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SEMINARIO DE SEÑOR SAN JOSÉ DE LA

ARQUIDIÓCESIS DE GUADALAJARA

INSTITUTO DE TEOLOGÍA
“SAN CRISTÓBAL MAGALLANES”
AFILIADO A LA FACULTAD DE TEOLOGÍA DE LA PONTIFICIA UNIVERSIDAD LATERANENSE

EXAMEN DE BACHILLERATO

MATERIA: TEOLOGÍA SACRAMENTARIA


EUCARISTIA TEOLOGÍA SISTEMÁTICA
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TRATADO DE EUCARISTIA

1. Edad Media
1.1 Cuestiones de base
1.1.1 La presencia real
Es difícil saber a quién y cuándo le vino en mente usar este vocablo, que poco a poco se
extendió en todas las obras de ese tiempo. Son éste, se mezclaron otros problemas que le están
muy ligados. Por ejemplo, preguntarse si el Cuerpo de Cristo está presente en toda la hostia y en
cada una de sus partes, sobre todo al fragmentarse. Una segunda cuestión es la adoración que se
debe a la hostia, siendo el cuerpo de Cristo; y en la práctica de la piedad cristiana, si también ha
de adorarse a Cristo bajo la especie del vino. Y en tercer plano, si por una parte es válido, y por
otra parte es litúrgica y espiritualmente conveniente, que se dé la comunión bajo una sola, o se
debe dar bajo las dos especies.

1.1.2 La transubstanciación
Esta doctrina teológica tuvo rápida aceptación porque “evitaba dos extremos: el excesivo
realismo cuasi-físico y también el simbolismo espiritualizante”. Por primera vez el Magisterio
de la Iglesia usó de modo oficial este vocablo en el Concilio IV del Letrán (1215): « Jesucristo,
cuyo cuerpo y sangre se contienen verdaderamente en el sacramento del altar bajo las especies
de pan y vino, después d transubstanciados, por virtud divina, el pan en el cuerpo y el vino en la
sangre, a fin de que, para acabar el misterio de la unidad, recibamos nosotros de lo suyo lo que
él recibió de lo nuestro… » (DS 802; Dz 430).

1.1.3 La noción de sacrificio


En cuanto a esta noción, no hubo grandes controversias en la teología medieval, porque no fue
directamente cuestionada. En contrapartida, se sintió el progreso acerca del verdadero sacrificio,
al desarrollarse la teología de la presencia real. Hubo diversas posiciones. En un extremo se
situaban quienes veían en la misa sólo un recuerdo del sacrificio de Cristo en la cruz. En el
opuesto, otros pretendían ver en cada misa la repetición de este sacrificio. La insistencia en sólo
ver el aspecto de víctima, en el sacrificio de Cristo, terminó empobreciendo la teología.

2. Santo Tomás
Quizás, es el teólogo que durante la Edad Media explicó el sacramento de la Eucaristía de
manera más completa y con reflexión más honda.

2.1 La Eucaristía como sacramento


La Eucaristía es un sacramento, porque Cristo la instituyó para salvación del hombre. La
Eucaristía es su espiritual alimento (III,73,1). Dos cosas la diferencian de los otros sacramentos:
Primera, que los demás lo son en la acción misma de su aplicación. En cambio, la Eucaristía lo
es, a partir de la consagración, de manera permanente (III,73,1). Segunda, éste es el sacramento
por excelencia, pues a él se dirigen todos los demás. La materia de la Eucaristía son el pan de
trigo y el vino de uva. Pues estos son los elementos que Cristo eligió en la última cena como
signos eficaces de su presencia. Que sean pan ácimo o fermentado, lo determina el uso de las
iglesias (Occidental y Oriental).
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2.2 La transubstanciación
Santo Tomás presenta varios argumentos para afirmar la presencia real del cuerpo de Cristo en
este sacramento:
a) Los sacrificios del AT fueron sólo sombra y figura de la oblación de Cristo. Si éste no se
sacrificase de verdad, su entrega al Padre en este sacramento seguiría siendo una figura
de la realidad que aún estaríamos esperando. El Doctor angélico no puede separar tres
nociones que están íntimamente trabadas: la presencia real, la conversión sustancial y el
sacrificio.
b) Acude a la experiencia de la amistad. Jesús nos ofreció su amistad, y es propio del amigo
querer estar con el amigo. Si él no pudiera estar presente con aquellos a quienes ama, su
amistad no pasaría los límites de nuestra capacidad humana.
c) Porque nuestra fe recae en la humanidad de Cristo. Desde que el Hijo de Dios asumió la
carne humana, ésta es la mediación real para llegar a su divinidad invisible (III,75,1).

La substancia del pan y del vino ni se aniquila ni vuelve a la «materia preyacente», porque si eso
sucediera, el cambio sería perceptible por los sentidos. Y sabemos por la fe que, una vez
realizada la consagración, está presente el cuerpo y la sangre de Cristo en su realidad
substancial.

2.3 La presencia de Cristo


En la presencia de Cristo está presente todo Cristo; aunque los diversos elementos de su ser lo
están diversa manera: el cuerpo y la sangre, por el poder divino en virtud de las mismas
palabras de la consagración. En cambio, su divinidad está presente porque desde la encarnación
es inseparable de su cuerpo y sangre, y su alma porque junto con ellos constituye la única
persona de Cristo, que por la unión hipostática no es divisible ni separable. Sin embargo, el
Señor está presente substancialmente y no en sus propios accidentes en sentido histórico; porque
no está sujeto ni a lugar ni a medida (III,76,1). Si la substancia de Cristo estuviera limitada por
la cantidad y la medida, sólo podría estar en el cielo, y no en muchos altares al mismo tiempo
(III,76,4).

2.4 La Eucaristía como alimento


 Dos tópicos de santo Tomás acerca de cómo recibir el sacramento dignamente:
Si está permitido recibir todos los días este sacramento. Para él la respuesta es evidente:
éste fue instituido para la salvación de los hombres, de modo que es muy conveniente
que de él se participe todos los días; cuando el fiel está bien dispuesto.
 Se pregunta si es lícito recibir el cuerpo de Cristo sin la sangre. Desde el punto de vista
del sacramento, es mucho mejor que el fiel comulgue con el pan y con el vino, porque
así fue instituido por Cristo. Sin embargo, desde el punto de vista teológico es válido
darse bajo una de las especies, ya que todo Cristo está presente en cada una de ellas. Por
motivos prácticos es lícito distribuir el sacramento bajo una de las dos especies.

2.5 La Eucaristía como sacrificio.


A la cuestión sobre si Cristo se inmola en este sacramento, su respuesta es positiva, pero
deficiente. Sólo atiende a dos motivos. 1º. Porque la celebración de este sacramento es una
imagen que representa la pasión de Cristo, que fue una verdadera inmolación. 2º. En cuanto
conmemora la pasión de Cristo, cuyos efectos salvíficos nos comunica (III,83,2).
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3. Concilio de Trento
3.1 La Reforma protestante
Los reformadores protestantes atacaron principalmente dos de las verdades de la Eucaristía,
tenidas como de fe por la Iglesia a través de los siglos: la presencia real de Cristo (sobre todo
explicada por la transubstanciación) y el carácter sacrificial de la Misa. En consecuencia,
también otras verdades conectadas con las anteriores, como el sacerdocio ministerial y
sacramental. También impugnaron algunas prácticas litúrgicas y rituales: la comunión bajo una
sola especie, la adoración del Santísimo Sacramento, su reserva en el sagrario, el ofrecimiento
de la Misa en sufragio de los difuntos, etc.
Por tres motivos necesitamos conocer los elementos básicos de la doctrina de la Reforma:
1. Porque el Concilio de Trento fue una respuesta a ellos; sólo conociendo los problemas
podemos entender las mujeres.
2. Porque es preciso reconocer con honestidad los errores que hemos cometido en el
pasado.
3. Porque es necesario un diálogo ecuménico serio con las iglesias protestantes
tradicionales y para ello es necesario conocer el origen de su doctrina.

3.2 Martín Lutero


Dos de los principios más importantes que influyeron en la teología eucarística: 1º la
justificación por la sola fe, sin las obras. La Misa se situaría entre las «obras humanas». 2º Los
sacramentos sólo son signos que la Palabra de Dios ofrece a la fe, destinados a impulsarla,
solicitarla y nutrirla.
Los argumentos particulares que incidieron en las negaciones de la doctrina católica fueron tres:
1. Cristo es el único sacerdote del NT (Heb 7,15-28). Por tal motivo no pueden existir
otros sacrificios, porque el sacrificio requiere un sacerdote.
2. La oblación y el sacrificio de Cristo fueron únicos (Heb 7,27). Luego la Eucaristía no
puede ser un sacrificio, al menos como lo enseña la Iglesia Católica.
3. La Eucaristía es en sentido estricto, un sacramento, una predicación enderezada a la fe.
Nos recuerda la Palabra y la promesa de Jesucristo para incitarnos a poner en ella la
esperanza.

3.2.1 La presencia real


Difiere básicamente de la interpretación católica medieval en tres puntos: 1º Niega la
transubstanciación. 2º Defiende la «companación». 3º La presencia de Cristo está limitada al uso
del sacramento (esto es, mientras se celebra).
La transubstanciación. Parece que el obstáculo, para él insuperable, es su educación
nominalista. Identifica el cuerpo de Cristo con el que resucitado subió a los cielos, de los cuales
no vendrá de nuevo sino en la parusía. Es claro que Lutero no es capaz de ver cómo Cristo
pueda moverse de un lugar a otro y estar al mismo tiempo en múltiples lugares. También por
este motivo rechaza la transubstanciación, la que considera una simple opinión, no una doctrina
de fe por no hallarse en la Escritura.

La companación debe entenderse como la permanencia del pan y del vino en su propio ser; en
ellos están simultáneamente el cuerpo y la sangre de Cristo en la Eucaristía.
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La presencia durante el uso del sacramento. Su afirmación de que Cristo está presente in uso
podría entenderse así: Cristo está presente en el pan y en el vino mientras se realiza el
sacramento. Lutero intentaba rescatar el carácter de acontecimiento de la acción eucarística.

3.3 Juan Calvino


Para Calvino, la eucaristía es el sacramento primordial, pero Cristo sólo está presente en figura.
Hay que distinguir el signo y lo significado. El cuerpo de Cristo sólo se come por la fe.

Ataca la transubstanciación y la companación, porque estas categorías presuponen que «el


cuerpo descendiese a la mesa y estuviese y estuviese en ella con una presencia local, de modo
que las manos, los dientes masticarlo y la garganta tragarlo». Y es que, para Calvino, hay una
realidad absoluta: Cristo, después de su ascensión, está localizado en el cielo, y no vendrá de
nuevo sino a juzgarnos al final de los tiempos. Para Calvino, esas teorías (transubstanciación y
companación) destruyeron por completo el misterio de la encarnación en un cuerpo
verdaderamente humano, el cual, aun resucitado, conserva sus cualidades humanas ahí donde
está: Cristo en la gloria.

Otro motivo para negar la transubstanciación es que ésta supone por necesidad que den pan y
del vino sólo queden «especies», o sea «apariencias». Afirmar esto sería una torpeza, porque
hablar de una realidad fantasmal se opone a la palabra de Cristo.

La presencia real de Cristo en la Santa Cena, ¿en qué sentido puede admitirla Calvino? Ante
todo, “yo entiendo, siguiendo lo que san Lucas y san Pablo declaran, que el pan es el cuerpo de
Cristo, porque es el testamento o pacto”. Es decir, en figura, como lo fueron en el AT aquellas
realidades que servían como signos verdaderos de una verdadera alianza.

Es necesaria la comunión para ser fieles a la institución de Cristo. No basta la fe, pues en el
sermón de Jn 6 el Señor habló de sí mismo como el pan de vida para quienes crean en él, pero
también de comer su cuerpo y de beber su sangre. Recibimos por la comunión, la vida eterna
que destila para nuestras almas el cuerpo vivo de Cristo en la gloria. Y esa propiamente se como
por la fe en su palabra,

Cristo no debe ser adorado en el sacramento por varios motivos. 1) es idolátrico adorar el pan,
así como lo sería adorar el agua del bautismo. 2) porque no hay palabra de Dios que ordene la
adoración, ni el Señor lo mandó en la última cena ni lo hizo la Iglesia apostólica. 3) porque el
Señor está en la gloria, la Santa Cena es su don, y es idolatría adorar el don y no a su dador.

Para Calvino, llamar a la Misa un sacrificio que se ofrece para el perón de los pecados, es el
engaño más abominable. Él tiene como base el presupuesto teológico acerca de la muerte
sustitutoria de Cristo, irrepetible por ser de valor infinito. Argumentos: 1) Jesucristo es el único
y sumo sacerdote, para ofrecer otros sacrificios serían necesarios más sacerdotes, los cuales
deberían tomar el lugar de Cristo. 2) El altar de la Misa destruye la cruz de Cristo. 3) La Santa
Cena no sería un testamento, el cual, para ser eficaz, supone la muerte del testador. Este no
necesita estar muriendo a cada hora para testar de nuevo. 4) La negación del sacerdocio como
sacramento. La ordenación no tiene fundamento en la Escritura. El único sacerdocio es el de
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todos los bautizados. 5) la Santa Cena sólo pude ser llamada sacrificio en el sentido de acción de
gracias.

3.4 El Concilio de Trento


3.4.1 Elementos dogmáticos
La presencia real de Cristo en la Eucaristía quedó definida como necesaria para la fidelidad a la
Palabra revelada. El concilio enseña: en el augusto sacramento de la Eucaristía, después de la
consagración del pan y del vino, se contiene verdadera, real y sustancialmente nuestro Señor
Jesucristo, verdadero Dios y hombre, bajo la apariencia (sub specie) de aquellas cosas sensibles
(DS 1636; Dz 874).

El canon contiene como elementos fundamentales: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero


hombre, está verdadera, real y substancialmente presente, y tal presencia empieza a ser real
después de la consagración del pan y del vino. «Trento repudia clara y firmemente toda forma
de presencia que fuese sólo metafórica, figurada o simbólica».

La Misa es un verdadero y propia sacrificio. El único sacrificio ofrecido por Cristo de una vez y
para siempre se consumó en la cruz. Este es el único sacrificio redentor por nuestros pecados. La
Misa es un sacrificio que Cristo mandó en memoria. Es una verdadera reactualización
sacramental, que «hoy lo hace presente de nuevo». Excluye que la Misa sea un sacrificio
únicamente en el sentido de alabanza, acción de gracias o conmemoración (canon 3: DS 1753;
Dz 950). La Misa no es propiamente una «obra meritoria» que produzca el perdón de los
pecados, sino que aplica el perdón al fiel, que por medio sacramental de la Eucaristía se hace
partícipe del mérito de Cristo.

3.4.2 Secuelas Teológicas


 La finalidad de la presencia real. Ante todo el sacramento fue instituido para recibirlo.
 La transubstanciación es el modo más adecuado para explicar la conversión del pan y
vino, en el cuerpo y sangre del Señor, de manera que tras la consagración éste es quien
se halla presente substancialmente (realmente) bajo las especies de pan y vino.
 Cristo se halla presente todo entero, cuerpo, sangre, alma y divinidad (toda su persona,
inseparable por el misterio de la unión hipostática desde su encarnación), en cada una de
las especies y en cada una de las partes de éstas. Lo que se fragmenta no es la persona de
Cristo, sino los signos bajo los cuales ella se encentra sacramentalmente.
 Sobre el culto. Siendo Cristo en su persona completa, cuerpo, sangre, alma y divinidad,
quien está presente bajo cada una de las especies del pan y vino, es claro que merece la
adoración de los fieles. Trento aprueba como lícito el culto que se rinde a Cristo en la
Eucaristía (canon 6: DS 1656; Dz 888). Sin embargo reconoce que el culto no es el fin
primario de la institución.
 Trento declara que es válido conservar el pan y el vino consagrados, pues el Señor está
presente en su propia persona. Sin embargo, la finalidad de la reserva es «que la misma
Sagrada Eucaristía sea llevada a los enfermos» (DS 1645; Dz 879).

3.4.3 Limitaciones del Concilio


El Concilio de Trento sin duda afirmó la fe de los católicos, tan golpeada por las críticas de la
Reforma. Sin embargo, restringió su intención a los elementos básicos para responder a los
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ataques. De hecho, no ofreció alguna novedad en la doctrina., sino que se ciñó a fundamentar la
práctica y doctrina comunes en la Iglesia.

 Ni en la Edad Media ni en Trento hubo una clara idea de la unidad entre el sacramento y
el sacrificio.
 No se ahondó en el significado de memorial. Tanto la Edad Media como Trento
afirmaron que no se trataba de un «simple recuerdo», pero no fueron capaces de ofrecer
una opción positiva que sirviese de justa alternativa.
 En relación con la presencia real. La afirmación está anclada en el ámbito ontológico;
falta mucho por desarrollar la presencia activa. La presencia se ha enfocado más como la
de Cristo víctima (entendiéndose en la cruz). Esta reducción no puede sino dificultar la
teología del sacrificio memorial.
 El concilio no indicó qué entendía por sacrificio.
 Trento dio algunos indicios útiles para entender la teología del memorial, pero no la
apuntó nítidamente.
 Trento prolongó el olvido de la acción del Espíritu Santo en la Eucaristía.

4. El Vaticano II y la Teología reciente


4.1 Los preludios al Vaticano II
La encíclica Sobre la Santísima Eucaristía de León XIII (28 de mayo de 1902) llamó seriamente
las conciencias de su época acerca de ese don que la Iglesia celebraba, pero sin darle su valor
como centro de la fe y de la vida cristiana. Fue san Pío X quien dio el impulso a dos costumbres
que ayudaron a ir cambiando la mentalidad eucarística en la Iglesia, mediante un decreto de
1905: la oportunidad de la comunión frecuente (y aun cotidiana) a todos los fieles cristianos (DS
3379; Dz 1985). Y que los niños reciban desde temprana edad, al llegar al uso de razón, la
primera comunión, y que en adelante sigan participando de la comunión frecuente. Pío XII dio
impulso a las iniciativas de renovación litúrgica, ya no limitadas a los ritos, sino fincada en la
teología y como expresión de fe viva de la Iglesia. Su encíclica Sobre el Cuero Místico de Cristo
marcó nuevos derroteros a la reflexión teológica.

4.2 La renovación del Vaticano II


El Vaticano II removió la teología y la práctica eucarísticas, junto con la dimensión trinitaria de
la estructura de la Iglesia y de toda la fe cristiana. Clave de este rejuvenecimiento ha sido el
retorno a las fuentes: la Sagrada Escritura y la Tradición.

4.3 Elementos teológicos de base


El Concilio se refiere a la institución de la Eucaristía como «el memorial de su muerte y
resurrección [de Cristo], sacramento de piedad signo de unidad, vínculo de amor, banquete
pascual en el cual se recibe a Cristo» (SC 47). En este pasaje se advierte el derrotero a seguir:
este misterio es a la vez «memorial de su muerte y resurrección», es decir, un verdadero
sacrificio, aunque de carácter memorial; y de modo inseparable «sacramento» y «banquete
pascual».

Unidad entre Palabra y sacramento. Las dos partes de que consta la misa, a saber, la liturgia de
la palabra y la liturgia eucarística, están tan estrechamente unidas entre sí, que constituyen un
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único acto de culto (SC 56) porque es el mismo quien en ambos está presente, aunque de manera
distinta. Ambos modos de estar presente en la Iglesia son inseparables.

El memorial. Cristo instituyó la Eucaristía como «memorial de su muerte y resurrección» (SC


47). En esta frase, tres aspectos doctrinales están entreverados: 1) La Eucaristía es un sacrificio
memorial, es decir, «la actualización y la ofrenda sacramental de su único sacrificio, en la
liturgia de la Iglesia que es su Cuerpo» (CEC 1362). 2) Siendo memorial (anámnesis) «de su
muerte y resurrección» es un verdadero sacrificio que hace presente en la Iglesia que lo celebra,
la oblación perenne de Cristo que una vez se ofreció de manera culminante en su muerte y
resurrección, pero que, resucitado, continúa siendo de modo permanente y para siempre nuestra
ofrenda al Padre. 3) Más no se trata de un sacrificio «original», que se repitiese como algo
nuevo cada vez que la Misa se celebra; sino de un sacrificio sacramental en cuanto a la forma
como se ofrece. Esto hace que propiamente no realicemos otro sacrificio cada vez que
celebramos la Eucaristía; sino que memorialmente hagamos presente entre nosotros el único
sacrificio u ofrecimiento que Cristo como sacerdote hizo al Padre.

4.4 Sacramento trinitario


Trinitarios son todos los sacramentos, a partir del bautismo. Nótese que iniciamos la celebración
«en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo», y la concluimos con la bendición
también en su nombre. Podemos decir que la celebración eucarística es nuestro credo celebrado.
Todas las Plegarias Eucarísticas (o Cánones de la Misa) concluyen con la doxología (o
glorificación) de la Trinidad.

5.4.1 La presencia del Padre


El Padre es la fuente de todo cuanto existe, y por eso lo confesamos Creador del cielo y de la
tierra, de todo lo visible y lo invisible. De él provienen incluso el Hijo y el Espíritu Santo;
aunque, a diferencia de nosotros, no como creados, sino como quienes proceden de su ser
mismo. La Eucaristía es un memorial del Padre. En ella ponemos ante nuestra conciencia los
beneficios que hemos recibido del él (berakah o bendición descendente), para reconocer quién
es él y quiénes nosotros delante de su presencia, y darle gracias al reconocer que de él todo lo
hemos recibido (la eucharistía). Todas las oraciones de la Misa, así como las oraciones de la
comunidad por todo el pueblo que siguen a la homilía, están al él dirigidas. Del Padre proviene
la Palabra, que en la Escritura se expresa con vocablos humanos, y en medio de los hombres se
expresa por la carne nacida de María como uno de nosotros. Al padre está dirigido siempre el
prefacio. Al Padre se pide que envíe su Espíritu para por medio de él consagrar el pan y el vino.
Es al Padre a quien se ofrece el sacrificio de la Misa. A él se elevan nuestras oraciones por todos
los miembros de la Iglesia, por el mundo, por la paz y por nuestros hermanos difuntos.

4.4.2 El memorial del Hijo de modo eminente


Aunque todos los sacramentos son mediaciones litúrgicas de Cristo, único sacramento del Padre,
sin embargo el sacramento por excelencia, fuente y a la vez cumbre de los otros, es la Eucaristía.
Esta es el sacramento del mismo Cristo en su propia presencia sacramental y en estado de
oblación perenne por nosotros, para salvarnos. Aquí se realiza permanentemente el oficio de
Cristo mediador entre el Padre y los seres humanos. Cristo no está presente de manera estática,
sino como quien cumple en sí mismo la promesa de salvación mesiánica de Yahvé. Está
presente no sólo como el Jesús de Nazaret, sino también como Jesús el ungido por el Espíritu.
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Por el misterio pascual de su Hijo, el Padre nos ha liberado del pecado y de todas sus
consecuencias. Esta es una liberación definitiva. Cristo es la Palabra del Padre que en la primera
parte de la liturgia eucarística de nuevo se nos concede por la proclamación de los textos
bíblicos y de la homilía. Él es quien, con las palabras de la institución de la Eucaristía, junto con
la unción del Espíritu Santo consagra el Pan y el vino para hacerse él mismo en persona presente
en nuestro medio. Él es quien se nos da en comida y en bebida.

4.4.3 La presencia del Espíritu Santo


«En el corazón de la Eucaristía se encuentran el pan y el vino que, por las palabras de Cristo y
por la invocación del Espíritu Santo, se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo» (CEC
1333). LG 10 atribuyó al Espíritu Santo la consagración de los fieles como «casa espiritual y
sacerdocio santo», por medio del bautismo. En LG 42 recordó que «Dios difundió su caridad en
nuestros corazones por el Espíritu Santo, y que el fiel participa de ella «sobre todo en la
Eucaristía». En PO 5 declaró que Cristo «ejerce por obra del Espíritu Santo, su oficio sacerdotal
a favor nuestro, y que «en la santísima Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia,
a saber, Cristo mismo, nuestra pascua y pan vivo por su carne que da la vida a los hombres,
vivificada y vivificante por el Espíritu Santo».

El modo de su presencia es diverso, naturalmente, de aquel como está presente Jesucristo, ya


que el Espíritu Santo no se ha encarnado. Sin embargo, está presente de diversas maneras. El
Espíritu Santo está presente actuando en Jesús, que instituyó la Eucaristía y sigue ahora
consagrando los dones con su palabra, no sólo como Jesús de Nazaret (en cuanto es hombre),
sino en cuanto él es Cristo, el ungido por el Espíritu. Muchos Padres han hallado un proceso
paralelo entre la Eucaristía y la encarnación: el Hijo se hizo carne por obra del Espíritu Santo
(Lc 1,35) y, en la Eucaristía, el Padre continúa el mismo plan salvífico. El Espíritu actúa en los
dones, porque su misión es santificar o consagrar. Obra en la comunidad de los fieles a fin de
unirlos entre sí para formar el Cuerpo cuya Cabeza es Cristo presente bajo el pan y el vino
consagrados; y para ligarlos entre sí, a fin de construir la Iglesia. Opera en el sacerdote que
preside, porque el ministerio de éste es un servicio a la consagración del Espíritu que recibió al
ser ordenado.

Realiza la consagración de los dones. Esta es la finalidad de la primera epíclesis. El espíritu


Santo consagra los dones por misión que recibe del Padre: mas no lo hace solo, sino unido a la
obra de Cristo, de la cual (aunque su propio sello se distinga) es inseparable. Los Padres de la
Iglesia afirmaron con fuerza la fe de la Iglesia en la eficacia de la Palabra de Cristo y en la
acción del Espíritu Santo para obrar la conversión del pan y vino en Cuerpo y Sangre de Cristo
(CEC 1375).

Construye la Iglesia en torno al cuerpo de Cristo. Rogamos al Padre que realice esta obra por su
Espíritu, en la segunda epíclesis, que el sacerdote proclama después de la consagración. «Por
medio de los sacramentos de la Iglesia, Cristo comunica su Espíritu, Santo y santificador, a los
miembros de su Cuerpo» (CEC 739).