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LA SANGRE EN QUERÉTARO: ¿ACTO POLÍTICO O ACTO POÉTICO?

Ya nos absorbe su presencia desde el primer aliento que tomamos, la respiramos

día con día y cada segundo es un paso hacia su inexorable misterio. Como los

silencios en la música, con sus casi siempre indeseadas intervenciones nos

ofrece un descanso de las vertiginosas sucesiones del sonido de la vida; diríase

que lo logra llevándonos al corazón mismo del vértigo: nos horroriza su violencia,

nos horroriza su silencio. O bien, nos propone cambios de ritmo: nos marca el

final de un ciclo, el inicio de una nueva unidad significativa en la que podríamos

agrupar un manojo de años danzantes, décadas asincopadas, un nuevo compás

para un mundo que sigue su curso. La muerte, sin embargo, con toda su

capacidad de investidura simbólica, trastoca este curso y lo puebla de nuevos

signos que han de producir formas particulares para los que permanecen vivos,

para quienes se incorporan a la vida: otra forma de habitar el mundo.

El día de hoy nos reunimos a mostrar nuestros respetos a los generales

Miguel Miramón y Tomás Mejía, fusilados el 19 de junio de 1867 junto con

Maximiliano de Habsburgo y Lorena, segundo emperador de México.

Conmemoramos los 150 años de la ejecución de la pena dictada por el Concejo

de la República en San Luis y creo que este es un dato importante: no nos

reunimos el día de hoy en fecha del natalicio de alguno de los generales, o en

día alguno que haya representado un triunfo para ellos; nos reunimos, en

cambio, cerca de la fecha en que tuvieron encuentro con la muerte.

Siendo natural que en un acto como el que llevamos a cabo el día de hoy

nos preguntemos acerca de su significado, me daré a la tarea de formular el


siguiente cuestionamiento: ¿qué posibilidades de significación nos pone al frente

el fusilamiento de los generales Miramón y Mejía y del emperador Maximiliano?

Doy por sentado que cada uno de quienes nos encontramos aquí reunidos, así

como aquellas personas que por profundo interés o mera curiosidad se cruzan

con estas palabras, tienen sus propias formas de relacionarse con los personajes

a los que hoy ofrendamos flores, sus simpatías o rechazos, sus afinidades

ideológicas y hasta sus particulares formas imaginarias de envolver la muerte.

Estas muertes, sin embargo, adquieren también una fuerte carga de signos

colectivos y se encadenan con una serie de sucesos que han dado forma a lo

que hoy conocemos como nación, a los espacios que hoy habitamos, así como

a las formaciones subjetivas que hoy nos hacen pensar como pensamos y sentir

como sentimos.

Presentaré una lectura de dos documentos que en su contenido muestran

dos posturas hasta cierto punto antitéticas con respecto a la sangre derramada

en Querétaro en 1867. Elijo estos documentos por los abordajes que hacen de

estas muertes desde su significado político, estético y moral.

Víctor Hugo escribe a Juárez una carta fechada el 20 de junio de 1867, que

Juárez, el hombre, encarna la república y sus valores. El propósito de la carta,

claramente, es el indulto de Maximiliano de Habsburgo. Hugo, no sin maestría

retórica, defiende su postura frente a la sentencia de muerte, de la siguiente

manera:

Que quede estupefacto al ver que el lado que lo hace sagrado es aquel por el

que no es un emperador. Que ese príncipe, que no se sabe hombre, aprenda

que hay en él un miserable: el príncipe; y una majestad: el hombre.


Es decir, Hugo indica a Juárez el camino de la congruencia entre los

valores de la república, que sostendría la igualdad entre los hombres por el

simple hecho de ser hombres, como una lección dada a las monarquías

europeas que adjudicarían un mayor valor a los hombres que descienden de

determinada línea sanguínea. Lo que el poeta francés propone —vale decir,

manifiestamente en contra de los valores propuestos por Napoleón III— es la

consolidación de los valores de la república a través de un acto poético. Poético

en tanto no se significa a través del acto mismo, sino a través de las posibilidades

de significación que el acto sugiere.

Juárez en su Manifiesto Justificativo de los Castigos Nacionales en

Querétaro, en clara respuesta a Hugo, escribe lo siguiente:

Jamás para el político han sido razón las bellas frases. La sublime poesía las lleva

al corazón para atacarle y conmoverle; pero el sano entendimiento no podrá nunca

tomarlas como ciencia, ni como principio saludable para el cristiano régimen del

mundo.

Aquí Juárez hace una clara distinción entre la poesía y la política en

términos prácticos: la poesía como una herramienta para nublar el sano

entendimiento y la política como depositada en un actuante que se encarga de

realizar la ciencia y los principios. Vale decir: los principios de la moral cristiana.

Y es que, en su Manifiesto Justificativo, Juárez funda el derecho internacional en

la moral cristiana y toma a esta como medida para valorar las acciones políticas

que han conformado a las naciones.

Juárez defiende una república basada en la moral cristiana cuya forma de

proceder es penal: a todo un crimen (que en este caso nombra como

nacionicidio) corresponde un castigo justo, tomando como punto de comparación


las prácticas penales europeas. Hugo, en cambio, defiende una república

basada en la moral humanista que a través de un acto sintetiza sus valores. Se

deja entrever que los objetivos de ambos difieren de la siguiente manera: si la

república cristiana es nacionalizante y persigue el reconocimiento como nación

independiente ante los ojos del mundo, la república humanista es universalizante

y persigue la ejemplificación de la inviolabilidad de la vida humana.

No podemos negar la tensión que se vivió durante el Segundo Imperio

mexicano: la lucha contra el expansionismo estadounidense, la defensa de la

soberanía ante las naciones europeas. Podemos interrogar la viabilidad del acto

poético de Hugo como mensaje político, o la congruencia interna de la república

juarista sustentada sobre la moral cristiana y el derecho penal como sistema

reaccionario frente a las medidas de las criticadas naciones europeas.

“La obcecación de la prensa monárquica de Europa, al ver que un príncipe había

sido fusilado por una República de América, no ha visto en el patíbulo el castigo,

sino el asesinato y la crueldad en sólo el príncipe.

Por el contrario, el Consejo de la República en San Luis, personificando la justicia

del país, tomó su venda para no ver en Maximiliano la bondad del corazón, ni su

estirpe, ni su rango allá en Europa, ni en Miramón, ni en Mejía su alta cualiad de

mexicanos, y sus servicios anteriores al país, el segundo sobre todo, que para

nosotros era más que hijo de reyes: expresidente de la República de México.”

“Muerte para los traidores mexicanos: para el pseudo emperador, salida franca

del país. De otro modo consideré la cuestión el Consejo de San Luis. A primera

vista pareció que Miramón y Mejía, aunque principales culpables del crimen, lo

eran en segundo grado solamente, pues sin Maximiliano en el país no hubieran


delinquido. Por otra parte, ellos no habían hecho más que ayudarle o asistirle.

Sin embargo en el Consejo prevaleció la doctrina de Inglaterra, que en el crimen

de traición no distingue al participante del culpable principal.”

El día de hoy traemos ofrendas a los generales, a los actores políticos, a los

sujetos morales que fueron de carne y hueso, con tantas luces y sombras como

nosotros mismos las tenemos. Y en esta tierra que desde antaño supo de los

cantos y las flores, también traemos flores para los hombres.