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La Confirmación en la vida de la Iglesia

En los primeros siglos de la Iglesia (hasta el siglo IV) nos encontramos con un rito bautismal
que incluye profusión de signos posbautismales. No encontramos una uniformidad absoluta
en cuanto al número y naturaleza de estos ritos, pero sí en cuanto a su contenido y
significación. Estos ritos incluyen unciones con óleo perfumado (myron), las signaciones y la
imposición de manos.
En general se entienden estos ritos como una significación especial de transmisión del Espíritu
Santo, por ejemplo, Orígenes, en el siglo III habla de ser “bautizados en agua y crisma visibles”.
En San Hipólito vemos todos los ritos pero no la teología, es decir, ninguno de esos ritos
significaban precisamente la venida del Espíritu. Encontramos dos unciones post-bautismales
(una del presbítero y otra del obispo) y una imposición de manos general. Una signación y un
beso de paz. Recién con Tertuliano se habla de la imposición de manos como el signo de la
transmisión del Espíritu, aunque no lo separa del resto del rito.
En la tradición oriental es más común el uso del óleo y las unciones aunque no en todas las
Iglesias. Por ejemplo Antioquía desconoce esta unción. También aparecen otros ritos como la
imposición de manos y signación, generalmente reservados al Obispo pero no exclusivamente.
De todas maneras, cuando era el sacerdote quien completaba todos los ritos, siempre
quedaba la referencia al obispo quien había consagrado el “myron” en la misa del Jueves
Santo.
En la tradición occidental se destaca preferentemente la imposición de manos, sobre todo en
Africa. En la Iglesia Romana, se le concede especial importancia a la consignación (unción con
el crisma en forma de cruz), pero correspondiendo al gesto de la imposición de manos de los
Apóstoles. A diferencia de la Iglesia africana, que no distinguía como ministro propio al obispo,
en Roma se aclara que compete al presbítero bautizar y ungir a los bautizados en la cabeza,
mientras que la unción en la frente está reservada al Obispo. La insistencia en este punto por
parte de Inocencio I nos indica que ya se daba el hecho de bautismos donde no estuvira
presente el Obispo para darle al rito su pleno significado eclesial.
Es en Occidente, y más precisamente en la Iglesia galicana, donde hacia el siglo V encontramos
un testimonio de la incipiente separación de los ritos. La multiplicación de las parroquias
rurales y la popularidad del bautismo hacía imposible al Obispo asistir a todos los bautismos.
Por ello se separó la intervención del Obispo del resto de los ritos posbautismales, dejando
para otro momento la “confirmación”. Al principio se mantuvieron las dos unciones
posbautismales, una que realizaba el presbítero o el diácono, y la segunda reservada al Obispo.
Más tarde, para simplificar las dos unciones en una, se dejó sólo la primera (que mantenía de
todas maneras su relación con el Obispo que había consagrado el óleo) y se reservó la
imposición de manos al Obispo para asegurarse su intervención personal. En este contexto
aparece por primera vez el nombre de “confirmación” para nombrar esta intervención
personal del obispo.
Podríamos decir que se empieza a diferenciar del sacramento del bautismo debido
fundamentalmente a cuatro factores:
1. Por el bautismo en el lecho de muerte. Si los así bautizados recuperaban la
salud, debían presentarse ante el obispo para recibir la imposición de las manos y la
unción.
2. El establecimiento de las iglesias rurales. Los que habían sido bautizados
debían más tarde ser confirmados por el obispo en la Iglesia madre o metropolitana.
3. La cantidad de gente que se bautizaba. Le era al obispo físicamente imposible
confirmar a todos. De esta manera también empezaba a quedar definido el ministro
ordinario para cada sacramento y la diferencia entre los mismos.
4. El bautismo de niños. Se difiere la administración de la confirmación hasta una
edad mejor. Inclusive se introduce la comunión antes de la confirmación.

Hacia el siglo IX nos encontramos con una confirmación separada con textos iniciales y
conclusivos propios. Esto no gustó al principio pero es ya es normal en el siglo XI y XII. Cuando
en el siglo XII se fije definitivamente el número de los sacramentos, la confirmación tendrá su
lugar inmediatamente después del bautismo.
Los rituales más antiguos van testimoniando que la unción se va imponiendo paulatinamente
en todas las iglesias por encima de la imposición de manos como signo propio de la
confirmación. Así en el siglo XV ya ha desaparecido al punto que en el siglo XVIII, Benedicto XIV
pide que “durante la signación con el crisma se imponga la mano derecha sobre la cabeza”,
para no perder del todo el signo de la imposición de las manos.
En cuanto a la teología de loa confirmación, durante la edad media se generaliza la idea de que
este sacramento aumenta la gracia en el bautizado y lo conduce a la adultez cristiana, le da la
fuerza para luchar contra los enemigos de la fe y lo capacita para ser testigo de Cristo.
Santo Tomás también establece la diferencia entre el carácter de uno y otro sacramento.
Mientras que el carácter del bautismo delega al bautizado para llevar al cabo acciones santas
que sirven para su salvación, el carácter de la confirmación le da fuerza para librar el combate
contra los enemigos de la fe y le capacita para colaborar en el servicio de salvación de la
Iglesia.
Después de esto no hay mucho más, siendo este sacramento muy relegado. Como testimonio
transcribimos el siguiente citado por D. Borobio1:
“El testimonio del párroco católico de la diócesis de Tréveris, Gerhard Lorichius von Hadamar
(+ antes de 1553) es elocuente al respecto, cuando escribe: «Cuando el obispo auxiliar quiere
hacerse un acopio para el invierno y ganarse un buen puñado de dinero, realiza una gira por un
lugar y ordena a todos los padres que tengan hijos que no hayan sido confirmados venir a una
ciudad o a un pueblo grande. Lleva consigo un sacerdote. Por él hace saber cuánto dinero debe
pagar u ofrecer quien desee ser confirmado. A continuación unge con el crisma, reparte
bofetadas en la mejilla y origina un enorme griterío entre los niños y una carcajada entre los
mayores. Concluye la celebración en una hora, recoge la ofrenda de dinero y marcha de allí... Y
le parece que ha salido en vano si no trae a casa de cien a cuatrocientos florines»

1
Cfr. D. Borobrio, La iniciación cristiana., p. 438.
Con la reforma Tridentina algunos obispos toman conciencia de esta situación e intentan
renvar este sacramento proponiendo una catequesis previa. San Carlos Borromeo (s. XVI)fue
un verdadero lider de esta renovación en la diócesis de Milán.
Con respecto a la edad de la confirmación, al comienzo esta era muy variada, ya que dependía
de la visita del obispo. Así mientras unos se confirmaban al poco tiempo de nacer, otros lo
hacían siendo adultos y otros morían sin ser confirmados.
Quienes veían bueno mantener la unidad de la confirmación con el bautismo sugerían una
edad más bien temprana, pero esto no era facil de conciliar con la catequesis previa que se
propuso especialmente a partir del s. XVI. La edad que se impone es la de 7 años como
mínimo. Todavía se mantiene además el orden lógico de recibir la confirmación antes de la
eucaristía. Así se extiende el criterio de confirmar a los niños entre los 7 y 10 años para que
reciban la eucaristía entre los 10 y 12 años.
Un nuevo problema surge con el papa Pío X que determina en 1910 que el precepto de
confesión y comunión anual obliga a los niños mayores de 7 años. De esta manera quedaba
muy restringido el espacio para la confirmación, acumulando muchos sacramentos antes de
que la persona tenga conciencia de qué está recibiendo.
Finalmente el concilio Vaticano II ha aportado claves importantes en orden a la comprensión
de este sacramento. Lo une indisolublemente al proceso de iniciación, afirmando que el
cúlmen de todo el proceso es el sacramento de la eucaristía. Entiende además la confirmación
como un signo salvífico eclesial, que nos une más perfectamente a la Iglesia y nos hace
partícipes de la misión de Cristo, enmarcados dentro de la misión universal de la Iglesia. Todo
esto ha quedado plasmado en el nuevo ritual de la confirmación de 1971.