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Título de la obra original: God Sent a Man

Traductora: Sylvia S. de González


Editor: Aldo D. Orregó
Diseño de Tapa: Ideyo Alomía

Derechos reservados
Copyright © 1994
Asociación Publicadora Interamericana

ASOCIACIÓN PUBLICADORA INTERAMERICANA


2905 NW 87 ih Avenue
Miami, Florida 33172
Estados Unidos de Norteamérica

Impresión:
Stilo Impresores Ltda.
Calle 166 No. 39-60 Tei: 6703927
Bogotá, D.C.
Impreso en Colombia
-Printed in Colombia
Contenido

C A PITU LO PA G IN A

P r ó lo g o ............................................................................. 7
1. En H e b r ó n ........................................................................ 10
2. Hacia la tierra de M oríah ............................................... 13
3. Librado de la m u e r te ...................................................... 20
4. Maestros y lecciones ...................................................... 27
5. V isión de la m is ió n ........................................................ 35
6. Sueños significativos ..................................................... 40
7. V en dido com o esclavo .................................................. 48
8. De Canaán a Egipto ....................................................... 57
9. Hacia Egipto y la esc la v itu d ...................................... . 64
10. De esclavo a capataz ...................................................... 72
11. En arm onía con el I n f in it o ............................................ 80
12. Años de valiosa educación ............................................ 88
13. Respuesta de José a la tentación ................................... 96
14. Encarcelado por obedecer a D io s .................................. 105
15. Tentación, resistencia, v ic t o r ia ..................................... 114
16. Los dos prisioneros de Faraón ...................................... 121
17. Un hom bre olvid a d o ..................................................... 131
18. Del pozo de Dotán a gobernador de Egipto ................ 140
19. El cronogram a d ivin o .................................................... 150
20. El administrador de alim entos ..................................... 159
21. Los hermanos de José llegan a Egipto ......................... 167
22. José trata duram ente a sus h e rm a n o s .......................... 175
23. Bolsas llenas y din ero devuelto .................................... 182
24. En Egipto delante de José ..............................................189
25. José se da a conocer a sus herm anos ............................199
26. "José m i h ijo v ive t o d a v ía " .............................................206
27. Jacob va a Egipto ............................................................214
28. José y su padre ................................................. .............. 222
29. La muerte de J o s é ............................................................230

5
Prólogo

El que abre un libro tiene derecho a saber, por el título


y el índice, algo de lo que va a leer. El lector merece tener
una idea clara y definida del propósito y ob jetivo del au­
tor.
N o es fácil, sin embargo, condensar el propósito y el
tema de un libro en su título y en los títulos de los capítu­
los. Por consiguiente, utilizaré este p rólogo para hacerte
saber desde el principio lo que tengo en m ente conseguir
con esta obra.
M e p rop on go producir en tu m ente una con vicción
profunda e inconm ovible que alterará com pletam ente tu
perspectiva de la vida y te proveerá de una filosofía que
transformará tu existencia de m odo que la veas, no com o
un con glom erado sin sentido de cambios fortuitos, sino
com o un plan significativo y divinam ente dirigido.
Quisiera que creyeras que el universo y todo lo que en
él hay — incluyendo a todas las personas, el m edio en el
que vives, y todos los eventos, sucesos y acontecimientos,
tanto buenos com o malos— , junto con toda la historia de
la hum anidad — sus guerras, sus victorias y derrotas, sus
desarrollos y cambios, sus dinastías y reinados— , están, en
las manos y bajo el control de un Dios benéfico; y que "a
los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, es­
to es, a los que con form e a su propósito son llamados"
(Rom. 8:28).
Esto es lo que quisiera que creyeras. Y desearía que in­
cluyeras dentro de esta creencia la con vicción de que es­
ta supervisión providencial de cada vida, así com o de to ­
da la historia, incluye tu vida personal, con sus inquietu­
des, sus asuntos, sus intereses y su bienestar. Tus tiempos

7
DIOS ENVIO UN JOVEN

están en las manos de Dios. Más aún, es posible que estés


tan en armonía con la Voluntad que controla y dirige el
universo, y al más insignificante átom o en él, que tu vida
pueda seguir su curso prescripto y predeterminado, cum ­
plien d o en cada detalle el propósito y el plan que Dios
tiene y está desarrollando para ti.
Ningún hombre puede vivir una vida tan plena, tan fe­
liz, tan segura, tan tranquila, tan satisfactoria, com o la de
aquel que acepta y lleva a la práctica una convicción tal. Si
tú, de una vez por todas, creyeras que un Dios bueno y to­
dopoderoso ha diseñado un plan para tu vida, y que es ca­
paz de llevarlo a cabo si te colocas en armonía con su v o ­
luntad, y creyeras en ésto lo suficiente com o para apoyar­
te en ello en toda circunstancia, sin dejar que nada mue­
va tu convicción en la providencia supervisora de Dios pa­
ra ti, entonces, toda tu perspectiva de la vida, de la histo­
ria, de los sucesos cotidianos, y de tu m edio ambiente,
cambiará de tal m odo que te brindará la vida más satisfac­
toria y abundante que un hombre pueda alguna vez vivir.
Para generar esta convicción en tu mente e incorporar­
la a tus creencias, me propongo desplegar delante de ti la
narración de una vida; una vida cuyo relato, registrado en
una antigua colección de manuscritos, constituye la histo­
ria más fascinante e im presionante de la literatura de la
humanidad. M e refiero a la historia de José, el hijo de Ja­
cob.
Si significa para ti algo el llegar a la firm e convicción,
que sostendrá toda tu vida, de que los hombres y las na­
ciones están en las manos de Dios, que él hace de acuerdo
con su voluntad entre las gentes de la tierra, que "a los que
aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien", que aque­
llos que le siguen no son ni ahora ni nunca las víctimas
im potentes del m edio ambiente o de las circunstancias,
que las circunstancias se pueden siempre convertir en pro­
videncias porque Dios usa las circunstancias para llevar
PROLOGO

adelante su propio propósito, propósito que está por enci­


ma de todo, y que tú puedes tener y vivir una vida en la
cual nada marche mal, y en la cual se permitan todas las
disciplinas para formarte y moldearte en la persona que
Dios tiene en m ente producir, hecha a su imagen y en
com pleta armonía con su voluntad soberana; entonces, si
crees ésto, continúa leyendo.
El Autor

9
C apítulo 1

En Hebrón
abía algo en aquella escena de tiendas de cuero de ca­
H bras negras que se extendían por las amplias llanuras,
que impresionaba. Había dos campamentos, a considerable
distancia uno del otro, y decenas de velludas tiendas se ali­
neaban alrededor de las tiendas más grandes y mejor cons­
truidas de los jefes de los respectivos clanes. A gran distan­
cia de cada campamento pastaban manadas y rebaños.
Delante de la tienda central, amplia y con muchos apo­
sentos de uno de los jefes, encontramos a dos personajes:
un anciano y un joven. El anciano está sentado; el mucha­
cho, parado a su lado. El joven observa con seriedad el ros­
tro del anciano, escuchando atentamente el relato que su
abuelo le está narrando.
El muchacho había venido del otro campamento, que
pertenecía a su padre y que era donde vivía. Durante las
últimas semanas había atravesado muchas veces la distan­
cia que separaba los dos campamentos, ansioso siempre
por escuchar otro relato acerca de su pueblo que su abue­
lo se deleitaba en contarle. Estas historias, de las que el an­
ciano parecía tener un depósito inagotable, conm ovían
profundam ente al muchacho. Le revelaban la existencia
de un Dios, el único Dios verdadero, el Hacedor de todas
las cosas, que había elegido a su bisabuelo Abrahán y a su
clan, a su familia, para cumplir un elevado destino en la
historia del mundo. El conocim ien to de la existencia de
un Dios omnisapiente, el hecho más grandioso del univer­
so, le llegó a este muchacho en su adolescencia y produjo

10
EN HEBRON

un im pacto enorm e en la maduración de su mente.

Isaac y José
El anciano, viejo morador de aquellas tierras, se llama­
ba Isaac, hijo de Abrahán. El muchacho, nuevo en el v e ­
cindario, se llamaba José, hijo de Jacob, quien a su vez era
hijo de Isaac.
Por el tiem po cuando recordamos estos hechos, Isaac
tenía 163 años, Jacob tenía 103 y José tenía 12.
José había nacido en una tierra lejana llamada Padan-
aram. Su madre, nativa de Padan-aram, había muerto
cuando viajaban desde su tierra hasta la tierra natal de Ja­
cob. Jacob había estado ausente de su hogar natal duran­
te más de 20 años, y había acumulado en ese tiem po una
gran riqueza en manadas y rebaños, además de una fam i­
lia grande y bulliciosa. José era el que seguía al hijo m enor
de la familia.
Hacía poco que José conocía a su abuelo, pero en ese
breve período había llegado a amarlo con un afecto p ro­
fundo y tierno.
Nada le gustaba más que visitar al abuelo Isaac y beber
de los relatos absorbentes que éste, con gran satisfacción,
le contaba. Isaac tenía pocos cosas en qué ocupar su tiem ­
po, y estaba feliz de que este muchacho vigoroso y simpá­
tico lo visitara.
Isaac no sólo estaba viejo sino también ciego. Sin em ­
bargo, su m ente se m antenía alerta y gozaba haciéndola
viajar por los largos corredores del pasado, deteniéndose
en las grandes experiencias de su vida y en la form a en
que el Dios de su padre Abrahán había obrado con él.

C onstruyendo el caracter
Jacob, el padre de José, cuyo nom bre había sido cam ­
biado poco tiem po atrás por el de Israel, retornó a Canaán

11
DIOS ENVIO UN JOVEN

luego de un largo exilio en Padan-aram y logró reconciliar­


se con su hermano Esaú, con quien había existido una
fractura familiar durante más de 20 años. Desde Peniel,
donde había ocurrido la reconciliación, y en posesión de
un nuevo nombre y una nueva naturaleza, Israel fue pri­
m ero a Sucot y luego a Siquem. Aparentemente, tenía in­
tenciones de establecerse en Siquem, ya que allí com pró
una parcela de tierra.
Sin embargo, su propósito se v io frustrado por la trai­
ción de sus hijos Simeón y Leví en el asunto de su hija D i­
na. Esto trajo com o resultado que fuera expulsado de ese
herm oso y fructífero valle. Se dirigió entonces, primero, y
bajo la dirección de Dios, a Bet-el, donde la amada Raquel,
madre de José, murió al dar a luz a Benjamín. Luego viajó
hacia el sur, a Hebrón, donde aún vivía su padre Isaac. Allí
estableció su cam pam ento permanente, con todos sus re­
baños y manadas, a corta distancia del de Isaac.
Así fue com o José llegó a conocer a su abuelo Isaac.
Pronto el cam ino entre los dos campamentos de padre
e hijo, Isaac e Israel, fue muy transitado por José. Había al­
go en los relatos de su abuelo que siempre lo conm ovían
profundam ente con un sentim iento de destino, primero
con el sentimiento del glorioso futuro prometido a su fami­
lia y, luego, con la convicción de que algo de mayor im por­
tancia que la ordinaria, forjaría y moldearía su propia vida.
Isaac también intuía que había algo fuera de lo común
en el futuro de este muchacho a quien amaba. Eso fue lo
que lo llevó a elegir con cuidado las historias que le relataba
al ansioso muchacho y a esforzarse en transmitirle las leccio­
nes, siempre grandes e importantes, que ellas contenían.
Las historias que particularmente le agradaban a José
eran las que se referían a su bisabuelo Abrahán, el noble
patriarca y progenitor de su familia. Y eran éstas, precisa­
mente, las historias que a Isaac más le gustaba contar.

12
( Capítulo 2

Hacia la tierra de Moríah


m aginem os que estamos sentados con José mientras
I Isaac narra el relato más interesante y con m oved or que
jamás le había contado al muchacho: la historia de su pro­
pia liberación de la muerte a manos del padre a quien
amaba. Nada, hasta ese m om ento, había con m ovid o tan­
to los sentimientos más profundos del alma de José. Sintió
que lo vivía en carne propia a m edida que Isaac le conta­
ba aquella historia, y su amor y admiración por el anciano
se acrecentó inmensurablemente.
Dios, el único Dios verdadero, el grande y temible J.eho-
vá — decía Isaac— , eligió a Abrahán y lo sacó de su propio
país, Ur de los Caldeos, y lo llevó a Canaán, la tierra que él
prom etió que sería suya y de su descendencia para siem­
pre. Abrahán creyó en Dios y v iv ió tan cerca de él que se
lo conoce com o el "am igo de Dios" (Sant. 2:23). Dios se le
manifestó, habló con él, y le hizo sorprendentes y g lorio­
sas promesas de un grandioso futuro para él y sus hijos.
Curiosamente, en esas manifestaciones, puso énfasis, vez
tras vez, en "la descendencia de Abrahán". Abrahán ten­
dría una "descendencia", y a través de esta "descendencia"
se cumplirían todas las gloriosas promesas del futuro. Vez
tras vez Jehová renovaba esas promesas.
Aun antes de que Isaac naciera se h izo la promesa de
que la descendencia de Abrahán sería tan numerosa co­
m o las estrellas del cielo y traerían bendición a todas las
naciones de la tierra. Luego del n acim iento de Isaac, Je­
hová declaró: "En Isaac te será llam ada descendencia"
(Gén. 21:12). Aún más, Dios declaró vez tras vez: "Yo es-

13
DIOS ENVIO UN JOVEN

tableceré mi pacto con Isaac" (c. 17:21).


En el nacimiento de su hijo Isaac, y en las promesas refe­
rentes a él, Abrahán experimentó un gran consuelo y gozo.
Abrahán le fue contando todo esto a Isaac a medida que éste
iba creciendo. Le contó de las promesas que Dios había hecho
con respecto a él, y le contó también de la fe de su madre, Sa­
ra, y del maravilloso milagro que había sido su nacimiento.
Abrahán dejó bien claro que todas sus esperanzas futuras se
centraban en Isaac. Su afecto, su interés, su confianza, sus ex­
pectativas más caras, todo se centraba en este querido mucha­
cho suyo.

A b rah án es probado
Cuando Isaac era aún un joven, Dios le habló a Abra­
hán llam ándolo por su nombre. Abrahán estaba fam iliari­
zado con la voz de Jehová. Por consiguiente, cuando Dios
le dijo: "Abrahán", no cruzó ninguna duda por su mente.
Sabía que era Dios quien le hablaba. Y respondió: "Hem e
aquí" (c. 22:1).
Sin duda alguna era Jehová quien hablaba con Abra­
hán. ¡Pero qué orden más frustrante, confusa, totalm ente
inexplicable, salió de los labios divinos! ¡Y qué agitación
habrá producido en la mente, el corazón y los sentim ien­
tos del anciano!
"Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y
vete a tierra de Moríah, y ofrécelo allí en holocausto sobre
uno de los montes que yo te diré" (v. 2).
N o había forma de confundir el significado de la or­
den. Se nombraba a quien se debía llevar. Era Isaac. Se es­
pecificaba la tierra a donde debía ir. Era Moríah. Se dejaba
claro lo que debía hacerse con Isaac. Ofrecerlo com o sacri­
ficio.
Eso significaba una sola cosa para Isaac: ¡la muerte! Y
ello antes de que ninguna de las grandiosas promesas pu­

14
HACIA LA TIERRA DE MORIAH

diera verse posiblemente cumplida, ya que Isaac no tenía


hijos.
Abrahán se encontraba perplejo. ¿N o había dicho
Dios: "En Isaac te será llamada descendencia"? ¿Qué p o ­
dría Dios querer ahora al ordenarle que tomara a este hijo,
n i quien se podían cumplir las promesas de Dios, y lo
ofreciera com o sacrificio? ¡Con Isaac m uerto no habría
descendencia!
Al relatar la historia, Isaac le aclaró bien a José que él
no sabía nada de todo esto en ese m om ento. Sólo Abra­
hán lo sabía. Y debía haberse sentido aterrado. Pero no se
detuvo en buscar la explicación a las preguntas que inun­
daban su mente. Dios había hablado, el Dios que le había
hecho todas las promesas, el Dios que lo había guiado to ­
da su vida, el Dios que había obrado el m ilagro de darle a
Isaac. Había una sola cosa que se podía hacer cuando Dios
hablaba. La palabra de Dios era suficiente y final. Más
aún, no debía haber demora, ni demora en espera de m a­
yores explicaciones o claridad. La orden era: "Toma ahora
tu hijo".
Abrahán obedeció inmediatamente, sin decirle todavía
nada a su hijo. El atribulado padre "se levantó muy de maña­
na, y enalbardó su asno, y tomó consigo dos siervos suyos, y
a Isaac su hijo; y cortó leña para el holocausto, y se levantó,
y fue al lugar que Dios le dijo" (v. 3).

Im portancia de la obediencia inm ediata


José no podría haber aprendido en forma más vivida e
impresionante la importancia de la obediencia inmediata a la
voz de Dios. Contuvo su aliento mientras Isaac relataba los
detalles. "Dios le dijo a mi padre: 'Vete a la tierra de...' Mi pa­
dre 'se levantó temprano... y fu e '".
"Y o estaba feliz de ir con mi padre. M e gustaba estar

15
DIOS ENVIO UN JOVEN

con él. Nada me dijo del propósito del viaje. Ni se lo dijo


a los dos siervos. Ellos deben haberse dado cuenta, por la
leña y el fuego que llevábamos, de que se iba a hacer un
sacrificio. Pero no sabían lo que se iba a sacrificar. Ni yo
tam poco lo sabía. C om o verás, mi querido muchacho, no
teníamos idea de lo que pasaba en el corazón de mi padre.
La fe es algo personal. N o puede ser transferida a otros ni
dejada com o herencia. Involucra una relación personal
con el invisible y poderoso Jehová. Ninguna persona pue­
de tener fe por un am igo o pariente. Dios estaba tratando
con mi padre".
Se requerían tres días para cubrir la distancia a Moríah.
Esos días proveyeron la oportunidad para que Abrahán resol­
viera la turbulencia de su mente y corazón, y reflexionara,
con la calma que pudiera acopiar, en este acto suyo de tomar
a su hijo y sacrificarlo. ¿Cómo podría ser posible que matara
a este hermoso hijo en quien se centraban todas sus esperan­
zas? ¿Qué clase de vida podría vivir después de eso?
José escuchaba extasiado las palabras de su abuelo. N o só­
lo estaba profundamente interesado en la historia de su an­
tepasado, "el amigo de Dios", sino que también estaba apren­
diendo lecciones de gran valor, lecciones que formaron el
fundamento de su educación e hicieron de él el personaje
encumbrado que llegó a ser más tarde. Sin darse cuenta en
ese momento, su carácter estaba en proceso de formación
mientras bebía de estos conmovedores relatos que le conta­
ba Isaac.

Las lecciones que aprendió José


En la historia del sacrificio de Isaac, José aprendió la im ­
portancia de la fe im plícita en Dios y la obediencia in m e­
diata que no requiere de ninguna razón, de ninguna expli­
cación de parte de Dios. Y estas lecciones las aprendió pa­
ra toda la vida. N o necesitó volver a aprenderlas otra vez.

16
HACIA LA TIERRA DE MORIAH

Isaac prosiguió con su historia de la gran experiencia de


su vida. El viaje a Moríah llevó tres días. Estaba consciente,
desde el primer día, de que su padre lo observaba muy de
cerca. Sintió que los ojos del anciano se fijaban en él mu-
i has veces durante el día. Su padre estaba extrañamente in-
comunicativo. Abrahán amaba a su hijo. N o solamente era
el hijo de su vejez, larga y sinceramente anhelado, sino que
también era la esperanza de Abrahán para el cumplimiento
de todas las promesas futuras que Dios le había hecho en
cuanto al gran destino de su familia. A medida que marcha­
ban a paso lento hacia Moríah, Abrahán observaba furtiva­
mente a Isaac. Observaba su expresión, su inocente felicidad
al acompañarlo en este viaje. ¡Oh, cuánto amaba a este que­
rido muchacho que Dios le había dado!
El anciano sabía que necesitaría decirle a Isaac que
Dios, el gran Jehová, había ordenado que se lo matara y
que fuera su padre, Abrahán, quien lo hiciera. Esto le hizo
recordar las muchas veces que le había hablado al mucha­
cho, con gran gozo y esperanza, de las grandes promesas
de Dios. ¿Tendría que buscar ahora las razones por las cua­
les Dios estaba contradiciendo sus promesas? ¿Cuáles eran
esas razones? El no las sabía. Sólo sabía lo que Dios le ha­
bía dicho que hiciera, y sabía otra cosa: ¡conocía a Dios!
Desde el m om ento en que Dios le había dicho que lleva­
ra a Isaac a Moríah y lo ofreciera, Abrahán estaba consciente
de que su gran amor por Isaac se había acrecentado inm en­
surablemente. Casi lo ahogaba. Nunca antes se había dado
cuenta de cuánto amaba a su muchacho. Sin embargo,
mantuvo su rostro constantemente hacia la tierra de M o­
ríah. El Dios a quien él servía debía ser obedecido.
Sin duda que, al segundo día del viaje, Abrahán pensó
en los siervos que los acompañaban. ¿Qué debía decirles
con respecto a este sacrificio humano? ¿Qué actitud adopta­
rían si lo supieran? Era indudable que, si pudieran, impedi-

17
DIOS ENVIO UN JOVEN

rían por la fuerza ese acto. El no debía decirles nada. El sacri­


ficio se debía realizar. Dios había hablado.
¿Y con respecto a Isaac? Era un joven fuerte, vigoroso.
Abrahán era anciano. Isaac podía resistirse y, sin duda, po­
día im pedir que su padre tomara su vida. Isaac no debía
saber nada, por lo menos hasta últim o m om ento. La v o ­
luntad de Dios debía ser hecha. Abrahán no albergaba la
m enor duda. M antuvo su rostro constantem ente hacia
M orí ah.

D ejan do lo irreconciliable con Dios


Y así llegó el tercer día y ellos continuaron hacia su des­
tino. Ahora la contradicción entre lo que Dios había prome­
tido y lo que Dios ahora le ordenaba hacer se agudizó marca­
damente en la mente de Abrahán. ¿Cómo podría Isaac ser la
descendencia y a su vez estar muerto? N o había forma de
conciliar las dos ideas. Abrahán dejó de tratar de resolver el
enigma y simplemente lo entregó en las manos — las manos
capaces, las manos infinitas, las manos poderosas— del Dios
a quien amaba y en quien confiaba, y prosiguió hacia M o­
rí ah.
Y de esa manera, cuando llegó allí, llegó con una mente
clara y un corazón confiado. Ahora sabía la respuesta. El re­
veló ese conocimiento cuando le dijo a sus siervos: "Esperad
aquí con el asno, y yo y el muchacho iremos hasta allí y ado­
raremos, y volveremos a vosotros" (v. 5). Abrahán no dijo es­
to para esconderles algo, para engañarlos. Lo dijo porque lo
creyó. El y el muchacho volverían otra vez a ellos.
¿C óm o podría ser eso cuando iba a matar al m ucha­
cho? ¿Cóm o podrían ambos volver? No, Abrahán no esta­
ba m intiendo. Hablaba palabras de verdad y sensatez. Ha­
blaba palabras de gran fe. Creyó que ambos volverían. Por­
que Abrahán, por fin, resolvió la contradicción. El proble­
ma que tanto había torturado su m ente no era, después de

18
HACIA LA TIERRA DE MORIAH

lodo, su problema. Era el problem a de Dios. Dios le había


dicho que matara a su hijo. Pero Dios también había dado
l.is promesas respecto a Isaac. Dios había hablado dos ve­
ces, la segunda vez contradiciendo a la primera. M uy bien,
Dios encontraría la solución. Y Abrahán lo dejaría en sus
manos. Pensó que ahora sabía cóm o Dios obraría. Levan­
taría a Isaac de la muerte. Pero Abrahán lo dejaría en las
manos de Dios. Esa era la parte de Dios. Su propia parte
era hacer lo que Dios le había dicho que hiciera.
Es evidente, por Hebreos 11:17-19, que esa fue la solu­
ción a la cual Abrahán llegó en su mente: "Por la fe Abra-
hán, cuando fue probado, ofreció a Isaac; y el que había re­
cibido las promesas ofrecía su unigénito, habiéndosele di­
cho: En Isaac te será llamada descendencia; pensando que
Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos, de
donde, en sentido figurado, también le v o lvió a recibir".

19
C apítulo 3

Librado de la muerte
osé esperó con profunda ansiedad su siguiente visita a la

J casa de su abuelo. En la ocasión anterior se vio obligado


a retirarse antes de que Isaac completara su relato, ya que
las sombras del anochecer habían com enzado a caer y te­
nía deberes que atender en el cam pamento de su padre.
En las horas que pasó en su hogar repasó las experiencias
de la gran aventura de Isaac. "Escuchó" otra vez la orden te­
rrible y totalmente inesperada de Dios a Abrahán para que
éste tomara a su hijo, Isaac, y lo ofreciera como sacrificio en
la cima del Moríah. Revivió la obediencia inmediata, sin va­
cilaciones, del patriarca. Y eso grabó profundamente en su
corazón y en su mente el modo de obrar de la fe y la impor­
tancia de la obediencia implícita, sin cuestionamientos, así
como la necesidad de estar siempre en armonía con la volun­
tad divina. Meditó profundamente en estas cosas, y las lec­
ciones que ellas le transmitieron se convirtieron en princi­
pios fijos y permanentes en su vida.
Cuando llegó la oportunidad de volver a lo de Isaac, co­
rrió ansiosamente por el sendero. Lo encontró en su lugar
acostumbrado, m irando inm óvil un m undo que no veía
pero viviendo, a su vez, en un m undo invisible para otros,
aunque muy real para él. Isaac saludó a su nieto con sere­
no gozo, e inm ediatam ente fue presionado por José para
que continuara con el relato de lo que había sido la más
grande experiencia de su vida.
Cuando dejaron a los siervos para continuar solos el

20
L IB R A D O DE LA M U E R TE

i ésto del camino — dijo Isaac— , Abrahán tom ó la leña y la


colocó sobre Isaac, esa leña sobre la cual muy pronto sería
puesto com o sacrificio, pero de lo cual por el m om en to
Isaac nada sabía. Abrahán "tom ó en su m ano el fuego y el
cuchillo" (Gen. 22:6). Luego ambos, el anciano y el v ig o ­
roso muchacho, prosiguieron juntos hasta la cima del Mo-
ríah.

I ,a tarea más difícil de A b ra h á n


Por supuesto — explicó Isaac— , Abrahán debe haberse
dado cuenta que había llegado el m om en to cuando ten ­
dría que revelar a su hijo que Dios lo había señalado com o
la víctim a del sacrificio. Abrahán tem ía la llegada de ese
m om ento. Lo postergó todo lo que pudo, por cierto, has­
ta que le fue im posible dilatarlo por más tiem po. Es e v i­
dente que Abrahán se enfrentó a la tarea más dura que al­
guna vez le tocara. A este h ijo a quien quería, a quien
amaba por encima de todo en la tierra, en quien se centra­
ban todas sus esperanzas de que en él se cum plirían las
gloriosas promesas de Dios, debía ahora matarlo con su
propia mano. Debía destruir con su propia m ano todo lo
que hacía que la vida le fuera valiosa.
Más aún, al hacer esto debía amar y adorar a Aquel que
había ordenado el sacrificio. Debía explicarle a Isaac, a
quien había enseñado a esperar la más próspera y feliz de
las existencias, que ahora debía quitarle esa vida. Debía
contradecir lo que alguna vez le había enseñado a Isaac.
Ahora tenía que decirle que había llegado a la juventud
sólo para que su padre cercenara su vida en la flor de su
existencia, en el com ienzo de su virilidad. ¡Oh, qué pensa­
m ientos agitados deben haber corrido por la m ente tortu­
rada de Abrahán a medida que marchaba por las laderas
del M oríah!
Posiblem ente pensó que Dios estaba retirando el gran

21
DIOS ENVIO UN JOVEN

regalo que le había hecho. Y que quizá fuera por algún fra­
caso, alguna debilidad, alguna falta, algún pecado suyo.
Debió de haber repasado toda su vida delante de su m en­
te escrutadora. ¿Dónde había fallado? ¿Debía su hijo m o­
rir porque de alguna manera inconsciente Abrahán había
pecado contra Dios?
Fue un viaje trágico por la ladera del Moríah. N o nos sor­
prendería si el horror de la gran tiniebla que embargaba su
mente la hubiera dejado desequilibrada. N o nos parecería ra­
ro si se hubiera quitado su propia vida con el fin de que le
fuera imposible quitarle la vida a Isaac. Podría haber razona­
do que nada de lo que pudiera sucederle por desobedecer a
Dios excedería el dolor y la agonía de la obediencia.
José, a pesar de su juventud, captó la idea de la prueba su­
prema que esta experiencia debe de haber significado para
Abrahán, y su admiración y amor por su gran antepasado
creció enormemente. Com enzó a ver, también, que aunque
Abrahán era el héroe de esta angustiosa escena, había otro
actor que pasó por una prueba casi tan grande. Era evidente
que para Isaac éste fue el día más memorable y sobresaliente
de su vida. De naturaleza serena y quieta, todos sus sentidos
fueron conmovidos y forzados al extremo. Aunque Abrahán
no podía encontrar en su corazón la forma de revelarle a su
hijo el objetivo de su viaje, y continuó hasta lo último man­
teniendo a Isaac en la ignorancia de la parte que le tocaría
desempeñar, el muchacho se tornaba cada vez más conscien­
te de que había algo misterioso y oculto. Se había percatado
de que Abrahán lo observaba de cerca. También se daba
cuenta de que él mismo observaba intensamente a su padre.
Y así, declara el registro bíblico, y lo declara dos veces, "fue­
ron ambos juntos".
Sí, fueron juntos, ¡pero con qué diferentes pensam ien­
tos! El corazón del padre estaba desgarrado por la angustia,
em bebido en m il pensamientos. La m ente del hijo, libre,

22
L IB R A D O DE LA M U E R TE

ocupada hasta ese m om en to sólo con los nuevos paisajes


y los acontecim ientos pasajeros, com en zó ahora a captar
cuán extraño y tensionado estaba su padre.
N o pasó m ucho tiem po hasta que Isaac trató de hablar.
Estaban llegando a la cim a de la m ontaña. Isaac estaba
perplejo por el silencio y la conducta seria de su padre.
Pensaba que había sido por distracción mental que su pa­
dre se había olvidado de traer el cordero. Trató de atraer la
,i tención de Abrahán a este hecho.
— Padre mío.
— H em e aquí, hijo m ío.
— He aquí el fuego y la leña; más ¿dónde está el corde­
ro para el holocausto? (v. 7).
Era el m om ento que tanto temía Abrahán. Sin embargo,
su fuerte corazón soportó calmadamente, y su fe humilde le
ayudó a contestar:
— Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo
mío (v. 8).

IÜ sacrificio: Isaac
Abrahán se dio cuenta de que la terrible verdad no se
podría esconder por más tiempo. Pero aún así postergó ese
m om en to mientras se ocupaba en juntar las piedras para
hacer el altar. "Dios se proveerá de cordero". Eso era lo que
le d ijo a Isaac. Y eso era lo que creía. Pero Isaac no sabía
que, en la m ente de su padre, Dios ya había provisto un
cordero y que ese cordero era él.
¿C óm o podía Abrahán ocuparse en tan angustiosa ta­
rea? Se colocaron las piedras del altar. N o podían demorar
más. ¿C óm o iba a decir lo que debía decir? ¿Retrocedería?
¿Se debilitaría? ¿Se quebrantaría? Arregló la leña sobre el
altar, y pensó: "Sí, el Señor proveerá, ya ha provisto, un
cordero. El se ha fijado en mi hijo. El es el sacrificio de

23
DIOS ENVIO UN JOVEN

Dios". Bueno, ciertamente Isaac pertenecía a Dios. Isaac no


existiría si no fuera porque Dios le había dado vida. Así
que Dios podía hacer con justicia lo que le placiera con
Isaac. Si él deseaba que Isaac fuera el cordero, él podía ha­
cerlo. Dios era el dueño de Isaac. Abrahán era el m ayordo­
mo, no el dueño de su hijo. Esto se aplica a todos los pa­
dres. Y en forma especial a Abrahán.
N o había ahora ninguna otra cosa que Abrahán pudiera
hacer para postergar la ocasión de hablarle a Isaac. El altar
estaba terminado, la leña estaba en orden sobre él. T od o
estaba listo para el sacrificio; todo, menos Isaac. Ahora le
debía revelar el plan de Dios.
Con una ternura que ninguna palabra puede describir,
Abrahán le dijo a su h ijo lo que Dios le había ordenado
que hiciera. Isaac debía ser el sacrificio. Antes de que pu­
diera proferir una protesta o recuperarse de la sorpresa, el
padre le recordó su milagroso nacim iento en contestación
a la oración, le señaló que le debía su vida a Dios y que le
pertenecía, le declaró el derecho de Dios de quitar, de la
manera que le placiera, el regalo que había concedido. Le
dijo también qué bendición y consuelo había sido Isaac
para Sara y para él, cuán profundam ente lo amaban, con
cuánto cariño habían centrado sus esperanzas en él, y que
cosa aplastante y destructora fue esa orden para él. Luego
habló de su fe positiva y su confianza de que Dios iba a
hacerlo revivir levantándolo de los muertos, e instó a Isaac
a que aceptara esa fe y esa confianza. Term inó señalando
que él podía resistir, podía escapar, pero que al hacerlo es­
taría resistiendo no a su padre sino al Dios, quien le dio la
vida. Lo exhortó a hacer lo que su padre había hecho: no
esperar hasta que se aclarara todo el significado, sino p o­
nerse a sí mismo en las manos de Dios y aceptar la volu n ­
tad divina com o la suya propia. De alguna manera Dios
sacaría algo bueno de toda esta oscuridad y misterio. Isaac

24
L IB R A D O DE LA M U ERTE

podía estar seguro, com o Abrahán lo estaba, que de algu­


na u otra manera sería restaurado luego de haber sido re­
ducido a cenizas, y que todas las promesas divinas se cum­
plirían en él.
Isaac le dijo m uy poco a José de la conm oción que agi-
l.iba su propia alma mientras su padre hacía su explica-
ción y apelación. Había algo sagrado en la experiencia
más grande de su vida para que él pudiera contarla. Sólo
dijo: "Le dije a m i padre: 'Padre, hay un solo curso de ac-
i ion para ti o para mí cuando Dios ordena. Es el curso de
l.i obediencia. Ahora entiendo lo que debes hacer. N o tra­
ía ré de evitarlo. Estoy en tus manos y en las manos de
D ios'".
Habiendo obtenido de tal manera el consentim iento de
su hijo, Abrahán, con el corazón destrozado, pero adoran­
do a Dios por el hijo que tenía, lo ató de pies y manos y lo
colocó sobre la leña del altar. Luego, con confianza y fe
inconm ovible y con su obediencia intacta, levantó el cu­
chillo para matar a la víctima.
A medida que la conm ovedora historia llegaba a su clí­
max, José no sabía si admirar más la resolución del padre o
la sumisión del hijo. Pero en ese m om ento nació en él la re­
solución de nunca dejar de estar a la altura de los progenito­
res que Dios le había dado. Tom ó la determinación de que
en todo lo que aconteciera, la voluntad de Dios estaría pri­
mero; que si tan sólo pudiera conocer esa voluntad, la segui­
ría sin importarle las consecuencias que por ello le sobrevi­
nieran.

Jehová-jireh
Isaac term inó su narración diciendo que sólo la inter­
vención de Dios evitó que se cumpliera ese sacrificio ex­
traordinario. La fe de su siervo fue suficientemente proba­
da. Del cielo resonó una voz, im pidiendo la caída del cu-

25
DIOS ENVIO UN JOVEN

ch illo ya levantado, deteniendo el golpe fatal. La voz ce­


lestial dijo:
— Abrahán, Abrahán.
— H em e aquí.
— N o alargues tu mano contra el niño, ni le hagas nada,
que ahora ya sé que tú eres tem eroso de Dios, ya que no
me has negado tu hijo, tu único (w . 11, 12 BJ).
Y al mirar Abrahán a su alrededor, v io detrás de él un
carnero con sus cuernos enredados en los matorrales. Lo
tom ó y lo ofreció com o sacrificio en lugar de su hijo.
Isaac term inó esta conm ovedora historia diciendo que
"Abrahán llam ó el nom bre de aquel lugar, Jehová-jireh",
que quiere decir "Jehová proveerá", o "el Señor verá por
ello" (v. 14).
Cuando al caer la tarde José regresó hacia el campa­
m ento paterno, estaba sumido en profundos pensam ien­
tos. "Jehová-jireh, ¡el Señor verá por ello!" ¡Qué lema para
que un hombre lo lleve de por vida! ¡Qué lema para m ol­
dear una vida, para edificar una vida! Se apropiaría de él.
Si tan solo pudiera conocer la voluntad de Dios para él, el
propósito de Dios para su vida, entonces podría confiar to­
das las cosas a Dios mientras cumplía esa voluntad. Deja­
ría todas las cosas en las manos de Dios. Para José sólo
existiría la voluntad de Dios, no la suya. Entonces "el Se­
ñor vería por ello".

26
( a pitillo 4

Maestros y lecciones
rsaac, el abuelo de José, no fue su único maestro y relator
I d e historias durante los años de su adolescencia. Su pa­
dre, Jacob, aumentó también el caudal de su con ocim ien ­
to. Cuando José volvía del campamento de Isaac a su casa,
y luego de concluida la cena, generalmente conseguía que
su padre le relatara las historias de sus propias y variadas
experiencias. Aprendió, de labios de Jacob, la historia de
aquella apresurada escapada de la ira de su hermano des­
pués que Jacob le quitara su primogenitura, y se enteró de
la manera cóm o su padre engañó a su abuelo para obtener
también la bendición que le correspondía a Esaú. Jacob no
trató de esconderle a su h ijo el lamentable carácter que te­
nía durante su juventud. Pero también le relató fielm ente
los puntos más sobresalientes de las experiencias que tuvo
en su trato con Dios y le contó las promesas y p roviden ­
cias que recibió.
Así José se enteró de la conm ovedora historia de Bet-el,
y de la escalera que iba de la tierra al cielo, con ángeles de
Dios que subían y bajaban por ella, y de cóm o Dios estaba
de pie en lo alto y le hacía grandes promesas a su padre.
Tam bién supo cóm o su padre con oció a su madre, de su
amor, de los engaños del abuelo Labán, de los largos años
de servidumbre, de cóm o su fam ilia y su riqueza fueron
creciendo, de su decisión de retornar con su familia y sus
posesiones, a su antiguo hogar y a su padre, y de su recon­
ciliación con su herm ano Esaú.

27
DIOS ENVIO UN JOVEN

Dios se transform a en algo real


José escuchó con el más profundo interés el relato del en­
cuentro que había tenido su padre con el Dios de Abrahán y
de Isaac en Peniel, junto con el nuevo nombre y el nuevo ca­
rácter que el Señor le concedió en aquella ocasión. Esto fue
lo que más le interesó y lo impresionó. Dios se encontró con
su padre. Dios cambió la naturaleza de Jacob. Dios lo guió, lo
libró, lo bendijo, lo atendió, y fue su guía y su consejero. Así
como Dios había estado presente en la vida y en los asuntos
de Abrahán, y en los de Isaac, así también se había manifes­
tado en la vida y los asuntos de su padre Jacob. ¿Se manifes­
taría Dios a sí mismo también en su vida?
Dios se estaba convirtiendo en algo m uy real para José.
Sus pensamientos giraban en torno de lo que Dios había
hecho en la historia de su familia, en lo que había signifi­
cado para ellos, en las grandes promesas que le había he­
cho a su parentela, y en el glorioso futuro que había des­
plegado delante de ellos. Dios se manifestó en las vidas de
los hombres, hizo planes para individuos, los com isionó
para realizar su voluntad, los utilizó para llevar adelante
sus propósitos, y los hizo sus agentes para lograr grandes
empresas y alcanzar importantes objetivos.
En el m undo interior de los pensamientos de José se
estaba generando un ansioso e intenso deseo de conocer a
este Dios por sí mismo. N o podía pensar en otra vida más
fascinante que la que transcurre en el servicio al Dios que
sus padres conocieron.
Las historias de su padre y su abuelo fueron la única edu­
cación que José tuvo. Esta educación se basó en dos hechos,
dos verdades o realidades, las más grandes al alcance del co­
nocimiento humano. La primera y más importante de todas
las verdades en la época de José sigue siendo la primera y
más importante verdad de nuestro tiempo: la realidad de
DIOS. La fuerza detrás de cada pensamiento de tu cerebro,

28
MAESTROS Y LECCIONES

ilr cada latido de tu corazón, de cada respiración de tu cuer­


po: I )1GS. El elemento en el cual vives y te mueves y tienes
lu ser: DIOS. El denominador final, irreducible e ineludible
de lu universo: DIOS. Ninguna vida está correctamente cen-
I i.ula, ni es guiada a su fin correcto, si falta esa verdad supre-
ma en su conocimiento. N o hay otra verdad que se compa­
re en importancia, para una vida de éxito, con la verdad de
i|iir hay un Dios benevolente que lleva adelante sus planes
) propósitos en los asuntos de los hombres.
No es suficiente saber meramente que Dios existe. El se­
cundo hecho o verdad es que Dios reina. Que él está en el
control, en el timón. Eso hace toda la diferencia entre la de­
bilidad y la fortaleza, entre el fracaso y el éxito, entre la de­
sesperación y la seguridad, para todo aquel que se aferre a
ese hecho y haga de él la permanente convicción de su vida.
La convicción de este segundo hecho, fuerte como el hie­
rro, firme com o la roca, incitante com o un grito de guerra,
l úe expresada en palabras por Juan en Patmos, palabras que
tienen en sí mismas la durabilidad del granito de los siglos:
"El Señor nuestro Dios Todopoderoso reina" (Apoc. 19:6).
José llegó a la virilidad a la luz de esta convicción, y
eso le perm itió enfrentar y conquistar todo lo que la vida
lutura le deparó.

La realidad de la vo lu n tad de Dios


Además de la suprema afirmación de que Dios existe, y
ve, y sabe, y le importa, y guía — sobre la cual José basó su
vida— , yo pondría otro hecho, o verdad, básica que influ­
yó en toda su vida: la voluntad de Dios. Dios no sólo exis­
te, sino que tiene tam bién una voluntad, hay algo que
quiere. Esa voluntad tiene que ver con todas las cosas que
ocurren en el mundo: todas las personas, todos los suce­
sos, toda la historia. Esa voluntad tiene que ver contigo;
está deseando algo relacionado contigo, ahora y en cada

29
DIOS ENVIO UN JOVEN

m om ento que respiras. Al consultar esa voluntad aprende­


mos cóm o vivir, cóm o movernos, cuándo actuar, qué ha­
cer, qué decir. Todo lo que hacemos y decimos, cada m o­
vim ien to que realizamos, cada elección de nuestra expe­
riencia diaria, cada decisión a la cual llegamos está, o en
armonía con la voluntad de Dios o en contra de ella.
M om ento tras m om ento, día y noche, hora tras hora,
cada persona está o no está en armonía con la voluntad de
Dios. Esa voluntad invade todo el universo. Nunca puede
haber un m om ento cuando se pueda decir verdaderamen­
te: "Dios no tiene ningún deseo en particular, ningún pro­
pósito definido, para mí ahora. En este m om en to puedo
hacer lo que quiera, sin referencia a él y a su plan para
mí". Eso nunca es verdad.
José com enzó lentamente a comprender y creer que no
había una vida más im portante que pudiera vivir, ningún
logro más im portante que pudiera obtener, que el de al­
canzar el conocim iento de la voluntad de Dios con el pro­
pósito de poner su propia vida en armonía con ella y cum­
plirla en todo lo que hiciera. Si Dios realmente quería algo
de él, si tenía una intención acerca de él y de sus asuntos
y de su futuro y en cuanto a lo que él iba a hacer con su
vida, entonces, José deseaba conocer, sobre todas las cosas,
cuál era esa voluntad, cuál era el plan de Dios para su vida,
qué era lo que Dios quería que José hiciera por él, al cum­
plir sus grandes propósitos en la Tierra.

El secreto de un a vida de éxito


El secreto de una vida de éxito es muy simple, muy sen­
cillo; tan sencillo, por cierto, que está por completo al alcan­
ce del entendimiento de un niño. Es, simplemente, hacer la
voluntad de Dios, vivir en armonía con el Infinito. Ese es el
secreto que José aprendió en su niñez y adolescencia y que
hizo de su vida posterior una fantástica historia de éxito. N o

30
MAESTROS Y LECCIONES

.«■ tlr nada que sea de mayor consuelo, de mayor energía, de


m.iyor inspiración, que la convicción de que Dios está pen-
..iiulo en mí y por mí; que él tiene un plan para mi vida y
un propósito para alcanzar a través de mi vida.
lista fue la convicción que llegó al corazón de José co­
mo resultado de los conm ovedores relatos de su padre y
•le su abuelo. Fue ésta, también, la convicción que llevó a
l'.ihlo a exclamar en el primer m om ento de su conversión:
"Señor, ¿qué quieres que yo haga?” (Hech. 9:6). D ebido a
rsta convicción, enraizada en el corazón de David, Dios lo
describió com o un "hom bre según m i corazón, que cum ­
ple mi voluntad" o "que está dispuesto a hacer todo lo que
yo quiero" (c. 13:22 DHH).
El verdadero plan de una vida cristiana ideal está seña­
lado en esas palabras de las Escrituras. ¿Cuál es? Debemos
tener una definición para que podam os conocerlo. Debe­
mos tener una descripción para que podam os seguirlo.
He aquí la definición: "Un hom bre según mi corazón".
I le aquí la descripción: "Que cumple mi voluntad".
La hermosa verdad general de estas palabras es simple­
mente esta: El supremo objetivo de la vida es hacer la v o ­
luntad de Dios.
Nosotros no vinim os a este m undo para prom over
nuestros caminos o hacer lo que preferimos, ni a buscar el
éxito, ni a hacernos de un nombre, ni a cumplir grandes
tareas, ni a ir a tierras distantes, ni a realizar proezas her­
cúleas. David describió el blanco o finalidad de la vida
cristiana en estas palabras: "He aquí que vengo, oh Dios,
para hacer tu voluntad" (Heb. 10:7). El Salvador confirm ó
esto cuando dijo: "No busco mi voluntad, sino la voluntad
del que me envió, la del Padre" (Juan 5:30).

U n h om bre enviado p o r Dios


"Delante de ellos en vió a un hombre, a José, vendido

31
DIOS ENVIO UN JOVEN

com o esclavo. Sus pies vejaron con grilletes, por su cuello


pasaron las cadenas, hasta que se cum plió su predicción, y
le acreditó la palabra de Yahvé" (Sal. 105:17-19 BJ).
Este texto dice que José era un hombre de Dios. "D e­
lante de ellos (Dios) envió un hombre, a José". Esto signi­
fica que José era un hom bre de Dios. Era un enviado de
Dios para realizar una tarea específica, definida. Fue envia­
do delante de su fam ilia; fue enviado delante de su na­
ción, porque Dios tenía en m ente hacer algo con esa na­
ción y este muchacho de 17 años era el agente de Dios pa­
ra cumplir con esa misión.

Dios tiene un p lan para tu vida


José poseía la creencia im plícita y profunda, que n in ­
gún acontecimiento podía m over o alterar, de que Dios te­
nía un plan definido y positivo para su vida; que había al­
go en la mente de Dios para que él realizara, algún propó­
sito para que él cumpliera, algún programa — divinam ente
ordenado— para que él llevara adelante.
El siempre fue consciente, en todas las circunstancias, de
que estaba bajo la disciplina e instrucción de Dios, bajo la
tutela del Espíritu Divino, y se rindió a la influencia de ese
Espíritu para que lo dirigiera en cada paso y en cada decisión
de su vida. Se veía a sí mismo com o un hombre bajo órde­
nes, órdenes divinas, com o un hombre de Dios, un agente
de Dios, para estar siempre bajo el comando de Dios.
Uno de los propósitos de este libro es enfatizar que to­
do el que acepta la enseñanza de la Biblia de que Dios tie­
ne un plan para su vida, y mantiene esta convicción siem­
pre delante de sí, verá que sus más caros deseos se cum ­
plen y la voluntad de Dios para él se realiza. Una persona
tal reconocerá en las circunstancias sólo las herramientas
que Dios utiliza para form arlo y m oldearlo y hacerlo útil
para su destino, se someterá a las impresiones y conviccio-

32
MAESTROS Y LECCIONES

iics que provienen de lo Alto, y permitirá que ellas lo ele­


ven por encima de los acontecim ientos que lo rodean y lo
■illigen y afectan. Una persona tal se entregará en forma
voluntaria, feliz, complaciente y devota a tales influencias.

Vivim os en los pensam ientos de Dios


Es un gran consuelo creer que vives en los pensamien­
tos de Dios, que él está planificando tu vida con amor, que
está moldeándola, que te ha asignado algo para que hagas
para El, que eres su agente para cumplir su propósito, y que
él controlará para bien toda circunstancia que permita que
te toque. Sí, saber eso un gran consuelo. Más aún, ese co­
nocimiento merece toda nuestra confianza. Y todavía más,
eso es tan cierto en tu caso com o lo fue en el de José.
Dejemos que un hom bre crea eso, y que lo aplique en
cada circunstancia de la vida, y el resultado será el cultivo
de su naturaleza espiritual, y el desarrollo de su mente es­
piritual. A ese hombre le vendrán grandes pensamientos y
una comprensión amplia de los propósitos de Dios, una v i­
sión de largo alcance y una adaptación precisa, tanto a los
reveses repentinos com o a las prom ociones súbitas. Ese
hombre irá firme e inexorablem ente hacia adelante, cami­
nará por el cam ino que Dios le ha marcado para que tran­
site, e irá a los lugares para los cuales Dios lo ha preparado.

N o h ay accidentes en u n a vida tal


Ningún accidente puede ocurrirle a un hombre así. Las
cosas no le suceden por casualidad. El es un hombre de
Dios, un agente de Dios, y todo lo que le ocurre proviene
de la m ano de Dios.
Nada puede lastimar realmente a un hombre así. Sus
sentim ientos pueden ser heridos, puede verse sumido en
una angustia terrible, puede quedar anonadado por el

33
DIOS ENVIO UN JOVEN

od io de sus hermanos; pero estas cosas obrarán juntas pa­


ra su verdadero bien mientras crea en Dios y se entregue a
su m ano disciplinadora.
El hecho más grande en el universo es la existencia de
Dios. Dios existe. Cada individuo trata con una Persona in­
visible que controla el universo y tiene un plan para su vida.
El segundo hecho más grande del universo es la volun­
tad, la intención o deseo de Dios. Dios tiene una vo lu n ­
tad, es decir, hay algo El que quiere, y todas las cosas están
bajo el control de esa voluntad. Esa voluntad ha marcado
un plan para mi vida.
El sólo creer en estos dos hechos, equipa y habilita a
un hom bre para vivir, lo equipa para el éxito, lo equipa
para realizarse, lo equipa para cum plir la voluntad de
Dios. Consigue todo lo demás que puedas, pero no fraca­
ses en obtener estas verdades fundamentales.
José creyó en Dios; conoció a Dios; amó a Dios; siguió a
Dios y confió en Dios. Esa fue la preparación esencial d ejo -
sé para la vida, esa fue la suma total de su educación. Y fue
suficiente.
Una educación sin Dios es incom pleta e inadecuada,
aún para esta vida. Sólo el conocer a Dios y creer en él,
amarlo y seguirlo, es lo adecuado para tener un éxito simi­
lar al de José.
Te invito a que desarrolles, por la gracia del Señor, una
fe en Dios firme com o la roca, que lo tomes por consejero,
que lo mires com o a un amigo, que creas que tiene un
plan y un propósito para que cumplas, que esperes confia­
damente que te lleve, finalmente, a ese lugar de servicio y
dicha final que te identificará con su pueblo a través de to­
das las edades por venir.

34
< .ipítulo 5

Visión de la misión

K s im portante que to d o joven descubra la tarea para la


cual es apto, qué será en su vida, a dónde llegará en es­
te mundo, y que adquiera un sentido de misión. Si, además
de tener sus propias y seguras impresiones acerca de ello, es
lo suficientemente afortunado para darse cuenta de que lo
que va a hacer con su vida es lo que Dios ha señalado para
él, y para lo cual lo está capacitando, será doblemente ben­
decido. Entonces podrá realizar su tarea con un tranquilo
sentimiento de sólida seguridad, y continuará realizándola
pacientemente cada día, esperando el tiem po de Dios para
el logro de los propósitos y designios divinos.
Tal descubrimiento — captar tem prano en la vida una
visión de lo que ha de hacer, de lo que está capacitado pa­
ra lograr y de, exactamente, qué tarea debe cumplir— , sal­
vará al hombre de muchas irritaciones, desengaños y pér­
dida de tiempo. Si, com o resultado de eso, puede analizar
sus dones personales y su lugar en la vida — es decir, ver
con una visión despejada las circunstancias, condiciones
y com plicaciones que son inherentes y lo rodean en su
asociación y relación con otros o con el m undo— , y
aprende a discernir la voluntad de Dios cuando le enseña
lo que él es y para qué debe vivir, habrá sin duda dado un
gran paso hacia adelante.

U n curso fijo
Los pensamientos de José se centraban cada vez más en
su propio futuro. Poseía una inteligencia notable. A través de

35
DIOS ENVIO UN JOVEN

los relatos de su padre y de su abuelo se había sentido pro­


fundamente conmovido con las grandes historias de la forma
como Dios obró con Abrahán, Isaac y Jacob. Poseía un cora­
zón susceptible y se sentía irresistiblemente atraído hacia el
gran Dios de su pueblo. Tom ó entonces una decisión que
mantendría a lo largo de toda su vida. Esa decisión se podría
expresar con las siguientes palabras: "Este Dios es nuestro
Dios para siempre; será nuestro guía hasta la muerte".
Sólo él entre sus hermanos tom ó esta decisión. Ellos le
tenían poca simpatía. Y los acontecimientos que le sobre­
vinieron con el paso de los días, las experiencias por las
que pasó, sirvieron para aislarlo aún más, e hicieron que
echara sus raíces más profundam ente del lado de Dios.

La v id a en su h ogar no era ideal


La vida en el hogar de José estaba lejos de ser ideal, y
muchas veces debió haber sido desagradable y dura de so­
brellevar. V iv ió en un hogar dividido; no en el sentido
m oderno de este término, pero sí en un sentido muy real.
En el cam pam ento de Jacob existían cuatro divisiones,
aunque ellas, es verdad, no formaban hogares separadas.
Si bien es cierto que eso hubiera sido preferible, por lo m e­
nos en cuanto a armonía se refiere.
Estas divisiones estaban formadas por Lea y sus hijos, Zil-
pa y sus hijos, Bilha y sus hijos, y los hijos de Raquel. Basta
una lectura superficial del relato bíblico para descubrir que
los diez medio hermanos de José no tenían escrúpulos en pi­
sotear los sentimientos y deseos de José, o de cualquier otro
que de algún modo pareciera interponerse en sus caminos.
Esta animosidad de sus hermanos, así como su condición
de huérfano de madre, junto con las normas, los principios y
los ideales que había obtenido de los relatos de su padre y de
su abuelo sobre la forma como Dios obró con su familia, tu­
vieron naturalmente una pronunciada tendencia a incremen-

36
V IS IO N DE LA M IS IO N

l .11 la soledad de José y su preocupación por sus hermanos.


Más aún, Jacob era necio. N o por tener preferencia por
losé por encima de sus otros hijos, sino por manifestarla
abiertamente para que todos la vieran. Jacob tendría que
haber aprendido m ejor de su propia experiencia. El había
sufrido por un favoritism o similar de su padre hacia Esaú,
V nada bueno había resultado de la preferencia de su m a­
dre hacia él por encim a de Esaú. Sin embargo, la necedad
de sus propios padres n o le enseñó nada, y Jacob repitió
ese desatino con su propia familia.
El registro dice que "amaba Israel a José más que a todos
sus hijos" (Gén. 37:3). Esto es comprensible y no nos debe
sorprender. José poseía, de acuerdo a los parámetros rabíni-
ios, un conocim iento superior a sus años. Era el prim ogé­
nito de la única mujer a quien Jacob verdaderamente había
amado. Tenía una dulce disposición natural, un carácter
afectuoso, y amaba y acompañaba tiernamente a su padre.

La túnica principesca
D ebido a este excesivo cariño y a la preferencia por su
hijo favorito, Jacob distinguió a José por encim a de sus
hermanos regalándole una "túnica de diversos colores".
Puede ser que estemos acostumbrados a pensar que esta
prenda era un m anto hecho de retazos de varias telas, y
nos preguntemos por qué m otivo hombres adultos se de­
jaron llevar por la pasión a la mera vista de ella. Pero hay
un significado más profundo.
Otra versión dice que su padre "lo vistió con una túnica
bordada". Era una túnica usada sólo por los ricos y los no­
bles, por los hijos de los reyes, y particularmente por quienes
no tenían necesidad de trabajar para su sustento. En síntesis,
era la prenda de un príncipe. Se la dio a José con el propósito
de destacar su superioridad, de hacer una distinción entre él
y sus hermanos más rudos. ¡Con razón le tenían rencor!

37
DIOS ENVIO UN JOVEN

El hecho de que Jacob le diera esa túnica a José significó


para ellos una cosa, y solamente una cosa, y no podían pen­
sar de otra manera. N o la ridicularizaron, com o podría ha­
berse esperado, sino que engendró su envidia, sus celos y su
odio profundo. En aquellos días la voluntad del padre era
ley. Por tanto, cuando vieron a José diferenciado de ellos por
esa túnica real, esa prenda principesca, comprendieron que
su padre estaba, en realidad, declarando que este hermano
más joven debía tener la rica herencia, la primogenitura, y
que estaba señalado para ser el jefe, mientras que ellos de­
bían contentarse con una vida de trabajo. Por eso no sor­
prende que el registro bíblico diga: "Y viendo sus hermanos
que su padre lo amaba más que a todos sus hermanos, le
aborrecían, y no podían hablarle pacíficamente" (v. 4).
Este odio se agravó por la franqueza de José, por su for­
ma clara de expresarse. El "informaba a su padre la mala fa­
ma de ellos" (v. 2). Algunos han entendido que esto significa
que José era un despreciable chismoso, que hacía todo lo po­
sible para envenenar a su padre en contra de sus hermanos.
Sin embargo, esa no era la realidad, y se tergiversaría el ca­
rácter de José si se pensara que él deseaba meter en líos a sus
hermanos. N o se puede aceptar este punto de vista. Muchos
eruditos bíblicos creen que la historia indica que José fue
puesto por encima de los hijos de Bilha y de Zilpa en su ta­
rea de pastores y era, por consiguiente, responsable, com o
capataz, de informar de los rebaños y dar un informe fiel de
la forma com o sus hermanos cumplían sus deberes.

Su fid elidad juzgada com o chisme


Por tanto, el "informe malo" que José traía a su padre, le­
jos de indicar que era un chismoso que buscaba meter en
problemas a sus hermanos, revela que había circunstancias
que no sólo justificaban sino que demandaban la exposición
de la mala conducta de esos hombres. Fue un acto necio de

38
V IS IO N DE LA M IS IO N

parte de su padre colocar a José en un puesto de supervisor,


porque ese cargo hizo que José fuera responsable del nom ­
ino de la familia, el cual, de acuerdo con el registro bíblico,
ya era "abominable a los moradores de esta tierra" (c. 34:30).
losé creyó que no debía esconder su mala conducta, su ne­
gligencia hacia el deber, sus deslealtades, sino por el contra-
i lo, hacer saber a su padre cómo estaban las cosas. Y esto fue
lo que hizo; y sus hermanos se enfurecieron.
Siempre sucede así. Quizás hayas experim entado algo
Mmilar. Lo experimentarás si vives por principios. El mal
siempre odia al bien. "Todo aquel que hace lo malo odia la
luz". Es la manera del mundo.
Debiéramos sentirnos incóm odos si el mundo que nos
rodea, la compañía que tenemos, nos ama y habla bien de
nosotros. Entonces estamos en peligro. Somos seguidores
del Señor para ser sal, que es característicamente pura y pi-
( ante, en m edio de la corrupción del mundo. Cuando
nuestras vidas desarrollan un pronunciado contraste con
••I inundo, constituyen una reprimenda, y esa reprobación
q uiera un odio virulento.
Esto pudo haber sido y puede ser tu experiencia. Si lo fue-
u, entonces sigue el ejemplo de José. Sigue haciendo lo co­
nvelo. N o te permitas sentir autocompasión o caer en la de­
presión. Tu experiencia no es diferente de la del Señor a
quien sirves. El sufrió el mismo tratamiento a manos de su
piopia gente. Sin embargo, cuando fue injuriado no devolvió
l.i injuria. N o contestó ni amenazó. Se entregó a sí mismo a
I >ios, quien juzga con justicia. Así, cuando tu tiempo termi­
ne, Dios te vengará y cambiará tus tristezas en gozos. "Con-
lía en Jehová, y haz el bien... Deja la ira, y desecha el enojo;
no te excites en manera alguna a hacer lo malo. Porque los
malignos serán destruidos, pero los que esperan en Jehová,
filos heredarán la tierra" (Sal. 37:3, 8, 9). "Exhibirá tu justicia
» niño la luz, y tu derecho como el mediodía" (v. 6).

39
C apítulo 6

Sueños significativos
espués de detenerse en el pasado, José com enzó a
D pensar más y más en el futuro. Descubrimos que una
de las principales cosas que hacía que sus pensamientos
fueran en esa dirección eran sus impresionantes sueños.
Además, esos sueños eran la causa del odio creciente de
sus m edio hermanos.
"Y soñó José un sueño, y lo contó a sus hermanos; y
ellos llegaron a aborrecerle más todavía" (Gén. 37:5).
Con la candidez y la inocencia de sus años, sin percatar­
se del odio que sus hermanos ya sentían por él y del efecto
que tendría en ellos el relato de sus sueños, comenzó a con­
tarles lo que había soñado.
El y sus hermanos — les dijo— , estaban trabajando jun­
tos en el campo, atando manojos. De pronto, la gavilla
que él estaba atando se levantó y quedó derecha y los ma­
nojos de sus hermanos se juntaron a su alrededor "y se in­
clinaban al m ío" (v. 7).
El significado de esto no pasó inadvertido para sus her­
manos. Se llenaron de indignación y desprecio. Sus pala­
bras fueron: "¿Reinarás tú sobre nosotros, o señorearás so­
bre nosotros?" (v. 8).
Pero eso no term inó ahí. "Soñó aún otro sueño, y lo
contó a sus hermanos". Esta vez "el sol y la luna y once es­
trellas se inclinaban a mí". Hasta su padre pensó que iba
demasiado lejos, y retó a José diciéndole: "¿Qué sueño es
éste que soñaste? ¿Acaso vendrem os yo y tu madre y tus
hermanos a postrarnos en tierra ante tí?" (v. 9, 10).

40
SUEÑOS SIGNIFICATIVOS

Sin embargo, su padre, aunque reprochó públicam en­


te .1José, quedó im presionado con el significado ob vio de
los sueños. £1 registro dice que "su padre meditaba en es­
to" (v. 11). N o podía dejar de pensar en lo que Dios tenía
planeado para su hijo amado.

I k'stinado para un alto h on or


Por m edio de estos sueños Dios le señaló a José que es-
l.iba señalado para un alto honor. Llegaría el día cuando
toda su fam ilia se inclinaría ante él.
Se ha dicho que José no fue sabio ni discreto al d ivu l­
gar todo esto a sus hermanos, ya que tendría que haberse
dado cuenta del efecto que seguramente causaría al pro-
lundizar su envidia y su odio. Es muy probable que esto
sea cierto, pero aún esta ausencia de tacto fue eviden te­
mente parte del plan d ivino. Sin un odio profundo y ar­
diente ellos no habrían tenido el incentivo adecuado para
lomar los pasos que pusieron a José en Egipto; y los planes
posteriores de Dios hacían enteramente necesario q u e jó ­
se fuera a Egipto. La envidia y el od io cegó a estos h o m ­
bres hasta que dejaron de considerar toda otra cosa que
no fuera cóm o librarse de este presum ido soñador cuyos
sueños les resultaban tan desagradables. Desde ese m o­
mento en adelante sus pensamientos se concentraron en
descubrir algún m étodo para librarse de su m olesto her­
mano y evitar que sus sueños se tornaran en realidad.
Los sueños de José dirigieron sus pensamientos hacia sí
mismo y hacia su futuro. Poseía una inteligencia aguda.
In tendía que Dios lo había designado para cumplir algu­
na misión importante que resultaría en un gran honor. Se
dio cuenta de sus talentos en vías de desarrollo. N o podía
ser indiferente a su destino. La misma actitud de sus her­
manos hacia él, así com o la de su padre, debió de haberlo
hecho reconcentrado en sí mismo e introvertido. Eviden­

41
DIOS ENVIO UN JOVEN

tem ente ellos sentían que estos sueños significaban algo


de gran importancia; él sentía lo mismo. Obviamente, su
padre consideraba que había algo superior en él. De ahí la
túnica principesca que tanto en ojó a sus hermanos. Esta
prenda, además de sus sueños, les era intolerablem ente
exasperante. Eran hombres rudos e inescrupulosos, llenos
de resentimiento por la superioridad de José. Casi no p o ­
dían esperar que llegara la oportunidad de hacer algo al
respecto. Así fue com o continuaron acariciando su rencor
mientras José acariciaba sus sueños.
Las grandes aventuras de la vida de este muchacho es­
taban por comenzar. El no sabía, no podía saber, cuáles
iban a ser. Sin embargo, Dios lo estaba preparando. Dios
tenía en mente uno de los acontecimientos más importan­
tes de la historia humana, y este muchacho iba a ser el
agente que lo llevaría a cabo.
Toda la historia humana, tanto pasada com o futura,
está abierta ante los ojos del d ivin o Soberano del mundo.
El planea los asuntos del mundo con mucha anticipación
y elige cuidadosamente a sus agentes. Sus planes y propó­
sitos para el futuro lejano hacían necesario que la familia
de Jacob emigrara a Egipto. Y por m edio de José, Dios es­
taba iniciando los acontecimientos que posibilitarían esa
emigración.
La emigración de Canaán a Egipto fue uno de los acon­
tecimientos más importantes en la historia de los planes
de Dios para los hombres, y en el desarrollo de su propó­
sito eterno de salvación humana. El plan, rodeado de
enormes dificultades, requería de medios extraordinarios
para llevarlo a cabo. Los mismos pasos preparatorios requi­
rieron alrededor de veinte años.
Esta transmigración de Israel de Canaán a Egipto no
fue un nuevo o apresurado plan divino. Fue largamente
considerado. Abrahán lo supo. Dios le dijo: "Ten por cierto

42
SUEÑOS SIGNIFICATIVOS

<Ini' tu descendencia morará en tierra ajena, y será esclava


.illí, y será oprim ida cuatrocientos años. Mas también a la
n.idón a la cual servirán, juzgaré yo; y después de esto sal­
drán con gran riqueza" (Gén. 15:13, 14).
Son numerosas las razones por las cuales Dios planifi-
t o tomar a los hijos de Israel de Canaán y llevarlos a Egip­
to. Algunas de ellas son muy obvias. La causa principal fue
tlcclarada por Dios cuando trató de darle seguridad a Jacob
en el m om en to en que la em igración se tornó una reali­
dad. "N o temas", le d ijo al anciano que estaba asustado e
inseguro de abandonar la Tierra Prom etida para ir a un
país extraño. "No temas de descender a Egipto, porque allí
yo haré de ti una gran nación" (c. 46:3).

I,os planes de Dios


Este propósito de Dios para Israel no se podía cumplir
cu Canaán. Las dificultades eran demasiado grandes. Fue
por eso que los planes de largo alcance de Dios para su
pueblo hicieron necesario que salieran de Canaán. Ca­
naán era ruda y semibárbara. Por más de dos siglos Abra-
han y sus descendientes habían estado allí, trasladándose
de un lugar a otro com o peregrinos y nómades errantes.
Todavía no se había producido ninguna evidencia de que
se estuvieran cum pliendo las promesas de Dios con res­
pecto a que la tierra sería de ellos. Esas promesas abarca­
ban una tierra y una descendencia. Pero esta tierra no era
suya. Y la descendencia de Abrahán, lejos de ser innum e­
rable com o la arena del mar y las incontables estrellas del
cielo, sólo alcanzaba a unas treinta o cuarenta personas.
Un cam pam ento era suficiente para contenerlos a todos.
El gran aumento numérico, que era parte de la promesa
tlivina, no se había cum plido.
Mientras fueran pocos habría poca probabilidad de que
tuvieran problemas en Canaán. En proporción a su creci­

43
DIOS ENVIO UN JOVEN

m iento numérico, también aumentaría la sospecha y se


engendraría el odio y el celo en sus vecinos, quienes muy
pronto comenzarían a sentir la presión creciente contra
ellos de un pueblo que se multiplicaba, con formas pecu­
liares de culto, costumbres extranjeras y un Dios diferen­
te. La colisión entre ellos y las tribus vecinas sería inevita­
ble, particularmente cuando se supiera su verdadero carác­
ter, y sus pretensiones y expectativas. N o se podía m ante­
ner oculto por largo tiem po el hecho de que esperaban to­
mar la tierra de Canaán para sí y llegar a ser los amos.
En un enfrentam iento tal, entre unas pocas decenas de
nómades, cuyas ambiciones y propósitos los empujaban a
buscar la supremacía, y la gente de los alrededores, que
tendría que ser eliminada si esas ambiciones se cumplían,
el resultado sería una guerra de exterm inio.
Para evitar tales peligros, así com o para asegurar el cre­
cim ien to de Israel en una nación sin esas contingencias,
Dios tuvo que sacar a la casa de Jacob de Canaán y llevar­
la a una tierra donde tendrían protección y reclusión. En
la tierra de Gosén estarían a salvo de toda molestia, tanto
por la protección real com o por el prejuicio de castas de
los egipcios, quienes odiaban a los extranjeros y particular­
m ente a los pastores. Allí obtendrían prosperidad y alcan­
zarían rápidamente la magnitud de nación que haría posi­
ble que, cuando llegara el tiem po de Dios, retornaran a
Canaán y, bajo la dirección divina, se cumplieran las pro­
mesas referentes a la tierra prometida. En Gosén tendrían
todas las ventajas para lograr la transición de familia a na­
ción.

Israel debía ir a Egipto


El propósito divino fue, por lo tanto, que Jacob y su fa­
milia fueran a Egipto. Los sueños de José, la túnica princi­
pesca, los celos, la maldad y la envidia de sus hermanos,

44
SUEÑOS SIGNIFICATIVOS

lodo form ó parte de los planes que posibilitarían la em i-


ru ción .
I,a estadía de Israel en Egipto tendría, además, otro
propósito de gran im portancia. Pondría a la creciente fa­
milia en conexión con el pueblo más civilizado de los
i lempos antiguos, lo que los ayudaría a dejar su propia se-
mIbarbarie. Ellos eran pastores y no poseían, hasta donde
sepamos, ni siquiera las artes básicas de la civilización. So­
lí i tenían las más rudimentarias formas de ley y de justicia.
Había muy pocos elem entos que los mantuvieran unidos
\ produjeran una fuerte solidaridad, a no ser por la débil
expectativa que tenían de que Dios los había designado
para puestos de liderazgo y lugares de eminencia.
En Egipto estarían bajo la influencia de una tierra don-
<le el gobierno había sido estable durante mucho tiem po y
la ley era tan justamente administrada que la vida y la
piopiedad estaban garantizadas, donde la ciencia daba pa-
m>s gigantescos hacia adelante, donde las artes eran de uso
«11<
1rio. Fue una escuela que la creciente fam ilia de Israel
necesitaba grandemente; no se podía obtener m ejor disci­
plina y entrenam iento para moldearlos y darles espacio
para crecer con el fin de que pudieran prepararse para el
• um plim iento de los propósitos de Dios para ellos.
Así, parte del designio de Dios para la familia de Israel
••i a que fuera a Egipto.
No debemos pasar por alto otra razón por la que los hi-
¡i is de Israel tenían que ir a Egipto. Debían ser un pueblo
eparado, apartado del mundo. Debían ser el pueblo de
Dios y recibir la Ley y la Palabra de Dios. De ellos saldrían
maestros, cantores, poetas, profetas. Tam bién saldría el
Mesías, el Redentor del mundo, y su religión salvadora.
I'i >r tanto, debían ser un pueblo santo, peculiar, de sangre
pura. En Canaán no podrían serlo. Las tribus vecinas se
mezclarían con ellos, demandarían sus hijas para sus hijos

45
DIOS ENVIO UN JOVEN

y conseguirían a ios hijos de Jacob para sus hijas.


En Gosén tendrían un lugar donde estarían resguarda­
dos de todo eso. Allí no existirían las tentaciones de casa­
mientos mixtos. Los egipcios eran orgullosos y exclusivis­
tas. N o se asociaban con extranjeros, especialm ente con
pastores. La fam ilia de Jacob estaría aislada, apartada. En
Gosén no tenían otro cam ino que no fuera el de crecer
juntos, separados de todos los otros pueblos.
Por consiguiente, el plan de Dios era que la fam ilia se
trasladara de Canaán a Egipto, a la reclusión y al aisla­
m iento de Gosén.
¿Cóm o se haría eso? Este muchacho, José, de 17 años,
fue elegido com o el agente de Dios para llevarlo a cabo. El
no lo sabía. Rara vez sabemos cuándo Dios nos está usan­
do para cumplir sus objetivos divinos. Y no necesitamos
saberlo. Sólo necesitamos saber que nuestras vidas están
entregadas a Dios, que cumplimos su voluntad conocida y
que estamos cam inando en sus caminos. Entonces podre­
mos estar confiados y seguros de que seremos usados para
cumplir los propósitos divinos.
Si bien José no soñó con la magnitud de los propósitos
divinos que él ayudaría a desarrollar, los sueños que tuvo
sirvieron para darle una idea de los grandes acontecimien­
tos futuros en los cuales jugaría una parte importante.
Quedó con la impresión, vaga por cierto, pero de todas
maneras definida, de que Dios lo había elegido para ser
una bendición para otros y para su familia, y de que iba a
estar m uy por encima de sus hermanos, quienes lo m ira­
rían y se inclinarían ante él com o si gobernara sobre ellos.
N o hay evidencias de que esa revelación y ese recono­
cim iento produjeran en él pensamientos de exaltación
propia. Por el contrario, estaba convencido de que sus d o ­
nes superiores serían utilizados para beneficio de sus her­
manos. El elevado destino que le revelaban sus sueños se-

46
SUEÑOS SIGNIFICATIVOS

ii.i para realizar un servicio tan im portante que su familia


I d honraría por ello. Los talentos y las oportunidades m a­
yores que se le darían n o debían ser usadas para sí mismo
sino para beneficio de los demás.
Si cada uno de nosotros pudiera aferrarse de una visión
Mi — que nuestros talentos y dones naturales, así com o
nuestras habilidades y logros adquiridos, nos han sido da­
dos para otros, y que somos m ayordom os de ellos— , es
probable que seríamos más com pleta y definidamente uti­
lizados por el Espíritu d iv in o para cum plir los propósitos
do Dios.
José no tenía con ocim ien to ni idea del cam ino por el
i nal Dios habría de llevarlo para cumplir el elevado desti­
no que preveía en sus sueños. Sin embargo, no pasaría
mucho tiem po antes de darse cuenta de que el cam ino
marcado para él no era ni fácil ni corto. Ahora estaba por
dar el primer paso en ese camino.

47
C apítulo 7

Vendido como esclavo


L
os seres humanos que albergan od io dentro de sí son
rápidos para captar y aprovechar las oportunidades en
las que pueden descargar sus malos sentimientos sobre los
objetos de su odio. N o pasó m ucho tiem po hasta que, en
forma inesperada, los hermanos de José tuvieron tal opor­
tunidad.
El cam pam ento de Jacob en Hebrón era extenso, y las
ricas tierras de pastoreo se extendían grandem ente hacia
todos lados. A pesar de su extensión, era insuficiente pa­
ra los enormes rebaños y manadas del patriarca y de sus
hijos. La riqueza en ganado de Jacob era muy grande. Por
tanto, era necesario que a veces los hermanos buscaran
pasturas más lejanas. Esto significaba una extensa m igra­
ción de ovejas y ganados en busca de pasturas adecuadas.
M uy poco tiem po después del episodio de los sueños
de José, cuando sus hermanos estaban todavía enardeci­
dos de od io hacia él, fue necesario que llevaran los reba­
ños desde su cam pam ento base en Hebrón en busca de
pasturas. Cuando hablaron de esto con su padre, sus pen­
samientos volaron hacia las ricas tierras de pastoreo de Si-
quem, 90 km al norte. Conocían esa tierra porque Jacob
se había asentado allí al principio de su retorno a Canaán
desde Padan-aram. Fue allí donde los hijos de Jacob ha­
bían agraviado cruelm ente al pueblo de Siquem en rela­
ción con el asunto de su hermana Dina. Desde ese enton­
ces no se habían aventurado a acercarse, por tem or a que
los habitantes se ofendieran y los expulsaran.
Sin embargo, en esta ocasión nada los satisfacía salvo

48
VENDIDO COMO ESCLAVO

■I li «i buscar pasturas en Siquem, a pesar de los riesgos.


•V.i que se lanzaron a la aventura desafiando el en o jo de
los siquemitas, y llevaron sus rebaños y manadas lenta-
11u n te a esas ricas pasturas. El registro bíblico no nos di-
i f lo que sucedió allí, pero sabemos que algo ocurrió,
pues ellos salieron de Siquem con toda su com pañía y
IMistaron pasturas 25 km más al norte, en Dotán.

.1
1 ansiedad creciente de Jacob
Mientras tanto, en el campamento los días pasaban len-
i.miente. La intranquilidad de Jacob creció al no tener noti-
i las de sus hijos. Es evidente que habían pasado ya algunas
.emanas desde que habían sabido cóm o marchaban las co-
..is, El recuerdo del pasado produjo una ansiedad creciente
ru la mente del padre. Y ésta creció tan poderosamente que
lo llevó a hacer algo que bajo circunstancias normales nun-
i ,i hubiera pensado hacer. Decidió enviar a José hasta Si­
quem.
Los dos hijos de Raquel, José y Benjamín, habían per­
manecido con su padre en Hebrón. Am ándolos con la
misnla profünda d evoción que sintió por su madre, los
había m antenido junto a él. Sin embargo ahora, al au­
mentar su alarma por la ausencia de sus hijos y sus reba­
ños, y luego de muchas dudas, resolvió enviar a José para
que los buscara y le trajera noticias de que estaban bien.
Llamó a José y le dijo: "Tus hermanos apacientan las o v e ­
jas en Siquem; ven, y te enviaré a ellos".
La respuesta de José fue: "H em e aquí" (Gén. 37:13).
N o hubo dudas por parte de José. Tan pronto com o su­
po la voluntad de su padre, expresó su disposición a ob e­
decerla. Y no era porque desconociera los peligros que en­
centaría. Sabía que iría a un peligro real. N o sólo había
peligros de arroyos que cruzar, de ladrones, de bestias sal­
vajes, de noches solitarias, sino también la animosidad de

49
DIOS ENVIO UN JOVEN

sus hermanos. Estaba al tanto del od io de ellos. Su padre


quería que él fuera. Eso era suficiente. Fue. N o solamente
porque era el deseo de su padre sino porque amaba a sus
hermanos, a pesar del odio de ellos.
N o debe haber sido fácil para el anciano padre enviar a
su hijo favorito en esta misión. Sin embargo, lo aprovisio­
nó de manjares para los hermanos y lo envió a que los
buscara y trajera noticias. Jacob ni soñaba que pasarían
más de veinte años antes de volver a ver otra vez a su que­
rido muchacho. ¿Alguna vez sabemos, aún en las despedi­
das más casuales, si verem os otra vez a nuestros amados?
Se pierden de vista a la vuelta de la esquina, o en un tren,
y desaparecen. ¿Será por horas? ¿O por días? ¿O por años?
¿O para siempre? N inguno de nosotros lo sabe.
Finalmente, José llegó a Siquem. Se encontró con una
profunda desilusión. Sus hermanos no estaban. Un h o m ­
bre que vagaba por un campo se acercó a él y al enterarse
del objeto de su búsqueda le in form ó que sus hermanos
habían estado allí pero que se habían ido a Dotán. De m o­
do que José partió hacia Dotán.

El odio de sus herm anos


Sus hermanos lo vieron venir a través de los campos en
su dirección. Lo vieron, declara el registro bíblico, "de le­
jos, antes que llegara cerca de ellos". Lo prim ero que v ie ­
ron fue la túnica principesca, toda bordada. Y su od io se
enardeció nuevamente. "Conspiraron contra él" (v. 18). Se
dijeron unos a otros: "Miren, esta es nuestra oportunidad.
El soñador de sueños está cayendo en nuestras manos.
Vengan ahora, y matémoslo y echemos su cuerpo en uno
de los pozos. Diremos que una bestia salvaje lo devoró.
Entonces veremos qué será de sus sueños".
La primera cosa que hicieron fue quitarle su túnica or­
namentada, el sím bolo de su favoritism o y superioridad.

50
VENDIDO COMO ESCLAVO

I . probable que lo trataran rudamente cuando le quitaban


l,i prenda odiada.
Sin duda habría sido asesinado enseguida y su cuerpo ti­
tul o a un pozo a no ser por la intervención misericordiosa
■Ir su hermano mayor en su favor. Rubén, que tenía el pro­
pósito de librarlo más tarde de ellos, dijo: "N o, no, mucha-
i líos, que su sangre no sea sobre nosotros. Después de to­
do es nuestro hermano. El pozo sí; pero vivo, no muerto'".
No se debe pasar por alto el hecho de que esto era más
que generoso proviniendo de Rubén, el "inestable com o el
.i^ua" (c. 49:4, versión Reina-Valera Actualizada). Porque
Kubén, com o prim ogén ito de los hijos de Jacob, tenía un
derecho mayor a la prim ogenitura que los otros. Había si­
do privado de la prim ogenitura com o resultado de su
.itroz y asqueante pecado con Bilha, la esposa de su padre.
I’or tanto, se esperaría que su odio por José — quien, pen­
saba él, ocuparía su lugar— excediera al de los demás. Sin
embargo, a veces dejaba traslucir una buena disposición y
esta fue una de esas ocasiones. Rubén era un ser im pulsi­
vo. Ahora su impulso fue salvar a José de la malicia de sus
hermanos, arrojarlo al p ozo para salvarlo de ser asesinado
y más tarde sacarlo y devolverlo a su padre.
Los hermanos estuvieron de acuerdo con la propuesta.
Si- librarían de José de todas maneras. Estaban dispuestos
,i matar a su hermano si fuera necesario con tal de verse li­
bres de este m olesto y presuntuoso soñador. Pero dejarlo
morir de inanición era m ejor que asesinarlo, por lo menos
para ellos. Así que arrojaron a José en una de las num ero­
sas cisternas que eran comunes en Canaán y en las cuales,
como en el caso de Jeremías, a veces ponían a los prisione­
ros. Un explorador de esas tierras, el teniente Anderson,
de la Com pañía de Exploración de Palestina, escribe con
respecto a estos pozos:
"Las numerosas cisternas, cavadas en la roca y que se

51
DIOS ENVIO UN JOVEN

encuentran por todos lados, proveían de pozos en los cua­


les arrojar a los prisioneros; y com o estas cisternas tienen
forma de botella, con una abertura estrecha, es imposible
para cualquier prisionero poder salir sin ayuda" (La tierra
y el Libro: Palestina y Fenicia Central, p. 168).

Los pensam ientos de José


Más de una vez he dejado que mi m ente se espacie en
cuáles habrán sido los pensamientos y sentimientos de es­
te muchacho de 17 años cuando estos hombres, los hijos
de su propio padre, lo arrojaron al pozo. Eran sus herma­
nos, hombres con quienes había v iv id o toda su vida. Ha­
bía tenido dos asombrosos sueños acerca de ellos, sueños
que él creía que le habían sido dados por Dios. Estos sue­
ños dejaban bien en claro que llegaría el tiem po cuando
tendría supremacía sobre sus hermanos y ellos se inclina­
rían ante él. Pero ahora estos mismos hombres lo habían
capturado y arrojado en un p ozo com o su prisionero. Es­
to estaba muy distante de lo que esperaba que sería su fu­
turo.
N o se nos dice, en la misma narración, cuáles fueron los
pensamientos de José en ese m om ento. Sin embargo, mu­
cho tiempo después se nos da un vislumbre de la angustia
que sufrió. Cuando sus hermanos estaban en Egipto buscan­
do grano para sustentar a sus familias, sus conciencias cul­
pables los hizo recordar su falta de misericordia para con su
hermano y se dijeron unos a otros: "Verdaderamente hemos
pecado contra nuestro hermano, pues vimos la angustia de
su alma cuando nos rogaba, y no le escuchamos" (Gén.
42:21).
"N os rogaba". Estas son palabras reveladoras. Cuando
ellos quisieron matarlo, él les rogaba. ¡Qué espectáculo
aterrador! Este muchacho, en las brutales manos de h om ­
bres dispuestos a tomar su vida, con toda la angustia reve-

52
VENDIDO COMO ESCLAVO

I iiI,m i) su rostro y en su voz, les rogaba. Y cuando ellos lo


i"i ,11011 a descender al pozo, en esa oscura, terrible y hú-
.....I.t prisión, quizá pasó por su m ente una visión de su
I mi lie y, ante la posibilidad de morir solo en la oscuridad,
i mi n i izaron a fluir las lágrimas y les rogó. Pero ellos no
l|iils|i'ion oír. N o es difícil imaginarnos la escena.

I s I iv m a c r u e ld a d
'.us hermanos se volvieron y "se sentaron a comer pan"
(Vi 17:25), deleitándose con los manjares que José les ha-
I»1.1 Maído de su padre, sin preocuparse de su herm ano a
i un o abandonaron para que muriera. Fue una exhibición
•I* extrema crueldad e insensibilidad. Sin embargo, desde
i .i ■m om ento no pudieron quitar a José de sus mentes. El
n i i lerdo de este acto perm aneció con ellos y los atormen-
in .i través de los años. Cayeron en el hábito de atribuir to­
j o lo que les saliera mal a ellos o a sus asuntos, a una re-
ii íl »ución por el terrible mal que habían com etido.
Mientras tanto, José se aquietó y calm ó en su sombría
prisión. Pensó que no se encontraba en una prueba tan
i * i . i m de com o la que su abuelo Isaac había experim entado

sobre el m onte M oríah, cuando Dios lo libró. N o se en-


i mitraba en estrecheces tan grandes com o las que había
soportado su padre Jacob cuando esperaba encontrarse
i un Esaú. Se recordó a sí m ism o que en ambos casos el
I »ios de sus padres había previsto una vía de escape. Y se
i onsoló en gran manera. Recordó sus sueños y la seguri­
dad de un servicio futuro para su familia. Y recordó el
nombre que su gran antepasado Abrahán le había dado al
monte Moríah cuando Dios proveyó la liberación de Isaac:
"Jehová-jireh", "el Señor proveerá", o "el Señor verá por
ello". El consuelo inundó su desconsolado corazón. El
I )ios que había cuidado de sus padres cuidaría también de
él. Ya vendría alguna form a de liberación. Cedió la angus­

53
DIOS ENVIO UN JOVEN

tia de su corazón. Recordó que había decidido tomar co­


mo lema de su vida "Jehová-jireh, el Señor verá por ello".
El dejaría que el Señor "viera por ello".
Y su decisión no fue en vano. Dios estaba "vien d o por
ello". Rubén, al ver que se cumplía su sugerencia de arro­
jarlo en un pozo, se fue para otro lado, con la intención
de volver cuando los demás se ausentaran y sacar a José de
allí y devolverlo a su padre.

Dios tenía otros planes


Pero no sucedieron así las cosas. Dios tenía otros pla­
nes. El había utilizado a Rubén para salvar a José de la des­
trucción inmediata. Ahora Dios arregló las circunstancias
para sacar a José com pletam ente de las manos de sus her­
manos y ponerlo en el camino del cum plim iento final de
sus sueños y de la realización de su gran destino.
N o podemos dejar este punto de la historia de José sin
reconocer que los propósitos del Soberano del m undo no
se frustran por la malicia, el odio, la crueldad, la enem is­
tad m ortal y las intenciones y actividades definidas de
hombres corruptos. Más aún, lejos de que estas cosas tiren
por la borda los planes divinos, el Dios del cielo en reali­
dad encuentra la forma de utilizar las m otivaciones y los
propósitos malvados para llevar a cabo sus propios desig­
nios. "A los que aman a Dios, todas las cosas les ayuda a
bien". En esta ocasión, y en todas las otras ocasiones de su
vida, Dios ayudó a José para bien.
Mientras los hermanos "se sentaron a com er" con cruel
indiferencia y Rubén salió a hacer una diligencia, pasó
una caravana de mercaderes en viaje a Egipto para vender
sus mercaderías. Su ruta pasaba por Dotán. Judá levantó
su vista de la comida y los v io acercarse; reconoció inm e­
diatam ente quiénes eran. Enseguida vin o a su m ente la
idea de resolver el problema de librarse de José de una ma-

54
VENDIDO COMO ESCLAVO

ñora que parecía m ejor que dejarlo m orir de hambre. Al


mismo tiem po les presentaba la oportunidad de obtener
una ganancia m onetaria en todo este asunto.
Se v o lv ió a sus hermanos y les dijo: "¿Qué provecho
li.iy en que matemos a nuestro hermano y encubramos su
muerte? Venid, y vendám osle a los ismaelitas, y no sea
nuestra mano sobre él; porque él es nuestro hermano,
nuestra propia carne" ( w . 26, 27).
Ah, esa era una idea más brillante que la de Rubén. Y,
.idemás, estaba la perspectiva de una ganancia personal.
I’nr consiguiente, los hermanos la aprovecharon ensegui­
da. Vender a José parecía m ucho m ejor y más leve que
matarlo; incluso podían argumentar que en ello había una
virtud en contraste con el fratricidio. Se sintieron casi bue­
nos de poder solucionar este asunto desagradable en for-
m.i tan satisfactoria.
Así que "sacaron ellos a José de la cisterna... y le vendie-
rnrt a los ismaelitas por vein te piezas de plata" (v. 28). Y
dividiendo el dinero entre ellos consideraron que habían
hecho un buen negocio, que se habían librado de una vez
por todas de este herm ano molesto, y que habían evitado
que sus exasperantes sueños se cumplieran. N o sabían, y
por supuesto no podían saber que, lejos de evitar el cum­
plim iento de sus sueños, habían dado un paso m uy im ­
portante para su com pleta realización.
Y ahora, creyendo haberse librado en forma permanen-
le de José, cayeron en la cuenta de que tendrían que decir-
ir .ilgo a su padre. Tenían muchas cosas en qué pensar; te-
ni.in que fabricar una historia; tenían que dar explicacio­
nes. Tenían que inventar un caso, pero inventar un caso
no siempre es fácil, principalm ente cuando el m óvil es el
engaño. Rubén vo lv ió en ese m om ento y quedó dolorosa­
mente chasqueado al descubrir que su plan, tan bien ela­
borado, había fracasado y que José no estaba más. Rasgó

55
DIOS ENVIO UN JOVEN

sus vestidos en la violencia de su dolor. Pero com o siem­


pre sucedió con Rubén, rápidamente se recompuso y se
unió a sus hermanos en la tarea de inventar la historia de
la desaparición de José, para ocultar la verdad a su padre.
Todos debían decir lo mismo; no podía haber ninguna
discrepancia en el relato.

Su inform e m entiroso
Al formular su inform e m entiroso vieron que podían
utilizar la odiada túnica de muchos colores. M ataron un
cabrito, recogieron su sangre en un recipiente, sumergie­
ron la prenda que tanto les exasperaba en la sangre, la lle­
varon a su padre y, con la apariencia de inocente preocu­
pación, le dijeron: "Esto hemos hallado; reconoce ahora si
es la túnica de tu hijo, o n o" (v. 32).
El efecto fue terrible. El dolor se posesionó del patriar­
ca. El conocía la túnica. Indudablemente era la de José. La
historia de sus hijos parecía estar com pletam ente con fir­
mada. Lloró: "José ha sido despedazado" (v. 33). Todos los
intentos de consolarlo fueron en vano. Rehusó ser conso­
lado. La luz que alumbraba su vida se había extinguido.
Mientras Jacob hacía duelo por su hijo, su querido y
amado José estaba en una caravana rumbo a Egipto.

56
< ipítulo 8

De Canaán a Egipto
M abía com enzado la educación secundaria de José. C o­
mo resultado del od io asesino de sus hermanos que lo
m ojaron al pozo, y luego lo vendieron com o esclavo, se
li.ibía enrolado en un curso de entrenam iento que le daría
¡sámente la preparación necesaria para lograr la carrera
»Ir servicio que cumpliría sus sueños y constituiría la obra
ilc su vida. N o fue un entrenam iento fácil. Y ciertamente
m> era de su propia elección. Pero las lecciones que debía
.1prender, si bien extremadamente difíciles, eran totalmen-
ic necesarias para la obra posterior que debía realizar.
Más aún, su educación anterior, lo que podríamos 11a-
in.ti su curso primario o elemental, los principios funda­
mentales que aprendió bajo la tutela de Isaac y Jacob, le
pioporcionaron la preparación adecuada para poder com-
picnder las lecciones mucho más difíciles que debía apren-
'l* i ahora. Las lecciones aprendidas anteriormente volvie-
i<m <i sus pensamientos a medida que enfrentaba los acon-
i‘ ‘i nnientos nuevos y terribles que se desarrollaban rápida­
mente, y sirvieron para m antenerlo firme y confiado a lo
l.uw> de los días que pasaban.
Encadenado a otros esclavos para evitar un escape, for­
maba ahora parte de una caravana de ismaelitas. La carava­
na marchaba lentamente al gran mercado de Egipto, diri­
giéndose al sur de Dotán. En dos o tres días, si se mantenían
dentro de la ruta acostumbrada de las caravanas, se acerca-
ii.in a Hebrón, donde estaban los campamentos de Jacob e
i mI.ic, desde los cuales José había salido a visitar a sus herma-
iii is poco tiempo antes. José sabía que un poco al este, por
• m i ina de las suaves colinas a su izquierda, estaba su hogar,
i nn toda la seguridad que ese hogar representaba. Allí tam-

57
DIOS ENVIO UN JOVEN

bién, a corta distancia, estaban su padre y su abuelo. Si tan


sólo pudiera enviarles un mensaje, cuán rápidamente cam­
biarían las cosas para él, cuán prontamente sería rescatado.
Allí, a corta distancia, estaba su padre esperando que re­
gresara de su viaje en busca de sus hermanos. Allí lo espera­
ban la cálida bienvenida y todas las cosas queridas del hogar
y del amor. Estaba tan cerca. ¿Vendría la liberación? Miró
con ansiedad y anhelo las colinas que se interponían entre él
y las tiendas de pieles de cabras negras que conocía tan bien.

La liberación no llega
Pero la liberación no llegó. Los hombres, los camellos, los
esclavos, siguieron lentamente hacia Egipto, hacia la esclavi­
tud cruel a la que sus hermanos lo habían vendido, hacia un
futuro incierto; y las colinas familiares se fueron lentamente
esfumando ante los ojos llenos de lágrimas de José. Cada pa­
so hacia adelante aumentaba aún más la distancia con su pa­
dre, con su hogar, con todo lo que había conocido y amado.
Entraba a una nueva vida; una nueva vida y un nuevo mun­
do que lo atemorizaba. ¿Qué le esperaría? Trató de proyectar
su mente hacia el futuro, pero ese futuro no era bueno. El fu­
turo se le presentaba vacío, oscuro, sin significado. Dejó eso
de lado y dirigió sus pensamientos hacia el pasado, ocupán­
dose con las cosas que conocía, con las lecciones que había
aprendido de su padre y de su abuelo.
El gran Jehová había traído a su bisabuelo a esta tierra,
lo había sustentado, guiado y preservado en ella. También
le había dado las más hermosas promesas de un grande y
m agnífico futuro, tanto para él com o para su descenden­
cia. Su descendencia iba a crecer hasta ser com o la arena
del mar y las estrellas del cielo.
Su abuelo Isaac también había recibido similares promesas
de Jehová. También había sido librado en forma notable de la
muerte para que pudiera cumplir la promesa dada a Abrahán
de que "en Isaac te será llamada descendencia" (Gén. 21:12).

58
DE CANAAN A EGIPTO

Su padre, Jacob, también había recibido estas preciosas


promesas. El había visto el cielo, había sido testigo de ánge­
les que subían y bajaban por una brillante escalera que unía
1.1 tierra con el cielo. Se le había dicho en la forma más so­
lemne que Dios estaría con él dondequiera fuera, y que lo
bendeciría hasta que se cumplieran las promesas. Dios había
bendecido a su padre con gran riqueza, lo había librado mi-
I,^rosamente del tío Esaú, se le había manifestado en Peniel
\ le había dado otro corazón y otra naturaleza.

<Qué pod ría significar la esclavitud?


No había duda de que Dios había elegido a su familia, a
mi parentela, para hacerlos su pueblo, y que tenía planes pa-
1.1 su futuro que significaban crecimiento y grandeza. José
• iría ésto de todo corazón. Tenía la más completa confianza
• ii el Dios de sus padres. Además, estaban sus propios sue­
ños. Estaba seguro de que provenían de Dios. Significaban al-
K<>. Era el propósito de Dios hacer algo de gran valor para su
pueblo por medio de José. Eso había sido bien claro. ¿Qué
podría, entonces, significar esta situación actual: las circuns-
i,meias que lo rodeaban, la crueldad de sus hermanos, su ida
i Egipto, su esclavitud? ¿Cómo podía tener todo esto un Iu-
>;.ir en los planes de Dios para él y su familia? Había sido
,ii raneado de su familia. Estaba en camino a Egipto.
¡Egipto! La palabra le hizo recordar que algo había escu-
» hado con respecto a Egipto, algo que tenía que ver con su
pueblo. Hurgó en su memoria, y de repente recordó que su
,ilnielo Isaac le había dicho que Jehová le había manifestado
,i Abrahán: "Ten por cierto que tu descendencia morará en
i ierra ajena, y será esclava allí, y será oprimida cuatrocientos
mos. Mas también a la nación a la cual servirán, juzgaré yo;
v después de esto saldrán con gran riqueza" (Gén. 15:13, 14).
Isaac había dicho que Abrahán creía que esa nación, en la
<nal serían extranjeros y esclavos, era Egipto. Y ahora él, Jo-
nó, ¡estaba en camino a Egipto! ¡Y estaba en camino de servi­
dumbre! ¿Tendría todo esto algo que ver con los planes que

59
DIOS ENVIO UN JOVEN

Jehová estaba desarrollando? Com enzó a creer que sí. Y se


alegró enormemente con este pensamiento.
Las queridas colinas de su hogar se iban perdiendo en la
distancia mientras la caravana proseguía su camino. Las m i­
ró más de una vez hasta que por fin desaparecieron. Pero de
alguna manera se sintió mejor. Su padre no sabía que él es­
taba tan cerca. N o habría rescate. La profunda turbulencia
de sus pensamientos, el trauma terrible que experimentó
cuando fue bajado al pozo luego de ver la mirada ardiente y
asesina de sus hermanos, dio lugar a la seguridad de que es­
taba en las manos del Dios poderoso de sus padres, quien es­
taba obrando algo para él y para su pueblo que sería de be­
neficio para ellos. Dios, com o lo había hecho antes, "vería
por ellos". El era Jehová-jireh. El proveería. José descansó en
eso. Estaba entrando en su educación de posgrado en la for­
ma correcta y con el espíritu correcto.

Lecciones para nosotros


Dejemos a José por un tiem po y veamos que útil es de­
tenernos en las lecciones que nos enseña este relato. Toda
la intrigante historia no ha sido registrada sólo para ir de­
senredando una trama. Hay valiosas lecciones escondidas
en ella que no se deben perder. Ciertam ente tendríamos
que quedar impresionados con las incertidumbres de la v i­
da que enfrentamos diariamente. ¿Quién sabe lo que trae­
rá el día? José sale a hacer una diligencia para su padre y
espera retornar al poco tiem po para reanudar los deberes
normales y rutinarios de su hogar. En vez de eso, nunca
más vuelve al cam pamento de su padre y pasan más de
veinte años antes de que lo vuelva a ver otra vez.
Tales incertidumbres no son exclusivas de José. También
son nuestras. En nuestros días hay también quienes se despi­
den ligeramente de sus seres queridos en la mañana, esperan­
do reunirse con ellos en la tarde, pero nunca más los vuelven
a ver. Hay accidentes callejeros, incendios repentinos, pánico
en lugares congestionados, colisiones de trenes con grandes

60
DE CANAAN A EGIPTO

perdidas de vidas, o enfermedades súbitas que producen la


muerte. Estas cosas y muchas otras ocurren en todas partes.
No siempre sucede lo esperado, lo planeado. Constantemen­
te tenemos delante de nosotros la demostración de la verdad
v la certeza del viejo dicho: "Es lo inesperado lo que sucede''.
¿Y entonces qué? ¿Debemos andar siempre con miedo y
• mi corazones apesadumbrados bajo la sombra de una inse­
guridad fatal? No, por cierto. Eso haría que nuestras vidas
Hieran una constante miseria, y nuestro Padre amante no
i|tiiere que vivamos de esa manera. Las incertidumbres de la
\Ida en medio de las cuales vivimos, y por cierto siempre vi­
ví rumos, deberían, como sucedió con José, volvernos hacia
I >i<>s. Debemos estar siempre listos, en todo momento, para
,i|listarnos a las circunstancias que Dios permite que nos so­
brevengan, sabiendo que nuestros tiempos están en sus ma­
nos, y que nada puede pasarnos excepto lo que provenga de
0 mano benevolente y controladora. Debemos aprender la
len ión, suprema e importante, de vivir un día a la vez, no
pidiendo prestados los problemas del mañana a causa de las
IIk ertidumbres de la vida, considerando que "es suficiente el
ni.il de cada día". Debemos permitir que Dios nos enseñe a
t«Mminar el trabajo de cada día en ese m ism o día, porque
1Mus ha dicho: "N o te jactes del día de mañana; porque no
..ibes qué dará de sí el día" (Prov. 27:1).

I I pecado se auto-m ultiplica


I ste relato también nos debería enseñar cóm o se auto-
multiplica el pecado cuando cedemos a él. Crece con la in­
dulgencia. Al com ienzo los hermanos de José estaban sim­
plemente envidiosos; luego celosos; los celos llevaron al
odio; el odio se profundizó y se d escon troló hasta que fi­
nalmente los llevó a la crueldad y pensaron matarlo. Un
In'i .ido no se contenta con ser sólo un pecado. Un pecado
• «induce a otro pecado, y éste a otro más. La envidia, c o ­
mo en este caso, prosigue hasta que se considera el asesi­
nato. Pero no se detiene ahí. Com o vimos, n o termina del

61
DIOS ENVIO UN JOVEN

todo. La idea de asesinarlo y la ven ta de su h erm ano com o


esclavo llevó a la falsedad y a largos años de decep ción .
Hay otra lección, aún más importante, que debemos
aprender de este relato: los hombres no pueden evitar o con ­
trarrestar los propósitos y planes de Dios. Cuando tratan de
hacerlo, sucede que inconscientemente lo único que logran es
ayudar a que se cumplan los planes de Dios. Los hermanos de
José estaban seguros de que cuando lo vendieron com o escla­
vo hicieron imposible que se cumplieran sus sueños, y se feli­
citaron gozosamente unos a otros. Pero eso no fue todo lo que
hicieron. En realidad, lo que hicieron fue empujar a su herma­
no un paso más adelante, hacia su exaltación. Pero no lo sa­
bían. Sólo llegaron a saberlo casi veinticinco años después.

Ayudando para bien


He aquí la m aravillosa m anera de trabajar de Dios. Ru­
bén pensó que la idea de que José n o fuera asesinado sino
arrojado en el p o zo era to talm en te suya. El tenía sus p ro ­
pios planes. Judá pensó que la idea de sugerir que José fue­
ra v e n d id o a los ism aelitas era suya. El tenía sus propios
planes. La m alicia y el o d io y la m ortal anim osidad de los
herm anos eran suyas. N o estaban obligados a tenerlas. Pe­
ro el D ios de los cielos que tam b ién tien e sus propios p la­
nes to m ó toda la com plicad a situ ación de los diferentes
planes de los hom bres, ju n to con su envidia, su celo, su
crueldad, su dureza y su odio, e h izo que to d o sirviera pa­
ra adelantar sus propósitos b en evolen tes; h izo qu e to d o
ayudara para bien. Esta es la buena lecció n qu e debem os
aprender y llevar a lo largo de la vida.
Hay otra lección que debería impresionarnos en este rela­
to. Y es esta: Que no nos libramos de nuestras responsabilida­
des al quitarlas de nuestra vista. Los hermanos pensaban que
cuando vendieran a José com o esclavo terminaban con él. Re­
cién años más tarde supieron cuán equivocados estaban. Ellos
no terminaron con él. Tuvieron que enfrentarlo nuevamente.
Eran responsables de sus actos. Pensaron que nunca lo serían,

62
DE CANAAN A EGIPTO

pero lo fueron. Habrá un triste ajuste de cuentas en los días


vrnideros por todas las responsabilidades desatendidas.
( ',on una observación más acerca de otra útil lección pa-
i .i aprender, dejem os a José en su d oloroso cam ino hacia
l i-jpto y la esclavitud. Ya lo volverem os a encontrar más tar-
ilr Quisiera que pensaras otra vez en las incertidumbres de
la vida y en nuestra falta de con ocim ien to de lo que los días
hlluros nos deparan. Y quisiera que creyeras que es m ejor así.
I ■. mejor no saber, que saber lo que el mañana nos depara. Si
l<>supiéramos, lo más probable es que arruinaríamos el plan
' Iue Dios tiene para nosotros.

i 1 futuro oculto
Supongamos que cuando José salió por los campos, a pe-
illdo de su padre, supiera lo que le iba a pasar. Supongamos
<|iie supiera cóm o sus hermanos lo recibirían, cóm o lo trata-
11,111, qué le harían. Supongam os que supiera de su odio, de
.ti determ inación de matarlo, del pozo, de su soledad, de su
venta a los ismaelitas, de su esclavitud. ¿Puede alguno dudar
'Ir que si hubiera sabido to d o eso, n o se habría achicado, no
li.ibría sentido temor, y n o habría ido? Habría perm anecido
cu su hogar, salvo y seguro. N o se habría aventurado lejos
ilc la seguridad y la protección de su padre.
Y si eso hubiera pasado, si él n o hubiera ido, ¡oh, qué
gloriosa historia se hubiera arruinado! ¡Qué glorioso desti­
no se hubiera perdido!
No, no, es m ejor n o saber lo que está más adelante. Es
mejor dejar los días por v en ir en las m anos capaces y ama-
I'les de un Dios om n isapien te, tod op od eroso, presente en
lodos lados, que nos ama, y cuyos propósitos para nosotros
v m buenos y más sabios y m ejores que cualquiera que nos
i' n jem os para nosotros. M ás aún, u n o de sus nom bres es
h liová-jireh, "e l Señor p roveerá". Es m ejor para nosotros
aprender a dejar que El "vea por ello". Y El lo hará siempre.

63
Capítulo 9

Hacia Egipto
y la esclavitud
uchas caravanas proven ien tes del O riente habían h e­
M ch o su lenta entrada en Egipto portando mercaderías
y esclavos. A h ora llegaba una que tendría una in flu en cia
m u ch o m ayor que la qu e alguna otra tuviera sobre esa
gran nación. En esta ven ía un m uchacho esclavo, arranca­
d o de un p u eblo de pastores en Canaán; pastores — des­
preciados p or todos los egipcios. Egipto n o lo sabía, y cier­
tam en te ta m p oco lo sabía el m u ch ach o esclavo, p ero el
que ahora entraba en E gipto con ojos de sorpresa estaba
destinado a convertirse en "señor de to d o Egipto" en trece
cortos años. In creíble c o m o parezca, fue sin duda verdad.
La tierra a la cual este joven , huérfano de madre, llegó
para ser ven d id o c o m o esclavo, era posesión de la nación
más poderosa de su tiem po. Había llegado a un grado de ci­
v iliza ció n más alto que cualquier otra. Era la más antigua
de todas la naciones. Se destacaba en la m ayoría de las artes
liberales. Tenía un gob iern o estable y leyes sólidas. Su pue­
blo había construido grandes ciudades y llevado adelante
una próspera agricultura. Cuando la caravana de José entró
en Egipto ya se había construido la gran pirámide. Esto p ro­
baba la habilidad del pueblo para la ingeniería. Estaban fa­
m iliarizados con la escritura jeroglífica y avanzaban len ta­
m ente hacia el alfabeto.
A una nación tal fue llevado José, el joven hebreo. D e­
bió de haber m irado con asom bro a su alrededor ''»ser-

64
HACIA EGIPTO Y LA ESCLAVITUD

\ nido la m agn ífica arquitectura de las grandes ciudades y


» i llulr de las m u ltitudes en las calles. D eb ió haber pensa-
l", tuinbién, en el p ro p ó sito de D ios al traerlo a esta na-
i i"ii grandiosa. ¿Qué posibilidades ten ía un h om bre de lo-
• i ii .ilgo en m edio de tam aña masa humana, especialm en-
!• m una p osición tan baja y h u m illa n te c o m o la qu e se
<111ontraba?
I ra un esclavo, en cad en ad o a otros esclavos. M u y
Im »1lio sería expuesto, ju n to a sus com pañeros, para la
vt-ni.i, en el m ercado. N o había n ad ie en to d o Egipto que
• .i nviera en una p osición in ferior a la suya. ¿Cuál sería su
misión en esa tierra?

\l mercado de esclavos
I ue llevado al m ercado de esclavos. Fue com prado y reti-
i ii lo por el hom bre a quien ahora pasaba a pertenecer: Poti-
l.ii, tni funcionario de Faraón y "capitán de la guardia" (Gén.
l‘> I). Era un hom bre que tenía propiedades y un elevado
i mgo, un alto funcionario gubernamental, un hom bre de
i i rieles responsabilidades. La confianza de José en Dios era
' n im ovible, y continuaba creyendo que Dios intentaba uti-
II/.irlo para lograr algún propósito im portante. Cuando vio
mi destino y se le explicaron sus deberes, resolvió aceptar la
filia ció n com o proveniente de Dios y adaptarse a sus nuevas
' ni (instancias.
Siem pre que mis pen sam ien tos se centran en la entra-
tt«i i le José en Egipto y en lo que eso significó, no sólo para
• I '.i no para E gipto y los h ijos de Israel, m i m en te se vuel-
\r ,i las palabras del e v a n g e lio de San Juan: "H u bo un
hom bre en via d o de Dios" (Jn. 1:6). Si alguna v ez hubo un
i Mimbre e n via d o por Dios, ese fue José.
N o nos resulta d ifíc il pensar qu e los grandes líderes
i i i m c i o n a d o s en la Biblia — Moisés, Josué, D aniel, David,
..ilomón, Isaías, Jeremías y m uchos otros— fueron e n v ia ­

65
DIOS ENVIO UN JOVEN

dos por Dios. O que Ciro, Alejan d ro, César, C arlom agn o,
W ash in gton , Lincoln, fueron hom bres del destino, leva n ­
tados para cum plir grandes tareas. T od os estamos fa m ilia ­
rizados con grandes personajes, reputaciones sobresalien­
tes, hom bres de logros tan notables que hacen que todos
los dem ás parezcan lim itados y sean aún despreciados.
¡Pero un pastorcito v e n d id o c o m o esclavo! ¡E nviado de
Dios! Parece increíble.

Todos los hombres son enviados por Dios


Quisiera que creyeras que cada hom bre es en viad o por
Dios. Todas las personas que nacen en el m undo nacen con
un propósito, una m isión que cumplir. La vida humana no
está exenta de significado. José creía que eso era verdad en
su caso. Esta creencia lo m antuvo firm e y valiente a lo largo
de los días y los años que transcurrieron entre el m o m en to
en que se transformó en esclavo y el m om en to de su exalta­
ción al cargo de prim er ministro, a pesar de las desconsola­
doras experiencias que experim entó vez tras vez.
Esta creencia hará lo m ism o por ti. Es creer que to d o
h ijo de Dios dem uestra que lo es al hacer la vo lu n ta d del
que lo en vió, y que eso es igu alm en te cierto en el caso de
José com o en el tuyo. El fue un h om bre en viad o por Dios.
Tú tam bién lo eres.
U n o de los más grandes conquistadores de los tiem pos
antiguos fue Ciro, rey de Persia, que con q u istó B abilonia
y se h izo am o del m u ndo. Si miras en la Biblia, en Isaías
45:1-6, verás que más de cien años antes que C iro naciera,
D ios ya lo había m en cio n a d o por nom bre, le había seña­
lado la tarea que iba a realizar, y lo había autorizado y c o ­
m ision ado para cum plirla. Fue un h om bre de destino.
A lg o similar puede verse en la vida de la m ayoría de los
grandes personajes. Jesús recon oció que eso era verdad en
su caso y lo expresó con las palabras: "Para esto he v en id o

66
HACIA EGIPTO Y LA ESCLAVITUD

,il m u ndo" (Jn. 18:37). Abrahán fue lla m a d o a salir de Ur


de los C aldeos para cu m p lir un p ro p ó s ito específico. José,
.1üos después de haber en trad o en E gipto c o m o esclavo,
r\presó la m ism a verdad cuan do le d ijo a sus herm anos:
"N o me enviásteis acá vosotros, sino D ios" (G én. 45:8). Pa-
Mo, según Dios, era su "in stru m en to esco gid o " (H ech .
'» 15) para llevar el e v a n g e lio a los gentiles.

V n tid o de misión
Todas las personas p u eden ten er esta m ism a con cien -
« i .i del llam ad o de Dios, pueden ten er un sen tido de m i-
•loii, de destino. H ay un plan d e fin id o en la vida, d ivin a-
m rnte ordenado, para to d o ser hum an o. Cada uno de no-
.«ti ros está d estin ado o c o m isio n a d o para hacer algo exac-
i,im ente, y las circunstancias de nuestras vidas están dise-
ii.ulas para prepararnos para esa m isión . El verd ad ero sig­
uí! irado y glo ria de nuestras vidas consistirá en hacer pre-
• r..m iente a q u ello que D ios ha m arcado para nosotros.
Sin em bargo, la m a yo ría de los h om bres nunca pien-
,in así de sí m ism os. La v id a n o tien e sign ifica d o para
« líos. Creen que n o tien en la suficiente im portancia c om o
I».ira que el Soberano del m u n d o ten ga una tarea especial
I '.ii.i ellos. Si puedes llegar a creer qu e D ios tien e un plan
I i,i i a tu vida, para qu e lo hagas tu yo, eso exaltará tu v id a
inm ensam ente.
I )eberías creer en eso p orqu e es el Dios d el cielo qu ien
titu lara que es verdad. P or m ed io de su H ijo declara que
I i . i d ad o a cada h o m b re "su tarea" (M ar. 13:34). Más aún,
' n las parábolas que con tó Jesús se deja bien claro que, pa­
ñi cu m p lir el trabajo d iv in a m e n te e n c o m e n d a d o a to d o
hombre, D ios ha d ado talen tos a todos.
Así que no im p orta d o n d e estés ahora o cuán oscuro o
hum ilde seas, D ios tien e un plan para tu vida. T od o s los
hombres y las mujeres en viados por Dios, cuyas biografías

67

DIOS ENVIO UN JOVEN

están registradas en la Biblia, fu eron oscuros e in s ig n ifi­


cantes en sus com ienzos. Piensa en D avid entre sus ovejas;
en el labrador Elíseo detrás de los bueyes; en N eh em ía s
con sus copas; en Ana, la esposa de Elcana; en Samuel, el
n iñ o del tem plo. T od o s fueron hum ildes, con tareas insig­
nifican tes; sin em bargo, sus vidas estaban planeadas por
Dios, fueron enviados de Dios, igual que tú o yo.

El plan para tu vida


A medida que nos apropiem os de esta verdad y dejem os
que penetre en nuestra más íntim a conciencia, hasta que se
convierta en la gran con vicció n de nuestra vida, recon oce­
remos que todo lo que nos sucede, las circunstancias y expe­
riencias que nos rodean, son importantes dentro del plan de
Dios; y que Dios perm ite que nos sucedan para moldearnos
y form arnos para poder cum plir m ejor con el propósito di­
vino. Las pruebas y desilusiones, las heridas que los en em i­
gos y aún los amigos nos infligen, las dificultades y privacio­
nes de la vida, las penas y los dolores que debemos soportar,
las angustias y pérdidas que experim entam os, todo tiene su
m isión encom endada por Dios para prepararnos para llevar
adelante su plan para nuestras vidas. Los talentos que él nos
da, sean muchos o pocos, los dones que son nuestros por
naturaleza, las habilidades y capacidades que adquirimos,
todas esas cosas p rovien en de él y están pensadas para que
las em pleem os en el cum plim iento del plan de nuestra vida.
Por tanto, en vista de que esto es verdad, no puede haber
lugar para quejas o desánimos en nuestra vida. V ivim os en
el pensam iento de Dios y tod o lo que nos sucede tiene un
propósito para nuestra vida; y ese propósito es un plan de
Dios. ¡C óm o glorifica la vida pensar así! Nuestra vida res­
plandecerá de belleza, fortaleza, significado y entusiasmo
cuando hagamos nuestra esta gran verdad, y aprendamos a
perm anecer en la volu ntad de Dios.

68

L
HACIA EGIPTO Y LA ESCLAVITUD

Quizás hayas escuchado las ceremonias de la coronación


•le alguno de los reyes de Inglaterra. Habrás quedado impre-
.lunado con el tono profundam ente religioso y el significa­
do de los procedimientos. Recordarás las palabras del arzobis-
11« i de Canterbury cuando la corona es colocada en la cabeza:
"lorge, por la gracia de Dios, rey"; "Isabel, por la gracia de
i ’ ios, reina". Y habrás sonreído irónicam ente ante la expre-
sii >n de que Dios tenga algo que ver con la elección de los so­
livíanos.
Pero no debes sonreír. La expresión "por la gracia de
I )los", refiriéndose a una elección y arreglo divinos, es ver­
dad en el caso de los reyes, y es igualmente verdad en tu ca­
to.

Por la gracia de Dios


Sería igu alm en te verd ad decir: "D ouglas M cK ane, por
la gracia de Dios, co lp o rto r"; "Ruth Burgess, por la gracia
•Ir Dios, enferm era"; "James Ellis, p or la gracia de Dios,
profesor"; "John A p p legate, por la gracia de Dios, agricul-
ior"; "H arriet R obinson, p o r la gracia de Dios, ama de ca-
¿Por qué un agricu ltor o una en ferm era n o pueden
.••i lo p or la gracia de Dios, con una v id a p lan ificad a p or
I »los, así c o m o la de un rey, un sacerdote o un profeta?
El h om bre o la mujer, el n iñ o o la niña, que entra en la
ida con este espíritu y c o n v ic c ió n puede ir adelante, en-
II» litar cualquier torm en ta, desafiar cualquier dificultad,
«'portar cualquier desilusión, elevarse por encim a de toda
injusticia y m anten er la seguridad de qu e habla el poeta:
"Sólo saber que el ca m in o en qu e ando
es el qu e Tú has m arcado para m í".
R econocer y abrazar esta verdad — la verdad de que
i 'ios nos ha llam ad o y nos ha dado una m isión, y qu e so­
mos en viad os de D ios— , agudiza el in te lec to y fortalece
los poderes de la m en te y del corazón en la adqu isición

69
DIOS ENVIO UN JOVEN

del c o n o c im ie n to y en el ejercicio de la in teligen cia. La


historia de la hum anidad está llena de notables ejem p los
del p od er m aravillosam en te v iv ific a d o r que tien e la rela­
ción y am istad con Dios, p o rq u e despierta las m entes
adormecidas y pone los corazones indiferentes en arm onía
con el In fin ito .

Una misión que cumplir


Piensa en Juan Bunyan, un pobre, miserable y borracho
calderero del pequeño pueblo de Bedford, Inglaterra. Era el
borracho del pueblo, desconocido, ignorado. Bunyan no so­
ñaba, y ciertamente ninguno de quienes lo conocían tam po­
co soñaba, que tuviera una m ente digna de cultivarse. Pero
repentinam ente, este hom bre tu vo la aguda con vicción de
que había pecado contra Dios. Sintió, com o nunca antes, su
responsabilidad ante Dios. Bajo la fuerza y el impulso de este
nuevo sentim iento, se v o lv ió a Jesucristo en busca de per­
dón. Se con virtió felizm ente de sus pecados a una nueva v i­
da, a una nueva conciencia de su relación con Dios, a una
nueva convicción de que Dios tenía una obra para que él h i­
ciera y una m isión para que él cumpliera.
¿Cuál fue el resultado? Fue c o m o tom ar un b u lb o tos­
co y áspero, que ha estado escondido durante muchos m e ­
ses en las garras del in viern o, y colo ca rlo en un suelo t i­
bio, favorable, con el sol y la lluvia p roven ien tes del cielo,
hasta que rom p e su envoltu ra y sale a una vida herm osa,
fragante, gloriosa, la vid a de un lirio.
Así se tran sform ó el in te lec to a d orm ecid o y n u blado
por la bebida de Bunyan. Le v in o tal desarrollo de faculta­
des, tal resu rgim ien to de su in telecto, que ni él ni sus v e ­
cinos im a gin aron que fuera posible. Soñó sueños. V io v i ­
siones. ¡Qué sueños; qué visiones! Los tradujo a un idiom a
sim ple, h erm oso y c o n m o v e d o r que hasta h o y los h o m ­
bres estudian p or su estilo literario.

70
HACIA EGIPTO Y LA ESCLAVITUD

N o tengo dudas de que algunos cuyos ojos están siguien-


' l( >estas palabras y no sueñan con poseer facultades más allá
'le las ordinarias, se sorprenderían si se volvieran a Dios con
'.lucero arrepentim iento de sus pecados y un deseo de cono-
u t y hacer la volu ntad de Dios — y buscar con amorosa de­
voción el cam ino que Dios les ha marcado— , puesto que ve-
n.m cuánto poder intelectual yace adorm ecido en ellos y
' Iuó espléndidas facultades han heredado. Facultades que
minea vieron antes la luz, pero que lo harán en la nueva ti­
bieza celestial de la am istad con Dios, la que rom perá sus
i nvolturas y florecerán a una vida virtuosa y útil. Nunca sa­
l-i, m qué estupendas potencialidades y posibilidades hay en
filos hasta que se entreguen por com p leto a hacer la v o lu n ­
tad de Dios, con am or y sum isión reverentes.
Esto fue lo qu e h izo José. Y al entrar en su vid a de es-
i l.m tu d en una tierra extraña, rod ea d o de gen te extraña,
\ en fren ta n d o pruebas desconocidas, su jo v e n corazón
descansó en el gran D ios de su pueblo, el Dios qu e había
guiado y p ro tegid o a sus antepasados, y que estaba seguro
■(lio ahora lo guiaría y protegería a él. C on eso ya quedaba
i ontento. Sólo quería saber qué otras cosas más tenía Dios
I».ira él. Pero n o tu vo qu e esperar dem asiado.

71
Capítulo 10

De esclavo a capataz
osé no llegó al cargo elevado que al final alcanzó, a través

J de una sucesión de pasos fáciles. En lugar de ello, fue por


una serie de dificultades y desventuras, de peligros y con flic­
tos, de desilusiones y amarguras. Y cuando llegamos al final
de esta historia y observam os el cam in o por el que pasó, y
las muchas etapas de su carrera, vem os que las dificultades
que enfrentó, la postergación de sus expectativas, las situa­
ciones angustiosas que soportó, la injusticia atroz que sufrió,
no solam ente probaron a José sino que fueron tam bién los
m edios por los que (al ser enfrentados con paciencia, forta­
leza y diligencia com o lo fueron) salió a relucir to d o lo que
había de viril, fuerte y tierno en su carácter. Ese proceso fue
lo que le p erm itió llegar a estar con d icion ad o y preparado
para la gran obra a la cual estaba destinado.
D urante los prim eros años de su vid a José se había de­
sarrollado en un am biente ideal, a resguardo de las dificu l­
tades y los problem as. Había sido p ro te g id o del trabajo
agotador y del insulto cruel. Era el h ijo fa vo rito de su pa­
dre, que le dispensaba todos los favores. Pero ahora estaba
apartado de ese am bien te y ten ía que enfrentarse con el
o d io ardiente y la disposición asesina de sus herm anos.
Había sido arrojado en un p o zo para m orir y lu ego v e n d i­
d o a una ign o m in io sa esclavitud.
En esa c o n d ic ió n de esclavo fue lleva d o a una tierra
nueva y extraña para él. En esa tierra n o tenía ni un sólo
am igo. N o con ocía el id iom a qu e los hom bres hablaban a
su alrededor. N o sabía ni tenía habilidad en n in gún o ficio
qu e lo hiciera un ser valioso en Egipto. Fue d esp oja d o de
to d o salvo su propia virilidad, su fe en Dios, y su confian-

72
DE ESCLA v O A CAPATAZ

/¿i im p lícita en que D ios lo había e le g id o para servir. Fue


una in tro d u cció n m u y descon soladora y desan im adora a
Iíi tierra n ueva en que entraba y a la v id a nueva qu e c o ­
menzaba.

< uándo y cómo se revela el carácter


C uando un h om bre es tocad o p or la injusticia, g o lp ea ­
do por la injuria, y h o stiga d o p or la crueldad, su carácter
verdadero em erge en la actitud que asume hacia su m e d io
am biente, hacia los h om bres y hacia la vid a en general. Si
un h om bre es d ébil p or naturaleza, cuando se lo engaña y
»laña cruelm ente, se torn ará h osco y p ro n to dejará tod a
esperanza de encon trar algo bueno. Es probable que ven -
ll le su am argura en tod os los que lo rodean y qu e denun-
i le con ira la falta de pied ad y la crueldad de los hom bres.
Si, por otro lado, un h om bre es orgu lloso por naturale-
m, se sentirá in clin ado a levantarse y pelear, a luchar y d e ­
volver cada g o lp e recib id o, ob serva n d o cuidadosam en te
para descubrir el m o m e n to de la ven ga n za adecuada.
Si un hom bre es egoísta por naturaleza, es probable que
.11 opte su destino, pero trate de aliviar su dolor con palabras
• micas, maliciosas, e hirientes sobre la debilidad y los fraca-
si >s de los hombres, incapaz de ver algo bueno en algo o en
alguien, y al m ism o tiem p o buscará ansiosamente y acépta­
la las más viles recompensas que pueda obtener.
Sin embargo, José, que por naturaleza no era débil ni or­
gulloso ni egoísta, tuvo convicciones que nacieron de sus
uenos y su confianza en el Dios de sus padres, que lo salva-
H»11 del impulso a reaccionar de alguna de estas formas desa-
i"ilunadas. La integridad suprema de su naturaleza, así com o
las bendiciones diarias que le siguieron, le perm itieron en-
11» ntar los problemas con paciencia, resistir las influencias
■lúe lo hubieran llevado a la desesperación, y lo preservaron
«le todo tipo de actitudes mórbidas hacia el mundo y la vida.

73
DIOS ENVIO UN JOVEN

Los mercaderes madianitas, que habían com prado a Jo­


sé de sus hermanos, llegaron finalm ente a Egipto. Lo lleva­
ron al m ercado de esclavos, d o n d e lo exp u sieron para la
ven ta junto con quizá veintenas o centenas de otros escla­
vos. Sin duda, esos otros p roven ían de las regiones del A l­
to N ilo o del Africa Central, las que entonces, c o m o siglos
más tarde, eran la fuente del suministro del m iserable e in ­
h u m an o tráfico de esclavos.

Jefe de la policía real


José, de tez delicada, d eb ió haber sobresalido n o ta b le­
m en te entre los oscuros hijos e hijas de tierras más tro p i­
cales. El h om bre que lo com p ró fue Potifar, "capitán de la
guardia". Era, de acuerdo con la traducción literal de
Young, "jefe de los ejecutores". Otras versiones dicen "jefe
de la policía", "capitán presbote", o aún "jefe de los caba­
llos". El erudito Dr. Kitto, en su Historia bíblica de la Tierra
Santa, lo describe c o m o "jefe de la p olicía real". D ice él:
"In d u d ab lem en te, Potifar era el jefe de los ejecutores.
C o m o fu n cio n ario de la corte, éste era un cargo e lev a d o
en O riente, porqu e los ejecutores no tenían nada que ver
con las sentencias de la ley ordinaria, sino sólo con las del
rey. Por tanto, era un cargo de gran responsabilidad; y p a­
ra asegurar qu e fuera d esem peñ ado adecu adam ente se lo
en com en d aba a un fu n cio n ario de la corte, que tenía n e ­
cesariam ente bajo su m an d o a un cuerpo de hom bres cu­
y o deber era preservar el orden y la paz en el palacio y sus
recintos, atender y cuidar de las personas reales en apari­
ciones públicas y, bajo la dirección de su jefe, in flig ir los
castigos que el rey ordenara sobre los que le desagrada­
ban... Un fu n cion ario que com binara estos variados d ebe­
res en su persona n o podría ser m ejor descrito qu e con el
títu lo de 'jefe de la guardia real'
Por con siguien te, c om o guardián de su soberano, el

74
DE ESCLAVO A CAPATAZ

• algo de Potifar era de la más elevada responsabilidad. Era


un n oble egip cio , m ie m b ro de la aristocracia, exa lta d o
l,into en su cargo c o m o en el favor del rey. Su residencia,
alcndida p or n um erosos esclavos, era uno de esos m agní-
iu os e inm ensos palacios, cubiertos de jeroglíficos, qu e la
l>.ila de los arqueólogos han d ejado al descubierto. Puedes
im aginarte c ó m o este n u e v o esclavo, acostum brado a las
.duplicidades de la v id a pastoril y a la ternura de su padre
amante, habrá m ira d o a su alrededor, con tem or y ansie­
dad, a m edid a que pasaba p or las puertas custodiadas por
• ligies, p or las avenidas encolum n adas que llevaban a los
recintos de ese vasto y extrañ o palacio egipcio. A llí todos
se com u n icaban en un id io m a qu e le era extraño, y a su
.11rededor to d o era n u evo y d iferente.

I a presencia y protección de Dios


A pesar del am biente extraño, José no perdió el sentido
de la presencia y protección del Dios de su padre. Esto llenó
■ai alma, calm ó sus pensam ientos inquietos, y lo m antuvo
••n perfecta paz. El registro bíblico dice que "Jehová estaba
con José" (Gén. 39:2). En Egipto José estaba m ucho m ejor,
aunque cueste creerlo, que sus herm anos en Canaán con
una prenda llena de sangre en sus manos y la conciencia lle­
na de culpa. José fue sostenido por los pensam ientos del
I )ios a quien se le había enseñado a amar y reverenciar. Se
.igolparon en su m ente los relatos que Isaac y Jacob le ha­
bían contado. Su bisabuelo Abrahán tam bién había sido lla­
mado a salir de su hogar para cum plir los propósitos de
I )ios. Su propio padre, Jacob, había pasado por la experien-
d a de ser un exiliado, un fu gitivo, expulsado de su propio
hogar. Recordó la visión que le relatara Jacob cuando había
huido de la tienda de su padre Isaac. En el m om en to de m a­
yor necesidad los ángeles de Dios habían acudido, y él los
había visto en una brillante escalera que conectaba la tierra

75
DIOS ENVIO UN JOVEN

con el cielo. Más aún, la v o z de Dios lo había anim ado con


la seguridad de que lo guiaría, confortaría y protegería. A Ja­
cob se le habían hecho grandes promesas en su necesidad, y
José sabía que ellas se habían cum plido.
Estas historias de la form a c ó m o Dios obró con sus an­
tepasados, se grabaron p ro fu n d am en te en la m e m o ria de
José y sirvieron para anim arlo, fortalecerlo y perm itirle en ­
frentar las nuevas con d icion es y posibilidades a las cuales
fue tan repen tin am en te arrastrado. T o d o esto lo trajo v iv i­
d am en te a su m em oria. N o dudaba de que el Dios de su
padre sería su Dios y le daría la m ism a orientación, la m is­
m a protección y la m ism a liberación. N unca le había falla­
d o a Abrahán, Isaac y Jacob.

Sería fiel a Dios


M ientras pensaba en estas cosas to m ó la d ecisión de
colocarse enteram en te en las m anos del G uardador de Is­
rael, qu ien siem pre había p ro te gid o a sus antepasados. El
tam b ién sería fiel a D ios en esta tierra de exilio . El ta m ­
bién seguiría la con d u cció n de Jehová-jireh, el D ios que
proveería, que "vería p or ello". Estaba seguro de que Dios
n o había p erd id o el con tro l de sus asuntos; que cerca, en
esta oscura esclavitud, estaba D ios cu id án dolo, m o ld e a n ­
d o los sucesos y h acien do que resultaran para su gloria. Su
alm a se c o n m o v ió profu ndam ente al consagrarse a buscar,
con firm e resolución, la volu n tad de Dios en to d o y cu m ­
plirla con d iligen c ia y fidelidad. Su corazón n o quedaría
d ivid id o en su lealtad y servicio al Dios del cielo. Las prue­
bas, que eran su suerte en esta c o n d ic ió n de esclavo, se­
rían enfrentadas con fortaleza. Los deberes que se requirie­
ran de él serían realizados con fidelidad.
Así, en lugar de aplastarlo y desesperarlo, las injusticias
y calam idades qu e le sob revin ieron a José, lo lleva ron en
la dirección opuesta. El m uchacho m im a d o se transform ó

76
DE ESCLAVO A CAPATAZ

< i i hom bre, y en un h o m b re que era previsor, considera-


<l«i, valiente, y con total a u to d o m in io . Creía firm e m en te
i|i,ic Dios tenía una m isión para qu e él cum pliera, una ta-
hm que hacer. José d eb ía ir a algún lugar, y ahora estaba
« ii cam in o hacia ese lugar. Enfrentar la existen cia con es-
i«' espíritu significa una en orm e diferencia en lo que haces
fo n la vid a y en lo que la vid a hace con tigo .
Sin lugar a dudas, fue un hombre a qu ien D ios e n v ió a
I yjp to para preparar el c a m in o para su pu eblo. D a vid lo
th'scribió de m anera sencilla: "D elante de ellos e n v ió a un
hombre, a José, v e n d id o c o m o esclavo. Sus pies veja ro n
i on grilletes, por su cu ello pasaron las cadenas, hasta que
se c u m p lió su p red ic ció n y le acreditó la palabra de Yah-
véh" (Sal. 105:17-19 BJ). Ya n o 'era más un m u ch ach o, el
i .ivorito de un padre qu e lo m im aba. Unos días de p ro b le ­
mas, crueldad, y d o lo r sacaron a relucir al h om bre qu e ha­
bía dentro de él. A h ora estaba listo para lo que viniera. Era
un hombre, un verdadero h om bre, un h o m b re firm e, un
hom bre enviado de Dios, un h o m b re sin temor, p orqu e sa­
bía que D ios estaba con él.

Kodeado de idolatría
N o debem os pasar p o r alto el h echo de que, al c o m e n ­
zar José su nueva vida, estaba rodeado de idolatría p o r to ­
dos lados. Esto lo exp u so a ten tacion es de extraordin aria
influencia. Los dioses falsos eran adorados con la p om p a
y el esplendor que daban la riqueza y la cultura. A pesar de
ello, José, fortalecid o p or su fe en Dios, pu do preservar su
sen cillez y fid elid a d a D ios. N i siquiera trató de esconder
sus principios. N o tenía vergüenza de sus con viccion es re­
ligiosas, ni de adorar al verd ad ero Dios.
Esta clase de d e v o c ió n tien e los m ism os resultados
don dequiera se la m anifieste. El registro b íblico dice: "Mas
Jehová estaba con José, y fue varón próspero... Y v io su

77
I

DIOS ENVIO UN JOVEN

am o que Jehová estaba con él, y que to d o lo que él hacía,


Jehová lo hacía prosperar en su m a n o" (G én. 39:2, 3). Po-
tifar qu ed ó im p resio n ad o m ientras observaba a José. Su
con fian za en él aum entaba día a día. Finalm ente le d io el
con tro l de toda su casa y propiedad, h acien d o de José el
m a yo rd o m o , el gerente de to d o lo que poseía. "Y d ejó to ­
d o lo qu e tenía en m an o de José, y con él n o se preocupa­
ba de cosa alguna sino del pan qu e com ía" (v.6).
"Jehová estaba con José, y fue varón próspero". La B i­
blia de Jerusalén dice que José "llegó a ser un h om bre afor­
tunado, mientras estaba en casa de su señor egipcio". Una
versión antigua ofrece otra extraña traducción: "Dios esta­
ba con José y era un va ró n de suerte". A q u í aparece algo
m u y in con gru en te; estas dos cosas n o se corresponden.
Pero el sign ificad o claro es que lo que h izo José, las cosas
que le fueron confiadas, salieron bien. T o d o lo que hacía
prosperaba, tenía éxito. Y la razón era que "Jehová estaba"
con él. El é x ito lo seguía tan persistente y cercanam ente
c o m o su sombra. P otifar y toda la casa de Potifar se acos­
tum braron a esperar que este jo v e n esclavo h ebreo resol­
viera todos los problem as, desatara tod os los nudos, d e ­
senredara todos los enredos de las actividades com plejas y
los asuntos rutinarios de una gran estancia, e incluso lle ­
vara los arreglos más intrincados a un exitoso térm in o.

El secreto de la prosperidad
El secreto de esta notable prosperidad era doble. Primero
estaba el hecho, com o ya se ha m encionado, de que aunque
José había sido despojado de su túnica principesca, no fue
despojado de su carácter principesco. Retuvo su integridad y
su confianza en Dios. N o se dejó llevar por la amargura. Fue
aplicado, alerta, rápido, diligente, obediente y responsable.
Los otros esclavos podrían holgazanear y desperdiciar su
tiem po y el tiem po de su amo; José llenaba cada m om en to

78
DE ESCLAVO A CAPATAZ

<oh actividad. Los otros podían quedar satisfechos con un


trabajo superficial. Pero no José. Era cum plidor, habilidoso.
No hacía su trabajo m eram ente para evitar un ceño fruncido
0 un castigo. Hacía su trabajo en prim er lugar para ganar la
aprobación de su A m o celestial, cuya mirada creía que siem­
pre estaba sobre él y ante cuya presencia siempre se encon-
11aba. El hom bre que v iv e conscientem ente en la presencia
tIr Dios siempre será prosperado, siempre será un "hom bre
1Ir suerte".
Por tanto, la prosperidad que marcó tod o lo que José hi-
/o no fue la consecuencia de un m ilagro divino. En lugar de
' lio, su cuidado m eticuloso por hacer bien el trabajo, su in ­
terés concienzudo por el bienestar de su am o, le trajeron la
bendición del cielo en lo que hacía. José sabía que su éxito
\e debía al favor de Dios. Aún Potifar aceptó esa explicación
i orno el secreto de la notable prosperidad que acompañaba
.1 (osé. "Y vio su am o que Jehová estaba con él, y que todo lo
que él hacía, Jehová lo hacía prosperar en su m ano". El re-
sultado fue que Potifar "d ejó tod o lo que tenía en m ano de
losé, y con él no se preocupaba de cosa alguna sino del pan
que com ía" ( w . 3, 6).

79
Capítulo 11

En armonía
con el Infinito
T o s é perm aneció en la casa de Potifar durante diez años. Su
I fidelidad y la bendición de Dios sobre él fueron tales que
lle g ó el m o m en to en que Potifar ya no lo miraba com o un
esclavo sino com o a un hijo, y lo trataba com o tal, colocan ­
do el m anejo de todo lo que poseía bajo su supervisión.
"Fue varón próspero" (Gén. 39:2). M e detengo en este
punto porque es rico en significado y contiene lecciones va­
liosas. Muchas son las formas en las que el Señor está con sus
siervos. Muchas son las maneras com o él los prospera. Podrá
no ser, y m uy raras veces lo es, por un sím bolo externo. N o
se manifiesta en una marca visible que pueda ser vista o leí­
da, com o el usar una cruz de oro o hacer la señal de la cruz.
A m enudo Dios está con un hom bre en la inspiración del
pensamiento, en la impresión de la mente, en el impulso de
una elección, en la conducción a una decisión, en la resolu­
ción de la voluntad, en el surgimiento de sentimientos eleva­
dos, nobles y celestiales, en la dirección de los pasos, en la se­
lección de las palabras, supliéndolo con la contestación co ­
rrecta en el m om en to correcto en m edio de las circunstan­
cias correctas. Dios prospera a un hom bre dándole la instruc­
ción que no se puede obtener en ninguna institución educa­
tiva, entrenándolo para los propósitos especiales de Dios con
m étodos y procesos que las escuelas humanas nunca soña­
ron, h aciéndolo así un instrum ento apto para la obra que
Dios le destinó hacer. Tanto las ideas com o el dinero son d o­
nes de Dios. Sugerencias en dirección y administración, dar

80
EN ARM ONIA CO N EL INFINITO

i-leas en tiempos de necesidad, inducir al silencio cuando és­


te es m ejor que las palabras, decir las palabras oportunas
• ii.indo ellas harán más que el silencio; todos estos son d o ­
nes concedidos por el Espíritu d ivin o a los hombres que se
enlregan com pletam ente para hacer la voluntad de Dios.

Una vida centrada en Dios


José era un esclavo bajo Potifar. Sin em bargo, el Señor
estaba con él y era un h om bre próspero. N in gú n h ijo de
l »ios puede ser colocado en dificultades y ambientes que es-
ien más allá del alcance o fuera del área de la bendición de
l>los. N o hay circunstancia alguna que pueda im p ed ir la
prosperidad que Dios da. Visto a través de los ojos de un
hombre sin discernim iento espiritual, parecería que José no
ei.i un hom bre próspero. Era un esclavo. Estaba en servi­
dumbre. Era un pedazo de propiedad. Su tiem p o no le per­
tenecía. N o tenía libertad de acción o de elección. Estaba in-
\»imunicado con su padre y su hogar. Sin embargo, el Señor
estaba con él y era un varón próspero.
El secreto radicaba en que su vid a estaba centrada en
Dios. N o estaba centrada en el yo. N o estaba centrada en
l.'is circunstancias. N o estaba centrada en lo que lo rod ea­
ba. N o estaba centrada en las cosas externas. C u an do los
!i< imbres viven por las cosas externas no puede haber pros-
I >ei ¡dad verdadera, aún en m e d io de las riquezas. Cuando
mi hom bre tiene que sumar sus cuentas bancadas y sus ac-
i Iones para determ inar si es próspero y si puede sentirse fe­
liz, el tal no tiene una com p ren sió n real de lo que signifi-
• .1 el verdadero g o zo o de lo que con stitu ye la verdadera
prosperidad. Los h om bres que v iv e n por sus cuentas ban-
- .u ias y las cosas del m u n d o que los rodea, no tien en un
i on cepto real de lo que es vivir. El h om bre no puede v iv ir
■nlo de pan, o de oro, o de las cosas de los sentidos exter­
nos. La vida no es algo extern o; es algo del espíritu in ter­
no. Cuando un h om bre encuen tra que es im p osib le v iv ir

81
DIOS ENVIO UN JOVEN

den tro de sí m ism o y obten er sostén de las cosas del Espí­


ritu, entonces no v iv e en el verd ad ero sentido de la pala­
bra. Es la veleta que cam bia con cada circunstancia, el ju­
guete de cada am biente. El go lp eteo del telégrafo puede
traer la ruina de sus esperanzas; el tim bre del teléfo n o pue­
de term inar con el im p erio de sus sueños. El día llu vioso
del que ha tratado de salvaguardarse a sí m ism o puede de­
sequilibrar toda su vida y traer oscuridad y desesperación
sobre su futuro.
José no v ivía p or las circunstancias externas. Si lo h u­
biera hecho, sus días habrían pasado en llanto y sus noches
en desesperación. El v iv ía con Dios. Se alim entaba de la es­
peranza. Dios estaba a su m ano derecha. Todas sus expec­
tativas estaban puestas en Dios. "Jehová estaba con José". El
v iv ió una vida religiosa, una vid a d evota. V iv ió en Cristo,
con Dios, para Dios. C am in ó con Dios. Id en tificó la misma
vida de su alma con Dios.

N o fue esclavo de las circunstancias


Las circunstancias no tenían soberanía sobre él. N o lo
controlaban. Estaban a sus pies. El estaba por encim a de
ellas. Podría ser un esclavo para Potifar pero no era un escla­
v o de las circunstancias. El las utilizaba; n o ellas a él. Esta es
la clase de hom bre que era. Y cuando tú sabes eso de un
hom bre tienes el secreto de toda su vida. Si un hom bre está
correctamente relacionado con Dios, toda su vida es segura,
salva, determ inada. Los disturbios de su vida externa — sus
desigualdades, sus perturbaciones, sus injusticias y sus cruel­
dades— no lo desequilibran. La seguridad anida en su cora­
zón a pesar de la turbulencia de las circunstancias injustas.
Las grandes crisis de su vida no le quitan sus amarras de
Dios. Entonces es posible que sea un exiliado, un esclavo,
un separado del padre, y del hogar, y de las amistades, y aún
ser un varón próspero, "un hom bre de suerte". Así era José.
El hom bre que había en él, centrado en Dios, era más pro-

82
EN ARM ONIA CON EL INFINITO

I undo que el esclavo. Le perm itía elevarse p or encim a de su


esclavitud y v iv ir en o tro m undo: el m u ndo del Espíritu, el
mundo de Dios; el verdadero m u ndo del cielo.
N o debem os dejar esta fase de la experiencia de José sin
notar algo de suprema im portancia. El registro b íblico des-
laca el h ech o de que su am o v io que "Jehová estaba con él,
y que tod o lo que él hacía, Jehová lo hacía prosperar en su
m ano" (G én. 39:3). Esto es algo m aravilloso. Un h om bre
t uya vid a está centrada en D ios tien e algo alrededor de sí
que n o se encuentra en n in gú n otro hom bre. Los hom bres
no religiosos v en qu e D ios está con él y quedan im p resio­
nados. Su estilo de vid a in flu ye aún sobre hom bres paga­
nos, sobre idólatras c o m o Potifar, m u ch o más de lo que se
pueda decir. Puede qu e ellos n o escuchen palabras, pero
pueden ver una v id a y quedan im presion ados con ella.
Nuestra relación con el cielo, nuestra am istad con Dios, las
i onvicciones que con trolan nuestras vidas, nuestras creen-
t ias religiosas; pueden ser y son vistas por los hom bres que
nos rodean: hom bres sin religión, hom bres sin Dios, todos
los hombres. Esto es algo para tener en cuenta.

IJna vida religiosa nunca se puede esconder


Potifar no conocía al Dios verdadero. Pero este idólatra
vio algo en su esclavo hebreo, en este m uchacho de hermo-
so rostro y alegre disposición, algo que n o había visto en
ningún otro. La vida elevada de un hombre, la vida verdade-
iámente religiosa, la vida centrada en Dios, nunca se puede
esconder. Brilla por todos lados. N o se puede ocultar. Se hace
• onocer y sentir. Potifar n o v io que el Señor estaba con José
porque José así lo hubiera dicho, o porque hiciera grandes
discursos religiosos. N o v io que el Señor estaba con él porque
argumentara con su am o sobre los errores de sus creencias
idolatras y criticara sus prácticas paganas. N i porque José se
preocupara de explicarle quién era el verdadero Dios y cuál
na la forma correcta de adorarlo. No, Potifar vio que el Señor

83
DIOS ENVIO UN JOVEN

estaba con él porque todas las cosas que hacía prosperaban.


Razonó de lo visible a lo invisible. La continua prosperidad
que seguía a José significaba algo. Debía haber una razón. N o
había explicación para tal estado de cosas, salvo una razón
religiosa. Este hombre era siervo de Jehová, y je h o v á lo apro­
baba; por tanto, lo prosperaba en todas sus tareas.
¿Hasta dónde podem os mezclarnos entre los hombres,
trabajar con ellos, ser sus siervos, empleados, am igos o so­
cios, y esconder al m ism o tiem po que hay un Dios a quien
servimos? ¿Cuánto tiem po hace que estás al servicio de tu
empleador, que vives al lado de tu vecino, que tratas diaria­
m ente con los abastecedores, que conversas con tu amigo,
sin que sepan de tu fe en el Dios a quien sirves y la verdad
que crees? ¿Cóm o pueden esconderse estas cosas cuando un
hom bre tiene a Dios en su vida y en su corazón? Hay, y se­
guramente lo sabes, ciertas sutilezas en los m ovim ientos, en
la expresión, en la mirada, ciertos misterios de la conducta,
que nos identifican porque la gente los relaciona sólo con la
religión, sólo porque vivim os nuestras vidas con los valores
e ideales que provienen de lo Alto, del Dios a quien servi­
mos. Hay personas en cuya presencia no puedes estar cinco
m inutos sin ser m ejor por ello y saber que has sido bendeci­
do. Esto sucedía con José. Potifar vio que el Señor estaba con
él. Así puede suceder contigo. Así debe ser con todo aquel
que verdaderamente sirve al Dios del cielo.
Cuando Dios verdaderam ente m ora con un h om bre y
un hom bre se da a sí m ism o com pletam en te para servir a
Dios, este servicio será conocido por los demás. La presencia
de Dios en una vida se m anifiesta en formas que n o son
ocultas, sino abiertas a todos. Puede ser la expresión del ros­
tro, el to n o de la voz, las pequeñas cortesías de la vida, la
conducta solícita y cortés; todas cosas pequeñas, pero llenas
de significado, que fácilm ente pueden ser interpretadas.
Algunos hom bres esparcen luz a su alrededor. Incluso
hablan luz. Algunos hom bres nos avergüenzan cuando ha-

84
EN ARM ONIA CON EL INFINITO

tem os algo en su presencia que sea m alo o cobarde o bajo


o in digno o cuestionable u ofen sivo. Su carácter se trasluce
,i través de ellos. N o necesitan hablar una sola palabra; só­
lo necesitan mirar. N o necesitan predicar ni condenar. Sin
nada de eso, sabremos instantánea e in tu itivam en te algo
acerca de su sinceridad y nobleza. R econocem os, tal c o m o
lo hizo Potifar con José, que Dios está con ellos.

Un hombre bendecido por causa de otro


Existe otro punto que debem os notar antes de pasar a las
posteriores experiencias de José. Ese p un to es el siguiente:
las bendiciones que Dios le d io a José n o term inaron en Jo­
sé. La prosperidad que le v in o al esclavo fue com partida por
i'l amo. El registro b íblico dice: "Y acon teció que desde
m a n d o le dio el encargo de su casa y de to d o lo que tenía,
lehová b en d ijo la casa del egip cio a causa de José, y la ben­
dición de Jehová estaba sobre todo lo que tenía, así en casa
rom o en el cam po" (v. 5).
Por causa de un hombre, otro hom bre fue bendecido. La
bendición sobre la fidelidad de un hom bre alcanza a otros.
No perderem os tiem p o si pensamos un poco en esto. Un
hombre puede observar su prosperidad y llegar a la conclu­
sión de haber sido favorecido por Dios, cuando en verdad, su
prosperidad se debe a la fidelidad de un siervo hum ilde que
tiene com o em pleado — un socio en su negocio, un compa-
nero devoto en su hogar— , a quien nunca soñó con atribuir
su buena fortuna. En el caso de Potifar, el am o fue bendeci­
do por causa de un esclavo fiel y bueno. Y él lo sabía. M u­
chos h o y en día no lo saben. Con orgullosa com placencia
consideran y cuentan sus bendiciones y están convencidos
de que estos beneficios les vienen com o resultado de su p ro­
pia maestría, habilidad e inteligencia. Un hom bre se conside­
ra un genio para los negocios: alerta, astuto, despierto, sa­
biendo cuándo moverse y cuándo no. Razona que toda su
prosperidad es el resultado de su propia capacidad superior.

85
DIOS ENVÍO UN JOVEN

Se sentiría m olesto si le dijeran que en realidad es la recom ­


pensa de la d evoción y fidelidad de algún siervo o asociado
dedicado a su bienestar, alguien que cum ple algún humilde
cargo.
Hay muchos hombres bendecidos y prosperados y salva­
guardados del desastre porque han disfrutado de la buena
fortuna, sin reconocerlo, de tener una esposa que ora. N u n ­
ca asisten a la iglesia; están m uy ocupados con sus trabajos;
la religión es para las mujeres y los niños; ellos tienen que
ganar el sustento para la familia. Pero su esposa no falta a la
iglesia, no deja de orar por él. El no sabe que su prosperidad
se debe, toda ella, a una esposa que ora, cuya religión él m e­
nosprecia y ridiculiza. Ella nunca deja de orar por él. Si lo
hiciera, los juicios del cielo caerían sobre él. Pero él nada sa­
be de esto. Fracasa en reconocer que todas sus bendiciones
vien en por causa de su esposa fiel. La fuente de su prosperi­
dad no es su sagacidad o su ingenio. Es su esposa que ora.

La sal que preserva la tierra


Así, en todas las edades, los siervos justos de Dios fue­
ron la sal de la tierra. D ios ben d ice a un h om bre por cau­
sa de otro, así c o m o b en d ijo a P otifa r p or causa de José.
D iez hom bres santos en Sodom a habrían preservado la v i­
da de todas los incrédulos en esa ciudad im pía. U n esposo
es b en d ecido por la santidad de su esposa. Un h om bre cu­
yos cu ltivos son buenos y abundantes es b en d ecid o p o r ­
qu e tien e una pequ eñ a n iña in vá lid a en su casa que cree
en D ios y ora p or su padre, y así con ecta esa casa con el
cielo. T o d o lo que posee se lo debe a ella. Y él n o lo sabe.
Siem pre ha sido así. Los justos, los verdaderos, los
amantes, los tem erosos de Dios n o sólo son la sal que pre­
serva la tierra; son tam bién la luz del m u ndo. A esta altu ­
ra, sin ellos el m u n d o no sería otra cosa que un carbón en ­
cen d id o vaga n d o p or el espacio. Sin ellos, hace tie m p o
que Dios hubiera destruido este planeta, lo hubiera pulve-

86
EN ARM ONIA CO N EL INFINITO

11 .ido y soplado con los vien tos de su ira. Pero, p or am or


i los hom bres de o ra ció n , a los h om bres de Dios, lo ha
m antenido. Fue la presencia de P ablo en la em barcación
i ii el mar to rm en to s o lo que salvó a todos los qu e iban a
bordo. Es la presencia de los siervos de D ios lo que preser-
\.1 a la tierra de las llu vias del ju icio. Y h em os visto qu e
por causa de José la casa de P otifa r fue ben decida. M ás
iiún, en el caso de Potifar, éste tu vo el su ficien te sen tid o
' oinún c o m o para discernir este h ec h o y recon ocerlo.
Así, la vid a de José, centrada en Dios, lo c o lo c ó y lo
m antuvo en arm onía c o n el In fin ito. Una v id a tal im parte
bendiciones en to d o lo qu e toca, c o m o en el caso de José.
Así será con toda persona cuya vida esté centrada en Dios.

87
Capítulo 12

Años de valiosa
educación
os años de esclavitud en el esta b lecim ien to de P otifar
L no solam ente resultaron en b e n d ic ió n y prosperidad
para este o ficial de la corte egipcia; fu eron tam b ién de
enorm e beneficio para José. Le p roporcionaron una educa­
ción, un en tren am ien to y una preparación para la obra de
su vida, para su futura carrera c o m o prim er m inistro egip ­
cio.
C o m o ya h em os visto, José re so lv ió hacer la volu n tad
de Dios a una edad tem prana. Y el desarrollo de los acon ­
tecim ien tos de su vid a n o m o d ific ó su d eterm in a ció n de
ser fiel al Dios de sus padres. Su d ecisión había sido to m a ­
da. Su resolución era firm e. V iv ía su vid a consciente de la
presencia de Dios. En todas las actividades de la vida, en
todas las decisiones que tu vo que tom ar, siem pre con su l­
tó la volu n tad de Dios respecto a sus actitudes y conducta.
Por eso fue un h o m b re próspero. D ios cuida y h on ra al
h o m b re que m an tien e una relación estrecha con él y que
siem pre busca con ocer y hacer su volu n tad.
Este fue el estilo de vid a de José durante los años de
servidum bre en la casa de Potifar. La con fian za de su am o
en la in tegrid ad y h abilidad que desplegaba, aum entaba
con stantem en te. De m o d o que P otifar fue colocan d o m a­
yores responsabilidades sobre este jo v e n hebreo. L legó el
m o m e n to cuando d ejó to d o a su cargo, sus propiedades y
sus asuntos, in clu ye n d o la adm in istración de su palacio
residencial, con sus actividades y rutina diarias.

88
AÑOS DE EDUCACION VALIOSA

( Contacto con personas importantes


José estuvo en este cargo, c o m o m a y o rd o m o de una
tfran m ansión, en p erm an en te con tacto con personas im ­
portantes. H om bres qu e estaban en elevad os puestos de
gobiern o visitaban el palacio de Potifar: hom bres e m in en ­
tes, eruditos, cien tíficos, religiosos, sacerdotes; consejeros
del Faraón; altos fun cion arios de las distintas reparticiones
v oficin as del g o b iern o ; h om bres responsables de la c o n ­
ducción y adm in istración de los asuntos p olíticos, y otras
muchas personas de e le v a d o n ivel social.
En su puesto de respon sabilidad c o m o ad m in istrador
de la m ansión de Potifar, debía planificar y hacer todos los
.1rreglos pertin en tes para esos en cu en tros y banquetes,
•‘sas con feren cias y reu n ion es sociales. Así ap ren dió mu-
eho de la vid a pública de Egipto: de política, cultura, edu­
cación y vid a social egipcias, y de lo que sucedía en el
)',ran m u n d o a su alrededor. Estuvo in vo lu cra d o en este
en to rn o y en estas activid ad es durante un buen n ú m ero
de años antes de la crisis que lo apartó de to d o esto y le
trajo desgracia y encarcelam ien to.
Durante esos años gratificantes desarrolló su carácter y
m aduró en tod os los aspectos. A p re n d ió m u ch o de las
eon versacion es qu e escuchaba, de las discusiones qu e se
hacían delante suyo, de su asociación con hom bres de al­
to rango, aún cu an do estuviera en c o n d ic ió n de esclavo.
Sus facultades alertas y su m en te activa se interesaron en
los grandes m aestros; se percató de las causas que p rod u ­
cían ciertos efectos en la n ación; ap ren d ió m u ch o acerca
de las form as con que se gobernaba a los hombres, y cóm o
estos eran in flu en ciad os y dirigid os hacia d ireccion es de­
finidas. Fue e n te n d ie n d o más y más acerca de econ om ía,
socio lo gía y p olítica. In d u d ab lem en te, la casa de P otifar
lúe una escuela útil para José y le p erm itió acum ular una
notable y am plia edu cación y preparación para la in m e n ­

89
DIOS ENVIO UN JOVEN

sa responsabilidad de p rim er m in istro de la n ación más


grande de su tiem po.

N o estuvo por azar en casa de Potifar


Sin duda, ésta fue la razón por la que José fue colocado
donde estaba y fue prosperado al punto de dársele esa im ­
portante oportunidad. N o fue por accidente que se lo v e n ­
dió com o esclavo. N o fue por azar que lo pusieron en el
m ercado de esclavos. N o fue por casualidad que Potifar lo
com pró. N o fue por azar que prosperó al servicio de Potifar
y que se le con fió la adm inistración de su casa. En todas es­
tas cosas se ven las evidencias de un diseño maestro, de un
plan divin o. Estos años de servidumbre en casa de Potifar
no fueron años perdidos para José. Por cierto, todo lo que se
p erm itió que le aconteciera — aún cuando muchas de esas
experiencias parecieran atrozm ente injustas, inmerecidas y
crueles— , fue para su beneficio.
Siem pre sucede así con t i h ijo de Dios. Sus tiem pos es­
tán en las m anos de Dios. Las cosas que le suceden n o su­
ceden p orqu e sí. H ay un p ro p ó sito en ellas. N o suceden
p or azar. Existe un sign ificad o en tod o. Se p erm iten esos
sucesos con la in ten ción de lograr algo. Y siempre es para
b en e fic io del h ijo de Dios. Su fin n o es dañar, siem pre es
bendecir.

José no fue dañado


Así pasó con José. Que fuera arrojado al p ozo n o lo da­
ñó. Por supuesto, fue desagradable. Sí, por cierto, se asus­
tó. Pero n o fue una experien cia dañina. Que fuera v e n d i­
d o c om o esclavo n o lo dañó. En realidad n o fue una cala­
m idad sino una oportu n idad. Q ue fuera com prado c o m o
un tro zo de m ercan cía fue h u m illan te, pero n o lo d añ ó
realm en te. José n o sufrió pérdida alguna por ello. Por el
con trario, o b tu v o gran ganancia. N ada puede dañar al

90
AÑOS DE EDUCACION VALIOSA

hom bre qu e se ha e n tre g a d o para seguir a D ios. Su vid a


rslá en las m anos de D ios, y to d o lo qu e le sucede v ie n e
.i I ravés de esas m anos d e Dios, y p or lo tanto, vien e con
el perm iso d iv in o . Y to d o lo qu e p ro v ie n e de las m anos
■le Dios y se p erm ite qu e to q u e la v id a de sus siervos, es
I».ira b en d ecir y n o para lastimar.
Es verdad qu e h ay un tex to en las Escrituras que habla
ile que sus pies fu ero n lastim ad os en su p osterior expe-
ileiicia en la p risión . Está en Salm os 105:18. "A flig ie ro n
m i s pies con grillos; en cárcel fue puesta su persona". Es

verdad, sus pies fu eron lastim ados. Pero José era más que
m i s pies. En m u ch os aspectos, José estaba p or en cim a de

■m i s pies. José n o fue dañ ado. P osib lem en te sus sen tim ien ­

tos fueran lastim ados. P ero n o José.


N o quisiera dejar esta im p o rta n te lecció n sin qu e qu e­
de una p ro fu n d a im p re sió n en tu p en sa m ien to . Quizás
esto se lo gre con más fu erza si te p id o qu e dejes v o la r tu
im agin ación . S u p on gam os que al p rin cip io , al c o m ie n zo
i le su esclavitud, José hubiera to m a d o las cosas en sus m a­
nos y hubiera buscado la op ortu n id ad de escapar. Supon­
gam os qu e hubiera te n id o é x ito en despistar a sus perse­
guidores y que p or fin se hubiera en c a m in a d o hacia Ca-
iiaán, al cam p am en to de su padre. P od em os im aginarnos
el re go cijo que esto hubiera causado. ¿Pero p od em os im a­
gin arnos las otras cosas? Si se hubiera escapado de su es-
elavitu d n o habría h a b id o en ton ces prisión , ni el relato
del sueño al p an adero y al copero, ni la in terp retación de
los sueños de Faraón, ni la exaltación a un puesto de ran­
go y poder, ni guardar grano, ni salvar la vida, ni la ida de
la fa m ilia de Jacob a E gipto, ni la tierra de G osén, ni el
c rec im ie n to de Israel hasta llegar a ser una gran n ación,
ni la liberación, ni la Ley, ni la conquista de Canaán, ni el
sistema de ad oración d iv in o , ni el tro n o de D avid, ni las
prom esas d ivin as a D avid , ni el Mesías, ni la iglesia cris­
tiana, ni... ¡Oh, c ó m o hubieran cam b iad o los asuntos del

91
DIOS ENVIO UN JOVEN

m u n d o si un oscuro m u ch ach o hebreo se hubiera escapa­


do de Egipto!

Supervisión providencial
Hace años un escritor dejó que su im agin ación vagara
desenfrenada, en un tema similar a este, con el fin de enfati­
zar la supervisión providen cial en la historia de José. Escri­
bió un libro que retrata a un hom bre que, desde una forma
más elevada de existencia, y m irando al pobre m uchacho
hebreo cuando es llevado a Egipto por los madianitas, se
com padece del pobre esclavo. Este simpático hombre ve que
com o José era un m uchacho despierto, ingenioso, con un
espíritu valiente y aventurero, encuentra la manera de esca­
par de la caravana en la primera noche, luego que sus her­
manos lo vendieron, y cuando los madianitas estaban toda­
vía a poca distancia del cam pam ento de su padre. Pero, jus­
to cuando logra escapar del campamento, un perro amarillo
com ien za a ladrar. Los hombres que están a cargo de él se
despiertan con los ladridos del perro. El esclavo fu gitivo es
recapturado y llevado otra vez a la caravana.
La historia continúa describiendo los sentim ientos del
espectador invisible. El quería matar al perro antes de que se
despertaran los guardianes de José. Así éste podría haberse
escapado, atravesando la corta distancia que lo separaba del
cam pam ento de su padre. De ese m od o se hubiera evitado
un gran d olor a Jacob, un gran sufrim iento a José, y se hu­
biera expuesto la m aldad y duplicidad de los hermanos; la
justicia habría triunfado para todos.

Manos atrás
Pero justo cuando el espectador invisible estaba por ma­
tar al perro y así facilitar el escape de José, su guardián dijo:
"M anos atrás". Y para im presionarlo con el daño que causa­
ría su interferencia, lo llevó en espíritu a un m undo donde

92
AÑOS DE EDUCACION VALIOSA

podía hacer lo que él pensaba hacer — matar al perro y ayu-


.I.irlo a escapar— , y d on d e podía ver los resultados de su in-
ireven dón . Mataba al perro, éste no ladraba, los guardianes
no se despertaban, José se escapaba y llegaba a su hogar sa­
no y salvo. Su padre se regocijaba; sus hermanos, al p rin ci­
pio molestos, se contentaban. T o d o esto parecía m ejor que
l.i esclavitud.
Pero años más tarde, cuando llegaba el hambre, no esta­
ba José en Egipto para predecirlo y prepararse para ello. N o
se había guardado com ida en los graneros. Palestina, Egipto
V otros países eran devastados por el hambre. Grandes canti­
dades de personas m orían. Los que se salvaban eran destrui­
dos por los salvajes hititas. Egipto era borrado. La civiliza-
i ión se atrasaba siglos. Grecia y Rom a no adelantaban más
allá de la barbarie. Cam biaba toda la historia del m undo.
Sucedían males incontables; tod o porque alguien cuya sabi­
duría era ignorancia, m ató un perro am arillo para salvar a
un esclavo fu gitivo de sus problem as presentes, para pérdi­
da suya, y terrible pérdida del m undo entero.
Y el escritor de este im agin ativo libro trata de que se gra­
be profu ndam ente en nosotros la lección de que es m ejor
mantener nuestras m anos atrás, sin intervenir en las p rovi­
dencias de Dios. Más de un m agn ífico plan de Dios ha sido
arruinado por la interferencia humana. Tú, que lees la Bi­
blia, recordarás que Pedro quería evitar que Jesús fuera a la
cruz. ¡Mira si hubiera ten id o éxito! Muchas veces, sin duda,
los impulsos del am or han salvado una vida de la opresión
y la injusticia, aconsejándola en contra de un sacrificio, sal­
vado a una persona del sufrim iento, sin jamás considerar
que al m ism o tiem po eso estaba echando a perder una vida,
estropeando un destino, frustrando un plan de Dios.
C ierta m en te sen tim os com p a sió n p or José cuando es
ven d id o c o m o esclavo, cuan do es h u m illa d o y más tarde
encadenado y olvidado. Pero no debem os dejar de recono­

93
DIOS ENVIO UN JOVEN

cer qu e si la com p a sión hum ana en ese m o m e n to lo h u­


biera rescatado y salvado de la ign o m in ia, la h u m illación
y la esclavitud, tam b ién se hubiera p erd id o el g lo rio s o fi­
nal que tuvo y la ben d ición que sign ificó para los hom bres
de todos los siglos.

En las manos de Dios


José, sin em bargo, n o h izo esfuerzo alguno por escapar.
Se en tregó en las m anos del Señor. C reyó que D ios estaba
gu ián d olo, aunque n o p od ía com p ren d er la d irecció n en
que lo llevaba. Dios "vería p or ello". El proveería. El siem ­
pre lo había h ech o así con sus antepasados y lo haría ah o­
ra. Dios nunca había fallado. N o fallaría ahora. José le d e ­
jaría todas las cosas a Dios. El creía, y estaba en lo cierto,
que estaba bajo la tutela de Jehová. A cep tó la situación en
la que se encontraba c o m o p roven ien te de Dios. En conse­
cuencia, se ajustó al am bien te con un espíritu de c o n te n ­
tam iento, h acien do to d o lo que se requería de él con b u e­
na volu n ta d y de la m ejo r form a posible.
Esta actitud de su parte fue lo que creó la con fian za de
su am o en él. P otifar n o tardó m u ch o en darse cuenta de
que le era beneficioso delegar más y más responsabilidades
en las manos de este d iligen te e industrioso esclavo. Final­
m en te, c o m o h em os visto, n o le retu vo nada sino que le
c o n fió el cuidado de to d o su establecim iento. "Y d ejó to d o
lo que tenía en m a n o de José".
C o m o resultado de esta resignación a su suerte c o m o
algo que ven ía de Dios, José e n co n tró que se le abrían va ­
liosas oportunidades com o adm inistrador de la casa de P o ­
tifar. D ecid ió que, si era la volu n tad de Dios que fuera un
esclavo, n o se contentaría con nada m enos que ser el m e ­
jor de los esclavos. Lo que tuviera que hacer lo haría con
toda su fuerza y con to d o su corazón, c om o para el Señor.
Este es el espíritu que puede transform ar aún la esclavitud

94
AÑOS DE EDUCACION VALIOSA

n i una o p o rtu n id ad para el a d ela n ta m ien to y la prosperi-


• Un h o m b re que en fren ta las exp erien cias de la vida
h u í ese espíritu n o es d eja d o de lado. Las calamidades, de-
•i lusiones e injusticias, se tran sform an en peldaños. U n
hombre qu e posea ese espíritu aprende el secreto más v a ­
lioso de la vida. En la escuela del h o gar de P otifa r y en la
|Misión qu e le siguió, José a p ren d ió a ser el prim er m inis-
iio del im p erio más gran de del m u n d o . Más todavía,
iprendió c ó m o en fren tar la injusticia, la m aldad, la cruel-
•l.ul, el trato in h u m a n o , la te n ta ció n y la desventu ra sin
i|iii! esto lo dañara. A p re n d ió a m a n ten er su corazó n dul-
» i* y tiern o, a guardar su m en te pura y lim pia, su espíritu
\.11lente y fuerte y su fe en Dios b rilla n te y clara. U na es-
• uela qu e provea una edu cación tal es del más grande v a ­
lor. José debe haber atesorado para siem pre, d en tro de su
• orazón, un sen tim ien to de aprecio p or su alma máter.

95
Capítulo 13

Respuesta de José
a la tentación
m edida que transcurría el tiem p o, y habiendo cu m p li­
A do los vein tiú n años, José fue creciendo en c o n o c i­
m ien to y en juicio sólido. Se desarrolló rápidam ente a m e­
dida que se colocaba sobre él, más y más responsabilidades.
M uy pronto pasó de la adolescencia a la adultez. Sus rasgos
tom aron la apariencia de la madurez, pero continu aron re­
ten ien d o m ucho de la gracia y del encanto de la juventud.
El carácter genuino de superior calidad junto con la b elle ­
za de la m ente y del corazón, se refleja generalm ente en el
porte, las facciones y la conducta. Fue así en el caso d e jo -
sé. N o sólo era un hom bre próspero; tam bién era un h o m ­
bre de hermosa apariencia.
Había com o un halo de honradez en este jo ve n esclavo
que llam aba la atención. Los relatos que había escuchado
en las tiendas de su padre y de su abuelo habían h ech o
m u ch o más que sim p lem en te despertar su interés. C rea­
ron en él un am or por la obediencia. Cum plir lo más m e ti­
culosam ente posib le lo que en ten d ía que era la v o lu n ta d
de Jehová llegó a ser parte de su vida m ism a a m edid a que
crecía en él la c o n v ic c ió n de que había sido e leg id o para
realizar algún servicio im p ortan te para Dios.
Había algo más llam ativo todavía en esa su firm eza y
sinceridad conectadas con su vida religiosa, su adoración y
su devoción. Las cualidades de fidelidad, integridad, hones­
tidad, veracidad y caballerosidad caracterizaron todas sus
transacciones y negocios, y nunca cam bió en toda su vida,
todo lo que hizo fue crecer. Ese crecim iento hizo de José un

96
RESPUESTA DE JOSÉ A LA TENTACION

I m«i ubre de principios fijos, inflexibles, enraizados en la re­


ligión, en su religión con el Dios a quien adoraba y servía.

Hombres sin normas


I lay hom bres — todos los con ocem os— que parecen vi-
Vlr v.in ningún tipo de principios. N o tienen pautas a las que
m i líeles, ni ideales a los cuales adherirse; ningún ancla los
msliene y los m antiene a flote, ni les im p ide ser arrastrados
por las mareas y corrientes de la vida. N o se aferran a nin-
K1111curso firm e y fijo de conducta; por el contrario, tamba-
l» .m y pierden el verdadero rum bo por cualquier influencia
i | i k * les llega a través de las seducciones y atracciones que

IpClan a sus sentidos externos. V iven para las cosas externas


«Ir la vida, para los sentidos; su naturaleza es sensual y dese-
i lian livian am en te los prin cipios por los que otros gobier-
ii.in y controlan su vida. N o fue así con José. El fue uno de
i'sos hombres que gobiernan su vida por principios. Sus nor­
mas eran elevadas y no se desviaba de ellas.
Había estado ya varios años sirviendo en casa de Potifar.
‘■u habilidad, capacidad, junto con la fidelidad a los intere­
ses de su am o habían sido tales que fue elevado al cargo más
eminente que pudiera aspirar com o esclavo. Era el m ayordo­
mo, el administrador de to d o lo que poseía Potifar. Fue hon-
tado con la confianza y aún con el afecto de su amo.
Sin em bargo, n o había nada en su presente situación
*I ue le ofreciera la e xp ecta tiva de qu e fuesen a cum plirse
.us sueños. Sueños que a m en u d o estaban en su m en te y
le habían anunciado un gran futuro, la exaltación a un al­
io puesto, un puesto de vasta in flu en cia, pero ciertam en-
le no c o m o esclavo. Y n o había n in gu n a perspectiva futu-
i.i a la vista, excepto la de continuar com o esclavo. La ruti­
na de su trabajo, sin n in gú n cam bio, d eb ió de haberle
causado una cierta desilusión qu e ten dería a d ep rim irlo.
( Ion el paso de los años se d eb ió seguram ente de acrecen­

97
DIOS ENVIO UN JOVEN

tar este sentim iento. Pero n o por eso José d ejó de esforzar­
se en favor del bienestar de su am o. Su eficiencia en la rea­
liza ció n de sus muchas tareas n o dism in u yó. Sentía, sin
em bargo, a intervalos, una cierta pesadez de espíritu al
pensar en las prom esas de sus sueños que contrastaban
tan fuertem ente con su situación real.

M irando un camino tentador


En ese m om ento se le abrió una oportunidad inesperada
de avanzar hacia una posición elevada. Fue tentado a ver y
pensar en un cam ino tentador, en el que nunca había pen­
sado, y gracias al cual se podrían cum plir sus sueños. ¿Sería
posible que el recon ocim ien to que había obtenido, la pro­
m oción que había logrado, tuviera el propósito de conducir­
lo a la oportunidad que ahora se le presentaba? Una intriga
con la esposa de su am o posiblem en te podría llevarlo al
puesto exaltado que con razón, con base en sus sueños, ha­
bía anticipado. Es verdad que nunca había soñado obtener­
lo de esa manera. Pero tam poco nunca había soñado con
ser ven d id o com o esclavo por sus propios hermanos, los
que él esperaba que algún día "se inclinaran" ante él.
Esta oportunidad no la había buscado él. N o la había
elegido ni la había creado él. Fue forzado a ella. Sin embar­
go, aquí podía haber grandes posibilidades para el cu m p li­
m ien to de sus sueños. ¿Debía continuar esperando pacien­
te y pasivamente que Dios obrara, o debía hacer todo lo que
estuviera de su parte para salir adelante? La esposa de su
amo había abierto delante de él un curso de acción que muy
bien podría ser la manera de salir de su condición de escla­
vo. Posiblem ente José conocía a hombres que habían tom a­
do ese curso de acción sin ningún escrúpulo.
Es evidente, por el relato, que la tentación que le sobre­
vin o a José no apeló con fuerza avasalladora a su naturaleza
sensual. Sin embargo, no hay duda de que algo apeló a ese

98
RESPUESTA DE JOSÉ A LA TENTACION

i .|»reto de su naturaleza. Era un hom bre, con sentim ientos


i Ir hombre. Era joven, vigoroso, viril, con los deseos y las
pasiones normales de los hombres jóvenes. N o hay duda de
tjlii' cuando la mujer de su am o "puso sus ojos" en él y trató
ilr seducirlo, su naturaleza sexual se excitó (Gén. 39:7). Sin
• mbargo, no era un h om bre apasionado. N o se enloqueció,
ni se entregó a la lujuria. Resistió. Argum entó. Trató de ra­
tonar con ella, de hacerle ver por qué no podía acceder a
i i i i í i intriga tan pecam inosa.

<>1ro aspecto de su naturaleza


La tentación lo go lp eó en otro aspecto de su naturaleza.
\<|uí estaba la oportunidad inesperada, la posibilidad de un
r.i.in avance en el cu m p lim ien to de sus sueños. Si se entre-
i\il>a a un affair con esta m ujer que se había enam orado de
t'l y que aparentem ente n o se detendría ante nada con tal
•ln obtener sus favores, tenía la posibilidad de ocupar el lu-
i'.u de su amo, con la elim in ació n del m ism o Potifar y la
'■Irvación de José c om o dueño de esa casa. N o había nada
' ii el estado prevaleciente de inm oralidad de Egipto que hi-
( lera que esto fuera im probable o im posible. Más aún, José
•Icbjó de haber pensado que le era beneficioso estar en bue­
nos térm inos con la esposa de su amo. Agradarla prom ove-
i i.i sus intereses y aseguraría su adelanto. Si por el contrario,
1.1 contradecía y rehusaba aceptar sus deseos, haría de ella
un en em igo y posib lem en te arruinaría sus esperanzas para
rl futuro. Si cedía ahora podría obtener una influencia que
más tarde le redundaría en el m ejor de los resultados y lo
pondría en una posición d on de podría avanzar hacia la me-
1.1 que Dios quería que alcanzara.
Los h om bres siem pre han tratado de razonar así, y es
posible que José tam b ién tratara de hacerlo. Es el razon a­
m ien to de la costu m bre y la con ven ien cia . Al h om b re
siempre lo traiciona su verdadera naturaleza. Y cuando se
sigue esa ten den cia, con d u ce a la ruina. Habría sucedido

99
DIOS ENVIO UN JOVEN

lo m ism o con José si hubiera antepuesto la con ven ien cia


al prin cip io. Es cierto, podría haber te n id o una m ayor in ­
flu encia en la casa de Potifar, y hasta haber te n id o éxito
en sucederlo en el con trol. Pero no hubiera durado. Y
nunca hubiera llegad o a ser lo qu e D ios tenía en m en te
para él: ser p rim er m in istro de Egipto. N u n ca hubiera lo ­
grado lo que Dios había p lan ificad o para él: la salvación y
elevació n de su p ro p io pueblo.

Día tras día


La esposa de Potifar era persistente. El registro b íb lico
d ice qu e ren ovaba su solicitu d "cada día" (v. 10). Estaba
dispuesta a conseguir su vo lu n ta d con este h om bre que
era "de h erm oso sem blante y b ella presencia" (v. 6). Sin
duda, n o estaba acostum brada a ser rechazada y n o tenía
la in ten ción de serlo en esta ocasión. Ella quería a José y se
había propuesto tenerlo.
A pesar de la agitación y tu rbulencia de sus propios
pensam ientos, José trató de razonar con ella. Le señaló lo
m on stru oso qu e sería para él acceder a su propuesta. Su
am o — le d ijo — > lo había colo ca d o en un puesto de c o n ­
fianza, de gran responsabilidad. Potifar ni siquiera sabía lo
qu e había en la casa. Dejaba to d o en las m anos de José.
C on fia b a en él. N o le retaceaba nada, "sino a ti, p or cuan­
to eres su m ujer" (v. 9). Sería una m aldad im pensable ro ­
barle la esposa a su am o, aún con el c o n s en tim ien to de
ella. Sería un espantoso abuso de su confianza.
Su ra zon am ien to n o interesó a la esposa de Potifar. Es
probable que ni lo escuchara. A ella n o le preocupaba lo
correcto o incorrecto del asunto. Descartó el razonam iento
de José. R en o vó sus aprem ios. Pero fue en van o. José c o ­
m enzaba a ver el curso de acción que debía tom ar en fo r­
m a m u y clara. Ella no podía qu ebrantarlo. A pesar de su
tenaz persecución, él n o cedía, y fin a lm en te "n o la escu-
RESPUESTA DE JOSÉ A LA TENTACION

i lió". N i siquiera qu ería oírla más.


Pero fue necesario ponerse fuera del alcance de sus pala­
bras. Rehusó aún "estar con ella". Se m antenía alejado, fue-
la de su vista, inclusive de su casa. Siem pre es m uy útil p o ­
nerse lejos del alcance de la tentación. En el caso de José, no
lo pudo hacer com pleta o perm anentem ente. Sabía, y la es­
posa de su am o lo sabía tam bién, que debía volver a la casa.
Sus deberes hacían necesario ese retorno. Era responsable
«leí m anejo de la casa, de sus asuntos, de sus actividades. Su
seductora esperaba el m o m e n to propicio. Sabía que llegaría.

I argos y profundos pensamientos


M ientras tanto, José se em barcó en largos y profundos
pensamientos. El elem en to principal en la situación que en-
hentaba no era solam ente la apelación a una vil y baja pa­
sión, aunque esto no se descartaba. Sin embargo, estaba la
posibilidad de terminar con su condición de esclavo y quizás
asumir el puesto de un hom bre de importancia en el mundo,
l .sto tenía un elem ento apelativo y era m uy poderoso.
C onsideró n u evam en te las circunstancias que lo rodea­
ban. N in gu n a estratagem a suya o cosa que hubiera h ech o
lo había lle va d o a la situ ación en la que se encontraba.
Más aún, había cosas relacionadas con esa situación que
hacían que fuera una prueba m u y dura. A qu í había posibi­
lidades de en orm e im p ortan cia, que podrían con tribu ir al
• u m p lim ie n to de las grandes prom esas de sus sueños.
Ulemás, estaba lejos de la in flu en cia restrictiva de su ho-
>;ar y sus seres queridos. N o estaba el o jo de una madre, o
un padre o una herm ana, sobre él, in ce n tiv á n d o lo a to d o
lo que fuera lim pio, verdadero y noble. Casi n o nos dam os
i lienta c ó m o las expectativas de nuestros seres queridos y
la con fian za que ellos nos tien en nos reprim en del m al y
«le to d o lo que'sea in d ig n o , b ajo o in n oble.
Por otra parte, José estaba en una tierra pagana. Los va-

101
DIOS ENVIO UN JOVEN

lores morales que se m anejaban a su alrededor eran bajos.


Eran comunes las intrigas que él ahora enfrentaba. Otros ha­
bían hecho cosas semejantes, de m od o que tam bién podría
hacerlo él. Hacerlo sería lo acostumbrado, lo usual. Nunca
nos damos cuenta hasta qué punto los altos ideales y la con ­
ducta que encontram os a nuestro alrededor, y tam bién la
n o ción de que ciertas brechas de conducta traerán apareja­
das el oprobio y la condenación de la sociedad, nos ayudan
a mantener la virtud. Estas restricciones sociales no existían
en el caso de José.
Sin em bargo, José e n fre n tó la gran crisis m oral de su
vid a en un n iv e l más elevad o que éste. Su respuesta a la
ten ta ción n o tu vo c o m o base la c on ven ien cia , o la cos­
tum bre, o lo qu e otros pudieran pensar, o lo que pudiera
ob ten er o p o sib lem en te perder. Los relatos de su padre y
de su abuelo lo habían h ech o amistarse con Dios. José ha­
bía llegado a con ocer a Dios. Se había entregado a Dios pa­
ra hacer su volu n tad en lugar de la suya propia. Así, su res­
puesta a la gran ten tación fue justam ente ésa: ¡Dios!

U na palabra de cuatro letras


Los elem en tos de la prueba suprema de José quedaron
bien enfocados en el m u ndo de sus pensam ientos. Ahora
podía ver claramente. Fueron reducidos a su total sim plici­
dad. Podrían ser representados y expresados en dos pala­
bras. Por un lado estaba el PECADO. D el otro lado, DIOS,
Dios fue la respuesta de José a la tentación.
Siempre hay una respuesta, la única respuesta correcta,
la única respuesta verdadera, la única respuesta totalm en
te adecuada. El tentador trató de desviar a este jo ve n escla­
v o de su ca m in o verd ad ero y la respuesta de José fue:
¡Dios! La seductora estaba delante de él, h acien do to d o lo
posible, ejercien d o sus poderes de seducción, para incitar
lo a la im pureza. Su respuesta fue: ¡Dios! "¿C óm o, pues,

102
RESPUESTA DE JOSÉ A LA TENTACION

haría y o este grande mal, y pecaría contra Dios?" (v. 9). En


nna situación así, un h o m b re debe v o lv e r a sus p rin cipios
leligiosos; debe v o lv e r a las cosas básicas, a las cosas e ter­
nas, a las cosas firm es, in a m o v ib le s . D ebe v o lv e r a Dios.
No es bueno, en m o m e n to s c o m o esos, ver qué es c o n v e ­
niente o qu é no es c o n v en ie n te , o rem itirse al e je m p lo de
otro h o m b re que haya e n fre n ta d o antes la m ism a tenta-
i ión que él. ¡Debe ir d irecta m en te a D ios!
Desde esa altura deberá responder a la tentación. C uan­
do se responde desde la altura del tro n o de Dios, se saldrá
más que ven cedor. T od o s nos en fren tam os a la tentación.
I a encontram os to d o el tiem p o , en tod os lados y en todas
las formas. N os enfrenta a la vu elta de la esquina, al tom ar
una decisión, en el lab erin to siem pre cam biante de las cir-
i (instancias diarias. La te n ta ció n aparece cuando n o la
l'iiscamos, cuando nuestras defensas están bajas. La tenta-
i Ion llega de repente, inesperadam ente, seductoramente,
abriendo el camino hacia halagüeñas posibilidades. Y no hay
ninguna respuesta que sea más correcta, victoriosa, apropia­
ba y triunfante, frente a las tentaciones del gran adversario
de nuestras almas, que la respuesta de José: "¡D ios!" Cuando
m te apoyas en esa respuesta, cuando llevas cada tentación a
i »ios y la enfrentas en él, entonces te puedo asegurar que no
hay batalla en la cual luches, ni torm enta, ni inundación, ni
lentación avasallante, en las cuales te veas sin la protección
y el poder de Dios para la victoria.

I I in te n to fin a l

( luando a José no le fue posible estar lejos de la casa por


más tiem po y se en fren tó n u evam en te con la esposa de su
itmo, vio que ella estaba decidida a llevar su larga persecu-
• ion a una conclusión decisiva y exitosa. Si la persecución
no era suficiente para ob ten er su voluntad, term inaría con
I I persuasión, con las palabras, con las incitaciones verbales,

103
DIOS ENVIO UN JOVEN

y usaría el contacto físico. Utilizaría su cuerpo para quebran­


tar su desgano, para vencer su resistencia.
Esperó su oportu n id ad . M u y p robablem ente arregló su
oportu n id ad , p orqu e el registro d ice qu e cuando lle g ó su
tie m p o "n o había n adie de los de casa allí" (v. 11). Hacer
esto en una gran m an sión debe haber requ erido ciertos
arreglos previos. Y cuan do José apareció, estando ella sola
en la casa, re n o v ó su propuesta. El ap eló n u eva m en te a
que ella viera la situación tal c om o la veía él. Su am o c o n ­
fiaba en él, le había d ad o la responsabilidad de toda la ca­
sa, creía im p lícita m en te en él. Hacer lo que ella p edía era
traicion ar esa con fian za ; ella n o debía solicitar tal m o n s ­
truosidad. Y fin a lm e n te agregó su ú ltim o argum ento, el
suprem o: "¿C óm o, pues, haría y o este grande mal, y peca­
ría contra Dios?" (v. 9).
Ella n o escuchó. N o le im p ortaba la in fid e lid a d hacia
Potifar. Abusar de su confianza era cosa de poca im portan ­
cia para ella. Era in d iferen te a cualquier "grande m al". N a ­
da sabía y nada le im portaba del pecado. N o con o cía a
Dios ni tenía deseos de con ocerlo. N a d ie los podía ver. Es­
taban solos. Se arrojó sobre él. "Lo asió por su ropa". Trató
de rodearlo con sus brazos. "El d ejó su ropa en las m anos
de ella, y h u yó y salió" (v. 12). José se liberó, d eja n d o caer
su túnica, m ientras la m ujer se aferraba a ella. José se ale­
jó de ella y de la casa.
Y allí qu ed ó ella: una m ujer frustrada, una m u jer des­
preciada. Sus requerim ientos am orosos habían sido recha­
zados. Su víctim a había elu d ido su abrazo. Se ex tin gu ió la
luz brillante de la pasión en sus ojos, y ésta fue reem plaza­
da con la luz ardien te del o d io y de la an ticip ación de la
ven ganza. José tendría que pagar p or esto.

104
Capítulo 14

Encarcelado
por obedecer a Dios
osé se escapó de la casa y de su seductora tan rápidam en­

J te com o pudo. Su m ente estaba llena de preguntas sobre el


resultado de la situación en la que había sido precipitado.
Potifar n o estaba en la casa, encontrándose ocupado en al­
gún otro lugar. Cuando volviera y se enterara de lo que ha­
bía pasado, ¿qué haría? ¿Qué acción tomaría? Pero, además,
¿sabría él lo que realm ente había sucedido? ¿Qué versión le
contarían? José no esperaba que la esposa de Potifar expusie­
ra su conducta vergonzosa ante su esposo. A esta altura, la
conocía lo suficiente com o para saber que ella le presentaría
la situación a Potifar distorsionando la verdad y ocultándole
los hechos reales. Sin embargo, José no tenía form a de saber
cuán lejos iría ella en esa dirección. Estaba tan absorto en sus
pensamientos que se o lv id ó del asunto de su túnica.
La esposa de Potifar n o se proponía perder tiem po en pre­
parar la escena para el retorno de su esposo. Su primera ac­
ción fue llamar a los de la casa, a los siervos a quienes ante­
riormente había sacado de la casa. Tenía que hacer una pues­
ta en escena, tenía que actuar. Deseaba que, para cuando lle­
gara Potifar, todo el personal de la casa anduviera zumbando
con la historia de la indignidad com etida por el esclavo he­
breo y la atrocidad que había intentado realizar con ella.
Por consiguiente, aferrándose histéricamente a la túnica
de José, com en zó a gritar cuando José huía de la casa. A gri­
tar y a pedir ayuda. Los siervos vinieron corriendo de todos
los rincones, mirando sorprendidos a su angustiada ama que,
delante de ellos, sacudía el m anto de José de un lado a otro,

105

ím
DIOS ENVIO UN JOVEN

mientras lloraba a gritos por el ataque que se había hecho a


su virtud, y por la indignidad com etida por el esclavo hebreo.
"Vean", les d ijo m ostrando el m anto de José, "lo que ha
resultado de que vuestro am o trajera a este hebreo para su­
pervisar sus asuntos y p on erlo por encim a de ustedes. Se le
subieron los humos a la cabeza. Forzó su entrada en m i dor­
m itorio y trató de violarm e. Y o grité tan fuerte que se asus­
tó de su vil in ten ción y escapó de la casa. Pero me aferré a
su m anto cuando salía y aquí está para testificar en su c o n ­
tra. Potifar debe saber de este acto vergon zoso y la justicia
debe alcanzar a este miserable hebreo".
Y con esto los d espidió sabiendo que ellos exagerarían
to d o lo que había d ich o de José. Y eso era lo que ella q u e ­
ría. En realidad estaba sufriendo de in d ign a ción mientras
clamaba. Pero la rabia n o era por su h on o r afectado. Era
porque sus avances am orosos fueron rechazados. ¡Y nada
m enos que por un esclavo! Cuanto más pensaba en ello
más determinada estaba a que José sufriera por lo que había
hecho. "Y ella puso junto a sí la ropa de José, hasta que v i­
n o su señor a su casa" (Gén. 39:16).
Había mucha tensión en la casa mientras esperaban la
llegada del amo. José no podía dejar de darse cuenta de que
se enfrentaba a otra crisis importante en su vida. N o sabía lo
que le dirían a Potifar. Lo único que podía hacer, era espe­
rar. Pero, mientras esperaba, tenía el consuelo de saber que
había actuado honorablem ente. N o había traicionado a su
amo. Sus m otivos habían sido puros. Había dos m otivos que
se revelaron en el argum ento que usó ante la esposa de P o­
tifar. Uno de los m otivos fue la lealtad hacia Potifar. Su amo
confiaba en él, sin reservas. Había puesto tod o bajo su cui­
dado. José no había traicionado esa confianza. N o era culpa­
ble de la bajeza que le había propuesto la esposa de su amo.
N o había com etido ninguna deslealtad hacia el hom bre que
había con fiad o en él. N o había traicionado a su am igo. A
pesar de las consecuencias de haber o fen d id o a esta mujer

106
ENCARCELADO POR OBEDECER A DIOS

de alto rango, no se había desviado del cam in o del deber.


Por lo menos, su h onor estaba sin mancha. Se sentía lim pio.

El valor del pecado para José


El otro m o tivo que había influido en él fue la lealtad ha­
cia Dios. "¿Cóm o, pues, haría yo este grande mal, y pecaría
contra Dios?" (v. 9), le había dicho a la mujer de Potifar. A h o ­
ra estaba con ten to de haberlo dicho. Había sido fiel a Dios.
N o había sucumbido ante la tentación. Se acrecentó en él la
confianza de que Dios lo ayudaría. Se recordó a sí mismo que
el Dios a quien servía, el Dios de sus padres, era Jehová-jireh.
Se repitió vez tras vez: "El verá por ello"; "El proveerá".
N o debem os pasar este in cid en te de la carrera de José,
sin enfatizar que él con sid eró que el pecad o con que fue
tentado y evitó, n o era m eram ente un pecado hacia Potifar
o hacia la esposa de Potifar. Era un pecado contra Dios. D e­
bemos reconocer que todos los pecados son contra Dios. Se
nos harán más aborrecibles si los vem o s bajo esta luz v e r­
dadera. D avid reco n o ció este h ech o cuando expresó, en el
m o m en to de su arrepentim iento: "C on tra ti, contra ti solo
lie pecado" (Sal. 51:4). Cada acto de nuestra vid a tien e re­
ferencia a Dios. Para José, la traición a Potifar era un peca­
do contra Dios. T en ía razón. C u an do pecam os contra la
inocencia y la pureza, pecam os contra Dios. Nunca nos p o ­
dem os escapar de nuestra relación con Dios, en n in gun a
de nuestras acciones, n o im porta cuáles sean. La deslealtad
hacia otros n o term ina ahí. Es tam bién un pecado en co n ­
tra de Dios. N o s ayudará e n o rm em en te si adoptam os, c o ­
m o nuestra, la evalu ación que José le daba al pecado.
Si b ien José estaba satisfecho de n o haber traicion a d o
a su am o, ni pecado contra su Dios, se daba cuenta al m is­
mo tie m p o de qu e se había h ech o de un e n e m ig o im pla-
r a b i e en la persona de la esposa de su am o. Un gran p o e ­
ta declaró: "El in fie rn o n o tien e tanta fuerza c o m o una
mujer despechada". Sin em bargo, José n o p od ía darse

107
DIOS ENVIO UN JOVEN

cuenta de cuán lejos iría la esposa de Potifar en su búsque­


da de venganza. Ella estaba d ecidida a conseguir su ruina
com pleta. M ientras él viviera, ella no podría sentirse segu­
ra. Sólo quedaría satisfecha con su vida.
A l m irar la prenda que le había qu ita d o a José de los
h om bros, la esposa de P otifa r pensó que se le presentaba
la oportu n idad de la venganza. C u ando Potifar finalm ente
llegó, ella había fabricado su historia en to rn o a ese m a n ­
to. Su relato, arteramente entretejido, se registra con las si­
guientes palabras:
"El siervo h ebreo que nos trajiste, v in o a m í para des­
h onrarm e. Y cuando y o alcé m i v o z y grité, él d ejó su ro ­
pa ju n to a m í y h uyó fuera" ( w . 17, 18).

¿Creyó Potifar a su esposa?


Esa historia era una historia calculada para generar en
un esposo una exp losión de furia tal, que matara in m ed ia ­
tam ente al esclavo. Podía hacerlo im punem ente, sin tem or
de consecuencias personales. José era su propiedad. Podía
hacer lo que quisiera con él. El relato que se le contó, acer­
ca de una ten tativa de v io la c ió n a su esposa, tenía c o m o
m eta in flam arlo de pasión asesina e im pulsarlo a dar órde­
nes inm ediatas para la ejecu ción de José. Sin em bargo, ese
p rop ósito fracasó. Potifar n o m a n d ó m atar a José. ¿Podría
ser que n o creyera en el cuento que le hiciera su esposa?
Potifar había vivid o suficientes años con esta mujer com o
para conocer a fondo su carácter. Estaba al tanto de sus habi­
lidades en el arte del engaño. Sospechaba que ella estaba bus­
cando venganza contra su esclavo favorito por alguna o fe n ­
sa real o imaginaria. Más aún, había v ivid o también varios
años con José y creía conocer a este joven hebreo, por quien
sentía un verdadero afecto. Lo que su esposa le dijo estaba en
com pleta oposición a lo que él había con ocido de este escla­
vo, era totalm ente contrario a todos los rasgos de carácter
que él había revelado en los diez años desde que lo conocía.
ENCARCELADO POR OBEDECER A DIOS

Así que Potifar con ocía a su esposa y no confiaba en ella. Y


conocía a José y tenía una confianza total en él.
Por consiguiente, p u d o m anten er su ira m u y bien c o n ­
trolada. N o tenía, sin em bargo, otro cam in o que aparentar
que creía en su esposa y, además, debía proteger su h on o r
dando algún castigo al h o m b re que ella declaraba la había
atacado. Pero P otifa r n o ten ía in te n c ió n de que ese casti­
g o tom ara la form a de m uerte. El h o n o r de su esposa d e ­
bía ser v en ga d o . La ofen sa hacia su p ro p ia persona debía
ser pagada. Pero tam b ién debía salvarse la vid a de José. Es­
ta era la c o m p leja situación que enfren taba Potifar.
Y llegó a una solu ción satisfactoria. En fin, bastante sa­
tisfactoria para tod os los in volu crados, con la p osib le e x ­
cepción de José. Pero, aún en el caso de José, esta solu ción
era m e jo r que perder la vida; p orqu e a José, en el arreglo
que se hizo, le to c ó en suerte la prisión.

A prisión
Es probable que la esposa de Potifar no estuviera del todo
satisfecha, porque su od io y su maldad eran tales que nada la
contentaría a no ser la ejecución de José. N o podía soportar
que viviera este esclavo que la había rechazado. Pero sabía
que no podía arrinconar demasiado a Potifar. Estaba al tanto
de la confianza que éste le tenía a José y la falta de con fian ­
za que le tenía a ella. N o quería insistir en el asunto al pun­
to de que su esposo demandara una investigación. Ya estaba
suficientemente inquieta en cuanto a lo que José pudiera de­
cirle a su esposo, y tenía la intuición de que cualquier cosa
que dijera José sería más creíble que su historia. En realidad,
ella se preguntaba porqué José no había buscado hacerse oír
y vengarse. Entonces decidió que el m ejor curso de acción
para ella, era dejar que el asunto se tranquilizara, con la espe­
ranza de que si no seguía insistiendo, Potifar dejara las cosas
así. Ese era, de eso estaba segura, el m ejor cam ino para ella.
¿Por qu é José se m a n tu v o en silen cio sobre la verd ad

109
DIOS ENVIO UN JOVEN

de lo acon tecid o? ¿Por qué n o se ju stificó a sí m ism o d e ­


lante de su am o, relatan do lo qu e había ocurrido? N o hay
nada más angustioso que v iv ir bajo la som bra de acusacio­
nes falsas y hum illantes. El carácter de José fue seriam en ­
te tergiversado y dañ ad o p or el in fo rm e m en tiroso de la
esposa de Potifar. Esto im p ed iría p or c o m p le to cualquier
p ro m o ció n o ascenso que pudiera esperar. Esta crisis servi­
ría para retardar o im p ed ir totalm en te la realización de sus
sueños. El ten ía en su p od er la p osib ilid a d de revelar la
verdad a su amo. ¿Por qu é v a ciló en hacerlo?

¿Por qué José permaneció en silencio?


José tenía un profundo sentim iento de gratitud hacia P o ­
tifar por la am abilidad que su am o le había dem ostrado y
por la confianza que había depositado en él. Sabía que si le
decía a Potifar lo que había acontecido, su am o probable­
m ente le creería. Tenía en la punta de la lengua el deseo de
dar una versión totalm en te distinta de la que d io la esposa
de Potifar. Pero se d etuvo justo a tiem po. Si lo hubiera h e­
cho, habría traído vergüenza y sufrim iento al único hom bre
en Egipto que le había dem ostrado amabilidad, al hom bre
cuyo bienestar él anhelaba. Decirle a este hom bre la verdad
acerca de su esposa le hubiera causado dolor. Así que, para
evitar que Potifar supiera la verdad, José eligió sufrir el casti­
go que merecía la esposa de su amo. Exponerla a ella era de­
jar que el golpe recayera sobre el h on or de su amo.
En lugar de pron u n ciar una palabra que pudiera herir
a Potifar, p refirió sufrir la ign om in ia. Se som etió a la cruel
sospecha de que había actuado in dign am en te con el h o m ­
bre a qu ien más debía haber p rotegido. Y m an tu vo esa ac­
titud m isericordiosa luego de su larga prisión, cuando fue
elevad o a un alto cargo. Cuando estuvo en su m ano p oder
castigar a la mujer que tan cruelm ente lo había tratado, no
leva n tó un d edo para hacerlo. En to d o este asunto n o só­
lo n o m a n ch ó la pureza de su alma, sino que m ostró las

110
ENCARCELADO POR OBEDECER A DIOS

más altas cualidades de m isericordia. Por eso n o pronun-


i ió palabras de c o n d en a ció n contra esta m alvada m ujer,
sino que soportó calladam ente su m alicia. N o h izo ningún
esfuerzo p or atrapar a n in gú n otro en su propia desgracia.
En lo que a Potifar concernía, to d o lo que se esperaba de
él, com o un hom bre que debe vengar su honor y el de su es­
posa, era mandar al esclavo a prisión. Esto es lo que hizo,
pero a una prisión que estaba bajo su supervisión. Era la pri­
sión del rey, "donde estaban los presos del rey" (v. 20). Kit-
to, en su D aily Bible Illustrations [Ilustraciones bíblicas dia­
rias], tom o 1, página 382, describe el lugar com o un edificio
o parte de la m ansión oficial, subterráneo en su m ayor par­
te, cuyo techo o bóveda, que se levantaba sobre la superficie
del terreno, era redondo o con form a de bol invertido. Que
ora de esta naturaleza se infiere del n om bre con que, en el
capítulo 40:15, se lo llam a: el "calabozo". K itto agrega que
"tales calabozos tod avía se utilizan en el M ed io O riente en
circunstancias similares, y por lo general tienen una abertu­
ra en la parte superior p or donde entra algo de luz y aire y
por donde son bajados los prisioneros. Siempre están en los
terrenos del jefe de la guardia o del magistrado".

Castigado como culpable


Fue a un lugar así, en los terrenos de su amo, adonde lle­
varon a José, bajándolo por la abertura superior y colocando
sus pies en cepos. En Salmos 105:18 se nos dice que dañaron
sus pies con hierros. Se suponía que el in form e de ese trato
cruel circularía por toda la casa, y que calmaría las sensibili­
dades lastimadas, satisfaciendo hasta cierto punto el odio ar­
diente de la señora de la casa, y dando la apariencia de que
Potifar estaba descargando su ira sobre este esclavo por haber
insultado a su esposa. Y era la esperanza de Potifar que el
asunto quedara rápidamente olvidado y que la suerte de José
fuera más suave, a medida que los pensamientos de todos se
ocuparan de cualquier otro escándalo que pudiera acontecer.

111
DIOS ENVIO UN JOVEN

Parecía una situación desgraciada. José no había h echo


nada m alo pero fue castigado com o culpable. D ebió de ha­
berle sido duro entender. Había h echo lo que entendía que
era correcto. Y ahora debía sufrir por ello. Había preservado
su integridad frente a una gran tentación. N o había tratado
traicioneram ente a su am o ni había traicionado la con fian ­
za y seguridad puesta en él. Había sido leal y honesto. N o
había m anchado su alma con la impureza. Pero fue tratado
c om o si lo exactam ente opuesto fuera la verdad. R ealm en­
te, ¿valía la pena servir a Jehová?

Podría haber sido peor


A pesar de lo m a lo de la situación, pod ría haber sido
peor. Era una desgracia estar en prisión y ser inocente. Pe­
ro hubiera sido peor estar en prisión y ser culpable. José
to d a vía p od ía levantar sus ojos a D ios desde su calab ozo
red on d o y hacer una silenciosa súplica a Aquel a quien sus
padres habían servido. Pod ía pedirle a D ios que lo ju stifi­
cara delante de los h om bres y lo sacara de este lugar.
Y así lo hizo. N o perdió su confianza. N o creció su am ar­
gura. Sin duda, por un tiem po estuvo deprim ido, con fu n d i­
do, perplejo. Pero se m antuvo en sus principios. De alguna
manera, en m edio de la oscuridad, Dios estaba obrando. De
alguna manera este retraso aparente, así lo entendería más
tarde, formaba parte de los planes de Dios. José recuperó por
fin su antigua confianza y consuelo. Estaba al servicio del
gran Dios de Abrahán, de Isaac, de Jacob; en el servicio de Je-
hová-jireh, el Dios que provee, el Dios que "ve por ello". Una
vez más puso todo en las manos de Dios, y esperó.
A medida que renacía su confianza en Dios y volvía a ser
tan alegre com o antes, su conducta cam bió del desánim o al
valor. El cam bio fue tan marcado que así com o antes se ha­
bía ganado la confianza de Potifar, ahora im presionó al car­
celero de manera tal, que se suavizaron los rigores de su
ENCARCELADO POR OBEDECER A DIOS

confinam iento, se rem ovieron sus cadenas y tu vo un m ejor


trato por parte de quienes tenían que ver con él. P ronto se
convirtió en el siervo de confianza del guardián. El jefe de la
cárcel le en com en d ó a José el cuidado de todos los prisione­
ros. Otra vez había ganado el cam in o al liderazgo.

Un eslabón en la cadena
Este in cid en te de la ten tación y prisión de José tien e su
lugar en las Sagradas Escrituras n o p orq u e sea, en sí m is­
mo, de vita l im p o rta n cia. O tros h om bres de D ios fu eron
Ienfados. Incluso otros sufrieron in ju stam en te la prisión.
Pero la Biblia registra este relato p orqu e fo rm ó un eslabón
esencial en la cadena de sucesos qu e lleva ro n a José a la
presencia de Faraón y lo h iciero n go b ern a d o r "sobre toda
la tierra de E gipto" (c. 41:41).
José habrá pensado cuáles eran los propósitos que ten ­
drían las circunstancias qu e h icieron que la injusticia reca­
yera sobre él. N o s in clin a m o s a hacer la m ism a pregunta.
¿Por qu é to d o salía a p aren tem en te tan m al? La con testa­
ción es que José tenía qu e estar en prisión para ubicarse en
la línea directa de la p rovid en cia de Dios. Dos im portantes
prisioneros fu eron puestos en la cárcel p o c o tie m p o des­
pués. Si José no hubiera estado allí cuando ellos llegaron,
qué pérdida se hubiera p rodu cid o.
De m o d o que todos esos sucesos, tan innecesarios, te­
nían un p rop ósito. Form aban parte de lo qu e obraba para
bien. Eran necesarios para llevar adelan te los planes de
Dios. José, en la prisión, estaba en el lugar correcto. Esta­
ba allí en el m o m e n to correcto. C ada paso en el proceso
estaba b ajo el c on tro l p ro vid en c ia l. Y el resultado, c o m o
verem os, fue to ta lm e n te correcto. D ios sabe lo que hace.
Sabe c ó m o hacerlo. El n o com ete errores. Cada m o v im ie n ­
to es un m o v im ie n to con tro la d o. Y cuando nos c o lo c a ­
mos y perm anecem os en sus manos, p od em os estar sal vos
y seguros. El es el D ios qu e "ve por ello".

113
Capítulo 15

Tentación, resistencia,
victoria
L
a historia de José se encuentra en un o de los manuscri­
tos más antiguos del m u n d o. Tres m il años han pasa­
d o desde qu e esas experien cias fu e ro n v ivid a s y registra­
das. A través de los siglos se la ha am ad o y apreciado. Ha
pasado de gen eración en gen eración c o m o una de las p ie ­
zas literarias más herm osas y n obles del m u n d o. Form a
parte perdurable de un lib ro que ha circulado en m il id io ­
mas p or todas partes d el m u n d o. El lib ro es c o n o c id o c o ­
m o las Sagradas Escrituras. Este lib ro está form a d o p or 66
secciones o d ivisio n es y la h istoria de José está en la p ri­
m era de ellas, llam ada el libro de Génesis, o de los O ríg e ­
nes.
Este libro, las Sagradas Escrituras, es un libro de ense­
ñanza. Pero es más que eso. Es un lib ro de ilustraciones.
Es una serie de ejem p los que ilustran sus enseñanzas. Son
las enseñanzas más valiosas del m u n d o . La persona que
tien e escás enseñanzas, que les presta aten ción y las p on e
en práctica, está equ ip ad a para en fren tar exitosam en te
cualquier situación que le pueda sobrevenir, desde su na­
cim ie n to hasta su m uerte.
La h istoria de José es más qu e un relato fascinante.
Adecuadam ente com prendida, es un manual para v iv ir en
form a correcta. Es tan valiosa ahora c o m o cuando ocurrió
o cuando fue registrada. Es una caja de tesoros de instruc­
ció n para los jóven es de hoy, c o m o lo ha sido durante si­
glos. Y perderem os m u ch o si dejam os que nuestro interés

114
TENTACION, RESISTENCIA, VICTORIA

p or la historia oscurezca nuestra p ercep ció n del sign ifica­


d o qu e ésta trata de transm itir.

Tentaciones comunes a todos los jóvenes


Las tentaciones com un es de los jóven es en los tiem pos
de José son las m ism as qu e las de los jóven es de h o y. El
p roblem a de pureza qu e e n fre n tó José es el m ism o qu e el
que tú enfrentas ahora. Siem pre ha habido un problem a de
pureza con ectad o con los jóvenes. Siem pre hubo jóven es
que sucum bieron en la am arga derrota y en el vergon zoso
fracaso ante las tentadoras seducciones p or falta de casti­
dad. Y siem pre h u b o o tro s jóven es que o b tu v iero n una
gloriosa victoria sobre estas tentaciones y salieron c o m o Jo­
sé: in cólu m es y fortalecid os. La exp erien cia de José nos
p roporcion a algo así c o m o un m anual de victoria sobre la
impureza. En esta historia, los jóvenes de h o y tienen un in ­
valorable libro de instrucción para transitar el cam in o de la
victoria por encim a de los im pulsos de la carne con la más
vivida de las ilustraciones para acom pañarlos. Los jóven es
actuales, tan to o más qu e los jóven es de épocas pasadas,
necesitan un m anual así. Pues n o son diferentes de los jó ­
venes de todos los tiem pos, desde que el h om bre y la mu-
jer han estado sobre la tierra. Y los pecados de la carne son
más m align os y poderosos que nunca antes.
Los que con ocen los tiem pos en que vivim os, principal­
mente los que están al tan to de las condiciones que existen
en las escuelas y colegios, en los hogares y en los lugares de
n abajo, saben m u y bien que los jóvenes de h o y enfrentan
un problem a de pureza de m ayores proporciones. Además,
en algunos aspectos vitales eso es diferente de lo que era en
I lempos pasados. En cierto m odo, el problem a aparece aquí
en form a aguda. Es un p roblem a para el cual puede n o ha-
liei otra solu ción que la qu e Dios h ab ilitó a José a encon -
II.ir, la cual Dios m ism o p ro vee y en la que Dios m ism o es

115
DIOS ENVIO UN JOVEN

la solución. Es una solución basada en las declaraciones que


Dios ha h ech o en las Sagradas Escrituras e ilustrada en la
fascinante historia de José.

El camino hacia la pureza


Estas declaraciones se encuentran en pasajes específicos
de las Sagradas Escrituras. Están dirigidas a los jóvenes. He
aquí la primera:
"¿C on qué lim piará el jo v e n su cam in o?" Y la respues­
ta aparece a ren glón seguido: "C o n guardar tu palabra"
(Sal. 119:9).
Quisiera pensar, y creo n o estar errado al hacerlo, que
to d o joven que lee estas palabras está ansioso por descubrir
la m anera c óm o v ivir una vida lim pia. Harás bien en notar
que este pasaje sugiere qu e n o puedes ser empujado, incita­
do, llevado, o arrastrado, como por una corriente, a una vida
limpia. Para obten er una vid a tal p rim ero debes guardar,
prestar atención. H ay muchas cosas en nuestra vida que re­
quieren atención. Pero nada requiere m ayor atención que
el asunto de una vida lim pia. Aquí, nada puede ser dejado
al azar, a merced de pensam ientos tontos u opin ion es inse­
guras. Y m ucho m enos se lo puede dejar a merced de nues­
tros propios juicios, sentim ientos, em ocion es o impulsos.
Este versícu lo tam b ién enseña qu e h ay una única m a­
nera de prestar atención, y es gu ardan do su "palabra". Es­
to sólo puede significar qu e en la Palabra de Dios h ay una
enseñanza m u y positiva, m u y d efin ida sobre el significado
de una vid a lim p ia y sobre c óm o se la puede vivir.

Prestando atención
El segundo pasaje dice:
"Os he escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes,
y la palabra de Dios perm anece en vosotros, y habéis v e n ­

116
TENTACION, RESISTENCIA, VICTORIA

cido al m a lign o. N o am éis al m u n d o, ni las cosas qu e es­


tán en el m undo. Si algu n o ama al m undo, el am or del Pa­
dre n o está en él. Porque to d o lo que hay en el m undo, los
deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la van aglo ria
ile la vida, n o p ro v ie n e d el Padre, sino d el m u n d o. Y el
m undo pasa, y sus deseos; pero el que hace la volu n tad de
Dios perm an ece para siem pre" (1 Jn. 2:14-17).
Esta instrucción se d irige a los jóven es qu e son fuertes
y puros, p orqu e han gu ardado la palabra de Dios y esa pa­
labra m ora en ellos y, p or con siguien te, han triu n fado so­
bre ei gran adversario de sus almas. Sin em bargo, tam bién
deben ser am onestados. T a m b ién deb en "prestar a ten ­
ción". Se les fija delante un gran contraste entre el am or a
Dios y el am or al m u ndo, entre hacer la volu n ta d de Dios
y seguir los deseos del m u n d o . Gracias a que el am or a
Dios fue p rim ero en el c o ra zó n de José, y p orqu e puso la
volu n tad de Dios ante to d o en su vida, ganó la victoria so­
bre la im pureza.

Victoria completa
En este pasaje el ap óstol Juan se refiere a tres cosas c o ­
m o la suma total de "las cosas que están en el m u n d o".
Declara que estas tres cosas son "los deseos de la carne, los
deseos de los ojos, y la van agloria de la vida". Estas son las
tres formas en las que el pecado h um ano encuentra exp re­
sión. Son, p or con sigu ien te, los tres grandes pecados de
todas las personas sobre la tierra y de to d o corazón h u m a­
no: la lujuria, la codicia y el orgu llo.
Los deseos hum anos se p royectan en tres áreas p rin ci­
pales. Está el deseo de g o za r cosas, el deseo de con seguir
cosas y el deseo de hacer cosas.
El deseo de gozar o disfrutar cosas tiene que ver con los
apetitos de nuestro cuerpo, con las cosas qu e se p u eden
gozar a través de nuestros sentidos.

117
DIOS ENVIO UN JOVEN

El deseo de con seguir cosas tien e que ver con el m u n ­


do fuera de nosotros, con las cosas qu e p od em o s poseer.
El deseo de hacer cosas tien e que ver con to d o lo que
p od em os lograr para afectar al m u ndo fuera de nosotros.
Los jó ven es qu ieren pasar un buen rato, goza r de los
placeres de la vida. Q uieren hacer dinero. Y tien en la a m ­
bición de hacer lo m á xim o de sus vidas. T o d o esto es com ­
p letam en te correcto, to talm en te natural y norm al.
Pero cuando el deseo de gozar de las cosas se m an ifies­
ta en el uso de los apetitos corporales de form a contraria a
la volu n tad de Dios, entonces se con vierte en lujuria de la
carne.
C u an do el deseo de poseer cosas, de usar dinero, se
gratifica en form a contraria a la ley de D ios, se con vierte
en el deseo de los ojos o codicia.
C u an do el m a yor deseo del h om bre, lo qu e se llam a
am bición, el deseo de lograr algo, de hacer lo m á xim o de
sus habilidades y capacidades, lleva a una v id a que no ha­
ce de Dios su centro, le dam os el nom bre de orgullo, vana­
gloria de la vida. Es la persecución de cosas que glorifican
al y o en lugar de cosas que g lo rifiq u en a Dios.

Estaba en contra del pecado


C alvin C oolidge, que fue presidente de los EE.UU., era
hom bre de pocas palabras. Un dom ingo, mientras era presi­
dente, asistió a la iglesia sin la com pañía de su esposa. Al
vo lv e r de la iglesia, la Sra. C oolidge esperaba que su esposo
le contara qué había predicado el pastor. Cuando se senta­
ron a la mesa ella trató de obtener un com entario acerca del
servicio religioso. Pero com o no conseguía nada, finalm ente
con exasperación, le preguntó:
— Calvin, ¿fue bueno el sermón?
— Sí.

118
TENTACION, RESISTENCIA, VICTORIA

— ¿Fue largo?
— N o.
Luego de una pausa dijo:
— Bueno, ¿de qué trató?
— Del pecado.
— ¿Y qué d ijo de éso?
— Estaba en contra.
Si con la ayuda de Dios y las lecciones de la experiencia
de José, consigo que tú estés en contra del pecado, este libro
no habrá sido escrito en vano.
Hace tiem p o vi en una librería una herm osa exh ib ición
de libros, con un cartel que decía: "Ligeram ente manchados
y grandem ente reducidos en su valor". Muchas vidas jó v e ­
nes son así: ligeram ente manchadas y grandem ente reduci­
das en su valor. El pecado hace eso.
Así que la pregunta que form ula el salmista es de gran
im portancia: "¿Con qué lim piará el jo ve n su cam ino?" Lo
que significa: ¿C óm o puede un joven m antener el cam ino
de su vida lim p io, claro y sin mancha? La batalla es real­
m ente feroz, más feroz h o y día, en m uchos aspectos, de lo
que fue en tiem pos de José. N o solam ente en el m undo ex­
terno de los negocios, o los placeres, o la sociedad, o la re­
creación, sino tam bién en el m undo interior, d on de hay
una ciudadela que el en em igo de nuestras almas está siem ­
pre atacando. Nunca se detiene. Trata con gran sutileza, tan­
to con ataques frontales c o m o laterales, de rom per la resis­
tencia y capturar el corazón. Hay m om en tos cuando hace
que la im pureza aparezca m u y seductoramente. Incita a al­
gunos a rendir sus principios, sacrificar sus ideales, rebajar
sus valores. M uy a menudo el ataque es insidioso, astuto, in ­
genioso, sutil. Su ataque llega secreta y silenciosamente, co ­
m o la acción de un francotirador desde un escondite, o c o ­
m o el gas venenoso, devastando, paralizando y en vician do
el m ism o aire que respiramos.

119
DIOS ENVIO UN JOVEN

El camino a la victoria
José encontró la vía o ruta hacia la victoria. N o estaba en
sí mismo. V io que era necesario mirar más allá de sí mismo,
mirar a Dios. El hecho es que el yo nunca puede conquistar al
yo. El cam ino que encontró José no sólo es el m ejor camino,
sino que es el único camino. Estás destinado al fracaso si to ­
mas cualquier otro cam ino. "¿Cóm o, pues, haría yo este
grande mal, y pecaría contra Dios?" Ese fue el cam ino d e jo -
sé. Al dejar de mirarse a sí m ism o para mirar a Dios, obtuvo
la victoria. Este cam ino te llevará a la victoria tam bién a ti.
Pero no debem os olvid ar que depender enteram ente de
Dios para que gane nuestras batallas no significa que este­
m os relevados de la responsabilidad de resistir la tentación.
El m andato de las Escrituras de "someteos... a Dios" está se­
guido inm ediatam ente por el mandato de "resistid al diablo"
(Sant. 4:7). N in gú n h om bre ha conquistado el pecado sin
esfuerzo de su parte. José no lo hizo sin esfuerzo. Al resistir
"día tras día" fue fortalecido, com o siempre somos fortaleci­
dos, cuando resistimos, por el poder directo de Dios. Al igual
que en el caso de José, eso es siempre el seguro cam ino a la
victoria.

120
Capítulo 16

Los dos prisioneros


de Faraón
l capitán de la guardia del rey, el ejecu tor real, puso a
E su esclavo José en el calabozo. Pero José n o fue solo. El
registro dice: "Pero Jehová estaba con José y le exten d ió su
m isericordia, y le d io gracia a los o jo s del jefe de la cárcel.
Y el jefe de la cárcel e n tre g ó en m a n o de José el cu idado
de tod os los presos que había en aqu ella prisión; to d o lo
que se hacía allí, él lo hacía. N o necesitaba atender el jefe
de la cárcel cosa alguna de las qu e estaban al cu id ad o de
José, p orqu e Jehová estaba con José y lo qu e él hacía, Je­
h o vá lo prosperaba" (G én. 39:21-23).
La v ieja historia se repite. Así c o m o había sucedido en
casa de Potifar, así sucedió otra vez en la prisión del rey. La
fidelidad, el trabajo, la alegre adaptabilidad y la buena v o ­
luntad traen rápidam ente su propia recom pensa. Por pura
fuerza de carácter, José ejerció los deberes de gobernador de
la prisión en lugar de ser sim p lem en te otro recluso. El jefe
de la cárcel, acostum brado a tratar con toda clase de d elin ­
cuentes y a evaluar los caracteres de los hombres, discernió
rápidam en te en José una clase d iferen te de persona de las
que generalm ente estaban a su cuidado. Tam bién es proba­
ble que percibiera que Potifar no estaba tan airado c o m o se
podría esperarse bajo las circunstancias. El jefe de la cárcel
d eb ió de haber a d ivin a d o astutam ente que José, en lugar
de ser culpable de un d elito, era el c h iv o em isario de otra
persona. El o b jeto real d el e n o jo de P otifar n o era José, y
era posib le que José fuera puesto en prisión para guardar
las apariencias y proteger a algún otro.

121
DIOS ENVIO UN JOVEN

De todas maneras, la conducta de José fue tal, su rostro


y su m anera tan alegres, y la fortaleza de su con fian za en
Dios tan aparente — y tenía án im o para entretener y ayu­
dar a sus com pañ eros de prisión — , qu e n o pasó m u ch o
tie m p o antes de que fuera p ro m o v id o a supervisor de los
dem ás reclusos. T o d o fue puesto b ajo su cuidado. Se q u i­
taron sus cadenas; p od ía m overse lib rem en te; y se le c o n ­
fiaron muchas de las responsabilidades asignadas gen era l­
m en te al jefe de la cárcel.

El jefe panadero y el jefe copero


M ien tras tanto, y aunque él n o lo sabía, estaban o cu ­
rrien do en el gran m u n d o que estaba arriba de él, sucesos
de gran im p ortan cia para José. El servicio de in vestiga cio ­
nes de la corte de Faraón descubrió algunos elem en tos de
un com p lot, p osiblem en te contra la vida del rey, y m ucho
antes de qu e se pudiera hacer una in vestigación , se encar­
celó a algunos altos fu n cion arios de la corte hasta qu e el
asunto se pudiera in vestigar d eten id a m en te e id en tificar
con total seguridad a los culpables.
Dos de los fu n cio n arios que cayeron b ajo sospecha
fu eron lleva d os a la p risión d o n d e estaba José. Y fueron
puestos b ajo su cuidado.
Se los describe c o m o el "jefe de los panaderos" y el "je­
fe de los coperos" de Faraón (c. 40:2). Sin em bargo, estos
títulos son p o c o adecuados para m ostrar la im p ortan cia y
d ign id a d de los cargos que ocupaban. Según una traduc­
ción literal, los títu los son los siguientes: "Jefe de los que
portan las copas" y "Jefe de los cocineros". El jefe de los co ­
peros tenía un cargo de mucha im portancia. La vida m is­
m a del Faraón estaba bajo su custodia, y ese cargo era lle ­
n ad o lu ego de un exam en m uy exh au stivo para elegir a
una persona de confianza. Su cargo, m uy cercano al rey, le
daba acceso al o íd o del m onarca y, por consiguiente, era

122
LOS DOS PRISIONEROS DE FARAON

muy posible ejercer cierta influ encia sobre él. Tal cargo, de
constante p ro xim id a d a la persona real, era ansiosam ente
buscado y se con fería a personas que gozaban de la m ayor
con fian za. Su deber hacía necesario qu e exam in ara to d o
líq u id o qu e el rey fuera a tom ar y qu e probara él m ism o
una p o rció n de la b ebida para determ in ar que no estu vie­
ra en ven en a d o . Su fácil acceso al rey hacía de él una p er­
sona m u y solicitada por quienes querían ganar el favor del
soberano para sus p ro yecto s y asuntos. Por con sigu ien te,
era un cargo en el cual había posib ilidades de verse en re­
dado en las intrigas y los com p lo ts de qu ienes form ab an
parte de la corte oficial.
El jefe de los cocineros tenía un puesto similar, pero en
c o n e x ió n con la com id a del rey, en lugar de su bebida. El
tam bién ocupaba un puesto de gran responsabilidad y de­
bía goza r de la con fia n za del am o real. Las cocinas reales,
ju n to con todas la actividades culinarias del palacio, esta­
ban bajo su supervisión.

La simpatía de José
Estos fueron los dos individuos, im portantes fu n cio n a­
rios de la corte, que llega ro n al calab ozo cuando José ya
hacía un año que estaba preso. N a d ie sabía lo que habían
h ec h o o qué se supon ía qu e habían h ech o. C orría la v e r­
sión de qu e se había tratado de en ven en ar al rey y que, al
in vestigar a todos los con ectados con el sum inistro de a li­
m en tos, estos dos, por el cargo qu e ocupaban, cayeron
d en tro de los sospechosos. Esa con jetu ra tien e un viso de
veracid ad por el castigo e xtrem o que recayó sobre el jefe
de los panaderos, lu ego de la in vestiga ció n que se h izo.
Sólo un aten tad o contra la vid a del m on arca pu do haber
d em a n d a d o una sentencia tan drástica.
Evidentem ente, estos nuevos reclusos estaban en un es­
tado de suspenso e in qu ietu d tal qu e n o sólo despertaron

123
DIOS ENVIO UN JOVEN

su interés sino tam bién su cálida simpatía. José n o p u d o


dejar de notar su apariencia d ep rim id a y observar la ansie­
dad y los malos presentim ientos que denotaban sus actitu­
des. José trató de aliviar la carga de sus m entes m ostrándo­
les toda clase de am abilidades y tierna consideración.
José no podía de n in gu n a m anera saber qué im p orta n ­
cia tendría, para su p ro p io futuro, la llegada de estos dos
hom bres. N i le pasó eso p or la m en te cuan do les m ostró
am abilidad y trató de aliviar sus tristezas. Sin em bargo,
con la llegada de estos p rision eros se in ició otro crucial
m o m e n to en la carrera de José.

Todo tiene un significado en la vida


El sign ificad o del suceso es descrito con una profu nda
p ercep ción p or Joseph Parker, el gran p redicador lo n d i­
nense, en su c om en ta rio sobre Génesis (qu e es parte de
Peoples' Bible [La Biblia del p u eb lo]). D ice Parker:
"N in gú n hom bre v iv e para sí m ism o. H ay un p equ eñ o
p roblem a en la casa del rey y, de una u otra manera, esto
se unirá a los sucesos que están ocu rrien do un p oco más
allá. Te tropiezas con un hom bre en la calle, reniegas en to ­
no m olesto, pero por la v o z reconoces a tu h erm ano desa­
parecido por largo tiem po. Cruzas la calle sin saber por qué
y te encuentras con el destino de tu vida. Un n iñ o te cuen­
ta su p eq u eñ o sueño y ese sueño despierta un ben d ito re­
cuerdo que arroja luz sobre un aspecto oscuro y desagrada­
ble de tu vida. Algunas personas n o creen en dramas, no
saben qu e toda la vid a es un drama siem pre cam biante,
siempre en evolución. La vida es una com posición de fuer­
zas. El jefe de los coperos le da a Faraón la copa con una
mosca dentro y de esta com bin ación surge uno de los in c i­
dentes más patéticos y hermosos del cofre de tesoros de la
historia. N o sabemos lo que acontece a nuestro alrededor,
ni c ó m o vam os a estar unidos a los procesos colaterales.
LOS DOS PRISIONEROS DE FARAON

I lay un h ilo con d u ctor en nuestra vida; tam b ién hay pe­
queños hilos secundarios. Chocas contra un hom bre, c o n ­
versas con él, y aprendes lo que hubieras d ad o oro por sa­
ber, si hubieses sabido qu e se p od ía encontrar. En la vida
lo d o tien e un sign ificad o. Los errores tien en un sign ifica­
do. Los m alos en ten d id o s a m en u d o llevan a la m a yo r de
las arm onías. N in g ú n h o m b re puede estar sin su p rójim o.
Es algo m u y triste, realm en te, que ten gam os que estar en
deuda, en cierto sentido, con un copero o un panadero. Pe­
ro n o lo p od em os evitar. N o es b u en o tratar de sacar de la
bolsa los elem en tos que n o nos gustan. N o p od em os esta­
blecernos en una tierra de hadas d on d e pod am os tener to ­
do de acuerdo con nuestra elección. El obrero en las calles,
el n iñ o en la zanja, el p obre y sufriente m iserable en la bu­
hardilla; todos ellos, así c o m o los reyes y los sacerdotes, tie­
nen algo que ver con el gra n d ioso desarrollo y el m isterio
total de lo que llam am os historia hum ana. Dios siem pre
desciende a nosotros a través de cam inos extraños, en con ­
trán don os inesperadam ente con arbustos qu e arden y que
son tem plos de su presencia. Salimos en busca de los asnos
de nuestro padre; retorn am os c o m o hom bres coronados.
H ay algunos que n o gustan de la re ligió n p orqu e es m u y
m isteriosa, sin saber que su p ropia vid a es un m isterio en
constante progreso. Si quisieran liberarse de la presencia
del m isterio tendrían qu e liberarse de la propia existencia".
La llegada de estos dos notables prisioneros sign ificó
m u ch o para José, aún antes que tuvieran sus interesantes
sueños. Ellos se habían m o v id o en los círculos de la corte.
Sabían lo que pasaba en el país. Estaban en trato ín tim o
con los grandes hom bres de la nación; estaban fam iliariza­
dos con sus estadistas, cortesanos, m ilitares, sacerdotes y
cien tíficos, con todos los que frecuentaban la corte de Fa­
raón. En su d iario trato con estos hom bres José tu vo la
op o rtu n id ad de obten er in fo rm a c ió n valiosa, que supo
usar cuando más tarde se unió al círculo de la corte. Apren­

125
DIOS ENVIO UN JOVEN

d ió m u ch o acerca del carácter del rey, sobre las costumbres


y prácticas de la vida cortesana, sobre las influencias que
m o v iliz a n el pen sam ien to de las masas, sobre detalles del
g o b ie rn o y de las con d icion es generales prevalecientes en
la n ación y el pueblo. Por lo general, los altos funcionarios
de la corte que han caído en desgracia son m ucho más pro­
pensos a hablar de im portantes asuntos de estado que los
fu n cion arios que goza n d el favor real, especialm ente con
una persona que esté en la p osición en que estaba José.

El cumpleaños de Faraón
Era costumbre que en c o n e x ió n con el cum pleaños de
Faraón se tomaran una de dos decisiones acerca del destino
de los presos políticos: dejar en libertad a quienes iban a ser
liberados y ejecutar a los que debían morir. N o sorprende,
entonces, que a m edida que se acercaba el cum pleaños del
rey, creciera notablem ente la ansiedad del jefe de los cope-
ros y del jefe de los panaderos. Tres noches antes del cum ­
pleaños de Faraón ambos hom bres tuvieron sueños que
creían que tenían algo que ver con su destino. Pero a pesar
de que los repasaban una y otra v e z no podían lograr la
com prensión de su significado. Am bos tenían la im presión
de que sus sueños eran proféticos.
C u an do José los vio, a la m añana siguiente, los e n c o n ­
tró más pensativos que de costumbre, inclusive tristes. C o ­
n o cie n d o en carne propia lo que era la tristeza, expresó su
sim patía por sus com pañeros de prisión diciéndoles: "¿Por
qué parecen h o y mal vuestros semblantes?" (v. 7).
R espon dieron a su pregunta d icien d o: "H em os ten id o
un sueño y n o h ay qu ien lo interprete" (v. 8).
José sabía algo acerca de sueños, de m o d o que se in te ­
resó de in m ediato. Quería ayudar a estos hom bres. Quizá
Dios le perm itiera ayudarlos dándole una com pren sión es­
pecial del significado de los sueños. N o podía darse cuenta

126
LOS DOS PRISIONEROS DE FARAON

en ese instante de cuán im p o rta n te era este m o m e n to pa­


ni él. Pero c o m o siem pre era habitual en él, buscó la orien-
lación de Dios. Fue m o tiv a d o a decir: "¿N o son de Dios las
interpretaciones? C o n tá d m e lo ahora" (v. 8).
A l decir esto n o qu ería decir o dar la idea de qu e él era
Dios, ni siquiera de qu e poseía la sabiduría de Dios. Sin
em bargo, ten ía la d isp o sició n de hacer lo qu e estaba a su
alcance para ayudar a estos hom bres, y expresó la c o n v ic ­
ción de qu e D ios le p erm itiría p ro veer esa ayuda al darle
e n ten d im ie n to para c o n o c er el sign ificad o de los sueños.

losé no había perdido ia fe


Es evid en te, p or la respuesta de José a estos preocu p a­
dos hom bres, que él n o había p erd id o su fe. Aún creía en
sus p rop ios sueños. Por tan to, aún creía en Dios, a pesar
de los largos años de chascos y esperanzas diferidas. Lue­
go de una exp erien cia c o m o 1a suya, m u chos hom bres le
hubieran d ic h o a estos soñadores: "O lvíd en se de sus sue­
ños. D eshéchenlos de sus pensam ientos. N o significan ab­
solutam ente nada, y, cuan to m enos aten ción les den, m e­
jor será para vuestra paz m ental. Los sueños son ilusiones.
He te n id o sueños p rop ios y m iren ad on d e m e han traído.
Una v e z pensé, c o m o ustedes ahora, que había algo p ro fè­
tico en ellos. He a p ren d id o que esto n o es verdad. Es sólo
una burla para engañarlos. Esto es lo que los sueños h icie ­
ron por mí. Esto es lo qu e harán p or ustedes".
Pero si bien ésta podría haber sido la actitud de José, sin
embargo no lo fue. N o se había dejado llevar por la amargu­
ra. N o había perdido la esperanza. Había m antenido su con ­
fianza en Dios. Los m anojos que se inclinaban y las estrellas
que se postraban, aún significaban algo para él, a pesar de to ­
dos estos frustrantes años de espera y de que su suerte em ­
peoraba gradualmente. N o pensaba que sus sueños carecían
de im portancia. Por tanto, tam poco tomaría a la ligera los

127
DIOS ENVIO UN JOVEN

sueños de estos hombres ansiosos y preocupados. Significa­


ban algo. El esperaba que significaran algo bueno, algo bue­
no para ellos, y quizás algo bueno para él mismo. Con esa fe
y esa esperanza les habló am ablemente a estos dos confundi­
dos y angustiados hombres, y les ofreció interpretar sus sue­
ños. Al hacerlo, y en forma totalm ente inconsciente, dio otro
paso adelante en el cum plim iento de sus propios sueños.

El sueño del jefe de los coperos


La amabilidad y simpatía de José anim ó el corazón de es­
tos hombres, y de buena gana le contaron sus sueños. El je­
fe de los coperos habló prim ero y dijo: "Yo soñaba que veía
una vid delante de mí, y en la vid tres sarmientos; y ella co ­
m o que brotaba, y arrojaba su flor, vin ien d o a madurar sus
racimos de uvas. Y que la copa de Faraón estaba en m i ma­
no, y tom aba yo las uvas y las exprim ía en la copa de Fa­
raón, y daba yo la copa en m ano de Faraón" ( w . 9-11).
A m e d id a que el jefe de los coperos iba narran do su
sueño, José fue c o m p re n d ie n d o su sign ificad o. N o hubo
vacilacion es en su interpretación. Estaba seguro de sí m is­
m o cu an d o le e x p lic ó al h o m b re que a los tres días, en el
cu m pleañ os de Faraón, sería restaurado a su puesto p or el
rey. R eveló su propia im plícita con fian za en que esto cier­
ta m en te ocurriría, al suplicarle al jefe de los coperos:
"Acuérdate, pues, de m í cuando tengas ese bien, y te rue­
g o qu e uses c o n m ig o de m isericordia, y hagas m e n ció n
de m í a Faraón, y m e saques de esta casa. Porque fui h u r­
tado de la tierra de los hebreos; y ta m p o c o he h ech o aquí
p or qu é m e pusiesen en la cárcel" ( w . 14, 15).
Esta súplica torna m u y h u m an o a José. A pesar de que
hasta ahora se había abstenido de hablar de su desilusión
p or los largos años de espera y por las terribles desgracias
que le habían sob reven ido vez tras vez; a pesar de que no
había perm itid o que su perplejidad e im paciencia se mani-

128
LOS DOS PRISIONEROS DE FARAON

testaran en protestas airadas ni había to m a d o ven ga n za


por su cuenta, es e v id e n te , por esta súplica al jefe de los
coperos, de que estaba cansado de la d ilación y la in ju sti­
cia. "Tú tienes un buen d estin o delante tuyo", le dice, "d e­
searía pod er esperar lo m ism o. Quisiera salir de este cala­
bozo. Es cierto que m e han puesto p or encim a de los otros
prisioneros. Sin em bargo, sigo sien d o un recluso. A ú n es­
to y p riva d o de libertad, y p or una causa injusta. S oy res­
ponsable de los otros reclusos y estoy a cargo de ellos, p e ­
ro el calab ozo sigue sien d o el calab ozo y n o p erten ezco a
aquí. C u an do llegu e tu buena fortuna, n o te o lvid es de
mí. M uéstram e la am abilidad de hacer to d o lo que puedas
para sacarme de aquí". Y el jefe de los coperos, encan tado
con las buenas perspectivas, y con toda buena volu ntad, le
p ro m etió a José cum plir su pedido.

El sueño del jefe de los panaderos


El jefe de la cocin a escuchó aten tam en te el relato del
sueño del jefe de los coperos. T am b ién escuchó la fe liz in ­
terp retación de José. Y p o rq u e la in terp retació n ten ía un
buen fin al se a n im ó a relatar su p ro p io sueño. Esperando
un fin al igu alm en te d ich oso, y d ijo así:
"T am bién y o soñé qu e veía tres canastillos blancos so­
bre m i cabeza. En el can astillo más alto había toda clase
de m anjares de pastelería para Faraón; y las aves las c o ­
m ían del canastillo de sobre mi cabeza" (v v. 16, 17).
El rostro de José debe haber quedado decaído a m edida
que se le iba revelando el sueño del jefe de los panaderos. El
intérprete de Dios siem pre tiene una tarea de gran im p o r­
tancia, pero no siempre es una tarea placentera. Algunas ve­
ces causa desconsuelo. N o siempre tiene buenas noticias que
anunciar. Hay veces cuando es el anuncio de una sentencia
de muerte venidera. C o m o en este caso. José debió de haber
buscado palabras adecuadas para suavizar el golpe. Pero no

129
DIOS ENVIO UN JOVEN

en con tró ninguna. Tenía que decirlo. Y n o dudó. "Al cabo


de tres días quitará Faraón tu cabeza de sobre ti, y te hará
colgar" (v. 19). ¿C óm o se puede suavizar una cosa así?
Después de tod o, n o era la in terp retació n de José. Era
la de Dios. Tal com o José había señalado, las interpretacio­
nes son de Dios. José sólo era el v o c e ro de Dios. Y los v o ­
ceros de D ios deben decir sólo lo qu e D ios les orden a de­
cir. D eben anunciar la con d en ación así c o m o la salvación.
D eben hablar de la ira de D ios así c o m o de la gracia de
Dios. El ser v o c e ro de D ios es siem pre una tarea elevada y
n oble. N o es siem pre un trabajo fácil. N o fue fácil para Jo­
sé en esta ocasión. Los intérpretes de Dios, sus voceros, no
siem pre pueden hablar palabras placenteras. Pero siempre
d eb en hablar palabras de verdad. Las palabras veraces no
siem pre son agradables de escuchar. N o fueron agradables
para el jefe de los panaderos. Eran, sin em bargo, verd ad e­
ras, y el jefe de los panaderos lo constató a los tres días.
Y fue así que sucedió tal c o m o José había dicho. El je­
fe de los coperos fue en co n tra d o in o ce n te y restaurado a
su cargo de deber y h onor; el jefe de los panaderos fue en­
con trad o culpable y ahorcado. Y José fue d ejado en el ca­
labozo. El jefe de los coperos se o lv id ó rápidam ente d e jo -
sé y de su prom esa de hacer algo por él. Pasó el tie m p o y
más años se acum ularon sobre la cabeza de José, d án dole
tiem p o, m u ch o tiem p o, para m editar en los m uchos p en ­
sam ientos que se agolpaban en su m ente.

130
< a pítulo 17

Un hombre olvidado
F
ue una súplica c o n m o v e d o ra y patética la que José le
h izo el jefe de los coperos, cu an do le d ijo de las pers­
pectivas de su pronta liberación de la cárcel, su absolución
de tod a sospecha de deslealtad al rey, y su restauración a
su cargo de jefe de los coperos. L len o de alivio y gozo, éste
fervien tem en te p ro m e tió que se acordaría de José y trata­
ría de obtener su libertad. Sin duda, fue sincero en ese m o ­
m ento, pero con la gozosa agitación que acom p añ ó su res­
tauración y con el to rb e llin o v ertig in o s o en el cual se v io
en vu elto al v o lv e r a su h o n o r y p osición , todos los pensa­
m ien tos acerca de José se alejaron de su m ente. N o quería
ni pensar en ese terrible calab ozo ni en n in gu n a cosa c o ­
nectada con él. El registro dice: "Y el jefe de los coperos n o
se acordó de José, sino qu e le o lv id ó " (G én. 40:23).
N o le ech em os la culpa al jefe de los coperos p or o lv i­
darse del h om bre que le había dem ostrado am abilidad y le
había dado esperanza. Es una d eb ilidad m u y humana. H a­
ríam os bien, antes de reproch ar al jefe de los coperos, en
recordar algunos lapsus de nuestra m em oria. Fue fácil pa­
ra el jefe de los coperos dejar que José resbalara del m u n ­
do de sus pensam ientos. Recordem os que fue sacado apre­
suradam ente del calab o zo y lle v a d o al palacio del rey,
d o n d e se v io rod eado de tod a la ex c ita ció n de las fe s tiv i­
dades del cum pleaños d el rey y de la b ien ven id a y las fe li­
citacion es de sus am igos y asistentes. Se reunió con los
m iem b ros de su p ropia fam ilia, fue con d eco rad o una v ez
más con la insignia de su cargo, y se v io rodeado p or cor­
tesanos e inm erso en un to rb ellin o de regocijo y felicidad.
El calab ozo parecía un m al sueño, algo m u y lejano. El je-

131
DIOS ENVIO UN JOVEN

fe de los coperos se sum ergió de lle n o en la excita ción de


su nueva vida, que en realidad era su antigua vida restau­
rada. Los saludos am istosos de sus colegas resonaban en
sus oídos y tenía necesidad de ponerse al día con todos los
asuntos que se habían acum ulado durante su estadía en la
prisión. Se sin tió m u y satisfecho de haber escapado de la
suerte de su colega, el jefe de los panaderos, y ser transpor­
tado de la oscuridad, desesperación e in certidu m bre ator­
m entadora de sus días de detención, a su puesto de im p o r­
tancia, h on o r e intensa actividad. C on sid eran d o to d o es­
to, p od em os fácilm en te en ten d er c ó m o fue que se o lv id ó
de la prom esa que le hiciera a un pobre esclavo hebreo.

El jefe de los coperos se olvida


P osib lem en te haya h ab ido alguna ocasión cuando, en
el m e d io de sus ocupaciones, se acordara de José y de su
promesa. Si fue así, p robablem en te se tran qu ilizó a sí m is­
m o d icién dose que sólo esperaba la ocasión favorab le p a ­
ra hablar una palabra en su favor. Tam bién pudo haber ra­
zo n a d o que, después de tod o, su deuda hacia José n o era
tan grande, p orqu e to d o lo que este prision ero había h e ­
cho fue interpretar un sueño. N o había contribuido en fo r­
m a alguna a su liberación . Más aún, se pudo haber cues­
tion ad o en su mente, si no sería bastante vergon zoso reve­
lar que había estado en con tacto tan estrecho, y con un
cierto sentido de o b ligación , con un esclavo hebreo, cu l­
pable y en prisión, por una ofensa crim inal hacia otro d ig ­
natario de la corte.
Y así fue c o m o "n o se acordó de José, sino que lo o lv i­
dó". Se sumergió en las actividades del palacio mientras Jo­
sé languidecía en el calabozo. M ientras uno estaba otra vez
en m ed io del b rillo de la vida cortesana, go za n d o n u eva ­
m en te del fa v o r real, el otro esperaba, esperaba, y espera­
ba, en la tristeza del calabozo. Día tras día renacía la espe­
ranza en el corazón de José de qu e ese día podría ser el de

132
UN HOMBRE OLVIDAD« >

su ansiada liberación . Y a m edida que pasaban los días sin


noticias, iban m u rien d o sus esperanzas y la oscuridad se
iba c ern ie n d o una v e z más sobre él. El final de cada di.i
profundizaba más esa oscuridad. Los días, semanas y m i­
ses pasaban y n o había noticias. Finalm ente, d ejó de espe
rarlas. ¿ C ó m o p od ría ser sustentada la esperanza l í e n l e ,i
ese silen cio m ortal?
Fue entonces cuando los viejos y añorados pensam ien
tos v o lv ie r o n a la m en te de José. H abía pasado d i e z ai)o\
en la esclavitud, segu ido de dos años en el calabozo. A lio
ra ten ía 29 años. Los años pasaban v elo zm e n te . N o leni.i
una perspectiva segura de ser liberado alguna vez de la pi 1
sión. U n día seguía a otro y los años de injusticia tras d e e l
parecían interm inables, mientras que los años de continua
injusticia delante d e él parecían igu alm en te eternos. ¿Que
había pasado con sus sueños? Y D ios. ¿Qué había pasado
con Dios? ¿Esos sueños realm en te sign ificaban lo que e l
pensaba? ¿Había estado eq u iv o ca d o siempre?

Expectativas no cumplidas
N ada había ocu rrid o c o m o él se había im agin ado. T o ­
d o lo que le había acon tecid o parecía em peorar sus posibí
lidades, en v e z de m ejorarlas. Sus expectativas n o se lia
bían cu m p lid o . La creencia que se había form ad o, c om o
resultado de lo qu e su padre y su abuelo le habían d ich o
sobre las acciones y el carácter del D ios de su pueblo, alio-
ra parecía errada. Sea c o m o fuere, n o había resultado. I a
teoría qu e él creía era verdadera, y que le habían ensena
do su padre y su abuelo, tam bién era tenida por cierta poi
todos los siervos d el verdadero Dios: que la prosperidad v
el éxito son siem pre los resultados de la fidelidad en servir
a Dios; que el bien vien e al que es b u en o y que el mal y l.i
adversidad le v ie n e n a los malos.
Pero eso n o era lo que le había sucedido a él. Le había

133
DIOS ENVIO UN JOVEN

ocu rrid o exactam en te lo opuesto. C u an to más fiel había


servido a Dios, peor le había ido. H abía tratado, sin duda,
de ser bueno. Siem pre había sido o b e d ien te , tan to a su
padre terrenal c om o al celestial. Creía que el favor d iv in o
ven d ría sobre él y sería re co m p en sa d o con la b en d ició n
del cielo c o m o resultado de su fidelidad. Entendía que la
adversidad era la m arca de la ira y d esaprobación divin a.
P ero n o fue prosperidad lo qu e le v in o . N o fue la b e n d i­
c ió n divin a. Fue la adversidad; n o una vez, n o dos veces,
sino in va riab lem en te, añ o tras añ o y tras año, durante
d oce años. ¿En qué había sido b en eficiad o por causa de su
in tegrid ad ? ¿Qué había lo gra d o p o r su fid elid a d a Dios?
S ólo esto: el celo asesino y el o d io ardien te de su propia
carne y sangre; y la esclavitud; y el e x ilio en una tierra e x ­
traña. ¿Qué había de bu eno en ser fiel a D ios si ésa era la
recom pensa? Y ésa había sido e fe c tiv a m e n te su re c o m ­
pensa.
Más aún, cuando esa herm osa y n o b le seductora e g ip ­
cia se había arrojado en sus brazos y había apelado a las
pasiones qu e estaban en su m á xim o auge en su cuerpo jo ­
ven, ¿no había resistido sus halagos y solicitudes amorosas
para ser fiel a Dios, y p orqu e no quiso pecar contra Dios?
¿Qué había logrado? Sólo esto: el estigm a de haber com eti­
d o justo lo que había resistido; el castigo p or haber h ech o
justam ente lo qu e tan d ifíc il le fue n o hacer y que n o h i­
zo. Su castigo era to talm en te in m erecido.

¿Había algún bien en servir a Dios?


Tam bién había sido amable y considerado con sus c o m ­
pañeros de prisión. Había escuchado sus historias. Había
tratado de consolarlos. Había tratado de traerles con ten ta­
m ien to. ¿Y qué había logrado? Hasta d on d e podía ver, ab­
solutam ente nada. Más le hubiera valid o haberse guardado
toda la am abilidad para sí mismo. Estaría igual que ahora.

134
UN HOMBRE OLVIDADO

Por ejem plo, esos dos prisioneros de la corte. Se había des­


vivid o por animarlos. Les había interpretado sus sueños. El
jefe de los coperos le había agradecido fervientem en te y ha­
bía p ro m etid o hacer to d o lo que pudiera para liberarlo del
calabozo. ¿Qué había ocurrido? Absolutam ente nada. Nada
había h ech o por José. Ya había pasado suficiente tiem p o
com o para estar seguro de que el cop ero nada haría. T o d o
había salido mal. Y desde el com ien zo. Y por años. Cuanto
más hacía lo correcto, más sufría por ello.
Entonces, ¿de qué valía hacer lo bueno? ¿N o se había
equ ivocado su padre cuando le había enseñado que lo bue­
no le ocurre a los buenos y lo m alo a los malos? Pero en su
larga experien cia José había visto justo lo contrario. Los
m alos prosperaban; los buenos eran castigados. Eso había
sucedido con él. Lo había probado. D oce años. ¿N o existi­
ría una filo so fía de vida que diera m ejores recompensas?
¿Podría ser que, después de todo, n o hubiera un Dios que
juzgara correctam ente entre lo bueno y lo m alo en la tierra?
¿Había estado errado to d o el tiem po? ¿Habían estado Abra-
hán, Isaac y Jacob equ ivocados tam bién?
Estos eran algunos de los pensam ientos y las ten ta cio ­
nes que debieron haber pasado por la m en te de José des­
pués que perdiera toda esperanza en la intercesión del jefe
de los coperos. Los días qu e pasaban debieron de haber si­
do m u y desoladores.
En su adolescencia, toda la educación de José tendió a la
com placencia. Su padre, excesivam ente cariñoso, h izo todo
lo posible por malcriarlo. José se deleitaba con su túnica
principesca de muchos colorés. Perm itió que la grandeza
prom etida en sus sueños exageraran su im portancia. Sus
pensam ientos se volcaban en demasía hacia sí mismo. T od o
esto tiende a una falta de verdadera fuerza, o garra, o poder
para dirigir. Llevaría m ucho tiem po cambiar esta tendencia
que com en zó en su juventud. Pero ese cam bio se fue produ­
ciendo durante la larga secuencia de experiencias a través de

135
DIOS ENVIO UN JOVEN

las cuales Dios hizo pasar a este hijo del destino, para que lle­
gara a ser un hombre de firmeza. José había llegado ahora a
la gran oportunidad de su vida. Y estaba listo.
R ecibió una edu cación prim aria en las tiendas de su
hogar, m edian te las enseñanzas con ten id as en las narra­
ciones de su padre y su abuelo.
Su educación secundaria, o de liceo, la o b tu vo en casa
de Potifar durante los años de esclavitud.
Su edu cación universitaria, ahora cercana a la gradua­
ción, la adquirió en el calabozo, d on d e se lo había coloca­
d o en form a totalm en te injusta.
Las lecciones de la v id a fueron p ro fu n d am en te apren ­
didas. Fue un estudiante d iligen te y obedien te. Y desde el
co m ien zo , su maestro y prin cip al y constante guía había
sido y aún era el Dios de sus padres, Jehová-jireh, el que
"verá por ello". El registro b íblico dice que José estaba en la
cárcel y "Jehová estaba con José".
Sí, el Señor estaba con él. Había estado con él siempre.
En la tien da de su padre, en el via je a D otán, en el p ozo,
en el via je a Egipto, en el m ercado de esclavos, en casa de
Potifar, en la tentación, en el calabozo; el Señor nunca lo
había abandonado. Aún en el desánim o causado por el o l­
v id o del jefe de los coperos, el Señor estaba con él.

Dios usa incluso el olvido ingrato


Porque n o hubiera sido bueno para José qu e el jefe de
los coperos lograra su lib eración de la cárcel. Eso hubiera
dañado, no ayudado, a José. Fue bueno para José que el je­
fe de los coperos se olvidara de él. D ios puede utilizar aún
el o lv id o in grato para el avance de sus propios planes, así
c o m o u tilizó el odio, la m alicia y la injusticia de los h er­
m anos de José.
Considera por un m o m e n to lo que hubiera sucedido si
el jefe de los coperos se hubiese acordado de José y se h u ­

136
UN HOMBRE OLVIDADO

biera sobrepuesto a la renuencia natural qu e sentía de in ­


terceder por este prision ero hebreo. Supongam os qu e él lo
hubiera h ech o y qu e hubiese te n id o é x ito en sacarlo del
calabozo. ¿Cuál hubiera sido el resultado? C o m o era tod a­
vía esclavo de Potifar, nunca hubiera p o d id o ser restaura­
d o a la casa de éste. H ubiera sido lle v a d o una v ez más al
m ercado de esclavos y v e n d id o a o tro am o, p osib lem en te
para las canteras o algún o tro lugar de trabajo.
Pero su pon gam os qu e la buena v o lu n ta d de Faraón
hubiera id o tan lejos c o m o para con ced erle la libertad y
p erm itirle salir de E gipto y regresar a su p ro p io país y a su
gente. U n resultado tan feliz hubiera traído gran g o z o a Ja­
cob y a José. Pero, después de todo, sólo hubiera sign ifica­
d o un retorn o para trasquilar las ovejas, atender el ga n a ­
do, observar y v ig ila r las con fab u la cion es de sus h erm a ­
nos. N o lo hubiera lle va d o en la d irec c ió n del c u m p li­
m ie n to de sus sueños, sino a algún fin al oscuro de su ca­
rrera.
Y en ese caso, cuan do los años de gran abundancia v i­
nieran, n o habría h ab id o un José en E gipto que guardara
el gran o para los años de h am bre y necesidad. E gipto n o
hubiera te n id o un p recavid o adm in istrador de alim entos,
qu e supiera que ven d rían los años flacos y que n ecesita­
ban prepararse para ello. C u an do hubiera llegad o el gran
ham bre, n o hubiese h ab id o un José en E gipto para salvar
a la n ació n y alim en tar a otras n aciones a su alrededor.
C u an do el ham bre afectara la vida m ism a de la fam ilia de
Jacob, n o habría h ab id o un José en E gipto del cual o b te ­
ner alim en to para preservar la vida. N o hubiera habido un
José en Egipto para proveer un lugar seguro para su pueblo
con el fin de que pudiesen crecer y ser una gran nación.
N o , fue m e jo r para José que el jefe de los coperos se o lv i­
dara de él y que él perm aneciera un p o c o más, bajo la dis­
ciplin a del calabozo. Por supuesto qu e fue duro para José,
p ero en realidad n o lo lastim ó.

137
DIOS ENVIO UN JOVEN

Años duros pero beneficiosos


Pasaron dos años después de qu e el jefe de los coperos
fuera liberado y restaurado a su cargo en el palacio del rey.
Fueron los años finales de la edu cación y preparación de
José. Le h icieron m u ch o bien. Su m en te activa, escudriña­
dora, repasó n u evam en te los p rin cipios básicos de su edu­
cación temprana, los fundam entos de su fe religiosa. A p e­
sar de la naturaleza proh ib itiva de su m ed io am biente y de
la c o n d ició n aparentem ente desesperante, que no m ostra­
ba perspectiva de cam bio, José p u d o p on er a Dios en pri­
m er lugar en sus pensam ientos y la v o lu n ta d de Dios en
p rim er lugar en sus expectativas. In d u d ab lem en te, d eb ió
de haber sido difícil, más de lo que las palabras pueden ex ­
presar, ver que el jefe de los coperos o b ten ía el rápido
c u m p lim ie n to de su sueño m ientras que él, qu e había in ­
terpretado el sueño y esperado tan largo tiem p o , tod avía
tenía que esperar. Aún más duro d eb ió de haber sido, des­
pués de la ida del jefe de los coperos, quedar tan d espro­
visto de una m ano am iga, ya que parecía n o haber otra
form a posible de conectarse una vez más con el gran m u n ­
do fuera de las paredes del calabozo.
Años difíciles, sin duda. Sin embargo, fueron los años
más fructíferos para la maduración del carácter de José. La
serena dignidad, la confianza que impresiona, la firm e segu­
ridad de conocer la voluntad de Dios, y la desenvoltura co ­
m o líder que demostró cuando fue tan inesperada y súbita­
m ente precipitado a la presencia de Faraón, tuvieron sus raí­
ces en esos dos años de silencio y espera. José se vio forzado
a encontrar algún principio básico que lo sustentara a través
del tiem po de espera, que dirigiera su curso en m edio del de­
saliento y la profunda perplejidad. Encontró ese principio
en la con vicción que había crecido junto con él a través de
los años - y que se había afirm ado a pesar de la oscuridad
p revalecien te-: la única cosa esencial que se debe buscar y

138
UN HOMBRE OLVIDADO

lograr en este m undo es hacer la voluntad de Dios y cumplir


el propósito de Dios. Que se haga la voluntad de Dios, con o ­
cida o desconocida; que el propósito de Dios prosiga, visto
y com prendido, u ocu lto e incom prensible, y tod o el resto
que deba continuar su curso, que continúe.
Más aún, José tenía la firm e con vicció n de que el h o m ­
bre que m ejor cum ple el propósito de Dios y que m ejor lle­
va a cabo su volu n tad es aquel que, sin ansiedad ni im pa­
ciencia, espera sim plem en te el tiem po, o la vez de Dios, y
hace, mientras tanto, con fidelidad, el deber sencillo de ca­
da hora que transcurre. Además, al no saber cuál era el p ro­
pósito de Dios para él, ni el m o m en to en que Dios quería
que lo llevara a cabo, José tuvo que aprender la lección su­
prema de dejar tod o en las manos capaces de Dios, e im p o ­
nerse a sí m ism o una sumisión profunda, y voluntaria y ac­
tiva a la volu n tad om nisapiente del Eterno. Luego de esos
años de entrenam iento intensivo, José estaba en com pleta
arm onía con el In finito.
Dios puede utilizar en gran manera a un hom bre que es­
té así entrenado y dirigido. Y así com o José estaba ahora lis­
to para ser utilizado, tam bién Dios estaba listo para utilizar­
lo. El tiem po de entrenam iento de José había term inado. Su
gran hora había llegado.

139
Capítulo 18

Del pozo de Dotán


a gobernador de Egipto
os grandes cam bios y sucesos en la vida de José habían
L ocu rrid o siem pre con sorpren den te rapidez. Y eso fue
tam b ién lo que le sucedió ahora.
Había sido durante años, el fa vo rito de su padre, prote­
gido, m im ado, cuidado. Y de pronto, sin una advertencia,
fue am en azado de m uerte y tirado a un p o zo .
Súbitam ente fue separado de su h ogar y del am or y
p rotección de su padre y fue v en d id o c om o esclavo; trans­
p ortad o a Egipto y colo ca d o en el m ercad o de esclavos.
C u an do había alcanzado cierto grado de seguridad e
im portancia en la casa de Potifar, llegan d o finalm ente a ser
puesto a cargo de toda la casa, se en co n tró de p ron to den ­
tro de los muros de un calabozo, con cadenas en sus pies.
Y justo ahora, desde su condición de prisionero, después
de años de espera, es velozm ente exaltado, por la notable pro­
videncia de Dios, al gobierno de la primera nación de la tierra.
C u an do las cosas le sucedían a José, le sucedían con
una inusitada rapidez, y produ cían cam b ios de una sor­
p ren d en te am plitud.
Había perm anecido tres años en el calabozo. Su prisión
fue totalm en te inm erecida. N o había form a alguna a su al­
cance de que se le hiciera justicia. Su causa nunca fue in ­
vestigada justam ente. N o había perspectivas de que algu­
na vez fuera juzgado con justicia. N o había m anera de que
pudiera probar su in ocen cia. Desde to d o p u n to de vista
h u m a n o su caso estaba más allá de tod a esperanza.

Dios nunca desespera


Lo que ahora le sucedió a José debería dejar en nosotros

140
DEL POZO DE DOTAN A GOBERNADOR DE EGIPTO

una lección que haríamos bien en tenerla siempre en mente.


Y es que no hay ninguna situación, no im porta cuán deses­
perada sea, de la cual Dios no pueda librarnos rápidamente.
N o hay estado o condición a la que los hombres o dem onios
nos puedan precipitar que nos aleje del alcance de nuestro
Padre celestial. N o permitas que ninguna com bin ación de
circunstancias, no im porta cuán com plicadas o aparente­
m ente imposibles sean, hagan que creas que Dios ha perdi­
do su capacidad para ayudarte, para librarte, para cambiar tu
cautividad desesperada en una gran victoria. Cuando el
tiem p o de Dios haya llegado, puede hacer que cada dificu l­
tad se desvanezca, que toda barrera desaparezca. Nada, lite­
ralm ente nada, puede entorpecer el cam ino para llevar ade­
lante su propósito, el cum plim iento de su voluntad. Y la in ­
tervención de Dios, que cambia com pletam ente las circuns­
tancias de una vida, puede llegar en form a instantánea.
N o im porta si tú, no puedes ver un cam ino, una salida a
una situación com pletam en te desesperada. Dios puede ver
lo que tú no puedes ver. Puede que estés pasando por gran­
des pruebas que parezcan dificultades insalvables, causadas
por la pérdida de un ser am ado, o por circunstancias v er­
gonzosas, o por otras calamidades. Quizá pienses que tu si­
tuación es desesperante y que no hay ninguna salida.
Si esto te llega a ocurrir, no pierdas tu confianza en el
Dios para quien nada es im posible, aunque toda ayuda hu­
mana te haya fallado. Nunca se acorta su brazo com o para
no poder salvar. Nunca su oído está tan ocupado com o para
que no pueda escuchar. Tu necesidad extrem a puede fácil­
m ente ser su oportunidad. Dios nunca deja de tener los m e­
dios necesarios para cum plir sus propósitos misericordiosos.

José estaba listo


Era el p ro p ó sito y la v o lu n ta d de D ios que José, el es­
clavo h ebreo reclu ido en un calabozo, fuera elevad o a un
cargo de m a yor d ign id a d y p od er en la tierra de Egipto.
D ios había d ecretado esto con el fin de qu e se cu m pliera

141
DIOS ENVIO UN JOVEN

su p ro p ó sito futu ro para su pueblo. A h ora p ro ced ió a lle ­


var delante su p rop ósito. Por fin había llega d o el tiem p o
fijad o en los propósitos eternos de Dios, para la revelación
de lo que Dios tenía p lan ificad o para José.
A José no se le dio ninguna prem onición que le anuncia­
ra la llegada de su liberación y exaltación. Los eventos que
ocurrieron con pasmosa rapidez lo tom aron enteram ente
desprevenido. Sin embargo, estaba preparado. Estaba listo.
Mientras José dorm ía en el calabozo, sucesos de enorm e
importancia estaban desarrollándose en el m undo exterior,
en el palacio de Faraón. El rey había tenido un sueño. Algo re­
lativam ente insignificante. Sin embargo, causó una con m o­
ción enorm e en los asuntos de Egipto. N o era ningún sueño
común. En realidad, era un sueño doble. Era la forma en que
Dios le revelaba al rey algunas cosas del futuro que él debía
saber para que pudiera ser un verdadero padre para su pueblo.

Los sueños de Faraón


En su sueño el rey estaba parado ante un río. Del río
salían siete vacas gordas que com en zaban a com er en el
prado. M ientras miraba, siete vacas flacas, ham brientas,
salían tam bién del río y se com ían a las vacas gordas, bien
alim entadas. L u ego que las habían d evorad o, quedaban
tan flacas c o m o antes. El rey tu vo otro sueño d on d e veía,
prim ero, siete hermosas espigas, llenas, seguidas luego, de
siete espigas miserables, marchitas. Las espigas menudas
devoraban a las espigas llenas. Pero aún así, seguían estan­
do tan m enudas y marchitas com o antes.
Esto fue lo que el rey soñó. Y ese sueño le arruinó el
descanso por el resto de la noche. Estaba preocupado. T e ­
nía la nítida im presión de que sus sueños se referían al b ie­
nestar de su reino. Tam bién tenía la im presión de que eran
de origen divin o. Le sobrevino una gran ansiedad. Tuvo te­
mores. Se sintió nervioso. N o podía interpretar sus sueños.
N o sabía lo que significaban. Sin em bargo, estaba seguro

142
DEL POZO DE DOTAN A GOBERNADOR DE EGIPTO

de qu e eran de suprem a im portancia. Y sabía que n o p o ­


dría descansar hasta que supiera su significado. Esperó, con
la m ayor de las ansiedades, que llegara la m añana cuando
podría llam ar a sus consejeros y descubrir a alguien que le
revelara el significado de sus atorm entadores sueños.
Llegó la mañana. Y con ella la citación para que los c o n ­
sejeros del rey se apresuraran a ir a la corte y atendieran de
in m ediato al rey. La gran ciudad se despertó a m edida que
sus avenidas se llenaban de veloces carros que llevaban a los
dirigentes de la nación hacia el palacio real. Era o b v io para
todos que había grandes asuntos de estado que estaban en
juego. Los cortesanos, y los hom bres de sociedad, fueron
alertados y tam bién com enzaron a llegar a la corte. Un gran
m o vim ien to de gente con vergió en los alrededores del pala­
cio. La curiosidad y la excitación fue en aum ento a m edida
que las muchedumbres clamaban queriendo saber cuál era la
causa y el significado de lo que estaba aconteciendo.

Reunión de consejeros
Los consejeros acudieron ante el rey. Se reunieron con
rostros graves y serios, en los cuales se reflejaba claramente el
sentim iento de preocupación y ansiedad que a esta altura se
había exten dido por todos lados. Escucharon atentam ente
mientras el rey explicaba por qué los había llam ado y con
tanta premura. El rey dejó en claro que estaba profundam en­
te con ven cid o de que este asunto concernía al bienestar de
toda la nación. Luego relató lo que había soñado.
Resultó que n in gu n o de los consejeros del rey podía
arrojar el más m ín im o rayo de luz sobre el significado de
los sueños. T odos estaban desconcertados. T o d o esto acre­
cen tó la ansiedad del monarca. A l mirar los rostros perple­
jos de los hom bres que eran sus consejeros de confianza, y
al darse cuenta de que n in gu n o de ellos podía desentrañar
este m isterio, su inquietud se torn ó tan abrumadora que
com p ren d ió que no podría tener paz hasta que se aclarara
este asunto tan intrincado.

143
DIOS ENVIO UN JOVEN

Juntos decidieron llamar a otros fuera de su núcleo, a es­


tudiantes de las ciencias ocultas, sacerdotes, magos, doctos
hombres de ciencia, a los sabios de la nación, los eruditos,
hombres que habían estudiado tales misterios. Y así salieron
los mensajeros a reunir a las mejores mentes de todo Egipto.
Nuevam ente, por causa de los carros que llevaban a los sa­
bios para auxiliar al rey, hubo agitación en las calles.
Ellos también escucharon la narración del rey, pero n in ­
guno pudo ofrecerle ayuda. Todos estaban igualm ente des­
concertados. El rey estaba perturbado. Su agitación contagió
a sus consejeros y cortesanos. De la cámara del consejo del
rey salió suficiente inform ación com o para que la gente que
se agolpaba frente al palacio y en las calles adyacentes tuvie­
ra alguna idea de la situación. Entre los que se enteraron del
asunto estaba el jefe de los coperos, el hom bre olvidadizo.
Justamente dos años antes había pasado por una experiencia
similar, dolorosa y perturbadora. Ahora todo v o lv ió rápida­
m ente a su mente. La sim ilitud con el caso suyo y el de su
colega, el jefe de los panaderos, lo golpeó con fuerza. In m e­
diatamente pensó en ese joven hebreo que, con tanto acier­
to y facilidad, había interpretado sus sueños. Recordó que los
sucesos ocurrieron exactam ente tal com o había dicho. Pen­
só que de todos los hombres del reino, éste podría resolver el
problema de rey. Inmediatamente buscó la forma de que fue­
ra llevado ante el rey. Y en esto tuvo éxito.

José es llamado apresuradamente


Le contó su historia al rey y a los consejeros. Lo hizo muy
hábilm ente. Pasó por alto el hecho vergonzoso de haber es­
tado en la cárcel y todas las circunstancias que m otivaron su
estadía allí. Pero dejó bien en claro que mientras estaba allí se
encontró con un hom bre extraordinario que tenía unos d o ­
nes sorprendentes para interpretar sueños; que este hombre,
de nacionalidad hebrea, le había predicho, con detalle, el sig­
nificado de su sueño y el del jefe de los panaderos; y que la
interpretación se había cum plido con exacta precisión, aún

144
DEL POZO DE DOTAN A GOBERNADOR DE EGIPTO

en los detalles más ínfim os. Lo que el intérprete declaró que


pasaría en cada caso fue lo que realmente sucedió.
T e rm in ó su relato y se abstuvo de hacer alguna suge­
rencia, con ten tá n d ose con contar su sencilla historia. N o
se atrevía a aconsejar que se llamara a José. Era posible que
José n o pudiera estar a la altura del caso en form a tan bri­
llan te c o m o lo estu vo en el suyo. Si eso llegara a suceder
sería m ejor para sus intereses n o haber dado con sejo algu­
no. Pero el efecto de su historia fue exa ctam en te el que
pensó que sería. U rgen tem en te el rey m a n d ó un m ensaje­
ro al calabozo. Estaba im p acien te, al igual que sus con se­
jeros, de que apareciera este h om b re de q u ien habían es­
cuchado un relato tan extraordin ario.
Y así, el estruendo del v e lo z carro p en etró en el interior
del calabozo, despertan do en el corazó n de cada u n o de
los reclusos la esperanza de que la citació n fuera para él.
La excita ció n del palacio lle g ó a ser la excita ció n del cala­
b ozo. ¿A qu ién se llam aba? Entró el m en sajero del rey. El
h o m b re José era llam ad o y debía apurarse para ir a la pre­
sencia del rey. El registro dice que "lo sacaron apresurada­
m en te de la cárcel" (G én. 41:14). U na n ota m arginal dice:
"Le hicieron correr", lo que da una idea de la intensidad de
la excita ció n que p revalecía por tod os lados.
Pero n o lo h iciero n correr tan rá p id am en te qu e le h i­
ciera perder su e q u ilib rio . El h ech o de que m a n tu v o su
ecu an im idad y con trol p ro p io a pesar del alb oroto a su al­
rededor es eviden te, porqu e se dice que "se afeitó, y m u dó
sus vestid os" antes de ir d elan te de Faraón. La excita ció n
p revalecien te n o lo h izo salir en form a alocada. M a n tu vo
su cabeza puesta. El rey, im p acien te c o m o estaba, tendría
qu e esperar hasta que José se preparara.
Entre las cosas que José aprendió al relacionarse con los
altos funcionarios de Faraón era que la etiqueta de la corte
demandaba una limpieza y vestimenta perfectas. En las m en ­
tes de los egipcios esto era de tal importancia que otros asun­
tos importantes se podían postergar hasta que esto estuviera

145
DIOS ENVIO UN JOVEN

en orden. Así fue com o José, luego de los tres años en el ca­
labozo, rehusó con calma ser llevado precipitadam ente, aún
con la citación urgente del rey, hasta que se hubiera afeitado
y puesto la vestim enta apropiada. En tod o el sentido de la
palabra, cuando la gran hora de José llegó, el estaba listo.
Para José debió de haber sido una experiencia con m o ve­
dora salir del calabozo y entrar al palacio, con sus infinitos
corredores flanqueados de estatuas y columnas, con sus lu­
josos muebles decorados de metales y piedras preciosas. Ha­
brá m irado con ojos de asom bro a la nobleza de la nación
más grande del m undo cuando precipitadam ente fue lleva­
do a la sala de audiencias del rey.

El rey explica
La sorpresa n o fue solam ente suya. De igual manera el
rey y sus cortesanos y consejeros m ira ron a este hom bre,
de trein ta años, buen aspecto, con d o m in io p ropio, que
estaba ante su presencia, bien afeitado, adecu adam ente
vestido, esperando con serena cortesía qu e se le dijera la
razón p or la que el rey lo llamaba.
La explicación del rey fue sim ple y definida. "He ten ido
un sueño", le dijo, "y no hay quien lo interprete; mas he o í­
do decir de ti, que oyes sueños para interpretarlos" (v. 15).
N o deja de im presionarnos, ni de revelar el verdadero
carácter de José, c ó m o desde el m ism o c o m ien zo puso a
Dios en prim er lugar en su primera entrevista con Faraón y
en su primera aparición ante la clase regente de Egipto, aún
en presencia de los sacerdotes de la re ligió n idólatra e gip ­
cia. A la declaración del rey de que José había sido llam ado
porque el rey entendía que él tenía una habilidad excepcio­
nal para com pren der e interpretar sueños, José m odesta­
m ente contestó: "N o está en mí", e inm ediatam ente agregó
que Dios era la fuente de toda la habilidad que él tuviera
en ese sentido, y que él confiaba en qu e "D ios sería quien
diera la respuesta propicia a Faraón" (v. 16).

146
DEL POZO DE DOTAN A GOBERNADOR DE EGIPTO

C on esa seguridad consoladora, Faraón p ro ce d ió ense­


guida a relatar a José los detalles de sus sueños. C u a n d o
hubo co m p leta d o el relato, José rápid am en te d io la e x p li­
cación. Y otra vez, en prim er lugar, d irigió la aten ción ha­
cia el D ios verdadero. En m ed io de ese g e n tío de idólatras
in flu yen tes y de alto ran go en la corte de Egipto, José n o
tu vo vergü en za de hablar de y p or su Dios. "Dios", d ijo,
"ha m ostrado a Faraón lo qu e va a hacer" (v. 25).

José interpreta
Las siete vacas gordas, d ijo José, representan siete años.
Las siete espigas buenas tam bién son siete años. Las siete va­
cas flacas son siete años. Y tam bién lo son las siete espigas
marchitas. El significado del sueño es sencillam ente éste:
Egipto tendrá siete años de abundantes cosechas, de una
prosperidad inusual. Esto será seguido por siete años de ex­
trema hambruna, tan severa, que los años previos de abun­
dancia serán borrados y olvidados. El hambre y la necesidad
serán tan desesperantes y extensos que consumirán la tierra.
La razón de que el sueño fuera d ad o "a Faraón dos v e ­
ces" fue p orqu e "la cosa es firm e de parte de D ios"; o sea,
que era in m in e n te su c u m p lim ie n to . Más aún, "D ios se
apresura a hacerla" (v v. 30-32).
D ebido a que los acontecim ientos predichos en los sue­
ños estaban muy cerca, y en base a lo que iba a pasar, y a la
urgencia del asunto, José se tom ó la libertad de agregar a la
interpretación una palabra de consejo: que Faraón buscara
con urgencia "un varón prudente y sabio", y lo pusiera sobre
la tierra de Egipto. Luego procedió a bosquejar un plan na­
cional de conservación de alim entos para juntar y guardar
las enormes cosechas de los siete años de abundancia, con el
fin de que el sobrante estuviera disponible para los años de
extrema necesidad que seguirían. Tam bién bosquejó un plan
nacional para administrar los alim entos durante los años de
hambre, para que el país no pereciera de hambre (w . 33-36).
De esta manera, le dio al rey y a sus ministros de estado

147
DIOS ENVIO UN JOVEN

y jefes de reparticiones, una agenda bastante llena en qué


trabajar. Pero, en vez de com enzar a trabajar con dicha agen­
da, — habiéndoseles dado un bosquejo am plio y com prensi­
ble de lo que debía hacerse para el bienestar de la nación,
por este sorprendentemente sagaz y joven intérprete, que da­
ba la im presión de hablar por Dios y con la sabiduría de
Dios— , llegaron rápidam ente a una im portante decisión,
que el rey anunció personalmente. La Biblia dice que lo que
José recom endó "pareció bien a Faraón y a sus siervos" (v.
37). Seguramente pocas veces hubo en los consejos de esta­
do, una unanim idad semejante de criterio sobre cualquieer
otro asunto que tuviera que ver con el bienestar nacional.

José elevado a segundo lugar


Faraón d ijo: "¿Acaso hallarem os a o tro h om bre c o m o
éste, en qu ien esté el espíritu de Dios?" C o m o nadie cues­
tio n ó esto, el rey se v o lv ió a José y le d ijo: "Pues que Dios
te ha h ech o saber to d o esto, n o h ay e n te n d id o ni sabio
c o m o tú. Tú estarás sobre m i casa, y p or tu palabra se g o ­
bernará to d o m i pueblo; solam ente en el tro n o seré y o
m a yor que tú" ( w . 38-40).
"H e aquí y o te he puesto sobre toda la tierra de E gip­
to... Y o soy Faraón; y sin ti n in gu n o alzará su m an o ni su
pie en toda la tierra de Egipto" ( w . 41-44).
¡Increíble! ¡En el calabozo por la mañana; en el palacio
por la noche! Un esclavo condenado cuando com en zó el
día; el señor de tod o Egipto al final del día. A l amanecer se
despertó a otro día de esperanza postergada; al atardecer m i­
ró hacia adelante a un día de gloria brillante, de liberación
y cum plim iento de las esperanzas acariciadas durante años.
José debe haber ten id o dificultad en dejar que su m en ­
te descansara esa n och e. Estaba en el p alacio del rey. H a­
bía sido in vestid o con los poderes del rey. Le fueron c o n ­
feridos los más altos honores c o m o regalo de la n ación
más grande del m u ndo.

148
DEL POZO DE DOTAN A GOBERNADOR DE EGIPTO

Dios "vería por ello"


Y c o m o era de esperar en el caso de José, con una vida
centrada en D ios y con un e n tre n a m ie n to c o m o el que
había exp erim en tad o, sus pen sam ien tos no se d etu vieron
en su glo ria o en sus grandes h on ores sin o en Jehová, el
Dios de sus padres, qu ien había h ech o que to d o ocurriera.
El era ante to d o el D ios qu e "vería p or ello". Y cuán m ara­
villo s a m en te lo había hech o.
La m en te de José v o lv ió a sus sueños. H abía estado
o cu p a d o durante el día con los sueños de Faraón. A h o ra
p o d ía pensar en los suyos. Le p ron osticab an un gran ser­
vicio : a su Dios, a su fam ilia, a la causa de Dios en la tierra;
un servicio que ayudaría a adelantar los grandes p ro p ó s i­
tos d ivin os. Estaría alerta a eso. Los m a n o jo s de sus h er­
m anos in clin án d ose ante él. El sol, la luna, las on ce estre­
llas in clin á n d o se ante él. D ios to d a v ía n o había te rm in a ­
d o con José. Lo que había sucedido h o y era un com ien zo ,
n o el final. Era'una parte, n o el total. Esto era sólo el c o ­
m ien zo . ¡Pero qué c o m ien zo ! Y así José se durm ió.
¡Potifar! El d eb ió de haber estado entre la m u ch ed u m ­
bre de los consejeros y cortesanos del rey. Era una ocasión
d o n d e ciertam en te n o faltaría un capitán de la guardia
real. ¿Lo habría recon ocid o José? ¿Tenía Potifar razón para
estar in q u ieto por lo qu e José pudiera hacer con él?
¿Y la esposa de Potifar, cu an d o supiera los a c o n te ci­
m ien tos del día? ¡Oh, Dios, qué m u rm u llo de com entarios
agitados habrá h ab id o en las grandes casas de E gipto esa
n o ch e m ientras un cansado y e x ilia d o m u ch ach o de Ca-
naán gozaba de su descanso!

149
Capítulo 19

El cronograma divino
S
ería bueno hacer un alto, después de haber observado el
desarrollo de esta historia que se ha id o exten dien do d e ­
lante de nosotros. M ien tras hacem os esta pausa, aseguré­
m on os de que los detalles principales de esta extraordin a­
ria historia n o nos hagan perder otras cosas que son parte
esencial de la trama, pero que pueden perm anecer en la os­
curidad a m enos que les prestem os una aten ción especial.
Hem os estado presenciando una serie de hermosas p ro­
videncias. El con m oved or interés por los detalles de esta his­
toria nos puede cegar e im pedir que veam os las lecciones
que esos detalles enseñan; pero estas lecciones, si son bien
aprendidas, podrán ser de enorm e valor. Ahora quisiera lla­
mar tu atención a que consideres c óm o m an ejó Dios cada
acon tecim ien to en la vida de José, de m o d o tal que se cum ­
p lió el gran designio que estaba en la m ente divina desde el
com ien zo. N o quisiera que dejaras de ver que a m edida que
los propósitos de Dios fueron m adurando lentam ente en el
gran m undo, fuera del alcance de la visión de José, fue m a­
durando también el carácter de José durante esos años de es­
clavitud y prisión, adquiriendo la fortaleza y d om in io de sí
m ism o que lo habilitarían para cumplir lo que Dios tenía en
mente. Dios siempre está m odelando hombres y mujeres en
instrum entos adecuados para ser utilizados, y lo hace m e ­
diante experiencias que él perm ite que les sobrevengan.

La maravillosa y abarcante supervisión de Dios


D eja que tu m en te repase una v ez más los sucesos e x ­
traordinarios de la historia de José. Sus herm anos lo arroja­
ron a un p ozo. Esa acción y el od io que la m o tiv ó fueron

150
EL CRONOGRAMA DIVINO

malos. Pero no dañaron a José. D ios puede incluso utilizar


el o d io y la m alicia de los h om bres y con vertirlos en algo
bueno. Sus herm anos lo v e n d ie ro n c o m o esclavo, algo
muy m alo. Pero Dios usó esa m aldad para colocar a José en
un lugar d on d e pudiera ser educado para un gran servicio.
La injusta m entira que la adúltera esposa de Potifar d ijo
acerca de José lo precipitó al calabozo. Fue un fracaso inicuo
de la justicia. Sin em bargo, la m ano con troladora de Dios
utilizó esas circunstancias para colocar a José en el lugar
d on de recibiría entrenam iento y perfeccionaría un carácter
que lo prepararía para un servicio futuro de gran valor.
La ingratitud del jefe de los coperos, con su o lvid o y ne­
gligencia, fue enteramente inexcusable. Dejó a José sufriendo
en el calabozo durante un período de dolorosa espera, que
parecía interm inable. Pero Dios utilizó la espera para prepa­
rar aún más a su instrumento elegido, para utilizarlo según su
plan y m antenerlo a m ano hasta el tiem po cuando fuera ne­
cesario que él realizara una obra de estupenda importancia.
De esta m anera p o d e m o s ver la supervisión abarcante
y m aravillosa de Dios. Cada eslabón de la cadena está c o ­
lo ca d o en el lugar apropiado con la más delicada precisión
y en el m o m e n to exacto. N in gú n aco n tecim ien to llega un
m o m e n to antes. N ada se dem ora ni llega dem asiado tarde.
Las p rovid en cias de D ios son c o m o la naturaleza de Dios.
El azar n o existe en sus obras. Los grandes astros del espa­
cio — el sol, la luna, las estrellas, los planetas— se m u even
con exacta precisión. Sus órbitas, circuitos, eclipses y c o n ­
ju n cion es están calculados m il años p or adelantado y son
co n o cid o s hasta la ú ltim a fracción de segundo. N u nca sa­
le el sol d em asiado tarde. N u nca una estrella aparece d e ­
m asiado tem pran o. T od o s los m o v im ie n to s están bajo el
c on tro l d iv in o . En los designios p rovid en ciales presididos
p o r D ios en todas sus obras, cada cosa tien e su tie m p o f i­
jado. Y el reloj de D ios siem pre fu n cio n a bien: nunca un
segu n do len to, nunca un segundo adelantado.

151

-
DIOS ENVIO UN JOVEN

El azar no tiene parte


El azar no participa en esto. Un escritor lo expresó con las
siguientes palabras: "Ocurrió. El Dios eterno guió el azar".
¿Pueden los ajustes perfectos que se manifiestan a nuestro al­
rededor, en el fu n cion am ien to de la naturaleza y en todas
sus actividades, ser m eram ente obra del azar? Mira la mara­
villosa belleza y oportunidad de la providencia. ¿Puede ser
posible que todo esto sea una mera sucesión de coincidencias
fortuitas? Sería increíble. Hay un Dios en el cielo. El hizo to ­
da la maquinaria del universo. Su m ano gobierna esa m aqui­
naria y controla su actividad. Este Dios es nuestro Padre ce­
lestial. En el centro del universo late un corazón. Ese corazón
es un corazón de amor. Y él ha ordenado que "a los que
aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien" (Rom. 8:28).
Así c om o hubo un con trol p roviden cial en la vida y los
asuntos de José, así tam bién lo hay en la tuya. C on perfec­
ta y precisa adaptación, cada p eq u eñ o e ve n to de la e x p e ­
rien cia de José lle g ó exactam en te a su tie m p o y fue esen­
cial para el resultado final. La m aldad in d iferen te e in h u ­
m ana de sus herm anos al ven d erlo c o m o esclavo, la m e n ­
tira despreciable de la esposa de Potifar que lo e n v ió al ca­
lab ozo, la ingratitud e in d iferen cia d el jefe de los coperos
que lo abandonó, por lo que tuvo que seguir esperando en
la prisión; todas estas injusticias y m ales ajenos estaban
b ajo el c o n tro l d ivin o , y fu eron transform ados en b e n d i­
ciones por la m an o d ivin a y b en evo len te de Dios.

¿Reconozco la providencia de Dios?


Es fácil para nosotros ahora, al mirar hacia atrás la histo­
ria de la vida de José, reconocer la providencia de Dios en su
vida. ¿Pero debemos nosotros suponer que la vida de este jo ­
ven pastor estaba en las manos de D ios en una form a que
n o se aplica a nuesta vida hoy? ¿Hay en nuestra vida menos
supervisión providencial de Dios que la que hubo en la de
José? Al pasar José por las experiencias que le tocó vivir, pue­

152
EL CRONOGRAMA DIVINO

de que no haya recon ocid o, e indu dablem ente no reco n o ­


ció, la m ano de Dios. Pero más tarde vio que Dios había
con trolado tod o lo que le había sucedido desde el c o m ie n ­
zo. Cuando se d io a con ocer a sus hermanos, aplacó sus te­
mores dicién doles "Y o soy José vuestro herm ano, el que
vendisteis para Egipto. Ahora, pues, no os entristezcáis, ni os
pese de haberme v en d id o acá; porque para preservación de
vida m e en vió Dios delante de vosotros... Dios me e n v ió de­
lante de vosotros, para preservaros posteridad sobre la tierra,
y para daros vida por m ed io de una gran liberación. Así,
pues, no me enviasteis acá vosotros, sino Dios" (Gén. 45:4-
8). Y en una ocasión posterior José le d ijo a sus hermanos:
"Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encam inó
a bien, para hacer lo que vem os hoy, para m antener en v i­
da a m u ch o pueblo" (c. 50:20).
Así sucede con nosotros. Los duros golpes que recibimos
por las circunstancias que nos rodean y las dolorosas exp e­
riencias que prueban nuestros caracteres no son com pren di­
das por lo que realmente son. Así com o sucedió con José así
sucede tam bién con nosotros. Recién más tarde vem os que
nuestras desilusiones, dificultades, pruebas, desgracias, así
com o las cosas malas que otros nos hacen con el propósito
de dañarnos, son parte de la supervisión provid en cial de
Dios en nuestra vida. Sólo cuando los vem os en retrospecti­
va los vem os com o instrum entos para cum plir el propósito
de Dios en nuestra vida. Ciertam ente com prenderem os esto
si buscamos firm e y fielm en te cum plir la volu n tad de Dios
y si evitam os echar a perder su plan al sacar nuestra vida de
sus manos. M antén siempre en m ente que Dios nunca está
apurado; el p erfeccion am ien to del carácter que él tien e en
m ente es una obra lenta.
Hasta aquí hemos dado una mirada en la vida y experien­
cias de José en lo que podríamos llamar los años difíciles. De
aquí en adelante nos detendrem os a verlo en aquellas otras
experiencias que parece que no tuvieran nada más que brillo

153
DIOS ENVIO UN JOVEN

y prosperidad. Antes de que vayamos de io viejo a lo nuevo,


nos resultará de ayuda si tomamos tiem po para considerar al­
gunas cosas que la historia de José debiera enseñarnos.
Por lo general, es corriente que tanto jóvenes com o ancia­
nos consideren que cuando llegan experiencias duras y d ifí­
ciles es porque hicieron algo que desagradó a Dios, algún
mal, y que él les envía estas aflicciones para manifestar su de­
sagrado y castigar sus errores. Esto no es necesariamente así.
Hay pruebas, que el om nisapiente Dios y Padre perm ite que
sobrevengan a sus discípulos, con el propósito de probar y
desarrollar el carácter, así com o hay pruebas que permite que
nos sobrevengan y que tienen propósitos punitivos. Muchas
veces nos angustiamos innecesariamente im aginando que el
Dios a quien servimos nunca habría perm itido que tales co­
sas malas nos sucedieran, a nosotros o a nuestros seres queri­
dos, excepto para castigarnos por algún error que cometimos.
Esta filosofía está equivocada. Hay pruebas que son prue­
bas, no castigos. Hay pruebas de fe, de paciencia, de fortaleza,
no varas de castigo por haber sido particularmente malos. El
pueblo de Dios es probado, examinado, educado, desarrolla­
do, moldeado, para tareas que a la larga él quiere que realice.
Se nos ha dicho que el Señor "al que ama castiga" (Prov. 3:12).
Las pruebas, entonces, no siempre son evidencia del desagra­
do de Dios; pueden ser la evidencia de su am or y cuidado.

Las pruebas pueden ser bendiciones


Las dificultades pueden ser una b en d ición . Lo fueron
para José. Pero la bendición no está en la dificultad misma;
radica en la form a en que se la enfrenta y soporta. Sopórta­
la im pacientem ente, y con quejas y murmuraciones contra
tu suerte, y la prueba será una m aldición , n o una b en d i­
ción; y p or ello empeorarás, en lugar de mejorar. El sufri­
m ien to que fue diseñado para enriquecernos, si es soporta­
do im p acien tem en te, nos em pobrecerá. Pero si aprende-

154
EL CRONOGRAMA DIVINO

inos a soportar nuestras pruebas con paciencia, en ten d ien ­


do que son perm itidas p or un Padre am ante c om o m ensa­
jeros suyos para enseñarnos cosas que n o pod ríam os
aprender de otra manera, entonces su m ano sobre nosotros
será preciosa, y lo que D ios nos tien e que decir por m e d io
de sus agentes a flictivos llevará m úsica en sus mensajes y
traerá consuelo que reanim ará y alegrará nuestro corazón.
Tam bién haríamos bien en recordar que a Dios nunca le
faltan formas y maneras de cambiar nuestra cautividad en li­
beración. Puede que no veam os una form a de escape de las
difíciles condiciones que nos oprim en, pero el discernim ien­
to de Dios'-no es así de lim itado. El hecho de que no veamos
un cam in o de escape n o quiere decir que tal cam in o no
exista, o que nuestra con d ició n sea desesperada. Debem os
aprender a elevar nuestros ojos de las condiciones que para
nosotros son casi im posibles y fijarlos en nuestro Dios, para
quien nada es im posible. Puede que la ayuda hum ana no
nos alcance; pero Dios siempre nos puede alcanzar.
Al leer en el registro bíblico la form a com o Dios trata con
los hombres, y al observar sus manifestaciones providencia­
les en los asuntos de los hombres y en nuestros propios
asuntos personales, debem os entender y creer que está siem­
pre en poder de Dios cum plir con sus propósitos a pesar de
todas las circunstancias adversas. Los sucesos menos proba­
bles y m enos buscados pueden ocurrir — y han ocurrido— ,
para cum plir sus designios misericordiosos y lograr lo que el
discernim iento humana nunca podría haber efectuado.

La ayuda sólo se encuentra en Dios


T a m b ién debem os señalar que así c o m o en el caso de
José, los siervos de Dios nunca están en un cam in o más fa­
vorable de liberación y felicidad que cuando p acien tem en ­
te esperan en Dios y se sujetan a su voluntad. Todas las e x ­
periencias de José revelan que estaba com pletam en te resig­
n ado a la volu n tad de Dios, listo a esperar qu e Dios actúa-
DIOS ENVIO UN JOVEN

ra. Es cierto que en ocasión de la liberación del jefe de los


coperos se p erm itió tener alguna exp ectativa del brazo de
la carne. Dos años seguidos de ingratitud hum ana lo c o n ­
vencieron, sin embargo, de que su ayuda debía buscarla só­
lo en Dios. El h ech o de quitar sus ojos de los hom bres y fi­
jarlos to talm en te en Dios, lo recom p en só rápidam ente y
sign ificó una am plia com pen sación por to d o lo que había
sufrido. D ejó sus vestidos de prisionero y con ellos sus des­
gracias, y de su estado de opresión y h u m illa ción se c o n ­
vierte en el benefactor y salvador de toda una nación.
Lo m ejor que podemos hacer es abandonarnos en las m a­
nos capaces de Dios y sólo mirar a él para que "vea por ello",
som etiéndonos en todas las cosas a su disposición sabia e in ­
teligente. Cuanto antes aprendamos a decir "Sea hecha tu v o ­
luntad y no la mía", tanto más pronto seremos favorecidos
con los deseos de nuestro corazón. Esa es una gran lección
que debemos aprender y que trae recompensas. Requiere mu­
cho aprendizaje. Pero cuando nos som etamos con alegría a
todos los designios de Dios, aprenderemos, com o lo hizo Jo­
sé, que no importa por cuán largo tiem po se hayan acumula­
do las pruebas en nuestra experiencia, Dios puede transfor­
marlas en nuestro beneficio. N o importa cuán grandes o cuán
prolongadas sean nuestras pruebas, el resultado, tanto en este
m undo com o en el venidero, no nos dará m otivos de queja.

La recompensa de José
José se había entregado en las manos de Dios. Había es­
perado pacientem ente el tiem po de Dios. Ahora tenía su re­
compensa. De un solo golpe se eleva del calabozo y sólo se
detiene a los pies del trono. El desprecio de sus hermanos fue
trocado por la ansiosa recepción de la corte más orgullosa del
mundo. Las manos endurecidas por el trabajo de la esclavi­
tud se adornan con el anillo del sello del rey. Los grillos de
sus pies son cambiados por la cadena de oro que un monarca
le pone alrededor del cuello. La túnica principesca de un pa­

156
EL CRONOGRAMA DIVINO

dre que lo m im a y el m anto que quedó en las manos de la


adúltera, son reemplazados por vestiduras de lino fino de los
vestuarios reales. Fue despreciado y pisoteado por sus opreso­
res, pero ahora todo Egipto tiene orden de hacer reverencias
en su presencia, mientras viaja en el segundo carro, com o
primer m inistro de Egipto, segundo después del rey. ¡Qué
distancia enorme, de los campos de pastoreo de Hebrón y de
las tiendas de piel de cabras de su padre!
Hay una luz que brilla a través de este antiguo y c o n m o ­
vedor relato, que debería tam bién brillar en muchas vidas de
hoy, trayendo alegría y esperanza para los que esperan en
Dios en m edio de circunstancias descorazonadoras. El tierno
corazón del Padre celestial late en la vida de cada uno de sus
discípulos. La m ano de un Dios om nisapiente está obrando
para llevar a cada uno de sus hijos al resultado predestinado
en el plan divino. La hora para la manifestación com pleta de
ese plan puede que todavía no haya sonado en el gran reloj
de Dios. Pero sonará, sin ninguna duda. Tus tiem pos están
en sus manos benevolentes. Sólo aprende esto, am igo de
Dios: para la gloria de Dios y para tu propio bien, tu Padre en
el cielo te pide que dejes tu carga de ansiedad. Confíale todo
a él. El ha guiado a innumerables m illon es de seres a través
de la vida. El puede guiarte y lo hará. Todas las cosas c o n ti­
núan obrando juntas para tu bien. Entrega el tim ón de tu v i­
da en las manos del Capitán de tu salvación.
Quisiera cerrar este cap ítu lo in v itá n d o te a d irigir tu
aten ción a un com en tario singularm ente ilustrativo y m a­
ravillosam en te útil sobre esta prim era fase de la ex p e rien ­
cia de José, escrita por Elena G. de W h ite en su n otable li­
bro Patriarcas y profetas, páginas 223 y 224:
"¿ C ó m o pudo José dar tal e jem p lo de firm eza de carác­
ter, rectitud y sabiduría? En sus prim eros años había segui­
d o el deber antes qu e su in clin a ción ; y la integridad, la
con fian za sencilla y la disposición n oble del joven fru ctifi­
caron en las acciones del hom bre. Una vida sencilla y pu­

157
DIOS ENVIO UN JOVEN

ra había favorecido el desarrollo vigo ro so de las facultades


tan to físicas c o m o intelectuales. La c om u n ió n con Dios
m ediante sus obras y la con tem p lació n de las grandes ver­
dades confiadas a los herederos de la fe habían eleva d o y
en n ob lecid o su naturaleza espiritual al am pliar y fortalecer
su m en te com o nin gún otro estudio pudo haberlo hecho.
La atención fiel al deber en toda posición, desde la más ba­
ja hasta la más elevada, había educado todas sus facultades
para el más alto servicio. El que v iv e de acuerdo con la v o ­
luntad del Creador adquiere con ello el desarrollo más p o ­
sitivo y n oble de su carácter. 'El tem or del Señor es la sabi­
duría, y el apartarse del m al la in teligen cia1(Job 28:28).
"Pocos se dan cuenta de la in flu en cia de las cosas p e­
queñas de la vida en el desarrollo del carácter. N in gu n a ta­
rea que debam os cum plir es realm ente pequeña. Las varia­
das circunstancias que afron tam os día tras día están c o n ­
cebidas para probar nuestra fidelidad, y han de capacitar­
nos para m ayores responsabilidades. A d h irién d ose a los
principios rectos en las transacciones ordinarias de la vida,
la m en te se acostum bra a m anten er las dem andas d el de­
ber p or en cim a del placer y las in clin a cio n es propias. Las
m entes disciplinadas en esta form a n o vacilan entre el
bien y el mal, c o m o la caña que tiem b la m o v id a p o r el
vien to; son fieles al deber porque han desarrollado hábitos
de lealtad y veracidad. M ed ia n te la fid elid a d en lo m ín i­
m o, adquieren fuerza para ser fieles en asuntos mayores.
"Un carácter recto es de m ucho más valor que el oro de
Ofir. Sin él nadie puede elevarse a un cargo honorable. Pero
el carácter no se hereda. N o se puede comprar. La excelencia
moral y las buenas cualidades mentales no son el resultado
de la casualidad. Los dones más preciosos carecen de valor a
m enos que sean aprovechados. La form ación de un carácter
noble es la obra de toda una vida, y debe ser el resultado de
un esfuerzo aplicado y perseverante. Dios da las oportunida­
des; el éxito depende del uso que se haga de ellas".

158
Capítulo 20

El administrador
de alimentos
l registro dice que "era José de edad de trein ta años
E cuan do fue p resentado d elante de Faraón rey de Egip­
to" (G én . 41:46). H abía recorrid o un largo ca m in o desde
que dejara su hogar trece años antes, cuando a p ed id o de
su padre había salido a buscar a sus herm anos para ver c ó ­
m o m archaban y traer noticias al cam p am en to. M uchas
cosas pasaron en esos trece años, y todas fueron necesarias
para lleva rlo al lugar d o n d e estaba ahora: al pie del trono.
Las pruebas que le sob revin iero n no fu eron fáciles de
soportar, pero cada una fue necesaria para colo ca rlo más
cerca de esta hora presente. La fiera ten tación que resistió,
la m entira despreciable de su seductora, la prisión injusta y
la interpretación de los sueños de sus com pañeros de reclu­
sión; to d o fue necesario para llevarlo delante de Faraón, y
todos esos incidentes fueron registrados para dejar bien en
claro c ó m o José fue in trodu cido al Faraón y a la vida corte­
sana de Egipto. Su disp osición de ser el intérprete de los
sueños de otros hom bres, aún cuando no tenía ob ligación
de ayudarlos, lo puso en el lugar d on d e pu do hacer una
con trib u ció n im p orta n te en el c u m p lim ie n to largam ente
postergado de sus propios sueños.
C o n gran prisa fue llam ad o a con vertirse en el in tér­
prete de Dios para Faraón. Lo h izo con una im p resion an ­
te d ign id a d y una firm eza con vin cen te. Al revelar el sign i­
ficado de las visiones de Faraón dem ostró tal sabiduría que
creó la profu nda co n v icc ió n , no sólo en la m en te del rey,
sino entre sus cortesanos y consejeros, de que era el h om -

159
DIOS ENVIO UN JOVEN

bre, el único h om b re qu e p od ía exito sa m en te cu m p lir el


plan abarcante que había sugerido para salvar a la nación.

Más de lo que había esperado


José no pudo haber soñado, cuando le propuso a Faraón
buscar un hom bre para dirigir la im portante tarea de adm i­
nistrar el proyecto nacional de alm acenam iento y distribu­
ción del sobrante de alim entos de los siete años de abundan­
cia, que él sería el hom bre elegido. Sus sueños no llegaban
tan lejos. Era un hebreo, un extranjero. Más aún, era un es­
clavo. Peor aún, era un preso, aseado y puesto en libertad só­
lo para esta oportunidad. Su im aginación más ambiciosa no
podía hacerlo pensar que estuviera dentro de las posibilida­
des, que el Faraón pasara por alto a todos los experimentados
funcionarios y ministros de estado que se agrupaban en tor­
no a él, y se fijara en un joven inexperto, un recluso, una
persona nunca probada, de una raza diferente, una religión
diferente, que estaba bajo la sospecha de delito. Hacer una
cosa así sería profundam ente desagradable para la población
y una gran ofensa para sus consejeros.
Es probable que José haya ten ido esperanzas, e incluso
haya pensado, que con esta oportunidad podía ganar sufi­
ciente amistad y buena voluntad de parte de Faraón com o
para que lo dejaran en libertad, o hasta obtener posiblem en­
te algún cargo subordinado con el cual com enzar una nue­
va vida. N o es probable, sin embargo, que sus esperanzas lle­
garan más allá de esto en esos agitados m om entos durante
los cuales estuvo delante del monarca, bosquejando lo que
Dios prontam ente iría a realizar, y haciendo sugerencias sa­
gaces en cuanto a cóm o enfrentar la gran crisis que muy
pronto sobrevendría a la nación.

Dios era su único pensamiento


Mientras estaba ante la presencia real la única alusión

160
EL ADMINISTRADOR DE A 1,1MI 111US

que h izo acerca de sí m ism o fue de naturaleza deprei lnl< u i i


N o estaba en él interpretar los sueños del rey. Eso p cilrin <11
a Dios. N o se recom endó a sí m ism o delante del rey, ni »1«
cribió ninguna habilidad especial que pudiera tener pau ■ I
puesto que sugería ni para ningún otro puesto. Dirigió lo
atención de la corte a Dios, no a sí mismo. Podría habci uli
lizado la ocasión, ahora que había revelado el significado ti­
los sueños, para hacerle notar al rey que él había sido vendí
do com o esclavo por sus propios hermanos, que la esposa de
Potifar, por m edio de una mentira atroz, lo había hecho en
viar al calabozo (sin duda había alguien entre los presentes
que temía que se dijera eso). Podría haber suplicado por su li
bertad. N o hizo nada de eso. Su único pensamiento fue exal
tar a Dios, no trabajar en provecho de sus propios intereses.
C o m o D an iel en posteriores p ero sim ilares ocasiones,
d ijo: "Tus d on es sean para ti, y da tus recom pensas a
otros" (Dan. 5:17). "Y a m í m e ha sido revelado este m iste­
rio, n o p orqu e en m í haya más sabiduría que en tod os los
vivien tes, sino para qu e se dé a con ocer al rey la in terp re­
tación, y para qu e entiendas los pen sam ien tos de tu cora­
zón " (c. 2:30).

Un hombre totalmente dedicado a Dios


El rey, los m in istros de estado, los cortesanos que se
agolpaban en el gran salón de audiencias, tod os re c o n o ­
cieron que había algo particu larm ente n o b le y adm irable
en este jo ven que estaba allí solo, y que sin em bargo m an­
tenía la más com pleta lealtad a su Dios. U n joven que, sin
ostentación, pero con una silenciosa d ign id a d y naturali­
dad, revelaba que poseía una gran fortaleza. La im presión
que h izo fue de alguien com p le ta m en te consagrado a los
intereses del Dios a qu ien servía, n o a los propios. Había a
su alrededor un algo que llevó a todos a creer que D ios es­
taba con él, que era un h om bre e n via d o de Dios.

161
DIOS ENVIO UN JOVEN

Sin albergar casi ninguna duda, Faraón y sus consejeros


llegaron a esa conclusión, y aparentem ente por u n an im i­
dad. C oncordaron en que no había n in gún otro hom bre a
quien pudieran con más seguridad con fiar su país en la ta­
rea de prepararlo para la em ergencia venidera, emergencia
que todos ellos aceptaban ahora com o el verdadero sign ifi­
cado de los sueños del rey. Parece sorprendente que estos
experim entados hombres pudieran haberse sentido im p eli­
dos a concederle a José m ucho más que una com pensación
por su encarcelam iento: otorgarle la libertad y prem iarlo
quizás con una generosa recompensa. A lg o los indujo a ir
más allá y a poner en sus manos el futuro de la nación, ha­
cién d olo cabeza del estado, segundo del rey, exaltándolo a
un cargo, un prestigio y un poder, más elevado que el de
ellos mismos. Es eviden te que estaban profundam ente im ­
presionados con José; sin duda, sobrenaturalm ente im pre­
sionados. Por m edio de él sintieron a Dios. Este hombre que
había llegado de la nada, apareciendo m ilagrosam ente de­
lante de ellos en aquella emergencia desesperada, había sido
enviado, con toda seguridad, no sólo para aconsejarlos, sino
para salvarlos. José había mostrado tal abnegación, m ante­
niéndose a sí m ism o fuera de la escena, haciéndose a sí mis­
m o com o si fuera un m edio transparente, que en su presen­
cia estos estadistas y grandes hombres de Egipto se sintieron
en la misma presencia de Dios.

Señor de todo Egipto


Esto fue lo que d ecid ió a la corte de Faraón y al rey
m ism o. La in spiración declara qu e Faraón en esa ocasión
"lo puso por Señor de su casa, y p or gob ern a d or de todas
sus posesiones, para que reprim iera a sus grandes com o él
quisiese, y a sus ancianos enseñara sabiduría" (Sal.
105:21,22). En presencia de toda la corte el m onarca d ijo
con gran con vicción : "Pues que D ios te ha hecho saber to ­
do esto, no hay en ten d id o ni sabio c om o tú" (Gén. 41:39).

162
EL ADMINISTRADOR DE ALIMENTOS

De esta form a el rey re ve ló que creía que el suprem o D ios


había e le g id o a José para ocuparse de este asunto p orqu e
era sabio en su corazón.
Faraón p ro ced ió sin d em ora a con ferir a José todos los
h onores de su n u evo cargo. Fue vestid o con una túnica de
estado. U n pesado collar de oro que lo señalaba c o m o se­
gu ndo después de Faraón fue colocado alrededor de su cue­
llo. Faraón c o lo c ó su p ro p io a n illo en su dedo, transfirien­
do así su propia autoridad a él. Lo presentó a toda la corte
para que recibiera la aclam ación de los cortesanos y del
pueblo, recibiendo así su reco n o cim ien to de que ahora era
superior a todos los dignatarios, príncipes, estadistas y p o ­
tentados de Egipto.
Hasta d on d e las leyes lo perm itían, José fue naturaliza­
d o c o m o egip cio. Se le d io un n o m b re egip cio , más fácil
seguram ente de p ronu n ciar para los egipcios que el suyo,
aunque n o ciertam en te para nosotros: Zafnat-panea, que
puede haber sido sólo algún títu lo oficial. Su sign ificad o
ha dado lugar a d iferen tes explicacion es. A lgu n os creen
que sign ifica "revelador de secretos". Otros lo in terpretan
c o m o "gob ern ad or de la m orada de aquel qu e v iv e " o "g o ­
bern ador del d istrito del lugar de vida". El rey d em ostró
aún más su liberalidad c o n c ed ié n d o le a José una esposa
egipcia, Asenat, hija de Potifera, sum o sacerdote de On, o
H eliópolis. Así José se con ectó con una de las fam ilias más
in flu yen tes de la n ació n y fue aceptado en la casta más
elevada de Egipto, la casta sacerdotal.

Autoridad absoluta
N o h ay duda de que la autoridad que el rey le c o n firió
a José fue absoluta. Faraón m ism o d ijo: "Sin ti n in gu n o al­
zará su m a n o ni su pie en toda la tierra de Egipto" (v. 44).
Su primera e inm ediata responsabilidad fue prepararse para
cuando el ham bre llegara. Para hacer esto asum ió el cargo,

I
■ 163

____________________________________________________________
DIOS ENVIO UN JOVEN

entre otros deberes, de adm in istrador de alim entos en


Egipto. Su p olítica fue sim p lem en te eco n o m iza r durante
los siete años de extraordinaria abundancia, de manera tal
que se hiciera una adecuada p ro visió n para los siete años
de severa ham bruna que seguiría. Su plan era que un qu in ­
to de toda la producción de los años abundantes, guardada
año tras año, sería suficiente para suplir las necesidades del
p ueblo durante los años de ham bre. Ese q u in to era c o m ­
prado a los agricultores, en nom bre del rey, y sin duda a los
bajos precios que prevalecían en tiem p os de abundancia.
Para guardar el excedente de los años de abundancia, Jo­
sé hizo construir una cadena de enormes depósitos. La cons­
trucción de estos edificios com en zó con el prim ero de los
años de abundancia. Se hicieron arreglos apropiados en esos
grandes edificios, que estaban disem inados en los centros
importantes de la nación, para preservar los granos exceden­
tes de las cosechas de cada año. Esta p olítica fue mantenida
ininterrum pidam ente durante los siete años de abundancia.
Cuando esos años llegaron a su fin, la cantidad de grano que
se había acum ulado y guardado era enorm e. "Recogió José
trigo com o arena del mar, m ucho en extrem o, hasta no p o ­
derse contar, porque no tenía núm ero" (v. 49).

Vida familiar
D urante los ocupados años de preparación para el
hambre, José se asentó en su vida fam iliar. A él y Asenat le
nacieron dos hijos. A am bos les d io n om bres hebreos. P o­
dem os percibir algo de los sentim ientos que in flu yeron en
su vid a cuando observam os el sign ificad o de los nom bres
que le puso a esos niños. Al p rim o g é n ito lla m ó Manasés,
que sign ifica "el que hace olvidar". Su ra zo n am ien to fue:
"Dios m e h izo olvidar tod o m i trabajo, y toda la casa de mi
padre" (v. 51). N o se debe enten d er por esto que hubiera
deja d o de pensar en su hogar de la n iñ e z en Hebrón, o
que alguna v ez fuera a dejar de pensar en él, y con p rofu n ­

164
EL ADMINISTRADOR DE ALIMENTOS

do afecto. ¿C óm o podría hacerlo? Fue allí d o n d e aprendió


las lecciones que m o d ela ro n toda su vida, d o n d e adquirió
las con viccio n es religiosas qu e gob ern aron su conducta y
que nunca aban don ó, y d o n d e o b tu vo los ideales y p atro­
nes de conducta qu e form a ro n su carácter. N o , él n o o lv i­
dó ni el hogar de su padre n i a su padre. T od a su vida p os­
terior es una d em ostración de esto.
Lo que aquí se da a en ten d er está basado en el m ism o
p rin cip io qu e sustentan las palabras de Jesús en el N u e v o
T estam en to: "El qu e am a a padre o m adre más que a mí,
no es d ign o de m í" (M at. 10:37). Más aún, se asem eja a las
palabras del preten d ien te q u ien en Salmos 45:10 se repre­
senta c o m o d icié n d o le a la m u jer que desea c o m o esposa:
"O ye, hija, y mira, e in clin a tu oíd o; o lvid a tu pueblo, y la
casa de tu padre". Es lenguaje h iperbólico. T od a la historia
p osterior de José — esp ecialm en te sus preguntas solícitas
sobre el bienestar de su padre cuando sus herm anos fu e ­
ron a com prar com ida, el c o n m o v e d o r en cu en tro con su
padre cuan do éste v in o a Egipto, el tiern o cuidado qu e le
p ro d ig ó en tierra de Gosén, y su p ed id o antes de m orir de
que sus huesos fuesen llevados a Canaán— , to d o indica en
form a d efin id a cuán am orosam en te cuidó de su padre y
con cuánto cariño pensaba en su hogar de la niñez.
Lo que quiso significar al ponerle el nom bre a su prim er
h ijo era que, por prim era v e z desde que había sido v e n d i­
d o c o m o esclavo, tenía un h ogar p ropio, una fam ilia p ro ­
pia, un h ijo propio, y to d o esto era el centro de su vida, lo
que lo recom pensaba de la ausencia de su propia gente.
A su segundo h ijo le d io el n om bre de Efraín, que sig­
n ifica "fru ctífero". "D ios", d ijo, "m e h izo fructificar en la
tierra de m i a flicció n " (G én. 41:52). E gipto nunca sería
otra cosa para José que "la tierra de m i a flicción ". N u nca
ocuparía el lugar de Canaán. Pero, sin em bargo, en Egipto
D ios lo había h ech o fru ctífero. N o dejaba de reconocer,
aún en su prosperidad, qu e to d o lo qu e tenía, todas sus

165
DIOS ENVIO UN JOVEN

ben dicion es, p ro ven ía n del D ios a qu ien se deleitaba en


servir. "D ios m e h izo o lvid a r to d o m i trabajo"; "D ios m e
h izo fructificar". D ios lo había sustentado a lo largo de su
adversidad; Dios lo había p ro tegid o cuando el cam in o era
duro; y ahora Dios estaba con él en su prosperidad, preser­
v á n d o lo del orgu llo; y siendo segu ndo después de Faraón,
in vestid o de gran p od er y elevad o a un alto puesto, podía
regocijarse con sus pequ eñ os en su hogar. En todas la e x ­
periencias de José y en su carácter nada se destaca con m a­
yo r claridad que su fe en Dios, su v id a centrada en Dios. Y
eso n o cam b ió a lo largo de las diversas circunstancias de
su vida. T a n to en la adversidad c o m o en la prosperidad,
Dios era el centro de su vida.

Termina la abundancia
Los siete años de cosechas abundantes llegaron a su
fin. Los graneros de E gipto desbordaban con el grano e x ­
cedente. José ten ía 37 años, era líder de la nación, cabeza
de una fam ilia. Y lu ego "com enzaron a ven ir los siete años
de hambre, c om o José había dicho". Y esa ham bre n o se li­
m itó solam en te a E gipto. "Y hubo h am bre en todos los
países". Se esparció p or los reinos y pueblos contiguos.
Ciertam ente, "hubo ham bre en todos los países... se sintió
el ham bre en toda la tierra" ( w . 54, 55).
C on la llegada de los años de ham bre tam bién llegó el
tiem p o de Dios de com en zar a cum plir los sueños de José.
Había estado en Egipto, ex ilia d o de su tierra, por más de
vein te años. Ahora estaba listo para que Dios lo utilizara al
m áxim o. Y Dios estaba listo para pon er en práctica los pla­
nes qu e había te n id o en m en te cuan do lo to m ó de la tie­
rra de su padre y lo m a n d ó a Egipto.

166
Capítulo 21

Los hermanos de José


llegan a Egipto
l ham bre que acom etió con furia en Egipto afectó tam ­
E bién la tierra de Canaán. Fue particularmente dura en la
región donde Jacob y sus hijos estaban acampando. C om en ­
zaron a sentir los efectos del ham bre con creciente severi­
dad. Las caravanas que v o lvía n de Egipto traían la in form a­
ción de que Egipto tenía trigo, y que podía ser obtenido por
cierto precio. Más y más caravanas pasaban cerca del campa­
m en to de Jacob, algunas yendo a Egipto con la esperanza de
proveerse de su excedente; otras volvien d o cargadas con tri­
go para su gente. Los hijos de Jacob m anifestaban una p ro ­
nunciada reluctancia a seguir el ejem p lo de todas las otras
tribus y familias que vivían a su alrededor.
La noticia de que había grano disponible en Egipto p ro­
dujo inquietud en el cam pam en to de Jacob. Si se pudiera
conseguir el grano en cualquier en otro lado, aunque fuera
m u ch o más lejos que Egipto, no habrían ten ido ninguna
duda en ir y conseguirlo. ¡Pero en Egipto! ¡N o les gustaba
Egipto! N o querían ir a Egipto. N o tenían ningún deseo de
tener algo que ver con Egipto. Sentían que Egipto estaba de­
cididam ente fuera de sus límites. M ucho tiem p o atrás, unos
v ein te o más años, habían ven d id o a su herm ano m en or a
una caravana cuyo destino era Egipto. N o se habían o lvid a ­
do. Este h ech o había perm anecido en su conciencia desde
entonces. Por más que trataran, la m em oria no se podía b o ­
rrar. Para ellos Egipto significaba José. Necesitaban trigo.
Tendrían que obtener grano. Pero el solo pensam iento de
tener que ir a Egipto los dejaba intranquilos.

167
DIOS ENVIO UN JOVEN

La conciencia los hizo cobardes


N o era porque pensaran encontrar a José en Egipto. Es­
taban seguros de que José era un esclavo, si es que aún v i ­
vía. Lo más probable era que José hubiera m uerto. Los es­
clavos n o gozaban de larga vida. José, c o m o persona, no
los m olestaba. Era el p en sam ien to de José, y de lo que le
habían h ech o, lo que los m olestaba. Por más de v ein te
años su con cien cia nunca había cesado de m olestarlos por
lo de José. Y tem ían qu e el re m o rd im ien to se acrecentara
aún más en Egipto que en cualquier o tro lugar. Señalada y
d efin id a m en te, n o querían ir a E gipto; fuera por trigo o
por cualquier otro m o tiv o .
Jacob nunca supo lo que había pasado co n José. Sus
otros h ijos esperaban que nunca lo supiera. Jacob creía
que José estaba m uerto. N o sabía que había sido lleva d o a
Egipto. Para Jacob, E gipto significaba trigo. Para sus hijos,
E gipto significaba José. Eran m arcadam ente alérgicos a
Egipto. Otros podrían ir a E gipto por trigo. Pero n o ellos.
Si pudieran aguantar un p o c o más, pensaban, pasaría el
h am bre y con e llo la necesidad de ten er que ir a Egipto.
Eso les gustaba más.
Desde que José fuera exaltado en Egipto, durante ios
siete años de abundantes cosechas, de su m atrim on io, del
c o m ie n zo de su vid a fam iliar, y del p restigio que gozaba
c o m o segundo después de Faraón, n o h izo n in gún esfuer­
zo por ponerse en con tacto con su padre, para in form arle
que estaba con v id a y para visitarlo. N o hay duda de que
lo habría p o d id o hacer si hubiera pensado que eso era lo
m ejor. Habría sido fácil para el m á x im o dign atario de
Egipto, a cargo de los asuntos de la nación, despachar un
m ensajero, o toda una com itiva, a Canaán para llevarle a
su padre las noticias de su bienestar y de su alto cargo. P o ­
dría haber id o él m ism o y haber sido su propio mensajero.
Pero n o lo hizo. N o fue. N o e n v ió a nadie.

168
LOS HERMANOS DEJOSE LLEGAN A EGIPTO

José no dejó de sentir am or de hijo


La aparente n egligen cia por com unicarse con su padre
ha p reocu p ad o a m u chos lectores de esta historia. Parece
ser un grave d e fe c to de su adm irable conducta, una falta
en su carácter sin m ancha. Durante los años de esclavitud
y prisión n o tu vo n in gu n a p osib ilidad para tal com u n ica­
ción . V irtu alm en te, había sido cortad o de su an tigu o h o ­
gar. Pero todas las barreras que im pedían la com u n icación
fu eron rem ovid as p or su e lev a c ió n al p od er y a la au to ri­
dad. Y sin em bargo, n o h izo n in gú n in te n to para ponerse
en con tacto con Jacob o con su an tigu o hogar.
Esto no se debía a un actitud egoísta, c o m o algunos su­
p on en . N o fue el resultado de una falta de am or. José ha­
bía ap ren did o a esperar en Dios. N o in iciaba un p royecto
im p o rta n te hasta qu e D ios lo dirigía. H abía ap ren d id o a
d escon fiar de sus p rop ios im pulsos. Q uería enviar un
m ensaje a su an cian o padre, qu ien durante dos décadas
n o había te n id o n in gu n a n o ticia suya. Estaba ansioso de
que su padre supiera de su exaltada p o s ic ió n en Egipto,
c o m o es e vid en te p or su conducta posterior.
Pero había algo que lo detenía. La orien tación de Dios,
que se había con vertid o en algo real para José, no señalaba
en esa dirección. José quería enviar noticias. Pero se le hizo
claro que. Dios aún no quería que enviara un mensaje. Dios
tiene su propio tiem po, y ese tiem po aún no había llegado.
El quería que José esperara su tiem po.
Y José esperó, ansioso c om o estaba de actuar. Se o b tie­
nen grandes d ividen dos cuando se está en arm onía con el
In fin ito. ¡Qué m aravillosa historia, qué m aravillosa p ro vi­
dencia se habría arruinado si José hubiera seguido sus p ro­
pios impulsos naturales! Dios estaba d irigiend o tod o para el
cum plim iento, a su manera, de los deseos acariciados d e jo -
sé. José v io cumplidos todos sus deseos finalm ente, pero a la
manera de Dios y en el tiem p o de Dios. Y eso es siempre la

169
DIOS ENVIO UN JOVEN

m ejor form a y el m ejor tiem po, c o m o José aprendió. Y así


José se entregó en las manos de Dios, se m antuvo bajo el
control de Dios, se som etió al m anejo de Dios, creyendo que
Jehová-jireh, el Dios a quien adoraba, "vería por ello".
Aquí hay una gran lección que aprender — la lección más
valiosa de toda la vida— : esperar en sumisión paciente ante
la volu ntad preciosa, om nisapiente y b en evolente de Dios.

Jacob mueve a la acción a sus hijos


Jacob observó la in qu ietu d de sus hijos. Le costaba e n ­
tenderla. Otras tribus estaban y e n d o a E gipto por trigo.
Sus p rop ios hijos, fuertes, activos, enérgicos, acostum bra­
dos a p ro veer todas las necesidades de sus familias, sus re­
baños y sus hogares, dudaban y parecían inútiles en m e ­
d io de esta em ergencia. La punzada d el ham bre se hacía
más severa. C iertam ente se debían tom ar algunas medidas
para aliviarla. Y sus hijos nada hacían.
F in alm en te Jacob c o n v o c ó a una reu n ión de fam ilia.
N o se perm itirían más postergaciones. La situación dem an ­
daba acción, acción inm ediata. D ejó bien en claro que la
in form ación que le llegaba era que había disponibilidad de
trigo en Egipto. Su cam pam ento, todas sus familias necesi­
taban y debían tener trigo. ¿Por qué dudaban? Podían o b ­
tener trigo en Egipto com o los demás. ¿Qué los detenía? Y
luego les d ijo: "¿Por qué os estáis m irando?" (Gén. 42:1).
Jacob no tenía otra cosa en m ente que acicatearlos para
que reaccionaran. N i se imaginaba cuál era la razón real de
su aparente tim idez y resistencia. Jacob pensaba en el trigo.
La conciencia de sus hijos los atormentaba por lo de José.

Trigo en Egipto
Jacob tu vo que avergonzarlos para que fueran. "¿Por
qué os estáis m irando?" ¿Estaba, acaso, sospechando su pa­

170
LOS HERMANOS DEJOSE LLEGAN A EGIPTO

dre? ¿Sabía algo? ¿Había penetrado en su secreto culpable?


Si era así, bueno, después de to d o Egipto era preferible a su
hogar. Su padre era un anciano. D urante los últim os años
había decaído visib lem en te. Había m anifestado una d eb i­
lidad creciente. H abía eviden cias n o solam ente del len to
pasar de los años sino de d olor. Jacob llevaba en su cora­
zó n las cicatrices de m uchos golpes, y el principal de ellos
era la pérdida de su am ado h ijo José. Sus pasos se hacían
m enos vigorosos. Patéticam ente hablaba de sus "canas". So­
portaba un d olor que n o m enguaba con los años, un d olor
que debía llevar solo. Paso a paso se in clin aba hacia el fin
de la vid a lloran d o p or su h ijo. N ada p od ía borrar de su
m em oria la vista de la túnica ensangrentada, la única reli­
quia que ahora perm an ecía del qu erido rostro y cuerpo de
aquel a qu ien pensaba que nunca vo lv e ría a ver.
"¿Por qué os estáis m irando... He aquí, y o he o íd o que
hay víveres en Egipto; descended allá, y com prad de allí pa­
ra nosotros, para que podam os vivir, y no muramos" ( w . 1,
2). En vista de las circunstancias y de la orden, los hermanos
n o tuvieron elección. "Descended allá". De otra manera nos
enfrentam os con la muerte. Y así, "descendieron los diez
herm anos de José a com prar trigo en Egipto" (v. 3).
Había llegad o el tie m p o cuando D ios iba a usar a estos
hom bres para cu m p lir sus p ropios grandes propósitos.
Q uería fundar una n ación con ellos. Así c o m o él había
preparado a José por m edio de un largo entren am ien to pa­
ra ser un instrum ento apto que cum pliera su volu n tad, así
ahora prepararía a los h erm an os de José para cu m p lir sus
propósitos. Ellos ni siquiera soñaban con las sorpren den ­
tes experiencias espirituales que les aguardaban en Egipto.
Dios atorm entaba sus conciencias para abrir sus corazones
a su m isericordiosa d irección y traerlos bajo la obra p o d e ­
rosa de su Espíritu, para transform ar su naturaleza. Esta­
ban preparándose para su en cu en tro con José, y con los
grandes cam bios en su v id a que transform arían su carác­
DIOS ENVIO UN JOVEN

ter. Estaban destinados a ser hom bres diferentes de los que


habían v e n d id o a su h erm an o com o esclavo.

Benjamín no fue
Debe notarse que fueron diez los hijos que Jacob envió a
Egipto. N o con fió a Benjamín al cuidado de los otros. En esa
época Benjam ín ya n o era más un niño. D ebió de haber te­
n id o entre vein te y treinta años. Pero algo h izo que Jacob
dudara y rehusara enviar a Egipto al único h ijo que le qu e­
daba de su amada Raquel. Se supone que Jacob siempre tu­
v o una persistente y prolongada sospecha de que José se ha­
bía enfrentado a una mala jugada a manos de sus hermanos.
Yo no lo sé. El registro bíblico guarda silencio en eso. De to ­
das maneras es claro que ya que José había desaparecido,
Benjam ín había pasado a ocupar su lugar en los afectos de
su padre. Y Jacob d ecidió no poner a su h ijo m enor en m a­
nos de sus hermanos. Benjam ín perm anecería en casa.
Así, los d iez herm anos, con sus bestias de carga y sus
siervos, salieron ca m in o a Egipto, sin B enjam ín. Si discu­
tieron lo de José en el cam in o o in tercam b iaron com en ta­
rios sobre su m utua in tran qu ilidad y presentim ientos, no
se nos dice. Pero que pensaban en José n o nos cabe duda.
Estaba dem asiado en sus m entes. N o esperaban verlo. Es­
to estaba fuera de toda posibilidad. Sin em bargo, mirarían
bien de cerca a cada cuadrilla de esclavos en el trabajo de
los cam pos o transpirando en las canteras de ladrillos, pre­
parando m aterial para las pirámides.
A l preguntar d ó n d e debían ir a com prar alim en to se
los d irigió a la sede de José. A pesar de que José n o atendía
el asunto de ven d er trigo al pueblo de Egipto, parece que
todos los solicitantes p roven ien tes de otras tierras tenían
que som eterse a la rutina de un exam en personal por m o ­
tivos de seguridad. José se encargaba de exam in ar por sí
m ism o a los extranjeros.

172
LOS HERMANOS DEJOSE LLEGAN A EGIPTO

Un hombre de cilto rango


Fueron llevados a la presencia de este hom bre de alto
rango. Se les d ijo que era el señor de to d o Egipto. Estaba
sentado com o siempre, en su lugar acostumbrado, en m edio
de la confusión y el ruido de cualquier mercado oriental. De
pron to su atención se cen tró en la entrada de un grupo de
diez hom bres quienes, obviam ente, eran extranjeros y esta­
ban incóm odos. Por un instante los observó, con su corazón
palpitando alocadam ente. U na buena mirada era to d o lo
que necesitaba. El registro b íb lico dice sucintamente: "Los
con oció" (v. 7).
Oh, sí, él los recon oció. Sabía qué clase de hom bres ha­
bían sido. Pensó si habría h ab ido algún cam b io en ellos, o
si aún eran la m ism a clase de hom bres que él había c o n o ­
cido. El sabía que habían v e n id o p o r trigo. Eso le h iz o sa­
ber que la punzada del ham bre había llegad o a Canaán, y
a Jacob. Su corazón latió con la expectativa, luego de v e in ­
tidós años, de saber algo de su padre.
Ellos no lo conocieron. ¿C óm o podrían haberlo con o ci­
do? De un m uchacho de 17 años había m adurado en un
hom bre de casi 40 años. Estaba vestido con lin o de blanco
puro, ornam entos de oro indicaban su rango, un vestido no
m u y distinto quizá de la túnica principesca con que lo ha­
bían visto vein tid ós años antes. Ellos eran hom bres barba­
dos, toscam ente vestidos, con las manchas del viaje sobre
ellos. José estaba bien afeitado, com o era la costumbre de los
de alta casta y elevado rango en Egipto. El era el gobernador
de la tierra.

Se inclinan
Y en un cu m p lim ie n to to ta lm en te in con scien te de los
sueños de antaño, se in clin a ro n d elan te de José con sus
rostros a tierra. N o es d ifíc il im agin arn os la e m o c ió n que
sin tió José m ientras observaba los cuerpos postrados y re­

173
DIOS ENVIO UN JOVEN

cordaba sus sueños. Se d eb ió de haber sen tid o m u y cerca


del Dios que le d io los sueños y que los cu m plió. Fue uno
de los m om en tos suprem os de su vida.
Cuán poco se dieron cuenta estos diez hom bres de que
estaban hacien do algo para cum plir los sueños de su h er­
m ano. N o recordaron sus burlas y palabras m aliciosas de
antes: "H e aquí v ie n e el soñador... m atém osle y ech ém os­
le en una cisterna... y verem os qué será de sus sueños" (c.
37:19, 20). Estaban llegan d o al m o m e n to en que efectiva ­
m ente verían qué fue de sus sueños. Pero lo que irían a ver
sería m u y diferente de lo que habían planeado.
Antes de que veam os la recep ción que José o frec ió a
sus hermanos, y los dejem os inclinándose ante él, quisiera
d irigir tu aten ción a ciertas leccion es m u y im portantes
con respecto a este m o m e n to tan largam en te esperado en
la vida de José. Cada partícipe de este dram a obró según
su p ro p io carácter y go b ern ó su con d u cta y sus acciones
p or su propia libre volu n tad . N o se a p licó n in gu n a c o e r­
ción al libre alb edrío de cada uno de ellos. Sin em bargo,
de una form a inescrutable, to d o se c o m b in ó para cum plir
un gran propósito. T o d o lo que h icieron d io com o resulta­
d o el cu m p lim ien to de un único d esign io supremo.
Así ha sido en toda la historia. Así es ahora. Dios ha es­
tado en la historia desde el com ien zo; tan to en la historia
personal com o en la nacional. Esto n o debe ser increíble o
sorprendente. Dios está realm ente en la vid a de cada uno.
Sería deplorable para nosotros perdernos la enseñanza bá­
sica de esta historia al fracasar en recon ocer este hecho.

174
Capítulo 22

José trata duramente


a sus hermanos
u an do los h erm an os de José estaban en su presencia,
C postrándose delante de él, su m irada p en etrante pasó
de u n o a otro en un rápido análisis. Antes que nada q u e ­
ría saber si su h erm an o B en jam ín estaba con ellos. Luego
necesitaba evaluar a estos hom bres. N o los había visto ha­
cía más de dos décadas. ¿Eran los m ism os h om bres que
había c o n o c id o en esa época o eran hom bres cam biados?
Su actitud final hacia ellos estaría determ inada p or la co n ­
testación a esa pregunta.
Su conducta en esa circunstancia ha sido juzgada c o ­
m o in n ecesariam en te cruel e in m erecid a, pero José sabía
exactam en te lo que estaba h acien d o y p ro ced ió de la m e ­
jor m anera que ten ía a su alcance para lograr lo qu e tenía
en m en te. N o tenía ni corazón n i disp osición a ser duro y
cruel. El quería in fo rm a ción . Trató de obten erla en la fo r­
m a que consideró necesaria para poder con ocer lo que ha­
bía en el corazón de estos hom bres.
V io que Benjam ín n o estaba con ellos. ¿Era posible que
estos hom bres elim in aran a su h erm an o m en or en form a
sim ilar a la qu e em p lea ron para librarse de él? ¿Estaba
m u erto Benjam ín, o p osib lem en te había sido v e n d id o c o ­
m o esclavo? Y su an cian o padre, ¿qué había sido de él?
¿V ivía aún? ¿Estaba bien? José debía saber to d o eso. Y es­
tos h om bres d elan te suyo, ¿qué clase de h om bres eran
ahora? N o necesitaba saber qué tip o de hom bres habían
sido v e in te años antes. Eso ya lo sabía. Lo que necesitaba
ahora era saber si había h ab ido algún cam b io en ellos.

175
DIOS ENVIO UN JOVEN

¿Qué clase de hombres eran?


La aparición en Egipto de los herm anos de José fue una
total sorpresa para él. Desde que llegaron para ser in vesti­
gados p or m o tiv o s de seguridad, José n o tu vo tiem p o de
form ular ningún plan en referencia a ellos. Cuando v in ie ­
ron más tarde, en una segunda visita, José estaba m ejo r
preparado para las propuestas qu e pensaba hacer. Pero
ahora n o estaba para nada preparado. N o sabía si quería a
estos hom bres cerca suyo en Egipto. N o los conocía, n o sa­
bía que clase de hom bres eran, ni cuales eran sus ideas.
Esta fue la razón por la cual procedió tan cautelosamen­
te con ellos, por qué se h izo el extraño, por qué se ocu ltó y
usó un intérprete c om o si n o pudiera entenderlos, y por
eso to m ó tantos rodeos para llegar a su objetivo. Quería te­
ner una visión ín tim a de lo que había en sus mentes. Q ue­
ría saber si eran los hom bres que él había con ocido. Quería
descubrir si sería c o n ven ien te y agradable pedirles que v i­
nieran y vivieran cerca suyo en Egipto. Ten ía que estar se­
guro de to d o eso. El cam ino que utilizó para descubrirlo era
el único que le quedaba abierto, y al m ism o tiem p o era el
m ejo r para obligar a sus herm anos a m irar en los lugares
más recónditos de sus propios corazones.

¿Estaban arrepentidos?
La cárcel era el m ejor lugar para que ellos tuvieran una
consulta ín tim a con sus propias almas. Así había ocurrido
con José. Lo probaría con ellos. N o había revancha ni v e n ­
ganza en este acto. N o se sentía ven ga tiv o . Su deseo más
p ro fu n d o era ayudar a estos hom bres. Sentía com pasión
p or ellos. Pero una gran pregunta perm an ecía en su m e n ­
te. ¿M erecían ayuda? D ebía saberlo.
Tenía sobre ellos una gran ventaja, y d ecid ió usarla por
c o m p le to para probar su carácter. Los con ocía; ellos a él
no. Lo qu e él finalm ente haría con ellos dependería del re­

176
JOSE TRATA DURAMENTE A SUS HERMANC >S

sultado de su in vestiga ció n . José quería saber si ellos ha­


bían e x p e rim e n ta d o re m o rd im ie n to o a rrep en tim ien to
por el trato duro y cruel que le habían dado. C on este p ro­
p ósito c o n tin u ó ocu lta n d o su id en tid ad m ientras d em a n ­
daba de ellos qu e revelaran la suya. D e cid ió actuar, repre­
sentar una parte ante ellos, o para ellos, que pudiera recor­
darles su pecado. D e c id ió tratarlos de una form a que re­
cordaran el trato que ellos le habían dado. Así p od ría lle ­
gar a una con clu sión respecto a su carácter, lo que lo ayu­
daría a tom ar una decisión final.
A ñ os antes, los h erm an os habían ju stifica d o su cruel­
dad hacia él d icie n d o que era un espía e n v ia d o p or su pa­
dre para observar su con du cta e in fo rm a r de sus malas ac­
ciones. Bueno, com en zaría por ahí. Preguntó de d ón d e v e ­
nían y cuál era su m isión en Egipto. R espondieron que v e ­
n ían de Canaán y que su p ro p ó s ito al v e n ir era com prar
alim en to. José les p id ió qu e se id en tificaran.

"¡Espías sois!"
De p ronto, cesó de hacer preguntas y en form a tajante
y severa los acusó de haber v e n id o a Egipto n o en una m i­
sión pacífica sino con fines hostiles. Estaban en Egipto —
d eclaró— para espiar la c o n d ició n in defen sa de la frontera
noroeste y v o lv e r con esa in form ación , que induciría a los
canaanitas a lanzar una in vasión justo en el m o m e n to en
qu e las energías de E gipto estaban abocadas a paliar las
privacion es de su pueblo.
Y los acusó: "Espías sois; por ver lo descubierto del país
habéis v e n id o " (v. 9).
C o n in d ig n a c ió n y sinceridad los h erm an os n egaron
su acusación, sorprendidos de ella. A qu í había algo que no
habían esperado. "N o, señor nuestro", d ijeron , "sin o que
tus siervos han v e n id o a com prar alim en tos" (v. 10). Y pa­
ra dar cred ib ilid ad m anifestaron : "T od os n osotros som os

177
DIOS ENVIO UN JOVEN

h ijos de un varón ; som os h om bres honrados; tus siervos


nunca fueron espías" (v. 11).
Era una buena contestación, y para un funcionario que
n o estuviera representando un papel, sin duda habría sido
suficiente. D ejaba claro qu e su m is ió n era p or necesidad
fam iliar, no por am bición nacional.
Sin em bargo, eso no fue suficiente para el investigador
que los estaba exa m in an d o. El to d a v ía n o había p o d id o
saber lo que buscaba. Bruscam ente les con testó: "N o; para
ver lo descubierto del país habéis v e n id o " (v. 12).
Veintitantos años atrás José había hecho las mismas pro­
testas de su propia inocencia cuando estaba en sus manos y
ellos habían rehusado escucharlo. Ahora él rehusaba escu­
charlos a ellos. De m o d o que procedieron a dar evidencia
adicional de quiénes eran y de cuáles eran sus propósitos.
Tus siervos, dijeron, "éramos doce hermanos, hijos de un
m ism o padre establecido en Canaán. El m en or quedó en ca­
sa y el otro ya no vive" (v. 13, versión Latinoam ericana). Es­
to ya le gustaba más. José estaba o b ten ien d o lo que quería.
Benjamín estaba vivo, libre y en el hogar. Jacob aún vivía. El
corazón de José experim entó un gran alivio. Estaba obte­
n ien d o resultados. Pero n o los suficientes. Aún necesitaba
saber qué clase de hombres eran. Proseguiría. Pero antes de
hacerlo, se detuvo a meditar en una de sus declaraciones.

Pensaban que José había muerto


"Y el otro ya n o vive", habían dich o. ¡Así que pensaban
que estaba m uerto! Eso le p rod u jo un n u d o en la gargan ­
ta. Lo habían expresado con suavidad, c o m o si Ies doliera.
Y, oh, esa otra expresión: "Tus siervos som os doce herm a­
nos". La em o ció n lo em bargó al pensar en ello. ¿Podría ser
p osible que en ese qu erid o cam p am en to de su padre, en
su hogar, aún pensaran qu e la fa m ilia estaba entera, aún
cuan do lo dieran por m uerto? Aún pertenecía, a pesar de

178
JOSE TRATA DURAMENTE A SUS HERMA Ni >S

lo qu e había sucedido; aún tenía un lugar en sus pensa­


m ientos, en sus corazon es. Era u n o de ellos. "Tus siervos
som os doce", n o o n ce "herm anos".
Para ocultar su e m o ció n , para esconder la ternura que
le brotaba y qu e echaría p or tierra su plan, gritó con exa­
gerado énfasis: "Eso es lo que os he dich o, afirm a n d o que
sois espías" (ve. 14). O sea: es c o m o dije, sois espías. Y en ­
contraré una form a de probarlo.
C on severidad les d ijo : "En esto seréis probados: V iv e
Faraón, que n o saldréis de aquí, sino cuando vuestro h er­
m a n o m en or v in ie re aquí" (v. 15). Para probar su afirm a­
ción de que eran tod os parte de una sola fam ilia, dejaría
que u n o de ellos retornara a Canaán con el p ro p ó s ito de
traer de vu elta a B enjam ín. M ientras tanto, los otros n ue­
ve perm anecerían en prisión hasta la llegada de Benjam ín.
Y to d o eso para probar sus palabras, "si h ay verdad en v o ­
sotros; y si no, v iv e Faraón, que sois espías" (v. 16).
A b ru p tam en te se d io p or con clu id a la entrevista y los
despach ó a prisión para qu e pudieran pensar en su situa­
ción y considerar si accederían a sus con dicion es.
Ellos lo habían ech ad o en el p ozo. A h ora los papeles
estaban in vertidos. José los p on d ría en prisión. Los h o m ­
bres pueden tener m u chos pen sam ien tos p rofu n d os en la
cárcel, y ellos ten ían m u ch o en qué pensar. M ientras José
esperaba tran qu ilam en te el resultado, ellos pensaban.
Los d ejó tres días en la cárcel. Luego los llam ó a su pre­
sencia. Parecía que se había suavizado, p or lo m en os en
cierto grado. Su historia aún debía ser probada. Pero él ha­
bía pensado en sus fam ilias y en el anciano, su padre, si es
que existían. Y con sid eró que era más justo y m isericor­
d ioso dejar qu e n u eve de ellos retornaran a Canaán, lle ­
va n d o las provisiones, en lugar de que lo hiciera uno solo.
El retendría a uno de ellos c om o rehén para asegurar el re­
to rn o de los n u eve con el h erm an o m en or. De esa m an e­

179
DIOS ENVIO UN JOVEN

ra su veracidad y lealtad podría ser dem ostrada y se cance­


laría la acusación de espías.
Y com o razón del cam bio de plan dijo que él tam bién
tem ía a Dios, significando aparentem ente que no quería
que ninguna in justicia m olestara su conciencia.
Esta declaración fue pasada por alto, pero más tarde tu­
vieron oportunidad de pensar en ella. Ahora no podían pen­
sar en otra cosa que no fuera volver a su hogar con alim en­
to. Estaban ansiosos de aceptar esta propuesta. Eso era mu­
cho m ejor que nueve de ellos permanecieran en prisión
mientras que uno retornaba. Era aún una situación difícil pe­
ro antes de que José tuviera oportunidad de pensar en otros
cambios adicionales, concordaron en hacer lo que decía.
Y ahora tenían que tom ar una decisión en cuanto a
quién sería elegido para quedar en Egipto com o rehén. Se
reunieron en un grupo cerrado para determ inar esa terri­
ble elección. Con voz baja se consultaron unos a otros, no
poniendo demasiado cuidado de que los pudiera escuchar
el gobernador. Estaban seguros de que no los podía en ten ­
der. Hablaron sobre el significado del problem a que esta­
ban enfrentando. Estaban seguros de que era un castigo
por lo que habían hecho a su herm ano José m ucho tiem ­
po atrás. Habían tratado rudam ente a José, lo habían acu­
sado de ser espía, lo habían echado en un pozo, lo habían
vendido a los mercaderes ismaelitas y le habían m entido a
su padre acerca de él. Podem os entender el interés de José
cuando los escuchó decir: "Verdaderam ente hem os peca­
do contra nuestro herm ano, pues vim os la angustia de su
alm a cuando nos rogaba, y no le escucham os; por eso ha
venido sobre nosotros esta angustia" (v. 21).

Recuerdan su pecado
El propósito de José se estaba cumpliendo. Al enfrentar
estos hombres la posibilidad del mismo aislamiento y priva­
180
JOSE TRATA DURAMENTE A SUS HERMANOS

ción de libertad a los cuales habían sometido a José, vino a


su memoria su pecado contra él y sintieron la necesidad de
hablar sobre ello y atribuir la actual calamidad a una retribu­
ción por su mala conducta. Recordaron cómo habían rehu­
sado tener misericordia de José cuando él les rogó, y, por
tanto, no podían esperar misericordia en su propia desgracia.
Sin embargo, una voz entre ellos rehusó unirse al coro
de confesiones. Rubén dijo: "¿No os hablé yo y dije: No
pequéis contra el joven, y no escuchasteis? He aquí tam ­
bién se nos ha dem andado su sangre" (v. 22).
Los hermanos no sospechaban que cada palabra que pro­
nunciaban era escuchada por el gobernador. Este tuvo difi­
cultad en esconder su emoción y evitar que cayeran las lágri­
mas. Tuvo necesidad de salir por un rato, mientras luchaba
por no ilorar. Aún no estaba listo para revelarles su identi­
dad. Había más cosas que necesitaba saber. Quería saber có­
mo trataban a Benjam ín. Para obtener más inform ación vio
que era necesario continuar con la parodia. Sin embargo, los
libró de tener que elegir al rehén que permanecería en pri­
sión mientras los otros nueve volvían a Canaán con alim en­
to. Tomó a Simeón y lo encadenó delante de sus ojos, dando
órdenes para que fuera llevado de vuelta a la prisión.
¿Por qué Sim eón? Quizá porque José conocía la dispo­
sición inusualm ente cruel de Sim eón, tal com o lo dem os­
tró en Siquem. Posiblem ente tam bién Sim eón haya sido el
líder entre los herm anos en su conducta brutal hacia José.
Luego de esto José ordenó a sus siervos que llenaran
los sacos de sus herm anos con todo el grano que pudieran
conten er, que en bolsas más chicas se pusieran las provi­
siones para el viaje y que en el saco de cada hom bre se co­
locara el dinero que habían pagado por el grano. Luego
los despidió apresuradam ente en su viaje a Hebrón.

181
Capítulo 23

Bolsas llenas
y dinero devuelto
os nueve hombres, hermanos de José, salieron en su via­
L je de retorno a Canaán con intranquilidad. Simeón esta­
ba en prisión. Para liberarlo se requería el consentim iento
de su padre para que dejara que Benjam ín volviera a Egip­
to con ellos. Dudaban que pudieran convencer a Jacob con
una propuesta tal. No anticipaban con demasiada ansiedad
su llegada al cam pam ento familiar.
Después de haber completado su primer día de viaje ha­
cia Canaán, se detuvieron en el primer lugar de descanso.
U no de ellos abrió su bolsa de granos. No era la pequeña
bolsa de viaje sino la más grande, la que normalmente no se
hubiera abierto hasta que terminara el viaje. Cuál no fue su
sorpresa al encontrar encim a del grano su dinero. Este des­
cubrim iento fue de inm ediato dado a conocer a los otros
hermanos y se tornó en un motivo más de preocupación, te­
m iendo ser las víctimas de algún tipo de conspiración que
los dañase cuando llegara el m om ento de volver a Egipto.
D ijeron: "¿Qué es esto que nos ha hecho Dios?" (Gén.
42:28). Pensaban que de alguna manera era la retribución
por su conducta y que tendrían que responder por la acusa­
ción de robo. Por lo menos se dieron cuenta de que la Provi­
dencia estaba interviniendo en sus asuntos. Dios había vis­
to su pecado, había notado su conducta y tenían miedo de
que ahora estuviera castigándolos por sus malas acciones.

Retorno a Hebrón
Su retorno a Hebrón era esperado con ansiedad por su
182
BOLSAS LLENAS Y DINERO DEVUKI.Tí)

padre. Habían estado ausentes por más tiem po del que ha


bían pensado. Cuando llegaron, todo el cam pam ento se
convirtió en un panal de actividad. Los ocupantes de todas
las tiendas, los m iem bros de cada fam ilia se reunieron en
torno a ellos cuando se detuvieron frente a la tienda de Ja ­
cob. Todos escucharon con atención cuando com enzaron
a narrar lo que les había acontecido. Al hacerle notar a Ja ­
cob la actitud poco am istosa y la conducta dura del gober­
nador egipcio, un sentim iento de alarm a se esparció entre
ellos. Parecía portador de algún m al destino. Estos temores
se confirm aron cuando los hom bres abrieron sus bolsas de
grano. En cada una de ellas encontraron su dinero.
Y cuando Jaco b se enteró de lo que había pasado con
Sim eón n o pudo contenerse por más tiem po. Su profunda
angustia brotó en palabras lastim eras: "Me habéis privado
de mis hijos; José no parece, ni Sim eón tam poco, y a Ben­
jam ín le llevaréis; contra mí son todas estas cosas" (v. 36).
Era u na explosión m uy amarga, y m uy inexacta. He
aquí un anciano que no sabía lo que estaba diciendo. Por­
que toda la declaración, desde el com ienzo al final, no
co n ten ía un solo h ech o real. Todo era un error. Hasta
donde Jaco b podía ver, era todo verdad. Pero Jaco b no lo
sabía. El no había sido apartado de sus hijos. José no esta­
ba m uerto. Sim eón no estaba perdido para él. Y aunque
era cierto que llevarían a B en jam ín a Egipto, tam bién era
cierto que lo volverían a traer. Y ninguna de estas cosas es­
taban en contra de él. Al contrario, eran todas a su favor.
Todas obraban en su beneficio. Todas estaban obrando
juntas para su bien, no para su mal.
Cuán propensos som os a dejarnos influenciar por las
apariencias, a llegar a apresuradas conclusiones y pronun­
ciar juicios sobre procesos incom pletos. ¡Pobre Jacob! Es
m uy probable que sonriera en sus postreros años cuando
pensara en estas palabras. Pero eran muy reales para él en
ese m om ento. No nos debe sorprender entonces que d ije­
18 3
DIOS ENVIO UN JOVEN

ra: "No descenderá mi hijo con vosotros, pues su herm ano


ha m uerto, y él solo ha quedado; y si le aconteciere algún
desastre en el cam ino por donde vais, haréis descender
mis canas con dolor al Seol" (v. 38).

No debían llevar a Benjamín


Podemos comprender por qué el patriarca hablaba de es­
ta forma, y ciertam ente simpatizamos con él. Jacob no co ­
nocía el estado real del asunto. Estaba pensando únicam en­
te en sus hijos. No estaba pensando en Dios. En toda su de­
claración no hay m ención de Dios. Le habla a sus hijos co­
mo si ellos hubieran hecho todo. "Me habéis privado de mis
hijos". "Haréis descender mis canas con dolor al Seol". Jacob
no hace referencia a Aquel quien en una memorable noche
en Betel le prometió: "He aquí, yo estoy contigo, y te guar­
daré por dondequiera que fueres" (c. 28:15). Por el m om en­
to Jacob se había olvidado de todas las misericordias de
Dios, se había olvidado de la manera com o lo había dirigido
a la casa de Labán y cómo le había dado prosperidad duran­
te los años que había pasado en Padan-aram, se había olvi­
dado de cóm o el Señor lo había cuidado después de dejar a
Labán, se había olvidado de la forma cómo Dios había obra­
do una reconciliación entre él y Esaú, se había olvidado de
cóm o Dios lo había bendecido en Peniel después de la larga
noche de lucha, se había olvidado de la protección divina
cuando la violencia de algunos de sus hijos podría haber he­
cho que fuera víctima de los siquemitas.

Jacob debió de haber recordado


Jaco b debió de haber recordado que así com o Dios lo
había ayudado en sus pruebas anteriores, así tam bién esta­
ría con él en la prueba actual. Si Jacob hubiera tenido esto
en m ente, no hubiese hablado com o lo hizo. Dando rien­
da suelta a sus tem ores, sólo hizo que su problem a fuera
184
BOLSAS LLENAS Y DINERO DEVUELTO

más difícil de soportar, cargándolo solo, sin Dios.


Sin embargo, su olvido fue solam ente tem porario. Des­
pués de un tiem po, com o verem os, volvió a su anterior
confianza en Dios. Cuando fue a despedir a sus hijos en su
segundo viaje a Egipto, esta vez acom pañados de B enja­
m ín, oró con la confianza de siempre: "El Dios O m nipo­
tente os dé m isericordia delante de aquel varón, y os suel­
te al otro vuestro herm ano, y a este Benjam ín" (c. 43:14).
Jacob se repuso. Antes de m ucho tiem po vio que en vez de
que todas estas cosas estuvieran en su contra, de hecho es­
taban obrando juntas para su bien. Sus lágrimas, angustias
y presentim ientos eran totalm ente innecesarios, porque se
basaban en el temor de males que nunca llegaron. Ellos es­
taban anticipando eventos que nunca llegaron a suceder.
Rubén trató de asegurarle a su padre que cuidarían de
la seguridad de B en jam ín si es que Jaco b perm itía que lo
llevaran a Egipto. "Harás m orir a mis dos hijos", le dijo
bruscam ente, "si no te lo devuelvo; entrégalo en m i m ano,
que yo lo devolveré a ti" (c. 4 2 :3 7 ). Esta contestación im ­
pulsiva no aquietó los tem ores de Jaco b . Rehusó term i­
n an tem en te consentir que llevaran a Benjam ín a Egipto.
Pero pasaron los días, y el sum inistro de alim entos que
habían traído de Egipto dism inuía, m ientras que el h am ­
bre con tin u aba y em peoraba. Cuando el trigo que tenían
casi se acababa, los hijos de Jacob se convencieron de que
tenían que volver a Egipto para reponer su provisión de
grano. Tam bién estaban convencidos de que su viaje sería
en vano a m enos que Benjam ín los acom pañara. Y no
creían que su padre consintiera en ello. La situación pare­
cía imposible. Todo lo que podían hacer era esperar que su
padre los enviara nuevam ente a Egipto.

Jacob cede con respecto a Benjamín


La som bra de la necesidad y el ham bre venideros se
cernía sobre ellos. Andaban con caras tristes y ansiosas, es­
185
DIOS ENVIO UN JOVEN

perando la decisión de un anciano que parecía inflexible.


Llegó el m om ento cuando el padre vio el sufrim iento de
sus rostros y el tem or del sufrim iento mayor que les aguar­
daba. Finalm ente, la voluntad in flexible se ablandó. Lla­
m ó a sus hijos y les rogó: "Volved, y com prad para n o so ­
tros un poco de alim ento" (c. 43:2).
Judá habló por sus hermanos. Le dijo a su padre: "Aquel
varón nos protestó con ánim o resuelto, diciendo: No veréis
mi rostro si no traéis a vuestro hermano con vosotros. Si en­
viares a nuestro hermano con nosotros, descenderemos y te
compraremos alimento. Pero si no lo enviares, no descende­
remos; porque aquel varón nos dijo: No veréis mi rostro si
no traéis a vuestro herm ano con vosotros" (w . 3, 4).
Así estaba planteada la situación. El padre no quería que
fuera Benjam ín. Los hijos no irían sin Benjam ín. Jacob los
miró. Ellos lo miraron. Y al mirarlo vieron que su resolución
estaba flaqueando. Inm ediatam ente Judá se aprovechó de
eso. Dijo: "Envía al joven conm igo, y nos levantaremos e
iremos, a fin de que vivamos y no muramos nosotros, y tú,
y nuestros hijos. Yo te respondo por él; a mí me pedirás
cuenta. Si yo no te lo vuelvo a traer, y si no lo pongo delan­
te de ti, seré para ti el culpable para siempre; pues si no nos
hubiéramos detenido, ciertam ente hubiéramos ya vuelto
dos veces" (vv. 8-10).
Jaco b fue el que cedió. No le fue fácil hacerlo; pero sa­
bía que tenían razón. Sus provisiones debían reponerse o se
enfrentarían al desastre. La situación demandaba un rem e­
dio inmediato. Ya habían perdido m ucho tiempo, com o se­
ñaló Judá. Luego de ceder, Jaco b se encargó de planear el
viaje y la diplom acia que debían utilizar para suavizar al
gobernador. Respondiendo a Judá, Jacob dijo: "Pues que así
es, hacedlo; tom ad de lo m ejor de la tierra en vuestros sa­
cos, y llevad a aquel varón un presente, un poco de bálsa­
mo, un poco de miel, aromas y mirra, nueces y almendras.
Y tom ad en vuestras m anos doble cantidad de dinero, y lle­
186
BOLSAS LLENAS Y DINERO DEVUELTO

vad en vuestra m ano el dinero vuelto en las bocas de vues­


tros costales; quizá fue equivocación" ( v v .ll, 12).
Luego llegaron al asunto central y Jacob solem nem ente
se forzó a decir: "Tomad tam bién a vuestro herm ano y le­
vantaos, y volved a aquel varón" (v. 13). Y esta vez Dios es­
taba en sus pensam ientos y en las preciosas promesas que
se le habían hecho. "Y el Dios O m nipotente os dé m iseri­
cordia delante de aquel varón, y os suelte al otro vuestro
herm ano, y a este Benjam ín. Y si he de ser privado de mis
hijos, séalo" (v. 13).

Una escena conmovedora


Esta reunión entre el anciano patriarca y sus hijos fue
una escena conmovedora. Juntos planeaban con respecto a
los medios que debían emplear para obtener los tres princi­
pales objetivos: la liberación de Sim eón, el retorno de Ben­
jam ín, y el sum inistro adecuado de comida. No sabían que
la pesada nube de ansiedad que posaba sobre sus espíritus y
los hacía desesperar no era necesaria. No sabían que el te­
mible gobernador de Egipto no requería que ellos lo aplaca­
ran, sino que estaba muy bien dispuesto hacia ellos. No sa­
bían que Dios había ido antes que ellos y había hecho to­
dos los arreglos necesarios para que obtuvieran los deseos
de su corazón y m ucho más. Ellos no podían soñar las m a­
ravillas que les esperaban en este viaje a Egipto. Encontra­
rían el cam ino a la abundancia, a la bendición, a la existen­
cia com o nación, y a un futuro m agnífico mientras volvían
reticentem ente sus rostros hacia Egipto. En su om nisciencia
y m isericordia Dios había cerrado toda otra puerta. No te­
nían otra alternativa que ir a Egipto.
Canaán no estaba aún pronta para que los hijos de Israel
entraran y la poseyeran. Ni los hijos de Israel habían creci­
do en núm ero y recursos necesarios para obtener y m ante­
ner la posesión de la tierra. Se requería tiem po y oportuni­
dad para crecer. Aún cuando obtuvieran esto, debían ser

187
DIOS ENVIO UN JOVEN

puestos en el fuego de la prueba para ser fusionados entre


ellos y llegar a ser una nación. Ese era el propósito por el
que debían ir a Egipto y morar allí. Estos grandes propósitos
de Dios estaban muy por encim a de sus pensamientos. Ellos
no lo podían ver. Sólo podían ver lo que estaba directamen­
te delante de sus ojos. Y lo que ellos veían no les gustaba.
Estaban aterrados por este viaje a Egipto.

Un nuevo líder
Antes que comenzaran su viaje parecía que hubiera emer­
gido entre ellos un nuevo líder, un cambio de no poca im ­
portancia para el futuro. La diferencia entre las personalida­
des contrastantes de Rubén y Judá resalta claramente en sus
métodos de tratar a su padre. Rubén, el primogénito, y como
tal el líder natural, hizo una proposición impetuosa a Jacob,
totalmente prepotente. "Harás morir a mis dos hijos", le dijo,
"si no te lo devuelvo". No quiso decir lo que dijo. Su arreba­
to demuestra que no era un hombre confiable.
Judá, por otra parte, no puso a sus hijos com o garantía
de B enjam ín . "Yo te respondo por él; a mí me pedirás
cuenta". Juró no por sus h ijo s sino por el m ism o. Jacob se
convenció de su sinceridad y su determ inación a toda cos­
ta de cumplir con su promesa. Y más tarde Judá no defrau­
dó la confianza de su padre. Fue a Judá a quien Jacob co n ­
sintió en encom endar al h ijo que le quedaba de Raquel.
Todo el cam pam ento los despidió cuando com enzaron
su viaje a Egipto; diez hom bres con tem ores y presenti­
m ientos en sus corazones, yendo sin saber lo que les
aguardaba. Este hom bre, el gobernador, ¿les creería ahora
que Benjam ín iba con ellos? ¿Liberaría a Sim eón? ¿Volve­
rían de vuelta a Canaán por esta ruta, dentro de pocos
días, com o una familia reunida, con todos sus integrantes?
No soñaban lo que incluiría el rendir cuentas. Pero siguie­
ron adelante, con sus m entes llenas de preocupación.
Capítulo 24

En Egipto delante
de José
pesar del tem or que sentían, avanzaron bien en su via­
A je hacia Egipto. Siguieron adelante con energía, com o
para term inar con este desagradable deber lo antes posible.
El registro bíblico dice: "Entonces tom aron aquellos varo­
nes el presente, y tom aron en su m ano doble cantidad de
dinero, y a B enjam ín ; y se levantaron y descendieron a
Egipto, y se presentaron delante de José" (Gén. 43:15).
Los herm anos se sorprendieron de que la reunión con
el gobernador no fuera tan difícil com o tem ían. Los reci­
bió pronta y am ablem ente. No se notaba su brusquedad.
Al llegar a su presencia, su aguda m irada pasó de uno a
otro para asegurarse de que Benjam ín había venido. "Y di­
jo al m ayordom o de su casa: Lleva a casa a esos hom bres,
y degüella una res y prepárala, pues estos hom bres com e­
rán conm igo al mediodía" (v. 16).
¡Se les iba a dar un banquete! ¡Y en el palacio del go­
bernador! No se habían im aginado una cosa tal. Tendrían
que estar conten tísim os. Eso parecía o sonaba com o una
apertura auspiciosa para sus negociaciones para la libera­
ción de Sim eón. Pero no era alegría lo que sentían. Era te ­
mor. Esto no era norm al. No era com prensible. Era m iste­
rioso. ¿Qué tram pa se les estaba tendiendo ahora?
"Entonces aquellos hom bres tuvieron tem or, cuando
fueron llevados a la casa de José". Se sintieron intranquilos
cuando fueron llevados cerem oniosam ente al im presio­
n an te palacio. M iraban a su alrededor con aprehensión.
Los grandes salones, las estatuas, el m obiliario, las corti-
18 9
DIOS ENVIO UN JOVEN

ñas; todo tan diferente de sus hum ildes tiendas, de lo que


estaban acostumbrados. Se sintieron fuera de lugar, torpes,
incóm odos. No estaban vestidos com o para un banquete.
Estaban fuera de su elem ento. Y sus tem ores se acrecenta­
ron. Estaban seguros de que no habían sido llevados a es­
te lugar sólo para com er. Habían sido traídos aquí para ser
castigados. Una vez más sus concien cias fueron desperta­
das y torturadas con el pensam iento de José. Cuando el
m ayordom o de José los dejó solos, dijeron: "Por el dinero
que fue devuelto en nuestros costales la prim era vez nos
han traído aquí, para tendernos lazo, y atacarnos, y tom ar­
nos por siervos a nosotros, y a nuestros asnos" (v. 18).
¡Qué cobardes nos hace a todos la concien cia! Estos
hom bres sentían culpa en sus m entes, su propia culpa. Era
im posible que vieran algo claram ente. Todo estaba distor­
sionado, tergiversado, teñido por el tem or. Rápidam ente
llegaron a la conclu sión de que era m ejor sacar a luz el
asunto del dinero que había aparecido en sus sacos antes
de que José los acusara de deshonestidad. Esperaron ner­
viosam ente el regreso del mayordomo. Cuando llegó le di­
jeron: "Ay, señor nuestro, nosotros en realidad de verdad
descendim os al principio a com prar alim entos. Y acon te­
ció que cuando llegamos al mesón y abrimos nuestros cos­
tales, he aquí el dinero de cada uno estaba en la boca de
su costal, nuestro dinero en su justo peso; y lo hem os
vuelto a traer con nosotros. Hemos tam bién traído en
nuestras m anos otro dinero para com prar alim entos; n o ­
sotros no sabem os quién haya puesto nuestro dinero en
nuestros costales" (w . 20-22). ¡Ya estaba! Por fin se habían
anticipado ante cualquier acusación de deshonestidad, po­
niendo este asunto en claro. Pensaron para sí que eso de
traer el asunto a colación era una jugada inteligente.

"Yo recibí vuestro dinero"


Y se sorprendieron más allá de lo que las palabras pue­
190
EN EGIPTO DELANTE DE JOSÉ

den expresar con la respuesta del m ayordomo. Les dijo, y


pienso que debe haber sonreído al decirlo: "Paz a vosotros,
no temáis; vuestro Dios y el Dios de vuestro padre os dio el
tesoro en vuestros costales; yo recibí vuestro dinero" (v. 23).
Quedaron pasmados. Este m ayordom o, el siervo de
confianza del gobernador, sabía todo el asunto del dinero.
Sabía que había sido vuelto a poner en sus sacos. El lo ha­
bía recibido. Ellos no sabían quien había h ech o eso. Pero
él lo sabía, les dijo. Fue Dios quien lo hizo. Vuestro Dios y
el Dios de vuestro padre. ¡Bueno!
Este iba a ser un banquete de sorpresas. El m ayordom o
salió otra vez apresuradamente y cuando volvió trajo a Si­
m eón de la cárcel para que se uniera a ellos. Podemos im a­
ginarnos los abrazos, las exclam aciones de alegría, el cla­
m or de la conversación, el m ovim iento producido, las pre­
guntas sobre las fam ilias y sobre este banquete.
Fueron interrum pidos m ucho antes de que pudieran
ponerse al día. El m ayordom o vin o a prepararlos para la
llegada del gobernador y para el banquete. Apresurada­
m en te aprontaron el presente que traían para el goberna­
dor a instancias de Jacob.
"Y vino José a casa, y ellos le trajeron el presente que
tenían en su m ano dentro de la casa, y se inclinaron ante
él hasta la tierra" (v. 26). O sea, "se inclinaron" ante su her­
m ano com o los sueños de an tañ o habían predicho. José
n o pudo dejar de pensar en esos sueños cuando sus her­
m anos se postraban delante de él. Este era el m om ento
que los herm anos tem ían, enfrentarse una vez más con el
gobernador. Había sido m uy duro con ellos en la ocasión
anterior. ¿Lo sería nuevam ente?

La cortesía de José
Quedaron gratam ente sorprendidos con su conducta
am istosa. Muy cortésm ente preguntó por su salud y bie­
191
DIOS ENVIO UN JOVEN

nestar, y pareció genuinam ente interesado. "Les preguntó


José cóm o estaban". Le dijeron que estaban bien y que ha­
bían tenido un viaje seguro. Luego José expresó interés en
cóm o habían encontrado su casa. "Vuestro padre, el ancia­
no que dijisteis, ¿lo pasa bien? ¿Vive todavía?" (v. 27). Es­
peraba la contestación a esta pregunta.
"Y ellos respondieron: Bien va tu siervo nuestro padre;
aún vive". Y otra vez "se inclinaron e hicieron reverencia".
Fue en ese m om ento que su mirada recayó sobre Benjamín,
el hijo de su propia madre y dijo: "¿Es éste vuestro hermano
menor, de quien me hablasteis?" Cuando le aseguraron que
así era, la em oción que lo embargaba sólo le permitió decir:
"Dios tenga misericordia de ti, hijo mío" (v. 28, 29). Luego sa­
lió apresuradamente porque sabía que no podía quedarse por
más tiempo. Toda su alma anhelaba a este herm ano menor
suyo. Y no estaba todavía listo para darse a conocer a sus her­
manos. Había m ucho más que necesitaba saber sobre ellos.
Pero un m omento más en presencia de Benjam ín, y todo se
hubiera arruinado. Y eso no debía suceder todavía.
Así que se apuró y salió de su presencia. "Buscó dónde llo­
rar". Debía buscar un escape para la emoción que lo domina­
ba. "Y entró en su cámara, y lloró allí" (v. 30). Hay m om en­
tos cuando las lágrimas son el único alivio de las emociones
sobrecargadas. Este era uno de esos m omentos. Sus herm a­
nos permanecieron solos mientras él descargaba su llanto.
Hacía veintidós o más años desde que había visto a este com­
pañero de juegos de su niñez, ahora ya un hombre grande.
¡Oh, cómo amaba a este querido hermano suyo!

Tres mesas separadas


Y entonces, con sus sentim ientos otra vez bajo control,
"lavó su rostro y salió, y se contuvo, y dijo: Poned pan" (v.
31). C om o había leyes de castas en Egipto que no perm i­
tían que los egipcios com ieran con gente de otras naciones,
con extranjeros, se colocaron tres mesas. Los hebreos se
192
EN EGIPTO DELANTE DE JOSÉ

sentaron a una mesa sólo para ellos. Los egipcios de la ca­


sa de José se sentaron en otra mesa. El gobernador, por su
rango superior, com ía solo, distribuyendo las porciones de
los alim entos que primero eran llevados a su propia mesa.
Cuando los once herm anos se sentaron, y antes de que
se les sirviera la com ida, se sorprendieron de pronto al ver
que estaban sentados en exacto orden cronológico, "el
mayor conform e a su prim ogenitura y el m enor conform e
a su m enor edad" (v. 33). Sus miradas atónitas se cruzaron
por en cim a de la mesa y fruncieron el ceño desconcerta­
dos. ¿Q uién estaba lo su ficien tem en te fam iliarizado con
su fam ilia com o para hacer eso?
Pero su atención se centró rápidam ente en otra cosa
inusual. Sin saberlo, desde el m om ento en que se sentaron
a la mesa, fueron som etidos a la observación y al exam en
del gobernador, quien deseaba inform arse de qué clase de
hom bres eran.
Anteriorm ente habían estado ciegam ente celosos de J o ­
sé porque su padre había mostrado favoritismo hacia él. Es­
taba seguro de que su padre, durante los años siguientes,
había demostrado parcialidad hacia Benjam ín. ¿Tenían es­
tos hom bres los m ismos celos por Benjam ín? El los proba­
ría en ese punto. Quería saber si luego de venderlo com o
esclavo había habido algún cam bio en sus hermanos, si ha­
bían abandonado sus m alos cam inos. Si descubría que se
sentían tan celosos de Benjam ín porque se le dem ostraba
parcialidad, com o habían sido con José, entonces podría
decidir m antener a su herm ano m enor en Egipto en lugar
de perm itir que regresara al hogar. Si veía que los viejos ce­
los habían desaparecido, y que la vieja naturaleza había si­
do cam biada, entonces sería posible abrir el cam ino para
que todos sus herm anos, ju n to con su anciano padre, se le
unieran en Egipto. Pero prim ero debía saber si eran la cla­
se de hom bres que quería cerca suyo, o si eran los m ismos
hom bres que él había conocido en los días de antaño.
193
DIOS ENVIO UN JOVEN

Sus celos desaparecieron


Buscó una forma de averiguarlo. Com enzó por enviar a
Benjam ín una porción de alim ento cinco veces mayor que
la que enviaba a cualquiera de los otros. Eso surtiría efecto.
Por este procedim iento estaba mostrando una marcada pre­
ferencia, casi com o la que su padre había revelado hacia él
cuando le dio la túnica principesca, de muchos colores. Si
estos hombres envidiaban a Benjam ín, esto lo revelaría.
Los herm anos aún estaban bajo la idea errónea de que
José era un egipcio y que no los podía entender, así que no
vacilaban en hablar librem ente en la mesa, al alcance de su
oído. De modo que José tuvo una excelente oportunidad
para descubrir sus verdaderos sentim ientos. Los escuchó
atentam ente pero no oyó ningún com entario envidioso o
rencoroso. Por cierto, los herm anos parecían alegrarse de
que Benjam ín fuera honrado así. Estos hombres indudable­
m ente habían cambiado. José estaba muy satisfecho. El
banquete siguió, marcado por una total arm onía y alegría.
La severa formalidad con la que com enzó se diluyó dando
lugar a una amistosa cordialidad, y dice el registro bíblico
que "bebieron, y se alegraron con él" (v. 34).
Pero José aún no estaba listo para revelarles su identi­
dad. Había más cosas que quería saber acerca de ellos antes
de hacerlo, e ideó formas y maneras por las cuales pudiera
conocer las contestaciones a las preguntas que tenía en
m ente. Los despidió, ya que saldrían al día siguiente y los
dejó retirarse a sus lugares de descanso. Tenían que hacer
m uchos preparativos para salir en la mañana.

Un grupo de hombres felices


Temprano a la m añana siguiente, se levantaron com o
un grupo de hombres felices que se preparan para su viaje
de regreso. La tensión que habían experim entado durante
días había cedido, y ahora desbordaban de felicidad, al saber
que Sim eón y Benjam ín estaban con ellos. Llegarían al ho­
194
EN EGIPTO DELANTE DE JOSÉ

gar como un grupo unido, y esperaban haber terminado pa­


ra siempre con la necesidad de volver a Egipto. Sus bestias
fueron cargadas con el trigo que supliría sus necesidades du­
rante m ucho tiempo. Tenían todos los motivos posibles pa­
ra estar contentos con su situación. Y además de todo esto,
se dirigían a su hogar.
No sabían que el mayordomo del gobernador, bajo las ór­
denes de su amo, y aparentando ayudarlos en sus preparati­
vos de la salida, había colocado el dinero de cada hombre, el
doble del dinero, otra vez en sus sacos de grano; y que, ade­
más, en el costal de Benjam ín, había colocado una copa de
plata especial. Se decía que esta copa tenía la cualidad de de­
tectar el veneno que hubiera en cualquier líquido que se ver­
tiera en ella. Estas copas eran muy valiosas com o resguardo
contra cualquier tentativa de envenenar a sus dueños.
Los hijos de Jacob salieron con corazones despreocupa­
dos. Pero, apenas habían pasado los lím ites de la ciudad
cuando se percataron de los sonidos de una ligera persecu­
ción. El m ayordom o de José, aparentando sospecha, des­
confianza y burla, llegó hasta donde estaban, los detuvo, e
irritado les preguntó: "¿Por qué habéis vuelto mal por bien?
¿Por qué habéis robado mi copa de plata?" Procedió a expli­
carles que la copa de plata, la más valiosa de su amo, había
desaparecido en el m om ento de su salida y que no podía
estar en otro lado más que en sus m anos. Agregó: "¿No es
ésta en la que bebe mi señor, y por la que suele adivinar?
Habéis hecho mal en lo que hicisteis" (w . 4, 5).

La acusación rechazada
Los hijos de Jacob rechazaron tal acusación con indigna­
ción. El mayordomo estaba presuponiendo demasiado cuan­
do los acusaba de tal maldad. Ellos no eran ladrones. No ha­
bían robado la copa del gobernador. Jamás hubieran pensa­
do en recompensar así su amabilidad. Y com o evidencia de
su honestidad, dijeron: "¿Por qué dice nuestro señor tales co­
195
DIOS ENVIO UN JOVEN

sas? Nunca tal hagan tus siervos. He aquí, el dinero que ha


llamos en la boca de nuestros costales, te lo volvimos a trac*i
desde la tierra de Canaán; ¿cómo, pues, habíamos de hurtar
de casa de tu señor plata ni oro?" (w . 7, 8). Esa acusación era
totalm ente falsa. Habían demostrado su honestidad trayen­
do de vuelta el dinero del viaje anterior.
Lindas palabras, replicó el mayordomo, pero la copa de­
bía estar escondida en algún lugar de su equipaje. ¿Estaban
dispuestos a someterse a una búsqueda? Eso sería de más pe­
so que toda protesta de inocencia.
Ciertamente, replicaron enojados. Podía revisar sus bul­
tos tan exhaustivam ente com o deseara. Estaban seguros de
que no encontraría nada. ¡Vamos, adelante! Y aún más, es­
taban tan seguros de su inocencia que dijeron: "Aquel de tus
siervos en quien fuere hallada la copa, que muera, y aun no­
sotros seremos siervos de mi Señor" (v. 9).
Ciertamente, era una declaración impetuosa, apresurada.
Ninguno de ellos sabía lo que había en su propio saco. Y
ninguno sabía lo que había en el saco de Benjam ín. Pero
confiaban en la inocencia de los demás. Adelante, busquen,
dijeron. No van a encontrar nada.
Muy bien, dijo el mayordomo, eso es bastante justo.
"También ahora sea conforme a vuestras palabras". Sin embar­
go, yo también quiero ser justo. Solamente "aquel en quien se
hallare será mi siervo, y vosotros seréis sin culpa" (v. 10).
Estando todos de acuerdo, la búsqueda comenzó sin ma­
yor dilación. "Se dieron prisa... derribando cada uno su cos­
tal en tierra" (v. 11), y el mayordomo, sabiendo lo que iba a
encontrar, porque él lo había puesto allí personalmente, pe­
ro queriendo extender la farsa aún hasta el límite, comenzó
con el saco de Rubén, con la intención de proceder del ma­
yor al menor, sabiendo que pronto aparecería la copa.

Se encuentra la copa
Pueden imaginarse el shock y la sorpresa que sobrevino

196
EN EGIPTO DELANTE D E JO SE

a los aterrados espectadores cuando el saco de Rubén reve­


ló un paquete con el doble del dinero, que él no sabía que
estaba allí. Eso ya era bastante malo de por sí. Pero por lo
m enos no aparecía la copa de plata. Lentam ente el m ayor­
dom o fue de saco en saco. En cada uno estaba el paquete
del dinero. Y en la bolsa de Benjam ín, no solam ente el di­
nero ¡sino la copa de plata!
Los hombres la miraron atónitos, desconcertados, m u­
dos. Todo su mundo pareció tambalear de repente ante sus
ojos. Unos pocos minutos antes estaban regresando felices a
su hogar, a su padre, a sus hijos, con suficiente grano para
todos. Benjam ín iba con ellos. Simeón cantaba de gozo de
estar al aire libre una vez más. Estaban anticipando la felici­
dad y el gozo que sentiría su padre cuando supiera que Ben­
jam ín estaba seguro, que Sim eón estaba libre, y se enterara
del trato real que les dio el señor de Egipto, de la generosidad
que se les había mostrado. Se sentían como si al traer de
vuelta a Benjamín a casa, estaban casi compensando a Jacob
por haberlo privado de José. ¡Oh, estaban felices!
¡Y ahora, esto! ¡Y justo Benjam ín! No podían saber que
él era in ocen te. C iertam ente, ¿no era esto una prueba de
que era culpable? ¡C on que este era ese herm ano a quien
su padre no dejaba fuera de su vista! ¡Esta era la preciosa
m ascota cuya vida se consideraba de más valor que la de
todos ellos juntos! ¡Así era com o este m imado favorito pa­
gaba la ansiedad y el am or de la fam ilia! ¡Así era com o,
además, pagaba la parcialidad y el extraordinario favor del
gobernador! Por este sólo robo, apresurado, deshonesto,
in fan til, este joven m im ado, por lo m enos en apariencia,
traía, sobre la familia y la casa de Jacob, una desgracia irre­
parable, quizá la com pleta extin ción de la fam ilia.
Si estos hom bres hubieran sido los m ism os que 22
años antes, muy probablem ente sus afilados cuchillos h u ­
bieran term inado rápidam ente con B enjam ín . Si no h u ­
bieran ido tan lejos com o para matarlo, lo hubieran por lo
197
DIOS ENVIO UN JOVEN

m enos entregado rápidam ente al m ayordom o y a la escla­


vitud. Pero el cambio que ocurrió en sus caracteres se reve­
ló en el curso de acción que tom aron.

Permanecen al lado de Benjamín


No estaban dispuestos a entregar a su herm ano al m a­
yordom o y volver a su ancian o padre con otro relato de
sangre. T enían el sentim iento de que este desastre les h a­
bía sobrevenido com o retribución por su pecado contra el
otro h ijo de Raquel. No querían saber nada más de eso.
Todos se sentían culpables. Estarían ju n tos en el castigo.
B en jam ín podría ser culpable. Ellos pensaban que lo era.
No im porta; no dejarían que sufriera solo. C om partirían
su castigo. Estarían al lado de este herm ano suyo.
Com o muestra de dolor "rasgaron sus vestidos" (v. 13).
No había form a de ocultar su dolor. Estaban aplastados
por la congoja. Pero no iban a abandonar a su herm ano
más joven, no im porta lo que hubiera h ech o . Sin duda
Benjam ín protestaba por su inocencia. Pero ellos no escu­
charon. Parecía que apenas consideraban si era inocente o
culpable. De cualquier manera, era su herm ano. Su proble­
m a era el problem a de ellos. No sucedía com o antes. A ho­
ra eran una familia, una fam ilia unida, no solam ente u n i­
dades individuales. H abían aprendido su lección y eran
hom bres hum ildes, quebrantados por Dios. U na vez h a­
bían sido indiferentes al sufrim iento del favorito de su pa­
dre y habían estado muy felices de venderlo com o esclavo.
Pero no ahora. B enjam ín les daba pena. Sus corazones se
conm ovieron con am or fraternal. Su afecto m utuo por su
padre los había unido com o fam ilia y no quisieron aban­
donar a un m iem bro de ella. Estarían todos juntos.
Así que "cargó cada uno su asno y volvieron a la ciu ­
dad" (v. 13). José posiblem ente pensó que ganaría un her­
m ano con esta estratagem a. Ahora se en con tró con once
en sus m anos.

198
Capítulo 25

José se da a conocer
a sus hermanos
l presentarse de nuevo ante el poderoso gobernador de
A Egipto, eran un grupo de hom bres deprimidos y am ar­
gados. En sus m anos estaba la vida y la m uerte. Habían si­
do detenidos al salir del país y acusados de sustraer su co ­
pa de plata. Estaban en pleno campo, al amanecer, cuando
fueron detenidos por el m ayordom o; habían sido requisa­
dos y la copa se encontró en el saco del herm ano m enor.
No sabían cóm o había ido a parar allí. El m ayordom o
d ijo que había sido robada, y ellos tuvieron que volver y
enfrentar la acusación delante del gobernador. Benjam ín,
aunque se declaraba in ocen te, parecía ser el culpable. No
podían estar seguros de su in ocen cia, y se sintieron in cli­
nados a creer que era culpable. Sin em bargo, no lo iban a
abandonar. Todos volvieron al palacio del gobernador.
Era tem prano de m añana y José aún no había salido de
la casa. U na vez más estos hom bres se inclinaron delante
de él. Habían pensado que no lo iban a ver más. Pero he
aquí que estaban profundam ente angustiados y desespera­
dos por estar en una situ ación de aparente culpabilidad.
José les habló. (Por su adicional claridad usaré la versión
Dios habla hoy). Les dijo:
"¿Qué es lo que han hecho? ¿No saben que un hom bre
com o yo sabe adivinar?" (Gén. 44:15).
A esto Judá, portavoz del grupo, contestó: "¿Qué pode­
mos responderle a usted? ¿Cómo podemos probar nuestra
inocencia? Dios nos ha encontrado en pecado. Aquí nos tie­
ne usted; somos sus esclavos, junto con el que tenía la copa".
199
Di OS ENVIO UN JOVEN

José no quería saber nada de eso.


"De ninguna m anera", exclam ó. "Sólo aquel que tenía
la copa será mi esclavo. Los otros pueden regresar tranqui­
los a la casa de su padre. Nadie los m olestará" (vv. 16, 17).
Diez de ellos estaban libres para irse. No había nada
que los detuviera, no había ninguna acusación en su co n ­
tra. Podían llevar el grano a su padre y a sus familis, que
tanto lo necesitaban. Pero debían ir sin Benjam ín. El debía
perm anecer en Egipto, en la esclavitud.
Observa la prueba que José les estaba aplicando. Hasta
donde sabían, B enjam ín era culpable y m erecía su suerte.
Se la había buscado él m ism o. Ellos no ten ían nada que
ver con eso. ¿Volverían estos diez herm anos a sus hogares
y dejarían a B enjam ín solo, en m anos de la justicia egip­
cia, para recibir el castigo que realm ente m erecía? Eso era
lo que José quería saber. Veintidós años antes no lo hubie­
ran pensado dos veces en una situación así. Habían vendi­
do a José com o esclavo aunque sabían que era inocente.
¿Tratarían a Benjam ín, a quien consideraban culpable, en
form a diferente? ¿Eran los m ismos hom bres, o eran dife­
rentes? José esperó para ver qué hacían.

El noble discurso de Judá


Ahora se nos presenta una de las escenas más nobles
de toda la literatura. Estos hom bres no se proponen irse y
dejar solo a Benjam ín . Han pensado en el asunto y han
decidido que van a estar al lado de su herm ano. No tienen
interés en volver a casa sin él. Benjam ín debe ir con ellos.
Si Benjam ín queda, ellos compartirán su destino. Más aún,
no pueden ni pensar en la idea de volver a su padre sin su
h ijo preferido. Saben que eso lo llevaría a la sepultura.
Veintidós años antes eso no les hubiera im portado. V en­
dieron a José, es cierto, pero no volverán a hacer más de
esa clase de cosas. Aman a su padre y a Benjam ín. La suer­
200
JOSE DE DA A CONOCER A SUS HERMANOS

te de uno es la suerte de todos, estarán todos juntos. La sú­


plica que hace Judá no tien e parangón, en nobleza y e lo ­
cuencia natural, en toda la literatura m undial, sagrada o
profana. La versión Dios habla hoy , dice:
"Yo le ruego a usted, señor, que me permita decirle algo
en secreto. Por favor, no se en oje conm igo, pues usted es
com o si fuera el m ism o faraón. Usted nos preguntó si te­
níam os padre y algún otro herm ano, y nosotros le contes­
tamos que teníam os un padre anciano y un herm ano toda­
vía muy joven, que nació cuando nuestro padre ya era an ­
ciano. Tam bién le dijim os que nuestro padre lo quiere mu­
cho, pues es el único hijo que le queda de la misma madre,
porque su otro herm ano murió. Entonces usted nos pidió
que lo trajéramos, porque quería conocerlo. Nosotros le di­
jim os que el m uchacho no podía dejar a su padre, porque
si lo dejaba, su padre m oriría. Pero usted nos dijo que si él
no venía con nosotros, no volvería a recibirnos.
"Cuando regresamos ju n to a mi padre, le contam os to­
do lo que usted nos dijo. Entonces nuestro padre nos orde­
nó: 'Regresen a comprar un poco de trigo'; pero nosotros le
dijim os: 'No podem os ir, a m enos que nuestro herm ano
m enor vaya con nosotros; porque si él no nos acom paña,
no podremos ver a ese señor'. Y mi padre nos dijo: 'Ustedes
saben que mi esposa me dio dos hijos; uno de ellos se fue
de m i lado, y desde entonces no lo he visto. Estoy seguro
de que un anim al salvaje lo despedazó. Si se llevan tam ­
bién a mi otro hijo de mi lado, y le pasa algo malo, ustedes
tendrán la culpa de que este viejo se muera de tristeza.
"Así que la vida de mi padre está tan unida a la vida del
m uchach o que, si el m uchach o no va con nosotros cuan­
do yo regrese, nuestro padre morirá al no verlo. Así n oso­
tros tendrem os la culpa de que nuestro anciano padre se
muera de tristeza. Yo le dije a mi padre que me haría res­
ponsable del m uchacho, y tam bién le dije: 'Si no te lo de­
vuelvo, seré el culpable delante de ti para toda la vida'. Por
201
DIOS ENVIO UN JOVEN

eso yo le ruego a usted que me permita quedarme com o su


esclavo, en lugar del m uchacho. D eje usted que él se vaya
con sus herm anos. Porque, ¿cóm o voy a regresar ju n to a
mi padre, si el m uchacho no va conm igo? No quiero ver el
mal que sufrirá mi padre" (w . 18-34).

"Yo soy José"


¡Este fue el detonante! Es probable que si esta súplica hu­
biera sido hecha ante cualquier funcionario egipcio hubiese
alcanzado su propósito. José estaba listo para terminar toda
su farsa, sacarse su máscara, revelar su identidad, y amar a es­
tos queridos hermanos. Habían demostrado que eran verda­
deros hombres, ahora podía confiar en ellos. Estaba embarga­
do de emoción. Su alma se había conmovido profundamen­
te. Sus hermanos se habían arrepentido de lo que le habían
hecho a él y a su padre. Su conducta demostró que su arre­
pentimiento era totalm ente sincero. Ordenó que todos, m e­
nos sus hermanos, salieran del cuarto y cuando estuvo solo
con ellos, el registro bíblico dice que "se dio a llorar a gritos;
y oyeron los egipcios y oyó también la casa de Faraón". Gritó
con vehemencia: "Yo soy José; ¿vive aún mi padre?" (c. 45:3).
Sus herm anos retrocedieron con profundo temor. Esta­
ban aturdidos, pasmados, sorprendidos más allá de toda
palabra. No podían encontrar la form a de contestarle. Só­
lo lo m iraban. José les habló nuevam ente:
"Acercaos ahora a mí". Al acercarse, les dijo: "Yo soy Jo ­
sé, vuestro herm ano, el que vendisteis para Egipto" (v. 4).
Ahora vendría el problem a; de eso estaban seguros. El
no se había olvidado de lo que habían hecho. Su pecado
estaba en su m ente. Y él los tenía bajo su poder. Le habían
hecho un terrible mal. ¿Cuál sería su castigo? Sus siguien­
tes palabras, sin embargo, los tranquilizaron.

José los conforta


"No os entristezcáis, ni os pese de haberm e vendido
202
JOSE DE DA A CONOCER A SUS IIERMANI)S

acá; porque para preservación de vida me envió Dios de­


lante de vosotros" (v. 5).
Este era ciertam en te un aspecto de su con d u cta que
había escapado a su observación. La voz de José era aho­
ra cortés y suave; les estaba suplicando. No estaba e n o ja ­
do. Dios había estado en todo eso, les dijo.
José co n tin u ó : "Pues ya ha habido dos años de h am ­
bre en m edio de la tierra, y aún quedan cin co años en los
cuales ni habrá arada ni siega. Y Dios me envió delan te
de vosotros, para preservaros posteridad sobre la tierra, y
para daros vida por m edio de gran lib eración. Así, pues,
no me enviasteis acá vosotros, sino Dios, que me ha pues­
to por padre de Faraón y por señor de toda su casa, y por
gobernador en toda la tierra de Egipto" (vv. 6-8).
Estaban ahora respirando más aliviados. ¿Podría ser
que él no pensara en castigarlos? Eso parecía increíble. No
habían conocido nada igual. Quedaron pendientes de sus
siguientes palabras:
"Daos prisa, id a mi padre y decidle: Así dice tu h ijo
José: Dios me ha puesto por señor de todo Egipto; ven a
mí, no te detengas. Habitarás en la tierra de G osén, y es­
tarás cerca de m í, tú y tus h ijos, y los h ijo s de tus hijos,
tus ganados y tus vacas, y todo lo que tienes. Y allí te ali­
m en taré pues aún quedan cin co años de ham bre, para
que no perezcas de pobreza tú y tu casa, y todo lo que tie­
nes" (w . 9-11).
Ese era el m ensaje que debían llevarle a su padre. Aho­
ra bien, José, viend o que les era m uy difícil creer lo que
evidenciaban sus sentidos, creer que él era realm en te su
propio herm ano, les dijo:
"He aquí, vuestros ojos ven, y los ojos de mi herm ano
B en jam ín , que mi boca os habla. Haréis, pues, saber a mi
padre toda mi gloria en Egipto, y todo lo que habéis vis­
to; y daos prisa, y traed a mi padre acá" (vv. 12, 13).
203
DIOS ENVIO UN JOVEN

La familia tanto tiempo separada vuelve a unirse


Habiendo dicho esto fue directam ente a Benjam ín, pu­
so sus brazos alrededor de su cuello y lloró. Benjam ín lo
abrazó y lloraron por largo tiem po antes que pudieran
consolarse. Entonces José besó y abrazó a todos m ientras
lloraba. La fam ilia estaba unida otra vez. El am or fluía de
un corazón a otro. La separación había term inado.
José estaba com pletam ente satisfecho. Había probado a
sus hermanos. Ellos habían pasado m agníficam ente el exa­
men. Su pecado había sido abundantemente confesado. José
había deseado saber principalmente cuáles eran sus senti­
mientos hacia Benjamín, para compararlos con los senti­
mientos que habían manifestado hacia él hacía tanto tiempo.
Los había probado de muchas maneras. Los hermanos habían
sentido un intenso celo y odio en su caso cuando su padre le
mostraba favoritismo. Así que él trató a Benjamín mejor que
a los otros. Y ellos no demostraron resentimiento. Había sido
Benjamín, pensaron ellos, quien había traido ahora este pro­
blema sobre ellos. Pero no lo abandonaron a su suerte, aun­
que ellos pensaron que se lo merecía. Sabían cómo perdonar.
Sabían cómo ser pacientes e indulgentes. No tenían malicia
hacia su hermano menor. Y evidenciaban un supremo afecto
hacia su anciano padre. No querían hacerle daño. Ya lo ha­
bían lastimado terriblemente una vez. No más. Todos los pro­
pósitos de José se cumplieron. Todas las condiciones se llena­
ron. José supo lo que quería descubrir. Estaba satisfecho.
Con las lágrimas que corrían librem ente y abrazados
estrecham ente tuvieron un m om ento de reconciliación.
José los besó a todos. ¿A todos? Sí, a todos. ¿A Sim eón, el
cruel, el instigador del crim en contra José? Sí, a Simeón. Y
a Rubén, el inestable. Y a Benjam ín, el inocente. Y a Judá,
quien al borde del pozo había evitado que sus herm anos
lo asesinaran. Todos ellos, perdonados y reconciliados.
"Después sus hermanos hablaron con él" (v. 15). Habían
estado sin hablar durante la mayor parte de esta maravillosa
204
JOSE DE DA A CONOCER A SUS HERMANOS

escena. Ahora tenían de vuelta a su hermano. Le habían con­


fesado su pecado. Habían buscado su perdón. Y él se lo había
otorgado libremente. Había terminado el largo remordimien­
to. Ahora podían hablar. Era tan bueno saber que José esta­
ba vivo, era tan bueno tener reunida a la familia por tanto
tiem po separada, era tan bueno saber que José era señor de
Egipto. ¡Qué historia tenían para contar a su padre!

Faraón muy satisfecho


Entonces hablaron y planearon e hicieron arreglos, y
vieron grandes visiones para el futuro. Y m ientras conver­
saban, la noticia de lo que había sucedido se esparció com o
fuego en el matorral. Llegó al palacio de Faraón y le fue co­
m unicado al rey. El soberano estaba muy feliz. Desde hacía
tiem po sentía una inm ensa gratitud hacia José por los ser­
vicios prestados a la nación. Aquí estaba la oportunidad de
demostrarla. Mandó decir a los hombres de Canaán: "Yo os
daré lo bueno de la tierra de Egipto" (v. 18). Reafirmó la in ­
vitación de José a Jacob y sus herm anos para que se trasla­
daran de Canaán a Egipto y trajeran sus familias y ganados
y todas sus posesiones con ellos.
Y llegó el m om ento en que los herm anos debían volver
a su casa. Tenían grandes mensajes que llevar a su padre, de
parte del Faraón de Egipto y del primer ministro de Egipto,
y su ansiedad por hacerlo era muy grande. La caravana que
organizó y aprovisionó José sobrepasó lo que hubieran po­
dido soñar. Vagones, carros, siervos, bestias de carga, todo
lo que era necesario para el transporte de unas 70 personas,
con sus enseres y posesiones. Se les sum inistró abundante
provisión para el viaje, de ida y de vuelta. Y a Benjam ín, Jo ­
sé le concedió más regalos que a los otros.
Y conocien d o bien a estos hom bres, los am onestó al
partir: "No riñáis por el cam ino" (v. 24).

205
Capítulo 26

"José mi hijo
vive todavía"
stos hombres, estos herm anos de José, se sentían alboro­
E zados cuando salieron de Egipto para volver a Canaán y
al cam pam ento de su padre. ¡Qué historia tenían para con­
tar! ¡Qué m ensaje portaban! ¡Cuán gozoso estaría su padre!
Benjam ín estaba con ellos. Sim eón estaba con ellos. Y José
estaba vivo. Parecía demasiado bueno para ser verdad.
Llevaban una im ponente carga de camellos, asnos y ca­
rros. Los carros estaban repletos de lo m ejor que Egipto
podía proveer. Faraón se había unido a José en hacer los
preparativos del viaje. Les había dado mudas de ropa, ta ­
lentos de plata y todas la provisiones que necesitarían pa­
ra el cam ino. Estos hombres habían encontrado una fortu­
na en Egipto. Y, además, se habían reencontrado con su
herm ano, al que hacía tan to habían perdido. Y lo m ejor
de todo era que este herm ano, que hacía tanto tiem po ha­
bían perdido, resultó ser su salvador y el salvador de sus
familias. Pero por sobre todo, lo m ejor, lo m ejor era que él
se había reconciliado con ellos. Ya no existía una brecha
entre ellos. Les había perdonado el mal m ortal que le h a­
bían ocasionado. Había desaparecido el peso de sus co n ­
ciencias que por tanto tiem po habían soportado. Estaban
jubilosos m ientras se apresuraban en su viaje hacia el h o­
gar para contar toda esa m aravillosa historia a su padre.

Debían contarle a Jacob


¡Ah, sí, su padre! Tenían que arreglar algunas cosas con él
también. Le habían hecho un grave mal. No era solamente la

206
"JOSE MI HIJO VIVE TODAVIA"

historia de José en Egipto la que tenían que contar a su pa­


dre. Jacob tenía que saber algo más. Tenía que saber la forma
com o había llegado José a Egipto. Estaba el asunto del pozo,
y la venta como esclavo, y sus súplicas, y su túnica mojada
en sangre, y el engaño, y la gran mentira... Jacob tendría que
saber todo eso tam bién. No se lo podían esconder por más
tiempo. Ya se lo habían ocultado por demasiado tiempo. Es­
tarían contentos cuando Jacob supiera todo. Entonces ha­
brían terminado con el asunto. José los había perdonado.
Ellos creían que su padre tam bién los perdonaría.
Y así se fueron acercando al cam p am ento de Jaco b . Ya
habían sido vistos a la distancia, y se le había inform ado
al ancian o que sus h ijo s estaban retornando de Egipto,
Nada se dijo de la larga caravana de carros, cam ellos y as­
nos. El corazón de Jaco b latió apresuradam ente. ¿B en ja­
m ín? ¿Sim eón? ¿Estaban todos bien? Esperó con crecien ­
te im paciencia su arribo.
Por fin se reunieron en torno suyo, con sorprendentes
noticias para contar: "José vive aún; y él es señor en toda
la tierra de Egipto". Era dem asiado para Jaco b. Su m ente
no lo captó. No les creyó. "El corazón de Jaco b se afligió"
(Gén. 45:26). Algo extraño le debía de haber sucedido a es­
tos h ijo s suyos para que dijeran cosas tan fantásticas. Las
ignoraría, y quizá volverían a sus cabales.
¡Benjam ín! Oh, sí, B enjam ín estaba con ellos. Se ade­
lan tó y saludó am orosam ente a su padre. Pero luego él
tam bién com enzó a balbucear acerca de José, lo que José
dijo, lo que José envió, lo que José ordenó. Jaco b dejó-de
lado a Benjam ín. ¿Estaban todos sus hijos fuera de sí?
¿Sim eón? Sí, Sim eón había sido liberado y estaba aquí.
Sim eón se adelantó y saludó a su padre. Y cosa increíble,
tam bién él com enzó a conversar sobre José, a contar cóm o
José lo había tratado, sobre el banquete en casa de José,
cóm o José lo había liberado, y cóm o José les había pedido
que todos se trasladaran a Egipto. Jacob estaba com enzan­
207
DIOS ENVIO UN JOVEN

do a irritarse. ¿Qué les pasaba a estos hom bres? El podía


aceptar que B enjam ín había regresado, y estaba agradeci­
do por ello. Y lo m ism o en cuanto al retorno de Sim eón.
¡Pero lo de José, por quien durante veintidós años había
hecho duelo por creerlo muerto! Esto lo trastornaba.

¡José vive aún!


Y entonces, sin duda, viendo la profundidad de su des­
concierto, uno de sus hijos le dijo: "Padre, ven afuera y mira".
Y lo llevaron afuera. Y él miró y vio la larga fila de carros,
que sólo la realeza y los muy ricos podían poseer. Allí, tam ­
bién, estaba la larga caravana de camellos y ínulas, todos car­
gados con las buenas cosas de Egipto. Le mostraron las vesti­
mentas, la plata, las provisiones. Otra vez quedó anonadado,
pero se convenció. Su espíritu revivió. Comenzó a captar la
inmensidad de esta cosa sorprendente. Y exclamó:
"¡Bueno, esto es diferente! Ahora lo puedo creer. Sí, es­
to exactam en te com o lo haría de José. El haría una cosa
así. ¡José mi h ijo aún vive! Muy bien, iré y lo veré antes
que muera" (v. 28).
Lo llevaron de vuelta a la tienda, abrum ado por los
acontecim ientos, tratando de com prender todo. ¡Era m a­
ravilloso! ¡José estaba vivo! ¡José, señor de todo Egipto! ¡Jo­
sé pidiendo que se trasladaran a Egipto! ¡José, anim ándo­
lo a venir, para cuidarlo y ver que tocias sus necesidades
fueran suplidas, vivir en el lugar más fructífero de Egipto!
"D íganm e", clam ó, "¿qué dijo, qué fue lo que dijo mi
h ijo José?"
Entonces com enzaron a contarle la larga historia, la
historia que nunca se cansaba de escuchar. "Así dice tu hi­
jo José". ¡Ah, sí. José! No había nada de segunda mano. To­
do venía directam ente de José. "Lo hem os visto", le d ije­
ron. "Hemos hablado con él. El nos habló. La palabra que
te traem os es la del m ism o José. Así dice tu hijo José".
208
"JOSE MI MIJO VIVI IOI ),\\ l \

¿Qué había dicho José?


¿Qué había dicho José? "Díganle a mi padre", había di
ch o José, "que Dios me ha exaltado y me ha hech o gobei
nador sobre toda la tierra de Egipto. Díganle que» en mi
cin to están las llaves de los graneros de todo Egipto. Di
ganle que la riqueza de la n ació n más grande de la tierra
está a disposición de aquel a quien él ha llorado com o
m uerto. Díganle que José vive".
"Oh, sí", le dijeron a Jacob, "José tiene más cosas para q u r
te digamos. Y es algo que preferiríamos no decírtelo. Pero de­
be ser dicho alguna vez, y quizás es m ejor que sea ahora".
"¿Qué es, de qué se trata?"
"El gobernador, tu hijo José, dijo: 'Pueden decirle a mi p.i
dre com o sucedió esto. Díganle que fui vendido com o escla
vo. No le oculten que fueron ustedes mismos los que me
vendieron por plata. Cuéntenle acerca de aquella túnica mía.
Díganle que fui puesto en un calabozo. Díganle que salí de l.i
prisión y fui exaltado al trono de Faraón, com partiendo el
trono con el más poderoso de todos los monarcas. I )íganle
que uso sobre mi dedo el anillo con el sello de su autoridad
suprema. Díganle a mi padre todo esto cuando vuelvan .1 <.1
sa. Díganle que eso es lo que aconteció con José.
" 'Luego díganle a mi padre cóm o fueron construidos y
llenados los graneros, y cuéntenle acerca de los años de
abundancia y de los años de hambruna. Díganle cómo todas
las naciones de la tierra han venido a mí para ser alimenta
das, para ser aliviadas del hambre, así como ustedes han ve­
nido. Díganle a mi padre esto, y también que los graneros es­
tán tan llenos que he tenido que dejar de contar la cantidad
de trigo que contienen, porque es innumerable.
" 'Y hay algo más que deben decirle a m i padre. C u én ­
tenle a mi padre acerca de toda mi gloria en Egipto, y de
todo lo que han visto; y que se apresure y venga aquí.
" 'Cuéntenle a mi padre todo lo que han visto. Ustedes
209
DIOS ENVIO UN JOVEN

comieron en mi mesa. Estuvieron en mi palacio. Participaron


de mi hospitalidad. Comieron de mis provisiones. Han visto
las glorias del imperio más grande de la tierra. Cuando vuel­
van a casa díganle a mi padre que gobierno sobre todo eso. Y
díganle que todo es para él. Quiero que él lo comparta co n ­
migo. Díganle, también, que Dios me envió delante de uste­
des para preservarles la posteridad sobre la tierra. Díganle
eso, y que venga rápido, para ver lo que le aguarda aquí.
" 'Y díganle más a mi padre. Díganle que solamente han
pasado dos de los siete años de ham bre. Habrá cinco años
más. Y en estos cinco años no habrá ni arada ni cosecha. El
ham bre crecerá tan desesperadam ente que el único lugar
donde habrá grano será en mis graneros. Díganle a mi pa­
dre que debe venir. La única forma de salvar a nuestro pue­
blo es que venga. Díganle que no hay otro cam ino. El no
puede estar sin mí. Ningún otro lo puede ayudar.

Desciende a Egipto
" 'Más aún, cuando vuelvan a casa m irarán todo lo que
tienen y verán que hay m uchas cosas que no desean dejar.
Algunos dirán que les va a costar m ucho venir a Egipto. Es­
tán equivocados. Faraón envía este m ensaje a mi padre y a
ustedes: "No se preocupen de vuestras pertenencias; porque
lo bueno de la tierra es vuestro". Así, díganle a mi padre:
Apúrate. Ven a mí. No te detengas. ¡Ven, ven, v e n !'".
"¿José d ijo todo eso?"
"Sí, padre. José dijo eso. El quiere tenerte consigo en
Egipto. Quiere que vayas a él con todo lo que tienes y que
nosotros tam bién vayamos, con todas nuestras familias y
ganados y posesiones. Y él nos pondrá en el delta de Go-
sén, que es una parte de Egipto bien irrigada y fértil. Más
aún, el Faraón se unió a tu hijo José en esta invitación. Es
él quien ha provisto estos carros, estas vestim entas, estas
provisiones, para que la mudanza se pueda facilitar".
210
"JOSE MI HIJO VIVE TODAVIA"

No nos sorprende en lo más m ínim o que al escuchar Ja ­


cob este maravilloso relato no pudiera captarlo en su totali­
dad. Era, sin duda, una historia sorprendente. ¿Pero, no era
tam bién sólo un hermoso sueño? Estos hombres, sus hijos,
habían estado engañándolo durante más de dos décadas.
¿No podrían estar engañándolo ahora otra vez? Podría ser
que estuviera bien ir a Egipto y ver a José, ahora que sabía
que estaba vivo. ¡Pero vivir allí! ¡Quedarse allí! Eso era dife­
rente. Dios le había dicho que le iba a dar la tierra de Canaán
com o posesión eterna. ¿Qué tenía él que hacer en Egipto?
Podría ser que sus hijos quisieran ir a Egipto por motivos
que le estaban ocultando. Pensó nuevamente en sus anterio­
res engaños. Podría ser que hubieran inventado esta historia
de José para romper la resistencia que ellos sabían que él sen­
tiría hacia cualquier sugestión de emigrar a Egipto. Eran ca­
paces de ello, como bien lo sabía. Sería mejor que investigara
un poco más este asunto. Había consentido en ir a Egipto pa­
ra ver a José, ¡Pero supongamos que no hubiera ningún José
en Egipto! ¿Qué fue lo que hizo que tan rápidamente co n ­
cordara en ir y ver a José? Oh, sí, los carros. Tendría que ir a
ver un poco más de cerca esos carros.
"Ved aquí, hijos. Me parece raro que mi hijo José me ha­
ya enviado un m ensaje com o el que traen de él. Ustedes le
deben haber dicho cuán débil estoy y él sabe lo viejo que
soy. Si ese gobernador del cual habláis es mi hijo José, debe­
ría entender que es imposible para un hom bre de mi edad,
con mis achaques, hacer un viaje tan largo. No me parece
que sea algo de mi hijo José. ¿Están seguros de que ese hom ­
bre es mi hijo? No puede ser José. Si fuera él habría tenido en
cuenta mis achaques. Dejadme ver esos carros nuevamente".

Esto es como José obraría


U na vez más lo llevaron fuera. "¿Qué anim ales son és­
tos?", preguntó. "Cam ellos". Estaban aún cargados. Lleva-
211
DIOS ENVIO UN JOVEN

ban la gran cantidad de grano que José había enviado. "¿Y


éstos?" "Esto, padre, es una caravana de muías cargadas
con las buenas cosas de Egipto que José te ha enviado". "¿Y
esta larga fila de carros, de lujosos carros?" "Estos carros,
padre, son los que José m andó para llevarte a Egipto. El
pensó en tus achaques. El sabía que el viaje sería duro pa­
ra ti. Envió estos carros para que no cam ines ni viajes en
cam ello o muía. Serás llevado sin esfuerzo, ju n to con las
m ujeres y los niños. José pensó en todo".
El ancian o quedó convencido. "¡Ya veo! ¡Ya veo! Esto
es diferente. Verdaderamente, es com o José obraría. Bendi­
to sea mi hijo, mi m uy amado hijo. Debe de estar vivo. En
realidad, debo ir y verlo antes que m e muera. Pero, ¡ir a
Egipto! No estoy seguro de ello. Dios me dijo que C anaán
sería mi tierra. Debo pensar más sobre el asunto".
Jaco b esta turbado. José había hablado. Faraón había
hablado. Sus hijos habían hablado. Y todos se unían para
decirle que fuera a Egipto. Pero Dios no había hablado, ex­
cepto en aquella ocasión anterior cuando le dijo a Jaco b
que C anaán sería su futuro hogar.
Sin em bargo, no pasó m ucho tiem po hasta que todo
cam bió. En "visiones de noche" Dios vino a él y le dijo:
"Jacob, Jacob".
"Heme aquí", respondió Jacob.
"Yo soy Dios, el Dios de tu padre; no temas de descen­
der a Egipto, porque allí yo haré de ti una gran nación. Yo
descenderé contigo a Egipto, y yo tam bién te haré volver;
y la m ano de José cerrará tus ojos" (c. 46:2-4).
Las misericordiosas palabras solucionaron todo para J a ­
cob. Realmente José vivía. Esto no era un engaño, un truco.
Ya no estaba más preocupado. Su mente, su corazón, estaban
en paz. Dios estaba en todo esto. Así que todo estaba bien. Y
él abrazaría una vez más a José. Dios era bueno con él en su
ancianidad. Benjamín había vuelto. Simeón estaba en el h o­
212
"JOSE MI HIJO VIVE TODAVIA"

gar. Sus hijos eran hombres cambiados. Pidieron perdón y él


se lo había otorgado. La familia, separada por tanto tiempo,
iba a ser reunida una vez más, sin que ninguno faltara. Y él
iba a ver a José y su gloria. ¡Oh, Dios era bueno!

Jacob desciende a Egipto


Y el registro bíblico dice: "Y tom aron los hijos de Israel
a su padre Jaco b, y a sus niños, y a sus m ujeres, en los ca­
rros que Faraón había enviado para llevarlos. Y tom aron
sus ganados, y sus bienes que habían adquirido en la tie­
rra de C anaán, y vin ieron a Egipto, Jaco b y toda su des­
cendencia consigo; sus hijos, y los h ijo s de sus hijos c o n ­
sigo; sus hijas, y las hijas de sus hijos, y toda su d escen­
dencia trajo consigo a Egipto" (w . 5-7).
Cuán m aravillosam ente obró Dios a través de los años
para que todo saliera bien. Todo había obrado co n ju n ta­
m ente — hom bres malos con m otivos malos, celos, odio,
malicia, esclavitud, engaño, mentiras atroces, prisión, negli­
gencia, olvido cruel, sueños, realeza, cortesanos, prosperidad
nacional, calamidad nacional—, todas las cosas habían obra­
do juntas en el m om ento correcto para cumplir el propósi­
to de Dios. Siempre fue así, siempre es así, siempre será así.
Dios quería que su pueblo estuviera en Egipto por un
tiem po. Había grandes obstáculos en el cam ino. Pero to ­
das las cosas estaban en las m anos de Dios; todas las cosas
estaban bajo su control. El sabía cóm o hacer para que se
cum pliera su voluntad. Esa caravana, esa im p on en te fila
de carros que iban a Egipto, era evidencia de la profunda
verdad de que "a los que am an a Dios, todas las cosas les
ayudan a bien" (Rom. 8:28).

213
Capítulo 27

Jacob va a Egipto
acob y sus once hijos, con los m iem bros de sus familias,

J ju n to co n sus rebaños, m anadas y num erosos siervos,


estaban antes de m ucho, listos para salir en esta em o cio ­
n an te em igración a Egipto. C on alegría en sus corazones
hicieron los preparativos para este im portante viaje. Reco­
n o ciero n que este viaje era necesario si querían ser libra­
dos de los peligros de una con tin u ad a y crecien te h a m ­
bruna. Su herm ano, con qu ien h ab ían tenid o una c o m ­
pleta recon ciliación , estaba a cargo de todo Egipto y en
posición de darles refugio y sostén. Estaban ansiosos de
com enzar esta gran aventura que les daría un nuevo h o ­
gar.
H icieron pronto sus preparativos para la salida. Sus
posesiones más preciadas fueron guardadas cuidadosa­
m en te y colocadas en la larga línea de carros que Faraón
había enviado con ese propósito. Además, prepararon lu ­
gares en esos carros para Jaco b y las m ujeres y los niños.
El transporte en carro era algo nuevo para ellos. Es poco
probable que en ese tiem po se usaran o se conocieran los
carros en Palestina. Es cierto que algunos m onu m en tos
m uestran una clase com ún de carro que tenía dos ruedas
y que se usaba en ese entonces en Egipto, pero que no se
hab ían visto en otros lugares. Sin em bargo, estos carros
egipcios enviados para Jaco b eran algo nuevo, de una h e ­
chura superior, ya que estaban cubiertos para resguardar
a sus ocupantes del sol y el v ien to y el frío noctu rn o. Le
daban a la caravana una im presionante apariencia cu an ­
do salieron de Hebrón.

214
JACOB VA A EGIPTO

Beerseba y sus recuerdos


Rápidam ente llegaron a Beerseba. Estaba justo en el lí­
m ite de Canaán, donde com ienza el desierto. Beerseba era
un lugar que despertaba m uchos recuerdos en la m ente de
Jacob. No solam ente asociaba con ella sus recuerdos, sino
tam bién los de su padre y su abuelo. Fue en Beerseba d o n ­
de Abrahán plantó un árbol tam arisco y llam ó Dios eterno
a Jehová. Allí tam bién Isaac había tenido su cam pam ento
por m uchos años.
Era natural, por tan to, que detuvieran la caravana en
Beerseba con el ob jetiv o de adorar. Jaco b ofreció sacrifi­
cios; hizo súplicas; pidió luz especial sobre este viaje a
Egipto. Y fue aquí donde recibió la seguridad de que Dios
iría con él a Egipto y que Dios haría de él una gran nación
y que lo volvería a traer. Y con esta m isericordiosa seguri­
dad, todos prosiguieron el viaje.
Se ha señalado que Jacob consintió en abandonar Ca­
naán por Egipto no sin considerables dudas y vacilaciones.
La tierra de Canaán tenía un interés especial para él. Era la
tierra de la promesa. Dios había hecho un pacto con él en
cuanto a esta tierra. Es cierto, él había pasado veintiún años
fuera de sus límites. Pero había vuelto a ella con fe renovada,
fe que ahora debía volver a ejercer. A pesar de la gran ansie­
dad que sentía en su corazón por ir a Egipto y abrazar junto
a su pecho a su durante tantos años perdido Jo; é, era, sin
embargo, una prueba para él dejar Canaán. En Canaán tam ­
bién poseía la cueva de Macpela, donde dormían los cuerpos
de Abrahán e Isaac. No le resulto fácil dejarlos atrás. Además,
Egipto siempre había sido un lugar poco propicio para los is­
raelitas. Tanto Isaac como Abrahán habían vivido allí duran­
te un breve tiempo, con resultados desafortunados.

El nuevo hogar
Por tanto, J^cob se sintió feliz de recibir la seguridad de
215
DIOS ENVIO UN JOVEN

que Dios aprobaba que fuera a Egipto. De Beerseba salió


eon un corazón más aliviado. C om enzó con creciente an ­
siedad a anticipar el gran m om en to cuando se reuniría
con su am ado José.
Jacob y sus hijos habían sido instruidos a ir directamente
a Gosén. Era un área al noreste del Bajo Egipto. Una rama del
Nilo la lim itaba al oeste, el desierto la encerraba por el este,
el Mediterráneo estaba al norte y es probable que se exten­
diera por el sur hasta el Mar Rojo. El dom inio del Faraón
abarcaba esa área; era una parte de Egipto pero no se la tenía
en cuenta por estar en los confines de su territorio. Era tierra
de pasturas, muy adecuadas para alimentar rebaños y m ana­
das. Era la parte de Egipto más cercana a Canaán. No estaba
tan lejos de la residencia de José. Muy probablemente por es­
tas razones José pensó que sería el lugar más ventajoso en
Egipto para Jacob y sus hijos.
En Beerseba Dios le dijo a Jacob: "No temas de descen­
der a Egipto, porque allí yo haré de ti una gran nación" (v.
3). Esto era de gran im portancia. A Abrahán se le había da­
do la prom esa de que su descendencia sería tan num erosa
que no se podría contar. Pero no había habido evidencia
de que se hubiera cum plido esa promesa. La descendencia
de Abrahán ascendía a unas 70 personas. Su crecim iento
había sido escasam ente perceptible. Ni tam poco podían
experim entar ningún gran crecim iento en Canaán sin co ­
rrer peligros y dificultades y guerras. No había lugar para
que llegaran a ser num erosos en Canaán. Esa tierra estaba
en poder de tribus poderosas, guerreras, que lucharían an­
tes de ser sacadas. No serían desposeídas hasta "la cuarta
generación". Su tiem po aún no había llegado. Israel no po­
dría m ultiplicarse hasta llegar a ser grande en Canaán.
Pero Egipto era diferente. Ofrecía las condiciones nece­
sarias para el cum plim iento del propósito de Dios. Gosén
estaba bien irrigada, era muy fértil, y ofrecía todas las
oportunidades para su rápido crecim iento. Y estarían ais­
216
JACOB VA A EGIPTO

lados. Todo pastor era "una ab om in ación para los egip­


cios". Por esa razón no habría m ezcla social, ni casam ien­
tos m ixtos. Perm anecerían apartados, separados, solos, le­
jos de Egipto y de su idolatría. Para que pudieran tener es­
ta oportunidad Dios había enviado delante de ellos a José
a Egipto, y lo había colocado en una posición de poder e
influencia tal que podría concederles esta tierra a ellos.

Padre e hijo se encuentran


C uando la caravana se acercó a los lím ites de Egipto,
Jaco b envió a Judá para hacerle saber a José de su llegada
y para pedir instrucciones más detalladas de cóm o proce­
der. José no envió instrucciones. Cuando supo que su pa­
dre estaba cerca, su corazón latió aceleradam ente y salió
en form a personal a su encu en tro. En su im portante ca­
rruaje y acom pañado de una corte de príncipes, corrió al
encu en tro de su padre, con el corazón llen o de ansiedad,
am or y ternura.
Estos dos hombres no se habían visto desde hacía más de
veintidós años; se habían despedido cuando José dejó el
campamento de su padre para ir a ver a sus hermanos. En ese
entonces José era un m uchacho de 17 años. Ahora tenía 39
años y era el dirigente de todo Egipto. Este fue uno de los
m om entos grandiosos de su vida. Una vez más tomaría a su
anciano padre, lo abrazaría y lo amaría el resto de su vida.
Se olvidó por com pleto del esplendor que lo rodeaba y
la posición elevada que tenía. No era ya más el goberna­
dor de Egipto. Era el h ijo de Jacob. Tenía un solo pensa­
m iento, una sola ansiedad. Su corazón estallaba con un
intenso anhelo de ver a su padre. Y cuando vio la larga fi­
la de carros en la distancia, su ansiedad n o tuvo lím ites.
Ordenó al cond uctor de su carro que fuera más ligero; ya
no se podía controlar más. José corrió hasta el carro prin­
cipal, que se había detenido y del cual bajaba un anciano;
217
DIOS ENVIO UN JOVEN

saltó de su carro y corrió hasta su padre para darle la bien­


venida y expresarle su alegría con palabras que había p en­
sado desde hacía tiem po.
Pero las palabras no fueron pronunciadas. Cuando es­
tos dos hom bres se m iraron a los ojos sus em ociones des­
bordaron. Las palabras eran demasiado lim itadas para ex­
presar los sentim ientos que com o avasallantes oleadas
inundaban sus almas. Cayeron uno en los brazos del otro
y perm anecieron así por largo tiem po, m ientras los corte­
sanos egipcios y los hijos de Jaco b observaban la escena
con ojos llorosos. El registro dice: "Y lloró sobre su cuello
largam ente" (v. 29). ¡Qué pensam ientos debieron haber
cruzado por sus m entes cuando se unieron en un abrazo
amoroso! Finalm ente Jacob se liberó suavem ente, em pujó
a su am ado José un poco hacia atrás para poder verlo de
pies a cabeza, y llenó sus ojos con este m uchach o a quien
amaba tanto. Sólo entonces habló. Dijo: "Muera yo ahora,
ya que he visto tu rostro, y sé que aún vives" (v. 30). Quizá
recordara su doloroso lam ento de no m ucho tiem po atrás:
"Contra mí son todas estas cosas" (c. 42:36).

Presentando a su padre y hermanos


Luego, orgullosam ente José presentó a su padre a los
m iem bros de la realeza que com ponían su cortejo. Tam ­
bién les presentó a sus herm anos. Luego de los saludos y
las bienvenidas, José llamó a sus herm anos para darles una
inform ación y orientación especial. Tenía planes, dijo, de
llevar a algunos de ellos, no a todos, quizás a cinco, para
presentarlos ante Faraón. Tenía una idea clara de las pre­
guntas que el rey les haría y quería aconsejarlos cóm o de­
bían contestar. El rey preguntaría por su ocupación. Era
im portante dejar bien en claro que eran pastores. Eso sería
la exacta verdad y tam bién serviría para obtener para ellos
un lugar alejado de los otros habitantes de Egipto, en un
218
JACOB VA A KCill’ IO

distrito donde pudieran estar solos, no enredados en


alianzas y asociaciones con los egipcios, y lo que era más
im portante todavía, fuera del con tacto con las influencias
corruptas de la idolatría de la tierra. Los egipcios tenían
prejuicio en contra de los pastores y su ocupación serviría
com o m uro de separación para aislarlos del desprecio con
que José sabía que los egipcios los tratarían, y de la con ta­
m in ación degradante de la idolatría prevaleciente. Más
aún, los ayudaría a obtener el m uy deseable territorio del
delta de G osén.
C uando los llevó a la presentación ante Faraón, ellos
siguieron sus instrucciones cuidadosam ente. Por cierto, se
anim aron a pedir, por causa de su ocupación y rebaños, el
perm iso del rey para establecerse en G osén. Se les co n c e ­
dió su pedido inm ediatam ente, y el rey le pidió a José que
pusiera a algunos de sus herm anos más idóneos a cargo de
los ganados reales.

Jacob y Faraón
Luego de una audiencia tan favorable, José con pro­
fundo orgullo y afecto llevó a su venerable padre a la pre­
sencia del rey y lo presentó. Fue una entrevista m em ora­
ble. No conozco nada comparable con esto. En el trono, el
rey más poderoso de su tiem po; a su lado el más hábil es­
tadista de su época, quien in teligentem ente estaba guian­
do a Egipto a través de la terrible calam idad que los azota­
ba; y delante de ellos, el santo m ás ancian o de la tierra,
heredero de las prom esas hechas por Jeh ov á a Abrahán e
Isaac. N unca antes y nunca después hubo una reunión co­
m o la de este trío.
Jacob fue respetuoso. Pero ese respeto se m anifestó en
una forma no acostumbrada en las presentaciones de la cor­
te. Com enzó su entrevista con una bendición. Y term inó
con otra. No ocultó su religión. La utilizó para glorificar lo
219
DIOS ENVIO UN JOVEN

que de otra manera hubiera sido una entrevista común. Ma­


nifestó su fe de manera tal que pudiera contribuir al bienes­
tar del rey pidiendo para él la bendición del verdadero Dios.
No tuvo vergüenza de su fe delante de la realeza. El mismo
había visto al Rey de reyes, cara a cara. No presumió por ello
de am onestar al rey, sino que mostró su religión en el acto
de bendecirlo.
El rey tuvo el privilegio de preguntar la pregunta más
natural en esas circunstancias. "¿C uántos son los días de
los años de tu vida?" Y Jacob le respondió: "Los días de los
años de mi peregrinación son ciento treinta años; pocos y
m alos han sido los días de los años de mi vida, y no han
llegado a los días de los años de la vida de mis padres, en
los días de su peregrinación" (w . 8, 9).
El escritor de la Epístola a los Hebreos debió haber teni­
do esta contestación en su m en te cuando escribió de los
patriarcas, confesando que eran "extranjeros y peregrinos"
(Heb. 11:13).

El príncipe de Dios y el rey de Egipto


Jacob había sido ciertam ente un peregrino. Había pasa­
do 21 años com o extran jero en Padan-aram . Cuando re­
tornó a Canaán, anduvo todavía de lugar en lugar. "Pocos
y m alos", dijo, habían sido sus años. Pocos en el sentido
de que sus padres habían alcanzado una edad mayor que
la suya. Taré había vivido hasta los 205 años; Abrahán,
175; Isaac, 180; Jacob tenía solam ente 130 años cuando se
presentó delante de Faraón. "Así que la edad de Jacob fue
de 147 años" (véase el c. 47:8).
Sus años habían sido m alos en el sentido de difíciles y
llenos de pruebas. Había sido separado de su hogar y había
salido al exilio para pasar sus m ejores años com o extraño
en una tierra extraña. Su servicio a Labán estuvo lleno de
dificultades, consum ido en el día por el calor y en la n o ­
220
JACOB VA A EGIPTO

che por la helada. Tuvo grandes dificultades para separar­


se de Labán. Luego fue necesario reencontrarse con su irri­
tado e im petuoso herm ano. Pero en la agonía de esta tre­
m enda crisis se en con tró con el Angel luchador. El nervio
de su muslo fue tocado por el divino visitante y desde ese
m om en to sufrió de cojera. Peligro extrem o le sobrevino
en Siquem , peligro que en can eció sus cabellos, arrugó su
rostro, lastim ó su corazón. Perdió a su am ada Raquel en
Efrata. Sus posteriores dolores ya los hem os visto, con la
pérdida de su am ado José y las disensiones de sus hijos re­
beldes.
Pocos y m alos. Sin em bargo, cuando el patriarca está
delante del m ás grande m onarca de la tierra, el rey se in ­
clina ansiosam ente para recibir su bendición. "Jacob b en ­
dijo a Faraón" (v. 10). "Y sin discusión alguna, el m enor es
bendecido por el m ayor" (Heb. 7:7). Fue evidente que Ja ­
cob fue un hom bre más grande que el m onarca más pode­
roso de su tiem po. Dios m ism o había dicho de él: "No se
dirá más tu nom bre Jaco b , sino Israel [príncipe de Dios];
porque has luchado con Dios y con los hom bres, y has
vencido" (Gén. 32:28).
De este m odo Jaco b fue a Egipto, y ju n to con sus hijos
se estableció en G osén. Allí crecieron y se convirtieron en
la nación que Dios había planeado.

221
Capítulo 28

José y su padre
C uando Jacob se abrazó con José por prim era vez al lle­
gar a Egipto, sintió que la vida le había dado todo lo
que razonablem ente podía esperar y exclam ó: "Muera yo
ahora" (Gén. 46:30). No había nada en la vida que le im ­
portara más que reunirse con su amado José. Sin embargo,
vivió diecisiete años más. Fueron los años más felices y
tranquilos de su vida, llenos de satisfacción por la co n s­
tan te am istad con su h ijo preferido, el poderoso primer
m inistro de Egipto.
El relato que hem os estado siguiendo nos dice muy po­
co acerca de la experiencia y vida de José durante estos
años. Sin embargo, es evidente que perm aneció en su pues­
to elevado en Egipto, aunque la necesidad urgente de sus
servicios especiales com o administrador de alim entos cesó
con la term inación de los años de ham bruna. C ontinuó
siendo un encum brado personaje, el salvador de Egipto, y
el pueblo y los nobles lo tenían en alta estima. Compartió
su prosperidad con su parentela, que continuó viviendo en
el delta de Gosén.
Hay dos incidentes interesantes que pertenecen a esos
diecisiete años. Están relacionados con los años finales de
la vida de Jacob, años de gozo por la amistad con José y li­
bres de ansiedades. El prim ero de estos incidentes es una
entrevista entre el padre y el hijo. Jacob sentía que sus días
sobre la tierra estaban prontos a terminar. Los achaques de
la vejez se acrecentaban. Sus pensam ientos se volvían más
y más de las cosas de este m undo a las del m undo por ve­
nir. Pensaba m ucho en su partida. Pronto iba a "dormir
222
JOSÉ Y SU PADRE

con sus padres" (c. 4 7:30). Jaco b creía que sus descendien­
tes volverían algún día a Canaán, la Tierra Prometida en el
pacto. No podía discernir ninguna evidencia de que ese re­
torn o fuera pronto. Israel no había crecido lo suficiente
com o para poder desalojar a los canaanitas. Era evidente
que José tenía aún una tarea que realizar en Egipto. Los
otros hijos estaban dem asiado prósperos y dem asiado c ó ­
modos en Egipto com o para sentir algún incentivo a retor­
nar. Jaco b com prendió que su m uerte ocurriría en Egipto.

Sepultura en la tierra prometida


Pensó m ucho en el efecto que tendría su m uerte en la
fe y el carácter de sus descendientes. Si fuera enterrado en
Egipto sin dar ninguna in stru cción sobre la prom esa y el
pacto de Dios, por el cual Jehová había jurado dar la tierra
de C anaán a su descendencia, ¿no sería eso com o ren u n ­
ciar totalm ente a su herencia, a su derecho a poseer la Tie­
rra Prom etida? ¿No podría ayudar eso a que sus d escen­
dientes perm anecieran en Egipto perm anentem ente?
Esta posibilidad le causó m ucha angustia m ental a Ja ­
cob. El tenía un deber que realizar, un testim onio que dar.
Entonces llam ó a José, en quien podía confiar im p lícita­
m ente, y le pidió que le prom etiera, bajo juram ento, que
sus restos no serían sepultados en Egipto. En lugar de ello,
deberían ser llevados de Egipto a Canaán y colocados en la
cueva de M acpela, donde podría dorm ir ju n to a Abrahán
y Sara, Isaac y Rebeca, y su propia esposa Lea.
No debem os pensar que este pedido nació solam ente
del deseo natural de todo hom bre de que su cuerpo des­
canse al lado de los suyos. Era algo más lo que movía a Ja ­
cob. La tierra de Canaán era suya, por la promesa de Dios.
En realidad, todavía no era suya. Aún no la había o b te n i­
do. Era suya por la prom esa. Jaco b creía en esa promesa.
Pero era claro para él ahora que m oriría antes de haberla
223
DIOS ENVIO UN JOVEN

obtenido. Sin duda moriría en Egipto sin haber entrado en


posesión de la Tierra Prometida.

Egipto no era su hogar


Aunque m uriera así, deseaba vehem en tem en te dejar
un testim onio a sus hijos, a sus descendientes, de que él
conservaba su confianza de que su posteridad sería la due­
ña de C anaán. Por eso hizo jurar a José que tom aría sus
restos y los sepultaría en la tum ba de sus padres. Así daría
testim onio al m undo de su creencia im plícita en las pro­
mesas de Dios y en el futuro de su descendencia.
Tenía algo más en mente. Quería que sus hijos y toda su
descendencia tuvieran siempre presente que Egipto no era
su hogar, ni su lugar de residencia perm anente. Nunca de­
bían pensar en Egipto como su futura herencia. Ellos no per­
tenecían a Egipto. Canaán era su Tierra Prometida. El quería
que sus mentes, sus esperanzas, se fijaran en Canaán, quería
que sintieran en sus almas un amor ferviente por su tierra,
que m antuvieran viva su determ inación de regresar allí
cuando llegara el m om ento de Dios pare hacerlo, cuando él
les abriera las puertas para ello. El no quería que nada los re­
tuviera en Egipto; quería enfatizar todo aquello que los inci­
tara a volver a Canaán. Quería ser sepultado allí para pro­
fundizar su interés, para fortalecer su entusiasmo. Estas fue­
ron las razones de su pedido a José: "Te ruego que no me en-
tierres en Egipto; mas cuando duerma con mis padres... me
sepultarás en el sepulcro de ellos" (w . 29, 30).
José estaba de acuerdo con los deseos de su padre. "Ha­
ré com o tú dices" (v. 31). Entonces la ansiedad de Jacob en
este asunto desapareció. El sabía que José haría lo que h a­
bía prom etido.

La entrevista final
Hubo otra reunión entre José y Jaco b que ocurrió poco
224
I<>m y si i r \i m i

antes de la m uerte del anciano. En esa enlrevl . 1,1 Imbu


otros dos presentes, los hijos de José, lílrain y M . i i i . im I"
sé fue avisado de que su padre estaba enferm o y, |mili m mi
sus dos hijos, corrió a su lado. Le avisaron a Jacob de mi lli
gada y el anciano, haciendo acopia de toda la luer/.a q u e |.
quedaba, se sentó sobre el borde de su cama. Tenía un de
ber im portante que cum plir y estaba decidido a hacerlo
Com enzó recordándole a José que Dios se le había apa
recido dos veces en Bet-el. Le repitió a su h ijo la esencia de-
las prom esas que allí se le hicieron. Luego adoptó formal
m ente a los dos hijos de José, Efraín y M anasés, com o su­
yos, colocándolos en una posición igual a la de los herm a­
nos de José. Sus palabras fueron: "Y ahora tus dos hijos
Efraín y M anasés, que te nacieron en la tierra de Egipto,
antes que viniese a ti a la tierra de Egipto, m íos son; com o
Rubén y Sim eón, serán m íos. Y los que después de ellos
has engendrado, serán tuyos; por el nom bre de sus herm a­
nos serán llamados en sus heredades" (c. 48:5, 6). Así pues,
puso a Efraín y M anasés com o prim ogénitos, en lugar de
Rubén. Por derecho les pertenecían com o hijos de José,
prim ogénito de Raquel, quien ocupó el lugar desechado
por Rubén, prim ogénito de Lea.
Entonces el anciano m oribundo se percató q u e jó s e no
estaba solo. Había otras dos personas con él pero no las
podía identificar claram ente. Preguntó; "¿Quiénes son és­
tos?" Entonces José presentó sus h ijo s al abuelo. Inm edia­
tam ente Jacob dijo: "Acércalos ahora a mí y los bendeciré".
Los besó y los abrazó, m ientras le decía a José: "No pensa­
ba yo ver tu rostro, y he aquí Dios me ha h ech o ver tam ­
bién a tu descendencia" (w . 8-11).

Las manos cruzadas


Se arrodillaron delante de él, M anasés, el mayor, a la
izquierda, al alcance de la m ano derecha de Jacob; Efraín,
225
DIOS ENVIO UN JOVEN

el m enor, a la derecha, justo al lado de la m ano izquierda


de Jaco b . Entonces, sorprendentem ente, el anciano cruzó
sus m anos, haciendo descansar su derecha sobre Efraín y
su izquierda sobre Manasés. En esta posición, y antes que
José pudiera hablar, dijo: "El Dios en cuya presencia andu­
vieron mis padres Abrahán e Isaac, el Dios que me m antie­
ne desde que yo soy hasta este día, el Angel que me liberta
de todo mal, bendiga a estos jóvenes; y sea perpetuado en
ellos mi nom bre, y el nom bre de mis padres Abrahán e
Isaac, y multipliqúense en gran m anera en medio de la tie­
rra" (w . 15, 16).
José estaba preocupado por la posición de las m anos de
su padre. Sabía que Jacob estaba hablando bajo inspira­
ción divina, y no quería que ocurriera ningú n error. Así
que le llam ó la atención a Jacob sobre lo que había hecho,
y supo rápidam ente que no lo había hecho por descuido.
"Lo sé, h ijo mío, lo sé" (v. 19). Lo que estaba realizando era
in ten cion al, cum pliendo las directivas del Espíritu de
Dios, y dando el consejo que Dios le indicaba.
El tiem po de partir de este mundo le llegó a Jacob dieci­
siete años después de arribar a Egipto. Sus hijos rodeaban su
cama. Les habló a cada uno de ellos sobre su futuro indivi­
dual. Un pesado silencio cayó sobre ellos mientras solem ne­
m ente esperaban que llegara el final. Jacob había recibido la
promesa de José de que sus restos serían llevados de Egipto
a Canaán, y serían sepultados en la cueva de Macpela. Aho­
ra les pide a todos ellos la misma responsabilidad que José
había aceptado en cuanto a su sepultura en Canaán. Luego
"encogió sus pies en la cama, y expiró, y fue reunido con sus
padres" (c. 49:33).
José se adelantó y cerró los ojos de su padre para su úl­
tim o sueño. Es indudable que él no pudo hacer eso sin
sentir la más profunda em oción. Los recuerdos del pasado
afloraron en su m ente. Pensó en el amor indulgente de su
padre, en la túnica principesca, en el gozo de su padre por
226
JOSÉ Y SU PADRE

su exaltación en Egipto. Esta era la prim era vez que se en ­


frentaba tan de cerca con la muerte. Había sido muy joven
para sentir profundam ente la m uerte de su madre. Ahora
había tenid o diecisiete años de com p leto deleite en la
com pañía de su padre. Sentía tan agudam ente esta pérdi­
da que el sólo pensar en ello lo abrum aba y "se echó José
sobre el rostro de su padre, y lloró sobre él, y lo besó" (c.
50:1).

Sepultado en Canaán
Con esta carga de dolor resolvió hacer él mismo los arre­
glos para el funeral de su padre, cum pliendo con su deseo
de ser sepultado en Canaán. El cuerpo fue lavado y luego
envuelto en lino fino, después de lo cual com enzaron los
días de luto. El luto por Jacob fue un duelo público, así co­
mo un duelo familiar. Se pidió y se obtuvo el permiso de Fa­
raón para sepultarlo en Canaán.
El cortejo fúnebre que salió de Egipto era im ponente.
Los doce herm anos y sus familias, excepto los más peque­
ños, fueron acompañados por un cortejo inmenso de carros
y jinetes egipcios. Salieron de la tierra de Gosén a la tierra de
Canaán. Cuando llegaron a "la era de Atad", que no ha po­
dido ser identificada hasta ahora, se detuvieron por siete
días para cumplir con los servicios fúnebres. Sus lamentos
eran tan grandes que llam aron la atención de los habitan­
tes, que nom braron ese lugar más tarde, Abel-mizraim,
"llanto de Egipto" (w . 10, 11). Allí los hijos de Israel dejaron
el cortejo egipcio y prosiguieron solos, junto con los restos
del patriarca, para sepultarlo reverentemente en la cueva de
Macpela. Así cumplieron con el deseo de su padre al morir.
Y Jacob durmió con Abrahán e Isaac.
Después de esto los doce hijos de Jacob volvieron a sus
hijos y sus hogares y sus rebaños en Egipto, a retomar su vi­
da de nuevo sin su padre. Una gran carrera había term ina­
227
DIOS ENVIO UN JOVEN

do, una carrera muy sorprendente y variada. Jacob había co­


menzado su vida con poco que la hiciera atractiva. Era por
naturaleza engañoso, un maestro en la intriga y la mentira.
Pero todo esto com enzó a cam biar con la visión de Bet-el.
Allí, por vez primera, se encontró cara a cara con Dios. Des­
de ese m om ento com enzó el entrenam iento divino que lo
convertiría en el heredero del pacto. Ese entrenam iento cul­
m inó con la gran experiencia en Peniel, donde se cambió su
naturaleza y se convirtió en príncipe de Dios. Después de
eso, si bien sus pruebas continuaron, su espíritu depurado
creció en santidad, hasta que la carrera que com enzó con
engaño se transformó en excelencia y total devoción a Dios.
Al retornar los hermanos a Egipto y reasumir sus ocupa­
ciones habituales, la ausencia de su anciano padre se sintió
de muchas maneras. Despertó en diez de ellos un sentimien­
to de intranquilidad, de que ahora José se sintiera más dis­
puesto a castigarlos con el castigo que sabían que merecían
por la gran injusticia que le habían hecho casi tres décadas
atrás. Es cierto, él los había perdonado; es cierto, había sido
más que magnànime hacia ellos y nunca manifestó ni el más
remoto pensam iento de revancha. Pero ahora no estaba la
mano de su padre, que pudiera restringirlo. Ahora no había
nada que pudiera impedir que José los castigara por el terri­
ble mal que le habían infligido.
Le manifestaron a José su intranquilidad diciéndole: "Tu
padre mandó antes de su muerte diciendo: A$í diréis a José:
Te ruego que perdones ahora la maldad de tus herm anos y
su pecado, porque mal te trataron; por tanto ahora te roga­
mos que perdones la maldad de los siervos del Dios de tu
padre" (w . 16, 17).

Los sueños se cumplen otra vez


Muy pronto los herm anos descubrieron que habían
juzgado equivocadam ente el carácter de José. No había si­
228
|( )SI \ SI i IV\ |»|U

do la presencia de Jacob lo cine había mollv.u 1«» i |i i m i i i


m isericordioso y am ante. "José 11oro m lcn h .r. Iiiilil*il•m'
No podía entender cóm o aún ahora cía el ob|c|o di la ,<
pecha y la desconfianza por parte de sus herm anos l " I "
lastim aba y le dolía. Pero sus lágrimas fueron el mili <m*
proche que les hizo. Una vez más ellos se postraron di lan
te de él, cum pliendo sin saberlo los viejos sueños de (ose;
y él los anim ó diciéndoles: "No tem áis; ¿acaso estoy yo en
lugar de Dios? V osotros pensasteis mal contra mí, mas
Dios lo en cam in ó a bien, para hacer lo que vem os hoy,
para m antener en vida a m ucho pueblo. Ahora, pues, no
tengáis miedo; yo os sustentaré a vosotros y a vuestros h i­
jos" (w . 17-21).
José cum plió fielm en te esta prom esa y sus herm anos
no dudaron más de él. De los sesenta y un años siguientes
de su vida, tenem os solam ente el registro de dos versícu­
los: "Y habitó José en Egipto, él y la casa de su padre; y vi­
vió José cien to diez años. Y vio José los h ijo s de Efraín
hasta la tercera generación [sus bisnietos]; tam bién los h i­
jos de Maquir h ijo de Manasés [los nietos de Manasés| lúe
ron criados sobre las rodillas de José" (vv. 22, 2\) Vivió
noventa y tres años en Egipto, ochenta de los i nales ot ti
pó el segundo lugar en el reino. Es probable que haya re
tenido hasta el final de su vida la confianza y el aléelo de
la fam ilia real, así com o el del pueblo de esa nación.

229
Capítulo 29

"La muerte de José"


e supone que las palabras que un hom bre pronuncia
S cuando está m uriendo tien en un significado que va
más allá de lo usual. Los pensam ientos que expresa antes
de cerrar sus ojos en ese últim o sueño, justo antes de pasar
a la eternidad, se consideran dignos de ser preservados y
citados. El ú ltim o pensam iento que expresó José ha sido
preservado para nosotros por Pablo, quien en Hebreos
11:22, dice:
"Por la fe José, al morir, m en cionó la salida de los hijos
de Israel, y dio m andam iento acerca de sus huesos".
Aquí, en los m om entos finales de la vida de José, se re­
vela el factor supremo que lo sostuvo y lo fortaleció en to ­
da su carrera, desde el com ienzo al fin, a través de las va­
riadas experiencias de su vida, y que le perm itió enfrentar
sin tem or ni intranquilidad el m om en to de la m uerte. El
registro bíblico dice: "E hizo jurar José a los hijos de Israel,
diciendo: Dios ciertam ente os visitará, y haréis llevar de
aquí mis huesos" (Gén. 50:25)
¡Qué declaración m aravillosa y profundam ente revela­
dora! Nos perm ite vislumbrar la influencia que lo sostuvo
en su vida durante las difíciles experiencias que pasó, in ­
fluencia que aún lo sostenía al enfrentarse al futuro. Ese
futuro no le era desconocido. José creía en Dios. Siempre
había creído en Dios. Cuando Dios le había revelado en su
adolescencia que tenía una im portante obra para que él
realizara, una obra que era parte del propósito de Dios pa­
ra su pueblo, José nunca dudó — aún cuando todo lo que
le sucedía parecía contradecirlo— que Dios estaba contro-

230
"I.A MUI K II DI |( >M

lando su destino y sus asuntos; que El liaría que Indas Ins


cosas atroces que le sucedían resultaran para bien, y »11n•.il
final todo resultaría com o Dios lo había planeado, lúe
ta fe y esta confianza im plícita en Dios y en su secreta pro
videncia, lo que lo sostuvo, lo que lo m antuvo a lióle y lo
llevó a través de circunstancias que de otra m anera hubie­
sen sido insoportables.
"José... m en cionó la salida de los hijos de Israel". Había
sido José el que los había traído a Egipto. Pero, cuando lo
hizo, sabía que no iban a perm anecer allí para siempre.
Egipto no era su herencia. Egipto no era su hogar perm a­
nente. Ni era tam poco el suyo. Egipto siempre sería para él
la tierra de su aflicción. Y ahora, al enfrentar la m uerte,
habló de la salida de su pueblo. Ellos no debían quedarse
allí. Pero, ¿por qué debían dejar Egipto si allí habían creci­
do hasta llegar a ser un pueblo num eroso?
Dios había dicho que debían salir. Y José creía en Dios.
Dios le había dicho a su gran antepasado, Abrahán: "Ten
por cierto que tu descendencia m orará en tierra ajena, y
será esclava allí, y será oprim ida cu atrocientos años. Mas
tam bién a la nación a la cual servirán, juzgaré yo; y des­
pués de esto saldrán con gran riqueza" (Gén. 15:13, 14)

Dios los sacaría


Por tanto, José sabía que Israel saldría de Egipto. Sus
huesos irían con ellos. José am aba a Israel. El quería a Is­
rael. Era su pueblo. Más aún, eran el pueblo de Dios. Dios
le había dicho a Abrahán: "Ten por cierto". Y José, justo an­
tes de su m uerte, dijo: "Dios ciertam ente os visitará". Y lo
repitió dos veces. Había seguridad en esa declaración. "Hi­
zo jurar a los h ijos de Israel" que llevarían "de aquí mis
huesos" (c. 5 0:24-26).
Para José había otro m undo además de este. El vivía en
ese otro m undo tan ciertam ente com o vivía en este. Ese
231
DIOS ENVIO UN JOVEN

otro m undo llegó a ser real para él. Ese m undo lo rodeaba
en todo m om ento. Vivía com o viendo a Aquel que es In­
visible. Las cosas que le sucedían y que eran difíciles de so­
portar, que eran incom prensibles, no eran más que tem ­
porarias; y de alguna m anera estaban adelantando o ayu­
dando al progreso del propósito eterno de Aquel con
quien él tenía que vérselas. No im portaba m u cho que no
las com prendiera. No necesitaba com prender. José estaba
en las m anos de Dios, y Dios sabía lo que hacía, y la razón
por qué lo hacía. Dios obraría todo para bien. El futuro era
seguro, y José vivía para ese futuro.
Este rasgo característico de la vida de José es lo que tan
vividam ente se destaca en su encargo a sus herm anos.
"Dios no los dejará en Egipto", les dijo. "El los visitará. Yo
lo sé. El lo dijo. Cuando lo haga, vean que mis huesos no
queden en Egipto. Este no es m i país. Lleven mis restos
con ustedes cuando Dios los saque. Yo iré con ustedes y
cuando despierte, despertaré donde pertenezco, entre mi
propio pueblo".
No es difícil com prender por qué Pablo, al enum erar
los héroes de la fe en la Epístola a los Hebreos, eligió este
detalle de la vida de José com o evidencia con v in cen te de
que José debía ser incluido en la lista de los dignos. "Por la
fe, José, al morir, m encionó la salida de los hijos de Israel,
y dio m andam iento acerca de sus huesos". En ese m anda­
m iento Pablo discernió la evidencia positiva de que José
era un hom bre de profunda fe, que creía totalm ente en las
promesas de Dios y que anhelaba sinceram ente su cum pli­
m iento. Tam bién es evidencia de que no se sentía a gusto
en la tierra de Egipto, a pesar de que la apariencia externa
parecía m ostrar que se había consustanciado con ese pue­
blo.
La fe no era algo nuevo para José. No era algo que le
hubiera llegado en los últim os años de su vida. Su notable
vida había sido marcada por ella, desde el com ienzo. El
232
"I,A MU Mí ll l »1 M»M

m u n d o a su alred ed or, q u e él p o d ía tocai y mmiIIi \ « n


e ra s u f i c i e n t e m e n t e real, p e ro n o m á s real que el
invisible en el cual creía. N o p o d ía e x te n d ei su in.iiin i"
cario; pero p od ía tocarlo y agarrarse fu ertem en te d e « I, |mi
m e d io de u n a fe viva. Y esta fe, n o s o l a m e n t e hizo q ue el
m u n d o invisible fuera algo real p ara él, sino que l o M i s t e n
tó a tra v é s de los golp es de lo q u e p a r e c ía ser una suerle
atroz.
Esta actitud de m ente y voluntad, que José m anifestó
constan tem en te hacia el m undo invisible en el cual creía,
y que hizo que ese m undo fuera tan real para él, fue la
m ism a desde el principio y hasta el fin. Desde el m om en ­
to en que, arrodillado a los pies de su abuelo, escuchaba
las historias de la vida de sus antepasados y de las maravi­
llosas relaciones de Dios con ellos, y a través de todo (‘I
providencial ordenam iento de su propia y azarosa vida,
nu nca dudó de que siem pre y en todas las circunstancias
había estado en las m anos de Aquel que ve el fin desde el
principio y que controla todas las cosas de acuerdo con su
voluntad, y que hace que las circunstancias sirvan a los
propósitos de largo alcance de su program a. Esta era la
confianza que José tenía al principio, cuando recibió sus
sueños; esta fue la confianza a través de su vida; esta había
sido su confianza siempre; esta sería su confianza hasta el
fin; esta era aún su confianza ahora que llegaba al fin de la
vida y m iraba hacia el futuro. Dios visitaría a su pueblo.
Serían llevados de nuevo a su propia tierra. José lo sabía. Y
cuando eso sucediera, sus huesos no debían quedar en
Egipto. Debían retornar al hogar.

Las últimas palabras de un gran hombre


La fe de José lo llevó a confiar en Dios, a creer que
cum pliría su promesa. "Los que m iraron a él fueron alum ­
brados; y sus rostros no fueron avergonzados" (Sal. 34:5).
233
DIOS ENVIO UN JOVEN

Resultado de vivir por y en relación


con el mundo venidero
Vivir por una fe com o la de José produce más cosas.
C am bia el centro de los intereses de un hom bre de este
m undo al otro, de la tierra al cielo. El resultado invariable
de la fe es, precisamente, el hecho de transportarnos a otro
m undo, más allá de los asuntos o consideraciones concre­
tas o terrenales. Se nos dice que Abrahán "habitó... en tie­
rra ajena, m orando en tiendas... porque esperaba la ciudad
que tien e fundam entos, cuyo arquitecto y constructor es
Dios" (Heb. 11:8-10).
Debem os volver a repetir que una fe com o la que José
poseyó y ejerció no hace que un hom bre sea indiferente a
sus deberes en este m undo. Ese es el reproche o la mofa
que hace el m undo. La vida de José refuta esa acusación.
El fue fiel y diligente en todos sus deberes. Fue activo y
profundam ente leal a sus am os. C ontinu ó siendo un fiel
hebreo toda su vida. Pero eso n o fue im pedim ento para
que abandonara o descuidara el servicio hacia Faraón. Vi­
vió por la esperanza y por su fe en lo invisible. Y esto, en
vez de hacer de él un obrero indiferente, lo hizo ser cada
día m ejor. Creía plenam ente que cuanto más diligente y
desinteresa y dedicadam ente se aplicaba a sus deberes y
responsabilidades, tan to más ciertam ente el Dios a quien
servía cum pliría sus grandes sueños; Dios cum pliría sus
propios propósitos divinos. Vivir por y en relación con el
m undo venidero no incapacita a un hom bre para el m un­
do presente. Vivir con stan tem en te com o ciudadano del
m undo celestial hace que un hombre, sea un m ejor ciuda­
dano de este m undo. La fe que había en el corazón de José
hizo que durante toda su vida fuera diligente en el cum pli­
m iento de los deberes del m om ento, ya fuera com o escla­
vo, com o prisionero, o mientras administraba la econom ía
de un gran im perio.
23 6
"LA MUERTE D E JO SE "

Sin duda, com o sucedió en ei caso de José, los deberes


y las responsabilidades de un hom bre en esta vida cobran
mayor im portancia cuando se percata de la realidad de lo
invisible, y vive su vida aquí en conexión o en estrecha re­
lación con su vida allá. Entonces los acontecim ientos y las
circunstancias de la vida presente, llenos com o están de
desilusiones y dolor, tendrán m enos poder para p reocu ­
parnos y turbarnos, al m ism o tiem po que el trabajo y los
deberes de la vida presente adquirirán una m ayor im por­
tancia, ya que se transform arán en una preparación para
lo otro, para lo que está por venir, si es que se los cum ple
con cuidado y diligencia escrupulosos.

Elevado por encima del mundo


Así es com o una fe com o la que poseía José, en lugar
de incapacitar a un hom bre para trabajar en este m undo,
más bien lo dinam iza y le da la energía para realizar cual­
quier tarea que se le dem ande. Mira nuevam ente la lista
de héroes de la fe en Hebreos 11, y observa la variedad de
niveles de vida hu m ana que están representados allí. T o­
dos fueron el resultado de su fe, capacitados para sus ta­
reas y librados de las dificultades propias de sus respecti­
vos llam ados. Su fe los elevó sobre el m undo, y con se­
cu en tem ente los puso en una posición desde la cual po­
dían hacer su obra con un más fuerte sentido del deber.
Los que vivimos en esta era del evangelio tenem os una
revelación de Dios más am plia y más clara que la que te ­
nía José. Eso debería y puede desarrollar en nosotros fe en
todo lo que Dios ha prom etido — una fe aún mayor que la
de este antiguo patriarca cuya historia nos ha fascinado—
, de m odo tal que tam bién podamos tener en el desarrollo
de nuestras vidas, su calm a, su seguridad y su firmeza. En­
tonces, el m ism o poder que m antuvo a José fiel, firm e e
inam ovible en todas las circunstancias, obrará en nosotros
237
DIOS ENVIO UN JOVEN

no sólo la m ism a separación de este m undo y la m ism a


energía en la vida, sino tam bién la m ism a lealtad a Dios
bajo todas las condiciones; eso nos perm itirá tener la m is­
ma claridad, visión y esperanza cuando nos acerquem os al
m om en to de la muerte.
"José... dio m andam iento acerca de sus huesos" (v. 22).
El quería que lo sacaran de Egipto. El m oribundo primer
m inistro de Egipto podría haber ordenado que se le prepa­
rara un gran y m agnífico m onu m ento, com o perm anente
lugar de descanso para sus huesos. Podría haber hecho que
su cuerpo fuera m om ificado y que se le construyera una
gran pirám ide. Otros grandes hom bres de Egipto habían
dado tales órdenes. Y sus m onu m en tos aún existen. José
quería que sus huesos fueran sacados de Egipto y llevados
a otra tierra, a la Tierra Prometida.

¿Por qué no una gran pirámide?


¿Por qué? ¿Qué motivaba su m ente para querer que sus
huesos estuviesen en Canaán y no en Egipto? ¿Por qué re­
chazaba ser sepultado en Egipto y ordenaba hacerlo en Ca­
naán? José había sido un estadista en Egipto. La presencia
allí de su tumba hubiera sido un testim onio permanente de
la gran obra que había realizado en favor de la nación, así
com o de su fidelidad al Dios de los hebreos. Había sido el
verdadero Dios el que había interpretado el sueño de Fa­
raón. Así lo dijo José. Había sido el verdadero Dios quien ha­
bía bosquejado el plan que salvó Egipto. Un gran m onu­
m ento a José en Egipto, un memorial perm anente, quizás
una m ajestuosa pirámide donde pudieran descansar sus
huesos, serviría al doble propósito de perpetuar su memoria
y, al mismo tiempo, honraría al verdadero Dios. En esa pirá­
mide, el cuerpo de José podría dormir su largo sueño como
momia al lado de los faraones de todos los siglos. Así la gen­
te de la tierra donde había tenido un éxito terrenal tan gran­
238
"LA MUERTE DE JOSE"

de, lo mismo que los visitantes que vinieran de otras tierras,


se sentirían impactados con el recuerdo de ese éxito y po­
drían, quizá, ser dirigidos al verdadero Dios, al Dios que lo
había llevado a cabo.
Pero ninguna de estas consideraciones m otivaron al
gran primer m inistro de Egipto cuando llegó su tiem po de
mirar al futuro. Carecían de importancia para él. Al contem ­
plar la muerte, la fe de José le dio la visión de otra cosa, de
algo más grande, algo más deseable que m onum entos o pi­
rámides o el reconocim iento hum ano.
Al llegar al final de su vida terrenal, José no perdió su
confianza en que el Dios de sus padres cumpliría la prom e­
sa dada a Abrahán, Isaac y Jacob: la promesa de que les da­
ría la Tierra Prometida com o posesión eterna. Esa promesa
aún no se había cumplido. Todos ellos dormían en la Tierra
Prometida. José creía que serían levantados de los muertos y
poseerían la tierra, tal com o Dios lo había prom etido. El
quería que sus huesos fueran llevados de vuelta a Canaán
donde pudiera dormir al lado de sus progenitores, para que
en el gran día cuando Abrahán, Isaac y Jacob salieran de sus
tumbas para entrar en su herencia, prometida hacía tanto
tiem po, pudiera él tam bién estar con ellos en esa resurrec­
ción, y junto con ellos pudiera com partir la posesión de la
Tierra Prometida.

Vida sin fin en la eterna tierra prometida


Por eso José, al morir, no pensó en las cosas tem pora­
les — m onu m entos, m em oriales, o pirám ides— , o en las
cosas de Egipto y de la gloria terrenal. Su o jo penetró por
la fe en las cosas de la eternidad, en las glorias de la resu­
rrección, en la vida sin fin en la querida tierra prometida,
ju n to a su padre, su abuelo y su reverenciado bisabuelo
Abrahán. ¿Qué eran las glorias terrenales y el renom bre
com parados con las cosas que Dios había prom etido?
239
DIOS ENVIO UN JOVEN

Esa fue la razón por la cual José, al m orir, hizo m en ­


ción acerca de sus huesos, porque la resurrección de los
m uertos era algo real para él. El no iba a perm anecer
muerto para siempre. Iba a vivir de nuevo. No quería n in ­
gún m onu m ento. Miraba hacia adelanta, hacia la vida, la
vida en la Tierra Prom etida. Abrahán estaba esperando la
resurrección en aquella tierra, lo m ism o que Isaac y Jacob.
El dorm iría allí con ellos y se levantaría con ellos en una
triunfante resurrección por encim a de la m uerte y la tu m ­
ba. ¡Qué gloriosa m anera de morir!
De esa m anera llegó José al final de su larga y exaltada
vida. El Dios de sus padres lo sostuvo y lo guió a través de
todas las circunstancias. A través de las variadas vicisitudes
de su dram ática vida — diecisiete años com o un despreo­
cupado m uchach o en el cam p am ento de su padre; diez
años com o esclavo en Egipto; tres años en un calabozo; y
ochenta años com o señor de todo Egipto y principal esta­
dista, reverenciado com o el salvador de la nació n — siem ­
pre había confiado en Dios. Y Dios nunca le había fallado.
Para José él siempre sería Jeh ov á-jireh , el que provee en
todas circunstancias, el que siempre "ve por ello". Las cir­
cunstancias siempre estuvieron cam biando en la vida de
José. Dios no. El siempre fue el m ism o.
José murió. Pero eso no fue el fin de José. Porque José
murió así com o había vivido, en arm onía con el In finito.
Dios había enviado a un hom bre. En la eternidad futura,
vasta, ilim itada, infinita, el Dios a quien José amó y sirvió
tom ará a este fiel siervo consigo para estar con él en una
arm onía ininterrum pida y en una am istad eterna, en el
m undo que no tendrá fin.

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