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AGNUS DEI

Jonh Pielmeier
PRIMER ACTO

Escena Primera

(Oscuro. Se oye una bonita voz de soprano.)

AGNES. — Kyrie elcison, Kyrie eleison, Kyrie eleison. Chistie eleison, Christie
eleison. Kyrie eleison.

(Se enciende la luz iluminando a la doctora MARTA LIVINGSTONE.)

MARTA. — Recuerdo que, siendo una niña, fui a ver por lo menos cinco o seis veces
«La Dama de las Camelias», con Greta Garbo. Nunca pude soportar la idea de que muriese
tuberculosa. Cada vez que me sentaba en la butaca, contenía la respiración, expectante
aunque al final salía de mal humor y prometía volver otra vez con la esperanza de ver un
final feliz. En algún archivo perdido de Hollywood tenía que existir una versión doble, una
versión alternativa. Greta Garbo tenía que sobrevivir a la enfermedad. Fleming tenía que
haber llegado a tiempo para salvarla. Incluso hoy quiero creer que existe una doble versión
para todo... escondido en alguna parte tiene que existir un final feliz para cada historia.
Todo depende del interés que pongas en buscarlo y de cuanto lo necesites. (Pausa.)

El cadáver de la niña fue encontrado en una papelera con el cordón umbilical atado
ni cuello. A la madre la encontraron, inconsciente por la pérdida de sangre, a la puerta de
su habitación. La acusaron de homicidio y la juzgaron. Su caso me fue asignado a mí,
doctora Marta Livingstone, siquiatra, quien debía determinar si estaba o no en su sano
juicio. Yo quería ayudar... (a aquella joven créanme).
Escena Segunda

MADRE. — La doctora Livingstone, ¿supongo? (La MADRE se ríe ante su propia


frase.) Soy la Madre Miriam Ruth, superiora del convento donde vive la hermana Agnes.

DOCTORA. — ¿Qué tal? ¿Cómo está?

MADRE. — No me llame Madre si no quiere.

DOCTORA. — Gracias.

MADRE. — A muchas personas les resulta incómodo... o conduce a familiaridades


que muchos no están dispuestos a aceptar así de repente.

DOCTORA. — -Comprendo.

MADRE. — Por lo tanto, puede llamarme Hermana. Vengo a acompañar a la


Hermana Agnes a su consulta. La han permitido residir en el convento hasta que se celebre
el juicio.

DOCTORA. — Sí, ya... (lo sé).

MADRE. — Quiero ayudarla en lo que sea posible.

DOCTORA. — Gracias, Hermana, pero aún no conozco a la Hermana Agnes. Si


después de hablar con ella quedase algún punto poco claro, yo (con mucho gusto hablaría
con usted.)

MADRE. — Imagino que tendrá muchas preguntas que hacer.

DOCTORA. — En efecto, pero me gustaría hacérselas a Agnes.

MADRE. — Allí no va a poder servirla de mucha ayuda.

DOCTORA. — ¿A qué se refiere?

MADRE. — Ha enterrado el asunto. No se acuerda de nada. Yo soy la única que


puede contestar a sus preguntas

DOCTORA. — ¿La conoce bien?

MADRE. — Conozco a la Hermana Agnes perfectamente. Tenga en cuenta que


somos una orden contemplativa, no dedicada a la enseñanza. Nuestras diferencias son muy
pequeñas. A mí me eligieron superiora hace cuatro años, un poco antes de que la enviasen
con nosotras. Por lo tanto considero que estoy totalmente capacitada para contestar
cualquiera de sus preguntas. ¿Le importa dejar de fumar?

DOCTORA. — Lo siento. Debí preguntarle si le molestaba. (No apaga el cigarrillo.)

MADRE. — No le ofrezca una copa a un alcohólico, ¿no es eso lo que dicen?

DOCTORA. — ¿Era usted fumadora?

MADRE. — Dos cajetillas diarias.

DOCTORA. — Yo le gano, Hermana.

MADRE. — Lucky Strike. (La doctora se ríe.) Mi hermana solía decir que una de las
pocas cosas que se podían creer en este mundo de locos era la honestidad de los fumadores
de tabaco sin emboquillar.

DOCTORA. — Tiene usted una hermana inteligente.

MADRE. — Y usted tiene preguntas que hacer. Empiece. (Pausa.)

DOCTORA. — ¿Quién se enteró del embarazo de Agnes?

MADRE. — Nadie.

DOCTORA. — ¿Cómo logró ocultárselo a las otras monjas?

MADRE. — Se vestía y se bañaba a solas.

DOCTORA. — Eso es normal...

MADRE. — Sí.

DOCTORA. — ¿Cómo lo disimulaba durante el día?

MADRE. — (Sacudiendo su hábito.) Podía haber llevado oculta una ametralladora si


hubiese querido.

DOCTORA. — ¿En todo el tiempo no se le hizo ningún reconocimiento médico?

MADRE. — Nos hacemos un chequeo una vez al año y el embarazo ocurrió


entremedias.

DOCTORA. — Ya. ¿Quién encontró a la niña?


MADRE. — Yo. Aquella noche le había dado permiso a la hermana Agnes para
retirarse temprano, porque no se encontraba bien. Al cabo de algún tiempo fui a su cuarto...

DOCTORA. — ¿Las monjas tienen habitaciones separadas?

MADRE. — Sí. Y la encontré desvanecida en la puerta. Traté de reanimarla pero al


no conseguirlo llamé a otra monja para que avisara a una ambulancia. Fue entonces cuando
encontré... la papelera.

DOCTORA. — ¿La encontró?

MADRE. — Estaba escondida. Junto a la pared, debajo de la cama.

DOCTORA. — ¿Cómo se le ocurrió mirar allí?

MADRE. — Mientras limpiaba... estaba todo lleno de sangre.

DOCTORA. — Y estaba usted sola.

MADRE. — No, otra hermana, la Hermana Margarita estaba conmigo. Ella fue la
que avisó a la policía.

DOCTORA. — ¿Encontró algún diario... cartas...?

MADRE. — No la comprendo.

DOCTORA. — Algo que llevase a descubrir la identidad del padre.

MADRE. — Ah, ya... No, no encontré nada.

DOCTORA. — ¿Quién pudo ser?

MADRE. — No tengo ni idea.

DOCTORA. — ¿Qué hombres tenían acceso a ella?

MADRE. — Ninguno que yo sepa.

DOCTORA. — El médico es un hombre.

MADRE. — Sí...

DOCTORA. — ¿El médico es un hombre?

MADRE. — Sí, pero ya le he dicho que nunca... (le vio).


DOCTORA. — ¿Algún sacerdote...?

MADRE. — Sí, (pero)...

DOCTORA. — ¿Cómo se llama?

MADRE. — Es el padre Marshall. Pero, no le creo posible candidato… es muy


tímido.

DOCTORA. — ¿Pudo haber alguien más?

MADRE. — Es evidente que sí.

DOCTORA. — ¿En ese caso, por qué no se preocupó en descubrirle?

MADRE. — Me preocupé mucho de hacerlo, créame. Traté de sonsacarle algo a


Agnes pero aún... (no tengo la menor idea de cómo pudo tener a la niña).

DOCTORA. — Bueno. ¿Por qué no se lo preguntó?

MADRE. — Si no recuerda ni el alumbramiento ¿cómo cree que va a admitir la


concepción? Además, no veo que tiene que ver esto con ella...

DOCTORA. — Vamos, Hermana...

MADRE. — Lo importante es que alguien le dio esa niña, doctora, eso ya lo sabemos.
Pero ocurrió hace aproximadamente doce meses y no veo que la identidad de ese alguien
tenga que ver con el juicio.

DOCTORA. — ¿Por qué lo cree así?

MADRE. — No me pregunte a mí, no soy yo la paciente.

DOCTORA. — Pero yo soy el médico y quien decide lo que es o no es importante en


este caso.

MADRE. — Sí...

DOCTORA. — Entonces, ¿por qué quiere evitar mi pregunta?

MADRE. — No pretendo... (evitar).

DOCTORA. — ¿Quién es el padre?

MADRE. — No lo sé. (Pausa.)


DOCTORA. — Quiero verla ahora.

MADRE. — Doctora... no quisiera parecer descortés, pero... no me gusta. No me


refiero a su persona, sino...

DOCTORA. — ...a la siquiatría como ciencia.

MADRE. — Exacto. Por eso le ruego que trate a Agnes lo más rápida y sencillamente
que le sea posible. Ella es un ser débil, y no resistirá un interrogatorio...

DOCTORA. — Hermana, no soy el Tribunal de la Inquisición.

MADRE. — Ni yo pertenezco a la Edad Media, y por lo tanto no me engaña. Sé muy


bien quién es usted... usted es un cirujano y no voy a consentir que abra su cerebro.

DOCTORA. — ¿Acaso existe algo que no quiere... (que yo vea?).

MADRE. — Lo que quiero es que tenga cuidado, eso es todo.

DOCTORA. — Y que me dé prisa.

MADRE. — Sí.

DOCTORA. — ¿Por qué?

MADRE. — Porque Agnes es distinta.

DOCTORA. — ¿Al resto de las monjas?

MADRE. — Al resto de la gente. Ella es especial.

DOCTORA. — ¿En qué sentido?

MADRE. — Le ha sido concedida una gracia especial... ha sido bendecida.

DOCTORA. — ¿Qué quiere decir? (Se oye cantar a AGNES)

AGNES. — Gloria in excelsis Deo...

MADRE. — ¿Lo ve?

AGNES. — Et in terra pax hominibus bonae voluntatis...

MADRE. — Canta como un ángel.


AGNES. — Laudamus te

Benedicimus te

DOCTORA. — ¿Canta así con frecuencia cuando está sola?

MADRE. — Siempre.

AGNES. — Adoramus te

MADRE. — Le da vergüenza cantar delante de las demás.

AGNES. — Glorificamus te...

DOCTORA. — ¿Quien la enseñó a cantar?

MADRE. — No lo sé.

AGNES. — Gratias agimus Ubi propter magnam gloriam tuam

Domine Deus

Rex coelestis

Deus pater omnipotens

Domini Fili unigenite

Jesu Christie

MADRE. — (Mientras la canción anterior.) Cuando la oí cantar por primera vez


quedé hechizada y no podía asociar esa voz con la chiquilla sencilla y feliz que yo conocía.
Entonces sí que era feliz, doctora. Esa voz pertenece a otra persona.

AGNES. — Domine Deus

Agnus Dei

Filius Patris

Qui tolis peccata mundi

Miserere nobis

DOCTORA. — ¿Quiere decirle que pase, por favor?


MADRE. — Tendrá cuidado, ¿verdad?

DOCTORA. — Siempre tengo cuidado, Hermana.

MADRE. — ¿Puedo quedarme?

DOCTORA. — No.

(La MADRE sonríe.)

MADRE. — Le diré que pase.


Escena Tercera

(AGNES continúa cantando en esta escena.)

AGNES. — Qui tollis peccata mundi

Suscipe deprecationem nostram

Qui sedes ad dexteram Patris,

Miserere nobis.

Quonian tu solus sanctus,

Tu solus Dominus,

Tu solus Altissimus,

Jesu Christe

Cum Sancto Spiritu

In gloria Dei Patris.

DOCTORA. — (Hablando mientras AGNES canta.) Una multitud que había


participado en un linchamiento se presentó ante el juez quien los acusó de colgar a un
hombre sin haber celebrado un juicio imparcial y justo. «Señoría», dijo el cabecilla:
«escuchamos muy atentamente y con toda imparcialidad cada una de las frases que
pronunció y luego colgamos a aquél hijo de perra».

Yo quise ser objetiva pero la Madre Miriam no me creyó. Ella no podía saber lo de
Marie, pero debió sospechar algo. Marie era mi hermana pequeña y cuando tenía quince
años, decidió que tenía vocación y quiso ingresar en un convento. Mi madre la llevó sin
pensarlo dos veces y nunca más volví a verla. Una noche me avisaron de que Marie había
muerto de una apendicitis aguda sin recibir asistencia médica, porque la Madre superiora
no accedió a que la llevaran a un hospital. (Se ríe.) En el fondo de mi corazón, creo que no
podía ser muy objetiva e imparcial, ¿verdad? Pero, lo intenté.

(Pausa.)
Recuerdo la espera para poder ver el cadáver de mi hermana Marie, en una pequeña
celda del convento. Contemplando aquellas paredes, aquél suelo inmaculado, me dije:
«Dios mío, qué metáfora para estas mentes». En aquel momento me di cuenta de que mi
religión y mi Dios es esto, mi mente. Cada cosa de este mundo que no comprendo está
contenida en estos pocos centímetros cúbicos. Bajo esta concha de piel, huesos y sangre
tengo el secreto de absolutamente todo. Cuando miro un árbol me digo: «No es maravilloso
que yo haya creado algo tan verde?». Dios no está ahí fuera. Está aquí dentro. Dios eres tú,
o mejor aún, tú eres Dios. La Madre Miriam no podía entender esto, por supuesto... Me
recordaba en tantos aspectos a mi propia madre... En cuanto a Agnes..., bueno... (sólo con
oír su voz...).

(La doctora se interrumpe ante la aparición de AGNES)


Escena Cuarta

AGNES. — Hola.

DOCTORA. — Hola, soy la doctora Livingstone... y quisiera hablar contigo...

AGNES. — Sí, lo sé...

DOCTORA. — Tienes una voz preciosa.

AGNES. — No, yo no.

DOCTORA. — Estaba oyéndote hace un momento...

AGNES. — No era yo.

DOCTORA. — ¿Quién cantaba entonces, la recepcionista? ¿Te has fijado en ella? ¿Esa
larguirucha con el pelo teñido de azul que parece un avestruz?

(AGNES sonríe.)

No está bien que lo diga, pero es que es exacta, ¿no crees?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — Pues como te decía, no creo que fuera ella, porque una vez empezó a
cantar y a uno de mis pacientes se le rompieron los cristales de las gafas.

(AGNES se ríe.)

DOCTORA. — Eres muy atractiva, Agnes.

AGNES. — No, no lo soy.

DOCTORA. — ¿No te lo han dicho nunca?

AGNES. — No sé.

DOCTORA. — Pues te lo digo yo ahora. Eres una chica muy guapa y tienes una voz
preciosa.

AGNES. — ¿Por qué no hablamos de otra cosa?


DOCTORA. — ¿De qué te gustaría hablar?

AGNES. — No lo sé.

DOCTORA. — Di algo, lo primero que se te ocurra.

AGNES. — Dios..., pero no hay nada que decir sobre Dios.

DOCTORA. — Di la segunda cosa que se te pase por la mente.

AGNES. — Amor.

DOCTORA. — ¿Por qué amor?

AGNES. — No sé.

(Pausa.)

DOCTORA. — ¿Has amado alguna vez a alguien?

AGNES. — A Dios.

DOCTORA. — Quiero decir si has amado a algún ser humano.

AGNES. — Ah, sí.

DOCTORA. — ¿A quién?

AGNES. — A todos.

DOCTORA. — ¿Alguno en particular?

AGNES. — ¿Ahora?

DOCTORA. — Sí.

AGNES. — A tí.

(Pausa.)

DOCTORA. — ¿Has amado a algún hombre que no sea Jesucristo?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — ¿A quién?
AGNES. — A muchos.

DOCTORA. — ¿Al padre Marshall, por ejemplo?

AGNES. — Sí, sí.

DOCTORA. — ¿Y él te quiere también?

AGNES. — Claro, estoy segura.

DOCTORA. — ¿Te lo ha dicho?

AGNES. — No, pero cuando le miro a los ojos lo veo en ellos.

DOCTORA. — ¿Alguna vez habéis estado solos?

AGNES. — Sí...

DOCTORA. — ¿Muy a menudo?

AGNES. — Por lo menos una vez a la semana.

DOCTORA. — (Compartiendo el tono alegre de AGNES.) ¿Y te gusta estar con él?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — ¿Dónde os encontráis?

AGNES. — En el confesonario.

(Decepción de la doctora.)

DOCTORA. — Ya... Y, ¿has estado con él alguna vez... (fuera del confesonario?).

AGNES. — Quieres que hablemos del bebé, ¿verdad?

DOCTORA. — ¿Te gustaría hacerlo?

AGNES. — Nunca he visto ningún bebé. Creo que se lo han inventado ellos.

DOCTORA. — ¿Quién?

AGNES. — La policía.

DOCTORA. — ¿Por qué iban a hacerlo?


AGNES. — No sé.

DOCTORA. — ¿Recuerdas la noche que dicen que nació?

AGNES. — No, estaba enferma.

DOCTORA. — ¿Qué te pasaba?

AGNES. — Comí algo que me sentó mal.

DOCTORA. — ¿Tenías dolores?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — ¿Dónde?

AGNES. — Ahí abajo.

DOCTORA. — Y, ¿qué hiciste?

AGNES. — Me fui a mi cuarto.

DOCTORA. — ¿Qué pasó en tu cuarto?

AGNES. — Me puse peor.

DOCTORA. — Y, ¿entonces?

AGNES. — Me quedé dormida.

DOCTORA. — ¿Sintiendo aquellos dolores?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — ¿Y de dónde salió el bebé?

AGNES. — ¿Qué bebé?

DOCTORA. — El que dices que se inventaron.

AGNES. — De sus cabezas.

DOCTORA. — ¿Es eso lo que dijeron ellos?

AGNES. — No, ellos dijeron que salió de la papelera.


DOCTORA. — Y, ¿antes de salir de la papelera, de dónde vino?

AGNES. — De Dios.

DOCTORA. — ¿Después de venir de Dios y antes de salir de la papelera?

AGNES. — No te entiendo.

DOCTORA. — ¿Cómo nacen los niños?

AGNES. — ¿No lo sabes?

DOCTORA. — Sí, sí lo sé, pero quiero que tú me... (lo digas).

AGNES. — ¡No sé de qué me hablas! Tú quieres hablar del bebé, todo el mundo
quiere hablar del bebé, pero yo nunca he visto al bebé y por lo tanto, no puedo hablar de él,
porque no creo que exista.

DOCTORA. — En ese caso, hablaremos de otra cosa.

AGNES. — ¡No! ¡Estoy harta de hablar! Llevo semanas enteras hablando, y nadie me
cree lo que digo..., nadie me escucha.

DOCTORA. — Yo te escucho..., es parte de mi trabajo.

AGNES. — Pero no quiero contestar a más preguntas.

DOCTORA. — ¿Prefieres ser tú quien me pregunte a mí?

AGNES. — ¿A qué te refieres?

DOCTORA. — A eso. Tú me preguntas y yo te contesto.

AGNES. — ¿Te pregunto sobre cualquier cosa?

DOCTORA. — Sobre cualquier cosa.

AGNES. — ¿Cómo te llamas?

DOCTORA. — Marta Luis Livingstone.

AGNES. — ¿Estás casada?

DOCTORA. — No.
AGNES. — ¿Te gustaría estar casada?

DOCTORA. — No, por ahora, no.

AGNES. — ¿Tienes hijos?

DOCTORA. — No.

AGNES. — ¿Te gustaría tenerlos?

DOCTORA. — Ya no puedo.

AGNES. — ¿Por qué?

DOCTORA. — Pues..., ya no tengo la menstruación.

AGNES. — ¿Por qué fumas?

DOCTORA. — ¿Te molesta?

AGNES. — Nada de preguntas.

DOCTORA. — El fumar es como una obsesión en mí. Empecé a fumar cuando murió
mi madre..., ella también era una obsesión para mí. Supongo que si me obsesionase con otra
cosa, dejaría de fumar. ¿Te arrepientes de haberme preguntado, eh? ¿Quieres saber alguna
otra cosa?

AGNES. — Una.

DOCTORA. — ¿De qué se trata?

AGNES. — ¿De dónde crees tú que vienen los niños?

DOCTORA. — De sus padres y madres, desde luego. Antes de eso, ya no sé.

AGNES. — Yo creo que los niños vienen cuando un ángel se aparece ante sus madres
y les susurra algo al oído. Los niños buenos empiezan a formarse en esos momentos. los
niños malos vienen cuando un ángel caído empieza a hurgar ahí abajo y ellos crecen y
crecen hasta que salen por ahí. Sin embargo, los niños buenos no sé por dónde salen.

(Pausa.)

Y no se les nota nada excepto porque los niños malos lloran mucho, y hacen que sus
padres les abandonen y sus madres se ponen muy enfermas y a veces, hasta llegan a morir.
Mi mamá no era feliz cuándo se murió, y creo que fue al infierno porque cada vez que la
veo, parece que acaba de salir de una ducha de agua caliente. Y nunca estoy segura de si es
ella o la Señora que me dice cosas. Las dos luchan siempre por mí. A la Señora la vi cuando
tenía diez años. Estaba tumbada en el césped mirando al sol. De repente, el sol se tapó con
una nube y de la nube salió una Señora. Me dijo que quería hablarme, y de pronto sus pies
empezaron a sangrar. Vi que tenía agujeros en los pies, en las manos y en el costado. Traté
de recoger la sangre que caía del cielo, pero no podía ver, porque me dolían mucho los ojos
y tenía unas tremendas manchas negras delante de ellos. Ella siempre me dice cosas, como
por ejemplo, ahora está gritando: «Marie...», pero no sé lo que me quiere decir. A mí me
utiliza para cantar. Es como si me tirase un gran anzuelo y me enganchara por las costillas e
intentara alzarme, pero no me puedo mover, porque mi mamá me tiene sujeta por los pies y
lo único que puedo hacer, es cantar con su voz... Es la voz de la Señora... Dios te ama...

(Pausa.) Dios te ama.

DOCTORA. — ¿Conoces a alguien que se llame Marie?

AGNES. — No, ¿y tú?

(Pausa.)

DOCTORA. — ¿Tendría que conocerla?

AGNES. — No sé.

(Pausa.)

DOCTORA. — ¿Las oyes a menudo...? (me refiero a las voces).

AGNES. — No tengo ganas de hablar más. Quiero irme.


Escena Quinta

MADRE. — Y bien, ¿qué piensa? ¿Está completamente loca? O quizás está


completamente sana y es una perfecta mentirosa. ¿Ha sacado alguna conclusión?

DOCTORA. — Aún no, ¿y usted?

MADRE. — ¿Yo?

DOCTORA. — Usted la conoce mejor que yo.

MADRE. — Bueno... yo creo que no está loca..., ni tampoco creo que mienta.

DOCTORA. — ¿Entonces, cómo es posible que haya tenido un hijo y no sepa nada
respecto al sexo ni al parto?

MADRE. — Porque es una criatura inocente. Un ser elegido que no ha tocado nadie
excepto Dios. En su mente no hay lugar para esas cosas...

DOCTORA. — Bobadas.

MADRE. — No, en su caso no lo son. Su madre la tenía metida en casa


prácticamente siempre. Apenas fue al colegio. No entiendo como su madre lo pudo hacer,
pero el caso es que lo hizo. Y cuando la madre murió, Agnes se vino con nosotras. Nunca ha
estado «por ahí». Jamás ha visto ni siquiera cine o televisión, ni ha leído ningún libro.

DOCTORA. — Si usted cree que es inocente... ¿cómo pudo matar a la niña?

MADRE. — No la mató. Fue un homicidio casual, no un asesinato. No la mató


conscientemente. No sé cómo ustedes lo denominarán en su jerga siquiátrica-profesional.
Dice la verdad cuando asegura que no recuerda nada. Perdió mucha sangre, estaba
desmayada cuando la encontré...

DOCTORA. — ¿Quiere decir que mató al bebé, lo tiró en la papelera y llegó


arrastrándose hasta la puerta... en una especie de trance?

MADRE. — No me importa lo que usted crea. Usted es el siquiatra, no el jurado.

DOCTORA. — ¿Alguien más pudo haber matado al bebé?

(Pausa.)
MADRE. — No, según la policía.

DOCTORA. — Y, ¿según usted?

MADRE. — Ya le he dicho lo que pienso.

DOCTORA. — Que estaba inconsciente en esos momentos, sí, precisamente por eso
alguien pudo haber entrado en su cuarto y... (matarle).

MADRE. — No pensará realmente que... (ocurrió algo así).

DOCTORA. — Está dentro de lo posible, ¿no cree?

MADRE. — ¿Quién pudo ser?

DOCTORA. — No sé... quizás alguna otra monja. Pudo descubrirlo todo, y quiso
evitar el escándalo.

MADRE. — Eso es absurdo.

DOCTORA. — ¿Nunca se paró a pensar en esa posibilidad?

MADRE. — Nadie estaba enterado del embarazo de Agnes. Nadie, ni siquiera la


propia Agnes.

(Pausa.)

DOCTORA. — ¿Cuándo se enteró usted de su inocencia..., de su forma de pensar?

MADRE. — Al poco tiempo de estar entre nosotras.

DOCTORA. — Y, ¿no le sorprendió?

MADRE. — Quedé completamente desconcertada... igual que está usted en estos


momentos. Pero, ya se acostumbrará.

DOCTORA. — ¿Qué ocurrió?

MADRE. — Dejó de comer..., perdió el apetito por completo.

DOCTORA. — ¿Fue antes del embarazo?

MADRE. — Sí, dos años antes.

DOCTORA. — ¿Cuánto tiempo estuvo sin comer?


MADRE. — No lo sé..., creo que unas dos semanas antes de que yo me enterase.

DOCTORA. — ¿Por qué lo hizo?

MADRE. — En principio se negó a explicarlo. Cuando la trajeron ante mí... parece


que formo parte de un tribunal, ¿verdad?... en fin, cuando nos quedamos solas, confesó...
Dijo que se lo había mandado Dios.

(Aparece AGNES. Durante el desarrollo de la escena siguiente, una de las manos de


AGNES está escondida, de forma que queda invisible debajo de los pliegues del hábito.)

¿Te lo dijo El mismo?

AGNES. — No.

MADRE. — ¿Fue a través de otra persona?

AGNES. — Sí.

MADRE. — ¿De quién?

AGNES. — No lo puedo decir.

MADRE. — ¿Por qué?

AGNES. — Ella me castigaría.

MADRE. — ¿Es una de las Hermanas?

AGNES. — No.

MADRE. — ¿Quién es?

(Pausa.)

¿Por qué te pidió que hicieras esto?

AGNES. — No lo sé.

MADRE. — ¿Por qué crees que lo hizo?

AGNES. — Porque estaba engordando.

MADRE. — ¡Por el amor de Dios!


AGNES. — Sí, estoy engordando..., tengo demasiados kilos encima.

MADRE. — Agnes...

AGNES. — Estoy como una bola.

MADRE. — ...¿qué importa el que estés gorda o no?

AGNES. — Porque...

MADRE. — Aquí no tienes que preocuparte de estar atractiva…

AGNES. — Sí, debo de estar atractiva ante Dios.

MADRE. — Dios le quiere tal como eres.

AGNES. — No... El odia a las personas gordas.

MADRE. — ¿Quién le lo ha dicho?

AGNES. — La gordura es un pecado.

MADRE. — ¿Por qué?

AGNES. — Fíjese en todas las imágenes... siempre son delgadas

AGNES. — Están delgadas porque sufren.

MADRE. — ¿Quién…?

AGNES. — El sufrimiento es hermoso y yo quiero ser hermosa.

MADRE. — ¿Quién te dice esas cosas?

AGNES. — Cristo lo dijo en la Biblia. Dijo: «Bienaventurados los niños pequeños que
sufren porque de ellos es el Reino de los Cielos». Yo quiero sufrir como un niño pequeño.

MADRE. — Eso no es lo... (que El quiso decir).

AGNES. — Yo soy una niña pequeña pero mi cuerpo se empeña en hacerse grande...
Yo no quiero que se haga grande, porque entonces no podré entrar..., no podré entrar en el
Reino de los Cielos.

MADRE. — Mi querida Agnes, el Cielo no es... (un lugar con rejas ni ventanas).
AGNES. — (Sujetándose el pecho con ambas manos.) Mire esto... necesito perder
toda esta carne...

MADRE. — (Acercándose a AGNES.) ¡Mi pobre niña!

AGNES. — ¡Estoy demasiado gorda! ¡Mírelo! ¡Soy como una bola! Dios hizo que
explotase el zepelín y también me hará explotar a mí. Ella me lo dijo.

MADRE. — ¿Quién?

AGNES. — Mi mamá. Cada vez iré hinchándome más y más hasta llegar un
momento en que explote. Sin embargo, si consigo mantenerme pequeña, eso no ocurrirá.

MADRE. — ¿Tu madre te ha dicho esas cosas? (Silencio.) Agnes..., tu madre está
muerta.

AGNES. — Pero me vigila..., me escucha.

MADRE. — Tonterías. Ahora tu Madre soy yo y quiero que comas.

AGNES. — No tengo hambre.

MADRE. — Tienes que comer algo, Agnes.

AGNES. — No, con la sagrada forma tengo suficiente.

MADRE. — No creo que la sagrada forma venga en absoluto dentro de la «dieta


diaria recomendada».

AGNES. — Por Dios, sí.

MADRE. — Sí, claro, por Dios, sí.

AGNES. — ¿Qué significa esa palabra para usted?

MADRE. — ¿Dios? ¿Es que no lo sabes?

AGNES. — ¿Que Dios es nuestro Padre?

MADRE. — Sí, pero solo es nuestro padre espiritual.

AGNES. — Ella dice que Dios nos entrega a nuestras madres cuando somos tan sólo
un puñado de huesos y no pesamos más de tres kilos.

MADRE. — ¡Dios mío!


AGNES. — Tengo que llegar a pesar tres kilos, Madre.

MADRE. — A este paso bajarás hasta los dos. Ven aquí

(La MADRE extiende los brazos para abrazarla, pero AGNES la rechaza y mantiene
aún la mano escondida bajo los pliegues del hábito. La MADRE se fija en ese detalle.)

¿Qué te pasa?

AGNES. — He sido castigada.

MADRE. — ¿Por qué?

AGNES. — No sé.

MADRE. — ¿Cómo?

(AGNES enseña una mano envuelta en un pañuelo lleno de sangre.)

MADRE. — ¿Qué te ha pasado?

(AGNES se quita el pañuelo.)

¡¡Jesús...!! ...¡Jesús..,!...

AGNES. — Me empezó esta mañana y no he conseguido que se me corte. ¿Por qué a


mí, Madre? ¿Por qué a mí?

DOCTORA. — ¿Cuánto tiempo le duró?

MADRE. — Había desaparecido a la mañana siguiente.

DOCTORA. — ¿Le ha vuelto a ocurrir después?

MADRE. — No, que yo sepa, no.

DOCTORA. — ¿No la mandó al médico?

MADRE. — No vi la necesidad. Ella empezó a comer de nuevo y eso... (era lo único


que importaba en aquel entonces).

DOCTORA. — ¿Usted pensó que con que tuviera el estómago lleno ya no había por
qué preocuparse?

MADRE. — Claro que no lo pensé así. Oiga, sé lo que cree... que se trata de una
histérica pura y simple.

DOCTORA. — No, simple, no.

MADRE. — Lo vi con mis propios ojos... Tenía completamente atravesada la palma


de la mano... ¿Cree que eso lo puede hacer la histeria?

DOCTORA. — Ha ocurrido desde hace siglos... su caso no es el único... se trata


sencillamente de una víctima más.

MADRE. — Sí, una víctima de Dios. Ahí está su inocencia... ella pertenece a Dios.

DOCTORA. — Y mi intención es apartarla de Él, ¿es lo que usted teme, verdad?

MADRE. — Estoy segura.

DOCTORA. — Yo prefiero decir que trato de abrirle la mente.

MADRE. — ¿Ante el mundo?

DOCTORA. — Ante sí misma de forma que se pueda curar.

MADRE. — Su labor es diagnosticar, no curar.

DOCTORA. — Es cuestión de puntos de vista.

MADRE. — ...Hablo del punto de vista del... (juez).

DOCTORA. — Habla de su propio punto de vista. Yo estoy aquí para ayudarla. Es


mi obligación como médico.

MADRE. — Pero no como funcionario del Ministerio de Justicia. Usted tiene que
hacer un diagnóstico lo más rápidamente posible y no interferir en un proceso a punto de
celebrarse. Estoy repitiendo las palabras del juez, no las mías.

DOCTORA. — Y, ¿qué pasará entonces? Si digo que está loca la internarán en un


manicomio. Y si digo que está sana, la meterán en la cárcel.

MADRE. — Dictamine «locura temporal».

DOCTORA. — Sí, claro... Actuando en conciencia puedo decir que una chiquilla que
a los diez años ve mujeres bajando del cielo, sangrando de pies y manos, y once años más
tarde estrangula a una recién nacida, padece una locura temporal. No, Hermana, este caso
es un poco más complicado de lo que usted cree.
MADRE. — Cuanto más tiempo tarde en tomar una decisión, más difícil será para
Agnes.

DOCTORA. — ¿Por qué?

MADRE. — Enfrentarse al mundo puede resultar una experiencia muy perjudicial


para alguien que no lo ha visto en veintiún años.

DOCTORA. — En consecuencia, está queriendo decir que cuanto antes la metan en


la cárcel, mucho mejor.

MADRE. — Confío en que cualquiera que sea la sentencia, el juez le permitirá volver
al convento y cumplir allí su condena.

(Pausa.)

DOCTORA. — En fin... ya veremos...

MADRE. — ¿Usted no la permitiría volver... (al convento)?

DOCTORA. — Digamos que no la devolvería a la fuente de donde nace su


problema, no.

MADRE. — Su decisión no tiene nada que ver con el lugar donde Agnes cumplirá...
(su condena).

DOCTORA. — Mi decisión puede ser definitiva en todo y para todo.

MADRE. — ¿Está dispuesta a enviarla a la cárcel?

DOCTORA. — Si llego a la conclusión de que es culpable de un crimen premeditado,


sí.

MADRE. — ¿Y a un manicomio?

DOCTORA. — Si pienso que la haría algún bien, sí.

MADRE. — La mataría.

DOCTORA. — Lo dudo.

MADRE. — Estoy luchando por la vida de esta mujer, no por su inocencia temporal.

DOCTORA. — ¿También estaba luchando por su vida cuando no permitió que la


viera un médico?
MADRE. — ¿Qué?

DOCTORA. — ¡Tenía atravesada la palma de la mano! ¡Podía haber muerto


desangrada! Pero, entonces, usted, no pensó el llevarla urgentemente al hospital... La pobre
chiquilla podría haber muerto por una estúpida... (e irracional idea de que estaba mejor en
el convento).

MADRE. — Lo cierto es que no murió.

(Silencio.)

Si alguien hubiese visto lo que yo vi, hoy la pobrecilla sería de propiedad pública.
Periódicos, revistas, siquiatras, ridículo... No, ella no lo merece.

DOCTORA. — Eso es lo que tiene ahora.

MADRE. — Sí... es cierto.

(Se oye cantar a AGNES. Su cántico se escucha durante la escena siguiente.)

AGNES. — Credo in unum Deum

Patrem omnipotentem

factorum coeli et terrae

visibilium omnium et invisibilium

Et in unum Dominum Jesum Christum

Filium Dei unigenitum.

Et ex Patre natum

ante Omnia saecula.

Deum de Deo,

Lumen de lumine

Deum verum de Deo vero

Genitum, nom factum,

Consubstantiallem Patri,
Per quem omnia facta sunt.

Qui propter nos homines,

Est descendis de coelis.

Et incarnatus est de Spiritu Sancto

Ex Maria Virgine:

Et Homo Factus Est.


Escena Sexta

(Continúa escuchándose la voz de AGNES durante el principio de. la escena.)

DOCTORA. — Mi madre y yo teníamos unas discusiones terribles. Recuerdo que


tenía unos doce o trece años cuando le dije un día que eso de Dios era «un cuento de hadas
de los más rollo». Había estado toda la noche pensando lo que le iba a decir... Se indignó
muchísimo y me dijo que «cómo me atrevía a hablarle de esa manera». Parecía que ella era
la ofendida. Poco después de morir Marie, fui novia de un chico francés... un chico muy
romántico... al cual mi MADRE despreciaba y por supuesto yo adoraba. Cuántas noches
discutíamos a voces a causa del pobre chico. (Se ríe.)

Y pensar que luego... durante años... ni he vuelto a pensar en él. Tampoco he vuelto a
verle desde que le dejé... perdóname, mon cher Maurice, desde que me dejó... En realidad,
lo que ocurrió es que me quedé embarazada y no quería verme a mí misma como mi...
madre... Maurice, por el contrario sí... por lo tanto...

(Pausa.)

Una vez, poco tiempo antes de morir mi madre... cuando ya no era una persona muy
lúcida... en un arrebato de ira... le dije que Dios estaba muerto. ¿Saben lo que hizo? Se
arrodilló y empezó a orar por mi alma. Dios nos ama. Ojalá nosotros, los ateos, tuviéramos
un conjunto de palabras que significasen tanto como estas tres. Dios nos ama. Yo nunca fui
una buena católica... mis dudas sobre la fe empezaron cuando tenía seis años... luego, al
morir Marie me alejé de la religión tanto y tan rápidamente como pude. Mi madre nunca
me lo perdonó. Y yo nunca perdoné a la Iglesia. Sin embargo, he aprendido a vivir con mi
ira... incluso llegué a olvidarla hasta que ella entró en mi despacho, y cada vez que la vi
después de aquel maravilloso momento, me sentía cada vez más y más extasiada.

(Pausa.)

Marie. Marie.
Escena Séptima

AGNES. — ¿Sí, doctora?

DOCTORA. — Agnes, quiero que me cuentes qué sientes por los niños.

AGNES. — No me gustan... me dan miedo. Temo que los voy a dejar caer. Además,
siempre están creciendo, ¿sabe? Pienso que van a crecer rápidamente y se me van a salir de
los brazos. Tienen una parte de la cabeza aún abierta y si los dejas caer y se golpean en ella
pueden quedar tontos. Es lo que a mí me pasó y por eso no comprendo las cosas.

DOCTORA. — ¿Qué cosas?

AGNES. — Los números. No sé dónde terminan. Puedo pasarme horas y horas


contando y nunca llego al final.

DOCTORA. — Bueno, yo tampoco los entiendo y ¿por eso crees que yo también me
caí de cabeza?

AGNES. — No, supongo que no. Es una cosa horrible, una de las mayores desgracias
que pueden ocurrir en la vida, el caerse de cabeza. Pero, hay otras cosas, además de los
números.

DOCTORA. — ¿Qué cosas?

AGNES. — Cosas... A veces, me despierto y noto que el mundo se me escapa. No


puedo mantenerme derecha.

DOCTORA. — ¿Y, qué haces?

AGNES. — Hablar con Dios. El no me asusta.

DOCTORA. — Ya. ¿Quizás por esto te has metido a monja?

AGNES. — Supongo que sí. Yo no podría vivir sin Él.

DOCTORA. — ¿No crees que Dios está también presente en otras religiones y en
otros sistemas de vida?

AGNES. — No lo sé.

DOCTORA. — ¿Yo no podría hablar con Él?


AGNES. — Puedes intentarlo, pero no sé si te escuchará.

DOCTORA. — ¿Por qué no me iba a escuchar?

AGNES. — Porque tú no le escuchas a Él.

DOCTORA. — Agnes, ¿has pensado alguna vez en dejar el convento por alguna otra
cosa?

AGNES. — ¡No! ¡No existe ninguna otra cosa! En el convento soy feliz. El simple
hecho de estar ahí me ayuda a dormir por las noches.

DOCTORA. — ¿No duermes bien?

AGNES. — Tengo muchos dolores de cabeza. Mi mamá los tenía también. Solía
tumbarse a oscuras con un paño húmedo en la frente y me decía que me marchase de su
cuarto. No, pero ella no era ninguna tonta, al contrario, era muy inteligente. Sabía todo,
incluso sabía cosas que no conocía nadie más que ella.

DOCTORA. — ¿Qué cosas?

AGNES. — El futuro. Sabía lo que me iba a ocurrir a mí y por eso me escondió,


aunque a mí no me importó que lo hiciera porque el colegio no me gustaba demasiado... y
además me gustaba mucho estar con mi mamá... Ella siempre me contaba muchas cosas...
Me dijo que iba a entrar en un convento... Incluso estaba enterada de esto.

DOCTORA. — ¿De esto?

AGNES. — Sí, de esto.

DOCTORA. — ¿De mí?

AGNES. — De esto.

DOCTORA. — Y, ¿cómo se enteró de... esto?

AGNES. — Alguien se lo dijo.

DOCTORA. — ¿Quién?

AGNES. — No lo sé.

DOCTORA. — Agnes...

AGNES. — Te vas a reír.


DOCTORA. — Te prometo que no me reiré.

AGNES. — Un ángel. Durante uno de sus dolores de cabeza... antes de que yo


naciera.

DOCTORA. — ¿Tu madre veía ángeles con frecuencia?

AGNES. — No, sólo cuando la dolía la cabeza. Y no siempre, sólo algunas veces.

DOCTORA. — ¿Tú ves ángeles?

AGNES. — (Muy apresuradamente.) No.

DOCTORA. — ¿Crees que tu madre los veía en realidad?

AGNES. — No, pero nunca pude decírselo.

DOCTORA. — ¿Por qué no?

AGNES. — Porque se habría enfadado y me habría castigado.

DOCTORA. — ¿Cómo te habría castigado?

AGNES. — Castigándome...

DOCTORA. — ¿Tú querías a tu madre?

AGNES. — Sí, Sí...

DOCTORA. — ¿Tú quisiste ser madre alguna vez?

AGNES. — No, no podría ser madre nunca.

DOCTORA. — ¿Por qué no?

AGNES. — Porque aún soy muy pequeña. Además, no quiero tener un niño.

DOCTORA. — ¿Por qué no?

AGNES. — Porque no quiero.

DOCTORA. — Pero si lo quisieras... ¿qué harías para tenerlo?

AGNES. — Adoptaría uno.


DOCTORA. — ¿Y de dónde vendría el niño que adoptases?

AGNES. — De una agencia.

DOCTORA. — Y, ¿antes de la agencia?

AGNES. — De alguien que no quisiera tener un niño.

DOCTORA. — ¿Alguien como tú?

AGNES. — No, ¡como yo, no!

DOCTORA. — Pero, ¿cómo iba esa persona a tener un niño si no lo quisiese?

AGNES. — Por error.

DOCTORA. — ¿Cómo te tuvo a ti tu madre?

AGNES. — ¡Por error! Fue por error.

DOCTORA. — ¿Te lo dijo ella?

AGNES. — Lo que quieres hacerme confesar es que ella era una mala madre y me
odiaba, no me quería... pero, eso no es cierto… ella me quería... era una buena mujer... una
santa... y quiso que yo naciera. Tú no quieres oír el lado bueno, sólo te interesa lo malo...

DOCTORA. — Agnes, no puedo comprender que no sepas nada del sexo...

AGNES. — No es culpa mía si soy idiota.

DOCTORA. — ...que no tengas ni idea de quién es el padre de tu hijo...

AGNES. — ¡Ellos lo inventaron!

DOCTORA. — ...que tampoco recuerdes nada del embarazo...

AGNES. — ¡No tengo la culpa!

DOCTORA. — ...y que tampoco creas que tuviste un hijo.

AGNES. — ¡Fue un error!

DOCTORA. — El qué, ¿el niño?

AGNES. — ¡Todo! ¡Las monjas no tienen hijos!


DOCTORA. — Agnes...

AGNES. — ¡No me toques así! ¡No me toques así!

(AGNES empieza a perder los nervios y la doctora se separa de ella.) ¡Sé muy bien lo
que pretendes...! ¡Quieres apartarme de Dios...! ¡Cómo no te da vergüenza...! ¡A la gente
como tú deberían encerrarla!
Escena Octava

MADRE. — ¿Usted nos odia, verdad?

DOCTORA. — ¿Qué?

MADRE.-—Odia a las monjas...

DOCTORA. — No... (entiendo lo que quiere decir).

MADRE. — Al Catolicismo entonces.

DOCTORA. — Lo que odio es la ignorancia y la estupidez.

MADRE. — Y a la Iglesia católica...

DOCTORA. — Yo no he dicho... (nada sobre la Iglesia Católica).

MADRE. — Tenga en cuenta que se trata de un ser humano, no de una institución.

DOCTORA. — No... (comprendo).

MADRE. — Aquí no estamos para juzgar al Catolicismo, por lo tanto, exijo que trate
a Agnes prescindiendo de sus prejuicios religiosos, o de lo contrario, que renuncie al caso...
(pasándolo a otro siquiatra).

DOCTORA. — (Explotando.) ¡Cómo se atreve a venir a mi despacho para decirme


cómo tengo que llevar mis asuntos!

MADRE. — También es asunto mío.

DOCTORA. — (Excitada.) ...cómo se atreve a decir que mi postura no es...

MADRE. — Me he limitado a rogarle que… (sea honrada).

DOCTORA. — (En el mismo tono anterior.) ...parcial o injusta o como quiera


llamarla. ¿Quién diablos se cree usted que es? ¿Entra en mi despacho y espera que aplauda
la forma en que ha tratado hasta ahora a esa criatura?

MADRE. — No es ninguna criatura.

DOCTORA. — ¡Es una criatura que tiene derecho a saber que fuera de las cuatro
paredes del convento existe un mundo lleno de personas que no creen en Dios y que por
eso no son peores de lo que pueda serlo usted! Personas que viven durante toda su vida sin
ponerse ni una sola vez de rodillas... ante nadie. Y, aun así, son personas que aman, tienen
hijos y de vez en cuando son felices. Sí, ella tiene derecho a saber todo esto, pero usted, su
Orden, y su Iglesia la han mantenido en la ignorancia.

MADRE. — No podríamos haberlo hecho... (aun habiéndolo querido).

DOCTORA. — ...porque la ignorancia es lo más próximo a la virginidad, ¿verdad?


Pobreza, castidad e ignorancia, las tres reglas de sus vidas.

MADRE. — Yo no soy virgen, doctora. He estado casada durante veintitrés años.


Tengo dos hijas y también tengo nietos. ¿Le sorprende?

(Pausa.)

Quizás le guste saber que fracasé completamente como esposa y como madre.
Posiblemente porque protegí a mis hijas de nada. Salieron de una jaula para meterse de
lleno «en el perverso mundo». Ahora no quieren ni verme. Es su venganza. Las dos son
completamente ateas. Creo que a sus amistades les dicen que yo he muerto. Pero, ahora no
me diga, doctora Freud, que estoy pagando por los errores que he cometido.

DOCTORA. — Usted puede ayudarla.

MADRE. — Es lo que pretendo hacer.

DOCTORA. — No, la está protegiendo... Déjela enfrentarse con ese mundo perverso.

MADRE. — Con usted, por ejemplo.

DOCTORA. — Sí, si es eso lo que piensa.

MADRE. — ¿De qué iba a servirla? Sea cual sea su decisión, es la cárcel o el
manicomio... y como comprenderá, la diferencia no es muy grande.

DOCTORA. — Hay una tercera salida.

MADRE. — ¿Cuál es?

DOCTORA. — La absolución.

MADRE. — ¿La absolución?

DOCTORA. — Sí, si es declarada inocente. Inocente ante la Ley.

MADRE. — ¿Qué quiere de mí?


DOCTORA. — Respuestas.

MADRE. — Pregunte.

DOCTORA. — ¿Cuándo pudo quedarse embarazada la Hermana Agnes?

MADRE. — Hace un año.

DOCTORA. — ¿No recuerda que ocurriese algo extraño por aquel entonces?

MADRE. — ¿Algún terremoto, por ejemplo?

DOCTORA. — O alguien que visitara el convento.

MADRE. — No, nadie. Cantaba más de lo habitual, pero... ¡oh, Dios mío!

DOCTORA. — ¿Qué?

MADRE. — Las sábanas.

DOCTORA. — ¿Qué pasó con las sábanas?

MADRE. — Debí haberlo pensado, Dios mío. Debí haberlo sospechado.

DOCTORA. — ¿A qué se refiere?

MADRE. — Sus sábanas desaparecieron. Me lo dijo otra hermana y yo la llamé.

(Aparece AGNES.)

La hermana Margarita me dice que duermes sin sábanas, ¿es cierto?

AGNES. — Sí, Madre.

MADRE. — ¿Por qué?

AGNES. — En la época medieval los monjes y las monjas dormían sobre sus propios
ataúdes.

MADRE. — No estamos en la Edad Media, hermana.

AGNES. — Eso les santificaba.

MADRE. — Lo único que les hacía era sentirse incómodos. Y si no dormían bien
estoy segura de que al día siguiente estaban torpes como muías.
AGNES. — Sí, Madre.

MADRE. — Hermana, ¿dónde están las sábanas?

(Pausa.)

¿De verdad crees que dormir sobre el colchón es lo mismo que dormir sobre un
ataúd?

AGNES. — No.

MADRE. — Entonces, dime, ¿dónde están las sábanas?

AGNES. — Las he quemado.

MADRE. — ¿Por qué?

AGNES. — Estaban manchadas.

MADRE. — Hija, cuántas veces te he dicho a ti y al resto de las hermanas que la


menstruación es algo absolutamente natural y no hay por qué avergonzarse.

AGNES. — Sí, Madre.

MADRE. — ¿Cuántas veces? Repítelo tú misma.

AGNES. — La menstruación es algo absolutamente natural y no hay por qué


avergonzarse.

MADRE. — Convéncete de ello.

AGNES. — Es algo absolutamente... (AGNES empieza a llorar.)

MADRE. — Hace varios años una de nuestras hermanas vino llorando a mí,
buscando consuelo. Buscaba consuelo porque era demasiado mayor para tener hijos. No es
que realmente los quisiera tener pero al menos una vez al mes algo le recordaba la posible
maternidad. Así que seca tus lágrimas y da gracias a Dios porque permite que tú aún
tengas esa posibilidad.

AGNES. — No es eso, no es eso.

MADRE. — ¿Qué te pasa entonces?

AGNES. — Es que no me tocaba...


MADRE. — ¿Quieres que te vea un médico?

AGNES. — No sé qué me pasó, Madre, no sé lo que pasó. Me desperté y las sábanas


estaban manchadas de sangre pero no sé lo que había pasado. No sé qué he hecho de malo
y por qué merezco ese castigo.

MADRE. — ¿Por qué tendría que castigarte?

AGNES. — ¡No lo sé!

MADRE. — ¿Hermana?

AGNES. — ¡No lo sé! ¡No lo sé!

MADRE. — ¿Agnes...?

AGNES. — ¡No lo sé!

MADRE. — Canta algo..., ¿quieres que cantemos juntas? ¿Cuál es tu canción


preferida? Esa que dice «La Virgen María».

AGNES. — No, yo...

MADRE. — Tuvo un niño ayer.

AGNES. — No me la sé.

MADRE. — Se llama Jesús.

AGNES. — No me la sé.

MADRE. — Es el Salvador.

MADRE y AGNES. — (Cantan juntas)

La Virgen María

tuvo un niño ayer

se llama Jesús

es el Salvador

es un niño bueno.
Gloria al Salvador.

Gloria al Salvador.

MADRE. — Luego, la mandé a su cuarto. Estaba mucho más tranquila. Dijo que no
tenía importancia y no quiso ir al médico. Debí haberme dado cuenta.

DOCTORA. — ¿Cuenta, de qué?

MADRE. — De que aquello era el principio. Ocurrió aquella noche y por eso quemó
las sábanas.

DOCTORA. — ¿Recuerda algo más de aquella noche?

MADRE. — No sé exactamente qué noche fue.

DOCTORA. — ¿No hay forma de averiguarlo?

MADRE. — Sí, llevo un diario. Lo tengo en el convento.

DOCTORA. — ¿Quiere ver si sucedió algo extraordinario aquellos días? Ya sabe,


terremotos... visitantes...

MADRE. — Miraré el diario.


Escena Novena

DOCTORA. — Una monja y una siquiatra murieron y fueron al cielo. Al llegar a la


puerta, San Pedro abrió y les entregó unos papeles que debían llenar y ambas lo hicieron.
Al leer los papeles, San Pedro les dijo: «Veo que las dos nacisteis el mismo día y el mismo
año». «Sí», contestó la médico. «Y que sois hijas de los mismos padres». «Sí», contestó la
monja. «Por lo tanto, sois hermanas». La monja sonrió asintiendo pero fue la médico quien
contestó: «Sí». «Y debéis ser gemelas». «No», dijeron las dos a la vez, «no somos gemelas».
«El mismo día de nacimiento, los mismos padres, y hermanas pero no gemelas». «Exacto»,
contestaron ambas sonriendo. Encontré este acertijo en una antigua revista. Por aquel
entonces, yo estaba convencida de que Agnes era inocente y que otra persona había matado
a la niña. Pero, el averiguar quién había sido y poder probarlo después, eran dos acertijos
que yo me había inventado y que sólo yo podía resolver. Pero, la única respuesta con la que
podía contar venía boca abajo en la página 117. (Pausa.) Eran dos hermanas que formaban
parte de un conjunto de trillizas.

Mi problema era doble: por una parte quería librar a Agnes del castigo —probar que
era inocente— y, por otro lado quería (hacerla un bien), curarla.

AGNES. — ¡No estoy enferma!


Escena Décima

DOCTORA. — Pero, tienes problemas. Estás inquieta.

AGNES. — Porque no haces más que recordármelo. Si tú te marchas, se me olvidará.

DOCTORA. — Y tampoco eres feliz.

AGNES. — Nadie es feliz. Tú tampoco eres feliz, ¿a que no?

DOCTORA. — Agnes...

AGNES. — ¿Lo eres?

DOCTORA. — Alguna vez sí.

AGNES. — Te crees con suerte porque no tuviste una madre que te dijera cosas y
que te hiciera cosas que no estaban bien, pero lo que tú no sabes es que mi madre era una
persona maravillosa y aunque lo supieras no lo creerías porque piensas que era una mala
persona.

DOCTORA. — ¡Agnes!

AGNES. — ¡Contéstame! ¡Nunca me contestas!

DOCTORA. — De acuerdo... pienso que tu madre estaba equivocada en algunos


aspectos.

AGNES. — Era por culpa mía... Yo era la mala, no ella.

DOCTORA. — ¿Qué hacías?

AGNES. — Siempre soy mala.

DOCTORA. — ¿Qué haces de malo?

AGNES. — (Llorando.) ¡No!

DOCTORA. — ¿Qué haces?

AGNES. — Respirar.

DOCTORA. — ¿Qué te hizo tu madre?


(AGNES mueve la cabeza.)

Si no puedes hablar, contesta con la cabeza «sí o no».

¿Te pegaba?

(«No»).

¿Te obligaba a hacer cosas que tú no querías?

(«Sí»).

¿Te sentías mal al hacerlo?

(«Sí»).

¿Avergonzada?

(«Sí»),

¿Te dolía?

(«Sí»).

¿Qué te obligaba a hacer?

AGNES. — No.

DOCTORA. — Dímelo.

AGNES. — No puedo.

DOCTORA. — Ella está muerta ¿verdad?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — Por lo tanto, ya no puede hacerte daño.

AGNES. — Sí, puede.

DOCTORA. — ¿Cómo?

AGNES. — Me mira, me escucha.

DOCTORA. — Agnes, no me lo creo. Dímelo y yo te protegeré.


AGNES. — Ella...

DOCTORA. — ¿Sí?

AGNES. — Ella... me obliga a quitarme la ropa y luego...

DOCTORA. — ¿Qué?

AGNES. — ...se ...se burla de mí.

DOCTORA. — ¿Te dice que eres fea?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — ¿Que eres una tonta?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — ¿Que naciste por equivocación?

AGNES. — Dice que... todo mi cuerpo es una equivocación.

DOCTORA. — ¿Por qué?

AGNES. — Porque dice que... si no tengo cuidado... tendré un niño.

DOCTORA. — ¿Cómo lo sabe ella?

AGNES. — Por sus dolores de cabeza.

DOCTORA. — Ya.

AGNES. — Y después... me toca.

DOCTORA. — ¿Dónde?

AGNES. — Ahí abajo.

(Pausa.)

Con un cigarrillo.

(Pausa.)

Por favor mamá, no me toques así... Voy a ser buena. No me portaré mal nunca más.
(Pausa. La doctora apaga el cigarrillo.)

DOCTORA. — Agnes, vamos a hacer una cosa. Quiero que pienses que soy tu
madre. Y que he vuelto. Y, aunque sólo sea por esta vez, tienes que decirme lo que
realmente sientes. ¿De acuerdo?

AGNES. — Tengo miedo.

DOCTORA. — (Coge la cara de AGNES entre las manos.) Por favor, quiero
ayudarte. Déjame ayudarte.

(Pausa.)

AGNES. — De acuerdo.

DOCTORA. — Agnes, eres fea. ¿Qué dices a eso?

AGNES. — No sé.

DOCTORA. — Sí lo sabes. Agnes, eres fea.

(Pausa.)

DOCTORA. — ¿Qué contestas?

AGNES. — No, no soy fea.

DOCTORA. — ¿Eres guapa?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — Eres una tonta, Agnes.

AGNES. — No, no lo soy.

DOCTORA. — ¿Eres inteligente?

AGNES. — Sí, soy inteligente.

DOCTORA. — Agnes, eres un error.

AGNES. — ¡No soy un error! ¡Cómo voy a ser un error si estoy aquí! ¡Dios no se
equivoca! ¡Tú sí que eres un error! ¡Ojalá estuvieses muerta!

(Silencio.)
DOCTORA. — Tranquila... todo es una suposición... (AGNES asiente.) Muy bien...
(AGNES empieza a llorar. La doctora la abraza.) Agnes, voy a pedirte un favor. Si no estás
de acuerdo con lo que quiero pedirte, di no.

AGNES. — ¿Qué es?

DOCTORA. — Quiero que me des permiso para hipnotizarte.

AGNES. — ¿Por qué?

DOCTORA. — Porque hay varias cosas que podrías contarme bajo los efectos de la
hipnosis y que no puedes contarme ahora.

AGNES. — ¿Lo sabe la Madre Miriam?

DOCTORA. — La Madre Miriam te quiere mucho, igual que le quiero yo. Por lo
tanto estoy segura de que no pondrá objecciones...

AGNES. — ¿De verdad me quieres? O lo dices por decir.

DOCTORA. — De verdad te quiero.

AGNES. — ¿Tanto como me quiere la Madre Miriam?

(Silencio.)

DOCTORA. — Tanto como te quiere Dios.

(Pausa.)

AGNES. — Bien, de acuerdo.

DOCTORA. — Gracias.

(La doctora la abraza. En ese momento entra la Madre y las mira en silencio.)

MADRE. — He visto el diario.

DOCTORA. — Agnes, ya puedes marcharte.

(AGNES se levanta, al pasar ante la MADRE hace una inclinación de cabeza


buscando su bendición y hace mutis. La doctora enciende un cigarrillo.)

DOCTORA. — ¿Ha descubierto algo?


MADRE. — Y usted, ¿ha descubierto algo?

DOCTORA. — Algunas cosas relacionadas con su madre.

MADRE. — No era precisamente una mujer muy sana, ¿verdad?... No me refiero a


su salud mental, sino física...

DOCTORA. — ¿Usted la conoció?

MADRE. — Nos... escribíamos de vez en cuando.

DOCTORA. — ¿Qué años tenía Agnes cuando ella murió?

MADRE. — Diecisiete.

DOCTORA. — ¿Por qué la trajeron a usted?

MADRE. — Su madre pidió... (que la trajeran con nosotras).

DOCTORA. — ¿Cómo no se hizo cargo de ella el pariente más próximo?

MADRE. — Así fue. La madre de Agnes era mi hermana pequeña.

(Pausa.)

DOCTORA. — Usted me ha mentido.

MADRE. — ¿En qué?

DOCTORA. — Me dijo que no había visto a Agnes hasta que entró en el convento.

MADRE. — Es verdad. Yo era mucho mayor que mi hermana. Estaba ya casada


cuando ella nació. Fue realmente la oveja negra de la familia. Se escapó de casa siendo muy
joven y perdimos por completo contacto con ella. Cuando mi marido murió y yo entré en el
convento, ella empezó a escribirme de nuevo. Me habló de Agnes y me pidió que la cuidase
si a ella le pasaba algo.

DOCTORA. — ¿Y el padre de Agnes?

MADRE. — Pudo haber sido uno cualquiera de los muchos hombres que tuvieron
relaciones con mi hermana. Precisamente, su miedo fue que Agnes siguiera algún día sus
pasos, e hizo todo lo que pudo para evitarlo.

DOCTORA. — Teniéndola encerrada en casa sin dejarla siquiera ir al colegio.


MADRE. — Así es.

DOCTORA. — Y haciéndola escuchar ángeles.

MADRE. — Mi hermana bebía... y el alcohol es lo que la mató.

DOCTORA. — ¿No sabe lo que le hacía a Agnes?

MADRE. — No lo sé... (ni quiero saberlo).

DOCTORA. — Abusaba de ella. (Silencio.)

MADRE. — ¡Dios mío!

DOCTORA. — En todo esto hay muchas más cosas de las que se ven a simple vista...
Empiezo a tirar de la manta y, ¿qué descubro?: una sobrina.

MADRE. — No se lo dije antes porque no pensé que fuera importante.

DOCTORA. — ¿Qué ha encontrado en el diario?

MADRE. — Agnes estuvo enferma el domingo antes de que me enterase de lo de las


sábanas. Si las quemó entonces, posiblemente se mancharan el sábado por la noche.
Desgraciadamente, esa misma noche murió una de las monjas y como tuve que estar en su
celda, no tengo apuntado nada sobre posibles visitantes al convento.

DOCTORA. — ¿La monja que falleció recibió los Últimos Sacramentos?

MADRE. — Sí, desde luego.

DOCTORA. — O sea que el padre Marshall tuvo que ir al convento.

MADRE. — ¿No se le habrá ocurrido pensar que el Padre Marshall... (sea capaz de
hacer una cosa así)?

DOCTORA. — Pues alguien tiene que ser el padre del bebé, y si no es el Padre
Marshall, ¿quién puede ser?

(Pausa).

Pronto lo averiguaremos. Agnes ha accedido a que la hipnotice.

MADRE. — ¿Cuenta con mi autorización?

DOCTORA. — Pienso que usted no tiene nada que ver en esto.


MADRE. — Está bajo mi custodia.

DOCTORA. — Tiene veintiún años y, por lo tanto, es mayor de edad.

MADRE. — Pero ella sabe que antes de tomar una decisión tiene que venir a verme y
pedirme autorización.

DOCTORA. — ¿Me está queriendo decir que va a oponerse?

MADRE. — Aún no he decidido nada.

DOCTORA. — Estamos jugando con la salud de una persona.

MADRE. — Su salud espiritual.

DOCTORA. — ¡A mí me importa un cuerno eso que usted llama... (su salud


espiritual)!

MADRE. — Lo sé. Lo que quiero decir es que tiene a una simple criatura...

DOCTORA. — A una mujer desgraciada, diría yo.

MADRE. — Pero que era feliz con nosotros. Y podría seguir siéndolo si la dejara en
paz.

DOCTORA. — Si de verdad es lo que quiere, ¿por qué llamó a la policía? ¿por qué
no incineró el cadáver y dio por terminado el asunto?

MADRE. — Porque tengo una moral que cumplir.

DOCTORA. — ¡Bobadas!

MADRE. — ¡Serán bobadas para usted!

DOCTORA. — La Iglesia Católica no puede hablar de moralidad, Madre.

MADRE. — ¿Quién ha mencionado a la Iglesia Católica?

DOCTORA. — Usted acaba de decir... (que usted...)

MADRE. — ¿Qué demonios tiene que ver la Iglesia Católica con usted?

DOCTORA. — Nada. Absolutamente, nada.

MADRE. — ¿Qué hemos hecho para herirla así?


DOCTORA. — (Parece que va a empezar a hablar.)...

MADRE. — No lo niegue. Distingo a un ex-católico a un kilómetro de distancia...


¿Qué hemos hecho? ¿Quemar algún hereje? ¿Vender algunas indulgencias? Aquello ocurrió
en los tiempos en que la Iglesia era un cuerpo legislativo. Hoy en día dejamos que los
gobiernos de cada país se ocupen de esas cosas.

DOCTORA. — Únicamente porque ya no tienen el mismo poder que...

MADRE. — ¡A mí no me interesa la Iglesia como poder, doctora. Me interesa como


remanso de paz y sencillez. Ya sé que hoy día es muy difícil encontrar estas cosas en
ninguna institución. Dígame, ¿qué le hemos hecho? ¿Es quizá porque no podía salir a dar
un paseo con un chico y besarse en el asiento trasero del coche porque era pecado? Y, claro,
en lugar de tratar de solucionar ese pequeño problema...

DOCTORA. — No se trata de nada relacionado con el sexo. Fueron muchas otras


cosas, pero nada sobre el sexo. Empezó cuando estaba en primer grado y un día una amiga
mía murió atropellada por un camión al venir al colegio. La monja nos dijo que había
muerto por no haber rezado sus oraciones aquella mañana.

MADRE. — ¡Eso es una estupidez!

DOCTORA. — Sí.

MADRE. — ¿Es todo?

DOCTORA. — ¿Que si es todo? ¡Es bastante! Era una niña preciosa... (y el hecho de
explicar su muerte de aquella manera...)

MADRE. — ¿Que tiene que ver una cosa con otra?

DOCTORA. — ¡Yo no era guapa y ella sí, pero se murió! ¿Por qué ella y no yo? Yo
tampoco había rezado aquella mañana. Además era fea... pero no un poco fea, era feísima...
y gorda. Tenía los clientes torcidos... las orejas como un elefante y la cara llena de pecas.

La hermana María Cletus me llamaba Dumbo Livingstone. (La DOCTORA se ríe de


sí misma.)

MADRE. — ¿Por eso se apartó de la Iglesia? ¿Porque tenía pecas?

DOCTORA. — ¡No! No... Sí, me aparté de la Iglesia porque tenía pecas. ¿Y sabe otra
cosa?

MADRE. — ¿Qué?
DOCTORA. — (Sonriendo) También por esa razón odio a las monjas.

(A partir de aquí y hasta nueva indicación, se oye la voz de agnes cantando y


tarareando sin articular palabras.)

AGNES. — Sanctus, Sanctus, Sanctus,

Dominus Deus Sabaoth.

Pleni sunt coeli et térra gloria tua

Hosanna in excelsis

Benedictus qui venit in nomine Domini

Hosanna in excelsis.

DOCTORA. — ¿Por qué es tan importante para usted la forma de cantar de Agnes?

MADRE. — Cuando era pequeña, yo solía hablar con mi ángel de la guarda. Bueno,
no espero que crea que oía voces milagrosas ni nada de eso, simplemente, como cualquier
niño que se inventa sus propios compañeros de juegos, yo mantenía conversaciones con mi
ángel de la guarda. Igual que la madre de Agnes, podría usted decirme, pero, no, entonces
yo era mucho más joven y, además, no soy la madre de Agnes. A los seis años dejé de
escucharle y mi ángel dejó de hablar. Pero, así como un marinero siempre recuerda la mar,
yo siempre recordaré la voz de mi ángel. Crecí, me enamoré, me casé, he enviudado, entré
en el convento y al poco tiempo me eligieron Madre Superiora. Un día, me miré al espejo y
lo único que vi fue a la superviviente de un matrimonio roto, la madre de dos hijas
resentidas y una monja que no está segura de nada. Ni siquiera del Cielo, doctora
Livingstone. Ni siquiera de Dios. Una tarde, mientras paseaba por los alrededores del
convento vi a una de las nuevas postulantes cantando en la ventana de su habitación. Se
trataba de Agnes... estaba preciosa... y todas mis dudas sobre Dios y sobre mí misma se
desvanecieron en aquel instante, porque reconocí la voz.

(Silencio.)

No he vuelto a apartarla de mí, doctora Livingstone. Todos estos años, desde que
cumplí los seis fueron muy duros.

DOCTORA. — Mi hermana murió en un convento y es su voz la que oigo yo.

(AGNES deja de cantar. Silencio.)

¿Aún le molesta que fume?


MADRE. — No, solo me trae recuerdos.

DOCTORA. — ¿Quiere un cigarrillo?

MADRE. — Me encantaría pero no, gracias.

DOCTORA. — ¿Cree usted que si el tabaco hubiera tenido mejor fama, los santos
habrían fumado?

MADRE. — Estoy segura. San Ignacio habría fumado Camels y habría pisado los
cigarrillos con las plantas de los pies. Los Apóstoles desde luego...

DOCTORA. — ...habrían fumado picadura...

MADRE. — Incluso pienso que Jesucristo habría alternado con ellos de vez en
cuando.

DOCTORA. — María Magdalena fumaría cigarrillos en boquilla larga.

MADRE. — Santa Teresa masticaría tabaco.

DOCTORA. — (Cogiendo un cigarrillo.) ¿Qué cree que fuman los santos de hoy en
día?

MADRE. — Hoy en día no hay santos. Buenas personas, sí, pero, ¿gentes
extraordinariamente buenas?, creo que escaseamos.

DOCTORA. — ¿Piensa que de verdad existieron gentes extraordinarias alguna vez?

MADRE. — Sí, estoy segura.

DOCTORA. — ¿Le gustaría llegar a ser santa?

MADRE. — ¿Llegar? Se nace santo. Lo que pasa es que hoy en día no nace ninguno.
Queremos llegar demasiado lejos y la vida resulta muy complicada.

DOCTORA. — Pero, se puede intentar... se puede intentar ser bueno.

MADRE. — Sí, desde luego, aunque la bondad no tiene mucho que ver con la
santidad. No todos los santos fueron buenos. En realidad, la mayoría de ellos estaban un
poco locos, pero sus corazones pertenecían a Dios... Dios los tuvo en sus manos desde el
momento que vinieron al mundo. Nosotros nacemos, vivimos, morimos, sin más.
Ocasionalmente, entre nosotros puede surgir alguien estrechamente ligado a Dios pero
entonces, nos apresuramos a cortar el cordón que les une. Nada de excepciones. Aquí
somos todos hombres y mujeres normales, con los pies bien puestos en la tierra, el dinero
colocado en el banco y la inocencia pisoteada. Nuestros cerebros están disecados, nuestros
cuerpos abiertos por la mitad. «No tienen alma. Ha sido una ilusión». Cuando miramos al
cielo: «No hay ningún Dios ahí arriba, ni existe el cielo, ni el infierno». Mejor, ¡Qué importa!
¡Algo menos de qué preocuparse! Tampoco hay lugar para los milagros. Sin embargo, Dios
mío... ¡Cuánto echo de menos los milagros!

DOCTORA. — ¿Realmente cree en los milagros?

MADRE. — Naturalmente que sí. Creo en el milagro de los panes y los peces que
ocurrió hace dos mil años tan firmemente como dudaría si hubiese ocurrido hoy. Lo que
hemos ganado de lógica lo hemos perdido de fe. Ya no nos queda nada de esa especie de...
capacidad de asombro del hombre primitivo. Lo más parecido hoy en día a un milagro es
algo que realizamos en la cama, y por ello abandonamos todo.

DOCTORA. — Los santos tenían amantes.

MADRE. — Claro, los santos tenían amantes pero en aquellos tiempos el cordón era
una soga y hoy es un hilo.

DOCTORA. — ¿Cree que Agnes sigue ligada a Dios?

MADRE. — Escúchela cantar.

DOCTORA. — Es el momento de empezar.

MADRE. — ¿Empezar, qué?

DOCTORA. — La hipnosis, ¿Sigue desaprobándolo?

MADRE. — ¿Dejaría de hipnotizarla por ello?

DOCTORA. — No.

MADRE. — ¿Puedo estar presente?

DOCTORA. — Sí, desde luego.

MADRE. — Vamos...

Oscuro Descanso
SEGUNDO ACTO

Escena primera

AGNES. — (Cantando.)

DOCTORA. — La hipnosis duró semanas, no minutos. Una hora al día, entre una
cleptomaníaca y un exhibicionista. Entre la comida y la cena. Entre noches de insomnio.
Entre fines de semana interminables. Pero, mis recuerdos me vienen a la mente con una
gran facilidad...
Escena segunda

AGNES. — ¡Tengo miedo!

DOCTORA. — No lo tengas. No puedo hacerte decir ni hacer algo que tú no quieras


decir o hacer. Siéntate y relájate. Muy bien. Ahora, imagina que estás escuchando un coro
de ángeles. Su música es tan bonita y suena tan cerca y tan real que puedes tocarla con las
manos... produce el mismo murmullo relajante y suave del agua de un estanque. El agua
está tan templada que apenas notas que te metes en ella. Todos los músculos de tu cuerpo
se deshacen dentro del estanque. El agua te llega hasta la barbilla... te cubre la boca... la
nariz... los ojos... Cierra los ojos, Agnes... Muy bien. Cuando cuente hasta tres, te
despertarás. ¿Me has entendido?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — ¿Quién soy?

AGNES. — La doctora Livingstone.

DOCTORA. — ¿Y, por qué estoy aquí?

AGNES. — Para ayudarme.

DOCTORA. — Muy bien. Ahora me gustaría que me dijeses por qué estás aquí.

AGNES. — Porque tengo problemas.

DOCTORA. — ¿Qué clase de problemas? (Silencio) ¿Qué clase de problemas, Agnes?

AGNES. — Estoy asustada.

DOCTORA. — ¿De qué?

AGNES. — De contártelos.

DOCTORA. — No debes tener miedo. Es muy fácil. Sólo tienes que articular algunas
palabras mientras respiras. Cuéntamelos, ¿qué problemas? (AGNES lucha consigo misma.)

AGNES. — (Por fin) Yo tuve un bebé.

DOCTORA. — ¿Cómo lo tuviste?

AGNES. — Salió de dentro de mí.


DOCTORA. — ¿Tú sabías que iba a salir?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — ¿Querías que saliera?

AGNES. — No.

DOCTORA. — ¿Por qué?

AGNES. — Porque tenía miedo.

DOCTORA. — ¿Por qué tenías miedo?

AGNES. — Porque yo no era digna.

DOCTORA. — ¿De ser madre?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — ¿Por qué? (AGNES empieza a llorar.)

AGNES. — ¿Puedo abrir los ojos?

DOCTORA. — Aún no. Muy pronto, pero aún no. ¿Sabes cómo entró el bebé dentro
de ti?

AGNES. — Creció dentro de mí.

DOCTORA. — ¿Qué le hizo crecer? ¿Lo sabes?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — ¿Quieres contármelo?

AGNES. — No.

DOCTORA. — ¿Tú sabías desde el principio que ibas a tener un hijo?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — ¿Por qué lo sabías?

AGNES. — Porque lo sabía.


DOCTORA. — ¿Y qué hiciste?

AGNES. — Bebía mucha leche.

DOCTORA. — ¿Para qué?

AGNES. — La leche es buena para los recién nacidos.

DOCTORA. — ¿Querías que tu hijo fuera sano?

AGNES. — Sí.

(Silencio)

DOCTORA. — Agnes, ¿sabía alguien más lo del niño?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — ¿Quién?

AGNES. — No quiero decírtelo.

DOCTORA. — ¿A esa otra persona se lo dijiste tú o lo adivinó por sí misma?

AGNES. — Ella lo adivinó.

DOCTORA. — ¿Era una de las hermanas?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — ¿Tú crees que se enfadaría si me dices su nombre?

AGNES. — Me hizo prometerla que no lo diría.

DOCTORA. — Muy bien, Agnes, dentro de unos momentos voy a pedirte que abras
los ojos. Cuando lo hagas, verás tu celda. Es por la noche... hace aproximadamente unos
cuatro meses... cuando tú estabas muy enferma... Son alrededor de las ocho...

AGNES. — Tengo miedo.

DOCTORA. — No te asustes, yo estoy contigo...

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — Cuéntame lo que hiciste aquella noche antes de irte a la cama.


AGNES. — Cené.

DOCTORA. — ¿Qué cenaste?

AGNES. — Pescado y coles de Bruselas.

DOCTORA. — ¿No te gustan las coles de Bruselas?

AGNES. — Las odio.

DOCTORA. — ¿Qué más?

AGNES. — Un poco de café. Un trozo de pastel de postre, eso fue un extraordinario.

DOCTORA. — ¿Qué pasó después?

AGNES. — Nos levantamos, quitamos la mesa y fuimos a la capilla a hacer las


oraciones vespertinas. Yo me salí pronto porque no me encontraba bien.

DOCTORA. — ¿Qué te pasaba?

AGNES. — Estaba muy cansada. Me tomé la leche... (y me fui a la cama)

DOCTORA. — ¿Quién te dio la leche?

AGNES. — La hermana Margarita, creo.

DOCTORA. — ¿Era la hermana Margarita quien sabía lo del niño?

(Silencio)

Muy bien Agnes... sigamos hasta tu cuarto. ¿Estás dispuesta?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — Quiero que abras los ojos y veas tu cuarto como lo viste aquella
noche, ¿qué ves?

AGNES. — Mi cama.

DOCTORA. — Qué más hay en la habitación?

AGNES. — Una silla.

DOCTORA. — ¿Dónde está?


AGNES. — Aquí.

DOCTORA. — ¿Algo más?

AGNES. — Un crucifijo.

DOCTORA. — ¿Está sobre la cama?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — ¿Algo más?

(Silencio.)

Agnes, ¿qué ves? ¿algo nuevo?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — ¿Algo que normalmente no tienes en la celda?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — ¿Qué es?

AGNES. — Una papelera.

(Silencio.)

DOCTORA. — ¿Sabes quién la ha puesto ahí?

AGNES. — No.

DOCTORA. — ¿Por qué crees que está?

AGNES. — Por si me pongo enferma.

DOCTORA. — ¿Te sientes mal?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — ¿Qué notas?

AGNES. — Un dolor en el estómago. Da la sensación de que hubiera comido


cristales. (Se lleva las manos al estómago y se contrae.)
DOCTORA. — ¿Qué haces?

AGNES. — Tengo que devolver. (Intenta hacerlo.) No puedo. (Otra nueva


contracción) ¡Son cristales! ¡Una de las hermanas me ha hecho comer cristales!

DOCTORA. — ¿Cuál de ellas?

AGNES. — No sé cuál de ellas... todas están celosas, por eso lo han hecho.

DOCTORA. — ¿De qué están celosas?

AGNES. — De mí. (Contracciones.) Oh, Dios mío... Dios mío... Agua... no tengo más
que agua...

DOCTORA. — ¿Por qué no viene nadie?

AGNES. — No me oyen.

DOCTORA. — ¿Por qué no?

AGNES. — Están todas en la capilla.

DOCTORA. — ¿No vas a buscarlas?

AGNES. — No puedo... la capilla está al otro lado del edificio. (Contracciones.) Oh,
por favor... por favor... No quiero que me pase esto, no quiero.

DOCTORA. — ¿Dónde estás tú?

AGNES. — En la cama. (Contracción.) ¡Oh, Dios mío... Dios mío! (De pronto da un
respingo, sobresaltada.)

DOCTORA. — ¿Qué pasa?

AGNES. — ¡Márchate!

DOCTORA. — ¿Quién?

AGNES. — ¡Márchate! ¡No quiero verte aquí!

DOCTORA. — ¿Hay alguien más contigo en la habitación, Agnes?

AGNES. — ¡No me toques! ¡No me toques! ¡Por favor...! ¡Por favor, no me toques!
(Contracción.) ¡No, no quiero tener el niño ahora... no quiero...! ¿Por qué me obligas a estas
cosas? (Contracción. Empieza a llorar bruscamente.)
DOCTORA. — Cálmate, ...nadie va a hacerte daño.

AGNES. — ¡Quieres hacerle daño a mi bebé! ¡Quieres quitármelo! (Contracción.)

MADRE. — ¡Basta ya! Termine con esto... Va a hacerse daño ella sola.

DOCTORA. — No..., déjela un... (poco más).

MADRE. — (Corriendo hacia AGNES.) No voy a seguir tolerando... (esto).

DOCTORA. — No.

(Cuando la MADRE toca a AGNES esta grita, agarrando a la MADRE y


separándola.)

AGNES. — ¡Quieres quitarme a mi hijo! ¡Quieres apartarlo de mí! (Nuevos sollozos y


contracciones.) ¡No salgas, por favor! ¡Quédate conmigo aquí dentro! ¡Por favor! (Varias
contracciones violentas. Son las definitivas.)

MADRE. — ¡Basta! ¡Ayúdela!

DOCTORA. — Basta, Agnes. Uno, dos, tres... Basta ya.

(AGNES se tranquiliza.)

Soy yo, la doctora Livingstone... Ya ha pasado todo... Gracias... gracias. (Después de


este instante, la DOCTORA no vuelve a fumar más.) ¿Cómo estás? ¿Recuerdas exactamente
lo que acaba de ocurrir?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — Bien. ¿Te encuentras con fuerza para estar de pie?

AGNES. — Sí. (Se levanta.)

DOCTORA. — Gracias, (AGNES abraza a la doctora y sale del despacho para


sentarse en la sala de visitas. Allí empieza a cantar.)

AGNES. — Ave María.

Gratia Plena

Dominus tecum

Benedicta tu in mulieribus
Et benedictus fructus ventris tui, Jesu

MADRE. — Ya ha formado una opinión sobre ella, ¿verdad?

DOCTORA. — Es una joven atormentada pero... (creo que existe algo más).

MADRE. — Su misión ha terminado.

DOCTORA. — En cuanto al proceso sí, pero, personalmente...

MADRE. — ¿Personalmente? ¡Nadie le ha pedido que se sintiera interesada


personalmente!

DOCTORA. — Pues lo estoy.

MADRE. — ¡Le ruego que nos deje en paz de una maldita vez! Sus servicios han
terminado. Si queremos poner a Agnes bajo tratamiento siquiátrico, ya buscaremos nosotras
uno.

DOCTORA. — Uno que se limite a preguntar lo que usted quiera.

MADRE. — ¡Uno que enfoque el problema con imparcialidad y respeto!

DOCTORA. — ¿Por usted?

MADRE. — ¡Por Agnes!

DOCTORA. — ¿La considera una santa?

MADRE. — Nunca he dicho que lo fuese.

DOCTORA. — Pero a pesar de todo ¿cree que la más ligera interferencia puede
destruir esa especie de... (aureola que la rodea?).

MADRE. — Es una persona excepcional.

DOCTORA. — ¡Demuéstremelo! Canta muy bien, de acuerdo, ¿es eso algo


excepcional? Sufre alucinaciones, deja de comer y sangra de manera repentina. ¿Cree que
esos detalles me van a convencer de que es intocable? ¡Quiero un milagro! ¡Uno por lo
menos! Si eso ocurre, la dejaré en paz.

(Pausa.)

MADRE. — El padre.
DOCTORA. — ¿Quién es?

MADRE. — No lo... (sé).

DOCTORA. — ¿Supone que una paloma blanca se posó en la ventana de su celda?

MADRE. — No, no es eso.

DOCTORA. — «La Segunda Llegada impedida por una monja histérica»..., podría
dar lugar a un gran escándalo, ¿no cree?

MADRE. — No se trata de la «Segunda Llegada», doctora Livingstone... no me


malinterprete...

DOCTORA. — Usted misma acaba de decir... (que no existe ningún padre).

MADRE. — Si es así... y digo «si es así», estaríamos ante un hecho científico


ligeramente milagroso.

DOCTORA. — ¿Y nada más? Vamos, Madre, no querrá hacerme creer que las cosas
suceden de una forma tan sencilla.

MADRE. — Crea usted lo que quiera... Se lo he dicho ya que usted... (pedía un


milagro).

DOCTORA. — ¿Cómo pudo ocurrir?

MADRE. — Le repito que... (no lo sé).

DOCTORA. — Si se trata de un milagro de la ciencia, tiene que tener una explicación


razonable.

MADRE. — Un milagro es siempre un hecho inexplicable. Precisamente por eso las


personas como usted pierden la fe, porque exigen siempre una explicación y cuando no la
encuentran, la inventan.

DOCTORA. — Esto es de locos.

MADRE. — La mente es de por sí inexplicable, doctora Livingstone, y usted lo sabe


tan bien como yo. Hay personas que paran relojes, doblan cucharas. Apenas se ha
empezado a investigar sobre las posibilidades de la mente. Si Agnes es capaz de atravesarse
la mano sin clavarse siquiera una uña, ¿por qué no iba a llevar un hijo dentro de su vientre?

DOCTORA. — Partenogénesis histérica... ¿se refiere a eso?


MADRE. — ¿Parteno... (génesis)?

DOCTORA. — Algunas hembras en formas de vida inferiores se reproducen por sí


solas.

MADRE. — No creo que pueda encontrar una... (explicación biológica).

DOCTORA. — Si las ranas son capaces de hacerlo, ¿por qué no Agnes?

MADRE. — No me refería a eso...

DOCTORA. — ¿A qué se refería... (entonces)?

MADRE. — Hace dos mil años, un hombre nacía sin padre. Hoy en día, ningún ser
inteligente acepta tal cosa sin hacerse una serie de preguntas pero, algunos de nosotros, nos
contentamos con aceptar el hecho sin buscarle más explicaciones. Queremos respuestas, sí,
ahí está la naturaleza de la ciencia, pero fíjese en las respuestas que damos: un ángel baja en
un rayo de luz y se acercó a la mujer y una paloma blanca la visitó aquella noche.

DOCTORA. — El alumbramiento de la virgen fue la mentira que una esposa


asustada contó al marido engañado.

MADRE. — Eso sí es una explicación racional. Y algo parecido es lo que usted


pretende descubrir ahora. ¡Racionalidad! Pero, también creo que dentro de la ciencia existe
la posibilidad del asombro y únicamente podemos asombrarnos si estamos dispuestos a
hacernos preguntas sin buscarles respuestas.

DOCTORA. — Es imposible.

MADRE. — No, no lo es. No si las respuestas no están ahí para que nosotros las
encontremos.

DOCTORA. — ¡Es que podemos encontrarlas!

MADRE. — ¡No, en este caso, no! Aquella noche no hubo ningún hombre en el
convento, ni tampoco hubo forma de que alguno entrase o saliese.

DOCTORA. — O lo que es igual, fue obra de Dios.

MADRE. — ¡No! Es tanto como decir que fue obra del Padre Marshall. Lo que trato
de decir es que Dios lo permitió.

DOCTORA. — Pero, ¿cómo ocurrió?

MADRE. — ¡Ocurrió y basta!


DOCTORA. — No basta para mí.

MADRE. — No puede encontrar siempre una explicación a todo, doctora. Uno y uno
son dos, sí, pero de ahí llegamos al cuatro, y luego al ocho y después al infinito. Lo
maravilloso de la ciencia no está en las respuestas que ésta nos proporciona, sino en las
preguntas que no puede responder. Por cada milagro que llega a explicar, existen diez mil
que quedan sin explicación.

DOCTORA. — Creí haberle entendido que ya no creía en milagros.

MADRE. — Pero quiero creer. Quiero tener la oportunidad de creer. Quiero tener la
ocasión de creer.

DOCTORA. — Todo lo que Agnes ha hecho hasta ahora tiene explicación para la
siquiatría actual. Es una histérica. De niña abusaron de ella. No conoció a su padre, su
madre era una alcohólica. Hasta los dieciséis años estuvo encerrada en su casa y después,
en un convento. Uno, dos, tres... todo encaja perfectamente,

MADRE. — ¿Eso es lo que cree? ¿Que es la suma de unos fenómenos sicológicos?

DOCTORA. — Es lo que tengo que creer.

MADRE. — ¿Por qué está entonces tan obsesionada con ella?

(Silencio.)

Agnes le ha quitado el sueño, no se le va de la mente ni un solo instante... su mayor


empeño es salvarla. ¿Por qué? Esa es la pregunta y no necesito respuesta. No estoy
acusando, simplemente reconociendo unos hechos. Los síntomas me resultan muy
familiares. Lo sé. Soy una experta. Estamos juntas en esto, usted y yo.

(Silencio.)

DOCTORA. — ¿O sea que Dios permitió...?

MADRE. — Posiblemente.

DOCTORA. — Posiblemente permitió que Agnes tuviera un hijo.

MADRE. — No divino.

DOCTORA. — No divino, simplemente un hijo... sin intervención de ningún


hombre.

MADRE. — Eso es lo que me gustaría creer, sí.


DOCTORA. — ¿Sin pruebas?

MADRE. — Sin pruebas. No existe ninguna prueba infalible para la virginidad, sino
más bien la falta de pruebas en su contra.

DOCTORA. — ¿Cómo se explica las sábanas manchadas de sangre la noche de la


concepción?

MADRE. — No puedo explicarlo.

DOCTORA. — ¿Por qué murió el niño?

MADRE. — No lo... (sé).

DOCTORA. — ¿Cree que Dios cometió un error y luego trató de rectificarlo?

MADRE. — No sea... (absurda).

DOCTORA. — ¿O se trata de un montaje... una vulgar patraña para alejarme de la


verdad?

MADRE. — ¿Por qué iba a querer yo una cosa así?

DOCTORA. — Porque estamos hablando de un asesinato.

MADRE. — No quiera convertir el caso en una novela de intriga policiaca.

DOCTORA. — ¿No le preocupa lo que ella acaba de decirnos... sobre la otra persona
que estaba en la habitación?

MADRE. — Lo que me preocupa es su... (salud y su seguridad).

DOCTORA. — ¿Quién era esa otra persona, Madre... era usted?

MADRE. — Si insiste en creer que se trata de un asesinato deberá consultarlo con el


fiscal del Estado y no conmigo.

(La MADRE se da media vuelta para iniciar el mutis.)

DOCTORA. — ¿Dónde va?

MADRE. — Al juzgado. Voy a pedir que la retiren del caso.

DOCTORA. — ¿Por qué? Me estoy acercando demasiado... (a la verdad).


MADRE. — Doctora, rezaré para...

DOCTORA. — Agnes es inocente, ¿verdad?

MADRE. — (Soslayando la respuesta.) ...que un día comprenda mi posición.

DOCTORA. — ¿Lo es?

MADRE. — Adiós, doctora. Ah, y en cuanto al milagro que quería, ya ha ocurrido, es


muy pequeño pero lo notará muy pronto.

(La MADRE hace mutis. Entra AGNES.)

AGNES. — ¿Os estabais peleando?

DOCTORA. — Agnes, escucha. Tienes que ayudarme. ¿Te ha amenazado alguna vez
la Madre Miriam?

AGNES. — No.

DOCTORA. — ¿Te ha asustado?

AGNES. — ¿Por qué me lo preguntas?

DOCTORA. — Porque pienso que ella podría... (tener algo que ver con todo esto).

MADRE. — (Voz en off.) ¡Hermana Agnes!

AGNES. — Voy, Madre.

DOCTORA. — Agnes... (¿quién estaba contigo en la habitación?).

AGNES. — Ya no te volveré a ver, ¿verdad?

DOCTORA. — Sí me verás, te lo prometo. Agnes, ¿quién estaba en la habitación?

(Silencio.)

¿Lo sabes?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — ¿Quién era? ¡Por el amor de Dios, dímelo!

AGNES. — Era mi madre.


MADRE. — (En off.) ¡Agnes!

AGNES. — Adiós.

(Hace mutis.)
Escena Tercera

DOCTORA. — Aquella noche soñé que era comadrona de una clínica. Estaba vestida
de blanco y la habitación era también blanca, tenía una ventana abierta a través de la cual
veía un paisaje nevado. Ante mis ojos, tumbada en una camilla había una mujer preparada
para una cesárea. La mujer empezó a chillar y supe que había llegado el momento de
sacarlo. Cogí un cuchillo, se lo clavé en el vientre y metí ambas manos dentro de ella. De
pronto sentí que una mano pequeñita me agarraba suavemente el dedo y comenzaba a tirar
de mí. Las manos de la mujer empujaban mi cabeza hacia dentro y la pequeña criatura que
llevaba en el vientre logró introducirme a mí también, primero los codos, luego hasta los
hombros, la barbilla y cuando iba a gritar, me desperté encontrando las sábanas manchadas
de sangre. Hacía más de tres años que la menstruación se me había retirado y aquella noche
me vino de nuevo.

(Silencio.)

¿Qué habría hecho yo con una criatura? Nada. Nada.

(Silencio.)

Al día siguiente solicité y obtuve un mandamiento judicial para que Agnes volviese
a estar bajo mi tutela... Estaba convencida de que tenía razón. Como médico, quizás debía
ser más desconfiada, pero como mujer... (Se golpea en el pecho con los puños cerrados.) no
soy de piedra... soy de carne y hueso y tengo alma y corazón... (Continúa dándose golpes
unos momentos más y luego se para.) Se acabó. Una obra inacabada... Es el último rollo...
No existe otra versión alternativa.
Escena Cuarta

MADRE. — Por fin ha ganado, ¿no es cierto?

DOCTORA. — Aún no.

MADRE. — ¿Ha decidido ya... (apartarla)?

DOCTORA. — He decidido hipnotizarla otra vez.

MADRE. — ¿No cree que ya ha tenido bastante?

DOCTORA. — Madre, quiero hacerla algunas preguntas más. ¿Le dijo Agnes en
alguna ocasión durante el embarazo que no se encontraba bien?

MADRE. — Sí, lo hizo.

DOCTORA. — Y, ¿por qué no la hizo ir al médico?

MADRE. — No habría ido.

DOCTORA. — ¿Que no habría ido?

MADRE. — No, tenía miedo.

DOCTORA. — ¿De qué? ¿De que lo hubiera averiguado? ¿Se lo dijo ella o lo
sospechó usted?

MADRE. — Si piensa continuar acusándome...

DOCTORA. — No estoy acusándola... simplemente le he hecho una pregunta.

MADRE. — Soy monja y usted odia... (a las monjas).

DOCTORA. — ¿Sabía usted que estaba embarazada?

(Silencio. La MADRE, desesperadamente, lucha consigo misma tratando de ocultar


las lágrimas. Por fin habla.)

MADRE. — Sí.

DOCTORA. — ¿Y no la hizo ir al médico?


MADRE. — Ya era demasiado tarde.

DOCTORA. — ¿Qué quiere decir?

MADRE. — No lo sospeché hasta... (Silencio. La MADRE sigue luchando por


controlar el llanto.)

DOCTORA. — ¿Hasta cuándo? Las lágrimas no me impresionan, Madre. ¿Hasta


cuándo?

MADRE. — Hasta que fue demasiado tarde.

DOCTORA. — ¿Demasiado tarde para qué, para abortar?

MADRE. — No sea absurda.

DOCTORA. — ¿Demasiado tarde, para qué?

MADRE. — ¡No lo sé... demasiado tarde para parar el escándalo! Debía mantenerlo
oculto. La obligué a no decir nada. Necesitaba tiempo para pensar.

DOCTORA. — ¿Y no lo tuvo, verdad?

MADRE. — ¡No! Aquella noche, cuando se puso enferma, sabía que...

DOCTORA. — Que el tiempo se había acabado.

MADRE. — Sí.

DOCTORA. — Y fue a su cuarto para ayudarla en el parto.

MADRE. — Ella no quería que la ayudase.

DOCTORA. — Pero usted quería quitarse a la niña de en medio lo más rápidamente


posible.

MADRE. — ¡No, es mentira!

DOCTORA. — Y escondió la papelera en su celda.

MADRE. — No la escondí. La llevé allí para meter las ropas sucias...

DOCTORA. — Y a la niña.

MADRE. — ¡No!
DOCTORA. — Usted le ató el cordón al cuello...

MADRE. — Sólo quise que la tuviera cuando nadie estuviese delante. Entonces,
habría llevado a la niña a un hospital y la habría depositado allí. Pero... había tanta sangre
que empecé a temblar...

DOCTORA. — ¿Antes o después de haberla matado?

MADRE. — ¡Yo la dejé con ella y fui a buscar ayuda!

DOCTORA. — Dudo mucho que ella diga lo mismo.

MADRE. — ¡Pues si no lo hace es una maldita embustera!

(La MADRE se cubre la cara con las manos. Se empieza a oír cantar a AGNES.)

AGNES. — Agnus Dei

qui tollis pecata mundi,

miserere nobis

Agnus Dei

qui tollis pecata mundi,

miserere nobis.

Agnus Dei

qui tollis pecata mundi,

dona nobis pacem.

MADRE. — Vamos a terminar con esto de una vez y para siempre.

(La MADRE sale y con mucho cariño coge la cara de AGNES entre sus manos. A
solas, la doctora empieza a santiguarse pero se detiene. Entra AGNES, seguida de la
MADRE.)

DOCTORA. — Hola, Agnes.

AGNES. — Hola.

DOCTORA. — Me gustaría hacerte algunas otras preguntas, ¿no te importa?


AGNES. — No.

DOCTORA. — También me gustaría volver a hipnotizarte, ¿de acuerdo?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — Bien, siéntate y relájate. Vas a volver a meterte en él. Pero, en esta
ocasión, quiero que imagines que tienes el cuerpo lleno de agujeros y el agua pasa a través
de ellos... el agua templada aparece ante tus ojos limpia... muy limpia... como una oración...
sientes los ojos pesados... tienes mucho sueño y vas a cerrarlos... Luego, cuando cuente
hasta tres, te despertarás. Agnes, ¿me has oído?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — ¿Quién soy?

AGNES. — La doctora Livingstone.

DOCTORA. — ¿Y, quién está conmigo?

AGNES. — La Madre Miriam Ruth.

DOCTORA. — Muy bien. Ahora, Agnes, quiero hacerte varias preguntas, y quiero
que mantengas los ojos cerrados. ¿Me oyes?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — Quiero que recuerdes, una noche en el convento, cuando murió una
de las hermanas.

MADRE. — La Hermana Paul.

DOCTORA. — ¿La recuerdas?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — ¿Qué ocurrió?

AGNES. — Yo la quería mucho a la Hermana Paul.

DOCTORA. — ¿Agnes, qué ocurrió aquella noche?

AGNES. — Me hizo ir a la cama muy temprano.

DOCTORA. — ¿Quién?
AGNES. — La Madre.

DOCTORA. — Y, ¿tú fuiste a la cama?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — Imagina que estás en tu cuarto. Dinos Agnes, ¿qué pasó?

AGNES. — Me desperté.

DOCTORA. — ¿Qué hora es?

AGNES. — No sé... aún es de noche.

DOCTORA. — ¿Viste algo?

AGNES. — Al principio no, pero...

DOCTORA. — ¿Qué?

AGNES. — Hay alguien en la habitación.

DOCTORA. — ¿Tienes miedo?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — ¿Qué haces? (Silencio.) Agnes, ¿qué haces?

AGNES. — ¿Quién es? (Nadie contesta.)

¿Quién es?

(Silencio.)

¿Quién está ahí? ¿Eres tú?

(Silencio.)

Tengo miedo.

(Silencio.)

Sí.

(Silencio.)
Sí, de acuerdo.

(Silencio.)

¿Por qué yo?

(Silencio.) ¡Espera, quiero verte!

(Da un sobresalto y abre los ojos.)

DOCTORA. — ¿Qué ves?

AGNES. — Una flor. Es blanca y parece de cera. Una gota de sangre resbala por un
pétalo y corre hacia el tallo. Una ligera aureola... millones de aureolas. Que se dividen y se
dividen... las plumas son estrellas que caen y caen dentro del iris de los ojos de Dios. ¡Oh,
Dios mío! ¡Me ve! ¡Oh, es maravilloso... tan azul... amarillo... hojas verdes y sangre marrón,
no, roja. Su sangre, Dios, Dios mío, estoy sangrando... ESTOY SANGRANDO!

(Empieza a sangrar por las palmas de las manos.)

MADRE. — ¡Dios mío!

AGNES. — Quiero lavarme... tengo por las manos, por las piernas... Dios mío, he
manchado las sábanas... ayúdame a limpiar las sábanas... ayúdame... no se quita... ¡esta
sangre no se quita! ¡No se quita!

MADRE. — (Cogiéndola por los hombros.) Agnes...

AGNES. — ¡Suéltame!

MADRE. — Agnes, por favor...

AGNES. — Querías que esto pasara, ¿verdad que sí? Rezabas para que me pasara,
¿verdad?

MADRE. — No, no.

AGNES. — ¡Suéltame! ¡No quiero volverte a ver! ¡Ojalá estuvieras muerta!

DOCTORA. — Agnes...

AGNES. — ¡Ojalá estuvierais todas muertas!

DOCTORA. — ...nosotras no tuvimos nada que ver con el hombre que había en tu
habitación.
AGNES. — ¡Déjame en paz!

DOCTORA. — ¿Lo comprendes? El te hizo algo muy malo.

AGNES. — ¡No me toques!

DOCTORA. — Te asustó y te hizo daño.

AGNES. — ¡No!

DOCTORA. — Tú no tienes culpa...

AGNES. — ¡Mamá!

DOCTORA. — ...es culpa de él.

AGNES. — ¡Mi MADRE tiene la culpa!

DOCTORA. — Dinos quién es para que podamos buscarle e….

AGNES. — (A la MADRE) Tú tienes la culpa.

DOCTORA. — ...impedir que haga lo mismo con otras mujeres.

AGNES. — (A la MADRE.) ¡Vosotras tenéis la culpa!

DOCTORA. — Agnes, ¿a quién viste en tu habitación?

AGNES. — Le odio.

DOCTORA. — Pero, ¿quien es?

AGNES. — Le odio por lo que me hizo.

DOCTORA. — Sí, lo Sé...

AGNES. — Por todo lo que me ha hecho pasar...

DOCTORA. — ¿Quién es?

AGNES. — ¡Le odio!

DOCTORA. — Agnes, ¿quién fue?

AGNES. — ¡Dios! ¡Dios fue quien lo hizo! ¡Era Dios! Y ahora iré al infierno porque le
odio!

DOCTORA. — Agnes, no irás al infierno. Tienes derecho a odiarle.

MADRE. — ¡Basta por hoy! ¡Despiértela!

DOCTORA. — Aún no.

MADRE. — Está cansada y no se encuentra bien. Voy a llevármela al convento.

DOCTORA. — Ya no está bajo su tutela.

MADRE. — Ella pertenece a Dios.

DOCTORA. — Me pertenece a mí y se queda conmigo.

MADRE. — No puede... (retenerla).

DOCTORA. — Agnes, ¿qué le pasó a la niña?

MADRE. — ¡No puede recordarlo!

DOCTORA. — ¡Sí puede! Agnes...

MADRE. — ¡No lo recuerda!

DOCTORA. — (Cogiéndola por los hombros.) ...¿qué le pasó a la niña.

AGNES. — La tiraron.

DOCTORA. — Nada más nacer, ¿qué le ocurrió?

AGNES. — Estaba muerta.

MADRE. — No tiene derecho a hacerla esto.

DOCTORA. — Estaba viva, ¿verdad?

AGNES. — No lo recuerdo.

MADRE. — ¡Por favor!

DOCTORA. — Estaba viva ¿no es cierto?

MADRE. — No me haga esto.


DOCTORA. — ¿Estaba viva?

AGNES. — ¡¡¡SI!!!

(Silencio.)

DOCTORA. — ¿Y, qué pasó?

AGNES. — No quiero acordarme.

DOCTORA. — Pero te acuerdas, ¿verdad?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — La Madre Miriam estaba contigo, ¿verdad?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — Cogió al bebé en sus brazos...

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — Tú lo viste todo, ¿verdad?

AGNES. — Sí.

DOCTORA. — Y después... ¿qué hizo?

(Silencio.)

Agnes, ¿qué hizo?

AGNES. — (Simplemente y con voz pausada.) Me dejó sola con aquella pequeña...
cosa. La miré y pensé: «es un error». Pero, es un error mío, no de mi madre. Es un error de
Dios. Pensé «puedo salvarla. Puedo devolvérsela a Dios».

(Silencio.)

DOCTORA. — ¿Qué hiciste?

AGNES. — La dormí.

DOCTORA. — ¿Cómo?

AGNES. — Le até el cordón alrededor del cuello, la envolví en las sábanas


manchadas de sangre y lo metí todo en la papelera.

MADRE. — No. (La. MADRE se vuelve, en silencio.)

DOCTORA. — Uno, dos, tres.

(AGNES lentamente se levanta y se aleja, cantando para sí, una canción.)

Madre...

(La MADRE no contesta.)

Madre, por favor...

(La Madre se vuelve y mira a la doctora.)

MADRE. — Tenía razón, lo recordaba.

DOCTORA. — Madre...

MADRE. — Pero nunca podré perdonarla por lo que me ha quitado.

(Silencio.)

Debió haber muerto usted en lugar de su hermana. Usted.

AGNES. — (Hablándole a un amigo imaginario.) ¿Por qué (La doctora y la MADRE


se vuelven a mirarla.) lloras?

(Silencio.)

Pero yo creo, de verdad.

(Silencio.)

Por favor, no me abandones tú también. Por favor, Dios mío. ¡No, Virgen mía, no me
abandones! Por favor, no me abandones. Voy a ser buena... ya no seré mala nunca más.

(Ve a alguien más.)

No, mamá. No quiero ir contigo. Deja ya de arrastrarme. Tus manos me queman. ¡No
me toques! ¡Por Dios, mamá... me abrasas! ¡NO ME QUEMES!

(Silencio.)
(Se vuelve hacia la DOCTORA y la MADRE y extiende las manos como la estatua de
la Virgen en que muestra las palmas de sus manos sangrando, AGNES sonríe y repite en
tono calmado.)

Durante una semana entera, todas las noches miraba por la ventana de mi
habitación. Una noche oí la voz más maravillosa que nadie pudiera imaginar. La voz salía
de entre un campo de trigo que había enfrente de la ventana y cuando miré, vi los rayos de
luna iluminándole a EL. Durante seis noches seguidas EL cantó para mí. Canciones que
nunca había escuchado. Y la séptima noche EL vino a mi habitación y extendió sus alas
sobre mí. Y siguió cantando todo el tiempo.

(Entre sonrisas y lágrimas, canta.)

Charlie es muy limpio

Charlie es ideal

Charlie no es un dandy

como los demás.

El me traerá

muchos caramelos

yo le haré un pastel

de fresa y limón.

(La MADRE coge a AGNES e inician el mutis.)

(AGNES sigue cantando la canción.)


Escena Quinta

DOCTORA. — No sé la verdad que se esconde tras esa canción, quizás fue una
canción para seducirla y el padre fue un simple labrador. O quizás se trataba de una
antigua balada y el padre fue... una mezcla de... esperanza... amor... deseo y... el querer
creer en milagros.

Nunca las volví a ver. Al día siguiente, por propia voluntad, abandoné el caso. La
Madre Miriam dejó a Agnes a merced de los tribunales que la internaron en un hospital...
allí dejó de cantar... dejó de comer y por fin murió.

¿Por qué? ¿Por qué se abusó de una niña, se asesinó a una criatura y se destruyó una
mente? Fue sencillamente para conseguir que esta insignificante siquiatra, ex fumadora,
volviese a comulgar. ¿Fue por eso? Ya no sé en qué pensar. Pero quiero creer que ella fue...
elegida. Y la echo de menos. Y confío que me haya dejado algo... un poco de sí misma
dentro de mí. Simplemente eso ya sería un verdadero milagro.

(Silencio.)

¿Verdad que sí?

TELÓN