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XII Semana de Antropología de la Montaña

La Sierra de la envidia
Daniela Peña Salinas1
Carlos Hernández Dávila2

Resumen

Desde la conformación de su geomorfología, la Sierra de las Cruces o Cuahutlalpan ofrece


una serie de cerros y montes que se constituyen como un tablero de ajedrez, en el cual los
diferentes santuarios que los coronan son objeto de culto y peregrinaciones por parte los
grupos otomíes y mazahuas a lo largo del año.

Se conforma como una gran frontera natural y cultural que ha librado batallas a diferentes
niveles, en el geográfico por el incipiente crecimiento en sus márgenes, presa de dos
grandes urbes (la Ciudad de México y el Valle de Toluca) y la segunda a nivel ontológico
en donde los trabajadores del Divino Rostro se dividen el calendario de fiestas que se
celebran en los santuarios edificados en la cima de cerros como La Campana, La Verónica,
La Tablita, Ayotuxco, El Cerrito, Huayamelucan por mencionar algunos. En contraparte,
los otros, los trabajadores de la noche se hacen presentes de manera velada en estos mismos
lugares, para trabajar en contra de lo ya trabajado pues mueven o quitan algunos elementos
de las mesas para revertir el efecto de la petición. Los guardianes o rocas con geoformas
son testigo de esta lucha constante entre los que curan y enferman, entre los nuevos y los
viejos, entre los santos buenos y los santos que son presa de la condición humana y son
capaces de enfermar o espantar.

En este contexto, los diferentes puntos de peregrinación que se visitan los fmefhi son
acompañados en su ascenso por enfermos que buscan obtener la salud que les fue
arrebatada, para ello llevan consigo una serie de alimentos, frutos, flores y cuelgas que son
preparadas con antelación durante las velaciones que ofrecen a las diferentes entidades que
habitan estos espacios, marcados por un pequeño altar o roca que forma parte de los puntos
visitados.

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XII Semana de Antropología de la Montaña

En este trabajo nos enfocamos en el culto de un Cerro epónimo de las comunidades Ñahñöh
de San Miguel Ameyalco, San Mateo y Santa María Atarasquillo, ubicadas en la región del
Alto Lerma, los ejemplos retomados forman parte del trabajo realizado en la Sierra de las
Cruces.

La forma de vida de estos grupos se manifiesta a lo largo del calendario ceremonial de la


región, el cual da cuenta de la importancia del entorno que habitan, un espacio que no sólo
es físico, también es significativo dentro de los contextos ceremoniales. Estos sitios han
sido sacralizados con el tiempo, con una profunda carga simbólica que es perceptible en las
ofrendas y los desplazamientos a nivel regional de los puntos principales de reverencia al
interior de los cerros en donde habita El Divino Rostro y otras divinidades.

El Cerro de la Campana

La Campana es objeto de culto cotidiano que reúne a curanderos y ofrendadores encargados


de llevar a cabo las ceremonias necesarias para el mantenimiento del entorno, el tratamiento
de enfermedades y males que existen y amenazan constantemente a las personas de los
pueblos antes mencionados. La la magia y la religión son categorías que nos permiten
relacionar las diferentes maneras de vincular la vida y los fenómenos que acontecen en una
sociedad permeada por la tradición. Siguiendo a James Dow “los ritos de la religión
privada, -y- los chamanes tratan de arreglar las relaciones trastornadas del hombre con los
seres sobrenaturales” (Dow, 1990: 15). Al interior de las comunidades estas entidades
juegan un papel importante en la memoria colectiva, transformando las creencias y
costumbres que dan un sentido profundo en la manera en que se relacionan las personas con
su medio, con fenómenos que ocurren a su alrededor y con la manera en que se enfrentan
las adversidades.

Ubicado en el municipio de Huixquilucan, en el estado de México a 3420 msnm el Cerro de


la Campana es uno de los cerros más alto que hay en la cordillera montañosa (Rivas Castro,
2002, inédito). En su trabajo el padre Benito Moxo menciona la denuncia del párroco De la
Torre sobre varios testimonios e interrogatorios realizados a los vecinos Huizquilucan, en
los que se obra el testimonio sobre el culto de ídolos en las cuevas de los alrededores,
especialmente en una cueva que era considerada como:
XII Semana de Antropología de la Montaña

una especie de adoratorio común, localizada en la alta peña, en la cumbre de un


majestuoso cerro que dominaba todos los alrededores de Huizquilucan; dicha cueva
llamada por ellos del Buen Año, que los indios otomíes de la localidad miraban con
especial respeto, ya que mientras trabajaban, su sola vista era un feliz agüero
mientras que le dirigieran sus votos y oraciones […].
Si nos situamos en la cumbre de la Campana, nos daremos cuenta que domina el paisaje y
es visible desde diferentes puntos.

El ascenso al Cerro puede realizarse desde diferentes caminos y veredas, recorridas a lo


largo de la historia de los pueblos que lo visitan; cada pueblo tiene su propia vereda, así no
se encuentran, mientras unos suben, otros bajan.

Su importancia en la geografía se ha mantenido en la memoria de los especialistas que


acuden periódicamente a realizar diferentes ceremonias y ofrendas por parte de los pueblos
cercanos. Utilizando “Las piedras pequeñas para limpias de cansancio, enfermedades y
dolencias en general, aún en nuestros días […] tienen un fin terapéutico muy específico: se
trata de librar de malas influencias o de malos aires que dañan o enferman a las personas
[…] (Rivas, inédito) pues para algunos grupos otomíes estas piedras representan a los
ancestros que habitan al interior de los cerros y las noches de luna llena cobran vida,
ejerciendo influencia sobre todo lo vivo; de ahí que las rocas tengan forma de animales,
cerros o personas.