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VIDA SOCIAL MEXICANA. (LOS DESTRIPADOS.) HERIBERTO FRIAS^j I

VIDA SOCIAL MEXICANA.

(LOS

DESTRIPADOS.)

HERIBERTO FRIAS^j

I

VIDA SOCIAL MEXICANA. (LOS DESTRIPADOS.) HERIBERTO FRIAS^j I
Creo en la redención por el dolor, el trabajo y el hogar 2¡ SL —MAZATLAN.—

Creo en la redención por el dolor, el trabajo y el hogar

SL

—MAZATLAN.— —

TIPOGRAFÍA Y CAS A EDITORIAL

DE VALADE S Y CÍA. SUCS.

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I

hogar 2¡ SL —MAZATLAN.— — TIPOGRAFÍA Y CAS A EDITORIAL DE VALADE S Y CÍA. SUCS.
V Integran este manojo de páginas fragmen- tos de historias vividas ó vistas vivir, hoy

V

Integran

este

manojo

de páginas

fragmen-

tos de historias

vividas

ó vistas

vivir,

hoy

mis-

mo,

hoy

en

la

mañana,

en

México;

y

tie?ie

por

alma

la

verdad,

mostrando

el deleite

arti-

ficial

resuelto

en

dolor,

las

violaciones

al

Deber

y

á la Naturaleza

saldadas

cruelmente,

la

ilu-

sión

mórbida

convertida

en pesadilla

de

reali-

dad

y

de

castigo.

 

Historias

son

de

bohemios

que parecen

 

ven-

cer

demasiado

pronto

y

que

demasiado

pro?ito

se estrellan

ó se li varan"

por

escuchar

la

eterna

canción

de las sirenas

 

El

Alcohol,

el

fuego,

la

Carne,

la

Morfina,

y

tantas

otras,

cantan

primero

el placer

y

luego

la

condenación;

y

sus

dramas

tienen

como

ambiente

varios

aspectos

de

nuestro

panorama

social:

la

podredumbre

del

dinero

no ganado

por

el propio

esfuerzo

—las

rapiñas,

las

coficupisceticias,

los

críme-

nes

impunes

y

las

hipocrecías

aristocráticas,—

arriba;

y

abajo,

el fango

de la

ignorancia,

la

miseria

y

el

pulque.

Los

vicios

en ese híbrido

París-

Tenochtitián

ofrecen

su

amor

á los estudiantes

y

obreros

que

de

"Provincia'"

allí

caen

y

que

se hunden

DES-

TRIPADOS, casi

siempre

perdidos,

si

no

se

afe-

rran,

antes

de agotar

en

la

vorágine

toda

su

vergiie?izay

toda

su

razón,

como

única

reden-

ción

posible,

al

trabajo

y

al

hogar.

 

Yo

que fui

también

un

bohemio

iluso

que

soñando

en

el

Azul

hubo

de

ser

revolcado

en

tristes

fangos,

e?icendido

 

en

efímeras

 

llamas,

barrido

por

distintos

vientos,

heroico

y

clarivi-

  en efímeras   llamas, barrido por distintos vientos, heroico y clarivi-

dente

á

las

veces,

bellaco

y

ciego

en

ocasiofies,

sincero

siempre,

salvado,

al

fin,

por

el

trabajo,

el

amor

y

el

infortunio,

condenso

con

sangre

propia,

en

esta

dispersión,

casi

una

autobiogra-

fía.

Porque

 

no

hay

personaje

 

de

los

que

por

aquí

descienden

que

?w lleve

algo

de

mi

alma

y

algo

de

mi

vida.

 

Resultan

 

por

eso

hojas

vivas,

crudas,

do?ide

para

reflejar

 

los

infiernos

de

todos

los

vicios,

arriba,

enmedio

y

abajo,

en

México,

he

tenido

que

desnudar,

 

que

inventariar

y

que

remover.

No

son,pues,para

damas,

ni

señoritas,

ñipara

caballeros

 

á

quienes

el

eterno

guante

blanco,

el

perpetuo perfume

exquisito,

la

trufa

cotidiana,

la

perenne

sonrisa

de

la

careta,

hayan

hecho

duros

de

corazón

y

de

cerebro

y

delicados

de

piel

y

de

estómago,

melindrosos

y

pudibundos,

sino

para

seres

viriles,

capaces

de

comprender,

de

sentir

y

de

trabajar.

 

En

Mazatlán,

á

IJ

de

Julio

de

1008.

En Mazatlán, á IJ de Julio de 1008. I. PRESUPUESTO DE UNA ORGIA Coros de carcajadas

I.

PRESUPUESTO DE UNA ORGIA

Coros de carcajadas y silbidos; mano-

EL

tazos , aplausos , hurrahs

y

bravos,

atro -

naron en la breve estancia.

—¡Silenci o en las filas! Deja d qu e el genio elabórela obra maestra!—exclamó

una vo z juvenil y

— ¡Eureka, señores! ya lo encontré, ya

está resuelto el problema! Aquí está la distribución—y Juan se levantó de la si- lla en que se hallaba sentado escribiendo ante exigua mesa forrada de hule verde, agitando un papel.

L a algazara de los siete jóvenes cesó de pronto. —Tiene la palabra el Ministro de Ha - cienda.

—Silencio, va á hablar el economista.

dominante.

— A ver, á ver . ¡Silencio

en las

filas!

—"/

Orden

y

nos

amanecemos!"

Juan, el Ministro de Hacienda, afectó

una graveda d cómica ; su pelo amarillen-

t o

de azafrán, horriblemente hendido y ho-

y revuelto caía sobre un rostro color

graveda d cómica ; su pelo amarillen- t o de azafrán, horriblemente hendido y ho- y

4 EL

AMOR DE LAS SIRENAS.

Hado por cicatrices de viruelas. Una su- cia corbata de luengas tiras rojas, anu- dad a co n descuido , y un pésim o jaquet de "casimir del país, " le daban aspecto de Mirabeau de caricatura. Sus ojos azu- les brillaban jovialmente con fealdad de perrito faldero, como dos chispas vivi - das.

—Distinguidos miembros del Club Pro - vinciano: habiendo obtenido el alto, cuan- to inmerecido honor, de formar el presu- puesto de los gastos que deben erogarse para solemnizar egregiamente el triunfo inmortal de uno de nuestros más invic- tos campeones que ha lucido, cual dijo Don Justo Sierra "como un sol en plena

noche," en su examen glorioso de cuarto año, no he vacilado ni un solo instante en hacerme acreedora vuestra confianza, y sin omitir sacrificio alguno, me he pues- to al estudio de tan ardua cuestión, desde su doble punto de vista económico

y gastronómico. H e aquí el resultado

total de dicho estudio que someto al ta-

lento de esta docta Asamblea:

Parte

líquida

(esencialísima).

Dos botellas de cognac Super.

$8.00

Dos

de Jerez (para las damas) .

 

1.00

Cuatro devino tinto

3.00

Un cubo de vino Xóchitl

 

1.00

Por

lo

que

'potes

contíngere."

5

0 0

$18.00

Ahora á la parte sólida, con pavo co- rriente (vulgo guajolote, como ustedes

saben) en salsa roja (vulgo mole) y car-

Suma

ner

o

al

horn o (vulg o barbacoa), le pon -

g o

7

pesos

—¡Pídola

—¡No,

palabra!

no! — interrumpieron.

Pero

exponente, sin inmutarse,

continuó:

el

interrumpieron. Pero exponente, sin inmutarse, continuó: el   EL AMOR DE LAS SIRENAS. 5 — L
 

EL

AMOR DE LAS SIRENAS.

5

L o

que da

el total de

fondos

reuni-

dos para el

banquete, ó sean

25

pesos

justitos. —¡Pido la palabra!

—¡Hay desequilibrio, eso no está bue-

y

no!

sólo siete de comida: es una —Pero hay que considerar

Diez y

ocho

pesos de

alcohol

aberración.

—Sí, hombre, aprobado , aprobado . —Es una locura —¡Viv a el Ministro de Hacienda!

—¡Aprobado !

¡Viv a

tildólo

de

oro!

—¡Protesto!

la séptima vez!

¡Pido

la palabra

por

Y cobró entonces estruendosa potencia

la voz que se obstinaba en pedir la pa- labra . Y un hombr e espectral , un "casi joven" de larg o rostr o blanc o con anti - parras de vidrios verdes, huesudo, cir- cundado por áspera y mal cuidada barba negra; un hombre alto y encorvado, ha- bló así:

—Camaradas: oigan la experiencia de un viejo marino ¡ cuidado con las sire- nas! Veo allí en el presupuesto del J- dolo Amarillo do s atrocidades , do s for- midables peligros para todos, en una pa- labra, dos sirenas con cuyo pérfido canto no debemos solemnizar de ningún modo el fausto acontecimiento del triunfo de nuestro Presidente. Opino humildemente porque se proscriba del banquete á la mujer y al vino —¡ Protesto! — ¡Calumnias la alegría del buen vi- no! N o es lo mismo ser borracho que bebedor,— según Licurgo, — asentó un gordo jovenzuelo de lentes con arillo de oro. —¡Cállate, viejo hipócrita !

bebedor,— según Licurgo, — asentó un gordo jovenzuelo de lentes con arillo de oro. —¡Cállate, viejo

6 EL

AMOR DE LAS SIRENAS.

—¡Que hable el "Cacarizo"! —¡Te callas ó te linchamos! —Pid o la palabra para una moción de orden! -insistió el defensor del vino. —¡Amárrenlo! Simultáneas, rápidas, en jovial tono de protesta cómicamente indignada, es- tallaron estas frases. Resonó el argen- tino retintín del timbre del Presidente del Club.

—Orden, señores, me permito amones- tar severamente á la asamblea, advir- tiéndole que tiene la palabra nuestro querid o consoci o Papá Argüellitos, y que est o es un a raspa dign a d e perros de la Escuela Preparatoria.

— Eso es una alusión personal á m í

que soy representante del templo de Don Gabino Barreda, y n o puedo tolerar ni al Presidente —exclamó con dengue bufón un mequetrefe pálido, de simpáti- co tipo costeño.

—¡Silencio , "pata

—¡Qu e se calle el —A mucha honra

salada!"

"mazatleco!"

—¿Me dejan hablar? ¿M e dejan seguir? —tornó á imponerse la vo z ronca del envejecido estudiante de las antiparras verdes —Vamos, hombre, de veras, estoy hablando en serio, muchachos. N o nos conviene, y á ustedes sobretodo, puesto

que

y o n o tengo y a nada que perder; n o

nos conviene, digo, llevar ni mujeres ni

botellas; ¿se trata

¿va á ser eso una orgía ó una comida entre alegres y sanos compañeros? ¡para nada necesitamos de las perversas sonri- sas de las hembras ni de los más perver- sos halagos de las copas !

de una borrachera?

—T ú calumnias

al alcohol,

borracho!

T e lo dice un bebedor!

ú calumnias al alcohol, borracho! T e lo dice un bebedor! EL AMOR PELA S SIRENAS.

EL

AMOR PELA S

SIRENAS.

7

-¡Protestamosenmasa!-rugió el Ídolo.

—¡Un a fiesta si n mujeres n o puede se r fiesta de hombres!—aull ó el mazatleco indignado de que se proscribiese á la mujer. —¡Silencio! Siga hablando el com - pañero Arguelles— ordenó el Presidente. — Y conste que hablo en serio. En pri- mer lugar n o debe haber eso, porque

caro en todos

cuesta mu y caro ¡muy

sentidos! ¿Porqué so y un "estudiante fósil?" ¿por qué he sido náufrago eterno? ¡por el amor de las sirenas, po r el deleite

de la Sirena-Botella y por el amor de la Ondina-Lujuria! El trabajo es em - pezar, señores, si nos emborrachamos mañana con mujeres, probaremos l a cancióny nos gustará más pasado maña-

na

rracho os

Conque: ¡que n o haya ni botellas ni mu- jeres! —¡Pido la palabra! —¡Déjenme contestar!

lo que les digo, un viejo ex-bo- habla con su autorizada voz .

yo

L a algarabía de los siete estudiantes se desbordó entonces más alegremente en el cuarto, en torno de Juan, po r unos

r otro s el ídolo

llamad o el cacarizo y po

Amarillo.

L a estancia, que denunciaba el aloja- miento de un estudiante de medicina, rico y correcto, era estrecha, pero al- beante, llena de luz que entraba, á tra- vés de cortinas azules, po r una venta- na baja y po r l a puerta. Habí a enfren- te de la ventana un .catre pequeño, de latón, con su colchón alto cubierto de una limpia colcha de estambre color de rosa-.Sobre el blanco mármo l de l bu- ró abrí a su s fauce s llena s d e sombr a una calavera.

de estambre color de rosa-.Sobre el blanco mármo l de l bu- ró abrí a su

8

EL

AMOR

DE LAS SIRENAS.

En el centro de la habitación había una mesa cuadrángula!- forrada de hule, cargada de libros y cuadernos y rodea- da de seis toscas sillas de asientos de

tale.

de

la República, un plano del Estado de Chihuahua, algunos retratos, dos cua- dros anatómicos y dos cromos represen- tando las queridas de Luis XV . Allí era donde se desarrollaban las sesio- nes del Club Provinciano, integrado po r estudiantes oriundos de algunos de los más lejanos Estados de la República;

De las paredes

colgaban: un mapa

allí se reunían los domingos en la tarde, bulliciosos y alegres, huyendo instintiva- mente de las diversiones públicas, en - castillándose en aquel cuarto claro y fresco, de un segundo patio de buena

gozosos con hablar

eternament e d e " s u s tierras," henchidos de recuerdos y de ilusiones.

El caudillo, el alma ardiente de aque- llas tertulias juveniles, era el que habita- ba el cuarto, el chihuahuense Pedro Santiesteban. Se imponía po r ser el menos pobre, pues su padre le remitía cincuenta pesos mensuales, lo que para un estudiante es fabuloso. Además, era el más inteligente, gallardo, fuerte y leal, n o obstante ser muy joven. Aquel día del mes de Octubre, sus pai- sanos celebraban el éxito del examen de cuarto añ o de estudios de medicina. El examen de teoría habíase verificado la noche anterior y el de Clínica Externa en la propia mañana, en una sala del Hospital de San Andrés.

ser mé -

—Este condenado dico á los veintidós

casa de vecindad,

Pedro v a á

años—había dicho

casa de vecindad, Pedro v a á años—había dicho EL AMOR DE LAS SIRENAS. melancólicament e

EL

AMOR DE LAS SIRENAS.

melancólicament e el ídolo

Amarillo

9

qu e

ya pasaba de los veinticuatro y que lleva- ba tres de estancado en el segundo de me- dicina.—¡Viento en popa, llegará fresco

al puerto! — En

aprueban el año que entra, m e echo á pique, me pego un tiro. ¡Naufragio vo - luntario ! / El gran destripamiento! ¿Qué más heroísmo?

cuanto á mí, si no m e

Y empeñó sus libros y se subscribió á

un gabinete de lectura para hartarse de historia de Francia, condimentada po r Alejandro Dumas.

Formaban el club, tácitamente cons-

tituido, los siete que resolvieron festejar con digna pompa el triunfo de Pedro.

Y había sido lo más curioso que este

mismo pusiese á disposición de los o b - sequiantes, 2 5 pesos que yacían, en for- ma de cinco grasientos billetes, en el fondo de su baúl. —Bueno, quieren ustedes darme un soberbio banquete y no tienen dinero,- les dijo en la puerta del Hospital , des- pués de los abrazos y manotadas en la espalda, de rigor entre la gente estu- diantil en tan solemnes ocasiones,—pues y o les prestaré con qué, ¡cuenten con 2 5

pesos que es mi único capital! pero con una condición.

—Ya,

mos.

ya , palabra que te los

paga-

—No,

no es eso; que comamos en casa

de Doña Mercedes.

— ¡En casa de tu suegra

gasto!

¡Qué mal gusto!

que sea el

—Arreglado; y que invite á las costu-

reras de enfrente.

— Es o se verá después;

vamos

á

m i

cuart o á discutir

el punt o

Cacari

 

2

costu- reras de enfrente. — Es o se verá después; vamos á m i cuart o

10

zo, queda s nombrad o Ministr o de Fi - nanzas para formar el presupuesto.

Y he aquí por qué los siete camaradas

discutían con tanto acaloramiento el banquete del día siguiente.

Era la una de la tarde y acababan de llegar, desordenando los pobres mue- bles, abriendo libros, fumando sin de- jar de charlar, mientras allá en el extre-

m o

de

la

mesa ,

el

ídolo

Amarillo,

con

la cara

graves operaciones aritméticas

famoso presupuesto.

inclinada

ante

un

papel, hacía

sobre el

El espectral estudiante que, después

de-leído aquél, se opuso, hablando del

peligr o de las Sirenas, era y

bre—treint a años—encorvad o y alto , fú- nebre, con rostro largo, pálido y bar- budo, que llegaba á ser tétrico por sus

feas antiparras de anchos vidrios ver - des. Le decían Papá Argiiellitos, com o

a un hom-

para significar su gravedad,

al par

que

la dulzura

de su

 

carácter.

El

vicio

y

el

dolor

habían

deja-

do un surco

amplia, más amplia aún por la precoz

calvicie que apuntaba, y más blanca

inculta

barba que rodeaba espesamente el óva- lo de su rostro huesudo y anémico, la- crado por sospechosas cicatrices.

—Miren ustedes; — exclamó, cuando

al fin l o dejaron continuar,—ám í m e pa-

18

pesos en beber; ¿se trat a de emborra -

profundo en su frente

por la negrura de ébano de la

rece solemnemente

estúpido

gastar

charse á

lo cargador,

ó

de

una

alegre

que

?

comida — N o

hables de lo que n o

sabes,

Papá;

en

estas cosas la

bebida

es

el

alma, es

la

fruición, es

la bebida es el alma, es la fruición, es EL AMOR DE LAS SIRENAS. 11 —¡Por

EL

AMOR DE LAS

SIRENAS.

11

—¡Por aclamación se desecha

lo

ob -

jetado por la

hipocresía!

— Haga n lo que quieran;

rracharemos,

pues!

¡Y me

nos

embo-

gusta!

/T ú

dixisti,

Papá!

—Conque, señores,

el

ídolo.

en presupuesto? — Aprobado . —Y o

eco-

votación

nómica se aprueba

—pregunt ó el me encarg o

llevarle á Doña Mercedes el dinero de la comid a bajo el siguient e mentí, frut o de

de los caldos, y tú, Pedro , de

incruenta labor:

"Arroz

á

la

Valenciana,

con

pollo,

cho-

rizos,

garbanzos

y

toda

la

cosa.

Costillas

 

de

ternera

con

sus

respecti-

vas

papas.—

Barbacoa

con

salsa

borra-

cha.

Mole

de

guajolote,

colorado

v

frijoles

refritos

 

"

—¿Y el café?

— Ah! sí Café también ¡no

faltaba más! — ¿Qué les parece? —¡Magnífico! únicamente que con siete pesos no alcanza,-dij o el Papá; ya verá n á la mera hora cóm o no par a to - do hay. ¡Ese no puede ser el presupues- to de una orgía! Pedro callaba, pensativo, paseándose, baja la cabeza, de uno á otro extremo. Hubo un instante de silencio durante el cual se oyó el endemoniado chillar de muchachos que jugaban en el patio pró- ximo, el canto de un gallo y el chirrido desesperado de un violín, atacando fe- rozmente "la donna é mobile." —¡Cuan fastidioso es ese condenado violín!—exclamó el mazatleco. —A la tarde nos veremos en la Escue- la, vamonos á comer,—dijo Juan; —hoy se examina Antonio, ya verán cómo lo truenan com o á mí ; está má s bota

vamonos á comer,—dijo Juan; —hoy se examina Antonio, ya verán cómo lo truenan com o á

12 EL AMOR DE LAS

SIRENAS.

¿lleva s el dinero , eh?

vamonos ,

Papá

— Y o

vo y

á comer con éste.

fants

en-

tarde!— y

y

se lanzaron al corre-

dor , dejand o solo s á Pedr o y a l Papá,

los

sin má s

Entonce s

de

la

otros

nosotro s "allons

el

l a

cacarizo,

patrie"—¡hasta

despedida , Jua n

cuatro,

retumbante

con que la turba estudiantil bajaba la

escalera de madera y la voz chillona del

quienes oyeron el estrépito

ídolo

gritando :

 

—¡Hepa,

muchachos!

¡Paso á la

 

Legión

Provinciana

— en

tant o

qu e

el

mazatleco cantaba con voz de falsete:

 

II.

La

donna

é

mobile

cual

piuma.

al

vento

"CHUZA"

DE

VECINAS.

piuma. al vento "CHUZA" DE VECINAS. Argüellitos, con su rostro blanco de espectro, resaltando

Argüellitos, con su rostro blanco de espectro, resaltando en su barba y levi- ta negra; sentado cerca del buró, tom ó el cráneo que ornaba fúnebremente el mueble, y lo contempló abstraído, mien- tras Pedro seguía paseando de un rin- cón á otro del cuarto. - ¿Conque decididamente mañana es dí a de borrachera , no? — pregunt ó el Pa-

pá.

—Hombr e ¡qué quieres que h aga con es- -

no, yav.erás;yo

tos muchachos!

pero

no permitiré que se beba más de lo

de-

bido.

¡ah!

vo y

á

mandar

avisarle

á

Doña

Merceditas que vamo s á

hacer

el

banquete en su casa

pero,

no;

se

lo

diré después de

comer;

tengo

un ham-

bre de todos, los diablos! como

ya viste, casi no

cerote llevab a yo , hombr e

trar á

que

me

desayuné

y

¡qué a l en-

no

la sala noté que el Dr. Maur o

llevaba la boquilla de gala,

ni

el

puro

tenía su copete de ceniza

¡mal

sínto-

ma!

pensé:

esta

es* tronad a segura,

su.

gala, ni el puro tenía su copete de ceniza ¡mal sínto- ma! pensé: esta es* tronad

14

EL AMOR

DE LAS

SIKENAS.

mujer lo ha de haber

r o

y a

vist e qu é al

pelo

regañado!

pe

diagnostiqu é

y

cóm

o

depur o

chiripazo

m e

plantaro n

mis do s ''Muy

bien"

¡ah

cóm o

ten -

g

o suerte yo!

pero

¡vamonos

á

comer! ¡demonio !

la

un a

y

medi a

da-

das

En aquel momento apareció en el um- bral de la puerta, una rapaza indígena, descalza, vestida con una enagüilla de cambaya azul, en mangas de camisa, con un ramillet e de flores en la mano . —Bueno s días , siñor—dijo tímidamen - te sin atreverse á pasar;—que dice la niña Gualupita que aquí está esto, pol-

l o bien

de su

samem.

Pedro cogió el ramo, y tomando de la barbilla á la moza, cariñosamente:

tar -

de voy por allá. Mir ó la s flores, deteniéndos e en medi o del cuarto, muy conmovido. Se le hu-

medecieron los ojos y agregó tristemen-

te:

—¡Pobre mujer! Era un ram o sencillo, de violetas fres- cas que parecían recién cortadas, salpi cadas aún de gotas que eran como me- nudos diamantes. Y en el centro exten- día soberanament e sus pétalo s de nieve, una grande y única margarita blanca de corazó n de, oro .

vidrie-

ra brusco traquidazo y una voz áspera

preguntó:

—Amigo Doctorcito ¿me deja entrar su mercé? —Adelante, Calixto—respondió Pedro;

—Dile que mil gracias, que

á

la

Resonó en ese moment o en la

EL

AMOR DE LAS

SIRENAS.

15

— N o me sale todavía, Doctorcito,

m e

den.de que me esto y

duele aqu í mesm o en el

volviend o viejo

vacío

— Es el hígado, hombre, es

el hígado,

y

eso no retoña

¿qué

me

traes?

— Este cartoncito de la lo.

niña

Consue-

 

Pedro leyó esta

tarjeta:

'Al eminente Doctor Santiesteban en- vío la felicitación de una alma amiga. Nada más amiga.-C.-Rompa la tarjeta."

—Mira—dijo á Arguelles, quien moviendo la cabeza.

leyó,

--Tambié n ella, ¡la querida del

Coro -

nel!

—Dile que mil gracias y que se acuer-

de que todavía no soy

doctor.

—¡Pos ni falta le hace! Así vale más

que uno de sorbete y

el rural salió , á tiemp o qu e un a viej a

se colaba,

diciendo:

—¡Algamela Purísima, Don Pedro, qué gusto me da traerle estos recaditos! Mir e no más cóm o l o quieren toda s en mi casa Esto es deTrinita. ¡Tenga!—

de sucio rebozo en hilachas

pelos blancos. — Y

Y

tendió al guapo estudiante una cha-

rol

a cubiert a co n fina servillet a blanc a

y listones azules sobre la que iba una esquela.

— ¡Ah! qué bien huele! ¿dulce? A ver

qué dice la pobre beata.—Ley ó en voz alta: "Mu y distinguido y aprecia-

ble señor Don Pedro Santiesteban: Dios

Nuestro Señor oy ó mis rezos y tocó las almas de los médicos que examinaron á usted, pues he sabido, con permiso de

 

y

no bien hubo entrado un charrazo á

mi

tía Jesús,que usted salió muy bien de

lo

rural, preguntóle á su vez:—¿Qué tal

su examen 3' que ya pronto v a á ser

,

va de

"cruda?''

doctor.

á su vez:—¿Qué tal su examen 3' que ya pronto v a á ser , va
á su vez:—¿Qué tal su examen 3' que ya pronto v a á ser , va

16

EL AMOR

DE LAS

SIRENAS^

Santísima

sabe premiar las buenas obras? Esta es

vaya

Divina

dar

á la iglesia á dar gracias

la ocasión

¿Ve usted cómo la

Virgen

de que usted

medite y

á

la

va

á

Providencia.

¡Qué gusto nos

verlo en misa mañana rina!

en

Santa

Cata-

Dios G. A.

M.

A.

S.

S.

Q.

B.

S.

M .

Trinidad

Alcoraz."

—¡Hasta las ratas de sacristía están enamorarlas de tí!— exclamó nuevamen- te el espectral Arguelles, retorciéndose la negra barba. Pedro sonrió, íntimamente halagado por aquel homenaje; mas llegó al deli- quio su sorpresa .cuando la vieja le en- tregó otra cartita, diciéndole:

—Aquí le manda "l a Gachupina.*'

—¡Hombre, tanto no me esperaba! A ver, eso ha de ser curioso. Oye no más:

 

EL

AMOR DE LAS SIRENAS.

 

17

como

luego

dicen,

"e / remedio

y

el

trapi-

to"

aquí no

sino

fin

diferente! Bien decía el mayordom o de

que me has

mujeres

en

todo es gratitud

fuesesin -

—Es verdad, Manueiita, pero

algo

¡más t e valier a que les

hablado,

que

más

las

son el diablo

.

—Bueno , dígal e

á Trinit a

y

á

Doña

Sol,

la

gachupina,

que mil gracia s

po r

todo y que allá

vo y

á

saludarlas

esta

tarde , y

usted tenga— y Pedr o

dio

un a

moneda

de

á diez

centavos

á

la

vieja

portera,

que salió rezongando

melosas

bendiciones.

— Y

quieres decirme

¿qué

piensas

ha r

cer con el amo r

de

tantas?

Porqu e

t ú

que eres

valiente

delante

de un

cadá -

ver lo mismo que al frente

de

un toro,

de un

caballo

bruto

y

aun

frente

á

cualquier bruto, aunque no sea cuadrú-

pedo, eres

mujer

una

Tú no te decides á desengañar

un cobarde

delante

de

" A l señorito estudiante Don Pedro. Uz

á ninguna, ni aun á la vieja beata

 

té sabe que soy señora que cumple, que

Tiene sus encantos el amo r

de una

le dijo cuando lo isieran médico se bebe

doncellona. ¿No has visto qué ojos?

ría una caña de manzanilla con uzté á

—Si;

sí;

aun

vibra;

aun

hay

carne

su salú 3' por eso lo espero. Zuya Doña

concupiscente en el forro

de

esa

pobre

Sol."

alma devota

que

debe sufrir atrocida-

bar -

mujeres

que sin decirles nada, con sólo mirarlas,

baridad! ¿qué tienes tú paraléis

-¡Hast a

la

"Doña

Sol!"

¡Qué

te quieren?— Y el seco y encorvado A r

güelles se quitó las

feas

gafas

verdes y

con ojazos de miope un

tanto

enrojeci-

dos contempló á su amigo

—¡Qué ha de tener! — interrumpió la vieja emisaria- no es tanto que Don Pe- drito sea tan guapo y tan sanóte, sino

que es mu y caritativ o y ha

das sin cobrarles , al contrario , dándole s

curad o á to-

sin cobrarles , al contrario , dándole s curad o á to- des Doña po r

des

Doña

po r

Sol?

t í

¿ Y

la

gachupina,

esa

¡Ah! esa me divierte mucho, porque es un huracánde gracia algo grotes-

ca, pero ingenua; es una leal mujer que ha llegado á decirme que con gusto

mí. Y y o te advierto, Ar-

guelles, que no soy tan cobarde delante de las mujeres como tú piensas; las he dejado hablar y poco he abusado. A la única á quien hablé de amor es á Lupe;

se moriría por

3

tú piensas; las he dejado hablar y poco he abusado. A la única á quien hablé

18 EL AMOR DE LAS SIRENAS.

amigo ; es una linda perla morena;

es

a-

una gran alma Palabra que me rrepiento de haberla engañado!

. ramo de violetas vale mucho es un remordimiento mío ¡pobre ramille- te! — Á verlo,—dij o Argiielütos,y extendi ó su man o par a toma r el haz florido. Y moviendo, leve, su fúnebre cabeza:

Ese

—Sí; esta mujer verdaderamente te quiere; siente, se emociona con tus go- ces, se alegra con tus éxtasis; sí, y o la

he visto mirarte con mía pasión verda-

dera, con un altísimo amor! Además, mira, es artista; este ram o es una es- trofa bella, sonora, luminosa y tierna; un poema que, sin saber cómo y sin pre-

meditación, inconsciente, ornamentó, pu- lió repujó este ramillete es un sím-

bolo divino inspirado por

Mira: un campo de violetas enamora-

das tímidamente de un resplandor blan-

más

humildes y más obscuras para que su amad o irradie más ¿Te ríes?—.Sí, soy poeta, un pobre poeta inédito Bue- no. Así es el sacrificio, Pedro; así es la abnegación Mira, quiere mucho á

eo!

su

amor!

y ellas son, ellas

se hacen

Lupe ! quiérela mucho! y hazla, tu esposa ó déjala, pero pronto !

Entonces el jo ven Pedro alzó suredon-

dc aabeza, y sus ojos grandes y negros,

que miraban siempre de frente con mi- rada leal |y franca, se clavaron inquie-

tos en los de su amigo. Después, viendo el ramo de violetas, murmuró con len- titud melancólica:

—¡Pobrecita, pobrecita! Y, no sabes todo Me quiere más de lo que

tú te puedes imaginar Acuérdate

cuando el tifo; sólo tú y ella me asis^ie-

Acuérdate cuando el tifo; sólo tú y ella me asis^ie- KL AMOR DE LAS SIRENAS. 19

KL AMOR DE LAS SIRENAS.

19

:

:

ron; sólo ella me veló, sin dormir una hora en la noche, y quince días segui

gastando ella su dinero en medici-

- ñas ha hecho mucho por mí ha llorado mucho v ¿sabes, Argüe- lies? Pedro se detuvo delante del poeta, apoyó la mano izquierda sobre su hom-

bro, é inclinándose, muy quedo, 3- mo-

frase,

dos,

viendo la cabeza, le arrojó esta

con un acento ansioso y desesperado:

—¡Y o no la quiero!—¡Ñola amo ni co- rao querida ni com o esposa! Y ¿e nuevo clavó la mirada en su a- migo. --¿Cómo? ¿Tan pronto te fastidia el amor?

ex -

* plicaré. N o la quiero como mujer, que-

—Sí,

lo que oyes; p^ro

espera,

te

rida, esposa ó novia;

no,

pero sí

como

amiga ó hermana es decir, también

U la quiero y la beso, por lástima, ¡la veo

¡Pobrecita

Lupe! Oye, además, es ya grande pa-

tan contenta

'

entonces!

¡

ra mí ya cumplió veinticinco a-

ños. Es una mujer fina, per o n o pued o casarme con ella, es gente del pueblo, aunque elevada y correcta. ¿Qué hago con su parentela?

 

'

—Es

verdad pero entonces es un

"

crimen engañarla; procura no verla; si es posible hazla comprenderle una vez

(

qu e n o l a quieres , porqu e má s tard e e s

¡- V

peor, es peor, y o sé lo que te digo

!

;

—Y a he pensado mucho

sobre eso; ya

['.

:•

veremo s l o qu e sucede ; po r ahora ,

va -

\ •

mos á comer; ¿á qué amargárnosla vi- da con esas cosas? no siempre le ha de

durar el amor A la tarde la

V03' á

ver para darle las gracias por su ramo,

^<¡

\' decirl e qu e mañan a e s e l gra n día ;

qu e

á ver para darle las gracias por su ramo, ^<¡ \' decirl e qu e mañan

20

EL

AMOR DE LAS

SIRENAS.

compre n el guajolote

y

tod o

l o

necesa-

rio

ah!

y

ahora

se me ocurre

una

cosa: ella me ha hablado

de

una

ami-

guita suya, hermana de

leche

por

más

señas, que dice que toca admirablemen-

te la guitarra y canta

y n o pensa r

muy bien;

voy á

decirle que la invite

Mañana,

Ar-

güellitos , ha y que tirar

la

casa

por

la

ventana

en cosas

tri s

tes.

casa por la ventana en cosas tri s tes. mu iiiniiniiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiniiiiiiiiiiiiniiiini

mu iiiniiniiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiniiiiiiiiiiiiniiiini

^fcys

f:g?;fa:

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III .

Ei. TRISTE "PAP A ARGÜELLITOS."

Pedro, vuelto á su alegría,

continua-

ba paseándose á lo largo de la estancia, nervioso y frotándose las manos, con la felicidad de su fuerza y de su salud. El Papá, mu y serio, se esforzab a en colocar el ramillete en una de las cuen- cas anchas y hondas del cráneo L a vocinglería de los pilludos de la vecin- dad tornábase,, en tanto, más ensorde- cedora; debían estar divirtiéndose con algún gato atado, porque agudísimos- mallidos se elevaban entre carcajadas y aplausos sobre cu} f o desconcierto se percibía desoladamente aquel chirrido interminable del condenado violín.

Pedro abrió un baúl barnizado de ne- gro, sacando de él algunas cajitas de cartón, y se puso á contar unas mone- das que sonaron argentinamente.— Ar- guelles, á quien le daba la espalda, dejó sobre el mármo l la calavera blanca, cu- yas cuencas vacías parecían abarcar sombras de abismos desconocidos mor- diendo espantosamente el ramo de vio- letas.

yas cuencas vacías parecían abarcar sombras de abismos desconocidos mor- diendo espantosamente el ramo de vio-

KL AMOR DE LAS

SIRENAS.

El melancólico estudiante permaneció

entonces mudo, con los brazos cruzados

y

la mirad a sin fijeza

—¿En qué piensas, hombre?

— Ño pienso, rememoro mi vida—con- testó

— Eso es largo y heroico. Eres un

vn

líente Aunque derrotado! Hacía seis años que Arguelles había llegado á México, á estudiar medicina, enviado del Saltillo por su anciana ma- dre, viuda de' un coronel que muri ó du - rante la Intervención Francesa. De la escasa pensión que el Gobierno de Coa- huila le tenía asignada, mandaba á su hijo Federico, quince pesos al mes, vi- viendo ella al lado de una hermana.

A los tres meses, una mañana, la viu-

da amaneció muerta de una congestión cerebral. — Empezó entonces para el no- vel estudiante una vida angustiosa. Sin recursos, tuvo que aceptar un empleo de ayudante en una escuela particular, donde sólo recibía ruin comida y diez pesos mensuales. — Allí, su traje raído

y su rostro anémico rodeado de barba

negra, le atrajeron las burlas y trave- suras de aquellos niños vestidos con lu~.

j o y tratados como principito.s '

insolen-

tes.

Pero él, en las altas horas de la noche, ante los textos estudiaba hasta el ama- necer, jurando ser médico, á despecho de su miseria, obstinado en vencer.

A los dos años de una vida de crueles

privaciones y de insomnios, presentó examen de Anatomía, mas le faltaban estudios prácticos y fué reprobad o "po r unanimidad."

Y creyendo el Director de la escuela de párvulos que eso era una deshonra pa-

de la escuela de párvulos que eso era una deshonra pa- ra su EL AMOR DE

ra

su

EL

AMOR DE LAS SIRENAS.

establecimiento,

destituyó

al

23

po -

bre estudiante á los dos días del fraca- so. Entonces, desesperado, en un arreba- to loco, dióse á beber hasta embriagar- se y, al ser recogido por un gendarme, lo acometió, abofeteándole el rostro.

Y en las sucias galeras de Belem,—á

donde hub o de ser al fin conducido , sentenciado á ocho meses de cárcel por agresión á la policía,—su desolado espí- ritu, lírico y soñador, con más fantasía que talento práctico, sufrió un eclipse

lúgubre. Vivió en pleno vicio.

El mísero estudiante, para comer algo

que no fuera la vil pitanza llamada

caridad," escribía cartas á los

presos, les asesoraba en sus defensas y aun en los engaños ante los jueces; les hacía versos obscenos para sus cancio- nes nocturnas; y bien pront o fué secre- tario y favorito de los capataces "pre - sidentes" de las reclusas hordas. Con ellos se "arranchó," vivió en men- guada intimidad con ellos, comiendo en su petate, bebiend o del mism o chingue- re en l a mism a tripa , 3' fumand o en el

mismo grueso cigarro en que todos fu- maban , la terribl e marihuana, má s som - • bría, más trágica, más embrutecedora que el opio. En las noches, en las turbias veladas dentro de las rumorosas galeras henchi- das de un espeso ambiente de ácido car- bónico, humo de hornillas de carbón y de tabaco, hedores de mugre humana y

de sudor nauseabundo, la

'"la

levita del

"Licenciado Roto " — alias carcelario

del estudiante,—atravesaba triunfal en-

un hervidero de sucios sarapes, gi -

, roñes de frazadas, asquerosos harapos

tre

estudiante,—atravesaba triunfal en- un hervidero de sucios sarapes, gi - , roñes de frazadas, asquerosos harapos

24

EL AMOR

DE LAS

SIRENAS.

de camisas, negruzcos petates, deshila - chados .calzones de manta, hediondos

huarache s Y , borrach o no," cantaba , al sona r de

huelas, canciones de valentón y coplas- de lépero, coplas y canciones que en su voz ronca y fúnebre adquirían prestí gio s macabro s olientes á alcohol , á ma- rihuana y á azufre.

Conscientemente habíase arrojado & lo más hondo y denso de aquella hez anhelando ahogar en ella su pensamien- to, su esperanza, su pasado, su porvenir. su vid a entera Y , cosa rara, él, que pensaba encontrar en sus nervios repug- nancias y resistencias al aguardiente con alumbre y al tabaco con la funest; yerba, halló una perversa fruición, una intensa voluptuosidad íntima que

le hundía en un olvido total como si

nunca hubiese salido de aquella cárcel Empero, en las mañanas el desventu- rado recobraba lúcidamente la razón asaltábanle atroces remordimientos; aspiraba á la alta vida de la libertad, de la fuerza, de la salud, al predominio

de sus bellos lirismos juveniles, al anhe- lo épico de combatir al Destino hasta la

vida Y, taci-

turno, trémulo, reseca la boca, con plo-

m o en el cráneo y hiél en el vientre, con náuseas en el alma y en el estómago, pensaba en morir, contemplando los odiosos barriles rebosantes de amari-

y "marihua- cascada s vi-

última pulsación de su

llent o y

agri o

atole,

desayun o

suy o y

de la canalla que le admiraba.

 

"¡Ándale , Roto,

te

la

vo y

á

curar. "

échate este jalón!"—decíale algú n "presi -

dente," entregándole una tripa llena

do

"mezcal" comprad o á cualquie r soldad o

de la

El

guardia

de

la

misma

cárcel.

á cualquie r soldad o de la El guardia de la misma cárcel. EL AMOR DE

EL

AMOR DE LAS SIRENAS.

25

" mísero Arguelles bebía con avidez, y de

 

-

nuevo descendía al olvido y á la infamia del vicio sin poesía. Pero una de aquellas mañanas, ha- biéndose sustituido el médico de la Cár- cel po r otro , éste al pasa r á la Enferme- ría reconoció al estudiante, le llamó aparte y á solas recibió su confesión ín tima, su dolorosa y leal confesión. —No, compañero-le dijo el Doctor-v a Ud. á pasar á otr o departament o des pues de unos días en una bartolina,

 

mientras

con aislamiento le curo tod o

eso. L e mandaré luz, libros y alimentos,

de mi casa. Ud. todavía tiene vergüenza y talento, y con ello hay lo bastante pa-

ra que se pueda

salvar.

Vamo s á ver.

,

Y Arguelles fué salvad o po r aquel ex- • célente hombre, un médico joven aun no endurecido por la práctica profesional. - Encerrado el estudiante en aseada bar- tolina, aislado en tan estrecha celda, obligado á sano régimen y á sereno es- tudio, hubo de resurgir. Fué comisiona- do luego como practicante en la Farma- cia dél a Cárcel, y allí, trabajando y es- tudiando, terminó su condena.

Ya en libertad, su primera etapa de cárcel quedó en sus recuerdos com o un negro remordimiento, como una lúgubre pesadilla que habría de renovarse siem- pre que en la calle encontraba á algún truhán ó camarad a de Belem, á al- gún ratero de tantos com o fueron sus

compinches ó á cualquier bellaco valen-

tón

de pulquería de los que le admira -

ron y que conservaban los crudos ver- sos de sus canciones. Ma s el estudiante se imponía valientemente, rehusando los convites á beber, mostrándose digno,

4

sos de sus canciones. Ma s el estudiante se imponía valientemente, rehusando los convites á beber,

26

sin ser

be que

EL

AMORI1E LAS

SIRENAS.

a aquell a

EL

AMOR DE LAS

una

orgí a

SIRENAS.

sin o

y

27

varias , un a

te-

raras noblezas, grano s de or o perdidos; ¡¡quila, en bajo concubinato con figoneras en el fango'de sus vicios y de su igno-! *que anhelaban probar del amo r de "un

el latigaz o de la

rancia.

N o obstante , su volunta d solía ten> impropi a naturalez a el que le Hizo detener- lamentable s flaquezas, debilitamientos''^' , medita r y retroceder . Prendi ó en su que le ocasionaban sumersiones de bsf'isangre debilitada el virus de la Venus qu e volví a á flote, má s arrepentid o yá-mercenaria, amenazand o roerl e hast a "triste que nunca. " ¡silos huesos y dand o con su cuerpo en el

orgulloso , co n tod

en el fond o

~

tenía

pie-

•;

Y

n o fue

sinceridades y

'-semana de embriague z de

adecente. "

Est a vez fué

pulque

conoció

ser arrastrado por jacarandosa turbaS 1 1 P c d r o Santiesteban, gallardo y adoles-

que

Así fué com o una ocasión

tuv o

qu |¡nospita l

de San Andrés, donde

de ricachones matanceros, á violenta orgía en Santa Anit a entre mujerzuelns de la peor ralea. Tod o fué que accedic-i. Arguelle s á toma r l a primer a cop a tic catalán: bastó ello para que se desmo- ronaran sus propósitos, para que Sa férrea torre de su austeridad se disol- viese como azúcar

l a vid a con

el amo r y el vino ? S i el amo r d e la s si-

más

intensa y más bella la vida ¡Salul, amigos! Cada uno de ustedes, honorables

renas es la muerte, es porque hace

fcente fronterizo, ingenuo y

sala á

vivido,

donde

era practicante de la -"a Arguelle s á parar .

Abrió entonces su vida íntima, sus des-

fallecimientos, sus caídas, sus tristezas, su alma bondadosa y lírica, melancóli- camente lírica, al atónito Pedro, quien como no había sufrido ni amado, ni go- zado mucho todavía, no comprendió del todo á aquel hombre para quien tuv o empero una gran piedad, un leal cariño, Índole

fue-

—Eh!

¿po r qu é n o endulza r

poco,

su cuarto, considerándole hombre dig-

matancero s de rt-ses, vale tant o ó más$"»<> de ser un recto y práctic o consejero,

que un General, y aun más que cualquier^ I n res 6 a l Clu b Provinciano, aclama-

abogado o medico, matanceros de honi-k ( ] o c o m o

evancioie, en cuanto se alivió un

,. p

ArgüellitoS)

»

ino f e nsi -

h

r

es!

|

Salu

d

y o n »

y 8 1

e l

amo £

y e

lv» ,

dulce, algo doetSral, pero imponién-

vino son la muerte, valedores y vahentesB <los e

aparceros, vi va

que:es la redención y la libertad

la

muerte

la

muerte 3 Ycrb a

,

-\[|

t

o

s

(

k

d

e

su

poe

f

t

hond

á

d

a

o

l

y

intoresc

triste y

fil6sof ó

sus

qu

e

a

{

¿

s

u

pensamien-

leído la

el fúnebre

ees austero estudiante,

v o sorbo su segunda copa

Arguelles, el espectral y a vo- l -- ! Si naturaleza en sí propio, en

bebió de un br,i

de catalán.

en las cosas, y

-

los hombres

Ha -

espe-

j|y

¿feía reír á la chusma estudiantil y

n o en los libros

—"¡Bien

haya

la

libertad

que

Aaí¿a|Éeialmente *"' al diabl o del jovia l

 

" 'mazatle- m

pintada

es

bonita!''—contestóun

anfi||co " y al

perezos o

ídol o

Amarillo Amari l

con

trió n

de

anch o sombrer o

de

fino

pelojsfsus prédicas contr a l a cop a

y

l a

mujer, n

desabrochada camisa, faja

roja, patita-"!llamándolas "las sirenas del Golto

de

la

lón "cachiruleado" y pie

descalzo.

"las sirenas del Golto de la lón "cachiruleado" y pie descalzo. «vid a social."

«vid a

social."

"las sirenas del Golto de la lón "cachiruleado" y pie descalzo. «vid a social."

28

EL

AMOR DE LAS

SIRENAS.

Mas una nueva desgracia estuvo á punto de formidarle. Po r primera vez en su bohemia existencia siuti'óse ena- morado, ¡atrozmente apasionado! Y

era lo peor, lo terrible para él, que su adorada era Lupe, la bordadora que

EL

AMOR DE LAS

"Pedro:

SIRENAS.

29

Guarda, si me quieres, la imagen de la

vid a sólo ha tenid o una

felicidad: la de amarte;y un orgullo: ha- ber sido tuya.

pobr e que en su

Guadalupe

"

amaba

á Pedro,

á su protector y leal

—¡Qué tal!

amigo, con toda el alma!

—¡Pobre!

Esa es tu querida ¿y tu

Entonces el Papá ocultó á todos su frenética pasión, 3'en silencio alzó un so-

novia ? —¡Ah! ésta es sagrada

No

me hables

litario altar íntimo á su desventura,

de eso, sino de Lupe, que es

una perlita

volviéndose más taciturno y aun más espectral Se ganaba de catorce á vein- te pesos al mes haciendo guardias no - che á noche en una botica del barrio de Santa Ana.

negra

Ahor a sí, vamo s á

comer.

un desespe-

''se

Patología."

En tanto que contemplaba el cráneo por él ornado con el ramo de violetas que la bordadora había enviado á su amado Pedro, el Presidente del Club Provinciano recogía algunas monedas del fondo de su baúl, registrando los más recónditos escondrijos. Y cuando hubo encontrado todo, exclamó alegre- mente:

mataba

rado , ó

En el día estudiaba como

com o

decía

macheteándole

el

á

mazatleco,

la

—¡Listos!

¡Demonio!

qué

ocu-

rrenci a l a tuya ,

pone r

la s

flores

en

el

cráneo

oye, y

se ven

bien.

¡Si Lupe

supiera en qué macabro búcaro

está su

ramillete!

¡A propósito, mira su

re-

trato!

Pedro

volvió

á

abrir

el

baúl,

y

á

su amigo mostró una tarjeta fotográ-

fica.

Ambo s

la contemplaro n en silen -

cio.

—¡Ahora ve qué

dedicatoria!

Y

leyó:

tarjeta fotográ- fica. Ambo s la contemplaro n en silen - cio. —¡Ahora ve qué dedicatoria!
tarjeta fotográ- fica. Ambo s la contemplaro n en silen - cio. —¡Ahora ve qué dedicatoria!
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I V .

VIENTO

EN POPA.

— Pedro es un buen mozo predestina- do á ser incendiario de mujeres tiernas —habí a profetizad o "el Mazatleco." Y, en efecto, bajo las cejas, rectas y obscuras como barras de ébano sedoso, en el rostro moreno y oval brillaban grandes y negros sus ojos, lanzando con franca audacia esas miradas luminosas y juguetonas que acarician tan volup- tuosamente los nervios de las mujeres jóvenes. Cuando el fronterizo miraba á una mujer, ésta, irremisiblemente suspi- raba, encendida. El pelo, naturalmente ensortijado, caíale en ondas sobre la frente ancha accidentada por nobles protuberancias. Y-bajo la nariz recta, se arriscaba tra- vieso y gallardo, un bigotillo que hacía má s sensuales lo s finos labio s siempr e estremecidos por una sonrisa altiva, pe- ro ingenua y magnánima, de donde la palabra brotaba espontánea, con una entonación vibrante y sonora, con ese acento musical de nuestra noble gente fronteriza y costeña.

Aquel diablo de estudiante, envidiado

memoria

por su rápida lucidez y por su

nuestra noble gente fronteriza y costeña. Aquel diablo de estudiante, envidiado memoria por su rápida lucidez

32

EL

AMOR DE LAS SIRENAS.

en el estudio, sincero y altivo , sin afec- tación, no sabía .que con sus ojos negros hubiera podido poseer en pleno México un maravilloso serrallo. Abrigab a el íntimo anhelo de ser una notabilidad médica como oculista, y de su ideal sólo había hablado á su viejo padre, que vivía solitario con su hija, en su hacienda de Trigales, cerca de Santa Rosalía, en Chihuahua. En las llanuras chihuahuenses se des- arrolló la infancia del joven, montan - do becerros, lazando y coleando toros, cuando no perdiéndose á todo galope por interminables 3' solitarios caminos. Su hermana María, de mayor edad que él, le enseñó á leer 3' escribir, y á los doce años ya era enviado al Instituto de Chihuahua, donde hizo sus estudios preparatorios. Adorad o por su padre 3' por su her- mana, quienes ya veían en él un genio 3' que en su talento y su buena índole te - nían confianza, llegó á la Capital, reco- mendado á su padrino. Era éste un hombre tosco, casi idiota, un fanático. Antiguo minero afortunado que acumuló en Finos Altos una gran ri- queza, vivía en México en un verdadero palacio silencioso, henchido de rumores tenues, de rezos, j apenas alegrado pol- la silueta de su sobrina, una niña rubia y delgada de grandes ojos azules muy inteligentes, una niña de quince años, maliciosa y pensativa, custodiada siem- pre por una horrible vieja, su "nana. " Pedro se sentaba á la mesa de íamilia, 3' era para él una sensación fría el co- mer en pleno silencio, pues su padri- no prohibía hablar á su sobrina si no era directamente autorizada por él. Y

á su sobrina si no era directamente autorizada por él. Y EL AMOR DE LAS SIRENAS.

EL AMOR DE LAS SIRENAS.

33

los cuatro: — el viejo fanático eterna- mente vestido de negro, la horrible "'nana" indígena tarahumara, civiliza- da por fuerza, la rubia Paz, sumisa y

• ••: plácida , y e l estudiante, — era n lo s úni - cos que día á día se sentaban á la mesa,

i

; '1 de Pedro cuando una mañana

;.'

; do y solitario cuarto una tira de papel

"

¡Cuál no sería el asombro y

el

terror

encontró

sobre el mármol del buró de su aparta -

j'.', ;

perfumad o que decía con

letr a

fina

y

>H

elegante:

"l^e suplico que

no

me mire

ki

tant o en l a mesa . Si l o sab e tí o ¿qué v a

fe§

á ser de nosotros? ¡El Ángel de los amo- res infortunado s será el único que no s

pg

consuele!"

¡H

Hast a entonce s se dio cuent a

el

ino -

II

cente estudiante de que miraba algo á

11 ¡a romántica niña, mas no por amor si-

no por curiosidad y par a distraer sus ojos del tedioso espectáculo de su pa-

drino rezando y comiendo, y de la vora-

ñi

m

cidad de la "nana." ¡Luego la bellísima Paz, tan melancó-

lica y dulce, le amaba! ¡y ella misma

un candor ideal, se lo decía! ¡Oh

1

!; • con

'

 

felicidad! Era un ángel, un querubín,

: ¡ más puro, sin duda, que aquel que según ; ; ella misma velaba como el único consue- ^

• l o del amoros o infortunio! Era preciso contestar con un torrente de amor aquella confesión que le abría í un paraíso. Y ni por un instante la más

i

 

i

'¡ mínima sombra de sensualidad, ni de

 

[

carnal vehemencia ensombreció la albu-

j.; ra casta del estremecimiento del candido

[Z Pedro . Habló del caso con un estudiante pai- sano suyo, un mozalbete de espanta- ñ ble rostro, el famoso ídolo Amarillo,

. Habló del caso con un estudiante pai- sano suyo, un mozalbete de espanta- ñ ble

34 EL AMOR DE LAS

SIRENAS.

quien como gran aficionado á novelas podía aconsejarle bien.

se ente -

ró, abrazó á su amigo, diciendole:

Y

así fué.

E n cuant o el

ídolo

— ¡Albricias! Esa muchacha con todo

y sus quince años sabe más de lo que le

han enseñado. Ha sido educada en un

semi-convento de la Villa de Guadalupe

y ha de estar deseosa de un amor purí-

simo pero no creas en eso "Cán- tale, " no dejes que otros te la ganen, sérvatela, edúcala y siembra ¡Cerca

re-

de un millón de pesos tiene su tío! Y no te digo más sino que cuando lo ten- gas me nombres tu secretario particu-

lar!

amor escribióle Pe -

dro, y desde entonces empezó una melo- sa correspondencia romántica que delei- tab a á los dos platónicos amantes, sin más consecuencia que el divertir con mi- radas furtivas y suspiros inéditos la tristeza de aquellas comidas.

—¡L a adoro, la idolatro castamente! — exclamaba á solas el" estudiante, niño todavía, incapaz de un mal pensamien to.

Después de los exámenes del primer

año de medicina, volvió Pedro á la ha-

cienda, casi con la

m a con que se fué. —que apenas las cru-

das charlas y las obscenidades de sus camaradas le habían enseñado algunos misterios; — pero con más confianza en un porvenir glorioso, con más ímpetus para la lucha por su conquista, más ale- gre y lírico, soñando en la gloria, la ri- queza y el amor.

misma pureza de al -

Larga epístola

de

¡Jamás, jamás en sus sesenta años de vida lloró con tanta alegría el viejo ha-

sesenta años de vida lloró con tanta alegría el viejo ha- EL AMOR DE LAS SIRENAS.

EL AMOR DE LAS SIRENAS.

35

cendado, como el día en que abrazó á su hijo, á su doctorcito, como le decía,

-

después del primer año de permanencia en México! — L o colmó de regalos y atenciones; lo miró como un ser infini- tamente superior al suyo, y hasta con fanático respeto le hablaba, no obstan- te la sincera vergüenza del orondo mancebo.

Cuando volvió á estudiar el segundo

año, empezó á comprender lo que era la

í, (

ciudad de México con su agitación

fe -

m

bril, sus teatros , sus paseos y sus vi -

\% cios; y sintió hacia ella esa repugnancia

p¡ instintiva de los hijos del Desierto con- É| tra las grandes ciudades:— tuvo miedot

II Sólo los domingos se atrevía á pasear

|| por los pueblecillos de los alrededores,

P buscando siempre las soledades del cam-

jrfí po. Má s de una vez, po r romántic o gus -

p

; to, pasó un día entero encaramado en

|

i, ln cima desolada del cerro del Peñón,

j

Aquello placía más á su naturaleza de

k'¿

cast o artist a salvaje, que

la musiquill a

:

, de la "Mascota " en el Teatr o Arbeu, las

.;.

bailarinas del Principal ó los muslos de la s ecuestre s de l Circ o Orrin .

1"

Mucho

le gustaba también visitar el

! Museo y la Academia de San Carlos y

L, vagar bajo el heno de los viejos sabinos

de Chapultepec, pensando eonstantemen-

: ' te en su novia Paz, á quien continuaba

; escribiendo cartitas cada quince días.

manos

L-p hundidas

U Iones,

panta-

1 A veces recorría, solo, con

las

los

en los

bolsillos de

cortos, las

vaga-

bundeand o sin rumb o fijo, observand o ^todo con candorosa curiosidad, sin en- r trar nunca á una cantina, y bajando la

ante el hombre siempre alzada,

á pasos

calles,

kxvista,

ti.

'

sin en- r trar nunca á una cantina, y bajando la ante el hombre siempre alzada,

36

cuando las mujeres le miraban con ojos centelleantes. ¡Oh, las mujeres'. Cuando regresa- ba á su cuarto, en la casa silenciosa y severa de su tutor y padrino que era un hombre tan devoto, al abrir el libro, en vez de engolfarse en las profundida- des de nervios, músculos 3' arterias, pensaba en sonrisas provocativas que no sabía quiénes le habían dirigido, en rítmicos movimientos de caderas ó en senos de curva incitante, que adivinaba tras el raso, con un calosfrío de terror voluptuoso. Entonces Pedro sentía un vago estre- mecimiento, y se ponía á pasear por el cuarto, muy pensativo 3^ consterna- do ¡Tenía miedo de sí mismo, por- que tení a mied o üeeliasl Su fiera ca s tidad de adolescente no prostituido aún en los colegios se sublevaba, y sentíase un Adán tocado por numerosas Evas y por dulces infinitas serpientes ¡Las mujeres! Ahí está el escollo;

se decía —lo presiento neta y fatalmente!

daban vértigos. Ahí es-

taba el peligro; huía de ellas por eso, porque, como la ciudad, le daban mie-

le

—L e atraían, le

En cuanto

á Paz,

turbaba, cual si no fuese mujer. Recordaba entonces^ con un resto de campesina superstición, que un anti- uo mayordomo de la hacienda de su padre, que le hablaba, en las noches, de cuentos de espantos, decía que las muje- res cuando n o on ni madres, hermanas ó esposas, son el diablo, ¡el mismísimo diablo encargado de echar á perder las obras de Dios!

do.

ni

un

deseo

Efectivamente,—murmurab a

pa-

seando el estudiante,—ellas pierden á los

a pa- seando el estudiante,—ellas pierden á los 37 hombres, les estorban; contra ellas se estrellan

37

hombres, les estorban; contra ellas se

estrellan sí, sí, son

sas de todos los naufragios. — ¡De todos los naufragios! — repetía ingenuo y caviloso;—y aquel vocablo naufragio, que era la palabr a favorit a con que designaba todos los desastres 3- desmoronamientos de ilusiones, existen- cias, provectos y empresas de los que lu- chan rabiosamente por el porvenir y la felicidad; aquella palabra siniestra, al pronunciarla, le producía pavor. Ma s casi siempre después, con gran energía, clamaba:— Exit ! ¡Triunfo!

—No, no; tengo todos los elementos

las escollos, cau-

y las iptitudes para vencer soy

organismo fuerte; me impondré! Calmado un tanto con aquellas re- flexiones tan extrañas en un joven ga- llardo é impetuoso como él, volvía al estudio, y al fin lograb a acostars e tran - quilo, no sin que soliese suceder á ve - ces que ensussuen is danzasen provoca - tivamente siluetas femeniles, torsos y formas lúbricas, en una vaga y miste- riosa atmósfera de horno Aunque la rubia Paz continuaba sien- do su ideal novia, la indispensable no- via de todo estudiante, nunca des- pertó ella en el ánimo del candoroso Pe- dro otro sentimiento que una sutil de- lectación romántica, una dulce tristeza efímera, el sabor dilecto de una pasión lírica, —¡Un amor imposible!—clamaba, en que más intervenía la imaginación que su sensualidad, la sensualidad que iba naciendo y desarrollándose en lo íntimo de sus nervios y de su sangre de

un

púber sano y

Sus condiscípulos mofábanse de a- quella pureza de vida. Tacháhanle de

fuerte.

y de su sangre de un púber sano y Sus condiscípulos mofábanse de a- quella pureza

38

EL

AMOR DE LAS

SIRENAS.

hipócrita. Otros le motejaban de cosa peor, de vil idigsincracia de afeminado que detesta á las mujeres, incapaz de desearlas y de ser su potente domina-

todavía

una alma de niño, no obstante su pre- coz desarrollo, su negro bozo y sus ro bustos brazos que ya habían repartido buenos bofetones á los más mordaces compañejos; un niño de diez y siete años que iba transformándose en apuesto mancebo.

Cierto día, al salir de clase, un grupo de estudiantes de segundo año le invitó

dor. Mas en Pedro imperaba

á

una

"parranda."

— Se trata — le dijo misteriosamente el ídolo—de ir á "correrla" esta noche, ['rimero se tomarán unas «ojotas en ca- sa de algunas "amigas " de la calle de la Cerbatana—¿ya sabes?—y después ire- mos ?on ellas en coche á dar una vuel-

ta . Com o son tan buenas "reatas, " y

saben que somo s estudiantes^ "brujas," no serán muy exigentes. Con cinco pe-

sos que cada uno de nosotros le entre- gu e á Plácid o Nííñez, alia s Aramis, las llevamo s á cena r fiambre y enchilada s en casa de "las Choles" Y qued a cu-

biert o el expediente.

do?"

L a respuesta de Pedr o fué sacar un billete y decir:

¿Entra s

"al

vola-

—Aquí están mis cinco pesos.

primera orgía ; fué la primera

vez que probó hasta embriagarse el vi- no y la lujuria. Desde luego se impuso

y triunfó entre las alegres "muchachas"

aun no del tod o prostituidas, la gallar- da adolescencia de Pedro, ingenuo don- cel que subía tembloroso de frío y de miedo la escalera de la casa de una in-