchacho se estaba volviendo cimarrón, encantado por la tierra. La
carta terminaba pidiendo a tu mamita que lo zafara de su promesa. Había
mucho de promesa y honor, creo... Cuando Benjamín terminó, y como
para suavizarlo todo, tu mamita dijo que doña Roberta había recibido la
carta por Huachipa; pero, como ya te dije, en realidad nunca se supo ni
cómo ni cuándo había sido enviada. Yo creo que tu mamita adivinó no-
más. Mientras tanto, doña Roberta seguía mirando por la ventana, conta-
giándonos su silencio y su tristeza de velorio. El aire se puso bien pesado,
hijito. En eso, doña Roberta empezó a llorar, ¡aunque no me lo creas!

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No querría seguro, pero no tuvo más remedio que secarse las lágrimas.
Entonces tu mamita se le acercó y le sobó la espalda, como para conso-
larla. ¿Era verdad que lo estaban perdiendo en el valle?, preguntaba doña
Roberta entre sollozos, ¿Era verdad todo lo que decía la carta?
—Mamá —dijo Benjamín, tratando de quitarle viada a las cosas—,
ese es un hombre loco, mamá. Ha estado encerrado en su castillo por se-
manas. Anda por Santa Clara con su caballo viejo por las noches, solito.
La gente lo llama don Quijote porque es raro. Yo lo vi anoche. Venía con
una escopeta cruzada en su caballo viejo, mamá. Todos saben que está
loco. Dicen que enterró a su mujer con sus propias manos, que quería
enterrarse él mismo, sólo que la gente lo salvó.
Doña Roberta soltó un suspiro hondazo y, apretando su pañuelo
azul contra su boca, se volvió y le dio la cara a Benjamín. Sus miradas se
entreveraron. ¡Hay hijito! El aire parecía tener doble peso. Hasta ahorita
lo siento. Entonces, sin decir nada más, doña Roberta abrió los brazos,
invitando a Benjamín y a doña Tomasita a que la abrazaran. Allí ella si-
guió llorando con la cara hundida en ellos. Nosotras también lloramos.
¿Quién no?... «Quiero que te quedes con nosotros hasta que venga tu
papá», le dijo doña Tomasita a Benjamín ya con una voz dulce. «Te
quiero cerca». Y otra vez siguió el velorio.
Después de un rato, que parecía que no terminaría nunca, doña
Tomasita se separó de ellos y se fue a parar cerca de la ventana, por donde
parpadeaban las sombras del ficus, que en esos días todavía era tupidito.
Desde allí tu mamita empezó a hablar como si hubiese despertado con
mensajes de otro mundo, hijito. Dijo que ella había querido a Benjamín
desde antes que él naciera.
—Yo vengo de la tierra —dijo medio ida—. Yo me crié en la tierra.
Yo sé lo que dice don Bittor. No está loco, como dicen. Yo también lo
siento todos los días, durmiendo, gozando, soñando. Si pudiera regresar
a la tierra. Si pudiera vivir en un lugar donde el viento dobla al trigo,
jugando, jugando... No está loco. Ni está equivocado. ¿No amas tú a
la tierra, acaso?... Pero tu papacito no está aquí. Tienes que quedarte
conmigo. Estudia. Hasta que crezcas. Yo sé que no vas al colegio. Yo sé
que andas por los hornos de Terán, que hasta don Félix te ayuda. No

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confundas mi dolor con mi ignorancia, Benjamín. Todo eso tiene que
acabarse ahora.
Pero Benjamín ya era necio. Siguió con el cuento de que todo iba a
terminar bien y pidió que lo dejaran andar libre por el valle unas semani-
tas más siquiera porque él quería despedirse de sus amigos (de ese Octa,
sería, de ese muchacho que se volvió cimarrón, revoltoso y matarife). Se-
guro que tu mamita sólo quería dejarlo hablar nomás. Seguro que ya no
quería que la convencieran. Pero en eso vino el bombazo.
Por sabría Dios qué diablos, doña Roberta, que nunca le había dado
el lado en nada a Benjamín, metió su cuchara. «Es un buen compromi-
so», dijo, mirando a Benjamín con una ternura que casi me da terciana.
«Creo que Benjamín ya sabe que tiene que regenerarse, Tomasa. Creo
que él es sincero, ¿verdad, Benjamín?». ¡Para qué diablos se metería doña
Roberta, a ver! ¿Qué vela tenía ella en ese velorio? Pero como todo el
mundo la veía como la dueña de la casa, esa vez no fue diferente. Así fue
como Benjamín ganó. Así fue como lo perdimos.

—Tu mamá ta triste. Doña Roberta ta triste. Paulina ta triste. Toda


la maldita casa ta triste. ¿Eso quieres? ¿Pa qué quieres venir po’acá? Un
joven como tú. Tu papá va ponerse bravo. ¿Y cómo no? Se va moles-
tá con todos. Me ha dao demasiao pa que algo te pase, ¿manyas? Dos
semanas… Te vo’a traé del trasero, ¿manyas? ¡Mírame! ¿Qué te crees?
¿Un Tarzán? Yo no sé por qué se le ha antojao a doña Roberta apoyate.
¡Qué concha!
Nunca había visto a don Félix tan molesto, dijo Benjamín. Seguro
que quería protegerme; seguro que todavía sabía quererme. Pero ambos
sabíamos también que ya no podía atajarme. Nuestras vidas ya habían
tomado rumbos diferentes. En ese viaje de regreso a Santa Clara dejé de
ser un niño para él. Pero nunca dejé de quererlo, flaco; a pesar de todo,
siempre lo quise.
Yo estaba pensando: ¿Cómo fue que don Félix nunca se acercó a mí así,
aunque sea para gritarme? ¿Cómo fue que ya no me supo querer? ¿Quién me
llegó a querer de esa manera? Seguro que ni Roberta.

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Cuando don Félix dobló a Santa Clara todo parecía igual a como
cuando subimos por la avenida bordeada de ficus enormes la primera vez,
ocho años antes. Los árboles seguían filtrando el sol y dibujando som-
bras en el ripio. El viento tibio soplaba en ráfagas bajas y jugaba con los
pedazos de periódicos viejos atrapados entre los cables abandonados. El
castillo proyectaba su sombra larga desde un cielo azul jaspeado con nu-
bes recién disueltas. Pero, no sé, había algo así como un olor a muerte en
el aire, flaco.
Cuando nos acercamos más al castillo, pude distinguir a tres hom-
bres en la cima. Estaban asegurando el palo de cañabrava de donde ahora
colgaba un trapo negro. Al pie del castillo, envuelto en sombras densas,
un círculo de gente apretada miraba al cielo. Algo terrible había pasado. A
pesar de nuestros desacuerdos, le pedí a don Félix que por favor parara el
carro en la entrada del pueblo. Cuando lo hizo, me aventé al camino, co-
rrí contra el sol, y salté las gruesas cadenas de El Castillo. Desde ahí pude
escuchar a la gente de El Ingenio que, sacando la cabeza por las ventanas
rosadas, gritaba con una mezcla de odio y desesperación.
«¡Han matado a don Quijote!».
«¡Han asesinado a don Quijote!».
«¡Lo van a velar en el cine!».

Domitila escuchó un toque leve en la puertita de la puerta principal,


dijo el comandante Rojas, y le pareció un sueño. ¿Quién iba a tocar a esa
hora, carajo? Pero sí tocaban. Así que se levantó de su cama, se puso sus
chancletas, cruzó la humedad del pasillo, y abrió la puerta.
—Vengo a ver a don Bittor. Soy Lelia.
La Domitila vio por primera vez a esa mujer medio fantasma bajo
una luna llena que recién nacía. Chesumadre, venía envuelta en un
pañolón negro y sus ojos brillaban como pepas de lúcuma. La mujer entró
al pasillo como si alguien la estuviese persiguiendo. «¿Dónde está?»,
preguntó.
—Arriba. Puede subir. Pero tenga usted cuidado, no limpio por ahí
hace años.

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La Domitila le enseñó a la Loca las escaleras y se quedó al pie, aca-
riciando el pasamano de castaño. Me dijo que tembló con el deseo de
subir otra vez por esos peldaños cubiertos de polvo y recuerdos. Ahora
que le parecía que su mundo estaba a punto de acabarse para siempre,
quería unirse a la mujer fantasma, carajo, para hacer fuerza común con-
tra el destino, pero no se animó. Se resignó a escuchar y a adivinar el
encuentro desde abajo nomás, mientras la Loca subía con su velita en
la mano, despertando con cada paso las sombras densas y el olor empo-
zado de los años.
Cuando Lelia misma me habló de esa noche, aún le quedaban retazos
de una cólera ciega, por mi madre. «Tenía que prevenir que don Bittor
hiciera el papelazo», me dijo. «¡Quién se creía, carajo! Tratar de parar el
progreso era como tratar de tapar un río en la selva. ¡Tenía que recobrar la
cordura!». Ella sabía de lo que eran capaces los hombres. Ella había sentido
los vientos de guerra soplando por Europa y había tenido el tino de dejarlo
todo atrás. ¿Qué le iba a enseñar él de sufrimiento? ¿Dónde estaba?
—¿Bittorio?
Silencio.
Siguió para arriba. Hasta que se topó con una puerta cerrada. La
abrió. Daba a un cuarto redondo, casi vacío, con ventanas delgaditas y
verticales. En la luz de la luna que se filtraba por esas rendijas, la Loca
pudo ver un catre bajo, una silla de cuero, libros sobre una mesita de
madera, una carabina contra la pared y un cuadro grande de una mujer
en traje de novia. Don Quijote estaba de perfil, mirando el valle. Habló
sin volverse.
—Sabía que ibas a venir, Lelia, —le dijo— Pero ya no hay remedio.
Tengo que poner el hombro contra esta desgracia.
—¿Te has vuelto loco, Bittorio? ¿Crees que podemos parar el tiem-
po? Te van a sacar a un lado como si fueras un estorbo más. Hay que
hablarle a la gente, a las cortes. La ley...
—¿Quién? ¿Tú y yo? —don Quijote se volvió—. La gente no quie-
re saber nada con lo sagrado o con el pasado, Lelia. Han perdido todo
sentido de responsabilidad. Los pocos están demasiado ocupados sobre-
viviendo, luchando contra la incertidumbre de sus días. Los más tienen

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demasiados hijos, demasiados vicios, malicias, deseos. Tú lo sabes. ¿Dijo
alguien algo cuando el gringo Hawkins se apoderó de tu pedacito de tie-
rra o cuando te cercó contra las piedras azules?
—Yo... Domitila te quiere...
—Domitila es como una madre para mí. Debería haber salido al
mundo hace muchos años. Debería haberme dejado solo. Huele los años,
Lelia. ¿Cuántas vidas, de Labarrietas o de Mamanis, costó levantar esto?
Soy el último, Lelia. El último de los Labarrieta y Balzabal. Puede ser que
mañana ya no quede ninguno. En tu corazón, tú sabes que no viniste a
convencerme, sino a despedirte. Te lo agradezco. Ahora tengo que ensi-
llar al Albo.
La Loca lo miró con mucha ternura. Lo vio muerto, me dijo, pero no
le tuvo lástima. Tal vez don Quijote iba a morir tal como él debía. ¿Cómo
moriría ella? ¡Chesumadre! Cuando don Quijote recogió su carabina, la
Loca le abrió los brazos y se miraron con mucho amor en esa luz de luna.
Entonces el viejo se hincó y bajó la cabeza. La Loca le levantó la cara con
sus dedos de marfil y le dio un beso en la frente. «Nos vamos a reunir
pronto, Bittorio», le dijo. «Beatriz estará orgullosa de ti». Don Quijote
entonces se levantó, agarró su silla de montar, puso su carabina al hom-
bro, y descendió las escaleras.
El comandante Rojas cruzó los brazos y se inclinó leve hacia delante.
La lluvia seguía cayendo. Sólo los guacamayos habían callado.
Cuando don Quijote bajó las escaleras y abrió la puerta al cuarto
de Domitila, la encontró sentada al canto del catre con las manos en su
regazo y con sus ojos cerrados, rezando. La pobre se apuró a levantarse.
—¿Va a salir, don Bittor?
—Sí, Domitila. Arriba, junto con mis libros, hay una carta para ti.
Has sido una madre para mí. Que Dios te bendiga.
Entonces sí, la Domitila no pudo contener sus lágrimas, chesuma-
dre. Las sintió tibias sobre sus manos enlazadas, me dijo. Perdida en su
desconcierto y su dolor, buscó comprensión y consuelo en los ojos de la
Loca, pero sólo se topó con unos choloques que relucían bajo su pañolón
negro. Mientras tanto, don Quijote cruzó el pasillo, abrió la puerta, y sa-
lió. La llama de la vela tembló con el aire de la noche y las sombras de las

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dos mujeres revolotearon contra la pared. «Está llevando al Albo, ¿no?»,
preguntó la Domitila, invitando a que la Loca se sentara a su lado.
—Ya no se podía evitar —le dijo la Loca con aire misterioso—. Ya
está muerto. Ha estado muerto por tres semanas y tres días.
Las dos mujeres se sentaron al canto de la cama por un largo tiem-
po, hablando del pasado como cuando viejas amigas son reunidas por la
muerte. Expresaron su admiración por el amor de don Quijote hacia su
Beatriz y le agradecieron por haberlas amado también. Les pesaba que el
mundo siempre estuviera cambiando tan inevitablemente. Hasta que es-
cucharon los cascos del Albo que se iba. La Domitila entonces imaginó a
don Quijote recto en la silla de montar que había sido de la familia desde
antes de que el mundo se volviera otro, carajo; su poncho se batía en el
viento y la luz de la luna le alumbraba el camino... El resto ya es historia.

Informe oficial. P. 124

Don Bittor Antonio Labarrieta y Balzabal


En el valle de Santa Clara
Presente:

Mi muy estimado señor:

Acuso recibo de su amable carta del 24 del mes pasado. Lamento


mucho coincidir con usted en pensar que el valle está cambiando
drásticamente. Lamento también el no haber prestado particular
atención a los pasos de mi hijo Benjamín. Su carta significa una obra
de caridad que aprecio muchísimo. Sólo espero que Benjamín no haya
sido una carga pesada para usted estos últimos días.
Aprecio también el hecho de que usted me pida que lo libere
de su promesa a mi esposo. Esto hago mediante la presente con el
agradecimiento de una madre que ama a sus hijos.
Dios lo bendiga, señor Bittor Labarrieta y Balzabal. Y Dios bendiga
todos los actos que usted intenta llevar a cabo en favor del valle.
Muy atentamente, con los saludos de una madre agradecida,

Tomasa Montañez de Peres-Benayón


Miraflores, 1 de abril, 1962.

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Susana lo vio en el cruce, dice el comandante Rojas. Me dijo que bajo esa
azuleja luz de luna don Quijote parecía un fantasma. El viejo se paró a
la sombra del pino de descanso un largo rato y los resuellos del Albo se
escuchaban cortando la noche. Susana me dijo que en esos momentos le
vino a ella un escalofrío extraño. Hasta que, por fin, don Quijote tomó
por la subida al cementerio. Hacia atrás y a su derecha, la casa de la Loca
se veía oscura y pequeña. Hacia delante y a su izquierda, la laguna hecha
a mano reflejaba la redonda luna. El Albo andaba elegante, espantando
el polvo rojo, mientras que Susana seguía plantada en esa ventana, con su
inocencia a cuestas. Por mi madre.
Susana me dijo que el sonido del tractor vino de la izquierda. Puta
que el destino se cumplía, carajo. El gringo Hawkins venía apachurrando
los morritos de piedra, aplastando las rocas, hundiéndose y reapareciendo
en la pampa roja que antes había sido desierto. Y mientras el motor del
tractor de Pielroja mataba el silencio de la noche, don Quijote animaba al
Albo hacia delante. Hasta que se vieron a la distancia. «¡Hasta aquí no-
más!», gritó el viejo, alzando una mano. El gringo Hawkins se sorpren-
dería al ver a don Quijote resplandeciendo bajo esa luna llena; o quizás
escucharía el resoplido del Albo sólo como en una coboyada. En todo
caso, no paró el motor. Así que el gringo siguió hundiéndose y reapare-
ciendo y don Quijote siguió ondulando en la noche, montado en su Albo.
Hasta que estuvieron bien cerca uno del otro y se pudieron ver las caras.
—¿Quién es usted?
—Soy don Bittor Labarrieta y Baizabal, expropietario de estas
tierras y maldecido por haberlas cedido a sus amos. No tengo nada en
contra de usted. Le ruego que vuelva a su sitio, porque la destrucción del
valle termina hoy.
—Mucho lo siento, pero, no sé qué usted habla. Regrese mañana
para hablar con los dueños.
Seguro que para entonces don Quijote ya no escuchaba al Pielroja.
Seguro que ahora, ante él, el gringo Hawkins se había convertido en el
profanador de la tumba de su Beatriz. Bajo esa luna llena el viejo vería

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los huesos de su mujer desparramados por el polvo, sus cuencas vacías y
tristes, sus cabellos claros llenos de polvo rojo. ¡Chesumadre! Por eso fue
que don Quijote quiso hundir, enterrar al gringo Hawkins en la noche...
Pero, ahí no más, antes de que pudiera hacer nada contra su enemigo, el
sonido de un tiro culebreó en el valle. Susana vio que don Quijote saltó
para atrás como empujado por puños invisibles.
Años después, Lelia me susurró que conforme se resbalaba al suelo,
don Quijote retrocedería hasta el principio de su vida. Recordaría las ca-
nicas de colores que su papá le había regalado para su primera comunión,
los libros forrados en cuero que su abuelo le había traído de París, la cara
de su madre, tan dulce y distante, las antiguas noches de veladas. Y en ese
retroceder, por un instante precioso, don Quijote recobró la memoria de
su Beatriz. La vio feliz en su vestido blanco de novia. Su voz seguía siendo
de seda. Sus ojos seguían tan límpidos y tan amorosos como en el primer
día en que la conoció. Y don Quijote vio cómo la larga cola de su vestido
blanco flotaba sobre la alfombra de flores en el salón hecho para su boda.
Su Beatriz flotaba hacia la luz de la luna que brotaba desde el Cerro Co-
lorado y, con sus últimas fuerzas, don Quijote la siguió, flotando también
por sobre las flores y la tierra, por sobre el pasto azul, hasta que ambos se
perdieron en los laberintos luminosos del tiempo.

El cuerpo yacía sobre una tarima ante el telón, dijo Benjamín. Tenía la
cabeza algo elevada con una almohada pequeña y los cabellos, largos y
canosos, casi azules, reposaban al lado de sus enjutas mejillas. Las manos
estaban dobladas sobre el pecho con los dedos entrelazados, como si reza-
ra. El resto del cuerpo, estirado y largo en su rigidez, estaba cubierto con
una sábana blanca. Una luz tenue entraba por las altas y angostas venta-
nas dando a todo el recinto un aire lúgubre. Las solitarias sillas plegables
de madera estaban dispuestas en fila en la penumbra, como cuando se
espera una función.
Me quedé plantado en la puerta por un buen rato, flaco, viendo los
restos de don Quijote, inhalando ese olor inolvidable de la muerte. Me
era difícil creer que estaba muerto. ¿Por qué lo habían matado? ¿Qué

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podría haber hecho el anciano? Cuando mis ojos se acostumbraron más a
la penumbra, me acerqué al cuerpo con miedo y reverencia… Estaba muy
conmovido, flaco. Era como si lo hubiese conocido toda mi vida.
De cerca pude ver que el cuerpo del que había sido don Quijote tenía
los párpados cerrados, pero imaginé los ojos negros mirando al cielo. Sus
manos habían sido pálidas, nudosas y delgadas. Un pequeño crucifijo de
madera negra colgaba de una cadena mohosa envuelta entre sus dedos.
La presencia de la muerte es algo que uno nunca puede olvidar, flaco. Es
como si algo frío, porfiado, se metiera debajo la piel para no salir jamás.
Por muchos años yo pensé que, felizmente, la muerte nunca me había
tocado las manos. Después de todo, me decía, sólo he leído informes, elabo-
rado escenarios, seguido avances y retiradas. Sin ventana. Sin luz de día.
Solo con mis mapas y papeles por días, semanas, meses... Con el tiempo, las
represiones públicas, las desapariciones explicadas, los cuerpos abandonados,
me trajeron pesadillas.
De repente el cine se llenó de un sonido bajo, frío, sedoso. Era como
si saliese de un suspiro preñado de inmensa pena. Ahí recién me sacudió
la sensación de que yo no estaba solo. Y, en efecto, entonces pude ver a
una mujer que se levantaba del lado más oscuro de la sala y empezaba a
salir. Era delgada y alta, pero algo encorvada y tenía la cabeza cubierta con
una ancha mantilla negra. Cuando llegó a la puerta de escape, al fondo del
cine, se volvió como para despedirse. La luz que entraba por una ventana
cercana la alumbró de sesgo. La mujer tenía la cara tan blanca y los ojos
tan negros que parecían estar suspendidos en el aire... Esa fue la primera
y la última vez que vi a la Loca así de cerca. No sabía entonces que, en
ese momento, en ese aposento de muerte, estaba concluyendo un largo
tramo de la historia de Santa Clara… La mujer me dio la espalda y desapa-
reció tragada por la luz del día.

Mientras tanto, la gente se iba acumulando en la puerta del cine, dijo


Benjamín. Don Armando Vélez, el propietario, pedía paciencia, decía
que Domitila les diría cuándo podrían entrar, pero Domitila parecía no
estar por ningún lado. Yo la conocía. La había visto muchas veces, aunque

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solamente de pasada, por las ventanas del ómnibus del colegio. Yo sabía
que ella barría los alrededores del Castillo, que limpiaba las cadenas enor-
mes que protegían la entrada al torreón y que, de vez en cuando, abría
la puerta decorada con argollas y clavos mohosos para que el aire fresco
remolineara hasta la cumbre. Pero ahora ella parecía no estar. Por si acaso,
empecé a escudriñar los rincones de la sala para ver si Domitila estaba
adentro, como había estado la Loca. Pero ella no había estado adentro…
Cuando la gente conglomerada parecía a punto de traer la puerta abajo,
Domitila abrió la pequeña puerta de escape desde afuera, auscultó en la
oscuridad poniendo una mano de visera sobre la frente, y me hizo se-
ñas para que me acercara. «Ya es hora que te vayas, misha», me susurró,
«¿Llegaste con Lelia?». Le dije que no pero que sí había visto a una seño-
ra ahí, rezando.
—Anda a tu casa, hijo. Malas cosas van a pasar.
Domitila tenía la cara triste pero serena; yo diría estoica. Era como
si estuviese resignada a ver cumplirse un destino, flaco. Miró en dirección
del cuerpo, se persignó, dio media vuelta y desapareció por donde había
venido. Me dejó completamente perplejo. ¿Por qué me había llamado
misha? ¿Sabía acaso que cuando nuestras lágrimas se juntaban, mamá
me sobaba esta marca de nacimiento y repetía esa palabra como si fuese
un rezo, un hechizo protector, una maldición? ¿Cómo sabía de mí?...
Lamentablemente nunca tuve la oportunidad de preguntárselo. Años
más tarde, cuando regresé de Estados Unidos y fui con mamá a Santa
Clara, ya no había rastro ni del Castillo ni de ella.
Benjamín me buscó los ojos, seguramente para enseñarme su marca de
nacimiento, pero volví la cara y pretendí escuchar la lluvia golpeando mi
lado de la carpa. ¿Hice eso —a pesar de que no creía en esas cosas y siempre
me había burlado de Paulina— porque no quería tentar al destino o no
quise ver su misha porque odiaba que esa marca lo singularizaba y lo hacía
especial? No lo sabría decir.
Esa tarde de 1962 la gente se cansó de esperar y forzó la puerta prin-
cipal del cine de par en par. La afanosa luz del día lo anegó todo, y en
ese preciso instante, un zumbido de mosca azul pareció nacer en el aire.
Era un sonido que parecía remolinear violentamente antes de huir de la

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sala, huir de la muerte. En ese mismo instante, también, mi hilo blanco se
empezó a desenrollar. Me sentí preso de un pánico repentino y, sintiendo
que me venían vértigos, salí corriendo a la calle, buscando aire fresco para
reponerme. Pero fue demasiado tarde; todo ya me parecía una pesadilla.
La gente corría como loca por todas partes. Las mujeres se preguntaban y
se respondían por sí solas. Los niños lloraban buscando a sus madres. Los
perros labraban en todas las direcciones... Sin saber qué hacer para sal-
varme, empecé a correr hacia La Quinta. Pero los caminos polvorientos
parecían desconocidos, desolados, interminables. Gente extraña pasaba
mirándome de reojo, esquivándome, señalándome. Unos cuervos enor-
mes graznaban al unísono y me seguían los pasos con sus ojos negros y
picos abiertos. La bandada negra saltaba de sauce en sauce, de acequia en
acequia, esperando el momento propicio para sacarme los ojos y hundir-
me en una oscuridad sin fondo. Mientras corría como podía, sentí que mi
hilo blanco se iba diluyendo como un humo ralo en el aire tibio del valle.
Estaba llorando del miedo, flaco; me estaba perdiendo. En eso, es-
cuché la voz de don Félix que venía con la luna del Lincoln abierta, muy
enojado, gritándome: ¿Por qué te has aventado del carro como un loco,
carajo? ¿Por qué te has perdido por los laberintos de Santa Clara, como
un ladrón? ¿A dónde pensaba que iba?... Subí al Lincoln sin contestarle,
me acurruqué en el viejo asiento de cuero, y, dentro de mí, le di las gracias
a don Félix por todas sus recriminaciones. Lo imaginé con sus ojos carno-
sos y rojizos fijos en la distancia, trascendí su familiar olor a hombre viejo,
y me consolé. Hasta que dejamos la banda de cuervos atrás y los algodo-
nales empezaron a pasar por la ventana del Lincoln, borrosos y serenos, y
el hilo blanco disminuyó su jale hacia la nada.
Pero de eso ya hace mucho, flaco. Uno crece y cambia.

A la mañana siguiente, Octa golpeó mi ventana con un palo largo, dijo


Benjamín. Estaba pálido y llevaba la camisa más sucia que nunca. Me ha-
bló rápido y nervioso: «Dicen que van a enterrar a don Quijote junto a
su mujer en el Cerro Colorado. Pero eso va a ser bravo porque los gringos
han borrado el camino, carajo. La policía ha cortado el pino viejo y están

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usándolo para cerrar el paso. Los tombos han venido con rifles y todo.
Están diciendo que don Quijote había querido matar al gringo Hawkins
y que después de un forcejeo se mató él mismo. Pura mentira, cojudo; ese
gringo lo mató; por eso es que se ha ido del valle. Eso sí, las mujeres están
requeteamargas y han sacado la bandera de la escuela para usarla de estan-
darte. Algo bravo va a pasar, compadre». No esperé más. Abrí mi ventana
y me aventé al camino para reunirme con Octa.
—Vamo a La Granja Azul, cojuo. La Loca ha dao la plata pa’l cajón.
Blanco y largo dicen qu’es.
El polvo de los caminos del valle estaba fresco y las telarañas de los
algodonales nos cruzaban las caras. Y Octa: dicen que la Domitila escu-
chó los tiros desde su cuarto en El Castillo y que salió diciéndole a las
mujeres; «Vayan a la Granja Azul y traigan el cuerpo de don Quijote. Ya
lo mataron». Las mujeres le creyeron porque ella es requetevieja... Esa
mañana los cuervos emperchados en los sauces parecían otros, flaco, dice
Benjamín. Ya no graznaban y ya no me buscaban los ojos. Y Octa: «Las
mujeres llegaron antes de que los tombos echaran el árbol abajo y pusie-
ron a don Quijote en su caballo y lo trajeron al pueblo. Mi mamá dice que
las escuchó llorar por todo el camino». Caminamos bien apegados, como
si hubiésemos tenido miedo a algo invisible que nos rodeaba mientras
el sol trepaba el Cerro Colorado y unas libélulas solitarias planeaban en
un aire cada vez más tibio. Y Octa otra vez: «Dicen que los perros de la
Loca no se cansaron de aullar toda la noche; que con la luz de la luna los
tombos se subieron al pino y lo cortaron nomás, en pedacitos; que ya des-
pués el catarpilar gigante echó tierra a la entrada. Más tombos han llegado
anoche, también. Mierda. En carros verdes con toldo han llegado y han
traído fusiles grandazos, como cañones».
—Yo vi su cuerpo en el cine, Octa, —le dije para compartir algo de
mi parte.
—Yo lo vi todo desde afuera nomás, pero a ti sí que no te vi. Pensé
que te habían encerrao en Lima, compadre. Las mujeres sí se quedaron en
el cine toa la noche velando el cuerpo.
Octa seguía sucio, delgado y pequeño, pero la forma en que sus ade-
manes acentuaban sus palabras, la luz intensa de sus ojos negrísimos, todo

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eso me decía que se había transformado en alguien diferente, especial.
Caminando a su lado esa mañana, fijándome en sus pantalones raídos y
demasiado cortos, en su estúpida gorra roja con su pollito amarillo, en su
cara redonda y morena bañada por el sol que recién tomaba rumbo libre
en el cielo, me di cuenta que tenía en él a un verdadero amigo, flaco. Des-
pués de todo, había venido a buscarme; me estaba dando la oportunidad
de conocer juntos el mundo.
Tomamos el camino que conducía a La Granja Azul. Recuerdo que
había remolinos bajos y que los algodonales despedían una fragancia sua-
ve. Los pocos cuculíes que quedaban en el valle descendían de los pinos
altos y polvorientos a los reducidos campos de frijol. A nuestro lado de-
recho se escuchaba el gorgoteo del agua de la acequia. A la distancia, los
sauces llorones parecían mecerse con un viento limpio. A pesar de los
estragos que el valle había sufrido en los últimos días, parecía el mismo de
siempre... Pero mentía, flaco, así como miente esta lluvia que está ocul-
tando todo lo que nos espera cuando salga el sol.

Cuando llegamos a La Granja Azul nos pegamos a la tapia baja, dice


Benjamín. Desde ahí pudimos ver que había unos veinte policías que to-
maban café. El gringo Hawkins todavía seguía por ahí y hablaba con un
oficial alto y de bigote. ¿Cuál era la relación entre los policías y los dueños
de La Granja Azul and Country Club? ¿Quién los había mandado? ¿Por
qué? No lo sabíamos. No sabíamos nada, flaco.
Susana se reunió con nosotros eventualmente por la poza de las car-
pas doradas. Parecía estar con mucho miedo. «¡Creo que mi papá se va
a morir!», nos dijo muy contrariada, como si tuviese vergüenza, miran-
do el suelo con los brazos cruzados. «Anda con una escopeta y dice que
alguien ha matado a don Quijote para echarle la culpa». Susana parecía
otra, flaco. Se puso a una distancia y no se atrevía a mirarme a los ojos.
«Dice que tal vez hayan sido los Bracamontes», continuó ella, «porque
ellos nunca han querido que los gringos vinieran al valle». Y Susana ter-
minó sin darme sus ojos o descruzar sus brazos:
—Tengo que regresar.

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No tuve ni la oportunidad ni el deseo de convencerla de que se
quedara conmigo un rato más, flaco. Y la verdad es que no sé por qué.
Ni me lo preguntes. Lo cierto es que todo lo nuestro terminó esa maña-
na de un solo tajo, hermano. ¿Qué sé yo?... Tal vez si hubiésemos sabido
a ciencia cierta que en realidad nos estábamos despidiendo... Pero, a
veces pienso que quizás, a pesar de nuestros pocos años, de alguna ma-
nera sabíamos que era mejor dejar que los eventos marcasen el paso de
nuestras vidas. Es posible que hayamos sabido que nuestro amor era
posible sólo bajo la protección que la inocencia ofrece contra el mun-
do. Y esa inocencia estaba a punto de ser destruida por hechos que no
podíamos controlar.
Benjamín se puso a mirar sus manos. Parecía dolido por el recuerdo.
Alguien cruzó el redondo escampado aplastando las ramas y hojas recién
cortadas. Yo pretendí seguir esos pasos que se perdían en el sonido de la
lluvia. Lo hubiese abrazado siquiera.
No la he vuelto a ver más, flaco. Pero, aunque tú lo veas huachafo y
cursi desde tus aires miraflorinos, sé que sus ojos claros se quedaron en mí
como una promesa de descanso y reconciliación con el mundo... Claro
que ahora, a pesar de tener esperanzas en la victoria final, con esta lluvia,
a veces pienso a en que esa promesa no pasó a más para mí.

Poema escrito a mano. Sobre de manila:

Alta alta es la luna


Kuando empesa a ‘sklareser
I ja ermoza sin ventura
Nunka yege a naser.
Los ojos ya me s’incheron
De tanto mirar la mar.
Vaporikos van i vienen,
Letras para mí no ay.
Pasharikos chuchulean
En los arvoles de flor.
Ay debasho se asentan
Los ke sufren del amor.

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El sol del medio día estaba bien fuerte, dijo el comandante Rojas. El agua
pasaba por la acequia cascabeleando como una culebra y no había ni vien-
to espantara el olor a muerto que lo envolvía todo, por Dios. Yo sabía que
la gente iba a llegar con el cuerpo de don Quijote, pero no sabía cuándo.
Así que decidimos tirarnos boca abajo por los matagusanos para esperar-
los. Y me acuerdo de que apenas nos habíamos echado cuando Benjamín
se puso a hablar: que la Loca sería más vieja que las calaveras que nos
servían de pelota por las ruinas, que El Ingenio tenía túneles que llegaban
hasta el Cerro Colorado, que don Félix se estaba pudriendo en vida y que
por eso estaba siempre con cólera, que su papá se había ido para siempre,
que su mamá andaba como tocada, que la pobre Susana tenía que sopor-
tar el olor de muertos... A veces Benjamín se ponía a hablar por las hue-
vas... En eso estábamos, cuando escuchamos llegar la gente. Parecía que
venían arrastrando los pies porque hacían un sonido como de temblor,
como de moscardón de algodonal, carajo.
—¡Escóndete, Octa! ¡Escóndete!
¿Para qué nos íbamos a esconder, a ver? ¿Por qué no nos uníamos a
las mujeres enlutadas? Por eso le digo: ojalá que ese cojudo haya cambia-
do. Levanté la cabeza de todas maneras y pude ver que al frente venían
cuatro cholos cargando el cajón, seguidos por un cholazo bajo y grueso
que traía la bandera de la escuela como estandarte. Los cordones dorados
y sus bolitas finales le rebotaban por la cara con cada paso que daba, ca-
rajo. Por Dios. La Domitila caminaba a este lado del ataúd. Venía con la
cabeza cubierta con un pañolón negro rodeada de hombres y mujeres que
avanzaban con los brazos caídos. Conforme la procesión avanzaba los pa-
sos en el polvo rojo se sentían zaz, zaz, zaz... Por mi madre. Yo quería
zambullirme en ellos, carajo, pero Benjamín dale que dale:
—¡Escóndete, cojudo! ¡Escóndete!
Así que los dejamos pasar. Serían unos trescientos. ¡Más! Por
Dios que todo Santa Clara estaba allí; hasta los negros que vivían por
el basural y por Sal Si Puedes. Años después, cuando regresé al valle
para saludar a mis viejos, llegué a saber que la familia de don Quijote

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había emancipado a esos negros antes que Castilla y que les habían
regalado su pedazo de tierra todavía. La cosa era que allí estaban ese día,
conchasumadre, negrazos, brillaban. Hasta que el ataúd desapareció
hacia delante en la polvareda.
No sé cómo fue que el maricón de Benjamín me convenció para que
corriéramos a ver la procesión desde lejos, por detrás de la tapia baja. A
veces pienso que en esos años yo veía al cojudo como mi superior; por su
forma de ser, por su dinero, por todo eso, carajo. Felizmente que eso no
quitó nada porque ese día el valle se había vuelto un embudo, compadre.
Se escuchaba todo clarito.

Se inaugura un nuevo campo de golf en Santa Clara

Con flamantes banderas y banderines peruanos


fue recibido ayer el Excelentísimo Presidente
de la República durante su viaje a Santa Clara,
provincia de Ate, donde inauguró un campo de
golf. El mandatario, acompañado por selectos
miembros de la nueva institución, hizo alarde de
su destreza en el juego al pegar el primer tee-off
ante el aplauso de todos los ahí presentes. El nuevo
club, La Granja Azul Restaurant and Country Club,
ha transformado lo que hasta hace poco era una
zona árida y abandonada en un campo verde para
el esparcimiento de todos los peruanos. El pueblo
santaclarino mostró su aprecio al mandatario con
una plétora de desfiles y discursos. Más información
en el suplemento dominical. Ver: Felipe Crespo,
enviado especial, El Comercio, p. B-7.

—¿Qué derecho hay de borrar el camino? —preguntó el cholo de la


bandera al policía que se le cuadró con su rifle, dijo el comandante Rojas
—. Es camino del pueblo, caracho. Para el cementerio lo hemos hecho,
pues. ¡Nu hay derecho, caracho!
—Cuidado, cholito—le contestó el teniente Araujo, ese concha-
desumadre que ahora es el coronel besamanos de Bolas de Acero y que

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por esos días andaba con su bigotito de película—. El camino está cerra-
do. Tienen que darse la vuelta por el lado de esa casa.
—Vamos pasar, mi teniente —le dijo el cholo—. He servido a mi
patria. Sargento he sido, caracho. ¡Nu hay derecho!
El cholo habló con tanta emoción que casi me hace llorar, oiga. El
hombre defendía lo suyo. Pero el teniente no le hizo caso y ordenó a su
gente que se desplegara en abanico. Y cuando el cholo recio dio un paso
adelante, los cachacos cargaron, chesumadre. Los tiros resonaron en el
valle. Los cachacos habían tirado al aire, pero ahora sí apuntaban al pecho.
Benjamín se enterró más abajo todavía, al pie de la tapia baja. Parecía
que el cojudo estaba rezando… El cholo recio entonces hizo una seña con
la bandera, el cajón se ladeó, y salieron al frente hombres y mujeres con
lampas y picos. Empezaron a despejar los montones de piedra y polvo con
los que el gringo Hawkins quería tapar el camino, carajo. Justo en eso,
una brisa fuerte se descolgó del Cerro Colorado. Puta que ahí sí que casi
no se veía nada. El polvo rojo se había adueñado de ese rincón del valle
por completo. Mientras tanto la gente sudaba, tosía y lagrimeaba, pero
seguía para adelante.
No pude aguantar más. Salté la tapia y me uní a la gente. Por mi
madre. No sé por qué lo hice, en realidad. No fue una decisión racio-
nal, digamos. Algo en mí se habría rebalsado. La imagen de don Quijote
muerto, quizás. La cosa es que dejé al huevón de Benjamín acurrucado
detrás de la pared. «¡Alto! ¡Alto!», gritaba el teniente, «¡Alto o dispa-
ro!». Ni mierda. Las mujeres agarraron piedras, compadre. Los cachacos
les daban en las cabezas con sus fusiles. ¡Pum¡ !Pum! Carajo. Palos, pie-
dras, tierra. Todo volaba en el aire. Mis ojos me ardían. Más disparos.
Lloraban. Maldecían. Entre todo eso vi a una mujer agarrándose el pecho
ensangrentado y me sentí enloquecer. Agarré un palo y me aventé contra
mi primer cachaco, conchasumadre. Lo tiré al suelo y lo quería matar,
compadre. Pero, en eso, Benjamín salió de entre la polvareda y me paró
el brazo. Suerte de ese cachaco, compadre; el mariconcito de Miraflores
le salvó la vida. Por mi madre. «¡Cholos de mierda!», gritaba el teniente
Araujo, metiéndose a la casa de Gervasio Mele Ortola. «¡Los podría ha-
ber matado a todos, conchasdesusmadres!».

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Sangre por todos lados. Muertos. Benjamín estaba quejándose:
«¡Mi piernita! ¡mi piernita!», mientras que la mujer seguía sangrando
del pecho, recia, con una sonrisa chantadita en la cara. Chola recia, com-
padre. La bandera estaba por los suelos, sucia, y sin sus cordones dorados
con sus bolitas finales. Ahí nomás la gente arrimó a los muertos y heridos
a un lado —Don Li y el negro Sabú tenían balas por la barriga— y empe-
zó a sacar la tierra y las piedras del camino. Reabrieron su camino a puro
pulso, carajo… Así es el pueblo, compadre. Cuando quiere, se caga en los
fusiles. Ese día el teniente Araujo se fue gimoteando. El pueblo había ga-
nado, a pesar de las muertes.
El comandante Rojas tenía los ojos húmedos de la emoción. «Eso es lo
que lo anima», pensé. «Este cholo esta azuzado por sentimientos que van
más allá de la ideología». Así lo puse en mi informe: «En esos días Octavio
Guachalo (El comandante Rojas) tenía sentimientos de amor hacia un pue-
blo que él confundía con gente que había actuado en forma desesperada».
La gente por fin pudo llevar el cuerpo de don Quijote al cementerio.
Una vez allí, hicieron una fosa ancha al lado de la tumba de doña Beatriz
y lo bajaron con debida reverencia. Unas viejas consolaron a la Domitila
que, sin polvo en su vestido negro, parecía no haber sido afectada por
la trompeadera. Ahí nomás el cura Bernardo se acercó a bendecir la se-
pultura. El pobre tenía la sotana rasgada, los pelos revueltos y los lentes
chuecos. Tuvo que recitar su latín de memoria porque había perdido su
librito. La verdad es que nunca llegué a gozar al cura Bernardo, compadre,
porque lo mataron poco después nomás. Así quisieron parar el huayco
revolucionario que se les venía.
Todo cambió para mí ese día, por Dios. Allí me di cuenta de lo mu-
cho que sufría el pueblo, de lo tanto que había por hacer. Pero también
me di cuenta que, cuando quiere, el pueblo responde con heroísmo,
carajo. Como ya lo dijo mi querido José María Arguedas en sus libros:
«El pueblo sabe entregarse a fondo». La cosa era encontrar el derro-
tero fijo, la meta realizable… Pero yo todavía estaba muchacho y tenía
mucho que aprender. Por eso es que me metí con los apristas y malgasté
todo ese tiempo.

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Capítulo cinco

Los pies de don Félix empeoraron de la noche a la mañana, dijo Benja-


mín. Al principio Roberta lo llevaba donde el doctor Weismann; des-
pués, lo mandaba en taxi al hospital. Don Félix regresaba de ahí cada vez
más taciturno y melancólico. Por esos días también, poco después de la
masacre de Santa Clara, empezó a beber más a menudo. Yo lo escuchaba
tocar su cajón a cualquier hora, acompañando la radio que ponía en alto
volumen. Sus ojos carnosos y rojizos se nublaron, flaco. Sus uñas largas y
amarillentas, de puntas curvas, se quemaron por tantos cigarrillos Inca
que fumaba. Hasta que, una vez, cuando casi le prende fuego al garaje por
estar cocinando ebrio, Roberta lo llevó a un asilo por Pueblo Libre.
Don Félix todavía tuvo fuerzas para rehusar ser visto como el hombre
viejo y enfermo que ya era. Una noche, después de que Benjamín se había
ido, se escapó del asilo y apareció por casa con sólo una bata blanca. Mamá
abogó con Roberta para que se quedara. Desde entonces don Félix se encerra-
ba en su garaje días enteros, diciendo que no saldría para nada ni nadie. Se
puso barbón y greñudo. Todavía me hablaba, pero ya no era él mismo. Fue
en esos días cuando le pregunté sobre papá.
Una tarde lo encontré en el garaje discutiendo con gente ausente,
con los ojos muy hinchados, defendiéndose entre sollozos. Quizás esa
haya sido la última gota, flaco. Quizás podría haber soportado el silencio
de mamá, quizás podría haberme repuesto de la muerte de don Quijote,
pero no podía soportar el deterioro de don Félix. Nos ignoraba por com-
pleto. Andaba por la casa apoyándose en cualquier cosa, se orinaba en el
césped, y se rascaba los sobacos y los genitales en público. Hacía mucho
que había dejado de ser capaz de detenerme. Hacía mucho que no podía
hacerme creer que papá regresaría.

Cuando Lelia ya estaba por cerrar su puerta al mundo para siempre,


dijo el comandante Rojas, don Quijote se la había tocado, por mi
madre. Sería por su misma edad o porque habían conocido el mismo
mundo, lo cierto es que don Quijote fue el único amigo que la Loca
consintió en los últimos días de su vida. Se sentaban junto al fuego
para espantar las sombras y la soledad, me confió ella cuando la fui a
ver en 1967. Recorrían el pasado. ¿Quién sabe, en una de esas noches
los viejos se prometieron volverse más viejos juntos? Quizás se llega-
ron a amar con lo poco que les quedaba. Pero las cosas llegaron a ser
otras, chesumadre.
Todavía por un tiempo más desde la muerte de don Quijote, una
vez al año, a fines de la Semana Santa, la Loca subía al Cerro Colorado
con sus dos perros. Los cojudos que echaban agua al green en la noche
decían que bajaba horas después, hablando sola y con franjas rojas por el
cuerpo. Decían que sus dos perros todavía la acompañaban, uno a cada
lado, pero que ya no ladraban. Cuándo me fui del valle para madurar
y prepararme para esta lucha armada, ella todavía era medio respetada
por la gente. Me fui a despedir y ella me bendijo. No la volví a ver hasta
que cinco años después, en el invierno del 1967, mandó a decir que me
quería hablar.
Con los años, la memoria de Gloria —la marroquí que había sido
el verdadero amor de Lelia— y de don Quijote se borró del valle. Gente
de la sierra, pobres y sin trabajo, llegaron con sus propias historias. Para
los setenta, las vidas viejas del valle dejaron de tener mucha importan-
cia. Ahora la gente veía a la Loca como a una cualquier mujer vieja, ni
como loca siquiera. Ya no asustaba a nadie. Los gringos la habían sitia-
do aún más, sembrando pasto azul alrededor de toda su casita. Chesu-
madre. Cuando salía a solearse, los cadis de La Granja Azul Restaurant
and Country Club la miraban como a un obstáculo más, como veían

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la laguna, la carretera, los pedazos de huacos y huesos que brotaban de
vez en cuando. Así es, oiga, a veces el hambre hace que la gente se olvide
del pasado.

Roberta dejó de andar por el garaje, dijo Benjamín. El olor fétido de pies
y dientes podridos, de greñas matosas, se le había vuelto insoportable. Al
principio, cuando todavía llevaba don Félix al doctor Weismann, Rober-
ta trataba de ser discreta. Aguantaba el respiro cuanto podía y volvía la
cara. Después empezó a taparse la nariz con pañuelos perfumados, pero
al final dejó de acercársele. Ahí fue cuando contrató a otro chofer, ¿no
te acuerdas? Era un hombre ya maduro con un nombre griego que no
recuerdo. Por esos días Roberta también empezó a darle la espalda a La
Quinta y a la casona de Miraflores. Empezó a andar con su Edilbertito
y su Clotildita por Ancón, por Huachipa, por Chaclacayo, ¿no? Segura-
mente querría mantenerse, si no completamente feliz, por lo menos ocu-
pada y con vida, con nuevos amigos. Por supuesto que ya no era joven,
pero seguía siendo atractiva. En mis últimos días en Miraflores todavía
se compraba ropa y sombreros de París. Hasta me dio la impresión de que
estaba enamorada.
Benjamín se levantó de su catre y se paró en el centro de la carpa para
desperezarse. Ahí me volví a dar cuenta de lo pequeño que en realidad era.
Sus cabellos largos, negros y lacios, le caían sobre los hombros y parecían
aplastarlo contra el suelo. Tenía la barba crecida.
Yo siempre sospechaba de ella. Por un tiempo pensé que tenía algo
con el tío Elías, porque era zalamera con él y él le regalaba flores y cho-
colates que traía especialmente de La Tiendecita Blanca. Los sábados
por la tarde, cuando el tío Elías venía a la casa, mamá subía discretamen-
te al segundo piso a escuchar huaynitos en su Telefunken. Ellos se que-
daban a conversar por horas. A veces, cuando regresaba de Santa Clara,
los encontraba discutiendo sobre Novalis o Freud, dos de las figuras
más admiradas del tío Elías. Pero mirándolo todo desde aquí, con esta
lluvia que parece a punto de ahogar al mundo, creo que nunca llegaron
a ser amantes.

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En realidad, había algo extraño en la devoción que Roberta manifes-
taba hacia papá, aún en su ausencia. Siempre reservaba la silla principal de
la mesa para él. Cuando la novedad de la práctica pasó, Paulina se quejaba
diciendo que lavar platos que nadie había tocado era estúpido, que Roberta
se había impresionado demasiado por el rito de papá, de por sí extraño, de
siempre dejar una silla vacía durante la cena una vez al año.
¿Por qué Roberta se quedó con la familia en vista de lo que estaba
pasando? ¿Por qué no hizo como yo y se marchó también por su lado? La
verdad es que no lo sé, flaco. Tendrías que preguntárselo a ella misma. De
paso, le preguntas qué hizo con el libro marrón de papá, porque creo que
ella todavía lo tiene.

Cuando por fin llegué a Santa Clara, en el invierno de 1967, dijo el


comandante Rojas, Lelia ya estaba bien acabada. Me pidió que me sentara
a su lado, cerca de su fogón, para conversar. Ahí fue cuando me contó su
historia. Por Dios. Me contó mucho más también. Sabía de todo. Sabía de
los túneles de El Ingenio, de los murciélagos, de mis andanzas, de Susana.
Y para ser fiel a su memoria, debo decir que Lelia murió convencida de
que el gringo Hawkins no había matado a don Quijote. No sé por qué en
realidad. Se llevó el secreto a la tumba, carajo.
Pero lo que seguro más le interesa: también sabía de Benjamín. Por
Dios que no sé cómo. Hasta me dijo que lo buscara, que en esos días él
también estaba tanteando cómo liberar al Perú. Pero yo no podía creer
que ese cojudo hubiera cambiado tanto. Después de mis experiencias con
los apristas y los trotskistas, para mí Benjamín era un amigo de infancia
de quien hacía rato que me había alejado. No fue sino hasta mediados del
1968, cuando Susana me confió que el cojudo estaba organizando a la
gente por Chimbote, que parara las orejas.
En todo caso, en la navidad de 1974, los mocosos del valle que salían
a pedir regalos por las casas de los burgueses pasaron por la casa de la Loca.
Su puerta estaba sin llave y, como ya no le tenían ni miedo, entraron. La
encontraron pudriéndose al lado del fogón, ‘chesumadre. Sus dos perros
habían muerto a su lado. Cuando la gente vieja del valle se enteró de lo

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que había ocurrido, vinieron en tropa a la casita blanca y se llevaron el
cadáver al cementerio. Cruzaron la cancha de golf con el ataúd bien al
aire, para que no oliera mucho, y la enterraron en el cementerio que había
crecido al pie del Cerro Colorado... Nadie nunca vino a reclamar ni las
cosas ni la casa de la Loca… Años después, cuando pude volver y busqué
nuevamente su casita, ya no había nada. Cuando pregunté por la dueña
me dijeron que había sido una mujer francesa que se había muerto de
amor por un hombre que andaba con un caballo blanco en las noches de
luna llena.

A veces uno no valora lo que tiene sino hasta que lo ha perdido; y a veces
uno pierde las cosas sin darse cuenta, dijo Benjamín. No regresé a La
Granja Azul para buscar a Susana sino dos días después de la masacre.
¡Imagínate! Me había enterrado por completo en la casona de Alcanfores.
Después de haberla perdido sin levantar un dedo, ahora quería verla tanto
que no podía ni comer ni dormir. Pero para cuando llegué, ella ya no
estaba en La Granja Azul. Octa me dijo que se había marchado a Lima
con su mamá, dejando a don Gervasio encerrado en la casa de tejas rojas.
No sé si eso sería cierto, pero la verdad es que nunca más la vi. Eso es algo
que todavía me pesa.
Fue ahí cuando le pregunté si se habían conocido íntimamente. Lo con-
fieso: lo hice para cerciorarme de que lo que decían de él en Chimbote no era
verdad; o sea, para estar seguro de que Benjamín no era homosexual. No
tuve ningún reparo en mentirle: «Para redondear nomás, Benjamín», le
dije... «Sí, también soy como papá».
Por supuesto que Susana y yo nos conocimos íntimamente, dice
Benjamín. Éramos sanos y jóvenes. Nos amábamos; pero no sé cómo
decirte, flaco... Nuestra intimidad no era algo que nos distrajera tanto
así que quitara valor al resto de nuestras vidas. Nunca nos sentimos des-
esperados por hacer el amor. Nosotros llegábamos a la intimidad con el
mismo ánimo de comunión que marcaba las otras cosas importantes en
nuestras vidas: la amistad, conocer juntos el mundo, crecer en el valle
con Octa… Cuando llegó la mala muerte a Santa Clara y ella se fue del

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valle, lo que yo más extrañaba era su sonrisa, que le hacía un hoyuelo en
la mejilla, su manera de señalar al mundo, la voz con la cual me llamaba
en las tardes de sol cuando caminábamos juntos por los maizales. Yo sé
que ella sentía lo mismo por mí. Nunca hablamos de eso, claro. No era
necesario. Como te decía, fue ella la única persona con quien logré una
verdadera comunión.

Sobre de manila:
Sra. Tomasa Montañez de Peres-Benayón
En el Perú.
Querida Tomasa.
Espero que la presente te encuentre gozando de buena salud en
unión de nuestros hijos y demás miembros de la familia. Espero que
todo marche bien con todos ustedes en Miraflores. Los recuerdo con
mucho cariño y espero volverlos a ver pronto.
Te escribo esta breve nota para decirte que he llegado a Buenos
Aires bien y que todo prosigue como habíamos esperado. Mi
habitación queda sobre una calle muy amena, a sólo dos cuadras
del consultorio del doctor Máximo Dávila, el especialista del que
te hablaba. Es una habitación con todas las comodidades y con una
vista amplia. Desde el pequeño escritorio puedo ver claramente las
fachadas y las esquinas de la ciudad; me hacen recordar al París y a
la Roma de mi juventud. La gente misma me parece muy diligente y,
sobre todo, bien cuidada en su forma de vestir y comportarse. Todos
han sido muy corteses conmigo.
El hotel tiene un lado que da a una calle angosta y empedrada que
me hace recordar el centro de Trujillo. Desde una sala para fumar, en
el segundo piso, puedo ver a la gente transitando por allí con marcada
determinación. Por lo visto, esta gente tiene cosas que hacer y sabe a
dónde va, Tomasa. Es algo que se aprecia mucho. En general, la vista
desde aquí es algo muy grato para mí. No es nuestro Miraflores, por
supuesto. No hay tantos árboles ni tantas flores como en casa. Pero
es que esta es una verdadera metrópolis, Tomasa. La vida aquí parece
ser ligera y, se podría decir, expansiva. Anoche, apenas llegué, pude
caminar unas cuadras para empezar a conocer la ciudad. La gente
transita apresuradamente, Tomasa, sin reparar en mi condición de

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extraño. Esta situación me complace mucho. Estoy seguro de que
contribuirá a mi pronta recuperación.
Hablando de eso, el doctor Dávila me confió esta mañana que
mi condición, aunque algo delicada, no es algo ni misterioso ni
intratable. Según él, sólo debo de tener paciencia y procurar un poco
de esparcimiento que ayude a mi mejora. Me dice que hay parques
maravillosos por conocer. Y, en efecto, viniendo del aeropuerto
pude ver extensiones verdes en la ciudad que deben de ser inmensos
parques donde podré caminar a mi gusto. En eso sí, tengo la intuición
de que este lugar me va a caer muy bien. Como recordarás, nunca
pude caminar a mi gusto en Miraflores y caminar en Santa Clara no
es lo mismo.
Algo más antes de cerrar esta carta, Tomasa; el doctor Dávila
ha recomendado un viaje en tren hasta Balvanera. Es un barrio de
Buenos Aires que la Comunidad conoce como Once. Me dice que
por allí encontraré una vida muy a mi gusto. En mis próximas cartas
te contaré sobre mis paseos y recorridos.
Bueno, esto es todo por ahora. Espero que esta carta te llegue sin
ningún contratiempo.
Calurosos saludos y cariños para Benjamín, para Edilberto
Isaac y para Clotilde. Un abrazo fuerte para Roberta. Lo mismo
para Paulina, Leonora y Félix. Los extraño a todos. Cuídate mucho,
Tomasa. Nos veremos pronto. Hasta mi regreso,
Edilberto

La verdad es que mamá nunca llegó a conocer a papá, flaco, dice Benja-
mín. Ella lo amaba con ciega devoción y eso siempre le fue suficiente. En
los años que él se ausentó, ella lo esperaba pasando las horas peinándose
frente a su espejo redondo y caminando por la casa en silencio, perdida en
otro mundo. Se le dio por usar una chalina verde todos los días y, después
de un tiempo, hasta dejó de ir a misa. Ya casi ni se acordaba de nosotros.
Su Edilbertito y su Clotildita estaban demasiado felices para notar esos
cambios, claro. Pero yo sí los notaba porque ella confiaba en mí. A veces,
cuando el sol se estaba hundiendo por los ficus y alcanfores de la avenida,
ella me tomaba en sus brazos y suspiraba.

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Benjamín se repetía. Ya era como la una de la tarde y me sentía cansa-
do. Necesitaba un mínimo respiro antes de proseguir a preguntarle a Benja-
mín sobre sus andanzas por Chimbote. Por eso dejé que Benjamín siguiera
hablando mientras me disolvía en el sonido monótono de la lluvia. Recuerdo
haberme sentido agradecido por el zumbido sedoso que crecía y crecía; de esa
manera erigía una cortina espesa entre esa voz, que yo sabía estaba a punto
de extinguirse para siempre, y yo. Sólo volví a escuchar a Benjamín cuando
recordaba sus últimas horas en Miraflores. No tengo tiempo de revisar lo
que no escuché. Por si alguien quiera repasar esas horas: Benjamín, cinta
34b, 900-4,000. Disquette # 42, archivo. Últimos días en Santa Clara».
La casa se estaba pudriendo de adentro para afuera, flaco. El silencio
y el olor a muerte que se pegaba por los rincones era demasiado. Don
Félix pasaba los días hablando solo. Roberta se empeñaba en recuperar
su elegancia y juventud. Mientras tanto, mi hilo blanco se desenrollaba
más y más a menudo, hundiéndome en una soledad atroz. Por eso, uno
de esos días, tuve la necesidad de subir a mi cuarto para, desde ahí, con-
templar el parpadeo de las sombras del ficus que había crecido muy cerca
de mi ventana, para escuchar la algarabía de los canarios, para calmarme
y así tratar de apaciguar el deseo de abandonarlo todo. Hasta entonces,
siempre había podido encontrar alguna razón para quedarme, flaco; algo
siempre me detenía. Pero esta vez ya no me fue posible. Ni el miedo de
huir lejos me pudo detener.
Cuando cayó la noche puse un poco de ropa en una bolsa, abrí mi
ventana, y me deslicé por el ficus por última vez.

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Segundo
libro
1963-1968
11:30 A.M.

Edilberto Isaac guarda el archivo y cierra su laptop. Se levanta con di-


ficultad, sintiendo mareos por el zumbido arreciando entre sus sienes…
Termina la taza del té tibio y deja sin probar lo demás en la bandeja, el
cansancio y el dolor del cuerpo le han quitado el apetito. Hace una pausa.
Quizás caminando pueda conseguir algo de sosiego… Coge la bandeja
de servicio y se apresta a bajar al primer piso. Se detiene en el umbral y
echa una mirada hacia atrás. Le parece increíble que haya podido sacar
un libro de los despojos, ahora, a un lado del escritorio. Quizás Roberta
haya tenido razón; quizás él podría haber sido escritor. Empieza a bajar.
El piso de madera en el pasillo ha sido recién encerado y hace relucir
el lomo de la balaustrada. A su derecha, los miembros de la familia lo
siguen paso a paso desde las fotografías que cuelgan en la pared. Roberta
en Ancón: joven y muy guapa, vestida de blanco, sonriendo mientras
sostiene un ancho sombrero de tela contra el viento. Roberta con
Clotilde: en Huachipa, vestidas para montar, al lado de dos sinuosos
caballos negros. Su madre y Paulina en Santa Clara: sentadas en el césped,
debajo de las palmeras, con mantel y canasta de campo. Él y Benjamín: él
de marinero y su hermano de chaqueta blanca, cuando niños en Ancón.
Su padre: en el escritorio de la biblioteca, sorprendido en el trabajo,
interrogando con la mirada.
En el rellano, bajo una luz que se filtra por la pequeña ventana con
vidriera de colores, la antigua alfombra redonda y rosada parece dema-
siado desgastada. En el zaguán, una araña de luces se mece suavemente
y figurines de cristal destellan desde una credencia angosta de patas lar-
gas. Una percha para sombreros y paraguas se apoya contra una pared
cubierta con un desteñido papel color de nácar… El excapitán se detiene
en el descanso de la escalera. Hace mucho que no se ha fijado en esas
cosas. Puede ser que el hecho de estar desmarañando voces y recuerdos
le haya abierto los sentidos… Está a punto de voltear con rumbo a la co-
cina, cuando escucha el solícito ronroneo de Paulina en la sala del té. La
buena mujer está hablando con alguien. El excapitán decide espiar desde
la esquina.
Paulina esta sentada en el sofá blanco tejiendo algo y hablando. El
excapitán unicamente puede ver, de su madre, sus cabellos plateados re-
cogidos en la nuca. Ella parece tener la mirada en el infinito mientras
Paulina le dice que los martillos no la dejan dormir; que don Francisco
Frisancho se acababa de mudar para San Isidro, a un condominio con
seguridad permanente y servicio de transporte las veinticuatro horas; que
la Socorro, la que ahora limpia y lustra la casa, se va a casar con un tal
Freddy que trabaja de vigilante por Surquillo…. El excapitán se apoya en
la pared para quedarse quieto. Él siempre ha abrigado esperanzas de que
su madre despertara de tiempo en tiempo para tomar cuenta el mundo.
Pero Paulina sigue tejiendo y contando sin levantar la mirada, como si no
esperase respuesta alguna.
Edilberto Isaac suspira hondo, sujeta la bandeja de servicio con su
cada vez más agarrotada mano derecha, hace un esfuerzo para sobarse las
sienes con el índice y el pulgar de la mano izquierda, y reanuda su rumbo
a la cocina. Va pensando: «Parece que mamá ha enmudecido para siem-
pre». Deja la bandeja sobre la mesa de la cocina, recupera el aliento, y
regresa a la biblioteca.

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Capítulo uno

Al día siguiente de la huida de Benjamín, dice Roberta, ella se levantó


con sombras en el corazón. Le dolía la espalda. Se imaginaba con los ojos
rojos, hinchados. Casi no había dormido y se sentía muy fatigada. Sintió
la luz del sol que se filtraba por entre las hojas del ficus reposando en su
cara cada vez más marchita. Escuchó a los canarios revoloteando entre las
ramas altas y recordó que los días de calor agobiante estaban terminando.
El invierno gris de Lima se aproximaba. Se sentó en el borde de la cama y
pensó en Benjamín: ¿Qué era lo que buscaba? ¿Qué era lo que extrañaba?
¿A su padre, tal vez? Lástima que él y ella nunca llegaron a congeniar; él
ama sólo a su madre. ¿Por qué se ha ido? ¿Por qué la castigaba así? ¿Y ahora
qué decirle a su padre: tu hijo partió un día y no lo vimos más? Si hubiese
confiado en ella, siquiera. Pero ¿no era siempre así: impasible, hundido
en sus propios escurridizos laberintos? ¿Cómo penetra uno ese silencio?
La voz de Roberta era débil y brotaba en repuntes desde las almohadas
apiladas. Era invierno y el balneario de Ancón estaba casi desierto. El
dormitorio tenía las ventanas cerradas contra la brisa y un olorcillo a
medicina saturaba el aire... Por supuesto, podría haber grabado nuestra
conversación en esas horas que pasé con ella. Roberta ya no era la mujer
perspicaz de antes. No lo hice por respeto. Y también porque, con el zumbido
sedoso anegando hasta mi conciencia, me encontraba exasperado y ya
cansado de artimañas. Pero esa noche tomé notas extensas. Y ahora, en este
día tan extraño, la voz de Roberta revolotea no muy clara. Por si acaso:
Disquette #3. Carpeta #6. «Con Roberta en Ancón».
Había sido educada para ver la vida desde las cimas de su cultu-
ra. La habían preparado para una vida de independencia y de comodi-
dad con viajes a Milán, cursos en la Sorbona, paseos por las campiñas
de Oxford en compañía de las hijas de familias privilegiadas. Durante
los días aburridos del colegio, Roberta descollaba en todo; hasta en las
competencias de natación que ella detestaba porque tenía que posar
como un loro esperando el sonido de la pistola. En esos días lejanos,
Roberta soñaba con acompañar a su padre en todos sus viajes al exte-
rior. Tanto era así que, en las pocas ocasiones que él no la llevaba, ella
solía rehusar levantarse de la cama, llena de resentimiento. No sabía
entonces que, sólo unos años después, le sería imperativo acompañar
a su padre a todas partes porque su madre, esa mujer dulce de cabellos
lacios, sería relegada a un asilo mental.
Roberta tenía apenas doce años cuando vinieron por doña Clorin-
da Sara Cruz de Hassel en un carro largo y negro. Los estúpidos vecinos
murmuraban que se había vuelto loca de tanto estudio. Claro que doña
Clorinda Sara se había codeado con gente como Picasso, Lorca, y Freud.
Había pasado horas enteras en su cuarto en la casona de Barranco leyen-
do viejos manuscritos de Cervantes, Donoso Cortés, Dante y Goethe.
Había trasnochado mil veces siguiendo la trama de los múltiplos nive-
les de significación en los poemas de Vallejo. «Es el mejor poeta de esta
bendita tierra», le había dicho a su única hija una vez, llena de deseos
de convencerla. «Y no me refiero sólo al Perú, Roberta. Es el Bolívar de
nuestras letras».
—Vallejo llevaba el sufrimiento de esta bendita tierra sobre los
hombros, sobre los párpados, en las estrías de su cara. Si hubiese nacido
en el siglo XVI, millones se arrodillarían hoy ante su imagen. Hubiese
sido santo, hija. Debes de leerlo algún día, Roberta. Y cuando lo hagas,
trata de zambullirte por debajo de sus palabras. El espíritu de Vallejo, el
hombre, el verdadero poeta, sólo se capta explorando más allá de sus poe-
mas. Tienes que hundirte en él; tienes que sentir todo lo que él sintió...
Debes de leer a Schleiermacher sobre el arte de la interpretación, Roberta.
Una vez que aprendas a zambullirte así, se te abrirán nuevas vistas, nuevos
mundos. Entenderás por fin el sufrimiento que no cabe en un poema, la

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felicidad atrapada en los tímidos rasgos de un cuadro, el remordimiento
que parece ondear en las últimas frases de un drama. Eso es lo que he
tratado de hacer... Ahora, por fin, me siento lista para dejar mis propias
huellas en el mundo, más allá de las palabras. Yo sé que tú también has
nacido para cultivar una mente espiritual, Roberta.
Roberta recibió cartas de su madre por varios años después de que
se la llevaron. Las abría en las orillas de ríos lentos, en parques silenciosos
y anónimos, en sofás rosados contra ventanas cuadrangulares, mientras
viajaba con su padre por el mundo. Ella trataba de descifrar los garabatos,
trataba de zambullirse hasta más allá de esas líneas garbilladas buscando
las huellas de su madre; pero, siempre terminaba llorando inconsolable-
mente antes de tocarle el alma. Nunca leyó a Schleiermacher. Roberta
siempre supo que habría necesitado algo más que habilidad en el arte de
la interpretación para tocar el alma de su madre: habría necesitado el de-
seo, la determinación de llegar a ese mundo. Y en esa mañana de abril, en
1962, con sus ojos negros cerrados, sintiendo el sol de otoño en su cara ya
marchita, Roberta trató de recordar si siempre le había gustado flotar so-
bre la superficie de las cosas o si se aferraba a lo superficial sólo después de
muchos intentos fútiles de captar el significado, las verdades profundas
enterradas en las cartas extrañas de una madre lejana.
La verdad era que, varias primaveras después del confinamiento de
su madre, Roberta dejó de tratar de entender el significado profundo de
las cosas y de la vida misma. Hasta llegó a burlarse de quienes entendían
la vida como algo más que una rutina que implicaba levantarse por la
mañana y acostarse por la noche. Desde esos días remotos, Roberta se
convirtió en una actriz consumada, una huésped y anfitriona perfecta,
una amable mujer peruana. Su padre la mimaba demasiado como para
conocerla realmente. Él la quería tan feliz como ella aparentaba.
Se paseaban por las altibajas orillas del Sena los domingos cuando
estaban en París. Escuchaban el coro dominical en Christ College
cuando visitaban Oxford. Entraban al imponente Duomo di Milano por
las tardes, cuando los fieles se habían retirado. «Debes de empeñarte en
los estudios, Roberta», le decía su padre. «Has nacido para cultivar la
mente, pero no haces más que leer revistas».

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—Pero no quiero aprender más de lo que necesito papi. Al mundo
le va mejor así. Además, saber lo que uno necesita ya es suficiente. Por
ejemplo, ahorita no sé qué ponerme para ir a la reunión de los Harring-
ton. ¿Debo usar el vestido rosado que me compraste en Milán o el que
conseguimos ayer en Londres? ¿Ves? No sé si el rosado sienta bien con
tus amigos, tan estirados que son. Me gusta el blanco, pero me hace ver
chiquilla. Yo quiero hablar con la gente. ¿Crees que mamá nos recuerda?
Con el tiempo, Roberta aprendió a vivir en la superficie de las cosas y
se volvió una turista consumada. Visitaba los lugares nuevos o ya conoci-
dos con ojos acogedores pero nunca se dejó envolver por la vida que pul-
saba a su alrededor. Eso duró mucho tiempo. Pero, ahora, muchos años
más tarde, en el otoño del 1962, en la mañana de la huida de Benjamín,
y escuchando los canarios en los ficus de la avenida, Roberta pensó que
tal vez hubiese sido mejor si ella hubiese seguido así: sin apegos y, por lo
tanto, sin remordimientos.

Como te decía, dice Benjamín, todo el valle estaba cambiando en esos úl-
timos días. Nuevos inmigrantes japoneses habían empezado a construir
grandes granjas avícolas y el municipio de Santa Clara estaba pavimen-
tando el camino a La Granja Azul, que ahora se llamaba La Granja Azul
Restaurant and Country Club. Así que La Quinta ahora estaba en medio
de una vorágine de cambios que nadie sabía si detener o alentar.
Un día, doña Paulina regresó a Miraflores con la noticia que
Felipe y los demás trabajadores habían abandonado la casa de campo a
los caprichos de la naturaleza. En sólo unos pocos días el césped donde
papá se había echado en días de sol, las dalias que mamá cuidaba con
tanto esmero, las buganvillas, las enredaderas, todo eso fue cubierto por
un espeso polvo rojo. Los sauces empezaron a perder hojas como si un
invierno eterno se hubiese asentado en el valle. Desde entones, Mamá y
Roberta dejaron de ir a Santa Clara por completo.
Pero, en realidad, los cambios más profundos ocurrieron dentro
de cada uno de nosotros. Peones se volvían proletarios los proletarios,
miembros de sindicatos; las niñas, mujeres; los niños, hombres. Y entre

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todos los que yo conocí y aprecié en esos años, fue Octa quien parecía que
más había cambiado. Me puyaba: «La gente necesita medicina, huevón.
¿Qué piensas, pituquito? Ellos tienen que trabajar sábado y domingo
rastrillando los pozos de arena blanca, reemplazando las banderas,
regando, cortando, mientras que los ricos de mierda como tú vienen y
juegan. Cuando venga la revolución todo esto va a pertenecer al pueblo.
Mientras tanto, que siquiera nos paguen el dominical, carajo. Ustedes
tienen plata, ¿no Benjamín?».
Un día le pregunté a Octa dónde había aprendido todas esas cosas. Él
me contestó misteriosamente que se había juntado con sus compañeros
trabajadores, que había leído un poco, que los sindicatos por fin llegaban
al valle… Creo que esa fue la primera vez cuando, muy remotamente,
se me cruzó por la mente la idea de organizar a los obreros, flaco. No
sé... Lo cierto es que le pedí a Octa que me llevara a sus reuniones. Él se
negó tajantemente. «No te van a dejar entrar», me dijo, con una sonrisa
conocedora y algo triste. «Tú eres uno de los ricos». Insistí diciéndole
que, al contrario, yo estaba de acuerdo con él; que en realidad yo no era
el rico sino mi familia, que podía aprender a ser como él, que merecía la
oportunidad... Hasta que Octa se rindió y me llevó.
Tomamos un colectivo para Vitarte y entramos a un cuartito en el
centro del pueblo, entre una panadería y un café que tenía una rocola de
música moderna. Los trabajadores ya estaban sentados en fila, contra la
pared, en sillas de junco y eucalipto. Era de noche y a la luz mortecina de
una lámpara de querosén yo podía ver sus rostros duros, gastados. Habla-
ban de salarios, del seguro social, del dominical. Sus voces quejumbrosas y
monocordes se mezclaban con las festivas canciones de Frankie Avalon y
Buddy Holly. De vez en cuando nos llegaban las carcajadas del café.
Octa habló poco, pero sus intervenciones fueron recibidas con mar-
cado respeto. Ante esa gente Octa era otro, flaco. Ahí me di cuenta de
que desde que don Quijote había sido asesinado y la gente de Santa Clara
había luchado por su camino, todos lo trataban como a una persona im-
portante. Esa noche, viendo cómo los trabajadores se callaban cuando él
hablaba, viendo cómo todos esos ojos y oídos se abrían para él, lo envidié
aún más, flaco. Al mismo tiempo, claro, su preocupación por el bienestar

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de los demás, sus palabras sopesadas, me dieron la sensación de que nues-
tra amistad, que yo creía anudada a lo más profundo de nuestro ser, se
estaba terminando.

Así pasaron sus primaveras y sus otoños, dijo Roberta, hasta que su padre
envejeció y ella se convirtió en su indispensable bastón. Como en un tris-
te diminuendo, los viajes al exterior se volvieron cada vez más escasos. El
viejo filósofo —que había ganado reputación exponiendo las virtudes de
la magnífica visión de pecado y redención de San Agustín— fue desplaza-
do por jóvenes catedráticos que defendían los nuevos avances culturales
de Europa. Con el tiempo, sus obras, que antes habían sido requeridas,
desaparecieron de las listas de lectura. Y para cuando Roberta cumplió
los veintisiete años ya casi nadie se acordaba de don Johannes Hassel, el
expatriado filósofo danés que se asomaba al mundo desde Lima, Perú…
¿Qué importaba? Ahora pasaban las horas caminando por las playas de
la Herradura o reposando en Ancón, donde habían alquilado una casita
de verano. Durante los horribles días grises del invierno limeño subían
a Chosica o a Chaclacayo y la pasaban bien saboreando anticuchos con
Inca-Kola y viendo las aguas blancas del río Rímac deslizarse hacia el mar.
En esos largos días de ocio, Roberta descubrió la prosa de Faulkner, las
rimas de Beckett, los afligidos poemas de Eliot, y siguió su vida como una
turista en su propia tierra. Visitaba a su madre sólo de vez en cuando.
La salud del filósofo se deterioró drásticamente cuando le dieron
la noticia de que tenía que desalojar su oficina en la universidad. «Una
lamentable reestructuración administrativa», le dijeron. En realidad, él
no había esperado eso de sus colegas; lo habían adulado tanto y por tan-
to tiempo. Hablaron entonces de volver a Europa, de abandonar el Perú
para siempre. Pero bien sabían que no podían sacar a doña Clorinda Sara
Cruz de sus rutinas. No ahora que estaba anciana y a punto de morir. Y
si la dejaban sola, ¿quién la iría a visitar, aunque fuese uno que otro do-
mingo, para conversar sobre las verdades escondidas en libros viejos y en
su propia poesía que pretendía decir lo inefable con señas cada vez más
torcidas?.. Además, ambos sabían que el filósofo amaba a su mujer con

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una devoción poco común. Después de todos esos años de ausencia, los
cepillos y los perfumes de doña Clorinda Sara permanecían nítidos en su
tocador, ante un cuadro de ellos cuando jóvenes. El collar de perlas que
él le había comprado en Madrid seguía colgado en el espejo del tocador
tal como había estado el día en que Clorinda Sara había abandonado el
mundo de los cuerdos para siempre. No cabía dudas: su padre se hubiese
muerto al saber que la abandonaba.
Se fueron a vivir a Miraflores. Consiguieron una casita blanca rodea-
da de glicinias desde donde, de vez en cuando, salían artículos para Lon-
dres y Copenhague. Roberta a veces entraba al despacho cuando su padre
estaba tomando la siesta y los leía. Siempre terminaba totalmente con-
fundida; algunas veces, intensamente deprimida. En los últimos días de la
vida de su padre, Roberta llegó a la conclusión de que, en realidad, había
muy pocas diferencias entre las cavilaciones del filósofo sobre el signifi-
cado del pecado y la redención, y las insinuaciones sobre el significado de
los últimos poemas de Vallejo que doña Clorinda Sara Cruz había escrito
supuestamente en rima, y que se las había regalado en una de sus últimas
conversaciones en el asilo. Roberta se dio cuenta de que, conforme enve-
jecieron, las almas de sus progenitores convergieron en la producción de
abstracciones vacías sobre verdades necesariamente inefables.

Me fui al norte, dijo Benjamín. Y te confieso que me hubiese gustado


que alguien me hubiese preguntado qué hacía, por qué huía. Quizás así
hubiese podido examinar los motivos de mi partida y de mi oscuro deseo
de pagar por haber abandonado a mamá. Pero los demás pasajeros en el
ómnibus parecían absortos en sus propios problemas. Así que crucé los
brazos, cerré los ojos, y me dejé llevar por el desierto.
En ese entonces Trujillo todavía seguía siendo una ciudad pequeña.
Tenía una plaza central con acacias, jardines frescos y bancos de
mármol. En la esquina noreste, la catedral seguía iluminada por un sol
ya ausente. Había gente conversando tras sus rejas negras de metal. Los
oscuros balcones de madera del Hotel de Turistas, la Municipalidad y
otros edificios antiguos encerraban el cuadrado... Caminando entre esos

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jardines barridos por una brisa leve pensé en papá, flaco. Don Edilberto
Peres-Benayón, aquel hombre serio, misterioso, pensé, habría caminado
en medio de esos mismos árboles enanos con su traje de lino blanco y
su bastón. Habría paseado con mamá del brazo, mirando a esas mismas
estrellas a punto de salir.
Benjamín se levantó e, inexplicablemente, me miró con extraña y pro-
funda pena. No sabría decir si era por verme hundido e indefenso entre esas
bolsas de víveres como el hermano menor que yo era o por algo más grave
que él llevaba dentro de sí. Sólo atiné a bajar la mirada y perderme en el
zumbido sedoso que anegaba mi mente.
Caminando, recordando, extrañé a don Félix. «Pobre hombre»,
pensé. «Pobre adolorido hombre. La infección se le estará desparraman-
do. Todo su cuerpo se le estará volviendo una herida supurante. Llegará
a oler tan mal que lo pondrán a dormir para siempre, como a un perro.
Quizás ni sepa ni le importe que yo ya no esté», pensé. Estará, mas bien,
recordando sus días cuando era campeón. Estará esquivando zurdazos,
moviéndose como gato viejo contra su propia sombra proyectada sobre
la pared del garaje. Estará doblándose de dolor, el dolor de su pie, el dolor
de sus dientes, el dolor de sus uñas chamuscadas, el dolor de su cabeza de
negro. Lo odié y lo extrañé tanto, flaco, que quería regresarme. Pero, no;
ya no cabía el regreso.

Cuando recibió la noticia de la muerte de su madre, Roberta no lloró.


La verdad era que ella había estado esperando ese momento, asiéndose al
dolor. En vez de llorar, se sirvió una taza de té, se sentó bajo el retrato de
su madre que colgaba en la sala, y esperó que su padre terminara su rutina
de trabajo en el despacho… Cuando el reloj en la repisa sobre la chimenea
marcó la una y Roberta vió al filósofo dejar sus gruesos anteojos sobre el
escritorio, se le aproximó con pasos leves. Él la sintió venir, le vio los ojos
de lejos y comprendió. El filósofo entonces hizo una lenta media vuelta
en su silla y dio la cara a la luz del día. Habló muy dolido:
—Lo supe anoche. Me visitó en el sueño. Me besó aquí, en la frente;
cosa que nunca antes había hecho. Por eso supe que nos dejaba… Nos

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amábamos mucho... Debería haberme quedado con ella. Pero mis viajes,
mis libros, mis obsesiones, todo, todo me jaló hacia afuera. Y ahora, eso
también ya es parte del pasado. Yo sé cuánto la amaste, Roberta. Y sé
también cuánto me amas —Roberta lo adivinaba con sus ojos tristes, de-
jando caer sus lágrimas—. Ahora sí, estamos libres para irnos a Europa,
como tú siempre quisiste. Ya nada nos detiene aquí —el filósofo titubeó
un instante antes de volverse para mirarla y Roberta presintió que estaba
por revelarle algo importante—. Sé que nunca te gustó el Perú. Sé que no
te gusta la pobreza, la suciedad, esta maldita tierra... Pero me enamoré de
esta tierra, Roberta, hace ya más de medio siglo. Ahora es mi único sitio.
Quiero morir aquí. Quiero descansar junto a tu madre. Lo siento, hija.
Al desempolvar ese recuerdo, Roberta trató de erguir su gastado cuerpo
por sobre la pila de almohadas. Al no poder contra la vejez, sus ojos refleja-
ron una profunda angustia y decepción. No supe qué más hacer sino son-
reírle con amor. Después de unos débiles esfuerzos míos, la luz de sus ojos
aminoró y sus manos mustias se rindieron. Le alcancé un vaso de agua, pero
ella lo rehusó. Suspiró hondo y siguió hablando.
Después de tantos años juntos, de respirar el mismo aire, de gozar de
las mismas cosas, su padre aún no la conocía. Al escucharlo ese día herirla
tan dulcemente, Roberta se resignó a que tal vez él nunca la llegaría a
conocer. Claro que ella odiaba la pobreza, la suciedad, hasta a muchos de
los peruanos, pero nunca había pensado abandonar su tierra. Ella nunca
había pensado en empezar de nuevo en otro lugar. Ese era su único sitio,
también. Porque el Perú es más que los amigos o los enemigos. El Perú es
toda una historia, un lugar donde el tiempo pasa como el viento sobre las
aguas. No, no la conocía... Roberta se inclinó sobre el filósofo y le besó los
cabellos blancos. Sí, porque a pesar de todo, a pesar de la brecha infran-
queable de sangre y de edad, ella sabía perfectamente que nunca amaría a
otro hombre tanto como lo amaba a él. Ella sabía que nunca vería a otro
hombre sin, al mismo tiempo, verlo a él. En los más oscuros rincones de
su corazón, Roberta guardaba la sensación de que tal vez ella nunca había
tomado el decisivo paso a la madurez, que tal vez amaba en formas más
complejas de las que le es permitido a una hija amar a su padre. O, tal vez,
se diría Roberta muchos años después de que su padre muriera, ella lo

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adoraba no como a un hombre, cualquier hombre, sino por lo que él, así
como ella misma, representaba: una vida gris apuntando hacia la muerte,
un breve momento entre la conciencia y la nada. Sí, porque aún entonces,
en toda su confusión de mujer inmadura, Roberta estaba segura de haber
captado una profunda verdad: la vida es sólo un momentáneo fulgor de
la conciencia. Había que aceptarla así y punto.
Tres meses después, el filósofo murió. Más allá de cualquier pueril
consuelo, Roberta lo enterró junto a su mujer. Ese día hubo garúa y sólo
un puñado de viejos colegas se apersonó al cementerio. Faltaron los dis-
cursos, las miles de caras tristes, los presidentes de universidades con sus
regalías. Así se había imaginado ella el sepelio del gran filósofo, cuando
todavia era niña. Lo había visto yacer en su lecho de muerte, algo triste
pero impenetrable, todavía dejándose adular por la gente. Esas imágenes
no la habían dejado sola; la habían perseguido por el canto de los ríos, la
habían llenado de pavor y remordimientos, pero ahora, en ese día sin sol,
ahora que el filósofo estaba muerto y enterrado, ese pavor y esos remordi-
mientos se habían vuelto banales.
El invierno vino y se fue.

Para qué mentirte, dice Benjamín, poco después de mis trece años em-
pecé a sospechar que algo desagradable estaba ocurriendo entre Roberta
y papá. Y no fue sin razón, flaco. Ellos empezaron a salir temprano y a
regresar tarde. Ya ni siquiera venían para el almuerzo. Mamá los esperaba
hasta las dos antes de pedir a doña Paulina que sirviera la comida. No sé
si tú te acuerdas, pero Roberta hacía todo para él. Le arreglaba la ropa,
le regalaba perfumes, lo llamaba a su oficina a cada rato, le limpiaba los
lentes... ¿Cómo no lo iba a amar? Por eso, mientras caminaba por la plaza
de armas de Trujillo, pensé que papá nos había abandonado porque ya no
podía seguir viviendo en un mismo techo con dos mujeres que lo recla-
maban. Yo estaba convencido de que la enfermedad de papá había sido
sólo un pretexto para dejarlo todo atrás; que el cariño que Roberta profe-
saba para ti y para su Clotildita era sólo un disfraz. Toda su atención a los
detalles de la casa, pensé, a la vida de la familia, era un disfraz. Roberta

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tenía que controlarlo todo para protegerse de posibles indiscreciones. Por
eso, esa tarde en la plaza de armas de Trujillo, odié a papá, flaco; a pesar
de que lo recordaba enfermo y cansado.

¿Qué podría hacer con su vida?, dice Roberta. No quería una profe-
sión. Ella creía no tener ni la ambición de su padre ni la sensibilidad de su
madre. Claro, podría haber vivido el resto de su vida como lo había hecho
hasta entonces: viajando, buscando cosas nuevas, entreteniéndose. Pero a
los treinta y cinco años, la idea de volverse vieja en ese plan no le agradaba.
«La frivolidad», se dijo entonces, «es cierta señal de necia arrogancia
porque se basa en el supuesto de que puede haber en la vida algo más
que la muerte». ¿Casarse? Ni pensarlo. Aparte de su padre, ella nunca se
había encontrado con un hombre con quien se sintiera cómoda y mucho
menos feliz. Así que, conforme pasaron los inviernos, Roberta dejó crecer
los espacios vacíos de su casita blanca rodeada de glicinias hasta que el
porfiado silencio se aferró a las paredes, las sombras tardaban en marchar-
se, y las lecturas frente al hogar se volvieron cada vez más insípidas.
Pero, felizmente, cuando el aburrimiento amenazaba con empozarse
en su alma para siempre, Roberta tropezó con una solución sin duda
incubada en sus muchos años de introspección y de lecturas: la mejor
manera de pasar la vida para los que comprenden su pequeñez, su
sinrazón, su procesión hacia la muerte, es ayudando a aquellos que aún
creen en la felicidad, el honor, la virtud, la eternidad, la salvación, a que
sigan creyendo. Ese era el secreto. Y así fue como la propia conciencia
de la sinrazón de la vida la empujó a tratar de ayudar a quienes aún no
descubrían la verdad, a quienes aún creían que la felicidad era proporcional
a la virtud, para que nunca se dieran cuenta. Al fin y al cabo, ¿acaso no
era sólo eso lo que las vidas de sus padres habían llegado a sumar? ¿No
habían ellos pasado sus vidas tratando de encontrar, de inventar más
bien, razones para seguir luchando contra la muerte, todo en nombre
de la humanidad, de ambos, de la única hija? Fue por eso que cuando
el profesor Salomón Zurita, un viejo amigo de su padre, le sugirió que
hablara con don Edilberto Peres-Benayón, según él un inmigrante con
plata casado con una mujer sin cultura, Roberta no lo pensó dos veces.

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Pero ahora, en el otoño del 62, después de tantos sinsabores que
le había traído la vida con los Peres-Benayón, después que el ingrato
Benjamín se había marchado sabría Dios por dónde, por un mínimo
momento, Roberta se acusó: «Quizás nunca tuve para ofrecer lo que esta
familia realmente necesitaba».

Deambulé por el norte el resto del 62, dijo Benjamín. Corté caña en Casa
Grande, coseché camotes en La Arenita, trasplanté arroz en Paiján. Y
durante todo ese tiempo que viví en el campo, mi hilo blanco pareció
haberse hundido muy dentro de mí. En días como estos, aburridos y ex-
pectantes al mismo tiempo, tengo muy presente los rostros de los trabaja-
dores norteños manchados por la ceniza de la caña quemada, rayados por
el sudor y el polvo de los campos, curtidos por el implacable sol sobre los
arrozales. Son experiencias que te animan, flaco... No sé qué más decirte
sobre esos días. Mis recuerdos de ese entonces son muy pocos y forman
parte de un intermezzo opaco entre las dos trágicas experiencias de mi
vida... Pero quizás te interese lo que recuerdo del Predicador.
Era un hombre muy peculiar que vivía a la salida sur de Paiján. La
gente lo llamaba, El Predicador porque el pobre se pasaba sábados y do-
mingos enteros predicando por el gran desierto de Paiján sobre los ex-
cesos de Sodoma y Gomorra, las tentaciones en el Huerto de Olivos y
las crepitaciones de las zarzas en llamas que según él se escuchan en el
desierto de Paiján todos los viernes santos. Lo escuché predicar varias ve-
ces y, a pesar de mis burlas iniciales, terminamos siendo amigos. Cuando
andábamos en las cuadrillas de trabajo temporal almorzábamos juntos…
En fin. Para fines del 62, el Predicador me invitó a que lo acompañara a
cruzar el gran desierto con dirección a Mocan, según él un paraíso donde
el ganado andaba suelto, las culebras volaban, y los pavos reales eran tan
grandes como las terneras. Como la temporada de siembra de arroz había
terminado en Paiján, acepte su invitación.
Mocan realmente existía, flaco. Era un valle precioso. Las casas eran
de esteras amarillas y lustrosas. Un vivero de pinos altos rodeaba un re-
servorio de agua fresca lleno de patos blancos. En la distancia hilos de

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un polvo espeso anunciaban la marcha de los rebaños y tupidos maizales
verdes se perdían en un horizonte azul… Pero, lo que seguro te interesa
más: cruzando el gran desierto de Paiján, estando envueltos en el silencio
de una capilla solitaria, el Predicador me dijo que se sentía muy solo, es-
pecialmente cuando escuchaba las voces susurrantes que le traían noticias
del futuro. Y me dijo algo más:
—He visto tu misha, joven Benjamín. No te desesperes. Los mishas
no tienen por qué ser sólo desgraciados. Vas a tener que rebuscar un poco
fuerte para encontrar tu camino, nomás. Me han dicho que vas a morir
sabiendo que tu vida sirvió para algo.
Pueda que el Predicador haya tenido razón. Ojalá. Pero en todo caso,
Mocan se ha quedado en mí como el último sitio donde me he sentido en
comunión con la tierra.

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Capítulo dos

La verdad es que ya no quiero ni acordarme de esos días, oiga usted,


dijo Armando. Eran otros tiempos, caray. Todo estaba por hacerse en
Chimbote. No teníamos ni himno siquiera. La gente andaba como loca
haciendo cosas que cuando pasaron, nunca más quisieron volver a hacer.
Me encontré con Armando Cusquén frente a su casa en el Pueblo Joven
Tres de Octubre, en Nuevo Chimbote. Mientras caminábamos juntos a El
Oasis, me dijo que el barrio había nacido a consecuencia del terremoto de
1970, que la gente de la parte baja de Villa María había salido como había
podido a copar las faldas de esos cerros. Él mismo, dijo, había vivido en la
calle San Martín que, con el terremoto y el huayco que vino después, ha-
bía sido anegada por aguas salobres. El lugar donde había quedado su casa
ahora formaba parte de los humedales recientemente designados como la
zona ecológica del puerto. Mientras caminaba a su lado, no pude evitar mi
asombro al ver que sus ojos parecían a punto de saltar de sus órbitas. Me dio
la impresión de que el pobre le tenía miedo a todo en la vida.
Sí, claro, estuve muy metido en esos días, como el resto del mundo.
Apenas llegué de Chepén con todas mis hierbas, me puse a trabajar en
Villa María. Era de todo: albañil, pintor, pescador, hasta profesor de pri-
maria en escuelitas particulares. Porque a mí siempre me han gustado las
matemáticas. Yo era un as en mi colegio, oiga; pero, tuve que dejar eso a
un lado porque nunca me llegó la oportunidad de hacer carrera. Tal vez
fue por eso mismo que me costó mucho abandonar la campaña de Mario
Solar... ¿Quiere que vaya desde un comienzo, dice? No sé, oiga. ¿No será
usted un terruco? ¿Un milico? ¿Cómo sé yo? No me quiero meter en
cojudeces; ya estoy demasiado viejo para esas andadas. Le cuento sobre
gente que ya no está, más bien. O, si no, le cuento sólo lo que he oído.
Pero de todas maneras, mejor apague su maquinita, maestro… Para co-
menzar, le digo que mi verdadero nombre sí es Armando Cusquén Pita.
Y le vuelvo a repetir que vine de Chepén. Eso sería allá por el 63. ¿No me
acompaña con una chelita?
La cebichería El Oasis quedaba frente a la carretera Panamericana.
Tenía una ramada ancha hecha con varas de eucalipto y esteras de totora.
Tenía también un vallado bajo hecho con esteras de carrizo amarillo
que protegía a los clientes de la curiosidad de los esporádicos transeúntes
que salían a esperar carro. La cebichería tenía una fachada de cemento
tarrajeado y estaba decorada con palmeras de tallos marrones y cabezas de
anchas hojas verdes. Desde donde yo estaba sentado se podía ver claramente
el caótico trajín en la Panamericana.
Llegando nomás me puse a trabajar haciendo el desagüe para Buenos
Aires; allí, al sur, por donde antes vivía sólo la gente de dinero. Era
muchacho, oiga. Pero sí, creo que fue por esos días que llegué a conocer
al famoso Benjamín. Le juro que yo nunca lo había visto antes, ni de
retrato. Y a estas alturas, después de los diecisiete años que han pasado
desde lo que ocurrió en el 68, no creo que ni me reconozca... En esos
días él también era como todos. Al principio yo creí que era de la sierra,
de por Huaraz, porque, aunque usted no lo crea, Benjamín parecía más
cholito en esos días; no como aparece por los periódicos ahora, todo
agringado. Pero rápido me di cuenta de que no, que era limeño porque
era vivo. Sabía meter el cuerpo. Leía de todo y hablaba como loco pagado.
Daba la impresión de que conocía a gente importante, como escritores,
catedráticos, políticos. Y tenía plata. No me pregunte usted de dónde la
sacaba, pero tenía. Además ¿cómo le digo? Era chúcaro. ¿Entiende? No le
gustaba que lo mandaran. A veces pienso que los milicos se lo llevaron más
que todo para domarlo. También es cierto que andaba con la gente del
Chimú, con los rosquetes esos que desaparecieron cuando Bolas de Acero
llegó a matar gente. Pregunte usted por allí si quiere. Todo el mundo en
Chimbote sabe que Bolas de Acero se enconó con él. Pero no fue por

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cuestiones políticas, amigo. Ahí sí que la mayoría se está equivocando.
Yo sé que Bolas de Acero tenía razones muy personales para odiar a los
maricones. Y como Benjamín andaba envuelto con la rosquetería, el
cojudo pagó el pato. Como Solar mismo.
Para aclarar las cosas: mucho de lo que le voy a contar me lo contó
el mismo capitán Araujo, el que se quedó con la carga de limpiar el
puerto después de que pasó todo. Claro que ahora Araujo es coronel. Un
amigazo. ¿Cómo lo conoce usted? Un amigazo de primera.

El colectivo que me llevó de Trujillo a Chimbote cruzó el desierto sobre


una pista acechada por dunas lentas, dijo Benjamín. Cuando venció la
subida de Coishco, pudimos ver el puerto: había un mar muy azul en la
distancia, el cielo estaba salpicado por humos multicolores, y un viento
tibio traía olores fuertes a pescado hervido. Las barriadas, chatas y grises
en la distancia, se desplegaban en abanico.
Benjamín me alcanzó el tarro del café y se sentó en el suelo, cerca del
Primus. Afuera, la bulla de los guacamayos seguía yendo y viniendo con las
ráfagas del viento. Recuerdo que, a pesar de todo, el sonido de la lluvia que
caía sobre la carpa me producía una sensación de serenidad. Cambié las
pilas de la grabadora y me dispuse a seguir escuchando a Benjamín. ¿Qué le
había pasado en Chimbote? ¿Fue ahí donde se perdió, como decía Paulina?
El colectivo cruzó un puente angosto y entró a un laberinto de casas
por terminar, mercados de ambulantes, camiones viejos con mohosos
tanques de agua, asnos con carretas llenas de alfalfa, ráfagas de olores
intensos y música entreverada. Pero la gente parecía cómoda en el caos
que la envolvía, flaco. Era Chimbote, que estaba creciendo.
Me bajé frente al Mercado Modelo. Los paños multicolores de tela
que separaban los puestos de comercio ambulante se mecían con la brisa
de la gente apurada. Los geranios, los jazmines, los gladiolos y las rosas
hacían todo lo que podían para vencer el disperso olor a pescado cocido…
A mi izquierda, bajo un sol destellante, se veía una antigua estación
de ferrocarril. Era de un verde desteñido y tenía las partes bajas de sus
paredes carcomidas por la humedad salobre y la brisa del mar. Bandadas

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de palomas entraban y salían por los redondos huecos de su techo
destartalado… Más al centro, en la intercepción de Gálvez y Bolognesi,
se encontraba el único semáforo de Chimbote. Su parpadeante luz roja
le daba una presencia meramente simbólica… Desde ahí la Panamericana
doblaba al sur y se perdía por urbanizaciones nuevas como Miramar, La
Libertad, El Trapecio; y pueblos jóvenes como Villa María. Desde esa
intersección también se podía ver el imponente edificio del Hotel Chimú.
Ante ese único semáforo, algo admirado por lo masivo del hotel
color lúcuma, repasé el pasado aprendido en los murmullos de mamá y
de papá. Y ahí recién me pareció raro que nunca hubiéramos visitado
Chimbote, flaco; a pesar de que ellos lo recordaban con tanto cariño.
Pensando así y un poco triste, decidí acercarme al hotel. La puerta
seguía siendo gruesa y de madera tallada, pero ahora tenía una antereja
de vidrio escarchado y metal. Abrí la puerta con recelo. Un aire fresco
me llenó los pulmones y despertó en mí algo familiar, nostálgico. Pero
esos sentimientos no duraron.
—¿Ónde vas?
El hombre detrás del mostrador era pequeño, casi calvo, y tenía
el terno gris arrugado. Hablaba apurado y cejijunto. Le dije que sólo
quería ver.
—No se permite.
Metí la cabeza por un instante y pude ver los peldaños de la escalera
de mármol rosado que yo había llegado a imaginar por los murmullos de
mamá. Más al fondo, pude ver también el cancel de vidriera que daba al
patio. Imaginé el sol de esa clara mañana bañando los jardines interiores.
¿Cómo decirle a ese señor que yo casi había nacido en el tercer piso, en
un cuarto con cortinas blancas, lámparas doradas, armarios de cedro y
ventanas que se abrían al mar? Viendo mi desconcierto, el hombre quiso
hacerme sentir el peso de su poder.
—Fuera, fuera —me dijo gesticulando como quien espanta
moscas—, antes de que llame a la policía.
Sin ganas de discutir, cerré la puerta y me encaminé hacia el mar.
Había un malecón descuidado que se perdía hacia el norte por una curva.
Tres palmeras juntas y solitarias con troncos carcomidos por la orina de

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hombres y perros vagos le daban al lugar un aspecto desolado. La estre-
chísima playa de arena fangosa estaba completamente desierta. Las olas
doblaban pesadas y oscuras. Uno que otro pelícano barroso planeaba,
buscando desperdicios. Un intenso olor a carne descompuesta remoli-
neaba en la brisa.
Así pasa con los sueños, ¿no?

Mi pata Padilla me dijo que saludó a Bolas de Acero desde la puerta de su


despacho particular y separado, dice Armando Cusquén.
—Órdenes de Lima, mi comandante. Quieren que salga usted in-
mediatamente, jefe. Parece que los pescadores comunistas acaban de
tomar Chimbote.
El comandante Duarte no se alteró. En realidad parecía en espera
de una orden así. «¿Nadie más puede sacarle la mierda a esos hijos de
puta?», se burló, dejando caer su cartapacio de plástico sobre una peque-
ña mesa de madera, «¿Quién soy yo, el jovencito de la película?» Se paró
para ver mejor la plazoleta del cuartel. «No he visto a mi mujer en más de
tres meses, carajo», continuó. «¿Qué chucha quieren?». El comandante
Duarte siguió el vuelo de dos gallinazos que circulaban contra un cielo
blancuzco, infló el pecho, aguantó el aire, se desinfló, puso las manos en
la cintura, y pareció darse por vencido. Dile al general Cirilo que su yoyó
toma rumbo al norte, dijo sin volverse… Menos de una hora después, el
comandante Julián Duarte Aguirre subió a su jeep y le dijo a mi pata Pa-
dilla que manejara rápido. Estaba de mal humor, como casi siempre.
Armando Cusquén se limpió la espuma del labio superior con el
antebrazo izquierdo y exageró una mueca para decir que la cerveza estaba
amarga pero buena. La señora que nos atendía apareció con una bandeja de
cebiche mixto. Al frente, en un espacio paralelo a la Panamericana, un grupo
de muchachos organizaba un partido de fútbol mientras los colectivos, los
micros, los buses, los tráileres y los asnos pasaban. Recuerdo haber pensado:
«¿Cómo crecerán esos pobres? ¿Cuándo desaparecerán los asnos de las calles
del Perú?...». Sentí pena por el Perú. Sentí pena por Armando Cusquén,
quien estaba devorando el cebiche con demasiada codicia.

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Las casas de Arequipa se perdieron en la distancia al rato nomás. El
desierto del sur, cortado de cuando en cuando por los dedos de los Andes,
se extendía gris e infinito. Porque mi pata Padilla dice que por allí sí que
no hay ni gallinazos para marcar el cielo, oiga usted. Iba a ser un viaje
aburrido, bueno sólo para pensar.
Para 1962, que fue cuando vino por primera vez a Chimbote, el co-
mandante Julián Duarte había estado protestando porque contaran con
él de esa manera ya por varios años. Pero no siempre había sido así, oiga
usted. Al principio, cuando recién había entrado a las fuerzas especiales,
le gustaba que todo el mundo lo viera como un hombre de acción. En esos
años había demostrado tanto desapego de su propia vida, tanto deseo de
verse en el centro de toda pelea y escarmiento, que se ganó el apodo de
Bolas de Acero. Dicen que una vez, en uno de esos pleitos fronterizos
con las patrullas ecuatorianas, Bolas de Acero fue seriamente herido en
la pierna. Dicen que dio órdenes a sus hombres para que lo dejaran es-
condido porque no quería ser una carga para ellos; hasta les apuntó con
su pistola para que le obedecieran. Machazo, carajo. Se escondió por esas
junglas como dos semanas. Cuando el gobierno tuvo miedo de que el in-
cidente se hiciera público, Bolas de Acero llegó arrastrándose hasta la ga-
rita peruana. Como recompensa por ese y otros actos de valor, los milicos
le dieron el mando en Apurímac. Así empezó a cultivar su fama.
Así dicen, oiga usted. La gente sabe su historia. La cosa es que cada
uno de nosotros sólo tiene retazos. Ya ahí usted le pondrá su poquito,
¿no? Pero mejor apague su maquinita, maestro. Yo le cuento lo que sé,
nada más ni nada menos. ¿Seguro que no se sirve?
Armando Cusquén solamente aparentaba protestar. Él bien recordaba
el trato que habíamos hecho: cien nuevos soles por dos horas de su tiempo. Ni
más ni menos. Eso sí, la pura verdad. Y tenía que ser grabado. No sé si se
comió el cuento de que yo, un viejo amigo del coronel Araujo, estaba apren-
diendo a ser escritor.
—Arregla la situación, Bolas de Acero —dicen que le dijo el General
Cirilo—. No queremos que la región siga hirviendo con esos malconten-
tos hijos de puta. ¿Entiendes? En defensa de la patria, Bolas de Acero; en
defensa de la patria. Confiamos en ti.

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Así fue que empezó a crecer su renombre, oiga usted; con terror a la
medianoche y en pleno sol. Bolas de Acero chapó a todos los agitadores en
menos de dos meses. Mandó a muchos de frente al Frontón, la infame cár-
cel esa que queda en una isla por Lima. Esos pasaron años adentro. Pero no
todos fueron tan suertudos; muchos desaparecieron por las jalcas de Apurí-
mac. Las viejitas pasaron meses buscando a sus nietos por esos desfiladeros.
Recuerde usted que esto era al comienzo de los sesenta, poquito antes de
que hasta los curas y los apristas se metieran con eso de las guerrillas.
La cosa es que, conforme los serranos se levantaban, el renombre de
Bolas de Acero crecía. Se ofrecía para dirigir campañas de escarmiento
por todo el país. Por eso la gente hablaba cojudeces. En la sierra se decía
que Bolas de Acero tomaba la sangre de sus víctimas. En el sur muchos
creían que era hijo ilegítimo de uno de los Leguía; uno de aquellos que
había recorrido el país como un relámpago haciendo fiestas y causando
envidia. Todo el terror que Bolas de Acero causaba, decían, era sólo para
hacerse notar por la tribu de Leguías y Prados que todavía gobernaba el
Perú… Pero no, oiga usted. Bolas de Acero fue y sigue siendo el único hijo
de los Duarte Aguirre, una familia que vendía pescado en el mercado de
Pacasmayo. Se lo digo porque cuando regresé al norte, escapándome de
la sopa caliente que era Chimbote, escuché su historia regada por esos
caminos. Bolas de Acero estaba casado, oiga usted. Hasta había tenido un
hijo que se llamaba Ernesto.
¿Cómo es, no? Uno se interesa en lo que dice la gente sólo cuando
tiene por qué. Y verdad, ¿cómo es que usted está interesado en lo que pasó
aquí, hace ya tantos años?

Doña Alicia estaba de pie detrás del mostrador de su tienda en Villa María.
Se sobaba los brazos. Era mediodía y el sol que entraba por el techo de esteras
dibujaba una estrella perfecta en su cara morena. Me miró de pies a cabeza
con recelo; pero, de alguna manera, yo sabía que estaba dispuesta a recordar.
Los viejos, me convencía entonces, siempre quieren recordar. Y esta vez no
me equivoqué. La señora echó una mirada hacia la calle, limpió el mostra-
dor con su mantel, y empezó a recordar. Tenía la voz dulce.

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Sí, lo conocí. Esto habrá sido a mediados de los sesenta, antes de que
pasaran tantas desgracias, oiga usted. Yo tenía mi puestito en el Mercado
Modelo, donde vendía pañuelos y ropa interior. Le di trabajo porque me
pareció un muchacho serio. Apareció una tarde por ahí y me apiadé de
él. Yo también soy madre, oiga usted, y la verdad es que yo no sabía que
era misha, como usted dice… Parecía perdido, el pobre. Se quedó conmi-
go como tres meses nomás. Yo le daba de comer y una esquinita donde
dormir en mi cuartito de la avenida Meiggs. Porque esto fue antes de que
nos mudáramos por aquí. Pobrecito el Benja. Era bien servicial, sí. Me
ayudaba con las cosas, porque mi Arturito y mi Carlitos todavía estaban
chiquitos y Fortunato, mi marido, seguía saliendo a la pesca. Yo tuve mis
hijos ya madura, pues… Dormía entre los bultitos, pero sí se acostumbró.
Nos levantábamos tempranito para abrir el puestito antes de que viniera
la Baja Policía a malograrnos el día pidiendo plata con el cuento de que,
de lo contrario, tendríamos que levantar todo del suelo. Se fue, nomás, un
día. Yo le dije que se quedara, hasta le ofrecí un capitalcito para que em-
pezara, pero él tenía otras miras. Lo hubiese amarrado por aquí siquiera.
Pero así será la vida, ¿no? Pobrecito el Benja. Ya después, cuando lo volví
a ver, me dijo que quería organizar a los trabajadores. Algo le daba por
irse a esa vida: huelgas, peleas, matanzas. Después de lo que pasó con eso
de la Convención hasta se dijo que había estado metido con esa gente del
Chimú. ¡Qué iba a ser! Él no era de esos. Por lo menos no cuando estuvo
conmigo... Ya no lo volví a ver… Ahora dicen que está correteando por la
selva con los terrucos… Tal vez ese haya sido su destino. ¿Qué le llegará a
pasar? Pero está demás detenerlo, oiga, si es verdad lo que usted dice. Los
mishas son así de andariegos.

Desde el puesto de doña Alicia, que quedaba en el Mercado Modelo, fren-


te a la Panamericana, yo veía a los trabajadores de Construcción Civil
entrar a su local en el segundo piso, dice Benjamín. Subían serios y som-
bríos, flaco. Venían con sus camisas de tocuyo almidonado, con sus cabe-
llos engrasados, con sus largos papeles de oficio bajo el brazo. Me hacían
recordar al Octa de mis últimos días en Santa Clara… A veces pienso que

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fue ese recuerdo, la desazón que me dejó esa vieja experiencia, lo que me
hizo seguir a los obreros por esas escaleras. Pero no, la verdad es que yo
no los seguí sino hasta unos meses después de que me despidiera de doña
Alicia y me fuera a vivir por Villa María, cuando me metí de obrero y casi
me muero.
¿Qué más te puedo decir?... Como a los dos meses de llegado, me
encontré con Armando Cusquén, uno de mis mejores amigos de Chim-
bote. Él también acababa de llegar; en su caso, de Chepén. Pobre Arman-
do. Vestía pulcramente y sus ojos saltones le daban un aire de hombre
preocupado, excepto cuando sonreía, porque entonces ofrecía su des-
tellante diente de oro... Seguirá andando por esos arenales, seguro… En
todo caso, poco después de que lo conocí, Armando me invitó a vivir con
su extensa familia en Villa María, una barriada nueva que seguía crecien-
do al sur de Chimbote. Después de pensarlo un poco, me despedí de doña
Alicia y me fui con él. Unos días después Armando me ayudó a conseguir
mi primer trabajo como parte del proletariado del puerto.
Te podría decir que fue Armando quien me convenció de que me
metiera a organizar a los trabajadores de Construcción Civil. Porque él
siempre me presentaba por esos arenales como un hombre de visión y
de acción, y siempre confiaba en mí… Es por eso que, a pesar de todo lo
que dijeron después de lo que pasó, estoy completamente seguro de que
él nunca me traicionó, flaco. Debes de hablar con él. Dile que vas de mi
parte… Pero no, en realidad, mi vida política se inició en la confluencia
de las fuerzas históricas y un accidente que brotó de algo muy personal.

La historia de Julián Duarte Aguirre se remonta bien lejos, dijo Armando


Cusquén. Por eso sería mejor si yo empezara de más cerca nomás. De por
los 50, digamos. O sea, para ser más exactos, desde el día en que cono-
ció a Cristiana, la mujer que él siempre decía que tanto extrañaba. ¿Está
bien?... Bueno. La gente dice que Cristiana Santa María Tafoya de Osma
era de un pueblito de Tumbes. Era la única hija de una familia de españo-
les venida a menos porque había perdido su fortuna durante la guerra con
Chile. Dicen que Cristiana era orgullosa en demasía. Aparentemente, no

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era ni muy bonita ni muy graciosa que digamos, oiga usted, pero era blan-
quiñosa, delgada y andaba por las calles con ese airecito de monja feliz que
tenían las mujeres que iban a los colegios particulares del norte. En otras
palabras, tenía todo como para llegar a ser una señora bien respetada por
esos lugares. Pero, dicen que, desde que se puso a pensar en esas cosas, a
Cristiana no le cabía la idea de casarse con un hombre de provincia. Los
veía medio tontones y sin sueños. Más que todo, se pasaba los días en su
cuarto, cuyas ventanas daban a la plaza principal, soñando, rogando que
viniera un foráneo a llevársela de la cintura por los confines del mundo.
Por eso, cuando el teniente Julián Duarte Aguirre tocó su puerta, poco
antes de la fiesta de San Pedrito, para pedirle que lo acompañara a dar
una vueltecita por la plaza, Cristiana pensó que sus sueños estaban por
volverse realidad.
Armando sonrió y pude apreciar su diente de oro. No me pareció que le
daba un aire alharaquero o pretencioso. Al contrario; en esa cara morena,
regordeta y acabada, ese antiguo símbolo de vanidad ahora se daba tímido,
apagado. Pensé: «Ese diente de oro es un mudo testigo de los estragos que a
Armando Cusquén le ha traído la vida».
Dicen que dos semanas después, en una tarde seca, calurosa y sin
viento, cuando Julián llegó por la puerta del Servicio a robarle besos,
Cristiana lo tomó de las manos, lo miró hondo a los ojos, desesperada, y le
imploró que la llevara por esas playas desiertas del Pacífico. Por allí, dicen,
como en un tondero viejo, sus quejas de amor se mezclaron con el sonido
de las olas. En esa playa desierta, cuyo recuerdo se le borraría mucho antes
de lo que ella entonces pensaba, Cristiana se prometió jamás separarse de
Bolas de Acero, aunque tuviese que arrastrarse a su lado.
Cuando amaneció, Cristiana y Julián volvieron al pueblo de la mano
y por el camino principal, saludando a la gente. Y, antes de que nadie tu-
viera tiempo para ponerles piedras en el camino, se casaron. Los siguien-
tes meses fueron dichosos para Cristiana. Amaba con pasión y se sentía
correspondida. Dicen que caminaba airosa por las calles de su pueblito,
saboreando la envidia de la gente sobre sus hombros... La cosa es que todo
estaba marchando bien, oiga usted. Hasta los más recelosos y mal pensa-
dos, que existen en todo el mundo, estaban por rendirse. Pero entonces,

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cuando Cristiana se sentía totalmente feliz en su entrega total, cuando se
pensaba la mujer más afortunada del mundo, cuando cumplía los veinte
años, Julián recibió una orden fatal: tenía que viajar a Lima.
Así dicen que empezó su soledad.

Al segundo día de mi estadía en Villa María fui con Armando a buscar


trabajo en una compañía que estaba construyendo el desagüe de Buenos
Aires, una urbanización moderna más al sur. Esa mañana, Armando
apareció con un sombrero ancho y un trapo blanco que le cubría toda la
cabeza y el cuello. Parecía un árabe de película, flaco.
—Cuando cobas —me dijo sonriendo—, el viento te mete
la’rena por la nariz, por las orejas, por la garganta y por el culo. Eso se
aguanta. Pero, si te lo mete al pelo, te jodes, pe. No te puedes sacar la
maldita arena por días. Cuando vas al cine, todo el mundo sabe que
vives como cañán.
Como te dije, me dieron trabajo. Eran los días del «boom» de la
pesca y se necesitaba gente para todo y por todo el valle. Me dijeron que
tenía que cavar una zanja de dos por cuatro metros en pleno desierto. Era
un trabajo peligroso —siempre había derrumbes— y yo estaba un poco
preocupado. Pero Armando me aseguró que habían vaciado tanques lle-
nos de agua toda la noche anterior para mojar la arena.
—Empieza a botar lejos —me dijo con mucha seriedad—. Y dale
parejo. Hay que terminar antes de qu’el sol y el viento se den cuenta.
La lampa que me prestó Armando me hacía recordar nuestros días
de campo por Huachipa, flaco. Sólo que en Huachipa jugábamos con are-
na azul y en Chimbote yo estaba en medio de un desierto amarillo. Con
todo, empecé sintiéndome fuerte. Me sentía parte de una faena comunal,
como acostumbraba la gente de Santa Clara. Y te confieso que a ratos
hasta me parecía que, por fin, había encontrado mi sitio. El sudor que
cubría mi cuerpo me hermanaba con los demás, el sonido de las lampas
cortando la arena mojada era tranquilizante y me llenaba de un senti-
miento de solidaridad. Pero, claro, muy pronto me tuve que dar cuenta
que no pertenecía a ese mundo tampoco.

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Después de un tiempo de estar botando arena mojada, me di cuen-
ta de que los fuertes rayos del sol norteño habían despejado la neblina
de la mañana. Al principio sentí esos rayos de luz clara acariciándome
la piel y dándome alivio, flaco… Tal vez sería porque a mí nunca me han
gustado ni las neblinas ni las tinieblas. Ahora mismo, por ejemplo, esta
transparente cortina de agua me pone nervioso. Me da la sensación de
que cuando termine de llover va a ocurrir algo que otra vez nos cambiará
la vida para siempre.
Benjamín sorbió suave de su café. Miró la hora en el reloj que guardaba
en el bolsillo del pantalón. Pareció no preocuparse. La lluvia seguía monó-
tona y yo encontraba difícil imaginar el desierto de Chimbote. De paso, este
reloj, con el cual hoy marco las horas, es el mismo que Benjamín usó cuando
estaba en las guerrillas. Era de papá. No sé cómo fue que Benjamín lo llegó a
tener. En todo caso, Roberta me lo dio cuando por fin me confió las riendas
de los negocios. Es una de las pocas cosas que tengo de papá.
En todo caso, después de poco tiempo esa luz clara se volvió sofocan-
te. Un zumbido de moscardón de algodonal parecía crecer en el desierto
y la lampa en mis manos se volvía cada vez más pesada. Ráfagas de un
viento bajo y cada vez más tibio me depositaban una arena fina y pesada
en los párpados. Con cada aliento que tomaba el mundo se volvía más
y más áspero, flaco. Hasta que las ampollas en mis manos y sobacos re-
ventaron. Entonces, como en una pesadilla en pleno sol, empecé a sentir
que el desierto me estaba chupando la vida. No sé... La cosa es que me
acobardé. No era dolor; ni pánico. Era más bien como un cansancio del
espíritu, franco. Era como si al darme por vencido hubiese estado buscan-
do la compasión de alguien. Así que me recosté contra la pared de arena
húmeda y me entregué al sol, abrumado por el deseo de soñar.
Me remonté a Santa Clara. Recordé que Roberta siempre llevaba
limonada cuando íbamos al campo: «Dale a tu hermanito, Benjamín».
Me sonreía lejana, flotando en un desierto amarillo e inmenso... Escuché
a mamá lamentarse de que nunca había plantado dalias amarillas en el jar-
dín de la casona de Alcanfores. Su voz, dulce y triste, se perdía en el espe-
jismo de un desierto infinito. Mientras tanto, el zumbido de moscardón
de algodonal crecía en la distancia y la arena de Chimbote me asaltaba

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por la boca, por la nariz, por los cabellos. Como era de esperarse, en ese
mundo luminoso y áspero, mi hilo blanco despertó. Lo sentí desenrollán-
dose, disolviéndose en los cada vez más duros rayos del sol, jalándome
hacia la nada... Hasta que perdí la conciencia.
Felizmente que Armando vino a verme, flaco. Me sacó de la zanja
como pudo y me llevó a la sombra de unos tubos. ¿Cómo había sido po-
sible?, voceaba él con mucha preocupación: «!El hombre casi se muere,
carajo! ¡Hay que hacer algo! ¡Hay que tener listo un carro para casos de
emergencia, siquiera!». Y días después, cuando yo ya estaba mejor: «Que
Benjamín nos cuente su caso, compadre. Escúchenlo para que vean».
Así fue como empecé a organizar, flaco, pidiendo botiquines para
los primeros auxilios. Desde ese día recorrí el valle de Santa con mi plie-
go de reclamos, siempre relatando mi caso, siempre con Armando a mi
lado... ¿Cómo es la vida, no? La responsabilidad de líder que Armando
me asignó fue producto de mi inmadurez, de mi mariconada, si quieres…
En todo caso, fue así como conseguí, aunque temporalmente, un buen
sitio para mí, un sitio donde por primera vez mis preocupaciones perso-
nales se disolvían en algo más grande, más noble.
¿Vez? En gran parte, he llegado a estas alturas por pura casualidad,
flaco. La verdad es que mi vida no sirve para una novela.

La gente del norte dice que el comandante la dejaba en su apartamenti-


to de la avenida Abancay sola y desesperada, dice Armando Cusquén.
Por eso, día tras día, con su cara contra esas lunas sucias de tanto hollín
del tráfico, Cristiana se soñaba de regreso a su pueblito norteño. Pero
su realidad de mujer casada era otra, claro. Así que conforme su aburri-
miento crecía, mientras ella miraba a la gente vendiendo y riendo bajo
sus ventanas, la porfiada soledad le empezó a carcomer el alma... La
gente dice que, en realidad, Julián empezó a cambiar desde el momento
en que llegaron a Lima. Dicen que, después de sólo unos meses, empezó
a venir a su casa solamente de cuando en cuando y mayormente du-
rante la noche. A veces venía amargo, a veces deprimido, pero siempre
cansado. Cansado de luchar por la ley, sería. Cansado de hacer lo que

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le pedían. Cansado de todo y de todos, caray. Y para más desgracia, la
cosa no paró allí, oiga usted.
En una noche insípida, como diría Benjamín, Cristiana salió
encinta. ¡Para qué! Julián llegaba por el apartamentito cada vez de peor
humor, borracho, a tirarse a dormir en el suelo, a decirle que le daba asco
su cuerpo inflado y que tenía otra quien lo quería. Imagínese usted. Por
eso, cuando llegó la hora, Cristiana tuvo que irse sola a dar a luz en el
hospital. Así, oiga. Dicen que el pobre Ernesto nació en la maternidad
pública, como cualquier pordiosero. El muchacho nacería lleno de
rencor, seguro, destinado a vivir una vida de contrariedad y venganza.
Julián ni lo miraba. Ni a ella.
En los meses y los años que siguieron, las noticias del paradero de
Bolas de Acero llegaban al apartamentito de la avenida Abancay por
medio de sus compañeros de las fuerzas especiales que venían conforme
caía la noche a conversar con Cristiana, a tocar su soledad, a subirle el
espíritu con un poco de licor, un poco de ternura, caray. Pero la gente
dice que, aún durante esos años, Cristiana cerraba los ojos y defendía a
su marido. Lo hizo por mucho tiempo todavía, dicen. Lo defendía de
las vanas maldiciones de su familia. Lo defendía ante sus amigos; pero,
más que todo, lo defendía ante su hijo y ante ella misma… Pero, como
toda cosa tiene su fin, después de mucho llorar sería, Cristiana tuvo
que aceptar que sus sueños se habían evaporado así como se evapora la
lluvia en los desiertos de su tierra. Despacito, inexorablemente, como
diría Benjamín, conforme el tiempo pasaba por su ventana, sus entrañas
se le secaron de tanta cólera y de tanto sufrimiento. Cuando Julián se
asomaba por allí, ella se echaba bocaarriba con los ojos cerrados a recibir
su falso amor, como diría el tondero.
Peor todavía, oiga usted. Dicen que en una noche jodida de invierno
limeño, Julián regresó de una de sus campañas de escarmiento sin avisar
y encontró a su mujer y a su hijo durmiendo abrazados. En ese momen-
to Bolas de Acero se dio cuenta de que madre e hijo se parecían de una
manera muy extraña. Ambos eran pálidos, delicados, con ojos negros y
sensuales. Tenían los mismos dedos, los mismos labios, los mismos hom-
bros angostos. ¡Caray! Esa noche Julián captó la pelada verdad que en su

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dejadez había dejado crecer: él nunca llegaría a ser alguien importante en
sus vidas. Él se había vuelto tan descartable como una cáscara de plátano.
Ya después, conforme él y Ernesto se distanciaron, conforme un miedo
sin nombre se le enroscaba en la garganta, Bolas de Acero llegó a creer
que había fallado en su papel de cuña entre madre e hijo. Así dicen que
fue, oiga usted.
Armando Cusquén se sirvió otro vaso de cerveza y logró que la espuma
hiciera una comba sobre el vaso. Miró largo su hazaña y sonrió casi imper-
ceptiblemente. Yo pensé que ese sería uno de sus pocos últimos logros, que por
lo menos en ese momento él se sentiría con algún control sobre el puto mundo
que lo rodeaba. Uno de los muchachos acababa de meter un gol.
Ernesto ya tenía diez años cuando Bolas de Acero les compró una
casa por Magdalena del Mar, un lugar de Lima cerca a la playa, dicen.
Cristiana lo recibía allí con indiferencia. Ya no había nada entre ellos.
Pero, todavía, para cubrirle las espaldas, ella lo dejaba pregonar cuánto su
mujer resentía sus ausencias.
Al principio, Julián pretendía que su hijo estaba creciendo como
todo limeño mazamorrero. Claro, Ernesto era un poquito más blando
que los demás, pero él no tenía nada de qué preocuparse porque su heren-
cia de Bolas de Acero estaba allí, garantizando un macho como él. Pero
después, caray, conforme la blandura de Ernesto se volvió más y más pro-
nunciada, Julián empezó a temer que el muchacho tuviera algo, algo que
no se atrevía a nombrar. Con cada visita a Magdalena del Mar, ese temor
le escurría más las entrañas, le exprimía más las venas. Hasta que llameó
en el comandante un odio permanente y ciego, caray. Por eso, cuando
Ernesto llegó a ser un jovencito,  Julián ya no lo podía ver. En burdeles
remotos, en bares perdidos, Julián tomaba y lloraba aguantando la ver-
dad: su hijo había nacido maricón. Y cuanto más tapaba esa verdad, más
despreciaba al muchacho. Hasta que llegó a quererlo muerto.
Nadie sabe lo de nadie, oiga usted. Bolas de Acero sigue por allí,
cazando terrucos, dicen. Para mí que más bien sigue cazando maricones.

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12:30 P.M.

Edilberto Isaac mira la hora en el reloj que había sido de su padre. Son las
doce y media en punto. Reposa el cronómetro sobre el escritorio, se deja
caer contra el sillón, y contempla el material ante a él. Lo relacionado con
el segundo libro es verdaderamente copioso: fotografías, recortes de pe-
riódicos, folletines, afiches, y unas ciento cincuenta horas de entrevistas
en cintas, disquetes, y papel amarillento. Por supuesto, su intención es
destilar verdades y por lo tanto no tiene que resumirlo todo; pero, la cosa
es que, con las horas, él se sabe perdiendo fuerzas… Las entrevistas con
periodistas, vendedores ambulantes, policías, chicheras, conserjes, cani-
llitas y quiosqueros se tendrán que quedar sin destilación.
El excapitán trata de estirar el brazo izquierdo para hurgar en las
resmas del amarillento papel periódico que contienen la trascripciones
de voces ya casi olvidadas, pero no puede. Su brazo se le ha entiesado y sus
dedos meñique y anular se le han torcido contra la palma. Todo su cuerpo
le está fallando y se siente tan cansado que le cuesta respirar. No hay duda,
piensa, los demonios estan ganando terreno. Le queda poco tiempo… Se
inclina sobre el escritorio y, con dedos tiesos y temblorosos, rebusca en la
caja de cintas. Encuentra lo que busca: Cinta # 7. «Don Juan Terrones y
don Juan Chong. Avenida Pardo, Chimbote, Julio, 1984».

***
No sé en qué podremos servirle, joven, dice don Juan Chong. Claro que
el hecho de que Benjamín esté con arma en mano, como dicen por aquí,
vale de mucho. Eso nos hermana en la esperanza y en la memoria, si no en
la acción. Pero para serle francos, él nunca dio aires de ser así cuando lo
conocimos, ¿no, Juan?
Don Juan Terrones estaba sentado a la cabeza de la ancha y gruesa
mesa en una silla chata pintada color tomate. Era un hombre viejísimo. Te-
nía la espalda curva y en la luz natural de la mañana sus ojos hinchados se
reflejaban deformados aún más por los gruesos cristales de sus anteojos. Sus

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cabellos eran blancos y asomaban desaliñados por debajo de una boina de
lana color marrón. Sentado con los brazos blandos sobre la mesa, parecía a
punto de dormir. Cuando don Juan Chong le dirigió la palabra en voz alta,
don Juan Terrones carraspeó y dijo que sí con un movimiento de cabeza.
No es que haya sido lo contrario tampoco. Su trabajo en el gremio de
Construcción Civil fue pasajero, pero no sin interés. Consiguió algo con
eso de andar por ahí con sus pliegos de reclamos. Nos consiguió espacios
de acción. Nosotros —es decir, los que militábamos en Bandera Roja y
Blanca— pensábamos que él y su gente —Armando, más que todo, el
cojudo ese que después lo traicionó— eran sólo unos tontos útiles… O
sea, pensábamos que lo estaba usando gente como Velasco, para prevenir
una verdadera revolución. Muchos fueron engatusados por gente como
Velasco en esos días. No sabían que milico siempre queda milico, aunque
cambie de uniforme. Muchos se comían el cuento que de allí en adelante
—con eso de la propiedad social, por ejemplo— podrían tratar con los
capitalistas de igual a igual, que ya eran propietarios… Los gringos que an-
daban por ahí también pregonaban que así lo hacían muchos de los traba-
jadores en su país. Lo que nadie decía era que los sindicatos de los gringos
siempre han sido acérrimos enemigos de los trabajadores peruanos. Por
eso nosotros creíamos que Benjamín era un tonto útil más. Andaba con
los gringos como si fuese uno de ellos. Nos daba lástima. Hasta el final,
hasta cuando andaba con su gringa por el Dorado... Claro que estábamos
enterados, ¿no, Juan?

Al principio y con toda ingenuidad, pensábamos seguir independientes,


dijo Benjamín. Habíamos conseguido un local para nuestras reuniones
por el Barrio de Acero, nos bautizamos como el Grupo Obrero, aumen-
tamos como a diez y nos juntábamos con apristas, trotskistas, socialistas
o populistas. No nos parecía milagro que todos nos abrieran sus puertas
y se afanaran por nosotros. Por supuesto, la verdad era que por los 60
la lucha por la conciencia del pueblo se había generalizado. Los grupos
políticos estaban siempre a la expectativa de nuevas ideas, de nuevos líde-
res, de nuevos «tontos útiles,» como entonces se llamaba a todo líder sin

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experiencia ni partido. Había tantos grupitos dentro de cada grupo que
era fácil encontrar cooperación, envidia o traición. Por supuesto que ya
por esos años, estamos hablando del 65, más o menos, la gente se sentía
espiada, rebuscada, pero nosotros no. Andábamos por el valle con la co-
raza de la inocencia, flaco. Ni nos dábamos cuenta de que la policía seguía
nuestros pasos. Claro que ellos lo sabían todo. Nos estaban toreando.
Sí, el comando lo sabía todo. ¿Cómo no, si Chimbote en esos años se había
convertido en el segundo puerto más importante del Perú? Pero en esos días el
comando todavía no se metía a fondo en esas cosas. ¿Cuándo viró todo?
El evento que me sacudió la vida y que quizás me haya aventado por
este rumbo tomó lugar a fines del 65, dice Benjamín, cuando los traba-
jadores de Construcción Civil de Buenos Aires reclamaron aumento de
salario con una huelga de manos caídas. Por supuesto, el Grupo Obrero
prestó su apoyo con pretensiones de liderazgo. ¡Tamaña arrogancia, fla-
co! A la larga sólo llegamos a perjudicar a los trabajadores... Esa mañana
de la huelga, nos apersonamos en grupo a la garita de administración don-
de se encontraba el ingeniero Zavala, el jefe de obras.
—Ustedes sólo vienen a joder a la gente —nos gritó el ingeniero—.
No hago trato con agitadores. Váyanse antes de que llame a la policía.
Claro que no nos fuimos. Los obreros estaban justamente resenti-
dos y dispuestos a enfrentarse por sus derechos. Pero la policía tampoco
vino a Buenos Aires esa mañana. Todo lo contrario; fueron el ingeniero
Zavala y sus ayudantes quienes desaparecieron del lugar. Nosotros no sa-
bíamos dónde se habían metido. Conforme pasaban los minutos parecía
que nos íbamos a quedar con los crespos hechos. Hasta que, casi al me-
diodía, Jesús Sambrano, un dirigente de San Pedro, una barriada al norte
del puerto, llegó con la noticia de que el ingeniero Zavala había decidido
parar las obras y que estaba reunido con su gente en el Chimú.
—Dicen que pueden esperar un año, ca,... ¡Nosotros no podemos,
pe! Ya comienzan los colegios. Uniformes, cuadernos, zapatos, ¿de dón-
de? ¿Por qué no vamos al Chimú, joven Benjamín? La gente nos apoya.
Don Fermín ta listo con su colectivo.
Yo no tenía la menor idea de lo que significaba ser un líder sindical en
el Perú, flaco. Los Jesús Sambranos eran hombres serios, comprometidos;

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mientras que yo sólo era un mimado que siempre había visto mi papel
como algo pasajero, casi como una diversión contra mis temores persona-
les. Pero aquel día, sintiendo encima los ojos saltones de Armando, me di
mejor cuenta de la situación. Y eso mismo me achicó. «Podemos perder
el trabajo», les advertí, tratando de quitarle viada a las cosas.
—Sí, pues—. Me respondió Jesús Sambrano, mirándome fijamente
a los ojos.
¡Tenía una determinación, flaco! Parecía basada no sé si en el coraje
o en la fatalidad. Allí supe que si yo no actuaba, lo haría él. Ahora dime:
¿actué por pura vanidad, para proteger mi imagen de líder, atizado por la
vergüenza; o, tal vez, por un juvenil sentido de responsabilidad? No lo sé,
flaco. De lo único que sí estoy seguro, tan seguro como que está lloviendo
a cántaros, es de que no lo hice por razones ideológicas. ¿Qué sabía yo de
eso entonces?

En todo caso, dice Armando Cusquén, así fue que Bolas de Acero llegó a
Chimbote por primera vez, oiga usted, en 1962, un poquito antes de que
yo llegue de Chepén con mi costalillo al hombro. El hombre vino arras-
trando toda esa historia personal que le acabo de contar. Por eso es que
se ensañó con los pescadores. Por lo menos eso fue lo que se dijo. Porque
nadie podía pensar que era sólo por el justo reclamo de mejorar las condi-
ciones de trabajo. Eso nunca había sido para tanto.
—¡Escuchen adentro! —les gritó a los pescadores con su bocina—.
¡Tienen una hora para rendirse! ¡Sé que están armados! ¡No se hagan
los huevones!
Bajó la bocina y habló con mi pata Padilla: «¿Por qué mierda no sa-
len? ¡Son unos cojudos!». El comandante escupió contra la mañana, miró
hacia el local que seguía cerrado, y negó con la cabeza. «No», dijo reconsi-
derando. «No. A su manera, estos comunistas hijos de puta son como los
cristianos antiguos, Padilla, como los mártires de tiempos cuando el peso de
la moral se defendía con el acero. Pero se equivocan. ¿Cuándo se van a dar
cuenta de que el Perú nunca llegará a ser comunista porque tendrían que
matar a todos los que, como yo, están dispuestos a defender la fe? Tendrían

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que borrar cientos de años de catolicismo, de civilización. ¡Ni en sus sueños,
carajo! ¿Dónde está el padre Ramiro? Dile que venga».
El sargento Padilla —quien se quedó por aquí y ahora está de jefe
de guachimanes en la fábrica de acero— regresó un poco después, acom-
pañado de un hombre con patillas largas y cuello romano, que dicen. El
padre Ramiro siempre andaba así por esos días, oiga; antes de que todo se
volviera patas arriba y los terrucos dejaran de respetar hasta las sotanas y
se pusieran a joderlo todo.
—¿Qué dicen? —le preguntó Bolas de Acero al padre Ramiro.
—Que se quedan adentro hasta que se les reconozca su pliego de re-
clamos —contestó el padre Ramiro sin apuro—. Esa gente habla en serio,
comandante. Y, por si acaso, no tienen armas.
—Es lo que siempre dicen —murmuró Bolas de Acero como para sí,
enfocando sus binoculares en las ventanas del sindicato—. Uno entra y
¡pum!, lo jodieron. Si quieren guerra, la van a tener...
Bolas de Acero bajó la vista hacia el padre Ramiro.
—¿Qué sugiere que hagamos ahora, padre; usted que es el experto en
cosas del alma? Porque esos hijos de puta quieren morir...
—No condono la violencia —le contestó el padre Ramiro, miran-
do las luces de las barriadas que todavía sitiaban al puerto—. Ni por su
parte ni por parte de ellos. Usted lo sabe. Yo observo y mando mi infor-
me... —El moño del padre Ramiro empezaba a deshacerse en la neblina
de la madrugada. Se tomó las manos a un lado y suspiró. Parecía que
temía lo peor.
—Claro —terminó Bolas de Acero—, mande usted su informe
y escóndase tras ese cuello, padre. Mientras tanto, alguien tiene que
restaurar el orden para que las iglesias abran sus puertas a las viejas, a los
ricos y a los mendigos.
Armando Cusquén se reclinó hacia atrás y las patas traseras de su silla
se hundieron en el piso de arena mojada. En esa posición, puso ambas manos
sobre el pecho e hizo un gesto obsceno para eructar. Desvié la mirada. Los
chiquillos seguían envueltos en el polvo, jugando su partido. Serían como las
diez de la mañana y todavía no venía nadie más a la cebichería. Dentro del
restaurante se escuchaba un niño llorando.

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Cuando pasó la hora, Bolas de Acero ordenó el asalto. El tanque de
Chimbote, que siempre estaba estacionado al lado derecho de la Plaza de
Armas en un jardín de geranios blancos y rojos, avanzó chillando sobre
el asfalto. En unos minutos las puertas del local del sindicato cayeron, se
escucharon balazos, y la sangre de los pescadores regó el suelo. El nombre
de Bolas de Acero siguió creciendo, caray.
Esa fue la primera vez que Bolas de Acero vino a Chimbote, oiga
usted. Se hartaría, seguro, porque se fue del puerto a los pocos días nomás.
Se ausentó por completo por casi cinco años. O sea, hasta el 68, cuando
regresó por eso de la Convención. Pero, eso sí, cuando volvió, lo hizo con
ganas de matar a todo comunista y a todo homosexual del puerto. Allí
fue cuando casi casi me topo con él, oiga usted. Ya después que pasó todo
—seguimos hablando del 68—, el coronel Araujo me dijo que el coman-
dante había estado muy amargo porque su mujer se había ahorcado en el
acantilado de La Herradura, por Lima, y Ernesto, su hijo, se había metido
de maricón preferido en uno de los burdeles de Canchero, cuando ese
desgraciado todavía era dueño de medio Chimbote, pero prefería vivir
por Chaclacayo.
Por eso digo: uno nunca sabe lo de nadie, oiga usted.

Don Fermín nos estaba esperando en su colectivo porque Jesús Sambra-


no se lo había pedido, dice Benjamín. El hombre sabía lo que estaba ha-
ciendo, flaco; él sabía que de una u otra manera alguien iba a ir con él al
Chimú… En todo caso, cuando llegamos a la Plaza 28 de Julio, frente al
Chimú, se nos unieron unos quince obreros más. Jesús Sambrano ensayó
una sonrisa de disculpa y me dijo que se había tomado la libertad de avisar
a la gente. Así fue la cosa, flaco. Yo no jugué de capitán en ese partido.
Benjamín se fijó la hora nuevamente y miró con dirección a la
ventanilla del faldón delantero de la carpa. Parecía en espera de alguien que
aparecería en cualquier momento. Tuve esperanzas de que fuera alguien con
un poco de comida porque ya eran casi las dos.
Cuando llegamos al hotel, el hombre del mostrador, ese de terno
arrugado y medio calvo, no quiso dejarnos pasar. Como había hecho

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antes, yo estaba dispuesto a dar media vuelta y abandonarlo todo, flaco.
A pesar de seguirle la corriente a los obreros, me perseguía la sensación
de que me estaba metiendo en aguas demasiado hondas. Ya me daba la
vuelta cuando se oyeron las carcajadas cachacientas del ingeniero Zavala y
su gente. Parecían estar festejando su triunfo en un bar… En eso, como si
hubiese sido puyado por una cólera empozada, Jesús Sambrano no aguan-
tó más y me empujó hacia adentro. El resto de los obreros nos siguieron.
Lo que vino después fue algo surreal y vergonzoso para mí.
Ante Zavala y su gente no atiné a más que tratar de desempeñar mi
designado papel.
—Estamos aquí, señores —empecé como un iluso—, para pedir
consideración a nuestro pliego de reclamos. Queremos compartir justa-
mente de los frutos de nuestro trabajo...
Fue como si alguien hubiese apagado la música en una fiesta, flaco.
Me había plantado en el umbral y no sabía qué otra cosa hacer sino seguir
recitando el pliego de reclamos que de alguna manera había memorizado.
Pero, después de unos instantes, al ver que el tiempo pasaba inusitada-
mente lento, y notando mi ridiculez, dejé de hablar. Un silencio incómo-
do se posesionó del lugar, flaco; era como si nadie supiese si reír o llorar.
Yo por lo menos, ya no sabía qué más hacer. Imagínate… Para escapar
del momento me puse a escuchar las olas reventando contra las enormes
piedras negras que ahora protegían el malecón y que parecían llevar ritmo
con el chillido intermitente del ventilador en el techo raso del bar. Me fije
también en las únicas palmeras que todavía quedaban en Chimbote. Sus
deshilachadas hojas en la punta de tallos hirsutos parecían cabecear en
todas direcciones.
En ese estado anímico me di cuenta de que el mozo del bar se
escurría por la puerta lateral mientras que varios policías salían de sus
escondites tras el mostrador blandiendo cachiporras. Simultáneamente,
un murmullo seco de gente amarga crecía, subía por mi espalda, se
enroscaba en mi cabeza y me cegaba. Y antes de que pudiera reaccionar,
me encontré envuelto en un torbellino de movimientos bruscos, de
cuerpos que forcejaban, de gritos de dolor y de rabia. Volaron las sillas, los
vasos, los ceniceros… En eso, sabría Dios de quién, recibí un golpe en el

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plexo solar que me derrumbó. Y mientras me ahogaba por la falta de aire
y del dolor, recibí otros golpes en la espalda, en la cara y en las costillas...
Revolcándome en el suelo, preso de un pánico desconocido, yo quería
pedir perdón a alguien, flaco; quería rendirme. Así estaba, perdiéndome
en la mariconada, cuando sentí que alguien me jalaba de la falda de la
camisa. Era Armando.
—¡Corre, carajo! ¡Corre!
No sé cómo pero me paré y empecé a correr como un loco. Cuando
ya estábamos en la puerta del hotel se nos unió Jesús Sambrano, que tenía
la nariz sangrando. Bajamos las escaleras del hotel, cruzamos la avenida
Bolognesi, nos mezclamos con la gente que copaba las aceras de la avenida
Gálvez y llegamos a la sombra de las paredes despintadas de la antigua
estación de trenes.
«¡Conchasumadre!», maldecía Armando doblado, tomando
aire, «Nos sacaron la mierda. ¿Y ahora?». Arriba, las palomas seguían
entrando y saliendo por los huecos del techo destartalado. Al otro lado
de la Panamericana la gente en el Mercado Modelo seguía comprando sus
cosas, lustrándose los zapatos, comiendo anticuchos. La vida del puerto
parecía seguir su curso, flaco. ¿Qué hacer? Como te imaginarás, yo estaba
exhausto y desconsolado, al borde de una total desesperación, del llanto
quizás. Ya no quería saber nada más con organizar a nadie... Ahí fue
cuando escuché que Jesús Sambrano le decía a Armando que sería mejor
si nosotros dos nos fuéramos a la Esperanza.
—Es el único lugar seguro. Pregunten pu’el padre David, en l’iglesia
en forma de lancha. Nos van a buscar por todos lados.
¿De dónde sabía todo eso Jesús Sambrano? ¿Cómo era que él conocía
al padre David? No lo sé, flaco. Y lo más extraño es que no lo volví a ver
jamás. Después de esa huida infeliz, el hombre desapareció de Chimbote
como si lo hubiese tragado la tierra. Eso de que fue asesinado por Bolas
de Acero, puede ser. Sólo te digo que Jesús Sambrano desapareció
de Chimbote en 1965, mucho antes que Bolas de Acero regresara a
Chimbote... En todo caso, así fue como dejé los sindicatos y a la larga
llegué a conocer a Mario Solar, la Voz del Pueblo.

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1:00 P.M.

Edilberto Isaac escucha las notas de una canción que brota de un vehículo
que pasa lento por la avenida. Son notas que no ha escuchado en muchos
años. ¿Quién escucha valses ahora, con tanta cojudez que nos ha traído la
globalización? ¿Quién todavía se acuerda de aquellos tiempos inocentes?
El excapitán quisiera levantarse del escritorio, abrir la ventana de par en
par y vislumbrar al mensajero del pasado. Pero siente su cuerpo demasiado
agarrotado… Antes de que pueda volver por completo a la tarea de destilar
verdades, una estampa de su niñez aflora en su conciencia: don Félix está
abrazado a su cajón, ladea la cabeza para oír mejor sus ritmos interiores y
canta con voz ronca y ventosa:

Si pasas por la vera del huerto de mi amada,


al expandir tu vista hacia el fondo verás
un florestal que pone tonos primaverales
en la quietud amable que los arbustos dan.

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Capítulo tres

Después de la confrontación con los cachacos conchadesusmadres, todo


el mundo tomó su propio camino, dijo el comandante Rojas. Benjamín
trató de quedarse por Santa Clara, pero ya no pudo. Había pasado mu-
chas cosas, con su familia más que todo. Creo que estaba resentido con
doña Roberta, pero no sé por qué… ¿Qué más?... Ah, sí, fuimos a algunas
reuniones sindicales. Esto sería unos días antes que él se fuera del valle.
En esos años él era todo un burgués, no conocía el Perú profundo. Feliz-
mente, se dio cuenta de que tenía que buscar otra cosa; me dicen que ha
cambiado. Ojalá.
Susana también desapareció. Unos meses después de la masacre,
poco antes que yo mismo me fuera del valle, Leila me dijo que tal vez
su mamá había abandonado a don Gervasio por maricón, y que se había
regresado para Arequipa con todas sus chivas. Pero no; no había sido así.
Doña Ana María había conseguido un puesto de secretaria en un banco
de Lima y desde allí seguía mandando a sus hijos a la escuela. Roberto, el
menor, es ahora aviador. Conchasumadre, cómo es la vida. Quizás llegue-
mos a terminar con él lo que empezamos con su padre... Aunque supe de
eso sólo mucho después, cuando me metí con los cojudos trotskistas de
San Marcos. La cosa es que Susana desapareció del valle...
Un día encontraron al cura Bernardo bailando de una de las venta-
nas del Castillo. Los policías dijeron que se había ahorcado por pura locu-
ra. ¿Cómo era posible? Todo Santa Clara sabía que había sido asesinado
por los cachacos de Bolas de Acero, que en ese entonces ya era el perro
rabioso del general Cirilo. La cosa es que la iglesia de Santa Clara se quedó
sin cura por mucho tiempo, hasta que llegó un español que decían era del
Opus Dei. Pero eso también pasó mucho después.
Todo Santa Clara cambió después de la masacre. La gente se enlu-
tó por mucho tiempo, carajo. El peso de la muerte injusta se sentía por
todos lados. Los familiares de los que fueron asesinados lloraban cuando
se veían por los caminos sin decirse nada y el polvo rojo parecía sangre
coagulada con el sol de la tarde. Ese malestar y ese color duraron años…
Cuando regresé al valle buscando a mis viejos, como a los dos años, las
ladrilleras ya habían parado de comer tierra por todos lados. Ahora solo
había hueco por aquí y hueco por allá. Chesumadre. Los chinos que sem-
braban verduras, amigos y parientes de don Li, se habían ido porque las
plantas ya no podían ni respirar. Las torcazas también habían desapare-
cido. Solo la entrada a La Granja Azul Restaurant and Country Club
parecía una culebra negra y gorda. Por allí llegaban los gringos a jodernos
la vida… Muchos años más tarde, poco antes que me zambullera en esta
gesta, en 1967, fui al valle por última vez: se estaba convirtiendo en una
barriada de color gris amarillento.
La lluvia había disminuido. Se escuchaba gente yendo y viniendo por
el centro del campamento. Sus voces se mezclaban con el chillido de los gua-
camayos y la estática de la radio de onda corta. El comandante Rojas la-
deaba la cabeza de rato en rato, escuchando el esporádico intercambio de
mensajes en clave. Sería como la una de la tarde.
Yo también cambié, claro. Continué labrando ladrillos, pero ahora
con el fin de poder organizar a la gente. Era chibolo, carajo. Me metí a
sembrar sindicatos, fíjese usted. Puta que los cachacos me odiaban, carajo.
Siempre me estaban amenazando con sacarme la mierda. Pero yo ahí, dale
que dale. Organicé por Terán mismo, por San Marcos, por La Estrella,
por Mancate, con los apristas. Era su héroe, carajo. Compañero Octa por
aquí, compañero Octa por allá. Me llevaban a la Casa del Pueblo para
enseñarme cómo organizar, qué preguntas hacer, qué no decir, cuándo
desaparecer… Una vez me llevaron a la casa del líder máximo por Vitarte.
Una cojudez. Los búfalos en los nidos de las cuatro esquinas, con ame-
tralladoras, con dinamita, con fierros, cadenas. Puta madre. Parecía un

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hotel, adentro. Mujeres del norte preparaban cabrito, bailaban marinera.
El cojudo allí, todo narigón, con una panzaza que le pesaba. Me le habría
escapado, porque dicen que le gustaban los muchachos… Pero, para qué,
los apristas me enseñaron algo. Venía gente de la Gonzales Prada, de la
Cantuta, de Villareal a darnos clases de historia, de política... A mí nunca
me había gustado el estudio, pero aprendí, leí. Andaba con mi librito por
todos lados. González Prada. Mariátegui. Valcárcel. Nada de Marx o Le-
nin todavía. Aprendía. Ni gilas tenía. Serio. Estudioso. Me paseé medio
mundo en mítines. ¿Vamos compañero? ¡Vamos!
Se escucharon pasos cercanos. Alguien se aproximaba desde el centro
del campamento. Cuando los pasos ya estaban frente a nuestra carpa, otro
llamó desde lejos. El caminante se detuvo. Un momento después, los pasos se
perdieron de regreso en el monótono sonido de la lluvia fina.
Hasta que me chaparon, dijo el comandante Rojas. Me echaron la
culpa por un robo en la granja de los Rivas, y al Frontón. Puta madre, para
qué te cuento. Me pasé el tiempo haciendo avioncitos de alambre, carajo,
aguilitas de cacho. A veces me metían en las loberas como castigo porque
a mí nunca me amilanaron esos huevones. Dos años. Pero, para qué, los
compañeros me visitaban. Me protegían también porque adentro todo es
coima, chaveta y culeo. A uno lo pueden volver maricón, compadre. Me
protegieron. ¡Disciplina compañero! El asunto se está apelando. ¿Ape-
lando? Ni mierda. Querían que yo no saliera para no llamar la atención.
¿Entiende? Para que pudieran seguir organizando. Yo me di cuenta, cla-
ro, pero en esos días todavía pensaba que cualquier sacrificio valía la pena.
El partido heroico, compadre. Los cholos morían por sus ideales. Dos
años. Pero pasaron…
Todo pasa en la vida.

Sí, lo llegamos a conocer, dice don Juan Chong, pero no creo que él se
haya interesado en conocernos a nosotros. En esos años nosotros andá-
bamos de manifestación en manifestación, de huelga en huelga y, por lo
tanto, de cárcel en cárcel. Éramos la muestra preferida de lo que le pasaría
a todo sindicalista que no se acoplara a las organizaciones de los apristas

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o de los milicos. Nos lo presentó don Jesús Sambrano, quien por esos días
estaba trabajando con los teólogos de la liberación: unos curas que se me-
tieron de radicales sin quitarse las sotanas. Buena gente, don Jesús.
El muchacho no parecía tener mucho vuelo, amigo. Parecía estar
metido en algo que no entendía ni quería entender. Por eso, por mi par-
te, nunca dejé de pensar que era un tonto útil. No me hubiese fiado de
él. Claro que antes que se perdiera por las pampas de Comas y Canto
Grande, por Lima, Jesús Sambrano me dijo que Benjamín tenía arran-
ques de organizador, que la cosa era apoyarlo para que los desarrollase,
pero nosotros ya teníamos más que suficiente como para encargarnos de
párvulos... Juan lo conoció también, ¿no, Juan?... Aunque creo que con
Juan sí que ni habló... Tenía un acentito medio cojudo, delicado. Por eso,
cuando salió que había sido de Miraflores, de una familia amarrada con
gente de la Marina, no me sorprendió nada... Era lo que más me irritaba
de él para serle franco, ese acentito cojudo de superioridad, de limpieza,
digo. Pero desde que Bolas de Acero casi lo mata, se me ha suavizado en la
memoria. Ahora dicen que está haciendo lo que muchos pregonan, pero
no llegan a vivir. El caso de Benjamín será un ejemplo de cómo el calor
revolucionario cambia a la gente.

El recuerdo de la casona de Miraflores —la araña de cristal sobre la mesa,


los pasamanos de caoba al segundo piso, las cortinas de satín en las ventanas
de Clotilde, los libros forrados en la biblioteca, todo eso— me arrastraba
hacia el dormitorio de mamá. La imaginaba sola y triste con su largo vestido
rosado, con sus pequeños zapatos negros, con sus dedos entrelazados, con
sus ojos negros fijos en el retrato de papá que ella mantenía sobre la mesa
de noche. ¿Y él?, pensaba, ¿habría regresado, vendría a Chimbote si supiese
que yo andaba prófugo? Porque yo no regresaría a Miraflores, así él me lo
pidiese. Y Roberta, si leyese mi nombre en los periódicos, ¿lloraría peinán-
dose a medianoche, hablándose suavemente, mirando por las ventanas, sin
comer, sin dormir, como cuando papá nos abandonó?... Abrí los ojos para
espantar esos malos recuerdos y me encontré tendido en un catre viejo y
largo, en un cuarto con poca luz y de techo bajo.

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—¿Cómo te sientes? —me preguntó Armando, que ya no parecía
muy preocupado—. Ni trates de levantarte, cojudo. El doctor ha dicho
que necesitas descanso. Algo que tiene que ver con los pulmones. El padre
David sabe, es de Massachusetts. Dice que tal vez podamos quedarnos
aquí. ¿Quién es don Félix, ah?
Había varias cajas de madera apiladas en una esquina y protegidas
con un mantón de lona. Una bombilla de luz débil oscilaba en el techo
liso definiendo apenas unas escaleras de cemento que desaparecían en un
fondo de sombras. Afuera había muchachos jugando. Pasaba gente.

Cuando salí del Frontón, quería seguir con los compañeros, dijo el
comandante Rojas, por mi madre. Quería meter la mano a la candela,
probarme, pero no llegó a ser así. Un día, creo que fue por el 65, me
mandaron al Parque Universitario a pegar afiches. Teníamos cuadrillas y
todo. Ahí estaba yo, con mi brocha y mi balde de chuño. Sí, señor. Todo
pituquito para pasar como estudiante. Peinadito.
Estaba esperando por la esquina norte por donde salían los colec-
tivos a Chimbote, cuando de la nada, no, no, más que eso, compadre,
como de lo imposible mismo, ¿quién viene caminando por la fuente esa
que ni agua tenía? ¡Susana! Por mi madre, era ella, se me acercaba. Su
pelo seguía castañito, sus ojos seguían tan claros como el cielo, sus dedos
seguían largos y delicados…, pero sí, había cambiado. ¡Cómo había creci-
do! Ahora andaba como si tuviese una cita importante: la cabeza en alto,
los pasos con ritmo y estirados. Llevaba blue jeans, blusa blanca, mochi-
la. Puta madre, cada vez que me acuerdo de ella me da como una rabia
contra el mundo entero, carajo. Por Dios..., no me reconoció. Se pasó de
largo. Pero yo sí. ¿Cómo no la iba a reconocer? ¿Cómo no la iba a sentir
en mis propios mondongos? A pesar de eso, no le dije nada, me acobardé.
A veces uno hace cojudeces... Después, regresé al Parque Universitario
casi todos los días, buscándola, dándome valor para poder hablarle si la
encontraba, pero ella ya no vino. Ahí sí que me odié a mí mismo por no
haberle hablado. Ni podía dormir con la idea de que ya no la vería más.
Me tiré así, jalándome los pelos, como un año, carajo. Pero, gracias a Dios,
sí llegó el día. El 27 de julio de 1966.

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El ambiente parecía haber esclarecido. La temperatura había subido
perceptiblemente y el chillar de los guacamayos y otros pájaros extraños pro-
ducía una cacofonía misteriosa. Parecía que había una paz que subyacía
la lluvia y sostenía a ese mundo verde. El comandante Rojas se acercó a la
ventanilla delantera y trató de mirar para ambos lados sin sacar la cabeza.
Encontró que todo estaba conforme.
Como usted sabe, el gobierno de turno hace su propaganda en julio:
que las fiestas patrias, que las fuerzas del pueblo, que el recuerdo de los
héroes, esas cojudeces. Nosotros estábamos buscando la manera de hacer
recordar al pueblo que esas fuerzas siempre han estado al servicio de los
intereses extranjeros, que el verdadero Veintiocho vendría con la victoria
del partido del pueblo. Habíamos hecho planes para pintar las paredes de
San Marcos con nuestra estrellita. También íbamos a pintar por la avenida
Tacna, allí por donde quedaba el Ministerio de Educación. Yo era uno de
los cabecillas. Ya no tenía brocha, sino voz de mando, carajo. Cojudeces...
Cuando oscureció nos reunimos en los sótanos de la Universidad de San
Marcos, por un cuartito de herramientas que había en una esquina. Tra-
zamos el plan de acción. Cinco por acá y cinco por allá. Vamos, vamos. Y
salieron los pintores. Si los corretean, vénganse por acá; nos escapamos
juntos por la sala de actas. Bueno, chau, chau. Y me quedé solito a coor-
dinar la cojudez. Leyendo, leyendo, la oreja buscando las sirenas, leyendo.
En eso, ¡vi a Susana que bajaba por las escaleras! ¿A dónde iba? La
universidad estaba cerrada. Conchasumadre, ¿qué hace por aquí?... Qui-
zás por el empuje del deber más que por mi deseo de verla, le hablé: «Per-
dóneme, señorita», le dije, «¿Tiene usted permiso?». Susana se quedó
mirándome, sorprendida. Me buscaba los ojos en esa luz de mala muerte
que brotaba de un foco alto y sucio. Parecía que estaba a punto de echarse
a correr. Entonces sí, de tripas a corazones, me aventé:
—Eres Susana, ¿no?
Ella no supo qué decir o qué hacer. Quiso retroceder más bien. Pero
no la dejé. Soy Octa, le dije, como un huevón y agregue:
—¿Te acuerdas de mí? ¿De La Granja Azul? ¿De Benjamín?
Así compadre, lo puse al cojudo Benjamín como escudo y tarjeta de
presentación. Fue algo que no dejé de hacer por varios años más, algo

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que siempre me ha dado vergüenza. Felizmente que ya he dejado de ser
así… Susana cambió de cara y se me acercó. «¿Qué haces aquí?» me dijo.
«Leyendo», le respondí. «¿Y tú?», agregué. Dijo que venía a recoger un
encargo del profesor Chávez, en la sala de partes… Yo sabía que era por
otra cosa, claro, pero no me importó. Los pseudocomunistas no se metían
por ahí todavía y los cachacos estaban ocupados haciendo sus redadas, así
que dejé mi puesto. Putamadre, imagínese. Felizmente no pasó nada. Los
pintores cumplieron con su tarea y los cachacos salieron a su desfile como
si las huevas nomás. Pero yo gané.
Esa noche Susana y yo nos tomamos nuestro primer chocolate con
leche calientito por la plaza San Martín. Ahí fue cuando me contó lo que
había pasado con su vida desde que se fue de Santa Clara. Ahí empezó
este tramo de mi vida que todavía no termina, que solo puede terminar
con la victoria o con la muerte.

Juan no puede mantenerse despierto por más que trate, dice don Juan
Chong. Es algo que le quedó de los meses que se pasó en solitario en las
loberas del Frontón. Lo malograron, carajo, pero él sigue siendo un hombre
de lucha, así como usted lo ve. Era como un león de mar enjaulado en esa
oscuridad, carajo. Éramos, porque a mí tampoco se me va la huevada esa
de ya no saber cuándo dormir. Felizmente que los viejos necesitamos de
muy poco sueño. Uno hace lo que puede. ¿Dónde va a publicar la entre-
vista, dice?... La verdad es que ya no leo mucho. Se me ha ido la vista. A los
ochenta y cuatro, uno ya no puede esperar otra cosa. Además, todo cambia:
Las revistas que antes eran de izquierda ahora son de derecha, la gente que
antes organizaba ahora anda metida de policía. La poca luz que me dan
estos ojos la guardo para ayudar a la gente… Todavía vienen, aunque en los
últimos días ya menos y menos. Pero aquí estamos, carajo, porque mientras
el capitalismo siga en pie, las quejas del pueblo nunca van a parar.
El despacho quedaba en la avenida Pardo, en una casa de madera de
un solo piso pintada de verde oscuro. Era una de las pocas casas que no ha-
bían sido destruidas por el terremoto del 70. El cuarto era amplio, oscuro y
húmedo. Detrás de la ancha mesa donde estaba sentado don Juan Chong

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había una puerta que parecía conducir a habitaciones interiores, pero ahora
estaba sellada… Don Juan Chong era un hombre enjuto y bajo de estatura.
Usaba boina beige y una bufanda de lana gris que le cubría completamente
el cuello; esto a pesar de que ya era setiembre y el sol de primavera había
empezado a sofocar el puerto. Hablaba con dificultad por la vejez y por el
asma… Había un eco extraño en ese despacho casi vacío; como si el difícil
respirar de los Juanes copara todos los espacios. Nos envolvía un olor como
de aserrín.
En esos años —estamos hablando de antes del terremoto del 70—
todo era menos burocrático, menos profesional, digamos. Por ejemplo,
estaba el Loco Moncada, el crítico popular más conocido de esos años.
¿Quién lo controlaba o lo manejaba? Nadie. El loco salía con sus cachiva-
ches a pregonar verdades por las esquinas del puerto. Una vez salió como
mujer preñada y le grito su vida a Canchero, en defensa de los pobres
pescadores que todavía ni siquiera tenían seguro social. ¿Quién se hubie-
se atrevido a decir eso? Pocos. A veces Moncada se vestía de Cristo y se
paseaba frente a las iglesias para gritarles sapos y culebras a los curas...
Hablando de curas, esos también fueron los tiempos de Ramiro, un cura
como ningún otro, amigo. Todo el mundo sabía que era la punta del
CIA. Andaba por las barriadas con su motocicleta a toda hora, hacía tra-
tos con toda clase de gente y se comía a las muchachas más bonitas de las
barriadas. Nadie nunca lo vio en una iglesia; o por lo menos no haciendo
misa, digo... La gente veía las andadas de Moncada y Ramiro como parte
de la vida nomás. Así era el puerto en esos días, lleno de cosas inusuales.
Ramiro andaba metido con La Casa del Niño, por ejemplo; era un
club de teatro que ponía espectáculos con el fin de recolectar fondos para
un campamento de verano para niños pobres que habían hecho allá por
Tancay. Ese club era un hervidero de gente extraña. Ahí estaba don Car-
los Vega, por ejemplo, un español de las canarias que tenía su mujer y
como ocho hijos por El Trapecio. Fumaba como murciélago. Se pasaba
días y noches arreglando cosas en el teatro y alentando a los actores que
venían y desaparecían con cada función. Allí también estaba Conig, el
Chileno, porque yo sé que ese muchacho llegó como director de teatro.
Pasó tiempo en eso antes de convertirse en el Tío Willy y andar por todos

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lados con su poncho marrón… Lo matarían como se dijo, carajo. Quizás
Bolas de Acero lo hizo desaparecer. Eso fue en el 68, cuando vino eso de
la Convención… Estaba la Rita también, una buena y bella profesora de
Villa María que murió, junto con don Carlos, en un extraño accidente
automovilístico después de la Convención. Hasta ahora, la gente sigue
pensando que hubo gato encerrado en ese accidente porque, después de
lo que ocurrió en la Convención, ella pregonaba a los cuatro vientos que
sus niños nunca olvidarían al Tío Willy… Y estaba Ofelia, claro, la actriz
más celebrada del puerto quien, poco antes de la Convención, andaba
por los barrios con velos de gasa para cubrirse del polvo. Ella terminó por
Barranco… Bueno, pues, la cosa es que Benjamín estaba metido con esa
clase de gente. ¡No, Juan!

El padre David era un hombre robusto, pecoso y pelirrojo, dice Benja-


mín. Daba la impresión de ser muy formal porque siempre se vestía de
negro y llevaba cuello romano. Pero yo nunca lo vi así, flaco, para mí, la
difusa luz de sus ojos, que se proyectaba a través de sus pequeños lentes
con montura de metal, le daba un aire de gigante dócil. No festejaba chis-
tes, pero se alegraba por las menores ocurrencias de la vida. En todo caso,
fue él quien me dijo que el doctor Chavarri había recetado descanso, que
la policía me seguía buscando y que las vendas tenían que seguir ajustadas.
—¿Un rebelde, eh?
Hablaba con deliberación, redondeando sus palabras, como si predi-
cara. Se inclinó ceremonioso para decirme que no sabía si podría quedar-
me en ese sótano, que, muy a pesar suyo, otros tendrían la última palabra.
Cuando terminó de ponerme al tanto de mi situación, me dio una palma-
da suave en el hombro y se perdió por las escaleras.
Cuando el padre David abrió la puerta que daba a la nave de la igle-
sia, una luz azuleja lo anegó todo y se escuchó el murmullo de gente re-
zando. Hacía mucho que yo había estado en una iglesia, flaco. Ese día,
escuchando el rezo de los fieles, me di cuenta de que no había superado las
sensaciones dulces y amargas que me producía la reverencia. Esto a pesar
de los frecuentes reniegos de papá contra toda forma oficial de religión....

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Adormecido por las pastillas para el dolor, recordé los santos de yeso de
la iglesia de Nuestra Señora de Fátima, en Miraflores: miraban al infini-
to mientras un cura en túnica blanca rezaba largo sobre un cáliz dorado
cubierto con una faja blanca y las buenas señoras llevaban la cuenta de pe-
cados y bendiciones con sus rosarios. Recordé a mamá: su aliento cuando
me arreglaba la corbata para ir a misa, sus pasos cortos y pesados en esas
escaleras de piedras frías, sus ojos tristes fijos en algún punto más allá del
altar, mis ruegos por su felicidad. Recordé el sonido rítmico de las olas,
las palomas arrullando y revoloteando en los aleros de la iglesia, mi libro
blanco de bautizo —con tiritas doradas y estampas de santos— guardado
bajo mi almohada para que papá no lo viera, Clotilde inclinándose sobre
sus propias escarapelas y estampas dándole besitos...
Me quedé dormido casi todo el día.
Un centinela se asomó a la carpa y Benjamín le hizo señas para que
entrara. Tuve suerte: el hombre había traído una cacerola de comida con
dos platos y dos cucharas de plástico. Nos dejó un mantel de cocina también.
Desperté escuchando la voz de Adamo que entraba al sótano mez-
clada con el olor a pescado cocido. La noche guarda en su rencor… En
eso, vi que el padre David y una monja bajaban por las escaleras. «Esta
es la hermana Dorotea», dijo el padre David cuando llegaron a mi lado.
«El padre Ramiro viene en seguida. Las cosas no van bien. Ustedes están
acusados de terrorismo. La huelga continúa, pero no creo que dure. Han
llevado a muchos a la cárcel», añadió la hermana Dorotea.
La monja tenía un típico acento gringo. Sus ojos, azules como el mar,
transmitían mucha preocupación y piedad; su cuello, que se delineaba
debajo de su hábito blanco, parecía sumamente delgado y totalmente
inadecuado para soportar el enorme crucifijo de madera que le colgaba
hasta la cintura en una cuerda negra... Yo estaba completamente absorto
ante su presencia, cuando la puerta del sótano se abrió de par en par y el
padre Ramiro apareció por las escaleras de cemento.
—Así que ustedes son los terrucos, ¿eh?—, dijo el cura, mientras ba-
jaba trotando y sonriendo—. ¡No me digan!
Su moño saltón, sus pasos circulares, lo arabesco de sus manos, lo
distinguían de todos los curas que yo jamás había visto, flaco. No era alto;

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al contrario, se podría decir que era un hombre más bien pequeño, pero
su moño agresivo, sus patillas largas, los tacos altos de sus botas negras le
daban un aire de gigante.
—¡Sé de ti, chico! No te preocupes. Los hombres de Bolas de Acero
están buscando a un hombre bien macho. ¡No tienen ni la menol idea!
Mientras tanto, la hermana Dorotea te puede enseñal inglés y, si se ani-
ma, el padre David puede poner estas imprentas en uso. ¿No? ¡Hay un
montón por hacel!
El padre Ramiro hablaba rapidísimo, reemplazaba erres por eles de
cuando en cuando y tenía la manía de terminar sus discursillos con las
manos juntas a un lado. Me impresionó mucho.
—¡Por qué no! Además, te dieron un patadón en pleno pecho,
¡coño! Para eso se tiene vello aquí. Para aguantal los golpes como puro
macho, chico. ¿Qué tú dices?... Vamos a vel que se puede hacer. Digan lo
que digan, la policía no está llena de orangutanes. Y Bolas de Acero ni se
asoma por aquí. Además, es un amigo mío, chico.
El padre Ramiro disminuyó la voz al nombrar al que se creía un fa-
moso adalid y, a pesar de mi sopor, noté que se le nubló la mirada. Esa
fue la primera vez que sentí que algo feo había entre ellos, flaco, pero no
llegué a saber qué sino hasta unos años más tarde, cuando ambos se jun-
taron para hacerme la vida imposible. Viéndolo bien, quizás hayan sido
esos dos desgraciados la razón por la cual estoy aquí… En todo caso, ese
día el padre Ramiro se recuperó:
—Hermana Dorotea —cantó para ella—. Usted está como mango.
Debemos de cenal juntos uno de estos días.
Acto seguido, el padre Ramiro tomó a la hermana Dorotea de los
hombros, la trajo hacia sí, le plantó un besó largo y sonoro en la mejilla
derecha y se fue trotando por las escaleras. Nos dejó mudos.
Así fue que en las semanas que vinieron, volví a los estudios, flaco. Au-
menté mi conocimiento del inglés —que había sufrido desde mi fuga del
Santa Rosa— como en los días lejanos de mi niñez en manos de Roberta:
memoricé nuevas palabras escribiéndolas en tarjetas de papel rosado, esta
vez regalos de la hermana Dorotea. Mientras tanto, la vida del puerto siguió
su rutina y el Club Obrero se disolvió en la memoria de la gente.

| 227 |
Susana juraba que su papá no había tenido nada que ver con la muerte de
don Quijote, dice el comandante Rojas. Me dijo que su viejo era dema-
siado miedoso como para hacer algo así. Pero no sabía quiénes habrían
sido los verdaderos culpables. Como le decía, ella insistía que tampoco
había sido el gringo Hawkins. Para mí que con todas sus experiencias y
convicciones, Susana nunca dejó de ser una idealista que confiaba en sus
intuiciones. Pero yo la respetaba por eso, claro.
Cuando la encontré, cuando tomamos nuestro primer chocolate
con leche calientito, me di cuenta de que Susana había estado llena de
cólera. Por Dios. Tenía cólera por la muerte de don Quijote por supues-
to, pero creo que tenía más cólera todavía por la cobardía de su padre,
que se había metido por los sótanos de su casa abandonándolos cuando
llegó el tiroteo. Fue su mamá, me dijo con los ojos perdidos, quien cerró
las puertas, recogió la escopeta que guardaban en la cocina y se puso a
vigilar. Cuando pasó la confrontación y el teniente Araujo fue a curarse
las heridas en su cocina, doña Ana María le vendó el brazo y le dijo que
se fuera de una vez, que ella era suficiente mujer para proteger a sus hijos.
Mujeraza, oiga usted. Y cuando el teniente Araujo se fue a recibir instruc-
ciones de sus dueños, doña Ana María abrió la puerta de los sótanos y
encontró al viejo Gervasio Mele tiritando de miedo. Lo sentó en la mesa,
le dio su trago de pisco, le miró bien la cara —como para grabársela en la
mente para el resto de sus días— y lo mandó a su cama. Al día siguiente
doña Ana María empaquetó sus cosas, alistó a sus hijos y se fue de Santa
Clara para siempre.
El comandante Rojas calló para escuchar mejor unos pasos que venían
y se alistó para dejar entrar a alguien. Era una mujer joven de pelo negro y
corto. Llevaba botas de campaña, pantalones de vaquero y una cartuchera
con pistola en la cintura. La guerrillera lo saludó y le dijo que nos estaban
esperando para el almuerzo; que habían decidido esperar hasta las dos antes
de venir a avisarnos. «Para darle a usted tiempo con el camarada Manuel
Zárate, mi comandante». El comandante Rojas le sonrió y le dijo que si-
guiesen no más. Nosotros ya iríamos después. Que nos guardasen algo. La

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mujer lo pensó un momento y ofreció traer algo siquiera. El comandante
Rojas le dijo que no era necesario, que siguieran con sus instrucciones.
Susana me contó que llegaron a la casa de una de las antiguas ami-
gas de doña Ana María, también de Arequipa; una señora que vivía con
cuatro perros calatos por la avenida Petit Thouars. Se quedaron ahí por
casi un año, imagínese usted. Y desde ahí, después de mucho pensar y
rebuscar, doña Ana María consiguió un puesto en el Banco de Crédito
como secretaria personal del gerente. Así pudo alquilar una casita por
Surquillo. Y lo bueno era que durante todo ese tiempo doña Ana María
seguía mandando a sus hijos a los mejores colegios de Lima. Por eso Car-
los llegó a Las Palmas y Susana pasó por el Inmaculado Corazón y tomó
camino a la Católica. «Me encontré con los pitucos de todo Lima», me
dijo sonriendo, jugando con su taza.
—Niñitos bien, preocupados por las playas, por el color de su piel y
sus músculos de Charles Atlas. Hombrecillos de cartón buscando pare-
cerse a Elvis Presley, a Fabian, a Bobby Darin. Y las pituquitas, para qué
te cuento, Octavio: con sus medias blancas, soñando ser como Annette
Funicello, pensando en quién andaba con quién, sacándose el pelo de la
cara de abajo para arriba con ese gestito de gatitas en calor… Había pocos
hombres y mujeres de verdad, Octavio, pero sí había. Nos juntábamos a
leer a Marx, a Sartre, a Mariátegui, pero queríamos más…, entonces nos
dimos cuenta de que la única manera de cambiar el Perú era metiéndose
en él. Había que ir al pueblo. Y para nosotros, pituquitos y niños bien, el
pueblo era San Marcos… Estudio en la Católica, pero me paso los días en
San Marcos, por eso me encontraste. Soy una impostora, Octavio. Ahora
sí, me puedes delatar a tus amigotes los apristas.
¿Cómo mierda la iba a delatar? Al contrario, quería saber más de
ella: qué leía, qué comía, a quién quería. ¿Se sentiría segura conmigo? Lo
cierto es que se sinceró y me dijo que pertenecía a un grupo trotskista...
Los trotskistas de esos años eran unos cojudos que hablaban mucho de
la revolución y se pasaban el tiempo discutiendo por sí solos. Por ella,
oiga usted, por ella me metí con esos cojudos. A mí me importaba un
pepino de lo que hablaban. Solo quería estar con ella, por Dios. Con el
tiempo, claro, era inevitable que algo me entrara en el coco: sí, camarada,

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hay que hacer la revolución permanente. Ante las circunstancias, los
logros revolucionarios deben ser vistos como algo transitorio, deben ser
constantemente examinados, juzgados por los fueros del pueblo; nunca
puede haber una sustitución para la crítica desde el punto de vista de los
factores económicos e ideológicos en el contexto histórico... Cojudeces
así. Me puse a hablar bonito también. Fue en buena parte para sentirme
cerca de Susana, claro, pero en parte también porque me estaba tragando
el cuento. Me amariconé un poco, carajo.

Todo ese mundo lo estimaba, oiga, dice don Juan Chong. Eran sus amigos
bacanes. Lo llevaban por aquí y por allá; las mujeres más que todo. Anda-
ba en el carro de la Rita, un muymuy plomito, por todos lados. Yo creo
que hasta se iban juntos de vacaciones a Chile… Solo después de que salió
eso de que era un pituquito de Miraflores me dejó de sorprender el hecho
de que Benjamín diera clases de inglés. ¿No sabía eso usted? Lo hacía en el
Instituto Americano, que en esos días quedaba por José Gálvez. También
daba clases particulares. Por eso siempre tenía dinero. Después de que lo
traicionó —diciéndole a Bolas de Acero que Benjamín estaba en el tercer
piso del San Remo—, Armando le decía a todo el mundo que era raro
que Benjamín tuviese dinero sin trabajar, que quizás había estado metido
con la KGB. No fue cierto, oiga. Benjamín nunca perteneció a ningún
partido y mucho menos a la KGB.
Don Juan Terrones se levantó de su asiento sin decir nada, dio varios
pasos inciertos hacia la puerta y se paró en el umbral. Miró para ambos
lados de la avenida y se desperezó sobándose la cintura con ambas manos.
¿Cuántos años tendría el pobre? Don Juan Terrones regresó a su silla chata
y se dejó caer lentamente, agarrándose de la mesa con sus dedos nudosos.
Don Juan Chong, que lo había seguido con la mirada todo ese tiempo, siguió
con su historia.
En esos años, todo en Chimbote era hecho por ‘amateurs’, como se
decía entonces. Hasta Mario Solar fue un amateur. La Voz del Pueblo
nunca había estudiado periodismo ni cosa por el estilo. Había conse-
guido el puesto por conexiones nomás. Su familia era o de San Isidro o

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de Miraflores, no sé, pero sí sé que en esos años el destino del Perú se
anudaba y se desanudaba por las casonas de esa gente; esos eran los cen-
tros capitalistas y culturales del Perú. Como nadie sabía nada de nadie
en Chimbote, Mario Solar se dio aires de periodista titulado y ejemplar.
Y no solamente él, todos los periodistas eran así nomás. Hasta Benjamín
y su Hachón. Unas hojas engrapadas y se acabó. Amateurs. Para mí que
fue por eso que nos llegó lo de la Convención. Fue por eso que Bolas de
Acero regresó a Chimbote a jodernos la vida. Nosotros no hubiésemos
sido tan tontos como para provocar tal represión.

Mi reverencia hacia los libros tiene algo que ver con la biblioteca de papá,
dice Benjamín. Cuando él no estaba, antes de que nos abandonara, lleva-
ba sus libros a la mesa de lectura, ponía la cara entre las páginas y gozaba
del hálito que me hacía recordar a brisa de mar... Papá tenía bajo llave un
libro pequeño y marrón con tiras de cuero, que trascendía a cementerio,
¿no te acuerdas?... Una vez, cuando papá ya se había ido a la Argentina, lo
llevé a Santa Clara para mostrárselo a Octa. Él me dijo después que había
sido de mal agüero; que había anunciado la destrucción del valle. ¿Cómo?
Pregúntaselo cuando lo veas de nuevo. En esos días Octa era bien supers-
ticioso... Papá tenía otros libros bajo llave. Me tentaban mucho, pero nun-
ca me atreví a tocarlos, ni aun después de que se fue. Prefería atribuirles
poderes oscuros, flaco. Prefería pensar que contenían la historia completa
de su vida. Una vez, recordándolo en la biblioteca, mamá me dijo con aire
de secreto que todos esos libros habían venido desde el otro lado del mar,
de una tierra sin nombre. Tuvieron que pasar muchos años para que yo
llegara a vislumbrar algo de los secretos que guardaban.
¿Qué pasó con ese libro marrón? ¿Se perdió por ese mundo verde y
mojado? ¿Cómo fue que Roberta consiguió que le entregaran el reloj y
el libro azul de Benjamín, con sus cartas y recortes de periódicos? ¿Era
ese el mismo libro que vi por primera vez cuando hablé con mi hermano
por última vez? Él nunca me lo mostró. ¿Qué más se había llevado de
lo que dejó papá? Ya no recuerdo qué más tenía Benjamín en esa tarde
de lluvia.

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Siempre me dije que no me interesaban esas cosas. Pero ahora con-
fieso que me hacen falta. ¿Quién se interesará por lo que estoy dejando:
por este reloj y este viejo informe, estas gastadas grabaciones, estos libros
encadenados que contienen mis pesquisas y mis recuerdos? Tal vez todo se
derrumbará y desaparecerá así como se está derrumbando mi cuerpo y el
barrio en que nací.
Quizá fue por todo eso que me quedé tanto tiempo en el sótano
de la iglesia, casi tres meses. La hermana Dorotea parecía feliz siendo
mi maestra. Se sentaba frente a mí en una silla de mimbre con los pies
tan juntos que, añadiendo sus gruesas medias níveas, parecía una sirena
blanca. Usaba velo y unos anteojos de lectura atados a una tira azul
que colgaba de su cuello ya muy abrumado por el enorme crucifijo de
madera, que en esas ocasiones reposaba en su falda. Leíamos toda clase
de libros: tratados de economía, novelas de aventuras, poesía román-
tica. Fueron días buenos en mi vida, flaco... Claro que debería haber
abandonado el sótano mucho antes. Después de todo, mis heridas sa-
naron en pocas semanas y llegó la noticia de que los hombres de Bolas
de Acero se habían marchado... En el puerto corría el chisme de que
el comandante Duarte estaba atareado con el asunto de su mujer, que
se había ahorcado. Se decía que la habían encontrado meciéndose en
el precipicio de La Herradura, sin zapatos y vestida de novia... A mí
nunca me importaron mucho esas cosas, flaco, pero te concedo que a
veces los chismes anidan verdades. Sería bueno que te las ingenies para
hablar con él, aunque me dicen que se niega a toda entrevista con el fin
de aumentar el mito que lo rodea. ¿Es cierto eso? ¿No lo conoces?
Sí, lo conocía, pero no se lo dije a Benjamín. Había hablado con el
comandante Duarte poco antes que el Almirante me ofreciera la opor-
tunidad de escribir mi informe; antes que me pusiera a andar por casi
todo el Perú siguiéndole los pasos a mi hermano. Antes de todo. Ahora
ni me acuerdo qué fue lo que me dijo. Me diría cosas banales, mientras
almorzábamos en el Club de la Unión, mirando la Plaza de Armas, que
se llenaba de gente de la sierra, desplazados, con sus chullos y sus mantas.
Después, bueno, después ya no me fue posible. No hubiese querido darle la
mano más que todo.

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Volviendo a mi odisea, te confieso que tenía miedo de salir de mi
refugio, flaco. Esa iglesia se había convertido en mi capullo. Con decirte
que en los últimos días subía por las escaleras de cemento, abría la puer-
ta que daba a la nave y me ponía a meditar sintiendo el silencio fresco,
calmante, de los altares... Ahora, ¿por qué fue que el padre David me
protegió por tanto tiempo? No lo sé. Se lo tendrías que preguntar a él.
Aunque no sé por dónde andará… En todo caso, el refugio se terminó
el día que el padre David vino con la noticia de que Mario Solar estaba
buscando un asistente. Aparentemente a la Voz del Pueblo se le había
metido la locura de llegar a ser alcalde del puerto y necesitaba alguien
quien le ayudara con el radio-periódico de mediodía. El padre David me
había conseguido una entrevista.
Yo sabía de Mario Solar precisamente porque él tenía un programa
de noticias y comentarios en la radio desde donde defendía a los más in-
defensos del puerto: prostitutas, vendedores ambulantes, homosexuales
de la calle, locos, obreros en huelga, invasores de desierto. La gente lo res-
petaba porque sabía hablar de todo: economía, historia, política. Parecía
que era un catedrático de primera. Además, acepté la oferta del padre
David con muchas ganas porque para entonces el mundo de papá, el de
los libros, se me había metido debajo de la piel... Tal como lo escuchas,
flaco, yo también quería escribir libros. Y si tenía que empezar por algún
sitio, con Mario Solar era la cosa, ¿no?

Comíamos chifa, dijo el comandante Rojas. Le gustaba tomar Cinza-


no con limón. Quién mierda le habría enseñado el gusto. Nos paseába-
mos por la plaza San Martín, después de las reuniones del grupo. Raro,
¿no? Pasearnos en medio de la cuidad cuando la policía estaba bus-
cando huellas. Ella se paraba a mirar a los vendedores de afrodisíacos,
a los que leían la suerte, a los que traían sus monos, a los que jugaban
dados contra todo el mundo. Se paraba y los escuchaba ida, como si
estuviera en otro mundo… Nunca supe por qué se ponía así en la plaza
San Martín. Regresábamos cada vez que podíamos para escuchar las
mismas cojudeces, a oler las mismas aguas de guarapo con sapos, los

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mismos desafíos. Yo siempre saltón por los rateros, pero ella como si
nada: olía, escuchaba, sonreía con esa lucecita de niña inocente en los
ojos. Por Dios…
Puta, como llueve por estos lugares, ¿no? Esperar en estas condicio-
nes sí que es una cagada, pero hay que tener disciplina. La lucha va a ser
larga, compadre. La verdadera revolución se hace sin apuros.
Siempre habrá revolucionarios. Los revolucionarios de entonces, como
el comandante Rojas, pensaban cambiar el mundo y hacerlo bueno como en
sus sueños. No sé. Si yo fuese un revolucionario, tal vez sería como el coman-
dante Rojas.
«¿Sabes algo de Benjamín?», me preguntó una tarde, cuando es-
tábamos tomando nuestro chocolate con leche calientito en el Parque
Universitario. Así de repente… Fue algo raro, en realidad. Nos había-
mos encontrado, habíamos caminado por todas partes, habíamos to-
mado un montón de tazas de chocolate con leche, pero nunca había-
mos hablado de Benjamín. En todo ese andar, yo había pensado que no
quería hablar de él porque tenía miedo de actuar como un traidor. Por
Dios, porque, después de todo, ellos habían sido enamorados. Yo solo
los había seguido como perrito por todas partes… En Santa Clara yo
me convencía de que éramos tres amigos. Pero no, ¿cómo íbamos a ser?
Yo era un cholito sin educación, sin plata, ladrillero. Ellos, en cambio,
tenían tantas cosas en común. Una de esas cosas era mi amistad… Pero,
ahora, sentados en ese banquito de madera frente a la oficina de ómni-
bus Chinchaysuyo, me di cuenta de que la razón por la cual yo no había
hablado de Benjamín era porque tenía miedo de que me la quitara, de
que el cojudo apareciera a reclamar su sitio. Conchasumadre. Lo odié.
El amor es ciego, dicen.
«Eso es lo que en realidad lo empuja», escribí con desdén en mi
informe unas semanas después. La ideología revolucionaria es algo
secundario. Ese amor solapado es el granito de arena donde se ha
formado esa perla revolucionaria… Pero ahora, viéndolo todo desde este
escritorio, abrumado por estas voces grumosas y por los recuerdos, con
estas piernas que tiemblan por sí solas, no sé si tuve razón. Ya no siento
ningún desdén.

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«Se fue de Santa Clara», le dije. «Regresó a Miraflores». Y tomé
mi chocolate con leche, esperando que eso fuera suficiente, pero no; sus
ojos claros me dijeron que ella quería saber más. Así que no tuve más
remedio que seguir: «Felipe Quispe, el que trabajaba para su familia,
me dijo que se había ido de Miraflores también, pero que nadie sabía
a dónde. Se ha perdido por todos estos años. Felipe ahora dice que su
mamá está sonámbula, que don Félix está en el manicomio, que don
Edilberto no ha regresado... En realidad, no sé nada más de él, Susana.
Después de que se fue del valle yo ya no regresé a su casa. Dicen que
ahora está cerrada, que ya no tienen ni caballos. ¿Lo querías mucho?».
Tenía que sacarle provecho a la situación, carajo, ¿no? Tenía que saber,
aunque me retorciera los mondongos. A veces uno hace cojudeces, oiga
usted... Ella bajó la cabeza, limpió migas invisibles de su lado de la mesa,
pensó largo, indecisa, pero al fin no me dijo nada.
El comandante Rojas estaba sentado en su silla al fondo de la carpa,
afrontándome. No me atreví a mirarlo. Me daba una vergüenza rara; no
solo porque no quería ser testigo de su flaqueza sino porque sabía que el hom-
bre iba a morir abrazado a un amor imposible.
Lo seguía queriendo. Conchasumadre, lo seguía amando. A pesar de
que solo habían sido chibolos, carajo, a pesar de que ya ni se veían. Cómo
mierda es el mundo, ¿no? ¿Qué podía hacer yo? «Debe estar bien», le
dije con toda mi ternura posible. «Ya va a aparecer». Entonces, sí, ella
levantó sus ojos claros y me dio un flechazo:
—Sí, Octavio. Lo quise mucho. Mucho. Quisiera verlo otra vez. Al-
gún día, ¿no?...
Claro, qué mierda, algún día. Y no hablamos más de él por mucho
tiempo. ¿Cómo mierda fue eso, a ver dígame usted? ¿Cómo fue que ni
lo mencionamos todo ese tiempo que andamos juntos? Yo esperanzado,
buscándole los ojos, tratando de verlos desocupados de la imagen de
Benjamín. Nada, conchasumadre. Benjamín seguía ahí, fundido con el
pasado, con su tiempo feliz.
Llegaron a pasar muchas cosas antes que tuviéramos noticias de
Benjamín. Y no fueron un consuelo para ella.

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Informe oficial. P.331. Disquete # 5.
Trascripción de grabación: La Voz del Pueblo. Diciembre 1967.
(Fondo sonoro: fade out)
Estimados oyentes: Chimbote vive el espíritu de Navidad. Las
campanas repican por doquier: «Que haya paz en la tierra...» (fondo
sonoro: fading in and out.)
Lamentablemente, este regocijo parece ser reservado solo para
los afortunados, solo para los que tenemos la suerte de sabernos con
un hogar propio. Hay que decirlo en voz alta: no todos los peruanos
gozamos del mínimo derecho natural que es el cobijarse contra los
embates de los elementos. Muchos peruanos estamos al margen de
este indispensable derecho de vivir cristianamente.
Es más, estimados oyentes, todos sabemos que muchos de
nuestros desafortunados hermanos chimbotanos procuran para
sus hijos ese magro logro de techo y hogar colonizando los ásperos
arenales que circundan nuestro puerto. Es demasiado demostrable,
estimados oyentes, que estos nuestros hermanos, peruanos como cada
uno de nosotros, tienen el derecho de buscar ese bien para beneficio
de sus seres queridos.
Ante esta necesidad tan humana, nos llama la atención que
nuestra Marina de Guerra trate de impedir que estos buenos peruanos
consigan un mínimo de bienestar humanizando bajo el verdugo sol
de diciembre, el extenso desierto al sur de nuestro querido puerto.
Ante esta incomprensible posición, nos preguntamos: ¿Qué
le cuesta a nuestra gloriosa Marina de Guerra tomar posesión del
desierto diez, veinte o cien mil kilómetros más al sur? Como todos
sabemos, el desierto se extiende, señores, por cientos de kilómetros
más mientras que para los peruanos sin techo, sin hogar, unos
kilómetros cercanos bastarían.
Es por eso que, en estos días cuando el espíritu navideño es
palpable, decimos en voz alta: «Dejemos que los pobres humanicen
esa soledad, señores». Alentemos su trabajo. Digamos NO a las
imposiciones arbitrarias de demarcación. NO a las medidas de fuerza
contra el pueblo trabajador e indefenso de Villa María. NO contra la
soberbia del poderoso contra los débiles. SÍ a la justicia. SÍ a la caridad.

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SÍ a los loables sentimientos de hermandad. SÍ a las palabras de un
Dios justo. SÍ al espíritu de la Navidad... Paz en la tierra, estimados
oyentes. Y más que todo, paz en el desierto de Chimbote.
(Fondo sonoro: fade in.)

El callejón donde estaba la oficina de Mario Solar quedaba en el jirón


Ladislao Espinar, cerca del Mercado Modelo, tras una fila de puestos am-
bulantes, dijo Benjamín. Era un callejón angosto, de paredes carcomidas
por el remolinear del viento, con telarañas azulejas, y con el olor a pescado
hervido impregnado en los adobes. Un viento manso silbaba fino sobre
los techos, que yo adivinaba llenos de objetos descartados y cubiertos de
polvo con harina de pescado.
La oficina estaba cerrada, a pesar que ya eran casi las diez de la maña-
na. Toqué la puerta y esperé. Moscas azules y gordas revoloteaban en un
charco de agua y los sonidos y olores del Mercado Modelo iban y venían
con el viento manso. Empecé a sentirme algo incómodo —nunca me ha
gustado esperar, flaco, ni ahoramismo—. En eso, escuché pasos y voces
adentro. La puerta se abrió y apareció un hombre en bata azul. Era Mario
Solar, la Voz del Pueblo.
«Perdona la espera», me dijo, poniéndose a un lado para hacerme
pasar, ofreciéndome una mano blanda y una sonrisa amistosa. La oficina,
casi desnuda y no muy espaciosa, recordaba la ropa recién lavada. Cuando
entré del todo a la oficina, pude ver que un hombre salía de las sombras
con dirección a la puerta. Tenía una chompa sucia y demasiado grande,
sus cabellos rubios le caían por los hombros en rizos grasosos, el sonido
de sus pasos daba la impresión de que tenía los zapatos sin atar. «¿Nos
vemos el sábado, entonces?», le preguntó Solar como despedida. El rubio
no le contestó y se perdió en la luz del día.
«Es el Chileno», dijo Solar regresando del umbral, mirándome de
arriba abajo. «Es un actor. Mejor dicho, es director de teatro. Un genio.
¿Y tú?», dio un suspiro dramático y preguntó: «¿Quieres ser periodista,
no?»... La luz del sol matinal que entraba por el ancho tragaluz le alum-
braba la cara. Era cuarentón y estaba bien rasurado. Sus cabellos negros
y lacios estaban peinados hacia atrás, al estilo argentino. Tenía los labios

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carnosos y los ojos negrísimos. Se dejó caer dramáticamente en un sofá
rojo encendido, cruzó las piernas con deliberación y me invitó a sentarme
en una silla alta de cuero repujado. Desde allí me di cuenta de que el piso
de cemento estaba recién lavado. Una cortina floreada cubría una entra-
da al fondo del apartamento. A mi izquierda, una máquina Rémington
sobre una mesa llena de papeles daba la impresión de que había trabajo
por terminar.
Benjamín hablaba mirando para adentro, saboreando los detalles,
como si lo viera todo delante de él. Yo todavía seguía pensando si era verdad
lo que dicían de él; si había caído tan bajo mi hermano.
Sentí que Solar me estaba mirando con excesiva atención, flaco.
Cuando hablaba, se mojaba los labios, redondeaba sus palabras muy sen-
sualmente y esparcía sus intervenciones con gestos femeninos exagerados.
Te juro que hasta ese momento yo no tenía la menor idea de que él era
homosexual, flaco. Estoy seguro que de haberlo sabido no hubiese ido a
verlo. En esos días los patrones burgueses todavía gobernaban mis rela-
ciones humanas... «¿Te gustan las mujeres?», me preguntó sorpresiva-
mente y a boca de jarro. Asombrado, le dije que sí.
—A mí también. Aunque, para ser franco, las mujeres pueden ser
unas zorras. Yo creo que los hombres son mejores amantes. ¿Conoces a
mis vecinas, Ofelia, Sara y Nora? Son unas bandidas. Joroban a sus ami-
gos y les niegan el último placer, porque lo que nos importa en la vida es
llegar a ese momento, a ese abandono. Tú sabes. Yo sé que te interesan
las mujeres. Estás hecho para ellas. Las puedes hacer felices. Te envidio.
Solar terminó su discursillo en voz femenina y volteando la cara dra-
máticamente. En ese momento me di cuenta de que un calor y un silencio
raro se habían apoderado de la oficina, flaco. Era como si la luz del sol de
la mañana que entraba por la claraboya lo cubriera todo con un manto
denso y sofocante. Afuera, las moscas azules y gordas seguían revolotean-
do en su charco.
Yo siempre había pensado que la homosexualidad era una tara de
degenerados como Jaime Llosa, el marica de mi colegio del que te hablé
antes. Como te dije, el pobre andaba con carmín y moviendo la cola. Los
de quinto lo seguían como perros, pellizcándole el trasero, escupiéndole

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la cara. Daba lástima. Pero aquí la cosa era diferente, ya que Solar era un
hombre culto y la voz de los humildes. ¿Cómo era posible? Yo era tan
ingenuo, flaco...
—Los buenos radioperiodistas somos tal como los buenos escri-
tores, Benjamín: partimos de nuestras propias experiencias. Desde ahí
pregonamos sobre la justicia, sobre el amor, el odio. Primero, uno tiene
que vivir.
Yo no hubiese podido ir del sótano de la iglesia al cuarto detrás de la
cortina floreada, flaco. De eso estoy seguro. No sé si Solar había contado
con eso; no sé si tenía otros planes. La cosa es que, después de otras cla-
ras insinuaciones para seducirme, como si hubiese decidido abandonar
la contienda con un contrincante sin mérito, Solar se ajustó la bata azul,
se alisó el cabello, me ofreció el puesto de asistente y desapareció por la
cortina floreada. Me ofreció el puesto sin condiciones, flaco... Lo que dijo
después de que Bolas de Acero lo torturara fue pura invención. Lo haría
para salvarse.
Con los ojos idos y sobándose las manos, Benjamín parecía estar re-
cordando algo que todavía quería ocultar. ¿Estaría buscando razones para
comprender esa amistad que le costó tanto?
Después de meses de trabajar juntos, después de almuerzos, de se-
siones de trabajo, de coca-colas en el Chimú, de lecturas, naturalmente,
sin tratar otra vez de seducirme, Solar me invitó a su mundo, flaco. Así
llegué a ser testigo de sus momentos sinceros, de sus buenas intenciones,
de su mente agil, pero también, claro, de sus flaquezas, de su alma en tor-
mento. Cuando se embriagaba, me decía que se sabía mi verdadero ami-
go… ¿Podría nuestra amistad haber perdurado en el diario contacto, en
la proximidad de sus deseos o se hubiese perdido inevitablemente? No lo
sé, flaco. Quizás nunca comprendí esa amistad. Pero, eso sí, no se hubiese
convertido en algo prohibido. Solar me enseñó algo sobre el mundo, so-
bre el odio y la traición, pero no lo hizo por homosexual sino por sufrir y
soñar como tú y como yo.
Mario Solar fue uno de los personajes más importantes a quien no
llegué a entrevistar. Hubiese aclarado mucho sobre lo que pasó en Chim-
bote, estoy seguro. Seguí las pocas pistas que pude sacar de Ramiro y de

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Audón y fui a indagar por Miraflores. Nadie me dio información feha-
ciente. El mejor dato que tuve fue de alguien quien lo había conocido
durante sus años en la universidad. Me dijo que tal vez tendría todavía
su nido por La Parada. Me dio una dirección. Sólo encontré una puerta
desteñida con un garabato en el marco: Locas. Volví a diferentes horas.
Nunca encontré a nadie.

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Capítulo cuatro

Digan lo que digan, esos pobres ya nacen así, chic’, dice don Felipe Ra-
miro Arteaga. Cuánto habría sufrido Mario con el secreto... Los del cole-
gio sabían, claro, pero, no sé por qué, nunca le hicieron la vida imposible.
Por supuesto que me encontré con varios de ellos. No sé, me dijo un tal
Mauricio, que fue asesor del Gobierno hasta hace poco. Pueda que le
teníamos pena, pueda que el padre Yzaguirre, el director, no se casaba
con nadie, hasta llegamos a ser buenos amigos... En la universidad fue
lo mismo, o más fácil. Porque el hombre era bueno y estudió historia
con gente como Basadre; aunque no haya terminado la carrera… Claro
que Mario no andaba solo, chic’. Muchos se casan; tienen hijos. Ya tú
sabes. Él quiso hacer lo mismo. Cuando lo encontraron con los pantalo-
nes abajo, pocas semanas después de que yo lo conociera, en Miraflores
—en una fiesta donde también me encontré con Audón— él hasta quiso
casarse. Le habló a Rosita Delaney, su novia —tal como lo oyes, chic' su
novia; en esos años Mario todavía podía separar sus dos vidas—, pero
Rosita no quiso saber nada. ¿Qué iban a decir las amigas? ¿Sus padres?
Lo habían fotografiado y todo.
Felipe Ramiro Arteaga, conocido en Chimbote como el padre Ramiro,
estaba sentado en un sofá negro de cuero contra una pared alta y lisa de color
rosado. Desde ahí podía admirar el pequeño lago donde nadaban varias pa-
rejas de cisnes y patos. El viento del atardecer soplaba bajo, haciendo platear
la superficie de las aguas cristalinas. Yo me había acomodado en un sillón de
gamuza y me entretenía con una botella de agua Perrier. Estaba pensando;
no me esperaba que Felipe Ramiro Arteaga fuese tan servicial, tan amiga-
ble, casi chocho con sus atenciones. Por cierto, tenía una apariencia diferente
a la de las fotos que yo había visto antes de viajar a Naples para entrevistar-
lo. Esto habrá sido a fines de 1985. Sus finos anteojos y su acento caribeño le
daban un aire de intelectual en exilio. Pero yo bien sabía que Miami no era
un exilio para él. Todo lo contrario. Don Felipe estaba en su sitio; donde,
según él mismo, siempre había querido terminar sus últimos días.
Nunca supe por qué le hicieron eso. Alguien quería verlo destruido.
Audón, el famoso Pata de Hacha, pensaba que quizás fue por culpa de él
porque a veces ellos se juntaban los sábados, y como amigos, a conversar
de política. Como Audón estaba pasando por malos tiempos, Mario lo
aconsejaba. Había una relación muy humana entre ellos... En todo caso,
cuando Rosita le dijo a todo el mundo que ella siempre había sospechado
que Mario era homosexual porque él nunca había sido lo suficientemente
amoroso como para que llegaran a la intimidad, Mario no tuvo más re-
medio que enfrentarse con su madre. Perdón, no tanto enfrentarse, sino
acudir a ella, ya que Mario le tenía mucho miedo, chic'. Y con razón.
Lo llamé desde Lima con el cuento de que quería saber algunos por-
menores de la vida de Benjamín, lo que le había en Chimbote, por ejemplo,
porque el comando quería poner punto final a ese periodo en la agitada his-
toria del puerto. Para los archivos, más que todo, don Felipe, le dije, usted
sabe. Su respuesta me sorprendió: «No sé si lo podré ayudar, mi estimado.
Hace ya tanto tiempo que pasaron esas cosas. Pero uno se aburre en la vejez.
Hagamos un trato. Yo le digo lo que sé y usted me acompaña dos días ente-
ros. Yo le cuento todo en el primer día y en el segundo nos paseamos por la
playa. ¿Cómo fue que me ubicó? Caramba, la gente de la Marina siempre
fue la mejor».
Doña Collette Martineau de Solar era una mujer excéntrica, dice
don Felipe. Era de familia argelina, aunque se pasaba por francesa. Sus
abuelos habían hecho fortuna comprando y vendiendo alfombras per-
sas en el siglo pasado. Como muchos aspirantes a la nueva clase alta del
Perú de esos días, llegaron a Lima buscando clase, posición y un poco
de historia para enterrar el pasado. Y sí, lo consiguieron, chic’. Cuando
yo la conocí, su padre ya había muerto y ella ya tenía aire de aristócrata.

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Proclamaba a todos los vientos que don Jean-Paul Martineau había per-
tenecido a una alta familia francesa de Nancy, que había venido con su
familia al Perú de paseo y que se había encantado tanto con el país que
se había quedado. Como seña de ese retazo de historia, Collette andaba
siempre vestida de safarista y con un látigo de cuero argentino, aun du-
rante la cena.
Collette mandaba en todo. Don José Antonio Solar Prado, el espo-
so, no le llegaba ni a los sobacos a su mujer, chic’. Era un hombrecillo tar-
tamudo. Cómo habría sido que se casarían. Quizás porque él era pariente
lejano de esa antigua familia peruana y Collette quería consolidar su po-
sición social. Pero en fin, de ahí salió Mario... Una vez, cuando ya estába-
mos en Chimbote, Mario y yo hablamos sobre su madre. Me contó que
la señora se paseaba desnuda por su casa, con el látigo en la mano, dando
órdenes, que muchas veces Mario fue testigo de disputas perversas entre
sus padres y que en esas riñas Collette humillaba a su marido remedándo-
lo y enseñándole el trasero. El hombrecillo terminó por desentenderse de
todo; por eso Mario le tenía mucho miedo a la vieja, chic'.
Collette Martineau lo botó. Le dijo que nunca más pusiera los pies
en esa casa, a menos que estuviese dispuesto a ponerse completamente a
su cargo, que ella le sacaría eso de maricón a puro rezo y azote. Para el col-
mo, le quitó lo poco que tenía: su ropa, su propina, su carro, hasta el trato
de los sirvientes. Mario se quedó completamente solo y misio, como se
dice en el Perú... Me dijo que anduvo por todo Miraflores pensando qué
hacer. Él sabía que los antiguos amigos no lo recibirían porque se regían
por la regla tácita de su clase: frente a la desgracia, oídos que no escuchan
y ojos que no ven. ¿Qué iba a hacer? ¿A dónde ir? Por eso es que se fue a
Vitarte, chic', a vivir con Audón. Imagínate. Dos desahuciados viviendo
en una sola casa, apoyados por la madre de Audón, que ya no podía ni ver.
Le dije a don Felipe que había encontrado su dirección entre los pa-
peles de Benjamín, que era una dirección antigua, pero que me había ser-
vido para comenzar. Después de todo, claro, no pertenecía al servicio de
inteligencia por las puras. Esa franqueza a medias me ayudó. Don Felipe
me confirmó la dirección de su casa antes de colgar: 202 Flamingo Drive,
Naples, Florida.

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Así fue que Mario y Audón vivieron juntos por varios meses. Audón
ponía todo con lo poco que ganaba en su trabajo de contador en una de esas
ladrilleras. Hasta que Mario encontró una salida. Un amigo de colegio que
trabajaba para Canchero le consiguió trabajo en Chimbote como locutor y
periodista de radio. «Que no se enteren que eres maricón», me dijo Mario
que Audón le había aconsejado. «En las provincias vas a tener cachos. Más
que todo, tienes que pararte fuerte. Trabaja con diligencia. Yo tengo que
seguir con mi trilogía. Si algo bueno está pasando por Chimbote, avísame»,
agregó. Mario me dijo que Audón escribía religiosamente todas las tardes,
de cuatro a siete. Según él, Audón estaba por terminar un sesudo estudio
sobre los partidos políticos del Perú, con especial enfoque en las discrepan-
cias del Apra y el socialismo. Como Mario había estudiado historia y tam-
bien era sesudo, cuando venía la noche se ponían a comentar esas páginas
fumando Nacionales, escuchando la radio.
Yo creo que aún cuando lo tenía todo en Chimbote, Mario extraña-
ba esos días. No es que haya habido nada sexual entre ellos, chic’. Nunca
hubo más que ese apego a una alma hermana. ¿Entiendes? En mis años de
andar por el mundo he aprendido que hay maneras de amar, de apegarse
a otra persona, que van más allá de los apetitos.

2:00 P.M.

Edilberto Isaac levanta la cabeza con esfuerzo y vuelve a retirar la laptop


hacia el centro del escritorio. Cierra los ojos y deja que sus pensamientos
se entrecrucen al azar: ¿Cómo hace la gente para justificar los pasos de
toda una vida? La mayoría no tendrá ni el tiempo ni la inclinación; será
su más codiciada recompensa por interminables sufrimientos. Pero los
otros, ¿cómo se justifican? La comodidad es algo, pero no mucho. Llega
el tiempo cuando ni los dolores del cuerpo suman a mucho. Uno se acos-
tumbra al dolor. Llega el tiempo cuando el martirio nos llega por los re-
cuerdos y por los remordimientos... «¡No estoy buscando absolución!»,
protesta en voz alta, temblando, con lágrimas en sus ojos hinchados...
Y agrega quedamente: «Pero quisiera que me sosegara esta desazón...

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Tengo que seguir destilando», se atiza. «Desmenuzando. Para ya no ver
a mis hijos con ojos culpables; para acostarme al lado de Stephanie Marie
como cuando recién nos habíamos conocido. Eso es todo. Por Dios». Sus
lágrimas vuelven a la biblioteca un aposento de cristal… «¿Y Felipe Ra-
miro Arteaga?,» se pregunta. El pasado le pesaba. Los remordimientos lo
mataban. Su lago cristalino, su casa de vidrio y metal, su televisor gigante,
todo eso, no le valían de nada. Por eso dijo lo que dijo; por eso se confesó.
«Supe usar su soledad y sus remordimientos», se acusa el excapitán. «Le
mentí como a todos. He sido un despiadado».

***

—Si sigues con esta cantaleta te va a ir mal, Mario.


—¿A ti qué te importa? He vivido en esta porquería por diez años. Si
las cosas salen mal, me largo. Tengo la oportunidad de...
—¿De qué? ¿De hacer plata? ¿De llegar a senador? Nadie te va a
tomar en serio, Mario. Tendrás que regresar a Lima con el rabo entre
las piernas.
Solar aguantó el golpe en silencio, dice Benjamín. Se arregló el cabe-
llo, exagerando sus gestos femeninos, mientras el padre Ramiro, erecto en
la silla de cuero, diminuto en su camisa negra de satín, se guardó una son-
risa. El sol de la tarde lánguida seguía lanzando olas de calor y los sonidos
del Mercado Modelo se escuchaban lejanos. La cortina floreada se mecía
ante mí. Solar descruzó y volvió a cruzar las piernas, cubriéndolas muy
deliberadamente con su bata azul. Agarró las solapas con ambas manos.
«¡Quiero salir al verdadero mundo!», chilló simulando enfado. «No me
lo van a impedir, conchasumadre. Les voy a enseñar a ser hombres». El
padre Ramiro soltó la sonrisa. Miró la hora en su reloj. «Ramirito», con-
tinuó Solar cambiando de tono, inclinándose mimoso, «déjame que te
haga feliz. Siempre he querido hacerte feliz. Desde que te vi bailar. Anda,
no seas malo». El padre Ramiro fingió amonestarlo: «Mario, sabes que
hay cosas que no puedo hacer. ¿Te has olvidado? Aunque quisiera, no lo
haría contigo, un viejo verde, engatusador de muchachos. ¿Qué les das?

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¿Dinero? ¿Ilusiones? Tienes suerte que la policía no sabe». Con eso, el
padre Ramiro se levantó de la silla echando una mirada a su alrededor.
Detuvo la mirada por un instante en la imagen de una mujer de vestido
rojo que colgaba cerca de la puerta, hizo una mueca de suspiro y se dis-
puso a salir.
—Espero que las cosas no empeoren, Mario. No me digas después
que no te previne.
—¡Reza por mí! ¡Tengo tanto miedo! ¡Tanto de qué arrepentirme!
¡Tanta tristeza! ¡Ramirito, reza por mí! ¡Dime que me amas! Como fiel,
claro, como hermano, por infeliz.
Los gestos de Solar se volvieron cómicos. Dejó que su bata se abriera
mientras el padre Ramiro reposaba la mano en la manija de la puerta.
Caminó hacia el sacerdote alisándose el cabello. El padre Ramiro sonrió.
«Cuidado, Mario», le dijo, fingiendo horror. «¡Me estás tentando!»,
agregó. Abrió la puerta y desapareció por el callejón.
Solar se quedó parado ante la puerta abierta un momento. Tenía los
puños duros y la cara encendida. Cerró la puerta, se acomodó la bata y
cruzó la cortina floreada. «Hijo de puta», dijo como para que yo lo oye-
ra. «Conchasumadre. Venir a joderme; a darme miedo. Voy a cagarme en
todos. Ya le pedí a Audón que venga. Qué cura ni qué mierda, es solo un
can de los yanquis». Un difuso y gualdo rayo de luz entraba al dormitorio
por la claraboya iluminando los ángeles de Rafael pintados en la cabecera
de la cama ancha. Los vecinos tocaban música. La voz de una soprano
llegaba y se iba con una brisa mansa. Desde el otro lado de ese rayo de luz,
yo recordaba Las Baquianas de Villalobos, unas de las piezas preferidas
de Roberta. Solar se dejó caer en el borde de la cama, tomó un trago de la
botella de escocés que tenía en una mesita auxiliar, bajó la cabeza, y cerró
su bata a la altura del pecho con ambas manos.
—¿Quién es él para decirme que me vaya? Soy tan hombre como
cualquiera de esos conchasdesusmadres. Lo he soportado todo. He tra-
bajado aquí, comiendo polvo, pisando mierda, sobándome las legañas.
¿Quién es él? No me voy. No me voy. Que me maten primero. Además,
ya es demasiado tarde, Benjamín. Ya le he pedido a Audón que venga...
Te tengo a ti, al Chileno, a Ofelia. ¿No? Vamos a seguir adelante. ¿No?

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Sus lágrimas mojaban el piso de ocre y el maquillaje le dejaba sur-
cos en la cara, mientras el calor parecía cada vez más fuerte en el cuarto.
Los sonidos repentinos de la gente remolineando en el Mercado Modelo
se mezclaban con la voz de la soprano… Yo no tenía estómago para eso,
flaco. Me venían náuseas. Y me aterraba el pensar que mi hilo blanco es-
taba a punto de empezar a desenrollarse… Para salvarme, me paré sobre
la cama y abrí la claraboya completamente. Un viento suave soplaba a ras
del techo y el aire, ahí, parecía increíblemente limpio. Desde esa altura
vi la espalda de Solar: curva, grasosa, amarillenta. Los pelos cortos de su
nuca eran gruesos, canosos. Un hilo de baba le colgaba del labio inferior…
Mirándolo así, sofocado con ese calor, vi en Solar a un ser completamente
derrotado, flaco. Me hizo recordar todo lo malo de Jaime Llosa... La so-
prano dejó de cantar, y, como una perversa coda, mi hilo blanco empezó a
desenrollarse. Me sentí perdiéndome para afuera, flaco, como si los rayos
del sol fuesen lazos luminosos que me jalaban hacia la nada. Preso de una
desesperación ciega, ya casi no podía ni respirar… En eso, escuché la voz
de Ofelia al otro lado de la pared.
—Oye Mario, Benjamín. ¿Les gustó Las Baquianas? Nora acaba de
terminar una torta de la patada. ¡Nora! ¡Nora! Trae tu torta. Vamos a ver
a la Loca.

Del informe oficial. P 339. Disquete # 7.


Grabación de enero 1, 1967. «Mario Solar y Benjamín. Despacho».
—... Por lo demás, no creo que haya ningún problema en virar
la cosa hacia la cuestión ecológica ya cuando el movimiento esté
caminando. Pero empezar por allí, ni locos. La gente no ve más allá
de su trabajo por ahora porque es para eso que se han venido. Hay que
empezar por la educación, mejor, que funciona con los de la sierra más
que todo. A esos hay que meterles la cuña de la esperanza. Ya después
vemos. Educación y tierra; eso es lo primero.
—¿Y los impuestos? Los aranceles...
—Eso que venga después, como lo ecológico. A la gente no le
interesa mucho las cosas que no les incumben directamente. Por lo
menos al principio. La tierra es otra cosa porque todos quieren su
pedazo. Hay que apoyarlos en su marcha al sur, carajo. La Marina se

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va a resentir, pero ¿qué los van a sacar de allí? Además, no hay nada
por esos arenales. Villa María ya no alcanza. La Marina ya se jodió.
—Se van a amargar y nos pueden…
—No tanto. Han acaparado esos arenales solo por si acaso.
Cuando Chimbote crezca hacia el sur, ellos tendrán suficientes
arenales más allá. Además, por ahora no tienen plata ni para cercar.
El Perú está jodido con este cojudo de Belaúnde.
—Ahora, los maestros, don Mario. ¿No es un poco riesgoso
trabajar con ellos ya que están infiltrados o de rojos o de apristas?
A lo mejor se vuelven una excusa para que Bolas de Acero regrese a
Chimbote, ¿no cree?
—Bolas de Acero tiene otros a quienes joder...

No le habían mentido, chic’, dice Felipe Ramiro Arteaga. Todo estaba


por hacerse en Chimbote. Había plata, sí, pero nada más. Cuando yo
llegué, por lo menos ya había dos estaciones de radio, colegios, iglesias,
bancos y hasta una oficina postal. Cuando llegó Mario, aparentemente
no había nada, excepto la Casa Rosada, el prostíbulo ese que entonces
quedaba céntrico, frente adonde se llegó a construir la urbanización El
Trapecio. Como el puerto era un entrevero donde nadie conocía a nadie,
Mario se adaptó como un pez en el agua. Le dieron un sitio en la mis-
ma estación para que duerma y un sueldo por lo bajo para que no pasara
hambre... Así empezó, poco a poco, hasta que se hizo conocido y se ganó
el respeto de la gente. Aunque te parezca mentira, Mario asistió al inicio
de casi todos los sindicatos, de todas las asociaciones de padres de fami-
lia, de todas las iglesias y colegios. Para ocultarse más todavía, se metía a
la Casa Rosada a pretender. Después, andaba con Ofelia del brazo; para
disimular más públicamente, digamos. Lo venían a buscar para padrino
de bodas, para aperturas de negocios, para que los defendiera con esa voz
gruesa y sonora que inspiraba confianza, que hacía temblar a los ricos...
Lo que nadie sabía era que Canchero le pagaba, chico.
Don Felipe Ramiro Arteaga se sacó los anteojos y se secó una lágrima
del ojo izquierdo con el pulgar derecho. Me dijo que la resolana de las tardes
lo hacía lagrimear. Recuerdo que sentí algo de pena por él. Era gordito y
llevaba el poco cabello que le quedaba desaliñado. Tenía la barba de dos
días, a pesar de que me había estado esperando.

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Claro que no le iba mal. Tenía posición, dinero, auto, amantes. Pero
él quería más, chico. Él quería buscar revancha contra los que le habían
dado la espalda. Se le había metido en la cabeza que él podría dejar a Can-
chero cuando él quisiera y que los de Miraflores lo iban a recibir como
a un torero en agosto. Estaba soñando, chico. Pensaba que la política es
cosa fácil, que no había más que convencer al pueblo de que uno merecía
ser alcalde. ¿Y con quién se mete? Con Benjamín, otro resentido como
él, con los gringos del Cuerpo de Paz, con los supuestos independientes
del Sindicato de Pescadores, con los trabajadores de Construcción Civil.
Bebés en cosas del mundo, coño. Por eso tuvo que llamar a Audón.
Sí, le doy eso, Mario estaba logrando algo. Estaba logrando que la
gente se acostumbrara a demandar un poco de razón y de justicia. Por
eso fue que Chimbote se iluminó en el mapa político de esos días, chic’.
El general Cirilo no podía dormir con el miedo de que Chimbote se vol-
viera rojo. Pero, más que todo, Solar se jodió porque ya no le convenía a
Canchero. ¡Qué beneficios médicos ni la pura teta! ¿Quién iba a pagar
todo eso? ¡Qué seguro social ni qué cuentos, si él les había enseñado a na-
dar! Solar se metió demasiado hondo, chic’… Lo aguantaron un tiempo.
«Déjenlo que chivatee», decían; «no pasa de ser un maricón resentido».
Hasta que llamó al desterrado de Vitarte, quien se creía un futuro líder
de masas. Todo el mundo sabía que Audón sí era cosa seria. Sabían que
si alguien podía causar mayores dolores de cabeza era ese lisiado, ese cura
frustrado, ese arlequín pendejo.
Por eso fue que me quedé en Chimbote, chic'. Ya estaba listo para
regresar a Miami. Extrañaba el olor, el sabor de mi gente, de mi Cuba
trasplantada a las fauces de la Bestia. «Sé que voy a morir fuera de ella»,
me decía, «pero que por lo menos que sea escuchando boleros en Mia-
mi». Quería regresar a trabajar en radio Martí para contribuir a liberar
al mundo de locos… Pero yo estaba loco también, chico. Estaba tan ciego
como todo rebelde con causa... Me quedé en Chimbote y me ajusté a todo
y a todos. Odio el desierto, chic'. La arena y el polvo se te meten por todo
orificio. El viento y el sol te azotan. Pero tuve que seguir pretendiendo
que todo me quedaba como mambo. Me metía por todos los lados. Hablé
con Audón, con Mario, con Benjamín, con Ofelia, con Canchero. Pasé

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por burdeles, sótanos, buques, cárceles, coño. Me volví un vivaracho, un
hombre de vida libre, un cura exótico, esperando regresar a mi isla...
¿Seguro que no quieres un Cuba Libre?
Don Felipe desapareció con dirección a la cocina y me pude fijar mejor
en su sala de estar: ventanas de vidrio ahumado frente al lago, mesa de café
hecha de metal y vidrio, parquet de madera de colores mezclados, fotos de
gente en diferentes partes del mundo y, en un lugar central, en la pared alta
y rosada, una foto de la bahía de Chimbote, en blanco y negro, de antes de
los sesenta, cuando la playa era amplia y limpia y el Hotel Chimú estaba
bordeado de palmeras.
Mario no tenía la menor idea de en qué estaba metido, chic’. Pensa-
ba que la cólera con razón es suficiente para ganarse el título de hombre
bueno. Así que dejó el sueldo de Canchero, apagó sus deseos sexuales y
se dedicó a sacudir los tapetes de la gente. Pensaba que sus noches en el
Chimú, sus enlaces con el Chileno, sus rondas por Lima los fines de se-
mana, que todo eso iba a ser cubierto por su buena voluntad y su deseo
de retornar triunfador. Estaba muy equivocado, chic’. Cuando se volvió
una amenaza, sus buenas o malas intenciones importaron un comino…
El general Cirilo tenía miedo de que los comunistas o los apristas se apro-
vecharan de él. Nada personal, coño. ¿Qué le importaba al general que
Mario fuera maricón? Era la patria. ¿Entiendes? Así pensaba el mismo
Bolas de Acero, que se creía héroe dispuesto a pasar a mártir. En la estre-
cha mente del comandante Duarte el mundo necesitaba de gente como
él. Necesitaba de gente que no titubeara en la defensa de la civilización…
Pero no voy a criticarlo yo, chic’. ¿Acaso no estaba haciendo lo mismo?
Ahora me doy cuenta de que Bolas de Acero era más gente que los resen-
tidos esos que usaban a inocentes en pos de ideales irrealizables, coño. Por
lo menos Bolas de Acero era sincero...

Ofelia y sus hermanas visitaban a Mario Solar a menudo, dice Benjamín.


Venían trayéndole dulces, frutas, periódicos, quejas, chismes. Venían a
pellizcarle las mejillas, el trasero: «¡Estás loca, Mario! ¡Loca!». Venían a
confesar que querían encontrar hombres que las dominaran, que les hi-
cieran el amor día y noche hasta que sus cuerpos se disolvieran en el polvo

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de Chimbote. Venían a soñar con casarse en la Plaza de Armas, con ma-
riachis, vestidas de tul y velos azules, todo importado de Francia. Venían
a decir que les hubiese gustado que su padre se hubiese muerto antes que
su madre porque el santón había prohibido demasiado.
—Ni siquiera llegamos a ser lesbianas. ¡Qué lástima! ¡Con estas
curvas! Mírame. Mira mis pezones, Benjamín. Mira aquí, el ojo de la
papa. ¿Eres maricón o sólo le sacas plata? ¡Estás contaminado, Benjamín!
¡Contaminado!
Ofelia era la mayor. Hablaba deliberadamente. Se paseaba ante el
espejo de Solar, modelando, acariciándose los cabellos cortos, los senos
abundantes. Usaba calzones con tiras añadidas y anudadas en la cintura.
Decía que era como precaución. Nora, la menor, era pequeña y gorda. Ve-
nía con tortas extravagantes, a medio terminar. Se iba directo a la cama de
Solar, a sentarse como una Buda, admirando el cuerpo de Ofelia. Sara era
la más callada. Usaba vestidos largos y transparentes, calzones altos con
florcillas rosadas, una peluca roja y lunares negros. Le gustaba recordar
que había sido la enamorada de un torero.
Ahora Ofelia estaba sentada frente a Mario Solar en la única silla
del dormitorio, al lado de la mesita auxiliar repleta de botellas de escocés,
una recién vacía. Tenía los codos sobre sus muslos, las manos juntas y la
mirada severa:
—Solo a una loca se le mete la idea de ser alcalde de Chimbote,
Mario. Deja que otros se peleen. Ya has hecho suficiente. Todas esas idas
a las cárceles, todas esas peticiones a favor de tantos. Deja que las cosas
anden por su cuenta y descansa. Benjamín te puede ayudar con el pro-
grama de la radio. No vale insistir cuando lo que uno quiere va contra el
buen sentido, contra el destino mismo. ¿Qué crees? ¿Qué no he pensado
en casarme? ¿En tener hijos? Pero sé que hay cosas que uno no puede
tener, que hay cosas a las que es mejor renunciar, dejar fuera del deseo,
de la vida. ¡Tonto! Mírate. Llorando como un bebé… Y esto es solo el
comienzo. Te van a azotar en público, Mario. Te van a apedrear por las
calles. Te van a botar del puerto. Estos son unos salvajes. Canchero y sus
matones quieren que te vayas. ¿No entiendes eso?... Hasta tus amigos
del Chimú te van a tirar piedras, porque te tienen miedo, Mario, porque

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tienen miedo a que, ganes o pierdas, señales con tu vida sus propias vidas.
¿No entiendes? ¿Tú crees que darían un pito por ti? Y nosotras, ¿crees
que te vamos a saludar cuando estés en la desgracia? ¡Ni lo pienses! No
somos idiotas. Ahoramismo ya hablan a nuestras espaldas. Tú no nos
conoces, Marito. No conoces a nadie… Deja las cosas como están. El
Chileno siempre regresa...
El mundo fuera del cuarto de la cortina floreada había dejado de
existir, dice Benjamín. El viento suave que traía el aire puro a ras del tra-
galuz había dejado de soplar. El Mercado Modelo parecía un lugar muy
lejano. Un silencio pesado y seco empezó a saturar el ambiente. Me sen-
tía desorientado, flaco. Respiraba hondo. Me refregaba las manos, pero
nada de eso me ayudaba… En eso, Ofelia se enderezó, me miró con mucha
compasión y pareció sonreír con amargura. Yo ya estaba a punto de me-
sarme los pelos y llorar como un niño, flaco, cuando la vi volverse otra. Se
volvió una mujer sumamente dulce y sensual.
—¿Modelo, Mario? —dijo obsequiosa—. Mírame, Mario. Mira
cómo se mueve una mujer. Aprende. Oooh. Despacito. Despacito. Sube
y baja. Así. Acariciándote los senos con los dedos muertos. Oooh, Mario.
Quieres ver dónde ha puesto Sara su lunar hoy día? ¿Quieres?
Habíamos terminado el almuerzo. El olor a sudado de pescado per-
sistía en la carpa. Me acuerdo que Benjamín no se sentía muy cómodo en
esos momentos. ¿Por qué me confió todo eso, entonces? ¿Era porque quería
aclarar las cosas y contrarrestar la fama que se ganó después de la masacre
de Chimbote, después de que, a pesar del arreglo que había hecho Roberta,
el comandante Duarte no pudo contener su ira y lo atacó con calumnias
mediante la Voz del Pueblo?
Solar se recostó contra la pared, hundido en sí mismo. Nora se puso
a contemplar su propia figura en el espejo. Había venido con los ruleros
puestos y así parecía más gorda que nunca. Afuera, alguien estaba to-
cando un bolero de Bienvenido Granda. Su voz suave y sedosa semejaba
un murmullo de playas distantes, mientras que un zumbido de moscar-
dón de algodonal parecía crecer desde el silencio. Yo sentía que mi hilo
blanco se desenrollaba, lenta pero inexorablemente, con cada uno de mis
resuellos, flaco.

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Justo en eso, como una inesperada y quizás inmerecida bendición,
Sara se levantó de su lugar al pie de la cama y vino a pararse frente a
mí. Me tomó prisionero en su mirada y se me acercó suave, solícita,
moviendo sus dedos por la forma de su cara, de su cuerpo, al ritmo
del bolero. Cuando estuvo tan cerca que yo podía inhalar el vaho de
su aliento, Sara empezó a sacarse la ropa, mostrando una paciencia
infinita para descubrir sus hombros delicados, su espalda cubiertas
de finísimos vellos de oro, sus senos erectos, llenos, rosados. Sara se
mojaba los labios con la punta de una lengua fina y se entregaba a mí
mientras la voz de Bienvenido Granda iba y venía en la vaharada seca
del mediodía.
—Tengo un regalo para ti, Benjamín. Es algo que he guardado por
mucho tiempo. Quiero dártelo, amor. ¿Quieres?
La bendita voz de Sara me penetraba por todos los poros como on-
das calinas y no pude más que abandonarme a ella. Entonces, ondulando
al ritmo del bolero, Sara llevó las manos a su nuca y con un movimiento
alífero se sacó la peluca. Me sonrió sensualmente mientras dejaba suelta
su abundante cabellera que una vez libre le llegó hasta los senos. En-
tonces se acercó aún más a mí y pude gozar de su hálito de mujer dulce.
La respiré hondo. Y cuando Sara me enseñó su lunar reposé todas mis
ansias entre sus senos bondadosos. Así gocé de su abrazo tibio, lleno de
vida, de protección. Mis sollozos brotaron mudos... Esa tarde Sara hizo
que el cuarto tras la cortina floreada desapareciera por completo de mi
conciencia, flaco. En su abrazo el mundo de afuera se volvió una inmen-
sidad de luz mansa, de un sonido difuso; y mi hilo blanco se disolvió en
esas distancias... No te podría decir si esa tarde Sara me dio la única o
verdadera clave para apaciguar a mi hilo blanco para siempre. Solo sé
que ella logró que, por primera vez en mucho tiempo, me sintiera unido
con el mundo y que, a pesar de que éramos cinco en ese cuartucho con
ángeles de Rafael, me sintiera completamente suyo y suficientemente
feliz como para aceptar la vida tal como era.
¿Tan poco necesitabas, hermano? Lo dudo. Yo, con una esposa que me
quiere y tres hijos que viven para hacer el bien, necesito más. Si decías la
verdad, entonces la vida sí que no es justa.

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Desde esa tarde, siempre he tratado de regresar a ese momento para
sentir esa ternura incondicional. No me han faltado placeres y me he per-
dido en los brazos de otras mujeres, pero nunca he podido recobrar esa
unión, esa paz que compartí con Sara... A veces pienso que la única otra
persona con quien compartí y con quien hubiese podido incluso incre-
mentar esa unión y esa paz, era Susana. Pero tal vez es fácil pensar así de
lo que ya pasó o de lo que no pudo ser. Tal vez, en cosas como éstas, la
anticipación o la pena es más dulce que la misma realidad.
Volviendo a esa tarde cuando Sara me enseñó su lunar: Solar no es-
cuchó los consejos de Ofelia, por supuesto. Todo lo contrario. Unos días
después sufrió una metamorfosis y abrazó la política con una determi-
nación férrea. Dejó de ir al Chimú por completo, alquiló un local para
la oficina de su candidatura y puso todas las cosas sexuales on hold, fuera
de su vida. Como un gesto definitivo de dedicación a su nueva vocación,
envolvió su bata azul en su propio cinturón, la llevó hasta la punta del
muelle Gildemeister y la lanzó al mar. Cuando Audón llegó a Chimbote,
Solar ya era otro hombre.

Informe oficial. P. 321. Disquete # 6.


Trascripción de grabación: «La Voz del Pueblo. Marzo 21, 1968».
(Música de fondo: fade out)
¿Que busca nuestro movimiento? La Paz, la Justicia, la
Hermandad. Claro. Pero, estimados radioescuchas, eso es lo que dicen
todos. Ustedes bien saben que los politiqueros prometen y prometen
hasta que se meten y después se olvidan de todo. Por eso, nuestra
promesa fundamental es esta: seremos honestos y consecuentes. El
Movimiento Independiente se compromete a no dar un paso atrás
en la lucha por la independencia política y económica de Chimbote
ante los rapaces intereses de Lima. Esta es nuestra consigna y nuestro
juramento: ¡Por la independencia política y económica de nuestro
puerto! ¡Por la justa distribución de ingresos y de impuestos! ¡Por la
lucha para que Chimbote llegue a ser capital de provincia, capital de
departamento, capital del Perú!
(Música de fondo: fade in.)

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El Chileno era un hombre bien callado, oiga usted, dice Armando Cus-
quén, excepto cuando estaba mareado o actuando en su teatro, en la Casa
del Niño. Le gustaba bailar marineras, que decía era un baile de su tierra.
Una mentira de verdad, ¿usted qué dice? Nos juntábamos los sábados, a
veces en el Copacabana, a veces en el sótano de la iglesia en forma de lan-
cha, porque él también trabajaba en El Hachón, a veces por las barriadas.
Llegamos a ser buenos amigos, pero, aunque trató mucho, nunca pudo
convencerme de que me volviera actor... Tenía una historia larga. Decía
que un día la iba a escribir para sus alumnos. Ya llevaba bastantes apuntes
en su librito negro. A mí me la contaba a trocitos, cuando se ponía melan-
cólico y quería cruzar los desiertos hasta llegar a su tierra.
Pucha que usted sí tiene una disciplina de milico. Con tanto calor y
ni una chelita. Pido nomás, ¿no?
En la Carretera Panamericana alguien aceleraba una motocicleta es-
tacionaria que botaba un humo azulejo. Los muchachos dejaron de jugar
para mirar en esa dirección. Cuando la motocicleta por fin se perdió rumbo
a Buenos Aires, Armando Cusquén se dispuso a volver a contar, pero fue
interrumpido por una mujer anciana que andaba con una niña de la mano.
Nos pidieron un sol. Armando Cusquén me dijo con la mirada que era yo
quien debería dar la limosna... Ahora pienso que ese sol me debería haber
dolido más que los cien que le pagué a Armando Cusquén por sus recuerdos.
Esa niña ya debe ser madre.
Me decía que vivía en una casita de campo. Yo siempre la imagino
verde con puerta roja, no sé por qué. La cosa es que es una casita de viñe-
ros. Sus padres son alemanes o franceses, no sé, pero siempre han vivido
de las uvas. Getulio me decía que por eso su familia siempre quería me-
terle en la cabeza que él sería la continuación de una tradición, que tenía
sabor para las uvas. Sin embargo, para Getulio, ¡qué vino ni qué vino!
Más le gustaba andar por los campos, imaginándose miles de cosas nuevas
en miles de otros lugares, inventando chistes, historias.
Una vez —esto me lo dijo poquito antes de lo de la Convención—,
cuando apenas tenía sus doce años, llegó a su pueblo una caravana de gi-
tanos. Los extraños esos llegaron con sus cachivaches a cantar, a leer el
futuro y a desatar los deseos de los hombres. Getulio me dijo que él los

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miraba de lejos nomás, pero con mucha envidia. ¡Habían andado tanto!
¡Tenían tanto que contar! Desde ese día, él ya no encajaba en esas tie-
rras... Otra vez, ya cuando tendría sus quince, llegó a su pueblo una banda
de carabineros, que son los policías en Chile. Se posesionaron de todo el
lugar. Cuando se hundía el sol se sentaban en ruedo a reírse, a comer, a
recordar. Hasta que les llegó la orden de arrasar con el gentío que estaba
invadiendo las faldas de los cerros. Parece que se ensañaron. Getulio se
quedó muy impresionado. «Ahí me di cuenta», me dijo como si maldi-
jera, «de que esa gente tiene la muerte dibujada en la cara».
Pero pasaron los días y Getulio volvió a mirar el mundo como to-
dos, oiga usted. Uno se sobrepone a esas cosas. Como yo con lo que pasó
en el 68, por ejemplo. Solo que a Getulio todavía le comían las plantas
de los pies. Cada salida de sol le producía una sed de aventura, me dijo.
Felizmente, pudo aguantar la tentación de ponerse andar por un tiempo
todavía; o sea, aguantó hasta que llegó a la universidad, porque Getulio
se graduó de la Universidad de Valparaíso, oiga usted; una universidad,
decía, que queda en un puerto como Chimbote, solo que ahí las barriadas
ya están pintadas de colores… Ahora bien, Getulio no quería ir a la uni-
versidad debido a que su papá insistía que él estudiara agronomía —eso
de tierras, plantas, riegos y abonos— pero se animó porque sabía que si se
quedaba en su pueblito se iba a morir de aburrimiento. Así que se pasó los
primeros meses, años más bien, aprendiendo eso de la agronomía, pero,
como no le nacía, después de un tiempito ya no pudo más. Me dijo que
hasta le agarró un mal de sueño, que se pasaba las horas tumbado en su
catre con los ojos abiertos. ¿Cómo sería? La cosa es que en esos días él no
sabía qué rumbo tomar.

Unos días después de la transformación de Solar, el padre David vino a


decirme que tenía un nuevo proyecto para mí, dice Benjamín. Regresa-
mos al sótano de su iglesia y él se puso a abrir los cajones que antes habían
estado cubiertos con lonas. Mientras rebuscaba en una paja amarilla y
lustrosa, me dijo que contenían las piezas de una imprenta. «No me voy
a meter de periodista. En mi país los periódicos de la comunidad son para

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anunciar bautizos, para discutir sobre lo que se enseña en las escuelas.
Aquí todo es política, ¿verdad?», em dijo.
Yo no sabía exactamente de qué me estaba hablando el padre David,
flaco, pero intuí que la decisión de armar la imprenta tenía que ver con
el padre Ramiro y con la campaña electoral de Mario Solar. «El hombre
está haciendo lo que puede», le contesté, «pero hasta los comunistas tie-
nen periódicos. Necesitamos una voz independiente». El padre David
dejó de rebuscar, me miró como si fuese cosa de vida o muerte y me pre-
guntó si yo conocía a Sam Grossman.
Sí, lo conocía. Nos habíamos visto varias veces en las reuniones
que organizaba el Copacabana, el bar que quedaba por el malecón Grau
y donde se congregaban los extranjeros. Lois Gergen, la secretaria del
Cuerpo de Paz, me había dicho que Sam era un verdadero genio, que
uno de esos días iba a regresar a Harvard para inventar algo que salvaría o
destruiría al mundo.
Lois Gergen. A ella sí no la pude entrevistar. Cuando la ubiqué en Nue-
va York y la llamé por teléfono desde Lima, me dijo que no quería hablar del
pasado, que no tenía nada que decirme sobre Benjamín, aunque yo fuese su
hermano. No le rogué, ni le mentí, como a tantos otros. No sé por qué.
—Sería un buen asesor —continuó el padre David, volviendo a
sacar piezas de la paja—. Su español es perfecto y ha escrito para el
periódico de su universidad. Además, el padre Ramiro lo recomienda.
¿Qué dices?
A mí no me gustaba mucho el Cuerpo de Paz, flaco. No me gustaba
que otra gente viniera a decirnos cómo hacer las cosas, pero, al mismo
tiempo, yo sabía que hacerme cargo de un periódico era importante. No
solo para mí sino también para la campaña de Solar, que estaba a punto
de acabarse. La situación estaba tan difícil, flaco, que Solar se había visto
obligado a pedir ayuda a un fantasma de su pasado: el famoso Pata de Ha-
cha. «Un hombre», decía Solar casi con miedo, «que nos ayudaría a sal-
var cualquier obstáculo». Pero, eso aparte, necesitábamos ganar presencia
entre la gente, necesitábamos defendernos. Quizás el padre David sabía
todo eso. Y claro, pueda que el padre Ramiro lo haya estado dirigiendo
todo desde las sombras, como se dijo después. Así como terminaron las

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cosas, todo era posible... En todo caso, el cambio me convenía. Por eso le
contesté al padre David que sí, que sería bueno, que me gustaría trabajar
con Sam.
Así fue como El Hachón empezó a salir tres veces por semana des-
de el sótano de la iglesia en forma de lancha. No era mucho, solo cuatro
páginas engrapadas, pero nos llegó a servir de algo. A mí esas páginas me
acercaron a la idea intelectual que siempre quise ser. Me han dicho que
algunos ejemplares se salvaron de lo que vino después. Si eso es verdad,
deben estar o en la Biblioteca de Pescadores o en la del sindicato de tra-
bajadores metalúrgicos.

En realidad, Getulio quería ser actor, dice Armando Cusquén, aunque


todavía no lo sabía. Hasta que un día, como por milagro, se encontró
con un teatro de la calle; Getulio decía que en Chile también hay teatros
como los que hay en Lima, como los que él quiso empezar por aquí, don-
de la gente actúa al aire libre y sin cobrar... Para su buena suerte, el elen-
co estaba dirigido por una mujer bien buena moza. Se llamaba Celia, así
como en la canción de Leo Dan. Apenas se conocieron, Getulio recobró
el deseo de llegar a viejo. Imagínese usted. Así que se pasó los últimos años
de la universidad estudiando teatro. La verdad es que yo no sé cuántos
años serían. La cosa es que le iría muy bien, porque me dijo que cuando
dejó la universidad él ya tenía fama. La gente lo reconocía por todos la-
dos... Pero, como le ocurrió aquí mismo, con la fama también vinieron
los problemas.
En primer lugar, ya no pudo ocultar a sus viejos lo que había estado
haciendo por años. ¡Todas esas botellas de vino que le habían mandado
para que recuerde sus uvas, a ver! Nada. Sus abuelos estaban requetetris-
tes. Habían querido tanto que Getulio regresara a Francia o Alemania se-
guro, para que aprendiera las buenas formas de hacer vino. Pero, como los
viejitos eran buena gente, lo abrazaron y lo acogieron. Sus padres sí que
no. El viejo lloró de cólera y se negó a verlo otra vez. La vieja le dijo que
les había roto el corazón... Una lástima, ¿no? Ahora solo el tiempo podrá
cicatrizar esas heridas, oiga. Yo sé que Getulio siempre se lamentaba por

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no saber nada de ellos. Hasta les escribía, creo… Pero bueno, la cosa es
que Getulio se juntó con la buena moza y dejó su pueblo del todo. Para
su desgracia, nomás, porque con ella se metió en la política, igualito como
hizo por aquí. Parece que Bolas de Acero le encontró mapas y todo, para
los terrucos seguro. La verdad es que no sé cómo fue todo eso, oiga. Como
le dije, tengo retacitos nomás. Usted ya tendrá que aumentarle algo.
Me dijo que se había metido a criticar al Gobierno. ¿De quién? No
sé. Se metió a criticar a los burgueses, más bien, porque Getulio era so-
cialista. Igualito que Benjamín… En todo caso, algo pasó en Valparaíso.
Algo hizo, porque lo metieron a la cárcel. Y ahí fue donde empezó lo peor
de su vida, oiga. Fue por eso que Getulio salió huyendo de Chile y llegó
por aquí. Creo que lo violaron, seguro como castigo. Lo único que sé es
que Getulio no podía estar con mujer, aunque no era maricón. Lloraba
recordando a su gila Celia que se quedó en Valparaíso, y, también lloraba
jurándome que nunca, jamás, volvería a una cárcel. Por eso quizás no se
dejó agarrar vivo… Yo creo que se metió con Mario Solar porque él lo
comprendía. De alguna manera, el maricón le había dado un sitio.
Pero me estoy adelantando... La cosa es que, después de semanas tra-
tando de sacarle nombres y apellidos, los carabineros lo pusieron en un
tráiler que salía para el norte. Así fue como Getulio salió de Chile, sin
plata, con los pantalones rotos y con la chompa apestando a semen. Yo le
decía que se la quitara, que me hacía recordar a la Casa Rosada. Él solo se
ponía triste, como mordiéndose el alma para no llorar. Yo creo que anda-
ba con esa chompa como para llevar una cruz. No se la sacó hasta que se
le dio por volverse el Tío Willy y andar con su poncho marrón por todos
lados. Usted seguro ya sabe lo que le vino con eso.

Después de andar juntos por un tiempo, dice Benjamín, Sam me dijo


que tenía veinticinco años y que era hijo de padres rusos que habían in-
migrado a los Estados Unidos poco antes de la Segunda Guerra Mundial.
Me dijo también que tenía una hermana menor que se llamaba Libby y
que le gustaba mucho las matemáticas. Parecía que Lois tenía razón, fla-
co. Sam era tan bueno que ya tenía un doctorado del famoso MIT, en

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Boston, y estaba por terminar otro en Harvard University. Había veni-
do como voluntario porque quería ver un poco del mundo... Pero, más
que todo, Sam era un hombre serio y honesto. No se cansaba de repetir
que lo importante de un periódico es que publique la verdad... Ahora,
en esta espera con lluvia encima, pienso que a veces decir la verdad es
imposibleo o que cuesta demasiado. Quizá eso mismo explique por qué
papá guardó tanto, ¿no crees?
Por mi parte, lo importante de este conjuro es la destilación. Hay tantas
y tan diferentes verdades a las que dar fe, que a veces esas verdades se entreve-
ran. Este destilar es una pelea constante contra el deseo de terminar a como
dé lugar para librarme del zumbido sedoso.
Un par de meses después de que El Hachón empezara a salir, Sam
se puso muy amargo por los ataques de la prensa local contra Napoleón
Mohanna, el viejo candidato populista. Lo acusaban día y noche de ser un
judío con ambiciones deshonestas. Sam me dijo un día, paseándose como
un león en el sótano, que el problema no era que Mohanna fuera un judío
o no, sino que estaban usando argumentos antisemíticos por pura polí-
tica: «Mohanna va a vender todo el acero a los judíos», «Mohanna va a
regalar hasta el desierto a los judíos».
—No podemos quedarnos callados, Benjamín. Si no decimos nada
ahora, tendremos que callarnos en miles de otras ocasiones. Hay que pu-
blicar un editorial fuerte, Benjamín. Hazlo tú. Yo estoy ciego de rabia.
La verdad es que yo ni sabía lo que era el antisemitismo, flaco. En esos
días los judíos eran para mí gente de un pueblo mítico que había sido con-
quistado por los romanos y que había crucificado a Jesucristo. Imagínate.
Claro que sabía algo de Israel. Papá siempre nos decía que algún día nos
llevaría por esas tierras, para ayudar a florecer al desierto. ¿No te acuerdas?
No. No me acordaba, pero no se lo dije. Ese día quería ver hasta dónde
iba él. Yo pensaba que el pobre estaba obsesionado. Por eso lo miré a los ojos
neutralmente, mientras la lluvia seguía monótona.
Yo no tenía la menor idea de la conexión entre ambas cosas, flaco.
Papá se guardó muchos secretos que me comieron el alma por años, sino,
quién sabe, tal vez yo hubiese llegado a ser un misha judío, ¿no? En fin, no
te incomodes, flaco, terminé defendiendo a Mohanna.

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La reacción fue tan dura como inesperada. El Hachón fue tachada
como vocero comunista, como arma del imperialismo yanqui y como al-
cahuete de curas y maricones. Sam lo tomó todo muy a pecho. Amena-
zaba con regresar al real world, como llamaban a su tierra los voluntarios
del Cuerpo de Paz.
—Por lo menos —me dijo una noche mientras tomábamos Jack
Daniels en el Copacabana—, allá la discriminación es sutil. No como acá.
Esto es algo primitivo y visceral. Tú no lo entiendes, ¿no? No sabes lo que
significa ser señalado por razones que nada tienen que ver contigo, como
persona.
Claro que sí lo sabía, pero no por ser judío como Sam; por lo menos
no en esos días, ni después, en realidad. Mis aflicciones de ser medio ju-
dío siempre fueron muy íntimas. Era por eso mismo que me sacaban de
quicio. Nadie nos piensa judíos, ni tú siquiera. Nuestros odios y nuestros
temores no dejan rastro. Ahora, después de tanto, sé que solo en una so-
ciedad justa y hermanada todas las aflicciones y las obsesiones personales
se podrán disolver. Franco, hermano, aunque no lo creas.
¿Qué importa eso de ser o no ser judío? Uno muere lo mismo. Uno se
jode lo mismo. No. Nunca me he sentido judío, ni después de todo lo que
llegué a saber. Eso a mí nunca me malogró la vida.

Audón era regañón como pocos, chic’, dice Felipe Ramiro Arteaga. An-
daba con el resentimiento contra el mundo a cuestas. Tenía pocos amigos.
¿Qué más te puedo decir? Sé que te han dicho que tuve algo que ver con
su desgracia. Mentira. A mí no me interesaba su vida. En esos años está-
bamos más preocupados por sostener los pilares de nuestras visiones del
mundo. Se pensaba en grande; en cambio ahora que se mata por gusto…
Se podría decir que nos conocimos de lejos y que ambos nos respetába-
mos. Claro que, cuando él vino a Chimbote, ya teníamos algo de historia.
¿Un cafecito, siquiera?
Don Felipe estaba relajado en su sofá. Hablaba mientras miraba la
superficie de su lago donde el viento, me dijo, venía desde Cuba a hacerle
recordar lo que no había logrado. Tenía una cerveza helada en la mano

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derecha y un pañuelo blanco en la izquierda con el cual se secaba las lágri-
mas de cuando en cuando. El compresor del aire acondicionado se prendía
y se apagaba.
Lo conocí en Lovaina, allá por principios de los 50. Se podría decir
que llegamos a vivir juntos, chic’, porque ocupábamos cuartos vecinos en
un viejo exconvento de monjas en el centro de la ciudad. Conocí a mucha
gente en esa antigua cuidad circular, gente del tercer mundo, como se
decía entonces: africanos, asiáticos, latinoamericanos. Una efervescencia
cultural que no te puedes imaginar, chico. Acuérdate de que en esos años,
en Bélgica misma, se comenzó con la Teología de la Liberación. Nos ense-
ñaba gente de mucha inteligencia y experiencia que regresaba del Congo,
de Marruecos, de Canadá. Gente de mucha inteligencia y experiencia.
Recuerda que allí se entabló el verdadero diálogo con Marx, coño; ade-
más, para los que eran como yo, se definió la tarea de poner el hombro
contra lo inhumano de esa falsa religión.
Yo vivía en el segundo piso, pasando un jardincito de estampilla,
como se dice en el Perú. Compartía el cuarto con un sacerdote de Brasil
y otro de Venezuela. Al principio, los tres nos llevábamos muy bien. Nos
entendíamos. Pero después ellos se metieron de revoltosos y me tuve que
cambiar. Me fui al tercer piso, a compartir cuarto con un mexicano. Ahí
fue cuando me encontré con Audón, que estaba viviendo solo en el cuar-
to del lado. Por eso llegamos a vivir juntos, si se puede decir.
Llegó muy pobre, chic’. Con solo una maleta vieja de cuero que, se-
gún él, había sido de un abuelo suyo que había cruzado el Atlántico en
el siglo pasado. Quién sabe si sería cierto… Tenía un defecto: no podía
olvidarse de su pierna lisiada. Todos tratábamos de ignorarla, menos él.
Estábamos cenando o jugando ajedrez y él dale con que su pierna era un
castigo de Dios, que le dolía saber que lo juzgaran por su manera de andar,
que nadie tenía derecho a imputarle emociones o ideas basadas en ese
defecto físico. Para mí que el defecto era mental, coño.
Había estado por Nueva York. No sé ni cuándo ni cómo ni por
cuánto tiempo. Solo sé que quería que todos lo supiéramos. Andaba con
su The Adventures of Augie March, el libro de Saul Bellow, por todos la-
dos. Era como su Biblia, digamos. Lo leía hasta durante la cena. Algunos

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empezaron a llamarlo el Bellow peruano. Yo lo veía subiendo o bajando
las escaleras (el pequeño ascensor casi nunca funcionaba), paseándose por
el jardincito de estampilla, o leyendo los periódicos en la lóbrega sala para
visitas. Casi nunca nos saludábamos. No sé por qué. Por eso fue raro que
una vez, de un solo tiro, habláramos de todo. Nos confesamos, chic’.
Fue de casualidad, chic’. En esos días yo tomaba mis cervezas y deam-
bulaba por el mundo con las manos en los bolsillos o con cigarrillo, como
todo muchacho. Acuérdate de que esos eran los tiempos de liberación,
coño. ¡Uno ya fumaba en público y no tenía que usar sotana!… En el
mismo centro de Lovaina hay una placita empedrada, rodeada de restau-
rantes y cafés estudiantiles. Los muchachos de la universidad, que queda
cerca, iban ahí a divertirse, porque, además de la comida y la cerveza, no
hay mucho que hacer en Lovaina. Por lo menos así era para nosotros, que
éramos pobres y estábamos de paso... Era un sábado. Me acuerdo porque
yo llamaba a mi madre, que entonces vivía en Miami, todos los sábados
por la mañana, para economizar. Lo encontré sentado solo, en una de esas
mesas y, como todavía tenía la nostalgia encima, me invité a sentarme.
No me pesa haberlo hecho, chic', a pesar de los malos ratos que llegamos
a pasar después por abrazar convicciones contrarias… En realidad, y esto
es algo raro; la imagen de Audón forma parte de los pocos recuerdos que
no espantan en mis sueños.

Pata de Hacha llamó de Barranca para decirnos que venía en el Chin-


chaysuyo de las cinco, dice Benjamín. Solar me encargó que fuera a reco-
gerlo muy esperanzado.
El famoso Pata de Hacha era gordito, medio calvo, y tenía aire de
actor. Se paró dramáticamente en el último peldaño de la escalera del
ómnibus para husmear el aire salobre de Chimbote. Viéndolo así algo en
él, me dio la impresión de que me era conocido, pero no supe de que era
el mismo contador de la ladrillera de Terán sino hasta que dejó caer al
cascajo su zapatón con tiras de metal. «¿Don Audón?», le pregunté algo
azorado, buscándole los ojos para ver si me reconocía. «Soy Benjamín
Peres-Benayón. Don Mario Solar me ha enviado para que lo acompañe al

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hotel. ¿Trae usted otras maletas?». Pata de Hacha me examinó de arriba
a abajo, pero pareció no reconocerme. Inhaló hondo como para despe-
jarse la cabeza y me dijo que viajaba parcamente. Si me había reconocido,
nunca me lo dio a saber.
No sé si yo habría visto a Audón en Santa Clara. Puede que sí, cuando
yo andaba a caballo por esas ladrilleras, o cuando acompañaba a Felipe en
busca de mi hermano por los hornos; pero, como ese era el mundo de Benja-
mín, seguro que nunca me había fijado en él.
Un tiempo después, el padre Ramiro me dio a entender que Pata
de Hacha sí me había reconocido y que se había guardado el secreto por
razones oscuras. Pero el padre Ramiro es un hombre con muchos secretos
propios, flaco; es un experto en manipular a la gente. Si lo llegas a ver, no
le creas nada.
«Así que tú eres el famoso Benjamín», comentó Pata de Hacha
sin mirarme. Me preguntó cómo iba el periódico y le dije que bien, pero
que había pequeñas dificultades porque nos acababan de tachar de co-
munistas. «En la política no hay dificultades pequeñas muchacho»,
me cortó. Luego me preguntó por Mario Solar. Le dije que estaba por
Coishco, en una boda. Pata de Hacha movió la cabeza de lado a lado.
«No hay tiempo para perder en esas tonterías», dijo sin mirarme y
agregó: «Dile que venga a cenar conmigo y prepárate para la mala no-
che. Hay que organizar las cosas». Pata de Hacha levantó la cabeza y
su mirada vagó en el horizonte. La fábrica de acero estaba echando un
humo rojizo al cielo y el sol de la tarde lo encendía en trozos purpúreos.
Bajó la cabeza con un ademán enigmático y empezó a caminar hacia
el hotel. Lo hacía con dificultad, ondulando la cadera a cada paso. Le
pregunté si quería que tomáramos un taxi.
—No hay necesidad. No soy un bailarín, pero tampoco soy un in-
válido. No necesito ni tu cuidado ni tu compasión, ¿entiendes?... ¿Qué
dicen? ¿Qué son un grupito de comunistas yanquis laborando en una
iglesia para elegir a un maricón?
Una sonrisa débil le cruzó la cara grasosa. Hizo una pausa en su an-
dar, sacó un pañuelo sucio y se secó el sudor de la frente. Le pesaría la
pierna izquierda con tanto metal hasta la rodilla, flaco. Aproveché para

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repetir que teníamos dificultades, que los ataques de la prensa local pare-
cían coordinados...
—Eso no es nada —me interrumpió él otra vez—. Esas son jugadas
de niños. En la política no hay tope. ¿Entiendes? ¿Qué crees? Los comu-
nistas, los apristas, los fidelistas, los trotskistas, no se van a quedar con los
brazos cruzados. Ojalá que tú y Mario entiendan eso. En la política uno
tiene que estar dispuesto a perderlo o a ganarlo todo. Todo. ¿Entiendes?
A veces pienso que Pata de Hacha llegó a Chimbote buscando la
muerte, flaco. Parecía en busca de la más mínima razón para escupirle al
mundo. Tal vez fue por eso que nunca llegamos a reconocernos y nunca
hablamos de Santa Clara.
La cosa es que, en los días siguientes, Pata de Hacha se perdió por los
laberintos de Chimbote. Me dio la impresión de que, después de tanta al-
haraca, no le importaba mucho los pormenores del movimiento, pero yo
estaba equivocado, flaco. Años más tarde, después de que sufrí la segunda
masacre de mi vida, supe que había tenido citas clandestinas con mucha
gente, incluso con el director del Cuerpo de Paz… Pensándolo bien, nada
de eso debería haber sido algo inesperado. Porque en esos días los gringos
tenían peso. Nadie los podía ignorar, ni ahora, flaco. El capitalismo tiene
mucho poder, sigue creciendo, destruyendo toda resistencia. Solo las ex-
periencias de Vietnam nos quedan como esperanzas.

Esto te puede sonar raro, chic’, dice don Felipe Ramiro Arteaga. Des-
pués de unos tragos, me di cuenta de que Audón sabía de mí, de mi
origen cubano y de mi suerte por los Estados Unidos. Me habría estado
espiando, coño. Ese interés me halagó. Así que, después de un par de
tragos, estábamos hablando largo y tendido. Ahí fue cuando me contó
que había sido enviado a Lovaina por los apristas. «No sé si sabes», me
dijo con tono conspiratorio, «mi partido y los curas no se pueden ver».
No le entendí ni jota chic’. Yo pensaba que él estaba ahí por vocación,
pero, como todo el mundo sabe ahora, había de todo y por todos lados
en esos años. Pero, aun así, ¿qué hacía en ese seminario? Hasta ahora no
lo entiendo, chic’.

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¿No lo entendía? ¡Si él estaba haciendo lo mismo! ¿Cuándo dejó
don Felipe Ramiro Arteaga de pretender que era simpatizante de los
movimientos de izquierda revolucionarios? ¿Cuándo dejó de lado el
collar romano?
Me dijo también que venía de una familia pudiente y que andaba
por Lovaina como de paso. Parece que lo habían marginado del círculo
familiar. No puedo entrar en más detalles porque, por lo menos para mí,
esa conversación fue como una confesión… Te puedo decir sí, que se puso
muy emocionado. Yo pensé que quizás había sido la cerveza chic’, porque
nos llegamos a tomar una respetable cantidad de Orvales, que son una
delicia. Fíjate, coño, estábamos tan amacerados que cuando nos abrazá-
bamos con mucha emoción él me pedía que yo le dijera, con palabras bien
claras, que él era un lisiado. ¿Qué le habría pedido yo? No me acuerdo,
porque por esos días yo también andaba con el diablo a cuestas, buscando
revancha contra el mundo… En todo caso, esa fue la primera y la última
vez que hablamos así mientras vivimos en Lovaina. Después, en vez de
acercarnos, nos alejamos.
El día que Audón se retiró de Lovaina, el padre Carlo María, con-
sejero de los latinoamericanos, me dijo que el hombre no quería ser feliz,
que nada bueno esperaba de él. ¿Qué habría pasado? Lo cierto es que Au-
dón se fue de Lovaina y casi nadie lo notó. Yo sí. Tenía el presentimiento
de que lo volvería a ver algún día, aunque no sabía ni dónde ni cuándo...
Hasta que me mandaron al Perú… Ahí sí me hincaba que me encontraría
con él; me comía que él y yo seríamos adversarios. No sé por qué en reali-
dad. Era algo que no podía sacarme de la cabeza. Pero prefiero no hablar
de mí, si no te importa, chico.
En todo caso, apenas llegué a Lima me di cuenta de que Audón tenía
peso. La gente clave lo conocía y se había ganado la reputación de hom-
bre de acción y de enemigo implacable. Por eso me resigné a que, tarde
o temprano, me las tendría que ver con él. Como sabes, eso no sucedió
por mucho tiempo todavía… Coño que su vida sí que debe haber sido de
novela, chic'. Lástima que no llegaste a entrevistarlo.
A las pocas semanas de llegar a Lima me dieron la noticia de que
Audón había perdido su puesto en el Partido. Seguro que hubo muchas

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razones para ello; quizás algunos le tuvieron celos porque además de in-
teligente era hombre de acción. Más que todo, creo que había santones
que querían evitar que el Partido fuese visto como cuna y propiedad de
maricones… Como lo oyes, chic’. Ahí me di cuenta del miedo que se tiene
en el Perú a todo lo relacionado con la homosexualidad, coño. Es un arma
eficaz para matar aspirantes. ¿Entiendes? ¿Qué importaba que Audón no
fuera homosexual? Nada. Ahí recién me di cuenta de por qué Audón es-
taba tan interesado en que lo llamasen lisiado. Ante sus ojos, la alternativa
era horrorosa. Pero, claro, cuanto más se protegía, peor. Sus enemigos lo
olieron y utilizaron su debilidad. Le pusieron Pata de Hacha para seña-
larlo, no solo como lisiado, sino también como un homosexual cruel y
empedernido. Así eran las peleas también, chic'.
En todo caso, en el Perú, lo vi por primera vez en Miraflores, en la
fiesta esa donde también conocí a Mario Solar.

Los gringos llegaron a Chimbote al principio de los 60, dice Benjamín.


Alquilaron una casa a la espalda del cuartel de la policía y desde allí se
desparramaron por las barriadas, supuestamente para sembrar escuelitas
y clubes de juventud. Andaban por barriadas y arenales a pasos largos, con
botas altas y amarillas, con alforjas andinas al hombro y pañuelos vistosos
en la cabeza. Los niños los seguían como si hubiesen sido gitanos. Los
adultos les ofrecían sus sitios en los colectivos, en las colas, en las aceras.
Mientras ellos actuaban como si hubiesen llegado a salvarnos de la perdi-
ción. Mucha gente resentía eso, flaco. Yo mismo, al principio... Había que
verlos más de cerca. Había que escuchar a Joan Báez y a Bob Dylan jun-
tos, discutir sobre la guerra en Vietnam, para apreciarlos más cabalmente,
porque no todos eran espías y agentes del imperialismo yanqui, como se
decía. Había de todo: haraganes, apostólicos, socialistas, viudas jubiladas.
Y claro, también había espías y draft dodgers, esos que se habían metido al
Cuerpo de Paz para evadir el servicio obligatorio en el ejército de su país.
La oficina del Cuerpo de Paz tenía una sala grande. El cuarto
de correos y las duchas quedaban al fondo. Al fondo también, a la
izquierda, había un cuarto donde se guardaban las cosas desechadas

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por los voluntarios y que habían pasado a ser de uso común: libros,
botellas vacías, bolsas de dormir, revistas, bates de béisbol. En ese
cuarto también había dos perezosas de aluminio que servían para
tomar el sol que entraba por dos claraboyas anchas. Las voluntarias
pasaban domingos enteros soleándose ahí, sabiéndose protegidas de
las indiscretas miradas de la gente del puerto. La oficina de Lois, la
secretaria de la oficina del Cuerpo de Paz en Chimbote, quedaba a la
izquierda de la sala. Separaba la residencia común de la casa y oficina
de Jesse Edgar, el director.

Informe oficial. P. 234. Casete #3.


Grabación: «Mario Solar y Audón. Junio, 1968. Despacho.»
—¡Así que llegaste a terminar tu trilogía!
—Imagínate.
—Ahora sólo te falta publicarla. Cuando lleguemos a la alcaldía,
vemos como nos las arreglamos. ¿No te dijeron en Lima que querían
publicarla? ¿Hablaste con Basadre?
—Nada por el estilo, hombre; y las casas editoriales no tienen ni
plata ni osadía para cosas nuevas..., pero felizmente ya está circulando.
Lo único malo es que circula entre gente como yo; o, no, mejor dicho,
entre lectores mediocres que lo que más quieren es encontrar fallas,
porque lo que les gustaría es que yo haya escrito mis libros tal como
ellos escriben los suyos con anteojeras conocidas. No lo hacen por
envidia sino porque ya no tienen cabeza para más, porque ya dejaron
de crecer como intelectuales. ¡Qué intelectual orgánico ni qué
mierda!… Pero circula de todas maneras.
—Lo que hay que hacer es meter el cuerpo a la acción, ¿no crees?
Oye, tal vez tendrás que refinar lo que has escrito, en vista de estas
nuevas experiencias. Lo de Santa Clara queda como una etapa más. Es
la acción la que tú siempre has anhelado…
—De aquí empezamos, viejo. Sin nada de cojudeces o de
distracciones. Por eso te digo, no tengo nada contra Benjamín. Él
es un muchacho que ha crecido y que hasta ha madurado desde
que salió huyendo de Santa Clara. Pero, a fin de cuentas, carajo,
sigue siendo un niñito bien. Es demasiado respetuoso con los
curas y los gringos. Quién sabe si parará fuerte en los días que

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vienen porque conforme van las cosas con el avance que estamos
haciendo, ni los rabanitos ni los apristas se van a quedar con las
manos cruzadas. Este es su corral, carajo, el Norte Chico siempre
les ha pertenecido…

Estaban en el bar, dice Felipe Ramiro Arteaga; hablando como íntimos


amigos. Mario Solar como siempre, parecía un papagayo: bufanda de
seda amarilla, terno azul marino con botones de almirante, zapatos de
charol, pelo alisado a modo porteño. Había bastante gente. Era una de
esas fiestas organizadas por las viejas de la antigua clase alta: con muchas
pretensiones, pero con caviar de hueveras de pescado peruano. Ya tú sa-
bes, chic’. Estaban hablando animadamente. Audón, como de costum-
bre, con su terno gris bien planchado y bien usado. Sus pocos cabellos
rebeldes le daban un aire de genio incomprendido. Yo estaba con la se-
ñora Lucrecia Beltrán, esa pobre mujer que se ahogó en su tina cuando se
le derrumbó su casa en Barranco. Había música, pero, como se pretendía
estar en Versalles, no era bailable.
Don Felipe se quitó las gafas y se limpió una lágrima. La mueca le pro-
dujo arrugas profundas en su amplia frente. Se limpió la boca con el pañuelo
y lo guardó en la mano izquierda que descansaba sobre el sofá.
En eso estábamos, cuando Rosita Delaney Buoy apareció en el um-
bral de la puerta. Todo el mundo dejó lo que estaba haciendo para seguir-
la con la mirada. Su vestido rojo, con alas diáfanas por mangas, le daba un
aire de hada. ¡Coño! Rosita se fue directamente al lado de Mario y este
la presentó a Pata de Hacha. Desde mi sitio con las viejas en el fondo vi
que Audón se puso muy incómodo. ¿Quién no? La Rosita era realmente
hermosa. Qué te digo, chico, era una pelirroja verdadera. Su padre había
venido de Irlanda, allá por los veinte, como miembro de una delegación
inglesa contratada para tender rieles por todo el Perú. Tenía una silueta
de estrella de cine y un cuello de cisne, ¡coño! Y tenía una voz que atra-
vesaba el pecho: baja, rasposa, sensual. Toda una tentación. Pobre Pata
de Hacha.
Hablaron un rato. Todo parecía normal. Ella estaba parada de cos-
tado, envolviéndolo con la mirada. Cuando, de repente, Rosita cogió a

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Audón de la mano y empezó a jalarlo al centro de la sala. El pobre parecía
a punto de morir, chic’. Protestaba, pero la mujer-cisne no le hacía caso.
Y cuando llegaron al centro, ella pidió a la orquesta que tocara un tango.
Los concurrentes, que parecían galgos esperando hueso, abrieron campo
esmeradamente, mientras que Audón parecía hecho un nudo de deseo y
de vergüenza. Tenía los ojos desesperados, chic'. Su gran cabeza parecía a
punto de hundirse por completo en su pecho lato y tembloroso… Me dio
pena, chic’. Me sentí tan cerca de él como cuando nos tomamos las Orvales
en Lovaina y nos confesamos cosas de muchachos. Fue por eso que decidí
salvarlo... En esos años yo todavía tenía algo de mundo, así como me ves
ahora… Así que toqué a don Antonio Audón en el hombro y le dije que de-
jara paso a alguien que sabía apreciar los encantos etéreos de la mujer-cisne.
Como era cura, me salí con la mía. Yo creo que esa fue una de las pocas
veces cuando la caridad, la mentira y el placer coincidieron en mí, chico.
Nos resbalamos de costado por la pista, siguiendo el soplido de toro
del bandoneón. Sus dedos enguantados y entrelazados con los míos pa-
recían garfios de acero envueltos en seda. Los bucles de sus cabellos rojos
me acariciaban la cara. Su cintura era de un bambú de Catay y su cuerpo
tenía un olor a papaya recién cortada, chic. Ella seguía el ritmo de la mú-
sica como si estuviese en un trance. Me guiaba. Imagínate. Me guiaba,
chic’, pero nadie se daba cuenta. Esos garfios de acero conversaban con
mis piernas tensas a punto de rendirse, con mis entrañas, ¡coño!... Pero
no creas, la tentación sexual no existía. Era la danza, eran esos resoplidos
de toro que hacían eco en mis tripas y me empujaban a seguir una eter-
nidad con los ojos cerrados, chic’; sintía la envidia de los hombres, la ad-
miración de las mujeres, el recelo de las viejas. ¡Qué no sentiría, mientras
las alas diáfanas de Rosita dibujaban olas y círculos en la sala! Mis difíci-
les resuellos se mezclaban con sus hálitos quedos. Me estaba aplastando,
coño... Hasta que, no sé si por piedad o por cortesía, ella decidió rendirse:
echó la cabellera roja hacia atrás, mostró su cuello de cisne campeón y
sus garfios se volvieron pétalos de rosa. Los músicos cesaron en su afán y
vinieron los aplausos. ¡Coño!...
Después, me encontré con Audón y nos alisamos las plumas. Él me
dio las gracias con los ojos mientras protestaba que el baile era algo frívolo

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en vista de los problemas por los que atravesaba el Perú. «No hay que
celebrar el retorno al pan y circo», me dijo. Y yo le entendí. Me habían
dicho que el hombre era un enemigo formidable, traidor e implacable.
Nada de eso, chic’. Por lo menos no esa noche. Al contrario… Ahí fue
cuando me comenzó a decir que sus asuntos no andaban bien en el Par-
tido, que trataban de sacarlo, que alguien buscaba un chivo expiatorio.
Como ese no era lugar para confesiones, prometimos vernos después.
¿Dónde escuchaba confesiones el padre Ramiro? Seguramente por la
urbanización 21 de Abril, donde tenía su apartamentito. ¿Qué me había
dicho Armando Cusquén? Allí se fueron a confesar las mejores hembras de
Villa María, carajo… Si lo vieran ahora…
No se pudo. Pata de Hacha desapareció de Lima por completo. Ya
después, en Chimbote, Mario me contó que los compañeros lo habían
purgado y que se había ido a esconder por las ladrilleras de Santa Cla-
ra. Un tal Terán, amigo de Mario, le había dado trabajo como contador.
Esto habrá sido a fines de los 50... Aunque te parezca mentira, en esos días
de exilio interno creció un lazo de admiración mutua entre Audón y Ma-
rio, algo así como una cólera común contra el mundo. Eso les ayudó a sal-
var las distancias que realmente mediaban entre ellos… Creo que fue por
eso que, cuando Mario lo llamó a Chimbote para que se haga cargo de su
campaña electoral, Audón no le buscó cinco patas al gato. Lo dejó todo:
sus libros, su madre, su puesto de contador. Eran buenos amigos, chico.
Al mismo tiempo, claro, Audón vio esa oportunidad como la última de
su vida. Por eso se compró ese revolver que lo acompañó hasta la muerte.
Tenlo presente: Audón fue a Chimbote dispuesto a triunfar o a morir.

2:30 P.M.

Miraflores parece envuelto en un silencio que contrasta con los agre-


sivos ruidos de la mañana. Edilberto Isaac gira el sillón que había sido
de su padre con gran esfuerzo y trata de mirar hacia a la avenida. En-
cuentra las ventanas sucias y recuerda las palabras de Paulina la noche
anterior: «No he subido a la biblioteca desde que tu mamita me ordenó

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que le cambiara chapa a la puerta, hijito». Y Edilberto Isaac piensa que
le hubiese gustado heredar la llave que su padre le había dado a Benja-
mín, aunque ya no abriera nada. La había buscado por todos lados. En
vano. «Se habrá perdido en el mundo verde como tantas otras cosas»,
piensa con tristeza. Gira el sillón hacia el escritorio, suspira, y sigue con
su rito de conjura.

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Capítulo cinco

Pata de Hacha se fue haciendo más y más visible conforme se aproxima-


ban las elecciones, dice Benjamín. Hasta que su aparente desinterés se
trocó en una obsesión que causó duros problemas para Armando, quien
por esos días se había hecho cargo de la coordinación de la campaña.
—¿Qué crees? —le espetaba Pata de Hacha al pobre—. ¿Que el ene-
migo deja que las cosas anden por su cuenta? Tienen reuniones, expertos,
años de experiencia pudriéndose en las cárceles o estudiando en Moscú.
¿Qué crees tú? La cosa se va a poner más candente todavía. Hay que tener
los huevos bien duros. ¿Entiendes?
Sería por los reniegos de Pata de Hacha que unos dos meses antes
de las elecciones Armando abandonó su trabajo de conserje en el Hotel
San Felipe para dedicarse plenamente a la campaña. Y sí, flaco, su en-
comiable dedicación empezó bien. Armando demostró habilidad para
mantener una estricta vigilancia sobre los detalles más mínimos de la
campaña. Él mismo contaba los afiches, dirigía las cartas, catalogaba los
números de teléfonos, las direcciones, los pedidos, las promesas y todo
lo demás. Pasaba largas horas en su mesa de trabajo revisando entradas y
salidas. No confiaba en nadie.
Cuando lo vi, en 1985, el hombre había cambiado mucho. Trabajaba
como asistente de almacén en Starcon, una fábrica de harina de pescado que
poco antes que yo fuera a Chimbote había sido intervenida por sospechas de
estar conectada con el narcotráfico. Él nunca me dio la impresión que hubie-
se tenido algo con eso. El hombre pertenecía a otros tiempos.
Como era de esperarse, conforme pasaron los días sus energías fue-
ron mermando. Solo unas semanas después empezó a quedarse dormido
sobre la mesa, se dejó crecer la barba, ya casi ni se cambiaba de ropa, y
sus ojos saltones se volvieron dos enormes globos vidriosos. Todos es-
perábamos que el pobre renunciara al cargo en cualquier momento o
que por lo menos pidiera ayuda. Pero él no se rendía, flaco. Al contrario,
precisamente en uno de esos días anunció que, como buen chepenano
que era, nos iba a demostrar que la mente puede ejercer perfecto control
sobre el cuerpo y que el cansancio puede doblegarse por la voluntad… Esa
bravuconada le valió para que siguiera en su ritmo de muerte por unos
días más… Pero, a la larga, el hombre andaba tan agotado, que ver sus
ojos nos hacía lagrimear. Perdió peso y despedía un tufo tan feo como de
cuerpo en plena descomposición, que todo el mundo le hablaba de lejos y
de costado. Hasta que, por fin, una tarde cuando Audón planeaba nuevas
incursiones a las barriadas del sur, Armando confesó que estaba exhausto.
—¿Cansado? —lo aguijonó Audón—. Esta es la política, ¡maricón!
¿Dónde tienes los huevos?
Esta vez Armando no le hizo caso. Se levantó con mucha pena de
su silla de metal, tiró los libros de cuentas sobre la mesa y se fue a su casa
a dormir. Desapareció por completo por varios días. Y cuando volvió ya
no era el mismo. Ahora insistía en tomar dos horas para el almuerzo y
abandonaba el local a eso de las seis de la tarde... Yo creo que ese desespe-
rado descanso marcó el comienzo de nuestro distanciamiento... Sí, flaco,
Armando se salvó de lo que vino porque dejó de ser un porfiado como el
resto de nosotros.
La verdad es que para entonces todos estábamos exhaustos. Solar
mismo parecía cada día más viejo y más regañón. Unas sombras púrpuras
se le desparramaban por las cuencas de sus ojos y sus cada vez más nu-
merosas canas resistían los tintes que le aplicaba Fierrito, el peluquero
preferido de la gente del Chimú. Ofelia, Nora, y Sara, que después de
mantener distancia decidieron echarnos una mano, trabajaban hasta la
madrugada y caían dormidas sobre las bolsas de papel picado reservadas
para el día de la victoria. Por mi parte, para no tener que ir y venir de Villa
María, empecé a dormir en el viejo sofá del local del movimiento. En las

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noches calladas, las olas que reventaban contra las rocas de la bahía me
hacían recordar mis días en la casona de Miraflores.
Como te decía antes, sin embargo, los momentos más oscuros en
mi vida siempre parecen venir acompañados de repuntes de luz. Franco,
hermano. Y esta vez no fue diferente. Por esos días llegué a conocer a
Lois Gergen más íntimamente y esa buena mujer me alegró la vida, flaco.
Lástima que ella y yo nos hayamos acercado precisamente cuando ya todo
estaba por venirse abajo.

Amateurs, dice don Juan Chong, pero no todos, claro. Los que vinieron
enviados por quienes tenían miedo de que Chimbote se volviera rojo no
eran amateurs. Ramiro y Edgar, el jefe de los gringos del Cuerpo de Paz,
por ejemplo, eran hombres fogueados en otros lugares. Ramiro había sido
entrenado en Cayey, Puerto Rico. Esto último lo supe por boca de mis
camaradas de Lima, ya todos fallecidos, lamentablemente. Por su lado, el
gringo Edgar se mantenía en contacto con su gente mediante un pode-
roso radio de onda corta que llegaba desde Chimbote hasta Washington.
Antonio Audón también era un profesional. Él mismo lo pregonaba por
todos lados, aunque no era tan independiente como se presentaba por
aquí. El cojo ese había sido preparado por los apristas para la toma del
poder. Por eso nos extrañaba que dijera que ya no militaba con ellos. Y la
verdad es que parece que sí, había sido purgado... Todo eso andaba entre-
verado... Pero, claro, con nuestros años de experiencia, le digo que ni a mí
ni a Juan nos sorprende nada. ¡No, Juan! ¿Quién sabe si él seguía siendo
aprista y solo se hacía el loco?…

Informe oficial. P. 311. Casete # 2.


«Ramiro y Audón. Mayo 23, 1968. Local del Movimiento
Independiente».
—...Yo solo te digo lo que sé. A mí me importa un comino si lo
que ellos piensan es errado. Te prevengo como amigo que somos. Te
aseguro que a Bolas de Acero no le interesan estas cosas; son para él
algo muy periférico. Pero claro que va a usarlas, y todas, para lograr

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su objetivo, que para él es nada más ni nada menos, defender a su
patria. Me consta que no tiene nada contra la mariconada, a pesar
de lo que dice la gente. Pero, en realidad, ¿a él qué le importa lo que
pensemos tú y yo? Es un hombre con una misión clara y con eso no
se juega, chic.
—Yo sé que tiene convicciones y que el resto es secundario. Sé que
deja que la gente hable de él como de un empedernido para aumentar
fama y dar miedo a la gente, pero yo tampoco estoy jugando, querido
amigo. El Perú está en una encrucijada. Si dejamos de actuar por
miedo a lo que hagan los Bolas de Acero del mundo, nos vamos
todos a la mierda y entonces sí mereceríamos ser tragados por el
imperialismo yanqui que, quizás a pesar tuyo, te lo cedo, representas.
Con convicción o sin convicción, Bolas de Acero no me amilana…
—No es cuestión de ser amilanado, chic. La cosa es conseguir lo
que uno quiere aunque sea por otro camino. Espera a que pasen las
elecciones, coño. Yo tengo la corazonada de que las cosas van a cambiar
en el Perú, pero por lugares y maneras de las que ni tú ni yo tenemos por
ahora la menor idea. Lo único que te puedo decir es que así es el mundo,
chic', que muchas veces uno no se llega a dar cuenta de lo que viene sino
hasta que llega… Y de paso, me gustaría leer tu trabajo, chic'. ¿Quien
sabe, te pueda dar una mano con eso? Para poder publicarlo, digo, no
sin antes leerlo, por supuesto. ¿Tienes una copia aquí?
—Está guardada. Pero, dime, ¿qué pasa con esto de la Convención?
Yo creo que hay gato encerrado en esta cojudez…

Los eventos se aceleraron cuando Audón demandó la dirección de El Ha-


chón, dice Benjamín. «En una campaña», me dijo una tarde en el local,
«todo debe de apuntar a la meta principal, que es la victoria. La libertad
de prensa es caca de ganso». Por miles de razones, yo no quería enfren-
tarme con Audón. Así que no tuve más remedio que decirle que habría
que consultarlo con el padre David. «¿Por qué no le pides permiso a Ra-
miro?», me contestó, entre sardónico y como si estuviese divulgando un
secreto. «Es él quien toma las decisiones. ¿O no?». Audón tenía razón
de sospechar, flaco. Daba la impresión que el padre Ramiro manejaba las
cosas desde las sombras. Todo el mundo lo consultaba. Su motocicleta se
escuchaba por todos lados en el silencio de la noche... Además, es también

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cierto que cuando le di la noticia el padre David parecía advertido. «Las
cosas están fuera de quicio», me dijo, pensativo. «Habrá que aclararlo
todo esta noche», agregó.
Viéndolo todo desde este día con lluvia, el padre David podría ha-
ber estado advertido de muchas otras cosas también. Quizás ya sabía que
Bolas de Acero estaba por llegar al puerto, por ejemplo; quizás ya sabía
hasta qué punto Jesse Edgar estaba metido en todo lo que se venía. No sé.
Lo cierto es que tuvimos que juntarnos.
El trabajo de inteligencia de esos años dejaba mucho que desear. Tuvo
que venir lo peor para que se hiciera el esfuerzo necesario. Cuando me dieron
la tarea de coordinar el trabajo, tuve que empezar desde abajo. Tuve que
encerrarme por meses en ese sótano a leerlo todo, a cotejarlo, a rebuscarlo. Al
final, sí, mis informes aligeraron en algo una burocracia ineficiente —y, por
lo tanto, por lo general, inofensiva—, que después tomó un vuelo inesperado.
Pero a pesar de todo lo que se hizo, no me pesa, eso no me pesa.
La oficina del Movimiento Independiente ocupaba un solo cuarto
de una casona de madera de un verde desteñido que formaba parte del
Chimbote antiguo. Un montón de revistas y periódicos pasados cubría
la puerta trasera, que conducía al resto del edificio en ese entonces ocu-
pado por una imprenta y el bufete de notarios públicos. Contra una de
las paredes interiores, en el lado que daba hacia el mar, había estantes
con paquetes de fotos de Mario Solar en blanco y negro y varias rimas de
afiches lustrosos que anunciaban un nuevo porvenir. En las otras paredes,
toscas y deslustradas, había cuadros de lugares desconocidos, calendarios
de propaganda para estaciones de venta de combustibles y dos cuadros
grandes del candidato independiente con el índice derecho apuntando
el sendero de la victoria. El resto de la sala reunía mesas desiguales, sillas
viejas, bancas de madera y un desvencijado sofá verdusco que me servía de
cama. Los focos de luz colgaban de sucias extensiones blancas y delgadas...
Nos habíamos reunido alrededor de la antigua mesa de Armando.
La discusión fue realmente extraña, flaco. Algo pasó esa noche
que hasta ahora no entiendo. Me dio la sensación de que vivía un ex-
tenso déjà vu. No sé si te pueda ayudar en algo, pero mejor te lo relato
sin más comentarios.

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«No se pensaba en un periódico político», comentó el padre David
algo distraído, limpiando sus lentes parsimoniosamente. En esa luz
mortecina, el cura parecía extrañamente muy dispuesto a ser convencido,
flaco. Desde su asiento detrás de la antigua mesa de Armando, Audón lo
miró entre incrédulo y admirado, pero cuando habló lo hizo sin apuro
y sin mucha emoción: que se necesitaba un portavoz, que no había
nada malo en apoyar la diversificación política, que la neutralidad de El
Hachón ya era una posición política... Te juro que era como si Audón
se estuviese repitiendo, flaco, como si él ya hubiese ganado esa misma
discusión anteriormente.
La intervención del padre Ramiro no fue menos extraña. Empezó
hablando en un tono muy serio, como yo nunca lo había escuchado ha-
blar antes: que habría que pensarlo bien, que las cosas andaban delicadas,
que se estaba perdiendo control de los eventos. Me dio la sensación de
que estaba preocupado por cosas que él sabía que se venían pero que, de
alguna manera, todavía se podrían prevenir. Y después de un aluvión de
consideraciones ofrecidas sin mucho afecto, hizo una pausa, parecía per-
derse muy hondo dentro de sí. Yo pensé que estaba a punto de revelar un
secreto importante que quizás había recogido en sus andadas nocturnas,
pero no, flaco; en el último momento, cambió. Terminó su intervención
volviendo a ser el mismo de siempre, exagerando sus palabras y cogiendo
sus manos para un lado:
—Además —dijo—, no sentaría bien con el comandante, el monse-
ñor, los camaradas, y ni pensar las lesbianas y los maricones…
Me cuesta imaginar a don Felipe Ramiro Arteaga haciendo esas mue-
cas. Eran otros tiempos, claro; hace ya como 30 años. Ese viejo llorón y pela-
do se los comió a todos.
A la semana de esa reunión, Audón contrató dos asistentes de
Lima: Aurelio Zavaleta Baca y Lucio Cosio García. El dúo trabajaba
día y noche, flaco. Entrevistaban a todo el mundo, infiltraban los míti-
nes de la oposición, escribían artículos de toda laya y siempre comían y
dormían juntos. Eran hombres sombríos y no tenían el menor interés
en llegar a conocernos. Cuando las cosas se pusieron difíciles, uno o dos
días antes de la Convención, desaparecieron. Nunca más los volvimos a

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ver... Pero, para ser honestos: ellos sabían lo que hacían. Con su ayuda
la circulación de El Hachón aumentó y nuestros artículos eran citados
en publicaciones nacionales... Por eso yo pensé que Roberta se iba a en-
terar de mis andadas, flaco. Y te confieso que la idea no me disgustaba
del todo. Los días sin saber de Miraflores se volvían largos. Yo ya había
dejado de extrañar tanto a papá, pero seguía teniendo pena por mamá...
No, Roberta no llegó a saber de mí de esa manera, ¿no? La verdad es que
no supe que había sido Susana quien les había dado la mala noticia sino
hasta mucho después...
Susana. No, no sabía nada de ella, flaco. Me hubiese gustado, claro.
La tenía siempre en la mente, pero no, todavía no la he vuelto a ver.

El padre David es del sur de Boston, dice Felipe Ramiro Arteaga, de un


lugar en el norte de los Estado Unidos donde hay muchos irlandeses y
hace un frío que muerde. Mucho después de los sucesos de Chimbote,
me fui a visitarlo por allá. Para ese entonces ya nos habíamos hecho ami-
gos. Me enseñó su colección de tarjetas de béisbol y sus fotos de cuando
era un niño pródigo y salía en las páginas del Boston Globe como un
futuro DiMaggio. Al gringo ese sí que le gusta el béisbol. Quién sabe si
fue eso, el amor al béisbol, lo que nos juntó aún después de lo que pasó
en Chimbote. Yo, como él, amo el fútbol; pero al béisbol lo llevo en las
venas, coño.
Una bandada de patos reales descendió al lago. Venía del Este.
Las plumas verde y azules resplandecían en el sol que se hundía. Un
viento suave mecía los sauces llorones cuyas ramas acariciaban las aguas
cristalinas.
Cuando niño, David se contentaba con jugar el béisbol, con mirar
el televisor en blanco y negro y con andar por esas calles llenas de olores y
sonidos de vida apurada. Boston es así, chic’, un apuro sin tregua… Pero
un día, cuando estaba mirando el televisor, David se vio fuera de Boston.
No, no, no se vio fuera de Boston, chic’, se trasladó fuera de Boston más
bien. Me explico; estaban pasando las noticias por la televisión. Había
un mar de gente negra corriendo, gritando, gesticulando. Había policías,

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perros enormes, humo denso. Y David me dijo que se quedó lelo mirando
todo eso. Y en medio de ese entrevero, David vio a un hombre blanco aga-
rrándose la cabeza. Estaba sangrando. Le era conocido. ¿Quién? ¿Quién?
No le venía nada. En eso, en toda esa conmoción, alguien le extendió un
micrófono al herido. El hombre quiso decir algo, pero le faltaron las fuer-
zas. En el último momento, miró de frente hacia la cámara y se dejó caer.
Se perdió en el mar de gente negra. David lo siguió. Así como lo oyes,
coño, lo siguió. Se metió en esa multitud, chic'. Estaba ahí mismo, en el
entrevero, tratando de averiguar lo que el hombre había querido decir.
No pudo, claro. Pero, cuando todo pasó, David se había vuelto otro. Algo
le había retorcido el alma.
Don Felipe pareció perderse en ese inverosímil pasado. Me dio la sen-
sación que el viejo se sentía cómplice de algo, de alguna manera. Traté de
descifrar esa sensación para ponerla en mi informe, pero no me vino nada.
Ahora, 20 años después, pienso que quizás solo haya sido el hecho que don
Felipe ya estaba cercano a la muerte.
David aguantó varias semanas sin decir nada a nadie. No podía con-
centrarse ni en el colegio ni en los partidos. No podía dormir. Soñaba
cosas extrañas… Hasta que no pudo más y confió en su madre, una mujer
redonda y pelirroja, a juzgar por las fotos. Al siguiente día, doña Berna-
dette O’Shea se levantó temprano, se puso su vestido y sombrero de misa
y le dijo a David que lo acompañara a ver al padre Nicholas.
El padre Nicholas vivía en la casa de la parroquia. David me dijo que
era viejísimo y que andaba en sotana y sin nada abajo porque regalaba lo
poco que tenía a los pobres, era uno de ésos que realmente tenían fe, chic’.
El padre Nicholas lo sentó en un sillón viejo, lo miró con mucho interés,
le sobó la cabeza y le preguntó qué era lo que le molestaba, que por qué no
podía dormir y andaba todo deshilachado. «Por culpa de una visión y un
sueño», le contestó David. Y David le contó lo de la televisión y encima
lo del sueño: hay un desierto enorme, padre. Solo que es verde, es como si
alguien hubiese querido ocultar al desierto pintándolo. Yo siento la arena
correr por entre los dedos de mis pies, padre. Ando por el desierto y tengo
miedo de hundirme, aunque que nunca me hundo. En eso, todo cambia
y me encuentro cruzando un puente infinito. Al otro lado, que no puedo

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ver, sé que hay una cruz. Sé que debo tocar esa cruz, pero no puedo. En-
tonces, regreso al desierto, con la cruz, solo que es de arena, padre. Quiero
evitar que se desmorone, pero no puedo. Y todo se repite otra vez.
El padre Nicholas se levantó de su asiento, se sobó las arrugas de la
cara, puso ambas manos tras sus frágiles espaldas, dio unos pasos inciertos
por el cuarto y volvió a mirar a David a los ojos:
—Dios a veces nos habla en formas extrañas, hijo. ¿Has pensado al-
guna vez en el sacerdocio?... Cuando joven, yo también tuve sueños así.
En Irlanda. Solo que tu desierto era para mí un campo de pasto enorme…
Piénsalo, hijo. Los sueños van a desaparecer. No te preocupes... Estamos
viviendo en tiempos extraños. Todo parece estar al revés... Si siguen los
sueños, regresa para conversar.

Informe oficial. P. 240.


Memorando del Movimiento Independiente
Julio 1, 1968.
Tres puntos a remachar:
1. El Movimiento Independiente defenderá la independencia
política y económica del puerto. Los impuestos recaudados por
derecho de aduana se quedaran aquí. Mario Solar se compromete
con el pueblo.
2. Para mantener una vigilancia fiscal eficaz y creadora, necesitamos
equipos de gente bien formada y, por lo tanto, promoveremos la
creación de universidades nuevas. Mario Solar se compromete
con el pueblo.
3. El Movimiento Independiente abogará por los derechos de todos
los ciudadanos. En particular, promoverá la unión de trabajadores
manuales e intelectuales en pos de lograr una sociedad justa
donde no exista la discriminación y la explotación del hombre
por el hombre. Mario Solar se compromete con el pueblo.
Ojo: En ningún momento se mencionarán los otros candidatos. Las
respuestas del Movimiento Independiente las dará por Mario Solar
en el momento conveniente.

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Ojo: Se rechazan en todo momento todas las acusaciones contra
el candidato del Movimiento Independiente pero sin atacar a los
adversarios.
A. Audón

En los últimos días de la campaña, poco antes de la Convención, mi vida


perdió todo sentido de orden, dice Benjamín. Dormía en cualquier lugar
y a cualquier hora. Comía cuando podía. Andaba como un sonámbulo
en ese desierto porque Audón parecía haberse apoderado hasta de mis
sueños. Y, por supuesto, para entonces ya habían ocurrido otros cambios
a mi alrededor.
Cansada de ser dirigida y amonestada, Ofelia había dejado la política
a un lado y se había puesto de actriz en el elenco del Chileno. Andaba por
las barriadas con largos velos de gasa, protegiendo la poca juventud que
le quedaba contra el viento y la arena. Después de mucho andar, llegó a
bajar de peso y a recuperar la esperanza de ser novia. Nora simplemente
desapareció. Nunca más la volví a ver. Ofelia me dijo que su hermana se
había resignado a pasar el resto de su vida en la cocina, haciendo tortas.
Sara me hacía señas amistosas a la distancia, pero, después de enseñarme
su secreto, dejó de hablarme. Siempre andaba por la otra acera… Claro
que encontré esa actitud sumamente extraña, flaco. Al principio traté de
entenderla, pero después de mucho rebuscar llegué a la conclusión de que
nunca la podría entender. Ahora pienso que ella se había arrepentido de
haberme dado algo que hubiese preferido guardar para otro.
El Chileno se volvió una leyenda viva por las barriadas del puerto. Se
le dio por usar un poncho marrón y un sombrero ancho y negro, aún en
días de calor agobiante. Andaba por esos arenales tocando huaynos, valses
y marineras en un acordeón rojo y su elenco daba funciones gratis por
todas partes. Los muchachos lo llegaron a conocer como el Tío Willy y lo
rodeaban por donde aparecía. Yo lo veía solo de vez en vez, cuando venía
por la oficina a saludarnos. Siempre llevaba consigo un cuaderno negro
lleno de ideas para guiones y diseños para escenarios. Pobre Chileno.
Como te dije, Armando regresó para ayudarnos, pero ya sin el mis-
mo entusiasmo. Un día me dijo que no le agradaban los tipos que Audón

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había traído de Lima. En realidad, no sé por qué Armando siguió con
nosotros. Sería por lealtad. Una vez, a pocas semanas de las elecciones, me
dijo que estaba enamorado de Zoila —una costurera de Villa María— y
que se iban a casar antes de la Navidad. Para marcar el nuevo rumbo de
su vida, él había empezado a usar anteojos oscuros. Lástima que la Con-
vención se programó solo dos semanas antes de los comicios municipales.

Los sueños desaparecieron, dice Felipe Ramiro Arteaga. La Navidad


llegó a Boston sin apuro, el río Charles siguió deslizándose tranquilo, y
el puerto se cubrió de un blanco de invierno, como siempre. Vinieron
primaveras, cumpleaños, partidos en las diferentes canchas del barrio.
Hasta que David terminó la secundaria y sintió el peso de un verano
caluroso, húmedo y triste... Su madre murió ese verano, de la noche a
la mañana, chic', sin avisos ni adioses. Un día se fue a su cama y no se
levantó más.
En ese agosto pesado, quizás azuzado por una lucha existencial, una
lucha contra la pérdida de fe, David llegó a comprender su verdadera
vocación: sería sacerdote. Así que se despidió de los amigos, de las canchas
de Boston y se metió a un seminario por Philadelfia. «Esos fueron años de
calma», me dijo, «años de estudios, de lectura, de introspección». Aprendió
filosofía, música, idiomas. Se preparó bien para vivir la vocación… Los curas
gringos tienen ese lujo, coño. No como yo, que tuve que limosnear para
conseguir entrada y agarrarme de todo para no salir corriendo… Más que
todo, David cimentó su vocación y logró reconocer la fuerza de la fe, chic’.
¿Estás seguro de que no te apetece ni una cerveza? Deja la disciplina
de marinero a un lado por un rato, coño. Prometo guardar el secreto.
¿Cómo podía Felipe Ramiro Arteaga seguir mintiendo así en 1985?
Tal vez ya había vivido demasiado pensándose fiel y ahora le era difícil de-
jar ese papel. ¿No ocurre eso con todos? Un momento de coraje puede enca-
minarnos hacia una vida de héroe y un momento de cobardía sumergirnos
en la bajeza. De eso estoy seguro. Pero a veces, cuando uno se cansa de ser
lo que otros quieren que uno sea, uno cambia de un porrazo. Como papá.
Como Benjamín en 1983.

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Pero bueno, volviendo a lo de David, lo mandaron a Chimbote. So-
bre la vida que él encontró en el puerto me soltó una letanía: era un lugar
donde el desierto no era verde sino un espejismo, donde el Dios de la cruz
tenía adornos antiguos, donde la tentación crecía todos los días, donde el
olor a pescado hervido era la contraseña del anticristo; donde había Mag-
dalenas a montones, donde los mártires no tenían nombre, donde la fe se
equivocaba, ¡coño!... Felizmente que David tuvo el apoyo de la hermana
Dorotea, una gringa que hubiese sido muy buena abuela, chic'. Una de
esas mujeres que comparten su fe y su corazón sin miedo, y, por eso, sin
esperar recompensas de ninguna clase, ni siquiera de Dios.
—Uno se acostumbra, padre —me dijo David que ella le aconseja-
ba—. Uno tiene que ver más allá de la pobreza, más allá de las blasfemias
de todos los días. Acostumbrarse no significa aceptarlo, padre. Uno sigue
luchando, siempre, pero hay que hacerlo sin los estorbos de la falsa pie-
dad, la falsa esperanza, que también es soberbia. Aunque suframos más
que ellos, padre, aunque sintamos más que ellos mismos su desamparo,
nunca podremos expurgarles su dolor, su ira. Nosotros no somos sus re-
dentores. Es Él. No hay que olvidarlo, padre.
Cuando lo conocí, unos meses después de que yo llegara a Chimbo-
te, David ya andaba más calmado porque se había metido a fondo con la
gente. Me apoyó cuando yo lo necesitaba, cuando todos los gringos des-
confiaban de mí y me creían un agente de la CIA, un maricón como Ma-
rio o un payaso posando como cura. Para qué, David me dio la mano. Y
yo también. Por eso, cuando Jesús Sambrano —un bastón invisible de la
iglesia por esos días— mandó a Benjamín a su iglesia, todo deshilachado,
muriéndose de miedo como el marica que es, colaboramos. ¿Por qué no?
Estábamos jalando para el mismo lado. Él con fe. Yo, quizás, con odio.
Jesús Sambrano. ¿Quién era en realidad aquel hombre? Me hubie-
se gustado saber, pero no le pregunté nada más a don Felipe. Ya tenía
suficiente con lo de Benjamín. Además, todo ya se me estaba volviendo
una maraña de conexiones, de coincidencias, de secretos, tal como me está
sucediendo ahora mismo, después de tantos años. ¿Cómo acortar todo este
cementerio de voces y recuerdos?... Hice bien en no preguntar nada más
sobre Jesús Sambrano.

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Es cierto. A veces Dios nos habla en maneras extrañas, chico. ¡Si te
cuento que David decidió ayudarme con eso de El Hachón solo después
de soñar con el padre Nicholas! El buen padre había muerto, casi a los
cien años, y David le celebró su misa. Yo lo vi llorar levantando la hostia.
¿Blasfemia?... Te juro, chico, que esa fue una de las pocas veces en mi vida
cuando lo hubiese dado todo, todo, por sentir esa fe, esa fe profunda, esa
fe que dicen que achica el mundo, que hace feliz el destino y que en ese
desierto hacía tanta falta.

Sam me confundía, dijo Benjamín. Me repasaba las ideas de papá. Les


daba vida, flaco. Pero yo ni podía decirle que resonaban en mí, porque
no eran mías, porque nunca fueron, franco. No me enfrenté a esa verdad
sino hasta mucho después, cuando habían pasado muchas cosas y ya era
demasiado tarde para cambiar.
Benjamín había puesto los trastos cerca del faldón delantero de la car-
pa. Estaba tumbado en el piso de nylon. Parecía a punto de dormir, pero
seguía hablando. Afuera, la lluvia seguía alimentando ríos invisibles. Pensé
que tenía que dejarlo hablar nomás, aunque sean tonterías.
Sam sí había cambiado y bastante. Cuanto más tiempo pasaba an-
dando por las barriadas, más se convencía de que solo una revolución ra-
dical cambiaría las cosas en el Tercer Mundo. Hablaba constantemente
de Trotsky y del Che y maldecía abiertamente a Canchero, que por esos
días era dueño de medio Chimbote. No sé exactamente cuándo sufrió
Sam esa conversión. Es probable que haya sido durante el fiasco de lo de
Mohanna. Como te dije, Sam había tomado todo eso muy a pecho y es
posible también que todo haya sido paulatino. Aunque a veces pienso que
el cambio le vino de golpe, en un miércoles de malas noticias.
Sam venía a menudo al sótano de la iglesia para trabajar en El Hachón.
Pasábamos horas allí, escribiendo, leyendo y escuchando la radio de
onda corta. La hermana Dorotea siempre lo instigaba a que se juntara
con los otros voluntarios. «Sal de esta cueva, Sam», le decía. «¡Reto-
za por las playas!», insistía. Pero Sam solo le sonreía, cohibido… En
fin, ese miércoles estábamos escuchando música de la BBC mientras

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arreglábamos los artículos para la edición del domingo. En eso, el co-
rresponsal principal interrumpió la programación para informar que
Bobby Kennedy había sido herido de muerte… Sam se puso muy pálido,
se levantó de su asiento, caminó en círculos tomándose los cabellos, se
derrumbó en el viejo sofá, se cubrió la cara con ambas manos y se puso a
llorar. Algo extrañísimo en un hombre como él. Yo no sabía qué hacer,
flaco. Sam se sacudía sollozando. No atiné más que a apagar la imprenta
y ponerme a mirar por la ventana... Momentos más tarde, la herma-
na Dorotea bajó por las escaleras de cemento. La pobre estaba hecha
un desastre. Venía sosteniendo su enorme crucifijo con ambas manos
y tenía los ojos rojos del llanto. Cuando llegó al lado de Sam se inclinó
suave sobre su cuerpo y él la tomó de la cintura. Se tuvieron así, quedos,
sin decirse una palabra, por un largo tiempo... Yo salí del sótano para
dejarlos solos.
Sí, tal vez haya sido esa tarde cuando Sam decidió cambiar el mun-
do radicalmente. Lo cierto es que, desde ese miércoles, él se volvió más
emocional y algo descuidado con su persona. Era como si unas com-
puertas invisibles en su ser se hubiesen abierto de par en par. Empeza-
mos a ir más a menudo al Copacabana, a tomar Jack Daniels y a escu-
char la música de Los Bravos, The Greatful Dead, The Doors y The
Who. Muchas veces nos amanecíamos. A veces nos íbamos a la Casa
Rosada, el prostíbulo que quedaba al sur... Por eso no me sorprendió
cuando supe que Jesse Edgar lo había echado del puerto poco después
de que Bolas de Acero hizo de las suyas.

Claro que algunos se volvieron profesionales, dice don Juan Chong. Co-
juditos que eran tan lerdos como nosotros llegaron a ser doctores de leyes.
Títulos amarrados, nomás, pero así eran las cosas en esos días. La gente
venía y se iba de Chimbote como pagada. Ofelia, por ejemplo; ella empe-
zó en la Casa del Niño, donde le fue muy bien. Después, cuando actuaba
en el elenco del Chileno, la gente salía corriendo de sus casas para verla
actuar. Pero, claro, nada de eso duró... Una de las peores consecuencias
del fiasco de la Convención fue la eventual desaparición de la Casa del

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Niño y del teatro callejero. Después de que Bolas de Acero vino a joderlo
todo, la gente dejó de juntarse para esas cosas. Desde el 80, peor.
Una pareja de jóvenes aminoró el paso cuando estaba al frente al des-
pacho de los Juanes. Ambos retrocedieron y miraron hacia adentro con cu-
riosidad. Don Juan Terrones alzó la cabeza lleno de esperanzas, pero la pa-
reja siguió su camino y dejó atrás un remolino de silencio. Don Juan Chong
volvió a su relato.
Ofelia se fue. Un día agarró todos sus cachivaches y se largó del puer-
to por la misma pista por la que había venido. Se metió de actriz por Ba-
rranco. Ya estará vieja la pobre, o habrá muerto. Yo la vi una noche, a
mediados de los 70, cuando los gorilas nos soltaron de El Frontón. Como
no teníamos nada qué hacer, nos fuimos a verla, ¿no, Juan?... A Juan nun-
ca le ha gustado el teatro. A mí, sí. Además, quería ver a Ofelia una vez
más…. Allí estaba ella, toda gordita ya, haciendo papeles de mamá celosa.
No le dijimos nada. Nos venimos sin hablarle... Juan tenía muchas espe-
ranzas con ella, ¿no, Juan?... Parece que este señor no está para juegos hoy
día. En su tiempo, este era un bandido; le gustaba mucho piropear, sobre
todo a las muchachas que vivían por el malecón, por allí donde queda-
ba el Casino Español. Le gustaban las gringuitas a este cojudo. Como la
Lois, por ejemplo, la querida de Benjamín que vivía en los altos del San
Remo.  Juan la veía caminando por la Plaza de Armas y la silbaba… Juego
no más.  Juan siempre ha tenido más suerte con las morenas.

Sí, claro, hubo momentos de calma antes del desastre, dijo Benjamín.
Siempre es así, ¿no? Por eso esta lluvia me pone nervioso... Fue durante
esos días desquiciados cuando llegué a conocer mejor a Lois. Y como ya
te dije, esa mujer me calentó la vida, me quitó el sentimiento de no valer
nada, aunque solo haya sido por un tiempo… ¿Qué más te puedo decir?...
Al principio nuestra relación fue algo superficial, una conveniencia para
ella, que estaba lejos de su país y sin amigos, pero yo sé que con el tiempo
se volvió algo más.
Benjamín seguía con los ojos casi cerrados. Se había sacado las botas
y dejaba ver sus calcetines sucios con pequeños agujeros. Me dolía todo el

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cuerpo de tanto estar en el suelo duro y desigual, pero no quise moverme para
no estropear el momento.
Los últimos días juntos yo le leía de The Collected Poems of Robert
Frost los domingos por la mañana, cuando ella se tendía a tomar sol. Mu-
chas noches tomábamos pisco sours en el Copacabana… Pero, más que
todo, caminábamos por las playas desiertas de Chimbote. Nos íbamos
hasta El Dorado, cantando contra el viento… En uno de esos paseos ella
me dijo que era de Kansas, de un lugar por el centro de su país, con mucho
maíz y ganado.
—¿Y tú?
¿Yo? De Lima. Siempre era mejor decir eso, flaco. Lima siempre se
daba grande y anónima. «¿Por qué saliste de Kansas?», le pregunté. Lois
volvió la cara hacia el mar y sus ojos verdes escudriñaron las distancias.
«Porque no quise casarme con Casey… es una historia larga», me con-
testó. El viento jugaba con sus cabellos rubios y las olas del mar en baja
rodaban suaves a sus pies. Lois era alta, delgada y algo estoica. Me hacía
recordar a Roberta.
—Estábamos de novios desde la escuela secundaria y nos quería-
mos mucho —me dijo—. Hasta fuimos a la universidad juntos. Cuan-
do estábamos ahí, él se compró un Chevy 57 de color verde. ¡Nos paseá-
bamos por todas partes!... Siempre íbamos a los ríos y a los lagos porque
me gusta mucho el sonido del agua cuando hace olas y cuando corre.
Hay un ritmo calmante y precioso en el juego del agua, ¿no?... Desde
las orillas de todos esos ríos yo adivinaba el ritmo del mar. Me lo imagi-
naba más relajante y más precioso todavía. Me enamoré del sonido del
mar aun sin haberlo escuchado. ¿Me crees?... Casey quería que nos ca-
sáramos apenas saliéramos de la universidad… En realidad, lo habíamos
planeado por años. Pero cuando llegó ese día no pudimos porque no
teníamos suficiente dinero como para hacer un viaje largo a la costa. No
sé si soy una tonta, pero no quería pasar el resto de mi vida pensando
que me había casado sin antes ver el mar. Y pensaba que Casey siempre
me iba a esperar... No escogí venir al Perú. Quería irme por las costas
de África. Pero uno no siempre puede decidir las cosas… Me manda-
ron a una escuela en Palo Alto, en California, por tres meses. Ahí me

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enseñaron algo del Perú, de sus culturas, de su economía, de su política.
Casi todo equivocado.
Lois gozaba la vida de una manera sencilla, flaco. Acompañaba las
canciones que brotaban de su tocadiscos portátil con una voz tierna.
Cuando tomaba algo de escocés, se ponía a bailar descalza en su peque-
ño apartamento sobre el San Remo, un restaurante que quedaba en la
esquina sudoeste de la Plaza de Armas… Yo la admiraba, flaco. Ella había
llegado a Chimbote para vivir su sueño o para despertar; yo, en cambio,
había llegado por casualidad o peor, por el despecho… Andábamos por
las dunas. Nos leíamos poemas. Hacíamos el amor cuando caía el sol…
Hasta que nuestra amistad se volvió otra cosa. ¿Amor puro y verdadero?
No sabría decirlo. Solo sé que me quiso tanto como yo a ella. Pero, claro,
entre nosotros había un abismo enorme de cultura y de expectativas.
Nunca la culpé de nada.

Llegamos a saber de Benjamín por pura casualidad, compadre, dijo el


comandante Rojas. Esto sería a comienzos del 68, más o menos, poco
antes de Velasco.
En esos días los soplones andaban buscando grupitos como los
nuestros por todos lados, pero más por Vitarte, La Victoria, por Canto
Grande, que recién se estaba extendiendo por el desierto. O sea,
nosotros estábamos más o menos a salvo. Éramos —o, en mi caso, quería
ser— pituquitos. Susana tenía amigos de Miraflores, de San Isidro, de
Barranco. Nos juntábamos por ahí, a veces en casas de gente que estaba en
el extranjero. Yo ni sabía quiénes eran y no era necesario que lo supiera;
Susana nos daba la dirección, sacaba las llaves, hasta conseguía que las
sirvientas nos dieran té. Por Dios, éramos más cojudos que la patada.
¡Haciendo la revolución en San Isidro! Putamadre. Pero hablando en
serio, la revolución al final tiene que cruzar por toda cancha, compadre;
todo tiene que ser purificado por el fuego revolucionario.
El comandante Rojas afinó el oído para escuchar un largo ronquido de
la radio. Yo estaba tratando de entender por qué él no había querido almor-
zar si ya era demasiado tarde. Ese día se me ocurrió que sería por tanto café

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que tomaba. Ahora me parece que quizás haya sido porque el hombre estaba
en plena confesión y no quería parar para no darse cuenta.
Estábamos con que Mao también no era más que un revisionista,
que Fidel estaba por aguantar la revolución, que el materialismo histórico
era una tesis de valor universal pero de concreta aplicación. Cojudeces.
Yo, como un huevón, defendiendo cosas que no entendía… Susana era
mi guía. Si ella decía así, así era la cosa. Ella nunca me pidió esa clase de
lealtad ni como favor, pero yo sabía que lo apreciaba, que le daba ánimo.
Creo que la amé así, de refilón, como una tangente que roza a un círculo
imposible. ¿Entiendes? Ella fue mi compañera teórica.
Después de esas reuniones venía lo bonito. Nos despedíamos de los
otros: Adolfo, Cachito, Pife, Toya, Beto, Teresa, el montón y nos metía-
mos por jardines, por calles sombreadas, por pasajes angostos y desiertos,
hasta llegar a la avenida Arequipa. De allí tomábamos un colectivo para
el centro. Íbamos al cine, al teatro, a fiestas. Caminábamos. Tomábamos
chocolate... Ya nos habíamos olvidado de Benjamín. Mejor dicho, ya no
hablábamos más de él. Yo, contento, carajo. Tal como andaba la cosa, la
tenía solo para mí… Pero esa ilusión se desmoronó en una de esas noches
—creo que fue a fines de enero, cerca de carnavales—, cuando nos fuimos
a un baile por Miraflores.
Ya serían como las once de la noche. En esos días la gente andaba por
las calles como las huevas, compadre. No había toques de queda. Esa coju-
dez llegó, como todo el resto de la cagada, con la caída de Velasco. Íbamos
de la mano. Sin cojudeces. Con respeto, con amistad. Aunque usted no
lo crea, yo la respetaba como a una joya preciosa, como canta mi querido
Javier Solís. La quería proteger sobre todo.
Entramos a una casa con muros rosados, con grass, con flores, con
negro de chofer, con cholitas de sirvientas, con hielo en baldes. La gente
estaba que hervía. Los mozos iban y venían con bandejas llenas de copas de
champán. Chesumadre. Una fiesta de burgueses peruanos que seguían que-
riendo ser franceses... Entramos de frente porque Susana conocía al due-
ño, un señor ya de edad con lentes gruesos y barriga ancha. Nos servimos
champán. Comimos quesitos. Susana conversó su poquito, le dio su besito
al viejo y nos fuimos a sentar por atrás, por un patio de losetas floreadas.

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Ahí estábamos, viendo bailar y mezclarse a la gente cuando se nos
acercó una señora ya madura pero bien arreglada, con cabellos de rizos
rubios rojizos. «Qué calor que hace, ¿no?», nos dijo sin siquiera mirar-
nos a la cara, echándose aire con una cartulina. «Pero, digan lo que digan,
es mejor que el desierto, ¿Usted qué dice?», preguntó y yo respondí: «Sí,
señora, por supuesto, cómo no...». Pero ella no se iba, parecía tener algo
que decir. Se pasó largo rato repitiendo que hacía demasiado calor... Has-
ta que Susana cayó en la cuenta. Con su sonrisa graciosa, que le hacía ho-
yuelos en las mejillas, ella le dijo: «Es verdad, hace mucho calor. ¿Por qué
no salimos al jardín? Parece que por allí corre viento...». ¡Imagínese! Ni
en las telenovelas, carajo. Pero es la pura verdad, oiga usted. Por mi ma-
dre. Cuando estábamos solos, la señora habló mirando al patio con una
sonrisa chantada en los labios, haciendo venias a los que miraban de lejos.
—Pata de Hacha se está yendo a Chimbote.

Lo primero que te debo de aclarar es que la Convención no fue orga-


nizada por nosotros, dijo Benjamín. Había tantas agrupaciones, flaco,
que no te podría decir quiénes fueron los responsables. Es posible que
hayan sido los comunistas, pero para mí que todo fue planeado por Bo-
las de Acero mismo. De lo contrario, ¿cómo explicar que se haya planea-
do solo a dos semanas de las elecciones? Velasco ya tenía todo preparado
para su golpe y no quería compartir el poder con nadie, flaco. Por su-
puesto, una vez que la noticia se desparramó por el valle, tuvimos que
hacer acto de presencia.
Las preparaciones para la Convención duraron varias semanas: se
hicieron afiches y banderines, se limpió el puerto de la basura suelta, se
decoró la Casa del Maestro donde se iba a realizar el evento, se hizo pro-
paganda hasta en las iglesias... Había algo noble en la idea, flaco. El pue-
blo no es tan ciego como a veces uno cree. Lo malo era que nadie sabía
para quién trabajaba. Y hasta ahora, no sé si Audón presentía que Bolas
de Acero —por orden del general Cirilo, que a su vez era picoteado por
Velasco— estaba detrás de todo eso, por ejemplo. A veces pienso que sí.
A veces pienso que Audón se volvió como una de esas polillas que una vez

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que ven al foco de luz ya no pueden dejar de matarse... Lo cierto es que
la Convención se inauguró con el himno nacional, con la bendición del
arzobispo y con escolta de honor de la Marina. Bolas de Acero se aper-
sonó con medallas y condecoraciones; el arzobispo, un gringo de Ohio,
llegó con sotana blanca; el alcalde se puso levita y el subprefecto llevó un
medallón colgando de las tiras nacionales. Todo regio, flaco.
Pero las cosas empezaron a cambiar apenas terminaron los aplausos.
Varias agrupaciones llegaron a última hora con el cuento de querer con-
tribuir con su granito de arena. Cuando se les negó ingreso, acudieron a
la radio para denunciar a supuestos comunistas que intentaban usurpar
sus derechos de ciudadanos. Se tuvieron que hacer invitaciones tempo-
rales, inscripciones abiertas, asignaciones de posiciones arbitrarias para
aplacarlos. Era gente profesional, flaco... Fue en todo ese caos que fui ele-
gido presidente de la Convención. Como todo el mundo me veía como
un tonto útil, les fue fácil verme también como un fantoche provisional.
Claro, me di cuenta de que había algo oscuro en el afán de diferentes gru-
pos por elegirme presidente. Nunca me creí un líder de masas, flaco, pero,
en el calor del momento dejé cualquier reticencia de lado… La verdad
es que no llegué a intuir las verdaderas dimensiones de lo que se venía.
¿Cómo podría haberlo intuido, en todo caso, si el mismo padre Ramiro
había intercedido para que el arzobispo abriera las ceremonias?... La des-
gracia no ocurrió sino hasta el siguiente día.

Me dejó lelo, dijo el comandante Rojas. ¿Cómo mierda iba yo a saber que
los pitucos conocían a Pata de Hacha, el contador de Terán, en Santa Cla-
ra? Porque no había duda de que hablaban de él. Susana hasta mencionó
su trabajo en el valle. Yo no conecté las cosas bien sino hasta mucho des-
pués, claro; pero esa noche ya empecé a darme cuenta de que Susana tenía
otras relaciones, otra vida casi.
Cuando la mujer se perdió otra vez entre la gente, Susana me miró
a los ojos y me sonrió. Sus hoyuelos en las mejillas se ganaron mi cora-
zón. «No es nada misterioso, Octavio», me dijo. «Pata de Hacha es un
amigo de un grupo anterior, es casi mi maestro, en realidad...». ¡Casi mi

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maestro! Conchesumadre... Esta lluvia me tiene medio huevón, compa-
dre... «Casi mi maestro», me dijo. Y yo me lo tragué todito… Solo ahora,
después de tantas cojudeces, de tantas cosas que pasaron, me doy cuenta
de que Susana era ducha para muchas cosas, que me protegía porque nun-
ca dejó de ver en mí a Octa, el cholito que iba a su casa, con sus harapos y
su gorrita de cholo, a tomar coca-cola. Me protegía, compadre... Yo no le
pregunté nada. Ella era mi teórica... A la semana, me pidió que la acompa-
ñara a otra fiesta. Esta vez sí me dijo que quería verse con sus amigos y que
Pata de Hacha iba a estar. «¿Tu maestro?», le pregunté.
—El mismo. Quiere verme antes de viajar a Chimbote. Dice que la
lucha para cambiar el Perú puede empezar en el norte. Uno de los candi-
datos en Chimbote es Mario Solar, de Miraflores. Conocido. Y dice que
Benjamín también está por ahí… Parece que hay posibilidades de éxito.
Hay que cultivar a los alcaldes de provincia, Octavio.
Así fue, compadre. Susana enterró un trozo de nuestro pasado con
una sonrisa y una convicción total. Nunca me dio la oportunidad de pre-
guntarle más sobre el personaje que habíamos conocido en Santa Clara.
Y así fue también como Benjamín volvió a nuestro mundo, por la misma
puerta por la cual se había ido. Era como si, en su caso, el tiempo no hu-
biese pasado para nada. Chesumadre. Susana no podía ocultar su alegría:
Benjamín estaba vivo y en la política, como ella, carajo. Yo pensaba que
iba a dejar todo atrás para ir a verlo. Tenía ganas, seguro, pero no… Se
quedó conmigo. A caminar por las calles, a sentarse por los parques, le-
yendo, pensando, soñando. Yo la quería así, compadre.
Susana bailó valses, cumbias y merengues en esa fiesta. Estaba cha-
posita y se reía lindo. El champán le habría afectado algo, seguro. Sea lo
que sea, esa fue la última vez que la vi realmente feliz. Después, cuando
regresábamos caminando por la avenida Larco, pasando por el parque-
cito ese de la Municipalidad, ella puso su cabeza sobre mi hombro y me
dijo que estaba feliz sabiendo que siempre estaríamos juntos. Pero por
mi madre que yo no sabía si ella también estaba pensando en Benjamín.
Yo no sabía si éramos tres los que ella quería que siempre estuviéramos
juntos. De novela, carajo. Como dicen, la vida es más difícil de creer
que las ficciones.

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No, no llegué a reencontrarme con Pata de Hacha. Ese día Susana
me sentó, se fue y volvió... Puta que uno hace cosas en la vida. Usted creerá
que yo era un huevón, seguro. Estaba templado de una mujer que amaba
a un mocoso, tapándome la boca por encamotado. Putamadre... Quizás.

EL HACHÓN
Villa María, Chimbote 26 de junio, 1968.

Director: Benjamín Peres-Benayón


Colaboración: Getulio Conig
Convención de Juventudes en Chimbote
Por: Aurelio Zavaleta
Con muchas expectativas los estudiantes y
los docentes esperan la apertura de la primera
Convención de Juventudes en nuestro puerto. Según
los organizadores, la Convención tiene como meta ser
un evento abierto y ampliamente cívico liderado por
representantes de la juventud chimbotana para la
discusión de temas de importancia local y nacional.
Entre los temas a tratarse se encuentran los siguientes:
Primero, la necesidad de crear una universidad
nacional en el puerto. Esto porque no es aceptable
que los jóvenes chimbotanos tengan que viajar hasta
Trujillo o, en algunos casos, Lima, para poder acceder
a una educación digna de todo joven con aspiraciones
de hacerse un futuro mejor.
Segundo, discutir y de alguna manera contribuir
a la defensa de las doscientas millas de mar como
territorio peruano. Esto porque hay potencias
extranjeras que, no obstante nuestros derechos
de historia y de ley, siguen reacias a reconocer la
soberanía del Perú sobre sus aguas.
Tercero, abogar por la justa distribución de los
aranceles portuarios y los derechos...
(Sigue en la página 4)

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Sí, llegué a comprobar que Pata de Hacha era el mismo contador de la la-
drillera de Terán, en la misma ladrillera donde yo vivía y donde el Tuerto
Vice mató al misha Chivita, dijo el comandante Rojas. No sé qué le habría
pasado al cojudo ese que había sido desterrado por esa polvareda, porque,
cuando mataron a don Quijote, Santa Clara se había vuelto un infierno
rojo y la gente andaba por todos lados como pollos moquillentos. Eso
duró años. En un momento raro, en un acercamiento redondeado por la-
gunas de secretos y silencios, carajo, Susana me dijo que el hombre era un
coco, que había estudiado para cura y que seguía los pasos de intelectuales
como Mariátegui y Salazar Bondy. Yo no sé si sería verdad, más bien creo
que ella exageraba, pero, como le decía, en esos días yo era su corderito y
le seguía los pasos.
El comandante Rojas se sacó el sombrero y se rascó la cabeza con la
misma mano. Caminó agachado hasta el fondo de la carpa, rebuscó en una
mochila y extrajo dos paquetes de frutas deshidratadas. Me alcanzó un pa-
quete y tomó el otro para él.
La cosa es que Pata de Hacha ya había estado por Chimbote, parece
que organizando a los pescadores. Quizás jodiéndole la vida a Canche-
ro, el capitalista capo del denominado «Nuevo Perú». Chesumadre. En
todo caso, se había puesto a trabajar con Mario Solar y Benjamín. ¡Ima-
gínese usted! Susana me contaba que Benjamín había empezado como
obrero de Construcción Civil, que escribía artículos en los periódicos
regionales y que tenía su programa de noticias en la radio. Habría creci-
do el cojudo. Ya me lo imaginaba: flaquito, con sus hombritos estrechos,
sus manitas de juguete, sus ojitos tristes, su carita redonda seria, como de
cura, carajo, como de cojudo, pero era sabido. ¿Cómo explicar que Susana
lo quisiera tanto sino?
—¡Octa, Benjamín acaba de publicar este artículo! ¡Mira!
Léelo. Huélelo. Chúpalo. Chesumadre. Yo ya había empezado
a odiar al huevon, compadre... Pero, no era su culpa. Era que yo estaba
templado... Hasta que un día Susana me mandó a verlo. Sí compadre, así
como usted lo oye, me mandó. Con mi odio y todo, la obedecí. Yo nunca

| 295 |
había salido más al norte que Puente Piedra, por mi madre. Ella sí. Co-
nocía Chimbote, Trujillo, Huaraz, Chiclayo, Cajamarca, casi todo el
norte. No sé cómo ni cuándo había ido por ahí. «Toma el Chinchaysu-
llo, Octavio», me dijo muy en serio. «Te bajas en la esquina de Bolog-
nesi y Gálvez y te vas al cine Grau». Todos eran héroes, carajo. La gente
del norte siempre está con esa cojudez de poner nombres de héroes a las
calles y a los cinemas.
Susana me preparó. Había que averiguar si podíamos coordinar
la campaña electoral de Mario Solar con lo que estábamos hacien-
do en Lima. ¿Fondos? ¿Apoyo intelectual? ¿Gente para organizar?...
Putamadre. Hicimos los planes como para que yo me fuera en dos
semanas. La cosa se estaba poniendo brava, decía Susana, y había que
apurarnos. ¿Por qué demoré dos semanas enteras antes de ir, enton-
ces? No sé. A veces los dirigentes tienen que tomar decisiones que
uno, como raso, no entiende. Esperé mis dos semanas nomás... Susana
decía que los apristas estaban organizando una manifestación con-
trarrevolucionaria en plena Plaza de Armas, que Mario Solar estaba
perdiendo adherentes por rumores de homosexualidad, que la iglesia
estaba metida en el conflicto. Yo la escuchaba nomás. No sabía ni
mierda y ni me interesaba. Yo solo quería escucharla hablar, con ese
dejito de pituquita, con esos gestos de señorita de familia. «Dile que
no pierda el ánimo, Octavio», me pidió. «Dile que estamos con él.
Dile que ya nos tomaremos unas coca-colas juntos, como antes. Ah, y
no te olvides de darle esta carta».
Tomé mi ómnibus. El Chinchaysuyo salió a las once de la noche
para llegar por la mañana. Era un viaje pesado. ¡Olvídese! Puro desier-
to. Unos pueblitos sufridos, arrumaditos contra la pista. Cañete. Ba-
rranca. Casma. Carajo. Felizmente que pasé por ahí de noche, cuando
la gente parece más alegre... Lo que yo no sabía, claro, era que ya hacía
rato que Bolas de Acero había allanado la Casa del Maestro, en Chim-
bote. Chesumadre. La gente tiene poca alegría por experiencia, carajo,
no por capricho.

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EL HACHÓN
NOTAS BREVES:
Por: Benjamín Peres-Benayón
Este sábado vuelve a las tablas Getulio Conig y
su elenco para ofrecernos una producción de No hay
isla feliz, del renombrado escritor peruano Sebastián
Salazar Bondy. Según Getulio Conig, esta es una
obra que al enfocar el norte peruano, ofrece una
buena oportunidad para reflexionar sobre nuestra
propia realidad. Ojo: Como una oferta adicional,
Getulio Conig hará estreno de un nuevo personaje:
el Tío Willy. Sin restarle el necesario misterio,
puedo asegurar que el Tío Willy llegará a ser uno de
los personajes más conocidos, más queridos y más
recordados de nuestro puerto.

En el segundo día de la Convención, dijo Benjamín, Audón estaba a


mi lado, en la primera fila del proscenio. Mario Solar cuchicheaba con
Napoleón Mohanna a nuestra izquierda. Alguien arreglaba el micrófono.
El Chileno, que había venido como el Tío Willy, estaba en el fondo de la
izquierda, junto con Armando. Parecían alegres, festejando algo. Había
gente fumando y el aire del recinto se había vuelto de un color azulejo.
Las ventanas, altas y pocas, habían sido inexplicablemente cerradas.
El aire viciado se hacía insoportable con el vaho de sudor y aliento que
crecía en la sala. Pese a eso, yo estaba en las nubes, flaco, como siempre.
Estaba mirando esas ventanas cerradas, tratando de explicarme tamaña
idiotez, pensando en lo que pasaría dentro de una o dos horas más de aire
insalubre. De repente, Audón se enderezó en su asiento bruscamente con
los ojos fijos en la puerta principal.
—¡Putamadre! —exclamó —, ¡Es una trampa! ¡Bolas de Acero nos
quiere matar! ¡Córranse, carajo!
Fíjate que yo ni le creí, flaco, a pesar que el pandemonio ya había em-
pezado. Pero no fui el único incrédulo. Nadie en el proscenio se movía.

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Mohanna tenía los ojos bizcos fijos en Mario Solar, quien se había levan-
tado y estaba pidiendo calma con las manos en alto.
—¡No seas huevón, mariconazo! —le gritó Audón, mientras trata-
ba de movilizar su pierna—. ¡Nos van a freír a todos!
El aire en la sala de pronto se había vuelto más azulejo y más den-
so; ahora me quemaba la garganta y me hacía toser. Don Salinas Ortiz,
el alcalde, estaba sufriendo un ataque de asma. El pobre estaba de ro-
dillas tratando de calmar los espasmos. El chillido de sus pulmones era
desesperante. Napoleón Mohanna estaba abandonando el proscenio
por la puerta trasera. Los búfalos de Fabricio Triste, el candidato apris-
ta, lo estaban sacando lo más rápido que podían. Audón, quien por
fin había podido alcanzar el micrófono, gritaba a todo pulmón: «¡Es
una trampa! ¡Una trampa! ¡Sálvense!...». En eso, la Casa del Maes-
tro se sacudió como en un terremoto. El tanque de Chimbote había
derrumbado la puerta principal y ahora avanzaba aplastando las hile-
ras de sillas de metal. Hombres con uniforme verde oscuro y máscaras
pasamontañas venían a los costados y detrás del tanque con las armas
enhiestas. La gente atrapada gritaba desorientada y buscabam desespe-
radamente la salida.
Corrí al baño que quedaba en el pasillo derecho. Mientras esquiva-
ba sillas y bajaba peldaños vi que Armando y el Chileno se perdían por
la puerta de escape, seguidos por los hombres uniformados que dispara-
ban. El eco de las armas en esa sala cerrada era ensordecedor, flaco, seguí
corriendo, hasta que llegué a la puerta del baño. Escuché unos tiros dis-
tintos, sonaban raquíticos y venían de muy cerca. Volví la mirada. Era
Audón. Estaba hincado en su pierna izquierda mientras disparaba un
revólver negro. Envuelto en un remolino de luz azul, sus cabellos rebeldes
parecían dedos crispados apuntando al cielo… Subí al inodoro y forcé la
ventana, que felizmente estaba corroída por la brisa. Trepé una pared lisa
y salí gateando por un techo de esteras cubiertas con una costra densa de
polvo amarillo. Me alejé reptando, adivinando las vigas, mientras los uni-
formados seguían disparando por todos lados. Ahí fue cuando escuché el
lamento de una mujer.
—¡Dios mío! ¡Lo mataron! ¡Lo mataron!

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Seguí gateando como pude, hasta que llegué a un techo de cemento
con paredes a medio terminar. Me cobijé ahí un tiempo, escuchando los
sonidos esporádicos de las armas y el ladrido constante de los perros.
Estaba sumamente aturdido, flaco. Me parecía escuchar el zum-
bido de millones de moscas azules en el aire. El tiempo parecía pasar
más lento que nunca y el cielo de la tarde se daba inusitadamente claro.
Unas gaviotas pasaban chillando y un viento frío soplaba desde la Isla
Blanca. Me quedé quieto ahí por horas... Cuando el puerto se enlutó
más al llegar la noche. Sin saber qué más hacer, decidí ir a la oficina
del Cuerpo de Paz. Una vez allí, abrí una de las claraboyas del cuarto
donde se soleaba Lois y me descolgué. La oficina estaba completamente
abandonada. Me recosté contra una esquina y me cubrí con una vieja
bolsa de dormir.
¿Por qué diablos terminé ahí? No lo sé. Quizás porque, a pesar de
todo, en esos días yo tenía más en común con los gringos que con los po-
bres del Perú. Tal vez fui buscando la protección de Lois, la americana…
No me arrepiento de haberla visto así, flaco, a pesar de todo.
Abandoné mi refugio después de la medianoche y crucé Chimbote.
Cuando llegué a la iglesia en forma de lancha, encontré la puerta del sóta-
no sin seguro. Entré y prendí la luz lleno de aprensión. Me di con libros y
papeles regados por el suelo. Las piezas de la imprenta estaban tiradas por
todos lados. El radio de onda corta estaba hecho trizas... Ahí me di cuenta
de que El Hachón había encontrado su fin... Desorientado, sin saber qué
más hacer, crucé los totorales al borde del desierto y me encaminé hacia
Villa María. Encontré que la casa de los padres de Armando había sido
destruida y abandonada. Los vecinos tenían todas sus luces apagadas y los
gansos y los perros no se cansaban de dar la alarma. Muy abatido y con
mucho frío, tomé rumbo hacia las dunas de la Playa 28 de Julio, que en
ese entonces llegaba hasta El Dorado. Hice un hueco por ahí, y, medio
enterrado en la arena, esperé a que saliera el sol.

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Capítulo seis

Yo iba pensando, dijo el comandante Rojas, ¿cómo mierda era que yo es-
taba de correo entre esos dos cojudos, a ver? ¿Por qué no le decía a Susana
lo que sentía? ¿Qué mierda estaba haciendo yo en ese cuento? ¿Acaso no
estaba perdiendo oportunidades como organizador? ¿A dónde iba a parar
la cosa? Piensa y piensa… En esos días yo todavía no me había decidido
por la lucha armada. Estaba jugando al guerrillero, compadre. No tenía
convicciones, solo deseos de caer bien. Me tomó un tiempo más todavía
ver las cosas con claridad con la ayuda de una ideología coherente. Más
que todo sentía celos, y los celos y la revolución son incompatibles. No le
decía a Susana ni mierda y tenía celos de todas maneras. Por las huevas...
Ya está parando la lluvia… No, no va a parar. Tiene para rato todavía. Así
es por aquí, parece que ya sale el sol cuando, ¡tan!, se vuelve todo oscuro
otra vez. La selva no es como ninguna parte del mundo. Chesumadre.
Llueve todo el tiempo.
El comandante Rojas estaba plantado frente a las ventanillas traseras
de la carpa. Sus pequeños ojos negros escudriñaban el campamento. Recuer-
do haber pensado: «Este idiota va a morir por amar demasiado».
No llegué a Chimbote. No llegué porque los cachacos conchas-
desusmadres cerraron la Panamericana en Casma. Mire usted la coin-
cidencia. Nos detuvieron a todos: «¿A dónde vas? ¿En qué trabajas?
¿Dónde vives?...». A pesar de dar malas excusas, felizmente, me zafé.
Amanecí sentado en un restaurantito de media muerte que no sé por
qué mierda no cerró. Casma, compadre. Era un pueblito con su pla-
cita y todo. Nadie pasaba… Ahí se supo que había ocurrido una rebe-
lión y un escarmiento en Chimbote. ¿Cómo? Putamadre. ¿Una rebe-
lión? ¿Quién? Los comunistas, pues… Quiénes serían, carajo, porque
ya en esos años todo el mundo era comunista para los cachacos. ¿Eres
cholo? Comunista. ¿Eres rosquete? Comunista. ¿Eres organizador?
Comunista... Me quedé sentado por ahí, como un cojudo, esperando
noticias para llevarle a Susana, mientras jugaba con su cartita en el
bolsillo. Putamadre. ¿Cómo iba yo a llegar sin darle algo siquiera?
Felizmente que tenía algún dinero. Me quedé dos días… Poco a poco
llegó la noticia: habían matado como a treinta y tomado preso a Solar
y a Benjamín. Los tenían agarrotados en los calabozos de Chimbote,
donde la Marina tenía su cuartel. Conchasumadre. ¿Y ahora? ¿Qué
podía hacer?
Me regresé con la noticia. Por Dios. Y mire usted que, a pesar de mis
celos, de mi odio mismo, vine todo tristón con la noticia. ¿No era tan
cojudo? ¿Acaso no era posible que la desgracia de Benjamín se pudiera
convertir en mi gran oportunidad? Pero no, me dolía el corazón darle
la noticia a Susana. Y ahora, figúrate, cuando llegué a la universidad —
porque Susana seguía estudiando para psicóloga en la Católica—, ella ya
sabía lo que había pasado. No sé cómo. De todas maneras, eso me quitó el
peso de encima. «Mataron a Pata de Hacha», me dijo. «Hemos perdido
a una de las mejores cabezas del Perú, Octavio. Benjamín está bien. Lo
tienen preso nomás. Felizmente, no le va a pasar nada. Él es un pituco...».
¡Un pituco! ¿Me lo dijo como disculpa o para joderme la vida? Después
de haber estado yo sentado en Casma, esperando noticias, comiendo ba-
rro, me sale con eso. Conchesumadre... Pero me lo dijo poniéndome un
brazo sobre los hombros. ¿Entiende? Como protegiéndome con su olor
de mujer amada.
—Ya no podemos hacer nada por Pata de Hacha. A lo mejor lo en-
tierran en una fosa común, como a un perro, pero hay que hacer algo
por Benjamín. Algo que no es política. ¿Me comprendes, Octavio? Como
amigo. Hay que decírselo a su familia. ¿Sí? Todavía viven en Miraflores.
¿Quieres venir?

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«Claro que sí», le dije. ¿Cómo iba yo a resistir sus deseos, si solo
quería estar con ella? Susana entonces me miró a los ojos y me sonrió.
Allí me di cuenta de que ella tenía algo muy triste en los ojos, compadre,
algo así como el dolor de una premonición. Conchasumadre. Era como
si ella supiera que hacía algo por alguien a quien ya nunca más volvería a
ver... Sí, había algo así como resignación en sus ojos claros. Yo le devolví
su cartita, toda arrugada. Ella la tomó despacito, como acariciándola, dio
media vuelta y se fue.

Yo estaba organizando en Samanco, dijo don Juan Chong. Me vine como


pude y me fui a comer un cebichito en el San Remo, allí en la esquina,
para ver si podía ver lo que estaba pasando en la Plaza de Armas. Yo ya
sabía que tenían a Mario Solar y a Benjamín en los calabozos de la comisa-
ría. Eso que los tenían en el cuartel de la Marina es pura mentira. En esos
días la gente del pueblo era detenida en esos calabozos. ¿Cuantas veces me
había tocado a mí? Pero no vi nada. Yo creo que a Mario Solar lo sacaron
del puerto a la medianoche. Y mi gran amigo, don Paolo Negroponte, el
dueño del San Remo, me dijo que Benjamín había estado de pareja con
la Lois, la gringa del Cuerpo de Paz que, como le decía, vivía en el tercer
piso. Me dijo que él, don Paolo, y la gringa, lo ocultaron allí por varias
semanas, pero que al final el cojudo ese de Jesse Edgar —con la ayuda de
Armando Cusquén, quien le fue a decir al gringo dónde estaba Benjamín
y con quién— decidió entregarlo porque Bolas de Acero no se quería ir
del puerto. Eso fue lo que pasó. Hubo arreglo, un trueque: Benjamín por
la paz del puerto que los gringos —y Velasco mismo— querían a toda
costa, porque les estaba malogrando la propaganda. Si Benjamín llegó a
saber eso, no lo sé.
Don Juan Chong abrió difícilmente un cajón de la mesa y sacó una
botella de agua. Bebió un poco y me la ofreció. Le hice señas para que no se
molestara. Don Juan Chong le empujó la botella a su tocayo.
Supe los pormenores de la masacre por medio de don Marcos García,
el servicial de la Casa del Maestro, que vivía en el excusado principal.
Don Marcos me dijo que le habían dado el sitio con tal de que no le

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pagaran nada por sus servicios, porque en esos años los maestros todavía
no tenían plata ni para el agua. Pero bueno, don Marcos me dijo que el
tanque de Chimbote —no el rochabús sino el tanque mismo que, como
tantas otras cosas, desapareció con el terremoto— tumbó la puerta abajo
y que lo primero que los guardias hicieron fue soltarle un tiro al centro
del proscenio por encima de la cabeza de todos, contando a don Fabricio
Triste, el alcalde que murió poco después en su casa por el ataque de asma
que nunca se le fue.
«Fue un tiro fuerte», me dijo don Marcos. Abrió un hueco enor-
me en la parte trasera del edificio y por allí se metió el viento de la bahía.
Suerte, oiga, porque la policía también había echado bombas lacrimó-
genas. Don Marcos me dijo que ahí nomás entró Bolas de Acero con la
policía de choque, o sea que no fue ni el Ejército ni la Marina, como se
dijo después. Como todo el mundo sabe, Bolas de Acero es policía. Los
milicos, más que todo los de la Marina, solo entraron de fondo en ese
tipo de represiones cuando vino lo del cojudo Abimael, por los 80, pero
antes no tanto.
En todo caso, don Marcos también me dijo que la policía disparó
al aire nomás, para asustar a la gente, y que él no vio morir a nadie en el
local mismo. Yo creo que, si es cierto, al Chileno lo mataron cuando él ya
estaba en la calle. ¿A quién más matarían así? No sé. Lo único que sé es
que el Chileno y Antonio Audón desaparecieron.
Pero oiga, la verdad es que en esos días uno no sabía ni quiénes
eran los que habían tomado parte en esa convención. Fue una
convención organizada por los gringos y, claro, con el visto bueno
de la CIA. Yo, por ejemplo, no pude participar porque se decía que
era solo para estudiantes. Mentira. Don Marcos me dijo que apenas
empezó la reunión llegó gente que no era ni joven ni estudiante.
Vinieron los búfalos también. Cuando el tanque rompió la puerta, esa
gente sacó cadenas y porras de entre sus camisas y empezó la bronca.
Por eso sería, felizmente, que hubo muchos heridos pero no muertos…
Con todo, don Paolo y hasta Juan, cuando despierta, juran que ellos
han escuchado de buenas bocas que los muertos fueron como seis. La
verdad es que nadie sabe.

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Informe oficial. P. 294. Casete # 7
«La Voz del Pueblo: Agosto 28, 1968»
Locución dramatizada: Bernardo Ríos
(Música de fondo: constante.)
La perfidia, estimados radioescuchas, es horrorosa. Más aun
cuando es la de amigos a quienes uno quiere y con quienes hemos
compartido momentos íntimos y felices. Por eso me duele mucho
que Benjamín Peres-Benayón, mi exasistente y quien fuera elegido
presidente de la Convención de Juventudes hace solo unos días atrás,
haya hecho caso omiso a mis ruegos y se haya convertido en cómplice
de los ataques innobles contra las fuerzas vivas de nuestro puerto y
en especial contra nuestra gloriosa Marina de Guerra acusándola de
latrocinio, de bajos sentimientos, de perversidad. Ahora, a la luz del
día, reconozco que, cuando compartimos esos momentos íntimos, yo
no tenía la menor idea de que se estaba dejando usar por las fuerzas
siempre ocultas del comunismo internacional para fomentar la
discordia entre los ciudadanos de Chimbote y las fuerzas que velan
por el futuro de todos los peruanos. Confieso que, por mi parte, me
duele haber sido partícipe en el acto de sedición contra los derechos
del pueblo peruano. Confieso que me duele la traición…

«Claro que deberías haber venido», me dijo Lois en el umbral de su


puerta, dice Benjamín. Tenía puesto su vestido floreado con cuello de
encaje y sus zapatillas de lona color azul. El olor de panqueques con maple
syrup saturaba el apartamento. Entré y me fijé que desde esas ventanas
adornadas con cortinas de algodón hechas a crochet se podía ver clara-
mente el cuartel de la policía.
—¿Te vas a entregar?
—No he hecho nada malo —le dije—. Me quieren matar.
Las palabras me salieron dramáticas, como en una mala novela
romántica. Pretendía desafiar al mundo, flaco, pero, en realidad, tenía
mucho miedo. Sentía la arena escurriéndose por mi cuerpo y quería ver
la cara de Roberta, sentir su olor, escuchar su amonestación siquiera.
Sí, flaco, ya a esa edad y después de todo, todavía quería contar con ella.

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Imagínate. Adivinaba que me miraría con su actitud superior para ha-
cerme sentir insignificante, pero arreglaría las cosas. Roberta era buena
para eso. Mamá, en cambio, no sabría qué hacer. Papá estaría por Dios
sabría dónde... No sabía que él también estaría sufriendo.
Benjamín extrañó a papá demasiado, aún en ese infierno verde. Yo no.
Claro que me acordaba de él de vez en cuando, más que todo cuando veía a
Roberta o a Paulina consolando a mamá, pero nunca lo extrañé tanto como
para compadecerme de él. Ni me importaba que nos hubiera abandonado,
por último.
Mientras desayunábamos, le pregunté a Lois si sabía lo qué había
pasado con Mario Solar. «Lo han detenido», me dijo. «Parece que lo
van a mandar a Lima, acusado de traición a la patria. La policía dice que
el complot se había organizado en el Chimú...». Me puse a mirar por
la ventana mientras Lois hablaba y sorbía distraídamente su café. «Hay
testigos que juran que Solar planeaba asaltos armados», dijo sin mirarme,
«¿Quieres escuchar la radio?». Y Lois se levantó de la mesa, alisándose el
vestido, nerviosa. Jesse dice que Solar es solo un homosexual chantajeado
por comunistas. Él ha escuchado que tú también eres comunista. Es una
pesadilla, Benjamín...
—Jesse lo cree, ¿verdad?
—No sé. El padre Ramiro le ha dicho que solo eres.... ¿Quieres
más panqueques?
Lois se volteó para que yo no viera su angustia. Y la dejé ir. Lois
siempre me había dado la impresión de que era completamente in-
tocable, flaco, que estaba protegida por algo inefable que emanaba
del poder de su pueblo. A pesar de mi incomodidad, yo siempre la
adivinaba andando por el puerto con su cuerpo delgado elevado sobre
la masa morena así como un cisne se eleva por sobre los pájaros co-
munes. Pero, al mismo tiempo, yo sabía que Lois se sentía incómoda
con ese poder invisible. En el fondo, ella era tan frágil como el resto
del mundo.
Los gringos nunca se incomodan con su poder. ¿Por qué tendrían que ha-
cerlo? ¿Acaso nosotros nos incomodamos cuando viajamos por las serranías del
Perú? Que mucha de esa gente nos de pena es otra cosa. Que nos dé vergüenza

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ver cómo vive la mayoría de peruanos, sí. Pero nuestro poder de raza, de cultu-
ra, de economía, eso no nos molesta en lo más mínimo.
—Extraño Kansas —me dijo Lois una mañana de ese invierno—.
No tanto la gente, ni la música o la comida. Extraño los campos. El cielo.
La lluvia. ¿Sabes? Extraño esa sensación que uno tiene poco antes que
lleguen las tormentas, esa sensación que nos dice que pronto todo será
lavado por las aguas puras.
Esa mañana, espiando el cuartel de la policía, Lois me volvió a contar
que vivía en una casa grande hecha de madera, como en las secciones anti-
guas del puerto. Tenía árboles para la sombra y césped para matar el pol-
vo. Tenía un porche amplio donde su padre había colgado un columpio
y ella se había mecido desde que tenía recuerdos. A pesar de eso, Kansas
ya no la atraía. Siempre había querido ver el mundo. Solo que ahora ese
mundo la ahogaba, le daba escalofríos… ¿Cuántos días pasamos en ese
apartamento haciendo el amor, recitándonos poemas, mirando pasar las
horas, espiando la comisaría? Ya no me acuerdo, flaco. Solo recuerdo el
olor a pescado hervido que crecía al mediodía, el tic-tac del reloj sobre la
repisa, el silencio de las mañanas cuando Lois salía para la oficina… Regre-
saba siempre preocupada: «¿Estás bien? ¿Quieres comer algo?». Muchas
veces, especialmente cuando volvía del trabajo un poco tarde, yo la sentía
tibiamente lejana.
Desde esas ventanas fui testigo de la humillación de Mario Solar. Lo
hicieron cruzar la Plaza de Armas esposado y en pleno sol. Iba descuida-
do, con la barba crecida, con las faldas de la camisa fuera del cinturón,
cubierto de un polvo amarillento. Caminaba con la mirada en el suelo,
como esos hombres de las películas que saben que serán sacrificados.
Para cuando terminé mi informe, esas tácticas ya no funcionaban.
Parecía que de tanto escarmiento la gente se había curtido... Todo cambió
en los 80. Ahora se mataba y se hacía desaparecer... Felizmente que nunca
llegué tan bajo.
Pocos días después escuché a la Voz del Pueblo confesar pública-
mente que yo había sido su amante y que el Chileno nunca había exis-
tido, que el Tío Willy había sido una personificación hecha por los co-
munistas infiltrados en la Casa del Niño para conseguir adeptos entre

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la juventud del puerto. Imagínate, flaco. Eso de luchas en el mercado de
ideas, como decían los voluntarios del Cuerpo de Paz, es cosa de otro
mundo. En el Perú, el país de las maravillas, las cosas se siguen haciendo
de otra manera... En fin, ese mismo día Lois regresó más preocupada
que nunca.
—Quizás sería mejor que te entregaras, Benjamín —me dijo con sus
ojos muy abiertos—, Jesse hablará por ti. Me lo ha prometido. Yo tengo
algo de dinero...
Pobre Lois. Habría agonizado tomando esa decisión, porque sé que
ella me quería, flaco. De eso no tengo la menor duda. Pensaría que lo
estaba haciendo para salvarme. «Yo te acompaño, Benjamín», me dijo, a
punto de llorar. Como si su manto de gringa intocable me pudiera cubrir
a mí también.
—Hasta te pueden matar, Benjamín. No sabes lo que pasó con el
Chileno. Lo siguieron, lo buscaron, hasta que lo encontraron y le pegaron
un tiro. El padre Ramiro dice que el mismo comandante Duarte lo mató,
en el polvo, por espía. ¿Quieres terminar así? —sus lágrimas rebalsaron —.
¡Por favor, Benjamín!
Ya no había remedio. El refugio se había terminado.

Como le decía, yo me ubiqué en el San Remo, dijo don Juan. Me puse a


conversar con don Paolo. Ahí fue cuando me dijo que había visto a Mario
Solar atravesando de la Plaza de Armas. Para mí que lo sacaron en un ca-
rro blindado, lo bajaron por donde quedaba el cine Chavín y lo hicieron
cruzar la Plaza de Armas para amilanar a la gente. Tácticas de policía,
oiga. Hacían eso por todas partes del país... A Benjamín sí lo sacaron del
mismo tercer piso. Don Paolo me dijo que el pobre iba aterrorizado cami-
nando al lado de Bolas de Acero. Me dijo también que cuando esos dos
desaparecieron en los calabozos, el gringo Edgar y la Lois se fueron jun-
tos. La gringuita iba llorando. Al otro día nomás, le dijeron a don Paolo
que ella dejaba el apartamento. Le pagaron la renta para el resto del año,
a pesar de que solo era agosto. La gringuita desapareció de Chimbote. Yo
creo que se fue a su tierra.

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El padre Ramiro se fue del puerto también. Esto ya sería un poco an-
tes del terremoto. No se despidió de nadie. Ahora, no se ría si le digo que
después de que él se fue yo lo llegué a extrañar. A decir verdades, éramos
contrarios pero no enemigos. Luchábamos por nuestros ideales, pero nos
respetábamos... Je, je, je. Una vez hasta vino a visitarme en el calabozo,
después de que logró que me chaparan una noche cuando con Juan es-
tábamos tratando de organizar a las trabajadoras de la Casa Rosada. Esa
fue la única vez, en nuestra larga odisea juntos, que me levantaron a mí y
dejaron a Juan de lado. No sé por qué.
Uno hacía lo que podía en esos días. Todo el mundo tiene necesidad
de algo. Aunque ahorita parece que ya no viene nadie... Cuando quiere
hablar, Juan me dice que hasta la gente como Bolas de Acero se cansa
de tanto joder, pero no lo creo. Es una chochera nomás... Perdimos la
oportunidad de mejorar de veras todo el país en esos años, oiga, cuando
todavía todo era posible en Chimbote. Por falta de visión, más que todo.
Cada uno jalaba para su lado: trotskistas, fidelistas, leninistas, apristas,
populistas... Perdimos la oportunidad y ahora estamos soportando los
disparates de terroristas idiotas.

Cuando vino la matanza, yo me corrí, dijo Armando. ¿Quién no? Me


esquivé como pude, oiga usted. ¡Sálvate Armando!, me gritó el Chileno,
antes de que le metieran como diez balazos. «Están pretendiendo nomás,
Chileno», le contesté como un cojudo. ¿Qué iba a pensar que en realidad
Bolas de Acero quería matar gente? En esos días todavía no sucedían las
cosas que suceden ahora. Era poquito antes de las elecciones todavía... Me
corrí como pude. El Chileno también, pero como ya le dije, no llegó lejos.
Cayó como una palomita. Cuando lo vi caer, me di cuenta de que la cosa
andaba en serio. Y la verdad es que pensé que Audón y Benjamín también
estaban muertos.
Armando Cusquén se sirvió otro vaso de cerveza. Ya hacía calor.
Ráfagas de un viento bajo levantaba la arena y el polvo con tanta
furia que parecía a punto de enterrar a los muchachos que habían

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empezado otro partido. El piso de El Oasis estaba reseco, a pesar de
los baldazos de agua que la dueña había vaciado cuando recién nos
habíamos sentado. Armando escupió al suelo y deshizo el escupitajo
con sus zapatillas aplastadas.
Me fui por el Mercado Modelo buscando cualquier salida, por-
que los policías andaban en pelotón por todos lados. Me metí por los
urinales, que quedaban por donde botaban las agallas de pescado. Yo
sabía que los tombos no se meterían por allí porque casi ni se podía
respirar de lo que apestaba. Hasta que, de tanto correr alocado, me
desorienté. Me quedé plantado en una esquina, sin saber a dónde ir.
Todos los corredores del Mercado Modelo me parecían iguales. La
gente se volvió huraña y me miraban como si yo fuese un ratero. En
eso, para qué, Ofelia se me acercó. Tenía su velo de gasa como una
nube cubriéndole la cara. «¡Sígueme, Armando! ¡Sígueme!», me dijo.
Y me llevó a su casa.
Esa fue la primera y la última vez que estuve allí. No le miento. No
había espejos en los techos, como decía la gente. Había mucho rosado,
sí: las cortinas, las alfombras de algodón, los vasitos contra la ventana,
hasta un radio portátil, todo rosado, pero no apestaba como la Casa Ro-
sada. Sería mentira que Ofelia estaba metida en eso. Eso sí, que conste que
era la primerita vez que me invitaba. No como con Benjamín que paraba
siempre por allí. A él sí le tenían aprecio, lo protegían, aunque, claro, en
ese momento nadie sabía nada de él…
Con todo, no me pude quedar, oiga usted. Ofelia me preguntó
sobre Benjamín y yo metí la pata. Le dije que no sabía nada de nada,
pero que seguro él estaba implicado. Dije eso como adivinando, nomás.
Ofelia se molestó como si la hubiese asaltado y me dijo que me largara.
Me botó. Como le dije, lo querían mucho. Ni sabían que en esos días
yo hubiese dado mi vida por él, pero eso ya no importa… ¿A dónde iba
a ir? No podía regresar a Villa María. No quería perjudicar a mis viejos,
aunque ni eso los salvó. Los pobres perdieron lo poco que tenían… En
todo caso, pensando en ellos, me fui a La Esperanza, a ver al padre Da-
vid y a la hermana Dorotea.

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Informe oficial. P. 277. Casete # 7.
Edgar y Lois. Agosto 28, 1968. Oficina del Cuerpo de Paz, Chimbote.
—¿Y si le hacen daño? Me moriría, Edgar, me moriría. Lo amo.
Lo amo mucho.
—No le van a hacer daño. Las cosas se están arreglando. A lo
mejor termina por los Estados Unidos y vuelven a estar juntos por
allá. Lo importante ahora es que esté a salvo. El comandante no
está para juegos. Hay que actuar ahora… Felizmente que Armando
vino a decirme que ustedes estaban juntos. Hiciste mal, Lois… Ese
muchacho también quiere salvarlo. Todos queremos hacer eso…
Ahora te toca a ti. Tienes que ser fuerte, querida, ¿me entiendes? Yo
sé que lo amas, pero ahora eso no le ayuda en nada. Si él rehúsa lo que
le ofrecen solo será para su mal.
—Él no va a querer. No va a querer…
—¿Lo amas?
—Mucho.
—Entonces tienes que buscar la manera de convencerlo. Es su
única salvación. No lo podremos proteger más…

Cuando Jesse Edgar apareció en la puerta me di cuenta de que ni Lois


tenía el poder de restarme vergüenza, dijo Benjamín. Me fijé en ella di-
simuladamente y comprobé cuánto le había costado. La pobre tenía las
manos juntas en su regazo y la mirada en el piso; luchaba para contener
sus lágrimas. «Es lo mejor», le dijo Jesse en inglés para darle ánimo.
—Deberían haberme dicho algo, Jesse, —protesté yo con
amargura—. A mí me toca decidir.
Pretendí amargura y resentimiento por la vergüenza que sentía delante
de Lois, flaco, nada más. Me acerqué a ella, inhalé su perfume Wind Song y
la besé en la mejilla. «Lo siento, Benjamín», me susurró ella. «Tenía que
hacer algo por ti. ¿Me comprendes?...». No, flaco, no la comprendí entonces,
pero, ¿qué importaba?... Justo entonces, Bolas de Acero apareció en la puerta.
Era un hombre alto y fornido. Llevaba anteojos ahumados, un re-
vólver en la cartuchera, boina y botas negras de campaña. Se paró en el
umbral con los brazos cruzados, meciéndose. «¿Así que tú eres el famoso
Benjamín?», cantó victorioso y burlón. No le contesté, pero supe que

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no tenía más remedio que seguirlo a su cuartel, así que bajamos del San
Remo y empezamos a cruzar la Plaza de Armas.
—Te conviene caminar a mi lado —me advirtió Bolas de Acero en
los primeros pasos con una extraña amargura en la voz—. Pero puedes
tratar de escaparte cuando quieras.
Cuando estábamos por alcanzar el otro extremo de la Plaza de Ar-
mas, volví la mirada hacia el apartamento de Lois. Ella había abierto las
cortinas de algodón completamente y me estaba viendo caminar. Una
desgracia, flaco… En ese momento, no sé por qué, sentí que la amaba pro-
fundamente. Pensé que la volvería a ver algún día y que tendría la opor-
tunidad de decírselo... Uno piensa tonterías en momentos difíciles... La
verdad es que cuando la vi, varios años después, ya todo eso había queda-
do solo para el recuerdo.
Nadie vino a visitarme durante los días y noches que pasé en la co-
misaría. Ni siquiera Lois. No volví a ver a la hermana Dorotea o al padre
David. A Sam lo vi solo años después, como pasó con Lois... La cosa es
que no pude despedirme de nadie en Chimbote, flaco. Pasé varios días
y noches recostado contra una esquina mojada con las tripas deshechas,
con el hilo blanco desenrollándose de poquitos. Hasta que me sacaron del
puerto en un camión cubierto que olía a orín y a desierto.

Cuando llegué a la iglesia me metí por la ventana, oiga usted, dijo Ar-
mando Cusquén. Todo estaba deshecho: las máquinas, los estantes, los
ejemplares. Había tinta por todos lados. Daba pena y rabia. Cuando el
padre David por fin bajó al sótano y me vio, quiso consolarme. Yo toda-
vía estaba chibolo, oiga. Nada. Me puse a lagrimear... Hasta que vino la
hermana Dorotea. Con ella sí me calmé un poco... Le cuento esto para
que vea que no tengo ni vergüenza ni nada que esconder. Pero si pudiera,
no lo ponga así en lo que escriba, por favor.
Le pedí a la hermana Dorotea que me protegiera como habían hecho
con Benjamín, que se tiró meses ahí. Pero ella me dijo que no podía, que
comprometería a la iglesia, que tenía que irme. Yo podía leer la descon-
fianza en sus ojos, oiga usted. ¿Cómo alguien podía haber pensado que

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yo estaba de alguna forma comprometido con la masacre, con Bolas de
Acero, si yo estaba en las nubes, como todo el mundo? Hasta ahorita no
lo entiendo. Ella me miraba con ese mismo recelo que vi en los ojos de
Ofelia. ¿Por qué?... «¿Puedo quedarme hasta mañana?», le pregunté a la
monja con recelo. La hermana Dorotea me dijo que no, oiga. «¿Y Benja-
mín? Lo mataron?», le pregunté, como para espantar mi sofocamiento.
La hermana Dorotea me miró como si rebuscara algo en mí. Tenía los
labios cuarteados, casi sangrando, como si estuviese con una sed de siglos.
Jugaba con su crucifijo. Olía a vela, a agua bendita. Su velo blanco y largo
le flotaba sobre los hombros como a una virgen.
—Él está bien —me dijo, por fin—. Pero será mejor que te vayas,
Armando.
Me acuerdo de todo eso como si fuese ayer, oiga usted. Un murmullo
triste, de poca gente rezando, descendía al sótano. La hermana Dorotea
me estaba botando, oiga. Yo no lo quería entender. Me quedé adorme-
cido escuchando el rezo ese que no me dejó por meses. «Cuando pasen
las cosas, regresa, Armando», me dijo. «Soy católico, hermana, yo nunca
traicionaría a nadie», respondí. ¿Por qué le dije eso, a ver? Era porque, de
alguna manera, yo sentía que me estaba echando la culpa. ¿De qué? No
importaba… Estaba a punto de echarme a moquear de nuevo, cuando
la hermana Dorotea sacó una mano de la manga ancha de su hábito y
me la extendió en puño, pidiéndome con los ojos que le recibiera algo.
Doscientos soles, todo arrugados. Eso era. Tenía que irme... Le recibí la
plata con asco, oiga. Asco por mí mismo. Parecía que un olor a excusado
me cubría de pies a cabeza. La plata como que me quemaba la mano... En
eso estaba, cuando escuché que el padre Ramiro bajaba por las escaleras.
—Yo no me preocuparía por los amigos, Armando —me dijo él en
forma de saludo—. Solar está recibiendo lo que merece, el Chileno está
escondido por allí y Benjamín aparecerá uno de estos días, cantando.
—No, Padre —le contesté—. El Chileno está muerto. Audón está
muerto. Benjamín está muerto.
En vez de averiguarme algo, el padre Ramiro se puso a coquetear
con la hermana Dorotea. Le decía cosas estúpidas. Pero como yo seguía
porfiado, por fin se volvió a fijar en mí.

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—¿Quién quiere matar a nadie, Armando? ¿Por qué? Bolas de Ace-
ro tiene cosas más importantes que hacer, chic'. Ni tú ni Benjamín son
las únicas olas en el mar. No te preocupes por Benjamín. ¿Sabes quién
es? ¿De dónde viene?... Es un niñito de Miraflores, coño. —Esa fue la
primera vez que vi que al Padre Ramiro también le daba berrinche—. Él
va a quedar muy bien paradito. La plata lo arregla todo, chic'. Es la gente
como tú la que paga el pato. Ándate, Armando. Ándate a Coishco y toma
el Toro, el camión azul que lleva escobas para Casa Grande. Te están es-
perando. No regreses por un tiempo.
Así fue, oiga usted. Salí de Coishco escondido entre las escobas. El
camión azul me dejó a la entrada de Casa Grande y de allí me fue fá-
cil llegar a Chepén. Me tiré como seis meses por allá, sembrando arroz
otra vez, desyerbando maizales, comiendo caña, que con el recuerdo es-
taba siempre amarga. Las cartas ni me llegaban. Por eso empecé a odiar
a Benjamín... Cuando por fin regresé de Chepén, me di cuenta de que el
padre Ramiro había tenido razón. Ahí recién supe que Benjamín estaba
por los Estados Unidos de vacaciones, después de que nos jodió a todos.
Para qué mentirle, estuve resentido por años... Hasta hace poco. Hasta
cuando la gente empezó a decir que Benjamín estaba por regresar, que
quería volver para revolverlo todo. ¿Para qué va a regresar si el Perú no
le importa, no? Poco a poco, se me ha ido pasando la cólera. Ahora lo
recuerdo como siempre lo vi, como un hombre de visión y convicción,
oiga usted... Quién sabe si habrá regresado. La cosa es que no lo he vuelto
a ver desde esos años. Para mí eso que dicen que anda por ahí, de que está
de terrorista organizando a los selváticos, es pura invención, pura novela,
como diría usted. Yo lo sabría. Me hubiese buscado.

Cuando el camión llegó a Lurigancho, me trataron peor que a un crimi-


nal cualquiera. Me empujaron por unas escaleras estrechas hasta el tercer
piso y me aventaron a un cuarto inmundo. Ahí me llegó la noche. El sue-
ño me venció sin yo saber lo que me venía. Cuando desperté, me encontré
de nuevo frente a Bolas de Acero. Él ahora estaba en uniforme, cuadrado
en el umbral, con los pulgares en el cinturón, mirándome con desdén.

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¿Cómo era posible, se preguntaba, que alguien como yo pudiera vender a
su patria? ¿Cómo era posible que unos hicieran con sus sueños para que
otros deshicieran con sus caprichos? El Perú no podía perdonarme.
—Sus sueños —le contesté, pretendiendo un coraje que no tenía—,
están hechos sobre nuestras pesadillas, comandante.
Bolas de Acero echó una mirada a su alrededor. Olisqueó el aire em-
pozado y fétido, se ajustó los lentes oscuros y siguió hablando como para
sí: «Sabíamos que Audón tenía ganas de morir. Al Chileno lo seguimos
desde que llegó a Chimbote y se puso en contacto con Solar. Le encon-
tramos sus croquis, sus descripciones de la fábrica de acero, sus planos del
complejo de la Marina, todo. Se cagó en todos ustedes, hijos de puta».
Yo quise decirle que esos solo eran apuntes para obras de teatro, que el
Chileno me los había mostrado, pero me callé por miedo...
—Voy a regresar a Chimbote. Voy a peinarlo hasta sacar a todos los
gusanos y cuando se estén retorciendo, los voy a aplastar… Yo sí amo al
Perú, carajo. Amo a Dios. Haría todo, ¿entiendes? Todo y contra quien
sea para mantenerlo libre de gente como tú. Agradece que Ramiro te
quiere vivito y coleando… Sabíamos dónde estabas. Sabíamos cuándo y
cómo te comías a la gringa. Ramiro te salvó el pellejo… Y ahora, te vienen
a visitar.
Bolas de Acero, entonces, se quitó los lentes para verme mejor y me
señaló con el dedo.
—No vuelvas a joderme la vida —escupió.
Abrió la puerta y se fue. Escuché sus pasos perdiéndose por
las escaleras.

Nadie sabe lo de nadie, carajo, dijo el comandante Rojas. A Susana la


conocían como una chica educada, de buena familia. Saludaba a las
monjas, asistía a los conciertos, se ponía elegante. En ese mundo, era
como si Susana fuese una hermana mayor. ¿Entiende? Hasta los cojudos
pitucos de San Isidro, de Miraflores y de Barranco le tenían respeto.
Creo que ni la fastidiaban. Quizás era por eso mismo que nunca le dije
nada... Lo cierto es que ella andaba por dos círculos que casi nunca se

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mezclaban. Qué le digo. Una vez me presentó a un cojudo que vivía
frente a la Catedral de Lima y que decía que era descendiente de una
familia que había gobernado al Perú en tiempos de los virreyes. Andaba
con la ropa toda arrugada, con la barba crecida, oliendo a pergamino.
Ella le hablaba como si fuese su tío. Por Dios. Con nosotros también;
era cortés, dulce, maternal, pero no siempre. Como le decía, Susana
tenía agallas y una convicción total. Aunque le confieso que, a pesar
de tanto tiempo juntos, yo nunca supe cabalmente cuáles eran sus
verdaderos ideales.
El comandante Rojas reprimió un suspiro apretando las mandíbu-
las. Parecía que le pesaba algún remordimiento. Se había olvidado de
mí y de la grabadora. En ese instante, el hombre estaba completamente
solo con su memoria.
No confiaba en mí, aunque yo era uno de sus más íntimos amigos o
por lo menos eso creía. Yo no le preguntaba nada, claro. Quizás, si lo hu-
biese hecho, ella me hubiese explicado todo. Quién sabe. Quizás hemos
llegado al mismo sitio, a estas vísperas de un nuevo Perú, por distintos
caminos. Uno nunca sabe nada de nadie, compadre. Ella era fuerte como
mujer, como camarada. Hubiese escrito algo siquiera, como testamento,
digo, para ayudarnos en esta lucha, que es más grande que yo y que ella.
Volviendo a lo de Benjamín, esa tarde cuando fuimos a Miraflores
con la mala noticia, nos bajamos del micro por la avenida Benavides. El
plan era tomar Alcanfores de bajada, hacia el mar. Íbamos calladitos, pen-
sando. Ella estaba vestida con pantalones de lana fina, blusa de vicuña,
chalina de seda, tacos medianos. Andaba con la cabeza en alto, como
oliendo el viento, adelantándose a la gente. Yo a su lado, con mi saquito
azul, con mis zapatitos estrechos, con mi camisita blanca de cuello almi-
donado. Chesumadre... Pasamos varias veces por la casona de Alcanfores
sin entrar. Ella quería asegurarse que no había soplones, seguro. «Espera,
Octavio, espera», me decía y seguíamos de largo por esa calle de ficus
enormes con sus troncos pintados de blanco.
Cuando por fin entramos, nos recibió la señora Paulina, que todavía
seguía de cocinera. Ella era ayacuchana. ¿Le conté?... Buena gente. Me
daba pan con miel cuando todavía vivíamos en Santa Clara... Ella nos

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abrió la puerta y nos hizo pasar a una sala con muebles blancos. Cara-
jo. No daba ganas ni de sentarse, parecía que uno lo iba a ensuciar todo.
Plantitas por aquí, jilgueritos por allá, alfombras, tapetes, cuadros, como
un museo, conchasumadre. Así vivían los burgueses. Me daba miedo
resbalarme en la madera encerada, de topar los huacos paraditos en sus
pedestales. Así había crecido Benjamín... Una señora que no decía ni pío
vino con pancitos, mermeladas y café. Unos platitos, unas cucharitas,
unas tacitas, carajo, que parecían de juguete. Susana sonreía, admiraba los
cuadros, me hacía preguntas para relajarme. Yo como hechizado, sentía
un miedo sin nombre.
El comandante Rojas decidió poner más agua para el café. Encontró un
termo rojo debajo de un mantel al lado de su catre, lo destapó lentamente y
vació el agua al tacho. Se inclinó bajo para trabajar el Primus.
No vi a la mamá de Benjamín esa tarde. Parece que estaba toman-
do su siesta, o algo. A mí me pareció raro. Era su mamá, ¿no? Pero, qué
mierda, yo no sabía nada de nada y ni me importaba. Esa tarde estaba tan
admirado por lo limpio de las cosas, por lo ordenado que estaba todo,
que hasta se me olvidaba por qué mierda había ido a Miraflores. Por mi
madre… Uno se amuerma con los burgueses. Esa vida tiene su atracción,
cómo no. Uno se siente con ganas de perderse en ese mundo, pero, qué
mierda, uno sabe en el centro de su alma que, trate como trate, nunca po-
dría pertenecer a ese mundo. No solo porque no lo dejarían sino porque
tarde o temprano, ese mundo se reconoce como falso, artificial, aislado de
la realidad del pueblo, del Perú.
Hasta que vino la señora Roberta.
Estaba acabada. Elegante, sí, pero con los hombros caídos y los ojos
lejanos. Entró como si entrara a un velorio, por Dios. Quizás ya sabía
lo que Susana le iba a decir. La vieja estaba vestida completamente de
negro y agarraba una mantilla que le cubría los hombros con dedos bien
temblorosos. Nos hizo señas para que sigamos sentados. «¿Es usted la se-
ñorita Mele?». Susana le sonrió y dijo que sí. «Y usted debe ser Octavio,
¿verdad?». Me reconoció a mí. Yo no sabía que figuraba en su mundo,
carajo, pero me reconoció, y le confieso que eso no fue algo muy agradable
que digamos. Me puso en mi sitio, oiga. En un abrir y cerrar de ojos volví

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a ser el cholito de la ladrillera. Mi ternito, mis pelos engomados, mis expe-
riencias, nada, compadre, volví a Santa Clara. Desde ahí ya no dije nada...
Me ha costado superar esa envidia, ese miedo a los burgueses. Ahora sí,
eso es como si nada. Ahora me mecho con quien quiera.
Susana fue al grano: «Traigo malas noticias, doña Roberta. Benja-
mín está preso en Chimbote. Lo siento...». La mujer pareció envejecer
aún más, delante nuestro. Por Dios. Se enderezó, sí, como si esperara gol-
pes más fuertes todavía, pero no dijo nada. Dejó que Susana continuara.
—Me dicen que está en manos de la Marina. La situación es deli-
cada. Hay gente que piensa hacer un ejemplo de él. La tortura es muy
posible. Habría que hacer todo lo que esté a nuestro alcance para sacarlo
de ahí. No sé si usted quiere saber o está enterada de los detalles, pero no
son muy complicados: Benjamín estaba organizando al pueblo en unas
elecciones municipales. Apoyaba a un candidato independiente, pero lo
han acusado de comunista. Ahora lo acusan de traición a la patria. ¿No le
han dicho nada?
¿Quién le podía haber dicho algo? Era un mundo cerrado ese, oiga
usted. Todos se conocían. Se peleaban y se hacían las paces solitos. Seguro
que doña Roberta sabía lo que había pasado con Benjamín, pero quizás
porque yo estaba allí, dijo que no. «Estoy en oscuras, Susana», dijo con
mucho pesar. «¿Qué podemos hacer? Hablar con gente, ¿no?...». Eso
era, hablar con gente... Susana le dijo que el mentado Bolas de Acero es-
taba a cargo de la redada, que era cosa de llegar a sus superiores. Tal vez si
hablase con el almirante zutano o con el general mengano... Por mi ma-
dre. Ella sabía quién era quién. ¿Cómo? No sé. A veces pienso cojudeces.
A veces pienso que estaría metida en más de dos mundos irreconciliables,
que estuvo con los trotskistas solo para despistar, que pertenecía a una
organización secreta enredada con el poder, con el Gobierno, con los par-
tidos políticos, con toda esa cojudez... Pero, qué iba a ser así. Ella sabría
todo eso por su trabajo con los grupos revolucionarios desparramados.
Me consta que a veces venían esos camaradas a darnos charlas sobre la
lucha armada, sobre las pugnas de doctrinas, sobre los acontecimientos
internacionales. Eran revolucionarios a su manera, claro... Volviendo a
lo de Benjamín. «De eso me encargo yo misma, Susana», asintió muy

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preocupada doña Roberta. «Espero que no sea demasiado tarde. Pobre
Benjamín. Pobre muchacho».
El comandante Rojas recogió su taza vacía, le pasó la mano por dentro
distraídamente, como para asegurarse que no tenía bichos, y le puso una
cucharadita de café. No me ofreció más café y yo estuve agradecido porque
no me hubiese gustado rechazarle algo en ese momento. ¿Sería verdad que el
comandante adivinaba los deseos de las personas?
Así es ese cojudo. La gente lo protege. Le dan de todo. Esas dos muje-
res se refregaban las manos pensando en él. Suertudo, carajo… Susana y yo
salimos de la casona todo tristes. Casi ni hablábamos. Pensando. Susana
ahora andaba con los ojos caídos, parecía cambiada. No sé por qué, en
realidad. La invité a tomar un chocolatito caliente, pero me dijo que ya
era demasiado tarde, que tenía cosas que hacer. Así que paramos en la ave-
nida Benavides para tomar rumbos diferentes. En ese largo e incómodo
momento, ella me miró con mucho cariño. Por Dios, lo sentí aquí, com-
padre. Me tomó de las manos, me dijo que me cuidara mucho y me besó
en la mejilla. Y le juro que sentí que ese beso era distinto. No sé cómo
explicárselo… Era distinto. Sentí sus labios húmedos suaves en mi cara y
putamadre que me estremecí. Era como si algo se hubiera roto para siem-
pre entre nosotros, como si ella supiera que ya no vería a Benjamín nunca
más y que solo le quedaba yo... Ahora odio ese momento, por mi ma-
dre. Lo odio porque, obedeciendo a algo inconsciente en mí, seguro, ese
fue uno de los momentos más claros en que yo casi vencí mi vergüenza.
Casi le dije que la amaba, que la quería proteger, que la quería consolar.
¿Entiende? Pero me amilané. No quiero causarle más problemas, me dije.
Ya es tarde. Habrá otra oportunidad. Conchasumadre... Así pasaron los
años... Ahora odio aquel momento tanto como odio a esta maldita lluvia.
Se me ha metido debajo de la piel, me roe los huesos. El remordimiento
me despierta asustado como si estuviese reviviendo esa oportunidad en la
oscuridad de cada noche.
Esto no es novela, compadre. Esta es la verdad calata. No la volví a
ver y me quedé con el arrepentimiento.

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Capítulo siete

Fallé completamente, Roberta se acusó cuando Susana llegó a decirle que


habían tomado preso a Benjamín. Se sintió como si toda su vida hubiese
sido un gran error. Claro que había temido lo peor desde que él desapa-
reció. Lo pensaba enfermo o perdido por los campos como un mastuerzo
cualquiera. Al principio, la ira le previno los remordimientos. Después,
conforme pasaron los días, viviendo los sollozos y suspiros de Tomasa, se
le suavizó el alma y hasta llegó a extrañarlo. Roberta lloró a solas por el
perverso. Hasta que, con el tiempo, la idea que Benjamín estaba en aprie-
tos se le fue borrando. Y cuando Roberta ya no se daba el lujo de llorar por
Benjamín, cuando se había acostumbrado a su ausencia, apareció Susana,
con su cholito al lado, a decirle que Benjamín estaba preso en Chimbote.
Entonces, de un solo golpe, todos sus temores volvieron a perseguirla. Y
ahora un vago presentimiento le decía que el destino le había otorgado
una última oportunidad para enderezar las cosas, para salvarlo. Por eso
fue que ella se humilló ante la gente. Por eso lo hizo todo ella misma, sin
decirle nada a Tomasa, que además ya parecía un alma en pena.
Pero, ¿a quién había acudido?
La enfermera nos interrumpió para decirnos que era hora de masajes
y pastillas. Salí a tomar un poco de aire mientras las dos mujeres cumplían
su rito de ya varios años. Corría un aire fresco en la azotea. Los vehículos
seguían pasando lentos por Pasamayo. Más cerca, niños en uniformes de
escuela nacional, gris con blanco, corrían desde dos ómnibus hacia la playa.
Pensé: «Lo hacen con una algarabía que sólo brota de la inocencia».
Recordé mis horas con los amigos de Benjamín… Regresé al lecho de vejez
lleno de nostalgia.
Roberta se levantó temprano, se arregló cuidadosamente, dándose
ánimo ante el espejo con marcos dorados, y salió en el Lincoln hacia el
hipódromo a verse con la señora Magaly Saavedra, esposa del almirante
Walter Zapata Mosquera. Eran conocidas de varios años, aunque solo se
veían de vez en cuando en Huachipa, donde los Zapata tenían un inver-
nadero de caballos de paso. Roberta decidió hablar con Magaly porque,
en un momento de inspiración, le pareció que ella era una persona de
carácter y discreción, una de esas mujeres que se posesionan del sueño de
los esposos y lo viven plenamente, sin una pizca de ironía o timidez. Te-
nía que ser una mujer como Magaly porque Roberta no quería perjudicar
a Edilbertito, cuya prometedora carrera en la Marina apenas empezaba.
Magaly la apoyó completamente. «Hay que hacer las cosas muy de-
licadamente, señorita Hassel», le dijo, tocándola suave en el brazo. «A
mi marido, ni un chis. Hay que hablar con Roger Castro». Y Roberta se
reunió con el almirante Castro, en Huachipa, para pedirle el favor más
grande de su vida, para suplicarle como si fuese un santo patrón. El viejo
la miró a través de la mesita de vidrio con la frente arrugada, con los ojos
inflados, devorándole las entrañas, sorbiendo su café cargado y, después
de hacerla sentirse como una enana, le dijo que no le prometía nada pero
que vería lo que se podía hacer. En estas cosas uno nunca sabe, dijo el al-
mirante carraspeando. «Cuénteme un poco más, señorita Hassel».
¿Qué más había que contar? La historia de los Peres-Benayón ya era
suficientemente extraña sin sumar la de ella misma, pero el viejo Castro
le pedía detalles, así que ella no tuvo más remedio que contarle algo de su
propia historia y terminar jurando que Susana era una chica honesta y de-
cente y que era seguro que Benjamín se había metido en muchachadas de
las que se arrepentiría algún día. Hágalo por su pobre madre, almirante.
Hágalo por mí, que he fallado en mi deber. «Hágalo por lo más sagrado
de su vida», insistía Roberta. Ella podría contribuir a los esfuerzos de la
Marina con algo siquiera... Y salió de Huachipa humillada, jurando nun-
ca más volver a hacer eso, apretando las tripas, mordiéndose el alma. Pero
lo soportó todo, todo, tratando de salvar a Benjamín de una vida errada.
Así pagó algo de las viejas deudas que todavía le roían las entrañas.

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Saliendo por el cruce de Huanchihuaylas, Roberta se persignó y dejó
que sus lágrimas le lavaran en algo el corazón. Ahora solo quedaba hablar
con Tomasa y convencerla de que todo iba a salir bien, que había que
tener fe y perseverancia. Pero ¿cómo empezar a decirle que su hijo estaba
preso y a punto de ser exiliado? ¿Cómo decirle que ella, Roberta, había
jurado no decir a nadie nada de los posibles arreglos? ¿Cómo?... Quizás
Tomasa la entendería, pensó Roberta, dejándose calmar por el suave mo-
vimiento del Lincoln, quizás ella aceptaría lo que ya parecía inevitable. Y
sobreponiéndose a sus temores iniciales, Roberta entró esa misma noche
al dormitorio de Tomasa, como no lo había hecho en mucho tiempo,
para tomarle las manos marchitas y para confesarle su secreto y su dolor.
Para su gran sorpresa, Tomasa tomó la noticia como si ella siempre
hubiese estado al corriente de todas las cosas. La miró con mucho cariño,
como para agradecerle lo que acababa de hacer, le acarició las manos, tam-
bién marchitas, y le dijo muy suavemente, casi ida, que ella sabía que Benja-
mín iba a estar bien, que todavía no era su hora de despedirse para siempre...
Esa noche las dos mujeres se habrían dormido repasando para sí los
hechos que se acumulaban y que no sabían cómo cambiar.

Traté de convencerme de que ya había pasado lo peor, flaco, dijo Benja-


mín, que el cuerpo y el alma se acostumbran a todo. Mientras tanto, los
murmullos de los presos me llegaban como ráfagas tibias. Habría miles.
Bolas de Acero era realmente implacable. En eso escuché los pasos de
una mujer.
Era Roberta.
La pobre sufrió mucho viéndolo así, pero no se lo mostró para darle
ánimo, para hacerlo fuerte, para que Benjamín pudiera cortar los lazos que
lo unían al Perú y a la familia, una familia y una patria que tendría que
abandonar. Benjamín nunca supo cuánto Roberta sufrió por él. Y en ese día
de lluvia, con el sonido sedoso que crecía en mí inexorablemente, yo todavía
no sabía lo que sentía Roberta para decirle la verdad.
Su presencia llenó el marco de la puerta: cabello corto con tonos
plateados, tez pálida, aretes de oro en forma de argollas, bufanda de seda

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blanca y larga, abrigo de piel negro, cartera negra con broche dorado, za-
patos de tacos bajos. Parecía que había perdido mucho peso… «Tu mamá
está afuera», me dijo muy naturalmente como si nunca nos hubiésemos
separado. «Vine primero solo para ver cómo estabas. No quisiera que ella
tuviera ninguna sorpresa...». Encontré una marcada indiferencia en su
voz y sus ojos eran dos pozos hondos y oscuros. Pero, a pesar de todo,
no sabía si aventarme a sus brazos o seguir manteniendo la distancia que
había crecido entre nosotros en los años de ausencia.
Roberta husmeó las emanaciones de la celda y suspiró. Parecía ofen-
dida en lo más profundo de su ser. Lurigancho era una parte del Perú que
ella nunca hubiese querido conocer y mucho menos comprender. En ese
momento me di cuenta de que ante ella yo representaba ese aspecto del
Perú, flaco. Después de tanto evocar su imagen, después de darme valor
pensando que ella estaría en algún lugar dispuesta para ayudarme, recién
me di cuenta de que siempre había existido una brecha infranqueable
entre los dos, desde el día en que nací… Ahora ella se había vuelto una
estatua fría y negra que me envolvía con su mirada.
—Escucha, Benjamín. Escucha bien lo que te voy a decir. No tene-
mos tiempo para repetir las cosas… No podrás ver a tus hermanos. No
saben dónde ni cómo estás. Podrás ver a tu madre en unos momentos,
pero no la hagas más miserable, Benjamín; ya ha sufrido bastante —logré
interrumpirla para preguntarle por papá—. No está… Tienes que salir del
Perú esta misma noche, ¿entiendes? Todo está arreglado. Te tienes que ir
lejos, Benjamín, a los Estados Unidos. Aquí tienes todos los documentos
necesarios. El comandante Duarte te va a llevar al aeropuerto.
Quise interrumpirla nuevamente, quise decirle que no estaba de
acuerdo, que mi sitio estaba en el Perú, en Miraflores, si ella quería, pero
Roberta anticipó mi intención y dio un paso atrás, como si hubiese tenido
miedo de ser contagiada por algo atroz. «No le pidas nada al comandan-
te», continuó, «Ante él no tienes ningún derecho». Una vez en Los Esta-
dos Unidos, ya es cosa tuya. Roberta empezó a sacarse los guantes y, bajo la
opaca luz de la celda, sus dedos parecían los de siempre, de marfil. «Piérde-
te por unos años», me dijo, agitando los guantes en el aire y mirando muy
lejos de la celda. «Hasta que pasen las cosas... Sabía que nos darías muchos

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dolores de cabeza, pero nunca me imaginé cuánto. Malagradecido. Chau
Benjamín. No mires atrás...». Me estaba dejando completamente vacío, fla-
co. Parecía que me estaba dando la espalda para siempre, pero, no, todavía
no. Como si de repente se acordara de algo importante, me enfrentó y por
un mínimo instante, reconocí algo de tristeza en su cara ya marchita.
—Cuando leíste la carta de don Labarrieta, lloré por ti. ¡Qué idio-
ta! Pero tenía miedo, Benjamín. Debería haberte cortado las alas entonces,
cuando tuve la oportunidad. Pensé que... Pero las cosas han sucedido de
otra manera. ¡Las lágrimas que tu madre ha derramado por ti! Pobre mujer.
Sí, ¡pobre mujer! Va a venir aquí, a tocarte la cara y a decirte que te quiere
mucho, que eres su misha, que te ha extrañado desde antes de que tú na-
cieras. Se va a mostrar fuerte para ti, pero bien sabes que no es así. Tú sabes
cómo ella sufre. ¿Mereces ese amor, Benjamín? ¿Mereces que te quieran así?
El vaho de la celda remolineó inexplicablemente y Roberta levan-
tó la cabeza en un intento de esquivarlo, como si se sintiera acosada por
nocivas esencias invisibles. Siempre la había recordado así, flaco, llena de
desdén y de fastidio contra todos los aspectos del mundo que ella no po-
día controlar. Pero esta vez, mirándome contra la pared de la sucia cel-
da, decidió aceptar el aire fétido como un desafío. Bajó la cabeza, respiró
hondo y me miró a los ojos.
—Traté de salvarte —me dijo con su voz antigua, con la que de niño
siempre me alentaba—. Traté de hacerte bueno. Ahora ya no puedo. Es-
tás fuera de mi alcance. Ahora tendrás que enderezarte tú solo, Benjamín.
Te perdimos el día que regresaste a Santa Clara.
Y Roberta me dio la espalda por última vez.

Informe oficial. P. 298. Casete # 7


«La Voz del Pueblo: 28 de agosto, 1968. 12:20p.m».
Locución dramatizada: Bernardo Ríos
(Música de fondo: constante)
Una de las más odiosas acusaciones que se ha hecho contra las fuerzas
del orden de Chimbote es el haber participado en una masacre
donde supuestamente han desaparecido varias personas, entre ellas

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el llamado Tío Willy. Esta es una infamia que merece una respuesta
clara y directa: la muerte del personaje Tío Willy es solo la invención
de gente como Benjamín Peres-Benayón, que antes de la eficaz
intervención de las fuerzas del orden, colaboraba plenamente con
el comunismo internacional. La muerte del Tío Willy es un mito,
estimados radioescuchas, un mito elaborado por intereses nefastos
que tratan de implantar una ideología totalitaria y anticristiana en
todo nuestro continente...

3:00 P.M.

Una pausa más. La gruesa voz del locutor, apenas reconocible


contra el fondo rasposo de la grabación, remolinea en la biblioteca.
Edilberto Isaac la siente mezclándose con el zumbido sedoso que repunta
en crispas violentas. Quisiera sobarse las sienes, pero sus dedos están
demasiado entumecidos. Se siente tan cansado que sus lágrimas resbalan
desapercibidas por su enorme cara hinchada. Suspira quedo, presiona el
botón de la grabadora y la voz de Armando Cusquén vuelve a apoderarse
del aire en la vieja biblioteca.

***

Todo el mundo sabía que Solar era maricón, oiga usted, dice Armando
Cusquén, aunque no pareciera. Y esto sí que no entiendo, ¿cómo era que
el Chileno siguió con él después de que llegó a saber? ¿Cómo fue que
no le hacía recordar algo y le daba asco? Nunca se lo pregunté, claro. En
realidad, yo era muy corto. Una vez —esto habrá sido poco antes de que
se fuera del puerto, como a un año de lo de la Convención— me puse a
conversar con el padre Ramiro sobre el Chileno, porque el padre Ramiro
dejaba que uno le hablara de todo, como cualquiera. Ahí supe que él sabía
más que yo sobre Getulio, oiga.
—Seguro que era revancha, Armando.
—¿Revancha por lo que le habían hecho?

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—A Solar le gustaba que lo azoten. Y Getulio quería borrar lo que le
había pasado repitiéndolo con otro. Quería purgar su impotencia siendo
él quien castigaba.
Algo así, pero no sé. La verdad es que eso a mi no me cuadra…
Hay tanto que no entiendo de Getulio que no quisiera ni hablar más
de él. Es como si lo estuviese juzgando en la muerte, como si le buscara
razón a lo que no tiene razón. Por eso no le creo ni al Padre Ramiro,
oiga... Pero sí, Getulio participó en la campaña al principio. Venía para
ayudarnos con los afiches, los anuncios, con las cartas, los editoriales,
pero solo hacía lo que le pedían, nunca opinaba. Además, apenas llegó
Audón, se empezó a abrir. Parece que ninguno le caía bien al otro. El
cojo ese se daría cuenta de que todavía había algo entre él y Solar. No sé.
La cosa es que desde que llegó Audón, el Chileno buscó otra cosa... Pero
a lo mejor todo eso fue pura coincidencia, oiga. A lo mejor el Chileno
ya no paraba con nosotros porque por esos días nació el Tío Willy y su
elenco empezó a tener fama… Todo el mundo quería tener entrada. Los
muchachos lo seguían como a burro con agua. Hasta Ofelia se juntó
con él. La vieja andaba como gorrión por esos arenales, con sus velos y
su parasol. Era para morirse de risa.
Pero ese viernes el Chileno regresó a la Casa del Maestro. ¿Por qué?
No sé. Yo lo encontré ya en el proscenio. Estaba con su maldito poncho
encima, en todo ese calor abombado. Yo estaba tratando de convencerlo
de que se mandara a hacer un poncho de lino siquiera, como los que usan
algunos chalanes del norte, pero él insistía en vestirse de cholo. «Para
revivir el antiguo amor al teatro», decía.
En todo caso, cuando entró la policía el Chileno saltó desespera-
do hacia la puerta de escape. Yo lo seguí como pude, todo atolondrado,
mientras que Audón se hincaba como para orar y metía balazos al fren-
te. El Chileno salió vivo, oiga, por Diosito, pero lo estaban esperando.
Le dieron por todos lados... Con la sangre que se le venía por todos los
huecos, él siguió gateando, arañando el polvo. Sus pelos se volvieron ceni-
cientos con el polvo lleno de harina de pescado y hollín de acero. Parecía
que el Chileno quería levantarse. Hasta alzó una mano, como para decir
algo, pero ya no pudo ya. Su poncho estaba empapadito de sangre. Por

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Diosito, oiga. Lo mataron apenas salió a la calle. Le digo esto porque yo
todavía no me escapaba. Yo vi a Bolas de Acero tocándolo con la punta de
su bota, pero no lo recogió, no lo identificó. Los otros cachacos saltaban
sobre él, buscando a quién más matar, seguro.
En realidad, no creo que el Chileno haya sido espía, como dicen que
lo acusó el maricón Solar después de que lo hincharon. A lo mucho, ya
le dije, habrá sido socialista. Y verdad, no sé qué es lo que pasó con su
cuerpo, parece que desapareció, así como el de Audón. Yo sé que el padre
Ramiro por lo menos lo hubiese bendecido y enterrado. Yo creo que se
llevaban bien. Franco. Pero, no sé qué le pasó. Quizás él sepa. Lo botaron
al mar, seguro, para que se lo comieran los tiburones... Pero lo más co-
jonudo de todo es que dicen que en menos de una semana, Mario Solar
confesó a todo el mundo que el Chileno nunca había existido, que Ben-
jamín era maricón y trotskista; que los comunistas estaban acusando a la
policía y a las Fuerzas Armadas de crímenes que nunca habían cometido.
Todo Chimbote escuchó su vozarrón seguro, antes de que lo mataran
también, porque desde que habló así, nadie nunca más supo de él.
Pero ¿cómo le van a engañar a la gente, oiga?, ¿cómo le van a quitar
la memoria a los niños? El recuerdo del Tío Willy queda en cada esquina,
caray… Quien sabe por eso mismo sería que destruyeron El Hachón tam-
bién, porque el nombre de Getulio Conig aparecía ahí, junto con el de
Benjamín. Ahora los terroristas están con el cuento de que el Tío Willy
fue uno de sus mártires. Cómo es, ¿no?... Lo bueno es que a Benjamín lo
botaron afuera nomás… Sí, claro, ahora la gente dice que está por regre-
sar, que él también está con los terroristas, midiendo a Bolas de Acero,
pero ya le dije, de eso sí que no sé nada. Para mí Benjamín dejó de existir
en 1968, cuando nos salvamos de la masacre. Ya ni es mi amigo siquiera.
Esa es la pura verdad.
Esta es mi última chelita, oiga.

En esos días el correo llegaba a la única oficina postal de Chimbote, en


la avenida Bolognesi, dice don Felipe Ramiro Arteaga. Las cartas llega-
ban sucias y a medio abrir, chico. A veces la gente tenía que adivinar el

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contenido porque el calor del desierto fundía las páginas. Y eso que mu-
chas veces no llegaban. Los paquetes se perdían en el trayecto como por
arte de magia. No había confianza, coño. En un acto de solidaridad con el
pueblo, el monseñor nos había prohibido establecer un sistema particular,
como el que tenían los del Cuerpo de Paz. A mí eso me parecía demasiado
fingido. ¿Para qué darse aires de santos cuando todos sabíamos que la
gente nos veía como pecadores? Además, estábamos desparramados. Un
cura aquí, una monja allá… Suerte que la hermana Dorotea se encargaba
de distribuir lo que nos llegaba. Esa es una estampa de su caridad que
aún guardo conmigo, chic’. Esos hombritos de canario nos hacían llegar
trozos de otros mundos. Por eso fue la hermana Dorotea quien le entregó
al padre David la carta que vino de Chile.

Cuando escuché los pasos de mamá, me recosté contra la pared, espe-


rando que ella me entendiera y que borrara todo el tiempo transcu-
rrido, todas las distancias... Ella siempre parecía con necesidad de ser
consolada por sufrimientos muy suyos. Pero no, flaco. Mamá siempre
a sido fuerte. Por lo menos su capacidad de madre es inmensa. Aún
hoy, en esta lluvia y en el recuerdo, ella sigue anclando nuestros dis-
parates, ¿no?
—¡Hijito de mi alma! ¡Papacito! ¿Dónde pues has estado? ¿Cómo
es que te vuelvo a ver?...
Nuestras lágrimas borraron el tiempo injusto, las largas distancias,
las malas memorias, los malos pensamientos. Había envejecido, pero no
tanto como me había imaginado. Su cabello negro, su cara redonda, su
chalina verde, su saco corto, su blusa blanca con cinta y broche, su falda
gris de lana, sus zapatos llanos, sus anillos de cobre, su olor a rosas, todo,
todo estaba como siempre, flaco, intocados por el tiempo… La estreché
entre mis brazos y la sentí suave, calurosa. Me hubiese gustado quedarme
así, abrazándola para siempre, pero sabía que no me era posible... «Mamá,
tengo tanto que decirte», le dije.
—Hay, hijito. No hay tiempo. Haz lo que te dice Roberta. Ella sabe.
Te quiere mucho, Benjamín. Lloró mucho cuando desapareciste.

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Nada podía ser más irreal, flaco. Era como en una pesadilla. Apenas
nos habíamos visto y mamá ya estaba sacando la cara por Roberta. La
defendía. Confiaba en su buen corazón. Yo pensaba: «Si ella supiera...».
Yo pensé: «Si tú supieras, más bien». Si tú supieras lo que Roberta
lloró por ti. Cuando estábamos por Huachipa, felices y contentos, yo la veía
enmudecer, mirar hacia el Cerro Colorado y suspirar... Claro que Roberta
te quería, Benjamín. No solo cuando la viste por última vez sino años más
tarde, recordándote.
—¿Papá no regresó?
—No. Está lejos hijito, pero ya viene ya.
Mamá se puso a mirar sus manos morenas, acabadas. Sus labios mus-
tios entreabiertos y su mirada perdida me dolían mucho, flaco. ¿Había
escrito papá? ¿Había mandado decir algo siquiera?
—Hace dos meses... Tu hermano es todo un hombre, Benjamín. Lo
vieras. Va a llegar a ser un buen oficial, así dice Roberta. Ella los ama tanto
a todos. Quiere ser escritor dice, pero le obedece a Roberta. Seguro que
te gritó, ¿no?
En esos momentos no me di cuenta de que mamá usaba lo de
Roberta como una cortina de humo, que lo que ella quería era no ha-
blar de papá, que, aún en esa celda, ella seguía protegiéndole secretos.
Cuando por fin me di cuenta, años más tarde, cuando ya estaba en los
Estados Unidos, me culpé mucho por haber sido tan ingenuo y tan
egoísta… Pero ese día en Lurigancho, para complacerla, le dije que
Roberta estaba resentida por algo, pero que yo no sabía exactamente
por qué, que como le había dado tantos dolores de cabeza, ella tenía
mucho de qué escoger. «Ya le va a pasar», me dijo mamá, «Te va a
perdonar. Ya te perdonó seguro,» me dijo mamá No quise saber nada
más de Roberta y pregunté por Clotilde. «Ella está bien», me dijo
mamá. «Adora a sus caballos. Le ha puesto Benjo a uno, para acor-
darse de ti… Todos queríamos acordarnos de ti. Si no hubiese sido
por Susana, ni siquiera hubiésemos llegado a verte en este calabozo,
hundiéndote en la desgracia».
Estoy seguro de que mamá hubiese querido seguir abriendo esas lla-
gas, esas quejas y memorias, pero como sabía que no teníamos mucho

| 330 |
tiempo, calló y volvió a jugar con sus anillos. A pesar de palpar su dolor, le
pregunté otra vez por papá.
—Después de que te fuiste, nuestras cartas regresaban sin abrir.
Perdimos contacto, pero ya lo he extrañado demasiado como para seguir
llorando por él, Benjamín. Ya no lloro ya. Sé que va a regresar. Lo sien-
to aquí, en mi corazón. Sea lo que sea lo que tiene que hacer, cuando lo
termine, regresará... Como tú…. Yo siempre supe que tú regresarías a tu
sitio. Se lo decía a Roberta, pero ella no cree que el corazón hable, que
muchas veces las palabras son un estorbo. Solo que ahora tienes que irte
otra vez. Pobrecito Benjamín, mi mishita. Te voy a esperar. Me sentaré
en la casa, contando los días, rezando a la Virgen de la Asunción. Yo sabía
que habías nacido para recorrer el mundo, para ser diferente a los demás,
para hacer cosas que otros solo sueñan. Por eso estaré esperándote. No
voy a llorar más porque sé que vas a regresar, pero ahora tengo que irme,
hijito. Guarda esos papeles. Roberta me ha pedido que no me quede mu-
cho. Podría perjudicar tu partida... Gracias a Dios que Susana nos vino a
buscar... Benjamín, no me hagas esto otra vez. Cuando te canses de andar,
regresa. Esta es tu tierra, tu único sitio, hijito.
Sus pasos de partida, diminutos y cansados, se quedarán en mí
para siempre, flaco... En todo caso, en esos momentos lejanos, estaba
tan emocionado que ni supe preguntarle a mamá sobre Susana, a quien
no había visto por años. A veces pienso que nunca he tenido la capaci-
dad de amar o de fijarme en más de dos personas a la vez: yo y cualquier
otro. El egoísmo cega, flaco... Cuando me vi nuevamente solo, me apoyé
contra la pared y me dejé llevar por el murmullo de los presos que pare-
cía brotar de las celdas.
Mi autocompasión y abatimiento no duró mucho. Conforme
el murmullo de los presos crecía en mis oídos, el foco de luz en el
techo empezó a danzar y mi hilo blanco comenzó a desenrollarse. Me
jalaba hacia afuera más ferozmente que nunca, flaco. Al principio,
por costumbre, traté de resistir ese desgaste. Pero después, cuando el
foco se volvió un verdadero sol, me abandoné al vértigo dispuesto a
desaparecer. Quería morir...
Hubiese sido demasiado fácil.

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Del sobre de manila:
Sta. Roberta Hassel Cruz
En Miraflores, Perú
Querida Roberta:
Te escribo a pluma ligera para decirte que estoy dejando Buenos
Aires, pero no regreso al Perú inmediatamente. Hay razones
mayores. Por favor comunica el contenido de la siguiente nota a la
señora Tomasa. Trata de apoyarla en estos momentos difíciles. Te lo
agradecería muchísimo.
Edilberto.

Sra. Tomasa Montañez de Peres-Benayón


En Miraflores, Perú.
Querida Tomasa:
Es con mucho pesar que te comunico que mi regreso al Perú
no es posible por ahora. Tengo que juntar mis bultos nuevamente y
rodar cuesta abajo. Prende tus velas y espérame. Te prometo volver.
Y cuando regrese, te contaré sobre el río azul, los campos de trigos
y las almendras. Si para entonces no es demasiado tarde, haremos
nuevamente nuestros bultos y rodaremos juntos. Siempre cuesta
abajo. Mientras tanto, cuídate y cuida de los niños.
Te abraza,
Edilberto.
Añadido en lápiz: Praga, noviembre, 1962.

Uno se imagina cosas, flaco. Uno lee, escucha, pero de nada sirve. Uno no
puede prepararse para lo que viene, para la degradación, para la pérdida
total de la humanidad. No solo la del que sufre, sino también la del que
hace sufrir. Ver en otro hombre un monstruo es algo que uno nunca pue-
de olvidar. Para qué detallarte lo que vino después. Para qué amargarse el
alma. No vale ni para tu novela, flaco... Me desperté a decir que no. No.

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No. No. No sabía nada de nada. No era maricón. No era espía. No era
comunista. No era un cojudo. No era un perro. No era nada. No sabía
nada... No por valentía, flaco, sino porque era la verdad. Qué sería lo que
usaron esa noche. Palos. Alicates. Soga. Agua. Mierda. Sal. Ají. Muela.
Dedo… ¿Cómo se prepara uno para eso? ¿Cómo se prepara uno para en-
contrar que todos los ruegos, todos los quejidos, se pierden en los ojos in-
diferentes de otro hombre? Yo quería morir, pero en ese momento hasta
el hilo blanco me abandonó. Ahí me di cuenta de que hay algo peor que
la inexistencia. Ahí me pareció que después de todo, sentir el hilo blanco
es un lujo… Hasta que todos se cansarían y se irían a sus casas, a sus hijos,
a sus amigos, a confesarse. Yo me quedé en la oscuridad. Menos inocente
y menos hombre, pidiendo que el hilo blanco viniera a desenrollarse de
una vez por todas.
Pero no creas, no es por eso que estoy aquí.

La carta llegó como casi todas, dijo Felipe Ramiro Arteaga; sucia y a me-
dio abrir. No, no, chic'. Dictada, leída y copiada, seguro. Enviada desde
Chile por el mismo Bolas de Acero, seguro, porque el comandante era
meticuloso… Lo cierto es que, cuando la leyó, David se sintió atravesa-
do por una culpa sin nombre, coño. El pobre señor Conig le pedía que
abogara por su hijo para que regresara a su país. Le pedía que le dijera
que volviera porque el pasado, y qué pasado sería, había sido perdonado,
olvidado, enterrado. ¿Ves? ¿Quién hablaba así, chico? ¿Cómo supieron a
dónde y a quién mandar la carta? Bolas de Acero sí que era implacable.
Pero en eso, él fue solo el comienzo.
Fuese lo que fuese, David sabía que ya todo era demasiado tarde,
claro, pero le nubló el alma de todas maneras. El pobre se sintió con una
inmensa necesidad de confesarse. Por eso sería que me llamó a mí. Vién-
dolo bien, tal vez fue ahí cuando nos hicimos realmente amigos. La cosa
es que hablamos muy íntimamente. Y te puedo decir que él pensaba que
de alguna manera, él había sido culpable de la muerte de el Chileno... Cla-
ro que no era verdad. Se lo dije como amigo y con lujo de conocimiento,
porque yo sabía que el Chileno había sido una víctima más de la guerra

| 333 |
fría. Tal como lo escuchas, coño. En Chimbote, ni más ni menos. Claro
que se había metido con Mario, era su amante. Pero él mismo no era ni
espía ni homosexual. Ante Bolas de Acero, claro, él era algo mucho peor:
un hombre en busca de revancha contra algo inefable.
No sé qué le habría pasado en Chile. Nunca me interesó su vida.
Para mí era suficiente saber que él no era ni espía ni político. No como en
el caso de Benjamín, por ejemplo. Yo presentía que ese niñito bien podía
llegar lejos, para bien o para mal. ¿Hablaste con él, dices? ¿Por la selva?...
Le dije al comandante Duarte que no era necesario hacerle daño al Chi-
leno, pero el comandante tenía algo por dentro, coño, algo que la vida del
Chileno despertaba. Era como si en el cuerpo del Chileno se hubiesen
juntado todos sus miedos. Por eso quiso ofrecerlo al mar para que, en
un torcido rito de purificación, eso le limpiara el alma. La cosa fue que el
mar lo devolvió y apareció varado por Besique donde lo descubrieron los
pescadores de tramboyo.
Don Felipe se limpió una lágrima y volvió la cara hacia el oeste. A
través de la ventana de vidrio ahumado pudo ver cómo el sol se hundía, rojo
y redondo, sobre las aguas cristalinas del lago. El cielo estaba salpicado de
nubes rosadas y los cisnes parecían barcos lentos.
Cuando le dieron la noticia, la hermana Dorotea fue a recogerlo sin
decir nada a nadie, chico. Lo trajo envuelto en uno de sus hábitos, carga-
do por los mismos pescadores. Lo guardó en su cuarto y fue a buscarme.
Esa misma noche lo pusimos en mi moto y lo enterramos en el cemente-
rio del puerto. Le pusimos un nombre que ya no recuerdo y nunca más
hablamos del asunto. No sé si David llegó a saber de nuestra hazaña. Tal
vez sí, porque era el confesor de la hermana Dorotea... No me mires así,
chico. No hubiésemos sacado nada con hacer público todo eso. Nunca
me he arrepentido de no haber dicho nada. Había mucho que perder.

Informe oficial. P. 267. Disquete # 2.

Benjamín: Te adjunto suficientes fondos para tus gastos de unos


meses. Manéjalos con mucho cuidado. Después ya veremos cómo
hacemos para enviarte remesas. Por favor trata de conseguir una
cuenta corriente en algún banco. Una vez en el estado de Rhode

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Island busca al profesor doctor Gastón Sorengreen, en la Universidad
de Brown University, en Providence. Él trabaja en el departamento de
Estudios Clásicos. Le dices que vas de mi parte y que se comunique
conmigo por cualquier motivo. Tu matrícula en Brown University
es provisional. Una vez ahí, tendrás que vértelas por ti mismo. Me
imagino que tendrás que tomar exámenes y cosas por el estilo. Que te
sirva de algo lo que aprendiste en el Santa Rosa.
Adjunto una nota para el profesor Kaplan en el departamento
de filosofía. Es un amigo de tu padre. Estoy segura de que te podrá
ayudar en lo que pueda.
Eso es todo. Que te vaya bien.
Roberta

Cuando terminaron las acciones el comandante Duarte lo metió preso,


dijo Felipe Ramiro Arteaga. A Mario lo torturarían por rutina, chic’, no
por maldad. Querían saber algo más del Chileno, quien había muerto
con arma en mano, según ellos. Querían que Mario les vomitara datos so-
bre los comunistas, los apristas, los del Chimú... Por rutina… Pero claro,
Canchero, el dueño de medio Chimbote, sí ya era otra cosa. Él sí quería
hundirlo en la bahía como un ejemplo para sus supuestos compinches.
Tuve que hablar con el comandante para prevenir eso. Me costó mucho,
coño. Promesas. Ruegos. Mentiras. Pero por fin, después de que se cansa-
rían de maltratarlo, lo dejaron ir.
¿Cómo puede uno vanagloriarse de haber suavizado las consecuencias
de actos malvados después de haber sido el causante o por lo menos un testigo
cómplice de esos actos? Esa tarde en Naples, Felipe Ramiro Arteaga se empe-
ñaba en pensar que él había sido solo una pieza más en el ajedrez político de
esos tiempos y que por lo tanto había hecho lo que debía. ¿Lo hizo para poder
seguir mintiéndose? No lo sé. Solo sé que, en esa tarde que se iba, no tuve el
coraje para contradecirle nada.
¿A dónde iba a ir Mario? La casa de Audón en Vitarte había sido
destruida. ¿A los amigos? ¿A su exnovia, Rosita? A nadie, chic'. No le
quedaba más camino que el de la cárcel de Miraflores. Yo no soy muy
leído en psicoanálisis, chic', y a pesar de mis años de escuchar confesiones,
que siempre hay que descifrar con mucho cuidado, no entiendo bien

| 335 |
el significado de los sueños. Pero, en una noche cuando estábamos en
el Copacabana, mucho antes de su desgracia, Mario insistió en que lo
escuchara. No era confesión, valgan verdades. Benjamín también estaba
ahí. No. El pobre solo quería desahogarse. Te cuento su sueño ahora, no
para que lo pongas en tu informe —que estoy seguro va a ser puro seso y
mirada objetiva— sino porque estoy seguro de que dice algo de lo que le
esperaba a Mario en Miraflores.
Mario es un joven oficial de Marina. Está parado, solo, contra una
puerta grande de madera gruesa. La puerta tiene una orla roja. Toca la
puerta. Varias veces. La puerta se abre y aparece su madre con un ramo de
flores blancas. Ella le sonríe, se inclina y deposita el ramo de flores a los
pies de su hijo. El metal de la espada de Mario brilla en el sol. Mario mira
a su madre por una eternidad. Entonces, se hinca en una rodilla y corta las
flores, una por una, en trocitos.
La escena cambia.
Mario ahora se encuentra en un largo pasillo interior. Hay hombres
fornidos de pie contra la pared, mirando su llegada. Todos llevan son-
risas escondidas. Todos tienen espadas brillantes. Cuando Mario pasa,
uno por uno, los hombres toman un paso adelante, saludan y se cortan
la cabeza. Mario había esperado eso. Sabía lo que iba a pasar apenas abrió
la puerta.
La escena cambia.
Mario ahora está en un barco velero. Las olas son bravas. El mástil
es liso y alto. El barco empieza a hundirse. Mario ve la cara de su madre
reflejada en las aguas. Desesperado, Mario sube al mástil mientras que
las olas lamen más y más arriba. Las olas ya casi lo alcanzan. Le mojan los
talones. Le tocan los genitales. Él grita. Cae al agua. Se está ahogando.
Allí se despierta.
¿Te das cuenta de por qué Mario tenía miedo regresar a Miraflores?
Era un terror sin nombre, coño. Por eso me pedía que yo pidiera que
lo botaran a otro país, que lo pusieran en un barco para Australia, pero
no pude arreglar nada por el estilo. No sé si su madre había intervenido
porque en mis andanzas por el Perú he aprendido que, en esos años, la
gente de Miraflores se salía con todas. Así que, cuando vinieron a sacarlo

| 336 |
del hueco donde lo tenían, después de que habían borrado todo rastro de
él en el puerto, le dieron la opción: al Frontón o a Miraflores. Mario lo
pensó mucho. Para mí que en ese momento, si hubiese tenido la oportu-
nidad, se hubiese matado, chic'.
En fin. Lo acompañé hasta su cárcel sentado junto al chofer, de in-
cógnito, para que no le pase nada. Cuando llegamos a la casa de su madre
lo dejé que se fuera solo, sin que se diera cuenta de que yo había estado
con él. No era necesario humillarlo más. Mario tocó el timbre y esperó.
Después de un largo rato apareció un anciano que parecía japonés. No lo
reconocería porque parecía lleno de preguntas, entonces Mario le diría
quién era. El anciano se rascó la barbilla, miró hacia atrás y decidió abrir
la reja. Mario Solar Martineau miró en dirección al mar, pareció suspirar,
bajó la cabeza y desapareció.

Sobre de manila. Fragmento


…para ti, hijito. No te pierdas por esas tierras lejanas. Vuelve a tu sitio.
Tú me tienes aquí para esperarte. Yo sé que estarás diciéndote que no
tienes a nadie en el mundo, que todos nos hemos olvidado de ti. No
es verdad. Tú lo sabes. Si puedes, escribe de cuando en cuando. Yo
creo que

Me desperté en un automóvil, con un dolor hasta en los pelos, dice Ben-


jamín. El padre Ramiro estaba a mi izquierda y Bolas de Acero a mi dere-
cha. Conversaban. Pasábamos por calles estrechas y abandonadas. Pare-
cía que salíamos de Lima.
—¡Olé! ¡A buena hora te despieltas, coño! No sabíamos que eras
tan emocional, chic’ —el padre Ramiro me codeó—. Los niños bien son
más cabeza que corazón. ¿Cómo se te ocurre, hombre, desmayalte como
una niña —hablaba para Bolas de Acero—. Estamos haciendo esto por
tu propio bien, chico. Tu buena madre comprendió. Qué chucha, Ben-
jamín, ¿por qué tienes que juntalte con esos cojudos? ¿Cómo le va a ir a
este país si las familias decentes no producen líderes rectos, gente leal? ¿O
no, mi comandante?
«Demasiado aniñados», gruñó Bolas de Acero, con la mirada fija
en el negro horizonte. «A todo el mundo le buscan excusas. Excusa al

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muchacho y destruyes al hombre. Si por mí fuera, estarías pudriéndote en
el Frontón, carajo, pero no. Te estoy escoltando para que te vayas a pasear
por los Estados Unidos. Me hincha los huevos, pero los peones como yo
no tienen ni voz ni voto». «Usted no es ningún peón, mi comandante»,
intervino Ramiro, siguiéndole la corriente. «Uno de estos días usted es-
tará gobernando el país. Todos sabemos lo que se necesita. Quién sabe si
para ese entonces este hombre podría echarle una mano...». El moño del
padre Ramiro le pegaba la frente con cada bache. «Bueno», dijo el padre
Ramiro como para terminar, «parece que ya estamos llegando. ¿Podría
darme un momento a solas con nuestro encargo, mi comandante? Cues-
tiones familiares».
Bolas de Acero palmeó al chofer en el hombro para que parara, abrió
la puerta y se puso de pie al lado del automóvil, dándonos la espalda, mi-
rando las luces del aeropuerto que delineaban un complejo enorme con-
tra la noche. Y cosa rara, flaco, en ese momento, sentí que ya no odiaba
a Bolas de Acero… No sé. No era que yo estuviese de acuerdo con él, ni
cosa parecida, eso nunca sería posible. Era más bien que viéndolo así, de
espaldas, cumpliendo con su deber, me salió un sentimiento mezcla de
pena y respeto. ¿Entiendes? Era como si me sintiera ligado a él, a sus con-
trarios ideales, de una manera tan inexplicable como inevitable… No sa-
bía entonces que nos volveríamos a encontrar; porque ahora eso también
parece ser inevitable.
Estaba tratando de entender lo que yo mismo sentía cuando el padre
Ramiro me sacudió del brazo para que le prestara atención. «Es la última
vez que te libras, Benjamín», me dijo fingiendo severidad. «Te comiste a
medio mundo. ¿Para qué? ¿Para que casi te maten?...». El moño le colga-
ba bajo y sus largas patillas le hacían crecer la cabeza.
—Te estamos dando una última oportunidad. La política en Latino-
américa es delicada. Los superpoderes nos quieren tragal enteros. Por eso
los rusos quisieron tenerte de su lado. ¿No te dijo nada Audón sobre una
beca para estudiar en Moscú? ¿La Habana? Te ofrezco una para que vivas
bien en los Estados Unidos. ¿Qué dices? No tenemos mucho tiempo para
decidirlo. Te necesitamos, coño. Tus intereses son los nuestros. Nos co-
noces. ¿Qué tú sabes de los bárbaros esos? Nada, coño. Uno de estos días

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Fidel va a maldecil el día en que se acostó con los rusos. Te estoy dando
una mano, pero no creas que lo hago pol tu linda cara.
—Usted no es cura —le dije sin pensar, tratando de salvar algo
de dignidad.
—¿A quién mierda le importa nada de eso? He sido más cura que to-
dos los idiotas que mandan para acá. He escuchado confesiones y absuel-
to pecados. Me arrodillo y ruego. Defiendo a mis amigos. Amo a Dios.
¡Tengo fe, coño! ¿Qué más puede tener un cura después de que lo ha
perdido todo?... Tenemos mucho en común, tú y yo. Lo quieras o no,
estamos entre los bárbaros de la izquierda y los bárbaros como ese que
está parado allí. Yo también quiero cambial las cosas, Benjamín, pero sin
sacrificar la libertad, la religión... Sé que tienes fondos, pero no te van a
durar. Además, ¿vas a vivir siempre de tu familia? ¿Crees que doña Hassel
te lo va a soportal todo para siempre? Ya eres un hombre, coño. Un hom-
bre pobre. Tienes que seguil adelante, solo...
—¿Qué quiere usted?
—Nada. Te necesitamos aquí, al frente de tu gente. Queremos que
nos conozcas aún mejor, que veas cómo vivimos. Estamos seguros de que
vas a querel lo mismo para tu gente. Representas el futuro del Perú, Ben-
jamín. No deseches la oportunidad.
Quise decir algo heroico, flaco, pero sabía que un acto así estaba fue-
ra de mi alcance. Sabía que en esos momentos, si Bolas de Acero me hu-
biese dado la oportunidad de regresar a Miraflores, yo lo hubiese dejado
todo atrás: los amigos, los principios, los sueños, todo, porque en esos días
yo no actuaba sopesando bien las cosas... «Haz como te parezca mejor,
Benjamín», me dijo Ramiro mirando la noche, midiendo el efecto de sus
palabras. «Pero piénsalo bien. No vas a tener otra oportunidad. Tu padre
regresará pronto y tal vez puedas hablar con él sobre estas cosas».
—¿Qué sabe usted de mi padre?
—Nada más de lo que me dice la señorita Hassel. Pero, coño, ya es
tiempo de decidir. Acepta la beca.
Ramiro volvió a mirarme a los ojos y supo que había ganado. Claro,
me hubiese gustado preguntarle algo más sobre papá, pero ya me había
dado cuenta de que el padre Ramiro era un experto en manipular a la

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gente. Esa noche le acepté su beca para ganar tiempo. Ya después vería...
Me alegra que nunca me ensuciara con ese dinero.
—Tengo que irme —dijo el padre Ramiro retirándose al extremo
del asiento—. Buena suerte. Puedes ponelte en contacto conmigo cuan-
do quieras. He dejado mi número en tu billetera. Si no necesitas dinero,
tal vez necesites una voz que te conecte con este mundo puto que estás
dejando atrás.
El padre Ramiro le indicó a Bolas de Acero que ya podría volver. El
automóvil rodó unos minutos más y se detuvo ante una puerta lateral del
aeropuerto. El padre Ramiro me dio la mano, sin decir nada más. Bolas
de Acero me acompañó en silencio al pasillo por donde yo debería tomar
el vuelo de la Braniff International Airlines. Así terminó esa etapa de mi
vida, flaco.

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tercer
libro
1968-2005
3:30 P.M.

Se escucha el mar. Un panadero pasa por la avenida tocando su claxon.


«Es un triciclo blanco», adivina Edilberto Isaac, «la bola de jebe del
claxon es negra y el chillido viene de los rodajes sin aceitar». Siente su
cuerpo acalambrado y tiene la sensación que su cabeza a crecido sin parar.
Decide estirar las piernas otra vez. Se levanta del sillón con gran esfuerzo
y se dirige al baño.
Tiene las piernas arqueadas y sus brazos se han encogido
insólitamente. Inclina su enorme cabeza para tantear sus ojos con el índice
derecho y los encuentra más hinchados y lagrimosos. Avanza despacio
y precariamente. Busca los ladridos del perro de la mañana: parece que
alguien lo ha liberado, o que ya no podrá ladrar. Adivina un viento suave
jugando con el polvo de la avenida y se le ocurre que el perro ha muerto.
Se salpica un poco de agua a la cara y se endereza algo para contem-
plarse en el espejo cajamarquino. Tiene surcos hondos y rojizos en la fren-
te y le ha crecido una barba gris. Ha envejecido más de la cuenta en esas
pocas horas. Se seca la cara con ligeros toques de toalla y cuando termina
con sus estocadas afina el oído para ver si Paulina está por ahí. No hay
nadie… Decide regresar al escritorio.
Siente los hombros pesados, los pequeños brazos rígidos contra sus
costillas, y los pies —solo en calcetines desde la mañana— hinchados.
La vista le está fallando también y el olor a sal y a amapolas que satura
el aire se ha vuelto agrio. Llega al escritorio y echa un vistazo al material
que acaba de destilar. Piensa: la verdad es que ha hecho bastante con
terminar el segundo libro… Pero, le vienen dudas. ¿Habrá recortado
demasiado? ¿Habrá dejado de lado demasiadas corazonadas, dudas, teo-
rías, verdades solapadas?
Se deja caer de golpe en el sillón. Siente un dolor agudo en sus abun-
dantes pero flácidas nalgas y se queda inmóvil un rato, pensando. Es que
hay una abundancia de personajes torcidos y nefastos en la historia de la
familia: Benjamín y su misha, el negro Félix y su pie supurante, mamá y su
chalina verde, Roberta y su modo de ver la vida, él mismo con su cargoso
zumbido sedoso. Ni hablar, nefastos y torcidos de verdad.
Chasquea su seca y áspera lengua para defenderse de posibles acu-
sadores invisibles: no ha venido aquí para cubrir máculas sino para sacar
a relucir y así exorcizar demonios. Lástima si esas verdades bordeen en
la inverosimilitud. Lástima que él no sea un escritor de verdad. Y lásti-
ma también que Paulina no esté por ahí y que el perro haya muerto...
Un extraño sonido lóbrego y fúnebre sube gateando desde el malecón
Armendáriz.

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Capítulo uno

Nos reunimos en Comas para planear la cosa con calma, dijo el coman-
dante Rojas. Susana tenía un coco de la gran puta, compadre. Todo es-
taba calculado, ensayado. En vez de ser siete fuimos tres: uno maneja-
ba el muymuy, uno vigilaba la puerta y uno sacaba la plata. «Más gente
complica la cosa», nos dijo ella. Memorizamos el horario, verificamos las
líneas de teléfono que había que cortar, arreglamos el carrito. El problema
eran las armas. Solo teníamos tres pistolitas y una parecía de juguete, de
caucho. Creo que ninguna disparaba. Chesumadre. ¿Crees que sea nece-
sario tener armas legítimas? ¿Y si nos chapan? ¿No sería crimen grave, no?
Discutíamos. Como novatos que éramos, compadre, estábamos metien-
do las manos a la candela sin saber cómo.
El comandante Rojas había desaparecido por un rato entre los arbus-
tos de la parte trasera del campamento y había regresado muy dispuesto
a seguir contando su historia. Yo estaba pensando: el hombre quiere con-
fesarse a como dé lugar. Pero no es por sentirse culpable de algo, sino para
conseguir comunión contándole a alguien esa parte de su vida. Parece raro
que él no haya encontrado una alma hermana entre sus compañeros. Pue-
da que el hecho de ser el líder no le deja espacio para confesiones. El deber
lo está jodiendo.
Susana nos dijo que ella podía conseguir las armas. ¿De dónde?
¿Cómo?, le preguntamos. «Del grupo al que pertenecía antes, nos dijo.
Uno de los nuestros. Habrá que reunirnos con ellos…», agregó. Por Dios.
¿Qué relaciones tenía Susana con esos grupos? Ni hablar. Eso sí, claro,
por esos días ya había grupos de revolucionarios desparramados por todo
el Perú. Por eso es que no nos llamó la atención. Nos reunimos en un
barcito de mala muerte que quedaba por la Parada.
Puta que eran unos negros así de grandotes; parecían boxeadores, cara-
jo. Querían plata y cincuenta más por cada uno después del golpe, nos dijo
el más viejo, enseñándonos tres revólveres negros que parecían de policía.
¿Qué había pasado con la lucha armada, compadre, con la rectitud ideoló-
gica? Nos estábamos portando como rateros, por Dios… Con todo, Susana
aceptó el trato, como nuestra cabecilla que era. Ahí nomás, los negros se
animaron y empezaron a pasar una botella de pisco. Susana tomó su tragui-
to y nos hizo señas para que nos fuéramos. No eran miembros de ningún
grupo revolucionario, compadre. Cojudeces. Y lo que más me amargó —
porque yo ya me estaba amargando con el grupito nuestro— era que nadie
protestó. Ni la Toya, que siempre tomaba el lado contrario de las cosas. Ni
una tos, compadre. Y yo no dije nada para no comprometer a Susana. Así
que tomamos los tres revólveres, pusimos las balas en una bolsa y patas pa’
que te quiero. La Parada, compadre. ¡Qué pistolas ni qué mierda! Por ahí a
uno le sacaban la mierda por mirar de costado.

La verdad es que no sé si pueda, niño, dice la Leonora. Mi hijito Gabriel


no quiere que abra para nadie. No quiero faltarle el respeto a usted, claro,
pero, ¿para qué sacudir esos trapos? Su mamita casi no confiaba mucho
conmigo, con doña Paulina más bien sí. Tendría usted que hablar con ella
más que todo.
Leonora estaba en el umbral con una mano en el filo de la puerta y la
otra reposada contra la pared. Parecía dispuesta a prevenir que yo entrara.
Su vestido floreado resaltaba en ese mundo color ceniza. Había envejecido.
Tenía el semblante de alguien con muchas preocupaciones y hablaba como si
se estuviese reponiendo de un resfriado.
Claro que me daba pena. ¿A quién no? Paraba sobándose la cara con
su chalina verde nomás, como tocada. Hasta me daba miedo andar por
la casa y toparme con ella. Cuando el niño Benjamín desapareció, todo
el mundo parecía que ya no quería ni hablar. Doña Roberta misma se

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pasaba las horas mirando por la ventana, toma y toma su hierba luisa.
«Leonora», me decía como rezando, «ándate y pregunta si hay carta».
Yo tenía que irme a pie porque ni siquiera mandaban a que me llevara el
chofer. Llegaba hasta la oficina postal a preguntar si había algo. Qué iba
a haber si los carteros pasaban por la calle todos los días y no paraban.
Yo hasta tenía miedo de regresar sin nada. Siempre volvía contando los
pasos, entreteniéndome, o mirando los cuadros que vendían por las calles
con tal de no verle la cara a doña Roberta que se echaba la culpa por todo.
Más que todo, me pasaba las horas en mi cuartito, arriba, en el techo,
mirando mis novelitas. ¿Qué más podía hacer? Bajaba solo cuando tenía
que limpiar las cosas que nadie quería tocar. Usted se acuerda, niño. Ya
nadie se sentaba en la mesa grande con doña Roberta. Toda sola comía
ella, rodeada de sus flores y de sus revistas. Ni don Félix… La niña Clo-
tilde prácticamente se fue a vivir con los Barrionuevo, por Huachipa. Y
cuando venía era solo para irse derechito a su cuarto. Nadie quería hablar.
Yo me quedé porque no tenía a dónde ir. Ahora sí, ya no. Malo o bueno,
vivimos aquí con mi hijito lejos de Miraflores.
Las cosas se han puesto muy feas, niño. Las sirvientas degüellan a los
patrones cuando están durmiendo, dicen. Han malogrado todo... Pero,
hasta antes. Ahí nomás que el niño Benjamín se fue, cuando me juntaba
con las demás chicas, ya no me tenían confianza. Decían que se había
metido con los revoltosos de Santa Clara... Felizmente que a mí nunca
me gustó Santa Clara... Cuando me cancelé, un poquito antes que re-
gresara don Edilberto, doña Roberta me ayudó, para qué. «Yo sé que al
final serás feliz, Leonora», me dijo su mamita, despertando un poquito.
Loquita, ya o qawaq sería, presentidora, como decía doña Paulina. Yo me
vine por acá y me compré este terrenito... Pero es mejor que usted se vaya,
niño. No quiero que mi Gabriel se entere. Ojalá que ya pase esta locura.

El acto revolucionario contra el banco de los Prado ocurrió el sábado


a eso de las tres de la tarde, cuando el gerente se tiraba su siestecita o
se culeaba a la secretaria en su despacho, dijo el comandante Rojas. En
cuatro semanas de sondeo, nos habíamos enterado hasta de su maña

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de meterle el dedo a la boca de la cojuda de su secretaria, una sambita
quimbosa que trataba a los cholos con la nariz arremangada. «¡Muér-
deme! ¡Muérdeme!», le gritaba. Y tenía que ser antes de las cuatro, que
era cuando la gente llegaba a cobrar sus pagos. ¿Entiende? Yo me en-
cargaría de cerrar y vigilar la entrada, Beto sacaría la plata y Susana
manejaría el muymuy.
Todo estaba yendo bien, compadre. Llegamos al tiempo debido, cor-
tamos las indicadas líneas de teléfono y nos colocamos en el lugar preciso.
Como lo habíamos anticipado, casi no había nadie. Una señora estaba co-
brando en la sección de giros y un gordito estaba sentado en su banquito
esperando a que lo atiendan.
—¡Quietos! —gritó Beto—. ¡Ni se muevan, carajo!
El gordito y la señora se quedaron tiesos. Los bancarios, con sus cuelli-
tos y sus manitas de maricones, nos miraron asombrados. Beto les apuntó
con el revólver y les dijo que se voltearan contra la pared. Saltó una rejita
de madera y se cuadró al lado de la puerta de la oficina del gerente. ¡Yo con
un miedo! Putamadre que me temblaban los huevos. Sentía la pistola en mi
mano derecha como un fierro frío. «¡Quietos, carajo!», grité para mante-
ner a los cojudos en su sitio y como para darme ánimo.
El comandante Rojas se irguió en medio cuerpo y se sobó las piernas.
Parecía tenso, a punto de pararse. Me daba la sensación de que se sentía
como cuando uno ve una película de boxeo y termina esquivando y propi-
nando golpes de mentira.
Beto le tiró el costalillo al cajero y le dijo que vaya llenando la plata.
En eso, como estaba previsto, el gerente abrió la puerta. Beto le apuntó
con su pistola y le dijo que saliera con cuidado. «No me hagas cojudeces
que te vuelo la pichula», le dijo. El gerente salió con las manos en alto, ca-
rajo, como en las películas. Beto entonces le dijo que abriera la caja prin-
cipal, donde estaban los billetes grandes. «No puedo», dijo el cojudo.
«No tengo la llave, por mi madre. Además, no hay nada ahí hoy día...».
«¿No hay nada? ¡Abre la caja, conchetumadre!», gritó Beto y, de pronto,
¡pum!, le descarga una patada en la barriga. «¡Abre la caja o te mato!».
El cojudo se puso pálido, pero se apuró. Ahí estaban los billetes. Miles de
soles, compadre. Al costalillo, carajo.

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La cosa estaba fácil. El gordito seguía sentado, la señora nos mira-
ba de abajo para arriba, pero no nos podía reconocer por las medias de
nylon que llevábamos en la cabeza. Susana nos hacía señas para que nos
apuráramos.
—¿Ya?
—¡Ya!
Y salimos corriendo. Nos metimos al muymuy y zumbamos de allí.
Todo estaba yendo bien. Parecía que nadie se había dado cuenta del
atraco. Ya estábamos por llegar a la esquina, cuando se nos acabó la suerte,
carajo. Un cachaco conchasumadre apareció de no sé de dónde mierda.
No sabía lo que estaba pasando, pero se puso sospechoso. Ya estábamos
doblando la esquina, cuando sale el gerente a la calle, gritando como un
loco. Entonces sí, el cachaco tocó su pito, sacó su pistola y nos disparó.
Puta madre. Cómo mierda sería, pero nos quemó el motor o ya estaría
por quemarse. La cosa es que el muymuy se ahogó, compadre. Estaba-
mos en medio de la calle con la gente que ahora sí salía por todos lados
apuntándonos con el dedo. Qué hacíamos, carajo?. Como espantapájaros
todos. Entonces, Susana tomó las riendas del asunto: «Hay que bajarse»,
nos dijo con el ceño algo fruncido. «Hay que buscar otro carro y salir».
Susana estaba serena, compadre, como si estuviésemos caminando
por las calles de San Isidro. Beto sí, tenía los ojos como pelotas. ¡Un mie-
do! Yo estaba igual; pensaba que si me chapaban me mandaban a la cana
y esta vez no tendría a los compañeros para que me defiendan. Peor, los
compañeros me iban a sacar la mierda… En eso, Susana abrió la puerta,
se paró en el medio de la calle, pegó un tiro contra el cachaco y paró a un
carro que venía volteando la esquina. No sé cómo mierda, pero hizo que
se dé la vuelta todavía. Felizmente que la calle era ancha, carajo. Otro tiro
para atrás. Ahora sí, la gente desapareció. Otro tiro de atrás, carajo. Su-
sana le dijo al chofer que se echara boca abajo en el suelo. Otro tiro. Beto
respingó y disparó varias veces.
—¡Vámonos!
La media que no me dejaba ni respirar y las babas que se me escu-
rrían por la cara. Pero así tuve que gritarle a Beto, que estaba apuntando
otra vez.

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—¡Sube, carajo! ¡Sube!
Y salimos de allí. Nos metimos por aquí, por allá y por fin
abandonamos el carro en la Panamericana Norte, más allacito de
Puente Piedra. Imagínese. Beto y yo estábamos todo asustados, carajo,
pero Susana no. Ahí ella nos dijo, como si nos acabáramos de bailar un
valse, que deberíamos de separarnos: «Beto, tú te vas para Surquillo.
Tú, Octavio, ándate por el centro». Y nosotros: «Sí, Susana; como
tú digas...». Esa tarde —serían como las cuatro— antes de separarnos,
Susana me plantó un beso en plena boca. Estaba tibiecito. Era como si esa
aventura le hubiese encendido las entrañas.
El comandante Rojas bajó los ojos y pareció encontrar en el liso piso
de nylon algo que le había llamado la atención, pero yo sabía que se estaba
perdiendo en ese verde blanquizco solo porque quería hablar de algo que le
mordía el alma.
Cuando la vi partir, con el costalillo lleno de plata, me di cuenta que
yo la seguiría hasta el fin del mundo si ella me lo pidiera. Ahí sí que supe
que la amaba, compadre; ahí sí no había cojudeces, estaba encamotado
hasta el cogote. Si me hubiese pedido que regresara al banco, que matara
al cachaco, que me diera un balazo allí mismo, lo hubiese hecho, compa-
dre, pero no se lo dije. Chesumadre. Dejé que su aliento me envolviera,
cerré los ojos y bajé la cabeza. Por eso sería que ella nunca me dio bola, por
cojudo, tal vez por portarme como un cholito ante ella. Conchasumadre.
El comandante Rojas cortó un suspiro.
Usamos la plata grande para comprar más armas y otro carrito de
mala muerte. También colaboramos con otros grupos revolucionarios,
claro. Susana se encargó de esos contactos. Con lo que quedó y al mes
del golpe, celebramos con una cena de grupo en Barranco, por allí por el
Puente de los Suspiros. Esto habrá sido a fines del 1979.

Para qué lo dejarían andar por ahí, pues, dice Paulina. Lo dejaron ir a
Santa Clara por su cuenta nomás. Y si antes doña Tomasita estaba como
muerma, cuando Benjamín desapareció parecía que algo en ella había
muerto. ¿No te acuerdas, pué? No era que llorara mucho, hijito. No

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lloraba como cuando se fue don Edilberto, por ejemplo, pero tenía los
ojos idos. Era como si su espíritu se hubiese secado en su adentro, como
si ya nada bueno esperara del mundo… Por diosito que me daba ganas de
irme de la casa, a pesar de que yo ya sabía que eso nunca me sería posible.
Parecía que alguna brujería le habían hecho a la familia… A veces me iba
a su cuarto a buscarla porque no salía por días. A veces la encontraba
sentada frente a la ventana, hablando con los pajaritos; como una loca.
Pero a mí eso me consolaba, me daba esperanzas de que ella todavía tenía
ganas de vivir, porque los pajaritos que cantaban en los ficus en esos días
eran como un bálsamo bendito en medio de tanta mala suerte. Me con-
solaba pensando que uno que habla con pajaritos todavía tiene oído para
las palabras de las gentes.
Así pasaron los años.
Paulina trajo una taza de té de manzanilla y la puso frente a mí. Yo
pensé que cada vez que se ponía triste o preocupada, me traía té de manza-
nilla. Como la vez que me dio la viruela y tuve que pasar días enteros en
cama o como cuando tuve el examen de admisión a la Escuela de la Mari-
na y no había podido dormir toda la noche pensando en lo que empezaba:
una carrera que nunca había querido. Roberta había repetido por días que
no todos los oficiales tenían que tomar armas y andar por el mundo ma-
tando gente, que hasta podía llegar a ser un buen profesor o abogado por
ese camino. «Que bueno sería que entraras, Edilbertito», me decía. «Ya
después veremos cómo hacemos para avanzar tu carrera. No te preocupes
tanto. Siempre hay forma de arreglar las cosas...». Sí, en ese día decisivo en
mí vida, Paulina se levantó temprano y me preparó su té de manzanilla.
Benjamín se fundió bien hondo en nuestros corazones, dice
Paulina. La Leonora hasta se persignaba cuando me escuchaba hablar
de él, pero yo sí, para qué te miento, siempre con su cara en mi recuerdo.
Sufrí mucho por ese muchacho. Lo recordaba comiendo su pan francés,
su pan con miel, sus pancitos dulces que le traía cada vez que regresaba
de mi tierra.
Nadie escribía siquiera. Don Félix murió loco. Se pudrió en vida y
daba asco a todo el mundo. En los últimos días, yo era la única quien iba
a acompañarlo en su garaje. Yo probaba un poquito de su chilcanito y

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escuchaba un poquito de su música de negritos; los landós y las zamacue-
cas, serían. Hasta que, en una noche de invierno, me pidió que ya no vol-
viera más. «Ya no vengas, mamita», me dijo, hablando como paisano.
«Cuida de doña Tomasita más bien, que se queda sola con esa mujer
que le ha quitado todo». Así me dijo, para qué te voy a mentir... Cuando
vinieron a llevarlo, me pasé toda la noche llorando sin saber por qué. No
tenía pena. No tenía miedo. Me dio ganas de llorar, nomás.
Paulina limpió la mesa con su antebrazo izquierdo por enésima vez.
Su lengua jugaba con sus flácidas mejillas. Yo sabía que le dolía recordar
esos días.
Nadie escribía. Al principio sí, hubo cartas de don Edilberto. Siem-
pre nos decía que ya estaba por llegar pero él nunca volvía. Benjamín sí,
nunca escribió. Yo creo que era porque él sabía que tu mamacita no sabía
leer y que todo tenía que pasar por las manos de doña Roberta, porque, a
pesar de que él la había conocido desde que era chiquito, Benjamín nunca
confió mucho en doña Roberta... Aunque doña Roberta también andaba
perdida. En público muy derechita, muy regular, pero en su cuarto, por
las noches, triste como un santo de losa. «Hay que velar por los que que-
dan», me dijo una vez, cuando la encontré en su cuarto, abrazada a su
almohada, llorando. «No hay que dejarse vencer, Paulina. Hay que po-
nerle buenos ojos a los malos retratos...». Doña Roberta lloraba a solas;
la gente como ella no puede llorar en público, para ellos la tristeza es algo
que no se puede compartir.
¿Cómo es posible cambiar tanto, volverse otra persona por amor a gente
que al principio le habrían sido completamente extraños? ¿Por qué Roberta
nunca dejó que yo la viera llorar, ni al final, en Ancón? Benjamín tuvo más
suerte de lo que él pensaba.
El espejo de don Edilberto creció y se metió a la Marina. ¡Más rue-
go para despertar a tu mamita! Nada, porque, aunque te molestes, hiji-
to, yo siempre he pensado que todo eso solo era cosa de doña Roberta,
que ella se había aprovechado del desgano de tu mamita para hacerlos
a su manera... Pero mejor no hablemos más de eso... Lo bueno es que
parece que por fin estás haciendo lo que siempre has querido: contar
historias. Tú siempre fuiste bueno para eso. ¿No te acuerdas? ¿No te

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ponías a contarme la historia de casi todos los cachascanistas que salían
en el televisor los sábados por las mañanas? ¿No escribías en tus cuader-
nos y me los leías, pues?...
Clotildita, sí, como si nada. Parecía hija propia de doña Roberta; an-
daba como ella, hablaba como ella, se vestía como ella y hacía las mismas
muecas. Tocaba el piano todos los días y cuando venían invitados para
escucharla tocar, doña Roberta se paraba en el umbral, con la felicidad
desbordándole los ojos. Qué vería doña Roberta en todo eso, hijito... Para
mí que Clotildita se metió muy en su propio adentro para no salir jamás.
Por eso es que, seguro que aún ahora, después de todo lo que ha pasado
y sigue pasando, ella seguirá igualita, como si nada le afectara. «Uno de
estos días se va a casar», me decía yo; será como si se comiera un dulce,
como si se tomara un baño. Ay, hijito, Clotildita pagó mucho por todos
esos que se echaron a andar antes que ella... ¿Por qué no quieres que ha-
blemos de ella? ¿No es tu hermana, acaso?
Vi a Clotilde preocupada solo una vez. Tenía sus ojos azules abiertos
como dos amapolas. Esto fue en los días cuando Susana, la famosa heroína,
vino con la mala noticia sobre Benjamín. Pero eso fue por el 68, cuando
Clotilde ya estaba por terminar la secundaria… Sí, claro, yo siempre amé
mucho a mi hermana, pero, por eso mismo, nunca quise inmiscuirla en ese
mundo cruel. Ni en ese informe.

¡Ay niño! Me está usted comprometiendo, dice la Leonora. ¿Qué sé yo de


novelas, pues? ¿No será como las de las cuatro, que me dan cólera porque
todos empiezan felices y terminan llorando? Pero aunque me pagaran,
¿cómo pué le digo lo que no sé? Hace tanto tiempo ya, niño.
Yo le había dicho que estaba escribiendo una novela y que por eso
quería saber cosas sobre mamá, que ya no hablaba. Leonora no tendría la
menor idea de lo que yo realmente quería: que me dijera cosas aprendidas de
refilón, acaso prohibidas.
—¡Leonora! —me llamaba—. ¡Leonora! ¡Ven aquí, mujer! ¿Qué
pué estás haciendo por allí? ¿Qué crees? ¿Que no te veo? ¡Vente para que
me cuentes de mi misha!

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Pero no era para mí, niño. Estaría loquita ya. Yo me escurría para
no toparme con ella porque me preguntaba de cosas que yo no podía sa-
ber, pero a veces su mamita me hablaba de cosas que todavía no pasaban,
como si ya las hubiese vivido. Como cuando me dijo que me casaría con
mi Saturnino y que de ese amor me quedaría un hijito fiel. O cuando me
dijo, semanas antes que pasara igualito, que vendrían por don Félix por la
noche, en una carroza negra. Qawaq nomás, niño. Disculpe.
La verdad es que el único con quién yo sí me llevaba bien era con
don Félix. Él sí me aconsejaba bonito. Me animaba. «Búscate con quién
salir, Leonor», me decía. «Estás como cuete, muchacha. No te quedes
solterona como doña Roberta, que se te va a secar el corazón y te vas a
volver una gallinaza...». No se llevaban bien, para qué mentir... Don Fé-
lix se preocupaba más por doña Tomasita, niño. Como yo no me metía
con nadie, él me decía sus cosas. Cuando podía nomás, pues. Me llamaba
Leonor. Me decía que Leonora era nombre de esclava… No que hayamos
hablado mucho, niño, poquito. Y eso mismo se fue secando. Hasta que
ya nadie me hizo caso en esa casa. Doña Paulina quería, seguro, pero no
tenía tiempo por cuidar a su mamita. Todo se fue secando, niño. Pero sí,
hablábamos bonito con don Félix. Él me contaba sus cosas. Me decía lo
que había escuchado antes, cuando don Edilberto estaba por irse, sería.
Don Félix ya hablaba todo entreverado y hasta con voces diferentes:
¡Llévame, Edilberto!, le rogaba doña Tomasa. Te voy a lavar tu ropa.
Vuelvo a ser tu sirvienta. ¡Llévame a la Argentina! Pero él le dijo que no.
Qué haría ella por allá, Félix. ¿Dime? Sola en ciudad extraña. ¿Para qué?
Yo, maneja y maneja, Leonor. Mirando para delante. ¿Qué voy a hacer
sin ti, Edilberto?, ella le rogaba. Estaré solita sin por qué vivir. Roberta
hace todo. Paulina cocina. Leonora limpia. ¿Y yo? Vivo para verte llegar,
Edilberto. ¿Qué voy a hacer Dios mío? Él, callado, Leonor, mirando para
fuera... Yo tirando mi caña... Cuídalo, me dijo, Benjamín te aprecia. ¿Por
qué él siempre está retraído? ¿Qué es lo que busca, Félix? Que iba a buscar,
¿no, Leonor? Que lo vean. Que lo críen... Yo maneja y maneja. A veces
sin rumbo. Horas y horas. Porque a don Edilberto le gustaba pensar en
el carro. Maneja, negro. Maneja… Roberta se va a hacer cargo de la casa,
Félix. ¿Qué dices? ¿Qué iba a decir yo, Leonor? Ir contra doña Roberta es

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como meterse a tapar huaico serrano. ¡Una sensibilidad! Hay que andar
con pasos de pajarito, ¿no?... Voy a encargarme de la casa, como usted
me lo pide, le dijo ella, como para que yo la oyera, pero me parece que
usted no está en condiciones de viajar solo, don Edilberto. Doña Tomasa
podría ayudarlo. Yo me quedo aquí, a velar por los niños... ¡A velar por
los niños! Por ella misma, más bien, ¿no?... Pero doña Roberta bien sabe
que está maniatada a la familia, Leonor, que está hundiéndose junto con
todos. Está perdida. Se está pudriendo como yo, como el Perú mismo que
está como un chupo a punto de reventar. Ándate lejos, Leonor. Escápate.
Ay, niño. Tuvo razón, pué. Lejos me hubiese escapado, siquiera. Po-
brecito. Todo cojito él.
Leonora siguió sin bajar el brazo del marco de la puerta y yo me fijé
en sus pies. Cuando yo era niño, ella siempre los tenía enlutados con medias
negras y yo me preguntaba si tendría venas y vello como el resto del mundo
porque ella era demasiado callada como para ser normal. Ahora sus pies
estaban al aire libre. Las sandalias de plástico, de un color rosado desteñido
por el uso y por el sol, dejaban ver sus dedos pequeños y redondos. No los tiene
como los de don Félix, me recuerdo pensando. Y se me ocurrió preguntarle
qué era lo último que recordaba del pobre.
No sé, niño. Sería cuando sus pies se hincharon tanto que ya no dejaba
que nadie se los mire. Yo lo encontré sentadito en su cajón, midiéndose los
guantes que habían sido del niño Benjamín y le pregunté si le dolían sus
pies: «Este dolor no es nada, Leonor», me dijo. «Este zumbido no es nada.
Anda nomás. Tú todavía tienes tiempo para salvarte. No debes de perder
las esperanzas. No te pongas como yo, que ya se me olvida hasta mi nombre.
¿Félix qué? ¿Manyas? ¿Félix qué?... Cuídalos, me dijo. Como si fuese tan fá-
cil. ¿Con qué? Si no puedo ni pararme. ¿Manyas? Me van a botar a la casa de
locos, dice doña Roberta. Yo la escucho nomás... Loco... Porque me duele el
pie, porque me zumba la cabeza, pero yo tengo mi música aquí, ¿ves?, aquí,
en esta mitra, Leonor. Que me lleven nomás... Ya ni quieren verme. Ya no
me piden que maneje. Se cubren las narices. Se esconden. Solo tú y doña
Paulina vienen, pero ya tú vas a dejar de venir también, como todos. Pero
ándate lejos, Leonor. Yo tengo mi música en la mitra. Dile a doña Tomasa
que estoy bien, que ya me voy a dormir. Anda...

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Se lo llevaron, pues. Lo desaparecieron nomás. Habrá muerto solito
en el manicomio… Pero ya es hora de que usted se vaya, niño. Si mi
Gabriel me encuentra hablando con usted se va a amargar, tanto que él se
preocupa por mí. Salude a doña Paulina, por favor. Dígale que siempre la
recuerdo. Y cuidado que se le haga tarde por aquí.

Las guerrillas que siguen hasta ahora salieron todavía por el 80, ya hace
como cinco años, hijito, dice Paulina. Cuando salieron, lo hicieron de
todo color y calidad. Los ataques y los escarmientos empezaron a saberse
en los periódicos, en la radio, en el televisor. Había noticias de muerte
todos los días, hijito. Cusco, Huancayo, Apurímac, Ayacucho mismo.
Cuántos seguirán sufriendo por esos lugares.
Susana, la que era amiga de Benjamín en Santa Clara, estaba bien
metida en todo eso. Una vez ella vino a decirme que quería igualarme con
las patronas. Me dijo que no era justo que yo tuviera que servir a otros
solo por el hecho de no haber tenido oportunidades, que toda persona,
hombre o mujer, tenía derecho de realizarse. Algo así… Y no era solo ella.
Otras venían a los parques para hablar con las que estábamos de salida,
hasta con las viejas como yo. Se hacían las mosquitas muertas. «Amiga,
escúchame solo un ratito, te prometo que después me voy tranquila»,
decían. Algunas tontas les hicieron caso y terminaron de guerrilleras. Sus
antiguos patrones temblaban de miedo pensando que podrían amanecer
degollados, porque en realidad, algunas de las criadas se volvieron
pishtacas. Y no solo por la sierra, hijito. Bueno sería. Por Miraflores
mismo. Uno hasta tenía miedo de salir y toparse con ellas.
Paulina hizo una pausa para escuchar la sirena de una ambulancia
que se perdía en la distancia. Casi en ese mismo instante, un ómnibus paró
en la esquina tosiendo estrepitosamente. Segundos después, se escucharon
pasos y voces por la vereda. Paulina sonrió con tristeza y siguió hablando.
Muchos eran muchachitos. Como ese Octa, por ejemplo, el chi-
co de Santa Clara que andaba con Benjamín para arriba y para aba-
jo. Dicen que lo metieron a la cárcel y que salió peor, lleno de odio,
preparado para la venganza. Dicen que le hicieron algo malo por

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La Granja Azul, que uno de los que mataron cuando trataron de cerrar
el camino al cementerio había sido su papá. Cómo sería, hijito... Pen-
sándolo bien, pueda que haya sido esa desgracia de Santa Clara lo que
realmente llevó a Benjamín a la desdicha. Puede que allí haya empeza-
do su sufrimiento. Nunca más lo veré al pobre mishita. Solo a veces lo
veo en mis sueños... Murieron varios, dicen, en esa matanza, como cin-
co. Pero para lo que vino después fueron pocos. Como eso que pasó en
Chimbote, por ejemplo, donde dicen que unos quince fueron muertos
en plena luz del día. Y después hubo más todavía... Ese Octa es el cul-
pable de mucho sufrimiento, hijito… Yo sé que me estás preguntando
sobre tu mamita. No me he olvidado. Solo que a veces los recuerdos
salen todo apretados.

Apareció por La Molina, compadre, dijo el comandante Rojas con voz


pesada. Tenía las manos amarradas y amoratadas. Conchasumadre. Fue
una de las primeras que aparecieron así. Ya después eso se volvió cosa co-
mún. «Comunista», decían y ¡pum! o a la cana. Mataron a mucha gente
inocente así. Y no solo en Jauja, donde la mataron, sino también en Aya-
cucho, en Apurímac, en Cusco, en Lima mismo. Recogían a la gente en
redadas relámpago de medianoche. Puta que uno andaba cojudo de tanto
esconderse. Pero antes de la muerte de Susana, nosotros seguíamos reu-
niéndonos. Yo, por lo menos, duré en ese grupito cojudo como dos años
más después del asalto al banco.
El comandante Rojas frunció el ceño y se puso sombrío. Sus dedos entre-
lazados le daban un aire de suma tristeza. Afuera, la estática de la radio nos
llegaba muy de cuando en cuando. El griterío de miles de animales ocultos
se había unido a la bulla de los guacamayos.
La mataron a sangre fría, compadre. Puta madre. Y la noticia de su
muerte ni salió en los grandes periódicos nacionales. En esos días los úni-
cos muertos que salían allí eran los chaveteros y las polillas. Ya después
cambió la cosa… Salió en Pueblo Rojo. La reconocí cuando me paré a leer
los titulares en un kiosquito por El Agustino, donde yo estaba yendo a
organizar. Me cortó la respiración, carajo. ¿Cómo iba a ser Susana, si nos

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habíamos tomado nuestros chocolatitos con leche calientitos en la plaza
San Martín no hacía más de una semana? Por Dios.
Me acerqué despacito, rogando, rezando tal vez, pero no cabía
dudas, era ella. Tenía los labios hinchados, los pelos sucios y las piernas
ensangrentadas. Una víctima más del terror oficial. Una heroína del
Perú,se leía en el periódico. ¿Qué había pasado? ¿Cómo? Estaba en la luna,
compadre. Me puse a llorar ahí mismo, en plena esquina. Qué policías ni
qué mierda, el dolor me ahogaba. Ahí también, como un cojudo, juré que
me vengaría. ¿De quién? ¿Cómo? Es cierto que con el dolor uno dice y
hace huevadas.
Lo peor era que ese número de Pueblo Rojo ya era de cinco días atrás.
¿Dónde estaría ella ahora? ¿Qué podría hacer yo? Me fui a preguntar al
grupito —se llamaba Túpac Amaru III, otro héroe, ¿no?— Ahí Beto me
dijo que él había llegado a saber de la muerte de Susana por medio de sus
amigos de la universidad, que nadie sabía dónde tenían el cuerpo y que
nadie quería ir a su casa a preguntar por miedo a que lo chapen. Ni yo fui,
imagínese, por miedo.
El comandante Rojas había perdido ese estado de constante vigilancia
que me había impresionado tanto cuando yo recién había llegado al cam-
pamento. Ahora se veía vulnerable, mirando para adentro, reviviendo su
día aciago.
Esa tarde yo quise ir, oiga. Tomé mi colectivo y todo, pero antes de
llegar al centro para tomar el ómnibus a Surquillo, me acobardé. Me puse
a llorar otra vez como un maricón... Puta que uno hace cosas. Así era yo
en esos años... Me fui a mi cuartito en Comas, donde vivía con un pata
que vendía helados D’Onofrio por el Callao, y no salí como por cuatro
días. No comí ni dormí. Me juzgué, sí; me autoexaminé como habíamos
aprendido en el grupito. Y cuando realmente me di cuenta de lo que había
pasado, pensé que si iba a seguir con la mira en la revolución, tenía que
aprender muchas otras cosas, tomarlas con seriedad, sin cojudeces, sin es-
camoteos, sin mentiras.
Por eso dejé el grupito Túpac Amaru III. Imagínese, ¡lo que me
enseñaron scabó alejándome de ellos!... ¿Dónde estará enterrada? ¿Qué
le pasaría a su mamá, la señora Ana María? Nunca averigüé nada… Pensé

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que después de un tiempo yo iría a verla, a preguntarle sobre su hija
Susana para estar seguro, pero conforme pasó el tiempo me sentía más y
más maricón. Hasta que por fin dejé las cosas como estaban.
La verdad es que uno se justifica como puede. El deber, el miedo, el
amor, el odio, todo eso nos sirve. ¿Qué consigue uno con confesarse maricón,
rencoroso, honorable? La paz de no tener que explicarse más, de no tener que
rebuscarse más. De esa manera evitamos enfrentarnos con algo quizás más
atroz todavía: el saber que al fin y al cabo, solo somos tal como actuamos…
A final de cuentas, las excusas no sirven para nada.
Desde entonces yo escuchaba su nombre de vez en cuando.
Decían que la habían acribillado cuando atacaba un puesto de policía
por Vitarte, que había muerto en una redada por Cajamarca, que la
habían torturado en un barco de la Marina, que estaba liderando a los
machiguengas en su justa misión de expulsar a los cojudos evangelistas...
Al principio, todo eso me daba una cólera que me ahogaba, compadre.
Yo quería gritarle a todo el mundo que la dejaran en paz, que ella ya
había hecho suficiente. Pero después, poco a poco, se me fue perdiendo
la costumbre de llorar por ella. Aprendí a escuchar su nombre casi como
un eco de otros tiempos.
Y así, como pago por mi deslealtad sería, casi me pierdo en la mierda
que es Lima. Me vino un desgano completo. Ya ni me importaba que me
chaparan. Andaba sin rumbo y sin precauciones. Me estaba hundiendo en
sentimientos derrotistas, compadre... Pero felizmente, hace ya tres años,
escuché que Susana estaba de líder por estas interminables junglas, bajo
estas lluvias de mierda que no paran. No sé, pero me pareció que a ella no
le hubiese gustado que yo me dejara hundir. Por eso dejé de lloriquear y
me vine por acá.

—Pase, señor. Pase. Mire, usted.


El cuarto era pequeño. Las ventanas habían sido pintadas en su lugar.
El sol de Surquillo se filtraba por cortinas azules. A la derecha, un estante
pequeño estaba repleto de libros sobre los cuales reposaban cerámicas en
miniatura y cuadritos de gente de campo.

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—Lo mantengo así, tal como el día en que Susana Esther desapare-
ció. No quiero que toquen nada. Cuando regrese, quiero que lo vea todo
como el día en que se fue. Así lo pone, por favor.
Había una cama hecha. Dos ositos de peluche sonreían mirando al
techo. La cabecera era de roble, simple y lustrosa. Al otro lado de la cama
había una bicicleta de mujer, varias zapatillas de lona y una pelota de playa.
—Me dicen que se ha metido con los perversos terroristas. ¡Qué va a
ser! Mentira, señor. Mi Susana Esther no es de esas. Ella reza todas las no-
ches antes de dormir. Va a la iglesia. Ayuda a los pobres. Ya le falta poco
para sacar su doctorado de la Católica. Algo le habrá pasado, sí, pero ya
vendrá. Así pasa a veces. Uno se va de la familia, desaparece, pero después
uno siempre vuelve. Sí, regresa.
Al pie de la cama había tres maletas apiladas. El ropero, también de
roble, estaba cerrado. Había bolsas repletas encima. Al lado izquierdo
de la puerta había un escritorio con varios retratos pequeños y varias
cajitas de colores. En la pared y sobre el escritorio colgaba un retrato,
firmado, del Papa.
—Aquí es donde pasaba sus días y sus noches felices. ¿No sabe usted
algo de ella? Sus amigos ¿no saben? Yo sigo preguntando por ahí, pero
nadie me hace caso. Creerán que soy una madre loca por esperar a que mi
Susana Esther regrese. Yo le digo a mi Carlos Alberto: «Hay que tener fe.
Susana Esther va a regresar un día, vas a ver...». ¿Desea usted una tacita de
té con menta? Me dicen que es delicioso. Yo ya no puedo tomar té porque
me hace mal a los nervios y precisamente hoy tengo que ir a la embajada
belga a preguntar si saben algo de Susana Esther. Yo quiero que alguien
me diga algo, señor.
El aire del cuarto estaba inexplicablemente fresco. Era como si
alguien se moviera allí y no solamente en la memoria o en el deseo.

Del sobre de manila en lápiz rojo.


Waqllay urquta chinkaykuptiy Cuando me pierda por aquel cerro
ima taytallay llakiwanqa ¿cómo sufrirá mi padre?
waqllay qasata chinkaykuptiy Cuando me pierda por aquella abra
ima taytallay llakiwanqa
(¿mamallay?) ¿cómo sufrirá mi padre (madre)?

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Urqukunapi tarukitas Taruka de los cerros,
taytay irranti waqawanqa mi padre, errante, llorará por mí.
urqupi vikuñitas Vicuña de los cerros,
mamay irranti llakiwanqa mi madre, errante, sufrirá por mí.

Déjeme retroceder un poco, dijo el comandante Rojas. No hay mucho


apuro porque esta lluvia tiene para rato, compadre. Yo creo que usted ten-
drá que pasar la noche aquí con nosotros. Dicen que hay años que llueve
meses enteros, sin parar. Yo a veces creo que esas son huevadas de la gente;
eso solo pasa en las novelas.
La invitación para que me quedara vino así, de repente. Pensé recha-
zarla, pero me di cuenta de que en realidad no tenía opciones. En primer
lugar, el hombre se estaba confesando, ¿cómo lo dejaba? En segundo lugar,
yo ni sabía por dónde estaba y, por supuesto, el Ñato —el buen guía de
lunares negros— no iba a dejar el campamento sin que se lo ordenaran.
Opté por pedir que me trajeran algo para comer. El comandante Rojas
asintió con gusto.
Pasé un tiempo a la deriva, por aquí, por allá, porque después de lo
que pasó con Susana, ya no quise regresar al Túpac Amaru III. Ni siquiera
quería ver a los camaradas. Y a decir verdad, no los volví a ver nunca más,
excepto a Beto. Él era el único con quien en realidad yo me llevaba bien
fuera del grupito.
Lo encontré un día en el Estadio Nacional. Por Dios. Estábamos
haciendo barra para los íntimos, pero no nos hablamos. Nos teníamos
recelo porque no sabíamos para qué lado tirábamos. Así que nos saluda-
mos con los ojos nomás. Por mi madre que me moría por llamarlo, por
preguntarle sobre los demás —sobre la Toya más que todo, porque yo
presentía que esa negra iba a terminar mal—, pero dejé pasar la oportu-
nidad. Uno hace cojudeces, oiga. Felizmente que la cosa no terminó allí.
Después de un tiempo, lo volví a ver. Esta vez sí me aventé.
Nos alegramos, compadre. Y le confieso que es por él que aprendí
algo de la fe revolucionaria que hoy me sostiene en este mundo verde.
Después de sondearnos, nos franqueamos. Me dijo que él había deja-
do el grupito porque no hacían más que hablar ahora que Susana había

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muerto. «Hay que hacer la revolución, no solo pregonarla, carajo», me
dijo. Y yo estuve de acuerdo. «Ahora sí tengo compás», continuó Beto.
«Ahora sí sé cuál y por dónde es el camino. Nos estamos juntando por
varios lados. Vamos a tumbar la inequidad, la prostitución, la decadencia
burguesa. Necesitamos gente como tú Octavio, emprendedora y capaz».
Ante esa oportunidad, mi trabajito como vendedor ambulante de
zapatillas Rímac me parecía una cagada. Así que, después de pensarlo
unos días más, me junté con Beto. Allí empezó mi verdadera educación.
Me llevaron y me trajeron por todos lados: por La Molina, por Chaca-
rilla, por Vitarte otra vez. Yo, dale que dale, compadre, escuchando, mi-
rando, estudiando los pensamientos de Mao, los tratados de Marx, los
artículos de Mariátegui, hasta los escritos de Kant. ¿Entiende?...
Eso de Kant es para que uno se aburra, pero le digo que ese hombre
anticipó mucho de lo podrido que está la sociedad burguesa. Para poder
cumplir con su programa de tratar a la gente como gente y no como cosa,
hay que destruir a la sociedad basada en la propiedad. ¿Entiende? Hay
que ajusticiar a los ladrones, a los explotadores que no ven en el hombre
sino un medio para acumular el capital. La moral kantiana solo necesita
el calor revolucionario para servir de hito...
En todo caso, aprendí bastante… Pero ahora que ya no está Susana,
lo que más me gusta es dirigir a mis camaradas en la lucha armada, en
camino a esa verdad. Las ideas todavía se las dejo a otra gente. Como ve,
yo soy un hombre práctico; ejecuto lo necesario.
No quiero mentirle, oiga usted. Hubo días cuando yo pensaba que
me había unido a la guerrilla porque creía que Susana estaba por aquí. En
mi autoreexaminación, me di cuenta de que eso era un factor importan-
te en mi armamento ideológico. ¿Me entiende? La emoción, el deseo de
justicia, el amor por el prójimo tienen su lugar en la lucha revolucionaria.
Cuando decían que Susana estaba dirigiendo un grupo de guerrillas por
estas selvas, yo tenía esperanzas, por mi madre. Quería que fuese verdad.
Soñaba con esa verdad. ¡Qué lluvia ni qué mierda! Este mundo me pare-
cía paraíso en esos sueños.
Eran mentiras. Por lo menos eso es lo que pienso ahora. Como ya le
dije, después de nuestro último chocolatito en la plaza San Martín, nunca

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más la he vuelto a ver. Dicen que ella sigue viva, que el anuncio gráfico de
su muerte fue solo una táctica más, que sigue siendo una de las cabecillas
más importantes del movimiento. Tal vez sea verdad, porque yo no estoy
muy arriba que digamos. Comando este grupito. Espero instrucciones y
sugestiones. Ejecuto lo necesario.
El comandante Rojas ahora tenía su deber. Eso le daba sentido a
su vida. Me he dado cuenta de que, muchas veces, el mejor líder es quien
tiene cosas muy personales que resolver. La convicción no viene de las
ideas sino de los ideales y muchas veces los ideales brotan del esfuerzo
de resolver o tapar cosas personales... En ese día de lluvia, sabiendo la
verdad, le pregunté al comandante si en realidad él pensaba que Susana
seguía viva.
Sí. Quizás Susana esté viva y me esté mirando de lejos, prote-
giéndome como siempre... Pero a veces pienso que eso es como creer
en cuentos de hadas; que la verdad es que ella murió en manos del
conchasumadre Bolas de Acero, ese maricón que se da aires de macho
travieso. Ya le va a llegar su día, conchasumadre. Quisiera ser yo quien
lo ajusticie.

Del sobre de manila.


En hoja de papel arrugado y desteñido:

Adio! Adio! Mi mujer kerida!


La sinsera kompanyera de mi vida,
Dezde nuestra chikes nos amimos,
Elas! Oy por siempre nos despartimos.

Esterina! Komo la palomba bolates,


A tu marido yorando deshates,
I tus 2 kriatruras tan amadas,
Restaron tristes i amargadas.

...Esterina! Te fuites a la flor,


En mi korason deshates grande dolor.
Siempre i siempre de ti me akodrare,
Fin el momento ke a tu lado me topare.

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Le confieso también que estas últimas instrucciones me tienen un poco
cojudo, dijo el comandante Rojas. Se lo digo porque sé que usted no me
va a joder la vida; usted sabe lo que le pasa a los soplones y a los traidores.
Como le vuelvo a repetir, me vuelven cojudo las cosas personales más que
todo. Claro, esto de venir a este inmenso mundo verde, llueve y llueve,
comiendo plátanos con arroz, con estas carpas de mierda que ya gotean,
a cualquiera lo pone saltón. Pero no, son las cosas personales las que más
me joden la vida. La lluvia es como las huevas. Uno no la para, pero tam-
poco intenta buscarle razón. La lluvia es eso, lluvia. No hay nada más.
Pero con las cosas personales es diferente.
Por ejemplo, las órdenes que me trajeron aquí: «Anda al sector de la
selva tal, conecta con el camarada cual y espera contacto con Benjamín,
el comandante Tusho.» ¿Entiende? Puta madre. Benjamín es como mi
sombra, carajo. Será que después de recorrer medio mundo el cojudo ese
por fin regresa a juntarse con el huaico revolucionario… Le juro que al
principio yo no lo podía creer. Benjamín nunca me pareció alguien que
llegase a meter la mano a la candela, ni aún después de lo que le pasó en
Chimbote, pero debe de ser cierto. Por algo está usted por aquí, sino,
alguien nos está tostando los huevos a los dos. Chesumadre. Sí, tal vez
Susana sigue viva y nos esté juntando otra vez antes de la victoria final.
El comandante Rojas se levantó del suelo y se dirigió a la ventanilla
delantera. Antes de mirar hacia afuera se detuvo, se estrujó las manos, me
miró a los ojos y me contestó.
No. No he visto a Benjamín por más de veinte años. Desde los
principios del 60. Imagínese compadre. Eso sí, ojalá que tenga más fí-
sico siquiera, porque si no, se muere con esta lluvia, ¿no? Es una lluvia
que cala los huesos.
Bueno, eso es todo lo que sé. Ya se nos viene la noche, compadre.
Por aquí oscurece temprano. ¿Cuál es su afán de conocer la juventud de
Benjamín? ¿Es usted un escritor de vanguardia, como dicen? El mensaje
me dice que usted es uno de nuestros mejores escritores... Yo cumplo
nomás. Así que, si quiere, espere con nosotros; por lo menos hasta mañana
por la mañana cuando calme un poco. El campamento del comandante
Tusho está lejos todavía. Usted puede dormir aquí mismo. Ahora salgo

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a pedir que le traigan algo para comer. Y sería mejor que usted descanse
temprano. El Ñato lo vendrá a buscar a primera hora.
Ojalá usted se encuentre con Benjamín antes que empiecen las ac-
ciones, porque tenemos que convergir en cuanto deje de llover. Quizás
así él le pueda contar a usted sobre nuestra juventud, a su manera, y usted
pueda hacer su trabajo con más información. Por si acaso sepa usted que
ya no odio a Benjamín. No vale la pena amargarse la vida por cojudeces
con tal de que él pare bien cuando salga el sol.
Eso fue todo. El comandante Rojas me dio la mano para despedirse,
abrió el faldón delantero y desapareció en la lluvia… Un rato más tarde
llegó un guerrillero con una cacerola de guiso de guacamayo y arroz. Para
entonces yo ya no tenía apetito.
Me sentía extrañamente culpable por haberle mentido haciéndome pa-
sar por periodista. Le tuve pena. Pero aún no había vivido lo suficiente como
para ahogar el llamado de mi deber. Guardé muy dentro de mí la certeza
de que Octa, ahora el comandante Rojas, estaba a punto de morir. Eso sí,
el zumbido sedoso creció sin parar en el silencio atrapado en esa carpa de
campaña sitiada por la lluvia.

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Capítulo dos

Tu mamita esperó muchos años yéndose a su cuarto tempranito, cerrando


su puerta, apagando sus luces, mirando por su ventana, vagando sería,
en las luces debiluchas de la noche, dijo Paulina. ¿Cuántas noches había
llorado hasta quedarse dormida en el silencio de ese cuarto triste, a ver?
Ya ni se acordaría. Todas las noches se habrían vuelto las mismas. Pero
—y esto me lo contó con lágrimas vivas, hijito— esa noche dif