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Francia: una oda

¡Nubes! que flotan y se demoran sobre mí,


cuyo errante andar ningún mortal controla.
¡Olas del océano! que siempre siguen, a donde van, eternas leyes.
¡Bosques! que escuchan cantar a las nocturnas aves
reclinadas en la pendiente suave y peligrosa,
si no agitan sus propias ramas imperiosas
y hacen con el viento una música solemne.
Allí, como un hombre de Dios amado,
entre sombras nunca holladas por otros hombres,
¿cuántas veces, persiguiendo santas fantasías,
caminé bajo una luz de luna por la hierba floreciente,
inspirado, más de lo que permite la demencia suponer,
por cada sombra ruda y cada salvaje ruido inconquistable?
¡Oh, sonoras Olas, y ustedes, Bosques altos,
y ustedes, oh, Nubes que ascienden hacia arriba,
tú, sol naciente, tú, alegre cielo azul!,
¡sí!, ¡que todas las cosas que son y serán libres
sean testigos donde estén
de la profunda devoción con que adoré siempre
el espíritu de la más divina Libertad!

II

Cuando Francia con ira alzó sus gigantes miembros


y con el juramento, que golpeó aire, tierra y mar,
afirmó su enorme pie y dijo que sería libre,
cómo me esperancé y temí, atestigüen,
con qué gozo mi felicitación solemne
impávido canté, en medio de una banda de tiranos:
y cuando, para abrumar a la nación desencantada,
como demonios enardecidos por el poder de un hechicero,
marcharon los Monarcas en funesto día,
e Inglaterra se sumó a la facción terrible;
aunque adoradas fueran sus playas y el circundante océano,
aunque muchas amistades, muchos amores juveniles
apoyaran la emoción patriota
y proyectaran una mágica luz sobre montes y bosques;
mi voz, sin embargo, inalterada, cantó la derrota
de todos los que combatieron a la lanza opositora de tiranos
y la vergüenza demasiado demorada y la vana retirada.
Pues nunca, oh, Libertad, con deseo solitario,
oculté tu luz o humedecí tu santa llama;
bendije, sí, los peanes de la Francia redimida
y dejé caer mi cabeza y lloré en el nombre de Inglaterra.

III

"¿Y qué?", dije, "aunque el alto grito de la Blasfemia


con esa dulce música de salvación compita,
aunque todas las ebrias y feroces pasiones anuden
una danza más salvaje que el sueño de un demente,
a pesar de las Tormentas, que por el alba oriental se amontonan,
sale el sol, pero ocultando su luz."
Y cuando, para calmar mi alma, colmada de esperanza y miedo,
la disonancia cesó y todo pareció en paz y brillante;
cuando Francia, su rostro cruento, surcado de cicatrices,
tapó con apiladas coronas de gloria,
cuando, avanzando irresistiblemente,
su braso burló la arremetida del guerrero,
mientras, lanzando tímidas miradas de furia,
la traición doméstica, aplastada bajo su fatal pisada,
se agitaba como un dragón herido en su propia sangre,
entonces le recriminé a mis temores que no se hubieran retirado;
"Y pronto", dije, "la Sabiduría enseñará su saber
en las bajas chozas de los que trabajan y gimen
y, conquistándolas solo con la felicidad,
Francia obligará a las otras naciones a ser libres,
hasta que el amor y la alegría miren en torno
y vean la tierra en su poder."

IV

¡Perdóname, Libertad! ¡Perdona esos sueños!


Escucho tu voz, escucho tu queja potente;
emitidos desde las cavernas heladas de la desolada Helvecia,
escucho tus quejidos sobre sus aguas manchadas de sangre.
Héroes que perecieron por tu pacífico país
y ustedes que, huyendo, manchan sus montañas nevadas
con heridas sangrantes; perdóname, porque alenté
un pensamiento que bendijo quizás a tus enemigos crueles
para sembrar el odio y la culpa traidora,
allí donde la Paz había levantado su celosa casa;
para desheredar una raza de patriotas
de todo lo que hace tan queridas sus tempestuosas tierras;
y con irredimible espíritu
para manchar la libertad incruenta del montañés-
Oh, Francia, que te burlas del cielo, adúltera, ciega,
y patriota solo en tareas dañinas,
¿son estas tus hazañas, campeona de la humanidad?
¿Mezclarte con reyes en la rastrera codicia de poder,
gritar en cacería y repartir con ellos el criminal botín?
¿Insultar el santuario de la Libertad con despojos
robados a hombres libres? ¿Tentar, traicionar?

El Sensual y el Oscuro en vano se rebelan,


esclavos de su propia compulsión. En un juego furioso
rompen sus grilletes y usan la palabra
Liberación grabada en cadenas más pesadas.
¡Oh, Libertad! con desinteresado esfuerzo
te perseguí muchas horas fatigosas;
pero tú no enardeces el canto del vencedor y nunca
respiró tu alma con la forma del poder humano.
Diferente de todos, como sea que te alaben,
(ni la plegaria ni un nombre jactancioso te demoran),
diferente de los lacayos y arpías del sacerdocio
y de los obscenos esclavos de la facciosa Blasfemia,
tú te apuras en tus alas sutiles,
guía de vientos sin hogar y compañera de juegos de las olas.
Y allí te sentí, al borde de ese risco marino,
cuyos pinos, apenas transitados por la brisa,
se unen en un único murmullo al oleaje distante.
Sí, mientras de pie admiraba estas cosas, con la frente desnuda,
y lanzaba mi ser por la tierra, por el mar y por el aire,
abrazando todo con el más intenso amor,
oh, ¡Libertad! allí te sintió mi espíritu.